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Palabras en el Pre Coloquio de Idea en Salta 2 de Septiembre del 2010 Como filósofo admiro a los empresarios. Hacen cosas. Para estudiar filosofía hay que tener problemas con la realidad. El filósofo se va lejos, no se mete en el mundo de manera directa. Pone un biombo y espia desde arriba, despreciando un poco a todos los chanchos que se enchastran en la realidad. El empresario en cambio se mete con las cosas de la manera más valiosa: haciéndolas. El que decide estudiar filosofía lo hace porque tiene problemas, pero también puede curarse, y entonces su trabajo de ideas se puede volver también una manera de hacer cosas. Soy un intelectual que quiere ser útil. No creo que trabajar con ideas me aparte de

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la utilidad, me plantea más bien el desafío de tener que ser útil pensando. Tengo que generar ideas, formulaciones, que sirvan para algo. No evito la prueba de la realidad. Sin responder a ella no podría generar ninguna riqueza, y si bien las ideas no se comen sirven para instalar sentido, y el sentido está en la base de toda producción. Pero no siempre fui fan de los empresarios. Como cualquier intelectual, en algún momento fui de izquierda. A los 13 años era militante trostkista y participé en la toma del colegio. ¿Juventud idealista? No, más bien juventud, o niñez desorientada, arrastrada por la confusión histórica de un momento enamorado de la muerte. Muchos años después de superado ese infantilismo todavía me quedaban resabios, y me acuerdo que un día fui a una reunión en la que el director de una revista nos dijo, a un socio que yo tenía por esa época

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y a mi: bueno, a ver qué negocios podemos hacer juntos. ¿Cómo hacer negocios? Sentí que decirlo así era una desvergüenza. El impúdico quería ganar plata haciendo negocios. Pensé en denunciarlo, pero me acordé de que había crecido y traté de hacer algún negocio, sin conseguirlo. Ya superé esa tara, pero lo cuento porque me parece indicativo de la visión que padecemos argentinamente frente al afán de lucro. Mi caso es un caso común, en ese aspecto. Tenemos mala conciencia del lucro. Como si fuéramos carmelitas descalzas nos parece mal que alguien quiera ganar plata. Mucha, mientras más mejor. Es una moral compartida, que actúa en contra de las empresas y los emprendedores. Será infantilismo o lo que sea, pero nuestro pensamiento tiene ideas, perspectivas, que expresan la adoración de la pobreza que se ve aflorar todo el tiempo en la política populista. El populismo no combate la

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pobreza, la sacraliza y consagra. Después de poner al pobre en el lugar del bueno y al rico en el del malo, lo más lógico es que un sistema genere pobres. Pero como me gusta repetir, provocativamente: ser pobre no es ser bueno, es ser pobre. El truco de elevar la pobreza a la categoría de cultura popular no le hace bien a nadie. Me impactó un párrafo que me mandó Luis Secco en los preparativos para esta charla. Se los leo: Es usual escuchar que en Argentina no puede haber grandes inversiones en un contexto de baja calidad institucional, insuficiente seguridad jurídica, inestablidad de las reglas del juego y deterioro de la infraestructura productiva. Pero hay historias de éxito en varias regiones del mundo, de países que pudieron revertir procesos similares. Me pregunto: ¿Por qué nosotros no? ¿Acaso somos menos inteligentes?

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También puede pasar que nos cueste más que a otros porque somos demasiado inteligentes, o mejor dicho, porque tenemos instalada una versión de la inteligencia que no sirve demasiado. Tal vez no sea inteligencia, pensándolo bien. ¿Qué es ser inteligente para nosotros? Hacer lo que el filósofo convencional, ponerse a parte, mirar de lejos. No inmiscuirse en la chanchada participativa. Eludir todo riesgo. Expresar escepticismo. Hacer profundos y detallados análisis en los que perdernos para no llegar nunca a la acción. Ser inteligente para nosotros es ser capaces de generar para cada alternativa una objeción. Los argentinos, dice un amigo brasileño tenemos, para cada solución, un problema. Es una inteligencia de impotentes, o de deprimidos, esa forma de pensar que no termina por concebir nunca el paso del pensamiento al protagonismo, que no permite que quien piensa pase a concebirse como responsable de su propia vida, de su propia aventura vital,

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empresarial o política. Y parte responsable y activa en la vida comunitaria. Un punto central en esto es la idea de que la inteligencia es pensamiento crítico. Lo cual es una tontería, por más franceses que la sustenten. El pensamiento crítico es una parte, secundaria, del buen trabajo del pensamiento, nunca su función central. La función central es la invención, el deseo, la creatividad, las ideas puestas al servicio de la generación de un sentido afirmativo y vital. Hay que valorar más las ganas de vivir que la mirada estricta. Hay que ser verdaderamente inteligentes y captar el trasfondo de toda realidad: la perfección es un vicio de los que pretenden salvarse, pero salvarse es imposible, estamos vivos y no existe la opción de no participar en la realidad compartida. La vida no tiene nada de malo, las sociedades tampoco, nuestro presente menos. La cosa es así, legítimamente, despelotada, exhuberante, poderosa, exigente. A esta nueva visión de la inteligencia propongo sumarle otras nuevas visiones

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que creo que tendríamos que desarrollar como país para crecer más decididamente y elevar nuestro nivel de vida. Frente al tema del empresario como motor del desarrollo se me ocurrió señalar algunos otros nuevos enfoques que creo debemos desarrollar para que éste pueda potenciar ese rol. Es necesaria otra visión de los valores. Los valores no son esas cosas serias que se dicen cuando un individuo, una institución o una empresa expresa su visión, un poco impostadamente. Los valores mutan, y son relevantes para la cotidianidad productiva. Toda productividad pasa hoy por darse cuenta de que la serie moral convencional, antigua, debe ser reemplazada por otra superadora. Tenemos que dejar de repetir con tono de reproche que los valores son decencia, honestidad, respeto, formalidad, previsibilidad, altruismo, y entender que el compromiso con nuestras realidades compartidas que queremos tiene más que ver con una serie de valores nuevos: entusiasmo, individualidad, alegría,

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creatividad, ganas de vivir, intimidad, comunicación, osadía. Los antiguos no se han perdido, están integrados y evolucionados en esta nueva serie. Necesitamos también una nueva visión de la política. La política no es la novela del poder, sus trampas y ambiciones cruzadas. No son sólo las noticias. La política es la vía de la producción de desarrollo. Esa novela es parte, pero no es todo. Quedarse extasiado mirando a los actores protagónicos y de reparto, comentar los ascensos y descensos de las imágenes, estudiar el moviiento del poder, no es hacer política. Hacer política es meterse en la producción de realidad compartida, y puede hacerse de muchas maneras. Nadie sabe hoy bien cómo se hace la política. Lo que sí sabemos es que el modo convencional de hacerla quedó perimido. La política es un campo para inventar, la oportunidad de reformularlo todo está frente a nosotros. Si dejamos de participar

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en política, de tratar de producir alternativas en su re invención, prolongamos la influencia de la peor política. No hay que dejar la vida, ni poner una unidad básica, ni volantear, ni rosquear. Una frase de Sergio Berenstein quedó grabada en mi mente, hace unos cuantos años: los políticos se aburren con la gestión. No es poca cosa tratar de apoyar a los que no se aburren y de ayudarlos. Hacer política no es demostrar, con análisis refinados, que todo va a fracasar. Hacer política es ayudar a crecer a aquellas figuras en las que uno cree. No hay política, no hay avance en la construcción social, si uno no se mete, se arriesga, se ensucia un poco en ese barro problemático y quilombero. También podemos hacerlo con cierta diversión, porque por suerte, en la Argentina ya no hay violencia política. No es un avance menor. Antes nos matábamos por antagonismos en la lucha del poder. Hoy podemos comer un asado juntos y

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tomarnos el pelo. Y tomarnos todas esas botellas de vino que desarrollan el encuentro más allá de la diferencia. Otro atributo para que las bodegas exploten en la expansión del mercado: disfrute de las diferencias, ¡beba con su adversario! Tenemos también que ser capaces de otra visión de la educación. La crisis de la educación no es algo tan grave como se suele pensar. Esa crisis es la expresión de una educación que se quedó quieta en un mundo que cambió demasiado. Hoy en día el conocimiento está suelto, no en las instituciones sino en los medios, en internet, en los increíbles canales de documentales, en la experiencia de vivir. Tenemos que ser capaces de rearmar la situación del aprendizaje superando la visión desencantada y crítica que nos aflora espontáneamente cada vez que nuestra gastada inteligencia intenta enfrentar un cambio. No es una decadencia, lo que sucede hoy en la educación, es un cambio fuerte y positivo. Si dejáramos de asustarnos y de trazar

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cuadros siniestros de decadencia podríamos hacer algo más para que logre su nueva forma. Podríamos aprovecharlo. Creo que en su compromiso con el hacer, los empresarios tienen que ser capaces de dejar atrás el modo quejoso y temeroso de nuestra falsa inteligencia y meterse en producciones nuevas, algunas centrales a su negocio y otras igualmente importantes, que lo prolongan. Un empresario en la Argentina hoy tiene que hacer política y educación. De modos nuevos. Tal vez no política partidaria, pero sí sectorial. Un sueño hippie me hace pensar que toda empresa tendría que desplegar un emprendimiento educativo. No necesariamente convencional, pero dar un paso, algo, gestionar talleres o cursos para su gente y para externos. No hay modo de vivir este ritmo de cambio sin estar aprendiendo todo el tiempo, y si uno lo hace logra una plenitud y una capacidad de otro modo inaccesible. Por último: en el fondo tenemos que ser capaces de otra visión del sentido de la

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vida. El ajuste en este punto es importantísimo. A qué me refiero? Antes no había individuos. El individuo es una invención reciente, una realidad descubierta hace poco. Aparece cuando las personas dejan de tener que hacer pie en el deber, para pasar a desplegar su querer. Antes no era común preguntarse qué quería uno, lo que correspondía era hacer lo que había que hacer y punto. Era una realidad más dura. Solemos ver este cambio desde el lado de la pérdida: decimos que antes había certezas y que hoy todo es incierto. Creo que este despelote tiene que ver con la aparición de una gigantesca riqueza, de una nueva libertad. Trae muchos problemas, sí, pero sobre todo la posibilidad de una plenitud y de unos logros que antes era impensados.

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Las empresas están hechas de personas, de personas que quieren vivir. No es fácil aceptar esas individualidades si uno tiene que cumplir con un plan productivo. Pero si ese campo no trabajado aun, la individualidad, es desplegado con sabiduría y arte, esas mismas empresas pueden encontrar una cantidad enorme de nuevos recursos. No digo que sea fácil, digo que eso ya está pasando y conviene que aprendamos a hacerlo bien. Muchas gracias.