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LOS PROBLEMAS

Los problemas son para resolverlos.


(Francisco de Sales)

Todos los problemas proponen un aprendizaje.


Resuélvelos, y una vez resueltos, quédate con el don que te aportan.
(Francisco de Sales)

Muchas veces, a la ausencia de problemas activos le llamamos armonía y es


un error. La auténtica armonía es la que no se puede desarmonizar.
(Francisco de Sales)

“Si nos acercamos demasiado al problema, éste influirá de tal modo en


nuestra percepción que hará imposible toda imparcialidad; en tal caso,
empezaríamos tratando de resolver el problema antes de haberlo
comprendido realmente y de haberlo visto en su conjunto.
Una gran parte del sufrimiento de la humanidad se deriva de esta
tendencia que está presente en todos nosotros”.
(Jacob Needleman)

“Si tienes un problema y no tiene solución, ¿para qué te preocupas?


y si tienes solución, ¿para qué te preocupas?”.
(Proverbio chino)

“Enfrentarse, siempre enfrentarse, ese es el modo de resolver el problema.


¡Enfrentarse a él!”.
(Joseph Conrad)

“No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando


los creamos”.
(Albert Einstein)

“La mayoría de las personas gastan más tiempo y energía en hablar de los
problemas que en afrontarlos”.
(Henry Ford )

“Los problemas son oportunidades para demostrar lo que se sabe”.


(Duke Ellington)

“La formulación de un problema es más importante que su solución”.


(Albert Einstein)

Francisco de Sales
LOS PROBLEMAS

“El optimista es una parte de la respuesta.


El pesimista es siempre una parte del problema”.
(Anónimo)

“Un problema deja de serlo si no tiene solución”.


(Eduardo Mendoza)

En este capítulo, cuando me refiero a “problemas”, son exclusivamente los


de tipo humano o espiritual, no un interruptor que no funciona o un coche
que no arranca.

La mayoría de las personas desperdician una gran parte


de su tiempo en preocuparse por problemas que nunca
han sucedido y que posiblemente nunca lleguen a suceder.
Eso acarrea inquietudes, miedos, desasosiegos,
inseguridades, preocupaciones… y todo ello es evitable e
innecesario.
Es muy importante tener esto muy claro, porque saber
que la mitad de los asuntos que llamamos problemas no
son problemas, sino inconvenientes, contrariedades,
complicaciones, molestias (todos asuntos muy leves, sin
ninguna complicación ni trauma incorporado)… pero no son
problemas, nos puede evitar muchos malos momentos.
Nos gustan las cosas cómodas y nos desagradan las
dificultades, aunque estas sean breves, por eso cualquier
cosa que podamos asimilar a “problema” nos resulta
fastidioso y nos pone nerviosos o de mal humor, y eso es
sólo el comienzo de un proceso de auto-destrucción (mal

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humor, enfado, bajada de autoestima, nerviosismo,


preocupación, etc…), por no querer comprender que eso
desagradable que está pasando es algo que conviene
resolver más que quedarse estancado en la búsqueda del
culpable.

Los problemas, los auténticos, pueden ser ajenos o


propios, aunque se interrelacionan en numerosas
ocasiones, porque a veces nos hacemos cargo de los
problemas de los demás (incluso aunque no nos lo hayan
pedido…) y nos creemos una mezcla de superman o
superwoman con superpoderes para solucionar el mundo
entero y todos sus habitantes, junto con una caridad
cristiana genéticamente mal entendida, y eso nos empuja
a querer ayudar al prójimo.
Al prójimo hay que dejarle que viva sus propias
experiencias y que resuelva sus problemas, porque todo
problema lleva implícita una lección y esa lección es
personal, y la enseñanza que contiene es para quien lo
resuelve. Al prójimo hay que dejarle que decida su propia
vida y escoja sus propios sufrimientos.
Resolver los problemas de los demás, cuando no nos lo
han pedido, es un modo de menosprecio hacia ellos; es
como decirles tú no vales, tú no sabes resolver, y voy a
hacerlo yo por ti, pero, además, es un acto orgulloso en el
que estamos diciendo yo sí sé, yo sí puedo resolverlo y lo
voy a hacer.
Desde un punto de vista kármico, uno ha preparado que
en esta vida se vayan presentando una serie de
situaciones-problemas para aprender a resolverlos y de

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ese modo continuar su camino de perfeccionamiento. Si


nosotros nos entrometemos pretendiendo evitarle “el
problema”, estamos entorpeciendo su evolución. O sea
que ni jugar a ser Dios, ni pretender arreglar el mundo
de los demás.

Una vez escuché contar algo así como que en ciertas


zonas de la India, donde creen firmemente en la rueda
de las reencarnaciones, si una persona era atropellada y
quedaba grave, pero con posibilidad de solución en un
hospital, nadie le auxiliaba, porque creían que estarían
entorpeciendo su experiencia kármica.

Amar al prójimo, sí.


Ayudar al prójimo… depende.
Una cosa hay que tener clara por encima de lo que
queramos hacer por los demás: los problemas de los
demás, son los problemas de los demás.
Suyos.
Si alguien nos pide que le ayudemos con un problema
personal y creemos estar capacitados para ayudarle de
algún modo, podemos y debemos hacerlo, pero no
tomando la decisión de lo que el otro tenga que hacer,
sino orientando, exponiendo una opinión, apuntando hacia
una idea, sugiriendo, ofreciendo nuestro punto de vista,
pero dejando siempre que sea el otro quien tome la
decisión, quien asuma su responsabilidad.
Hay que sentirse en paz con esta actitud y no auto-
flagelarse porque nunca sabremos si lo mejor para el
otro es, precisamente, que a nuestro parecer se

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equivoque, lo que le puede o debe aportar una posterior


experiencia. Respetar las decisiones del prójimo
posiblemente sea uno de los mandamientos que quedaron
sin escribir.

Muchas personas no toman sus propias decisiones porque


presuponen que serán equivocadas, y se tienen miedo a sí
mismas porque son injustas y crueles en el autocastigo
por lo que denominan errores.
En muchos casos, equivocarse en una decisión conlleva
una pseudo-depresión o una depresión seria, la bajada de
un metro en el nivel de autoestima, una larga temporada
en que uno no se saludará ni en el espejo, un monólogo
interminable de reproches, miedo a tener que tomar más
decisiones… A esas personas les resulta más cómodo que
sea otro quien las tome por ellas, porque de ese modo le
queda la opción de culpabilizar a ese otro de haberse
equivocado. Yo no tengo la culpa, yo hice lo que me
dijeron… puede decir.
Y la responsabilidad de la vida es de cada uno, y esa
responsabilidad no se debe delegar.

En cuanto a los problemas propios, hay que encararlos,


nunca negarlos ni evitarlos, pero con optimismo, nuestro
mejor aliado, con amor y voluntad, también buenos
aliados, con decisión y con la conciencia tranquila de que
uno está haciendo en ese momento lo que cree que debe
hacer y del modo que considera correcto.
Nunca tomamos decisiones que creemos serán la peor, o
que irán en contra de nosotros y nuestros intereses, sino

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que actuamos de acuerdo con nuestras circunstancias,


nuestras posibilidades, nuestra mejor voluntad, nuestra
educación y conocimientos…
Unas veces seleccionamos la mejor respuesta y otras la
única que se nos ocurre, y la aplicamos.
Si después se demuestra que el resultado no es bueno,
desde ese punto de vista, posterior a los hechos, con las
nuevas experiencias adquiridas, o la nueva situación
personal, no se debe juzgar nunca, y aún menos condenar,
a uno mismo por la decisión que tomó.
Nadie, ni siquiera uno mismo, tiene derecho a juzgar a
sus cincuenta años, con la mentalidad y conocimientos de
esos cincuenta años, a quien fue con veinte, con treinta,
o con cuarenta y nueve años y once meses y medio.
Uno sólo tiene derecho a juzgarse a sí mismo desde el
instante en que es consciente de algo, y en el caso de que
a partir de ese entonces actúe en contra o sin respetar
ese algo del que ahora sí es consciente.

Las personas tienen todos los recursos que necesitan


para resolver todos sus problemas. Las personas son
resolutorias de problemas, y todas las soluciones que
tomamos son con la intención de cuidar de nosotros
mismos.

POR SI NO LO SABES
De la revista PSYCHOLOGICAL SCIENCE: “Si tienes un
problema, el mero acto de encerrar en una caja algo
relacionado con él, ayuda a superarlo”.

Francisco de Sales
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SOLUCIONES O SUGERENCIAS
¿Cómo se pueden resolver los problemas?
Conviene dejar en manos del Yo que sabe observar lo
que llamamos el problema, que quizás no sea tal cosa,
y que él actúe en el modo que se explica en el capítulo
“Yo”.
Hay muchas técnicas que se pueden usar.
Una de ellas, bastante eficaz y sencilla, es imaginarse
a uno mismo sentado, y visualizar que una imagen de
nosotros se duplica, sale de nuestro cuerpo, se sienta
frente a nosotros, y nos cuenta qué es lo que le pasa.
Podemos ir haciendo preguntas, para saber qué
siente, o cuál es su preocupación, pero no juzgarle.
Sólo escuchar.
Después, uno reintegra a su “doble” en sí mismo y…
ahora comienza la parte complicada, porque nos
acabamos de enterar con más claridad de cuál es
problema.
Desde ese desapego de ver el problema en otro, y no
sentirse involucrado ni afectiva, ni económica, ni
emocionalmente, es más sencillo tener la objetividad
de valorar las cosas en su exacta medida.
Es ahora cuando hay que aplicar la solución que
hayamos descubierto mientras el otro yo nos contaba
nuestro problema. Ahora es cuando comienza la
responsabilidad: ya lo sé y sé que soy quien tiene que
resolverlo.
Para esta práctica conviene que sea el Yo Observador
quien se quede sentado, y que sea el yo confundido
quien vaya a la silla de enfrente y cuente su revoltijo.

Propongo una variación para quien le resulte difícil la


anterior, y es imaginar que el problema es de otro,
que sea otra imagen la que se sienta enfrente, y

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pedirle que nos lo cuente. Es lo mismo que hacemos


cuando una persona nos relata su problema. Como
no estamos implicados en él, tenemos la objetividad
suficiente como para verlo con claridad, sin sus
nervios y preocupaciones, y podemos decirle nuestra
opinión. Sólo nuestra opinión, porque la tendencia del
que tiene el problema es preguntar: ¿Tú qué harías en
mi lugar?
La respuesta es sencillísima y absolutamente igual en
todos los casos: yo haría lo mismo que tú. Si yo
estuviera en tu situación, con tu educación y tus
circunstancias, con tu edad y tus inquietudes, haría
exactamente lo mismo que tú. Ahora, si la pregunta
es qué haría yo en tu lugar pero sin dejar de ser yo
mismo, mi respuesta es… y uno dice su opinión.

ATENCIÓN
Problemas vamos a tener siempre, para qué negarlo.
Estamos condenados, de momento, a convivir con ellos. Se
van a presentar más de los que desearíamos, y más a
menudo.
Tenemos que ver qué hacer con ellos, si dejarnos aplastar
por su pesadez y su tiranía, o si estamos dispuestos a
enfrentarnos a ellos y tratar de eliminarlos o, cuanto menos,
quitarles las espinas y el veneno, y diluirlos para que no
duelan. Mejor dicho, para que no nos descentren de
nuestro punto de orden y equilibrio.
Ya lo hemos visto antes: si hay un problema, y su
resolución depende de nosotros, primero reconocerlo;
después solucionarlo.
¿Y si no tiene solución el problema?
En los que no depende de ti el poder resolverlos, porque tú
no eres quien lo ha provocado sino el afectado, puedes

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conseguir que te perturben más, menos, o nada, y esto sí


depende de ti.
Si depende de ti y no has conseguido la solución óptima,
tendrás que aplicar la segunda mejor opción, y seguir
atento al problema por si cambia alguna cosa o aparece la
buena.
¿Estás dispuesto a convivir con el problema hasta que se
resuelva?
Si la respuesta es no, yo no conozco si tiene una solución,
tú que lo conoces sabrás. Sí sé, y lo confirman los
psicólogos, que al resistirse a un rasgo negativo de nuestro
carácter, no hacemos más que agravarlo
En cambio, si la respuesta es más sensata, y es afirmativa,
asunto concluido.
La aceptación te evitará mucho sufrimiento. Reconoce que
tienes que convivir con él una temporada y no permitas que
afecte al resto de situaciones de tu vida.

ATENCIÓN
Si me consultas un problema, y te digo “ese es tu
problema”, no sientas que no quiero ayudarte; comprende
que tus problemas los tienes que resolver tú.
No se trata de indiferencia, desapego o egoísmo. Se trata
de que si tú quieres hacer un problema de algo que para mí
no lo es, no he de amargarme porque tú quieras amargarte.
Ya has leído bastante sobre la mentira e inexistencia de la
mayoría de “problemas”. Ahora, aplícalo. Tú decides si
quieres valorarlos en su tasa justa o quieres crearte un
mundo de amargura.

Por cierto: los problemas ya existían; lo que haces ahora es


descubrirlos.

CUENTECITO
“¿Cuánto tiempo me llevará resolver mi problema?”

Francisco de Sales
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“Ni un minuto más de lo que tardes en comprenderlo”, dijo


el Maestro.

RESUMIENDO
A raíz de todo lo expuesto, espero que queden claras dos cosas:
que muchos de los denominados problemas no lo son (y por tanto
no hay que tratarlos como tales), y que eres responsable de tus
problemas, que tiene que resolverlos tú, y que no debes afligirte
porque otra persona decida afligirse por sus problemas.
Hay que resolverlos: de nada te sirve seguir sufriendo por ellos
durante más tiempo. Antes o después tendrás que hacerlo. Mejor,
antes.
No existe nadie mejor que tú para resolver tus problemas. Tienes
que confiar en esto.

PD.- Sí, ya sé que he repetido muchas veces que tú tienes que


resolver tus problemas… pero es que es así. Los problemas son
para resolverlos.

Francisco de Sales