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1.

Sigmund Freud
2. 2. "...la mujer para el hombre es un síntoma, el hombre para la mujer un estrago".
Lacan.
3. 3. ¿Qué quiere la mujer? es una pregunta que hizo historia en el psicoanálisis.
Nació en una sesión de análisis de Marie Bonaparte con Freud, en 1925. Ella
tomaba notas mientras se analizaba. Freud le dice: “La gran pregunta sin
respuesta a la cual yo mismo no he podido responder a pesar de mis treinta años
de estudio del alma femenina es la siguiente: ¿Qué quiere la mujer?”
4. 4. Se dirige a un querer o a un deseo de mujer de carácter universal. La insistencia
interrogativa se acompaña en la obra de Freud de respuestas tentativas que
aluden a oscuridad, misterio, insinceridad. La mujer se presenta como portadora de
un jeroglífico esencial cuyo desciframiento habría de constituir una gran respuesta.
5. 5. En su artículo “Sobre la sexualidad femenina” (Freud, 1931) estructura las
posibles rutas en el desarrollo de la feminidad, postulando que la niña puede optar
por dos vías fundamentales ante el descubrimiento de la diferencia sexual
anatómica y con relación al complejo de castración:
6. 6. 1.- Renuncia a la actividad fálica, a la sexualidad en general, llevando una vida
ascética (inclinaciones espirituales) y por otra parte, declinación de conductas
masculinas, adoptando las femeninas.
7. 7. 2.- Puede establecer un complejo de masculinidad que deslinde en una elección
de tipo homosexual como una vuelta a la madre identificándose con el padre y
como en ella no opera el complejo de castración ya que no teme perder lo que no
tiene, pues... imaginemos el arrojo femenino.
8. 8. En el primer caso, de asumir la niña la feminidad, se toma al padre como objeto
de amor, instaurándose en el complejo de Edipo, el cual se resuelve como
habíamos dicho de forma incompleta, en el sentido de que no rompe el lazo
amoroso hacia este progenitor como vía de realización del deseo de hijo, que
oficiaría como sustituto peniano vía la compensación, y así la madre pasa a ser
objeto de los celos, lo cual ayuda a que se separe de ella, en tanto rival, y de esta
manera la niña deviene en mujer.
9. 9. Ahora bien, este cambio de objeto amoroso y de pasaje a la feminidad no es tan
sencillo, ya que si esta nueva ligazón fracasa o sufre contratiempos puede darse el
segundo caso, el de tornar en una identificación masculina y volver a la madre
como objeto amoroso, en franca rivalidad con el padre por esta mujer (madre) lo
que la orientaría hacia el camino de la homosexualidad femenina.
10. 10. De acuerdo al autor algunas peculiaridades de la feminidad como son:
11. 11. Un elevado monto de narcisismo que se ostenta en orgullo, soberbia,
arrogancia y jactancia de una belleza impasible que pregona como escudo ante la
necesidad de ser amada antes que de amar. Este atractivo de mujer, esta belleza
casi “natural” atribuida a las niñas suele ser altamente estimado por ellas mismas,
nos dice Freud, en tanto supone una compensación posterior de su inferioridad
sexual original.
12. 12. Extremada denotación de pudor, cuya intención primaria es cubrir la
defectuosidad, la falta de la presencia expuesta (como en el caso del varón) de los
genitales.
13. 13. Por lo general a la mujer se le atribuye poca participación en estudios y
descubrimientos científicos a lo largo de la historia de la civilización, pero se le
aduce la técnica de tejer e hilar. (Como las arañas.) Aquí nos cuestionamos si
verdaderamente es así por naturaleza o porque en distintos momentos de la
historia de la humanidad se ha vetado la creatividad y el ingenio femenino de
muchas formas.
14. 14. Imputación de un escaso sentido de justicia, relacionado con un superyó más
laxo que en el caso del varón; esto relacionado con el predominio de la envidia
fálica, como también con el arrojo y determinación de ir más allá de lo establecido
ya que no tenemos nada que perder que no hayamos perdido ya.
15. 15. Adjudicación de una menor capacidad con relación a la sublimación de los
instintos (Pulsiones) es más impulsiva, más arrojada, no se mide con palabras,
acaso las expulsa en cascada vertiginosa y de esto se quejan la mayoría de los
hombres.
16. 16. Elección del objeto amoroso conforme al ideal narcisista, y relacionado con el
inquebrantable lazo amoroso al padre. Aquí nos cuestionamos si esto puede ser
uno de los factores de la imposibilidad de la relación entre los sexos desde el
momento en que la mujer escoge a un hombre que se parezca al padre y le
recuerde a la madre y el hombre una que se parezca a la madre pero que no se la
recuerde.
Qué desean las mujeres?

Publicado por Noam Shpancer Date: 19 octubre, 2013in: Ciencia y sociedad, Divulgación
Científica, Tercera Cultura, Traducciones(5) Comentarios7097Vistas

¿Qué desean las mujeres? Sigmund Freud es famoso por hacer esta pregunta, pero no tenía
una respuesta. Incluso hoy, la cuestión de qué motiva el deseo sexual de las mujeres sigue
resonando. Se ha probado que las respuestas definitivas son esquivas.

Entendemos bastante bien lo que quieren los hombres. En general, su deseo sexual es
ordenado, consistente, y estrechamente dirigido. Un hombre heterosexual es heterosexual. Si
le muestras sexo heterosexual, su fisiología sexual y su deseo van a la vez. El sexo homosexual
le dejará frío tanto física como emocionalmente. En los hombres hay un excelente ajuste entre
la excitación fisiológica (medida por la tumescencia del pene) y el nivel de deseo. El éxito de la
viagra demuestra la simplicidad del mecanismo masculino. La viagra no se dirige al deseo, pero
funciona incrementando el flujo sanguíneo genital y permitiendo la erección. Aparentemente,
esto es todo lo que se necesita. Si se alza el pene, el deseo espera.

psyLa historia de las mujeres es muy diferente. Al cuerpo femenino, según muestran estudios,
le gusta todo, o al menos responde a todo (o bien no sabe lo que le gusta, como diría un
cínico). La excitación fisiológica femenina (medida por la lubricación vaginal) tiene lugar en
respuesta a ver casi todo tipo de actividad sexual: hombres con mujeres, mujeres con mujeres,
hombres con hombres. Incluso ver sexo entre bonobos estimula la excitación en las mujeres.

Los investigadores canadienses Kelly Suschinsky y Martin Lalumiere han propuesto que este
patrón de excitación inclusivo es una adaptación evolutiva. De acuerdo con su teoría, la vagina
se humedece ante casi cualquier pista de actividad sexual próxima con el fin de proteger a la
mujer de daños en caso de violación o violencia sexual. Esta excitación no necesariamente está
relacionada con los deseos sexuales, las intenciones o las preferencias de la mujer. Después de
todo, las mujeres realmente no desean tener sexo con bonobos.
De hecho, parece que a diferencia de los hombres, las respuestas objetivas del cuerpo de las
mujeres no reflejan sus deseos mentales subjetivos. Esta es una razón por la que la Viagra no
funciona para las mujeres. La preparación física no implica el deseo. Que una mujer pueda
tener sexo no significa que quiera tenerlo.

¿Qué es lo que quiere entonces?

Esta cuestión, tal como intuyó Freud, no es fácil de responder.

Por un lado, hay considerables evidencias de que las mujeres buscan y priman el sentido de
intimidad y cercanía emocional con sus compañeros sexuales. La razón para esto parece clara y
lógica. Al disponer de un útero para un feto cada vez, una mujer no consigue ninguna ventaja
evolutiva obvia de la promiscuidad. Al no disponer de semilla que propagar, el sexo con más
personas no resulta en más descendencia genética potencial. Más aún, las mujeres tienen más
riesgos que los hombres de padecer violencia sexual y enfermedades de transmisión sexual,
sin mencionar el riesgo único de embarazo. A las mujeres les conviene ser cuidadosas
escogiendo sus parejas sexuales. Además, el orgasmo femenino se consigue de forma menos
eficaz que el masculino. Las ventajas de disfrutar de sexo casual y anónimo son menores para
las mujeres. Por tanto, es preferible que una mujer conozca bien a su pareja antes de tener
sexo si desea incrementar sus posibilidades de placer y minimizar sus posibilidades de sufrir
daños. A partir de esta lógica se sigue la afirmación de que las mujeres están bio-programadas
para querer relaciones, no sexo. que necesitan una relación estable e íntima para sentirse
excitadas y en consecuencia que están hechas para la monogamia sexual y el matrimonio.
¿Problema resuelto?

No tan rápido. En primer lugar, más estudios recientes muestran que las diferencias de género
en el número de parejas sexuales se reduce o desaparece del todo si a las mujeres se les dice
que están conectadas a un detector de mentiras y que la información que proporcionan será
confidencial. En otras palabras, cuando una mujer se siente lo bastante segura o de otro modo
obligada a contar la verdad sobre su conducta sexual, la historia que cuentan se asemeja a la
historia masculina. Más aún, si las mujeres creen que no resultarán dañadas y que el sexo
estará bien, su disposición a tener sexo casual se iguala con la de los hombres. La suspicacia
femenina hacia las posibles infidelidades también puede ser deducida, de acuerdo con el
trabajo del psicólogo evolucionista David Buss, a partir del mismo fenómeno de los celos
masculinos, común a todas las sociedades y relacionado consistentemente con los miedos de
los hombres a la infidelidad. Si las mujeres en realidad no quieren sexo fuera del matrimonio,
¿por qué son tan suspicaces y celosas? ¿Por qué poner señales de stop en una calle sin tráfico?
En segundo lugar, estudios recientes indican que la sexualidad humana está adaptada para la
competición de esperma. En otras palabras, nuestro pasado evolutivo programó a las mujeres
para buscar sexo con hombres diferentes en cortas sucesiones, y así hacer que su esperma
compita inter-vaginalmente por el derecho a la paternidad. Por tanto, aunque las mujeres
podrían no buscar la diseminación de ninguna semilla, sí que selecciona entre múltiples
variedades de hombres. Estudios recientes indican que los objetos de la atracción sexual
femenina varían con el ciclo menstrual. Durante sus días fértiles, las mujeres tienden a
fantasear con hombres con altos niveles de testosterona que no son buenos candidatos para la
monogamia, pero poseen genes masculinos saludables. Es difícil estimar cuánto actúa
secretamente este impulso en las mujeres casadas, pero este tipo de “caza furtiva de semen”
parece bastante normativo entre nuestros parientes primates.

Los hombres, por su parte, también están diseñados para esta competición de esperma. El
biólogo Robin Baker de la universidad de Manchester averiguó, por ejemplo, que la cantidad
de esperma que descarga un hombre durante el acto sexual con su mujer no depende del
tiempo que transcurre desde la última eyaculación del hombre sino del tiempo que transcurre
desde la última vez que tuvo sexo con su mujer. Si pasa mucho tiempo (incrementando las
posibilidades de que la semilla de otros haya encontrado su camino en la vagina de su esposa),
la eyaculación del esposo contiene más células espermáticas, lo cual incrementa sus
posibilidades competitivas. El sexo después de una larga separación tiende a ser más intenso y
prolongado. Esto es así porque los actos sexuales largos incrementan las posibilidades de que
la mujer alcance el orgasmo. De acuerdo con la investigación de Baker y el biólogo Mark Bellis,
las contracciones del músculo uterino que acompañan el orgasmo femenino ayudan a retener
el esperma en el interior de la vagina y lo dirigen hacia los ovarios y la fertilización.

Más aún, las evidencias sugieren que las mujeres inician divorcios más a menudo que los
hombres, y que se benefician menos del matrimonio que los hombres según medidas de salud,
felicidad y riqueza. Adicionalmente, tal y como es bien conocido por psicólogos clínicos y
consejeros matrimoniales de todas partes, muchas mujeres que se sienten cercanas a una
pareja sentimental de cualquier modo no sienten pasión hacia ella. El investigador australiano
Lorraine Dennerstein descubrió que el declive en la libido de la mujer a lo largo de los años
adultos está fuertemente relacionado con la pérdida de interés sexual en sus parejas de larga
duración. Si la monogamia, la intimidad y la comunicación son los motores del deseo
femenino, ¿por qué se esfuma su pasión en el matrimonio? ¿Por qué desean en secreto pastar
en campos extraños? ¿Por qué no se benefician más del compromiso monógamo? ¿Por qué
están tan dispuestas a romperlo?

A la luz de nuevos hallazgos de investigación, la antigua narrativa según la cual las mujeres
desean relaciones más que sexo y por tanto están hechas para la monogamia, comienza a
resquebrajarse. En su lugar, emerge una nueva narrativa en la cual el deseo sexual femenino
es poderoso, flexible y complejo, incluso subversivo. Como evidencia adicional, la psicóloga del
desarrollo Lisa Diamond de la universidad de Utah descubrió que muchas mujeres
experimentan sus intereses sexuales como algo fluido y abierto, implicando en tiempos
diferentes a hombres, mujeres o ambos. El investigador Richard Lippa de la universidad del
estado de California ha descubierto que, a diferencia de los hombres, cuyo apetito sexual se
estrecha a medida que aumenta, las mujeres sexualmente activas muestran una orientación
crecientemente abierta. Las mujeres con libidos más altas tienen más posibilidades de sentir
deseos hacia miembros de ambos sexos.

Marta Meana, investigadora de la universidad de Nevada, ha argumentado de forma


provocadora que el principio organizador de la sexualidad femenina es el deseo de ser
deseada. Según su punto de vista, los intentos de los tipos delicados que piden permiso de
forma muy educada puede que cumplan las expectativas de las políticas de género (trátame
como una igual, respétame, comunícate conmigo) y con las preferencias de los padres, pero
podrian entrar en un “coma sexual”, no a pesar de estas cualidades, sino a causa de ellas.

El deseo femenino, de acuerdo con Meana, se activa cuando una mujer se siente
irresistiblemente deseada, no considerada de forma racional. La literatura erótica femenina,
incluyendo las sombras de Gray, se construye sobre esta fantasía. El deseo sexual según este
punto de vista no es “políticamente correcto” y no funciona de acuerdo con nuestras
expectativa y valores sociales. El deseo busca el camino del deseo, no el deseo de la
corrección. No descansa en el orden social sino en su negación. Esta es una razón por la que
todas las religiones y todas las sociedades tratan de controlarlo, contenerlo, limitarlo y
redirigirlo.

Marta Meana hizo que hombres y mujeres observaran imágenes eróticas mostrando contactos
entre un hombre y una mujer, y siguió la pista de los ojos de los participantes. Descubrió que
los hombres y las mujeres se fijan en aspectos diferentes del sexo. Los hombres miraron a las
mujeres. Las mujeres miraron a ambos géneros igualmente. Se concentraron en la cara del
hombre y en el cuerpo de la mujer. Lo que les excitó, aparentemente, era el deseo del cuerpo
femenino, con el cual se identificaban, y la lujuriosa mirada del hombre que ansiaban.

En este sentido, argumenta Meana, pese a lo que se cree comúnmente, la sexualidad


femenina es más auto-centrada que la del hombre. Dejando aparte el lamento de Mick Jagger,
las fantasías masculinas se centran en dar satisfacción, no en recibirlo. Los hombres se ven a sí
mismos en sus fantasías llevando a las mujeres al orgasmo, no a sí mismos. Las mujeres ven al
hombre, consumido por una lujuria incontrolable hacia ellas, llevándolas hacia el éxtasis. Los
hombres desean excitar a las mujeres. Las mujeres desean que los hombres les exciten. Ser
deseada es el orgasmo femenino real, afirma Marta Meana, y en sus palabras resuena un tipo
de verdad. Después de todo, ¿no deberían las mujeres sentir más celos de la mujer deseada
que no puede llegar al orgasmo que de la mujer orgásmica que no es deseada?
Meana afirma que este aspecto de la sexualidad femenina también explica la prevalencia de
las fantasías de violación en el repertorio de fantasías femeninas. Las fantasías de violación, tal
como lo entiende, en realidad son fantasías de rendición, no anhelos de daño y castigo, que
surgen del deseo femenino de ser deseada por un hombre hasta el punto de hacer que pierda
el control. Según esta lógica, la fantasía trata realmente sobre la rendición voluntaria al
hombre codiciado, en su incapacidad para detenerse a sí mismo, evidencia la suprema
deseabilidad de la propia mujer.

De acuerdo con este punto de vista, el matrimonio monógamo sí funciona para las mujeres a
un cierto nivel: proporciona seguridad, intimidad, y ayuda con los niños. Pero la monogamia,
por otro lado, sofoca el deseo sexual femenino. Tal como escribió recientemente el avispado
Toni Bentley, reflexionando acerca de un nuevo libro sobre este tema del periodista Daniel
Berger: “Virtualmente no existe ningún problema sexual femenino, hormonal, menopaúsico,
orgásmico o simplemente falta de interés, que no pueda resolver un nuevo amante”.

Al final, las evidencias acumuladas parecen revelar un elemento paradójico en el núcleo del
deseo femenino, una tensión entre dos motivaciones en conflicto: por un lado está el deseo de
estabilidad, intimidad y seguridad. Podemos imaginar la llama de una cocina de gas: algo
controlado, utilitario, domesticado y bueno para hacer la cena. Por otro lado está la necesidad
de sentirse total e incontrolablemente deseada, como objeto de la lujuria primordial
masculina. Imaginemos una casa en llamas. Hasta Freud habría aprobado una explicación así.

Lo que quiere una mujer


Se terminó el misterio. Se ha descubierto qué desea una mujer y Página/12 lo revela en
forma exclusiva: sepa el lector por qué, “a pesar de los orgasmos, sigue dudando”, sepa
por qué “la primera decepción viene de la madre”, sépalo todo. Si el lector no encuentra su
respuesta, deberá intentarlo nuevamente.

Por Miriam Britez, Graciela Etchegoyen,


Marta Fargiano, Libia Nijamkin y
Patricia I. Torres *
¿Cuál es el lugar de la mujer? ¿Mejor estar sola que mal acompañada? ¿Qué quiere una
mujer? ¿Gozan de lo mismo el hombre y la mujer? Con estos interrogantes comenzamos
nuestro camino.

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Freud considera que, para una mujer, el hombre es fundamentalmente un padre, y, sobre todo,
el padre del amor. O bien, peor, puede ser una madre, con los reproches de ella hacia él que
esto ha de acarrear.

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Si él es para ella un padre o una madre, hará de la mujer misma un niño, ella quedará acoplada
toda su vida al superyó. Freud cree que lo mejor que puede pasar es que un hombre, para una
mujer, sea un niño: si lo es, como dice Colette Soler, traerá la paz, pero no la pasión.

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¿Qué es una mujer para un hombre? Una mujer para un hombre es el falo, o un objeto, o el
síntoma, según Jacques Lacan. Según Freud, una mujer es, para el hombre, una madre o una
puta; en este último caso, no satisfará al amor sino sólo al goce.

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Las niñas están prometidas al lugar del objeto, señalado por el discurso. Una niña puede
convertirse en mujer, pero no parte de una respuesta acerca de cómo serlo: deberá recorrer un
camino sinuoso, con obstáculos; será necesario que la niña cambie de zona erógena, de
objeto, que cambie de meta pulsional, que pase de las pulsiones activas a las pulsiones
pasivas para, finalmente, situarse como objeto.

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Freud se pregunta cómo un sujeto puede querer asumir este lugar de objeto: ¿cómo alguien
puede subjetivar un rol que el discurso mismo no presenta como del máximo valor? De allí el
acento freudiano sobre el dolor irreparable de la privación a la que la niña debe enfrentarse.

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Requisito de la transmisión de la feminidad es castrarse de madre a hija, hacerse objeto de


desecho, borrarse como cosa que completa a la madre, para aceptar el vacío del objeto.

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La pregunta acerca del deseo materno es constitutiva de toda subjetividad.


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Como dice la humorista y escritora Gabriela Acher: “Yo soy insatisfecha por parte de madre”.

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En el libro de Marcela Serrano, Nosotras que nos queremos tanto, Sara, profesional exitosa,
madre soltera, le pregunta a su propia madre: “¿Nunca te dieron ganas de volver a casarte?”.
“Noooo, m’hijita: todos los hombres son malos; y los que no lo son, se mueren.”

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La madre deberá tramitar y aceptar su propia castración, para luego introducir en ella a su hija,
sin hacer de la misma el objeto que complete su propia falta. Es, en la madre, el pasaje en la
madre de tener el falo a ser un sujeto deseante: deseante de un hombre.

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La madre está condenada a recibir el reproche porque está en el lugar del Otro de la demanda,
de la demanda de amor, que es imposible de satisfacer: como tal, va a ser necesariamente
decepcionante; la primera decepción viene de ella.

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Pero, también, la mujer encuentra en la madre la mirada que constituye el primer espejo: la
transmisión de la feminidad es narcisizante.

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En el mito de Baubo, mito de la melancolía original de la mujer, Deméter ha perdido a su hija


Perséfone, arrebatada por Hades, Dios de los Infiernos. En su camino se encuentra con otra
mujer, Baubo, quien la consuela haciendo el gesto de levantarse las vestiduras para mostrarle
su desnudez: le muestra lo que a ella también le falta, la reconforta con lo que no tiene. Con
ese gesto, Baubo provoca la risa de Deméter, lo cual significa la salida del duelo por la hija
perdida. Ese acto hace caer el luto.

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La risa caracteriza la posición de la mujer con respecto a la castración de la madre, que no es


otra que su propia castración.

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En el hombre hay conjunción del goce y la satisfacción narcisista. En cambio, el goce femenino
sobrepasa a la mujer, no la identifica: a pesar de los orgasmos, seguirá dudando sobre si es
una verdadera mujer. Ella se fuerza por identificarse por el amor de un hombre: lo que espera
de un hombre es que la haga valer como deseable, lo que quiere de un hombre es su deseo;
ser dicha, ser reconocida como aquella que causa el deseo de un hombre. El narcisismo
femenino es un narcisismo del deseo.

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Para Lacan, el goce netamente femenino no está regulado por la castración: puede ser
experimentado, pero se torna indecible; la mujer es amiga de lo real.

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¿Qué quiere una mujer? Puede encontrarse la condición femenina, no en lo que la represente
en el discurso sino en el lugar que ella pueda encontrar en el deseo (que es deseo sexual).
Una mujer no puede decir lo que es como mujer sino lo que desea. Puede decir que lo que le
falta es un hombre pero, a la hora de encontrar una respuesta que designe la relación entre
hombre y mujer, como relación de deseo sexual, el lenguaje desfallece. No hay respuesta que
indique la manera más segura de situarse para encontrar un partenaire con el que la relación
de deseo esté garantizada, ni señal para una satisfacción que se conjugue con la satisfacción
del otro.

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¿Qué quiere una mujer? Ella se sitúa entre hacer gozar y ser amada. Se confronta a ser
dividida por el goce del partenaire, a ser sobrepasada por su propio goce y a una exigencia de
amor imposible de satisfacer.

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Una mujer desea lo que no tiene, a partir de aceptar que ella no lo va a tener nunca,
reconociendo que el varón es quien lo tiene y, por lo tanto, que en él está el símbolo de lo que
es deseable para ella.

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Una mujer también quiere hacer hablar, que es hacer desear.

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Pero cuando los hombres ven a las mujeres desde la lógica masculina, desde la lógica fálica,
dicen: “El deseo femenino es posesivo, ellas quieren castrarnos, atarnos, tenernos a su
servicio, quieren quitarnos hasta la palabra, buscan en nosotros lo que les falta...”. Y eso, para
un hombre neurótico, es demasiado, es angustioso, es insoportable.

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Las mujeres existen una por una, de manera singular, sin tener nada en común, no sólo con el
hombre sino tampoco con otras mujeres.

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Los hombres, en cambio, quedan definidos en su condición sexual por la referencia al falo; de
allí la queja tan frecuente de las mujeres, luego de una decepción amorosa: “Todos los
hombres son iguales, lo único que quieren es eso”.

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El amor no resuelve la contradicción de los goces.

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El goce femenino es en exclusión: la mujer siempre está en soledad, mal acompañada. Para
Colette Soler, la mujer cuya fórmula es “mejor mal acompañada que sola” ha comprendido que
estamos siempre mal acompañados, incluso cuando estamos acompañados de lo mejor.
Nunca se produce la fusión, la unión de los sexos.

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“Cuando miro hacia el pasado, el jardín me parece un sueño. Era hermoso, encantadoramente
hermoso, pero ahora se ha perdido y ya no lo veré más.

He perdido el jardín pero lo he encontrado a él, y estoy contenta. Me ama tanto como puede,
yo lo amo con toda la fuerza de mi naturaleza apasionada, y pienso que esto es propio de mi
edad y de mi sexo.

Si me pregunto por qué lo amo, encuentro que no lo sé, y realmente no me importa mucho
saberlo; supongo que esta clase de amor no es producto del razonamiento y las estadísticas.
Pienso que así debe ser. Amo a ciertos pájaros por su canto, pero no amo a Adán por el suyo.
Sin embargo, le pido que cante, porque quiero aprender a gustar de todo lo que le interesa.

No es por su inteligencia que lo amo, no, no es por eso. No hay que culparlo por su inteligencia
tal como es, porque él no la hizo.
No es por sus maneras graciosas y consideradas ni por su delicadeza que lo amo. No es por
su laboriosidad. No, no es eso. Pienso que es algo que lleva consigo, y no sé por qué quiere
ocultármelo. Es mi única pena.

No es por su caballerosidad que lo amo. No, no es eso. Entonces, ¿por qué lo amo?
Simplemente porque es hombre, pienso. Es fuerte y buen mozo, lo amo por eso y lo admiro y
estoy orgullosa de él, pero podría amarlo sin estas cualidades. Sí, pienso que lo amo
simplemente porque es mío y es hombre. Sencillamente llega y no puede explicarse. Soy Eva,
sólo soy una chica y la primera que ha analizado esta cuestión.” Mark Twain, “Después de la
caída”, en Diario de Adán y Eva.

* Extractado del trabajo “Qué es un hombre para una mujer”, cuya versión completa puede
leerse en www.circulofreudiano.com.ar