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Las humanidades: el espejo de la rebeldía.

Comenzaré esta disertación evocando dos relatos míticos de dos culturas pilares de nuestro mundo.
Por un lado, la cultura griega y el relato de Prometo. Por otro, la cultura judía y su relato del Génesis.
Hesíodo narra, en Teogonía y Trabajos y días, un suceso bastante particular en el mundo de los
dioses olímpicos: el engaño a Zeus, primero, induciéndole a escoger las peores partes del buey como
ofrenda, para dejar las más provechosas a los humanos. Y la segunda, el robo del fuego, del cual
habían sido privados los hombres, como castigo a la treta jugada por Prometeo a Zeus. Por su parte,
en el Génesis se narra cómo los hombres fueron persuadidos por la serpiente a desobedecer el
mandato de su creador: no comer del Fruto del árbol del Bien y del Mal.

No nos detendremos en mayores detalles. Sin embargo, si analizamos ambos relatos, encontramos
un elemento afín y notorio: la desobediencia. En efecto, en ambos relatos existe una suerte de
insubordinación que conduce a los personajes a trasgredir la voluntad del superior. ¿Con qué fin?
Ayudar al hombre, dotarlo de conocimiento. Por supuesto, todos los transgresores recibieron su
castigo ante tal falta. Una falta que puede traducirse en una preocupación por el bienestar del
hombre. Ya sea el fuego o un fruto vetado, ambos representan el conocimiento. La desobediencia
produjo un salto cualitativo en el hombre: de ignorantes, a conocedores. Mas este conocimiento es,
en primer lugar, conocimiento de sí mismo. La versión del Prometeo presentada ahora por Esquilo,
muestra cómo el hombre es despreciado por Zeus, vive como una bestia y en condiciones de total
abandono por la divinidad. Ante esto, Prometeo se apiada y roba el fuego, la luz divina del
conocimiento, y, por qué no, el logos. Igual sucede con el mito del Génesis: hombre y mujer se
vuelven conscientes de su desnudez, de su realidad. Según Kierkegaard, es allí cuando el espíritu
despierta en el hombre. Porque, en últimas, el hombre es el receptor de un elemento robado que
es capaz de ponerlo en presencia de sí mismo y del mundo que le rodea. Y todo esto, como
consecuencia de la desobediencia.

Me atrevo a decir, ahora, que en la desobediencia está el germen de las humanidades, y que quizá
Prometeo y la serpiente, según el mito, fueron los primeros humanistas de la historia. No obstante,
tal afirmación acarrea una duda sobre la desobediencia y las humanidades. ¿Acaso las humanidades
son una afrenta? Sin duda. Las humanidades ayudan a poner al hombre en un espejo que le revela
su identidad y su lugar en el mundo. En cierto modo, gracias a las humanidades el hombre se torna
consciente de sí mismo, de sus relaciones con su entorno y lo pone bajo el mandato de sí mismo. Le
revela su carácter autónomo y las posibilidades de acción. Gracias a las humanidades, el hombre se
piensa a sí mismo y en sus relaciones. La venda cae de sus ojos y el espejo le muestra su realidad en
la que ha vivido inmerso. Vive para sí, dirige su vida a lo que considere que es correcto, cuestiona,
responde, avanza. Prueba de ello es nuestra actualidad: ante el resurgir de los viejos dioses
olímpicos, o de un dios bíblico, que en nombre del poder mantienen al hombre subordinado en la
impotencia de un confort que perfectamente nos venden a costa de producir y producir como
bestias, Prometeo y la serpiente nos llevan a ponernos en un lugar que resulta incómodo para
aquellos dioses: cuestionarnos sobre lo justo de la realidad que vivimos, atreverse a cuestionar y
proponer nuevas formas que repercutan en el bienestar del mismo ser humano. No en vano, podría
decirse que las humanidades ponen una tensión entre la sociedad y el poder. Tensión que, si
atendemos a Heráclito y lo ponemos en otro contexto, es necesaria para el mantenimiento de la
sociedad y sólo se da mediante el pensamiento crítico, la mirada del espejo. Dice Martha Nussbaum
que las humanidades aportan el pensamiento crítico y el debate, elementos necesarios para el
mantenimiento de la democracia. En otras palabras, el mantenimiento de la tensión. Y no es para
menos: una sociedad democrática se estructura sobre la diversidad de pensamiento y no sobre la
imposición de una única manera de pensar. La diferencia contra la homogeneidad. Así pues, la
desobediencia que reside en las humanidades se exterioriza en las expresiones de pensamiento
crítico, autónomo, que reafirman diferentes visiones que se oponen a acogerse bajo el manto de la
homogeneidad. Ésa es su poiesis, su producción, y como poiesis, ha de ser constante.

Así pues, podemos afirmar que las humanidades fomentan el pensamiento crítico, que se concreta
entonces en la diversidad y se cristaliza en la tensión, el debate. Pero, ¿por qué es importante
mantener esta poiesis? En su obra Sobre la libertad, el filósofo inglés Stuart Mill aboga por el
mantenimiento de la libertad de opinión y de expresión, que, sin lugar a dudas, constituyen los
elementos del debate, de la tensión, y esto por cuatro razones que Stuart Mill considera básicas:
primero, porque al reducir una opinión al silencio, se puede estar anulando una verdad, y al hacerlo,
se está afirmando, por parte de quien lleva a cabo tal acto, su pretensión de infalibilidad, entendida
ésta como el tratar de decidir un asunto para los demás, sin escuchar los argumentos en contra
(imponer arbitrariamente una opinión, y con ello una solución, sobre cualquier asunto que afecte,
más que todo, los intereses particulares de los individuos). Segundo, porque, aunque la opinión
silenciada sea falsa, puede contener una porción de verdad. Y es que la verdad, según lo expresado
por este autor, se da mediante la combinación y el contraste de opiniones, pues una opinión
dominante no contiene toda la verdad, y ella sólo puede apreciarse por completo mediante la
colisión de opiniones adversas. La tercera razón es que, incluso si la opinión general fuera recibida
de generaciones anteriores, y contuviera la verdad y toda la verdad, si no pudiera ser discutida,
nunca podría comprendérsele ni sentir sus fundamentos racionales. Y la cuarta, que silenciando
opiniones adversas y diversas, una doctrina estaría en peligro de perderse o de privarse de su efecto
vital sobre el carácter y la conducta, ya que se instituiría como dogma, y en tanto tal, se perdería
toda convicción verdadera fundada en la razón o la experiencia personal. Ahora bien, hay que hacer
una pequeña acotación frente a este tema, y es que la tercera y cuarta razón expuestas contienen
un mal que Mill resalta no en pocas ocasiones, y es la mecanización, por decirlo de alguna manera,
del pensamiento humano. La costumbre, la tradición, el dogma tienden siempre a instaurarse como
verdades incontrovertibles que deben seguirse a carta cabal, por lo que un individuo se ve obligado
a actuar de acuerdo con ellos. El punto crítico de este asunto es que ellos, poco a poco, van
convirtiendo al individuo en un imitador irreflexivo, lo cual resulta nocivo en una sociedad. Una
sociedad avanza en la medida en que sus integrantes pueden cuestionar la opinión general, y en la
medida en que esas opiniones adversas sean escuchadas con el fin de buscar una mejor solución a
cualquier asunto. Pero quizás el peor peligro que emana de esta imposición es la actitud servil y
acrítica en la que caen los individuos, y que constituye su peligro, pues, como deja entrever el
filósofo inglés, por lo general quienes imponen y defienden una opinión general como guía de la
conducta de una sociedad, lo hacen con miras a sus propios intereses, por lo que les resulta muy
conveniente fomentar esta actitud acrítica, valiéndose de instrumentos jurídicos (penalizar la
opinión divergente) o sociales (marginar a quien piensa y se comporta diferente). Aquí se puede
rastrear un problema de educación que es discutido por Stuart Mill, y es el siguiente: la sociedad no
debe educar para seguir las tradiciones, sino educar desde y para el individuo mismo. Esta propuesta
resulta sensata debido a que lleva al individuo a reconocer sus gustos, forjarse sus propias opiniones,
y vivir según lo considere más conveniente, para alcanzar su propia felicidad, sin someterse a una
idea de felicidad que puede resultarle contraria. Por otro lado, al hacerlo, expone modos de vida y
pensamientos diferentes, que, como se ha dicho, pueden ayudar a la sociedad a encontrar
soluciones que la opinión general, costumbre, dogma, doctrina impuesta, no logran contemplar.
De esta manera, acabar con las humanidades, truncar su poiesis mediante su eliminación en la
educación, equivale a condenar a la sociedad a su estancamiento. Mas hay que ser cautelosos con
una conclusión que bien puede derivarse de estos planteamientos, y es la creencia de que las
humanidades son las llamadas a resolver todos los problemas. Pensamiento semejante podría llevar
a la eliminación de otras voces, otros saberes. Una suerte de dictadura de las humanidades que
termine por anular los discursos diferentes. Si una sociedad democrática acoge diferentes visiones,
no es para menos que acoja diferentes disciplinas cuyo discurso también se encamine a solucionar
problemas de la sociedad. Siendo coherentes, las humanidades, como hemos dicho, tiene como
poiesis garantizar la diversidad y la tensión. Imponerse como único discurso o pretender ser el
discurso elegido para la salvación, es una contradicción que ella cometería. Vemos ejemplos de esto
cuando se piensa que las ciencias naturales “deshumanizan” al hombre, o lo reducen a un sistema
de procesos bioquímicos. Caso similar se da con la tecnología. Frente a esto, las humanidades, en
aras de mantener su pensamiento crítico, también deben criticar sus conceptos básicos, sus objetos
de estudio, su método. En este sentido, las humanidades se actualizarían y acercarían su radio a las
realidades de una sociedad. Asimismo, en coherencia con su poiesis, las humanidades reconocerían
dos aspectos esenciales: uno, que su papel en la sociedad, de cara a la solución de problemas
sociales, es un discurso que aporta mas no la solución definitiva; y dos, que la solución a dichos
problemas sólo puede provenir de un diálogo entre los diferentes saberes. Como plantea Russell en
El panorama de las ciencias, si bien la ciencia aporta un avance tecnológico a la sociedad, las
humanidades son las encargadas de establecer sus fines. Mas ambas se necesitan para la
prosperidad de aquella. Por supuesto, es un ejemplo que para el caso humanidades-ciencias. No
obstante, se vislumbra la necesidad de un diálogo.

Para concluir, las humanidades, entonces, son necesarias para una sociedad, en la medida en que
el pensamiento crítico se requiere para reconocer diferentes puntos de vista que empujan a la
sociedad en su avance. No obstante, como he tratado de sostener en esta disertación, el
pensamiento crítico sólo puede darse en la desobediencia. Ser mordaz, incisivo, crítico. Como dice
Deleuze acerca de la filosofía: “Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe
ser agresiva, ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado, ni a
la Iglesia, que tiene otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve
para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraria a nadie no es filosofía. Sirve para
detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene éste uso: denunciar la
bajeza del pensamiento en todas sus formas. [...] En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo
y afirmativo. Hacer hombres libres, es decir, hacer hombres que no confundan los fines de la cultura
con el provecho del Estado, la Moral o la Religión". Y esa desobediencia es la que lleva a la tensión
de las diferencias y al enriquecimiento de una sociedad, pues, a manera de cliché, la diferencia es lo
que nos hace únicos.