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SANTO TOMAS DE V1LLANUEVA

S E R M O N E S DE

LAVIRGEN
MARÍA
Y
Ob r a s c a stella n a s
O b r a s de
S a n t o T o m a s de V il l a n u e v a

Sermones de la Virgen (traducción)


y Obras castellanas

V f o s felicitam os de poder presentar h oy una de las fi-


' guras más esclarecidas del siglo x v i ; era ya tiempo
de saldar esta deuda de católico patriotism o. En el si­
lencio y recogim iento de una celda m onacal, com o en
el candelero de un arzobispado, Santo T om á s de V illa-
nueva basta p o r sí solo para llenar un siglo, com o bastó
para captarse la veneración más p rofu n d a de aquellos dos
grandes m onarcas que adm iraron al m undo y ensancha­
ron los horizontes del suelo esp a ñ ol: C arlos V y F e ­
lipe II.
P o r prim era vez salen a luz en español los sermones
del gran Santo espa ñ ol; m e jo r dicho, una sección de su
inspirada y copiosa p r o d u c ció n : los serm ones dedicados
a la V irg en en sus diferentes festividades. T rad u cidos
p o r un ferviente adm irador, co n un cariño cálido y re­
verente y a com od a d os a los gustos del d ía ; traducción
fiel a la hondura del pensamiento y afectividad tierna
del Santo, sin sujecióii servil a la letra y con stru cción
latinas, pero sin arbitrariedades también desligadas de
la personalidad que palpita y se refleja en un estilo ca­
racterístico. U n a traducción suelta y desembarazada, sen­
cilla y brillante, que hace asequible la fecu n da inspira­
ción del Santo para que pueda ser saboreada p or el vu lgo
español, sin caérsele de las m anos a la vez al público
S culto.
A rsen al inagotable de doctrina m ariológica, aparte el
sentim iento piadoso que rezuma por doquier, son estos
serm ones de Santo T om á s de V illanueva im prescindible
recu rso histórico y doctrinal en la m a riología española.
Y son también las escasas muestras de sus escritos cas­
tellanos un elocuente testim onio de la p erfección que
había alcanzado el idiom a y un áureo eslabón que se
engarza con m érito p rop io en la rutilante cadena de
m ísticos y ascéticos que a continuación de él, y quizá
p o r una eficaz influencia suya, alcanza pletórica flora ción
en España. C om o es a su vez el Santo una de las prim e­
ras figuras que en el gran siglo enaltecieron el pulpito
español.
C om o com plem ento de los S erm on es de la V irg en y
O bras castellanas del gran “ A rzob isp o del Im p erio” se
insertan al final de este volum en dos extensos índices de
materias y de nom bres, que facilitan al lector _el m an ejo
de esta m agnífica edición, preparada por el P . Santos
Santamarta, O. S. A .
OB R A S DE

S anto T omás de V illan u eva


O bras de

Sa n t o Tomás
DE V l L L A N U E V A
S ERMONES DE LA V I R G E N
Y OBRAS C A S T E L L A N A S

INTRODUCCIÓN BIOGRÁFICA, VERSIÓN Y NOTAS DEL PADRE

F R. SANTOS SANTAMARTA, O. S. A.

b ib l io t e c a de autores c r is t ia n o s

MADRID • MCMLII
NIHIL OBSTAT:
D r . A n d r é s de L u c a s ,
Censor.

IMPRIMI POTEST:
F r. F é lix G a r c í a , O . S.
Prov.

TMPRIMATUR:
>£< J o s é M a r ía ,

Ob. aux. y Vic. gral.


Madrid, 23 diciembre 1952.
INDICE GE NE R A L

Páginas

B ib l io g r a f ía ......................................................................................................................... XI

IN T R O D U C C IO N G ENERAL
(Rasgos biográficos)

Preliminares ................................................................................... 3

I. En el mundo estaba ............................................................ 9


.Padres.—El niño.—H erencia lim osnera.— Brotes de santidad.— Se
entrega a los estudios.—E n cru :ija d a .— V ocación decidida. Elección.

II. Religioso perfecto ............................................................ 16


En el vestíbulo de la R eligión.—En el c r is o l: la C orporación,
el aspirante, Dios.—Base y co r o n a c ió n : O ración. Lección. R etiro.
Sumisión.—Otras virtudes.—P rofeso.— Sacerdote

III. Predicador ........................................................ ............... 26


Talism án de la elocuencia.—Exitos a granel. R em ora y espejis­
m o__ Espíritu y ora ción — Añoranzas agustinianas de Salam anca.—-
Cargos en aluvión.— Por tierras de Portugal.— A uditorios hetero­
géneos.— Predicador de C arlos V.— D irector de almas.

IV. Superior ............................................................................ 37


Anhelos truncados.— Comprensión y triunfo.— A Dias rogando.—
Digno y en su puesto.—Fraternidad e igualdad.— Estela de abo~
lengo.

V. Arzobispo ......................................................................................
Qué descansada vida... «Rechaza un arzobispado.—Pero le viene
o tr o .—Devolución de cédulas y m andato de obediencia.— Bulas de
pobre.—C am ino de Valencia.— En la duda... encom endarlo a Dios.
A lojam iento por caridad.—La humildad ensalzada.— ¿Cérceles para
eclesiásticos?—Fraile y arzobispo.—Cosidos y rem iendos.—Paredes
limpias.—Nostalgia de mesa y austeridad conventual.
Pastor infatigable. Si tu ojo está lim pio...— Una jira penosa__
A cara descubierta.— A pelación al Juicio de D ios.—En guardia per­
m anente.—C oteja n d o...— Disciplina, oración y recuperación de almas.
El Lim suero. A ndrajos y sim patía.— ¿Cúyas eran sus ren tas?
El despilfarro de los santas.— Dejarse engañar.—T ira r la piedra y
esconder la m ano.—E co de gem idos infantiles.— Fuente inagotable.
Monum entum aere perennius.— Expiación y corazonada.—Porve­
nir sereno.—Sem inario pretridentino.—Cuño agustiniano.—Ferm en­
to y cantera.—El panegirista Rssmón Llidó.— Vástago lozano.
VI

Páginas

La C ontrarreform a. G ritos de reform a .—Entereza y humildad


frente a rebelde insolencia.—(Latigazos sin paliativos.—No hay mal
que por bien no venga.—C lam ores p or un C oncilio.
T ren to.— A lejado de la reunión ; cartas m em orables.— A postolado
en casa propia.— Aliento de Tom ás de Villanueva en T ren to.— ¿A u­
sencia rebelde?
A etern a T equies. Sin descanso.—'Hada de ensueños.—A ntorcha que
se extingue.—Sin lecho donde m orir.—C on hábito del señor San
Agustín.—Torrente de lágrim as y clam oreo lúgubre.— Reguero de
bendición.

Condones: Breve descripción y estudio .................................... 99

SERMONES DE L A VIR G EN

En la concepción de la Bienaventurada Virgen María .......... 129


S ermón I. D e la inmaculada concepción de la Bienaven­
turada Virgen M aría ......................................................... 129
S ermón II. Sobre el mismo argumento .......................... 148
Sermón III. Sobre el mismo argumento ...................... 152
Sermón IV. Del mercader que busca perlas preciosas y
de la Virgen María com o perla preciosa, en sentido
alegórico ................................................................................. 157

En la natívidad de la Bienaventurada Virgen M a ría .............. 173


S ermón I. D e cinco libros que se citan en la Escritura,
es a saber, el de la vida, el de la naturaleza, el de
la Escritura, el del ejem plo y el de la conciencia ... 173
S ermón II. D e la genealogía de Cristo y d e la excelen­
cia de la Virgen María ..................................................... 185
S ermón III. María elegida por Dios para ser m adre de
Dios y abogada del mundo ............................................. 201
S ermón IV. D e la excelencia de la Bienaventurada Vir­
gen M aría ............................................................................ 213
S ermón V. Sobre el mismo argumento .......................... 218

En la presentación de la Bienaventurada Virgen María ...... 221


S ermón. La Bienaventurada Virgen María es una perla
preciosísima .......................................................................... 221

En la anunciación de la Bienaventurada Virgen María ...... 234


S ermón I. Sobre el saludo angélico; de la virginidad,
fe, humildad y silencio de la Bienaventurada Vir­
gen María ............................................................................ 234
S ermón II. Sobre el coloquio del arcángel Gabriel con
la Bienaventurada Virgen María, y de cuándo y cómo ■
reinará Cristo en la casa de Jacob .............................. 246
ÍNDICE GENERAL v il

Páginas

Serm ón III. D e las virtudes de la Bienaventurada Vir­


gen María que se m anifestaron en la anunciación
y encam ación del Verbo ................................................. 261
S erm ón IV. Sobre Ja encam ación del Verbo y plenitud
de gracias de María .............. .......................................... 268
A postilla. Sobre la encam ación del Verbo .................. 276
S erm ón V. M aría es el huerto cerrado, la esposa, her­
mana y fuente sellada de que se habla en los Can­
tares: «Huerto cerrado, hermana mía», etc.............. 281
S erm ón VI. Sobre la plenitud de gracias y virtudes en
María y sobre las diversas figuras de la encam ación
del Señor .............................................................................. 298
S erm ón VII. Sobre la embajada del arcángel Gabriel a
la Virgen María y la encarnación del Verbo .......... 307

En la visitación de la Bienaventurada Virgen María ......... 314

S erm ón. Sobre el júbilo de los dos niños, Jesús y Juan,


en la visitación de la Santísima Virgen y explicación
del cántico «M agnificat anima mea Dominum» 314
A p o s t il l a . Sobre los mismos argumentos .......................... 328

En la purificación de la Bienaventurada Virgen María ...... 333

S erm ón I. Sobre la purificación de la Virgen y el res­


cate del Niño Jesús; sobre diversas circunstancias
de estos m isterios; sobre la compraventa de Cristo
en el sentido místico y espiritual ................................. 333
S erm ón II. Sobre los mismos asuntos, con la exposición
del cántico «Nunc dim ittis» ......................................... 347

En la asunción de la Bienaventurada Virgen María ......... 369

S ermón I. Armonía del evangelio de esta festividad con


la vida de la Bienaventurada Viraren María, o sobre
la vida activa y contemplativa de la Virgen María ... 369
Sermón H. Sobre nuestra ascensión espiritual y la asun­
ción de la Virgen María ................................................. 380
Sermón III. Sobre la vanidad de las cosas mundanas,
destino verdadero y propio del hom bre sobre la tie­
rra v excelencia de la vida m on ástica; sobre la con­
templación continua de la Vireen María v su asun­
ción al cielo ........................................................................ 395
S ermón TV. Sobre las cualidades oue debe tener el cas­
tillo espiritual, esto es. el alma, para aue Cristo
pueda entrar y hospedarse en é l ; sobre la vida ac­
tiva y contemplativa y excelencia de ésta; sobre la
vida contemplativa de la Virgen María, y su muerte,
resurrección y gloriosa asunción .................................. 405
VIII ÍNDICE GENERAL

Páginas

S ermón V. Sobre la admirable asunción de la Virgen


María y su exaltación sobre todos los coros de los
ángeles: tierna invitación del Esposo a su esposa
para que suba a su reino ................................................. 426
Sermón VI. Qué relación tiene con esta solemnidad el
Evangelio «Entró Jesús en cierta aldea»..., y asun­
ción de la Virgen María ................... ............................. 447
S ermón VII. Sobre la asunción de la Bienaventurada
Virgen María de este mísero desierto rebosando en
delicias .................................................................................. 462
Sermón VIII. Sobre los grados de la escala espiritual
por los que hemos de subir al Esposo, y de la asun­
ción de la Virgen M aría ............................................. 473
S ermón IX . De tres subidas, es a saber, la del alma
del justo, que asciende del desierto de los pecados
por la escala de las virtudes; la del alma perfecta,
que sube del desierto de la soledad por la escala
de la contem plación; y la de la Bienaventurada
Virgen María, que asciende hoy del desierto del mun­
do al cielo ............................................................................ 483

Sobre Nuestra Señora .................................................................... 493


S ermón. Cuánto debe la Virgen María a su Señor por
la inmensidad de gracias que Dios le confirió ...... 493
F ragmento de otro sermón .................................... .............. 502

O BRAS CASTELLANAS

Modo breve de servir a nuestro Señor en diez reglas .............. 507

De la lección, meditación, oración y contemplación .............. 514

C apítulo 1. De la lección .....514


C apítulo 2. De la m editación .....517
C apítulo 3. De la oración .....519
C apítulo 4. De la contemplación .....523

Explicación de las bienaventuranzas y su correspondencia,


ya con los dones del Espíritu Santo, ya con la oración
del Padre Nuestro ..................................................................... 527

Soliloquio para después de la Sagrada Comunión .................. 541

Proemio sobre unos sermones del Santísimo Sacramento ... 556


Plática y aviso al religioso que toma hábito .............................. 562
ÍNDICE GENERAL lx

Páginas

Cartas ............................................................................................. .....576


Testamento ................................................................................... .....598
Sermón del amor de Dios ......................................................... 60°
Sermones castellanos ....................................................................................... ...... 611
A d v e r t e n c ia ............................................................................................................ 611
S ermón I ......................................................................................................... ......612
Serm ón II ......................................................................................... 616
S erm ón III ............................................................................ .... 621
S erm ón IV. Advertencia ................................................... .... 625
S erm ón V. D e la Samaritana. Advertencia ...........................632

I n d ic e de m a te r ia s ................................................................................................... 643

I n d ic e o n o m á s t ic o .................................................................................................... 664
B I B L I O G R A F I A

A lcocer S u re d a , M ig u e l : Origen, naturaleza y valor pedagógico de


un Colegio luliano: «Razón y Pe» (1935) vol. 1, p. 441ss, y vol. 2,
p. 215SS.
Archivo histórico hispano-agustiniano. Homenaje a Santo Tom ás
de Villanueva en el III Centenario de su beatificación (7 octubre
1618-1918), vol. 10, p. 161ss. (1918). Una serie de artículos intere­
santes.
C a p á n a g a , P . V i c t o r i n o , O . R . S. A . : Santo Tomás de Villanueva
(Semblanza biográfica) (M adrid 1942): «Vidas de Santos espa­
ñoles».
D i v i T h o m a e a V i l l a n o v a : Opera omnia. Seis volúmenes en folio
(Manila 1881 a 1897). Esta es la edición a que se refiere el texto
cuando se hace alusión a las obras del Santo.
E s c r i v á , V i c e n t e : Tomás de Villanueva, arzobispo del Imperio. Es­
tampas singulares sobre una vida ejem plar (Valencia 1941).
P u l l a n a , Fr. L u i s , O. F. M . : Por qué Santo Tomás de Villanueva
no asistió al Concilio de Trento. Artículo publicado en la revista
franciscana «Verdad y Vida», n. 9 (enero-marzo 1945).
L l i d ó V i c e n t e , R a m ó n : El colegio m ayor de Santo Tomás de Villa-
nueva (Valencia 1944).
— El colegio m ayor de la Presentación. H om enaje en el cuarto c en te­
nario de su fundación (1550-1950) (Valencia 1950).
— La entrada de Tomás de Villanueva en Valencia. Es una serie
de estampas en recuerdo del centenario (1545-1945) (Valencia 1945).
M a t u r a n a , P . V í c t o r , O . S. A . : Vida de Santo Tomás de Villanueva,
arzobispo de Valencia (Santiago de Chile 1908).
Q u e v e d o V i l l e g a s , F r a n c i s c o d e : Epítome a la Historia de la vida
ejemplar y gloriosa m uerte del bienaventurado Fr. Tomás de Vi­
llanueva, religioso de la O raen de san Agustín y arzobispo de
Valencia: Biblioteca de Autores Españoles, t. 2 de las Obras de
Quevedo, p. 55ss.
S a l ó n , p . p R . M i g u e l , O . S . A . : Vida de Santo Tomás de Villanueva.
anooispo de valencia, ejem plar y norma de obispos y prelados,
nueva ed. (Real Monasterio del Escorial 1925).
S a n t i a g o V e l a , P . G r e g o r i o d e , O . S . A . : Biblioteca Ibero-Am ericana
de la Orden de San Agustín, t. 8, art. Villanueva (Sto. Tomás d e ).
Sobre las obras y sus vicisitudes es probablemente la m ejor fuente
de información, tanto de los escritos (latinos y españoles) del
Santo com o de los trabajos que sobre el mismo y aquéllos se han
compuesto, bien que no todos los datos sean del P . Vela, pues
la muerte le impidió coronar esa su obra genial y gigante. No es
necesario advertir que no puede hacer relación de lo que poste­
riormente se ha escrito y descubierto. Tiene una inform ación muy
importante y extensa sobre los biógrafos del Santo, a que nos
remitimos para no aumentar aqui la lista, y sobre las fiestas
X II BIBLIOGRAFÍA

que se celebraron en varias ciudades con m otivo de la beatifica­


ción y canonización del santo Limosnero.
S a n i o T o m á s d e V i l l a n u e v a : Opúsculos castellanos: Biblioteca de
la «Revista Agustiniana» (Valladolid 1885). Es una reproducción
de la edición del P. Méndez (M adrid 1763). Se recogen también
en la presente edición entre las obras castellanas del Santo.
V ic e n t e O r t í , J o s é : Vida, virtudes, milagros y festivos cultos de
Sanco Tomas de Villanueva, arzooispo ae valencia, de la Orden
de N. G. P. San Agustín. La saca a luz el religiosísimo convento
de Nuestra Señora del Socorro de la misma religión (Valen­
cia 1731).
N ota.—P or no prolongar esta reseña bibliográfica no nos detenem os a dar
noticia de tantas y tantas vidas que a cerca de Santo Tom ás de Villanueva han
salido a luz. Q ueda constancia de las m ás -extensas, la del P. Salón y la de
Vicente O r t í; com o . insinuamos antes, en el P. Vela puede verse una reseña
com pleta. Y en nuestras publicaciones periódicas R evista Agusum ana y La
Ciuaad de Dios han salido varios artículos interesantes referentes a Santo T o­
más de Villanueva y algunos de sus serm ones.
I N T R O D U C C I O N G E N E R A L
SANTO TOMAS DE VILLANUEVA

La revalorización de tantos auténticos valores de aquella


ofuscadora miríada de nuestro gran siglo que deslurnbra y
abruma por su brillo y densidad, no puede m enos d e sacudir
el espíritu con sus ramalazos y tornarle tenso y exultático
ante la contem plación de nuevos y halagüeños panorajnas
que reclaman imperiosamente su atención. Salen de día en
día de trasteras em polvadas a nueva luz tesoros inmarcesi­
bles que ni el olvido e ingratitud ni el culpable abandono han
logrado desvirtuar: fue m ucho lo que nuestros antepasados
nos legaron, para que pudiera quedar irremediable y oscura­
mente arrumbado.
Tiem pos gloriosos aquellos en que lo grande corría pare­
jas con lo ordinario, ya que lo extraordinario se hacía tan
corriente y lo excepcional tanto se repetía, que difícilmente
se descubren figuras que a los dem ás se aventajen. Parece
com o si las crestas d e em pinadas montañas contendiesen
en titánicos esfuerzos por sobresalir y, en su alocada carrera
de superación, unas con otras se confundieran e igualaran.
Fogueadas las imaginaciones con los ensueños fantásti­
cos de las Indias, caldeados los espíritus en el ansia urente
de la salvación de aquellas almas, y tremente la sensibilidad
católica ante los dislates teológicos y desmanes sanguina­
rios de los precursores y jerifaltes de la reforma protestante,
diríase que a porfía se disputaban los ánimos el honor de
enrolarse en aquella milicia espiritual y humana, que para
tan altas empresas se estaba forjando y dando ya sazonados
frutos: la milicia espiritual de nuestros teólogos, nuestros
santos y nuestros artistas, y la milicia castrense de nuestros
aguerridos tercios continentales y nuestras improvisadas y
no menos duras e imbatibles tropas transmarinas.
Doquiera se vislumbraba un puesto d e peligro y aso­
maba su fea y disforme catadura un enem igo de los ideales
eran el alimento y la vida d e aquellos celadores de la
espiritualidad, surgían legiones d e paladines a rom per con
tenacidad sus lanzas en la defensa d el preciado tesoro de
su fe católica.
4 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

Porque, n o podem os olvidarlo, más bien tenemos que


airearlo y clavarlo en el corazón d e los españoles y hacerles
sentirse orgullosos de e llo : el ideal que todo español, com o
tal, lleva dentro, el que ha troquelado su vida espiritual
y anímica, haciéndola com o alma de su alma, es el ideal ca­
tólico, que, ahondando en el substrato formativo d e nuestra
nacionalidad, llegaríamos a ver fundido en estrecho abrazo
con el constitutivo de patria. Bien alto lo proclam aba el car­
denal G om á en un m em orable d iscu rso: «El pensamiento
católico es la savia de España» 1. Y lo hacía precisamente
en aquellos tiem pos aciagos d e la segunda funesta repú­
blica española, cuando parecía que España había renegado
de su pasado y vuelto la espalda a los valores más puros
de su historia. M ás aún, añadía el gran vocero de la His­
panidad en aquella inolvidable jornada en que se con m e­
moraba la fiesta de la Raza, nom bre que debía sustituirse
por el d e fiesta de la H ispanidad: «H ay una relación de
igualdad entre catolicismo e hispanidad» 2.
Y a antes, com o lo demuestra su libro En defensa de la
Hispanidad, había el gran patricio Ramiro d e M aeztu for- J
muíado idéntica con clusión : «Si la Hispanidad se hizo con .
la idea ca tólica ...» 3. Y más explícitamente, y com o expli­
cando esa catolicidad de la H ispanidad: «L a Hispanidad es :
e j Imperio que se funda en la esperanza de que se pueden
salvar co m o nosotros los habitantes de las tierras d escon o­
cidas» 4. Con razón, pues, d eb e concluirse, con Ram iro de
Maeztu, que «el mundo no ha co n ocid o ideal más elevado
que el de la Hispanidad» 5. Y así tienen actualidad peren­
ne y están pletóricas d e contenido aquellas palabras de
José A n to n io : «El ser español es lo único grande que se •
puede ser en el m undo», palabras que gentes de inteligen­
cia roma y sentimientos achatados han interpretado com o
una huera frase retórica o com o una insustancial farolada.
N o se podrá jamás prescindir del catolicism o cuando se
trate de poner de relieve los valores h isp án icos; antes hay
siempre que concederle el honor d e figurar a su cabeza,
com o fundam ento, vida y aglutinante d e los mismos.
Por eso será siempre hacer patria, y d e la m ejor ley, el
rem over y sacar de la oscuridad a los representantes ge-
nuinos d e esos valores, que no son otros que los santos, las
encarnaciones del ideal católico, los realizadores en sí mis-

1 A p ología d e la H ispanidad. D iscurso en el tea tro C olón (B ue­


n os A ires) e l d ía d e la R aza, 12 d e o ctu b re d e 1934. A p én d ice a
D efen sa d e la H ispanidad d e M aeztu. p. 355 (V a lla d olid 1938:
3.“ ed.).
2 Ib.
s D e fe n s a d e la H ispanidad, p. 302 (V a lla d olid 1938, 3.“ e d ).
* Ib. p. 243.
* Ib . p. 302.
PRELIM INARES 5

mos de ese ideal y sembradores los más entusiastas d e esa


semilla que a la vez habían de hacer fructificar en los d e ­
más. No fueron estatuas yacentes cinceladas por el gran
Artista para servir con su pureza de líneas y acabada forma
de recreo a las miradas ansiosas de em oción estética ; sería
convertir lo más puro y afinado del espíritu tenso y esta­
llante del cristianismo en la más burda pasividad del nir­
vana budista. Fueron, por el contrario, seres inquietos y
dinámicos, que, conscientes de las riquezas desbordantes
que atesoraban, percibían en sus entrañas Ja implacable
com ezón de derramarlas a raudales, sabiendo los ubérrimos
frutos que el gran Padre d e familias recogería de tan mani­
rrota prodigalidad.
Así, es de lamentar que permanezcan aún algunos de los
más representativos en el montón del anonimato o en la
rememoración, para .mayor vergüenza fría e indiferente, de
la aureolada peana de su santidad. Es tal el vértigo de la
vida hodierna y tan incoercible el arrítmico borbollar de su
efervescencia, que arrebatan atropelladamente nuestra
atención, privándonos del tranquilo señorío de nuestras fa­
cultades y de la serena hegemonía de nuestra sensibilidad
sobrexcitada por los continuos y violentos choques de abru­
madora hiperestesia.
Una de las figuras más señeras, verdadera perla y piedra
miliaria de nuestro gran siglo, y quizá también una de las
más olvidadas o preteridas, es la que nos cu p o en suerte sa­
car hoy a luz en estas columnas de la B. A . C ., la figura
cumbre de Santo Tom ás de Villanueva, el más atacado, sin
duda, de aquellos tiempos gloriosos en la jerarquía ecle­
siástica española, sol resplandeciente del Imperio español,
astro de primera magnitud entre la pléyade de estrellas que
con luz propia alumbraban los brumosos horizontes, águila
caudal que desde las inaccesibles alturas a que supo ele­
varse podía mirar con tranquilo señorío el cam po de guerra
en que se debatía el resto de los mortales ; en una palabra,
«A rzobispo del Imperio», com o con frase feliz lo denom i­
naba Vicente Escrivá 6.
A pesar de los méritos propios para ocupar un puesto
tan distinguido en el escalafón de la santidad y la ciencia
españolas, a pesar de su dominio avasallador en el ánimo
de príncipes, magnates y plebeyos, a pesar del influjo so­
berano que ejerció con su palabra y sus escritos en España
y en el extranjero, es bien escasa la atención que se le ha
prestado, bien p oco lo que por él se ha hecho, casi nada
lo que se le ha dado a conocer. Parece com o si la fama y
renombre que en vida le abrumaba se hubiera ido con él
al sepulcro. A quellas aclam aciones con que era celebrado,
6 Tom ás d e V illanueva, arzobispo del Im p erio (V a len cia 1941).
6 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

las voces de alabanza que a porfía se Je tributaban, el en­


tusiasmo exaltado que su vida y milagros suscitaban, los
trenos y lamentaciones que a su muerte se entonaron, las
jubilosas dem ostraciones que se renovaron co n m otivo de
su beatificación y canonización, que pusieron en m ovi­
miento y acordes entonaciones a la Orden Agustiniana, a la
ciudad d e V alencia y a toda la Iglesia española, tod o ello
resuena hoy en nuestros oídos no más que com o e co d e un
lejano ya pasado y desligado de nuestro presente.
Un devoto suyo, casi contem poráneo, hermano de há­
bito, el P. Miguel ¿alón, cuando aun estaba fresco el aro­
ma de sus virtudes y recientes las huellas de sus obras, 1306,
escribió co n el más acendrado cariño y ferviente admira­
ción y entusiasmo una extensa relación d e su vida y sus vir­
tudes. INo es una biografía perfecta, con todas las exigen­
cias de la m oderna crítica y m etodología ; pero sí una na­
rración casi com pleta en cuanto a datos e influencia se re­
fiere, un a cop io inmenso de materiales para levantar un
m agnífico monumento a la memoria del gran A rzobispo.
1 reinta años más tarde, 1620, el genio de Q u evedo daba
a la luz pública un epítome de la vida del bienaventura­
d o Fr. Tomás de Villanueva, co m o anticipo o preludio de
una extensa Historia que no se llegó a publicar, y que hu­
biera sido un monumento digno del gran Prelado por mano
de un gran genio y artista.
A más de esas dos obras, que nos parecen las inás im­
portantes, la primera por su extensión, y por su calidad y
primor la segunda, se han publicado algunas otras, sobre
todo a raíz d e la muerte del Santo, tanto en España com o
en el extranjero. D e lo más importante sobre biografía y
estudios acerca de Santo I omás, darem os un resumen bi-
bliogrático al final de esta introducción. Pero no querem os
pasar por alto en esta ligera introducción dos estudios co n ­
tem poráneos, notables, si no por su extensión, sí por el fer­
voroso calor que los inspira, e índice de que aun no ha
desaparecido la memoria del gran A rzobispo y limosnero.
Nos referimos a Tomás de Villanueva, de Vicente Escrivá,
aparecido en V alencia (1941), y Santo Tom ás de Villanueva,
del P. V ictorino Capánaga, agustino recoleto, editado por
la Biblioteca Nueva en la colección Vidas de Santos Es­
pañoles (Madrid 1942).
La primera, Tom ás de Villanueva, es, com o nos insi­
núa su autor, una colección de estampas singulares sobre
una vida ejemplar, una serie d e emotivas pinceladas basa­
das en un fondo rigurosamente histórico, envueltas en un
ambiente d e cálido afecto. R eivindicación d e una gloria
singular, ornamento de la Iglesia española, esbelta palmera
del vergel agustiniano y fo co deslumbrante d e la archidió-
PRELIM INARES 7

cesis de V alencia. Sentida y amada con apasionado entu­


siasmo y descrita con fascinante colorido. Diríase que su
autor, com penetrado con la época del Santo y eco de las
ideas y sentimientos en ella imperantes, ha sabido, cual
solícita abeja, libar con delicadeza exquisita y ponernos de
relieve con acabada maestría los valores gsnuinos que en­
grandecen y exaltan nuestro gran siglo. Sacando a la plaza
pública de la literatura y el arte una d e las más ricas joyas
que yacía sepultada en el olvido más vergonzoso. Y reve­
lándonos a la vez sus magníficas cualidades ds captador
de m om entos hondos y facetas salientes. Indudablemente
llenó su com etido, dando a luz un libro interesante y atrac­
tivo, deleite de los ojos y em beleso de la imaginación.
Es lamentable que no haya alcanzado más difusión esta
ioya literaria, y que, en el rumbo vertiginoso aue los pro­
blemas acuciantes de hoy imprimen a la vida, se hayan visto
tantos privados d e una lectura tan interesante y que con
tal em oción nos hace sentir el p eso d e nuestras glorias pre­
téritas. Sería para nosotros una verdadera satisfacción des­
pertar con estas líneas la atención de muchos lectores y con ­
tribuir con ellos a renovar la aceptación que tuvo al salir
a luz. Cierto aue V icente Escrivá es hoy sobradamente c o ­
nocido y huelgan nuestros encom ios.
Santo Tom ás de Villanueva, del P. Caoánaga, es una
joya de distinto carácter aue la de V icen te Escrivá. Escrita,
quizá, con no m enos galanura de lenguaie. desde lu e g o ;
no necesitamos hacer tam noco la apología del P. Capánaga ;
es harto con ocid o del público culto, y sus cualidades lite­
rarias le han ganado un justo renom bre en la república de
las letras.
El intento d e la colección a que pertenece esta obra no
es otro aue extractar los valores más puros y acrisolados de
nuestra historia que se contienen en nuestra eeografía.
«trajear, com o d ice el P. Capánaga, las grandes figuras de
nuestros santos». Y a fe aue sabe hacerlo él con la co m ­
petencia del teóloeo y literato v con el encendido afecto de
hermano. ¡ C óm o discurre a través de todo el libro el fondo
netamente católico y teológico que forma la quintaesencia
del contenido de nuestra historia com o nación, la pureza y
brillantez de su estilo fácil v encantador, salpicado de be-
i a? Primer orden, y el regusto cariñoso y no exento
de cierto sano orgullo de contar en su alcurnia corporativa
con figuras de la talla humana y sobrenatural de Santo T o ­
más de Villanueva !
A unque corto y reducido, ha sabido escoger, cribar y
resumir con tal acierto los rasgos salientes de la vida del
Santo y poner tan de relieve los m om entos cumbres que se
destacan en su múltiple actuación pública y privada, que
8 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

la consideram os obra acabada en su género y m odelo de


semblanzas biográficas. Nos parecería de perlas encajarla
al frente de esta primera edición de las conciones en caste­
llano ; y con ello nos ahorraríamos el trabajo de pergeñar
unas cuartillas y el sonrojo de ver cuán pálidas y desvir­
tuadas han de salir comparadas con las suyas.

Con estas ligeras reflexiones queremos entrar en la tarea


de hacer una presentación del Santo, cuyos sermones sobre
la Virgen ven por vez primera la luz en español. Si aún hay
tesoros oratorios, teológicos, escriturarios y morales que e x ­
plotar en nuestra Patria, es probable existan d o c o s m onu­
mentos tan importantes com o las con ciones d e Santo T o ­
más de Villanueva, verdadero arsenal de predicadores y
estudiosos de la ascética y la mística. Y es lamentable, re­
petimos, que el público culto español continúe aún priva­
d o de sus enseñanzas. Cierto aue aquí no se dará sino una
ligera muestra de su obra. T od a ella forma una coleción de
seis volúmenes en folio, de los cuales el contenido de los
de la V irgen ocupa sólo la mitad del cuarto. Pero será esta
muestra com o un aperitivo : indudablemente estimulará en
los lectores el anhelo de saborear toda la obra del Santo y
a los más asiduos e interesados a explotar el rico filón que
se les descubre.
No podem os olvidar que en la oratoria pertenece Santo
Tom ás a aquella ilustre falanee de predicadores agustinos
que llenaron el gran siglo, y fué uno de los más ilustres re­
presentantes: los V ázquez. O rozco, M alón de Chalde, V al-
derrama, Castroverde, V illavicencio, Márauez ; «Gloriosa
constelación agustiniana» los llamó el P. O lm edo 7, nada
sospechoso de parcialidad, sino admirador entusiata de tan­
tos astros de tarimera magnitud. Entre los cuales sobresale
a gran altura Santo Tom ás, si no auizá por los recursos re­
tóricos, sí p or la ventaja de la santidad, que sabemos es el
factor más decisivo cuando se trata de aquilatar los efectos
de la elocuencia en el ánimo de los oyentes, al fin de cuen­
tas el ¡único hito de la misma, tanto profana com o sagrada.
Lo cita D. Miffuel Mir com o uno de los Drimeros represen­
tantes del púlpito esnañol, y de los que bastarían para dar
«alguna idea del esplendor p que se levantó la elocuencia
del 'oúlpito en nuestro siglo de oro» 8.
Pero de muchas de esas lumbreras no nos quedaron ca­
si muestras en español, sobre tod o de los primeros en el or­
den cronológico. Escribíanlas en latín para su gobierno, pa-
^ Fr. P t o n i s i o V á z q u e z . O. S A.. S erm on es. N otas y p rólog o del
P. F é lix G. O lm edo. S. T .: C lásicos C astellan os (M adrid 19431,
p. (54.
s S erm on es del P. Fr. A lon so d e C abrera, discu rso prelim inar,
p. 17 ■ N ueva B ib lioteca d e Autores E spañ oles (M a d rid 19301.
1. VIDA EN EL MUNDO 9

ra su orientación, com o un arsenal d e materias, notas, citas,


etcétera. Y así desaparecieron para siempre piezas inmor­
tales que serían hoy orgullo d e nuestra retórica, y a su luz
y resplandor podríam os codearnos con las naciones que se
consideran representantes exclusivas de la moderna oratoria
cristiana.
Es verdad que algo se va trabajando en la investigación de
nuestros oradores sagrados, y se va poniendo de manifiesto
que posee el pulpito español verdaderas joyas inexploradas
aún.

I. Vida en el mundo

N ace Tom ás d e Villanueva en 1488 en la villa de Fuen-


llana, provincia de T oled o, adonde se habían refugiado sus
padres, huyendo de la peste que se había señoreado de su
pueblo natal, Villanueva d e los Infantes, no muy distante
de aquel otro. De familia bien acom odada, noble por su
linaje, de todos reverenciada y amada, a lo cual, sin duda,
contribuía sobre todo el blasón de mayor nobleza que la
enaltecía, su cristianismo integral y generosidad desbordan­
te con los necesitados.
PADRES.— Llamábanse sus padres A lon so Tom ás García
y Lucía Martínez Castellanos ; y era la casa solariega d e los
García com o el paño d e lágrimas en que se enjugaban las
de la com arca, y el rem edio de los menesterosos de los ale­
daños. Parecía rivalizar el cristiano matrimonio en s o co ­
rrer a los pobres y colocar en Banco seguro su hacienda ;
cada cual se ejercitaba en esta virtud según sus ocupaciones
características. El padre prestaba gratis sus simientes a los
labradores, y sus dineros sin ningún interés a los que se lo
solicitaban, perdonándoselo con frecuencia vista su necesi­
dad ; y sostenía un m olino únicamente para los pobres, tra­
yéndose a su casa la harina que producía y repartiéndose
entre ellos después de convertida en blancos panes. La ma­
dre con toda solicitud y diligencia atendía que ningún p o ­
bre se alejara d e su casa sin la correspondiente lim osn a:
pan, harina, dineros, telas, ropas, llegando más de una vez
a despojarse d e las suyas propias para socorrer a algún
pobre que llegaba a tiem po de haberse agotado las que se
repartían. Esto, amén de los socorros en dinero y especie
que secretamente enviaba a personas vergonzantes.
Era la auténtica caridad cristiana la reina de aquel h o ­
gar, y sus manifestaciones tenían que erumpir en las formas
más variadas, no faltando, com o era natural, el matiz de
las conversaciones y comentarios con que mutuamente se
estimulaban en tan caritativa tarea. H ogar auténticamente
10 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

cristiano aquél, en que las palabras son aliento d e las bue­


nas obras y un efecto a la vez de las mismas.
Una nota digna d e admiración es cóm o Dios bendecía
aquel hogar y le hacía prosperar aun materialmente, pues
eran tales las limosnas, tan continuas y tan considerables a
veces, que podían poner en peligro la hacienda, si no fuera
por la providencia particular que Dios tenía de ellos. ¿C óm o
no iba a bendecir tan loables em peños?
Con todo ello y la honradez d e sus costumbres y la re­
ligiosidad a toda prueba, habíase convertido aquel hogar
en la casa patriarcal del pueblo, a la que todos respetaban
y consideraban verdadero refugio y protección del mismo.
C om o manifestación del ascendiente moral que ejercía, nos
citan con insistencia los biógrafos del Santo la seguridad
con que acudían los vecinos a depositar allí sus hijas don ­
cellas cuando la llegada o el paso d e tropas por el pueblo
les hacía presentir un peligro para su honestidad ; les pare­
cía garantía absoluta, com o lo demostraba la experiencia,
el dejarlas al abrigo de aquellos muros santificados por la
virtud y defendidos por el honor y autoridad de aquella m a­
trona venerable, que en su vida d e religión y caridad vió
más de una vez rubricadas sus obras co n el prodigio.
E l NIÑO.— Cuán difícil es que el buen y constante ejem ­
plo no sea semilla fecunda de buenas obras y que de pa­
dres nobles y virtuosos salgan hijos m alos y abyectos. Nues­
tro Santo no fué sino un reflejo acrecentado de las virtudes
y rasgos de sus progenitores: a porfía llevaba él a la prác­
tica la caridad serena y larguiflua d el padre y la desbor­
dante y afectuosa prodigalidad de la madre, excitando más
de una vez a los mismos en su obra de cristiana genero­
sidad.
Es una estampa magnífica y señera la de Tom ás d e V i­
llanueva en la hagiografía española y universal, una figura
de cuerpo entero y una personalidad inconfundible, cuyas
hazañas com ienzan a jalonar su vida desde la n iñ e z ; desta­
cándose a inconmensurable altura y achicando quizá a las
dem ás la cualidad de manirroto limosnero, que vemos disi­
parse en horizontes inabordables en la administración de
los bienes de su arzobispado, pero que ofrece rasgos ya in­
confundibles en los detalles que nos constan por sus biógra­
fos. A ún hoy, al través de cuatro siglos, nos impresionan
dulce y emotivamente aquellas escenas que no pierden a c­
tualidad y parece recobran emergencia en el contraste de
la descarnada frialdad .presente ; no es extraño que, preten­
diendo reñirle sus padres por las inconsideradas limosnas
que traspasaban los límites de lo racional, sintieran más de
una vez sus ojos preñados de lágrimas viendo la inocencia
1. VIDA EN EL MUNDO 11'

de su ángel y el nivel sin límites de sus sentimientos hu­


manitarios y cristianos.
HERENCIA LIMOSNERA.— C om o si nada de lo suyo fuera
propio, nos d ice gráficamente Q uevedo, «de todo lo que
tenía y traía y le daban sus padres no era más tiempo d u e­
ño del que tardaba en tener de ello necesidad algún pobre» 9.
¡ Qué escena aquella d e la gallina clueca y sus polluelos !
Se enfcontraba solo en ca sa; una criada que había queda­
do para guardarla no tenía las llaves d e la despensa, ni ha­
bía posibilidad d e encontrar cosa alguna con que socorrer
a seis necesitados que llamaron a las puertas de la casa hi­
dalga. Su com pasión le hace ingenioso y no repara en ob s­
táculos : uno por uno fueron pasando los polluelos a manos
de los m endigos contra las protestas airadas de la clueca.
Y si viniera otro más, decía dando satisfacción a su madre
que dulcem ente le reconvenía, se llevara la clueca ; no me
sufre el corazón que el pobre se aleje sin limosna de la casa.
¿Q u é madre resistiría la tentación de trocar el m erecido re­
proche por un no menos m erecido apretado abrazo de m a­
ternal ternura ?
Los detalles se repetían con alarmante frecuen cia: los
zapatos nuevos se cambiaban por los viejos que llevaba un
mendigo o pasaban d e sus pies a los de éste ; sus ropas ad­
quirían nuevo dueño en cuanto topaba con un pobre des­
harrapado ; el desayuno que le preparaban para ir a la es­
cuela, iba siempre a satisfacer el estómago de algún m enes­
teroso. Los ardides de que se industriaba para estas faenas
y el candor con que satisfacía a su santa madre al repren­
derle, sólo de m alma angelical e iluminada por Dios p o ­
drían originarse 10.
BROTES DE SANTIDAD.— Ni se vaya a pensar que esto era
fruto de un natural humanitarismo ; bastara desde luego la
sola contem plación de tanta miseria com o pulula por esos
mundos d e Dios para m over y enternecer al corazón hu­
mano. Pero en Tom ás, a más de estos hontanares de sen­
timientos humanos, otro era el origen d e su desm edida ca­
ndad. A la par que la com pasión del pobre habíanse des­
arrollado las demás virtudes cristianas: cristianos viejos
eran sus padres, y desde el primer m om ento cuidaron de
inculcar en el primogénito su piedad acendrada. Gentes de

Vida d el b ien a ven tu ra d o F r . Tom ás d e V illanueva, p. 5 9 : B i­


blioteca de A u tores E spañoles, t. 48.
10 M a g n ifica y ca u tiv a d ora es la estam pa q u e co n pin cela da s
M aestras n o s d ib u ja el P. C on ra d o MuiñoS en la fig u ra d e T om a -
swi, u n o d e los cu en tos que in tegra n sus con ocid ísim a s H oras de
vacaciones. N ada h a y allí de e x a g e r a d o : o son a u ténticos d atos
h istóricos o con d en sa ción d e observacion es arrebatadas a la rea­
lidad.
12 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

raigambre española, en el siglo d e la floración de una fe


sincera y consecuente, eran sus destellos los que orientaban
la febricitante actividad de aquellas almas inquietas y afa­
nosas de grandes empresas.
Las amplias avenidas hacia la intimidad co n Dios a que
luego darían carta d e naturaleza en sus escritos nuestros
místicos, no eran sino el ensanche de las veredas que sus
antepasados habían recorrido impulsados por el con venci­
miento de aue Dios se dignaba tratar con ellos y aceptar sus
obsequios. Era el resultado de esa fe genuina, elevadora
de nuestra vida terrena, revalidadora de nuestros actos m ez­
quinos, que da categoría de sobrenatural a nuestro humano
fluir. Las duras penitencias d e Tom ás en sus años infantiles,
sus prolongadas oraciones, la repetición con sus com pañe­
ros de los sermones de la Ielesia... ¡C uánto nos descubren
de un alma enamorada de Dios y qué testimonio más irre­
fragable de un encendido amor y un convencim iento pleno
de que la vida no tiene sentido sin una orientación íntegra
hacia lo sobrenatural!
Si es verdad que los biógrafos no nos han conservado si­
no retales de estos años primerizos, y pasan com o d e corrida
por ellos, achaques son de los tiempos, que no del material
que les sobraba. Abiertos a horizontes ilimitados y con la
mente cargada de grávidas católicas am biciones, no podían
entretenerse en las menudencias, por santas que sean, con
aue en algunos m odernos pretenden captar nuestra aten­
ción com o si no tuvieran temas más trascendentales en que
ocupar sus ratos de ocio.
Se ENTREGA a l o s ESTUDIOS.— El niño crecía v con su
edad se acrisolaban las virtudes en el palenque de las re­
laciones con sus com pañeros, obstáculo a la vez y contraste
fiel de las sanas v robustas costumbres. Del que sabe sor­
tear ileso los escollos que acechan a la virtud en esos difíci­
les años de la pubertad, bien ouede asegurarse mantendrá
enhiesta en el resto d e sus días la bandera de su honradez y
religiosidad. H oy desde luego quizá más que entonces, a dia­
rio contem plam os la marejada en que tienen que debatirse
tantos y tantas jóvenes en todas direcciones solicitados.
Con el acopio de conocim ientos adquiridos en la escuela
v los recursos del desoierto talento que se había revelado,
llegó el m om ento de abandonar el pueblo natal y su familia
oara entrar en la corriente del saber, que junto con la de
las armas polarizaba entonces los afanes d e todos los esoa-
ñoles. Salamanca y Alcalá. Palabras mágicas en los oídos
de nuestros antepasados, que aún hoy no han perdido la
aureola de la ciencia y del saber : cifra y cum bre de las as­
piraciones hidalgas, que no podían arom odars^ al anoni­
mato del terruño ; focos poderosísim os de luz intelectual que
1. VIDA EN EL MUNDO 13

monopolizaron, por decirlo así, los altos estudios d e la Es­


paña de entonces y com petían noblem ente con los más re­
nombrados centros de la cristiandad. Las márgenes del Tor-
mes y el Henares tienen que saber m ucho de jaranas y cui­
tas estudiantiles.
1503. A A lcalá dirigió sus pasos el hijo de A lfon so Gar­
cía ; bien pertrechado el espíritu, com o lo iba su inteligen­
cia, para salir a flote d e la Babel en que se engolfaba ; aue
nunca la estudiantina jaranera e indisciplinada d e aquellos
días fué el ambiente propicio para la integridad de costum ­
bres y delicadeza de sentimientos.
P oco nos cuentan d e su vida de estudiante, ni nos hace
falta. Las tareas abrumadoras no dejaban tiem po para hol­
gar al qué pretendiera sobresalir, y la solidez de la form a­
ción daba un tono de austera seriedad a los claustros uni­
versitarios. T om ás García (así se apellidaba p or aquellas
calendas) fué siempre un m odelo de estudiantes; su tesón
invencible y su preclaro ingenio atrajeron pronto la aten­
ción de maestros y condiscípulos. C om o si se presintiera
portador de un alto destino, escasos le parecían los m om en­
tos para m ejor disponerse a cumplirlo. No eran problemas
económ icos ni am biciones mundanas ; bien lo sabía Dios,
y también él lo sabía. D e los primeros había estado siem­
pre libre y desligado, y su desenlace fué la renuncia del
patrimonio que su padre, muerto durante sus años d e A lca ­
lá, le dejara. Q uiso volver a sus estudios libre com o el pá­
jaro, para lo cual hizo donación de toda su herencia a los
pobres, fundando un hospital, que d otó d e lo necesario.
Las aclam aciones de sus condiscípulos, las alabanzas de
sus maestros, el éxito rotundo d e sus intervenciones, la au­
reola de estimación que se había granjeado, podían ser parte
a suscitar nobles am biciones: ¿n o oarecía reservado para
él un lugar en aauella famosa república de las letras? ¿ N o
le habían señalado con el d ed o entre aquella primera y es­
cogida grey que p ob ló el insigne C olegio de San Ildefonso,
fundado p or el cardenal, digno de eterna m emoria, Jiménez
de Cisneros? ¿N o le había puesto por m odelo en público
el venerado maestro Juan de V ersara? ¿N o se le proveyó
catedra de artes en cuanto se graduó co m o maestro de las
mismas v licenciado en teología ? ? N o desem peñ ó con ge­
neral aplauso y aprovecham iento de sus discípulos la cáte­
dra, contándolos tan aventajados v sobresalientes com o el
maestro Hernando de Encinas v Fr. Dom ingo de Soto, luz
de tantos teólogos ? <•'Q ué le faltaba para llegar al pináculo
de Ja gloria y al cénit de la celebridad?
E n c r u c i j a d a . — El eoílogo lo puso la Universidad d e Sa­
lamanca. La fama de las brillantes explicaciones y el talen­
to de T om ás García había llegado a las aulas d e la Atenas
14 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

española. Y ganosas sus autoridades de contar en su claus­


tro de profesores a sujeto tan eminente, sin él solicitarlo
ni tener conocim iento, enviaron una em bajada portadora
de honrosísima d istinción: acababa d e quedar vacante la
cátedra de filosofía natural y habían puesto en él los ojos
para que la explicase en condiciones ventajosísimas. ¿ A
qué más podía aspirar un profesor joven, enam orado del
saber, que a formar parte de la pléyade de sabios que tan
alto estaban poniendo dentro y fuera el nom bre de Sala­
m anca ?
Ni se d e jó desvanecer por tan halagüeñas perspectivas
ni le infatuaron tan risueñas esperanzas ; otros eran los d e ­
signios que Dios tenía sobre él y otras las aspiraciones e
ilusiones que albergaba en su corazón. La piedad infantil,
sencilla y transparente, se había hecho reflexiva y robusta,
consciente de sus destinos. Si al impulso del calor hogareño
su corazón generoso, libre de las trabas del p ecado, se ha­
bía encam inado a Dios con el afecto d e una candidez ino­
cente y límpida, superados sin la menor salpicadura los b o ­
rrascosos escollos de los devaneos estudiantiles, en las alda-
bonadas incesantes d e su oración retirada y en el martilleo
restallante d e sus despiadadas disciplinas había colum bra­
d o ahora horizontes más dilatados, y derroteros más tenta­
dores se habían abierto ante su espíritu. Había que añadir
sus conocim ientos, cada vez más profundos, del valor del
alma humana ; que no ñor el afán del saber especulativo
se había enfrascado en los estudios. No podía ser que su
alma, tan ricamente dotada y cultivada con tal esmero, tu­
viera que anclar definitivamente en la falaz hojarasca de
frondosidades mundanas ; la elevación de sus pensamientos
sentía cada día con mavor com ezón los latigazos de gélidos
vacíos, de efímeras añagazas.
V o c a c i ó n d e c i d i d a . — Muchas horas consum ió tratando
de despejar la incógnita fundamental y decisiva d e su vida ;
m uchos susoiros y aDremiantes llamadas salpicaban su re­
coleta o ra ció n ; m uchos golpes descargaron sobre sus es­
caldas en demanda de luces ; la oración y el vapuleo son
los dos recursos socorridos en su vida y resortes soberanos
aue le solucionan los problemas más espinosos. Con esta se­
riedad y reflexión maduraban aauellas figuras una resolu­
ción aue había de ser básica v definitiva en su ' ,:da.
No le es difícil ver lo que Dios quiere de él. Cuando con
generosidad e indiferencia dejam os que la voluntad del Se­
ñor disponga a su arbitrio de nuestros destinos, pronto sue­
len aclararse nuestras dudas y va cila cion es; no son las d i­
vinas luces ambiguas y dudosas ni fluctúa indeciso su ben e­
plácito. L o que suele entorpecer nuestra marcha son los
prejuicios con que em prendem os la ruta de nuestras inda­
1. VIDA EN EL MUNDO 15

gaciones y el pretender con premisas preconcebidas una


conclusión satisfactoria y meridiana.
El Señor le llamaba a tomar parte activa en la vida de
su Iglesia. A unque no había recorrido más m undo que el
que separa a Villanueva d e A lcalá, era sobrada ventana
aquella Universidad para con ocerlo y ver las necesidades
cada vez más apremiantes d e obreros en la ardua tarea de
la evangelización. Aparte el angustioso reclam o que de
allende los mares recientemente surcados martillaba inelu­
dible en todo p ech o español, no m enos angustiosas eran
las necesidades del viejo continente cristiano ; negros nuba­
rrones preñados d e tormenta se cernían sobre Europa. La
corrupción d e costumbres, en parte debida a la deform a­
ción del renacimiento humanístico, que se había apodera­
do del m undo cristiano, sin respetar los cotos cerrados d e la
jerarquía eclesiástica; el despertar de un mundo m edieval
ganoso de libertades, el confusionismo religioso que a la
sombra d e estos factores se estaba incubando y a punto ya
de explotar, hacían concebir menguadas esperanzas y tris­
tes presentimientos respecto al porvenir de la Iglesia.
E l e c c i ó n . — Tom ás no puede mantenerse ajeno a la lu­
cha que se avecina, y quiere arrimar el hom bro para c o o p e ­
rar a conjurar sus embates. Y a está decidida su voca ción :
renuncia a un futuro risueño m undano, consagración a las
austeridades d e la vida escondida con Cristo. Consagración
que piara ser total y sin reserva ha de realizarse en el re­
manso del claustro, en la vida cenobítica, d ond e sólo le
queda al alma el derecho de aspirar a una perfecta unión
e identificación con Cristo mediante la guarda solícita y per­
petua d e los consejos evangélicos. Muchas y seguras tra­
yectorias se le brindan al hombre cuando trata d e llevar a
ca b o esta empresa ; eg admirable la fecundidad de la Igle­
sia para marcar directrices a los anhelos de sus h ijo s: al
encuentro d e las necesidades que surgen cada día brotan
también d e su fecundo seno nuevas corporaciones religio­
sas puestas bajo la sombra y amparo d e una R egla auto­
rizada y unos Estatutos o Constituciones que la com pletan
y acom odan más a los tiem pos. Querem os cerrar estas re­
flexiones con la límpida y sobria sencillez del más autoriza­
do biógrafo del Santo, que nos explica la elección definitiva
y el porqué de la misma. L u ego de narrar las diligencias
que hizo para conocer la voluntad d e Dios, term ina: «Sien­
d o de edad de veintinueve años para los treinta 11, pare-
ciéndole la Orden de Nuestro Padre San Agustín m uy co n ­
veniente a sus d eseos y propósitos, por ser la Regla de este

11 N a cid o e l 1488 y tom a n d o el h á b ito e l 21 d e n oviem b re


de 151$, se n o ta e l lapsus cro n o ló g ico en q u e aqui in cu rre el
P. Salón.
16 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

gloriosísimo D octor (aunque todas lo son) tan santa y ejem ­


plar, y ajustada a la p erfección evangélica y vida de los
santos apóstoles, que fueron los primeros religiosos de la
Iglesia; y la observancia de esta Orden, puesta en un buen
m edio, que ni d e pesada o rigurosa excedería sus fuerzas,
ni m enos de libre o floja entibiaría su devocipn, determinó
entrar en ella. Y así, teniendo noticia d e la gran religión
y recogim iento que se guardaba en la casa de Nuestro Pa­
dre San Agustín de Salamanca, dejada la Universidad de
A lcalá y cuanto en ella y en cualquier otra podía pretender,
se fué allá a pedir el hábito de nuestra O rden» 12.

II. R eligioso p erfecto

E n EL VESTÍBULO DE LA RELIGIÓN.— Día 21 de noviembre


de 1516. El convento de San Agustín de Salamanca está de
fiesta: recibe hoy en su seno a quien le dará un lustre sin­
gular. Fam oso era ya por los hombres ilustres que en vir­
tud y letras había dado a la Iglesia. Precisamente hablando
del P. Francisco de la Parra, prior en aquellos años, dice
Q u e v e d o : «H om bre insigne en santidad y letras, uno de
los m uchos que ha producido aquel religiosísimo con ven ­
to» 13. Bien podían repicar a gloria las campanas d e la torre
y vestirse d e p om pa y majestad el ámbito de la iglesia de
San A gu stín : por las puertas se le entraba el que había de
ser oráculo fam oso d e su pulpito y atractivo imantador de
las almas. Si fama y renombre tenía ya el convento de San
Agustín, harto difícil sería calibrar quién a quién honró
más. El convento al nuevo n ovicio o el nuevo n ovicio al
convento. Un elemento de juicio aclaratorio nos lo propor­
ciona el lucido elen co de religiosos preclaros que en sus
manos hicieron sus votos o bajo su inspiración renunciaron
al m undo o recibieron el influjo de sus letras y virtudes:
Padres Jerónimo Jiménez, Francisco de Nieva, Juan Esta-
cio, Beato A lon so de O rozco, Juan Bautista M oya, A lonso
de Borja, Agustín de la Coruña, Hernando d e Castroverde,
Juan d e G uevara..., cuyas vidas ejemplarísimas y maravi­
llosas d e celo ensalzan nuestras Crónicas y pregonan las
gestas llevadas a cabo principalmente en A m érica, adonde
se dirigieron la m ayor parte para dar horizonte a la sed de
almas que consumía las su y a s; no podem os demorarnos
aquí para exponer ni los rasgos principales d e estos santos
varones.

i2 P. M i g u e l S a l ó n , V ida d e S a n to T om ás d e Villanueva, c. 4.
ed. d el M on a sterio d el E scorial, 1925.
” Q u e ve d o , V id a del b ien a v en tu ra d o..., p. 60.
2. RELIGIOSO PERFECTO 17

E n EL CRISOL.— Iiem p o d e prueba suele denominarse


al del noviciado. P ero una prueba trip le: de la corpora­
ción, del individuo y d e Dios. La corporación, cuyo fin es
su propia conservación y la santidad d e sus miembros, pone
delante d e sus neófitos sus leyes, sus observancias, sus aus­
teridades, cuantas dificultades y atractivos se encuentran
en su seno. Trátalos, es verdad, com o madre amorosa y
tiene para con ellos las ternuras y delicadezas que requiera
la infancia espiritual. Pero esos mimos y regalos no pueden
convertirse en blandenguerías ilusorias; son un m edio no
más y un recurso para sacar adelante la delicada y tierna
planta. Por eso también, y de un m od o particular, ha de
hacer presente las dificultades que surgen en el curso de
la vida religiosa.
Y aquí entra la prueba del individuo. V iene al claustro
con anhelos de perfección. El mundo le cansa y abruma
con su vaciedad ; su corazón no se sacia con los señuelos
que le brinda. Y así se siente hechizado por la vida reli­
giosa : un remanso de paz para su alma agitada, una ple­
nitud para su espíritu vacío. Por eso todo en ella parece
sonreírle y halagarle: la soledad, el silencio, los rezos, las
ceremonias, la bondadosa virtud de su maestro, el trato de­
licado y cordial d e sus hermanos, los horizontes halagüeños
que se abren ante su espíritu..., una euforia arrulladora se
apodera de todo su ser. Pero no es eso sólo la vida religio­
sa . Se presentarán días d u ro s: el espíritu se verá privado
de esa serena diafanidad, las tinieblas ensom brecerán el an­
tes riente horizonte, el espíritu del mal forjará atemoriza-
dores trampantojos, a su vista se entibiará la cálida frater­
nidad de sus hermanos ; las amorosas exhortaciones de los
superiores se trocarán, a su parecer, en reconvenciones ás­
peras y desabridas ; el benéfico rocío del cielo se evapora­
ra, sucediéndole el gris de la sequedad y el hastío ; la carne
también pretenderá tornar por sus fueros... Se hace preci­
so tensar el arco con constancia, aquilatar su resistencia y
contrastar con calma si las fuerzas podrán soportar la prue­
ba que se ha de prolongar por toda la vida.
Mas sobre todo está la prueba de D io s : por El, en últi­
m o término, ha renunciado el novicio a los halagos de la
carne y a las am biciones mundanas, para llegar mediante
esa renuncia, que ha d e alcanzar su cénit en la religión, a
la reproducción del divino m od elo Cristo Jesús. ¡ La pro­
videncia amorosa y delicada de Dios co n las también d e ­
licadas flores d e su huerto cerrado ! «C om o a niños recién
nacidos» 14 amamántalos el Señor con la leche del espíritu,
prodigándoles las caricias d e sus solicitudes paternales para
suavizar la brusquedad del cam bio por El llevado a ca b o.

14 1 Petr. 2,2.
18 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

Son los días del noviciado, son las almas ingenuas d e estos
nuevos pim pollos recipientes en que derrama com placido
el néctar d e sus regaladas blanduras, las cálidas efusiones
d e sus intimidades. Pero la vida d el mañana reserva sor­
presas y contrariedades, y el m odelo no recorrió un camino
de rosas: es preciso imitar a éste y estar tem plado para
soportar aquéllas. Serán una vez las tentaciones d e la car­
ne, se abultarán otra las exaltaciones d e la imaginación ; la
tibieza tratará d e infiltrar su esterilidad enervante, la se­
quedad amagará con el tedio de una vida insoportable ; al
dem onio, por otra parte, se le autorizará a tender fascina­
dora la com plicada red de sus em belecos ; las austeridades
y asperezas cargarán las sombras d e sus am arguras; el
prolongado silencio y soledad sijnulará el espectro sepul­
cral sin válvula de escape.
Días enteramente consagrados a D ios y d edicados a m e­
dir las fuerzas y calcular las distancias para un futuro cuyo
límite es la muerte. La seriedad d ebe presidir esas horas
preñadas y fecundas ; no es un juego d e niños para tomar­
lo con ligereza y superficialidad.
Es precisamente lo que buscaba Tom ás García. No era
ya un jovenzuelo con ilusiones efímeras. Había ¡meditado
m ucho y había rezado m ucho y habíalo consultado m ucho
antes de dar el paso definitivo. Nada podía sorprenderle ya
ni sobrecogerle ; no era fácil volverse atrás ni dejarse d o ­
minar por las dificultades. Entró plenamente convencido
de que era ésa la voluntad de Dios, d e que el Señor le
quería bajo la enseña agustiniana. Y convencido, además,
de que venía a santificarse y no a otra cosa.
B a s e y c o r o n a c i ó n : O r a c i ó n . — En el noviciado com en ­
zaron, no ya a fundamentarse, sino a brillar y destacarse
aquellas prácticas y virtudes que definen a un religioso y
encuadran su estampa de perfección, y que habían de ser
el talismán de su vida y sus éxitos.
La oración com o base ; no media hora, una hora de m e­
ditación, que con la misa y otras devocion es dan a m uchos
religiosos y personas devotas pie para creerse hom bres de
oración. ¡ Q ué ridículo y m ezquino juzgarse haber llegado
casi a la perfección o creerse en camino seguro co n esos
pertrechos! La oración de las almas com o Fr. Tom ás, que
aspiran a la perfección de verdad, no tiene límites ni com ­
partimentos estancos: las obligaciones, las obras de cari­
dad, los actos de com unidad pueden ser (que no lo son) los
únicos estorbos o los únicos m ojones que deslindan el trato
exclusivo con Dios, c No es la santidad el único motivo de
la vocación del cristiano, y más aun del religioso? ¿ Y dón­
de granjearla con más seguridad que en el trato íntimo con
D ios? Más aun, ése es ya, podem os decir, el com ienzo de
2. RELIG IO SO PERFECTO 19

esa santificación, puesto que a identificarnos con E] nos


A sí lo han entendido las almas santas, nuestros pro­
lle v a .
totipos ; así lo entendió Fr. Tom ás, que desde el primer
momento d ed icó a la oración toda su atención y estima y
le consagró todo el tiempo que sus estudios y ocupaciones
le dejaban libre ; m ucho más durante los días del novicia­
do, en que aquéllos y éstas suelen ser muy m oderados.
Sería curioso poder penetrar en el alma del ferviente n o­
vicio, tan impuesto en la doctrina espiritual de los escrito­
res eclesiásticos, y analizar el grado de oración a que lle­
gaba ya entonces y más tarde alcanzó. No hay duda que
sería un precioso docum ento, y es una pena que, cual otra
Teresa o San Juan de la Cruz, no nos hava legado los fru­
tos de su experiencia personal, que habían de ser intere­
santísimos.
L e c c i ó n . — Un arma preciosa en el com bate de la vida
espiritual encontraron siempre las almas escogidas en la
lectura. Para resistir a los halagos d e los sentidos, para des­
enmascarar las ilusiones del dem onio, para librarse de las
acariciadoras quimeras de la imaginación, menester es un
acopio y aprovisionamiento nada com ún d e materiales ; se
hace necesario pertrecharse convenientem ente, a fin de no
estar a m erced de vaivenes y devaneos. La l?ctura esD¡-
ritual, el repaso de lo que nos suministra el divino Espíritu
en sus Escrituras, los santos en los rasgos hazañosos de
sus vidas y los maestros en sus obras, h-a de ser ocupación
favorita aue llene la vida d e los que anhelan seguir las hue­
llas de Cristo. No puede considerarse la lectura espiritual
com o un pasatiempo edificante, com o materia d e relleno
de tantos ratos que no tienen ocupación determinada en
nuestra vida, com o piadosa ocu pación de nuestra pereza e
indolencia.
No lo entendieron así los santos, cuyas huellas tan de
cerca seguía, por no decir que iba abriendo, nuestro in­
signe novicio. «N on multa, sed multum» es el recurso b á ­
sico que nos proponen los maestros para sacar fruto fecun­
d o y durable. No se dispersaban las energías de Fr. T o m á s ,
com o suelen desvanecerse hoy las de tantas almas piadosas,
en la lectura de tan prolífera abundancia de libros espiri­
tuales. Se entregaba con verdadera ansia, y casi con pasión,
a las Sagradas Escrituras, al melifluo San Bernardo : horas
y horas rumiaba sus páginas, desentrañando el sentido es­
piritual y místico de las unas v asimilándose la unción y
piedad que rezuman las obras del otro. Sabía de sobra que
no oodían ser unas frasecitas bien sonantes ni unos pen­
samientos fáciles v curiosos el ob jeto de tal aplicación. Sí,
que, cuando se forjaban aquellos hom bres de temple a
toda prueba, no buscaban coleccioncitas m uy monas que
20 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

en la superficialidad de su -bagaje intelectual les ayudasen


a disimular o encubrir la vaciedad típica de estos tiempos
de tan inútil o perniciosa lectura. H abía que regar el árbol
del corazón, y para ello se precisa que el agua que destila
la lectura penetre hasta las raíces.
Más tarde, el ya profeso y sacerdote P. Tom ás se en­
frascará en la lectura de San Agustín, Santo Tom ás, etcé­
tera, para preparar sus lecciones com o maestro y para ayu­
darse en el ejercicio de la predicación. En la actualidad,
en el reposo del noviciado, es hora sobre todo de formarse
a sí mismo y de asentar sólidamente el edificio de la per­
sonal santificación.

RETIRO.— Es otra característica y virtud de nuestro n o­


vicio. ¡ Cuántas palabras inútiles, cuántas conversaciones
estériles, cuántos ratos perdidos, para no hablar de los mal­
gastados ! Y a estaba apercibido Fr. Tom ás de los dispen­
dios ociosos que consumen o pueden desgastar nuestras
reservas. La vida de estudiante en A lcalá le había ense­
ñado tanto... Las juergas v diversiones d e mal gusto, las
horas perdidas en el vagabundeo casi inevitable d e aulas
universitarias, el obligado y vacío com entario de cotidianos
com ineros acaeceres, no pudieron nunca hacerle juguete
de sus giróvagos escarceos. De ahí que en el noviciado
conservase aquel retiro que le hacía notar en el observan-
tísimo convento de Salamanca y guardase tan perfecto si­
lencio, que sería una maravilla verle hablar si la obediencia
no le forzaba a ello, o verle fuera d e su habitación si al­
guna ocu pación no le obligaba. Tenía que tintinarle en los
oídos y reflejar su eco en el alma la frase llena del K em p is:
«Quoties inter homines fui, minus hom o redii»... Y a pue­
den los espíritus m odernos y abiertos a todas las vibracio­
nes del espíritu humano reprochar a esas almas enam ora­
das del retiro y el silencio su huraño misantropismo, com o
si esquivaran sistemáticamente el com ercio humano por c o ­
bardía y com plejo de inferioridad, por m enosprecio d es­
deñoso de los que consideran inferiores a sí mismos o por
temor hipocritoso y gazmoñero de contam inación. Están
estas almas m uy por encima de esos petulantes que no re­
paran en criticar y censurar desatinadamente lo aue su es­
píritu rom o no es capaz de rastrear. N o era el m iedo ni la
esauivez huraña ni la afectada mojigatería lo que alejaba
a Fr. T om ás del excesivo trato de los h om bres; estaba él
ya bien curtido y práctico para dejarse em baucar por se­
mejantes tergiversaciones. Más se aprovecha de unos m i­
nutos con Dios aue de largas horas con los hom bres. Ni
vale decir que el edificarlos con nuestra conversación y
buenas costumbres es salvaguardia o disculpa suficiente
para prolongar nuestros coloquios y pasatiempos, ¡ Cuánto
2. RELIG IO SO PERFECTO 21

tiempo perdido y energías malbaratadas con tan especioso


motivo ! No son ellos solos, las figuras proceres, los que
com prenden esta v e rd a d ; nos aventajan únicamente en
conocerla a tiempo ; porque a la larga todos estamos a cor­
des, y tenemos la prueba en el aplauso con que luego ru­
bricamos su actitud. ^ i / i - j
Tal com en zó Fr. T om ás desde sus primeros días de vida
religiosa: el retiro, la soledad, el silencio, no fueron re­
cursos de un espíritu insociable y hosco, sino el m edio para
forjar y dar temple a su personalidad inconfundible e inal­
terable ya desde entonces en los trances más prem iosos y
desiguales, y el preludio también d e un aprendizaje que
sólo en la muerte alcanzaría su remate y coronamiento.
SUMISIÓN.— De propósito evitamos la palabra obedien ­
cia cuando vam os a tratar de la virtud básica y cumbre del
religioso, y que en grado heroico fué com o el distintivo
de Fr. Tom ás desde los primeros días d e su vida religiosa.
Es axioma de lo más rudimentario entre los que se dedican
un p oco a la vida d e la gracia que la obediencia es más
agradable a Dios que el mismo sacrificio 15, que por su na­
turaleza tiende a recon ocer y proclamar el soberano d om i­
nio. Y vem os có m o precisamente el sacrificio cum bre, figu­
rado por todos los dem ás y del cual recibían su fuerza
aplacadora, fué el sacrificio de la voluntad de su H ijo y su
sometimiento a la voluntad del Padre, constituyendo esa
inmolación de la misma (que llevó consigo la del cuerpo)
la redención universal, plena y superabundante, del género
humano. A l abandonar el siglo y recluirse en la Religión
que, según todas las garantías, el Señor le señalaba, era
también elemental para Fr. Tom ás la convicción de oue no
eran las austeridades, ni los rezos prolongados, ni los la­
boriosos esfuerzos de la cátedra, etc., el objetivo de la _vida
religiosa: la negación de la propia voluntad, el rendimiento
del juicio propio, la resignación de los apegos personales,
ahí estriba el fundamento y remate de la perfección re­
ligiosa.
Por eso decíam os que no aueríamos encabezar este
apartado con la palabra ob ed ien cia : hay algo más elevado
v perfecto que lo que vulgarmente se encierra en esta p a­
labra. La sumisión a la voluntad, a las órdenes, a los deseos
mas nimios del superior, lleva consigo la sublimación de
•a obediencia, la elevación de esta virtud al grado heroico,
Que es com o la corona a la vez de todas las virtudes : en
esas alturas sublimadas se confunden la resignación o su­
misión de todo lo humano con la obediencia.
Bien es verdad que, por su temperamento y por el lar­
22 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

go dom inio de sí mismo, p o co tenía que vencer ya para al­


canzar la palma del varón obediente, para cantar las victo­
rias que ls promete la Escritura 16. C on esos arreos y el
esfuerzo por no salirse en un punto de la voluntad de sus
superiores, llegó en sus principios a encam ar en sí el olvido
de sí mismo, el vacío de su querer, para dejar espacio donde
pudiera el Señor tomar plena posesión de él.
O t r a s VIRTUDES.— No podem os seguir paso a paso los de
gigante con que corrió siempre nuestro Santo, ni podem os
ir haciendo el recuento y apología de las demás virtudes ;
aparte de que nos sentimos incapaces para penetrar y fran­
quear a los dem ás las trojes d e su alma, no podem os d em o­
rarnos ni siquiera en pretender semejante empresa ; es obra
de más grandes arrestos y de espacios m enos limitados. Por
otra parte, no es tam poco necesario: al contemplarle des­
tacar con tales resplandores en las que preceden, al escuchar
las alabanzas en que se deshacen todos los que le con ocie­
ron, al leer sobre todo en sus conciones los encendidos
afectos y ponderaciones efusivas, al repasar y considerar
los restos vivos de sus actividades y com o prolongación
de su misma vida, ¿ qué hem os de decir y pensar de su hu­
mildad, su encendido amor de Dios y del prójim o, su ter­
nura delicada y emotiva para con la Santísima V irgen, su
límpida y rutilante pureza, virgen hasta el fin de sus días 17 ;
su celo por la gloria de Dios y la salvación d e sus prójimos,
el rigor d e los ayunos, cilicios, etc., que conservó aun siendo
arzobispo, etc., etc.? Y sin exageraciones vanas ni preten­
siones halagadoras, que huelgan para los que tienen a Dios
com o única am bición, podem os afirmar que en el novicia­
do com enzaron a brillar y alcanzaron su apoteosis la mayor
parte d e esos rasgos, que a su tiempo se manifestarían com o
fruto sazonado y seguro.
P r o f e s o . — El final del año d e noviciado es siempre una
fecha anhelada y nostálgica a la vez. El novicio consciente
de su vocación sabe que tal fecha representa ej broche de
oro con que se cierran Jos áureos eslabones d e esa cadena
del noviciado, y es en puridad la realización de sus dorados
ensueños: consagración de la persona y todas sus facul­
tades a Dios y entrega total al divino Esposo de las almas. De
ahí la ilusión y entusiasmo que para el religioso encierra
siempre día tan m em orable ; en él cifra lo más puro y afi­
nado de las aspiraciones de su espíritu en esta vida. Bien
que, por otra parte, sumerge com o en la penumbra tan
fausto acontecimiento la certeza de que se evaporan y des-

if. prov. 21,28.


17 T e stim o n io d e su co n fe s o r a la m u erte d el S anto.
2. RELIG IO SO PERFECTO 23

v a n e c e n la serenidad y felicidad inalterables que en su vida


de noviciado le sonríen incesantemente.
En estos encontrados sentimientos se hallaba embarga­
da el alma del bendito Fr. lom ás. Pero era llegado el día,
y había que dar paso definitivo en su vida terrena, para
en adelante sólo buscar el cumplimiento de la divina volun­
tad ; y, lleno d e fervoroso afecto, se dispuso para el acto,
que realizó con tal devoción, que las lágrimas fueron elo­
cuente testimonio. Había tom ado el hábito el 21 de n o­
viembre, fiesta d e la Presentación d e la Santísima Virgen
en el templo, y profesaba el 25 del mismo mes, fiesta de
Santa Catalina, virgen y mártir.
G ozosos y santamente orgullosos se sentían los Padres
del convento d e San Agustín ; no hace falta decir que con
unanimidad entusiasta se acercaron a dar su voto, necesa­
rio para admitir a un novicio a la profesión. No podía ha­
ber divergencias donde tan evidente era la preparación y
tan sin m edida las pruebas que aquél había dado. Por eso
señalan con piedra blanca aquellos benditos Padres la pro­
fesión de Fr. Tom ás, y levantan sus ojos agradecidos al
cielo, que con tal tesoro les obsequiaba. Si no presentían sus
espíritus, sí celebraban sus corazones la coincidencia pro-
videncialista. Mes de noviem bre de 1517, mes imborrable
en los anales agustinianos, m es d e chispazo de catástrofe
y de radiante alborear, mes d e la más negra y traidora pu­
ñalada y mes del blasón más brillante estampado en el
historial hispanoagustiniano: Martín Lutero y Tom ás de
Villanueva, los d os polos op u estos: el i d e noviem bre
de 1517 18 aparecían las famosas tesis de Lutero clava­
das en las puertas del castillo de W ittem berg, com o sím­
bolo de la más feroz y firme rebeldía contra la Iglesia de
Cristo ; y el 25 del mismo mes, com o para consolarla de
de esta triste celebridad, le regalaba el Señor a Ja Orden
agustiniana el más eficaz y genuino representante de la
verdadera reforma d e que tan necesitada estaba la Iglesia.
N o hace falta decir que con la terminación del novi­
ciado no remitió en un ápice la observancia y religiosidad
de_ Fr. Tom ás. Es no más que una prueba y un aprendi­
zaje la vida del novicio, ensayo para el futuro. Quien con
la profesión se juzgare liberado de una traba, había erra­
d o su vocación , convirtiendo esos d oce meses en farsanta
pantomima. Más que prueba estática o latente son un en­
sayo d in á m ico: el alma ha sentido las caricias y llamadas
del Esp oso ; llamadas a un vida cada día más perfecta, a
una unión y transformación d e la voluntad. Y esta unión

18 El 31 d e octu b re las h a b ía fija d o L u tero, p or estar la iglesia


Parroquial d e W ittem b erg b a jo la a d v oca ción d e T o d o s los S a n ­
tos y h ab erse pu esto en ella e l an u n cio d e m u ch a s in du lgencias.
24 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

y transformación no puede estacionarse ni sufrir dilacio­


nes ; es por su naturaleza activa, y ha de mantenerse en
continua tensión para p oder aspirar a la perfección a que
es llamada.
Estas fueron las directrices que gobernaron los nuevos
derroteros que emprendía Fr. Tom ás. Considerándole los
superiores ya maduro al terminar el noviciado, le relevan,
com o es costumbre, de tantas m enudencias que se estilan
en el mismo, concedien do a la vez más libertad. Y cóm o
sabe aprovecharse de ella, para dar rienda suelta a los sen­
timientos que embargan su corazón y a los fervores que en
el imismo se atesoran. Continúa, pero con creciente entu­
siasmo, la asiduidad en la oración, el recogim iento d e su
espíritu, la intensificación d e sus lecturas, ei rendimiento a
la voluntad de los superiores. Un matiz singular, sin em ­
bargo, se destaca en este nuevo estadio d e su vida: la so­
licitud y desvelo por atender a los enfermos, para lo cual
no tenía proporción durante el noviciado.
A quella admirable caridad con el menesteroso que su­
blima su infancia, se continúa en la R eligión, transforma­
da en sus atenciones para con los enferm os, com o alcan­
zará su apoteosis cuando el cargo de arzobispo y los bie­
nes a él anejos le permitan la expansión definitiva d e la
conm iseración, que no le abandonó en su vida. ¿R ecreos,
distracciones, honestos pasatiem pos? T od a su recreación
consistía en acompañar, consolar, animar y levantar el es­
píritu de los enferm os: les arreglaba sus lechos, les daba
de com er con sus manos, realizaba con ellos, con rostro
radiante de felicidad, hasta los más humildes menesteres.
De suerte que no es d e maravillar, com o nos dicen sus b ió ­
grafos, vieran en él los enferm os más a un ángel que a un
padre.
Ni tenía por todo esto abandonados sus anteriores es­
tudios : la ciencia no sirve sólo para llevar nuestro espíritu
a Dios, sino, y principalmente, para ayudar a nuestros p ró­
jimos ; y cuando es una persona santa la que la posee,
constituye un precioso instrumente de apostolado. De suer­
te que, a la vez que em papa su espíritu en las fuentes ge-
nuinas d e una sólida d evoción, se dedica también a reno­
var y avivar su inteligencia en los hontanares de las cien ­
cias con que poder el día d e mañana ayudar a sus herma­
nos de Religión y aun a la iglesia d e Cristo si fuera n ece­
sario.
SACERDOTE.— Un estímulo de mayores quilates vino a
espolear las aspiraciones del joven profeso y a truncar en
parte la serenidad de su vida, consagrada sin obstáculos
ni ocupaciones d e importancia a la oración, al retiro, al
cuidado d e los enfermos, etc. Los superiores se sintieron
2. RELIG IO SO PERFECTO 25

conm ovidos ante cualidades tan excepcionales, y consi­


derando la madurez de su edad y de su juicio, las reservas
sobradas de su ciencia, la virtud elevada en su punto, y,
por consiguiente, el m ucho fruto que podía rendir a la Igle­
sia de Cristo y a las almas, le ordenaron se preparara para
recibir el orden sagrado del sacerdocio. A cuya insituación
no tuvo Fr. Tom ás otra respuesta que la d e la sumisión y
rendimiento que siempre profesó a la voluntad del supe­
rior. No nos dicen sus biógrafos que opusiera la más leve
resistencia a esta insinuación o mandato de los superiores.
De otros santos religiosos leem os qué oposición hicieron
en su humildad antes d e osar acercarse a tan sublime mi­
nisterio. Bien nos dice el A póstol que unusauisaue in suo
sensu abundet 19 ; pero a n 'sotros siempre nos ha subyr-
gado la castellana sinceridad de Santa Teresa en aquella
su memorable frase: «La humildad es la v erd a d »; y si los
superiores buscan nuestra colaboración para alguna o cu ­
pación, por elevada y dificultosa que sea, la entrega total
en sus manos y el convencim iento de que su voluntad es
la manifestación d e la divina será el m ejor obsequio que
podem os hacer de nuestra persona y d e nuestro ju ic io ;
poniendo, claro está, la confianza en sólo Dios y no en
nuestras habilidades.
Aunque parezca imposible su acrecentamiento, red ob ló­
se el fervor d e Fr. T om ás en la preparación para el sagra­
d o ministerio, aue recibió al año siguiente de profesar, c e ­
lebrando sus primeras misas el solem ne día del Nacimiento
del Señor. Circunstancia y detalle de proporciones extraor­
dinarias. que dejaron grabado en su alma ese día con hue­
llas indelebles. Siendo religioso y luego arzobispo, fué
siempre el día de Navidad com o un acrecentamiento d e los
favores con que plugo al Señor regalarle en esta fecha. R e ­
novábase su devoción y lágrimas ante el recuerdo de aquel
soberano «gloria in excelsis D eo» qu “ cantaron los ángeles
en las soledades de Palestina, y recreábale el Señor con dul­
císimos arrobamientos y éxtasis que le forzaban a veces
a interrumpir el santo sacrificio. ¡ Qué sentimientos de hu­
mildad. anonadamiento, adoración y alabanza los que ha­
cen vibrar los corazones de las almas que penetran la su­
blimidad del tremendo misterio v han llegado a hacerse eco
de los amores de Jssús, vaciándose de sí mismas nam que
entre El solo a reinar en ellas ! Ni las ocupaciones de la pre­
dicación. ni los desvelos de las prelacias, ni las solicitudes
del arzobispo fueron im pedim ento para aue en el espíritu
del P. T om ás deiase de arder la llama de la dignidad que
había recibido. Fué ya en adelante el verse sacerdote una
espuela tan viva y aguda, que inexorablemente le acuciaba
15 R om . 14.5.
26 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

a ser más riguroso consigo mismo, para acercarse lo menos


indigno posible al altar del sacrificio. Bien grabadas tenía
en su alma com o norma de conducta aquellas palabras que
solía repetir, y que deben resonar con agudo retintín en
el alma de todo sacerdote: «El sacerdote que diciendo misa
cada día no se vaya m ejorando y, más m edrado de cada
día, no le va bien, mala señal».
Ni podían consentir los superiores que se mantuviera
por más tiem po la antorcha bajo el celem ín de la oscuri­
dad. C onocida era ya de antemano su capacidad y la cien­
cia que atesoraba. Una gran contrariedad había de experi­
mentar el S anto: tenía que renunciar en parte a la quietud
y reposo d e su vida, tenía que salir d e sí mismo para ayudar
a los otros. Mandáronle explicar una cátedra de teología
escolástica a los religiosos del convento d e Salamanca ; cá ­
tedra que se vió luego concurrida de m uchos extraños atraí­
d os por la aureola de ciencia y santidad que se había gran­
jeado, y que ya desde A lcalá ls habían conquistado gran
renombre. Pero ni estas ocupaciones ni la preparación asi­
dua y concienzuda de sus clases sirvieron para entibiar el
anhelante fervor de su observancia religiosa ni para que se
dispensase sino raras veces de los maitines de la noche, ni
para disminuir las delicadas atenciones a los enfermos ; que
cuando el religioso lleva en su corazón encendida la antor­
cha del amor a Cristo y cuando es El y sus sacros intereses
quien preside su vida y actividades, ¡ cóm o se multiplican
éstas y qué resortes encuentra para las más variadas y ab­
sorbentes empresas !

III. Predicador

TALISMÁN DE LA ELOCUENCIA.— No vam os a trazar aquí la


semblanza retórica ; d ebe ser objeto d e un estudio parti­
cular, pues que bien se lo m erece ; v no queremos inte­
rrumpir el hilo sencillo de su biografía, para seguir con
más continuidad el decurso d e su vida.
No obstante, al llegar a este punto debería estallar nues­
tra narración en acentos ditirámbicos y cumplidos elogios ;
porque la ép oca en que salen a escena las actividades del
santo, con piedra blanca ha de señalarse com o destacado
m ojón de su historia, ya que es y significa el volcar al ex­
terior aquel alma absorta y em papada d e Dios y, com o si
dijéramos, anhelante de recibir la más ligera insinuación de
la obediencia para com unicarlo a los hom bres. Pero quizá
esa laudatoria apología pudiera semejar vano incienso en­
com iástico, encubridor de fondos inexistentes. Y , además.
3. PREDICADOR 27

no reflejaría la sencilla y auténtica elocuencia de Santo T o ­


más, desnuda d e huecos arreos y enriquecida, en cam bio,
de genuinos realces. Los biógrafos, basados en testigos
oculares, se regodean en relatarnos el portento viviente y
continuo de su predicación. Indudablemente la conciencia
de los superiores se sentía culpable de mantener oculto
aquel caudal. Y porque consideraron el gran provecho que
podría hacer al pueblo d e Dios, tan necesitado de verda­
deros celadores de su gloria, determinaron que se dedica­
ra también al ejercicio d e la predicación, «no tanto, com o
dice un biógrafo, para que lo raro y pasmoso de su inge­
nio ilustrase las tinieblas de la ignorancia, cuanto para que
con lo abrasado y activo d e su fervor encendiese los tibios
corazones y desterrase d el m undo la culpa» 20. Corno si
estas intenciones de los superiores informaran el espíritu
del P. Tomás, lanzóse a velas desplegadas a disipar las
tinieblas de la ignorancia y a subsanar los estragos de la
culpa. Tenía entonces treinta y cuatro años de edad y ha­
cía sólo dos que se había ordenado de sacerdote.
El secreto d e sus éxitos en el pulpito nos lo revelan unas
palabras suyas que contestó a unos amigos que le pregunta­
ban qué libros leía para hacer tanto fruto en las almas; « T o ­
dos los libros son buen os... com o el predicador tenga tres
cosas: santidad de vida, humilde oración y un verdadero
celo y deseo de la gloria de Dios y salud de las almas».
Y daba la razón de este aserto: «La vida ejemplar y santa
le ganará crédito con los oyentes, y en la humilde oración
será su alma enseñada, alumbrado su entendimiento y en­
cendido su afecto ; porque allí se fraguaban las saetas que
han de herir y atravesar los corazones. El celo de la gloria
de Dios y de la salud de las almas le encenderá el espíritu
y dará fuerza y eficacia a sus palabras. El estudio solo sin
oración y sin este vivo celo hinche el entendimiento de
grandes vivezas y sentencias, pero deja la voluntad seca y
el pecho del predicador frío ; y de pech o frío, ¿ c ó m o pue­
den salir palabras a rd ien tes?»21. D icen que repetía mu­
chas veces estas últimas palabras.
A lgo larga ha sido la cita, pero no hemos querido m u­
tilarla, para no privar a los lectores d e toda su enjundia.
¿Q ué no se puede esperar de un predicador em papado en
estas con vicciones? ¿Q u é penetración tan honda no co n ­
seguirán sus palabras? ¿Q u é corazones tan duros resisti­
rán el ardor de sus rayos? Porque ha de notarse también
20 J o s é V i c e n t e O r t í , Vida, virtud es y m ilagros d e S anto T o­
más de V illanueva, 1. 1, c. 7 (V a len cia 1731).
21 P. S a l ó n , 1. 1, c. 7. En el serm ón 1 d el E spíritu S a n to, n. 9
(vol. 3 de la col. m an ilen se), d ice el S a n t o : «C om o los p re d ica ­
dores n o ardem os e n el espíritu d e D ios, n o in fla m a m os los co ra zo ­
nes de los oyen tes».
28 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

y tenerse muy en cuenta que esas aseveraciones no eran


una norma de enseñanza para los dem ás, co m o practica­
mos y vem os practicar a diario, dando magníficas leccio­
nes de perfección y santidad y quedándonos nosotros ayu­
nos de las mismas, no ; eran el contenido, sí, d e una d o c­
trina que es preciso inculcar, pero lección y doctrina que
ante todo trataba él de poner en práctica y era com o la
experiencia de su vida.
E x i t o s a g r a n e l . R e m o r a Y e s p e j i s m o . — Y a no d eb e sor­
prendernos si la fama de sus sermones se extendió pronto
por toda Salamanca, y las gentes se agolpaban por escu­
char aquella palabra, que d e un ángel d e Dios les parecía,
si personas de todas clases y condiciones se congregaban
presurosas para oír al P. Tom ás de Villanueva, si se reali­
zaban verdaderos prodigios en masa en la reforma de las
costumbres, C om o ejem plo d e esto último bástenos citar
el testimonio de un testigo ocular. Cuenta el P. Muñato-
nes 22 que uno de los sectores más aprovechados de los
sermones era el de los estudiantes. Le escuchaban com o
a un verdadero oráculo, y sus palabras obtenían una reso­
nancia maravillosa en aquellos pech os alegres y pletóricos ;
que siempre la juventud se hace eco d e las empresas dig­
nas y del encendido entusiasmo. Frecuentando, pues, los
sermones del Santo, com enzaron a causar hondas huellas
y serias impresiones aquellas palabras inflamadas del alien­
to divino. Trocáronse rápidamente sus pretensiones y afa­
nes d e novedades y mundanos atractivos ; las añagazas de
la sensualidad y el placer dejaron de fascinar arrebatado­
ramente aquellas juveniles imaginaciones. Y colocando sus
am biciones más arriba, fueron los bienes eternos el blan­
c o de sus aspiraciones, renunciando al m undo con sus pom ­
pas y vanidades. Y tal era la abundancia de estas maravi­
llosas conversiones y llamamiento a vida más levantada,
que los conventos de la ciudad no bastaban a albergar a
tantos desengañados que a ellos se acogían, teniendo que
acudir a otras ciudades para cumplir sus fervorosos deseos.
El autor que nos cuenta este detalle era un asiduo oyente
del Santo, y que m erced a sus palabras renunció también
al m undo, vistiendo el hábito agustiniano en la ciudad de
T oled o y llegando con el tiem po a ser maestro del prínci­
pe D. Carlos, hijo de Felipe II, y más tarde ob ispo de
Segorbe.
¿C óm o han de maravillarnos estos resultados, si había
em prendido )a predicación basado en la humildad, solici­
tado por la obediencia e impulsado por la salud d e las al­
m as? Cuando un predicador sube al púlpito totalmente des-

2= C om p en d io d e la vida y virtu d es d el Santo.


3. PREDICADOR 29

nudo de bastardos intereses ; cuando no lo realiza com o un


papel que hay que desempeñar y un adminículo más de su
ministerio; cuando, desprendido de mundanos intereses,
se percata del valor de una sola alma y del peligro a que
tantas se hallan expuestas ; cuando, entregado sin reservas
a su verdadera vocación, recon oce la responsabilidad que
com o pregonero de Cristo sobre él pesa, y que el fruto de
la sangre de un Dios depen de de su actuación..., por ne­
cesidad tiene su espíritu que darse de lleno a las almas, en ­
tregarse de lleno a la oración, ponerse com o inútil instru­
mento en manos de Dios y hacer de su vida una consagra­
ción sin reservas a la más noble tarea a que puede haber­
le asociado Cristo: a cooperar con ,E1 en el rescate y sal­
vación de los hombres.
c No será la contem plación del espectáculo actual lo que
nos hace tornar la vista, admirados, a ejem plos com o el
que nos ofrece Santo T om á s? ¿Q u é celo de la gloria de
Dios, qué hambre d e la salvación d e las almas, qué pureza
y santidad de vida, qué desinterés y desprendim iento, qué
generosidad y mortificación observam os en los anunciadores
de la palabra de D ios? N o querem os ser pesimistas y des­
cubrir lacras y defectos no m ás: buenos y santos sacerdotes,
dignos y celosos predicadores no han faltado nunca en la
Iglesia de Cristo, y honran hoy con sus virtudes y su palabra
el pulpito y el confesionario. Pero no podem os m enos de
lamentar las energías que inútilmente se gastan y las acti­
vidades que externamente se despliegan también sin fruto
alguno, porque falta el espíritu de Cristo que les d é vida,
porque falta la pureza de intención que les dé altura, por­
que falta la santidad d e vida que les d é eficacia.
Y , com o es natural, los efectos son desastrosos. El p e ­
cado sigue cam pando, las costum bres no se corrigen, los
escándalos se repiten y acentúan, las almas inocentes se
pervierten, las perdidas se afianzan en su perversión ; y,
sin em bargo, la Iglesia, más protegida y reverenciada que
n u n ca ; los tem plos, más con cu rrid os; los sacramentos,
más frecuentados ; la práctica de los ejercicios espirituales,
en pleno auge. No basta, ya sabem os esa floración y loza­
nía superficial, que puede ser índice de la interna, pero
que puede muy bien encubrir con su hojarasca una gan-
grenada postema, y, por desgracia, vem os es la triste rea­
lidad en el caso.
E s p í r i t u y o r a c i ó n . — El P. Tom ás había tom ado el pul­
so al enfermo y estaba en el secreto de la enferm edad y su
remedio. La rectitud d e intención con que había em pren­
dido su labor apostólica, le aseguraba contra bastardos in­
tereses y aun contra el dem onio de la vanidad, que, al decir
30 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

de San Agustín se m ezcla e insinúa en las mismas obras


buenas para corromperlas. Enamorado del Esposo de las
almas, prendido en sus amorosas redes, ¿ c ó m o iba a d e ­
jarse em baucar por fugaces añagazas de mundanos aplau­
sos? ¡ Qué pincelada tan gráfica nos traza el P. Salón ! Na­
rrando sus éxitos posteriores y el atractivo irresistible que
ejercía sobre sus oyentes, escrib e: ((A caeció muchas ve­
ces que, acabando d e predicar en una parte* echaba ser­
món para otra, y alborozándose los que no le habían bien
entendido y preguntado para d ónde había ech ado sermón,
decía con su grande humildad y m odestia: «N o tenéis por
qué ir allá, porque lo mismo que ya habéis oído aquí he
de predicar allí». Es una soberana lección : buscaba hacer
fruto en las almas, no podía preocuparse d e que le tuvie­
ran en más o en m enos, ni tam poco de repetir las cosas
ni de aparentar novedades y habilidosas retóricas que lla­
masen la atención.
No son los párrafos pom posos, no el ritmo numérico
de las cláusulas, ni el brillante desfile de ingeniosas imá­
genes, ni la altisonante rim bom bancia de las palabras, ni
aun el hondo contenido de los períodos ni la profundidad
de los conceptos. ¡ Con qué colorido nos describe el Santo
el talismán que mueve los corazones en aquella sencilla
predicación de Jonás en Nínive ! Cuatro palabras solamen­
te, dos con ceptos en nom bre d e D ios y la con vicción del
iluminado, y la ciudad, desde el rey al último vasallo, da
de mano a su libertinaje, se viste d e luto y com ienza a
hacer penitencia 24.
Y sobre todo oraba. Incesantemente ponía en práctica
aquel consejo que daba él a los predicadores: «Aprendan
los predicadores del pueblo a buscar más la virtud y efica­
cia del Espíritu Santo que la galanura de la elocuencia,
porque sólo El puede dar resonancia eficaz a la voz del
predicador, y con las palabras del mismo hiere com o con
dardos los corazones de los oyentes» 25. ¡ Q ué bien co n o ­
cía la econom ía de la divina misericordia en la administra­
ción de sus riquezas ! Y ¿ cóm o podía Dios dejar de ben­
decir los trabajos y esfuerzos de su devoto siervo, que en
sólo amarle y procurarle almas entendía ? Si ni los urgentes
y graves negocios del arzobispado eran m otivo para apar­
tar su alma de la presencia y com unicación con Dios, no
podem os menos de imaginárnosle en estos años que c o ­
mienza su vida apostólica em bebido totalmente en El y
fiándolo todo de su gracia soberana.

23 R egla, c. 3.
so Cono. 1 in feria m I V p o st dom in. 1 Q uadrages., n. 3 : «O pera »,
vol. 1, p. 401.
23 Ib. n. 4.
3. PREDICADOR 31

El público es el m ejor catador d e sermones y el que


mejor percibe la gracia del predicador. Desde sus primeras
actuaciones se captó avasalladoramente el P. Tom ás la
atención de todos los públicos que le escuchaban, y que
unos a otros se com unicaban la irresistible fuerza de sus
palabras. Y no recon oció ya límites su fama ni en los luea-
res ni en la categoría de personas. Salamanca, Burgos y V a ­
lladolid, com o lugares principales de su estancia, fueron
también teatro de sus triunfos ; el pueblo, los nobles, m ag­
nates y supremas jerarquías se disputaban a porfía la suerte
de escucharle, y todos tenían que oír los encendidos rayos
o las instructivas lecciones a que cada cual se hacía acree­
dor.
A ñ o r a n z a s a g u s t in i a n a s d e S a la m a n c a . — Salamanca f u é ,
com o hemos visto, la primera en escuchar y disfrutar los
aldabonazos de su palabra dulce y penetrante. Salamanca,
en cuyas plazas y calles había resonado no m uchos años
atrás la voz de aquel otro insigne agustino, también en los
altares v luesjo patrón de la ciudad, San Juan de Sahaerún ;
magnífica labor de Fr. Juan pacificando los fam osos ban ­
dos aue amenazaban convertir en un erran cementerio la
ciudad ; con la sola fuerza de su palabra insp’rada y alen­
tada por el amor a Cristo, el -humilde agustino se había
hecho dueño de los espíritus transfundiendo de su sem­
blante los am orosos fulgores que embriagaban su corazón :
nunca quizá com o entonces ravó a tal altura el poder del
espíritu, el inmenso p oder d e la divina palabra en labios
abrasados por el celo de las almas, i Cuántos rincones co n ­
servan la m em oria del ilustre pacificador, cuántos nom ­
bres esparcen la fragrancia de aquellos portentos que co n ­
citaban a las m uchedum bres en pos del P. Juan de Sa-
hagún !
Otro agustino viene h oy a hacer reverdecer aquellos
laureles y a conquistar nuevas palmas, otro hiio de aquel
ilustre convento torna hoy a polarizar las miradas y aten­
ción del pueblo salmantino. Si nunca faltaron varones de
fama venerable en el observantísimo convento de San A gus­
tín, escalaron el pináculo de la gloria com o el de la santi­
dad estos dos agustinos, cuya mem oria conservará con ca ­
riño la ciudad del Torm es. Símbolo de ese recuerdo im­
perecedero aue indeleblemente lograron esculpir en lo más
puro v acendrado del alma charra, es la devoción v alto
aprecio co n que conservan en su catedral las reliquias que
de estos dos santos han podido haber a las manos.
CARGOS EN ALUVIÓN.-—Desde el primer momento supo ya
apreciar la C orporación el oro afinado que tenía en el
P- Tom ás de Villanueva. Y desde los primeros m om entos
32 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

quieren aprovechar sus elevados quilates ; y así, contra toda


costumbre, le nombran prior de San Agustín, de Salaman­
ca, a los dos años de profesión ; acontecim iento jamás vis­
to en la historia del observantísimo convento. D esde enton­
ces los cargos se suceden ininterrumpidamente: vicario ge­
neral, otra vez prior de Salamanca, provincial de Andalu­
cía, provincial de Castilla, dos veces prior d e Burgos, prior
d e V alladolid, etc., hasta culminar en el arzobispado de
V alencia. T u v o de esta manera ocasión d e recorrer mu­
chas ciudades y de dejar en todas ellas la estela luminosa
de su santa vida y d e sus sermones a lo divino. Si grande
era la fama que le precedía siempre, inmensamente supe­
rior era el despertar de las conciencias y el germinar de
las virtudes que su paso iba realizando. D e ahí el afecto y
estima grande que en todas partes se conquistaba, el hon­
do surco d e simpatía que se abría por doquier ; de ahí la
nostalgia que se apoderaba d e las ciudades cuando la o b e ­
diencia le forzaba a cambiar d e residencia, y el lamento
general y unánime que estos traslados producían en los
fieles; era m uy profunda la huella que en las conciencias
había hecho y el vacío, por tanto, que su marcha causaba
en los espíritus.
P o r t i e r r a s d e P o r t u g a l . — Bien lo patentizó un hecho
que com o exponente y resumen queremos narrar. Estaba
ausente d e V alladolid el em perador Carlos V , tan aficio­
nado al P. T om ás, que le tenía por su predicador favorito.
C om o la fama de la santidad de su vida v de la eficacia de
sus sermones hubiera traspasado las fronteras, r o ió el
rey D. Juan de Portugal al P. Provincial de Castilla le en­
viase al P. T om ás para que aquel reino se edificase co n sus
sermones. A cc e d ió gustoso el P. Provincial, v así se lo or­
denó al obediente P. Tom ás. Es tan agradable y humano,
amén d e la intención espiritual, ver respetado v venerado
el hábito que nos honra, que bien podem os disculpar al
P. Provincial el santo orgullo que, a más de otros resortes,
influiría en su resolución.
El sentimiento de la ciudad d e V alladolid por la mar­
cha fué general, e imposible d e llenar el vacío que en ella
dejó. Pronto se com unican entre sí los lamentos de la au­
sencia del P. T om ás, y, poniéndose d e com ún acuerdo
toda suerte de gentes, la nobleza junto con el p ueblo, acu­
den a la emperatriz para que d é orden ante su hermano el
rey d e Portugal cóm o vuelva aquél a Valladolid, ya que
no se resignaban a estar sin él. I Q ué elocuente es un testi­
monio de esta naturaleza en la corte del emperador, don­
de tantos sujetos eminentes necesariamente tenía que
h a b e r!
3. PREDICADOR 33

A u d i t o r i o s h e t e r o g é n e o s . — El m ejor elogio, a la vez


que el más convincente testimonio del aplauso y acepta­
ción universal con que era escuchado el P. Tom ás de V i­
llanueva, nos lo proporciona su biógrafo ocular el obispo
Muñatones, ya citado anteriormente. Copiaremos solam en­
te lo más im prescindible: «Tam bién me parece milagroso
que hombres de todo orden, estado y condición, com o m o­
vidos por el celestial Espíritu, acudían porfiadamente a sus
sermones. Paso por alto el gentío inmenso de confusa m u­
chedumbre que. com o d esconocedores de sí mismos, se
sentían inflamados en la piedad. Omito también a los p ro­
ceres, a los grandes y aun a los magistrados, varones distin­
guidos de entre los caballeros,‘ todos los cuales eran arre­
batados y estimulados por un ardor increíble. Lo que más
me maravilla es que hombres eruditos e ilustres predicado­
res, y miembros de casi todas las corporaciones ; finalmen­
te. todos los hombres famosos en las letras, olvidados de sí
mismos, ávidos de escucharle, de todas partes se sentían
arrastrados a él» 26.
Este testimonio irrefragable encontraría una confirm ación
obvia si tuviéramos tiempo y espacio para recorrer algunas
siquiera de sus más típicas conciones ; en muchas podría­
mos ver claramente la condición de sus oyentes. A la vez
que observar la claridad y espontaneidad con que los ins­
truye, fustiga y apostrofa. Jamás le vem os halagar a los asis­
tentes o tratar de echar una venda ante los o jo s : no busca
sino el bien del espíritu, y por eso se dirige al alma y habla
al corazón, y canta las verdades sin paliativos ni disimulos.
Tan imperiosa se le presentaba esta necesidad, que nos pon ­
dera con todo realismo el ejem plo del Bautista, quejándole
el Santo amargamente de la escasez de predicadores que lo
imiten: « ¡O h si tuviéramos hoy tales predicadores, que con
tal claridad anatematizasen los vicios y ardiesen por la sal­
vación de los hombres !» 27. «i Con qué autoridad habla ! No
tiene en cuenta el cetro, ni la corona, ni la púrpura, ni la
caterva de servidores: le habla (a Herodes) com o a un sier­
vo, porque le veía esclavo de sus vicios y sus pecados ; no
le adula, no le lisonjea, no busca rodeos para reprender­
le» 2S. Este con cepto tenía el Santo del predicador, y con
esa exactitud y libertad procuró siempre llenarlo. M agnífico
y casi incisivo el apostrofe que en otro sermón 29 lanza a
todas las categorías de personas: reyes, prelados, religiosos,
predicadores, justos en general, pecadores. Y predica d e ­
lante del emperador sin reb oro alguno, com o iluminado y

26 C ita d el P. S a l ó n , 1. 1, c. 7 (al fin).


27 C onc. 2 in fest. S. loa n . B ap t., n. 11.
28 Ib.
2n C onc. 5 in fcst. S. lo a n . B apt.. n. 13 s.
8.T.TILL. 2
34 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

encargado por Dios de predicar la verdad. Habla, sí, con


amorosa unción, con el atractivo irresistible de la caridad,
porque siempre han sido los santos los más com prensivos e
indulgentes, ya que son los aue m ejor han calado en la mi­
sericordia y benignidad divinas, y se han com padecido
también más de la humana flaqueza, constituyendo el único
em peño de su vida, d e su santidad y mortificación el acerca­
miento de esos dos extremos tan distantes.
P r e d i c a d o r d e C a r l o s v . — El siguiente acontecimiento
nos pondrá más de manifiesto cóm o un alma tan desasida
de la tierra y terrenales consideraciones necesariamente ha­
bía de conquistar para Dios las almas y ablandar los co ­
razones más duros y obstinados. El em perador Carlos V ha­
bíale oído ponderar com o predicador, y quiso probar si la
fama respondía a la realidad. Junto con la religiosísima em ­
peratriz fué un día a escucharle, y tan prendados y edifi­
cados quedaron am bos d e su doctrina y religión, de su vir­
tud y celo de las almas, que escribieron inmediatamente al
Padre Provincial nombrando al P. T om ás su predicador y
pidiendo residiese el mavor tiempo posible en Valladolid
para provecho v consuelo espiritual de sus almas. Oueda
con esto convertido en el predicador del más poderoso
monarca, y también en ídolo de sus cortesanos, prelados,
príncipes y señores de la corte, que veían en él un oráculo
del cielo e instrumento predilecto del Señor para alumbrar
sus conciencias y hacer fructíferas sus vidas.
¿Alteraría esta estimación el régimen de su vida? Bien
y legítimamente podía parecer y frecuentar la corte, madri­
guera de ordinario de tantos vicios, e increpar com o otro
Bautista a tantos parásitos y aduladores de reves, com o sue­
len poblarla. Pero siempre han huido los religiosos graves
las cortes de los príncipes: más que por temor de naufragar
en sus escobos, por el deseo d “ verse libres h'is+a de sus
salpicaduras. Y así siguió el P. T om ás tan inalterablemente
el régimen de su vida, que a rnarav:lla se hubiera atribuido
su presencia en p a la cio: sólo para predicar en la real capilla,
y en alguna ocasión muy señalada en su vida, com o fué
aquella en que se presentó al emperador para interceder en
favor de los caballeros Laso, condenados por aquél a ser de­
gollados v cuya absolución consiguió el P. Tom ás, después
de haberlo rogado inútilmente los grandes de la corte, el
cardenal de T oled o y el mismo príncipe D. Felipe. Y a que
hemos citado el caso, no queremos omitir las palabras oue
le dijo el em perador al otorgarle la gracia: « A vos, Fr. T o ­
más. no os puedo yo negar nada, con ocien d o que sois en­
viado del cielo por ministro d e la caridad y misericordia» ,n.
30 Q u e v e d o , V id a..., c. 2.
3. PREDICADOR 35

Mas si él no gustaba, y más bien aborrecía, el barullo de


la corte y el trato con los cortesanos, y no sólo no hacia alar­
be, sino que parecía menospreciar su valimiento con el
mismo emperador, éste, en cam bio, y todos los suyos c o ­
rrespondían con una estima de día en día creciente ; lógica
consecuencia d e la aversión que engendra la ostentación y
del atractivo que ejerce la humildad. £>i le era posible, no se
perdía el em perador un solo sermón del P. l omas ; tenía
dada orden de que le avisasen siempre que predicara y
dónde. Asistía unas veces públicamente a sus sermones y
otras de incógnito ; y si los trabajos u ocupaciones le tenían
abrumado, los escuchaba d e pie para que no le venciera
el sueño y se perdiera el fruto que siempre se le seguía. En
una de estas ocasiones le ocurrió el caso que nos refieren
los biógrafos, y que muestra el temple de espíritu de un
hombre y su serenidad y equilibrio para justipreciar las c o ­
sas y los casos con la balanza d e lo inmutable, que es la
única que no puede engañar. Copiam os literalmente de Q ue­
vedo, que lo resume enjundiosam ente: «Predicaba un día
en su casa en V alladolid, y el César, codicioso de oír al
Santo, fué muy temprano y a esperar la hora del sermón se
entró con los grandes en el claustro, diciendo al portero:
«Decidle a Fr. 1 omás que estoy aquí, que baje». Fué el por­
tero, y respondió con él el Santo a la majestad cesárea que
estaba estudiando, que, si había de pred-car, que no podía
bajar, y que si bajaba no predicaría. Pareció a los que acom ­
pañaban al em perador despego y descortesía, y diéronlo
así a entender, obligando a que su majestad d ije s e : « A mí
me ha edificado lo que a vosotros os ha escandalizado ; y
quisiera yo m ucho que todos los predicadores y religiosos
fueran tan desasidos d e la vanidad y tan despegados de la
grandeza com o Fr. Tom ás» 3,1. ¡C ó m o se ve a un espíritu
volar desdeñoso e indiferente a la vanidad mundana cuando
ni m ovido de la autoridad imperial se perturba ni dominad©
de la am bición la lisonjea ! ¿ Qué extraño es cambiara los
corazones más em pedernidos quien tan desprendido se ha­
llaba de las cosas de la tierra y tan absorto y ocupado úni­
camente en las del cielo ? ¡ Cuántas veces en el mismo acto
de la predicación le vieron los fieles arrebatado en la co n ­
templación d e los divinos misterios, elevado incluso en el
cuerpo, y esperaban con gran reverencia tornase a sus sen­
tidos y al sermón ! No hay corazones que puedan resistir la
palabra d e un hom bre entregado con estas veras al Señor.
DIRECTOR DE a l m a s . — A unque sea someramente, no
queremos pase desapercibido este matiz de la vida del
Santo; ni querem os detenernos en la consideración de

31 Q u e v e d o , V id a..., c. 2.
36 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

casos aislados, ni es preciso para formarnos un con cepto de


su conducta en esta materia. L)itícil a veces, es verdad, por
los peligros que puedan acechar, por los díceres y murmu­
raciones a que puede hallarse expuesto ; que tan resbaladi­
za puede ser la materia com o asustadiza y vidriosa la hu­
mana malignidad, r e r o ¡ com o saien ilesas de la una y d e la
otra las actuaciones d e los santos ! La prudencia, por una
parte, perteccionada y alumbrada por el t-spiritu Santo m e­
diante el don de consejo, y por otra la pureza de sus inten­
ciones, la limpieza d e sus pensamientos, el desprendimien­
to d e miras terrenas, el roce y trato íntimo con el .Señor,
todo ello le proporciona al Santo la seguridad suficiente
para sortear los peligros propios y las ajenas críticas y luz
certera para guiar sin extravíos a los que tienen la dicha
d e vivir más en contacto con él. Las dotes del P. Tom ás
de Villanueva para conducir en particular a las personas de
uno y otro sexo nos las refieren sus b^ógraios en los muchos
casos que citan y en ios que dejan entrever. C om o insinuá­
bamos antes, hubiera sido de importancia trascendental
para la historia de la mística, y aun para Ja misma mística,
con ocer ios docum entos que daba y m étodos que em pleaba
con las almas quien tan práctico y experimentado se ha­
llaba en las vías d e aquélla y tal acop io de erudición p o ­
seía ; por de pronto, al menos hubiera sido el puente o es­
calón que salvara esa distancia inconmensurable que separa
a Santa 1 eresa y San Juan de la Cruz d e todos los que les
precedieron. A lgo, es verdad, nos dejó en los escritos cas­
tellanos ; en estilo llano y sencillo y con una exposición des­
embarazada y al alcance aun d e los m enos adelantados ;
pero podríamos afirmar que le salió así co m o sin querer,
que no se d ed icó de propósito a trazar un plan y m étodo
com pleto para guiar a las almas a través de las encruci­
jadas que en el camino ascensional de la vida espiritual se
presentan. D e no haber estado siempre co n cargos absor­
bentes y d e haber tenido alguien que, com o a Santa Teresa,
le hubiera forzado a escribir, poseeríam os hoy, sin duda,
un tesoro más d e literatura mística.
Sobrada garantía de ello son las muchas almas que el
Santo dirigía, y que llegaron en p o co tiem po a un nivel muy
levantado d e p e rfe cció n : en todas las clases y en todos los
ettados. N o podem os detenernos en esta semblanza en la
cita de n om b res; remitimos a nuestros lectores a los b ió­
grafos que con más extensión y cariño han recogido cuantos
datos pueden ilustrar esta materia, que, repetimos, es bien
d e lamentar haya quedado tan incompleta.
37

IV . Superior

ANHELOS TRUNCADOS. — Y a lo insinuamos antes: co n o ­


ciendo los superiores las cualidades excepcionales que ador­
naban al P. 1 ornas de V illanueva, trataron de ponerlas a
contribución desde el primer m om ento. Por supuesto, con
la consiguiente repugnancia del mismo. H abía entrado en
R e lig i ó n para dedicarse más de l l e n o a la p e r f e c c i ó n , p a r a
desembarazarse de tantos obstáculos co m o en el m undo se
tropiezan. Y al hacer su profesión religiosa, había hecho es­
pecial hincapié en aquel de los tres votos que constituyen
casi de por sí la vida religiosa, el de la obediencia, h a sido
siempre el eje d e la misma y la piedra de toque del religioso
observante: cuando éste sale airoso en el contraste d e este
voto, podernos decir que ha llenado cumplidamente su c o ­
metido. A l fin, si se ha dejado de verdad, si ha renunciado
sinceramente a su voluntad, a su juicio, a su manera de ver
las cosas, i qué le pueden importar las prelacias, cóm o le van
a cautivar los honores a ellas a n e j o s hs el retiro, la sole­
dad, el silencio, el señuelo que ha cautivado al seglar in­
merso en el bullicio mundano ; y para consagrarse con más
facilidad a Cristo, dió de mano a todos los tropiezos que
en aquél topaba ; no puede tornar a ellos sin errar en la
base su vocación. Cuando en una corporación sean los
puestos y cargos objeto de am bición y sean los aspirantes
a los misjnos ios que se los llevan, podem os con toda cer­
teza augurarle a esa corporación escasos días de vida o_un
arrastrarse lánguidamente sin pena ni gloria.
Conocidas eran de todos las dotes de reflexión, madurez
de juicio, prudencia y sabiduría del P. Tom ás, y cuán acer­
tadas eran sus respuestas a las cuestiones rnás dispares que
com o a un oráculo se le presentaban. Por otra parte, el des­
pego d e todo lo humano y su pureza de intención en todo,
le hacían el sujeto más indicado para los cargos. Y por esto,
aun noticiosos com o estaban del amor que el Padre profe­
saba a la quietud y aislamiento, optaron por anteponer a
*-sas miras, aunque santas, particulares, el bien de la Provi­
dencia, que había de aprovechar tanto colocán dole en los
Primeros puestos. Los resultados favorables colm aron hala­
güeñamente estas optimistas previsiones.
C o m p r e n s i ó n Y t r i u n f o . — No podem os olvidar que en
la Religión com o en la vida social el hombre no deja de
ser ta l: con sus potencias, sentidos, apetitos, tendencias,
carácter, etc. ; y sería desconocer la naturaleza humana
P e n s a r o exigir que al decir adiós al m undo quedara el in-
38 SA N IO TOMÁS DE VILLANUEVA

dividuo señor absoluto d e sus actividades y que no tornaran


ya a brotar y reverdecer las malas hierbas d e su jardín. La
vida religiosa sería entonces un dulce y halagüeño fluir, sin
los sinsabores de la contrariedad; los superiores entonces
no hallarían dificultad en encauzar y dirigir a sus súbditos.
Pero esto es un sueño ilusorio. Y , por mas que todos bus­
quen la perfección y aspiren a santificarse, ia experiencia
les enseña a ios superiores el tacto con que han de proceder
para no herir susceptibilidades y la prudencia con que tie­
nen que armonizar las diferencias de caracteres y la dispa­
ridad de criterios. Y el llevar a feliz término esta empresa
constituye el triunfo del superior.
Cuando éste se haya despegado totalmente d el cargo
com o estaba el P. 1 ojnás, se encuentra desem barazado para
proceder y halla expedito el cam ino que ha de seguir. No
había ni podía haber obstáculo serio que se opusiera a su
marcha hrme y segura, t i cargo siempre le fué impuesto
por 1a obediencia, y cuando pudo zafarse de aquél sin taitar
a ésta, lo hizo con una ingenuidad no exenta de graciosa
picardía. Y aunque tuviera a las veces que proceder «in
virga terrea» por las im perfecciones o recalcitraciones de
algunos súbditos, la luminosa estela d e santidad que Je pre­
cedía, 1a dulzura de que sabía revestir sus correcciones y el
encendido amor del prójim o que siempre le acom pañaba,
eran elementos más que suficientes para que casi siempre
el éxito coronara sus esfuerzos. H abía que ver aquellas en­
trañas paternales bajarse, si era preciso, hasta ]a humilla­
ción (que en tal caso no lo es) para ver d e levantar la oveja
caída o tornar al redil a la descarriada, Es la caridad para
con Dios y para con el prójim o el fundam ento de la Regla
d e San Agustín, que la había tom ado d el Evangelio y del
espíritu d e los primeros cristianos ; y eran estos dos amores
los inspiradores y m óviles de los actos todos del P. Tojnás ;
quien, si sentía y lamentaba en sus entrañas las culpas por
la ofensa de Dios, sabía esperar la hora oportuna para c o ­
rregir cuando lo requería el caso, después de haber pre­
parado el camino con oración intensa y sus personales mor­
tificaciones, disciplinas, etc. Esta paciencia y mansedum­
bre para soportar los defectos de sus súbditos le ganaban a
la larga irremisiblemente la simpatía y el corazón d e todos,
consiguiendo de esta manera reconquistar sus almas para
Cristo, llenando a satisfacción el mandato del A p ó sto l:
A lter alterius onera pórtate, eí sic adimplebitis legem Chris-
ti 32, y cum pliendo el encargo que San Agustín da en su
Regla a los superiores, «quiera más ser am ado d e vosotros
que tem ido» 3S.
32 G a l. 6,2.
R egla, c. 11.
4. SU PERIO R 39

A Dios ROGANDO.— A unque no es preciso, sin em bargo,


por contribuir a esclarecer más y más su personalidad y a
aquilatar lo afinado de su entrega a Dios y despreocupación
del mundo y sus com odidades y vanidades, no queremos
pasar adelante sin insistir en su com portam iento externo du­
rante los años que la obediencia le tuvo al frente de algún
cargo. ¡ Cuán difícilmente se escapa en ciertas circunstan­
cias a com prom isos, obligaciones, consideraciones, etc. !
¡ Con qué facilidad puede el superior verse forzado a faltar
a un acto d e comunidad, a omitir la oración, a tratarse con
alguna distinción, a usar d e algunas licencias convenientes,
etcétera ! Nada d e todo esto pudo pegársele al P. Tom ás
de Villanueva en los largos años que fué superior. Muy al
contrario, considerábase, cuanto más alto y sobresaliente,
más obligado a las com unes observancias, y cuanto más en
el candelero, más necesitado de brillar y lucir, a fin d e que
los dem ás no tuvieran disculpa para caminar com o a oscu­
ras y sin arrimo. P or otra parte, com o tan dado a la oración
y trato co n Dios, a ella fiaba la eficacia de sus esfuerzos,
bien convencido de que se negocia más con un cuarto de
hora de oración que con el prolongado agitado bracear de
nuestra actividad, y de que Dios bendice copiosam ente las
aspiraciones y anhelos de los que ve más rendidos a su v o ­
luntad y más confiados en El. Sin duda se verían más fe­
cundos tantos ajetreos y actividades d e muchos superiores
si se apoyasen menos en sí mismos y en su valimiento y
descansasen un p oco más en las manos de Dios, i Quién
duda es la falta de vida sobrenatural lo que hace estériles y
baldíos tantos afanes de superiores tan bien dotados por
otra parte? Pero ¿p od em os echar en olvido, o portarnos co ­
mo si lo hubiéramos hecho, que el fundam ento de la vida
religiosa es el espíritu, que sin él no puede prosperar, y que
ha de ser, por tanto, el eje que mueva todo este tan co m ­
plicado m ecanism o? Claro, amén de la influencia que una
ausencia total o una paulatina disminución de ese aliento
vivo y divino ejerce en los súbditos, teniendo por necesidad
que achacarse a sí mismos los superiores la falta de espiri­
tualidad que de aquéllos se vaya apoderando. Y era esto
una consideración capital que influía poderosam ente en
llevar el santo P. Tom ás al extremo su observancia y fer­
vor en las prelacias.
DlGNO Y EN SU p u e s t o . — Si pasamos al trato material y
externo de su persona, m ucho se nos ofrece que admirar e
imitar. Con hallarse en el pináculo de la gloria, estimado y
reverenciado por toda suerte de personas, tan apreciado por
e! mismo emperador y por todos los grandes de su corte,
recibiendo constantemente toda suerte de regalos para los
robres, para el convento, jamás ee le vjó preciarse en lo
40 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

más mínimo d e estas prerrogativas, ni frecuentar (aunque


era tan deseado) la corte del em perador, ni pagarse de ules
consideraciones ni miramientos ; y en el aseo y porte exte­
rior no se le podría distinguir del más humilde religioso. Se
había despojado de sus bienes patrimoniales y se había
desposado con la santa pobreza, profesándole una fidelidad
inquebrantable aun en m edio d e los honores y beato que
podría haber disculpado más tarde la dignidad arzobispal.
Lim pio, dignó y aseado, siempre lo fué ; pero andarse con
delicadezas y melindres, buscarse la com postuva externa y
el bien parecer, cosa aborrecible y que no puede com pagi­
na se con el carácter recio y viril del P. Tomás de Villa-
nueva. De suerte que en el ajuar de su habitación, aun en
el repuesto de sus libros, en el hábito, en t o d j cuanto per­
sonalmente le afectaba, ni siendo súbdito, superior ni arzo­
bispo se le podía distinguir de cualquier su hermano de R e ­
ligión. El siguiente pasaje, tom ado del P. Salón, nos des­
cribe a la vez cóm o se preocupaban d e sus necesidades sus
devotos y admiradores y cuán desem barazado se hallaba él
de estas abrumadoras distinciones: «M udándole la o b e ­
diencia de V alladolid a Burgos por prior d e nuestra casa,
fué visitado, antes de la partida, d e la gente más principal
de la corte, con harto sentimiento y pena de su ausencia.
Diéronle algunos de sus devotos algunas cosas, diciéndole
tomase aauella limosna y la emplease en lo que fuese más
servido. U no de ellos envióle una arquilla con '"‘•escientos
escudos en oro v la llave en ella, diciendo le hiciese m erced
de tomar de allí para sí y para su camino todo lo que le
pareciese. De los otros tom ó lo que le dieron, pero, oyen do
el recado del que le enviaba la arquilla, m andó luego vol­
vérsela con el mismo criado, diciéndole agradecía rnuy mu­
ch o a su señor aquella m erced, pero que él no había m e­
nester cosa alsruna para sí ni para su camino. Q ueiósele el
señor d e aquella arquilla porque se la había vuelto, ha­
biendo recibido lo que los otros le enviaron. R esp on d ióle:
«La limosna, señor, que tom é de los otros diósem e no para
mí, sino para emplearla donde y o viese ser necesaria, y para
suplir las necesidades que en la casa d onde voy hallaré ; y
si para el mismo fin V . S. me hubiera enviado albura can­
tidad cierta y señalada, tomárala com o de los otros, porque,
si no la tomara, agraviara a la casa d onde vov y a la ca n ­
dad de los que lo han dado, la cual y o no d eb o ni puedo
estorbar ; pero V . S. enviólo para mí, y yo para mí jamás
tom é cosa alguna, ni lo permita D ios» 3i.
FRATERNIDAD E i g u a l d a d , — De la misma manera se com ­
portaba en su trato con los religiosos: jamás por el porte

34 P. S a l ó n , 1. 1, c. 12.
4. SU PERIO R 41

externo o los modales se hubiera ech ado -de ver la autori­


dad ; era la misma llaneza y sencillez misma para con to­
dos ; en los más dignos y en los más humildes no veía más
que hermanos en Cristo, y com o a tales hermanos los con ­
sideraba. ¡ Q ué mal sienta en el superior la aceptación de
personas o el autoritarismo del mando ! Pero quien se ve y
juzga com o lo que es, quien se mira en la presencia de Dios
y se recon oce corno su criatura, ¿ con qué cara osaría tra­
tar a los demás con un destello no más de desdén o indi­
ferencia ? ¡ Oh ! Mantener la autoridad, darse a respetar,
exigir las consideraciones debidas al cargo y otras lindezas
por el estilo, suelan ser motivos especiosos que disimulan
la ausencia d e méritos verdaderos y apego al humano fa­
vor, así c o p i o la carencia de las virtudes que deben ir ane­
jas al cargo ; ¿ se buscarán, cuando hay necesidad de acu­
dir a esos recursos, los fines sacrosantos de la autoridad, el
encauzamiento de la observancia regular, el progreso es­
piritual de la corporación, el perfeccionam iento de los in­
dividuos, la santidad objeto de la vocación religiosa, o más
bien, en el m ejor o menos malo d e los casos, el mantener
con la máscara del cargo humanas miras o fragilidades ?
¡ Qué fundamento dan para presumirlo la falta del verda­
dero espíritu que preside d e ordinario la vida y com porta­
miento, la inacción y esterilidad d e tantas corporaciones !
E s t e l a DE ABOLENGO.— En la fama de observancia, en
los sólidos cimientos del verdadero espíritu religioso, en los
sujetos fam osos por su santidad, en las obras de celo lleva­
das a cabo, es d onde con más claridad se nota la eficacia
de la labor d e Santo Tom ás. La Provincia de Castilla ls
tiene com o restaurador y renovador de sus posibilidades
espirituales; los religiosos que alcanzaron fama de santi­
dad 35 y que le deben su ingreso o form ación, acreditan la
influencia de sus virtudes y de su colaboración ; la predi­
cación del Evangelio en tierras de Nueva España, por él
confiada al Santo Fr. Jerónimo Jiménez y com pañeros, pri­
meros agustinos que se lanzaron por aquellas tierras, nos da
testirnonio fehaciente del celo que por la salvación de las
almas le abrasaba y cóm o mantenía la atención en las avan­
zadas del cristianismo.
No nos hemos parado a detallar casos concretos d e su
actuación tanto de superior local com o provincial, ni p o d e ­
mos puntualizar las industrias con que gobernaba, corregía
y exhortaba, ni divagar o extendernos s o b 'e los docujnentos
y recom endaciones que a sus conventos hacía ; una vez más
remitimos a los interesados lectores a los biógrafos que con
1X1ás prolijidad enumeran las virtudes y los hechos del San­

35 Véase p. 16 de esta in trod u cción .


42 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

to, y que percibieron aún el ambiente -de frescura que unas


y otros destilaban. En una semblanza superficial co m o la
presente no podem os pararnos en tales pormenores.
T a m p oco es ocasión esta, ni lo permite la naturaleza de
esta introducción, el seguir paso a paso las andanzas del
Santo en su vida religiosa o relatar los tesoros de virtud y
ejemplaridad que legó a la posteridad, ni entonar cánticos
de alabanza a su santidad extraordinaria, ni contar los d o ­
nes maravillosos que del cielo recibió y los prodigios y ma­
ravillas que realizó en su vida, enemistades mortales que
apaciguó, conversiones milagrosas que llevó a ca b o , etc.

V. A rzobispo

Q u é DESCANSADA v i d a .. . — La vida de cargos y prelacias


en la Orden no fué sino com o una preparación para más
levantadas empresas ; no podía perseverar más tiempo una
antorcha tan poderosa bajo el celemín que ocultara sus p o ­
tentes resplandores. El Señor, con su amorosa providencia,
había ido disponiendo los caminos y preparándolos por sus
pasos. Desde que el P. T om ás había renunciado al mundo,
fué la obediencia la única voz de m ando que gobernó su
vida y el único conjuro capaz de sacarle de su predilecto
retiro y quietud ; los años m ozos pasados entre la estudian­
tina inquieta y bullanguera le habían enseñado a colocar
sus pensamientos en parte donde no sufrieran desilusión y
quebranto. Y al vivir bajo la regla d e San Agustín y fami­
liarizarse más y más con su espíritu y doctrina, se le había
grabado profundamente en el alma aquel pensamiento tan
netamente agustiniano y que tanto ha contribuido a orien­
tar por derroteros definitivos las aspiraciones del alma hu­
mana, inquieta siempre y andariega en el torbellino de este
agitado cam inar: Inquietum est cor nostrum, d oñ ee requies-
cat in te. Había hallado su reposo en el puerto remansado
de la R elig ión : el pacífico retiro del claustro había colm ado
los anhelos de su alma ; no tornaría ya a los vaivenes del
siglo, ni los tratos y frecuencia del m undo podrían apri­
sionarle en las mallas de sus redes. ¿ N o estaba claro y m a­
nifiesto el llamamiento d e Dios y patente su voluntad de
que se le consagrara en ese apartamiento? ¿N o estaba bien
demostrado en su trato e intimidad con El que ésta era su
vocación específica? Y ¿c ó m o , entrando en ese retrete de
su corazón y encontrando en él a Cristo, podía aspirar a sa­
lirse de él o buscar algo que no fuera el mismo Cristo? Es
el tema abisal del alma humana y la eterna incógnita d e su
desasosiego: no encuentra tranquilidad ni plenitud d e su
5. ARZOBISPO 43

vacío d e origen hasta que acaba de comunicarse y entre­


garse totalmente a Dios ; pero a la vez que no puede hacer
esto, porque d escon oce esa vida interior que la pone en
contacto con él. Los santos, los que han llegado a estable­
cer ese contacto, son los únicos que no se vuelven a las
criaturas, que no pueden volverse, que necesariamente han
de mantenerse en ese aislamiento del m undo, que forzosa­
mente, casi con necesidad metafísica, tienen puesta su mira­
da en quien les ha arrebatado su atención.
Adem ás, consecuencia d e su desarrollo espiritual y su
perfeccionam iento, es el conocim iento propio más cabal
cada día y el conocim iento más aproxim ado de Dios, la
gran síntesis agustiniana de la santidad: «Noverim m e, no-
verim te» ; y con esa luz cada vez más perfecta, una con ­
ciencia más intuitiva de la inconmensurable distancia que le
separa de Dios, y, por consiguiente, la experiencia aplas­
tante de su nada en su presencia y la negación de su va­
ler aun ante los hombres. No es humildad de garabato ni
insulso fingimiento la subestimación que d e sí mismos tie­
nen los santos y el juzgarse los más indignos y desprovistos
de h abilidades; es consecuencia lógica de su lúcida clarivi­
dencia.
No es extraño que a cada nuevo cargo se renovara en el
P. Tom ás de Villanueva la repugnancia y contrariedad que
ensombrecía su mente y contristaba su corazón, viendo cla­
ramente la desproporción entre el sujeto y la responsabili­
dad d e a q u é l; las protestas sinceras, aunque resignadas :
las súplicas humildes e insistentes, los raudales d e lágrimas
de sus ojos vertidas, todo brotaba en él espontáneamente
Dor verse libre del insoportable peso que sobre él se cernía.
Bien es verdad aue los religiosos v los superiors tenían tam­
bién harto con ocid o su valer y sabían dónde podían ser más
fecundas las cualidades que le adornaban : y así nunca se
dejaron ablandar por tan tiernas y sentidas protestas ; hu­
biera sido una condescendencia muy natural y humana, pe­
ro a la vez lamentable claudicación.
R e c h a z a UN ARZOBISPADO.— Y a hemos visto la fama nue
dentro y fuera de la Orden goza el P. T om ás de Villa-
nueva. No había Dios encendido la antorcha para que es­
tuvieran escondidos sus resplandores. Quizá no había quien
con más exactitud justipreciara sus méritos, conocim ientos
y santidad aue la majestad del em perador Carlos V . Desde
que o y ó hablar de él se le aficionó de tal m odo, aue no
eran ya sólo los sermones que en su real capilla predicaba ;
com o sabemos, si las ocupaciones del gobierno de tan vas-
l° j te™ torios no se 1° impedían, acudía con asiduidad a
t{?d?s los que el Santo predicara ; pero aún había más, era
e* P. Tom ás confidente y consejero de los problem as de im­
44 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

portancia que exigían un ponderado tacto y reflexión ; hasta


el final de sus días llegaban a V alencia cartas del em pera­
dor exponiendo y consultando las cuestiones más espino­
sas : los secretos de estado que guardaba la arquimesa, cu­
yos papeles hizo quemar el Santo horas antes de morir.
Por esto, y deseando el emperador que la Iglesia sí
aprovechase d e esta perla escondida, se acordó del P. T o ­
más al quedar vacante el arzobispado de Granada. Súpli­
cas, recom endaciones, ofrecimientos, importunaciones, to­
d o fué inútil: con tal cortesía agradeció la m erced y con
tal humildad la rechazó, que el emperador, lejos d e moles­
tarse. se sintió edificado. Y co m o no hubiera tiem po para
acudir a quien por obediencia pudiera ordenárselo, se vio
libre de aquella carga y tranquilo otra vez en la quietud de
su celda.
P e r o LE v ie n e o t r o . — Por todos estos caminos iba Dios
madurando su obra y com pletando su plan. Y a hemos di­
ch o aue la repugnancia por los cargos es una disposición
especial para ellos, ya que el así dispuesto no tiene intere­
ses preconcebidos y se encuentra plenamente desembaraza­
do. ¿C óm o podía aauel humilde religioso i m a g i n a r s e al fren­
te d e un arzobispado ? ¡ Qué desairado resultaría el papel
de un hábito rem endado y desvaído entre el atuendo luio-
so de un cabildo ! Pero las más altas montañas en apacibles
valles sabe convertirlas el Señor, y los trances más dificulto­
sos tórnalos suaves y fáciles la gracia y elegancia de los
santos. C om o antes insinuábamos, con sus miras levantadas
y su desprendim iento de lo humano, se hallan en ventajo­
sísimas condiciones para igualar resquebrajaduras y superar
obstáculos ; no buscando propios medros, sino la obra de
Dios, y no faltándoles El para esto, siempre salen airosos
de sus empresas : aunque a veces tengan aue deipr quizá
jirones de sus vestidos o de sus carnes en la demanda.
Por tierra de Flandes y Alemania andaba el emperador
atendiendo v desnachando negocios de aquel Im n ero. La
sede de V alencia había quedado vacante y se hacía preciso
el proveerla. A pesar de la estima que sentía por el P. T o ­
más. con el resultado de su nombramiento anterior, no se le
pasó por las mientes pensar en el mismo : y así dió orden
a su secretario aue descachara cédula de nombramiento
en favor de un miem bro de la Orden de San Jerónimo. cQué
había ocurrido? A l presentársela a la firma, se vió el em pe­
rador visiblemente contrariado, nue« en ella figuraba, no
auien él había ordenado, sino Fr T om ás d e Villanueva,
d e la Orden de San Agustín. Confirmado por el secretaria
de que éste y no otro era el nom bre que él había entendido,
y pidiéndosela aquél para reparar el yerro, en m odo alguno
5. ARZOBISPO 45

lo consintió su majestad, atribuyendo este nombramiento


a una elección especial del cielo.
Llegan cartas a V a l l a d o l i d c o n el d e s p a c h o d e l nom bra­
miento. Por aquellas calendas, 1544, el P. Tom ás era prior
en Valladolid, y acababa de ser encargado por el Rvrno. Se-
ripando d e revisar las Constituciones de la Orden. En V a ­
lladolid se encontraba también el príncipe D. Felipe, que
gobernaba a España en la ausencia de su augusto padre.
Tanto el príncipe com o toda la corte recibieron el nom bra­
miento con el júbilo consiguiente por la grande estima que
tenían del P. Tom ás. Inmediatamente se d e s D a c h a un em i­
sario con el mensaje al convento de San Agustín. La com uni­
dad está en el oficio ; pero com o viene del príncipe, y el
portero se h a c e eco del aplauso general al recibir la noticia,
entra precipitado y un p oco descom puesto al coro ; se sien­
te portador de una nueva tan grata, que no puede con te­
nerse en los límites que requiere el lugar santo y el acto de
culto. Y co m o santamente orgulloso y con el prurito de
darla, las palabras tam poco son tan mesuradas y quedas
que no trasciendan a los dem ás. <; N o oretendía precisa­
mente eso en su ingenuidad el humilde hermano ? A leteos
de euforia expansiva se extienden por todo el coro ; los re­
ligiosos sienten en su corazón y trasciende a sus semblan­
tes el aura acariciadora de nueva tan insólita y halagüeña ;
con dificultad se mantiene la grave solemnidad del acto li­
túrgico ; una com ezón y com o cosquilleo se entrevera en
el porte d evoto y recogido de la com unidad.
Sólo el P. Prior ha perm anecido inalterable ; de m om en­
to, com o si no rezara con é l ; ni aun casi la contrariedad ha
dejado transoarentar: estaba de lleno entregado a las ala­
banzas d e Dios y no podían inmutarle los roces humanos,
aunque fueran de la categoría sensacional del presente. Eso
sí, no d ejó de hacerle impresión la ligereza del hermano y
su desenvoltura, oue luego habría de purgar con pública re­
prehensión y penitencia por el norte un tantillo irrespetuo­
so. ya que el honor y culto divino más delicadeza y mira­
miento exige.
Podem os imaginarnos el chasco v estupor del caballero
portador de la cédula del nombramient-o v de los parabie­
nes que coa él enviaba el príncipe D. Felipe. El P. Tom ás
llegó a recibirla sin prisas ni visible regocijo, antes con
muestras de pesadumbre ; dió las gracias con sencillez y
cortesía, prom etiendo ir a besar los pies de su alteza. Si el
emisario se había ilusionado con las albricias o e=trenas
que había de recibir, el estupor debió desconcertarle. No
hubo ni más ponderaciones ni más deferentes acatos ni d e ­
mostraciones de satisfacción ; un iarro de agua helada no
habría producido un efecto más glacial.
46 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

D e v o l u c i ó n d e c é d u l a s y m a n d a t o d e o b e d ie n c ia .— Y a
la mañana siguiente vino el com plem ento. El P. Tom ás le
había dado mil vueltas al asunto ; la misa habíala celebrado
dem andando luz al Señor ; ya estaba resuelto, no había du­
da : tendría que ir a Palacio, bien contra sw voluntad y cos­
tumbre. Para dar gracias por la m erced recibida y recon o­
cer la confianza que en su humilde persona había deposi­
tado el emperador ; que de cortés y agradecido sabía mu­
ch o el siervo de Dios. Pero a la vez llevó la cédula de su
nombramiento, poniendo por delante que en m odo alguno
podía aceptar tal distinción y gracia, que n o eran sus m é­
ritos, doctrina y virtudes para tamaña empresa ; que lo ha­
bía muy bien pensado y aquilatado, que quería asegurar la
salvación de su alma en la Religión a aue Dios le había
llamado y no podía exponerse al peligro de perderla echan­
d o sobre sí una carga tan pesada. Réplicas y reflexiones del
príncipe prudente, razones y estímulos para obligarle a cam ­
biar de opinión, ni el disgusto que recibiría el emperador
ni el pesar aue a él mismo le embargaba, ni la gloria de
Dios y bien de la diócesis y las almas, aue así lo exigían:
con toda sencillez y humildad, pero con inquebrantable fir­
meza, estaba tomada la resolución, en Dios y en su ánima
que no podía aceptar.
Intervienen admiradores y conocidos d e lo más encum ­
brado de la corte. El condestable de Castilla, el com enda­
dor mayor de León y otros distinguidos caballeros no pu­
dieron sacar más partido de su resuelta negativa. No aue-
daba ya más que un recurso: el cardenal de T o le d o , D. Juan
de Tavera, muy amigo y respetado del S*n‘ o. A San A gus­
tín se encam inó el cardenal. Celda solitaria y silencio­
sa: mano a mano la suprema autoridad espiritual d e Espa­
ña v el h^m 'lde prior agustino: la voluntad manifiesta de
Dios, la elección a todas luces divina, la necesidad de re­
signar su juicio, la sumisión aue renuie^e la humildad, la
erratitud a la Católica Maiestad. aué reflexiones esniritua-
les no anortaría un tan d octo y virtuoso varón con religioso
tan piadoso y tan santo. No nudieron conseguir otra cosa
nue suolicar con mavor humildad y más tiernas láorimas no
le forzase, si en algo le amaba, a tomar sobre sí lo aue le
h^b'a de llevar a la condenación. Y , oor contera, que inter­
cediese ante el emnerador y el oríncipe para nue no lleva­
ran a mal esta reoulsa. antes sólo vieran en ella su incapa­
cidad para dignidad tan encumbrada.
La desilusión v el disgusto ee había apoderado de los
esníritus: la euforia con oue recibieron el nombramiento se
había trocado en amarga decepción , y, por más vueltas qus
le daban, no acertaban con la solución anhelada. Pero al­
guien lo susurró, y la solución halló eco en el cardenal y el
5. ARZOBISPO 47

príncipe: el P . T om ás tenía un superior provincial, ¿quién


más indicado, sabiendo el rendimiento y sumisión que tenía
a la obediencia? La estratagema se había vuelto contra el
p. T om ás: su llegada tardía al capítulo provincial y la elec­
ción por ese m otivo recaída en el P. Francisco de Nieva
no habían sido sino una providencia de Dios para atajar su
salida. Carta del P. Provincial a instancias de D. Felipe ;
carta corta, pero enjundiosa: en virtud de santa obedien ­
cia se le ordenaba la aceptación del arzobispado. Y a no
quedaba otro rem edio ; aún batallaría en su interior, con
furioso estruendo, su aversión a tal dignidad y la incapaci­
dad que en sí veía para salir adelante ; pero la voz de la
obediencia pesaba harto más, y la voluntad de Dios queda­
ba por ella manifiesta.
Júbilo y alborozo causó en todas partes la noticia de la
aceptación ; com o que todos estaban con cordes en lo acer­
tado d e la elección y en los bienes que se le seguirían a
aquel arzobispado. Pesadumbre sólo en el P. Tom ás de V i­
llanueva, que, abrumado por ella, pero resignado con la
obediencia, escribe al P. Reverendísim o com unicándole tan
triste nueva, que a mieles tuvo que saberle a él. C om o les
había sabido a todos, com enzando por su alteza, que, lleno
de satisfacción, se apresuró a com unicar la noticia al duque
de Calabria, virrey de V alencia, y a los cabildos de la m is­
ma, dándoles el parabién por semejante nueva, y p onde­
rando la persona del elegido en los siguientes térm inos:
«Pareció a la Cesárea, Católica y R eal Majestad del Em pe­
rador, mi señor y padre, atentas la entereza de vida y lim­
pieza de costumbres, la singular erudición y letras, la gran­
de santidad, religión y doctrina y los demás insignes mere­
cimientos y virtudes del muy reverendo en Cristo P. Fr. T o ­
más de Villanueva, d e la Orden del Señor San Agustín,
com o aquel que le con ocía muy bien, y tenía de sus b ue­
nas y grandes partes entera noticia, elegirle y nombrarle
para el A rzobispado de esa ciudad, de lo cual os debéis
tener por muy dichosos, y dar infinitas gracias a Nuestro
Señor, y rogar m ucho por Su Majestad y todos sus sucesos,
P or tan grande beneficio com o haberos proveído de tan
buen Pastor» 36.
B u l a s DE POBRE.— La ceremonia d e la consagración se
celebró con la pom pa que acostumbra la Iglesia en tal^s ca­
s o s ; le consagró en persona el cardenal arzobispo de T o le ­
do. tan d evoto suvo. auien Dor esta devoción y afecto le
había pagado también las bulas, por saber cuán pob^e es­
taba el P. Tom ás, ya q r e todo lo entregaba a los p obres;
«feliz anuncio — dice un biógrafo — de admirables p r o g r e s o s

36 V i c e n t e O r tí, V id a ..., 1. 1, c. 19.


48 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

para un prelado» 37; espejo y contraste, diríamos nosotros,


digno d e atenta consideración. ¿N o será el boato y suntuo­
sidad d e ciertas ceremonias hodiernas de semejante índole
el anuncio y preludio de la esterilidad subsiguiente en el or­
den espiritual ? Que hasta en lo más íntimo e intangible del
recinto sagrado ha penetrado la acción dernoledora del lujo
o bienestar material. Es cierto que la consagración del Pa­
dre Tom ás se vió concurrida d e muchos grandes, títulos y
ca b alleros; pero cuárt diferente de los sentimientos d e os­
tentación que ahora se estilan, el espíritu de piedad, reli­
gioso fervor y delicada reverencia que animaba a todos
aquellos admiradores de la virtud y religión del nuevo ar­
zobispo.
C a m in o d e V a l e n c i a . — H abían dicho misa muy de m a­
ñana, mejor aun d e noche. C on el alma tensa de em oción
se había despedido de sus hermanos, quizá para siempre.
¡ C óm o se agolpan en el corazón los recuerdos y afectos
en m om entos tan solemnes ! El más venerable d e los via­
jeros impartió la bendición a los que se quedaban ; d e ro­
dillas y con recogim iento la recibieron éstos. Bien quisieron,
por sentimiento y deferencia, acompañarles algún tiem po,
dándoles a la vez autoridad. Pero no pudieron conseguirlo ;
pugnaba esa deferencia con la condición del que los había
bendecido. La despedida había sido cordial y sentida, psro
sencilla y recogida, sin alharacas ni aparato, valorada en
los quilates que le prestan las eternas verdades. Era la ma­
drugada d e un día d e invierno ; apenas los primeros des­
tellos de la aurora iluminaban los inseguros pasos de los
cam inantes: un grupo form ado por dos religiosos, sus dos
criados y las caballerías ; silencio y soledad en las calles,
parpadeo desm ayado de estrellas en el cielo, ecos d e ple­
garia en el corazón de los religiosos.
Y a lo habrán adivinado nuestros lectores: tal era el cor­
tejo del arzobispo de Valencia, que, recién consagrado, se
dirigía a tornar posesión de su iglesia. Tam bién quisieran
m uchos seglares hacerle com pañía, incluso algunos hasta
Valencia. R epugnaba esto a la modestia del santo arzobis­
po ; y burló esos obsequiosos deseos no dando noticia del
día de su partida ; co n esta estratagema se vió libre de es­
colta y atenciones, que tan mal se com padecían con el
con cepto que tenía de sí y con la humildad y pobreza re­
ligiosa. Un solo padre que le acompañara y dos criados,
que más servían para decir que no iban solos por tan lar­
gos caminos que para acudir al servicio y ayuda de los pa--
dres ; ni menos para transportar o guardar su ajuar o baga­
je, que se limitaba a lo puesto y a las reservas precisas para
5. ARZOBISPO 49

un viaje de unos días. Edificante y religioso proceder, d e ­


talle que acusa el temple de un alma y alecciona y penetra
más que m uchos sermones ; con qué certera mirada lo en­
juició el insigne Q u eved o: «Fuése luego a Videncia, tan
com o arzobispo que no quería dejar de ser fraile, y tan
com o religioso que tenía por más estrecho estado el de
arzobispo a que había ascendido, que se fué con sólo un
fraile com pañero, que se llamaba Fr. Juan R incón, y un
m ozo de a pie. ¿C óm o se podrá pasar en el libro de la pos­
trera cuenta a los obispos y arzobispos, por los contadores
de Dios, la partida de los frutos de la Iglesia que se habían
de gastar en almas, pobres y necesidades, y se han gastado
en muías d e acom pañam iento, coch es y lite r a s ?»38 No
tratamos de censurar o criticar actitudes o costumbres ; sólo
queremos hacer resaltar la sencillez y llaneza con que inau­
gura su nuevo estado el santo P. Tom ás, y que no cambiará
en los esplendores de su arzobispado ; y, eso sí, hacer notar,
com o es manifiesto a todas luces, que es manera esta harto
más evangélica y que más cautiva las voluntades y arrastra
los corazones, disponiéndolos para un más fecundo apos­
tolado.
E n la d u da ..., encomendarlo a D io s .— Cerca de la ruta
de V alencia caía Villanueva de los Infantes, patria del ar­
zobispo. Su madre no había acudido a su consagración ;
sus hermanos, deudos y paisanos tam poco. ¡ Con qué as­
cetismo se celebraban en tiem pos de gloria patria y triunfos
de fe jornadas de categoría trascendental! La jnadre le ha­
bía suplicado no dejara d e visitarla al pasar para V alen­
cia ; anhelos inquietos de madre cristiana: abra ar a u h:jo
tras largos años de ausencia y recibir su bendición arzobis­
pal ; santo y legítimo orgullo dar tal contribución a la Igle­
sia d e Cristo. Llegaba el momento de recibir, aún en fugi­
tiva visita, el galardón de enseñanzas sublimes y de sacri­
ficios austeros. ¡ C óm o palpitarían de em oción las materna­
les entrañas! Y ¡ có m o también se aparejarían sus fami­
liares para agasajar al nuevo arzobispo y recibir la honra
que por las puertas se les había entrado !
El santo P. T om ás camina con el mismo recogimiento
que pudiera tener en el convento. La extensa llanada de
Castilla, la austeridad del paisaje diurno, la solemnidad de
la noche silenciosa, todo convida a levantar el pensamien­
to y a mantener el alma en la oración. Camina presuroso
a donde el deber le llama, y no tiene otra preocupación que
llenar allí la voluntad d e Dios. Por eso, al llegar al punto
en que sale camino hacia Villanueva, pregunta al P. R in­
c ó n 39: «¿ Proseguiremos este camino a V alencia o iremos
38 Q u e v e d o , Vida..., c . 3.
39 El r e l a t o e s t á t o m a d o d e V i c e n t e O r t í , 1. 2, c . 1.
50 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

a Villanueva, com o lo insta mi m adre?» El amor maternal


golpeaba fuertemente su corazón, y al P. R incón le pareció
natural llegar a satisfacer las ansias maternales y el cariño
filial. «N o obstante, encom endém oslo a D ios». Y la oración,
com o siempre, le d ió luces sobre el partido a tomar y alien­
tos para restañar la sangre que brotaba del corazón tierno
y am oroso: «V am os a Valencia, porque lo que ahora más
nos conviene es acudir a nuestra £ sp osa ... ; que para co n ­
solar a mi madre ni faltará tiem po ni faltará m od o». Allá
no muy lejos se quedaba Villanueva: cargada d e recuerdos
y preñada de ilusiones ; allí seguirían esperándole en vano
su madre, hermanos, deudos y p aisa n os; veintisiete años
de ausencia, el consuelo legítimo d e una madre, la satis­
facción de familiares tan íntimos, el desahogo de su cora­
zón amante, los escasos días que d e su ruta se apartaba,
nada fué suficiente para torcer el cam ino del deber ; el c o ­
razón tuvo que sentir un desgarro, pero la marcha continuó
flechada hacia Valencia. No queremos desvirtuar con nues­
tros comentarios un rasgo tan elocu en te: al alma Je llega
más hondamente en su escueta desnudez.
A lojamiento po r caridad .— Y a había anochecido el
día 20 d e diciembre de 1544. Los dos viajeros llaman a la
puerta del convento agustiniano de Nuestra Señora del So­
corro, extramuros d e la ciudad d e V alencia. Queriendo
pasar desapercibidos, solicitan del hermano portero poder
estar en el convento d os o tres días mientras cesan las llu­
vias, que com o un preludio de futuras venturas Dios rega­
laba con la llegada del arzobispo a aquella tierra sedienta.
El buen portero les pide con toda dulzura la licencia de su
superior para presentársela al prior de la casa, según cos­
tumbre. Pero el P. R incón le ataja atentamente diciéndole
cóm o, aunque cumple con su oficio pidiéndola, no la ne­
cesitaban ellos por haber sido el padre que llegaba prior
y provincial de la Provincia de Castilla. A lg o escam ado y
pensativo, sube a dar conocim iento de lo que ocurre al Pa­
dre Prior. Y éste, intrigado, y con la noticia que ya tenía
del viaje del arzobispo, recela si sería el mismo uno de
ellos. Mas pronto le desapareció esa inquietud ; no vió allí
ningún fundamento para pensar en el tal arzobispo. O fre­
cióles, no obstante, atenta su gravedad y presencia, franca
acogida y hospedaje en el convento, aunque lamentando
no pudieran gozar del a com od o deseado dada la pobreza
del mismo. «N o se aflija de eso, P. Prior, dijo entonces el
Padre R incón (pues que el P. T om ás se mantenía en su en­
cantadora modestia y silencio), que con una celda para el
padre y otra para mí, por pequeñas que sean, quedaremos
muy contentos mientras duren estas aguas, y para nuestro
sustento luego vendrá un criado, a cu y o cargo está el gasto
5. ARZOBISPO 51

del cam ino». Observan-do más detenidamente la modestia


del P. Tom ás, com o ya había oído nuevas de ella, y pare-
ciéndole una situación extraña, le volvió a asaltar la vaci­
lación, y para salir de duda, se resolvió a preguntar a boca
jarro: «Padre mío, ¿p or ventura es el señor arzobispo?»
No hubo posible evasiva ; hubo de contestar con su humil­
dad habitual: «Y o soy, aunque no lo m erezco ni era para
ello». Póstrase en tierra el prior, besándole la mano ; re-
únese la com unidad, arrodillándose todos reverentemente ;
procesionalmente es llevado a la iglesia cantándose el Te
Deum ; en la capilla de Nuestra Señora del Socorro pasa
largo rato terminada la cerem on ia ; con tal devoción se
le encom ienda y tal impresión le causa, que jamás le aban­
donará ya hasta que tornen, por mandato suyo, a reposar
sus restos mortales en esa capilla.
No hace falta decir que com enzaron inmediatamente a
llegar canónigos, caballeros, etc., para dar la bienvenida
al arzobispo, quedando prendados de su modestia y reli­
giosidad ; lo mismo experimentaron los religiosos, que se
sintieron profundamente admirados y edificados de su in­
sistente oración, recogim iento extraordinario, rara asidui­
dad en el servicio divino. Unos días pasó en aquel obser-
vantísimo convento, esperando que las lluvias permitieran
hacer la entrada solemne en la ciudad.
L a HUMILDAD ENSALZADA.— La insistencia de las lluvias
retrasó la entrada oficial más de lo previsto y los deseos
que el arzobispo tenía de com enzar su o b r a ; que com o
huvó cuanto estuvo en su mano la dignidad, así le espo­
leaba la impaciencia de hallarse en su puesto y entregarse
al trabajo y sacrificio que le exigía la Esposa a él confiada.
No tenemos por qué detenernos en describir por menudo
la entrada triunfal y el recibim iento que le dispensó la ciu­
dad ; sabemos cóm o en circunstancias semejantes se afa­
nan todos por demostrar la alegría que sienten con la lle­
gada del nuevo prelado, y las fiestas y regociios, así oficia­
les com o populares, aue contribuyen a dar expansión a los
sentimientos que embargan los corazones y augurar una
bienvenida pletórica de promesas y esperanzas ; que a la
com ún v corriente satisfacción de tener ya pastor añadíase
el entusiasmo espontáneo y generoso que había desDertado
'a fama de la virtud, letras, humildad y religión del nuevo
Prelado, que había llegado a V alencia, más que en alas del
aPJauso pODulachero, esparcida y autorizada por la voz y
•crédito de los que habían estado en Salamanca, Burgos y
Valladolid, y tenían noticia directa d e las cualidades ex­
cepcionales que le adornaban. Partes singulares que no p o ­
dían ocultarse y se adueñaron de los fieles desde los prim e­
52 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

ros momentos, atizando aquellos subidos entusiasmos y


prendiendo en sus corazones con febril delirio. Aquella
actitud recogida y devota en m edio de tantos aplausos y
agasajos, aquella humildad que le mantenía ajeno a los
honores que se le tributaban, la sencillez v llaneza que re­
flejaba su semblante, la d evoción y santidad que se trans­
parentaba en todo su porte, fueron confirm ación y garan­
tía d e los rumores hasta entonces esparcidos y el único bla­
són heráldico que podía presentar com o arras y señal del
matrimonio que con su Iglesia hoy consumaba. ¿ Y para
qué quería más y qué más podía ambicionar, si es el único
patrimonio aue cuenta en la mente y presencia de Dios y
en el troquel de las verdades v en la estima v aceptación
del pueblo ? Precisamente fué lo que le engarzó nuevos bri­
llantes en la aureola oue ceñía ya su frente. Bien se echaba
de ver en todos los detalles (y en el proceso de canoniza­
ción no faltaron importantes declaraciones referentes a su
entrada en la diócesis) que tenía puesto el pensamiento y
la mirada en la carga que sobre sí le habían forzado a
echar, y ou e no contem plaba todas estas demostraciones
y honras si no a la luz de la única verdad Y ¡ oué ecos tan
diferentes suscitan en el alma d e cuando el mundanal aplau­
so encuentra en ella a co g id a ! ¡ Qué natural v edificante
parece entonces anuel gesto de separar el coiín ou e para
arrodillarse le habían puesto, y aauel reverente adorar el
I ienum crucr's y b e s a r a continuación el suelo con profun­
dísima hum ildad! ¿C óm o no habían d e levantar olsadas
de simpatía y entusiasmo semeiantes pormenores, oue tan
bien se enmarcaban en el ambiente de su personalidad y
que a cien leguas trascendían a sinceridad auténtica, v
cóm o no habían de atropellarse las gentes por besar sus
manos, postrarse a sus pies, venerar su hábito ?
¿CÁRCELES PARA ECLESIÁSTICOS ?— A quéllos eran otro-
tiempos : las costumbres tenían otras exigencias, y lias leyes
se amoldaban a las mismas. Día 2 de enero de 1545, día
siguiente al de su entrada oficial. A quella mañana dijo m’ sa
por vez primera en la santa iglesia metropolitana, para dar
gracias al Señor por tantos beneficias y para implorar "us lu­
ces en el desem peño de su com etido ; era tan ardua la em ­
presa a aue se había entreeado. que tenía grave necesidad
de una asistencia especial del cielo. A l volver a palacio auiso
ver el lugar destinado a los eclesiásticos aue por alguna fe ­
choría merecían la privación de la libertad y el encierro en
las cárceles a ellos destinadas, pues eran en aquellos tiempos
cosa muv corriente y usada ; com o estaban totalmente in­
munes de la autoridad civil, la eclesiástica ten'a sus penas
aun exteriores para los transgresores de nota. Y bien cuín-
5. ARZOBISPO 53

plían su oficio d e castigar y mortificar los calabozos ecle­


siásticos de V alen cia: lóbregos, húmedos, inmundos, in­
sanos, capaces d e acogotar en flor la más ligera chispa de
buen humor o satisfacción. No se necesitaba tanto para
impresionar amargamente el alma sensible de Fr. T om á s:
com o la de los santos, dura y austera para consigo mismo,
blanda y sensible para el sufrimiento del prójim o. No pudo
menos de preguntar com o espantado: «¿Se ha puesto aquí
alguna vez algún eclesiástico ?» La pregunta podría pare­
cer ingenua y simple ; y tal la d eb ió interpretar quien le
contestó, quizá con cierto d ejo de ironía, que servían pre­
cisamente para eso. La frivolidad de la respuesta y, sobre
todo, la cruda realidad causaron tan profunda impresión en
su corazón, qbe le salieron al rostro la pana y angustia pro­
ducidas. Orden tajante de que cuanto antes se tapien tan
míseras estancias, propias para ladrones y bandidos y no
para seres destinados al culto y consagrados a D io s : «N o
permita Dios que por mi orden y determinación se ponga
clérigo alguno en un lugar tan horrible ; por otros caminos
y medios los habernos de procurar reducir». Palabras que
tuvieron confirmación más tarde, y que podem os conside­
rar com o preludio o profecía d e la reducción y conversión
de los clérigos a cuienes la pasión extraviara ; verem os más
adelante su m étodo, harto más convincente y humano para
los interesados, aunque m enos com pasivo y más cruel para
consigo mismo.
F raile Y ARZOBISPO.— «Así, por las heroicas gradas de
la humildad y pisando las vanas pom pas de la soberbia y
altivez, ascendió nuestro glorioso T om ás a la elevada cum ­
bre de la estimación, venerándole todos por seguramente
santo al reconocerle tan profundamente humilde». Tal es
la conclusión de un biógrafo 40 al referir la humildad sen­
tida que cam p eó en todas las demostraciones de que fué
objeto en su entrada triunfal en V alencia. Podíam os añadir
que aquella actuación y com portam iento fué el principio
inaugural de un arzobispado que en nada se apartaría de
esta línea de conducta que parece trazarse solemne y pú­
blicamente el día del encuentro con su ^sposa la iglesia de
Val encia.
No le hizo la dignidad salir de sí mismo ni le levantó
sobre los d em ás: al convento se había retirado huyeudo
del m undo, fraile había sido amartelado de su profesión
v no podía olvidar que del convento venía. El mismo há­
bito que llevó del convento, sin más abalorios ni arrequi­
ves, era el m ejor admonitorio que podía recordarle su es­
tirpe ; el extremo de pobreza con que entró en su diócesis
40 V ic e n t e O r t í , 1. 2, c.
54 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

era argumento bien claro de su despreocupación de gran­


dezas y dineros ; el haberle tenido que pagar las bulas de
su nombramiento de arzobispo, patente fué ya de un afán
d e desprendimiento en aquel oor cuyas manos tantos di­
neros y limosnas habían pasado ya sin dejar pegársele lo
más mínimo. Pronto el cabildo de V alencia notó la p o ­
breza del arzobispo ; y com o sabían provenía de su despe­
go y de no mendigar, sonsacar o aceptar regalos que en
propio provecho redundasen, resolvió socorrerle con una
determinada cantidad para ayuda de gastos en amueblar
el palacio arzobispal, si no para luio y ostentación, sí al
menos para dotarle de lo más indispensable que exigía
la dienidad del arzobispo y el recibimiento y trato de los
que llegaran a visitarle. Con toda cortesía y* afabilidad re­
cib ió a los emisarios oortadores de la cantidad de cuatro
mil escudos, y con toda amabilidad les expresó su agrade­
cimiento, así por el obsequio com o por la voluntad que le
m anifestaban: aquello permanecería siempre en su m em o­
ria. Pero quería saber si aouel donativo tenía un destino
determinado o quedaba a la libre disposición del socorrido ;
respondiéronle afirmativamente a esto último, pues que no
podía ser otra la voluntad del cabildo ni podían ni debían
entrometerse en coartar la libertad d e su superior. La con ­
testación y resolución del santo, lejos de ofender o m oles­
tar a los señores del cabildo, aunaue parece contradecía
las intenciones d e los donantes, les d ejó muv edificados por
ver los sentimientos de caridad y conrmasión d e que pro­
ce d ía : «Pues entréeuense al Hospital General de esta ciu­
dad esos cuatro mil escudos, para que con este socorro
pueda repararse el grave daño aue ha p ad ecido estos días
con el incendio». Principio digno de un arzobist>ado, pues
tenía lugar esta escena a los p ocos días de haber tom ado
posesión de su diócesis.
Podríase presumir que, aunque con tales arrestos c o ­
menzaba su oficio, las consideraciones v miramientos ju­
garan su oapel e hicieran mella en su ánimo para atem pe­
rar ese risror excesivo ; era el único móvil que podía indu­
cirle a hacer mudanza en sus costumbres, núes pensar que
los honores y elevaciones podían cambiarle llevándole a
hacer vana estimación de su persona o a tratarse con más
com odidades o m olicie, sería no con ocer el espíritu de fray
Tom ás v no darse cuenta de cuán arraigado se hadaba en
la verdadera virtud v convencim iento de la suieción del
cuerpo al espíritu y de éste a Dios. Cuando se llega a cier­
tas alturas en la perfección v a determinadas profundida­
des en el conocim iento propio y del m undo, no sacan fá­
cilmente de quicio el encumbramiento de los em pleos ni
pueden obtener éxito las solicitaciones d e la com odidad o
5. ARZOBISPO 55

bienestar. El hábito religioso, las ropas interiores, el ajuar


de su casa, la com ida que en ella se estilaba, su cama, et­
cétera, fueron de por vida la confirmación y continuación
de la austeridad que había usado siempre en el claustro.
COSIDOS Y REMIENDOS.— Con el hábito que llevó del con ­
vento continuó de arzobispo ; y no era nuevo ni de mate­
ria preciosa ni hecho expresamente para esa d ign id a d ;
omitimos com entarios; ni se avergonzó jamás de llevarlo
cosido y aun rem endado si lo pedía la necesidad ; antes de
hacerse otro nuevo, consideraba muy detenidamente si era
la necesidad o más bien el gusto lo que le movía a ello, sin
que, por su puesto,. llegara a andar sucio o andrajoso, lo
cual repugnaba así a sus sentimientos personales co m o al
trato y respeto que había de guardar a los demás. Y así
sólo dos hábitos nuevos nos dicen se hizo hacer en los once
años que duró en su oficio, y ellos d e la materia más ordi­
naria y corriente, pues no podía consentir el más insigni­
ficante gasto superfluo en su persona, él que lo considera­
ba com o un rob o hecho en los bienes d e los pobres, por
cuyo administrador se tenía ; a lo cual únicamente se debe
el que fuera tan parco y tan mirado en todo lo que se refe­
ría a la econom ía y ahorro. Y si esto hacía en lo que podía
llamar la atención o ser objeto de censura, aunque tan por
encima de ella estaba cuando no tuviera un fundamento
sólido, ¿c ó m o hem os de pensar se conduciría con respecto
a sus ropas interiores, cuántos cosidos y recosidos, cuántos
arreglos y rem iendos ? Con el agravante de que mientras
por sí mismo pudiera, n o acudía a personas extrañas para
estos menesteres. El siguiente dato vale por todo un libro
y nos ahorra prolijos relatos 41: «A caeció una vez que, no
habiendo bien cerrado el aposentillo donde se retiraba
cuando quería remendarse algo, un canónigo que le trata­
ba familiarmente vino a su casa para hablarle, y pregun­
tando d ón d e estaba el señor arzobispo, dijéronle que en
aquel aposentillo. El, con la mucha familiaridad y llaneza
Que usaba con él este bendito prelado, sin aguardar le avi­
sasen, fuese aprisa al aposentillo, y com o no estaba bien
cerrado, sin llamar ni decir palabra se entró, y hallóle que
estaba rem endando sus calzas, de lo que le pesó m ucho a
este siervo d e Dios. Espantado aquel canónigo de ver tal
cosa y pareciéndole indigna d e un arzobispo, d ijo : «Jesús,
señor, ¿ y eso ha d e hacer vuestra señoría, cosa que por un
real la remendará cualquier oficial ? En .verdad, señor, que
no lo he de permitir» ; y diciendo esto, quería quitarle
aquella calza que rem endaba de las manos. Detúvole el
buen prelado, y d ijo: «N o tiene ra zón ; porque, aunque

41 P. S a l ó n , 1. 2, c. 3.
56 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

m e han hecho arzobispo, no dejo d e ser religioso ; he pro­


fesado pobreza y me huelgo hacer de cuando en cuando
lo que hacen los frailes pobres. Y a esto que dice vuestra
m erced que con un real se pueden remendar estas calzas,
digo que con este real puede com er mañana un pobre ; lo
que m e hará m erced es que nadie entienda esto por amor
de mí».
PAREDES LIMPIAS.— Eira, en general, mirada con respeto
y edificación esta pobreza del santo, que se extendía, com o
es natural, al m oblaje d e su p a la cio: nada había en él su-
perfluo, y m enos algo que pudiera denotar lujo ; todo era
escaso y de lo más pobre ; no había que pensar asomasen
sedas, tapices, etc., entre sus m u eb les; si en el salón de
recibir se permitía alguna excepción , tam poco excedía la
valía de lo m ediano. Pero com o cada cual tenemos parti­
cular criterio, no les pareció a algunos canónigos congruen­
te con la dignidad y autoridad que debía a su oficio tal
pobreza y sencillez. Pusiéronle delante las razones que les
movían ; pero tales fueron también las que les contestó el
santo, agradeciéndoles su interés y justificando a la vez
su propio proceder, que se quedaron satisfechos y conven­
cidos. Insistieron únicamente con él, y consiguieron que
usara de raso cierto bonetillo que solía llevar en verano.
L o cual le sirvió com o argumento d e donaire, pues miran­
do al tal bonetillo decía con galano gracejo: «V eis ahí mi
arzobispado».
N ostalgia de mesa y austeridad conventual .— ¿Q u é
diremos de la sobriedad d e su mesa ? Quizá juzgando hu­
manamente tuviera motivo para levantar aquí la mano en
la austeridad religiosa, ya que no era él el único com ensal:
su confesor, su vicario, visitadores solían com er con él, y
parecí? justo no someterles a la parquedad conventual. Tal
es el influjo de la verdadera virtud y santidad: aunque se
levantaran de la mesa con apetito y con hambre si a mano
viene, jamás se quejaban de la escasez, viendo y palpando
y com unicando el ejem plo acabado d e templanza que los
estimulaba, y sintiendo su espíritu y sus ánimos más co n ­
fortados aún con el detrimento de los estómagos. El menú
no excedía ni variaba notablemente del que él había c o ­
nocido y practicado en los conventos de su provincia de
Castilla; algún principio, si acaso, y algún extraordinario
en las solemnidades especiales solían ser el tributo que
pagaba en atención a sus comensales. El se había identi­
ficado con la vida religiosa, y no quería negarle a Dios las
consecuencias d e la austeridad con que se había abrazado ;
conservaba aún siendo arzobispo, a más de los ayunos de
la Iglesia, los que siempre guardó en la Orden y otros más
5. ARZOBISPO 57

que su d evoción le inspiraba, llegando m uchos días a ayu­


nar a pan y agua, para lo cual se daba muy buena maña
a fin de que nadie se percatara de ello, si no era un fam i­
liar de quien él se fiaba m ucho.
Fué éste también quien estuvo en el secreto de su mor­
tificación hasta en el dormir. No hará falta insinuar siquiera
cóm o practicaba la pobreza en su aposento y su c a m a ;
era ésta d e lo más basto y ordinario, tanto en la materia
cuanto en los a d orn os; cama que en m od o alguno pare­
cía digna de un arzobispo. Pero lo más admirable es que
no la tenía sino para disimulo d e su lecho ordinario, que
estaba hecho de sarmientos y coloca d o entre la cama y la
pared, muy bien disimulado, y que con dificultad logró
descubrir su familiar, pues el Santo, con gran arte, después
de dormir, o mejor, de mortificarse, en el lech o de sarmien­
tos, descom ponía y deshacía la cama a fin de aue ni el mis­
mo familiar cayera en la cuenta de su mortificación.
Realmente no sabem os qué admirar más, si este domar
y macerar la carne o la resistencia de la naturaleza a tantos
sacrificios, ocupaciones, cuidados, disgustos, etc., que le
ofrecía el arzobispado. Cierto que todo ellp iunto iba hacien­
do su obra, y llegó a resentirse la salud del arzobispo,
viéndose obligado por los dictámenes de la ciencia a mitigar
un tanto estos rigores, concediéndole al cuerpo alguna rela­
jación de las estrecheces ; pero fué por bien p o co tiem oo,
pues viéndose sano y padeciéndole aue era m ucho con des­
cender, tornó pronto a su acostumbrado rigor. T am tjoco
aquí podem os detallar los extremos a que llegaba el Santo
en las privaciones para mortificar la carne y sus apetitos
v tener más propicio al Señor. Más adelante veremos palpa­
blemente los frutos que estas austeridades le reportaban.
P asto r infatigable . Si tu o io está lim pio ... — A quel hu­
milde fraile de San Agustín de Valladolid caminaba caballe­
ro en una muía a través de los interminables cam inos de
Castilla ; a los p ocos días hacía su entrada en la diócesis,
caballero también en otra muía, entre las aclamaciones de los
nuevos feligreses. < Q ué experiencia tenía aquel cen o b i­
ta, lejos siempre del trato de las gentes, encerrado en las
cuatro paredes de su convento, cóm o podía con ocer los múl­
tiples y espinosos problemas de una extensa archidiócesis ?
cQ u é arte se daría Dara salir al encuentro de los entuertos
que habría que enderezar? Humanamente hablando y te­
niendo presentes sólo las apariencias, casi nodíam os anti­
ciparle un inevitable fracaso ; aun hoy que las costumbres
y relaciones sociales de los religiosos tanto han cam biado,
se ove decir a veces aue no puede un religioso cumplir bien
las funciones d e un obispo, que no sabe de trato de gentes
e ignora los problem as de gobierno ; en una palabra, bien
SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

se está San Pedro en R om a y el fraile en su convento. Bien


que a veces también se nota claramente los sentimientos
p oco nobles y quizá inconfesables que motivan semejan­
tes con ceptos.
El P. Tom ás de Villanueva no había entrado en Religión
con los ojos cerrados ; había ya visto m undo, era de inge­
nio privilegiado, había sido ob jeto de los halagos del aplau­
so, los atractivos del mundo se le habían ofrecido tenta­
dores , mas su talento le mantuvo inmune de todos los es­
collos. Pero, sobre todo, era religioso de verdad, funda­
mento el más sólido para lanzarse con éxito a las más auda­
ces empresas ; cuando no hay por delante intereses creados,
cuando las miras egoístas no bastardean los nobles em p e­
ños y, cuando, por otra parte, es la obediencia, que lleva
siempre las bendiciones de lo alto, el m óvil que impulsa
nuestras obras v el eje en torno al cual giran, auguramos
aún en este veleidoso m undo la seguridad del triunfo. Y
éstos eran los únicos arreos d e que iba investido a su dió­
cesis el humilde hijo del convento d e San Agustín. Jun­
tando a todo ello un olvido total de sí mismo, un ver solo
por delante la salud de tantas almas a él encom endadas
y que pesaban con responsabilidad tremenda sobre las que
él juzgaba endebles esnaldas suyas. ¿ Q ué trabajos podía
escatimar ni qué sacrificios ahorrarse que pudieran co o p e ­
rar a llevar a feliz término semejante tarea ? Muerto a sí
mismo en la práctica y eiercicio de la vida religiosa y enar­
decido por la salvación de las almas, sobre todo ahora que
la sentía pendiente de sí, sólo la prudencia podía poner
límites al desbordamiento incontenible d e sus energías es­
pirituales y aun corporales.
UNA JIRA PENOSA.— Y Cóm o para remediar faltas y abu­
sos es preciso conocerlos de antemano, fué la primera
preocupación del Santo girar una visita a su archidiócesís
para conocer a sus fieles, ponerse en contacto con ellos y
tomar el pulso al estado en que se encontraban. Triste rea­
lidad la que com p rob ó en esta iira pastoral; com enzó por
las iglesias de la ciudad, y no d e jó pueblo alguno sin visi­
tar : que todas las ovejas le habían sido igualmente co n ­
fiadas y de todas tenía que responder ante el tribunal de
Cristo. T od os los historiadores manifiestan el estado d e ­
plorable de la Iglesia de V alen cia: privada largo tiempo
de la presencia corporal de su guía y pastor, los vicios se
habían señoreado de las conciencias, y las costumbres se
resentían de una vorágine de sensualidad. Y lo peor y más
lamentable era que ni los clérigos mismos se habían man­
tenido inmunes de la contam inación, antes al contrario,
marchaban a la cabeza, sirviendo con sus escándalos de
5. ARZOBISPO 59

amortiguador d e Jas conciencias encallecidas de los fieles.


be com prenden fácilmente las reacciones de aquel alma
inmaculada ante tamaña devastación, y la repugnancia que
le causaría un tal desbordam iento de libertinaje. Y c o ­
mienzan desde los primeros m om entos las dificultades.
¡ Cuán difícilm ente se allana a enmendar sus pasos el que
por luengos años se halla aterrado al vicio ! lis verdad que
¡a mansedumbre personificada del Santo abre brecha en
las almas y que su caridad acrisolada consigue infiltrarse
en los corazones en du recidos: no le salen ai paso enemi­
gos declarados, no se le oponen obstinaciones manifiestas.
La prudente energía, la amenaza de privación de benefi­
cios o d e acudir a sanciones aun materiales consiguen tam­
bién su fruto. La generosidad sin límites, su disposición de
perdonar y dar al olvido todo lo pasado, es un recurso que
siempre d io al Santo resultados espléndidos. 1 od o ello
contribuyó poderosam ente a que en ios pueblos se opera­
se una reforma saludable de las costum bres: se extinguie­
ron o apaciguaron implacables odios y discordias, se re­
mediaron pecados públicos y privados, experimentaron
muchos tristes y afligidos el lenitivo del consuelo que ne­
cesitaban, todos se sentían renqvados por la caricia d e un
aura benéfica, y por todas partes se notaba el paso de un
aire saludable que purificaba el m efítico ambiente.
A CARA DESCUBIERTA.— C onsecuencia de este conocim ien­
to inmediato del estado de su diócesis y del urgente rem e­
dio que apremiaba, fué la con vocación d e un sínodo d io ­
cesano: no se consideraba él con tuerzas suficientes para
dar cima a la gigantesca empresa d e reformar la diócesis.
Y así quiso enterarse más detenidamente y solicitar el dic­
tamen de los dem ás para asesorarse en tan difícil com eti­
do. Con Ja impresión favorable que todos habían recibido
y con la fama de su santidad que se había corrido y con ­
firmado, acudieron todos a su llamamiento con la mejor
voluntad y dispuestos a secundar tan laudables prqpósitos.
Interrogó con toda libertad y minuciosidad, com o quien
tanto deseaba el bien de sus súbditos y la reforma de las
costu m bres; escuchó paciente y diligentemente cuantas o b ­
servaciones le h icie ro n ; tom ó nota de cuanto le pareció
digno d e ella. A esto añádió el fruto d e sus laboriosas y
caritativas investigaciones durante su visita pastoral. R e ­
sultado d e todo ello fueron las Constituciones sinodales que,
aprobadas por el sínodo, m andó publicar, y que fueron re­
cibidas con satisfacción por el público en general, ya que
siempre la corrupción, aunque halague las pasiones, ex­
perimenta el reproche d e la honradez y limpieza de senti­
mientos, que son patrimonio del cristiano; y así por la
prudencia con que fueron escritas com o por el celo d e la
60 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

salud de las almas que las animaba, fueron diligentemente


guardadas y veneradas por los sucesores del Santo en la
sede valentina.
A pelación a l juicio de D io s .— No obstante, hubo algu­
na nota discordante. El abandono de la diócesis había dado
lugar a m uchos abusos profundamente arraigados, princi­
palmente en los eclesiásticos, algunos de los cuales no p o ­
dían avenirse con aquel rigor que les im pedía continuar su
vida de p eca do y de escándalo. Y co m o el mal ejem plo
siempre prevalece sobre el bueno y com o los malos son
siempre más osados y descarados que los buenos, aunque
aquéllos eran una minoría, lograron atraerse o imponerse
a la mayoría cuerda y bien dispuesta. R esultado de lo cual
fué una em bajada que le enviaron al Santo, protestando de
sus intentos de reforma y d e atropellar los derechos d e los
capitulares, que por privilegios y concesiones de la Santa
Sede se hallaban exentos de la jurisdicción del ordinario,
y, por tanto, que apelaban a aquélla d e los mandatos de
éste, negándose a obedecerlos. El tono d e la protesta, la
manera desatentada d e los emisarios, sus palabras y gestos
descom puestos, su abierta desconsideración y rebeldía, ch o­
caron con la serenidad inmutable del arzobispo y con aquel
soberano dom inio que sobre todos sus actos ejercía ; y bien
necesitó de entrambos para soportar el alboroto levantisco
con que irrumpieron aquéllos en su presencia. Pero supo
imponerse, y, viendo que se mantenían irreductibles, con
digna y equilibrada energía les increpó, sin descom poner­
se en lo más mínimo, con palabras proféticas: «¿Q u e no
soy su ju ez? Pues serálo D ios; y ¿q u e no consienten el sí­
n odo y apelan al P ap a? Pues yo apelo a D ios del cielo (y
vuelto a los canónigos añadió), que sabe y ve la necesidad
que hay en vosotros de reformaros y remediar la perdición
de vuestras almas, y el grande escándalo y daño que cau­
sáis en esta ciudad con vuestro mal ejem plo, y sabe y ve
que todo cuanto se ha ordenado en el sínodo es justo y
d ebido, y que y o no pretendo en todo ello más que su ser­
vicio y el bien de las almas que me ha encom endado y
cumplir con mi conciencia y con la obligación de mi oficio,
y con fío en su gran bondad y justicia y que El lo rem e­
diará. Id enhorabuena, y apelad cuanto quisiéredes de mi
jurisdicción y juicio, que no escaparéis del de Dios».
Ni del d e los hombres, añadiríamos nosotros. Una pú­
blica afrenta y humillación del cabildo hizo a éste entrar
en razón. U no d e sus miembros d ió de puñaladas al se­
cretario del gobernador, y éste, sin respeto a que era ca­
nónigo y subdiácono, lo prendió y llevó públicamente a la
cárcel. Reunido el capítulo, acordaron enviar a suplicar al
arzobispo saliera por ellos y defendiera su inmunidad. Pero
5. ARZOBISPO 61

can gran mansedumbre y serenidad les respondió que,


puesto que no eran súbditos suyos ni estaban sujetos a su
jurisdicción, no podía proceder. Ln vista de que la situa­
ción em peoraoa y d e que el preso corría peligro d e ser
muerto, se vieron en la precisión da acudir humildes ante
su pastor, reconocien do su culpa, renunciando a sus privi­
legios y poniéndose a su disposición. Entra entonces en es­
cena la actividad del pastor celosísim o d e su re b a ñ o : se
dirige al gobernador , conm inándole con censuras si en el
término de tres horas no le entregaba el preso que contra
la inmunidad eclesiástica retenía ; continuó con la excom u ­
nión para él y sus ministros, con la publicación en los pul­
pitos de las penas, que se iban aumentando hasta llegar a
la cessatio a diüinis en todas las iglesias. En vista d e los
males que a la ciudad se seguían, intervino el virrey, p o ­
niéndole por delante la situación angustiosa, e incluso de­
jando asomar ciertas amenazas que, muy a su pesar, se
vería obligado a llevar a cabo. Quien no conociera a fray
Tom ás de Villanueva pudiera pensar se dejaría intimidar
con el cariz que tomaban los sucesos. Nada más lejos de
su espíritu; no podem os extendernos en el relato de los in­
cidentes d e este duelo cuerpo a cuerpo. Una vez más se
demostró el temple d e estos paladines de la fe, que se han
erguido intrépidos y valerosos contra los poderes que han
pretendido avasallar los derechos d e la Iglesia, A nte la
tirmeza del arzobispo, su entereza e inflexibilidad en lo que
consideraba y era un atropello, hubo al fin d e doblegarse
la altiva cerviz del gobernador y someterse a las penas pú­
blicas que hubo de imponerle ei arzobispo para reparar el
escándalo y daños que al pueblo se le habían seguido. En
su honor se ha d e decir que, cual otro T eod osio, recon o­
ció su culpa y con cristiana humildad recibió la penitencia
que para repararla le dieron.
En GUARDIA permanente .— De este m odo terminó aquel
suceso, que nos dibuja una estampa perfecta así del celo
de las almas que consumía al gran prelado com o del arran­
que y energía que se ocultaba bajo el humilde sayal del
fraile agustino, y que las circunstancias le habían obligado
a poner d e manifiesto. La misma constancia y solicitud
descubrió en todo su proceder desde que se hizo cargo del
arzobispado. Maravilla asomarse al interior d e su palacio
y contemplarle en guardia permanente, dispuesto siempre
a atender la más ligera fruslería del último de sus fieles ; y
causa verdadero asom bro y profunda impresión la solici­
tud y desvelo con que se desvivía por informarse, con to­
dos los m edios a su alcance, d e las vidas, pasos, necesida­
des, circunstancias todas, sobre todo d e los sacerdotes y
eclesiásticos, y qué cuenta tan detallada llevaba de las per­
62 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

sonas que era preciso corregir o enmendar, y con qué pru­


dencia y sigilo tenía notado todo esto y procuraba llevarlo
a cabo. ¿Q uién se acercó a su puerta en busca de limosna,
consejo o consuelo, que no fuese afablemente recibido y
socorrido con largueza ? ¿ Quién jamás, sobre todo si era
menesteroso, le encontró tan ocu pado que no fuera de él
recib id o? M uy al contrario, tenía dada orden rigurosa que
jamás rechazasen ni despidiesen a nadie, que recibiesen
con toda dulzura y mansedumbre a todos, que nadie que
por él preguntara pudiera sospechar siquiera que su pre­
sencia no era grata en palacio. A todos consideraba, no
com o prójimos o hermanos en Cristo, sino com o hijos su­
yos, a quienes tenía muy en las entrañas, y era su mayor
descanso y consuelo enjugar las lágrimas y endulzar las
amarguras de cuantos acudían a él com o a verdadero padre
com ún. Y según reterian el obispo Segrián y el maestro
Porta 42, tan íntimos y familiares suyos, «sobre f n e s a , y a
la noche y cuando estaban con este santo prelado, éstas
eran sus pláticas ni trataba de otro, sino có m o remediare­
mos a fulano ; id a consolar a zutano ; a quién encom en­
daremos el trabajo de aquella pobre viuda para que de­
fienda su pleito, y cosas semejantes, y esto sin cansarse
jamás». A b ungue, leonem , añadiríamos, y nos excusamos
con ello d e detenernos en la enumeración de los detalles
que en tales insinuaciones sobradamente se dejan vislum­
brar, y que son tan numerosos y se nos presentan con tal
abrumadora realidad, que el espíritu se siente com o sobreco­
gido, dudando si se encuentra ante un ser de carne y hueso
o en presencia d e un ángel, libre y exento d e las miserias
y ataduras corporales. Y protestamos que todo lo dicho no
es ni significa un pálido reflejo d e la realidad ; repetimos
que nuestra plujna es incapaz de trazar los rasgos que pue­
den definir y deslindar su personalidad, que es preciso ras­
trear en las extensas y pacientes relaciones d e los biógra­
fos antiguos.
COTEJANDO.— Indiscutiblemente, los tiem pos han cam ­
biado, y las relaciones sociales han sufrido transformacio­
nes básicas, y las atenciones de los prelados se han m o­
dificado y multiplicado sin medida. De otra manera, ¡ qué
presentimientos y conjeturas tan amargas y pesimistas ha­
bían de invadir y dominar las con cien cia s! Y ¡ cóm o p o ­
dríamos imaginarnos que un obispo de estos tiempos nada
tenía que ver con Fr. 1 omás el de V alencia, o que no eran
pastores del mismo Cristo ! Si pretendiéramos comparar pa­
lacios con palacios, salas de espera con salas de espera,
clases de visitantes con clases de visitantes, recibimientos

42 P. S a l ó n , 1. 2, c . 13.
5. ARZOBISPO 63

con recibim ientos... |Q ué triste panorama y qué duro con ­


traste salta, a primera vista! No somos nosotros ni preten­
demos arrogarnos el papel de testigos y jueces calificados
en la materia ; constatamos hechos, y aunque tratemos de
calibrar las circunstancias y dar a aquéllos una explicación
conciliadora, hay algo que se agita allá en el fondo y quie­
re sobreponerse con negros colores. Y desde luego, com o
siempre, los resultados son los mejores intérpretes y e x p o ­
nentes de m étodos y sistemas, que en último caso no pue­
den aspirar a ser más que encauzamientos o canalización
de un auténtico amor de Cristo, que por necesidad ha de
extravasarse en las almas para que sea verdadero.
D isciplina , oración y recuperación de alm as .— «Por
otros caminos y m edios los (se refiere a los eclesiásticos)
habernos d e procurar reducir». R ecordam os las palabras
que pronunció el siervo de Dios al ver los inmundos cala­
bozos aparejados para los eclesiásticos que merecían algún
grave ca stig o ; y el epígrafe que acabam os de transcribir
nos declara palpablemente los m edios de que se sirvió para
conseguir su fin. En aquellos tiempos de más fe (aunque las
costumbres no se conformaran con ella), la autoridad de
los superiores teóricamente y en la práctica se extendía mu­
cho más que ahora y eran más frecuentes las penas y pri­
vaciones materiales. C om o, por otra parte, la autoridad ci­
vil la favorecía y secundaba, veíase el prelado en con d icio­
nes fáciles y ventajosas para refrenar y reprimir los exce­
sos de los clérigos y mantener al menos externamente el
buen nom bre de los mismos. Y aun con los seglares tenían
entonces los prelados ciertas influencias materiales, pudien-
do imponerles penas exteriores, a que tenían que sujetar­
se. No hace falta decir que tanto con los unos com o con
los otros se mostró el P. T om ás muy parco en el uso de
estos rem edios: sólo en casos desesperados, después de
acudir a cuantos expedientes le sugería su celo d e las al­
mas ; y aun entonces, ya se deja entender, no com o san­
ción y represalia, sino más bien com o preservativo para
los dem ás, a fin d e que sus desastradas vidas no sirvieran
de tropiezo y piedra de escándalo.
Otras y muy distintas eran las trazas ordinarias d e ga­
nar las almas para Dios. Si, com o dijo Cristo nuestro R e ­
dentor, la mayor prueba de amor a uno es dar hasta la vida
Por él. las ren d id a s muestras del P. T om ás nos pregonan
muy alto cuál era el amor que tenía a sus ovejas y cóm o
se_ preocupaba de apacentarlas según el encargo que el
mismo Cristo d ió a los prelados en la persona de San P e­
dro, siendo ese amor ardoroso el que le espoleaba para no
escatimar trabajos y sacrificios cuando se trataba de rem e­
diar las necesidades de sus fieles. Pero ya sabem os que es
64 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

muy difícil arrostrar trabajos y penalidades por alguien si


de veras no se le com padece y se sufre con él, si no se
consideran com o propias las penas que al otro le aquejan.
A este propósito nos traza el P. Salón una bella pincelada
de Fr. T om ás d e V illanueva: «Sentía tanto los trabajos,
así espirituales com o temporales, d e sus súbditos, que, se­
gún afirman los que vivieron con él en su casa, muchas
veces, cuando venía alerón pobre a manifestarla su necesi­
dad o alguna persona afligida a consolarse con él, eran más
las lágrimas que este piadosísimo padre derramaba ds sus
ojos con el sentimiento y com pasión que tenía del trabajo
y necesidad d e aquella persona que las que vertía la misma
persona que la padecía». ¿Q u é puerta podía permanecer
cerrada ante semejante espectáculo o aué corazón no se
ablandaría con una com pasión tan sentida y manifiesta ? Y
esto era sólo lo que aparecía al exterior ; el principio de
que procedía, los sentimientos íntimos que lo impulsaban,
sólo a Dios tenían por testigo, y a aquel crucifijo que tenía
en su oratorio, ante cuyos pies se derribaba con tal ardor
V lágrimas implorando el rem edio de tantas miserias, que
las noches se le deslizaban a veces sin darse cuenta, to­
mando este descanso para continuar la tarea al siguiente
día. No podía ser: ni el indigente, ni el pecador, ni Dios
mismo podían resistir esta entrega total a las almas v este
fundirse con’ sus miserias y necesidades. Q ue ya sabemos
cuán poderosa v om nipotente es ante el Señor la oración
ferviente y confiada, y cóm o su poder y om nipotencia se
agiganta con la perfección a que ha llegado el alma que
ora. M otivo que suele estimular eficacísimamente a las al­
mas a subir infatigables la pendiente de la santidad, sí eri­
zada de obstáculos, es verdad, pero fácilmente superables
cuando hav arrestos y decisión y cuando en la cumbre se
otea el ideal que las llena e irresistiblemente las fascina y
arrastra.
Estaba la caridad del bendito P. T om ás bien funda­
mentada en el espíritu del Evangelio, condensado en aque­
lla pletórica frase de San A gu stín : «A b orreced con todas
las fuerzas el pecado, pero amad con toda el alma al p e ­
cador : anuél es obra del hombre descarriado, y éste es
obra d e Dios». Y así era el ansia de salvar al alma lo que
le acuciaba y lo único que contaba para él: las veía al
borde del precipicio o, revolcándose en el fango cenagoso
del pecado, lanzarse desbocadas a la perdición eterna, y.
a trueque d e arrebatárselas de las garras al lo b o infernal,
ni reparaba en obstáculos ni regateaba desvelos ; lo oue
im oortaba era sacar aquel alma del báratro en que se ha­
llaba sumergida.
Pero antes, una operación previa: de búsqueda, de e x ­
5. ARZOBISPO 65

ploración, llevada a cabo también con toda caridad y,


por tanto, con total reserva y sigilo. No era necesario ser
un lince para descubrir verdaderos escán dalos; com o ya
hemos dicho, abundaban en demasía. De ahí las públicas
amonestaciones, las encendidas invectivas y aun las am e­
nazas de penas m ateriales; ya lo hemos insinuado, y no
nos hemos de detener en ello. Había otros casos, si no tan
públicos v escandalosos, no menos dañosos y lamentables.
Sobre todo, queremos resaltar algunos no más relativos a
los clérigos, que, com o parte la más escogida y más prin­
cipal, era también obieto especialísimo de la vigilancia y
celo pastoral del arzobispo ; a más, claro está, de la in­
fluencia aue su vida' y ejem plo ejercen en el com ún de los
fieles. ¡ C óm o procuraba el Santo guardar la honra y fama
de los descarriados ! A unque fueran públicos pecadores y
de todos con ocidos, los llamaba con todo secreto para que
nadie se enterase, buscaba cualquier disculpa para hacer
llegar a su presencia a los acusados ; si era necesario, apun­
taba los datos indispensables en un registro especial, tan
secreto, que p o co antes de morir lo hizo quemar, sin que
quedaran rastros d e las culpas o de los culpados. ¡ Cuántos
secretos desaparecieron en aquellas listas empapadas de
caridad cristiana! Si llegaba el caso de tener que traerle
algún clérigo custodiado por los agentes de la autoridad,
com o se estilaba m ucho en aquellos tiempos, ordenaba que
vinieran bastante separados del reo, a fin de que nadie se
apercibiera de que venía conducido.
c Qué corazón podía resistir las agudas saetas de sus
palabras, encendidas dé amor a Cristo y a aquel alma ex­
traviada ? El espectáculo se repetía con frecuencia. E nce­
rrado en su oratorio con el reo convicto o con feso, se re­
novaba casi con idénticos incidentes la escen a : unas re­
flexiones tan sentidas, consideraciones tan oportunas, ex­
hortaciones tan devotas, palabras tan entrañables, afectos
tan sinceramente dolidos, lágrimas tan del fondo del cora­
ron, acusaciones y recriminaciones contra sí mismo por no
saber gobernar su grey, una explosión tal de tiernos y do­
lorosos sentimientos, que más parecía él el acusado y el
feo que el juez y el acusador ; y a todo esto, se volvía con
tal devoción al crucifijo y le hablaba con tal ternura y sin­
ceridad, pidiendo perdón y tratando de disculpar a la ov e ­
ja perdida que ante sí tenía, que los más encenagados en
sus vicios sentían conmovérseles las entrañas, pedíanle per­
dón con verdadero arrepentimiento y salían totalmente tro­
cados y m udados en sus pensamientos y en sus afectos y
^'spuestos a emprender con todas veras su vida sacerdotal,
•'o era posible, confesaban m uchos: aunque no fuera por
verdadero dolor de los pecados, ni por temor del infierno.
66 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

ni por amor de Dios, bastaba con ver a su devoto siervo


transformado en alas del amor, bastaba ver aquellos senti­
mientos tan íntimos y generosos, para apartar del camino
de perdición al más em pedernido ; y por no volverse a ver
en su presencia y sentir sobre sí aquel torrente de amena
zas, com pasión y afecto todo junto, se formaban los pro­
pósitos más firmes y heroicos.
Es verdad que es un abism o sin fondo el corazón del
hom bre, y no sabemos hasta d ónd e puede llegar su obsti­
nación y pertinacia. Clérigos hubo tan encadenados a su
costumbre y tan desconsiderados con su preladft, que sus
palabras, recriminaciones, afectos y súplicas rebotaban con
violencia en sus corazones de piedra. Un nuevo cuadro de
patetismo realista se desarrollaba entre las amonestaciones
y quejas más am argas: iba, a la vez que exhortaba y c o ­
rregía al clérigo, desnudándose las espaldas, y con unas
disciplinas que tenía dispuestas, com enzaba a flagelarse
con tal crueldad y sentimiento, m ezclando tiemísimas sú­
plicas al crucifijo, que los cardenales le duraban m ucho
tiem po y la sangre salpicaba los vestidos ; y todo culpán­
dose a sí mismo de que aquella oveja no volviera al buen
cam ino, de que él no sabía ser el buen pastor. No era una
afectada representación para conm over ; era la realidad que
su humildad le presentaba. Ante semejante revulsivo no
había entrañas que se cerrasen obstinadas ; el dolor de los
despiadados latigazos y la sangre brotada de las inocentes
espaldas era el m om ento más eficaz para ablandar aque­
lla dureza y el preservativo más seguro contra ulteriores
caídas.
Dolíale también, a par del alma, la pobreza de algunos
clérigos, aue quizá impulsados por ella se dejaban a veces
arrastrar de sus vicios, i Con qué secreto y generosidad pro­
curaba entonces remediar de su dinero aquella penu ria!
Aunque en m od o alguno tuviera él la culpa, se acusaba a
sí mismo de que por su falta había caído aquel sacerdote ;
y ya desde entonces era uno más que entraba a la parti­
cipación de las rentas y bienes del arzobispo. ¿C óm o él,
que no perdonaba a su misma carne, se iba a mostrar m ez­
quino de aauellos bienes cuvo administrador se considera­
b a ? ¡ Qué bien resume el P. Salón 43 com o la quintaesen­
cia de los numerosos, edificantes y emotivos ejem plos que
cita ! «Para sacar eclesiásticos de pecado, si era necesario
gastar de su dinero, lo gastaba con mucha voluntad ; si
buscar artificios y trazas, él las buscaba y hallaba ; y si de­
rramar su sangre, la derramaba».
Una pregunta se nos ocurre al llegar a q u í: f Era la san­
gre de aquellas disciplinas el precio del rescate de tantas
67

almas com o redujo al buen camino ? Indudablemente que


tiene un gran valor y aceptación ante los ojos del ¿en or
y es un argumento muy sensiple para los d e ios hombres,
r’ero sabem os tamoien que no es el sacrificio del cuerpo
lo principal que busca Dios, y que aquél no tendría senti­
do si no tuera por el espíritu que le mtorma. Por eso, aun­
que tan convincente para nuestra imaginación, no era él
el elemento fundamental y decisivo en la reconquista de
aquellas almas. Aquellas largas horas pasadas en su orato­
rio, horas que se prolongaban a veces hasta muy entrada
la noche, y, si el caso lo requería, hasta la mañana ; aque­
lla su oración constante, aquel su encom endar a Dios de una
manera especial toaos los asuntos d e interés, aquel reti­
rarse constantemente, en cuanto las atenciones le dejaban
libre, al oratorio ; aquel desconhar d e sí mismo y de sus
medios y harlo todo a la oracion y a la gracia de D ios:
aquí tenemos el resorte que mueve su vida y com ienza y
acaba por transformar los corazones tanto tiempo y tan
hondamente apartados de Dios, h a sido siempre la oración
ei recurso principal d e la Iglesia, adoctrinada por su f u n ­
dador y Maestro. M ucho coníia y procura conseguir con
los m edios externos y la actividad de la vida a p ostólica ;
pero sabemos también con qué mimo cuida y que confian­
za tan ilimitada tiene depositada en esas falanges de reli­
giosos y religiosas que entre cuacro paredes llevan una vida
ociosa y baldía a los ojos del m undo, pero tan apreciada y
ehcaz a los del Señor y a la faz de la Iglesia.
La oración fué el arma que con más te esgrimía el Pa­
dre 1 omás, y la que le granjeaba aquellas maravillosas
conversiones, las de aquellos clérigos sobre todo tan endu­
recidos en sus pecados, y que, sin embargo, rompían con
ánimo varonil aquellas amarras, substrayéndose a su om i­
nosa coyunda para no tornar a tan despiadada tiranía.
Cuando había aplicado todos los m edios y no surtían e fec­
to las entrañables consideraciones nj las intimaciones más
tremendas, aplazaba la causa para el día siguiente: y mien­
tras, en el silencio y soledad d e la noche o en el afanoso
trajinar de sus tareas, negociaba él con lágrimas y gem i­
dos la vuelta de aquel alma descarriada o la solución del
intrincado problema. C om o muy íntimos y allegados a El,
¡ qué bien con ocen los siervos de Dios cuál es su flaco y
adonde han d e dirigir sus giros para no errar el blanco !
J ¡ cuántas grandes y beneméritas empresas, con el aval
del propio desinterés, fracasan ruidosamente por estar úni­
camente apoyadas en recursos humanos ! Se olvidaron sus
Protagonistas d e la lección del ¿alm o 44: Si el Señor no es
e‘ que edifica la casa, en oano se fatigan los que la fabri­
“ Ps. 126.1.
68 SA N IO TOMÁS DE VILLANUEVA

can; y experimentaron la amarga d ecep ción de ver desm o­


ronarse los frutos de los ensueños que con verdadera gene­
rosidad habían acariciado.
«E l L im o sn e ro ». A n d r a jo s y sim patía.— D e s d e la in fa n ­
cia creció conm igo la misericoraia, habiendo salido con ­
migo del vientre de mi madre 4-\ Imagen cabal son esas
palabras del santo Job de lo que había de ser la vida del
gran «Lim osnero», cuyo título alcanzó justamente el santo
arzobispo de Valencia. Cabal y perfscto le hemos visto en
los diíerentes estados del decurso de su v id a : en su infan­
cia, en sus estudios, com o religioso, superior, arzobispo...
V, sin embargo, el título de limosnero m ereció la palma
de la celebridad que ha resonado por el mundo en tero:
casi todas sus estampas suelen representárnoslo rodeado
de pobres, míseros y andrajosos, y con una bolsa en la
mano, de que va repartiendo la limosna que remedie esas
miserias. Pero, com o veremos más adelante, no fué sólo la
materialidad de la limosna, con ser ésta tan exorbitante aun
para sus pingües rentas, lo que le granjeó la estimación
general y la fama universal: era el afecto y entrañas de
conm iseración que sentía por todos los menesterosos, el
interés que se tomaba por descubrirlos y la com placencia
y alegría que experimentaba en socorrerlos. Extremos to­
dos éstos que exigirían inacabables relaciones cada uno de
por sí para mostrarnos muy a la ligera la caridad de aquel
corazón tan desprendido de sí mismo com o de todo lo suyo,
e interesado, en cam bio, por cuanto pudiera significar el
rem edio de cualquier necesidad del prójim o. Ni hace falta
decir que en las limosnas materiales y en el alivio de esas
lacerias jamás perdía de vista el mejoramiento del espíri­
tu, sirviéndose incluso a veces de la limosna com o de ins­
trumento y motivo para atraer a buen camino a los que es­
taban en pecado, y ya hemos visto cóm o le dolía el que
por falta de recursos materiales se viera alguien en la ne­
cesidad de seguir amarrado al vicio ; pero ni condiciona­
ba la limosna a la averiguación de una vida más o m ellos
cristiana ni hizo jamás distinciones entre los que acudían
a su palacio a recibir el cotidiano sustento. V ió siempre
en el pobre al necesitado y emisario o representante de
Cristo, que por su m edio quería probar y ejercitar al que
tenía con qué socorrer a sus miembros, y en sí mismo, des­
de que fué arzobispo, no veía más que un depositario o
administrador de los tesoros de los pobres. ¿Para qué le
habían hecho arzobispo sino para echar sobre sí la respon­
sabilidad de tantas almas y, constituyéndose en su padre
y pastor, apacentarlas amorosamente y guiarlas al cielo?

Iob 31,18.
5. ARZOBISPO 69

¿N o era ése el objetivo principal y único del prelado ? Cla­


ro se está entonces que todo lo demás es consecuencia de
ese cargo, o mejor, carga espiritual, y com o adminículo
para ayudar a soportarla y a sacarla adelante. Ahora bien,
a la luz de estos principios tan sencillos y evidentes, ¿ qué
diríamos del que ambicionara un obispado o lo aceptara
para vivir holgadamente a su sombra y lucrarse de sus ren­
tas, aprovechándose de ellas y engrosando así sus intere­
ses? ¿E s acaso finalidad de aquéllas la com odidad y osten­
tación del prelado o el refuerzo colaborador en su obra es­
piritual ? ¿ No hay pobres en la diócesis necesitados de esos
sobrantes que con tranquilidad de conciencia pasan al p e ­
culio personal? ¿N o pesarán algún día con tremsnda res­
ponsabilidad sobre los lujos o atesoramientos estériles las
inmundas covachas madrigueras de seres humanos, las p e ­
nalidades reflejadas en rostros famélicos, los escalofriantes
rigores cebándose en carnes desnudas y estómagos vacíos,
las enfermedades horripilantes haciendo presa y con su ­
miendo despiadadamente cuerpos aném icos y macilentos ?
¿CÚVAS ERAN SUS RENTAS?— No era ése el concepto que
Tom ás de Vinanueva tenia del destino de los bienes de su
arzooispado. hs en gran manera notable el detalle de que,
aun en el socorro de jas necesidades de algún pariente p o ­
bre que se llegaba a Valencia para pedirle algo, se mostra­
se asaz remiso y escrupuloso y procediese con gran par­
simonia en el remedio üe esa necesidad, alegando que los
bienes de la mitra eran, sí, para los pobres, pero para los
pobres de su diócesis, y que para los de sus parientes, la
de 1 oledo tendría también sus rentas con que remediar­
los. Si tal se mostraba con esos pobres que no eran de su
diócesis, aunque parientes y allegados suyos, ¿ qué op i­
nión tendría d e su enriquecimiento personal, del guardar
y atesorar en sus arcas para tenerlo ahí archivado o para fu­
turas contingencias? Una frase o confesión suya nos aho­
rra prolijos comentarios y nos lo retrata de cuerpo en tero:
«Si me hallareis, señores, al tiempo de mi muerte un real,
tened mi alma por perdida, y no me enterréis en sagrado».
¿Q u é puede sorprendernos esa expresión, si aun de los clé­
rigos decía que tenía por tan perdido al que atesora las
haciendas de la Iglesia y no las reparta con los pobres com o
al que muere am ancebado ? Su muerte fué una rotunda
confirmación d e esa expresión ; grandes fueron las angus­
tias que acongojaron su alma en esos momentos hasta sa­
ber que estaban repartidos entre los pobres los últimos di­
neros que quedaban en el palacio a izob isp a l; hasta la cama
en que murió era ajena, pues que Ja había dado de limos­
na p oco antes de fallecer.
70 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

E l DESPILFARRO d e lo s san to s .— Y a hem os dicho que


no había distingos en ¡as limosnas de Fr. Tom ás de Villa-
nueva ; era universal su caridad, com o universal es la p e­
nuria que ha d e rem ediarse: m endigos de la calle, pobres
vergonzantes, caballeros necesitados, señoras principales,
eclesiásticos, cada uno en su esfera es un menesteroso, y
cada uno necesita la limosna acom odada a su rango y p o ­
sición ; es el com plem ento de la misma saber proporcio­
narla en las circunstancias precisas, l o d o ello fué objeto
principal de las cavilaciones del P. 1 ornas desde los pri­
m eros momentos de su arzobispado. La narración detalla­
da de los casos, circunstancias, industrias, métodos, a fec­
tos y ternuras que em pleaba para cumplir sus anhelos y
socorrer tanta miseria, teje en torno a sus sienes la brillan­
te aureola que a través d e los siglos enaltece la figura pro­
cer del gran arzobispo de Valencia, con ocid o con el so­
brenom bre de Eleemosynarius, «el Lim osnero».
Y a es un hecho que de por sí haDia muy alto el destin
global de las rentas del arzobispado: cuando tom ó pose­
sión de él disponía de 16.000 ducados, d e los cuales gas­
taba en su casa, familiares, abogados, etc., los 3.000, yendo
los li.OuO restantes a parar a manos de los p o b re s; subie­
ron luego a 20.Ü0(J, y las limosnas a I 7.000, y cuando por
fin fueron de 2Ó.000, los 25.000 quedaron para los p obres;
de tal suerte que nunca en su casa subieron los gastos, sino
que todo se em pleaoa en mejorar o aumentar los socorros a
los desvalidos o necesitados, llevándolo todo tan regla­
mentado y ordenado, que nada quedase en su poder d e un
año para otro, porque lo tuviera, co m o él decía, por sacrile­
gio. Realmente sería para levantar ronchas y escozores ahe­
leantes el parangón de semejante conducta con el destino
que se da a otras rentas o beneficios.
Entrados ya a describir en particular la distribución de
esas riquezas y el m odo d e realizarla, siéntese aún más so­
brecogido el espíritu en presencia de esa alma gigante ; que
com o en las injurias y ofensas no son frecuentemente las
palabras las que ofenden, sino el caústiqo retintín con que
se pronuncian, no es, por lo com ún, la cuantía material lo
que más contenta ai pobre ; y a veces observam os con qué
ofendido desp ech o la rechaza, en respuesta a la soberbia
altanería con que se la larga el rico. No era Tom ás d e V i­
llanueva de los que alargan la mano y vuelven el rostro o de
los que se descargan haciendo la limosna por m edio de sus
cria d os; le hemos visto en su niñsz socorrer por su mano al
pobre, no desdeñarle de su com pañía. Las ocupaciones de
su cargo no le permitían ahora dar rienda suelta a las efu­
siones comunicativas de su corazón ni atender personalmen­
te al socorro d e los necesitad os; pero con solicitud y vigi­
5. ARZOBISPO 71

lancia especial estaba en todos los pormenores, porque p e­


saba com o una losa sobre su conciencia la providencia -de
todos aquellos que le tenían a él corno único padre y cuyo
deudor se consideraba.
DEJARSE engañar.— Era el palacio episcopal la cocin a de
caridad de los pobres mendicantes que andan de puerta en
puerta. Se juntaban a veces quinientos a co m e r: orden ri­
gurosa de que nadie fuese despedido sin su ración corres­
pondiente. Para ello, por su orden se hacía todos los días
una olla de carne o pescado, y a todo el que llegase desde
las diez en adelante había de dársele un pan, una escudi­
lla de ese potaje, una cantidad d e dinero y su ración de
vino ; y si había algunos con enfermedad o accidente, se le
doblaba el dinero y dábasele además su pitanza de carne.
Y no gozaba p oco el Santo con el espectáculo de las caras
de pascua que ponían ante el confortable y cotidiano con ­
dumio. Ni fué en su mano corregir severa, aunque cariño­
samente, a un oficial que reprendía con aspereza a uno de
los pobres que, burlando la vigilancia, pretendió ponerse
de nuevo a la cola para recibir ración doble. «N o os pongáis
más— le d ijo— en estas disputas, dejaos engañar d e ellos,
porque ese pobre que pensáis vos que os engaña puede ser
algún ángel del cielo que viene a provocar vuestra caridad
y paciencia». T a m p oco estorbaba esa caridad los reproches
que podían hacerle, y que de hecho le hicieron, de que se­
mejante prodigalidad fomentaría la holgazanería, acudien­
do m uchos sin tener verdadera necesidad ; para vigilar ese
entuerto estaban las autoridades; a su cargo, en cam bio,
estaba remediar a los necesitados que a su puerta acudían,
y más valía que los pobres le engañaran ahorrándose las
otras limosnas que, so pretexto de prudencia, engañar él
a los pobres, resfriándose la caridad y acortando la largue­
za de la divina providencia.
T irar la piedra y esconder la m an o .— H ay otra clase
de pobres que no pueden acudir al palacio ; aún hoy v e ­
mos com edores de vergonzantes: caídos por los azares de
la fortuna o de su desgarro de la encumbrada o distinguida
posición, les causa un natural sonrojo reunirse con los p o ­
bres profesionales. Cuidado especial llevaba de éstos y so­
corríales con entrañas de com pasión por sí mismo y por su
limosnero. Para ello le daba, si era preciso, más de lo or­
dinario, a fin de que pudiese atenderlos cuidadosamente ; y
Por su parte tenía apunte particular d e los que había en
cada parroquia y señalaba día de la semana a cada una para
que acudiesen los feligreses de ella, de tal suerte que pu­
diesen todos cada determinado tiempo recibir lo que bas­
tara a sus necesidades. Pero era, además, notable la maña
72 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

que se daba para que nadie se enterse y pudieran acudir


con entera confianza sin delatar su situación ; que a esto,
com o decíam os antes, alcanzaba y se extendía la caridad y
miramientos de Fr. Tom ás. Más aún, se enteraba de las ha­
bilidades e industrias de que disponían, y cuando las cir­
cunstancias lo aconsejaban se preocupaba de proporciona'
em pleo u ocupación, de suministrar utensilios para el tra­
bajo, de ayudar a montar un taller ; en una palabra, de dar
ocupación digna a los tales para que honradamente pudie­
ran ganarse la vida para sí y sus familias sin tener que estar
a m erced de problemáticos socorros. Y nunca mezquino en
el alivio de las necesidades, se alargaba siempre en el dine­
ro que los beneficiados creían bastante para salir adelante
con su nuevo trabajo ; ingenio de la verdadera caridad, a
fin de que jamás se acobardase si otra vez tenían necesidad
de tornar a pedirle más, cosa que siempre encargaba cuan­
do ponía a alguno de los tales en trance de valerse por sí
mismo, bien convencido, com o dijo a uno de ellos aue se
derribó para besarle los pies, que no era suya aquella ha­
cienda, sino de Dios, oue se la había encom endado para
que les ayudase con ella.
Muy por menudo, aunaue siempre en resumen, se com ­
placen en referirnos los biógrafos casos y más casos de es-
tas inagotables entrañas de misericordiosa caridad del San­
to ; y hacen mención en particular de otras clases de perso­
nas que participaron más abundantemente y con mayor se­
creto de la inmensa prodigalidad del Santo: clérigos qus
con su beneficio no podían sostenerse a sí mismos o a su
familia, o aue por su pobreza estaban en peligro de aban­
donar su oficio o naufragar en su vida y costumbres ; m o­
nasterios 46 que por la escasez de sus bienes se encontraban
46 Como dato curioso citamos el socorro de 2 500 escudos con
que ayudó a los PP. Jesuítas para la fundación de su Colegio
de San Pablo en Valencia: y lo citamos, no por la limosna, que
a otros conventos también hizo, sino por brindársenos ocasión con
ello de hablar y poner de relieve las relaciones de Santo Tomás de
Villanueva con la recién fundada Compañía y el concepto que al
Santo le mereció. Como toda institución, y mucho más cuanto de
mavor envergadura, la fundada ñor San Ignacio experimentó
desde sus comienzos la contradicción y suscitó recelos en unos e
incomprensiones en otros, viendo el auge extraordinario que to­
maba y cómo se captaba la estimación de todos. Algunas quejas
llegaron al Santo sobre la conducta de los Padres en Valencia;
quejas que con libertad y caridad evangélica comunicó personal­
mente con dos de ellos, quedando altamente satisfecho de sus con­
testaciones. A más de otras ocasiones, la principal en que se des­
cubre la simpatía y complacencia con aue miraba el Santo a los
jesuítas se halla en el documento de la donación arriba citada, do­
cumento hecho ante notario y que contiene tales alabanzas y admi­
ración para los PP. Jesuítas, que ob’.iga a exclamar al P. Her­
nández : «La Compañía entera se siente obligada a Santo Tomás
de Villanueva por este testimonio con deuda de agradecimiento.
5. ARZOBISPO 73

en situación precaria ; caballeros principales que no podían


mantenerse en su rango o corrían riesgo de com eter a ccio ­
nes indignas de su alcurnia ; señoras de calidad, doncellas
pobres, huérfanas, etc., que precisaban una delicadeza y
tacto especial dadas sus circunstancias y las necesidades
que las apremiaban, todos participaban de su generosidad
sin límites, todos recibían con largueza los recursos, dotes,
ayudas proporcionadas a su situación, y a todos acudía con
sus santas estratagemas el Padre com ún, de suerte que, a
la vez que quedaban remediadas sus necesidades materia­
les, quedase también a salvo su honestidad y la opinión
que ante los dem ás gozaban.
Eco DE GEMIDOS INFANTILES.— No podem os pasar por alto
un capítulo que nos muestra hasta qué extremo se ensan­
chaba ese espíritu asombroso del santo arzobispo. Visto el
cariño y celo especial con que trataba a los niños del H os­
pital, com enzaron a dejarle los recién nacidos a la misma
puerta de su palacio, bien convencidas las madres de que
los acogería y regalaría con el afecto paternal a que aque­
llas inocentes criaturitas eran acreedoras. Coii ese espíritu
lo vió el siervo de Dios, y, en vista de la afluencia y del p e ­
ligro que corrían si no se las atendía a tiempo, tenía ya de
antemano dispuestas amas de cría para que pudieran pres­
tarles los primeros auxilios mientras se encontraba quien
les atendiese convenientemente. No recibía pesar con ello,
antes su semblante placentero era indicio de la piedad que
le brincaba en el corazón ; ni porque fueran muchos se le
vió jamás pesaroso o preocupado con que no iban a bastar
los medios de que d isp on ía : no era para él ni por sus in­
tereses, y por eso era ciega la confianza. Ni porque vinie­
sen a altas horas de la noche ponía más dificultades ; al con ­
trario, con dejar la puerta entreabierta y colocar una cam ­
panilla para que avisasen la llegada de un recién nacido fa­
vorecía la libertad y recato de aquellas que no lo tuvieron
quizá para engendrarlo y, en cam bio, se avergonzaban de
que los demás se dieran cuenta.
Con esplendidez, cariño y solicitud trataba a las amas
que gustosa confiesa no poder pagar cumplidamente; y estima
juicio tan favorable del Santo inmensamente más que los mayores
donativos que pudiera haberla hecho. Y así como toda la Com­
pañía se gloría de tener tal testimonio a su favor, así por su parte
se gozan con él los jesuítas del Colegio de la Compañía de Valen­
cia, en la provincia de Aragón, pues no sólo están comprendidos
en la sentencia general que a todos toca, sino que ha tenido el
Santo para ellos alabanzas especiales y propias» (Razón y Fe,
t- 46, «Un testimonio notable de Santo Tomás de Villanueva en
elogio de la Compañía de Jesús»!. El contenido de esta nota está
tomado del artículo Santo Tomás de Villanueva y la Compañía
&e jesv s. del P. Santiago Vela, publicado en el «Archivo His­
tórico Hispano-Agustiniano», vol. 10 (1918), p. 195 s.
74 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

de cría, estimulándolas con sus palabras de aliento a criar


y cuidar a su niño con todo el esmero, limpieza y ro b u ste z;
regalos y premios se llevaban las que los presentaban fiiás
flamantes y rollizos en la visita que cada mes giraba el ar­
zobispo, haciéndolas desfilar por la sala grande de la ca­
pilla, yendo examinándolos a todos con gratísima com pla­
cencia. Se d ió el caso de una madre que, dejando a su ni­
ño por la noche en la portería del palacio, presentóse a la
mañana siguiente por si tenían necesidad de algún ama de
cría. Claro, la leche era fresca y el niño se acom od ó a ella
com o si fuera la suya propia. Con la paga correspondiente
y el trocar sus mantillas y ropas viejas por las nuevas, que­
dóse la madre contratada y cuidando a la vez a su hijo.
Nada hay tan oculto que a la postre no se revele. D escu­
brióse el ardid de esta mujer. Propusiéronle al Santo privar­
la del salario en castigo del engaño. «Eso no haré y o — con ­
testó— ; ya os he dicho que es preferible ser engañado por
los pobres a que les engañemos a e llo s ; y d e esta suerte,
además del niño, auxiliamos también a la madre ; que al
fin, en su artificio, no hizo sino imitar a la madre de M oi­
sés, cuya invención no reprueba la Escritura».
En verdad que a los ojos del m undo, y juzgando las c o ­
sas según nuestro mezquino criterio, quizá llegará alguien
a sellar tales extremos de caridad con el estigma del ridícu­
lo ; es sobre manera extraño y sorprendente que todo un ar­
zobispo llevara cuenta de tales menudencias y le ocuparan
el tiempo y consumieran sus energías preocupaciones de
esta índole. Pero también sabem os las extravagancias y lo­
curas que com eten los santos, y cóm o su vida y acciones
son un reproche constante de las del resto de los mortales ;
al fin, (da locura de la cruz», y «Cristo, escándalo para los
judíos y estupidez para los gentiles» ; el m undo blasfeman­
do siempre d e lo que no entiende y vituperando lo que está
por encima de su roma mentalidad.
FUENTE inagotable .— Tam bién causan maravilla y co n ­
funden la prudencia d e nuestros cálculos las proporciones
desbordantes que alcanzaban las limosnas de Tom ás de V i­
llanueva. O bservando la multitud innumerable que diaria­
mente acudían al com edor de palacio, los dineros fijos y
determinados que con regularidad distribuía, la generosi­
dad y largueza con que subvenía a cada nuevo jirón que
había de remendar, la diversidad múltiple d e casos extraor­
dinarios que con tal frecuencia se le planteaban, les dis­
pendios que tenía que hacer en m édicos, abogados, etc., que
atendieran a los pobres ; la solicitud paternal con los niños
expósitos, y mil y mil detalles que se escapan a la pluma
del historiador más escrupuloso, teniendo en cuenta, por
otra parte, com o más de una vez hem os insinuado, que nun-
5. ARZOBISPO 75

ce se mostraba parco y m ezquino cuando del necesitado se


trataba, sino que daba treinta si le pedían veinte y cien
cuando le pedían ochenta, causa un pasmo asombroso que
nunca le faltaran recursos, que no se agotaran las rentas c’el
arzobispado y que jamás un pobre se alejara de su Duerta
sin limosna ; esto hubiera sido la más aguda espada cfavada
en las entrañas de Fr. Tom ás.
Dos cosas pueden explicarnos la fecundidad de aquellos
tesoros que jamás se agotaron: una natural y sobrenatural
la otra. La primera, el orden y vigilancia que en todo lle­
vaba el arzobispo, y el mirar sus riquezas com o un patrimo­
nio sagrado e intangible de los pobres, escatimando al cén ­
timo y a la miseria, podríamos decir, cuanto en favor de
ellos no redundara ; llegando, com o ya hemos visto, por es­
píritu de pobreza y ahorro a la vez, a coserse y remendarse
sus propios hábitos y dem ás prendas de vestir. La segunda
causa que justifica y explica la redundancia de aquel tesoro
y capital d e los menesterosos, hay que buscarla más arriba ;
no es de estos climas y bajuras. De algunos hechos maravi­
llosos nos dan cuenta los b ió g ra fo s; y si así no nos lo afir­
maran y constataran, tendríamos que darlos por supuestos,
ya que humanamente no puede tener explicación liberali­
dad tan inagotable. El milagro se repitió con frecuencia en
la vida y actividades d e nuestro Santo. En su mano o por
su m edio se multiplicaba de una manera maravillosa el trigo
de su granero, las camisas y ropas en las cestas, los escudos
en la bolsa ; la misericordia infinita del Señor no se dejaba
ganar en generosidad, y no podía permitir quedara burlado
aquel desprendim iento sin límites y el desinteresado y san­
to despilfarro con que su siervo derrochaba en los pobres
sus rentas y sus bienes : com o la fe traslada las montañas,
y la de Fr. Tom ás en la divina prov'dencia era cie<?a e ili­
mitada, nunca, ni en las mayores angustias y perplejidades,
se vió que un pobre se retirara confundido y mohíno sin el
socorro solicitado: de la tierra o del cielo, por m edios hu­
manos o sobrenaturales, jamás se r ^ r ó . impotente de so­
correr, la mano d e Fr. Tom ás de Villanueva.
«M o NUMENTUM AERE PERENNIUS». — Monumento de cari­
dad y d e celo pastoral, que ha sobrepasado a los tiempos
y se mantiene vigoroso y lozano después de cuatrocientos
años, desafiando con la savia inicial que lo fecundara y sa­
liendo airoso y triunfante de los contratiempos y calamida­
des aue lo han azotado y dispersado a sus moradores, p o ­
niéndolo en trance de muerte y desaparición: el co ^ g io
mayor de la Presentación fué fundado por Santo Tom ás de
Villanueva en la ciudad d e V alencia el año 1550 4T, con
El 7 de noviembre recibía Santo Tomás de Villanueva a los
diez primeros colegiales.
76 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

capacidad y rentas suficientes para mantener a diez cole­


giales pobres que quisieran estudiar la sagrada teología.
EXPIACIÓN Y CORAZONADA.— En esas breves palabras que­
da resumida la institución de una obra m odelo en s j gén?-
ro, y que se ha perpetuado a través de tantas generaciones,
obra que por razón de su permanencia vin e.la quizá com o
ninguna otra la memoria del santo arzobispo a su entraña­
ble y amada diócesis, y es com o el exponente de su provi­
dente limosnería co n proyecciones de perennidad y el tes­
timonio preñado de gratitud y afecto en que los valencianos
recogen y airean orgullosos el legado de la figura más des­
tacada de su arquidiócesis. N ació en el pensamiento de su
fundador com o una expiación y un fermento preservativo,
y desde su mismo origen quedó impregnado de ese aliento
vital aue palpita inconfundible allí donde la santidad y el
genio han depositado el germen poderoso de una vida pie
tórica de afanes e ideales grandes.
La delicadeza de conciencia de Fr. Tom ás de Villanueva
había sentido un ram alazo: en su obsesión por los pobres
de su diócesis, cuyos consideraba los bienes que com o ar­
zobispo tenía, consideró una defraudación de los misinos
ios escasos gastos aue hubo de hacer para dotar el C olegio
de Estudios Superiores de su Orden que en A lcalá había
él fundado siendo Provincial, filial y agradecido recuerdo
a la Orden que le había admitido en su seno y memorial
de su predilección por la Universidad en que se había es­
tructurado la arquitectónica de su inteligencia. P ocos ha­
bían sido los gastos, pues no hizo sino proporcionar una
avuda, deiando que la provincia de Castilla se encargase
de su continuación y terminación ; y, oor otra parte, a to­
dos parece muy justo aue los buenos hijos que en su vida
han prosperado no se olviden de sus padres, sobre todo si
son pobres, com o al parecer lo era la provincia de Castilla.
No obstante, experimentó el Santo el escozor del remordi­
miento. y quiso com pensar su lapso en la misma m oneda,
fundando un colegio para estudiantes pobres en su diócesis
y de las rentas de la mitra. He aquí Ja inspiración expiato­
ria de que hablábamos.
Pero había otra causa o motivo fundacional, que venía a
aquilatar y a dar categoría de longevidad a eso.í sentimien­
tos de reparación. Por una parte, Tom ás de Villanueva ha­
bía sido espectador del ambiente universitario: jóvenes de
todas castas y aspiraciones las más dispares formaban ex­
traña mezcolanza en las aulas universitarias y en los bureos
callejeros ; rondas alegres de la estudiantina, bravatas y fe ­
chorías en el anonimato, reyertas v escándalos en calles
y plazas, bufonadas y piropeos, salpicaban y divertían la
5. ARZOBISPO 77

vida y afanes de la muchachada. Con ansias trémulas de


emoción y esquivando el peligro, trata el joven aspirante al
sacerdocio de sortear las escabrosas redes que acechan la
pureza de sus sentimientos. ¡ Cuántos han sucumbido d e ­
jando hecha jirones entre los zarzales la blanca estola de
sus nobles aspiraciones ! Por otra parte, la indisciplina del
clero de su diócesis y la relajación de sus costumbres ha­
bían costado al santo prelado muchas vigilias de oración,
mucha sangre v lágrimas, y ya sabemos que el clero es el
espejo de los fieles, y de la santidad de vida de aquéllos o
de su perversión pende la moralidad de costumbres y re­
ligiosidad de éstos. El empuje inicial estaba dado, y sus
efectos se habían hecho notar: el clero de V alencia se ha-
bía reform ado ; la santidad de su arzobispo, su caridad sin
límites, su humildad sin fondo y su oración confiada habían
hecho el milagro. No obstante, se precisaba algo más ; no
podía él solo mantener en sus débiles hom bros empresa
que exigía arrestos de titán ; además, a m ucho tirar, la muer­
te rondaría pronto los muros de su salud resquebrajada, y
no se conseguiría la consistencia anhelada.
PORVENIR sereno .— ¡ Con qué estremecimiento d ebió de
surgir en su frente cavilosa v con qué em oción acarició la
idea fecunda y salvadora ! Frente despejada y genial la su­
ya, espíritu entusiasta y em prendedor, corazón enamorado
de su Dios y hambriento siempre de su mavor gloria, celo
pastoral abrasado por sus ovejas y por traerlas y conservar­
las en el divino redil, apenas se habían dibujado en su mente
los perfiles, y ya estaba el plan en marcha: un colegio para
pobres aspirantes al sacerdocio, dotado por el arzobispo de
rentas suficientes para una congrua sustentación, donde, re­
tirados del m undo y al abrigo de sus peligros y devaneos,
puedan los futuros sacerdotes prepararse dignamente para
desempeñar el día de mañana la cura de almas y formar
en la diócesis com o un fermento de buen olor, que tras­
cienda los muros del colegio y los linderos de sus parro­
quias. Con ello, la base para una estabilidad durade-a en la
reforma emprendida y realizada. El prelado respiraba eu­
fórico y podía mirar con serena tranquilidad el porvenir.
Había puesto en la empresa lo más afinado de sus cariños
y lo más desinteresado d e su ilusión, y no podría cuartearse
con tan limpia ejecutoria. A Dios no podía serle indiferente
obra que tan derechamente se encauzaba a sus verdaderos
intereses. Y cuando en el futuro, añadiremos por nuestra
cuenta, negros nubarrones se ciernan sobre sus muros y
amenacen sepultarlo en la vorágine de sus vendavales y alu­
viones, la sombra protectora del fundador se proyectará
benéfica y serena sobre la fe inquebrantable de sus m ora­
78 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

dores, que sabrán guardar la lealtad jurada en solemnes


m om entos.
SEMINARIO PRETRIDENTINO.— ¿Q u é directrices encauzaban
los derroteros de la nueva fundación? ¿Q u é base cientíHca
y pedagógica servía d e fundamento ? A tisbo genial de T o ­
más de Villanueva y anticipo de una visión perspicaz. No
estaba aún casi en embrión la estructura moral de los se­
m inarios: ni el Tridentino había ordenado la creación de
los mismos, ni había Ignacio de Loyola fundado el Semina­
rio R om ano. Espíritu despierto y cultivado el de Tom as de
Villanueva, en sus andanzas estudiantiles supo canalizar las
corrientes de un sano humanismo ; hermano de habito, aun-
que antecesor, del representante más cabal y armónico del
Renacim iento en España, Fr. Luis d e León, participo de
aquella independencia de criterio y elevación d e miras que
tanto enaltecieron al insigne va te: culto y veneración & la
verdad doquiera se encontrase, y respetuosa deferencia y
cortesía tolerante para los criterios ajenos.
C uño AGUSTINIANO.— La idea de responsabilidad bullía
en el cerebro del ilustre p rela d o: diez colegiales mayores
de d iecioch o años, d e sangre limpia, con aspiración al sacer­
d ocio, con juramento de observar las constituciones y de
mirar por el honor y buen nombre del colegio, le parecie­
ron sobrada fianza para garantizar los fines de la fundación.
Y pone en sus manos el régimen del colegio, la elección del
rector que había de gobernarlos y de los consiliarios s'is ase­
sores, la admisión de los nuevos colegiales; en una palabra,
la vida toda del colegio queda vinculada a la responsabili­
dad de la conciencia individual y colectiva. En su vida re­
ligiosa había asimilado Fr. T om ás de Villar.uevn la savia
agustiniana: el espíritu de fraternidad y caridad aue. ins­
pirado en los tiempos apostólicos, cam pea en la Regla de
San Agustín, la amplitud del pensamiesto y sana y fecunda
independencia de movimientos y acción, habían forjado
con trazos firmes la mente del ilustre agustino y habían m o­
delado su corazón y su voluntad en los veneros de la cari­
dad evangélica, emulando la ardorosa ouem azón del santo
Patriarca. Por eso, com o éste en su Regla, se encara él con
la vida de sus futuros colegiales, y les ordena que «ante
omnia» (reminiscencia de San Agustín), ante todo, se afa­
nen por vivir en armonía y caridad mutua, basando en esa
paz y amor de unos con otros el fundamento de cristiana y
alegre convivencia.
F ermento y CANTERA.— Se preparan los colegiales para
el sacerdocio, para poder ayudar a la diócesis en la cura
d e almas y en la predicación, con su ejem plo, por una par­
te, y por la otra con su cien cia,'para lo cual h^rj de ser ins-
5. ARZOBISPO 79

truídos y alimentados, com o pobres que son, en un am bien­


te de honestidad, santidad y temor de Dios. Virtud y cien-
cía, form ación del corazón y cultivo de la inteligencia, son
las condiciones para «ser útiles el día de mañana a las almas
y dar gloria a la beatísima Trinidad y a la Virgen María»,
según reza el encabezam iento de las Constituciones. Pero
de sobra sabe el Santo a quién dar la primacía, y que, si
ambas cosas son necesarias, hay un orden y jerarquía: que
no le fué a él tan necesaria la luz de la sabiduría con que se
enriqueció en las aulas complutenses com o la hum.ldad,
caridad y dem ás virtudes que en el claustro consumaron
el edificio de la perfección iniciado en el siglo. Y así a m o­
nesta seriamente al rector que se esfuerce sobre todo en re­
formar las costumbres, pues ése ha de ser el ornamento
más preciado d el co le g io : «Pues, quiere destacar el Santo,
anhelamos en nuestros colegiales más la pureza d e vida y
honestidad d e costumbres que el brillo de la sabiduría».
No podem os detenernos en el análisis de estas sabias
Constituciones. Basta decir que con previsión admirable
reglamentan y coordinan hasta los mínimos detalles, sin ser
un informe acervo d e reglas escuetas, desnudas de senti­
mientos y horras de humanismo ; no podía ser ése el fruto
de un espíritu fino y sensible com o el de Tom ás d e Villa-
nueva. D esde la gloria de la beatísima Trinidad, estampa­
da com o fin primordial en el frontispicio de las mismas,
hasta la reglamentación del ministerio de- los fámulos que
han d e servir a los colegiales, todo está en las Constitucio-es
encuadrado con amplia previsión de los frutos que confia­
damente se esperan del colegio. No estaban entonces re­
gulados aún los estudios eclesiásticos, y la form ación de
los sacerdotes tam poco era uniforme. La que recibía el
que podíam os llamar clero distinguido en las universidades,
entonces aún bajo la égida d e la teología, no era la que te­
nían los que con p oco más que el contenido del catecismo
se preparaban para una capellanía o curato rural. Los c o ­
legiales de la Presentación acudirían a la universidad a es­
tudiar la teología ; pero a la vez en el retiro y soledad del
colegio, en el ambiente de paz y caridad fraterna, en un ré­
gimen de amable obediencia y sujeción espontánea a las
Constituciones, orientados y destinados a la utilidad de la
diócesis y a formar el núcleo m odelo de fermento sacerdo­
tal, témplase el espíritu y adquiere la santidad de vida y
preparación com petente que intuyera su fundador.
E l PANEG'RISTA R am ó n L liDÓ.— A pología cariñosa y cá­
lido comentario de esta com pilación de sabias disposiciones
la encontramos y recom endam os en la obra de Ram ón Lli-
SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

dó El colegio mayor de Tomás de Villanueva ia. Es el autor


un aprovechado colegial del mismo, y, por consiguiente,
un entusiasta admirador y celador sincero -del Santo y de su
obra predilecta. Con emotividad sentida va haciendo revi­
vir la letra y el espíritu de sus Constituciones, encuadra
dos en estampas de ensoñadora realidad, que despiertan
inmediatamente la simpaía y se adueñan de la imaginación.
El encendido amor y gratitud imperecedera y devoción
acendrada que impulsan la pluma del autor, y el tono de
agilidad y maestría con que fluyen las palabras y se desarro­
llan las ideas, son otros tantos acicates que cautivan nues­
tro interés y atención y logran que se nos meta muy hon­
do el calor que vibra en sus páginas. Labor meritísima es
la que ha realizado Ram ón Llidó en testimonio de su gra­
titud y lealtad inalterable que un día jurara en el Colegio
Mayor y en pro de este mismo, sacándolo de la oscuridad
en que para el com ún de los españoles estaba sepultada
esta joya, al decir de M. Ballesteros Gaibrois, «una de las
instituciones más simpáticas de nuestra historia y — ¿ Por
qué no confesarlo con rubor?— menos c o n o c id a s » 49. Mil
plácemes y parabienes m erece el autor, a más d e todos esos
títulos, por el noble desinterés y magnanimidad que ha pre­
sidido su tarea, ya que ha estado totalmente ajeno a la mis­
ma el más insignificante logrero interés, guiándole sólo el
anhelo de airear y dar a con ocer aj colegio mayor y a su
santo fundador, cuyos recuerdos llevan grabados a sangre
y fuego con tal cariño todos los tomasinos 50.
Tam bién quiero hacer constar aquí otro detalle del tal
libro que nos ahorra unas líneas siquiera d e com entario: la
lista, aunque breve, de los opim os frutos que ha producido
el colegio rnayQr. Realmente, a posteriori es el argumento
más decisivo y la confirmación más palmaria del cálculo
previsor que acom pañó a la corazonada del gran arzobis­
p o : sacerdotes, religiosos, dignidades, obispos... desfilan an­
te la mirada com placida del que ve lozanear aquellas fun­
dadas esperanzas: «A fructibus eoru m ...» n
VÁSTAGO LOZANO.— A m od o de apéndice consignamos la
repercusión que tuvo la fundación del colegio mayor de la
Presentación. C om o ya dijimos, aun el Tridentino no había
dado las sabias y oportunas órdenes sobre la creación de
48 R a m ó n L l i d ó V i c e n t e , El colegio m ayor de Tomás de Villa-
nueva (Valencia 1944).
■*» Ram ón Llidó, biógrafo del colegio. Artículo publicado en
«El colegio mayor de la Presentación». Homenaje en el IV cente­
nario de su fundación, 1550-1950. Valencia.
5° Así suelen denominarse con sano orgullo los colegiales que
han pertenecido al de la Presentación.
« Sobre este tema tiene también un trabajo más extenso
el P. T. Rodríguez, O. S. A.
5. ARZOBISPO 81

seminarios en todas las diócesis o provincias eclesiásticas ;


y aun después d e publicadas las actas del concilio de 1563,
y saludadas por todos con regocijo, y aceptadas com o una
urgente necesidad las relativas a los seminarios, surgieron
tropiezos que dificultaron la puesta en práctica d e las mis­
mas. Baste decir que en España no se vieron satisfactoria­
mente llevadas a la práctica en todas las diócesis hasta pa­
sados casi tres siglos. Por eso y por la necesidad perentoria
fueron surgiendo colegios similares al de Tom ás de Villa-
nueva, que alcanzó categoría y rango d e patrón y m odelo.
Como excepción , queremos mencionar otro colegio mayor
fundado ochenta años más tarde, de inspiración y espíritu
luliano, pero regido por las mismas Constituciones que T o ­
más de Villanueva diera al suyo de la Presentación: se tra­
ta del colegio mayor de la Sapiencia, fundado en Palma
de Mallorca en 1633 por Bartolomé Lull, canónigo peniten­
ciario de la catedral mallorquína. Después de trescientos
años de existencia, habiendo soportado azares y torbelli­
nos, continúa vigorosa la vida del colegio y se cosechan
preciosos frutos. Indudablemente es un brillante más que
hemos de engarzar en la diadem a del prelado valentino. Es
verdad que, en un com petente estudio, Miguel A lcover Su-
reda 52 trata d e ahondar en la inspiración luhsta del mismo,
explicando y buscando sus antecedentes en el espíritu y
orientaciones del beato Ram ón Lull ; pero salta a la vista
que ha de mirarse todo y estudiarse a través de la obra to-
masina y de los fundamentos que para el de la Presenta­
ción hemos visto, ya que el régimen de libertad, de res­
ponsabilidad, el honor del colegio, la paz y caridad frater­
na, etc., no son sino, destellos y aplicación de las Consti­
tuciones tomasinas que rigen en el citado colegio, y en toda
su vida, hasta en los más mínimos detalles, se observa un
sorprendente paralelismo, o mejor, una cop ia exacta. Por
eso nos deja suspensos el articulista en una afirmación tan
peregrina com o esta 53: «Entre los p ocos colegios de tipo
medieval que en España sobrevivieron al universal naufra­
gio, acaso el de la Se^piencia, de Palma de Mallorca, sea el
único que sustancialmente conserva su nativa constitución
y prístina fisonomía». Queremos creer es una frase en co­
miástica que se le escapa al autor, pues no podem os supo­
ner ignora la existencia cuatrisecular del de la Presentación
ni la copia de las Constituciones que él mismo resume ; y
además dice en otra parte del citado artículo 54 que «Santo
•omás de Villanueva, 1550, fundó en V alencia el colegio

52 Origen, naturaleza y valor pedagógico de un colegio luliano:


«Razón y Fe» (1935), vol. 1, p. 441 s., y vol. 2, p. 215 s.
53 «Razón v Pe» (1935), vol. 1, p. 446.
82 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

de la Presentación para diez colegiales y dos fámulos po­


bres aspirantes al sacerdocio» ; y un p oco más adelante 55¡
«Bartolomé Lull realizó en Mallorca lo que Santo Tom ás de
Villanueva unos ochenta años atrás había hecho en Valen­
cia fundando un colegio d e jóvenes aspirantes al estado
eclesiástico». De suerte que parecería más propio buscar
el parentesco y entronque del colegio de la Sapiencia con el
de la Presentación y ver en las Constituciones de Tomás de
Villanueva el espíritu que Bartolomé Lull quiso infundir a
sus colegiales, ya que com o norma segura se las dió, en
general, literalmente copiadas. Y así hacem os nuestra la
conclusión que en su ligera alusión al d e la Sapiencia tiene
R am ón Llidó 56: «Quizá pueda yerse en la continuidad de
su vida cierta protección de providencia tomasina».
A lg o demasiado nos hemos dem orado hablando del co ­
legio mayor de Santo Tom ás de Villanueva. En gracia a la
actualidad estoy seguro de merecer piadosa disculpa: aun­
que todo en Santo Tomás m erece nuestra atención y esti­
ma, pero esta obra se nos entra muy dentro del corazón por
la vitalidad que lleva en su seno y la frondosa floración en
que aun hoy día se expanden las palpitaciones de su savia
desbordante, que cautiva nuestras suspensas miradas.
L\ CONTRARREFORMA. GRITOS DE REFORMA.— Dos palabras
inseparables en la historia de la Iglesia ; desde el siglo XVI
han cobrado categoría aparte en la conciencia d e los cató­
licos y forman com o su bandera y enseña en los tiempos
m od ern os: grito de guerra la primera y clamor de victoria
la segunda. Y juntas dieron en el cam po teológico la batalla
y el tiro d e gracia al protestantismo ,y serenaron el borras­
coso mar de desbordadas pasiones y estragadas costumbres
en el seno mismo del catolicismo.
El ansia d e reforma no fué un grito esporádico del si­
glo XVI; viene preparado y íepitiénc’ ose in:esanterrente so­
bre todo desde el siglo XIV y XV. La autoridad om ním oda del
Papado en los siglos medios había venido paulatinamente
muy a menos, por no decir que se había desm oronado ; los
extremismos o errores dogm áticos habían ido minan c’o la
conciencia del pueblo cristiano ; los abusos de los grandes se­
ñores y del alto clero engendraban p oco a p o co el rencor
y la hostilidad en los bajos ; los afanes renacentistas, por
otra parte, añoraban la vuelta a las formas clásicas, incu­
bando con ellos reminiscencias paganas ; el brazo secular,
además, de día en día perdía el predom inio absoluto con
que brillara en la Edad M edia. A principio del siglo XVI se

“ Ib., p. 450.
56 El colegio m ayor de Tomás de Villanueva, p. 158.
5. ARZOBISPO 83

acentuaron las inquietudes en el cam po católico, que hasta


entonces podem os decir se había mantenido en la tranquila
posesión de sus prerrogativas. El cisma de Oriente había
sido particularista y sin ansias d e expansión. A l presente
las voces d e reforma sonaban por todas partes, partían de
todas las capas sociales, intentaban hacer llegar su influen­
cia desde la cabeza a los miembros, desde la Curia R om ara
a! último lego. Era ciertamente sombrío y amenazador el cua­
dro que a principios del siglo XVI ofrecía la Iglesia ; y si es
verdad que no faltaban almas ejemplares, incontaminadas
y santas, no lo es menos que preponderaban los abusos de
todos los órdenes, que no podía fácilmente contrarrestar
esa porción escogida. Para colm o de desdichas, el germen
heresiarca alcanzó su madurez en la soberbia y desplantes
de un fraile apóstata, que en su gesto de rebeldía fué com o
el estampido de una tempestad que d e jó al descubierto las
amenazas que albergaba en su seno, y sembró de espanto
e incertidumbre el corazón de Europa.
E ntereza y humildad frente a rebelde insolencia .—
Ante tamaño desbordamiento de inquietudes y amenazas
no se intimidó ni encogió Fr. Tom ás de V illanu eva; sí, que
no era él un espíritu apocado y pusilánime.. El cristiano,
acoceado siempre por sus pasiones propias y por los agen­
tes externos, sabe que su vida sobre la tierra es una conti­
nua milicia a muerte, y no se asusta de los extremos del
combate ; antes está siempre arma al hombro, con el arco
tenso, vigilante también y acechando él para descargar su
golpe mortífero. Por eso con oció Fr. Tom ás esa lucha en
sí mismo, la con oció en su trato con el m undo, con oció y
palpitó de tremente em oción al contacto de las desbocadas
pasiones que se hacían eco y espacio. Pero no huyó del
mundo para esquivar sólo sus golpes y por m iedo, sino para
mejor resguardarse y prepararse a esa lucha. Y en el claus­
tro, en cuanto sus superiores le consideraron maduro y que
podía hacer fruto en la Iglesia de Dios, com enzó su voz a
ser un látigo más que restallaba sobre tantas espaldas so­
metidas a la covunda del pecado.
Y a hemos dicho que en el mismo mes y año que Lute­
ro se arrancaba la máscara de su felonía y arrastraba indig­
namente el hábito que le había acogido y levantado, hacía
Tomás ds Villanueva su profesión en el convento de San
Agustín, de Salamanca, y humillaba con sinceridad su cer­
viz ante el yugo del Señor. ¡ Contraste de la soberbia del
apóstata sajón con la humildad del agustino esp a ñ o l! Sím­
bolos ya desde aquel momento del camino tan divergente
que iba a emprender la tan esperada reforma en ambos
países: la protesta airada, la rebelión, el saqueo, las arma§,
84 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

el odio, ensangrentarán los cam pos y ciudades alemanas ;


el convencim iento, la oración, la mortificación, la predi­
cación, la sumisión a legítimos poderes, ahorrarán torrentes
de lágrimas a España y verificarán la renovación más pro­
funda de costumbres. Es verdad que en España estaba el
terreno mejor preparado: el largo y fecundo reinado de los
Reves Católicos, adalides de la religión tanto com o de la
unidad patria ; la elección desinteresada y acertada de hom­
bres para los puestos de responsabilidad ; la lucha, sorda
a veces, otras abierta, contra judíos y moriscos, habían con ­
tribuido poderosamente a mantener en su pureza el dogma
y a hacer entrar a individuos e instituciones por el camino
de sus destinos y llamamiento. Un índice de la situación
nos lo dan los efectos de la predicación de Tom ás de Villa-
nueva en sus primeros sermones ; ya citamos la efervescen­
cia que despertaron, y cóm o corrían en tropel, sobre todo
los jóvenes universitarios, a los conventos, que no eran su­
ficientes para albergar tal multitud.
L atigazos sin paliativos .— N o obstante, las costumbres
dejaban aún m ucho que desear, en los altos y en los bajos,
en los eclesiásticos y en el pueblo. A través de los sermones
que nos quedan, las más severas invectivas fustigan sin con
templaciones ni miramientos cuantos abusos se hallan arrai­
gados en la Iglesia d e D ios; no era Tom ás de Villanueva
para andarse con disimulos y dejar pudriéndose la herida
por no lastimar al paciente ; llevaba muy prendido en el
corazón el amor de las almas, y a toda costa se afanaba por
sacar las perdidas de las garras del lob o infernal y preservar
a los inocentes de la contaminación del escándalo ; no tiene
pelos en la legua 57: «T o d o el mundo está lleno de iniqui­
dad : la religión muere de languidez ; el clero no tiene ho-
nestidad ; los príncipes, con entrañas de pedernal para con
los pobres ; el pueblo, sin temor ni sumisión» ; y un p oco
más adelante, en el mismo sermón, después de recordar los
pecados del pueblo, se pregunta el predicador '8: «Est ali-
quid quod dicam ecclesiasticis ? Multum psr ojmnem mo-
dum ... O quantum inquietudinis est hodie in cle ro ! quanta
cupiditas, quanta avaritia, quanta ambitio ! Maria et terram
lustrans, quaerentes beneficia... sunt ecclesiastici sicut em-
poria, ubi apertis ianuis multa et diversa genera animalium,
boves, asini, caprae, agni, oves, porci venduntur». Más ex­
plícito aún y más valiente entre otros, queizm os poner a la
consideración el siguiente pasaje, que no tiene desperdicio:
algo largo va a resultar, p ír o así nos ahorrará comentarios,

¿i Conc. 1 in feria IV Cinerum, n. 1 (.vol. 1).


■- Ib., n. 3.
5. ARZOBISPO 85

tan claro com o autorizada la voz del predicador 59:


s ie n d o
«¡O h dolor, a qué postración ha sido reducida la Iglesia!
¡ Cómo ha degenerado de su primitiva hermosura ! Disper­
sas están por los ángulos de todas las plazas las piedras del
santuario 60; los religiosos, guardados antes tras la corti­
na de la devoción, implicados ahora en los negocios secula­
res. A doquier volvamos la vista, todo lo vem os lleno de
monjes ; y los que con asiduidad se mantenían entonces en
el lugar del servicio divino, llenan hoy las aulas de los prín­
cipes. ¿C óm o son ya mirados com o vasos de barro los hijos
de S io n 61, los príncipes de las iglesias, ínclitos antes por la
santidad de su vida y la hon¿stidad de sus costumbres, re­
vestidos primero con el oro de la sabiduría? ¿C ó m o han
vuelto sus ojos a las granjerias terrenas, a las riquezas tem­
porales ? c N o es el oro y la plata lo que buscan hoy los obis­
pos ? Y la salvación de las almas es su última preocupa­
ción». Duros latigazos, que debían resonar a imprecaciones
apocalípticas, sacudiendo acremente las conciencias, pero
aue no asustaban al predicador posesionado de su papel
de sacar a plaza y reprender los vicios, y que lo hacía no as!
com o de pasada y huidizamente, pues que continúa con la
misma libertad 6S : «Por eso se ven legiones de obispos con
residencia en la corte, y las iglesias, huérfanas de sus guías...
¿Qué se puede esperar del pueblo cristiano si tales se han
vuelto sus dignatarios?» No le ofrecen panorama más ha­
lagüeño los clérigos ni les escatima tam poco sus acerados
varapalos63: ((¿Cómo podem os identificar entre los demás
a los que no se diferencian del resto del pueblo, ni por sus
costumbres, ni por el tenor de su vida, ni por sus vestidos,
ni por su con versación?... C ayó el pueblo en los vicios por­
que no hav quien lo reprima. Si hay m uchos predicadores,
son pocos los que predican com o conviene ; no falta quien
predique con sus palabras, pero sí quien cumpla lo aue pre­
dica a los otros y preceda con el ejem plo de su vida a los
Que dirige con su palabra». Y es que Tom ás de Villanue­
va no es de los que convierten la cátedra del Espíritu San­
to en palenque de huera o pom posa oratoria, halagando
blandamente a sus oyentes para arrancarles un necio aplau­
do o para dejarles dormir tranquilos la siesta de sus peca­
dos. Ataca también duramente a los confesores 64: « ¡ Oh

■’9 In die sancto Pentecostes conc. III, n. 9 (vol. 3). Quizá con
™as claridad y dureza aún se expresa en otra parte: In festum
6ancti Ioannis Baptistae conc. V, n. 14 s. (vol. 5).
60 Lam. 4.1.
6‘ Ib. 4,2.
62 In die sancto Pentecostes conc. III, n. 9 (vol. 3).
Ib-, n. 10.
lvol* í n ^enam ^ P°sí domin. 4.° Quadrages. conc. II, n. 11
86 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

■desdichados, no tutores, sino asesinos de las alm as; no^con-


sejeros, sino em bau cad ores!, ¿ c ó m o responderéis al Se­
ñor por el rebaño que habéis engañado con vuestras blan-
denguerías ? ¿ Q ué es lo que devasta a la Iglesia del Señor
sino la obsequiosa condescendencia de confesores y pas­
tores ?»
Y no se juzgue que todas estas invectivas y recrimina
ciones son del com ún de predicador, que tiene forzosamente
que condenar los vicios. H ay aquí una intención de alcan­
ces más penetrantes: es el eco de la cristiandad entera re­
clamando la enmienda de las costumbres ; es una de tan­
tas voces, aunque de autoridad excepcional, que clamaban
por una reforma auténticamente cristiana, para contener el
avance d e una corrupción arrolladora que amenazaba los
cimientos mismos del cristianismo. Echa de menos el Santo
la verdadera predicación cristiana, inspirada por la caridad
evangélica, y contrapone com o urticante revulsivo la ani­
mosidad envenenada de los seudorreformistas 65: « ¡ Oh si
este mísero y deplorable tiempo tuviera al menos un pre­
dicador semejante (al Bautista), que corrigiera y arguyera
los vicios de los poderosos v de los pontífices con la misma
libertad y confianza, no dejado llevar de un espíritu per­
verso, com o Lutero y Calvino, sino animado de limpia se­
renidad. d e celo com pasivo, de caridad, con un corazón
ajeno d e innobles sentim ientos!» No es la única vez que
hace alusión a la descarada herejía para estimular la refor­
ma de las costumbres. Por haber los prelados abandonado
el cuidado de su pueblo, tuvieron entrada Lutero y toda
su caterva para introducirse en el rebaño y fascinar con sus
eneaños a las pobres ovejas. amamantándolas con la pú­
trida leche de sus errores 66. Y a es hora de aue estas lec­
ciones surtan efecto ; del seno mismo del cristianismo ha
surgido un enemigo tan poderoso, que más que en sus erro­
res teológicos ha tenido apovo y se ha encaramado gracias
a la corrupción de las costumbres. ¿ Quién Dodía desmentir
al protestantismo cuando lanzaba contra el inundo católi­
co los aldabonazos de sus reproches sarcásticos ?
N o HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA.— Surge otro adver­
sario de la cristiandad que le da pie al Santo para invocar
una vez más la tan ansiada reforma. Los turcos, apodera­
dos en 1453 de Constantinopla, continuaron sus conauistas
sin encontrar quien se opusiera a su em puje avasallador,
cerniéndose- de continuo com o un negro nubarrón sobre
Europa. Es verdad que el enem igo dispone de un poder
insuperable, y los príncipes cristianos no se unen en un

“ In festum sancti Ioannis Bapt. conc. III, n. 5 (vol. 5).


se In die sancto Pentecostes conc. III, n- 9 (vol. 3),
5. ARZOBISPO 87

frente único, dejan-do a un lado sus personalismos y dife­


rencias. Pero no teme el Santo las armas del enemigo ; es­
tamos bajo la tutela del Señor de los ejércitos, cuyo soplo
puede aniquilar en un momento los imperios y derrocar los
ejércitos más poderosos. Los pecados del pueblo, los es­
cándalos de los clérigos, los abusos de los grandes, las co s­
tumbres estragadas, son los que pueden abrir la puerta y
sujetar el brazo protector del Señor 67: «R eform ém onos es­
pontáneamente— exclama el Santo— , a fin d e que no tenga
que reformarnos violentamente el T u rco». Y no basta que
cada cual ponga la mano en el pech o y el escalpelo en la
conciencia, purificándola en la con fe sió n ; es preciso que
intervenga la autoridad y ponga freno a la blasfemia, a la
usura, al adulterio, concubinato, etc. 6S. Y dando un paso
más, com o el mal es universal, universal ha de ser el re­
medio, aplicado por la autoridad com petente: que el papa
y el emperador, para salir venturosos contra el T u rco, p ro­
metan la celebración de un concilio y la reforma de la
Iglesia 69.
C lamores po r un concilio .— No es el único Tom ás de
Villanueva en pedir la celebración de un concilio, pero sí
de_ los más acérrimos y constantes en la empresa ; era el
único recurso viable para atajar un mal de tamañas p ro­
porciones. Por eso se lo aconsejó una y otra vez al e m p ^
rador, que tanto estimaba Jos dictámenes del humilde agus­
tino y luego más humilde arzobispo. Y no hay duda que
influyeron ellos muchísimo en el augusto ánimo ; ya co n o ­
cemos la veneración que tuvo siempre el césar Carlos V
de las virtudes y letras de Fr. Tom ás de Villanueva y cóm o
pesaba él solo más en su espíritu que los más altos digna­
tarios y consejeros encopetados de su corte. Los apuntes
que devoró el fuego momentos antes d e morir el arzobispo,
entre ellos importantes cartas de su majestad, nos podrían
contar muchos secretos y el móvil de muchos actos y d e ci­
siones del emperador. Indiscutiblemente, las persuasiones
del arzobispo d e V alencia contribuyeron eficazmente a la
convocación del concilio de Trento, que venía a calmar
las inquietudes de la cristiandad entera y que todos mira­
ron com o la tabla de salvación en que había de conseguir­
la la barquilla de Pedro, tan amenazada de recios ven­
davales.
Ni fué ésta sola, con ser tan importante, la aportación
de 1 omás de Villanueva para la celebración del concilio
que todos reclamaban ; d ice a este propósito V icente Es-

67 In rogationes contra Turcas concio (vol. 2).


68 Ib.
69 Ib.
88 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

c r iv á 70: «Tom ás de Villanueva, novel arzobispo de V a­


lencia, adelantará, para mayor gloria de Dios y de su Igle­
sia, la promesa y la amanecida del concilio ecum énico de
Trento». En el decurso de esta semblanza biográfica hemos
observado las vicisitudes de esa amanecida gloriosa, tan a
costa de su reposo y de sus espaldas: la prisa con que tras
su consagración se dirigió a su arzobispado, sin concederse
ni concederle a su madre lo que parecía exigir el más ele­
mental cariño filial; la visita pastoral que en cuanto tomó
posesión giró a su diócesis, corrigiendo, con toda energía y
caridad extremada a la vez, los abusos, frutos del abando­
no ; el sínodo que celebró en cuanto pudo, requiriendo el
consejo y la ayuda de todos para la empresa de enverga­
dura trascendental que suponía marchar contra corriente y
dar un frenazo en plena carrera d e s b o c a d a ; las sabias y
apostólicas Constituciones que de su seno salieron para la
reforma, sobre todo, de un clero indisciplinado y escanda­
loso ; la erección de aquel monumento más duradero que
el bronce, el colegio de la Presentación, prólogo feliz y
norma lograda de los futuros seminarios postridentinos ; y
otras mil y mij afanosas actividades y esfuerzos, que ape­
nas se traslucen en esta deslavazada síntesis de su vida,
Cqué son sino los jalones firmes e indestructibles que pre­
ludian y ostentan la profunda renovación en su diócesis lo­
grada, sím bolo y pauta de lo que él ambicionaba para la
Iglesia universal? Porque hemos de notar que todas estas
empresas, o bien preceden la convocatoria, o se llevan a
cabo mientras tienen lugar los trabajos y sesiones de la
primera o segunda época del Tridentino, terminando de
realizarse vario^ años antes que éste lance al mundo el pre­
gón de su clausura y de sus decisiones y definiciones (1563).
TRENTO.— Después de múltiples alternativas y cabildeos
entre las autoridades pontificia e imperial, ejes polarizado-
res de todas las aspiraciones, la Santidad de Paulo 111 anun­
ció al mundo entero la apertura de un concilio ecum énico
en Trento. para el 13 de diciembre de 1545. El año en que
Tom ás de Villanueva hacía su entrada en Valencia y se
entregaba con celoso afán a reparar el estado ruinoso en
que el abandono pastoral y la licencia de las ovejas la ha­
bían sumergido. Radiante de alborozo y com o liberado de
tremenda pesadilla recibió la noticia, que com o gracia es-
pecialísima le había manifestado con antelación el Señor.
Y la recibió con cartas de Su Santidad y del emperador,
ordenándole asistir a la que prometía y había de ser fam o­
sa asamblea. Por fin, la cristiandad iba a echar una mirada
de sinceridad sobre sí misma, a reconocer yerros y a c o ­

■o Tomás de Villanueva, p. 167.


5. ARZOBISPO 89

rregir extravíos; y había tanto que recorrer, y había que


dar tal marcha atrás, y había que •deslindar cam pos tan
com prom etidos... Pero el gran aparato estaba puesto en
marcha y amagaba ya una florecida primavera. El espíritu
de Tom ás de Villanueva se rejuveneció y cob ró nuevos
bríos oteando en lontananza el triunfo apetecido y sabo­
reándolo de antemano.
A lejado de la r e u n ió n ; cartas m em orables .-—Inson­
dables son los juicios de Dios y profundos en demasía para
nuestros pigm eos pensam ientos; com o si tuviera especial
interés en jugar con nuestras cavilaciones y sonreírse bur­
lonamente de los tinglados que montamos con la mayor se­
riedad y que se vienen abajo con la facilidad con que li­
gero soplo desmonta los castillos de juegos infantiles,. Pa­
recía el arzobispo de Valencia el más indicado para for­
mar parte de la pléyade ds hombres ilustres aue con su ta­
lento al servicio de la Iglesia iban a estudiar los problemas
que la agitaban ; su privilegiada inteligencia, sus co n o ci­
mientos profundos, su aquilatada prudencia, su celo ardo­
roso de la gloria de Dios v la salud de las almas, sus re co ­
mendaciones al emperador, su dignidad encumbrada, la
fama de sabio v docto varón que gozaba, el peso decisivo
He su autoridad en el ánimo de la maiestad cesárea, todo
hacía presumir la necesidad de su persona en la gran asam­
blea y el papel principal aue en ella le estaba reservado.
Y, sin embargo, tras el júbilo con que recibió la noticia de
la convocatoria, con las cartas del papa v del emperador
mandándole acudir, pareciendo predestinado a eer una
lumbrera y a irradiar los destellos de su l” z al ou eblo cris­
tiano, Santo Tom ás de Villanueva no acudió al concilio ni
en su primera ni segunda época, que le alcanzaron de
Heno. fO u é causas o motivos tan serios ocasionaron esta
ausencia ?
Las cartas 71 cruzadas entre Santo Tom ás, por una par­
te. y. por otra, el príncipe D. Felipe y Carlos V . nos dan
cumplida satisfacción, oue encontramos en la delicada sa­
lud del Santo para tan largo viaie y, sobre todo, en la ur­
gencia de las solícitas atenciones nue renuería la duradera
carencia de pastor aue había padecido la diócesis. Ni un
motivo ni otro podem os achacar a im perfección, aun la más
ligera, del Santo ; cam pea con plena sinceridad la legiti­
midad de esos obstáculos. V em os, en efecto, al Santo dis­
puesto a emprender el viaje aue se le intima : a fe nue no
conocem os su espíritu de sumisión v presteza cuando me-
la la obediencia : y si acude a exponer los impedimentos
Que le retienen, lo hace creyendo cumplir un deber de

' 1 Véanse estas cartas más adelante.


90 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

conciencia, com o era en efecto ; que la obediencia ciega no


es irracional, y el estar dispuesto a seguirla puntualmente
no excluve el exponer humildemente los inconvenientes
que puedan existir, siempre que el espíritu esté preparado
para ejecutarla en cuanto se haya descargado de esa dificul­
tad que le retenía o retardaba. Nos lo confirma sin dejar lu­
gar a duda el tono y protesta de sumisión que cam pea en
esos docum entos del Santo. A lo cual puede sumarse otra
razón que pesaría m ucho en su á n im o: la estimación nula
que tenía de sus propias prendas para un acontecimiento
tan trascendental, junto con la necesidad que pensaba ha­
cía su persona en el rebaño que se le había confiado ; pues,
a pesar de su humildad, se juzgaba íntimamente ligado a
sus oveias, que se encontraban ahora en condiciones ex-
ceocionalm ente precarias ; y en el concilio que se reunía
habían de juntarse numerosos representantes de la C r i s t i a n
dad m ucho más autorizados que él.
A postolado EN CASA PROPiA.—Q u e había de gravitar
esta consideración de responsabilidad lo echam os d e ver
claramente en la - irrevocabilidad con que se afincó en su
diócesis. Quizá alguien pudiera encontrar aué censurar en
una conducta tan particularista y cerrada al exterior, pues
no leem os aue en los once años de su pontificado traspu­
siera los límites de su encom ienda, com o si el resto de los
fieles no le importara. H ov está cam biado el mundo, y el
vértigo de la velocidad v de las prisas alcanza aun a lo más
encumbrado. Es verdad que la rapidez y facilidad de via­
jar parece disculpar y alentar ese incesante correteo de se­
glares, eclesiásticos y aun obispos. Aunque no paramos
mientes en que con tan especiosa disculpa salimos, volve­
mos. viaíamos y se nos pasan días v días sin hacer nada,
con la falaz apariencia de que nos guía el celo de las almas,
porque vamos a predicar un sermón, a pronunciar una con ­
ferencia, a dar el hábito a una dirigida o a otros menes­
teres más fútiles aún. Sin percatarnos de que para un ser­
m ón empleamos cuatro, seis u och o días de viaje, co n otros
tantos de preparación para hacer buen papel, recorriendo
quizá de punta a cabo la península, com o si no hubiera
en esa parroquia o diócesis auien dijera un p oco más o
m enos elegantemente la serie de linderas aue vamos a en­
sartar nosotros e hiciera el mismo m enguado fruto que da­
mos por descartado con ciertas preparaciones o disposicio­
nes más interiores que externas. ¡ Q ué planes o procederes
tan ridículos si no fueran tan lastimosamente lamentables !
A h í precisamente está en parte la explicación de la impon­
derablemente fecunda obra de Tom ás de V illanueva: o n c;
años de continua entrega y preocupación de la reforma y j
5. ARZOBISPO 91

florecimiento -de una diócesis dan m ucho de sí y permiten


conocer y atender tantas necesidades y miserias que hoy
desbordan la capacidad y el tiempo d e los más activos
prelados; y, por otra parte, se captan también la com pla­
cencia de lo alto, atrayéndose las bendiciones que han de
fecundizar ese apostolado. ¡ A y ! , cuando nos pidan resi­
dencia d e tantas idas y venidas, de tantas correrías apostó­
licas, seudoapostóücas o geniales, no vamos a encontrar
tan a mano el descargo com o tenemos ahora el pretexto.
h a de añadirse que no tueron estas excusas, de por sí
tan suficientes, las que más influyeron en la no com pare­
cencia de 1 omás de V illanueva; los estamentos de V a ­
lencia, en cuanto se rumoreó Ja llamada de que había sido
objeto, acudieron a su majestad para qué no le forzara a
salir de Valencia, dejando a m edio hacer la obra empren­
dida. Poníanle delante los frutos inmensos que había c o ­
menzado a cosechar y la necesidad de su presencia en una
diócesis tan relajada, y que se iban a malograr aquéllos
y a retrasar en muchos años la reforma que en tan buen
camino había entrado. Por eso con todas las veras supli-
caoan a su majestad tuviera a bien revocar la orden y exi­
mir de esa asistencia al arzobispo d e Valencia. Así lo hizo
el emperador, confiando en que más necesaria era de m o­
mento la presencia del prelado en su diócesis.
A liento de Tom ás de V illanueva en Trento .— Aunque
no por eso se desentendió el Santo de colaborar en tan
santa em presa; y no sólo con el concurso ordinario, tan
eficaz, de la oración y los fervientes votos por el triunfo
de tan excelente causa ; sobre lo cual convendría recordar
aquel su pasaje en un sermón de San Juan Bautista 72:
«INingún justo es inútil doquiera se encuentre, aun escon­
dido en lo más retirado del desierto, porque ningún santo
*° ,es sólo para sí mismo, sino para toda la Iglesia... D o ­
quiera haya un santo, aun ep el desierto, ayuda al mundo
con sus oraciones y sus m éritos: por su causa se muestra
*°s propicio con los pecadores y por sus méritos favore­
ce en gran manera a los mortales». Indudablemente, a más
e las luces d e los d octos y de sus imbatibles argumentos,
concilio ecum énico necesitaba ei auxilio de lo alto para
Cf ar ®,^u©n término en su desarrollo y para la saludable
Pucación d e sus resultados ; y pocas almas había enton-
£e? en la Iglesia de Cristo que tan a punta de lanza con-
j ^ ? r,a n las bendiciones del cielo com o el santo arzobispo
de Valencia.
ta e otra manera, al parecer más visible, cooperó direc-
_ en te: ya que él. no podía asistir personalmente, influyó

' 2 In íestum sancti loannis Bapt. conc. V, n. 9 (vol. 5).


92 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

cuanto pudo ante el emperador y ante sus cohermanos de


pontificado para que acudieran los más posibles y lo mejor
pertrechados de sana doctrina y d e útiles docum entos. In­
cluso con feccionando por cuenta propia un memorial de las
cuestiones que le parecieron más importantes y entregán­
doselo a los que habían de acudir, a fin de que lo presen­
taran a la santa asamblea. Digna de recuerdo es también
la afabilidad y solicitud con que hospedó en su palacio a
cuantos obispos pasaban por V alencia, escribiendo tam­
bién a los que conocía que no dejasen de pasar por allí,
porque tenía instrucciones que darles y asuntos que encar­
garles para el concilio. Es una verdadera pena que no haya
llegado a nosotros aquel precioso docum ento, donde se en­
contrarían notas y sugerencias de incalculable valor y don­
de, a juzgar por lo que realizó en el clero y fieles de su dió­
cesis, el espíritu ardiente del Santo abordaría los puntos
más trascendentales de la anhelada reforma y de la refu­
tación del protestantismo. La aceptación que tuvieron es­
tas recom endaciones ante los padres y teólogos del conci­
lio nos la declara ej hecho de que, al volver los obispos
por haberse suspendido aquél, los que pasaron por V a­
lencia acudieron a saludar al arzobispo y a rendirle gracias
por las instrucciones que les había dado, com unicándole
regocijados que habían parecido tan acertadas y convenien­
tes, que no sólo fueron tenidas en cuenta, sino que sirvie­
ron com o de norte y guión a los Padres en cuantas cues­
tiones ellas contenían. A sí es que todas fueron aprobadas
con general aplauso, si se exceptúan dos, en que pedía
Fr. Tom ás d e Villanueva que no pudiesen ser trasladados
o prom ovidos los obispos a otras diócesis, y que las rec­
torías y beneficios de curas de almás recayesen, a ser po­
sible, sobra los naturales de los pueblos. Y a se deja ver
el fin espiritual que las inspiraba.
Hasta visiblemente y de m odo extraordinario quiso el
Señor demostrar cuán aceptable era ante los divinos ojos
este celo y cuidado del santo arzobispo. H abiéndose em­
barcado y hecho a la mar tres prelados que habían antes
conversado y cam biado impresiones con él, se levantó tan
bravia tempestad, que, rotas las velas y perdido el timón,
estuvieron por espacio de tres días y tres noches asomados
al borde del abismo, dándose ya por absorbidos en sus
fauces devoradoras ; los gritos de espanto y la plegaria se
alzaban confundidos y en temerosa algarabía de toda la
em barcación. De pronto una viva claridad vino a alumbrar
las sombras nocturnas, disipando su pavorosa oscuridad y
haciendo renacer la esperanza en el pecho de los náufra­
gos, que la tomaron com o anuncio de paz y bonanza. V
confirmóse la alegre esperanza y trocóse en júbilo y santo
5. ARZOBISPO 93

regocijo al ver en los aires la figura -del Pastor valentino,


que con su báculo guiaba serenamente la nave y con su
palabra calmaba las encrespadas olas, cediendo el empuje
de los vendavales com o en otro tiempo a la voz poderosa
del Maestro. Tranquilos ya y confiados, continuaron feliz­
mente el viaje.
¿AUSENCIA REBELDE?— H ubo quien no vió con buenos
ojos la ausencia del arzobispo de V a len cia ; queremos
creer que con buena fe e intención sana. Aparte de ser
metropolitano, su nombre era sobrado con ocid o en España
y fuera de ella ; y es de suponer, además, que los obispos
españoles hablaran encomiásticamente de su persona, com o
habló, según propio testimonio, el Rvm o. P. Seripando,
general de la Orden, que en carta de 15 de noviembre
de 1545 le decía 73: «T e espero en T ren to; allí tendré el
gusto de volverte a ver ; m ucho les tengo prometido a los
padres del concilio de tus extraordinarias virtudes». Y no
era Seripando sólo el general de los agustinos en to n ce s;
fué, com o es bien sabido, uno de los teólogos más princi­
pales e influyentes a lo largo dal concilio de Trento y car­
denal legado del Papa en la última etapa ; «nunca bastan­
te ponderado Seripando, que rayó siempre a gran altura en
sus juicios», dice de él un jesuíta 71 ; y otro jesuíta tam­
bién, hablando de su muerte mientras era legado del Papa,
le llama «e¡ insigne cardenal Seripando, gala y florón de ’ a
Orden ermitaña de San Agustín» Nada tiene, pues, de
particular que, dado el renombre y los elogios que de él
hacían, echaran de menos los padres de Trento la persona
del arzobispo d e Valencia y se quejaran amargamente de
que no hubiera acudido para cooperar con los demás en
la magna reunión. Es más, llegaron a proceder contra él
y a acusarle de rebeldía por no haber ido al concilio, se­
gún le com unicaba el obispo de Huesca, que tenía su re-
piesentación en el mismo. A cu d e el Santo al príncipe don
Felipe exponiéndole el caso y pidiendo interponga su au­
toridad y haga ver la justicia de los motivos que le excusa-
r°n, y cóm o el emperador le había levantado la obligación
impuesta, mostrándose siempre dispuesto a dirigirse a Tren­
to si así lo mandaba, a pesar de las graves excusas que
podía alegar 7li. Es de creer que el príncipe D. Félipe hi­
ciera ver las cosas com o eran, porque no se vuelven a notar
mas quejas ni se hace más alusión al asunto.
7 «Revista Agustiniana», 1, p. 135 (tomado de la Vida de
* anto Tomás de Villanueva del P. Maturana, p. 172).
J e s ú s O l a z a r á n , El concilio de Trento. Exposiciones e in­
vestigaciones por colaboradores de «Razón y Fe», p. 98 (Madrid).
1" Pedro Meseguer, ib., p. 146.
Véanse las cartas 14 y 15, con fecha 10 de marzo de 1547
y 12 de abril de 1547, respectivamente, más adelante.
94 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

C om o resumen, no creem os pecar de temerarios al re­


petir con V ícente Lscrivá que «1 omás de V iuanueva, no-
vei arzobispo d e V alencia», adelantó, «para gloria d e Dios
y de su Iglesia, la promesa y la am anecida del concilio ecu­
m énico üe 1 rento» 17 ; y que se d ejo oír en él con respeto
y admiración el eco de sus sabias inspiraciones y orienta­
ciones. Y acatando siempre los ocultos y profundos juicios
del Señor, que de otro m odo lo disponía, no podem os me­
nos d e lamentar que no tomara parte personalmente en
aquella venerable asamblea, que tan bien hubiera explo­
tado la cantera d e su privilegiada inteligencia, beneficián­
dose de sus luminosos resplandores.
A e t e r n a REQU1ES. SlN DESCANSO.— N o en van o pasan los
años, ni aun las naturalezas robustas escap an a su d e m o ­
led or desgaste. A n to rch a so o re el ca n d e ia o ro d e continuo
en la casa a el 5 en or, ia salud d e lo m a s d e V illanueva re­
sentíase d e los zarpazos del tiem p o, qu e in exorables iban
ab rien d o brech a y co lá n d o se c o m o d e ro n d ó n en una for­
taleza desgu arnecida, ^¿ue tal era el le m a y la divisa d e este
santo v a ró n : vigilia siem pre tensa e ininterrum pida en guar­
dia por los intereses eternos, in d iferen cia d e scu id a d a por
ei am m aiiilo a el cu erp o, am én d e las austeridades y l a ­
cera cion es a qu e le tenia a costu m b ra d o p a ia som eterlo a
la razón y p a ia n eg ocia r la saiud d e las almas qu e se resis­
tían a los recursos ordinarios. S ó lo la vitalidad y ardor efer­
vescen te d e su espíritu, ju n to c o n la entrega sin reserva al
ideai sob era n o d e la salvación , p o d ía n m antener en pie
aqu ellos m iem b ros y prestar a a q u e l a g ota d o cu erp o re d o ­
bladas energías para m antenerse en p ie y secundar las
crecien tes iniciativas d e un alm a qu e d e día en día se sen­
tía aligerada d e las amarras de este m u n d o para trasponer
los linderos d e la eternidad. ¡C u ántas v e c e s el cu e rp o , in­
ca p a z ya p or su vigor natural d e desem peñ ar sus fu n cio ­
nes propias, re cib e un in esp erad o e m p u je d e los bríos y
arrestos d e l espíritu im p regn a d o en un id eal sobreh u m an o !
1 al era el caso d e 1 om ás d e V illanueva.
Pero la prueba se había prolongado lo suficiente, y el
crisol había dado por válido aquel oro d e le y : Dios estaba
satisfecho, y sus planes, realizados a la perfección. La hora
de la recom pensa era llegada, y había que llamar al siervo
fiel a recibir el salario m erecido ; había sido fiel en lo pe­
queño com o en lo grande, justo era que entrase a poseer
el gozo de su Señor. Pero antes tenía que dar aún lecciones
soberanas, que com o testamento se grabaran más honda­
mente y dejaran más duradera impresión.
H ada DE ENSUEÑOS.— Su devoción a la Santísima Virgen
” Tomás de Villanueva, p. 167.
5. ARZOBISPO 95

se había ido aquilatando, sobre todo desde el día de su


P r e s e n t a c ió n d e 1516, en que é l se p r e s e n t ó a recibir el
hábito agustiniano, que hasta la muerte, a pesar del arzobis­
pado, había de vestir. Y ya vimos cóm o en recuerdo de
ese día, que consideró com o crucial en su vida, fundó su
colegio mayor bajo el patrocinio de la Virgen en su Pre­
s e n t a c ió n en el templo. Pero para contemplar más palpa­
b le m e n t e su ternura y filial afecto hacia la Madre del cielo,
ponemos hoy en español a la lectura y consideración de
todos sus magistrales conciones de las festividades prin­
cipales de la Santísima Virgen, repletas de sana y notable
doctrina y fruto de un corazón encendido de amor. A hí
vemos cóm o se expansiona aquel alma limpia y n oble,
cómo se regodea en publicar las alabanzas de la Señora,
cómo alumbra nuevos y ocultos veneros de piedad y de
doctrina, cóm o fluyen a torrentes d e sus labios ternuras
y delicadezas, cóm o encandila nuestros ojos, deslumbra­
dos ante tantas magnificencias, cóm o arrebata los corazo­
nes al contacto de aquel encendido entusiasmo que en el
suvo alienta. Y en la fiesta de la Purificación de la Virgen
del último año d e su vida, com o sím bolo de gratitud y
muestra de recom pensa, estando el Santo en oración con
su fervor acostumbrado y disciplinándose ante su crucifijo,
añorando la quietud de su celda y pidiendo con lágrimas
aue el cargo no le sirviera de condenación, m ereció oír
del santo cristo aquellas palabras que en m edio de su d eso­
lación le llenaron de con su elo: «A eq u o animo esto: in die
Nativitatis Matris m eae venies ad me, et requiesces». Ten
buen ánimo y estáte tranquilo, que en el día de la Nativi­
dad de mi Madre vendrás a reposar conm igo. Con este
mensaje, su vida más parecía de ángel del cielo que de
hombre terrenal; su oración, trato y conversación, que pa­
recían no admitir ya superación, renováronse y se trocaron
en el reflejo de un alma que deambula por las florestas ce ­
lestiales más que por pedregales escabrosos de este mundo.
A ntorcha que se extingue .— El 28 de agosto, fiesta del
gran Padre San Agustín, fué el último que dijo misa ; una
angina le oprim ió de tal suerte, que de día en día fué em ­
peorando y, al mismo tiem po, disponiéndose con fervor y
resignación más edificante cada vez, aun para aquellos sus
'ntimos, que tan conocida tenían su santidad. C om o la enfer­
medad se agravaba y pasaban los días, no fué posible ocul­
tarla ni impedir que trascendiera al público. La consterna­
r o n se extendió bien pronto por la ciudad, y la amargura
Prendió en todos los corazones. Ruegos y plegarias por la
salud del ilustre enferm o, procesiones y rogativas, sacrificios
y Penitencias : la ciudad entera, sin distinción de clases, se
sumaba a los actos continuos que se celebraban por la me jo-
96 SANTQ TOMÁS DE VILLANUEVA

ría y restablecimiento del arzobispo. De iglesia en iglesia


iban las procesiones implorando la protección de los santos
titulares de cada una ; las lágrimas enturbiaban a veces el
semblante y las voces se ahogaban en la garganta, impi­
diendo la continuación de las deprecaciones.
S in LECHO DONDE MORIR.— Otras eran las preocupaciones
del «Limosnero)) en aquellas circunstancias; congojas de
muerte acosaban a su alma, temeroso d e faltar a la pobre­
za que había p rofesa d o: un real que le encontrasen en su
poder a su muerte sería un latrocinio en el patrimonio de
los pobres. De suerte que llama a su tesorero y familiares,
y oor el amor que le tienen, si en algo le quieren bien, rué­
gales encarecidamente recojan cuanto dinero se encuentra
en palacio o en la iglesia y recauden lo que puedan de sus
deudores. H ech o lo cual, ellos, con los encargados de los
pobres de cada parroquia, salgan inmediatamente a repar­
tir entre los necesitados cuanto se hava reunido, sin que,
llegada la noche, le traigan un maravedí. Si no fué posible
ese día, al siguiente le dieron la mayor satisfacción, dicien­
d o que ya todo estaba distribuido, manifestándoles con sin­
ceras expresiones su agradecimiento y el júbilo aue inun­
daba su corazón viéndose va pobre com o Cristo. Bien que
pronto le enturbió el semblante la noticia de unos nuevos
dineros que se acababan de recibir, junto con la de que los
muebles de palacio estaban aún en poder del arzobis­
po. M andó distribuir los dineros en el acto entre los cria­
dos de la casa, y que los muebles quedaran para el colegio
mavor de la Presentación. C om o en esa repartición de di­
neros no se hallaba presente el carcelero d e palacio, mandó
llamarle, v con afables palabras le expresó su sentimiento
de aue nadie se hubiera acordado de é l ; y com o nada le
quedaba sino la cama en que yacía, de ella le hacía dona­
ción formal, de suerte que desde aquel momento la consi­
derara com o suva ; únicamente le rogaba si hacía la cari­
dad de prestársela para morir en ella, v si no, aue echaran
su cuerno al suelo, pues así estaba más cerca de la sepul­
tura. r'Qué o ’ os resistirían eniutos la impresionante reali­
dad de esta última limosna del santo arzobispo con las cir­
cunstancias trágicas que la acom pañaban, donde se veía
tan al vivo la sinceridad y veras con que se desenvolvía el
protagonista ? El sentimiento se nubla y la lengua enm ude­
ce ante semejante espectáculo, y el silencio es el com en­
tario más apropiado ante un arzobispo que muere con la
pobreza del más observante religioso, y cuyo cuerpo ha de
ir también a descansar en el convento en reconocim iento
y protesta de su amor inquebrantable a la pohreza.
5. ARZOBISPO 97

C on hábito del S eñor S an A gustín .— Tal era su volun­


tad y decisión ; así lo había mandado en su testam ento:
«Sepultarse en monasterio del Orden y hábito del Señor San
Agustín», y así «elegía por su sepultura la iglesia del m o­
nasterio de Nuestra Señora del Socorro del dicho Orden,
constituido fuera los muros de esta ciudad». A quel cabildo
levantisco e insubordinado no había podido resistir las en
trañas paternales de su prelado ; los aldabonazos de a fec­
tuosa ternura, de caridad inagotable, de disciplina y santi­
dad, habían reducido sus corazones a considerar y ver en
su arzobispo un verdadero padre de sus almas, y que com o
tal tantas había traído al buen camino. Por eso se arrodilla
ron ante su lecho dos canónigos pidiendo con auténticas
veras, en nombre de todo el cabildo, les hiciera m erced de
mandar que su cuerpo fuera sepultado en la iglesia mayor,
para que, ya que no podían tenerlo vivo com o su padre y
pastor, tuvieran sus despojos com o estímulo y sím bolo de
protección. Agradecióles el Santo, con la delicadeza y sen­
timiento que solía en semejantes circunstancias, el favor y
estima que le hacían ; pero les recordó una vez más que
había de comportarse com o verdadero religioso, y, ya que
contra su voluntad y sin m erecerlo le habían sacado del
convento para la mitra, quería tornar a unirse con sus her­
manos en el sepulcro.
T orrente de lágrimas y clam oreo lúgubre .— R ecibió
con toda lucidez la extremaunción, aue él mismo había
mandado le diesen, la víspera de la Natividad de Nuestra
Señora ; ordenó también al día siguiente de madrugada le
leyesen la Pasión según San Juan, haciendo detenerse en
•os pasos que más excitaban su devoción. Y , finalmente,
aunque no podía comulgar, quiso se dijera una misa en su
Presencia para tener el consuelo de ver a su Salvador antes
de salir de este m undo, y oída con extraordinaria devoción ,
ternísimo afecto y abundantes lágrimas, al terminarla, sin
Un movimiento ni gesto, con la serenidad de su corazón
reflejada en el semblante, verificóse el glorioso tránsito de
tan santo espíritu de la cárcel estrecha y ruinosa de su
cuerpo a la libertad anchurosa y bienaventurada de los
eternos alcázares y al estrechísimo e íntimo abrazo con el
Ornado de su alma.
. ^on fúnebre lamento doblaron las campanas de la igle­
sia mayor, seguidas de las de todas las iglesias d e la ciu-
. *d a cuvo aviso se divulgó con los negros crespones de
p Placable tormenta la noticia de la muerte del arzobispo.
^ara no hacer pesada la descripción de los efectos desola-
s° res- de los lamentos unánimes, de las lágrimas abundó­
la S' i ^as escenas Patéticas a la vez que edificantes, de
s solemnes, generales y concurridísimas honras fúnebres,
’ t vill. 4
98 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

etcétera, y por sentirnos incapaces, por otra parte, de di­


bujar a nuestros lectores un pálido reflejo de aauellos días
de luto y consternación general, nos place remitirlos a los
biógrafos más extensos 78 que con cálido afecto nos han
consignado los sucesos d e aquellos lúgubres días que su­
mieron en inconsolable duelo a las autoridades, jerarquías
v pueblo de la ciudad de Valencia. A llí se describen tam­
bién largamente los prodigios y milagros estupendos que
se siguieron a la muerte del Santo, y de los cuales apenas
hemos hecho m ención en esta semblanza biográfica, ya que,
com o sabemos, no forman parte de la personalidad, sino
oue son más bien la corona de gloria con aue le place a
Dios honrar a sus siervos y deslumbrar de admiración a los
pobres mortales que se pagan de esas extraordinarias ma­
nifestaciones.
REGUERO DE BENDICIÓN.— Unicamente, co m o resumen la­
cón ico e insinuante, para que pueda el curioso lector dar­
se una idea del duelo general que se apoderó de Valencia
y de las muestras d e afecto hacia el llorado ((Limosnero»,
queremos cerrar con broche d e oro estas páginas con unas
líneas de Q uevedo, que tan clásica y espjritualmente supo
condensar la gesta inmortal de Tom ás de Villanueva. Dice
así al llegar a la muerte del Santo 79: «Divulgóse milagro­
samente. Por la ciudad no se oía otra cosa sino gritos, llo­
ros y sollozos en todas personas y estados ; parecía haber
llegado la ruina de la ciudad. No hubo en todo el reino
quien no perdiese padre y maestro y amparo. Cerraron las
puertas del palacio para com poner el c u e r p o : vistiéronle
de pontifical; abrieron las puertas, y entraron por ellas toda
la ciudad y avenidas de lágrimas sobre su cuerpo. Concu­
rrieron más de och o mil pobres que rem edió, com o a otros
entierros d e prelados suelen concurrir pobres que hicieron.
No dejaban decir el oficio los pobres con gritos y alaridos;
y con esto decían los pobres su oficio, que había sido ver­
dadero arzobispo. Lleváronle a Nuestra Señora del Soco­
rro, donde se m andó enterrar en la sepultura ordinaria de
los religiosos ; mas el cabildo ordenó que se pusiera en me­
dio de la capilla mavor, enfrente de Nu¡estra Señora, con
un busto suyo de piedra ; d ond e está atesorado aquel ben­
dito cuerpo que fué alojamiento de un alma tan favorecida
de Dios y que tanto cod ició para sí, pues vivió de suerte
que en un instante que tardara en morir dejara de vivir
más tiempo que había vivido. A llí está depositado, resu ci­
tando muertos, sanando ciegos, librando endem oniados >'
ejercitando la caridad desde la sepultura y continuando Ia
caridad de verdadero padre y prelado».
78 Sobre todo el P. S a ló n y V ic fn tk O ftí.
Vida..., c. 4.
99

C O N C I O N E S

l. D escripción externa

Es indiscutiblemente la obra principal d e Santo Tom ás


de Villanueva, tanto por el volumen d e las mismas com o
por su denso contenido. La denom inación de C onciones
se deriva d e la palabra latina, aunque propiamente d eb e­
ríamos llamarlas Sermones. Pero com o llevan aquel título
en latín y la casi totalidad ha llegado a nosotros en este
idioma, se ha conservado aun en español esa palabra para
citarlas.
Ucupan las conciones más d e cin co d e los seis volumi­
nosos tomos en folia de las obras del Santo en la edición
manilense, que hoy, con ser incompleta, es la más autori­
zada, y a la que nos referimos siempre en nuestro estudio
y traducción ; y se la llama manilense por haberse editado
en Manila. El primer volumen salió a luz en 16 6 1, y el úl­
timo, en 1897. Fué ordenado* y com pilador d e casi toda
la obra el P. Benito Ubierna, encargado de llevarla a ca b o
por la provincia agustiniana d e Filipinas, que sufragó ge­
nerosamente los crecidos dispendios que exigía una em ­
presa de tal categoría. Y el P. Ubierna, con un tesón ad­
mirable y decidido em peño, teniendo a la vista las princi­
pales ediciones anteriores y recogiendo cuanto nuevo pudo
encontrar del Santo, logró levantar este magnífico monu­
mento a la memoria del insigne agustino, sacar a luz tan­
tas y tan valiosas escondidas perlas y proporcionar a los
amantes de la elocuencia y de la virtud un venero tan rico
y abundoso. Bien m erece su celo y entusiasmo quede gra­
bado su nombre en esta portada com o digno y encomiás­
tico recuerdo de las fatigas que cargó sobre sus hombros,
y que plasmaron en éxito tan resonante. No hemos d e pa­
sar tampoco sin citar el nombre del P. Ignacio Monasterio,
Por otros conceptos tan con ocid o entre nosotros, que por
‘ alta del P . Ubierna hubo de dar remate a la obra, prepa­
rando y editando el sexto de los citados volúmenes, no
esmereciendo sus esfuerzos de los realizados por su pre­
decesor.
, Ni podem os detenernos aquí en las vicisitudes por que
i an Pasado las conciones de Santo Tom ás de Villanueva
sta nuestros días; cuando se haga una nueva edición
será ocasión de trazar siquiera en esbozo una
° r)a de su accidentada vida hasta llegar a nosotros y
10 0 S A N IO TOMÁS DE VILLANUEVA

d e las ediciones que de ellas se han hecho desde que el


limo. P. Muñatones tuvo la fortuna de conseguir los origi­
nales de manos del mismo Santo, que, juzgando de ellos
com o de todas sus cosas, quería entregarlos al fuego. El
m ejor estudio que se ha hecho hasta ahora de las con cio­
nes y el más sólidamente asentado es el realizado por el
infatigable P. Santiago Vela en el tom o VIII (incompleto)
de su Biblioteca Ibero-Americana de la Orden de San
Agustín.
Para tener una idea siquiera general de las materias
contenidas en estos volúmenes, daremos una breve sinop­
sis de los mismos:
Volumen I .‘—Comienza con el primer dom ingo de A d ­
viento y termina con el viernes después del dom ingo segun­
do de Cuaresma. Tiene una o varias conciones para cada
dom ingo de A dviento, Epifanía, Septuagésima, etc., y al
comenzar la Cuaresma en general, también para cada día
de la semana. .
Volum en II.— Desde el tercer dom ingo de Cuaresma
hasta el domingo quinto después de Pascua, incluyendo
los de Rogativas ; hasta el dom ingo in Albis, a más de los
de los domingos, hay sermones en muchos días de la se­
mana.
Volum en 111.— Dom ingo de Pentecostés hasta el d o ­
mingo 24 después de esa festividad. Se limitan los sermo­
nes a los domingos, bien que algunos de éstos tienen dos
o más.
Volum en I V .— Dividido en dos partes, ocupan la pri­
mera las conciones dedicadas a las festividades de Nues­
tro Señor Jesucristo con sus octavas, y la segunda, las que
recuerdan las festividades principales de la Santísima Vir­
gen. En las dos partes hay a veces varias conciones para
cada fiesta, y así en el Nacimiento de Jesucristo son diez
las conciones, y nueve en la A sunción de la Santísima
Virgen.
Volumen V .— Está todo él dedicado a las festividades
de los santos, siendo las principales las d e San Andrés, San
Ildefonso de T oled o, Santa Dorotea, San Juan Bautista,
San Agustín, T od os los Santos, San Martín, Santa Catali­
na virgen y mártir. Tam bién al final existen algunas con-
ciones para diversos com unes de santos y fragmentos de
motivos varios.
Volum en V I.— Forma una colección heterogénea. Abren
el volumen unos comentarios incom pletos a algunos libros
de la Sagrada Escritura, siendo el principal el de los Can­
tares. Luego siguen una serie de conciones sobre el Decá­
logo. U n apéndice con diversas concion es o fra g m en tos
para muchos días y festividades del año litúrgico. Las Cons­
CONCIONES 101

tituciones del colegio mayor d e la Presentación y las obras


castellanas cierran el volumen.
Excepto una pequeña cantidad, todas las obras están es­
critas en latín, que no parece ser el lenguaje en que las es­
cribiera primitivamente el Santo, sino que, com puestas pri­
mero en español, las vertía luego al latín ; y así podem os
explicarnos los giros y frases, a veces tan españolas, que
sólo en la forma de las palabras son latinas. Con lo cual
queda también insinuado que el latín de Santo Tom ás no
es de grandes vuelos ni de elegancia mediana ; contiene,
es verdad, párrafos que arrebatan y suspenden nuestra
atención, pero es más bien efecto de la elevación d e la
materia y del fervor y devoción en que parece anegarnos
el Santo.
1 ambién con lo anterior se da por afirmado que los ser­
mones los predicaba en español. Y aquí sí que es de la­
mentar no se nos hayan conservado, más que en casos
contados y aun entonces con notables mutilaciones, los ori­
ginales que él predicara. Porque, com o veremos al tratar
de las obras españolas, se echa de ver en ellas un estilo
plenamente logrado y una elevación retórica digna de los
mejores tiempos del idioma, y de la cual, por desgracia, tan
escasos ejemplares se han salvado de los zarpazos del tiem­
po por la incuria de nuestros antepasados.

II. Valor de las obras de Tomás de Villanueva

Ya hemos hecho notar en otro lugar el absurdo de tener


tan olvidado a Santo Tom ás de Villanueva. Y si esto es en
el desconocim iento d e su personalidad, representación e in­
fluencia en aquel gran siglo que m ereció ser llamado de oro,
todavía se acrecienta al echar una ojeada sobre el sueño
profundo en que duermen sus obras, que son las obras de
quien reiteradamente ha sido apellidado último Santo Padre
de la Iglesia española por la copia de su doctrina, por su
fundamento sólido de la Sagrada Escritura y por el celo de
las almas con que salía de sus ardorosos labios. Quizá tenga
razonable disculpa este aba n d on o: la ignorancia, por una
parte, de cantera tan excelente ; Ja escasa publicidad que le
han dado quienes más obligados estaban a ello ; la dificul­
tad, por otra parte, de adquirir ejemplares de sus obras,
ya que no las ha habido manuales y al alcance de cual­
quier fortuna, junto todo ello quizá a encontrarse en latín,
y no en un latín que cautive el oído por su sonoridad
y armonía, y a que ha pasado un p oco a la historia la san­
ta libertad característica del Santo y la enjundiosa savia de
102 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

sus escritos, nos proporciona el. triste espectáculo <ie estar


arrumbada una ae las más puras y germinas glorias de
nuestra literatura devota, mística, retórica, teológica y es-
crituristica.
Si hem os d e ser sinceros, nosotros mismos hem os pasa­
d o muchas veces a la vera d e la íuente sin percatarnos de
sus cristalinas on das: oyen do por necesidad co n frecuencia
en nuestros años juveniles la lectura d e Jas conciones y
teniendo también necesariamente continuo roce de una u
otra manera con la vida y escritos del Santo hermano, has­
ta no consagrarnos con un interés especial e intencionado
designio a ¿a tarea d e una lectura mas reposada d e ellas,
no hemos percibido el caudal de doctrina siempre crecien­
te que encierran. Parece condición ya hereditaria entre los
españoles, y d e m odo particular en los agustinos, ia reali­
zación d e grandes empresas sin la preocupación d e can­
tarlas o recordarlas dignamente, y singularmente tratándo­
se de glorias del gran siglo, d onde tantas y de categoría
fam osa abundan. A unque relacionándose con la oratoria
se da un fenóm eno que no lamentaremos nunca lo suficien­
te, y verem os si som os capaces de ponerle rem edio algún
d ía : hem os ido admitiendo paulatinamente el tópico de
que no tenemos grandes oradores, lo hem os ido propalan­
d o con menos cordura aún, y ya hem os llegado a conven­
cernos del lunar que nos legaron nuestros mayores en esa
materia. M enos mal que para todo llega la hora d e la ver­
dad, y han com enzado ya algunos investigadores d e la be­
lleza literaria a bucear en archivos y legajos olvidados y a
justipreciar joyas de nuestra oratoria que el polvo, hume­
dad y descuido están aniquilando, y con celo y paciencia
admirables van desentrañando glorias y riquezas insospe­
chada?. C on ello han com enzado las reivindicaciones de
figuras proceres totalmente d esconocidas o lastimosa y ver­
gonzosamente pasadas por alto. Bastarían com o elocuente
botón d e muestra las palmas que baten en son de triunfo
y los elogios en que se desatan don Miguel Mir y el P. Ol­
m edo en sus respectivas introducciones y presentaciones
d e los P P . Cabrera y V ázquez, dom inico el primero y agus­
tino el segundo, y la proclam ación paladina que hacen de
los quilates d e altos vuelos d e su oratoria. C om o no p o­
dem os detenernos en esta materia, brindamos la lectura
d e sus introducciones, ya citadas en la página 8.
L a SENCILLEZ.— Característica general de las conciones
de Santo 1 omás es la sencillez de la materia y de la expo-
sición. No una sencillez rebuscada y d e artificio. Cuando
habla el corazón, suele hacerlo con lenguaje al alcance aun
del vulgo, pues es su estilo único y com ún a todos. Las
profundas y sutiles disquisiciones llegan quizá a cautivar ia
CONCIONES 103

atención y a ocupar la inteligencia de los ilustrados; ya


sabemos que en la generalidad del vulgo lo más que pue­
den conseguir es un necio aplauso por la admiración d e lo
que no se entiende y que se juzga por eso precisamente
maravilloso. Cuando no existen intereses superiores que
granjear, calificamos de vanidad esa ampulosa garrulería.
Pero que semejantes elucubraciones o pom posidades lle­
guen a escalar la cátedra del Espíritu Santo para deslum­
brar a incautos e ignorantes, no sabemos si achacarlo a la
ambición de necios aplausos o a la inconsciencia en el des­
empeño de sagradas funciones.
A l GRANO.— Santo Tom ás de Villanueva predicaba el
Evangelio, la doctrina de Cristo, y la predicaba al pueblo
cristiano ; en el cual, si es cierto que hay muchos ilustra­
dos y capaces de seguir al orador aun en las más intrinca­
das excursiones de alta teología, no lo es menos que esos
mismos no salen tan edificados y aprovechados de esas su­
tilezas com o lo saldrían de la homilía más sencilla de un
fervoroso cura de aldea. Y si es verdad que a veces salen
hastiados y cansados de aquella burda exposición o m a­
chacona insistencia, habrá que achacarlo a su tiesura va­
nidosa y tonta o a la falta del verdadero celo y espíritu de
Cristo en el predicador. Lleven éstos a Cristo en su cora­
zón, estén poseídos de un encendido ardor por las almas,
y será su b oca com o lengua de fuego que arrebata los áni­
mos de los oventes, com o lo eran las de los apóstoles des­
pués de recibir el Espíritu S a n to; viva el predicador el
Evangelio, y fácil le será traer a él a los demás. 'C ó m o va
a persuadir la modestia, la penitencia, la obediencia, el h o ­
nor v culto d ebido a Dios, de qué le sirve poner el paño
al pulpito y lanzar arengas y anatemas para convertir a los
pecadores, si luego sus labios, sus maneras, su porte, sus
costumbres, contradicen todos sus alegatos ? Nos lo inculca
una y más veces el Santo: la causa del p o co fruto de tan­
tos sermones no es otra que el mismo p redicador: «Los
predicadores hablan y no practican: no viven según la ley
que predican» 80. Esa es, nos dice el Santo en el mismo pa­
saje, la causa más detestable del escaso fruto del predica­
dor. «¡ Oh predicador !— exclama en otro lugar— , sé tú b ue­
no antes, y luego ve a predicar. Si pretendes persuadir la
penitencia, hazte tú antes p enitente; si la castidad, pro­
cura que antes brille esta virtud en ti» 81. «Lléguese el pre­
dicador, peto un predicador del que se pueda d ecir: « H a ­
bla v practica» ; un predicador aue esté lleno del espíritu
de Dios, dotado de celo, que arda en anhelos de la salva

" Martes después del domingo do Cuaresma, conc. 1, n. 7.


' Ib., n. a
104 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

ción del prójimo. Y si tiene estas cualidades, se verá libre


el alma del pecador... P oco importa que fulmine amena­
zas de juicio y de infierno, si no lleva una vida fervorosa,
si no tiene el espíritu de Dios. C reedm e: más consiguen
los predicadores santos con un solo sermón que co n vein­
te los tibios» 82.
Claro que podría replicarse: si el sacerdote cumple su
voto de castidad, si no blasfema, si se contenta con lo suyo,
etcétera, puede ya con tranquilidad reprender el libertina­
je, la blasfemia, el robo, la desesperación, la soberbia...
Cierto, quizá los fieles no puedan echarle en cara sus vicios,
quizá no puedan reprocharle que su conducta no se aco­
m oda a su predicación. Pero no basta que no sea del todo
frío, no basta que lleve una vida más o menos morigerada,
no basta una vida buena ; para calentar a los demás, es
preciso que el predicador arda, es preciso que sus entrañas
ss consuman de amor por las almas. V em os cóm o Tom ás
de Villanueva nos habla del sermón de un santo frente
a veinte de un tibio. Lo confirma con la autoridad de San
Agustín: «Pues si el ministro de la predicación no arde en
llamas de amor, no puede encender a aquel a quien pre­
dica» 83. ¿C óm o no ha de ser así, cóm o no va a ser la san­
tidad del predicador el resorte y m óvil principal de su elo­
cuencia, si hasta en los que no predican se convierte ella
en pregonera de la gracia de Cristo y en granjeadora de
almas para E l? «Excelente predicador es el justo en medio
del pueblo, aunque no diga una p alab ra ; sus obras son
otros tantos clamores, pues la vista de la virtud produce
mayor bien que su predicación, y mueve más Cristo en­
carnado en un santo que pregonado en un sermón» 84.
De suerte que la santidad de vida ha de ir junta con la
predicación : que com o ésta no es una fórmula ritual, sino
un m edio de volver a las almas al buen camino o confir­
marlas en él y abrirles nuevos horizontes, com o es el paso
previo de su conquista para la fe, y esto no es un mero re­
quisito externo, un papel que hay que llenar, sino que im­
plica el esfuerzo de actividades anímicas o espirituales em ­
pujadas y coronadas por el impulso interno e invisible de
la eracia, debe llevar siempre la predicación de la divina
palabra el sello inconfundible de una inspiración netamen­
te espiritual, d ebe abundar y sobreabundar en el ánimo del
predicador el motivo sobrenatural, el celo apostólico y des­
interesado, la solicitud pastoral por la salvación de las ove­
jas ; y no se com padece todo eso fácilmente con un espí-

82 Ib., n. 9.
ss S a n A g u s t í n , Enarrat. in Psalín. 103. serm. 2. n. 4, citado
en la nota.
S1 Fiesta de San Agustín, conc. 1, n. 4.
CONCIONES 1Ü5
7 j----- -------------------- ----------------------------------------------------------------------------------------

ritu en quien no domina com o verdadera reina la caridad


evangélica, el fervor y la santidad. T o d o lo demás será dar
voces com o los contrincas del profeta Elias, creyendo y es­
perando que con gritos estentóreos y braceos de energú­
meno van las almas a dejar sus caminos torcidos y empren­
der la duradera ruta de la virtud cristiana.
Lo tiene harto anunciado en teoría y archiconfirmado
en la práctica Tom ás de Villanueva. No se preocupa d e la
rotundidez del período, d e la vistosidad de imágenes, aun­
que sepa usar de ellas ingeniosamente ; no se paga del apa­
rato externo ni anda a la caza de efectismos. Ha de ser el
celo ardoroso y la abnegación el norte y estímulo de la ver­
dadera predicación ; la claridad y la sencillez, el com ple­
mento que hagan asequibles las verdades aun a los más
rudos e ignorantes. Por eso no se desdeña en sus sermones
de repetir los mismos pensamientos ; dirigiéndose a los mis­
mos públicos, en diversos tiempos o localidades, no pre­
tende pasar por ingenioso sacando a plaza cosas nuevas
que suspendan al auditorio y se capten las simpatías. Es
difícil decir cosas nuevas en una serie de sermones ; aun­
que Dios es infinito en sus perfecciones, y por mucho que
de El digamos jamás agotaremos el tema, no suele nues­
tro discurso llegar al ápice de abarcarlo plenamente, y, por
tanto, se cierra pronto el circuito que podem os recorrer.
¡ Cuántas veces, com o ya dijimos, al anunciar que iba a
predicar en otra parte y preguntarle algunos que no habían
entendido dónde había de ser, les respondía con aquella
su sencillez y naturalidad que no necesitaban ir allá a es­
cuchar lo que acababan de oír, porque había d e repetir
el mismo sermón !
Esto no quiere decir que fueran sus sermones una exhi­
bición de desaliño y un acervo de lugares comunes y ma­
chacones. Tanto com o del amaneramiento y afectación huía
del descuido y falta de preparación, que no es otra cosa
que una tentación al Espíritu Santo o una frescura y des­
fachatez. La sola com pilación de sus conciones ya es un
argumento de la preparación del Santo: no dejaba el éxi­
to del sermón a la inspiración sola del Espíritu Santo, pre­
sentándose con una idea superficial de la materia ; el or­
den y división d e ésta en sus partes correspondientes faci­
lita al oyente la comprensión y retención de lo escuchado.
Santo y bueno que no se amarre el espíritu e imaginación
del predicador a la letra, que puede matar la animación
que las circunstancias presten al mismo ; pero tam poco se
ha de dar en el extremo opuesto, presentarse al público
con la cabeza hecha un cajón de sastre, sin orden ni con ­
cierto, a merced de la buena estrella, confiado en sus éxi­
tos anteriores o en la facilidad y dom inio del público.
10(S SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

S agradas E scrituras .— Precisamente no era Santo T o ­


más un espíritu apocado y enclenque, que pudiera preocu­
parse por no salir del paso. Su preparación humanística,
filosófica y teológica de la universidad, el desem peño de
su cátedra en la misma, la agitación de una vida que hubo
de desenvolverse entre el desgarro y picaresca de la estu­
diantina, la consolidación más tarde en las horas reposadas
del claustro y la entrega total a la oración y lectura de los
libros santos y Jas obras de los Padres d e la Iglesia, habían
sido para Tomás de Villanueva otras tantas canteras en
que se fué form ando aquel magnífico arsenal de con oci­
mientos, que, junto con la firmeza de su carácter y lo pro­
bado de su virtud, hacían de él el oráculo de su tiem po, a
quien, com o sabem os, el mismo em perador acudía en los
trances más difíciles en demanda de consejo.
Es admirable el dom inio que tiene y demuestra de las
Sagradas Escrituras y la agudeza con que penetra y expla­
ya su sentido ; las conciones son un em pedrado de textos
sagrados, que en sus manos de consum ado artífice se ayu­
dan y com pletan unos a otros y aclaran y confirman mara­
villosamente la materia de que se trata ; los maneja con tal
abundancia y desenvoltura, que nos deja atónitos viendo
la facilidad con que se ilustran todos los temas. Y no es
precisamente un libro o una serie de ellos, que podía ha­
ber estudiado con atención singular; libros históricos y
doctrinales, biográficos y sim bólicos, todos los encontramos
abundosamente en sus conciones. Bien se echa de ver la
parte principal que en la vida de estos personajes tenía
la Sagrada Escritura; la estudian afanosamente durante
su form ación, continúan repasándola y tratando d e des­
entrañar sus múltiples sentidos cuando tiene o cio para
ello, y forma siempre com o la obsesión de su v id a ; al
fin, com o aconsejaba San Jerónimo a su discípula, el sueño
les sorprendía sirviéndoles la Biblia co m o almohada. Real­
mente veían y sentían de la Escritura lo que todos sabemos
muy bien en teoría: que es la palabra de Dios, no muerta
y estática, sino dinámica y viviente, que nos habla hoy
com o hablaba a Adán en el paraíso o com o la escuchaban
los apóstoles d e b oca del mismo Cristo. Y así se explica
la asiduidad y reverencia con que acudían a ella, y, m e­
diante este culto y veneración, se com prende tuvieran tan
a la mano los pasajes que en un momento dado precisaban.
Cierto lunar a este respecto han querido ver algunos en
las obras de Santo Tom ás de V illanueva; excesiva abun-
dancia quizá de citas de la Sagrada Escritura y, sobre todo,
la aplicación de la misma con mucha frecuencia en un sen­
tido acom odaticio, es decir, en un sentido que ni literal ni
figuradamente se encierra en la misma, sino que por cierta
CONCIONES 107

apariencia o com odidad se le atribuye com o si fuera el pro­


pio. Es más. quizá sea ése el obstáculo capital que ha im­
pedido la declaración del Santo com o doctor de la Iglesia ;
pues más de uno hay con ese título que no tiene tantos m é­
ritos teológicos, y cuya santidad de vida, sin acudir a co m ­
paraciones, com o sabemos, siempre odiosas, tam poco su­
pera a la de nuestro Santo. No vamos nosotros a colocar­
nos en un plan partidísticamente encomiástico ni a d escen ­
der a la palestra con una vindicación premeditadamente
absolutoria: «In dubiis, libertas», ha sido el lema agusti-
niano, cuya trayectoria es distintivo de que podem os con
sano orgullo blason ar: si hubiera algo de cierto en esas
imputaciones, £ por qué habríamos de empeñarnos en echar
un velo indulgente que las encubriera? ¿A c a s o por un pun­
to de falsa honrilla para el hábito querríamos oscurecer la
verdad ? Sería una negra injuria a la noble estirpe de que
descendem os: la verdad fué el sueño inquietante que por
luengos años prosiguió Agustín y a cuya defensa consa­
gró luego sus mejores esfuerzos.
Así, no se puede negar la profusión de textos de la Es­
critura, que entorpecen a veces la marcha del sermón. Y
claro está, no porque pueda el predicador d e propia co se ­
cha derramar más luz o proporcionar más nutritivo alimen­
to que el d e los pasajes sagrados, sino porque, dada nues­
tra humana condición, se nos hacen pesadas tantas citas y
nos parece com o si el hilo del discurso quedara interrum­
pido ; nos gusta verlo más suelto y más ágil, aligerado de
explicaciones y confirmaciones, que abren más amplios h o­
rizontes ciertamente, pero que, ensartándose unas con otras,
vienen también a recargar el contenido, haciéndolo un p o co
molesto y fastidioso. Una diferencia grande se nota a este
respecto entre las conciones de tiempo y las de los santos:
se leen éstas con mayor deleite que aquéllas ; las descarga
notablemente d e citas de la Sagrada Escritura, analiza con
más detención quizá las virtudes, trata con más calma e
hincapié de la aplicación de las mismas, las exhortaciones
corren más sueltas y desembarazadas, Ja imaginación sigue
con más libertad su rumbo ; en una palabra, podríamos
decir, juega un papel más importante el ingenio personal
del autor, con lo que nuestra mente e imaginación, que se
sienten en contacto con otras semeiantes a ellas y que les
hablan en su lenguaje, se notan aliviadas del hondo y fe­
cundo contenido oue las abrumaba. No quiere decir esto
que en las festividades de los santos no se acuerde de la
Sagrada Escritura— no puede caer ningún predicador en
aberración semejante— , sino que los pasajes son más raros
y espaciados, y por eso parece com o si vinieran más a pelo
o cuajaran con más propiedad.
108 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

R especto al sentido acom odaticio o im propio que puede


atribuirse a pasajes de los libros santos, no som os autori­
dad en la materia y podríamos descartar nuestra interven­
ción para dilucidar cuestión tan delicada. Bien que hemos
de convenir de antemano en que, si fuéramos a juzgar con
rigor escriturístico muchas otras apropiaciones de escritores
eclesiásticos y aun de Santos Padres, es posible que nos lle­
váramos serias sorpresas ; pues al cabo de manejar a dies­
tro y siniestro la Sagrada Escritura y servirse constantemen­
te de sus testimonios, nada tiene de particular que a las ve­
ces tropiecen dando en algunas exageraciones que se apro­
ximen a las típicas o tópicas de Fr. Gerundio. Y o no me
atrevería, por ejem plo, a tildar de acomodaticias muchas
aplicaciones de Santo Tom ás de Villanueva y aceptar com o
genuinas todas las de San Juan de la Cruz en sus obras su­
blimes. No vam os a quitarle nada— sólo intentarlo sería una
necedad— al Doctor Místico ; pero no podem os disimular
un gesto de escepticismo cuando, para corroborar algunas
de sus subidísimas disquisiciones, cuya verdad tam poco tra­
tamos de poner en cuarentena, acude a confirmarlas con
uno y otro testimonio de la Escritura que nos parecen muy
remotamente relacionados con la cuestión.
Indudablemente, la obra de Santo Tom ás ganaría mu­
cho si se la despojara y aligerara de tan frecuentes testimo­
nios y larguísimos pasaies de la Sagrada Escritura ; bien que
perdería algo de su solidez y m acizo contenido. Y com o en
las obras de los santos, com o en la Sagrada Escritura, más
que brillantez y arreos de elocución y estilo hemos d e ir
buscando material para nuestra form ación v edificación y
para enseñanza e ilustración del pueblo fiel, es preferible
soporte su tantico de aridez la imaginación a trueque de
que la inteligencia encuentre pábulo abundoso y acom oda­
d o a sus necesidades y salga bien pertrechada. Y esto es
lo que siempre encontrará en Santo Tom ás de Villanueva:
un acopio inagotable de doctrina para cualquier circuns­
tancia, una exposición clara de la materia y una inspiración
soberana y celo encendido, que nos contagia pronto en su
contacto v nos hace sentirnos solidarios y en cierta manera
responsables de los males que tratamos de corregir y con­
gratularnos de los bienes que com placidam ente constata­
mos. Y es indiscutiblemente la más preciosa avuda que
pueden prestarnos en la tarea de nuestra edificación propia
y en la de la predicación. Cuando el predicador no se sien­
te com o ligado con sus oyentes, cuando no le lastiman sus
lacerias, cuando le dejan insensible los frutos que d e su ser­
m ón puedan reportar, puede dar p or descartada la inferti­
lidad de su obra y no molestarse en ascender los cuatro pel­
daños del pulpito ; la frialdad e indiferencia serán el pro­
CONCIONES 109

logo, centro y remate de su sermón, y donde el hielo ex­


tiende sus esterilizadores tentáculos no pueden brotar
chispas.
SANTOS P ad res .— Si no ha llegado Santo Tom ás de V i­
llanueva a engrosar el elenco de estos maestros de la Igle­
sia universal llamados Santos Padres, ha seguido de cerca
sus pisadas y se ha hecho eco de sus meritísimas enseñan­
zas ; casi podríamos decir que com parte con ellos el ma­
gisterio eclesiástico, aunque no pueda darse a sus obras
la autoridad que el peso y poso de los siglos les ha re co ­
nocido a aquéllos. Con razón, sin embargo, le denom inó
VIenéndez y Pelayo «último Padre de la Iglesia española»,
en atención a los méritos que su vida y sus obras le gran­
jearon.
P oco le quedaba ya que decir de su cosecha a la altura
en que se encontraba en su tiempo la explicación del d o g ­
ma y el comentario de las Sagradas Escrituras. Por eso se
dedica con todo ahinco a la contem plación de éstas y a
revolver las páginas de los que más se han distinguido en
el cam po de la Iglesia. Cuatro fueron los maestros que
más le cautivaron y cuyos pergaminos ojeaba con más an­
siedad y ca riñ o: San Agustín, San Gregorio, San Bernardo
y Santo T om ás de A quino. Las citas de estas atalavas del
pensamiento católico se entreveran con las de la Escritu­
r a ; v la afición con que los consultaba v estudiaba corría
parejas con su afición a los sagrados libros. Y así p o d e ­
mos ver en las citas y en el espíritu de sus obras un hálito
de estos proceres doctores de la Iglesia: aauel amor en­
cendido y amplitud de miras y criterio del Aguila de Hi-
pona, la suavidad v unción del melifluo San Bernardo, el
orden y solidez del A ngélico Doctor, etc. H ov que la im­
prenta ha llegado a su apogeo y tenemos a disposición tal
abundancia de obras, tal variedad, concordancias, citas,
juicios, nos maravilla cóm o en aquellos tiempos de man­
tillas, en que por necesidad tenían que escasear, a más de
no tener las ventajosas cualidades aun materiales que tie­
nen las de nuestros días, nos maravilla, repetimos, có m o
podían llegar a un dom inio tan asom broso de las ciencias,
así eclesiásticas com o p rofan a s; y en el caso concreto,
cóm o logró Santo Tom ás de Villanueva llegar a familia­
rizarse con los principales escritores eclesiásticos. Porque
para tener esa familiaridad, esa Kolgura y desem barazo en
sus citas y alusiones, se necesitan muchas horas consumi­
das en trato asiduo con sus obras, prolongadas e intensas
vigilias robadas al necesario reposo. No es posible de otra
suerte, dado el ajetreo que fué típico de su vida desde que,
terminado el noviciado y apenas celebrada su primera misa,
110 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

com enzaron a lloverle ocupaciones de pulpito, con feso­


nario, cargos en la Corporación, etc.
E l TEOLOGO.'—No escribió Santo Tom ás de Villanueva
ninguna obra de teología, ni es necesario para escalar las
cumbres de ese magisterio dejar condensados y ordenados
los conocim ientos que se atesoran. A lo largo de las obras
del Santo se descubre y deslinda cabalmente un teólogo
consum ado: no son vagos vestigios o huellas indecisas aue
nos suministren elementos para rastrearlo. Cuando se ha lle­
gado a dominar la teología y a asimilar sus principios y a en­
cajar sus consecuencias, saltan los destellos de su aplicación
lo mismo en una lección dogmática de aula universitaria que
en la sencilla homilía al pueblo ignorante. ¡C o n qué seguri­
dad y lim pidez fluyen las palabras en sus conciones cuando
se atraviesa un punto dogm ático o se topa con un problema
m ora l! En su vida también surgían m om entos espinosos y
circunstancias que exigían un tacto y prudencia esp ecia l;
no era sólo el recurso a la oración, que él consideraba el
arma más poderosa ; su despejada inteligencia, tan diligen­
temente cultivada, y la serenidad y aplom o de su criterio
Drudente y ponderado, contribuían en parte principal a so­
lucionar espinosos trances. Bien nos demuestran esa seguri­
dad v consejo, pasando por alto tantas cosas imaginables
en tal su;eto. el aprecio y estima que de ellos hacía el em­
perador Carlos V y la confianza con que a él acudía com o
a un oráculo, teniéndose Dor más seguro y tranquilo con la
sola respuesta del humilde agustino que con las de otros
muchos muy doctos y sabios.
Casos particulares y concretos en sus obras, com o arriba
insinuamos, los encontraríamos a gran el; aunque no en su
forma escolástica y sentando plaza de explicación didác­
tica. brotan aauí y allá esas manifestaciones de un dominio
cabal de la teología. Por ejemülo, cuando le sale al paso
hablar de la dificultad o imposibilidad d e saber con certeza
el estado de gracia 85. breve y concisam ente va al fondo de
la cuestión v aduce los testimonios de la Escritura y auto­
ridad, pasándolos por el tamiz del discurso, para luego lle­
gar a las conclusiones y aplicaciones prácticas, que es a
donde encamina él siempre el laborioso esfuerzo de las
disnuisiciones. tanto dogmáticas com o escriturísticas.
Si se interpone un problema de moral, adelantándose a
los tiempos m odernos, nos describe circunstancias y situa­
ciones ou e encoadrarían magníficamente en el torbellino
de vil mercantilismo que ha dado por tierra estrepitosa­
mente con las más elementales bases de moralidad. Son
dignas de atención y estudio las conciones en que trata de
ss Martes después del domingo 1.° de Cuaresma, conc. 1.
CONCIONES 111

cada uno d e los preceptos del D ecálogo. Las numerosas en


que se desarrolla el séptimo contiene interesantísimas cues­
tiones, y dilucídanse allí problemas com o el del m onopolio,
que nos hace situarnos en la ép oca actual asistiendo a los
bajos m anejos de poderosísimos «trust» para acapararse ei
comercio y m onopolizar las riquezas sin reparar en licitud
o ilicitud de m edios a ello conducentes. Condena, por otra
parte, con energía el tráfico que se hace o puede hacerse
aun con las materias más elementales y necesarias a la
vida, la venta abusivamente escandalosa de víveres. En op i­
nión del Santo, los tales, los que se aprovechan d e las cir­
cunstancias, los que explotan inicuamente las necesidades
más perentorias y vitales, los que trafican y especulan con
el hambre y la desnudez del indigente, son más perversos
que si se dedicaran al latrocinio por montes y caminos, y
merecen un castigo más tremendo que si practicaran el robo
públicamente 86. Con qué regusto, diríamos nosotros, que no
tenemos las entrañas de caridad evangélica del Santo, con
qué regusto, añade un p oco más adelante com o contraste :
«Un juicio suave y de gran mansedumbre se hará a los p o ­
bres y pequeñuelos ; en cam bio, un juicio con todo rigor y
castigo amenaza a los ricos y poderosos» 87. Recta manera
de proceder de la justicia divina para equilibrar las arbitra­
riedades de la injusticia humana, que hace a los pobres el
blanco d e todas las exigencias y castigos, mientras los bur­
lan aquéllos con sus riquezas y recom endaciones.
L a RIQUEZA.— No puede menos de jugar un papel im por­
tante en las obras del Santo com o contraposición a la p o ­
breza voluntaria que com o religioso llevó hasta el extremo
que con ocem os, com o lujo que da en cara al necesitado con
las terribles consecuencias de su miseria y, sublimando el
significado y concepto, com o prenda segura y com pensa­
dora de los trabajos e infortunios, de los sufrimientos y per-
nalidades, d e la abnegación y mortificación, que nos pun­
zan forzosamente en este mísero destierro o que voluntaria­
mente abrazamos por Cristo. En todos estos conceptos sa­
len a relucir aquí y allá los lamentos d e las privaciones que
han de aguantar los pobres, de la despreocupación d e los
verdaderos y auténticos bienes que el cristiano ha de ambi­
cionar 8S, del excesivo afán con que los mundanos se fati­
gan y desviven por estas miserables y efímeras riquezas 89,
del rubor y vergüenza que debería cubrir nuestro rostro ante
el abandono e indiferencia con que nos portamos estando

86 Lunes después del dom ingo 4.° de Cuaresma, conc. 2, n. 13.


87 Ib., n. 18.
88 Domingo de Quincuagésima, conc. 3.
89 Fiesta de Santa Catalina, conc. 1. n. 3 y 4 ; conc. 2, n. 3; y
en otros m uchos pasajes que no es posible enumerar.
SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

convencidos de que no están aquí nuestros tesoros. ¡ Cómo


se extiende el Santo en la consideración de las verdaderas
riquezas, las únicas que han de perseverar, las únicas que
no podem os perder, las únicas que tienen verdadero valor
y pueden llenar o satisfacer el corazón, a diferencia de estas
aparentes y fantasmagóricas, que sólo fascinan los sentidos,
turban la imaginación y nos arrastran en pos d e sí para
burlar al fin nuestra am bición y sed insaciable ! Pone de­
lante también y pondera los sudores y fatigas que Kan
arrostrado los justos, las mortificaciones y penitencias que
se han impuesto, los peligros y terribles luchas que han so­
portado, la horrible atrocidad d e martirios a que se vieron
sujetos, con la vista y el pensamiento fijos en la posesión de
las eternas riquezas, con la esperanza d e las promesas que
tiene Dios hechas a los vencedores. Y com o contraste,
nuestro egoísmo inconfesable, nuestra m ezquindad cicatera
con el S eñ or: por nada que hacem os, por una pequeña
renuncia, por una insignificante m ortificación de los sen­
tidos o de la voluntad, por haber disim ulado una pequeña
ofensa de nuestro hermano, por un ayuno o una vigilia, ya
nos parece haber roto los diques de la generosidad y tener
almacenados innumerables tesoros en los eternos graneros.
N o con ocem os ni sabem os valorar las eternas riquezas,
no sabemos apreciar lo subido de sus quilates, al querer
equiparar con ellas la tacañería de nuestras obras. A sí co­
mo, por el contrario, apreciamos desmesuradamente estos
bienes d e aquí bajo, les damos una fantástica categoría,
porque deslumbran nuestros sentidos y nos dejam os enga­
ñar por su brillo falaz e ilusorio. ¡ Con qué facilidad renun­
ciam os a la herencia celestial por unas monedas, por un
puñado d e oro ! ¡ Cuán difícilmente, en cam bio, renuncia­
mos a nuestras ganancias y utilidades, o dejam os que nues­
tra fortuna sufra m enoscabo aun frente a supremos intere­
ses ! Y a se ve que desconocem os el lugar que han de ocu­
par en nuestra estimación, que las juzgam os indispensables
en nuestra vida, que ignoramos plenamente la ^excelencia
de la pobreza evangélica, que es el reverso de la medalla:
el despego de las cosas de este m undo, la renuncia a las
riquezas y bienestar que ellas proporcionan, el menosprecio
de los halagos que con su posesión nos brindan. Y , final­
mente, aparece con evidencia palmaria que nos hemos ol­
vidado del único camino que Cristo nos trazó ; que el con ­
junto de las bienaventuranzas se abre con la de los pobres
de espíritu, y, finalmente, que el aliciente más poderoso,
el del ejem plo, lo tenemos claro y d efin id o: Cristo pobre,
nace de madre pobre, tiene una casa pobre, no tiene ni
donde reclinar su cabeza, si no es en el desnudo leño de
CONCIONES 113

la cruz ao. i Y pretendem os nosotros subir por otro cami­


no, más aún, por el camino opuesto, al reino de los cielos?
Los PECADORES.— Cristo, com o Maestro soberano, dió
público y solemne testimonio del objeto primario de la pre­
dicación evangélica: N o son los justos, sino los pecadores,
a los que he venido y o a llamar a penitencia 91. Aunque
también los justos necesiten el rocío celestial de la gracia
para mantenerse y crecer en esa justicia, y sea la palabra d i­
vina com o el vehículo que a ella nos lleva y nos abre sus
puertas despertando nuestros entusiasmos y estimulando los
buenos deseos, sin em bargo, com o en la parábola del pas­
tor que deja las noventa y nueve ovejas para ir en busca de
la única descarriada, forman los pecadores el centro adon ­
de convergen las actividades apostólicas del cristianismo,
com o si fueran ellos el objeto predilecto de las divinas mira­
das y atenciones, porque los justos están ya dentro del va­
llado del divino redil y en la com unión del Cuerpo místico,
cuya cabeza es Cristo. De suerte que reconvenciones áspe­
ras y duros anatemas, consejos y exhortaciones, invitacio­
nes insinuantes y llamamientos amorosos, tienden primor­
dialmente, a veces directamente, con disimulados rodeos
otras, a hacer reconocer su miserable estado a los que se
hallan apartados de Dios y a tornarles al seno beatífico de
la gracia, arrancándoles a la aborrecible esclavitud del p e ­
cado.
Y a hemos visto en la práctica cuán al profundo le lle­
gaban a T om ás de Villanueva las miserias del pecador y
cóm o le dolía su lamentable estado, no perdonándose sa­
crificio alguno para arrebatar almas al dem onio y volvérselas
a Cristo com o a su legítimo dueño, pues que con su sangre
las había rescatado. Estos mismos sentimientos son los que
palpitan en sus conciones y llenan su ampliQ contenido ;
claro está que en m edio de ellas saltan unas veces exhorta­
ciones encendidas a los justos y almas santas para que se
santifiquen más, elogios encom iásticos a los mártires y a los
santos por sus heroicas gestas, mil parabienes y alabanzas
a Cristo Señor nuestro y a su santísima Madre, considerán­
dolos en el pináculo de la gloria y derramando a manos lle­
nas sus bendiciones. Pero aun en m edio de esos sentimien­
tos es el pecador el objeto final, pues que se explaya así
Para inspirarle confianza o para descorrerle el velo que le
encubre la hermosura de la virtud y le tiene aprisionado
entre las mallas del pecado. ¿Cuál es. en efecto, su pesa­
dilla sino el ansia desbocada y la facilidad con que se lan­
zan los mundanos en pos de sus deslumbradores ensueños,

110 Fiesta de Todos los Santos, conc. 2.


91 Le. 5,32.
114 Sa n t o t o m a s de v il l a n u e v a

que les llevan miserablemente a la perdición y a Ja muerte


del alma ? «Si quisiéremos considerar con ojos claros, com o
desde elevada atalaya, los errores d e los hijos de A dán, un
profundo dolor se apoderará de nosotros y apenas podre­
mos contener las lágrimas ante ceguera tan digna de com ­
pasión. ¿ Quién puede dejar d e dolerse al ver una muche­
dumbre tan inmensa correr en pos de su perdición y su
muerte con un esfuerzo, fatiga y ansia agotadores?» 92 ¡C ó ­
m o le atormenta al Santo la negligencia y despreocupación
del pecador por la recuperación de la gracia ! ¡ Con qué ve­
hemencia y afecto trata de pintarle al vivo su situación, el
lamentable estado de su alma, para que se apresure a salir
de él, a acercarse a la confesión y recibir el baño de la san­
gre purificadora de Cristo ! 93 ¡E s tan desolador el desastre
que el p ecado causa en el alma y tan excelentes y precia­
dos los tesoros de que el pecador se priva... !
Y así se recrea, com o si dijéram os, en describir en otros
lugares, con vivo colorido y animado acento, la necedad
de los mortales que tratan de saciar la sed d e su alma in­
mortal en las fétidas y corrompidas aguas de este m u n d o ;
com o aquella Samaritana, sím bolo o imagen del alma peca­
dora y mundana, que, seca y muerta de sed, con la hidria
sin fondo de su concupiscencia desciende al p ozo de este
siglo para extraer de las criaturas el agua del deleite que
pueda calmar y saciar su s e d : ésta es la ocupación y el an­
helo de todos los mundanos, a esto se encaminan y encau­
zan sus ansiedades y esfuerzos. Pero com o ignoran que
no puede el agua de este mar salobre calmar la sed ni ex­
tinguirla, sino que, por el contrario, la provoca e inflama
más, quiere el Santo y los exhorta a buscar el agua verda­
dera, el agua limpidísima, clarísima, dulcísima y saludabilí­
sima de la gracia, que m enospreciaron neciamente para fa­
bricarse las cisternas resquebrajadas que no pueden con­
tener sino el agua turbia, pútrida, mortífera y envenenada
Amargor acibarado es lo único que queda del placer de la
sensualidad ; no existe realmente placer en el p ecado sino
en el ansia y deseo del que lo busca y cree, engañado, en­
contrarlo a llí; com o el perro que al roer un hueso mondo
y lirondo, sin jugo ni sustancia, juzga co m o tales a la san­
gre que la dureza hace saltar d e su propia b oca 95.
La antítesis del pecador que corre desalado tras los va­
nos y fementidos placeres que ofrece el m undo, nos la re­
presenta el Santo personificada en tantos justos que han
_ _ _ _ _ ‘f
92 Fiesta de los santos mártires Quirico y Julita. n. 1.
Domingo 4.° de Adviento, conc. 5. n. 5 y 6. Véanse también
las otras conciones de ese mismo domingo.
94 Viernes después del dom ingo 3.° de Cuaresma, conc. 3. n. 2-
95 Lunes después del dom ingo 4.° de Cuaresma, conc. 2. n. 10-
CONCIONES 115

comprendido la vaciedad caduca y efímera de todos esos


imaginarios deleites, se han dado al ejercicio y práctica de
las virtudes sólidas, tan ásperas y dificultosas en la aparien­
cia, pero en la realidad tan llenas y com pensadoras. El jus­
to sabe que no se encuentra Cristo en el bullicio del mun­
do. que no puede saciar su sed sino en la soledad, com o
]e halló solo la Samaritana junto al p ozo ; que es una ne­
cedad andar m endigando de las criaturas unas miserables
gotas de deleitable consuelo, solicitándonos Cristo para que
le dejemos abrir en m edio de nuestro corazón ríos torren­
ciales de maravillosa dulzura y suavidad 96. A h í tenemos
como prototipo a ese penitente infantil que alumbrado del
Espíritu Santo ha abandonado la casa paterna para dis­
ponerse a ser digno preparador d e los caminos de su Señor.
¿Qué regla de vida es la suya? ¿Q u é hacía allí solo junto
a las orillas del Jordán o en el árido desierto? ¿Q uién !e
había llevado allí? ¿Q u é alimento, qué vestido, qué m éto­
do de vida, qué lecho, qué casa tenía en aquel despoblado ?
¿ Por qué atormenta así el cuerpo con esas estrecheces y
ese burdo paño d e piel que le cubre ? 97 Es la preparación
para su oficio, es una lección práctica e inolvidable: com o
el Hijo del hom bre fundamentalmente había venido para
redimir al m undo, para reconciliar con su Padre celestial a
los que por el pecado habían desertado del divino redil, así
su Precursor le precede arrejacando el inculto desierto y
yermo cam po de este siglo con el azadón de su palabra,
y predisponiendo, con el ejem plo de su vida y Ja palabra
de su predicación, a este mundo carnal y entregado a los
placeres, para una vida espiritual y celestial. Q ue, en resu­
midas cuentas, dijo luego el Salvador, no son los sanos los
que necesitan del m édico, ni vino El a llamar a penitencia
a los justos, sino a los pecadores ; y sabemos que el signifi­
cado propio d e la penitencia en este lugar es el d e cam bio
de vida, arrepentimiento, mutación de la manera de ser.
Manantial fecundo e inagotable, si pretendiéramos sacarle
todo el partido, encontraríamos aquí com o en otras ma­
terias.
Sin T R A B A S . — Ni se vaya a creer que Tom ás de Villa-
nueva se escuda tras la pantalla del pecador en general,
quedándose a m edio cam ino en la fustigación del p eca do
y en los reproches que le m erecen los perpetradores del
mismo. Y a lo hemos dicho y no nos pesa el repetirlo: tenía
él enfilada la salvación de las almas, y, corno su Santo Pa­
dre, se movía impulsado solamente por el bien de ellas, sin
tener, por una parte, aceptación de personas ni arredrarle,

Viernes después del dom ingo 3.° de Cuaresma, conc. 3 . n. 3.


,r Fiesta d e S a n J u a n B a u t i s t a , c o n c . 1. n . 7.
116 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

por otra, las ampollas que pudieran levantar sus cauterios.


La prudencia es una virtud cardinal, pero no carn al; y los
santos suelen gobernar su vida y sus obras conform e a sus
dictados ; pero no la confunden con esta otra, de la cual
dijo San Pablo que era una muerte 98; guardarán todos los
respetos y consideraciones debidas, pero, cuando sea pre­
ciso hablar, cuando la salud de las almas lo requiera, no
claudicarán cobardem ente por vanos temores o serviles
adulaciones. Uno d e los blancos en que, sin darse cuenta o
a sabiendas, más suele errar el tiro en esta materia, es la
autoridad: o se la reverencia por Dios, com o manda San
Pablo, o se la teme por respeto humano, y así de ordinario
suele esquivarse el hablar de ella o censurar y reprender los
defectos d e sus representantes, que, com o hombres, difí­
cilmente se ven libres de ellos.
No era Tom ás de Villanueva de los blandengues ni ti­
moratos. La caridad tsnía en su p ech o un altar, pero no
podía ser ella una tapadera del disimulo o cob a rd ía : la ver­
dad ocupaba siempre su lugar. Y así, ni la presencia del
emperador, su asiduo oyente, era obstáculo para salir por
sus fueros ; incluso llegó a dirigirse a él para poner de ma­
nifiesto algunos vicios o abusos com etidos o que podrían
cometerse por los representantes d e su autoridad. Es edifi­
cante y consolador el espectáculo de un humilde fraile pre­
dicando ante todo un Carlos V con la misma independien­
te espontaneidad con que podría hacerlo a un retirado con­
vento de monjas de clausura, y que no tenga el menor re­
paro en llamar las cosas por sus nombres y asestar duros
golpes a quien se ponga a tiro.
H em os hablado ya de las duras acusaciones y vigorosos
reproches con que se enfrentaba lo mismo con los religiosos
mundanos v sacerdotes aseglarados que con las más altas
jerarquías de la Iglesia. No es fácil discernir si, en general,
las costumbres de hoy son más morigeradas y el nivel de
vida espiritual más levantado ; la época en que se vive y el
m edio ambiente es un agente decisivo para poder enfocar
con probabilidad de acierto cuestiones o problemas que
fuera d e aquéllos no es fácil calibrar. L o que sí es evidente
es la acusada personalidad de predicadores com o T o m a s
de Villanueva, que no se en coge ni amilana, y que, cuando
es preciso, cuando la gravedad d e las circunstancias lo exi­
ge, no tiene reparo en llamar a residencia a los mismos
obispos y largarles una serie de lindezas que a nosotros,
hechos a los desgarros modernos, nos impresionan fuerte'
mente. Y ó jamás creo haber escuchado varapalos ta n des­
piadados ni críticas tan aceradas com o las dej Santo a lo®
pastores de la grey del Señor, obispos y sacerdotes, cuy0
o» R om . 8,6.
CONCIONES 117

oficio es cuidar, atender, guardar, etc., las ovejas que el


Señor les ha encom endado, las almas. A propósito de los
pastores que mantenían sus turnos de vigilancia sobre sus
rebaños en la noche que nos nació todo bien, y proponien­
do cóm o los pastores de almas deben mantener su vigilan­
cia y acudir a Cristo y a la santa Escritura para poder bus­
carles alimento y doctrina, tornando pronto otra vez a las
mismas, exclama con el corazón partido de p e n a : « ¡ Oh
dolor ! Pues no es esto lo que su ced e: todos tienen una vi­
gilancia especial sobre las primicias y rentas, y su último
cuidado es para los ovejas ; de los pastores, unos moran
en la corte d e los príncipes, otros se inmiscuyen en n ego­
cios seculares, otros se entregan a los pasatiempos y a la
caza, hay quien encamina sus pasos a R om a para procu­
rarse nuevas dignidades y dejan que el rebaño de Cristo sea
despojado, maltratado y dispersado por manos mercena­
rias; entregan a los lobos el cuidado de sus ovejas... ¿D ó n ­
de se encuentra hov un obispo celebrado por sus milagr s
ilustre p o r su santidad, fervoroso de espíritu, escudriñadc.-
de las Escrituras, radiante de doctrina, explorador de los te­
soros celestiales, menospreciador de las temporales rique­
zas?... ¡ A y ! C om o el pueblo, así será el sacerdote 93 ; aún
más, lo cual d eb e ser llorado con lágrimas de sangre: a v e ­
ces es el sacerdote el último del pueblo por su vida y co s­
tumbres... El prelado eclesiástico, que debía resplandecer
por sus virtudes y sabiduría, brilla por el p r o v la seda, y el
atavío em bellecedor de las almas se ha trocado en afeites V
aderezos del cuerpo. Y a no se rige la Iglesia por los m éri­
tos, sino por el favoritismo, y no se busca para cuidado del
rebaño a un pastor sabio, sino p od eroso; no al intachable
sino al rico, y más a quien con su poder soiuzgue al pueblo
de Dios aue al que le edifique con su vida v le adoctrine
con su sabiduría» 10°. Y no se crea un exabrupto o d esa h o­
go de predicador a m argado; cumplimiento del deber lo
considera, y así lo d ice expresamente a continuación: «No
sov vo el encargado de proveer en esta materia, co m o lo
soy de predicarla». ¿Q u é estorbos se le han de poner d e ­
lante a un alma de ests temple cuando lo juzga obligación
de conciencia ?
No será contado él en m odo alguno entre los predica­
dores que por falsa prudencia silencian los abusos o hala­
ban a los que los com eten ; no será él de los canes que ha
dado el Señor a los pastores para que vigilen el re Dañe y
con sus ladridos los despierten si acaso se duermen : ése es
e! oficio de los predicadores, ésa es su sagrada obligación;
Pero ha llegado ya a tales términos la perversión, que «se
‘jo jg 24 2.
100 Natividad del Señor, conc. 1. n. 12.
118 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

han confabulado los pastores y los perros; han llega ío a


un acuerdo, no precisamente contra los lobos, sino conjra
las ovejas que debían guardar: los pastores devastan los re­
baños, y los perros simulan estar dorm idos para alimentarse
con la leche de las ovejas» 101. Y es para levantar ronchas
en el alma las recriminaciones que a continuación les lanza
y las amenazas de las responsabilidades que les exigir-á el
Señor: « ¡O h pastores, oh mastines! L obos sois vosotros y
no mastines. ¿A s í apacentáis a las ovejas, así las defendéis 5
¡O h , qué cuenta tenéis que dar al Pastor supremo en el tre­
m endo juicio ! Pues que ciertamente no podréis satisfacer
al Señor de las ovejas con mostrarle la piel, ya aue no p o­
déis engañar al Señor del rebaño ; sabe bien El quién ha
com ido la oveja. Si ésta ha desaparecido, no sat'sfaréis por
ella con su piel, sino con la propia vuestra: daréis piel por
p ie l; no recibirá Dios la limosna sacada d e la piel, que ha­
béis arrebatado a las ovejas, porque le ofrezcáis templos e
iglesias. Bien está eso, pero no basta dar al Señor la piel
en lugar de la oveja perdida ; daréis vuestra, alma por su
alma, y el ojo por el ojo, y la mano por la mano, y una des­
garradura por otra desgarradura» 102. Quien no conozca las
entrañas de caridad de Tom ás de Villanueva podría figu­
rarse que está ensañándose en su víctima y recargando la
mano con m orboso regodeo, porque aun continúa con la
simulación terrible de una vergonzosa tregua: «En otros
tiempos los dem onios tendían asechanzas y molestaban a
los pastores ; pero va no suelen inquietar a los pastores de
nuestra edad. H ablóles el dem onio y les d ijo : «H agam os
una alianza. ¿ Por qué ha de haber pendencias entre nos­
otros?» Contéstanle los obispos y prelados: «Está bien, há­
gase el pacto com o d eseas; ¿ aué quieres tú ?» «Y o quiero
las almas», dice el d em on ’o. «Y o no quiero almas, replica
el obispo, sino dinero». Concluye el d em on io: «Convenido,
¿ Por qué hemos de reñir en adelante ? Dame la oveja, y
toma la o v e ia : dame a mí las almas, y quédate tú con lo
demás» los. Y termina el Santo casi con un desafío: «M os­
tradme hoy pastores que busquen las ovejas y no las ren­
tas, y me callaré» 3‘’4.
Quizá nos hayamos detenido más de la cuenta ; pero
queríamos poner de relieve hasta dónde llega la personali­
dad del fraile agustino v exponer una lección de verdadera
libertad y claridad. Es fácil predicar al montón, despotricar
contra el público inn om in ad o: pero para enfrentarse con
la categoría de personas con que lo hace el Santo, se nece-

ioi Domingo 2." después de pascua, conc. 2, n. 3.


i"= Tb.
i"3 Ib., n. 4.
im Ib.
CONCIONES 119

áita, a más de la existencia de lo reprobado, la firmeza de


todo un carácter, el desprendimiento de humanos respe­
tos y el deseo eficaz de cooperar a la obra d e Cristo ; sería
de ánimos ruines y pechos innobles recrearse en la descrip­
ción desnuda d e tantas lacras y miserias. Ni se avenía con
la generosidad d e su espíritu semejante bajura d e intencio­
nes : la corrección de las costumbres, la contribución con
su grano de arena, casi montaña, a mejorarlas ; el abrir los
ojos a los engañados y despertar a los dorm idos, era el úni­
co móvil de sus amonestaciones, de esa insistencia, al pare­
cer m achacona, con . que saca a plaza pública los defectos
y abusos de personas constituidas en tal dignidad. Porque,
ya creo haberlo dicho, son muchas las veces en que hace
referencia y reprende abiertamente a los eclesiásticos, altos
y bajos, religiosos, sacerdotes, obispos ; sabía él muy bien
que la enmienda de uno solo d e éstos es una importante
victoria arrebatada al enemigo. Y por eso le veremos luego,
siendo ya arzobispo, con qué diligencia y a costa de qué
sacrificios procura ir arrancando del despotism o del vicio
uno a une a sus clérigos.
DEVOCIÓN PERSONAL.— Es una de las características más
acusadas de las conciones. La ternura de su alma com enzó
a manifestarse desde su infancia: las miserias materiales
de los pobres traspasaban de pena y com pasión aquel su
emotivo corazón y delicadas entrañas; y culminó, exter­
namente, en los extremos de afectuosa simpatía con que,
siendo ya arzobispo, acudía a remediar las necesidades a je­
nas. No es precisamente señal inequívoca d e santidad la
emoción del corazón y lágrimas de los ojos que acompañan
a los justos en su trato con D ios: el carácter y tempera­
mento son quizá los más poderosos auxiliares de aquéllas ;
asi com o, por el contrario, una corteza austera e híspida,
una severa sequedad y fría apariencia, pueden albergar un
corazón abrasado en amor de Dios. Pero cuando se juntan
ambos extremos, un corazón inflamado y un exterior blan­
do y emotivo, ¡ cóm o se descubre un reflejo de la bondad
soberana de nuestro Padre celestial!
Las obras todas de Tom ás de Villanueva nos revelan un
corazón tierno, unas entrañas paternales. A un en las tre­
mendas acusaciones con que increpa y amenaza flota siem­
pre en e} ambiente la caridad y la suavidad del espíritu
°l.ue las inspira. ¡ C óm o podrían recordarnos la escena trá­
gica en que, tras las palabras fulminantes con que procura
rribar la soberbia y sensualidad del clérigo protervo, sí-
Suense los latig azos despiadados que desgarran sus inocen-
es carnes, entremezclados con la unción de fervientes afée­
os dirigidos al cielo en favor de aquel alma descarriada, y
errn'nan con el abrazo paternal al arrepentido pródigo,
120 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

que no ha podido resistir tamañas -demostraciones -de amor


y ternura ! Es la perenne y cautivadora austeridad de los
santos, crueles y severos consigo mismos, con los retozos de
su c u e r p o ; rigurosos e im placables contra sus mínimas
rebeliones, benignos e indulgentes con los mayores extra­
víos del pecador.
Ese es también el panorama que nos ofrecen las con­
ciones de Santo Tom ás de Villanueva, o mejor, son como
la encarnación y reflejo de esa vida pletórica. Por eso, al
lado de la arrebatada viveza con que se dirige a los peca­
dores y les pone delante y afea sus «vicios para tornarles
al buen cam ino, encontramos constantemente las palpita­
ciones de un corazón abrasado de amor y los destellos y
desbordam ientos de sus imponentes oleadas. T o d o está
allí nivelado en constante desorden y maravillosa armonía
a la vez, porque habla el corazón al com pás de los afec­
tos que lo sacuden, y ya expone con claridad un punto
doctrinal, ya se encara con el pecador que osa conculcar
la ley del Señor, ya m onologa extasiado ante las maravillas
de la gracia y la bondad divinas, ya da mil plácem es y para­
bienes a los que han hollado los humanos respetos y se han
encum brado sobre las miserias humanas, ya se enciende
su espíritu e inflama bajo el influjo del aleteo d e divinos
efluvios que le embriagan, desatándose su lengua en ínti­
mos coloquios o aspiraciones que semejan salidas al con­
juro mágico de contactos divinales.
Es difícil, por no decir im posible, recorrer esa gama de
tan vivo y animado colorido, aunque podríamos citar pa­
sajes en que realmente nos quedam os sorprendidos ante
el abundoso e inexhausto fervor de arrebatados vuelos mís­
ticos. Por recordar sólo algunos, y quizá no los más impor­
tantes, ya que hay cam po tan anchuroso en que espigar,
acudiríamos a las conciones de la Natividad del Señor, en
que se siente com o anonadado ante la presencia de un Dios
hecho niño y soportando las incom odidades que condicio­
naron su nacimiento, y prorrumpe en exclam aciones de ad­
miración y gratitud, tom ando también m otivo, com o es na­
tural, para digresiones parenéticas tan del caso. Brotan es­
pontáneas y fervorosas Jas salutaciones a la Santísima Vir­
gen en la fiesta de la Resurrección, que, si para todos los
hombres es nuncio de alegría, tiene que serlo sobre todo pa­
ra aquella que con incomparable rigor había soportado los
golpes de la pasión de su H ijo. Si ocurre en el evangelio
del día tratar de la caridad, d e ese amor que Dios nos ha
tenido, v que reclama correspondencia, se explaya con tal
amplitud, desem barazo e intimidad, com o quien vive in­
CONCIONES 121

tensamente sus misteriosas y confidenciales intimidades 10'’ .


¡ Qué reflexiones y paráfrasis tan tiernas y emotivas le su­
gieren las festividades de Pentecostés, de la Santísima Tri­
nidad, del Corpus Christi, y cóm o procura exponer y valo­
rar los tesoros que en tales misterios se encierran! ¿Q u é
diremos también del entusiasmo exaltado con que ensalza
la vida, virtudes, hechos y circunstancias de los santos, por
ejemplo, de San Juan Bautista, San Agustín, San Ildefon­
so de T oled o, e tc .? ¡C ó m o se ve que se hace solidario de
sus gestas heroicas, que no le dejan impasible y com o si
nada tuvieran que ver con él, que se asocia a sus luchas
y a sus triunfos! Sólo recorriendo sus páginas puede ca p ­
tarse una idea d e su contenido fecundo. Punto aparte m e­
recen por su sublime calidad las conciones que forman o b ­
jeto especial de este volumen, aunque nos consideremos
francamente impotentes para llevar a cabo la empresa, que
trataremos de esbozar al terminar estos comentarios.
PUNTO f in a l .— No quisiéramos para ponerlo repetir con ­
ceptos ya tocados o explayados ; pero sí hemos de decir
que se podría continuar casi indefinidamente el análisis y
comentario de tan extenso y variado contenido com o abar­
can las co n c io n e s ; es inmenso el material propio y ajeno
que a lo largo de las mismas se acumula. Decim os propio
y aieno queriendo hacer relación sobre todo al caudal to­
mado de la Sagrada Escritura y Santos Padres, que forma,
como si dijéramos, el substratum o la materia prima, y a la
elaboración, desarrollo y acom odación a que lo somete
la mano experta del Santo. En lo cual es digno de tenerse
en cuenta una diferencia notable entre las conciones de
los santos y las conciones propias del tiempo, com o ya d i­
urnos antes. Se destaca más en aquéllas la obra personal:
la vida del santo, virtudes que la acompañan y hechos que
la aureolan, junto con la ejemplaridad que entrañan por es­
tar tan cerca d e nosotros y por la com unicación de natura­
leza. dan pie para moverse con más libertad y desem bara­
zo, bien sea en el panegírico, bien en el comentario y apli­
caciones ; y así, sin pretenderlo, se hace resaltar la obra
Personal: cam pea la viveza y soltura del predicador, com o
libre de obstáculos que le retraigan o dificulten el caminar
expedito. Y la variedad, por otra parte, de asuntos ofrece
campo espacioso a la imaginación, aue puede más fácil­
mente amenizar el discurso, acom odándose magníficamente
a nuestra impresionabilidad, ganándose así más fácilmente
nuestra atención e interés, que escatimamos más a la tras­
cendencia de un asunto en que gravita cierta aridez. En

. ,or' Domingo 17 d e s p u é s d e P e n t e c o s t é s , tres c o n c io n e s ; v do­


m in g o 12 d esp u és d e P en tecostés.
12 2 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

cam bio, las con ciones propias del tiem po se desenvuelven,


digám oslo así, lentamente, por su gravedad y más hondo
contenido. Los testimonios de la Escritura, que salpican
y tachonan toda la obra del Santo, tienen una importancia
decisiva en estas conciones, que se mueven co m o alrede­
dor de aquéllos.
H em os de notar también que, aunque hayamos citado
com o sobresalientes y dignas de singular estima algunas
conciones, no pueden quedar las otras relegadas a segunda
fila y, por tanto, arrinconadas y condenadas al olvido ; nos
veríamos privados de parte capital y perderíamos la vena
de riquísimos filones. Las conciones de un santo que pu­
diéramos considerar de segunda categoría, las correspon­
dientes a cualquier dom ingo del año o a cualquier día d e la
Cuaresma, se encuentran sembradas d e sabias instrucciones,
de exhortaciones conm ovedoras, de consejos acertados y
oportunos, de insinuantes advertencias, de ardentísimos
afectos; son, en fin, U t i l í s i m a s e importantísimas tanto por el
fondo de su contenido com o por la forma de exposición
y el cálido fervor que las anima. La explicación es obvia:
para el Santo no puede haber diferencia de tiem pos y lu­
gares ; la salud de las almas le interesa y acucia siempre,
y el em peño que pone en conseguirla no puede quedar en­
cerrado en determinados límites ; es para él com o el peso
de San Aerustín. que le arrastra en todo m om ento ; y por
eso un día de fiesta o de diario, en una gran solemnidad
o en la homilía corriente, dan fuertes aldabonazos a la puer­
ta d e su alma los pecadores que se precipitan en el abis­
m o del vicio y las almas de los justos aue se entumecen
en la muerte de la rutina, v se siente obligado a despertar
a todos con el recurso de la predicación, opportune e im­
portune. sabiendo que la gracia de Dios no tiene muros de
contención y está siempre a m erced de las disposiciones
del alma. Es ésta una lección más de la retórica d e Santo
T om á s: com o su única am bición son las almas, doauiera
las encuentra a tiro, derrocha el caudal de su elocuencia v
de su espíritu, teniendo por cierto oue tal es la labor del
sembrador, y que el padre de familias y señor de la here*
dad dará el crecimiento y desarrollo si el terreno está bien
dispuesto, sin miramientos de tiempos ni lugares.
CONCIONES DE l a V i r g e n . — Más que unas advertencias o
introducción superficiales, era necesario un estudio serio
y concienzudo sobre el conjunto de estas conciones con ­
sagradas a las excelencias, privilegios y prerrogativas con
que le plugo al Señor hermosear y enaltecer a la que había
de ser tabernáculo cerrado y fuente sellada en que su uni­
génito H ijo se escondiera para dar principio a la obra de
la redención. Pero la majfnitud y alcance de la e m p r e s a
CONCIONES 123

supera con creces la escasez de las fuerzas con que co n ­


tamos, y con harto dolor d e nuestro corazón nos vemos
forzados a otrecer sin digna presentación esta primera tra­
ducción d e las conciones de ¿anto 1 omás de Villanueva.
Cierto que, por otra parte, nos com pensa el presentarlas
en su salsa: sin la farragosa introducción de páginas y más
páginas que vienen a retener la atención del ¿ector, ansioso
de internarse por el am eno y deleitosísimo bosque del origi­
nal, pero que parece experimenta un remordimiento de co n ­
ciencia si antes no pasa la vista siquiera por las más o m e­
nos acertadas disquisiciones que al prologuista le haya sus­
citado la lectura y consideración de lo que él va a leer. Y
por experiencia propia y ajena sabemos ya m ucho de e s o :
las diatribas o querellas con que hemos protestado d e cier­
tas introducciones que por su prolongación parece se h^in
propuesto anular al original o al m enos relegarlo a un lugar
muy secundario.
M ucho más cuando no se trata d e una obra científica,
que exige orden y consonancia, trabazón y escalonamiento
de ideas, organización y encasillamiento de materiales, sin
los cuales no es posible com prenderla ni asimilarla. A qu í
los pensamientos e ideas, lejos de engarzarse en conjunto
lógico y arm ónico, se encuentran desplegados en magnífica
profusión, siempre supeditados a un pensamiento o inten­
ción básica, y sometidos luego o subordinados a los senti­
mientos que animan al orador y a los efectos que trata de
suscitar o conseguir en los oyentes. Por esto, más que una
introducción m etódica o estudio previo, puesto que la co n ­
catenación d e ideas no se considera indispensable, se n ece­
sita de un índice de materias que ayude a explotar la rique­
za inexhausta de estas conciones, y que me parece que no
va a permitir la premura del tiem po.
De todos m odos, tanto el devoto lector com o el predi­
cador celoso, el que busca pábulo y refrigerio para su al­
ma com o el necesitado de ideas y sentimientos para sus ser­
mones, encontrarán siempre un lím pido y ubérrimo ma­
nantial que sacie colmadamente sus aspiraciones; ni se en­
contrará fácilmente sermonario más fecundo sobre la V ir­
gen, ni lectura tan preñada de tiernos y filiales afectos.
Las alabanzas que en ellas se tributan a la Virgen, las fe-
licitaciones de que se le hacen objeto, corren parejas con
tes excelencias y prerrogativas que la enaltecen, y básanse,
com o es lógico, para que tengan sólido fundamento, en las
gracias y privilegios que de su divina maternidad le dima­
naron ; por eso aquellas solas palabres de la cual nació Je­
sús 1U6> qUe Je sirven de tema para una de las conciones de
la Natividad d e la Virgen, le dan pie para levantarle un
106 Mt. 1,16.
124 SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA

magnífico monumento, llegando a decir que no necesita­


ríamos más elogios ni referencias a la Madre de Dios en to­
das las Escrituras para concluir que en ella se asentaron
todas las grandezas y m ercedes d e que es capaz una pura
criatura. Realmente, hasta no penetrar con calma y sin pre­
vención en ese tupido bosque, no es posible apreciar la fron­
dosidad y frescura de sus encantadores remansos.
Por otra parte, la filial ternura que respira el sagrado
orador, los sentimientos que brotan com o por m ágico im­
pulso de su pluma, la exégesis doctrinal y mística sobre todo
de algunos pasajes evangélicos, la explanación ingeniosa y
devota principalmente del fecundísim o diálogo de la Anun­
ciación, etc., proporcionan regalado recreo a los ojos y
sabrosísimo deleite al paladar. Entregúense a su lectura con
asiduidad los que deseen sentirse un p o co más cabe la Vir­
gen, los que deseen disfrutar las delicias de su suave co n ­
tacto ; sentirán ensanchárseles los senos d e su corazón, di­
latárseles los pliegues del alma y empaparse su espíritu de
dulcísimas em ociones. ¡Nadie puede hablar con más auto­
ridad, convencim iento y contagio que los santos que más
han experimentado los divinos favores y se han allegado y
participado más de esas invisibles com unicaciones que irra­
dian las virginales y maternales entrañas de María. ¡ Qué
diferencia tan grande entre la disertación árida y seca de
un estudio teológico d e manos profanas y la paráfrasis ínti­
ma e impregnada de emotiva delicadeza que fluye de un al­
ma que ha sentido el toque de divinos contactos y albo­
radas !
No queremos exagerar ni dar en panegíricas h ip érboles;
la verdad y la realidad han de cam pear sobre todo en lo
tocante al espíritu; sería la contradicción más absurda tra­
tar d e atraer a la vida de la única realidad permanente, la
del espíritu, y sus relaciones con la misma realidad necesa­
ria, Dios, con especiosos halagos y capciosos trampantojos.
i Para qué ? ¿ Pretendemos acaso potenciar el crédito o lus­
tre corporativo prescindiendo o pasando al menos de largo
intereses superiores y soberanos ? i No ha de estar aquél
siempre subordinado a éstos ? ¿ No sería harto menguada
la gloria y renombre de una corporación si en conseguirla
se consumiesen preciosas energías que podrían derivarse
por cauces más aprovechables? ¡Cuántos talentos se pier
den o gastan estérilmente por el logro de fines particula­
ristas, que, mejor em pleados en la Iglesia de Dios, se hu­
bieran convertido en frutos de bendición, enalteciéndola a
ella y aprovechando a las almas ! Y ¡ cuántas veces el ho­
nor del hábito, la gloria d e la corporación, la deuda de gra­
titud para con ella que hay que saldar, no son más que una
pantalla tras la cual se esconde sutil orgullo o amor pro­
CONCIONES 125

pío! Siempre hemos observado en Santo Tom ás de Villa-


nueva un acendrado amor al hábito y Corporación que le
recibió en su seno ; pero pospuesto siempre también y pre­
parado para emplearse y consumirse, si preciso fuera, en el
servicio y sacrificio por las almas. En m edio de su gratitud
para con la Corporación y ajetreos de su vida de predicación
y arzobispado, aquéllas eran la obsesión de sus atenciones y
la pesadilla de sus oraciones y tareas. Por eso sería trai­
cionar o al menos desvirtuar radicalmente su perenne y vi­
viente memoria pretender encumbrarla desmesuradamente y
tratar de ganarle lectores y admiradores con artificiosos y
ditirámbicos señuelos. Si es verdad que la propaganda y
apología es un arma de buena ley e indispensable para dar
a conocer los verdaderos valores, no lo es menos que la
buena mercancía por sí misma se alaba, y la verdadera vir­
tud y valer no necesita de afectados y aparatosos pregone­
ros de sus quilates.
SERMONES DE LA VIRGEN
E N LA C O N C E P C I O N D E L A
BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA

SERMON I

Admirable es la obra del Excelso (Eccli. 43, 2).

1. Dos cosas encarecen el valor d e una o b r a : la ex­


celencia de la materia y la elegancia d e la forma. Suele
también ponderarse la perfección de una figura realizada
en materia dura y rebelde ; y así es de más valor el escul­
pir un centauro en el duro pedernal que hacerlo en el oro
o la plata. En la Virgen María hemos de considerar, más
que la materia, esto es, su naturaleza, la forma, es decir,
la gracia. N o reparéis, dice, en que soy morena *. Soy hija
de Adán, doncella semejante a otras doncellas, aunque
virgen hermosa de regia estirpe, intacta, pura, sin co n ­
tacto de varón. Pues en el interior está la principal gloria
de ESTA hija del R e y 2, en el alma ; su naturaleza exterior
está formada 3 de barro, vil com o formada de Adán, y de
escasos quilates. Negra soy, dice, pero soy bien parecida;
negra, repite, com o las tiendas de Cedar, esto es, com o las
demás mujeres dét m undo, pero bien parecida, com o los
pabellones de Salomón 4. Llamó pabellones de Salomón a
las virtudes humanas de Cristo, que, si es verdad nadie
puede imitar, no lo es menos que nadie las alcanzó en él
grado de la Virgen. Por consiguiente, puede decirse de
esta ob ra : La materia superaba a la obra *.
A mis caballos, dice, uncidos a las carrozas de Faraón,
tengo yo comparada, amiga mía “. Llama caballería de
Ul°s a sus ángeles, arcángeles, tronos, que son com o el
carro en que El se asienta. Tú que estás sentado sobre los
Querubines 7, dice el Salmista, y rep ite: La carroza de
Utos va acompañada de muchas decenas de millares de

' Cant. 1 ,6.


? Ps. 45,14.
Gen. 2,7.
¿ Cant. 1,5.
, M etamorfosis 2, al principio
7 Ps- 80,2’. '
130 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARIA

tropas, de millones que hacen fiesta; en m edio de ellos


está el Señor 8. El carro de Faraón es la carne y la san­
gre, los hombres depravados, en los cuales tiene su asien­
to Faraón, esto es, el dem onio. Esto es lo maravilloso en
la Virgen, y enaltece en gran manera la sabiduría del
Altísimo el que una hija de A dán , semejante en la natu­
raleza a las otras mujeres, no sólo se asemeja, sino que
aventaja a los espíritus angélicos en pureza, hermosura,
gracia y valor. Maravilla y prodigio en extremo sorpren­
dente : una doncella supera a todos los ángeles por su brillo
y hermosura. Y esto realza aun la excelencia del arte, pues
es más excelente imprimir semejante forma en tan rebelde
naturaleza humana que hacerlo en el oro d e la naturaleza
angélica.
Otra interpretación del testimonio a mis caballos unci­
dos a las carrozas de Faraón te tengo y o comparada, amiga
mía. Es carro d e Faraón la carne desenfrenada, indómita,
en la cual, por sus muchas concupiscencias, es llevado el
demonio ; y carro también de Faraón son los que viven se­
gún sus carnales concupiscencias, en los cuales se asienta
el diablo. La caballería de Dios son los coros angélicos.
Por consiguiente, en las carrozas de Faraón, esto es, en la
carne mortal, i oh V irg e n !, te he hecho semejante a los
hombres mortales y mundanos, en que tiene su asiento el
dem onio, ya que eres semejante a ellos por el cu e r p o ;
pero en la misma humana y frágil naturaleza, repito, que
en muchos es el vehículo del dem onio, te tengo y o com ­
parada, ¡o h Virgen purísim a!, por m edio de la gracia, la
pureza y la inocencia, a mis caballos, esto es. a la natu­
raleza angélica, sobre la cual tengo mi trono. Maravilla es­
tupenda y admirable obra del E xcelso: una doncella, hija
de A dán, es más pura, más hermosa, más excelsa que los
mismos ángeles.
El trono de Salomón era de marfil y oro finísimo, con
seis gradas y dos brazos. H izo también el rey un gran tro­
no de marfil, y le revistió de finísimo oro; asimismo, seis
gradas, por las que se subía al trono, y dos brazos, uno
por cada parte 9. La Virgen es el trono de nuestro pací­
fico Salomón, d e nuestro Señor Jesucristo según la carne ;
la V irgen, digo, que El form ó de marfil y oro finísimo y
limpísimo, porque la creó purísima e inmaculada. Las seis
gradas son las virtudes de todas las jerarquías eclesiásticas
que tuvo en sí, es decir, patriarcas, profetas, apóstoles,
evangelistas, mártires, confesores, vírgenes, anacoretas. V
los dos brazos, la creación y la preservación del pecado. Es­
cultura maravillosa y obra admirable del E xcelso.
s Ib. 68,18.
9 2 Par. 9.17-18.
SERM ÓN 1 131

2. En la fábrica del segundo templo, com o aquella


ca sa apareciese insignificante en com paración de la prime­
ra, consuela Dios al pueblo afligido y a los sacerdotes tris­
tes d icien do: A un falta un p o c o , y y o pondré en m ovi­
miento el cielo y la tierra, el mar y todo el universo. Y
oondré en m ovim iento las gentes todas, p orque « vendrá el
d e s e a d o » de todas las gentes; y henchiré de gloria este terar
pío La gloria de este último tem plo será grande, será ma­
yor que la del primero, y en este lugar daré y o la paz 10.
Eva en el estado de inocencia fué la primera casa, hermo­
sa, inocente, s a b ia ; la Virgen María fué la segunda, hu­
milde y mortal. Pero no os aflijáis, ¡o h p eca d ores!, mayor
será la gloria de este último tem plo que la del primero.
A q u é lla nos mató, ésta nos v iv ificó ; nos trajo aquélla la
muerte, y ésta la vida ; era aquélla una criatura d e Dios,
Madre de Dios és ta ; ruina del m undo aquélla, remedio
del mismo ésta ; aquélla formada sin p ecado de una cos­
tilla, ésta con cebida sin pecado, aunque engendrada por
sus padres.
Y en este tem plo daré y o la paz. N o hubo rebelión ni
alboroto de la sensualidad ni fom es del pecado, porque,
como dice el Salmo, fijó su habitación en la paz ¿D e
qué lugar habla sino del seno virginal? C on cebido pacífi­
camente en el seno, se mantuvo en esa misma paz del
seno.
En la construcción del templo d e Salomón no se oía ni
el ruido del martillo, porque la precisión con que estaban ta­
lladas sus piedras excusaba el uso del mismo. D ice la Escri­
tura : La fábrica de la casa se hizo de piedras labradas,
sin que durante la obra de la casa del Señor se oy ese en
ella ruido de martillo, ni de hacha, ni de ninguna otra he­
rramienta 12 ; y así dice bien el p rofeta : Ha sido hecho
pedazos en ella y desm enuzado el que era martillo de toda
la tierra 13, esto es, de toda la carne ; sobre lo cual dice
el Salmista: Mira que fui con ceb id o en iniquidad y que
mi madre m e concibió en p ecad o 14. Pacíficamente, por
consiguiente, fué con cebido en el seno, com o preludio de
la paz que había de señorear su vida. Pues si no hubiera
carecido del pecado original, no hubiera carecido tam poco
del pecado actual, com o dice San Agustín 15 de Cristo

Ag. 2,6-7.9.
11 Ps. 75,3.
12 3 Reg. 6,7.
1S Ier. 50,23.
14 Ps. 51,7.
Conira Juliano pelagiano, 1. 5, o. 15, n. 57: «Pues ciertamente
rubiera cometido algún pecado de mayor si siendo pequeño lo
rubiera tenido, ya que no ha habido hombre alguno, excepto El,
que no haya cometido pecado creciendo en la edad, porque no
132 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

contra Juliano por estas palabras: «Cierto hubiera com e­


tido p ecado siendo mayor si de pequeño lo hubiera teni­
do ; y por eso, excepto él, no hay hombre alguno que al
llegar a la edad crecida no haya com etido pecado, porque
fuera d e él ninguno se vió libre de p ecado en el comienzo
d e su existencia. Esto mismo parece insinuar el Salmo
cuando d ice: Está Dios en m edio de ella, no será conmo-
'vida16. Y añade a continuación, com o señalando la cau­
sa: La socorrerá Dios desde -el rayar el alba 1‘ . Para
entender lo cual debe notarse que, co m o d ice el profeta, la
edad del hom bre está simbolizada por el día natural; y
así se com puta su nacimiento com o la mañana, la virilidad
com o el m ediodía, la vejez co m o la tarde, y la muerte
com o la puesta del s o l ; y de esta manera el hom bre se va
consum iendo desde la mañana a la tarde. D e la mañana
a la noch e acabarás conm igo 1S. Por consiguiente, la so­
correrá Dios d esd e el rayar el alba; pero no sólo en el ra­
yar el alba del nacimiento, sino también en la alborada de
su con cepción ; y por esto : Está D ios en m edio de su co ­
razón, no será conm ovida. Apártase Dios completamente
d el corazón por el pecado mortal, y se desvía un poco,
aunque sin abandonar el corazón, por el venial. Por con ­
siguiente, no se desviará ni un punto Dios de su corazón
ni aun por el pecado venial. ¿ Por qué ? Porque la soco­
rrerá D ios desde el rayar el alba, preservándola del ori­
ginal.
3. Y no se ha de pensar que es de p oca importancia
para la Virgen el haber sido concebida sin p ecado ; no es
menor esta gloria ni menos singular que el ser madre de
Dios según la carne. ¿ Puede parecem os pequeño descré­
dito de la V irgen afirmar que aun solo p or un momento
fué cautiva del pecado, hija d e perdición, sujeta al dem o­
nio, tocada de la mancha com ú n ? ¿C óm o pudo ella aplas­
tar 19 la cabeza del dem onio, si primero estuvo bajo sus
plantas? No permita Dios en m odo alguno lancem os se­
mejante borrón sobre nuestra gloria.
Tratemos ahora de la inmunidad del pecado. La tierra
de los sacerd otes20 no pagó tributo al rey Faraón en el
tiem po del hambre, sino que fué libre; del mismo modo
no fué tributaria del dem onio la Virgen, de la cual n a c ió
el Sacerdote sem piterno, Cristo Nuestro Señor, según el

hubo alguno, sino El, que no tuviera pecado ya en el principio de


su edad»,
le Ps. 46,6.
ib.
i® Is. 38,13.
Gen. 3,15.
a» Ib. 47,26.
SERMÓN 1 133

orden de M elquised ec - l. Por consiguiente, fijó su habi­


tación en la paz, esto es, la Virgen fué formada en la paz,
y no se oyó, com o se recordó antes, el martillo en la edi­
f ic a c ió n de este excelso templo ; aquel martillo quiero d e ­
cir de quien se afirm ó: H a sido hecho pedazos el que era
martillo de toda la tierra, esto es, el p eca do, que corrom ­
pió toda la naturaleza humana, tuvo una excepción en la
Virgen, es decir, ha sido h echo pedazos y desm enuzado.
Yo hice una sola obra, y todos lo habéis extrañado 22.
c Por qué ? Sencillamente porque es una obra digna de ad­
miración y es admirable la obra del E xcelso. El Altísimo
ha santificado su tabernáculo 2:'\ Pero f cuándo tuvo lu­
gar, sino cuando, según lo antes citado, la socorrió Dios
desde el rayar el alba? Por eso el Cristopolitano 2i, sobre
aquel versículo del Salmo, d ic e : «En la Virgen la n och t
es la form ación del c u e r p o ; la aurora, su anim ación : la
mañana, su nacim iento». Por consiguiente, en la form a­
ción del cuerpo, en la animación, en su nacimiento, el A l­
tísimo ha santificado su tabernáculo. Com o por la pena,
según dice San G regorio, se viene en conocim iento d e la
culpa, así también puede concluirse la ausencia de la cul­
pa por la ausencia d e la pena. Ahora bien, la reducción
del cuerpo al polvo fué la pena del pecado, pues así se lo
dijo Dios a A dán al p ecar: P o lco eres y a ser polvo torna­
rás 25. Así, pues, com o creem os que la Virgen no volvió
al polvo, sino que vive gloriosa en cuerpo y alma en el
cielo, creemos también 26 con toda verdad y piedad que

31 Ps. 110,4.
22 lo. 7,21.
»3 Ps. 46,5.
24 Jaime Pérez de Valencia, O. S. A., obispo de cristópolis, so­
bre el salmo 45, 5 : «Y así la n och e de la Virgen fué todo el tiempo
Que transcurrió desde la concepción de su carne hasta su anima­
ción; y su aurora o alborada fué el primer instante de su ser y
creación, en el cual fué creada su alma e infundida en el cuerpo;
su mañana fué su nacimiento, y su día, todo el discurso de su
vida. Por consiguiente, si la Virgen María fué santificada desde
el rayar el alba, com o afirm a el profeta, tuvo lugar esa santifica­
ción en el primer instante de su ser y de la creación de su alma,
en el cual comenzó a vivir en este mundo, y, por consiguiente, aquel
alma fué a la vez creada, santificada, llena de gracia, y a la vez
e a santificación se desbordó en la carne, de la cual había de to­
barla Cristo».
25 Gen. 3,19.
. Lo que nuestro Santo Tom ás afirm a y apoya con tanta auto­
ridad de la Sagrada Escritura, que debe ser creído con toda verdad
y Piedad, se debe al presente creer con la certeza de la f e ; pues el
aja 8 de diciemore ae lüol. el papa Pío IX, de fe.iz memoria, de­
paró solemnemente, pronunció y definió con su autoridad supre-
« infalible «que ha sido revelada por Dios, y por tanto debe ser
"? id a firme y constantem ente por todos los fieles, la aoctrina que
«irm a que la bienaventurada Virgen María desde el primer instan-
su concepción, en previsión de los méritos de Jesucristo, Sal-
1 34 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN M ARÍA

fué con cebida sin p e c a d o ; porque, si no hubiera estado


exenta de culpa, tam poco lo hubiera estado de castigo.
4. Y si alguien se atreve a replicar: «La Virgen mu­
rió, y soportó el hambre, la sed y algunas otras penas del
p eca d o», responderé: el mismo Cristo experimentó esas
penas a fin de merecer por nosotros, y la Virgen la experi­
mentó para merecer por sí misma, pues no estaba bien que
careciese la Madre de las penalidades que por nosotros
tom ó el H ijo. Por eso puede ella decirnos de n u e v o : No
reparéis en que soy morena, porque m e ha robado el sol
tni color 27, a fin de ser un auxiliar en un todo semejan­
te a E l ; de suerte que puede añadir de sí misma: Negra
soy, p ero soy bien parecida, com o los pabellones de Salo­
món 28. Negra en las penalidades, bien parecida en los
merecimientos ; com o los pabellones de Salomón, esto es,
a causa d e la humanidad. Por lo cual se d ice en el mismo
Cantar de los Cantares: Bella com o la luna 29; pues la
luna, siendo com o es blanca, tiene, sin embargo, en el cen­
tro cierta obscuridad a causa del mayor vacío, que es in­
capaz de reflejar los rayos del sol. Así, pues, la Virgen,
toda radiante en esta su vida mortal, no se desdeñó 'de
parecer obscura con el color de nuestras penalidades, de
suerte que cuanto menos brilla por esto ante las miradas
terrenas, fulgura con más brillo y esplendor en las alturas
ante las miradas angélicas. De esta manera, ni más ni me­
nos, com o la parte d e la luna, que a causa de su transpa­
rencia se destaca menos a nuestra vista, luce-m ás resplan­
deciente para los que moran en las alturas.
San A m brosio d i c e 30: «Esta es la vara que no tuvo
el nudo del p ecado original ni la corteza del p ecado ve­
nial». Con razón se compara la corteza al pecado venial y
el nudo al original; pues fácilmente se puede descortezar
a la vara, pero no es tan fácil limpiarla de los nudos ; del
mismo m odo se perdona con facilidad el p ecado ve n ia l; en
cam bio, el original, aunque se perdone en cuanto a la cul-

vador del género humano, fué preservada inmune de toda man­


cha de pecado original por una gracia y privilegio singular de
Dios todopoderoso. Por tanto, si alguien, lo que Dios no permita,
se atreviera a sentir otra cosa de lo que Nos hemos definido, sepa
aue cor sí mismo ha incurrido en condenación, aue ha n a u f r a g a d o
en la fe y se ha apartado de la unidad de la Iglesia».
27 Cant. 1,6.
s» Ib. 1,5.
a» Ib. 6,10.
so Nada acerca de esto se ha podido encontrar entre las obras
genuinas de San Ambrosio. E n las obras puestas en el apéndice de
la última edición de París se lee algo parecido en el sermón 28 -
«Brotó la vara de la raíz de Jesé, y subirá la flor de su ra íz ; pues
la vara era María, esplendente, sutil y virgen, que con la integridad
de su cuerpo hizo brotar a Cristo com o una flor».
SERM ÓN 1 13 5

pa queda profundamente adherido a la naturaleza en la


forma del fomes del pecado, para resurgir de nuevo. Y
esto es lo que d ice Nahum: N o deja a nadie im p u n e 31,
p o r q u e , purificado de la culpa, permanece aún viciado por
el fomes. Por eso se queja Job d icie n d o : Si p eq u é y en­
tonces me perdonaste, ¿por qué ahora no permites que yo
me vea limpio de mi iniquidad32 ? Quiere decir, d e la
raíz del pecado. Esta es, pues, la vara 33 que floreció sin
rocío, es decir, sin el concurso de varón ; ésta es la que
1dividió en partes al mar R ojo 34 ; ésta la que nos brinda
todos los días el aeua de la piedra 1315; ésta la que devora
en nosotros todos los días las serpientes 36 de los p eca ­
dos y aun de las herejías, según las palabras: «Tú sola
aboliste las herejías en todo el m undo» 37; ésta es la púr­
pura del Rey, d e la cual fué hecho aquel vestido sin man­
cha y sin arruga, sin costura, tejida toda d esd e arriba 38,
esto es, la humanidad de Cristo.
Aún más, fué la túnica aue en la misma lana sin tin­
tura fué roja, com o dice Plinio de la púrpura 39: nos­
otros, en cam bio, somos com o ciertos paños, que sólo por
el tinta tienen color. La Virgen, em papada desde el prin­
cipio por el tinte de la gracia, la absorbió de tal m odo que
no puede ya perderla ; y nosotros muchas veces perdem os
prontamente la tintura de la gracia, que tan tarde recibimos.
Es llamada la Virgen «espeio sin m ancha» 40, poraue
como en el espejo para representarse la imagen se preci­
san dos elementos, es decir, el vidrio v el plom o, así el
vidrio de la pureza y el plom o de la humildad de la Virgen
fué la causa de encarnarse en ella la imagen visible de
Dios Padre. Dice San Bernardo: «Esta Virgen regia está
Por encima de todos» 41.
31 Nah. 1.3.
32 Iob. 10,14.
33 Num. 17,8.
Ex. 14,16 ; Ps. 136,13.
35 Ib. 17,6.
Ib. 7,12.
La Iglesia en el oficio de la B. V. María.
38 lo. 19,23.
9 Plinio trató de la púrpura en la Hist. Natur. 9, 39 s.
40 Sap, 7,26.
. 4i San B e r n a r d o , Sermón de la Natividad de la V. María, 12:
d p i ’ Pues> cóm o se encumbra hasta los ángeles por la plenitud
“ e ia gracia, y aun sobre los ángeles al descender sobre ella el
Sant0- Existe en los ángeles la caridad, la pureza, la hu-
¿ Cliál de estas cosas no sobresalió en María? Pero ya se
¿r® ostró antes, en cuanto, al menos, es posible ser demostrado
Si¿, m i; continuemos con la excelencia. Pues ¿a qué ángel se dijo
Tñ. na vez: El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del
te cubrirá con su .«ombra, por cuya causa el santo que
nac¡- ™acerá será llamado Hijo de Dios? Finalmente, la Verdad
do la tierra, y no de una criatura angélica; y no ochó mano
136 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

5. Nótese que, com o en una obra excelente se preci­


san la materia y la forma, realiza también el artífice su
obra artística según un m odelo ; ahora bien, este m odelo
es d ob le: vivo y muerto. Por ejem plo, en el pintor el m o­
d elo vivo es el arte, mejor, la imagen que él tiene dentro,
y el muerto la imagen exterior que contem pla. Pero en
Dios no se puede poner un m odelo exterior que le dirija,
porque entrañaría im perfección ; y el m odelo vivo es su
V erb o, razón ideal de todas las cosas. Por lo cual dice San
Juan: Todas las cosas fueron hechas por El, y sin El no se
hizo nada d e cuanto ha sido hecho. En El estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres, etc. 42 EJ V erb o, se­
gún Platón 43, es el mundo inteligible, del cual procede
todo este mundo sensible ; por lo cual dice la Escritura:
Vió Dios ser bueno cuanto había hecho 44. Bueno en la
perfección de la naturaleza, m ejor en el ejercicio de su
virtud, excelente en la obediencia al Creador. Dice Santo
T om á s: «¿Pudieron ser acaso mejores esas cosas? Res­
p ond o afirmativamente consideradas en s í ; sin embargo,
respecto a la realización, y aun quizá en relación con el or­
den del universo, fueron hechas con la mayor perfección
p osible» 45.
Pero i por qué se añadió a la terminación de cada obra
Vió Dios ser bueno 46, y no se dijo eso mismo del hom­
bre? Nuestro Padre San Agustín se explica de este modo
en su obra D e G enesi ad litteram 17: «¿P o r qué se afir-
de los ángeles, sino de la descendencia de Abraham. G ran cosa es
para el ángel el ser ministro de D ios; pero inmensamente más
m ereció María para ser su Madre. Por tanto, la fecundidad de la
Virgen es una gloria sobresaliente, y por un don singular ha sido
hec^a tanto irá - excelente oue los ángeles, cuanto el nombre de
M adre que recibió se diferencia de los ministros. Llena ya de gra­
cia, alcanzó la gracia de ser ferviente por la caridad, intacta en
su virginidad, devota en su humildad, y, sin embargo, embarazada
sin el com ercio del varón y parturienta sin los dolores propios de
la mujer. Poco es aún. Lo que nació de ella, santo se llama, y es
el H ijo de Dios».
« lo. 1,3.
Timeo. t>. 526 de la ed. de Lyón, 1590.
*■* Gen. 1,31.
45 I q. 47 a. 2 ad 1: «Se responde que es propio de un excelente
agente producir todo su efecto lo m ejor posible, no, sin embargo,
el producir cualquier parte de un todo excelentísimo simplemente,
sino en relación con el tod o; pues desaparecería la perfección del
animal si cualquier parte suva tuviera la dignidad de la vnta. De
esta manera, pues, Dios creo todo el universo excelente según 'a
m anera de la criatura, pero no a todas las criaturas (las más
lentes!, sino a unas más excelentes que a otras».
Gen. 1,31.
L. 3, c. 24; «Con razón puede preguntarse por qué no dijo,
com o en los demás, al crear al h om bre; Vió Dios que era bueno,
sino que, después de creado el hom bre y de darle el poder de do­
minar o de com er, añadió en general de to d o s : Y vió Dios todos
!as cosas que había hecho, y eran en gran manera buenas. Pues
SERM ÓN 1 137

mó de los ganados, de las bestias, de los reptiles: Vió


Dios ser bueno, y no se dijo, en cam bio, nada del hombre,
que fué creado con los animales en el mismo día sexto?
¿Sería porque aun no era perfecto, porque aun no había
sido colocado en el paraíso ? ¿ O más bien sabiendo Dios
de antemano que el hombre había de pecar enlutando la
perfección de su imagen, no quiso decir que era bueno,
como anunciando lo que había d e suceder ? Cierto, el hom ­
bre no fué alabado porque había de caer)).
6. En la Virgen pueden tener cumplimiento las pala­
bras del Eclesiástico: Y o hice nacer en los cielos la luz in­
deficiente 4S. Tres son las condiciones de la luz: la pri­
mera, el ser la primera de las criaturas: A l principio creó
Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía,

pudo muy bien otorgar al hombre la misma alabanza que habla


otorgado a las demás cosas, y decir luego al final de todo lo que
había hecho D io s : He aquí que son en gran manera buenas. ¿O
acaso porque se terminó todo el día sexto fué necesario decir de
todo en gen eral: Vió Dios todas las cosas que había hecho, y eran
en gran manera buenas, y no en particular de cada una de las que
fueron creadas en ese día? ¿Por qué entonces se pronunció esa
alabanza de los animales domésticos, de las bestias silvestres y de
los reptiles, que también fueron creados el día sexto? Quizá éstos
merecieron esa alabanza cada uno en su género y en general con
los demás; y el hombre, hecho a imagen de Dios, sólo la mereció
englobado en los otros. ¿Sería acaso porque aun no era perfecto,
porque aun no había sido colocado en el paraíso? Como si lo que
aquí se pasó por alto hubiera sido dicho después de ser colocado en
el paraíso. ¿Qué hemos, pues, de decir? ¿Acaso porque sabía Dios
que el hombre había de pecar sin permanecer en la perfección de
su imagen no quiso decir de él en particular, sino en compañía de
los demás, que era bueno, com o anunciando lo que había de suce­
der? Y a que todo lo que fué hecho permanece en lo que recibió,
al igual que los que no pecaron o no pudieron pecar, y de todas
estas cosas se dice en particular y en general que son buenas y muy
buenas. Pues no íe añadió en vano m uy; porque los miembros del
cuerpo, si aun en particular son hermosos, muy más hermosos son,
sin embargo, en la estructura de todo el cuerpo. Si, por ejem plo,
viéramos separado del cuerpo al ojo, tan agradable y que tanto
alabamos, no le tendríamos por tan hermoso com o cuando lo vemos
en la contextura de los miembros ocupar su sitio en el cuerpo. Pero
aquellos seres que pecando pierden su propia belleza, no consi­
guen, sin embargo, en modo alguno, si bien se los ordena, dejar
Qe ser buenos englobados con los demás. Bueno era, pues, el hom­
bre en su género antes del p eca d o; pero la Escritura pasó por
alto esto para anunciar más bien lo que había de suceder.
pues no se d ijo nada falso de él. Pues el que en particular es bueno,
mas lo es ciertam ente con todos. Y. sin embargo, no se sigue que,
cuando es bueno englobado en los demás, lo sea también en par­
ticular. por tanto, Drocedió con mesura al decir lo aue al presente
era verdadero y significar la existencia de lo que había de suceder.
£Ues Dios, excelente Creador de las naturalezas, es, sin embargo,
ordenador Justísimo de los que pecan, de suerte que, si algunos en
Particular se hacen deformes por sus delitos, conserve sin ellos,
embargo, su belleza la generalidad».
* Eccli. 24,6.
138 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

y las tinieblas cubrían la haz de la misma, pero el espíritu


d e Dios estaba incubando sobre la superficie de las aguas.
Dijo D ios: «Sea la luz» 49. La Santísima Virgen es la pri­
mera en la -dignidad. Dice San A n se lm o : «Nada hay igual
a ti, ¡ oh S eñ ora !, nada que pueda com parársete; pues
todo lo que existe, o está sobre ti, es Dios, o bajo ti, todo
lo que no es Dios» 50. Y Santo T om á s: «T iene en sí cierta
infinidad» 51. En todo pueblo y nación im peré. D esd e el
principio y antes de los siglos m e creó y hasta el fin no
dejaré de ser 52. ¿C óm o fué creada la Virgen desde el prin­
cipio? La explicación e s : no fué creada desde el principio
del tiem po, sino que indica la naturaleza del m o d o ; no
quiere decir que fuera creada desde el principio, sino que
siguió el m odo y la condición de las demás criaturas crea­
das en primer lugar y desde el principio, es decir, que fué
creada sin defecto alguno ni pecado. Pues el ángel y el
hombre fueron creados en gracia. Y así se dice de Luci­
fer: Habitabas en el jardín de D io s 53 ; y del hom bre: Dios
creó al hom bre recto 54. Por consiguiente, com o el ángel
y A dán fueron creados en gracia, así la Virgen fué conce­
bida en gracia. Por tanto, no estuvo sujeta al m odo y la
condición de la naturaleza corrom pida, sino a la natura­
leza creada. C om o llamamos ejército de A ragón no porque

49 Gen. 1,1-3.
«o Tratado de la concepción de la B. Virgen María, apéndice:
«Nada hay igual a ti, ¡oh S eñ ora!, nada contigo com parable;
pues todo lo que existe, o está sobre ti o está debajo de ti; lo que
está sobre ti es únicamente D ios; lo que está debajo de ti es todo
lo que no es Dios. ¿Quién puede mirar esta tal excelencia tuya?
¿Quién puede alcanzarla?
51 Santo Tomás, sobre I Sent., d. 44 a. 3: «L a bondad de la
criatura puede considerarse de dos maneras: su bondad en sí mis­
ma absolutamente, y en este sentido cualquier criatura puede ser
algo m ejor; o en relación con el bien absoluto, y entonces la bon­
dad de la criatura recibe cierta infinidad del infinito, con el cual
se la compara, com o la naturaleza humana en cuanto está unida
a Dios, y la bienaventurada Virgen en cuanto es Madre de Dios, y
la gracia en cuanto nos une a Dios, y el universo en cuanto esta
ordenado a Dios. Pero aun en estas com paraciones hay una doble
clase: la primera, porque tanto es más noble cuanto con relación
más noble se refiere a Dios, y así es nobilísima la naturaleza hu­
mana en Cristo porque se relaciona con Dios por medio de la unión,
y después de ella, la bienaventurada Virgen, de cuyo seno se tomo
la carne unida a la divinidad; y así las demás criaturas. En se­
gundo lugar, porque alguna de estas comparaciones es solamente
según algún aspecto, com o el del universo al fin, el de la madre al
h ijo ; y por eso de la dignidad de la comparación no se puede formar
un juicio tan absoluto que se afirm e que no puede haber algo
m ejor que la bienaventurada Virgen, sino sólo relativo, diciendo
que no puede ser m adre de alguien m ejor, y que el universo no
puede ordenarse a un bien mayor».
^2 Eccli. 24,10-14.
ss Ez. 28.13.
54 Eccl. 7,30.
SERM ÓN 1 139

sea de A ragón, sino al asoldado por el reino de Aragón ;


y lo mismo al ejército de Castilla.
El ángel y A dán fueron creados en las mismas condi­
ciones, pero cayeron ; y por eso se d ic e : D esd e el princi­
pio y antes de los siglos m e creó y hasta el fin no dejaré
de ser; porque la Virgen conservó intacta siempre la gra­
cia que recibió desde el principio, sin arrojarla por el p e ­
cado. Lo confirma San A gu stín 55: « ¡O h caridad, tú hi­
ciste que no sólo no pecase María, mas ni aun pudiera
pensar en el pecado !» Esta es la obra de la caridad. Pues
com o la piedra im án 56 atrae al hierro, así el alma y v o ­

s5 Aunque no siempre con las mismas palabras, cita este tes­


timonio el sagrado orador en el sermón del domingo de Pasión;
pero no he podido encontrarlo entre las obras de San Agustín. Lo
mismo le ocurrió a Fem ando Salazar, pues en la D efensa de la
Inmaculada Concepción, p. 401 col. de la edición de París 1625.
tomando de Felipe Diez las referidas palabras de San Agustín,
añade- Sin embargo, no he podido encontrarlas en San Agustín.
En la Suma de predicadores, t. 2, bajo el título «La concepción de
la Santísima Virgen», expone así el referido D ie z : «Por esto San
Agustín exclam a sin vacilación : ¡ Oh ca rid a d !, has hecho que no
sólo no pecara María, pero que ni pudiera pensar en el pecado;
y la preservante ñor encima de todos de toda m ancha de pecado».
56 S a n A g u s t í n , Ciudad de Dios, 21, 4, 4 : «Tenem os noticia de
la piedra imán, que maravillosamente atrae el hierro. La primera
vez que lo observé quedé absorto, porque advertí que la piedra le­
vantó en lo alto una sortija de hierro, y después, com o si al hierro
que había levantado le hubiera com unicado su fuerza y virtud, esta
sortija la llegaron o tocaron con otra, y también la levantó; y así
como la primera estaba inherente o pegada a la piedra, así la
segunda sortija a la primera. Aplicaron en los mismos términos la
tercera, e igualmente la cuarta colgaba ya com o una cadena de
sortijas trabadas unas con otras, no enlazadas por la parte inte­
rior, sino pegadas por la exterior. ¿Quién no se pasmará de seme­
jante virtud, que no sólo tenía en sí la piedra, sino que se di­
fundía y pasaba por tantos cuantos tenía suspensos, atados y
trabados con lazos invisibles? Pero causa mayor admiración lo que
supe de esta piedra por testimonio de Severo, obispo de Mileba,
quien m e refirió haber visto, siendo Batanario gobernador de Afri­
ca y comiendo en su mesa el obispo, que sacó esta misma piedra,
y, teniéndola en la mano debajo de un plato de plata, puso un
hierro encim a del plato, y después, así com o por debajo m ovía la
mano en que tenía la piedra, así por arriba se movía el hierro,
revolviéndole de una parte a otra con una presteza admirable. He
referido lo que vi y oí al obispo, a quien di tanto crédito com o si
yo mismo lo hubiera presenciado. Diré asimismo lo que he leído de
esta oiedra imán, y es que, si cerca de ella ponen el diamante,
no atrae al hierro, y si le hubiese ya levantado, le suelta al punto
que le aproximan el diamante. De la India se transportan estas
piedras; pero si. habiéndolas ya conocido, dejam os de admirar­
nos de ellas, cuanto más aquellos de donde las traen, si acaso las
tienen muy a mano, y podrá ser qu© las posean com o nosotros la
cal, de la que no nos admiramos en verla, de una manera que asom­
bra, hervir con el agua, con que se suele matar el fuego, y no hervir
con el aceite, con el que se acostumbra a encender el fuego, por
ser cosa ordinaria y tenerla muy a la mano». (Tom ado de la ed. del
Apostolado de la Prensa, 4.", M adrid 1944).— P l i n i o , en la Histo­
140 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN M ARÍA

luntad férreas se ven arrastradas por el p ecado ; pero si


enfrente se coloca el diamante de la gracia, no permite al
imán del p ecado arrastrar hacia sí la voluntad. Por consi­
guiente, la gracia, que limpia a otros del pecado, preservó
a María no sólo de pecar, sino también de contraer el pe­
cado original, por privilegio especial de quien la eligió de
un m odo también especial para ser su madre.
7. Segunda condición de la luz. Es la más hermosa de
las criaturas corporales, porque sin ella nada hay hermoso,
sino que es todo odioso. Dice San Bernardo 57: «Quita el
sol, y c qué queda sino tinieblas? Quita a María, y ¿ qué hay
sino oscuridad y ceguera de espíritu ? V o z del E sp o so : ¡Qué
hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres ! 5S. Hermosa
con la hermosura de la inocencia, hermosa con la hermo­
sura de la gracia ; hermosa en el cuerpo, hermosa en el
espíritu, esta Virgen real ha sido decorada com o con perlas
y estrellas con estas excelentes perfecciones. Una mujer en­
vuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies y sobre la
cabeza una corona de d oce estrellas 59. Una mujer envuelta
en el sol; pues co m o el sol aventaja a todas las lumbreras
del cielo ñor la prerrogativa de su claridad extremada, así
después de Cristo aventaja María a toda criatura racional
por el esplendor y hermosura d e la virtud y de la gracia.

ria Natural, 1. 3. c. 4 : «El diam ante es tan orraesto a la piedra


imán, aue si se le coloca cerca no le permite atraer el hierro; y
si ya lo había atraído, se lo hasra deiar v soltar».
57 S a n B e r n a r d o , Sermón de la Nativ. de la V. María, 6 : «Con­
templa. hombre, el desienio de Dios, conoce el designio de la sa­
biduría. el designio de la piedad. Para regar la era de celeste ro­
cío, emnapa primero todo el v ellón ; tiara redimir al cunero huma­
no. none todo el nrecio en María, i. Para qué esto? Quizá para ex­
cusar a F.va t>or medio de su h i'a y para calmar de'-tmés la mieia
del varón contra la miper. No dteas m is va. ¡o h A d3 n !: La mw’er
que tú m e diste, m e dió del fruto prohibido, más bien has de d e c ir :
«La muier aue m e diste me dió de comer del fruto bendito». De­
signio ciertamente niadosísimo. aunque ouizá se oculte aún otro,
y no sea esto solo. Verdadero es esto ciertam ente- pero, si no me
engaño. poco es nara satisfacer vuestros deseos. Dulzura de leche
es ya, ñero, si presionamos aún. podríamos sacar la grosura de
la manteca. Así, pues, considerad con más atención con qué a fecto
de devoción ha auerido que sea honrada por nosotros el que puso
en M aría la plenitud de todo bien, de suerte oue si hay en nos­
otros algo de esneranza. de aracia. de vida, sepamos que se nos
derrama de la que sube rebosando en delicias. Jardín en v e r d a d
de delicias, al aue el divino austro n o sólo creó al venir, sino oue
penetró al descender sobre él. a fin de aue fluyan y se desborden
de todo él los aromas, es decir, los carismas de las gracias. Quitad
este sol que ilumina al mundo, ¿dónde aueda el día? Quitad ®
Ma’-ía esta estrella del mar, de este mar grande y esnacioso, ¿oUé
queda sino una obscuridad universal, sombra de muerte y den­
sísimas tinieblas?»
4* Cant. 1,14.
50 Apoc. 12,1,
SERM ÓN 1 141

Con la luna d ebajo de sus pies; pues, com o dice San Bernar­
do 60, ningún defecto alcanza a la Virgen, y, a diferencia
de todas las dem ás criaturas, pasa por encima de toda fra­
gilidad y corrupción con una excelentísima sublimidad, de
tal m odo que con razón se puede decir que la luna está
bajo sus pies.
Y sobre la cabeza una corona de d o ce estrellas. Continúa
San Bernardo 61: «Con justa razón se puede coronar de es­
trellas la cabeza que, brillando inmensamente más que ellas,
préstales más hermosura que la que ellas le dan. ¿Q uién
puede estimar en su valor aquellas piedras preciosas, quién
puede dar nom bre a las estrellas d e que está forjada la real
diadema de María y tan singularmente la adornan y em ­
bellecen? Si la sola admirable con cepción de María sin p e­
cado, a diferencia de los demás, deslumbra y ofusca la p e ­
netración d e toda humana criatura, y m e atrevo a afirmar
que aun las miradas angélicas se enturbian ante la prerro­
gativa, fulgor, esplendor y hermosura de esta con cepción.
Figura de ello es Judit. que, al lanzarse al rayar del día 62 a un
peligroso com bate contra H olofernes. se leía en los ojos de
todos el pasm o; tan encantados estaban de su belleza ; así
también al lanzarse la Virgen a un singular com bate contra
el diablo (cuya cabeza no cortó com o Judit, pero sí qu e­
brantó al principio del día, en la animación de la vida, en
su concepción), se reflejó para siemore en los ojos de todos
el pasmo, porque admiran extasiados su hermosura. Otro
sím bolo: muere Sansón fascinado y jueruete d e la hermo­
sura63 de Dalila. Esta representa a la Virgen, y el fuerte
Sansón al Dios de las venganzas 64, que, arrebatado por la
hermosura de la Virgen v tom ando carne de ella, fué cru­
cificado por los iudíos. Por consiguiente, qué hermosa eres,
amada mía, qué hermosa, y no hay mancha en ti.
8. Tercera condición de la luz. Es universal, todo lo
llena, dice San A m brosio en el H exam erón 65. La Virgen

. , eo S a n B e r n a r d o , Sermón del domingo infraoct. de la Asun­


ción, 3 .
C1 Ib. 7.
62 Iudith 10,11-15.
63 Iud. 16.17.
64- Ps. 93,1.
6* «La naturaleza de la luz es tal, que toda su virtud está no en
sinnumero’ n * en la m edida, ni en el peso, como la de otras cosas,
ral en *a vista- Así, pues, expresó con palabras propias la natu-
aieza de la luz, que agrada viendo, puesto que es la que propor-
n ° na acto de ver. Y no sin razón tuvo por tan excelente prego-
aiio v¡ at5Uel P°r Quien con derecho fué alabada la primera, puesto
nniT.? misma íué la que hizo que todos los demás elementos del
ilimí-0 sean dignos de alabanza. Por eso. viendo Dios la luz, la
Dar?ln$ con su rostro' y vió Que era buena. Y no sólo lo es por
^ de Dios, sino que el universo entero lo juzga así. Por tanto,
. VIRGEN MARÍA
142 CONCEPCIÓN DE LA v ---------------------

r , , , y Ja determinados. Dió a todos


no fue hecha con peso y m edid» :usticiai Cristo, nuestro
y lo lleno t o d o ; y com o el Sol y j ^
Dios , hace brillar su luz sobre ,gima> ref]ejan<j0 los rg_
esta luz inextinguible, la Virgen f » & todos sin distinción 68
y °s de la divina misericordia, orre dece con universal
sus gracias y su clem encia y ¿ j ce g an Bernardo 69;
afecto de las necesidades de t0? ' con un amor sin límites
'«be hizo todas las cosas para toa • ^ necios . abre a
tom o sobre si las deudas de todos reciban de
todos el seno de k m i s e r i c o r d i a raci¿ n el enfermo, con-
su plenitud: redención el cautivo- ^ g] jugto a]egría el
suelo el triste, perdón el p e c a d o ^ in id a d , ^ persQna de,
ángel; finalmente, gloria toda » ana, de suerte que no
Hijo la substancia de su carne ro . Qh antorcha
hav quien pueda esconderse de ¿ iluminada por res-
bnllantisima. a cuantos alegraste ^ gn e] seno de tu
píandor divino, apareciste intn« Mad re de D ios!, anun-
m adre! lu concepción, ¡o h
ció el gozo a todo el m u n d o 71- ¿ e] epitalanlio, viéndote
.C o n razón aquel divino c a n » r ¿ Q uién es esta que se
de lejos en tu nacimiento, exclan™ • e ¡ ¡da com o e] so¡i
alza com o aurora, hermosa cual j 72 ^ om0 aurora en
terrible com o escuadrones ordena \q h Marfa r> cuan.
toda su brillantez te presentaste ai dadero Sol, apareciste
do. dibujada por el fulgor del ue e, misino Sol de
inmaculada en tu co n ce p ció n , £ ev¡niend0 tu nacimiento
justicia que había de nacer de ti, f ínfun<3j¿ en toda abun-
con cierta irradiación matutina. * ,QS cl3ajes pusiste en
dancia los rayos de su luz. med1 prcK]ucido Eva. Tú
fuga el poder de las tinieblas nQ g;n raz6n eres com-
eres llamada hermosa cualla {odog jog astros. ]a m ás
paraba con e''a : pues si ella es. u^eme;anza y sU blancura,
semejante al sol v srraciosa por f . ^ toJa pureza entre
tu soU bellas gloriosa en el C1ry £ res Dor consiguien-
los miles de astros aue asisten a má» bt>rmosa nue la
te hermosa cval la Irma, me^ot aun. mas nerrn ^
luna, poraue eres toda hermosa _ elegida como el sol:
del o e c ^ o orieinal ni del de entre mil varones,
si aquel Sol, autor del sol, fue eie&
«n el esplendor, sino también
la vir+ud de la luz se asienta no so¡°
en toda cu utilidad».
«« Mal. 4 2.
67 Mt. 5,45. , , Anmingo infraoct. de la Asun-
68 S a n B ern a rd o, Sermón del ° 0' y
ción, 3.
«« Ib. 2.
70 Ps. 18,7. n Ap la Concepción.
” La Iglesia en el oficio antiguo ae
™ Cant. 6,9.
tú lo has sido de entre mil mujeres. Ejes, finalmente,
ble como escuadrones ordenados. En efecto, en
cieron de horror los príncipes de las t m ^ ^ s a l v e r q u e
salía contra ellos una mujer concebida sin ma" c^ co^ ra
toda ley, equipada de la más fuerte armadura > Aun mas,
dudamos que en tu concepción podero o J bien-
rituales virtudes y una milicia de mnumer b es p
aventurados fueran delegados para proteger, - el
lecho de Salomón, a fin de que el ajeno huésped no osara
invadir el hospedaje preparado Para el ,ey e , ’
lo rechazasen ellos diciendo: ,a qn J - i v m os del
grande que Eva. Este es el campo de Di os . huyamos del
campo de Israel.
9. Otro camino tenemos también para demostrar este
singular privilegio de la Inm0c^ a4a ° nC^ ? C1^ ,U ic ie n d o
mer lugar, aquel pasaje del ¿enesis en q , dará
Dios a la tierra, dijo: Por ti s f á maldita la ^ a ; t e dara
espinas y abrojos - Cuya maldición hemos de entender,
según San Bernardo 7\ no sólo de a ierra q e P j
sino también de la tierra de ? ° jU - ' _Pi ^
cuerpo fué viciado por obra de Adán, y d esp u es del pecado
sólo da de sí las espinas de L-S concup y
jos de los apetitos desordenados. p er<o antes de * m«*1-
d ic ió n g e n e ra l h a b ía e x c e p tu a d 0 a a S 7T _ ,_rn lie
H, serpiente: Eüo quebrantare | ^ f|<, ¿ Jrj

* ( , o CS . S ° ?- ? T ’ m ° *
ia tierra, y no tuvo cabida la culpa origina ,
, Pero aunque dicha a u t o r i d a d este suficientemente c W ,
hay otro pasaje en Job que expresa ,as ° , mI ° , c n
dad: Perezca el día en que nací y la n och e en q u e j e
dijo: «Ha sido concebido un nin0-11 scurezcan s >,
blas las estrellas; espere la luz tí n™ ca la ü,ea’ ™ elr ? ¿ ° f
de la naciente aurora^. Esta noche según San G rego­
rio " , no es sino la culpa original en la cual son concebi-

15 Ib. 3,7.
7_4 Gen. 32.2.
’• n a r d o Sermón 1 en W festividad, de Todos los San-
ta». 9: ^(Bienaventurados los mansos. ¿d e~ a
? ° r esta tierra entiendo yo nuestro cuerpo, que si el alma desea
Poseer, siquiera reinar sobre sus fila r á a in fir ió ? cual
l '«té suieta a su superior; porque tal hall:ara ^ su m:tenor c’uai
e 'la m iem a =e h u b ie r e c o n s u s u p erior» í t r a d - a e Ia b a c . oo ra s ae
an pernarrío. Madrid, 1947).
” Gen. 3,15.
, 7í»,No he Encontrado esta mteroreUción en San G l o r i o : an-
^ b ienMoráis
<tecir, , cuando
n dev propósito
4 entiendetrat® /K ^ i| í uhfa aciuai
ía^uvpa acSa\ yv ía el
ia ce-
^era K mente? com o n otó ya P¡neda' ** a cerca m ás a este
CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

dos todos los hombres, y cuya destrucción y muerte desea


el profeta. Y continúa: Obscurezcan sus tinieblas las e s ­
trellas. L o cual quiere decir que todos los santos y justos
reciben en su con cepción la obscuridad de la mancha ori­
ginal. Esta noche espere la luz, y nunca la Dean, esto es,
careció del p ecado original Cristo, luz verdadera, que ilu­
mina a todo hom bre 80 ; y no vió precisamente porque no
hubo mancha en la luz de esta noche. Sigue: ni el albor
de la naciente aurora. ¿D e qué aurora se trata sino de la
Virgen María, que engendró la luz, esto es, a Cristo? Ni
en el seno ni fuera del mismo pudo ver esta tenebrosa
noche su nacimiento. V em os, pues, cóm o ningún santo
se exceptúa, sino sólo la luz, esto es, Cristo por naturaleza,
y la aurora, es decir, la Virgen María por privilegio. Por
consiguiente, no ha de entenderse del nacimiento del vien­
tre, sino del nacimiento de la aurora en el vientre ; porque
también San Juan 81 y Jeremías 82 se encontraban limpios
en el principio de su nacimiento.
10. Tam bién en los Salmos existe otra autoridad que,
aunque no tan clara, puede, sin em bargo, aplicarse al caso ;
dícese allí: Cuando dormíais en m edio de peligros, com o
alas de paloma plateadas, cuyas plumas por la espalda
echan brillos de oro 83. La Santísima Virgen María es esta
paloma plateada, paloma por su simplicidad, plateada por
su pureza virginal. Y las dos alas con que protege a toda
la Iglesia y la defiende de todo ataque de sus enemigos,
son su benignidad y su humildad ; pues por ser misericor­
diosa se com padece d e nuestras flaquezas, y por ser hu­
milde no se desdeña de socorrer a aquellos de quien se
com padece. Dice San Bernardo 84: Otras virtudes tuyas
pueden agradar a o tro s ; a los desdichados es la miseri­
cordia lo que más les agrada. Cuando dormíais en medio
de peligros. La palabra griega cleros quiere decir suerte.
A plica esto a la bienaventurada V irg en : A las de paloma

sentido indicado por el sagrado orador Santo Tomás (2-2 q. 76, a. 2 c):
«M aldijo Job el día de su nacim iento por la culpa original que
contrato al n acer»; donde equipara al día con la noche,
lo. 1,9.
«i Le. 1,44.
sí Ier. 1,5.
63 Ps. 67,14.
n Aureas son las palabras de San Bernardo en el Sermón 4 de
la Asunción de la Viraen. n. 8 : «D ele de ensalzar tu misericordia.
¡ oh bienaventurada Viraren !, quienauiera que, habiéndote invocado
en sus necesidades, se acordare de aue no le has socorrido. Nosotros,
siervecillos tuvos. te felicitamos, si, por todas las demás virtudes;
pero en tu misericordia más bien nos felicitam os a nosotros mis­
mos. Alabamos la virginidad y admiramos la humildad, pero la
misericordia sabe más dulce a los miserables; por eso abrazamos
con más amor la misericordia, nos acordam os de ella más veces v
la invocam os con más frecuencia.»
SERMÓN 1

plateadas, cuyas plumas por la espalda echan brillos de


oro. En la espalda se halla lo que queremos decir detrás;
y cuanto más vivimos, tanto queda el nacimiento más ale­
jado. Por consiguiente, el nacimiento mismo es la puerta
por la cual salimos a este m undo, y que queda más alejada
tras la espalda. Esta con cep ción en la Virgen fué en los
brillos de oro, en el resplandor de la gracia, porque la gra­
cia es oro, según a qu ello: T e aconsejo que com pres de mi
oro acrisolado por el fu ego, para que te enriquezcas, y ves­
tiduras blancas, para que te vistas y no aparezca la ver­
güenza de tu desnudez 85.
Tam bién puede aplicarse a esto aquella figura com ún
de Ester. Había una ley general que prohibía la entrada ;
llegó Ester y entró ; extendió el rey el cetro y la to có di­
cien do: <JQ ué tienes, Ester? Y o soy tu hermano, no temas.
No morirás, porque esta ley no fu é puesta para ti, sino para
todos los demás 86. No se ha dado esta ley para ti: no
morirás, ¡o h V ir g e n !, en la entrada, aunque todos los d e ­
más al entrar contraigan la muerte, y la muerte sea el
portero del pecado, degollando a todos a la puerta de la
vid a ; sin embargo, tú no morirás, porque el R ey extendió
su cetro. La cruz de Cristo es este cetro real: se extiende
la cruz, esto es, su virtud, desde el primer pecador, Adán,
hasta el último que haya. ¡ V e aquí cuán extendida se
'halla ! A cuantos al extender el cetro tocó la virtud d e la
cruz, los lim pió del contagio de la m uerte; pero sola la
Virgen tocó el cetro a la entrada de su animación ; por eso
se aventajó a todos siendo preservada, no levantada, com o
los demás, después de la con cepción . Para dar más fuerza
* esto nótese lo que afirmó el Señor de su P recursor:
tn tre los nacidos de mujer no ha parecido uno más grande
? uf ) uan eZ Bautista 87. Pregunto y o : ¿N o nació también
la Virgen de m ujer? ¿E s, por tanto, el Bautista más grande
que la Virgen María ? La respuesta e s : Entre los nacidos
de mujer que contrajeron la mancha y cayeron ya en su
concepción, y limpios y elevados después se levantaron,
entre^ estos no ha parecido uno más grande que Juan el
Bautista; pero la Virgen entre todos fué preservada de
caer. No necesitando ser levantada, en nada rebaja su ex­
celencia la autoridad de la Escritura, com o si pudiera ser
tenida en menos que el Precursor.
., ^Otras dos com paraciones com unes pueden ser adu­
cidas aún. La primera es la del heredero mayor entre sus
Hermanos, por ejem plo, el hijo de un rey o un emperador ;
Para ése aun antes de obtener la herencia se acostumbra a
146 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

preparar un magnífico dom icilio adornado y lleno de toda


clase de preciosos utensilios. Cristo es el heredero mayor
de edad, el primogénito y unigénito de D io s ; heredó en
la pasión y tom ó posesión de su herencia en la resurrección.
M e ha sido dado iodo el poder en el cielo y en la tierra 88;
y por eso el Padre, antes de llegar el tiempo de heredar,
le preparó un dom icilio particular, una casa áurea, la Vir­
gen sacratísima, decorada de todas las virtudes com o de
preciosos utensilios, previniendo a la Madre de la cual
había de tomar carne humana y de cuya carne se había
de vestir habitando en ella, previniéndola de antemano,
no por el rescate ya pagado, sino por el que se había de
pagar.
Segunda com paración. V a a salir el hijo de un rey con
intención d e recuperar el reino para su padre y conseguir
una gloriosísima victoria del fatal enem igo, y otórgale en­
tonces su padre con toda liberalidad inmensa cantidad de
oro y plata para garantía de su ejército. Fuertemente ar­
m ado se presentó nuestro esforzado Capitán 89, Cristo, con
el fin d e arrebatar las armas del fuerte y encadenarlo a
él mismo, al dem onio, y de rescatar el reino y la gente
que por envidia había hurtado y detentaba injustamente;
y había de llevar a cabo esta empresa luchando valerosa­
mente en el monte Calvario sobre el fuerte caballo del ma­
dero, con el cual había el dem onio engañado fraudulen­
tamente a A dán y le había derrotado. Antes, pues, del
com bate que había de reportarle la victoria contra el mor­
tal e infernal enemigo, otorgó el Padre celestial a su hijo
una paga abundantísima, a saber, la gracia de preservar
a su Madre en atención a los méritos d e la futura pasión.
Entre otras muchas, aun puede aducirse una razón po­
derosa, es a saber: la dignidad de no tener p eca d o es la
más grande, sin exceptuar la de haber dado a luz a D io s ;
por consiguiente, si no repugna y se ve cierta probabilidad,
no puede negarse a la Virgen. A hora bien, la Iglesia no
sólo lo permite, sino que 'favorece esa o p in ió n ; y por otra
parte no hay autoridad alguna en la Escritura que la con­
tradiga. Por tanto, ha de concederse sin reserva esta pre­
rrogativa a la Virgen, y es temerario e impío, aunque no
herético, divulgar hoy con espíritu pertinaz lo contrario y
no creer esta excelencia de la Virgen.
12. Solemos maravillarnos de los sucesos extraordina­
rios que se salen del marco corriente. En la Virgen es todo
admirable y prodigioso ; pues con cebida sin mancha fuera
del orden com ún, sin precedente fué virgen y madre a la
vez, madre de su Creador, embarazada sin molestia, dando
ib. 28,18.
89 Le. 11,21-22.
SERM ÓN 1 147

a luz sin dolor, fecundada sin corrupción por obra, no de


varón, sino del Espíritu S a n to; con cibien do sin con cu ­
piscencia ; en una palabra, maravillosa en todas sus obras
y virtudes. San Dionisio 90 la hubiera adorado com o Dios
si no hubiera sido por la fe. No d ebe maravillarnos que
no haya, sido tocada por el más ligero pensamiento de
pecado ni por el más leve movimiento o la más insignifi­
cante insinuación, sino que permaneciera toda pura, sin
tentación interior, sin la menor instigación o sentido del
p e ca d o ; lo que d ebe maravillarnos profundamente es el
hecho de ser humana y no experimentar en nada las co n ­
secuencias d e la carne. Por eso, el Salmista, estupefacto
ante esta su inocencia y pureza, libre hasta del más ligero
pecado venial, exclam a: Venid y ved las obras de Yavé,
los prodigios que ha dejado El sobre la tierra 91 aquella
bendita, de la cual brotó la verdad 92 ; pero sobre todo co n ­
templad una estupenda: El es quien hace cesar la guerra
hasta los confines de la tierra93. Esta es, pues, la tierra
de la que se suprime hasta la más insignificante discordia ;
de esta tierra se destierra toda lu c h a ; en esta tierra se
encuentra la plenitud de la paz. Las palabras de la cita­
da profecía deben ser entendidas d e la Virgen María, en
la que, ciertamente, esta nuestra tierra de condición mi­
serable consiguió una paz perfecta, libre del más mínimo
asalto de los vicios ; porque la plenitud de la gracia no
dejó en ella enferm edad espiritual ni im perfección alguna,
y de tal m od o la asentó en toda bondad, que no pudiera
jamás recaer sobre ella el más ligero defecto ni cualquier
sombra o pretexto del mismo.
Cosa extraordinaria es en los dem ás santos no dejarse
avasallar de los v ic io s ; admirable es que la Virgen no
hava podido ser atacada ni aun en lo más mínimo por un
defecto. A los demás santos se les exige, en general, que
no dejen reinar el p ecado en su cuerpo m ortal; sólo a la
Virgen se le ha dado el privilegio singular, com o a su

. ,90 Están tomados estos pensamientos de la epístola de San D io­


nisio a San pablo, que trae, entre otros, Novato en el tom o 1 de
k-min. de la Virgen, p. 297, donde d ice: «Pongo por testigo a Dios,
que moraba en la Virgen, que, si tu doctrina no m e hubiera ilustrado,
'a hubiera tenido por verdadero Dios, porque no podría imaginarse
gloria más grande de los bienaventurados que la felicidad que
yo. infeliz de mí al presente y felicísimo entonces, saboreé.» Pero ni
aun los que admiten com o genuinas las otras obras de Dionisio tie­
nen a ésta por auténtica. Belarmino, en el n. 71 de los Escrit. Ecles..
¡«ce hablando de los escritos de San D ionisio: «Se hablaba tam ­
ben de una epístola escrita a San Pablo, pero todos justamente la
Rechazan.» Y no se encuentra ciertam ente entre las epístolas del
Husmo Dionisio, publicadas en el tomo 2 de la Bib. Patr.
" Ps. 45,9.
143 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

H ijo, -de no ver manchado su cuerpo con el más sutil_pe-


cado ven ial; y cabalmente respecto del p ecado se tiene
por seguro realizado en la Virgen lo que de todos los san­
tos se espera ; meta ciertamente que no conseguirán en
este su cuerpo mortal, sino cuando se hayan revestido de
la inm ortalidad; lo cual ha sido sobre toda ponderación
admirable y singular en la Virgen sobre todos los demás
santos.
C om o encarecen el valor de una obra la materia, la
forma y la perfección con que el artista imita el modelo,
del mismo m odo representa un mérito sobresaliente en
el artista resumir en una extensión insignificante toda una
gran historia, com o, por ejem plo, la pasión de Cristo. Por
consiguiente, venid y üed las obras de Y avé, los prodigios
que ha dejado El sobre la tierra; ved la obra admirable
del E xcelso. ¡ Obra verdaderamente admirable ! El supre­
mo Artista celestial juntó en una sola alma, la de la San­
tísima Virgen, las virtudes de todos los santos. C om o dice
San Jerónimo ®4, no hay blancura ni esplendor que no
resplendezca en la gloriosa Virgen.

SE R M O N 111

Antes que los abismos fui engendrada yo (Prov. 8, 24).

1. La Bienaventurada Virgen fué exceptuada de la


maldición de la mujer porque se había pronunciado antes
aquel ella quebrantará tu cabeza 2. ¿ C óm o, en efecto, pudo
ni por un m om ento ser cautiva de aquella cuya cabeza
hum illó? No se puede oír esto, no lo toleran las almas
piadosas. D ice Aristóteles en el libro I D e anima: En el
alma existe una triple armonía. La primera semejanza en­
tre el alma y la música consiste en la pluralidad de las
voces y unidad de objetivo a que tienden todas en ésta,
y la uniformidad con que todos los movimientos del alma
se someten al imperio de la razón. Segunda analogía. Como
es un misterio en el canto la existencia de sólo siete tonos,

94 Sermón a Paula y Eustoquio sobre la Asunción de la B. V. Ma­


ría. Sin embargo, no existe este sermón de San Jerónimo. Lo recha­
za Martianeo Ct. 5, p. 82). Se dice allí en la p. 92 al fin a l: «SI con­
templamos con diligencia a ésta (la Virgen), no hay virtud ni
belleza, ni candor, ni gloría que no reverbere de ella.»
i Según el P. Vidal, este sermón era llamado por Santo Tomás
«escolástico».
- Gen. 3,15.
SERM ÓN 2 149

q u e armónicamente se repiten, así en el razonamiento pru­


dente del alma, que tiene lugar en cada una de las acciones
deliberadas, se com ienza por el fin y se termina en el mis­
mo ; porque lo primero en la intención es lo último en la
ejecución. H e aquí och o estadios en las operaciones del
alm a: el conocim iento del fin, su aceptación, la búsqueda
de los medios, la consideración, el dictamen, la elección,
el impulso, la ejecución.
2. Tercera analogía. En la música 'hay cuatro relacio­
nes simples, a saber, el tono, la quinta, la cuarta, la o c ­
tava ; y la octava es la más amplia e incluye a las otras.
En el alma existen también cuatro relaciones, a saber, la
del cuerpo con respecto al alma, la de la sensualidad y
la razón, de la razón y la voluntad, la de la voluntad con
respecto a Dios, y esta última es la principal y encierra a
las otras.
3. Dios creó al hom bre recto 3, instrumento bien co n ­
formado según sus potencias ; la armonía llevaba consigo la
justicia original, don gratuito no natural. Pero ¿q u é hizo el
diablo? Trastornó el oído del hombre y desbarató toda la
armonía. El p eca do original, según Santo T o m á s 4, con ­
siste precisamente en esta disonancia de las potencias del
alma a causa d e la privación de la justicia original, que
encauce esas potencias sujetándolas a la razón. Por co n ­
siguiente, com o en el p eca do actual se distinguen dos c o ­
sas, el acto v la deform idad, así en el original el elemento
material es la disonancia de las potencias, y el formal, la
carencia de la justicia original 8 debida.
4. Podría replicarse: si esa debilidad y corrupción de
la naturaleza me es natural e inevitable, ¿ c ó m o puede ser
pecado? A lo cual respondo ®: R especto a la voluntad del
niño, eso no es más que una mancha ; pero en la voluntad
del primer padre, eso mismo fué culpa. Es ni más ni m e­
nos lo que ocurre con el hijo de un traidor. Se insistirá a ú n :

3 Eccl. 7.30.
4 1-* q. 82. a. 1 c . : «Pues es (el pecado orieinal) cierta dispo­
sición desordenada, que proviene de la disolución de la armonía
en que consistía la razón de la justicia original.»
3 Santo Tom ás (1-2. q. 82, a. 3 c . ) : «Por consiguiente, la form a­
lidad del pecado original consiste en la privación de la justicia
°nginal, mediante la cual la voluntad se suletaba a D ios; y todo
otro desorden de la fuerza del alma se considera en el pecado ori­
ginal como also material. Este desorden de las otras fuerzas del
al™a se considera princinalmente en que se vuelven desordenada­
mente al bien conmutable, cuyo desorden bien puede dominarse
en general con el nombre de concupiscencia; y así el pecado
original es materialmente en verdad la concupiscencia, pero for­
malmente la carencia de la justicia original.»
‘ q. 81, a. 1 c.
150 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

El hijo no llevará sobre sí la iniquidad del padre 7. Es ver­


dad, pero en cuanto que no sea participante del delito.
T od os pecam os en Adán, en cuanto estábamos en él, y
él fué la raíz que, corrom pida, propagó la corrupción a
los ramos ; porque en él, com o en la fuente de la natura­
leza. contrajo la nuestra su corrupción. Y por eso no caye­
ron los ángeles por el pecado del primer ángel, porque no
estaban en la raíz com o nosotros ; por eso precisamente el
pecado d e A dán es un p eca do de la naturaleza 8.
5. Si se me pregunta cóm o el alma, que no procede
de A dán, puede contraer la mancha del mismo, respon­
deré : el p eca do original se contrae por la infusión del
alma en una carne corrom pida. Por otra parte, no influye
la sensualidad d e la generación. Y en tercer lugar, se con ­
trae por unirse a una carne que procede de A dán según
la naturaleza seminal y el poder d e la generación, co m o el
ramo natural contrae la corrupción d e su raíz. Síguese que,
si alguno fuera engendrado sin sensualidad, contraería, sin
embargo, el p ecado ; si alguno fuera con ceb id o milagrosa­
mente, aunque de una mujer corrom pida, pero sin gene­
ración, no lo contraería 9. Por consiguiente, queda bien
claro que Cristo no necesitó de preservación. Y también
queda claro que la Virgen hubiera contraído el p ecado si
no hubiera sido preservada y prevenida con las bendicio­
nes ; y esto es lo que enuncia el tem a: A n tes que los abis­
mos. esto es, el pecado, que todo lo devora (se llama al
original propiamente abism o, porque absorbió a todos),
fui y o engendrada; com o si dijera: mi con cep ción fué pre­
venida antes que existiese el abismo, que lo hubiera sido
también para mí si no hubiera existido tal preservación.
6. Pero t cóm o pudo ser preservada ? De tres m aneras:
primero, quitándole la obligación, aun sin darle la justicia
y la gracia. D ice E scoto: ¿Se puede perdonar el pecado
sin dar la gracia? Y responde afirmativamente. En segundo
lugar pudo ser preservada mediante la justicia, y en tercer
lugar, mediante la gracia. Quizá alguien repliau e: no con­
vence, puesto que el pecado es la carencia de la ¿asticia
y no d e la gracia. A lo que se responde: el que debe un
denario satisface la deuda si da un escudo ; del mismo m o­
d o la gracia contiene la justicia ; y así decim os ocurrió en
la Virgen, porque se infundió la gracia en el m om ento de
la creación del alma, com o se demostrará luego ; y éste es
el punto capital de la dificultad.
7. Esa parece ser la razón más poderosa entre todas
? Ez. 18.20.
8S a n to T om ás, 1-2, q. 81, a. 1 c.
9 I b ., a . 4 c.
151

las autoridades d e la razón. El A póstol 10, queriendo p ro ­


bar que Cristo murió por todos, justifica esta razón co n la
autoridad del Salm o: T od os van descarriados, etc. De
suerte que o concluye este razonamiento o no concluye.
Esgrimo ahora este argumento del A póstol: si no se pue­
de resolver, queda probado ; si se resuelve, luego el A p ó s ­
tol no concluye nada con su razonamiento, pues se le p o ­
dría responder que Cristo murió por el justo para que no
perdiera la justicia, etc. Si se dice que hubo muchos jus­
tos y que el A póstol nada concluye, por temeraria hemos
de rechazar tal afirmación.
8. Segunda autoridad: N o es bueno que el hom bre
esté solo, voy a hacerle una ayuda sem ejante a él 12. ¿ C ó ­
mo pudo ser Eva una ayuda? Más bien fué la ocasión de
la caída y la que precipitó a A dán en ella. Por eso ha de
entenderse este lugar del segundo A dán, Cristo, y de la
Virgen, porque realmente la Virgen fué ayuda y com pa­
ñera. Ella le acom pañ ó en el nacimiento, en el destierro de
Egipto, en el desierto, en la peregrinación, en la predi­
cación, pues no podía estar sin su Dios e H ijo suyo. Fi­
nalmente, estaba junto a la cruz de Jesús su M a d re13. El
Hijo en la cruz, la Madre junto a la c r u z ; más aún, el
Hijo enclavado en la cruz, y la cruz clavada en el corazón
de María. Había sólo una cruz, y eran dos los que colga­
ban de ella ; un solo tormento, y dos los que sufrían: el
Hijo en el cuerpo, la Madre en el corazón. L os clavos ta­
ladraban las manos del H ijo, pero a la vez las entrañas de
M aría; la corona punzaba la cabeza santa y el corazón
sagrado. ¡ O h fiel com pañera ! ¡ C óm o ayuda al H ijo, có m o
soportaba el dolor con E l ! No así los amados apóstoles,
porque no habían sido dados para ayudarle com o la V ir­
gen. Cúmplese así voy a hacerle una ayuda sem ejante a
él: semejante en la pureza, semejante en la virginidad, se­
mejante en la inocencia, semejante por la carencia de p e­
cado, semejante en la pobreza, semejante en la humildad,
semejante en la tribulación, semejante en la con cepción
sin mancha, semejante en la gracia, semejante en la gloria,
a la cual se digne llevarnos su H ijo. A m én I4.
10 Rom. 3,12.
11 Ps. 13,3.
12 Gen. 2, 18.
13 lo. 19,25.
14 Otras cosas aún, dice el P. Vidal, se encuentran en el códi­
ce. que paso por alto porque son puramente escolásticas; sin em-
° ar?o, no me pareció bien omitir las autoridades que transcritas
ael original se encuentran al pie del mismo (sermón), y son las si­
guientes : Caerán los pecadores en sus mismas redes, mientras aue
y° Pasaré libre (Ps. 140,10). En el Apocalipsis 21,2: Vi la ciudad
santa, la nueva Jerusalén, sacada entonces por vez primera del hor-
n° del Espiritu S a n to : nueva, porque había sido concebida de un
152 ' CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

SERMON 111

El hombre ha nacido en ella, y el mismo Altísima


es quien la ha funaaao (Ps. be, a).

I. D os partes tendrá el serm ón : en la primera se tra­


tará del m agnífico fundam ento, y el mismo Altísimo es
quien la ha fundado; en la segunda, del fin que se pretende
con este fundam ento, es, a saber, el hom bre ha nacido en
ella.
Cuando algún emperador quiere construir algún castillo
fam oso en toda la tierra, primero busca un lugar alto para
ei mismo y la sunciente doCacion -ae agua ; luego construye
sólidos fundamentos para levantar sobre ellos los muros y
las defensas ; prepara además abundancia de víveres y le
provee d e todo lo necesario para una com pleta defensa. Así
Dios en este día levanta en la tierra una torre altísima, ri­
quísima, de la que se dice en los Keyes 1: La casa que
quiero edificar d eb e ser de tal naturaleza que sea famosa
entre todas las gentes en el cielo y en la tierra. Y ella ha­
blando de sí: Todas las naciones m e llamarán bienaventu­
rada 2. Por eso no quiso Dios que pagara tributo a nadie,
ni estuviera sujeta a otro, ni encom endar a nadie su guarda.
El mismo quiso ser su custodio permanente durante nueve
meses en el vientre y siempre en su corazón. A lo cual se
refiere aquello del Salm o: En m edio d e ella está Y atíé; no
será conm ovida 3 ; no se apartará de El por el p eca do mor­
tal ni se m overá por el ven ial; más aún, ni se turbará por
el original.
2. Si queréis oír sus riquezas, escu ch a d : D e maderas
del Líbano se ha h echo el rey Salomón su litera ; las colum-
ñas las ha h echo de plata ; el respaldo, de o r o ; las gradas
cubriólas de púrpura, y el centro con amor 4. ¿Q ueréis co ­
nocer su fortaleza ? Dice el p rofeta : El Salvador será para
ella muro y antemural s, El la rod eó preservándola. ¿Q uién

m odo nuevo. La socorrerá Dios desde el rayar el alba (Ps. 45,6), tan
pronto com o la aurora comienza a derramar su luz. Otros, como
Juan y Jeremías, fueron santificados por la m a ñ a n a ; pero a María
la favoreció desde el rayar el alba, es decir, previniéndola de an­
temano.
1 3 Reg. 8,43.
2 Le. 1.48.
3 Ps. 45,6.
* Cant. 3,9-10.
* Is. 26,1.
SERMÓN 3 153

podrá abrir brecha en ese m uro? Su techo es com o su al­


tura: El Espíritu Santo Vendrá sobre t i 6. Rodeada por Dios,
protegida por D io s ; los víveres7 es el pan vivo en su vien­
t e ; las fuentes y arroyos, los ríos de gracias; la multitud
de provisiones, los manjares de las virtudes. T od os reciben
de ella, y permanece ella colmada. Oigamos a San Bernar­
do 8: Se hizo todas las cosas para todos, a todos abre el
seno de su misericordia, para que todos reciban de su ple­
nitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo
el triste, perdón el pecador, gracia el justo, alegría el á n g el;
finalmente, gloria toda la Trinidad, y la persona del Hijo la
substancia de su carne humana, de suerte que no hay quien
pueda esconderse de su c a lo r 9. ¡0¡h, cuán abundante ha
sido la provisión que se le h izo!
3. ¿Q u é resta sino hablar del fundamento? Dice el Sal­
mo: Sobre los montes santos está fundada 10. Reparemos a
qué montes se refiere: A braham engendró a Isaac, Isaac a
Jacob, etc. 11 Según la carne puso sus fundamentos en los
patriarcas y en los profetas ; pero según el espíritu tiene un
fundamento más só lid o : Sólidamente está fundada la casa
de Dios sobre roca firme 12. y la roca era Cristo 13. El V erbo
es el fundamento de su Madre, que lo lleva en su seno. C o­
nocéis ya la fundación fortísirria, riquísima, altísima, que
fundó el Altísimo, y tal cual convenía fuera la que está apo­
yada en Dios y de El rodeada. ¡ Oh mujer admirable, sin­
gular, singularmente digna de ser admirada ! Gloriosas cosas
se han hecho de ti, ¡oh ciudad de Dios! 14, ciudad santa,
ciudad opulenta.
4. Pero ¿cuál es el fin de tan ilustre fundación? Escu­
chemos lo que dice Isaías: Habrá protección sobre toda glo­
ria, y tabernáculo para proteger contra el calor del día y para
refugio y abrigo contra el turbión y el aguacero 15. Es, pues,
una protección de santidad para los justos, una sombra con ­
tra el ardoroso espíritu de la sensualidad para los pecado­
res, un refugio contra el espíritu del torbellino, esto es, la
avaricia, y de la lluvia, es decir, la vanagloria. Para todos es
saludable y por eso d ebe celebrarse con gozo general su
concepción. Dice el Salm o: El monte de Sión, delicia de

6Le. 1,35.
7lo. 6,41-51.
8Véase la nota 69 del Sermón 1.
9Ps. 18.7.
10Ps. 86,1.
11Mt. 1,2.
'2La Iglesia en la dedicación de las iglesias.
31 Cor 10.4.
" Ps. 86,3. .
IS. 4,5-6.
154 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN M ARÍA

toda la tierra, se yergue bello al lado del A quilón de la ciu­


dad del gran R e y 16. Monte Sión es llamada la Virgen, por­
que de ella fué arrancada 17 sin manos, esto es, sin el con­
curso de varón, aquella piedra, Cristo, que, creciendo hasta
ser un gran monte, ocu p ó toda la tierra ; porque en ella
misma fué form ado el templo del Dios Altísimo, a saber, la
humanidad de Cristo. Ciudad del gran R e y , porque a ella
afluyen todos los ciudadanos del cielo.
5. Pero, ¿p or qué la Virgen es llamada lado del A qui­
ló n ? Prestad atención. Puede quedar manifiesto consideran­
d o lo que dice Isaías de L u cifer: Subiré a los cielos ; en lo
alto, sobre las estrellas de Dios, elevaré mi trono. M e insta­
laré en el m onte santo, en las profundidades del Aquilón.
Subiré sobre la cum bre de las nubes y seré igual al Altí­
simo ls. Llama nubes a las almas de los santos, que com o
nubes suben de la tierra ; llama estrellas a las distintas je­
rarquías angélicas: a todos pretendió anteponerse Lucifer.
¿ A don d e quiso subir sobre las nubes y los astros ? A l monte
del Testamento y al lado del Aquilón, porque estos son más
altos que las nubes y los astros. El monte del Testamento
es la humanidad del Legislador, Cristo ; allí quiso sentarse
Lucifer cuando le tentaba d ic ie n d o : Di que estas piedras se
conviertan en pan 19. Tam bién pretendió poner su trono en
el lado del A quilón. e§to es, en la Virgen. ¡ O h descarada
insolencia ! Y se la llama lado del A quilón porque la Virgen
es el lado de Dios ; y com o el H ijo tiene su trono a la diestra
del Padre, así lo tiene la Madre a la diestra del H ijo : A tu
diestra está la Reina 20. Por consiguiente, en el lado de Dios,
porque, com o dice San Anselm o 21, fué conveniente que la
Virgen resplandeciera con la mayor pureza que cabía con ­
cebir después de la de Dios, y a esto se refiere lo del Sal­
m o : Caerán a tu lado m il22.
6. Claro que dirá alguien: G ózom e sobremanera de tan
excelsa virtud de la Virgen, pero, por lo mismo, me entra

16 Ps. 47,3.
17 Dan. 2,34.
i» Is. 14,13-14.
i® Mt. 4,3.
20 Ps. 44,10.
De la Concepción de la Virgen, 18: «Era conveniente que bri­
llara con la mayor pureza imaginable, inferior a Dios, aquella Vir­
gen, a quien Dios Padre se disoonía a dar su único Hijo, al que;
engendrado de sí mismo e igual a El, amaba como a si mismo, y
de tal manera se disponía a dárselo, que fuera naturalmente uno
y el mismo hijo común a Dios Padre y a la V irgen; a la cual tam­
bién el mismo Hijo elegía para hacerla substancialmente madre
suya, y de la cual también el Espíritu Santo quería y había de ha­
cer que fuera concebido y naciera aquel de quien El mismo pro­
cedía.»
22 Ps. ÍKJ,7.
1 55

mayor temor de acercarme a tan gran pureza siendo yo tan


impuro; tem o, por consiguiente, no se me diga: N o me to­
ques, porque tú eres inmundo 23. Porque dice Isaías: N o lo
pisará hombre inmundo 2i. ¿C óm o, pues, un pecador, se­
pultado en el cieno, osará entrar en una casa tan limpia, fa­
bricada de piedras preciosas ? Si se le manda a M oisés 2,1
descalzarse, ¡ cuánto más a un pecador ! Pues bien, preci­
samente por esto, para que no te muestres tím ido en acer­
carte, el profeta, después de decir: Gloriosas cosas se han
dicho de ti, ciudad de Dios, añadió en nombre de la Virgen
aquella prom esa: Contaré a Rahab y a Babilonia entre los
que me con ocen 20. Rahab fué una mujer pública, una m e­
retriz, y significa al pecador mundano ; y toda alma al pecar
comete una fornicación. Pues ¿ qué otra cosa es un deseo
pecaminoso sino una joven descarada, com o la voluntad, que,
menospreciando al esposo, se abrace desgraciada con aquél?
¡O h perversidad! Tú, dice el profeta, has p ecad o con mu­
chos amantes 21. Babilonia, en cam bio, suena a confusión,
y figura el alma pecadora del religioso: Serán confundidos,
porque Dios los d esechó de sí 2S.
Los que m e con ocen . Si el pecador se acordare de la
Virgen, también ella le tendrá presente, pues sigue dicien­
d o : H e aquí que los filisteos, los de Tiro, esto es, la tribu­
lación, y el pueblo de los etíopes, esto es, los sensuales, to­
dos ésos allí estarán. ¿N o se dirá entonces de S ió n : H om ­
bres y hom bres han nacido en ella, y el mismo Altísimo es
quien la ha fu n d a d o?29 La Virgen purísima nos promete
que se acordará de los que la con ocen ; no pide más que
nos acordem os de ella, que la imploremos ; por consiguien­
te, ¿n o se dirá entonces de Sión: H om b res...? ¿P or qué no
toma para sí este sobrenom bre? ¿P or qué se ha de olvidar
de invocar noche y día a tan misericordiosísima Protectora ?
¿N o se dirá entonces de Sión: H om b res...? Medita bien esto.
Pero respondam os a la objecion . N o lo pisará hombre
inmundo, porque a su puerta está el agua p u r ific a d o » ;
pues desde un principio consigue la Virgen para sus d e v o ­
tos el don de lágrimas, con las cuales se purifican.
7. El segundo fin de esta fundación es lo que se sigue
en el tema, es decir, que en ella Dios se haga hombre, que
ella llegue a Madre de su Creador, que el Creador d e l ’cielo
y de la tierra nazca de ella, que ella sea la Madre de su
Padre. ¡ Oh preclara dignidad de la criatura ! La constituyó
23 Xs. 65,5.
24 Ib. 35,8.
25 Ex. 3,5
26 P¿. 86,3.
27 Ier. 3,1.
-8 Ps. 62,6.
29 Ib. 86,4.
156 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Dios fuerte, para hacerse El en ella -débil; la hizo rica, para


hacerse El en ella pobre ; la levantó, para humillarse E l ; le
dió libertad, para hacerse El esclavo, porque toda la eleva­
ción de la criatura es humildad referida a Dios. Así, pues,
¿q u é dignidad no le conviene a la Madre d e D ios? ¿Q ué
pudo negarle D ios? ¿Q u e no quiso darle su H ijo ? Todas
las prerrogativas le convenían a la Madre, todas pudo otor­
gárselas Dios, todas quiso dárselas el H ijo. Y si era con ve­
niente, y pudo, y quiso, ciertamente lo hizo, pues redunda
en honor del H ijo el honor con cedid o a la Madre. Pues nos­
otros no podem os escoger los padres que nos den el ser,
mas el H ijo de Dios por sí mismo creó, eligió y herm oseó a
la Madre de que había de nacer. ¿ De qué dignidad y honor
no la dotaría? No fué decoroso que la Madre de la Gracia
hubiera sido hija del pecado, que la Reina de la Gloria hu­
biera sido rescatada, que la Madre de la V ida hubiera sido
esclava d e la muerte ni que la Madre de la Libertad hubie­
ra estado sujeta al pecado.
8. Probem os esto por las autoridades de las Escrituras
relativas a esta edificación y veamos qué nos dicen de ella
las mismas. En el libro tercero de los R e y e s : La fábrica de
la casa se hizo de piedras labradas, sin que durante la obra
de la casa del Señor se o y e s e en ella ruido de martillo, ni de
hacha, ni de ninguna otra herramienta 30. Y a puede objetar
el ju d ío : ¿ C óm o fué posible esto ? San Agustín y San Gre­
gorio ven en esto un misterio. Esta casa fabricada de pie­
dras labradas, esto es, de virtudes, es la Virgen ; el hacha
es el pecado mortal, porque llega hasta el profundo. San
Juan d e cía : Ya está puesta el hacha a la raíz de los árbo­
les S1. La herramienta es el p ecado venial, porque no des­
truye totalmente ; el martillo, que sacude a todo hombre,
es el p ecado original. Ningún ruido de éstos se ¡hizo notar
en la V irgen, ni aun cuando era creada, esto es, en su con ­
cep ción , pues, com o dice el profeta, ha sido hecho peda­
zos el martillo de toda carne 32, quiere decir, en la gloriosa
Virgen.
9. Otro testim onio: Fijó su habitación en la P a z 33, y
no con guerra, porque ella dió a luz la Paz. La tercera au­
toridad es del É xodo 34. Luego que terminó todo, es decir,
luego que el cuerpo de la Virgen fué form ado, organizado
y dispuesto para recibir la vida, d escen dió la nube sobre el
tabernáculo del testimonio, esto es, aquel alma bienaven­
turada. Una ligera nube penetró en el cuerpo, tabernáculo

30 3 Reg. 5,7.
31 Mt. 3,10.
32 Ier. 50,23.
•« Ps. 75,3.
34 Ex. 3,9.
del Espíritu Santo, y lo llenó la gloña del Señor, la gracia.
De m odo semejante penetra la nube en el tabernáculo, esto
es, el alma en el cuerpo y la gracia en el alma ; por consi­
guiente, no estuvo el alma sujeta al pecado.
10. Un cuarto testimonio nos lo da San Juan en el A p o ­
calipsis: Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén 3i. N ueva,
es decir, con cebida de un m odo nuevo, y no habrá allí no­
ch e36, porque su lumbrera es el C o r d e r o 37. Notemos con
qué hermosura la había dispuesto Dios. El mismo la había
adornado, El mismo la había preparado, para que su amor
cautivara a su H ijo y le hiciera venir a la tierra. Y tam bién:
H e aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres, y el mis­
mo Dios será con ellos 38, por la gracia aquí y allí por la
gloria, a la cual nos lleve Jesús. Am én.

SE R M O N IV

Hallando una margarita de gran precio, vende


todo cuanto tiene y la compra (Mt. 13, 46).

1. La margarita preciosa con que adquirimos el reino


celestial es la gracia. D ice el A p óstol: El don de Dios es
la vida eterna 1. ¡O h , con qué afán debes esforzarte a fin
de que, cuando llegue la muerte, poseas en tu corazón esta
margarita ! Pues si Dios la encuentra en tu corazón, al des­
cubrirla te entregará todo lo suyo, ya que tuyos serán todos
los bienes de Dios, pues a todo aquel que tiene dársele ha,
y se hará rico 2; al que tiene la gracia, se le dará la gloria ;
en cam bio, las tinieblas exteriores están preparadas para
los que no tienen este vestido nupcial. Por eso dice San
Juan en el A pocalipsis al obispo de L aodicea: D ices: «Y o
soy rico y de nada tengo necesidad», y no sabes que eres un
desdichado, un miserable, un indigente, un ciego y un
desnudo; aconséjote que com pres de mí oro acrisolado por
el fuego, para que te enriquezcas 3. Oro acrisolado por el
luego, p 0r ]a gracia atizada por el fuego de la caridad. Pero
i com o se puede comprar la gracia ? Porque, si se com pra
P°r un precio, ya no es gracia. Por eso esta margarita ha
158 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN M ARÍA

de ser descubierta, no com prada. Y así d ic e : Hallando una


margarita de gran precio. Y ¿quién la encontró sino aquella
a quien se d ijo : Has hallado gracia delante de Dios? 4 Ella
encontró la gracia que Eva perdió, y la vende gratis. Real­
mente es esto adm irable: se vende y com pra esta marga­
rita sin precio. ¿Q u é clase de venta es ésta? ¿C ó m o puede
haber com pra si no hay p recio? Cierto, com o es gracia, no
puede haber precio. Escucha al profeta: Venid, com prad sin
dinero, sin pagar5. Por consiguiente, ¿q u é podrem os dar
por ella? El precio de com pra es la oración d evota: acér­
cate más y más a esta Virgen acaudalada y fecunda en
divinas riquezas, opulenta, abundantísim a; ofrécele tu sa­
ludo, y recibe la gracia.

A o e , María

2. V o y a tratar en este sermón alegóricamente, com o


prometí, de la parábola del Evangelio d e ayer, sobre el co ­
merciante que busca ricas margaritas. Pero ¿ qué tiene que
ver esto con la Virgen ? No es ajeno este sermón a la festi­
vidad, pues, com o veréis, la Virgen, cuya purísima concep­
ción celebram os hoy solemnemente, reclama por suya gran
parte de esta parábola. Y procuraremos acom odar a la le­
tra todo el discurso según las semejanzas antedichas.
3. Este comerciante riquísimo que negocia en margari­
tas es el H ijo unigénito de Dios. D escendió del cielo para
com prar esta nuestra penosa vida, y com o buen negocian­
te, dice San Agustín 6, nos trajo la suya y adquirió la nues­
tra ; cam bió lo celestial por lo terreno, lo sublime por lo hu­
milde, lo eterno por lo tem poral; ofreció las riquezas de su
gloria y recibió la pobreza, d ió la alegría y soportó la tris­
teza, ofreció la vida y aceptó la muerte. ¡ Qué cam bio tan
notable ! El H ijo unigénito de Dios, a quien adora todo el
celestial ejército, fué considerado com o hijo de un carpin­
tero 7 ; vino tan humillado, que, a la manera que los gran­
des negociantes, por m iedo de los ladrones, suelen acudir
a los m ercados disimulando su condición bajo despreciable
vestido y por dentro van bien forrados de oro (ocultándose
así para evitar la muerte si fueran conocidos), así este nues­
tro piadosísimo M ercader se escondió precisamente para
poder morir, porque, si hubieran con ocid o al R e y de la glo-
ria, nunca le hubieran crucificado 8.

■i Le. 1,30.
5 Is. 51,1.
6 Véase la nota a la conc. 2 del dom. 18 después de Pent.,
n. 2, p. 243, vol. 3.
■> Mt. 13,55; Me. 6,3.
s 1 Cor. 2,8.
se r m ó n 4 159

4. Pero ¿ qué es lo que busca este gran M ercader en la


tierra viniendo d e tan lejos ? Pues dice el p rofeta : H e aquí
e l n o m b r e de Yavé, que viene de lejos 9. ¿Q u é es lo que le
trajo del cielo a la tierra ? ¿ Qué busca con tan!:a solicitud en­
tre nosotros ? Gran negocio, sin duda, y de consideración el
que el Hijo de Dios busca en la tierra durante treinta y
tres años con tales sudores, trabajos y fatigas. Mira lo que
b u s c a : Buscando, dice, margaritas de gran p r e c i o 10; de
erran precio ciertamente, aunque perdidas. Pero escuchad
qué margaritas son éstas.
Dos preciosas margaritas produjo en el principio el su-?
premo Artífice, resplandecientes con vivo centelleo, fam o­
sas por la pureza de su blancura, es a saber, dos naturale­
zas intelectuales, la angélica y la humana. A dem ás de la
propia dignidad de su períectísimo ser natural, les añadió
el ornamento de la libertad, a fin de que, com o El mism o,
fuesen ellas también dueñas de sus actos. A dem ás, para
realzarlas más, las d otó con el sello de su propia imagen,
de suerte que, impresa por el Artífice soberano, luciera11
en la naturaleza de la criatura intelectual una divina serne-
janza y resultara una preciosa margarita no tanto por su va­
lor natural com o por obra del Artífice. Pero ¡ qué desgra­
cia ! Am bas margaritas se recrearon en sí mismas y, satis­
fechas de su propia hermosura, apartaron sus ojos de la
gloria de su Creador y los volvieron a su propia belleza ; y
en lugar de dar gracias humildemente a su Artífice por la
honra recibida, engreídas vanamente de sí mismas, casi en
el momento de ser creadas, codiciaron la gloria de su Crea­
dor ; y las que habían sido creadas en el tiempo, con teme­
raria osadía pretendieron escalar los caminos de la eterni­
dad. ¡O h si se hubieran dado cuenta ! ¡ Oh si hubieran sido
perseverantes ! ¡ Oh si hubiera habido quien reconviniese a
los autores de tamaña presunción !
5. No hubo quien dijera al h om b re: ¿D e qué te enso­
berbeces, polvo y ceniza? 12 No olvides que eres polvo 13 ;
oate cuenta que estás form ado d e barro. ¿P o r qué te dejas
Persuadir por la serpiente ? No hay en sus insinuaciones ni
apariencia de verdad, pues d ic e : Seréis com o d io s e s 14.
ues ¿ qué eres tú. mísera serpiente ? Si pretendes que nos-
n,os hagamos dioses com iendo, ¿p or qué no has lle-
» ao tu ya a ser d ios? ¡Q u é bien representada está tu des-
0 ura interior en esa tu serpentina figura ! Más bien será
a Quien nos haremos semejantes si seguimos tu inspira-
! Is. 30,27.
160 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN M ARÍA

ción. En verdad que era bien claro y manifiesto todo esto


si el discurso d e nuestros padres no hubiera estado turbado.
Pero tornemos a nuestro propósito.
El ángel y el hombre, elevados vanamente sobre sí, pre­
tendieron recorrer los caminos de la eternidad. Am bicionó
aquél el poder, y éste la sabiduría 15, porque la astuta ser­
piente no vió probabilidad alguna de que el hombre, tan
baja criatura, osara apetecer el poder divino que ella ambi­
cionó. En efecto, ¿c ó m o hubiera podido el hombre, tan in­
significante, desde el lugar más bajo del mundo, señalar su
derrotero a los astros, gobernar el cosm os, disponer todas
las cosas ? Por eso le persuadió con más facilidad a que ape­
teciera la sabiduría, que se muestra más asequible y de la
cual siente el corazón humano un anhelo natural. Seréis, les
dijo, com o dioses, no por el poder, pues eso es increíble,
sino por el conocim iento del bien y del mal 16. De este modo
se desvanecieron en su corazón, se ensoberbeció éste ne­
ciamente y cayeron ; pues encorváronse los collados del
mundo al pasar el Eterno 17. Aquellas cumbres del cielo y
de la tierra, el primer ángel y el primer hombre, lo más ele­
vado de las criaturas, se abatieron. D ice a este propósito
San Bernardo 18: La am bición del p oder privó al ángel de
su dicha angélica, y el apetito de ciencia' despojó al hom­
bre de la gloria de la inmortalidad. ¿C óm o caíste del cielo,
lucero brillante, hijo de la aurora? 19 ¿D ón d e está tu gloria,
dónde tu esplendor ? Envidioso, debieras haberte contenta­
d o con tu miseria. ¿P or qué, desgraciado y perverso, pones
asechanzas al hombre inocente? ¿P or qué tiendes lazos a
su sencillez de palom a? Ningún daño te hizo el hombre, no
fué él quien te derribó del cielo, no fué él quien te engaño
¿P or qué quieres asociarle a tu miseria? ¿ T e equivocaste?
Ten paciencia, bástete el ser tú miserable ; no te va a le­
vantar la caída ajena, ni su miseria te va a aliviar. ¿Qué
ventaja te va a proporcionar un com pañero de esta mise­
ria? ¿Q u é daño te hizo el hom bre? Y a lo afirma el profeta:
L e maltrató sin ningún motivo 20; no hubo otra causa que la
envidia del maligno, pues por la envidia del diable entró lo
muerte en el mundo 21; la soberbia le derribó a él, y por su
envidia engañó al hombre.
6. Sucedió, por consiguiente, que aquella obra admi­
rable del Creador, que perdió el resplandor de la gracia que
realzaba la naturaleza, se redujo a inmunda escoria, y Ia
13 S a n t o T om ás, 2-2, q. 153, a. 2 c.
i» Gen. 3.5.
” Hab. 3.6.
i» Sermón 4 de la Ascensión del Señor, 5.
i» Is. 14,12.
2" Ib. 52,4.
2i Sap. 2,24.
SERM ÓN 4 161

imagen que representaba a Dios en su obra, ennegrecida,


se convirtió en sucio carbón. Dice el profeta: Más d en e­
grido que el carbón está su rostro 22. H e aquí cóm o las pre­
ciosas margaritas por la mancha del p ecado se convirtieron
en inmundos tizones. Tan poderosa es, hermanos míos, la
corrupción del pecado, que en un m om ento convierte a una
brillante margarita en carbón y al ángel más resplandecien­
te en el más espantable diablo. Lamenta a la vez y admira
el profeta este p oder de la malicia, esta caída, tan digna de
lástima, exclamando en las Lam entaciones: L os ínclitos hi­
jos de Sión, que vestían de oro jinísimo, ¿cóm o son ya mi­
rado’! cual si fuesen Vasos de barro? 21 ¿Q u é cam bio tan
notable, tan repentino, tan miserable es éste? L os hijos de
Sión, habitantes de la celestial Jerusalén y ciudadanos de la
ciudad celeste, ínclitos por la dignidad de su naturaleza, que
vestían del oro finísimo de la gracia y de la imagen divina,
r'cómo son ya mirados cual si fuesen vasos de barro? <C óm o
fueron pulverizados? Q u edó la angélica margarita en los án­
geles buenos, aunque diáfana y pura, debilitada, sin embar­
go, y disminuida, porque 24 al caer el dragón arrastró en su
cok consiso a la tercera parte de las estrellas.
En cam bio, la otra margarita, que Dios había revestido
de barro, perm aneció sin doblegarse, aunque corrom pida,
manchada y ofuscada por la pestífera inspiración de la ser­
piente. Las dos margaritas reclaman de nuevo la interven­
ción del primer A rtífice: aquélla, el ángel, necesita de un
reparador ; ésta, el hombre, de un redentor : aouélla anhe­
la con ansia quien la restablezca ; ésta, quien la renueve.
Ven, Señor, v e n 25, no tardes. Mercader piadosísimo, no te
hawas el desentendido, a fin de ou e no perezca la excelen­
tísima obra oue creaste, r A ca so tú has criado en vano todos
los hijos de los hombres? 26 V en a buscar tus preciosas mar­
garitas ; a ti te toca restaurar lo oue creaste. ¡ Oh V e rb o de
Dios e imagen de su santísima deidad ! T ú eres el primer
ejemplar, a cuya semejanza fueron creadas estas dos mar-
S'i’ itas v cuvo retrato reproducen ellas : pues los errores se
corrigen confrontándolos con el original d e la obra, con el
Primer m odelo del arte. Clama el profeta D avid: H e anda­
do errante com o una oV eia descarriada 27, confieso mi error,
reconozco mi torpeza, declaro mi culna : he andado erran-
te. ven a buscar tu siervo 28. No envíes un profeta, ni un
Patriarca, ni un arcángel, ni un serafín ; ven a buscar tú

"4 Apoc. 12.9.


5 La lelesia- en el oficio del cuarto dom ingo de Adviento.
p s. 88.48.
162 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN M ARlA

mismo ; me aparté de ti y te perdí, ven a mí y me encontra­


rás. A lejado de Dios, perdióse el h o m b re ; hágase Dios
hombre y será encontrado el hombre perdido. Perdí tu se­
mejanza, desfiguré tu imagen ; toma mi semejanza, y, ase­
mejándose Dios al hombre, tornará el hombre a semejarse
a Dios. C on inmoderada soberbia ansió el hombre ser
Dios ?9, y se perdió ; hágase Dios hom bre con profunda hu­
mildad, y se deificará el hombre. Y puesto que el hombre
pretendió subir hasta Dios y cayó derribado al intentarlo,
baje Dios al hombre y se encaminará el hombre al D ios que
deseó ; y el hom bre, que, osando llegar a ser Dios, incurrió
en la muerte, recupere así la vida haciéndose Dios hombre. I
7. C onocéis, hermanos, a este gran M erceder y su gran
n egocio: por qué viene, qué busca entre nosotros, la causa
de su venida, el motivo de tan extraordinario negocio. Vino
com o reparador d e los ángeles, com o redentor de los hom­
bres ; ambas naturalezas le son deudoras. R eform ó a la hu­
mana, restableció a la angélica, puesto que ejercerá su jui­
cio en m edio de las naciones 30, y consumará la ruina de
las naciones justas. Y por eso en su nacimiento el ángel ce­
lestial anunció con toda sabiduría la gloria a los moradores
del cielo y la paz a los hombres 31 ; porque el hom bre había
de ser reconciliado y la hermosura angélica restablecida,
les llegaba a éstos la gloria y la paz a a qu éllos: las dos na­
turalezas son deudoras, las dos deben reconocer la deuda.
8. Pero no era fácil reparar la carne humana en la mis­
ma carne y condenar al pecado en la carne del mismo pe­
cado ; obra era ésta de un consejo altísimo y profundísi­
mo, y menester había la redención d e un arte extremada­
mente escogido. La carne estaba sujeta y no podía ; Dios
podía, pero no estaba sujeto. Hágase Dios hom bre, y así
pagarán a la vez el Dios que puede y el hombre que está
sujeto. Plan excelente y admirable, pero de difícil solución-
He aquí, pues, que las impurezas de la carne fueron puri-

2» Santo Tomás. 2-2, q. 153. a. 2 c . : «Dos clases hay de seme­


janza. La una es de una igualdad tota l; no fué ésta la semejanza
con Dios que buscaron nuestros primeros padres, porque tal seme­
janza no puede caber en la mente sobre todo de un hombre sabio
La otra es la semejanza de imitación, la cual es posible a la criatu­
ra respecto de Dios, es a saber, en cuanto participa algo de la se­
mejanza de aouél a su manera. Pues dice Dionisio ( De div. nom. 9-
3): « Unas mismas cosas son sem ejantes a Dios y desem ejantes: lo
primero ciertamente, según una imitación contingente; lo segun­
do, porque Participan menos de la causa». Cualquier bien que exis­
te en la criatura, es cierta semejanza participada del primer bien:
y así. por lo mismo que el hombre apetece algún bien espiritual P°r
encim a de su medida, com o se ha dicho (art. prec.i, síguese q"e
apeteció desordenadamente la divina semejanza.»
P s . 109,6.
Le. 2,16.
SERM ÓN 4 163

ficadas por una carne inmaculada. ¿Q uién podrá volver puro


al que de impura simiente ju é con ceb id o? 32 Pero, ¿ donde
estaba esta carne sin mancilla? Porque, mediante el hálito
de la serpiente, toda la carne había sido corrompida, bin
embargo, ya D ios lo había prometido a muchos, y había
confirmado con juramento a nuestro padre Abraham que
nos otorgaría s3; pero, com o d ice Isaías, c quién sacó del
oriente al justo y le llamó para que le siguiese 34, para que
convoque a los que han de luchar desde el principio, para
que restaure las criaturas que creó y repare la imagen ?
¿Qué carne habrá tan inmaculada que agrade a Dios y en
ella encarne el V erb o, que no ofenda con su infamia los
ojos de la majestad, y deleite con su limpieza, y cautive
con su hermosura ? V ino Sara, pasó R eb eca y A na, la d e v o ­
ta madre de Samuel, y no había quien atrajese al celeste
Unicornio a su seno, ni quien le sujetara con los lazos de la
carne, ni consiguiera que Sansón, atado 35 por manos d e los
filisteos, fuera escarnecido y muerto por nuestra salud. Dice
a esto San Agustín: La suprema sabiduría de Dios no en­
contró en la masa del linaje humano camino alguno por
donde socorriese, com o tenía dispuesto, su lamentable per­
dición, hasta que llegó a la Virgen de que vamos hablando.
Pero tan pronto com o ésta a través de las generaciones
llegó al m undo, tan pronto com o esta preciosa margarita
brilló en la tierra, prendado Sansón de la hermosura de Da-
lila, se entregó a sí y todas sus cosas por su amor. Sin temer
los trabajos ni preocuparse de las penalidades, olvidándose
de sí y pensando sólo en nosotros, se trasladó a la tierra de
sus enemigos para llevar a cabo hazañas y soportar vilezas.
No se le ocultaba esto a la divina sabiduría ; pero, cauti­
vada por el amor de su amada Dalila, no repara en sus ca­
lamidades, no se aparta horrorizado de los peligros.
9. ¡O h preciosa M argarita!, ¿Qué puede decir este
mudo y apocado siervo tuyo de tu magnificencia, de tu va­
lor, de tu p recio? ¡O h ! ¿C óm o puedo, oh Virgen, hablar
de ti, cóm o puedo celebrarte, si el angélico ejército celes-
hal, hecho lenguas, no bastaría a alabarte según tus mere­
cimientos ? Anhela alabarte mi alma, con increíble ardor se
eleva mi corazón inflamado hacia t i ; pero faltándome las
fuerzas, no respondiendo las alabanzas, alábete mi silencio,
Pues que no puedo alabarte com o deseo ; sea para mí su-
Premo galardón el haberme otorgado graciosamente el ha­
blar de ti en la reunión de tus fieles y el hacer tu presenta­
r o n al corazón d e tus piadosos devotos.
164 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Hable San Bernardo sobre el nítido resplandor de esta


Margarita que nos granjeó al Mercader 36: la que había de
concebir y dar a luz al Santo de los santos, recibió el don
de la virginidad para ser santa en su cuerpo y el de la hu­
mildad para serlo en el espíritu. Engalanada, en efecto, la
Virgen real con las perlas de estas virtudes y resplandecien­
te en extremo con este d oble esplendor del cuerpo y el
alma, conocida en el cielo por su gracia y hermosura, atra­
jo hacia sí las miradas de los ciudadanos del cielo, de suer­
te que llegó a inclinar el ánimo del R ey a desearla. Albea
resplandeciente por su virginidad, brilla esplendente por su
humildad ; graciosa en su cuerpo, graciosa en su espíritu;
hermosa por su rostro, pero más hermosa por su mente. Y
Cdónde se la encontró ? Fué encontrada en la sinagoga, como
rosa entre las espinas, com o margarita entre el p o lv o : Como
rosa entre espinas, así es mi amiga entre las vírgenes 37. For­
mada entre las espinas y de las mismas espinas, no tuvo es­
pinas, no se le com unicaron ; porque antes que esta planta
de carne produjese espinas, prevenida con las bendicio­
nes, consiguió el espino la gracia y se libró del fo m e s : la
previno desde el rayar el alba 38 el que la form ó para nacer
d e ella, co m o sol rutilante d e una resplandeciente aurora.
Por consiguiente, era entre las espinas descon ocida para los
hombres, conocida par§ el Creador. La conocía sin espinas
entre las espinas el que la había preservado de ser herida
por las espinas, y no podía estar ocuka tan sublime, tan
admirable obra del E xcelso 39. En resumen, fué encontrada,
p e r o ¿ c ó m o fué encontrada? San B ernardo40: no fué en­
contrada por casualidad, sino elegida desde el principio,
conocida de antemano por Dios, custodiada por los ángeles,
señalada anticipadamente por los patriarcas, prometida por
los profetas.
10. Hallando, dice, una margarita de gran precio. cQ u®
margarita es ésta, una, preciosa, sino María ? Es una, sola,
preciosa margarita. Sesenta son las reinas, y ochenta las es­
posas de segundo orden, e innumerables las doncellitas;
pero una sola es la paloma mía, la perfecta m ía 4,1. Es única I

e r n a r d o , Sermón 2 sobre « Missus est...», 2.


"6 S an B
37 Cant. 2,2.
38 Ps. 45,6.
39 Eccli, 43,2.
Sermón 2 sobre «Missus est...y>, 4 : «Fué enviado, dice, el an'
gel Gabriel a una Virgen. Virgen en cuerpo, virgen en espíritu, vir­
gen en la profesión, virgen, finalmente, com o la describe el Após­
tol (1 Cor. 7,34), santa de alma y de cuerpo; no hallada nuevamen­
te o al acaso, sino escogida desde la eternidad, conocida ante ei
Altísimo y para sí mismo preparada; guardada por los ángeleS’
designada ya por los antiguos padres, prometida por los profetas»
(trad. de la BAC).
«i Cant. 6,7-8.
165

si buscas otra paloma, no la encontrarás. Es única, sola y


sin mancha ; es la única que no sojuzgó la ley de la man­
cha común. Una sola es la inmaculada, y también una
sola la perfecta. No encontrarás otra sin mancha, y por
eso es una sola la palom a ; no encontrarás otra tan perfec­
ta ; por eso es única mi perfecta, purísima sin ejem plo,
perfecta sin igual. Discurre a través de los siglos, registra
las Escrituras, recorre las criaturas angélicas, repasa con
el pensamiento las cosas que han si,do, son y serán: sólo
hay una que no ha tenido 42 semejante antes de sí ni lo
tendrá después. Confieso que podem os encontrar algunas
vírgenes y muchas m a dres; pero sólo hay una virgen y
madre a la vez, sólo una virgen que engendra, preñada
sin corrupción, dando a luz sin dolor.
Adoran a Dios los ejércitos celestes, le honran las ge­
neraciones humanas, le obedecen todas las criaturas. A hí
tenemos servidores; ¿ hem os encontrado acaso progenito­
res? Una sola es la que engendró a su Creador, una sola
la elegida para madre suya, una sola la dotada del honor
de madre, elegida, y elegida de antemano, para hacerse
en ella hombre el mismo Altísimo que la ha jiindado 43. Por
consiguiente, una sola es la Reina de los ángeles en el
cielo, la A bogad a de los pecadores en la tierra, la alegría
de los justos, la corona de los santos. Una sola es la co ­
lumna de la Iglesia, el troquel de la santidad de las vír­
genes, el ejemplar de la pureza, la gloria y prez de nues­
tra naturaleza. Una sola es la que adoran los ejércitos
angélicos, la que v e n e n a las generaciones humanas, la
que temen los poderes infernales; es única y preciosa.
Pero ¿quién puede calibrar, quién puede pensar cuál es
el precio, cuál el valor de esta Margarita? Tratemos, sin
embargo, de expresarlo según nuestra capacidad.
11. Cuatro, según dicen 44, son los quilates que real­
zan el valor de una margarita: su magnitud, su peso, su
redondez y su claridad. Pues para que una margarita pueda
decirse que es preciosa se precisa que sea grande, clara,
Pesada y redonda ; si falta alguno de estos elementos, no
es una margarita com pletam ente preciosa. ¿Se encuentran
estas cuatro propiedades en la Virgen deífera ? Sí, por
cierto, y extremadamente. Grande es María, porque aquel
que es poderoso 45 le hizo grandes cosas y a ella misma
42 S a n B e r n a r d o , Serrn. 4 en la Asunción, 5.
Ps. 86,5.
el tn PL-INI0’ íftsí- Natur., 9, 45: «Todo el valor está en la claridad,
enni año’ la redondez, el pulimento, el peso, de suerte que no se
l ^ ^ t r a n dos muy sem ejantes; de ahí el nombre de perla (en
tre i uni° ) Que le impuso el lujo rom a n o; pues no existe éste en-
bridn £rieS°s, ni aun entre los bárbaros, que fueron sus descu-
"OTes, hay otro que el de margarita».
" Le- 1,49.
CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

la hizo grande. ¿Q uién lo afirm ó? Ella misma lo dijo, no


con arrogancia ciertamente, sino con veracidad, con hu­
mildad. Y si se quiere -probar, veamos que. cuando decían
de ella maravillas, ella antepuso la humildad d icien d o:
P orque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava 46.
Por consiguiente, sabía la Virgen reconocerse pequeña en
tal excelencia, mostrarse humilde ante tamaña grandeza.
Pero ¿ cuánta es esta grandeza ? H a h echo en mí cosas
grandes 47. ¡ Y qué grandezas son las que le ihizo ! Dice
San A gu stín : Es superado el entendimiento de María por
la grandeza de María, y no p uede esta Virgen real com ­
prenderse plenamente con su entendim iento: tan grande
la hizo. ¿Q uién es el que la h izo? A q u el que es poderoso,
y se prueba. Sólo es propio del Dios poderoso crear tal
grandeza, la obra extraordinaria de M a ría ; todo lo que
hay en la Virgen es efecto de un gran poder, sello in­
confundible de una potencia infinita. Es concebida sin
mancha, vive sin culpa, con cibe sin corrupción, da a luz
sin dolor, es fecunda por obra del Espíritu Santo, da a luz
a Dios. ¿ Q ué grandezas son estas gue se realizaron en la
V irgen? Sublimes, estupendas, admirables. Por eso el pro­
feta salmista, al ver a la Virgen viviendo en carne, libre de
las cortapisas de la carne, sin el contagio ni aun la ligera
embestida, o movimiento oculto, o pasajero roce del me­
nor pecado, se queda atónito ante tamaña pureza y lim­
pieza más que angélica y exclama com o extasiado: Ve­
nid, h o m b re s ; venid, hijos de A d á n ; venid, hijos de la
tierra, apresuraos, venid y observad la obra del Señor, los
prodigios que ha hecho sobre la tierra 48, sobre la tierra
virgen, de la cual brotó la verd a d 1*. ¿Q u é prodigios son
ésos? Continúa: H a alejado la guerra hasta el cabo del
mundo. R om perá los arcos, hará pedazos las armas y en­
tregará al fu ego los escudos 50. Grande, descom unal pro­
digio es ihaber lanzado de la tierra toda suerte de enga­
ñosos deslices, de insinuaciones halagüeñas y de pecado.
San Bernardo 51, hablando de la grandeza de esta Marga­
rita, dice a sí: ¿ Quién puede descubrir, ¡ oh Virgen bendi­
t a !, la longura y anchura, la sublimidad y profundidad de
tu misericordia? Pues su prolongación llega hasta el úl­
timo día. Baste para ponderar la grandeza de esta Mar­
garita lo que abiertamente pregona la Iglesia 52: «Porque

« Ib. 1,48.
47 Ib. 1,49.
48 Ps. 45,9.
“ Ib. 84,12.
Ib. 45,10.
e r n a r d o , Serm. 4 en la Asunción, 8.
51 S a n B
i2 La Iglesia en el oficio de la bienaventurada Virgen María.
SERM ÓN 4 167

tuviste dentro de tu seno a quien no pueden abarcar los


cielos.» Esa es su grandeza.
12. El segundo quilate de la margarita es la claridad.
Sobre esto escuchem os a Salomón, mejor, al esposo por
boca de Salom ón: Toda tú eres hermosa, ¡oh amiga mía!;
no hay d efecto alguno en ti 5S.
A cerca del p eso de esta margarita, solamente el Se­
ñor, verdadero examinador de los espíritus, puede co n o ­
cer de qué peso de gracias la ha dotado. C oloquem os en
un platillo de la balanza cuanto Dios ha creado desde el
principio del m u n d o: coloquem os los ángeles, los princi­
pados, todas las potestades angélicas, los querubines y
los serafines ; coloquem os las muchedumbres de santos que
han existido desde el principio del mundo hasta el p re­
sente y los que existirán ¡hasta el fin de los siglos, patriarcas
y profetas, vírgenes, mártires y co n fesores; coloquem os,
finalmente, todas las criaturas y la pesada m ole del mundo
entero ; y pongam os en el otro platillo solamente esta pre­
ciosa Margarita. V erem os que todo el resto del mundo cria­
do será com o una menuda arena respecto de ella 54, y apa­
recerá ella inmensamente más pesada. Y , com o dice un
autor, si por un imposible hubiera de condenarse a la per­
dición a uno d e los dos platillos, permitiría Dios que se ani­
quilase el conjunto de todas las criaturas antes que esta
Virgen sufriera en sí el más mínimo o insignificante m e­
noscabo. Tal es la estimación que esta Margarita tiene en
la presencia del Señor, que hasta de las aguas tiene su
cuenta y razón 55. Y no te haga vacilar el hecho de que
esta Virgen se denom ine con frecuencia ligera nube en
la Sagrada Escritura: es ligera por el pecado, pero grave
por el mérito, y d e tanta mayor estimación por la gracia
cuanto más limpia de culpa.
13. Sólo nos queda por exponer la redondez de esta
Margarita. Pues esta hermosa Virgen es perfecta en todos
los sentidos, com pleta en todas sus facetas: no tiene es­
quinas, no tiene los recovecos ni hendiduras del p eca do,
sino que es íntegra y lisa por todas sus partes. La que
encerró a Dios en su carne, está totalmente rodeada por
Uios ; pues ésta es la ciudad de que se afirmó que son
iguales su longitud, altura y latitud 56; y las virtudes que
Procedían del centro d e su corazón, es a saber, del V erbo
5}vmo, igualmente proporcionadas desde todos sus lados.
^ contem plamos las almas de todos los demás santos,
las encontramos que se destacan más en un aspecto que en
Cant. 4,7.
Sap. 7,9.
lob 28.25.
',b Apoc. 21,16.
168 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

el otro ; y si resplandecieron en todo linaje de virtudes, no


fué igual el brillo de todas ellas. Celebram os el amor de
San Pedro, la doctrina de San Pablo, la pureza de San
Juan, la constancia de San Andrés, la fortaleza en los
mártires, la fe en los profetas, la continencia en los ana­
coretas ; y de este m odo el Espíritu Santo, liberalísimo da­
dor de todos sus dones, distribuye a cada un según quie­
re 57. Sin em bargo, com o siempre es ligera la condición
de todo mortal, el que otorga peso aun a los vientos 58,
com o dice San Gregorio en sus M orales 59, tuvo a bien
dejar siempre cierta debilidad en sus santos, para que
mediante ella se afirmasen en su inconstancia; pues les
era necesaria la flaqueza, porque también lo era la hu­
mildad.
Pero esta Virgen sacratísima emite resplandores de todo
su porte, centellea con toda suerte de virtudes, es tan fiel
cuanto prudente, tan prudente com o justa, tan justa com o
continente, tan continente com o ferviente, tan ferviente
com o limpia ; y así, aunque las virtudes d e por sí son de
diferente valor, y por eso se las llama grados del alma, tan
ajustadas, sin embargo, se encuentran en la Virgen, que
contiene en sí la plenitud de todas ellas, com o adornada
con el vestido heroico y el grado inconfundible de todas las
virtudes; y, com o dice San B ernardo60, no sólo n o hubo
en la Virgen obscuridad, deform idad, debilidad, turbación
o culpabilidad alguna, mas ni siquiera tibieza, flaqueza o
negligencia; todo era extremado, todo grande, todo per­
fecto. todo sublime, y todo, en una palabra, llevado a tal
virtud y gracia, que no se puede creer ni entender mayor.
14. Y por eso podem os creer que era ella una de las
cuatro ruedas que vió el profeta Ecequiel, y de las cuales
d ic e : Y mientras estaba y o mirando a los animales, apa-

1 Cor. 12,11.
58 Iob 28,25.
59 L. 19, 6, 9.
60 Sermón en el domingo infraoct. de la Asunción, 3: «Con ra­
zón, pues, se nos representa a María vestida del sol, por cuanto
penetró el abismo profundísimo de la divina sabiduría más allá de
lo que creer se puede; por donde, en cuanto lo permite la condi­
ción de simple criatura, sin llegar a la unión personal, parece es­
tar sumergida totalmente en aquella inaccesible luz, en aquel fuego
que purificó los labios del profeta Isaías, y en el que se abrasan
los serafines. Así que de muy distinto modo mereció María no sólo
el ser rozada ligeramente por el Sol divino, sino más bien cubierta
de él por doquier, hallándose com o envuelta y compenetrada de
sus ardentísimos resplandores. Candidísimo ciertamente y abra*
sadísimo es el ropaie de esta bendita mujer, en quien todo es­
tá tan excelentem ente iluminado, que no cabe sospechar siquiera
haya en ella nada, no digo tenebroso, pero ni obscuro en lo mas
mínimo o siquiera menos resplandeciente; ni tam poco cosa alguna
que no sea ferviente y abrasadora (trad. de la BAC).
SERMÓN 4 169

recio una rueda sobre la tierra, junto a cada uno de los


a n im a le s, la cual tenía cuatro caras; y las ruedas y la ma­
teria de ellas era a la vista com o de color del mar; y todas
cuatro eran sem ejantes, y su jorm a y su estructura eran
como de una rueda que está en m edio de otra rueda. A si­
mismo, las ruedas tenían tal circunferencia y estatura, que
causaba espanto de verlas. A cualquier parte donde iba
el espíritu, allá se dirigían también en pos de él las ruedas;
porque había en las ruedas espíritu de vida 61. Y añade en
el caipítulo 10 (v. 13): Y a estas ruedas oí y o que les dió
el nombre de volubles. Estas cuatro ruedas son el V erbo
eterno, el alma, la carne del Redentor y la Virgen. Había
en estas ruedas espíritu de vida, y de ellas procede toda
la vida. Una rueda está en m edio de otra rueda, porque el
Verbo se halla en el espíritu, el espíritu en la carne, el
Verbo hecho carne en el seno d e la Virgen. ¡O h , qué bien
representada está la rueda en m edio de ia rueda en aquellos
nueve meses en los cuales llevó la Virgen al Salvador en su
seno ! Pero ese espíritu salió del seno y perm aneció en el
corazón de la Virgen. Las ruedas tenían una sola cara y
un solo movimiento, porque el alma está en armonía con
el V erbo, la carne con el alma, la Virgen con el H ijo.
Todos son m ovidos por un solo impulso del espíritu, p or­
que el querer del V erbo es precisamente la voluntad de]
alma de Cristo, es también lo que le place al cuerpo, y lo
que sigue la Virgen. Y tienen también una cara aquellas
ruedas: contempla al H ijo, porque cual el H ijo tal es la
madre: Virgen es el H ijo, virgen la M a d re; inocente el
Hijo, inocente la Madre ; pobre el H ijo, pobre la Madre ;
si espino no se diferencia de la raíz.
Las ruedas tenían tal circunferencia y estatura, que cau­
saba espanto el Verías; pero no temas, escucha lo que si-
Sue: Y a estas ruedas les dió el nom bre de Volubles. Un
gran misterio de la misericordia: Dios es inconm ovible, pe­
ro ante nuestras plegarias se inclina, gira y se cambia. Es­
cucha lo que nos dice por el profeta: Convertios a mí, y
y ° rne volveré a vosotros 62. Terrible es el aspecto y es­
pantosa la vísta por la majestad de su gloria ; pero las rue-
as son volubles por la excesiva rapidez de la piedad y la
Misericordia. Por consiguiente, es preciso implorar, es pre-
clso 'lámar, porque, aunque te cause pavor la majestad, te
ConAu^la, en cam bio, la piedad.
>“ aste <^'c^1° s°bre el precio de la Margarita. A sí es
to e/' and ° esta margarita de gran precio, da todo cuan­
do Í T e-; P °rclue todo lo aue ha determinado Dios dar a
-¿.hombres, 96 <^a Por ^as manos de M aría; y, usando
81 E z. 1 i r .
170 CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN M ARIA

de las palabras de San Bernardo 03, venerem os a María


con lo más íntimo de nuestros corazones, con todo el afecto
de nuestras entrañas, con todos nuestros votos, porque tal
es la voluntad de quien tuvo a bien que todo nos viniera
por María.
15. Pero quisiera, hermanos, se redoblase ahora
inteligencia y se me duplicasen también las fuerzas del
alma, com o ocurrió en Eliseo 64, para explicar lo que si­
g u e : Da todo cuanto tiene y la com pra. ¿Q uién puede me­
ditar cabalmente, ¡o h S eñ or!, este solo beneficio de pie­
dad ? Se d esp ojó d e todo, d e todo se desnudó, para com­
prar esta preciosa margarita. ¡ Oh alma, qué estima hizo
de ti tu Creador, cuánto te apreció el que te plasm ó! T o ­
das sus cosas entregó Dios por t i: entregó sus cosas, en­
tregó los suyos, se entregó a sí mismo. El Padre entregó
sus criaturas, el Espíritu Santo repartió sus gracias, y ¿ qué
diste t ú 65, ¡o h amantísimo Sam aritano!, para curar al
herido que cayó en manos de los ladrones ? Entregó el Pa­
dre su haber, lo entregó también el Espíritu Santo, y tú,
i qué es lo que diste ? Díganoslo el profeta Isaías: Entregué
mis espaldas a los que m e azotaban, y mis mejillas a los
que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me
escarnecían y escupían 68. A h í está el precio que yo di:
mis mejillas, para recibir b o fe to n e s ; mis cabellos, para
ser arrancados ; mi rostro, para recibir salivazos ; mi cabe­
za, para ser taladrada ; mis manos y mis pies, para ser cru­
cificados ; mi cuerpo, para ser destrozado p.or los azotes.
Se desprendió de todo lo s u y o : su alma, su sangre, su
cuerpo, su vida ; entregó su alma com o rehén, su sangre
com o precio, su cuerpo al sacrificio ; dió sü vida para ani­
quilar nuestra muerte ; en una palabra, dió .todo lo suyo.
C om o dice San Bernardo 67, entregándose sin reserva, ple­
namente m e redimió ; por tanto, te debes enteramente al
que enteramente se entregó por ti. El A p ó s to l: M e amó y
se entregó a sí mismo por m í 68.
¡O jalá entendiéramos, amadísimos hermanos, cuál es_ el
valor d e este tesoro 69 que llevamos en cuerpo tan frágil!
Cierto que es grande l a excelencia del alma, pero su valor
no debe pesarse por sí misma, sino por lo que Dios Ia
estim a; así ocurre en las piedras preciosas y m a r g a r i t a s ,
que valen tanto cuanto se las estima. Sobre lo cual atiende

es Sermón en la Natividad de la V. M. Véase también su Ser­


món 3 en la Via. de la Nativ. del Señor, 10.
64 4 Res. 2,9.
e5 Le. 10.35.
66 Is. 50,6.
t;r Véase nota a la conc. 9 en la Nativ. del Señor n. 9, p. 84, vol-
es Gal. 2,20.
63 2 Cor. 4,7.
SERM ÓN 4 171

a la siguiente com paración. Si se presentara al rey un la­


pidario llevando una valiosa margarita para vendérsela y
le pidiera por ella el reino -de España, el imperio de Ger-
mania y de R om a y los restantes dom inios, y aña-diese, ade­
más, que, no sien-do pago suficiente todo ello, era nece­
sario que le prestasen durante treinta años un servicio muy
trabajoso, a fin de suplir mediante el servicio lo que fal­
taba al precio ; si ocurriera esto y diera el rey todo eso
por amor de aquella piedra preciosa, ¿cu á l juzgaríamos era
el amor, la estima y el precio de esa margarita?
Considera, ¡ oh alma !, cuán poderoso, cuáij rico y opu­
lento es Dios. Pues bien, por ti entregó todo su estado,
todo su reino, todás sus riquezas, todo lo que tenía, y,
para colm o y remate, se som etió a un servicio para co m ­
prarte y rescatarte. ¡ O h exceso de amor y de caridad,
grande es el peso del a m o r ! El que está sentado sobre
querubines 70, a quien los espíritus celestes reverencian con
servidumbre perpetua, fué clavado en el patíbulo y consi­
derado com o un ladrón 71, para devolver a su tesoro esta
sola margarita y poseerla perpetuamente, no para utilidad
suya, sino nuestra ; y aun le parecían p o cos los trabajos,
moderados los dolores, atendido su grande amor 72 ; pues
sufriendo así, aun exclam a: T en go s e d 73.
16. C om o final de esta materia prestemos atención a
aquella autoridad del final de los Cantares: Quién m e die­
ra, hermano mío, que tú, etc. 7i, com o se halla expuesta
en el tercer sermón de Santa A n a 75 ; allí se puede ver la
explanación. La Virgen María fué exceptuada antes de la
maldición de la mujer, porque se dijo antes: Ella quebran­
tara tu cabeza 7e, y por eso no la alcanzó la maldición. Y
¿com o no se había de gloriar la serpiente, cuya cabeza
quebrantó, si hubiera tenido com o cautiva a la Virgen,
aunque no hubiera sido sino por un instante o un m o­
mento apenas perceptible? No quiero escucharlo, no pueden
tolerar nuestros oídos que la Virgen ¡haya estado sujeta al
demonio ni el más mínimo momento.
70 p g gg ^

Mt. 27.38: Me. 15,27; Le. 23,33.


72 Gen. 29,20.
'* lo. 19,28.
74 Cant. 8,1.
Sólo un sermón de Santa Ana vló la luz pública, y no se en-
¿ en él la exposición aludida.
Gen. 3,15.
E N LA N A T I V ID A D D E L A B IE N A V E N T U R A D A
VIRGEN MARIA

S E R M O N I

Genealogía de Jesucristo, etc. (Mt. 1, 1).

I. De cinco diferentes libros tenemos noticia en la Sa­


grada Escritura, a saber: el libro de la vida, el libro de la
naturaleza, el libro de la escritura, el libro del ejem plo y
el pensamiento, el libro de la co n cie n cia ; quien tuviere
éstos en su biblioteca y los leyere con frecuencia, será,
sin duda, bienaventurado. El primero es el libro d e la vida,
que, según San Agustín 1, es la presciencia o predestina­
ción de los elegidos, por la cual son escosidos para la vida
los nombres de aquellos que se hallan indelebl?mente g a-
bados en el conocim iento d e Dios, según lo del A p ó sto l:
El Señor co n o c e a los suyos z. Por lo cual dice Casiodo-
ro *: El libro de la vida no es otra cosa que el con oci­
miento de los que son elegidos para la vida, y esto es la
inscripción y elección que se llama libro d e la v id a : libro,
porque están en la memoria de Dios ; de la vida, porque
contiene sólo a los que están destinados a la vida, y, toma­
do así, sólo los elegidos se hallan en este libro. Y en este
sentido habla el A póstol cuando dice de algunos santos:

1 Ciudad de Dios, 20.15: « Y el que no se halló escrito en el li­


bro de la vida, fu é arrojado al estanque de fuego (Apoc. 20,15). No
sirve este libro de memoria a Dios para que no se engañe por ol­
vido, sino que significa la predestinación de aquellos a quienes ha
de darse la vida eterna. Porque no los ignora Dios, y para saber­
los lee en este libro, sino que antes la misma presciencia que tiene
de ellos, que es la que no se puede engañar, es el libro de la vida,
donde están los escritos, esto es, los conocidos para la vida eterna»
(ed. Apostolado de la Prensa).
2 2 Tim. 2,9.
® Sobre el salmo 68, v. 29: «Es bien conocido que tales palabras
se dicen de Dios frecuentemente en la lectura por una manera fi­
gurada de h a b la r; pues borrar, escribir y tener el libro se ha dado
al hombre por causa de la m em oria... Pero este libro de la noticia
que tiene el Señor es inviolable y de sentencia firm e... pues lo que
está escrito allí no puede ser borrado, porque se halla enteram en­
te fundamentado en la predestinación, y ningún acontecim iento
podrá cambiar lo que ha decretado la suprema providencia».
SERM ÓN 1 173

Cuyos nom bres están escritos en el libro de la vida 4. T a m ­


bién se entiende _de otro m odo más general, y entonces el
libro de Dios o libro de la vida es la divina Sabiduría o el
Verbo de Dios.^ en el cual se encuentran en grado eminen­
te las razones ideales o ideas de todas las criaturas y res­
plandecen com o en un lím pido espejo las formas de las
mismas. Y éste también recibe el nom bre de libro de la
vida: libro, porque en él se ven todas las c o s a s ; de la
vida, porque todas las cosas viven en él, aun las que por
su naturaleza no tienen vida, com o la piedra, el oro, la
plata, según aquello de San Juan: Todas las cosas fueron
hechas por él, y sin él nada se hizo de cuanto ha sido he­
cho 5. Y por eso, aunque la piedra en sí no tenga vida,
sin embargo, no sólo es viva, sino que tiene vida en Dios
la idea de la piedra ; y com o las cosas son más perfectas
en el V erbo que en sí mismas, con más perfección que en
sí mismas viven en el V erb o. Por lo cual San Agustín, en
su obra D e G enesi ad litteram 6, llama matutino al con oci­
miento que los ángeles tienen en el V erb o, y vespertino
al que tienen según su propia naturaleza, porque es m ucho
más clara, perfecta y distinta la primera noticia que la
segunda. Y de este m od o se interpreta el libro de la vida
en el Salm o: T od os están escritos en tu libro 7, no sólo los
buenos, sino también los malos ; y también se entiende así
en el A pocalipsis 8, cuando dice que se abrirá el libro
que es el de la vida, y los muertos, tanto los buenos com o
los malos, serán juzgados según lo que en él estuviere es­
crito. Sólo los ángeles y los bienaventurados leen en este
libro, y cada uno según la facultad de su entendimiento,
por lo que los superiores iluminan a los inferiores. Dichosa
escuela con tantos y tan aventajados estudiantes con un
solo Maestro y un solo libro.
2. i Oh cuán innumerables, sutiles y poderosas inteli­
gencias ! Y , sin embargo, todas leen desde el principio en
este libro, leerán hasta el fin, y nunca se agotarán las en­
señanzas del libro, siempre aprenderán allí cosas nuevas.
Leense en este libro los impenetrables consejos de la divina
■Sabiduría y los profundos y altísimos juicios d e Dios. Se
ve allí el abismo profundo de la divina providencia y el
arte admirable con que gobierna Dios al m undo, y las ra­
zones más sutiles de todos los acontecimientos del mismo,
Que son impenetrables e indescifrables para nosotros, según
lo del A p ó s to l: ¡Oh profundidad de los tesoros de la sa­

* Phil. 4,3.
5 lo. 1,3.
* L. 4, c. 22.
7 Ps. 138,16.
* Apoc. 20,12.
174 NATIVIDAD DE LA V IR G E N MARÍA

b id u ría y d e la c ie n c ia d e D ios, cu án in c o m p r e n s ib le s son


sus ju icio s, cu án in a p e la b le s sus c a m i o s ! P o r q u e c q u ié n ha
c o n o c id o los d esig n io s d e l S -ñ o r? O c q u ié n fu é su co n ­
s e je r o ? T o d a s las c o s a s son d e E l, y t o c a s son p o r E l, y
to d a s ex isten en E l T am b ién el Señor, hablando a Job,
le dice : cE n tie n d e s tú e l o r d en d e lo s c ie lo s y p o d r á > dar
ra zó n d e su in flu jo en la tierra? 10. E sto es, ¿co n o ces acaso
el modo y el arte de la divina providencia, para poder
e x p lx a r lo que ocurre en la tierra ?
T am bién aquí se leen los nom bres de los predestinados
y el inescrutable abism o de la divina predestinación. Di­
chosos los que, no digo m erecieron, sino tuvieron la suer­
te de ser escritos en este lib r o ; porque la notación de
destinados no proviene de nuestros m éritos, s i"o pura­
m ente de un don gratuito de Dios, lo cual es la primera y
m ás grande de todas las gracias. Porque sabem os que no
nos eligió Dios por la previsión de nuestra santidad y nues­
tro m érito, com o si esta previsión de los méritos fuera la
razón de la predestinación y de la elecció n, sino que, por
el contrario, la predestinación y elección de Dios es la
que ha hecho tales a los santos y a los Justos, según tes­
timonio del A p ó sto l: P o r e l m is m o (Cristo) nos es c o g ió
a n tes d e la c r e a c ió n d e l m u n d o p a r a s e r sa n to s y sin m á cu ­
la en su p r e s e n c ia n . Y San Agustín m ás claram ente 18:
No nos eligió porque habíam os de ser justos, sino que
nos eligió para serlo. L a elección es causa de la santidad,
no la santidad causa de 1-a elección. E l primer fundam?nto
y origen de nuestra salud no está en nosotros, sino en
Dios ; no en nuestros m erecim ientos, sino en la gracia, por­
que a e s to s a u e h a p r e d e s tin a d o ta m b ién lo s h a lla m a d o :
y a a u ie n e s ha lla m a d o , ta m b ié n los h a ju s t ific a d o ; y a los
q u e h a ju s tific a d o , ta m b ién lo s ha g lo r ific a d o 13.
D ice San B e rn a rd o 14: Indisoluble es esta cadena, ni
9 Rom. 11.33-36.
i» Iob 38,33.
u Eph. 1.4.
12 De la predestinación de los santos, c. 18: «Por tanto, no por­
que lo habíamos de ser, sino para que lo fuéramos. Es decir, es
cierto, es manifiesto, en tanto habíamos de ser tales en cuanto F.1
nos elidió predestinándonos para que fuéramos tales por su gracia»,
i» Rom. 8,30.
14 Serm. 4 de diversis, 5 : «Con esta ligadura nos soldó a sí
aquella divina mirada desde la creación del mundo, para que fué­
ramos santos e inmaculados en su presencia en la caridad. Pues
sabemos que aquel que es hijo de Dios no peca, pues el nacimiento
que tiene de Dios le conserva (1 lo. 5,18). El nacimiento celestial es
la predestinación eterna, por la cual tuvo Dios de antemano pro­
videncia de hacemos conformes con la imagen de su Hijo. De éstos
nadie peca, esto es, nadie persevera en el pecado; porque sabe Dios
quiénes son suyos, y su determinación permanece inconmovible. Aun­
que David es estigmatizado con la nota de crímenes horrendos,
aunque María Magdalena se halla poseída por siete demonios, aun-
175

el mundo ni el infierno pueden rom perla ; porque el que


desde la eternidad está escrito en el libro de la vida,
sin duda que jam ás será borrado de él. Y aunque diga
el S a lm o : R a íd o s s e a n d e l lib ro d e lo s vivien tes 15, d ebe
entenderse esto según la justicia actual de Dios o de una
manera privativa ; com o se d ice que odia Dios a los que
no ama, que ciega a los que no alum bra, que endurece
a los que no ablanda, así tam bién se d ice que borra a los
que no escribió ; por lo cual se ha d.e entender com o una
exposición lo que sig u e: Y n o q u e d e n esc rito s en e l (libro)
d e los ju stos 16 ; que quiere decir, sean borrados por pri­
vación, no positivam ente, es decir, no sean escritos. Muy
raras veces se revela esta p red estin ació n : N o s a b e e l h om r
bre si e s d ig n o d e a m o r o d e o d io 17, aunque a los após­
toles les fué descubierta. Ningún mortal o muy raro, sino
solos los ángeles pueden leer en este libro. En un éxtasis
leyó muy breve espacio San P ablo , y volvió en sí espan-

que el Príncipe de los Apóstoles se sumerge en el profundo abismo


de la negación, no hay, sin embargo, quien pueda arrancárselos de
la mano de Dios. Pues a estos que fia predestinado también los ha
llamado, y a quienes ha llamado, también los ha justificado
(Rom. 8,39). Y en el sermón 23 sobre los Cantares, 15: «'ioco aquel
que nació de Dios no peca, porque la generación celestial le guar­
da. Esta generación celeste es la eterna predestinación, por la cual
Dios amó gratuitamente a sus elegidos en su amado Hijo antes
de la creación del mundo, mirándolos en El con ojo favorable, a
fin de hacerlos dignos de ver el esplendor de su gloria y de su po­
tencia y darles parte en la heredad de Aquel a cuya imagen debía
hacerlos conformes. Los ha contemplado, pues, como si nunca hu­
bieran pecado. Porque, si pecaron en el tiempo, eso no aparece en
la eternidad, porque la caridad infinita de su padre cubre la mu­
chedumbre de sus pecados» (trozo tomado de la ed. de la BAC). Y,
finalmente, en el sermón 1 de septuagésima, 1 : « Todo aquel que es
hijo de Dios no peca, pues el nacimiento que tiene de Dios le con­
serva. No peca, dice; esto ej. no permanece en el pecado; porque
el nacimiento que tiene de Dios, nacimiento que no puede frus­
trarse, le conserva para que no pueda perecer, o tam bién: no peca,
esto es, es como si no pecara, en el sentido de que no se le imputa
el pecado, pues aquel nacimiento celestial le conserva en esta parte.
Pero ¿quién será capaz de explicar este nacimiento? ¿Quién puede
decir: Yo soy de los elegidos, de los predestinados a la vida, del
número dé los hijos? ¿ Quién, repito, puede decir esto, protestando
en contra la E scritu ra: No sabe el hom bre si es digno de am or o
de odio? íEccl. 9 . i) Efectivamente, no tenemos certeza; pero la
garantía de la fe nos consuela para que no nos atormentemos mu­
cho con la ansiedad de esta duda. Por esto se nos han dado ciertas
señales e indicios manifiestos de salvación, de suerte que es induda­
blemente del número de los eleeidos aouel en ouien permanecieren
e'tas señales. Por esto. dieo. a los oue Dios tiene prev^tos. lo* nrp-
destinñ para hacerles conformes a la imagen de =u Hilo, a fin de
Que a los aue nieea certera el motivo de su cuidado les preste ga­
rantía la pr^ria del consuelo».
” p s. 68.29.
16 Tb.
17 Eccl. 9.1.
176 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

tado, d iciendo: O í pal-abras in e fa b le s , etc. 18. No tiene ca ­


pacidad el entendim iento ni la lengua para explicar lo que
allí vió. L eía tam bién en ese libro un poco el discípulo
am ado del Señor, y de aquella lectura brotó el admira­
ble com ien zo: E n e l p rin cip io era e l V e r b o , etc. 19 El
libro de esta prim era clase es d e solos los discípulos.
3. Pero la divina Providencia proporcionó a sus pe-
queñuelos otro libro que contiene los rudimentos y ele­
m entos prim eros, es decir, este mundo sensible, que se
llam a libro de la naturaleza, para que en él pudieran apren­
der a juntar las letras y pronunciar las palabras, y llegar
m ediante el raciocinio, com o los niños, del conocim iento
de las cosas sensibles a la sabiduría de las inteligibles, como
dice el A p ó sto l: L a s p e r fe c c io n e s in v isib les d e D ios, aun
su e te r n o p o d e r y su d iv in id a d , se h an h e c h o v isib les p or
e l c o n o c im ie n to q u e d e ella s n os d a n sus criatu ras, y asi
n o tien en d is c u lp a 20. No llegan así al conocim iento las
criaturas celestiales que leen en el libro d e la vida. P or lo
cual muy bien com para San Bernardo 21 este mundo vi­
sible con el libro común que suele haber colgado de una
cadena en los claustros de las iglesias, para que todos los
que quisieren puedan leer en él. A sí este mundo está pues­
to delante de todas las gentes, pueblos y naciones, para
que conozcan por él la sabiduría, p oder, bondad, gran­
deza, herm osura, eternidad y perfección del suprem o Artí­
fice, y así reconozcan y adoren al Señor cuanto durare esta
escuela de niños, de la cual d ice San P a b lo : C u a n d o y o
er a n iñ o, discu rría c o m o n iñ o 22. P ues tiem po vendrá en
que el cielo se plegará com o un libro y nadie podrá leer
ya en é l ; no porque se plieguen los cielos com o un libro,
sino porque nadie leerá en este libro. Se dice que se ple­
gará, porque los condenados no tendrán y a lugar de leer.,
y los predestinados serán destinados a otro libro m ás le­
vantado, el de la vid a: T o d o s será n e n s e ñ a d o s d e D ios

i 8 2 Cor. 12,4.
i» lo. 1,1.
20 Rom. 1,20.
21 Sermón 9 de diversis, i : « y existe cierto libro común, atado
con una cadena, según costumbre, que es este mundo sensible, a
fin de que en él lea la sabiduría de Dios todo el que quisiere; pero
cuando se pliegue el cielo será como un libro en que nadie tendrá
necesidad de leer, porque serán todos enseñados de Dios (lo. 6.45;
y como la criatura del cielo, también la de la tierra verá a Dios,
no como en un espejo y bajo imágenes obscuras, sino cara a cara,
y contemplará su sabiduría a b ie r ta m e n te en sí misma. M ien tra s
tanto, sin embargo, necesita el alma humana de la criatura como
de cierto vehículo para subir al conocimiento del Creador, y, en
cambio, la naturaleza ansélica tiene noticia de la criatura en el
Creador con muv mayor felicidad y perfección».
22 i Cor. 13,11.
23 lo. 6,45.
SER M Ó N 1 177

Por eso d ice San Agustín 21: No serán ya entonces incons­


tantes nuestros pensam ientos y com o divagando de una en
otra cosa, sino que las verem os todas con un solo golpe
de vista, no ya a Dios en las criaturas, sino a todas las
criaturas en el V erb o .
M ientras tanto, ¡ dichoso el que puede leer en este íi-
brito ele m e n ta l! No le rnenospreciem os, puesto que es her­
moso y esplende en él una gran sabiduría. ¡ Q ué admi­
rable y h erm oso ! ¡Q u é herm osos caracteres tie n e ! E l sol,
la luna, las estrellas, el cielo, la tierra, los mares y diver­
sidad de anim ales, de aves, árboles y ñores. Pero nosotros,
como niños pasm ados, adm iram os la elegancia de los c a ­
racteres sin saber leer ni entender, cual les ocurre a los
niños y rústicos con las herm osas m áxim as escritas en la
iglesia. ¡ O h si entendiésem os, oh si leyésem os y penetrá­
ramos las criaturas com o los justos y los santos, qué gusto
y sabor encontraríam os dentro de la corteza ! ¡ Cómo pe­
netraríamos la gran teología y filosofía que está oculta en
todas estas cosas ! Por lo que d ice el S a lm o : L o s c ie lo s p u ­
blican la g lo ria d e D ios, y e l fir m a m e n to an u n cia las o b r a s
d e sus m a n o s 25.
Por consiguiente, com o dicen San Bernardo 26 y el Cri-
sóstom o27, este mundo se nos dió no sólo para nuestra
utilidad y servicio, sino tam bién para nuestra enseñanza y
magisterio ; y nosotros solem os buscar su utilidad sin pre­
ocuparnos de su enseñanza. Y si no, pregunto: ¿q u é uti­
lidad nos reportan las serpientes, dragones, áspides, co co ­
drilos, elefantes, leones, osos, lobos, zorras, cigüeñas, gru­
llas, avispas, m osquitos, hormigas, pulgas y otros sem ejan ­
tes, todos los cuales, sin em bargo, fueron creados para el
hombre? Cierto no le prestan utilidad, pero le enseñan. Y por
eso dice el S e ñ o r : H a b é is d e ser p r u d en tes c o m o la s se r­
pien tes 28 ; y en otro lugar: M irad las a ü es d e l c ie lo 30 ; y
Salom ón: A n d a , ¡ o h p e r e z o s o ! , v e a la h o rm ig a 30 ; y J o b :
; l De la Trinidad 15,16: «Siempre la naturaleza de la criatura
será inferior a la naturaleza del que la creó. Entonces no será
falso nuestro verbo, pues ni mentiremos ni nos equivocaremos; y
acaso nuestros pensamientos no sean volubles, yendo y viniendo de
unos objetos a otros, sino que toda nuestra ciencia la abarcaremos
con una sola mirada. Con todo, cuando esto se realice, si se reali­
za. estará ya formada la criatura susceptible de formación, sin
Que le falte un ápice de su formación definitiva» (trad. de la BAC,
5 de las Obras de San Agustín). El pensamiento de San Agustín
en este testimonio lo explica San Buenaventura en el 3 Sent.,
«st. 14, a. 2, c. 2, en la resp. al 1.
2:' Ps. 18,2.
26 Serm. antes citado 1 y 2 .
_ 27 Homilía 6 sobre el Génesis y homil. 5 sobre la Epíst. 1 a los
Corintios.
28 Mt. 10.16.
29 Mt. 6,26.
30 Prov. 6,6.
178 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

P reg u n ta a la s b e s tia s , y te e n señ a rá n 3,1. Si los con ociéra­


mos bien, no sacaríam os m enos fruto -de ellos que de otros
que nos sirven para nuestros m enesteres.
En efecto, ¿ qué cosa hay m ás d esp reciable que la hor­
m iga? Pero si consideram os un hormiguero y vem os el per-
fectísim o orden de aquella república d e hormigas y abejas,
con qué diligencia recogen, con qué com ún afán, cóm o se
ayudan, las religiones y las repúblicas descubrirían allí una
gran filosofía. ¿Q u é cosa más despreciable que el enojoso
mosquito ? P ero si consideram os aquella adm irable estructu­
ra, la articulación d e sus pies, toda la com posición d e ese
corpúsculo, aquella probóscide elefantina, hendida y per­
forada ; cóm o anda, vuela y se guarda el que apenas pa-
le c e tener o jo s ; con qué ansia ingiere la sangre hum ana;
qué variedad de operaciones y sentidos hay en él, <^ue ni
el mismo cielo tiene ; qué prudencia, y todo sobre un fun­
dam ento tan débil que apenas se le to ca con un dedo se
desvanece, ¿q u ién no adm irará el poder y la sabiduría del
A rtífice que levantó tan adm irable fábrica sobre un fun­
dam ento tan insignificante ?
4. A sí es que en estas cosas se oculta una gran sabi­
duría y ciencia ; pero ni la conocem os ni la entendem os,
porque solam ente, com o los anim ales, buscam os y nos
paramos en su utilidad, y no, com o racionales, en Jas voces
significativas de las cosas visibles. P or lo que es digno de
adm iración que, habiendo escrito tantos libros de filoso­
fía A ristóteles, Platón, T eo frasto , Plinio, D ioscórides, Avi-
cen a y G aleno, sobre las propiedades de las cosas y las vir­
tudes de hierbas, piedras y plantas, tan poco, sin em bargo,
se haya escrito de esta filosofía. A penas hallam os quien al
escribir haya cumplido su com etido de enseñarnos a leer
este libro. En los últimos capítulos de Jo b , com o queriendo
abrirnos cam ino para filosofar sobre Jas cosas, instruye ad­
m irablem ente Dios a Jo b en esta mística filosofía sobre el
rinoceronte 3l2, el ca b a llo 33, el g a llo 34, el gavilán 35, el águi­
la 36 el bsh em ot 37 ; pero muy largo se haría el proseguir
hablando de esto ; requiere, no el espacio d e un sermón,
sino de un gran volumen, y así lo paso por alto.
Escuchem os ahora acerca de estos libros al Salmista,
que entona so lem n em en te: L o s c ie lo s p u b lic a n la glorio
d e D ios, y e l fir m a m e n to an u n cia las o b r a s d e sus m an os.
si Iob 12,7.
32 Ib. 39.9-10.
ss Ib. 39.19.
34 Ib. 38,36.
35 Ib. 39,26.
3« Ib. 39,27-30.
37 Ib. 40,10 s.
SER M Ó N 1 179

C ada d ía tran sm ite co n a b u n d a n c ia a l sig u ien te es ta s v o ­


c e s 3*, es decir, Dios al án gel: he aquí el primer libro y
la primera escuela ; y la u na n o c h e , es decir, la criatura
sensible, la s c o m u n ic a a la otra n o c h e , o sea, al hom bre
mortal: he aquí el segundo libro y la segunda escuela.
A cerca de ésta co n tin ú a: N o h a y len g u a je ni id io m a en los
cu ales n o s e a n en te n d id a s esta s sus v o c e s . Su s o n id o s e
ha p r o p a g a d o p o r to d a la tierra, y h a sta e l c a b o d e l m u n d o
sus p a la b ra s . A todos hablan, se ofrecen a todas las gentes
y naciones, y a s í n o tien en d isc u lp a . P u s o en e l s o l su ta­
b ern ácu lo, esto es, su im agen, porque el sol es, en cierto
modo, un retrato sacado de D ios, pues lo que el sol para
los cuerpos, es Dios para el sol y todas las cosas. Es único,
y lo vivifica todo, todo lo engendra, todo lo sustenta, y su
luz y poder lo penetran to d o : d e s d e u na e x tr e m id a d d e l
cielo hasta lo más profundo sale a luz todo con la presen­
cia del sol, y con su ausencia perece todo, ni h a y q u ien
p u ed a e s c o n d e r s e d e su c a lo r . Así, ni m ás ni m enos, es
Dios.
Y aun el misterio de la encarnación se encuentra dibu­
jado en el curso del s o l: A m a n er a d e un e s p o s o q u e sa le
d e su tá la m o , salta c o m o g ig a n te a co r r e r su ca rrera : sa le
d e una e x tr e m id a d d e l c ie lo y c o r r e hasta otra e x tr e m id a d
d e l m ism o. ¿Q u é símil m ás apropiado al V erb o encarnado,
que salió de la V irgen ? S a lí d e l P a d r e y vin e a l m u n d o ;
ah o ra d e jo e l m u n d o , y otra v e z v oy a l P a d r e 39. Llevó a
cabo su carrera em pleando treinta años y obrando la sa l­
vación en m e d io d e la tierra 40 ; y de El dice el S a lm ista :
C oron arás e l a ñ o d e tu b o n d a d 41. ¡C o n qué 'primor y elo­
cuencia habló el Salm ista acerca d e esta escuela !
5. V eam o s ahora el tercer libro y la tercera escuela.
L a ley d e l S e ñ o r e s in m a c u la d a y c o n v ie r te a la s a lm a s ; el
testim on io d e l S eñ o r e s fie l y d a sa b id u ría a lo s p e q u e ñ u e -
los 42. Este libro es el de la Escritura, porque no le b asta­
ba al hom bre el conocim iento n a tu ra l; érale necesaria la
sabiduría r e v e la d a ; porque, com o dice el A póstol, e llo s
han c o n o c id o c la r a m e n te lo q u e s e p u e d e c o n o c e r d e
D ios 4®, a saber, en las criaturas, donde se encuentra su
sabiduría, su grandeza, su bondad, su eternidad ; pero no
la Trinidad, ni la en carnación, ni la redención, ni la m i­
sericordia, ni la justicia, ni el premio de los buenos, ni
el castigo de los malos, ni el juicio, ni, en fin , el cam ino
18 Ps. 18,2.
39 lo. 16,28.
4U Ps. 73,12.
41 Ib. 64,12.
42 Ib. 18,8.
4:1 Rom. 1,19.
180 NATIVIDAD DE LA V IR G E N M ARÍA

de las virtudes, la fe, la esperanza, la caridad, la pacien­


cia, etc,, cuyo conocim iento es necesario al hom bre que
cam ina al cielo. Dios, pues, por su piedad, viendo que no
le bastaba aquel libro, añadió Ja revelación, para ejercer
de m aestro £.1 mismo, que había sido C reador ; y se dignó
m andar escribir para enseñanza del mundo, ampliando y
explicando m ediante la ley escrita aquella ciencia natural.
Por eso dice el apóstol S a n tia g o : R e c ib id c o n d o c ilid a d la
p a la b r a in jerid a en v o so tro s 44 ; pues lo que por la creación
había im preso en la naturaleza, nos lo da m ás explícito
con su enseñanza ; lo que nos dijo m ediante las criaturas,
m ediante las Escrituras nos lo d ice m ás explícitam ente.
¡ Q ué gran deuda, qué adm irable sabiduría, cuán digna
dé veneración ! No salió de la b o ca de Sócrates ni de Pla­
tón, sino de la fuente perenne, del abism o de la divina sa­
biduría. P or tanto, atiende si quieres saber qué clase de
sabiduría es é s ta : L a ley d e l S e ñ o r e s in m a c u la d a , y ella
c o n v ie r te a las a lm a s ; e l testim o n io d e l s e ñ o r es f i e l y da
sa b id u ría a lo s p e q u e ñ u e lo s . L o s m a n d a m ien to s d e l S eñ or
son rec to s y a leg ra n los c o r a z o n e s . No puedo d etenerm e en
la explicación de todos los extrem os. C o n tin ú a: S o n m ás
c o d ic ia b le s q u e la a b u n d a n c ia d e o r o y d e p ie d r a s p r e c io ­
sas, m á s d u lc e s q u e la m ie l y e l p a n a l. Y en otra p a rte:
¡O h cu án d u lc e s so n a m i p a la d a r tus p a la b r a s ! A leg ra rm e
h e en tus p r o m e s a s . A c e n d r a d a en e x t r e m o e s tu p a la b ra ,
y está tu sie rv o e n a m o r a d o d e ella 45. E l h o m b r e mundano
y a n im a l n o p u e d e h a c e r s e c a p a z d e la s c o s a s q u e so n del
E spíritu d e D io s 46, y por eso no puede saborearlas y busca
las obras de los filósofos ; en cam bio, m ira con verdadero
horror las palabras de este libro, lo cual se considera en el
Evangelio com o digno de reprobación. Si fuerais 47 de Dios,
conoceríais mi voz, porque 48 yo salí del Padre. Kosoíros
so is h ijo s d e l d ia b lo 49, no podéis escuchar mi palabra. En
E z e q u ie l50 se encuentra figurado este libro, en que esta­
b a n escritas la m e n ta c io n e s y c a n c io n e s lú g u b res y ayes,
y en el A pocalipsis 51. donde trata del libro escrito por
dentro y por fuera, dulce en la bo ca, pero am argo en el
vientre. El libro estaba cerrado v fué abierto. B ien av en tu ­
ra d o e l h o m b r e a q u e tú, ¡o h S eñ o r!, h a b r á s in struido 5*.
El Señor les dió inteligencia 53 para com prender las Escri­

« Iac. 1 ,21 .
*■' Ps. 118,103.162.140.
a» 1 Cor. 2,14.
lo. 8,43.
Ib. 16,27.
i» Ib. 8,44.
Ez. 2,9.
Apoc. 10,8 s.
' 2 Ps. 93,12.
■• IX. 24,45.
SER M Ó N 1 181

turas. D e c ó r a lo 54 y predica ; porque quien no está versa­


do en la Sagrada Escritura, no d ebe tom ar sobre sí el e je r­
cicio de la predicación.
El libro de que se habla es la Sagrada Escritura, libro
escrito por dentro a causa del sentido m ístico, y por fuera,
a causa del literal. En el sentido literal están ocultos otros
sentidos, lo que no ocurre con otros libros. Muy dulce en
la boca por el conocim iento de la bondad de Dios y de su
misericordia, porqué la sabiduría, según el significado de
su nom ljre, es muy gustosa ; en cam bio, es am argo en el
vientre, porque q u ien a c r e c ie n t a e l s a b e r , ta m b ié n a c r e ­
cien ta e l t r a b a jo 55. Se alegra contem plando la clem en cia de
Dios, pero se llena- de amargura viendo la ingratitud, el d es­
precio, la m entira, el m enosprecio de los hijos de los hom ­
bres. No hay quien le agrade, ni quien le am e, ni quien re co ­
nocido le dé las gracias por tantos dones ; recibim os los d o­
nes de D ios murmurando y blasfem ando del Señ or, que
nos los da. S e hallan en este libro esc rita s la m e n ta c io n e s ,
que es la p e n ite n c ia ; c a n c io n e s lú g u b res, el gozo de los
bienaventurados; a y e s , la condenación de los m alos: luto,
conjuros y llanto. Casi toda la Sagrada Escritura tiende a este
fin, y por esto trata de m over los pecad ores a la peniten­
cia, y por esto pone delante de los hom bres las plegrías del
cielo y los torm entos del infierno. Esto es tam bién lo que
debem os hacer nosotros en todos nuestros serm ones : ésta
es la ciencia más ú til: despertar a los pecadores, clam ar,
mostrar la brevedad de la vida y su fin, para que los hom ­
bres recobren el sentido y se aparten del apetito del siglo
y del frenesí que los retiene, y conozcan v tom en provi­
dencia de lo futuro. ¡O jalá q u e tu v iesen sa b id u ría e in teli­
g en cia y p r e v ie s e n sus p o s tr im e r ía s ! 56.
6._ P ero ¡ oh gran clem encia y adm irable providencia
de Dios ! Bien conoció el Señor nuestra grosería, estupidez
V rudeza y nuestra incapacidad para com prender sus p a­
labras y darnos cu enta de la sabiduría revelada, porque
somos de cortos alcan ces. Y por eso, movido de piedad,
nos transcribió prácticam ente en otro libro ejem plar, m a­
nifiesto e ideal, cuanto nos había enseñado teóricam ente
en el libro de la naturaleza y en el libro de la Escritura ; a
manera de los que, cuando quieren darnos idea de una
casa, la dibujan y la copian en un pergamino : así los geó­
metras dibujan con un com pás en un papel lo que en se­
nan, ^para que entre por los ojos lo que no pueden percibir
•os oídos.
Este libro es el V erb o encarnado, en el cual nos ha sido
182 NATIVIDAD DE LA V IR G E N M ARÍA

representada toda la vida espiritual y cristiana que se nos


ha dado en el Evangelio y en otros libros, para que leamos
allí claram ente la caridad, la penitencia, la humildad, la
m ansedum bre, la santidad, el desprecio del mundo y las
dem ás virtudes. E ste es el libro de los ju sto s: a éste miran,
tienen siem pre este manual en las m anos ante los ojos,
manual del cual dice J o b : ¡O h q u ién me d ie r a u no q u e m e
o y e s e , y e s c r ib ie s e e l p r o c e s o m ism o q u e ju zg a! 57. Es de­
cir, que el juez escriba en sí mismo la ciencia de la vida
que ordena. A c a d a p a s o m ío le iría r e c ita n d o 5S. Siempre
tendré ante los ojos este ejem plar, en mis negocios, en mis
com idas, en mis paseos, en cualquier obra a que me de­
d iq u e: Y s e lo p rese n ta ría c o m o a m i p r ín c ip e 59. Me ser­
virá de lectura y de sacrificio.
El am anuense d e este libro es el mismo D io s ; la pluma,
el Espíritu Santo ; el pergam ino, el seno de la V irgen ; la
tinta, su purísima sangre. En su seno fué escrito, acom odado
y encuadernado este libro : de su sangre fué configurado el
sacratísim o carácter del V e rb o divino. Sobre esto dice el
S a lm o : H ir v ien d o está e l p e c h o m ío en s u b lim e s p e n s a ­
m ie n to s 60, pero para los ángeles ; y le plugo consignarlo
escrito para los m ortales, a fin de que el ángel y el hombre
leyesen en un mismo libro. A sí, para conservarlos y en­
señárselos a otros, acostum bram os nosotros a grabar nues­
tros conceptos en caracteres, a estam parlos en la escritura
y guardarlos, com o para conservarlos en pequeñas vasijas.
7. P ero veam os cóm o está escrito. M i len g u a ha sido
hacha p lu m a d e a m a n u e n s e q u e e s c r ib e m u y lig ero 61.
c D e qué lengua se trata ? A ten d am o s: N o so is v osotros
q u ien h a b la e n to n c e s , sin o e l E spíritu Santo, e l c u a l h a b la
p o r v o s o tro s 62 ; y en el C red o : Y en e l E spíritu S a n to , S eñ or,
q u e h a b ló p o r lo s p r o fe t a s 6S. Esta lengua se ha convertido en
pluma dando form a y com poniendo en el seno de la V irg en :
E l E spíritu S a n to d e s c e n d e r á s o b r e ti 64. Q ue e s c r ib e m u y li­
g e ro . Y ¡ con qué velocidad e s c r ib e ! En un instante fue
form ado el cuerpo, dotado de órganos, vivificado, lleno de
gracia, de sabiduría, de gloria, com o está ahora en el cielo.
L a gracia 65 del Espíritu Santo no conoce la lentitud en sus
obras. ¡ O h ilustre escritura, oh excelentísim a m arca, en la
cual se oculta tal V erb o eterno ! ¡ O h escritura excelsa, que

57 Iob 31.35.
ss Ib. 31,37.
5» Ib.
«0 Ps. 44,2:
«i Ib.
«= Mt. 10,20.
es Constantinop.
Le. 1,35.
6'> San Ambros. sobre S. Luc. 2, 1. lí).
SER M Ó N 1 183

ahora se nos propone para lectura de todos los m ortales:


En qu ien está n e n c e r r a d o s to d o s lo s teso r o s d e la sa b id u ría
y d e la c ie n c ia 66 de Dios ! Sobre la belleza y sublimidad
de esta escritura co n tin ú a: E l m á s gen til en h erm o s u ra ...
d erra m a d a s e v e la g r a c ia , etc. 67 c En qué libro, en qué
papiro se encuentra grabada esta escritura? En el purísimo
pergamino virginal, sin m arca infam ante de pecad o. P or lo
que muy bien y justam ente se puede decir lo del tem a:
G en e a lo g ía d e Jesu c risto . Excelentísim a com paración.
Dos excelentes com paraciones encontram os acerca de '
la Virgen en la E scritu ra: una, en la que se la com para
con el v e lló n : D e s c e n d e r á c o m o la llu via s o b r e e l v e llo ­
cino d e lan a 6S. L a 'e x p lic a San Jerónim o diciendo 63: P or­
que el vellón, con tener el origen en la carne, no contrae las
enfermedades de la carne ; y así la V irgen, aunque es de
carne, com o si fuera d e plata, carece de toda m ancha y
toda concupiscencia. En este vellón se introdujo sin ruido
el rocío de D ios, es decir, el V erb o eterno, c u a n d o e l su ­
p rem o silen c io o c u p a b a to d a s las c o s a s 70. El Espíritu Santo
la inundó totalm ente, la tiñó de excelente púrpura, para
que de aquella púrpura del R e y se form ase la sacratísim a
carne de Cristo.
E xcelente com paración, aunque no le es inferior aqu e­
lla en que se la com para con un purísimo pergam ino, en el
cual y del cual se formó el V erb o eterno. Por eso puede
aplicarse tam bién a ella aquella vara de la tiara del P ontí­
fice, hecha de oro purísimo, que se co lo cab a en la frente

66 Col. 2,3.
67 Ps. 44,3.
68 Ib. 71.9.
69 El autor del sermón de la Asunción de la Virgen que se en­
cuentra entre las obras de San Jerón im o: «Justamente se envía el
ángel a la Virgen María, pues que tan vecina de los ángeles es la
virginidad. Ciertamente es una vida más celestial que terrena el
vivir en la carne sin dejarse influir de ella. Y por eso es más meri­
torio el adquirir la vida angelical que el poseerla. Pues el ser ángel
Pertenece a la felicidad, y el ser virgen a la virtud, ya que el vir­
gen se esfuerza por conseguir con la gracia lo que el ángel tiene
Por naturaleza. Sin embargo, ambas cosas, el ser virgen y ángel,
®s. Propio de un don divino y no resultado de un esfuerzo humano.
utos te salve, dice, ¡oh llena de gracia!, y dice bien llena, porque
a los otros se les da por partes, y, en cambio, a María se le infun­
dio de golpe toda la plenitud de la gracia. Esto es lo que canta
uavid ; Descenderá como la lluvia sobre el vellocino de lana. Y el
vellocino, perteneciendo al cuerpo, ignora las pasiones del cuerpo;
“ ?1 mismo modo, la virginidad, estando en la carne, desconoce los
vicios de la carne. Ciertamente la lluvia celestial se infundí'') en el
vir?meo vellocino con plácida caída, y toda la plenitud de la Divi­
nidad se transfundió a la carne cuando el Verbo se bi?o carne y
luego, exprimido mediante el patíbulo de la cruz, derramó la llu­
via. de la salud a toda la tierra v dió a los humanos la destilación
ue Ja gracia».
0 Sap. 18.14.
184 NATIVIDAD DE LA V IR G E N MARÍA

del P ontífice sobre todos los ornam entos, y en la cual se


encontraba esculpido 71: L a s a n tid a d d e l S eñ o r. Esta V ir­
gen toda oro, toda divina, d ebe ser colocada sobre toda la
vestim enta, sobre las doce piedras, sobre la túnica talar,
sobre el racional y humeral en la frente del P on tífice, sobre
todos los apóstoles, mártires, doctores, patriarcas y pro­
fetas, designados por aquellos vestidos, com o ella misma
d ic e : Y o en to d o s los p u e b lo s y en t o d a s las n a c io n e s tuve
e l s u p r e m o d o m in io 72. E n esta obra cincelad a por el Es-
•píritu Santo se encuentra esculpido aquel la sa n tid a d d el
S eñ o r, del cual dijo el á n g e l: L o q u e s e h a e n g e n d r a d o en
su vien tre e s o b r a d e l E spíritu S a n to 73 ; y por eso se an­
tepone con razón a todos los santos. ¡ O h m ujer admirable,
en cuyo seno fué formado el V erb o , que eternam ente se
h abía m antenido oculto en el seno del Padre ! Hoy cele­
bram os el natalicio de esta V irgen. ¡ Con qué gozo y re­
verencia no d ebem os celebrar el natalicio de tan gran
R ein a, por la cual hemos renacido todos a la felicidad eter­
na ! Basta ya de este libro.
8. Sólo nos queda ya el quinto, el de la con cien cia, del
cual se dice en el A p ocalip sis: Y a b r ié r o n s e lo s lib ro s, y
a b r ió s e ta m b ié n o tro lib ro , q u e e s e l d e la v id a ; y fu ero n
juzgados ios m uertos p o r las cosas escrita s en lo s lib ro s 74.
Este es el libro de las cuentas ; por tanto, serán juzgados
por el libro del Señor y por éste. E n este libro aparecerá
consignado todo lo que fiem os h e c h o : pensam ientos, de­
seos, palabras y obras. Están ahora com o borrados, pero
aparecerán entonces. Com o en un papel escrito con el
jugo de ciertos lim ones no ap arecen los caracteres de las
letras, pero arrimado al fuego se pone de m anifiesto todo
lo escrito, así con aquel fuego se iluminarán 75 los secretos
tenebrosos y se m anifestarán los pensam ientos del corazón
que se habían dado al olvido. Y así, San Bernardo, hablan­
do de la conciencia, d ice 76: es una m em brana sutil e im­

71 Ex. 28;3S.
72 Eccli. 24,9-10.
7:< Mt. 1,20.
74 Apoc. 20,12.
73 1 Cor. 4,5.
76 Sermón en la Natividad de San Ju an Bautista, 11 y 12: «He
cometido un grave pecado, que no se puede borrar con sangre de
toro? o cabritos, pues no se deleita ya el Altísimo en tales holo­
caustos. Mi memoria está infectada de la hez de esta horrura: no
hay navala aue pueda raer esta piel, porque embebió en si toda la
hez. S i me olvidare de mi pecado, soy necio e ingrato; si perma­
neciere en mi memoria, me acusará él eternamente. ¿Qué haré,
pue-59 Iré a Juan y oiré la voz de la aleería. el eco de la miseri­
cordia. la exnresión de la gracia, la palabra del perdón y de la paz.
Ve ahí, dice, el Cordero de Dios, ve ahí al que quita los pecados del
mundo (lo. 1.29); y en otra parte añade: El que tiene esposa, es­
poso es (lo. 3,291. Muestra, pues, que vino Dios, que vino el Esposo,
SER M Ó N 2 185

p r e g n a d a de tin ta ;no puede borrarse lo que en ella se


ha e s c r i t o , aunque al presente no se m anifiesta la escritu­
ra. ¡ OH, con qué prudencia hem os d e mirar lo que pensa­
mos, lo que querem os, lo que deseam os, lo que escribim os,
pues sabem os que nada de ello se pasa en el silencio ni
se olvida ! D ice D a n ie l: S e n t ó s e p a r a ju zgar, y ju e r o n a b ie r ­
tos los lib ro s 77. i A y de aquellos que han de aparecer ante
tan gran multitud con torpes m aneras, unturas y disimulos !
¡ Qué confusión experim entarán ! Procurem os, por consi­
guiente, tener limpia la escritura de la conciencia, a fin
de que, cuando aparezca el libro de la vida, seam os dig­
nos de ser llevados d e esta escuela de niños a la escuela
de los ángeles, y con ellos aprendam os a Jeer la sabiduría
de Dios en la gloria, a la cual nos lleve Jesucristo. A m én.

SERMON II

De la cual nació Jesús (M t. 1, 1 6 ).

I. A costum bran los historiadores de los reyes a co n ­


signar en sus crónicas, ante todo, el linaje del príncipe, la
antigüedad de sus progenitores, su nobleza y poderío. Y
con justa razón ; pues, por lo general, contribuye podero­
samente á la gloria del príncipe la rancia nobleza de sus
antepasados, com o si no debiera esperarse torpeza o d es­
honra alguna de quien posee desde antiguo connatural e
ingénita nobleza. E s precisam ente lo que hace aquí el
evangelista San M ateo ; pues al narrar la historia, costum ­
bres, h echos y maravillas del R ey de reyes, Jesucristo, co ­
mienza por la nobleza y antigüedad de sus progenitores,
que vino el Cordero. Por ser Dios, cierto es que puede perdonar los
pecados; mas si querrá o no, es aún lo dudoso. Pero sí quiere, por­
que es Esposo, porque es amable. Y Ju an también es el amigo
Qel Esposo, pues el Esposo no sabe tener sino amigos. Y aunque
quiere tener Esposa gloriosa, sin mancha ni arruga, ni cosa seme­
jante. no la busca tal, porque ¿dónde hallarla?, sino que la crea
tal El mismo, y tal se la presenta a sí mismo... Pero a ti acaso te
acobarde esa purificación que viene a hacer de los delitos, no sea
que, usando del cauterio y la sangría, hiera hasta los huesos, y
^ i 1. hasta las medulas de los huesos, y te cause un dolor más in-
^utridero que la muerte. O ye; Cordero e s ; manso viene, con lana
L lecl>e. justificando al impío con sola su palabra. ¿Qué cosa es
™as fácil, según el Cómico ( T e r e n c i o , Phorm. II, 1 , 7 0 ) , que pro­
nunciar una frase? Pues, Señor, decid una sola palabra, y quedará
ano mi criado. ¿Por qué, pues, vacilaremos ya, hermanos, y no
i' ^ egaremos con toda confianza al trono de la gracia?» ctrad. de
u BAC).
77 Dan. 7 .10 .
186 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

d icien do: G e n e a lo g ía d e Je s u c r is to , h ijo d e D aü id . h ijo d e


A b r a h a m , e tc ., para que aun según la carne brille l i no­
bleza de quien por razón de su divinidad procede de Dios.
Y no d ebe maravillarnos este proceder del evangelista, pues
que tan cuidadosam ente se estila esto en todas las histo­
rias canónicas. Tuvo buen cuidado el Espíritu Santo de na­
rrar en las Sagradas Letras el linaje del futuro M esías des­
de el principio del mundo y de prolongar sin interrupción
la línea d e sus ascendientes hasta El m ism o, dando de m a­
no a todos los restantes. Y así abarca en el G énesis desde
A dán hasta Noé \ y luego desde N oé hasta A braham 2,
Isaac 3 y Ja c o b 4 ; en el Exodo 5 y los cuatro legales res­
tantes, en Josu é, los ju eces y Ruth, hasta David ; en los
libros d e los R ey es y Paralipóm enos, que continuó el es­
criba Esdras, desde David hasta la transm igración de Ba­
bilonia ; y desde la transm igración hasta Cristo, durante un
espacio de casi cuatrocientos años, en ningún otro libro
canónico se encuentra la genealogía de Cristo sino en San
M ateo, que, inspirado por el Espíritu Santo, la entresacó
con toda verdad de los anales de los H ebreos.
2. ¿P o r qué, pregunto, tuvieron tan gran diligencia y
cuidado los escritores sagrados de am bos Testam en tos en
recordar y explicar el linaje de Cristo ? <■'A caso necesita
Cristo de lá gloria de sus antepasados para ser conocido ?
¿ O hemos de pensar que pretendieron co n m iras humanas
engrandecer a Cristo por la nobleza o antigüedad de su
prosapia ? Es precisam ente lo que E l mism o niega en el
E vang?lio al d ecir: Y o n o m e p a g o d e la fa m a d e lo s h om ­
b res 6. No m e importa, digo, su gloria, sino que se la doy.
G lo r ifíc a m e tú, ¡o h P a d r e !, en ti m ism o 7, pues ante los hom­
bres no m e interesa, c o n a q u e lla gloria q u e tu v e y o en tt
a n tes q u e e l m u n d o fu e s e , ya que la gloria m undana no
puede interesarm e. Y o reconozco que tú solo eres el que
puede glorificarm e ; no busco, en cam bio, la gloria entre
los hom bres o conform e a sus opiniones, pues no recibo
yo gloria por ser hijo de David, antes bien recíbela él por
ser mi predecesor. Si es lícito gloriarse de la genealogía,
soy H iio de D io s: con razón puedo gloriarm e, sov H ijo de
Dios. ¿P u ed o acaso bu scar la gloria entre los hom bres? Yo
sou la raíz y la p r o s a p ia d e D a v id 8. D e mí, no de él, recibe
su lin aje el nom bre, el esplendor, la nobleza ; pues en esta

1 Gen. 1 (todo el capít.).


2 Ib. 10 y 11 (los dos capít.).
3 Ib. 21 (gran parte del capít.).
■* Ib. 25,19 s.
■ Ex. 1,1 s.
« lo. 5,41.
■> Ib. 17,5.
8 Apoc. 22,16.
SE R M Ó N 2 187

genealogía no ocurre com o en las otras ; la gloria no d es­


ciende ae los antepasados, sino que asciende hasta ellos ;
los progenitores reciben el esplendor del hijo, no al co n ­
trario. T o d a la nobleza y esplendor le viene a esta fam ilia
por tener en ella Cristo su origen y haberse hum anado el
Hijo de Dios. ¡ Cómo se gloriaba en esto A braham 9, que
recibió con acciones de gracias esta única prom esa en pre­
mio de todos sus trabajos, de su penosísim a peregrinación
y destierro, juzgando com o abundante retribución de sus
trabajos el nacer Cristo de él mismo y recibir la bendición
en su d escendencia todas las gentes ! ¿ Y qué diré del mis­
mo D avid? Cóm o se gloría cantando en el Salm o : Ju r ó el
S eñ or a D a v id esta p r o m e s a , q u e n o retra cta rá: «C o lo c a r é
so b re tu tron o a tu d e s c e n d e n c ia » 10, gloriándose m ás en
este descendiente que en la diadem a del reino. Y para co n ­
firmar la prom esa conjura y suplica a Dios d icien d o : P or
am or d e D a v id , tu s ie rv o , n o a p a r te s tu rostro d e tu Un­
g i d o 11. Como si d ijera: no impidan, te ruego, piadosísimo
Dios, los pecados de David la prom esa que la hiciste, an ­
tes al contrario, cúm plesela, com o le juraste. D e esto qui­
so el Señor am onestar a los legisperitos al interrogarles so­
bre el linaje de Cristo diciendo: ¿ Q u é o s p a r e c e a v osotros
d el Cristo? ¿D e q u ién e s h ijo ? D íc e n ls : D e D av id . R e p l i c ó ­
les: P u e s c c ó m o si e s h ijo su y o , D a v id e n espíritu le lla m a
su S eñ o r c u a n d o d ic e : «D ijo e l S eñ o r a m i S eñ or? 1-
Como si d ijera: reconoced , ¡o h cie g o s!, que, aunque es
hijo, es, sin em bargo, D ios, y no está la gloria de Cristo
en David, antes al contrario, la de David en Cristo. Por tan­
to, la nobleza de esta genealogía procede del último, no
del primero. A sí es que no se d escribe esta genealogía para
engrandecer a Cristo por sus progenitores, pues aun en el
mundo aco n tece, cuando alguien de padres com unes as­
ciende al trono, no recibir gloria ese rey de su fam ilia, s :no
que todo su linaje queda honrado por é l ; tal ocurre en esta
genealogía de Cristo.
3. Otro motivo que nos induce a no juzgar superficial­
mente esta descripción del linaje es la consideración de
pue, en todo lo que los hom bres encuentran su gloria, nada
hay más vano e inútil que el linaie. Pues £ qué motivo pue­
de haber de gloriarse en los padres, o m ejor, qué funda­
mento sólido puede tener este gloriarse de la fam ilia? Y
S1 carece de fundam ento, vano e inútil es.
Indaguemos, por consiguiente, la raíz de esto, y tened
un poco de paciencia si repito mucho las cosas. P u es no

9 Gen. 12,1-3.
10 Ps. 131,11.
11 Ib. 131,10.
12 Mt. 22,42.44.
188 NATIVIDAD DE LA V IIiG E N MARÍA

ocurre con el hom bre com o con las dem ás naturalezas, por
ejem plo, co n las plantas, anim ales, arbustos, en los que
existe tal variedad y núm ero, com o en las m anzanas, pe­
ras, albaricoques. En la naturaleza de la m anzana aventaja
una clase a otra por el arom a, la vista, sabor y estim ación
natural. T am b ién entre los anim ales existe por naturaleza
una gran variedad, com o ocurre con los cab allos, leones,
perros ; pues por naturaleza unos caballos son para la gue­
rra, otros para la carrera, otros para el transporte ; ni ne­
cesitam os dem ostrar Ja variedad dé los perros, tan conoci­
da por todos. Por tanto, bien puede gloriarse y anteponerse
un caballo a otro de su mismo lin aje, y un león a otro león,
y un perro a otro perro, pues que a la naturaleza le ha dado
fundam ento para ello. Pero ¿có m o puede el hom bre por
sólo su linaje gloriarse con relación a otro hom bre ? M ejor,
¿ qué clase de vana jactan cia es la del linaje ? Porque la
naturaleza hum ana es una y sim ple, igual en todos, sin nin­
guna variedad de linaje o perfección en sí. P u es no es la
naturaleza la que nos ha distanciado a unos de otros, sino
más bien el ingenio, la cien cia, las costum bres, la dignidad
dieron origen a diversidad de grados en el único lin aje de
hom bres ; y la vanidad fué la que originó variedad de li­
n ajes en la sim plicísim a naturaleza hum ana. D c id m e , si
no, ¿q u é tienen los unos que no posean los otros? ¿ O en
qué se aventajan éstos a aqu éllos? ¿N o enferm an, no tienen
ham bre, no sienten sed, no se enfrían, r o m u’ T 'n com o l:s
otros? ¿N o soportan lo que los dem ás, no d esfallecen y se
fatigan com o los otros? C ierto, se dirá, pero son más fuer­
tes. más altos, m ás elegantes, m ás sanos, m ás ingeniosos.
Ni aun esto es exacto del todo, pues vem os con frecuencia
que hom bres vulgares aventajan a los n o bles. Y , aunque
fuera así, no habría diversidad alguna de linaje, sino de
condición, y a que todo esto son accid entes, no propieda­
des. ¿N o estam os viendo que de los mismos padres nacen
hijos desem ejantes en la form a corporal, diferentes en la
agudeza del ingenio? Sin em bargo, no ouede haber diver­
sidad de linaje siendo idénticos los padres. ¿Q u é m ás? Si
hubiera tanta variedad de cuerpos hum anos como de pe­
rros, ni esto d ebía ser motivo de gloria para el hombre,
puesto que su parte principal es el alm a, y e l ú 'ic o autor
de las almas es Dios.
4. ¿D e qué te hinchas, ¡o h h o m b re !, de que te gl°"
rías? E l motivo, según mi opinión, de haber creado Dios
una sola y tan igual naturaleza hum ana y de no haber mul­
tiplicado las esp ecies en los hom bres com o en los ángeles,
es porque conocía d e antem ano la arrogancia y soberbia de
los hom bres, y no quiso dejar resquicio alguno para que un
hom bre se antepusiera a otro hom bre por su naturaleza.
SER M Ó N 2 189

¡ Dios bendito ! ¿ Q uién podría soportar la am bición de los


hombres si se encontrara sem ejante diversidad en su na­
turaleza? ¿Q u é haría en tal caso, si, habiéndonos hecho
iguales la naturaleza, vemos cóm o un hom bre juzga y es­
tima a otro hom bre no com o tal, sino m ás bien com o una
bestia? Indudablem ente, los más ilustres se desdeñarían de
hablar a los inferiores y tendrían a m enos su trato. A sí es
que Dios, para encarecer más y más a los hom bres la paz
y armonía, no sólo los hizo iguales por naturaleza, sino que
los hizo n acer y propagarse, com o de un solo tronco, de
un solo hom bre, y los hizo salir de un solo seno, a fin de
que, viéndose herm anos, se estrechen con más am or entre
sí y no se m enosprecien unos a otros. T e m ostraré, ¡o h
hombre !, el linaje de que con razón puedes g lo riarte: no
ciertamente en la carne y la sangre, porque la c a r n e y la
sangre y los que en ellas se glorían n o p u e d e n lleg a r a p o ­
seer e l rein o d e D ios 13 ; gloríate más bien del poder que
has recibido d e Dios de ser hijo suyo 14, si crees en su
nombre, p u e s s o m o s d e su m ism o lin a je 15, com o d ice el
Apóstol. V e d cóm o se gloría San Juan de esto en su Epís­
tola : M irad, h erm a n o s, q u é a m o r h a c ia n o so tro s h a ten i­
do e l P a d r e , q u e r ie n d o q u e n os lla m e m o s h ijos d e D ios y
[o se a m o s 16. E ste verdadero motivo d e gloriarse encierra
ciertamente un gran amor de D ios, junto con una gran ele­
vación del hom bre, ya qu e tiene lugar- según el espíritu,
pues to d a c a r n e e s h e n o 17. P or consiguiente, si este glo­
sarse del linaje que hem os dicho es ridículo entre los se­
glares, ¿ qué hem os de decir entre vosotras, vírgenes co n ­
sagradas a Dios, que habéis crucificado 18 vuestra carne
con Cristo y os habéis desp ojad o del hom bre viejo 19 con
todos sus actos, para revestiros del mismo Cristo ? Esposas
sois de Cristo, £ qué gloria buscáis entre los hom bres? H ijas
sois de Dios, no os gloriéis de vuestros padres según la
carne. V uestra em ulación mutua sea sobre quién es m ás
querida, quién goza de más fam iliaridad, quién es más
agradable al divino Esposo, quién se le muestra m ás hu­
milde y obediente, quién está m ás en sus secretos, con
quién habla más confidencialm ente y com unica más fam i­
liarmente sus misterios. En esto, si queréis, podéis gloria­
ros de buen grado, y no en vosotras, com o se nos am o­
nesta por el A p ó sto l: E l q u e s e g loría, g lo r íe s e en e l S e ­
no r 20. P ero volvam os ya a nuestro propósito.
13 1 Cor. 15,50.
14 lo. 1 ,12 .
16 A ct. 17.28.
16 1 lo. 3,1.
17 Is. 40,6.
18 Gal. 5,24.
19 Col. 3,9.
20 1 Cor. 1,31.
190 NATIVIDAD DE LA V IR G E N MARÍA

5. Harto demostrado queda, a mi parecer, que la ge­


nealogía del Salvador que se narra y describe en el prin­
cipio del Evangelio y en los libros sagrados no d ebe en­
tenderse en el sentido vulgar y corriente, com o si Cristo
recibiera lustre d e sus progenitores, com o los dem ás mun­
danos ; la letra misma nos lo dem uestra así, ya qu e, exis­
tiendo en el linaje humano del Salvador tan ilustres matro­
nas y m ujeres tan santas, sólo recuerda el Evangelista,
com o dice San Jerónim o 21. a las que reprende la Escritu­
ra, y que de propósito debería haber pasado por alto si
se hubiera preocupado algo de la nobleza del lin aje, pues
nada hay que m ancille el linaje com o la m ujer deshonra­
da. De donde se concluye que en todo esto presidía un
designio más levantado, y esto por tres co sa s: por la ve­
racidad de D ios, ppr nuestra fe, por la gloria de la Virgen.
Por la veracidad d e Dios, es decir, para que quede
bien claro que Dios cum plió la prom esa, com o juró a los
padres, de que Cristo había de n acer de su descendencia.
Prom esa que ensalza la V irgen en su cántico cuando d ice:
A c o r d á n d o s e d e su m is eric o rd ia , a c o g ió a Is r a e l su sierv o,
seg ú n la p r o m e s a q u e h iz o a n u estro s p a d r e s , a A b ra h a m
y a su d e s c e n d e n c ia , p o r lo s siglos d e los s i g l o s 22. Por
nuestra fe, esto es, para que conste que Jesú s, a quien
tenem os por M esías, fué engendrado de la descendencia
de A braham y David, com o había sido predicho por los
profetas, de suerte que no pueda ya el judío m ofarse de
nosotros y negarnos, com o en otro tiem po, que ningún
profeta ha salido de G alilea, según repuso N atanael, docto
en la L ev, antes de conocer la verdad : <fD e N a z a ret p u e ­
d e salir c o s a buena? 23 Sin duda que p u e d e : V en y verás.
V en , N a ta n a e l; lee el Evangelio de San M ateo, y ve que
no es oriundo de Nazaret. sino de B elén, Cristo, quien de­
cim os trae su origen del linaje de los patriarcas. L ee la
genealogía y com prenderás la profecía.
En tercer lugar, por la V irgen, a quien su piadoso Hijo
quiso glorificar no sólo ante los ángeles, sino ante los hom­
bres. Y , por tanto, aunque Dios eligió una madre pobre v
humilde, pero la quiso ilustrísima por el linaje y muy más
noble según la carne que pudiera serlo cualquier otra cé­
lebre m ujer, pues procede desde muy antiguo, por una
dilatada descendencia, d e patriarcas, de reyes, de s a c e r d o ­
tes. R ecu erda ahora qué m ujer hay en todo el orbe que
haya tenido tantos reves y príncipes en su ascendencia.
21 Sobre San Mateo 1: «Nótese que en la genealogía del Salva­
dor no se tiene en cuenta ninguna mujer, sino aquellas que repren­
de la Escritura, a fin de que quien venía por los pecadores, nacien­
do de los mismos pecadores, borrase los pecados de todos».
22 Le. 1,54-55.
=3 lo. 1,46.
SER M Ó N 2 191

N o b ilís im a , por consiguiente, fué la V irgen por su fam ilia


e ilustrísima cual convenía a la que había de ser m adre de
Dios ; pues no estaba bien que fuese rústica o vulgar, para
que no redundara en el H ijo la menor tacha de nobleza
y esplendor. P ues aunque en los hom bres no existe esa va­
riedad de linaje que acab am os de excluir, sin em bargo,
por la generación siem pre heredan algo los hijos de los
padres buenos ; pues, por lo general, observam os que de
padres buenos nacen h ijo s buenos, es decir, bien inclina­
dos ; porque de la misma m anera que los hijos heredan de
sus padres por la generación el color, la configuración, las
cualidades, gestos y diversidad de enferm edades, así tam ­
bién reciben de los mismos las costum bres, inclinaciones
/ afectos del alm a. V em o s, en efecto, que, en general, de
padres iracundos nacen hijos propensos a la ira, y pacífi­
cos de los pacíficos, ingeniosos de los ingeniosos, y de los
rústicos, rústicos. Por consiguiente, si el hom bre puede
gloriarse, hágalo en buen hora, no del poderío y posición
de sus progenitores, sino de su virtud y h o n ra d ez : todo lo
contrario de lo que vem os en el mundo.
De suerte que fué justo que n aciera d e reyes y sacer­
dotes quien había de ser R ey y Sacerd ote en el pueblo de
Dios, a fin d e que aun según la carne quedara paten-e la
legitimidad de su reino y sacerdocio. Y no debe preocu­
parnos que la genealogía se refiera a Jo sé y no a la V irgen ;
el evangelista conserva la costum bre de las Escrituras, que
tejen las genealogías a través de los varones, no de las mu­
jeres ; y com o la V irgen y Jo sé eran parientes, llegando al
linaje de Jo sé se llega al d e la V irgen. Parentesco que pasó
por alto el evangelista por ser tan conocido en aquel tiem ­
po de todos los que habían abrazado la fe de C r’sto en
Judea. M as, com o dice Eusebio 24 en su H isto ria E c le s iá s ­
tica y lo trató ligeram ente el D am asceno 20 en el libro cuar­
to, sobradam ente lo m anifestaban a todos los descen d ien ­
tes de la fam ilia del Señor, a los que entonces se les daba
el nombre de D o m in ico s, esto es, parientes del Señor.
6. A hora m e dirijo a vosotras, ¡ oh v írg en es! A vos­
otras. digo, ruego y conjuro, imitad con vuestra virginidad
a la V irgen, im itad con vuestra nobleza a la noble, copiad,
r e P it o , a la única fundadora da vuestra profesión ; ella es la
estableció este género de vida aue profesáis, ella la
Pnmera en enseñar el celibato entre los hom bres e intro­
ducir la vida angélica en la carne humana ; por su e je m ­
plo brilla esplendente esa inm ensa multitud de vírgenes,
^ n tes de ella era o b jeto de ludibrio la virginidad perpe-

Ilistor. Ecles. 1,7.


L. 4 De la fe ortodoxa, c. 15, que lleva por título «De la ge-
<u°gfa del Señor y de la santa Madre de Dios».
192 NATIVIDAD DE LA V IR G E N MARÍA

tua, pues la L ey m aldice 26 a la estéril. Por eso llora sin


consuelo la hija de Je fté 27 su virginidad antes de su muer­
te. se lam enta de la misma estando a punto de morir, por­
que moría virgen y sin descendencia, i O h V irgen dicho­
sísim a, tales eran los ejem plos que te h ab ía dado la Ley
antigua ! { Q uién te enseñó, dónde aprendiste que la pu­
reza virginal era agradable a D ios, para ser la prim era de
todas en consagrar a Dios con voto tu castidad ? Pues no
sólo sin precedente elegiste la virginidad, sino que la con­
firmaste con voto, y de tal m anera la confirm aste, que no
diste tu consentim iento al ángel que te anunciaba la con­
cepción por obra del Altísim o hasta aue te ofreció garan­
tía de conservar ilesa tu virginidad. E sta vuestra piadosa
asociación se d estaca en su em ulación por la V irgen sobre
todas las de España, poraue sois todas no sólo vírgenes
com o las otras, sino tam bién nobles com o lo fué la más
noble de las vírgenes. Por consiguiente, si emuláis la virgi­
nidad, imitad tam bién la humildad. Ninguna de entre vos­
otras m ás noble ni m ás ilustre por su prosapia aue esta
V irgen ; y, sin em bargo, ved cu ál fué su hum ildad. Mirad
com o una virgen regia, Señora del mundo, M adre de Dios,
no se desdeña de servir a un artesano, preparar la comi­
da y la m esa y o bed ecer en todo a un varón, qu e, sin em­
bargo, era su marido en el m atrim onio v irg in a l; no os des­
deñéis vosotras en serviros m utuam ente. Cuanto m ás no­
ble sea una entre vosotras, sea más hum ilde, y demuestre
su nobleza con la humildad, pues no hay nobleza com o la
• de servir a Cristo. Si sois, por consiguiente, más sem ejan­
tes a ella que las dem ás, m ostraos tam bién m ás animosas
que ellas ; ya que celebram os hoy el día natal de esta Vir­
gen, con su natalicio com pensam os el honor aue le debe­
mos. P ues hoy brilló de improviso en el mundo com o plá­
cida estrella en la obscuridad, en la noche tenebrosa. Re-
gocíjanse los ángeles y corresponden con un cántico festi­
vo a la V irgen ; saltan alborozados porque está va enci­
ma la salvación del mundo, y ven nacer el principio de Ia
restauración de su ciudad.
7. ¡ O h qué alegría, qué gozo invade a los esoíritus
celestes ! Pues com ienza a brotar aquella vara 28 de la raíz
de lesé tanto ha sem brada en los santos patriarcas, y sale
a la luz aquella de la cual ha de n acer la Flor que curara
al mundo ; la Flor cuvo aroma hace revivir a los muertos,
cuvo sabor e r a a los enferm os, cuva hem osura aleqra a los
ángeles ; la Flor cándida y rubicunda en la cu a l los ánge-

Ex. 23,26.
=‘ Iud. 11.38.
=* Is. 11,1.
S ER M Ó N 2 193

les d e s e a n p e n e tr a r co n su vista 29. Con qué razón ex cla­


maba San B e rn a rd o 30: A légrate, ¡o h padre A d á n !, y re­
gocíjate m ás tú, ¡o h m adre E v a !, vosotros que, com o p a­
dres de todos, fuisteis tam bién los que les disteis la muer­
te, y lo que es m ás triste, se la disteis aun antes de en­
gendrarlos. Consolaos, por consiguiente, am bos con sem e­
jante hija, c Q ué decías, A d án ? L a m u jer q u e tú m e d iste
por c o m p a ñ e r a m e h a d a d o d e l fru to d e a q u e l á r b o l y le
he c o m i d o 31. P ues he aquí qne hoy se te da una m ujer
por la otra m ujer, una prudente por una fatua, una humil­
de en lugar de una soberbia, para que en lugar del árbol
de la m uerte te dé a gustar el de la vida, y en lugar de
aquella venenosa com ida de amargura, te proporcione la
dulzura del fruto eterno. ¡ O h V irgen adm irable y digní­
sima de todo h o n o r! ¡ O h m ujer extraordinariam ente ve­
nerable, adm irable sobre todas las m ujeres, reparadora de
los padres, vivificadora de sus d e scen d ie n te s!
Postrado, por tanto, a los pies de este sagrado V á sta -
go, oremos con ánim os regocijados y d an ce de júbilo el
corazón ; acoiám onos a su protección, clam ando en alta v o z :
Ea, p u es, A b o g a d a n u estra, señora nuestra, nuestra a le­
gría, e a , p u e s , v u e lv e a n o so tro s e s o s tus o jo s m is er ico r ­
diosos, y d e s p u é s d e e s te d e s tie r r o m u éstra n o s a J e s ú s , fru ­
to b e n d ito d e tu v ien tre 32. A Cristo buscam os, por El sus­
piramos, a El correm os, El es el objeto único de los anhe­
los de nuestro corazón. D irígenos tú, ¡ oh V irgen bendi­
t a !: llévanos tú a El, condúcenos al lugar de su reino,
muéstranoslo coronado de gloria y honor, rodeado de án­
geles, sentado en altísimo trono a la diestra del Padre, rei­
nando con El y con E l gobernando el universo mundo.
Pero volvam os ya a la narración evangélica.
8. M ucho tiem po m e ha preocupado por aué los evan­
gelistas, que tanto han hablado de San Juan B au tista_y de
jos apóstoles, tan som eram ente nos narran la historia de
ja Virgen M aría, que aventaja a todos por su vida y su
diemidad, por qué, repito, no nos han consignado los de­
diles de su co n cep ció n , nacim iento, edu cación, el esplen­
dor de sus costum bres, el ornam ento de sus virtudes, cóm o
trató con su H ijo en lo hum ano, cóm o conversó con El,
como vivió con los apóstoles después de su ascensión. Im­
portantísimas y dignas d e m em oria eran estas circunstan-
c>as, que serían devoradas por la devoción de los fieles^ y
miiy estim adas por los pueblos. <■'Por qué, I oh evangelis­

1 Petr. 1,12. ^ .
. 30 Hom.il. 2 sobre «Missus est...», n. 3, omitidas muchas pala­
d as del texto.
Gen. 3,12.
De la «Salve Regina».
194 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

ta s !, nos habéis privado de tan sin igual gozo con vuestro


silencio? ¿P o r qué os callasteis estas cosas tan alegres, tan
deseadas, tan agradables ? P ues ¿ quién puede dudar de
que en su nacim iento y niñez ocurrieron m uchas maravi­
llas y de que esta doncella fué en sus tiernos años un
asom broso prodigio de todas las virtudes para los siglos
venideros? D e todo esto, sin em bargo, nada vem os con­
signado en los libros canónicos, si se exceptúa cierto libro
apócrifo que tradujo San Jerónim o 3* del hebreo, y de cuya
garantía duda él mismo. P ara responder a estas cavilacio­
nes. e s decir, por qué no se escribió un libro sobre las ac­
tividades de la V irgen, com o lo tenem os de San Pablo
(pues d ebe descartarse por tem erario e impío acusar de
negligencia a los evangelistas), no se m e ocurre otra solu­
ción que tal fué el beneplácito del Espíritu Santo y que
b ajo su inspiración las pasaron por alto los evangelistas,
porque toda la gloria de la V irgen, com o d ice el Salm o 54,
le viene de dentro, y era más fácil pensarla que describir­
la, y bástanos com o com pendio m ás que suficiente de su
historia las palabras que nos han servido de te x to : aue de
ella n a c ió Je s ú s . ¿Q u é m ás quieres averiguar? t'Q ué más
puedes desear en la V irg en ? T e basta el ser Madre de
Dios. Porque, a la verdad, ¿ qué herm osura, qué virtud,
que p erfección, aué gracia, qué gloria no conviene a la
M adre de D ios? Da rienda suelta a la im aginación, dilata
los horizontes del entendim iento y procura forjar en tu
m ente la im agen de una virgen purísim a, prudentísima,
herm osísim a, devotísim a, humildísima, mansísim a, llena de
toda gracia, dotada de toda santidad, adornada de todas
las virtudes, enriquecida de todos los carism as, sumamen­
te agradable a D io s ; añade cuanto puedas, lánzate a 1°
que alcan ces ; inm ensam ente m ayor es la V irgen , más ex­
celente es esta V irgen, muy superior es esta V irgen.
9. No la dibu jó el Espíritu Santo en las sagradas letras,
sino que dejó que la esculpieras tú en tu espíritu, a fin de
que te d es cuenta de que no sólo no le ha faltado gracia,
o p erfección , o gloria alguna que pueda el espíritu conce­
bir en pura criatura, sino que llegó a superar toda inteli­
gencia. Por eso, donde se hallaba la plenitud, m ejor era
no describir parte de ella, no sea que fuéram os a creer
que le faltaba lo que no se hallaba escrito. Si usó de todo
su poder el Señor para adornar tan m aravillosam ente a sus
esclavas y a las doncellas de su casa, ( cuál sería la madr?
que había d e crear para sí, la única esposa suya, que e'1"

11 Se encuentra este librito entre las obras erróneamente atrj'


buidas a San Jerónimo, y lleva por título De la Natividad de S0n'
ta María.
** Ps. 44,14.
SE R M Ó N 2 195

gió para sí de entre todas y más que a todas am ó ? E scu ­


cha al p ro fe ta : A tu d iestra está la R e in a c o n v estid o b o r ­
d ad o d e o r o y e n g a la n a d a c o n varios a d o r n o s ..., y las h i­
jas d e T iro c o n d o n e s ,.y te p resen ta rá n h u m ild es sú p lica s
todos los p o d e r o s o s d e l p u e b lo . S erán p r e s e n t a d a s a l R e y
las v írg en es, pero q u e han d e fo r m a r e l s é q u ito d e ella ;
ante su p r e s e n c ia será n traíd a s su s c o m p a ñ e r a s c o n fie s ta s
y r e g o c ijo s 35. lo d o el cándido coro de vírgenes canta al
unísono las alabanzas de esta V irgen, todas adoran supli­
cantes su rostro y la veneran y honran com o R e in a ; el
Altísimo la prefirió no sólo a los coros de vírgenes, sino
también a los ángeles, por ser su madre y serle d ebida toda
grandeza a la M adre d e D ios. P or consiguiente, cuanto se
puede desear saber o entender acerca de la V irgen , queda
encerrado en esta concisa fra se: D e la c u a l n a c ió J e s ú s ;
ésta es su historia larga y com pletísim a.
D ice San A nselm o 36: D ecir de la V irgen M aría que
es madre de D ios, supera a cuanto se puede predicar in­
ferior a El. P or eso Santo Tomás 37 le atribuye cierta dig­
nidad infinita, y co n razón ; porque si cuanto más excelso
es el H ijo, tanto más digna es la M adre, ¿ quién duda que
la infinita autoridad y dignidad del H ijo corresponda tam
bién en cierto modo a la M adre ? Porque ya supone digni­
dad el ser m adre de un ciudadano cualquiera ; mayor, ser­
lo de un c a b a lle ro ; m ayor aún, de un r e y : m ayor aún,
serlo de un ángel, si éste pudiera tener madre ; mayor, de
un a rc á n g e l; m ucho m ayor, de un serafín ; pero el ser m a
dre de Dios de tal modo sobrepuja a todas éstas en digni
dad, cuanto Dios es m ás grande que todos aquéllos. ¡ O h
admirable D oncella, madre de su Creador ! ¡ O h dignidad
asombrosa, que una m ujer tenga con Dios un h :jo com ún,
a quien puede decir con el P a d re : T ú e r e s m i h i j o 3*, y
ser esta D oncella madre de A quel que tiene a Dios por
vi ' ^ H ijo está sentado a la diestra del Padre ; la
Madre, a la diestra del H ijo, y miran con mutua com pla­
cencia al H ijo en m edio. El Padre mira en el H ijo la per­
sona que engendró desde la eternidad ; la M adre m 'ra en
la naturaleza hum ana que en sus entrañas con cibió en

Ps. 44,10.13.15.16.
De las excelencias de la bienaventurada Virgen María, 2 :
drpr/ ° nsiguiente’ aun(lue sólo decir de la santa Virgen que es Ma-
deíir Dios excede toda, la dignidad que después de Dios se puede
ne í ni Pensar> y «1 entendimiento humano, que aspira a ella, tie-
, 7 o s°l° esto algo profundísimo para contemplar y meditar...»
s a n t o T o m á s , 1, q. 25, a. 6 ad 4 : «La humanidad de Cristo,
g0 e ^ r unida a Dios, y la bienaventuranza creada, por ser un
tienen .Dios’ y la bienaventurada Virgen, por ser Madre de Dios,
Qj. ” 1 cierta, dignidad infinita, participada del bien infinito, que es
o j é a s e la nota al serm. 1 para la Concepc. de la B. M. V. n. 6 .
Ps. 2,7.
196 NATIVIDAD DE LA V IR G E N M ARÍA

el tiem po. El P ad re se co m p lace en el H ijo, regocíjase en


el H ijo la M adre ; el Padre d ice al H ijo : T e e n g e n d r é an­
tes d e existir e l lu c ero d e la m a ñ a n a 39; la M adre le dice •
T e engendré en mi seno quedando virgen. M aravíllase de
su gloria, y ni ella mism a es capaz de com prender su gran­
deza ; por lo mismo que fué h ech a madre del Creador, fué
constituida con el m ejor derecho R ein a y Señora de todas
las criaturas. V erdaderam ente te h a h e c h o c o s a s gran d es
A q u e l q u e e s p o d e r o s o 40, ¡o h M aría! ; y por el hecho de
hacerte madre suya te lla m a rá n b ien a v en tu ra d a to d a s las
g e n e r a c io n e s 41 de todos los siglos, los hijos de los naci­
dos y los que han de nacer de ellos.
10. H ubo en los orígenes de la Iglesia cierta duda
a cerca d el tratam iento que se había de dar a esta Virgen,
pues algunos h erejes d ecían que el cuerpo de Cristo no
era verdadero, sino fantástico 42; otros conced ían que el
cuerpo era verdadero, pero no de carne, sino celestial 4" ;
otros le atribuían cuerpo de carne, pero que no había toma­
do d e la V irg e n 44; otros, finalm ente, afirm aban que el
cuerpo estaba form ado de la V irgen, pero sin alm a 4\ T o ­
dos los cu ales y otros sem ejantes trataban d e arrebatar a
la V irgen la dignidad de madre de Dios ; a todos los cua­
les refuta el evangelista con esta sola p a la b ra : D e la cual
n a c ió J e s ú s ; y el apóstol San P ab lo , con oirá sem ejante,
d icien d o : F o r m a d o d e u na m u jer 46. D onde está bien di­
cho fo r m a d o , puesto que el Espíritu Santo no lo engendró
en el seno de la V irgen, sino que com o un artífice formó
su cuerpo de ella m ism a ; por lo cual no es padre de
Cristo, sino creador d e su humanidad.
R ech azad as esas herejías, continuaba entre los fieles
un gran d ebate sobre si se la d ebía llamar M adre de Cristo
o M adre de la hum anidad de Cristo, a causa de la verda­
dera e indiscutible generación tem poral, o si se podía lle­
gar a llam arla tam bién M adre de D ios, hasta que el con­
Ib. 109,3.
39
Le. 1,49.
40
Ib. 1,48.
41
Los griegos llaman a estos herejes fantasiastas. Entre ellos
12
se encuentra Marción, contra el cual escribió Tertuliano. Hacen re­
lación de él San Epifanio (Haeres. 42) y San Agustín ( Haeres. 22).
También Cerdon siguió la misma herejía, como atestiguan los re­
feridos San Epifanio (Haeres. 41) y San Agustín (Haeres . 21).
** Así Valentín, como atestigua San Agustín (Haeres. 11). Y los
gnósticos, como puede verse en San Ireneo (1. 1, c. 5).
44 T al es la sentencia de Apeles, seg'jn San Agustín (Haeres. 23);
pues enseñó que el cuerpo de Cristo había sido formado de los ele­
mentos.
45 Esta era la sentencia de los arríanos, que negaban a Cristo
alma, en lugar de la cual le concedían el Verbo. Así lo refieren San
Epifanio ( Haeres. 69) y San Agustín (.Haeres. 49).
4« Gal. 4,4.
SER M Ó N 2 197

cilio 47 en pleno definió qu e todos los fieles d ebían llamar­


la sin reserva alguna, con toda verdad y sin escrúpulo,
Teótocon, esto es, M adre de D ios, y d ebían venerarla
como verdadera M adre de Dios. E ste era el nom bre entre
todos que ella m isma se había elegido en el libro del E cle ­
siástico al d e c ir: Y o s o y la m a d r e d e l b e llo a m o r , y d e l
tem or, y d e la c ie n c ia , y d e la san ta e s p e r a n z a 48. Como
si d ijera: ¿ P o r qué m e dais otros nom bres? Con este solo
nombre me honro, con este solo quiero ser llam ada ; re­
suenen sólo estas voces en mi alabanza, en estas palabras
me com plazco sobre to d o : D e la c u a l n a c ió J e s ú s . R ep íta ­
se con frecu encia esta palabra en las alabanzas, repítase
tam bién con frecuencia en los cánticos. E scu ch a, ¡ oh piado­
sísima ! ; escucha, ¡ oh clem entísim a !, d e la cu a l n a c ió Je s ú s .
Pues es éste, ¡o h V irg e n !, un nom bre sobre todo otro
nombre de pura criatura, en el cual nadie puede tener par­
te contigo. P o r q u e c a cu ál, no diré de los hom bres, pero ni
aun d e lo s á n g e le s d ijo ja m á s 49: Mi m adre eres tú y yo soy
tu H ijo ? En orden a los ángeles d ic e : E l q u e a sus á n g ele s
los h a c e espíritu s y a su s m in istros c o m o la lla m a a r c ie n -
te 50; en cam bio, a la V irg en : E res única p a lo m a m ía ,
eres 51 la única elegida, porque no hay nadie 52 sem ejan te
a ti ni quien de ce rca te siga. Y aunque todo el que hace 53
la voluntad de mi Padre es mi m adre y mi herm ano, sin
embargo no lo es com o tú, que con cebiste en tu espíritu
y en tu cuerpo al V erb o de Dios, lo diste a luz, am am an-

47 Nestorio negaba con toda pertinacia que la bienaventurada


Virgen fuera llamada Theotocon, diciendo que debía llamársela Cris-
totocon, bajo cuyo nombre pretendía encubrir el virus de su he­
rejía, que destruía todo el misterio de la Encarnación. Pero conde­
nado en el concilio Efesino, quedó firmemente asentada la verdad
católica, y el segundo concilio Constantinop. (collat. 8, anatemat. 6)
dice a sí: «Si alguien afirma que la santa y gloriosa siempre Vir­
gen María no es verdaderamente, sino abusivamente. Madre de
Dios, o sólo según cierta relación, como si hubiera nacido un puro
nombre y se hubiera encarnado y nacido de ella misma el Verbo
Dios, y que el nacimiento del hombre, como ellos dicen, había de
referirse al Verbo Dios, porque estaba con el hombre al nacer;
y según este sentido impío, introducido por el execrable Teodoro,
acusa al santo sínodo de Calcedonia, que afirma que la Virgen
es Madre de Dios; o el que la llama madre del hombre, o Cristo-
l°con, como si Cristo no fuera Dios, y no la confiesa propia y
verdaderamente Madre de Dios, por lo mismo que el mismo Dios
verbo, que antes de los siglos nació del Padre, se encamó y nació
06 la misma en los últimos días, y que así piadosamente el santo
sínodo de Calcedonia la confesó Madre de Dios, este tal sea ana­
tema.»
48 Eccli. 24,24.
48 Hebr. 1.5.
50 Ps. 103.4.
51 Cant. 6 .8 .
52 S a n B e r n a r d o . Serm. 4 de la Asunción, 5.
“3 Mt. 12,50.
198 NATIVIDAD DE LA V IR G E N MARÍA

taste, alim entaste y en toda tu vida desem peñaste para con


él el oficio de madre.
11. E ste nom bre no es m enos honroso que perfecto.
P orque la cum bre de la p erfección de una pura criatura
en esta vida está cifrada en el amor de Dios ; y no hay en­
tre todos los am ores de la vida presente am or sem ejante
al amor de la madre al hijo ; m ás aún, suelen las madres
am ar con tal ardor aun a los hijos deform es, que hasta las
serias m atronas parecen enloquecer de am or cuando char­
lan y acarician a los niños de pecho en su regazo. ¡ Qué
cosas d icen y hacen ! f H ay bufón m ás charlatán que una
madre con su hijo ? C iertam ente la providencia divina, que
nunca falta a su com etido, infundió este intenso amor na­
tural en las entrañas de las m adres, a fin de que por el
hastío de tan prolongado trabajo no les fuera a faltar nada
necesario en la vida y difícil educación de esas prendas
queridas. Si no fuera así, £ quién podría soportar paciente­
m ente las m olestias de los niños, sus lloros y gem idos, sus
enferm edades, las múltiples y frecuentes inm undicias, tan
continuas y prolongadas m olestias ? Y no sólo al hombre,
sino tam bién a todos los dem ás anim ales les infundió esta
fuerza am orosa el Creador de la naturaleza. ¿ No vemos
cóm o la gallina se convierte en águila para defender a sus
polluelos, y cóm o la mansísim a yegua se hace feroz leona
por su potrillo, y se expone con anim osidad por el hijo a
los asaltos d e los lobos, y tiene a su vida en p oco o nada
con tal de defender al hijo de sus en trañas? C osa maravi­
llosa es el am or e increíble en absoluto si no se viese. Por
consiguiente, si, com o dijim os, tal es el am or de las ma­
dres para con los hijos engendrados con el concurso del
varón, que con tal ardor aman aun a los h ijo s deform es e
im béciles, m editad, vírgenes devotas, con qué am or ama­
rá esta M adre a su H ijo unigénito y soligénito ; a un Hijo
tan perfecto, tan herm oso, tan noble y poderoso, tan ilus­
tre y glorioso, cu y a h erm o su ra ad m ira n e l so l y la luna 54,
cuya gloria y hermosura deslum bra aun las angélicas mira­
das ; a un H ijo en c u y o s m isterios lo s á n g e le s d e s e a n p e ­
n etrar c o n su vista55, de quien harto bien sabía que era
su Dios y Creador. V e d , repito, en qué am or se abrasara
al verlo ya de tres o cuatro años jugar delante de sí, son-
reírle co n sem blante encantador, brom eando y haciéndole
fiestas con filial donaire, y darse cuenta d e que ha sido
am am antado a su pecho y en su mismo regazo y alim en­
tado de su misma substancia. ¡ O h corazón virginal, abra­
sado en el fuego del am o r! ¡O h sagrado p echo, inflamado
com o un horno y ardoroso com o los serafines ! ¡ Oh pecho

'4 -La Iglesia en el oficio de Santa Inés.


•">5 1 p e t - r . 1 ,1 2 .
193

sagrado !, £ qué am or te inflama por dentro ? ¡ O h cuerpo


delicadísim o!, ¿có m o no explotas con ese fuego? ¿Q u ién
podrá, ¡o h V ir g e n !, explicar dignam ente o com prender
siguiera los ardores de tu corazón, los excesos de tu m en­
te? N o r e p a réis, d ice, en q u e so y m o r e n a , p o r q u e m e h a
r o b a d o e l s o l m i c o lo r 56. E s decir, aqu el sol ardentísim o
me inundó tan cabalm ente por dentro y por fuera, q u e p a ­
rezco obscura por el resplandor. O bscu ra soy, es verdad,
pero so y b ien p a r e c id a , hijas d e fe r u s a lé n ; p o r e s o m e h a
a m a d o e l rey 5r.
12. P or eso el ángel, conociendo de antem ano este ar­
dor fragantísim o, dijo a la V irg en : E l E spíritu S a n to d e s ­
c en d e rá s o b r e ti y la virtud d e l A ltísim o te cu b rirá c o n su
s o m b r a 5*. No tem as, pues, ¡o h H ija d e Jerusalén !, no te
espantes, pues vendrá el Espíritu Santo y la virtud d e l A l­
tísim o t e cu b rirá c o n su s o m b r a para que puedas soportar
el ardor d e tan vivo s o l ; y el que suele alum brar a los
otros, ese mismo te hará som bra a ti, a fin de tem plar el
ardiente fulgor del sol divino.
Sólo tú. por consiguiente, i oh V irg e n !, estás dotada y
gozas del honor de m adre ; sólo tú posees un H ijo com ún
con el Padre c e le s tia l; sólo tú tienes un am or muy sem e­
jante al suyo, en cuanto es cap az una pura criatura. El
ángel lo am a, pero com o a su S e ñ o r ; lo am a la V irgen ,
pero com o a su H ijo ; y, por consiguiente, E l corresponde
con amor al ángel, pero com o a un sie rv o ; corresponde
con amor a la V irgen, pero com o a su m adre. Feliz y bien ­
aventurada en am bas cosas, por amar de esta suerte al
Hijo y ser am ada por El.
C elebrem os, por tanto, el dignísimo nacim iento de tal
Madre ; dém osle el parabién de todo c o ra z ó n ; tenem os
cierto motivo de gloriarnos en ella, porque en cierto modo
fuimos ocasión de tal elevación. Pues, si no hubiera sido
Por la enferm edad del pecad o, no hubiera bajad o del c ie ­
lo tan gran M édico ; lo que, por consiguiente, nos consti­
tuyó a nosotros reos, eso mismo le ocasionó a ella el ser
madre de Dios. P orque, si no hubiera pecado el hom bre,
no se hubiera hecho Dios hom bre ; y, sin em bargo, no es­
tas ligada a nosotros por deuda alguna, pues todo eso no
sucedió por m érito nuestro, sino más bien por nuestro d e­
merito ; pero al mirar, ¡o h V irg e n !, tu elevación, te aco r­
darás de nuestra m iseria según tu benignidad, pues real­
mente eres abogada de p ecad ores, tú que fuiste elevad a a
tal altura a causa de los pecados. R ealm ente, aunque nos
Pesa m ucho de nuestro p ecad o, nos com p lace so b rem an e­
200 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

ra, ¡o h V irg e n 1, tu sublimidad, y resarcim os con esta glo­


ria tuya los daños de nuestro pecad o. P or eso el Salmo
canta herm osam ente de esta V irg en : (N o s e d irá en to n c es
d e S ió n : H o m b r e s u h o m b r e s han n a c id o en e lla , y e l m is­
m o A ltísim o e s q u ien la h a fu n d a d o ? 59 H o m b r e s y h om ­
b res, dice. ¿ D e qué hom bre se trata? C iertam ente del hom­
bre por el cual se hizo en ella hom bre e l A ltísim o , q u e la
p r o te g ió . Por consiguiente, h o m b r e s y h o m b r e s , dícelo tam­
bién el hom bre Altísim o, porque es m adre de uno y otro
hom bre, del H om bre Dios y del hom bre reo. Finalm ente,
atiende qué h o m b r e s y h o m b r e s 60. H e a q u í, d ice, q u e los
filisteo s, los d e T iro y el p u e b lo d e los e t ío p e s , to d o s ésos
a llí estarán 61. Por consiguiente, h o m b r e s y h o m b r e s , el
hom bre e tío p e : no rech aza la V irg en herm osa a los etío­
pes, antes los abraza com o niños y los am a com o hijos si
cum plen lo que se sigu e: Y o h a r é m e m o r ia d e R a h a b y
d e B a b ilo n ia , q u e tien en n o ticia d e m í 62. Conozcan, pues,
a esa M adre. H o m b r e y h o m b r e s , esto es, el hom bre etíope,
por quien el Altísim o se hizo hom bre ; pues por ser madre
del Altísim o no se desdeña llam arse m adre del etíope. Por
tanto, h o m b r e s y h o m b r e s dirá el etíope, y sucederá lo que
está e sc rito : L le n o s d e g o z o están to d o s cu a n to s en ti h a b i­
tan 63. A llí nos alegrarem os en ella, allí nos regocijarem os
con ella m isma, conocerem os por exp erien cia que ha sido
nuestra verdadera m adre, cuando, purificada la negrura de
la etiopisa, todos nos revistam os de blancura y. com o ver­
daderos hijos, vistamos las sem ejanzas de la M adre. Ocu­
rrirá esto cuando disfrutemos con ella d e la gloria, a la cual
se digne llevarnos Jesucristo, su H ijo, y, por tanto, herma­
no y Señor nuestro, que siendo D ios vive y reina con el
Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
59 Ps. 86,5.
1,0 En los Setenta, en vez del adverbio numquid que pone aquí
la Vulgata, leían antes m ater: así San Agustín (Enarrat. in
Psalm. 86 , n. 7), a quien habían precedido Tertuliano, San Ambro­
sio, e tc .; así lo tienen también los libros vulgares de los griegos
y todos los intérpretes griegos, a quienes en este lugar sigue el sa­
grado orador. Sigue una larga nota exp'.icativa de estas interpre­
taciones, que no merece la pena el copiarla.
61 Ps. 86,4.
«2 Ib.
63 Ib. 86.7.
SERM Ó N 3 201

S E R M O N III

Desde los más rem otos tiempos fui constituida


(Prov. 8, 23).

1. No p arece una gran alabanza de la V irgen lo que


se enuncia en el tem a, porque ello es común no sólo a todos
los santos, sino tam bién a todas las criaturas ; pues cuanto
fué creado en el tiem po, estuvo ordenado desde la eterni­
dad en aquel ejem plar y prototipo, el V erbo divino ; y cóm o
fué ordenado des-de la eternidad, tal se realizó a d ex tra en
el tiempo. C reó las estrellas del cielo, y las gotas del mar, y
las hojas de los árboles, ni más ni m enos com o las había
concebido ; pues no creó al mundo com o por casualidad y de
improviso, sino según su eterno designio. ¿C óm o, pues, se
pregona com o una alabanza de la V irgen d e s d e los m á s r e ­
m otos tie m p o s fu i con stitu id a? Se pondrá esto bien de m a­
nifiesto en lo que vayam os diciendo ; pero por ahora b re­
vemente afirm am os que, aunque en la mente v elección
de Dios no existe prioridad de tiem po, porque todo ha
sido elegido desde la eternidad, existe, sin em bargo, la
prioridad de la dignidad, porque algunos han sido elegidos
para un grado de dignidad más grande que otros. P or eso
decimos que la V irgen ha sido co n stitu id a y elegida sin­
gularmente, no porque haya sido la única ni la primera
que ha sido elegida, sino porque lo fué para una gloria
eminente y singular, por lo que canta de ella la Ig le s 'a :
«Eligióla D ios, y la eligió de antem ano» *. Para dos cosas
fué eleg id a: para ser m adre de D ios y abogada d el mun­
do. D e am bas dignidades vam os a tratar al presente.
2. Inm ensa distancia existe entre la elección d s Dios
y la elección hum ana, según E l mismo d ic e : Q u e los p e n ­
sam ien tos m ío s n o son v u estros p e n s a m ie n to s Cuatro son
las d iferen cias: en primer lugar, porque nuestra elecció n ,
como dice A ristóteles 3, se halla dirigida por el co n sejo y
la prudencia, com o acto precon cebid o ; en cam bio, la elec­
ción de D ios, aunque conform e con la razón eterna, no
está regulada por la divina sabiduría, porque ella mism a
es la ley primitiva y no tom a su rectitud form al de la ley
eterna com o nosotros ; pues la voluntad de Dios es en sí
m¡sma recta, m ás aún, la suma rectitud y la bondad sum a,

1 La Iglesia en el oficio de la bienaventurada Virgen María.


2 Is. 55,8.
3 Etica, 3,2.
202 N a t i v id a d d e l a v i r g e n m a r ía

y aunque todo lo que quiere y obra es conform e a su sa­


biduría, com o está escrito : T o d o lo h a s h e c h o s a b ia m e n ­
te 4, S e ñ o r ; no se regula, sin em bargo, por la sabiduría,
sino que es recta en sí m ism a, com o d ice el S a lm o : L o s jui­
c io s d e l S e ñ o r son v e r d a d ; en sí m is m o s están ju stifica­
d o s 5. Y por eso dice el A p ó sto l: H a c e to d a s las c o s a s co n ­
fo r m e a l d esig n io d e su v o lu n ta d 6 ; nosotros, en cam bio,
obram os según la voluntad d e nuestro consejo, es decir,
regulada por nuestro consejo. E n esto consiste la suprema
libertad de la voluntad divina, en que cuanto quiere, por
el mero hecho de quererlo ella, es bueno y justo. Por don­
de Dios no quiere nada porque es bueno, sino que preci­
sam ente es bueno porque E l lo quiere. E sta e s la primera
diferencia.
Segunda diferencia. Cuando nosotros elegim os, tenemos
presente la perfección e im portancia d e lo que elegimos
para el oficio o dignidad a que lo destinam os, com o, por
ejem plo, en un je fe o en un obispo ; pero Dios no procede
así, sino que, eligiendo algo, lo hace apto, digno y capaz
del oficio. Y así no predestinó a los elegidos porque ha­
bían d e ser buenos, sino que al predestinarlos los hizo
buenos, com o dice el A p ó sto l: N o s e s c o g ió an tes d e la
c r e a c ió n d e l m u n d o p a r a ser sa n tos 7. Y San Agustín 8: No
porque habíam os d e ser santos, sino para que fuéramos
santos en su presencia.
De lo que se sigue la tercera d iferencia, es decir, que
la elección d e D ios es infalible, pues no puede equivocarse
en la elección de sujeto idóneo, ya que al elegir hace idó­
neo a quien quiera que elige. Y así eligió un pastor de
entre los rebaños de ovejas 9 para ser rey, y ¿ qué rey re­
sultó? Eligió tam bién al que preparaba los higos del si­
cóm oro 10 para su profeta, y llegó a ser un gran p ro feta ;
eligió a los pescadores 11 para som eter al mundo y predicar
su Evangelio, y ¡ cuán aptos los hizo ! P or donde dice el
A p ó sto l: N o s h a h e c h o id ó n e o s p a r a s er m in istros d e l N u e­
v o T e s t a m e n t o 12; no nos eligió porque éram os idóneos,
y así d ice el S e ñ o r : N o m e eleg isteis v o s o tro s a m í, sino
q u e y o s o y e l q u e o s h e e le g id o a v o so tro s 13 ; y tam bién:

* Ps. 103.24.
s Ib. 18 10.
• Bph, 1,11.
7 Ib. 1.14.
s De la predestinación de los santos, 18. Hemos citado las pala­
bras en las notas del n. 2 del Sermón 1 de la Natividad.
» Ps. 77,70.
10 Am. 7,14-15.
u Mt. 4,18 s.
12 2 Cor. 3,6.
i» lo. 15,16.
SER M Ó N 3 203

He a q u í q u e y o o s e n v ío l i . No miréis lo que sois, basta que


Y o so y e l q u e o s h e e le g id o a v o so tro s. H e a q u í q u e y o
os e n v ío : esto basta. Cierto que, si hubiera tenido en cu en­
ta vuestra suficiencia, no hubiera sido aceptada la e le c­
ción ; pero yo al elegir no miro la cap acidad , sino que la
doy.
Con esto queda m anifiesta la cuarta d iferen cia: la e le c ­
ción de D ios es inm utable, y la nuestra, variable. Y o so y
el S eñ o r, y s o y in m u ta b le 15. No es D ios com o el hom bre,
que pueda arrepentirse d e su elección ; por lo que su e le c­
ción p erm an ece inm utable e invariable desde la eternidad.
Y , por tanto, lo que d ice de S a ú l: P é s a m e d e h a b e r h e c h o
rey a S aú l 16, debe ser entendido en el sentido, no de que
Dios se arrepintió, sino que se condujo com o si se hubiera
arrepentido, privándole del reino. D e esto se sigue que
como Dios al elegir a alguien para el apostolado, para la
profecía, lo hace digno apóstol e idóneo profeta, así al ele­
gir a la V irgen la hizo digna m adre suya ; pues ésta es la
dignidad para la que fué elegida, com o Juan fué elegido
para ser su precursor. A sí, antes d e co n cebir al H ijo de
Dios, era ya digna de ser madre de Dios.
3. Pero c qué dignidad es ésta? Ciertam ente el ser m a­
dre del infinito y om nipotente lleva consigo cierta especie
de infinidad. Y ¿q u é ex celen cia, qué p erfección , qué gran­
deza era justo que poseyera para ser digna madre de D ios?
Aquí tien e que callar la lengua hum ana, pues la grandeza
de la V irgen no sólo sobrepuja nuestro entendim iento y
lenguaje, sino quizá tam bién el de ella. H a h e c h o en m í
co sas g ra n d es a q u e l q u e e s p o d e r o s o 17. P ero ¿d e qué ca ­
tegoría son esas grandezas? No sé si ella misma fué capaz
de com prender su grandeza ; por tanto, m eior la veneram os
con nuestro silencio, com o está escrito : E l silen c io e s a la ­
b an za p a r a ti, que es la versión cald ea 18 de lo que nosotros
d ecim os: A ti, ¡ o h D ios!, son d e b id o s los h im n o s en S ión 19.
Y puesto que toda alabanza es silencio, y em pieza el hom ­
bre a alabar cuando a ca b a , y aun m ejor, si supo callar,
v por eso los santos evangelistas pasan por alto sus ala­
banzas, ya au e es in efable su grandeza, fué suficiente al
hablar de ella d ecir: D e la c u a l n a c ió J e s ú s 20. Y en el
evangelio de San M ateo correspondiente al día de hoy. para
explicar qué significa d e la c u a l n a c ió Je s ú s , narra la as­

u Le. 10.3.
15 Mal. 3,6.
16 1 Reg. 15,11.
17 Le. 1,49.
18 Varia'? interpretaciones, cuyo sentido fundamental está ex­
puesto en el lexto.
1:1 Ps. 64,2.
26 Mt, i,l(;.
204 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

cend encia del R ed entor según la carne, d icien do: G e n e a ­


lo g ía cíe J e s u c r is to , etc. 21; en cam bio, San Juan , recono­
ciend o en El un linaje más levantado, com enzó por la di­
vinidad, d icien d o : E n e l p rin c ip io e r a e l V e r b o , e t c . 22; a
fin de que en el com ienzo mismo de los dos evangelios
sea reconocido Cristo, Señor nuestro, com o verdadero Hijó
de Dios y de A braham . E s precisam ente lo que se narra a
lo largo del evangelio de h o y : la genealogía del Salvador
eslabonada y siguiendo el mismo recorrido. Y así San Gre­
gorio 2|* com para muy bien esta genealogía con el anzuelo
al exponer aquello de J o b : <fP o d r á s tú s a c a r fu e r a c o n an ­
z u e lo a l lev iatán ? 21 No, Señor, no tengo fuerzas para tanto,
no tengo un brazo tan fuerte ; el pez leviatán es excesiva­
m ente grande para poder ser cogido co n el anzuelo. Sin
em bargo, el Señor lo cogió con el anzuelo, al presentarle
el cebo m anifiesto de su hum anidad, b ajo la cual estaba
escondido el anzuelo de la divinidad, en el cual fué cogido
al engullir el cebo . El brazo d e esta tan adm irable pesca es
el poder ; la cañ a, la sabiduría de Dios ; el sedal, la genea­
logía, al final de la cual se pone el a n z u e lo : D e la cu al
n a c ió Je s ú s .
No es nuestra religión una religión de nuevo cuño ; el
cristianism o rem onta su origen al principio del mundo. Si
suprimimos los ritos y cerem onias, que varían con el tiem­
po, existió el cristianism o desde el principio d el mundo en
cuanto a lo substancial y esencial. G ran cristiano fué A bra­
ham , y M oisés, y David ; y todos los patriarcas y profetas
fueron cristianos, pues adoraban al mismo Dios que nos­
otros adoram os, creían lo mismo que nosotros creem ós, es­
peraron la gloria que nosotros esperam os, confesaban el
juicio y la resurrección que confesam os nosotros, tenían los
mismos p receptos m orales, la misma fe, la m ism a esperan­
za, la prom esa del mismo galardón, los mismos afectos,
los mismos deseos, los mismos pensam ientos, el mismo ge­
nero y m étodo de vida ; de suerte que, si viéram os a Abra-

Ib. 1,1.
22 lo. 1,1.
=3 Moral. 33.9. «Leviatán se dice añadidura de ellos. ¿De quién
sino de los hombres? Pues tan pronto como les ocasionó la culpa
de la prevaricación, la extiende con perversas sugestiones todos
los días hasta la muerte eterna. Y mientras les acrecienta el reato
con la usura del pecado, les amontona sin cesar las penas. Tani-
bién puede ser llamado Leviatán por mofa, pues prometió con astu­
ta persuasión dar la divinidad al primer hombre, y lo que hizo fué
despojarle de la inmortalidad. Bien puede decirse añadidura de
los hombres por mofa, pues mientras prometió añadirles lo que no
eran, con su engaño les arrebató aun lo que eran. Pero este Levia­
tán fué preso poi el anzuelo; pues al morder por sus satélites el
cebo del cuerpo en nuestro Redentor, le penetró el aguijón de la
Divinidad...»
Iob 40,20.
SERM Ó N 3 205

ham, M oisés, David, San Pedro, San A ndrés, etc., a San


Agustín y a San Jerónim o, juzgaríam os que tenían una
idéntica fe, el mismo desenvolvim iento de vida, salvas las
apariencias. P or eso se llam a con justicia a A braham 25
padre de nuestra fe. Solam ente les faltaba el nom bre, com o
dice E usebio 26 en su H isto ria E c le s iá s tic a ; y aun no del
todo, ya qu e tam bién ellos recibían el nom bre de cristianos,
según está escrito : G u a rd a o s d e to c a r a m is u n g id o s 27 o
cristos. ¿C uánto no contribuye esto a consolidar nuestra
fe? i Cómo pu ed e ser falsa una religión tan antigua, aue
tuvo su origen a la vez que el mismo género hum ano? T a l
es el argumento de Eusebio.
4. P ero hora es ya de volver nuestro discurso a ti,
¡oh V irg e n !, cuya suprem a dignidad consiste en que de ti
n ació Je s ú s , p o r s o b r e n o m b r e C risto. Los hijos, por lo co ­
mún, imitan a los padres, y los padres transmiten a los hi­
jos no sólo las propiedades, pasiones y las enferm edades
corporales, la configuración, el color, el aspecto, gestos,
actitudes, sino tam bién las pasiones del ánim o, las co s­
tumbres, el ingenio, los d efectos, las virtu d es; y así de
iracundos padres vem os hijos iracundos, de afables a fa ­
bles, ingeniosos d e ingeniosos, rústicos d e rústicos, elo ­
cuentes de elocuentes, mudos de mudos, de tal suerte
que el ingenio, la virtud v la elocuencia se consideran en
cierto modo com o hereditarias. Y si esto ocurre en los
demás, con m ayor razón ocurrirá en C risto ; pues en los
otros los hiios son com unes al padre y a la m adre y reci­
ben parte del padre y parte de la m adre, verificándose así
cierta m ezcla y sem ejanza de entram bos en el hijo. Pero
Cristo, que procedía totalm ente de la M adre, sin padre
en la tierra, fué totalm ente sem ejante a la M adre, y no
sólo en la form a del rostro ; sobre lo cual afirman los que
vieron sus retratos al vivo que no hubo jam ás un hijo tan
sem ejante a la madre en su fisonom ía, costum bres, p ala­
bras y aspecto exterior: fué ella hum ilde, y hum ilde fué
E l ; ella m ansa, m anso E l ; ella benigna, y E l b e n ig n o ;
ella pobre, y Dobrísimo E l ; purísima ella, y El purísimo ;
prudentísima ella, y El Drudentísimo : ella piadosísim a, y pia­
dosísimo E l ; ella m oderada y sobria, sobrio y m oderado
t-'- Finalm ente, la M adre en todo no fué sino una co cía
exacta del H ijo, y el H ijo una im agen perfecta de la M a-
; porque, aunque todos los santos han intentado, en
ja medida de sus fuerzas, asem ejarse a Cristo, imitarle y
2“ Rom. 4.11.
dn h Hisi- Ecles. 1,4: «No anda le.ios de la verdad el que, recorrien-
tlnc e At)raham hasta el primer hombre, afirme que todos aque-
han cVía rectltu<3 ha sido comprobada por tan ilustre testimonio,
an sido cristianos, no de nombre, pero sí en realidad.»
3T Ps- 104,15.
NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

reproducirle, ya qu e en eso consiste nuestra perfección,


sin em bargo, ninguno lo consiguió totalm ente, sino sólo en
parte ; y así, uno en la humildad, otro en la castidad, otro
en la m ansedum bre. Solam ente la V irgen le imitó en todo,
reproduciéndole en su gracia y sus virtudes, aunque el
tono de las mism as fuera m ás subido en el H ijo por la
unión de la divinidad. P or lo cual dice San Jerónim o 28:
T o d a la plenitud de gracias que tuvo el H ijo se encontró
tam bién en la V irgen, aunque en grado diferente. P or con­
siguiente, fué un esbozo p erfecto del H ijo, com o ella dice
en los C a n ta re s: N eg ra so y , p e r o s o y b ien p a r e c id a , c o m o
las tien d a s d e C e d a r, c o m o lo s p a b e llo n e s d e S a lo m ó n 29.
Como si d ijera: Considerando la condición natural, negra
so y , c o m o las tien d as d e C e d a r, doncella de carne y hueso,
hija delicada de A dán, com o las otras vírgenes ; conside­
rando la gracia, b ie n p a r e c id a , c o m o lo s p a b e llo n e s d e S a­
lo m ó n , im itando en todo las virtudes hum anas de Cristo,
a las que llam a tiendas, porque las virtudes divinas sólo le
son com unes con el Padre, y ni un ángel puede alcanzar­
las. N o r e p a r é is e n q u e so y m o ren a , p o r q u e m e h a r o b a d o
e l so l m i c o lo r 30. Com parada con el sol, estoy obscura,
pero m ás brillante que todos los ángeles y astros.
Por consiguiente. Cristo fué el H ijo más sem ejante a
la M adre, de suerte que com o en el cielo cual el Padre
tal el H ijo, tam bién en la tierra cual la M adre tal el Hijo.
A sí es que, si las costum bres y propiedades de la Madre
se transmiten al H ijo, ¿cu ál hubo de ser aquella madre de
la cual había de nacer y proced er aquella forma celestial
e idea ejem plar del mundo, aquel esp ejo brillantísim o en
que tenían que mirarse todos, aquella hermosura que de­
b en todos imitar ? Si San Juan Bautista fué tan p erfecto sólo
por el testim onio nue tenía que dar de Cristo, t cuál debió
ser la V irgen M adre, que había d e engendrarle sem ejante
a ella y transm itirle su vida y costum bres ?
5. E s inútil, pues, esforzarnos m ás para ir declarando
una a una las virtudes de la V irgen, sus gracias y ex ce­
lencias, ponderándolas y ensalzándolas en p articu lar; es
m ás que suficiente elogio de toda su excelen cia y gran­
deza éste del te m a: D e la c u a l n a c ió Je s ú s , p o r s o b r e -

28 El autor del sermón de la Asunción a Paula y Eustoquio. 5:


«Aunque se cree que existió la gracia en los santos padres y profe­
tas, no fué, sin embargo, plena; sobre María descendió la plenitud
de toda la gracia que hay en Cristo, aunque de diferente modo. Y
por eso, dice, bendita tú eres entre las mujeres, esto es, más que
todas las mujeres, y así toda maldición que se introdujo por me­
dio de Eva la quitó la bendición de María. Aún más, el nacimiento
de Cristo hizo rebosar la gracia que no tuvo antes todo el mundo.»
2» Cant. 1,4.
3» Ib. 1,5.
SERM Ó N 3 207

n om b re C risto. E sta breve frase delim ita bien su contorno


en cuanto es posible ; vale esto por toda su historia. No
nos detengam os en cada detalle, no nos tom em os inútil­
mente sem ejante m olestia ; m ás que mil libros en su ala­
banza ensalza a la V irgen, la dibuja, nos la representa y
engrandece el te m a : D e la cu al n a c ió Je s ú s . ¿Q u ién es
Jesús ? E l H ijo de Dios, res p la n d o r d e la g lo ria d e l P a ­
dre 3I, res p la n d o r d e la luz e tern a 32, ornato del mundo, su
gloria y su herm osura, en quien d e s e a n lo s á n g e le s p e n e ­
trar co n su vista 33', objeto de im itación por parte de todo el
orbe. No se n ecesita m ás detallada h isto ria ; nos basta
ésta para exaltar y celebrar a la V irgen. Y por eso rara
es la alusión que se h ace de ella en el Evangelio, porque
bastaba esto p aia encarecérnosla.
En efecto, ¿q u é se puede desear predicar de la V irg en ?
¿Que era hum ilde, pura, santa, llena de gracia y virtudes?
¿ Pudo acaso ser la M adre de Dios soberbia, iracunda, im- .
pura? ¿Q u é gloria, qué encanto, qué candor, qué virtud,
qué gracia no era justo tuviera la M adre de D ios? H o m b r e s
han n a c id o en ella, y el m is m o A ltísim o e s q u ie n la h a
ju n d a d o 34. ¿C óm o d ebió prepararla el A rtífice que la eli­
gió para nacer de ella ? P or eso dice San A nselm o 3JS: Para
hablar de la V irgen, con sólo decir que es madre de D ios,
se pasa por encim a toda la grandeza que se pueda pensar
inferior a Dios. Im aginém onos, pues, una virgen herm osí­
sima, purísima, hum ildísima, santísim a y perfectísim a, ín­
tegra y cabal en to d o : ésa es la M adre de D ios, y m ás gran­
de aun de lo que se puede pensar o dibujar con la in­
tuición del espíritu. Por lo que si C icerón, D em óstenes,
Homero, V irgilio y los oradores m ás perfectos en la elo ­
cuencia intentaran alabar una a una sus perfeccion es, no
llegarían ciertam ente a rozar apenas la m ás pequeña de sus
excelencias. Y así dice San F u lg e n c io 36: ¿Q u é m ujer es
esta que se propone com o m odelo a todos los santos, y
én cuya cab eza brilla una corona d e d oce estrellas, esto
es, señalada y adornada con todas las gracias, d ones y
virtudes? P ues 37 en M aría se infundió toda la plenitud de
la gracia, y en las demás vírgenes sólo en parte. F in al­
mente, se halló en la V irgen gloriosa todo aquello de que
es capaz no sólo la criatura hum ana, sino toda pura cria­
tura.

Hebr. 1.3.
32 Sap. 7,26.
35 1 Petr. 1,12.
34 Ps. 86,5.
35 Véase la nota al n. 9 del sermón precedente.
36 No he podido encontrar el testimonio de San Fulgencio en-
’re sus obras.
3T Véase la nota al n. 7 del Sermón 1 de la Natividad.
2MXXVH>A2> DE LA V IR G E N MARÍA

6. E sta es la que n ace hoy, ésta es la que hoy aparece


al^ mundo cu a l a u ro ra n a c ie n te 38, fúlgida, rubicunda, pur­
purea, placentera, no obscurecida, no anublada, no man­
chada com o los otros hijos de A dán, sin o b e lla c o m o la^ luna,
b rillan te c o m o e l so l. ¡ O h V irgen ! En este tu natalicio ilu­
minaste al mundo, regocijaste a los cielos, llenaste d e te­
rror al infierno, alzaste a los caídos, levantaste hasta la
salud y alegría a los enferm os y a los tristes. D ecidnos, ¡ oh
sabios astró lo g o s!, que contem pláis las estrella s; decidnos,
¡ oh profetas !, ¿ qué llegará a ser esta d oncella que tan bri­
llante y aventajada se presenta al mundo ? A nunciadnos su
nacim iento. ¡O h R eal P r o fe ta !. £ aué te parece de esta
H ija tuya, qué llegará a ser esta doncella ? E n su tierra,
dice, h a b r á su sten to, s e ü erán sus fru to s en la c u m b r e d e l
L íb a n o , y s e m u ltiplicarán , es d ecir, la Iglesia se verá en­
riquecida de sus méritos, c o m o la h ie r b a en lo s p r a d o s S9.
Dinos tú tam bién, Isaías, £ qué concepto tienes de esta V ir­
gen, qué piensas llegará a ser? S o b r e t o d a g loria brillará
su p r o te c c ió n , y e l ta b e r n á c u lo serv irá p a r a refu g io con tra
e l to r b e llin o y la llu via 40, es decir, será guardia de los jus­
tos v refugio de los pecadores.
P órtate así, ¡o h V ir g e n !, en todas las tem pestades, llu­
vias y ad versid ad es; si hay peste, guerra, ham bre, tribu­
lación, a ti acudim os todos. T ú eres nuestra protección,
tú nuestro refugio, tú nuestro único rem edio, sostén y asi­
lo. Como los polluelos, cuando vuela por encim a el mila­
no, se acogen b ajo las alas de la gallina, así nos escon­
demos nosotros bajo la cubierta de tus alas. No conocem os
otro refugio m ás que tú ; tú sola eres la única esperanza en
aue podem os confiar, tú la única abogada a la cual nos
dirigimos. Mira, por tanto, ahora, ¡o h p iad o sísim a!, la
tribulación de esta tu hija, la m ilitante Ig le s ia ; atiende a
esta familia, por la que murió tu H ijo Cristo, que vace en
la tribulación, rodeada de enem igos, pisoteada por los gen­
tiles, sumida en el peligro ; mira al pequeño rebaño, que
en otro tiem po llenaba el orbe, recluido ahora por nues­
tros pecados y sometido a penalidades en todas las fron­
teras del globo. Inclina los ojos de tu piedad y mira qué
m alos tratos le da, cóm o le desgarra este ja b a lí d e l feos-
q u e *\ este dragón furibundo 4s, v no hay ouien pueda
resistirle, ni siquiera levantar los ojos contra él.
38 Cant. 6.9.
*« Ps. 71,16.
40 Is. 4.5-6.
41 Ps. 79,14.
42 Este sermón tuvo lugar el día en que se establecían plegarias
por la guerra contra los turcos, y así se designa a su sultán bajo los
nombres jabalí de la selva y dragón furibundo. Véase el sermón de
rogativas, p. 397, y otro sobre la alianza hecha en Burgos, p. 405
ambos en el vol. 2 .
SERM Ó N 3 209

1 A y , qu ién podrá expresar el trem endo estrago que


desde muchos años viene causando en la Iglesia de Dios
este nefasto tirano de los tu rc o s! P ues no contento con
haber arrebatado y usurpado el A sia, C ilicia, Siria, P a le s­
tina, Egipto y, de cien años a esta parte, G recia, M acedo-
nia, T racia y poco ha R od as, Buda Pest), Belgrado y
gran parte de Hungría, no contento con todo esto, quiere
ahora devorar toda la Sicilia e Italia. Se ha tragado un río,
sin q u e le p a r e z c a h a b e r b e b id o m u c h o ; au n p r e s u m e p o ­
der a g o ta r e l Jo r d á n 43, la sede de Pedro, la Iglesia rom ana,
la cabeza del mundo. P ero no puede quererlo Dios, ni ha de
permitir tal deshonra en su p u e b lo : apartará Dios de su Igle­
sia sem ejante afrenta. No tem am os ; tenem os sobre esto la
garantía de Cristo, Señor nuestro ; no lo hará, no lo permitirá,
no sucederá. T a l fué la prom esa del Señor a P ed ro : S i­
m ón, S im ón , m ira q u e S atan ás va tras d e v o so tro s p a r a
z a ra n d ea ro s c o m o e l trigo. M as y o h e r o g a d o p o r ti, a fin
d e q u e tu f e n o p e r e z c a 44. Y ¿ qué pudo pedir el H ijo que
no consiguiera del P adre ? ¿ Q ué pudo suplicar tan gran
Suplicador que no lo alcanzase? Y o y a s a b ía , dice en San
Juan, q u e s ie m p r e m e o y e s 45. Y no rogó sólo por la per­
sona de P ed ro, pues éste desfalleció, en cierto modo, en
la pasión de Cristo, sino por la cáted ra de Pedro. Y ésta,
desde los albores de la naciente Iglesia, jam ás perdió la
fe, antes bien , com o ordenó el Señor, después de su co n ­
versión confirm ó a sus herm anos. L as sedes de los otros
apóstoles, sumergidas unas muchas veces en la h erejía o
sojuzgadas otras por los bárbaros, se debilitaron y vinieron
a caer ; ésta, en cam bio, según el oráculo del Señor, per­
maneció siem pre fija e inmóvil, y p erm anecerá, com o se
lo prometió a P ed ro.
7. A sí, pues, el evangelista, al hablar de la V irgen,
encerró todas las excelsas prerrogativas en aquellas pala­
bras: D e la c u a l n a c ió Je s ú s . En ellas se contiene cuanto
de la priisma se puede decir por muchos volúm enes que
se escribieren. D ice San Anselm o 46: Afirmar de la V irgen
[vlaría que es madre de Dios aventaja a toda la perfección
inferior al mismo D ios. Pero no sólo afirm am os que es
jjjadre de D ios, sino que es digna y apropiada m adre de
Ljios. P ara describirla brevem ente, en cuanto está a nuestro
alcance, im aginém onos una virgen herm osísim a, llena de
gracia, de privilegiado talento, noble, de excelente dispo­
sición en cuanto al cuerpo, d e un gran entendim iento y
cabal m em oria, bien dispuesta y proporcionada en cuanto

43 Iob 40,18.
44 Le. 22,31-32.
4* lo. n,42.
Véase la nota al n. 9 del sermón precedente.
210 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

a los dones naturales, perfectam ente dotada, a la cual le


plugo a D ios h acer nobilísim a. E sta es M aría, tan ilustre
que no ha habido m ujer tan noble en el mundo ni nacida
de una tan prolongada serie de antepasados, reyes, prín­
cipes, jefes y patriarcas.
R epasem os los com ienzos d e todas las historias y no
encontrarem os en ninguna un principio tan so b eran o : G e­
n ea lo g ía d e Je su c risto . ¿ S e encuentra genealogía de Ale­
jandro, C ésar, etc., tan fam osa a través d e todos los si­
glos? Y cierto no hace Dios gran caso de esta nobleza,
pues no recib e E l lustre de la genealogía, sino que ésta
es ilustre por El. Y o s o y , dice, la raíz y la p r o s a p ia d e D a­
v id 47. No se m e ha acrecido a mí la gloria por tener tal
íadre, sino a él por haber tenido tal H ijo. ¡ O h hijos de
Í os hom bres, que con tal ansia se alam pan por estas co­
sas ! El alm a, que es más im portante, no tiene linaje, no
procede de un padre, sino de D ios. D e un padre sólo
procede el cuerpo, y éste es sem ejante en todos, sujeto
a las enferm edades y miserias. Todos procedem os del Adán
terreno, ¿d e qué nos viene esta vanagloria del lin a je? Sin
em bargo, se ha consignado esta genealogía a fin de que
Dios apareciera fiel en las prom esas que había hecho, co­
mo d ice la mism a V irg en : A c o g ió a Isra e l, su sie rv o , segú n
p r o m e s a q u e h iz o a n u estro s p a d r e s , a A b r a h a m y a su
d e s c e n d e n c ia p o r lo s sig los d e lo s sig los 48. T a l fué la V ir­
gen en lo natural.
Era necesario que la M adre de Dios fuese tam bién pu­
rísima, sin m ancha, sin pecad o. Y así, no sólo de doncella,
sino tam bién de niña fué santísim a, y santísim a en el seno
de su m adre, y santísim a en su concep ción ; pues no co n ­
venía que el santuario de D ios, la m ansión de la Sabiduría,
el relicario del Espíritu Santo, la urna del m aná celestial,
tuviera en sí la más mínima tacha. Por lo cual, antes de
ser infundida aquel alma santísim a, fué com pletam ente pu­
rificada la carne hasta del residuo d e toda m ancha, y así,
al ser infundida el alm a, ni heredó ni contrajo por la car­
ne m ancha alguna de pecado, com o está escrito : F ijó su
h a b ita c ió n en la p a z 49, es decir, la m ansión de la divina
Sabiduría fué construida sin el fom es del pecad o. En cam ­
bio, com o d ice San Agustín 50, en los niños, aunque d_e
pronto no aparezca, se encuentra una gran siem bra de ini­
quidades y pecados ; allí está el sem illero de todas las ma­
las inclinaciones y com o un odre de las iniquidades. Por
eso, cuando crecen , para aplastar en ellos aquellas malas
sem illas, usan los pedagogos los flagelos, las exh o rtacio n es
« Apoc. 22,16.
Le. 1,54-55.
«» Ps. 75.3.
5" Conf. 1,7.
SERM Ó N 3 211

las adm oniciones, y luego los ju eces, los castigos y torturas,


que son com o ciertos escardillos que im piden brotar aqu e­
llas sem illas y am putan las ya nacidas.
8. Nada sem ejante hubo en la V irgen, sino que fué
purísima, sin la menor inclinación al m al, de donde le
nació una perfecta paz, porque no hubo en ella rebelión
contra el bien. S e cum plió en ella, com o dice San B er­
nardo, aquello del S a lm o : D iérortse un ó s c u lo la ju sticia y
la p a z s l. L a justicia no se d a en nosotros sin la guerra,
en ella existió junto con la suprem a paz. P or lo cual he­
mos de representarnos su carne com o argéntea, vitrea o
cristalina, sin la escoria d e la carne, m ás b ien toda angeli­
cal en la carne, a lo que alude con toda razón el Esposo
en los Cantares d icien do: A m is c a b a llo s u n cid o s a las
carrozas d e F a r a ó n te ten g o y o c o m p a r a d a 52. E l carro de
Faraón es la carne mortal, y así en carne mortal es s e ­
mejante por su pureza a la caballería angelical.
Pero pasem os ya a los dones, gracias y virtudes. ¿Q u é
podemos decir de éstos sino que se le ha dado cuanto
puede caber en una pura criatura? Por consiguiente, com o
en la creación del mundo están com o resum idas en el
hombre todas las criaturas, y así se le llam a m icrocos­
mos, esto es, el mundo en pequeño, así en la reform ación
del mundo está resum ida en la V irgen toda la Iglesia y la
perfección de los santos, por lo que puede ser llam ada
microcosmos d e la Iglesia. E lla poseyó las excelen cias de
todos los santos. En ella se encuentra la paciencia de Jo b .
la mansedum bre de M oisés, la fe de A braham , la castidad
de José, la humildad de David, la sabiduría de Salom ón,
el celo de E li a s ; en ella tam bién está la pureza de las
vírgenes, la fortaleza de los m ártires, el fervor de los co n ­
fesores, la ciencia de los doctores, el m enosprecio del mun­
do de los anacoretas ; en ella el don 51 de sabiduría, el don
de ciencia, el don de entendim iento, de piedad, de forta­
leza, y todos los dones del Espíritu Santo, y toda suerte
de gracias puram ente gratuitas, com o nos dice el A pós­
tol *4. £)e la c u a l cu elg a n m il e s c u d o s , a r n e s e s to d o s d e
v alien tes 5S, es d ecir, todas las virtudes de que estaban
®^mados los santos contra los vicios ; y así d ice el S e ñ o r:
Mi h a b ita c ió n ju é la p le n a reu n ión d e los sa n to s 56. Por lo
cual con razón la vió San Juan 57 vestida del sol, con la luna
^ sus pies y coronada de d oce e stre lla s; y por eso dice
51 Ps. 84,11.
= Cant. 1 ,8.
3 Is. 1 1 ,2.
1 Cor. 12,7 s - Eph. 4,11.
Cant. 4,4.
Eccli. 24,16.
Apoc. 12 ,1 .
212 NATIVIDAD DE LA V IR G E N MARÍA

tam bién en los C antares: iQ u é p o d r é is ver en la S ulam ite


sin o c o r o s d e e s c u a d r o n e s a r m a d o s? 5S.
T a l es nuestra escogida, am adísim os herm anos, tal es la
M adre de nuestro S e ñ o r; m ejor, nada hem ós dicho aún:
es mucho más ilustre, a d e m á s d e lo q u e d en tro s e ocu lta
P ues ella sola, y Dios que se lo dió, puede conocer qué
irradiaciones se le com unicaban de aquel Sol que llevaba
en su vientre, qué inflam aciones del espíritu, qué gustos,
qué sentim ientos, qué d u lzu ras; pues la m ás grande glo­
ria de la H ija del R ey y de la M adre del R e y proviene de
dentro.
P ero fué elegida tam bién para ser nuestra ab o gad a;
pues aunque t e n e m o s p o r a b o g a d o p a r a c o n e l P a d r e a
Je su c risto ju sto 60, com o dice San Juan , fué tam bién pre­
ciso tener a la M adre com o abogada ante el H ijo. Y a que
no es Dios sólo el ofendido por nuestros pecados cuando
traspasam os sus preceptos, sino tam bién el H ijo de Dios,
cuya sangre pisoteam os 61 con nuestros pecados, crucifi­
cándolo de nuevo ‘ 2. Y por eso. com o interpela 63 el Hijo
ante el Padre, así interpela la M adre ante el H ijo. De lo
cual d ice San Bernardo 64: el H ijo m uestra al Padre el
costado herido, y la M adre m uestra al H ijo sus pechos. Poi
eso ha sido constituida digna ab o g ad a: digna porque es
purísima, digna porque es aceptabilísim a, digna porque
es p iad o sísim a; pues todo esto se requiere en una abo­
gada.
¡ O h día feliz, día d elicioso, en que tal y tan excelsa
A bogada se dió al mundo ! ¡ Oh día digno de ser celebra­
do con gran regocijo, en que tal don hem os recibido ! Ex­
clam a San Bernardo 65: Q uita el sol, y ¿ qué queda en ei
mundo sino tinieblas ? Quita a M aría de la Iglesia, f Qué
queda sino la obscuridad? «E a, pues, A bogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos m isericordiosos» 66. A ti
acudim os en nuestras necesid ades, cum ple con tu oficio,
ejercita tu m inisterio. A m én.
58 Cant. 7,1. .
5» Ib. 4,3.
60 1 lo. 2,1.
«i Hebr. 10,29
os Tb. 6,6.
63 Rom. 8,34.
64 Véase la nota al sermón 2 riel domingo cuarto después de
Pascua, n. 10, p. 373, vol. 2.
65 Véase la nota al n. 7 del sermón 1 en la Concepción de la
bienaventurada Virgen María.
66 De la «Salve, Regina».
213

S E R M O N IV

De la cual nació Jesús (Mt. 1, 16).

1. ¡ Q ué -diferencia del día de hoy al de ayer ! A yer


estaba el linaje humano contagiado, hoy está y a limpio ;
ayer tributario del dem onio, hoy libre ; ayer desterrado del
cielo, hoy apareció la escala para subir ; ayer odioso para
Dios, hoy se inicia el com ienzo de su reconciliación y
de su paz. S e derogaron las leyes antiguas, se desvane­
cieron las m aldiciones de los P ad res, revistióse ya la carne
de pureza, ya nació en Ja carne la que no conoce su conta­
gio. Nada hay que puedas reconocer com o tuyo, ¡ oh L u ­
c ife r!, en este nuevo p rin cip io ; es toda herm osa y sin
mancha, sin arruga, sin p e ca d o : así la form ó el que se ha
de formar en ella. S e h a h e c h o e l rey S a lo m ó n e l r e s p a ld o
d e o r o x. E s ni m ás ni m enos tal cual debe ser la que ha
de dar a luz a D ios. San Bernardo 2 : P ara ta l H ijo tal M a­
dre, y para tal M adre tal H ijo ; corno en la sustancia divina
cual es el Padre tal e s el H ijo, así en la naturaleza humana
cual es la M adre tal es el H ijo. O m nipotente, inm enso,
increado es el Padre y otro tanto e l H i jo ; la M adre es
pobre, hum ilde, inocente, sin culpa, y así es el H ijo.
2. No pudo el Evangelista ensalzarla de una m anera
más sublim e que con aquellas p a la b ra s: d e la cu a l n a c ió
Jesú s 3 ; porque si hubiera querido expresar una V irgen
humilde, m oderada, pura, todo esto está incluido en la
frase d e la c u a l n a c ió J e s ú s . ¿ Q ué mayor excelen cia puede
concebirse que ser Madre d e Dios ? P ues £ qué hay d es­
pués de Dios sino la M adre d el mismo ? San A nselm o 4 :
^olo el proclam ar de la V irgen M aría que es M adre de
Dios exced e la m ás excelsa dignidad que después de Dios
Podemos decir o pensar, etc. ¡ Oh seno de más capacidad
que los cielos, m ás extendido qu e la tierra, más espacioso
Que los elem entos, que pudo encerrar al que todo el mundo
ers incapaz d e contener y que con s o lo tres d e d o s s o stien e

Í Cant. 3,9-10.
2 Serm. 4 en la Asunción de la Virgen, 5 : «¿Qué lengua, aun
J* angélica, podrá ensalzar con dignas alabanzas a la Virgen Ma­
ri'6» y Madre, no de cualquiera, sino de Dios? Doble novedad, do-
oje prerrogativa, doble milagro, pero que por modo maravilloso se
“mionizan digna y aptísimamente. Porque ni convenía a la Virgen
° Hijo ni a Dios otra Madre» (trad. de la BAC).
[ Mt. 1,16.
Véase la nota al n. 9 del sermón 2 de la Natividad.
214 NATIVIDAD DE LA V IR G E N MARÍA

la m o le d e la tierra! 5 San A nselm o * : N ada m ás exce­


lente pudo existir en M aría que, perm aneciendo virgen,
engendrar a Dios hecho carne ele su misma carne y llegar
a ser M adre d el H ijo de D ios.
3. Poderoso es el apetito de la libertad en todas las
cosas. Filém onos en el ejem plo de los hijos d e Israel, que,
libres del yugo de Faraón, con transportes de júbilo can­
taron al S e ñ o r: C a n tem o s a la b a n z a s a l S eñ o r, p o r q u e ha
h e c h o brillar su g lo ria y g ra n d ez a 7. R eg o cíja te, ¡o h raza
de los h o m b re s !, re g o cíja te : rotas están ya las cadenas,
abatido el poder del enem igo, ya nació de tu fam ilia la que
ha d e quebrantar la cab eza del tirano, ya apareció la nue­
va R e in a ; denle todos el parabién, aclám enla todos. Pues
ésta es la que te ha de aplacar a D ios, la que te lo ha de
dar hecho hom bre ; ésta borrará las enem istades entre el
ángel y el hom bre, quebrantará las cad enas y el poderío
de los tiranos. D ice San Juan D am asceno 8: Establezcá-

s Is. 40,12.
6 Más bien el autor de la obra De Concept. B. M. en el anénd. a
las obras de San Anselmo: «Por consiguiente, a causa de los pe­
cadores fué hecha Madre de Dios María, que, por lo mismo que no
se ha podido encontrar en el género humano otra más casta, más
santa, más humilde, con razón debió ser levantada a tal dignidad
por quien es el más casto, más santo y más sublime. ¿Y podía
ser levantada a más dignidad que a engendrar a Dios, hecho carne
de su misma carne, permaneciendo en una virginidad perpetua?
Confirió Dios a la Virgen esta excelencia porque vió que ella se le
unía con más pureza de corazón y de cuerpo que otra criatura al­
guna.»
7 Ex. 15,1.
8 Jicm.il. 1, en la Nativ. de la B. V. M. 4. 5 v 7 : «Celebremos
un día solemne por el nacimiento de la Madre de Dios. Alé­
grate, Ana estéril, tú que no pares; canta himnos de alabanza
y de júbilo, tú que no eres fecunda (Is. 54,1). ¡Oh feliz pareja
Joaquín y Ana. completamente limpios! Por el fruto de vues­
tro vientre seréis conocidos, como en otra parte dice el Señor:
Por sus frutos los conoceréis (Mt. 7.16). Llevasteis un género de
vida que era agradable a Dios y digno de la que nació de vos­
otros; pues con vuestro trato limpio y santo nos produiisteis una-
joya que fuese virgen antes del parto, permaneciese virgen en el
parto y virgen continuara después del parto; acuella, digo, que
había de ser la única en cultivar siempre la virginidad, tanto en
el ánimo como en el espíritu y el cuerpo... ¡Oh hermosísima y dul­
císima Doncella! ¡ Oh lirio entre las espinas, engendrado de la no­
bilísima y real raíz de David! Por tu medio el reino fué enrique­
cido con el sacerdocio. Por ti se verificó el cambio de la ley. y se
ouso de manifiesto el espíritu que en la ley estaba escondido, al
ser trasladada la dignidad sacerdotal de la tribu de Levi a la fa­
milia de David. ¡ Oh rosa que naciste de las espinas Judías y lo lle­
naste todo de divino aroma! ¡Oh Hiia de Adán y Madre de Dios!
B i e n a v e n t u r a d o el vientre de que saliste. Bienaventurados los bra­
zos que te llevaron; bienaventurados los labios a los que fué con­
cedido gozar de castos ósculos, es decir, los de tus padres solamen­
te pa’-a aue cultivases siempre la virginidad... ¡Oh Hija s a c r a t í ­
sima que' te ves en los brazos matemos y eres el terror de lo»
215

monos un día solem ne en la Natividad de la bienaventu­


rada V irgen M aría, M adre d e D ios. R eg o cíja te, ¡o h A n a !,
estéril, tú q u e no p a r e s 8 ; explota en aciapnaciones, tú
que no tienes hijos. ¡O h p areja feliz de Joaq u ín y A na,
de la cual nació la V irg en M aría, vil gen en el parto y vir­
gen después del p a rto ! ¡ O h h ija hermosísima, oh hija
dulcísima ! ¡ Oh lirio nacido entre espinas, de la m ás noble
estirpe r e a l! P o r tu m edio, ¡ oh R ein a !, la Iglesia se ha
enriquecido con el sacerd ocio, por ti se verifica el cam bio
de ley, por ti se descubre el espíritu oculto d e la letra,
traspasada la dignidad sacerdotal d e la tribu de L eví a la
de Judá. ¡O h rosa nacida de las espinas judías, que lo lle­
naste todo d e divino perfum e ! ¡ O h h ija de A dán y M adre
de Dios ! B ie n a v e n tu r a d o e l v ien tre q u e te lle v ó y lo s p e c h o s
q u e te a lim en ta ro n lu. ¡ Olh fruto sacratísim o, que eres lle­
vado en los brazos m aternales y no obstante pones en pa­
vorosa fuga a los poderes que apostataron ! ¡ O h prole sa­
cratísima, que, aun pendiendo de pecho m aterno, eres o b ­
sequiada y honrada por ios ángeles ! ¡ U h d escend encia san­
tísima, gloria de tus progenitores, las generaciones te llam a­
rán bienaventurada ! Jnasta aquí el D am asceno.
4. ¿C óm o podré, ¡oh V irg en !, form arm e una idea cab al
de ti? ¿ i pie represento la tierra, eres m ás fe cu n d a ; si el
cielo, m ás e sp a c io sa ; si la luna, m ás clara ; si el ángel, aún
mas pura ; y, sin em bargo, eres tierra, pero no aquella que
por la m aldición produce cardos 11, sino aquella d e la cual
se d ijo : L a v e r d a d b r o tó d e la tierra 12. ¡ U h tierra feliz,
fecundada por la v erd a d ! C ielo es tam bién, d el cual está
escrito: íl I c ic lo e s m i tron o 13, y la ju sticia h a m ira d o d e s d e
lo alto d e l c ie lo 14. Muy bien se llam a cielo a la V irgen, pues

poderes que apostataron! ¡ Oh Hija sacratísima, que eres amaman­


tada a los pecnos ae tu maare y roaeaaa por toaas partes por los
angeles! ¡ On Hija tan íntima a Dios, gioria de tus paares, a quien,
como con toda verdad dijiste, toaas las generaciones llaman Dien-
aventuraüa! ¡ On Hija digna de Dios, encanto del linaje humano,
corrección de la primera madre t v a ! Pues con tu ammorarmemo
lué levantada la que nabia caído. ¡ Oh Hija sacrosanta, gloria de
las mujeres! Pues aunque la primera üva rué rea de prevaricación
y entró por ella la muerte, al condescender con la serpiente contra
el primer padre, sin embargo. Maria, secundando la divina volun­
tad, burló a la engañaaora serpiente e introdujo la inmortalidad
en el mundo. ¡ Oh Hija siempre virgen, que no necesita de coope­
ración alguna del varón para concebir! Pues que tiene Padre sem­
piterno aquel a quien llevas en el seno. ¡ Oh Hija najida de la tie­
rra, que nevabas en tus brazos al Creador que nabias engendrado!
Los siglos se disputaban la gloria de tu nacimiento.»
9 Is. 54,1.
216 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

el plan d e la divina sabiduría es ir perfeccionand o poco a


poco, y no de golpe, todo lo que ha crea d o : así, el ángel
no fué creado glorioso, sino apto para la gloria ; el firma­
mento fué creado sin estrellas, el agua sin peces. En resu­
m en, en la obra de seis días se distingue un d oble tiem p o : el
de la creación y el de la d ecoración.
A sí form ó Dios el cielo, esto es, la V irgen, pura, sin
m ancha, rutilante y herm osa: al instante fué llam ada cielo,
pero sólo después que brillaron las estrellas de las virtudes
v las gracias, después que la adornó Dios de multiplicidad
de dones y beneficios gratuitos, sólo entonces colocó en
ella el cielo de la justicia y entonces el cielo fué llamado
firmamento. ¿C óm o fué llam ado firmamento, si no porque
se la dió com o protección al género hum ano ? A sí d ice ella
misma en los C antares: Y o s o y m u ro 15. ¿Q u é quiere de­
cir «muro» sino protección, d efen sa? P ero , cóm o puedes
ser, ¡o h E s p o s a !, m uro? Escuchem os lo que sigu e: D e s d e
q u e m e h a llo en su p r e s e n c ia , c o m o q u ie n ha e n c o n tr a d o la
p a z 16. Y el A p ó sto l: A c a b ó s e lo q u e e r a v ie jo y t o d o v ie­
n e a s e r n u ev o 17.
5. En el nacim iento de los príncipes se suele preguntar
a los astrólogos cuál ha de ser la suerte del recién nacido.
A sí dice el P rofeta 18: E x isten ad iv in o s. ¿Q u ién puede de­
cirnos qué llegará a ser esta N iña, a quien adoran aun bal­
buciente los ángeles, ante quien se estrem ecen los demo­
nios y a quien bendecirán todas las generaciones de los hu­
m anos? C ierto, solos aquellos profetas, aquellos astrólogos
que en sus predicciones tienen presente y únicam ente mi­
ran a la única estrella, a saber, la luz divina. ¿ Q ué llegará a
ser esta N iña? A nte todo nos dice Isaías: E l ta b ern á cu lo
serv irá d e s o m b r a co n tra e l c a lo r d e l d ía y p a r a s eg u r id a d
y refu g io co n tra e l to rb ellin o y la llu via 19; y tam bién se
d ic e : Y o e x te n d í m is ra m o s c o m o e l te r e b in to 2,1 ; y tam­
b ié n : U na s em illa san ta s erá 21 en ella, com o dice el Á ngel:
P o r q u e lo q u e s e h a e n g e n d r a d o en su v ien tre e s o b r a d el
E spíritu S a n t o 22. Y añ ad e: F ru ctifica r á c o p io s a m e n t e , y
s e r e g o c ija rá llen a d e a lb o r o z o , y en to n a rá h im n o s : se le
h a d a d o a e lla la g a la d e l L íb a n o , la h erm o su ra d e l C a rm e­
lo y d e S aró n 2S.
6. ¡ O h presagio y sacram ento escondido ! < Q ué quie­
“ Cant. 8,10.
i® Ib.
i* 2 Cor. 5,17.
i* Is. 2,6; 47,13: Ier. 27,9.
18 Is. 4,6.
20 Eccli. 24,22.
21 Is. 6,13.
22 Mt. 1,20.
m Is. 35,2.
SER M Ó N 4 217

re d ecir: S e le h a d a d o a e lla la g a la d e l L í b a n o ? ¿C uál es


esta gala del L íbano ? H e aquí que de los cedros del Líbano
se cortó la m adera con que se construyó el tem plo de S a ­
lomón. E sta es tu gala, ¡ oh V irgen ! ¿ A qué tem plo se re­
fiere sino a aqu el de quien E l mismo d ijo : D estru id e ste
tem p lo ? 24 D e ti se tom ó aquella carne, de tus purísimas
entrañas fué form ada por obra y arte del Espíritu Santo.
Otro divino vate h ab la así de e lla : R e s ta u r a r é e l ta b e r n á c u ­
lo d e D a v id , q u e e s tá p o r tierra 25.
7. H abla tú ahora, ¡ oh piadoso Bernardo !, que con tal
perfección recogiste todo esto ; habla y dinos, ¿ qué llegará
a ser ésta? V erd ad eram ente, d ice, «mi habitación fué en
la plena reunión de los santos», d e la V irgen M aría, que
poseyó la fe de los patriarcas, la esperanza de los profetas,
el celo d e los apóstoles, la constancia de los mártires, la
sobriedad de los confesores, la castidad d e las vírgenes, la
fecundidad de los casados y aun la m isma pureza de los
ángeles.
8. H ablad vosotros, poetas divinos, hablad y decidnos
¿qué ha de ser la que a ca b a de n ace r? H abla tú, ¡ oh trom ­
peta r e a l!, d a testim onio de la V irg en , ¿q u é llegará a ser
ésta? E n la c im a d e lo s m o n tes, dice, h a b r á su sten to; s e
verán su s fru tos en la c u m b r e d e l L íb a n o •y s e m u ltip li­
carán en la c iu d a d c o m o la h ie r b a en los p r a d o s 26. H abla
tú tam bién, rey y conductor del pueblo de Israel, da tú
también testim onio de la V irgen , ¿q u é llegará a ser? C u an ­
d o y o c u b r ie r e e l c ie lo y las n u b es estará m i a r c o en ella s,
para que sea s e ñ a l d e la alia n z a en tre m í y en tre la tierra 27.
9. P a r e c ió q u e les n a c ía u na n u ev a luz 2S. Por la noche
brillan los astros ; de madrugada, el lucero ; después, la
aurora ; luego, el sol. L a noche es el tiem po de la L ey, los
profetas son los astros ; no pudieron con su claridad disipar
las tinieblas del pueblo, sino sólo mitigarlas. V in o luego
Juan, que es el lucero ; la aurora, que es la V irgen, de la
cual nació el Sol ; así, todo lo iluminó e inflam ó Cristo nues­
tro Dios, a quien se d ebe bendición por todos los siglos de
los siglos. A m én.
24 lo. 2,19.
25 Am. 9,11; Act. 15,16
26 Ps. 71,16.
27 Gen. 9,14.
28 Esth. 8.16.
NATIVIDAD DE LA V IR G E N MARÍA

S E R M O N V (im perfecto)

Apareció un gran prodigio en el cielo (Apoc. 12, i).

1. E ste prodigio es un prodigio de poder, un prodigio


de clem encia, un Drodigio d e amor ; pues, ¿ en qu é brilla
más el poder de Dios que en la creación de tan suprema
criatura? D esde luego, se ha de hacer notar que el poder
de Dios absolutam ente no se m anifiesta m ás en la crea­
ción de una criatura que en la de otra, porque el poder
infinito lo mismo crea un ángel que un gusano ; sin em­
bargo. con relación a la criatura, su poder brilla más y se
patentiza m ás en una criatura más p erfecta. Y aunque crear
una cosa indica un poder infinito, una criatura no parece
m ás grande o perfecta que otra por la proxim idad o aleja­
miento de la p erfecció n suma, porque todas distan infi­
nitam ente, sino por la distancia de un grado determinado
de perfección, es d ecir, porque abarca m ayor amplitud de
perfección y encierra m ás p erfecciones.
2. ¡O h Santísim a V irg e n !, grande eres tú y un gran
prodigio de la divina gracia, porciue entre las puras cria­
turas eres tú la primera y la más feliz, com o se canta de ti:
E n to d a s las n a c io n e s tu v e e l s u p rem o d o m in io 1. E s tam bién
la V irg en un prodigio de gran clem encia, signo dado a los
hom bres para la m anifestación de la seguridad del amor,
pues en este sentido m anifestó Dios su arco d icien d o : S erá
la s e ñ a l d e la a lia n z a ; p o n d r é m i a r c o en las n u b e s 2. Este
arco, este círculo es la encarnación de Cristo. D ice Jo b :
Pondré a rg o lla en tus n a ric es 3.
E xplicarem os la figura, cóm o este círculo significa la
E ncarnación. T am b ién a la V irgen se aplica este arco, y
de él salió aquella flecha que hirió al soberbio 4, esto es,
salió Cristo, que d ice de sí: M e h iz o c o m o u na s a e ta bien
a fila d a , y m e h a ten id o g u a rd a d o d en tro d e su a lja b a s.
¿C uál es la aljab a, sino la carne que tom ó de la V irgen?
¡ O h, qué disim ulada se presenta la Divinidad b ajo la carne,
la M ajestad b ajo la debilidad h u m a n a ! P or consiguiente,
la V irgen fué signo de alianza, porque por ella conseguimos
la reconciliación y por ella los hom bres fueron engendrados
para Dios : y así se dice tam bién que teniéndola delante a
' Eccli. 24.10.
2 Gen. 9,13.
s Iob 40,21.
4 Ps. 88,11.
s Is. 49,2.
SER M Ó N 5 (.IM P ER FEC TO ) 219

ella, que ya estaba obrando en el linaje de A dán, no aniquiló


Dios al género humano ; aunque esto p erten ece sobre todo
a Cristo. No obstante, ella es más grata a Dios que todo el
mundo, com o d ice un santo 6. E sta es la señal de la cual
dice el S a lm o : D iste a lo s q u e tem ía n u n a se ñ a l, p a r a q u e
h u y esen d e los tiros d e tu a r c o 7.
3. N ació la V irgen, alégrense las vírgenes ; nació la
R eina libertadora, alégrense los cau tiv o s; alégrense los án­
geles, alégrense los pecadores, alégrense los justos, etc.
Léase sobre esto a San Bernardo. Y puesto que existe un
motivo com ún d e alegría, alégrese toda la Iglesia. A todos

6 S an P edro D a m iá n , Serm. 40 en la Asunción de la B. V. M.,


cerca del m edio: «Brillante como el sol (Cant. 6,9). Atiende a
esta semejanza, la más sublime que puede haber en las cosas
del mundo. Pues el Espíritu no encontró nada más excelente en
las criaturas visibles con quien compaiar esta excelencia ae la
Virgen, pues la claridad dei sol es muy superior a la de la luna,
ya que, si ésta eclipsa a las estrenas menores, sin embargo no
las oculta del todo; en cambio, el sol, araiendo con más clari­
dad, ooscurece de tal suerte a la luna y a las estrellas, que son
como si no fuesen y no pueden verse. Del mismo moao, ia vara
de Jesé, anticipo de la veraaaera luz, luciendo en aquella luz inac­
cesible, en tan alto grado poseía la dignidad de ambas clases de
espíritus, que en comparación de la Virgen ni pueden ni deben
aparecer. ¿Podemos pensar acaso que no se estremece toda cria­
tura racional ante la contemplación de tan alta dignidad? Consi­
dera lo que íué reconstruido en el cielo y en la tierra ; considera a
Dios, que mide el c ie iO con la palma de su mano, encerrado en la
estrechez del vientre virginal; considera la redención de los hom­
bres, la restauración de ios angeies; nnaimente, cuanto es, lúe y
ha de ser, todo renovado mediante el seno de la Virgen, y entonces
te sugerirá el pensamiento lo que no puede sugerirte la palabra».
Más claramente aún se expresa San faernardino Siena (nerm. de
la concep. de la B. V. M., 3, 1; y en el Serm. de la Nativ. de
la b . V. M., art. único): «Más mereció la gloriosa Virgen en el
único consentimiento suyo, es decir, en el de la concepción del
Hijo de Dios, que todas las criaturas, tanto ángeles como hom-
ores, en todos sus actos, movimientos y pensamientos». Y en el
Serm,. de la Asunción (1, 2 ): «Más que todas las criaturas juntas
glorifica al Señor la bienaventurada Virgen en la humildad, en la
devoción, en la acción de gracias y en el goce de todos los bie­
nes de Dios»; y en el a. 3, c. 1, al fin ; «La fe de la Virgen ben­
dita fué tan clara, y la esperanza tan firme, y la caridad tan in­
ciensa, que supera toda la fe, toda la esperanza y toda la caridad
de todas las naturalezas racionales ju ntas»; y en el Serm. de
(a Exaltac. de la B. V. M. en la gloria, 1, 9 ; «Todas las criaturas
juntas no se unen tan estrechamente a Dios como la sola bien­
aventurada Virgen»; y en el a. 2, c. 2 : «Y tal es, como queda
demostrado por lo que precede, la gloria de la Virgen Madre de
que excede a la naturaleza angélica y humana juntas tanto
cuanto la circunferencia del firmamento excede en magnitud a su
centro»; y allí, a. 1, c. 8 ; «Estando, pues, la bienaventurada Virgen
“Obre todas las jerarquías, de suerte que forma una jerarquía in­
comunicable, síguese que ha sido preferida a distancia inconmen­
surable sobre todas las jerarquías' inferiores juntas, tanto de án-
es como de hombres».
7 Ps. 59 ,6 .
220 NATIVIDAD DE LA V IR G EN MARÍA

•dió M aría, com o d ice San Bernardo 8. V iéro n la la s d o n c e ­


llas de Sión, esto- es, los ángeles, y la a c la m a r o n d ic h o ­
sísim a *.
4. «Las reinas», esto es, las alm as santas, unidas a Dios
con matrimonio perpetuo y lazo indisoluble, y que gozan de
continuo de los abrazos del R e y y tienen el derecho de entrar
todos los días a la alcoba, de la cual dice la E sp o sa : Introdú-
jo m e e l R e y en su g a b in e t e 10, y el S a lm o : H a s ta q u e yo
en tre en e l S an tu ario d e D io s n . O c h e n ta las e s p o s a s d e s e ­
g u n d o o r d en 12. Por tal se entiende el alm a santa, que a veces
disfruta esos favores, pero a veces se ve privada de ellos.
In n u m e r a b le s las d o n c ellita s ia. Q uiero decir, el alm a que
presta servicio com o criada con M arta y luego se presenta
con las dem ás al Esposo. U n a y única es su m adre, no
se cuenta entre las demás. T am b ién podem os entender
por la R ein a al alm a ya bienaventurada ; por la esposa de
segundo orden al alm a santa que, enredada a v eces en los
negocios tem porales, se ve otras libres de ellos, y por
doncellitas, a las alm as vulgares. Pero la M adre es única,
sola, no tiene igual ni sem ejante, ni arriba en el cielo, ni
a b a jo en la tierra ; por sí sola form a un coro aparte. Egidio
R om ano d ice en las S e n te n c ia s : E lla ha sido levantada
sobre los coros y las otras almas son levantadas hasta
los coros, porque existe una sola m edida para ellas y para
los ángeles.
8 Serm. del Domingo infraoct. de la Asunción. Véase el n. 8 del
Serm. 1 de la Concepc. de la B. V. M.
9 Cant. 6,8.
Ib. 1,3.
11 Ps. 72,17.
12 Cant. 6,7.
Ib.
EN LA PR ES EN T AC IO N DE LA BI EN ­
A VE NT UR AD A VIRGEN MARIA

S E R M O N

Viniéndole a las manos una perla de gran valor,


vende todo cuanto tiene (Mt. 13, 46).

1. D ice San Agustín 1: j<Alma llam am os al espíritu que


anima a todo hom bre, alm a tam bién al que anim a a cada
hombre en particular ; ya sabéis la función del alm a en el
cuerpo. P on e en m ovim iento a todos los m iem b ro s: ve
por los ojos, oye por los oídos, huele por la nariz, habla
con la lengua, con las m anos obra y con los pies anda.
Está presente a la vez en todos los m iem bros, dándoles
vida ; y dándoles vida a todos, a cad a uno asigna su fun­
ción. Ni puede oír el ojo, ni ver el oído o la lengua, ni
el oído o el ojo h a b la r; sin em bargo, todos viven : vive
el oído, vive la le n g u a ; hay diversidad de funciones y
comunidad de vida.
L a función del alm a en el cuerpo es la m ism a que e je r­
ce la gracia en el alm a del justo. Ésto mismo vem os ocurre
en la Iglesia de D io s : en unos santos obra la Iglesia pro­
digios, por m edio de otros expone la verdad, en unos con ­
serva la virginidad, en otros la castidad conyugal, en unos
obra esto y en otros a q u e llo : cad a uno tiene su función
especial, todos tienen la m isma vida» (term ina el testim onio
ue San Agustín). E l A póstol d ic e : H a y , sí, d iv e r s id a d d e
d o n es esp iritu a les, m a s e l espíritu e s u no m is m o ; h ay ,
Qsimismo, d iv e r s id a d d e m in isterios, m a s e l S eñ o r e s u n o
m ism o; h a y , a sim ism o , d iv e r s id a d d e o p e r a c io n e s , m a s e l
jnismo D io s e s e l q u e o b r a to d a s las c o s a s en to d o s. P e r o
los d o n e s v isib les d e l E spíritu s e d a n a c a d a u no p a r a la
utilidad. A sí, e l a n o r e c ib e d e l E spíritu h a b la r co n s a b i­
duría; e l o tro r e c ib e d e l m is m o E spíritu h a b la r c o n c ie n c ia ;

1 Serm. 267, n. 4, en otros de tempore 186, de donde se toma lo


" e se encierra en las comillas, añadidas aquellas p alabras: «Lo
’ r® realiza el alma en el cuerpo, es lo que hace la gracia en el
del justo», en cuyo lugar se lee en el texto de San Agustín:
a: es la Iglesia de Dios».
222 PR ESEN TA C IÓ N DE LA V Il’ GEN M 4R ÍA

a é s te le d a e l m is m o E spíritu una f e ; a l o tro , la g ra cia d e


cu rar e n fe r m e d a d e s p o r e l m is m o E spíritu ; a q u ién e l don
d e h a c e r m ilag ro s, a q u ién e l d o n d e p r o fe c ía , a q u ién dis­
c r e c ió n d e esp íritu , a q u ién d o n d e h a b la r v arios id iom as,
a q u ié n e l d e in terp retar las p a la b r a s . M as to d a s estas c o ­
sa s las ca u sa e l m ism o in d iv isib le E spíritu , rep a rtién d o la s
a c a d a u n o seg ú n q u ie r e 2. P or consiguiente, lo que el al­
m a en el cuerpo, esto mismo es la gracia del Espíritu
Santo en el a lm a ; lo que hace el alm a en todos los miem­
bros del cuerpo, realízalo tam bién el Espíritu Santo en las
potencias d el alm a.
E stá el alm a en el cuerpo com o una perla o piedra pre­
ciosa en un anillo de vil m etal o com o la perla en una
concha tosca y deform e ; esta concha contiene dentro un
valioso tesoro. El A p ó sto l: E s t e te s o r o óptim o lo llev am o s
en v a so s d e b a rro 3. A dán había perdido esta preciosa
p e rla ; vino a buscarla e l C reador artífice, y habiéndola
encontrado con laboriosos sudores, entregó por ella todos
sus bienes. P resta atención, ¡o h hom bre !, al precio de esta
perla: sabio era el que la com praba y sabía lo que com­
praba. Y c Qué dió por ella? T o d o s sus bien es. S a b e s cuán
rico es D ios, y, sin em bargo, para com prar esta perla no
tuvo reparo en dar íntegro todo su patrim onio, todas las
riquezas naturales de las criaturas y las espirituales de sus
gracias. Y no se contentó con esto ; le fué preciso hacerse
siervo tuyo. E n n a d a s e d ife r e n c ia d e un sie rv o , n o o b stan te
se r d u e ñ o d e t o d o l . P or lo tanto, es el alm a respecto al
cuerpo lo que la perla respecto a la concha, lo que la perla
o piedra preciosa en el anillo de vil m etal. Eso mismo es la
gracia en el alm a ; así es que el valor del alm a es la gracia.
H em os de buscar, pues, tan preciosa p e rla ; pero ¿dónde
sino en aquella que la encontró ? D ice el á n g e l: H a s h allad o
g ra cia en lo s o jo s d e D io s 5. P id ám osela, ofreciéndole el
acostum brado obsequio del

A v e M aría

2. Entre todas las producciones naturales no se encuen­


tra una más excelente que la de las perlas. Nos in f o r m a
Plinio 6 que las conchas en que se origina y nace la perla
no difieren m ucho de las ostras y que, al sentir el contacto de
la prim avera, abriéndose con cierto m ovim iento, q u e d a n
com o em barazadas del húm edo rocío y luego dan a lu z ;
el fruto de las conchas son las perlas según la cantidad de
3 1 Cor. 12,4-11.
3 2 Cor. 4,7.
< Gal. 4,1.
5 Le. 1.30.
6 L. 9, c. 35. Cita el párrafo cuyo sentido se da en el texto.
SER M Ó N 223

rocío que recibieron, siendo sobre todo el cielo el que fa­


vorece esa concep ción ; d e suerte que tienen m ás afinidad
con el cielo, de que están form adas, que con el mar, y
parece sólo por aquél sienten atracción.
Cristo es la perla, dice San Agustín 7 : Siendo Dios to ­
do en todas las cosas, se le denomina por muchos nom ­
bres, no con la pretensión de d eclarar plenam ente la m a­
jestad del H ijo d e Dios, sino con el fin de dar a entender
los misterios de sus divinas disposiciones por medio de
diversos vocablos. Y así, se le denomina ya V erb o , ya po­
der, ya sabiduría, ya diestra, brazo, perla, tesoro, red,
arado, fuente, roca, piedra angular, hom bre, cordero, b e ­
cerro, águila, león; cam ino, verdad y vida. Se le llam a
V erbo, porque siem pre está en el P ad re, y nada obró o
mandó el Padre sin E l. P oder se le llam a, porque es lo
propio de Dios y en E l está asentado todo el poder. D íce-
se sabiduría, porque, procediendo de su Padre celestial,
descubrió a sus fieles los celeste arcanos. D iestra se llama
por ser el instrumento de todas las obras divinas. Brazo,
porque lo sojuzga todo. P erla, porque no hay cosa d e más
precio. T eso ro , porque en El se alm acen an todas las ri­
quezas y poderío d el reino celestial. T am b ién se le nom ­
bra red, porque en e l mar de este sielo, m ediante el bau ­
tismo, ha reunido com o con una red en su Iglesia, lugar
de discrim inación de buenos y m alos, una inm ensa mul­
titud de diversas naciones. A rado, porque con la señal de
su cruz rem ovió, hum illándolos, los duros corazones, para
disponerlos a recibir la sem illa. Se le llam a fuente de agua
viva, por el rocío del agua celestial de la gracia con que
bañó los sedientos corazones. R o ca , por la fortaleza que
da a sus fieles y la dureza en que d eja a los incrédulos.
Piedra angular, porque com o único M ediador contenía en
?í y ensam bló las paredes del Nuevo y V ie jo T estam en to.
Cordero, por la inocencia de su pasión. H om bre, por la
dignación de su nacim iento según la carne por nosotros
i°s hom bres. Becerro, para recordar su inm olación por
nuestra salud. Aguila, por el vuelo con que tornó a su P a-
" re después de su gloriosa resurrección. L eó n , porque, sien ­
do R ey de reyes, d esbarató el poder de la m uerte y del
demonio con el suyo propio. Cam ino, por ser el único
Receso al Pad re. V erd ad , por d esconocer la m entira. V i-
,a > porque a todos la da. Finalm ente, concluye San Agus-
tlr>. El lo significa todo.
Por lo tanto, Cristo es la perla, porque no hay cosa de

rinn Sermón puesto en el apéndice en la edición de los PP. Mau-


estó +con el n - ] 13; antes estaba entre los de tempore 190. De él
biog omado todo lo comprendido entre comillas con escasos cam-
221 PRESEN TA C IÓ N DE LA V IR G EN MARÍA

m ás precio. D ice el A p ó sto l: E n q u ien están en c err a d o s


to d o s lo s te s o r o s 8. Y el S alm o : G loria y riq u e z a s h a b r á en
su c a s a 9. Y no sólo se llam a perla por su valor, sino por
la sem ejanza de su nacim iento. L a concha, es decir, el seno
virginal es fecundado por el rocío c e le s te : ¡O h c ie lo s , d erra­
m a d d e s d e a r rib a v u estro r o c ío ; y llu ev a n la s n u b e s a l Ju s­
to, á b r a s e la tierra y b r o te a l S a lv a d o r 10. E l E spíritu S an to
d e s c e n d e r á s o b r e ti, y la virtud d e l A ltísim o te cu b rirá con
su s o m b r a 11. E l G ed eón celestial lle n ó u na ta z a d e l ro cío 12.
P or consiguiente, com o está la perla en la concha, así está
el V erb o en el seno virginal. Los dem ás santos son piedras
p recio sas; el V erb o , una perla, por dos cosas. Lo primero,
porque la piedra p reciosa tiene su origen entre los m inera­
les en la tierra, y la perla procede d el cielo, com o acab a­
mos de decir. Lo segundo, porque la piedra preciosa es por
naturaleza grosera, inform e, sin pulim ento, y se hace pre­
ciso perfeccionarla, pulirla, la b ra rla ; en cam bio, la perla
conserva la foim a y brillo natural, y no precisa esas opera­
ciones. A sí, el santo procede de la tierra ; el V erb o , del
cie lo : Q u ien trae su orig en d e la tierra, a la tierra p e r t e n e ­
c e y d e la tierra h a b la . E l q u e h a v e n id o d e l c ie lo , es s u p e­
rior a t o d o s **. A dem ás, todos los santos llegan a la perfec­
ción con mucho trabajo ; Cristo fué perfectísim o desde su
origen y sin esfuerzo.
3. P ero aunque con los dem ás santos sea la Santísima
V irgen por su nacim iento piedra preciosa, sin em bargo es
perla por su condición, ya que fué brillante desde su naci­
m iento, no precisó ser cincelada. T en em o s su figura en el
T e m p lo : sin q u e d u ran te la o b r a d e la C a sa d e l S eñ o r se
o y e s e en ella ru id o d e m artillo, ni d e h a c h a , ni d e ninguna
otra h erra m ie n ta l l . D e modo, que así com o Cristo Hijo
d e Dios y del hom bre se gloría de lo que tom ó de ella al
llam arse hijo del hom bre I5, así se gloría la V irgen de lo
que recibió de E l. No es piedra p reciosa, sino perla ; pues
si es por la naturaleza piedra preciosa, por la gracia llego
a ser preciosa perla. D ice Plinio 16: L as perlas son los o b je­
tos más preciados de todas las cosas. ¿Q u ién , aunque s e a
un ángel, puede expresarnos el valor de esta perla ? Cuatro
son las cualidades que encarecen su p recio, a saber 17: e*
s Col. 2,3.
» Ps. 111,3.
Is. 45,8.
11 Le. 1,35.
12 Iud. 6,38.
'3 lo. 3,31.
14 3 Reg. 6,7.
' ■ Mt. 24,30.
i6 P l in io , 1. 9 . c . 45
Ib. Véase la nota al n. 11 del Serm. 4 de la Concep. o»
la B. V- M.
SERM Ó N 225

tam año, el brillo, la redondez, y el peso. Las cuatro se en ­


cuentran en grado perfecto en esta V irgen herm osísim a.
De su tam año o grandeza nos da testim onio en su C á n tic o :
P o r q u e h a h e c h o en m í c o s a s g ra n d es a q u e l q u e e s p o d e ­
roso 1S. Y la Iglesia, al decir 19: Encerraste en tu seno al
que no pudieron abarcar los cielos. R esp ecto a su brillo o
esplendor se nos dice en los C antares: T o d a e r e s h e r m o s a ,
¡oh a m ig a m ía !; n o h a y d e f e c t o alg u n o en ti 20, ni mortal ni
venial ni original.
Tuvo la redondez. E n todos los santos se encuentran
salientes, porque brillaron m ás en unas virtudes que en
o tra s; la V irgen fué redonda o perfecta en to d o : fuerte co­
mo Sansón, sabia com o Salom ón. D ice Sen A g u stín 21:
Conservamos adm irables recuerdos de todos los sa n to s:
Abel se hizo céleb re por el sacrificio, E noch por ser agra­
dable a Dios ; M elquisedech es celebrad o com o virgen de
Dios, N oé es alabado por su justicia ; en A braham se en ­
salza la fe, en Isaac la obediencia ; en Ja co b su resistencia
en la lucha ; se recuerda a M oisés com o legislador, a Jesús
Nave com o je fe ; se celeb ra a E lias por su celo, se con ­
sidera a Isaías com o representante de la palabra de Dios ;
a Daniel se le alab a por su prudencia, E cequ iel es el escri­
tor de los grandes arcanos, David es reconocido según la
carne com o padre del m isterio, Salom ón fué fam oso por su
sabiduría ; pero en el mundo no ha habido ninguno com o
la V irgen M aría. Ella posee en grado heroico, com o d ice
San Bernardo z2, todas las virtudes. Por tanto, la V irgen es
como una esfera cuyo centro es Dios. Y no sólo saca gran
ventaja nuestra preciosísim a P erla a los patriarcas y p rofe­
tas del antiguo T estam en to , sino tam bién a los apóstoles y
santos todos del nuevo. L eem os en el A p ocalip sis: L a ciu­
dad santa de JerusaJén ten ía un m u ro g ra n d e y a lto co n
d o c e p u erta s 23. Los muros significan la protección contra
las fieras acom etidas de los enem igos. D ice San B ern ardo:
Estrem ézcase la tierra, m onte en cólera el d em o n io : de
todo nos libra y defiende M aría. Y en los C antares: Y o so y
m uro, y m is p e c h o s c o m o u na torre. S i e s c o m o un m u r o ,
18 Le. 1,49.
19 La Iglesia en ©1 oficio de la bienaventurada Virgen María.
20 Cant. 4,7.
21 Se encuentra en Bartolomé Urbinate, en el Mileloquio de la
verdad, de San Agustín, bajo el título «María Virgo», serm. 1 de la
Asunción de la B. M. V. Véase vol. 2. col. 38 de la edición Brixiense
año 1734.
22 Serm. 4 en la Asunción de la B. M. V-, 6 : «Mas si bien lo con­
sideramos, vemos al punto que no sólo estas dos, sino también to-
demás virtudes, al parecer comunes con otros, fueron en
•waría singulares» (trad. de la BA O .
-3 Apoc. 21.12.
8T-vn.L. 8
226 PR ESEN T A C IÓ N DE LA V IR G E N MARÍA

e d ifiq u é m o s le en c im a b a lu a rtes 24 ; y tam b ién : T u cu ello


e s c o m o la torre d e D a v id ; c e ñ id a d e b a lu a r tes, d e la cu al
cu elg a n m il e s c u d o s , a r n e s e s t o d o s d e v a lien te s 2a. H e aquí
cóm o es muro M aría.
la Jeru salén celestial, sino tam bién las doce puertas que
4. No sólo se celebra el tam año y la altura del muro en
tie n e : Con d o c e p u erta s. L o cual com enta San Agustín
d iciendo 26: En las doce puertas están representados los
apóstoles y los patriarcas, que recib en el nom bre de puer­
tas porque su doctrina es la que nos ha abierto la entrada de
la vida eterna. San Bernardo 27: E l m ar es el origen de las
fuentes y de los ríos ; María aum enta nuestras virtudes y es
la ciencia de nuestros saberes ; porque, com o el sol con
la potencia de su excelsa claridad aven taja a todas las lum­
breras del cielo, así ella con el esplendor de su virtud y su
ciencia sobrepuja a toda criatura puram ente racional. Y
continúa San Bernardo 28: E s esta Señ ora ]a puerta de la
m isericordia, porque com o M adre nos lleva al H ijo y éste
al P ad re. P or eso canta la Iglesia 29: Feliz puerta del cielo.
Y San Agustín 30: Eres puerta del cielo y estrella del mar,
¡ oh V irgen M aría ! H e aquí el muro, he aquí la puerta de
la celestial Jeru salén , he aquí a M aría.
S e dice que los fu n d a m e n to s d e l m u ro d e la c iu d a d esta ­
b a n a d o r n a d o s c o n t o d a su erte d e p ie d r a s p r e c io s a s . E l pri­
m er fu n d a m e n to era d e ja s p e ; e l s e g u n d o , d e z a fir o ; e l ter­
c e r o , d e c a lc e d o n ia ; e l cu arto, d e e s m e r a ld a ; e l q u in to, d e
sa r d ó n ic a ; e l sex to , d e sa rd io ; e l s é p t im o , d e crisó lito ; el
o c ta v o , d e b e r ilo ; e l n on o, d e t o p a c io ; e l d é c im o , d e criso-

=■* Cant. 8,10-9.


25 Ib. 4,4.
-« Homil. 18 sobre el Apoc. de San Juan, en el apénd.: «Mani­
festó que las doce puertas y los doce ángeles eran los apóstoles y
los profetas; porque, como está escrito, hemos sido edificados sobre
el fundamento de los apóstoles y ’.os profetas, a la manera de lo
que dijo el Señor a P ed ro: Sobre esta piedra edificaré mi iglesia .»
Y en las Enarr. in Psalm. 86, 4 : «Ya lo he dicho antes, a fin de
que no juzguéis que hay otros fundamentos u otras puertas. ¿Por
qué son los fundamentos los apóstoles y los profetas? Porque su
autoridad sostiene nuestra flaqueza. ¿Por qué son puertas? Por­
que por ellos entramos en el reino de Dios, ya que nos predican;
y al entrar por ellos, entramos por Cristo pues E l es la puerta. Y
doce son las puertas de Jerusalén, y Cristo una puerta, y las doce
puertas Cristo, porque Cristo está en las doce puertas».
27 Más bien el autor del serm. sobre la antíf. «Salve, R egina»,
serm. 1 n. 2, entre las obras de San Bernardo.
28 N ic o l á s C l a r a v a l e n s e , Serm. 2 en la Nativ. del Señor, 9 :
«Dulce es el Señor y dulce es la Señ o ra; porque Aquél es mi Señor
y misericordia mía, y ésta es mi Señora, la puerta de la misericor­
dia. Guíenos la Madre al Hijo, el Hijo al Padre, la Esposa al Es­
poso».
La Iglesia en el «Ave, Maris Stella».
:‘° S an A g u s t ín . Serm. 19 de los Santos, a p é n d i c e d e s u s o b ra s -
227

p raso; e l u n d é c im o , d e ja c in to ; e l d u o d é c im o , d e a m a tis­
ta 11. D ice San Agustín 32: Quiso poner en las bases tal va­
riedad de piedras preciosas, para significar los diversos d o­
nes de gracias que se dieron a los apóstoles, según aquello
de estáis e d ific a d o s s o b r e e l fu n d a m e n to d e los a p ó s t o le s
y p ro feta s 33>, y según lo que se dice del Espíritu S a n to : R e ­
p artién d olas a c a d a u no seg ú n q u ie r e 3'\ Por consiguiente,
en las piedras preciosas se representa a los patriarcas, pro­
fetas y apóstoles ; que son, ciertam ente, piedras preciosas,
piedras colocadas en las bases de la Jerusalén c e le s tia l;
pero al fin son piedras, y com o tales, colocadas en las
bases.
La V irgen, entre- todas, es la única perla, saturada del
rocío de la gracia celestial, hecha perla por su concepción,
por su nacim iento, educación, vida, m uerte, resurrección,
asunción. Si en los apóstoles y profetas se interpreta como
variedad de dones y gracias celestiales la variedad de pie­
dras preciosas, ¿ quién ignora que el hallazgo de esta única
perla, la V irgen M adre de D ios, se d estaca am pliam ente
por su gracia y virtudes entre todas las piedras preciosas,
los profetas y los apóstoles ? San Bernardo 35 : ¡ O h M aría !,
Madre de Dios, tú sola poseiste plenam ente la gracia del
Espíritu Santo, que los dem ás sólo tuvieron en parte. De
suerte que justam ente term ina San Agustín esta m ateria di­
ciendo 36: T o d as y cad a una d e las puertas estaban h echas
de una perla. Com o si las doce puertas, los apóstoles y los
profetas, cada una de por sí estuviera form ada de nuestra
preciosa perla, la sacratísim a V irgen M aría, y recibiera de
su plenitud y estuviera su h a b ita c ió n en la p le n a reu n ión
d e los sa n tos 37; y por eso precisam ente se la ensalza en
m ed io d e su p u e b lo , se la adm ira en la p le n a c o n g re g a c ió n
d e los santos, tiene las a la b a n z a s d e la m u c h e d u m b r e d e
‘os e s c o g id o s y se la bend ice en tre los b e n d ito s , y exclam a
31 Apoc. 21,19-20.
~2 Homil. citada en la nota 11 de la p. 51.
33 Eph. 2,20.
34 1 Cor. 12,11.
■- El autor del serm. sobre la antíf. «Salve, Regina», serm. 4.
«si otros fueron santificados en el seno de su madre, mucho
lo fuiste tú, ¡ oh Madre del S eñ o r! ; es así que leemos de J e ­
remías y de Ju an, del uno que fué santificado (Ier. 1,5) y del otro
?Ue fué lleno del Espíritu Santo en el seno de su madre (Le. 1,15);
juego también lo fuiste tú, ¡oh M aría!, Madre de Dios, que fuiste
ja única en poseer toda la gracia clel Espíritu Santo, que los otros
■•uvieron por partes; pues que el ángel Gabriel te llamó llena de
gracia» (Le. i,i8).
, 38 Hom. 18, citada poco ha. «Y las doce puertas son doce per-
; y cada puerta estaba hecha de una de estas perlas (Apoc. 21,21).
jj’ssignó, como se h a dicho, en estas perlas a los apóstoles, que se
^tern^n ^uertas Porque por su doctrina abren la puerta de la vida
37 Eccli. 24,16.
228 PRESEN TA C IÓ N DE LA V IR G E N MARÍA

e lla : Y o fu i e n g e n d r a d a p rim e r o q u e ex is tie s e ninguna


criatu ra, y en to d o s los p u e b lo s y en to d a s las n a c io n e s tuve
e l s u p r e m o d o m in io . Y o su je té c o n m i p o d e r lo s co ra z o n es
d e to d o s , g ra n d es y p e q u e ñ o s 38.
5. R esta exponer brevem ente el peso -de nuestra pre­
ciosísim a P erla. De este peso dice A lejandro de H a lé s 39:
E lla sola en un platillo pesa más que los coros de los ánge­
les y santos de todo e l mundo ; y así, si por un imposible
hubiera de desap arecer uno de los platillos, de mucho me­
jor grado perm itiría Dios que se perdiera aquel en que no
se encuentra la V irgen ; por consiguiente, la V irgen es la
preciosa P erla.
H ay otro quilate aun en el valor de la perla, ya que ésta
no depende tanto de lo que vale en sí cuanto de la estima en
que se la tie n e : un rústico apenas daría un cuadrante por
una perla, pero el rey la aprecia en su valor. L as dos perlas
más grandes que han existido en el mundo las poseyó Cleo-
patra, última reina de Egipto, que las h ab ía recibido de los
reyes de O riente. E sta, entregándose A ntonio todos los
días a refinados festines, se burlaba con soberbia y proca­
cidad altanera, com o una reina m eretriz, de toda su fastuosa
m agnificencia, y preguntándola aquél si se podía añadir
algo a esa suntuosidad, respondió que en una sola cena se
atrevía ella a consumir cien veces m ás. Juzgando Marco
Antonio esto com o una bravata, se concertaron en una
apuesta. A l siguiente día ordenó que preparasen a Antonio
una opípara cena, bien que no superaba a las anteriores.
R ióse aquél y pidió la nota de los gastos. A lo cual respon­
dió que aquello no era sino una gratificación que le hacía,
y que consum iría ella sola en aquella cen a lo tasado y mu­
ch o m ás. En efecto , manda poner una segunda m esa y en
ella un solo vaso de vinagre, cuya fuerza dicen tiene po­
der de disolver las perlas. Y aguardando A ntonio con ex­
pectació n lo que iba a hacer, se quita una de las dos perlas
que pendían de sus orejas, que alcanzaba, según Macro­
bio 40, un valor de doscientos cinco mil escudos, y la tomo
disuelta en la copa. A l echar m ano d e la otra, L . Planeo,
juez de la apuesta, no pudiendo consentir se aniquilase
perla de tal valor, que, com o d ice el mismo autor, se equi­
paraba a un reino entero, la reina la consagró a la diosa
V enu s. Por tanto, el valor d epend e m ás de la estima que
de la mism a naturaleza.
Si consideram os el nacim iento de la V irgen, cierto que
es una D oncella herm osa, de linaje real, noble, r e s p la n d e ­
ciente por sus virtudes, n otable por su lim pieza, etc. ; Per0
38 Ib. 24,3.4.5.9.10.11'.

“» Part. 3.a, c. 9.
«» Saturnal., 1. 3.
SERM Ó N 229

no es éste el principal valor, no es exacta la estim ación b a ­


sada en la naturaleza. E s preciso atender a la gracia, mirar
a la liberación. E s la primera d e todas las criaturas, Patro-
na de la Iglesia universal, Señora de los ángeles, a quien ve­
neran con suma reverencia com o a verdadera Señora ; en
una palabra, es M adre de Dios. Este es el valor genuino de
nuestra preciosísim a Perla.
6. Ni es sólo preciosa, sino tam bién única, porque no
tiene igual, porque, com o d ice San Bernardo 41, no tuvo
antecesor que ia igualara ni lo tendrá jam ás. En las jera r­
quías eclesiásticas nunca se encuentra uno s o lo : hay un
patriarca y otro patriarca, un profeta y otro profeta. P o d e­
mos ir recorriéndolas todas. Sólo hay una V irgen y M adre
de Dios ; no se encontrará otra virgen que sea m adre, y m a­
dre de Dios. Según San B u en av en tu ra42, ella sola por sí
misma form a un coro aparte. P or tanto, sólo hay una V ir­
gen. Los C a n ta re s: S esen ta son la s rein as, y o c h e n t a las
esp osas d e s e g u n d o o r d e n , e in n u m era b les las d o n c elliía s.
P ero una s o la e s la p a lo m a m ía , la p e r f e c t a m ía 43. V é a se la
exposición en otro sermón 44.
Pero nuestra preciosa P erla no es sólo única, sino tam ­
bién encontrada ; y no se dice encontrada fácilm ente 4S, o
recientem ente, o por casualidad, sino que fué elegida des­
de la eternidad, conocida de antem ano por el A ltísim o, re­
servada para El, custodiada por los ángeles, significada por
los padres, prom etida por los profetas. Exam ina las Escritu-
ras, y prueba si es verdad lo que afirm o. Citando sólo al­
gunos de los m uchos pasajes, c a quién anunció Dios cuan­
do dijo a la serp ie n te: P o n d r é e n e m is ta d e s en tre ti y la
mujer? 46. Y si aún dudas que se refiere a nuestra P erla, a
la Virgen M aría, escucha lo que sigu e: E lla q u e b r a n ta r á tu
c a b e z a 47. ¿ P a ra quién se reservó esta victoria sino para
•Vlaría? Sin duda quebrantó la cab eza envenenada aquella
^Ue pulverizó la sugestión absoluta y tiránica del dem onio,
anto en la seducción de la carne com o en la soberbia de la
fw?*6; ^ otra se re^er^a Salom ón cuando d e c ía : q u ién
hallará Una m u jer fu e r te ? 48 Q ue es com o si d ije ra : Si la
vación de todos y la reparación de la inocencia, y la vic­

4 en la Asunción, 5.
Sent.. dist. 9, q. 7.
« Cant. 6,7-8.
45 ó de la Asunc. de B. M. V.
c¡ón *a nota 40 ^el Sermón 4 de la Inmaculada Concep-
aiRunn* 0 que se encierra entre comillas está sacado, cambiadas
süs est cosas’ 'a Homil. 2 de San Bernardo, n. 4. sobre «Mis-
i ; g S . 3 ,xa.

P r 0V. 31,10.
230 PR ESEN T A C IÓ N DE LA V IR G EN MARÍA

toria -del enem igo están en m anos de una m ujer, es preciso


buscar d e antem ano una tan fuerte que pueda ser digna de
obra tan im portante. Por eso d ic e : ¿Q u ién h a lla r á una m u­
je r tan fu erte? P ero para que no fuéram os a pensar que pone
en duda la pregunta, añade con tono d e p ro fe c ía : D e m a­
y o r estim a es q u e to d a s la s p r e c io s id a d e s traíd a s d e le jo s y
d e lo s ú ltim os térm in os d e l m u n d o T ra íd a s d e lejo s, que
quiere decir en otro tiem po, ya desde antiguo ; y d e lo s úl­
tim o s térm in os, esto es, desde el principio y antes de los
siglos se anunció su existencia, y así d ic e : D e s d e las ex tre­
m id a d e s d e l m u n d o h e m o s o íd o las a la b a n z a s 5U d e M a ría ;
por tanto, no fué encontrada poco ha ni por casualidad, sino
elegida desde la eternidad y conocid a de antem ano por
Dios.
7. Q uizá se pueda pregu n tar: Si fué con ocid a de ante­
m ano, ¿ cóm o fué descubierta ? S i nunca estuvo perdida,
Ccóm o fué encontrada ? Q uizá alguno se sienta em baraza­
do y diga que no se ha de entender «encontrada» como si
hubiera sido encontrada, sino que «encontrada» quiere de­
cir lo mismo que prem editada, ideada, d escubierta, pues
entre los adm irables descubrim ientos d e D ios, de los cua­
les nos habla Isaías: A n u n c ia d a las g e n te s su s d e s ig n io s 51,
una de las m ás adm irables fué la de la V irgen. Pues, ¿ hay
acaso algo más digno de adm iración, más nuevo, que ver
salir una perla d el cieno, o m ás que u na m u jer v estid a del
so l 52, o m ás que una m ujer que tiene a Dios en su seno?
E l S e ñ o r h a h e c h o una c o s a n u ev a s o b r e la tierra 53. Aquí
todo está lleno de novedades : engendra sin el concurso de
varón, da a luz sin dolor, es M adre y V irgen, Madre del
Eterno, M adre d e su Pad re, de su H aced or. H o m b r e s han
n a c id o en e lla oi, el mismo que la h a fu n d a d o . P or tanto, un
gran descubrim iento es el de la V irgen.
Pero no repugna la exposición d e «encontrada» en su
sentido ord in ario: fué perdida aquella in ocen cia, aquella
pureza de A d án, aquel brillo d e la perla perdió su lustre
por el pecado ; si no hubiera sido por él, todos hubiéramos
estado, com o la V irgen, sin pecado y sin fom es. A hora bien,
el resplandor perdido fué descubierto por el mundo en ja
V irgen ; pero no era d el mundo, sino de D io s: O la había
em bellecido así por un singular p rivileg io ; por eso ahora
el mundo le restituye a Dios la P erla encontrada, ofrecién­
dosela en el tem plo. T u y a es, Señor, la hem os e n c o n tr a d o

' Ib.
¿o Is. 24.16.
Ib. 12,4
s2 Apoc. 12.1.
53 Ier. 31.22.
54 Ps. 86,5.
SERM Ó N 231

en la casa de Joaquín ; no querem os ser acusados d e hurto,


toma tu P erla ; no es justo, adem ás, que tan herm osa, tan
perfecta P erla, sea destinada a usos m undanos ; recib e este
don, que por otra parte te es tan agradable.
Y i cuál va a ser el oficio d e esta P erla en el tem plo ?
No sin m isterio 35, Señor, nacida en la casa probática de
Joaquín, es presentada hoy en el tem plo, para que, plan­
tada luego en la casa de Dios y enriquecida por el Espíritu
Santo, com o fructífera oliva, albergue en sí todas las virtu­
des, com o quien había librado su espíritu de la concupis­
cencia de esta vida y d e la carne, conservando virgen el
alma a la vez que el cuerpo, cu al convenía a la que había
de concebir a Dios en. su seno.
Al tem plo, repito, es conducida hoy, a fin de que por
«obra del cincelador», el Espíritu Santo, gran artífice, sea
esculpido en ella el S an ctu m D om in i, la santidad del Señor,
y sea colocad a en la tiara, en la frente del pontífice, com o
se dice en el capítulo vigésimo octavo del Exodo. L o cual
sucedió así, según las palabras del á n g e l: E l sa n to q u e d e
ti n acerá 66: h e aquí el Santo del Señor. Bien conocía el E s­
píritu Santo, que habla por el ángel, el vocablo que había
anunciado proféticam ente, pues toda la Escritura, com o dice
San Jerónim o 67, nos recuerda al Santo del Señor que ha
de venir. P or consiguiente, los d oce apóstoles son como
doce perlas en el racional del peoho ; los otros santos, co­
mo perlas esparcidas por todo el vestido, y com o granadas
y cam panillas de oro en el bord e da su clám ide ; pero esta
Perla está colocad a en la frente, en el lugar más alto, en el
'nás destacado de todos.
8. No será este Santo d el Señor entregado a los p e­
rros i!>, ni esta nuestra preciosa P erla a los puercos ; pues
si entregamos las cosas santas a los perros o las perlas a los
Puercos, ni los perros se m ejorarán con la santidad, ni los
Puercos se alim entarán con las perlas, antes, al contrario,
Profanan los perros la santidad y m anchan o destrozan las
Perlas los puercos. Igualm ente, si entregam os 3. los hom ­
bres de b a ja s costum bres las cosas santas o las perlas, esto
e®> les ofrecem os para su fe y veneración los escondidos
gústenos del Dios hom bre, de la V irgen a la vez que M a-
fFe > ni la santidad los edifica ni les deleitan las perlas ; más
plen ellos profanan la santidad, ech an a perder nuestra
^erla y blasfem an los misterios de la verdad. Santo es el
^Uerpo de Cristo, y por eso sólo se ha de dar a los que se
__®yan hecho cap aces de él ; la M adre del mism o Cristo

** S a n J u a n B a m a scen o. D c fu le orth od. 4 , 1 5 .


? Le- 1,35.
Sobre San Maleo 1,2, al final.
Mt. 7 ,6.
232 PRESEN TA C IÓ N DE LA V IJ’. G E N MARÍA

Señor es una perla, porque a la m anera que las perlas ence­


rradas en sus conchas se hallan en el profundo del mar, así
la virginidad y m aternidad reunidas constituyen un oculto y
profundo misterio de nuestra fe. Y com o no todos los hom­
bres son cap aces de zam bullirse para sacar perlas del pro­
fundo, si no están muy prácticos en el arte, así no todos los
hom bres pueden penetrar la profundidad de los sagrados
misterios y descubrir las perlas ocultas, sino sólo los que
por su vida y costum bres están muy ilustrados en la fe ca­
tólica.
P or otra parte, si arrojam os ante sucios puercos las per­
las de los ocultos misterios, abrum ados por el deleite de
una vida cenagosa, no com prenden su alto precio, sino que
las juzgan sem ejantes a las dem ás inm undicias mundanales,
e igualmente las pisotean con sus actos carnales, y con fre­
cu encia, siéndoles com o piedra de escánd alo, murmuran de
ellas. D e un modo sem ejante, si entregam os las cosas san­
tas a los hom bres de bajas costum bres, de que habla­
mos antes, las arrebatan indistintam ente com o quien son,
las profanan con sus inm undicias, tienen en nada lo que
han recibido, y vueltos a sus disputas alborotan como irra­
cionales.
E s verdad que el perro y el puerco son considerados
com o anim ales inm u n d os; pero el perro, totalm ente in­
mundo, porque ni rumia ni tiene la pezuña h en d id a ; pero
el puerco es sólo en parte inmundo, porque si bien es ver­
dad que no rumia, tiene en cam bio hendida la pezuña
P or eso creo que en los perros están representados como
totalm ente inmundos los gentiles y los herejes, ya que no
son sólo inmundos por la maldad de sus actos, sino que aun
lo son más por su prevaricación e idolatría ; y en los puer­
cos lo están los cristianos entregados a los placeres sensua­
les, puesto que si son puros en cuanto a su fe, sus viles ac­
ciones los hacen inmundos.
9. T am b ién pueden estar representados en los p erro s
los gentiles y en los puercos los herejes, por conservar al­
guna lim pieza ; pues, efectivam ente, invocan el nombre de
Dios, pero por las costum bres hem os de distinguir a los P e"
rros de los puercos. Es propiedad de los perros la insolen­
cia, no lanzar aullido alguno, com o los dem ás animales, sino
para m olestar, y aun a veces ladrar en vano a la luna. T a le s
son todos los gentiles y aun los h erejes, reprobables, gru"
ñendo m uchísim o contra la M adre d e D ios, ladrando a ve­
ces aún contra Dios con sus blasfem ias, aullando sin r e b o z °
con gem idos, pero no abriendo su b o ca jam ás sino Para
subterfugios y nunca para ensalzar el bien.

Lev. 11,3.
SER M Ó N 233

P r o p io del puerco es revolcarse en el cieno, sin mirar


nunca hacia arriba ni buscar a su señor sino cuando está
hambriento. T a le s tam bién son los cristianos que se deleitan
en carnales inm undicias y no se preocupan de mirar al cielo.
Je buscar a Dios y de honrar a su sacratísim a M adre sino
c u a n d o se sienten oprimidos por la necesidad, confesando
entonces sus pecados. P ero tornan al vóm ito, com o los pe­
rros, al pasar la enojosa contrariedad. Cierto que al arrepen­
tirse se descargan de la inm undicia de sus p e c a d o s ; pero
vuelven a los mismos, com o los puercos, al retornar a su vida
pasada. A los cu ales, com o se h a repetido, ni se deben e n ­
tregar las cosas santas ni ofrecer las perlas. ¡ Y no les será
dado tam poco encontrar nuestra P erla y poseerla una vez
encontrada? Ciertam ente que s í: P o r q u e los q u e n o le tien tan
le hallan, y s e m a n ifiesta a a q u e llo s q u e e n é l c o n fia n 60.
Por eso d ice ella m ism a de sí en la epístola de h o y : M e h a ­
llarán los q u e m a d ru g a ren a b u s c a r m e Y ¿q u é dice a
los que la encuentran ? Q u ien m e h a lla r e, h allará la v id a y
alcanzará d e l S e ñ o r la sa lv a c ió n 62 ; la salvación, la gloria
eterna, a la que se digne llevarnos Cristo Jesú s, que nos
buscó cuando nos habíam os perdido y nos encontró, a quien
con el Padre y el Espíritu Santo se d ebe todo honor y gloria
por los siglos d e los siglos. A m én.
60 Sap. 1,2.
61 Prov. 8,17.
62 Ib. 8,35.
KN LA ANUNCIACION DE LA BI EN ­
A VE N T U R A D A VIRG EN MARIA

S E R M O N I

Envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret, ciudad de


Galilea (Le. 1. 26').

1. D eseando celebrar con todo el afecto, según mis


cortos alcan ces, a la V irgen M adre de D ios, tan admirable
y resplandeciente en todo género de virtudes, no he podido
encontrar en las Sagrada Letras un elogio digno que nos
exprese cabalm ente la gloria de su excelen cia. P ues aunque
m uchísim os pasajes de los profetas se le apropien mística­
m ente y la sim bolicen muchos hechos, en los cuales podemos
ver su grandeza, rara es la alusión y m ás rara aún la alabanza
que se le atribuye en los escritos apostólicos o evangélicos.
A unque, a decir verdad, no se ha pasado tan en silencio
que no resplandezcan los rayos de los fulgores de sus vir­
tudes com o a través de los resquicios d e ciertas expresiones.
P ero , ¿ dónde podrem os presagiar m ejor su gloria, sus vir­
tudes, la prendas de su espíritu, que en su adm irable colo­
quio con el ángel ? En él, a más de llam arla j u s t a m e n t e
llen a d e g ra cia y la primera en tre to d a s las m u jeres, b r o t a
de sus gestos y de sus palabras una profusa a b u n d a n c i a
de elogios suyos. Cierto que nadie duda que tal y tan g r a n d e
convenía fuera l a que había de ser M adre d e D ios, que nin­
guna otra m ujer desde el principio del mundo pudiera c o m ­
parársele ; pero siem pre nos satisface m ás saber esto de
labios del mismo Dios que bu cearlo con nuestro talento.
R ecorram os, por consiguiente, cad a uno d e los d e t a l l e s
de Ja narración evangélica y ap arecerá m ás claro que la luz
lo que afirmamos. E n v ió D io s, dice, a l á n g e l G a b r ie l a una
virgen. ¿C uál h a de ser la virgen a quien el Altísim o destina
un ángel, cu án pura, cuán noble, cu án herm osa, que HeS°
a agradar tanto a su Creador ? E n las ficcio n es de los P ° eL?S
encontram os a una cierta Pandora 1, que por su a d m i r a b l

1 Según Hesíodo en su Teogonia. Pandora fué la primera


jer, fabricada por Vulcano por orden de Júpiter, a quien todos ¿
dioses adornaron con sus dones: Palas le otorgó el don de la
SERM Ó N 1 235

belleza llegó a deslumbrar a sus mismos autores ; esta nues­


tra Pandora m ás que deslumbrar inflam ó en am or a su
D ios: le agradó co n la virginidad, le agradó con la pureza,
le agradó con la hum ildad; en resum en, con toda suerte
de virtudes.
2. Y h a b ie n d o en tra d o e l á n g e l a d o n d e ella e s ta b a .
Pues no estaba en el vestíbulo, ni en el foro, ni en público ;
no la encontró el ángel entre las multitudes de las fiestas
ni en las alegrías de los juegos, sino recluida en el cuarto
más retirado de la casa, entregada a piadosas lecturas, e s­
cudriñando los secretos de la Escritura y elevando con ar­
dor a Dios sus plegarias. Esta era la ocupación de M aría,
ésta era su vida, éste su descanso, éste su ministerio ; en
esto se em pleaba toda su vida, en esto consum ía los días
y las noches. A prender, doncellas, no a visitear las casas
de las vecinas, no a entreteneros en públicas conversacio­
nes, ni a corretear por las calles, ni a frecuentar las re­
uniones, sino a am ar el retiro, a entregaros a la lectura, a
amar la soledad, a aborrecer el bullicio ; porque en las ju er­
gas, en los juegos, bailes y pasatiem pos se pone en peligro
la pureza de la moralidad, se enerva la energía del espíritu
y se rinde la constancia del ánimo. Por eso, h a b ie n d o e n ­
trado e l á n g e l a d o n d e ella e s ta b a , pues podía cerrar las
puertas a los hom bres, pero no a los ángeles. Y así, h a ­
b ien d o e n tr a d o e l á n g el, porque no estaba la puerta abierta
al varón ; pues es corriente la presencia de los ángeles don­
de reina la soledad de los h o m b res: la m ujer que huye la
compañía de los hombres tendrá com o com pañeros a los
angeles. H a b ie n d o en tra d o co n alegría, la saludó con rev e­
rencia d icie n d o : D io s te salü e, ¡ o h lle n a d e g ra cia !; e l S eñ o r
es co n tig o . L le n a d e gracia, com o lo serás tam bién por la
Deidad, protegida a modo de som bra por su poder ; lle n a
eje g racia, de cuya plenitud reciben todos, de cuya abun­
dancia rebosará el mundo ; y verdaderam ente llen a , pues
Que en tu espíritu no ha quedado lugar alguno al pecado,
ni tuvo acceso la iniquidad. E l S e ñ o r e s co n tig o . P ero , £ có -
® o con tig o? C iertam ente, no com o conm igo, sino com o en
parte alguna. Contigo en el cuerpo, contigo en la m ente,
contigo en el ánim o, contigo en la reflexión, en el seno, en
la protección, en el nacimiento, en la salida ; contigo en el
hn y contigo sin fin.
,3 . A l oír ta le s p a la b ra s la V irgen s e tu rb ó. Y sin em-
“argo, experim entó gran turbación a la prim era vista del
ar*gel y su rostro em palideció de tem or. ¡ Esto es recato,

tadurÍEi; Venus, el de la belleza; Apolo, el del canto; Mercurio, el


^ la elocuencia. Por eso se llamó Pandora, es decir, don de todos,
regalada por todos, o dotada de todo género de prerrogativas.
236 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN M A R I’.

esto es tim id ez ! N ad a h ay m ás p av o ro so y tem eroso para


las c a sta s d o n cellas, puesto que co n o cen cu án frágil es el
vaso en q u e llevan tan precioso tesoro 2. M aría se enrojeció
a la vista del ángel, a fin de q u e vosotros, ¡o h d o n c ellas!,
evitéis el tra to con los v arones. No p u e d o a p ro b ar la char­
latan ería e n las d o n cellas, ni la co rtesan ía, ni el donaire ; se
h a c e n ecesario la verg ü en za, el silencio, la tim idez y la
confusión an te la vista o la p a la b ra d el v arón.
¿ Q u é p o d em o s decir a h o ra d e las doncellas d e nuestro
tiem p o ? T ie n e n p o r costum bre av e n ta ja r en la desvergüenza
de sus dich o s a los m ás chocarrero s y d e sc a ra d o s rufianes.
Buscan su p asatiem p o en los cuentos, se d e d ic a n a ap ren d er
la c o q u etería de las p alab ras, co n v ersan d ía y n o che con los
h o m b r e s ; se con sid era com o rústica a la q ue se m uestra
vergonzosa y com o indigna d e l m atrim onio a la que con el
descoco d e su co m p o rtam ien to no h a traicio n ad o su casti­
d a d , llev án d o la m aterialm en te al tálam o n upcial, aunque
con la desverg ü en za d e su espíritu la h a y a prostituido m u­
chas veces.
4. H a b é is e sc u ch ad o el re c a tó de M aría, escuchad su
p ru d en cia. P úso se a considerar q u é significaría una tal sa­
lutación *. C om o llena de p ru d en cia, d iscreción y sabiduría,
le d a b a vueltas en su espíritu, n o fu era ju g u ete de u n a ilu­
sión ; p o n d e ra b a con riguroso e x a m e n las p alab ras del án­
gel, a fin d e no creer fácilm en te y ser b u rlad a, o m ostrarse
titu b ean te y ser c u lp a d a . No crey ó M aría al ángel que le
h a b la b a en reto rn o a la facilid ad con q u e creyó Eva a la
serp ien te. ¡ O h Señor nuestro, cóm o a v e n ta ja u n a m ujer a
la otra ! P u e s de no h ab er sido p o r la n e c e d a d d e l espí­
ritu, b ie n p o d ía la sola figura d e la serp ien te h ab e rle ad ­
vertido a E va d e l engaño q u e p r e te n d ía : £ se p o d ía esperar
de la se rp ie n te otra cosa q u e el v en en o ? N o se le perm itió
al d em o n io to m ar el asp ecto d e u n co rd ero o d e u n a oveja,
ni brillar con la faz re sp la n d e c ien te d e u n ángel, a fin de
dism inuirle el p o d er de en g añ ar y q u itar la d iscu lp a d e la
cred u lid ad . H a b ía to m ad o el diablo u n a form a m uy apro­
p ia d a , q u e p re se n ta b a al exterior indicios ciertos d e su in­
te rn a m alicia. Y así, al no d escu b rir la fácil m ujer las vene­
nosas p a la b ra s de la serp ierte y d a r créd ito tan pro n to a
sus engaños, se atrajo ráp id a m e n te la c o n d en ació n a sí misma
y a su p o sterid ad . N o h u b iera sido tan difícil descubrir el
en g añ o si h u b iera p a ra d o m ien tes en la trivial y au n pro­
fan a conversación, p u e s q u e le d ijo : (P o r q u é m otivo os
ha m andado Dios? 1 Y c P ° r q u é no h a d e m an d a r Dios,
¡o h m is e ra b le !, siendo el S eñor d e to d o ? ¿ P o r q u é , ¡oh
- 2 C o r . 4.7.
3 L e . 1,29.
* G en. 3,1,
SERM ÓN 1 237

m aldito !, no h a -de m ostrar su señorío en el p recep to el D ios


que todo lo creó co n su p a la b ra ? ¿ H a y algo m ás inso­
lente y d esvergonzado q u e exigir la razó n d e un p recep to
que ha im puesto el Señor y C reador d e todas las cosas y
pedir la cau sa d e la o rd en im p u esta ?
No h a b ía insinuado algo sem ejan te el ángel a la V ir­
gen, sino q u e, con el saludo d e la gracia por d e la n te, bien
claro d a b a a e n te n d e r estar D ios p resen te. Y, sin em bargo,
la V irgen, p ru d en tísim a, no p resta fácilm ente su asentim iento
a tan graciosa p resen cia, a tan p iadoso saludo ; sino dice
que púsose a considerar q u é significaría una tal saluta­
ción. P re sta d aten ció n , ¡o h v írg e n e s!, vosotras, sobre to­
do, que cubrís v u estra c ab eza con el velo sagrado, q u e h a ­
béis consagrado a Dios vuestro corazón y v u estra vida. P or
eso vosotras, e n cerrad as en tre altas p ared es, sin peligro
de tem er p o r el p u d o r d el cu erp o a n te los ho m b res, habéis,
sin em bargo, d e tem er al dem onio, m irar p o r la p u reza de
vuestro e s p ír itu ; p u es a vosotras va dirigido lo del A p ó s to l:
T em o qu e así co m o la serpiente engañó a E va con su as­
tucia 5, así os sed u zca a vosotras, no en cuanto a la in­
tegridad d e l cu e rp o , sino en cuanto a aq u e lla sencillez pro ­
pia de Cristo. C u id ad d e que el ángel de S atan ás no se
transfigure en ángel d e luz 6 y os burle.
P o r consiguiente, cu an d o se os p resen te u n espíritu des­
conocido y os revele sublim es m isterios, no le deis fácil­
m ente consen tim ien to , ni siq u iera resp o n d áis p re cip ita d a ­
m ente ; dom in ao s, callad, reflex io n ad con calm a, a ejem plo
de M aría, q u é clase de con v ersació n insinúa, q u é asp ecto
tiene el que h ab la, d e q u é m a n e ra lo h ace, q u é d eco ro en
la p alab ra , cuál es la u tilidad d e l oráculo, ad o n d e se dirige
la expresión, q u é im presión cau sa den tro , q u é p re ten d e en
el exterior, q u é in ten ció n tien e, p o r q u é se h a d e ocultar,
qué v en taja nos p ro p o rcio n a su revelació n , q u é m otivo os
im pulsa a h ab lar, cu ál es la ocasión d e insinuarse, qué n e ­
cesidad h a y d e revelar, q u é utilid ad en ap arecer.
C onsid erad con d eten im ien to por q u é cau sa se os d e s­
cubren esos m is te rio s ; si están en co n sonancia con la Sa­
grada E scritura, si el oráculo está en arm o n ía con las cos­
tum bres recib id as, si lo q u e se os indica co rresp o n d e a vues­
tro estado . O b se rv a d si h a p reced id o cierta p resu n ción del
espíritu, si os h a invadido el a p e tito d e esta clase d e visiones.
s> las hab éis solicitado o b u scad o , o las h ab éis sim ulado te ­
m erariam ente alg u n a v ez y p o r eso h a b é is m erecid o ser
burladas d e esta guisa.
Finalm ente, ro g ad a D ios, hum illad vuestro espíritu, c o n ­
sultad a los m aestros, b u scad a los espirituales, su sp e n d ed

5 2 Cor. 11,3.
8 Ib. 11,14.
238 ANUNCIACIÓN DE LA VIH GEN MARÍA

e] asen tim ien to d e la v o lu n tad h asta que se d esc u b ra la


v e rd ad y la estrella de la m añana nazca en vuestros cora­
zones 7. O b ra d con cau tela, con la inspiración angélica, no
sea q u e p e n sa n d o se infunde m ed ian te ella D ios en vuestro
espíritu, com o en M aría, sea, por el co ntrario, el virus
del p ecad o el que con el soplo d e la serp ien te se engendre
en vuestro corazón y deis a luz en las obras el fruto de
la am arg u ra, com o está e sc rito : C oncibió el dolor y Parió
el p eca d o 8. Es cierto que no p u e d e el h o m bre propor­
cionar u n criterio decisivo p a ra cono cer este espíritu. Del
E spíritu S anto m ás b ien ha d e venir la gracia, que llama
el A p ó sto l discreción de espíritu 9, y por eso con hum ildad y
devoción d e b é is rogar al E spíritu que no p erm ita seáis en­
g añ ad as p o r el dem o n io .
U n a d ife re n c ia 10 sobre todo suelen n o tar acerca d e estos

7 2 Petr. 1,19.
8 Ps. 7,15.
3 1 'Cor. 12.10.
10 Viene bien aquí lo que leemos en la vida de San Antonio
Abad escrita por San Atanasio, n. 35 y 36. Véase tam bién a Santo
Tomás (3 q. 30, a. 3): «A lo tercero se ha de decir que, como
afirma San Ambrosio sobre aquello del capítulo 1 de San L ucas:
Le apareció un ángel, somos perturbados y privados de nuestra dis­
posición cuando nos vemos apretados por el encuentro de algún
poder superior. Y esto ocurre no sólo en la visión corporal, sino
también en la imaginaria. Por eso se dice en el Génesis (15,12)
que, al poner del sol, un pesado sueño sorprendió a Abraham., y
apoderóse de él un pavor grande de. tinieblas. Sin embargo, seme­
jante perturbación del hombre no le perjudica tanto que por ella
deba ser rechazada la aparición a n g élica : en primer lugar, porque
por lo mismo que el hombre es elevado sobre sí mismo, lo cual
cede en su dignidad, se debilita su parte inferior, d e donde proce­
de la sobredicha perturbación, a la m anera que, recogido el calor
en las partes interiores del hombre, se estrem ecen las exteriores.
En segundo lugar, porque, como dice Orígenes sobre San Lucas
Chom. 4 al principio), el ángel, al aparecer, conociendo la naturaleza
humana, lo primero que h ace es remediar la perturbación ;^por eso
tanto a Zacarías como a María les dijo después de la perturba­
ción : No tem as. Y por esto, como se lee en la vida de San Anto­
nio (Vidas de los Padres, 1. 1, c. 18), no es difícil el discernir los
buenos de los m alos espíritus: pues si después del temor sucede el
gozo, sabemos que nos viene el auxilio de parte del Señor, porque
la seguridad del alm a es indicio de la presencia de su majestad;
pero si persevera el temor primero, se convence ser el enemigo. La
turbación de la virgen fué conveniente aun para el pudor virginal:
porque, como dice San Ambrosio sobre aquello del capítulo de San
L ucas: Y habiendo entrado el ángel, es propio de las vírgenes tem­
blar y estremecerse a toda proximidad del varón, temer todas las
conversaciones del mismo. Algunos, sin embargo, dicen que, como
la Virgen estaba acostumbrada a las visiones de los ángeles, su tur­
bación no obedeció a la visión del ángel, sino a la admiración en
que le pusieron las cosas que el ángel decía, ya que no podía pen­
sar cosas tan magníficas de si misma. Y por eso el evangelista no
dice que se turbó con la visión del ángel, sino al oir tales P&la'
bras.» No se ha de pasar tampoco por alto la sentencia de San
Bernardo en el Serm. 24 de divers., n. 2, donde dice, tratando de ia
SÉRM ÓN 1 239

dos espíritus los v aro n es d o c to s : el ángel al principio causa


tem or y luego du lzu ra, y el d iab lo todo lo contrario. Y lo
vem os tam b ién en esta ap arició n d el ángel, p u es a la vista
del m ism o se esp a n tó la V irg en , y al m arch arse él se q u e d ó
llena de d u lce satisfacción. P o r eso le dijo el án g e l: N o te ­
mas, María: porq u e has hallado gracia en los ojos de
Dios 11 ; p u e s co m p ren d ió q u e con su p resen cia la h ab ía
atem orizado y trata in m ed iatam en te d e ap acig u arla con la
blandura d e sus p alab ras. T a m b ié n m ás tard e las m ujeres,
sobresaltadas jun to al sepulcro por la p resen cia d e l ángel,
son co n so lad as p o r el m ism o ángel, q u e les d ic e : N o tenéis
que asustaros 12.
5. P rosigam os lo q u e nos q u ed a. M uchas cosas h a b ía
dicho el ángel, con un gran circunloquio h a b ía expresado
a satisfacción su e m b ajad a, y, sin em b arg o , a u n no h ab ía
pronunciad o p a la b ra la V irgen. M irad su m odestia, co n si­
derad su silencio. ¡ Q u é d ig n a es la reserv a en la m ujer !
¿Q ué hay m ás a tra y e n te en la V irg en q u e la m oderación
en el h a b la r? Ni c o rta al que h ab la ni se p recip ita en la
respuesta, sino q u e d isp u e sta 13 a escu ch ar y calm osa p a ra
hablar, escu ch a prim ero con p acien cia p a ra re sp o n d er luego
con sab id u ría. L e dejó al ángel h ab lar am p liam en te, to ­
m ándose ella b rev es m o m en to s p a ra re sp o n d e r, y no rom pió
el silencio h a sta q u e se m en cio n ó el p u d o r. E sta sola p re ­
ocupación d e M aría es la q u e tuvo p o d e r p a ra h acerla h a ­
blar. c'Cómo ha d e ser esto? P u e s y o no cono zco varón al­
guno 14. ¡ O h adm irable solicitud d e l recato , o h inestim able
aprecio d e la c a s tid a d ! Es s a lu d a d a p o r el, ángel com o
M adre d e Dios y se in q u ieta p o r su virginidad ; va a ten er
a D ios por H ijo, y d iscu te sobre su p u d o r, y no considera
ese honor com o co m p en sació n suficiente d e su p u re z a : tal
predilección e ra la que sen tía p o r su p u re z a -y san tid ad .
Y ¿ de d ó n d e p ro ced ía esta n u ev a y d e sa co stu m b rad a
pied ad ? ¿ Q u ién te e n se ñ ó , ¡ oh M aría !, q u e tan a g rad ab le
era a D ios la p u re z a ? ¿ Q u ié n te h ab ía en señ ado a guar­
dar la v irginidad con tal em p eñ o , q u e te niegas a d a r con­
sentim iento p a ra ser M adre d e D ios si n o es co n servándote
virgen? P u e s ni la L ey te h a b ía sum inistrado en señ an za
alguna en e ste sen tid o , ni la an tig ü e d a d te h a b ía d eja d o
ejem plo alguno 15. P re c isa m e n te la L ey m aldice a la m ujer
estéril, la a n tig ü e d a d n o a p ru e b a sin restriccio n es la dig-
Palabra de D io s : «Al sonar de pronLo en los oídos del alm a la voz
divina, la turba,’ la espanta; pero a la seguida, si no se aparta el
oído, la vivifica, la ablanda, la afervora, la ilumina, la limpia.»
11 Le. 1,30.
12 Me. 16,6.
13 Iac. 1,19.
14 Le. 1,34.
1:' Ex. 23,26.
240 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

nid ad d e la virginidad p e rp e tu a . L a hija d e Je p té 10 obtiene


de su p ad re tiem p o p a ra llorar su v irginidad, y llora por largo
tiem p o , no la m u erte que le e sp era, sino el m orir soltera,
sin descen d en cia, ju zg an d o com o m ás terrible que la m ism a
m uerte el no te n e r hijos. F in alm en te, n a d a se consideraba
en aq u el p u eb lo p iás ap etecib le y dichoso q u e a b u n d ar en
estas p ren d as, e n g en d rar hijos, te n e r h e re d e ro s, y así se
d ic e : T u esposa será co m o una parra fe c u n d a en el re­
cinto de tu casa: alrededor d e tu m esa estarán tus hijos
co m o p im p o llo s de olivos. T ales serán las bendiciones del
hom b re q u e te m e al S eñ o r 17. P o r d o n d e vem os cóm o Dios
h ab ía aco n sejad o a aq u el p u eb lo m ás b ie n a m ultiplicar
la d e sc e n d e n c ia que a conservar la virginidad. P o r c o n ­
siguiente, ¿ d ó n d e h ab ías leído, d ó n d e a p re n d id o que tal
estim a h acía D ios d e la virginidad, sino en el V erb o de Dios
o m n ip o ten te, que an te s q u e H ijo tu y o se dignó ser tu
M aestro, y an te s d e ten erte por m ad re te hizo su discípula,
y llenó tu espíritu a n te s q u e tu sen o ?
6. P or ta n to , ¡o h reg ia V irg e n !, tie n e s tú la prim acía
en tre las vírgenes, eres tú la p rim era in sp irad o ra y m aestra
d e las vírgenes, el tro q u e l d e la virginidad, la au tora y
fu n d a d o ra d e la m ism a, la p rim era fu n d a d o ra d e esta sa­
g rad a religión. ¡ O h vírgenes, q u é m aestra te n é is ! No h a
sido el auto r de esta g u ard a de la virginidad San A gustín,
ni San Benito, ni San Francisco, ni S an to D om ingo, ni
ningú n otro de los S an to s P a d re s, sino que fué la sagrada
V irgen , la M adre d e Dios, la p rim era q u e d escubrió este
cam ino y se lo en se ñ ó a los hijos d e A d á n . E lla, la prim era
en en se ñ a r el celib ato a los h om bres, en enseñ arles a llevar
u n a vida an gélica en carne h u m an a, a em u lar la pureza
d e los esp íritu s celestes. Ella, la p rim era en consagrar a
D ios su virginidad y en estim ular a los d em ás con su ejem ­
plo a h acer esto m ism o, com o e stá e s c rito : A tu diestra
está la R e in a con vestido bordado d e oro y engalanada con
Varios adornos. E n el interior está la principal gloria de
la H ija d el R e y . Serán presentadas al R e y las vírgenes que
han d e form ar el séquito d e ella ls.
¡ O h V irgen p u ra, V irg en ú n ica, V irgen singular ! R eal­
m ente singular y ú nica, an te ¡a cu al no p u e d e p resentarse
d ig n am en te virgen alguna y en cuya co m p aración toda
otra virginidad p u d iera p arecer corrupción, y a q u e a las
d em á s vírgenes les b asta m a n te n e r inco rru p to su cuerpo y
ser co n sid erad as im polutas en cu an to a la carne. ¿E xiste
o h a existido acaso alg u n a o tra virgen que no haya sentido
el aguijón d é la sen su alid ad , al m en o s en su pensam iento,
i* Iud. 11,38.
” Ps. 127.3-4.
i? Ps. 44,10.14.15.
SERM ÓN 1 241
<r~-------------- ----------------------------- ----- ------- --
o q u e no h a y a sop o rtad o las m olestias d e la c a rn e ? Bás­
tale si h a vencido y no sucum bió a la ten tació n . M aría, en
cam bio, fué to d a ella virgen, y virgen en tod o s los a sp ec to s:
virgen en la carn e, virgen e n el espíritu, virgen en la p re­
sencia, virgen de contacto, virgen d e afecto , virgen en la
palabra, en la o b ra, e n el s e n tid o ; virgen perfectísim a,
virgen in c o rru p ta : lim pia de cuerpo, lim pia d e espíritu,
limpia d e p en sam ien to , lim pia no sólo d e la sen sualidad,
sino a u n d e la m en o r m a n ch a de p ecad o o contagio de los
vicios; virgen sag rad a, p u ra e in m a c u la d a ; co n el pri­
vilegio sobre las d em ás de. h acer puros, com o si dijera, a
cuantos la m irab an , pues tenía ella, u san d o las p alab ras
del P ro feta, la virginidad qu e engendra vírgenes Cosa
m aravillosa y g racia ad m irab le, sien d o hernio sísim a sin
rival y d e rostro en extrem o gracioso, no sólo no lastim aba 20
los ojos d e los q u e la co n te m p la b a n , sino q u e los h acía cas­
tos y santificaba con su graciosa h o n e stid a d .
F inalm en te, p a ra ex p resar en d o s p alab ras lo q ue siento
de esta V irg en , ta n alejad a se h a lla b a su pnente y su carne
de la m an ch a y aú n del sentim iento de la libídine, que su
cuerpo m ás b ien que carnal hem o s d e co nsiderarlo com o
argénteo o cristalino. T a l es la p u reza de M aría, tal su vir­
ginidad, tal es la V irg en q u e celebram os ; p o r eso ag radó
tanto al A ltísim o, por eso fué a m a d a sobre todos, por eso
fué elegida p a ra M adre de D ios. Y no se v ay a a creer que
era inferior en las d e m á s virtudes, sino q u e, com o lu n a lle­
na, lan zab a rayos de virtu d d e to d o su ser, ilu m inaba con
sus fulgores a to d a la Iglesia.
7. C on relació n a su fe , cuanto p o d a m o s d ecir y p o n ­
derar h a d e q u e d a r m uy p o r d e b a jo de lo q u e m erece, y a
que le cau só estu p efacció n al m ism o ángel. E n efecto, no
eran v e rd a d e s co m u n es y ordinarias, sino to talm en te n u e ­
vas las qu e creyó M aría con sola la p a la b ra del á n g e l; co­
sas o v erd ad es q u e so b re p a sa n to d a facu ltad , q u e ex ced en
a toda in te lig e n c ia : q u e D ios se h acía m o rtal, q u e u n hom ­
bre Dios h a b ía d e n acer d e m u jer, q u e sien d o virgen hab ía
^e conceb ir sin concurso d e v aró n , que h a b ía d e d ar a luz
a Dios y p e rm a n e c e r a la vez virgen. ¿ P u e d e n estas m a ra ­
villas creerse con el testim onio de u n a sola p a la b ra ? D esde
nuestra infancia hem os conocido y a p re n d id o nosotros los
gústenos, y d e sp u é s d e tan to s m ilagros y testim onios, c u an ­
do los co n sid eram o s co n reflexión, siem p re nos p are ce n
nUevos y nos sentim os so b recogidos y tem b lam o s a n te su
I^asnitud. ¿ Q u é h u b iera ocurrido en la V irgen, si no la
hubiera D ios p rev en id o con su gracia y con su luz, cu an d o
Zach. 9,17.
. Sobre esto recogió m uchas cosas Novato en De em inentia Vir-
y nis, t. 1, c. 4, q. 4, y t. 2, C. 7, q. 1 s.
242 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

sin a n te c e d e n te h um ano el ángel anun ció por vez prim era


estos m isterios ? Y a se lo h ab ía d ich o el á n g e l: E l Señor es
contigo. Si no h u b iera estado D ios con ella, ¿có m o hubiera
sido cap az, con la sola p a la b ra d e l ángel, d e e n te n d e r, pe­
netrar y creer tan so b eran o s m isterios ? ¡ O h fe adm irable
y co nfianza e s tu p e n d a ! S iendo m isterios tan im portantes
los q u e se com u n ican , ni solicita un ejem plo, ni b u sc a un
m ilagro, ni exige dem ostración, ni p id e u n testim onio, ni
discute la posibilidad de lo q u e se le an u n cia. C reyó con tal
facilidad, q u e el m ism o ángel q u e d ó m aravillado. Ni fué
necesario p a ra la fe de la V irgen el m ism o testim onio sobre
Isabel q u e h a b ía ad u cid o p a ra fu n d am en társela, aunque
d ista b a tan to d e l m isterio que se le an u n c iab a, pues que
no se h a podido en co n trar uno sem ejan te d esde el principio
d e l m undo ; tan som etido tenía el en ten d im ien to al b en e­
plácito divino, tan su b o rd in ad o lo tenía todo a su voluntad,
y ta n co n v en cid a d e q u e n a d a h a b ía im posible p ara Dios.
C o m p arem o s ah o ra con la d e n u estra V irg en la fe d e los
santos patriarcas, q u e con tal entusiasm o ensalza San P a ­
blo 21 en a q u e l catálogo de la fe , y verem o s q ue en relación
con aq u élla la de éstos es com o la estrella co m p ara d a con
el sol, la len teja con el m onte, la gota con el océano. A dm i­
ra el A pó sto l de u n a m a n e ra esp ecial la fe d e A braham , y
con ju sta razó n ; p u es no fué in fecu n d a, sino ab u n d an te en
ob ras de o b ed ien cia, por lo cu al m ed ian te ella alcanzó la
justificación y m ereció d e an te m a n o conseguir las prom e­
sas, com o está escrito : Creyó A b ra h a m a D ios y reputósele
por justicia 22. P ero , ¿n o p alid ece esta fe si se la com para
con la fe d e la V irg en ? ¿D e d ó n d e le vino la justificación
por la fe a A b ra h a m , d e d ó n d e le vino el ser levantado a
ser am igo d e D ios, d e d ó n d e le v in o ? P o rq u e, dice, habien­
do esperado contra toda espera n za , él creyó que vendría o.
ser padre d e m uch a s naciones, según se le había dicho: In­
num erable será tu d escen d en cia . V no desfalleció en la Je,
ni atendió a su propio cuerpo ya d esvirtuado, siendo yo.
de casi cien años, ni a q u e estaba extinguida en Sara la vir­
tu d de concebir. N o d u d ó él ni tu vo la m en o r desconfianza
d e la prom esa de D ios, antes se fortaleció en la fe , dando a
D ios la gloria. P le n a m e n te persuadido d e q ue todo cuanto
D ios tiene p ro m etid o , es poderoso ta m b ién para cumplirlo-
Por eso le fu é reputado por justicia 23. ¡ C o n q ué fuerza y ele­
gancia se nos h a ensalzad o la fe de A b rah am ! P ero , ¿dón-
do q u e d a esta fe an te la d e la V irg en ? A b ra h a m creyó que
u n a an c ia n a estéril h a b ía de d a r a luz ; la V irgen creyó esto
m ism o d e u n a virgen ; A b rah am creyó q u e por o b ra de un

-i Hebr. 11.
22 Gen. 15,6.
2» Rom. 4,18-22.
serm ón 1 243

varón a n c ia n o ; la V irgen, sin concurso d e v a r ó n ; en


A braham se tra ta b a de un p uro ho m b re ; en la V irgen, de
un hom bre Dios ; en A b rah am . d e u n m odo n atu ral y co­
rriente ; en la V irgen, fu era d el m odo corriente d e la n a tu ­
raleza ; A b ra h a m crey ó q u e D ios p o d ía incluso resucitar a
un m uerto p a ra cum plir la p ro m esa ; M aría, q u e p odía Dios
nacer y m orir, a fin d e q u e todas las p ro m esas tuvieran en
El su cum plim iento. V em o s, pues, la d iferen cia de una fe
a la otra, la v en taja que u n a fe saca a o tra fe. E sta es la
gran y excelsa m ujer que el A ltísim o eligió p a ra m adre
suya y «para ejem plo de todos los siglos.
8. S iendo tan excelsa y ta n g ran d e, ¿se en contró en
ella algun a v ez ni siquiera el m ás ligero vestigio de so b er­
bia ? P recisam en te, cu an to m ás elev ad a sobre las d em ás por
la gloria d e su d ig n id ad , tan to m ás b aja se juzgó a sí m ism a.
¡ A som brosa h u m ild ad u n id a a virtud ta n so b eran a ! Q ue
el p e cad o r oprim ido con el fardo d e sus cu lp as las re c o ­
nozca y se hum ille, no h ace ningún exceso ; m ás que h u ­
millarse es reco n o cer la v e rd a d ; pero q u e exista la hum il­
dad con tal p rerrogativa, es, ni m ás ni m enos, gracia sobre
gracia 24, u n a gala sobre otra gala. P o r eso en los C an tares:
¡Qué herm osa eres, am iga m ía! ¡Cuán bella eres! 2S. Belleza
duplicada, la h u m ild ad en la p u re z a , la p u reza con la h u ­
m ildad. N ad ie se a d m irará d e que au n los m ás santos varo­
nes y las m u jeres m ás ilustres h a y a n sido h um ildes d e la n te
de Dios, ya q u e p o r rectos y san to s q u e fu eran siem pre te ­
nían algo de q u é h um illarse. ¿ Q u é santo, en efecto, p o d e ­
mos en co n trar co m p letam en te libre de la m an ch a del p e ­
cado ? í Q u ién no h a caído alguna vez ? c Q u ién no en contró
en sí alguna vez m ateria d e do lo r, de llanto, d e hum illa­
ción, que le sirviera d e disgusto an te sí m ism o o a n te los
d em ás? P u e sto que quien p esó las aguas con m e d id a 2S, d e
tal m odo equilib ró sus v irtudes y sus flaquezas, q ue cuanto
Pueden ensalzarlos las u nas, tan to los hum illen las otras.
Por esto, a u n al A pó sto l de las G en tes, para q u e la grande-
za de las revelaciones no le d esva n ezca , se le dió el estí­
mulo d e la carne, para q u e le a b o fe te e 27 y le hum ille ; y
Por eso se gloría d e sus flaquezas, juzg án d o se y llam ándose
a si m ism o el m ás insignificante d e los ap ó sto les y el a b o r­
tivo 3S. N o es, p u e s, de ad m irar esta h u m ild a d en el A p ó s­
tol, a qu ien a b o fe te a Satan ás, a quien a b a te la ten tació n , a
9uien la con d ició n de sus m iem bros im portuna y ato rm en ta
c°n tal v eh em en cia, q u e se ve forzado a e x c la m a r: ¡Qué
244 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

hom bre tan infeliz so y y o l ¿Q uién m e librará d e este cuerpo


de m uerte? 29.
En cam bio, ¿ d e d ó n d e te viene a ti, ¡o h M aría! la h u ­
m ildad y tal h u m ild a d ? N a d a in m u n d o ni odioso hay en ti,
ninguna d e fo rm id a d o lubricid ad , to d o es heroico, esplén­
dido, cán d id o , niveo, puro e ilustre sobre to d a ponderación.
C om o tal te conocía el q u e d e c í a : T o d a tú eres hermosa,
¡oh am iga mía!; no hay d e fe c to alguno en ti 30. Esto sí que
es v erd a d e ra hum ild ad , reb ajarse a sí m ism a desde la su­
blim e cu m b re de las virtudes y juzgarse en la cim a de la
d ig n id a d insignificante a los ojos d e todos. M e pasm o siem ­
pre que contem p lo la elevación y h u m ild ad d e esta V irg e n :
realm en te es u n p o rten to glorioso y digno de adm iración
para todos los siglos el no e n so b erb ecerse en ta n sublim e
gran d eza. ¡ D esd ich ad o s d e n o s o tro s ! En el m om ento de
recibir d e D ios un poco d e devoción, d e ciencia, d e virtud,
ya nos creem os algo ; som os g ran d es a n u estros ojos, se
levantan en n u estro espíritu in n u m erab les p en sam ien to s de
v an id a d ; au n contra n u estra v o lu n tad nos vem os obligados
a so p o rtar el estru en d o d e la v a n id a d e h in ch azón d e las
im aginaciones, y a p e n a s nos reco n o cem o s lo que somos,
por la c eg u era d e n u e stra vista e s p iritu a l; nuestro corazón,
lleno d e v an id ad , se d esv a n e c e con la n ecia alegría, y el
espíritu se ah u e c a m iserab lem en te, ju zg an d o ciegam ente
d e s í ; salen a la superficie síntom as d e la interior vanidad
y soberb ia, y ni p o r re sp e to h u m an o reprim im os las propias
alabanzas. ¿ Q u é ocurriría si en re a lid a d fu ésem os algo? ¿Si
el S eñor n os hiciera sus p ro fetas, sus ap ó sto les o evange­
listas ? ¿ O si investidos de la dign id ad pontificia nos pusiera
al frente de su Iglesia? ¿ Q u ié n p o d ría en to n ces soportar
nuestra arro g an cia?
9. ¡ O h sag rad a V irg en ! ¿ C óm o no saltas pletórica de
gozo an te sem ejan te m e n sa je ? ¿C óm o no estallas d e alegría
con esta tu d ig n id a d ? ¿C óm o no reco rres calles y plazas
p reg o n a n d o esta tu felicidad ? ¡ O h ad m ira b le g rav ed ad de
esta M u je r ; m ejor aú n , seried ad , m od estia, m oderación,
hum ild ad , p ru d en cia, p u d o r, h o n ra d e z , virtud, energía y
con stan cia de e sp íritu ! ¿ Q u é p u ed o decir de ti, oh V irgen?
H ab ía sido constituida M ad re d e Dios, S eñ o ra d e l m undo,
R ein a de cielos y tierra ; en su purísim o seno h ab ía tenido
ya lugar, por virtud d el O m n ip o ten te, el so b eran o misterio,
y, sin em bargo, n ad ie lo conoció de sus labios, n a d ie se lo
oyó, n ad ie p o r ella se en teró del secreto ; calló siem pre,
no dijo u n a p a la b ra , h a sta que se dió c u en ta q u e, revelado
p or Dios, el m isterio era y a conocido p o r su p rim a Isabel-

- 9 Rom. 7,24.
a» Cant. 4,7.
SERM ÓN 1 245

E ntonces, p o r vez prim era, a b rasad o su espíritu, rom pió el


silencio ; en to n ces d ió rie n d a suelta a su b o c a y a su lengua
p a ra ala b a r a D io s ; en to n ces ento n ó a D ios aq u e l m aravi­
lloso c á n tic o : M i alma glorifica al Señor, y m i espíritu
está transportado d e gozo en el D ios salvador m ío 31.
E nto n ces se sintió el espíritu de la sa n ta V irgen aliviado
de la ta n p e sa d a carga del s ile n c io : el m isterio estab a r e ­
velado p o r o b ra d e l E spíritu S anto. ¿ Q u é tie n e de extraño
aquel silencio, si h a sta su m ism o esposo, José, a quien las
señales e v id en tes d e la co n cep ció n h a b ía n causado la tre ­
m enda am arg u ra d e la so sp ech a, jam ás supo n a d a por ella
hasta qu e p o r revelació n d e l ángel conoció el m isterio ? 32
A p re n d e d , ¡o h v írg e n e s!, a ocultar los secretos, a p re n d e d
a disim ular los m isterios q u e se o s h a y a n m an ifestad o ; a
vosotras se refiere aq u e lla sen ten cia del P r o f e ta : M i se ­
creto es para m í 33, y lo q u e dice otro p ro fe ta : M e a b stuve
de responder aún cosas b u en a s 34. El silencio, en efecto, es
una especie d e culto a la justicia ; p o rq u e, cu an to el alm a
es m ás sobria en la ocultación d e los conocim ientos espiri­
tuales, tan to se hace m ás id ó n e a y c ap az d e recibirlos ; p u es
los vasos que com unican p ro n to , retien en m enor cantidad.
G uarda p a ra ti, ¡ o h a lm a !, el celestial m isterio ; que no te
causará extorsión alguna, sino que te h a rá m ás ag rad a b le a
Dios, que te lo d a . El tesoro que n eciam en te d escu b re el
v iandante en el cam ino, lo ex p o n e a un ev id en te peligro de
h u r to ; p o rq u e , com o d ice San G regorio M, q u ien lleva
ab iertam en te un tesoro en el cam ino, m u estras d a d e q u e ­
rer ser ro b ad o . El re y E c e q u ía s se hizo a c re e d o r a la p é r­
dida d e los tesoros del rey y del tem p lo , por h ab erlos m a ­
nifestado irreflexivam ente a los legad o s d e B abilonia al
divulgarlos n e c ia m e n te 36.

31 Le. 1,46-47.
32 Mt. 1,20.
33 Is. 24,16.
34 Ps. 38,3.
35 Hom.il. 11 in Evang., 1: «Se debe tener en cuenta que el te ­
soro encontrado se oculta para conservarlo; porque no basta la
solicitud de la nostalgia del cielo para guardarlo de los espíritus
malignos si no lo hurtam os a las alabanzas humanas. Pues esta­
mos en la vida presente como en un camino por el cual tendemos
a la patria; y los espíritus malignos, como ciertos ladronzuelos,
tienden celadas en nuestro camino. Así es que no le importa ser
robado a quien lleva su tesoro a la vista en el camino. Y no digo
esto por que no vea el prójimo nuestras buenas obras, estando es­
crito : Vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre,
Que está en los cielos (Mt. 5,16), sino que lo digo para que no bus­
quemos la alabanza al exterior en lo que hacémos. Aparezca la
°bra en público de tal suerte que permanezca oculta la intención,
a fin de que demos buen ejemplo a nuestros prójimos con las obras,
y> sin embargo, busquemos siempre el secreto m ediante la in ten ­
ción. por la cual solam ente pretendem os agradar a Dios.»
3e Is. 39,2 s.
246 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

P o r consiguiente, tra ta d de im itar el silencio de la V ir­


gen M aría, em u lad su h u m ild ad ; p u e s la q u e ta n excelsa y
tan g ran d e era a los ojos de D ios, cu an to m ás ensalzada
se sintió p o r la e m b a ja d a angélica, m ás p ro fu n d am e n te se
abatió en su estim ación. E scu ch ad el b ajo co n cepto que
fo rm ab a d e sí y lo q u e re sp o n d ía al v erse llam ada por el
ángel llena de gracia y bendita entre todas las mujeres:
H e aq u í la esclava d e l Señor, hágase en m í según tu pala­
bra 3,7. j O h E sclava feliz, a quien sirve todo ; oh bien av en ­
tu ra d a C riada, a la que to d o e stá som etido ! Im itad a esta
E sclava, ¡ oh esclav as d e Cristo ! ; servid a esta C riada con
todo el fervor de vuestro espíritu. Sea ella el m odelo fam i­
liar y cotidiano de v u estra v id a ; te n e d la siem p re y en todas
p a rte s p resen te an te vuestros ojos, h o n rad la, am ad la, supli­
cadla con instancia, seguidla, ren d io s a ella con entera d e ­
voción. R e p a sa d con asid u id ad este libro de p u reza, escrito
por el d e d o de D ios p o r d entro y por fu era 38: leed en él
la san tid ad , leed el recato , la p ru d e n c ia , la carid ad, la m an­
sed um b re, la h u m ild a d ; en u n a p ala b ra , le e d la plenitud
aca b a d a de to d as las virtudes. L e e d por d e n tro la virtud,
por fu era la m o d estia, a fin de correr tras ella en pos del
olor d e los arom as del E sposo 39, y, e n to n a n d o los cánticos
del po em a , p o d e r gozar de la feliz co m unicación 40 y el
m atrim onio del m ism o E sposo en el etern o tálam o d e la
gloria b ie n a v e n tu ra d a, en el cual vive y rein a con el Padre
y el E spíritu Santo, D ios p o r los siglos de los siglos. A m én.

SE RM O N II

Reinará en la casa de Jacob eternam ente, y su


reino no ten drá fin (Le. 1, 32).

1. U n d ía es éste, carísim os herm an o s, día d e grandes


albricias 1: E n vió D ios al ángel G abriel a N a za ret 2 ; si ca­
llam os, se nos hará de esto un crim en 3. U n a gran e m b a j a d a
d escien d e hoy d e l cielo a la tierra, in m en sam en te grande,
sin parecid o en los siglos p re c e d e n tes ni en el futuro. G ran­
de es el enviado, gran d e el que lo envía e im portante el
37 Le. 1,38.
•’ * Apoc. 5,1.
Cant. 1,3.
10 E ste sermón, según el F. Vidal, se dirigió a religiosas vírge­
nes, a las cuales se dirige más de una vez el sagrado Orador.
1 4 Reg. 7,9.
2 Le. 1,26.
3 4 Reg. 7,3.
SERM ÓN 2 247

negocio o b jeto de la e m b ajad a, El arcán g el G ab riel, uno


de los príncipes celestiales, es enviado p o r Dios, C read o r d e
todo, a u n a v irg en : virgen en el espíritu, virgen e n la
carn e, virgen p o r la profesión, virgen no b le, n ac id a d e
linaje r e a l ; en u n a p alab ra, u n a virgen, com o la d e se a el
A póstol 4, santísim a en el espíritu y el cu erp o , p ero desp o ­
sada con cierto varón. Y ¿ por q u é desposada? P a ra que
no fu era d ifa m a d a , p a ra q u e no fuera a p e d re a d a , p ara
qu e no se d escu b riese el m isterio al diablo ; pues prefirió el
Señor que p u sieran algunos en tela de juicio su nacim iento
an te s qu e el p u d o r d e su M adre, y ni p o r un m om ento
pen só asen tar su gloria en las afren tas de su M a d re : a n te ­
puso, p u es, a su h o n o r el p u d o r d e la m a d re . A esta V irgen
se d e stin a la em b a ja d a .
T ra sc e n d e n ta l es tam b ién el negocio d e que se trata, y
dignísim o de tal em b a ja d a . El H ijo unigénito d e D ios eligió
p a ra sí u n a esp o sa rú stica ; el P rín cip e de la gloria celestial
se enam o ró d e ella ; se envía un p aran in fo a la V irgen, p ara
q u e p reste su co n sen tim ien to al m atrom inio ; p u es los p rín ­
cipes aco stu m b raro n a d esp o sarse por m ed io d e e m b aja­
d ores. Y así, d escien d e de la o p u len ta ciu d ad d e Jeru-
salén a este nuestro villorrio con sem ejan tes n u e v a s :
éste es el a su n to de q u e se tra ta , p a ra esto se envía el
ángel a la V irgen. ¡ O h p a tria feliz, oh prosap ia e n riq u e ­
cid a con ta n excelso m atrim onio ! ¡ O h d ía d e fiesta p a ra e l
m u n d o , digno d e ser celeb rad o con p e rp e tu o culto y cabal
ven eració n ! N uestra h e rm a n a , h u eso d e n uestros «huesos y
carn e d e n u estra carn e 5, se h a d esp o sa d o con el P ríncipe
d e los cielos, sub ió a la cum bre de la gloria real, ¿ quién no
se regocija, q u ién no se d esv a n e c e to d o d e gozo? A légrese
esta n u e stra ald e a , en salzad a hoy con tal d ig n id ad ; a lég re­
se n u estra tierra, su b lim ad a con tal m atrim o n io : A lég ren se
los cielos y salte d e gozo la tierra; co n m u éva se el m ar y
cuanto en sí contien e 6 a la vista d e ta n gran S eñor ; po rq u e
h a d e sce n d id o el rico a los po b res, el p o d ero so a los de
bajo linaje, el sublim e a los m iserables, p ara en noblecer
n u estro linaje, p a ra h o n rar n u estra fam ilia.
2. M uchos m otivos h ab ía p a ra q u e ta n gran m isterio se
a n u n cia ra d e a n tem an o a la V irgen 7: ya p o rq u e era justo

* 1 Cor. 7,3 í.
s Gen. 2,23.
« Ps. 95,11.
7 Santo Tomás 3, q. 30, a. 1 c . : Fué conveniente que se anun­
ciara a la Virgen que había de concebir a C risto: prim eram ente,
para salvar el orden conveniente de la unión del Hijo de Dios a la
Virgen, es decir, para que su espíritu estuviera Ilustrado antes de
concebirle en su carne. Por eso dice San Agustín en el libro De la
virginidad, c. 3: Más feliz es M aría recibiendo la fe de Cristo que
concibiendo la carne de Cristo; y después añade: Nada hubiera
248 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

pedirle el consen tim ien to com o a m ad re ; y a p o rq u e, si ae


o b rara el m isterio d e la E n carn ació n en su seno sin saberlo
ella, al verse luego virgen y, sin em b arg o , e m b a ra z ad a , h u ­
b iera sen tid o tu rb ació n de m u erte esta virgen pudorosísi­
m a, so sp ech an d o u n a burla d e l dem onio ; y a, tam b ién , por
la conveniencia de q ue, no com o p o r casu alid ad , sino avi­
sada p o r una e m b ajad a, fu e ra testigo d e l m isterio que en
ella se realizab a, con lo cu al se p re p a ra b a ta m b ién un gran
argum en to p ara n u e stra fe. P o r eso no se le ap a rec ió el á n ­
gel en su eños, com o a José 8, sino a b ie rta m e n te, p a ra no
d ejar lugar a d u d a sob re tan tra sc e n d e n tal m isterio.
A sí, p ues, p e n e tra el paran in fo celestial en la estancia
de la V irg en , y, h allán d o la en oració n , la salu d a con v e­
n eración p ro fu n d a ; p e n e tra con el rostro ru tilan te, re sp lan ­
d ecien te en su v estidura, lan zan d o destello s de celestial
candor d e to d o su ser ; se p o stra a sus pies, y la saluda con
alegre s e m b la n te : D ios te sa lve, ¡oh llena d e gracia!, el
Señor es contigo. Se aso m b ra la V irgen, se q u e d a suspensa,
m edita las p a la b ra s, y mil p en sam ien to s asa lta n su m ente.
i P o r qu é te tu rb as, oh V irgen ? ¿ P o r q u é te altera m i vista ?
U n ángel soy, n o u n h o m b re, vengo com o em b a jad o r del
cielo ; no com o av asallador del p u d o r, sino com o vigilante
y am ante celador d e l m ism o ; m ira q u e la tierra no p u ede
p ro ducir sem ejan tes ciu d a d a n o s ni so sten er el o rb e tales
habitantes.
A l oír tales palabras la Virgen se turbó, y púsose a con­
siderar q u é significaría una tal salutación 9. En la frase al
oír tales palabras hem o s d e e n te n d e r q u e se tu rb ó 10, no
ta n to po r la p resen cia, cuanto por el saludo ; a u n q u e tam ­
poco d e b e ex trañ arn o s su conm oción an te tam añ o fulgor,
p o rq u e, a u n q u e an te s h u b iera conocido ángeles, sin em b ar­
go, no el resp lan d o r d e tal m ajestad. L a tu rb a b a su excesi­
va hum ildad y la ex trañ a n o v ed ad d e l á n g e l; p o rq u e h as­
ta en ton ces siem p re h a b ía oído q u e, al a p a re c e r los ángeles
en el m u n d o , aq u ello s santísim os p atriarcas se p o strab an
rev eren tes an te ellos, sin q u e los m a n d a ra n lev an tar del
suelo. Y así, sabía p o r las S agrad as L etras q u e en otro tiem-

aprovechado a María el parentesco m aternal si no hubiera lleva­


do a Cristo con mayor gozo en su corazón que en su carne. En
segundo lugar, para poder ser testigo más seguro de este sacram en­
to habiendo sido instruida por obra divina sobre él. En tercer lu­
gar, para ofrecer a Dios los voluntarios obsequios de su obediencia,
para lo que tan dispuesta se ofreció d icien d o : He aguí la esclava
del Señor. En cuarto lugar, para m anifestar que había cierto ma­
trimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza hum ana;
y por eso en la anunciación se esperaba el consentim iento de la
Virgen, como representante de toda la naturaleza.»
« Mt. 1,20.
» Le. 1,29.
io Véase la nota 10 del sermón 1 de la Anunciación.
SERM ÓN 2 249

po A b ra h a m l l , L ot 12, M oisés 13, E ceq u iel 14, D aniel 18 y


otros que h o n ran la an tig ü ed ad , h a b ía n p re sta d o re v ere n ­
cia a los ángeles, postrad o s en tierra. Justa era, pues, su tu r­
bación al ver al ángel p o strad o a los pies d e u n a hum ilde
doncella y salu d án d o la. Sobre esto re flex io n ab a en su in­
terior, esto m e d ita b a en lo m ás íntim o de su ser. ¿ Q ué es
lo que haces, o h án g el? ¿ Q u é cam bio es e ste ? T ú , m ora­
d o r celeste, ¿p o stra d o a los p ies de u n a v irgen? ¿Q u ién
soy yo, cuál es la alcurnia de m i p a d re , p a ra q ue m e trates
con tal h o n o r y m e saludes con veneració n ta n p ro fu n d a ?
¡ O h excelsa, o h u n a y mil veces b ien av en tu rad a, oh a m a d a
d e D ios, oh m u jer b e n d ita sobre to d as las m ujeres ! Si su ­
pieras, ¡o h V irg e n !, cu án grata h a s sido al T o d o p o d ero so ,
no te co n sid erarías indigna de este saludo y d eferen cia.
3. N o tem a s, ¡oh M aría! 16: escucha la e m b ajad a y co­
n o cerás el m otivo de tal honor. Sá b ete q u e has de concebir
en tu seno, parirás un hijo a quien pondrás por nom bre
Jesús E ste será grande, y será llam ado H ijo d el A ltísim o ,
al cual el S eñ o r D ios dará el trono d e su padre D avid en
la casa d e Jacob etern a m en te. Y su reino no tendrá fin 17.
Este es el m otivo d e l honor, ésta es la d ig n id ad a que vas
a ser lev an tad a. P a re m o s n u estra atención, am adísim os
herm an o s, en la p ru d en cia del excelso legado, en la m o ­
destia q u e usa p a ra d escu b rir el m isterio. P u e s conocía
el sapientísim o p aran in fo la trascen d en cia d e l m isterio que
an u n c ia b a , se d a b a cu en ta q u e lo h ab ía escu ch ado d e boca
del A ltísim o, y au n q u e él era u n ángel, u n b ien av en tu rad o ,
enriqu ecid o con gloria celestial, se h a b ía q u e d a d o atónito
y e sp a n ta d o d e ad m iració n . T e m ía p o n er u n tropiezo a la
fe d e la V irg en y escan d alizar a tan tiern a D oncella con
un sacram en to tan im p o rtan te, in curriendo en in cred u lid ad
la qu e h a sta en to n ces no conocía p e c a d o ; ya te n ía el
ejem plo de Z acarías, d u d a n d o an te un oráculo de m enor
enverg ad u ra. Y así, usa de e x tre m a d a h ab ilid ad en la re ­
velación d e l m isterio, no com un icán d o selo todo de rep e n te
para no a b ru m ar su fe, sino q u e lo va p erfilan do y d e c la ­
rando por ro d eo s, y así ex pone su e m b a ja d a sin p erjudicar
su fe. P o r eso no d ic e : co n ceb irás a D ios y d a rá s a luz
al H ijo d e Dios ; sino le dice q u e co n ceb irá u n hijo, que en
si no en cierra n a d a de ex trañ o ; p ero no dice al p ronto que
ese hijo ha d e ser d e D ios, sino q u e usa d e un largo ro deo
Para d e c la ra r la D ivinidad. A sí h a b la : E ste será grande,
11 Gen. 18,2.
12 Ib. 19,1.
'* Ex. 34,8.
14 Ez. 2,1.
1J Dan. 10.9.
16 Le. 1,30.
17 Ib. 1,31-33.
250 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

y será llam ado H ijo d el A ltísim o . Será llam ado, d ic e ; no


dijo se rá hijo, no se a q u e d esfalleciera la fe an te el sa­
cram ento. A l cual el S eñor D ios dará el trono d e su padre
D avid. N o tad la p ru d e n c ia : lo celestial es a te m p era d o con
lo terren o , se en g arza lo divino con lo h u m an o , p a ra no
abru m ar a M aría ex p o n ien d o co n to d a d esn u d ez el m isterio.
Y por eso d ice ya que h a d e n acer el H ijo del A ltísim o,
y a el H ijo d e l h o m b re ; y com o h ab ía e n to n a d o con énfasis
será llam ado H ijo d e l A ltísim o , no añ a d ió a la seguida
A l cual el S eñ o r D ios dará el solio d e su gloria o el trono
d e su m ajestad , sino el trono de su p a d re D a vid , p a ra disi­
m ular la expresión d e la D ivinidad con el a d ita m e n to del
linaje h u m a n o .
Y reinará etern a m en te. A q u í y a se p o n e m ás d e m a­
nifiesto la d ig n id a d ; pues, ¿ cóm o p u e d e rein ar ete rn am en ­
te si no es e te rn o ? U sando, pues, d e u n a eleg an te m o d e ra­
ción y de p ru d e n te consejo, de tal m odo le an u n cia que
h a d e d a r a luz a D ios, que no ab ru m e su fe con la ex­
presión . P o d ía exp resarlo todo con dos p alab ras, d iciendo:
darás a luz a D ios y con ceb irás en tu seno al H ijo d e Dios ;
pero, p o r el m otivo y a a p u n ta d o , se sirve d e este circunlo­
quio. L a reg ia V irg en , oído el m en saje celestial, se quedó
m ás p a sm a d a q u e an tes m edrosa, y reflexionando un poco
sobre lo dicího, calló. N o p u e d e c o m p re n d e r cóm o por
vo lu n tad d e D ios va a ser su M adre, sab ien d o que ya
tiem po h a le h a b ía consagrado su v irginidad p a ra siem ­
pre. Y así, h o n d am en te p re o c u p a d a p o r su virginidad, no
p o rq u e d u d a ra del oráculo, sino d e se a n d o sa b e r el m odo
de la realización, se d ecide a dirigirse al ángel.
4. (C ó m o ha de ser eso, ¡ oh ángel d e D io s !, pues
yo no con o zco varón? 18. C on lo cu al d a b a a e n te n d e r su
voto y el p ro p ó sito d e a b sten erse d el m atrim onio para
siem pre. E l ángel tra ta de satisfacerla: no m e preguntes,
¡ oh V irg e n !, no p re te n d a s q u e te explique el h e c h o ; he
venido com o m ensajero d e Dios a an u n ciarte el m isterio ;
te com unico la e m b ajad a, ignoro el m odo que d e se a s saber.
E l E spíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del A l­
tísim o te cubrirá con su som bra 19. Y o sólo anuncio el
m isterio, El es el q u e lo h a d e llevar a cab o . L a em b ajad a
que traigo trasp asa la facu ltad d e m i e s p íritu ; te rem ito,
¡o h V irg e n !, al O m n ip o ten te. P o r consiguiente, no tem as,
M aría, no te alarm es por tu v irg in id a d : esta concepción
no te a rre b a ta rá la virginidad, sino que la c o n sa g ra rá ;
no te dism inuirá el pu d o r, sino que lo sub lim ará con la
d esce n d e n c ia, ya q u e h as de co n ceb ir p o r o b ra del Es-

"< Le. 1,34.


>'■> Ib. 1,35.
251

píritu, no con el concu rso d e v a r ó n ; virgen d a rá s a luz


y virgen p erm an ecerás d e s p u é s ; y a fin d e q u e no te d e s­
lum bren ta n vivos resp lan d o res, el E spíritu o m n ip o ten te
te cu b rirá con su som bra.
Creo no d e b e p asarse en silencio q u e todo esto te n d ía
m ás a p ro teg er com o u n velo a la V irg en q u e a darle luz
sobre el gran m isterio ; p o rq u e no era posible q u e una tier­
na V irgen, si no era p ro fecía d e lo alto, p u d iera llevar en
su seno el inm enso o céan o de luz q u e co rp o ralm ente se
iba a alb e rg a r en el m ism o. E n efecto , si, com o dice el
profeta 20, en p resen cia d e l Señor los m ontes se d erriten
como cera y fluyen a su vista las ro cas com o el aceite,
¿cóm o p o d rá u n a d o n cella co n ten er a la T rin id ad , que ha
d escen d id o a su seno, si su som bra no la p ro teg e d e tal
fulgor? T a m b ié n se p u e d e e n te n d e r en esta so m b ra p ro ­
tectora la form ación d e l cu erp o d el S eñor, ya q u e por
una m uy a p ro p ia d a sem ejan za la carn e santísim a de Cristo
se llam a so m b ra d e la D iv in id a d ; p o rq u e , así com o la som ­
bra se aju sta en todo al cu erp o en su form a y m ovim ientos,
del m ism o m odo aq u e lla sacratísim a H u m a n id a d no se a p a r­
tó en un áp ice de las m ás insignificantes insinuaciones d e
la D ivinidad, sino q ue en todo seguía el cuerpo al espíritu,
com o h a b ía en otro tiem p o p red ich o de la ru e d a E cequiel 21.
Y en este sentido se en tien d en m uch as profecías, com o
a q u é lla : A la som bra de él vivirem os 22 entre los gentiles ;
y el o tr o : S e n té m e a la som bra d el q u e 23 d e se a b a ; y m ás
claram en te lo d e E c e q u ie l: Cubriré de n u b e s el s o l 2i, que
es lo m ás ap ro p ia d o a este m isterio de la E n carnación.
En efecto , ¿ Qué es la carn e d e Cristo sino u n a graciosa
nubecilla p u e sta d e la n te de este sol poderosísim o, p a ra q u e
con su ard o r no re d u zca a p av esas a este m undo agostado
por los p e c a d o s? Lo cual nos confirm a la e x p erien cia de
los siglos viendo la so m b ra q u e esta n u b e ha proyectado
sobre los m ortales y cóm o h a tem p lad o la divina justicia
irritada co n tra el m undo. A lgunos 25 d icen que el E spíritu

2U Ps. 96,5.
si Ez. 1,20.
22 Lam. 4,20.
23 Cant. 2,3.
2<i Ez. 32,7.
35 San Bernardo, Homil. 4 sobre «Missus esí...», n. 4 : «¿Qué
quiere decir y la virtu d del A ltísim o te cubrirá con su sombra?
El que lo pueda entender, entiéndalo. Porque ¿quién, salvo aca­
so la única que mereció experimentar en si esto felicisimamen-
te, podrá percibir con el entendimiento, discernir con la ra­
zón, de qué modo aquel esplendor inaccesible del Verbo eterno
se infundió en las virginales entrañas, y para que pudiese sostener
que el inaccesible se acercase a ella, de la porcioncita del mismo
cuerpo, a la cual estando animada se unió El mismo, hizo sombra
al resto de la masa? Y quizá por esto principalmente se dijo: Te
cubrirá con su som bra, porque sin duda ello era un misterio, y lo
252 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

S anto hizo so m b ra a M aría, p o rq u e a ella sola le fué dad o


p e n e tra r los secretos d e tan gran m isterio y sab o rear las
delicias que no es c ap az de e n te n d e r el espíritu h u m an o ;
po rq u e no ha n acid o criatura alguna que h ay a presentido
las so b e ra n a s dulzuras y gustos d e la D ivinidad, los a rre­
b ato s d el esp íritu y las vivas rad iacio n es q u e experim entó
la V irgen al co n ceb ir y d a r a luz. Y p a ra q u e reconociera
q u e la o b ra so b e ra n a q u e se ib a a realizar en su seno no
era en virtu d so lam ente del E spíritu S anto, sino d e toda
la T rin id a d , p ru d e n te m e n te a ñ a d ió : Y la virtud d el A ltísim o
te cubrirá con su som bra. P u es el A ltísim o es el P a d re , y
la virtud d e l A ltísim o el V erb o d e l P a d re , los cuales, con
un p o d e r único e indivisible, h ab ía n de llevar a cabo la
E ncarn ació n , no en toda la T rin id a d , sino en sólo el V erbo.
Y p u esto q u e vas a co ncebir no m ed ian te la libídine del
varón, sino por o b ra de D ios, a ñ a d e :
5. E l santo q u e de ti nacerá será lla m a do, no hijo del
judío, sino H ijo de D ios 2b. ¡ C on q u é clarid ad y justeza llam a
de u n a m a n e ra indefinida santo a l fruto c o n ceb id o ! No lo
llam a v arón u h o m b re santo, sino sim p lem en te santo. No
d ice ta m p o c o : el santo que h a de n acer d e ti, sino p ro p ia ­
m en te el fruto santo que n a c e rá de ti, e n d e re z an d o la p a ­
labra m ás b ien a la n atu ra le z a q u e a la p erso n a, dando a
en te n d e r con ello q u e era la n atu ra le z a y no la persona lo
que h a b ía d e to m ar Dios ; pues la H u m a n id a d h ab ía d e ser
su sten ta d a en la p erso n a divina y no en la suya propia,
d e suerte q u e el V e rb o to m ara al h o m b re santo que n a­
ciera d e la V ir g e n ; p ero lo q u e h ab ía d e tom ar de la
V irgen e ra cierto fruto santo, en virtud d e cuyo acto n a­
cería d e ella el H ijo d e Dios.
Lo llam a tam b ién santo de u n a m an era indefinida, por­
q u e no sólo ha de n acer santo d e la V irg en fu era de la
ley com ún, sino el m ism o santo, esto es, la m ism a santidad,
la form a de la sa n tid a d y to d a la santificación ; no sólo un
v arón san to , sino el Dios santo, la sa n tid a d m ism a, el pro-

que la Trinidad sola por sí misma, en sola y con sola la Virgen


quiso obrar, sólo se concedió saberlo a quien sólo se concedió ex­
perimentarlo. Dígase, p ues: El Espíritu Santo ven drá sobre ti, el
que con su poder te hará fecunda; y la virtu d del Altísim o te
cubrirá con su som bra, esto es, aquel modo con que del Espíritu
Santo concebirás, de tal suerte Cristo, virtud de Dioá y sabiduría
de Dios, haciendo sombra, lo encubrirá y ocultará en su secretísimo
consejo, que sólo será conocido de El y de ti. Como si el ángel res­
pondiera a la Virgen: ¿Qué me preguntas a mí lo que luego ex­
perimentarás en ti? Lo sabrás, lo sabrás, y felicísimamente lo sa­
brás, siendo tu Doctor el mismo que es el Autor. Yo he sido en­
viado a anunciar la concepción virginal, no a crearla. No puede
ser enseñada sino por quien la da, ni puede ser aprendida sino
por quien la recibe.»
2 6 Le. 1,35.
SERM ÓN 2 253

totipo d e la san tid ad , p o r lo cual será llam ado H ijo de Dios.


Con razó n será llam ado, y realm en te será llam ado, p o rq u e
será H ijo d e D ios a la vez q u e H ijo d e la V irgen, no p o r­
que b a ste e sta m a n e ra d e en g en d rarse p a ra q ue sea o
para q u e se diga H ijo de Dios según la carn e (pues no es
hijo d el E spíritu S anto p o rq u e h ay a co n cebido por o b ra del
Espíritu Santo), sino p o rq u e se da a con o cer ser H ijo de
Dios por esta m a n e ra y o rd en de en g en d rarse, y a que tal
generación sólo a Dios le conviene.
P o r consiguiente, ten d rás, ¡o h V irg e n !, u n H ijo com ún
con D ios y serás M adre d e a q u e l que tiene a Dios por P a d r e :
M adre d e l H ijo , E sp o sa del P a d re , dom icilio del Espíritu
Santo y sagrario d e . to d a la T rin id a d . Serás M adre d e tu
C reador y tú m ism a con ceb irás a tu H a c e d o r ; y si vas a
ser M adre del C read o r, co n p len o d e re c h o serás S eñora d e
to d a criatura, R e in a d e cielos y tierra, a n te p u e sta a la d ig ­
nidad d e todos los ángeles. E sta es la elevación, ésta es,
M aría, la d ig n id ad que te p re p a ra el Señor. Y por eso, no
sin m érito, te atrib u y o tal h o n o r y te saludo con tal v en e­
ración. Y si esto te p a re c e difícil d e creer, atien d e al que
m e envió, en cuyo n o m b re te transm ito tod o s estos arcanos.
CQ ué no p u e d e D ios, ¡ oh V irgen !, o q u é cosa h ay im po­
sible p a ra D ios? Y si u n a p re n d a m en o s im p o rtan te p u ed e
dar fe, h as de sab er qu e tam b ién la an c ia n a Isabel h a sido
fecu ndad a, a fin de q u e no d u d es que p u e d e d a r un H ijo a
la virgen el m ism o q u e se lo d ió a la estéril. Esto es, ¡ oh
regia V irgen !, lo que m e m an d ó com u n icarte el O m nipo­
tente. E scu ch aste la e m b a ja d a , cree en ella y co n ceb irás en
tu seno. N os im aginam os q u e el ángel prolongaría aún m ás
su co n versació n con la V irg en , y q u e el E vangelista no nos
da m ás q u e u n resu m en d e ella ; o p in am o s q u e se dijeron
m uchas m ás cosas, q u e no nos consignó la E scritura.
6. ¡ O h d u lce coloquio, o h suave diálogo, oh gratísim a
charla de la V irgen y el á n g e l! ¡ O h , q u é reu n ión la del
ángel y la V irg en ! Siem pre la v irginidad es íntim a d e los
angeles, el ángel h a b la en secreto con la V irgen y prolonga
su conversación. A c é rc a te, ¡o h h o m b re !, m ás y escucha
Por las ren d ijas d e las p u e rta s el plácido m urm ullo y trata
de averiguar las p alab ras d e l sag rad o oráculo. T ra sc e n d e n ­
tal es el negocio que se ventila, gran im p o rtan cia tien e para
ti lo que tra ta n en tan solem ne silencio. L a conversación
se había p rolongado en el silencio d e la n o che, la noche
pegaba en su carrera a la m itad d e su cam ino 27, todo guar­
daba un im p resio n an te silencio ; d e sa p a re c ía n los astros del
hem isferio cu a n d o la V irg en , e n tre g a d a a Dios, inflam ada
en ard ien te fuego, d e rodillas en tierra y elev ad o s los ojos
ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

al cielo, d a n d o su consentim iento a la D ivinidad, con sola


la p a la b ra , concibió en su seno a! V e rb o divino.
A sí, p u es, esc u c h a d a la celestial e m b a ja d a , con esta sen­
cillez contesta al á n g e l: H e a q u í la esclava d e l Señor, há­
gase en m í según tu palabra 2S. T ú m e dices, ¡ o h ángel de
D io s!, q u e voy a ser m ad re ; yo sé q u e soy u n a esclava;
m as p o r ser esclava d e l S eñor no p u ed o o p o n erm e a su
voluntad. P o r tan to , hágase en m í según tu palabra. Es
v e rd ad e ram e n te esclava, p u es ni de h echo, ni de palabra,
ni de p en sam ien to contradijo jam ás al A ltísim o ; v erd ad era­
m ente esclava, p u esto que h ech a esclava p erm an eció para
siem p re en esa servid u m b re ; pues, m ien tras otras se en­
tregan lib rem en te al servicio d e D ios, ella le servía como
cosa d e su p ro p ie d a d , sin reservarse u n áto m o d e libertad,
sino so m etiéndose en to d o a El. L lám ase esclava propia­
m ente ; y sab em o s q u e q u ien n ace de la esclav a es esclavo,
ya q u e, según la ley, el hijo no sigue la condición d e l p a­
d re , sino la d e la m ad re. La M adre se reco n o ce esclava
y el H ijo confiesa que es siervo. D ice así: S iervo tu yo soy 29,
y con to d a p ro p ie d a d siervo, puesto q u e es hijo d e esclava
tuya. C on p ro fu n d o m isterio, p u es, y sublim e inspiración
d e la D ivinidad, estando p a ra co n ceb ir a D ios, recu erd a su
esclavitud, p a ra consagrar al servicio del m u ndo al Hijo
que d e sí n aciera.
H ág a se en m í seg ú n tu palabra, dijo, y al p u n to , con esta
p alabra, el V erb o se en carn ó en su seno. ¡O h «fiat» p o d e­
roso, oh «fiat» eficaz, oh «fiat» sobre to d o otro «fiat», digno
d e p e rp e tu o h o n o r ! Con la p a la b ra «fiat» 30 fué creado el
m und o , con esta p a la b ra hizo el A ltísim o las criaturas ce­
lestiales y terren ales ; pero en el m u n d o no h a re so n ad o , ¡ oh
b ien a v e n tu ra d a V irgen !, otro «fiat» com o el q u e tú pronun­
ciaste. E n efecto , c q u é su ced ió ? ¿ Q u ié n p u e d e decir lo
q u e su c e d ió ? L a n atu raleza se q u e d a aso m b ra d a , el juicio
suspenso, el sentido se em b o ta, en m u d e c e la lengua, la
razón d esfallece, el en ten d im ien to no p u e d e co m prender lo
que sucedió en M aría al p ro n u n ciar aq u e lla p a la b r a : hágase
en m í según tu palabra; p u e s al in stan te, al sonido de esta
palab ra, el V erbo se hizo carne 31 ; d e re p e n te , por o b ra del
Espíritu S anto, se form ó d e la p urísim a sangre de M aría el
cu erp o santo del Señor ; se vió organizado, an im ad o y unido
al V erb o de D ios en el m ism o instante. A l instante, también
el Infante fué lleno d e to d a g racia y virtud, a d o rn a d o de_to­
dos los carism as, h ech o p artícip e d e la clara visión d e Dios,
finalm ente, en riq u ecid o 32 de la m ism a sab id u ría, gracia y
38 Le. 1,38.
29 Ps. 115,16.
30 Gen. 1.3 s.
31 lo. 1,14.
32 Véase S a n t o T o m á s, 3, q. 31-32 s.
SERMÓN 2 255

gloria d e q u e ahora goza en el cielo. P u es, com o dice San


Am brosio 33, no sab e d e lentos esfuerzos la gracia del E spí­
ritu S anto, n i el arte d e este m ism o E spíritu n écesita en
sus obras lap so alguno d e tiem po.
7. ¡ O h co n cep ció n en extrem o m aravillosa ! ¡ O h v ien ­
tre sagrado ! ¡ O h purísim o seno, m o rad a d e la D ivinidad,
sagrario del E spíritu, vehículo d el V erb o divino, carro triun­
fal del R e y etern o y cuadriga d el v erd ad ero Salom ón, com o
está e sc rito : A m is caballos uncidos a las carrozas de F a­
raón, te ten g o yo co m p a ra d a , am iga m ía 34. ¡O h seno m ás
espacioso q u e el cielo, m ás brillante q u e el em píreo, m ás
fragante q u e el p araíso ! P u es aq u í estuvo el prim er paraíso
del h o m b re, en el q u e p o r v ez p rim era se d e jó D ios ver del
hom bre. ¿ H a y algo m ás puro, m ás santo, m ás opulento
que este seno ? D e a h í que en los C antares se d ic e : T u vien ­
tre com o m on to n cito de trigo 35, del cual son alim entados
los ángeles, re sta u ra d o s los pueblos, saciad o s los espíritus ;
de él p ro ced e el pan q u e ha descendido d el cielo 36, y el que
se alim enta d e él no m o rirá 87 p ara siem pre.
Cercado d e a zu cenas 38. ¿D e q u é azu cen as, sino de las
que se alim en ta el cervatillo que apacienta entre azucenas,
siendo él m ism o el lirio de los valles? 39 C ercado d e azucenas
en m edio de los lirios, apacienta entre azucenas; p u e s el
vástago virginal sólo en los lirios p u e d e en co n trar su co­
m ida. Lirios prim av erales, lirios cán d id o s son la castidad,
la pureza, la carid ad , la p ie d a d , la hum ildad, la benigni­
dad, la s a n tid a d : de estos lirios se alim en ta en el seno
el celestial cervatillo, éstos form an el v allad ar d e l vientre
virginal. P u e s el v allad ar de lirios d e la V irg en es la p le ­
nitud de las v irtu d es ; y b ien cercado de azucenas, atrin ch e­
rándose Dios a sí m ism o, a fin de que por p arte alg u n a tu ­
viera e n tra d a el p ec a d o , estando lleno p o r d e n tro d e la D i­
vinidad y fortificado por fuera con el v alladar d e las virtudes.
¿Q u ié n p u e d e expresar las d elicias de este seno y ex­
plicar dig n am en te sus riq u ezas? E xplícanos tú, ¡ oh V irgen !,
como co n ceb iste sin p e rd e r la virginidad y e n g en d raste sin
contraer m a n c h a alguna. Dinos lo q u e ex p erim en tas al ser
inundada e n te ra m e n te en sabrosísim o n éctar, al en cerrar en
tan redu cid o recip ien te el inm enso o céan o d e deleite, al
saber con to d a certeza q u e las delicias d e l género hum ano
se encierran en ti? D inos, te repito, ¿ q u é ard o r te inflam a?
cQ ué llam as te a b rasan al deslizarse en el tierno seno
33 San Ambrosio sobre San Lucas, 1. 2, c. 1, n. 19.
”4 Cant. 1,8.
' Ib. 7,2.
253 ANUNCIACIÓN DE LA VIKGEN MARÍA

el horno d e D ios y sep u ltarse el abism o d e la dulzura en


el estrechísim o v ien tre? D inos, ¡o h B ie n a v e n tu ra d a!, ¿con
q u é eferv escen cia d e d u lzu ra se d esb o rd a aq u ella Fuente
p e re n n e , ap risio n a d a en la estrech ez d e l se n o ? ¿ Q u é rayos
d esp id e aq u ella ard ien te H o g u era, cu b ierta por el velo de
la carn e ? ¿ Q u é rayos lanza este Sol esp lén d id o, velado por
tan te n u e n u b e c illa ? D inos, ¡o h V irgen sa c ratísim a !, flor
y gloria a la v ez d e las vírgenes, ¿ d e q u é p o d e r estás re­
vestida p a ra so p o rtar ta n p o d ero sas em b estid as d e felicidad?
CC uál es el ím p e tu de los ard o res q u e ag u an tas ? ¡ O h A rca
d eífera, llena del inm enso tesoro ! ¡ O h preciosísim a U rna,
re b o sa n te del bálsam o c e le s tia l! ¿ Q u é ala b an z as diré en
tu h o n o r? ¿C óm o p u e d o celeb rarte d ig n a m e n te ? T u digni­
d ad , tu felicidad, tu sublim idad, tu gloria su p eran mis fuer­
zas, av en tajan en m ucho m i e lo c u e n c ia ; cuanto podem os
pen sar o d ecir d e ti, es un pálido reflejo de tu alab an za, está
m uy p o r d e b a jo d e tu felicidad. P u e s d e u n solo vuelo lle­
gaste a la cu m b re d e tan sublim e d ig n id ad , que ni hu­
m an a ni angélica m irad a alcan zan a v islum brar tu elevación,
ya que re p e n tin a m e n te d e hija d e A d á n y hum ilde doncella
fuiste co n v ertid a en M adre d el Salvador, S eñ o ra del m undo,
R ein a d e l cielo y E m p eratriz d e to d a criatu ra ; y por eso
justam en te las criatu ras te a la b a n a coro, te b en d icen todas
las g en eracio n es, la p resen te y la v en id era, sus hijos y los
que de ésto s n acerán .
8. P e n e tra el universal A rtífice en las estrech eces del
seno v irg in a l; el q u e hizo to d as las cosas recibe la hum a­
n id a d d e u n a m ujer. Se estrech a el Inm enso en la m ísera
vasija de un cu erp o h u m an o y ciñe los an churosos esp a­
cios con d im in u to ceñidor ; y a lo h ab ía "pre dicho el P ro­
fe ta : R e v istió se de gloria, arm óse d e fortaleza y se ciñó
todo d e ella 40. L a D ivinidad se u n e a la n atu raleza hu­
m an a en la p erso na, y con la z< ad m irab le y divino artificio
se co m p ag in an las dos n a tu ra le z as en u n a sola persona.
P o r un prodigio inaudito, q u e su sp en d e a la naturaleza y
deja atónito al cielo, ap a re c e en el m u n d o u n D ios hom bre
y un ho m b re D io s : u n Dios oculto en el h o m b re y un hom bre
injertado en Dios ; prodigio de prodigios, m ilagro sobre to­
dos los m ilagros d e l m u n d o , an te el cual p alid ecen todas sus
m aravillas. En efecto , en el sag rad o seno de la V irgen, c o m o
en un horno de fundición, ech ad o s com o en p artes iguales el
oro d e la D ivinidad y la plata d e n u estra h u m an id ad , se
forja p o r el fuego d e l E spíritu S anto el divino electro C r i s t o
Jesús. T a l lo h a b ía previsto E ceq u iel 41 en u n a m i s t e r i o s a
visión. E ste es el C ord ero d e Dios, éste es el Salvador y
g u a rd a del m u n d o , n u estra e sp eran za, n u estra gloria y nue®'
40 Ps. 92,1.
41 Ez. 1,4.
SERM ÓN 2 257

tra cabeza, n u estro orgullo y la corona -de nuestro p u eb lo ;


el que purifica las m an ch as, el q u e nos p ro p o rciona todos
los bienes. ¿C u án to m ás fau stam en te se forja a h o ra este
C ordero en el seno d e la V irgen q u e se forjó 42 a n tig u a­
m ente de los zarcillos el b ecerro en el m onte H o reb ? Los
que ad o raro n aqu el b ecerro , se p ro stitu y ero n en el desier­
to ; los ad o ra d o re s d e este C ordero, se h a rá n a creed o res
a la gloria y co n q u istarán el cielo. Esto en cu an to a la his­
toria.
9. P e ro explícan o s, ¡oh ángel de Dios!, ¿có m o o cuándo
tuvo cum p lim ien to tu p ro m e sa ? ¿C u án d o se sentó sobre
el solio d e su p ad re D avid el H ijo d e la V irgen q u e nos
an u n cias? ¿C u á n d o m an ejó las rie n d a s d e l gobierno en la
casa de Ja c o b ? L e h em o s visto... el d esech o d e los hom ­
bres 43, a b y ecto y m iserab le, llevar u n a v ida trab ajo sa y
llena d e in fo rtu n io s: le hem o s visto so p o rtan d o to d a su
vida las p ersecu cio n es, asech an zas, odios, envidias, h a m ­
bre, sed, d e sn u d e z , p o b r e z a ; sin ten er casa, ni esclava,
ni siervo, ni cam p o , ni viña, ni oro, ni p lata, ni d o n d e re ­
clinar 44 siq u iera su ca b e z a, y te n ien d o q u e vivir siem pre
d e su p ro p io tra b a io y las lim osnas d e los dem ás. Así,
pues, ¿ d ó n d e e stá el tro n o ? ¿ D ó n d e el reino, d ó n d e la m a ­
jestad p ro m e tid a ? ¿ O acaso se llam a a esto re in a r? f Es esto
ejercer el im perio en la casa de Jaco b , si la casa de Jacob
no le o b e d e c e ? A no ser q u e p u e d a h a b e r un re y sin reino.
V em os cóm o grita la casa de Jaco b an te el p resid en te Pi-
lato s: N o te n e m o s reu. sino a C ésar 45. Y tam b ién lo co n ­
fiesa El m ism o an te P ilatos, d ic ie n d o : M i reino no ps de
este m u n d o 46 ; y otra v e z : M i reino no es d e acá 47. rC ó m o
aseguras tú a u e ha d e rein ar p recisam en te d o n d e El niega
que rein a y el p u eb lo no está conform e con su reino ? ¿ Cóm o
reina, rep ito , q u ien no tien e re in o ? O , ¿c ó m o p u ed e su ceder
Cristo p o b re al rey D avid, p a ra que digas q u e o c u p ará su
trono? Si h u b ie ra s dicho que el trono d e su E terno P a d re ,
no h a b ría in co n v en ien te en adm itirlo, Dorque no hav nin­
gún fiel que ignore o q u e no c rea que C risto lesús está se n ­
tado 48 en trono d e m a je sta d a la diestra d e l P a d re ; pero
no se p u e d e creer fácilm ente tra tá n d o se d e l trono d e D avid
y del reino d e Jacob.
¡O h áns'el d e Dios !. si la V irgen no tuviera ilum inación
especial d e l E spíritu divino, ¿ cóm o no h a b ía d e sentirse
victim a d e u n a celada, si e sp sra b a tam b ién ella la re d e n ­
42 Ex. 32,4.
43 Is. 53, 2-3.
14 Le. 9.58.
45 lo. 19,15.
46 lo. 18.36.
47 Ib.
,s Me. 16.19.
S -I.v rr.y 9
258 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

ción tem poral de Israel y veía al q u e h a b ía s p rom etido que


h ab ía de re in a r: le veía n ecesitad o , d esn u d o , p o b re , a b a n ­
d o n a d o y h a m b rien to , y p o r o tra p a rte c o n tem p lab a los
principios d e su nacim iento en el estab lo 49, en el pesebre,
en el heno, y al poco tiem p o su h u id a al trav és del desierto
y su largo destierro 50 en tre g entes b á rb a ra s? ¿N o se acor­
d a ría en to n ces d e tu p ro m esa y e x clam aría: d ó n d e está
¡o h á n g e l!, tu Drom esa, d ó n d e el tro n o y la gloria del
re in o ? Si el niño ha d e ser rev, ¿ d ó n d e e stá el oro. la plata,
las riq u ezas, la fam ilia, la p ú rp u ra , el brillo y el honor del
im perio ? ¿ Son acaso éstos dignos com ienzos d e un reino ?
¡O h ángel d e Dios ! T ú prom etiste que sería yo rein a siendo
mi h üo el rey, y h e a q u í que m e veo p ereg rin a : habías
anun ciad o a u e sería feliz con H ijo de tal calidad, y m e veo
sola, afligida, d e ste rra d a y b u scan d o m i alim ento con mi
propio esfuerzo. ¿ E s éste acaso el trono d e D av id ? ¿E s éste
el reino, éste el honor, ésta la regia p o m p a y suntuosidad
reg ia ? Y r q u é no diría al verlo raendiente d el p atíb u lo , su­
jeto con clavos, d esg arrad o p o r los torm entos, d esp o jad o de
sus vestidos, so p o rtan d o u n a m u erte do.lorosísim a a la vez
que la afren ta d e la d e sh o n ra? ¡C o n q u é gem ido h u b ’era
exclam ado, ¡o h á n g e l!, ¿ d ó n d e están tus p rom esa»? f D ón­
d e el brillo y la gloria d e l reino, d ó n d e 1=« v erd ad , la fideli­
dad ; d ó n d e la confianza y seg u rid a d ? V é o lo m orir afren­
ta d o ; ¿ p u e d o e sp e ra r verle re in a r? , ¿o se va a dejar la
corona p a ra d e sp u é s d e m u erto ?
10. A lo cual p o d ría rmiv b ie n re sp o n d e r e] ángel:
C esen va tus lam en to s. ¡ oh V irgen ! ; com o m ensajero de
la v e rd a d , no p u e d e sino ser v erd ad lo q u e diero: levanta
tus oíos h acia 1*1 H ijo v te con v en cerás q u e he dicho la
v erd a d . ¿N o ves la n o b leza d e su origen re a l? (•‘ No te fiias
en su e sta n d a rte ? íN o m iras a su c ab eza en g a lan a d a con
la real d ia d e m a ? ¿ No n a ra s la ate n c ió n en el título p en ­
dien te d el real trono ? ¿ No oves las voces de tan to s a u e le
aclam an p o r re y ? t No distingues el cetro q ue suieta su
p o d ero sa m a n o ? ¿ Q u é le falta, ¡o h V irg e n ! : a u é le falta
p a ra el rein o ? C oronado com o rev en la casa d e l presidente,
tom ó posesió n d e la p ú rp u ra v el cetro, de la corona v el
trono : aclam ad o allí por rev , salu d ad o con rodilla en tierra,
vestid o d e p ú rp u ra . recibió allí ta m b ié n d e o arte de los
soldad o s del juez los h o m en aies re a le s ; ¿ q u é im porta para
el reino fu eran con v erd ad o con b u rla ?
D ate cu en ta, i oh M a ría !, del m isterio, reco n o ce el gran
sacram en to : las b urlas de pérfidos h o m b res se transform an
en alab an zas an te Dios y los ángeles, v lo q u e dicen para
afren tarle, lo canoniza la v e rd ad : la injuria de los p e r v e r -
Le. 2.7 s.
5" Mt. 2.13 s.
SERM ÓN 2 259

sos es v e rd a d e ra gloria d el reino ; p a re c e n m ofarse d e El,


pero d e v e rd a d es coro n ad o com o re y : aq u ella corona d e
espinas es an te D ios v e rd a d e ra coro n a d e la u r e l; punza,
es v e rd a d , p ero unge a la vez ; a to rm e n ta , p ero da honra.
V si q u ie re s p e n e tra r co m p letam en te el m isterio, aq u ella
cruel cruz es el trono d e l reino d e D avid ; p u es tal es el
que el P ro fe ta R ey d e jó a Cristo sucesor suyo, i No re ­
cuerdas h a b e r le íd o : Q ue reinó el S eñ o r d esd e el m o d e ­
ro? 51 M ira cóm o el lad ró n q u e e sta b a colgado con él im ­
plora la reg ia m ajestad .
M edita to d o esto, ¡o h V irg e n !, y co m p ren d erás q u e he
dicho la v erd ad . Bien conocía en espíritu este secreto el
R eal P ro fe ta cu an d o m a n d ó an u n ciar, no a los judíos, sino a
los g e n tile s : P u b lica d entre las naciones q u e reina el Señor
desde el m ad ero . P u e s a b a n d o n a d o y re c h a z ad o , el p u eb lo
de los ju d ío s h a b ía conocido por inspiració n del Espíritu
que el reino y trono de D avid h ab ía d e ser trasp asad o a los
gentiles cu an d o C risto fuera elevado com o rey en el m a­
dero ; y p o r eso re c o m ie n d a al p re sid e n te gentil q u e no
perm ita sea b o rrad o su título d e rey p o r la m alicia d e los
judíos. P o rq u e v eía en esp íritu el em p eñ o d e los judíos
en bo rrar el título y h a b ía oído las v o ces de los que cla­
m aban con in sisten cia: N o has de escribir: « R e y d e los
judíos», sino q u e él ha dicho: «Yo so y el rey d e los ju­
díos» 52. P re o c u p a d o , p ues, p o r el trono de su reino, p er­
suade al p resid en te P ilato s q u e no co n d escien d a co n su vo­
luntad, so b re lo cual h ab ía ya tam b ién elevado pro lo n g a­
das o racio n es a D ios, d ic ie n d o : Para q u e no borre a D avid
en la inscripción d el título 53; tal es el título d e la m ayor p arte
de los Salm os.
Y así, el p resid en te, com o am o n estad o p or el oráculo,
perm an eció firm e en su d eterm in ació n , d ic ie n d o : L o escrito,
escrito 54, sin d a rse c u en ta ciertam en te d e lo que decía, pero
an uncian d o u n gran sacram en to . P o r consiguiente, éste es
el trono de D avid q u e pro m etió el ángel, trono al que está

51 Ps. 95,10. T al es la versión del Salterio Romano, aunque ni


la edición griega, ni la hebrea, ni la Vulgata expresan la palabra
o ligno (desde el madero). Como en el Salterio Romano se encuen­
tra en A r n o b io S a n Agustín, Casiodoro y otros muchos, que cita
Lorino sobre el salm. 95 v. 10, donde se trata am pliam ente este
asunto, en que no es justo detenerse aquí. Por tanto, no atendió
si sagrado Orador al him no eclesiástico, como nota el editor de
Bruselas, sino al Salterio Romano o a la lectura adoptada por los
Santos Padres, que no podía serle desconocida, ya que tan versado
se halla en sus obras, y d e una m anera especial en las Enarrat. in
Psal. de San Agustín.
52 lo. 19,21.
53 Ps. 56,57.58 y 74. Trae una larga nota citando un párrafo
San Agustín ( Enarrat. in Psalm. serm. 1. n. 11 sobre la expli­
cación de ese título de varios Salmos.
54 lo. 19,22.
260 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARIA

vinculado el título d e l reino de D avid. D esde él, com o h abía


an u n ciad o el m en sajero en su fiel e m b a ja d a , re in a rá eter-'
n am e n te Cristo sobre la casa d e Jaco b , no aq u e l Jacob
carnal e insignificante, sino el Ja c o b espiritual extendido
por todo el orbe ; esto es, la Iglesia sa n ta de Dios.
I 1. Sim bolizó ya esta ex trao rd in aria e m b a jad a aquel
fiel siervo 55 d e A b ra h a m , a q u ien el santo p atriarca envió
a su p a tria a buscar esposa p a ra su único hijo, conjurándole
an tes no to m arla de las vecinas hijas de C an aán . E ste siervo,
en co n tran d o a la herm osísim a R e b e c a ju n to a un pozo y to­
m ando com o señ al d e l m atrim onio q u e ib a a b u scar el
darle de b eb er de b u e n grado a él y a sus cam ellos, la
obligó con zarcillos y otros regalos, tray én d o la, con el
perm iso de su p a d re , p a ra d esp o sarla con el hijo de su
señor. ¿ H a y algo m ás sem ejan te a este celestial m atri­
m o n io ? El p a d re sublim e, esto q u iere d ecir el nom bre
d e A b ra h a m , no tiene p o r d ig n a esp o sa p a ra su único hijo
ni a u n a de las m ás en cu m b rad as n atu ralezas angélicas, y
envía a un legado allá a su tierra fiel, a fin de que busque
p a ra su hijo u n a esp o sa d e en tre su p a re n te la 56, la n atu ­
raleza h u m an a, q u e h ab ía creado a su sem ejan za, pues,
com o dice San P a b lo : P orque no to m ó jam ás la naturaleza
d e los ángeles, sino q u e to m ó la sangre d e A b ra h a m 57.
V ino, pues, el leg ad o a l m u n d o , en co n tró a la V irgen
junto a la fuente de las aguas, esto es, escu d riñando las
divinas L etras y sacan d o divinas inspiraciones d e la profun­
d id ad d e la letra ; se p asm a el celestial p aran info an te la
p erfecció n de la doncella y an te tan ex trao rdinaria her­
m osura d e la V irgen. L a E scritura n os d ice cuál e ra ésta:
Joven en extrem o agraciada, doncella herm osísim a y to­
davía virgen, había bajado a la fu e n te y , llenado el cán­
taro d e ag u a, se volvía 5S. H a b ía b aja d o con hum ildad,
h ab ía ag rad ad o p o r su virginidad, h a b ía llenado su cántaro
de agu a ; a sí la salu d a el á n g e l: D ios te salve, oh llena de
gracia. ¡ O h h id ria llena y re b o sa n te , d e la cual se em ­
p a p a n to d as las criaturas ra c io n a le s ! B ebe el m ensajero,
b e b e n los en co rv ad o s c a m e llo s ; es decir, d e tu plenitud,
¡o h M a ría !, h as saciado a los ángeles y a los hom bres.
P u es r quién es el q u e no ha b e b id o d e esta hidria tuya ?
D e ella tom ó el ángel la g lo ria ; el justo, la g r a c ia ; el
p e cad o r, el p e r d ó n ; el triste, la a le g r ía ; el cautivo, la
lib ertad . T o d o s b e b e n d e ella, y no dism inuye la hidria.
Bebe h asta el m ism o O m n ip o ten te, y, e m b riag ad o por el
am or, olvidado d e su m ajestad, se dirige presuroso hacia

55 Gen. 24,3 s.
se Ib. 24,4.
s? Hebr. 2.16.
ss Gen. 24,16.
SERM ÓN 3 261

su A m ad a ; y, com o el hijo d e l unicornio, q u ed a en c erra ­


do en el seno d e la V irgen y ap risio n ad o por los lazos
de la carne, según e stá escrito : E l A m a d o será el hijo
de unicornio 5a.
P or ta n to , el m ensajero d el opu len to y p o d ero so Señor,
deslizando m aravillosos m isterios en los oídos virginales
con delicad as p alab ras, cautivó a la sag rad a V irg en con las
joyas ta ra c e ad a s d e p lata, y conseguido el consentim iento,
la despo só p a ra siem pre con el H ijo de su Señor, d e tal
m anera q u e en el sagrado tálam o d e su seno ya no sean dos
cosas D ios y el h o m b re, sino una sola carn e, u n a sola p e r­
sona, un sólo Dios y h o m b re, N uestro Señor Jesucristo ;
uniendo en sí m ism o con indisoluble vínculo en la hipós-
tasis feliz la n atu raleza de D ios y del h o m b re, al cual,
junto con el P a d re y el E spíritu S anto, se d e b e todo el
honor y gloria por los siglos d e los siglos. A m én .

S E R M O N 111

Has hallado gracia en los ojos de Dios (Le. 1, 30).

1. T o d a s las ala b a n z as q u e se p u e d e n preg o n ar de


la V irgen están co m p en d iad as en su m ate rn id a d divina. En
efecto, ¿ q u é no e ra justo tu v iera la M adre d e D ios? ¿ H a y
algo que no p u d ie ra darle D ios? ¿A lgo q u e no quisiera darle
el H ijo ? P o r tan to , si era co n v en ien te, y p u d o h a c e r­
lo, y quiso, sin d u d a alg u n a lo hizo. Ella es la urna en
aue se g u a rd a b a el m an á esco n d id o 1 ; ella, el a rc a del
T estam ento, rev estid a de oro p o r d en tro y por f u e r a 2 ;
ella, el im p e n e tra b le santo d e los santos, a q u e l santísi­
mo ta b e r n á c u lo 3. ¿C óm o p u ed o celeb rarte, oh V irg en ?
¿Con quién te com pararé o a q u é cosa te asem ejaré, oh
hija de Jerusalén? 4 Si te co m p a ra ra con u n a tierra fértil,
herm oseada de renuevos, rosas y flores, e re s tú m ás fe­
cunda ; si con el cielo, tac h o n a d o d e estrellas, eres tú m ás
herm osa p o r tu s virtudes, y m ás an ch u ro sa, p u e sto que e n ­
cerraste 5 en tu seno a q u ien los cielos no eran c a p aces d e
a b a rca r; si con las m ás san tas m ujeres del A ntigo T e s ta ­
mento, no h as ten id o u n a B q u e se te asem eje ni que d e cerca
611 Ps. 28,6.
1 Hebr. 9.4.
2 Ex. 25.11.
3 Hebr. 9,3.
4 Lam. 2,13.
'' La Iglesia en el oficio parvo de la B. M. V.
s S an B er n a r d o , Serm. 4 en la Asunc. de la B. M. V.. n. 5.
262 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

p u e d a seguirte ; si con las p o te sta d e s an gélicas, fuiste ele­


v a d a 7, sa n ta M ad re d e D ios, so b re los coros angélicos al
reino celestial. P o r consiguiente, ¿a q u ién te igualaré? 8 Es
sola, es ú n ica m i elegida, es ú nica y no tien e ig u a l; porque
todo lo inferior a D ios, ex cep to la h u m a n id a d d e Cristo,
e s ta m b ié n inferior a ti: sólo D ios te av e n taja , todo lo
dem ás está m ás bajo q u e tú. P o r tan to , (c o n quién te com ­
pararé? A q u e l sabio q u e se llam ó Salom ón, no pudiendo
con un solo trazo expresar la m u ltip licid ad d e tus virtudes,
p re te n d e d escrib irte con u n a serie de s ím ile s: E levada estoy
cual cedro sobre el L íb a n o , y cual ciprés sobre el m o n te de
Sión. E x te n d í m is ramas co m o una palm a d e Cades; m e alcé
com o un herm oso olivo en los cam p o s y co m o el plátano
en las plazas jun to al agua. C o m o el cin a m o m o y el bálsamo
arom ático d e sp e d í fragancia. C o m o mirra escogida exhalé
suave olor, etc. 9 Cedro, por la a ltu ra ; palm a, por la es­
b e lte z ; oliva, por el ac e ite d e la m isericordia ; plátano, por
la eleg an cia ; bálsam o, p o r la frag an cia e incorrupción d e las
v irtudes ; mirra, p o r la virtu d preserv ativ a, etc. P ero entre
tan tas c o m p aracio n es sólo ex p o n d ré aq u e lla en que eres
lla m a d a : N egra, pero b ien parecida, co m o los pabellones
de Salo m ó n 10. ¿ Q u ié n es este Salom ón sino el rey pacífico?
D os clases de v irtu d es tien e este r e y : d iv in as u nas, como
la o m n ip o ten cia, la e tern id ad , la in m u tab ilid ad , la infini­
d ad , e tc ., y o tras h u m an as, las q u e ejercitó en su vida mor­
tal, com o la ab stin en cia, la hu m ild ad , la p o b reza, la pacien­
cia, la fortaleza, etc. E stas son las p ieles d e q u e se viste Sa­
lom ón. V ive el Señor, q u e de todas ellas te has d e adornar 11
com o con u n vestido de gala ; y ta m b ié n : E l cínguLo de sus
lom os será la justicia; y la fe , el cinturón con que se c e ñ ta
su cuerpo 12. L a V irgen e s bien parecida, co m o los pabello­
nes d e S a lom ón, p o rq u e n ad ie ha im itado las virtudes de
C risto com o la V irgen. Sin m ancilla fué El, ella inm acu lad a:
p o b re El, ta m b ié n ella p o b re ; hum ild e El, ella tam bién
hum ilde, etc. Si d e scen d em o s a lo particu lar, en ningún otro
lugar d e la S ag rad a E scritura re sp la n d e c en ta n to las virtudes
de la V irg en com o en este texto evangélico.
2. P a ra ello p a ra d m ien tes e n la historia. C um plido que
fu é el tie m p o 13, p a ra rev elar el m isterio oculto 14 desde el
com ienzo d e los tiem p o s y m an ifestad o en los últim os, c o m o
dice el A p ó sto l, llam a D ios a G ab riel, y p re sé n ta te, le dice,

7 La Iglesia en el día de la Asunción de la V. M.


* Lam. 2.13.
» Eccli. 24,17-20.
i» Cant. 1,4.
'i Is. 49.18.
Ib. 11.5.
i* Gal. 4,4.
Col. 1.26.
SERM ÓN 3 263

a la V irgen M aría, llevándole un m e n sa je sobre todo m en ­


saje: en ella D ios se h a rá h o m b re. P ásm ase el ángel, pu es
es seguro q u e el m isterio d e la E n carn ació n no era conocido
de to d o s: se disp o n e, sale d isp a ra d o d e l cielo, tom a un
cuerpo brillante, h erm oso, rutilante, p u es los ángeles tom an
cuerpo según las e m b a ja d a s y las perso n as ; y así se dice
del ángel q u e esp a n tó a los g u ard ian es d e l s e p u lc ro : Era su
sem blante co m o el relám pago 15. ¡ O h , q u é herm oso este
nuestro ánge] de q u e tratam o s, q u é a p ro p ó sito p a ra la
em bajada d e q u e e ra p o rta d o r y p a ra la p e rso n a a q u e se
dirigía ! Se en c o n tra b a la V irgen en su escondido re trete ,
ap artada d e los ho m b res, sola con Dios y sus ángeles. No
puedes, ¡ o h V irg e n !, cerrar las p u e rta s al ángel. E ntra el
ángel, se p o stra de rodillas an te la V irgen y la sa lu d a : D ios
te salve, ¡oh llena de gracia!, el S eñ o r es contigo 1*, y aun
más que conm igo.
íO y e s , i oh V irgen ! ; ves, ¡ o h V irgen !, la categoría d e
este soldado celestial, cóm o se p ostra, cóm o te salu d a?
¿Q ué p ie n sa s? R esp o n d e, ¿ q u é p ie n sa s? El te salu d a, c o ­
rresponde a su saludo. ¿ P o r q u é esos p u rp ú re o s colores en
las m ejillas virginales, com o u n a ro sa de a d o rn o ? ¿ P o r q u é
esa tu rb a c ió n ? £ P o r q u é vacilas, por q u é te estrem eces ?
Es un ángel, n o u n h o m b re ; v iene d e l.c ie lo , no es d e la
tierra ; te salu d a con rev eren cia, no esp an ta con su p o d er ;
ni lleva tam p o co e sp a d a en la m a n o : £ por a u é . p ues, te
turbas así, p o r a u é tem es? Es éste u n saludo d e alegría,
no de esp an to . A l oír tales palabras, dice, la V irgen se tur­
bó 17. ¡ O h p u d o r singular, o h h o n estid ad in creíble, oh ex­
celsa tim id e z ! A p re n d e d , m u je r e s ; a p re n d e d , doncellas,
a no erguir el cuello y conversar con d escaro : p ues hay
m uchas q u e tie n e n p o r eleg an te h ab ilid ad a la falta d e
pudor.
Pero, ¿ p o r q u é se tu rb a ? N o p recisam en te p o r la p re ­
sencia, sino p o r las p alab ras ; a u n q u e ciertam en te tam bién
la presencia p ro d u jo su tan to d e tu rb ació n . C om o ocurre
en casos sem ejan tes, a q u í d e los discursos de la inteligencia
puesta en tales aprietos. Se le vien e a las m ien tes a la V ir­
gen la ap arició n d e l ángel a A b rah am v la exclam ación
del p atriarca c a v e n d o a sus p ie s : S i he hallado gracia en tu
presencia ls. Y lo m ism o Lot, h a b ie n d o llea^do dos ángeles
a Sodom a, al tiem p o q u e L o t estaba sentado a la puerta de
la ciudad, luego q u e los vió, se leva n tó y salióles al en c u en ­
tro, y los adoró inclinándose hacia el suelo 14. ¿ Q u é es lo
que pasa, oh ángel de D io s? L os santos p atriarcas se po s­
15 Mt. 28,3.
’• Le. 1,28.
17 Ib. 1,29.
'* Gen. 18,3.
15 Ib. 19,1.
264 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

tra n an te los ángeles, ¿ y tú te arrodillas an te m í? ¿A caso


soy yo ni siq u iera com o uno d e los p a tria rc as? ¿ Q u é nove­
d a d es é sta ? C osa a d m irab le: si eres h o m b re, ¿cóm o en­
traste h a sta a q u í? Si eres d em o n io , ¿có m o brillas así? Y si
ángel, ¿có m o te a b a te s? R ealm en te no h ay d u d a, eres un
ángel d e D io s; y en to n ces, ¿ a q u é viene este saludo? ¿A
q u é el h um illarte d e esta m an era a n te m í, h um ilde doncella,
p o b re y d esco n o cid a? No soy u n a rein a tan po d ero sa que
h ayas de inclinarte e n m i p resen cia.
¡O h V irgen, si conocieras lo q u e eres en la presencia
de D ios, cu án p o d ero sa an te El, cu án estim ad a d e E l ! ¡ Oh
V irgen ! : no tem as, porq u e has hallado gracia en los ojos
de D ios 20. G randiosas cosas ha h echo el S eñ or 21 contigo.
Sá b ete q u e has d e concebir en tu seno, y parirás al H ijo 22 de
Dios. P o r ta n to , n a d a tien e de ex trañ o si trato con esta re­
v eren cia a la M adre d e m i S eñor, a m i R ein a. Ni m e desd e­
ño d e p o strarm e an te ti, a u n q u e sea u n án g el, po rq u e el
q u e n a c e rá d e ti te prefirió a mí. Si A b ra h a m e ra am igo de
Dios, tú e re s su M ad re ; si L ot y otros le fueron fam iliares,
tú eres E sp o sa suya. C onozco tu h u m ild ad , conozco tu m o­
destia ; te tie n e s en poco, y p o r eso te tu rb as. Sin em bargo,
eres m ás g ra n d e que los q u e te h a n an te c e d id o y los que
ven d rán d esp u és d e ti.
Firm e p e rm a n e c e la h o n e stid a d m ien tras se tu rb a, y
firm e la h u m ild ad , que es la causa d e esa tu rb ación.
3. V e d tam b ién la p ru d e n c ia : P úso se a considerar qué
significaría una tal sa lu ta c ió n 23. ¿ P o r q u é piensas, ¡oh
V irg e n !, an te s d e re sp o n d e r? M ira q u e es un ángel y no
la serp ien te. E va resp o n d ió p re c ip ita d a m en te , m as la V ir­
gen m e d ita b a ; E va consintió al p ro n to , M aría piensa lo
que h a d e re sp o n d e r al ángel. ¡ Q u é d ife re n c ia entre aquella
p rim era m ujer y esta m ujer b e a tís im a ! H a b la largo rato
el ángel, h a b ía d ich o ya todo lo q u e quería, h a b ía explica­
do b ien su e m b a ja d a , y, sin em b arg o , au n no h ab la la V ir­
gen. V e d la d iscreció n d e la V irgen. A p re n d e d , doncellas,
a no ser locuaces.
¿Cóm o ha de ser esto? P u e s y o no co n o zco varón 2i. No
tengo d u d a d el m isterio, sólo m e intereso por el m odo.
O b serv ad dos v irtu d es de la V irgen. L a p rim e ra es la fe.
Dice el A n g e l: Dios se va a h acer h o m b re ; el V erbo, car­
ne ; el C read o r n a c e rá d e un<a criatu ra, vas a en g en d rar al
que te creó. C ree la V irgen, no vacila la V irgen, no pide
u n a señal d el cielo ni de la tierra, ni siqu iera un motivo-

so Le. 1,30.
« Ps. 125.2.
== Le. 1,31.
- ! Ib. 1.29.
-•> Ib. 1.34.
SERM ÓN 3 ^65

Creyó A b ra h a m a D ios, y le ju é reputado p or justicia


¿Q ué es lo q u e crey ó ? S im p lem en te, q u e h ab ía de d a r a
luz u n a a n cian a. M uoho m ás es decir que d ará a luz una
virgen, y que d a rá a luz a su C read o r. ¿ Q u é señal dará
Dios d e esto ? N o se rió, com o Sara detrás de la p u erta de
la tienda 2\ A u n no h a b ía son ad o un anu n cio sem ejante,
un anuncio tan so rp ren d en te ; y, sin em b arg o , creyó la V ir­
gen lo qu e le d e c ía el ángel, au n q u e no d a b a p ru e b a de
ello. A h í tien es a tu parienta Isabel, q u e en su vejez ha
concebido ta m b ién un hijo 27. No era difícil creer que h a ­
bía de d a r a luz Isabel, estéril y an cian a, cu an do h ab ía
creído qu e lo h ab ía de h acer u n a V irgen. Lo m ás digno
de alab an z a en la fe de A b ra h a m es com o lo secundario
en la fe d e la V irgen ; y, sin em bargo, en c a re ce el A póstol
en gran m a n e ra la fe de A b rah am , al d ecir d e é l: h abiendo
esperado contra la esperanza, creyó 2\
La se g u n d a virtud q u e d e b e ser se ñ alad a sob re todas
sus virtudes es la virginidad. E n efecto , h ab ía oído que
había d e d a r a luz a to d o un D ios rey, y, sin em bargo,
pregunta: (C ó m o ha d e ser eso? ¡O h V irgen, cuán escla­
recidas vírgenes p ierd en la flor d e su virginidad por am or
a la d esce n d e n c ia, au n q u e sab en que no h an d e eng en d rar
sino un triste m ortal ! Y tú, sab ien d o q u e h a s d e d a r a luz
a Dios, au n vacilas y ex clam as: cC óm o ha d e ser eso, oh
ángel d e D ios? N o im p o rta el cóm o, serás M adre de Dios.
Podría citarte, ¡ oh V irgen !, algún m odo prefigurado en
la ley. Bien co n o ces las E scrituras ; sé que conoces a la que
le ha de d a r a luz. ¿Se cum plirá la ley y los p ro fe ta s? P resta
atención : m ira cóm o ard ía la zarza 29 y no se consum ía ;
crepitaba el fuego, y la zarza p erm an ecía in tacta ; así serás
tú vestida d el sol, el sol te circu n d ará, y no sufrirá m engua
tu virginidad. Le vestirás a El d e carne, y tú serás revestida
de su e sp len d o r ; le v estirás d e la h u m a n id a d , y serás re ­
vestida de la d iv in id ad . L e c o ro n arás con la d iad em a d e
nuestra m o rtalid ad , y El te ceñ irá la d ia d e m a de la gloria.
Serás virgen, pero fe c u n d a ; m ad re serás, p ero in co rru p ta ;
conservando el h onor de la virginidad con los gozos de la
m aternidad.
4. Sólo en ti estarán u n id as la virginidad y la m ater­
nidad. ¿N o re c u e rd as acaso cóm o sin dispositivo alguno
cayó el rocío 30 sólo sob re el vellocino en la e ra en tiem po
de G edeó n ? N o olvides q u e está e s c rito : D escenderá, re ­

25 Iac. 2.23.
26 Gen. 18,10.
27 Le. 1,36.
28 Rom. 4.18.
29 Ex. 3,2.
30 Tud. 6.37.
266 A NUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

firiéndose a tu se n o , co m o la lluvia sobre el vellocino de


lana 31. ¿ Q u é o tra cosa ta m b ié n p u e d e significar aquella
p u e rta d e E ce q u ie l 32, q u e e sta b a c e rra d a y no h a b ía de
atrav esarla v aró n alguno, p u esto q u e su e n tra d a y salida
está reserv ad a p a ra Dios, sino q u e el claustro d e tu pudor
q u e d a rá cerrad o ? c N o p u e d e ac a so salir d e l seno cerrado
el rayo d el sol sin n e c e sid a d d e escin d irlo ? V em os cómo
el rayo p a sa a trav és d e los cristales sin dividirlos. Si aun
p reten d es p e n e tra r m ás c a b a lm e n te este ad m irab le m iste­
rio, n ad ie es c a p a z d e co m p re n d e r cóm o se ¡ha d e realizar
este ta n gran sa c ra m e n to en tu seno ; com o a m ensajero,
sólo se m e h a e n c o m e n d a d o a n u n ciar el h e c h o ; si insistes
en el m o d o , te re s p o n d e rá el su p rem o A rtífic e : E l Espíritu
Santo d escen d erá sobre ti M. El solo sa b e cóm o se ha de
realizar esta o b ra in e fa b le : El b a ja rá so b re ti, y la virtud
d e l A ltísim o te cubrirá con su som bra.
¡ Q u é sentido ta n p ro fu n d o el d e esta p a la b r a : Cubrirá
con su som bra! D e m an era, ángel d e Dios, q ue se te pide
la d e m o stració n , y m e h a b la s d e so m b ras. ¿ P o r qué no
dices iluminará? P o rq u e las cosas se co n o cen no por las
som bras d e las tinieblas, sino p o r la c la rid a d d e la luz, y el
E spíritu S anto tie n e por oficio ilustrar, no oscurecer. Pero
es preciso p e n e tra r la fuerza d e l v o cab lo . Eli E spíritu Santo
alu m b ra a las d em ás criaturas, p ero a ti te cubrirá con su
som bra; pues en las d em ás d e rra m a su luz p a ra ahuyentar
las tinieblas, m a s en ti, d o n d e se e n c ie rra co rporalm ente la
p le n itu d d e la luz, se hace n ecesaria la so m b ra p a ra tem ­
plar los ray o s d e la clarid ad , p u e s el V e rb o q ue h a d e en­
carnarse en tu seno habita en una luz inaccesible 34.
¡ Q u é satisfacto riam en te re sp o n d e el ángel a la p r e g u n t a
de la V ir g e n ! P u e s, q u é significa o b ru m b a re sino cubrir
con la so m b ra ? Y ¿ q u é fué el cu erp o u nido al V erb o sino
so m b ra ? C om o d ice O r íg e n e s 35, a sí com o la som bra sigue
siem pre al c u e rp o en la figura y el m ovim iento, ni mas
ni m en o s la h u m a n id a d de Cristo sigue sin desviarse en un
ápice las m ás ligeras insinuaciones d e la v o luntad d iv in a ;
siem pre m a rch aro n d e p erfecto ac u e rd o en C risto la volun­
tad div in a y la h u m an a. P o r consiguiente, a q u ella som bra
b e n d ita figura el cuerpo de C risto, d e l cual se d ic e : A la
som bra d e él vivirem os entre las naciones 36 ; p o rq u e bajo su
luz vivirem os entre los ángeles. Es aq u élla d e la cual se d ic e :
S en té m e a la som bra d el q u e había yo deseado 37. P or ende,
si Ps. 71,6.
3 2 Ez. 44.2.
™ Le. 1,35.
m 1 Tim. 6,16.
35 Periarchon, 1. 2, c. 6, que trata de la encam ación de Cristo,
ft. 7. Cita en nota las palabras textuales de Orígenes.
36 Lam. 4,20.
3" Cant. 2,3.
SERM ÓN 3 267

no te p re o c u p e s, ¡ oh V irg en !, p o r tu virginidad, al no co ­
nocer varó n ; sá b e te q u e su cu erp o no será form ado con el
concurso d e v aró n , sino q u e el E spíritu S anto te cubrirá
con su som bra, es d ecir, lo fo rm ará d e n tro d e ti.
5. H a b ía n h a b la d o y a largo rato el áng el y la V irgen,
habían p ro lo n g a d o este dulcísim o diálogo d e sd e el a ta rd e ­
cer h a sta la m e d ia n o ch e (¡ o h dichosa co m p añ ía, oh noble
sim patía la q u e se estab lece e n tre el ángel y la V irgen, pues
la virginidad se e m p a re n ta co n los ángeles !); el ángel q u ie ­
re tornar y a al que le envió. E a, V irgen herm osísim a, V ir­
gen sagrad a, co noces ya el m isterio, te h as d ado c u en ta del
m odo d e su ejecu ció n , p re sta el co n sen tim ien to , d e sp a c h a
ya al m e n s a je ro : e stá n m irán d o te con ex p ectació n el cielo
y la tierra, to d a la creació n e sp e ra tu consentim iento.
E nto n ces la V irgen, con el corazón inflam ado, llena d e
gozo, a b so rta en el gran m isterio, d e rodillas, elev ad as las
m anos, con los ojos en el cielo, d a aq u ella re sp u e sta : H e
aquí la esclava d e l Señ o r, hágase en m í según tu palabra 3®.
Cierto esclava d el Señor, p ero tam b ién su M a d re ; cierto
esclava, p ero ta m b ié n E sposa de D ios ; esclava, p ero R eina
de los án g eles ; esclava d e D ios, p ero gratísim a y am a d í­
sima d e D ios ; esclava, p ero so b re to d a s las esclavas. Y si
la M adre de D ios es esclava, el H io h a d e ser esclavo, se­
gún la ley. N o n ieg a El esto en el S a lm o : O h Señor, siervo
tuyo sou e hijo de esclava tu y a '19. P o n e la razó n de su escla­
vitud: E hijo d e la esclav a tuya, la cual, al concebir, dijo:
H e aquí la esclava d el Señor, hágase en m í según tu pala­
bra. H ágase en m í: no sólo en ti, sino en tod o s ñ o r tu m e ­
dio, a u n q u e sólo en ti hágase Dara n osotros. ¡ O h p alabra
adm irable ! L a V irg en im ita a D io s : con e sta sola p ala b ra
fué creado el m u n d o , y con la m ism a fué re p a ra d o , ya que
la V irgen a rre b a tó , co m o si d ijéram o s, al V erb o d e la boca
de Dios. P o ra u e en el principio dijo Dios: Sea hecha la luz.
y la luz q u e d ó hecha 40. Dijo la V ir g e n : Fiat la luz d e l m u n ­
do, y tuvo lugar. D ijo Dios: H a u a un firm a m e n to en m edio
de las aguas, u q u ed ó hecho. Dijo la V irg e n : Fiat la for­
taleza en m edio d e la Iglesia, y tu v o lu g ar tam b ién . Diío
Dios: H a ya d os lum breras y a lum bren la tierra. Dijo
la V irg e n : Fiat u n lu m in ar excelentísim o q u e alu m b re al
triundo, v se form ó en su seno. D iciendo D ios F w í fué crea­
do todo lo q u e existe ; d icien d o Fiat la V irg en , se en g en d ró
eI hom bre p o r q u ien fu ero n hechas to d as las cosas.
P o r co n sig u ien te: Fiat el V e rb o carn e, Dios h om bre, el
Eterno tem p o ral, el im p asib le p a s ib le : fia t lo que nun-
ca antes tuvo lug ar y la o b ra superior a to d o lo que fué
268 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

c r e a d o ; fia t e n la p atria de los p e c a d o re s el R ed en to r,


q u e es en los cielos la gloria y alegría d e los ángeles. Y en
el instante m ism o de p ro n u n ciarse esas p alab ras, fué for­
m ad o el santísim o cu erp o de C risto, d o ta d o de vida y unido
al V e rb o , y aq u ellas d o s n atu ralezas se u n iero n en u n a sola
perso n a. ¡ O h m odo ad m irab le ! N o h u b o allí com posición,
ni m ezcla, ni confusión. ¡ O h q u é infusión ! ¡ O h qué gracio­
so tálam o real ! Q u é sentido tan p ro fu n d o , q u é torrente de
gracias se en cerró en aq u ella infusión d e l V e rb o ! ¡ Q u é ale ­
gría en el espíritu d e la V irg en con este n u ev o h u é sp e d , el
m ism o E spíritu d e D ios !
E l V erbo se hizo carne. Ignora esto el m u n d o entero, sólo
lo conoce el esp íritu de la V irgen. C u án d ig n a d e adm ira­
ción es ta n gran h u m ild ad en sem ejan te excelencia ! ¿ Q ué
p ien sas, ¡ oh V irgen !, ah o ra d e ti al v erte ta n po co h a m a­
dre y e n g en d rad o ra d e D ios? ¡Q u é p o d ero sa, q u é sublim e,
q u e ad m irab le has sido h e c h a ! Y, sin em bargo, continúas
hum illándote, com o está escrito : M ientras estaba el rey
recostado en su asiento, m i nardo d ifu n d ió su fragancia 41.
El n ard o significa la hum ildad.

SERMON IV

Has hallado gracia en los ojos de Dios (Le. 1, 30).

I. E n tre las fam osas visiones d e Isaías o cu p a un lugar


p ree m in e n te la q u e nos d escrib e en el cap ítu lo sex to : V i al
Señor sentado en un solio excelso y elevado, y las franjas
d e sus vestidos llenaban el tem p lo . A lre d e d o r d el solio esta­
ban los serafines: cada uno de ellos tenia seis alas: con dos
cubrían su rostro, y con dos cubrían los p ies, y con
dos volaban. Y con vo z esforzada cantaban a coros, di­
ciendo: aSanto, santo, santo, el S eñ o r D ios d e los ejércitos,
llena está toda la tierra d e sa gloria» 1. C o m enta San Ber­
nard o 2 : ¡ C u án to se d iferen cia esta visión d e la otra en que

■ii Cant. 1,11.


1 Is. 6,1-3.
2 Serm. 1 en el domingo primero de noviembre, sobre las pala­
bras de Isaías n. 1: «Se nos describe una visión con lenguaje profe-
tic o : Vi, dice, al Señor sentado. Gran espectáculo, hermanos, y
felices los ojos que lo vieron. ¿Quién no desearía con toda su alnw
contem plar la gloria de m ajestad tan excelsa? Pues éste fué siem­
pre el único deseo de todos los santos, ya que es El el mismo en
quien desean mirar los ángeles, y cuya vista es la felicidad eterna-
Pero parece estoy escuchando otra muy diferente visión del misrn°
profeta y del mismo Señor; pues este Isaías es el mismo que dice
SERM ÓN 4 269

le vió sin h erm o su ra ! D e aq u ella en q u e le reputarnos co­


m o un leproso, y co m o un hom bre herido de Dios y h u m i­
llado, el d esh ech o d e los h om bres, varón de dolores 3. Y
¿cuál es aq u el solio en q u e atestig u a el p ro feta que vió sen ­
tado al S eñor sino la V irg en ? T o d a s las -demás alm as son
asientos, p ero la V irg en es el trono real, d el que se d ic e :
H izo ta m b ién el rey un gran trono de m arfil, y le revistió
de fin ísim o oro: asim ism o seis gradas, p or las q ue se subía
al trono, y una tarim a de oro, y d o s brazos, uno por cada
parte; y dos leones arrim ados a los brazos. A d e m á s de otros
doce leoncillos p u esto s sobre las seis gradas d e l uno y otro
lado. E n ningún otro reino hubo un trono sem ejante i . Las
seis g ra d a s y los doce leoncillos, y lo d e m á s que hizo el rey
Salom ón p a ra em b ellecer el trono, to d o está significando a
la V irg en , en la cual cinceló el S eñor el o rn am en to d e to d as
las virtudes.
L len a está toda la tierra de su m ajestad. Es ésta la tierra
virginal, d e la cual d ice el S a lm o : L a verdad brotó en la
tierra 5. L len a el S eñ o r a las otras alm as d e sus dones, pero
a la V irgen la llenó de sí m ism o, d e su sem ejan za : no sólo
está llena d e gracia la V irg en M aría, sino q u e ta m b ié n e stá
llena d e Dios.
Y las franjas de sus vestidos llenaban el tem plo. L lenó
este tem p lo virginal no sólo de su m ajestad , sino tam b ién
de sus virtudes, de sus gracias, d e sus d o n es, y en grado
tan em inente, que no h a y v irtudes superiores a las de M a­
ría, si no son las del que se sien ta en el trono. E sto quiere
d e c ir: Y las franjas de sus vestidos, es d ecir, las virtudes
en un g rado sup erio r al angélico ; d esp u és de El, solo lle­
nan a la V irgen.
A lre d e d o r d e l solio estaban los serafines: cada uno de
ellos tenía seis alas: con dos cubrían su rostro, n con dos
cubrían sus p ies, y con dos volaban. E stos serafines, dice
San B ernardo 6. son las d o s natu ralezas, la angélica y la
en otro lu g a r: Nosotros le hemos visto, no es de aspecto bello ni
es esplendoroso; le juzgam os como un leproso (Is. 53.2-4). etc., donde
ante todo hemos de considerar que ésta parece una visión común,
y aquélla, propia de la prerrogativa proíética. No sin motivo se
escribe aquí vi y allí hem os visto, a fin de que se vea que aquélla
es una visión común, y ésta es de una excelencia singular. Pues
le vió Herodes sin belleza ni esplendor, y le m enospreció; viéronle
también los judíos, y llegaron hasta contar todos sus huesos. Ahora
bien, sobre esta visión beatífica habla m anifiestam ente el profeta
y dice: Ha com etido él (el impío) la m aldad, no verá la gloria
del señ or (Is. 26.10).

’ Is. 53,3-4.
* 2 Par. 9.17-19.
' Is. 84,12.
R Sermón 3 en el domingo primero de noviembre, sobre las
palabras de Isaías n. 1: «La palabra serafín, como frecuentem ente
habéis oído, amadísimos, es el nombre de espíritus celestiales, de
uno de los nueve órdenes, del m ás alto y encumbrado; pero en
ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

h u m a n a ; p u e s las d o s ciudades, la celestial y la Iglesia m i­


litante, tien en sus cim ientos sobre este tro n o , a sab er, la
V irgen, p u es que p o r ella fué red im id a la n atu raleza h u ­
m ana y re p a ra d a la angélica. Y ¿ q u é quiere d ec ir aquello
de que o cu ltab an el rostro y los p ie s del q u e está sentado,
si no q u e d o s son los m isterios ocultos p o r excelencia, el
m isterio d e la T rin id a d y el de la E n c a rn a ció n ? E l rostro
re p rese n ta al p rim ero y los p ies re p re se n ta al segundo, por
hab er sido to m a d a la n atu raleza h u m an a. E n efecto, ¿q u ién
si no D ios p u e d e conocer cóm o una sola n atu raleza sin
dividirse p e rm a n e z ca la m ism a en tres distintas p erso n as?
E igualm ente, ¿có m o dos n a tu ra le z as tan d isp a re s están in­
tegradas en un solo su p u esto ? A dm iram o s en aquel m isterio
la diversidad d e p erso n as en u n a sola n atu raleza, y en éste,
la diversidad d e n atu ralezas en una sola p e rso n a .
¿ Q u ién p re te n d e rá d escu b rir los ocultos p ies del Señor
y m anifestarnos el sacram en to de su E n c a rn a ció n ? El santo
B autista 7. m ás san to au n que un profeta, no se considera
digno d e d e sa ta r 8 la correa de su calzado, es decir, no p u e ­
de co m p ren d er qué vínculo es el q u e u n e a aquellas dos
naturalezas en u n solo supuesto. D e un m o d o sem ejante el

este lugar creo no se usa con ese significado, sobre todo teniendo
en cuenta que son innumerables los eiércit.os de aquéllos, y aquí
sólo se hace mención de dos serfines. Yo. hermanos, si se perm ite a
cada cual en esta parte abundar en su sentido, creo que en estos
dos serafines está representada una dob’e naturaleza racional, la
aneélica y la humana. Y no nos maravillemos de ver al hombre
convertido en serafín: recordemos aue el Creador y Señor de los
serafines .se hizo hombre. Para afrenta tuva, ¡oh soberbio!, que
creado entre los ármeles, no mereciste permanecer entre ellos, he
aauí nue nuestro Rey viene para hacer nuevos ángeles en la tierra
y para oue te consumas m ás y te atorm entes con tu nrooia envidia,
no unos ánsreles cuale^auiera ni de un orden inferior, sino nada
menos aue serafines. Pues e*™cba lo aue F1 mismo dice: Yo he
venido a poner fueno en la tierra. Y ¿qué he de querer sino que
arda? CLc. 12.49). Quiere, por tanto, hacer seraf'nes para que ner-
m a n ^ a n en el lu^ar de que tú caíste. Loa serafines, dice, estaban
alrededor. ¿Por aué. pues, tú aue aparecías relumbrante por la
mañana. no permaneciste en la verdad, sino poraue no eras serafín?
El serafín auiere decir ardor o incendio, y tú miserable d e ti.
tuviste luz. ñero no ardor. Melor te hubiera sido ser ardoroso que
no esplendoroso, y sin el descomedido afán de lucir, puesto oue tú
estabas frío, hubieras elegido una región también fría Pues diliste:
Escalaré el cielo, sentarém e al lado del septen trión a s. 14 1Si.
¿Por aué te apresuras a salir tan de mañana, oh Lucifer? ; Por
qué te navo^^as sobre los astros. a los cuales pareces superar en
resplandor? Tu jactancia durará muy poco. T e sieue el Sol de
justicia, oue te gloriabas de ser tú. cuvo ardor y esplendor juntos
te reducirán a la nada. Inútilm ente tratas de prevenir al final
de los siglos en el hombre condenado oue vas a tomar la venida
del Señor, e inútilm ente tam bién tratas de ensalzarte sobre todo
lo aue se dice v honra como Dios, noraue aun entonces serás to­
talm ente destruido por el resplandor de su venida.»
7 Mt. 11,9.
* Me. 1.7; Le. 3,16; lo. 1,27.
SERM ÓN 4 271

9abio ¿Salomón, q u e av en tajó ,J a to d o s e n sab id u ría, no


co m p ren d e este m isterio, pues e x clam a: ¿ E s acaso creíble
que D ios habite con los h o m bres sobre ¡a tierra? 10. Y no son
los ho m b res los q u e no lo c o m p ren d en . E l celestial p a ra ­
ninfo, que fué enviado a an u n ciar este m isterio, confiesa
con to d a in g en u id ad q u e no conoce el m o d o d e su re aliz a ­
ción, y a q u e, p reg u n tad o por la V irg e n : cC óm o ha de ser
eso? u , la rem itió al E spíritu S anto, d icien d o : E l E spíritu
Sanio d escen d erá sobre t i 1'. Q ue es com o si dijera: Y o,
S eñora, v en g o sólo com o m ensajero, ignoro el m odo. El
Espíritu S anto, q u e es el ad m irab le artífice de tan p ro fu n d o
sacram ento, es el que sab e Ja m a n e ra e n .q u e se ha d e c u m ­
plir en ti lo q u e te anuncio.
2. P o r consiguiente, ¿ q u ié n o sará tra ta r d e d escu b rir
tan pro fu n d o m isterio, que ex ced e a u n a la m en te angélica ?
U n abism o in escru tab le, dice S an B ernardo 13, es el sa cra­
m ento d e la E n carn ació n d e l Señor, un abism o im p e n e tra ­
b l e : E l V erb o se hizo carne, y habitó en m edio d e nos­
otros 14. Es u n pozo p ro fu n d o , y no tengo con q u é sacar
el agua. Y ¿q u ié n p u e d e sacarla de tal p ro fu n d id a d , si n o
aq u ella e n q u ie n tuvo lugar este m isterio ? M e refiero a
aquella h erm o sa R e b e c a , a sab er, la sacratísim a V irg en ;
ella es la q u e nos d a rá agua d e este pozo, y d a rá a b e b e r
aun a los en co rv ad o s cam ellos, pues a ésta en la figura de
R e b e c a se refieren aq u ellas p a la b ra s d e la E sc ritu ra : Jo ve n
en extrem o agraciada, doncella herm osísim a y todavía vir­
gen; había bajado a la fu e n te , y . llenado el cántaro d e ag u a,
se volvía I5. El V e rb o divino es la fuen te de la v ida, y a q u e ­
lla alm a sacratísim a era la h idria. V eam o s cóm o está llen a
de agua. D ice el á n g e l: D ios te salve, ¡oh lleha d e gracia! 16.
T a m b ié n p u ed e referirse la h id ria a su seno sacratísim o.
¡ O h h id ria m ás c ap az q u e el m ism o cielo ! ¡ O h hidria m ás
espaciosa q u e el m u n d o ! ¡ O h agua que salta h asta la m is­
m a vid a etern a, el V e rb o d e Dios ! T u alm a, le d ice, e stá
llena de gracia, p e ro h a y q u e llenar otras h id ria s : S á b e te
que has d e concebir en tu seno y parirás un H ijo. C o n ce ­
biste en tu m en te, p ero h as de co n ceb ir tam b ién en tu v ie n ­

9 3 Reg. 3.12.
10 2 Par. 6,18.
11 Le. 1.34.
12 Ib. 1,35.
13 Senn. 2 en la Anunciación de la B. V. María, n. 1: «Abismo
inescrutable verdaderamente es el misterio de la encam ación del
«eñor. abismo inescrutable aquel en que el Verbo se hizo carne y
"■abitó entre nosotros. ¿Quién, pues, lo podrá sondear, auién podrá
asomarse a él, quién lo comprenderá? El pozo es profundo y no
tengo con qué pueda sacar agua» (trad. de la BAC).
14 lo. 1.14.
I" Gen. 24.16.
16 Le. 1.28.
272 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

t r e ; co n ceb iste en tu espíritu, co n ceb irás ta m b ién en tu


seno, el P ro fe ta R ey, lleno de gozo en la co n sid eración de
tan elevado am or y d e gracia tan a b u n d a n te , q u e le hizo a
Dios hacerse h o m b re, exhorta a to d as las criaturas a regoci­
jarse con él y a prestarle su ay u d a p a ra la celebración d e
tan gran so lem n id ad , d icien d o : A lég ren se los ciclos y salte
de gozo la tierra; co n m u éva se el m ar y cuanto en sí contie­
ne 17. L o s ríos aplaudirán con palm adas; los m o n tes a una
saltarán de co n ten to a la vista del Señor, p o rq u e viene 1S.
P one com o cau sa d e tal alegría porq u e viene.
A lég ren se por tanto las criaturas superiores y las infe­
riores, las espirituales y las corporales, las que están en el
cielo y las que gim en aú n en la tierra o en el lim bo ; para
todos es el beneficio , co m ú n es el m otivo de gozo. A lé­
grense los ángeles, p o rq u e vino su r e p a r a d o r ; alégrense
to d as las criaturas corro m p id as p o r el p e c a d o , po rq u e ha
venido su lib ertad o r ; pero, sobre todos, alégrense los hom ­
bres, p o rq u e llegó su R ed en to r. D ios se h ace h o m bre ; re ­
gocijaos, vosotros,, los h om bres, y sa lta d de júbilo ; no debe
ten er m ed id a la alegría, p o rq u e no la tiene el b eneficio. Dios
se h a hecho h o m b re ; regocíjate, ¡o h h o m b re !, no re co ­
nozca lím ites tu alegría, p u es q u e tam p o co los reconoce la
m edida coxi q u e te am ó Dios. Salta d e gozo, sa cude d e tu
cuello el yugo, ¡oh esclava hija 19 d e Jeru salén !, p o rq u e lle­
gó tu lib ertad o r. P o n te de fiesta y en to n a him nos de ala ­
b an za, hija de S ió n : L ev á n ta te , levántate, vístete de tus
ropas d e gala 20, p o rq u e está próxim a tu re d e n c ió n . Salten
tam b ién d e júbilo los q u e se e n cu en tran en las tinieblas y
en la som bría región de la m uerte, porq u e a m aneció el
día 21 p a ra vosotros. A nadie, d ice el p a p a San L eón 22, se
le priva d e la p articip ació n d e esta alegría ; el m otivo d e la
m ism a es com ún a to d o s ; p o rq u e nuestro Señor, dem ole­
d o r del p e c a d o y d e la m u erte, así com o los en contró a
to dos con el reato d el p e c a d o , d e l m ism o m o d o vino p ara
liberarlos a todos. P o r consiguiente, salte de júbilo el justo,
p o rq u e se acerca ya a la p alm a ; alégrese el p ecad o r, p o r­
que se le invita al p erd ó n ; no p ierd a la e sp eran za el gentil,
porque es llam ado a la vida. Y San B ernardo dice 23: A lé­
grate, ¡o h p a d re A d á n ! , p ero reg o cíjate tú m ás, ¡o h m a ­
dre E v a ! No te q u ejes y a d e la m ujer, ¡o h A d á n ! , ni la
acuses ; h e a q u í que se te da u n a m ujer p o r otra m ujer, m as
una p ru d e n te p o r u n a necia.

17 Ps. 95.11.
i* Ib. 97.8-9.
19 Is. 52,2.
2» Ib. 52,1.
Ib. 9,2.
22 Serm. 21 (en otros, 20) en la N ativ. del Señor. I, c. 1.
2:1 Homil. 2 sobre «M issus est...y>, n. 3.
SÉJRMÓN 4 273

3. P ero , ¿ q u ié n es cap az -de c o m p ren d er tu gozo, ¡o h


serenísim a V irg en , al ascen d er con tal p resteza a sem ejante
altura? D eb es aleg rarte tú sobre tod o s los ángeles y hom ­
bres, cuanto m ás de cerca te to ca el m otivo de la alegría ;
ya que si Dios se nos d a hoy vestido de carn e, no es sino en
tu seno, p o r tu m ed iació n , d e tu m ism a carn e, naciendo d e
ti. G ran m otivo tien es de alegría, ¡ oh H ija d e l P a d re !, es­
posa d el E spíritu S anto, h e c h a hoy m ad re d e l H ijo de Dios,
nuestro R e d e n to r, R ein a de los A ngeles, A b o g a d a d e los
hom bres, guía d e toda criatu ra, em p eratriz y señora d e
todo el universo. E n tales térm inos se ex p resa Isaías tra ta n ­
do d e tu a le g r ía : F ructificará co p io sa m en te, y se regocijará
llena de a lborozo, y entonará him nos; se le ha dado a ella
la gloria d el L íb a n o , la herm osura d el Carm elo y de Sarán 2i.
¿Q u é q uiere d ecir: Fructificará copiosam ente? ¿ A qué
viene esta p o n d eració n sino a decirnos q u e en g en d ró con
la m ente y concibió en el seno ? O tam b ién nos insinúa que,
al germ inar sin concurso de v arón, germ inó co n m ás exce­
lencia que las o tras m ad res, y su H ijo le p e rte n e c e con m ás
propiedad q u e los otros a sus m ad res. Y se regocijará llena
de alborozo, y entonará him nos; así, e n efecto, can tó la
V irgen: M i alm a glorifica al S eñ o r 25. S e le ha dado a ella
la gala d el L íb a n o . ¿ Q u é gala d el L íb a n o es ésta q u e se le
ha dado a la V irg en ? ¡ C u án v elad a y p ro fu n d a m en te la
alaba el p ro feta ! P u e s sab em o s, com o se escribe en los li­
bros de los R ey es 26, que el rey S alom ón construyó el te m ­
plo del S eñor d e los cedros d e l L íbano. P o r en d e, ésta es
la gala d el L íb a n o , el h a b e r p ro p o rc io n a d o la m a d e ra para
la construcción d e l tem p lo . Y esa gala d el L íb a n o te p e rte ­
nece, ¡o h V irg e n !, p u es de tus purísim as en trañ as form ó
el Espíritu S anto el sacrosanto te m p lo d el cuerpo del Señor.
La herm osura d el C arm elo y de Sarán. E l Carm elo es un
monte elevado en el q u e existen cedros altísim os ; Sarán es
un m onte b ajo, a b u n d a n te en h ierb as odoríferas. El prim er
monte significa la n atu ra le z a an g élica ; y el segundo, la Igle­
sia. P o r lo tan to , en la V irgen se en c u e n tra la herm osura
del Carm elo y de Sarán, p o rq u e to d a la p len itu d d e los es­
píritus celestiales y de las alm as san tas, y de los d o n es to ­
dos, gracias y privilegios co n ced id o s tan to a los ángeles co­
mo a los h o m b res, se h allan reu n id o s en su alm a sacratísi­
ma. El ard o r d e los serafines, el esp len d o r d e los q u e ru ­
bines, la b lan cu ra d e la n atu raleza angélica, el p o d e r de las
virtudes y d e las d om inaciones, to d o se en c u e n tra en la
Virgen. ¿C óm o, p u es, no va a ard e r la q u e en cerró en su
seno al fuego divino ? ¿ C óm o no va a resp lan d ecer la q u e

-i Is. £5,2.
Le. 1,46.
-6 3 Reg. 5,6.
274 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

cubrió con u n a n u b e d e carn e al sol d e ju sticia? i Q u é blan­


cu ra d e sp e d irá la q u e concibió y d ió a luz a la m ism a pu­
re z a ? P o r tan to , en ella se e n c u e n tra la herm osura d e l Car­
m elo.
1 am b ién se halla en ella la herm osura d e Sarón, esto es,
d e todos los san to s d e la Ig le s ia ; p o rq u e tie n e la fe de
A b ra h a m , la p acien cia de Jo b , la h u m ild ad d e D avid, la
dign id ad d e los patriarcas, la sa n tid a d d e los apóstoles,
la fortaleza de los m ártires, la a u ste rid a d d e los confe­
sores, la clarividencia d e los doctores, la p u reza d e las
v írg e n e s ; y es, a d e m á s, ella la n o rm a d e la san tid ad , el
prototipo d e la virtud, el ejem plo d e la religión, debeladora
de los dem o n io s, auxiliadora d e los h o m b res ; e n u n a p a­
lab ra, el co m p en d io ab rev iad o y c o n cen trad o d el esplen­
d o r d e la gracia, en la q u e se h allan re u n id as la gracia y
herm o su ra d e to d a la n atu raleza h u m a n a y angélica.
4. E sta es la gracia sin m e d id a que en contró M aría
en e l Señor ; vem os por ella cu án to a g rad ó a Dios, pues,
com o d ice San Jeró n im o 27, a ella se le ha d ad o to d a la ple­
nitud d e la gracia, au n q u e en grado d istin to d e l H ijo. Y
San B ernardo 2S, h a b la n d o sobre has hallado gracia en los
ojos de Dios: £ D e qué gracia se tra ta ? D e la gracia com ­
p leta, gracia s in g u la r; ¿ direm os singular o m ejor univer­
sal? L a gracia qu e en co n traste fué la reconciliación de
D ios y el h o m b re, la d estru cció n de la m u erte, la re p a ­
ració n d e la vida. A m is caballos u ncidos a las carrozas
de Faraón te tengo yo com parada, am iga m ía 29. En sen­
tido literal d i c e : Salom ón tom ó com o m ujer a la hija 30 de
F araó n , rey d e E gipto ; y era fam osa la cab allería d e los
carros d e F a ra ó n y la p o d ero sa m ilicia d e l rey Salom ón. Y
en sentido esp iritu a l: El carro de F araó n es la carne des­
e n fre n a d a y furiosa, cuyo jin ete es el P o d ero so , y el hervor
de la carn e resid e en el caballo. P e ro este Salom ón, Cristo,
posee en el cielo u n a valiosa cab allería sin carros, a saber,
la m ilicia angélica ; y otra caballería tam b ién fam osa e ilus­
tre en estos carros de F araó n , es, a sa b e r, la m ilicia de los
santos, q u e su p iero n luchar vigoro sam en te en los cuerpos
reb eld es. L a am iga h a sido asim ilada a to d a esta c a b a lle ría ;

Véase nota 28 del Serm ón 3 de la N a tividad de la B. V. M. .


Serm . 3 en la Anunciación de la B. M., n. 3: «Hallaste gracia
ante Dios. ¿Cuánta gracia? Gracia cumplida, gracia singular.
¿Singular o general? Una y otra sin d u d a ; pues por ser gracia, P<?r
eso mismo es tan singular como general, ya que la misma gracia
general la recibiste singularmente. Es tan singular, repito, como
general; pues tú sola recibiste m ás gracia que todas las criaturas.
Es singular, por cuanto tú sola hallaste esa plenitud; es general,
por cuanto de esa plenitud reciben todos» (trad. de la BAC).
2» Cant. 1,8.
¡>" 3 Reg. 3,1'.
SERM ÓN 4 275

porque, p ro c e d ie n d o d e la c a rn e y d e sc e n d e n c ia de A d án ,
se le h a asem ejad o a él, p ero sin el p ecad o en la c arn e ;
y no se co m p ara sólo con u n jinete, sino con to d a la c a b a ­
llería de los santos, por h a b e r a b a rc a d o las gracias de todos
e l l o s ; y así se d ic e : Terrible com o un ejército en orden de
batalla 31.
Ella igualó a los apóstoles en el celo de la pred icación, a
los profetas en los presagios, a los m ártires en los torm entos,
a los confesores en la san tid ad , a las vírgenes e n la p u rez a:
la gracia se dió a los d e m á s con m ed id a, a M aría se le infun­
dió toda la p len itu d 32. ¡O h piadosísim a! M erezcam os no s­
otros en co n tra r en ti la g racia ; esto es lo q u e d e se a y lo que
pide to d a esta m u c h e d u m b re , esto es lo que desean con a n ­
sia los an cian o s, los jóvenes, los niños, las g entes d e to d a
edad, sexo y condición. P u es a ti se dirigen los ojos d e todo
Israel, y la Iglesia a coro clam a en in in terru m p id a o ració n : tú
eres la seg u n d a salvación d e todos, tú el origen d e la paz, el
bien com ún, la colum na d e nuestro linaje, la gloria de todos
nosotros.
P or co n sig u ien te: T ie n d e tu dista alrededor tu yo , y mira:
todos esos se han congregado para venir a ti 33. C onsigam os
por tu m edio 34 el acceso a tu H ijo, ¡ oh a u to ra b e n d ita d e
la gracia, e n g e n d ra d o ra d e la vida, m ad re d e la salu d !, a fin
de que por tu intercesión nos re c ib a el q u e se n os d ió por
tu m edio. E xcuse an te El tu in teg rid ad la culpa d e nuestra
corrupción, y tu h u m ild ad , tan a g ra d a b le a los ojos de
Dios, consiga el p erd ó n de n u estra v a n id a d ; cu b ra la a b u n ­
dancia d e tu c a rid a d Ja m u ltitud d e n uestros p ecad o s, y tu fe ­
cundidad gloriosa fecu n d e n u estro s m éritos. ¡ O h Señora'
nuestra, oh m ed iad o ra n uestra, oh a b o g a d a n u e s tra !, re c o n ­
cilíanos con tu H ijo, re c o m ién d an o s an te tu H ijo, p re sé n ta ­
nos a tu H ijo. P o r la gracia que en co n traste, p o r la p rerro ­
gativa oue m ereciste, p o r la m iseria que so p o rtaste, consígue­
nos, ¡o h B e n d ita !, que nos h ag a p articip an tes, m ed ian te tu
intercesión, d e su gloria y b ie n a v e n tu ra n za el a u e p o r tu
medio se dignó h acerse partícip e d e n u estra flaqueza y
nuestra m iseria, y nos lleve a aq u ella m ism a gloriosa b ie n ­
aventuranza tu H iio U nigénito, q u e se dignó p ara salvarnos
tomar la fo rm a d e siervo, y es b e n d e c id o por todos los
siglos de los siglos. A m én .
« Cant. 6.3.
•12 El autor del Serm ón de la Asunción de la B. M. V., c. 5.
M Is. 60,4
34 S an B e r n a r d o , Serm. 2 del Adven, del Señor, n. 4. Pero la
frase «por la m iseria que soportaste» reza en San Bernardo «por
'a misericordia que diste a luz», o, como dicen otros códices, «que
recibiste».
276 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

APOSTILLA

¿Cómo ha de ser eso? (Le. i, 34 )

5. D ice San B e rn a rd o 35: El m isterio d e la E n carn a­


ción d e l Señor es u n abism o inso n d ab le. Y así, la expresión
del san to Job los gigantes g im en debajo de las aguas 36 de
los m isterios, p u e d e b ie n aplicarse a aq u e lla s privilegiadas
inteligencias de A gustín, Jerónim o, A m brosio : po rq u e, aun­
qu e se e n san ch en los cielos, esto es, el en ten d im ien to como
un p a b elló n , es decir, la gracia, sin em b arg o , cubriste de
agua la parte superior 37 de los m isterios. S ucu m be la razón
hu m an a, se siente su p erad o el e n ten d im ien to , aun alum bra­
d o po r tal m isterio. ¡ O h S eñor !, poco nos m aravilla que h a­
yas cread o los cielos, la tierra, los ángeles y otros mil m un­
d o s d e div ersas natu ralezas y de otro o rd e n ; ni tam poco
nos ad m iram o s de que h ay as d ividido el m ar R ojo, y sacado
agua d e la roca, y enviado el m a n á d e l cielo, y sum ergido a
los egipcios, y d e sb a ra ta d o a los p u eb lo s ; poco es el pre­
d ic ar to d o esto de ti. P e ro , ¿có m o , ¡o h S e ñ o r!, qué arti­
ficio, q u é p o d e r, q u é fuerza, qué sab id u ría necesitó tu m a­
jestad p a ra unirse a u n a débil criatu ra, y unirse d e tal m a­
n e ra q u e D ios se hace h o m b re , el h o m b re llega a ser Dios,
y u n solo su p u esto sea el sostén d e las dos naturalezas?
¿ Q u é ag lu tin an te p u d o unir p e rp e tu a m e n te d e u n a m anera
tan indisoluble a dos n atu ralezas ta n d istan tes, y unirlas
tan íntim am en te q u e se co m u n iq u en las p ro p ied a d es de
am b as n atu ralezas en tre sí? E sto es lo q u e adm iram os, nos
q u ed am o s atónitos an te esto, esto es lo q u e d esea m o s saber.
CC óm o ha de ser eso? D ice Jerem ías: P asm aos, cielos, a
üista de esto, y Vosotras, ¡oh puertas celestiales!, horrori­
zaos en extrem o 38 ; y H a b a c u c : P o n e d los ojos en las na­
ciones, y observad; adm irados quedaréis y espantados;
porque ha su ced id o una cosa en vuestros días que nadie la
querrá creer cua n d o sea contada 3,9: el A pó sto l aplica esto
a la E n carn ació n 40.
O b ra es re a lm e n te increíble : y f cóm o se le d a fe ? Cierta­
m en te, es esta fe u n a m aravilla. P u e s así com o es un mi­
lagro q u e el im pasible p a d e z c a , no lo e s m en os el creer lo

3-> Serm. 2 en la Anunc. de la B. M. V., n. 1.


se iob 26,5.
s* Ps. 103, 2-3.
3S Ter. 2,12.
Hab. 1,5.
Act. 13,40-41.

*
277

increíble. San B e r n a r d o 41: T re s m ilagros realizó D ios: el


prim ero, unir a D ios y al h o m b re en un solo supuesto. Cris­
to ; el segundo, com p ag in ar la virginidad y la m atern id ad
en M aría ; el tercero , infundir la fe en el e n ten d im ien to . Y
todo se ha m erecid o aq u í, de suerte que el e n ten d im ien to
preste re v e re n te sum isión a la fe. T a n p o d ero sam en te se ex­
tiende 42 la sab id u ría de D ios d e l u no al otro extrem o, que
ha podid o o rd en arlo todo con su av id ad . M anifiéstase el p o ­
der en q u e ni la m uerte p u d o desh acer tal unión, y la su a­
vidad, en q u e diéronse un ósculo la justicia y la p a z 43.
P ues era necesario p a ra la p erfecció n d el universo q u e el
principio se u n iera a lo postrero, el C reador a la últim a cria­
tura, de suerte q u e se com plete el círculo, q u e es la figura
perfecta ; y p a ra curarlo todo, to d o lo tom ó, es decir, el
cuerpo y el esp íritu . Este círculo se figura en aquello de
J o b : P o n d ré una argolla en sus narices i í .
T o d a v ía h a y algo m ás que adm irar. ¿ P o r q u é m otivo?
¿P o r q u é ? ¿ P a r a q u é ? £ Q u é es lo q u e le fo rzó? ¿ Q u é
cálculo le im p u lsó ? ¿C uál e ra el p la n ? ¿ Q u é n ecesid ad
h ab ía? V e a m o s sólo estas d o s co sas: cóm o y p or q u é se
realizó; cóm o y p o r q u é D ios se hizo h o m b re.
6. E n cu an to a lo prim ero, sobre el m odo d e hacerse
hom bre D ios, e m p resa harto te m e ra ria p a ra n u estras fu er­
zas parece, p u e s el pro feta Isaías se excusa, d ic ie n d o : La
generación suya, ca m én pod rá explicarla? 45 Y San Juan, d e
más categ o ría q u e un p ro fe ta 46, no se juzga digno d e d e s­
atar la correa d e su calzad o 47. A u n el m ism o ángel, in te­
rrogado p o r la V irg e n : cC ó m o ha de ser eso?, no resp o n d ió
de su cu en ta, sino que la rem itió al E spíritu Santo, d ic ie n d o :
El E spíritu Santo d escen d erá sobre ti, esto es, y o sólo soy
m ensajero d e este m isterio : re sp e c to al m odo, el E spíritu
Santo, su p rem o artífice, es el q u e sab e la m a n e ra de cu­
brirte con su som bra; solo e n tre ti y El se realizará el m is­
terio, solo tú lo ex p erim en tarás, solo tú lo conocerás cuan d o
llegue. No h ay en ten d im ien to angélico ni h u m an o q ue p u e d a
Penetrar esta som bra. No m e p reg u n tes, ¡o h V irg e n !, el
41 S a n B e r n a r d o , Serm. 3 en la vigil. de la N ativ. del Señor, n. 7:
«Tres obras, tres mixturas hizo aquella potente Majestad tomando
nuestra carne, pero tan singularmente maravillosas y tan maravi­
llosamente singulares, que ni se han hecho ni se harán otras se­
mejantes sobre la tierra; pues se unieron entre sí Dios y el hom-
u,re' una madre y una virgen, la fe y el corazón humano. Admira-
mixturas estas y maravillosas sobre todo prodigio, que cosas
to ,dlversas y distantes pudieran unirse unas con otras». Léanse
también los nn. 8 , 9 v 10
Sap. 8,1.
278 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

m odo, p o rq u e es m u y m ás p o d ero so que yo y es superior


a m i alcance 4S. C o n fó rm ate con sab er q u e te n d rá lugar,
p ero có m o ha de ser eso, Dios es el único q u e lo sabe.
E xcúsase el ángel, y ¿o saré yo, vil gusano, d eclarar el
m isterio ? L ejos d e m í tal insen satez. Sin em b argo, p u es­
to q u e es preciso h ab lar de tal m isterio, p u es es día de m u­
chas albricias, y si cali-amos se nos hará d e esto un crim en 49,
sirviéndom e d e las exposiciones d e los m ás doctos, trataré
d e exp o n er n u estra fe e n esta m ateria, cu an to los cortos
alcances d e la fragilidad h u m a n a lo p erm itan , a u n q u e siem ­
p re d ista rá m u ch o de lo que p o d em o s sa b e r o en ten d er. No
o b stan te, vam os a ex p o n er con to d a sencillez cóm o se ve­
rifica esta u n ió n h ip o stática d e l V e rb o con lá carne.
Según S an Ju an D am ascen o 50, D ios es u n océano infi­
nito, en cu an to a su sustancia, y u n abism o infinito d e per­
fecciones. P o r e n d e , cu alq u ier p erfecció n d e u n a criatura
p articular se e n c u e n tra en D ios en m ás alto grado (se trata
d e la p rim era p erfecció n sobrenatural), p u e s co n tie n e Dios
en grad o em in en te las p erfeccio n es d e to d as las criaturas.
D e d o n d e se sigue, p o r razó n d e e sta in m en sid ad y este
abarcarlo to d o , q u e no h a y p e rfe c ció n q u e sea in co m p a­
tible con Dios o se salga de su ám b ito , p o rq u e en cierta
m an era el ser d e to d a s la s cosas se co n tien e en su ser.
C onsecuencia de esto e s que, au n q u e diste D ios d e la cria­
tura infin itam en te m ás q u e u n a criatu ra d e la otra, sin
em bargo , tie n e m ás facilid ad p a ra unirse a c u a lq u ier cria­
tura qu e u n a d e éstas p a ra unirse a la otra. Y de aquí
suele decirse q u e D ios es m ás íntim o a cu alq u ier criatura
q u e ella a sí m ism a, y q u e D ios p u e d e p e n e tra r e n el alma,
y no el ángel, a u n q u e el ángel y el alm a e sté n por su n a ­
turaleza infinitam ente m ás cerca q u e D ios y el alm a. Por
consiguiente, p o r m u ch o s y m aravillosos m odos a u e nos­
otros no p o d em o s co m p ren d er, tie n e D ios p o sibilidad de
unirse a la criatu ra, y a que p o r p re se n c ia se e n c u en tra en
cu alquiera d e ellas.
P e ro p e n e tra n d o a sí en el alm a, a ñ a d e algo a esta sim ­
ple presencia. Y así, p o r razó n de esta in m en sid ad , pudo
unirse de tal m o d o el ser h u m an o con el divino, en quien
se contien e, q u e existiera p a ra a m b a s n a tu ralezas un solo
supuesto , d e suerte q u e la n a tu ra le z a h u m a n a fu era preve­
n id a en cierto m o d o y su sten tad a e n la d ivina p erso n a y
no en la suya p ro p ia, q u e d a n d o así u n solo sup uesto para
en tra m b a s n a tu ra le z a s : etern o p a ra la d iv in a y nuevo para
la h u m an a. No q u ed ó , pues, allí D ios p o r u n a parte y
h o m b re p o r o tra, sino el m ism o sup u esto con las d o s for-

48 Ps. 138.6.
49 4 Reg. 7,9.
«o O rthod. fid., 1. 1, c. 12 y 15.
SERM ÓN 4 279

mas, la divina y la h u m a n a : D ios, por la form a d e D ios ;


hom bre, p o r la form a d e h o m b re ; com o la fru ta es blan ca
a cau sa de la b la n c u ra , y p o r la dulzura, dulce.
No o curre esto fácilm en te e n las natu ralezas de las cria­
turas ; es decir, q u e u n a su sten te a la otra, q u e el án gel se
haga h o m b re ; p o rq u e son d e d istinta y m uy d iferen te p e r­
fección, y n in g u n a con tien e p e rfe c tam e n te a la o tra, y no
tiene n in g u n a d e ellas la p erfecció n sin m ed id a ; son, por
tanto, p erfeccio n es p articu lares o puestas. D ios, en cam bio,
es la p erfecció n universalísim a, sin oposición con ninguna
perfección. N otem os p a ra ello q u e existen en el m undo tres
clases de u niones d ig n as d e p articular m e n c ió n : la p rim e ­
ra es la d e las p erso n as en u n a m ism a n atu raleza, y e s la
m ás gran d e y ú n ica ; la seg u n d a, la d e las n a tu ra lezas en
una sola p e rso n a ; la te rc e ra, la del alm a y el cu erp o en
un solo h o m b re, q u e ta m b ié n es ad m irab le. D e d o n d e d e­
duce y co m e n ta p o r extenso San A gustín “ q u e, así com o
parece im posible q u e dos n atu ralezas tan d ista n te s com o el
alm a y el cu erp o se u n a n tan ín tim am en te q u e form en u n a
unidad, y, sin em b arg o , no nos so rp ren d e p o rq u e lo vem os
realizado ; así no d e b e m aravillarnos que D ios h ay a podido
unirse al h o m b re, sobre to d o si se tiene en cu en ta q u e el
alm a no co n tien e al cu erp o com o D ios contien e al hom bre.
7. Sin em bargo, con n in g u n a o tra criatu ra h a llevado a
cabo D ios ni la llevará e sta clase d e u n ió n , a u n q u e po d ría
unirse a cu alq u iera. U n a d u d a se ofrece, y es si p o d ría unirse
Dios a to d as a la vez, d e suerte q u e to d a s ellas fu eran
Dios. E n la u n ió n d e q u e tratam o s no h ay com posición,
ni m ezcla, n i confusión d e las n atu ralezas, sino sim plem en­
te el su sten tam ien to de u n a n atu ra le z a en la p erso n a d e la
otra. Esto p u e d e explicarse m uy b ie n p o r el injerto d e una
planta en el tronco d e o t r a ; d e un m o d o sem ejan te se
unió la h u m a n id a d al tronco divino. Y así com o en aq u el
caso se d a la co m unicación de las p ro p ie d a d e s d e esas
plantas, com o se ve en el m em brillo, q u e tiene un color,
tam año y sab o r m ixto, así se com u n ican e n esta u n ión ad-

C iudad de Dios, 1. lo, c. 29, n. 2: «Vosotros (los platónicos)


atribuís tanta eficacia al alma intelectual, la cual, sin duda, es la
humana, que se puede hacer consubstancial a aquella mente pater­
na que confesáis ser el Hijo de Dios. ¿Qué cosa increíble es que a
una alma intelectual, por un modo inefable y singular, la tomase
Dios y juntase consigo para la salud de muchos? Sabemos, por la
reiterada experiencia de nuestra propia naturaleza, que el cuerpo
86 une con el alma para formar un hombre entero y cumplido, lo
5ue. si no fuera muy ordinario y usado, fuera más increíble, sin
QUda, que esto; porque más fácilmente se debe creer que se puede
Juntar, aunque sea lo humano con lo divino, lo mudable con lo in-
rouciable, el espíritu con el espíritu, o, por usar de los términos que
rnr,°^r°s empleáis, con más facilidad puede juntarse lo incorpóreo
n incorpóreo que lo corpóreo con lo corpóreo».
280 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARIA

m irable las p ro p ie d a d e s de am b a s n atu ralezas, d e suerte


q u e se afirm e con p ro p ie d a d q u e el C reador es h o m bre e
infinito, y q u e D ios h a p ad ecid o y m uerto. Y así dice el
apóstol S a n tia g o : R e c ib id con docilidad la palabra injerida
en vosotros 52.
T am b ién p u e d e dilu cid arse esta unió n p o r la q u e tiene
el accid en te con el sujeto, a quien d a n o m b re ; y así Cristo
es pro p iam en te D ios y h o m b re, por la d o b le form a de Dios
y de hom bre. El A p ó s to l: E l cual, te n ien d o la naturaleza
de D io s..., recib ió la fo rm a d e siervo 53.
O tro símil es el d el v e s tid o : b ien p u ed e afirm arse que
Dios se ¡ha revestido d e la carn e com o de un vestido, y
así h ab la el A p ó sto l: R e d u c id o a la condición d e hom bre '4.
A sí, D ios revistió a la V irgen d e g racia, y la V irgen, a su
vez. le vistió d e carn e. E sta es aq u ella tú n ica polím ita y talar
de J osé 55, de la cual fué d e sp o jad o p o r sus herm anos, la
cual m ostraro n al p ad re, ex clam an d o é ste : U na fiera ha
devorado a José. (Los judíos, h erm an o s m íos, d espojaron
a Cristo d e su túnica, talar e n la cruz) ü6. E sta es tam bién
aquella ca p a que el m ism o José a b a n d o n ó 57 en m anos d e
la ad ú lte ra , p a ra no consentir en el ad u lterio ; q u e es figura
de Cristo d e ja n d o sus vestidos en p o d e r de Ja sinagoga, no
querien d o ase n tir a sus pecad o s. E sta tú n ica polím ita, res­
p lan d ecien te por la v a ried ad d e gracias, d o n es, virtudes, et­
cétera, fué tejid a p o r las m anos d e l E spíritu S anto en las
en tra ñ a s d e la V irgen com o en un telar.
R esp ecto a lo segu n d o , por q u é tuvo esto lugar, por
qué D ios se hizo h o m b re, p o d em o s re sp o n d e r con aquellas
p a la b ra s: c Q uién ha conocido los designios d el Señor? o
c Q uién fu é su consejero? 58 Y si es in cap az el hom bre 59
d e dar razó n d e las obras d e D ios en g eneral, ¿ q u é será
tratándose d e o b ra tan im p o rtan te ? ¿ Q u é razó n p u e d e h a b er
p a ra que Dios se haga hom b re p o r la criatura, p a ra q u e Dios
m uera por un g u san o ? P e re z c a an te s e l h o m b re, aniquílese
el m undo an te s q u e D ios sufra el m ás insignificante m enos­
cabo. R ealm en te, si nos con su ltaran a nosotros, diríam os
que era u n a locura. ¿ Q u ié n te forzó, ¡o h Señor !, a hacerte
hom bre ? ¿ Q u ién te obligó a redim ir a l p erd id o ? Sin d u d a,
h ab ía otros m uchos m edios. Si p erd o n as el p e c a d o , ¿n o po­
días tam b ién d isim ular tu ,o fe n s a ? ¿ Q u ié n te p o d ía d ecir:
por q u é o b ras a sí? T a m b ié n h u b iera p o d id o D ios acep tar

- Iac. 2 ,1 .
¿3 Phil. 2,6-7.
Ib. 2,7.
“ Gen. 37,3 y 23.
3« lo. 19,23-24.
5" Gen. 39,12.
58 Rom. 11,34.
s» Eccl. 8,17.
SERM ÓN 5 281

un sacrificio -de A d á n q u e valiera por todos, com o h ab ía re ­


cibido la ofensa q u e a tod o s p erju d icó ; p o d ía incluso ani­
quilarlo y form ar, com o a n te s ®°, del b arro otro inocente.
Pero prefirió h acerse h o m b re, y b á ste n o s esto.

S E R M O N V

Huerto cerrado eres, herm ana m ía, esposa, huerto


cerrado, fuente sellada (Cant. 4, 12).

I. P e n sa n d o cóm o p o d ría alab ar a la sacratísim a V ir­


gen, sin q u e d esd ijeran m is alab an zas de ta n excelsa digni­
d a d ni d e fra u d a se n m ucho v u estra ex p ectació n , se m e re ­
p resen tab a com o u n a em p resa en extrem o d ificultosa e in ­
asequible, no sólo p a ra m i falta d e ciencia y elocuencia, sino
aun p ara el m ás elo cu en te y m ás sabio. En efecto, ¿q u ién
presum irá igualar o siquiera rozar con sus ala b an z as tan
sublim e m ajestad ? C om o solución d e esta d u d a , he tom ado
la resolución d e recurrir al E sposo, que es el único que p u ed e
cantar las v irtu d es y ex celen cias que puso en la V irgen.
Sea este p an eg irista, p lan tad o r, fu n d ad o r y cread o r, el que
alabe la h erm o su ra d e a q u e lla q u e hizo tan graciosa.
D e este m o d o se m e ocurrían m uchos d e los insignes
loores con q u e m aravillosam ente la ensalza el E sposo en el
C antar d e los C an tares ; p ero en tre to d o s los elogios m e p a ­
reció m ás distinguido y expresivo el q u e he p uesto d e te ­
ma : H u erto cerrado eres, herm ana m ía, esposa, huerto
cerrado, fu e n te sellada. ¿ H av algo m ás breve, m ás com ­
pen d iad o y m ás su b lim e? ¿ Q u é se p u d o decir que con
m ás p ro p ie d a d se relacione con el asu n to y lo ex plique que
esta brev e expresión d el E spíritu Santo ? f C óm o se p u d o
poner m ás de relieve su m aravillosa d ig n id a d q u e llam án ­
dola el m ism o so b eran o artífice, q u e co nocía p e rfectam en te
a la que h a b ía h ech o , in escru tab le, in accesib le, sellada, c e ­
rrada, esco n d id a, im p en etrab le, in e fa b le ? No se le p u e d e
tributar m ay o r alab a n z a que d ecir a u e es im posible de d e ­
clarar. P ero p re sta d diligente aten ció n , h erm an o s m íos, y,
en cuanto nos sea posible, tratarem os, to m an d o com o guía
al m ism o E spíritu, d e ab rir este estu ch e sellado ; y puesto
Que se tra ta d e u n m isterio cerrad o y sellado, su p ltauem os
antes a su m ism a M adre que nos a b ra algún resauicio y nos
dé su luz p a ra exponerlo, o frecién d o le p a ra ello el
A v e María
60 Estas mismas ideas se encuentrari en el Serm. 7 sobre la Na­
tividad de Cristo, n. 12.
282 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

2. El serm ó n se re d u c irá a la ex posición d e l tem a, es


d ecir, a ver q u é q uiere insinuarnos el esposo en ca d a u n a de
sus p a rte s: cóm o la V irgen es huerto, cóm o cerrado, y por
q u é do s veces cerrado. Igualm ente, cóm o es posible her­
m ana y esposa, n o sien d o lícito e n n in g ú n código casarse
con la h e rm a n a ; y tam b ién cóm o es fu e n te , p o r qué está
sellada y con q u é sellos. C am p o harto an ch u ro so , que no
p u e d e reco rrer n i au n el m ás veloz en ten d im ien to.
T re s d iferencias existen en tre el h u erto y las o tras po se­
siones : la p rim era consiste en q u e las d e m á s posesiones son
estim adas p o r la u tilid ad de sus frutos, en cam bio, se tiene
p redilección ipor u n h u erto , no sólo p o r la u tilid ad y recreo
q u e nos p ro p o rcio n a, sino ta m b ié n p o r su a m en id a d y
herm osura. P lan tam o s u n a viña p a ra q u e su d u lce fruto
m itigue n u estra s e d ; p rep aram o s u n h u erto p a ra que nos
sirva d e d eleite, recreo v d escanso. E n las otras posesiones
se b u sca el fruto ; en el h u erto , a m ás del fruto, se busca
el deleite. L as otras p osesiones re m e d ia n las n ecesidades
d e la fam ilia ; el h u erto da d escan so a n u estro s trab a jo s y
alivio a n u estras tristezas. E sta es la p rim era d iferen cia.
S eg u n d a d iferen cia. C a d a u n a d e las otras posesiones
está d estin a d a a u n a sola cosa ; e] h u erto p ro p o rcio n a va­
ried ad de frutos, p u e s no es ag rad ab le el h u erto que no
tiene v a rie d a d d e flores y d iv ersid ad d e frutos. El cam po
nos d a p an : la v iña, vino : m as el h u erto no p ro d u ce un
solo fruto, sino u n a m últiple v aried ad de ellos.
L a te rc e ra d iferen cia consiste en el cerco. Se cerca las
otras posesiones con un vallado o con u n a seb e p ara d e fe n ­
d erlas d e las b estias ; en cam bio, pl h u erto se p rotege con
u n m uro o con altas p a re d e s. No llevam os m u v a m al au e
alguien D enetre en la viña y tom e algún racim o ; m as en
m odo alguno p erm itim os a u e se nos to n u e el h uerto. C ual­
quier am o confía sus p osesiones a los de su casa p a ra au e
las cultiven y las g u arden : p e ro se constituye él en guar­
d ián del h u e rto v se g u ard a su llave : si le a rra n c an una
sola flor, le d u e le m á s a u e si le sacan u n ojo, por el
am or tan delicado a u e siente h acia el h u erto a u e endulza
su vida. H a y to d av ía algunas otra® d iferen cias: las po se­
siones suelen estar en el cam p o , v el hueTto, en casa ; a a u e -
llas son p la n ta d a s p o r m an o s d e los siervos, é ste por la
d el señor, etc.
En la in m en sa h e re d a d d el S?ñor e s la V irg en , con res-
Decto a los d em ás santos, lo que el h u erto con resnecto a
las otras posesiones. Ella sola es la ú n ica p ro p ia m e n te huerto
del S eñor ; cu alq u ier otra alm a es com o u n a p osesión. En
prim er lugar, p o rq u e toda prerrogativa o to rg ad a a algún
santo y to d a g racia q u e le h a h e ch o insigne en la Iglesia
d e Dios, se le ha d ad o p ara u tilidad d e la m ism a, p a ra ayu­
SERM ÓN 5 283

d ar y alim en tar a la fam ilia d e D ios con ella. A sí d ice el


A p ó sto l: A s í es q u e ha p u esto D ios en la Iglesia, unos en
prim er lugar, apóstoles; en segundo lugar, profetas; en el
tercero, doctores; luego a los que tien en el d on d e hacer
m ilagros, d e sp u é s a los q u e tien en gracia de curar, de soco­
rrer al prójim o, don d e gobierno, de hablar todo género d e
lenguas, d e interpretar las palabras l . Y a los E fesio s: Y así,
El m ism o a unos ha constituido apóstoles; a otros, p ro fe ­
tas; y a otros, evangelistas; y a otros, pastores y doctores,
a fin de q u e trabajen en la p erfecció n d e los santos, en
las fu n cio n es d e l m inisterio, en la ed ificación d el cuerpo
de Cristo 2. Y en otro lu g a r: H a y d iversidad d e d o n es es-
pirituales: así el uno recibe d el E spíritu S anto hablar con
sabiduría; otro recibe d el m ism o E spíritu hablar con ciencia;
a éste le da el m ism o E spíritu la fe; a otro, la gracia de
curar en fe rm e d a d e s p o r el m ism o E spíritu; a quién el don
de hacer m ilagros, a q u ién el d o n de profecía, a q u ién d is­
creción de espíritu, a q u ién don d e hablar varios idiom as,
a quién el d e interpretar las palabras s'. Y ¿ p a ra q u é se les
ha d a d o ? L o s d o n es visibles d el E spíritu se dan a cada uno
para la utilidad 4 de la Ig le sia : y así, recib ió M oisés la p ru ­
dencia p a ra g o b ern ar a su p u e b lo ; P a b lo , la cien cia d e la
palab ra p a ra convertir a los gentiles m ed ian te la pred icación,
y P ed ro , la p o te sta d de las llaves p a ra p e rd o n a r los p e c a ­
dos, etc. ; en u n a p ala b ra , p a ra q u e to d o s, con la d iferen cia
de gracias y la v a ried ad d e dones, p re ste n c a d a cual en su
grado sus servicios al p u e b lo d e D ios, q u e form a u na sola
familia.
3. P e ro esta V irgen h a sido c re a d a de u n a m an era es­
pecial p a ra form ar las delicias del S e ñ o r: E stá hecha com o
un jardín d e delicias 5. Los d e m á s fueron engran decidos
para u tilidad d e la fam ilia ; esta V irg en fué c re a d a y llena
de m aravillas p o r Dios p ara solaz suyo. P lan tó D ios a los
otros p a ra los d em ás, a ésta la plan tó p a ra sí m ism o. ¡ O h
qué a la b a n z a y q u é elogio el de este h u erto ! T o d a s las co ­
sas las ha h echo el Señor para sí m ism o 6, p ero no p o r su
utilidad, com o dice San A gustín 7, sino p o r su b o n d ad .
En ninguna criatu ra a p a re c e y brilla esto con m ás claridad
que en la V irgen. L a eligió y form ó p a ra M adre suya, para
1 1 Cor. 12,28.
5 Eph. 4,11.
3 1 Cor. 12,4-10.
4 Ib. 12,7.
5 Eceq. 36.35.
• Prov. 16,4.
7 Confes. 13.2: «De la plenitud de tu bondad subsiste toda cria­
tura, a fin de que el bien, que a ti no había de aprovechar nada ni
Proviniendo de ti había de ser igual a ti, sin embargo, porque po­
p a ser hecho por ti, no faltase» (trad. Obras de San Agustín [BAC1
2, p. 903).
284 ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

casa suya, p a ra m o rad a suya ; a fin d e h a cerse h o m bre en


ella y d e ella m ism a el que to d o lo hizo por el h o m b re. E s­
cucha al S a lm ista : H o m b re fué h e c h o en ella, y el m ism o
A ltísim o es quien la ha fu n d a d o 8. Y la h izo p recisam ente
p a ra de ella h acerse h o m b re el q u e no p u e d e ser h ech o .
¡ O h S e ñ o r!, te co m p laces en tu h e c h u ra 9 y te rego­
cijas en las obras de tus m anos ; p ero en n in g u n a parte d es­
cansas com o en tu hu erto , según ella d ice de sí: Y el que
a m í m e dió el ser, estableció m i tabernáculo 10. ¡ O h ver­
d ad ero p araíso de delicias, en e l cu al se p a se a D ios al m e­
d io d ía lx, q u e significa el ard o r d e la carid ad ! ¡ O h dichoso
huerto, que ta n dichoso fruto d ió ! B en d ito es el fru to de
tu vientre 12. Esto m ism o d ice el P a d re d e l H ijo : E ste es
m i querido H ijo , en q u ien tengo todas m is com placencias 13.
Y el H ijo a la M adre le d ic e : ¡Cuán bella y agraciada eres,
oh am abilísim a y deliciosísim a! 14 ; y ta m b ié n ; H erm o sa eres,
querida m ía, y llena d e dulzura 15. A m ig a m ía, p a lom a mía,
herm osa m ía 16. H as sido h e c h a h erm o sa 17 y am a b le en tus
delicias, can ta la Iglesia ; ¡ oh a g raciad a V irgen !, en la cual
m e he com placido m ucho, en la cual he d e sc a n sa d o . Y por
eso ella m ism a le invita en los C a n ta re s : V enga m i am ado
a su huerto 18.
E n seg u n d o lugar, se d iferen cia tam b ién de los otros
santos p o r razó n de las virtudes ; p o rq u e en ca d a uno de
ellos se d e sta c a con singulares fulgores u n a virtud, o au n ­
que h ay a m ás de un a, no re sp la n d e c en com o en la V irgen,
en la qu e reu n ió Dios las v irtu d es de todos los san to s y en
grado hero ico . D ice el S alm o : A tu diestra está la reina
con vestido bordado de oro y engalanada con varios ador­
nos 19; y ta m b ié n : E n el interior está la principal gloria de
la hija d el rey; ella está cubierta d e un vestido con varios
adornos y recam ado con franjas de oro 20. Y S an B ernar­
do 21: T u sacratísim o seno, ¡o h M a ría !, e s p a ra nosotros
un h u erto de delicias, p o rq u e de él espigam os m últiples

8 Ps. 86.5.
9 Ps. 91,5.
i» Eccli. 24,12.
n Gen. 3.8.
12 Le. 1,42.
13 Mt. 17,5.
Cant. 7,6.
is Ib. 6,3.
i« Ib. 2,10.
17 La Iglesia en el oficio de la Bienaventurada Virgen María,
i» Cant. 5,1.
i 9 PS. 44,10.
2» Ps. 44,14-15.
-i Más bien Ekkebertus en el sermón panegírico a la Bienaven­
turada Virgen Madre de Dios, n. 4; entre las obras espurias de San
Bernardo, vol. 3, n. 763 de la ed. Mabil.
S erm ó n 5 285

flores d e gozo siem p re que reco rd am o s c u á n ta d u lzu ra irra­


dió de él al universo entero.
P ero eres tam b ién , ¡ oh M adre de D ios !, huerto cerrado,
a d o n d e jam ás p u d o p e n e tra r la m ano del p ecad o r p a ra
profanarlo. T ú eres la era llen a de p la n ta s aro m áticas que
plantó el celestial droguero, floreciendo deleito sam ente con
las singulares flores d e to d as las virtudes ; en tre las cuales,
j oh e x c e le n tísim a !, ad m iram o s tres en extrem o herm osas.
Son éstas, ¡o h M a ría !, la violeta d e la hu m ild ad , el lirio
de la castid ad , la e n c e n d id a ro sa d e la carid ad , con cuyo
suavísimo aro m a satu ras p le n a m e n te la casa del Señor. Con
justicia b ro tó de tu raíz aq u e lla flor vistosa en tre los hijos
de los hom b res, sobre ia cual descan só el E spíritu del
Señor. ¿ A q u ién te co m p ararem o s, oh M ad re de la h er­
m osura? E res con to d a v e rd a d el p araíso de D ios, po rq u e
produjiste a q u e l árb o l cuyo fruto d a la vida a los que lo
com ieren.
T e rc era d iferen cia. A u n los m ás g ran d es santos, por m uy
protegidos que estuvieran, no p u d iero n d efen d erse d e las
bestias d el cam po, al m en o s en algún p e c a d o venial. ¿Q u ién
más santo q u e el apóstol S an J u a n ? Y, sin em b argo, e x ­
clam a : S i dijéram os q u e no te n e m o s p e c a d o , nosotros
mismos nos engañam os, y no hay verdad en nosotros 22.
En cam bio, la sacratísim a V irgen ni p o r el contagio d el p e ­
cado venial fué m a n c h a d a ; p u es, com o dice S an A gustín 23,
no sólo no com etió p ecad o , p ero ni siquiera p u d o p en sar
en com eterlo. N o p u d o tocarla en abso lu to A b im elech 2i, esto
es, Satanás, p ues fué el Señor p a ra ella m uro y a ntem ural 25,
según aqu ello d e l p ro feta Is a ía s : Sión es nuestra ciudad
fuerte, el Salvador será para ella m uro y antem ural 26. La
rodeó con u n m uro al confirm arla en gracia, a fin d e que no
pudiera caer en p e c a d o ; y puso en torno d e ella un a n te ­
mural, p u e s la previno con b en d icio n es am orosas 27. Y p a ra
que su m uro no p u d ie ra ser atacad o ni d e lejos p o r la a n ­
tigua serp ien te, a ñ a d ió el an tem u ral, a fin d e q u e ni aun
los llgerísim os m ov im ien to s d e la se n su a lid a d p u d ie ra n
insinuarse en la V irgen. Esto es, p u es, lo q u e se afirm a en
eJ te m a : huerto cerrado 28, es decir, co n tra el p ecad o p o r
el m uro de la preservació n , y d e nuevo huerto cerrado,
c°n el m uro de la confirm ación. E ste es el p rim er sentido.
4. T a m b ié n p u e d e n in terp retarse estas p a la b ras refe-
22 lo. 1 ,8 .
^ 23 Véase la nota 55 del Serm ón 1 de la Inm aculada Concepción
ae B. V. M.
266 ANUNCIACION DE LA VIRGEN MARIA

rid as a la e sco n d id a e inaccesible gloria d e la V irgen, de


su erte que se llam a huerto cerrado, p o rq u e el entendim iento
hum an o es in cap az d e colum brar la m ultitu d d e riquezas
espiritu ales y de gloria q u e D ios d ep o sitó en la V irgen. Es
la V irgen un p ro fu n d o abism o de m isterios y virtudes, y no
p o d rá nad ie p e n e tra r ni los m isterios que en ella h a n tenido
lugar ni las v irtu d es q u e a D ios le plugo otorgarle. Por
tanto, es d o s v eces huerto cerrado: por el abism o d e los
m isterios y por el abism o de las virtudes.
P u es, ¿ q u ién se rá c a p a z d e a p reciar los sacram entos que
bajo aq u el velo d e carn e están ocultos y se h an celebrado
en este santuario ? V ay am o s reco rrien d o d e s d e el principio
del m u n d o ; ex am inem os las figuras de la ley, repasem os
las cerem o n ias, los sacrificios, las p ro fecías: en todas ellas
está a n u n ciad a y figurada la V irgen, y to d a la v erd ad es­
tuvo o cu lta en la V irgen y p o r la V irgen se nos m anifestó.
P u es ella es el p araíso d e delicias, en el cual fué colocado
el h o m b re 29, seg u n d o A d á n , q u e p ro ced ía del cielo, para
cultivarlo y guard árlo ; ella es el a rc a de N oé 30, en q u e en­
co ntraro n su salvación los seres v iv ie n te s ; ella, la zarza de
M oisés sl, q u e a rd ía y no se q u e m a b a ; ella, el vellocino de
G ed eó n 32 ; ella, el a rca d el T e sta m e n to 12 ; ella, la urna del
m an á 34; ella, el tem plo santo de D ios 35; ella, el al­
ta r 3,8; ella, la v a ra floreciente d e A a ró n 37; ella, la pie­
dra 38 d e la cual se hizo b ro tar ag u a, etc. í Q u é m ás diré?
Se acab aría el día sin que p u d iéram o s d a r fin a los abun­
dantísim os arcan o s de la V irgen. D ice San A gustín 39: ¡O h
Jo s é !, hijo d e D avid, el m ism o D ios q u e escribió tales m a­
ravillas e n su ley, realizó tam b ién m aravillas en tu esposa.
M ira con tu s ojos en M aría, lo m ism o q u e h as leído en tus
libros, p a ra p o d er en to n ar d ig n a m e n te el cántico d e tu
p ad re D a v id : C o m o lo oím os, así lo h em o s visto en la ciu­
d a d d el S eñ o r de los ejércitos, en la c iu d a d de nuestro
D io s 40, la cual creó D ios p a ra siem pre. E lla m ism a es
c iertam en te la ley. P o r consiguiente, q u ien esculpió sin
p u nzó n las p alab ras d e la ley en las ta b la s 41 , de un m odo se­
m ejan te, sin n e c e sid a d d e p u n zó n , valién d o se d e su dedo,
el E spíritu S anto esculpió al V e rb o etern o en el seno de la
Gen. 2,8.
Tb. 7,1 ss.
31 Ex. 3,2.
32 Iud. 6.27.
»» Ex. 26,34.
3* Hebr. 9,4.
3» Ps. 10,9.
*• Ex. 30,1.
” Num. 17,8.
Ex. 17,6.
3» Serm. 195, n. 6, apéndice.
■»» Ps. 47,9.
« Ex. 32,15-16.
SERM ÓN 5 287

Virgen sin el concurso d e v aró n ; y el que p ro p o rcionó pan


en el d esierto 42 sin el a ra d o , sin la m en o r corrupción d ejó
encinta a la V ir e e n ; y el au e hizo g erm inar 48 a la vara
seca, hizo q u e la H ija d e D avid en g en d rara sin sem illa. M ira,
pues, con tus ojos en M aría lo m ism o q u e h as leído en tus
libros,
La V irgen es ta m b ié n huerto cerrado de virtudes y g ra­
cias. T u v o D ios a b ien se hiciera m anifiesta a aquellos en
cuyo favor se d a b a , la gloria y la gracia q u e a los otros
santos se les hab ía d a d o p a ra utilid ad de los dem ás, a fin
de aue co nocieran tod o s p ú b licam en te lo que p a ra utilidad
pública d e to d o s se d ab a. P e ro la V irg en ag rad ó en secreto
a solo aq u él p o r q u ie n h a b ía sido h ec h a , y así esta e sc rito :
En el interior está la principal gloria de la hija d e l R e y 44 ;
y ella m ism a d ice en los C a n ta re s : N o reparéis en que soy
morena 4S. No m é m en o sp reciéis si no resucito a los m u er­
tos, ni curo a los leprosos, ni devuelvo la salud a los e n ­
fermos con mi som bra, ni realizo otras m aravillas, porque
m e ha robado el sol m i color 46. N o n ecesita d e estos co­
lores m ateriales el q u e con o ce los secretos de m i corazón ;
quien m e creó conoce m i g ran d eza y herm o su ra, y no p re ­
cisa d e estos testim onios exteriores.
¡Q u é v elad a y esco n d id a e ra su excelencia, p a sa n d o en
el m undo en tre las d em ás m uieres com o otra doncella cual­
quiera ! N o conocía el m u n d o las flores q u e se o cu ltab an
en este h u erto , p o rq u e era huerto cerra d o . E stab a oculta la
yire^pn en N azaret, com o u n h u e rto en la flor, p u e s flor es el
significado d e la p a la b ra N a z a r e t; desconocida d e los h o m ­
bres, pero m anifiesta a los án g eles y gratísim a a Dios. ¡ Q ué
tesoro h ab ía a'lí. q u é riq u ezas ! P e ro el m u n d o desconocía
■as delicias del huerto , p o rq u e era u n huerto cerrado. Lo
desconocía aq u el N atan ael. a u e d e c ía : c’A ca so de N azaret
puede salir cosa buena? 47 C onocíalo, e m p ero , au ien envió
su anerel a N ara ret. a una V irgen 4S. Y ¿ p a ra a u é le envió?
A ten d ed : el P a d re la tom ó com o eso o sa en la p a tern id a d
de su Hijo : el H iio, com o m ad re : el E spíritu Santo, com o
a fin d e h acerla sagrado tálam o y dom icilio de to d a ■
T rin id ad .
Este es, p o r co n sig u ien te, el segundo sentido de aquella
•rase, en el cual p o n e d e m anifiesto esta o culta selva d e
Misterios y esco n d id a gloria tam b ién d e virtudes en la V ir-
Ren. A un el m ism o C read o r, com o en co m ian d o y adm i-
" — — . ''n
4’ Mt. 14.19-20: Mr. 6.41-45: Le. 9.16-17: lo 6.11 S.
” Num. 17,8
*4 Ps. 44.14.
u Cant. 1.5.

í° : « 6
Le- 1,26-27.
288 ANUNCIACIÓN DE LA V IR 3E N MARÍA

ran d o su ex celen cia, e x c la m a : H u erto cerrado eres, her­


m ana m ía, esposa, huerto cerrado.
5. Q u e d a au n u n tercer sentido d e las p alab ras huertc
cerrado, ap licán d o las a la clausura de su virginidad. Más
au n , d o s veces cerrado, p o iq u e fué virgen an te s del parto
y virgen d esp u és d e l parto ; o ta m b ié n dos v eces cerrado,
p o rq u e fué virgen en el cuerpo y virgen en el espíritu, santa
en el c u erp o y san ta en el espíritu. P o rq u e existen vírgenes
necias que p ien san h a b e r h e ch o b a sta n te con guardar su
c u e rp o d e la corru p ció n sin p reo cu p arse d e g u ard ar su alma
de los atractivos, sem ejan tes a los sepulcros b lan q u ea d o s 49.
Brillan al exterior con la integ rid ad de su cuerpo, están in­
ficionadas con la d efo rm id ad de sus p en sam ien to s, cierran
la p u e rta d e sus cu erp o s a los h o m b res y a b re n las de su
corazó n a los d em o n io s ; no q uieren fornicar con los hom ­
b re s y se p re sta n a fornicar c o n los d e m o n io s: no puede
ser ag rad ab le a D ios sem ejan te hu erto , p o rq u e no está ce­
rrad o e n el cu erp o y en el alm a.
E n cam bio, la V irgen, M adre d e Dios, está cerrada por
am b a s p a r te s ; y así com o o rd e n ó Dios figuradam ente a
M oisés 50 q u e d o rase el arca p o r d e n tro y p or fuera, del
m ism o m odo ex clam a el esposo en los C a n ta re s : ¡Q ué her­
m osa eres, am iga m ía, cuán bella eres! 51, p a ra ponderar
la doble h erm o su ra, d e l cuerpo v del alm a. T a m b ié n el
p ro feta E ceq u iel significaba esta clausura, cu a n d o d e c ía : El
S eñor m e hizo volver hacia la puerta d el santuario exterior,
la cual rniraba al oriente, y estaba cerrada. Y díjom e el
Señor: «Esta puerta estará cerrada; u no se abrirá, y no pa­
sará nadie p or ella: p orque por ella ha entrado el Señor
D ios d e Israel: y estará cerrada» 52. C o m en tán d o lo . San A gus­
tín dice 53: ¿ Q u é quiere d ecir p u erta cerrada en la casa del
Señor, sino q u e M aría p e rm a n e c erá siem pre ilesa? ¿Q ue
significa el h o m b re no pasará p or ella, sino que José no la
conoció ? ¿ Q u é significa que sólo el S eñor p e n e tra y ha en­
trado p or ella, sino a u e el E spíritu Santo fué el que la fe­
cu n d ó ? Y ( q u é significa estará cerrada p a ra siem pre, s in o
q u e M aría fué virgen antes d e l p arto , en el p arto y des­
pu és del p a rto ? E xclam e, pues, M aría: h e sido c o n s t i t u i d a
p u erta del cielo, he sido h e c h a e n tra d a p a ra el Hijo de
D io s : he sido h ech a p u e rta del q u e d e sp u é s de su resu­
rrecció n 54, cerrad a la del cenáculo, p e n e tró a d o n d e esta­
b a n sus discípulos. Y aun co n tin ú a San A gustín 55: De *a
M t . 2 3 ,2 7 .
5° Ex. 25,11.
si Cant. 1,14.
52 Eceq. 44,1-2.
•’3 Serm. 195, n. 1. apéndice.
M 10. 20.19.
s* Serm- 234, n. 1, apéndice.
289

m anera d e c o n c e b ir M aría e stá escrito la puerta estará c e ­


rrada; y com o si se le p reg u n tase p o r q u é no está abierta,
a ñ a d ió : P orque por ella ha entrado el Señor D ios d e Israel.
Y ¿ qué significa puerta cerrada, sino el sello del pu d o r, la
integridad d e la carn e in m acu lad a ? P u e s no sufrió d e tri­
m ento en el p arto la q u e e n la co n cep ció n recib ió au m en to
de santid ad .
T a m b ié n se h a d e n o tar, en esta p rofecía d e E cequiel,
que aq u e