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La práctica de la

dirección espiritual

William A. Barry sj

William J. Connolly

Buenos Aires, CEIA, 1999


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1. ¿Qué es la Dirección Espiritual?

Un hombre de veinticuatro años se acerca a un sacerdote y le dice que está perturbado


por un vago malestar acerca del curso de su vida. Exitoso en un trabajo satisfactorio,
disfruta de una activa vida social, tiene muchos amigos íntimos, y está enamorado de
una joven que corresponde a su amor. Durante los años del nivel superior de la escuela
secundaria renunció a la práctica religiosa; pero ahora descubre que la asistencia a la
liturgia y la participación en una particular comunidad litúrgica le resultan muy
satisfactorias. Sin embargo, está inquieto. ¿Es posible que tenga vocación al
sacerdocio?, ¿Qué puede hacer el sacerdote por él?

Una mujer casada de cuarenta años asiste a una charla sobre oración y luego se acerca
al pastor que la dio. La mujer tiene dos chicos de diez y de ocho años. Su esposo trabaja
en la compañía telefónica. Se da cuenta de que cada vez está más y más irritable con su
esposo y con sus hijos. Se siente encerrada y resentida. Ella y su esposo se han unido a
un grupo de parejas en su iglesia. “pero aún así, Dios parece tan lejano”, dice. ¿Qué
puede decirle el pastor?

Una hermana de cuarenta y cinco años tiene la oportunidad de conversar con otra
hermana que tiene fama de ser una directora de retiros capaz. Disfruta su trabajo como
maestra en una escuela superior y le gusta su comunidad. “Continuamente escucho a las
hermanas hablar de la oración”, dice, “y no sé qué hacer con ella. Parece significar
mucho para ellas. ¿Están exagerando? Siempre he orado regularmente, pero ha sido
una obligación. ¿Estoy perdiéndome algo?” ¿Qué puede decirle la otra hermana?

Un sacerdote de alrededor de cuarenta años pide ayuda a otro sacerdote. Siente que
tiene una crisis vocacional. Ya no ora mucho ni le causa satisfacción el predicar ni el
presidir la liturgia. Se siente solo la mayor parte del tiempo. Recientemente conoció a
una viuda de treinta cinco años y la encontró muy atractiva. Ahora se la pasa pensando
mucho en ella y deseando estar con ella cada vez que no está ocupado en las
obligaciones de la parroquia. Necesita ayuda. ¿Qué puede decirle el otro sacerdote?

Un hombre de negocios casado de cincuenta años se acerca a su ministro después del


servicio y le pide hablar. Tiene éxito, un buen matrimonio y familia, y es un cristiano
devoto. Últimamente, dice, ha estado perturbado por lo mundano de su estilo de su
vida y por las implicancias éticas de algunos de los manejos de su negocio. Después de
discutirlo resulta claro que está interesado en saber lo que Dios le pide y en la calidad de
su relación con Dios. ¿Cómo puede el ministro ayudarlo?

Una divorciada de treinta y cinco años se detiene junto a la casa de su vecina. Dice que
le gustaría hablar, Ha notado que su vecina va regularmente a la Iglesia y que mucha
gente parece confiar mucho en ella. Esto le ha dado ánimo para hacerlo también. La
divorciada confiesa que tiene una enfermedad paralizante que gradualmente la
incapacitará. Siente que Dios la está castigando por sus pecados, y sin embargo piensa
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que Dios es malo e injusto. “Estoy enojada con El”, dice, “y eso me hace sentir aún más
culpable”. ¿Cómo puede ayudarla su vecina?

Estos son solamente unos pocos ejemplos de personas que se acercan a otros cristianos
pidiendo ayuda. Aquellos a quienes se acercan responderán de diversas maneras.

Uno podría pedir más información y tratar de ayudar a la persona a entender las causas
de su malestar. El entender es a menudo útil. Uno podría simplemente escuchar con
comprensión y ofrecer el poco ánimo que uno pueda darle a ese otro ser humano que
sufre. La escucha comprensiva es muy útil para alguien que está perturbado. Uno podría
ayudar a una persona a ver las consecuencias de su estado en la vida y cómo tales
consecuencias podrían dictar un curso de acción. Uno podría ayudar al otro a entender
que Dios no es tirano, sino un Padre amoroso, y esta aclaración teológica dar mucha luz.
Uno podría enviar a la persona a alguien con más conocimiento o habilidad. Todos estos
modos de proceder podrían ser de ayuda para la gente que acabamos de describir, y
todo ello podría llamarse cuidado pastoral. Sin embargo, no podría llamarse dirección
espiritual. En cambio la dirección espiritual se refiere a ayudar a una persona
directamente en su relación con Dios, Bien podría ser que en cada uno de los problemas
humanos mencionados anteriormente el aspecto más importante fuera esa relación y
sus preguntas subyacentes: “Quién es Dios para mí, y quién soy yo para El?.

Aún entre los directores espirituales, sin embargo, podemos no ponernos de acuerdo
sobre la clase de ayuda que sería más útil para estas personas. Existen varias opciones.
Veamos algunas:

La vecina de la divorciada podría intentar darle una explicación cuidadosa para ayudarla
a darse cuenta de que Dios es un Padre misericordioso y amoroso, y que su enfermedad
no debe verse como castigo por sus pecados, sino como uno de los padecimientos que
todos los humanos debernos esperar. A la mujer enferma le haría mucho bien el darse
cuenta de que su concepción de Dios no es la única posible para un cristiano.

El sacerdote en el primer ejemplo podría formular preguntas acerca del modo de vida
pasado y presente del joven, su visión de Dios, su libertad para elegir el sacerdocio, su
salud. Podría preguntar cómo surgió la cuestión de una posible vocación al sacerdocio.
Luego podría sugerir que llamara al director vocacional y quizás visitar el seminario y
pedir la ayuda de Dios para seguir su voluntad. Si se le preguntara directamente, bien
podría decir si pensaba que los signos de una vocación se hallaban presentes o no.

A la mujer casada que se siente distante de Dios podría decírsele que Dios a veces
mantiene distancia como un modo de probarnos y también de ayudarnos a reconocer
nuestra necesidad de El. Su deseo de mayor cercanía puede indicar que esto es lo está
ocurriendo. Puede estar segura de que Dios no la abandonará si ella le es fiel. 1

El sacerdote en crisis vocacional podría ser interrogado acerca de su práctica de la


oración y la liturgia diaria y ser aconsejado a regresar a sus prácticas de piedad. Podría
también aconsejársele unirse a un grupo de sacerdotes que se reúnen regularmente
para la oración, discusión y recreación. Podría decírsele que todos los sacerdotes a su
edad atraviesan por alguna clase de crisis y que es en esas circunstancias cuando
necesita ser muy fiel a su compromiso con Dios.
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Es honesto decir que la clase de ayuda descripta en estos ejemplos ha sido el modo
habitual de dirección espiritual. Una mirada a los manuales tradicionales y muchos de
los artículos escritos sobre la dirección espiritual corroborará esta afirmación.(1) Se ha
hecho hincapié en la mayor parte de ellos, en las normas y prácticas típicas de la vida
espiritual. También debe puntualizarse claramente que tal dirección espiritual ha sido y
es útil para la. gente, especialmente si el director es un escucha bueno y atento,
experimentado y bien informado Sin embargo, algunas preguntas permanecen. ¿Cómo
reacciona el joven al Dios que, puede estar llamándole al sacerdocio? ¿Se siente
sumiso’? ¿Pasivo’? ¿Rebelde? ¿Cómo puede dirigirse a Dios si tiene cualquiera de estas
reacciones? y ¿puede esperar que Dios responda a sus reacciones?

¿Cómo reacciona el sacerdote al Dios con quien está comprometido? ¿Cómo puede
expresar sus reacciones? ¿Qué puede suceder si lo hace?

¿Cómo puede la mujer casada que se siente distante de Dios, dirigirse a El? ¿Le dice que
ella sabe que El sabe más? ¿Aún cuando no esté segura de que El sabe o le importa?

Estas y otras preguntas similares, apuntan a otra clase de ayuda. La persona que
atiende, ayuda a la otra a dirigirse a Dios directamente y a escuchar lo que Dios tiene
que decir. El objetivo de esta clase de dirección espiritual es la relación misma entre
Dios y la persona. La, persona es ayudada no tanto a entender mejor la relación, sino a
comprometerse con ella, a entrar en diálogo con Dios. Esta clase de dirección espiritual
se centrará en lo que ocurre cuando una persona escucha y responde a un Dios que se
comunica a sí mismo.

Así, el joven que es asaltado por el pensamiento de una posible vocación al sacerdocio
puede ser ayudado a desarrollar una relación más personal con Dios, en la oración, en la
suposición de que Dios y él pueden decidir juntos si Dios tiene un llamado especial para
él y en ese caso como respondería él a ese llamado.

La mujer casada puede ser ayudada a expresar su deseo de una relación más cercana al
Dios que puede responder a ese deseo.

El sacerdote con la crisis vocacional podría ser ayudado a descubrir si quiere una
relación más estrecha con Dios y si es así, como acercarse a El. Podría poner sus
preocupaciones ante Dios, expresar sus más profundas esperanzas, temores y disgustos
a Dios en la oración, y prestar atención a la comunicación de Dios con él. La decisión
acerca de los objetivos de su vida surgirían entonces en el contexto de la consiguiente
relación.

El hombre de negocios puede empezar a mirar lo que significan los “problemas sobre su
estilo de vida, si está buscando algo más en su relación con Dios, y luego podría entrar
en diálogo con Dios acerca de sus deseos para con Dios y los deseos de Dios para con él.
La divorciada puede ser ayudada a decirle a Dios directamente como se siente, cuán
ambivalente es ella, y a escuchar su respuesta.

Una vez que estas personas hayan comenzado a escuchar a Dios y a decirle en que
forma los afecta escucharlo, pueden entonces desear una ayuda continuada para el
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diálogo y la relación consiguiente, esto es, pueden desear dirección espiritual


progresiva. El propósito de este libro es asistir, a las personas que dan ayuda, a ofrecer
dirección espiritual continuada de este tipo de forma competente y confiada a aquéllos
que la están buscando.

La dirección espiritual, tal como nosotros la entendemos, entonces, está directamente


relacionada con las experiencias reales de las personas en su relación con Dios.
Recientemente ha habido frecuentes alusiones entre directores espirituales a “clases” o
“modelos” de dirección (2) Sugerimos que el asunto básico no es tanto si debería haber
diferentes clases de dirección espiritual, sino qué objetivo es el apropiado a la dirección.
El hecho de establecer la experiencia religiosa (en la medida en que esa experiencia
expresa la relación de uno con Dios) como el centro de la dirección no parece ser una
opción más o menos arbitraria de una clase particular o modelo de dirección. Más bien
parece un intento de identificar la cuestión que resulta básica para la dirección y
permitir que la dirección tome forma alrededor de ella.

Para nosotros, por ello, la experiencia religiosa es a la dirección espiritual lo que los
alimentos son al cocinar. Sin alimento no puede haber cocina. Sin experiencia religiosa
no puede haber dirección espiritual.

Definimos a la dirección espiritual cristiana, entonces, como ayuda dada por un cristiano
a otro que permite a esa persona prestar atención a la comunicación personal de Dios
con él o ella, a responder a este Dios que se comunica personalmente, crecer en
intimidad con este Dios, y agotar las consecuencias de la relación. El centro de este tipo
de dirección espiritual está en la experiencia, no en las ideas, y específicamente la
experiencia religiosa, es decir, cualquier experiencia del misterioso-Otro a quien
llamamos Dios (3) Además, esta experiencia es vista, no como un acontecimiento
aislado, sino como una expresión de la relación personal progresiva, que Dios ha
establecido con cada uno de nosotros.

La dirección espiritual siempre ha apuntado en última instancia a favorecer la unión con


Dios y ha tenido, por ello, que ver con la relación individual con Dios. Al mismo tiempo
es honesto decir que, durante nuestra vida al menos, el centro de la mayoría de los
directores espirituales no ha estado tan claramente en la experiencia de la relación con
Dios como la describimos aquí.

Por ahora es suficiente subrayar el hecho de que nuestra visión de la dirección espiritual
pone el centro primario en las experiencias de Dios, que muy a menudo ocurren en la
oración. El director espiritual está muy interesado en lo que ocurre cuando una persona
conscientemente se coloca en la presencia de Dios. No es que el director tenga poco o
ningún interés en el resto de la vida .de una persona. Está interesado en la persona
toda, pero el centro de interés está en la experiencia de oración de, su dirigido.

La “dirección espiritual” es uno de los términos más grandilocuentes que el ministerio


de la iglesia ha heredado del pasado. En nuestro medio cultural también es uno de los
más confusos. Esta confusión puede expresarse mejor con una imagen.
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Cuando uno escucha a alguien descripto como un director espiritual, uno podría, al
menos inconscientemente, dibujar mentalmente a un hombre sin edad determinada,
demacrado, vestido con un hábito con capucha, con los ojos mirando hacia abajo y sus
manos ocultas en amplias mangas. Se sienta en un cuarto estrecho y blanqueado con
una pequeña ventana con rejas colocada alto .a su lado. Enfrente de él, vistiendo un
vestido de viaje pardusco y bonete, se sienta una dama francesa del Siglo XVII. Entre
ellos hay una mesa sobre la cual descansa un cráneo y una vela derretida. Ella esta
describiendo los pesares del manejo de la hacienda de la familia mientras su esposo está
lejos en la corte la mayor parte del año. El murmura acerca de estar sola con el Único, o
bien dictando un horario que le permitirá a ella introducir una medida de orden
monástico y piedad en su vida.

La imagen no es, por supuesto, original. La mayoría de los lectores reconocerán , sus
elementos. Es útil, no porque sea atractiva, o históricamente exacta, sino porque, como
las caricaturas, resume, agranda y centra muchas de las actitudes que los hombres y
mujeres modernos - tanto católicos como protestantes- tienen hacia la dirección
espiritual cuando no saben absolutamente nada de ella. Huele como un sistema arcaico,
jerárquico, social y religioso en el cual podría decírsele a una persona cómo vivir, y en
detalle,(4) Sugiere una aversión por la vida y una renuncia a ella, un sistema de
pensamiento medido e intrincado que no hace contacto con las energías básicas y
caminos de la vida, sino que siempre flota un poco sobre ellos, como un mundo
imaginario. Sugiere a gente vacía y aburrida buscando experiencias enriquecedoras y
monjes contemplativos hipnotizados por la adulación del alto mundo. Su atmósfera está
cargada con incuestionable dominación masculina.

Mucho de la dificultad, por supuesto, es causada por el término en si mismo. En nuestra


cultura el término “religioso” suena suficientemente extraño, pero el término
“espiritual” puede llevar nuestra sensibilidad a lo precioso y a lo artificial, e implicar un
pensamiento y comportamiento que no pueden sobrevivir al contacto con la tierra y el
pleno sol. Para los cristianos socialmente conscientes puede sugerir una preocupación
por la introspección, por volver la mirada mental sobre nuestra propia vida emocional y
moral más que hacia, fuera, al mundo donde la gente está necesitada y la paz y la
justicia del Reino deben ser defendidos.

“Dirección”, la actividad de dirigir a alguien, o la experiencia de ser dirigido por alguien,


es extraña a la cultura contemporánea por el hecho del rechazo a la responsabilidad
personal y la aceptación de la autoridad de alguien que hace la dirección.

Así, el término “dirección espiritual” inevitablemente sugiere, a la gente de nuestra


cultura occidental contemporánea un espiritualismo y un autoritarismo que la teología y
psicología sanas deben repudiar. Debernos recordar que en todos los aspectos de su
vida el ser humano solamente puede actuar como cuerpo-espíritu, y cualquier ayuda
hacia el desarrollo personal que pase por alto este hecho, probablemente le resulte más
dañino que útil . De la misma manera, la sana “dirección” no puede significar que uno dé
la responsabilidad de su vida a algún otro. “Mi director me dijo que lo haga” nunca
puede justificar un curso de acción. La persona que recibe dirección siempre debe
conservar la responsabilidad personal y el modo y contenido de la sana dirección lo
ayudará a conservarla y desarrollarla.
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Sin embargo el término también tiene sus razones. “Espiritual” nos dice
verdaderamente que la esencia básica de esta clase de ayuda no esta relacionada con
las acciones externas como tales sino con la vida interior, el “corazón”, la esencia
personal del cual sale lo bueno y lo malo que la gente piensa y hace. Incluye “cabeza”,
pero apunta más que a razón y más que a conocimiento. También nos recuerda que otro
Espíritu, el espíritu del Señor, está involucrado. “Dirección” verdaderamente sugiere
algo más que el dar consejos y el resolver problemas. Implica que la persona que busca
dirección va a alguna parte, y quiere hablar con alguien en el camino. Implica, también,
que el hablar no será intranscendente y sin propósito, sino apto para ayudarlo a
encontrar su camino.

Así, aunque el término esté expuesto a malas interpretaciones, es probablemente más


descriptivo de la experiencia a la que apunta que “asesoramiento religioso”’,
“asesoramiento espiritual’ o “consejo espiritual”. Además, está firmemente
atrincherado en la tradición y es más amplia y espontáneamente utilizado que cualquier
otro término que haya sido propuesto para reemplazarlo. Por ello, con algunas dudas,
continuamos usando el término dirección espiritual. Esperamos que el libro disipe algo
de la confusión que rodea al término y aleje la mayoría de los temores que emanan de la
caricatura.

Los otros términos mencionados y descartados como menos apropiados, sin embargo,
indican el reino del cuidado pastoral dentro del cual reside la dirección espiritual tal
como la practicamos. Este tipo de dirección espiritual es generalmente uno-a-uno; la
relación entre director y dirigido es un ayudar, y es emprendido, como veremos, en una
base quasi-contractual. Tal como el asesoramiento pastoral puede centrarse en la
relación marital, así esta forma se centra en la relación con Dios. Ciertamente, la
dirección espiritual puede ser considerada la forma nuclear desde la cual todas las otras
formas de cuidado pastoral se irradian, ya que finalmente todas las formas de cuidado
pastoral y de asesoramiento apuntan, o deberían apuntar, a ayudar a la gente a centrar
sus vidas en el misterio que llamamos Dios.

Como en otras áreas del ministerio pastoral, la dirección espiritual es ejercida no


solamente por ministros que tienen un interés especializado en el área, sino también
por otros que igualmente están comprometidos en muchas otras áreas del ministerio.
Esperamos que este libro pueda ser una ayuda para todos ellos, pero nuestro interés
estará en aquellos que se especialicen en este trabajo. No intentamos dar técnicas, o
cartillas o métodos, sino ayudar a las personas a convertirse en directores espirituales.
El lector que espera un tratado sobre la vida espiritual con sus prácticas y etapas de
desarrollo se sentirá defraudado, tanto como el que espera un tratado teológico
sistemático de la dirección espiritual. Nos concentraremos en procesos: el proceso de
desarrollo de una relación con Dios, el proceso de ayuda a otro a relacionarse
conscientemente con Dios y crecer en esa relación, y el proceso de convertirse en
director espiritual. Ya que nuestro propósito no es simplemente incrementar el
conocimiento de una persona, sino ayudarla a convertirse en alguien, digamos un
director espiritual, el libro probablemente será de mucha ayuda para aquellos que lo
discuten y para su propio trabajo en grupos, especialmente en grupos de supervisión de
alguna clase Convertirse en alguien se logra más efectivamente a través de las
relaciones con otros.
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2. La centralidad de la experiencia religiosa

Las personas a las que se le acercan otras necesitadas de ayuda como en los ejemplos
del primer capítulo pueden experimentar sin duda un sentimiento de pánico al pensar
que se les está pidiendo que den dirección espiritual. Muchos de nuestros lectores
pueden estar preguntándose ¿Quién? ¿Yo?” y recordando tal vez el sentimiento de
incapacidad que surgió en ellos cuando alguien les pidió ayuda con la oración Tal
sentimiento de incapacidad para la tarea de ayudar a otros en su vida de oración
probablemente ha sido siempre una reacción inicial y apropiada al pedido “¡Enséñeme a
orar!”, sin importar la forma en que ese pedido se expresara. Probablemente no se
debería confiar en alguien que aceptara con ligereza esa tarea, pero los ministros
modernos pueden tener aún más razones para sentirse incapaces. Formamos parte de
un cambio cultural de grandes proporciones. Todos hemos sido testigos de la pérdida de
credibilidad de muchas instituciones, costumbres y teorías en las que todos
confiábamos, a menudo sin siquiera saberlo, que nos garantizaban nuestra visión de la
realidad y del bien y del mal. Cuando tanto ha cambiado, podemos preguntarnos si
realmente tenemos algo para ofrecer a aquéllos que buscan ayuda en la oración y en la
pregunta básica sobre el sentido de sus vidas.

Nuestra primera tarea en este capítulo es tratar de entender el contexto cultural y


religioso en el cual trabajamos como directores espirituales. Nos resultaría sabio y hasta
saludable recordar dónde estábamos antes del tumulto de los años sesenta. La mayoría
de nosotros aceptaba sin cuestionamientos la integridad de nuestros líderes políticos, y
estábamos de acuerdo con la rectitud de nuestros proyectos nacionales. El capitalismo,
con su libre empresa y movimiento sindical fuerte, era aceptado como el sistema más
acogedor para los ideales de nuestra manera de vivir democrática. Aquí no estamos
rememorando “los viejos y buenos tiempos” como “ensalzadores de tiempos pasados”.
Con esta evocación, estamos tratando de dar’ a nuestros lectores una idea de la
diferencia que los años sesenta y setenta marcaron en nuestra visión -del mundo.
Muchas de las actitudes sociales y políticas que dábamos por sentadas antes de los
sesenta, ahora las’ cuestionamos o aún las descartamos como irremediablemente
ingenuas. Estos cambios de actitud hacia nuestras instituciones y valores sociales y
culturales nos han afectado profundamente a todos y han contribuido a los
sentimientos de incapacidad y duda que muchos clérigos experimentan.

Los católicos Romanos, por supuesto, han experimentado otra revolución. Antes de los
años sesenta la Iglesia Católica Romana parecía impermeable al cambio. Para la opinión
de la mayoría de los católicos no necesitaba mucho cambio. Los seminarios y las
congregaciones religiosas estaban repletos. A lo largo del país fueron erigidos inmensos
edificios muy costosos para albergar la esperada y ‘continua afluencia de novicios y
seminaristas. La asistencia a misa era alta. Iglesias y escuelas nuevas s’ construían a gran
velocidad. La autoridad del Papa, obispos y sacerdotes, era relativamente incuestionada.
LQS católicos sabían quiénes eran y cómo se esperaba que se comportaran, y si ellos no
se comportaban como se esperaba, sabían que habían pecado y se confesaban. Ese
tiempo y muchas de esas actitudes desaparecieron después de los cambios del Concilio
Vaticano II y la confusión de’ los años sesenta y setenta. Sin duda, los cristianos en otras
8

Iglesias pueden documentar cataclismos institucionales similares. Es evidente que, ya


sea para bien o para mal, estamos en una situación nueva.

Hasta hace muy poco, los seminarios y escuelas de teología prestaban poca, atención al
desarrollo del foco central y las habilidades de la dirección espiritual. La espiritualidad y
la dirección espiritual eran periféricas con respecto a la actividad principal de la
educación en el seminario. A lo sumo se ofrecía un curso menor en teología, ascética y
mística o en oración.

Había pocos o ningún programa cuya meta fuera habilitar a los futuros sacerdotes y
ministros a responder al pedido, “Enséñeme a orar”. Muchos clérigos nos enfrentamos
hoy con desaliento y sentimientos de incapacidad a la demanda creciente de ayuda en la
oración porque no hemos tenido entrenamiento para este trabajo. Reconocemos que
poco de nuestra experiencia o entrenamiento pasados nos ha preparado para lo que la
gente parece necesitar ahora.

También creemos que el cambio cultural que sacude nuestro sentido de capacidad
ministerial, crea la demanda de dirección espiritual. Cuando las instituciones y valores
sociales y religiosos son compartidos por la mayoría de la gente y parecen estar
funcionando razonablemente bien, los valores y el sentido tienden a ser ajustados por
las instituciones y el entorno cultural, social y familiar en el cual los individuos se han
criado. Sólo el disidente o pecador ocasional cuestiona al sistema mismo. La mayoría de
nosotros da por sentado nuestros valores y no se da cuenta de que descansan sobre
supuestos que no son verdades absolutas. Cuando, por ejemplo, “todos” son creyentes,
no hay necesidad para la mayor parte de la gente de fundamentar su creencia en una
reflexión crítica sobre su propia experiencia; su creencia se da por sentada. ¿Que ocurre,
sin embargo, cuando las instituciones comienzan a derrumbarse? Es entonces cuando la
red de supuestos que ellas ayudaban a formar comienza a rasgarse, y mucha gente se
siente a la deriva en un mundo caótico cada vez más sin sentido. Buscan entonces
alguna forma de dar sentido a la vida o al menos de aliviar el dolor.

Y así hemos sido testigos del surgimiento de toda clase de movimientos que parecen
prometer alguna manera de encontrar sentido a la vida, se busca psicoterapia y consejo,
no sólo para ayudar en la neurosis o en la elección de carrera, sino también para ayudar
a vivir en un mundo cuyo centro no parece detenerse. Grupos de encuentro, grupos de
crecimiento, grupos de experiencia y otros se han hecho populares en la medida en que
la gente trata de hallar comunidad y sentido. Ha habido un crecimiento fenomenal del
interés en las prácticas religiosas orientales, y los grupos de culto se han esparcido
rápidamente. En las iglesias establecidas hemos visto un aumento del interés en la
oración y en los dones del espíritu. Han prosperado los retiros de todas clases. A los
directores espirituales les resulta difícil dar abasto en la demanda de sus servicios.

Esta búsqueda del sentido, de la roca que dará estabilidad en un mundo que cambia
rápidamente, es, en su raíz, una búsqueda religiosa. Los tiempos de tumultos sociales y
culturales parecen inducir a la gente a una búsqueda de seguridad radical. Lo que más
desean son guías que los conduzcan a esa seguridad, y los sacerdotes, ministros, y otros
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guías religiosos a menudo parecen ser los candidatos adecuados para esa tarea. De allí
la creciente demanda de consejo pastoral y dirección espiritual. Pero los pedidos a
menudo se dirigen a guías que sienten que ellos mismos no conocen el camino. En
términos bíblicos, las ovejas se encuentran con que no hay pastores.

Esta situación plantea serios peligros. Vemos en nuestra cultura que los gurúes que
prometen respuestas tienen un efecto hipnotizante sobre mucha gente. Puede ser que
una psicoterapia interminable sea para muchos una solución a su incertidumbre.(1)
Hemos visto ejemplos en los que los directores espirituales se convirtieron en la
solución, pero con resultados traumáticos cuando esos directores mostraron sus pies de
barro. En otros tiempos de revueltas sociales, culturales y religiosas, Thomas More
(Tomás Moro) enfrentó una situación similar. Mientras estaba en prisión, su hija
Margaret le preguntó si había sido influenciado por el cardenal John Fisher para que
rechazara el voto de supremacía. Después de alabar mucho a Fisher, More respondió:
“ciertamente, hija, nunca trato (siendo Dios mi buen Señor) de atar mi alma a la espalda
de otro hombre, ni aun al mejor hombre viviente que yo conozca: porque no sé si él
podrá cargar con ella. No hay ningún hombre viviente, de quien yo pueda estar seguro
mientras él viva.” Pero si nosotros mismos, que somos guías religiosos, estamos
inseguros, ¿adónde nos dirigiremos? ¿En que roca podemos confiar? ¿A qué sujetamos
nuestras almas? En las páginas siguientes intentaremos demostrar que es posible
encontrar tal roca y ayudar a otros a encontrarla. La roca no es ningún otro ser humano,
sino el misterio que llamamos Dios, ya que dicho misterio es experimentado en el
corazón, mente y espíritu de cada persona.

Ya sea que se nos acerque alguien en busca de algo que dará sentido a una vida que
parece a la deriva, o de alguien que explícitamente quiere desarrollar una relación con
Dios más fuerte y más personal, nos enfrentamos con la misma pregunta: ¿Por dónde
comenzar? En ambos casos el pedido no se habría hecho si no se hubieran estado
buscando caminos aceptables y verdades objetivas. Estos pedidos nos obligan a
formular preguntas fundamentales: ¿Creemos en un Dios que realmente se comunica
con su gente tanto comunitariamente como en forma individual? ¿Creemos que se lo
puede encontrar personalmente y que esa relación con él puede cimentar la vida de un
individuo sobre roca? Si creemos estas cosas, ¿dónde encuentra la gente a este Dios?
Finalmente, creemos que cada persona encuentra a Dios en su propia experiencia ya sea
que esa experiencia ocurra en una comunidad, en una ceremonia litúrgica o
paralitúrgica, o en grupo, o sola.

Para bien o para mal, en nuestro mundo, cada persona sólo puede encontrar una roca
que no cederá o se hará añicos contestando la pregunta: En mi propia experiencia,
¿encuentro un misterioso Otro a quien yo puedo decir: Tú eres la Roca de mi salvación?
En el mundo moderno, donde el escepticismo se ha tornado o está tomándose “la
condición natural o normativa”,(3) los creyentes tienen dos opciones. Una es retirarse a
guetos más y más pequeños de “creyentes fieles” que refuerzan mutuamente su “fe
acosada”. La otra es ir al corazón de la Cristiandad. Ese corazón es la experiencia en fe,
esperanza y amor de que Jesús es mi salvador y el del mundo, y de que quiero
responderle; en otras palabras, ese corazón es la oración y la vida basada en la
oración.(4) La primera opción en definitiva significa que el cristiano sujeta su alma a la
espalda de otros “creyentes fieles” y no a la espalda de Dios. Más aún, tiende a retirarse
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de- cualquier misión para el mundo. La única opción cristiana seria es, creemos, la
segunda. En las condiciones sociológicas actuales de una sociedad pluralista en la que el
creer es solamente una opción entre otras, la roca sobre la cual estamos parados no
puede ser la experiencia de ningún otro sino que debe ser la nuestra. Hemos
experimentado demasiado frecuentemente la fragilidad de las “espaldas de otro
hombre”.

Esta posición, sin embargo, no significa que cada uno de nosotros sea un nómada no
influenciado por otros. Los cristianos, por definición, son un pueblo, comunidad de
creyentes que se influencian mutuamente en la fe, la experiencia y la vida. Y los
cristianos apoyan su fe en la autoridad: la autoridad de la Biblia, de los Padres de la
Iglesia, de los Concilios, de las diversas afirmaciones del credo, de la jerarquía de sus
iglesias. Pero a los cristianos siempre se les ha pedido que asuman lo que la autoridad
afirma, para hacerlo propio, para decir: “Yo creo.” En tiempos de cambios culturales es
más compulsiva la necesidad de ese asumir personal.

Pero si se nos hace volver sobre nuestra propia experiencia, ¿no se nos enfrenta con una
situación imposible? El psicoanálisis nos ha mostrado la aparente imposibilidad de
conocernos a nosotros mismos lo suficiente como para estar seguros de no estarnos
engañando. Toda nuestra experiencia está estructurada y las estructuras que usamos
son el producto de nuestras experiencias pasadas; no podemos tener una experiencia
“pura” no afectada por las estructuras de nuestras propias personalidades y mentes.
¿Cómo podemos estar seguros de que nuestras “experiencias de Dios” son realmente
“de Dios” y no dé “nosotros mismos?”(5) La sociología del conocimiento motiva una
pregunta similar y tal vez Más difícil con su visión interior de las estructuras mentales
producidas por las sociedades, culturas e instituciones a las que pertenecemos.(6)
Debemos reconocer que tanto la crítica psicoanalítica como la sociología del
conocimiento pueden también dirigirse sobre aquéllos que profesan el escepticismo,
pero dar vuelta la tortilla no hace más que demostrar que tanto creyentes como
escépticos están aparentemente desnudos. La pregunta aún subsiste: ¿Cómo puedo yo,
sobre la base de mi experiencia, decir con certeza que yo creo en un Dios que existe y
que ha tocado mi vida en su médula a través de Jesucristo?

Muchos pensadores modernos dan Una primera aproximación a la respuesta. Peter


Berger es un ejemplo. Mientras es verdad, dice, que “nada es inmune a la relativización
del análisis sociocultural”(7), Dios no es por ello probado inexistente. Por lo tanto
sugiere que la teología comienza no con el Dios que revela, sino con el ser humano y su
experiencia humana. En otras palabras, Berger dice que la misma experiencia humana
que está en cuestión es paradójicamente el lugar donde hallaremos una respuesta. Allí,
y sólo allí, encontraremos las “señales de trascendencia”, el “rumor de ángeles”.

Cualquier investigación seria sobre la experiencia humana revelará un rumor de ángeles,


dice Berger. ¿Cómo sabemos entonces si el rumor es realmente de ángeles o no? ¿Existe
realmente la realidad de la cual tenemos señales? De este modo, la atención a la
experiencia humana. nos enfrenta con el tema de Dios. La pregunta no se contesta
meramente por ser formulada. Ni puede ser desechada como frívola. El esfuerzo de
responderla requiere un giro a la interioridad, ya que a la respuesta no se llega
examinando alguna situación u objeto externo, sino llegando a un acuerdo con las
implicaciones completas de lo que significa ser el formulador de la pregunta. Las
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conclusiones de Berger concuerdan con las del método trascendental que apuntala la
teología de tan eminentes teólogos como Karl Rahner(s) y Bernard Lonergan.(9) En
última instancia, el sujeto que pregunta llega a la conclusión de que la existencia de Dios
es la posibilidad a priori para su propia existencia y como sujeto interrogante. Sin
embargo, nadie más que el sujeto interrogante puede emitir este juicio por sí mismo, y
para hacer esto necesita tomar en serio sus propias experiencias y operaciones
interiores, La búsqueda de una roca sobre la cual afirmarnos en nuestra búsqueda de
sentido nos ha llevado a comprender que la atención a la experiencia interior, un
permanente interés de la teología espiritual y la dirección espiritual, es de capital
importancia.

Se puede ayudar a una persona a reconocer la existencia de Dios atendiendo a su propia


experiencia. ¿Puede sin embargo, llegar a creer que este Dios se le ha acercado y se está
comunicando? “Le importo yo a este Dios?” “El me ha salvado?” Estas son las preguntas
existenciales que la gente se hace. ¿Cómo podemos ayudar a la gente a contestarlas?
Nuevamente, se ha de recurrir a la experiencia del individuo. Mi experiencia es
influenciada por el entorno en el cual crecí, la iglesia a la que pertenezco, la enseñanza y
el testimonio al que he sido expuesto. Pero en definitiva, debo decir: Yo creo que Jesús
es mi salvador; creo que he sido abrazado por su amor y he experimentado ese amor en
la fe. La experiencia y la fe de ningún otro servirá. Esta es la roca en la cual puedo
afirmarme con plena seguridad de que no se derrumbará. Nosotros, que estamos
llamados a enseñar a orar a la gente, debemos ser capaces de ayudarles a llegar a esta
seguridad dándole a Dios la oportunidad de demostrar su cuidado e interés por ellos,
ayudando a prestar atención a su experiencia interior cuando ellos se lo permiten.

Nuestras reflexiones sobre el contexto moderno del requerimiento, “Enséñeme a orar”,


nos han llevado a la conclusión de que nuestra mejor manera de ofrecer tal ayuda es
concentramos en la experiencia religiosa del que la busca. Esperamos que estas
reflexiones hayan disminuido un poco la ansiedad que nuestros lectores experimentan
cuando penetran en el misterio de la dirección espiritual. No necesitamos elaborar
técnicas. No debemos ser “santos” en el sentido de alejamiento de este mundo.
Necesitamos algún conocimiento bíblico y teológico. Pero fundamentalmente
necesitamos tener interés, deseos y disposición de explorar la experiencia religiosa con
aquellos que nos buscan, descubriendo juntos el vínculo que esta experiencia revela.

Puede ser útil señalar que la teología en sí misma está sufriendo un cambio radical hacia
h interioridad, un vuelco paradigmático de gran trascendencia.(lo) Bernard Lonergan en
“Method iii Theology” (Método en Teología)(11) ha mostrado que el método
trascendental, tal como lo hemos mencionado al seguir a Berger, provee solamente un
componente para el método teológico. PermitL a una persona conocerse y afirmarse
como un ser cuyo dinamismo básico está dirigido hacia su propia trascendencia en el
conocimiento y en el amor, como un ser en la búsqueda de Dios. El método teológico,
sin embargo, también necesita un componente religioso, necesita saber que Dios ha
hablado realmente, se ha comunicado en conocimiento y amor.

Lonergan hace el cambio paradigmático desde la objetividad a la interioridad o


intersubjetividad en un golpe intrépido; para él, el componente religioso es provisto por
la experiencia, la experiencia de estar enamorado de Dios.’ El método trascendental
demuestra que yo soy un ser con capacidad de autotrascendencia. El componente
12

religioso está dado cuando puedo decir que esta capacidad se ha realizado, o sea que
Dios está enamorado de mí y yo de El.

De esta manera, el método teológico de Lonergan se basa, no sobre deducciones de


algún conjunto de hipótesis, sino en la experiencia religiosa, la experiencia de estar
enamorado de Dios. Se basa en la contestación a esta pregunta: ¿Experimento, aunque
levemente, el cumplimiento de mis más profundos deseos y esperanzas?

En su capítulo sobre los fundamentos de la teología, Lonergan pone en claro que los
fundamentos para la teología sistemática y pastoral no son premisas, sino gente
convertida, incluidos los teólogos convertidos. De este modo, la teología, una disciplina
que por tan largo tiempo(12) tenía poco que ver con la experiencia religiosa, se
encuentra ahora enfrentada con tal experiencia para sus mismos fundamentos. Los
directores espirituales y otros trabajadores pastorales que se vieron obligados a
focalizar sobre la experiencia religiosa para ayudar a la gente, se encuentran con que los
teólogos están adoptando el mismo enfoque. Es posible que esté muy cercana una
nueva era de colaboración mutua que cerrará la brecha entre la teología dogmática o
escuela teológica y la espiritualidad.

El enfoque sobre la experiencia religiosa que vemos útil, y aún necesario, para el
crecimiento espiritual en nuestro tiempo, no es un fenómeno nuevo en la historia de la
espiritualidad. Es tan antiguo como la cristiandad misma. Desde los tiempos más
tempranos los cristianos consagrados han fundamentado sus vidas sobre su experiencia
de Dios y la relación consciente que se desarrolló a partir de la atención puesta en esa
experiencia. La literatura que refleja la creencia y práctica del pueblo cristiano en
diferentes momentos de su historia, a menudo alienta la aceptación de la experiencia
religiosa y de la vida dialogal que puede desarrollarse a partir de ella.

Los apóstoles llegaron a creer y a confiar en Jesús a través de su experiencia de él.


Mucho del pensamiento acerca de Jesús ha surgido de esa experiencia, pero la base
para el pensamiento fue la experiencia misma. Un vistazo al Nuevo Testamento así lo
corrobora.

Todos los evangelios describen a los discípulos como hombres que no comenzaron su
relación con Jesús con una imagen preconcebida de él que fue substanciada después. Lo
conocieron, lo observaron, lo acompañaron, observaron su manera de actuar, y le
escucharon hablar. Su experiencia de él los llevó a hacerse preguntas sobre él y luego,
les posibilitó contestar esas preguntas. Le vieron tocar a un leproso antes de curarlo,
decir palabras de perdón al paralítico, desafiar a los fariseos a decir si ellos querían que
él matara o diera vida en sábado, responder con compasión y poder a la viuda de Naím,
invitar a la hemorroisa a hablarle. Tuvieron experiencia de él en éstas y muchas otras
acciones. Y su, convicción y fidelidad a él fueron el resultado de su experiencia.

Los evangelios muestran una evolución en la actitud de los apóstoles hacia Jesús.
Primero le ven como a una persona con poder y sólo más tarde llegan a aceptarlo como
el Mesías. Aparecen reaccionando con horror a sus descripciones iniciales de cómo
habría de llevarse a cabo su mesianidad. Sólo después de la Resurrección llegan a
reconocer su abandono y muerte como la manera en que Dios deseaba que se
consumara la salvación. De este modo los discípulos son descritos como hombres en
13

proceso de experimentar y desarrollar la convicción sobre la base de esa experiencia. La


cristiandad descansa sobre ese fundamento sólido.

Cuando Atanasio (13) describió el viaje espiritual de Antonio el Ermitaño, nos dice que
comenzó su viaje, no porque hubiera llegado a una conclusión basada sobre sabio
pensamiento, sino porque oyó el evangelio proclamado para él. Oyó las palabras de
Jesús; “Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que posees y dalo a los pobres, y tendrás un
tesoro en los cielos; y ven, sígueme”, como palabras dirigidas a él; reaccionó ante ellas y
decidió responder con la aceptación. Atanasio vio la proclamación del evangelio y la
respuesta de Antonio a él como una experiencia y quiso decirle a sus lectores que la vida
de Antonio y el desarrollo de sus virtudes y carismas estaban basados sobre esto tanto
como sobre otras experiencias.

La literatura cristiana primitiva contiene muchos otros casos por el estilo. Predicadores y
escritores esperaban que Dios tratara a la gente como aparecía tratándola en la
Biblia.14 La experiencia del diálogo con Dios, para ellos, no cesó con la ascensión de
Jesús, sino que más bien continuó en la experiencia de la gente que vivía la vida de la
Iglesia.

Clemente de Alejandría (15) describió la vida cristiana como la Palabra actuando como
educador compañero (paidagogos) de la persona cristiana. El paidagogos en la cultura
helénica era un sirviente de la familia que se hacía cargo de la criatura desde sus
primeros años, lo acompañaba a la escuela a través de las a veces peligrosas calles de la
ciudad, estaba con él mientras recorría una ciudad bulliciosa, y a través de su ejemplo,
consejo, y las decisiones que tomaba, le ayudaba a aprender a vivir en su entorno.(16)
Su trabajo no era básicamente académico. El maestro enseñaba al niño sus materias de
escuela. El paidagogos, que pasaba gran parte del día con él, le ayudaba a aprender a
través de su compañía misma. Para la mente de Clemente la Palabra , Cristo, hace esto
por nosotros. El sirviente y el niño creaban una relación que producía la riqueza afectiva
de ambos. Lo mismo ocurriría con Cristo y la persona cristiana. En esta relación la
persona podría crecer en madurez en su relación con Dios y con la vida.(17) Esta manera
de ver el crecimiento de un cristiano permite entender que existe un diálogo continuo
entre Cristo y la persona cristiana, y que el diálogo ocurre en circunstancias cambiantes
y continúa a través de las etapas del desarrollo. En la vida de cualquiera, el diálogo con
otra persona cercana cambia a medida que ambas personas crecen. La imagen de
Clemente de la vida cristiana nos alienta a pensar que la misma será verdadera para la
relación con Cristo.

En otra obra escrita por un autor desconocido, alrededor de la misma época, el “A


Diognetus” (18), la conversión de una persona pagana se produce a través de llegar a
conocer al Padre que ha amado a los seres humanos y los ha invitado a amarlo. Es este
llegar a conocer y amar, a El que “primero te ha amado”, el que sirve como base para la
vida cristiana. La persona aprende cómo vivir del Dios que lo ha amado. Su crecimiento
como cristiano se describe no en términos de conformidad o no conformidad hacia las
leyes, sino en términos de llegar a parecerse más al Dios que se ha ido encontrando con
él. Deja de ser una persona que hace un uso egoísta de su poder y riqueza y se convierte
en una persona que lleva sobre ‘sí las cargas de otras personas, Su experiencia de Dios y
la vida cristiana gradualmente lo llevará hacia los más profundos huecos del misterio de
la relación de Dios con nosotros.
14

En estos dos trabajos la descripción de la vida cristiana nos alienta a mirar nuestras vidas
como relaciones entre Dios y nosotros, mismos, relaciones que requieren comunicación
mutua. Dios nos habla tanto en la Palabra como en la acción, y nosotros tenemos la
capacidad de responder. Esta manera de ver su vida cristiana le fue facilitada al cristiano
por la forma en que la Escritura le fue transmitida por la Iglesia. La Escritura era
proclamada en las ceremonias litúrgicas. La Biblia no era un libro destinado a la lectura
silenciosa, privada. ‘Aún fuera de la liturgia era leída en voz alta por un sirviente o leída
por uno mismo en voz alta. Este contexto en el cual la palabra de Dios era oída no
impedía a la gente pensar en ella. Se alentó mucho el pensar en la Escritura; el contexto
mismo, sin embargo, no era el de un estudio privado sino el de una persona a otra que
causaba reacción y una respuesta ya sea de alejamiento o de mayor acercamiento a
Dios.

La Palabra era dirigida a toda la gente, pero también era dirigida al individuo. El
homilista no sólo hablaba de la pertinencia de la palabra al pueblo de Dios sino que
también mostraba a su audiencia que se intentaba dirigir la palabra a la vida individual,
las circunstancias en las cuales esa vida era vivida, y el desarrollo que ocurriría en ella. El
“sentido moral” o “sentido espiritual” decía que Dios pensaba en la vida de cada
individuo cuando decía su palabra. Dios hablaba, la persona reaccionaba y luego decidía
su respuesta. La vida podía así ser fácilmente vista como un diálogo tanto de palabra
como de acción entre Dios y nosotros mismos. La atracción de la Escritura sobre el
corazón impedía que el diálogo se tornara puramente racional. La ubicación litúrgica en
la cual las Escrituras eran transmitidas a la comunidad, por sí misma alentaba a la gente
a escuchar con sus corazones y sus sentimientos tanto como con sus mentes.

Durante mil años las ceremonias litúrgicas presentaban a Dios como hablando a su
pueblo y pidiéndole reacción y respuesta. La escucha afectiva de la Palabra sería en sí
misma una experiencia más cercana a lo que nosotros entendemos por experiencia
religiosa, que nuestra acostumbrada lectura silenciosa de la Escritura. Y más cercana,
también, que la discusión de la palabra de Dios que en siglos más cercanos se convirtió
en el tema de homilías y sermones. Que nosotros, entonces, hablemos de experiencia
religiosa como básica para la vida y oración cristianas, no significa que estemos
proponiendo una nueva base para la oración sino, más bien, que estamos señalando un
elemento que ha estado desde el principio en el corazón de la tradición cristiana.(19)

También está claro que el diálogo con la palabra de Dios en la Escritura es natural en la
oración cristiana. Aelred de Rievaulx, del siglo Xll, en su “Cuando Jesús tenía doce años
de edad”(20), pasa espontáneamente de describir la aventura de Jesús en el templo a
hablarle directamente. Al hacerlo, ejemplifica receptivamente a la palabra para la
persona a la que está escribiendo. También nos muestra cómo una persona puede
reaccionar espontáneamente a la palabra de Dios.

Los escritores medievales encontraron el diálogo de la vida espiritual dramáticamente


ejemplificado en el Cantar de los Cantares.(21) Guillermo de St. Thierry, en su
“Exposición del Cantar de los Cantares”(22), por ejemplo, ve al Novio comenzar la vida
espiritual como una vida de relación consigo mismo. La Novia responde a esta iniciativa.
El desarrollo de la relación entre ellos tiene lugar porque él desea la relación con ella y
ella desea la relación con él. Hay diálogos verbales en el “Cantar”, pero el diálogo
aparece principalmente como de acción. Las acciones de una persona se comunican a la
15

otra. Esta decide entonces si responder o no. La “Exposición” considera las pausas,
desapariciones y titubeos del Hijo como descripciones de la vida cristiana. El proceso
contiene momentos de frustración, de esperanza insatisfecha, de búsqueda en la
oscuridad. Pero a través de la “Exposición” el deseo de la Novia y el Novio de
relacionarse es una corriente continua y sostenida.

Guillermo, como otros escritores medievales, tenía un gran respeto por el conocimiento.
Respeta el hecho de que el intelecto conoce. Sin embargo, cree que el amor conoce
también, y que finalmente la persona conoce a Dios a través de su amor por El. El uso de
la relación de la Novia y el Novio como imagen de la vid4 espiritual que se desarrolla
facilita el entendimiento de la centralidad de la experiencia tal como un escritor como
Guillermo la entendió. El conocimiento, racional ocupa un lugar destacado en su
entendimiento de la vida espiritual. Pero es el amor basado en la experiencia lo que
llega a Dios.(23)

Escritores como Guillermo creían en las instituciones. La Iglesia , la sociedad secular, la


Fundación monástica, eran de suma importancia para ellos y creaban el ambiente de sus
vidas de encuentro personal con Dios. Pero éstos no eran en sí mismos ese encuentro. El
encuentro se producía en su relación con Dios. Requería tomar conciencia dl amor de
Dios y de su llamado personal a recibir ese amor y responderle: La respuesta podía llevar
a la persona a lugares desconocidos, impensables, pero era siempre una respuesta a una
palabra que había sido hablada y continuaba siendo hablada en el corazón de la
persona.

La espiritualidad al final de la Edad Media muestra muchos signos del conflicto entre el
énfasis puesto sobre el conocimiento racional de Dios y el énfasis puesto sobre la
experiencia amorosa de Dios. (24) Ignacio de Loyola, como persona medieval tardía,
tuvo que optar por uno de ellos. Sus obras (25) demuestran que eligió confiar en su
propia experiencia. Tenía un respeto ardiente por la autoridad de la Iglesia, a pesar de
haber sufrido mucho a manos de algunas personas que ejercían autoridad y poder en
ella; y nunca cuestionó sus demandas contra él. La autoridad, sin embargo, no
reemplazó la comunicación que Dios podía dirigir a un corazón individual y la respuesta
que la persona podía dar. (26) Su vida se convirtió en un diálogo entre Dios, llamando y
sosteniéndolo, e Ignacio respondiendo. Estaba dispuesto a elegir caminos intransitados
porque sabía que Dios lo guiaría y sostendría a lo largo de esos caminos.

Estos son indicios de cómo la tradición cristiana a través de los siglos ha estado abierta a
la experiencia individual de Dios y ha alentado la relación dialogada que puede. surgir de
esa experiencia. Resulta adecuado que nuestro ejemplo final sea Ignacio de Loyola. Sus
“Ejercicios Espirituales”, basados en la convicción de que Dios puede y quiere ser
encontrado en el diálogo, han sido ejemplo durante muchas generaciones de la
aceptación por parte de la tradición cristiana de la experiencia y la incentivación del
diálogo con Dios. Los “Ejercicios” expresan también la convicción de que, hablar sobre la
propia experiencia de ese diálogo con un director espiritual, puede ser de mucha ayuda
para el desarrollo de la relación dialogada.
16

3. La relación entre Dios y los individuos

La dirección espiritual es la ayuda que uno recibe para poder desarrollar su relación con
el Señor. Las personas que están más inmediatamente involucradas en la dirección
espiritual son el Señor, el dirigido y el director. La relación entre el director y el dirigido
puede ser crucial para el desarrollo de la relación entre el dirigido y el Señor, pero esta
ú1tima relación existe antes y es independiente de la primera. Los directores no crean
las relaciones entre Dios y sus dirigidos, sino que tratan de fomentarlas.

El Señor es misterio, el completamente Otro a quien no podemos conocer ni llamar de


forma adecuada alguna. Suponemos que Él quiere relacionarse con su gente tanto
comunitaria como individualmente. Dios no necesita que nadie le ayude a relacionarse
con su gente. Pero el otro humano si busca ayuda para desarrollar su relación con Dios.
Y es a la persona del dirigido y a las maneras de ayudarle a crecer en la relación con el
Señor adonde ahora apuntamos.

Hemos experimentado en talleres y programas de entrenamiento sobre dirección


espiritual que resulta difícil para la gente captar el valor de nuestro enfoque sobre la
experiencia religiosa y la relación con Dios. Al principio no entendíamos qué pasaba
cuando en medio de un taller se hacía evidente que al menos algunos de los
participantes estaban oyéndonos en una forma que no era la que pretendíamos.
Gradualmente llegamos a darnos cuenta de que la definici6n y la descripción no
traducían adecuadamente lo que queríamos decir y que necesitábamos tiempo para
ayudar a nuestros oyentes a intuir, a gustar, lo que yacía detrás de los conceptos de
"experiencia religiosa" y "relación con Dios". En este capitulo pretendemos hacer lo
mismo con nuestros lectores. Nuestra meta no es definir tanto estos términos como
invitar a los lectores a recordar sus propias experiencias y ver si esas experiencias se
hacen eco de lo que describimos.

Cuando hablamos sobre la relación que se expresa y desarrolla en la oración,


inmediatamente nos encontramos con un problema de lenguaje. Tenemos tendencia a
volvernos abstractos. Para describir las dificultades de una persona para expresar su
temor, por ejemplo, a Dios, podemos recurrir a un lenguaje psicológico y usar términos
como "subdesarrollo afectivo", "problema de identidad", "incapacidad para adquirir
intimidad psíquica". O podemos entrar en las categorías teológicas y hablar de la lucha
entre la gracia y el pecado. Estos dos modos de explicar pueden describir con precisión
la situación de la persona, pero no representan adecuadamente lo que es para ella la
más importante dimensión de todas, su relación concreta con Dios. Para describir esta
relación necesitamos otra terminología. Debe ser de parentesco porque describe una
relación, religiosa porque estamos hablando acerca de la relación con Dios, y concreta
porque queremos hablar sobre la experiencia de esa relación, no sobre la idea de ella.

¿Que queremos decir mediante "relación con Dios"? Queremos decir algo que existe,
ante todo. Surge de la creación de la persona humana y existe aún cuando la persona no
tenga conciencia de su existencia. Soy una criatura, sépalo o no, y Dios es mi creador.
Dios me conoce, como a su hijo o hija aún cuando yo no lo conozca como Padre. Jesús
me conoce como a su hermano o hermana aún cuando yo no perciba este vínculo.
17

Cualquier persona que no conozca a su padre, a su madre, a sus hermanos o hermanas,


tiene una carencia que probablemente se manifestará de alguna manera en su
consciente. Puede hacerlo como falta de raíces, o como un sentido de estar
radicalmente sola, o como una sensación de estar perdida. Así también, la falta de
conciencia del Dios que está en relación con nosotros puede mostrarse en el consciente.
El temor a ser dejados solos con todos nuestros temores, esperanzas insatisfechas y
dudas de nuestra propia capacidad, es algo que muchos experimentamos de tanto en
tanto. La mayoría no lo expresamos habitualmente, pero no obstante, nos influencia. La
carencia también puede mostrarse positivamente en el anhelo que algunas personas
expresan del contacto con un nivel de vida más profundo, al que no pueden dar un
nombre.

Nuestra fe nos dice que Dios se comunica con nosotros, lo sepamos o no, creando y
redimiéndonos continuamente. Él se comparte con nosotros aun cuando no lo sepamos.
La misma vida nos comunica con Él. La primera flor de azafrán comunica la
indomabilidad de la vida. Las puestas de sol nos hablan de grandiosidad. La amistad nos
comunica la experiencia de lealtad y amor. Las tempestades de nieve y los huracanes
nos hacen conscientes de que el ordenamiento de la naturaleza está definitivamente
fuera de nuestro control. El aprovechamiento de la energía nuclear nos hace dar cuenta
de que no hay límite para nuestra capacidad de explorar y explotar nuestro universo, y
los accidentes nucleares nos hacen tomar conciencia de que no podemos controlar
perfectamente lo que hemos descubierto.

De éstas y muchas maneras mas, el cristiano reconoce que Dios se comunica con
nosotros. Lo hace ya sea que lo nombremos como la fuente de la comunicación o no. Se
nos "habla" continuamente.

Cuando una persona se comunica con otra en una ocasión particular - por ejemplo, un
hombre deja un ramo de rosas para una mujer a la que admira - podemos hablar de una
experiencia de comunicación. Es una experiencia de comunicación explícita de parte de
la persona que la inicia. Sin embargo, solo es una experiencia de comunicación implícita
para el receptor, si no sabe que alguien se está comunicando con el. La mujer, por
ejemplo, puede deleitarse con la belleza de las rosas pero suponer que estaban
destinadas a su hermana. Cuando el receptor intencional sí lo sabe, la comunicación es
una experiencia de comunicación explicita también de su parte. Una experiencia
religiosa particular es una experiencia de comunicación explicita tanto de parte de Dios
como del receptor. La persona sabe que Dios se está comunicando con ella en ese
momento.

Somos libres, sin embargo, para escuchar la comunicación de Dios o no escucharla, y


libres para responder o no a lo que oímos. Cuando hablamos de oración contemplativa,
estamos hablando al mismo tiempo de conciencia de esta comunicación de Dios y de
una voluntad de escucharle y responderle. La relación consciente comienza cuando yo
elijo escuchar o mirar lo que el otro está haciendo. Después de haber hecho esta
elección, entonces libremente decido si responder o no. De esta manera, por oración
contemplativa significamos la voluntad y deseo conscientes de mirar y escuchar a Dios
como Él desea ser para mí y responderle. Puedo aceptarlo o rechazarlo como Él desea
ser. Tanto en uno como en otro caso he respondido. Cuando ocurre este proceso, la
persona tiene el "alimento" para comenzar la dirección espiritual.
18

Es necesario hacer otra precisión. Podemos hablar de cualquier experiencia religiosa


individual como una expresi6n del deseo de Dios de estar en relación personal con
nosotros, una relación iniciada por Él y reconocida y respondida por nosotros. Pero
puede haber dos diferentes clases de situaciones que llamamos experiencia religiosa.
Una es espontánea y puede ocurrir tanto cuando una persona está orando como cuando
no lo está. Ocasiona una reacción a Dios y un deseo de responderle de alguna manera.
Pero parece concluir allí. Un hombre está caminando a lo largo de un camino de campo
en invierno al ponerse el sol y se siente sobrecogido por una reverente admiración ante
la hermosura que lo rodea. Se regocija y grita en voz alta una acción de gracias a Dios.
Luego va a su casa y le relata la experiencia a su mujer. Recuerda el evento de tanto en
tanto, pero éste queda como una experiencia de Dios relativamente aislada.

La otra clase de situación es una experiencia similar que no está aislada de la trama de la
vida de la persona sino que comienza o es parte de una relación con Dios consciente y
progresiva. Por ejemplo, la admiración reverente en la puesta del sol podría recordar al
hombre cuánto ha dado por sentado a Dios últimamente, y estimularlo a retomar
nuevamente su practica de dedicar algún tiempo cada día a la oración para profundizar
su relación con Dios. Esta última experiencia es la que nosotros queremos enfocar en
este capítulo porque es este seguimiento con un fin más determinado de la relación con
Dios la que hace más provechosa la dirección espiritual.

Si se le pregunta a la gente qué ocurre cuando ora, se reciben muchas respuestas


diferentes. Algunos dicen que es difícil orar; otros dicen que es fácil; mas aún, otros
dicen que a veces es difícil, a veces fácil. El hecho parece ser que la oración, en general,
ni es fácil ni es difícil. No es ni más difícil ni más fácil que la creación de cualquier
relación profunda, duradera y confiable. La comparación es más adecuada de lo que a
primera vista podría parecer. Si usted conversa con una persona durante media hora o
más varias veces por semana sobre temas personales, pronto encontrará que, o bien se
ha desarrollado una relación intima, o que algo funciona mal entre ustedes. Si hay
comunicación mutua y aceptación mutua de esperanza, deseos, ideales, temores y
frustraciones, la relación no puede ser de otro modo que íntima.

El Antiguo y Nuevo Testamento demuestran lo adecuado de la comparación. Son un


testimonio de la expresión de Dios en sus actitudes hacia nosotros. Vemos cómo vive a
pleno su amor, su interés, su voluntad de estar comprometido con nosotros. Estos
intentos de comunicarse con nosotros no son los esfuerzos de un académico para
expresarse claramente. Yahveh habla con ternura, consternación, cólera, interés. Jesús
se dirige a la gente invitando, con enojo, con tristeza, ardientemente, con compasión. El
deseo de Dios de entrar en mutua relación con nosotros lleva a confrontaciones directas
con la gente que pide una respuesta de ella. Él llama a la gente por su nombre. La ayuda
en tiempos de dificultades, la rescata de la opresión, le perdona su torpeza y
obstinación, le muestra un amor de madre. Jesús llora por la gente, lucha para ayudarla
a entenderle, le habla pacientemente sobre el Padre, la amonesta, la estimula, la
censura.

Aquellos que se disponen a escuchar la palabra, entonces, se encuentran con un Dios


que dirige sus propias actitudes hacia ellos directamente. Esta franqueza invita a los que
lo escuchan a reaccionar. Mas aún, puede no dejarles descansar hasta que reaccionan.
Los evangelios, en particular, están escritos de una manera tal que producen reacción.
19

Es solo a partir de esta inducción de reacción que pueden ser entendidos


correctamente.

Aquellos que sí los escuchan, tienden a reaccionar ante ellos, del modo en que
reaccionarían ante cualquier exposición provocativa dirigida a ellos. Les gusta o disgusta
lo que oyen. Quieren oír más o quieren dejar de escuchar. Si les disgusta lo que oyen y
físicamente no pueden evitar oír, pueden tratar físicamente de evitarlo cayendo en el
aburrimiento o antagonismo activo. Si les gusta, tienden a responder con la aprobación,
esperanza, alegría, satisfacción, o con alguna actividad apropiada.

Mientras se produce la respuesta, ya sea aprobando o desaprobando, el Dios que habla


la palabra puede parecer diferente. Puede expresar actitudes que no expresaba antes
de que la reacción tuviera lugar. Cuando es saludado con enfado, por ejemplo, puede
comenzar a expresar atención paciente. Cuando su palabra halla aceptación, puede
expresar amor. Así es con la palabra. Expresa a un Ser viviente que quiere entablar
diálogo con nosotros. Cuanto más explícita y específica sea la respuesta, tanto más
prontamente proseguirá el diálogo.

Este lenguaje de diálogo puede parecer extraño a algunos de nuestros lectores. No


estamos hablando de "audiciones", aunque a veces parecen suceder. Para la mayoría de
la gente la palabra de Dios viene más sutilmente y menos tangiblemente, pero no con
menos realidad. Después de una explosión particularmente tempestuosa contra Dios,
por ejemplo, una persona podría "sentir" que Dios está aún ahí escuchando
pacientemente, preguntándose si habrá algo más que la persona tenga que decir. O
bien, después de que una persona ha confesado una y otra vez que es indigna, puede
venir inesperadamente el pensamiento: "Yo puedo aceptarte como eres, pero, puedes
tú?" En otros ejemplos, palabras de la Escritura pueden venir espontáneamente a la
mente y ser discernidas como la respuesta de Dios a la auto-revelación de la persona. La
gente que ha dejado que la palabra de Dios le hable y ha reaccionado honestamente a
ella sabrá por experiencia la clase de diálogo que puede resultar.

El diálogo tiene lugar, entonces, entre la palabra viva y el oyente que responde a la
palabra. No es, aún cuando la Escritura forma su base, una sesión de estudio, aunque el
estudio previo puede engrosar su. riqueza. El estudio puede convertirse en un sustituto
del diálogo y así frustrar la finalidad dialogal de la palabra.

El estereotipo del asceta pálido, demacrado, que ha desarrollado el control total de


todas sus reacciones y respuestas no se adapta a nuestra descripción del oyente que
responde a la palabra. Esa persona controlada sería un pobre candidato para el tipo de
dirección espiritual que convierte la relación en un foco central. Los mejores candidatos
son aquellos que han vivido la vida y no han temido a sus alegrías ni a sus penas. Han
sido capaces de desarrollar reacciones íntimas con otra gente. Y tienen fuertes deseos
de algo más en su relación con Dios. Estos deseos pueden venir de una sensación de
vacío a pesar del éxito en el trabajo o al formar una familia, una sensación de que algo
falta, que a menudo parece venir a la gente después de los treinta y cinco. Pueden venir
a raíz de la desazón cultural y social y religiosa a la que aludimos antes [capítulo dos del
libro]. La crisis de la vida puede turbar el equilibrio de algunos y forzarlos a preguntarse
acerca de la calidad de sus vidas con Dios. La muerte del padre o madre, o esposo o
esposa o amigo íntimo, por ejemplo, o el surgimiento de una enfermedad grave o el
20

cambio de empleo o de comunidad - pueden dar lugar a una nueva mirada sobre la
relación de uno con Dios y llevarlo a un deseo de algo más.

Por experiencia podemos decir que la gente que se siente más cómoda y deseosa del
tipo de relación con Dios y la clase de dirección espiritual que estamos describiendo son
generalmente cristianos activos, vibrantes, terrenos, inteligentes, a diferencia del
estereotipo habitual de la persona "espiritual". Son tan reales como la lluvia, la niebla, la
luz del sol. Quieren dejar a Dios ser Él mismo con ellos. Tienen fuertes deseos de
intimidad y se hacen buenos amigos y amantes. Son gente responsable y así pueden dar
respuesta a la palabra.

Pero también son humanos y entonces todas sus respuestas no surgen inmediatamente.
Necesitan crecer en la relación con Dios y en la habilidad de profundizar su diálogo con
Él. Mientras continúan respondiendo a la palabra, progresivamente entran en el diálogo
reacciones que al principio no se notan. Un hombre puede reaccionar al principio con
aprobación a la palabra que oye, por ejemplo, y luego, después de gozar durante horas
con el diálogo, encontrarse expresando enfado a Dios. Mas aún, le puede llevar algún
tiempo reconocer que es enfado lo que está expresando. O la reacción inicial de una
mujer a la palabra puede ser enfado, pero después de poco tiempo su enfado puede
ceder a una apreciación de que Dios puede aceptarla enfadada, y después a una
aceptación de su interés.

En este diálogo continuo las reacciones más profundas de una persona a la acción de
Dios posiblemente entren a un compromiso explícito tan sólo muy lentamente. Es
posible también que lleguen a hacerlo tan sólo con considerable dificultad. Algunas de
nuestras reacciones, por ejemplo, asumen una coloración protectora. Un hombre que
está enfadado con Dios a menudo no lo escuchará ni le responderá en la oración.
Consecuentemente, es posible que no rece en absoluto. Sin embargo, raramente
admitirá que no está rezando porque está enfadado con Dios. En cambio, puede decirse
a sí mismo que no reza porque no tiene tiempo. Mas aún, es probable, que le pida a un
director espiritual que le ayude a elaborar un programa que le facilite tiempo para la
oración, y que pase meses tratando en vano de ubicar un lugar en su agenda para orar
con regularidad. Sin embargo, estos esfuerzos por programar no dan como resultado la
oraci6n frecuente, porque no le ayudarán a encarar la razón de su falta de oración. Está
demasiado enfadado para escuchar a Dios, pero cree que es demasiado indisciplinado o
está demasiado ocupado para orar.

Algunas veces, por lo tanto, las razones que nos damos para no rezar no son las razones
reales. Con bastante frecuencia las razones reales serán actitudes dentro de nosotros
mismos que se nos hace difícil aceptar. ¿Quién desea saber, por ejemplo, que está
enfadado con Dios, indeciso en cuando a su matrimonio, o profundamente atemorizado
por la vida? Sin embargo, si la oración personal ha de ser frecuente y llevadera,
tendremos que permitirnos comunicar cada vez más nuestras actitudes reales a Dios.
"Transparente" es una descripción apta para la actitud de apertura que se desarrolla a
medida que dejamos que la Palabra nos hable y que nuestra respuesta a Él nos
represente a nosotros y a nuestras actitudes más cabalmente.

La gente a menudo se sorprende al darse cuenta de que la exposición de un sentimiento


fuerte como la ira en la oración no elimina este sentimiento como un factor en su
21

relación con Dios, y por lo tanto no elimine la necesidad de expresarlo repetidamente.


"iYa to dije todo!" es una expresión habitual de su frustración. El sentimiento sigue
reincidiendo, sin embargo, es posible que necesite ser expresado una y otra vez en la
oración. La aparición repetida de un sentimiento indeseado cuando oramos no implica
que Dios no nos haya entendido la primera vez que lo expresamos o que hayamos
fracasado en expresarnos adecuadamente. Significa más bien que el desarrollo de la
transparencia en nuestra relación con Él requiere expresiones repetidas de un
sentimiento en particular. El sentimiento continúa y puede reaparecer cada vez que
oramos, de la misma forma en que un sentimiento que podamos tener hacia un amigo
íntimo puede reaparecer cada vez que hablamos con el amigo. En la amistad entre dos
seres humanos la recurrencia del enojo o la timidez no significa que la amistad esté
fallando. Así también la recurrencia, aún la recurrencia frecuente de sentimientos
indeseados hacia Dios o el universo que Él ha hecho no significa que la relación con Él
esté en peligro colapsar. Lo que hace peligrar una amistad no es el enojo o la timidez o
cualquier otro sentimiento indeseado, sino la falta de voluntad de parte de una persona
o la otra de compartir sus sentimientos y el crecimiento de la alienación que pueda
resultar. La frecuencia con la cual la gente describe una alienación emocional de Dios en
la oración indica que tal crecimiento ha ocurrido con más asiduidad de la que
comúnmente se cree.

La alienación emocional, sin embargo, no implica una ofensa contra Dios o fracaso moral
en ningún sentido al que estemos acostumbrados. Puede, sin embargo, implicar un
fracaso en el crecimiento de la relación. Una de las formas en las cuales el fracaso de
crecer en la relación se manifiesta, torna muy obvia la falta de crecimiento. Algunas
personas oran como lo hacían cuando eran niños. Piensan y actúan como adultos y
tienen las responsabilidades de adultos,- pero cuando oran usan el mismo tono y hablan
dentro del mismo marco de expectativa que usaban cuando tenían diez años. Cuando se
dirige a Dios, por ejemplo, una mujer que acaba de perder a su único hijo, es posible que
no pueda usar otro tono más que el de acción de gracias o súplica. Es probable que no
pueda expresar en la oración su sentido de la pérdida e indignación. El lenguaje de
oración al que ella está acostumbrada no puede sostener tales sentimientos porque los
que tienen diez años no pueden permitirse estar enojados con alguien tan grande e
imponente como Dios. Puede también haber otra razón: puede hallar difícil expresar
sentimientos profundas de pena o enojo hacia cualquiera, y aún difícil hacerse ella
misma la concesión de tenerlos.

La transparencia crece, entonces, a medida que reconocemos que, en nuestra


experiencia, Dios es confiable, y a medida que nos volvemos más capaces de expresarle
nuestras propias actitudes más profundas. Esta expresión de la actitud requiere una
explicación adicional. No es una expresión breve, como por ejemplo: "Estoy
agradecido". Es más bien un intento largo, paciente, para expresar et sentimiento,
ánimo, o actitud de uno hacia el Señor. Se hace del mismo modo en que una persona
expresa su yo interior tal como está en ese momento a un amigo intimo que sabe que
no lo abandonará ni se volverá un extraño sin importar lo que diga. Un hombre podría
decir, por ejemplo, que el cuidado de Dios por él casi le mueve al llanto, que siente que
no puede retribuirle, y que se siente culpable porque no puede. Tratará de transmitir el
ánimo o los sentimientos mismos y de hacerlo tan directamente como sea posible. Es
probable que llore. Si es una persona voluble que expresa la gratitud profunda muy
directamente mediante un silencio desacostumbrado, puede mantenerse callado por
22

diez o quince minutos. Si se expresa mejor con gestos corporales, podrá permanecer
por cinco minutos en una posición de presencia profunda. La ira o el temor también
pueden ser expresados directamente -con imprecación, gestos, recriminación, un relato
elocuente del incidente o situación que ha provocado el sentimiento, o con otros
medios de expresión directa de la emoción.

Cuanto más experiencia de oración tengamos, tanto más probable será que seamos
capaces de dejar entrar algo más que el pensamiento en nuestra oración. Nos
encontraremos buscando espontáneamente maneras de expresarnos más a fondo. Un
intento de ser receptivos a Dios o de comunicarnos con Él que no implique la voz, los
gestos, u otra actividad, a menudo parece pobre y superficial, y puede ser considerado
de algún modo como irreal. Las prácticas ascéticas como el ayuno, pueden a veces surgir
de esta necesidad de ser más intensamente expresivos. Permiten que el cuerpo exprese
actitud, y así capacitan a la persona para entrar más plenamente en comunicación con
Dios. Así, invitando a Dios a comunicarse con nosotros en la oración y tratando de
responderle en la oración, tienden a involucrarnos en todo nuestro ser. El sentimiento,
el estado de ánimo, el pensamiento, el deseo, la esperanza, la voluntad, los gestos
corporales y actitudes, la actividad y la dirección de la vida, tienden a verse
influenciadas. La oración se profundiza, y mientras esto ocurre, gradualmente atrae a su
dinámica cada vez más nuestros poderes y recursos. Su campo de acción también se
ensancha . Gradualmente atrae a su dinámica más y más aspectos de nuestras vidas.
Nuestras actitudes sociales y económicas, nuestras relaciones interpersonales, nuestra
elección de trabajo, todas comienzan a ser influenciadas por la relación entre nosotros
mismos y Dios a medida que esa relación se expresa en la oración personal.

La oración no se hace aislada del resto de los intereses de una persona. Tanto su campo
de acción como su estructura son afectados por ellos. Una persona que viva en contacto
cercano y amistoso con la gente de una reservación Sioux hallará que su oración se ve
afectada tanto por las actitudes contemplativas de sus miembros Sioux como por las
dificultades culturales en las que viven. La administradora de una escuela en la cual la
mayoría de los estudiantes son pobres descubrirá que su oración se ve afectada por sus
responsabilidades y, si es una mujer compasiva, por la situación social de sus
estudiantes. La impotencia que Jesús elige para sí mismo y su conmiseración hacia los
pobres tendrán un significado diferente y un impacto afectivo diferente sobre ella del
que tendrá, por ejemplo, sobre un profesor de Harvard. Sus otros intereses se ven
afectados a su vez por lo que le ocurre a ella en la oración comunicativa. Tenderá a
volverse más compasiva, más paciente con los sentimientos de otras personas, más
tolerante con los propios. Probablemente tendrá, por ejemplo, una visión más amplia,
una mayor apertura al cambio en la sociedad y en su medio.

Indudablemente hay personas a quienes la oración aísla de las corrientes de la vida


alrededor de ellas y las vuelve impermeables a las necesidades sociales. La mayoría de
nosotros hemos oído acerca de fieles que van regularmente a la iglesia y han presidido
gobiernos opresivos. Me gustaría poder decir que tales incongruencias son escasas, pero
no tenemos evidencias de que lo sean. La palabra "oración" no siempre se usa para
designar la oración comunicativa ni aún intentos de oración comunicativa. A menudo se
refiere a la recitación mecánica de oraciones establecidas, a la asistencia pasiva a la
liturgia, al cumplimiento de una obligación. En tal oración lo que se comunica a Dios
puede ser no más que un deseo de estar de su buen lado. En contraste, la clase de
23

oración verdaderamente comunicativa que hemos estado describiendo cambia a las


personas y, si continua, finalmente las lleva a examinar todas sus vidas.

Al mismo tiempo, debemos recordar que venimos a la oración, aún a la oraci6n


comunicativa, como personas con una historia, un medio social y cultural, una
formaci6n religiosa y catequesis específicas. No nos deshacemos de nuestro pasado
como la serpiente cambia su vieja piel. Los directores espirituales necesitan saber de
dónde provienen sus dirigidos. La mujer que aún ora como una niña de diez años no
llegará fácilmente al punto donde podrá decir a Dios cuán indignada está ante la pérdida
de su único hijo. Necesita ayuda para desarrollar su relación con Dios, no la fácil
sugerencia de hacer lo suyo a su gusto (lo que le salga). Los directores espirituales
necesitan reconocer la influencia que años de práctica en buenos modales tienen sobre
la oración de muchos de sus dirigidos. A menudo se requiere una pedagogía lenta y
paciente, una pedagogía que podría incluir referencia a salmos (como el Salmo 6 donde
se expresa la ira e impaciencia hacia Dios), a descripciones bíblicas de pedidos
inoportunos (tales como la historia del ciego Bartimeo en Marcos 10), a algún libro útil
sobre oración, así como también ayuda esforzada, compasiva y considerada de manera
que las personas se den cuenta de los sentimientos indeseados hacia Dios y su mundo y
sean capaces de hablar de la verdad que descubren con Él. Por otra parte los directores
espirituales no son la única fuente de pensamiento religioso de una persona. La mujer
que ha perdido a su hijo, por ejemplo, puede estar oyendo en sermones en domingo
que es pecado cuestionar las acciones de Dios o estar enfadado con Él. No es suficiente
quitar tal influencia como desesperadamente ignorante. La mujer necesita ayuda
compasiva para abrirse paso a través de la confusión creada por sus propios
sentimientos conflictuados y la "ayuda" conflictiva que está recibiendo; necesita ayuda,
en otras palabras, para ponerse, con toda su confusión y sentimientos conflictuados,
delante del Señor.

Finalmente, necesitamos recordarnos que la dirección espiritual sólo es uno de los


muchos ministerios de la Iglesia. Los directores espirituales aprenderán en su trabajo
mucho acerca de Dios y acerca de las personas y ello les será útil en sus otros
ministerios cristianos. Cuanto más sepan los ministros sobre los caminos de Dios con los
individuos, tanto mejor podrán enseñar, predicar, visitar enfermos, preparar música
litúrgica, y cumplir con otros ministerios de manera que estos ministerios logren su fin
fundamental de ayudar a las personas a encontrarse con el Dios viviente. Pero los
directores espirituales tienen como trabajo central facilitar la relación entre los dirigidos
y Dios. Ofrecen ayuda directa en esa relación. La enseñanza, la predicación y la guía
moral no son la obligaci6n propiamente dicha de los directores espirituales. Su trabajo
es ayudar a las personas a experimentar la acción de Dios y a responderle. Fomentar el
descubrimiento, más que enseñar doctrina, es su meta.

Hemos hallado necesario acentuar este punto debido a la tendencia casi universal y
profundamente arraigada de los ministros de querer inculcar la verdad, de enseñar, de
instruir. Esta tendencia es tan fuerte que los directores espirituales principiantes a
menudo no escuchan bien la experiencia de sus dirigidos y como resultado no oyen
todos los matices de su experiencia y razonamientos sobre Dios. Sin embargo, una vez
que hayan aprendido que su trabajo es específicamente facilitar el descubrimiento,
serán capaces de introducir las clarificaciones y reflexiones teológicas apropiadamente.
24

Es asombroso, cuando uno reflexiona sobre la cuestión, que la ayuda, que apunta
directamente a la adoraci6n personal de Dios en espíritu y en verdad, hubiera alguna
vez sido considerada só1o como una de muchas incumbencias pastorales, y más aún,
una incumbencia un tanto esotérica. Parece más bien que debería ser el núcleo del cual
irradia todo otro cuidado pastoral de la Iglesia. Pues la direcci6n espiritual, si cumple su
meta propia, debe ayudar a la gente a reconocer y enfocar su vida como respuesta a la
acción amorosa, creativa y salvadora de Dios. A menos que hayan tenido alguna
experiencia de tal reconocimiento y enfoque, los cristianos tratarán todas las
descripciones de actitudes interiores como datos objetivos, tan significativos -y tan sin
sentido- como una lista calendario de eventos históricos. La teología sistemática y
moral, los estudios de espiritualidad y litúrgicos les darán el conocimiento objetivo, pero
tendrá poco que ver con las necesidades cruciales y valores inflexibles de sus vidas.
Como objeto de estudio éstos pueden fascinar, pero como objetos de estudio también
existen fuera del crecimiento, el riesgo, la inconstancia, la alegría, y la depresión que los
cristianos experimentan, y así dejan sus corazones intactos.

Una dirección espiritual que pertenezca al corazón de la tradición cristiana no tiene ejes
para aferrarse, ninguna teoría especial de la cual dependa su eficacia. Le concierne
primordialmente ayudar a los individuos a ubicarse delante de Dios que se comunicará
con ellos y los hará más libres. El foco de la dirección está en el Señor y en la manera en
que Él parece relacionarse con cada persona, nunca en ideas.

Nuestra experiencia afirma que es ésta la clase de dirección que los cristianos maduros,
experimentados, activos, desean. Miran la jerga espiritual - términos como consolación,
desolación, "las dos banderas"- con recelo. Tienden a sentirse molestos ante la
inclinación de un director ya sea contra la responsabilidad o la autoridad personal. Son
cautelosos ante el fanatismo, sea de derecha o de izquierda, y evaden el
sentimentalismo. Hay pocas visiones si es que hay alguna. Hay, sin embargo, un fuerte
deseo de conocer y encontrar a Dios como la tradición espiritual cristiana central lo ha
conocido y encontrado.

En un tiempo y lugar donde las actitudes hacia las iglesias y el cuidado pastoral que
proveen a menudo están en cambio continuo, las personas que están creciendo con la
ayuda de esta clase de dirección frecuentemente sienten un creciente deseo de conocer
la enseñanza cristiana acerca de Dios y la vida cristiana. Solo piden que sea la clase de
enseñanza que puedan relacionar con sus experiencias. También se vuelven cada vez
más receptivas a otras formas de cuidado pastoral, no porque se les exhorte a
aceptarlas, o aún porque estas otras formas les hayan sido sugeridas. Su creciente
vitalidad simplemente los torna más interesados. Por la misma razón, la insensibilidad y
corruptibilidad en el ministerio de la Iglesia puede enfadarlos - y hacerlos propensos a
hacer algo de su ira. Aquellos que están siendo liberados por el Señor no siempre son
compañeros confortables. Así como Jesús no siempre era un compañero confortable.
25

4. Fomentando la actitud contemplativa

¿Qué es lo que hace un director espiritual?

Todos los que se encargan de la dirección espiritual contestarán esta pregunta de


diferente manera. La forma de enumerar y formular las tareas del director dependerán
del modo en que preveamos las necesidades de la vida espiritual y la estimación que
hagamos de nuestras propias capacidades. En cualquier lista hecha cuidadosamente, se
le dará un lugar especial a: 1) marcada escucha, 2) prestar atención, 3) afirmar, 4)
ayudar en la clarificación y fomentar preguntas cuando el dirigido lo necesite, 5) ayudar
al dirigido a reconocer las actitudes afectivas que influyen en su actitud hacia Dios.
Todas estas actividades - y otras - son indispensables en el trabajo de dirección. La lista
podría resultar interminable, pero lo que resulta más importante aún, es que podríamos
llegar a estar tan ansiosos por realizar bien todas estas tareas que podríamos perder de
vista la razón por la que la gente viene a dirigirse. Frente a esta posibilidad, surge la
pregunta: ¿cuáles son las tareas fundamentales del director?

Digamos que hay dos, y que surgen de este discernimiento: la esencia contemplativa de
la oración y de toda la vida cristiana es la relación consciente con Dios. Las tareas son:

Primero, ayudar al dirigido a prestar atención a Dios así como Él se revela;

Segundo, ayudar al dirigido a reconocer sus reacciones y decidir sobre sus respuestas a
este Dios.

Discutiremos estas tareas separadamente. Esta separación no apunta a indicar que en la


práctica se dan separadamente, ni que la primera deba completarse antes de que
comience la segunda. A menudo Dios se revela y la persona reacciona y responde casi
simultáneamente, y el director frecuentemente, casi habitualmente, realizará ambas
tareas en la misma conversación. Sin embargo, en busca de claridad y cierta rigurosidad
al encarar ambas tareas, las discutiremos separadamente.

Las relaciones se desarrollan só1o cuando las personas involucradas se prestan mutua
atención. Suponemos, basándonos en la tradición cristiana, que Dios está asumiendo su
parte en la relación, está prestando atención al dirigido/a, esta mirándolo/a y está
escuchándolo/a. El dirigido, sin embargo, para que la relación se desarrolle, también
debe prestar atención al Señor. No es una cuestión compleja, pero tampoco
necesariamente fácil. Existe, en primer lugar, la dificultad que nosotros, seres humanos,
tenemos en prestar atención a cualquier otro. Luego existe la dificultad en prestar
atención al Dios invisible, misterioso y todopoderoso.

La gente que viene en busca de dirección espiritual generalmente no es neófita en la fe


o en la oración. Ha sido gente creyente y orante durante algún tiempo, pero ahora está
buscando algo más. Pero a menudo la oración a la cual estaba acostumbrada no es
contemplativa. La oración, para muchos, significa el use de oraciones ya establecidas
como la "Oración del Señor", el "Libro de Oraciones Comunitarias", los salmos, el
rosario, la oración imprecatoria, la meditación de un libro de meditaciones o la
consideración de cuestiones o prácticas. Mucha gente, sin embargo, ha sido sorprendida
26

por Dios a través de estas prácticas. Una mujer de setenta y cinco años dijo que a veces

cala hondo” mientras dice sus plegarias establecidas y entonces sabe que realmente
está hablándole a Dios y que Él está escuchando. La profundidad del tipo de oración a la
que la gente está acostumbrada no debería por lo tanto ser menospreciada. Pero
habitualmente no es contemplativa y no es tan conducente al crecimiento consciente en
la relación como lo es la contemplación. La contemplación por naturaleza da más lugar
para que el Señor asuma una realidad propia.

¿Qué es la contemplación? Aquí no estamos usando la palabra en su significado místico.


La estamos usando en un sentido que es más cercano al significado que Ignacio de
Loyola le dio cuando en sus Ejercicios Espirituales proponía que una persona mirara a
Jesús tal como Él aparece en las situaciones evangélicas y se dejara absorber por su
aspecto, de que se preocupa y que está haciendo. La contemplación en este sentido
comienza cuando una persona deja de estar totalmente preocupada por sus propios
intereses y deja que otra persona, hecho, u objeto atraiga su atención. Cuando es una
persona la que está siendo contemplada, deja que esa persona, con su personalidad,
intereses, y actividad atraiga su atención. Se deja absorber, por un momento al menos, y
en algún nivel, por la otra persona. La oración contemplativa así entendida, significa
prestar atención a y llegar a ser al menos levemente absorbidos por la persona de Jesús,
por Dios o por personajes bíblicos o cristianos destacados. A partir de tal oración, puede
desarrollarse una actitud contemplativa y, entonces, permitirle a uno encontrar cierta
comodidad y espontaneidad al prestar atención al Señor a medida que Él se revela en la
Escritura, la creación, la propia vida de uno, y la vida del mundo, más que verlo
simplemente como una figura de fondo para los intereses de uno mismo.

Sin embargo hay dos dificultades que deben vencerse para lograr cierta facilidad en esta
clase de contemplación. La primera es causada por las categorías previas que a menudo
tornan casi imposible ver y oír a cualquier "otro" en su propio derecho. No vemos al
individuo porque ya hemos relegado lo que vemos a una clase: "otro árbol de
eucalyptus", "otra puesta de sol", "un alemán". La segunda tiene que ver con nuestra
tendencia a mirar hacia adentro más que hacia fuera, a ser absorbidos por nuestros
propios intereses más que por los de otra persona. Tenemos nociones de la oración que
imposibilitan o atenúan el mirar y el escuchar. Pensamos que la oración es mirar hacia
adentro. Cuando oímos las palabras "Oremos", automáticamente inclinamos nuestras
cabezas y cerramos nuestros ojos. A menudo también, la oración es vista básicamente
como petición, como pensar algo de cabo a rabo, o como obtener discernimiento. Y
todas esas actividades, aunque buenas en sí mismas, tienden a impedir el mirar y
escuchar. Los directores espirituales a menudo deben trabajar paciente y creativamente
para que los dirigidos puedan experimentar la contemplación y verse como personas
contemplativas.

Si usted alguna vez ha estado tan absorto mirando un partido, leyendo un libro, o
escuchando música, que se sorprendió por el tiempo que había pasado, por el frío o
calor que tenía, por el enojo de un amigo que había estado haciéndole una pregunta
durante algunos minutos, entonces conoce el poder de prestar atención a algo y tiene
un ejemplo personal de la actitud contemplativa. Ha habido padres que estuvieron tan
preocupados por sus hijos en incendios o accidentes, que se dieron cuenta de sus
propias heridas sólo después que pasó la emergencia. Soldados en la batalla se han ido
dando cuenta de sus heridas sólo después de que terminó la lucha.
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De esta manera, un efecto de prestar atención a algo fuera de nosotros es que puede
hacernos olvidar de nosotros mismos y de nuestro entorno. La contemplación lleva a, o
más bien es una experiencia de, la trascendencia - o sea, de olvidarse de sí mismo y de
todo lo demás excepto del objeto contemplado.

A la inversa, el ensimismamiento hace muy difícil, si no imposible, la contemplación de


cualquier otra cosa o cualquier otra persona. Así, un hombre que se está muriendo de
hambre no gozará de una puesta de sol. Un estudiante que esté ansioso preparando un
examen puede no darse cuenta de una conversación que se está desarrollando al lado
de él.

Los directores espirituales algunas veces tienen que trabajar largo tiempo y
pacientemente con la gente para ayudarla a alcanzar el punto de ser capaces de
olvidarse de sí mismos. El ensimismamiento hasta puede enmascararse
inconscientemente como virtud. Por ejemplo, un hombre que se concentra en sus
fracasos y pecados puede ser considerado y considerarse un hombre honesto,
conocedor de sí mismo; mas puede ser que nunca cambie su comportamiento. Cuando
lee la Escritura, oye las palabras que condenan y las aplica a sí mismo, pero nunca oye
las palabras de perdón y libertad y nunca ve la mirada de amor que el Señor dirige hacia
el pecador. Se hace evidente que la "humildad" y el "auto- conocimiento" en su caso son
sinónimos de ensimismamiento.

El director espiritual tendrá que ayudar a dicha persona a olvidarse de sí misma y sus
problemas y a mirar al Señor. La ayuda podrá comenzar incitándolo a mirar y escuchar
algo distinto de sí mismo -música, belleza natural, arte, arquitectura, o cualquier otra
cosa que lo absorba. El ensimismamiento es la concentración en la debilidad. El esfuerzo
de ayudar a una persona a mirar mas allá de sí misma es parte del recurrir a la fortaleza
que es la tarea del director espiritual.

Hay otro aspecto de la contemplación que también merece nuestra atención. Las
reacciones de concentración, alegría, dolor, compasión, amor y gratitud que están
asociadas a la contemplación, no son voluntarias. Son producidas por lo que vemos,
oímos y comprendemos. Aunque condicionadas por nuestras experiencias pasadas, son
básicamente respuestas espontáneas a personas y cosas exteriores a nosotros mismos.
Aquí tenemos un elemento importante para considerar en la dirección espiritual. El
ejemplo más claro, tal vez, es la reacción de amor cuando uno mira al amado. Parece ser
un don, algo que surge debido al otro, no debido a alguna decisión propia de amar o
enamorarse. Los directores ayudan a las personas a darse cuenta de que pueden mirar y
tratar de prestar atención a lo que Dios ha hecho, está haciendo, ha dicho, está
diciendo, pero que no pueden disponer de sus reacciones. A lo sumo, pueden tener la
esperanza de que reaccionarán de cierto modo. Pero si una mujer, por ejemplo, no
reacciona como ella había esperado - si en lugar de alegría siente ira ante las palabras
"Oh, Señor, tú me has buscado y me conoces" - ella, no obstante, ha reaccionado, y
puede elegir expresar su reacción al Señor. También puede elegir pedirle al Señor que la
ayude con su ira.

La persona que contempla no puede tener control alguno sobre el otro. Uno no puede
forzar a una puesta de sol a ser brillante. Todo lo que uno puede hacer es esperar y
mirar. La contemplación lleva a una actitud de reverencia y admiración ante el otro. Si el
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otro es una persona, entonces todo lo que podemos hacer es pedirle que se revele y
esperar a que eso suceda. Este discernimiento es la razón de la oración por lo que uno
desea, que Ignacio de Loyola pone al principio de cada uno de los Ejercicios Espirituales.
En un punto, se le indica al ejercitante que pida que el Señor le revele su pecado de
manera que pueda sentir verguenza y confusión. En otro punto el ejercitante pide al
Señor que se le haga conocer para amarle y seguirle.

Aquí la relación entre contemplación y trascendencia aparece aún mas claramente. Aún
cuando estamos tratando con otra persona, no estamos en la misma posición que
cuando estamos tratando con un objeto. El Principito de Saint Exupery sobre su
asteroide sólo necesita mover un poco su silla para ver otra puesta de sol, pero no tiene
poder para ver la realidad y singularidad de su flor hasta que ella elige revelarse a él.

Los directores espirituales animan a sus dirigidos a pedir lo que desean del Señor. Al
principio, sus deseos pueden ser muy amplios: experimentar la presencia de Dios,
conocerlo mejor, por ejemplo. Tales pedidos deberían reflejar sus deseos reales, y parte
del trabajo de los directores espirituales es ayudar a los dirigidos a clarificar y decir lo
que desean realmente. Entonces el dirigido, al empezar un período de contemplación,
primero pide lo que desea, luego mira o escucha todo lo que pueda suceder en la
contemplación. En otras palabras, se ubica en relación con la otra persona pidiendo que
se revele y luego presta atención a El Ser revelado.

Pedir al Señor que se revele nos abre al misterio del Otro. Tal apertura se opone a
mucha de nuestra actividad personal habitual. Tratamos de controlar nuestras
percepciones; nos asusta lo nuevo y extraño. Como resultado a menudo sólo vemos lo
que deseamos ver o lo que nuestras estructuras perceptivas y cognitivas nos dejan ver.
Tratar de contemplar significa tratar de dejar al otro ser él o ella mismo/a, tratar de
estar abierto a la sorpresa y a la novedad, tratar de dejar que las respuestas de uno sean
motivadas por la realidad del otro. Así, cuando contemplamos a Dios, tratamos de
dejarlo ser Él mismo y no nuestra proyección de Él, y de ser realmente nosotros mismos
delante de Él.

La experiencia real de la trascendencia se ubica en un punto intermedio entre el


ensimismamiento y el estar totalmente absorbido en el otro. En cualquier experiencia
humana es inevitable que haya una mezcla de conciencia de sí mismo y de conciencia
del mundo exterior. Los directores espirituales pueden ayudar a los dirigidos a darse
cuenta de que la contemplación del Señor no es diferente de la contemplación de
cualquier otra persona en lo que a esto se refiere; uno puede estar en presencia íntima
de un amigo muy querido y sin embargo estar conciente del dolor que uno tiene en el
pie, y de preguntarse si uno ha de apagado las luces del coche, y del trabajo que aún
tiene que hacer para la clase de mañana. Las "distracciones", en otras palabras, ocurren
aún en las relaciones más íntimas y son de esperarse también en la oración.

Finalmente, en una conversación íntima, el reflexionar sobre lo que esta ocurriendo o


sobre que tan bien uno está contemplando (especialmente con la idea de escribir acerca
de ello en el diario propio o de usarlo como ejemplo para un capítulo como éste) es un
ejemplo de ensimismamiento y puede perturbar la comunicación. El director puede
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ayudar a la gente a evitar este inconveniente sugiriéndole que haga su reflexión después
de terminar el período de oración.

En las fases iniciales de la dirección espiritual, los directores habitualmente tienen que
ayudar a la gente a contemplar al Señor. ¿Qué clase de ayuda necesitan los dirigidos?
Generalmente ocurre que la intensidad y el esfuerzo por mirar o escuchar al Señor no
son de gran ayuda; habitualmente terminan en ensimismamiento. Les resultaría de
mayor utilidad el pasar (al principio) algún tiempo en alguna actividad que les gustara y
que tuviera algún aspecto contemplativo. Podría ser cualquier cosa, desde observar un
pájaro hasta admirar la arquitectura de una ciudad, desde escuchar el oleaje hasta
escuchar a Bach. Cualquier experiencia receptiva que ayude a una persona a olvidarse
de sí misma y a ser absorbida en otra cosa. La persona podría considerar esta
experiencia como compartida con el Señor, de la misma manera que podría desear
compartirla con un amigo íntimo. También sugerimos que las personas pidan al Señor
que haga conocer su presencia, que Él se revele durante este tiempo. Entonces ellas
miran o escuchan lo que les hace gozar. Después de haber hecho esto les pedimos cada
vez que reflexionen sobre esta experiencia: ¿qué ocurrió? ¿qué experimentaron? ¿Se
hizo conocer el Señor?

Es sorprendente observar lo que ocurre cuando la gente comienza a hacer algo así. Al
principio pueden objetar que tal actividad no- religiosa no puede ser oración. Mas aún,
ya que la oración a menudo ha significado para ellos meditación, discernimiento y
decisiones, en general necesitan tiempo y paciencia para acostumbrarse a esta nueva
manera de oración y para darse cuenta de que el director realmente habla en serio.
Entonces, sin embargo, comienzan a encontrar esos momentos de oración deleitables y
sosegantes. Se ven sorprendidos por sentimientos de alegría y gratitud y la sensación de
que Alguien que los ama y los tiene en cuenta está presente. A menudo encuentran que
pueden reconocer cosas que siempre temían o se avergonzaban de mirar, y comienzan a
sentirse liberados, sanados.

Estas reflexiones nos llevan a la pregunta, ¿hay algunos lugares privilegiados o eventos
privilegiados a los cuales podemos acudir para ponernos más explícitamente en el
camino del Señor? La respuesta tradicional ha sido que los hay, y que incluyen los
sacramentos, especialmente la Eucaristía, las enseñanzas de la Iglesia, las Escrituras, y
las otras obras del Señor, especialmente la naturaleza. La naturaleza y las Escrituras son
los lugares privilegiados que son más a menudo recomendados por los directores
espirituales y por lo tanto merecen particular atención.

Tradicionalmente la gente ha encontrado paz y aliento en la belleza de la naturaleza. El


hecho de que la mayoría de las casas de ejercicios, casas de oración y monasterios
hayan sido ubicadas en o cerca de escenarios de belleza natural testifica a favor de la
creencia común de que encontramos a Dios más fácilmente en tales lugares de lo que lo
hacemos en entornos urbanos. La tradición judeo- cristiana, mas aún, ha hablado
persistentemente de Dios como revelándose en las cosas que ha hecho. Sin intentar
decir que el campo y la costa son los únicos lugares donde el Señor puede ser
encontrado (pues Él está presente también en la ciudad, y parece haber ocasiones en
que la belleza natural espectacular distrae en la oración) el director espiritual a menudo
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trata de ayudar a las personas a encontrar al Señor y escucharlo alentándolas a mirar


primero la belleza natural.

Cuando tratan de ayudar a las personas a contemplar a Dios en la naturaleza, los


directores deberían sugerirles que miren y escuchen, y no darles ideas para reflexionar-
ideas, por ejemplo, sobre la continuidad de la creación y la inhabitación del Espíritu. La
mayoría de nosotros se ha acostumbrado por la lectura, por cursos de enseñanza de la
Iglesia, y tal vez por clases de filosofía y teología, a la idea de que Dios está en todas las
cosas, pero pocos han mirado alguna vez una flor el tiempo suficiente para dejar a Dios
revelarse como el creador de esa flor para mí. Antes de que pueda ver un árbol como la
encarnación de la actividad de Dios, primero debo verlo, tocarlo, y olerlo como árbol.
Primero que nada, entonces, el director sugerirá que la gente mire y escuche lo que está
a su alrededor.

La segunda sugerencia para la contemplación de la naturaleza es que mirar la belleza


natural puede en sí mismo ser un camino para relacionarse con el Señor. Las palabras no
son necesarias. Del mismo modo que yo me relaciono con un artista interesándome en
lo que ha hecho, tomándome tiempo para mirarlo o escucharlo, así también puedo
relacionarme con Dios mirando lo que Él ha hecho. A los creadores les gusta que la
gente muestre interés en lo que han hecho. Ellos gozan aún más de nuestro interés si
nos gusta lo que vemos y sonreímos o suspiramos o expresarnos deleite en su presencia.
Tales respuestas son provocadas por lo que contemplamos, no por nuestra voluntad, y
son comunicación con el artista. Cuando el artista es Dios, la comunicación se llama
oración de alabanza. No tiene que ser formulada en "lenguaje de oración". En realidad,
la oración se hace antes de que se forme una palabra. Cuando una persona ha
comenzado a reaccionar ante la belleza natural, entonces el director espiritual podría
señalar que estas respuestas son similares a las respuestas del autor del salmo 104,
respuestas que expresó en forma poética. No todos somos poetas, pero casi todos
podemos sentirnos conmovidos por un amanecer o un atardecer deslumbrantes, o por
la luz del sol sobre las hojas de otoño, y experimentar un profundo sentimiento de
admiración.

Las personas que contemplan, sin embargo, pueden no estar conformes con sólo mirar
las bellezas de la naturaleza y admirar la obra de Dios. También pueden desear que Dios
se revele, les hable personalmente. Comienzan su tiempo de contemplación pidiendo
que Él se haga conocer. ¿Les responde? ¿Cómo lo sabrán? La cuestión aquí está
directamente relacionada con los modos en que Dios se revela, no con la experiencia
mística - aunque tal experiencia ocurre más frecuentemente de lo que a veces nos
damos cuenta.

Una mujer podría estar caminando de noche a lo largo de la playa y ver cómo la luna le
da un tinte plateado a la cresta de una ola. Se deleita ante esta visión, y repentinamente
se siente en paz y en presencia de Alguien más que también se deleita en tales cosas.
Inexplicablemente puede sentir que aún es amada, aunque beba o coma demasiado, se
enoje con su familia demasiado a menudo, o acabe de perder su empleo, y puede
sentirse libre para enfrentarse a ella misma más honestamente y con menos
autoconmiseración. O un hombre joven podría verse insignificante bajo las estrellas,
pero sin embargo aún sentir que es importante en todo el esquema de cosas. O un
hombre mirando en silencio el pico de una montaña coronado por nubes podría sentir
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en lo mas profundo de sí un llamado a cambiar su modo de vida. En todos estos


ejemplos, esta gente podría estar oyendo o sintiendo la voz del Señor revelándose.
Cuando las experiencias son sentidas vívidamente, y excitantes y desafiantes así como
reconfortantes, el Señor puede haber comenzado a adquirir una nueva realidad para
ellos.

Podemos considerar la contemplación de la Escritura de una manera similar. La Escritura


no es el Señor, sino un lugar privilegiado para encontrarlo. De todos modos, uno debe
prestar atención a la Escritura de la misma manera en que en la contemplación de la
naturaleza hay que prestar atenci6n a los árboles, al amanecer o a las montañas. Hay
que tener una actitud contemplativa hacia la Escritura, dejar que las Escrituras sean ellas
mismas, escuchándolas, y pedir que el Señor se revele mientras estamos escuchando.

No hay razón alguna por la que los directores espirituales debieran tener que discutir
acerca de si otros textos religiosos podrían también ser lugares privilegiados para el
encuentro con Dios. La historia y la experiencia contemporánea nos dicen que muchos
otros textos han sido y son también lugares privilegiados. Damos por sentado, sin
embargo, el hecho de que la Biblia tiene primacía de lugar para los cristianos como
Palabra de Dios.

Es bueno escuchar las Escrituras en sí mismas, no nuestra proyección sobre ellas. Los
directores espirituales, como cualquier otra persona, han sido afectados por la erudición
bíblica moderna. Pueden preguntarse cómo pueden usar la Escritura para ayudar a sus
dirigidos en la oración, porque nosotros los modernos nos hacemos muchas preguntas
acerca de lo que Jesús verdaderamente dijo o hizo. Si la búsqueda del Jesus histórico ha
sido un problema pare los eruditos bíblicos modernos, ¿podemos todavía usar los
evangelios para llegar a conocerlo?

El primer punto al que hay que dar mucha importancia es obvio: no es útil para la vida
cristiana o la oración basarla sobre una ilusión. De ahí que es importante ver los
evangelios por lo que son. No son biografías de Jesús, sino cuatro diferentes expresiones
de la fe de la Iglesia primitiva y de lo que ésta recordaba en la fe acerca de Jesús. Cada
evangelio tiene su propio punto de vista, su propio enfoque teológico, su propia
situación de vida. La contemplación del evangelio de Marcos, por ejemplo, significa
tomar la obra de ese actor desde su ángulo y tratar de escuchar su obra como él tenía la
intención de que fuera escuchada.

En segundo lugar, debería decirse que uno no necesita ser un erudito bíblico para usar
los evangelios para la oración. El Señor puede revelarse a una persona que crea que los
ángeles cantaron "Gloria a Dios en las alturas" en Belén, siempre y cuando la persona
esté dispuesta a dejar que el Señor viviente se revele. Pero cuanto más uno sepa acerca
de un evangelio, tanto mejor podrá uno mirar y escucharlo y no a la propia proyección
cultural y personal que se tenga sobre él. De esta manera, el estudio de la Escritura
puede ayudar a la contemplación. Ser capaz de contemplar el Jesús de Marcos y saber
que es el Jesús que estamos contemplando y no necesariamente Jesús en toda su
realidad histórica es una ayuda a la propia perspectiva. Por un lado, entonces, uno no se
sentirá desalentado por cada nuevo descubrimiento de la erudición bíblica. Más
importante aún, uno esta enfáticamente consciente de que la Persona que uno desea
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encontrar no es el Jesús del pasado, sino el Señor viviente actual en quien creemos y
experimentamos en la fe como una continuidad con Jesús de Nazaret.

Ahora nos encontramos en el meollo de la cuestión para la dirección espiritual. El fin de


contemplar los evangelios es llegar a conocer al Señor Jesús viviente. Una vez más la
sabiduría de Ignacio de Loyola como director se hace presente. Antes de cada
contemplación de pasajes del evangelio, hace pedir a los ejercitantes lo que desean: "un
conocimiento íntimo de nuestro Señor, que se ha hecho hombre por mí, que yo pueda
amarlo más y seguirlo mas de cerca". Luego escuchan el texto del evangelio y lo tratan
por lo que es: literatura con el fin de enseñar a la gente a dejar que inspire su
imaginación y avive su fe, tal como fue escrito para hacerlo. Pero el deseo no es conocer
el texto de la Escritura mejor. Más bien es conocer mejor a Jesús.

A menudo ocurrirá en la dirección espiritual una conversación como la siguiente. (Mary


es la dirigida, John el director)

Mary: Realmente me sentí sacudida por Jesús en la escena de la expulsión de los


vendedores del templo.

John: ¿Cómo te pareció que estaba?

Mary: El parecía muy enojado (lleno de ira)

John: ¿Enojado?

Mary: Sí. Parecía tan comprometido con lo que Dios merecía y con el contraste
entre eso y lo que esa gente realmente estaba haciendo.

John: Él parecía muy comprometido con ello. Eso te pareció importante. ¿Podrías
decir más sobre eso?

Mary: ¿Acerca del modo que me pareció a mi?

John: Sí, acerca de como era él.

En este intercambio el director está ayudando a la dirigida a concentrarse en 1o que


parecía Jesús en la oración. Muchos de sus comentarios parecen banales. Su meta no es
más que ayudar a la dirigida a seguir mirando su propia impresión de Jesús. De
momento, al menos, no trata de alentar a la dirigida a ver las implicancias de la acción
de Jesús para su propia vida. Aún no le pregunta cómo se sintió ella ante su impresión
de Jesús. Simplemente la ayuda a seguir enfocando a Jesús y a lo que Él está haciendo.

A menudo, cuando un director ha tenido esta experiencia de ayudar a la dirigida a


enfocar a Jesús y como Él es, encuentra que la dirigida ha visto más de lo que ella misma
se da cuenta y que las acciones de Jesús tienen un significado para ella que aún no ha
reconocido. Continuemos con el intercambio.

Mary: Bueno, Él estaba enojado, como dije. Él estaba realmente indignado con los
mercaderes haciendo negocios en el templo.
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John: ¿Por qué no te tomas un minuto ahora, y vuelves tu mirada sobre el modo
en que esa escena te pareció? Pareces haber estado atrapada por ella.

Mary: (Pausa) Él realmente sentía mucho por Dios. Parecía sentir que Dios estaba
siendo insultado y eso le molestaba a Él.

John: ¿Le molestaba a Él?

Mary: Se le metía bajo la piel. Sabes, realmente parecía afectarlo de la manera en


que un insulto a alguien de tu familia que te es muy querido podría afectarte a ti.
(Pausa) Eso es lo que parecía.

John: ¿Y eso te pareció algo que te conmovía?

Mary: Lo fue. He experimentado cosas como esa, cosas duras, por ejemplo, dichas
sobre gente que significaba mucho para mí, por lo que pude apreciar como Él se sentía.
Me hizo sentir, de algún modo, más familiar con Él.

La disposición de John de ayudar a Mary a mirar la impresión que ha recibido en su


oración, ha dado como resultado en esta segunda parte del diálogo, una expresión y
aparentemente, una visión más clara de algo que parece importante para ella. Si el
director no le hubiera dado la oportunidad de seguir mirando, ella no habría hablado de
este desarrollo y tal vez no lo habría visto. Como resultado de verlo, espontáneamente
ha empezado a hablar de su sentimiento de reacción hacia Jesús. El diálogo
contemplativo puede ahora continuar en profundidad.

Los directores experimentados reconocerán que ayudar a la gente a mirar más


persistentemente al Señor en la oración y expresar lo que ha visto no es siempre tan
fácil como parece aquí. Los directores a menudo sentirán que hacer la pregunta,
“Cuando rezabas, ¿cómo era el Señor?” es una empresa infructuosa porque la respuesta
a menudo es "No sé". Mucha gente no parece pensar en esos términos cuando reza.
Mas aún, si la persona que viene en busca de dirección quiere estar más cerca del Señor
es importante ayudarla a quedarse mirando qué le parecía el Señor. No nos acercamos a
nadie sin saber cómo es la persona. Parece ser un hecho que la gente que ora continúa
orando porque tiene impresiones de que el Señor es atractivo e invitador. Sin embargo,
esto le resulta muy difícil de expresar. ¿Vale la pena el esfuerzo?

El modo en que los directores contesten esta pregunta tendrá mucho efecto sobre la
clase de dirección que den. El volver a mirar con persistencia cómo es el Señor cuando
ella ora, puede desarrollar gradualmente la habilidad de Mary para ver su oración como
dialogal. Su percepción del Señor como Él aparece en la oración gradualmente se
volverá más aguda. Como resultado reaccionará más frecuentemente y más
completamente ante Él. La oración, de esta manera, viene a tomar vida por sí misma.

No se trata de preguntas como: ¿Qué significa esto para tu vida?" no se puedan hacer
cuando estamos hablando sobre la oración. El punto es, más bien, si el director ayudará
a Mary a ver cómo es el Señor para ella en la oración antes de empezar a ayudarle a
mirar las implicaciones. En otras palabras, trata de ayudarle a ocuparse de la substancia
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contemplativa de su oración y no sacrifica ese esfuerzo por intentar llegar a un


significado.

Algunos directores pueden sentir que las personas que dirigen no pueden hablar acerca
de su experiencia religiosa, o que la experiencia religiosa no es un factor importante en
su oración. Tal vez no hayan sido persistentes en proseguir con la pregunta “¿Cómo es
el Señor?” Como resultado, la gente con la que hablan realmente no ha mirado como es
Él para ellos. Es probable que no sea una cuestión de ser guiados en otra dirección por el
Señor, sino de no ayudar al director a reconocer qué podría suceder si ellos le prestaran
atención a Él.

Si los directores ayudaran a los dirigidos a prestar atención al Señor, encontrarían que el
simple acto de mirar al Señor en un pasaje de la Escritura, o en algún otro evento o
situación, es en sí mismo oración productiva. Esta contemplación produce,
completamente por sí misma, brotes de amor, afición y deseo; y éstas a su vez llevan a
la persona a mirar más de cerca al Señor. El mirar gradualmente más de cerca puede
producir una nueva confianza en Él o compañerismo con Él. La búsqueda de significado,
aunque válida en sí misma, en el contexto de la contemplación puede ser una
distracción para el proceso. La persona debe juzgar cuál de los dos es mas factible que
dé resultados en la relación que desea.

La experiencia de la gente que ora parece mostrarnos que la contemplación que hemos
descrito los ha llevado a elecciones más profundas que están vinculadas con las fuentes
de sus vidas que las elecciones que hacen fuera del ambiente de esta contemplación.
Esta es otra razón por la que "permanecer con el dirigido" puede ser uno de los más
valiosos servicios que presta el director. Sin embargo, no es un servicio que pueda
aumentar el sentimiento de propia importancia del director. El no hace nada más que
actuar como el sirviente de la contemplación que tiene lugar en la oración de un
dirigido. Y todo lo que hace al quedarse con la contemplación apunta a enfocar sobre la
manera en que el dirigido está viendo al Señor y en evitar el dejar que él mismo y el
dirigido se distraigan.

Queda algo más por decir sobre nuestra lista de lugares privilegiados. Aquellos que
mencionamos son considerados lugares privilegiados por mucha gente. Al mismo
tiempo, gente diferente puede preferir unos lugares a otros. También puede ser que
nuevos lugares privilegiados pasen al primer plano. En particular, el cambio moderno del
contacto con la naturaleza por más contacto con obras hechas por el hombre puede
haber hecho de estas obras un lugar recientemente privilegiado. Joseph Sudbrack, el
teólogo espiritual alemán, insiste en esta posición, y también insta a los directores
espirituales a estar atentos a las muchas y a menudo sorprendentes situaciones
humanas que pueden servir como puntos de comienzo para la oración. Morton Kelsey
pone énfasis en la tesis sobre prestar atención a los sueños, señalando que muchos de
los Padres de la Iglesia usaron sueños en su dirección espiritual. Los directores
espirituales necesitan estar conscientes de la amplia gama de lugares posiblemente
privilegiados a fin de ayudar a sus dirigidos a encontrar el mejor lugar para estar
mientras esperan que el Señor se revele.

Cuando el Señor prontamente se vuelve real para una persona como Mary y ella
prontamente se permite ser completamente real con el Señor, la oración cambia y, en
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general, permanece de esta forma. Dios deja de ser distante y abstracto. Está más
cercano en la vida, presente en la oración, y tiene valores y una voluntad propia. Él no
es una función de la moralidad, sino que acepta, ama, y a menudo desafía a la persona
imperfecta. Se le puede hablar, y a través de la comunicación que tiene lugar en la
oración y la vida. Él mueve para transformar la persona y llevarla hacia la madurez de
Cristo. De esta manera, cuando Mary mira al Señor a través de las imágenes de la
Escritura, por ejemplo, ve a un Señor que no está controlado por las propias
preferencias y necesidades de ella, un Señor que a menudo camina por caminos
desconocidos y dice cosas inesperadas. La persona mirada, en otras palabras,
obviamente comienza a apropiarse de una vida propia, aunque su autonomía
usualmente todavía estaría limitada por las concepciones subconscientes del dirigido.
Cuando el Señor comienza, entonces, a ser visto más claramente con su vida propia en
la oración del dirigido, el director usualmente reconocerá que su propia contribución
dependerá, primero que nada, de su habilidad de no interferir en el diálogo que está
teniendo lugar; segundo, de su habilidad de facilitar ese diálogo- esto es, alentar a una
persona como Mary a escuchar y responder desde su corazón.

La primacía de esta labor de facilitar sin interferir, es lo suficientemente sencilla de


entender cuando la actitud contemplativa ya está suficientemente desarrollada como
para ser reconocida. Sin embargo, las implicaciones de esta primacía no están limitadas
al momento en que una actitud contemplativa ya se ha desarrollado. Deberían resultar
claras para los directores a través de todo el proceso de dirección. Aún cuando los
dirigidos experimenten sólo su propio enojo, temor o culpa en la oración y no sueñen
aún con una oración en la que el Señor podría comenzar a tener una vida propia, los
directores deben recordar cuál es su labor primera y ayudar a los dirigidos a moverse
hacia la contemplación que será. En su dirección, entonces, no usarán ningún
acercamiento que pudiera entorpecer el desarrollo de la contemplación, y ellos no
introducirán ningún elemento en la dirección que, sin importar lo útil que pudiera
parecer en ese momento, distorsione o confunda la actitud contemplativa cuando
aparezca claramente.

Entonces, para fines prácticos, la dirección espiritual puede dividirse en dos fases
mayores, o clases. La línea divisoria entre las dos es la experiencia, no importa cuán
borrosa, de la realidad del Señor. Debería ser obvio que no estamos hablando de
oración mística. La experiencia contemplativa tomará diferentes formas en diferentes
personas, y formas diferentes en la misma persona en tiempos diferentes, mas en todas
las formas hay una experiencia de la realidad del Señor. Él puede volverse imponente e
intimidante, o amoroso e invitante, o enigmático y desconcertante. Él a menudo será
visto como curando, componiendo. A menudo, también, estará presente pero
esperando que la persona dé el paso que debe darse si ha de ser libre. Cuando una
persona ha sido suficientemente liberada de la ansiedad, los enojos, y otras fijaciones
como para ser capaz de ocuparse del amor del Señor por su gente, Él será visto como
invitándole a compartir su misión, a cuidar a su gente como Él la cuida, a hacer el viaje
que Él hace, compartiendo tanto su luz como su oscuridad.

A través de estos modos en los que el Señor se muestra, el elemento común es Su


realidad. Él no es una idea a ser pensada, una serie de valores a ser considerados, una
imagen a ser tratada por la imaginación. La persona que ora tiene el sentimiento de que
ella no está controlando la manera en que el Señor se le aparece. Alguien más está
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disponiendo la dirección de la relación, decidiendo sus eventos. La persona que ora no


busca pensamientos que ayuden, no elabora sensaciones o confecciona imágenes.
Simplemente mira al Señor cómo Él aparece en la Escritura o en la experiencia, se pone
delante de Él como Él es, y deja ocurrir lo que ocurrirá.

No hay nada fijo o incambiable en la contemplación o en la actitud hacia la vida, el


Señor, su gente, y uno mismo, que gradualmente se desarrolla a partir de la oración
contemplativa. La persona en quien se está desarrollando esa actitud puede a veces aún
oponerse ante la necesidad de exponer una actitud desagradable al Señor, y en su lugar
puede retroceder a pensar acerca de ella o preocuparse por ella; pero si está bien
adentrado en el desarrollo de la actitud contemplativa, sabrá cuándo se está retirando
del diálogo o lo reconocerá con relativa naturalidad.

Es muy posible que la persona tampoco encuentre fácil la oración. "Contemplativo" a


menudo nos sugiere reposo, pero la oración contemplativa también puede ser una
vuelta de lucha, y cuando en tales asaltos una persona retroceda ante el encuentro,
puede descubrir que el Señor parece vago y distante. Lo importante es que sabe por
experiencia que el diálogo puede conseguirlo si está dispuesto a entrar en él.

Hay que repetir aquí que la experiencia contemplativa de la que estamos hablando no
es ni etérea ni "extraordinaria". Es tan terrena como los botines embarrados, y del
mismo modo comprometida con la vida. Su misma terrenalidad y compromiso con la
vida de todos los días son indicadores de su autenticidad. La propensión anti-
contemplativa es tan fuerte en América, sin embargo, que cuando se describe la
contemplación, muchos lectores inevitablemente piensan: "La vida real es demasiado
compleja y difícil para un montón de gente, por eso los está alentando a retirarse al
mundo de la mente, donde la realidad es más simple y más fácil de controlar." Esto
precisamente no es verdadero en la contemplación tal como la estamos describiendo. La
persona con una vocación activa se vuelve más completa, profunda, y apasionadamente
comprometida con la preocupación del Señor por su gente y sus necesidades. El único
elemento que es factible que se pierda en la vida activa a través de la contemplación es
el egocentrismo.

La experiencia contemplativa constituye una línea divisoria en la dirección espiritual no


porque la dirección se torne más fácil una vez que la contemplación ya ha comenzado,
sino porque se vuelve diferente. Puede también volverse más demandadora. Cuando
una persona como Mary deja de tratar de hacer la realidad como a ella le gustaría que
fuera, y se permite enfrentarse con la realidad como ésta elige ser, el Espíritu del Señor
no es el único espíritu que puede actuar en esa atmósfera nueva y más libre, y se
acudirá al director para que le ayude a desarrollar maneras de discernir la diferencia
entre las influencias benignas y las destructivas que la afectan. Se ha vuelto ahora
menos afirmada en su egocentrismo y menos empastada en él. Pero su deseo de que la
vida le active como sirviente no cesa de asediarla. Se vuelve más volátil y sutil, y aparece
consistentemente como un ángel de luz.

Si desde el principio el director ha visto su tarea como la de facilitar la contemplación,


ahora su tarea probablemente no sea complicada excesivamente por problemas de
dependencia y confusión de metas. Estos problemas habrán sido tratados antes, cuando
se le hizo claro al principio a la dirigida que el rol primario del director era el de facilitar
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más que de instruir. “¿Por qué no toma más iniciativas?” “¿Por qué no me dice que he
de hacer?” “¿Por qué no me da una estructura con la cual trabajar?” “¿Por qué no dice
mas?” Éstas son preguntas que el director puede haber oído en las primeras reuniones.
Tales preguntas, aunque dichas o no, le habrán dado al director la oportunidad para
señalar que la responsabilidad por el diálogo de la dirigida con el Señor está en el Señor
y la dirigida, no en el director. Si el director aprovechó estas oportunidades entonces, y
esperó que la dirigida intentara prestar atención a la palabra y pidiera al Señor que
actuara, no es probable que la dirección se empantane en este nuevo punto, dudando
sobre qué viene del Señor y qué viene del director, o en dificultades en distinguir entre
que es lo que realmente experimenta la dirigida y qué es lo que meramente piensa que
debería experimentar. Sin embargo, si el director, al principio del proceso de dirección,
explícitamente, implícitamente, aún subliminalmente dijo a la dirigida que esperaba que
ella fuera una cierta clase de persona con cierta clase de relación con Dios, y esta
expectativa no fue confrontada y enterrada, entonces es probable que la experiencia de
la dirigida durante la fase contemplativa sea innecesariamente desconcertante en el
mejor de los casos, y en el peor, engañosa. Si comienza tal confusión, el director puede
no tener otro recurso que tratar de crear una nueva relación con la dirigida o derivarla a
otro director.
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5. Ayudando a una persona a darse cuenta de los hechos


interiores claves y a compartirlos con el Señor.
El crecimiento en una relación requiere que yo preste atención a la otra persona.
También requiere que preste atención a lo que sucede en mi interior, cuando estoy en
presencia del otro y que comparta mis reacciones con él. ¿Qué produce en mí la
contemplación del Señor? Sólo soy libre de responderle o no a Él cuando tomo
conciencia de las reacciones que experimento cuando empiezo a prestarle atención. El
darme cuenta de estas reacciones es fundamental para el crecimiento en la vida
espiritual, y el ayudar a una persona a percatarse de ellas y comunicarlas es una de las
más importantes tareas de la dirección espiritual.

Limitaremos el análisis sobre este punto a los primeros niveles de la dirección espiritual,
cuando el dirigido se halla a menudo desarrollando un reconocimiento rudimentario de
su identidad espiritual. Lo hacemos, no porque la atención a los acontecimientos
interiores no sea importante en niveles posteriores, sino porque esa atención es más
fácil de discutir como una operación separada en los primeros niveles y porque tiene
que ser usualmente desarrollada en forma explícita en ese momento. La resistencia a
darse cuenta, por ejemplo, aparece más marcadamente en esas primeras etapas y por lo
tanto se presta más rápidamente a la descripción y discusión. Es en estos primeros
niveles también, en que el director y el dirigido deciden de acuerdo al acercamiento que
se de entre

ellos, si el proceso de dirección será básicamente instructivo, de charla o evocativo. La


elección de este acercamiento es por lo tanto de especial importancia en este
momento, porque determinará la clase de relación que se desarrollará y la forma en la
que la dirección puede ayudar.

Es desde las esperanzas y actitudes del dirigido que se desarrollan los procesos de
dirección y de crecimiento espiritual. ¿Cómo es entonces el empezar a dirigirse? Una
imagen puede ayudar. La persona que empieza a dirigirse es como un viajero bien
adentrado en su viaje. Se halla lo suficientemente lejos de su punto de partida como
para haberse recuperado de la ansiedad de la preparación y la agitación de la partida,
pero aún suficientemente lejos de su destino como para poder pensar en otra cosa que
no sea la llegada. Ha empezado a reflexionar sobre el viaje en sí mismo, en lo que le está
pasando en la ruta, ha empezado a sentir que estos sucesos tienen su propia
importancia, y que el no prestarles atención puede de alguna manera hacerle perder de
vista el objeto del viaje y dejarlo mal preparado para su llegada a destino.

La persona que se inicia en la dirección espiritual se halla en la misma situación que este
viajero. Su vida y su oración no comienzan con la dirección. Es en realidad porque su
vida incluía la reflexión y tenía una dimensión de fe que se ha decidido a dirigirse. Ha
sido una decisión no de iniciar la vida sino de vivirla más plenamente. Cuando se
producen las primeras entrevistas con el director, tiene mucho que decir aunque pueda
no darse cuenta de ello y es importante que por lo menos comience a decirlo. La
dirección debe empezar por el camino en que el Señor lo está encontrando, no de
acuerdo a algún plan que esté en la mente del director. Así describe dónde ha estado en
la vida, qué ha estado buscando, qué y quiénes le importan, cómo se siente con su vida
y dónde quiere ir. Describe también qué lo ha movido a buscar una dirección espiritual.
A través de la descripción de este cúmulo de experiencias toma más conciencia de ello.
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Es también, a través de esta descripción, que el director empieza a tomar conciencia de


esta experiencia y comienza a desarrollarse entre ellos un campo común, que será la
base para la dirección. Si él puede entonces remitir esta experiencia a Dios en oración,
pedir darse cuenta de su acción en ella y discutir esta experiencia de oración con el
director, el proceso de dirección ha empezado bien.

Sin embargo, este darse cuenta y logro de un campo común no son fácilmente
alcanzados. Otros factores son también importantes en el comienzo de la dirección. El
desarrollo de la atmósfera de sólo dos personas hablando es indispensable. Si los
directores se aproximan a la experiencia del dirigido como podrían hacerlo
entrevistadores o policías pondrán en peligro el desarrollo de esta atmósfera. Las
entrevistas con investigadores y policías no crean una atmósfera de "sólo dos personas
hablando". Esta atmósfera tendrá que desarrollarse al mismo tiempo que el crecimiento
de la toma de conciencia y del campo común.

Además la mayoría de la gente es inarticulada cuando trata de describir por primera vez
sus sentimientos y actitudes más profundas. Puede ser menos articulada aún cuando
trata de describir su relación con Dios. ¿Cuándo lo estabas buscando en la oración, qué
aspecto tenía? Es siempre al principio una pregunta atemorizante. Personas que pueden
describir cualquier otra relación de sus vidas en términos concretos y subjetivos abren
los ojos sorprendidos ante esta pregunta. A menudo caen en descripciones puramente
objetivas tales como "Él es bueno, el Creador, Santo" o si tienen alguna sofisticación
teológica "Él es la causa última, el fundamento del ser". Estas inarticulaciones
constituyen una barrera que se desgasta lentamente y no puede ser rota por la fuerza.
Porque para empezar a hablar de este aspecto de sus vidas se requiere el equivalente de
un nuevo lenguaje, la posibilidad de articular experiencias internas.

El desarrollo de esta posibilidad de darse cuenta y expresar eso de lo que uno se da


cuenta, puede empezar entonces con la primera descripción de su experiencia de vida y
sus razones para decidirse a comprometerse en la dirección espiritual. El desarrollo
continúa en las primeras discusiones sobre lo que está ocurriendo en su oración
corriente. Al principio puede hablar sobre la oración de una o dos semanas anteriores.
"Fue buena. Fue hermoso tomarse un tiempo solo. La oficina estaba muy atareada" o
"No saqué mucho de ella. Los pasajes fueron interesantes, pero me costó mucho
concentrar mi mente en ellos. ¿Tiene usted algunos otros?" Para describir la experiencia
de oración necesita la ayuda del director para desarrollar el nuevo lenguaje. El director
tendrá que decir "Hablemos un poco más sobre lo que ocurrió. ¿Cuál de esos pasajes le
dijo más? ¿Qué fue lo que le impresionó de ellos? ¿Cómo lo hicieron sentir?" Aunque un
dirigido puede a veces preguntar ¿Qué quiere usted decir con sentir? preguntas como
ésas generalmente ayudarán a la persona a mirar más perceptivamente a su experiencia
y le darán ánimo para tratar de expresar lo que allí ve. Al principio puede hallar su
atención ondulante y su expresión detenida, pero el comienzo de la fluidez aparece por
lo general bastante rápido cuando se le da ánimo. A medida que se convence de que
vale la pena hablar de su experiencia, se percata de ella más rápidamente y pronto se
hace menos desconfiado y más articulado al describirla.

Tal como la vida nos afecta, Dios nos afecta y así como reaccionamos ante la vida
reaccionamos ante Él. La reacción puede ser generalmente positiva: aprecio, alegría,
feliz admiración, buena disposición para aceptar vicisitudes y circunstancias cambiantes.
O puede ser negativa: podemos resentimos, temer o disgustamos por lo que la vida nos
dice o nos hace. O podemos estar contentos por algunas cosas en nuestras vidas y
enojados, deprimidos o heridos por otras. Algunas de estas reacciones van mucho más
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profundo que el pensamiento consciente de la persona y lo motivan más vitalmente.


Cualquier diálogo con el Señor que involucre más que la superficie de la vida de la
persona, debe tener en cuenta estas reacciones profundas porque tendrán influencia en
la oración quiérase o no.

El dirigido tendrá que darse cuenta de estas reacciones ante la vida e introducidas en la
oración, si es que quiere que su oración llegue a ser una empresa personal más que un
ejercicio mental. El director puede ayudarlo a darse cuenta señalándole los sentimientos
que surgen en una oración, que pretende ser diálogo con el Señor, y cuando puede ser
de ayuda, discutiéndolos. Pero ayuda especialmente cuando señala los sentimientos del
dirigido sobre su vida que resultan evidentes en sus discusiones y sugiriendo que se los
exprese al Señor.

Es cuando la oración se seca por primera vez, que el darse cuenta se hace dificultoso y
más necesario. Debido a que sus esfuerzos no dan los resultados reconfortantes o
espectaculares que espera, la persona probablemente describa la oración diciendo
"Nada ocurrió". Puede quedarse atónito la primera vez que pase una hora describiendo
y discutiendo el "nada". Pero esa hora resultará crucialmente importante para su
entendimiento de la oración. Frecuentemente es sólo en tales discusiones de aparentes
oraciones vacías, que el dirigido y el director pueden llegar a los hechos concretos que
expresan quién es el Señor para la persona y cómo la persona reacciona ante Él. Porque
cuando la oración se seca en esta etapa de la dirección, es generalmente porque el nivel
de diálogo en el que la oración ha tenido lugar se ha roto, y la persona está siendo
invitada a otro nivel. El nuevo nivel es siempre menos general, menos abstracto más
profundamente personal. A medida que las generalidades y las abstracciones
desaparecen, el esqueleto de la relación de la persona con Dios empieza a aparecer. El
director acompaña ahora haciendo preguntas como ¿Qué significa para usted el pasaje
de la Escritura? ¿Cómo lo hizo sentir? ¿Bien o mal, alegre, triste, apático, esperanzado,
desanimado? ¿Qué le dijo usted a Él? De esta manera puede ayudar al dirigido a darse
cuenta de las impresiones de Dios y de sus propias reacciones ante Él que aparecieron
en la oración.

El director no debe perder de vista su objetivo en esta circunstancia. Él no está


buscando información sino animando al dirigido a darse cuenta de los hechos interiores.
La conversación será en consecuencia más lenta y cubrirá menos terreno de lo que
habitualmente sucede. El foco está en lo que pasó y no porqué pasó. Así el director, sin
preguntar ni comentar, subrayará los hechos emocionales a medida que se presenten:
"Estuve frustrado", "Usted se sintió bastante frustrado..."

Hará comentarios que nada le dicen al dirigido como "¿Se da cuenta como se sintió?". A
la frase dicha por el dirigido "Quedé hecho un trapo por el resto del día" el puede
replicar: “Usted estaba bastante deprimido". Este subrayado banal como a menudo
suena, le permite al dirigido' darse más cuenta gradualmente de los hechos
emocionales, y demostrar esta mayor concientización describiendo los hechos con
mayor espontaneidad y amplitud.

Hay, sin embargo, ocasiones en que la simple repetición y un mínimo de interpretación


no serán suficientes. Cuando los profundos miedos, enojos, tristezas o culpas no
cubiertos. por la sequedad deberán ser frecuentemente discutidos con cierto
detenimiento antes de que la persona pueda aceptarlas lo suficiente como para
empezar a reconocerlas por sí mismo y expresárselas al Señor.
41

El aporte del director a estas conversaciones puede ser resumido en dos preguntas

En el corazón de la sequedad, en esta etapa de la oración (la etapa en la cual no ha


aparecido aún ningún signo reconocible de sentido de pecado) hay una falta de
compromiso en el diálogo. La persona no escucha, o si escucha no responde. Puede decir
que escucha pero que no oye nada. ¿Le dice al Señor cómo se siente por no oír nada? o
bien puede decir que el Señor sabe lo que siente por lo que no hay razón para decírselo.
Sin embargo el decirlo no es para la información del Señor sino por el bien de su propia
apertura, su compromiso personal en el diálogo.

claves "¿Escucha usted al Señor cuando ora?" "¿Le dice usted como lo hace sentir el
escucharlo?". Todo lo que diga acerca de sentimientos y su articulación está dirigido a
iluminar alguna de esas dos preguntas. La primera pregunta dirige la atención de la
persona a la realidad o irrealidad de la participación del Señor en el diálogo. La segunda
la dirige a la realidad o irrealidad de su propia parte.

Cuando la persona ha tratado de expresar lo que siente al Señor, una conversación


como la siguiente puede tener lugar con el director:

- "¿Le dijo usted al Señor cómo se sentía?"

- "No sentí nada sino confusión y frustración"

- "Bien, ¿le expresó usted a Él la confusión y frustración?"

El director hallará frecuentemente que la persona no expresa tales sentimientos en la


oración. Cree que no vale la pena. Para él se trata de no-hechos, obstáculos a ser
superados para que sentimientos que valgan la pena puedan eventualmente ser
presentados ante el Señor. Por eso trata de ignorarlos, trata de no verlos. Como
resultado no tiene nada que decirle al Señor.

Por debajo de la confusión y la frustración a menudo yacen otras reacciones aún menos
aceptables para él. Enojo ante personas significativas en su vida, resentimiento hacia
Dios, desilusión consigo mismo, un sentimiento de falta de valoración puede yacer
sumergido en su conciencia. Al ser llamado a decir "toda la verdad" al Señor, estos
sentimientos pueden emerger y hacerse conscientes. Pero dado que son inaceptables,
no se da cuenta de ellos y como resultado experimenta confusión.

Los sentimientos no aceptados también pueden hacerse conscientes oblicuamente.,


"Me podría sentir triste y desanimado por eso, pero hubiera sido tonto". Debido a que
siente que la tristeza es impropia, la persona no se permite darse cuenta de que está
triste. En cambio reflexiona sobre la irrazonabilidad de estar triste. La tristeza entonces,
al pasar por lo menos parcialmente desapercibida, le impide oír al Señor y responderle.
El director puede ayudarlo diciendo simple y repetidamente: "Usted me esta diciendo
como cree que debería sentirse, pero "¿cómo se siente usted?" Una vez que él se
permite percatarse de cómo se siente realmente, puede empezar a considerar los
orígenes y razonabilidad de su tristeza. Una vez que él se permite percatarse, a menudo
encuentra que una clara reflexión sobre sus sentimientos es a la vez posible y de mucha
ayuda.

Cuando tales sentimientos son muy fuertes la oración afectiva es posible si la persona
puede ponerlos frente al Señor y dejar que El los acepte. De lo contrario los no
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percatados sentimientos negativos se levantarán como una montaña entre él y el Señor.

Ahora que hemos intentado describir las maneras más obvias en las que un dirigido
puede aprender a darse cuenta de los hechos interiores, veamos algunos ejemplos de la
clase de dificultades en la oración que indican más claramente una necesidad de darse
cuenta.

Algunas personas empiezan la dirección espiritual en un estado de suave depresión. No


encuentran chispa ni color en la vida. La existencia es un carga que debe ser llevada, una
serie de deberes que deben ser realizados. Cuando tratan de orar, la oración también se
transforma en una tarea descolorida. Los regalos y el amor de Dios parecen aburridos.
Esta indiferencia interior no es simplemente el resultado de cargas objetivas. Un
hombre bajo gran presión en el trabajo puede gozar de algunos aspectos de sus tareas.
Una mujer moribunda puede gozar del juego de los rayos del sol en la alfombra del
living. Sólo será cuando una persona comienza a gustar y gozar de algunos regalos en su
vida y se da cuenta de ello, que la oración puede convertirse en un diálogo amoroso con
un Dador que lo ama. Hasta que esto suceda puede necesitar una más amplia y variada
experiencia de vida, u otras formas de cuidado pastoral o consejo, más que frecuente
dirección espiritual.

Hay otros que vienen en busca de dirección espiritual, que persistentemente tienen
disturbios o depresión en sus vidas. Ven acontecimientos y condiciones perturbadoras y
depresivas alrededor de ellos, pero no ven los sentimientos que estos acontecimientos
despiertan. Parecen necesitar estar indefectiblemente felices y que en la oración Dios es
siempre una presencia reconfortante. Si Él los regaña o los desafía con tristeza o
conflicto, ellos no se darán cuenta porque sienten que no pueden soportarlo. La acción
de Dios debe ser afirmativa, y la oración debe ser afirmativa. Los directores espirituales
en sus intentos por ayudarlos a darse cuenta de lo que realmente está ocurriendo en la
oración deberán apuntar a algunos de los sentimientos y conflictos que ellos evitan. De
lo contrario la oración existirá descomprometida de la vida, y debido a esta irrealidad
terminará por hacérseles desagradable.

Ambas actitudes -indiferencia impiadosa y tenaz buena alegría- deben rendirse a las
realidades de la oración y de la vida, para que la vida espiritual crezca y la dirección sea
útil. Señalar repetidamente las notas discordantes que suenan en la oración será
usualmente la ayuda más valiosa que el director pueda dar. Pero a veces las defensas de
las personas son tan intrincadas que solo una confrontación directa llamará su atención.
Tal confrontación debe ser focalizada claramente en el tema principal: "¿Desea darse
cuenta de lo que está sucediendo en la oración y en su vida o está sacando de la pantalla
el tema del conflicto con un estado de ánimo que siente que debe mantener?"

Uno de los más poderosos hechos interiores es la ira. Cuando la oración se achata o
parece estar enfrentando una pared de hierro, el director debe siempre sospechar de la
presencia de una ira no expresada. Sin embargo la ira es socialmente inaceptable en
nuestra cultura y nuestros sentimientos refuerzan la prohibición social. Por lo que
tiende a salir de su escondite de muy mala gana. El resentimiento, la envidia, o el furor
contenido cuando se hallan presentes en general reciben otros nombre como dolor,
indiferencia y análisis racional.

No toda ira, por supuesto, interferirá con el reconocimiento de la identidad espiritual


propia. El hambre y sed de justicia para la gente de Dios es difícil de concebir sin ira,
43

pero la ira que nace del amor aumentará y no estorbará el diálogo con Dios. Sin
embargo, la ira por lo que nos ha ocurrido, por el dolor que hemos soportado en
nuestras vidas se suele dirigir hacia la Fuente de nuestras vidas o a las personas o
instituciones que emocionalmente asociamos con esa Fuente. Cuando esto ocurre, la ira
a menudo bloquea otra afectividad y hasta que le sea expresada al Señor reducirá la
oración a reflexión racional.

Una analogía nos ayudará a entender cómo sucede esto. Estoy obligado a asociarme con
alguien que yo siento que me ha lastimado, me ha decepcionado, tal vez traicionado mi
confianza. Yo no deseo expresar mi ira, tal vez porque tengo miedo de la persona, tal
vez porque sienta que la ira es siempre una reacción irrazonable, que no vale la pena.
¿Cómo actuaré cuando nos encontremos? Puedo ser afable, diplomático o jocoso, pero
porque yo no quiero exponerme a mayores heridas, guardaré mi distancia emocional.
Nosotros podemos reconocer esta reacción rápidamente cuando recordamos
situaciones de ira consciente. Por el contrario, también recordamos situaciones en que
una ira subconsciente estaba presente, y podemos reconocer que hubo también un
distanciamiento emocional aunque no hayamos entendido la razón en ese momento.

Un fenómeno similar tiene lugar en la relación con Dios. Porque es el mismo "Yo" el que
se relaciona con otras personas humanas y con el Señor. Él no tratará conmigo como lo
hacen los humanos: "Su amor es eterno". Pero mis reacciones emocionales hacia Él
serán básicamente las mismas que tendría hacia seres humanos que hubieran afectado
mi vida como creo que Dios lo ha hecho. Si siento que he sido herido por la vida,
tenderé a ser tan impermeable a las aperturas del Señor como lo sería a las aperturas de
cualquier hombre o mujer que me hubiera herido. Estaré resentido y temeroso de ser
nuevamente herido. Si una fuerza decidida me amenaza y me enoja, me sentiré
perturbado por la fuerza decidida del Señor Jesús cuando su realidad empieza a tropezar
con mi vida.

Mientras que los pensamientos de una persona sobre Dios sean un conjunto de
proposiciones para ser aceptadas intelectualmente, su oración no se verá
particularmente perturbada por estas reacciones. Pero si, a través de una dirección
espiritual que le abra la posibilidad de vivir una actitud contemplativa, él empieza a
darse cuenta de que el Dios vivo se esta dirigiendo a él, empezará a reaccionar, y sus
primeras reacciones por lo menos seguirán el modelo al que ha estado acostumbrado
cuando otras personas que han afectado su vida de una forma análoga han tomado
iniciativas similares. Este modelo será al menos parcialmente subconsciente y así será
detectado solamente si el dirigido continúa tratando de orar y se da cuenta de lo que
sucede cuando lo hace.

Cuando una persona comienza a darse cuenta de las reacciones que ocurren cuando
trata de orar tiene todavía otra elección que hacer. Esta elección es realizada con
frecuencia tan espontáneamente que la persona no la reconoce como una elección.
Tiene, sin embargo, importantes consecuencias en su relación con Dios. Se trata de la
elección de expresar o no sus reacciones al Señor.

Esta expresión es básicamente un compartir de uno mismo, y la decisión de expresarse


es una decisión de no mantener la propia vida afectiva aislada del Señor, sino
compartida con Él, al menos en cierto grado. .

Este compartir comienza muy simplemente con la primera reacción que una persona
nota cuando comienza a orar. "Sentía que Él no se molestaría por mí", podría decir un
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dirigido. "Todo lo que tenía en mi mente era tan trivial, quería dejar de orar ya mismo.
Pero decidí decirle cómo me sentía. Sólo dije: "Me siento insignificante, sin valor,
demasiado insignificante para que Tú me prestes atención. Ni siquiera me siento con
deseos de prestarme atención a mi mismo".. ..

Compartir los sentimientos propios es diferente a informar sobre ellos. "Me siento OK",
"Me siento más o menos" o "Me siento bien", puede ser el principio de un compartir,
pero por sí mismos comunican poco a otra persona. Sin embargo, si una persona quiere
compartir sentimientos no demorará en ser más explícito. "Me siento OK" puede
convertirse en "Hasta me siento un poco feliz, contento con la luz del sol", "Me siento
más o menos" puede dar lugar a "me siento opaco...medio triste", "Me siento bien"
puede dar lugar a "Tengo miedo a ese examen que tengo hoy a la tarde".

Una persona que empieza simplemente y quiere compartir sus sentimientos hallará
gradualmente que tiene sentimientos más profundos que compartir. El deseo y la
voluntad de permitir que sus sentimientos emerjan son todo lo que la mayor parte de la
gente necesita para empezar a compartir sus sentimientos en la oración.

¿Pero no es esto introspectivo? ¿No es simplemente estudiar los trabajos interiores de


uno mismo? No más que hacer conocer a un amigo íntimo exactamente como uno
siente. Los dirigidos pueden decir la diferencia, si reflexionan, entre examinar sus
sentimientos para conocer lo que son y expresarlos de forma tal que otra persona
pueda conocerlos mejor y compartir sus vidas más explícitamente.

¿Cómo puede una persona decir si está informando sobre un sentimiento o


compartiéndolo? La gente habitualmente tiene algunas bases de comparación. Pueden
recordar situaciones o casos de compartir sentimientos con otra gente y pueden
recordar la diferencia entre esas experiencias y la información de sentimientos. A
medida que la gente se va acostumbrando a compartir reacciones con el Señor, sus
actitudes afectivas más profundas, -sus más básicos deseos y esperanzas, amores,
miedos, ira, culpa- comienzan a emerger en la conciencia durante la oración. Si pueden
estar satisfechos de compartirlos más que intentar cambiarlos o suprimirlos a medida
que empiezan a aparecer, encuentran que su sentido de relación con el Señor continúa
creciendo en fortaleza. No encontrarán en el Señor a un observador pasivo de su vida
interior. La relación ya no parecerá más superficial.

Un extendido ejemplo nos puede ayudar a concretar la forma en que un director puede
ayudar a darse cuenta a una persona de su vida interior. La conversación que sigue
puede también ayudar a ver qué sucede en la oración cuando una persona se da cuenta
de sus reacciones y las comienza a compartir con el Señor. En la siguiente descripción
dos directores (Dick y Ruth) con diferentes enfoques de la dirección espiritual escuchan
y hablan al dirigido.

Joe tiene 37 años, es un sacerdote que ha estado viendo a un director espiritual cada
dos semanas durante estos dos meses. Durante la conversación cuenta un incidente que
ha ocurrido recientemente.

Joe: Acabo de regresar del funeral de la hermana de un amigo mío, una mujer de apenas
30 años, que murió de cáncer. Se desempeñaba muy bien como reportera de un
periódico local y había recibido varias ofertas de trabajo de importantes diarios en otras
partes del país. El último año ella recibió el premio del periodismo. El cáncer fue muy
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rápido y murió un par de meses después de haberse enterado. Me sentí un poco triste
cuando salí del funeral. Frank, su hermano, es un amigo íntimo y estaba obviamente
alterado. Ocultándolo, pero muy herido. Cuando volví a la casa tomé la Biblia porque lo
sentía así. Quería rezar, porque no había tenido la oportunidad de hacerlo durante el
día. Busqué el Salmo 139. He utilizado el 139 muy frecuentemente, pero como ahora
había leído sobre Dios probándome y conociéndome, conociendo mis viajes y mis
lugares de descanso y dando forma a mi vida, me di cuenta de que me estaba
deprimiendo aún más. Había tenido unas pocas distracciones y entonces se me despertó
la curiosidad por saber qué estaba ocurriendo, porque las distracciones no se referían a
cosas que realmente me interesaran. Me di cuenta de que podía estar evitando decirle
al Señor lo que realmente sentía, así que me dirigí a Él. Me encontré diciéndole que se
había llevado a esta mujer que hacía un trabajo muy valioso y llevaba una vida buena y
feliz. Y me encontré diciéndole que se había llevado a mi propia hermana, Inés, 8 ó 9
meses atrás. Hay mucha gente que vive infeliz o lleva vidas poco productivas pero Inés
no había sido una de ellas. Había sido una mujer feliz que trajo felicidad a mucha gente.
A pesar de ello, Él se la había llevado; me había me había olvidado de qué fuertes y
frescos eran todavía mis sentimientos.

Dick: ¿El funeral de esta mujer le recordó la muerte de su propia hermana?

Joe: Así es.

Dick: Supongo que los sentimientos de pérdida todavía no lo han abandonado. Eso es
muy normal. Joe. No me sobrepuse a la muerte de mi propio padre por lo menos
durante un año.

Dick: Usted se halla probablemente aún en la mitad del proceso de pena.

Joe: Supongo que así es. No me había dado cuenta.

Dick: Bien, usted sabe que sufrir una pérdida es como sufrir una enfermedad, no hay
mucho que se pueda hacer excepto darse tiempo para recuperarse.

Joe: Sí, no me gustaba particularmente la tristeza. No me gusta estar triste y


especialmente no me

gusta estar todavía triste por la muerte de Inés. .

Ruth responde a Joe de una manera diferente. Luego de la descripción de la oración


dice: Ruth: ¿El funeral de esta mujer le hizo recordar la muerte de su hermana?

Joe: Así fue.

Ruth: ¿Le dijo al Señor acerca de esto? ¿Le dijo como se sentía porque El se la llevó?

Joe: Sí. Le dije que todavía estaba enojado por eso. Después de todos estos meses
todavía estaba enojado. Le dije que la extrañaba, que había dado mucho a mi vida. Le
dije que me había herido a mí tanto como a ella. Supongo que me sentí un poco egoísta
por decir eso, pero lo dije de todas maneras.

Ruth: ¿Qué aspecto tenía?


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Joe: ¿Qué quiere decir?

Ruth: ¿Estaba Él allí? ¿Sintió que estaba hablándose a sí mismo?

Joe: No, sé como se siente el hablar a uno mismo. Sentí que Él estaba allí.

Ruth: ¿Tuvo usted alguna sensación de cómo era El?

Joe: No lo creo. Bueno, El estaba escuchando, si eso es decir algo de cómo era Él.
Supongo que lo es. Él estaba escuchando...No parecía desinteresado o desatento.
Simplemente parecía escuchar

Ruth: ¿Desde lejos?

Joe: No tuve sensación de distancia ni de cercanía al respecto. El estaba ahí. Estaba


atento. El me escuchó.

Ruth: ¿Continuó diciendo cómo se sentía?

Joe: Sí, tenía demasiado. Mientras continuaba hablando, comencé a sentir como si
tuviese amargura en mí estómago. Esto me sorprendió. Esa clase de amargura no es
usual en mí. Pero allí estaba. La sentí sobre la vida y la sentí sobre Dios que después de
todo está a cargo de la vida. Dije mucho. No hablé continuamente, hice muchas pausas,
pero cada pocos minutos pensaba en algo nuevo que quería decir.

Ruth: A medida que hablaba con Él, ¿seguía descubriendo más cosas que quisiera
decirle?

Joe: Sí. Le dije que a veces Él se lleva las mejores cosas de la vida. Que Inés había sido
una chica brillante, nunca una persona gris u oscura, sino un destello de luminosidad.
una persona radiante. Siempre me sentí vivo luego de haber hablado con ella. Le dije
que el habérsela llevado era como haber apagado una luz. Le pregunté por qué me
había hecho eso.

Ruth: ¿Parecía El estar diciéndole algo a usted?

Joe: No.

Ruth: ¿Estaba todavía atento?

Joe: Sí, y no parecía alejarse pero no había respuesta.

Ruth: ¿Cómo lo hacía sentir eso?

Joe: Muy bien. Bueno, no. Enojado. Enojado porque no contestaba. Porque se hubiera
llevado a una persona brillante como Inés y no me contestara.

Ruth: ¿Y Él permaneció callado?

Joe: Continué hablándole. Le dije lo oscura que es mí vida actualmente. La forma en que
va mi trabajo sigue dejándome desanimado, indiferente. Se lo dije y también le dije que
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no sé lo que quiero hacer el año próximo. No sé si continuar con la capellanía o no.

Ruth: Entonces ¿usted continuó diciéndole más sobre la forma en que se siente en otros
aspectos de su vida.

Joe: Sí. Recibió un paquete de mí parte. Yo estaba sorprendido. Habitualmente no le


hablo así al Señor. Supongo que estaba sorprendido también de tener todos esos
sentimientos.

Ruth: Resultaron ser muchos sentimientos.

Joe: Sí y la mayoría salieron.

Ruth: ¿Permaneció la amargura?

Joe: Es curioso, no recuerdo que se fuera, no estaba consciente de ella luego de un rato.
Había estado muy consciente de ella y por bastante tiempo. Después de un rato ya no
me daba cuenta. Tenía conciencia de que me estaba oyendo y de una sensación de
oscuridad en mi vida, pero no de la amargura.

Ruth: ¿Pasó algo más en la oración que usted pueda recordar, Joe?

Joe: No, nada extraordinario. Pero sentí que al final había algo bueno en la oración.

Ruth: ¿Que pensó que era?

Joe: Me había limpiado, supongo, y dicho cosas que no habían sido dichas. Había
continuado y las había dicho, no había extractado lo que estaba diciendo. No estoy
seguro de que me hubiese gustado que me hubiese estado hablando alguien que
estuviese tan descontrolado como yo. Pero El permaneció atento.

Ruth: ¿Eso significa algo para usted?

Joe: Sí, significa que Él me tomó en serio.

Ambos directores son gente de conocimiento que querían ayudar a Joe. Ninguno quería
evitar hablar sobre la muerte de su hermana. Las clases de ayuda que dieron, sin
embargo, son diferentes y llevan a diferentes resultados en la propia conversación. Más
importante, sin embargo, es que lo que Joe dijo a los dos directores probablemente
afectara en forma diferente la forma en que él se acerque a Dios la próxima vez que ore.
Ambos directores han ayudado. Pero la clase de ayuda que han dado tendrá también
diferentes efectos en la oración de Joe. En nuestro ejemplo hemos enfatizado que los
indicios de los hechos claves pueden pasar inadvertidos y la importancia de la ayuda que
el director puede dar cuando presta atención a esos hechos. Debe hacerse notar, sin
embargo, que cada acto de genuino darse cuenta es el resultado de una decisión libre.
El dirigido no se da cuenta de lo que él no elige darse cuenta. Una dirección espiritual
basada en la voluntad del dirigido de darse cuenta se transforma entonces en un
proceso progresivo de apertura a la realidad que es libremente tomado y libremente
seguido a través de una serie de decisiones generalmente tranquilas y a veces
dramáticas de ver y de no ser ciego.
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6. Evolución de la Relación y de la Resistencia

En su autobiografía espiritual, Thomas Merton recuerda el verano cuando escuchó el


llamado para ir a misa y comenzar una extensa lectura de literatura católica. Decía:
"...aquí hay algo extraño. Yo acabo de leer Ulises de James Joyce dos o tres veces. Hace
seis años traté de leer su "Retrato de un artista" y me empantané en la parte de su crisis
espiritual. Algo en él me desanimó, aburrió y deprimió, No quería leer acerca de eso y
finalmente caí en el medio de la "Misión". Es extraño, durante el verano releí "Retrato
de un artista" y me sentí fascinado precisamente por esa parte del libro, por la Misión,
por el sermón del sacerdote sobre el infierno".

La descripción de la temprana lectura de "Retrato de un artista" es un clásico ejemplo


de resistencia a adelantar en la evolución de la relación con Dios. El se sentía
"desanimado, aburrido y deprimido" y renunció a la lectura que lo había llevado a
sentirse así. Si hubiera mirado la causa, hubiera reconocido al momento la acción de
Dios, que seis años después, le permitió vencer su resistencia a cambiar su estilo de
vida. Pero no estaba listo para esa evolución, y por ello dejó el libro de lado.

Las relaciones no evolucionan fácilmente. Hay algo en nosotros que se resiste al cambio
y a la evolución, que quiere que las esposas, maridos, amigos, compañeros sean lo
mismo que son hoy. Al mismo tiempo, hay algo en nosotros que quiere saber más sobre
el otro y es aburrido que sea siempre igual. Esos dos deseos chocan en nosotros y
producen conflicto y resistencia. Resistencia es un elemento crítico en la evolución de
cualquier relación interpersonal. Por lo tanto juega su rol en la evolución de las
relaciones con Dios."

La enseñanza tradicional cristiana sobre la vida espiritual ha hablado a menudo de


movimiento de espíritus. En sus Reglas de Discernimiento de Espíritus, Ignacio de Loyola
describe característicos movimientos del "buen espíritu" y del "mal espíritu". El mayor
propósito del "mal espíritu" es el de impedir el movimiento del "buen espíritu" hacia
Dios. Nuestra consideración de la evolución de las relaciones y la resistencia tratará
algunos de los mismos fenómenos desde una perspectiva contemporánea.

Desánimo, aburrimiento, y depresión salen a la superficie en Merton cuando lee


"Retrato de un artista". Esos sentimientos son signos de la presencia de resistencia en
una persona. Orar puede ser atractivo y absorbente por un rato y entonces muy
abruptamente se hace opaco, y sin gusto. La persona que está orando siente que nada
sucede, se desanima y se pregunta si las anteriores experiencias de acercamiento a Dios
fueron quiméricas, producto de sus propios deseos y fantasías. Comienza a centrarse en
sí misma y sus problemas cuando trata de orar. También tiende a evitar la oración.

Una experiencia de oración constantemente alegre, emocionalmente despreocupada,


también puede ser un signo de resistencia. Las relaciones reales nunca son suaves a
largo plazo. La ceguera a ciertas facetas de la vida o al significado obvio de un texto de la
escritura es una manifestación de resistencia. Por ejemplo, un cristiano socialmente
activista que acaba de leer los primeros diez capítulos de Marcos puede sentirse
alarmado cuando se le dice que Marcos menciona dos veces que Jesús se apartó para
orar. El volverá al texto para asegurarse de que esto aparece mencionado y entonces se
dará cuenta de que su ceguera indica resistencia al desarrollo de su propia vida de
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oración.

La resistencia también se manifiesta por una persistente repetición del mismo esquema
de respuesta. Por ejemplo, una mujer toma muchos casos de milagros de curación en
los evangelios y repetidamente se acusa a sí misma de falta de fe, de no ser
suficientemente humilde. Semanas de oración pidiendo curación y crecimiento no
producen cambios. El esquema no le ha permitido darse cuenta del amor de Jesús por
los enfermos y la gente necesitada que encuentra y, por lo tanto, por ella misma.

Quedarse dormido durante la oración puede ser un signo de extremo cansancio, pero
también puede ser un indicio de gran resistencia a encontrarse con Dios. Una mujer
estaba deseosa de una cercana relación con Jesús y a pesar de ello encontraba que se
dormía en la oración, algo que no le pasaba desde el colegio. Cuando ella y su director
indagaron qué estaba sucediendo, vieron claro que para ella una conversación con Jesús
significaba un alejamiento radical de su vida pasada, ante este abismo, la única solución
era evitar mirarlo.

Las dudas acerca de la realidad de rezar y la posibilidad de saber si uno ha


expet1mentado a Dios, pueden ser manifestaciones de resistencia. El evitar la oración y
las citas con el director espiritual, las llegadas tarde, las charlas con el director sobre
cualquier cosa menos la experiencia de oración, los deseos de abandonar la dirección,
todos pueden ser signos de que hay una resistencia a Dios.

Las maneras en que la resistencia se puede mostrar se hallarán solamente limitadas por
la ingenuidad de la persona que ora. La relación con Dios es dinámica, de allí la
ubicuidad de la resistencia en la oración y en la dirección espiritual. Si los directores no
están preparados para enfrentar esta tendencia, ellos mismos pueden desmayar,
desanimarse o enojarse. Será útil, creemos, que los directores entiendan cómo se
desarrollan las relaciones en general y como la resistencia forma parte de ese proceso.

El formar y desarrollar cualquier genuina relación íntima, exige a la persona emplear los
más profundos recursos del corazón y la mente. La exigencia no es menos rigurosa
cuando uno de los dos en la relación es el misterioso Otro que llamamos Dios. Aún
cuando las dos personas sean humanas y por lo tanto visibles, una buena percepción
recíproca es dificultosa. ¿Cómo hace uno para conocer la realidad de la otra persona y
de uno mismo? Nuestros esquemas y sentimientos no sólo organizan nuestra
experiencia de los otros, sino que también organizan nuestra presentación hacia los
otros ¿Cómo afecta tal organización a las relaciones?

La organización de las experiencias interpersonales sigue las reglas generales de la


organización de toda experiencia. Los seres humanos nunca experimentan las cosas en
crudo. es decir, sin alguna organización de tal experiencia. La comunicación moderna y
la teoría de la información están basadas en la premisa de que la comunicación de un
mensaje ocurre solamente en la medida en que el receptor está preparado para
recibirlo. Solamente podemos asimilar aquello de lo que tenemos alguna expectativa de
recibir a través de una comunicación. No puedo asimilar un mensaje en un idioma que
no entiendo, porque no tengo forma de organizar tal experiencia. El dicho de los
filósofos escolásticos "lo que se recibe se recibe de acuerdo a la forma o naturaleza del
receptor" ha sido modernizado y hecho aplicable a un amplio rango de eventos por la
teoría de la comunicación.
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La estructuración en la organización de la experiencia que todos hacemos se basa en


nuestraexperiencia pasada y en lo que hemos aprendido de esa experiencia. Por ello
nuestras percepciones están influenciadas al mismo tiempo por lo que ya hemos
percibido antes y por lo que esperamos ver. Nuestras percepciones, por lo tanto,
pueden estar sistemáticamente distorsionadas por nuestras expectativas. Mucho antes
de la revolución Copernicana en Europa, por ejemplo, los astrónomos chinos vieron
nuevas estrellas que los astrónomos europeos no vieron, aunque ambos miraron el
mismo cielo con instrumentos parecidos. Las creencias cosmológicas de los chinos "no
excluían el cambio del cielo" y por lo tanto tenían expectativas de hallar "nuevas"
estrellas. La cosmología tolomeica de los europeos excluía la posibilidad de tal cambio.
No esperaban ver nada nuevo y no lo vieron.

Más aún, la evidencia que va contra nuestras expectativas es resistida al principio y


realmente causa por lo menos ansiedad. La historia de la ciencia ofrece muchos
ejemplos de cómo sucesos que van contra las expectativas (o sea anomalías) o bien no
son vistas o son tratadas como errores de medición, o como problemas a ser resueltos
por experimentos adicionales (por lo tanto dejando las expectativas incólumes). Los
experimentos psicológicos también demuestran cómo evitamos ver lo inesperado y
cómo esto nos pone ansiosos cuando nos llaman la atención forzadamente. Algo que no
coincide con nuestras expectativas es inexplicable, al menos al principio, y nuestra
reacción inmediata es tratar de hacer encajar la novedad en alguna categoría que nos
resulte familiar. "Toleramos lo inexplicado pero no lo inexplicable".

Hablando en general, no nos damos cuenta de las estructuras que usamos para
organizar nuestra experiencia. Nos damos cuenta de lo que vemos, pero no de la forma
en que estructuramos o interpretamos lo que vemos. Más aún, nos resistimos a damos
cuenta de la estructuración que hacemos porque ese percatamos nos llevaría a ver que
estamos estructurando o enmarcando nuestra realidad con la consiguiente duda de si
estamos en contacto con lo real. En general no nos hace falta darnos cuenta porque
nuestras expectativas concuerdan con los hechos. Las anomalías que llaman nuestra
atención pueden sin embargo hacemos dar cuenta de que hemos estado estructurando
nuestra experiencia de forma tal que excluyera nuestra percepción de ciertas
realidades. Bajo tales circunstancias podemos damos cuenta de nuestras tendencias a la
estructuración. Es evidente que la estructuración es una necesidad, no algo de 1o que
podamos prescindir.

En el campo de la experiencia interpersonal las expectativas juegan un papel


significativo. En base de nuestras experiencias con otra gente, construimos dentro de
nosotros expectativas (el término técnico es esquemas) de cómo miraremos a los demás
y ellos a nosotros. Esas expectativas son modelos de personalidad para organizar
nuestra experiencia con otra gente. Como ocurre con cualquier otra estructura de
personalidad, éstas no son también generalmente advertidas y en este sentido operan
en forma inconsciente. Cada nueva persona que encontramos es asimilada a uno u otro
de esos esquemas Yo - Otro y tenemos reacciones iniciales positivas, negativas,
ambivalentes o neutrales hacia la nueva persona y hacia nosotros mismos, dependiendo
de cual sea activada. Afortunadamente nuestras expectativas son flexibles y
suficientemente diferenciadas para acomodar la novedad y la individualidad del
extraño. El que realmente esto sea así, dependerá de nuestras primeras experiencias
positivas con gente significativa y de la variedad y calidad de las experiencias que
51

hayamos tenido con gente a lo largo de nuestras vidas.

Un simple ejemplo puede ayudar a entender este último punto. Un hombre que había
tenido relaciones muy ambivalentes con su madre podía asimilar en su vida sólo dos
tipos de mujeres: amante y sumisa, u odiosa y exigente. Cuando encuentra una mujer
por primera vez, reacciona de una u otra manera: se siente atraído si parece amante y
sumisa, repelido si parece lo opuesto. Las mujeres reales, aún cuando amen, son más
complejas, y por lo tanto huyen de su compañía. De esta manera ese hombre no tiene
relaciones suficientes con mujeres como para ver que las podría haber de otras clases.
Sus imágenes de las mujeres nunca cambian ni por supuesto lo hace su propia imagen.

Todo acontecimiento inesperado, todo comportamiento inesperado, todo lo extraño,


causa algo de ansiedad, cierta inquietud. Si esa ansiedad es mínima (porque la novedad
es insignificante), no es necesario acomodarse, y no hay aprendizaje acerca de sí mismo
y de los otros en la relación. Si la ansiedad es muy grande, puede haber una regresión a
una más temprana y menos madura manera de superarla (cuando, por ejemplo, un
soldado aterrorizado en la batalla empieza a sollozar y gritar por su madre), o una
fijación a un nivel de evolución infantil del esquema de personalidad (como en el
ejemplo del hombre que ve a las mujeres sólo como sumisas o exigentes). Es necesaria
una cierta cantidad de ansiedad como estímulo para crecer y evolucionar. Si no
tuviéramos experiencias novedosas, nunca podríamos cambiar. Para que una relación
evolucione, cada parte tiene que estar abierta a permitir que la novedad y el misterio
del otro sacuda el esquema de la relación que ha desarrollado a través de la experiencia
anterior. Así cada uno debe estar abierto a experimentar cierta ansiedad.

Pero hay también una tendencia inercial en todos los esquemas de personalidad que se
resisten al cambio. Debido a que estos esquemas organizan la experiencia, el cambio
significa -o parece significar- la desorganización de la experiencia. Le tenemos miedo al
caos. El esquema yootro organiza nuestras experiencias interpersonales y da un sentido
de continuidad a nuestras imágenes, propia y de los otros. Una sacudida en la imagen de
uno mismo o de un otro íntimo y/o importante puede conmover a la persona en un
nivel bastante profundo. Estas imágenes tienen también raíces en la experiencia de la
niñez donde la diferencia entre orden y caos era muy sutil. Estos disturbios, incluso en
una persona madura, pueden hacer volver a esos tempranos sentimientos de
vulnerabilidad. Es desde aquí que podemos entender la resistencia al cambio y la
ansiedad que puede surgir en cuanto la novedad es ligeramente percibida.

Es importante recordar que estos patrones o imágenes organizan nuestra experiencia de


otros y la de nosotros mismos. Entonces, la manera en que nos vemos en interacción
con otros se ve afectada. Parte del cambio que debe ocurrir en el desarrollo de las
relaciones interpersonales es un cambio de la propia imagen, por lo menos en relación
con esta persona íntima. Mientras le permito al otro ser diferente de mis expectativas y
así más él mismo, así también yo me permito ser diferente de mi "yo ideal" y así más
transparente hacia él. Cuando se dejan evolucionar las relaciones se revela más de uno
mismo y del otro, y cada uno tiene más posibilidades de influenciar y cambiar los
esquemas de personalidad del otro. Cada uno toma para el otro una vida y una
personalidad que es independiente de las expectativas del otro. Y en el proceso cada
uno toma para sí mismo una vida y una personalidad libres al menos de algunas de las
restricciones de su imagen propia.

En el contexto de una relación de confianza y amor se producen suaves sacudidas de


52

estos esquemas. Si la base de la relación es relativamente sólida, entonces lo inesperado


es más rápidamente aceptado y acomodado. Este hecho debería motivar al director
espiritual a hacer todo el esfuerzo posible para ayudar al dirigido a establecer lo más
pronto posible una confianza profunda y perdurable en Dios. Para mucha gente el lograr
tal confianza no es fácil. Aún cuando las relaciones primeras hayan sido saludables, y se
hayan desarrollado y continúen haciéndolo esquemas de personalidad flexibles y
diferenciados, todavía para mucha gente las imágenes de sí mismo y de Dios no han
tenido oportunidad de evolucionar. Mucha gente, en otras palabras, vive con una
imagen de su relación con Dios que es infantil o juvenil, no porque haya habido sucesos
traumáticos en sus vidas, sino por que nunca tuvieron la oportunidad de comprometer
al Señor en una relación que madurara a medida que ellos lo hicieran. Establecer la
confianza se hace aún más difícil donde la imagen propia de Dios está atascada en una
imagen fija niño-padre.

Los dirigidos necesitarán mucha ayuda al comienzo para permitir que Dios entre en sus
vidas en una relación real, si sus imágenes no son evolucionadas. En esta etapa
necesitan recibir ánimo para mirar y escuchar, para permitir que sus deseos de una
relación más confiada y madura puedan salir a la superficie, para permitir que sus
sentimientos de ira y decepción también lo hagan. No es este el momento para
centrarse en el pecado, ya que este enfoque sólo puede conducir al ensimismamiento y
a la fijación. La resistencia también se producirá en esta etapa y puede ser muy fuerte
porque el dirigido puede sentir que la alternativa a su imagen propia de Dios es una
imagen solitaria de' sí mismo, o sea que la persona puede sentir que perderá totalmente
a Dios. La única imagen de Dios que tal persona conoce es la infantil o juvenil, y encarar
el abandonarla puede parecerle como enfrentarse al ateísmo a. al agnosticismo. Tal
perspectiva puede provocar mucha ansiedad y traer una fuerte resistencia al proceso.

No nos detendremos en las vicisitudes de la propia imagen de Dios y su historia


evolutiva. Esa es una tarea para la psicología de evolución religiosa. La relación con Dios
está condicionada por tal imagen o esquema tanto como lo está cualquier otra relación.
De esta forma uno tenderá a presentarse ante Dios sobre la base de lo que imagina es la
"forma correcta" de relacionarse con Dios, y tenderá a experimentar a Dios de la forma
en que espera hacerlo. Cualquier novedad -ya sea en la presentación propia o en la de
Dios- provocará al menos cierta ansiedad y resistencia y puede realmente pasar
desapercibida al principio precisamente porque es inesperada. Finalmente, sólo el
contacto continuo con Dios y la entrega a la relación con El y los intentos de .apertura
podrán cambiar la propia imagen de Dios y de uno mismo en la relación.

Realmente, ya que Dios es siempre más grande, se puede esperar que el relacionarse
con Él signifique estar abierto a novedades continuas y por lo tanto a un continuo
cambio de imágenes. La idolatría espiritual podría ser vista como falta de voluntad de
permitir a Dios ser otro que nuestra imagen presente de Él. Por ejemplo, la persona
escrupulosa retiene una imagen de Dios como tirano y no puede o no dejará a Dios
cambiar esa imagen y así liberarlo de sus escrúpulos. La fe, entonces, nos movería a
dejarlo romper con cada imagen, a intentar superar nuestra resistencia a tal
sacudimiento de imágenes, a vivir con el misterio que llamamos Dios y con la ansiedad
de no poder finalmente organizar esa experiencia de Él de tal forma de hacerlo
simplemente inexplicado más que inexplicable. La apertura a tal Dios siempre mayor
debe descansar en la base firme de un sentido básico de confianza que probablemente
pueda venir solamente del gustar de Dios.
53

El gustar de Dios deberá ser el fin supremo de la técnica espiritual y es en ese gustar de
Dios en que nos sentimos no solamente salvados en el sentido evangélico sino a salvo,
tenemos conciencia de pertenecer a Dios y por lo tanto no estamos nunca solos... En esa
relación la naturaleza nos parece amistosa y hogareña, aún sus grandes espacios en vez
de despertar un sentimiento de terror nos hablan de amor infinito, la belleza más
cercana se convierte en el ropaje con el que el Todopoderoso se viste.

Una experiencia como ésta parece ser necesaria como base para la evolución de la
relación.

Una fuente universal de la resistencia es, entonces, la estructura de la personalidad en sí


misma. Todas las estructuras son esencialmente conservadoras. También nos son
necesarias, sin ellas la experiencia sería caótica y sin sentido. Tal vez debido a la
amenaza del caos es que las estructuras tienden a resistir el cambio o más bien
nosotros, como gente estructurada, tendemos a resistir el cambio. La dirección
espiritual con su propósito de facilitar la relación con un Dios siempre mayor se opone a
esta tendencia conservadora y puede por lo tanto esperarse que provoque resistencia.
Realmente la falta de resistencia a la oración y a la dirección espiritual es un signo de
alarma de que la dirección y la oración se hallan en camino equivocado. La resistencia
en la oración es algo que no debe ser condenado o dar lástima sino bienvenido como
una indicación de que la relación con Dios se esta expandiendo y profundizando.
Veamos algunas fuentes específicas de resistencia.

El miedo de perder la relación con Dios ha sido mencionada como una de las mayores
fuentes de resistencia. La otra cara de este miedo de perder a Dios es el miedo a
perderme a mí mismo, de que seré devorado por la inmensidad de Dios. Cualquiera que
sea la fuente última - ya sea miedo a lo temible de Dios, o un reflejo del hecho de que
nuestra imagen yo-Dios descansa en anteriores imágenes yo-otros, donde los límites yo-
otros eran muy frágiles- cierta resistencia parece surgir del temor de que la persona se
perderá si deja a Dios entrar en su experiencia de una forma nueva. Una mujer
saludable, activa aunque tímida, luego de pocas semanas de oración muy consoladora
en la que siente a Dios muy cerca de ella, empieza a decirse "Esto es muy elevado para
mí" y vuelve a una clase de oración más prosaica que consiste en planificar cómo
conservar mejor a Dios y a su familia. El hecho de que esté resistiéndose aparece
claramente cuando esa oración más prosaica la deja confundida y preocupada. La
actitud contemplativa puede ser particularmente atemorizante en tales circunstancias
porque parece pedimos abandonar el control. Así habrá frecuentemente un movimiento
para apartamos de la contemplación que puede manifestarse en el miedo de estar
siendo presuntuoso.

Otra fuente de resistencia es la imagen particular yo-Dios que una persona tiene. Mucha
gente tiene una imagen que le impide expresar a Dios sentimientos egoístas, de ira, de
celos, sexuales o resentimientos. Por ello resistirá cualquier proceso que amenace con
despertar tales reacciones en la oración. La actitud contemplativa es un proceso de ese
tipo, ya que pide que el que contempla deje que sus respuestas surjan de lo que percibe
-y algunas cosas que percibe pueden evocar los malos sentimientos- Por ejemplo, el
contemplar la escena en la que Jesús visita la casa de Marta y María - y Marta hace que
todo el trabajo - puede evocar en una persona sentimientos de celos y hostilidad, de ser
acusado por otros, sentimientos que la persona no encuentra dignos de la oración. La
persona tenderá a rehuir esta escena y puede reemplazar la contemplación en sí misma
con oraciones rutinarias o el uso de un libro de oraciones.
54

Mucha gente parece relacionarse con Dios como si El fuera alguien que no pudiera
soportar el placer o la felicidad en ellas. Para ellos la idea de rendirse al proceso de
oración contemplativa despierta miedos de que Dios los cargará con pedidos de
abnegación. Se resistirán con fuerza a tal rendición.

Otra clase de movimiento que también actúa contra Dios es la imagen de Dios como
eterno, atemporal, inmutable, sabio y frío. "¿Cómo puedo relacionarme calurosamente
con Dios?" "¿Por qué necesito decirle todo sí El ya lo sabe?". Tales actitudes pueden
bloquear la evolución de la relación. También puede ocurrir que un dirigido se asuste
porque la oración lo está llevando hacia la herejía o la idolatría debido a que Dios parece
cambiar.

En las etapas medias de la dirección espiritual, cuando surge el tema de seguir a Jesús
más de cerca, la resistencia puede surgir de miedos mucho más reales. El joven rico del
evangelio de Marcos nos da un ejemplo. El mismo evangelio también nos da otro. Jesús
habló en detalle tres veces sobre su próxima pasión. Los discípulos están preocupados
acerca de quién de ellos será el más grande y como resultado de su ambición parecen
no poder oír lo que Jesús está diciendo. Como para subrayar su resistencia, Marcos
coloca una cura de un ciego unas pocas líneas antes de la primera predicción y otras
unas pocas líneas después de la tercera predicción. El hombre o mujer que quiera seguir
a Jesús de cerca puede muy bien como estos apóstoles tener miedo de las
consecuencias de tal deseo. Aquí las resistencias son más sutiles y pueden disfrazarse
como ángeles de luz. Una vez más, sin embargo, las resistencias aparecerán como una
imagen yo-Dios que aprisiona a Dios. La imagen puede traicionarse en una frase como
"Dios no puede pedir lo imposible a una persona". Una afirmación que es cierta, pero
que también puede disfrazar la resistencia a Dios, que pide amor sacrificado. Ignacio de
Loyola habla de razonamientos falaces como uno de los movimientos del mal espíritu,
cuando su único propósito parece ser impedir el movimiento hacia el querer ser
discípulo.

Ya que el principal propósito de la dirección espiritual es facilitar la relación entre el


Señor y el dirigido, y que por lo tanto la esperanza del director es que la fuente y el foco
de las resistencias se concentren en tal relación, debe también esperarse que la relación
entre el director y el dirigido sea una fuente de resistencia. Esta relación, también,
estará condicionada por imágenes yo-otros, y por ello podrá ser distorsionada por
ambas partes.

Cuando hablamos de resistencia, es importante recordar que los dirigidos se han


colocado deliberadamente en una situación donde la experimentarán. Hay, en otras
palabras, algo en el dirigido que lo empuja hacia el crecimiento en la relación con Dios.
Ya sea que se lo llame deseo de mayor vida o deseo de mayor sentido, hay allí un
impulso hacia la trascendencia. El Espíritu que habita en los corazones de los que buscan
dirección espiritual les da el ánimo para permanecer en el proceso aún cuando el viaje
sea largo y la resistencia fuerte. Los directores pueden contar con ese Espíritu y el
ímpetu que da. Mientras que la resistencia es un factor constante que debe ser
calculado en la dirección espiritual, el movimiento hacia la trascendencia también es
una constante. Parafraseando a San Pablo, "pero donde la resistencia aumentó, la gracia
sobreabundó...".

Como hemos dicho previamente, el tipo de estructuración de las experiencias de las que
hemos estado hablando generalmente continúa sin que nos demos cuenta de ello. Por
55

eso la resistencia tiene más éxito cuando pasa desapercibida. La gente puede resistirse
conscientemente a los procesos, por supuesto, pero la resistencia que hemos descrito
aquí generalmente opera inconsciente o semiconscientemente. Si los directores han de
ayudar a los dirigidos a vencer la resistencia, deberán primero reconocer su presencia.
Esto quiere decir que deben prestar atención a lo que les pasa a los dirigidos y conocer
los signos de la resistencia.

La actitud contemplativa de los directores hacia aquellos a los que dirigen será aquí de
gran ayuda. Ya que lo que les corresponde hacer en primer término debe ser ver y oír al
dirigido y responderle, más que a sus propias preocupaciones. Los directores que
adoptan una forma contemplativa de acercamiento a los dirigidos buscan centrarse más
en la otra persona, liberados en su visión de las trampas de sus propias predisposiciones
y preferencias y conscientes al mismo tiempo de sus reacciones emocionales en la
conversación.

Además de tomar nota de los signos de resistencia mencionados anteriormente, los


directores pueden mirar sus propias reacciones en busca de señales que puedan indicar
la presencia de resistencia en el dirigido. Si un director se empieza a aburrir o a volverse
irritable, puede ser que esté reaccionado ante un dirigido que se resiste y que realmente
es aburrido o irritante. Debe saber, por supuesto, que no está proyectando sus propios
problemas en el dirigido. Los directores también pueden hacer uso del criterio general
para evaluar la experiencia religiosa, de lo que hablaremos en el próximo capítulo. No
deben sin embargo verse a sí mismos como detectives en busca de indicios en un
crimen. La resistencia no es un crimen, sino un elemento que está presente en cualquier
esfuerzo de crecimiento. Los directores son colaboradores del dirigido, y esperan que el
dirigido, como resultado de su experiencia, empiece a darse cuenta de sus propias
resistencias por sí mismo.

La próxima pregunta es ¿qué hacen los directores una vez que se dan cuenta de las
resistencias o contramovimientos? En primer lugar deben mantener su sentido del
humor y tomar conciencia de su propia falibilidad. Los signos de resistencia son sólo eso,
signos, no pruebas.

Antes de que la resistencia sea confrontada y descubierta debe haber una buena alianza
de trabajo (20) entre el director y el dirigido. Si no la hay, la confrontación
probablemente no conduzca a vencer la resistencia sino a endurecerla. Porque la
confrontación será sentida por el dirigido como un ataque, casi como una humillación. El
peligro, entonces, es que sobrevenga una relación de adversarios. Los tiempos son
importantes. Un dirigido puede fácilmente mostrar una simple situación de resistencia.
Es inteligente dejar que desarrolle la resistencia antes de confrontarla, para que se
puedan usar muchas situaciones como ejemplo para señalar un esquema de resistencia.

Aquí tenemos un ejemplo de un director ayudando a un dirigido a darse cuento de un


modelo de movimiento y contramovimiento. La dirigida, Jean, es una trabajadora de
Iglesia, casada, y ha estado siendo dirigida durante algunos meses. El director, Joe, ha
notado que se aburre y se irrita durante sus encuentros y que esos sentimientos lo han
impulsado a reflexionar sobre el curso de la dirección. Recordando que ha habido
muchas experiencias intensas de cercanía del Señor seguidas por largos periodos de
distracciones y cosas relacionadas con el trabajo, decide confrontar al dirigido en este
encuentro si la situación se presenta apropiada. La conversación se desarrolla más o
menos así:
56

Jean: La oración ha sido una serie de distracciones: la casa, el trabajo, la iglesia, todas se
apiñaban. Y estoy tan ocupada, realmente no hay tiempo.

Joe: Sabe, podría ser una buena idea el mirar juntos lo que ha venido sucediendo el
último par de meses mientras usted me ha estado viendo.

Jean: Podría ser una buena idea.

Joe: ¿Cómo lo ve, Jean? Ya sé que usted la pasa bien en nuestras entrevistas pero
debería haber algo más que eso, ¿verdad?

Jean: Bueno, yo deseaba una relación más profunda y cercana con el Señor y estoy
tratando, en un contexto más amplio de la familia, la iglesia y el trabajo, de traerlo a
todas estas áreas. Esto es lo que ha estado sucediendo.

Joe: Yo creo verlo en una forma algo más detallada. Me sentí muy conmovido un par de
meses atrás cuando usted compartió su experiencia de oír al Señor decirle "Mi hija" ¿lo
recuerda? (Jean inclina la cabeza y se ilumina). Usted iba a volver a eso y contarle al
Señor su relación con su propio padre.

Sin embargo esa intención se desvaneció. Después estuvo su experiencia de Jesús como
amigo. Eso fue muy fuerte. Más tarde el tiempo con el Señor pareció llenarse con otras
cosas. Usted iba a orar sobre las elecciones a las que usted se sentía enfrentada y
hablaba de sus propias riquezas y de seguir al Señor. Algunas de ellas han sido cosas
muy importantes para usted, pero nunca ha seguido con ninguna.

Jean: Eso es verdad.

Joe: ¿Qué la detiene?

Jean: Tengo miedo, realmente, miedo de que pueda averiguar que no soy la clase de
persona que me gustaría ser, estoy realmente asustada.

Joe: ¿Qué es lo peor que podría ocurrir?

Jean: Que pudiera averiguar que no valgo la pena, que soy muy incompetente y
escaparme.

Joe: ¿Cómo se sentiría si lo hiciera?

Jean: No lo sé, supongo que muy avergonzada.

Joe: ¿Cómo piensa que se sentiría el Señor?

Jean: Sólo necesito oírle decir "Hija mía tus pecados ya están perdonados".

Este es un buen ejemplo de lo que hemos estado hablando. El director ha estado


prestando atención a su dirigida y tiene una buena relación de trabajo con ella. Ha
prestado también atención a lo que ocurría dentro de sí mismo y como resultado se
toma cierto tiempo para reflexionar sobre las sesiones de los dos meses pasados. El
notó un esquema y se lo presentó a Jean de tal forma que pudiera verlo y reflexionar
57

sobre él y darse cuenta de que el contramovimiento era motivado por miedo a su falta
de valor. La forma en que el director señala el esquema es importante. No acusa, sino
que más bien la invita a mirar lo que ha estado sucediendo "Parece que tiene dificultad
en hablar hoy sobre su oración" es una mejor forma de acercarse que "Usted esta
evitando hablar sobre la oración". La primera invita al dirigido a considerar una posible
dificultad e indica que hoy es diferente de otros días. La segunda es una afirmación que
puede llevar a la dirigida a tomar una posición defensiva más fuerte.

El director quiere que la dirigida reflexione sobre lo que ve que sucede y deja aclarado
en la manera de decirlo que él y ella son colaboradores en esta empresa. Si la dirigida le
pregunta que fue lo que le dio la impresión de que ella estaba en problemas, él señala
los signos que ha notado. Si ella niega esta conclusión, el no trata de discutir sino que
puede decir algo como "Era una posibilidad y pensé que podría haber sido bueno
comprobarla con usted". Si ella se está resistiendo habrá más y más indicaciones de ello
y se hará eventualmente obvio para ambos. El director no ha hecho de su visión de las
cosas el foco del asunto, sino que ha puesto el foco sobre la oración de ella y su
presentación de las experiencias en la oración. Son necesarias la paciencia y la confianza
en el proceso de la oración contemplativa y también la alianza de trabajo que se tiene
con el dirigido. Si hay resistencia, ésta se mostrará en la oración por la aparición de una
distancia cada vez mayor entre el Señor y el dirigido. El director puede pacientemente
señalar ésta y otras evidencias y confiar en que el propio dirigido vea que algo está mal.

En el ejemplo Jean hizo una afirmación bastante sorprendente, dijo que quería una
relación cercana y profunda con el Señor. Muchos dirigidos dicen lo mismo y la mayor
parte de los que dicen esto realmente quieren decir que desean relacionarse de forma
más íntima con "El Señor del Cielo y la Tierra". El comentario de una mujer de una
generación anterior que oyó una afirmación como ésta parece más creíble: "En mis
tiempos queríamos estar a su derecha, pero no queríamos acercamos demasiado". El
humor que tal observación despierta no debería ocultar el hecho de que tal actitud
tiene profundas raíces en nosotros, raíces que son tal vez tan profundas como el deseo
de cercanía.

Una de las notables ventajas de una dirección espiritual que enfatiza la libertad del
dirigido es que respeta la profundidad y tenacidad de esas raíces. Esta profundidad se
muestra en la fuerza de los movimientos que impiden a una persona como Jean avanzar
más allá en su relación con Dios. Estas raíces se muestran con particular tenacidad
cuando ella está por abrirse de modo significativo a la acción de Dios, o bien por
revelarse con una mayor transparencia. La resistencia puede hacerse lo suficientemente
fuerte como para que la gente permanezca en el mismo nivel de cercanía durante meses
y aún años. Durante este tiempo la relación con Dios puede desenvolverse con libertad
en el nivel que ha alcanzado pero a pesar de las muchas invitaciones del Señor a
profundizarla, permanece allí.

El nivel en que la evolución se detiene y permanece puede ser el nivel en el cual una
persona puede hablar libremente a Dios sobre mucha de su actividad y algo de su
motivación, pero no puede expresarle algunos de sus sentimientos más profundos y
escondidos, como por ejemplo, una confusión que se muestra sólo infrecuentemente y
se refiere a su convicción o falta de convicción sobre el valor de su vida. Otro ejemplo
podría ser una duda a menudo advertida por un ministro sobre su deseo de continuar
en el trabajo pastoral. Otro podría ser una ira profunda ante las circunstancias de la
propia vida temprana, particularmente cuando esta ira está relacionada con personas
58

que son queridas.

Todavía hay otro nivel de función que se produce cuando la persona puede mirar la
acción de Dios, pero no responder a tal acción más que con un sentimiento superficial.
Una mujer sabe, por ejemplo, por propia experiencia que Jesús ha actuado con ella de
una forma en la que sólo lo hacen amigos muy cercanos. Ha sacrificado, por ejemplo, su
propio bien por ella. Puede responder dando gracias pero no con recursos más
profundos de su corazón: preocupación profunda, sentimientos conflictivos por la
mediocridad, de la forma en que comparte la misión de Jesús, profundo sentido de
lealtad.

Nadie puede ser forzado a ir más allá del nivel en el que se ha ubicado. Los directores
hacen todo lo que pueden en esto cuando ayudan a la persona a mirar, reconocer y
experimentar la realidad del nivel en el cual vive. De esta forma el dirigido tiene la
oportunidad de ver la realidad de su vida y compararla con sus deseos - y
particularmente con cualquier invitación que pueda estar recibiendo de profundizar su
relación con Dios. La mujer, por ejemplo, que está agradecida a Jesús por su sacrificio y
sus muchos actos de generosidad hacia ella, pero que no puede permitir que los más
profundos sentimientos de su corazón entren en tal gratitud, puede tal vez ser ayudada
por un director que esté deseoso de animarla a continuar mirando la acción de Jesús en
su ,recuerdo, a la realidad de su gratitud y al punto en el cual dicha gratitud deja de
actuar en ella. Empujarla a ir más profundo no la ayudará y podría más bien fortalecer
su culpa por no profundizar. Llevarla a que se concentre en tal culpa podría alejada de
su atención a la invitación del Señor y de las posibilidades de respuesta que están
abiertas para ella.

Para una persona que esté en tal situación de fijación, mucho del lenguaje de la
espiritualidad tradicional no resulta de ayuda. Puede decir "Debería dar todo al Señor" o
tal vez pueda continuar tratando de hacer propia una oración de entrega total que ha
encontrado en un libro de oraciones. Las palabras que emplea son palabras de total
generosidad y representan lo que él siente que debería ser su actitud hacia el Señor. Sin
embargo, no representan su estado real y las opciones que se le abren en ese momento.
Esas opciones generalmente representan la posibilidad de moverse un poquito. Si su
atención está fijada, por el lenguaje de su oración, en la infinita distancia que cree que
debe recorrer, tal vez no reconozca que pueda moverse un poquito. O si bien lo
reconoce tal vez no tome en serio esa opción. El director que ha encontrado formas de
respetar al mismo tiempo la libertad de la persona y la libertad de Dios, estará deseoso
de permitir a la persona detener su evolución de apertura hacia Dios en el punto en el
que llega a vivir con un poco de paz si eso es lo que la persona desea en ese momento.
No lo considerará como un debilucho porque sabe que el deseo de adelantar puede no
existir ahora pero luego surgir después de un período de pausa en su desarrollo. Hay
circunstancias que pueden aparecer y que servirán como catalizador para aumentar ese
deseo. Dios puede actuar de una forma nueva en cualquier momento. Reconocer esto
es probablemente un respeto genuino por la necesidad y la bondad del deseo de la
persona en sí misma. Uno de los propósitos de la dirección se convierte así en el
esfuerzo para ayudar a una persona a ver la realidad o no realidad de la expresión de sus
deseos mientras se asegura de no emitir un juicio sobre la configuración o fuerza de
esos deseos.

¿Qué hacen el director y el dirigido con la resistencia cuando la descubren? Un extremo


sería adoptar el criterio psicoanalítico y tratar de descubrir todos los motivos o historias
59

que se hallan detrás de esta resistencia particular, una especie de arqueología del
espíritu. El otro extremo sería exhortar al dirigido a "llevarlo al Señor" sin ninguna otra
explicación. Un término medio podría ser más beneficioso para el dirigido y aún posible
para el director. Sería muy útil para el dirigido conocer la ambivalencia de sus propios
deseos a través de la reflexión sobre la resistencia. Reconocería así que se halla
atrapado entre dos deseos contrapuestos y podría pedir ayuda al Señor para superar la
ambivalencia en favor de su deseo de conocer mejor al Señor. En otras palabras, podría
ser ayudado a centrar el foco de sus deseos: donde antes se hallaba tal vez pidiendo
experimentar la cercanía de Dios, ahora sabe que quiere pedir ayuda para superar el
miedo a tal cercanía.

También ayudaría el que el dirigido viese a la resistencia como parte de un esquema en


su vida y en la oración. Por ejemplo, la ambivalencia que acabamos de mencionar podría
hacerse evidente en muchas de sus relaciones y en su actitud hacia el ministerio y
podría así enfocar su deseo de ayuda de Dios en todas estas áreas. De esta forma la
oración y la vida se juntarían. Estamos sugiriendo, en otras palabras, que el director que
ha trabajado durante un cierto tiempo con un dirigido pueda ayudarlo a ver una
situación de resistencia como parte de un esquema más grande en su vida y así ayudarle
a traer más de sí mismo frente al Señor al pedir ayuda. En todo caso lo principal es que
una resistencia abierta significa que el dirigido tiene algo nuevo de que hablar con el
Señor y que dicha resistencia abierta lleva a una mayor realidad en la relación. El Señor
puede ser más transparente y el dirigido se permite ser más transparente.

Una particular forma de resistencia merece un comentario y constituye algo que


necesita ser estudiado. Las resistencias a menudo cristalizan alrededor de alguna clase
de secreto: hay algo que no quiero que el Señor, o mi director, o frecuentemente yo
mismo, sepan. La resistencia se empieza a producir cuando "el secreto" se empieza a
hacer consciente. Evidentemente no hay vuelta que darle, "el secreto" debe ser
compartido con el Señor. A veces surge la pregunta de si también es necesario decírselo
al director para poder superar la resistencia y avanzar suavemente con la dirección.
Hemos conocido casos donde fue necesario primero que la persona pudiese decir al
director el secreto antes de hacerlo con el Señor. También conocemos casos en los que
el secreto fue compartido con el Señor y no con el director. En estos casos, sin embargo,
parecía que el director necesitaba ayudar al dirigido a reconocer que "el secreto" estaba
bloqueando el progreso en la oración y así ayudado a decir toda la verdad a Dios. La
dirección no pareció variar porque el secreto no fuese conocido por el director. Tal vez
pudiera ser que esta falta de conocimiento haya reforzado la primacía de la relación
entre Dios y el dirigido. La conclusión, sin embargo, necesita ser mantenida en
perspectiva una vez que el dirigido puede hablar de "el secreto" generalmente lo revela
espontáneamente a los dos, tanto a Dios como al director. También recordamos la voz
experimentada de Ignacio de Loyola diciendo que "el enemigo de nuestra naturaleza
humana realmente desea que ellos (sus engaños y seducciones) sean recibidos
secretamente y guardados en secreto" y "que urge el manifestado al confesor o persona
espiritual".

Hay muchas otras acotaciones que pueden ser provechosas para los directores. Cuando
se presenta una resistencia o un contramovimiento es generalmente necesario tomar
nota y reflexionar sobre tal movimiento antes de buscar las razones de él. Jean tuvo
primero que reconocer que había un esquema de acercamiento-evitamiento, antes de
que pudiera ser ayudada a buscar las razones de él. La mujer que pensó que la oración
profundamente consoladora que había experimentado era demasiado elevada para ella
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necesitó primeramente ver la posibilidad de que estaba resistiéndose, antes de que ella
y el director pudieran buscar algún significado a su miedo. Si el director hubiera dicho
inmediatamente que sonaba como si ella estuviese temerosa de la pérdida de sí o
tuviera una baja opinión de sí misma, ella hubiera muy bien podido asentir verbalmente
pero probablemente no hubiera podido hacer nada con el conocimiento excepto el
continuar en su ensimismamiento. Pareciera que la resistencia o contramovimiento
necesita ser descubierto primero y contemplado, antes de que el director y el dirigido
puedan trabajar sobre su contenido o significado.

También parece aconsejable empezar por la superficie - el director comienza donde la


persona tiene mayor conciencia de dificultad-. Los directores espirituales deben ser
prudentes al ofrecer profundas interpretaciones de las experiencias espirituales de
otros. Su tarea básica es empezar donde el otro se halla y ayudarlo a moverse hacia
adelante.

Evidentemente, los directores espirituales como cualquier otro, tienen sus ansiedades y
miedos y sus categorías para las relaciones yo-otros. Como la gente que aprende la
práctica de cualquier profesión, cuando empiezan a dirigir están ansiosos por hacer la
cosa "correcta" , hacer la pregunta "correcta", usar las palabras "correctas" y tal vez no
preste suficiente atención al dirigido. No estaría de más en estas circunstancias decir
una palabra de precaución sobre nuestro uso del lenguaje y nuestra tendencia a
imponer nuestras suposiciones al dirigido: "resistencia", "esquema", "imágenes", "yo
otros", tanto como "primera semana", "consolación", "gracia", y muchos otros términos,
son lenguaje técnico. Los directores deben usar palabras directas y no técnicas con la
gente. Así es preferible decir: "Parece que usted estuviera evitando algo" o "Estar
pasando un mal rato describiendo su experiencia" o "suena usted triste o enojado, o
deprimido" o "¿Cómo se sintió con esas palabras de Jesús?". En segundo lugar, si el
director tiene una nueva idea puede estar deseoso de "clarificar algunas cosas" al
dirigido. Como resultado puede no dejar que el dirigido determine cómo puede empezar
la sesión y puede no escuchar bien. Los directores deben tener cuidado en no permitir
que su propia agenda entorpezca su actitud contemplativa.
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7. Criterios para evaluar la experiencia religiosa

En el antiguo Israel había verdaderos y falsos profetas. En los tiempos del Nuevo
Testamento había partidos conflictivos, cada uno diciendo que enseñaba la auténtica
doctrina de Jesús. A través de la historia, hombres y mujeres que han afirmado conocer
lo que Dios quería, fueron desacreditados por los hechos. Como resultado la Iglesia ha
sido tradicionalmente cautelosa de las revelaciones privadas. ¿Cómo puede saber
alguien cuándo está oyendo la voz de Dios o es una ilusión?, ¿Puede su relación con Dios
ayudarlo a tomar decisiones?

Muchas veces en estos últimos tres capítulos hemos dado ejemplos de personas
dándose cuenta de algo en su oración y tomando decisiones sobre esta base. En una
oportunidad un hombre se dio cuenta de que la amargura de su ira desapareció y quedó
convencido de que el Señor lo había oído. En otra oportunidad una mujer reconoció un
esquema de acercamiento y alejamiento en su oración y vio que el miedo la mantenía
distante del Señor. Esas decisiones son tomadas frecuentemente en oración y dirección
espiritual y la gente parece ser capaz de tomarlas con relativa facilidad. ¿Cómo toman
estas decisiones? ¿Qué clase de criterios usan? Estas personas están haciendo
"discernimiento de espíritus "¿Cómo lo hacen?

Mucho de la literatura del discernimiento, especialmente en la tradición Ignaciana,


habla de los caminos para encontrar la voluntad de Dios en la elección del estado de
vida. La experiencia de la gente, sin embargo, indica que el hábito del discernimiento
debe empezar mucho antes del momento de la elección. Indica también, que el
discernimiento es un proceso simple, sin embargo, no siempre fácil. Un ejemplo de la
experiencia de los Padres del Desierto celebrados en la tradición cristiana por la astucia
terrenal de su discernimiento nos muestra su simplicidad.

Un monje se acerca al otro con una pregunta: "Tengo una obligación" – dijo- "dar el
dinero que gano a los pobres. Pero mi hermana también es pobre. ¿No es lo mismo si le
doy mi ganancia a ella antes que a otra gente pobre?"

El segundo monje respondió: "No" El primero pregunta: "¿Por qué no?" El otro replica:
"Porque la sangre es más espesa que el agua"

Notamos que el segundo monje no ofrece exhortación ni admonición. Se da por


contento respondiéndole la pregunta. El resultado de la discusión es que el que
pregunta tiene la oportunidad de evitar confundir dos situaciones diferentes.

Discernimiento en su nivel más básico consiste en reconocer diferencias. En su


autobiografia Ignacio de Loyola da una descripción extensa de su primera experiencia de
discernimiento. Cuando soñaba hacer caballerescas proezas y ganar la mano de una
gran dama, se sentía feliz y entusiasta, pero los sentimientos de alegría eran luego
transformados en sentimientos de disconformidad. Cuando soñaba hacer grandes cosas
por Dios, se sentía de nuevo alegre y entusiasta. Su alegría sin embargo persistía.
62

Después de un tiempo, dice: "sus ojos se abrieron un poco y empezó a maravillarse de la


diferencia y reflexionar sobre ella, dándose cuenta por la experiencia de que algunos
pensamientos lo dejaban triste y otros contento". El había dado el primer paso que lo
condujo a una vida en la que distinguía lo que era de Dios, de otros impulsos que llevan
por mal camino.

Si nosotros nos damos cuenta de que el discernimiento es finalmente nada más que la
capacidad de reconocer y admitir diferencias, podremos apreciar su simplicidad y su
valor. También nos podremos dar cuenta de que los directores ayudan a la gente a
discernir cuando ayudan a darse cuenta de lo que les sucede en la oración.

Pero todavía necesitamos preguntarnos qué criterios pueden ser usados para saber la
autenticidad o inautenticidad de las experiencias de Dios en oración y en la vida en
general. No todas las experiencias espirituales son de Dios. Podemos estar tan
encantados de romper con la preocupación de la rutina y con los hábitos inertes de la
oración racional, que podemos premiar cada experiencia que involucra respuesta
afectiva a una armonía y tranquilidad, mas allá de nuestra ordinaria aprehensión. No
obstante hay experiencias de armonía y tranquilidad que no nos abren a Dios sino que
más bien nos detienen - al menos temporariamente - en nuestro movimiento hacia Él.

Por ejemplo, una persona que habitualmente se percate más profundamente del deseo
de Jesús de compañerismo con él, puede tener en oración una experiencia de una
abstracta e impersonal belleza que lo fascina. A menos que reconozca que hay una
diferencia en la calidad de su respuesta hacia el Señor en estas dos experiencias y se
pregunte si desea continuar con la experiencia de Jesús, bien puede, sin pensarlo,
concentrarse por días o semanas en la nueva experiencia precisamente porque es una
atractiva experiencia espiritual.

En su Autobiografia, Ignacio nos cuenta de que algo parecido le ocurrió. A menudo veía
en el aire frente a sí una imagen hermosa que lo reconfortaba. "Le parecía tener la
forma de una serpiente con muchas cosas que brillaban como ojos, aunque no lo eran.
Encontró gran placer y consolación en mirar estas cosas, cuanto más las miraba su
consolación se acrecentaba. Cuando la imagen desaparecía quedaba entristecido".
Inmediatamente después de la experiencia de Dios en el río Cardoner, mientras estaba
arrodillado frente a un crucifijo, vio la imagen nuevamente. Esta vez, sin embargo, se dio
cuenta de "que el objeto no tenía su hermoso color habitual; con una fuerte afirmación
de su deseo se dio cuenta muy claramente de que venía del demonio".

Aquí vemos uno de los criterios que la gente usa para decidir cuando una experiencia es
de Dios: la comparan con otra experiencia de la que están seguros que es de Dios.
Entonces, si ven que en algún aspecto no concuerdan deciden qué experiencia aceptar.
Mucha gente tiene una prueba de la experiencia de Dios. Cualquier otra experiencia que
parezca oponerse a tal prueba es mirada con sospecha. Dios puede estar tan
manifiestamente presente a ellos durante tal reveladora experiencia, que no pueden
dudar de ella más de lo que dudan de su propia existencia.
63

La calidad del diálogo con Dios en la oración puede también servir como un criterio para
discernimiento. Cuando, por ejemplo, prematuramente cortamos un diálogo que
habíamos empezado con una persona, el corte puede tener significado para la relación.
A menudo nosotros tendemos a explicar esa decisión refiriéndonos a circunstancias
ajenas a la relación por ejemplo: "Estaba cansado por el exceso de trabajo" o "Estaba
simplemente enojado con el mundo". Necesitamos sin embargo, darnos cuenta de
posibles razones dentro de la misma relación. Por ejemplo: "Yo no quería hablar con ella
anoche porque me había herido". Cuando nos fijamos en la calidad de nuestro diálogo
con Dios desde el mismo punto de vista los resultados pueden ser iluminadores.
Suavidad en la charla con el Señor, por ejemplo, puede implicar un deseo de mantenerlo
a una distancia emocional, como a menudo sucede en otras relaciones. Si nos
preguntamos ¿qué es lo que me hace querer estar distante? La respuesta puede ser: "Yo
quiero hablar con el Señor pero no quiero decirle lo que estoy sintiendo" o "tengo
miedo de lo que él pueda decir".

Si una persona ha tenido la experiencia de un diálogo comprometedor y vital con Dios


en oración, donde el Señor y él parecen presentes y expresivos, puede usar esta
experiencia como punta de comparación cuando el diálogo se vuelva apagado y el Señor
parezca distante. A menudo esa opacidad y esa distancia ocurren porque no están
siendo expresadas importantes actitudes afectivas. Es frecuentemente bastante fácil
para una persona reconocer que se puede pasar de un diálogo insípido a uno más
variado y colorido expresando sentimientos que sabe que tiene. Sin embargo, quizás la
persona no conoce los sentimientos que tiene para expresar. El director puede entonces
ser de ayuda preguntando "¿Recuerda la última vez que la oración fue estimulante o
interesante para usted? ¿de qué estaba hablando?" y "¿qué sucedió con ese asunto?". A
menudo la persona se da cuenta de que la oración fue descolorida cuando un asunto se
presentó entre el Señor y él, y eligió no continuar. La oración continuará descolorida
hasta que vuelva sobre el tema. Cuando lo hace, el cambio de descolorida a interesante
es a menudo impresionante.

Esta característica del diálogo con Dios en oración puede estar firmemente unido al
diálogo con Dios en la vida fuera de la oración. Si un hombre está preocupado por la
forma en que su esposa y él están interactuando, por ejemplo, y aún no se permite
advertir este problema en oración, seguramente encontrará que su oración es aburrida.
La oración, en otras palabras, le permite conocer que no está siendo él mismo con el
Señor. La atención a la calidad de diálogo con el Señor nos ayuda a discernir dónde
podemos estar ciegos en nuestras vidas.

De este modo, uno de los mejores criterios para la autenticidad de nuestra oración y
nuestras vidas es: "¿Funciona el diálogo?". En otras palabras "¿Tengo algo que decirle al
Señor que signifique algo para mí?", "¿Está Él de alguna manera comunicándome algo
que signifique algo para El?". Si estas preguntas no pueden ser respondidas
afirmativamente, la persona hará bien de preguntar al Señor qué camino equivocado
tomó "¿Hay algo que me quieras decir que yo no quiera escuchar?" "¿Hay algo que yo
no te quiera decir?". Prestando atención a la calidad del diálogo se puede aprender a ser
más y más profundamente transparente con Dios. El procedimiento puede ser simple.
Cuando expresamos actitudes que son reales y profundamente nuestras, y relevantes
64

para nuestra vida, la oración será viva y comprometida. Cuando no, la oración morirá . El
director que se ha acostumbrado al hecho de que muy frecuentemente las dificultades
en la oración se deben a la supresión de actitudes y sentimientos importantes, no dará
ánimo rápidamente a los dirigidos para aceptar "Yo no tengo tiempo de orar" u "Oro
sólo a las corridas". Tenderá a preguntar qué sucedió la última vez que la oración fue
viva.

Muchos cristianos sienten que una buena oración es siempre serena y tranquilizante.
Para ellos la paz es el principal criterio para decidir que su experiencia de Dios es
auténtica. Este criterio está basado en una sabia experiencia cristiana; sin embargo, ésta
puede ser engañosa porque la paz puede tener diferentes significados. Puede significar
una tranquila sensación de libertad interior que resulta de abrirse a Dios y desear
responderle. En este caso se parece a la paz que Jesús dejó a sus apóstoles en la última
Cena. Puede también significar solamente la ausencia de fuertes sentimientos,
particularmente de temor, ira, desilusión, un sentimiento de rechazo o culpa. Si una
persona entiende la paz en esta forma y cree que esa paz es signo necesario de la
participación de Dios en su oración, podrá tratar de reprimir esos sentimientos más que
prestarles atención. Puede creer que son intrusiones que lo apartan de la condición que
marca la verdadera oración. Su oración, entonces, cuando la describe es solamente
"pacífica", puede ser una huida de los aspectos de la realidad que lo trastornan y que
podrían moverlo a la acción.

A la luz de la creencia común de que una buena oración es siempre tranquila, el


comentario que Ignacio hace en sus instrucciones para directores de retiros es
sorprendente. El dice que el director debería empezar a hacer preguntas al que hace el
retiro si su experiencia de oración es persistentemente tranquila. Cuando esto suceda,
el director preguntará sobre la cantidad de tiempo que el ejercitante da a la oración,
acerca de las circunstancias y hora del día en que reza, y acerca de los otros detalles de
su rutina. A Ignacio no lo alarma la perspectiva de tristeza o turbación sino que lo que lo
preocupa es la tranquila posesión de si mismo.

A menudo cuando hablamos con una persona sobre la historia de su oración de los
últimos meses nos vemos obligados a pensar en lo que le preocupaba a Ignacio. Parece
que la gente puede rezar por semanas o meses sin experimentar ningún sentimiento
que lo anime o disturbe. No hay altas cumbres ni profundos valles. Ni siquiera habría
suaves ascensos o leves descensos en el terreno. Hay solo "paz". Es difícil creer que una
persona comprometida, con las tensiones y las numerosas decisiones que la vida diaria
le impone, pueda continuar durante un largo periodo de tiempo experimentando esa
serena tranquilidad si permite a sí mismo y a todas sus importantes experiencias entrar
en la oración. Si no les permite entrar, en algún punto se tiene que preguntar a sí mismo
porqué deja de lado esas importantes experiencias cuando ora. No se trata aquí de
resolver un problema. No estamos sugiriendo que una persona gaste su tiempo orando
sobre los problemas de su familia, delineando el presupuesto familiar o ensayando la
próxima entrevista con su jefe. Sugerimos que, si la oración de una persona prescinde
de las actitudes afectivas que caracterizan su vida diaria, es importante que sepa porqué
sucede esto. ¿No está Jesús hablando de estas actitudes cuando nos habla en los
evangelios? ¿Estaremos prescindiendo de ellos porque no estamos en paz con ellos y
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semi-conscientemente pensamos que nos causarán una sensación de conflicto si los


admitimos en la oración? ¿Puede la oración convertirse en un diálogo en el que dejemos
a Dios encontrarse con esas actitudes y entonces acercarnos a la integración cristiana?

Cuando una persona está haciendo opciones en su vida -y estas decisiones pueden ser
comunes, diarias, por ejemplo la actitud que tiene que tomar con un administrador que
es desagradable o con un colega que lo ha difamado- sus sentimientos se presentarán
espontáneamente en estas opciones y emergerán siempre que intente presentarle
alternativas al Señor. Es natural que sea así. Las elecciones en cuestiones como ésta
tienen mucho más que ver con las actitudes afectivas que con preguntas abstractas
sobre el bien y el mal. Es el colega que me hace enojar el que es un desafío para el
crecimiento cristiano, no la persona frente a la que me siento blando, calmo. La elección
de tomar la carga de otra persona puede ser hecha sin demasiada resistencia sólo si la
carga es insignificante. La decisión cristiana, más bien involucra fuertes sentimientos de
resistencia, aún de rebeldía, hasta que es finalmente tomada. Las decisiones
importantes que hacemos y tienen lugar en la oración están marcadas por turbulencias
hasta que se resuelven. Si nuestro principio es evitar todas las turbulencias en la
oración, entonces nunca tendremos la oportunidad de hacer tales elecciones. La
capacidad de distinguir entre los impulsos de Dios y los dañinos, puede solamente ser
desarrollada en una atmósfera de oración que tenga al menos alguna turbulencia. La
turbulencia no es un signo de que los sentimientos de una persona no están siendo
tocados por Dios. Mas bien puede ser un signo de que está encarando la realidad de su
situación incluyendo la realidad de su respuesta o falta de respuesta.

Si es lógico esperar turbulencia en el camino al reconocimiento de la guía del Señor, sin


embargo, ¿Cómo podemos saber si la turbulencia es el trabajo de Dios, o si surge por
ejemplo desde nuestra propia pereza, miedos o sensación de falta de valor?. Otra vez la
dinámica de la relación en sí misma puede ser una ayuda para nosotros. La persona se
puede preguntar "¿Estoy expresando estos importantes sentimientos a Dios?". Si no es
así, puede preguntarse qué es lo que le impide hacerlo. Muchos de los sentimientos que
nos impiden hacer una elección que nos abra a la curación por el Señor o promuevan el
compañerismo con Jesús, no tolerarán la luz de una pregunta dirigida a Dios. Florecen
en nosotros solamente en la medida en que nos aislemos por no expresarle estos
sentimientos. Cuando podemos decirle al Señor lo que sentimos, estos sentimientos
tienden a dejar de perturbarnos.

Es importante reconocer que los impulsos que nos hacen daño cuando tratamos de
responder al Señor y estar con Él en su trabajo por este mundo, no están en general
basados en la maldad, simplemente nos detienen, nos impiden dialogar con el Señor o
hacer el bien que nos gustaría. Una persona que se está moviendo permanentemente
hacia una más libre aceptación de Jesús como ser humano, así también como Dios,
puede, por ejemplo, encontrarse frecuentemente perturbado en su diálogo con Él por
preguntarse: "¿Quién soy yo para esperar que Él me hable en la oración?"

O "¿No es después de todo la enseñanza de la Iglesia la que nos puede poner en tierra
firma en nuestras vidas, no lo que pase en la oración?". Éstas no son preguntas triviales,
66

el único efecto perceptible de hacerlas en oración puede ser sin embargo el corte del
diálogo con el Señor.

Cuando una persona se pregunta que es lo qué más frecuentemente le impide hacer el
bien, puede darse cuenta de que no son los impulsos hacia el mal, sino el miedo a ser
considerada diferente por sus amigos y colegas. O puede haber otra pregunta que no
pueda ser contestada como: "¿Cómo puedo yo saber si el gastar energías en ser bueno
con la gente cercana vale realmente la pena?". A menudo la misma pregunta que impide
a la persona hacer decisiones cristianas creativas también la inmovilizaron diez años
atrás. Los argumentos interiores que persistentemente tienen éxito en impedirnos
responderle a Dios son excepcionalmente tenaces. La misma pregunta, si es efectiva,
puede continuar siendo efectiva por décadas. Tales preguntas y argumentos internos
pueden ser reconocidos como lo que son por el hecho de que rara vez conducen a
respuestas y efectivamente detienen el movimiento hacia Dios.

Otros criterios para decidir sobre la autenticidad de una experiencia religiosa están
dados en la tradición que deriva de la afirmación de San Pablo en su carta a los Gálatas:
"Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fe,
ternura, control de sí mismo, en contra de esto no hay ley". Estos criterios sin embargo
no son fácilmente medibles. Cada uno de ellos puede ser confundido con otras
reacciones que no indiquen la acción del Espíritu y pueden a veces ser contrarios a ella.
El alivio de haber tomado una decisión se puede parecer, por ejemplo, a la paz del
Espíritu. Tanto entusiasmo puede parecer alegría. La apatía a veces parece paciencia.
Enfrentado a esa experiencia el director se volverá a la preguntar "¿Cómo podemos
saberlo?

La importancia práctica de la pregunta es clara. Sin criterios objetivos el director corre el


riesgo de fomentar actitudes que le parezcan a él atractivas, pero que pueden al final
impedir el crecimiento del dirigido. ¿Cómo se puede juzgar el valor espiritual de la
dependencia humilde del director, por ejemplo?. Algunas afirmaciones tradicionales
sobre la humildad y la obediencia nos animan a pensar que tal dependencia es un signo
de crecimiento espiritual. Sin embargo, nuestra experiencia a menudo deja en claro que
a la luz de la historia reciente del dirigido lo que parecía desarrollo en humildad y
obediencia era a menudo una abdicación de la responsabilidad personal, que en nombre
del crecimiento eventualmente no debió ser hecha. . Lo que parecía un crecimiento en
paciencia puede ser el resultado de una violenta supresión de la ira que luego se
mostrará a sí misma oblicuamente en frustración, depresión, y en la sensación de que la
persona se enfrenta con una pared de hierro en la oración. Si la persona ha de amar
alguna vez, la supresión deberá evitarse y la ira ser enfrentada.

Quizás este último ejemplo nos acerque a criterios útiles. Los signos paulinos tal como
figuran en la lista, parecen ser absolutos y perfectos. Pero no aparecen así en la
experiencia. Más bien, hay un proceso de desarrollo y a veces de crecimiento inestable
de las virtudes. Pero cuando su origen es la acción del Espíritu no vienen solas sino
juntas. La paciencia no aparece mucho después que el amor y la alegría. Aparece en una
forma incipiente junto a ellas. El crecimiento puede ser desigual -la ternura puede por
meses ser más obvia que la alegría- pero nunca impedirá el crecimiento de la alegría. Los
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"frutos" aparecen como un crecimiento unificado no como un manojo de elementos


conflictivos. Y cuando hay conflicto entre los elementos o uno de ellos está totalmente
ausente, el director puede sospechar que se trata de una ilusión. Por ejemplo, los
esfuerzos compulsivos de controlarse a menudo llevan a la rigidez, carencia de
espontaneidad y de alegría y pérdida de paz. Ese control de sí mismo puede ser juzgado
como ilusorio.

La calidad de esos criterios debería ser enfatizada. Son frutos positivos y llevan a una
duradera sensación de bienestar básico. Alegría interior, paz y consolación son los
mejores criterios para evaluar nuestra oración.

En el último análisis, la capacidad del director de hacer uso de esos criterios en una
situación concreta depende de su comprensión intuitiva de ellos y del reconocimiento
de su presencia, desarrollada en la otra persona. Si el director no sabe por experiencia,
por ejemplo, que la paz es más que la liberación de la tensión, no encontrará un criterio
de ayuda cuando aparezca en el dirigido. Si no tiene, por lo menos, el inicio de un
entendimiento intuitivo de la paciencia, se hallará buscando una alegría contagiosa en
una persona cuya respuesta genuina al Espíritu, por el momento, es una paciente
resistencia a la depresión.

Amplitud de miras y empatía se desarrollan a medida que el director experimenta


personalmente su propia evolución y su propio uso de estos criterios, y al ver el
creciente número de personas que muestren estos signos de ser movidos por el Espíritu
en una inesperada variedad de formas. Sus propias categorías empiezan a ensancharse,
diferenciarse y llegan a hacerse más flexibles cuando escucha las experiencias de otros
con Dios, y se permite percibir novedades y originalidades. Todos tenemos nuestras
imágenes favoritas y ejemplos de vida espiritual. Un director puede personalmente
preferir un delicado y competente administrador como Dag Hammarskjbld o San Pio X a
una figura carismática y lírica como Francisco de Asís. Esa preferencia no tiene por qué
afectar la calidad de la dirección. Pero si ve cada Francisco que viene a él como un
inmaduro espiritual, entonces él -y sus dirigidos- se verán en problemas.

Hay otro criterio que aparece después de los primeros escalones del crecimiento
espiritual: el sentido creciente de la realidad de Dios como alguien que no está bajo el
control del dirigido. Este criterio también es interior, y se muestra en la sorpresa y hasta
en la ansiedad que un dirigido experimenta en la oración, cuando el Señor aparece de
una manera nueva. Por ejemplo, cuando un dirigido percibe a Dios mirándolo todavía
con amor luego de haber mentido para salvar la cara - una experiencia nueva y que
asusta tanto como consuela.

Esta experiencia de la realidad e incontrolabilidad del Otro llega a su punto máximo en


la experiencia de Jesús como una persona que cuida de los otros y del mundo. Cada
cristiano comparte esa realidad hasta cierto punto, algunos conscientemente, la
mayoría inconscientemente. Esta experiencia de Jesús se muestra en una
capacidad para vivir según sus propias convicciones a pesar de la oposición de otra
gente a esas convicciones, en una amplitud de empatía que trasciende clases sociales o
económicas, en una profunda confianza en la realidad del Padre, en un deseo de
68

comprometerse en la guerra contra el mal y de luchar por la justicia y la piedad aún


cuando uno deba morir pequeñas muertes en defensa de ello, y en un deseo de morir
esas muertes y dejar la resurrección al Padre.

Otra vez, un ejemplo de Thomas Merton puede ilustrarnos sobre lo que se quiere decir.
Está en su camino a la Abadía de Getsemaní con la esperanza de entrar:

"Fue muy extraño. Milla tras milla mi deseo de estar en el monasterio aumentaban de
forma increíble. Estaba totalmente absorbido por esa idea. Y sin embargo,
paradójicamente, milla tras milla, mi indiferencia y mi paz interior se incrementaban.
¿Qué pasaría si no me recibieran? Tendría que irme al ejército. Pero, seguramente
¿hubiese sido eso un desastre? No del todo. Si finalmente fuera rechazado por el
monasterio y tuviera que alistarme, resultaría claro que era la voluntad de Dios. Yo
había hecho todo lo que estaba a mi alcance. El resto estaba en Sus manos. Y por todo el
enorme y creciente deseo de estar en el claustro, el pensamiento de que pudiera
encontrarme por el contrario en un campamento del ejército ya no me turbaba en lo
más mínimo.

Yo era libre, había recobrado mi libertad. Pertenecía a Dios y no a mí mismo; y


pertenecer a Él es ser libre. Se es libre de todas las ansiedades y preocupaciones y
tristezas que pertenecen a est.: tierra y del amor por las cosas que están en ella."

Merton describe un estado paradójico. Su deseo es intenso, pero está deseando aceptar
sin objeciones la frustración de tal deseo. Ahora que ha tomado su propia decisión, deja
el futuro a Dios en cuyo amor tiene confianza.

La referencia a la experiencia de Dios y de Jesús nos lleva a un criterio final que la


tradición cristiana ha visto como uno de las pruebas supremas, por la cual la gente es
capaz de decidir si es Dios quién la está llevando a una situación particular. Puede ser
resumida con la pregunta "¿Es de Dios?" o "¿Es como Jesús hubiera actuado?" .
Nosotros podemos encontrar fácilmente que el objetivo de esta pregunta resulta
embotado por consideraciones hermenéuticas o por la adhesión a un modelo
puramente externo. Sin embargo, si las preguntas son usadas apropiadamente pueden
ser de crucial ayuda para determinar qué es de Dios. Un ejemplo del apropiado uso de
estas preguntas se halla en "La vida de Martín", un trabajo de hagiografía del siglo IV.
Martín tiene una visión y debe decidir si la visión es realmente del Señor. Decide que no
lo es porque la figura de Jesús en la visión está vestida como un emperador romano. La
conclusión de Martín es "Yo creeré que Cristo ha venido sólo cuando lo vea vistiendo el
ropaje de la Pasión".

La pregunta de Martín: "¿ Es como es el Señor?" la podemos usar nosotros también. Si


estamos siendo llevados por un camino que, a pesar del mucho bien que pueda producir
también traerá resultados que son dañinos y hasta destructivos de personas, tenemos
entonces buenas razones para afirmar que ese camino no es como aquellos que toma el
Señor.
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Los Padres de la Iglesia describen a los cristianos como imitadores de Dios. Pueden
soportar las cargas de otra gente y no usar ningún poder o riqueza que puedan tener
para hacer que otras gentes les sirvan -no porque tal comportamiento vaya contra la
moral racional sino porque no es la forma en la que Dios actúa.

Pero la utilidad de este criterio depende de cuanto haya llegado a conocer a Dios. Si no
lo veo como alguien que cuida de lo que le sucede a su mundo, no reconoceré su
incumbencia en impulsos que me mueven a preferir el bien de otra gente al propio.
Correré el riesgo de no darme cuenta de los impulsos relacionados no con mi propio
bien sino con el bien, por ejemplo, de gente pobre que nunca he visto, gente que pueda
necesitar algo que yo le pueda dar, aunque sólo con un considerable sacrificio de mi
parte.

En el núcleo de la capacidad de Ignacio de "decir la diferencia" estaba el hecho de que


quería hacer grandes cosas por Dios. No estaba simplemente interesado en vivir su vida
razonablemente bien. Por ello el intento de averiguar qué grandes cosas quería Dios que
se hiciesen. Así se puso a mirar la vida de Jesús y allí encontró el principio de la
respuesta a su pregunta. Porque Dios cuida de su mundo, es que envió a su Hijo; porque
el Hijo cuida del mundo de Dios es que estaba deseando entregarse a sí mismo a vivir
por ese mundo a pesar de que significara una privación para sí. Al contemplar a Jesús,
Ignacio desea adoptar la mente, el corazón y los valores de Jesús y vivir como él vivió.
Mientras crecía en el conocimiento y amor de Jesús, llegó a ser más y más capaz de
decir las diferencias entre los impulsos que eran del Señor y aquéllos que no lo eran.

¿Para qué usa uno, exactamente, los criterios? - ¿Describen el estado en el que debería
hallarse una persona, los ideales a los que debería aferrarse? Si los criterios son vistos
de esta manera, el director puede fácilmente sustituir su propia estimación del
crecimiento de la persona por la real acción del Espíritu, y entonces impulsarlo hacia
callejones sin salida. En el mejor de los casos sustituirá abstracciones por realidad en su
camino de ver el progreso de la dirección. El valor de los criterios para el director parece
ser simplemente éste: Le da maneras de determinar si la dirección es hacia el Señor y su
gente o para cualquier otro lado y de ayudar al dirigido a hacer un juicio similar. El
director es siempre una persona secundaria en el diálogo entre Dios y el dirigido. No es
él el que dirige el asunto. Pero tiene la responsabilidad de decidir por sí mismo y de
ayudar al dirigido a decidir si el proceso de la dirección lo está guiando hacia el bien o
hacia el daño.

El dirigido busca ayuda para evitar ilusiones. A medida que el director crezca, aprenderá
a asumir esta responsabilidad sin interferir en la acción del Espíritu o es la respuesta del
dirigido.

Debido a que el crecimiento espiritual es básicamente interior, los criterios para


observarlo son necesariamente interiores. Sin embargo, si hay una vida interior que de
manera alguna se manifiesta en una acción o reacción externa, ésta tendrá muy poco
interés para la mayoría de los directores. Precisamente porque los criterios interiores
son tan flexibles y porque una auténtica relación con Dios apunta a una unidad de vida
externa e interna, es que son necesarios algunos indicios externos.
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Si esos indicios externos se mantienen en un apropiado segundo plano, pueden ser de


mucha ayuda como comprobación en el uso de criterios interiores. La tradición
espiritual cristiana, por ejemplo, sospecha firmemente de la autenticidad de la oración
mística cuando el místico nunca tiene tiempo de ayudar a lavar los platos. Alguna
indicación sobre cómo las personas interactúan con otras, como responden realmente -
no simplemente como piensan que responden- a su comunidad o familia, puede ser de
gran ayuda como una comprobación de la validez de la visión del director y de la suya
propia, de su vida interior.

La tradición cristiana sospecha de la autenticidad del orante místico cuando éste se


rehúsa a escuchar cualquier otra voz que no sea la suya interna. Las auténticas
experiencias religiosas apuntan hacia la unidad del individuo y la comunidad y llevan a la
apertura a otras voces, especialmente a la apertura a la voz de la legítima autoridad en
la Iglesia. Esa apertura puede generar tensión y lucha ya que la auténtica obediencia
debe escuchar fielmente las voces tanto interiores como exteriores y no puede aceptar
fácilmente una antes que la otra. El no desear escuchar la voz de otros -especialmente
de la legítima autoridad- es un signo de que llegado a cierto punto la oración de la
persona ha dejado de hacerla libre.

En términos generales, habrá una interacción recíproca entre vida interna y realidad
externa - y éstas deben ser porosas porque son tanto idénticas como distintas-. La
experiencia de la dirección espiritual siempre nos hace más conscientes de que el
crecimiento de la respuesta interior de una persona al Dios de la realidad, normalmente
se muestra en su vida externa -sus relaciones, la textura y dirección de sus trabajos, las
decisiones de vida que hace. Cuando no hay aparente desarrollo cristiano, se podrá ver
tarde o temprano que hay algo soslayado en su desarrollo interior.

Al mismo tiempo no podemos considerar los criterios externos como primordiales ya


que tanto la acción del Espíritu como la motivación humana son tan variados, trabajan
en tantos niveles diferentes, y son tan básicamente interiores, que la acción externa en
sí misma es casi inútil como criterio. "Por sus frutos los conoceréis", pero los frutos
externos del Espíritu serán habitualmente indiscernibles para el director a menos que
tenga algún conocimiento del crecimiento interno de la persona. El laico que no va a
misa todos los domingos y el pastor que deja sin hacer alguno de sus deberes
parroquiales pueden estar realmente más vivos delante del Señor que una persona que
hace todo "correctamente". Si el director considera los criterios externos como
primordiales, puede estar desalentando el crecimiento interno al entregar un esquema
de normas externas que el dirigido siente que debe cumplir y siente que representan la
única respuesta a Dios que estará llamado a dar. "Pero yo hice todo lo que me dijeron
que hiciese", es un comentario muy desalentador sobre cualquier dirección espiritual en
la que el que lo dice pueda haber participado.

Es de esperar, también, que la acción del Espíritu sea a menudo sorprendente y que
sobrepase las presunciones personales del director. En realidad si el dirigido está
viviendo una relación genuinamente viva con el Señor, un indicio de esto será el hecho
de que sus acciones a veces sorprenderán a otros y desconcertarán al director. Si los
71

criterios del director tienden a ser externos, le restará importancia a tal originalidad y
por lo tanto tenderá a ahogar al Espíritu.

Debe siempre recordarse que todos estos criterios son, en la experiencia, no tanto
estados como procesos, y que cuando la vida interior está realmente viva, serán
expresiones de crecimiento - fluctuando, ondulando, a veces saltando, a veces quietos.
El cambio no será un signo negativo como tampoco lo será la ansiedad o la resistencia.
El signo positivo clave será la plenitud creciente y la textura de madurez de Cristo. Se
cometerán errores, se intentarán callejones sin salida, pero con este signo positivo como
criterio, uno puede hallar su propio camino y puede estar relativamente seguro de que,
cualesquiera que sean las ilusiones que aún estén en las imágenes propias de Dios, uno
mismo y el mundo, también tendrá la posibilidad de ser corregido por el contacto con el
Señor y su vida.

Tal vez la razón teológica básica para el aumento de la popularidad de los equipos de
directores, que mientras trabajan individualmente con los dirigidos hablan de su
práctica entre ellos, es que en tales intercambios -en otras palabras en tan informales
comunidades- la amplitud de la acción del Espíritu es más fácil de ser reconocida que en
el caso de un director individual trabajando solo. El Espíritu es comunitario. Parece
superar las limitaciones individuales de los directores y ampliar su visión más
rápidamente en tales grupos.
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8. Convertirse en Director Espiritual

Parece evidente que la dirección espiritual, que toma como esfera propia el facilitar el
encuentro personal con Dios, está trabajando con el movimiento central y no con el
periférico de la vida cristiana. ¿Con qué derecho hace uno este trabajo? No hay oficio u
orden de director espiritual en la Iglesia. Algunos de los directores espirituales más
destacados de la historia cristiana -como Catalina de Siena e Ignacio de Loyola- o bien
nunca tuvieron un oficio u orden, o bien hicieron la mayor parte de su obra de dirección
antes de tener tal oficio. Hablando en términos generales, los directores espirituales
efectivos son descubiertos por la comunidad cristiana y no se: adelantan sin que haya
antes otros buscando su ayuda. Debido a que los sacerdotes y ministros sobresalen
públicamente en las iglesias como líderes espirituales, es que la mayoría de las veces
han sido elegidos como directores espirituales. Pero la ordenación no es necesaria (ni,
como veremos, suficiente) para una dirección espiritual efectiva ¿Cuál es, entonces, la
relación del director espiritual con la Iglesia como comunidad de la alianza?

Podremos ver más claramente qué tiene que ver la dirección espiritual con esa
comunidad si miramos más de cerca qué ocurre en la dirección espiritual. Cualquiera
que sea la cosa que haga o reciba, el dirigido al menos comunicará a otro miembro de la
Iglesia algo de su relación con Dios. No mantiene su vida interior aislada del pueblo de
Dios. Se la confía a la persona del director espiritual. Lo que los directores básicamente
llevan a la relación con los dirigidos es su calidad de miembros de la comunidad cristiana
y su compartir la fe con esa comunidad. Tengan o no carismas especiales, sabiduría y
talento, dan la oportunidad para que el dirigido mire su relación con el Señor y abra un
camino a través de sus ilusiones con la ayuda de un compañero miembro de esa
comunidad. Aunque no digan nada, el hecho de que escuchen capacita al dirigido para
compartir su experiencia con la comunidad y para no cerrar esa experiencia en sí misma,
donde por falta de aire podría volverse frustrada y engañosa.

Cuanto más conscientes estén los directores espirituales de la vida de la comunidad


cristiana y cuanto más informados estén acerca de la relación experimentada por esa
comunidad con el Señor y con toda la realidad, tanto más proclives serán a ser útiles a
los dirigidos. Pero su autoridad surge básicamente del hecho de que comparten la vida
de fe de la comunidad cristiana mientras ésta experimenta su diálogo con el Señor. Esto
hace del director ante todo un hermano o hermana del dirigido y provee el ingrediente
básico para la atmósfera informal, no jerárquica sino creativa -"tan sólo dos personas
hablando"- que parece caracterizar a la dirección que hoy en día ayuda.

Debido a esto, la base primaria de la confianza puesta hoy en un director espiritual, es la


pertenencia del director a la comunidad de fe. El dirigido pone su confianza en un
hermano o hermana para que le ayude a crecer en su relación con el Señor. Antes de
seguir adelante, queremos subrayar esta base. La confianza puede estar basada en
muchas cosas, por ejemplo se puede confiar en otro porque tiene oficio en la iglesia, o
porque es alto y tiene una presencia imponente, o porque otros a quienes uno respeta
lo han experimentado como confiable. Sin embargo, si la confianza no se enraíza
finalmente en la propia experiencia que tiene uno mismo del director como confiable, la
73

relación nunca se volverá una relación fraternal, que es la que hoy parece caracterizar a
la dirección más útil.

Es obvio que no todo cristiano merece la clase de confianza que la dirección espiritual
parece requerir. Puede ser menos obvio que no todos los ministros ordenados merezcan
tal confianza. Por ejemplo, un reciente estudio del Sacerdocio Católico Romano informó
que una amplia mayoría podía ser descripta de este modo:

"El campo principal en el que los sacerdotes subdesarrollados manifiestan su carencia


de crecimiento psicológico es el de sus relaciones con otras personas. Estas relaciones
son por lo general distantes, altamente estilizadas, y frecuentemente no gratificantes ni
para el sacerdote ni para la otra persona ... tienen pocos amigos íntimos ... En los
sacerdotes subdesarrollados hay evidencias de pasividad, docilidad exagerada, y una
tendencia a identificarse a través de su papel de sacerdote más que a través de su
propia personalidad... Desconfían de sí mismos, se sienten indignos, y frecuentemente
se abstienen de usar su capacidad completa ... Resulta sorprendente encontrar en este
grupo de hombres una falta de capacidad general para articular un nivel profundo de fe
religiosa personal."

Resulta claro que tales hombres tendrían graves dificultades al intentar ser la clase de
director espiritual visualizado en este libro, porque tienen sus mayores dificultades
precisamente en el área de las relaciones. No inspirarían confianza en gente
relativamente madura que estuviera buscando dirección espiritual. Por la descripción
anterior, parecería que estos hombres tampoco tienen una experiencia muy apropiada
de un Dios amoroso y así difícilmente podrán comunicar ese Dios a los dirigidos. No
existen datos comparables de otros grupos de los que se toman directores espirituales.
Tanto a hombres como a mujeres que compartan las mismas características que estos
sacerdotes subdesarrollados, se les debería disuadir de trabajar en dirección espiritual
hasta que hayan superado los retrasos de desarrollo que sufren, ya que la base de la
confianza en tales personas no puede ser su confiabilidad experimentada como
hermanos o hermanas que crecen en sus relaciones con Dios y con los demás.

La clase de hombres y de mujeres que probablemente engendrarán confianza en otros


son los descriptos en el mismo estudio como personas desarrolladas. No son perfectas,
pero son relativamente maduras. Muestran signos de haberse comprometido con la
vida y la gente, son optimistas, pero no ingenuos, de buen humor, pero no fingidamente
efusivos. Han sufrido, pero no han sido vencidos por el sufrimiento. Han amado y han
sido amados y conocen la lucha que significa tratar de ser amigo de otros. Tienen
amigos por los cuales se preocupan profundamente. Han experimentado el fracaso y la
pecaminosidad -la propia y la ajena- pero parecen sentirse cómodos consigo mismo de
una manera que indica que viven la experiencia de estar siendo salvados y liberados por
una fuerza mayor que la fuerza del fracaso y el pecado. Son relativamente poco
temerosos ante la vida, con toda su luz y su oscuridad, todo su misterio.

Los directores espirituales también necesitarán tener una profunda fe en el deseo y


habilidad de Dios de comunicarse con su gente, no sólo como comunidad, sino también
como individuos. Esta fe, si ha de ser lo suficientemente firme para sostenerlos en su
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trabajo, debe surgir de su propia experiencia de Dios. Tal fe basada en la experiencia


será el fundamento para su premisa de trabajo de que no hay nadie con quien Dios no
tenga deseo de comunicarse. Los directores espirituales han experimentado a Dios
comunicándose con ellos en toda su propia realidad, y esta experiencia es la base de su
premisa acerca de todos los demás.

Esta convicción, basada en la experiencia, lleva a una actitud contemplativa en los


directores, que está abierta y ansiosa por descubrir caminos de Dios con toda clase de
gente. Su propia experiencia del amor salvador y de la presencia desafiante de Dios los
vuelve inquisidores, preguntándose cómo se ha comunicado y cómo se está
comunicando Dios con otra gente. Conscientes de que su propia experiencia de Dios es
limitada, quieren saber más sobre El y esperan aprender más acerca de El escuchando la
experiencia de El de otras personas. Tal actitud de fe en Dios y en su presencia hacia
otros puede engendrar confianza.

La actitud contemplativa, que los directores han desarrollado a través de su propia


oración y de su propia experiencia de ser dirigidos, también les posibilita ser más
abiertos y menos resistentes a la novedad y a la sorpresa. Los capacita, en otras
palabras, para escuchar la experiencia de otros y a aprender de ella. Los dirigidos llegan
a tener la impresión de que tales directores desean escuchar sus experiencias reales en
la oración (no las "correctas" o las "esperadas") y así se van mostrando dispuestos, y
gradualmente capaces, para hablar acerca de ellas. Aún así puede necesitarse un largo
tiempo, a veces años, para que una persona confíe las experiencias de Dios que más
profundamente la afectan.

La actitud contemplativa también lleva a los directores a creer que la luz vencerá a la
oscuridad en los otros. Han experimentado sus propios temores y oscuridad, sus propios
demonios, y también han experimentado el salvarse de ellos. Han experimentado a Dios
como el que ama primero -quien los amó cuando estaban muertos en su pecado - quien
los ama con toda su ambivalencia, con todo su amor y su odio, todas sus pasiones, sus
temores, su egoísmo y generosidad. Tales experiencias de Dios los han capacitado para
amarse y para cambiar. De este modo, tienen una actitud de confianza tranquila en que
Dios hará cosas semejantes por otros. En otras palabras, se han vuelto menos temerosos
de la gente real y sus lados más oscuros porque han experimentado a un Dios que ama y
salva a la gente real como ellos mismos, con verrugas y lunares.

Esta actitud no es todo optimismo exagerado, blando en cuanto a la gente. Aquéllos que
han tenido la experiencia propia como pecadores amados, han tenido precisamente la
experiencia de ellos mismos como pecadores. Tal vez casi se hayan sentido sobrecogidos
por la experiencia de sus propias tendencias malignas y la fuerza de sus temores. No se
hacen los ciegos ante tales tendencias y temores en ellos o en los otros. Pero han
experimentado que tal oscuridad no puede vencer a la luz, que "donde el pecado
abundó, tanto más abundó la gracia". "Saben donde están enterrados todos los
cuerpos", pero el conocimiento no ha destruido su esperanza.

Es necesario enfatizar que los dirigidos son gente real, y que como tales son justamente
tan variados, tan ambivalentes, tan atractivos y repugnantes como, por ejemplo, lo son
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los mismos directores. La gente real puede ser ingeniosa y puede ser aburrida, a
menudo en una misma hora. Puede ser banal y puede estar inspirada. Puede estar
preocupada por cuestiones vitales y serias y por trivialidades. Puede ser alegre, y puede
ser sombría. En su vida de oración mostrará todas estas disposiciones y mucho más. Los
directores espirituales que quieran fomentar una relación entre esa gente y su Dios,
necesitan tener una "sobredosis de calidez".

Un director espiritual necesita hacer inventario honestamente ¿Amo realmente a gente


muy diversa, con verrugas, lunares y todo? ¿me hallo a mí mismo disfrutando con la
gente, y soy capaz de reírme de sus debilidades y vivir con ellos? ¿Estoy interesado en
escuchar sus preocupaciones y ansiedades? Las palabras de César Chávez - líder de los
campesinos mexicanos en EEUU - a los voluntarios universitarios que no podían
entender por qué los peones de campo estaban firmemente detrás del compromiso
americano en la guerra del Vietnam también podría ser aplicado a los directores
espirituales: "Les dije que entendieran que los peones de granja son seres humanos. Si
no entienden eso, van a quedar muy desilusionados. Tienen que entender que uno
puede trabajar muy fuerte pero vendrá el día en que simplemente los van a sacar a
puntapiés, o no valorarán lo que ustedes estén haciendo y les advertí que no tuvieran
ninguna agenda secreta"

¿Cómo se muestra esta "sobredosis de calidez", este amor por la gente tal como es, en
la dirección espiritual? Aparece en tres actitudes: compromiso, esfuerzo por entender y
espontaneidad. El compromiso es la disposición del director espiritual para ayudar al
dirigido a crecer en unión con Dios y de comprometer su tiempo, sus recursos y a sí
mismo con ese fin. El esfuerzo por entender significa que el director espiritual trata de
mantener una actitud contemplativa hacia el dirigido, trata de percibir cómo está
experimentando al Señor y a la vida.

La espontaneidad significa que el director espiritual no está él mismo controlado e


inhibido por su rol de director espiritual, sino que puede expresar sus propios
sentimientos y pensamientos, y espera que cuando los exprese sean útiles al dirigido;
sin la espontaneidad, "el compromiso y el esfuerzo por comprender aparecerán como
fríos, impersonales y estereotipados".

¿Por qué es necesaria en los directores espirituales tal calidez? En primer lugar, la
dirección espiritual puede significar trabajo duro, a menudo no retributivo. Los
directores entran en profunda relación con mucha gente, y sus propios corazones se
muestran al desnudo una y otra vez. En situaciones cercanas a ello, sus propios fracasos
son magnificados y se exponen a que se los echen en cara en momentos de ira. Si tienen
éxito en ayudar a otros a ser libres delante de Dios y ante la vida, corren el riesgo de ser
culpados, a veces por gente con autoridad, de las consecuencias - especialmente las
consecuencias tempranas- de la nueva libertad que sus dirigidos han encontrado. Si no
tienen éxito en ayudar, corren el riesgo de ser considerados chapuceros. En
segundo lugar, los dirigidos deben experimentar ese compromiso, ese esfuerzo por
entender y esa humanidad honesta y espontánea para arriesgarse a confiarse a los
directores espirituales. La gente no manifiesta sus sentimientos espontáneamente.
Cuando busca la ayuda de un director espiritual, no sabe con certeza si cualquiera puede
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ayudar o tiene interés en ayudar; una mujer lloró aliviada cuando se enteró de que un
director espiritual le ayudaría con la oración. Muchos no saben si sus pensamientos, sus
sentimientos, sus experiencias, valen el tiempo de otra persona o son inteligibles.
Temen ser considerados locos o ridículos. O pueden temer que lo que tienen que decir
pueda parecer "tan ordinario", "tan banal", "tan común". Necesitan sentir la calidez del
director, hasta para comenzar el proceso. Esta clase de calidez se muestra en la escucha
paciente, tal vez más que de cualquier otra manera. Estamos nuevamente en la actitud
contemplativa. La vida no parece dar muchas oportunidades para hablar con alguien
que realmente escuche y trate de entender. Todos parecemos tener demasiado
ocupadas nuestras mentes para prestar atención a la mayoría de la gente. Pero los
directores espirituales precisamente hacen que sea su profesión, la de escuchador, el
tratar de poner a un lado sus propios problemas, sus propios prejuicios, sus propios
deseos de tener un lugar en el sol de la conversación para ver el mundo a través de los
ojos de esta otra persona, para entender lo que siente y experimenta, y no juzgar.

No hay libros que le enseñen a uno a ser cálido, no hay programas de entrenamiento
que desarrollen la calidez. Para ser capaces de hacer esta clase de escucha los directores
espirituales ante todo deben ser gente cálida, interesada. Lo que Braatoy dice del
psicoanalista se aplica directamente al director espiritual:

“... el psicoanalista puede ser comparado a un instrumento. Este instrumento debe


tener ciertas capacidades ... Si un cuchillo está hecho de hierro, no puede realizar los
trabajos que uno espera de una cuchilla de acero. Por razones similares, uno no puede
pedir "excedente de calidez" a un terapeuta. Debe formar parte, más o menos, de sus
capacidades inherentes”.

Luego, dice que los institutos de psicoanálisis deben hacer todo lo posible para tamizar a
los candidatos para entrenamiento que no posean esta cualidad, Hacemos la misma
sugerencia para aquéllos que deban seleccionar potenciales directores espirituales.
Deben asegurarse de que el director potencial ame a la gente de una manera terrena,
honesta, sentida.

Los directores espirituales requieren confianza en sí mismos. Sin ello tienden a necesitar
constantemente que les aseguren que están haciendo las cosas correctamente. Están
constantemente ansiosos por la posibilidad de haber cometido algún error. Necesitan
demasiados signos tangibles de éxito y encuentran que los criterios interiores de
discernimiento son difíciles de usar con certeza. Les resulta difícil el tener que soportar
el a veces largo y penoso proceso de crecimiento que la gente atraviesa mientras recibe
dirección espiritual. También tienden a seguir las reglas y de esta forma impedir que los
dirigidos procedan según su propio paso. No inspiran confianza en dirigidos maduros.

El último párrafo no debería entenderse como queriendo decir que los directores
espirituales que tienen confianza en sí mismos no tienen a veces temores, aún
frecuentemente. Los directores espirituales con una buena dosis de experiencia
personal de oración saben que están entrando en terreno sagrado y lo hacen al menos
con algo de temor reverente y temen poder dar un traspié y fallarle al dirigido. Tales
sentimientos son, sin embargo, reales y apropiados, y no los incapacitan. En realidad, los
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directores que no demuestren tal actitud (lo que uno podría llamar humildad) junto con
la confianza en sí mismos, parecerán temerarios a los dirigidos maduros y no ganarán su
confianza. La falta de confianza es un sentimiento debilitante que detiene, no por
admiración temerosa ante el Dios vivo, sino por egolatría, desconfianza de sí mismo y
temor a la vida. Aquellos que temen a la vida no pueden fomentar en otros una relación
abierta con el Dios vivo.

Aún suponiendo una calidez inicial, escuchar de la manera antes descrita no es fácil. Por
un lado, los directores espirituales pueden estar inmersos en una situación de intereses
conflictivos. Muy a menudo, no están sobre aviso de cómo ese conflicto afecta su
escucha. Pueden por ejemplo, verse actuando por el interés de aquéllos que vienen en
busca de su ayuda y sin embargo sentir alguna responsabilidad de proteger a una
tercera persona o a una institución. Por ejemplo, un director espiritual puede descubrir
que el dirigido, un estudiante de teología a punto de ser ordenado, es un cleptómano. El
director puede encolerizarse y comenzar a pensar en la forma de evitar que este
hombre sea ordenado, y de esta forma quedar incapacitado para escucharlo y averiguar
porqué está ahora mencionándole su dificultad.

Además, los directores espirituales, como todo el mundo, están todos muy ligados con
las costumbres e instituciones de la sociedad y variadas sub-sociedades culturales,
sociales, políticas y religiosas y por eso inconscientemente son sus agentes y de este
modo proclives a querer protegerlas de amenazas o aberraciones. El director espiritual
que esté totalmente exento de predilecciones es por supuesto una quimera. Sin
embargo, los directores pueden tratar de proteger a sus dirigidos de sus inclinaciones
mediante dirección espiritual personal, lectura y experiencia amplias, apertura a
diversos puntos de vista y supervisión competente.

Los directores espirituales también pueden escuchar mejor a sus dirigidos si no


dependen de ellos para su satisfacción y seguridad personal. Así, por ejemplo, necesitan
amigos que no sean los dirigidos, de manera que el "éxito" con los dirigidos no sea
necesario para su autoestima. De otro modo, pueden necesitar demasiado a sus
dirigidos y ser así incapaces de escuchar todo lo que les comunican y de desafiarlos
cuando sea necesario. Más aún, necesitan suficientes amigos y otras fuentes de
autoestima para retener la ecuanimidad personal sin necesitar nerviosamente la
aprobación de la gente que tenga autoridad sobre sus dirigidos o sea cercana a ellos.
Porque pueden no recibir tal aprobación cuando los dirigidos no se ajustan a lo que esta
gente espera. La habilidad de escuchar con calidez a la gente que está creciendo en
libertad ante el Señor requiere en los directores libertad interior frente al temor de lo
que piensen por ejemplo las autoridades u otras personas de la iglesia o de la familia.

Finalmente, para poder escuchar de esta forma, los directores deben estar
relativamente libres de temor ante emociones fuertes, sentimientos profundos,
experiencias misteriosas, y todo lo que es humano. Si un director no puede tolerar la ira
fuerte en él mismo o en otros, no será capaz de escucharla de sus dirigidos. Pronto no le
dirán acerca de sentimientos de ira en la oración, no porque no ocurran, sino porque los
dirigidos reconocerán consciente o semiconscientemente que tales sentimientos son
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tabú en su presencia. El peligro es que ellos puedan trasladar esos tabúes a su relación
con el Señor y así expresarse selectivamente ante él.

Los directores deben ser también relativamente tolerantes ante experiencias dolorosas
en ellos mismos y en otros. El amor auténtico por sus dirigidos se manifestará en la
disposición de estar con ellos mientras sufren los dolores del crecimiento y no en tratar
de quitar ese dolor. Si pueden hacerlo, serán más capaces de escuchar y comunicar su
disposición de escuchar tal dolor.

Estas actitudes no son logros a los que se llega a fuerza de trabajo duro y atención
diligente a las responsabilidades. Más bien son dones por los que se debe orar y por los
que se debe estar agradecido. Más aún, no son realidades fijas y absolutas que uno
debe tener, sino ideales que deben ser deseados realísticamente. Ningún director
espiritual podrá nunca vivir de acuerdo a estos ideales todo el tiempo, tal vez no mucho
más que la mitad del tiempo. Los directores espirituales pueden estar deprimidos o
enojados o enfermos o preocupados, y ser incapaces de escuchar tan alerta y
cálidamente como ellos quisieran. Si sus actitudes básicas son calidez y confianza en el
Señor y en su habilidad y deseo de comunicarse, entonces podrán vivir con sus propias
fragilidades, pedir ayuda al Señor que está deseoso de su bien, y contar con la
humanidad y compasión de sus dirigidos para perdonar sus traspiés y recordar la calidez
subyacente.

Si bien la calidez no es una cualidad que puede ser aprendida en un programa de


entrenamiento, no por ello debe pensarse que los directores espirituales nacen y no se
hacen. Es evidente considerando nuestra descripción de la persona del director, que
creemos que los directores potenciales deberían ser hombres y mujeres de experiencia
de vida relativamente amplia. Cuanto más amplia sea la base, tanto menos estrechos y
constrictivos serán como personas. La experiencia de vivir en grupos socioeconómicos y
culturales variados tiende a hacer más flexibles y diferenciadas las propias expectativas
del director y de este modo más abiertas a experiencias nuevas y variadas en otros. Ya
hemos hablado de la necesidad de que los directores sean hombres y mujeres que
hayan experimentado y estén experimentando ellos mismos una relación creciente y
que se esté profundizando con el Señor. Los directores espirituales no necesitan hallarse
en etapas adelantadas de oración mística sino que deben haber experimentado que
ellos mismos son pecadores amados por el Señor. Creemos que también deberían haber
experimentado el reto de encontrar al Señor Jesús no tan sólo como Salvador personal,
sino también como alguien que nos llama a decidirnos y a sacrificarnos. Un director que
sólo hubiera experimentado el confort de la salvación tendría dificultad en entender y
ayudar a alguien que está experimentando los movimientos más sutiles del espíritu que
ocurren cuando la relación comienza a cambiar hacia una mayor identificación con Jesús
en su misión. Al menos toda esta experiencia de la relación con Jesús que se profundiza
es un pre-requisito para comprometerse con una dirección espiritual a largo plazo.

Además de la experiencia personal, los directores espirituales necesitan estudiar como


parte de su formación continua. No necesitan doctorados en espiritualidad para ser
competentes, pero sí necesitan tener más conocimientos que los que la experiencia
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personal y el sentido común solos pueden proveer. A continuación proponemos para


discusión áreas donde creemos que es necesario el estudio.

Los directores espirituales universalmente recomiendan la Biblia como fuente de


oración personal. Creemos que el mejor modo (no el único modo) para usar la Escritura
para la oración es tomarla tanto como sea posible en sus propios términos, esto es,
entendiendo los distintos libros y pasajes como originalmente se tenía la intención de
que fueran entendidos. Por ello, los directores espirituales deben entender lo suficiente
de los estudios modernos de la escritura como para poder ayudar a los dirigidos a
escuchar la palabra de Dios de una manera relativamente informada.

Los directores espirituales necesitan un entendimiento informado e inteligente de la fe


de la Iglesia para ayudar a la gente a tener libertad delante del Señor. Mucha gente está
prisionera de concepciones inadecuadas e infantiles de quién es Dios y qué quiere.
Todos nosotros además, estamos condicionados por presuposiciones filosóficas que han
apuntalado la teología y la catequesis, al menos desde los períodos medieval y de la
Reforma.

No es fácil con uno u otro grupo de expectativas dejar que Dios sea el siempre mayor
que Él es, mayor que todas nuestras percepciones y suposiciones. A través de todo este
libro hemos sostenido que los directores espirituales como tales no son maestros. Sin
embargo, un dominio maduro e inteligente de la teología moderna ayudará a los
directores espirituales a poner las cosas de tal manera que sus dirigidos puedan dejar al
verdadero Dios relacionarse con ellos.

Un ejemplo simple: Muchos de nosotros crecimos con una visión algo esquizoide de la
oración. Por un lado, se nos exhortaba (y se nos dieron múltiples ejemplos de ello) a la
oración de petición. Dejábamos que Dios conociera nuestras necesidades y le pedíamos
que interviniera. Por otra parte, también se nos enseñaba que Dios era el omniscente e
inmutable, ambos atributos que tornan el valor de la oración de petición al menos
cuestionable. La mayoría de la gente resolvía el dilema en la práctica olvidando esta
última enseñanza. Pero la teoría de Dios que se nos enseñó, ha tenido efecto sobre la
oración de algunas personas y aún más, las ha llevado a abandonar la oración de
petición y otras oraciones dialogadas. Un director espiritual que entiende que los
presupuestos filosóficos basaron la teoría de Dios y que estos presupuestos filosóficos
no son revelados ni necesariamente verdaderos como fueron aseverados, podría ser
capaz de ayudar a que su dirigido intentara un tipo de oración que espera que Dios
reaccione y se interese. El director no necesita entrar en una disquisición teológica
sobre el tema; su conocimiento de teología le dará la confianza para sugerir el
acercamiento y para manejar cualquier objeción sin ponerse a la defensiva.

Los directores espirituales no necesitan ser especialistas en teología o informados en


todas sus áreas. Pero sí necesitan una base sólida en teología, al menos suficiente para
saber cuán condicionadas están las formulaciones dogmáticas por la cultura y los
supuestos filosóficos.
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Finalmente, los directores espirituales deben tener algún conocimiento de la historia de


la espiritualidad, suficiente para saber que Dios ha tratado a la gente de diversas formas
y para entender la interacción entre personalidad, cultura, y la acción de Dios en el
desarrollo de una vida espiritual personal y de las escuelas de espiritualidad. Algún
conocimiento de la diversidad de la experiencia religiosa cristiana y una conciencia
favorablemente dispuesta hacia la experiencia religiosa no cristiana puede ayudar a los
directores a trascender sus absolutos personales y darles apertura a un mayor sentido
de admiración hacia la múltiple experiencia de la gente con Dios. El conocimiento que se
gana a través del estudio puede ayudar a los directores a llegar a la sana confianza y
amplitud que necesitan.

Al conocimiento teológico también debemos agregar, hoy día, algún conocimiento de


psicología moderna. Quienquiera, por lo tanto, que desee ayudar a otros
espiritualmente, no solamente debe ser una persona espiritual y tener comando de
experiencia espiritual sino también tener suficiente conocimiento psicológico. (Sin,
empero, caer en el error de querer hacer psicoterapia y mediante ello sucumbir al
delirio de que su conocimiento psicológico es suficiente para ello).

Los directores espirituales y potenciales directores espirituales pueden estar moviendo


sus cabezas maravillándose ante esa lista de prerrequisitos. Pero recuerden lo que
dijimos antes acerca de la centralidad de la dirección espiritual en el ministerio pastoral
de la Iglesia. La Iglesia siempre ha buscado preparar gente tan profesionalmente como
sea posible para su ministerio. La dirección espiritual no debería ser una excepción en
esta práctica. El presentar el ideal de tal preparación no debería, sin embargo, ser
entendido como que la dirección espiritual de alta calidad no ha tenido lugar y no puede
tener lugar sin dicha preparación. Ya hemos mencionado los casos de Catalina de Siena
e Ignacio de Loyola. En los casos ordinarios, sin embargo, la preparación profesional no
debe dejarse de lado fácilmente.

Convertirse en director espiritual es un proceso de toda la vida. La teología y la


experiencia personal apuntan a un Dios, siempre mayor, y así los directores espirituales
pueden esperar ser constantemente llamados a mayor crecimiento. Su experiencia de
otra gente relacionada con Dios los desafiará a orar, a una mayor reflexión, a una
mirada renovada a lo que han estudiado, y a más estudio. La aventura no tiene fin en
esta vida.
81

9. Las bases para la relación entre el director y el dirigido

Si se entiende básicamente por dirección espiritual el dar indicaciones para vivir y orar
de forma correcta; entonces la persona del director y la profundidad de su fe y de su
vida de oración no son claramente tan importantes como lo son sus conocimientos y la
autoridad que tiene. Sin embargo, en la forma de entender la dirección espiritual que
proponemos, resulta claro que la persona del director es fundamental. Él o ella debe
estar en relación consciente con Dios y también debe relacionarse bien con la gente.
Para poder facilitar el desarrollo de la relación de otra persona con Dios, el director
espiritual (y todo el que ejerza un ministerio) tiene que ser un signo sacramental del
cuidado amoroso de Dios. Es cierto que Dios puede relacionarse con la gente sin la
mediación de nadie más y aún hacerlo a pesar de una meditación pobre; su forma
habitual es, sin embargo, a través de otras personas. Por lo tanto la calidad de los
ministros de la Iglesia es algo a tener muy en cuenta; no sólo su conocimiento es
fundamental sino su persona toda. Esto es especialmente cierto en el caso de los
directores espirituales: sus personas, su fe, esperanza y amor y su capacidad para las
relaciones resultan cruciales para el trabajo que hacen.

El enfoque de las cualidades de los directores y de la relación entre director y dirigido


requerirá comparaciones y préstamos con el trabajo de los psiquiatras y psicólogos, que
nos han enseñado tanto en este siglo sobre las características de las relaciones de
ayuda. Algunos podrán pensar que el recurrir a la psiquiatría y a la sicología no es una
garantía en los campos en los que la dirección espiritual es un ministerio sobrenatural.
Resulta obvio que no compartimos ese punto de vista. Para nosotros, la relación entre
Dios y un ser humano no puede ser parcelada entre elementos naturales y
sobrenaturales ni tampoco la relación entre director y dirigido. Estas relaciones abarcan
todo lo que es humano y por lo tanto necesitamos aprender de esas disciplinas y de esos
investigadores que, con mucho valor y humildad personales, han reflexionado y
sometido a la observación de otras sus relaciones de ayuda.

También debe decirse que, con la aparición de teorías modernas de terapia y


asesoramiento, el cuidado pastoral ha parecido, con demasiada frecuencia, una copia
carbónica de esos modelos seculares. Gran parte del asesoramiento pastoral,
especialmente, le ha parecido a muchos poco más que asesoramiento secular hecho por
un ministro. Creemos que tal práctica puede ser defendida. Tal situación significa que
todo lo que hay de mejor en el ser humano puede ser divinizado. Al mismo tiempo, los
ministros necesitan darse cuenta de los recursos específicamente religiosos de la
tradición cristiana que pueden sacarse a la luz para ayudar a la gente a llevar vidas más
ricas y plenas. Al mismo tiempo que tenemos prestados, con gratitud, conceptos y
prácticas de los campos psicológicos, creemos que la dirección espiritual es una relación
de ayuda diferente de la psicoterapia y del asesoramiento psicológico. Tiene su propia
contribución que hacer al esfuerzo de ayudar a la gente a vivir con más sentido y
plenitud en nuestro mundo.
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La dirección espiritual propone que se ayude a las personas a relacionarse


personalmente con Dios, a dejar a Dios relacionarse personalmente con ellas y a
permitirles vivir las consecuencias de tal relación. El desarrollo de cualquier relación
interpersonal es un proceso misterioso; por lo tanto cualquiera que se decida a ayudar a
dos o más personas a desarrollar su relación debe encarar la tarea con humildad y
respeto, con el espíritu de un compañero más que el de un pionero. ¡Cuanto más
evidente resulta esto cuando una de las personas en el diálogo es el Misterio mismo!. La
dirección espiritual es una relación de ayuda, pero la ayuda ofrecida se parece más a la
de un compañero de viaje que a la de un experto que, antes de empezar el viaje,
aconseja los caminos a tomar y responde a las preguntas del viajero. El compañero trata
de ayudar al viajero a leer los mapas, evitar callejones sin salida y evitar los baches. El
Misterio que llamamos Dios es justamente eso, misterio; no-misterio en el sentido de un
extraño desconocido pero eventualmente conocible sino misterio en el sentido de que
es demasiado rico, demasiado profundo y demasiado amoroso para ser conocido y es,
por lo tanto, Dios. Los directores espirituales sólo pueden ser compañeros que ayuden a
aquellos que viajan en camino a tal Señor.

Así, la única autoridad que pueden tener es la de sus propias personas como gente que
pertenece a ese Señor y a su comunidad, y que parecen tomar en serio su propia
relación con él y con su comunidad. Como tales, otros miembros de la comunidad les
piden ayuda.

Como consecuencia de la naturaleza de la dirección espiritual, los directores espirituales


deben evitar los manierismos, modos de vestir, arreglos de oficina, o manera de hablar
que indiquen que conocen el camino, que tienen las respuestas, o pueden garantizar
"éxito" en la oración. Las primeras impresiones que den los directores deberán reflejar
sus convicciones sobre la naturaleza de la dirección. Puede resultar demasiado tentador
el dar la impresión de que los problemas del dirigido terminarán y de que seguramente
hallará al Señor con sólo ponerse en las manos del director.

Al mismo tiempo, los directores pueden irse al otro extremo y hacerse tan
campechanos, tan "hermanos" o "hermanas" que den la impresión de no tener nada
que ofrecer a los dirigidos más que camaradería. La gente de Dios que busca dirección
espiritual espera más ayuda que ésta.

Así, la impresión inicial dada por los arreglos de oficina y maneras de aproximarse
deberían ser de deseos de ser compañero de viaje y de seriedad (sin que falte el humor
y la humanidad) en el ser compañero; no existen prescripciones netas para transmitir
esa impresión. Los directores espirituales que se ven a sí mismos como compañeros la
transmitirán. Aquellos que simplemente lo dicen de labios para afuera nunca lo podrán
hacer.

En el último capítulo dijimos que los directores espirituales necesitan una "sobredosis de
calidez" para ser efectivos. Cuando los directores acentúan los aspectos negativos o
sombríos de la experiencia de los dirigidos, pueden parecer más condescendientes que
genuinamente cálidos. Parece más fácil pintar las flaquezas y locuras de la gente que
enfatizar sus puntos fuertes, y también más divertido. Hemos notado que los oyentes se
sientan más erguidos cuando los disertantes describen el desenmascaramiento de la
resistencia y el desfile de flaquezas, pecados y síntomas ante sus ojos, ya sea que se
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trate de directores espirituales, teólogos moralistas, psiquiatras o psicólogos. Parece


haber una satisfacción mórbida en descubrir las sombras detrás de un rostro sonriente,
la motivación "oculta" detrás de la "fachada". Pero los directores espirituales
generalmente encuentran que los dirigidos son agradables, y tienen fuerza, coraje y
deseos admirables.

Encuentran en otras palabras, que la calidez les surge de lo que ven y oyen de los
dirigidos.

En realidad, se puede decir con seguridad que a menos que el director sienta calidez por
su dirigido debido a sus cualidades, la dirección no será una relación entre pares que
trabajan juntos. Tal calidez tal vez no se dé inmediatamente y puede -y debería- ir de la
mano con una visión realista del dirigido. Pero debe estar presente.

En la dirección espiritual, la mayor característica de los dirigidos que hace surgir esa
calidez no condescendiente es su deseo de desarrollar una relación más profunda con el
Señor. Este deseo se encuentra con la esperanza del director de poder ayudar a
fomentar esa relación. El director, en realidad, hace una alianza con el deseo del
dirigido. Ambas partes reconocen que el deseo existe y acuerdan trabajar juntas para
realizarlo. El dirigido espera que el director mantenga su alianza con ese deseo en él aún
cuando se resista con fuerza. La "alianza de trabajo"(i) en la dirección espiritual es, en
otras palabras, el aspecto de la relación entre director y dirigido que le permite a éste
continuar trabajando hacia la concreción de su objetivo en la búsqueda de dirección. Por
parte del director la alianza de trabajo es la expresión de la calidez por esa otra persona
que ha surgido de su deseo sincero de conocer mejor al Señor.

Toda ayuda hacia el crecimiento personal que no sea manipuladora o sobre protectora
depende de una alianza de trabajo. Por ejemplo, en psicoanálisis la alianza de trabajo se
basa en el "ego razonable"(2); en el asesoramiento Rogeriano en la tendencia a la propia
actualización; (3) en la terapia Rankiana en el deseo de salud. (a) Todos estos conceptos
parecen referirse a una realidad esencialmente similar en las personas, esto es, el deseo
-a pesar de su comportamiento a veces depresivo, neurótico y resistente- de vivir más
plenamente, con más honestidad y salud y menos dolor provocado por sí mismas. Este
deseo es el que hace posible la terapia y el asesoramiento. Es el que los hace seguir en la
tarea de vencer su resistencia al crecimiento y al cambio. De la misma forma, el deseo
de una unión más profunda con Dios mantiene a los dirigidos en la tarea de vencer su
resistencia. El deseo de un cliente, en realidad, lo mantiene en una situación donde sin
duda habrá resistencia, por ejemplo en terapia, tal como el deseo del dirigido lo
mantiene en la oración y en la dirección espiritual.

Debe ser un deseo poderoso que pueda mantenerse persistentemente ante la trama
intrincada y pesadamente defendida de los tipos de personalidad ¿Cuál es su origen? La
comparación con la dirección espiritual hace posible detectar una fuente común a
ambos deseos, ya sea que se lo reconozca o no; el Espíritu que habita del Dios viviente.
En otras palabras, la orientación hacia una mayor totalidad e integridad en aquellos que
buscan terapia y asesoramiento puede en última instancia tener el mismo origen que el
deseo de una más profunda unión con Dios en aquellos que buscan dirección espiritual.
La diferencia estaría en la comprensión reflexiva de la naturaleza de la fuente.
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El "rumor de ángeles"(s) puede aparecer en los sitios más inesperados. Si miramos la


experiencia que tiene la gente y tratamos de hallarle sentido, empezamos a ver la
posibilidad de que el deseo de una vida más plena e integrada provenga de la misma
fuente que el deseo consciente de amar a Dios con todo el corazón, a primera vista
puede no parecer lo mismo pero no ha razón, sin embargo, para considerar a uno como
deseo "natural" y al otro como "sobrenatural". No hay nada en la vida interior que nos
permita hacer tal distinción.

Cuando una persona "no religiosa", que ha buscado terapia porque quería una vida más
integrada y menos autodestructiva, empieza a creer en el misterio que llamamos Dios,
puede reconocer que desde su primer impulso hacia una mayor integración ha sido
empujada por el mismo Espíritu que ahora claramente grita "Abba, Padre"(6) pero que
aún entonces estaba intercediendo por él con suspiros demasiado profundos para
expresarlos en palabras.

Estas reflexiones nos llevan a la conclusión de que los directores espirituales se alían
conscientemente con el Espíritu que habita y con la expresión de ese Espíritu en el
deseo de los dirigidos de obtener "más" en la forma de vida y de unión con Dios.
Establecen esta alianza para ayudar a los dirigidos a vencer aquellos elementos que hay
en ellos que hacen la guerra al Espíritu. Lo hacen porque experimentan en los dirigidos
la fuerza que proviene del Espíritu, una fuerza que ha permanecido viva a pesar de
todos los miedos y la resistencia, la debilidad y el pecado que son realidades en ellos
tanto como lo son en los directores.

La persona y las actitudes del director que hemos discutido en el último capítulo son la
base percibida por la voluntad del dirigido de entrar en una alianza de trabajo con un
cierto director. Li dirigido confía en que el director cree en un Dios que quiere
comunicarse con él y también cree en la capacidad, inspirada por el Espíritu, del dirigido
para responderle a ese Dios.

La alianza de trabajo depende mucho de un mutuo acuerdo entre director y dirigido


sobre lo que quiere el dirigido y lo que el director puede hacer. Así, es importante para
la dirección espiritual que ambas partes se pongan de acuerdo sobre su objetivo y sus
medios. Si no se hace ese acuerdo con claridad, cualquier trabajo posterior -
especialmente la confrontación de resistencias y manejo de dificultades en la relación-
estará en peligro. Es de esperar que en cualquier dirección espiritual que lleva ya un cierto
tiempo de duración en algún momento se produzca un cruce de objetivos entre el
director y el dirigido. En ese caso sin una alianza de trabajo fuerte basada en al mutua
aceptación de lo que la dirección espiritual es, sólo podrán superar la tormenta con gran
dificultad. Dicho concretamente, con una alianza muy fuerte un dirigido puede continuar
orando y trabajando fuerte en las sesiones con el director aún cuando hayan
intercambiado palabras de enojo en la hora previa.

En los campos del asesoramiento y de la psicoterapia los temas que ahora discutimos
aparecen como "establecimiento del contrato". (s) Preferimos el término menos formal
de "acuerdo" y notamos que este acuerdo puede tomar la forma de un compromiso o
promesa.
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En la dirección espiritual planteada en este libro, los directores tratan de establecer la


alianza sobre la base de un mutuo conocimiento de que su propósito es facilitar la
relación del dirigido con el Señor, que el Espíritu que habita es la fuente del deseo del
dirigido y de su esfuerzo para desarrollar esa relación, y de que hay fuerzas dentro del
dirigido que se resisten a los ímpetus del Espíritu. La dirección espiritual, por lo tanto,
explícitamente pone de manifiesto lo que a menudo sólo está implícito en otras formas de
cuidado pastoral: que el deseo del dirigido de más integración y más unión con Dios se
basa en el Espíritu que habita y que Dios es un Otro activo en la relación. La alianza de
trabajo se basa así en el misterio y expresamente manifiesta que el modo, también, es
misterio.

Cualquier acción del director que parezca negar el misterio, por ejemplo excluyendo a
priori algunas experiencias humanas de la relación con Dios ("No deberíamos enojarnos
con Dios") o directivas autoritarias ("Esta semana usted orará de rodillas ante el Santo
Sacramento") constituye una falla con respecto a la fidelidad a la alianza de trabajo para la
dirección espiritual tal como la entendemos y puede ser fatal para la relación en la
dirección. La posibilidad de escuchar, que tiene el director tiende a ser interferida por las
lealtades conflictivas. Éstas también pueden afectar la alianza de trabajo. Un ejemplo
puede ser clarificador: Una mujer casada con dos hijos pequeños ha venido a pedir
dirección espiritual a una monja que pertenece al equipo de la parroquia. Ha tenido una
vida de oración bastante sólida y quiere permanecer cerca de Dios.

Se halla, sin embargo, en una encrucijada porque se ha enamorado de un hombre


divorciado.

Recientemente, en muchas ocasiones, han estado a punto de tener relaciones. No puede


hallar sentido a lo que le está pasando. Se siente más viva de lo que se ha sentido durante
años e inclusive encuentra su vida de oración más vital. También se siente culpable.
Quiere ayuda para relacionarse con Dios más profundamente y descubrir su voluntad. La
directora se muestra de acuerdo en trabajar con ella pero pronto se hallará enojada y
contrariada porque la mujer no parece ver la incongruencia entre su comportamiento y su
estado de vida como mujer casada y madre. En una sesión de supervisión la directora llega
a ver que otra lealtad le está impidiendo entrar en alianza con la mujer: su sentido de
responsabilidad por el vínculo matrimonial y por el esposo y los hijos. En vez de una
alianza tiene una relación de adversarios. La dirección espiritual resulta imposible porque
la directora no ha podido identificarse y aliarse con el deseo de la mujer de un crecimiento
en la relación con Dios. Es loable querer prevenir la infidelidad en el matrimonio pero los
directores espirituales deben dejar ese propósito a otros. No pueden construir una alianza
mientras mantenga una agenda escondida. Cuando se da dirección espiritual la primer
lealtad del director es hacia la alianza de trabajo, cuyo único propósito es la relación con el
Señor. Sin embargo, no debe pensarse que la alianza de trabajo prohíbe hacer preguntas a
los dirigidos sobre las realidades externas de sus vidas. En este ejemplo sería apropiado
preguntar como hace conciliar la mujer su comportamiento con sus valores cristianos y si
habla con el Señor de la relación. La directora incluso podría compartir sus propias
preguntas sobre la compatibilidad de la relación con una amistad profunda con Jesús.

Sólo puede hacer esto beneficiosamente para la dirección espiritual si tiene una alianza de
trabajo con la mujer y hace las preguntas en el contexto de esa alianza. La dirigida podrá
oír mejor las preguntas y también hablarle a Dios sobre ellas si sabe que la directora
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está de su parte y realmente quiere ayudarla a encontrar la voluntad de Dios. Los


criterios para discernir las experiencias religiosas válidas se usan provechosamente en la
dirección espiritual sólo cuando existe una alianza de trabajo, porque el uso de estos
criterios requiere hacer preguntas duras.

Cuando se discute entre directores espirituales ejemplos como éste, alguien podría
preguntar ¿No tienen los directores espirituales la responsabilidad de recordar a los
cristianos sus obligaciones en los casos en los que los dirigidos están actuando en forma
contraria a las prácticas cristianas aceptadas? Nuestra respuesta debe ser matizada. En
primer lugar, el dirigido generalmente sabe que existe una discrepancia. En el ejemplo,
la mujer casada estaba desconcertada por la exultación que sintió cuando también se
sintió culpable.

En segundo lugar, la dirección espiritual es sólo uno de los muchos ministerios de la


Iglesia. Podemos pensar que los sermones, los artículos de los periódicos y las consultas
pastorales son también parte del ambiente religioso de un dirigido. En tercer lugar, el
asunto no es si la directora debiese recordar o no a la dirigida sus obligaciones, sino si el
propósito esencial de la directora se halla presente en cualquier intervención que tenga.
Creemos que su propósito esencial es fomentar la relación de la dirigida con Dios. Es
suficiente, por lo tanto, que la directora quiera que la dirigida mire toda su experiencia
con libertad. Pero, finalmente, suponemos que Dios está interesado en la calidad de la
vida de la dirigida y que el comportamiento que esté seriamente en contraposición con
los deseos de Dios provocará disturbios en la relación con Él. La dirigida se sentirá
distante del Señor e incómoda; o se apartará de una oración seria; o su oración se hará
chata y sin interés.

La directora, cuyo acuerdo de trabajo ha sido el de ayudarla en la oración, puede ahora


empezar a investigar más profundamente en las causas de los disturbios y así ayudar a la
dirigida a discernir más.

Los directores espirituales contribuyen así mucho al desarrollo de la alianza de trabajo al


decidir claramente donde se hallan sus lealtades y al considerar consistente y
pacientemente las experiencias de oración contadas por sus dirigidos. También
contribuyen con todo lo que hagan que indique que su objetivo esencial es la relación
del dirigido con Dios.

La gente que viene en busca de dirección espiritual tendrá muchos deseos en conflicto.
El establecimiento de la alianza de trabajo la ayuda a examinarlos y ordenarlos. Sin
embargo, existen algunas actitudes y deseos en los dirigidos que pueden hacer que la
alianza de trabajo sea difícil de establecer.

En los últimos años la dirección espiritual se ha vuelto muy popular en algunas partes
del mundo. La alianza de trabajo podría verse obstaculizada por esta súbita popularidad.
Algunos podrían buscar la dirección porque es " lo que hay que hacer". A menos que la
motivación cambie, resulta imposible lograr la alianza de trabajo. También, cuando la
dirección es popular, ciertos directores pueden ganar buenas reputaciones. En esos
casos, a aquellos que no pueden conseguirlos les resulta difícil establecer una alianza de
trabajo con cualquier otro. El resentimiento oculto y la desconfianza en la capacidad del
director elegido en segunda opción pueden impedir el establecimiento de una alianza de
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trabajo. La exploración honesta de estos sentimientos puede ser el único camino para
vencer esta dificultad.

Ahora bien, donde la dirección es popular y prontamente accesible, puede ocurrir que
sea buscada como substituto de otra cosa -un oído atento o un asesor, por ejemplo-.
Hay gente que ha buscado dirección espiritual porque no podía soportar la idea de
buscar asesoramiento o psicoterapia, o tal vez porque no sabía que lo que necesitaba
era justamente terapia. Pueden estar de acuerdo ostensiblemente en trabajar con
experiencias de oración pero estar realmente interesad. sólo en hablar de los problemas
que tienen con la familia, con la comunidad, con sus superiores, con el trabajo, con el
sexo, con la bebida.

En ese caso, la alianza de trabajo no se establece nunca realmente. Los directores


tendrán que decidir qué quieren hacer en tales casos. Pueden querer continuar con
algún tipo de cuidado pastoral de apoyo y ayudar a analizar lo que está sucediendo.
Pueden decidir que no son suficientemente expertos para tratar efectivamente con
algunos de estos dirigidos y trabajar en ayudarlos o aceptar que se los derive a un asesor
o terapeuta.

Algunas personas pueden buscar la dirección para "salvar su vocación" o "su


matrimonio". Si en el transcurso de las entrevistas iniciales este motivo es el que
prevalece, la alianza de trabajo tal vez nunca se establezca. En última instancia, la
motivación para la dirección espiritual tiene que ser el deseo de crecer en la relación
con el Señor.

A menudo la gente viene en busca de dirección espiritual con el propósito declarado de


mejorar su vida de oración. Pero cuando se le pregunta el porqué su contestación puede
ser algo como: "porque soy cristiano", o "sacerdote" o "religioso". Es necesario indagar
con cuidado para descubrir si tal respuesta significa sólo "Se supone que debo orar". Hay
mucha gente que nunca se ha preguntado si quería orar, si ha obtenido algo de la
oración, para qué quería orar. Después de una cuidadosa indagación nos encontramos
con; que algunas personas no quieren realmente orar. Podemos luego intentar
ayudarlos a darse cuenta de que son libres de no hacerlo.

Dios no quiere de gente libre una sumisión muda a una ley incomprendida. La
esperanza consiste en que al verse libre de una obligación incomprensible esa gente
pueda llegar a sentirse deseosa de orar. Nos encontramos con que la mayoría de la
gente después de una cuidadosa exploración desea profundamente orar, quiere
relacionarse con el, Señor, tiene realmente hambre de oración.

También les resulta una nueva experiencia el considerar la oración como un deseo
interior, no como una simple obligación impuesta desde fuera. La alianza de trabajo
tiene pocas probabilidades de poder establecerse si no existen el cuidado y la paciencia
necesarias para descubrir un deseo intrínseco de oración. En ese caso los dirigidos tal
vez no se den cuenta nunca de su propia libertad frente al Señor y frente al director
espiritual siendo esta libertad la única base sobre la que puede desarrollarse la
auténtica oración.
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Finalmente, a veces sucede (aunque es raro hoy en día) que hay gente que busca
dirección espiritual porque se lo ha ordenado o aconsejado alguien con autoridad sobre
ellos. La alianza de trabajo necesita que los dirigidos tengan una motivación interior
para la oración y la dirección espiritual. La gente que ha sido "enviada" a la dirección
espiritual necesita que se trabaje con ella con mucho cuidado al principio si es que se
quiere establecer una alianza de trabajo. En el caso más habitual la motivación puede
ser mixta, por ejemplo cuando se espera que un novicio o seminarista reciba dirección
espiritual y al mismo tiempo también la desea. Sin embargo, es necesaria aquí también
una discusión cuidadosa si es que se quiere desarrollar una alianza de trabajo libre.

El establecimiento de una alianza de trabajo es parte necesaria de la dirección espiritual.


Resulta crucial, para el desarrollo de la relación de dirección espiritual que ayudará al
dirigido en su oración y en su vida, que haya al principio un cuidado paciente para
establecer esta alianza entre dos pares que trabajan juntos con un objetivo común. La
ausencia de ese cuidado y atención puede producir una alianza frágil en la que haya
presunciones contradictorias de las dos partes. En el peor de los casos, puede haber
recriminaciones mutuas; en el mejor la relación puede irse desvaneciendo con poca
satisfacción de ambas partes. Aún cuando haya una explícita alianza de trabajo la
dirección espiritual puede ser una relación difícil de sostener; sin ella la relación se
vuelve cansadora o simplemente aburrida.

Llegado este punto, al lector puede serle útil considerar un caso concreto en el que se
llega a un acuerdo sobre la dirección espiritual. Un sacerdote de cincuenta años ha
ganado fama como director espiritual. Un día recibe un llamado telefónico de otro
sacerdote que le dice que ha oído sobre su trabajo como director y que querría saber
cual es la posibilidad de dirigirse él mismo. Hacen una cita para encontrarse en la oficina
del director.

El sacerdote llega a la hora convenida. Después de una conversación inicial que les hace
sentir cómodos a los dos, puede haber una pausa y el potencial dirigido decir algo así:
"Bien, supongo que debería explicar porqué estoy aquí" o bien el director podría decir:
"Por teléfono usted me dijo que estaba interesado en dirección espiritual". ¿Cómo
continúa entonces la conversación?

En primer lugar, el director quiere averiguar qué es lo que ha traído al sacerdote a su


oficina; por eso escucha. El sacerdote dice que ha oído acerca de la dirección espiritual a
través de amigos, especialmente de una monja a la que le ha sido de mucha ayuda.
Tiene ahora cuarenta años y hace quince que se ordenó. Ha tenido sus altibajos con las
situaciones de la parroquia pero en general ha disfrutado en su vida de cura párroco. Le
ha gustado especialmente trabajar con adolescentes en grupos juveniles. Sin embargo,
últimamente se ha estado sintiendo más incómodo, menos seguro de sí mismo,
solitario. Algunos de sus amigos sacerdotes han dejado el ministerio activo y se han
mudado. No tiene el entusiasmo por su trabajo que solía tener. Se siente
espiritualmente seco y se pregunta como será la vida durante los próximos veinte años
si esos sentimientos van en aumento. Se siente atraído por ciertas mujeres que conoce,
especialmente la monja que le recomendó que viniera. No quiere dejar el sacerdocio
pero tampoco quiere ser un viejo seco a los cincuenta años. Tiene la esperanza de que la
dirección espiritual pueda ayudarlo a revitalizar su vida.
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El director espiritual le pregunta al sacerdote qué es lo que entiende por dirección


espiritual. Éste le responde que sabe que tiene algo que ver con la oración y que espera
que no sea como la dirección que recibió en el seminario. El director espiritual asiente
en que la dirección espiritual involucra la oración y el hablar sobre las experiencias en la
oración y entonces le pregunta al sacerdote cómo ora y qué obtiene de su oración. El
punto aquí es establecer cómo han sido las experiencias de la persona y no lograr un
balance global de su vida de oración. El director quiere saber sobre qué experiencias
básicas puede construirse la dirección espiritual. Si surge que la oración ha sido vista
básicamente como una obligación y que muy pocas veces ha sido placentera, entonces
sabe que debería empezar por ayudar al sacerdote a entender a la oración como una
relación en la que se entra libremente para beneficio de la persona que ora.

Puede resultar de ayuda presentar un diálogo de ficción para que el proceso resulte más
concreto. Mostraremos dos diferentes formas de encarar la situación que el director
(Tom) puede adoptar al tratar al dirigido LES.

Diálogo 1:

Tom: ¿Qué estarías buscando en la dirección, Les?

Les: Creo que simplemente poder pensar las cosas un poco más, tal vez que me dé
formas de orar que me ayuden a volver a mi camino. Rezo el breviario casi todos los días
pero debe haber otras formas de orar que me puedan ayudar.

Tom: ¿Le gustaría que le hiciera algunas sugerencias?

Les. Creo que sí. Tal vez quieran sugerirme algunos pasajes de las Escrituras por
ejemplo, que me ayuden a seguir andando. U otras formas de oración...

Tom: Bien, hemos hablado de sus experiencias pasadas. Tengo una idea bastante
acabada de cómo es usted y de su experiencia de vida. Parece ser que necesita una
renovación de su llamado ¿Porqué no toma el pasaje del comienzo de Jeremías donde
éste oye el llamado del Señor y empieza a decirle los sentimientos que ese llamado le
provocan? También puede tomar La última Cena del evangelio de Juan en la que Jesús
habla del sacerdocio y del ser discípulo ¿Hay otros que le parece que seria buena idea
tomar?

Les: No, creo que los que ya me dio me mantendrán ocupado un largo rato

Diálogo II:

Les: Bueno, he usado mucho el breviario y he sacado mucho de él. Encuentro que es una
buena forma de orar y lo hago casi todo el tiempo. Algunos días son mejores que otros.
No saco mucho de algunos pasajes.

Tom: ¿Tiene algunos pasajes favoritos?


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Les: No lo creo, ninguno que recuerde ahora. Me gustan algunos Salmos y algunos
textos de San Pablo.

Tom: ¿Algunos pasajes que le describan a Dios mejor que otros? ¿O que describan la
forma en que usted siente que se relaciona con El mejor que otros?

Les: No puedo recordar ninguno en este momento. Tal vez San Pablo, pero no puedo
recordar ningún pasaje en particular.

Tom: ¿Si le preguntara cuál es su imagen más clara de Dios, la imagen que más lo atrae,
que me diría?

Les: Buena, podría ser la música. Gozo escuchando el estereo, oyendo música clásica. La
música me da calma y paz y me hace sentir en mi hogar. Me da calidez y me motiva.

Tom: ¿Se siente en su hogar, motivado emocionalmente?

Les. Si: siempre ha amado la música. Cuando era más joven me gustaba mucho la música
country, ahora es mucho más clásica -Bach, Beethoven. He conseguido reunir una muy
buena colección de discos.

Tom: ¿Le dice la música algo acerca de Dios?

Les: Me recuerda que no es una figura antropomórfica, que me rodea. Me dice que
quiere que sea apacible.

Tom: ¿Apacible?

Les: No lleno de preocupaciones por el trabajo y el futuro sino apacible. Termino un día
en el que he tenido muchas preocupaciones y pongo un disco. Esto es lo que Dios me
parece.

Tom: Podría ser una buena situación para empezar la oración, Les. Escuchándole como
le trae paz y luego permitiéndose reaccionar ante eso. Tal vez diciéndole como se siente
cuando Él le trae paz, cuando lo libera de su ansiedad.

Les: Podría sentirme un poco mudo en ese caso. ¿Usted quiere decir que le diga algo a
Él? Tom: Sí. Simplemente reaccionando a lo que Él parece ser para usted.

Les: ¿Qué tendría que ver eso con mis sentimientos de incomodidad y frustración?

Tom: Podría tener algo que ver. Me parece que tendría algo que ver con usted. Usted
siente que ver a Dios como música es una forma real de verlo.

Si puede reaccionar ante Él tal como se le aparece es posible que pueda hablarle de sus
otros sentimientos como su frustración y su incomodidad. ¿Le gustaría intentarlo?

Les: Es un poco raro para mí, pero bien sé lo mucho que necesito esa paz.
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En el primer diálogo el director acepta bastante rápidamente el deseo de Les de tener


un programa. Considerando la charla inicial de Les sobre sus sentimientos de
incomodidad y sequedad espiritual la sugerencia de Tom acerca del pasaje de Jeremías y
la razón para hacerla son plausibles y certeras. Pero hace dos grandes presunciones: que
Les experimenta a Dios y que lo hace más fácilmente a través de pasajes de la Escritura.
En el segundo diálogo el director averigua algo sobre la real experiencia de Dios que Les
tiene y así aprende que la mejor forma de entrar en una oración relacional para él, no
es, al menos inicialmente, a través de la Escritura.

En esta parte de la entrevista el director está interesado en la vida de oración que con
Dios. Mucho mejor es, por supuesto, si el deseo es el de profundizar una relación ya
explícitamente experimentada y nombrada, algo que la segunda forma de encarar la
cuestión saca a la luz. Tom y Les pueden ahora empezar a discutir con más precisión la
forma en la que trabajarán juntos.

Para ser realmente de ayuda, la dirección espiritual lleva tiempo, al menos algunos
meses, y a veces años. El período de tiempo será determinado por circunstancias de
vida tales como disponibilidad mutua de director y dirigido, la necesidad del dirigido y la
capacidad del director para satisfacerla y las vicisitudes de la relación entre el dirigido y
el Señor.

El dirigido tiene derecho a esperar confidencialidad de parte del director tanto como
atención a su crecimiento en la relación con el Señor. Resulta muy útil para el director
dejar aclarado que respetará la confidencialidad. Esta deberá ser muy estricta pero no
impedirá al director buscar una supervisión competente siempre y cuando se proteja la
identidad del dirigido. Es nuestra práctica habitual el hacer saber a los dirigidos que no
llenaremos nuestras fichas de evaluación o registros confidenciales sobre ellos para
terceras partes aún si los dirigidos mismos dan permiso para tales evaluaciones. Nuestra
intención es subrayar el hecho de que queremos servir a la relación del dirigido con
Dios.

La privacidad es otra preocupación de los dirigidos. Éstos necesitan tener cierta


seguridad de que no serán oídos por otros; por lo tanto la habitación de las entrevistas
debe hallarse en un lugar en el que otras personas no puedan, ni aún inadvertidamente,
oír lo que se dice. Más aún, el compartir una experiencia interior se hace más difícil si el
dirigido siente que alguien puede entrar caminando en la habitación. Es embarazoso el
ser interrumpido cuando se llora, por ejemplo, y la simple posibilidad de esa
interrupción puede impedir al dirigido hablar sobre asuntos profundamente
emocionales. Los dirigidos también pueden ofenderse si parece que otros -por ejemplo,
los colegas del director o miembros de su familia- saben demasiado sobre ellos y sobre
la razón por la que buscan un director espiritual. Es suficientemente difícil descubrirse
ante otro, por ello los directores deberían hacer lo posible para evitar el temor de que lo
que los dirigidos descubren pueda ser conocido por otros.

De la misma forma, los dirigidos pueden enojarse y sentirse molestos con justa razón si
el director es interrumpido continuamente por llamadas telefónicas o golpes en la
puerta. Se pueden tomar medidas a menudo antes de la entrevista para que tales
interrupciones no sean necesarias. Si el director sabe que será interrumpido durante
una entrevista, puede explicárselo a su dirigido y disculparse de antemano. Si es
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imposible asegurarse de que no haya interrupciones, el director puede discutir el


problema con el dirigido para que éste esté al tanto del dilema propio del director.

El director y el dirigido deben acordar la frecuencia con que se encontrarán. Al principio


de la dirección a veces resulta sensato encontrarse semanalmente para llegar a
conocerse rápidamente, estableciendo una fuerte alianza de trabajo llegando a darse
una idea del ritmo de la vida de oración del dirigido. Después del período inicial,
digamos un mes, pueden evaluar los resultados iniciales de la dirección y determinar
con qué frecuencia sería mejor encontrarse.

El dirigido será alentado a reservar tiempo para estar conscientemente con el Señor y a
prestar atención a lo que sucede cuando está con Él. Las experiencias que tiene en sus
momentos de oración serán el foco principal de las sesiones de dirección. Estos períodos
de oración deben ocurrir con cierta frecuencia y durar un tiempo determinado pero
cada uno debe descubrir cuál es su mejor ritmo. Más importante que la frecuencia o la
duración de los períodos de oración es la actitud con la que los dirigidos encaran el
tiempo que dedican a la oración. ¿Toman su tiempo tan seriamente como lo harían con
el de un amigo íntimo a quién quisieran conocer mejor? También puede ser de ayuda el
llevar un diario o cuaderno de notas en el que después de cada tiempo de oración se
anote brevemente lo ocurrido durante ese tiempo.

Además de intentos regulares de oración, ¿qué otra cosa puede esperar el director del
dirigido? Nos parece que sólo puede pedir el desarrollo de la libertad, o sea, que el
dirigido se encamine a una mayor libertad para dejar al Señor ser él mismo con él y a su
vez él ser él mismo con el Señor. Si pide cualquier otra cosa -que la persona alcance un
determinado nivel de oración, que se convierta en sacerdote o continúe siéndolo, que
siga casado, aún que él o ella sea una buena persona- lo hace corriendo el riesgo de
confundir sus propias expectativas con las del Espíritu y por lo tanto de interferir la
acción del Espíritu. Si, en cambio, implícitamente sólo pide libertad y permite que ésta
se desarrolle al propio ritmo de la persona y del Señor, esta expectativa crea una
atmósfera alentadora y desafiante para la dirección, sin presuponer resultados
específicos.

Ésta es una expectativa pragmática. El director no le pide al dirigido que sea más libre de
lo que éste quiere ser, pero ve el crecimiento de la libertad como la atmósfera necesaria
para la dirección. Si el dirigido no quiere más libertad en este momento de su vida debe
al menos ejercer su libertad terminando con la dirección, ya sea rompiendo contacto
por completo o reemplazándolo con otra cosa, tal vez alguna otra forma de cuidado
pastoral tal como una oreja disponible ocasional o una sesión de aconsejamiento, por
ejemplo.

Otro factor que necesita aclaración es la cuestión de las tarifas. Puede ser un tópico para
la controversia y resultar muy delicado. Nuestra costumbre es no aceptar tarifas por la
dirección espiritual. Nos parece que es éste un ministerio que debería estar disponible
para cualquier cristiano sin preocupaciones de costo. Ya que la dirección espiritual no
es, para la gran mayoría de los directores, una ocupación de tiempo completo, puede
habitualmente ofrecer este servicio gratis. Reconocemos que no todos estarán de
acuerdo con estas afirmaciones y también nos damos cuenta de que pueden aducirse
razones de peso en favor de la tarifa. Sólo estamos diciendo lo que practicamos y cual es
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nuestra preferencia. Si se espera una tarifa, sin embargo, el director debería aclararlo y
hablar de ello con el dirigido.

Si no se espera nada también debería mencionar este hecho. El dinero puede ser un
tema espinoso y la incertidumbre sobre lo que se espera puede molestar al dirigido.

Los elementos del acuerdo están todos más o menos explícitos a esta altura de la
entrevista inicial. Se le debería dar ahora al dirigido algún tiempo para evaluar lo que se
ha dicho. Aún cuando se sienta listo para tomar la decisión de dirigirse resulta prudente
alentar la reflexión antes de que finalmente se decida. Está por dar un paso decisivo
para empezar lo que puede convertirse en un "viaje oscuro y peligroso" (aunque su final
es Rivendell)(io) T. S. Elliot lo dice así:

Pero déjame decirte, que el aproximarse a un extraño es invitar a lo inesperado, liberar


una fuerza nueva, dejar salir al genio de la botella, es dar comienzo a una sucesión de
acontecimientos que escapan a tu control... (11)

Es bueno insistir en que haya reflexión antes de tomar la decisión. La insistencia deja
aclarado que el dirigido tiene una libre elección que hacer. Resulta fundamental que se
dé cuenta de su libertad desde el principio. Si existe una atmósfera de creciente libertad
y se la ve como lo único que el director le pide al dirigido, la dirección no se estancará a
causa de las expectativas del director y se evitará el riesgo de la programación. Ayudará
a la persona, en otras palabras, a abrirse de forma alerta y voluntariosa al Dios viviente,
impredecible y no a ningún plan finito de oración.

Al terminar la entrevista inicial -o entrevistas- se puede aconsejar al dirigido que evalúe


lo que se ha discutido y luego pedir una cita si es que desea empezar. Nuevamente, aquí
se subraya la libertad de empezar o no y sin perder la cara aquél simplemente puede
decidir no llamar.

En conclusión, la forma en que uno concibe la relación entre director y dirigido deriva
del concepto que se tenga de la dirección espiritual. Porque concebimos la dirección
espiritual como una ayuda dada a otro cristiano para fomentar su relación con el Señor,
es que creemos que la relación entre director y dirigido es de compañerismo. Se
desarrolla así una clase muy especial de alianza de trabajo basada en el acuerdo de que el
dirigido trabaja para lograr lo que quiere, una relación más cercana con el Señor.
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10. Disturbios en la relación entre director y dirigido

La dirección espiritual es un proceso interpersonal en el cual dos personas trabajan


juntas para lograr una relación más explícitamente profunda y mutua con Dios. Este
trabajar juntas, si es más que ocasional y dura un tiempo bastante largo, siempre da
lugar a un grado de acercamiento entre las dos. Se van conociendo y reaccionan entre
ellas en un nivel más personal. Suelen rezar la una por la otra, preocuparse por sus
enfermedades y sus dificultades familiares si se enteran de ellas, tener que trabajar en
una honestidad mutua, no comprenderse a veces y ofenderse por los errores de una y
otra, tener que hablar sobre el malentendido y la ofensa. La relación, en otras palabras,
si es genuinamente útil para el dirigido, sobrelleva las vicisitudes de toda relación que
no es completamente impersonal.

Junto con las dificultades habituales que implica cualquier relación personal, sin
embargo, hay otras dificultades que surgen en la dirección espiritual precisamente
porque el objetivo de la dirección espiritual es el crecimiento del dirigido. Estas
dificultades especiales impiden ese crecimiento y por esa razón merecen particular
atención.

Anteriormente hemos hablado de los deseos conflictivos de los dirigidos que se


manifiestan en la oposición al crecimiento en la relación con el Señor. Hemos
mencionado que la relación entre director y dirigido también puede ser una causa de
disturbio para la relación del dirigido con el Señor. La persona, las características y el
método de acercamiento del director pueden convertirse en el foco de las reacciones
del dirigido. El director podrá entonces oír algo así: "No hay ningún inconveniente con
mi vida de oración que no sea sólo debido a que soy un ser humano, el problema es que
no estoy obteniendo mucho de usted. No me está ayudando lo suficiente, y me parece
que se inquieta con lo que le estoy contando". O como esto: "Usted ha sido una gran
ayuda en mi vida de oración, pero no lo conozco. Si no fuera por usted estaría perdido
en la vida; es la persona más importante en mi vida y pienso que deberíamos hablar
sobre nuestra relación y darnos a conocer el uno al otro como personas."
Razonamientos como éstos pueden no ser signos de resistencia, pero la resistencia se
puede expresar de esta manera. Vamos ahora a examinar esos aspectos de la relación
entre director y dirigido que son impedimentos para el crecimiento del dirigido en su
relación con el Señor.

El objetivo de la dirección espiritual es fomentar la relación entre los dirigidos y su


Señor. Por lo tanto, la dirección espiritual tiene como primera función ayudar al dirigido
a abrirse al Señor y vencer su resistencia al misterio de Dios. La alianza de trabajo cuenta
con los estímulos del dirigido hacia una mayor realidad, mayor vida, mayor integridad,
mayor unión con Dios-estímulos cuya causa fundamental es el Espíritu que habita en
nuestros corazones. Pero precisamente porque los directores, al menos idealmente, se
unen con el Espíritu residente y sus estímulos, es de esperar que esos estímulos y
deseos que están atemorizados por el misterio y por lo tanto son contrarios al proceso
de contemplación y de dirección espiritual, causen problema no sólo a la relación de los
dirigidos con el Señor sino también a la alianza de trabajo. Por lo tanto, cuando la
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resistencia al Señor es fuerte y el guía trata de ayudar al dirigido a enfrentar la


resistencia y mirar al Señor, la relación con el director puede volverse el pararrayos que
atrapa y busca llevar a tierra las fuerzas de la resistencia. Es entonces que el director se
vuelve el foco de las energías del dirigido. Éste puede comenzar a pasar mucho de su
tiempo de oración y de su tiempo con el guía, reflexionando sobre su relación. Puede
tener sentimientos positivos o negativos hacia el director, pero la naturaleza resistente
del foco de su relación se revela en el hecho de que el dirigido tiene poco o nada de
tiempo o energía sobrante para su relación con el Señor. Su preocupación, en otras
palabras, se opone al objetivo por el cual vino.

Uno de los métodos más efectivos para resistirse al crecimiento de la relación con el
Señor es distorsionar la realidad del director. Al empezar la dirección, el dirigido percibe
al director como una compañía útil, ahora, en cambio, organiza su percepción de tal
modo que el director le parece un capataz rígido, una madre cariñosa, o alguna otra
figura de su pasado. Esta organización no está hecha conscientemente pero, sin
embargo, puede ser real y afectar poderosamente la oración contemplativa del dirigido.
En psicología esta distorsión de la percepción se ha denominado "transferencia". Se la
puede definir como una reacción basada en la semejanza del director a una imagen
derivada de la propia niñez.

Supongamos que la reacción de transferencia tiene matices afectivos positivos, Por


ejemplo, la directora, una mujer veinte años mayor que un joven dirigido, comienza a
ser percibida como "la madre buena" con el dirigido actuando como el hijo obediente. El
dirigido tratará de complacer a la directora, estará buscando protección, tolerancia, no
querrá pensar en sentimientos "malos" que ha tenido. En la oración, su preocupación
principal será cuán satisfecho o insatisfecho estará el director, no la acción del Señor. Es
fácil ver que el verdadero objetivo de la dirección espiritual es exitosamente, aunque
inconscientemente, evitado por dicha reacción de transferencia. Si en cambio la imágen
es matizada negativamente ("madre rígida - hijo malo"), entonces el dirigido puede ser
otra vez incapaz de decirle al director toda la verdad sobre él y, por supuesto, del mismo
modo ser incapaz de ser él mismo frente al Señor.

Será importante, aún crucial, para el guía en la dirección, tratar de ayudar a la persona a
mirar esta interferencia. Podría decir, por ejemplo "No has hablado en las últimas dos
semanas del modo en que el Señor pareció estar actuando en tu oración hace unas
pocas semanas. ¿Ha estado sucediendo algo más?. O podría preguntar, si la plegaria ha
sido inconducente durante un tiempo, "¿Recuerdas la última vez que rezaste y que el
Señor no pareció presente y activo? ¿ Cómo te parecía Él entonces?, ¿Piensas que Él
todavía quiere estar del mismo modo contigo?": El director, por lo tanto, le pide al
dirigido que identifique la corriente principal de su plegaria y que hable de sus
reacciones presentes en ésta. De este modo establece un contexto dentro del cual la
reacción de transferencia puede ser discutida a propósito.

Para aquellos lectores cuyo conocimiento del significado psicológico de la palabra


transferencia es mínimo, les será útil un breve intervalo teórico. A Freud se le atribuye
generalmente la definición e ilustración del concepto de transferencia. Sin embargo, los
fenómenos de transferencia eran conocidos con anterioridad a Freud. (i) Aquellos que
trataban con individuos "nerviosos" notaban frecuentemente reacciones de amor y odio
hacia ellos, pero éstas eran simplemente consideradas como molestias inevitables y a
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veces como concomitancias desordenadas del tratamiento de estos pacientes. La


contribución de Freud fue contemplar de cerca estos fenómenos y luego hacerlos el
vehículo de la "cura" o crecimiento de la persona en tratamiento. Su teoría de la
neurosis presupone que el individuo neurótico lleva en su interior modos de percibirse a
sí mismo y a otros y de comportarse, que son contraproducentes y fundamentalmente
perjudiciales para todas las relaciones importantes de la persona. Estos modos de
percibir y comportarse son aprendidos tempranamente en la vida y continúan
influenciando las relaciones aún cuando la persona sea adulta Freud vió que las
reacciones de transferencia en terapia eran manifestaciones de estos modelos de
personalidad subdesarrollada. El paciente reacciona hacia el terapeuta del mismo modo
contraproducente e inapropiado que lo hace meterse en problemas en otras áreas de su
vida. Debido a la alianza de trabajo, el terapeuta puede ayudar al paciente a ver lo que
está haciéndose a sí mismo y a darse cuenta de que no tiene que distorsionar la realidad
de ese modo. A través de la relación con el terapeuta puede aprender modos adultos
más apropiados de percibir y comportarse, es decir, su esquema yo-otros se vuelve más
maduro, flexible y diferenciado. (2)

El psicoanálisis como terapia es imposible si el cliente no puede experimentar


reacciones de transferencia; también es imposible si el cliente no puede mantener al
mismo tiempo una alianza de trabajo con el analista. En el primer caso no habría lo
suficiente para "analizar" para que se produzca el crecimiento; en el segundo el cliente
no podría trabajar con el analista para "analizar" las reacciones de transferencia y
superarlas. El equilibrio es sin duda delicado ya que las reacciones de transferencia son
las resistencias más persistentes que el cliente ofrece para evadir el crecimiento por el
que ha ingresado a la alianza de trabajo. En psicoanálisis la resistencia no sólo es muy
posible sino que es bienvenida como un signo de que el proceso está funcionando bien.

La terapia psicoanalítica, por lo tanto, es una terapia de relación. El crecimiento y


desarrollo ocurren en y a través de la relación con el terapeuta. El analista necesita
desarrollar una alianza de trabajo fuerte con el cliente que le permitirá al cliente
regresar en la hora terapéutica, es decir, le permitirá presentar sus modos
contraproducentes en la relación con otros, dentro de la relación terapéutica misma,
con el fin de acabar con ellos. El analista, en otras palabras, ayudará al cliente a través
de esta alianza de trabajo a mantener un fuerte contacto con la realidad presente
permitiendo al mismo tiempo y aún alentando la salida de la neurosis a la superficie a
modo de neurosis de transferencia. Una neurosis de transferencia significa que el modo
neurótico, obsesivo y defensivo de ser y actuar del cliente se revela en la hora analítica,
y el analista confía en que su propia integridad no responderá a ese modo
contraproducente de conducta actuando del mismo modo (así reforzaría la neurosis), ya
que también confía en la alianza de trabajo para permitirle al cliente superar la enorme
resistencia al cambio que la neurosis representa.

Creemos que muchos tipos de terapia y asesoramiento implican una dinámica similar, si
es que su objetivo es permitirle al cliente, a través de esta relación (de asesoramiento o
terapia) desarrollar modos más apropiados, maduros y plenos de ser y de relacionarse
con la gente y el mundo. Nosotros incluiríamos entre dichas terapias y asesoramientos
las formas más mediadoras del cuidado pastoral. La relación con el asesor, terapeuta,
ayudante, sacerdote, o ministro es el vehículo a través del cual la persona aprende un
modo nuevo y más reconfortante de ser humano, de vivir, de mirarse a sí mismo y a los
97

otros, es decir, aprende un nuevo esquema yo-otros. Las diferencias entre las distintas
teorías cuyo fin no es la manipulación, sin embargo, nos dicen que el crecimiento en
libertad parece no depender de la dinámica en sí, sino de la profundidad en la que han
sido fomentados los fenómenos de transferencia. La transferencia, en otras palabras,
está siempre presente en el asesoramiento y la terapia, es muy variada la profundidad
de la regresión fomentada en las distintas teorías.

Ahora nos referiremos a algunas de las condiciones que fomentan la regresión que la
transferencia representa, para que los directores espirituales puedan entender mejor su
propio papel como tales.

Cuanto más ambiguos sean los asesores y terapeutas, más se relacionarán con ellos sus
clientes a partir de sus propias experiencias pasadas. (s) Cuanto menos conozco sobre ti,
sobre tus expectativas, sobre tus reacciones hacia mí, más te contaré basándome en mi
experiencia pasada, ya que no tengo otra cosa con qué seguir. Algunos terapeutas se
muestran muy ambiguos, otros mucho menos. Los psicoanalistas clásicos son
probablemente los más ambiguos de todos, parecen "pantallas en blanco", en las cuales
los clientes pueden proyectar su experiencia pasada. Se sientan detrás de sus clientes
para que no puedan ver sus caras. Dan sólo una regla básica para lo que el cliente debe
decir: "Di cualquier cosa que venga a tu mente". Nada podría ser más ambiguo como
requerimiento. Tratan de no influenciar las "asociaciones libres" de sus clientes
mediante alguna indicación de que algunas asociaciones son buenas, otras menos.

El uso del sofá en el psicoanálisis fomenta la regresión, no sólo porque mantiene al


analista fuera de la vista sino también debido a la posición reclinada y a decir todo lo
que venga a la mente. La frecuencia de las consultas afecta la intensidad de las
reacciones de transferencia. Cuanto más a menudo se encuentren el cliente y el
terapeuta, más intensa y abarcativa será la transferencia. Otra vez aquí el psicoanálisis
muestra su consecuencia en el hecho de fijar citas de cuatro a seis veces por semana.

Aunque algunos terapeutas fomentan las reacciones de transferencia, nosotros creemos


que los directores espirituales no deberían hacerlo. Los asesores fomentan las
reacciones de transferencia a ellos mismos porque ven las relaciones con ellos como el
vehículo para el crecimiento y desarrollo. La relación que se fomenta en la dirección
espiritual es la relación no del director con el dirigido, sino la del dirigido con el Señor; el
crecimiento y desarrollo personal del dirigido ocurrirá principalmente a través de esta
última relación. La dirección espiritual apunta a ayudar al dirigido a entrar en una
relación más profunda con el Señor, donde las reacciones de transferencia hacia Él
puedan ser enfrentadas y superadas por la propia realidad del Señor. (a) Al cambiar
estos modos subdesarrollados de relacionarse uno mismo con el Señor también lo
hacen los modos de relacionarse uno con otros y con la vida en general. Pero el vehículo
de cambio es fundamentalmente la relación entre el dirigido y el Señor.

Debido a que los directores espirituales no intentan fomentar las reacciones de


transferencia hacia ellos, tienden a ser menos ambiguos sobre ellos mismos de lo que
son los asesores. En concreto esto significa que no se mantienen de incógnito sino que
son más compañeros de ruta que alguien desconocido. Responden preguntas sobre sí
mismos, a medida que surgen, hablan de sus propias experiencias, en la medida en que
ayude en la dirección espiritual que están llevando a cabo, y les permiten ver a los
98

dirigidos cómo reaccionan y sienten. Al mismo tiempo, deben estar atentos al acuerdo y
a la alianza de trabajo que tienen con sus dirigidos. Los dirigidos vienen a los directores
en busca de ayuda con su oración y no por amistad. Más aún, la experiencia del director
no debe volverse normativa para el dirigido ni debe ser tan forzadamente ofrecida que
retarde el desarrollo del sentido de identidad religiosa propio del dirigido. Una amplio
autodescubrimiento por parte del director puede ser un signo de transferencia opuesta
o de no entender lo que la dirección espiritual significa. Lo cierto es, sin embargo, que
los directores espirituales son mucho más compañeros que las "pantallas en blanco" en
que los psicoanalistas se convierten.

En la dirección espiritual la probabilidad de reacciones de transferencia se ve disminuida


debido al foco de las propias discusiones. Los dirigidos son estimulados a concentrarse
en primer lugar en sus experiencias en la oración. El objetivo es claro y menos ambiguo
que en la terapia o asesoramiento.

Los directores espirituales generalmente se encuentran con sus dirigidos a lo sumo una
vez por semana y frecuentemente menos a menudo. En consecuencia, es menos
probable que ocurra la profundidad e intensidad de las reacciones de transferencia que
se desarrollan cuando los encuentros son más frecuentes. El retiro dirigido individual, y
especialmente el retiro dirigido de treinta días, es un caso especial, debido a que el
dirigido se encuentra con el director diariamente para hablar sobre experiencias en la
oración y para recibir ayuda en el entendimiento de lo que está sucediendo en la
oración. En estas circunstancias es más probable que ocurran reacciones de
transferencias más fuertes que en las direcciones espirituales ordinarias. Para el retiro
dirigido de treinta días es necesaria una preparación especial. Teóricamente sólo los
directores con más experiencia y bien supervisados se comprometen en dichos retiros, y
la supervisión durante ellos es particularmente importante. Los que hacen estos retiros
deberían ser seleccionados cuidadosamente por su madurez relativa y su comprobada
capacidad para orar de un modo contemplativo.

Todo en el armado y la interacción entre el director y el dirigido en la dirección espiritual


debe poner énfasis en la relación con el Señor como el canal más importante para el
crecimiento del dirigido. Expresando el contraste entre dirección espiritual y
asesoramiento lo más claramente posible, diríamos que en la dirección espiritual todas
la relaciones de transferencia de los dirigidos deben ocurrir en la relación con el Señor,
no en la relación con el director. Más aún, todas las resistencias deben presentarse en la
oración, no durante las sesiones de dirección espiritual. Todos los desafíos y
confrontaciones del dirigido deben tener lugar allí también. Indudablemente ninguna de
esas instancias existe puras, pero lo planteamos así para lograr claridad. Los directores
espirituales, por lo tanto, tratan de evitar cualquier acción o establecimiento de vínculos
o técnica que pueda fomentar las reacciones de transferencia. La mayoría de los
directores espirituales no tienen ninguna formación en el manejo de la transferencia,
siendo ésta otra razón importante para tener cuidado. Pero la razón principal para no
fomentar reacciones de transferencia, es que dichas reacciones apartan a los dirigidos
de su relación con el Señor.

Sin embargo, debemos decir que las reacciones de transferencia hacia los directores
espirituales son inevitables, siendo uno de los vehículos usuales para la resistencia al
proceso de contemplación en la oración. Los directores tienden a ser vistos como figuras
99

autoritarias, y los dirigidos reaccionarán ante ellos de acuerdo a su experiencia anterior


con figuras así. Los sacerdotes, a menudo, tienen además el aura del título "Padre" para
disputar y por lo tanto se toparán con las expectativas que los dirigidos han reconstruido
de sus experiencias pasadas con sus propios padres y con todas las figuras autoritarias
que hayan conocido. Las directoras serán objeto de sentimientos que han sido
alimentados de sus experiencias pasadas, especialmente de la niñez, con las madres,
tías y maestras. Más aún, el simple hecho de que los dirigidos compartan experiencias
íntimas con los directores tenderá a evocar modelos de personalidad desarrollados por
el trato con esas personas ambivalentemente experimentadas en su niñez, en las cuales
uno quería a menudo temerosamente confiar y que tal vez no hayan entendido. Las
reacciones de transferencia son, por lo tanto, inevitables en el trabajo de dirección
espiritual.

¿Cómo reconocemos la presencia de dichas reacciones?. Las reacciones de transferencia


se revelan por su intensidad e impropiedad, el director espiritual no merece el amor
intenso, el enojo intenso, o la dependencia intensa, que el dirigido siente por él. Una
directora, por ejemplo, puede ser considerada y bondadosa y por lo tanto merecer el
afecto del dirigido, pero si el dirigido pasa la mayor parte de su tiempo de oración
pensando en ella y diciéndole al Señor cuán agradecido está por ella nos encontramos
entonces con una reacción demasiado intensa e inapropiada para no sospechar que se
trata de una transferencia.

Las reacciones de transferencia también están marcadas por una fuerte ambivalencia. El
dirigido, al mismo tiempo, depende y desaprueba al director. Como resultado, las
reacciones de transferencia son frecuentemente caprichosas; si el director se pregunta
casi de un momento al otro cuál es la actitud del dirigido hacia él y hacia la dirección del
proceso, puede sospechar que existe transferencia. El director también tiene una buena
razón para sospechar de que hay transferencia, cuando el dirigido emplea la mayor
parte de su tiempo de oración o la mayor parte de su tiempo de dirección espiritual en
la relación con el director. Puede ser, por supuesto, que el director debido a sus propios
errores y a su transferencia opuesta haya provocado esto. Pero si no ha sido
responsable de las reacciones, excepto por hacer bien su trabajo y por lo tanto
permitiendo la resistencia para que Dios venga al pensamiento, entonces tiene razones
para pensar que las reacciones de transfereac5a están sucediendo porque el dirigido no
está prestando atención a lo que él quería de su dirección espiritual.

Cuándo surgen los sentimientos de transferencia, la persona a la cual están dirigidos


puede desanimarse o asustarse y empezar a preguntarse qué hizo mal "¿He sido
seductor y le he dado a esta persona la impresión de que sería más que un compañero
en su camino?". Después de todo, he disfrutado su deleite, sus miradas, su sonrisa.".
"¿Está tan enojado porque le hice preguntas equivocadas o porque realicé sugerencias
equivocadas?" "¿Es su enojo una respuesta hacia los sentimientos de impaciencia que
tuve en el último encuentro?" "¿Tengo algo que ver yo con todo esto?" Los dirigidos son
observadores sutiles y cuando se producen en ellos las reacciones de transferencia,
tienden a usar lo que vieron en sus directores para justificar sus reacciones. No lo hacen
conscientemente, es la manera humana usual de sacar provecho de las experiencias
desagradables. Los directores espirituales tendrán que recordar entonces que sus
reacciones humanas normales, tanto de calidez y diversión como de ira e impaciencia,
son razones insuficientes para la intensidad de afecto que caracteriza a las reacciones de
100

transferencia. Para que la dirección espiritual se lleve a cabo satisfactoriamente y ayude


al dirigido, los directores deben continuar sosegadamente el diálogo con el dirigido y no
perder el tiempo culpándose a ellos mismos.

Un ejemplo: el director es un hombre de cuarenta años largos, la dirigida, una mujer de


treinta y cinco. Desde los primeros encuentros el director ha percibido una fuerte
hostilidad en su dirigida, la que se alterna con apertura y sinceridad. Los intentos de
discutir esa hostilidad se enfrentan con la negativa de su existencia. La oración parece
funcionar bastante bien,, pero el director siente que todavía falta algo, algo que no
suena verdadero. Se pregunta si es él el que está causando la hostilidad, ya que la
calidez que siente normalmente por sus dirigidos no está presente en sus entrevistas
con la mujer.

Sólo mucho después surge la verdadera razón: Desde el comienzo de la dirección, la


habitación usada para las entrevistas le recuerda a la dirigida una experiencia
particularmente desagradable de su niñez y ello trajo aparejados ira y temor. Transfirió
esos sentimientos a la actual relación con el director. Los sentimientos que surgieron
eran tan fuertes que no los podía trabajar ni en la oración ni en la sesiones de dirección.
El director, en su tendencia a echarse la culpa, no pudo tomar en cuenta la intensidad
del afecto que intuía y la impropiedad de ese sentimiento de tanto enojo del dirigido
hacia él. En este caso, también, la resistencia fue tan fuerte que las preguntas del
director sobre su ira no lo condujeron a nada, quizás con buena razón. El enojo fue
probablemente tan explosivo que el dirigido no pudo verlo hasta que su creencia en
Dios y el director se vigorizó a través de una larga experiencia.

¿Cómo tratan los directores espirituales con las relaciones de transferencia?. Los análisis
rápidos y la jerga técnica no son útiles, por ejemplo: "Debiste haberte enojado con tu
padre", "eso suena a transferencia" o "bueno, tú sabes que semejantes reacciones de
amor son irreales y que no están dirigidas en realidad a mí, yo sólo soy el blanco porque
te estoy ayudando". El otro extremo sería ignorar por completo las reacciones de
transferencia y preguntar: "¿Cómo ha sido tu oración? o ¿Has llevado estos
sentimientos (de amor o de ira) al Señor?". Tales reacciones parecerán defensivas y sin
duda lo son.

No es fácil describir un curso intermedio, tomarlo en la situación real. Pero


intentaremos dar un ejemplo. El dirigido es un estudiante de teología de veintiocho años
de edad; la directora, una mujer casada de cuarenta años. La dirección está en su sexto
mes y la directora comienza a darse cuenta de que el estudiante viene últimamente a su
oficina y a su casa más de lo habitual, parece estar más animado en sus sesiones y las
prolonga hablando de espectáculos que ha ido a ver y de personas a las que ha
encontrado. También se ha dado cuenta de que no habla demasiado sobre sus
oraciones y cuando lo hace, habla de sus plegarias de gratitud, especialmente por la
presencia de ella en su vida. Finalmente le dice que la ama, que ella es la primera mujer
que lo ha entendido y que le gustaría llegar a conocerla mejor. ¿Cómo debería manejar
esta situación?.

El director debe ante todo estar alerta a sus propios sentimientos. Probablemente ella
esté, de alguna manera, adulada por el afecto. Si tiene sentido de perspectiva y humor y
una suficiente gratificación en su propia vida, sentirá la incongruencia e impropiedad de
101

la reacción. hacia ella. También se preguntará si estas reacciones están evitando la


oración del estudiante y por lo tanto están siendo usadas por su inclinación a la
resistencia.

Nosotros sugerimos un acercamiento sincero hacia el dirigido. En la vida real, la


respuesta nunca debería ser dicha en forma abrupta y clara o de golpe quizás, pero un
modo de responder podría ser "Me siento afectada por tu cariño, ¿qué mujer no lo
estaría? Y estoy segura de que te ha sido difícil asimilarlo y hablar sobre esto. Pero
también me pregunto cómo ha sido tu oración desde la última vez que nos vimos". Lo
que ella descubrirá es que, cuando él trata de orar, todo lo que hace es pensar en ella y
decirle al Señor cuán agradecido está de que ella esté en su vida. Entonces la directora
puede comenzar a ayudarlo a ver como su absorción por ella lo está privando de
escuchar al Señor. Ellos podrán descubrir entonces que la absorción por ella ha sucedido
en un momento crítico de su vida de oración. Por ejemplo, puede ser que haya estado
surgiendo un cambio en su estilo de vida ante su contemplación de Jesús. La reacción de
transferencia obedece a su resistencia, esa parte de él que no quiere enfrentarse al
desafió del Señor. El director por lo tanto, permanece fiel a la alianza de trabajo con él,
ayudándolo a comprender mejor lo que está sucediendo en su oración y en su vida.

En este ejemplo la reacción es abierta y claramente observable. Sin embargo, a menudo


las reacciones de transferencia no se expresan tan claramente. Los directores sienten
que algo anda mal, pueden, por ejemplo, notar encuentros frustrados, silencio, una
pobre descripción de cómo están siendo sus plegarias y su vida, ánimo de discusión.
Aquí otra vez la frontalidad es la mejor política. Si el director cree que la vida de oración
de una persona está siendo afectada, o si se pregunta si esa persona la posee, debe
hacérselo saber. No debe descifrar el porqué, sino hacer una pregunta que haga
reflexionar. Si el dirigido niega que algo anda mal, esto no ayuda a conseguir el objetivo
buscado. Una pregunta le da al dirigido la oportunidad de pensar, y si la intuición del
director es precisa, podrá entonces reconocerla. Más aún, si la oración está siendo
afectada, este hecho también surgirá claramente y el dirigido tendrá que manejarlo. Los
directores hacen su mejor trabajo cuando mantienen su actitud de compañerismo y dan
lugar a preguntas de reflexión, y no cuando juegan a ser detectives o arqueólogos del
espíritus

Permítasenos dar un ejemplo más. El director (John) es un pastor presbiteriano de


cincuenta y cinco años, el dirigido (Dave) un feligrés recientemente viudo y padre de dos
niños pequeños. Han estado trabajando juntos alrededor de cuatro meses. La mujer de
Dave murió hace ocho meses y unos pocos meses después vino a hablar con John sobre
el vacío de su vida y su deseo de hacer algo con ésta. Después de una serie de
encuentros, se pusieron de acuerdo en que la dirección espiritual era apropiada para las
inquietudes de Dave.

Éste era un hombre devoto, pero tenía una vida de oración muy poco desarrollada.
Cuando se dio cuenta de que después del fallecimiento de su esposa (Kate) no podía
orar, temió estar perdiendo su fe y su interés por la vida. Sintió que debía hacer algo
para remediarlo, al menos por sus hijos. Gradualmente, Dave fue capaz de desarrollar
un tipo de plegaria contemplativa, en la que aprendió a escuchar al Señor y a expresarle
sus inquietudes. Al principio encontró gran consuelo en su plegaria. Sentía el gran
interés y cuidado de Dios hacia él y sus hijos. La frase de Isaías 40 "Él consuela, consuela
102

a mi gente" lo conmovió profundamente. Lloraba al leer este pasaje durante su plegaria


y nuevamente al hablarle a John de su experiencia de oración.

Pero en un momento dado durante su tercer mes de dirección, la oración de Dave


empieza a empobrecerse. El Señor parece muy distante y Dave se encuentra aturdido y
aburrido en su oración. Cuando John trata de averiguar con más detalle lo que sucede,
Dave sólo se encoge de hombros. "Ahora me estoy sintiendo mejor, estoy muy ocupado
y mi mente está atrapada con asuntos del trabajo, de los chicos y de la casa. Creo que
voy a abandonar todo esto". Y parece no tener ganas de hablar sobre esto más
profundamente. Pero John nota un dejo de ira a medida que Dave habla sobre cuán
ocupado está, y le pregunta si está enojado. "Yo no me siento enojado y no tengo
porqué estarlo".

La próxima vez que se encuentran, nuevamente. Dave muestra frialdad y distracción, y


su irritación parece aún mayor. John le pregunta a Dave cómo se siente con su frialdad.
"No es lo mejor del mundo, pero por lo que he leído es común que se produzca la
pobreza de oración". "Eso debe ser verdad"; dice John, "pero no significa que nosotros
no podamos tener sentimientos ante ella". "Bueno, supongamos que no me guste, ¿qué
puedo hacer?. He hecho todo lo que pude, todavía trato de seguir rezando, y todavía
tengo muchas cosas para hacer ahora, como para tener que hacer una más o para
preocuparme por mi vida de oración".

John trata de explorar los sentimientos de Dave, pero sin ningún provecho, y siente una
ira creciente de parte de Dave. "¿Pareciera que estuvieses enojado conmigo DaveT' "No,
no estoy enojado, pero desearía que dejaras ahora mismo de fastidiarme con todas
estas preguntas". "Yo no quiero fastidiarte, Dave, sólo pensé que esto podía ayudarte a
observar más tus sentimientos en tu oración". "Te entiendo, pero ahora estoy
demasiado molesto como para concentrarme y tus preguntas me están haciendo
enfadar más". La reunión termina poco después. John no sabía qué hacer y aún se
preguntaba sí había sido muy entrometido. Luego de consultarlo, sin embargo, se sintió
mejor sobre su acercamiento y menos inclinado a echarse la culpa.

Dos semanas después, Dave regresa. Resulta obvio para John que está muy enojado y
molesto. El diálogo es el siguiente:

Dave: No estamos llegando a nada. Siento que te estoy haciendo perder el tiempo. He
decidido abandonar esto.

John: ¿Qué ha sucedido, Dave?

Dave: No ha sucedido nada. Ése es el problema. Y estoy enfermo y cansado de ser


tratado como un retrasado religioso.

John: ¿Un retrasado religioso?

Dave: Sólo porque puedes sentarte sobre tu trasero aquí todo el día y leer libros sobre
oración y tener tiempo libre para orar, no te da derecho a mirarnos con desprecio.

John: ¿Qué te hace sentir que te miro con desprecio?


103

Dave: ¡Vamos¡ Sólo porque estoy ocupado y me distraigo en la oración, tu actúas como
si yo fuera un cavernícola. Todas esas malditas preguntas sobre la ira. Bueno estoy
enojado contigo y con todas tus santas actitudes. ¿Qué sabes de lo que significa perder
a tu esposa y tener que criar a dos hijos y trabajar duro en la oficina?

John: Obviamente estás muy enojado conmigo, Dave. Y pareciera que sientes que mis
preguntas o pruebas sobre tu ira son una humillación. ¿Puedes decirme qué es lo que te
da esa impresión?

Dave: ¿Para qué me estuviste preguntando sobre la ira? Aún si estuviera enojado, ¿qué
tiene eso de malo?

John: Déjame asegurarte que no te estuve preguntando sobre la ira para humillarte.
Puedes no creerme, pero yo sé que no sentí ningún tipo de discernimiento negativo.
Pensé que sentía ira en tu voz, y me preguntaba si estabas enfadado por algo. Pero
pareces haber tomado mi pregunta como un juicio sobre ti.

Dave: Sí, lo hice. Fue como si hubieras dicho: Sé hombre, toma tu cruz y cárgala.

John: Bueno, no sé de donde vino esto, porque yo no lo sentí. Pienso que debiste haber
estado enojado con Dios o con la vida y tuviste todo el derecho de estarlo. Y si estuviste
enojado y no lo sabías o no podías expresarlo, pienso que ésa debió ser la razón de tu
frialdad.

Dave: ¿Pero como se puede estar enojado con Dios? Mira todo lo que Él ha hecho por
mí. Pero te cuento, mientras hablamos, yo comienzo a sentir un poco de ira. Siento
como si me hubieran dejado solo cargando el bolso. Tengo que seguir trabajando, me
siento totalmente sólo, y tengo que cuidar a mis dos hijos. Pero ¿Quién soy yo para
echar culpas?. Me siento como un maldito tonto enojándome con Kate, pero para
decirte la verdad siento que me dejó plantado. Y ¿dónde diablos estaba Dios para
consolarme cuando realmente lo necesitábamos?

El ejemplo está resumido, pero tales reacciones ocurren. El director pudo haberse
enojado y peleado con Dave y pudo haberse puesto apologético sobre su tendencia a
entrometerse. En ambos casos, nunca hubiese podido descubrir qué era lo que
realmente estaba perturbando a Dave. En el ejemplo, no está abrumado con su ira. En la
vida real, probablemente se hubiese tomado más tiempo para explorar la ira de Dave
hacia él. Pero se da cuenta de que la ira es inapropiada, mantiene su calma y la alianza
de trabajo y ayuda a Dave a mirar hacia su ira y a buscar el verdadero origen de ésta.
Ahora puede claramente ayudarlo a expresarle esos sentimientos directamente al
Señor. Es evidente que Dave se enfrentó a un escalón nuevo. Su habilidad para manejar
su reacción de transferencia, sin embargo, ayudó a Dave a tomar el siguiente escalón.

Los directores espirituales son, ante todo, seres humanos. También, por lo tanto, no
serán inmunes a trasladar (o transferir) problemas no acabados desde sus vidas
pasadas, especialmente desde su niñez, a sus relaciones con las personas en el presente.
Serán especialmente proclives a hacerlo en aquellas situaciones que pongan a prueba
sus propias personalidades. Los directores espirituales descubren que el trabajo de
dirección, especialmente con ciertos dirigidos, los pone cara a cara con su propia
104

relación con el Señor y su tendencia a resistirse a esa relación. Bajo dichas


circunstancias, la tendencia a transferir bien puede ser activada como vehículo para sus
propias resistencias. (6). Un ejemplo ilustrará como la transferencia o transferencia
opuesta puede afectar a la dirección espiritual. Un sacerdote de cuarenta y cinco años le
está dando dirección espiritual a una mujer casada, con familia. Él le ha sido muy útil,
ella ha aumentado su intimidad con Dios. A medida que se vuelve más segura del amor
de Dios hacia ella, también se vuelve más libre a un tipo de temor ante los sacerdotes.
Es una persona inteligente e intuitiva y comienza a ver cómo las mujeres, incluyéndose a
sí misma, son tratadas como miembros de segunda clase dentro de la Iglesia.

Comienza a experimentar un fuerte odio en su oración. Está dirigido hacia la jerarquía y


los sacerdotes, pero también hacia Dios por permitir esa discriminación. Cuando trata
de contarle a su director sus experiencias en la oración, éste se altera mucho y la acusa
de falta de humildad y deseo de poder, mas que de servicio. La mujer está atónita y
comienza a desconfiar de todas sus experiencias de Dios. Se siente avergonzada y nunca
regresa a la dirección con el sacerdote.

En este caso tenemos elementos que indican la presencia de transferencia opuesta. La


respuesta del director es desproporcionada, inapropiada y punitiva.(7)

Una de las características más problemáticas de las reacciones es que pueden no ser
notadas durante un largo tiempo. Muchos directores espirituales no buscan la
supervisión. El sacerdote del ejemplo pudo no haberse visto obligado nunca a
reflexionar sobre su reacción. El hecho de que la mujer no regresara a la dirección
puede ser visto por el director como un signo de que ella es orgullosa y no puede
encarar una confrontación honesta. Aún si el director está siendo supervisado puede,
muy inconscientemente, evitar hablar sobre este caso porque hay otros "más
interesantes" que ha tenido ¿y quién puede culparlo?. El tomar conciencia de las
reacciones de contra transferencia trae aparejado dolor y ansiedad. Pero, como hemos
visto, el dirigido sufre y también lo hace de una forma más sutil el director que evita la
verdad.

Debe quedar claro que no todas las reacciones hacia los dirigidos son de contra
transferencia. En los directores pueden darse emociones tales como afecto, calidez,
enojo y tristeza y en ese caso ser necesario manejarlas. Las reacciones que llamamos
contratransferencias, sin embargo, son a la vez fuertes y desproporcionadas tales como
una depresión que lleva un día de duración y es disparada por el cartero que nos dice
que nos hemos olvidado una estampilla. Esas reacciones nos indican que los propios
conflictos emocionales no resueltos del director están interfiriendo con la dirección
espiritual. Ninguno de nosotros es inmune a tales reacciones especialmente.en un
trabajo que llega a las más profundas fuentes de nuestra lucha con el Misterio. Es ésta la
razón básica para buscar una supervisión competente, que nos permita reflexionar
honestamente en lo que estamos haciendo y por qué lo hacemos.

¿Qué pueden hacer los directores para proteger a sus dirigidos de las reacciones de
contratransferencia? Es muy útil reflexionar sobre las reacciones propias después de
cada sesión de dirección espiritual y especialmente tomar cuidadosa nota de las
reacciones afectivas usuales tales como fuertes enojos, calidez o ninguna respuesta
afectiva en absoluto. También pueden los directores notar si el foco de la sesión ha sido
105

la experiencia de oración. Tal reflexión puede darles el material para una discusión
supervisora sobre su propio trabajo. De vez en cuando, también, pueden revisar la lista
de sus dirigidos para ver si están evitando una discusión supervisora sobre la relación
con cualquiera de ellos. Si esto ocurre, puede ser un signo de que hay una dificultad en
la relación. También pueden examinar sus propios sueños y ensueños a veces, para ver
si aparece allí algún dirigido. El propósito de tal auto-examen no es descorazonarse sino
estar abiertos a detectar posibles puntos ciegos o resistencia.

Un conflicto casi universal para aquellos que trabajamos en profesiones de ayuda es el


que existe entre la necesidad de ayudar y la necesidad de ser ayudados. Cuando
ayudamos a otros o nos mostramos disponibles con el que necesita ayuda, podemos
esperar inconscientemente ganar el amor, respeto y calidez que necesitamos. Los
aspectos de contratransferencia de esperanza se manifiestan en demasiada
preocupación por los dirigidos, demasiado deseo de que progresen y 'gocen en su
oración y en un resentimiento y sensación de pérdida cuando no parecen ocuparse o
"no progresan". Una supervisión competente puede ayudar al director a reconocer esta
tendencia y a pedirle al Señor que lo libere de esta necesidad o al menos disminuirla.

Supongamos que en la supervisión una directora descubre un fuerte desagrado por un


dirigido que se basa en sus propias experiencias pasadas con un hermano menor y que
no puede neutralizar. Supongamos también que el desagrado no es totalmente una
proyección, o sea que la persona tiene cualidades desagradables. A menos que la
directora pueda aliarse con el lado saludable e inspirado de gracia del dirigido, no podrá
resultarle de ayuda en la dirección espiritual. No será fácil, sin embargo, derivarlo hacia
otra persona debido a que tomará esa derivación como un rechazo y porque el nuevo
director espiritual también podría encontrarlo desagradable. La directora tendrá
entonces que confiar en pedir la gracia para verlo con los ojos del Señor y en rezar para
ser curada de la amargura que hace que le resulte difícil ver lo bueno que hay en este
hombre. Tal vez necesite buscar dirección espiritual más intensamente ella misma.
Finalmente, puede encontrar que necesita asesoramiento psicológico para anular el
bloqueo.

Por último, si la directora no puede lograr una alianza positiva con el dirigido, debe por
el bien de éste (y tal vez por el de ella misma también) tratar de persuadirlo a ir a ver a
otra persona. En ese caso debe dejar claro que ella es, al menos en parte, culpable de la
interrupción producida. Pero es importante recordar que estamos hablando ahora de un
caso en el que la directora ha reconocido sus propios problemas de contratransferencia.
Los directores no deben acusarse de dificultades personales fantasiosas si ven que el
problema reside realmente en la falta de voluntad del dirigido de utilizar la dirección
espiritual para su crecimiento y desarrollo.

El mejor criterio que los directores pueden usar como medida para determinar si sus
sentimientos hacia los dirigidos son apropiados o no, es la pregunta: ¿Son estos
sentimientos acordes con el desarrollo de su propia actitud contemplativa hacia Dios y
hacia sus dirigidos? La actitud contemplativa hacia las descripciones de los dirigidos de
lo que está sucediendo en su oración, es esencial para la buena dirección. Cuando esta
actitud es interferida, los directores deben buscar las razones de tal interferencia.
Podría ocurrir que estuvieran resistiendo a una nueva experiencia de Dios al escuchar a
un dirigido, o también estar sintiendo el efecto de conflictos emocionales no resueltos.
106

Los directores necesitan hacer todo lo que sea necesario para poder mantener su
actitud contemplativa si se dan cuenta de que corren el riesgo de perderla.
107

11. La supervisión en la dirección espiritual

Hemos remarcado que la relación con Dios es el hecho central de una vida espiritual
cristiana, y que para desarrollar esa relación es que la persona se acerca al director
espiritual en busca de ayuda. Al hacerlo, entra en una relación con el director cuyo
propósito es facilitar la relación con Dios. Estas afirmaciones son bastante simples y las
relaciones que describen también parecen serlo. Básicamente lo son. Pero las relaciones
entre personas nunca son estáticas. Cambian. Pueden crecer -hacerse más amplias, más
ricas, más nutritivas-. También pueden debilitarse -hacerse pálidas, atenuadas, confusas
y sin objetivos-. Estos cambios son, a veces, el resultado de una reflexión consciente y
de una elección deliberada, Pero frecuentemente se producen sin que reconozcamos los
factores responsables de los cambios que están ocurriendo.

Los directores espirituales dedican buena parte de su pensamiento y energía a


promover el desarrollo sensato de la relación entre director y dirigido. De acuerdo a
nuestra experiencia, una de las mejores maneras de promover este desarrollo sensato
es la supervisión

El concepto de supervisión es nuevo en el campo de la dirección espiritual, pero- la


realidad a la que apunta el concepto no es del todo desconocido.(1) Aún cuando la
realidad existiese, sin embargo, la práctica de la supervisión no parece haber recibido
mucha reflexión ni desarrollo sistemático ni tampoco haberse difundido hasta años
recientes. Aún en el caso en- el que se la practicaba, la atención se centraba en el
problema o en la persona con el problema, no en el director espiritual mismo. Hoy, sin
embargo, la supervisión se toma más seriamente en todas las áreas del cuidado
pastoral, ya que éste aprende del desarrollo de la teoría y práctica de la supervisión en
el campo de la psiquiatría, psicología y trabajo social. En estos campos el foco de
supervisión se ubica en la persona supervisada en su desarrollo como persona que
ayuda, ya que el propósito básico de la supervisión de asesores o terapeutas es
ayudarlos a ser más terapéuticos. (2)

Nuestra adaptación de este paradigma estriba en que la supervisión de los directores


espirituales apunta a ayudarles a su vez a ser cada vez más útiles en la promoción de la
relación de las otras personas con Dios, en otras palabras, a ayudados a ser directores
espirituales más capaces. Así como la relación entre el director y el dirigido es uno de los
mejores medios para facilitar el crecimiento del dirigido en su relación con Dios, así
también lo es la relación entre el supervisor y el director espiritual para facilitar el
crecimiento del director como director.

Los supervisores, al igual que los directores espirituales, son seres humanos y tienden
por ello a ser rutinarios en la forma en que estructuran o esquematizan realidades
similares. Si bien la rutina es el pequeño demonio de las mentes pequeñas también es la
forma en la que inconscientemente parecen trabajar todas las mentes. Si veo a la
dirección espiritual como dar consejos, la supervisión será también para mí un proyecto
de dar consejos. Si la dirección espiritual significa para mí ayudar a que el dirigido saque
conclusiones de su experiencia de vida, especialmente en la referente a su relación con
108

Dios, también entonces la supervisión tenderá a ser una exploración de las experiencias.
En realidad, la forma en la que se haga la dirección espiritual será la misma en la que se
hará la supervisión de la dirección espiritual. No debe sorprender entonces que nuestra
visión de la supervisión tenga afinidades con la que tenemos de la dirección espiritual.

Así como consideramos la experiencia religiosa del dirigido como la materia prima de la
dirección espiritual, así también vemos la experiencia de los directores espirituales
como la materia prima de la supervisión:- Si el director espiritual no quiere ayuda para
llegar a ser un director competente, él y su supervisor deben concentrarse en lo que
ocurre entre él y sus dirigidos durante la dirección espiritual o sea, en la experiencia que
el director ha tenido al dar dirección espiritual.

La cuestión del foco es tan importante para la supervisión como lo es para la dirección
espiritual, y por la misma razón. Si los directores espirituales no hacen que su foco sea la
experiencia religiosa de sus dirigidos, esta área de la experiencia, tan íntima y
desafiante, será por lo general dejada de lado en sus conversaciones. Otras áreas de la
experiencia de vida, y especialmente las problemáticas, ocuparán su tiempo. Los
dirigidos pueden recibir.ayuda en estas áreas, pero pueden no desarrollar una relación
personal más profunda con Dios. Así también, si los supervisores, no se concentran en la
experiencia misma de dar dirección, esa experiencia recibirá poca atención.

Existe al menos otra similitud entre la supervisión y la dirección misma. Así como la
dirección dirige la vida de fe del dirigido así también la supervisión dirige la vida de fe
del director espiritual. En la dirección espiritual el director se concentra en las
experiencias del dirigido con el Señor y en su resistencia a esas experiencias. De la
misma forma, el supervisor de un director espiritual se concentra en las experiencias del
director como tal y las creencias vividas que dan color a sus respuestas al dirigido.

Cuando los directores piden supervisión pueden hacerlo con muchos propósitos
diferentes. Pueden estar perplejos por un dirigido en particular, pueden necesitar
sentirse seguros de que están haciendo bien su trabajo, pueden también
semiinconscientemente, querer averiguar como dirigiría el supervisor a una
determinada persona. Creemos que todos estos propósitos, aunque tal vez legítimos y
aún alcanzables en una relación de supervisión, son periféricos con respecto al tema
principal. El propósito básico de la supervisión es el crecimiento personal del director
espiritual como tal. Es por eso que los directores que buscan supervisión en este modelo
no están en el fondo pidiendo ayuda en la técnica o en el diagnóstico espiritual o en el
uso apropiado de textos de la Escritura. Están pidiendo ayuda para convertirse en
alguien.

Los directores que están en esta situación, se abren así al desafío y al crecimiento y
encaran este cometido con cierto temor. Cuando presentamos nuestro trabajo, pero
especialmente cuando nos presentamos nosotros mismos, para ser examinados por
otros, nos estamos poniendo en la línea de fuego y nadie con sentido común puede
hacerlo sin sentir algo de temor de ser hallado deficiente. Si además el supervisor tiene
la autoridad para aprobar o reprobar a los directores en un programa de entrenamiento,
la ansiedad se hace aún mayor. Al mismo tiempo, para que la supervisión sea útil en
109

ayudar a los directores a ser más competentes, éstos deben correr esos riesgos y
presentar su experiencia tan honestamente como sea posible. Obviamente los
directores que lo hacen necesitan tener mucha confianza en el supervisor, en sí mismos
y en el Espíritu que da vida.

Este tipo de supervisión requiere, sin duda, confianza de ambas partes. Los supervisores
deben confiar en la capacidad. y en el deseo de sus supervisados de desarrollarse como
facilitadores, con conocimientos, competentes y seguros de sí mismos, de las relaciones
de otra gente con Dios. Si no desarrollan esa confianza (al menos más confianza que
desconfianza) durante las etapas iniciales de la supervisión, posiblemente comuniquen
su negatividad al menos con su actitud cuando no lo hagan además abiertamente con su
comportamiento. Pueden cuestionar, con enojo a los supervisados o hacer notar
fríamente los errores. Los supervisados no los sentirán de su lado sino más bien como
oponentes o jueces. Aunque ninguno de estos sentimientos sea abierto o aún detectado
por otra persona la atmósfera que crean será, al menos, nociva para el crecimiento. En
tales circunstancias, algunos directores espirituales bajo supervisión tienden a dudar
cada vez más de sí mismos, les aterroriza la supervisión y dudan de su capacidad para
dar dirección espiritual. Otros reaccionan con ira y una postura de defensa propia ante
el supervisor. En cualquiera de los dos casos, el crecimiento como director se logró sólo
con dificultad y la supervisión no es el vehículo para su crecimiento.

Los supervisados deben crecer, también en la confianza. De lo contrario dudarán en


presentar su experiencia real como directores, extraerán sólo lo mejor y tratarán de
imaginar lo que el supervisor quiere oír para presentárselo. Cuando aún no se ha
desarrollado la confianza los conceptos se usan para ocultar la experiencia más que
revelarla, se usan frases como “actitud contemplativa” y “llévalo al Señor” pero suenan
huecas y vacías de contenido de experiencia.

Hacemos bien en recordar que las personas crecen y cambian como tales a través de las
relaciones con otros y que la amplitud del crecimiento depende de la calidad y-
profundidad de la relación considerada. El crecimiento como director espiritual no
puede ser superficial; debe echar raíces en el meollo de la persona, en el corazón, en
ese centro en el que los directores se encuentran con Dios y con los demás con más
intimidad. Deben desarrollarse como personas cuyos corazones están abiertos y saben
discernir, cuya fe, esperanza y amor son casi tangibles. Para desarrollarse de esta
forma, deben relacionarse en profundidad con Dios y con su supervisor también. Deben
arriesgarse a exponer las fuerzas y las limitaciones de sus corazones, sus mentes, su fe,
su esperanza y su amor por el supervisor. Nadie lo hace con ligereza; un director sólo
puede desarrollar gradualmente esa confianza en otro ser humano. Es por ello que el
supervisor y el supervisado deben darse mutuamente tiempo para poder desarrollar
esta clase de confianza. Además, el logro de una relación de confianza en profundidad
no es algo eterno. Esa relación está viva, se mueve y se desplaza cuando se tocan
nuevos niveles de confianza y desconfianza. Pero su orientación general, para ser útil,
debe ser hacia una confianza más profunda.

Cada relación de supervisión será diferente precisamente porque las personas son
diferentes; la forma en que dos personas interactúan es única. Ante un supervisado, un
110

supervisor puede actuar de forma más bien pasiva y no ver la necesidad de intervenir
con frecuencia debido a que el supervisado conoce bien su experiencia y puede
compartirla con facilidad. El supervisor puede pasar más tiempo ayudándolo a
comprender el significado de su experiencia. Con otro supervisado, puede tener que
trabajar de modo muy diferente, interviniendo con frecuencia con preguntas acerca de
gestos, palabras, sentimientos, debido a que el supervisado no se da mucha cuenta de
ciertos aspectos de su experiencia. También puede ocurrir que cierto tipo de
supervisores (por ejemplo los más intuitivos) sean más apropiados para supervisar a
cierto tipo de directores espirituales (por ejemplo los más racionales) debido a que
resultan complementarios. Ya sea esto cierto o no, lo innegable es que cada relación de
supervisión es única.

Al mismo tiempo, cuando hay confianza, la alianza de trabajo de la supervisión se basa


en la misma premisa en todos los casos. El propósito de la supervisión es el lograr un
director espiritual. Ambas partes deben estar de acuerdo en que lo que se busca es el
crecimiento como director aunque dicho crecimiento, como el conocimiento, entre con
sangre. Debe estar claro que el que busca supervisión quiere crecer como director y
averiguar si es adecuado para ese ministerio pastoral. El supervisor debe saberlo tanto
como el dirigido; cuando sabe que lo que el dirigido quiere es esto, tendrá más
confianza en la relación y ésta será más alentadoramente desafiante. El supervisado
debe saber que puede contar con su alianza de trabajo con el de supervisor y por ello
podrá revelar algunos de sus miedos más profundos y experiencias y respuestas más
conflictivas. Cuando se ha establecido una alianza de trabajo sólida entre un director
espiritual y un supervisor o entre un grupo de directores que se reúnen para supervisión
mutua, es muy probable que el supervisado presente sus experiencias más conflictivas
en busca de ayuda. Y son éstas las que más a menudo revelan el crecimiento de la fe y
de la capacidad como director.

Puede resultar útil la siguiente descripción ficticia del proceso de crear una alianza de
trabajo.

El supervisor (John) y la supervisada (Rose) se conocían muy poco entre ellos antes de
iniciar el año de supervisión, pero ambos habían oído informes positivos del otro. Al
comenzar el año participaron en un -fin de semana de experiencia de fe anterior a la
elección de supervisores. John recuerda: “Me impresionó el coraje de Rose al enfrentar
a sus demonios y sus deseos para habla’ d Dios en lo concreto”. Rose dice “Me
sorprendió ver llorar a John, y me quedé muy impresionada por eso y por la forma
simple en que hablaba de Dios” Después de haberlo elegido como supervisor, Rose le
dijo a John: “Lo elegí como supervisor por otra razón también: me parece que es la clase
de persona que confronta los sentimientos directamente y yo necesito esa clase de
ayuda. No sé expresar muy bien mis sentimientos” Esta clase de coraje y honestidad
ayudaron a John a confiar en Rose y-a mostrarse tal cual es con ella. En -su primer
encuentro compartieron estas razones para querer trabajar juntos y también las
expectativas que cada uno tenía del otro Coincidieron en que su tarea conjunta era
ayudar a Rose a desarrollarse como
111

John: Era importante que nos pusiéramos de acuerdo en este propósito. Hay.muchas
veces en que preferiría hacer otro trabajo o ver un partido de pelota o soñar despierto.
A veces es duro hacer el trabajo de supervisión. Sin este firme acuerdo con Rose a
menudo hubiera evitado cortésmente las preguntas duras y las áreas delicadas.

Rose: Fue muy importante para mi, especialmente en los comienzos, que hubiéramos
explícitamente acordado en nuestro propósito. John tenía que estar recordándomelo
porque yo seguía buscando técnicas y textos de la Escritura para sugerir a los dirigidos.
Me llevó cierto tiempo darme cuenta de que el objetivo verdadero era mi crecimiento
personal como directora espiritual y la confianza en mí misma como tal. Tenía miedo, al
principio, de exponer mi propia experiencia de dar dirección.

John: Sentí esa reticencia y me impacientó. Me parecía demasiado pasiva y tranquila,


averiguar lo que ella estaba experimentando era como sacar muelas. Tenía que
recordarme a mí mismo nuestra primera cita, - en los momentos en que me
impacientaba, porque de lo contrario hubiera empezado a preguntarme si en verdad
podría supervisarla.

Rose: -Podía sentir esa impaciencia y también sentí que era demasiado metido y directo.
Su franqueza al expresar sus sentimientos me desafiaba y a la vez hacía que le tuviera
miedo. A pesar de estos sentimientos negativos, continuaron creciendo en su confianza
mutua, una confianza que descansaba en la alianza de trabajo que empezó a forjarse en
la experiencia de fe compartida y en el encuentro inicial. Ambos sintieron que la-alianza
de trabajo se solidificó en una sesión que tuvo lugar alrededor de la sexta semana (Se
encontraban- semanalmente durante una hora)

John: Rose estaba hablando sobre una dirigida que sentía mucho dolor por su vida y por
su relación con Dios. Hablaba con tranquilidad y sin emocionarse sobre su experiencia
con la mujer, pero sentí que tenía fuertes sentimientos de preocupación por ella.
Parecía triste.y asustada. Cuando al principio le pregunté cómo se sentía, me dijo con
tranquilidad que esperaba que la mujer se pudiera encontrar con Dios. Algunas otras
preguntas no fueron más allá. Entonces le dije que la encontraba muy triste y asustada. -
Pareció sorprenderse al principio pero luego empezó a expresar sus sentimientos. Se le
llenaron los ojos de lágrimas.

Rose: Lo-que me sorprendió fue la percepción que tuvo John de mis sentimientos. Me
daba cuenta, en cierta forma, de -mis- fuertes sentimientos hacia esta dirigida, pero
después que John dijo lo que sentía fue- como si hubiese tenido- permiso para
admitirlos- ante mí misma y ante él. Resultó ser que mis miedos surgían en parte de una
falta de confianza en que Dios pudiera liberar a esta mujer de su tristeza.

John: Después de esta sesión supe que Rose tenía realmente el corazón adecuado para
llegar a ser una buena directora espiritual. Tenía hondos sentimientos hacia esta mujer y
podía admitir sus propios miedos y falta de fe y pedirle ayuda a Dios para creer más
profundamente.
112

Rose: Ahora estaba segura de que John estaba de mi lado y de que su dirección iba a
servir para ayudarme a ponerme en sintonía con mi propio corazón y mi fe vivida.

En la relación de supervisión, la resistencia a la alianza de trabajo surgirá del mismo


modo que en la dirección espiritual, y rápidamente se encaminará a focalizarse en la -
persona del supervisor. También pueden darse aquí reacciones de transferencia. Pero la
resistencia también puede focalizarse en los aspectos reales de la situación de
supervisión si es que el supervisor participa en evaluar si el supervisado aprobará un
curso u obtendrá una graduación o certificado de entrenamiento. Cuando los
supervisores tienen ese poder, deben trabajar con más cuidado aún para establecer la
alianza de trabajo, una alianza cuya premisa básica es que el supervisado no busca la
graduación o el certificado si en verdad no puede realizar el trabajo de dirección
espiritual.. La resistencia a la supervisión, tal como la resistencia a la dirección espiritual,
no sólo es probable sino, que además indica que la supervisión ha demostrado ser de
ayuda. La alianza de trabajo hace posible que el supervisor dé la bienvenida a la
resistencia y que el supervisado empiece a lidiar con ella.

Los supervisores que ya tienen una actitud contemplativa en su propia oración y trabajo
de dirección espiritual la encontrarán invalorable para su trabajo de supervisión. La
misma actitud de apertura e indagación que consideran crucial en esas otras áreas de
sus vidas también lo será en la supervisión. Tal actitud es opuesta a la inquisitoria a la
que temen encontrar los supervisados y por ello conduce a una atmósfera de apertura y
a un deseo de aprender y crecer.

La actitud contemplativa no tiene ninguna tesis que probar y por lo tanto invita a
compartir. Los supervisores con una actitud contemplativa también escuchan mejor,
recogen las vibraciones y los sentimientos con más facilidad y responden más a lo que
oyen que a sus propias presuposiciones. Hacen preguntas y no lanzan acusaciones. La
persona que escucha contemplativamente es más probable que diga algo como “Tengo
la impresión de que usted estaba nervioso cuando hablaba de los sentimientos eróticos
de su dirigido en la oración” a que diga “usted me pareció a la defensiva cuando
aparecieron los sentimientos eróticos” o aún peor “Usted esta atado al sexo”. La
persona que tiene una actitud contemplativa no es un detective o un analista sino una
persona que escucha y responde, que sabe que sus respuestas pueden estar
fuertemente teñidas de sus propias expectativas y prejuicios y por ello se muestra
debidamente cuidadoso en la forma de articularlas.

Uno de los peligros de la supervisión que es especialmente fuerte cuando todavía no se


ha establecido una alianza de trabajo confiable, es que la supervisión se focalice casi
exclusivamente en la experiencia de una persona que está ausente de la sesión: el
dirigido. Es más seguro de esta manera; él o ella no estará allí para ponerse a la
defensiva, sentirse herido o enojado. Tal focalización puede defenderse basándose en
que la supervisión se ha hecho para ayudar al dirigido. Pero esta clase de supervisión
rápidamente se convierte en sesiones didácticas en las que el director expone la
experiencia expuesta por el dirigido y el supervisor utiliza esa exposición para ilustrar
puntos de teoría espiritual y mostrar al director lo que puede hacer o esperar en
adelante. El uso duplicado de la palabra “exponer” en la frase anterior indica el valor
113

dudoso de este proceder. La exposición de otra exposición de experiencia, y no la


experiencia en sí misma, es lo que se discute. Más aún, una sesión así no ayuda al
director a confrontar sus propios ángeles y demonios su propia experiencia al dirigir a la
persona y al exponer la experiencia de dirección al supervisor: Crece en conocimiento
teórico y quizás se hace más experto en la práctica, pero no crece en el
autoconocimiento como director espiritual. El propósito principal de la supervisión, a
diferencia de los cursos sobre vida espiritual, es ayudar al supervisado a aprender como
“ser” un director más efectivo, como superar las faltas de libertad que impiden ser más
efectivo.(3)

Por esto hay que centrarse en lo que el director expone sobre su propia experiencia y en
la forma en que lo hace. Hecho así, aprenderá algo sobre sí mismo y también sobre su
dirigido. La experiencia del dirigido inevitablemente surgirá durante la hora de
supervisión y, será examinada y cuestionada con respecto a su significado para el
dirigido. Pero el foco principal estará ubicado en la forma en que el director escuchó y
respondió. Una pregunta que se oye con frecuencia en la supervisión es “¿Porqué?”
“¿Porqué respondí en la forma en que lo hice?” y se la hace el supervisado a sí mismo y
al supervisor porque la respuesta lo está afligiendo “¿Porqué le hizo preguntas sobre las
relaciones con su familia?” es lo que el supervisor puede preguntarse al no poder
entender la relación existente entre las preguntas y la vida de oración del dirigido. Pero
estas preguntas de “porqué” no deben llevar a estériles especulaciones sobré los
motivos, sino a una mirada más exhaustiva sobre la experiencia del director en la hora
de dirección tal como éste pueda recordarla “¿Qué pasó por mi mente?” ¿”¿Qué sentí?”
“¿Que pasó inmediatamente antes de que dijera eso?” Así como las preguntas para el
discernimiento en la dirección espiritual llevan a que una persona mire más en detalle la
experiencia en oración y aumente su capacidad de sintonizar con precisión el darse
cuenta, así también las preguntas durante la supervisión llevan al director a darse más
cuenta de lo que sucede en su dirección.

Tales preguntas llevan a menudo a la conclusión de que el director actuó sabiamente y


en beneficio de la relación del dirigido con el Señor. Así, en el ejemplo anterior, el
director podrá llegar a entender con más seguridad que era correcta su intuición sobre
la importancia de la vida de la familia del dirigido en su relación con Dios. La respuesta a
esta pregunta puede haber revelado lo pequeña y confinada que era la vida del dirigido
y lo mucho que afectaba la calidad de su vida familiar a la calidad de su vida de oración.
Las preguntas del supervisor, por lo tanto, pueden dar como resultado que el
supervisado se sienta más seguro de sí mismo y de sus intuiciones. La buena supervisión
no es solamente desafiante; también es de apoyo y fortalecimiento. Los directores que
son ayudados a reflexionar sobre su trabajo encuentran que esa reflexión revela tanto
sus fortalezas como sus flaquezas y tanto su fe como su falta de fe.

Un ejemplo extenso puede arrojar luz sobre la forma en que la supervisión trabaja en la
práctica. Nuevamente usaremos la experiencia de John y Rose, una versión de ficción de
un proceso real de supervisión. Aquí, como siempre, hemos cambiado nombres, edades,
sexos y circunstancias para que la gente involucrada no pueda ser identificada.
114

Hemos ido dándonos cuenta gradualmente del valor de la supervisión de una exposición
escrita sobre una sesión en particular de dirección espiritual. Inmediatamente después
de una sesión de dirección el director reflexiona sobre lo sucedido y escribe algunas
notas sobre lo ocurrido durante la sesión. Para la supervisión posterior toma parte de un
encuentro y trata de reconstruir la conversación. Le da al supervisor una copia de esta
exposición antes de la sesión de supervisión y se transforma así en el foco principal de la
sesión a menos que haya algún otro asunto más urgente. El centrarse en la conversación
reconstruida es una de las mejores formas de llegar al proceso real de dirección usado
por el director. Rose se mostró de acuerdo en hacer, un informe así para cada sesión de
supervisión.

Al principio, el aspecto más evidente revelado en los informes de Rose fue su ansiedad
por decir y hacer lo correcto. Debido a esta preocupación interior le resultaba difícil oír
realmente al dirigido y concentrarse en sus experiencias de oración y de vida en general.

Resulta casi inexorable para la gente que comienza una relación de supervisión al hacer
asesoramiento o psicoterapia ó dirección espiritual, el sentirse preocupada
internamente. Asumen un papel y parecen perder de vista por un momento la principal
virtud que tienen para ayudar a otras personas: su humanidad y su interés por los
demás. En el caso de Rose, también, fue necesario en primer lugar ayudarla a confiar en
su propia humanidad, su propio amor y cuidado por la gente a la que estaba dirigiendo.

John recuerda que tuvo mucho trabajo en ayudar a Rose a confiar en Dios y en sus
previos aprendizajes y. experiencia, como fuentes confiables de las sugerencias para la
oración que podía necesitar hacer a un dirigido. Su necesidad detener respuestas y
soluciones disminuía gradualmente. Cada vez era menor su necesidad de llegar a la
sesión de supervisión con una agenda preparada. Rose dice “John me ayudó a verla
necesidad de orar pidiendo confianza en el Espíritu de Dios, en que estaría Presente en
las entrevistas para ayudarme a mí y a mis dirigidos. Mi propia dirección espiritual
personal se centré en mi necesidad y mi deseo de confiar. más en Dios. Al ir confiando
más en el Espíritu me fui sintiendo más capaz de entrar en la experiencia de otra
persona sin importar cuanto difiriera de la mía. Me iba sintiendo cada vez más
entusiasmada con la posibilidad de aprender acerca de Dios a través de la escucha de la
experiencia de los dirigidos.”

Resulta axiomático que, en general, cuanto más contemplativo uno se haga al dar
dirección espiritual, más contemplativo se hará en la oración y viceversa. Lo que ocurre
también como se dio cuenta Rose, es que en las sesiones de dirección espiritual las
respuestas, textos y sugerencias para la oración se nos ocurren a medida que las vamos
necesitando. Los directores como Rose tienen una reserva de conocimientos y
experiencia que están prontos a su llamado no bien pierdan su ansiedad por lo que
deberían decir.

La supervisión también ayuda a los directores a prestar atención a sus propias


reacciones al escuchar a los dirigidos. Estas reacciones pueden ser indicaciones sobre su
propia fe o falta de fe, o sea, sobre aquellas áreas en las que creen en la gracia y el
poder de Dios y sobre otras donde no lo hacen o al menos dudan en creer. Si tengo
115

miedo de que Dios no pueda curar mi enojo o aún tolerarlo, por ejemplo, entonces seré
menos capaz de permitir a otra persona que luche con su enojo en su relación con Dios.
Rose llega a un autoconocimiento más o menos de la siguiente forma.

Estaba dirigiendo a un hombre que tenía bastante depresión la que, sin embargo, no era
debilitante, En realidad era bastante exitoso en su trabajo y parecía tener, una vida
familiar relativamente feliz. La sesión de supervisión se desarrolló aproximadamente así:

Rose: Me dijo que intentó usar Isaías 43 en la oración, pero no pudo lograrlo. Me dijo
que se sentía un fracasado en la vida y que no sentía que Dios le pudiera resultar
demasiado útil.

John: Uhuh (con asentimiento de cabeza)

Rose: Me emocionó realmente y le recordé cómo había sido ascendido un mes atrás.

John: ¿Porqué le dijo eso?

Rose: Pensé que estaba olvidándose de las cosas buenas debido a su depresión

John: ¿Le dijo a Dios como se sentía?

Rose: No lo sé. No lo mencionó.

John: Y no le preguntó (asentimiento de Rose con la cabeza) ¿Recuerda usted cómo se


sentía cuando él hablaba?

Rose: (Después de unos momentos de silencio) Creo que me sentí también triste y en
cierto modo asustada.

John: ¿Asustada?

Rose: Sí, tenía miedo de que entrara en una depresión y no pudiera salir.

La discusión continuó sobre el miedo de Rose y su relación con su propia vida y su


confianza en Dios. Ella se dio cuenta de que no quería escuchar tristezas profundas y
que por lo tanto intentaba lograr que la gente dejara de estar triste. A veces, como en
este caso, no ayudaría a la persona a recurrir a Dios y expresarle su tristeza y pedido de
ayuda. Rose pudo observar esta tendencia en su propia oración y dirección espiritual y
verla como un-caso práctico de falta de fe. En la práctica no actuaba como si creyera
que Dios podía hacer algo con los sentimientos de desvalimiento y de inutilidad. La
oración y su propia dirección espiritual la ayudaron a vencer esa tendencia. Con el correr
del año le fue posible ir escuchando esas experiencias y ayudar a la gente a dirigirse a
116

Dios en busca de apoya y de curación. Fue creyendo cada vez más en el deseo y
capacidad de Dios de consolar a los afligidos. Resultó interesante que al volverse más
libre al escuchar, la mayoría de sus dirigidos empezaron a compartir sus aspectos
oscuros con ella y con Dios.

En este ejemplo, es importante notar lo que se logró al centrarse en la verdadera


experiencia de dirección de Rose. La hizo cambiar como directora no sólo en relación
con un dirigido sino con todos. Si el foco se hubiera puesto sobre el dirigido, nunca
hubiera aprendido cosas sobre ella misma ni hubiera podido hacer algo al respecto en
su propia oración y dirección espiritual, Permítasenos también subrayar algo más: Rose
notó que muchos de sus dirigidos empezaron a hablar de sentimientos de desesperanza
y de desánimo una vez que ella reconoció su limitación y pudo dirigirse a Dios en busca
de ayuda. Muy a menudo, los directores inconscientemente no quieren oír ciertas
experiencias y los dirigidos reaccionan ante esa actitud, quizás sin siquiera darse cuenta
de lo que está pasando. La supervisión que se centra en la experiencia del director
puede desenterrar esos bloqueos y ayudar al director a eliminarlos. El director nota,
entonces, que empieza a oír más de sus dirigidos.

Hemos mencionado varias veces la supervisión en grupo de pares. Esos grupos han
resultado muy útiles en muchas áreas. Los principios que hemos enunciado para la
supervisión individual se aplican igualmente en la supervisión grupal. A menudo resulta,
por supuesto, más difícil lograr en un grupo el nivel de confianza que es la base para una
buena alianza de trabajo. A pesar de ello, puede lograrse. Hemos notado que las
sesiones de fe compartida y las sesiones de dinámica de grupos con un animador,
fomentan el nivel de confianza. Uno de los indicadores mas claros de que la confianza se
ha logrado es el deseo del grupo de empezar a compartir sus experiencias más difíciles y
conflictivas.

La ventaja de un grupo se hace muy clara cuando el nivel de confianza es alto. Es


entonces mucho más difícil evadir el tema critico; alguien del grupo casi con seguridad
notará la vacilación o el embarazo o la palabra rara que lo traiciona. También es más
fácil que alguien se dé cuenta cuando el foco se ha desplazado del director al dirigido.
Un ejemplo servirá como ilustración.

Joe, el director, está describiendo una cierta sesión de dirección con un hombre casado.
La oración del dirigido es bastante pobre y el Señor parece muy alejado de él en
contraste con su oración del último par de meses. En cierto momento el director dice al
grupo: “Mencionó que había tenido algunas dificultades matrimoniales pero como las
pasó por alto muy rápido pensé que lo mejor era no entrometerme”. Después de haber
terminado su presentación el grupo empieza a preguntarse cuál pudo haber sido la
causa de la pobreza en la oración de ese hombre. Se le hacen preguntas al director para
saber cómo era la oración antes de la sesión de esta semana y se especula con las
posibilidades de que haya resistencia.

Uno de los miembros del grupo hace notar que se están centrando sobre el dirigido y se
pregunta por qué el director no dijo al menos “, ¿Quiere usted decir más sobre sus
dificultades matrimoniales?”. También está intrigada por el hecho de que el director
117

haya dicho que no quería “entrometerse”; esa palabra le interesa. El director empieza a
defenderse: “Si hubiera sido importante, el dirigido hubiera dicho más sobre eso.
Además no quería parecer un entrometido”. Ella responde “Supongamos, por ejemplo,
que él hubiera dicho: “Me enojé mucho en el trabajo la semana pasada y luego hubiera
seguido hablando de otras cosas. Hubiera sido entonces más probable que le hubiera
dicho “Usted dijo que se enojó en el trabajo ¿quiere decirme algo más sobre eso?” o
bien “¿Ha entrado ese enojo en su oración?” ¿“Le parecerían entrometidas esas
preguntas?” Joe hace una pausa y luego dice: “Puedo sentir cierta ansiedad en mí. Ese
ejemplo me tocó de cerca. No me siento entrometido cuando se trata de enojo. Me
enferma hacer preguntas sobre cosas tan privadas como la relación entre marido y
mujer. Y a veces también sobre la relación entre alguien y Dios. Me pregunto si la
pobreza de la oración tiene algo que ver con las dificultades matrimoniales”.

Al no haber profundizado en el tema con el dirigido, sólo puede especular. A medida


que el grupo continúa con la discusión se va haciendo claro que a muchos de ellos
también les parece entrometido el hacer preguntas sobre relaciones íntimas. Su
conclusión es que, debido a sus escrúpulos, pueden haberse centrado en la pobreza del
dirigido y no en la experiencia del director.

En la supervisión individual el uso de la palabra entrometerse y la ligera incomodidad


podría haber pasado inadvertidas si el supervisor hubiera tenido los mismos escrúpulos
que muchos del grupo. Al tratarse de un grupo se puede dar por sentado que al menos
habrá alguno que se dé cuenta de que el emperador no tiene ropa.

La supervisión grupal suscita con particular fuerza la cuestión de la confidencialidad. La


cuestión surge, por supuesto, siempre que un director busca supervisión. Es más fácil,
sin embargo, entender el uso de un supervisor individual, Pero la supervisión grupal
también puede entenderse si se toman las precauciones adecuadas para ocultar las
identidades. Es muy aconsejable hacer presentaciones ficticias como lo hemos hecho en
este libro. Los que participan deben guardar la misma confidencialidad que se le pide a
un supervisor individual. El foco, en verdad, está en el trabajo del director, no en el
dirigido, ya que el proceso de supervisión está concebido para ayudar a los directores a
ser más competentes. Los dirigidos están por lo general agradecidos cuando saben que
hay supervisión y entienden su propósito y las precauciones que se toman para asegurar
su privacidad. El director que debido a su obligación de confidencialidad, tiene alguna
duda en presentar el caso de un dirigido en particular al grupo, puede y debería evitar la
presentación y buscar supervisión individual al menos hasta aclarar su duda.

Una forma de supervisión grupal que hemos encontrado muy útil es la del caso
conferencia. En este caso el director no presenta una sesión sola sino una visión general
de un caso de dirección espiritual que cubre varias sesiones. El director vuelve a ver en
toda su extensión la relación de dirección para ver como ha funcionado y qué factores la
han llevado a su actual posición. La visión general le da al director la posibilidad de
presentar su visión de la dirección para que varios de sus colegas le puedan ayudar a
evaluar su trabajo. Esta ayuda puede ser particularmente útil para clarificar su respuesta
emocional a la persona que está dirigiendo. Otra ventaja es que todos los presentes
pueden aprender más de los grandes procesos de dirección espiritual, por ser mayores
118

que la a menudo limitada visión que se obtener de la supervisión de sesiones


individuales. La visión mayor permite a los participantes relacionar mejor las teorías de
la vida espiritual y los hallazgos de la teología con ese caso concreto. Esos casos
conferencias pueden llevarnos a una influencia mutua más fructífera entre la teología
especulativa y la práctica.
119

Conclusión

Al principio de este libro dijimos que la dirección espiritual podía ayudar a la gente a
encontrar su centro en Dios. Como Tomás Moro, muchos cristianos modernos no
pueden clavar sus almas a las espaldas de ningún otro. Tienen que hallar su propio
centro, y la dirección espiritual es la forma de cuidado pastoral cuyo propósito básico de
dirección es ayudarlos en esa tarea. El resto del libro ha sido escrito para ayudar a los
directores espirituales a asumir con más competencia la responsabilidad que los
tiempos y su propio llamado les han otorgado.

Esperamos haber embarcado a los lectores en un diálogo que puede contribuir a la vida
y al pensamiento cristiano. Hemos tratado de describir una dirección espiritual que
empieza con la experiencia, de Dios de la gente y que la ayuda a desarrollar una oración
que surge de esa experiencia. No pretendemos haber escrito una descripción definitiva
de esa dirección espiritual sino haber invitado a los lectores a explorarla con nosotros.

Pero cuando hablamos de la dirección espiritual basada en la experiencia a menudo


surge una dificultad. Tal vez podamos ilustrarla mejor considerando lo que sucede
cuando conducimos talleres de trabajo de tres días para gente que está en el ministerio,
la mayoría de los cuales son directores espirituales con cierta experiencia. Con
frecuencia sucede la siguiente secuencia: En el primer día los participantes escuchan con
interés nuestra exposición sobre la dirección espiritual. A veces la encuentran muy
atractiva. Pero muchas de sus preguntas, si bien son pertinentes, no se relacionan con la
experiencia. Pueden preguntar “¿Cuál es la diferencia entre la dirección espiritual y el
asesoramiento?” O “¿Cómo se ayuda a una persona con un problema en particular?”

Los participantes generalmente aceptan entusiasmados el juego de roles que


empleamos para ejemplificar experiencias de dirección. Pueden hacer preguntas sobre
la actitud no-directora del director pero a menudo se identifican mucho con la persona
que juega el papel del dirigido.

En el segundo día la exposición continúa siendo bien recibida, las preguntas se hacen
más penetrantes, y los participantes se identifican más profundamente con el dirigido
en el juego de roles. En los grupos pequeños, sin embargo, cuando los participantes
mismos toman el papel de director, muchos tienden a no centrarse en la experiencia del
dirigido o hacerlo brevemente y luego dejarla de lado.

En el tercer día, generalmente a la mañana, ofrecemos otro juego de roles. Esta vez la
reacción es muy diferente. Los participantes empiezan a decir: “Hasta ahora creía haber
entendido, pero me doy cuenta de que no lo hice” “al principio no podía ver la
diferencia que existe entre la dirección a la que estaba acostumbrado y la dirección a la
que ustedes se refieren. Necesito irme ahora y pensarlo”.

Esta experiencia, repetida varias veces, nos ha dejado en duda, Más aún, en nuestras
propias discusiones de dirección, hemos notado que nosotros también a menudo
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desplazamos nuestro foco de la experiencia. Como resultado de estas ‘experiencias con


nosotros y con los demás, hemos llegado a la conclusión de que es difícil, aún para
ministros prácticos e inteligentes, encarar una dirección espiritual, que está basada en la
experiencia religiosa y trata de no apartarse de ella. Hemos empezado a especular que
la razón más profunda de la dificultad posiblemente sea una persistente reticencia de
nuestra parte a estar abiertos y permanecer abiertos ante el Dios viviente.

Ya sea que esta especulación sea cierta o no, las experiencias que acabamos de describir
nos llevan a preguntarnos qué ha pasado con nuestros lectores a medida que han leído
este libro. Tal vez hayan tenido reacciones similares a las de los participantes de taller
de trabajo y tal vez no estén seguros de que hayamos descrito nada diferente de lo que
habitualmente han experimentado como dirección espiritual. Tal vez no lo hayamos
hecho, pero silos lectores han prestado atención a lo leído, el diálogo ha empezado.

Podría continuar de esta manera: el lector podría volver a los ejemplos, especialmente
los extendidos y volverlos a leer, ponerse en el lugar del director y preguntarse “¿Cómo
reaccionó ante la dirección que aquí se describe?” “¿Hay aquí algo que me suene mal o
que no entienda?”. Si el lector nota algo inusual, esperamos que vuelva a la exposición y
busque allí la ayuda para sus preguntas. Puede estar de acuerdo o no con lo que
encuentre; en uno u otro caso el diálogo puede continuar especialmente si continúa
más la discusión y la comunicación entre los directores.

Esperamos, en otras palabras, que este libro no sea definitivo ni para sus autores ni para
sus lectores, sino que represente una exploración continua. El atenernos a nuestra
experiencia de vida y de Dios, exige recurrir a nuestros recursos más profundos de la
mente, del corazón y de la capacidad de relacionarnos con los demás. Ninguno de
nosotros entiende plenamente su experiencia ni la experiencia de los demás. Si
podemos reconocer nuestra falta de entendimiento y dejar que sirva como un incentivo
para continuar explorando, aprenderemos más acerca de la experiencia y estaremos
más abiertos al modo en que Dios orienta a la gente. Las metas son el entendimiento
siempre creciente y la vida siempre más profunda.

A medida que el diálogo y la exploración prosiguen, tanto el cuidado pastoral como la


reflexión teológica pueden verse beneficiados. El divorcio de la teología de la
experiencia religiosa ha empezado a curarse y los directores que están atentos a los
temas teológicos y regularmente en contacto con la experiencia religiosa de los
cristianos, irán contribuyendo a una mayor curación.

El diálogo y la exploración también pueden contribuir a la elaboración de un lenguaje


más apto para describir el desarrollo en la oración y en la vida espiritual. La terminología
tradicional no ha sido a menudo el lenguaje de la relación. Los Ejercicios Espirituales de
San Ignacio, por ejemplo, han sido generalmente descriptos en términos de “semanas”.
Aquellos que están familiarizados con los Ejercicios a menudo hablan de la dinámica de
una “Primera Semana” o “Segunda Semana”. En un lenguaje que resulta más
claramente expresivo de la experiencia real de los ejercitantes deberíamos referirnos a
la dinámica de la “Primera Semana” como la etapa en la que el dirigido desea pero a la
vez lucha contra el deseo del Señor de amarlo y de salvarlo a pesar de todos sus
121

defectos. El gran logro de esta dinámica es la libertad del dirigido para recibir amor,
salvación y perdón del Señor. La dinámica de la “Segunda Semana” representa la lucha
del ejercitante para asumir los valores de Jesús, identificarse con él y ocuparse de lo que
él se ocupa. El logro es el compañerismo con Jesús, la libertad del dirigido para, poder
dar y servir como Jesús dio y sirvió. La continua atención a la experiencia puede ayudar
al crecimiento de un lenguaje de desarrollo nuevo y más expresivo, que beneficiará
tanto a la teología espiritual como al cuidado pastoral (1).

Para lograr los fines de enriquecer la vida y el pensamiento cristiano, los directores
espirituales deberán estar abiertos a una gran variedad de gente y de experiencia. Los
directores espirituales corren el riesgo de juntar a su alrededor un pequeño grupo de
gente, todos de la misma clase social, raza, educación, medio y denominación religiosa.
Realmente, dentro de la misma denominación, el peligro consiste eh que el grupo sea
de “gente profesional religiosa”, ministros y sus esposas, monjas, sacerdotes,
seminaristas, etc. Si esto sucede, se corre el riesgo de que las experiencias de un grupo
pequeño de gente de mentalidad parecida, sean consideradas como las únicas
experiencias de Dios posibles. Tal vez mucha gente común pierde interés en las iglesias
debido a que la experiencia de la clase profesional de gente religiosa se ha convertido
en la base sobre la que se encara el cuidado pastoral y se construye la predicación.
¿Cuantos ministros profesionales conocen las experiencias religiosas de un taxista, de
las madres de niños pequeños, del obrero fabril, del hombre de negocios? Cada vez más,
la gente común busca ayuda para la oración. Al compartir sus experiencias de Dios, la
vida de la Iglesia se enriquecerá y los directores espirituales tendrán menos tendencia a
considerar su propia experiencia como normativa.

Las experiencias de gente de diferentes culturas y países pueden abrir nuestros


horizontes. El imperialismo cultural se contrapone con una actitud contemplativa. Esta
se interesa en la experiencia del otro, no en hacerla caber en el molde propio. Una
apertura simpática y contemplativa a la experiencia religiosa no cristiana también
ayudará a ampliar horizontes.(2) Aquellos que aman a Dios desean conocer más sobre
él.

Necesitamos saber como es experimentado Dios por la gente muy pobre y desvalida.
Algunos pocos directores han empezado a trabajar con los desvalidos. Este trabajo se
halla aún en las etapas iniciales, pero parece promisorio donde haya un buen desarrollo
de la actitud contemplativa del director.

Tenemos la esperanza de que la dirección espiritual se vuelva más accesible para la


gente de Dios. Si esto sucede, los directores deberán aprender cómo hablar sobre la
oración con gente que no está acostumbrada a hacerlo. Tendrán que utilizar el lenguaje
de la experiencia y emplear tiempo ayudando a la gente a creer que su experiencia es
importante. Ese tiempo estará muy bien empleado. Por ejemplo, hubiera sido muy
interesante e informativo escuchar las experiencias religiosas de Cesar Chávez.(3)

Estas últimas consideraciones nos llevan a la relación entre dirección espiritual y justicia
social. La fuente de las campañas de Cesar Chávez por la justicia, es su vida espiritual. (4)
La publicación póstuma de Markings reveló que el trabajo por la paz mundial de Dag
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Hammarskjold se había fundado en una vida contemplativa. No cabe duda de que la


oración y una vida activa han ido siempre de la mano. Algunos cristianos, sin embargo,
han temido que el vuelco hacia la interioridad, señalado por el surgimiento de tantos
movimientos espirituales contemporáneos, pueda llevar a una pérdida de energía que
es necesaria para corregir los males sociales. Quisiéramos hablar sobre este tema como
una conclusión apropiada para este libro.

¿Cuál es la relación que existe entre la dirección espiritual y la teoría y acción sociales?
Una primera aproximación de respuesta surge de una visión clara del propósito de la
dirección espiritual. No es la tarea del director espiritual el decir al dirigido dónde debe
poner sus energías. Si el Señor de la realidad piensa algo, lo comunicará en la relación
del dirigido con él. La tarea del director es facilitar la comunicación abierta entre el
dirigido y el Señor. El gran y creciente número de dirigidos que están comprometidos en
una o más áreas de la lucha por la justicia social indica que se han dado cuenta de la
necesidad de la acción social. En un mundo que dama por justicia y por alimentos y en
un momento en el que las autoridades religiosas urgen unánimemente a los cristianos a
sumarse a la lucha por la justicia, sería sospechosa la oración de un dirigido que nunca
hiciera surgir un pensamiento o pregunta sobre su propio papel en la lucha. La tradición
cristiana ha desconfiado con razón de la vida de oración que no muestra interés por los
demás. Los directores espirituales, por lo tanto, tienen razón al hacer preguntas sobre
una vida espiritual que no considera los temas de justicia social. Pero las hacen como
directores espirituales, no como maestros, predicadores o exhortadores.

En segundo lugar, podemos decir con Bernard Lonergan, (5) que la persona que tiene un
corazón convertido es diferente de la que tiene un corazón que no lo es. Ambas pueden
comprometerse en la acción por la justicia social pero sus corazones son diferentes.
Sobre esa diferencia tic corazones trata la dirección espiritual. En nuestra experiencia, la
gente activa y comprometida no pierde su pasión por el trabajo con y para la gente de
Dios cuando entran en la dirección espiritual, sino que a menudo pierden la severidad y
el desprecio por aquellos que tienen distintos puntos de vista, a medida que sus
corazones van siendo cambiados.

Al mismo tiempo, la persona que empieza hoy con dirección espiritual es diferente de la
que le pedía dirección a Ignacio de Loyola. La conciencia de la necesidad de basarse en
la vida interior está mucha más extendida en nuestros días. Pero los teóricos sociales
también demuestran que nos enredamos tanto con las costumbres e instituciones
sociales, políticas y culturales de las que formamos parte, que lo interior y lo exterior
son como la trama y la cadena de nuestras personalidades. Y estas estructuras
“públicas”(6) de nuestra experiencia son tan inconscientemente operativas como
cualquier esquema interpersonal. En realidad, es muy difícil darse cuenta de estas
estructuras sociales, culturales e institucionales de nuestra experiencia debido a que son
compartidas por todos los que nos rodean. Nos hemos acostumbrado tanto a ciertas
maneras de estructurar nuestra experiencia, que probablemente sufriríamos ansiedades
traumáticas si las elimináramos.(7) En otras palabras, los esquemas de personalidad con
los que necesita encontrarse el Señor de la realidad en nuestros días, incluyen estas
dimensiones públicas que también nos impiden verlo claramente a él y a su mundo. La
pregunta que los teóricos sociales hacen a los directores espirituales es: ¿Cómo ayudan
123

ustedes a la gente a darse cuenta de esos lugares ciegos que son un obstáculo para ser
más real y permitirle a Dios ser más real con ella?

Esta es una buena pregunta. La única respuesta es que la dirección espiritual debe
permanecer fiel a su propia dinámica interna, que es la de facilitar la relación entre el
Señor y el dirigido y la de confiar en que el Señor, la vida y los otros ministerios de la
iglesia también hagan su trabajo. Lo que es seguro, es que la contemplación no lleva a la
gente que ya tiene una conciencia de las dimensiones públicas de la personalidad (y del
pecado público) (8) hacia atrás, hacia una piedad más interior y privada. Más aún, por
experiencia, al volverse la gente más real frente al Señor y éste frente a la gente,
ocurren cambios radicales; por ejemplo, se hacen más abiertos al tipo de lecturas,
conferencias y predicación que desafía sus esquemas “públicos”.

Finalmente, debemos desechar una idea persistente y peligrosa que bordea una falsa
ilusión: ni la oración ni la dirección espiritual dan las respuestas a todos los problemas.
Ellas se ocupan de una relación, no de soluciones mágicas, y la relación con el Señor,
como cualquier otra, es fomentada y cultivada por el amor de El Otro y no porque
ofrezca ventajas utilitarias tales como el conocimiento de cómo votar o cómo
organizarse por la justicia o qué problemas sociales atacar primero. La persona que está
enamorada del Señor todavía necesita hacer sus deberes si quiere aprender en la
escuela o decidir la forma de votar en up tema crítico de política local. Y si se trata de
organizar la lucha de inquilinos contra propietarios injustos es mejor prepararse en
algún otro lugar y de otra forma que no sea el estar de rodillas.

Muy a menudo hoy en día la gente religiosa justifica sus decisiones diciendo que han
orado sobre ellas. Posiblemente la oración los ha ayudado a encontrar algún atractivo
en la elección que deben hacer, pero posiblemente también han hecho bien sus
deberes. La oración - y la dirección espiritual - se harán mala fama si se llega a malos
juicios y malas decisiones atribuidas a ella. En un análisis profundo, la dirección
espiritual no apunta a obtener “decisiones acertadas” o “buenos practicantes” o
“apóstoles activos” o “gente con mente clara que toma decisiones” sino a fomentar una
relación, una relación de amor. Aquellos que son ayudados por la dirección espiritual
trabajarán, esperamos, por la venida del Reino de Dios en la tierra. Conocemos a
muchos que lo hacen. Pero la dirección espiritual en la que están comprometidos los ha
dejado libres para decidir.
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Indice

1. Qué es la dirección espiritual pag. 1

2. La centralidad de la experiencia religiosa pag. 7

3. La relación entre Dios y los individuos pag. 16

4. Fomentando la actitud contemplativa pag. 25

5. Ayudando a una persona a darse cuenta de los hechos

Interiores claves y a compartirlo con el Señor pag. 38

6. Evolución de la relación y la resistencia pag. 48

7. Criterios para evaluar la experiencia religiosa pag. 61

8. Convertirse en director espiritual pag. 72

9. Las bases para la relación entre el director y el dirigido pag. 81

10. Disturbios en la relación entre director y dirigido pag. 94

11. La supervisión en la dirección espiritual pag. 107

12. Conclusión pag. 119


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