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El

GRITO PRIMAL
La terapia que cambió el rumbo de la
psicología

Dr. Arthur Janov

Traducción María del Carmen Merino Gamiño


© Arthur Janov
Primal Trainig Center
2553 Lincoln Boulevard
Box 162
Marina del Rey, CA 90

Traducción al español de: Carmen Merino Gamiño

ISBN edición electronica: 978-607-9266-10-3

Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita del editor, la reproducción parcial o total de esta
obra por cualquier medio o procedimiento.

Diseño de portada: Lizbeth Morales López


Cuidado de la edición: Luz María Bazaldúa
Producción de la edición electrónica: Letra de Nube

Hecho en México
Made in México
Para France.

For Ellie Je t'aimerai ‘à jamais


Hay dos modos de ser engañado: uno es creer que eso
no existe, el otro es rehusarse a creer que así es.
SØREN KIERKEGAARD
Índice general

Sumario
Reconocimientos
Introducción. La terapia primal veinte años después

PRIMERA PARTE
Por qué nos enfermamos

I. LAS NECESIDADES HUMANAS BÁSICAS


Nuestras necesidades y su satisfacción
El amor: factor básico en todas las necesidades
Las necesidades emocionales del niño en desarrollo
La importancia de la libertad
El libre flujo del amor
Cuando las necesidades no se satisfacen
La realidad de la necesidad
El surgimiento de las necesidades sustitutas
Las necesidades sustitutas se convierten en neuróticas
La resolución de las necesidades neuróticas

II. EL DOLOR PRIMAL: EL GRAN SECRETO OCULTO


La naturaleza del dolor emocional
El dolor primal
Dolor, necesidad y desarrollo natural
El misterio del dolor primal
El pozo primal del dolor
La medición del dolor emocional
La naturaleza de la memoria emocional
La capacidad de estrés en el recién nacido
La memoria emocional no es un recuerdo consciente

III. LA REPRESIÓN: LAS COMPUERTAS DEL CEREBRO Y LA PÉRDIDA DEL SENTIMIENTO


El bloqueo: mecanismo de la represión
Las compuertas del cerebro y la represión
El dolor bloqueado y la memoria en la terapia primal
Bloqueo y represión del dolor: el cuadro clínico
El bloqueo y la comunicación interrumpida
El bloqueo como base de la neurosis
La evolución del bloqueo
La medición de la fuerza de las compuertas del dolor
El dolor y el cerebro superior
Las endorfinas: supresores naturales del dolor
Las endorfinas: llaves y cerraduras en el bloqueo del dolor
¿Por qué existen las endorfinas?
El pasado es la clave de la supervivencia
Dolor, represión y las endorfinas en la enfermedad

IV. LOS NIVELES DE CONCIENCIA Y LA NATURALEZA DE LA MENTE


La mente está en el cuerpo
La mente sobreviviente, la mente sensible y la mente pensante
La conciencia y las tres mentes principales
El dolor: organizador de la mente
La mente y los tres niveles de conciencia
La enfermedad y la conciencia de primera línea
El dolor y los niveles de conciencia
La conciencia y el funcionamiento del cerebro
La mente contra el cuerpo
La naturaleza de la mente
La hipnosis y los niveles de la conciencia
Las drogas alucinogénicas y la mente
La mente y las compuertas “defectuosas”
Conciencia versus percatación
Penetrando en la mente inconsciente
El proceso de soñar dormido y los niveles de la mente
Dormir, sueños y pesadillas: cómo ser neurótico en tu sueño

V. ALIETTA
Domingo 10 de octubre
Martes 12 de octubre
Miércoles 13 de octubre
Jueves 14 de octubre
Viernes 15 de octubre
En la noche
Martes 21 de octubre
Viernes 24 de octubre
El grupo
En la fiesta de Halloween
Sábado 1 de noviembre: último día de las tres semanas
Lunes 3 de noviembre
Cinco años después
Quince años después

VI. CÓMO SE IMPRIME LA EXPERIENCIA TEMPRANA


Ojo: en este capítulo en los subtítulos se maneja el término “huella” en lugar de impreso. Sólo decidir cuál
se va a usar, para unificar unos y otros.

Qué son las huellas?


Efecto del impreso en el sistema inmunológico
Los impresos y el recuerdo del trauma
Impresos: centros emocionales de la mente
Los impresos, el dolor y el sentimiento
La ilustración del impreso
Allice
Cómo resuena el impreso, con el presente
Harry
Los impresos y la necesidad crónica de privación
Karen
Impresos y nuestro destino genético
La impresión de la huella en un periodo crítico
Linda
Los armarios de nuestras mentes

VII. ACTUANDO LA NEUROSIS: LA REPRESENTACIÓN SIMBÓLICA


El mundo como sustituto de los padres
El nacimiento del act-out (representación)
La lucha por recrear los impresos
El significado oculto del comportamiento
La representación simbólica de nuestro nacimiento
La resolución del act-out (representación)

VIII. EL TRAUMA DE NACIMIENTO: CONSECUENCIAS DE POR VIDA


La neurosis comienza en el vientre materno
Cómo ser neurótico en el vientre materno
Aarón
Cómo cambia al cerebro el trauma de nacimiento
Prototipos
El principio del origen del prototipo confirmar jerarquía
El tren del trauma: la agonía como fijación permanente
Prototipos y supervivencia
Bill

IX. EL PROTOTIPO DEL NACIMIENTO Y LA PERSONALIDAD POSTERIOR


Los modos simpático y parasimpático
El impreso del tren del trauma
Felipe
La desesperación: raíz de la enfermedad
No hay salida para el neurótico
Victoria
El act-out o representación del trauma del nacimiento
La composición del prototipo
Maryanna
El simpático como optimista
Julia
Depresión maníaca, el origen de la personalidad cíclica
María
Jesse
Leslie
Sobre la depresión maníaca
¿Entonces existen dos “yo”?
Susan
¿Por qué la depresión? Un anexo
La predictibilidad de la neurosis
Michael
Jennifer
Judy
Chris

SEGUNDA PARTE
Las formas de la neurosis

X. ESTRÉS, ANSIEDAD Y TENSIÓN: SÍNTOMAS DE LA ENFERMEDAD


¿Qué es el estrés?
La respuesta de pelear o huir
El síndrome de estrés
La naturaleza de la ansiedad
La ansiedad, la represión y el sistema de defensas
¿Qué desata la ansiedad?
La ansiedad y la neurosis obsesivo—compulsiva
Sobre las drogas y la adicción
Bill
Deena
Michelle
Un punto de vista primal
Cómo usé las drogas: Howard
La enfermedad poliquística y el dolor temprano: Leslie
Yo, las drogas y la terapia primal
Primera delcaración en la tercera línea, en la terapia primal y en mi vida
Silvia
La naturaleza de la tensión
El dolor: un antídoto contra la ansiedad
La ansiedad como mecanismo de supervivencia
Conclusión: la edad de la represión

XI. LA DESESPERACIÓN MALIGNA


La represión y el sistema inmune
Investigación primal: cómo cambia la psicoterapia al cerebro y al cuerpo
La fiebre de la neurosis
Midiendo la neurosis: el índice de represión
Liz
La represión y el sistema inmune
Investigación sobre el estrés, el dolor y el sistema inmune
La importancia de esta investigación
Investigaciones recientes sobre el sistema inmune
La desesperación maligna
La huella de la desesperación maligna: desesperanza y cáncer
La mente del sistema inmune
El sistema inmune como conciencia
La soledad letal
La represión como enfermedad fatal
Midiendo los efectos del trauma temprano

XII. LA ENFERMEDAD COMO GRITO SILENCIOSO


Discusión
La unidad del dolor y el síntoma
La presión del impreso
La conspiración silenciosa acerca de nuestro dolor
El papel de la terapia primal
Naturaleza versus nutrición: el papel de la herencia en la enfermedad
Ganando el acceso al grito silencioso
Conclusión
Secretos que te mantienen enfermo

XIII. SEXO, SENSUALIDAD Y SEXUALIDAD


La frigidez en dos mujeres
Los problemas sexuales son problemas humanos
Los sentimientos, los símbolos y la perversión
El yo dividido y la sexualidad
Tratando problemas sexuales sin sexo
Incesto
La investigación sobre desviaciones sexuales
Philip
Ted

TERCERA PARTE
¿Cómo mejoramos?

XIV. SOBRE LA NATURALEZA DE LO NORMAL


El comportamiento: sólo una parte de ser normal
Determinando lo que es normal
El contexto de lo normal
La esencia del ser humano
Orígenes de lo anormal
El punto de vista psicológico de lo normal
¿Es normal querer ahorrar? Sí para el normal y no para el neurótico
La neurosis como corrupción e insatisfacción
Criterios de normalidad
¿quién es el juez de la normalidad?
¿Te puedes sentir normal?

XV. EL PAPEL DEL LLANTO EN LA PSICOTERAPIA


El llanto y la necesidad
Lágrimas primales y dolor reprimido
Las lágrimas son únicamente humanas
La represión de las lágrimas
Las lágrimas y el sentimiento de pérdida
La abreacción
El llanto y el estrés
La necesidad del llanto
El llanto como medio para sanar
La dialéctica del sufrimiento y de la recuperación de la salud

XVI. POR QUÉ TIENES QUE REVIVIR TU INFANCIA PARA SANAR?


Reviviendo las viejas emociones
Los niveles de conciencia al revivir
Reproducción artificial de los niveles de conciencia
El niño siempre existe
Reviviendo como un proceso
El significado de lo que se revive
Temporalidad

XVII. LA TERAPIA PRIMAL EN LA ACTUALIDAD


La terapia primal emplea una metodología científica rigurosa
El estilo primal
Caer en un sentimiento
El llanto se tiene que expresar
Mantener el sentimiento en la vida en curso
La terapia primal es sistemática
Errores en la terapia primal
Confundiendo la abreacción con el sentimiento
Retiros y terapia primal
Terapeutas
Aspectos únicos de la terapia primal
El dolor y la terapia
La terapia primal actualmente
Las defensas: estudio de un caso

XVIII. NADINE
“¿Quién es?”, la escuché decir, pero no contesté

XIX. CONCLUSIONES: LA TERAPIA PRIMAL VEINTE AÑOS DESPUÉS


Evidencia empírica
Resistencia a la noción de dolor oculto
El clamor por la terapia primal
Pacientes posprimales
La necesidad como fuente generadora

Epílogo
La terapia primal no es la terapia del “grito primal”
Reconocimientos

Escribir un libro siempre incluye la ayuda de otros. En mi caso, mi esposa


France pasó una buena parte de su tiempo leyendo y corrigiendo el texto. Ella
incentivó, ofreció sugerencias y fue una continua ayuda para mí. Era mi Diario,
Panel de información.
Un editor que fue de gran ayuda fue el doctor David Lyon, un hombre con un
enorme rango de conocimientos, que fue de lo más útil en la organización del
libro; siempre sabía dónde cortar y dónde agregar y, sobre todo, señalar hacia lo
que no quedaba claro o requería de una explicación más precisa.
Mi secretaria fue Nadine Barner. Adicionalmente, conté con la ayuda de
Kerry y Diane Feltham, quienes a menudo bajo una gran presión, nunca me
fallaron. Finalmente, mi agradecimiento es para mis pacientes que durante años
me mostraron el camino y, a menudo, me enseñaron mucho más de lo que yo
podía enseñarles y me proporcionaron los insights dirigidos al comportamiento
humano, los cuales constituyeron mi verdadera educación en el ámbito de la
psicología.
Introducción
La terapia primal veinte años después

Hace algunos años escuché algo que iba a cambiar el curso de mi vida
profesional y la vida de mis pacientes. Lo que escuché era un grito extraño, que
brotaba de las profundidades de un hombre joven que yacía en el piso durante
una sesión de terapia. Yo pude compararlo con aquello que uno podía escuchar
en una persona que estaba a punto de ser asesinada (The Primal Scream, 1970.)
El grito que describí hace cuarenta años es el producto de algunas heridas
inconscientes, universales e intangibles que la mayoría de nosotros portamos y
que nunca parecen sanar. Mi profecía indudablemente fue certera. Cambió mi
vida y la vida de miles de pacientes. Ese grito me condujo a la búsqueda de sus
orígenes y eso, a la vez, me ha llevado hacia las profundidades del inconsciente,
inspirando a personas de treinta países a venir a mi terapia y con ello me han
proporcionado una perspectiva mucho más amplia de la humanidad. Yo creo que
el descubrimiento del dolor que subyace en ese grito es muy importante en el
terreno de la psicología porque, finalmente, para los seres humanos significa el
término de su sufrimiento. Significa que hay un medio para salir del pantano en
el que muchos de nosotros nos hemos sumergido cada día de nuestra vida.
Después de varias décadas de buscar e investigar, luego de tratar con miles
de pacientes que sufrían aflicciones psicológicas y fisiológicas inimaginables,
hemos llegado a construir una terapia —precisa y predecible— que reduce la
cantidad de tiempo que uno pasa en tratamiento y elimina todas las iniciativas
desperdiciadas: es una terapia que durante más de treinta años ha estado sujeta a
múltiples investigaciones hechas por científicos independientes, y todo lo que
hemos descubierto es consistente. La terapia primal es capaz de reducir o de
eliminar una gran cantidad de padecimientos en un periodo relativamente corto,
con resultados duraderos. Produce seres humanos sensibles que pueden
experimentar cada aspecto de sí mismos, cuyo cerebro no está dividido en
compartimentos especializados, para que un área no pueda conocer lo que otra
parte está experimentando. Se trata de personas cuyos cuerpos no pueden ser
extraños para sus mentes.
Una persona que puede sentir, es capaz de entender lo que yace dentro de
ella y ya no necesita decepcionarse de sí misma. La autodecepción es una
condición sine qua non de la neurosis, que nos exige que nos mintamos a
nosotros mismos. “Pretender ser verdaderos” es casi una moción neurótica.
Este libro no trata solamente de la psicoterapia, trata de la condición humana.
Habla acerca de cómo detectar la neurosis y cómo podemos saber lo que es
normal. Trata sobre el llanto y el papel que desempeña en la salud de cada uno
de nosotros. Nos permite comprender el por qué de la ansiedad y la represión, y
de lo que éstas realmente significan. Se refiere a la desesperación y a la
esperanza, y al grito silencioso conocido como “enfermedad”. Habla de la
malignidad de la desesperanza, de la depresión enfermiza, de los sueños
destrozados y de las rupturas en nuestras relaciones. Concierne a la naturaleza
del amor y, finalmente, se refiere a la inteligencia real, y no al hecho de
considerarse una persona cultivada, educada y erudita. Trata acerca de la
posibilidad de ser capaz de amar y de dar, de sobrevivir y llevar una vida
inteligente, una que no es autodestructiva ni lastima a los demás. ¿Qué tan lista
tiene que ser una persona para saber que un niño que llora debe ser tomado en
brazos y calmado?
Los dolores que encontramos que yacen bajo ese grito que yo escuché hace
tanto tiempo, son lo que he llamado dolores primales; derivan de cualquier
experiencia temprana en la vida —de una cirugía, del abuso físico, o del simple
descuido—. El elemento central de estos dolores viene de la falta de amor. La
clave es que al surgir, ese grito contiene más dolor que aquel que puede
integrarse con el tiempo, haciendo necesario reprimir una buena parte de él y
almacenarlo para una futura referencia. Los dolores primales surgen no
solamente de esa falta de amor, sino también de esos momentos de epifanía o de
las escenas en las que un niño se da cuenta de que no es amado y que no lo será.
Surgen cuando por un breve y olvidado momento, el niño se estremece al
comprender que él no puede ser lo que es, ni va a saberse amado en algún
momento ni en situaciones en que padecerá de una idéntica y monumental
desesperanza. Su decisión será luchar con todo su corazón para ser lo que sus
padres quieren que sea y hacer a un lado el dolor, o más bien, colocarlo
automáticamente lejos de sí, gracias a nuestro milagroso sistema de represión.
Esa represión efectivamente produce dos “yo” en guerra uno con el otro. El
yo real, con sus necesidades y con su dolor a cuestas, y el yo irreal, que está
fuera de contacto con el otro yo (el real) y que incluso es capaz de relacionarse
con el mundo exterior. La función del yo irreal consiste en mantener al yo real
oculto, sin mostrar su cara. Su rol es lograr que el cuerpo actúe, a pesar del
torbellino que está sucediendo en su interior. El mejor modo de lograrlo, según
parece, es que el yo irreal permanezca ignorando su propia historia. Por eso
pienso que la mayoría de los neuróticos son seres ahistóricos, porque el dolor les
ha robado su pasado.
La fuente principal de este dolor es una necesidad que fue prolongada e
insatisfecha desde la vida más temprana. En determinado momento clave, las
necesidades insatisfechas de amor, abrigo y protección se convierten en dolor, lo
que a su vez reclama la represión. Después de esa división, el yo irreal continúa
actuando con base en sus necesidades. A este proceso lo llamo “la actuación
simbólica”, pues el yo irreal trata de obtener satisfacción mediante vías
simbólicas. Ésta es la esencia de la neurosis. Los viejos pacientes permanecen
reprimidos y representan roles que casi siempre son irreales y meramente
simbólicos.
Hemos encontrado un camino para revertir este proceso, haciendo que los
pacientes regresen y revivan la escena original y sobrecogedora, sintiéndola
poco a poco en el tiempo, hasta que finalmente el proceso se resuelva afuera del
sistema. Los pacientes pueden poner en reversa el proceso neurótico
evolucionario, y son capaces, en efecto, de revertir una historia que puede
regresar hasta su nacimiento. Hemos encontrado que es posible montar en el
vehículo del sentimiento hacia el pasado, a través de los años, hasta aquellas
estaciones traumáticas que encontramos en el camino, en donde nuestro
desarrollo quedó retardado.
Cuando los individuos hacen esto, hay cambios predecibles que podemos
medir a través de los años. La función cerebral y la estructura del cerebro
cambian, la presión sanguínea y el ritmo de los latidos del corazón caen, y hay
cambios en numerosas hormonas, y algo aún más importante, nuestras
investigaciones recientes indican que hay un cambio significativo en el sistema
inmune de quienes reviven su dolor, hecho que tiene importantes implicaciones
en el tratamiento de enfermedades catastróficas, como el cáncer.
Sabemos ya mucho sobre el dolor y lo duradero que puede ser, aun entre
aquellos que nunca podrían creer que existiera dolor en ellos. También hay algo
más que sabemos acerca del proceso de represión, de cómo trabaja y dónde. La
ciencia ha avanzado mucho en los pasados treinta años y también la terapia
primal. Por eso somos capaces de ver los recientes descubrimientos en el campo
de la ciencia del cerebro, la inmunología, el dolor, la represión, las endorfinas, el
llanto y el cáncer, y cómo se relacionan con nuestro trabajo. Lo que solía ser una
hipótesis, ahora ya es un hecho reconocido. Lo que era un supuesto, en la
actualidad es demostrable. Lo que era más bien una teoría general, hoy es una
estructura detallada que nos permite tratar y predecir, con cierta precisión, el
curso de la terapia en nuestros pacientes.
Significa que, para muchos, hay un modo de salir del dolor y de la neurosis,
de las migrañas, úlceras, colitis, fobias y relaciones que se rompen
constantemente. Significa que la neurosis y su tratamiento son entidades
mensurables, cuyo progreso puede cuantificarse. Que la psicoterapia ahora
puede traerse al ámbito de un método estrictamente científico. En la actualidad
ya ha dejado de ser un arte. Las técnicas están ahí, irrespectivamente del
terapeuta, para alterar la enfermedad mental.
El asesino número uno en el mundo actual no es el cáncer ni la enfermedad
cardiaca: es la represión. El peligro real es la inconsciencia, y la neurosis es el
asesino oculto. En mis varias décadas de práctica, me he ido convenciendo cada
vez más y más de este hecho. La represión —un ocultamiento clandestino,
furtivo, una fuerza intangible— nos golpea hasta llegar al fondo y lo hace de
variadas maneras y además disfrazadas —cáncer, diabetes, colitis—, nunca la
vemos al desnudo, tal como es. Ésa es su naturaleza diabólica, compleja,
recóndita. Es ampliamente reconocida y, sin embargo, es negada porque su
principal mecanismo es esconder la verdad. La negación es la consecuencia
inevitable de su estructura.
Casi no hay ninguna enfermedad mental o física sin represión. Una manera
de conocer la verdad de esta afirmación es poner en reversa la enfermedad,
conducir a los pacientes hacia su dolor y levantar la cubierta de la represión. Más
adelante veremos cómo, en nuestras investigaciones, muchas enfermedades se
pueden poner en reversa, inyectando químicos que detienen los procesos
represivos. La tarea de la represión puede reconocerse en la alta presión
sanguínea cuando, por ejemplo, regresamos a los pacientes a su dolor temprano
y dicha presión se eleva de forma importante; cuando terminan de revivir su
dolor, la presión sanguínea cae significativamente.
A la larga, lo que se ha reprimido son las necesidades y los sentimientos. Por
eso es que al sentir un dolor temprano, estamos debilitamiento la represión, lo
que permite a algunas personas sentir de nuevo. Eso nos devuelve el significado
y finalmente nos permite experimentar alegría, belleza y coloración en la vida.
Significa unificar el sí mismo y convertirlo en algo orgánico, integrado y total.
En este libro aprendemos por qué los sentimientos son lo principal, pues ponen
un final no solamente a los síntomas, sino también a la lucha por la satisfacción
simbólica. El yo real surge y la búsqueda de uno mismo cesa. El yo real se ha
encontrado adentro del dolor.
Los principios relativos al dolor primal y a la terapia primal no han cambiado
en más de veinte años. Todo lo demás sí ha cambiado. Pienso que lo que ha
cambiado más es la posibilidad de predecir el tratamiento. Al principio no
teníamos suficiente experiencia con una amplia variedad de pacientes para saber
qué iba a suceder, excepto de una manera muy general, cuando atacábamos el
dolor. Ahora no sólo sabemos qué va a pasar, sino en qué nivel de conciencia
está operando el paciente. Esto nos permite saber qué esperar en las siguientes
sesiones. Los niveles de conciencia que primero descubrí hace algunos años, han
sido verificados por un gran número de investigadores científicos. Esto es algo
que seguimos viendo todo el tiempo: tres niveles discretos de conciencia que
determinan la clase de síntomas que tendrá la persona y el tipo de
comportamiento que podemos esperar. Veremos algo más en el capítulo
dedicado a la mente, acerca de estos niveles y cómo trabajan.
Ahora los pacientes se dirigen más profundamente hacia el inconsciente de
lo que antes solían hacerlo, y hoy conocemos mucho más sobre el inconsciente y
qué tan peligroso o tan amistoso puede ser. Sabemos qué dolores tempranos son
más peligrosos al sentirlos y cuáles no. Sabemos cómo encauzar a los pacientes
hacia áreas en donde no se sientan avasallados. Actualmente nuestras técnicas
están años luz adelante de lo que estaban hace unas décadas. La nueva
información sobre las endorfinas nos ha clarificado muchos temas relacionados
con el dolor, y espero que también lo hagan con los lectores de este libro.
Cuando comencé a utilizar este método, me decían que era imposible que
una persona reviviera su nacimiento, porque el sistema nervioso no estaba
suficientemente maduro en ese tiempo para registrar algunos recuerdos útiles.
Durante muchos años yo descarté el tema de evento del nacimiento, debido a esa
falsa información. Ahora sabemos que el trauma del nacimiento en realidad está
codificado y almacenado en el sistema nervioso. Toda una serie de
establecimientos dedicados a la “Industria de Renacimientos” ha crecido en
torno a mis descubrimientos, lo que ha conducido a un numeroso grupo a la
clase más peligrosa de charlatanería.
Efectivamente, en la actualidad sabemos mucho acerca de qué tan temprano
los sucesos experimentados en la vida quedan impresos en nosotros, los
analizaré en detalle, porque ese primer medio ambiente y el efecto de sucesos
tempranos nunca nos abandona: permanecen incrustados para siempre en el
sistema. Por fortuna hemos perfeccionado un método para alterar esas huellas,
impresos que dislocan seriamente el funcionamiento de muchos sistemas de
órganos.
Tras haber visto toda clase de desviaciones sexuales imaginables, ahora soy
capaz de discutir sobre lo que yace detrás de la disfunción sexual. Veremos que
algunos profundos problemas sexuales a menudo son depredadores de la
educación sexual, pues sólo deseducan y la resolución de esos problemas viene
de tratar con experiencias muy tempranas que no tienen nada que ver con el
sexo. Eso no quiere decir que la mala educación sexual no contribuye, pero
existen otras fuerzas que nunca han sido consideradas y que juegan una parte
significativa.
Casi cada trabajo sobre el estrés analiza el tema en términos del presente:
estrés marital, laboral, etc. Lo que analizo aquí es un estrés que está impreso, que
nunca nos abandona y que constantemente nos pone bajo una enorme presión.
Sin importar qué tan tranquilo pueda ser el medio ambiente en el que vivimos,
esta clase de estrés desencadena su caos. Nos matará mucho antes de tiempo, por
lo que es muy importante comprenderlo. Esto es particularmente cierto porque
pocos de nosotros advertimos su existencia, y su poder es una fuerza tal que
escapa de nuestro conocimiento, precisamente a causa de la represión.
En suma, los cuatro principios básicos que he delineado en el trabajo original
son:
El dolor está en el centro de la enfermedad mental y física. Se trata del
dolor que viene del trauma y de las necesidades no satisfechas.
Existen tres niveles distintos de conciencia que se relacionan con el dolor.
Los traumas tempranos dejan una huella permanente en el sistema, la
neurosis y la enfermedad física.
Es posible revivir esos recuerdos impresos y resolver la neurosis y la
enfermedad física.
Este libro trata sobre lo que ha pasado a estos descubrimientos originales.
Algunas veces me expreso en las palabras de mis pacientes, otras, en las mías
propias. Ya lo he dicho antes: la neurosis es una enfermedad del sentimiento. El
sentimiento es el problema actual. Una y otra vez encontramos a personas que no
pueden sentir y que se les dificulta conseguir mucho de la vida, y creen que la
existencia es toda gris y aburrida. Para ellos es así porque el dolor reprimido los
mantiene en busca de la magia o de un sistema de creencias que
automáticamente transformará su vida en algo significativo. Lo más que puedo
ofrecer es transformar a alguien en sí mismo, no creo que haya algo más que eso
para lograrlo en esta vida. No hay nada más sanador, ni preventivo de las
enfermedades, que el sentimiento.
Las siguientes páginas nos llevarán a un viaje al inconsciente,
investigaremos esos pasajes subterráneos que nos conducen fuera de la
oscuridad, hacia el bienestar y la salud. Sabemos que hay un camino para
comprender y prevenir la enfermedad. Nuestra aproximación es un punto de
partida radicalmente distinto de la terapia convencional de los “no más de una
hora de cincuenta minutos”. Los sentimientos son los que determinan qué tan
larga será la terapia, ya no están bajo el poder del doctor y en sus manos. Ahora
se trata de un paciente que siente, que siempre sabe más de sí mismo que el
doctor y de lo que es terapéuticamente mejor para él. No surgirán más insigths
(descubrimientos, reconocimientos o percataciones) dominados por hombres
sabios. Surgirán en el paciente “que es quien siente”.
Estamos conscientes de que la neurosis no la causa la falta de insights
(descubrimientos, percataciones y “darse cuenta” que vienen del interior) y
tampoco se resuelve inculcándolos. Nuestra aproximación no está dirigida a
reforzar las defensas o construir un “ego”. Más bien, la terapia implica penetrar
en las defensas. A menudo nos confundimos: consideramos que un fuerte
sistema defensivo es algo normal; al contrario, un sistema de defensas muy
fuerte significa una neurosis potente bien ocultada, pero presente.
La contradicción es que un neurótico fuerte oculta muy bien su situación y a
menudo parece altamente funcional en su sociedad, hasta que tiene un problema
en sus coronarias a la edad de cincuenta y siete años, aunque parezca estar
“bien”. Las fuerzas ocultas se han tomado su tiempo para hacer el daño.
Aquellos que se despojan a sí mismos de su carga de dolor temprano, también
producen bien y eficientemente, pero en algún momento ya no están inclinados a
vivir esa vida de trabajo, que ya no es sólo una descarga de tensión. Eso es algo
positivo, el neurótico produce y se mantiene ocupado para evitar que su pasado
se introduzca en el presente. La tarea a favor de la salud consiste más bien en
sumergirnos en nuestra propia historia, en lugar de huir de ella, viajando a la
fuente de nuestros problemas en lugar de pasar toda la vida acudiendo a
paliativos
La terapia primal difiere de otras terapias en el sentido de que no estamos en
el negocio de fortalecer las defensas para que la gente pueda funcionar. Vemos
las defensas como anormales, como una señal de patología. Lo que no quiere
decir que no sirvan para alguna función, sí lo hacen, y son más importantes
cuando el dolor temprano es tan estremecedor que amenaza la integridad del
sistema. Sin embargo, son una atalaya contra el yo real, y precisamente nosotros
luchamos para hacer a la gente real, no para que esté de acuerdo con nuestros
prejuicios sino de acuerdo con la realidad que reside dentro de cada uno de
nosotros. Las lágrimas son las que ayudan a disolver los límites del inconsciente.
Por eso creemos que una terapia sin lágrimas y una neurosis sin sentimientos, en
realidad, nunca pueden ser efectivas.
Conocemos lo que yace en el inconsciente, pues hemos estado en sus
antípodas, hemos visto que no está poblado por fuerzas del Id (ello), por
demonios o poderes misteriosos en las sombras. En realidad no existe nada
místico al respecto. El inconsciente es el depósito, ni más ni menos, de los
pesados traumas de nuestras vidas. Nuestro trabajo es hacer al inconsciente,
consciente. Después de eso queda muy poco que hacer, ya no necesitamos un
escenario especial ni un diagnóstico esotérico, ni categorías para describir a las
personas que simplemente no fueron amadas, que consiguieron muy poco en sus
vidas y que sufrieron. Es mejor describir cómo ese sufrimiento llegó a
presentarse, qué necesidades básicas se debieron satisfacer y, sobre todo,
queremos aprender cómo aliviar el sufrimiento. El resto para mí, resulta ajeno.
Nos toma una buena cantidad de tiempo resolver la neurosis. Fue depositada
con aumentos regulares durante años y no será deshecha con unos cuantos
seminarios mágicos o por conferencias de un fin de semana. Nos deslizamos en
la neurosis sin un suspiro y desarrollamos síntomas que parecen misteriosos, sin
que parezca que ha sucedido algo dramático, pero de pronto, nos enfermamos y
nos percatamos de que fuimos afectados por nuestra propia realidad. Nuestro
dolor finalmente se hizo palpable y nuestra autodecepción muy grande.
Porque la terapia primal cambió mi vida y la vida de miles de personas, yo
espero que aprender sobre ella hará una diferencia en la vida de quienes lean este
libro. Mientras los científicos ponderan las últimas pruebas de una u otra causa
de enfermedades, hay muchas personas que en cada uno de los días de su vida
sufren agonías secretas. La investigación es necesaria para los científicos, pero
es un lujo para la humanidad que sufre y que no puede esperar las últimas
pruebas estadísticas. Para ellos la espera puede convertirse en una enfermedad
fatal. No tenemos por qué esperar para sentir. Contamos con los medios para
ayudar a la gente a convertirse en seres humanos sensibles. Nuestros
sentimientos han tenido que esperar mucho tiempo su oportunidad. Démosle
nosotros ese regalo.

ARTHUR JANOV
PRIMERA PARTE
Por qué nos enfermamos
I. Las necesidades humanas básicas

El mundo está teniendo un quiebre nervioso. La gente está irritable, agresiva y


ansiosa. La neurosis está en marcha, galopa a alta velocidad y nadie parece saber
lo que realmente sucede y por qué. Sobre todo, nadie parece saber cómo detener
esta marcha inexorable hacia la destrucción. Año tras año hay más
enfermedades, más suicidios, más violencia, alcoholismo y drogadicción. El
mundo parece caerse a pedazos y el Valium es la sustancia que lo mantiene en
forma.
En este libro me refiero a esta neurosis masiva para tratar de descubrir por
qué nosotros y nuestros amigos nos estamos desmoronando emocionalmente;
por qué estamos enfermos, infelices y deprimidos y por qué la sociedad parece
tan insensible e indiferente.
Voy a construir un espacio para referirme a lo que creo que es la cura para la
neurosis. Para hacerlo, tenemos que explorar los ladrillos con los que se
construye la estructura básica de la neurosis. Más adelante discuto sobre Alvin,
la amiba, y su comportamiento “psicológico”, asimismo analizo el estilo de
locomotora que padecía un hombre a causa de los espasmos ocasionados por la
privación de oxígeno durante su nacimiento. Entendiendo plenamente que estos
dos factores nos irán clarificando de lo que se trata la neurosis humana.
El sustrato de la neurosis siempre tiene que ver con las necesidades humanas
básicas. Seguiremos la huella de las necesidades insatisfechas a medida que se
transforma a sí misma, desde un simple estado infantil a una función adulta
deformada que incluye perversiones, concepciones erróneas e ideas paranoicas,
represiones, fobias, obsesiones, depresión, alzas en la presión arterial, tensiones,
ansiedad y aun el cáncer. Viajaremos por la hégira de las necesidades
insatisfechas y su metamorfosis, desde la simple infancia hasta el adulto
deformado cuyas funciones incluyen: perversiones, percepciones erróneas e
ideas paranoicas. Nuestra empresa será metódica, sistemática, abrupta, pero
espero que sea satisfactoria. No abandonaremos nuestra investigación hasta que
descubramos la naturaleza de la neurosis y, lo que es más importante, hasta que
se comprenda la naturaleza de su curación. La persecución de esta necesidad
sentida nos conducirá inexorablemente a la tumba de la neurosis, donde el dolor
de la infancia quedará por fin enterrado. Pero primero echemos una mirada a las
necesidades básicas
Parece que todos nosotros estamos perdiendo algo y lo revolvemos todo para
encontrar lo que creemos que perdimos. Da la impresión que lo que queremos es
simplemente “algo más”; muchos de nosotros estamos buscando el camino de
salida y nos sentimos perdidos y confundidos por el mundo. Parece que la
privación emocional se ha convertido en el legado que cada generación transmite
a la siguiente. La herencia de esa privación emocional, por alguna razón, parece
más cierta e inevitable que la herencia del color de los ojos o la forma de nuestra
boca
Nos preguntamos por qué una generación no puede satisfacer las necesidades
físicas y emocionales de sus descendientes. Por qué las privaciones que ellos
mismos sufrieron se presentan de nuevo en sus propios hijos, es una parte del
ciclo que sin duda comenzó antes del tiempo de nuestros abuelos. Muchos de
ellos nacieron en el siglo XIX o en los primeros años del XX; ellos no fueron
privados emocionalmente pero tenían una comprensión muy limitada de cuáles
eran las necesidades de los niños. No se entendía ampliamente que los niños
pequeños necesitaban mucho que los cargaran y que los acariciaran, y que tenían
sentimientos y necesidades que debían expresar. En lugar de eso, se esperaba que
los niños se portaran bien y obedecieran. Los sentimientos eran la última cosa
que debía ser comprendida y respetada.
NUESTRAS NECESIDADES Y SU SATISFACCIÓN

Aun en nuestros días existe gran confusión acerca de nuestras necesidades y


cómo satisfacerlas. El resultado de toda esta confusión es la infelicidad, la
frustración y un creciente pesimismo. A menudo adoptamos una actitud cínica
acerca de los demás, hasta que nos convertimos en un agresivo grupo de
misántropos. Hemos descuidado nuestras necesidades desde muy temprano y
adoptamos una actitud cínica respecto a los demás. Nuestras necesidades fueron
ignoradas desde muy temprano, no solamente por una sociedad egoísta en la que
cada ser humano debía ver para sí mismo, sino por padres que todavía no saben
que los niños deben crecer de forma apropiada. Los padres parecen conocer sólo
la disciplina y la lucha. Desean tener hijos “con carácter”, pero lo que logran
crear son hijos neuróticos. Parece que la culpa es de todos y de nadie, que así es
la condición humana, pero no lo es. Creo que debemos comprender mucho más
para saber hacia dónde nos conducen la necesidad y el dolor cuando nuestras
necesidades no se satisfacen.
Todos nacemos en este mundo con una masa de necesidades. El principio de
nuestra vida está dominado completamente por esas necesidades que están muy
bien atadas en nuestro sistema.
Nuestras primeras necesidades son únicamente físicas: nutrición, seguridad y
comodidad. Más tarde, tenemos necesidades emocionales de afecto,
comprensión y respeto por nuestros sentimientos. Finalmente surgen las
necesidades intelectuales de saber y comprender. En todo esto, el papel del amor
es crítico. El amor es una cualidad esencial en la satisfacción de todas las
necesidades, debe estar incluido en todos los niveles de desarrollo y en la
satisfacción de todas las necesidades. La satisfacción de las necesidades de un
ser humano para otro no debe ser un ejercicio mecánico, sino que debe estar
enraizado en un sentimiento amoroso genuino.
EL AMOR: FACTOR BÁSICO EN TODAS LAS NECESIDADES

Existe una necesidad persistente: la de ser amado. Cuando somos niños cada
nueva necesidad en nuestro desarrollo debe satisfacerse para sentirnos amados.
El amor no es sólo decirle al niño: “Tú sabes que te amamos”, justo en el
momento en que lo estamos privando de un amor real (simplemente porque no lo
estamos tocando). Significa, primero, comprender qué son esas necesidades y,
después, satisfacerlas.
A una edad muy temprana en la vida, cuando estamos todavía en el vientre,
el amor se expresa cuando, pensando en su hijo, la madre se alimenta mejor, se
ocupa de bajar el estrés en su vida sin fumar ni tomar bebidas alcohólicas,
tratando de llevar una vida sana. Aun antes de concebir a su bebé, se prepara
para él, lo hace cuando sabe que realmente desea embarazarse y no cuando se
siente frustrada porque va a tener un hijo. Si éste fuera el caso, su frustración se
abrirá paso por el sistema del bebé y le causará estragos. Amarlo significa para
la madre prepararse para el bebé, esperar su nacimiento, segura de que será
alguien a quien será capaz de amar y cuidar, y no un objeto que podrá usar para
prolongar su matrimonio en crisis, o algo que ella produce por alguna otra razón
irreal.
Amarlo significa, siempre que sea posible, un embarazo y un nacimiento
natural, sin drogas, nacido de un parto natural, que dé al bebé las mejores
oportunidades en su vida. Una madre no puede amar a su bebé sabiendo lo
dañinos que son los anestésicos y luego cargarse de drogas para hacer el
nacimiento más cómodo. Y tampoco un bebé va a ser amado cuando no se le
permite desarrollarse de una manera natural, o que debe nacer por cesárea, de
acuerdo con el horario que haya dispuesto el doctor.
Amarlo significa que justo después de nacer estará en los brazos de su madre
y no en una sala donde no habrá calor humano, ni expresiones amorosas para él.
Esos minutos y horas después del nacimiento son cruciales para un desarrollo
normal. En cuanto nace el bebé, debe tener contacto físico frecuente con su
madre. Una gran porción de su cerebro necesita ese contacto que será crucial en
su vida; sin contacto, el bebé sufrirá durante el resto de su vida. También
necesita del contacto y las caricias de su padre.
No podemos imaginar que amemos a un niño si no lo tocamos y si lo damos
de inmediato a la enfermera para que lo lleve al cunero. El contacto que recibe
debe ser amoroso, cuidadoso y tierno, y no algo hecho nerviosamente, con prisas
y rudezas, de forma apresurada, para luego darlo a una empleada que se ocupe
de él. El contacto es muy importante en la vida temprana. Si no hay suficiente
contacto, el bebé sufrirá por el resto de su vida. Si la madre está nerviosa y
nunca ha sabido o comprendido qué tan necesitado de contacto nace un niño,
estará impaciente e irritable. Lo mismo pasa con el padre. Su trabajo, sus
compromisos y sus horarios le impiden estar al lado del niño y éste también lo
necesita, pero los padres suelen ser desinteresados e incapaces de participar, con
su presencia y contacto, demostrando su amor por el niño al cargarlo y hablarle
con cariño y ocupándose también de su cuidado.
LAS NECESIDADES EMOCIONALES DEL NIÑO EN DESARROLLO

A medida que el niño se desarrolla, se le debe permitir ser él mismo; esto


significa que vaya creciendo a su ritmo. Debe caminar y hablar cuando sea
apropiado para él y no cuando su padre necesite tener un hijo brillante y
adelantado en su desarrollo. El niño no puede sentirse amado cuando se le obliga
a aprender antes de su tiempo y no a su ritmo.
Conforme pasa el tiempo y más allá de sus necesidades físicas, el niño tiene
un nuevo conjunto de necesidades emocionales. No sólo entonces requiere que
lo toquen, esto continuará durante el resto de su vida. Se le debe permitir
expresar sus sentimientos: estar enojado, ser negativo, decir ¡no! y no tener que
obedecer instantáneamente cuando se le da una orden. En suma, sus sentimientos
se deben respetar. Es necesario brindarle afecto, pero también dejarle expresar
sus sentimientos mientras se le acaricia, se le besa sin que alguien lo haga a un
lado.
Un buen nacimiento basado en muchas expresiones físicas de afecto
conducirá hacia adelante al niño, en lo que se refiere a la posibilidad de evitar el
dolor y de que logre desarrollarse como un niño normal, porque las necesidades
emocionales de un niño deben reunir ciertas condiciones: que sin temor de ser
desaprobado, sea capaz de hablar con sus padres acerca de lo que siente. Dejar
que diga “tengo miedo” sin que sienta vergüenza o temor de que lo castiguen por
sus sentimientos, pues cuando no se le permite mostrarlos, aprende a no
expresarse, a guardarse todo lo que siente, hasta que pierde el camino y deja de
saber lo que realmente siente y quiere.
El niño es muy sensible a su entorno, no se necesita mucho para alterar sus
tendencias naturales, aprende aun antes de que sepa hablar. Aprende que no
puede trepar al regazo de su padre o abrazarse de las piernas de su madre cuando
desea hacerlo. Basta una ligera reprimenda que le impida hacer lo que quiere
hacer (expresar sus sentimientos de apego) para desviar sus actitudes naturales.
Pronto aprenderá que debe renunciar a los cariños físicos como requisito para
obtener la aprobación de sus padres. Aprenderá que no puede recibir amor
cuando él quiere, sino cuando sus padres se lo permitan. También aprenderá a no
pedir lo que quiere.
Si su padre necesita sentirse importante o inteligente, es el niño quien debe
hacer algo para que lo logre. Un padre que necesita o cree saberlo todo, no puede
tolerar que su pequeño lo rete. El chico tiene que aprender que sólo puede hablar
a su padre cuando éste expresa la necesidad de que le hablen. Los niños
aprenden instintivamente que lo que quieren conseguir en la vida tiene una
respuesta automática.
La madre depresiva convierte a su hijo en alguien que debe levantarle el
ánimo. Si no logra hacerla sonreír y verla feliz, el niño, sin ningún otro marco de
referencia y para quien sus padres son “todo su mundo”, piensa que es su culpa y
lucha para convertir a sus padres en lo que sus propios padres no han logrado
ser: seres humanos amorosos. El niño lucha por hacerles sentirse importantes,
queridos, respetados, atractivos, inteligentes: lo que sea que ellos necesiten.
Si el padre nunca pudo tener amigos en su infancia, entonces su propio hijo
deberá ser su amigo. Un niño necesita no sólo lo obvio: un techo, alimentación
adecuada y cuidados médicos; requiere también tener ciertas rutinas y un medio
ambiente tranquilo. Obviamente, dos padres que pelean todo el tiempo afectan la
gratificación de esas necesidades.
Querer a un niño no es solamente alimentarlo, comprarle ropa y
proporcionarle un hogar —cosa que muchos padres piensan que es todo lo que
necesitan para criar a su hijo—. Lo que realmente deben hacer es dar al niño el
sentimiento de que él o ella son queridos, adorados y aceptados tal como son.
Cuando un padre trabaja duro, ignorando a la familia, porque tiene que trabajar
para ellos, quizá ha logrado darles todo, menos lo que es esencial para los niños:
amor
El niño necesita que sus padres lo comprendan como la persona que es, esto
significa que sus faltas y sus aciertos deben ser reconocidos honestamente. Si
tiene deficiencias en el aprendizaje, los padres deben aceptarlo y no tratar de
presionarlo para que les devuelva una buena imagen de ellos mismos. Significa
que los deseos, intereses y elecciones del niño deben respetarse.
Un niño frágil no va a ser el gran jugador de futbol que quiere el padre. La
niña no puede ser el niño que el padre deseaba tener. Amar significa escuchar al
niño y no apresurarlo a que diga lo que tenga que decir. Tiene que ver con
apoyarlo en lo que él quiere hacer en su vida y comprender sus temores y
aprehensiones, sus corajes y sus berrinches. Significa no suprimir todo esto a
favor de “las apariencias”. Significa concederle tiempo para escuchar sus quejas,
temores y esperanzas.
LA IMPORTANCIA DE LA LIBERTAD

Un niño necesita libertad, no sólo de expresión, sino de movimiento. Se le debe


permitir explorar y curiosear, sin detenerlo constantemente. A menudo los padres
tratan al niño como si lo llevaran amarrado, pues controlan todos sus
movimientos. El niño se siente perseguido y, en consecuencia, comienza a
reprimirse a sí mismo, con lo cual pierde su curiosidad natural. Pierde su
entusiasmo y espontaneidad. Más tarde, cuando él o ella sean mayores, cuando
sea tiempo de reaccionar... serán muy infelices en su vida sexual.
Un niño debe poder decir sin dudar “abrázame mamá”, sin sentir que su
madre lo puede hacer a un lado, rechazándolo porque no puede tolerar su
cercanía. El niño no sabe que ella tiene problemas con la expresión de su
afectividad —de la que también a ella se le privó— y se imagina que algo está
mal en él. Entonces se instalan en él los sentimientos de baja autoestima y de no
ser digno de amor. Los padres tienen que interesarse genuinamente en el niño, y
no distraerse con su propia falta de plenitud.
EL LIBRE FLUJO DEL AMOR

La interacción entre los padres y el niño fluye naturalmente siempre que exista
hacia el niño un amor y unos intereses genuinos (como el otro ser humano que
es). Entonces el niño puede decir lo que le venga a su cabeza, y en lugar de
ignorarlo, se deben comprender y respetar sus ideas. Necesita que se le escuche
porque quiere expresarse, no necesita escuchar de su madre o de su padre las
frases comunes: “¡No me molestes! ¿No ves que estoy ocupado?”
Lo dicho sólo es cierto si la comunicación fluye de alguien que quiere y ama
a su hijo y que no está sufriendo por sus propias necesidades insatisfechas,
porque éstas siempre fluyen hacia los hijos. Cuando una gran parte del
comportamiento de los padres es “pretendido” o “simulado”, los niños lo
perciben, pues no es fácil engañarlos. Desde el nacimiento son muy sensibles y
perciben cualquier contradicción en las actitudes de sus padres.
Parece banal decir que los niños son seres humanos que requieren lo que
todos necesitamos. Pero hay muchos padres que le dicen a sus hijos que los
aman, sin demostrarles que es verdad. Imagínense diciéndole a su novio o novia,
esposa o marido, que los aman sin jamás demostrar ese sentimiento. Sería difícil
esperar que ellos te amen o que tú los ames, pues no media una caricia o una
mirada de ternura. Realmente es difícil engañarnos en este terreno.
Cuando hay amor tenemos el antídoto clave contra la neurosis, porque la
ausencia de amor es el ingrediente esencial para que prospere la neurosis. Estas
pequeñas sutilezas son las responsables de la enfermedad emocional. Un padre
en extremo estado de tensión puede abrazar a su hijo, pero éste se sentirá
incómodo porque es inevitable distinguir muy claramente el abrazo de un padre
o de una madre que están en calma, relajados y amorosos.
Esto es fácil de comprender cuando hacemos la analogía con una relación
sexual entre adultos. Obviamente, cuando uno de los miembros de la pareja sufre
de una gran tensión y está a punto de quebrarse, vivimos la peor experiencia.
Haciendo a un lado los componentes sexuales, los principios que atañen al amor
hacia un niño son los mismos: un pleno cuidado del niño, atención física, tiempo
suficiente, ausencia de distracciones; por unos momentos, tratar al niño como si
fuera el centro de nuestro universo. Todo eso lo hace plenamente feliz
CUANDO LAS NECESIDADES NO SE SATISFACEN

El niño sufre cuando sus necesidades quedan insatisfechas, desafortunadamente


no sólo sufre durante un instante, sino por el resto de su vida. Hay necesidades
que sólo pueden satisfacerse en un momento dado y no en otro. Un bebé requiere
la inmediata cercanía con su madre: sí, apenas nacer, las primeras horas son
críticas. Cuando no hay suficiente contacto con el niño, el daño quedará grabado
para siempre y no hay nada que más tarde pueda hacer el niño o el adulto para
desaparecer esa privación inicial.
De nada servirá que el padre o la madre se disculpen por lo que no hicieron,
la herida quedará viva y nunca se perdonará. No se puede borrar una necesidad
con una disculpa, porque el daño ya ha sido almacenado en el gran dispositivo
del dolor. El padre divorciado que casi no ve a su hijo no puede esperar a que,
pasados los años y decida buscarlo, será bien recibido. Existe una enorme carga
de dolor que el niño se debe quitar antes, pues no es cuestión de solamente
perdonar. Sentir significa regresar y experimentar las necesidades exactas del
niño. Debe sentir el dolor de la escena tal como sucedió. Tiene que sentir los
resentimientos más tempranos, la necesidad de que lo escuchen y de que no lo
critiquen, de que los acompañe en sus viajes, sintiéndose parte de ellos, saber
que les pertenece a sus padres, lo que significa experimentar todo sobre uno
mismo, o sentir el dolor provocado por la privación inicial.
LA REALIDAD DE LA NECESIDAD

Lo que estoy exponiendo no son sólo ideas. Hemos visto esas necesidades
expresadas realmente en episodios de plena agonía, sufrida por pacientes a los
que les hizo falta amor. Aunque algunas necesidades son irreales, nunca he visto
en mis pacientes —estando acostados en el piso de mi clínica— que brote en
ellos una necesidad real de prestigio o de fama, excepto cuando se trata de
necesidades que están sustituyendo a otras que fueron reales.
Las necesidades que he expuesto son el resultado de mis observaciones,
descubiertas en los ruegos de seres humanos que, en la terapia, entran en
contacto con su niñez e infancia. Estas necesidades nunca son metafóricas o
conceptuales, son necesidades biológicas reales que cuando se sienten, la
biología de la que brotan cambia toda la situación a nivel celular, incluidas las
células nerviosas del cerebro. Cuando en la abreacción o catarsis se atraviesa por
las emociones y sentimientos, esa experiencia no afectará esos cambios. Los
cambios básicos deben comprender siempre necesidades básicas, porque su
satisfacción estabiliza al sistema.
¿Y qué pasa con la pobreza? ¿Acaso no es una necesidad básica un entorno
apropiado? Sí y no. El amor siempre es una prioridad para evitar la neurosis,
pero cuando se vive en circunstancias abyectas, con toda seguridad afectará el
desarrollo. Es menester tener ropa, un hogar, ciertas comodidades que otros
tienen; pero cuando en la terapia un paciente yace en el suelo, y expone su
necesidad, es raro que llore por la falta de comodidad material. Vivir en barrios
pobres sólo hace sentirse inferior a una persona cuando están ausentes otros
factores emocionales. Siempre creí que la pobreza era otro factor, pero es el
paciente quien decide si es un factor en la enfermedad.
En la terapia primal no sugerimos necesidades a los pacientes. En un
principio no sabemos exactamente dónde están esas necesidades. Los pacientes
las sienten y es en ese sentir donde y cuando se revelan las necesidades.
EL SURGIMIENTO DE LAS NECESIDADES SUSTITUTAS

Cuando las necesidades no se satisfacen o cuando se hace de forma secundaria,


requieren ocupar ese lugar primordial. Por ejemplo, cuando un padre neurótico
trata a su hijo neuróticamente, crea en él nuevas necesidades que no están
construidas sobre una base biológica, sino en una derivativa. Un padre que cree
que debe dominar a su hijo, logra hacer de él un niño pasivo y débil y le crea una
necesidad que podrá hacerse evidente en la vida adulta: la de dominar a su
compañera, o dependiendo de las circunstancias, de buscar durante el resto de su
vida, y encontrar, a una mujer dominadora para casarse con ella. Uno se casa con
una mujer controladora con el fin de actuar de forma dependiente. Un niño que
fue rechazado o ignorado, puede crecer con la necesidad de ser famoso,
necesidad que, por supuesto, no es de origen biológico.
Por ejemplo, la llamada necesidad de autoestima no es básica. Un niño que
se siente deseado y amado no pasa su vida adulta tratando de inflar su ego o
sentirse importante, sólo porque cuando era bebé, él fue importante para las
personas que contaban: sus padres. El no ser importante para ellos, el no ser
amados, nos hace sentir poco o nada atractivos, de modo que “no ser importante
para ellos” significa tener una baja autoestima.
Si no ser amado implica no sentirse atractivo, el sentimiento de “no soy
atractivo para ellos” hará una fuerte presión en la lucha posterior en la vida,
tratando de atraer a todos, sin tener cuenta si son o no importantes en su vida. La
necesidad neurótica de ser confirmado constantemente por una buena apariencia,
surge cuando uno no se siente bien consigo mismo. En cualquier sentido, el niño
basa su valía en el amor de sus padres. Sentirse amado le permite a él o a ella
basar su valor en ese amor.
En el tratamiento de la autoestima no se intenta que la persona se sienta
valiosa empleando ejercicios que “inflen” su ego. Se hace lo opuesto: el
tratamiento se basa en permitir que cada quien experimente el sentimiento
devastador de no ser querido o deseado. Eso nos permite ver que la raíz de la
inhabilidad para amar está en los problemas de los padres y no se debe a una
“falla” inherente al niño. Éste sólo puede aceptarse cuando deja de luchar contra
la constante necesidad de reafirmación y logra sentir en profundidad la falta de
amor de la que fue objeto.
LAS NECESIDADES SUSTITUTAS SE CONVIERTEN EN NEURÓTICAS

Un padre neurótico crea necesidades neuróticas en su niño. Un niño que no es


tomado en cuenta porque sus padres están desvitalizados, crece como un adulto
que tiene la necesidad de lograr una respuesta emocional en los otros. Requiere
una reacción al sentimiento que expresa: “Mírenme, sepan que estoy vivo, dense
cuenta de que existo”.
Más tarde, cuando sea adulto, el niño que no recibió una respuesta acerca de
su valor o se le hizo sentir “insignificante”, tratará de actuar dramáticamente
para convertirse en “La estrella”; o puede hablar de manera compulsiva
intentando ser el centro de atención; exagera y dramatiza para provocar una
respuesta en los demás. Cuando una persona así va al psicólogo, algunas veces el
diagnóstico es que sufre de un “narcisismo primario”. Estas cosas no tienen que
ser tan complicadas, lo que necesita es una cierta atención que le permita sentirse
“él mismo”. La situación no se resuelve con sentirse en plenitud sólo por un día.
Si fuera así, esa plenitud de un día podría cambiar sus propios sentimientos. Por
esa razón, los actores de cine que suelen recibir cierta —o a veces una exagerada
— adulación, nunca se sentirían como seres humanos que carecen de valor
alguno; sin embargo, las altas expectativas que les dedica el público crean una
gran oposición entre lo que “deben ser” para los demás y lo que realmente
quieren ser para sí mismos.
Un padre que cría a su hijo sin calidez, cuando sea adulto puede crearle la
necesidad de involucrarse con personas frías, o heladas, pues adquiere un temor
—instilado en él— y una nueva necesidad: la de no acercarse demasiado a los
otros; o vivir una pseudoindependencia que afirma: “No necesito de nadie más,
soy muy feliz con mi soledad”. Adquiere esa necesidad de estar solo, porque
estar con otros le acarrea dolor (principalmente con sus padres y aun con sus
hijos). Ninguna persona normal goza de estar sola todo el tiempo.
Siempre que en la infancia alguien se ha visto privado de atención y amor,
crecerá con la confusión entre el amor y la necesidad. Tiende a “caer en el
enamoramiento” hacia alguien que cree que podrá llenar aquellas necesidades.
La mujer que ha sido infantilizada, se enamorará de alguien que se haga cargo de
ella: un hombre controlador, para poder seguir siendo la bebé que sus padres
hicieron de ella. El hombre cuyos padres parecían carentes de emociones y que
suprimían sus sentimientos y su calidez, no buscará una pareja cálida, sino
alguien muy reservada, como lo fueron sus padres.
La mujer que sintió que nunca tuvo un padre se enamorará de un hombre
mayor y lo convertirá en lo que ella necesita, esperando que ese hombre sea todo
lo que su padre no fue. No verá al hombre por lo que él realmente es, del mismo
modo que jamás vio a sus padres como eran en realidad. Ésa es una receta segura
para el divorcio.
¿Acaso ella necesita aprender a tener diferentes expectativas? ¡Para nada!
Sus expectativas son reales, el problema es que requiere sentir esas necesidades
en su contexto, en términos de la persona real, de la persona que ella quiere —a
su padre—. Sólo entonces podrá percatarse de que requiere reconocer sus
necesidades reales. Sin importar qué tan inteligentes somos, nunca vemos más
allá de nuestras necesidades. Jamás podremos llegar a ser más sabios que
nuestras necesidades que han permanecido ignoradas, y tampoco podremos
llegar a ser más perceptivos de lo que permitan nuestras necesidades. Las
necesidades no sentidas en diversas áreas muy relevantes de nuestra vida nos
convierten en tontos. No percibimos realistamente a una persona porque nuestras
necesidades insatisfechas se imponen de inmediato a nuestra realidad. Siempre
reconocemos primero nuestras necesidades, y es así porque ellas son nuestra
realidad primaria: todo lo demás es secundario.
LA RESOLUCIÓN DE LAS NECESIDADES NEURÓTICAS

La necesidad básica del neurótico es la resolución. Debe resolver sus


necesidades tempranas para no quedar empantanado en ellas, si no logra
resolverlas viendo “hacia el pasado”, tendrá exactamente las mismas necesidades
que tenía a los cinco años, y también cuando las tenga a los cincuenta años ¡y
con la misma fuerza! Una vez que sienta las viejas necesidades, nada de lo que
suceda en su vida posterior podrá debilitar esa fuerza, siquiera un poco. Cuando
la persona pueda regresar a su infancia y experimentar nuevamente su vida
pasada, los símbolos derivativos —como la necesidad de poder, prestigio y fama
— se desvanecerán. En tanto permanezcan en una persona sus necesidades
simbólicas, la energía vital, a la que Freud llamaba “libido”, será canalizada
hacia ellas. La persona buscará el poder porque cuando era pequeña o joven no
tenía poder sobre ella misma, ni lo tendrá en el sexo, porque la energía que debía
dirigirse hacia las relaciones ahora se desvía en la persecución de los símbolos.
Recuerden: primero está la necesidad y luego “la necesidad de...” Sin
importar para qué es esa necesidad de sexo, dinero, poder, creencias, etc. Es la
primera y la más primaria y pura necesidad. Todo esto siempre es triste, es una
lástima el desperdicio o la pérdida del tiempo y de la energía empleados en
“vivir”. Cuando alguien puede discutir sus necesidades simbólicas y comienza a
sentir sus verdaderas necesidades, a menudo hay una tristeza avasalladora, una
tristeza por la pérdida de la energía y el tiempo, un desperdicio de la vida. Es una
tristeza derivada de la resignación: “Nunca voy a agradarles, sin importar lo que
llegue a hacer”. Entonces el impulso y el sueño se terminan. Es el momento de
bajar a la vida real.
II. El dolor primal: el gran secreto oculto

LA NATURALEZA DEL DOLOR EMOCIONAL

Cuando las necesidades de un niño permanecen insatisfechas se transforman en


dolor. El dolor es algo que solemos asociar con un origen físico; un dolor de
muelas nos es familiar, también lo es el causado por una herida corporal o por un
desorden orgánico interno. El dolor que experimentamos cuando no nos
sentimos amados es tan real, como el dolor corporal. Cuando las necesidades
emocionales permanecen insatisfechas se convierten en sensaciones reales de un
profundo malestar corporal, ansiedad, depresión, dolor de cabeza, de estómago,
en fin, de un temor fuera de foco. La insatisfacción de las necesidades es una
amenaza a la integridad del sistema; se transforma en dolor porque éste nos
alerta de las amenazas que nos produce esa privación.
Cuando no se resuelven las necesidades de amor, afecto y de seguridad de un
niño, el dolor del sistema total se moviliza y trata de actuar para protegernos de
las necesidades insatisfechas. El niño es orillado a buscar la satisfacción de sus
necesidades de cualquier manera, y si no lo logra, las fuerzas represivas
sofocarán la necesidad.
La falta de satisfacción amenaza a la supervivencia. El dolor no es más que
la advertencia de una amenaza y un aviso de lo que hace falta. Nos lleva a
conseguir lo que necesitamos y que finalmente permanece reprimido. El poder
del dolor es equivalente a la intensidad de la necesidad. Si no logras tener el
amor que requieres, una parte de ti mismo se pierde.
Más tarde en la vida, aprendemos a cambiar la satisfacción de una necesidad,
ya sea de manera simbólica o sustitutiva. Si un bebé no tiene más alternativa que
vivir una continua agonía o callarse (cerrarse), simplemente se reprime. La
represión es una respuesta automática al dolor de la privación emocional.
Cuando la amenaza para el bebé consiste en que no se le va a llevar en
brazos o a alimentar nunca más, esta experiencia echa a andar una serie de
mecanismos químicos. Al final de estos procesos, tiene lugar un cierre absoluto
de aquella amenaza y cesa la conciencia de la necesidad. En su lugar empezamos
a sustituir la gratificación con otras cosas que simplemente representan a la
original: los tranquilizantes, los cigarros, la comida, todos ellos hacen lo que
sólo uno debiera haber hecho: relajarnos.
Los niños necesitan del contacto para desarrollarse apropiadamente. Cuando
no lo reciben, su desarrollo se hace más lento y el crecimiento se retrasa. Cuando
somos niños tenemos la necesidad de expresar a nuestros padres nuestros
sentimientos reales. Nos lastima cuando ellos son indiferentes y cuando nos
castigan, nuestro resentimiento y nuestra rabia nos lastiman todavía más. No
podemos seguir siendo nosotros mismos y ser naturales, por tanto, nuestra
naturaleza se deforma y eso causa dolor. Si no permites que tu brazo se mueva
naturalmente, si lo envuelves en una apretada venda, te lastimará. Si no dejas
que tus emociones se expresen en forma natural, lograrás el mismo resultado.
Estas emociones son parte de tu fisiología, así como tu brazo es parte de tu
anatomía. Si un niño está hambriento, necesita alimento. La necesidad de
expresar nuestros sentimientos es tan fisiológica como el hambre.
Un niño necesita sentirse aceptado por lo que es, cuando no es así se verá
forzado a ser algo que realmente no es: un intelectual, un atleta o lo que sea.
Tiene que rediseñarse y eso causa dolor emocional. Todos necesitamos crecer en
armonía con nosotros mismos, sentirnos cómodos dentro de nuestra piel.
Sufrimos si nos sentimos incómodos con nuestros sentimientos naturales.
EL DOLOR PRIMAL

Parece simple la tarea de definir el dolor como: “todo aquello que lastima debe
ser dolor”. Pero ¿qué pasa con el dolor emocional que no lastima del mismo
modo que cuando nos duele una muela o cuando nos cortarnos un dedo? ¿Cómo
podemos llamarlo? Empleo el término dolor primal para designar al dolor
emocional que sucede sin que a veces lo sintamos en el momento en que está
ocurriendo. El dolor primal es un dolor que no nos lastima, al menos
conscientemente.
El dolor primal no es como un piquete que nos hace gritar ¡ay!, sacudimos
los dedos y nos olvidamos de él. El dolor primal es como recibir un piquete tan
fuerte que no lo podemos sentir, de modo que ese dolor permanecerá oculto para
siempre.
El dolor primal se está procesando continuamente más allá del nivel de
percatación consciente, pero eso no quiere decir que no está ahí haciéndonos
daño. Simplemente significa que es demasiado dolor para sentirlo. Describir el
dolor reprimido es difícil, a causa de ciertas necesidades emocionales
amenazantes. Cuando ese dolor se acerca a la conciencia, puede volver loca a la
gente o llevarla al suicidio. Alguien que esté totalmente bloqueado no se puede
imaginar la intensidad de ese dolor. Ese dolor es el mismo que en ocasiones
sienten los pacientes que están obsesionados con el suicidio y que surge si se
acercan al dolor primal. Prefieren inclinarse a elegir la muerte, con tal de no
experimentar esa clase del dolor.
Los dolores más catastróficos son los que nos apabullaban en la etapa más
temprana de la vida, por ejemplo, cuando sentimos la inminencia de la muerte
durante el nacimiento, o cuando éramos pequeños, el dolor de la desesperanza de
ser amados en la infancia. El sistema vital no está diseñado para tolerar dolores
de tal magnitud. Sucede lo opuesto, ante el dolor se produce un mecanismo que
se parece al de la aplicación de la morfina: la conciencia del dolor se bloquea
para que el bebé no muera, o en el caso de un adulto, para que la persona siga
viviendo.
El dolor primal siempre trae represión a nuestra vida, y una vez que ésta se
echa a andar, depende del nivel o valencia del mismo dolor. Las sustancias
parecidas a la morfina, que producimos internamente para reprimir el dolor
emocional, pueden ser cientos de veces más poderosas que la morfina producida
comercialmente. Cuando Freud escribió sobre la represión, sólo podía especular.
Ahora tenemos un cuadro mucho más claro de cómo trabaja esa represión y en
qué parte del cerebro opera tanto dolor, como el que podemos resistir.
El dolor moviliza al sistema como ninguna otra sensación. Descontrola el
ritmo del corazón y eleva la presión sanguínea. Un bebé, en medio de su
nacimiento, puede resistir un pulso y una presión sanguínea elevados, eso
solamente ocurre antes de estar en peligro de morir. La represión cierra esa
extrema movilización. Más adelante podremos ver cómo se levantan las puertas
de la represión, y entonces el recuerdo exacto se reproduce con el mismo nivel
de pulso acelerado y de alza de la presión ocurrida originalmente.
Si nos empezamos a helar, nos duele; si ese dolor es grande, nos
obnubilamos y no sentiremos nada. Cuando empezamos a calentarnos y a sentir
de nuevo, nos duele una vez más. Ése es el paradigma del dolor emocional, que
ha sido reprimido y olvidado, hecho que causa una especie de “nubosidad
emocional”. Pero de pronto, ¡comienza nuevamente el dolor¡, igual al que nos
dolió en la primera instancia, cuando sentimos el dolor emocional, y nos ocurrirá
más tarde, cuando nos permitamos recordar el dolor original.
DOLOR, NECESIDAD Y DESARROLLO NATURAL

La razón por la que nos sentimos lastimados es porque hay una intromisión ajena
de algo que bloquea nuestras tendencias naturales. Nuestro sistema se ha
deformado al sentirnos frustrados y privados de la cercanía con nuestros padres.
Si reaccionamos con enojo y nos sentimos amenazados por ese mismo enojo, eso
es lo que deforma nuestro sistema. Cierto, estamos hechos para ponernos de pie
al cumplir un año de edad, pero si unos padres ansiosos nos obligan a pararnos a
los ocho meses, nos podrán lastimar (y hasta deformar las piernas). Con ello el
sistema neurológico se verá afectado. Si estábamos programados para ser
destetados hasta cumplir un año de edad, pero nos destetaron a la tercera semana
de nacidos, se habrá frustrado la satisfacción de una necesidad básica. Si estamos
resentidos porque nuestros padres favorecen con su cariño a una hermana o
hermano y nos castigan cuando expresamos ese sentimiento: sentimos dolor. No
hemos podido ser lo que somos, ni sentir lo que sentimos. “¡Permíteme ser yo!”
es el grito que con frecuencia escuchamos en la terapia.
No sé cómo describir el dolor que hace gritar tanto, como lo que he visto en
la terapia primal. Durante diecisiete años impartí una terapia de base
psicoanalítica y nunca vi un dolor semejante. Cuando vemos que un paciente
está experimentando un gran sentimiento, hora tras hora, mes tras mes,
lloriqueando y gritando, es cuando empezamos a comprender qué es lo que la
mayoría de nosotros realmente tenemos dentro. Ésa es una experiencia inefable,
no es comprensible en un nivel intelectual. Una vez que tenemos la oportunidad
de presenciar la expresión de ese inmenso dolor, ya no es un misterio
comprender por qué nos enfermamos de ataques cardiacos, convulsiones y de
cáncer.
La gran pregunta es: ¿cómo es que esa gigantesca cantidad de dolor puede
localizarse comprimida ahí, dentro de nuestro cuerpo, y sin que tengamos
conciencia de ese dolor? Ello se debe a la represión. La represión hace difusa
nuestra energía. La podemos localizar —por todo el cuerpo— convertida en una
alta presión sanguínea, en la sexualidad compulsiva, en el asma, la colitis, el
ensoñar despiertos, en ciertas posturas y en dolores de cabeza. No es de
asombrar que después de una sesión de terapia primal, el promedio de
hipertensión caiga veinticuatro puntos en la presión sanguínea.
Las necesidades y el dolor nos conducen a emplear una tremenda cantidad de
energía. La represión mantiene separada a la energía del dolor —de la
experiencia del dolor—. Algunas personas que muestran una buena cantidad de
energía, generalmente son aquéllas que llevan dentro de sí una gran cantidad de
dolor; ésa es la causa por la que un neurótico no se puede relajar. Sin importar
qué tan grande sea su esfuerzo para detener la marcha de su motor corporal, éste
funcionará constantemente y nada puede detenerlo de forma permanente. Está
corriendo gracias a lo que yo llamo el “combustible primal”.
EL MISTERIO DEL DOLOR PRIMAL

Es realmente asombroso cómo los impulsos eléctricos alojados en una “espesa


masa” cerebral que vibra en el cráneo, puede terminar en un estado psicológico
llamado “dolor”. ¿Cuál es el salto que transforma algo que parece un órgano
hecho como de gelatina, en algo psicológico? y ¿cómo es que con una maniobra
psicológica (la “autodecepción”) podemos anular el dolor y creer que no
lastima? Esta experiencia la conocemos bien: es algo que reconocemos. Las
señales de dolor son estrategias de información, que en una cantidad suficiente,
se las arreglan para sobrecargar el sistema y producir lo opuesto: la ausencia del
dolor.
¿El dolor emocional es un sentimiento? No. El dolor emocional es lo que le
sucede a los sentimientos cuando no pueden seguir su curso natural. Ésa es la
razón por la que los sentimientos terminan en dolor. El dolor siempre se
relaciona con el inconsciente y hasta que el dolor se haga consciente, es un
sufrimiento amorfo.
El sistema del sufrimiento viaja por antiguas rutas nerviosas, cerca de la
línea media del sistema nervioso. El sistema del sufrimiento proyecta fibras
nerviosas hacia grandes sectores del neocórtex en las estructuras cerebrales
bajas, como el tálamo. Por eso sabemos que algo nos duele, pero no sabemos por
qué. El sistema del dolor comprende nuevas vías nerviosas, es más preciso y nos
dice lo que nos está lastimando y, a menudo, porqué nos está doliendo.
La conciencia del dolor significa estar consciente. Las vías discriminatorias
comprenden objetivos selectivos en el córtex, que nos dejan saber precisamente
qué está pasando abajo (en el tálamo). Estas vías conectivas transforman el
sufrimiento en dolor y después, el dolor en conciencia. Sentir un hoyo en el
estómago, o un dolor constante o calambre, es parte del sufrimiento. Sentir el
vacío de nuestra vida, es un sentir conectado. Sentirse deprimido y desesperado
es parte del sufrimiento. Sentir la desesperanza de nunca ser amado por nuestra
madre, es un sentir repetido y conectado a un sentimiento.
La conexión con el sufrimiento lo dispersa y la desconexión lo mantiene.
Éste es un fenómeno que exploraremos con más detalle más adelante en este
libro: significa que no puedes sentir un dolor emocional preciso, vas a sufrir y
por eso, cuando los pacientes sienten solamente un pequeño aspecto de un viejo
sentimiento, continuarán sufriendo a causa de esa porción que permanece no
sentida y no conectada. No es que el paciente no esté llegando a ningún lado,
más bien se trata de un sufrimiento adicional que requiere conectarse. No es
posible hacerlo en un día.
Estamos discutiendo la existencia de una cantidad de energía en el
sufrimiento. Una energía que se puede canalizar hacia el cuerpo y en la mente.
Un sentimiento de rabia puede transformarse en un severo dolor de cabeza, de
ese modo, la rabia queda contenida en el síntoma. Cuando la rabia se expresa,
debe hacerlo totalmente y no sólo “comprenderla”, sólo entonces el síntoma
desaparecerá. Cuando la rabia se hace consciente mediante su plena expresión
(ya sea con golpes o gritos), se transforma en un sentimiento, y ya no es un
elemento del sufrimiento. Percatarse de la rabia no tiene nada que ver con estar
consciente de ella. Una persona que necesita hablar incesantemente y descubre
que hay dolor en sus palabras, piensa: “Debo seguir hablando para no enterarme
de que nadie está escuchando”. Ésa es una forma de reclamar atención. Tal
forma de expresarse es sintomática de un sentimiento.
EL POZO PRIMAL DEL DOLOR

En el primer libro del grito primal presenté el concepto del “pozo primal del
dolor”. Esa noción se mantiene vigente. Significa que a través de nuestra
infancia, ciertos dolores pequeños se acumulan y se integran como un
“compuesto”. El concepto de “dolor primal” es una descripción figurativa de lo
que he visto en los pacientes. De cierto modo revela que, a distintos niveles, en
cada individuo existe una construcción en la que se acumula el dolor. Es como
un pozo que se debe drenar con la finalidad de que las personas puedan relajarse,
para de alguna manera hacer más ligera la carga de dolor sobre el sistema. Los
afluentes que llegan al pozo primal pueden proceder tanto de heridas físicas
causadas por una cirugía, como de heridas psicológicas, por ejemplo: haber sido
ignorados. Ambas fuentes de dolor son procesadas del mismo modo. Una cirugía
puede acumular una gran sobrecarga de dolor, de la misma manera que se
acumula el sufrimiento por un gran rechazo. La terapia debe drenar ese pozo
durante un cierto tiempo, para disminuir la carga de dolor y permitir al sistema
equilibrarse a sí mismo y relajarse. Cuando se vive esa experiencia y se reviven
un poco los sentimientos, y a la vez se los integra a la conciencia,
paulatinamente se resuelven pues se trata de transformar el dolor en sentimiento.
Así es, por ejemplo, como los neuróticos se convierten en seres humanos
sensibles.
Hay un grupo de estructuras en el cerebro encargadas de procesar y
almacenar los sentimientos humanos: el cerebro límbico es un anillo de
estructuras situadas por abajo del neocórtex. Organiza nuestras emociones
actuando como un distribuidor que acepta cierto nivel de input (o carga
energética de dolor) y redirige el exceso de sentimientos hacia otros canales,
sistemas de órganos o a la mente ideacional. De modo que el sistema límbico es
una especie de “contenedor de dolor”, aunque cuando se excede su capacidad se
limita, entonces es cuando hay un exceso de derrame de energía causado por el
dolor emocional, o cuando permanecemos en un estado de ansiedad aguda.
Se hizo un experimento con perros a los que se les dio un ligero “toque” de
energía eléctrica en su sistema límbico (se les aplicaba diariamente). Se encontró
que se necesitaba una estimulación mucho menor para lograr que tuvieran
ataques ante el más ligero acontecimiento, pues les iban produciendo una
descarga de energía eléctrica masiva y global, se vio que bastaba una
estimulación mucho menor para producirles esos ataques.
Lo mismo sucedía cuando éramos niños. Durante varios días se procesaba un
insulto tras otro en el sistema límbico. El dolor acumulado se procesaba
diariamente en el sistema, haciéndonos muy susceptibles ante el estímulo más
neutral. Es así como la más ligera frustración puede conducirnos a una rabia
masiva. En nuestros estudios sobre las ondas cerebrales de una persona, cuando
entraban a un nivel gigantesco —en términos de actividad cerebral—, la
experiencia era casi equivalente a un ataque epiléptico. El sistema límbico hace
brotar al exterior la energía que ha almacenado.
LA MEDICIÓN DEL DOLOR EMOCIONAL

Medimos el dolor con base en sus mecanismos de procesamiento, mediante


estudios de las ondas cerebrales, de la observación de los signos vitales —como
la presión sanguínea, el pulso y la carga hormonal—. Tanto el dolor físico como
el psicológico estimulan la producción de los mismos químicos represivos; el
cuerpo no distingue entre los tratamientos que disipan el dolor. Un buen
medicamento que evita el dolor puede apaciguar ambas clases de dolor con igual
eficacia. A una persona se le puede sugerir que tal o cual tableta acabará con su
dolor, y ya no lo sentirá (aunque no haya ninguna sustancia en la tableta, sino un
placebo). Del mismo modo, hay personas que no sienten ningún dolor cuando se
les aplica una inyección con algún calmante muy fuerte. La mente funciona
como un efectivo agente calmante y, por cierto, funciona muy bien, y quizá es
mejor que cualquier inyección aplicada para evitar el dolor. Eso se debe a
razones que descubriremos muy pronto.
El dolor primal puede permanecer estancado, ser recanalizado y
diversificado, pero no se puede borrar. No es posible eliminarlo de nuestra
existencia. Un adicto nunca superará su adicción a medicamentos supresores del
dolor. Aun los choques eléctricos no pueden suprimir esos recuerdos. Esto se ha
demostrado en la investigación con animales. Una vez que algo ha quedado
impreso en el sistema, no se puede extinguir. De igual modo, para un niño el
sentimiento de “no ser amado” jamás desaparecerá, permanecerá prístino y puro,
asemejándose al concepto inmutable de Sigmund Freud, acerca del Id o
inconsciente, que permanece sin cambio para siempre. La experiencia de vida, el
ser amado por cientos de personas nunca cambiará aquel sentimiento de no haber
sido amado por alguien especial como la madre o el padre. ¡Imagínense!, porque
esa falta de amor pasa a formar parte de nuestra fisiología y quizá será la única
parte que se niegue al cambio. La razón de esa negación la encontramos en la
supervivencia de la especie: el sentimiento doloroso permanece almacenado
hasta encontrar la oportunidad para hacerse consciente, hasta que se pueda
resolver el sentimiento. El organismo está esperando su oportunidad para
recuperar la salud y volver a su destino evolutivo. El mismo Freud, sin saber
exactamente acerca del “dolor impreso”, dio a este fenómeno un aura mística —
el Id—, pero ese Id era solamente un duplicado del medio ambiente traumático,
una vez internalizado. Como veremos más adelante, la total confianza evolutiva
radica en deshacernos de ese “dolor interior” que representa al no yo
traumatizado, para regresar al yo real, que es el saludable.
LA NATURALEZA DE LA MEMORIA EMOCIONAL

Cada una de las células de nuestro cuerpo recuerda su estado natural. Tomemos
como ejemplo a la amiba unicelular. Cuando se la coloca en una solución de
agua contaminada con gránulos de tinta china, literalmente absorberá esos
gránulos y los almacenará en vacuolas. Estos elementos nocivos se convertirán
en parte de su fisiología. Después, cuando ponemos a las amibas en agua limpia
(un medio saludable), las vacuolas se moverán hacia la orilla de la membrana de
la célula y expulsarán los gránulos. De esa manera la amiba se restaura a sí
misma, hacia una condición saludable.
Éste es un paradigma del comportamiento humano, después de todo: no
somos más que la aglomeración de células microscópicas. Esas colonias de
células funcionan de la misma manera que lo hace una sola célula. Incorporan
del exterior elementos nocivos y luego esperan estar en un ambiente saludable
para arrojarlos hacia el exterior. “Éste es el paradigma de la resolución de la
neurosis y el regreso hacia la salud”. Hacemos lo que la amiba nos enseñó en su
prototípica infancia: absorbe el peligro externo y espera el momento propicio
para expulsarlo, aun cuando la espera dure treinta años. Sin esas habilidades para
incorporar y para esperar, no sería posible la resolución final de la neurosis.
La incorporación es una tentativa de mantener fuera de nosotros un medio
ambiente menos dañino, es un esfuerzo por mantener el ambiente “puro”, porque
hasta una amiba unicelular sabe que debe mantener un ambiente saludable para
seguir intacta, por eso se “come” el peligro, pero nunca lo integra plenamente a
sí misma, jamás llega a ser una verdadera parte de su fisiología. Permanece
como una fuerza ajena dentro de ella. Más adelante veremos que cuando se
incorporan los elementos nocivos externos, también las amibas jamás
permanecen plenamente íntegras. Continúan teniendo una fuerza alienígena. De
ahí en adelante la tarea es deshacerse de esa fuerza alienígena, tan pronto como
sea posible, sólo que no podemos hacerlo en un ambiente difícil. En la situación
actual debemos permanecer a la defensiva y esconder nuestro cuerpo, hasta que
llegue el momento en que sepamos que está ahí.
Toda vida orgánica comparte ciertos procesos comunes, cada organismo
lucha por lograr la homeostasis: un equilibrio natural. Cuando existe un dolor
temprano, el recuerdo y su carga se almacenan intactos dentro de las células de
los centros emocionales del cerebro, esperando el día en que puedan liberarse.
Esos elementos extraños se convierten en parte de nuestra fisiología.
Cuando el ambiente es propicio otra vez, cuando hay un ambiente cálido,
amoroso, terapéutico, que conduce hacia el “sentir” del viejo dolor, entonces se
inicia la descarga. El cuerpo comienza a liberarse de los estímulos dañinos
almacenados. Después de que se descarga el dolor, el cuerpo regresa a su
original estado de salud.
He dejado implícito que, de muchas formas, el dolor emocional se puede
acumular y almacenar y, por supuesto, ésa es una función de la memoria.
Podemos responder al estrés desde muy temprano en la vida, aun en el útero lo
codificamos y lo almacenamos, ahí permanece como un recuerdo. Está implícito
en la noción de poder revivir ciertas experiencias que permanecen en la
memoria. Lo que estaba afuera, ahora lo tenemos dentro. Todos los olores, los
sonidos de cualquier evento temprano, permanecen en la memoria, guardando
cada minuto de nuestras vidas, y los podemos recuperar en cualquier segundo.
Es un verdadero milagro que todo un medio ambiente permanezca disponible en
nuestra memoria durante cada minuto de la vida, como si se tratara de la
duplicación de ella; es más, respondemos primero a ese medio ambiente interior
y después al exterior. La memoria traumática se convierte en un filtro que
determina cómo vamos a responder después a los hechos.
¿Por qué existe una copia duplicada de lo sucedido en nuestra infancia?
Porque es un camino para incorporar un medio ambiente peligroso y después
encapsular ambos ambientes: el real y el recordado. En nuestro interior podemos
remover su carga explosiva o, al menos, separarnos de esa carga por medio de la
encapsulación. Podemos mantenerla aislada internamente hasta que crezcamos y
lleguemos a ser capaces de experimentar el dolor. Entonces podemos, por así
decirlo, “escupirlo todo hacia fuera”. Lo que es cierto para una amiba, también
lo es para toda vida humana.
Ya sabemos que dentro del útero se siente dolor. Los investigadores Anand y
Hickey han advertido que las vías nerviosas que transportan las señales del
dolor, desde la médula espinal a los centros más bajos del cerebro, están casi
plenamente desarrollados desde las 35 a 37 semanas de gestación. Los estudios
de EEG (ondas cerebrales) nos muestran lo bien desarrollada que está en ambos
hemisferios cerebrales la actividad eléctrica a las 26 semanas. A esa edad, el feto
en desarrollo es capaz de registrar el dolor emocional y físico. Los mismos
autores destacan el hecho de que después de la circuncisión, hay evidencias de
un recuerdo continuo de esa experiencia. Se han encontrado cambios en el
comportamiento que indican la ruptura del proceso de adaptación de los recién
nacidos al medio ambiente posnatal.
Estos investigadores también dicen que los cambios sinápticos y celulares
requeridos por esta clase de recuerdos tempranos, dependen de la plasticidad y la
maleabilidad del cerebro, que suele ser más alta durante los periodos prenatales
y neonatales. El hecho de que la memoria temprana permanezca es crucial para
entender la noción de que es capaz de revivir más tarde el dolor emocional. Sin
una memoria o sin los recuerdos codificados de tales experiencias, esta
afirmación sería inadmisible. La memoria emocional depende del
funcionamiento del sistema límbico, una parte del cerebro que ambos autores
encontraron “muy bien desarrollada y funcionando durante el periodo neonatal”.
LA CAPACIDAD DE ESTRÉS EN EL RECIÉN NACIDO

No debe sorprendernos que Anand y Hickey hayan encontrado que los bebés
reaccionan a los hechos con mucha más fuerza que los adultos. En una
investigación sobre la respuesta al estrés de bebés sujetos a cirugía, Anand dice:
“Para mi sorpresa, encontré que los bebés tenían cinco veces más respuestas al
estrés que los adultos que pasaron por una cirugía similar”. Los niveles de
hormonas, la presión sanguínea, el ritmo cardiaco y los niveles metabólicos
producidos, todos ellos, se elevaron muchísimo. La importancia de esto radica en
que esa respuesta, obviamente, es mucho más de lo que un bebé puede soportar.
Por eso, parte de la respuesta queda bloqueada, encerrada y almacenada durante
el resto de la vida, convirtiéndose en la fuente de una tensión posterior. El
aparato de la memoria emocional permanece operando durante todo este tiempo.
No se trata de que la respuesta del bebé al estrés suela estar confinada sólo a
una cirugía. También puede estar presente en el caso de un trauma emocional.
Ésa es una función del sistema límbico, el cual contiene receptores del dolor
cuyo número aumenta ante la presencia del mismo. Pero Anand sólo está
probando experimentalmente lo que hemos visto por décadas: que cuando un
paciente revive sensaciones de ahogo y de bloqueo en su garganta, debido a una
falta de oxígeno al momento del nacimiento, es claro que no está fingiendo esa
experiencia. El paciente no puede hacer nada para recuperar el aliento de forma
rápida, le toma segundos lograrlo. Este recuerdo está fijado en su forma más
cristalina. Es dentro del sistema límbico donde un aspecto de algún recuerdo se
conecta con otro: un suspiro se conecta con un olor, un sonido con una sensación
de tacto, etc. Lo mismo sucede cuando un paciente está viviendo sus sensaciones
más antiguas, todos los aspectos de su recuerdo ascienden a la conciencia y
florece la memoria emocional.
Richard Thompson, de la Universidad del Sur de California, investigó las
huellas de la memoria en animales. Encontró que con una estimulación repetida,
ciertas células nerviosas se vinculan con otras para ligarse entre sí y formar una
sensación. Dado que las vías nerviosas se continúan vinculando unas con otras,
se facilitan los movimientos a través de la sinapsis o del espacio nervioso, por
eso la memoria responde. Es como si la operara el encargado de un interruptor
que abre todas las barreras para que el tren se deslice suavemente por las vías. Es
(si queremos verlo así) como si se tratara de un espacio o un hueco en el que se
canalizan los hechos posteriores; ese hueco es responsable de nuestro
comportamiento habitual. Si un bebé llega a estar cerca de la muerte, el
pensamiento de muerte —frente alguna adversidad— se convierte en un
recuerdo o en un “hueco”. Por tanto, cuando ese niño se convierta en adulto y
deba enfrentar problemas, sus primeros pensamientos pueden ser de muerte o de
suicidio.
A menudo se considera que la mente de los fetos y los recién nacidos es
como una “tabla rasa” donde nada se ha escrito o registrado, simplemente
porque no pueden hablar. En nuestras investigaciones recientes observamos que
el infante registra experiencias de gran impacto, el hecho de que no sea capaz de
describir o discutir esas experiencias no tiene nada que ver con el efecto que
sufre ante ellas. Más tarde, cuando la persona trate de poner en palabras sus
experiencias tempranas, vivirá toda clase de falsas percepciones e ideas extrañas,
pues no las podía expresar cuando imperaba su inconsciente.
De hecho, el bebé tiene una ventana sensorial muy amplia y, por tanto, es
más sensitivo de lo que podrá ser en el futuro. Siente más porque no ha
desarrollado un córtex o cerebro pensante que diluya la experiencia. A ninguno
de nosotros nos debe sorprender esto, si consideramos que hasta las plantas
recuerdan. Si tomamos una planta de chícharo que reacciona a la luz y la
ponemos en la oscuridad, “recordará” cualquier cosa que le suceda cuando la
coloquen de nuevo en la luz. Si la tocan en la oscuridad, se inclinará hacia ese
contacto solamente cuando otra vez esté en la luz, pues habrá recordado y
almacenado la información.
LA MEMORIA EMOCIONAL NO ES UN RECUERDO CONSCIENTE

Podemos recordar fácilmente nuestros buenos tiempos en la infancia, pero no


hay una conciencia voluntaria que pueda recordar una experiencia emocional
dolorosa, ésta sólo puede recordarse en un nivel emocional, gracias al sistema de
los sentimientos.
La idea de que poseemos una memoria oculta, que no reconoce el dolor, es
difícil de aceptar, pues el dolor no puede recordarse con facilidad precisamente
porque está oculto. Por eso usamos el término “dolor primal”, el cual es como la
fuerza de gravedad, es una fuerza totalmente inconsciente que siempre está ahí.
Si no se hubiera descubierto la gravedad, nunca habríamos sabido nada acerca de
sus efectos. Es tiempo de conocer la influencia del dolor, que es una fuerza que
mueve a las sociedades y, al mismo tiempo, permanece oculta como un secreto
mutuo y colectivo. Si consideramos que en el interior de nuestro organismo
producimos morfina (la morfina que se encuentra en la placenta y en las
estructuras más remotas cerebrales), podremos percatarnos de que nuestro
inconsciente bien pudo comenzar en el vientre. En cierto sentido “estamos
afuera” antes de que estemos en donde está la vida, esto es lo más importante.
¿No es para asombrarse que estemos conscientes? Actualmente el dolor primal
es el gran secreto escondido, es una parte del inconsciente colectivo, es la
conspiración del inconsciente a través de la cual todos estamos de acuerdo en
negar las realidades centrales de nuestro tiempo, nuestro dudoso legado de
necesidades, sentimientos y dolor reprimido.
III. La represión: las compuertas del
cerebro y la pérdida del sentimiento

EL BLOQUEO: MECANISMO DE LA REPRESIÓN

El principal mecanismo a través del cual el dolor se reprime se llama “bloqueo”.


Éste es un proceso que controla la percepción del dolor, pero no el dolor mismo.
Lo que hace es bloquear la masa de impulsos eléctricos que impiden que el dolor
alcance los más altos niveles en el cerebro (y con ello, la conciencia del dolor).
A través de ese bloqueo el dolor sobrecogedor, ya sea físico o psicológico,
estimula su propia represión. Esto ocurre mediante un proceso electroquímico en
el que ciertas células nerviosas y sus puntos de conexión inhiben la transmisión
de la información. A esta función la podemos llamar “sistema de compuertas” o
“sistema de bloqueo”, el cual trabaja en todo el cerebro pero se concentra en
ciertas áreas clave que organizan la respuesta de dolor.
Los sistemas de compuertas que separan el pensamiento del sentimiento —y
a los niveles de sensación, de la conciencia— controlan la información que entra
por todo el sistema nervioso. Una vez que se establece el bloqueo y la represión,
los circuitos neurales se desconectan funcionalmente y parecen llevar una vida
independiente. Una vez separados los pensamientos de los sentimientos, tienen
una viabilidad propia. Mientras tanto, la energía de los sentimientos reverbera en
lazos (en un ir y regresar) en los niveles más bajos del cerebro, los cuales están
totalmente aislados de los procesos de pensamiento.
De esa manera, el bloqueo trabaja en dos direcciones: una mantiene al
sentimiento y a la sensación apartados del nivel del pensamiento, y la otra
previene el surgimiento de ideas y conceptos que pueden afectar nuestro nivel
emocional. Cuando decimos que alguien “ha perdido contacto con la realidad”,
sin saberlo, nos estamos refiriendo al proceso de bloqueo que, efectivamente, se
ha desprendido de un nivel de conciencia hacia otro. Perdemos el contacto con el
mundo exterior sólo cuando perdemos el contacto con el mundo interior y, sin
saberlo, con el proceso de bloqueo que en efecto ha desconectado un nivel de la
conciencia, de otro. Perder el contacto con lo interno es una precondición para
perder contacto con el mundo externo.
Tenemos muchos ejemplos gráficos de bloqueo: en el futbol a menudo los
jugadores intervienen durante todo el partido a pesar de que tienen un hueso
severamente fracturado. Después del juego, una vez que la intensidad de su
participación se ha alejado, se hacen conscientes de su dolor. Emborracharse es
otro ejemplo: después de una noche “alegre” en la ciudad, una persona no puede
recordar lo que hizo durante ese tiempo; sin embargo, condujo su automóvil
cuando estaba prácticamente inconsciente, pues en esos momentos estaba
operando en un nivel diferente de conciencia.
LAS COMPUERTAS DEL CEREBRO Y LA REPRESIÓN

Por una feliz circunstancia, o por destino —pero un destino sin consecuencias
ominosas—, el sentimiento del gran dolor temprano (a partir del nacimiento) se
convierte en su opuesto: en el “no sentimiento”. El fenómeno de bloqueo nos
permite comprender cómo sucede todo esto, pero primero necesitamos entender
cómo entra el dolor en nuestra mente.
La investigación sobre el dolor y sus mecanismos ha arrojado importantes
luces sobre el sufrimiento emocional y cómo se procesa. De hecho, hay una línea
divisoria entre el llamado “dolor físico” y el “dolor emocional”, los cuales, sin
lugar a dudas, son una reacción fisiológica a hechos psicológicos. Tenemos una
teoría del dolor que postula que en el cerebro medio hay un sistema de bloqueo
del dolor, este hecho es relevante para comprender el dolor físico y el emocional.
La teoría de las “puertas de control” (o de bloqueo) la desarrollaron Ronald
Melzack y Patrick Wall. Al examinar el fenómeno llamado TEENS
(electroneuroestimulación transcutánea), estos autores descubrieron que dentro
del sistema espinal existe un proceso de compuertas en el sistema
cerebroespinal. Implantando un aparato electrónico en la parte superior del
cordón espinal, un paciente era capaz de apretar el botón de un transmisor e
inundar el área con impulsos eléctricos. Se suponía que cuando se estimulaba el
dolor, que se había transmitido desde el cordón espinal, estos impulsos dolorosos
se bloquearían y el aparato debía mitigar o apagar un gran dolor, por ejemplo, el
dolor del cáncer. No hay límites para esos impulsos eléctricos: son neutrales y,
sin embargo, con el fin de inhibir el dolor, envían información al sistema de
compuertas.
La TEENS sugiere un mecanismo a través del cual reprimimos el dolor
emocional. Esto es evidente por el hecho de que, a fin de cuentas, el dolor se
deriva de una masa de impulsos electroquímicos. Cuando esta masa se hace muy
grande, los impulsos inundan el cerebro y producen una sobrecarga que lo
estimula para bloquear el dolor y producir la represión. Este mecanismo es
automático.
El bloqueo del dolor emocional trabaja de dos maneras: cuando los niveles
de intensidad tienden a sobrepasar el umbral, y cuando hay un efecto
acumulativo que llega al mismo umbral.
Cualquier dolor que amenace el umbral de tolerancia, pone en movimiento
un mecanismo interno de antisufrimiento, que nos asegura que no sufriremos en
forma desordenada.
Podemos apreciar el principio del bloqueo en la terapia de choque: después
de que una persona ha recibido en el cerebro una carga masiva eléctrica, deja de
sentir el dolor porque ya no está sintiendo. El choque masivo en su cerebro ha
cancelado una buena porción de su memoria. El choque ha ayudado a la tarea de
represión cuando el sistema ya no puede reproducir los suficientes elementos
químicos para mantener el dolor bajo control.
Incidentalmente, la terapia de choque es una entrada masiva de impulsos que
permanecen en el sistema. He visto pacientes que reviven su terapia de choque
exactamente como sucedió. Lo que entró al sistema, debe salir en algún
momento, ya sea gracias a los impulsos de la máquina de choques o a los
impulsos derivados de haber quedado traumatizado desde la infancia.
EL DOLOR BLOQUEADO Y LA MEMORIA EN LA TERAPIA PRIMAL

Lo que hemos observado en la terapia primal permite apoyar la teoría de las


compuertas que bloquean el dolor. Los pacientes que están reviviendo una
secuencia de su nacimiento, mostrarán de nuevo las marcas del fórceps en su
frente. ¿Dónde estaban esas marcas durante esos años intermedios? Estaban
almacenadas, bloqueadas en la memoria, como recuerdos que nunca fueron
eliminados. Por ejemplo, ¿qué pasa con esos ruidosos llantos del bebé, con esos
sonidos del bebé de un año, los cuales un paciente de cuarenta años produce
involuntariamente durante una sesión en la que está reviviendo traumas
tempranos en su vida? Son “traumas bloqueados” que resurgen para ser
liberados. Cuando se bloquea una cantidad masiva de energía primal, se produce
una igual cantidad de tensión corporal. Cuando los pacientes logran revivir su
dolor, los niveles de tensión se reducen radicalmente. Los estudios
electromiográficos indican que hay una actividad eléctrica muy reducida en la
musculatura.
Los choques emocionales no son diferentes de la terapia de choque. Por
ejemplo, cuando una madre perdió a su hermano en un accidente, fue internada
en un hospital mental. Un niño tuvo un choque cuando se le envió a un hogar
sustituto a una edad temprana, o cuando ha sufrido incesto. Estas experiencias
inundan el cerebro con una sobrecarga de impulsos eléctricos que producen un
cierre muy brusco. Estamos hablando de una información con una gran
sobrecarga. A las compuertas de bloqueo no les preocupa el contenido, lo que
cuenta es la fuerza del trauma. Cuando el nivel del trauma, por ejemplo en un
incesto, es lo demasiado grande, las compuertas se cierran bloqueando
bruscamente su contenido.
Desafortunadamente, cuando las compuertas en el cerebro se cierran contra
el dolor, también ponen un alto en nuestra historia. No volveremos a recordar el
trauma ni las necesidades y los sentimientos que lo acompañaban, quedaremos
despojados exactamente de la clase de recuerdos que necesitamos para resolver
los efectos infortunados y discapacitantes de esos viejos traumas. Nunca
podemos reprimir impunemente: siempre hay un precio que pagar.
EL BLOQUEO Y LA REPRESIÓN DEL DOLOR: EL CUADRO CLÍNICO

El grado de bloqueo de la represión depende de la cantidad de dolor. El dolor


masivo durante el nacimiento puede causar la clase de represión de la que hemos
hablado. Será necesaria una gran cantidad de energía para mantener ese dolor
por siempre oculto y en su lugar. La cantidad de energía es continua y
mensurable. Primero, porque la impresión del trauma nunca desaparece.
Segundo, porque una vez que lo viven, se reviven ciertos traumas tempranos y
podemos apreciar en muy pocos minutos el aumento de varios grados en la
temperatura corporal, la frecuencia cardiaca y otras medidas básicas. Tales
lecturas parecen ser demostraciones inmediatas del nivel de dolor y de la
cantidad de represión que ha ocurrido.
EL BLOQUEO Y LA COMUNICACIÓN INTERRUMPIDA

El bloqueo del dolor tiene como resultado el cierre de la comunicación entre un


nivel de conciencia y otro, por eso muchos recuerdos permanecen inconscientes
y una parte en nuestro cerebro —la consciente y la pensante— a menudo no está
en comunicación con otras partes del cerebro que contienen información
importante.
La comunicación bloqueada o reprimida queda bien demostrada en la
hipnosis, la cual, empleando técnicas psicológicas, nos muestra que la
experiencia del dolor y su recuerdo se puede bloquear. En la hipnosis es posible
lograr un bloqueo tan profundo, que podemos colocar a una persona entre dos
sillas (con la cabeza en una silla y los tobillos en la otra), y no sentirá el peso de
una persona de sesenta kilos en su estómago.
El ejemplo de la hipnosis es importante porque demuestra que ciertos
factores psicológicos, aun ideas muy simples, pueden alterar la química cerebral
y producir un bloqueo muy profundo, como para dejar solamente una parte muy
primitiva del organismo en actividad. El bloqueo no sólo puede separar las ideas
de los sentimientos, también es capaz de suprimir los sentimientos de tal modo,
que lo que único que permanece en funciones es el cerebro primitivo que opera,
en suma, en tres niveles de conciencia.
La memoria inconsciente puede guiar en el primer nivel una gran variedad de
acciones coordinadas. Tenemos, por ejemplo, al sonámbulo que mientras está
bien dormido va a la cocina y se sirve un alimento, y al mismo tiempo desarrolla
funciones muy complejas sin la activación de la conciencia en su nivel superior.
También están aquellos que tienen ataques epilépticos y se las arreglan para
manejar un coche, elegir las calles y atender a las señales de regreso. Pero
después no tienen recuerdo alguno de lo ocurrido. Un nivel de conciencia estaba
bloqueado, mientras el otro funcionaba de forma correcta.
Clínicamente este bloqueo es aparente de muchas maneras. Una paciente que
fue víctima de incesto, no descubrió ese hecho sino hasta después de dos años de
estar en terapia primal. Empezó a hablar consigo misma en la calle y sentía que
estaba perdiendo la conciencia. Llegó a la terapia sin saber si algo estaba mal.
Durante muchas semanas estuvo reviviendo aspectos de un incesto, hasta que un
día se enfrentó conscientemente a la más horrible agonía. Hasta los fragmentos
del recuerdo estaban bloqueados, de modo que al principio sólo podía recordar
los aspectos más inocuos del incesto. En sus primales iniciales, revivir el dolor
reprimido se limitaba a los temores a la oscuridad que vivió cuando era niña,
después pudo captar el ruido de los pasos bajando la escalera, luego una sombra
en el cuarto; posteriormente tenía la sensación de algo muy grande y agudo en
sus piernas y, por último, meses después, gritaba: ¡Es Papá! La potencia del
bloqueo tiene una relación directa con la cantidad de dolor: el sistema sólo
permitirá, poco a poco, más tomas de conciencia, cada vez que haya un
acercamiento. Esto nos explica que se permite experimentar sólo lo
indispensable, lo que se puede integrar y nada más.
Fisiológicamente sabemos algo del bloqueo y de cómo funciona. Existen
varios estudios sobre las células nerviosas que muestran que, cuando hay una
sobrecarga de entrada, ciertas células asociadas permanecen en “silencio”, es
decir, no pueden responder. Éste es otro modo de demostrar cómo la sobrecarga
produce un cierre o bloqueo inmediato; por ejemplo, cuando en una planta
nuclear hay una falla en algún sistema, éste hace funcionar las campanas y las
alarmas. Si esto sucede en el sistema humano, no pasa nada semejante, al menos
no algo fácil de advertir, pero debajo de la superficie hay un constante fluir de
actividad que sucede en el momento en que las hormonas se derraman en el
sistema: el calor del cuerpo aumenta, las células blancas avanzan y retroceden
agitadamente, y las células del cerebro buscan apoyos al servicio de la represión.
¡Al fin!, la alarma queda en silencio: no hay nadie que la escuche. La alarma
resuena y grita toda nuestra vida, detrás de la compuerta primal. De nuevo, la
alarma resuena y grita todos aquellos acontecimientos dolorosos de nuestra vida
que estaban ocultos por el bloqueo primal.
Cualquier cosa que se haga artificialmente en ese momento para romper las
barreras de comunicación dentro del cerebro (resultantes del bloqueo) es
peligrosa, porque una vez que se ha roto la secuencia del proceso puede poner al
descubierto un gran dolor desordenado. Las drogas, o una mala terapia, suelen
llegar a esta misma situación: a la posibilidad de inundar el córtex, o cerebro
pensante, con un dolor que no se puede integrar. De ahí que el bloqueo tiene una
razón de ser muy importante: existe y funciona nada menos que para la
supervivencia.
EL BLOQUEO COMO BASE DE LA NEUROSIS

El sistema de compuertas que bloquea el dolor nos permite sentir de una manera
y actuar de otra; hace posible entrar en contradicción con nosotros mismos. Nos
permite recordar las tablas de multiplicar que aprendimos en la escuela a los seis
años, sin tener ningún recuerdo de las emociones que teníamos en ese tiempo. La
explicación nos dice que primero cerramos el dolor, y luego cerramos las
asociaciones que el dolor puede hacer surgir, hasta que llegamos a bloquear
todos los recuerdos en torno a esa experiencia: lugares, tiempos, escenas, etc.
Cuando sufrimos una conmoción, como sucede en un accidente de auto,
generalmente hay amnesia, lo mismo sucede con los choques emocionales
tempranos. La manera como nacemos nos deja en un estado de choque
justamente después de nacer, por eso no es de sorprender que muy poca gente
sea capaz de recordar su nacimiento.
Las compuertas del dolor son los agentes de la autodecepción. Una persona
está firmemente segura de que está relajada y, sin embargo, su rabia reprimida
está elevando su presión sanguínea. No reconoce la relación entre su presión
sanguínea y sus sentimientos. Si alguien le preguntara: “¿Qué es lo que te tiene
tensa?” No sabría qué responder, porque el bloqueo ha sellado su conciencia.
Hay otras clases de daño cerebral en las que la persona puede estar sufriendo
y tener la siguiente actitud: “Yo sé que me duele, pero no me molesta”. Su
apreciación del dolor y su conexión con el sufrimiento ha quedado interrumpida.
En la Antigüedad, cuando los cirujanos hacían lobotomías frontales (separando
el córtex frontal de los centros emocionales) pasaba lo mismo: la persona tenía
dolor, pero parecía no importarle.
La coherencia en una persona normal se mantiene a través de la integración
fluida entre todos sus niveles de conciencia. El neurótico, en cambio, mantiene
su coherencia o su incoherencia mediante lo opuesto: posee un sistema en el que
las compuertas del dolor funcionan bien y pueden mantener ocultos sus
recuerdos dolorosos, pues sin la acción de esos bloqueos, no habría posibilidad
de avanzar por la vida. Estaría todo el tiempo atrapado en un dolor extremo. De
modo que las compuertas permiten a un paciente llegar a nosotros quejándose de
su migraña y asegurarnos que tuvo una infancia muy feliz, sólo para descubrir,
después de un año y cien primales, algunos episodios donde revivía el trauma
temprano, demostrando que su vida no era tan feliz.
El precio de la represión siempre se acompaña de una disminución de la
conciencia. La neurosis es simplemente la extinción del proceso natural de
eliminar cantidades sobrecogedoras de información (cantidades que suelen
bombardearnos a todos) con el propósito de proteger al organismo de una
sobrecarga. Parece que el dolor es pandémico. La finalidad de cualquier terapia
consiste en reducirlo a niveles aceptables dentro del sistema. En mi opinión,
llegar a estar libre del dolor en un 100%, tomando en cuenta la sociedad en la
que vivimos, sólo es posible en teoría.
LA EVOLUCIÓN DEL BLOQUEO

El sistema de bloqueo se desarrolla proporcionalmente con la total evolución del


cerebro. Un niño o un feto pueden reprimir. Se ha medido la percepción de
sonidos muy fuertes que los fetos hacen en el útero; pero la represión se logra
con el sistema nervioso primitivo. Solamente años después, él o ella van a tener
los medios para bloquear en el nivel cerebral más alto: usar ideas para bloquear
sentimientos, racionalizar para que no duela, y negar la realidad que está frente a
ellos.
El desarrollo del cerebro no solamente permite las emociones, admite
también el dolor emocional. En cada uno y en todos los dolores existe un
mecanismo para su opuesto: la represión. Antes de que un niño pueda usar sus
ideas para bloquear el dolor, es capaz de actuar contra sus sentimientos. Para
negar su necesidad de ser bebé, puede actuar como un macho independiente. Esa
negación no es más que un maquillaje emocional y —hablando de maquillajes—
esos niños que ocultan una buena parte de su realidad, quizá harán lo mismo
cuando mucho más tarde se confronten con la realidad externa. Su primer
impulso será negar y ocultar una buena parte de lo que les está pasando
internamente.
Las compuertas del dolor preservan nuestra realidad interna en su forma más
pura, ellas se las arreglan para proteger los sentimientos, intentan ser
benevolentes. El problema es que al volvernos insensibles con nosotros mismos,
nos hacemos insensibles hacia los demás. No vemos su dolor, no podemos
empatizar o sentir “por ellos”, no somos capaces de percibir lo que deberíamos
percibir y no nos es posible captar lo obvio. Más adelante, en la vida, una
persona que está severamente bloqueada o reprimida puede sufrir una
enfermedad autoinmune, como la artritis, en la cual son atacados: la persona
real, sus células y tejidos, como si ella fuera un extraño o una alienígena. Nos
volvemos alérgicos a nosotros mismos.
LA MEDICIÓN DE LA FUERZA DE LAS COMPUERTAS DEL DOLOR

Cada aspecto del sistema de compuertas del dolor parece que tiene una
tolerancia específica, de modo que por compuerta de primera línea nos referimos
a la represión de eventos ocurridos antes, durante o en torno al momento del
nacimiento (esto incluye hechos acaecidos meses después del nacimiento).
Imaginemos que las compuertas de primera línea tienen, por ejemplo, una
capacidad de 10; otras compuertas, localizadas en el cerebro medio, un poco más
alto, tendrán una capacidad de 5 o 6. Un trauma como el incesto puede avasallar
a la compuerta con una valencia de 7 u 8. También podría suceder que, por la
acumulación de los dolores en el tiempo, el sistema de compuertas del dolor
termine debilitándose; es entonces cuando necesitamos drogas para impulsar la
acción del bloqueo. La manera como podemos apreciar el colapso de las
compuertas del dolor es advirtiendo los estados de total ansiedad en las psicosis,
en el autismo infantil o en las enfermedades severas.
Un viaje de LSD es la vía más rápida para romper las compuertas del dolor.
Se logra al disminuir la actividad integradora cortical, liberando de ese modo los
dolores establecidos en las partes bajas y tempranas del sistema nervioso.
También lo vemos en algunos de nuestros pacientes que tienen un sistema de
bloqueo muy frágil, que se debe a la composición del dolor a través de toda su
infancia. Por ejemplo, alguien que tuvo una de las peores experiencias de
nacimiento, seguidas del rechazo a lo largo de toda su infancia, es la clase de
persona que llega a nosotros inundada y avasallada por sus sentimientos, y que
posteriormente no puede identificarlos por separado. Llegará a la terapia con
sentimientos en los que mezcla su infancia con toda clase de traumas en su
nacimiento. Esta confusa mezcla evita que la persona pueda integrar algún
sentimiento. En este nivel se requiere utilizar tranquilizantes o supresores del
dolor, para empujar hacia abajo la pesada valencia del dolor y reforzar las
compuertas, para que la persona pueda integrar cada uno de sus sentimientos en
su conciencia.
En los exámenes que hacemos sobre las ondas cerebrales podemos medir la
represión o el sistema de bloqueo. Una persona reprimida, en posición de
descanso, tiene un patrón típico de ondas cerebrales y, si no es abiertamente
ansioso, tiene un eje (en el electroencefalograma, EEG) de 20-40 microvoltios a
11-15 ciclos por segundo. Este bajo voltaje es ligeramente rápido. Una persona
menos reprimida, que muestra de forma abierta su ansiedad (la manifestación de
su dolor) tiene un voltaje más alto de 50-150 microvoltios, en 10-13 ciclos por
segundo. Cuando ha logrado liberar su dolor, el paciente puede llegar a 20
microvolts (de ondas alfa) y a 7-10 ciclos por segundo.
Aquellas personas que sufren activamente a menudo tienen un EEG de 150-
250 microvolts, y cuando estos pacientes reviven dolores primarios (mientras
están conectados a la máquina EEG), pueden subir más alto. Así es como hemos
podido ver en pleno funcionamiento la clara evidencia del dolor y del sistema de
bloqueo. Vemos lo que pasa cuando la persona presenta una sobrecarga. El alto
voltaje representa el surgimiento de un dolor profundo y temprano. El córtex está
haciendo lo que puede para manejarlo, pero tiene que trabajar tiempo extra. La
amplitud de la onda cerebral aumenta de forma significativa y también la
temperatura corporal. Ambos datos indican que se ha hecho un gran trabajo para
someter al dolor intruso. A medida que el dolor se acerca a la conciencia, el
cerebro parece llegar a un elevado estado de excitación y considera al
sentimiento que experimenta como su enemigo. ¿Por qué algo que forma una
parte muy importante de nosotros mismos puede considerarse como un
enemigo? Esto es algo que exploramos más adelante; veremos cómo
incorporamos esas fuertes experiencias extrañas para que no nos hagan daño.
En el minuto en el que el paciente cae en el sentimiento real, todos los
índices biológicos caen. La importancia de esto es que tenemos los medios para
observar el bloqueo de sentimientos en acción, lo podemos ver cuando se
extralimita y cuando trabaja bien, en pacientes que no sienten nada y que se
quejan de que la vida no les ofrece gran cosa.
Contrariamente a la vieja noción que sostiene que no usamos mucho de
nuestra capacidad cerebral, el neurótico siempre está empleando intensamente su
cerebro al servicio de la represión.
EL DOLOR Y EL CEREBRO SUPERIOR

El dolor puede ser una de las primeras razones para el desarrollo del cerebro
pensante. La adversidad “exige” un cerebro superior que pueda manejar las
experiencias abrumadoras. De la misma manera que nos dirigimos a nuestro
córtex y a sus pensamientos, para contener el dolor que empieza a surgir, las
células del cerebro bajo parecen emigrar hacia arriba y evolucionar, para formar
un córtex que haga frente a la adversidad.
Se ha encontrado que el recuerdo más simple abarca áreas muy amplias en el
cerebro: zonas con millones de células nerviosas. Cuando hay un gran
almacenamiento de recuerdos dolorosos, podemos imaginar los millones de
células que están trabajando. Parece que no hay nada que presione más al
cerebro y a su sistema de bloqueos, que el dolor: aunque aparentemente no hay
nada que active al cerebro, ahí está el sistema de bloqueo, al igual que el sistema
del dolor.
Recapitulando: existe una serie de dolores que dislocan el sistema y
producen una neurosis. Eso es todo lo que hay, una neurosis que opera en
diferentes niveles de conciencia y se manifiesta de muchas maneras.
En realidad lo que existe es una estrategia primaria de defensa: la represión
que se acompaña de una multitud de síntomas que surgen de la propia defensa.
Hasta ahora, la tendencia en la psicoterapia ha consistido en concentrarse en
todas esas variedades de defensas, enfocándose hacia muchas formas de
neurosis, en lugar de buscar las fuerzas que la generan. Esto sucede en la
medicina y en la psicología. Tratamos las compulsiones y las fobias, las
migrañas y las úlceras como entidades que requieren diferentes especialistas, sin
tomar conciencia de que la fuente de todas esas neurosis puede ser la misma.
La razón de que exista una defensa es porque los procesos fisiológicos de la
represión se ponen en marcha para contener cualquier dolor, independientemente
de su origen. Cuando los dolores son masivos y continuos, y la represión es igual
a la tarea que tiene a su cargo, existe una represión global con muy pocas
oportunidades para echar a andar una mejor intervención. Pero más a menudo
existe alguna represión en la parte superior del cerebro, vinculada a sentimientos
que están dirigidos hacia la percatación consciente. Lo que una persona hace con
esa vinculación entre los dos niveles es emplear defensas secundarias. Esto es lo
que los freudianos llaman “mecanismos de defensa primarios”: negación,
proyección, formación reactiva, etcétera.
Pero los modos de defensa son tan diversos como las personas; algunos se
defienden racionalizando en otro nivel, con ideas, filosofías y sistemas de
creencias. Otros lo hacen mediante una actividad incesante que mantiene a raya
a los sentimientos. Hay algunos más que hablan mucho tiempo sin detenerse.
La función de las defensas secundarias es superar la pasividad con el fin de
eliminar la represión, pues manejan aspectos tanto cualitativos como
cuantitativos. Los aspectos cualitativos significan que un sentimiento preciso
impulsa un comportamiento que usualmente se canaliza en la esperanza y en la
evitación del dolor. El factor cuantitativo comprende la energía impulsada por un
suceso traumático, el cual queda impreso y reprimido. La fuerza del trauma o la
cantidad de privación cuantitativa determina la fuerza de la defensa. La vemos
en los casos en que la persona no puede dejar de hablar y constantemente
descarga, haciéndose escuchar por los demás. Los aspectos cualitativos podrían
estar en los sentimientos de una persona a la que nadie escuchó, o en la que
nadie estaba interesado. Por tanto, la persona se rinde ante la situación y dedica
todo su tiempo solamente a escuchar a los demás. La fuerza de la defensa
también puede encontrarse en el volumen de la voz y en la velocidad con la que
esa persona habla.
En la terapia solemos hablar todo el tiempo sobre los sentimientos. De modo
que tenemos una defensa: la represión, pero también defensas secundarias, que
son los diferentes modos que cada uno de nosotros emplea para evitar el dolor y
satisfacer sus necesidades insatisfechas, al mismo tiempo que ocultamos o
liberamos la energía de nuestros sentimientos.
Es cierto que algunos usamos mecanismos de negación o de proyección, pero
la verdad es que siempre, en cada caso, empleamos la negación del sentimiento
real. Todas las personas que sienten dolor suelen negarlo o lo están negando. La
biología no da otra alternativa. No es necesario memorizar todos los mecanismos
de defensa enlistados en la literatura freudiana, las defensas secundarias son
ilimitadas. Yo tuve una paciente que apretaba fuertemente sus puños justo antes
de un sentimiento. Insistirle en cómo lo hacía, le permitió de inmediato
reconocer sus viejos sentimientos.
La neurosis se refiere realmente a personas que tratan de resolver su dolor y
de encontrar la manera de conseguir algo que parezca amor. Ésta es la forma más
natural de actuar en las empresas humanas. El hecho de que nos escondamos de
nuestro dolor no significa que no exista, porque lo que en realidad hacemos es
escondernos de nosotros mismos. ¿No es esto paradójico? Constantemente
estamos eludiendo aquello que nos puede liberar. Es frecuente que podamos ser
objetivos acerca de cualquier persona, pero nunca sobre nosotros mismos. El “sí
mismo” suele estar escondido, sabemos muy poco de él. El sentimiento
reprimido se despliega en nuestro comportamiento. Es el pasado que
constantemente aparece en el presente; por esa razón, el neurótico confunde
muchas veces el pasado con el presente. El dolor de no saberse amado
permanece en el inconsciente, mientras estamos tratando de sentirnos amados.
El dolor es una bendición, porque cuando lo sentimos pone en marcha la
fuerza de la sanación, no debemos tratarlo como algo detestable. Aunque
parezca una amenaza, es una fuerza benevolente que espera, hasta que seamos lo
suficientemente mayores o fuertes para sentirlo.
LAS ENDORFINAS: SUPRESORES NATURALES DEL DOLOR

¿Cómo es que el dolor bloqueado se mantiene reprimido y a la expectativa? La


respuesta a esta pregunta descansa en la existencia de una sustancia natural,
producida por el cuerpo, destinada al control y manejo del dolor.
Sabemos que el dolor está bloqueado tanto por el sistema eléctrico como por
una contraparte química, y que actúan juntos. Cuando se coloca un electrodo en
la parte baja del cerebro de los gatos, por ejemplo, en una estructura conocida
como periacueducto gris, la estimulación eléctrica calma la sensación de dolor.
Ese bloqueo puede revertirse inyectando un químico que “da la vuelta” a la
producción original de una sustancia parecida a la morfina, causada por la
estimulación eléctrica en el tallo superior del cerebro. La cantidad de esa
sustancia producida es equivalente con la cantidad del dolor.
Esta sustancia parecida a la morfina ha sido aislada mediante el
descubrimiento de un químico producido naturalmente, idéntico en su estructura
molecular a la morfina. Se llama endomorfina o endorfina. El dolor es bloqueado
y administrado por estas endorfinas y otras moléculas inhibitorias (me
concentraré en las endorfinas). Hay una numerosa familia de endorfinas, cada
una con diferente función. A través de su acción, la represión del dolor se puede
sostener por un tiempo considerable.
El descubrimiento de las endorfinas data de los primeros años de la década
de los ochenta, y constituye uno de los más extraordinarios desarrollos en la
investigación científica en Estados Unidos. En realidad, antes de que se
identificaran las moléculas de las endorfinas se descubrieron sus receptores.
Hanz Kosterlitz y John Huges hicieron los primeros descubrimientos en Escocia,
relacionados con los receptores opiáceos en el cerebro. En 1973 Solomon Snyder
y su colega Candace Pert revelaron el primer eslabón en la cadena: el cuerpo
posee una vasta estructura de receptores a los que se pueden conectar las drogas
relacionadas con la morfina. Estos receptores son la causa de que tales drogas
nos puedan afectar. Sin ellos, las drogas se eliminarían por el sistema sin
conectarse y sin causar daños.
Lo que está implicado en este descubrimiento es que el cuerpo humano está
dotado de receptores que tienen la tarea específica de recibir y ligar drogas del
tipo de la morfina. El cuerpo debe producir sus propias sustancias (endógenas)
parecidas a la morfina. De hecho, la morfina y la heroína tienen efecto sólo
porque su estructura molecular se parece a la estructura molecular de esos
opiáceos producidos internamente.
Las endorfinas son producidas por todo el cerebro, pero particularmente en
esas áreas encargadas del procesamiento y el almacenamiento del dolor. La
importancia de este hecho es que el dolor no sólo requiere la producción de su
opuesto, de su “antagonista”, sino que lo hace en su propio hogar (por así
decirlo). Cuando el dolor es masivo, los sitios receptores de las endorfinas
pueden proliferar para acomodarse a la carga acumulada. No obstante, a largo
plazo el estrés puede emplear nuestro abasto de endorfinas, sin importar qué tan
bien las produzcamos.
LAS ENDORFINAS: LLAVES Y CERRADURAS EN EL BLOQUEO DEL DOLOR

Entre las células nerviosas hay un espacio donde tienen lugar las sinapsis. En
esas sinapsis se secretan toda clase de químicos y hormonas cerebrales
conocidas como neurotransmisores. Ellos impiden o estimulan las señales de
dolor. Ciertos químicos, como las endorfinas, impiden el paso de las señales de
dolor y ayudan a producir analgesia. La información reciente indica que los
transmisores inhibitorios o represivos pueden funcionar de manera global,
dirigiéndose hacia donde son necesarios y no solamente a través de sinapsis
específicas.
Su acción nos hace inconscientes al dolor. Cuando ayudamos a los pacientes
a llegar a los niveles más bajos de la conciencia, sienten inmediatamente el
dolor. El cuerpo siempre está consciente del dolor y grita su mensaje, pero este
mensaje no puede atravesar la barrera neural y, en lugar de hacerlo, aumenta el
nivel de la hormona del estrés, eleva la temperatura y causa un gran aumento en
la cantidad de células cerebrales en funcionamiento, todas ellas acompañando el
bloqueo.
Las endorfinas solamente mandan mensajes de restricción e inhibición en las
vías que están entre las células nerviosas, no pueden hacer desaparecer el dolor
en el sistema.
Después de haber visto a mis pacientes quebrándose ante el recuerdo de los
dolores vividos en su infancia temprana, entiendo la producción de las
endorfinas. Durante un largo periodo evolutivo, esta clase de dolor causó la
creación de sustancias muy potentes contra el dolor, sustancias que indican que
nada en el sistema humano existe sin alguna razón.
Las endorfinas y sus receptores actúan como llaves y cerraduras. Las
endorfinas son las llaves que se ajustan a las cerraduras (que son los receptores
en las paredes de las células), entonces la pared de la célula se abre para dejar
entrar a las endorfinas. Este proceso completo es el medio por el cual la
información en una parte del cuerpo se transmite a otras partes. Por eso las
endorfinas y sus receptores se conocen como “sustancias informacionales”.
En la adicción a la heroína, esta droga ocupa el lugar de las endorfinas en los
sitios donde se conectan, y también puede causar la construcción de más
receptores para que acepten mayores dosis de droga, produciendo en este caso la
adicción, ya que existen más receptores reclamando llenarse. De ese modo,
cuando el adicto trata de dejar la droga, experimenta el síndrome de abstinencia
y entonces el dolor se hace cada vez más agudo. Cuando los recuerdos dolorosos
son tan masivos, nuestra producción interna de endorfinas no puede abastecer lo
suficiente para aplacarlos, la persona necesita algo externo para sostener el
sistema de las endorfinas. Los tranquilizantes y los calmantes a menudo se
suman para llenar la brecha.
Con base en mis observaciones, la gente que ha tenido una infancia horrenda
o nacimiento traumático son candidatos para la adicción, porque a pesar de su
poder, los calmantes naturales (las endorfinas) no pueden hacer el trabajo.
Una persona que tiene los espasmos de un severo dolor producido por un
ataque cardiaco, recibe una inyección de morfina y repentinamente se siente
confortado. Cuando la morfina pierde su fuerza, el paciente sufre otra vez el
dolor. Del mismo modo, mediante la producción de endorfinas nos sentimos más
cómodos y fuera de contacto con lo que nos lastimaba. Cuando eso sucede,
dejamos de sentir. A diferencia de la inyección de morfina en el mencionado
paciente cardiaco, tenemos algo que se suma a un constante ingreso de
endorfinas para coincidir con el dolor.
Las endorfinas tienen secretos para desbloquear las causas de muchas
enfermedades. Se puede decir de ellas que actúan en nuestro sistema como un
barómetro de la enfermedad, porque sus niveles indican la cantidad de dolor que
estamos soportando. A causa de esta relación íntima, con frecuencia el principio
de la enfermedad se acompaña de altos niveles de endorfinas. Una vez que la
represión se presenta, no sólo dejamos de sentir, su existencia nos impide saber
que nosotros somos quienes estamos reprimidos. Cuando la represión alcanza un
nivel crítico llamado “depresión”, sentimos sus efectos, porque nuestra represión
alcanza un nivel crítico.
Lo interesante acerca de la represión es que pone límites a los sentimientos
—y casi todo mundo vive de sentimientos—. Esto sucede porque sentimos una
alta represión limitante, la cual todos experimentamos, y entonces nos damos
cuenta de que es importante eliminar toda la represión que hemos tenido, porque
quienes sufren mayor represión tienen los límites más estrechos para sus
sentimientos. Como todavía no tienen otro marco de referencia, pueden
considerarse a sí mismos como “gente sensible”. Aunque pueden sentir a un
nivel de 4, en la escala de 10, solamente cuando sentimos nuestro miedo se
revela plenamente la escala del sentimiento.
Hemos visto que las endorfinas se pueden captar fácilmente con la
estimulación de electrodos en ciertas partes del cerebro bajo. También es posible
estimularlas con agujas de acupuntura y, de manera importante, con los propios
pensamientos que evocan esperanza y alguna creencia. Se ha encontrado, por
ejemplo, que si a un paciente dental se le ha dicho que se le da determinado
calmante, cuando en realidad se le dio un placebo, sentirá menos dolor y
producirá un aumento de endorfinas. También pensar en algo que nos puede
hacer sentir mejor tendrá esos efectos.
¿POR QUÉ EXISTEN LAS ENDORFINAS?

¿Por qué hay receptores en el cerebro?, particularmente algunos que están para
percibir. ¿Un derivado de la amapola? En efecto, en la evolución de las plantas a
organismos más altamente evolucionados, nunca perdemos nuestros orígenes.
Utilizamos elementos de nuestra larga historia evolutiva que nos han ayudado a
sobrevivir. Las endorfinas se encuentran en las formas más simples de animales,
aun en los gusanos y, todavía más asombroso, también son producidos por
células microscópicas: ¡protozoarios!, que son la cuna de la evolución.
Por eso no es de admirar que las endorfinas tengan una historia que se
remonta a las plantas. Nuestros sistemas parecen tener algún aparato que hace
las veces de un escáner histórico en nuestro pasado evolutivo, que puede
constituir una ayuda. Hasta el semen humano contiene opiáceos. Parece que
cualquier orificio del cuerpo es un medio para descargar algunos de los
estresores que existen en el sistema humano. Casi cualquier fluido en el cuerpo
(incluyendo las lágrimas) contiene evidencias de sustancias calmantes.
EL PASADO ES LA CLAVE DE LA SUPERVIVENCIA

¿Por qué almacenamos el pasado? Porque en él se ubican las claves de nuestra


futura supervivencia. Los recuerdos se almacenan hasta que puedan elevarse a la
superficie para resolverlos e integrarlos. No se trata de una situación como
cuando nos ocurre un trauma en el que los recuerdos hacen su daño y luego se
retiran. Para nada, permanecen en el sistema para que nos podamos relacionar
con ellos cuando seamos más viejos y más fuertes. Algo parecido debió ocurrir
durante el largo proceso de la evolución humana. Nada se pierde jamás en la
evolución; al contrario, sólo se suprime y almacena. Así, tenemos la capacidad
de tener cola, pero el código genético se ha alterado. Si ella nos pudiera ser útil,
se desarrollarían algún día técnicas de ingeniería genética, a tal punto, que
podríamos programar ¡tener cola de nuevo!
Las endorfinas se liberan independientemente de la naturaleza del estrés, sea
físico o psicológico. El sistema simplemente dice “el dolor es el dolor” y nos
permite estar inconscientes. Ése es nuestro legado genético, significa que
podemos ignorar, negar, etc., y no percatarnos, mientras estamos viviendo
nuestra vida cotidiana, de una gran cantidad de traumas. Las endorfinas son el
origen del inconsciente y también, en parte, las responsables de nuestra actual
civilización. Sin represión, la mayoría de nosotros sufriríamos tanto que es
probable que la civilización hubiera progresado. Sin embargo, con el beneficio
de la represión podemos seguir produciendo y trabajando, aunque estemos
golpeados por el dolor; de hecho, a menudo el dolor es lo que nos hace producir.
Generalmente no sabemos que estamos en estado de dolor; sólo experimentamos
su energía y su impulso.
La neurosis es el regalo de las endorfinas, son una bendición o una
maldición. Convierten nuestros cuerpos en un misterio, a nuestro
comportamiento en un enigma y a nuestros síntomas, en otro enigma. Nos salvan
y luego nos exigen que les paguemos con nuestra vida: ése es su legado.
DOLOR, REPRESIÓN Y LAS ENDORFINAS EN LA ENFERMEDAD

En 1984, en el Congreso Nacional de Endocrinología en Canadá, Ksunashima


indicó que la inhibición de endorfinas era útil en la terapia del cáncer. Después
de recibir implantes de cáncer, se inyectaba a los ratones con cierta clase de
endorfinas. El resultado fue que las inyecciones promovían el crecimiento del
cáncer, algo que era sin duda extraño. Los calmantes químicos promueven las
enfermedades. Podemos decir que represión es igual a enfermedad, y
recordamos que cuando se les inyectaba a los ratones Naloxona, sus sufrimientos
así como su supervivencia aumentaban considerablemente. Muchos estudios han
llegado a esta misma conclusión. En esencia, el sufrimiento activo aumenta la
supervivencia, mientras que la represión la disminuye. De ese modo, dolor más
represión es igual a enfermedad, mientras que la ansiedad sin represión puede
significar supervivencia.
No es solamente el dolor el que nos hace vulnerables a la enfermedad: es el
dolor más la represión. Se hizo un estudio con ratas cuyas colas recibían piquetes
constantemente; estas ratas se hicieron comelonas y no es de sorprender que sus
endorfinas aumentaron al principio; sin embargo, cuando se les inyectó
Naloxona, primero actuaron como si sufrieran dolor y después se retiraron,
sacudiéndose como perros mojados. Finalmente el síntoma de comer demasiado
se detuvo, y la Naloxona lo echó a andar en reversa, sin embargo, la Naloxona
nunca interfirió con el dolor real; interfirió sólo con los neurotransmisores que
remediaban ese dolor.
Las investigaciones actuales indican que cualquier cosa reduce el dolor, ya
sea tranquilizantes, anestésicos o calmantes endógenos, también hacen más lento
el sistema inmunológico. Hasta una sola inyección de morfina compromete al
supresor natural de la respuesta celular. Los supresores naturales de las células
son las células en el sistema inmunológico, que matan a los antígenos invasores
portadores de la enfermedad. Cuando a la morfina se le evita trabajar con la
aplicación de otros químicos, los destructores naturales de la actividad celular se
disparan. Este aspecto de la represión es muy importante, de ahí que varíe de
acuerdo con el grado de represión. La represión opera en el cerebro tanto como
en las células diminutas que nadan en nuestro sistema circulatorio. Un dolor
profundo es igual a una profunda represión y eso significa la posibilidad de que
el cáncer prospere: la analgesia, los tranquilizantes o cualquier calmante
químicamente inducido, hacen descender de forma simultánea al dolor y al
sistema inmune, los cuales trabajan en conjunto. Lo que le afecta a uno le afecta
al otro.
También se ha encontrado que las ratas que pelean, tienen más pequeños
tumores de virus inducidos que las que no pelearon; mientras más espontáneo y
agresivo sea el ratón, es menor su propensión al cáncer. Un ser humano
espontáneo y agresivo puede tener un ataque cardíaco, pero es posible que no
contraiga cáncer.
La manera como vivimos nuestra vida refleja nuestras tendencias fisiológicas
básicas. La investigación indica que alguien que es reprimido y orientado hacia
su interior, es más probable que adquiera las enfermedades que le destruyan; en
cambio, una persona que viva con una gran intensidad es más propicia a tener
enfermedades cardiacas o un paro cardiaco. Consecuentemente las formulas
pueden ser: dolor + represión = enfermedad; dolor + sufrimiento =
sobrevivencia. Aquí está implicado que el sufrimiento activo, si no es curativo,
al menos alivia la ansiedad aguda y el dolor, sentidos o experimentados
directamente, los cuales, por tanto, parecen ser preventivos de una enfermedad
catastrófica.
¿Por qué sería así? ¿Por qué sentirnos ansiosos nos puede ayudar a
sobrevivir? ¿Por qué? Por una razón, el cuerpo está en armonía bajo tales
circunstancias. Cuando uno está dolido y siente, está operando, por tanto, con
una realidad consistente. Una persona que está dolorida, pero continua
funcionando como si el dolor no hubiera existido, obviamente no está en
armonía. En su interior está sucediendo una guerra con una parte del sistema
que, a su vez, lucha contra ella.
Contrario a nuestras creencias anteriores, sentir dolor a largo plazo es
adaptativo, y no sentir dolor es no adaptativo. Permítanme insistir en que el
dolor es adaptativo cuando uno es niño, pero se convierte en no adaptativo con el
paso del tiempo. Aquí hay otro ejemplo de nuestra dialéctica: lo que nos salva en
la vida temprana —la represión— eventualmente es lo que nos mata después.
Así que, cuando nos preguntamos si una persona puede morir por falta de amor,
la respuesta es sí. Una gran cantidad de severidad y falta de afecto en la vida
temprana crean un gran dolor y, más tarde, su represión. El dolor es la razón de
ser de la represión y es revivida por el dolor.
Antes mencioné el uso de la Naloxona como un medio para bloquear la
represión; hay un modo químico y gratuito de llegar al mismo resultado: haga
que la persona sienta (por ejemplo, que reexperimente) e integre su dolor. La
terapia primal, en mi opinión, disminuirá la cantidad requerida de endorfinas y,
por tanto, la represión. En cambio, la neurosis —que es como una inyección
continua de morfina— hace que la terapia primal sea como una fuerte cantidad
de Naloxona inyectada. Ayuda a sobrevivir porque facilita la represión de una
manera natural, tratando con el elemento que provocó la represión y colocó en el
primer lugar al dolor
IV. Los niveles de conciencia y la
naturaleza de la mente

Hemos visto que la enfermedad puede resultar de un patrón de necesidades


insatisfechas, dolor, represión y con el desarrollo en la mente de una categoría
especial de memoria a la que llamo “impresos” o “huellas”. En los capítulos
anteriores, en numerosas ocasiones me he referido a algo llamado “mente”. La
mente es la estructura o el marco en donde tiene lugar toda actividad. Con el fin
de profundizar en nuestra comprensión sobre lo que es la enfermedad, y para
construir los cimientos para comprender cómo la terapia primal puede conducir a
la salud, es importante echar una mirada más profunda a lo que queremos
significar cuando hablamos de la “mente”.
Desde hace siglos la mente ha sido un lugar misterioso poblado por oscuros
demonios que amenazaban la vida cotidiana. En nuestros sueños eran como una
plaga, pues llegaban a ser muy extraños y en ocasiones nos sacaban de control.
Para algunas personas la mente es sacrosanta y no se debe interferir en ella.
Quienes piensan así toman una actitud de “dejen dormir a los perros”. No están
convencidos de que sus comportamientos, síntomas, sueños y ambiciones están
iluminados por determinadas fuerzas profundas en nuestro interior. Ésa no es
solamente la actitud del hombre común, es también la convicción de algunas
escuelas de psicoterapia, como el behaviorismo, que prefiere reservar su enfoque
en el comportamiento, excluido todo lo demás. Sin embargo, la mera noción de
mente inconsciente está en el espíritu y en parte de la conciencia colectiva de
nuestro tiempo.
Durante cientos de años, el problema de la mente ha significado un reto para
los filósofos y los científicos. El lugar donde está la mente es otro problema que
nos confunde: ¿es lo mismo que cerebro? Está montada sobre del cerebro y, ¿la
mente puede funcionar sin un cerebro? Si fuera algo separado del cerebro,
entonces, ¿qué es lo que la hace funcionar?
Hay personas que se han pasado su vida tratando de contestar estas
preguntas. Para ellos la mente es algo que explorar y eventualmente conquistar.
Lo que desean es tener el control sobre la mente, por eso hay docenas de
escuelas dedicadas a su estudio. En general consideran a la gente como algo que
hay que explorar y conquistar, como si se tratara de una montaña.
En general, la mente se considera como algo a lo que se le debe temer. Cada
religión tiene una noción de ser humano (y por lo tanto de su inconsciente) como
algo que básicamente es malo, y que está obligado a batallar de forma constante
contra sus impulsos. La noción más común es creer que tenemos que mantener a
la bestia bajo control, pues de no lograrlo, enloqueceríamos. En casi cada
corriente de la psicoterapia dinámica se extiende esa idea religiosa de la mente,
insertándola en el ámbito de la psicología, que considera a la mente como algo
básicamente malo, en el sentido de que estamos acosados por demonios que, por
cierto, no tienen que exorcizarse, sino comprenderse y controlarse. Es tiempo de
decir las cosas tal como son. Necesitamos saber lo que es la mente, lo que hay
dentro de ella y cómo trabaja, tanto en la enfermedad como en la salud.
LA MENTE ESTÁ EN EL CUERPO

Permítanme comenzar con una propuesta: la mente no está solamente en el


cerebro. El cerebro procesa la información de cualquier parte del cuerpo y cada
célula de nuestro cuerpo siempre está procesando información. Las células en el
sistema inmunológico, por ejemplo, almacenan información muy antigua,
reconocen a los enemigos y preparan al sistema para alistarse al combate;
recuerdan cuando ese mismo enemigo estaba presente en el pasado y ordenan a
las células clonarse a sí mismas para la lucha. ¿Entonces la mente es el sistema
inmunológico? La mente inmunológica lo es. El sistema inmunológico es una
mente que tiene memoria, que reconoce y que maneja ciertas capacidades; tiene
su propio lenguaje: no en palabras pero efectivamente puede comunicar. El
hecho de que no hable con una sintaxis verbal, no significa que no comunique.
Puede informar a las células naturalmente destructoras acerca de un ataque al
cuerpo y urgirlas a combatir. Entonces estas células se multiplican y entran en
lucha contra las células cancerosas.
El sistema inmunológico también comunica al cerebro acerca de sus
actividades. Al hipotálamo le informa de lo que estimula y pone en acción a
otros procesos cerebrales. Podemos decir que es el “centro de mando” donde se
ubica la mente inmune, no en el cerebro, sino en los linfocitos, células blancas
de la sangre que producen anticuerpos para luchar contra la enfermedad, pues el
sistema inmunológico sólo es uno de los sistemas que procesan la información
que eventualmente llega al cerebro, desde el cual coordina y pone en acción
otros procesos cerebrales. Podemos decir que no habría una mente sin todos esos
tributarios.
Mientras igualemos al pensamiento y a la actividad verbal con el concepto de
“la mente”, perderemos el camino. La actividad verbal es un producto de la
mente reciente, la cual fue la última en evolucionar en la especie humana, es
algo que ha llegado después de la mente más primitiva. Hubo un prolongado
salto evolutivo entre la mente que nos ayuda a sobrevivir y la mente que razona
o usa la lógica. La mente verbal nos permite decir lo que está en nuestra mente,
pero no en “nuestras mentes”. Podemos separar a la mente verbal de los más
bajos niveles de organización y no tener la más mínima noción de lo que está
sucediendo en el nivel más bajo.
LA MENTE SOBREVIVIENTE, LA MENTE SENSIBLE Y LA MENTE PENSANTE

Existen tres mentes principales y diferentes. La mente de la sobrevivencia es la


que nos mantiene respirando y con una presión sanguínea constante. La mente
sensible genera y procesa las emociones o los sentimientos. La mente verbal,
lógica y pensante emplea el lenguaje y resuelve problemas. Cada una de ellas,
aunque está interconectada en el cerebro, es una entidad separada y tiene
diferentes funciones. El daño a la mente lógica y verbal puede no afectar a la
mente sensible, de manera que una persona se puede expresar con emoción, aun
después de haber sufrido alguna clase de daño cerebral, y sin embargo, sin saber
por qué puede decir: “¡Mierda¡, odio todo esto”, pero no puede decir qué es lo
que odia, o por qué. Los humanos podemos procesar las emociones sin usar la
sección del cerebro llamada córtex o mente pensante.
Cuando ambas mentes —pensante y sensible— han sufrido un daño, por
ejemplo en un accidente de automóvil, la mente encargada de la supervivencia
continúa dando órdenes para respirar, mantener los latidos del corazón y la
presión sanguínea. Podemos llegar a una “muerte cerebral” y todavía estar vivos,
y con una cierta clase de fuerza rudimentaria. Aun en la cirugía, cuando estamos
anestesiados, hay evidencias de que los bajos niveles de conciencia están
procesando el dolor y que responden a lo que los cirujanos están diciendo.
LA CONCIENCIA Y LAS TRES MENTES PRINCIPALES

La supervivencia, el sentimiento y el pensamiento funcionan en tres niveles de


conciencia diferentes. Existe, de manera muy clara, un sistema de compuertas
que se las arregla para mantener a estos tres niveles funcionando de forma
distinta, pero conectada entre sí. Estas tres mentes y tres niveles de conciencia
han evolucionado a lo largo de la historia de la humanidad. La mente
sobreviviente es la primera, le sigue la mente sensible y luego está la mente
pensante. El desarrollo de un niño recapitula esta evolución.
Inicialmente, los hechos que ocurren en el momento en que nuestro sistema
nervioso está bien organizado (alrededor del tercer mes de gestación y hasta los
seis meses de la vida) están registrados en el sistema nervioso del cerebro bajo,
al que yo llamo de primera línea. Los eventos que suceden después del sexto
mes quedan impresos en la segunda línea o nivel emocional, en donde hay una
elaboración emocional del dolor. En la tercera línea o tercer nivel hay una
elaboración consciente del dolor. Empieza en la preadolescencia y continúa en
formación más allá de los veinte años, con el desarrollo del más alto nivel del
tejido nervioso: la corteza cerebral. Cada nivel tiene su propio sistema represivo,
por eso es posible estar alejados de los impulsos y necesidades más primitivos.
El dolor impreso y su memoria en la primera línea son los menos accesibles.
Por tanto, más tarde serán los menos creíbles porque es muy difícil regresar a
ellos y comprenderlos; no hay algún lenguaje que nos ayude a comprenderlos, y
lo que complica más el problema es que hay un nivel que sólo se puede alcanzar
en los términos de la mente de la primera línea.
Más adelante, a medida que el niño se desarrolla empieza a relacionarse con
un mundo más amplio que el de su relación con el pecho de la madre y la cuna.
En este punto, el sistema límbico predomina en las respuestas del bebé hacia el
medio ambiente. El infante puede ahora desarrollar apegos emocionales con sus
padres y otras personas y es capaz de experimentar algo más que la incomodidad
física y sentir que algo duele, ahora puede sentir sufrimiento emocional.
Finalmente, como en el caso de la evolución de las especies humanas, el
tercer nivel de la mente, o nivel del pensamiento (cognición), llega a predominar
a la edad de doce años.
En la adolescencia todos poseemos tres niveles completos de conciencia que
corresponden a las tres mentes principales. Éstas funcionan como sigue:
El primer nivel es el visceral-sensorio, maneja las sensaciones y vincula los
impulsos con los estados corporales. Este nivel comprende la mente
sobreviviente.
El segundo nivel es el afectivo-expresivo mediador de los complejos
procesos involucrados en la creación y expresión de los sentimientos y
emociones. Es el nivel de la mente sensible.
El tercer nivel es el familiar cognitivo, o nivel pensante. Proporciona o
facilita la discriminación, la comprensión y los significados relacionados
con los estados sentimentales. Éste es el nivel de la mente pensante.
Cada nivel contribuye con su parte para experimentar el dolor. En el primero
hay una ligera sensación de dolor; en el segundo hay una elaboración emocional
del dolor, y en el tercero está el reconocimiento consciente del dolor.
Normalmente en los tres niveles de conciencia existe un sentimiento o una
actitud hacia alguna persona, objeto o actividad; los tres se interconectan o
trabajan en armonía, pero cuando el sentimiento en un niño pequeño parece
exclamar “¡Es que no les gusto¡”, la interconexión se rompe, se fragmenta y hay
bloqueo.
Como cada nivel tiene su sistema represivo, es posible quedar aislado de los
impulsos y necesidades más primitivos; por ejemplo, nos olvidamos de comer o
no podemos dormir, entonces es posible que ya estemos desconectados de las
emociones y llegamos a no saber lo que necesitamos o lo que sentimos. También
es posible estar desconectado del pensamiento, de modo que tenemos
pensamientos, ideas y conceptos que están completamente disociados de lo que
está sucediendo “abajo”. El ejecutivo de una empresa que piensa que es “lo
máximo”, está tan desconectado de su propia realidad física que necesitaría
enfrentarse a un paro o ataque cardiaco para entender el verdadero mensaje que
pasa por su mente.
EL DOLOR: ORGANIZADOR DE LA MENTE

Históricamente, en cientos de años de evolución humana, el dolor es el que ha


dado a la mente su carácter, mediante sus tres niveles estructurales. El cerebro ha
evolucionado de acuerdo con los retos y la adversidad. El dolor ha dictado la
estructura de la conciencia, porque el dolor no sólo era una experiencia
ordinaria, el dolor aparecía como amenaza a la existencia. La habilidad de sentir
dolor era clave para la supervivencia, tanto biológica como psicológica. La
desaparición de la habilidad de sentir dolor significa un constante peligro: ser
destruido por algo que no se puede sentir y, por tanto, evitar.
Una de las raíces de los problemas en psicología es que se ha estudiado la
conciencia y el dolor como elementos independientes uno del otro, pero nadie
los ha enfocado como uno en función del otro. Desde un punto de vista
evolutivo, el dolor parece ser el factor central que organiza la conciencia en su
estructura presente. Yo creo que esto es ontológicamente cierto, y también creo
en significar al dolor como el principio organizador de nuestra propia
conciencia, en cada uno de nosotros, desde el embrión hasta la vida adulta.
Cuando el dolor permanece bloqueado y reprimido, como en el sueño, se
sientan las bases para impedir la comunicación entre los niveles de conciencia.
Si podemos reconocer el dolor con una plena conciencia, nos liberamos hacia un
nuevo sistema de conciencia que admite la posibilidad de percatarnos de un
simple dolor específico u otro.
Hay evidencias que indican que el sistema nervioso central superior, que en
este contexto es “el tercer nivel de la conciencia”, ejerce una poderosa influencia
supresora de la experiencia del dolor. Esa tendencia supresora significa que en el
tercer nivel las ideas pueden controlar la información sensorial y lo que se puede
experimentar.
Cuando el tercer nivel queda bloqueado, como en el sueño, los recuerdos
codificados en el inconsciente regresan con una fuerza alarmante en nuestras
pesadillas. Ellas representan los sentimientos precisos de un trauma de
nacimiento que pueden ascender mediante la imagen o el sentimiento de ser
estrellado, sofocado o estrangulado. No estamos discutiendo sobre el
inconsciente, aunque éste sea un término conveniente, sino que estamos
hablando de otro nivel de conciencia al que tenemos acceso. No hay una
conciencia biológica, sólo hay niveles de conciencia que se convierten en
inconscientes cuando se les bloquea. No hay nada misterioso en esto. Las
sensaciones de una pesadilla pueden introducirse durante el sueño en los niveles
más altos de conciencia y, desafortunadamente, todo el tiempo están ahí,
esperando una conexión para liberarse.
LA MENTE Y LOS TRES NIVELES DE CONCIENCIA

Los tres niveles de conciencia trabajan al mismo tiempo y se constituyen como


“mente”. Cada nivel tiene una función separada y un sistema bioquímico
diferente. El sistema de sentimientos, colocado en el segundo nivel, está dotado
de endorfinas, que son receptores que actúan para contener el dolor. Hacia abajo,
en el primer nivel (visceral), es donde se imprimen los dolores profundos, en una
estructura conocida como locus coeruleus, en ese proceso encontramos una
pesada concentración de la hormona del estrés llamada noradrenalina, que ayuda
a mediar el terror.
A estos niveles de conciencia los llamo (desde el más bajo hasta el más alto)
“niveles de primera, segunda y tercera línea”. Cuando se hace el diagnóstico de
un paciente y de su estatus, nuestros conocimientos de los niveles de conciencia
nos permiten hacer una afirmación simultánea acerca del cerebro fisiológico y la
estructura conceptual a la que llamamos “mente”. Cierta clase de pesadillas o
preocupaciones, por ejemplo, nos informan sobre la clase de material que está
ascendiendo en nuestros pacientes al nivel superior, y podemos descubrir qué tan
reprimidos están (por sus defensas) y qué sentimiento esperar a continuación. La
ausencia de pesadillas también puede ser una clave para el diagnóstico.
Lo que llamamos “mente” se desarrolla en el recién nacido en etapas, de la
misma manera que el cerebro se desarrolla en esferas concéntricas conocidas
como neuropils. Las funciones de primera línea comprenden la línea media
anatómica, gástrica, respiratoria, y las funciones de la vejiga y los intestinos. La
primera línea involucra a la respiración, las funciones gástricas y otras. Estas
funciones están controladas por la porción interna del cerebro que está
prácticamente en plena función antes y durante el nacimiento. Estamos hablando
de un “nivel visceral de conciencia”. El segundo nivel, o componente emocional
de la mente, está centrado en el sistema límbico y funciona muy pronto después
del nacimiento. Sin embargo, será hasta más tarde, cuando el cerebro cortical,
pensante y simbólico, será plenamente funcional, algunos años después del
nacimiento. Mientras tanto, los traumas serán manejados por los neuropils
inferiores. Por eso el recién nacido desarrollará cólicos, porque no tiene la
capacidad de actuar místicamente, necesita un cerebro más desarrollado para
eso. Cuando finalmente lo logre, el cólico se podrá transformar en misticismo.
LA ENFERMEDAD Y LA CONCIENCIA DE PRIMERA LÍNEA

El acceso a la conciencia de primera línea es una de las principales


contribuciones de la terapia primal, porque significa que por primera vez
podemos identificar las fuentes profundas, tanto de la enfermedad mental como
física.
Cuando un trauma ocurre muy temprano en la vida, el cerebro visceral se
hace cargo de él: bombea más ácidos, acelera el ritmo cardiaco, aumenta la
presión sanguínea y eleva la temperatura corporal. La mente visceral es la única
que está equipada para hacerse cargo de los traumas tempranos.
EL DOLOR Y LOS NIVELES DE LA CONCIENCIA

Un bebé al que recién nacido no se le coloca cerca de su madre sufre en la


primera línea. Las reacciones a este trauma dependerán del sistema nervioso más
desarrollado hasta entonces; en el nivel visceral habrá cólicos, vómitos y
dificultades respiratorias. Un niño de cinco años, al que constantemente se le
hace sentir avergonzado o culpable, sufre en el nivel emocional. Esta vez el
dolor no será solamente procesado en sus vísceras, sino también en los centros
emocionales más desarrollados de su cerebro; ahora el niño tiene lo necesario
para “actuar” su dolor en la escuela con sus compañeros. Ya puede descargar la
energía del dolor (algo que un recién nacido no puede hacer). El neonato sufre
internamente, porque no tiene otra salida.
En el nivel emocional llora y suspira y produce imágenes en sus sueños, con
el fin de contener y circunscribir el dolor. El córtex y la mente pensante se
involucran, tratando de explicar lo inexplicable, pues ahora hay una
rerrepresentación del trauma temprano en este nivel y con ello hay tentativas
para encontrar el sentido de ese dolor. Sin un pleno acceso a su fuente, el córtex
hace solamente lo que puede, llevando la lógica hasta lo irracional. Las
reacciones paranoicas no son más que tentativas de enfocar, sin tener la
información histórica adecuada. Un distante e inaccesible dolor interno (a
menudo compuesto de severas condiciones de vida), es lo que hace que la
ideación parezca tan extraña. El córtex, como un cómplice incapaz, proyecta
esos dolores hacia el exterior: “Se están riendo de mí, a mis espaldas”. “Están
ahí afuera para lastimarme”. “Si solamente pudiera saber quiénes son ‘ellos’”.
La memoria está codificada de manera diferente en cada nivel de conciencia;
ésa es la razón por la que un paciente que está reviviendo un momento de su
nacimiento, no encuentra las palabras necesarias, no tiene el llanto del bebé, ni la
libertad de sus movimientos. Lo que es asombroso de estos recuerdos, es que
aparecen absolutamente puros y sin tocar por la experiencia. Llegan a la
conciencia como si estuvieran envueltos en un velo, pues sólo la memoria
contiene todos los detalles en torno al trauma —ninguna parte de ella cambia—.
El antiguo medio ambiente está impreso de tal modo que obliga al sistema a
recrearlo y entonces resurge en el presente; primero para encajar con la
experiencia pasada y, segundo, para que la persona pueda resolver el trauma
temprano (al menos simbólicamente).
Una mujer que tenía impreso el trauma de un padre débil y sin recursos para
protegerla, encontrará en su vida a otro hombre débil y luchará para hacerlo más
fuerte —ésa no será más que una tentativa simbólica—, para producir un padre
real y protector.
Podemos ver esas huellas tempranas cuando se manifiestan, por ejemplo, en
la migraña: el trauma temprano a menudo se generó a partir de una falta de
oxígeno durante el nacimiento, hecho que originalmente creó una reacción de
vasoconstricción, seguida por una dilatación masiva y la subsecuente experiencia
insoportable. En el adulto, el conflicto puede despertar la respuesta de migraña,
la que no pudo percibir específicamente en la memoria temprana porque estaba
oculta por el síntoma inicial interior. El ataque de la migraña es entonces el
ataque biológico por la supervivencia y retención del oxígeno. Uno de los
tratamientos de la migraña es precisamente el oxígeno.
Ningún nivel de conciencia puede hacer el trabajo de otro nivel. No hay
ninguna comprensión cerebral que en el mundo pueda cambiar la memoria
impresa en un parto muy difícil.
La mente sensible no puede resolver un problema de geometría, y la mente
cortical no puede, por ningún acto de voluntad, precisar los orígenes de una idea
extraña. No podemos recordar voluntariamente un sentimiento por el hecho de
que cada nivel tiene su propio sistema de memoria, y el dolor tiene que sentirse
en su propia modalidad. El sistema inmunológico recuerda durante décadas un
ataque de virus; en cambio, la corteza cerebral lo recuerda con las palabras y las
figuras específicas.
La aparición de marcas de nacimiento, cuando los pacientes reviven este
trauma, es un ejemplo del nivel específico de la memoria. Las marcas del
fórceps aparecerán en la frente o en cualquier otra parte, donde originalmente
dejaron su huella. La presión aplicada en ciertos sitios, por ejemplo, en aquellos
donde un niño fue severamente lastimado, pueden despertar el recuerdo del
evento con todo su significado doloroso y provocar las heridas que lo
acompañaron. Es casi como la mancha en la espalda: “recordará” y evocará
cuando el estímulo se presente.
Entonces el recuerdo se recupera de diferentes modos; algunos no tienen
nada que ver con los pensamientos, escenas, o descripciones verbales. Tenemos
recuerdos de olores que sólo son despertados por otros olores, recuerdos de
emociones sentidas y recuerdos de tablas de aritmética que no tenían ningún
contenido emocional.
El neurofisiólogo Roger Sherry, del Laboratorio Cold Spring Harbor, en
Nueva York, ha descubierto que cada fibra nerviosa tiene un código único, que
dice a dónde ir y dónde crecer. Cada fibra de un axón de célula nerviosa tiene
una afinidad que está codificada químicamente para coincidir con una célula. El
detalle crucial es que, aun cuando los nervios sean cortados, crecerán de nuevo
con el mismo patrón, uno que no cambia como resultado de la experiencia. Esto
es lo que puede suceder cuando los circuitos se desconectan por el dolor y la
represión. Pasan toda la vida esperando el momento en que puedan engancharse,
aunque de alguna manera, intuitivamente, sienten que si se hace de forma
prematura, tal enganche puede ser peligroso
LA CONCIENCIA Y EL FUNCIONAMIENTO DEL CEREBRO

Una persona bien equilibrada tiene una mente bien balanceada, dispone de un
acceso fluido a sus niveles bajos y tiene una inteligencia que está al servicio de
los sentimientos y de los instintos. Esto le permite reaccionar de forma instintiva
a situaciones y a tomar decisiones apropiadas. Los jugadores de futbol tienen
esta capacidad. Instintivamente saben hacia dónde correr en el campo; sus
acciones no son parte de un pensamiento deliberado, su mente baja trabaja y
dirige al cuerpo sin mucha interferencia de la mente lógica y reflexiva. Hay
personas que ni siquiera pueden moverse en esa forma instintiva, no son capaces
de bailar o hacer cosas que deberían hacer instintivamente porque “viven en su
cabeza”, se han instalado en su mente cortical y le han permitido que se encargue
de todo. Sin embargo, fallan al reaccionar, basándose en sus sentimientos, pues
están cerrados para ellos. Solamente reaccionan ante ellos mediante un proceso
cortical acelerado que pesa y equilibra las alternativas. Si les preguntas ¿cómo te
sientes?, no están seguros de qué contestar. Empiezan a eliminar ciertos factores
negativos y deciden si se sienten bien o mal, expresando una decisión, no un
sentimiento.
¿El inconsciente es lo mismo que un cerebro en función? ¿Son idénticos? La
total Gestalt de un cerebro en acción es una cualidad diferente del cerebro.
Nosotros como seres humanos somos más que la suma de nuestras partes y
también lo es la conciencia. La mente es, sobre todo, el cerebro completo en
acción. La mente no es idéntica al cerebro, sino una cualidad que surge de él. La
mente está hecha de células nerviosas, pero no puede reducirse a ellas, por tanto
es capaz de interactuar con el cerebro para cambiar su funcionamiento y,
eventualmente, su estructura.
En consecuencia, las condiciones de la vida hacen la diferencia: las ratas
criadas en un medio estimulante, desde temprano en sus vidas, tienen un córtex
diferente al de las ratas no estimuladas; sus cerebros cambian ante las
condiciones que alteran la mente en todos los niveles y parecen hacer la
diferencia en cualquier estructura física. De forma similar, algunos estudios
sobre las ondas cerebrales muestran que los cerebros de mis pacientes cambiaron
en función y estructura cuando lograron tener acceso al funcionamiento del nivel
bajo. La relación de los dos hemisferios cambió, así como varios cuadrantes del
cerebro. ¿Qué podemos pensar de esto? La conciencia cambia las funciones
cerebrales. El hecho de revivir eventos estremecedores tempranos cambia la
manera como opera el cerebro.
LA MENTE CONTRA EL CUERPO

El problema mente-cuerpo ya es muy viejo. Algunos piensan que somos


criaturas del cerebro físico, que poseemos funciones parecidas a las de la
computadora, que ofrecen sólo la ilusión de libertad de elección. Creen que este
cerebro dicta su vida, para ellos no hay “mente”. Ésa es una filosofía muy vieja,
adoptada por la Escuela Behaviorista de Psicoterapia. No hay ni una mención de
la mente. Desde su punto de vista, marcan y desmarcan comportamientos
basados en la recompensa o en el castigo. Según ellos, no somos más que una
máquina que responde mecánicamente a los estímulos, como lo hacían los perros
de Pavlov.
Por otro lado, están los místicos que creen que la mente es una cualidad
especial que no depende del cerebro físico. Para ellos hay una entidad etérea (el
alma) que trasciende la materia física y que llega de otros planos o realidades,
ellos creen que la mente está habitada por cualidades mágicas y una conciencia
especial, que tiene casi los atributos de un dios. No fluye desde el cerebro, sino
que viene de alguna otra parte, a menudo dada por Dios.
LA NATURALEZA DE LA MENTE

¿Acaso la mente comienza como una tabla rasa sobre la que se va a imprimir
todo lo que sucede en nuestra vida? ¿O realmente tiene cualidades especiales? El
debate ha sido confuso, porque hasta muy recientemente no se sabía que lo que
sucede en el vientre da forma al cerebro y a sus funciones, y deja una impresión
duradera en él. Solía asumirse que al llegar al nacimiento el cerebro era una
“tabla rasa” lista para aceptar nuevos estímulos, cualquier cosa que precediera al
nacimiento se le imputaba a la genética.
Sabemos que el factor más crucial en el desarrollo psicológico y fisiológico
es el conjunto de esos eventos clave durante los nueve meses de gestación. Es
cuando un trauma experimentado por la madre puede alterar el sistema cerebral,
la hormona lo equilibra y la anatomía del bebé está en un estado psicológico. He
citado una gran cantidad de investigaciones en mi libro Imprints (1983), allí
indico cómo el estrés en las madres altera la neurofisiología de la criatura en
gestación.
Intervienen también factores genéticos; después de todo, heredamos el color
del cabello y la estructura física de nuestros padres y abuelos, ¿por qué
podríamos esperar que la naturaleza dejara de darnos estas características? El
cerebro contiene una historia completa: las habilidades para desarrollar un arte
parecen tener bases genéticas, de modo que el cerebro no está en blanco, sino
que posee ciertas tendencias que son producidas o suprimidas, dependiendo de
las circunstancias de nuestra vida. Una familia artística va a cultivar en el niño
su capacidad para la imaginería, el hecho de que el niño esté rodeado de trabajos
artísticos puede dar forma a su elección profesional; es imposible determinar qué
fue predominante: fue obra de la naturaleza o de la crianza.
Observando a mis pacientes he podido llegar a ciertas conclusiones acerca de
la mente. Cuando la mente es frágil, ingenua y fresca, los hechos impresos en
ella tienen un efecto que nunca podrá ser duplicado, excepto en circunstancias
increíbles. Por eso los eventos prenatales transferidos de la madre al feto son tan
importantes. También por eso el trauma de nacimiento es tan importante. Hemos
podido medir los signos vitales y las ondas cerebrales de los pacientes, mientras
están reviviendo su trauma de nacimiento, y sabemos cuán estremecedora es la
valencia del trauma. También hemos notado cambios en la personalidad de
pacientes que han pasado meses reviviendo esos traumas. Podemos ver qué tan
dañinas han sido esas impresiones. Si al revivirlas la personalidad se llega a
normalizar, se puede asumir que el impacto original también deformaba
considerablemente el desarrollo de la personalidad. Después de todo, estamos
tratando con la misma impresión, solamente que en reversa, notando los cambios
hormonales y los patrones de crecimiento y, a partir de entonces, podemos decir
que estos traumas afectan toda la fisiología.
El nivel inferior sobre el que se imprimen los traumas —según sean más
determinantes los comportamientos y los síntomas—, cuando se imprimen sobre
una mente infantil, generalmente son de la más alta valencia y crean las más
amplias y disparatadas reacciones. Los pacientes que han bajado hacia esos
niveles de conciencia, después de años de terapia, finalmente llegan a entrar en
contacto con las impresiones (huellas) hechas durante el nacimiento o después
de él.
LA HIPNOSIS Y LOS NIVELES DE LA CONCIENCIA

Otra manera de comprender los niveles de conciencia es a través de la hipnosis.


Una persona puede tener una conciencia crítica confusa y con el tiempo
desciende al momento en el que tenía cuatro años. Puede hablar refiriéndose a
cuando era muy pequeña y recordar cada detalle de su clase del jardín de niños,
y otras experiencias que algunas veces son casi imposibles de recordar. Cuando
la persona tiene un alto nivel de conciencia, después de acceder al primero o
segundo nivel, la memoria de la niña queda positivamente intacta.
No es de sorprender que uno sea incapaz de sentir dolor y que incluso pueda
someterse a una cirugía mientras está hipnotizado. Cuando la conciencia del
nivel superior se hace a un lado por medio de la hipnosis, entonces ya no se
aprecia el dolor. Es por ello que necesitamos usar plenamente nuestra
conciencia, para experimentar de forma total la experiencia del dolor y regresar a
sentirlo como en el pasado. La hipnosis, como la neurosis, puede hacer que una
persona no se percate del dolor. Éste es un ejemplo de una mente dividida. Yo
veo a la hipnosis como una “minineurosis” porque se basa en hacer que alguien
no esté plenamente consciente. En la neurosis se requiere de más tiempo, pero en
ambos casos, la “figura de autoridad” está desviando a la persona de su estado
natural de sentir. Ambos necesitan un estado de dependencia de la figura de
autoridad, sólo que el problema es que no puedes usar una minineurosis para
curar una neurosis de verdad. Puedes mejorar inconscientemente, ésa es una
contradicción de palabras: la enfermedad se debe a la inconciencia.
Este tipo de división de la conciencia se hace evidente de muchas maneras.
Por ejemplo, alguien puede desear el sexo en su mente, pero su cuerpo no va a
cooperar. Alguien quiere dejar de comer mucho, pero las fuerzas interiores lo
obligan a seguir atiborrándose.
La hipnosis demuestra que el proceso interno puede ser prepotente con la
realidad externa. Solemos responder a nuestro programa interno en lugar de
responder a lo que está enfrente de nuestros ojos. En la hipnosis, la mente cree
que un piquete en la piel es el toque de una pluma, aun cuando la persona esté
mirando el alfiler.
Podemos ver cómo comienzan los sistemas de creencias: con pensamientos
que ya no están anclados en los sentimientos. La mente de nivel superior puede
programarse para creer en la irrealidad. La fórmula es: yo creo en cualquier cosa
mientras que no me conduzca de nuevo a mí mismo.
Cuando una persona está hipnotizada, puede pasar por una experiencia en la
que le dirán que no la podrá recordar, y ¡no la recuerda! Una sugestión mental
puede cancelar un recuerdo, así de frágil es la memoria. El dolor también le dice
a la memoria que se mantenga en calma, que no se entrometa ni haga ruido. En
ambos casos es la llamada “mente consciente” la que olvida, no la “mente en el
nivel inferior”. Tan pronto como descendemos en el nivel inferior, encontramos
ahí a la memoria en pleno florecimiento. Cuando nuestros pacientes están más
indefensos, también se encuentran con una memoria almacenada y oculta.
LAS DROGAS ALUCINÓGENAS Y LA MENTE

Las personas que han tomado alucinógenos fuertes pueden entrar en contacto
con la antigua y alucinada mente primitiva, en donde está grabado el dolor de
alto nivel. Si el acceso es prematuro, el resultado es una inundación. Se conduce
a la persona a dar un salto hacia las conexiones de su propia conciencia y se
imagina estar en vidas pasadas, en un “nivel muy alto de conciencia”, o en una
cierta clase de unidad cósmica —o en cualquier cosa, menos en la verdad—.
Esas drogas son peligrosas porque rompen bruscamente las compuertas, algunas
veces para el resto de su vida (hay quienes “se quedan” en sus viajes).
Paradójicamente, lo que sucede después de eso, es que la persona cae para
siempre en la búsqueda de algún tipo de experiencia mística. Está en constante
“vuelo” alejándose de la realidad; primero, de la realidad interna y después, de la
externa. Ahora está en la posición de alguien que no toma la droga pero que ha
tenido una vida temprana tan terrible, que su sistema se debilita y ahora tiene las
compuertas defectuosas.
LA MENTE Y LAS COMPUERTAS “DEFECTUOSAS”

Casi siempre las compuertas defectuosas están implicadas en lo que solía


llamarse un “quiebre nervioso” (ahora sabemos a qué se refiere este término).
Los nervios no se quiebran, pero las defensas sí lo hacen cuando el sistema de
compuertas se rompe a causa de las drogas. O más a menudo, porque la vida se
ha tornado muy pesada y la persona se puede volver loca (porque está
empleando su ahora avasallado córtex para manejar las crisis del dolor
temprano). Este dolor no se comprende fácilmente, intenta comprenderlo pero no
llega a ser suficiente, porque es un dolor que ya no es coherente, es irracional y
le lleva a imaginarse lo que no está frente a él. Realmente él, como persona, sí
está ahí, pero no puede ser visto; sólo percibe recuerdos estremecedores. La
persona no sabe el origen de ellos, pero se sabe en peligro y se enfoca hacia lo
externo. El doctor suele no reconocer las fuentes del dolor y se enfoca al
comportamiento, tratando de disuadir a la persona de su ideación, mientras tanto,
la persona y el doctor están tratando de encontrar el sentido de algo que ya tiene
sentido, pues una vez que la fuente oculta se hace evidente, el sistema humano se
torna eminentemente racional para cada efecto, sin importar lo bizarro que sea,
existe una causa específica.
Durante un colapso nervioso la persona desciende al nivel bajo de
conciencia. Si ella pudiera saberlo, se aliviaría su tensión y estaría menos
desajustada. Si su obsesión y sus ansiedades son extremadamente misteriosas,
entonces se asusta todavía más. Llorará todo el tiempo, no por temor a volverse
loca, sino porque al final está en contacto con su yo lastimado y sufriente —el yo
que necesita llorar—. Los psicóticos a menudo son más sensitivos y capaces de
percatación; perciben a la gente porque están indefensos. Por eso, si juntamos al
neurótico y al intelectual no podemos darnos cuenta de lo que la persona
enloquecida puede ver. El neurótico quiere probar y saber por qué él no puede
sentir. Esto explica lo que una revista científica afirmó recientemente: que no
existen pruebas de recuerdos del dolor temprano, esperando encontrar un valor
numérico que les muestre que el dolor puede recordarse, lo cual no es necesario,
porque cada ser humano que sufre, lo puede demostrar.
Algunas veces, lo que está sucediendo en el nivel inferior de la mente es tan
poderoso, que constantemente se traslada al nivel superior. Empleamos mucho
tiempo en soñar despiertos y a veces lo hacemos cuando conducimos un
automóvil y, sin darnos cuenta, llegamos a nuestro destino. Estábamos inmersos
en otro mundo; mientras, la mente pensante y directiva estaba de manera
figurativa en el asiento de atrás. El psicótico simplemente vive en su ensoñación
sin la suficiente objetividad como para poder diferenciar la realidad de la
fantasía. De este modo, tenemos un fenómeno: el de una ruptura mental (de
tercera línea) y una ruptura a través de los hechos impresos en el nivel inferior.
Hemos aprendido que los procesos de integración no se pueden apresurar;
debemos estar abiertos para aceptar las verdades dolorosas. No son la clase de
verdades que uno no puede confesar —son las verdades más fuertes—, son
confesiones del cuerpo, las expresa el cuerpo, y tienen una valencia de un dolor
que está más allá de poder ser simulado voluntariamente. Éstas son las verdades
tan fuertes que obligan a la mente superior cortical a buscar ideas mágicas o
místicas. La irrealidad es la religión de la persona bloqueada, o, ¿se puede hacer
algo más?
CONCIENCIA VERSUS PERCATACIÓN

Hay dos vías básicas para quedar inconsciente. La primera es la de haber


experimentado sucesos poderosos antes de tener un córtex desarrollado y, en
general, borroso, porque en él no encontramos palabras o conceptos que nos
apoyen. En segundo lugar, está la posibilidad de recordar sucesos que ocurrieron
más tarde y que son muy fuertes para sentirlos, así que permanecen reprimidos
fuera de la conciencia.
Hay un modo en el que podemos volvernos inconscientes: tiene que ver con
la experiencia temprana en la vida, cuando recibimos una serie de golpes
psicológicos que no se pudieron integrar en el cerebro. Supongamos que
nuestros padres se están divorciando y uno de ellos está dejando el hogar. Para el
niño, el recuerdo de tal evento permanece muy oculto, pues significa que ese
niño nunca más estará con sus dos padres. Entonces todo el dolor y sus
respectivos recuerdos se hacen inconscientes. La persona atraviesa por algo
parecido a un “estado de coma” por el resto de su vida, sin darse cuenta de ello.
Está tan inconsciente como si alguien le hubiera dado un golpe en la cabeza.
Enormes partes de él mismo quedan inaccesibles, no puede aprender nada de su
historia pasada porque está enterrada en sus archivos mentales. Repetirá los
mismos patrones una y otra vez, porque es inconsciente de lo que le ha causado
el sufrimiento.
Más tarde, es posible ayudar a alguien para que se percate de aquellos
sucesos, como sucede en la terapia convencional. Pero no es fácil hacer
consciente a alguien aunque se percate de “algo”. Sólo la experiencia del dolor
puede producir la conciencia. En los neuróticos, es un estado que llega desde
dentro, nunca desde afuera.
La conciencia es un estado que llega solo, nunca en compañía. Podemos
hacer que una persona se percate de algo, pero la conciencia no puede hacerlo.
Podemos jugar, manipular y alterar la percatación, pero no a la conciencia.
Podemos percatarnos de otros, de la manera más perceptiva (aparentemente
consciente), como un medio de autoprotección, pero es un arma que está
enraizada en una defensa del yo, que no tiene caso con la conciencia. La
conciencia es dura y sólida como una roca. No puede forzarse, cerciorarse o
exhortarse; es una realidad orgánica y, por tanto, la “percatación” está
desvinculada de la conciencia. La percatación consciente es lo real.
Ninguna cantidad de percatación puede producir lo que vemos en la terapia:
a una persona reviviendo sucesos en torno a su nacimiento y perdiendo el control
de un cerebro primordial que se mueve como una salamandra durante más de
una hora. Lo que surge después de esta clase de experiencia, es una nueva
calidad de conciencia.
PENETRANDO EN LA MENTE INCONSCIENTE

Existen criterios que permiten determinar qué tan profunda es la inconsciencia:


la habilidad para responder a los estímulos es la clave. A menor fuerza del
estímulo requerido, mayor conciencia de la persona. Si la persona puede sentir
un piquete, está consciente de ella. Si no es capaz de responder a un dolor
profundo, es más inconsciente. En el ámbito de lo psicológico, es la verdad. Una
persona que ya no puede responder al dolor, ya sea en sí misma o en otras
personas, es inconsciente de algún modo. Se necesitará mucho más para lograr
que esa persona responda a lo que sea. La fuerza necesaria del estímulo para
levantarla de su sopor inconsciente tendrá que ser enorme. No puede ver el
sufrimiento en su hijo o en su esposo porque es inconsciente: por eso algunas
personas que parecen percatarse de los hechos, permanecen totalmente
inconscientes. Recuerdo a una paciente que solía dejar solo a su hijo pequeño,
mientras asistía a un seminario de percatación o de toma de conciencia. No podía
ver nada de lo que le estaba sucediendo al niño.
Con una vida emocional inconsciente no podemos percibir ni comprender, y
somos víctimas incapaces de usar las experiencias anteriores para comprender el
presente. Alguien que nunca ha tenido una madre, continúa proyectando su
pasado en las mujeres de su presente y es incapaz de ver sus defectos y errores.
Necesita una realidad predominante, suficiente y juiciosa. Pero, sin acceso al
sentimiento, la persona toma decisiones y hace elecciones estúpidas.
Uno tiene que preguntarse ¿dónde está la persona real en todo esto? Ella es la
que sufre, la que siente dolor. Su naturaleza ha hecho algo especial: pretender
que su cerebro temprano pertenece a alguien más. Existen dos mundos separados
en donde el cerebro temprano pertenece a alguien más, dado que el cerebro
superior no puede jamás reconocer el dolor que está experimentando en su
cuerpo.
Los pensadores de la nueva época hablan mucho sobre la conciencia y la
mente superiores. Creen que se debe trascender hacia niveles superiores de la
mente, desconocidos para los mortales ordinarios. Ellos realizan rituales para
elevar esos niveles de conciencia, pero generalmente el único modo de elevarse
a un nivel más alto de conciencia es descendiendo a los niveles más bajos. Ésa es
la verdad dialéctica de la mente.
Es paradójico. Aquellos que declaran haber alcanzado un estado de placidez
y de calma cósmica, vienen a nuestro laboratorio de investigación, en donde
encontramos una mente que se está elevando una milla por minuto y un cuerpo
en estado de pánico. Billones de neuronas están ocupadas en el trabajo de
represión. Si funciona, la persona cree que está en calma o que ha logrado el
nirvana. El trabajo de la represión es deseable, pero no hay nada tan infinito
como la autodecepción. Éste es el gran regalo de nuestra civilización avanzada.
Aquellos que permanecen en el pensamiento mágico quieren creer en una
mente especial que es cósmica, divina. Pero no hay nada de eso. Lo que algunos
parecen querer es ascender a un estado de paz y felicidad. Es entonces cuando
uno desciende, pero al hacerlo consigue que el inconsciente se torne consciente y
con eso encontramos la paz y la calma. No hay mayor armonía interna, sólo
significa el fin de la inexplicable tensión, las mentes por fin se unifican, si ya no
tienes dolor es que ya estás en el nivel más alto de conciencia posible. Es lo
único que hay.
EL PROCESO DE SOÑAR DORMIDO Y LOS NIVELES DE LA MENTE

El proceso de los sueños que tenemos mientras dormimos es un testimonio


elocuente de la existencia de los tres niveles de conciencia. La historia que
elaboramos para nosotros en el sueño es una manera de mantenernos alejados de
la autodecepción. Después de todo, en esta historia no hay público: somos los
actores y el público. Mantenernos dormidos y sanos es una necesidad biológica.
El sueño nos permite tener el descanso que necesitamos y procesa y refleja la
estructura y la función del cerebro, los cuales no cambian durante el sueño. El
mismo proceso está trabajando día y noche. Durante la noche se hace más claro,
de modo que encontramos en forma evidente y mensurable a las tres mentes.
Cada una difiere de las ondas mentales producidas. El sueño profundo emplea
grandes insumos de serotonina, la cual es químicamente inhibidora. Las largas y
profundas ondas cerebrales reflejan una honda depresión en acción y, finalmente,
cuando los químicos se han agotado, nos movemos hacia niveles más altos de
conciencia y de sueño: a menor represión, más conciencia.
Nuestros ciclos de sueño reflejan las tres mentes. Cuando nos vamos a
dormir descendemos al siguiente nivel de conciencia, que es el nivel del sentir.
Luego vamos a un nivel de conciencia más profundo (el de la función visceral).
Después regresamos al nivel del sueño o, sensible, para despertar plenamente (en
el nivel del pensamiento).
Este ciclo parece reflejar el origen de cada nivel del cerebro, tal como ha
evolucionado con el tiempo, recapitulando cada día nuestra historia filogenética
o evolutiva. Este ciclo también refleja el origen del desarrollo del cerebro en
nuestro propio tiempo personal. Todos los días despertamos de la inconciencia
hacia la plena conciencia, de la misma manera que primero desarrollamos un
cerebro primitivo que al final floreció años después del nacimiento, en un
neocórtex plenamente desarrollado.
No hay un gran misterio en la supervivencia de las mentes emocional y
pensante. Cuando las personas tienen acceso hacia abajo, en lo profundo,
observamos a simple vista lo que está ahí y lo que parecen ser nada menos que
los recuerdos impresos en un largo y oculto pasado. El resultado de esa
operación no es el Id, no es un deseo o una agresión desencadenadas, no es la
necesidad de un significado, no hay entidades místicas: solamente hay un
cerebro material con recuerdos impresos en el pasado. El llamado “inconsciente”
queda desnudo, para que todos vean la mayor parte de él, ya no es un misterio
para la persona implicada. “Todo lo de él” es comprensible —las motivaciones
profundas, los sueños y pesadillas, los síntomas, las relaciones—, todo lo que
importa. Mientras la represión exista, podemos imputarle al inconsciente toda
clase de cualidades.
DORMIR, SUEÑOS Y PESADILLAS: CÓMO SER NEURÓTICO EN TU SUEÑO

Cuando cae la noche, el cerebro no cambia de estructura y los niveles de


conciencia no se disuelven durante el sueño. Descendemos a los bajos niveles de
la conciencia durante el sueño, de la misma manera como cuando descendemos
durante una sesión primal. Los patrones del sueño, los sueños y las pesadillas
son equivalentes a ciertos comportamientos durante el día. La única diferencia es
que se hacen en un relativo estado de inconsciencia. Dado que el neurótico es
ampliamente inconsciente, hay entonces muy poca diferencia.
Literalmente, hay cientos de libros sobre el sueño y el dormir, así como una
gran cantidad de investigación. Para nuestros propósitos es suficiente saber que
existe algo llamado sueño REM, el cual tiene una peculiar firma cerebral y otro
nivel de profundidad del sueño que también tiene otra firma. Las ondas
cerebrales más largas y lentas indican profundos niveles de represión. Se trata de
los dos niveles básicos de sueño que se alternan durante el sueño nocturno.
Ambos niveles corresponden claramente al primer y segundo nivel de
conciencia, al que acabo de referirme: al nivel emocional de segunda línea, el
cual tiene lugar en el soñar dormido; es también donde se fabrican las imágenes
no verbales. Con fecuencia, las personas que tienen acceso a ese nivel son
soñadoras, artistas, personas que sufren: o todo en conjunto. El acceso a la
experiencia de las imágenes y al dolor y, al mismo tiempo, el hablar del artista
que sufre, es redundante; a menos que ese artista sea real y sea él mismo.
Los sueños desarrollan muchas funciones en la economía psíquica,
generalmente son el resultado de la información común, que a menudo arrastra
las impresiones pasadas. Si los sentimientos enterrados son suficientemente
fuertes, no será necesario un evento disparador; durante el día surgirán por sí
mismos, en un proceso de motivación interna. Es lo mismo durante el despertar,
si los sentimientos internos son suficientemente fuertes, pueden producir
ansiedad y un comportamiento neurótico, sin que haya un estímulo especial. De
otra forma, un acontecimiento relativamente menor puede activarlos de nuevo. A
la larga, los sueños tienen que ver con necesidades y sentimientos enterrados.
Dado que los niveles de conciencia descienden, o se ponen a dormir, tenemos
acceso a los niveles inferiores. La cuestión es cómo tener acceso y no sentir el
impacto directo de los traumas tempranos y poder dormir y tener el descanso
requerido: el ingreso al sueño. El sueño está diseñado para representar una
imagen simbólica, una historia en torno a un sentimiento o convertir al
sentimiento en algo irreconocible. Por otra parte, el dolor puede dispararse —
desenmascararse— y nos podríamos despertar y confrontarnos con nuestra
realidad interna. Los sueños son solamente simbólicos, a causa de la represión de
la realidad. Su función es mantenernos irreales, de modo que tienen una doble
función: proteger el sueño y mantener vigente nuestra neurosis mientras estamos
dormidos.
El sueño es responsable de disolver la energía del sentimiento, en la historia
y en sus imágenes. Es como una forma de camuflaje. Solemos decir “¡Chispas!,
ese sueño me puso nervioso y deprimido”. Nos equivocamos, debimos decir:
“¡Chispas¡, ese sentimiento de nerviosismo y de represión me obligó a soñar una
historia muy deprimente”. Si estuviéramos conscientes durante el día, podríamos
decir: “¡Chispas, mi sentimiento de soledad me hace creer en los alienígenas
dentro de los ovnis!”
En segundo lugar, el sueño es una tentativa de hacer racionales y coherentes
los sentimientos a los que necesariamente tenemos acceso cuando descendemos
a los niveles de conciencia durante el sueño. El sueño tiene otra función más:
hace lo que hicimos durante el día, eso es lo que nos vemos forzados a hacer
cada día. Y también es recrear lo que está impreso en el presente, con la
finalidad de ponerlo en orden y tratar de resolverlo y sanar. La historia en el
sueño es el análogo simbólico del sentimiento real; representa la situación
temprana que emerge hacia la conciencia para conectarse, integrarse y sanar. Es
triste, pero por fortuna se apaga con el sistema de compuertas. Este bloqueo nos
evita reconocer el sentimiento y su contexto, permitiéndonos formar símbolos en
torno a ellos. Los símbolos surgen antes de que hayamos tenido que reconocer el
sentimiento. Es el “verdadero creyente” que ha adoptado sistemas de creencias:
mantras y rituales especiales para no sentir sus propias necesidades y su agonía.
Es el “verdadero creyente” que ama los análisis de los análisis de los sueños. En
esencia, se trata de lo mismo en todas las neurosis: bloquean y recanalizan.
La actuación neurótica se deriva de esas necesidades y sentimientos, cuando
ambos son muy fuertes y muy profundos, se mezclan con los sentimientos de la
segunda línea. La fábrica de imágenes no es suficiente para darle al sueño una
estructura coherente. A veces nos despertamos de un mal sueño sintiendo en
forma muy parecida a los sentimientos que tuvimos en una situación anterior:
miedo, disgusto, coraje, confusión, etc. En el estado del sueño la temperatura
corporal se eleva, exactamente como le sucede a nuestros pacientes cuando los
ponemos en contacto en el nivel del sueño (en la segunda línea), que es la señal
que nos indica el trabajo que está haciendo el cuerpo cuando trata de ocuparse
del dolor, o cuando está haciendo su tarea de represión.
Las pesadillas son el ataque nocturno de ansiedad, y en verdad los
concomitantes fisiológicos de una pesadilla son exactamente los de la ansiedad:
sudor, palpitaciones, sentimientos de miedo y terror, temblores, etc.
Generalmente no nos despertamos gritando porque la mayor parte de las veces el
trauma ocurrió antes de la capacidad de gritar. En la pesadilla abrimos la boca
para gritar pero no sale el sonido; si realmente gritamos, el terror es algo más
parecido a lo que sucedió después de los seis meses de edad.
Las pesadillas ocurren cuando estamos terminando un sueño profundo (con
una profunda represión). Cuando el dolor de primera línea es enorme y el
bloqueo no funciona, hay una repentina ruptura en la experiencia que ha
quedado impresa, con todas sus sensaciones: ahogo, sofoco, terror de ser
aplastados, estrangulados y asfixiados. Lo que esto significa es que el dolor ha
usado toda la serotonina (y otros químicos represores) durante el sueño, pero la
represión efectiva de asuntos de la conciencia abastece aquello que comúnmente
es lo que nos mantiene dormidos y reposados. El resultado es que los dolores
más profundos salen a la superficie abruptamente y acaban reunidos en torno a la
segunda línea.
El siguiente es un ejemplo de una pesadilla (provocada) sobre el nacimiento:
Estoy parado en la “cola” de una tienda tratando de escapar de algún peligro muy vago. De
pronto, un empleado se acerca y me arresta y me envía a una prisión porque traté de escapar.
Me sentencian a muerte. Mi celda es tan pequeña que me siento aplastado y estrellado.
Encuentro un agujero para escaparme, pero cuando trato de salir ¡me quedo atorado! El
agujero es muy estrecho y no me puedo mover, sé que van a capturarme y que voy a morir.
Despierto con un terror absoluto.

Es crucial comprender que las pesadillas son expresiones de defensa.


¿Contra qué? contra la muerte. Literalmente, el personaje en la pesadilla es el
mismo que la persona que está a punto de revivir su nacimiento o algún otro
trauma de vida o la muerte: sus signos vitales actúan como una tentativa para
reprimir el dolor: los latidos de su corazón y su presión sanguínea son
desordenadamente altos. Si se le permitiera continuar durante un largo periodo,
su cuerpo estaría en un gran riesgo. De modo que la persona se despierta para
calmarse y hacer más lentas las funciones que lo podrían haber matado. Por
tanto, podemos considerar a los sueños como defensas contra las pesadillas. Y a
las pesadillas, como defensas contra la muerte.
Paradójicamente, nos despertamos de una pesadilla como si
permaneciéramos inconscientes, reconociendo la diferencia entre la conciencia y
la inconsciencia. Cuando despertamos estamos conscientes de nuestro entorno,
aunque con la finalidad de permanecer inconscientes de nosotros mismos. Una
vez que despertamos y reconocemos la “realidad” del cuarto y encendemos la
luz, podemos sentirnos seguros, de modo que ya no tenemos que enfrentarnos
directamente al dolor. Otras veces, cuando estamos despiertos, nos quedamos
inconscientes, por ejemplo, nos desmayamos para no permanecer conscientes de
lo inconsciente. Despierto o dormido, el sistema hace lo que tiene que hacer
despierto o dormido, para asegurarse de que permaneceremos neuróticos e
inconscientes (de nuestras huellas de memoria). Los sueños son la estrategia del
sistema para asegurar la neurosis. De otra manera estaríamos conscientes y
enteros. Sin sueños (lo que significaría estar sin salidas neuróticas) nunca
descansaríamos y todo el tiempo estaríamos inundados de dolor.
Una manera de comprobar esta teoría es observando el progreso de nuestros
pacientes vis-à-vis con sus sueños. En cuanto ya tienen sentimientos profundos,
ya no tienen pesadillas, pero a medida que los sentimientos están en marcha en
la primera línea, las pesadillas aumentan y son los heraldos que indican que un
dolor muy serio se dirige a la conciencia.
La historia y las imágenes del sueño son la extensión lógica y simbólica de lo
que queda impreso. Si alguien tiene miedo de su padre, soñará todo el tiempo
con nazis amenazadores, asaltantes o policías, y se sentirá tan impotente contra
los nazis como lo estuvo contra su padre. El sueño representa todo esto, uno no
puede escapar, se nos castiga sin razón alguna, nuestras armas se rompen, etc.
Un paciente soñaba constantemente que perdía cosas, no podía encontrar su
cartera, su coche, su casa y su ropa. Tenía el sentimiento de una gran pérdida: la
de su madre, que murió muy temprano en su vida. La misma madre a la que
nunca pudo mirar plenamente.
Durante la terapia mostraba los mismos sentimientos: “He perdido algo.
¿Cuál es el sentimiento? “Me siento perdido”. “Soy un niño pequeño”. “Perdí a
mi mami”. ¡Mami! ¡Regresa Mamá!” Ahora el sueño simbólico se ha
transformado en el sentimiento real. Esto, por supuesto, sucede en un lapso de
dos horas y no en unos cuantos minutos. De modo que, en la terapia, el símbolo
se ha transformado en el sentimiento, mientras que al principio de la neurosis el
sentimiento era transformando en símbolo. Por eso digo que la terapia primal es
una neurosis en reversa. Mientras más alta es la vivencia del sentimiento
impreso, mayor es la probabilidad de que veamos un tema recurrente en el sueño
o en una pesadilla.
Cuando el dolor es mucho y la contención es difícil, el cerebro se sobrecarga
con el esfuerzo que hace para contener su propia fuerza. Por eso debe concertar
las más bizarras historias en el sueño, para así mantener a raya al sufrimiento
más angustiante: “Entonces los cocodrilos salen del agua y persiguen a la
persona, hasta en los restaurantes”. El gran terror en nuestra infancia es la
incapacidad para escapar de una familia disfuncional, porque en esa historia
todos salen heridos. El cerebro hace durante el sueño lo que hace en el día contra
la misma fuerza: desarrolla ideaciones bizarras o psicóticas.
La historia de los sueños no es diferente de una perversión sexual o de una
fobia. Es un modo de circunscribir y contener un sentimiento. El sueño y el ritual
son condensaciones de experiencias tempranas, pero de relativamente pocas
necesidades y sentimientos. Ellas son los síntomas y la representación de todo
nuestro pasado. Cuando un exhibicionista hace su escena, a menudo informa que
parecía estar en un estado de “coma” durante ese episodio, pero en realidad él
está actuando un sueño, sin ningún control de su conciencia y deficiente en el
nivel inhibitorio superior de la misma, exactamente como si estuviera dormido,
de modo que está operando en un nivel bajo de conciencia.
En un caso que menciono más adelante, el sentimiento de un exhibicionista
era: “¿Qué tengo que hacer para que tú muestres algún sentimiento?” Su ritual
era un símbolo sucinto de toda su vida a lado de una madre que nunca mostraba
alguna emoción. Fuera como fuera, de niño necesitaba una realidad: conocer el
impacto de lo que él decía, sentía o hacía. Como nunca había estado consciente
de su sentimiento, revivía muy poco de él y continuaba actuándolo. El sueño es
la actuación nocturna.
Como el símbolo es el disparador del sentimiento (para el paciente, el hecho
de perder algo significaba la pérdida de su madre), nos enfrentamos
racionalmente a la circunstancia de que no puede haber símbolos universales
aplicables a todo. El símbolo sólo es específico para el sentimiento de cada
individuo, por tanto, el análisis de sueños es inútil en estos casos. No hay
símbolos que tengan un gran significado que el analista pueda adivinar. La única
manera de encontrar el sentido de un sueño es experimentando los sentimientos
dentro de él. Por esto hacemos que nuestros pacientes revivan el sueño como si
estuviera sucediendo en la actualidad y los instamos a que se dejen llevar por el
sentimiento, el cual inevitablemente los lleva de regreso a la situación original;
sólo entonces podemos encontrar el sentido de toda la experiencia.
Comprender tus sentimientos nunca va a cambiar tu vida, todos los libros
que dicen que pueden hacerlo, se contradicen. El hecho de comprender los
símbolos de los sentimientos es casi inútil, pero no tan inútil como comprender
tus sentimientos y pensar que eso te hará cambiar: la única alternativa es
sentirlos.
No hay nada mágico en los sueños, en general son historias que nosotros
hacemos circular para producir el sentido que sale de nuestro inconsciente. Los
sentimientos impresos e inconscientes siempre tienen sentido, cuando están en
su contexto. Tenemos un paciente que revive su sueño, siente su sueño en el
contexto original y llega a la resolución. Esto es un gran alivio para los
terapeutas freudianos, junguianos y otros, quienes ya no tienen que llegar al
inconsciente para calcular lo que está sucediendo en sus pacientes. Y para éstos
debe ser una gran liberación, pues no tienen que seguir hablando de sus sueños
ad nauseam. En lugar de ello, deben hablar de su vida real y de los problemas
que requieren ayuda.
Freud llamaba a los sueños “El camino real hacia el inconsciente”, y toda
una escuela de analistas de los sueños surgieron como clavadistas hacia la
profundidad del inconsciente, tratando de fantasear con lo que existía ahí en los
pacientes. Lo que no tomaron en cuenta fue que, a pesar del hecho de que dormir
y soñar ocurren en un nivel inconsciente (un nivel de conciencia al cual
normalmente no tenemos acceso durante el día), el sistema de compuertas nunca
duerme, y es responsable de que los sentimientos reales surjan en forma
enmascarada, algo no diferente de cuando los sentimientos están enmascarados
durante el día.
Como consecuencia de lo que estoy diciendo, en la terapia no puede haber
algo como “trabajo de los sueños” o el interminable “análisis de los sueños”,
porque sería lo mismo que el interminable análisis de nuestro comportamiento
neurótico, con la esperanza de que comprenderlo permitirá desaparecer a los
sentimientos, acción imposible porque solamente estamos manipulando
símbolos. El trabajo con los sueños consiste en elaborar opciones para mejorar,
sin tener que hacer realmente nada. Lo que se pretende es “actuar” otra
representación simbólica, la cual prefieren las personas que son excesivamente
dadas a simbolizar. Los neuróticos a menudo escogen vías neuróticas, tratando
de aliviarse.
También es cierto que no todos y cada uno de los sueños tienen un contenido
primal o un significado profundo, pero cuando los sueños son significativos,
siempre tienen un contenido primal. Las pesadillas no son más que el transitar de
sensaciones muy viejas, remotas y profundas. Y digo “sensaciones” más que
sentimientos por que los sentimientos tienen mucho más relación con los sueños.
El material de primera línea —traumas anteriores—, durante y cerca del
nacimiento, sucede antes de que el cerebro sensible esté plenamente
desarrollado. Una aclaración interesante a este respecto es que cuando un
paciente revive una experiencia de vida y muerte —en torno a su nacimiento—,
en ese momento no hay una mirada de terror. No obstante, cuando llega a un
nivel más alto, se siente aterrorizado con cosas que le sucedieron cuando tenía
cinco años. Observamos el gran miedo en su cara a medida que sus sentimientos
se acercan a la percatación. En cambio, el aspecto emocional de la experiencia
del nacimiento no está plenamente desarrollado, vemos el terror en el rostro de
nuestras pacientes cada vez que reviven la experiencia de un incesto, pero
cuando descienden al nacimiento, el aspecto psicológico del terror no está
presente, aunque el cuerpo parezca estar en un frenesí.
En ocasiones, en nuestra terapia —cuando hay un brusco surgimiento del
material profundo— el paciente hace afirmaciones muy breves, idénticas a las
que una persona se refiere después de una pesadilla, por ejemplo dice: “Me estoy
disolviendo, me siento atrapado. No puedo respirar”. “Lo que haces me está
destruyendo” “Estoy en blanco, no me puedo mover”. “Me estoy volviendo
loco”. “Siento una terrible ansiedad”. “La fatalidad está al acecho”. “Estoy
totalmente confundida”, etc. En algunas ocasiones la situación conduce a un
cambio paranoide: “Me quieren atrapar” “Están ahí para volverme loco”, etc.
Les explicamos inmediatamente que cuando hay una ruptura en la estructura de
defensas, ciertos sentimientos están por surgir; y les ayudamos a los pacientes a
sentirlos; si son demasiados, se prescribe algún medicamento. Si sabemos cuáles
son los sentimientos, le decimos al paciente cualquier cosa que aclare lo que dice
y le dé seguridad.
La razón de esas afirmaciones es que se hacen para alguien que está en la
víspera de algún quiebre (en el inconsciente), y por eso son escuetas. La segunda
línea no tiene la fuerza suficiente para mitigar o hacer aceptables los
sentimientos o sensaciones y convertirlas en algo diferente, de modo que hacen
una gran erupción. Si esos sentimientos le ocurren a una persona que no está en
tratamiento, es que le está sucediendo un quiebre psicótico, y ella no tiene idea
de qué le está pasando. ¿Qué sentimientos le están surgiendo? o, ¿es que los
sentimientos existen y están aumentando? Su estructura de defensas se puede
estar cuarteando debido a una circunstancia actual o extrema (un divorcio, la
pérdida del trabajo, la muerte de un familiar) y de pronto la persona entra en
contacto con un nivel profundo de conciencia que había estado dormido dentro
de ella, durante mucho tiempo.
Mientras más sesiones de terapia tenga el paciente, dejará de soñar de
manera simbólica porque el inconsciente se está haciendo consciente, y los dos
llegan a fusionarse. Eso se demuestra en los sueños. Generalmente la persona es
ella misma. Habla de cosas reales y todavía se las arregla para dormir bien o
mantenerse despierta. Eso se debe a que se le ha removido la pesada carga del
valor de los sentimientos que llevaba consigo, de manera que podemos ser reales
en el nivel inconsciente o en el consciente. Estar conscientes de lo inconsciente
borra efectivamente lo inconsciente, con su papel de una fuerza muy importante
que nos dirige y nos motiva.
V. Alietta

La siguiente historia de un caso presenta todos los aspectos de la terapia primal


que hemos analizado hasta ahora. Se trata del “Diario” de un paciente, escrito
durante las tres primeras semanas del tratamiento. El proceso de revivir está
documentado con mucho cuidado y en términos muy vivos. El escrito incluye
reflexiones hechas en varios momentos posteriores a las sesiones, e ilustran los
beneficios de la terapia a largo plazo.
DOMINGO 10 DE OCTUBRE

Estoy en un cuarto en un hotel en el que tengo que permanecer durante tres


semanas sin hablar con nadie, sin ver televisión, fumar, masturbarme o tener
cualquier clase de sexo; en suma, en donde tengo que concentrarme totalmente
en mí misma. A partir de mañana, veré cada día a mi terapeuta y estoy muy
emocionada. Es mi última esperanza en esta vida. Espero todo de la terapia
primal, desde la habilidad de amar, hasta la posibilidad de ser amada, si es que
logro convertirme en alguien más: ¡en la yo real!
Acabo de pasar cinco meses insalubres que fueron la culminación de la
creciente locura en la que se había convertido mi vida. Estaba protegida por un
funcionamiento exterior aparentemente perfecto. “Tu única locura —me decían
—, es hacer cualquier clase de terapias”. Ésa era la impresión de mi familia y de
mis amigos. Sólo que, por dentro, yo sabía que era totalmente infeliz y que
estaba parada peligrosamente a la orilla del más profundo precipicio, y muy
cerca de la última caída. Me di cuenta de que siempre tengo frío; de que cuando
me acuesto y quizá cuando estoy de pie, mis dientes están fuertemente apretados.
Mi cuerpo está muy rígido. Nunca quise poner atención en todo esto y de pronto
lo sentí, sin tener necesidad de pensar en otra cosa.
Me gusta este momento de forzada soledad, tan deseado en los últimos
meses; realmente es como estar en un retiro. ¿En qué consistirá ser una persona
sensible? Me estoy forzando en tratar de sentir ahorita mismo. Es extraño, pero
siento algo que me quema, que me lastima físicamente… Tengo el sentimiento
de que va a pasar algo horrible respecto a mi pasado (ahora totalmente en negro)
porque sólo de pensar en ello, mi garganta parece quemarse y me siento
incómoda…
Espero que el “viaje” sea fascinante. Mary es mi terapeuta y no me gusta: es
una mujer que me pregunta: ¿Cómo te sientes? Contesto: “Muy bien”, y pienso:
“Si me quieres tensa, mándame a una fiesta, pero no me dejes sola en un hotel,
estoy acostumbrada a estar sola y me gusta”. Luego de decir esto, me salen
lágrimas al recordar el azar, pero cuando ella me pide que se lo cuente, no puedo
hablar. Realmente antes ellos hablaban conmigo, después de esto, nadie habla
conmigo y me quedé muy desanimada. Pero aquí estoy tratando de vagar por mi
juventud. Tampoco encuentro mucho, solamente unas cuantas imágenes
irrelevantes. ¿De verdad eres capaz de ayudarme a salir adelante? Ustedes
claman que ya están curados, y yo tengo miedo. ¿Qué tal si no funciona?
MARTES 12 DE OCTUBRE

Hoy lloré mucho. Cuando llegó Arturo (Janov) me dijo que no estoy siguiendo
las reglas de la terapia y que así no puedo seguir. Ayer, al final de la sesión, le
hablé a Mary de las ganas que tenía de un buen cigarro, y mostró horror en su
cara. Pero no toqué ninguno, y hoy me sorprendió la agresividad de Arturo. Se
trataba probablemente de una estrategia, porque con frecuencia Mary va con
Arturo durante la sesión y luego, cuando me preguntó qué sentí cuando él hablo
conmigo, contesté: “Nada”.
Hoy estaba en Porto di… en nuestra casa de verano, bajando las escaleras,
botando una pelota. ¡Ahora la siento botar tan claramente en mi cabeza, que me
conduce a mi total soledad cuando era niña! Eso me hace llorar. ¡Qué triste
estuve siempre en mi interior! Es la primera vez que me doy cuenta de que
¡estaba sintiendo algo cuando era niña! Después tirada en el piso me refresco un
poco, y me viene un recuerdo que estoy bloqueando, es muy nebuloso. “Confía
en ti misma”, dice Mary, con una voz extremadamente suave. “¿Qué es esto?”
“No estoy segura”. Hace mucho, mucho tiempo, mi papá me pegó muy fuerte.
Alguien le gritaba: “¡Detente, que la vas a matar!”, pero todo está muy nebuloso,
no estoy muy segura… esa escena no me trae ninguna emoción y estoy un poco
avergonzada de que haya llegado a mi mente.
“¿Que es lo que quieres de tu papá, Alietta?”, me preguntó Mary. Me niego a
responder, la respuesta es obvia. “Bueno, yo quiero que él…” ¡No es fácil!, mi
cuerpo se pone tenso, quedo en silencio, con la mente en blanco, y de repente
¡surge una imagen muy clara! Papá está escribiendo en su escritorio hasta muy
tarde, como lo hace todas las noches. Lo veo tan claramente. Es asombroso,
estoy cerca de él y mi cabeza no alcanza la cubierta de su escritorio. Puedo ver
sus manos deslizándose sobre el papel, escribiendo con una gran pluma azul. Es
como mágico. Lo miro, totalmente inmóvil absorto en su escritura. Mary me
pregunta qué siento al mirarlo, contesto: “Nada”. “¿Qué es lo que quieres que
haga…? Siento que estoy a la orilla de un precipicio muy alto, y que no quiero
saltar. ¡Mary, espera un poco!”, y entonces mi cuerpo empieza a sudar, luego
siento frío cuando la escucho decir suavemente: “¿Qué es lo que quieres que
haga tu padre, Alietta?” Esta vez brinco o algo brinca dentro de mí: ¡un
sentimiento! Y ¡exploto en llanto! “Quiero que me toque, que me cargue en sus
brazos, quiero una caricia de ternura de parte de él y un poderoso deseo de que
me acune en sus brazos y me toque”. Mary me dice que le pida que me toque y
yo me dejo fluir con mi deseo. Le pido que con sus manos toque mi cabeza y mi
cuello; eso me hace llorar mucho, porque mientras estoy sintiendo mi necesidad
de su ternura, veo la mano de mi padre moverse, deslizarse sobre el papel,
indiferente a mi necesidad. Después de la sesión me siento muy cansada, nunca
me había percatado que tenía tantas lágrimas en mi tanque. De regreso en el
hotel, duermo un poco, ¿Un poco? ¡Hasta las 10:30 de la noche! De hecho, todo
el día. En verdad mi cuerpo tiene buenas defensas, porque nunca había dormido
tan bien, tan sin ruido y con tanta quietud. Y también me sentía cansada.
MIÉRCOLES 13 DE OCTUBRE

Realmente no sé cuánto tiempo soportaré esto. Odio la idea de ir diariamente a


algún lugar, para llorar, sufrir y sentir dolor. Este día regresé a la muerte de mi
hermana Flora. También lloré cuando mi papá me hablaba, repitiendo siempre,
siempre, durante años, “Después del almuerzo”, “Después de la cena”.
Siguiendo sus sueños perdidos incoherentes una y otra vez, entregándose a su
insaciable necesidad de hablar. Y yo lo escuchaba muchas horas, durante esos
años.
Mi mamá tenía que decirle que ya parara y me dejara ir a dormir. Él no
escuchaba y seguía hablando, y yo escuchaba sin decir palabra, como si
estuviera bajo el embrujo de una víbora. Era la única atención que me concedía y
no era algo que realmente me dijera a mí, porque no hablaba conmigo. Era como
si yo fuera un piedra (esto me dolió y me envió a profundizar en mi sentimiento).
Mi padre sólo necesitaba de mí un oído, yo era un objeto que satisfacía su
necesidad. Me estaba convirtiendo en su “discípula” fiel, sentando las bases para
mi futuro acting out sobre todos esos extraños valores que tuve durante muchos
años.
“Te odio... ¡Para…! ¡Detente…! ¡Deja de hablar, me enloqueces!” Cuando
yo empecé a decir esto, por recomendación de Mary, vi que me era difícil, me
sentí autoconsciente. ¡Es extremamente duro! ¿Cómo podía hablarle a él ahora,
si nunca lo hice en mi juventud? Viendo lo difícil que es, me doy cuenta que
tengo que hacerlo, tengo que abrir el bloqueo. Cuando por fin lo logré, me
condujo a una rabia sorprendentemente fuerte. Perdí el control durante unos
pocos segundos, llena de rabia, me di cuenta de la exasperación que se construyó
en mí durante tantos años ¡Cuando me volví loca!, lo que por cierto, me gustó
(porque me sentí bien al dejarme llevar por mis sentimientos) toda clase de cosas
obvias vinieron a mi pensamiento, cosas que antes no comprendía.
Siempre he escuchado intensamente a los hombres con los que he estado y
todos han sido personas con problemas, que necesitaban que los escuchara
durante horas. Nunca me atreví a decir algo sobre mí misma, y siempre los
encontré fascinantes y los amé por sus problemas. Ahora comprendo… trataba
de ser amada, dándoles lo que ellos necesitaban. También caí en todos los
valores que mi padre tenía y que más tarde descubrí que eran falsos. Mi instinto
me decía que eran falsos. Cuando llegaba a mi casa, ya siendo mayor, peleaba
con él sobre esos valores, tratando de demostrarle lo falso que era. Pero de
alguna manera siempre me caían encima, algunos permanecían en mí y me
impedían seguir mis propias convicciones. Él vivía en un falso sueño, negando
esas partes de la realidad que no le gustaban o que lo lastimaban. Algunos de
esos sueños se hundieron y anidaron en mí. Siento algo de mi distorsión y de mi
enojo por ello.
Después de la sesión estoy exhausta, pero de alguna forma me siento feliz;
considero que hoy tuve mi primer primal, porque al invadirme, comprendí muy
claramente un montón de cosas: en el lenguaje primal le llaman “hacer
conexiones”. Una pequeña parte de la cortina se levantó apenas
microscópicamente pero, al mismo tiempo, fue una buena parte.
Mary me dijo que fuera a ver la obra Cinco pequeñas piezas gracias a una
escena que yo le mencioné a ella y de la que no pude hablar, cuando vi la obra en
Nueva York el año pasado. Tuve que salirme del teatro cuando el “héroe”
regresa al hogar, después de años de ausencia, y encuentra a su padre muy viejo,
en silla de ruedas ya sin poder hablar. El “héroe” empieza a hablar con él
diciéndole cuánto deseaba, cuando estaban cerca, que se hubieran comunicado
más, y cuánto lo amaba. Tuve que dejar el teatro de inmediato, estallé sin saber
qué me estaba pasando. Estaba comenzando un primal. Ahora me siento
contenta de que no estén exhibiendo esa obra, tengo miedo de verla y estoy
cansada.
JUEVES 14 DE OCTUBRE

Un tipo en el grupo me ofreció una droga, no tuve ni siquiera una pequeña


tentación de probarla, pues fumarla está contra las reglas de la terapia. Salí a
cenar con él, y me siento muy culpable, pero ya es muy tarde para arrepentirse.
Él es agradable, pero unas semanas más tarde vi lo estúpida y lo autodestructiva
que yo era y cuánta tensión se liberó en mí. Ya en la sesión, no pude entrar a
ningún tema seriamente. Mi mente andaba por todos lados, me sentía toda seca
dentro de mí y no me podía concentrar. ¡Qué desperdicio!, solamente me culpé.
Cuando dejé mi sesión, frustrada y enojada conmigo misma, vi por primera
vez a otros pacientes primales sufriendo como yo, en ese aislamiento. Vi a una
rubia muy enojada con una mirada muy dura que decía: “Mejor no te acerques”,
y también vi a dos tipos, uno medio tonto y agradable (como suelen ser los
tontos) y el otro era un rubio muy guapo. A veces me pregunto qué demonios
estoy haciendo aquí ¡Estoy aquí, en la terapia de la última esperanza! Es difícil
de creer.
Cuando me veo a mí misma a los veinte años, el mundo era mío, me sentía
en lo más alto de él; era muy exitosa en todo lo que hacía. Les gustaba a los
hombres, la vida era fácil, interesante y divertida. Nada me era difícil y tenía un
montón de amigos; eso fue antes de que algo en mí empezara a desintegrarse,
antes de las drogas, antes de intentar suicidarme y antes de los días que
permanecí en coma. Pero todavía tuve la fuerza para reintegrarme y empezar a
funcionar de nuevo, y poner una cara sonriente: “Todo está bien mamá.
Solamente que me estoy muriendo por dentro y no sé por qué”.
VIERNES 15 DE OCTUBRE

Finalmente hoy sucedió algo, una vez más pasé una gran noche. Cuando
desperté, reconocí otra vez en mi pecho esa especie de llanto cuando era niña,
pues ése era el modo como lloraba. Me salieron unas cuantas lágrimas en el
camino al Instituto. No me sentía realmente mal, pero dentro de mí, sabía que
estaba a punto de algo.
Hoy estoy acostada en el tapete rojo, esperando a Mary, tengo mucho frío.
Un frío extremadamente desagradable que me asusta. Para evitarlo, me moví y
miré alrededor para ver si el frío está soplando desde alguna dirección hacia mí.
Pero ¡es tan fuerte! El cuarto no está hecho para engañarme. Luego llega Mary y
nos concentramos en la lectura de El conejo de terciopelo.
—¿Te gustó el libro?
—Sí, y lloré dos veces.
—¿Cuándo?
—Cuando el conejo estaba tan feliz que no podía dormir, después de que los
niños le dijeron que es real, porque él nos ama.
Hablando de ello y de algo que dijo Mary, me hizo llorar de nuevo, pero
mucho. Vino una imagen a mi mente: mi tía está tocando el piano para mí; en
este recuerdo lo que me impacta es su calidez y el cariño que me tiene. Escuché
el tacto de sus uñas en el teclado del piano. Sentí su alta presencia detrás de mí y
“yo soy muy chiquita”. No puedo recordar lo que dice Mary cada vez que
regreso a mis sentimientos, pero de pronto, me encuentro llorando, hablo sobre
la muerte de mi primo, y de nuevo me estoy congelando. Mary me dice que
sienta ese frío. Lo siento y estoy extremadamente asustada.
—Deja que suceda Alietta, no huyas de esta escena.
—Es fácil decirlo, pero estoy muy asustada.
Finalmente entro en contacto con la muerte de mi hermana Flora. No sabía
que la quería yo tanto. Recuerdo ese momento, el día en que la enterraron,
cuando sacaron de la iglesia su ataúd. Cuando pasó frente a mí y la miré,
yaciendo ya muerta, adentro del ataúd. Todo se derrumbó dentro de mí, yo
estaba anonadada.
Ahora que la veo de nuevo, el sentimiento es tan intolerable que me
estremezco, regresa con una fuerza alarmante, y me hace decir: “No me dejes,
por favor no me abandones”. De nuevo viene la tormenta, y lloro con el cuerpo
hecho un ovillo para protegerme del intenso daño. Me duele, lloro: “No me
dejes”. El sentimiento se esfuma poco a poco.
Cuando estoy llorando me doy cuenta de que toda mi vida he dejado a las
personas, principalmente a los hombres, porque tenía miedo de que me
abandonaran. Cuando estoy descansando me comienzan a invadir imágenes del
desierto. Es el desierto de Sahara, lo amo, siempre me ha atraído. Le describo a
Mary cómo me siento caminando por el desierto y le digo qué significa para mí.
Cuán estrechamente estoy identificada con él. Me recuerda la primera vez que
tomé ácido y comencé a describir el desierto a un amigo mío. Me dijo que mi
descripción era muy poderosa y que él sintió la extraña fascinación que el
desierto tenía para mí. Se convirtió en un viaje total de muerte, en una horrible
pesadilla. Parece que cada vez que me enfoco en la muerte, el desierto está
llegando a ella.
No sé cómo, pero de pronto cambié hacia la imagen de Flora, contándome
sus sueños una mañana en Roma. Estoy de regreso en el cuarto de nuestra
infancia, al que veo por primera vez, desde que lo dejé hace quince años. Y
siento la necesidad de ese “medio llanto” que volvía loca a mi mamá y comienzo
a llorar así, y se convierte en un gritar mezclado con rabia, escucho a mi mamá
que dice: “Cállate o te daré algo para que de verdad llores”. Mi coraje aumenta y
mis gritos comienzan a salirse de control.
Estoy en lo más profundo de mí misma, grito “¡mamá!”, y lloro. Siento un
dolor en mis piernas, que se sienten pesadas, pero yo quiero moverlas, quiero
patear con ellas y empiezo a hacerlo, aunque un poco autoconscientemente.
Estoy ahí, en mi cuarto de niña, en mi cama llorando y nadie viene. Rabia y más
rabia, es lo que siento ahora. “¿Por qué nadie viene? Soy pequeña y quiero que
alguien venga a mí.”
En cinco meses de psicoterapia en Nueva York no había recordado nada de
mi juventud temprana, y aquí en cinco días han regresado a ¡tantas cosas!
Cuando surgen se anuncian con rápidos latidos en mi corazón, sostengo mi
aliento y me concentro en cada una de las imágenes que burbujean en la
superficie. Sólo una cosa parece nebulosa, es algo detrás de la ventana y no lo
puedo ver, estoy segura que está ahí. Más tarde, en el día, se me presenta la
imagen anunciada por el boom de mi corazón: ¡es una cuna…!, una cuna color
de rosa.
Ahora que le estoy diciendo a Mary lo que veo, y ya no es solamente la cuna,
hay un bebé en ella… ¿Es mi hermano? Recuerdo esa cuna y al bebé en ella…
¡Soy yo! Veo los broches que mi mamá está poniendo para sostener las sábanas
bien extendidas, tan tensas para que no me pueda mover. Mis piernas están como
amarradas, no se pueden mover. Lo odio y veo a mi mamá caminando hacia mí.
Estoy sudando. Me toma en sus brazos y me pone en su cama para cambiarme.
Ella es enorme, su cara está casi encima de mí. Se ve tan joven; nunca la había
recordado antes como era. Dios, ¡la amo! Mis ojos se llenan de lágrimas, grito:
“Mamá”, y siento un fuerte, inmenso y poderoso deseo de que ella me cargue.
Mis lágrimas se están secando. Ya no puedo hablar. Ahora la veo con un niño
muy pequeño en sus brazos y ella es enorme y otra vez mi corazón palpita
fuertemente.
Ahora soy una niña con ese fuerte e inmensamente poderoso deseo de que
ella me abrace. Quiero sentir su mejilla y su cuerpo. Toda la resistencia en mí se
rompe en pedazos: “Por favor mamá, llévame en tus brazos o moriré”. Las
lágrimas se están derramando. Estoy doblada en mí misma, perdida en mis
necesidades, inconsciente del tiempo que está pasando. Luego mis lágrimas se
secan lentamente. Cuando quiero hablar, descubro que no puedo... Soy un bebé,
me veo en pañal, pequeña, cargada contra su pecho, aferrada como un cangrejo.
Y siento lo que esa bebé siente, es extraño, necesito tanto sentirla, o sentir mi
necesidad de ella. Es una sensación tan nueva para mí. Obviamente la viví una
vez, sólo que nunca me dejé sentirla con todo su poder. Ahora pienso: “Se siente
como que no es un sentimiento nuevo, pero lo estoy sintiendo por primera vez”.
Estoy en la posición de una bebé un poco convulsiva, pateando, y me golpeo
la mano en el piso. Solamente soy yo la sorprendida ante esos movimientos que
mi cuerpo quiere hacer y los hace. Cuando me calmo estoy de nuevo acostada
sobre mi espalda; mis piernas ya no están encerradas en una capa de plomo.
Mary me dice:
—¿Cómo están tus piernas ahora?
—¡Ya están bien!
Mary sonríe y yo también, y de repente, mi sonrisa me hace sentir ligera y
feliz y estallo de felicidad y de risa.
¡Lo hice! Rompimos la terrible resistencia que nunca pensé que podría
lograrlo, fui muy lejos, ¡lo puedo hacer! ¡Me siento superbién, nunca lo había
sentido antes en mi vida, nunca, y es fantástico, SIENTO! Es sólo el principio,
pero ahora no tengo dudas sobre la terapia y de que yo puedo hacerla, sé que
todo va bien: mis piernas, antes tan muertas y pesadas, de repente quieren
moverse y bailar. Mi cuerpo entero quiere abandonarse para celebrar una nueva
ligereza. Hay algo que está volviendo, vivo dentro de mí, y es irresistible
dejarme llevar y reír en un estado de gran excitación.
Adiós incoherente infelicidad. Afuera del Instituto yo escucho un alarido que
sorprende a la gente en la calle; es como el de un indio. Ahora mucha gente me
habla. Mi felicidad brilla, la siento. ¡Es un gran día!, tengo alas y tengo
esperanza… a las 8:30 p.m. ya estoy en mi cama.
Hay tantas cosas que suceden constantemente. Recuerdo los calambres que
tenía en mis piernas. Son los calambres de “crecimiento” que tuve cuando era
niña, y también recuerdo a mi mamá frotándomelos con alcanfor en la noche,
para aliviar el dolor, y veo cómo se iba del cuarto sin darme un beso. Su tarea
había terminado.
Esta noche por primera vez toca sesión de grupo. Es realmente extraño ver
este enorme cuarto, casi sin luz, la gente se acuesta en el suelo, empieza a tocar
sus sentimientos. Uno de ellos Mike, está en el piso con una mamila y yo lo veo
chupándola. No puedo evitar el deseo de que esto no me pase a mí en el curso de
la terapia, porque lo veo ligeramente ridículo; ahora sé lo que significa y tengo
miedo. Me divierto mirándolos por un momento. Más tarde la cosa se pone peor,
pues mucha gente está gruñendo, gritando, hablando con sus padres. Lo
encuentro hermoso y conmovedor.
Todas estas personas están sufriendo, renaciendo y curándose a través de su
dolor y no hay nada ridículo en esto. De algún modo me hace sentir lo enferma
que estoy y que esas personas ya están mucho más liberadas. Espero que eso me
ayude a sentirme menos autoconsciente acerca de mis sentimientos y que algún
día sea capaz de hacer todas esas extravagancias, si mis sentimientos lo
reclaman. Sí, estoy tratando de reasegurarme, porque en realidad estoy asustada.
He primalizado y vivido ese grito primal mencionado en la cubierta del libro —
el grito que yo soñé tanto— cuando traté de hacer la terapia en solitario.
Ahora estoy gritando “mamá” y quiero que ella esté conmigo y me duele
mucho. Un impulso me lleva a dejar el cuarto como un prisionero que deja las
rejas de su celda, con un gran sentido de alivio y con el sentimiento de que
nunca tendré que regresar de nuevo. Me siento afuera, en el corredor, cuando
Lenny —que me simpatiza— se me acerca y me dice que debo regresar.
—Por supuesto que la primera vez es difícil, pero tienes que regresar. Vas a
encontrar un sentimiento, trata de sentir ¿Por qué no te puedes quedar? Siéntate
y eso te mantendrá un rato ocupada, y quién sabe, quizás llegues a algo —y me
sonríe con una sonrisa de niña.
Así que regreso al infierno y siento un algo viejo. Me quiero ir. Los odio a
todos, no puedo estar un minuto más en ese cuarto, más de lo que tuve que estar
en mi hogar como niña. Y sigo corriendo de nuevo como cuando tenía cinco
años de edad. Recuerdo qué infeliz era, cuánta desesperación vivía y qué tristeza
para una niña sentirse de ese modo. Todo el tiempo quería irme de la casa, del
mismo modo que había huido de la vida en mi entorno, como una cometa, nunca
quedándome en alguna parte, para no sentir que nadie me amaba en mi casa o en
cualquier parte de este mundo.
Después de dos horas de escenas en el grupo, ya no quiero huir más. La luz
regresa. Esperamos a un hombre que está terminando y que parece estar en algo
muy profundo, entonces Mark y Joshua se sientan en dos sillas. La gente está
sentada en el piso, algunos lloran. Comienzan a decir lo que tienen que decir,
para terminar con sus sentimientos o para entrar en uno de ellos. Es muy
interesante mirar toda la escena. Cuando alguien está hablando, todos están en
silencio, excepto aquellos que están en sus propios primales. Algunas veces a la
persona que está hablando no se le puede escuchar, porque alguien está llorando
o porque de repente está llorando un cuerpo que se revuelca en lenta agonía o
alguien cruza en el cuarto gritando ¡“Te odio, te quiero matar!”, y se arroja
contra la bolsa de box diciendo “¡No sé quién soy, ni lo que quiero!” (cuando el
sentimiento está surgiendo, el paciente puede tomarse el tiempo para ponerse los
guantes y dejar estallar su sentimiento).
Nunca había estado en algún grupo de esta clase, y observarlos es algo
fenomenal para mí. ¿Cómo puede esta gente ser tan libre y tener el valor para
decir todo esto? Estoy asombrada, más aún cuando el grupo estaba en la
oscuridad. Un hombre le cuenta al grupo que su papá lo amarraba y le hacía
mirar durante horas mientras él estaba fabricando el mango de un látigo. Le es
muy difícil hablar, es obvio que la escena total está surgiendo en la medida que
habla, y está envuelto en la emoción. Ha tallado el puño del látigo y nos lo
muestra. Noté que la mayoría de los terapeutas están llorando y yo también.
EN LA NOCHE

En la noche, cuando me preparo para acostarme, veo imágenes de nuestro sitio


de veraneo. Veo las caras de mis hermanos y otros niños, y a Cristina, mi amiga
de entonces. Hace como treinta años que no había pensado en esto. Nuestros
padres eran muy cercanos y ella estaba más abierta a la vida que yo. Su
sexualidad se desarrolló muy temprano y me ayudó a descubrir esta parte secreta
de mí misma, que ella sentía que merecía más atención de la que le había dado
entonces. Así que en la playa pusimos conchas sobre nuestra propia “concha”.
Éramos tan jóvenes, tan bonitas, y pensábamos en los juegos de estos niños, me
dormí riendo. ¿Durante cuánto tiempo?
MARTES 21 DE OCTUBRE

Dice Mary que la sesión de hoy fue grandiosa. Yo estaba recorriendo las escenas
de la playa, arrastrándome en la orilla de la arena, sintiéndome miserable.
Entonces empecé a sentir un gran dolor cuando recordé a mi papá pegándole
horrible a mi hermano Joe. Yo lo viví con mucha fuerza y con una gran tensión,
pues quería gritarle a mi papá que parara, y por miedo, me sentía incapaz de
detenerlo. Lo vi como un gigante fuera de control, algo parecido a un Júpiter
desencadenando todo su gigantesco poder en un mosquito. Yo estaba (y estoy)
experimentando totalmente ese temor de que matara a mi hermanito. Todo ese
tumulto de sentimientos estaba reviviendo dentro de mí y me doy cuenta, en el
primal, de todo lo malo de las actitudes de mi padre y del daño que nos hizo al
no amarnos (ahora es algo muy obvio para mí y, por primera vez, real).
Cuando la tormenta pasó me vi abrazando a mi hermano, ambos solos en la
playa, y me sentí muy protectora hacia él. Ellos, mis padres, contra nosotros.
También me di cuenta que toda mi vida traté de hacer feliz a mi padre y ser lo
que él quería que mi hermano fuera. En otras palabras, quería ser su hijo. Estaba
tan asustada y le tenía tanto miedo a su furia gigante y violenta, que pensé que
ése era el modo como él finalmente me aceptaría.
Papá me hizo sentir que como mujer, yo estaba automáticamente limitada.
Quería probarle, en sus propios términos, que si no lograba vencerme, quizá
entonces yo significaría algo para él. Eso sí, yo tenía que ser como un hombre,
vivir la vida de un hombre, ésa era mi meta: probarme a mí misma que yo podía
hacer algo por mí. Eso es lo que creí entonces, de hecho, yo actuaba de forma
patética, tratando neciamente de que mi papá me amara. Mary me explica que el
proceso primal es como una ola que se desenvuelve poco a poco, permite a la
persona vivir y revivir el pasado al ritmo del cuerpo, revelándolo todo
progresivamente.
VIERNES 24 DE OCTUBRE

La noche pasada, yo quería ponerme de rodillas y hablar con mi papá y pedirle


que me perdonara por las cosas horribles que le dije, y que le seguiré diciendo,
en el primal. Yo sabía que arrodillarme le provocaría algo. Y tan pronto como lo
hice, estallé en lágrimas muy pesadas y sentí todo el dolor por la muerte de mi
papá y empecé a hablarle. Mary me hizo contarle la historia de la muerte de papá
(hace cinco años). Es difícil. Todo mi cuerpo temblaba y se estremecía
lentamente. Veía cómo llevaban su ataúd y me veo a mí misma mirando…
sintiendo la ola de desesperación que en aquel tiempo pude manejar tan bien…
Luego surge un enorme grito: “¡Papá, no te vayas!” “Por favor no me dejes… Te
amo”. Me está doliendo muchísimo, no puedo soportar el dolor y grito, porque la
herida es demasiado grande. Es horrible.
De pronto me detengo, dejo de llorar, como para integrarme de nuevo; pero
algo se ha “abierto”, algo que ha roto el cemento de mi sistema de defensas. A
través de la grieta veo el fuego y luego la realidad que empieza a quemar. Los
demonios que había mantenido amarrados, arrinconados e ignorados por tanto
tiempo, finalmente rompieron la cuerda. Se liberaron, y me abandonaron. Mi
cuerpo quiere hacer su parte y decidí dejarlo hacer lo que quiera hacer. Nunca
tuvo autonomía ante mí. Estoy consciente acerca de lo que mi cuerpo parece
querer hacer. No es nada extraordinario, quiere que me chupe mi pulgar, como
en aquella edad, frente a alguien que apenas conocí hace unos días y… se me
hace difícil. Mis piernas parecen estar amarradas estrechamente y no puedo
moverlas. Extraño: me doy cuenta de que en todas las sesiones nunca han estado
apartadas una de la otra. Mi cuerpo se está sosteniendo por sí mismo. Trato de
cruzar mis piernas y no puedo. Me asusto y lloro de una manera muy infantil.
Todavía no me acostumbro a los extraños sonidos que salen de mí y estoy
muy consciente de ellos, como para dejarlos salir. Está bien que me chupe el
dedo, pero ya me cansé, me calmo progresivamente y me siento confundida y
acabada, como después de un gran tornado. Estoy impresionada por la agonía
que atraviesa todo mi yo, y de su inestabilidad. En cuanto comenzó, mi cara esta
rajada y mi piel en caos. Es como si un temblor me hubiera sacudido. La noche
pasada recordé que le estaba mostrando a mi papá mi primer dibujo con todos
sus colores y todo mi orgullo por él. Él no sabía qué hacer con el dibujo, me
sonrió vagamente, indiferente y cortés, y dijo: “Muy bien pequeña”, y se
sumergió de nuevo en sus ensoñaciones. Nunca más volví a dibujar, nunca más
le volví a mostrar nada. Nunca le mostré nada a nadie.
Tampoco le pedí que se interesara en mí, porque no quería enfrentarme a su
indiferencia. Todos eran suficientemente buenos, excepto yo. Por eso, siempre
que amo a alguien, ese alguien da a otra persona lo que yo necesito. Lo resiento
mucho y eso hace que todos los viejos sentimientos resurjan. Lo llamo
“inseguridad” y así también lo llamó el psicoanalista. Pero obviamente es algo
más complicado que eso, es mi propia experiencia específica y no la inseguridad
típica que cualquiera pudiera tener; sólo yo puedo descubrir y entender lo que es
mi pasado, nadie más.
Ahora cada día entiendo más cosas. Mis padres siempre decían: “Si quieres
llorar, llora en tu cuarto, no eres interesante cuando lloras, nos aburres”. Eso es
cierto, así que durante el resto de mi vida puse en mi cara una valiente sonrisa, y
siempre la conservaba, sólo que mi sonrisa se hacía cada vez más y más triste.
No me permitía tener sentimientos, porque ellos aburrían a mis padres… los
tenía que esconder, destruirlos para que ellos me aceptaran. Tenía que matar la
parte más viva de mí misma, la parte sensible, con el fin de que ellos me
aceptaran. Cuando me di cuenta de esto sentí un dolor devastador. ¿Era otra
pieza del mismo rompecabezas? o, debo decir, “¿del mismo sentimiento?” Mi
cuerpo empezaba a inquietarse, había algo que quería surgir. No me va a gustar
lo que está surgiendo. Me siento enojada, verdaderamente enojada… Estoy en
posición fetal y empiezo a llorar como un bebé. Todavía no me puedo
sobreponer al escucharme llorar de esa manera, pero no estoy segura de qué
pasa, me siento muy extraña.
La tensión que he sentido unas cuantas veces en las últimas semanas está
estrechando mis hombros y alistándome para mi nacimiento. Mi cabeza está
empujando, empujando y no sé qué más. Mis piernas, plenas de sentimientos, me
ayudan a empujar, y estoy en una atmósfera muy extraña, muy negra. No sé qué
está pasando, pero sigo empujando… es extraño. Estoy en el vientre... ¡Quiero
salir de él! Tan pronto como surge la idea… la rechazo. ¡No puede ser! La idea
de nacer me asusta demasiado. Estoy topando mi cabeza contra la pared y
empujando como una loca. Mary parece que no encuentra nada raro en todo esto,
no le sorprende, como si fuera la cosa más normal en el mundo.
Esta noche es como una muerte lenta que está sucediendo sola. La
“Muerte”… ¡Siempre he estado obsesionada con ella! El temor de estar sola en
la oscuridad continúa y estoy sola: siempre he estado sola, nunca lo voy a poder
lograr sola. ¡Necesito ayuda! Estoy tan asustada… como si me fuera a morir y
sin la ayuda de nadie. Ahora estoy totalmente quieta. No me atrevo a moverme y,
de pronto, me encuentro cayendo irresistiblemente en un mareo poderosísimo.
Una parte de mí entra en pánico, me tengo que levantar y pedir ayuda.
Alguien tiene que venir o me muero… Pero no me muero, mi cuerpo se
niega a hacer el menor movimiento. Me siento como drogada y me voy a morir.
Trato de tomar una gran respiración y resulta que no puedo. El pánico crece y,
con él, mi necesidad de respirar. Cuando trato de abrir la boca, la siento
distorsionada en un grito silencioso. Me estoy ahogando y continúo hasta que me
siento caer en un hoyo negro. “¿Dónde estás mamá? ¡Necesito que me ayudes,
me estoy muriendo!” No tengo idea de cuánto tiempo he permanecido en este
estado narcoléptico. Parece una eternidad. De repente, de algún lugar lejos de
mí, siento una avasalladora necesidad de moverme, y también la necesidad de
gritar, de sacudirme esta muerte. Hay algo en mí que se rehúsa a morir. Una
parte de mí todavía está viva y está creciendo, tengo que reunir todo el poder de
mi voluntad. Es una necesidad física, me tengo que mover, tengo que salir de
aquí.
Cuando me estoy forzando para moverme, para sacudirme de esa increíble
letargia, estoy gritando de forma inhumana, y mi cuerpo comienza a moverse de
forma errática. Empiezo a patear; mi espalda se arquea lentamente. Cada parte
de mi cuerpo se duerme, se tensa y me obliga a empujar y arrastrarme en
extraños movimientos que no comprendo y que están fuera de mi control… Sólo
que necesito hacerlo con todas mis fuerzas. Es extremadamente difícil, pero lo
tengo que lograr, y sigo empujando, arqueándome y escupiendo. No puedo
respirar y me estoy muriendo de nuevo. Caí en un estado parecido al coma, y de
nuevo esa pequeña llama de luz me saca de esa situación. Cuando estaba
empujando y tratando de respirar, de repente sentí que lo estaba logrando. Podía
respirar. Podía abrir los ojos. Muy dentro de mí, me alcanzó una explosión de
una asombrosa intensidad y se convirtió en una brisa inesperada. ¡Lo logré, lo
logré! ¡Estoy viva! Y de repente surge un rayo de luz: ¡he nacido!
La alegría era poderosa, estaba riendo y sentía la sangre fluir rápidamente
por todo mi cuerpo. Cada parte de mí quería moverse, estirarse, brincar, expresar
la increíble dicha que estaba sintiendo. Se convirtió en un éxtasis, en el éxtasis
simplemente de estar viva. Ahí estaba en el cuarto oscuro riéndome sola y
reconociendo que nunca antes me había sentido así. Estar viva, era algo
fenomenal.
Me salieron unas cuantas lágrimas al percatarme de que eso nunca lo había
vivido. Siempre había vivido dolor, nunca alegría; pero ahora estaba ahí, y yo
quería más alegría. Me estaba comenzando una nueva adicción: hacia la vida.
Era fantástico, estaba exhausta y sin embargo quería brincar de arriba a abajo,
para sentir mi cuerpo moverse y bailar. ¡Por fin había nacido…! Los insigths
empezaban a burbujear, ¿se trataba de mi nacimiento? De la agonía de la muerte,
la que pasé para salir viva, y todo por mi propio esfuerzo y mi determinación de
no morir. La misma determinación me mantuvo viva a través de lo peor y me ha
mantenido en la búsqueda de algo que me salve. Ella me condujo a la terapia y
aquí de nuevo, sólo soy yo quien puede hacerlo y salvarme a mí misma. Ahora
sé que lo puedo lograr: ¡tengo que dejar el vientre de mi madre!, en el que estuve
prisionera ahogándome durante tanto tiempo. Tenía que salirme del control de su
cuerpo. Tenía que dejar mi casa, porque no podía permanecer bajo su control
permanente.
Estaba sometida a la rigidez de una educación católica burguesa. Tenía que
ser capaz de hacer lo que yo quisiera, porque si no, me hubiera muerto, como
murió lentamente la niña que yo era (a través de todos estos años de represión y
falta de amor). Pero ahora ya me tengo de nuevo, ¡y Alietta va a vivir otra vez!
Le pregunté a mi madre lo que había pasado en mi nacimiento. Al principio no
recordó, y después reconoció que tuvieron que darle drogas para que pudiera
relajarse, porque yo no podía salir de su vientre.
EL GRUPO

El hombre con un látigo está explicando la constante humillación que sufrió, por
parte de su padre. Siempre se está disculpando, sigue hablando y parece tener
dificultad para tocar sus sentimientos. Dice que él hizo un látigo y lo trajo
consigo y nos lo muestra. Bernardo llega y toma el látigo de una manera muy
amenazadora. Yo observo fascinada. Este lugar está lleno de lo inesperado. Raúl
mira a Bernardo con miedo, como si fuera un pequeñito aterrorizado. De
repente, Bernardo —que es muy grande— actúa como si fuera a pegarle a Raúl,
y en vez de tocarlo a él, le pega muy duro a la pared. Las cosas suceden muy
rápidamente, en el mismo segundo que ocurrió, Raúl está en el suelo
experimentando un primal y casi todos en el cuarto tienen la cara en la alfombra,
Raúl grita: “¡Por favor papi, por favor, no me pegues!”
Recuerdo mi muy seria tentativa de suicidarme y el dolor que mi ex marido
me estaba provocando. Conforme avanza el tiempo me regresa ese dolor, y lo he
sentido sin dudarlo ni un segundo. Cuando lo hice, realmente no era una decisión
racional, sino que una poderosa fuerza dentro de mí estaba en control,
haciéndome poner distancia entre él y yo. Renté un apartamento, lo tuve que
hacer pero, ¿por qué? Nunca comprendí de dónde vino ese poder para dejarlo,
pero era irresistible —como si mi vida dependiera de ello—. Tuve que poner una
distancia definitiva entre él, que era la fuente de mi dolor, y yo: si es que iba a
sobrevivir. Cuando estas palabras pasan por mi mente ahora las comprendo: su
actitud controladora volvía a despertar el sentimiento que ahora conozco: la
imposibilidad de dejar que me controlaran; nacimiento, dolor intolerable;
indefensión, muerte.
Todo lo que pude hacer fue escapar de la aparente fuente de rechazo y dolor.
Cuando me lamentaba de la separación, puse distancia entre mí misma y mi
dolor y tomé una sobredosis de píldoras. No hay nada dramático en ello, no le
dejé una nota a nadie, solamente quería dormir para siempre. La vida no valía la
pena vivirla, si ésa era la manera como yo tenía que sentirme. Recuerdo esos
días tan tristes. En mi tercer día de coma, me llevaron a toda velocidad en una
ambulancia por las calles de Roma. No recuerdo bien eso, pero desde entonces
no puedo escuchar una ambulancia sin que mis ojos se llenen de lágrimas, y
suavemente suspiro: “Me traté de matar porque tú no me amas”.
EN LA FIESTA DE HALLOWEEN

Alguien me dijo que Janov organiza cada año una fiesta de Halloween en la que
todos nosotros debemos vestirnos de una forma que exprese cómo nos sentimos,
o lo que queremos llegar a ser. Ésta es ciertamente la parte más pesada de mi
vida. Es como una película de Fellini, me siento como que estoy alucinando.
Cuando entro en el gran cuarto, me recibe en la puerta algo que odio: un
esqueleto; está hecho de papel, pero es como los que yo vi de niña y eso es
suficiente para matarme de miedo. Hay otro que está colgando del techo. John
está en la esquina, pero no supo cómo disfrazarse. Se envolvió en rollos de papel
plateado, se levanta y nos dice: “Yo era una máquina de hacer dinero, y ésta es la
imagen de mí”, y entonces empieza a sentir el no haber sido nada más que una
máquina, en lugar de ser amado por quien era. No tengo el menor deseo de sentir
esta noche. Estoy fascinada de ver a la humanidad como realmente es. No quiero
perderme ni un segundo de ella.
Hay alguien en un rincón con una cruz gigante; escucho que es un ex
sacerdote. Hay otro ministro que arranca páginas de la Biblia y las tira por todo
el cuarto. Lleva una ropa distinta de la usual y es una visión estremecedora y
poderosa. Hay en él un cierto realismo grotesco. Hay pacientes en pañales
chupando sus mamilas. Otro hombre gigante tiene un seguro en su pañal. Está
una chica muy linda vestida como un ángel con alas y plumas, extrae de su caja
unos pañuelos, pero con una fuerza nada angélica, con la idea de que siempre se
le obligó a ser un ángel, aunque eso no es lo que realmente quería… También
está una bailarina a la que forzaron a tomar lecciones desde muy temprano en su
vida, y baila con una gran cantidad de rabia y sentimiento.
Un hombre llegó cubierto con cadenas, está desnudo y es un verdadero
Prometeo, y yo me pregunto cómo se las arregló para amarrar sus manos y sus
pies… Hay un jugador de tenis con su raqueta y su visera, recordando que él ha
sido un travesti durante toda su vida adulta, y que siempre quiso que su madre le
mostrara algún sentimiento… Hay un tipo con un traje de marino junto a una
muchacha desnuda que siempre tuvo temor de mostrar su cuerpo; en tanto que…
otro hombre desnudo y con una erección está gritando: “No es sucio mami, sólo
¡soy yo!”
Otro señor estaba vestido de prisionero, arrastrando una pesada pelota de
plástico, y una mujer estaba sentada con una muñequita en sus brazos hablándole
como si fuera un bebé. Mientras tanto, el grupo empezó a desenvolverse como
solía hacerlo. No puedo esperar para ver cómo estará el grupo cuando Arturo
(Janov) se siente en su silla y comience la acción. Los sentimientos detrás de los
disfraces son muy obvios y revelan sus sentimientos a las personas. Hay una
mujer enfermera que cuidó a su padre toda su vida y se sentía enojada por
renunciar a su vida, pues no se casó nunca. Su rabia era increíble. Una muchacha
con un disfraz muy sexy nos mostraba lo seductora que era sexualmente, aunque
debajo de su ropa traía sus pañales: era un bebe queriendo amor y que la
abrazaran.
Janov dijo con voz suave, con la clase de voz que te hace querer brincar a sus
brazos y que te apapache todo el invierno, “Ella está bien. Todos ustedes pueden
reconocerse a sí mismos en ella, porque todos son unos huérfanos con padres.
Lloré tanto esta vez, pero deseaba parar porque no me quería perder nada del
show. Arturo le pregunto a Jorge por qué llevaba cadenas y él le contestó:
“Porque nunca pude expresar mi dolor, nunca pude expresarme, me sentía tan
atado por su incomprensión hacia mí y hacia mis necesidades”; y ¡de pronto, ya
estaba llorando y aullando! Después de que Jorge terminó de llorar, Art se
arrodilló y empezó a desatar sus cadenas. Éste fue un hermoso símbolo de
descubrimiento. Después estaba Rebeca, que llevaba el traje de ángel, y Arturo
le preguntó por qué lo llevaba, pero ella no quería contestar.
Cuando por fin empezó a hablar, todos escuchamos en perfecto silencio. Lo
que dice es tan directo que puedo sentir cómo todas sus palabras pasan por la
pantalla del dolor. Ella empieza a caminar por todo el lugar haciendo ruido como
el de una máquina descompuesta (es algo espantoso). Mi corazón se encoje al
escucharla. Finalmente llega a la herida, y al fin de su interminable monólogo:
“Siempre tuve que ser un ángel, tenía que estar bien supervisada y portarme tan
bien, que jamás pude sentir resentimiento o decir cualquier cosa fuera de lugar”;
entonces se arroja al piso llena de rabia, llorando y gritando: “Odio lo que me
hicieron, los odio, odio a todos”. Sus alas pareciera que aplauden y ella se está
retorciendo por todo el piso, en su explosión de odio.
Mientras está gritando, un hombre se pone en pie. Puedo decir que es un
hombre porque trae un vestido muy verde, lleva una peluca y se ve muy raro, no
lo reconozco. Su confesión es dolorosa. Es un homosexual, y para él llevar un
vestido fue muy difícil, dice que se masturbó dos veces en el baño del Instituto,
antes de llegar al grupo. Estaba muy asustado porque sabía que tenía que decir
todo esto. Y cuando se asusta se masturba. Procede a desvestirse enfrente de
nosotros y lo miro con fascinación, lo que estaba tratando de hacer era
transformarse de mujer a hombre, y estaba llamando a su mami con una voz de
bebé.
Había una dama en un rincón que permanecía como la niña indefensa que
había sido toda su vida, llevaba un vestido de bebé. Era la única manera con la
que podía hacer que alguien se hiciera cargo de ella —primero su madre y
después su marido—. Había otro hombre desnudo que perdió el seguro de sus
pañales.
Otro llevaba una computadora y dijo que toda su vida había sido una
máquina funcionando mecánicamente muy bien, pero sin ningún sentimiento. La
bailarina está danzando con una libertad que no ha conocido antes, porque
siempre estaba rígida y aterrorizada, en verdad es graciosa. Pero de pronto les
grita a sus padres: “Vean mi horroroso cuerpo. Siempre he tratado de esconderlo,
me odio mucho, ¡mírenme ahora porque eso es lo que soy! Si no les gusta, pues
ni modo. ¡Yo soy lo que soy!” y sonríe y sonríe… Todos parecen recordarme a
Marat-Sade. Esto crece más allá de la imaginación. Esta noche la guardaré en mi
memoria para siempre.
SÁBADO 1 DE NOVIEMBRE: ÚLTIMO DÍA DE LAS TRES SEMANAS

Mi nueva vida primal está agradablemente organizada. Ahora que el tiempo en el


hotel se ha terminado, iré a compartirlo con Arlene, mi amiga. Parece que
tenemos que quedarnos en Los Ángeles un poco más de lo que yo creía. ¡Y yo
que pensaba que la terapia iba a durar solamente tres semanas! Mis primales son
muy fuertes, hay veces que estoy muy enojada, o que siento que voy a volverme
loca, como la noche pasada. Hay sentimientos muy pesados y muy plenos que se
pueden medir con el llanto. A veces me siento avasallada y, de repente, puff se
fue. Me gusta cuando se desenvuelve de esa manera. Estoy abriéndome más y
más. El lodo está brotando fuera de mí y me siento más limpia por dentro.
La noche anterior, en el grupo, tuve el terrible sentimiento de que había sido
burlada, pensaba: “No me maten, por favor, me están matando, deténganse”. A
veces estoy profundamente adolorida y me siento incapaz de cambiar, me
aplastan los sentimientos anteriores. Siento que mi vida, cada minuto de ella, ha
sido una pesadilla. Lo siento desde el primer momento, como nunca antes. Es
irónico que mi vida se haya visto agradable desde el exterior.
Anoché sentí tristeza por mi vida y otra vez tuve la sensación de que papá
siempre me hizo sentir pequeña, como si fuera nada, de hecho, yo no existía, y
como que cada día yo me negaba a mí misma. Yo no era nada, porque así es
como me trataron. Eso explica porqué últimamente me he vuelto más y más
insegura. No puedo creer que cualquier persona me ame porque, en el fondo, me
siento muy pequeña, rechazada, mala y nada interesante, indigna de amor.
LUNES 3 DE NOVIEMBRE

Veo los ojos de papá y me asustan profundamente. Ahorita siento mi miedo de


forma muy clara, en verdad me asusta mucho. ¿Puede esto influir en mi actitud
hacia los hombres? Siempre he fingido ser muy fría, pero en realidad
literalmente les tenía mucho miedo. Ahora estoy reflexionando en el desastre de
mi vida. Cada insight me muestra mi enfermedad y lo profunda que es. Ni
siquiera tuve la libertad de sentirme yo misma, ¿acaso estoy totalmente
programada por el dolor…? ¡Qué pensamiento tan devastador! Una cosa es
segura: ¡he perdido treinta años de mi vida! Después de sentir la terrible realidad
de mi vida, descanso y reflexiono: en estas tres semanas ha cambiado mi vida
por muchas razones. La más obvia, es que ahora tengo el proceso primal. Me
sucedió a mí y esto es un gran alivio; sin embargo, el miedo de que esto no dure,
ahora que ya soy dueña de mi vida, me molesta tenazmente. Más tarde
descubriré, a través de los primales de nacimiento, “que hay un gran sentimiento
para mí, que pertenece más al pasado que al presente”. Justo ahora estoy
consciente de todo lo que ha pasado.
Estoy eufórica porque mi habilidad para sentir dolor significa esperanza. He
visto cómo funciona, lo he reconocido y soy yo misma lo que surge de él, y se
siente muy bien. Es como si todas esas pequeñas piezas de mi pasado, de mis
sentimientos, de mis recuerdos, necesitaran estar en mi conciencia para volverme
completa. Me gusta rasgar y tirar lejos de mí, poco a poco, todas las piezas de mí
misma, luego de sacarlas de su total oscuridad, donde estuvieron durante tanto
tiempo. Lo extravagante es reconocer cómo estaban todas las piezas ahí, en la
agonía del dolor, esperándome para que las redescubriera.
Qué poderoso y qué desgastante es el dolor, no tenía idea de todo esto y no
creo que cualquier persona que no lo haya sentido, pueda tener una idea de lo
que es. Ese poder tiene que realizar una gran fuerza cuando está reprimido. A mí
me parece que cada pedacito de lo que soy, vuelve en estos recuerdos, en esas
necesidades poderosas y en la inmensidad del dolor. Es peor de lo que pensaba…
y también es mejor. Ahora puedo darme cuenta de la inmensidad del desastre
que fue mi vida, pero tengo esperanza. Un día estaré viva de nuevo, eso lo tengo
perfectamente claro. Estas tres semanas han sido las más fascinantes de mi vida,
así que tengo que seguir con el resto del viaje. ¡Qué tan profundo, qué tan largo
y cuán lejos tengo que ir!
CINCO AÑOS DESPUÉS

Han pasado cinco años de una inesperada agonía y de una gran alegría. Es el
tiempo de mirar hacia atrás; supongo que el principal acontecimiento en mi
terapia y en mi vida es mi nacimiento. Y eso, por supuesto, es toda una sorpresa.
Es absolutamente asombroso que este suceso tan remoto sea la raíz de todo lo
que hago y lo que soy. Es el pivote de las principales tendencias básicas de mi
personalidad. El escenario que ya conozco de corazón, se desenvolvió en un
verdadero lío. Un día de noviembre, durante la guerra, mi mamá estaba pariendo,
todavía no estaba lista para abrirse toda, y yo ya estaba lista para nacer.
Cuando lo supe más tarde, se trataba de la señal de un verdadero nacimiento
—la da el bebé cuando ya está listo para nacer—. Así que yo tuve que hacerlo,
aunque mi madre no estaba lista. Algo en su cuerpo estaba luchando contra el
proceso natural. ¿No quería tener ese bebé? Cualquiera que haya sido la razón,
afectó toda mi vida. Cuando se dio la señal de nacimiento y todos mis
movimientos estaban enfocados a esa meta, empecé a bajar por el canal y todo
estaba bien.
Debía salir pero no pude, y empecé a sofocarme durante mucho tiempo.
Quizás realmente sólo duró muy poco, pero en mis primales se siente como la
eternidad. Así que me estaba ahogando y me moría de forma lenta, hasta el
límite. En un último intento por sobrevivir, mi cuerpo trató desesperadamente de
salir, de tomar algún aire y hacer desaparecer ese intolerable sentimiento de
ahogo. Mi instinto de supervivencia tomó la forma de una rabia gigante que me
hizo empujar con toda mi energía, en un esfuerzo desesperado para nacer… De
nuevo me sentía vencida y caí en un estado fatal de asfixia… De nuevo la rabia
para lograr salir y… otra vez, la impotencia. Por fin nací ya modificada por la
experiencia, nací con una enorme marca morada en la frente, con rabia y,
obviamente, furiosa. La partera le advirtió a mi madre de todos los “buenos”
momentos que nos esperaban. Ella nunca había visto una bebé tan enojada y
tenía razón, no me podrían decir nada; mi total desconfianza de mi medio
ambiente me hizo rechazar todas las órdenes, todos los límites. Todo el tiempo
mi necesidad de libertad era la fuerza principal detrás de mis actos, eso creaba
molestia en mis padres, profesores y generalmente en cualquier persona que
intentara doblegarme. No podía soportar ninguna interferencia contra mi
voluntad porque para mí significaba la muerte.
Cuando dejé a mi marido, una fuerza muy poderosa me obligaba a poner
distancia entre él y yo (era el poder del nacimiento). Él me estaba encerrando en
su conjunto de normas y yo no lo podía soportar. Tuve que dejarlo. No tenía ni
idea de lo que era esa fuerza que me impulsaba a dejarlo, pero lo hice. La otra
cara de los hechos era que nada me podía detener. Ante cualquier obstáculo,
tenía que vencerlo. Nunca me sentí atorada o incapaz, y si lo llegaba a sentir,
literalmente me parecía que me estaba volviendo loca. El recuerdo de la muerte
cercana empezaba a surgir de nuevo y tenía que superarlo. Para evitar esos
sentimientos recurrí a todo mi poder en todo lo que hice y, por tanto, tuve éxito.
Por la imposibilidad de comprometerme, me mantuve en la soledad en la que
vivía y evité cualquier tipo de dependencia, porque justamente en mi nacimiento,
mi madre significaba el peligro de muerte. La necesidad de libertad era otro
aspecto de lo siguiente: nunca iba a estar de nuevo bajo el poder de nadie, jamás
estaría otra vez a merced de alguien, de manera que siempre sería mi propia
autoridad, plenamente responsable de mí misma. Si no era así, de inmediato
ascendía el sentimiento de la muerte cercana, y ésta se transmitía presentándose
en la forma de unas migrañas increíblemente poderosas.
Cada vez que un obstáculo se me presentaba, surgía la migraña. La sufrí
durante veinte años y no tenía idea de dónde venía. Ahora puedo librarme de ella
al percatarme del sentimiento de, que al nacer, estaba atorada sin oxígeno y
muriéndome. Después de cada uno de estos sentimientos tan difíciles de revivir,
ahora puedo sentir cómo retrocede y desaparece mi migraña, porque ahora sé de
dónde viene y qué hacer con ella.
El sentimiento de soledad dentro del útero era otro de los poderosos impulsos
detrás de mi comportamiento. Mi madre no me estaba ayudando a nacer y de
esto aprendí que nunca habría alguien, cuando yo lo necesitara. Que tenía que
contar solamente conmigo misma y no podía esperar ninguna ayuda de cualquier
persona. Esto también reforzó la soledad en mi vida. Nunca pude compartir mis
problemas con nadie, ni mostrarme vulnerable, o pedir cualquier cosa.
Mi madre no quería que naciera y eso me hizo sentirme totalmente no
deseada. Ese sentimiento se reforzó más tarde, en todo aquel tiempo de mi
juventud en el que mis padres no me quisieron cerca de ellos, ni disfrutaron mi
compañía ¡Por el simple hecho de que yo estaba viva! Me hicieron sentir que mi
existencia era un error y que todo habría estado mucho mejor si yo no hubiera
nacido. Así, sintiéndome no amada, yo pensé que era mi culpa ¿Por qué no me
amaban? ¿Qué es lo que no estaba bien en mí? Inconscientemente me odiaba a
mí misma por no ser amada. Yo era un monstruo, si no era así, ¿por qué tanto
rechazo y violencia hacia mí? ¿Por qué un trato tan inhumano? Yo era menos
que un perro. No me podía amar a mí misma, puesto que era mala, e incluso
logré desconfiar de cualquier persona que me amara.
El no haber sido amada por mis padres me daba la seguridad de que nunca
sería amada por alguien más. No lo podía aceptar y esto me hizo también
incapaz de dar amor y, sin embargo, lo único que quería en mi vida era ser
amada y amar. ¡Qué ironía tan triste!
La otra fuerza poderosa en mi vida, sobre la que no tenía control, era la
necesidad de escapar todo el tiempo, especialmente cuando algo estaba mal.
Estas tendencias básicas, por supuesto, no eran conscientes, formaban parte de
mi personalidad. Fui una niña difícil, independiente, fuerte y solitaria. No podía
ser moldeada en aquello que ellos querían que yo fuera. El resto de mi infancia
solamente reforzó esas tendencias básicas, entre ellas, la falta total de interés y
de amor por parte de mis padres. No me hablaban, y cuando mi papá me
hablaba, lo hacía durante horas, puesto que realmente estaba hablando consigo
mismo. Nunca pusieron atención a mis dolores o a mis necesidades y yo los
mantuve a distancia, huí de ellos, tenía que hacerlo, y cuando las cosas iban mal,
yo me retiraba, no me comunicaba con ellos, me lo guardaba todo y nunca les
pedí nada.
Lo único que esperaba, tan pronto como pudiera lograrlo, era separarme de
mi familia: ellos también estaban muy contentos de deshacerse de mí. Cuando
tenía quince años tuve que salir de casa y tomar mi vida en mis manos. No
existía ningún poder sobre mí, y estaba dispuesta a asegurarme de así continuaría
siempre. Cuando un amor quería ejercer su poder sobre mí, yo ya tenía mis
maletas hechas. Al final, mi tolerancia en ese sentido se hizo más y más débil.
Estaba empacando mis maletas todo el tiempo y girando por el planeta. La
última vez que hice mis maletas, fue para venir a la terapia.
La otra consecuencia lejana de mi nacimiento han sido mis tentativas de
suicidio, cuando pensé retirarme de una situación en la que ya no podía dominar
el dolor, puse distancia entre mí y mi dolor: trate de suicidarme. El recuerdo del
nacimiento me enseñó que después de la agonía, la sofocación y la cercanía de la
muerte, ésta representaba el fin del sufrimiento en que yo estaba. Esta ecuación
se sostuvo en mi sistema. Siempre que me encontraba desesperanzada, y cuando
el dolor era insoportable, cuando ya no estaba al mando de mi realidad, el
camino más obvio era el suicidio. Realmente, el redespertar del dolor era el que
me estaba empujando en esta dirección, y pensé que la última solución estaba
ligada a la experiencia del nacimiento. Mi vida entera estaba dirigida por esa
necesidad, y no sólo no tenía idea de todo eso, sino que era totalmente impotente
para hacer algo al respecto.
QUINCE AÑOS DESPUÉS

Durante el mucho tiempo que he permanecido quieta y asombrada por el poder


del primal, los insigths se han hecho más profundos y más completos. Todavía,
de vez en cuando, viene a mi memoria un primal. Finalmente el dolor ha
desaparecido y ya no tengo que sentir tan a menudo esas experiencias Sólo
cuando la vida me trae algún viejo dolor que no ha terminado, tengo que
experimentarlo; pero ahora es muy raro que suceda. Los sentimientos siempre
traen claridad y sencillez, y ahora puedo manejarme con la realidad que
actualmente vivo.
Mi vida está en orden. Ya no soy “el hijo” de papá ni la mujer de negocios
obsesionada. Ya no persigo el éxito, sino solamente la plenitud de mi yo real. Mi
yo real ahora está al mando, y mi vida es más simple. Por fin encontré amor y
soy capaz de amar y ser amada. Ahora soy una artista, eso es lo que debí ser
desde el principio, porque me da una gran satisfacción y paz. Esta soy la yo real.
Ya duermo bien, como mejor, no bebo, ya no soy adicta a ninguna droga y me
siento más saludable. Solía tener infecciones y hemorragias, algo estaba mal en
mí. Mi vista se estaba deteriorando. Después de dos semanas de terapia perdí
mis anteojos, y viví durante dos semanas sin darme cuenta de que los necesitaba.
Ahora que han pasado años y me ha alcanzado la edad mayor, soy mucho
más suave, fácil de tratar y más abierta y cálida. Hasta voy a fiestas, aunque no
me gusten mucho Ésta ya no es la experiencia desagradable que era antes,
cuando me sentía obligada a asistir a las fiestas. Ahora me es más fácil estar con
la gente, ya no huyo ni hago mis maletas. En lugar de eso permanezco
consciente de mis sentimientos. Me gusta escuchar música y cultivar flores.
Disfruto una mayor estabilidad y no me paso la vida en los aviones. Mi vida
sexual es normal, durante años tenía que tener primales de nacimiento para
poder experimentar un orgasmo, porque mi cuerpo estaba cerrado para ellos
debido al dolor en el nacimiento, dolor que siempre se anticipaba al placer.
Ahora me veo más relajada porque gran parte de la tensión que tenía me ha
abandonado para mi bien. Mis sueños ya no son simbólicos; sí, alguna vez son
dolorosos, pero lo que tengo que hacer es regresar al sentimiento y enfrentarlo.
Siento que recibí lo que esperaba del primal y mucho más. Ahora sé quién soy, y
lo que soy, y ya no soy un misterio para mí misma. De hecho, ya no estoy segura
de tener un inconsciente, porque hay tantos recuerdos en la superficie, que han
permanecido conscientes, lo que es un gran alivio. Mi vida está en orden, todos
estos años de dolor han valido la pena y finalmente soy feliz.
VI. ¿Cómo se imprime la experiencia
temprana?

Existe una categoría especial de recuerdos a los que llamo “impresos” o huellas.
(El término ha sido empleado por estudiantes del comportamiento animal, con
un significado diferente, en contextos distintos.) Aquí es únicamente descriptivo
de cómo se imprime el dolor en el sistema nervioso.
¿QUÉ SON LOS “IMPRESOS”?

Empleo el término impresos (huellas de memoria) para nombrar a los recuerdos


reprimidos que encuentran su camino hacia el sistema biológico, produciendo
funciones distorsionadas que pueden ser orgánicas y psicológicas. La formación
de las huellas tiene lugar desde la infancia temprana y disminuye notablemente
alrededor de los diez años, edad en la que se requiere mucha más fuerza para
grabar la huella de un drama insoportable.
Existen dos maneras en las que las huellas se ubican en su sitio. Una es a
través de la experiencia de un solo drama insoportable. La otra, es tomando en
cuenta una serie de circunstancias durante las cuales ciertas necesidades
permanecen crónicamente insatisfechas. Por ejemplo: sentir que “nadie me
quiere” se puede originar en un hecho traumático específico: ser internado en
una escuela en una edad muy temprana; o puede surgir de una serie de
acontecimientos menores que con el tiempo van produciendo un impacto
creciente.
Después de haber vivido un fuerte rechazo, en el niño empieza a surgir la
idea de que nadie lo quiere, y digo “empieza” porque anteriormente la luz de esa
percatación estaba reprimida y ahora comienza a desplegarse en la vida
subterránea. En el adulto se aprecia cuando está tratando de que todos lo quieran
(hasta la mesera que le sirve el café). Cada sentimiento enterrado en la superficie
encuentra una contraparte: el acting-out (o representación) que tiene lugar
cuando las conexiones se cortan y se redirigen de tal manera que esa
representación parece evidente.
Un padre que en verdad siente que su niño interfiere continuamente en su
camino, lo tratará como si no lo quisiera y, tarde o temprano, la huella se
convertirá en “Nadie me quiere”. La fisiología ha cambiado y la personalidad
refleja ese cambio que no se produjo por un hecho traumático específico, sino
por un sentimiento estremecedor que extiende su influencia sobre cientos de
acontecimientos. Las enfermedades que padecemos más tarde en la vida —las
psicológicas y algunas biológicas— son el resultado de partículas congeladas de
esa historia. Los sentimientos de soledad, de devaluación (“Si ella o él no me
quieren, es porque no valgo nada), de desesperación y la pérdida de la esperanza,
se convierten en enfermedades. Los recuerdos y sentimientos tempranos se
seguirán acumulando en el sistema mientras éste permanezca reprimido,
bloqueado e inconsciente.
Los cambios en la bioquímica y la neurología de una persona se mantienen
como recuerdos, y es así como el recuerdo imprime su huella, convirtiéndose en
un peligro, en un elemento extraño que debe tomarse en consideración. De ahí
en adelante, el sistema ya no puede ser el mismo, sino que vivirá tratando de
regresar a su estado normal (tema que expongo en detalle más adelante). La
intrusión externa —las expresiones de rabia de un padre o, por ejemplo, ser
enviado a un hogar sustituto— hace que el niño se sienta temeroso e inseguro. El
niño no puede ser él mismo, y su sistema adquiere un modo defensivo.
Hay descargas en el cerebro que forman patrones de ondas, flujos de
hormonas, potencial muscular y cambios en el cerebro que están destinados a
acomodar el dolor, sobre todo en los sitios receptores que ya lo han ido
acumulando, de forma que el dolor pueda añejarse hasta que pueda llegar a la
conciencia, inundándola. El sistema puede compensar esa intrusión sólo antes de
que un órgano vulnerable se rinda y produzca enfermedad. Cualquier terapia
posterior aplicada a la enfermedad que eventualmente se presente, tiene que
“regresar” al sistema y a su condición normal. Cuando un padre trata de que su
hijo cambie, es equivalente a una “muerte”, porque la verdadera persona que era,
dejará de existir. El siguiente ejemplo nos aclarara lo anterior.
EL IMPACTO DE UNA HUELLA EN EL SISTEMA INMUNOLÓGICO

Hace unos años una paciente mía se estaba preparando para viajar a la India.
Con la finalidad de fortalecer sus reacciones inmunes se le recomendó vacunarse
contra el tétanos, el cólera, la tifoidea y la polio. Recibió todas las vacunas al
mismo tiempo y en una hora todo su cuerpo ya estaba sufriendo: tenía fiebre
muy alta, convulsiones agonizantes y vomitaba continuamente. Dos días más
tarde, tenía una comezón muy aguda en la vagina que se le diagnosticó como
herpes: en efecto, era uno de los peores casos que el doctor había visto. Algunos
años antes, ella había notado una ligera irritación vaginal que también le
diagnosticaron como un ligero herpes, pero no había estado sexualmente activa
desde hacía nueve meses.
Dos semanas más tarde, desarrolló una fiebre que duró cerca de un mes.
Después de seis semanas de sufrir esa fiebre, comenzó a revivir una situación
traumática cercana a la muerte, la cual le sucedió a una edad muy temprana. La
fiebre provocada por las vacunas desencadenó la huella de memoria de un hecho
traumático padecido en el pasado. La combinación de las vacunas con la huella
de su recuerdo fue avasalladora. Cuando terminó de revivir el trauma temprano y
el trauma de la vacunación, la fiebre terminó y estaba en camino de recuperarse.
En esta experiencia de mi paciente hay una gran cantidad de información
encapsulada acerca de la huella y la naturaleza de la enfermedad. En esa
situación, se le pidió demasiado al suponer que su organismo reaccionaría e
integraría las vacunas para las tres enfermedades a su sistema inmunológico.
Además, las inyecciones movilizaron la huella de un recuerdo cercano a la
muerte, el cual se mezcló con el choque presente y resultó sobrecogedor. El virus
del herpes, que antes se mantuvo a raya, ahora se había “liberado” para
manifestarse abiertamente.
Aunque éste es un ejemplo de enfermedad física, en el ámbito de la
enfermedad mental pasa lo mismo ante una carga de experiencias negativas: La
pérdida de un trabajo, del matrimonio, de un compañero, etc., se pueden
combinar con la huella temprana de la pérdida de un padre, la cual puede
inundar el sistema y resultar en una neurosis o psicosis. La carga del estrés actual
sacude literalmente la antena de las células nerviosas, despertando ciertos
sentimientos y recuerdos específicos. Por eso el neurótico reacciona en el
presente, como si estuviera en el pasado.
Por ejemplo, las vacunas son algunas de las vías que pueden sobrecargar al
sistema inmunológico. Una mujer que pierde a su esposo y que también tiene un
sistema inmunológico débil, tiene alrededor de cinco posibilidades más de
desarrollar un cáncer. Un mono al que los cazadores le han matado a su madre,
de pronto se enferma y muere por razones inexplicables.
LAS HUELLAS COMO MEMORIAS DEL TRAUMA

Cuando un trauma es más fuerte de lo que el sistema puede aceptar e


integrar, se torna en una carga que entra en el citado sistema. Cuando algo es
muy doloroso, se convierte en trauma para que el sistema lo pueda absorber. Es
posible que una sola experiencia no sea traumática, pero si se combina con otras,
produce un sentimiento traumático. Los traumas permanecen como recuerdos
dolorosos de una clase especial, y sólo se podrán recuperar y revivir hasta que
seamos suficientemente mayores para soportar el golpe de aquel drama total que
sucedió en la infancia temprana, sólo entonces podremos sentir su impacto e
iniciar su integración.
Los traumas están impresos en el sistema con la misma fuerza de lo que
sucedió originalmente. Tan pronto como un estímulo traumático se graba en el
cuerpo, se divide en dos partes: una puede sentirse de inmediato como dolor y
malestar, y la otra permanecerá insensible, bloqueada y almacenada como
sufrimiento. El trauma crea una división del yo, o self, colocando una barrera
entre el yo real y el yo irreal, o yo insensible. La parte que registró el hecho
traumático queda grabada, pero no puede sentirse aunque esté guardada en el
banco de la memoria, convirtiéndose en una fuente de energía continua y
reverberante en el cerebro y en el resto del cuerpo. Las huellas basadas en el
trauma contienen el recuerdo de lo sucedido, así como el registro codificado de
los sentimientos asociados con ello.
La manera como se imprimen las funciones del trauma se puede inferir de la
investigación conducida por Wilder Penfield en la cirugía con epilépticos. Con el
paciente despierto, Penfield estimulaba con un electrodo ciertas células del
lóbulo temporal. Descubrió que los pacientes podían revivir ciertos hechos del
pasado, y que estaban conscientes de ello en la escena de la operación, de modo
que estaban funcionando al mismo tiempo en dos niveles de conciencia, pues
había un enfoque simultáneo hacia el pasado y hacia el presente. Cuando
Penfield remplazó el electrodo el recuerdo se detuvo, y cuando volvió a
colocarlo, el recuerdo comenzó de nuevo. El paciente podía oler los olores, ver
las imágenes y escuchar los sonidos exactamente como cuando “estaba ahí”.
Los recuerdos habían permanecido y podían recuperarse como experiencias
vivientes, con toda claridad, de modo que al conectar un electrodo al mecanismo
de escaneo de un cerebro —que regresaba la memoria de largo plazo—, en ese
momento permitía al paciente “revivir la experiencia”. Por supuesto no era
cuestión de que hablara sobre un recuerdo, sino de que lo estaba viviendo con
toda claridad. Este importante experimento demuestra que nuestra mente puede
contener recuerdos y asociaciones detalladas, sin que sea capaz de tener acceso a
ellas en un estado consciente: esos recuerdos son las huellas dejadas por un
trauma impreso. Esto significa que ciertas redes nerviosas se “canalizan” de tal
modo, que interactúan más prontamente una con otra, y de ahí en adelante los
mensajes viajarán por esas vías nerviosas con mayor facilidad.
La niña que aprende a tener miedo de su padre y después teme a los hombres
en general, reaccionará a las situaciones presentes con base en la huella de su
recuerdo. El miedo a los hombres (ahora convertido en huella) se ha conectado,
lo que asegura que la próxima vez que ella esté con un hombre adulto, estará tan
temerosa como siempre lo ha estado.
LAS HUELLAS Y LOS CENTROS EMOCIONALES DE LA MENTE

El sistema límbico se localiza a lo largo de las orillas de la parte baja del


neocórtex. Es una unidad funcional del cerebro hecha con porciones del tálamo,
hipotálamo, de la formación hipocampal, la amígdala, el núcleo caudado y el
mesencéfalo, todas asociadas de una sola manera por rutas de fibras que son
estructuras que controlan varios comportamientos, incluyendo la expresión
emocional, la actividad de los ataques y el almacenaje de los recuerdos, así como
su evocación.
Una de las estructuras clave en el sistema límbico es el hipocampo, que a
menudo se considera como la “compuerta de los recuerdos” y, por tanto, la
“compuerta hacia el inconsciente”. Después de que ha ocurrido un
acontecimiento, el hipocampo desempeña un papel muy importante en la
organización de los recuerdos. El tálamo, que está arriba de él, es responsable de
que la huella se convierta a largo plazo en un recuerdo permanente. Cuando, por
ejemplo, una persona sufre de amnesia, a veces se da el caso de que la orden de
imprimir la huella nunca se dé porque algo interfirió con el funcionamiento del
tálamo.
Ese procesamiento de las huellas se puede expresar de la siguiente manera:
1. Vemos o sentimos algo, percibimos un estímulo, y el hipocampo recibe la
información.
2. El hipocampo la comunica al tálamo para que imprima la huella o la escena
original.
3. En cuanto este proceso ha tenido lugar, durante unas pocas horas de demora
y mientras tienen lugar los cambios bioquímicos para convertir el recuerdo
en algo acontecido a largo plazo, nada podrá borrar ese recuerdo,
permanecerá por el resto de la vida.
4. Cuando el recuerdo es traumático, el mensaje de esa emoción se redirige a
otro lugar en el sistema límbico, incluyendo el tálamo y la amígdala. Ellas
manejan parte del componente del sufrimiento en la huella.
Cuando alguna de estas estructuras se lesiona o sufre interrupciones, el
tálamo puede redirigir la información dolorosa hacia afuera del sistema límbico,
hacia el neocórtex, o cerebro pensante. Pero el neocórtex, aunque sí recuerda y
evoca con gran detalle, no sufre, pues es necesario un estímulo o un disparador
para activar y liberar su componente del sufrimiento, desde el sistema límbico
hasta la conciencia cortical. De otra manera el recuerdo permanecerá sin tener
sustancia emocional y literalmente será descorporeizado.
La importancia de la relación entre el sistema límbico y el córtex, o cerebro
pensante, radica en que hace posible que cada uno comprenda su
comportamiento, solamente en el nivel cortical, para recordar de manera puntual
detalles de la propia infancia, aunque mientras tanto estemos apartados de los
sentimientos que constituyen los fragmentos de ese recuerdo. La memoria
cortical puede ser detallada y compleja, y al mismo tiempo permanecer separada
del factor de sufrimiento. El sufrimiento del que hablo está más allá de la
descripción y no tiene nada que ver con suspiros o lágrimas. Por eso está
desconectado.
Sin una reconexión del pensamiento o de la memoria emocional, el
componente de sufrimiento o dolor asociado con el recuerdo permanece como
energía circulante, aunque bloqueada. Hemos encontrado un método terapéutico
para encontrar ese componente de sufrimiento que, en pequeñas dosis, puede
integrarse exitosamente en la personalidad hasta que en el inconsciente queda
relativamente muy poco de ella; porque el inconsciente está hecho precisamente
de dolor no integrado.
El sistema límbico y su bodega de emociones son los que dan forma a
nuestras percepciones y a nuestras proyecciones acerca de cómo vemos la
realidad. La amígdala está cargada de endorfinas y no sólo funciona como
almacén del dolor, sino también ayuda a la función de bloqueo, de modo que el
lugar donde están organizadas las emociones es, al mismo tiempo, el lugar donde
se las suprime. Cuando las emociones muy dolorosas salen del sistema límbico,
en dirección al córtex y a la conciencia, los opiáceos —como la morfina—
bloquean su ruta. Cuando están en la conciencia cortical, ese hecho significa
dolor, y al mismo tiempo, resolución del dolor (siempre que éste pueda ser
integrado). Cuando uno se dirige hacia abajo del área del procesamiento cortical,
en dirección al sistema límbico, encontramos concentraciones más altas de
opiáceos. Así que, cuando estamos frente a sentimientos estremecedores,
organizados previamente en el hipotálamo, las estructuras como la amígdala son
capaces de producir las endorfinas necesarias para bloquear el camino de esos
sentimientos hacia la conciencia.
La amígdala recibe fibras del córtex, pero también manda fibras que se
proyectan hacia la superficie en el córtex. Los sentimientos que ascienden son
bloqueados por los opiáceos internos, pero continúan enviando su energía hacia
arriba y hacia afuera. Están tratando constantemente de escapar del almacén
emocional y se conectan con su propia sede en la conciencia. Es así como los
sentimientos surgen en la conciencia para resolverse, mientras que las puertas de
bloqueo lo evitan. Desde ese momento en adelante cambiará la forma como nos
vemos a nosotros mismos y al mundo.
En cuanto hay una carga de dolor inconsciente, ningún acto consciente de
voluntad puede convertirnos en reales o directos. Las compuertas no escuchan
los ruegos, unas veces son clementes y otras, inclementes. El hecho de que haya
una red de fibras en dos direcciones, entre el sistema límbico y el córtex,
significa que la información llega de afuera y de inmediato es controlada por una
información prepotente que se envía desde el interior. Por eso no nos percibimos
de forma adecuada ni vemos el mundo externo como realmente es.
La huella de la memoria no es una “cosa”, no se puede localizar en un lugar
específico del cerebro. Más bien, la huella se extiende como una energía por
todo el sistema. La memoria puede sostenerse mediante cambios en la química
de las neuronas gracias a ciertos patrones de electricidad en forma de ondas,
también por cambios en las células de la sangre, e incluso en el contenido de
nuestra saliva. Con toda seguridad podemos decir que los recuerdos están en
cada una de las células de nuestro cuerpo.
HUELLAS, DOLOR, Y SENTIMIENTO

El hecho de que las necesidades y los sentimientos estén bloqueados en el


camino a la conciencia, nos permite actuar simbólicamente nuestros sentimientos
con pensamientos derivados de nuestros sentimientos, pero sin conexión directa,
de modo que actuamos indirectamente. Por ejemplo, en lugar de sentir la
desesperanza de nunca haber sido amados, nos esforzamos duro y de manera
inteligente con el fin de sentirnos amados, porque el sentimiento de desesperanza
generalmente está almacenado y llega al córtex en la forma de esperanza (que es
su contraparte dialéctica). En el camino, la desesperanza se ha transformado en
su opuesto.
En algún lugar, a lo largo del viaje hacia los logros externos, la realidad se ha
convertido en irrealidad. La represión dispone de una estrategia para
mantenernos fuera de la realidad en ciertos momentos de nuestra vida. La
neurosis llega cuando somos más irreales que reales, cuando somos más
inconscientes que conscientes. Claramente, hay niveles de neurosis que
dependen de qué tan inconscientes estamos. La neurosis representa un cambio
verdadero en la psicofisiología, derivado de una experiencia temprana. Una vez
que la persona se instala en la irrealidad, puede convertirse en una verdadera
creyente, encontrando esperanza en los más increíbles lugares y, dado que
nuestra esperanza tiene que encontrar un lugar, descubrimos dietas especiales,
vitaminas y cualquier alternativa en la que podamos creer, al considerarla básica
y al depositar en ella nuestra confianza. Solamente cuando todos los caminos
hacia la esperanza desaparecen, podemos volver a entrar en contacto con la
huella interna de la desesperanza porque, para el neurótico, ser irreal significa
supervivencia; debe tener esperanza, sin importar lo irreal que ésta pueda ser.
Bastará con que la desesperanza repose profundamente en el nivel bajo para
que vuelva a brotar de forma continua. Esa desesperanza es la que da forma a la
manera como uno ve el mundo, con pesimismo o con optimismo (aunque puedan
considerarnos unos optimistas perpetuos). La otra alternativa sería sumergirse en
las profundidades del pesimismo y la desesperación. El optimismo, aunque sea
un rasgo saludable, puede ser únicamente un buen mecanismo de defensa. La
persona puede ver la improductividad de cierto programa, proyecto o esfuerzo,
pero se inclina a ignorar la realidad: la original.
LA ILUSTRACIÓN DE LA HUELLA

A propósito de la huella, a la que hemos considerado como una fuerza que atrae
los recuerdos que permanecen, lo que sigue es un informe de una paciente que
tenía un dolor constante en la espalda. Me comentó que ya tenía suficiente con
haberla hecho llorar durante tres semanas de terapia primal. Físicamente había
dos lugares que le dolían todo el tiempo. Uno era una pequeña parte en su
hombro izquierdo, y el otro era una línea de dolor que comenzaba en lo alto del
hombro derecho y de ahí continuaba a todo lo largo de la espalda. El que sigue
es el relato en sus propias palabras: surge de una serie de hechos menores que
con el tiempo, producen un creciente impacto.

Allice

En una sesión en particular, empecé a llorar ante un fuerte dolor físico. Cuando
por fin me senté, noté una mano que me agarraba en el sitio exacto en donde me
dolía mi hombro izquierdo. Tuve el sentimiento muy claro de que alguien me
había agarrado en ese sitio, y entonces reviví una escena en la cual mi padre y mi
madre estaban peleando, y de inmediato surgieron los sentimientos. Eso sucedió
el último día que mi padre estuvo presente en mi vida. Estaba muy asustada y me
abrazaba de las rodillas de mi madre. De repente, sentí que una mano me
agarraba por la espalda y literalmente me azotó hacia atrás, estrellándome la
espalda contra el poste de la cama. Después de eso, escuché que mi padre se iba
del cuarto y bajaba las escaleras. Luego se alejó y se fue de la casa para siempre.
Antes de que comenzara el sentimiento, yo no tenía idea de lo que había
pasado cuando mis padres se divorciaron. El recuerdo era muy traumático, a
causa del significado de ese día. Nunca volví a ver a mi padre ni a recordar la
escena. Todavía es muy dolorosa para mí. Los dos dolores en mi espalda
ocurrieron exactamente en los dos lugares en los que mi padre me agarró,
arrastró y me aventó contra el poste de la cama. El grabado de la madera quedó
marcado en mi espalda. Después de algún tiempo los dolores desparecieron y no
han regresado, excepto cuando entro en conexión con los mismos sentimientos
que provocaron las peleas entre mis padres y por la ausencia definitiva de mi
padre.
¿CÓMO RESUENA LA HUELLA EN EL PRESENTE?

El doctor E. Roy John, de la Universidad de Nueva York, dirigió una


investigación con gatos y encontró que estaban condicionados por el
emparejamiento de un estímulo neutral con un estímulo doloroso; más tarde, les
presentaron solamente el estímulo neutral y los patrones de sus ondas cerebrales
duplicaron la reacción anterior en su totalidad. Los gatos respondieron a
recuerdos dolorosos impresos, más que a la corriente real de un estímulo neutral.
En este caso, la huella se midió de acuerdo con ciertos patrones ya reconocidos
en el cerebro. Esto es lo que les pasa a los humanos: actuamos en el presente,
pero estamos respondiendo al pasado aparentemente en situaciones neutrales:
hay una figura de autoridad masculina y nuestros cerebros están conjurando
viejos temores, evocando hasta a las autoridades de nuestros primeros días en la
escuela, porque los patrones de ondas cerebrales están presentes en el cerebro en
forma muy precisa.
No sólo los patrones de ondas cerebrales son los que permanecen. Cuando
alguien revive un hecho, cada una de las células importantes involucradas
originalmente se reúnen en el recuerdo. Un paciente que en el cuarto de terapia
está reviviendo la falta de oxígeno durante su nacimiento, en el momento
presente en verdad está necesitado de oxígeno. Recientemente hice un
experimento con alguien que había revivido el día anterior la secuencia de su
nacimiento, en la cual hizo unas respiraciones muy rápidas y profundas durante
veinte minutos, sin ningún signo del “síndrome de hiperventilación”. Al día
siguiente lo hice respirar profundamente durante tres minutos, mientras estaba
sentado y no trabajaba en algún recuerdo. En ese momento mostró todos los
signos de una hiperventilación muy seria,1 acompañada con una tendencia a
desmayarse, a una torcedura facial y a tener las manos contraídas en forma de
“garras”, incapacitado para estirar o liberar sus manos. El problema que
observamos nos hace preguntar: ¿una persona inmersa por un largo periodo en
un sentimiento, puede respirar profundamente sin signos adversos y sin la
participación de su memoria, cuando sale del recuerdo? ¿Puede seguir haciendo
el mismo ejercicio sin consecuencias muy serias?
La respuesta parece ser que, en presencia de un recuerdo, todas las células
responden como lo hicieron originalmente y las células de la sangre —que
permanecieron limitadas de oxígeno— de nuevo fueron deficientes al revivir la
experiencia. En consecuencia, cuando hay una respiración profunda no hay
hiperventilación porque el cuerpo verdaderamente está necesitando oxígeno, en
cambio, cuando no está recordando el cuerpo no tiene la misma necesidad y
entra en el síndrome de hiperventilación.
La respiración es controlada por el tallo cerebral, un área saturada de
receptores opiáceos cuya función es, en parte, controlar el dolor. Esto significa
que el dolor y la respiración tienen elementos comunes. La respiración profunda
altera el flujo de los opiáceos y, por tanto, es capaz de cambiar la defensa contra
el dolor. La respiración superficial puede ser una defensa importante contra el
sentimiento, pero al forzar una respiración profunda se rompe su estructura de
defensa. El córtex, incapaz de integrar tal corriente en una disociación, empieza
a conjugar toda clase de nociones fantasiosas, místicas e irreales.
Hay una escuela de terapia de respiración profunda que utiliza un nombre
técnico y fantasioso, que es equivalente a “hiperventilación”. Cuando estos
terapeutas privan de oxígeno —a nivel superior del córtex y, por tanto, de su
coherencia y capacidad de defensa—, el cerebro lucha para manejar el dolor que
empieza a surgir. Entonces, la persona fabrica la idea de haber vivido vidas
pasadas y otras nociones más allá de la realidad. La razón de que la persona no
está consciente del dolor que está surgiendo, es porque inmediatamente la
absorbe el sistema ideacional. Debido a esta clase de hiperventilación, una
persona puede creer que “ha nacido de nuevo”, sólo porque los ejercicios de
respiración profunda la han puesto en contacto con el nacimiento. Se puede
hacer creer a esa persona que ha viajado hasta los tiempos bíblicos. Esto es lo
que yo llamo “psicosis benigna”. Ser y sentirse real en ese momento significaría
sufrir una agonía del demonio. Los psicóticos benignos se reúnen en cultos y
viven en el imperio de lo místico, para tratar de mantenerse en la irrealidad —lo
mejor que pueden— usando las ideas para defenderse de sentir.
La falta del síndrome de hiperventilación en mi paciente que estaba inmerso
en los sentimientos del pasado, plantea preguntas importantes: durante todo este
tiempo, ¿dónde estaba almacenada esa falta de oxígeno? y ¿por qué y cómo era
recreada por la memoria? Esa falta estaba almacenada no solamente como
recuerdo del cerebro, sino como una Gestalt sobre el sistema completo pues, a
fin de cuentas, se encuentra en las células de la sangre. Estar atrapado en los
recuerdos significa redespertar las reacciones de las células sanguíneas. Eso
explica por qué la neurosis se encuentra en cualquier parte del sistema, porque
ahí también está la memoria. La alta presión sanguínea, o la pobre circulación
en las extremidades, pueden muy bien ser un recuerdo o parte de una respuesta a
un recuerdo. Continuarán sus efectos como componentes fisiológicos de la
memoria, hasta que el suceso traumático real quede plenamente conectado a la
conciencia.
La memoria temprana con sus concomitantes fisiológicos exactos siempre
está tratando de afirmarse de una manera precisa. Hay personas que tienen
frecuente e inexplicablemente episodios de hiperventilación porque los
recuerdos de sofocación en la vida temprana siempre están presentes y se dirigen
hacia la conciencia. Pero como el recuerdo no es plenamente accesible, lo que
llega hacia la superficie es sólo el estado fisiológico, la falta de oxígeno y las
palpitaciones, éstas pertenecen al recuerdo temprano, desconectado y
transportado al presente.
Todavía hay más. Lo que significa mi pequeño experimento es que los viejos
recuerdos continuamente preceden a la realidad actual. Si tenemos a un paciente
en un cuarto ventilado con mucho oxígeno, y está llorando y pidiendo más
oxígeno, actúa como si estuviera hambriento de éste, porque efectivamente lo
está. Esto no es diferente de una persona que está hambrienta de amor en su vida
temprana, cuyo sistema clama por amor. Cuando está viviendo plenamente una
vida adulta, la persona no lo pueden sentir o aceptar.
La miseria de la privación de oxígeno, al igual que la que privación
emocional, se encuentran en las células de la sangre y sólo pueden reencontrarse
en esas mismas células cuando se está reviviendo una experiencia. La memoria
impresa sella la posibilidad de una satisfacción externa, porque la satisfacción
adulta no es lo que el cuerpo necesita.
Dado que las necesidades del sistema rechazan la plena satisfacción, se
ponen en movimiento en forma de “representaciones” (acting-outs) de esa
satisfacción o plenitud. Tratamos de sentir amor en el presente, pero el
sentimiento de no ser amado está registrado en la profundidad del sistema. La
represión se encarga de que el amor presente no penetre en los niveles de la
conciencia, en donde radican los sentimientos reales. Por eso el neurótico
necesita más y más satisfacción actual, como en un desfile incesante. Lo más
que puede lograr es un alto a sus sentimientos. Hay muchos traumas asociados
con el nacimiento y todos echan a andar la represión.
Aun la separación física por unas cuantas horas después del nacimiento
puede ser traumática y, por supuesto, el hecho de ser colocado en una incubadora
por un largo periodo también es dañino. Lo que la represión hace es prevenir al
mismo tiempo la continua y plena conciencia del hecho, porque una conciencia
conectada significa que el sistema continúa reaccionando plenamente y esa
reacción puede, por sí misma, ser peligrosa para la vida.
La inconciencia por represión ayuda a suprimir las funciones vitales que
deben ubicarse en las zonas que ponen en peligro la vida. La integración de estos
dolores tempranos es imposible porque integración significa conciencia, y eso de
nuevo significa peligro. Permanecer desintegrado es un mecanismo para
sobrevivir. En cierto sentido, es una defensa contra la integración. Para el
neurótico es mejor estar fragmentado que estar plenamente consciente de su
agonía.
En la vida adulta, la represión evita saber que es por completo seguro
conocer plenamente lo que pasó, por eso la experiencia es encapsulada por la
represión. Prácticamente podemos ver cómo puede suceder esto: un bebé que
está por nacer a quien lo está estrangulando su cordón umbilical, ya no lucha ni
reacciona de una manera combativa. La represión permite que el bebé no
reaccione y, por tanto, conserve oxígeno para su supervivencia. Esta falta de
reacción permite una caída de los signos vitales, caída que de ordinario podría
ser fatal, pero previene la destrucción que podría suceder en la conciencia.
Lo que el acto neurótico produce es un actingout de una experiencia o del
sentimiento que subyace a muchas experiencias. Eso significa la compulsión de
repetición en la que el sistema recrea el medio ambiente temprano, con la
finalidad de dominarlo e integrarlo. Un paciente estaba limitado a la actitud de
“Ya no puedo más”. Para él todo era tan difícil, como fue su nacimiento. Aun
cuando jugaba tenis, tenía la actitud de dejarse vencer: “Ya no voy a seguir
intentándolo”. Todo era demasiado para él, como lo fue su nacimiento. La razón
central de éste, su acting-out de derrota, era crear simbólicamente las
condiciones para que se desarrollara la curación. El cuerpo sabe que sólo en el
contexto original se puede conseguir la salud, así que constantemente trata de
reproducir ese contexto con el fin de sanar. En efecto, no podemos sanar más que
en el lugar donde fuimos heridos. Si los asaltos tempranos ocurrieron en un nivel
bajo de conciencia, es preciso que ocurra en ese nivel para poder sanar.
Apenas nacer, una paciente pasó tres semanas en una incubadora, por lo que
desarrolló un sobrecogedor sentimiento de aislamiento y alienación. Ella se
aislaba de la vida social y tenía muy pocas relaciones. Había algo que se le había
“quitado” (el contacto social recién nacida). Lo que ella había hecho, y lo que
los neuróticos deben hacer, es crear un medio que coincida con sus sentimientos
internos, de ese modo disminuyen su ambivalencia y crean las posibles
condiciones de sanación. Cuando podemos hacer coincidir lo interior con lo
exterior logramos una mayor coherencia. A fin de cuentas, una idea psicótica es
mejor que un sentimiento de futilidad sin esperanzas.
Los acting-out que analizamos posteriormente en detalle, pueden consistir en
algo tan simple como constantemente tratar de ser agradable en la vida adulta,
con el fin de apaciguar a una madre irritable (originalmente con la esperanza de
hacerla mas sensible y gentil a través de los otros). La desesperanza, en cambio,
da lugar a un comportamiento de esperanza, también conocido como “neurosis”,
término que se aplica de forma indiscriminada. O también está alguien que se
comporta como un “auxiliar”, continuamente listo para hacerse cargo y echarle
una mano a cualquier persona, con la esperanza inconsciente de ayudar “para
ayudarse a sí mismo”, algo que sus padres nunca lograron hacer.
En el campo de la psicología se comprende y acepta la noción de que si la
cura fuera posible, inmediatamente cambiaría la cara de la profesión. No habría
más nociones mágicas sobre la hipnosis, los grupos de encuentro, la acupuntura,
el psicoanálisis, el análisis existencial y otras manipulaciones en boga, que lo
más que pueden lograr es cambiar algún aspecto de la neurosis. Pero mientras el
dolor avasallador esté bloqueado, aislado del alcance de su propio destino
neurológico, mientras que la conexión con la conciencia no ocurra… no habrá
sanación. La fiebre que tiene cada paciente es el primer signo de que la curación
está en proceso, en la medida que se acerca al catastrófico dolor temprano. Lo
que entendemos como comportamiento neurótico —por ejemplo, el acting-out,
tanto como se lo permita la represión— está recreando las condiciones de
curación. Así, la neurosis es el medio simbólico que empleamos con la finalidad
de sanar.
Debo agregar que no todo neurótico recrea su ambiente temprano. Hay tipos
contrafóbicos que evitan cuidadosamente cualquier situación que les traiga algún
sentimiento temprano. Estas personas están más lejos de sus necesidades que los
otros. Es también la diferencia entre quienes están tratando de calmarse o sanar
de una manera u otra, y quienes han renunciado a luchar. Por ejemplo, si el
contrafóbico se siente desvalido, evitará cualquier situación que lo coloque en
una posición de indefensión, la indefensión original en el nacimiento, y más
tarde, cuando se estaba totalmente bajo la autoridad de unos padres tiránicos,
evocando el antiguo temor, pero a la larga, el neurótico reproduce una y otra vez
el medio ambiente interno y sus reacciones originales.
La razón de que el neurótico se sintiera insatisfecho —por ejemplo, en el
caso de una mujer que empezó su vida en una incubadora— se debía a que la
satisfacción no formaba parte de los recuerdos originales que ella portaba
consigo. El estar con una cantidad numerosa de personas, no iba a cambiar su
sentimiento original de la soledad que vivió al ser apartada de su madre por un
largo tiempo en su vida temprana. Posteriormente ella podrá usar drogas para
mantener a raya ese tipo de dolor, aun cuando no esté consciente de la razón.
Así que aunque reconozcamos la existencia del dolor, es casi imposible
conocer su origen, porque la represión nos lo impide. Recordemos que el papel
de la represión es mantenernos inconscientes e impedirnos sanar. El sistema
literalmente está viviendo en el pasado, de todas las maneras posibles. Por eso la
memoria se sobrepone a la realidad actual y también porqué respondemos
primero a la memoria y después a la realidad externa. Cuando una persona ya no
está operando en el nivel temprano, en el que reside la memoria, más tarde ya no
podrá duplicar la experiencia. Los llantos de un bebé de dos años no se pueden
volver a escuchar cuando uno está al margen del sentimiento. De la misma
manera, la falta de oxígeno no se puede replicar, no importa cuán fuerte sea
nuestra voluntad.
En este sentido, hay serias complicaciones para la enfermedad mental.
Recuerdo a una mujer que hace varios años fue diagnosticada como prepsicótica,
porque tenía alucinaciones de un sonido muy desagradable en sus oídos. Por más
psicoterapias que tuvo, el ruido continuaba. Después de seis meses en mi terapia
revivió una secuencia de nacimiento, en la que un lado de su cabeza y su oreja se
tallaban contra el arco cúbico: las alucinaciones cesaron. Antes ella estaba sujeta
simplemente a un recuerdo desconectado, que se parecía a una alucinación.
En casi cada caso que se refiere a síntomas, estos simplemente son una señal
de la historia que se introduce de forma abrupta en la conciencia, en particular
cuando el sistema de defensas es débil. El psiquiatra William Gray cree que
todos los pensamientos están permeados por sentimientos que ayudan a codificar
los recuerdos y a integrar los pensamientos cuando se van formando. Su trabajo
ha sido superado por el de Paul La Violette, un teórico de sistemas, que piensa
que la experiencia está codificada y almacenada en el cerebro en forma de ondas
neuroeléctricas, derivadas de sucesos tempranos que tienen ondas cerebrales
similares. Gray propone que el contenido emocional de una experiencia hace el
papel de una etiqueta codificada para aquello que está almacenado en el tanque
de la memoria (figurativamente). Esta etiqueta responde a las huellas de
recuerdos que embonan con su melodía, lo que a su vez provoca la retransmisión
de la experiencia en su forma codificada original. En otras palabras, algo que
está en el presente, resuena con algo del pasado que ha estado almacenado en el
banco de memoria, haciendo salir el recuerdo original con toda su fuerza.
El uso del término resonancia describe el proceso y no es solamente
figurativo. Parece existir una frecuencia precisa que resonará en la amígdala con
la membrana receptora. Esto activa la descarga neuronal, por ejemplo, en las
reacciones emocionales. Estos mensajes resonantes, disparados por la vibración
en la molécula de proteína encajada a través de la membrana celular, logran que
estas moléculas actúen virtualmente como antenas celulares que captan una
cierta frecuencia de información y la traducen en un recuerdo sensible. La señal
que llega parece tener un código similar a aquellas señales ya establecidas en el
equipo emocional. Cuando la vieja experiencia se suma a una nueva y es
demasiado el sentimiento combinado, el hipotálamo no puede integrar el input y
lo desvía hacia otras estructuras. En tanto que esta desviación continúa, no hay
cabida para el alivio, ni fisiológico ni psíquico. Por eso la experiencia desviada
debe tener como destino final el hipotálamo, en donde se inicia su alivio. Ése es
el significado de la integración.
El siguiente caso ilustra la clase de resonancia a la que me refiero:

Harry

Un día, empezando a revivir un episodio, comencé a escupir un fluido muy claro


y apenas pude continuar porque la sensación de que me estaba ahogando era
muy fuerte. Empecé a sentir una irritación muy dolorosa en mis senos nasales, y
tenía la impresión de que estaban llenos de jabón. Sentí cómo entraban un par de
bastones de montaña en mis narices. Mis gritos se apagaron y comencé a hacer
sólo ruidos disfrazados; y al mismo tiempo, estaba acostado sobre mi espalda
tratando de alcanzar mis dedos de los pies y levantando mis piernas hacia el
techo lo más que podía. Quería desesperadamente ayudar a mi espalda a respirar,
pero no podía dejar el sentimiento.
De pronto, la escena se enfocó hacia mi madre. Me tenía en sus brazos
¡debajo del agua! Yo era un bebé y evidentemente me estaba bañando de una
manera muy descuidada y apresurada en el fregadero de la cocina y
prácticamente me estaba ahogando. Lo que fuera que estuviera pensando, no
impedía que me mantuviera sumergido en el agua jabonosa en el fregadero. Me
quede lánguido y supongo que fue entonces cuando me desmayé en sus manos.
Luego me colocó en la mesa de la cocina donde vomité mucha agua. Lo curioso
en esta historia de horror, tan antigua, es que ella siempre negó creer que yo era
alérgico al jabón Ivory (marca de jabón), pues siempre que lo compraba yo
estornudaba, tosía y mis senos nasales empezaban a chorrear y me quejaba. Ella
no creía en la razón de mi “alergia” y decía: “¡No puedes ser alérgico a esa
marca de jabón…! ¡Si ésa es la que usaba para bañarte cuando eras un bebé!”
LAS HUELLAS Y LA NECESIDAD CRÓNICA INSATISFECHA

Imagínense que van a un parque y ven a un padre jugando con su hijo. Ambos se
abrazan y, de pronto, sientes algo en tu estómago, una especia de calambre. Es
una experiencia dolorosa porque te hace recordar la necesidad insatisfecha de
que tu padre te cargara y te tocara.
Ves en la calle a una niña violenta y tienes un ataque de pánico. La violencia
ha encendido el recuerdo de la violencia de tu madre, a la cual tratabas
desesperadamente de evitar cuando te zarandeaba tanto, que apenas podías
funcionar en los dos días siguientes. La situación ha resonado con un
sentimiento y con escenas del pasado.
Tomen nota de que se trata de un sentimiento que deja entrar quizá a miles de
pequeñas escenas muy alejadas de las escenas tempranas, y que no obstante,
están codificadas de manera similar. Por ejemplo, puede haber cientos de
escenas de mamá con una mirada triste, deprimida, creando en su pequeño un
sentimiento que se traduce en pensamientos dirigidos hacia sí mismo, como los
siguientes: “No sabes hacer otra cosa más que pensar”, “Yo soy responsable de
tu desdicha” o “Mamá parece infeliz de tener que estar cerca de mí”. El niño no
es capaz de comprender que esas situaciones son problemas que tiene su madre,
y trata de hacerla feliz para no sentirse responsable de su tristeza.
De algún modo, los sentimientos relacionan la información de experiencias
separadas, pero vinculadas. Los gatos de E. Roy coincidieron en los patrones de
ondas cerebrales de un tiempo pasado. Actuaron “como si” estuvieran todavía en
el anterior medio ambiente, con todos sus detalles (en este caso los estímulos
dolorosos) y estos todavía existieran. Si los gatos pudieran hablar dirían: “Siento
como si me fueran a castigar, de la misma manera como antes me castigaron”.
Cuando una persona (padre, madre o alguien significativo) critica sin piedad
a un niño, la consecuencia es que esa crítica, o cualquier otra, son devastadoras
en el presente, porque la primera experiencia se ha establecido como un viejo
sentimiento de no valer nada. Incluso, cualquier elogio se ignora en el presente,
porque la crítica actual ha resonado con el pasado.
Tan pronto como algo en el presente se parece a una huella impresa ya vieja,
el cuerpo reacciona como lo hizo originalmente. Los neuróticos evitan la clase
de situaciones o de relaciones que puedan hacerles sentir el viejo dolor. Por
ejemplo: “No puedo ver a alguien golpeando a un niño porque me enfurezco, y
al mismo tiempo me da terror”.
En ese sentido, el sistema se convierte en un radar que nos coloca lejos de
cualquier cosa que nos lastime o nos lleve de regreso al pasado. Mientras más
doloroso sea el pasado, será más fácil deprimirse. Eso es lo que yo llamo tener
muchos “botones de encendido”, o un muy alto nivel de resonancia. Por
ejemplo, una persona llena de rabia suele sentirse muy irritable todo el tiempo, y
casi cualquier obstáculo puede encender esa irritabilidad. Lo mismo pasa con el
temor. Alguien con una sobrecarga de terror descubrirá que casi todo le hace
sentir miedo, ya sea una relación, multitudes, lugares muy altos, elevadores y
otros estímulos neutrales.
El siguiente caso es un claro ejemplo del tipo de resonancia a la que me
estoy refiriendo, y también del modo en que actúan muchos neuróticos. Se trata
de la actividad de comer: en el caso de esta persona, sentirse “lleno” le hacía
evocar un viejo sentimiento de vacío completo. De manera paradójica, mientras
más vacío estaba, menos tenía que sentir el vacío de su vida. Mientras más lleno
estaba, se sentía más vacío.
Haré unos cuantos comentarios acerca de los desórdenes de alimentación,
aun cuando sé que es un tema muy importante que requiere mucha más
discusión de la que aquí es posible, debido a que la manera como tratamos estos
problemas es diferente a otras. A menudo para bajar el nivel del peso, ante la
presencia de los síntomas es necesario ingerir un bloqueador de primera línea
(un tranquilizante), pero esto debió hacerse desde mucho antes, una edad muy
anterior. Observamos mucha agitación en las personas que comen vorazmente y
también en las que tienen el hábito de “purgarse” o de provocarse el vómito, que
a menudo sigue, después de comer. Las causas son muchas, pero más de 50% de
los casos que conocemos se relacionan con experiencias de incesto, y son un
factor especialmente importante en las mujeres. Con frecuencia se trata de un
incesto que sólo se puede descubrir en la terapia.
Las bases de la náusea pueden ser tan diversas como:
a. Haber estado a punto de morir en el primer año de vida (a veces como
resultado de un horario muy estricto para alimentar al bebé).
b. Como resultado de tener muchas flemas o fluidos durante el nacimiento, o
la tarea simbólica de tratar de sacar fluidos de la eyaculación debidos al
incesto.
En cada caso, la valencia es alta y, para que la terapia pueda hacerse de
manera armónica, debe de bajarse con drogas. Después de algún tiempo, las
drogas ya no serán necesarias. La discusión del problema de la comida puede no
surgir en meses, y cuando aparezca, casi nunca estará enfocada como “un
problema”. Queda muy claro que a menudo la comida se usa como un
tranquilizante para aplacar sentimientos muy dolorosos: “La comida calma”. No
sé cómo cualquiera puede ser un especialista en desórdenes alimenticios, puesto
que cada caso es muy diferente a otro y con causas muy diversas. Uno tiene que
especializarse en el conocimiento de las fuentes que subyacen en el problema, y
para eso se necesita un experto en traumas infantiles y no en síntomas. Al
descubrir el trauma, el síntoma surgirá por sí solo. Obviamente, durante algún
tiempo, el problema necesita someterse a la dirección de un especialista.

Karen

Soy anoréxica, lo que significa que sistemáticamente he padecido hambre


durante siete años. Mi racionalización para casi nunca comer, era que quería
estar delgada; me quería ver consumida, con los huesos de la cadera saltados y
con depresiones en mis mejillas. Envidiaba a la gente que estaba tan enferma que
la tenían que alimentar por vía intravenosa ¿Podía perder peso de ese modo?
Nunca estuve gorda, pero jamás me sentía lo suficientemente delgada: es más,
siempre quería estar vacía y me ponía como loca cuando me sentía llena. La
mayoría de la gente habla de “volverse loca” si no tiene comida adentro. Todo lo
que yo sé es que para mí, sentirme llena me causaba una gran ansiedad, un temor
de subir de peso. Era algo profundamente sistemático: si yo comía mucho, me
sentía con la cabeza muy ligera, mareada e irritable, con dolor en la espalda y en
el cuello. Esto se traducía en una necesidad urgente de vomitar, lo cual me
causaba el alivio de esa “gran presión”.
Odiaba esta obsesión con la comida porque significaba que siempre estaba
pensando en lo que no había comido. Nunca entendí la razón de esta respuesta
corporal en reversa. ¿Por qué siempre estaba dispuesta a permanecer vacía?
Ahora lo empiezo a comprender.
La mayor parte de las personas que sufren hambre en una edad temprana, o
de falta de amor, permanecen en contacto con esa privación. Buscan algún
escape llenándose de comida y así tratan de conseguir amor de alguna manera.
Pero otras están insatisfechas más allá de su capacidad de integrarlo y sus
cuerpos simplemente están cerrados. Muy temprano en la vida se desconectan de
sus propias necesidades, porque es demasiado el dolor que tienen que enfrentar.
Esta gente, y yo incluida, más adelante evita la calidez porque les recuerda lo
que no han tenido y se han “adaptado”, sintiéndose bien de la manera en que
están.
Lo mismo pasa con la comida. Yo la evitaba porque estar llena me recordaba
lo vacía que me sentía. Cuando estaba vacía no tenía que sentirlo. Empecé a
comer un poco de comida en la terapia. Era extraño y obvio: la comida era como
una cura para alguien que se está muriendo de hambre. Con esta comida empecé
a sentir un gran dolor, me despertaba en la noche con un terrible dolor de espalda
como si la parte más pequeña de ella tuviera un calambre que apretaba mis
piernas y mi espina. Se me hacía difícil respirar, ya no me podía inclinar, nunca
más. Me equivoqué al tratar de describirlo con palabras como “sentirme sin
apoyo”, “sin valor”, “con soledad”, frases todas inadecuadas. Simplemente lo
tenía que “sentir”.
De lo único que estaba segura era que me sentía vacía y que “No sabía lo que
estaba pasando”; de repente, tenía la imagen de mí misma como una bebé en la
cuna, con mis ojos bien abiertos, toda tiesa y tensa, y de repente ¡ZAZ… la
conexión! Yo sabía que se suponía que no debía llorar ni molestar a mi madre, se
suponía que no debía llorar y sentirme dolida o necesitada. El riesgo era ver sus
ojos enojados. Lo que necesitaba era gritar para pedir su calidez, me enroscaba
en mi cuerpo y permanecía en silencio. El tiempo parecía nunca terminar, y
tampoco mis sentimientos de dolor total, minuto a minuto, o de esperar que se
acercara a revisar como estaba yo.
Toda mi vida esperé quietecita a que ella me mirara, que viera que yo estaba
sufriendo. Recuerdo estar parada en la puerta de su cuarto, después de una
horrenda pesadilla, la miraba dormir y trataba de murmurar la palabra “mamá”.
Me regresaba caminando de puntitas por el pasillo hacia mi cuarto y pasaba la
noche paralizada de miedo. Todavía pensando: “Quizá ella venga...” Nunca fui
capaz de pedirle directamente lo que yo quería. Si yo gritaba y lloraba, ella me
decía que yo era una latosa y una molestia. Se me hizo más fácil soportar todo en
mi interior. Aunque mi cuerpo estaba registrando estrés, mi mente simplemente
dejaba de poner atención a los mensajes de la necesidad. Después de algún
tiempo de negar su necesidad, mi cuerpo ya no se molestó en comunicármelas;
era como un choque interminable; estar toda rígida se convirtió en mi manera de
sobrevivir.
Sentirme llena era como una gran mentira que me volvía loca, yo no lo sabía,
pero mi cuerpo sí, la hambruna era mi manera de mantener el dolor a raya. Si tú
no recibes ningún calor en tu vida no tienes qué sentir, simplemente ya lo
perdiste, te quedas en tu “iglú”. Si permanecía delgada, siempre tendría alguna
oportunidad (aunque pequeña) de que mi mamá notara que me estaba muriendo
y se hiciera cargo de mí.
Una persona con una pesada carga de dolor optará por una situación
completamente neutral; por ejemplo, una mujer está parada en la esquina de la
calle, construyendo en su mente todo un escenario acerca de lo que está
pensando, o lo que va a hacer. En estas condiciones, la vieja resonancia del dolor
es enorme y la energía está inundando el córtex haciéndolo confabular. ¡Ésa es la
psicosis! Internamente también se puede liberar la energía resonante, lo que da
por resultado una gran cantidad de síntomas físicos. En ese sentido, el cáncer es
la psicosis del cuerpo. Cuando se generaliza el cáncer, funciona de la misma
manera que lo hace el córtex: actúa azarosamente e inunda los límites.
El dolor en aumento consume una gran cantidad de espacio en el cerebro. A
medida que se acumula, la experiencia ocupa un área cada vez mayor del cerebro
al servicio del dolor, hasta que la mayor parte del cerebro literalmente se vuelve
una máquina procesadora de dolor. Es entonces cuando la experiencia real se
filtra de forma constante en la mayoría de las huellas o memorias y, así, los
sucesos neutrales se transforman en dolorosos. Si alguien te pregunta, ¿Te puedo
ayudar en algo?, se percibe como “Por qué, ¿tú crees que yo soy tonta?” Si te
dicen: “Ahora estuviste maravillosa”, la respuesta se convierte en “Entonces, ¿de
verdad piensas que yo nunca había estado maravillosa?” En la situación actual se
trata de “luchar contra la huella” con la frase “Me siento aislada y tonta”, frase
que se convierte en el significado primario que estará presente en la
interpretación de todos los hechos de cada día.
Los tranquilizantes pueden imprimir tan hondo la huella, que el dolor no se
percibirá: a mayor dolor, se requerirá una dosis mayor. He visto pacientes que
trataron de suicidarse ingiriendo dosis que serían letales para casi cualquier ser
humano, pero que a ellos solamente los hacían dormir durante doce horas. Estas
personas tenían tal cantidad masiva de dolor activando su cerebro, que la
medicación no inducía a la muerte.
La huella del dolor nos fija en un desequilibrio permanente en las funciones
del cerebro y en la bioquímica del cuerpo. Un trauma de nacimiento, en el cual
el bebé no tenía otra alternativa que rendirse pasivamente a la experiencia —por
ejemplo, cuando el cordón umbilical se enreda en su cuello—, quedará impresa
en él una tendencia a la pasividad.
LAS HUELLAS Y NUESTRO DESTINO GENÉTICO

Las huellas del dolor parecen ser capaces de alterar nuestra habilidad para
satisfacer nuestro propio destino genético. Puede ser que el dolor cambie la
molécula de DNA que transmite el código genético, pues las células responden a
un código diferente o ligeramente alterado. Cualquiera que sean los mecanismos,
la represión de la huella parece tener un efecto global. Podemos ver la evidencia
empírica de lo dicho, en los niños criados en un orfanato. Mientras están
institucionalizados, ellos no crecen de acuerdo con su potencial genético, pero
empiezan a crecer de nuevo cuando se les coloca en un medio ambiente
amoroso.
La realidad de un programa genético alterado es importante en la
enfermedad, porque existen evidencias de que tales alteraciones producen
enfermedades catastróficas. En algunos tipos de cáncer, los genes normales
derivan en oncogenes, o genes que producen cáncer. Los investigadores todavía
no entienden por qué es así, yo supongo que el dolor impreso es una razón clave.
La huella masiva de dolor presiona a las células normales y finalmente altera su
estructura convirtiéndolas en letales. Ésa es una de las razones clave. Miller
Jonakait et al., del Colegio de Medicina de la Universidad de Cornell, apoyan lo
dicho. En esta investigación se estresaba a los ratones con una aparente
alteración de su código genético. Las células nerviosas embriónicas expresaban
el potencial genético en forma diferente en los ratones que estaban sujetos al
estrés. El periodo de desarrollo se extendió y los cambios parecieron presentarse
a un nivel muy fundamental.
Nosotros hemos visto otras evidencias de cambios en la expresión genética
en nuestros pacientes masculinos: un hombre de cuarenta años que después de
meses en terapia comenzó a dejar crecer su barba y el vello de su pecho. Las
mujeres a sus veinte y treinta años de edad experimentaron cambios en el
tamaño de sus senos. En otros, aumentó el tamaño de sus pies y su estatura. Lo
que debió suceder en la adolescencia se demoró unas décadas. Permítanme
aclarar algo a este respecto. Debido a la represión global, una buena parte de
nuestro código genético permanece dormido. Cuando la carga de estrés impresa
ha sido localizada y experimentada, hay menos represión y, por tanto, menos
inhibición de la expresión genética. Es evidente que, en esos casos, el desarrollo
genético se retardó. Yo dudo que un bloqueo tan crítico haya podido tener lugar
impunemente: en algún momento hay que pagar un precio. Algo demasiado
fuerte impidió el desarrollo genético en una persona que tuvo que sufrir un
severo impacto en su sistema físico.
Recientemente traté a una mujer de treinta y cuatro años. No había
menstruado durante un periodo de quince años. Conforme descendió a los
niveles de conciencia y comenzó a revivir ciertos sucesos al principio de su vida,
sus periodos menstruales reiniciaron su actividad. En su caso, la represión era
verdaderamente global. La represión no es sólo un término psicoterapéutico,
también es un proceso físico real que trabaja en todo el cuerpo. Se encuentra, por
ejemplo, en el cabello, en el pecho, o al menos en el código genético. Algunos
pacientes varones, después de uno o dos años de terapia, de pronto desarrollan el
vello en el pecho. ¿Qué pasaba con ese vello cuando no se desarrolló? Estaba
esperando que lo dejaran salir; su código normal de crecimiento se abortó y lo
sustituyó un código diferente. Ahí debió haber alguna presión, aun sobre algo tan
insignificante como unos cuantos vellos. El código original siempre estaba
tratando de desarrollarse.
Siempre hay un niño tratando de salir de nosotros. Cuando podemos hacer a
un lado a nuestro sistema adulto de defensas: el niño en nosotros surge. El nuevo
vello en el pecho o los senos crecidos son parte de nuestra travesía por la
adolescencia. Cuando sentimos la huella del dolor, el sistema comienza a
“enderezarse” por sí mismo. Tal como lo hemos encontrado en nuestras
investigaciones, las relaciones hemisféricas en el cerebro y los procesos físicos
se normalizan. Así debe ser, dado que cada una de las alteraciones originales en
la fisiología de nuestro cuerpo es parte de “la huella”. La realidad de los
impresos celulares es vital para una adecuada comprensión de cómo tratar la
neurosis. A continuación presento un ejemplo en el cual los recuerdos del
desamparo por parte del padre, se reproducían a sí mismos en el presente con
efectos devastadores. Éstas son las palabras de la paciente a la que llamaré
Linda.

Linda

Una experiencia que me gustaría suponer que nunca existió, ocurrió hace cuatro
años, cuando vivía en París. Ocasionalmente iba a una librería a buscar libros de
poesía, cuando conocí a un hombre que tenía la reputación de ser poeta.
Recuerdo que pensé que era un hombre sucio y violento, en el que no se podía
confiar, pero también pensé: “¡Oh!, esa idea no es bondadosa, ¿cómo puedes
saberlo…? “Quizá sea una buena persona, no lo juzgaré tan pronto.” Hablamos,
me invitó un café, y pensando que no debía ser tan huraña, acepté. La tarde
siguiente me invitó a su cuarto para mostrarme algunos de sus poemas. No
quería ir, pero pensé: “Dale el beneficio de la duda”. Fui a su pequeño y sucio
cuarto, lleno de impresos mórbidos surrealistas y con pocos libros. Trató de
violarme, me amenazó con cortarme la cara con un pedazo de vidrio que rompió
ahí mismo, si yo no cooperaba. Descubrí que odiaba a “las estúpidas
estadounidenses”. Me dejó vestirme y a la primera oportunidad huí.
Me sentí tan estúpida, tan tonta. ¡Cómo pude dejar que eso me sucediera a
mí? Años más tarde me percaté de que mi voluntad se borró por pensar: “Yo soy
una niña buena”. Seguía fiel a la ética cristiana que interpretaba como otra
manera de tratar de ser tan buena, que alguien tendría que amarme. Mi habilidad
para decir ¡NO! desapareció y otra vez me sentí desamparada, ¡justo como había
sido con mi padre!
LA IMPRESIÓN DE LA HUELLA EN UN PERIODO CRÍTICO

El impacto de una huella depende de qué tan amenazante fue la situación


original en la que ocurrió y, si sucedió en lo que llamo “un periodo crítico”, que
es el tiempo en que la necesidad se debe satisfacer para evitar el trauma. Los
sucesos durante la gestación y alrededor del nacimiento, generalmente son los
más amenazantes a la vida y a menudo su impacto es el más grande. El hecho de
que no te abracen a la edad de nueve años, no es tan serio como el que no te
abracen en un periodo tan crítico como recién nacido, cuando es absolutamente
necesario para el desarrollo. Cuando esas necesidades no son satisfechas durante
el periodo crítico, es el mayor daño que puede hacerse al sistema y, más tarde,
ninguna cantidad de satisfactores cambiarán la huella y su fuerza. Si la madre
está enferma y no puede estar con su bebé recién nacido, ni le puede dar el
cariño y el calor necesarios, ese niño va a sufrir. Más tarde, el contacto puede
disminuir el dolor, pero no es capaz de debilitar o atenuar el dolor de la huella de
la privación original.
Una extrema soledad después de nacer puede producir, de por vida, en una
persona el terror de estar sola y la necesidad de estar todo el tiempo acompañada
de alguien. Tener siempre amistades cercanas es un modo de evitar el dolor
inicial y es un actingout contra los sentimientos. El periodo crítico está
genéticamente determinado. Si a la edad de uno o dos años se nos alimentó bajo
un programa estricto, en lugar de hacerlo cuando teníamos hambre, ese hecho
tendrá un impacto de por vida, el cual no se podrá evitar aunque se esté
alimentado de forma adecuada. El bebé siente “morirse de hambre”, y si no se le
alimenta, ésa es su realidad inmediata. Posteriormente, cuando sea adulto,
desarrollará hábitos neuróticos respecto a su alimentación. En cuanto el adulto
siente hambre, el viejo recuerdo de que “se moría de hambre” se despierta
inconscientemente y, si no come de inmediato, desarrollará un dolor de cabeza o,
sin siquiera pensarlo, se “rellenará de comida” y podrá sentirse demasiado lleno
y hasta enfermo, como consecuencia de haber estado alguna vez hambriento,
aunque no tenga recuerdos conscientes de ello.
Nadie puede siquiera soñar que la colitis, a la edad de dieciocho años, está
relacionada con una serie de traumas ocurridos al principio de su vida. Quién
puede saber que las úlceras que se presentan a los treinta años de edad tienen que
ver con los traumas vividos en la cuna, en donde sistemáticamente se descuidaba
su alimentación. Cuando se sentía tan hambriento a la edad de uno o seis años,
su estómago segregaba poderosos ácidos, como el hidroclorídrico, y más tarde
esas secreciones se convirtieron en respuestas automáticas al hambre o a
cualquier otra clase de estrés. Cuando esos ácidos se secretan muy a menudo,
literalmente corroen y queman el estómago, haciendo agujeros en él. El punto
focal en las reacciones de estrés se relaciona con el órgano comprometido en el
trauma.
LOS ARMARIOS DE NUESTRAS MENTES

Los medios por los cuales la fuerza de la huella impresa se borra del sistema,
consiste simplemente en dirigirse paso a paso al nivel de la conciencia. Cuando
el sentimiento atrapado en la huella logra sentirse de manera consciente, su
energía eléctrica y conectada a la conciencia por fin queda liberada. Entonces la
huella se convierte en un simple recuerdo que no se puede, o no se necesita,
borrar de la memoria. Lo que hemos hecho es eliminar la fuerza. Se nos dice que
contraemos una enfermedad al azar, nada puede estar más lejos de la verdad, la
fuerza de la naturaleza nunca funciona al azar o sin causa. La huella de memoria
es la realidad central detrás de muchas enfermedades. Esa verdad no debe
ignorarse.
__________
1 Cuando el ritmo de la respiración es más profundo y más rápido de lo necesario para intercambiar dióxido
de carbono y oxígeno, esto causa la reducción del dióxido del carbono y, por tanto, la capacidad de producir
oxígeno, lo cual resulta finalmente en menos oxígeno en el torrente sanguíneo y en el cerebro;
indudablemente, un córtex con el oxígeno disminuido pierde su plena capacidad para pensar y defenderse.
VII. Actuando la neurosis: la
representación simbólica

En los neuróticos coexisten dos “yo”: el yo real, que es el dolido, el que tenemos
que sentir para convertirnos en seres “reales”, y el “otro yo”, que es el irreal, el
que hace las regresiones y se encarga de la opresión del yo real. Se olvida de lo
que es real y se apega a la magia, a lo místico y a lo que está más allá del
conocimiento hecho palabra. El neurótico es una víctima eterna de lo que está
más allá de su conocimiento y todo el tiempo actúa atendiendo a esas dos
fuerzas. Las actúa en el presente como si fuera el pasado, en una tentativa
constante por resolver las necesidades y los traumas pasados que vivió
simbólicamente. Entonces el acting-out simbólico actúa en el presente, aunque
con la fuerza original de la necesidad inconsciente. El ser irreal debe permanecer
en una niebla, ocupándose de propósitos y abstracciones triviales, con la
finalidad de no sentir el dolor.
Antes hablé de las necesidades de un niño y de lo que espera de sus padres:
ser amado, aceptado y totalmente aprobado; protegido, querido y respetado.
Espera todo esto porque es lo normal, y lo es porque la satisfacción de las
necesidades es una condición humana heredada. Instintivamente el sistema sabe
qué es lo que necesita: un padre y una madre adultos, que estén en contacto con
sus sentimientos. Sabe lo que son las necesidades y está dispuesto a satisfacerlas.
Un adulto a quien la satisfacción de sus necesidades le ha sido negada, no será
capaz de satisfacer las necesidades de su hijo. Sólo que ese niño no puede
encontrar una razón para esperar o para contentarse con una falta de satisfacción.
No puede imaginar que él o ella llegaron a este mundo como bebés no deseados,
que todo fue un accidente o consecuencia de un impulso de lujuria. No se puede
imaginar que esté de más, o que nació al azar, sin ser deseado. Tristemente puede
empezar a percibirlo y aprenderlo muy pronto con las actitudes de sus padres,
que son “todo su mundo”. Si ellos no lo aman o adoran, si no lo aprueban o no lo
aceptan tal como es, más tarde buscará una plenitud sustituta, tratando de
alcanzar lo que nuca tuvo. Eso es lo que yo llamo esencialmente el “acting-out
simbólico”.
EL MUNDO COMO SUSTITUTO DE LOS PADRES

En el caso de un adulto, cuyas necesidades no fueron satisfechas cuando era


niño, el mundo se convierte en un sustituto de lo que sus padres debieron hacer.
Sus necesidades deben ser satisfechas de algún modo, porque son esenciales para
un crecimiento normal y para la supervivencia. Los niños institucionalizados que
crecen sin amor, no crecen físicamente a un ritmo adecuado, se enferman más a
menudo que los niños que crecen en un hogar, aprenden más lentamente y su
coordinación física es más pobre. Todo esto sucede porque no los abrazaron, no
se les acarició lo suficiente, ni recibieron afecto durante sus momentos más
tempranos sobre la Tierra.
El problema es que los padres no son reemplazables. Sus necesidades tienen
que satisfacerse desde que el niño es un recién nacido. En los primeros días de su
vida sus padres deben abrazarle estrechamente, cargarlo con frecuencia, porque
ese contacto es crítico para su supervivencia. Años más tarde, todo el amor que
puedan recibir de un novio o novia, jamás podrá cubrir totalmente la necesidad
insatisfecha de que los hayan tocado y acariciado. El sistema humano siempre
está tratando de buscar lo que le falta, por ello el niño, y más tarde el adulto,
buscan satisfacciones sustitutas, o fuentes de satisfacción simbólica.
El niño que es ignorado o atormentado por unos padres indiferentes, tratará
de ser el centro de la atención, y en su vida adulta puede ser calificado de
“narcisista”, pero lo que realmente importa es que ha sido ignorado, y un niño
que fue ignorado suele sentir que no vale nada y que no merece la atención de
nadie. Dependiendo de las posteriores circunstancias de su vida, puede actuar
sus sentimientos de minusvalía hacia su entorno, desplegando una cierta timidez
en situaciones sociales y una aprensión hacia los demás.
Un buen ejemplo de esa actuación, o acting-out, lo explicó uno de mis
pacientes:
Nunca fui directamente en busca de amor. Las chicas que me buscaban como si estuvieran
interesadas en mí, me ponían muy ansioso. Últimamente, a los cuarenta años, estuve con una
chica a la que había cortejado por largo tiempo. Ella se mostraba indiferente la mayor parte
del tiempo y, en otros momentos, ligeramente afectuosa. Por último me dijo que pensaba que
debíamos romper nuestra relación porque yo no era, y nunca iba a ser, el hombre de su vida.
Correcto: luché como un loco para hacer que ella me quisiera. Le propuse matrimonio
inmediatamente y ella se resistió. Le escribía, la llamaba por teléfono y ella nunca se rindió,
hasta que pude vivir el sentimiento: el más obvio de todos los sentimientos: mi mamá nunca
me había amado y nunca me mostró afecto. Finalmente había encontrado una mujer sustituta
con quien pudiera luchar, necesitaba a alguien que no me amara porque básicamente mi
madre me hizo sentir indigno de amor. Estar con alguien que me amara sería como “ir contra
mi tipología”.

El comportamiento neurótico es como una profecía que uno mismo cumplirá.


Una mujer puede sentir que no vale nada y anda por la vida tratando de probar
que ésa es la verdad. Cuando está con otros actúa como si estuviera ausente y,
entonces, la tratan así, “como si no existiera”, reforzando su problema. Lo que
ella espera, en secreto, es que los otros se den cuenta de su temor y aprensión y
la acerquen a ellos, pero eso pasa muy rara vez.
No es normal ser una persona tímida y vergonzosa. Esa persona que puede
guardarse todo para sí, lo hace porque muy temprano en su vida sintió que no
podía hablar con sus padres sobre ella misma, pues sus padres estaban muy
ocupados tratando de resolver sus propias necesidades. El hombre se casa y tiene
problemas maritales porque su esposa se queja de que él “se guarda todo” y,
además, no confía en ella. Pero éste es solamente un problema secundario. El
problema real (como es el caso tan frecuente) gira en torno a patrones de
conducta que pertenecen al pasado. Parece fácil aconsejar a este hombre
diciéndole: ¿Por qué no aceptas a esa mujer tal y como es? No puede contestar
fácilmente, porque ésa no es la manera como es él, sino como “lo hicieron en su
hogar... donde nunca lo amaron”.
Una persona en esas circunstancias puede cambiar, pero no empujándolo a
salir de su actitud. Sólo puede cambiar si siente la necesidad original de ser
alentado por sus padres para satisfacerlo. Cuando logre expresar su necesidad
que es: “Escúchame, óyeme, interésate en mí. Yo soy tu hijo, ámame”, al sentir
todo esto, él solamente podrá reconocer su desesperanza y ésta será la clave para
su cambio. Cuando él se permita sentir la necesidad de ser valorado, descubrirá
de nuevo, lo poco que les importaba a sus padres. Y al guardar la conciencia de
ello, encontrará algún camino para mantenerse alejado de su dolor.
EL NACIMIENTO DEL ACT-OUT (REPRESENTACIÓN)

Las representaciones (acting-outs) no necesariamente son el resultado de un solo


trauma. A menudo resultan de una serie de pequeños traumas que sucedieron
durante años y se sumaron en un significado como el siguiente: “Me quieren
quitar del camino”. “Nadie me quiere”. “No pertenezco a nadie”.
Esos son sentimientos comunes que mucho más tarde producirán el act-out.
Una paciente que tenía que afiliarse compulsivamente a alguna organización, de
forma inconsciente estaba tratando de esconder su dolor, intentando sentir que
pertenecía a alguien o a algo, sentimiento que nunca había tenido de niña. En su
hogar, durante la comida y en las conversaciones de sobremesa, sus padres
siempre la excluyeron y ella se quedaba con ese sentimiento de no pertenecer a
esa experiencia y de no tener un lugar en donde se la tomara en cuenta. Cuando
esa persona vaya con el psicoterapeuta, éste le podrá advertir: “Pareces tener la
necesidad de ingresar a muchos grupos”. La paciente reflexiona, “Sí, es verdad,
creo que necesito pertenecer”. Eso no alivia la constante agonía que sufría
cuando la dejaban fuera de la sobremesa, en la comida o en la cena, una y otra
vez. Ella se sentía abandonada debido a que sus padres vivían el uno para el otro,
sin percatarse de que la niña quería tener su atención y cariño.
La desesperanza es el argumento de tanto acting-out. Recuerdo haber visto a
un activista radical que constantemente estaba comprometido con una causa u
otra, tratando de contribuir a hacer un mundo mejor. El sentimiento que tenía en
la terapia era: “Tengo que hacer una mejor vida de hogar, o me voy a morir”. El
mundo que estaba haciendo en el exterior era un sustituto del mundo mejor que
necesitaba tener su casa. Su lucha en el mundo social era una alternativa para
mantener a raya su desesperanza. Por tanto, a pesar de todas las traiciones, la
corrupción y la degradación que veía en el mundo exterior, nunca renunció a su
lucha como activista.
LA LUCHA POR RECREAR LOS IMPRESOS

Los símbolos son representaciones de las necesidades reales. Más tarde, nos
comprometemos con aquellas personas que pueden recrear nuestra vida
temprana. Uno se casa con una persona muy crítica, como era nuestro padre, y
luego lucha para atraer su aprobación, aunque sea simbólicamente.
Una mujer que necesita ser dependiente e infantil, actuará su dependencia
con otras personas. Esperará que la cuiden y la traten como a bebé. Su
compañero no lo querrá hacer porque tiene necesidades propias, y con toda
seguridad, de ahí surgirán los problemas.
Cuando una neurótica en plena agonía está resintiendo el pasado puede decir:
“Tú debes saber que yo estoy muy bien, tal como soy. Ellos son los que no
estaban bien”. Sin embargo, al buscar relaciones nunca fue directamente con
alguien que la pudiera amar y que la aprobara de inmediato. Su historia la hizo
sentirse siempre desaprobada. Al elegir a un compañero con el que pudiera
luchar, ella estaba creando un símbolo de su pasado, porque para esta mujer,
encontrar un compañero que la amara sin reservas, la dejaba tensa e insatisfecha.
Si eligiera a ese compañero amoroso, llegaría a un estado de desesperanza
porque seguiría sintiéndose no amada. La mujer tenía que luchar por un amor,
porque en esa lucha radicaba su esperanza. Sentirse totalmente no amada por
alguno de los padres, detendría el acting-out simbólico.
Cuando eres rechazado y criticado a la edad de cinco o seis años, eso te hace
creer que hay algo radicalmente malo en ti. Al entrar en lucha por ser aprobado
en el presente, al menos nos ubicamos en el camino correcto. El símbolo es
removido de la realidad, pero apenas en un escalón. Por ejemplo, una persona
actúa muy dulcemente y trata de agradar a todos, lo hace porque en ese
comportamiento yace la esperanza de ser amada y aprobada. Su comportamiento
se hace continuo porque no puede soportar una gota más de desaprobación que
se agregue a su pasado. En cambio, le ayuda a evitar cualquier reacción que le
dispare el terrible dolor de su infancia. Sin importar las veces que esa persona
sea pisoteada o traicionada, la dulzura permanecerá en ella, porque esa actitud es
lo que le proporciona la continuidad de su personalidad neurótica.
Los padres que colocan a sus hijos en una lucha sin fin porque no les
permiten ser ellos mismos —por ejemplo, cuando los sobajan—, los obligan a
luchar para sentirse bien consigo mismos y deben luchar por el aprecio o la
aprobación de sus padres. El niño denigrado trata de normalizar la situación,
aunque no sabe que ser denigrado es algo anormal. Por eso crece con un déficit
del que no está consciente y seguirá luchando para sentirse satisfecho. Pero si,
como aprendió de niño, de todos modos no había nada que él pudiera hacer para
sentirse aprobado, simplemente llegará el día que deje de luchar. Los padres que
ignoran al niño y no le dan un sentido o dirección a su lucha (una vía para ser
neurótico con el fin de, al menos, sentir algo parecido al amor), harán que ese
niño sufra y esté crónicamente ansioso; crecerá sin defensas efectivas y siempre
estará apegado a su dolor, pero no logrará tener una profunda, sistematizada y
compacta neurosis. En suma, quizá podrá tener acceso a sí mismo, pero mucho
más tarde.
Un padre que rechaza a uno de sus hijos, a menudo es realmente como un
niño que está resentido por tener que actuar en el rol de padre, cuando lo que
desearía es actuar como niño. Cuando ese padre es muy crítico e irritable, crea
una nueva necesidad en el niño: la de actuar de algún modo que le permita hacer
cambiar a su padre. El niño estará tan ocupado actuando su nueva necesidad, que
pierde contacto con su propia y verdadera necesidad: la de ser amado
únicamente por el simple hecho de estar vivo. En la terapia debe sentir la
necesidad que le fue creada e implantada, y quizá meses después llegará a sentir
la necesidad real de decirle: “Ámame”. Esa posibilidad permite a la persona
volver a ser auténtica. Ésa es la necesidad que estaba perdida desde hacía mucho
tiempo en la última línea, y que va a permitir ahora corregir el sistema, hasta que
la persona pueda sentir y decir: “No te enojes conmigo, por favor” y
“¡Quiéreme!” La secuencia de esta revivencia debe seguir ese orden en reversa.
En la terapia no podemos saltar esos pasos.
El comportamiento del niño es como un sistema de radar: la más ligera
esperanza de amor expresada por su padre, encaminará al chico a ser lo que el
padre necesita para sentirse satisfecho. Ése es el camino —casi genético— que
la neurosis recorre de una generación a otra. Las necesidades insatisfechas del
padre privan al niño de su amor y producen la misma necesidad insatisfecha,
pero ahora en su hijo. Un padre que se siente inferior, solamente podrá sentirse
importante si sobaja a su hijo con la intención de sentirse superior, al menos,
frente a su hijo. En efecto es fácil que el niño se sienta inferior a su padre varias
décadas después, y cuando ese niño tenga un hijo, inconscientemente actuará la
misma historia: tratará de sentirse superior a su hijo, sin importar que eéste sea
sólo un tierno bebé.
Otra forma de acting-out es la incapacidad de decir “no”. Si los padres
siempre exigieron a su hijo una completa obediencia y nunca se les permitió
expresar su propia voluntad, más adelante en su vida continuarán con ese
comportamiento sumiso, sin tener la capacidad de resistirse o negarse a cualquier
exigencia de los demás. Sentirán que siempre tienen que decir “sí” a todo. El
dolor implícito en esa actitud es muy simple, porque expresar su propia voluntad
significa para él la posibilidad de un castigo, desaprobación y falta de amor. La
aceptación incondicional se convertirá en su ley.
Una paciente tuvo una institutriz que se hizo cargo de ella durante toda su
infancia temprana, pues sus padres eran miembros de la alta sociedad y siempre
estaban viajando. La niña desarrolló el sentimiento de ser alguien de importancia
secundaria para sus padres. Siempre que le preguntaba a su nana por su madre,
se avergonzaba de ser “la bebé que era”. Pasó su vida sin preguntarse qué era lo
que ella quería y siempre se siguió sintiendo “como una persona secundaria”.
Cuando iba a comprarse ropa, siempre escogía la que realmente no deseaba,
recreando de ese modo la poca importancia y el poco valor que había sentido de
parte de sus padres. En otras relaciones también optaba por quedar en un lugar
secundario, expresando así su lucha por mantener viva la esperanza de ser
realmente importante para los demás.
Una mujer anoréxica tuvo el siguiente insight: “Necesito amor, no comida”.
“Me rellenaron de alimentos, en lugar de darme amor”. “Ahora, cuando como,
siento que algo anda mal”. “No estoy recibiendo lo que realmente necesito, de
modo que mi cuerpo rechaza la comida y la vomito. Estoy hambrienta sólo para
mantener viva mi esperanza”. Inconscientemente ella sentía que si comía,
perdería la oportunidad de recibir lo que en realidad necesitaba. Dejó de
alimentarse y adelgazó muchísimo.
Otra paciente que traté, fue abandonada por sus padres y la enviaron a vivir
con sus abuelos. Ahí siempre se sintió incómoda e insatisfecha, como si nunca
hubiera tenido realmente un hogar. Necesitaba un hogar verdadero, como el que
tenían sus compañeras de escuela. Mucho más tarde, cuando inició una relación
amorosa, sintió de nuevo esta clase de sentimiento “equivocado” y rompió su
relación. Simplemente no aceptó ningún sustituto para el hogar que nunca tuvo
cuando era niña, y se sentía compelida a “actuar” (act-out) su necesidad en el
presente. Este act-out era la causa de una gran parte de su dolor adulto que le
impedía sostener una relación. Aunque se tratara de una buena oportunidad, se
sentía obligada a romper sus relaciones con cualquier excusa. No tenía ni la
menor idea de que ella estaba actuando. Irónicamente, lo que estaba tratando de
hacer con su comportamiento neurótico —sentirse amada y en su hogar— era lo
que le evitaba conseguir “lo que realmente quería”: tener amor en un hogar, en el
aquí y el ahora.
Otro de mis pacientes era un hombre que, cuando tenía ocho años,
repentinamente fue enviado a un orfanatorio. De ahí lo reenviaron en varias
ocasiones a hogares sustitutos. Cuando creció, nunca pudo establecerse en un
solo lugar porque no encontraba el que fuera adecuado (el lugar que había
perdido en su vida temprana). Su indecisión estaba basada en la esperanza
inconsciente de encontrar un hogar real, pero nunca lo consiguió. Jamás, en
ninguna circunstancia, se sintió en su hogar (y en realidad no estaba, ni estuvo en
él). Cuando sentía que ya había estado demasiado tiempo en algún lugar, lo
abandonaba y seguía buscando.
EL SIGNIFICADO OCULTO DEL COMPORTAMIENTO

El acting-out, o actuación simbólica, es probablemente tan diverso como la


gente. Por ejemplo, una persona tiene que acumular dinero para llegar a ser rica,
y cuando lo logra, necesita más y más dinero para evitar encontrarse con que no
había nada a lo que pudiera aspirar. El dinero se convierte en un sustituto de la
falta de amor. Aquellos que han sido privados de bienestar en la vida temprana, a
menudo tienen un deseo desordenado de dinero; unos simplemente lo roban,
quieren tener algo a cambio de nada; tener amor, sin que hagan nada para
lograrlo. El robo es un símbolo claro de esa necesidad.
Hay otras personas que son sexualmente promiscuas con la finalidad de
llenar el vacío de falta de afecto y de contacto en su vida cotidiana. Lo que
comienza como una necesidad sin complicaciones, termina ramificándose de
muchos modos distintos. Por ejemplo, un joven que de niño perdió a su madre y
siempre estaba ligeramente enfermo, en su vida adulta siempre tenía alguna
“enfermedad” y transcurría en una especie de “vaga espera”. Cuando estaba de
vacaciones, tenía que correr a su casa para revisar sus correos: ¿qué era lo que
esperaba? Sucedió que lo que esperaba era una carta de su madre. Hasta que
sintió lo profundamente que la amaba, supo que en realidad la extrañaba y
reconoció su incapacidad para aceptar su muerte. De ese modo fue como arregló
su vida, esperando siempre cualquier cosa, difería todos sus placeres porque
estaba esperando las noticias correctas. Compulsivamente jugaba lotería en la
televisión, siempre esperando las buenas noticias.
Esta pobre alma nunca podía relajarse, siempre esperaba a su madre. La
espera y la ligera tensión le eran esenciales. Siempre que conseguía algo que
quería, se sentía decepcionado. Incluso su coche nuevo no significaba nada para
él. No era el carro que realmente quería. ¿Estar decepcionado de tu auto puede
ser neurótico? En este caso sí. Le ponía “peros” a múltiples detalles, aunque en
realidad, ésas no eran las verdaderas razones de su decepción. Este hombre
estaba atrapado en un deseo infantil. El eventual sentimiento y reconocimiento
de sus necesidades era liberador: le liberaba de la esperanza, porque su
esperanza había anidado en la espera.
Recuerdo que traté a un psicoterapeuta que había practicado sus habilidades
como entrevistador. Toda su vida estuvo haciéndole preguntas a la gente porque
había una cuestión crítica que nunca se atrevía a preguntar: ¿Dónde está mi
mami? Ella murió repentinamente cuando él tenía cinco años. Nadie le dijo nada
y él nunca se atrevió a preguntar qué le había sucedido. Todo lo consideraba
misterioso, mientras tanto, actuaba de forma simbólica y, aunque no parecía nada
neurótico, desarrolló una habilidad que le hizo productivo como adulto, nunca
habría podido sacar esa conclusión si no hubiera tenido un sentimiento que
aclaró el significado de su actuar. Queda claro cómo el comportamiento
simbólico en la neurosis puede ser bastante sutil y las tentativas de medirla y
revelarla, deben ser también muy sutiles.
Un niño que crece con padres decepcionantes puede tener la necesidad de
confiar, para poder sentir que al fin puede depender de alguien. En la vida adulta
coloca su confianza en experiencias o personas equivocadas, porque necesita
desesperadamente confiar. La necesidad domina su realidad y lo obliga a
involucrarse con personas nada confiables. La lucha continúa, y al sentirse
decepcionado, considera que fue su error y... sí lo es, le sucederá una y otra vez.
Uno necesita estar totalmente vulnerable para experimentar el sentimiento de
que no podíamos confiar en nuestros padres y que la vida temprana era inestable.
Sólo entonces el presente dejará de estar dominado por la vieja necesidad.
LA REPRESENTACIÓN SIMBÓLICA DE NUESTRO NACIMIENTO

La representación simbólica (acting-out) puede suceder cuando estamos


formados en una línea de personas que esperan llegar a una meta, y de pronto,
desarrollamos un sentimiento de tremenda impaciencia, casi un estado de pánico.
Puede haber transcurrido algo análogo cuando estábamos por nacer, esperando y
tratando de salir. También es posible que la vida en el hogar fuera terrible y la
persona ya no podía esperar el momento de salir de él. Una historia de fracasos
debida a esa impaciencia puede derivar de un trauma, aun cuando el nacimiento
haya durado sólo unos minutos. La habilidad de ver a través de los
acontecimientos, de trabajar pacientemente hacia una meta, de estudiar para
lograr un propósito a largo plazo, desarrollar relaciones duraderas, todas estas
metas pueden ser limitadas y hasta impedidas por la incapacidad de esperar.
Por supuesto, no siempre se evidencia de inmediato que un cierto
comportamiento signifique una representación simbólica. No existen pruebas
psicológicas con este propósito. Pero cualquier cosa que una persona haga —
puede o no ser neurótica—, todo depende de la historia detrás de los hechos. No
se trata de algo que alguien pueda decidir: “¿Esto es neurótico? ¿Yo soy
neurótico? Podemos preguntarlo, pero realmente nadie es capaz de responder. El
individuo es el único archivista de su historia, y en esa historia yace la respuesta.
Otra de mis pacientes, cuya terapia avanzaba muy lentamente, no parecía
comprender los sentimientos por los que había atravesado. Parecía un poco tonta
y era exasperante. Por fin tuvo el sentimiento de “No querer saber nada”. Para
ella, saber era algo muy doloroso. Podría decir: “He tratado tanto de no saber la
dolorosa verdad de por qué nunca les gusté”. Su falta de curiosidad y aparente
estupidez eran actuaciones. Ella llegaba incluso a ser incapaz de ver las noticias
en la televisión o leer el periódico, porque todo le era muy doloroso. Conocer
significaba “dolor”: ésa era la ecuación que gobernaba su vida.
Aun el comportamiento que parece muy normal puede decepcionarnos. La
persona que actúa como “joven” y parece estar en pleno vigor (como era el caso
de un paciente), se rehusaba a actuar “de acuerdo con su edad”. Tenía que
permanecer joven, porque actuar conforme a su edad significaba perder la
esperanza de encontrar el amor que no había recibido cuando era niño. “Mami,
no voy a crecer hasta que tú me ames”, parecía que eso era lo que quería decir
inconscientemente.
La “transferencia” freudiana es otra manera de “actuar” simbólicamente. En
ella los viejos sentimientos hacia los padres se transfieren al terapeuta. No hace
ningún bien analizar esa transferencia y tratar de comprender cuál es la actuación
del terapeuta. Es mucho mejor sentir la fuente de su origen, el símbolo se
evaporará por sí solo. Hay miles de eventos cargados de sentimientos que juegan
un papel importante en la representación simbólica. Los lectores pueden
abastecernos con sus propios ejemplos. Típicamente, en una representación la
intensidad del comportamiento se basa en la fuerza de la necesidad (la cantidad
de privaciones) o en la valencia del trauma.
LA RESOLUCIÓN DEL ACT-OUT (REPRESENTACIÓN)

Hay muchas clases de terapias diferentes que se han dirigido a la neurosis y a sus
actuaciones simbólicas. Por ejemplo, hay una llamada “Ensoñación despierta
directiva e imaginería guiada” en la cual el terapeuta realmente crea historias
para la persona y la dirige hacia su resolución. Se cree que este simbolismo
resuelve el comportamiento neurótico (y sí lo hace), pero de sólo de forma
simbólica; desafortunadamente su actitud no cambiará las necesidades y los
sentimientos subyacentes. Un escenario así puede moverse de esta forma: “La
esposa es crítica: el jefe no lo dejará ascender”. “Vamos a imaginar que nos
dirigimos hacia él para decirle: ¡Sé asertivo…! Ah, ¿ya ves?, ¡sí lo lograste!”
Fue un bonito sueño, un bonito estado de salud imaginaria.
Las actuaciones fingidas son neurosis efectivas. Las que no son efectivas,
surgen cuando —aunque funcionen bien— no nos dejan satisfechos. En cambio,
cuando no funcionan, nos encontramos cara a cara con nuestro dolor. Es cuando
alguien va con un terapeuta para que le arregle su neurosis y generalmente recibe
drogas para sentirse mejor. La represión trabaja de nuevo, esta vez inducida por
las drogas y asegura la continuidad de la actuación simbólica. No se trata de que
una personalidad esté representando una actuación. Llevarla a cabo es parte de la
personalidad y casi todo lo que el neurótico hace, es representar. Esto se debe a
que casi todo lo que es neurótico está dirigido por sentimientos no reconocidos.
La manera como sostenemos nuestra quijada, nuestra postura, el guiño de los
ojos, el tono con el que uno habla, actúa y camina se incluyen en este espectro.
Nada se les escapa. Nada puede hacerlo.
Lo que ofrecen las terapias convencionales son sólo percataciones de las
representaciones, o act-outs, de los pacientes. El terapeuta generalmente tiene
que adivinar la exacta motivación que está detrás de ella y, hasta que el paciente
llegue a sentir, tendrán que estar adivinando. No podemos esperar que el cerebro
alto, o superior, conozca los secretos confiados al nivel más bajo, porque el
cerebro cognoscente llegó millones de años después que el cerebro sensible. En
efecto, desarrollamos un córtex para no enterarnos o para racionalizar; de no ser
así, estaríamos todo el tiempo inundados por los sentimientos (generalmente los
más dolorosos). Comprender lo que es una actuación, o hasta entender que uno
es neurótico, no cambiará nada. Estaríamos empleando la misma lógica
defectuosa de imaginar que comprender a un virus, podría curar una infección.
Sin embargo, muy a menudo la comprensión sofisticada de una actuación se
convierte en otra actuación: en una defensa contra el sentimiento. De esta forma
podríamos llegar a la moción de aliviarnos, sin el dolor implícito.
Lo que el neurótico elige para su terapia es algo que generalmente logra
sostener su neurosis, o sea, una psicoterapia sin raíces para un paciente ausente e
ignorante de su propia historia. El yo irreal está trabajando y eligiendo su
actuación. En nombre del progreso, la mayoría de las psicoterapias dinámicas
tratan con el yo irreal, se enfocan en el aquí y ahora y se imaginan que han
ofrecido algo real al paciente. El problema es que, durante años, siempre se
habían enfocado en el pasado, pero solamente estaban hablando de él, en lugar
de revivirlo, de ese modo todo era en vano. El problema no era el enfoque hacia
el pasado, sino en la manera de aproximarse a ese enfoque: ser libre significa
liberar al yo real.
La oración es otra forma de un representar o actuar simbólicamente.
Rezamos pidiendo protección, amor y cuidado. Con sólo darle una vuelta a la
frase, podemos dirigir también estas súplicas a los padres que nos privaron de
amor y atención. Sin embargo, y a pesar de todo, a veces se necesitan muchos
meses para capacitar a los pacientes para que comiencen a pedir algo a sus
padres —y mucho menos para rogarles— de aquello que en sus rezos le piden
todos los días a Dios. La razón es simple: una profunda desesperación y
desesperanza yace en estas necesidades, una desesperanza que es muy difícil de
confrontar. El paciente diría: “Qué caso tiene? Ellos no pueden amarme, así que,
¿para qué pedirles…? Es más seguro pedirle a Dios. Ya sea que los padres
puedan amar o no, eso no importa. La necesidad permanece, y cuando la persona
pide a sus padres lo que necesita, aparece el dolor. Cuando esos pacientes le
piden amor a sus padres, en la terapia, se topan con su propia desesperanza.
Como dijo un paciente: “La súplica primal original (o el ruego convertido en
oraciones), en la terapia se convierte en mi agonía”.
Una vez que la necesidad real se reprime y redirige, forzosamente nos
hacemos más directos y más simbólicos. No puede ser de otra manera. Por eso
los pacientes primales avanzados tienen sueños directos y no simbólicos. Por eso
aquellos que han sentido su necesidad y su dolor, consiguen una cualidad directa
en ellos: son más perceptivos, pues ya han percibido las realidades más
importantes de su vida. La neurosis es una sentencia de por vida, una prisión con
barrotes invisibles que circunscribe nuestras elecciones, intereses y alternativas.
Somos y seremos para siempre sus víctimas, hasta que logremos sentir.
VIII. El trauma de nacimiento:
consecuencias de por vida

“Acabo de pasar el primal de mi nacimiento, y más tarde me percaté del dolor


que sufrí causado por el fórceps de acero y el terror de sentir mis tejidos y
músculos convulsionando, pues durante las horas de labor de parto, tuve
palpitaciones y la necesidad de empujar desesperadamente tratando de salir”. Es
asombroso lo que le pasa al embrión de las especies humanas. Todavía estamos
en el “dolor de parto”, en la fase del embrión ya crecido, que está luchando por
su derecho a la vida; y en ese increíble y estéril cuarto sobrecalentado, está
teniendo lugar un nacimiento. Es un cuarto dispuesto no sólo para éste u otro
paciente, sino para una nueva especie. La primera evidencia corporal está
empezando a aparecer y se desliza lentamente, milímetro a milímetro, y al fin ¡el
infante grita y grita y comienza a vivir! Quien sea que así haya nacido, tuvo un
padre original, de un verdadero y completo producto humano. Esto ha sucedido
desde el comienzo de la humanidad.
LA NEUROSIS COMIENZA EN EL VIENTRE MATERNO

Uno de los más asombrosos aspectos de la huella de memoria es que puede


comenzar durante de la concepción. El medio ambiente fetal es un vecindario
que puede llenarse de contaminantes y químicos perniciosos. ¡Ahí están! El
sufrimiento es silencioso, y el secreto del daño —y el daño mismo— son
invisibles. La mamá puede estar ansiosa, irritable y reprimida, todo lo cual se
traduce químicamente y se infunde en el sistema del feto. Mamá puede haber
fumado como chimenea y contaminó a su bebé. En la universidad de Oxford se
ha descubierto que los bebés respiran en el vientre, carraspean, suspiran y tienen
hipo. Cuando las madres fuman, la respiración de los bebés se ve afectada
inmediatamente. Los bebés pueden toser en el vientre, indicando que les falta
oxígeno. Es más, las madres que tienen hábito de comer muy poco, pueden
transmitir una malnutrición y un hambre mortal. Todo el ambiente fetal puede,
en efecto, ser muy pobre, nada diferente del de un niño sin cuidados hasta los
cinco años —excepto los cuidados que son más obvios—. Los mismos cambios
bioquímicos ocurrirán tanto en el feto como en el niño de cinco años. El daño
será el mismo. La diferencia es que el feto no puede correr a casa porque su
madre está en peligro y su hogar está bajo amenaza. Lo que el feto está
aprendiendo es que el vecindario es peligroso.
El feto aprende de la experiencia, no de las palabras, pues de forma continua
se está comunicando químicamente con su madre. De hecho, cuando el bebé está
listo para nacer produce ciertas hormonas que indican el momento. La madre, a
su vez, libera hormonas que facilitan el nacimiento. Sin embargo, cuando hay
estrés las señales no operan adecuadamente. Demasiadas hormonas del estrés
pueden cambiar el sistema inmunológico de la madre, y también el del bebé.
Asimismo, las hormonas del estrés causan un aumento en las contracciones
uterinas y producen nacimientos prematuros. Podemos asumir que el nacimiento
prematuro es la causa de un cierto número de problemas físicos posteriores,
cuando en realidad los problemas son el resultado de una complicada cadena de
reacciones que surgen de fuertes cadenas de estrés. Éstas provocan en la madre
prematuridad y un daño al sistema inmunológico, lo que conduce a una
enfermedad posterior. De este modo, los procesos ocultos producen las bases de
una posterior hipoglicemia, diabetes, colitis e incluso cáncer. Podemos tener un
mal proceso fetal, el cual es más grave que una mala infancia.
Durante los nueve meses de vida hacia el nacimiento, el sistema es el más
frágil e ingenuo, y en estas circunstancias el impacto del trauma es mayor.
Después de doce semanas de gestación, el sistema nervioso del feto está
plenamente organizado y puede reaccionar, codificar y almacenar traumas. Esta
habilidad significa que las huellas de memoria comienzan muy temprano en la
historia fetal y pueden afectar a todos los sistemas, particularmente a aquellos
que comienzan a organizarse en los primeros meses en la vida.
La evidencia de cuánto puede sufrir un feto se ha mostrado en estudios de
ultrasonido en un feto de treinta y cuatro semanas: sus ojos están secos y crujen,
y su boca está totalmente abierta, como si estuviera gritando, como si realmente
se tratara de un grito, pero no habrá nadie que lo escuche. El feto no piensa, pero
sí reacciona de acuerdo con sus capacidades: cuando la madre está ansiosa y
deprimida, él está en trauma; cuando ella bebe alcohol y fuma, hay cambios
fisiológicos en el feto, los cuales no son benignos ni intrascendentes. La marca
que dejan se aprecia en continuos cambios, por ejemplo, en el comportamiento
celular. La memoria también se afecta por estos cambios en los diferentes
sistemas.
En efecto, el sistema inmunológico puede ser sacudido y alterado mucho
antes de que veamos la luz del día. La enfermedad inmune se puede manifestar
hasta varias décadas después; más aún, cuando el niño esté saludable. Quizá
nunca se manifestará como una enfermedad evidente.
La evidencia de cómo las huellas tempranas alteran la fisiología se
encuentran en el trabajo que hizo Kandel sobre la vida animal inferior. Su trabajo
ha mostrado que tanto el número de receptores como el nivel de
neurotransmisores, cambian permanentemente debido a la temprana experiencia
del miedo, pues existen profundos y duraderos cambios en la fuerza sináptica
como resultado de este miedo. Es más, se ha encontrado que una clase de
tranquilizantes —que sobre todo son receptores, como las benzodiacepinas—
modifican el cerebro a causa de su función sobre el estrés y la ansiedad. La
investigación actual indica que, posiblemente, la estructura genética de las
células en el sistema nervioso central cambia como resultado de las huellas
tempranas.
De nuevo, no es algo simple el que existan cambios que son resultado de la
experiencia temprana, lo cual no es algo intrascendente, pues estos cambios
participan en la manera como se graba la memoria. Revivir el recuerdo y
conectarlo con la conciencia es alterar esos cambios celulares y volverlos a la
normalidad. El neurótico no sólo tiene un cuerpo diferente, sino también un
cerebro diferente. Por tanto, cualquier tratamiento de la neurosis debe ser capaz
de dirigirse a esos cambios cerebrales. En la psicoterapia, hacer el bien
amorosamente no es suficiente. No se puede eliminar la neurosis con amor.
Debemos renunciar a la noción de que el recuerdo es sinónimo de la “mente
pensante” y que la memoria es la que realmente recuerda cognitivamente. Cada
célula en el cuerpo tiene una memoria, es lo que verbal o cognitivamente se
recuerda. Cada célula de nuestro cuerpo guarda un recuerdo. Por eso vemos
cambios mayores en el funcionamiento de las células después de que la huella de
memoria se revive, y también porque son importantes los cambios en las
funciones del cerebro y en la producción de hormonas. Esto es particularmente
cierto cuando se reviven hechos preverbales, cuando no hay oportunidad de
recordarlos de manera normal. Por esto nunca debemos descuidar el trauma de
nacimiento y el trauma del prenacimiento, y considerar la función inmune y las
enfermedades crónicas serias.
CÓMO SER NEURÓTICO EN EL VIENTRE MATERNO

La razón por la cual debemos considerar la etapa fetal cuando nos estamos
refiriendo a la enfermedad, es porque así es la vida: nueve meses, la clase de
existencia más crucial en la que casi cada suceso deja una marca indeleble y
donde se crea el sustrato de la neurosis. Se puede ser neurótico en el vientre
materno.
No necesitas ser neurótico ni actuar como neurótico, porque siempre que
haya suficiente dolor impreso y la dislocación de una función: ¡ahí está la
neurosis! Aun si la dislocación sucede en las células fetales y en sus funciones,
más que en la mente y en el comportamiento del niño, sigue habiendo la misma
neurosis, por eso no te puedes señalar a ti mismo o a los otros y decidir si son o
no neuróticos. Por eso las pruebas psicológicas no son suficientes para medir la
neurosis, sólo pueden medir el aspecto psicológico de ella. Si la reacción
predominante al dolor impreso es física, la prueba será inadecuada e inexacta.

Aarón

Mi madre murió de cáncer, poco tiempo después de mi nacimiento. Estaba


enferma desde que me concibió y pasaba por un estado de duelo producido por
la reciente muerte de su padre. Estaba casada con un hombre rabioso y loco, y
ella vivía en un constante y enorme estrés. Debió ser muy difícil para ella dar a
luz en esas circunstancias. Hubiera sido mejor para mí que ellos no hicieran el
esfuerzo de mantenerme vivo, porque nací muerto. Fui un niño del siglo XX
nacido de padres enfermos, en un país enfermo en un mundo en el que sólo he
conocido una ley: la de la supervivencia. Lo único que he hecho en mi vida es
tratar de sobrevivir. Nunca he esperado algo más. Morí dentro de mi madre
mucho tiempo antes de llegar a este mundo. La promesa de que cada organismo
viviente siente, y que yo sentí por algún tiempo, era que todo estaba bien y que
así seguiría: en realidad, todo estaba mal, muy mal. Ella estaba enferma de
cáncer, de dolor y de rabia. Mi desarrollo en su vientre no era normal y no había
nada que hacer. Yo vivía en un ambiente hostil que no me dejaría ser yo, sentía:
“Tengo que salir de aquí, algo horrible puede pasar si no logro salir pronto”. Ése
ha sido mi sentimiento toda mi vida.
CÓMO CAMBIA AL CEREBRO EL TRAUMA DE NACIMIENTO

Las consecuencias dramáticas de que una madre esté embarazada en esas


circunstancias han sido ilustradas por Marian Diamond. Lo que encontró en
investigaciones hechas con animales (y la biología de ciertos animales es
básicamente la misma) nos informan que en un medio ambiente enriquecido, en
el que los bebés humanos y los animales tienen juguetes y se les permite mucha
libertad, cambia el cerebro de sus hijos. El córtex del bebé es más ancho,
aprende mejor y cualquiera puede darse cuenta que es más inteligente. Las
circunstancias psicológicas de la madre pueden cambiar la estructura física del
feto que lleva en su vientre, y lo que la mente de la madre contiene, puede
cambiar el cerebro físico del niño.
Cuando la madre es muy infeliz, eso se refleja en las hormonas que median
con sus sentimientos. Las hormonas del estrés no sólo indican que hay estrés,
sino que determinan cuánta energía va a tener la madre, cuánta azúcar habrá en
su sangre, que tan sexual es, si el futuro bebé finalmente no nacerá o, la forma
como criará a su bebé y lo eficiente que es su sistema inmunológico. Todo esto
tiene una gran importancia. Sabemos que cuando hay un alto nivel de estrés en la
madre, la eficiencia de su sistema inmunológico será más baja. Todo esto,
trasladado al feto, augura que nacerá con sutiles deficiencias inmunes o con
vulnerabilidades que sólo se manifestarán más tarde como estrés.
La manera como el neonato responde al trauma de nacimiento depende de su
ambiente previo. Si la madre fumaba continuamente, estaba privando al feto de
oxígeno: cualquier anestésico que se le dé a la madre durante el nacimiento,
puede afectar seriamente al recién nacido, que ya tiene problemas causados por
la privación de oxígeno durante el embarazo. Robert Bauer, quien fue jefe de
Investigación Infantil en la UCLA, encontró anestésicos en el sistema de los recién
nacidos. Estaban letárgicos y no mamaban con la fuerza requerida, había en ellos
una cierta pasividad.
Durante muchos años he visto a varios cientos de pacientes reviviendo
diversas clases de traumas. Eran pacientes de cerca de veinte países que habían
atravesado por la experiencia de revivir ciertos episodios que no podían ser
simulados. Esto se puede demostrar, por ejemplo, por la manera como los pies y
los dedos están fijados en ciertas posiciones (ya fueran de japoneses o suecos).
Durante la sesión terapéutica de “revivencia” les aplicamos algunas mediciones
eléctricas: revisamos su pulso, la presión sanguínea, la temperatura corporal y
sus ondas cerebrales. Encontramos que todas las medidas se elevaron
considerablemente y que, en algunos casos, la amplitud de las ondas se
duplicaba, el pulso se elevaba a 200, la presión sanguínea a 220 y la temperatura
subía dos o tres grados en cuestión de minutos, todo esto con la persona
acostada, pero conectada con sus recuerdos.
Esos recuerdos indudablemente portan una gran fuerza. Siempre están ahí,
aunque no se hayan disparado. Sus procesos están escondidos bajo capas de una
represión efectiva, de modo que el resultado exacto no es evidente. Aun con la
conciencia a “tope”, la respuesta inmunológica muestra una efectividad
disminuida: ¡está procesando un dolor desconocido para la conciencia! Mientras
más fuertes han sido las reacciones relacionadas con el estrés que hemos
observado y medido, y que ocurren durante el trauma del nacimiento. (En virtud
de que el estrés y el sistema inmunológico funcionan de un modo cruzado),
cuando uno funciona en un nivel alto, el otro lo hace en un nivel bajo y
viceversa. Entonces asumimos que el trauma de nacimiento ha tenido un
profundo efecto en el sistema inmunológico.
Al observar cómo reviven esas experiencias los pacientes, podemos
reflexionar en la cantidad de presión que se crea durante el trauma de
nacimiento. Es sobrecogedor darse cuenta del dolor que el cuerpo puede
almacenar tan silenciosamente, manteniéndolo durante muchos años bajo un
aspecto de calma exterior. Mantener esa clase de dolor tan grande y no estar
consciente de él, es un testimonio de la fuerza y la eficacia de nuestro sistema
represivo.
PROTOTIPOS

El principio del origen del prototipo

Hemos encontrado que las experiencias tempranas “fijan” las conexiones


neurales que durarán toda la vida. Ciertas experiencias estabilizarán y reforzarán
ciertas conexiones, pero otras se perderán. Las que permanecen son aquéllas que
son más críticas para la supervivencia. Éste es el principio del origen del
prototipo. Las primeras conexiones que facilitaron la supervivencia continúan
activas debido al principio del desarrollo de la selección natural.
Cada día de la vida fetal, cientos de miles de células nerviosas se agrupan, se
especializan y se organizan en los órganos donde están destinadas a formar parte.
Ciertas células están destinadas a ser células cerebrales, mientras que otras se
convertirán en hígado, estómago, pulmones, etc. Cuando el sistema de la madre
es tóxico, cuando está bajo estrés, el feto absorberá las toxinas y su fisiología
quedará distorsionada. Las frágiles células nuevas, que están en proceso de
organizarse en complejas estructuras y en intrincadas conexiones de la red
neurológica, son especialmente vulnerables durante ese tiempo.
EL TREN DEL TRAUMA: LA AGONÍA COMO FIJACIÓN PERMANENTE

Las distorsiones que surgen en el feto con el trauma, tienden a fijarse en la


madre, permanecen como distorsiones prototípicas en ella. El dolor en torno al
nacimiento queda impreso como prototipo (modelo original en el que algo queda
establecido como un patrón). Éste afecta a una variedad de patrones de
comportamiento. “Prototípico” significa que ciertos traumas quedan impresos en
el cerebro en desarrollo, y la fisiología causa cierta clase de respuestas a ese
dolor. Significa que esas respuestas permanecerán para siempre como patrones
de tendencia grabados, tanto a nivel fisiológico como psicológico. La impresión
de un dolor muy temprano produce dos alteraciones principales en el sistema:
establece de por vida un “pozo” de tensión residual, y dirige y —en cierto modo
— da forma al comportamiento y a la fisiología. Ambos, el dolor y el total
repertorio de respuestas y defensas a ese dolor, quedan estampadas al mismo
tiempo, como una huella unificada.
Aunque se trate de un neonato que ha sido muy anestesiado durante el parto,
a medida que el anestésico pasa a través de la barrera placentaria, se infunde en
el sistema del bebé con una dosis que es cientos de veces más poderosa. Con ella
el recién nacido se convertirá en un bebé pasivo e ineficaz, e incluso
inconsciente, y sufrirá el dolor de la experiencia, pues su futura respuesta de
pasividad le ha quedado estampada como un prototipo que le afectará
totalmente.
El prototipo queda fijado por lo que llamo “el tren del trauma”. Ésta es una
metáfora para describir la secuencia de eventos a través del nacimiento, que
terminan de un cierto modo característico. He podido observar que la manera
como termina el nacimiento queda grabada como una reacción prototípica, que
afecta fisiológica y psicológicamente, como si el cuerpo gritara “¡Corte…!
¡Imprima!” Todo depende de la salida de la estación al momento del nacimiento.
Si el tren en que vamos es el equivocado —parafraseando a otro autor: “Cada
parada en la vida será la equivocada”—, las vías que conducen hacia la vida
literalmente han sido desenrieladas y nos conducen a un viaje paralelo que nos
lleva no sabemos a dónde y por razones que no comprendemos. El viaje es
inexorable y no hay nada que podamos hacer para bajarnos del tren. El secreto
está en regresar al principio del viaje, para que podamos encontrar un camino
más claro que el anterior.
Si durante su proceso de nacimiento el bebé está drogado y medio muerto, el
tren va a moverse lentamente, no tendrá mucho vapor y no irá muy lejos. Si
salimos al mundo en el modo de lucha, peleando por salir, y lo hacemos de
forma exitosa, el tren seguirá adelante sobreponiéndose a los obstáculos,
chocando con todo y abriéndose paso agresivamente con mucha energía
disponible. En cambio, para aquellos que salen del tren del nacimiento de un
modo pasivo o drogados, la energía disponible se reduce con la finalidad de
permanecer vivos en el tren en el que están huyendo del recuerdo de una muerte
cercana. Cuando el proceso se hace más difícil, el primer pensamiento es de una
rendición inmediata: suicidio. Éste no es el caso para quienes nacen de un modo
activo y que se mantienen ocupados en empujar hacia delante.
Acabo de mencionar el fenómeno “¡corte... imprima!” A partir de ahí, hay
algo diabólico que se encarga de nosotros. Ésta es la razón de que tengamos
pesadillas a la edad de treinta y cinco o cuarenta años, en la cual perdemos el
aliento, nos sentimos sofocados, estrangulados... y todo ello se debe a las
sensaciones originales ocurridas en el nacimiento. El inconsciente no trabaja
caprichosamente, no fabrica pesadillas a partir de un impulso diabólico: emplea
los recursos básicos de la huella de memoria para producir imágenes y
sensaciones que son una plaga durante toda nuestra vida.
El modo en el que finalmente emergemos del canal, marca el fin del tren del
trauma y dicta tendencias muy amplias en la personalidad. Si el feto está muy
drogado durante el nacimiento y no puede hacer nada, sino sólo tratar de
respirar, la respuesta que salvó su vida quedará impresa y será la de la pasividad,
la resignación, la futilidad y la desesperanza. Ninguna de estas condiciones se
conceptualiza sino hasta mucho más tarde, cuando se desarrollen herramientas
conceptuales. Sin embargo, el trauma alterará la fisiología, y esa alteración
estará representada en los altos niveles de la conciencia y estarán registrados en
el incipiente neocórtex, el cual se desarrollará plenamente muchos años después,
sólo entonces tendremos la capacidad de nombrar el sentimiento de trivialidad.
Lo que no podemos hacer es nombrar su fuente, porque las representaciones
del trauma temprano quedan impresas en una conciencia cortical que aún no se
ha desarrollado plenamente: el resultado es parecido al de una fotocopia casi
indescifrable. Sólo los sentimientos traídos a la conciencia pueden lograr que el
mensaje aparezca de nuevo, pero aun así, es su representación, la que décadas
más tarde nos permitirá conectarla con un sentimiento. Uno simplemente sigue
las ideas triviales y los sentimientos de desesperación, hasta encontrar sus raíces.
Lo que hace el trauma es dar forma a las tendencias de respuesta que
participan en las bases de la personalidad. Por ejemplo, puede haber tendencias
represivas (como en el trauma anterior) o tendencias expresivas (cuando se lucha
para salir, y se sale con éxito). Más tarde en la vida, cuando hay conflicto y
estrés, la primera reacción para sobrevivir de nuevo será anotada —durante el
tren del trauma—, mientras que esas neuronas extrañas desaparecen. Aquellos
que para sobrevivir tienen que mantener sus reacciones en un mínimo, como
cuando se está en peligro de ser estrangulado por el cordón umbilical, una de las
respuestas posteriores será una respiración muy superficial, que conduce a una
superficialidad en los afectos. Al final, la tendencia general es mantener las
cosas como están.
No es de asombrar que este niño, a la edad de tres años, cuando esté
disgustado acostumbre retener la respiración (recapitulando el trauma original y
la respuesta que le salvaba la vida). Más tarde, cuando se enfrente a un conflicto,
también tratará de mantener sus sentimientos bajo control, entonces alguien
descubrirá que aquellos que enferman de cáncer son los que retienen sus
sentimientos. Algunos intentarán estar en terapia para lograr expresarlos, pero
toda la expresión que desplieguen en la terapia no cambiará la tendencia básica
establecida por el tren del trauma. Mantener a raya los sentimientos y el
desarrollo del cáncer como una enfermedad represiva forman parte del mismo
síndrome, emanando de un evento idéntico temprano. En términos generales, los
distintos tipos de cáncer son el resultado de tendencias represivas, en contraste
con las enfermedades del corazón, que tienden a ser un desorden de la expresión
que proviene de un tren de trauma más activo y agresivo. La tendencia, ya sea
hacia la represión o hacia la expresión, comprende cada aspecto de nuestro ser.
PROTOTIPOS Y SUPERVIVENCIA

Las respuestas prototípicas a eventos que ponen en peligro la vida, originalmente


no son neuróticas. Sólo se tornan neuróticas cuando persisten en la vida adulta y
cuando son inconsistentes con la realidad actual, porque no actúan para salvar
vidas, y tampoco son apropiadas. La constricción bronquial es apropiada cuando,
durante el nacimiento, uno se está ahogando en los fluidos. Pero el asma que se
puede crear más tarde en la vida, como respuesta a una discusión entre nuestros
padres, no es una respuesta adaptativa, por el contrario, puede poner en peligro
la vida. Como regla general, las respuestas prototípicas se convierten en sus
opuestos y después se tornan autodestructivas, porque pasado el tiempo, quedan
fuera de contexto y no están acordes con la realidad externa presente. El
comportamiento dirigido hacia la agresión —por ejemplo, lo que al principio nos
ayudó a salir del canal del nacimiento—, como prototipo impreso, también
puede hacernos morir prematuramente por el esfuerzo excesivo.
Cuando vemos a alguien que durante toda su vida ha padecido de
claustrofobia, que está saliendo de un primal de nacimiento, reviviendo sentirse
aplastado y casi asfixiado, podemos comprender el terror original de esa fobia.
Uno ve de inmediato el poder de la huella inconsciente y el verdadero
sentimiento del miedo a morir. Una persona que ha vivido una experiencia de ese
tipo, puede ser la clase de persona que más tarde no podrá ser “sujetada”, no será
capaz de hacer algún compromiso temporal o cualquier cosa que la limite:
cualquier cosa o acción precisa, ya es motivo suficiente para evitarla. También
hemos visto a alguien aterrado por dejar su casa —es una persona que vive en un
mundo que se ha estrechado hasta constar de sólo un pequeño cuarto—, y luego
la vemos revivir el terror que yace bajo la experiencia de dejar el vientre y
quedar impotente ante la fuerza detrás de su fobia. Experiencias como ésta nos
ilustran el tren o la fuerza de la huella
Aquellos que no quieren ponerse en las manos de nadie, que nunca pueden
tolerar la autoridad de su jefe, que no desean tener límite alguno, ni barreras, ni
restricciones, están “actuando” una huella impresa. La huella puede tener su
origen en haber estado totalmente indefensos durante su nacimiento, ante la
caprichosa fisiología y anatomía de su madre. Bajo tales circunstancias uno
“aprende” que cuando nuestra vida está en las manos de alguien más, uno se
puede morir: es un proceso de descubrimiento inconsciente, a menudo reforzado
por circunstancias posteriores en la vida.
El comportamiento prototípico es el recuerdo o la memoria de los comienzos
de la neurosis; uno puede explorar y buscar en las numerosas convulsiones de la
neurosis y sólo ver borrosamente el prototipo. La estructura total de nuestra
personalidad descansa en un prototipo, pero nunca trabaja en reversa. Cuando
tratamos de cambiar actitudes y síntomas de nuestro comportamiento, nunca
cambia el prototipo, porque éste es un hecho fisiológico, y no un constructo
teórico.
La lógica del prototipo es inherente al fenómeno mismo. Clarifica, encuentra
el sentido y hace coherentes los sucesos disparatados. Vincula los síntomas con
sus orígenes, ideas y comportamientos. Experimentar el prototipo permite a una
persona de cincuenta años descansar finalmente, porque ya no tiene que seguir
haciendo que algo suceda, como lo hizo durante su nacimiento. Una percatación
basada en revivir el evento temprano, de inmediato hará a la persona sentirse
bien, porque el alto nivel de representación del evento se cerrará ostensiblemente
en su lugar. Se trata de un “darse cuenta” que nadie más puede ofrecernos,
porque un darse cuenta no es más que el nivel más alto de conciencia del
sentimiento conectado con el nivel inferior.
Las maneras como el trauma impreso puede participar en la formación de la
personalidad se van creando a lo largo de la vida. Por ejemplo, tenemos a un
bebé que tuvo un proceso de nacimiento particularmente difícil: fue golpeado,
herido, aplastado y exprimido, todo ello sin ninguna razón aparente (al menos
para el bebé). Lo que puede quedar impreso en su cerebro es una especie de
“fisiología de la injusticia”, porque le han lastimado sin ninguna razón. La
cualidad de la experiencia se manifestará solamente si el sentimiento es
reforzado más tarde, en su infancia, cuando el niño se sienta rechazado y
criticado sin motivo alguno. Entonces surgirá un deseo determinante de corregir
las injusticias. Si se trata de una niña, ella llorará por la doncella que fue
condenada a sufrir porque amó al hombre equivocado, y se interesará por
conocer al héroe que en su pueblo hace justicia (como sucede en las películas y
en los cuentos de hadas). En suma, ante todos los eventos en su entorno, ella se
hundirá en sus necesidades primales inconscientes. En su vida, esta persona será
muy dada a discutir y luchar por la razón y por los derechos de la sociedad,
porque la fuerza que la motiva es el sentido de la injusticia que experimentó en
la más primal de todas sus experiencias: en el nacimiento, y estará guiada por los
sucesos de su infancia.
Debemos de recordar que las catástrofes que suceden a un frágil feto o a un
recién nacido, le están ocurriendo a un organismo que tiene una ventana
sensorial muy amplia, que recibe directamente todos los impulsos y el dolor, y
que no puede colocar nada entre él y lo que le está sucediendo. El recién nacido
no puede llamar a un amigo para platicarle lo injusta que ha sido su experiencia;
tampoco puede buscar un abogado o enviar a la cárcel a sus padres. No puede ir
a la tienda a comprar una caja de cigarrillos para fumárselos, y tampoco puede ir
al refrigerador y devorar su contenido. Simplemente sufre. A los médicos les
parece muy normal que el bebé nazca llorando. El recién nacido grita porque ha
sido traumatizado. Gritar no es el resultado normal del acto de nacer.
Las raíces que conectan los sucesos del nacimiento con ciertos síntomas en la
vida adulta, a menudo parecen laberínticas. Lo que es insidioso en esas raíces es
que parece que hemos hecho un viaje muy lejos del hogar, y conforme
avanzamos en el viaje, hemos ido borrando el camino y ya no hay posibilidad de
regresar al punto de partida o de saber cómo se llegó a la situación presente.
Muchos años después, cuando la persona se halla en el consultorio del doctor
quejándose de palpitaciones, angina, fatiga crónica o alta presión, los orígenes de
estos síntomas son para él y para el doctor, un completo misterio.
Nuestro comportamiento y nuestros síntomas no suceden al azar, tampoco
carecen de significado, pero al final son el resultado de una historia. Si nos
acercamos, desde un punto de vista histórico, al desarrollo de los síntomas,
estaremos tan perdidos como la persona que ha ido borrando el camino que deja
atrás. Los síntomas son el producto final. El tratamiento del síntoma es valioso y
es necesario; uno tiene que tratar una úlcera o el dolor de una migraña, pero no
debemos confundir el tratamiento con la cura. A menos que uno se dirija a las
fuentes generadoras, lo único que hacemos es aliviar los síntomas, y éstos no son
lo mismo que la enfermedad, sólo son los medios por los cuales la enfermedad
se manifiesta.
La función de un síntoma es ligar y absorber la energía de la huella. Si se
remueve abruptamente un síntoma, dejamos a una persona sin salida. Un
paciente que vino a nosotros había sido tratado de su impotencia en una clínica
de terapia del comportamiento. Después de algunos meses de terapia, de alguna
manera había resuelto su problema y, de vez en cuando, pudo tener algunas
erecciones. Sin embargo, pronto desarrolló otros dos síntomas: una especie de
narcolepsia —se quedaba dormido constantemente— y un caso de herpes. Al
intentar remover su síntoma, se le colocó en una situación de gran estrés: la
presión se fue por algún otro cauce, como debe ser. La evidencia de lo anterior
se puede encontrar en el trabajo de Ronald Glazer, de la Universidad de Ohio,
quien demostró que aun el estrés añadido a un examen final, es suficiente para
producir herpes. Algunas veces, la mente puede absorber el impacto mediante un
bien construido sistema de creencias, otras, la energía se dirigirá contra el
cuerpo. En todo momento, el organismo es un sistema compensador que trata de
equilibrar, lo mejor que puede, la presión interna.
La siguiente historia es el caso de un epiléptico, e ilustra lo dicho. Este
paciente explica en sus propias palabras, mejor que cualquier prosa, el impacto
de su nacimiento y las consecuencias en su vida, mucho tiempo después.

Bill

Al principio todo era muy suave y rítmico, de pronto, ¡ZAZ! Estoy casi seguro de
que estando en el canal de nacimiento, sufrí una conmoción: el útero se puso
rígido y golpeó mi cabeza. Cuando ya era adulto, tuve un accidente
automovilístico y se rompió mi esternón. He revivido ese accidente como si se
fuera desarrollando una fotografía, hasta que estoy totalmente consciente de lo
que pasó y de qué tanto este hecho evoca mi trauma de nacimiento. Después de
experimentar esos sentimientos, comencé a sanar rápidamente, mucho más
rápido que antes. De algún modo, sentir el dolor, tiene algo que ver con sanar ese
mismo dolor.
Pienso que la escena de mi nacimiento se tradujo en mi ataque prototípico.
Era como las primeras etapas de la muerte, era el resultado de una anoxia
inevitable, realmente apropiada a la situación. Las escenas del nacimiento, tal
como las reviví, eran mucho más traumáticas que mi accidente. Los cientos de
ataques que he tenido en mi vida eran, exactamente, tentativas inconscientes
para reaccionar de forma plena al horror inicial que viví en el momento en que
nacía, de mi necesidad mortal de oxígeno. No me asombra que tuviera en la
punta de la lengua un sentimiento previo al ataque. Algo estaba realmente en la
punta de mi lengua: un presentimiento. No es ningún misterio, porque cuando
empecé a reconocer de lo que se trataba, me desmayé. La inconsciencia
misericordiosa me salvaba de conocer algo que era demasiado fuerte para saber
y sentir.
En repetidas ocasiones, durante las últimas semanas, he sentido que estoy
recuperando la conciencia. Me veo situado a medio camino del canal de
nacimiento, empezando a respirar. En mi sentir, todo parecía ser violento y
discordante, tragué aire con grandes hipos. Me sacudía para liberar mis brazos y
mi cabeza, pero la mayoría de las veces sólo me dejaba ir y tragaba aire y lo
sentía como si fuera un fluido. Mis llantos salían esporádicamente como hipos y
aullidos. El zumbido eléctrico (que siempre he creído que fue mi primer ataque)
sucedió con mi nacimiento. Conforme tragaba aire, mi cuerpo se estremecía, del
mismo modo que lo hace cuando me dan los ataques y cuando se convierten en
una sensación de agonía, sofocación y conmoción. Toda mi vida he dormido
muy mal, mis pesadillas siempre están acompañadas de las mismas sensaciones
tempranas de ahogo (de sueños en los que me ahogo y enormes olas me impiden
respirar). Puedo reconocer cómo esas sensaciones y sentimientos siempre han
estado tratando de salir y liberarse. En realidad, en mi sueño tenía esas
sensaciones y sentimientos y me despertaba antes de estar plenamente
consciente. Pasé por tiempos muy difíciles para dormir, porque esas mismas
sensaciones hacían que mi cabeza se despertara constantemente. Estaba lleno de
pensamientos que no podía contener.
Como los ataques parecían apropiados (por la manera como los sentía),
nunca sentí que fueran extraños. Estos sentimientos pueden parecer mundanos o
bizarros para algunas personas, pero para mí, eran la explicación de cómo me
sentía cada día de mi vida. Si al menos hubiera podido estar consciente de lo que
me golpeó y que me dejaba inconsciente una y otra vez, indefinidamente, pero
no existía razón alguna para sufrir un ataque que me dejara inconsciente.
Hay una desorganización continua después del ataque, existe hasta en las
sensaciones físicas que narran las personas que sufren a menudo de ataques.
Conforme se acercan a lo que se siente durante el nacimiento, viven sensaciones
que literalmente te fragmentan y disuelven. Cuando comienza el ataque, el llanto
se convierte en un nudo descorporeizado en la garganta, y de pronto, el nudo se
rompe en pedazos, como si fuera de barro, y se convierte en vidrios rotos,
aplastados, y luego aparece algo como un fino zumbido eléctrico. Éste es el
movimiento constante en la plétora de síntomas que me aterraban.
En mis sueños, mis síntomas cambiaban como camaleones, a veces no me
dolían, pero con frecuencia me dolía la cabeza, y cuando eso no me hacía daño,
entonces el dolor era en mi ombligo, y cuando algo no me dolía, significaba que
algo extraño estaba por suceder. En tales ocasiones perdía el equilibrio durante
varios días. En pocos segundos, los síntomas se mezclaban uno con otro. Se me
hace difícil saber qué síntomas puedo describir como “físicos”, porque el pánico
podía presentarse como un dolor de estómago, y de pronto cambiar a un nudo
detrás de mi ojo derecho, y luego a una sensación de tener un cuchillo entre las
placas óseas de mis hombros. Los ataques no se manifestaban hasta que me
llegaba el mensaje de que no podía pedir auxilio, quejarme o mostrar cualquier
señal de imperfección. Cuando mi madre me gritaba en la cara, cualquier
respuesta podía ser peligrosa. Una vez, cuando tenía siete años, me dio un
ataque; me había dado un fuerte golpe en el codo y no podía gritar. En una
ocasión alguien me preguntó si mis hermanos y yo debíamos ir a un orfanatorio,
entonces me desmayé: sufría regularmente esos desmayos. Siempre he tenido
problemas con la colitis y la constipación. Parece que las dos no se presentan
juntas, pero yo las tuve así. Todos mis síntomas parecían episódicos. Primero yo
contenía todo y luego… venía el viejo patrón prototípico.
Mis dolores de cabeza desaparecieron cuando reviví mis sentimientos del
nacimiento y la falta de oxígeno. Pienso que no tenía modo de descargar mis
venenos acumulados, y desde entonces he tenido la obsesión de purgarme de una
manera u otra, ya sea confesando, viéndome obligado a correr o
¡paralizándome!, ésa es la palabra, ¡no la soporto!, me vuelve loco. No lograr lo
que necesito, para mí es lo mismo que estancarme o saberme envenenado. Es un
gran alivio liberarme de esas convulsiones.
Todavía puedo sentir los nudosos granos del asfalto, pegados en mis mejillas
y mis cejas. El campo de juegos estaba vacío. ¿Qué había pasado? Me senté, no
había nadie que me dijera que me había desmayado, aunque no tenía ninguna
herida, ningún dedo lastimado ni una mano, tobillo o dedo cortados. ¿Quién se
desmaya sin causa? Quizá yo era demasiado sensible. Mi madre me dijo que
tenía una imaginación hiperactiva. ¡Pero esa vez no me había imaginado nada!
Algo estaba mal en mí… y siempre lo había estado. Cuando, después de
desmayarme, me senté en el patio vacío de la escuela, esas sensaciones bajaron
desde mi cerebro, como una cuerda musical, hasta que desaparecieron. Durante
varios momentos en el día, a media oración, perdía el hilo de lo que estaba
diciendo, me detenía como hechizado y miraba por el borde de la ventana y...
decía... ¿Qué? Me esforzaba en respirar, pues por algunos momentos realmente
dejaba de respirar y recomenzaba con dificultad, acercándome a ese rítmico
placer nativo, como si se tratara de un problema de lógica: Si movía mi pecho y
echaba la cabeza para atrás, el aire entraría. De pronto tenía asaltos de dolor en
mis rodillas y en mis muñecas. En mis costillas y en mi espina dorsal había
sensaciones irritantes: sentía como si una lagartija se estuviera retorciendo en mi
pecho. Se movía si yo me movía, y sentía su peso cuando me quedaba quieto.
¡Siempre me he sentido muy miserable!
Me gustaba bañarme, quería flotar en el agua y que me cubriera y llenara,
pero sin ahogarme, como si fuera una medusa... ellas son noventa y cinco por
ciento de agua. También quería flotar en el océano, sin mente. He vivido toda mi
vida de ese modo, padeciendo “sólo consecuencias y ninguna decisión”; los
números matemáticos nadaban en mi cabeza, también las chicas bonitas a las
que nunca les hablaba, porque yo era absolutamente preverbal: enmudecía al
tratar de hablar, con una emoción sin forma, sin sensaciones. Siempre estaba
apartado de los demás: de mis pares, de mi familia, escudado en una casa de
plexiglás que sólo me enviaba hacia catástrofes que inmeditamente sucedían.
Entre yo y el mundo había un cosmos, una cosmogonía de dolor: sensaciones
de quedar sin aliento y solo. No podía transcribir lo que Neil Young cantaba:
“Son estas expresiones las que no tengo y me evitan buscar un corazón de oro y
estoy envejeciendo”. Las emociones pasaban por mi garganta: la marea, un río.
Un verdadero montaje. Todo parecía desvanecerse en el momento en que trataba
de mirar mi cara en el espejo del baño.
En el tránsito a la muerte, el hombre ve su vida. No hay de dónde sostenerse,
ninguna razón para luchar. ¿De dónde viene todo esto? ¿De mi vida suburbana
de clase media? He visto las horas y los días como si fueran segundos y he visto
a la muerte como si hubiera ocurrido. Ahí está siempre el dolor y yo, solitario, y
nunca, nunca hay nadie para ayudarme. ¡Nadie lo sabe y nadie me escucha!
¿Qué puede importar si juegas o no futbol, si cuando ves que el centro de tu vida
está corroído, devorado por la muerte y la miseria? Qué importa de dónde llegó
y de quién fue la culpa. Ya estaba ahí, y desde el principio de cada lucha, yo ya
la había perdido. Qué sentido tenía hacer el amor a una criatura viviente, de
carne y sangre? En algún momento ella tenía que despertar y encontrarse con un
hombre enfermo entre sus piernas. No es que fuera algo malo, pero aunque sí era
bien intencionado, estaba fuera de lugar y, ¿qué significa cualquiera intención en
un hombre que se está muriendo? ¿De qué sirven las disculpas? Todo es inútil.
Solamente era un chico necesitado de tantas cosas... parece tonto llamarlo así:
¡de un organismo completo! Y ahí estaba yo en el baño, parado frente al espejo,
apoyado en el lavamanos, de pie, frente a la muerte.
He elegido volúmenes de maestros de la literatura para que hablen por mí.
Deseaba mucho vivir. Platón, Rabelais, Miller y Nietzsche. Recorrí a Marx,
Darwin, Rimbaud y a los Padres Fundadores, pero al final terminé sucumbiendo.
Me rendí y ya no pedí más ayuda. No hablaba con mi madre. Cuando quería
llorar, lo hacía en privado en algún lugar oscuro. Y me abstuve del sexo, de una
buena compañía y de bailar. Nunca pedí nada, ni que algún amigo me llevara en
su coche a mi casa. Nunca me impuse y nadie se ocupó de mí.
Padecía con el conocimiento. En su libro Memorias del subsuelo,
Dostoievski atribuía su epilepsia a ser “hiperconsciente”. El conocimiento
susurra: “Nadie ni nada es para siempre”. ¿Por qué nadie ha venido hacia mí,
temprano en este día? ¿Así debe ser, hasta este punto? En mis sentimientos
tempranos recuerdo que estaba arañando en el aire, rogándole a mi madre que
me dejara salir al porche. Quería ver el sol. “Mamá... ¡Me estoy muriendo!, y
una y otra vez lanzaba esos gritos con toda mi alma. Yo quería que, al menos una
vez, ella se sentara conmigo en el porche para tomar el sol o el aire fresco.
Todo se relacionaba con los ataques. Había tropezado con el Instituto Primal,
confundido y dolido, ahí hablaría y luego sentiría. Conforme se acercaban los
sentimientos, también lo hacían los ataques, pero ya podía darle la espalda a las
sensaciones reales y desmayarme. Mi cabeza giraba en espasmos de dolor, mis
ojos rodaban en sus cuencas con un terror idiota, muerto, y entonces el terapeuta
decía: “Nombra el sentimiento, es un sentimiento, ¡dilo!” Mi lengua volvió a la
vida y sólo dije: “Mamá… Ya no puedo aguantar más”. No había nadie en el
mundo para ayudarme. ¡AYUDA!, grité una y otra vez.
Esos horribles momentos de mi infancia y niñez se habían inmortalizado en
la carne y la sangre de mi sistema, y se repetían constantemente. Mis viejos
ataques fueron como manijas útiles para lanzarme desde varios contenedores
llenos de dolor. Cada fragmento de mi memoria era como una llamada hacia la
libertad y a la salud. Los viejos dolores pasaron por mi pecho, como pedazos de
vidrio roto. Gracias a esas sensaciones extrañas pude adivinar la proximidad y la
severidad del primal que estaba por llegar; eran sensaciones previas al ataque,
las sentía en mi lengua y en mis intestinos. Ahora, en lugar de ataques, tuve la
misma fuerza: en sentimientos convulsivos. Ya tenía mi propio medidor
electrónico con el que podía localizar el sitio preciso que estaba entre los ataques
y mis sentimientos. Mientras más pequeños y más altamente cargados eran mis
fragmentos, me llegaban más fuertes las palabras mágicas, que no podían ser
más confusas. Se relacionaban con la cercanía del ataque. Fue entonces cuando
aumentó mi necesidad de enfocarme hacia mis sentimientos. Con los dolores
finalmente dispersos, los recuerdos llegaban a ser demasiado agotadores.
Pienso en los hombres que conocen estas experiencias sin haberlas resuelto:
Dalí y Artaud —histéricos para Freud—, sus ataques eran una extralimitación.
“Imitaciones” (así las llamaron) del proceso de nacimiento. El colapso moral y la
cura son diferentes, aun cuando la cura implica una especie de colapso. Desde
que era adolescente, no podía buscar sexo, porque mis convulsiones orgásmicas
eran realmente transmitidas como ataques. ¿Quién ha pensado en prescribir el
sexo para los epilépticos? A mi saber, solamente Shakespeare:

IAGO: Mi señor ha caído en la epilepsia. Éste es su segundo ataque hoy.


CASSIUS: ¡Frótale las sienes!
Ahora sé el porqué de mis sensaciones previas al ataque: a menudo
comenzaban en mi pene, ¡por la circuncisión! Déjalos cortar en mi rodilla, mi
pierna, en cualquier otra parte. ¡Cristo, corta como si fuera un pavo de navidad!
(la segunda vez que sentí lo mismo, me volví vegetariano durante un mes).
Nadie quiere perder sus testículos. Al escuchar la descripción que hacía mi
madre de mi circuncisión, tuve que cubrirme mi sexo con las manos: se supone
que en lugar de un asalto, es una operación civilizada; pero nada más imaginen
lo siguiente: tienes trece años, tu pene está hinchado y cubierto de vendajes,
estás quejándote, acostado en la cama con una cinta pegajosa que envuelve tu
pene y sientes mucha comezón. Nadie te atiende y luego aparece un sarpullido,
todo está irritado. Me dejaron solo, como una víctima, como a un borracho tirado
en la calle. Mis heridas se enconaban y yo gritaba con toda mi alma, pero nadie
llegó.
La mayoría de las personas que conozco se preguntan por qué no tengo
ambiciones, por qué no encontré mi lugar correcto en el mundo —como
corresponde a un miembro de una clase media alta en Estados Unidos—. No era
cuestión de moral o de trascender en forma etérea. Lo único que realmente
“sabía” era que ¡ya nada tenía caso! Todos los hechos precedentes contribuyeron
a mi epilepsia, cada uno fue elevando mi carga de dolor y mi actividad cerebral,
eliminando mis oportunidades en el amor, en el sexo, en mis deseos en torno a
cualquier respuesta activa. Todas las cosas que me pasaron podrían haberse
evitado si mis padres no hubieran estado atrapados, “empantanados” en una
paternidad antediluviana. Yo no tenía ninguna relación con sus propias
necesidades, las cuales debían satisfacerse ¡a la fuerza! Nunca debieron
concebirme o dejarme nacer solo. Cuando estaba por nacer, me desmayé en el
vientre. Más tarde, durante mi vida me sentí sin esperanza. Con la escena de la
muerte, reproduje mi ataque completo, al punto de sacudirme a través de las
mismas convulsiones. Ahora tengo sentimientos que desembocan en
comprensiones; por eso tuve ataques, eso explica las horas que pasaba mirando
un problema de matemáticas sin ninguna esperanza.
Se suele llamar inconsciente a la gente que se deja influir por la sugestión
verbal. No importa bajo qué tipo de anestesia, el cuerpo siente dolor y en algún
nivel, siente amor. Existen brebajes y procedimientos para eliminar los
sentimientos y aplacar las quejas, pero no hay ninguna droga para acabar con la
verdad. Todos bloqueamos el dolor, las células se alejan de ella, los abogados la
racionalizan y los profesores cambian de tema: es natural y es bueno evitar
cualquier cosa que te haga daño, pienso que sólo el dolor, por sí solo, motiva el
sanar. Ésta es la verdad. En mi caso. Mis ataques se detuvieron cuando logré
sentir lo que me pasó al nacer.
Un buen número quienes no han logrado sanar son epilépticos. Yo fui uno de
ellos, mi respuesta, que consistía en sufrir ataques, era totalmente apropiada a la
situación. Los cientos de ataques que siguieron eran sólo tentativas semilúcidas
para responder al horror mortal inicial. Así ha sido con cada síntoma
psicosomático que he tenido. Los locos no inventan su sufrimiento. Están
indefensos, sin esperanza, solos con la enfermedad y la amnesia... éstas dos
responden a un “prototipo” que comprende todas las tentativas de sanar. En los
últimos dos años he regresado a mi nacimiento en repetidas ocasiones; no me
asombra que soliera quedarme inconsciente al percatarme de la inminencia de
ese suceso. Al principio sólo estaba el vientre: en el Jardín del Edén, en el
Cosmos. El vientre dorado del nutrimento y la quietud de un paraíso. Fue mi
época de oro, un paraíso que nunca olvidaré. De pronto, el vientre empezó a
contraerse y yo no podía respirar (más tarde padecí de migrañas). Pasa algo
curioso con estos sentimientos, cuando los ignoro siempre viene una migraña, si
los trabajo, pueden ser agradables: como dice Janov, son “un dolor que no
lastima”.
¿Qué fue lo que pasó con mi madre? Ella comentaba que estaba en casa
cuando se le rompió la fuente. En otra ocasión comentó que, ya con las
contracciones, permaneció en otro cuarto, “para no despertar a tu padre”. Se
aguantó sin ir al hospital y yo nací cuarenta y cinco minutos después. Le
pusieron una inyección de Demerol; sea lo que haya sido, era totalmente
inapropiado. Si los humanos de este mundo —esa gente civilizada— dejaran de
hacer bebés... ¡Olvídenlo! Concedan amor a cada madre durante su parto, y
después de él no permitan que mientras su marido descansa en la sala de espera,
ella sea atropellada por utensilios estériles transportados en una charola. Cuiden
que alguien sostenga su mano y la haga sentir que no está sola en el mundo. Si el
hospital no lo permite: ¡al diablo! busquen otro hospital. El tema de mi vida ha
sido “No hay suficiente aire”. Eso es lo que hacían mis profesores en la escuela:
no me daban aire. Con todos esos bastardos que pensaban que yo vivía bajo
ciertas reglas... nunca me pude conformar. Fue una vida de dolores de cabeza y
pesadillas; las sensaciones de anoxia se extendían profusamente por todo mi
cuerpo, célula por célula, en torno a mis pulmones, a los huesos de mis brazos...
No tenía caso luchar, ya luché lo suficiente en mi vida.
Nunca levanté un dedo para causar nada. Cuando lo revivo, me pregunto si al
sentir todo eso fui golpeado por ondas que carecían de sincronía. El viaje de
Magallanes no puede provocar un sentimiento más grande de admiración,
comparado con el milagro de todo esto que estoy viviendo. Ya no estoy en el
vientre y las diferentes partes de mi cuerpo han adoptado una vida propia. Esto
es tan básico y tan simple como lo que hace una colonia de esponjas. Ahora mi
sentimiento es que ¡por fin estoy vivo! La agonía por la que atravesé toda mi
vida: ha terminado. ¡Quiero vivir, respirar, contemplar la belleza! Al fin, libre de
la pesada oscuridad en la que he habitado toda mi vida.
__________
1 Er Kandel, “De la metapsicología a la biología molecular: exploración en la naturaleza de la ansiedad”,
American Journal of Psiquiatry, 1983, núm. 140, pp. 1277-1293.
IX. El prototipo del nacimiento y la
personalidad posterior

Sólo trata de imaginar, si lo deseas, que tienes nueve meses de vida y yaces
cómodamente en la oscuridad, en un medio ambiente cálido y seguro y, de
pronto, sin ninguna razón, te ves rudamente arrojado por un muy estrecho túnel,
con tu cabeza y tu cuerpo comprimidos en un espacio muy angosto, y de
inmediato te administran una droga muy fuerte. Necesitarás de todas tus fuerzas
para tratar de salir y empiezas a carraspear y a sofocarte a causa de los fluidos
que están entrando en tu sistema. Cuando apenas puedes comenzar a respirar, te
encuentras en un cuarto frío y esterilizado, y de pronto aparece un gigante que te
toma de los pies, te sacude de arriba hacia abajo y te da una nalgada lo
suficientemente fuerte para hacerte llorar de dolor; después te coloca solo en una
caja, en algún lugar en donde hay fuertes luces que lastiman tu mirada.
¡Bienvenido al mundo: acabas de nacer!
Sin lugar a dudas, el trauma de nacimiento es una de las maravillas del
mundo, y aunque nos integra a la civilización, eso nunca se detecta. Si alguien
señala hacia el trauma, se convierte en un paria que forma parte de la general
“conspiración del inconsciente”. Millones mueren por esa razón, aunque nadie
puede explicarse “realmente de qué se trata” ¿Por qué esa pesadilla? ¿Qué está
haciendo ahí el trauma? En primer lugar, ¿por qué se apoderó de nosotros?
LOS MODOS SIMPÁTICO Y PARASIMPÁTICO

Antes hablamos del prototipo del nacimiento. Se trata del diseño de una
personalidad que queda impresa durante un nacimiento traumático. La profunda
implicación del prototipo radica en que es el primer determinante de la
personalidad. En cuanto ésta se forma, tenemos ya un sistema que construye un
mundo que se adecua a su metabolismo, y ese metabolismo es controlado por el
prototipo. Lo que a partir de entonces hace la psique, es crear un mundo en el
que se pueden racionalizar los procesos metabólicos puestos en marcha
tempranamente, los cuales se constituyen como una constante tentativa de hacer
racional, en el presente, las reacciones que eran apropiadas durante el trauma
temprano. Si la velocidad del trauma nos apresura, entonces crearemos un
mundo adulto, plagado de actividad y negociaciones.
El trauma de nacimiento, para aquellos que lo experimentan como “el gran
trauma”, de por vida diseña al sistema hacia una de las dos principales
direcciones a las que llamo: los modos simpático y parasimpático. Ambos son
los modos de regulación metabólica gobernados por el hipotálamo, y cada uno es
controlado por un aspecto diferente del sistema nervioso autónomo. El modo
simpático energetiza, expande, moviliza y galvaniza el sistema. El modo
parasimpático lo conserva, lo calma, lo refresca, galvaniza y sana.
Volvamos la mirada a ambos sistemas con mayor detalle. El sistema
simpático hace el trabajo del caballo de carga: alerta y cambia el nivel de
actividad de todos los sistemas orgánicos, eleva la temperatura corporal y
aumenta las funciones vitales, como las del corazón, el pulso y la presión
arterial. Aumenta la producción de orina, produce espasmos en el intestino y
agita y regula las vísceras y el flujo periférico sanguíneo; para que en situaciones
de ansiedad, las manos y los pies se enfríen y la cara palidezca. Es el sistema que
dispara la producción de esteroides y las hormonas del estrés, media la
sudoración nerviosa, la sequedad en la boca, los estados de alta tensión
muscular, la rigidez en la cara y en la mandíbula. Eleva el tono de la voz y es el
agente del comportamiento impulsivo. Nos mantiene enfocados hacia lo exterior,
en lugar de dirigirnos hacia la reflexividad.
El sistema parasimpático tiene a su cargo el ahorro de energía. Domina los
sentimientos en el sueño profundo y en la relajación. Se le llama “sistema
anabólico” porque ayuda a reparar, dilata ciertos vasos sanguíneos para calentar
la piel y humedecer los ojos y la boca. Ayuda a relajar los músculos y a bajar el
tono de la voz. Las respuestas parasimpáticas predominan durante el descanso, la
recuperación y la salud y, lo más importante, en la expresión de los sentimientos.
En una sesión terapéutica, a medida que el paciente se encuentra experimentando
un sentimiento, podemos observar el cambio radical del funcionamiento
simpático hacia el parasimpático. El pulso, la temperatura corporal, el latido
cardiaco y ciertas ondas cerebrales, todo ello, dispara el modo simpático, hasta
que la persona disminuye sus defensas y comienza a sentir. Entonces, en cuanto
estas señales caen debajo de sus valores iniciales, se presenta un cambio hacia el
sistema parasimpático. Entonces nos percatamos de que un sentimiento se ha
controlado.
Si hay una diferencia entre los dos modos es porque el simpático ha
aprendido a intentar con el fin de sobrevivir, mientras que el parasimpático ha
aprendido a no tratar de sobrevivir. Por decirlo de otra manera, para el primero
intentar significa vida, para el segundo tratar significa muerte (pues alguna seria
actividad durante su nacimiento era letal). Todos los traumas posteriores sólo
integrarían los sentimientos básicos ocasionados por el trauma de nacimiento.
Así, ante una pequeña adversidad el parasimpático se rinde ante buscar el amor,
mientras que el simpático siempre trata de encontrarlo. El parasimpático se rinde
en la vida mucho más rápidamente que el simpático, y es de los que no terminan
sus proyectos. Está más dispuesto a ver a la muerte como un alivio porque
estaba, y sigue estando, más inclinado a considerar el suicidio. Este
parasimpático luchará contra la adversidad, pero en el minuto en que se sienta
avasallado, se rendirá. La dialéctica de su tratamiento es que antes de que pueda
sentir, él puede lograrlo, y debe de alcanzar un sentimiento profundo que diga
“puedo lograrlo”. En muchos aspectos, Felipe era el típico sujeto simpático.
Los rasgos que contribuyen a la dimensión que abarca el sistema
parasimpático/simpático son sumamente complejos y, además, existen a lo largo
de un espectro continuo. Cada uno es una mezcla de ciertas características.
Aunque estos rasgos están distribuidos normalmente, algunas personas caen en
uno o en otro espectro. En realidad, los tipos puros son muy raros, en cada uno
de nosotros hay una combinación de los dos sistemas. Una persona realmente
saludable tiene un adecuado equilibrio entre ambos estados, pero ese equilibrio
lo pueden romper traumas tempranos que datan de la vida intrauterina, de modo
que es posible que uno de ellos, de una manera u otra, predomine de por vida.
La importancia del modelo simpático/parasimpático radica en que nos
proporciona una base biológica para comprender la relación unitaria entre la
personalidad, el desarrollo fisiológico y la posterior enfermedad. Nos capacita
para dejar atrás la abstracción y la metáfora. Ya no necesitamos hablar sobre la
fuerza del Id como el tema básico en el desarrollo de la personalidad. Ahora
podemos hablar de los modos precisos que despliegan el cerebro y el sistema
nervioso al reaccionar ante sucesos no codificados de la vida, y cómo esas
reacciones se convierten en estados fisiológicos y psicológicos.
EL IMPRESO DEL TREN DEL TRAUMA

¿Cómo y cuándo termina el trauma del nacimiento? ¿El neonato está en un modo
simpático o en uno parasimpático? ¿El trauma termina cuando todavía está
luchando? ¿Termina después de horas de agonía o en forma natural y suave? ¿El
bebé sale al mundo todavía luchando o sale suave y naturalmente? ¿Aprendió a
rendirse o aprendió a luchar a pesar de los obstáculos? ¿Estuvo ahí para recibir
una fuerte dosis de anestésicos? ¿La labor de parto fue muy prolongada? ¿El
bebé salió del tren del trauma casi muerto, a causa de las drogas recibidas, y fue
necesario revivirlo con agua helada, con más drogas o con nalgadas? ¿El bebé
nació por cesárea?
Las respuestas relativas a los medios para salvar la vida de un bebé quedaron
impresas y se emplearán una y otra vez en las futuras situaciones de estrés,
porque representan lo que el sistema hizo para sobrevivir en su principal
experiencia de vida o muerte. El modo en que ocurrió el nacimiento ayuda a
determinar la clase de enfermedades que sufriremos más tarde en la vida. Si el
nacimiento fue una lucha y un síndrome de fracaso, donde a pesar de los
esfuerzos, en ocasiones monumentales, el nacimiento no fue fácil, quedarán
impresos ciertos procesos fisiológicos y un sentimiento de desesperación. Pero
los traumas asociados con el nacimiento son reprimidos inmediatamente y
permanecen inaccesibles e imperceptibles en lo profundo del inconsciente.
Transcurridas muchas décadas, y en cualquier momento, pueden culminar en una
enfermedad catastrófica. El prototipo puede determinar no solamente los límites
de nuestro comportamiento, sino también la configuración de nuestra fisiología.
Determinan si tendremos un tipo de personalidad hiperactiva o en extremo lenta.
Cuando el trauma de nacimiento es tal que el sujeto no tiene alternativas,
cuando no hay nada que él pueda hacer para cambiar su estado, dominará el
sistema parasimpático. Cuando fue estrangulado por el cordón umbilical su
agresividad será amenazadora, y su reacción sistemática será la de contenerse, en
una palabra, de reprimirse, y con ello experimentará una profunda
desesperación. He observado que el sistema inmunológico procesa este
sentimiento de derrota, y podemos encontrar el significado real de lo
“psicosomático” cuando la mente interactúa con el tejido celular, no como una
experiencia consciente, sino como un funcionamiento celular disminuido. Las
células siguen ahora el tipo de personalidad y funcionan de una manera activa y
menos agresiva.
En contraste, la personalidad simpática mantiene a sus sistemas en función
de “adelante”. La madre que estaba muy cerrada y no podía dejar salir a su bebé,
contenía a un feto que luchaba por vivir. La huella de esta lucha permanecerá de
tal modo que se convertirá más tarde en una tendencia ambiciosa, ignorante de
los diversos obstáculos. Será optimista (porque la salida lograda al nacer, en
realidad fue optimista), el bebé será incansable, insistente, agresivo, nunca
desesperado, nunca deprimido y jamás vencido. Es el candidato a un ataque
cardiaco, pero no a un cáncer. Si hubiera caído en un estado de desesperación,
habría dejado de luchar y eso le hubiera significado la muerte, de manera que la
palabra “desesperación” no existe en su vocabulario. En su vida adulta nunca se
rendirá y seguirá luchando sin importar las amenazas.
El simpático está “incendiando las calles”. No está en el modo de
conservación de energía, como lo hace el parasimpático, está en el modo de
“quemar energía” y eventualmente se le acaba el gas. Su pulso y temperatura
aumentan, está más ocupado en el sexo porque todos sus impulsos entran y
terminan fácilmente en él: está actuando hacia el exterior. El parasimpático se
reprime, se domina y ha aprendido a no intentar. Mientras que para el simpático
intentar significa sobrevivir, para el parasimpático intentar significa la muerte
(pues la actividad durante el nacimiento era letal). Todos los traumas posteriores
(en la infancia) solamente formarán parte de los sentimientos básicos
ocasionados por el trauma de nacimiento.

Felipe

Mi nacimiento fue una larga lucha de dieciocho horas. Yo sentía que aún no
había salido, así que no podía dejar de luchar, porque detenerme significaba
nunca poder salir. Estaba frustrado y asustado a causa de esa larga espera, dado
que no sabía lo que estaba sucediendo. Al nacer, estaba enojado, mi cabeza
estaba deformada y herida; posteriormente, siempre me sentía adolorido del
cuello y del torso superior. Sentía miedo de cualquier herida física, pero seguía
haciendo deporte con el fin de llamar la atención, sin embargo, nunca podía
jugar bien a causa de mi temor a ser lastimado (de nuevo).
Cuando era bebé acostumbraba darme de topes contra mi cuna, en la que me
mecía constantemente. Ahora sé lo que eso significaba, porque desde el
principio había estado dándome de topes para poder salir. Siempre que estaba
frustrado recurría a lo que originalmente había hecho para encontrar alivio y
libertad. Me amarraban para que dejara de darme de topes en la cuna; me ponían
una resortera (lanza proyectiles) bajo el mentón para inmovilizar mi cabeza, para
así evitar que me diera de topes en la cuna. En consecuencia, yo tenía que vivir y
revivir una y otra vez el dolor original de mi nacimiento, desde el momento en
que me agarraron de la cabeza para sacarme. Toda mi vida he sentido el dolor en
mi quijada. Supongo que por el esfuerzo de salir de ahí, a los treinta y cuatro
años de edad fui tratado por una artritis reumatoide.
También en la terapia tuve sesiones en las que revivía mis sentimientos
cuando una mano me agarraba de la cara y dos dedos presionaban mis ojos. En
cuanto sentí de nuevo ese dolor, desaparecieron los dolores de cabeza que sentía
arriba de mis ojos. Si ahora tengo un dolor ocasional, sé que algunos
sentimientos están surgiendo en mí, y en cuanto los percibo, el dolor desaparece.
Mi vida matrimonial era una locura. Siempre me sentí amarrado (atrapado) y
deseaba ser libre, pero no quería quedarme solo (me había sentido solo y
aterrorizado después del nacimiento). El acto de irme solo a la cama, en un
cuarto oscuro, me era doloroso y siempre luché contra ello. Necesitaba beber
para poder dormir, y de nuevo aquella soledad primordial me había dejado
atorado en un recuerdo de terror que nunca pude soportar. Ahora puedo disfrutar
una buena noche de sueño, y cualquier persona que tenga problemas para dormir
comprende que es una bendición dormir bien y despertar para disfrutar de una
mañana.
LA DESESPERACIÓN: RAÍZ DE LA ENFERMEDAD

El parasimpático ha luchado y ha sido vencido por hechos insuperables. Él o ella


desarrollan una actitud de “No tiene caso”, porque, ¿qué caso tenía? Si el
sistema inmune pudiera hablar, diría exactamente lo mismo. De modo que no es
tan vigoroso, no está listo para el combate y se desespera a su manera. Para el
simpático luchar significa no sobrevivir. Si la madre tenía un gran tumor y el
bebé no podía salir, tendrá los mismos sentimientos de confrontar resultados
insuperables. Aun más tarde en la vida, cuando esas posibilidades no sean tan
insalvables, responderá del mismo modo a los hechos, no solamente de manera
psicológica, sino también fisiológica.
Las condiciones para enfrentar las preocupaciones suicidas del parasimpático
son un exacto duplicado del nacimiento: una gran agitación, no encontrar una
salida, tratar pero fallar y... rendirse. Para el parasimpático la huella de la muerte,
la desesperación y la pérdida están dondequiera, y lo conducen a una
enfermedad catastrófica. Ahora es parte de la fisiología, exactamente como esos
gránulos de tinta china que mencioné antes. Los estímulos dañinos se convierten
en parte de la fisiología de la amiba, y también en parte de nosotros, primero
para convertirlos en inocuos y, segundo, para almacenarlos hasta que puedan
sentirse e integrarse.
En su actitud general de “destino y desesperanza”, el parasimpático trata de
validar en la actualidad una realidad que ya fue. Es una tentativa de la mente
para hacer real externamente aquello que sólo existe internamente. Por tanto, es
una tentativa —como en toda neurosis— de coherencia, cohesión y armonía,
aunque de una armonía neurótica. Lo que finalmente mata al parasimpático son
los acontecimientos que dieron lugar al sentimiento de que, en realidad, “Nada
de lo que yo pueda hacer será suficiente, realmente no merezco vivir”. Si
abandonar el vientre fue traumático para el parasimpático, entonces todo cambio
para él significa desastre. Esta experiencia prototípica va a dictar una
personalidad conservadora, cauta, que desconfía de los cambios abruptos, que no
puede alterar fácilmente sus programas y que necesita predecir todo con
antelación. Si más tarde descubrimos que ese conservadurismo se asocia con
alguna enfermedad, no deberá sorprendernos. No quiero decir que el
conservadurismo causa la enfermedad, es simplemente que ambos están basados
en las mismas reacciones impresas.
En condiciones de estrés, el parasimpático es hipoactivo y tiende hacia una
presión sanguínea baja, a un pulso lento, baja temperatura corporal y baja
tiroides. La buena noticia es que si el parasimpático puede evitar una
enfermedad catastrófica como el cáncer, puede sobrevivir al “simpático”
simplemente a causa de su bajo metabolismo (asumiendo que el parasimpático
ha llevado una vida suficientemente saludable). Todo en el parasimpático parece
más bien lento. Los patrones del habla son lentos y a veces laboriosos. Los
pensamientos son medidos y pesados cautelosamente. El parasimpático se acerca
a la muerte, pues ha llegado a la vida sin posibilidad de luchar. El miedo a
sentirse demasiado vivo, exuberante y feliz puede derivar del siguiente
paradigma: “El destino fatal, sigue a la vida”. No existe, como en el simpático, la
frase: “lucha y triunfarás”. En lugar de ello, la lucha se aborta muy rápidamente,
por ejemplo, cuando una anestesia masiva persiste en el sistema, dejándolo
inconsciente y cercano a la muerte. Se trata de “luchar y fallar”.
Más tarde, cuando la persona encuentre obstáculos, se inclinará a rendirse
porque no tiene experiencias con la tenacidad y el éxito. Su pesimismo
sobrepasará cualquier posterior enfrentamiento valeroso. Su cautelosa
determinación, su aproximación conservadora, en la que cualquier catástrofe
posible está esperando detrás de cada decisión, puede ser adecuada en un
contador, pero no la capacita para dar los pasos necesarios para terminar un
proyecto de una manera vigorosa. Ella está anticipando un peligro que en
realidad ya ha sucedido, una especie de maldición de la que no se ha percatado:
ve desesperanza en dondequiera. Está comenzando con el pasado en su rostro y
no lo sabe. Éste es el elemento clave para llegar a una enfermedad catastrófica,
es la causa de que los animales que son atrapados, se enfermen sin ninguna otra
alternativa. Su situación no tiene esperanza.
NO HAY SALIDA PARA EL NEURÓTICO

El parasimpático está en un tren oscuro, con las ventanas cerradas y selladas.


Cada compartimento está aislado de los demás, sin ningún destino real y sin
sentido de dirección. Así es como se siente: solo en la oscuridad, encerrado,
perdido, sin opciones, vencido. El tren avanza hacia su destino inevitable. Se ha
convertido en el “tren de la agonía” al que uno se sube en el nacimiento, sin
señales de salida porque originalmente no existía ninguna. El parasimpático —
más que el simpático— casi siempre está consciente de su dolor.
Recuerdo a una mujer que describió el sentimiento parasimpático como el de
estar en una especie de cascarón protector —o una gruesa concha— que no
podía romper para liberarse. Ella fue la segunda nacida, de unas gemelas, tuvo
problemas para nacer y pasó su vida sintiéndose “atorada”. Después de sentirlo,
decía: “Ahora me puedo mover libremente”. La mayor parte de su vida se sentía
prisionera en un “ovillo desordenado” donde nunca había tenido oportunidad de
vivir.
Tiempo atrás yo había tenido problemas con un joven terapeuta que era muy
agresivo y entrometido con sus pacientes, los forzaba a ir demasiado rápido.
Toda exhortación fue en vano, hasta que logró captar el sentimiento de “Cuando
me sentí atorado, no sabía qué hacer, así que empujé”. No había algo más
complicado que estas sensaciones durante el nacimiento, que eran las que
estaban interfiriendo. Victoria es un ejemplo del parasimpático.

Victoria

La otra mañana me desperté sintiendo que todo era demasiado para mí; incluso
el pensamiento de tener que levantarme para hacer el desayuno o para andar
errante por las tiendas. Durante el día me sentía tan avasallada por todo, que no
podía levantarme de la cama. Quería llorar y traté de hacer contacto con el
sentimiento. Lo primero que dije fue: “Todo esto es demasiado para mí,
simplemente no lo puedo hacer”. Entonces lloré durante un rato, y cuando lo
estaba haciendo, recordé lo que había soñado esa noche: mi marido y yo
estábamos de vacaciones y entrábamos a moteles que estaban por nuestro
camino. Cuando estábamos en los cuartos, yo tenía el presentimiento de que ahí
había un peligro, nada específico, era solamente un sutil sentimiento del peligro
de que ahí estaba alguien que nos podía lastimar, alguien que nos estaba
esperando, con un sentido inevitable de amenaza.
Mientras lloraba a causa del sueño, recordé que estaba terriblemente asustada
y lo había estado toda mi vida y cómo revisaba todas las noches, asomándome
debajo de la cama y en el armario, bajo las faldas del tocador y conservando la
luz prendida por la noche. Esto lo hice hasta a la edad de veintiún años, cuando
seguía rígidamente acostada en mi cama, esperando que alguien llegara a
lastimarme. Este sentimiento me condujo hacia mi madre, pues cuando mi padre
salía de viaje de negocios, ella hacía una cuerda con corbatas para que, en el
caso de que alguien llegara para asesinarnos, pudiéramos bajar por la ventana.
También ponía un montón de platos encima de la mesa y en la ventana, para
arrojarlos a casa del vecino, el administrador de la granja, en caso de que el
asesino cortara las líneas telefónicas. Luego, cerraba con llave la puerta del
dormitorio donde ella, mi hermano y yo dormíamos juntos. Cuando mi madre
estaba asustada, yo siempre me sentía tan aterrorizada, pensando que debería
haber algo tan grande y aterrador allá afuera, algo que podría matarnos a los tres.
Si ella que parecía tan grande, estaba tan asustada, ¿quién podría protegernos?
Esperaba ansiosamente que mi padre llegara a casa para hacer que nos
sintiéramos seguros.
Mi madre era una persona tan histérica que siempre estaba aterrada por todo:
por las figuras de autoridad, por el dinero y por el mundo en general, como si
todo “allá en el exterior, fuera potencialmente muy peligroso y dañino. Sus
temores eran algo muy infeccioso. Como yo solía llorar por las cosas más
pequeñas —pues había vivido asustada desde niña—, llegué a tocar el
sentimiento de haber nacido sin poder respirar bien, pues inmediatamente
después de nacer, me dejaron sola, a pesar de que era muy obvia mi necesidad de
cercanía con mi madre. Ella expresaba su miedo y pánico durante el parto
gritando de forma incontrolable y azotando su cabeza contra el poste de la cama.
Me comunicaba su terror, y durante el nacimiento y después de él, ese
sentimiento aumentaba al sentirme sola, cuando obviamente necesitaba que me
cargaran y confortaran. No sabía que alguien vendría a reconfortarme. Para mí
no existía el tiempo, sino una eterna soledad. Mi padre decía, mirando por la
ventana del cunero, que yo estaba gritando con todas mis fuerzas, y que
fácilmente se podían distinguir mis gritos de los de todos los demás bebés en el
cunero.
Este sentimiento describe muy de cerca por qué siempre me he enfrentado a
algo nuevo con la inmediata reacción de “No, no puedo hacerlo, aún no estoy
lista”. Mi primera experiencia de cosas nuevas fue aterradora. Segundo, porque
mi madre no podía ayudarme a nacer a causa de su propio terror y, luego, por no
haber sido cargada en sus brazos acabando de nacer. Conforme fui creciendo, mi
madre continuó reforzando los temores originales con todos sus miedos reales e
imaginarios. Sin importar cuál sea la situación, yo estoy en contra de ella, y sin
importar qué tan calificada esté para hacer algo, siempre pienso que no puedo
lograrlo. Esto también sucede cuando estoy haciendo las cosas bien y sé que
puedo lograrlas. Ahora comprendo la razón: hacer cosas nuevas me pone de
inmediato frente a mi nacimiento y a los sentimientos de soledad que
experimenté en la infancia. Cuando este sentimiento me presiona, siento que no
puedo hacer nada, a pesar de todas las evidencias de lo contrario y de que la
gente me dice que sí puedo.
Esa necesidad de reasegurarme, que por cierto nunca tiene éxito, está alojada
en mi más temprano dolor. La razón de que no hay palabras que de verdad
puedan reasegurarme de esos sentimientos, es porque se trata de un sentimiento
de nacimiento y no existen palabras para describirlo. Parece que tengo una
coraza de miedo e inseguridad, los cuales son mis sentimientos centrales. Mi
terapeuta dice que cuando estoy en estado de solicitar reaseguramiento, es como
si estuviera tratando de atrapar todo a mi alrededor, pero nada de lo que me
digan me reasegura verdaderamente. Él tiene razón, siento como si estuviera
cayendo en el espacio y que no hay nadie que me pueda devolver la seguridad.
Mi mente se dirige compulsivamente a cualquier problema que yo tenga,
tratando de encontrar su sentido, pero no hay ninguno. Aun después de que he
comprendido cómo corregir un error, no estoy satisfecha y continúo pensando en
él, con la misma obsesividad.
Para mí no existen palabras de reaseguramiento, sólo el desconcertante
sentimiento original hace que se detenga mi preocupación obsesiva. Por eso
siempre he dicho que ese sentimiento que tuve al nacer, es algo que abrazo con
felicidad porque la tortura mental que he sufrido en mi obsesión, es para mí una
agonía, no sólo un sentimiento traumático. Realmente me siento aliviada cuando
puedo conectar un sentimiento, porque sé que no pasará mucho tiempo para que
me sienta en paz. Toda mi vida he dicho: “Sólo quiero descansar”. Mi cuerpo
nunca descansa. Estoy constantemente en vigilia, preparada para una reacción,
después de algo que no llega, y sólo después de haber logrado evocar un
sentimiento de nacimiento, me puedo sentir relajada y sana. De modo que pensar
en que “Ya quiero descansar” es una afirmación tanto física, como emocional.
Cuando termino de sentir todo lo anterior, no puedo esperar a seguir adelante
con mis deberes, todo el día, ansiosamente. La amenaza ha desaparecido, de
hecho, miro y limpio un espejo que, por cierto, ya está muy deteriorado en mi
baño, pues he vivido con él durante cuatro años. Un decorador de interiores me
dijo que no se podía reparar y yo acepté su veredicto, pero ahora, interrogando a
varias personas en la tienda de pinturas, descubrí que sí había una manera de
repararlo. En el pasado, jamás lo hubiera hecho, habría aceptado su
pronunciamiento como un hecho irreversible. Ahora descubrí que ese
sentimiento me libera de las constricciones sobre mi imaginación, las cuales me
han mantenido alejada de todas las posibilidades de un comportamiento creativo.
Antes de sentir, me parecía que todo lo que esto implicaba era demasiado para
mí. Después de experimentar el sentimiento, ahora soy libre de hacer con
facilidad cualquier cosa que desee.
El caso anterior es ilustrativo de lo que llamo “integrar”, es decir, el trauma de
nacimiento era integrado por circunstancias muy similares, por ejemplo, con su
familia ella tuvo un nacimiento aterrador, todo el tiempo se sentía sola y
asustada, y luego su madre —que era histérica y siempre estaba temerosa—
logró transmitirle esos sentimientos.
También recuerdo el caso de una niña que durante su nacimiento fue retenida
por la enfermera, esperando a que el médico estuviera presente. A pesar de que
la pequeña estaba luchando, ahí había una mano que la retenía, asegurándose de
que ella no naciera. Sus signos vitales, durante la experiencia de revivir su
nacimiento, representaron un esfuerzo demasiado grande cuando ella luchaba
por salir, por lo que estaba a punto de rendirse. En ese punto, la presión en el
sistema casi fue fatal. Además de sus altos signos vitales, experimentaba un
sentimiento de derrota y desesperación: el terreno para una posterior y grave
enfermedad. Estamos ante un caso de síndrome de lucha y derrota, que a
menudo conduce a una depresión maniaco-depresiva: primero, porque todos los
sistemas entran en un franco frenesí maniaco y, segundo, por la sensación de
quedar exhausta y rendirse a la lucha (síndrome depresivo).
En el caso anterior, la joven tenía una pesada carga de cursos en el colegio, y
aunque hacía lo que podía, reconocía que estaba fallando. La situación presente
la arrastraba a la experiencia del pasado y eso significaba demasiado para ella.
Se rindió y cayó en una fuerte depresión. Nadie sabía por qué, y en la clínica del
colegio fue diagnostica como poseedora de una enfermedad mental denominada
“depresión endógena severa”. En este caso “endógena” quería decir “No
entendemos de dónde viene esta depresión, pero de cierto modo parece derivar
de alguna razón no aparente”.
La resolución de su profunda desesperación y de su depresión requerían de
una reactivación y de revivir la lucha que la tuvo cercana a la muerte, la cual
incluía casi todos aquellos signos letales. Incidentalmente, esos signos fueron los
que nos hablaron de que, sin lugar a duda, ella estaba atrapada en un viejo
recuerdo. Por eso se encontraba de nuevo en la siguiente dialéctica: estaba
deprimida porque en su vida actual se habían establecido un conjunto de
recuerdos inconscientes tempranos que le producían esa depresión; entonces, con
el fin de mejorar su problema, y para resolverlo, tuvimos que hacerla evocar —
esta vez conscientemente— el recuerdo, el mismo que significó un final
diferente. Después de evocar el sentimiento, cuando todos esos signos
disminuyeron, comenzaron los insights. Fue capaz de reconocer cómo, aun ante
la más ligera suposición, su cuerpo reactivaba el recuerdo de barreras
irremontables. Reaccionaba cavando y buscando, para luego rendirse.
Justamente, y de manera importante, la resolución de sus recuerdos cambiaba su
flujo sanguíneo, su tono muscular y su producción hormonal, de tal modo que
cambiaba la configuración de todo su cuerpo, incluyendo la textura de sus
cabellos y su complexión.
Sentirse sin esperanza no significa estar reprimida. Las enfermedades más
serias derivan de la represión de la desesperanza, no de su experiencia. Lo que
desde muy temprano en la vida llega con el sentimiento de desesperanza, puede
significar la muerte. Así que elige tus armas: puedes morir como un bebé,
sintiendo una desesperación catastrófica, o puedes reprimirla y mucho más tarde
morir de ella.
Estoy seguro de que si le digo a alguien que la razón de haber desarrollado
un cáncer a los cincuenta años, se debe a lo que pasó en su nacimiento, podrá
sentirse escéptico, cínico e incapaz de creerlo. ¿Cómo es posible que creas en
algo que no puedes ver, sentir, oler o tocar? Es como pedirle a alguien que crea
en el ratón que cambia los dientes por una moneda.
EL ACT-OUT O REPRESENTACIÓN DEL TRAUMA DEL NACIMIENTO

En este caso no es fácil comprender el act-out o representación del prototipo del


nacimiento, porque es la esencia de la vida neurótica y, de muchas maneras, es lo
que solemos describir como neurosis. Revisemos el tema: cualquier sentimiento
muy temprano está compuesto y representado en varios niveles. Los sucesos de
la infancia no necesariamente se acompañan de diferentes sentimientos, por
ejemplo, de las elaboraciones de los sentimientos más tempranos, de la
necesidad de ser dirigidos al exterior, de comunicarlos, de tener el tiempo
necesario para darse la libertad de admitirlos; todas esas metas, forman parte de
los sucesos de primera línea, vividos en el nacimiento.
Sentirse no deseado, ignorado, no valorado, forma parte de la elaboración y
de la integración de significados. Casi cada cosa que hacemos en la vida adulta
es una réplica de los impresos tempranos que yo he descrito como act-outs
(actuaciones o representaciones simbólicas).
La cuestión es la siguiente: ¿por qué constantemente actuamos el prototipo
del nacimiento? ¿Por qué con frecuencia no deseamos obstáculos en nuestro
camino? ¿Por qué nos sentimos ansiosos cuando esperamos en una fila larga?
¿Por qué elegimos a aquellas personas que nos hacen la vida más difícil? ¿Por
que nos aterra cada nuevo encuentro y por qué tenemos miedo a los cambios?
¿Por qué tememos estar en las garras de alguien más?
Lo que pasa es que tenemos miedo de estar, una y otra vez, en los mismos
medio ambientes tempranos traumáticos, reviviendo constantemente el pasado
en el presente. ¿Por qué? Primero, porque nunca reconocimos al suceso
temprano y por lo tanto quedó reprimido, dejando un residuo de tensión que se
debe elaborar y liberar hasta el final, y se debe descargar de forma constante para
lograr la homeostasis, o equilibrio. El simple hecho de tocar repetidamente, con
los pies o con las manos, es una forma de provocar la descarga. También el
constante hablar o tener sexo es elegir otras formas de lucha. La persona debe
descargar un suficiente exceso de tensión que tiene que elaborar y liberar. Las
personas deben descargarlo para normalizar su sistema y conducirlo a un nivel
óptimo de comodidad.
Segundo: la completa panoplia que rodea al impreso comprende: el
sentimiento de prepararse para actuar, las defensas presentes en el propio sentir y
las reacciones corporales. Estos tres elementos forman una Gestalt que, para
lograr la salud, constantemente se transporta al presente. Es una tentativa de
llegar a la maestría y a la resolución, aunque sea de manera simbólica. De modo
que la actuación es una tentativa de recrear el trauma temprano, con la esperanza
de lograr un final feliz. Sin embargo, como originalmente no hubo un final
diferente, tratamos de crear las condiciones exactas con el mismo final, de modo
que de forma constante estamos creando agujeros para poder trepar por ellos y
salir: cuando comenzamos a tener éxito y podemos hacer algo para asegurar el
error o la falla (el análogo compuesto del proceso de nacimiento, o cuando
podemos casi llegar a lograrlo y luego a renunciar a ello no podemos soportar
ninguna forma de restricción o constricción. Dejamos todo sin completar
(originalmente) porque hacerlo con éxito podría significar un desastre, etcétera.
Tercero, la actuación simbólica asegura la inconsciencia porque nos
mantiene enfocados en el presente, y de ese modo ayuda a las fuerzas represoras.
La clave de la función de la actuación, y también de mantenernos ignorantes de
saber por qué lo estamos haciendo, nos conduce a actuar un sentimiento ya viejo,
pero el acto, por sí mismo, nos hace creer que se trata del presente. Cuando
aislamos a una persona y evitamos que emplee sus defensas usuales, el viejo
sentimiento aparece de inmediato y la persona de pronto se enferma y no puede
“actuar”, se ve arrojada al pasado y comienza a sentirse ansiosa y tensa,
generalmente sin saber por qué. De modo que actuamos en una gran paradoja
para mantener vivo el pasado, pero al mismo tiempo lo queremos muerto.
Mantenemos el pasado vigente en el presente y reprimimos el contexto real, para
que no fragmente nuestra conciencia. Recordemos que la plena conciencia puede
significar la muerte, y por esa razón necesitamos estar pendientes de su
resolución, en virtud de que la toma de conciencia puede significar la muerte, y
también porque la toma de conciencia significa la desintegración (en un sentido
primal).
Actuar conlleva una esperanza implícita porque casi siempre encontramos
una profunda desesperanza en el trauma original. Repetimos, una y otra vez, los
patrones empleados en el nacimiento porque fisiológicamente debemos repetir
aquello que salvó nuestra vida, en cualquier situación, nueva o extraña. Lo que
hacemos no es una elección, es algo automático. Intentar cambiar estas
actuaciones es, en efecto, una tentativa de borrar la historia, y eso no se puede
hacer tan fácilmente. La principal razón por la que duplicamos el medio
ambiente del pasado en el presente, es porque en el presente todo tiempo pasado
existe en el cerebro y en el cuerpo. Atendemos hacia el viejo ambiente
exactamente de la misma forma y durante todo el tiempo. Reaccionamos a él
porque justo está ahí y hacemos lo que debemos hacer para mantener coherente
y racionalmente un estado constante de alerta en el cerebro. Nos seguimos
moviendo, nos mantenemos ocupados, sintiendo que lo que amamos es la
constatación de la excitación, porque inconscientemente el movimiento significa
vida, y la inmovilidad significa la muerte. Nunca sentimos el contexto original
porque nos mantenemos en movimiento. Estar encerrado en casa significaría
acercarse a los verdaderos sentimientos y, con ello, experimentaríamos una
terrible ansiedad.
La fuerza de la actuación radica en la valencia de las huellas, o impresos, y
aun cuando en ella radican fuerzas infantiles, la actuación (léase comportamiento
neurótico) no puede ser plenamente resuelta hasta que lo básico para lograrlo se
encuentre profunda y remotamente en el inconsciente. Al sentir las cosas que
ocurrieron en la infancia podemos reducir la fuerza de la actuación y, aunque la
actuación persista, se necesitará de una gran estimulación para lograr resolverla.
Cuando los traumas en el nivel más profundo se revivan y se resuelvan,
podremos decir que la neurosis se ha terminado. ¿Acaso todo lo anterior
significa que no hay ninguna experiencia que pueda cambiar la neurosis, ni
siquiera una terapéutica? Sí, eso es lo que significa, porque no hay experiencia
que pueda penetrar en la coraza de la represión, debajo de la cual está vivo un
ambiente de una inmensa magnitud. En primer lugar, el impreso interno es una
constante en el medio ambiente en el que reaccionamos. Predomina sobre
cualquier otra experiencia, a menos que la nueva experiencia sea amenazadora
para la vida y que haya ocurrido temprano y exija una nueva clase de respuesta.
A pesar de todo, no existe nada que pueda cambiar la neurosis, excepto
desbloquear la represión y liberar el impreso. Nuevamente la actuación neurótica
se formó como respuesta a un hecho cercano a la muerte: el primer mecanismo
de defensa que aprendemos será el primer refugio para la defensa.
LA COMPOSICIÓN DEL PROTOTIPO

La terapia primal no se refiere sólo al nacimiento: el nacimiento tiende a poner


en marcha a la neurosis, le otorga una dirección, e indudablemente un medio
ambiente benigno, amoroso y generoso atenúa el impacto del prenacimiento y
los traumas del mismo. Un parasimpático que crece en un hogar frío, austero y
no amoroso sufre de un “complejo de dolor”, porque en el prototipo general de
su personalidad él responderá cediendo aún más. Si los padres del niño de tipo
simpático son débiles e ineficientes y el niño es agresivo, demandante y suele
salirse con la suya, entonces va a ser más beligerante, agresivo y asertivo, y
como esas actitudes le dan resultado, con el tiempo esas tendencias se verán
reforzadas.
¿Por qué será que la gente que es “muy dulce” suele tener cáncer? Porque se
ha rendido a no satisfacer sus propias necesidades. Pues cuando éstas difieren de
los otros, tratan de agradarlos hasta donde les es posible, únicamente para
obtener algo parecido al amor. Por eso es que se convierten en personas muy
inofensivas, inocuas, plegables y nada demandantes, porque cuando todo esto
está apoyado en el tipo de escuela que los padres represivos tienden a elegir para
sus niños (como las escuelas militarizadas o las religiosas), la criatura será
todavía más reprimida. No tendrá casi ni una sola oportunidad de fortalecerse.
Cuando este niño tenga diez años, será un individuo exageradamente reprimido.
También será un candidato a la depresión y a las enfermedades inmunes. El
cuerpo joven puede tener los recursos para combatir esa situación durante
muchos años, pero cuando llegue a la vejez, sus resistencias comenzarán a fallar.
Un equilibrio normalizado que esté funcionando adecuadamente entre el
simpático y el parasimpático es bueno para una buena salud. Cuando, con el
tiempo, los pacientes logran revivir su dolor, normalizando en consecuencia su
metabolismo, muestran mejor salud y un sistema más equilibrado. Esto no se
logra como un acto de voluntad, sino que sucede automáticamente. El sistema ha
“rectificado”, y también la emocionalidad perturbada, la que a menudo ha sido
denominada como “desequilibrada”. Ahora comprendemos por qué.

Maryanna

Hasta donde puedo recordar, siempre fui deprimida y aislada socialmente, en la


escuela y en mi hogar. Casi nuca tuve amigas o amigos, jamás sentí una gran
alegría por algo y nunca tuve mucha energía. Mi padre abandonó a mi madre por
otra mujer cuando yo tenía seis años, tuvieron dos niños y él prácticamente se
olvidó de mí. Me dejó con una madre que estaba loca, con la que no podía
hablar. Me parece como si toda mi vida hubiera estado esperando que mi padre
regresara y, como intuí que nunca regresaría, he sido arrastrada hacia una
enorme depresión. En la boda de mi hermana me sentí gravemente deprimida,
porque mi padre asistió. No lo había visto durante tres años y apenas me dijo
“hola”. Entonces me di cuenta que todo se había acabado con él, y me percaté de
cuánta desesperanza había significado esa situación para mí. Nunca tuve hacia
donde ir con mis sentimientos, así que los guardé toda mi vida. Mientras más los
logro sacar ahora en la terapia, más le ruego a mi papi que regrese y comienzo a
sentirme mejor.
Pienso que he estado deprimida desde el comienzo de mi vida. Permanecí
retenida al nacer, porque a la hora de mi nacimiento mis padres no pudieron
encontrar un doctor. Desde entonces he sentido la inutilidad de intentar hacer
cualquier cosa. Mi pulso siempre ha sido extremadamente bajo (en toda mi vida,
cerca de 45) y pienso que es la causa de que no he tenido mucha energía.
Caminar significaba para mí un gran esfuerzo, como si estuviera arrastrando mi
cuerpo por doquier. Pienso que todo se cerró para mí cuando no pude salir
adelante y por lo exhausta que me sentía en la lucha por nacer, eso es algo que
me ha determinado desde entonces. Esa debilidad que me mantenía exhausta me
hizo rendirme cuando mi padre se fue. Supongo que estaba muy enojada, pero
nunca lo pude expresar: “¿Qué caso tiene?” ¡Ése era el tema de mi canción!
EL SIMPÁTICO COMO OPTIMISTA

El simpático adulto claramente es un optimista. Lo ha sido desde el día que


nació y ha tenido buenas razones para serlo. Podemos decir que el optimismo
previene el cáncer, o que una vez que el cáncer ha aparecido, el optimismo ayuda
en la remisión de sus síntomas. Pero en realidad no se trata nada más de una
actitud de optimismo, sino de una “fisiología del optimismo”. El optimismo es el
aspecto psicológico de una completa fisiología agresivo-asertiva. En su propio
modo, las células son asertivas y optimistas. Ellas también trabajan duro:
energetizadas y orientándose al éxito; en su conglomerado dan forma a una clase
específica de personalidad. Todas estas varias reacciones físicas y psicológicas
son ramificaciones del prototipo. El movimiento dirigido y los éxitos
subsecuentes son el antecedente de una Julia, una simpática que exhibe esos
rasgos.

Julia

Cuando estaba en Los Ángeles no podía esperar para salir de ahí. Me estaba
sintiendo avasallada por la situación en que estaba viviendo, por mi trabajo y mi
vida personal o toda yo. Sólo podía pensar en un viaje en el que me alejara de
ahí. Pero cuando finalmente logré viajar al exterior, continuaba teniendo el
sentimiento de tener que alejarme del lugar donde estaba, exactamente como lo
había sentido en Los Ángeles. Al principio había un sentimiento de alivio
cuando llegaba a algún lado, porque en realidad había actuado el sentimiento y
había logrado alejarme. Pero cuando había estado en este lugar, aun por poco
tiempo, regresaba el sentimiento y sólo podía pensar en que me quería ir de ahí.
Así que me trasladaba al siguiente lugar y, después de poco tiempo, regresaba el
sentimiento de querer alejarme de ahí. Y cuando estaba en un nuevo lugar... la
historia se repetía. El sentimiento que tenía es uno que tuve al nacer: “Tengo que
salir de aquí”. Es un sentimiento terriblemente compulsivo que se apodera de mí.
Sólo quiero ir de un lugar a otro, y al siguiente, y deseo mudarme una vez más,
para liberarme de ese mal sentimiento.
Ayer estaba en una oficina de turismo comprando un boleto, hecho que
significaba que de nuevo me estaba cambiando, y tuve un gran sentimiento de
alivio; pero cuando llegué a casa, me di cuenta y me dije: “Pues ni modo, ya lo
hice”, y de nuevo regresó a mí el sentimiento. Es como si me fuera imposible
deshacerme de él, pareciera que sólo puedo alejarlo de mí. Al minuto de que
llego a un nuevo lugar, por un momento estoy bien, pero luego, en cuanto ya
estoy establecida y comienza una nueva rutina, me obligo a dejarlo.
Lo mismo me pasa con cualquier trabajo rutinario, es por eso que siempre he
evitado cualquier ocupación de ese tipo. No hay movimiento en la rutina, ésta es
como un ambiente muerto, y lo mismo debió suceder cuando estaba en el vientre
(antes de sentir la urgencia de salir de ahí). Siento que quizá los parasimpáticos
respondan mucho mejor a la rutina, porque a ellos no les gusta el cambio, quizá
para ellos el cambio signifique un peligro. Para mí un cambio nunca significó un
peligro. La cosa es que cuando huyes de algo y después regresas, siempre está
ahí, y realmente es cuando por fin logras llegar ahí. Mientras más me muevo a
otro lugar, el sentimiento se traslada conmigo. Estoy segura de que si yo siguiera
presionada por esos los cambios, a muy temprana edad me habría colapsado de
un ataque cardiaco.
La presión en realidad es una sensación física de la que probablemente estoy
inconsciente en muchos aspectos, pero eso sí, estoy bien consciente de la
presión. Es como si estuvieras dirigida o empujada por algo en tu cuerpo, por eso
nunca puedo quedarme quieta. Siempre tengo que estar haciendo algo, en la
cocina, cuando me levanto, hago esto o aquello, siempre en movimiento.
Supongo que para mí, el movimiento significa vida, o al menos sobrevivir. Lo
más horrible de mi situación es que nunca puedo estar en paz. La paz se
convierte en rutina. Hay tanta turbulencia dentro de mí, que tengo que salir,
manejar hacia cualquier lugar para poder tener paz. La única paz que parece que
conozco es la del movimiento, así que nunca puedo relajarme y sólo dedicarme a
descansar.
DEPRESIÓN MANÍACA, EL ORIGEN DE LA PERSONALIDAD CÍCLICA

La neurosis maníaco-depresiva es uno de esos misterios que se han vuelto tan


incomprensibles, que ha sido mejor dejarlos descansar en campos genéticos —
atribuidos a características heredadas— contra los cuales el sufriente sólo puede
tomar drogas, como el Litio. Seguramente existen algunos factores genéticos,
pero mi experiencia en el tratamiento exitoso de este problema me ha llevado a
dudarlo.
Pienso que la depresión maníaca (amplias ondas de excitación maníaca hasta
las profundidades de la depresión) deriva de un prototipo básico, consistente en
una extensa lucha por el éxito cercano seguida de un abyecto fracaso de lucha
durante el nacimiento. Un ejemplo común es la lucha por salir del interior del
vientre contra el hecho de permanecer en él. Otro es la aparición de un tumor y
la resultante sección cesárea. O a causa de que una enfermera retenga al bebé
durante la labor de parto, en espera de la llegada del médico. ¿Qué clase de
nacimiento imprime su huella en una personalidad cíclica? La diferencia entre
este problema y la típica respuesta parasimpática, está solamente en la cantidad y
extensión del periodo de lucha.
Fase uno: el maníaco-depresivo ha tenido un periodo más largo de lucha en
su nacimiento y, antes de que estalle la catástrofe, el parasimpático depresivo no
tiene la oportunidad de transitar por una extensa fase activa-maníaca. Más tarde
en la vida, en particular cuando ésta es áspera y estresante, se introduce el ciclo
prototípico. Primero la persona está comprometida en luchas salvajes, en una
impulsividad incontrolable, ideas que vuelan y en la revisión de momentos
disfrutables, etc. Esto viene seguido de las dos fases que son aspectos del mismo
impreso, espejean precisamente lo que sucedió en la lucha por nacer. En la
primera fase, hay activación, lucha y esperanza, con ellas la persona está
huyendo desesperadamente de la posibilidad de morir.
En la segunda fase se está aproximando a la muerte y al terror de esa
experiencia. Como dicen algunos pacientes: “Siempre estoy temiendo sentirme
muy bien, porque a ello sigue el desastre. Tengo solamente una pequeña
ansiedad cuando me estoy sintiendo excelente”. Otro paciente expresó la misma
aprehensión de una manera diferente: “Trato y trato y de pronto todo se
convierte en mierda”.
Precisamente porque la impresión de la huella al fin está formada por una
serie de impulsos eléctricos, la impulsividad maníaca es una sobrecarga de
impulsos eléctricos que conducen a una persona de aquí a allá o a cualquier
parte. Estas masas de cargas eléctricas ocurren en el momento en que la corteza
cerebral aún no está plenamente formada y cuando, después, se produce en una
persona completamente fuera de control. En la fase maníaca hay una dispersión
de ideas que son infrecuentes y distantes, porque aún no hay un neocórtex
cohesivo para mantenerlas bajo control.
El hecho de que un dolor de primera línea esté surgiendo a la superficie en
forma constante, no permite la construcción de una mente cortical que sea
suficientemente fuerte. Algunas veces la persona tiene suerte si puede desarrollar
un sistema de creencias, con las que puede retener el vuelo de sus ideas.
Ciertamente, la función de un sistema de creencias (en particular uno místico)
puede estructurar la fragmentación. Necesariamente, dicho sistema debe ser
inflexible y subyacer en los hechos, porque se trata de presionar para contener
una fuerza arrasadora. En este sentido, las ilusiones son la medicina contra los
sentimientos.
Cuando la persona maníaco-depresiva gasta su energía en la primera fase y
ésta no le avala nada (como lo hacía originalmente), se desliza hacia una
segunda fase: la depresiva. Entonces entra en contacto con el impreso del que
estaba huyendo en la primera fase. La muerte ahora es inminente. Hay
desesperación, futilidad y depresión. La razón por la que el impreso del
nacimiento da forma a las posteriores reacciones es, repito, que hay una lucha de
vida o muerte, la cual sucede antes de que el bebé haya visto la luz del día, y al
mismo tiempo es un recuerdo de la supervivencia. La depresión maníaca difiere
de la depresión usual en su incapacidad de contener y reprimir sobre una base
continua. El represivo ha sufrido una represión global que está funcionando y no
hay manera de desatarse de las fuerzas primales. En efecto, lo que caracteriza a
la depresión es la ausencia de salidas. La depresión maníaca se parece mucho a
lo que pasa en el ciclo del sueño. Primero hay una mente atrapada en la
incapacidad para dormir. Después, el sueño profundo que se caracteriza por una
fuerte represión. Luego la represión disminuye y uno se despierta del nivel del
sueño con agitación, enmarañada con sueños salvajes.
La depresión maníaca ha sido un misterio porque sus raíces descansan en
algo muy lejos, en el pasado, en algo nunca visto y nunca conocido, en donde la
herencia parece ser la única conclusión. Los maníaco-depresivos que he visto
casi invariablemente tienen la clase de trauma de nacimiento que he descrito, es
una aflicción reversible. Hay una sola neurosis con cientos de manifestaciones,
pero con una sola causa básica: el dolor impreso.
María

Soy una mujer de veinticinco años, durante mucho tiempo he intentado una
tarea, después de otra. Estaba convencida de que había sido “elegida” para
hacerme cargo de grandes proyectos que mejorarían las condiciones de vida que
me rodeaban, o que me “harían una mejor persona”. Hacer algo con mi vida” era
una cruzada loca y compulsiva que empecé cuando era una niña, y que continué
de una manera más sutil en la adultez. En la escuela siempre fui la encargada de
toda organización a la que pudiera pertenecer: escribía editoriales para los
periódicos con la finalidad de ser una buena ciudadana. Estudié piano canto y
danza para ser artista. En el colegio me hice feminista, mística y organizadora de
un grupo de teatro revolucionario, con el fin de promover “una avanzada
iluminación”.
La mayoría de mis proyectos habían fracasado. Pero aun cuando tenían éxito,
yo nunca estaba satisfecha. Sabía que vivía ciclos de gran actividad, seguidos
por periodos de depresión, pánico o enfermedad. Conforme estos se hacían más
obvios, me daba cuenta de que no tenía control sobre mi vida y que nunca sería
capaz de hacer nada de lo que quería, hasta que dejara de repetirme a mí misma
que todo esto continuaba como mi nacimiento: una gran actividad, poco éxito en
realizarla y cayendo nuevamente en la desesperación, deseando rendirme, e
intentarlo de otra vez.

Jesse

Siento que finalmente he encontrado el origen de varios de mis síntomas,


incluido el vértigo, la congestión nasal y la bronquitis. Paralelamente al intento
de deshacerme de mis síntomas, he llegado a descubrir que dudo y retrocedo
todo el tiempo. Siempre he sentido que es más fácil conseguir que se hagan las
cosas siendo buena y esperando pacientemente. Siento que siempre, desde mi
nacimiento, he tenido miedo de cualquier conflicto que podría resolverse si yo
fuera asertiva.
Fui la primera hija y mi madre me dijo que mi nacimiento requirió de mucho
tiempo. Comencé a nacer cerca de las 11 p.m. Mi madre decía que tenía mucho
sueño (evidentemente estaba drogada) y la enfermera tenía que estarla
despertando para decirle que pujara. No es de sorprender que siempre haya
tenido el sentimiento de que desde el principio de mi vida, nunca iba a tener
alguna ayuda de mi madre y que durante el nacimiento me rendí por esa causa.
Desde entonces parece que he estado esperando que algo suceda. Ahora que he
logrado sentir mi nacimiento, me parece que esperar es mi única alternativa Tuve
que obligarme a salir adelante y sentir el dolor de que nadie me ayudó. Mi
primer quiebre neurótico sucedió antes de que naciera.
Generalmente me inclino a atender a mis sentimientos, gracias a que me
percato de ciertos síntomas específicos que comienzan a surgir en mí. Una vez
estaba trabajando en las oficinas en lo alto de un edificio de treinta pisos, y tenía
que esforzarme recorriendo varios pisos usando los elevadores. Ya me sentía
incómoda con los elevadores, pero ahora los sentimientos eran más fuertes. Me
imaginaba el oscuro túnel de ventilación que estaba debajo del elevador y sentía
mucho miedo de que se fuera a desprender, cayendo hasta el fondo. Me aterraba
tanto que el elevador se pudiera romper y que yo me mareara y enfermara, que
me agarraba de los laterales del elevador.
Empecé a sentir que ese temor venía de alguna otra parte. Un día, en la
terapia empecé a sentirme muy sola, y entonces recordé que cuando tenía veinte
años mi padre me dejó en un hospital mental y reviví cómo me enloqueció ese
hecho. El sentimiento se fue hacia el pasado, cuando era una bebé recién nacida
y lloraba de terror: mi cuerpo estaba rígido y desorganizado como si él también
estuviera expresando terror. Entonces empecé a sentir que me estaba cayendo
hacia atrás en un negro vacío. Ésta ha sido la sensación más aterradora que he
tenido: estaba mareada y totalmente desorientada, y lloraba y gritaba, hasta que
finalmente llegaba el sentimiento. Cuando experimentaba ese sentimiento, mis
piernas se elevaban sobre mi cabeza, y cuando terminó la mitad de mis piernas
estaban sobre la pared y yo estaba prácticamente boca abajo. En ese momento
supe lo que significaba ese sentimiento. Cuando nací alguien me sostuvo de
cabeza y de pronto comprendí que mi miedo en el elevador era el mismo que
ahora sentía.
Es interesante que unos pocos meses después empezara a sentir algo un poco
diferente, desarrollé en mi cuello una enorme glándula hinchada, tan dolorosa
que tuve que ir de emergencia al hospital. El doctor no sabía qué lo había
causado, pero una semana más tarde me empecé a sentir como un pequeño bebé
y reviví haber tenido en la garganta un fluido que me estaba sofocando. Lloré y
lloré y vomité. Había algo en mi garganta —que no debía estar ahí— y entonces,
justo entonces, el tumor desapareció. Siempre tuve la nariz congestionada, hasta
que reviví los sentimientos de tratar de respirar cuando recién había nacido.
Ahora, por primera vez en mi vida, podía acostarme en la cama respirando y
disfrutando de esa sensación del aire entrando en mis pulmones. Mi nariz
congestionada desde siempre, había desaparecido así como mi bronquitis.
Ahora sé por qué en mi vida, en tiempos de estrés (como cuando mi hermano
murió y mi padre se fue de la casa) de inmediato me venía un ataque de
bronquitis. Yo creo que estas experiencias desencadenaron el viejo trauma,
estaban tratando de evitar que muriera a causa de todo ese fluido en mis fosas
nasales.

Leslie

Me considero una persona nocturna; odio el día con su luz deslumbrante.


Generalmente me levanto en la mañana, lo más tarde que puedo, y me acuesto
muy tarde, con la finalidad de disfrutar lo más posible de esas horas en la
tarde/noche. Todos mis días comienzan de la misma manera. Me despierto en la
mañana, en el peor momento del día, a las horas que me siento muy mal e
indefensa, como si me esperara una larga lucha, indispensable para pasar el día y
finalmente llegara la noche, cuando sé que voy a sentirme mejor. Cuando llega la
noche empiezo a sentirme realmente bien y segura. Alcanzo la cumbre a la hora
de acostarme, en el momento en que me deslizo en las sábanas de mi cama y
siento su calor y seguridad, me da tanta alegría que la siento en todo mi cuerpo.
Entonces mi cuerpo se relaja y me hundo en un profundo sueño.
Nunca supe por qué cada día de mi vida comenzaba como lo he descrito o si
había en ella algo inusual, hasta que pude experimentar un par de sentimientos
de mi nacimiento, y era porque estaba ya más consciente de cuán tremendamente
la huella de mi nacimiento había afectado mi vida cotidiana. Lo que sentía era
una larga y agonizante lucha. Presiones increíbles que aplastaban mi cabeza y mi
espalda.
Mi madre nunca me ayudó, en absoluto; y yo estaba atorada en su vientre y
sólo podía contar conmigo misma para salir y vivir. Así que hice todo el trabajo
de empujar y empujar durante varias horas, hasta que quedaba completamente
exhausta, momento en el cual me rendía, porque no había nada más que pudiera
hacer y estaba cerca de la muerte. Pero permanecí viva. Siempre recuerdo esa
sensación de estar acostada sobre mi espalda, chupando mi dedo y durmiéndome
lentamente. La lucha había terminado: ¡lo logré! Estoy afuera y estoy viva,
¡estoy a salvo! Puedo relajarme, dormir y olvidarme de todo. Fue así. De modo
que cada día transcurre exactamente como experimenté mi nacimiento. En la
mañana, la lucha apenas va a empezar; mi nacimiento está comenzando y estoy
aprensiva. Mientras más se acerca el momento en que me puedo relajar y dormir,
me siento más segura y más yo misma. Más tarde este patrón queda reforzado
por el hecho de que cada tarde, antes de la hora de dormir, mi madre nos daba a
mi hermana y a mí toda una hora de su valioso tiempo. Jugando y contándonos
cuentos: ésa era la única hora en la que en realidad se hacía cargo de nosotras y
la esperábamos todos los días.
Todo esto me hizo una persona nocturna, y es asombroso cómo mi
experiencia del nacimiento ha tenido tanto impacto en cada día de mi vida y
también en la manera en que reacciono al dolor. Cuando el dolor me avasalla, me
deprimo y me siento cansada, entonces sólo tengo un deseo: ¡ir a la cama y
dormirme de inmediato!
SOBRE LA DEPRESIÓN MANÍACA

Actualmente la depresión parece mucho más extendida que la ansiedad. Lo que


también se ha extendido es el uso de drogas antidepresivas para su tratamiento.
El principal argumento es cómo someter al monstruo y tenerlo bajo control. Los
campos opuestos son las terapias verbales que incluyen grupos de insight contra
los soportes de la medicación. Por ahora, parece que los grupos mencionados
han ganado, ya que algunos estudios muestran que las drogas, por sí solas, son
tan efectivas en el tratamiento de la depresión como la terapia verbal. De forma
atinada, los famosos doctores Lawsuit Osheroff y Chesnut Lodge se rehusaban
clínicamente a ofrecer drogas a los pacientes.
Principalmente, los síntomas de la depresión son los mismos del
parasimpático: letargia, falta de interés en todo, incapacidad para dar significado
lo que le está sucediendo, pérdida de sueño, sentimientos de desesperanza y de
falta de apoyo, movimientos elaborados y superficiales, respiración elaborada,
pérdida de energía, de apetito y de impulso sexual, pensamientos como “¿Qué
caso tiene?”, un sentido de falta de opciones, y preocupación por la muerte y el
suicidio.
La depresión no es una enfermedad, a menos que se le entienda como tal
porque lo que está vigente es la sensación subjetiva de represión que trabaja
contra una mezcla de sentimientos tempranos que van surgiendo. La represión
drena la energía consciente transformándola en un esfuerzo increíble, en el que
incluso trabajar o levantar los brazos se convierte en un verdadero sacrificio.
Pero los que están reprimidos son exactamente los sentimientos que residen en
cada parasimpático: desesperanza, falta de apoyo, resignación y futilidad son los
síntomas de la depresión. Así es como la depresión se eleva a un nivel que se
experimenta subjetivamente. Hay un sentimiento de pesadez. Normalmente el
sistema de defensas trabaja con tanto esfuerzo, que uno no siente la represión en
funcionamiento. Es sólo cuando se rompe precipitadamente la esperanza externa
(por pérdida de trabajo, de pareja, etc.) que la desesperanza resuena con el
mismo sentimiento que en el pasado producía la depresión.
Generalmente la huella resuena con el trauma de nacimiento, además de que
proviene de una infancia sin amor y sin esperanza. Como he explicado antes, el
trauma de nacimiento representa una clase especial de “lucha y caída” que deja
una huella que parece decir: “¿Qué caso tiene seguir intentándolo?”, “Nada
bueno puede suceder”, etc. La razón de que la persona depresiva se sienta
insignificante es porque todo sentimiento es, o tiene, un significado en el que se
puede encontrar el sentido de nuestras experiencias. Si no fuera así, actuaríamos
como robots. Lo que sentimos es lo que da significado a los hechos: cuando
estamos profundamente deprimidos parece que todo carece de significado,
entonces la represión está empleando una gran cantidad de energía en su lucha
por abatir la desesperanza, y necesitamos energía para el impulso sexual o para
cualquier otro.
Sólo en raras ocasiones he visto a un “simpático deprimido”, porque está
muy ocupados huyendo de su pensamientos. Su represión no es tan total y global
como la del parasimpático. Él podría luchar durante un nacimiento en cuanto
existieran opciones, pero éstas no existen cuando una elevada dosis de anestesia
penetra en el sistema del neonato y lo cierra, como a menudo es el caso del
parasimpático. Las pocas veces que el parasimpático se manifiesta deprimido (y
generalmente se pone muy ansioso) es cuando no puede hacer la actuación
simbólica, cuando ha empleado cada una de las opciones de que dispone, cuando
no puede mantener los acontecimientos en marcha porque está muy ocupado y
todas sus plegarias no van a devolverle a su amada. Entonces, y sólo entonces,
sentirá una depresión transitoria, pero pronto volverá la esperanza.
Hay una ligera diferencia entre la depresión ocasionada por la pérdida de una
pareja que abandona para seguir con alguien más, y el crónicamente deprimido.
La diferencia está en que las circunstancias de la vida de éste último en general
carece de esperanza, sin amor, sin intereses en algo particular, tiene pocos
amigos —si es que tiene alguno—, un trabajo que que no le gusta, etc. La
persona permanece en estas circunstancias porque puede estar representando
(acting-out) el trauma de quedarse atorada en el vientre o en el canal de
nacimiento. De cualquier modo, la desesperanza parece permanecer todo el
tiempo con ella. Cuando alguien abandona a su pareja, la frecuente desesperanza
y la falta de apoyo resuena con algo vivido en el pasado. Si no hubiera sido así,
seguramente habría en ella tristeza, llanto, se sentiría terriblemente triste, pero no
caería en una interminable depresión crónica. Esto es porque la depresión sucede
cuando uno no alcanza a sentir los verdaderos sentimientos. Así que si eres algo
normal y puedes reaccionar, estarás triste, pero no deprimido. La “tristeza” es un
sentimiento, la depresión no lo es.
La depresión es un conjunto de sentimientos, todos vagando al mismo
tiempo por la conciencia. La falta de sentimientos y alternativas generalmente
derivan del trauma del nacimiento, cuando no había opciones ni posibilidades de
algo diferente porque cualquier comportamiento habría sido amenazante para la
vida. La falta de alternativas en el presente pondrá en marcha el viejo
sentimiento y exacerbará la depresión. La imipramina es el tratamiento actual
favorecido contra la depresión. Cuando Ellen Frank, de la Escuela de Medicina
de la Universidad de Pittsburg, estudiaba la depresión y su tratamiento solía
decir: “La dosis de antidepresivos que te hacen mejorar, te mantienen en buen
estado de salud” (Science News, 26 de enero de 1991, p. 57). De nuevo es la
noción de que lo que se suprime, es al mismo tiempo la cura. ¿La prueba?: “De
53 participantes [en el estudio], quienes recibieron imipramina, 41
permanecieron libres de depresión durante tres años completos” (idem). Más
aún, encontraron que la terapia interpersonal, sumada a las drogas, en realidad
no ofrecía ninguna ventaja en relación con solamente su consumo.
¿Acaso la psiquiatría se ha convertido en un brazo de las compañías de
drogas? Quizá involuntariamente, porque en el presente es su tratamiento el que
domina el campo. ¿Dónde está el “por qué”?, ¿qué necesitamos escuchar?, ¿por
qué estás deprimida?, ¿por qué realmente lo estás?, ¿qué es y de dónde viene?
Las drogas suprimen no sólo la necesidad de formular las preguntas anteriores,
sino que también suprimen la historia del paciente, que es el lugar donde reside
la respuesta. La terapia interpersonal raramente puede ser efectiva en la
depresión profunda, y eso se traduce por la necesidad de revivir los sucesos
desde lo profundo del sistema nervioso, que son eventos tempranos y remotos de
la percatación consciente.
En la escuela cognitiva de psicoterapia existe la noción de que el depresivo
está atrapado por pensamientos autodestructivos, y que debe cambiar sus
patrones de pensamiento. ¡Sí, es verdad!, hay pensamientos autodestructivos:
“no soy bueno”, “no puedo hacer nada”. Pero estos pensamientos tienen una
base, no están suspendidos en el aire ni deben cambiarse por nuevos
pensamientos. Están anclados en realidades interiores a las que debemos
dirigirnos. Es más, ¿qué es y dónde está ese self (yo) que estamos desafiando?,
¿por qué el self responde a ese desafío?, ¿y cuál es el yo que está respondiendo
al desafío?
¿ENTONCES EXISTEN DOS “YO”?

El yo real es aquel que ha sufrido traumas terribles y está sufriendo y se siente


no amado y sin esperanza, a causa de una temprana experiencia de vida que ha
sido real. Ese yo envía mensajes hacia arriba, al centro del pensamiento, y éste
se ve obligado a reconocer que no es amado, aunque tenga una esposa y niños
que actúan como si fueran totalmente devotos de él. De acuerdo con Gerald
Tarlow (asistente clínico y profesor del Departamento de Psiquiatría de la UCLA),
“Debemos enseñar a la gente a identificar y descartar los pensamientos
distorsionados que reciben. Mientras no lo logremos, no podremos cambiar”. Y
continúa diciendo este autor: “El segundo paso es ir atrás y observar los
pensamientos distorsionados y volver con una alternativa que sea más racional”
(L. A. Weekly, abril, 1988, pp. 8-14). Esta clase de soluciones —generalmente
cognitivas— vienen de aquellos que piensan que puedes resolver tus problemas
sólo con el pensamiento.
Pero hablemos de forma clara: los pensamientos depresivos no son
distorsionados. Emanan directamente de profundos impresos y están acordes con
la realidad; el problema es que no están acordes con la realidad que está
sucediendo en el exterior. Eso sucede porque, como ya he señalado, la realidad
interna siempre toma precedencia sobre la realidad externa. Por supuesto, el
problema está en descubrir esa realidad que yace profundamente enganchada en
su base a las actitudes y pensamientos presentes. Sólo así se puede resolver el
problema. Mientras tanto, esa realidad interna puede representar décadas de
experiencia, siempre reforzando el mismo sentimiento: “nadie me quiere”, “soy
un estorbo”, “ellos me odian”.
La verdad es que uno puede alentar, exhortar y señalar alternativas, activar y
motivar la parte depresiva, y eso ayuda, pero en ese caso estás luchando contra el
prototipo y, por tanto, el sujeto caerá de nuevo, una y otra vez, en la depresión.
El prototipo está diciendo, en su muy peculiar y fisiológico lenguaje, que
procede de una época prenatal en la que aún no hay palabras (que tienen su
origen antes del nacimiento o inmediatamente después de él y por una larga
temporada) que se puedan interpretar como: “estoy exhausto por la batalla”,
“sólo quiero descansar”, “no me quiero levantar e irme”, “no veo ninguna
alternativa”, “la muerte es la única solución a mi problema” (y sí lo es).
Cuando alguien siente el trauma prototípico está en el camino hacia la
solución de la depresión. Eso —más el sentimiento de no ser amada, de ser
tratada con una severidad excesiva, disciplinada en el seno familiar y la
expresión de todos esos sentimientos retenidos durante tantos años— la
iluminarán y, eventualmente, después de meses de revivencias, resolverán de
forma permanente la depresión. Así es como este sentimiento será el que
iluminará con toda claridad la carga de la depresión y permitirá la mejora. No es
como Freud decía: la hostilidad se vuelve contra el self (yo), aunque muchos
sentimientos todavía necesitan expresarse. Por supuesto que ayuda mucho poder
expresar la rabia contenida, pero ésa no es toda la historia. La tristeza expresada
es igualmente importante, y sentir las necesidades bien reconocidas y
organizadas es lo último que se resuelve. La rabia sentida y reconocida
generalmente cubre esa necesidad y puede resolverse por sí misma. “Se bueno
conmigo, abrázame”, “no me des órdenes”, “valórame, soy tu hija”, “déjame ser
yo”, “quiéreme”, “soy tu carne y tu sangre”, “déjame expresar cómo me siento”,
todas éstas son las necesidades contenidas. Cuando se han sentido todas, la
depresión ya no es un misterio.

Susan

¿Y conseguiste lo que querías de tu vida?


Aun así, sí lo hice
¿Y qué era lo que querías?
Llamarme a mí misma amada.
Sentirme a mí misma amada en la tierra.
RAYMOND CARVER
Puedo recordar un momento en mi infancia en el que siempre estaba feliz, sin
preocupaciones y abierta al mundo. Pero en la clase y con los otros chiquillos yo
me retiraba al punto de una virtual mudez. No podía iniciar interacciones de
ningún tipo. Así fue como muchos sucesos de mi infancia me convirtieron en
una huérfana apagada y deprimida.
Todo comenzó con un nacimiento muy largo, veintiocho horas de labor de
parto en las cuales no podía hacer nada para que la situación avanzara. Después
de ese gran juicio, al fin nací de una madre que, en lo físico, era totalmente
inaccesible para mí. Nada sucedía en el ámbito de lo que yo podía hacer para que
mi mamá viniera hacia mí, me cargara y me calmara. Para mí, “depresión” es
igual a “no hay madre en ninguna parte”. Mi tristeza ha comenzado a disminuir
ahora que he sentido que lo que necesitaba era precisamente una madre; pero
ella nunca estaba ahí, sin importar cuánto la necesitara. Mi madre no podía
arreglárselas para que estuviéramos juntas o estar ahí para mí. Conmigo siempre
era prepotente y no tenía otro motivo que satisfacer su necesidad, que desde el
principio consistió en apoderarse de mi vida. Mi madre amaba estar preñada.
Creo que para ella representaba la completa incorporación de otro individuo a
una posesión y a un control absoluto. Quizá en toda su vida eran los únicos
momentos que sentía que tenía a alguien. En consecuencia, no me dejaba salir de
su vientre. Ella sólo se calmó cuando el doctor finalmente le dijo que, como yo
ya debía nacer, era necesario practicar una cesárea. ¡Ufff! Nací media hora
después que el doctor le dijo lo anterior.
Sólo puedo imaginar que nací aterrorizada y desesperada por recibir
consuelo. Me separaron de mi madre y sólo me llevaban con ella cada cuatro
horas para que me alimentara. Estos sentimientos fueron sin duda más terribles
para mí, porque ella no tenía leche, sin embargo eligió fingir que era una madre
nutriente, en beneficio de su persona, pues para ella las apariencias eran siempre
lo más importante. Necesitaba que la gente pensara que era una madre modelo y,
por eso, yo era parte de un acto teatral: sonreír y posar para las cámaras y para el
público. De modo que ahí estaba yo, llorando de desesperación por un poco de
leche, mientras ella jugaba un papel impasible e intocable, a pesar de mi agonía.
No tenía más elección que existir para ella y responder a todas sus necesidades.
Ahí tenemos la receta para la depresión: no tener ni una sola oportunidad en el
mundo para recibir algo. Todo lo que ella hacía por mí era fútil. Pasé las dos
primeras semanas con una enfermera en el hogar, alimentándome con un
riguroso programa.
Las fotografías que me tomaron de niña muestran a una bebé muy
preocupada, seria y contenida. Nunca creí que mis padres estaban ahí por mí,
porque no lo estaban. La leyenda dice que mi padre dejó el hospital cuando yo
nací y... lo vieron regando el pasto con una expresión de estupor, a causa de mi
desafortunado género. Pero me estoy saliendo del tema. Basta con decir que es
una larga historia de misoginia, en ambos lados de mi familia, y que recibí
algunos golpes a causa de ello, los primeros consistieron en vivir con la ausencia
de un padre periférico.
Aprendí rápidamente a no expresar mis necesidades. Cuando aún era bebé de
pañales, renuncié a estos para dejárselos a un niño —a mi hermano recién nacido
—, y desde esa noche dormí en seco. Tenía una cierta clase de suprema voluntad
acerca de todo, lo que hacía era cuestión de “hacerlo o morir”. No podía aceptar
el rechazo o la falta de esperanza, así que tuve que aprender a caminar, a hablar y
encontrarme con todas las llamadas “piedras angulares del desarrollo”. Supongo
que me mantuve en contra de mi “impreso” de muerte y de seguir muriendo.
Hasta mi objeto “transicional” —un perro de peluche llamado Bowie— me lo
arrebataron mis dos padres. Aprendí muy pronto que no tenía derecho a necesitar
a nadie ni a nada.
Cuando era pequeña yo adoraba y honraba a mi padre (aunque él me molestó
y ridiculizó desde siempre), pues como sabía que mi madre definitivamente no
estaba disponible y permanecía solitaria, traté con todas mis fuerzas de obtener
algo de mi padre. Al menos se acercó a mí para enseñarme algo del mundo, pero
siempre se reía a mis expensas. Pensaba que era para reírse que yo fuera una
bebé que no conocía el lenguaje, la lógica, etc. Recuerdo verme en un cuarto,
sentada en mi corralito de juego, casi aplastada por varios libros sobre mi cabeza
y a mi padre diciendo: “Aquí están, lee”, después volteaba la cabeza y se alejaba
(por supuesto yo estaba aún muy pequeña para leer).
Era devastador: nunca me pude acercar a mi padre buscando su amor, era tan
frío y carente de afecto; me levantaba mecánicamente para ponerme en un carro
y mi corazón temblaba de ansiedad, con la esperanza de obtener algún contacto
con él, nunca sucedió. Recuerdo muchos incidentes en los que trataba
desesperadamente de hacer alguna tarea para mi padre (como amarrarme las
agujetas o decir qué hora era), pero desde la primera vez nunca lo pude hacer
bien, como él lo esperaba de mí, y de inmediato se enojaba y se retiraba de mi
lado, totalmente disgustado. Hasta ahora, la intimidad o la pura proximidad
todavía me pone frenética. Siempre sentía que yo debería hacer lo que aún no
podía hacer. Nada de lo que hiciera podía lograr que mis padres me amaran.
Estos incidentes eran recapitulaciones de mi experiencia del nacimiento, donde
la vida misma dependía de hacer hasta lo imposible para nacer.
Después de seis años de miseria, con mis padres diariamente desgañitándose,
mi padre dio el golpe final: dejó el hogar sin siquiera decir adiós. Su partida me
hirió profundamente. Ya no tenía a alguien por quien luchar, y nunca me fue
permitido expresar mi necesidad y su pérdida debido a la interminable amargura
de mi madre y de su incapacidad para dejarme ser yo. Me sentía completamente
responsable por el abandono de mi padre. Me sentía totalmente indigna de amor.
En realidad no había nada que yo pudiera hacer para reescribir la historia. A los
seis años todo había acabado para mí. Nunca podría llegar a ser amada, ya no era
posible. Y aun así, todavía tenía que intentar que mi madre me amara, tanto
como había tratado de nacer. La depresión la siento como una desesperanza,
filtrándose por todo mi cuerpo.
Mi historia me convirtió en una persona que únicamente se sentía cómoda
estando sola. La presencia de otra persona me ponía frenética. El contacto hacía
brotar como en un torrente todas mis viejas necesidades: el rechazo final de mi
madre al nacer y el rechazo final de mi padre cuando yo tenía seis años, así
como todas las heridas y dolores que tuvieron lugar entre esos años y más allá de
ellos. Cuando era niña hubo un tiempo en que corrí a los gatos de mi cuarto, en
lugar de dejarlos dormir conmigo, porque empecé a rechazar cualquier forma de
amor. No me podía imaginar a mí misma como alguien amada. Nunca más pude
sentirme confortada por alguna criatura viviente, no podía tolerar la presencia de
otro ser vivo, justo por lo desesperadamente que había necesitado el cuidado y la
ternura que nunca llegaron a mí. Aun ahora, a los treinta y un años, me siento
incapaz de dormir con alguien a mi lado, eso es algo sobreestimulante y me
acarrea una enorme cantidad de dolor.
A causa del amor que jamás fue recíproco en mi infancia, ahora que estoy en
una relación amorosa está surgiendo mucho del pasado dolor. Recientemente me
percaté de que siempre estoy tratando de sentirme amada. Cada palabra, cada
gesto, todo lo que hago se relaciona con tratar de ser amada. Pero no logro saber
cómo sentirme amada por mí misma. Sólo sé acercarme como tentaleando por
algo de amor. Actualmente, a mí el amor sólo me despierta el dolor de nunca
hacer sido amada, por nadie En mis sentimientos voy buscando una oportunidad
de encontrar un final feliz. No hay ningún lugar en donde pueda encontrarlo y lo
único de que soy capaz es sentir su ausencia. Algunas veces siento la necesidad
de los pechos de mi madre, porque fui totalmente privada de ellos. He tenido el
insight de que siento que no hay un lugar para mí en el mundo, porque no tuve
un lugar en su cuerpo, en fin, ¡ningún lugar en ella!
También tengo la sensación de que todo está en mi contra, y esto debe de
venir de mi experiencia en mi nacimiento, cuando no me podía mover. Como
resultado, no puedo imaginar que alguien esté a mi lado y desee que yo viva.
Estoy convencida que hasta mi terapeuta me tiene antipatía y que ella no quiere
que yo sienta. Que se opone a mi mismidad, tal como lo hacían mi madre y mi
padre. Cuando pierdo el contacto con la verdad de que mi terapeuta y mi novio
no son mis enemigos, eso es un indicador de cómo me empuja la fuerza del
dolor. En mi terapia, todavía no estoy en el punto de que puedo entregar un
recuento cristalino de mi depresión.
En mi caso, es aparente que aún no he encontrado, literalmente, una salida en
el terreno de mi nacimiento, dado que mi madre no me dejaba salir y nacer.
Entonces me encontraba totalmente privada de sostén y comodidad, porque no
había leche y nadie (literalmente nadie) estaba ahí. Para mi infortunio, yo no
podía reaccionar, por mucho que lo deseara y necesitara, porque estaba
indefensa. Como bebé y como niña pequeña, no podía reaccionar ante los gritos,
las peleas y portazos. No me sentía segura en los brazos de mi madre, no sentía
ni su cercanía ni su calor: cuando estaba enferma no era atendida, aun cuando
estaba en delirio por una pulmonía o cuando estaba tirada en el suelo con dos
huesos rotos en mi pierna. Mi madre no se podía movilizar para ayudarme. Me
mantenía despierta tarde en las noches, trabajado para ella y tomando decisiones
que le correspondían a ella. ¡Cómo iba a poder expresar alguna vez mis
necesidades! Aun las relacionadas con mi vida o muerte caían en oídos sordos.
Desesperanza, inutilidad. Para mi madre yo era solamente un objeto narcisista.
¿Qué podía hacer una niña?
También me sentía desprotegida cuando mi padre solía atraparme y hacerme
cosquillas, a pesar de mis gritos de terror; y para mi madre yo era una testigo
desprotegida de sus episodios psicóticos, en los cuales ella tropezaba corriendo
por la casa gritando como una lunática en una trinchera de la guerra, o
renegando de la sangre en su periodo menstrual, o tropezando en el piso con ella
repitiendo “¡mírenla, mírenla”. Mi madre era tan invasiva en su persona y
postura y con su abrumadora necesidad, que no me dejaba un lugar para yo
existir como una persona. Incluso ella solía llegar a mi recámara y se acostaba en
mi cama, se extendía como si fuera un águila (en una forma sexual, tocándose y
exhibiendo sus genitales). No había lugar para mí, ninguna oportunidad para ser
yo misma. Urgida de actuar hacia adentro en lugar de hacerlo hacia afuera (act-
out). Sabía que lo que necesitaba era llegar a donde estaba mi padre, pero él se
alejaba, ciego ante el pecho que estaba vacío para mí y sin cederme ninguna
oportunidad de ser yo misma.
La clave para mí en la terapia es actuar mis impulsos. Supongo que los
depresivos son opuestos a los impulsivos (para depresivos como yo, que
actuamos para adentro en lugar de actuar “para afuera”). Lo que yo tenía que
hacer era alejarme de mi padre, que se marchaba lejos de mí, renunciar al pecho
que estaba vacío para mí y permitir a mi cuerpo intentar moverse cuando estaba
completamente enganchado e inervado. Se trata de un delicado intercambio entre
los tiempos en los que necesitaba luchar y protestar, y los tiempos en que me
rendía y dejaba de intentar y yacía inmóvil.
¿POR QUÉ LA DEPRESIÓN? UN ANEXO

La gran cantidad de dolor que experimenté tratando de nacer, fue enorme. Todo
mi cuerpo estaba ocupado en la represión de dicha crisis. Comencé la terapia con
signos vitales caídos hasta el mínimo, que indicaban la extensión de la represión:
un pulso de 40 y una presión sanguínea tan baja, que después de comentar sobre
mi corazón de “atleta” las enfermeras siempre me preguntaban si había sufrido
de episodios de desmayo. Mi cuerpo estaba deprimido porque estaba estancado
en la huella de quedar siempre vacío. Mientras más cansada me sentía era más
difícil para mí, porque durante mi nacimiento, la labor de parto se extendió todo
el día, yo estaba más y más cansada y con menos energía disponible para la labor
requerida más adelante: nacer. Las señales de que estaba exhausta me indicaban
que debía seguir intentando, que debía trabajar más duramente. No había otra
alternativa y no podía dejar de insistir.
Toda mi vida he sido incapaz de descansar y de tomar las cosas con calma.
No había unos brazos amorosos que me cargaran y mecieran y yo no podía dejar
de insistir. Necesitaba que mi madre estuviera despierta y alerta para que yo me
pudiera relajar y dejarme ir. Pero ella no lo estaba, así que yo no podía hacer
nada. Ya fatigada me puse más desesperada y frenética. El insomnio para mí ha
sido una plaga toda mi vida. Ninguna cantidad de píldoras para dormir, vino o
antidepresivos podían noquearme cuando estaba en ese estado tan enervado.
Mientras me sentía más mareada, con más fervor me resistía al descanso, lo que
es, según supongo, un equivalente de experimentarme fallando en el acto de
nacer.
En las raras ocasiones en que paso una buena noche de sueño, me atormenta
un sentimiento de ansiedad, porque son raras las ocasiones en que puedo dormir
bien toda una noche. Me domina la ansiedad porque el aumento de energía me
hunde hacia el pasado —al principio del proceso de mi nacimiento—, en la fase
de antes de que me quedara atorada. Es claro que estar cansada, baja de energía y
deprimida es literalmente mi modo de existencia. No tuve otra elección que la de
no hacer nada para sobrevivir a mi nacimiento, cuando me reclamaba
desesperadamente que hiciera algo, me convertí en una niña que no me inclinaba
a leer porque el leer no me funcionaba entonces, y tampoco ahora. Así que todo
mi terror y todo mi dolor tenían que quedarse dentro de mí. Los signos externos
de todo ello eran efectivamente eliminados.
No olvidemos que mi madre era una mujer de tipo histriónico,
sobrerreaccionaba, hiperactiva, en continua estampida y haciendo berrinches
diariamente. Sin embargo, yo no tenía un espacio para hacer un sonido audible
en esa casa en donde sus incesantes carreras perneaban el aire. Es más, sus
rabietas fuera de control me horrorizaban y reforzaban mi tendencia a mantener
el sentido de mi vida en permanecer silenciosa y quieta. Si mi madre estaba
gritando como una bruja, yo tenía que ser algo así como una anémona del mar,
un blanco fácil, pero uno que soportaba empujones y dolor, simplemente
absorbiéndolo. Eso era todo lo que podía hacer desde el principio del tiempo,
quedarme acostada y quieta y tragarme todo. Y eso define la depresión que ha
me ha marcado durante toda mi vida.
¿Qué más puedo decir? Soy una verdadera creyente de esta terapia porque
sentir me hace volver a la vida, mis ojos se ponen brillantes, mi sonrisa
innegable, mi voz plena y rica. Solía estar completamente apagada, casi como
una zombi tropezando al correr, o vacía, sin la idea más vaga de cómo asumir el
cuidado de mí misma, porque nadie nunca cuidó de mí. Solía preocuparme y
agonizar, condenándome constantemente. Ya he sentido bastante de mi dolor
hasta el punto de que actualmente puedo experimentar la anticipación; en otras
palabras, puedo anticipar algunos eventos por venir, en lugar de aborrecer cada
momento de mi existencia. Todavía tengo la tendencia a luchar por ser todas las
cosas, para toda la gente, pero cuando me detengo y siento la futilidad
subyacente —como la que sentía con mis padres, que rechazaban cualquier parte
de mí, tal como yo era—, mi depresión de por vida casi literalmente se evapora
cuando siento que no puedo nacer, recibir leche, tener el amor que necesito,
entonces ya no tengo que vivir incapacitada para sentirlo todo. Lo que realmente
es deprimente es no ser capaz de sentir.
LA PREDICTIBILIDAD DE LA NEUROSIS

El prototipo nos ayuda a hacernos predecibles, explica una gran cantidad de


comportamientos y síntomas que, considerados en su conjunto, parecen ser
aspectos de una experiencia temprana. Por ejemplo, he observado que la manera
como nos levantamos cada mañana es exactamente como primero nos
enfrentamos al mundo durante nuestro nacimiento. Cada día recreamos nuestro
nacimiento. El parasimpático se encuentra cada día como si acabara de despertar
de un anestésico, duerme hasta muy tarde, se arrastra fuera de la cama y se
acuesta ya entrada la noche. Es una persona nocturna.
El simpático salta de la cama, listo para salir. Está consciente y alerta mucho
más rápidamente que el parasimpático. Éste amanece cada día como si le
hubieran dado cinco tazas de café y una dosis de anfetaminas. En otras palabras,
el simpático está muy galvanizado, como lo estuvo durante el nacimiento, y el
parasimpático está en la niebla, como lo estuvo al nacer. Ésta es la razón por la
que la marca típica del parasimpático es la confusión, pues no conoce nunca su
propia mente, jamás sabe qué pedir, hasta que descubre lo que las demás
personas ordenaron. Nunca sabe qué hacer con su vida, ni tomar decisiones.
Cuando hemos examinado el comportamiento característico y la personalidad de
nuestros pacientes, apenas podemos predecir la clase de nacimiento que vivió.
Contrario a lo anterior, conocer los detalles del nacimiento de una persona
predice la personalidad que encontraremos.

Michael

Fue el día antes del que pensaba dejar la terapia. Comencé a pensar en qué tan
seguro me había sentido siempre en este cuarto y lloré porque no me quería
retirar de él; entonces algo extraño me empezó a suceder. Era como si todo se
volviera negro y en calma, y yo estaba enrollando algo como una pelota,
inconsciente de todo. Este sentimiento de seguridad desencadenó un proceso
diabólico. Me parecía que yo estaba en el vientre materno y que mis
movimientos para salir desencadenaron mi proceso de nacimiento. Era una
horrenda cadena de eventos de un dolor agonizante; parecía tratar de salir, pero
todo estaba lleno de bordos y arrugado. Ahora me di cuenta de porqué siempre
tuve tanto miedo de dejar cualquier cosa, incluyendo el Instituto Primal. El
Instituto había sido hasta ahora un lugar en el que estuve en calma, seguro,
comprendido; por eso mi proyecto de salir era como la amenaza de una terrible
ansiedad que me hacía esperar que alguna vez sucediera una calamidad: después
de que tuve este sentimiento me di cuenta de que no me iba a ser tan difícil irme
y que podía enfrentar y manejar el abandono muy fácilmente. Sé que ahora estoy
más relajado, de una manera que antes me era imposible. No puedo enfatizar lo
suficiente este buen sentimiento que tengo, porque es la primera vez en mi vida
que me he sentido calmado y tranquilo. Tengo la impresión de que no habría
vivido mucho tiempo cargando siempre con tanta presión a mi alrededor.

Jennifer

Lentamente he empezado a sentir (después de dieciséis meses de terapia) un


sentimiento temprano, el cual creo que gobierna mi vida y está en la base de mi
neurosis. Es el sentimiento de estar constantemente luchando por mi vida: todo
el tiempo debo pelear para permanecer viva. Ésa es una realidad que está
presente en mí, el tener que luchar en mi vida cotidiana para poder pararme en
mis dos pies. Mi “natural” (debí decir neurótica) inclinación a rendirme y no
luchar ha sido una constante en mi vida. El ciclo es así: lucha, llega a donde sea,
ríndete, desea morir, decide no morir y lucha de nuevo, llega a donde sea y
continúa así. El ciclo se repite una y otra vez y con él está el sentimiento de que
no importa lo que yo haga, no llego a ninguna parte, así que ¿para qué intentar?,
¿por qué luchar? Lo que puedo hacer es rendirme y morir. Pero quiero vivir
(desesperadamente).
Mientras más cuido de mí en el presente, más tengo este sentimiento. Cuidar
de mi misma me hace sentir lo dura que es mi soledad, y no encuentro a nadie
que me ayude. Tratar de integrar mi vida significa empezar a vivir realmente en
el presente, experimentar lo que es sentir para luchar para vivir. El recuerdo más
lejano que tengo del sentimiento de que debo luchar para estar viva, es a la edad
de un año (excepto por un ligero sentimiento de nacimiento que tuve y del que
hablaré más tarde). Siento que estoy acostada en la cuna, esperando a mi madre.
Espero, espero y espero pero ella nunca llega y yo la necesito intensamente.
Después de esperar, llega un momento en que empiezo a ahogarme y a
carraspear, respiro pesadamente y siento que si ella no llega a buscarme, me voy
a morir.
Me siento muy vacía y necesito algo. Necesito a mi madre, necesito que me
cuide. Tengo este sentimiento en diferentes ocasiones. A menudo surge cuando
me está empezando una migraña. Otras veces es después de que tengo un
orgasmo en una relación sexual. La mayoría de las veces, mientras más fuerte es
el orgasmo, es más fuerte el sentimiento. Es como si el placer me trajera un dolor
instantáneo. A menudo me encuentro tratando de retener el pleno disfrute del
orgasmo a causa del dolor que con frecuencia trae consigo. Todavía no pienso
que mi vida está en una buena forma, la suficiente para sentir el absoluto dolor
de este sentimiento. La mayor parte del tiempo el dolor de la migraña me
presiona, indicándome que mi dolor sigue ahí.
Así que en mi etapa actual estoy muy enojada por haberlo pasado tan duro
durante toda mi vida. En quince minutos tengo lo que llamo un “dolor de cabeza
corajudo”. Está localizado en mi sien izquierda, en el ojo, en el cuello y en el
hombro. Es un dolor similar a las migrañas que me dan del lado derecho, pero un
poco menos intenso. Los primeros pensamientos que llegan a mi mente son:
“Aquí estoy de nuevo, luchando un día más”. Estoy cada día más enojada, desde
que fui de vacaciones al Caribe y pasé tres días maravillosos en los que no tuve
que luchar, simplemente viví y me di cuenta de todo lo que me he perdido en mi
vida. Creo que cuando salga de este tremendo ultraje voy a profundizar en el
sentimiento, como vía para resolverlo.
Bajo el sentimiento de luchar por vivir yace otro sentimiento que sólo he
experimentado ligeramente. He regresado a la sensación de estar atorada durante
mi nacimiento. He tenido que luchar para salir del canal de nacimiento: ¡por fin
ha salido mi cabeza!, pero el resto de mí no lo ha logrado. Este sentimiento es
una notable analogía con mi vida: mi cabeza está afuera (siempre estoy pensando
y pensando) pero el resto de mí permanece inactivo. Mi cuerpo no se siente
conectado. He vivido tanto en mi cabeza que sólo recientemente he empezado a
sentir mi cuerpo como una parte mía.
Regresando al sentimiento del nacimiento, me siento atorada y me duele el
cuello. Me duele hasta cuando escribo acerca de esto. Se siente como si alguien
estuviera jalándome del cuello y eso es muy doloroso. Mi cabeza se balancea de
un lado al otro y mi voz deja escapar pequeños aullidos que expresan mi miedo.
De nuevo estoy luchando por mi vida y parece que no hay ayuda. Hasta he
tenido que nacer por mi propio esfuerzo. Mi madre no me ayudó a salir. Ésa ha
sido una constante toda mi vida, desde el principio, sin ayuda: ¡a luchar por mí
misma!
¿Por qué los traumas más tempranos son tan decisivos en la personalidad?
En primer lugar, ésta no es una simple teoría acerca de los efectos del trauma.
Hemos medido el trauma del nacimiento, lo hicimos durante el proceso de
revivirlo y posteriormente revertimos todas las modalidades seguidas por una
enfermedad seria, después de que los pacientes revivieron estos acontecimientos.
Judy

Toda mi vida la he sentido alejándose de mí. También yo he tratado de alejarla


de mí. Cuando tenía catorce años me preocupaba que a los quince ya fuera una
vieja solterona. Por eso me casé a los diecinueve, pero entonces me preocupaba
porque sería una mujer mayor a los veintidós, antes de que pudiera tener un
bebé. Tuve el primero a los veintiún años. No pudimos pagarlo. No pudimos
pagar el pequeño ataúd en el que fue enterrada la bebé. Ahora me preocupaba
llegar a los treinta y cuarenta años. Gracias a la terapia primal ahora no me
preocupan los cincuenta. Suelo llorar por los años que me fueron robados, pero
no entro en pánico. En dos ocasiones traté de cometer suicidio, y todavía soy lo
suficiente suicida de un modo pasivo. Puedo yacer en la playa, con mi cuerpo
mojado calentándose a la luz del sol, acariciada gentilmente por el viento que en
ocasiones esparce un líquido salado, y entonces pienso que ése es un día muy
hermoso para morir. Qué bello morir en un día en que me siento bien.
Tengo la cabeza grande, mi madre sólo tenía cinco pies de altura y dio a luz a
un bebé de once libras, después de una labor de parto tan larga, que ambas
estuvimos en peligro de morir. Yo sé que casi morí, quería rendirme, pero no
pude. Casi morí en el fluido que me ahogaba. Me sofoqué mientras mi cabeza
estaba golpeando contra la pelvis de mi madre. De ahí contraje el dolor en mi
cuello, cabeza y hombros. Es un dolor que a veces hace que mis brazos vibren
hasta la punta de mis dedos. Hasta la parte más pequeña de mi espalda me duele.
La autopsia que le hicieron después de su muerte por aborto, mostró una pelvis
que nunca se cerró completamente después de mi nacimiento. Su familia
recuerda que ella caminaba muy chistoso después de que yo nací, y luego de eso
no sé cuánto tiempo transcurrió antes de que ella pudiera caminar.
Finalmente nací por mi propio esfuerzo; no había nadie para mí, no había
nada para mí. Lo único que tenía era una pobre e inconsciente madre. Yo estaba
viva y no tenía a nadie. Me sentía muy desesperanzada. Si el túnel al final, con la
luz del día, es solamente una metáfora, ¿por qué estoy llorando al escribir estas
palabras?

Chris

Sólo recientemente he tenido sentimientos acera de mi nacimiento, pero parece


que me explican bastantes cosas. He echado una mirada a las respuestas a un
montón de preguntas que me he venido haciendo a mí mismo durante los
pasados diez o quince años. Estoy comenzando a entender por qué soy como
soy. Nací por cesárea y mi madre me dice que no quería salir. Yo creo que hice
lo más que podía para nacer, pero mi madre se puso muy tensa y me mantuvo
adentro. Me esforcé tanto por salir, que creo que casi morí. Conociendo cómo es
mi madre, estoy seguro que su cuerpo se tensó demasiado por el miedo y la
ansiedad.
Todo ha sido siempre difícil para mí, la tarea más pequeña con frecuencia me
avasallaba (y todavía lo hace). Las situaciones físicas son siempre muy difíciles,
mi cuerpo se duele muy fácilmente y se recobra del estrés de forma muy lenta.
Me sobrecaliento con mucha facilidad, sudo demasiado y lo odio. Siento como si
mi cuerpo siempre trabajara muy duro en lo cotidiano. Cuando se trata de un
trabajo, me estreso tanto física como mentalmente sólo para “hacerlo” (quizá
nunca me recuperé del todo de mi nacimiento). Mojé mi cama a diario hasta
cumplir catorce años y nunca entendí por qué lo hacía, o por qué mi madre me
humillaba por ello.
Siempre sentí mi cuerpo débil, tenso y cansado. Pienso que me quedé
atorado en mis sentimientos durante el nacimiento y, por tanto, no me quedó
energía para hacer algo más. Hay momentos en mi vida en que me siento como
un hombre viejo y gastado, listo para rendirse y morir. Pienso que casi morí al
nacer. He tenido algunos sueños en los que, de repente, me estoy enfrentando
con una muerte certera. Generalmente me estoy cayendo, y el sentimiento me
abruma tanto que cuando despierto mi corazón late furiosamente y estoy seguro
de que lo que pasó en el sueño es cierto y real.
Cuando siento algo sobre mi nacimiento, me encuentro luchando, lleno de
dolor para salir. La única manera en que puedo revivir el dolor es gritando con
todas mis fuerzas en estado agónico; me retuerzo, pateo y fuerzo mi cuerpo,
primero aprieto la cabeza contra la pared y mi espina dorsal se arquea y tensa
por el dolor. Ahora sé por qué mi cuello y mi espalda están tiesos y tensos.
Cuando era muy joven, solía soñar que alguien estaba sentado en mi pecho. Esa
presión regresa ocasionalmente y entonces percibo que es el dolor de nacimiento
que regresa. El dolor era tan grande que solía pensar que tenía una úlcera o algo
parecido.
Recuerdo que cuando era adolescente, en la High School, siempre deseaba
que mi vida pudiera recomenzar: las clases, los días de escuela, las tareas, los
años escolares, las relaciones con colegas estudiantes: ¡mi vida completa! Yo
deseaba que esta vez pudiera hacer bien las cosas. Esta esperanza era lo único
que me podía sostener para seguir adelante. Instintivamente sabía que tener
mejores padres y mejores circunstancias, harían mi mundo diferente. De forma
inconsciente adoptaba esta actitud. Mi vida miserable estaba condenada al
fracaso. En cualquier cosa que intentaba fallaba espantosamente, hasta el punto
en que dejé de esforzarme porque siempre esperaba que los resultados fueran los
mismos. La historia de mi vida se basó en su inicio. Mi nacimiento fue muy
duro. Toda mi vida ha sido muy dura. Lo que es asombroso del comportamiento
prototípico es que sea tan duradero.
Es como si todos los años que han intervenido, las décadas, no hayan hecho
ninguna diferencia. Avanzan en su modo alegre, dictando el comportamiento
como si otras experiencias no hubieran ocurrido. ¿Acaso la experiencia cambia a
la gente? Una vez que el prototipo ha quedado establecido, la experiencia parece
no tener un efecto significativo. Más bien atenúa la potencia del prototipo, de
forma ligera o reforzándolo, pero raramente hay un cambio profundo. Si
existiera una masa de inconsciente colectivo, como lo propuso Jung,
indudablemente sería debido a los traumas de nacimiento. Estos traumas dentro
del vientre son los más invisibles, los más dañinos y los engendrados más
inconscientemente. Lo que yace en el inconsciente es una realidad que es difícil
de percibir, aceptar y comprender, sin embargo es el hecho más persistente de
nuestras vidas. La plaga de una inconsciencia masiva ha resultado en
enfermedades catastróficas, como el cáncer, la enfermedad del corazón y la
enfermedad mental. Ahora hay algo que podemos hacer al respecto.
SEGUNDA PARTE
Las formas de la neurosis
X. Estrés, ansiedad y tensión: síntomas de
la enfermedad

El estrés, la ansiedad y la tensión tienen mucho en común. En nuestra vida, la


ansiedad es la forma clave del estrés, y la tensión es lo que hacemos con la
ansiedad. En la escala filogenética, la ansiedad llega mucho antes que la tensión,
es más primitiva y viene de un área diferente del cerebro. ¿Existe una ansiedad
normal? ¿Necesitamos un poco de ansiedad para tener éxito en nuestra vida?
Examinaremos estos síntomas y sus orígenes desde una perspectiva diferente del
punto de vista convencional.
¿QUÉ ES EL ESTRÉS?

Actualmente se discute mucho a este respecto. El estrés laboral, el marital, el


parental y el financiero, todos han sido tratados en revistas populares y en
publicaciones científicas: desafortunadamente pocas veces se define el estrés. En
general, cuando empleamos el término “estrés” nos referimos a algo que nos
pone “nerviosos” o bajo presión. Realmente el estrés es una respuesta de la
mente-cuerpo a los sucesos que causan alarma y ponen a las personas en estado
de alerta.
Hans Selye, una autoridad en el tema de estrés, identificó tres etapas en la
respuesta de estrés: 1) alarma, 2) resistencia y 3) fatiga. En la etapa de alarma,
una persona reconoce lo que parece causar el estrés y se prepara para la acción,
ya sea para pelear o escapar (la muy conocida respuesta “pelear o huir”). En este
punto, muchos de los indicadores familiares del estrés se experimentan como
irritación y sobreexcitación, por tanto, hay fuertes latidos del corazón, sequedad
en la boca, temblor y rechinar de dientes. En general, las personas bajo estrés
están sorprendidas o alarmadas. Sufren de insomnio, sudoración, tienen
necesidad de orinar con frecuencia, padecen diarrea e indigestión, así como
dolor muscular en el cuello y en la espalda baja. Esto sólo es el principio de la
lista. En la primera etapa de estrés ocurre el daño dirigido al cuerpo, que es
posible reparar, pero el dolor asociado con la etapa de alarma puede dejar una
huella semejante a la de un trauma.
Si el estrés continúa, la respuesta de la persona se mueve más allá de la
resistencia y el agotamiento. El cuerpo ya no puede reparar el daño y aparecen
los desórdenes crónicos del estrés. La investigación médica ha estudiado sus
efectos dañinos a largo plazo. Por ejemplo, actualmente el estrés parece jugar un
papel importante en los altos niveles de colesterol, también inhibe las funciones
inmunes, aumenta la susceptibilidad a las enfermedades relacionadas con virus y
facilita el desarrollo de tumores. Todas estas funciones surgirán de nuevo en el
contexto de nuestras discusiones sobre la enfermedad.
LA RESPUESTA DE PELEAR O HUIR

En la primera etapa de estrés, la respuesta de pelear o huir es una tentativa para


asegurar la supervivencia, logrando que el sistema “esté listo para el combate”.
Si la pelea es posible, el modo de respuesta es: agresión. Si ésta no es posible,
entonces la respuesta estará indicada por el miedo, la huida y el escape. Lo que
raramente se discute y se comprende menos es el estrés primario, interno, que
todo el tiempo reside en el sistema. Es un estrés duradero, surgido de un dolor
grabado o impreso, que puede mantener al cuerpo en estado de alerta, aun
cuando no haya razones externas para ello. Los niveles de la hormona del estrés
pueden elevarse, junto con la presión arterial, la temperatura corporal y los
latidos del corazón. La vigilancia inmune disminuye. El sistema está
respondiendo a un evento del pasado, como si estuviera sucediendo en el
presente y, por cierto, desde un punto de vista real: lo está.
Supongamos que una pequeña observa a su padre dando una severa golpiza a
su hermano mayor. El sentimiento inarticulado es que “papá es violento”, “papá
puede matar”, “papá me puede matar a mí, si no cumplo con sus órdenes”. A
partir de entonces, habrá miedo y aprehensión continua y, específicamente, un
gran temor al padre, a quien la niña considera como una grave amenaza. Es en
este punto cuando comienza el bloqueo y la represión. Las vías de la
noradrenalina informan a todo el cerebro la necesidad de movilizarse ante el
reconocimiento de esa reacción del estrés. La serotonina, que es otra clase de
neurojugo inhibitorio, y las endorfinas se precipitan tratando de rescatar y
aplacar el dolor. La persona ahora está bajo un estrés no impreso. Lo que estaba
afuera, ahora está adentro. El miedo a papá y a su violencia, por una parte, no se
aleja porque el terror es muy grande y, por la otra, porque papá está presente ahí,
cada día, como un recordatorio de que: “Te alíneas, ocultas tus sentimientos y
obedeces pasivamente”.
Si en la vida de la pequeña hay suficientes situaciones aterradoras, si papá
realmente vuelca su violencia contra ella y mamá es débil y no la apoya, la
represión se reproduce y no puede hacer un trabajo eficaz, la pequeña se
convertirá en una niña nerviosa y aprensiva, asustada de casi todo, y sufrirá de lo
que hemos llamado “unas débiles compuertas” y “una represión defectuosa”.
El estrés indica que el sistema está bajo asalto, ya sea a causa del ataque de
un perro, una reprimenda de la madre o la administración de muchas inyecciones
en un tiempo corto. El cuerpo se preparará para luchar o retraerse y todos sus
subsistemas se alistarán para esa eventualidad. El perro que nos mordió, el
regaño de la madre, el tránsito pesado que nos retrasó, un trabajo desagradable y
el profesor autoritario; todos estos son estresores temporales de los que nos
recuperaremos relativamente pronto. Pero un profesor que es severo y constante
—cuando estamos asistiendo a nuestra primera clase a la edad de seis años—
puede dejar un impacto estresor duradero, y si el niño no tiene los medios
suficientes para manejar esta clase de estrés traumático, entonces es posible que
le quede impreso y afecte su aprendizaje posterior.
El principio que dice que “el estrés actual moviliza al estrés impreso en el
pasado”, está claramente representado en el ejemplo anterior de la mujer que en
su infancia recibió numerosas inoculaciones. Su cuerpo desarrolló y sufrió
regularmente una fiebre, que estaba basada en un ataque sucedido tiempo atrás.
Las inyecciones que recibió recuerdan la impresión del trauma que debe
revivirse. La situación original tiene que redespertar cuando el cuerpo esté
tratando de dominarla de nuevo. Eso es lo que pasa en el trauma, de un modo u
otro nos fuerza a luchar durante nuestra vida. Por ejemplo, un paciente que
estaba dedicado a la compra-venta jugaba pesada y obsesivamente en el
mercado, aunque no tuviera suficiente financiamiento. Tenía que ganar y lo
intentaba, aun cuando las apuestas estuvieran en su contra. De forma
inconsciente, para él perder significaba morir: su juego obsesivo era sólo un
sustituto simbólico de su huella pasada, la experiencia cercana a la muerte
acompañada del mismo pánico y frenesí que ahora caracterizaba su
comportamiento especulativo. El juego no lo ponía en estado de estrés, pero él
ponía el estrés en el juego.
La pérdida de un novio puede ser catastrófica cuando se vincula con la
pérdida de un padre a la edad de seis años. El sistema de defensas ya no puede
enfrentarse a esa doble carga de estrés y no es posible aplacar el dolor. Lo que
permanece activo es la ansiedad, la tensión, la depresión, la incapacidad para
concentrarse o funcionar. En general todo esto acarrea un colapso de la
personalidad normal.
Es raro que, por sí solo, un estrés de tipo común tenga tal impacto, a menos
que sea de un poder tan extraordinario que pueda igualarse con la potencia del
estrés impreso durante toda la vida. Efectivamente, si un adulto pierde a toda su
familia en un accidente automovilístico, el poder de ese hecho puede ser enorme
y podría ponerlo en una clase de estrés crónico como el que estoy analizando. Si
la historia infantil de uno es más bien benigna, es difícil que en la adultez el
estrés cause un quiebre del sistema en la neurosis.
El dolor es un estresor clave; no todo estrés está compuesto de dolor pero, en
efecto, toda clase de dolor es estresante. Un adulto que en la infancia vivió una
gran desesperanza o que nunca se sintió amado, está en un gran peligro porque
para un pequeño el amor significa vida. Los niños a la edad de tres o cuatro años
no pueden andar por ahí simplemente sintiendo la hostilidad y la falta de amor:
cuando esa certeza entra en la conciencia, todo se moviliza contra ella. Bajo esas
condiciones, es imperativo permanecer inconsciente.
EL SÍNDROME DE ESTRÉS

La mayoría de nosotros podemos funcionar con base en un día, y luego otro,


cuando solamente tenemos que luchar con el dolor de nuestro estrés pasado. Lo
hacemos fumando, bebiendo, tomando tranquilizantes, etc. Pero cuando en el
presente resuena algo devastador con algo que sucedió en el pasado, sufrimos un
“síndrome de estrés”. Es cuando se recomienda que dejes a tu esposa y tu trabajo
y te vayas a otra ciudad, porque la situación presente, vista como un todo, te
causará un quiebre. En realidad la situación actual tendrá una valencia de tres,
opuesta a una valencia de diez, derivada del trauma original.
El estrés impreso es la forma más insidiosa de estrés porque es intangible.
No se puede ver, oler o sentir; no se puede señalar o encontrar en algunas de
nuestras células: vive su vida furtivamente, royendo nuestras bases ocultas,
como las termitas que destruyen la estructura de nuestra casa. Así que podemos
imaginar que estamos de pie, sólo hasta que la estructura se destruya.
La gente que está enferma tiene aspecto de enferma; la razón por la que se ve
así es porque está bajo el estrés causado por un virus, una bacteria, un tumor o
cualquier sistema estresor. Verse como enfermo es parte del síndrome de estrés.
Los neuróticos también se pueden ver enfermos, pero a causa de diversos
estímulos y no porque estén invadidos por un virus. Están invadidos por el dolor.
Consideremos el caso que sigue:

Rosanna: enferma del corazón

Solían asaltarme terribles ataques de ansiedad. Desde los quince años de edad he
vivido un miedo mortal de tener un ataque al corazón. Cada vez que tenía un
ataque de ansiedad montaba en pánico; débil y sudorosa, me ponía muy pálida y
a veces me desmayaba. No hay palabras para describir la soledad y la
indefensión que sentía en esos momentos. Sentía que ya no había esperanza para
mí, que estaba condenada a sufrir. Estos ataques se convirtieron en el símbolo de
mi desesperanza. Ahora ya no tengo esos ataques y la razón es simple: ya no
construyo una avasalladora ansiedad y estrés. A veces me duele, todavía lloro o
me enojo y reacciono a eso, pero en lugar de aferrarme como lo hacía antes, lo
dejo ir. Mi pecho solía ser una olla de presión. Mis sentimientos no expresados
creaban esa gran presión en mi pecho (que actualmente la consideraría como un
síntoma de un ataque cardiaco). Todos esos sentimientos dentro de mí, tratando
de salir, empujando contra mi pecho, me hacían sentir que me iba a morir... sin
amor.
Actualmente dejo pasar la corriente. Me ha hecho tanto bien llorar por mi
padre, por la necesidad de que me hable, me toque y me ayude; por todas las
cosas de las que he estado privada. Todo el tiempo lloro por mis necesidades y
entro en contacto conmigo misma y logro ponerme menos tensa. Suena extraño,
pero la verdad es que sentir ese dolor me ayuda a reducir el estrés, la tensión y la
horrible ansiedad en mi vida
LA NATURALEZA DE LA ANSIEDAD

Consideramos que la respuesta al estrés es el sentimiento de estar bajo una


presión constante. La ansiedad es un miedo inmediato, difuso y debilitante,
causado por un peligro inminente y por el sentimiento de que uno no puede
enfrentarse, ni siquiera, al más insignificante de los hechos. De los dos
fenómenos —ansiedad y estrés—, la ansiedad es la más aguda, la más inmediata
y frustrante. Sus síntomas son muy claros: hay un sentimiento terrible y amorfo
de pavor y de un inminente desastre, junto con la aceleración del corazón.
También hay una sensación de inestabilidad, un temblor acompañado por la falta
crónica de sueño. Pueden sentirse “mariposas en el estómago”, sensaciones de
ahogo y de ser aplastado. A menudo también aparece el sentimiento de estarse
volviendo loco. El sistema se encuentra totalmente galvanizado y parece que no
hay nada que pueda calmarlo.
Aunque la ansiedad es un tema central en muchas psicoterapias, quizá es el
más mal comprendido de todos los fenómenos psiquiátricos. Carla Tarvis,
escritora del Science Digest, dice que los desórdenes de ansiedad “pueden
considerarse como uno de los problemas más comunes de la salud mental en
Estados Unidos” (febrero de 1986, p. 46). En el Instituto Nacional de Salud
Mental se cree lo mismo. La ansiedad es el número uno de los problemas en las
mujeres y el número dos, en los hombres. Claramente la incidencia de la
ansiedad ha alcanzado proporciones epidémicas.
Lo que los profesionales parecen saber sobre la ansiedad (aunque sin
ninguna certeza) es que se puede disminuir con tranquilizantes y eliminadores
del dolor; ésa es una clara indicación de que la ansiedad, de algún modo, se
relaciona con el dolor. Cuando volvemos nuestra atención al tema del carácter
fisiológico de la ansiedad, encontramos que la más reciente investigación ha
proporcionado algunas claves muy interesantes. El terror puro parece
organizarse en varios lugares abajo del neuroeje, incluyendo al ya mencionado
locus ceruleus. En lo profundo del tallo cerebral está el lugar en el que creemos
que se registran los traumas tempranos. La estimulación electrónica del locus
ceruleus da lugar a lo que parece ser un ataque de ansiedad agravado —que
produce un puro, innombrado e inefable terror— que se manifiesta como un
estado sin palabras.
Ante todo, la ansiedad es un mecanismo instintivo para la supervivencia, es
una forma de terror, un terror que no tiene un estímulo racional en el presente.
Claramente proviene del pasado y a menudo sin ningún aviso. La pregunta es:
¿de qué se trata? Para comprender la ansiedad debemos revisar rápidamente los
impresos tempranos implicados en el corazón, los pulmones, el colon y el tracto
urinario. Estos órganos son conocidos por sus respuestas en la primera línea y
son las primeros en madurar durante el desarrollo de la vida dentro del vientre.
Los sucesos en el vientre y durante el nacimiento se registran en el sistema
nervioso que controla esos órganos viscerales. En consecuencia, cuando el
trauma explota reaccionamos con el sistema nervioso más adecuado disponible,
y lo que está disponible y es ampliamente adecuado durante nuestra vida en el
vientre es el sistema nervioso en la línea media. Sabemos que en la primera línea
las reacciones de ansiedad típica son tempranas a causa de las reacciones
viscerales, por ejemplo, “las mariposas en el estómago”, la dificultad para
respirar, las palpitaciones, la necesidad de orinar con frecuencia, el mareo, la
diarrea y la hiperventilación.
La ansiedad es un fenómeno de primera línea. Comienza su existencia como
una reacción a hechos reales que ponen en peligro la vida. Se siente exactamente
lo mismo que estaban sintiendo el feto y el recién nacido. Es algo global e
innombrable, porque el feto y el neonato no tienen palabras, y eso se apareja con
un sentimiento de sufrimiento inevitable. La ansiedad es una propiedad del
sistema simpático cuando siente la movilización de la huella temprana. En
cambio, la depresión, como ya lo señalé, se encuentra más a menudo en el
parasimpático. La depresión es el resultado de una represión masiva y global, en
donde los niveles de endorfinas inicialmente son altos y después se tornan
“como ya usados” a medida que se establece la depresión. Ésta es el resultado de
un cierre contra el dolor; en cambio la ansiedad es el resultado de un vuelo loco
por evitar la posibilidad de la muerte.
Por eso, cuando el simpático no es capaz de hacer un actuar hacia afuera,
queda atrapado en el interior y no puede mantenerse ocupado, porque siente
ansiedad. El parasimpático siente la ansiedad cuando la represión comienza a
fallar y él queda en contacto directo con una abyecta falta de ayuda y de
esperanza. Así que, como mencioné, se enfrenta cara a cara con un burócrata que
controla su vida cuando ya le es imposible escapar de sus rígidas reglas y
regulaciones. De modo que entramos en angustia cuando estamos totalmente en
las manos de alguien más; en una situación donde la total falta de ayuda está a la
orden del día. También nos llenamos de ansiedad cuando debemos alcanzar un
logro: ser asertivos, enfrentarnos a las multitudes, expresar cuáles son nuestras
necesidades, etc. Nada de eso pone al simpático ansioso y sin hacer lo que
debería.
La ansiedad ocurrirá más tarde en la vida, dependiendo de tres factores:
1. Que la experiencia de vida sea tan dañina que falle todo el sistema de
defensas y no pueda contener el terror temprano.
2. Que la persona tome drogas, como el LSD, que interfieren con un
funcionamiento y con la carencia de ayuda.
3. Que algo en el presente resuene fuertemente con el sentimiento original
(por ejemplo, la experiencia de una original y desesperante falta de ayuda).
La persona ansiosa anticipa la amenaza, que ahora adviene como una huella,
aunque no tenga conocimiento del recuerdo, y se ve impedida de comprender lo
que realmente está sufriendo. La amenaza es una historia ya antigua, pero una
cosa es cierta: un sentimiento presente tiene su origen en alguna parte, sólo
necesitamos encontrar dónde. La razón de la ansiedad es que se trata de un
mecanismo de supervivencia en el que la amenaza percibida avisa y empuja al
sistema a la acción. El terror que está en la base de la ansiedad siempre está ahí.
Únicamente cuando el sistema de defensa se debilita, es cuando se las arregla
para manifestarse en la superficie. Por eso algunas drogas que anulan el dolor se
permiten para manejar la ansiedad con efectividad. Lo que a largo plazo hacen
esas drogas, es alterar la habilidad de trasmisión de las neuronas para enviar
mensajes de dolor a los centros más altos.
Generalmente afectan al sistema reticular de activación, situado en la parte
inferior del cerebro y que está a cargo de alertar a todo el cerebro del peligro
(analizado más adelante). Las drogas interrumpen el mensaje, de modo que la
mente no queda inundada por los impulsos sobre los que no tiene control. Las
drogas afectan a los centros bajos, pero logran una profunda afectación a través
de todo el proceso. Éste es un modo más de conocer de dónde viene la fuerza
que dirige la mente pensante cortical. Otra manera de conocer cuál es la fuente
de la que surgen las ideas bizarras de la mente, es cuando, una vez distribuidas
en patrones, el paciente revive esos traumas muy tempranos, los cuales cesan
automáticamente y con ellos desaparecen los periódicos —aunque imprevistos—
brotes de ansiedad que han plagado a las personas durante años. En nuestra
terapia, cuando los dolores tempranos se elevan hacia la conciencia, casi
invariablemente surge un ataque de ansiedad. El terror implicado en la ansiedad
es conciencia. La conexión con la conciencia temprana acarrea sentimientos de
terror abyecto y complejo. Por eso, cuando los sentimientos son elevados
producen un estado de ansiedad que ha plagado a la persona durante años, a
menudo acompañado con latidos cerebrales más allá de los 200, con una presión
sanguínea también sobre 200 y señales de que el organismo está en un gran
peligro.
Un recién nacido estrangulado con el cordón umbilical está aterrorizado, por
supuesto, no puede comprender, solamente siente terror. Reacciona con la
capacidad que le es posible. Su corazón está bombeando, su temperatura se
eleva, las hormonas se están batiendo, todo ello lo observamos cuando
levantamos el velo de la represión en nuestra terapia. Ése es un estado de
ansiedad, así es como sabemos qué es la ansiedad y de dónde viene.
En el momento del trauma, toda la ansiedad flota libremente, no se
conceptualiza ni comprende; no hay posibles defensas contra ella. Simplemente:
la muerte está muy cercana. Más tarde, con la capacidad de enfocar y simbolizar,
podemos canalizar la ansiedad y es posible que se convierta en una fobia: un
ataque de ansiedad “enfocado”. A menudo se trata la fobia como si de ella se
derivara el verdadero problema. En Estados Unidos abundan las clínicas
dedicadas a curar este padecimiento. La fobia es un problema que se puede
controlar evitando la situación; por cierto, tal situación casi siempre está muy
cerca, como un símbolo del trauma original. Por ejemplo, el miedo a los
elevadores: el temor de ser contenido, aplastado, exprimido, carecer del
suficiente aire, estar incapacitado para ver hacia el exterior, etc., son modos de
manipular simbólicamente el trauma original, que en general es la razón de ser
de las fobias.
Un nacimiento muy traumático procesado con una labor muy extensa se
puede mostrar —a sí mismo— en la forma de un temor de abandonar un lugar
confortable, o como la fobia de abandonar el hogar. Es el temor de “salir”, el
solo pensamiento de dejar el hogar hace reaccionar a la persona fóbica como si
le colocaran un electrodo en el locus ceruleus. En la vida cotidiana este tipo de
ansiedad fóbica está controlada de distintos modos imperceptibles, por ejemplo:
no querer salir para no encontrar gente, no intentar nuevas cosas, no abandonar
la situación en la que se está —ya sea un trabajo o un matrimonio— sin importar
cuán dolorosa sea. Esto es porque inconscientemente hay más dolor implícito en
dejar que en permanecer. Abandonar dispara el evento primal original, con todo
su terror de no ser capaz de salir del mismo problema.
Una vez traté a un piloto aviador que padecía una fobia que desarrolló en un
banco de nubes. Cuando se visualizó mentalmente otra vez en las nubes, se
aterrorizó. No podía sentir el movimiento. Pasó horas y más horas reviviendo el
trauma de estar incapacitado para moverse, estaba bloqueado por un tumor en el
canal, hecho que significaba la muerte. El banco de nubes simplemente le
disparó el antiguo terror.
No debemos tratar una fobia como algo que existe por sí mismo, debemos
tratarla como un sueño. La historia en el sueño es el motor que utiliza la mente
para explicar su temor. Los artistas emplean imágenes para pintar sus miedos. Lo
mismo sucede con las fobias. Sin embargo, lo que importa comprender es que en
un sueño o en una fobia el sentimiento siempre es correcto. La historia es
simbólica. Hay que dirigirse al sentimiento y no al enfoque aparente.
LA ANSIEDAD, LA REPRESIÓN Y EL SISTEMA DE DEFENSAS

En los mecanismos tempranos subcorticales del cerebro que están implicados en


los orígenes de la ansiedad, el neocórtex es el que provee su apreciación y
percatación: si no fuera por el córtex, nuestras reacciones, tanto a la ansiedad
como al estrés, serían puramente instintivas. En lugar de ello, tenemos la
capacidad de bloquear las señales de peligro y actuar como si no estuviéramos
en peligro. Cuando nos protegemos a nosotros mismos contra la ansiedad
perdemos la capacidad de sentir, y de ese modo perdemos algo de nuestra
humanidad.
La ansiedad es una señal peligrosa. No es neurótica en sí misma, no existe
una “neurosis de ansiedad”. Se trata de un temor apropiado relacionado con un
recuerdo. Cuando ese recuerdo se acerca demasiado a la percatación, la ansiedad
también se acerca y se movilizan los mecanismos defensivos primitivos
viscerales. El hecho de sentirse ansioso es lo opuesto a la neurosis y al
sentimiento de terror real, al menos fuera de nuestra conciencia. Cuando
colocamos la ansiedad en su contexto original estamos resolviendo su magnitud,
de modo que la ansiedad tiene una doble función: nos advierte y también es el
componente visceral del terror temprano. Cuando se combinan el dolor derivado
del estrés actual con las huellas fuertes del pasado, el abastecimiento de la
serotonina-endorfina queda suprimido y experimentamos la ansiedad directa y
conscientemente. Ésta nos avisa que nuestras defensas se están derrumbando, la
señal es: “Tómate una píldora para activar el suplemento de endorfinas”.
Hay sistemas de reforzamiento que nos protegen de los sentimientos de
ansiedad. Lo que conocemos como neurosis está compuesta sobre todo por estas
defensas. Más específicamente, estos sistemas de refuerzo ayudan a la represión
del dolor y al bloqueo. La mayoría de las personas pueden poner su terror en
compartimentos y mantenerlo guardado en las profundidades del neuroeje. No
tienen que estar pensando todo el tiempo en el terror; sin embargo, la persona
ansiosa ha perdido su capacidad de enfrentarlo, su alacena está repleta. El terror
viaja, encuentra salidas y se canaliza. Mientras tanto, para el que sufre es el peor
de los sentimientos, porque no sabe qué pasa ni de dónde viene o cómo
detenerlo; simplemente la mayor parte del tiempo se siente muy mal.
Aquellos que no lo pueden reprimir se conocen como “neuróticos de
ansiedad”. Simplemente no saben cómo ser buenos neuróticos. Si tomas a un
individuo muy reprimido y le inyectas naloxona —que antagoniza con el
supresor del dolor: la endorfina—, de inmediato lo pondrá ansioso. La naloxona
no es la que produce la ansiedad, deshace el bloqueo y nos permite sentir lo que
realmente está sucediendo. Lo que indica esta discusión es que una vez que el
proceso represivo se ha debilitado, el sistema tiende a volver a su estado normal
—temeroso y aterrorizado—. La persona en estado de ansiedad no
necesariamente está consciente de lo que le pasa; el miedo se introduce de forma
constante en su inconsciencia. El problema es lograr que no esté consciente, que
pueda dominar el miedo y alejarlo de sí, permitiendo que poco a poco pueda
dominar su miedo y su terror.
¿QUÉ DESATA LA ANSIEDAD?

A menudo se necesita que se presente un estímulo para hacer surgir la vieja


huella de ansiedad impresa; en otras ocasiones no es necesario. Eso sucede
cuando la persona ha atravesado por una experiencia inusual, por ejemplo,
cuando un chico ha sido incapaz de desarrollar defensas para protegerse.
También sucede cuando alguien ha tomado drogas —como mariguana, hachís o
LSD— que interfieren con las defensas psicológicas. El uso crónico de drogas
debilita los sistemas de bloqueo en el cerebro y permite que se escapen
recuerdos que, en su origen, estaban profundamente reprimidos.
Traté a un veterano que durante quince años sufrió estados de ansiedad
crónica después de la guerra de Vietnam. Casi murió en el campo de batalla,
experiencia que le despertó recuerdos de ahogarse en la tina de baño cuando
apenas tenía un año de edad. Después de la guerra había tomado LSD al menos
cincuenta veces, a tal punto que su sistema ya no disponía de los medios para
defenderse contra los dolores combinados que se aceleraban constantemente. Era
vulnerable a la neurosis de combate porque resonaba con el evento pasado. Eso
no significa que el combate no tuviera ningún efecto, pero no todos en el
combate sufren de igual manera. Mientras más resonaba el combate con sucesos
que amenazaron su vida, más grande era el precio que requería. El combate lo
deja a uno tembloroso y nervioso durante mucho tiempo después, y acabará
formando una nueva neurosis.
No debemos olvidar que en los periodos críticos el trauma generalmente da
forma a la personalidad. Un gran trauma, tarde o temprano, puede dejarlo a uno
muy ansioso durante algún tiempo, pero no es posible que produzca una nueva
neurosis. Existe la idea de que a algunas actrices de Hollywood las destruyen las
presiones a que se ven sometidas. Yo pienso que se trata más bien de personas
que han sido destruidas por las condiciones de vida por las que han atravesado y
buscan un nuevo ambiente de lujos extremos, porque su necesidad es tan grande
que sólo grandes cantidades de dinero pueden llenarlas. No obstante, esa
atmósfera sirve para reforzar sus neurosis.
LA ANSIEDAD Y LA NEUROSIS OBSESIVO-COMPULSIVA

Todos hemos escuchado acerca de algún hombre que se lava sus manos hasta
cuarenta veces al día. Hay otros que no pueden pisar las rayas del pavimento.
Alguno se ve obligado a revisar todos los relojes de su casa al menos cuarenta
veces en el día. La atmósfera que crean les sirve para reforzar su neurosis. Se
trata de comportamientos repetitivos que parecen estar fuera de control. La
compulsión obsesiva realmente no es una categoría especial de neurosis, sólo es
la manera como se manifiesta. Toda neurosis es obsesiva en el sentido de que
repetimos ciertos patrones de conducta una y otra vez, durante muchas horas de
nuestra vida, y no somos capaces de controlarlos. El fumador consume un
cigarro cada cuarenta minutos del día, y cada día de la semana. El ninfomaníaco
o el sátiro están constantemente en busca de un compañero sexual. Otra persona
actúa una y otra vez con vergüenza, sin importar las circunstancias.
La diferencia es que estos comportamientos crecen con el tiempo y no son
controlados por las personas obsesivas que, además, son ritualistas. Estas
personas se las han arreglado para descubrir un comportamiento muy
circunscrito, nada diferente al de un pervertido sexual que ha elaborado un ritual
que le ofrece alivio. Ese ritual depende de dos factores: el primero es la
circunstancia que le deparó la vida, por ejemplo, crecer con una madre fanática
que insistía en que los niños se deben lavar las manos después de haber tocado al
perro, la puerta, la silla, etc. El segundo consiste en que el ritual debe reflejar un
sentimiento básico desde el pasado, por ejemplo: el sentirse sucio (en el amplio
sentido del término) y la necesidad de mantenerse constantemente limpio.
Una obsesión queda “adherida” cuando alguien se las arregla para reducir el
nivel de tensión, por ejemplo, cuando te sientes inseguro y asustado, revisas
todas las cerraduras y con eso disminuye tu temor. Conforme aumenta el miedo,
compruebas las cerraduras muchas veces más. El temor ostensible es que se
revisa porque pueden llegar intrusos. El miedo real es el de crecer con unos
padres que nunca te hicieron sentirte a salvo. Para comprender la obsesión
compulsiva necesitamos regresar al hecho de que cualquier trauma temprano no
está registrado en la parte baja del neuroeje, sino que todo el tiempo tiende a
moverse hacia la conciencia, buscando resolución y alivio. Siempre estamos
tratando de ser normales. Una de las estructuras clave activadoras en el tallo
cerebral es el llamado sistema activador reticular. Éste se encarga de alertar al
sistema vigilando todos los insumos sensoriales —ya sea los que vienen de fuera
y los de las huellas impresas— y los envía al córtex, primero, por la vía del
sistema límbico y hasta que llega a este sistema. El voltaje con el que se maneja
no es específico, es una cantidad de energía o de activación. El sistema límbico
le proporciona su contenido emocional.
El sistema activador reticular posee unas largas fibras proyectadas hacia el
neocórtex, de modo que tan pronto como un trauma temprano comienza a
moverse hacia la conciencia, el alto nivel la mente también se mueve hacia la
conciencia. En dicho nivel, la mente se percata de que está tensa, agitada e
incómoda; estado que es necesario porque la mente baja está diciendo:
“prepárense para el asalto”. Entonces la ansiedad comienza a desplegarse. A
medida que la presión de las huellas aumenta, también lo hace la presión
reticular que se mueve contra las fuerzas corticales inhibidoras. Ahora estamos
frente a un choque entre la inhibición del córtex frontal (sentimiento de
esperanza) y los impulsos ascendentes desde el dolor temprano, hacia el tallo
cerebral (sentimiento de desesperanza).
Las obsesiones indican una falla en la inhibición. Si le das droga a alguien
para someter su acción reticular, te las arreglas para reducir el conflicto y la
persona se siente más cómoda y menos obsesiva. Si no lo haces, entonces, para
tratar de contener la fuerza que se está elevando, la persona se ve forzada a
intensificar sus actos o sus pensamientos obsesivos, el córtex se ve presionado a
entrar en servicio con una más grande urgencia, y la persona se hace repetitiva,
vive pensamientos sin control de los cuales no se puede deshacer.

Lo que debe quedar claro, es que nadie puede sacar a otra persona de sus
ideas obsesivas o fobias con sólo hablarle, porque éstas no tienen nada que ver
con el córtex racional, dado que éste, teje a mano los impulsos de abajo, que
están obligados a aparecer.
Existe una jerarquía de síntomas físicos y mentales. Los síntomas parecen
seguir la evolución del ser humano. La pura ansiedad es un asunto de primera
línea. Las fobias y el uso de imaginería para contener y capturar el dolor y el
terror, pertenecen a la segunda línea. Se aplican para detener el sobreflujo de la
energía primal surgida del trauma temprano. Cuando las fobias se aplacan,
podemos encontrar las ideas obsesivas, que pertenecen a la tercera línea.
Éstas no son enfermedades diferentes, son maneras cada vez más sofisticadas
para contener el mismo dolor. Finalmente, las nociones bizarras y las ideas
paranoides se enlistan en el mismo nivel, en donde las ideas obsesivas presionan
al sistema de defensas hasta más allá de su capacidad. Aquí sucede el proceso de
cambio de la neurosis a la psicosis: es un cambio emocional que proviene de los
mecanismos más primitivos de la ansiedad, e incluso de los cambios más
recientes en la capacidad del cerebro humano (por ejemplo, la paranoia es una
forma avanzada de pensar).
Aquí podemos ver que la neurosis es una defensa contra la psicosis, de la
misma manera que el sueño simbólico ayuda a prevenir las pesadillas
aterradoras. La persona que es dominada por la ansiedad, generalmente no puede
arreglárselas para recordar sus sueños simbólicos o para defenderse de los
ataques de ansiedad causados por sus pesadillas. Del mismo modo, durante el día
no puede arreglárselas para tener un sistema de defensas bien estructurado. Nada
de lo que haga en la vida le funcionará para permitirle escapar de la ansiedad; y
lo que haga durante la noche tampoco le servirá.
Un sueño bien construido significa, por definición, que las estructuras están
en su lugar para simbolizar sus sentimientos. No es un accidente que la
esquizofrenia sea escasa en los epilépticos, siempre que para soportarlo uno
pueda descargar la presión construida de un modo masivo, porque entonces el
más alto nivel de conciencia no tiene que extenderse hasta lo bizarro. Vamos a
descubrir que casi todo lo que tratamos no es sino una sola enfermedad, sólo que
se traslada. Cualquier nivel de desarrollo consciente tiene su propia clase
peculiar de síntomas; esto es cierto tanto en la esfera física como en la
psicológica. La diferencia entre la diarrea y la artritis es sólo un largo salto
filogenético.
En la fobia, la imagen de una serpiente es suficiente para echar a andar una
respuesta de ansiedad. No se necesita imaginarla para observar la ansiedad que
produce, la cual revela un estado no imaginario y no verbal. La imaginería es un
desarrollo tardío que fija la ansiedad en el tiempo y en el espacio. Las fobias son,
sobre todo, la propiedad del que está en la segunda línea, cuyo desarrollo parece
que se ha detenido antes de la etapa intelectual. El fóbico puede evitar su blanco
y ya no sentirse ansioso. El obsesivo no tiene tanta suerte. El obsesivo ansioso
debe evitarse a sí mismo; algo que no se logra tan fácilmente.
Aquellos que son capaces de recordar su adolescencia sin vivir una ansiedad
avasalladora, pueden arreglárselas para vivir en su cabeza y producir ideas
obsesivas. Básicamente, éstos son sujetos de la tercera línea, que tienen mucho
más acceso a sus sentimientos, que el fóbico. El sujeto en la segunda línea está
viviendo en el nivel de imágenes y sueños, es más musical, artístico, menos
filosófico pero más emocional y menos controlado que el que está en la tercera
línea. La ventaja de pertenecer a la segunda línea es que se pueden aprender
lenguas extranjeras con mayor facilidad, y es posible escuchar las inflexiones del
sonido y el tono musical en el lenguaje. Con seguridad no pueden aprender
matemáticas tan fácilmente como los que están en la tercera línea (y por
supuesto tampoco física).
El sujeto en la segunda línea no podrá ser un buen ejemplar de la tercera
línea, debido al constante asalto que sufre de parte de los impresos del nivel más
bajo. El obsesivo puede estar tratando de usar su pensamiento para controlar y
enjaular al monstruo, que no se somete fácilmente a su contenido. A medida que
la obsesión-compulsión se intensifica, (aunque finalmente deja de trabajar,
porque los impulsos que se están moviendo hacia arriba son increíblemente
fuertes), tenemos una estructura de defensas descompensada que puede conducir
a la psicosis.
Hasta ahora, nuestras concepciones de cómo la mente cortical se estira hasta
el máximo cuando accede al dolor temprano, son muy bizarras. La diferencia no
está en la clase, pues se emplea el mismo aparato cortical para manejar el dolor y
el terror. Dado que en el psicótico hay una total ruptura —a través del material
temprano—, el psicótico se ve sumergido en el pasado remoto. La disparidad
entre la realidad presente y la pasada es tan grande, que por eso se considera a la
persona como loca.
Podemos ilustrar todo esto mediante el electroencefalograma que mide las
ondas cerebrales. El cerebro resistente tiene patrones de ondas que reflejan
generalmente la lucha entre activación-inhibición. Un nuevo paciente puede
mostrar un EEG de casi doscientos microvoltios, meses más tarde, puede bajarlo
hasta treinta. Claramente se aprecia que la activación y la presión en el córtex se
pueden reconocer, más o menos cuando es alta. Podemos esperar obsesiones y
compulsiones igual como podemos esperar, desde la epilepsia, ciertos tics
provenientes de otros síntomas de sobrecarga. Cualquier cosa que estimule la
actividad del tallo cerebral, desde la cafeína hasta las anfetaminas, ponen más
presión en el córtex, resultando, finalmente, en una posible psicosis. La presión
hacia arriba, causada por el dolor temprano, tiende a emplear la serotonina.
La serotonina es un químico clave como agente en la disminución de la
represión. Se distribuye por todo el cerebro, aunque hay claustros de serotonina
que están produciendo células a lo largo de la línea media del tallo cerebral.
Desde ahí, viajan cuando es necesario enviando redes de fibras, las cuales
forman el sistema límbico. Hay una droga que se llama éxtasis, o MDMA, que es
muy popular en estos días. Quienes la ingieren encuentran que están en un
verdadero éxtasis. ¿Por qué? Porque pueden sentir de nuevo. Están eufóricos
porque al fin están en contacto consigo mismos. La droga libera enormes
cantidades de serotonina y disminuye la inhibición. El problema es que en dosis
muy altas, esta droga puede matar a las células de serotonina, y sólo en casos
muy raros, puede causar la muerte.
El éxtasis permite grandes insights porque el sistema de defensas se
interrumpe y así se logra un acceso al nivel de los sentimientos. A pesar de esos
insights y a pesar del profundo cambio, la persona piensa que lo ha alcanzado
definitivamente, pero el cambio sólo es temporal. El dolor no se ha alejado, uno
simplemente lo dejó a un lado por el momento. Es necesario encontrar una
manera natural de lograr todo esto, porque, en caso contrario, se tendrá que
seguir tomando drogas como el éxtasis. Si se hace de manera natural, se logrará
una recaptura permanente: primero la agonía, y luego el éxtasis.
El papel de la serotonina en la inhibición se encuentra en diversas
investigaciones. En Finlandia, una institución dedicada a la atención del abuso
de drogas y alcoholismo llevó a cabo un estudio muy interesante: encontraron
que los asesinos tenían niveles muy bajos de serotonina. Estas personas tenían
una inhibición mínima y todos los demás impulsos eran actuados; si ellos
hubieran tenido un buen ritual obsesivo a su servicio, quizá no habrían matado.
Desafortunadamente, en general la muerte abrupta de muchos de ellos no les
permitió desarrollar obsesiones. Se encontraron casos violentos de suicidio
donde se disponía de un nivel muy bajo de serotonina. También hubo un bajo
índice de casos de Alzheimer.
El impulso neurótico, bajo en inhibición, parece actuar de muchos modos,
incluida la criminalidad. El sujeto se dirige a las drogas impulsivamente porque
necesita de un arreglo inmediato: su sistema necesita represión. Se le coloca en
prisión por tratar de matar su dolor. Separamos a las personas para que no tomen
las drogas que a menudo tienen el mismo efecto que los tranquilizantes, porque
no son prescritos por la gente adecuada. Nadie toma drogas —como la heroína—
si no las necesitan, pero la “necesitan” cuando aparece después la necesidad real,
aunque ya había sido enterrada.
SOBRE LAS DROGAS Y LA ADICCIÓN

Se emplean muchas vías para privar de algo a un niño y dejarlo en un estado de


dolor, pero siempre existe una manera segura de tratarlo: con supresores del
dolor. Sin importar qué tipo de combinaciones se sufran —por descuidos, falta
de afecto, etc.—, el cuerpo monta sus defensas químicas represivas, y cuando
esas defensas fallan, la persona busca algo afuera para hacer aquello que el
cuerpo debe ser capaz de hacer por sí mismo. Algunos encuentran el alcohol
para realizar este trabajo, otros usan drogas. El resultado al final es la represión,
la represión efectiva obtenida de las drogas químicas que logran que el sujeto se
sienta en el nirvana. Así lo experimenta el hombre que nos informa en el
siguiente estudio de caso. Él estaba tratando de ahogar su terrible soledad
impresa y su desesperanza. Las drogas le daban un “rayo de calidez” que sólo
podría compararse con lo que pudo haber tenido en su vida más temprana: la
calidez del afecto de una madre. A fin de cuentas, su esperanza radicaba en sentir
esa desesperanza.
Primero debemos estar seguros de que comprendemos que la adicción a las
drogas, al igual que el alcoholismo, no son enfermedades. Son una manera de
combatir la verdadera enfermedad de la neurosis y el dolor. La manera de curar
la adicción a las drogas se hace removiendo el dolor que aparece tan obvio,
como nos quiera parecer. Entonces la adicción se desvanece. No nos volvemos
adictos cuando el dolor es común, como el que causa la fractura de una pierna y
requiere apaciguar el dolor. Uno se hace adicto cuando hay un antecedente de
dolor que clama por un alivio más profundo.
La persona con una pierna rota está bien hasta que se agrega más dolor a la
ecuación; un dolor más intenso que el que la morfina puede producir
internamente. De ese modo le agregamos externamente un poco más de dolor.
Después de que el dolor subsiste, ya no se requieren más drogas. No sucede así
cuando la persona está inundada con el viejo dolor. Cuando su pierna rota sana,
sigue necesitando bloqueadores del dolor o tranquilizantes durante meses o años.
Cuando la persona desea detenerse, de pronto se ve inundado por su pasado y se
siente peor que nunca. Durante todo ese tiempo ha tratado de aplacar aquel dolor
que padecía. Eventualmente la presión termina, pero cuando se eliminan los
supresores hay un rebote masivo, como si todos los dolores se compactaran y se
despertaran de nuevo. La persona siente un terrible dolor, constantemente está
incómoda y no se puede relajar, sólo piensa en cómo tener de nuevo algún nivel
de confort, aunque sea por poco tiempo, y es entonces cuando retorna a
consumir los supresores del dolor.
La supresión del dolor está ocultando el problema, y se trata de un problema
del que no se puede hablar libremente. No es posible decir ¡no a las drogas!
simplemente porque no puedes decir “no” a toda tu historia pasada, ni negar tu
fisiología. Como he mencionado en otras ocasiones, tomar drogas es, con
mucho, una tentativa de normalizar al sistema. Aquellos que son depresivos
consumen las drogas que los pueden sacar de ese estado: los estimulan al mismo
tiempo que aplacan el dolor. Eso también lo provoca la cocaína. Quienes están
ansiosos toman drogas que los aplacan, pueden tomar lo que básicamente es una
pastilla para dormir (metacualona), y al final logran relajarse. ¿Por qué esas
sustancias no los noquean a ellos, como pasaría con una persona normal? Porque
su nivel básico de activación del dolor es tan grande, que justamente los
tranquiliza regresándolos a lo “normal”. He visto a un paciente que ha atentado
contra su vida tomando dosis masivas de tranquilizantes, y se despierta doce
horas después, como si nada. Hay dosis que son reconocidas por su capacidad
para matar. De nuevo su nivel de activación psicológica y neurológica es tan
grande, que las drogas apenas pueden apagar el fuego.
La adicción recibe sus ímpetus del primer dolor. He visto a fumadores
empedernidos que invariablemente se enfrentan a dolores de su nacimiento y
posteriores a éste, y después de una vida muy dura, se sella su destino: los
cigarros contienen una de las drogas más adictivas, porque actúan como
tranquilizantes, están fácilmente disponibles, son legales y pueden disminuir el
dolor cada treinta minutos.
Los que fuman mariguana crean una lobotomía parcial cortando
funcionalmente las conexiones entre los centros inhibitorios y las áreas
sensibles. A menudo son obsesivos, y conforme la inhibición decrece y surgen
los dolores profundos, requieren una especie de absorción por la mente pensante.
Los temores les conducirán a imaginar ladrones y peligros dondequiera, o se
obsesionarán con la idea de ¿qué va a suceder en su escuela al día siguiente?, o
acerca de cualquier otra cosa que uno pueda imaginar.
Los que son muy reprimidos pueden caer en el consumo de mariguana
porque disminuye temporalmente su represión. El precio que pagan es que, tras
haber consumido mucha mariguana, las compuertas ya no se podrán cerrar y la
persona comenzará a sufrir de manera crónica o también se tornará ligeramente
paranoide en forma permanente, sospechando de casi todo y de cada persona.
Todos los intercambios entre las drogas son, a la larga, una tentativa de estar
cómodos, y eso significa poner al sistema nuevamente en equilibrio: un sistema
libre de golpes debidos al trauma temprano. La respuesta a la adicción a las
drogas sigue avanzando directamente: tiene que ver con aquellos traumas y
recupera el equilibrio del sistema. La adicción simplemente será abandonada sin
ninguna exhortación, moralización, amenazas de castigo o promesa de
recompensas.
Por supuesto que ayuda sacar a alguien de una cultura de consumo de drogas,
colocarla en un medio limpio y fresco, conseguirle trabajo, abrigo, etc., pero
aunque todo esto es necesario, no es suficiente para la cura. Casi siempre habrá
recurrencia, sin tener que enfrentarse al dolor de cabeza continuo; cualquier otra
aproximación sólo significa un deseo. El dolor que produce la adicción jamás se
aleja, sin importar el medio ambiente. Uno puede hacer que las drogas sean más
difíciles de conseguir y producir un cálido y protector ambiente familiar en
centros de recuperación, todos son útiles, pero nunca curativos. Esos centros son
necesarios porque disponer de un ambiente decente es crucial, pero no puedes
alejar fácilmente la neurosis, sin importar qué tan altruista puedas ser. Es
decepcionante también porque la persona con un cierto ambiente social, rodeada
de gente dispuesta a ayudar en la terapia de grupo, no puede alejarse de su
fisiología ni por un minuto.
Poder sacar a alguien de la drogadicción sin trabajar con su dolor interno es
solamente para retener la falta de equilibrio interno y, más tarde, asegurar una
cierta clase de enfermedad o algún síntoma. Recuerdo haber trabajado con
grupos de confrontación para ex adictos. Dejaron la heroína pero, en promedio, a
diario se fumaban tres paquetes de cigarrillos con cerca de diez tazas de café
antes del medio día. Permítanme reiterar que esos centros de recuperación
ayudan, porque el apoyo a los otros es esencial; el problema que tengo con ellos
es su carácter moralista, la insistencia en la autodisciplina, el compromiso con el
cambio, etc. En esos grupos la persona puede pagar un servicio insuficiente o no
sincero, en cuyo fondo se mantienen las rachas de dolor. Su principal
compromiso es estar cómodos, al tiempo que se permanece adicto aunque se
haya comprometido a normalizarse, y a pesar del oprobio que esa situación trajo
consigo.
En estos centros a menudo hay terapias de grupo, una revelación del yo y
todo lo demás. El problema es que mientras uno no reviva en regresión el dolor,
no hay modo de revelar plenamente al yo que sufre y necesita drogas y alcohol.
La confrontación que se da en la clase de grupos con los que trabajo no lo puede
lograr. Forzar a alguien a confesar que es adicto puede servir de ayuda en una
primera instancia, pero la constante confrontación de otras personas que
demandan una confrontación con la realidad, asumen que esta gente sabe cuál es
la realidad que yace en su interior: algo que casi nunca viene al caso. Las
confesiones de incesto, por ejemplo, son una cosa, pero es distinto revivirlo una
y otra vez, durante varios meses. Uno puede llorar mucho a causa del incesto,
pero no será lo mismo que lo que es absolutamente necesario: revivir el trauma
con toda su agonía (la agonía antes suprimida con píldoras) hasta que se logra
reducir el nivel de dolor interno a un estado mensurable.
Confesar y “enfrentarse” al incesto, por ejemplo, es una cosa que está
molestando a una persona, se asume que la persona conoce lo que yace en lo
profundo: en mi experiencia, los dolores más críticos no se descubren mediante
un esfuerzo consciente, sino que los encuentran cuando la persona revive, una
vez que ha bajado a los más profundos niveles de conciencia. Antes de eso, tal
persona había estado totalmente inconsciente de lo que yacía en el fondo. El
tratamiento de la adicción requiere algo más que el “altruismo” y la mejor de las
intenciones; es necesario un acercamiento sistemático y científico.
Existe un constante pensamiento mágico que afirma que si uno se aleja de las
drogas, el dolor desaparecerá, asumiendo que uno reconoce el dolor, cosa que no
es tan común como se piensa. Ni siquiera la terapia de choque, que interviene
con ingresos masivos en el cerebro, puede alejar el dolor. Se debe revivir poco a
poco, parte por parte, hasta que se integre a la conciencia; después de ello ya no
puedes hacer adicta a la persona, aunque lo intentes. El problema es que todo
aquello que hace adicta a una persona (huir de...) suele depender de un arreglo
rápido o inmediato, eso es lo que influye contra la persona que ha tratado de
sentir su dolor durante mucho tiempo.
Un resultado inmediato es, más que nada, el resultado de los impulsos de
primera línea que hacen la espera más ligera y salvan a la persona del infierno.
Todos ellos están orientados por impulsos que están más allá de su control. Por
tanto, los adictos severos necesitan de un medio ambiente donde sentir su dolor,
que funcione como una casa protectora. Ahí podrán observarse hasta que hayan
sentido lo suficiente para considerar suyo ese dolor. Los invito a ser testigos de
los siguientes casos de pacientes que han hecho de todo, desde aspirar solventes,
consumir heroína, una mezcla de aceleradores, calmantes, etc. Ellos “han estado
allí” y lo que dicen explica mejor que yo de lo que se trata la adicción y su cura.

Bill

Estoy en el proceso de recuperarme después de que, para hacer mi vida tolerable,


he cumplido casi veinte años ingiriendo alcohol y varias drogas. En particular, en
mis “veinte años” usaba virtualmente cualquier opiáceo, barbitúrico, anfetamina,
alucinógeno o sustancia controlada disponible. También bebía vino, cerveza,
licores fuertes y fumaba. Estaba en una constante lucha contra mí mismo, porque
ser “yo mismo” significaba sentir horrible la mayor parte del tiempo. Nací
prematuramente, dos meses antes de tiempo, y pasé las tres primeras semanas de
mi vida en una incubadora. Hace poco descubrí que nací de camino al hospital y
que mi madre apretaba las piernas para evitar mi nacimiento antes de la llegada
del doctor.
Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años. Mi padre era alcohólico
y mi madre había nacido fuera del matrimonio, así que pasó los primeros tres
años de su vida en un orfanatorio. En los primeros diez años de mi vida no tuve
un padre. Mi madre casi siempre estaba deprimida, avasallada o histérica. Basta
decir que para mí, durante esos diez primeros años de mi vida, siempre había
muy poca comodidad, seguridad o estabilidad. Entonces mi madre se casó con
un hombre sin educación, crudo y violento, un alcohólico, trabajador de cuello
azul.
Mi adolescencia fue de aislamiento, falta de ayuda, críticas y abuso
emocional y físico. Me pegaban con el cinturón. Humillado, criticado,
amenazado y castigado precisamente por las personas que se suponía debían
amarme, abrazarme y mostrarme el camino de la vida. Uno de los horrores de mi
vida consistió en haber sido odiado por la persona que yo necesitaba que más me
amara... mi madre.
Cuando era niño siempre estaba confundido y avasallado porque las cosas no
eran como debían ser. La vida parecía no tener sentido, nunca sabía qué estaba
pasando. Comencé a leer a muy temprana edad y devoraba cualquier fuente de
lectura que encontraba. Los libros fueron mi salvación. La literatura me brindaba
un mundo al que podía retirarme, donde las cosas eran ideales, justas y había un
sentido de orden y un desarrollo lógico. Podía separar mi vida del caos. Más
tarde, la música y los deportes también fueron salidas importantes para mí.
En mi familia nunca hubo un sentido de amor o de cohesión. Mi madre
pretendía, y fingía, presentarse como una mujer bien educada y con hijos
disciplinados. La obediencia y el respeto eran obligatorios. Si nosotros nos
portábamos como pequeños autómatas, el resultado sería la admiración de los
amigos y de la familia, ante quienes ellos representaban un falso sentido de su
valor como padres. A menudo decían: “Yo vivo para mis hijos”. Esa afirmación
yo la escuché y padecí durante toda mi adolescencia. En realidad mi madre se
sentía falsa, sin valor alguno, por eso nos representaba a nosotros, usándonos
para sentirse valiosa; pero en realidad en mi familia no había amor alguno y
tampoco era una familia verdadera. Nunca nos acariciaban o tocaban.
Mi padrastro tomaba y se ponía violento, y en varias ocasiones golpeaba a mi
madre. Yo tenía una cadena interminable de tareas y obligaciones en la casa y en
la escuela, y siempre sentía que nada era suficiente para llenar sus expectativas.
Además, nunca me podía enojar y “nada de expresar mis verdaderos
sentimientos”, para ella eso significaba que yo no la respetaba. Y aun así,
siempre estaba enojada conmigo y cualquier expresión espontánea mía, era
aniquilada. No podía ser “yo mismo”, por eso trataba de ser lo que ella quería
que yo fuera. Si era un buen niño, entonces podía esperar alguna atención y
satisfacción de mis necesidades y sueños, y tal vez encontraría algo de cuidado e
interés en mí. Quizá alguna vez podría acariciarme, escucharme y tratarme bien,
en suma: sería amado.
Descubrí el poder inducido del encanto borroso de la heroína cuando un
amigo que estaba en la guerra de Vietnam me envió un paquete. Eso significó
para mí relajación, alivio y una calidez calmante que nunca había
experimentado. Esto era el nirvana, significaba estar libre de un sufrimiento que
ocupaba la mayor parte de mi vida y el cual no había advertido del todo, hasta
que mi vida tuvo un cambio que parecía relativamente correcto y no un mercado
callejero. Nunca fui adepto a dormir en la calle, pero pasé una buena cantidad de
años usando morfina farmacéutica y toda clase de drogas prescritas hasta que me
hice adicto a ellas. Éste no es un escenario diferente al de muchas personas como
yo, que crecieron durante la revolución cultural de los años sesenta, pero sí
puede considerarse un gran salto para un chico que era un atlético gusano lector
de libros.
Necesitaba tomar drogas porque estaba sufriendo. En el tiempo en que me
decidí por la terapia, los analgésicos eran lo único que me mantenía
funcionando. No tenía el freno de una religión o de un sistema de creencias que
me confortara o me frustrara. La vida ya no valía la pena de vivirse. Estaba
perdido en la desesperación, incapaz de cambiar. Más que nada, yo deseaba
olvidar. No bastaba con solamente ser, necesitaba sedarme.
Con los años, y después de muchos primales, ahora sé cuál era la realidad
central de mi vida y el dolor que había mantenido a raya durante toda mi vida.
Sentí la interminable abarcadora agonía convulsiva de haber sido un bebé y un
infante totalmente solo, jamás visto ni tomado en cuenta, siempre ignorado, en
fin, un bebé aislado. Casi morí en la incubadora (recién nacido). Éstas son las
experiencias desafortunadas (y muchas otras de mi infancia) que me dejaron un
legado de infinita e inexplicable soledad. Me condenaron a nunca ser capaz de
dejar las malas relaciones porque eso significaría estar solo otra vez. Podía estar
en medio de miles de personas en un estadio y sentirme absolutamente solo. Yo
creo que ésta es la suma total de mi vida temprana, que hizo de las drogas —y lo
más importante, de los analgésicos— algo tan indispensable para mí, pues me
dieron el calor que no había tenido antes, una sensación física que comenzaba en
el estómago y luego inundaba mi cuerpo con un alivio seguro e incondicional.
Estar casi estrangulado y retenido durante mi nacimiento me hizo rendirme
en cualquier cosa que intentara. El haber pasado las primeras semanas de mi vida
en una incubadora me dejaron perpetuamente solitario. No importó qué tan
cercanas y amorosas fueran mis amistades y mis amantes, nunca encontré lo
suficiente para disminuir mi vacío interior por crecer en una familia discordante,
inestable, que me hizo incapaz de alcanzar alguna estabilidad en mi vida. La
suma de todo esto fue demasiado. Para poderme conducir hacia una vida estable
necesitaba del alivio más fuerte que pudiera encontrar, y no había nada que me
lo proporcionara, excepto los opiáceos. Todavía estoy tratando de encontrar el
camino de regreso. Siento que ya estoy volviendo de un camino muy largo que
ha sido una dura agonía. Pero ahora, con cada sentimiento resolutivo, recupero
algo más de mi vida y de mi yo. Mi vida fue horrible y dolorosa, pero después de
todo, era la mía.

Deena

Cuando tenía trece años, en nuestro libro de salud de la escuela había una
pequeña sección que nos advertía contra el uso de drogas, pero yo me sentía
atraída hacia ellas. Sabía que en cuanto tuviera una oportunidad, las consumiría.
Era el año 1963, cuando el uso de drogas no era común en ese pequeño pueblo
de Nueva Inglaterra, pero las cosas estaban cambiando rápidamente. Entre los
catorce y quince años empecé a merodear a los limpiabotas y chicos de la calle,
aunque era una buena estudiante con planes de continuar estudiando. También
empecé a beber con ellos y a actuar de forma rebelde, mostrando un
comportamiento antisocial. Me encantaba la excitación y el peligro. A los
dieciséis años empecé a fumar mariguana, acompañándola con dexedrina,
barbitúricos y heroína, y esto lo hice durante el resto del tiempo de la High
School. En dos ocasiones me arrestaron por cargos relacionados con drogas, ya
tenía dieciocho años. Para mi suerte, en ambas ocasiones me cancelaron los
cargos.
Las drogas y el estilo de vida correspondiente se relacionaban con mi vida.
Necesitaba escapar de mi hogar y de mis padres que peleaban constantemente, y
de una casa donde no había nada para mí. Me identificaba mejor con los chicos
de la calle que con los “bien educados” de la escuela. La rebelión y las drogas
hacían de mí una chica especial y diferente. Era un modo de llamar la atención.
Antes había sido una chica buena, pero eso no me condujo a ningún lado.
También siempre había sido muy tímida. El alcohol y las drogas me quitaron la
timidez y me dieron un sentimiento de pertenencia, algo que nunca había tenido
con mi familia.
De una manera perversa descubrí la esperanza en el lado oscuro, en la orilla.
Con las drogas siempre encontraba la esperanza de sentirme diferente, mejor y
buena, si tenía suerte. De algún modo pude sobrevivir y fui a un colegio estatal a
veinte millas de distancia. Los estudiantes eran muy rígidos, me aburrían, y de
nuevo me asustaba y volvía mi timidez. Un amigo me envió algo de LSD. Me
asusté pero tenía curiosidad de sentir la percepción alterada. Incapaz de
relacionarme con la gente que me rodeaba, sufrí durante el resto del viaje, sola
en mi cuarto. Mi mente corría velozmente. Estaba aterrorizada y pensaba que ese
sentimiento nunca se iba a acabar. Después tuve dificultades con la escuela hasta
que finalmente encontré personas que estaban en lo de las drogas, unos eran
artistas y se hicieron mis amigos. Pero después de un año me sentí marginada.
Mi familia se desintegró, mi novio se fue a la Marina para evitar que lo
enviaran a Vietnam. Terminé en Boston, sin límites y sola, totalmente alienada,
formando parte de la subcultura de las drogas. Mi vida giraba en torno a
obtenerlas. Me descubrí inyectándome. Me gustaba mucho, era erótico y me
satisfacía. La euforia que vivía, conforme las drogas entraban a mi sistema, eran
electricidad y puro éxtasis. Me inyectaba cristal y a veces heroína, me encantaba
la rapidez del meth, pero el final siempre era difícil y a veces me causaba una
psicosis ligera y temporal, con alucinaciones y paranoia; sin embargo, yo
continuaba con esa primera carga. La heroína era mejor, me creaba un total
sentimiento de bienestar. También probé el ácido y me hizo sentir alienada.
Siempre tenía el sentimiento de que no podía confiar en las personas que me
rodeaban y tenía que estar alerta, excepto una vez. Los alucinógenos realmente
magnificaron mis temores, pero de todos modos los seguí consumiendo. Viví en
esta situación cerca de seis meses y volví a la escuela, incluso logré graduarme.
Aunque pienso que mi sistema nervioso estaba ligeramente dañado, pues tenía
muchos dolores de cabeza y empecé a tener síntomas de ansiedad.
Después del College pasé por una etapa dedicada a consumir alcohol y
barbitúricos juntos. Conforme pasé por estos periodos, adoptaba una
personalidad diferente, recurría a cualquiera que no fuera yo misma, porque esa
“yo misma” era una niña pequeña tímida, asustada y sola. Esta vez era como
Sally Bowles, el personaje de Historias de Berlín, viviendo una vida decadente.
Usaba ropa de tiendas baratas y convivía con hombres gay. Cuando salía, podía
hacer cualquier cosa aventurada que asustaba a la pequeña niña dentro de mí. Me
detuve cuando me percaté de que ese comportamiento me podía llevar a la
muerte. Creo que también se trataba de que mi mecanismo de supervivencia es
tal, que me aburro muy fácilmente y nunca permanezco en un escenario por
mucho tiempo. Durante una temporada tomé Valium y Darvón prescritos para la
ansiedad y los dolores de cabeza. Dejé de usarlos cuando me di cuenta de que ya
me estaba convirtiendo en adicta a ellos.
Mi última pelea con las drogas fue a los treinta años. Pasé un invierno en
Key West. Entonces combiné la cocaína con metacualona, drogas que abundan
en esa isla. Ambas me hacían sentirme muy bien. Las dejé cuando volví al norte,
descubrí que ya quería crecer, pero no sabía cómo. Ésta fue una de las cosas que
me trajeron a la terapia. Para mí, el uso de las drogas estaba conectado con la
búsqueda de un sentido de pertenencia, junto con la automedicación para la
depresión y la ansiedad. Cada vez que había esperanza de que yo formara parte
de un grupo, las drogas me daban un sentimiento de identidad que me impedía
sentirme asustada y sola, y cuando me daba cuenta de que esas drogas no
funcionaban, me cambiaba de sitio.
En la terapia, casi cada sentimiento retorna al momento en que me siento
asustada y sola. Creo que cuando era bebé me dejaban sola durante mucho
tiempo. Nunca aprendí a conectarme ni a sentirme cómoda con otras personas, y
mi madre siempre estaba tensa, ansiosa y enojada. La falta de una comunicación
adecuada entre nosotras y la escasa estimulación en las etapas vitales de mi
desarrollo, tuvieron como resultado, durante toda mi vida, una extrema
incomodidad psicológica y física. Usaba las drogas en un intento de conectarme
y sentirme parte de algo o alguien, para compartir alguna experiencia (eso que
nunca pude sentir con mi madre). También era una manera de revivir las
incómodas sensaciones que estos sentimientos me causaban, física y
psicológicamente: se trataba de la tensión y la ansiedad.
Cuando en la terapia surgieron los sentimientos de alienación y temor, pude
permitirme sentirlos realmente por primera vez. Ahora no tengo que buscar
drogas y amistades decadentes con el fin de ligarme a ellas y racionalizar las
sobrecogedoras emociones y sensaciones que experimentaba. También me he
dado cuenta de que las personas con las que me relacionaba, únicamente me
hacían sentirme más sola y más asustada. Lo más importante de todo era que las
drogas representaban una esperanza: la de sentirme mejor (al menos por unos
momentos). Ahora finalmente he podido sentir la desesperanza y ya me puedo
bajar del “carrito de la feria”; puedo ser vulnerable y real, y al fin crecer: desde
la niña asustada y solitaria que mi madre menospreció, hasta una vida adulta,
vivida en la realidad presente.

Michelle

La primera vez que probé las drogas tenía dieciocho años y vivía en París, en
1969. Me educaron en la tradición judía, en una atmósfera que mi familia no
practicaba de forma estricta. Sin embargo, el ambiente era severamente represivo
en muchos aspectos. Intenté suicidarme unos pocos meses antes de comenzar a
drogarme. Estuve muy cerca de la muerte, y poco después de esa tentativa
abandoné mi hogar, sintiéndome incapaz de enfrentar las presiones en ese lugar.
Me encontré viviendo en París, que todavía estaba en fermento por los “sucesos”
de Mayo del 68, cuando el levantamiento estudiantil sacudió a la sociedad
francesa. Esa violenta disrupción representaba la postergada y explosiva llegada
a Francia de esa cultura juvenil que se originó en América en los años cincuenta,
con la protesta de la joven generación, la llegada del rock and roll y la búsqueda
de un nuevo modo de vida comunitaria.
La estrechez y la rigidez patriarcal de la vida familiar prácticamente
desaparecieron en Francia. Las características de esta “contracultura” fueron: el
extremismo político, la permisividad sexual, la experimentación de la
“expansión mental” mediante el consumo de drogas y el reto a los valores de “lo
establecido”. Mis conflictos interiores y mis aspiraciones se reflejaban
íntimamente en el modo y circunstancias de esos tiempos.
¿Por qué consumí drogas? Mi impulso inicial hacia las drogas se debió a su
estatus prohibitivo: mi deseo de establecer mi identidad personal requería de un
comportamiento radicalmente diferente, y por supuesto, inaceptable para mis
padres, que permanecieron instalados en su “autoridad”. Al mismo tiempo, todo
esto era el medio para crear una relación con las personas de mi edad. Para mí, el
deseo de libertad significaba escapar de la prisión de mis inhibiciones.
Necesitaba desesperadamente dejarme ir, sentirme hermosa, adorable y querida,
sobreponerme a mis sentimientos paralizantes de inadecuación física impresos
durante una vida de críticas, malos tratos, falta de aprecio... Estaba atrapada
entre la necesidad de acercarme emocionalmente a los hombres y el terror de
estar cerca de ellos, física y sexualmente.
Por desgracia en esos tiempos parecía inconcebible que los hombres
pudieran ser amigos míos, a menos que me fuera a la cama con ellos. Con el fin
de no condenarme a un estado de aislamiento total y de explorar el mundo de las
relaciones emocionales, tuve que sobreponerme a mi terror: las drogas parecían
tener la respuesta, sobre todo después de que vi una película que retrataba la vida
de la gente que vivía en una isla mediterránea: el sol, la bella naturaleza, la vida
relajada y la música, entretejidas con la libertad emocional y sexual y la
intimidad, parecía un sueño hecho realidad. La presencia de las drogas, como un
elemento clave, se proyectaba en la película subrayando los efectos
potencialmente trágicos (muerte por sobredosis). Sin embargo, y esto de
importancia crítica, a mí me atraían no sólo las drogas como una puerta para
ingresar a ese estilo de vida, sino también como una compuerta a la pasión y al
peligro.
Consumí mariguana y hachís durante un periodo de dos años, al ritmo de
entre una y cinco dosis al día. Me acompañaba de amigos y después lo hacía
sola. La primera vez que fumé, en unos pocos minutos me sentí violentamente
enferma. Parecía que mi estómago se había vuelto al revés. La reacción violenta
de mi cuerpo me asustó. Me acosté y mientras miraba a mi novio empecé a
alucinar: su cara se transformaba en un monstruo peludo con una mirada salvaje
y peligrosa.
¿Por qué a pesar de esos efectos tan confusos continué tomando drogas? La
razón requiere que vuelva varios años a mi pasado. Una de mis fantasías más
fuertes en mi adolescencia era que quería volverme loca, en verdad la veía como
una meta a futuro. La conciencia directa de este deseo la impulsó una película en
la que la ambición profesional conduce a un periodista a hacerse pasar como un
enfermo mental, con la finalidad de entrar a un hospital psiquiátrico de
incógnito. Como resultado de sus experiencias allí, logra genuinamente perder el
juicio y se convierte en un catatónico incurable. En la escena final su novia
muestra el gran amor que siente por él, en una tentativa por traerlo de regreso a
la vida, pero es en vano. En mi fantasía yo era ese hombre y mi madre la persona
que me mostraba tanto amor y desesperación por recibir de vuelta mi amor por
ella.
Asustada o no, las drogas quizá podrían volverme loca y, por tanto, amada,
así que continué. A medida que me sentía más profundamente sometida a la
influencia de las drogas, estaba teniendo un cambio sutil. Al principio me
permití pretender estar loca, dejando a mi imaginación crear visiones locas a las
que podía detener a voluntad. Estaba experimentando y haciendo creer al mundo
que yo estaba loca. Sin embargo, en una analogía exacta con el periodista de la
película, comencé a perder el control. Ya no me sentía la creadora de las
alucinaciones, sino su víctima. Un día, acostada en mi cama, miré hacia el piso y
me vi tirada en medio de un charco de sangre, me sentí realmente aterrada
porque no podía distinguir si esa “yo” que estaba en la cama, era la que en el
piso sangraba a morir.
Otro efecto de la droga fueron los episodios psicóticos. Me aterraban los
pequeños pedazos de vidrio roto, los tenedores, los cuchillos, las tijeras,
cualquier objeto filoso lo investía con vida propia y con el poder y el deseo de
lastimarme, por ejemplo, agarrando un cuchillo y matándome. Me horrorizaba
quedarme dormida, pues estaba convencida de que mientras estaba inconsciente
todos esos instrumentos tenían el deseo y el poder de lastimarme. Me aterraba ir
a dormir porque pensaba que en ese estado “yo” estaba desprotegida, y mi
cuerpo era como “otro yo” que podía encargarse de matarme.
Me sentí obligada a hacer actos y rituales de protección. Cualquier intrusión
de elementos peligrosos —por ejemplo, una botella rota en la calle— me podía
disparar los mismos terrores. Se alternaban periodos psicóticos con periodos de
remisión. Y en lo que toca a mi respuesta física al uso regular de drogas,
presentaba una ansiedad constante, algunas veces con temblores, a menudo
debidos a una aceleración de los latidos del corazón, sentimientos de ahogo e
incapacidad para comer.
Obviamente pagué un precio alto. Pero pude lograr rupturas parciales. Ya no
era tan extremadamente autoconsciente, ya no tenía sentimientos de ser tan
inadecuada, ni de no ser amada, etc. Ya no tenía miedo del contacto sexual, e
incluso me volví promiscua. Era capaz de disfrutar el sexo normal
genuinamente.
Otros resultados fueron que ya no estaba sola en mis sentimientos o alienada
por los hombres y mujeres jóvenes del grupo con el que me identificaba. A
menudo me sentía como “dueña del mundo”, como si mi vida fuera presentada
en una pantalla gigante en donde todos podían verme a mí y a mi dolor.
Inconscientemente había tomado el papel de heroína de la película y me
imaginaba hermosa, merecedora de amor y ya no estaba sola. De un modo
adelantado, mi vida era la reminiscencia de un mundo de fantasía en las playas
mediterráneas. No trabajaba y de algún modo me sentía inmune a intereses y
preocupaciones sobre la existencia material y sus contingencias.

¿Por qué dejé las drogas?

Hacia fines del segundo año me fui con unos amigos a Ámsterdam, para
disfrutar de la libertad legal de usar drogas. Una noche uno de nosotros compró
provisiones a un extraño, y antes de que lo supiéramos, en lugar de fumar hachís
me encontré bajo el influjo de algo muy diferente (cuya naturaleza precisa
todavía desconozco). En unos segundos sentí un fuerte golpe en mi estómago y
mi corazón latía como si fuera a explotar. Sentí el terror más violento que jamás
había experimentado. Pasé la noche más larga de mi vida, enrollada en la cama o
caminando alrededor, en un estado de agitación frenética, rezando para que mi
corazón no explotara y que mi cuerpo recobrara el control, para que esta
experiencia de pesadilla se detuviera. Después de esa noche, que pareció durar
como cien años, vivida en un inmenso terror, el efecto de la droga se extinguió y
yo prometí que nunca, nunca más volvería a tomar drogas. Esta vez el temor a la
droga llegó a ser muy poderoso. La confrontación real con la muerte borró la
atracción de las fantasías de peligro y de estar al borde de… morir.

¿Qué pasó después que dejé las drogas?

Después de veinticuatro horas de dejar la droga, experimenté el primero de los


que llamo “mis ataques de pánico”. Me aterró, pero al principio simplemente
estaba sufriendo de uno de los síntomas de abstinencia. Conforme han pasado
los meses y los años, el pánico sentido es más que nada un revivir interminable
del episodio de Ámsterdam. Me volví una persona con terror de ser envenenada
por mis alimentos. Sin embargo, en poco tiempo pareció que ya nada podía
dispararme el pánico, pero después, en lo físico, los síntomas de mis ataques de
pánico son unos latidos del corazón extremadamente veloces, que me hacen
temer morirme, me incapacitan para respirar, tengo sensaciones de ahogo y de
congelamiento y una frenética búsqueda de ayuda.
Los efectos destructivos de esta situación se han mitigado con la terapia, los
cuales estaban constantemente presentes, pero después aparecían de forma
intermitente con una frecuencia e intensidad por tiempo incontrolable: su origen
es un total misterio. De los años que siguieron a la experiencia de Ámsterdam,
hasta ahora, veinte años después, ya estoy más cerca de comprender e intuir su
verdadera naturaleza, aunque todavía no he sido capaz de enfrentarme con ellos
de una vez por todas.

Un punto de vista primal

Desde que entré a la terapia a la edad de veintisiete años, he revivido muchos


episodios traumáticos en mi vida temprana y los he conectado a los patrones de
mi neurosis. Quiero emplear los insights así ganados para hacer un breve repaso
de mi episodio con las drogas, desde el punto de vista primal. Para lograrlo, debo
empezar desde mucho tiempo antes.
De la edad de nueve meses hasta el año y medio viví en hogares sustitutos.
En la segunda mitad de este periodo estaba aterrorizada porque diariamente
recibía golpes, humillaciones, privación en la satisfacción de muchas de mis
necesidades básicas, como sueño, toma de líquidos, acceso al baño, etc. Durante
el último periodo fui abusada sexualmente por mi padrastro, y el
comportamiento de su esposa no sólo era deliberado, sino peor, era
imprevisiblemente sádico. Los únicos medios disponibles para limitar el dolor
era escondiéndome, y cuando no podía hacerlo, pretender una completa
indiferencia hacia sus ataques. No debía mostrarme lastimada o con temor
porque eso aumentaba la violencia.
Cuando regresé a vivir con mi madre y mi padrastro, el terror reprimido al
principio se manifestó en pesadillas que me despertaban (monstruos debajo de la
cama). Dos años más tarde, cuando nació mi medio hermano, me sentía
aterrorizada por mi padrastro, cuyo comportamiento era más y más severo,
incluso sádico. Mi madre no me protegía, no me apoyaba y no era reconfortante.
Esto reprodujo el sentimiento del hogar sustituto. De que ella no estaba ahí y que
cualquier cosa me podía suceder.
En mi adolescencia la relación con mi padrastro no mejoró. En este periodo
yo actuaba “viviendo peligrosamente” de diversas maneras. También tenía
pesadillas recurrentes y aterradoras cuyos temas principales eran situaciones de
vida o muerte, ser tomada por sorpresa o la indiferencia de todo el mundo… A lo
largo de toda mi infancia, desde los años más tempranos, me inclinaba
inconscientemente hacia la muerte, con el fin de tratar de conseguir amor. Fui
una criatura de cuatro años que tragaba envoltorios de dulces con el fin de morir
(aunque más bien, intentaba que mi madre acudiera a mí). También a los quince
años tomé éter y me privaba de comer. Estaba actuando una y otra vez el mismo
escenario. Cuando traté de suicidarme a los dieciocho años, no podía llamar a mi
madre, que no me escuchaba, porque primero necesitaba que vinera a casa a
verme.
Cuando dejé mi casa formé una vida entera de peligros: sin hogar, sin padres,
sin dinero, etc. Un episodio más en esa etapa fue que consumí drogas, era sólo
un paso más en esa secuencia de frustraciones (un caso más de alguien que elije
vivir en el peligro). Sin embargo, considerando sus últimas consecuencias, todo
iba a ser diferente. Hablando primalmente, es fácil ver las alucinaciones, los
episodios psicóticos que ahora tenían lugar, pues mi sistema de defensas se
estaba tambaleando. Mi propósito al consumir drogas era romper las barreras de
mis inhibiciones en torno al contacto sexual y a la cercanía emocional. Todo esto
tenía consecuencias inesperadas que me dejaban abierta al “viejo terror”.
Las drogas habían destruido mi sistema de compuertas, que en mi caso nunca
se había desarrollado adecuadamente. Al cambiar la química de mi cuerpo,
permitiendo a los mensajes pasar a través de los canales previamente cerrados,
los recuerdos del terror que tuve en la infancia empezaron a acercarse cada vez
más hacia la conciencia. Cuando traté de mantener mis defensas contra el dolor,
el cerebro creó escenas de espanto que expresaban el terror de forma simbólica.
Al parecer, el sentimiento de estar dividida era un último canal de defensa
para evitar que el recuerdo impreso en el cerebro y en el cuerpo llegara a la
conciencia. La impresión de ser dos personas corresponde al yo real que trata de
recordar, mientras que el yo neurótico, sintiendo el peligro, trata de reprimir y
mantener el control de la situación. Una vez que mis defensas se rompían,
permanecían conscientes, de modo que los ataques de pánico detonaban al cesar
el uso de las drogas; sólo así se puede entender el estado de indefensión en el
que vivía.
Recientemente comprendí que los ataques de pánico —sucediendo al mismo
tiempo que el recuerdo del terror de la infancia— son la perfecta defensa contra
ese recuerdo, es decir, que es posible hacer consciente el pasado. Por el hecho de
haber tenido el sentimiento de un peligro extremo constantemente repetido y
vuelto a experimentar en el estado presente, ya no tengo la necesidad de actuarlo
una vez más. Mi ataque de pánico es un estado en el que todas las defensas han
sido eliminadas; se siente como si todo el cuerpo recordara reaccionando a la
situación anterior, pero sin tener una conexión consciente con el presente. Esta
desconexión entre el cuerpo y la “mente” produce pánico.
He identificado los ataques de pánico como las defensas perfectas contra el
viejo terror. Considerando mi alto nivel de dolor, la secuencia uso de drogas-
ruptura de defensas-ataques de pánico se pudo romper con la ayuda de la terapia
primal, la cual me ha proporcionado una vía para sanar. Si hubiera continuado
actuando el terror, parecería lógico que yo me decidiera por una de dos opciones:
continuar con las explosiones heroicas (me sentía fuertemente atraída a
actividades agitadas y a profesiones peligrosas, como espía o detective); quizá
habría muerto “accidentalmente”. O, la otra alternativa, me habría convertido en
guitarrista clásica (estaba realmente interesada, tenía talento y motivación, hasta
que esta posibilidad fue abortada por mi padrastro). Me imagino que de haber
llegado a ser famosa, habría permanecido tímida, inhibida y apartada, enfocando
mi energía en ser famosa y quizá me hubiera muerto de cáncer, pues luchaba por
ser conocida y “amada”.

Cómo usé las drogas: Howard

Tomé drogas de 1969 a 1984. Empecé con la mariguana, pasé por el alcohol y
los relajantes, al ácido y al opio y de ahí a la cocaína. Las únicas constantes en
mi vida fueron el temor y la soledad. Vengo de una familia muy represiva, con
un padre brutal que nunca me vio, y una madre que jamás estaba ahí. Parece
obvio que en el tiempo que tomaba drogas lo hacía como una reacción a mi
medio ambiente familiar en la edad temprana. Sin embargo, mi comprensión del
problema no tuvo efecto con la ingesta de drogas. Odiaba el sabor del alcohol y
los sentimientos que me llegaban con los relajantes; me ponía como loco con el
ácido y la mariguana y detestaba mi reacción física. Durante un tercio de mi vida
seguí usando todas las drogas en combinaciones muy curiosas. Estaba fuera de
control pero de algún modo sentía que estaba tratando de controlarme.
Por mi madre conozco muchos detalles de mi nacimiento. Fue al Hospital de
la Cruz Blanca en Columbus, Ohio, a revisión cuando ya tenía nueve meses de
embarazo. Saliendo de ahí, se tropezó y cayó sobre su cara y su estómago
ocasionando que se le rompiera la fuente y se iniciara la labor de parto.
Inmediatamente la llevaron a la sala de partos y la drogaron en un sueño
profundo, un poco en estado de conciencia y otro poco fuera de la conciencia.
Casi de inmediato las contracciones cesaron, y luego de varias horas le dijeron
que había tenido una falsa labor de parto y la regresaron a la casa. Un día más
tarde, la droga dejó de tener efecto y de nuevo comenzaron las contracciones.
Nací menos de una hora después.
El patrón de mi nacimiento ha sido el patrón de mi vida. Empiezo mis
proyectos y después de un largo periodo de pasividad, en el que siento como si
estuviera esperando algo que no soy capaz de identificar (puedo decir que
necesitaba ayuda, pero sentía que nunca iba a llegar). Siempre he sido
físicamente débil porque sentía que no podía mantener la energía necesaria para
el esfuerzo físico, pero ponía toda la que tenía en lo que hacía, cuando sentía que
era importante.
El otro aspecto de mi nacimiento se relaciona con el abuso de las drogas.
Empecé a beber desde que me gradué de la High School. Bebía hasta ponerme
en un estado obnubilado. No sentía dolor, así que me ponía en el límite de
sentirme vivo. Odiaba el sabor del alcohol, pero bebía la cosa más fuerte que
podía encontrar y, cuando era demasiado, ya no podía detenerme y descansar.
Tomaba relajantes y metacualona con el mismo efecto. Sólo puedo describir que
me sentía como “aproximándome al límite”. Sabía que si me detenía, algo
terrible me podía suceder. Empecé a fumar mariguana justo cuando empecé a
beber y a consumir LSD. Un año después, jugaba combinando las drogas, así que
mi vida se convirtió en un acto de equilibrio en el que podía ajustar mis altas y
mis bajas, buscando un estado perfecto en el que pudiera descubrir que
realmente existía, pero sólo lograba que fuera de manera transitoria.
En 1973 me mudé a Portland, Oregón, y abandoné mi pesada forma de beber,
pero continué con la mariguana. No dejé de consumirla hasta que tuve varias
infecciones en los riñones que me asustaron lo suficiente como para darme
cuenta de que me estaba haciendo daño a mí mismo. Un año antes de entrar a
terapia descubrí la cocaína. Con la coca había una reacción inmediata que me
hacía sentir que estaba vivo, y luego venía una constante lucha para obtener de
nuevo ese sentimiento (antes de que la desesperación se apoderara de mí). Me
sentía sin esperanza en todo, pero estaba “esa línea” que en el fondo de mi mente
me daba la esperanza de que esta vez fuera diferente y que lo iba a lograr… iba a
ganar. Gasté seis mil dólares en seis meses, y para entonces sentía palpitaciones
irregulares y un constante golpeteo en mi pecho que me parecía como si me
fuera a morir en unos pocos segundos. Pero no podía detenerme. El día que me
aceptaron en la terapia, dejé todo.
Lo que entiendo ahora es que mi abuso de las drogas estaba recreando mi
nacimiento y una reacción en su contra. Durante mi nacimiento pude crear un
análogo al estupor causado por la droga, y entonces traté de darme a mí mismo
un final distinto.
En mis primales estoy regresando a aquellos sentimientos, y leer esto me
hace llorar porque las circunstancias de mi abuso son exactamente como las
sensaciones de mi nacimiento, y una cosa dispara a la otra. Cuando siento los
temblores y sacudidas en mis manos, la incapacidad de respirar y pienso en la
muerte inminente durante un primal, la aceleración desaparece. La terapia primal
hizo lo que las drogas nunca pudieron: cambió mi vida.

La enfermedad poliquística y el dolor temprano


Leslie

La enfermedad poliquística ovárica es una forma crónica de anovulación


asociada con el hirsutismo, la obesidad y los ovarios bilaterales poliquísticos. El
ataque de anovulación crónica a menudo se deriva en la pubertad y por un
notable aumento de peso.
En mi caso, empecé a menstruar pronto, a la edad de once años, y nunca he
sido regular. Toda mi vida he luchado contra el sobrepeso. Mi peso corporal fue
normal hasta los cuatro años, tiempo en que mi padre me molestaba
constantemente. Me dirigí a la comida como la única cosa que yo podía controlar
en mi entorno.
Empecé la terapia primal en enero de 1979, en el Instituto. Desde que
comencé a menstruar mis periodos eran irregulares, pero mi diario indica que
estaba asistiendo al grupo “sintiendo” que mis periodos se detenían. No lo había
sentido desde junio de 1981 y tenía dos sentimientos, uno conectado con mi
padre, molestándome, y el otro, tenía que ver con pedirle a mi madre que me
ayudara. La noche después de que experimenté estos sentimientos soñé que
había tenido un bebé. Al día siguiente comenzó mi periodo después de ciento
cincuenta y un días. Junio fue el último mes en el que tuve un “sentimiento”.
En agosto de 1988 terminé la terapia de nuevo. En aquel tiempo estaba
tomando píldoras y tenía periodos artificiales. Dejé de tomarlas en marzo de
1989, cuando dejé de trabajar en “sentir” la terapia primal, hasta que volví al
Centro, en octubre de 1990.
Consulté a un especialista en infertilidad y me diagnosticó la enfermedad
PCO. No había menstruado en todo un año y estuve fuera de la terapia durante
dos años. Estaba totalmente reprimida y mi cuerpo se detuvo, permitiendo un
proceso muy natural. Rechacé los tratamientos tradicionales de infertilidad
basados en drogas, que son sobre todo hormonas.
Diciembre 5. Empecé a asistir al grupo y a tener sesiones de nuevo en
noviembre de 1990. En mi primera sesión afloraron sentimientos de mi
nacimiento. Llegué diciendo que me sentía desconectada y afuera de mi cuerpo.
Ese sentir progresó hacia un sentimiento de primera línea y yo pensaba: “No lo
voy a lograr”. En la siguiente sesión el sentimiento se disparó y yo sentía que
necesitaba estar cerca de un terapeuta que me ayudara y acompañara. Luego
avancé a un sentimiento con la intensa necesidad de mi madre: Sentía que me
moriría sin ella, que mi vida dependía de ella. Toda yo pude sentir en cada célula
que la quería a mi lado, necesitaba que me tocara, lloraba, estaba desesperada.
Pensé que no era cierto que pudiera sentir todo esto y salí del sentimiento.
Diciembre 8. Grupo. Sentí algo más del sentimiento de que necesitaba a
alguien que me tocara (abrazara) para que me pudiera conectar con mi cuerpo.
Nací desconectada de él debido a que mi madre estuvo drogada durante mi
nacimiento. Necesitaba y quería tener a alguien que me tocara para poder sentir
mi cuerpo. El significado de todo esto era que nunca había sido capaz de confiar
en mi cuerpo, porque había nacido desconectada de él. Nací insensible.
Realmente no sentía mi cuerpo así que, ¿cómo podía esperar ser capaz de
comprometerme a algo (a mi cuerpo) si no lo podía sentir?
Diciembre 9. De nuevo tuve un sueño en el que tenía un bebé. Empecé a
descubrir manchitas de mi menstruación. El 10 de diciembre comenzó mi
periodo, diecisiete meses después del último que tuve. La ausencia de
menstruación está claramente conectada con el dolor de la primera línea y su
represión. Fui incapaz de sentir durante el resto del mes y el principio de enero.
Ese mes no tuve periodo. En la sesión del 30 de enero los primales se enfocaron
hacia mí, en la segunda y tercera líneas del sentimiento, que me estaban dejando
sufrir. El primero de febrero tuve otra sesión: con el sentimiento de que “no lo
voy a lograr, nadie ve cómo estoy sufriendo”. Sentí como si me fuera a morir. El
sentimiento es que yo estaba en una pila sucia, porque de algún modo estoy
dañada. Creo que algo no anda bien en mí.
El 21 de febrero, todavía en el grupo, estaba conectando los sentimientos
durante el nacimiento. Sentí que no podía seguir adelante, que el sentimiento
duraría para siempre. Mi periodo comenzó el 4 de febrero sintiendo el
nacimiento, pujando en su camino a la conciencia. Me desperté sintiéndome
frágil y desprevenida, como si no fuera a ser capaz de lograrlo durante el día
(manteniéndome unida). No conozco todas las conexiones específicas con el
dolor de la primera línea y la amenorrea, pero en mi caso, los dos están
claramente conectados.

Yo, las drogas y la terapia primal

Empecé a consumir alcohol y mariguana a la edad de nueve años, fue la primera


vez que me sentí en lo alto. En ese tiempo también inhalé gasolina y removedor
de pintura. No empecé a usar esas sustancias regularmente hasta que tenía doce o
trece años. Comencé a fumar tabaco y mariguana durante la secundaria; la
fumaba tanto como me fuera posible, a veces en el camino a la escuela, en el
almuerzo y al salir de la escuela. Era capaz de funcionar en la escuela aunque
estuviera en “lo alto”. Fue la primera vez que volé muy alto. También podía
asistir a las clases de álgebra estando muy drogada. Comencé a probar otras
drogas, principalmente LSD, metacualonas y polvo de ángel. Sólo dejé el LSD en
tres ocasiones, prefería tomar hongos y también fumé polvo de ángel en un
cigarro de marihuana. Durante la secundaria le robaba a mi madre medicamentos
contra el dolor, ella los tomaba porque estaba luchando con el cáncer y los
mezclaba con alcohol y mariguana.
Usaba estas sustancias para escapar del dolor de mi vida. Me gustaba estar en
lo alto porque me hacían sentir diferente. Algunas veces me hacían reír, otras me
obnubilaban totalmente, sin que pudiera tener ningún sentimiento. Mi propósito
era tener menos dolor emocional. Entre los diez y veinte años a menudo pensaba
en el suicidio, y sentía que sólo quería morir. Creo que me habría suicidado de
no ser por mi amiga Carol. Ella me dio esperanza, sin ella me mantenía en la
desesperanza.
Al sentir el dolor de mi vida y restaurando los recuerdos conscientes de los
traumas reprimidos (especialmente el abuso sexual y el dolor del nacimiento),
pude remplazar el uso de las drogas para sentirme diferente. Ya no tuve que
reprimir el dolor, podía permitirme su plena expresión. Cuando el dolor del
nacimiento está llegando a la conciencia, si no siento nada, mi primera respuesta
son pensamientos de muerte o de tomar drogas.

Primera declaración en la tercera línea, en la terapia primal y en mi vida

Yo no tenía vida antes de la terapia primal. Consciente e inconscientemente sólo


esperaba morir. Estaba en un estado constante de dolor emocional. El primal me
ha dado y me sigue dando lo siguiente: volver a la vida, física y
emocionalmente, haciéndome consciente de nuevo. Me ha permitido obtener y
sostener una relación saludable con mi marido y con otras personas. Completé
los estudios y, al fin, tengo una vida presente sólo parcialmente encauzada y
reprimida por el inconsciente. La terapia primal no es algo que se te aplique a ti.
El daño está almacenado en el inconsciente para ayudarnos a preservar la vida.
Para mí, la terapia primal es una elección de vida, para vivirla de forma plena y
consciente —no reprimida—, y reactiva por completo física y emocionalmente.
A menudo me he preguntado si la presión de la primera línea durante
décadas, en unas células cerebrales críticas, tiene que ver con la enfermedad del
Alzheimer. Primero uno tiene que ver la presión en acción durante los primales,
para comprender lo que le pueden estar haciendo a las células del cerebro. Estoy
especulando que quizá durante un nacimiento traumático, suceda que el aparato
neurotransmisor que produce la serotonina y la endorfina esté dañado o
comprometido de algún modo, así que más tarde no puede producir lo requerido
para una represión efectiva
La persona deficiente en neurohormonas inhibitorias, a causa de un ambiente
temprano carente de amor, posiblemente llegue a ser candidata a tener —más
tarde en su vida— ataques de ansiedad crónica, por no decir a una seria
enfermedad mental. Aquí encontramos una doble relación: el trauma que daña la
producción del transmisor represivo es el mismo trauma que requiere ser
reprimido durante el resto de su vida. Lo que hacen la mayoría de los
tranquilizantes es suavizar a la persona deficiente en opiáceos. Estas drogas
suelen tomarse para permitir a la persona entrar en la zona de sus sentimientos
(en donde yace el yo real). Los tranquilizantes regresan los opiáceos a un nivel
óptimo. Si la persona tiene deficiencias en la tiroides, no es oprobioso tomar
tiroideas; pero si la deficiencia es en los niveles de opiáceos, los tranquilizantes
los regresan a un nivel óptimo, ayudando a transformar una enfermedad crónica
en un estado de relativa comodidad.
La llamada “personalidad adictiva” se refiere a alguien que ha encontrado
una droga (puede ser alcohol o drogas duras) que la ayuda a sentirse normal
nuevamente, y a sentirse cómodo y relajado quizá por primera vez en su vida. Si
nunca había probado esas drogas, no se le llamaría “adicto”. Pero para esta
persona es un gran descubrimiento encontrar que alguien que apuesta por un
déficit físico crónico, al fin le puede hacer sentir de nuevo que es alguien “medio
decente”. Se dice que “Una vez alcohólico o adicto, siempre lo seguirá siendo”.
Es verdad que incluso un solo trago, por ejemplo, puede poner la adición de
nuevo en marcha. Mientras que a nivel fisiológico exista un déficit de
abastecimiento de serotonina/endorfina, el cuerpo necesitará algo más. Tendrá
una verdadera necesidad de alcohol o drogas. Para ser más exacto: la verdadera
necesidad que no se satisfizo en la infancia se transforma en una necesidad real
que debe suprimir el dolor de su privación. Cuando el dolor se remueve y el
sistema se iguala, ya no existe un problema. Esto es más fácil de decir que de
hacer, porque una vez que los sistemas represivos han sido dañados o han
quedado disfuncionales, no todas las personas pueden normalizarse otra vez. Sin
embargo, felizmente, la mayoría de los que he tratado han podido volver a la
normalidad.
Si en la adultez no hemos podido liberarnos del dolor, lo mejor opción es
tratar de llenar las necesidades de la infancia: encontrar un grupo de apoyo que
sea comprensivo, tolerante, con el que uno pueda expresar sus sentimientos y
problemas, un sustituto de familia, si queremos verlo así. Además, debemos
agregar un sistema ideacional que proteja las defensas contra el dolor. Realmente
no importa el contenido de la ideación, en tanto que reasegure, cobije, apoye y
haga sentir a la persona que no está sola, que hay un poder más alto que le
ayudará, etcétera.
“Estoy completamente sola, nunca he encontrado a nadie que me ayude, a
nadie le importo, no ha habido ni hay alguien que me apoye y me guíe”. Esos
son los verdaderos sentimientos que resultan de miles de experiencias de la
infancia, por eso muchas personas se adhieren a los grupos religiosos de apoyo.
A menudo la ideación religiosa es suficiente, siempre que asegure, apoye y haga
sentir a la persona que no está sola y que tiene la solución en sus manos. Las
necesidades fuerzan a la imaginación a satisfacerse, porque la satisfacción es la
única cosa que puede atenuar la enfermedad crónica. Ésa es la función de los
sistemas de creencia, crean la satisfacción que no existe para atenuar la
necesidad, y tratan de normalizarla.
Por supuesto que eso ayuda siempre que exista un grupo real que esté
disponible para la persona. Pero si no es el caso, podemos presionar al sistema
ideacional hasta sus límites y llegar a creer que está ahí, aunque no sea así. Los
mismos sentimientos de apoyo que resultan del vaciamiento de los neurojugos
(por si a alguien le importa, gracias Candace Pert por la frase), son
esperanzadoramente contrarios por las nociones opuestas que soportan a esos
jugos.
La asistencia a grupos de apoyo, con su particular ideología, es tan adictiva
como las drogas previamente ingeridas. Y debe continuar durante años porque la
necesidad básica insatisfecha continúa ahí, sin ser advertida, es tratar con el
mismo dolor pero de una manera diferente. La terapia que reciben estos adictos
está implicada del mismo modo en alguien que va al analista durante años “para
llenar” inconscientemente sus viejas necesidades, ante la presencia de una
persona que está ahí para cuando la llamen y que se interesa, comprende,
escucha, empatiza y se enfoca en el paciente desde el principio y en el futuro. La
persona debe llevar a cabo diversas tareas para comprender, desarrollar
intuiciones, analizar sueños y adoptar un argot especial y una ideación
terapéutica; mientras que en un nivel más bajo trata de llenar (simbólicamente)
las necesidades reales. Lo que es realmente adictivo en estas terapias es la idea
de satisfacción durante la situación terapéutica. La terapia será tan interminable,
como la necesidad insatisfecha.

Silvia

Siempre he vivido con listas: tengo una lista general para usarla día tras día y
otra para los fines de semana. A pesar de esta semiorganización, soy una persona
desordenada, nunca siento que lo tengo todo arreglado. Mi bolsa es un desorden
cargado con lo esencial, que son cosas que nunca necesito, pero que no puedo
dejar de cargar porque a mí nunca me cuidaron cuando niña. Mi padre nos
dejaba y mamá se iba a trabajar, nunca pude desarrollar una confianza en mí
misma. No confío en mí para recordar y me aterra cometer un error, por eso
amontono lista tras lista, pero generalmente me las arreglo para perderlas o
guardarlas sin recordar dónde están. Aun así, esas listas me dan seguridad.
Me molesto cuando alguien llega temprano o inesperadamente rompe mi
rutina. No me adapto fácilmente al cambio; necesito que me adviertan, como no
lo hicieron cuando nací (experimentando un dolor crucial). Necesito sentirme en
control de cualquier situación. Mis ideas preconcebidas tienen precedencia sobre
mis sentimientos. Necesito tener un cierto régimen y me aferraré a algo sin
importar las inconveniencias o incomodidades. Odio y amo las reglas. Detesto
las situaciones sociales no estructuradas en las que puedo encontrar personas
extrañas y no sé ni qué decir. Temo cómo vamos a reaccionar yo o los otros, y
luego me siento atorada, como lo estuve en mi nacimiento y después en mi loco
hogar.
Mi constante preocupación es no ser capaz de cuidar las cosas
apropiadamente, es una parte del desamparo que viví cuando era niña. En la
escuela me preocupaba todo el tiempo porque podía perder mis libros, la
sombrilla, las llaves, etc. Necesitaba que mi madre me ayudara y me hiciera
sentir segura. Ella trabajaba y me dejaba sola, yo sentía que todo era demasiado
para mí: cuidar de mí misma siendo tan pequeña. Cuando recibía instrucciones,
debían ser absolutamente claras y precisas y en un orden lógico. Si me
interrumpían, siempre tenía que recomenzar con la letra “A”. Cuando mi maestra
me decía algo agradable, me sentía desesperada, como si no mereciera sus
palabras, de modo que las escribía y las ponía en mi bolsa. Durante semanas
tenía ahí guardado el papel y lo sacaba con frecuencia para mirarlas y sentirme
bien. Cada vez que lo hacía, era como recibir un poco de amor. Obviamente
estaba guardando malos sentimientos hacia mí misma. Ahora puedo darme
cuenta de cuántos de mis cientos de rituales estaban destinados a mantener lejos
de mí la ansiedad y esos malos sentimientos. Nunca hubo nadie en mi casa que
me reasegurara. Al menos mis rituales servían a esa función.
Amaba los exámenes en la escuela porque podía mirar los grados obtenidos y
“saber” que yo era una buena y no mala alumna. Por eso era la consentida del
profesor. Todos los demás odiaban los exámenes.
Cuando estoy sola mi mente trabaja tiempo extra, ocupándose de mis últimos
esquemas para hacer mi vida mejor. Me preocupo tanto de ello, que apenas lo
noto. Es un modo de vida. Si alguien lastima mis sentimientos, me obsesiono
con ello; constantemente estoy pensando en qué tenía que haber dicho o hecho o
qué voy a decir. Repaso una y otra vez los errores de mi jefe, lo que es idéntico a
lo que hacía con mi madre, me disgustaba porque me abandonaba y, al mismo
tiempo, la necesitaba desesperadamente.
El ejemplo más claro de todo esto se resuelve en torno al romance y al sexo.
Si alguien me llega a interesar, paso horas despierta pensando en él, elaborando
cientos de fantasías acerca de cómo estaremos juntos (miradas, caricias, besos,
romance y sexo). Ahora me doy cuenta de que estas fantasías surgen del anhelo
de mi cuerpo de ser abrazado y amado. Es mitad placer y mitad dolor. Se
relaciona con el anhelo de estar con mi madre cuando era pequeña. Cuando mis
necesidades se dejan sentir, mis pensamientos se hacen más y más obsesivos y,
literalmente, me siento como un animal en celo.
Necesito el amor de mi madre con cada una de las células de mi cuerpo,
puedo sentirlas como si estuviera en la cuna, sólo que… nunca nadie llegó a
calmarme. Ahora tengo que elaborar situaciones en las que puedo recrear el
sentimiento del anhelo que sentía por mi madre. De esa misma manera me
obsesiono también con los hombres, pues mi necesidad se ha vuelto erótica.
Mientras más siento mi necesidad temprana, me obsesiono menos eróticamente
con los hombres en mi vida. Mi necesidad se convierte en lo que realmente es:
una necesidad de mi madre, a la que nunca tuve cerca. Pienso que cuando tenía
todos estos sentimientos básicos, entonces mi hogar era tan compulsivo que
aprendí a canalizarlo como una obsesión. La comida debía estar siempre lista, en
caso contrario, mi padre se ponía irritable. Abría la puerta de mi recámara todas
las mañanas y decía “Cinco minutos más”, luego: “Es hora de levantarse” y
después “Un minuto más”, etc. Todo en mi casa estaba reglamentado, incluidas
las vacaciones, los cumpleaños y los días festivos. Mi papá era el primero en
estar listo y luego se paraba al pie de las escaleras y comenzaba a contar
lentamente hasta diez, entonces teníamos que estar listas junto a él.
Puedo ver cuán caótica me siento en mi interior al tratar de poner un orden
fuera de mí, es algo que me hace sentir más segura. Creo que si llega a haber un
caos afuera, eso sería demasiado para mí. Parte de mis sentimientos están tan
fuera de control, que soy yo quien debe tener todo controlado. Siento que si no
puedo mantener todo unido, voy a volar en pedazos. Mi nacimiento y mi vida en
el hogar fueron un puro caos, por eso necesito estabilidad y rutina, así que la
hago donde quiera que esté. Si tomo tranquilizantes que eviten que surjan todos
esos sentimientos, podré por poco tiempo sentir como si estuviera totalmente
integrada. Cuando la píldora se consume, me obsesiono por mantenerme íntegra.
Felizmente, ya no soy tan obsesiva como solía serlo. En la mayoría de las
situaciones ya puedo ser espontánea y no quedar abrumada por cosas
impredecibles. Ya no necesito una rutina que me haga sentir estable ni listas para
sentirme segura. He sentido la verdadera razón. Así es como me he llegado a
sentir.
LA NATURALEZA DE LA TENSIÓN

La tensión es una rigidez en los músculos y en las articulaciones, un peso en el


pecho, un cuello tieso. La tensión y los dolores de cabeza son parte de un
desarrollo tardío del sistema nervioso. Los traumas que nos ponen tensos ocurren
tardíamente en nuestro desarrollo. Antes de entrar en tensión, nos sentimos
ansiosos. La tensión es sobre todo un fenómeno de la pared corporal, relacionado
con un sistema nervioso altamente evolucionado.
En estado de ansiedad, la gente aprende a usar la tensión como una defensa.
Como su musculatura no está tan implicada, el dolor es poco menos que un
rebote. La tensión les rodea y absorbe. La persona impulsada por la ansiedad es
perdedora o está fragmentada en pedazos: carece de la estructura que le ofrece la
tensión. En los círculos freudianos algunas veces se le denomina “histérica”: es
la persona tensa, rígida, prisionera de sí misma y contenida en exceso.
La persona impulsada por la ansiedad es mucho más vulnerable y
dependiente, dado que la huella que da lugar a la ansiedad ocurrió muy
temprano. La víctima de la ansiedad está más abierta a sus necesidades porque
su estructura total ha sido sacudida muy temprano por un terror avasallador. En
su desarrollo no ha tenido la oportunidad de generar un mecanismo contra esa
necesidad. En estados de tensión las necesidades se retienen, tensándose contra
un dolor anticipado, del mismo modo que nos ponemos tensos cuando asistimos
al consultorio dental. La diferencia es que psicológicamente nunca abandonamos
ese consultorio.
La persona que en el consultorio del dentista está tensa, va a actuar de modo
más maduro ante una inyección que un individuo ansioso. Primero porque está
más lejos de su infancia y, segundo, porque puede reestructurar y perfeccionar
un acto; es menos espontáneo, más conservador y más cauto. En cambio, la
persona nerviosa es avasallada por los impulsos, que apenas logra contener. El
ansioso tiembla y se sacude interiormente. Así lo expresó un paciente ansioso al
decir: “Me siento desgarrado”, parecía destruido, tenso; en cambio, parece estar
en control —y sí lo está—de sí mismo y de sus sentimientos. Tener mucho
control y muy poco acceso a sus sentimientos es característico de la gente tensa;
son fáciles de tratar en una terapia convencional, en la que la estructura es muy
importante, pero son difíciles de tratar en la terapia primal, donde la estructura
trabaja en contra de los sentimientos.
Las personas ansiosas, mucho más que las tensas, sufren de diferentes
síntomas. Comienzan a vivir con más cólicos y se inclinan a tener problemas
estomacales, acaban con ulceras y colitis. Los tensos son artríticos, padecen de
dolores de cabeza y tienen problemas con su espalda. Suelen dislocarse las
rodillas, los codos o los hombros. Su enfoque está sobre la pared corporal. El
tenso rechina los dientes en la noche; el ansioso suele tener pesadillas.
En la terapia ayudamos a las personas propensas a la ansiedad a construir
defensas contra ella y desmantelamos las defensas del tenso. Los estados de
ansiedad necesitan de estructura, que es exactamente lo que el tenso no necesita
porque suele estar muy enfocado a otros intereses; si es un científico o un
matemático, se sumerge en su trabajo y excluye todo lo demás. El ansioso no
puede concentrarse y permanecer ocupado en sus cosas, las esparce por todo el
lugar. Esto es porque el primer input que tuvo fue catastrófico, literalmente
fragmentó cualquier clase de mecanismo de defensa y quedó carente de
cohesión. El ansioso está extremadamente apegado, el tenso es lo contrario.
EL DOLOR: UN ANTÍDOTO CONTRA LA ANSIEDAD

Finalmente, el acceso a las huellas tempranas proporciona al terapeuta una


ventana hacia la fuente de estados de ansiedad y tensión. Nos permite localizar
cómo y cuándo empezó la neurosis, así como buscar en el nivel de ideas, las
fuentes generadoras de ellas. Sentir el dolor y el terror tempranos es un pleno y
simple antídoto contra los estados de ansiedad y tensión. Es una experiencia que
ha servido como una solución sistemática y predecible contra la ansiedad que
padecen miles de pacientes. Este axioma ha sido válido tan a menudo —en los
casos de tantos pacientes—, que no lo podemos poner en duda.
Debemos recordar que en nuestra investigación el paciente yace quieto en un
colchón. Lo único que le está sucediendo es en la memoria. Hemos medido a
aquellos que descargan su energía en su entorno, sin tener algún recuerdo
específico —estado conocido como abreacción— y en ellos no se han
encontrado los cambios que predictivamente se encuentran en quienes reviven
recuerdos dolorosos específicos. Conforme el recuerdo doloroso se acerca, el
paciente sufre hasta que se permite expresar su sentimiento. Entonces el sistema
nervioso parasimpático se hace cargo y, justo antes de que el sentimiento ocurra,
el paciente está en una fase preprimal conocida como “ataque de ansiedad”.
Lo que generalmente sucede en la terapia convencional es que la persona
llega a la sesión llena de ansiedad, después de haber hecho compras en una
tienda departamental llena de gente, o tras hacer una presentación en clase. A
menudo, la medicación empieza a suprimir el síntoma. En la terapia
convencional suele haber tentativas de trabajar considerando la situación actual,
por ejemplo, cuando se tiene la ansiedad provocada al presentar un trabajo en
clase. Esta actividad puede ayudar a algunos, porque están trabajando en la
tercera línea, con la representación del terror actual, lo cual al menos es un
paliativo para ellos. De todos modos, aunque el terapeuta puede encontrar en el
presente muchas explicaciones ostensibles y plausibles sobre la ansiedad, no
hace el seguimiento del sentimiento hasta sus raíces.
El cerebro es bastante lógico, y en la terapia nos permite traer los dolores a la
conciencia en una secuencia que va desde el más corriente e inocuo descenso,
hasta el más remoto y el más dañino: cuando nos confrontamos con el dolor más
temprano y amenazante, ya ha tenido lugar una buena parte de la integración y
reforzamiento de la personalidad. El peligro del “renacimiento” y otros
procedimientos surge cuando se trata el dolor en un orden contrario, que está
interfiriendo con el sistema de defensas normal que, a toda costa, debe estar
aplacando esos terrores. Las sesiones de renacimiento hechas por charlatanes son
extremadamente peligrosas, sobre todo porque producen una psicosis benigna.
Cualquier técnica artificial —respiración profunda, golpear paredes, etc.— es
muy peligrosa porque invariablemente provoca el dolor fuera de una secuencia
lógica.
La relajación torna ansiosa a la gente ansiosa. En el Magazine Omni
(noviembre de 1986) se hace notar que la relajación “Puede ser peligrosa para la
salud”. Los investigadores —entre ellos David Barlow, director de la Clínica de
Desórdenes de Fobia y Ansiedad, del estado de Nueva York— encontraron que
los pacientes parecen ponerse ansiosos cuando se les sugiere que se relajen. Una
mujer “lo estaba haciendo bien y comenzaba a relajarse, de pronto, y para
nuestra sorpresa y obviamente para la suya, tuvo un ataque masivo de un
absoluto y completo terror, durante el cual los latidos del corazón se duplicaron
en un minuto”.
Después de examinar a diversos pacientes con el mismo síndrome, Barlow
comenzó a considerar la existencia de una tendencia general. Más de la mitad de
sus pacientes experimentaron terror cuando comenzaron a relajarse. Lo que
estaba quedando claro es que cuando bajamos nuestras defensas, nos sentimos en
peligro. Cuando el neurótico relaja sus defensas, todo lo que está embotellado
surge violentamente. Así que en lugar de que la ansiedad sea la amenaza, la
relajación nos pone ansiosos y se convierte en amenaza. Entonces la tensión se
hace un estado normal de “relajación”. ¡Con razón tanta gente no sale de
vacaciones!
LA ANSIEDAD COMO MECANISMO DE SUPERVIVENCIA

No debemos olvidar que un recuerdo que estamos tratando con ansiedad es un


recuerdo de supervivencia, por eso perdura —y lo que debe durar—, pero eso
también es un peligro que casi todo el tiempo vivimos los adultos. Desgraciada y
simultáneamente, aquello que hicimos para sobrevivir está amenazando nuestra
existencia.
Sin alguna clase de represión, un recién nacido que alcance un veloz índice
de latidos cardiacos (como sucede con nuestros pacientes cuando están
reviviendo dolores pasados) eventualmente podrían expirar. Algunos recién
nacidos han sufrido lo que parece un paro cardiaco, y cuando lo viven una
primera vez, lo vivirán una segunda. Incidentalmente, es posible que un bebé de
seis meses se quede solo en su cuna y en la oscuridad pueda morir a causa de un
trauma en ascenso que no se atendió de forma oportuna. Es posible que muera a
causa del terror disparado —durante su nacimiento— por un trauma temprano,
sobre todo si no hay un adulto cerca que lo calme y haya tenido que permanecer
sólo en la oscuridad, resonando, aterrorizado por un trauma temprano que tiene
efectos letales. Su terror no se atenúa, permanece en un estado general de
alarma, sin ayuda, sin apoyo y, sobre todo, sin comprender qué está pasando;
mientras tanto, los mecanismos de supervivencia continúan incólumes, hasta que
el sistema cede totalmente.
CONCLUSIÓN: LA EDAD DE LA REPRESIÓN

La edad de la ansiedad parece hacer cedido su lugar a la “edad de la represión”.


Estamos más cómodos con nuestras neurosis porque la sociedad recompensa los
valores neuróticos y su gran ambición e impulso: vemos más obsesivos-
compulsivos porque la obsesividad parece ser un modo cultural en el cual se
recompensa a la gente concentrada y exitosa, y solamente cuando la
autodirección se les va de las manos, parecen preocupados. El paso a la edad de
la ansiedad es, en cierto modo, la pérdida de nuestra inocencia. Mientras que la
energía neurótica se dirige a las metas de éxito, prestigio, honor y a otras
simbólicas, la represión es apoteósica. Sólo dejamos de sentirnos ansiosos
cuando hemos dejado de sentir.
XI. La desesperación maligna

LA REPRESIÓN Y EL SISTEMA INMUNE

El impacto general de nuestra investigación sobre la represión, la nuestra y la de


otros, se debe a que estamos ante una nueva era en la comprensión de la
enfermedad, en la cual la línea entre la enfermedad emocional y la enfermedad
física ya no se puede dibujar de forma significativa. Con seguridad, término
“desesperación maligna” tiene una connotación perniciosa y puramente
descriptiva, en el sentido que señala el tema de este capítulo. Este tema, que ve a
la depresión como maligna en relación con la mente, y al cáncer como un
aspecto maligno de los tejidos, nos permite comprender que ambos son los dos
lados de la misma moneda.
INVESTIGACIÓN PRIMAL: CÓMO CAMBIA LA PSICOTERAPIA AL CEREBRO Y AL CUERPO

Nuestra investigación indica cuál ha sido el papel de la represión en la


enfermedad. Durante los pasados quince años hemos hecho tres estudios
separados acerca de las funciones vitales en nuestros pacientes. Medimos el
promedio de su temperatura corporal con un termistor electrónico y
monitoreamos su presión sanguínea y su pulso. La temperatura normal, por
ejemplo, cayó casi un grado, disminución que ocurrió en 65% de todos los
pacientes. La temperatura corporal “normal” no puede ser de 98.6. La presión
sanguínea en nuestros pacientes hipertensos cayó en promedio 24 puntos,
mientras que el pulso cardiaco descendió en todos los pacientes a 10 a golpes en
promedio. Por supuesto que la dieta y el ejercicio también cambian la presión
sanguínea y conducen a una vida más saludable en un ambiente no contaminado
(lo cual es muy importante).
Pero no debemos descuidar los factores psicológicos, porque los pacientes en
quienes no ha habido cambios en su régimen dietético o en los patrones de
ejercicio, todavía son capaces de reducir su presión sanguínea simplemente
reviviendo el dolor reprimido. En particular, la temperatura es el índice clave
porque refleja todo el esfuerzo calórico del cuerpo, en tanto que se relaciona con
la represión.
La presión sanguínea y el pulso se elevan ante la inminencia de un
sentimiento profundo, y también cuando se resuelve el sentimiento. Si todas las
funciones vitales de la persona permanecen altas, aunque se le pida que
permanezca relajada, eso despertará nuestra suspicacia. La represión es un
proceso activo que consume energía, nunca deja que ésta se eleve porque el
dolor también se reprime. La represión está tratando de mantenernos vivos. Si
nos enfermamos y casi morimos para sobrevivir, hay que permitirlo. La
represión reconoce la situación por la que transitamos, nos hace ser más
humanos y nos ayuda a desarrollar un córtex cerebral con una lógica y con
habilidades racionales. No es una experiencia que nos lleve a abandonar nuestra
tarea y no puede hacerse a un lado. Tiene un contrato de tiempo completo.
LA FIEBRE DE LA NEUROSIS

“Casi no hay nada en la literatura que conecte el dolor con la temperatura


corporal”. Ésta es una regla invariable: mientras más profundo es el dolor, más
temprana es su huella. Durante una sesión, cuando se reviven las secuencias
primales en torno al nacimiento la temperatura corporal aumenta: en general
arriba de los 100 grados (en su momento analizaré las excepciones). Con el
paciente conectado a un medidor de temperatura, durante la sesión, podremos
observar literalmente el progreso del dolor. En cuanto el paciente avanza desde
los dolores de la infancia, a revivir los dolores perinatales tempranos, hay un
cambio dramático en la temperatura.
El hecho de que la temperatura corporal se eleve significativamente durante
una sesión en la que se reviven fuertes emociones, es menos misterioso de lo que
parece. El sentimiento que hace que la temperatura se eleve de forma tan
dramática está ahí todo el tiempo. Pese a que tenemos un sistema gobernante
que continuamente disminuye el aumento de la temperatura, cuando la represión
se debilita se activa el dolor del cuerpo, entrando en un frenesí en su empeño por
alejarse de aquel dolor. Este trabajo represivo se refleja en el calor del sistema.
Cuando se saca el dolor de tu cuerpo todo el sistema se enfría, y generalmente
la temperatura desciende más abajo de su valor inicial, indicando que el sistema
descansa. Ésta es una manera clave con la cual verificamos la relación entre
temperatura y represión.
Cuando un infante comienza a morir en el vientre, todos sus signos vitales se
movilizan estremecedoramente. Al revivir este trauma se reproducen las mismas
funciones como parte de la memoria total, pues la situación temprana se recrea
en su totalidad. Es la movilización contra la conciencia, porque ésta es el
supremo peligro. Durante una sesión primal, cuando la conciencia comienza a
cerrarse apreciamos los peligrosos signos vitales en el viejo sentimiento. El bebé
realmente está en peligro de morir con signos tan prolongados como estos. El
adulto no lo está. El trabajo de represión es ver hacia arriba, cuidando que la liga
con la conciencia no se haya hecho. Su tarea es evitar que la conexión suceda.
Si el evento traumático temprano es letal por sí mismo en su origen, los
signos vitales se aproximarán a niveles letales, los músculos se tensarán para la
acción, la sangre estará bombeándose a un ritmo máximo y las hormonas se
estarán derramando por el sistema; pronto una válvula de cierre se pone en
marcha. Esta vez, en la terapia dicha válvula es inoperante y el duplicado del
recuerdo traumático está en el fondo. La represión ya no es capaz de cumplir con
su tarea y no debe de hacerlo, porque el sentimiento se está haciendo cargo de su
propia tarea.
La relación de la psique con los procesos fisiológicos, como la temperatura
corporal, lo ilustra un experimento que hicimos en un hospital de Londres.
Durante una sesión, un paciente estaba reviviendo el trauma conectado a
sensores periféricos de calor, los cuales se leían en la habitación de al lado. Yo
permanecí en dicha habitación examinando las gráficas de la temperatura y, por
los movimientos de la aguja, podía decir cuándo el paciente comenzaba a sentir,
cuándo se elevaban sus defensas, cuando caía en el sentimiento y en qué nivel de
sentimiento ocurría todo esto. También era capaz de decir cuándo terminaba el
sentimiento y comenzaba la toma de conciencia o las percataciones. Todo ello
sin estar mirando al paciente.
Se trataba de una dramática evidencia de un concomitante biológico del
sentimiento. El terapeuta que estaba con el paciente anotaba cuidadosamente el
tiempo exacto de cada una de las ocurrencias, mientras yo marcaba las gráficas
de la temperatura y podía decir, por los movimientos de la aguja, cuándo el
paciente empezaba a sentir, cuándo sus defensas se elevaban, cuándo caía en el
sentimiento y en qué nivel de sentimiento ocurría. También era capaz de decir
cuándo terminaba el sentimiento y comenzaban los insights; y todo esto sin ver
al paciente. Yo marcaba las gráficas consternado por lo que pensaba que estaba
sucediendo. En este experimento podemos ver claramente la unidad cuerpo-
mente y la que existe entre los procesos psicológicos que afectan a los
biológicos.
La represión no tiene edad. No comprende que se ha vuelto vieja y que la
persona a la que está protegiendo, ahora es un adulto maduro, que puede
soportar esos dolores, o que está viviendo en el pasado, actuando como si la
persona en el proceso fuera todavía un bebé que debía ser protegido a toda costa,
aunque en realidad está protegiendo a nuestros yos bebés.
Tan pronto como haya una conexión entre el pasado recordado y el presente,
la temperatura corporal empieza a caer de forma continua. Este patrón de alza y
baja de la temperatura no ocurre cuando la persona simplemente está gritando y
llora sin conectarse a un trauma específico del pasado. Ésta es una manera de
saber que la conexión es la condición sine qua non del proceso total de la
integración y la sanación. Dialécticamente, cuando se hace la conexión se
convierte en su opuesto: sintiendo, y con ese sentir, llega la integración y la
salud. Pero, por supuesto, la conexión significa dos cosas: un gran dolor y la
sanación. ¿No es algo extraordinario que estemos en pánico para evitar que
suceda esa sanación? En el camino a la salud debemos atravesar por el dolor, y
no todos pueden o quieren pasar por todo eso.
Hemos descubierto que hay diferencias significativas en los concomitantes
fisiológicos durante un primal entre el simpático y el parasimpático.
Particularmente durante la secuencia del nacimiento, el simpático tiene signos
vitales mucho más altos hasta que se hace la conexión; mientras que el
parasimpático parece entrar en una crisis parasimpática más rápidamente,
siguiendo el prototipo original del trauma.
En la investigación estamos comprometidos constantemente en ver qué tan
amplias son las diferencias entre el parasimpático y el simpático. Por los datos
preliminares, podemos ver que las medidas fisiológicas durante el primal siguen
al trauma original con exactitud. En algunos parasimpáticos no hay aumento de
la temperatura, pero más bien aumenta en un fragmento que parece espejear toda
la conservación del síndrome de la energía que ocurre originalmente. Para tener
las medidas más exactas posibles, empleamos la instrumentación electrónica que
comúnmente se encuentra en las salas de operaciones, y hemos encontrado
diferentes calificaciones entre el simpático y el parasimpático.
Mientras que el simpático comienza en 98.6 y puede moverse
constantemente durante una hora hasta los 102 ó 103 grados (junto con otros
indicadores de signos vitales) muy pronto en la sesión, el parasimpático cae en
un sentimiento y su temperatura baja en unos cuantos minutos 2 o 3 grados, y
cerca de 4 o 5 en una hora. Algunas veces parece que nada está sucediendo, sin
embargo, cuando la temperatura tiene elevaciones agudas, sabemos que un
sentimiento muy fuerte está ascendiendo, aunque el paciente no sea consciente
de ello. No hay que esperar mucho para su aparición; repentinamente los picos
en nuestras medidas indican la intrusión de niveles más bajos de conciencia. La
temperatura por sí sola puede separar los dos distintos tipos de personalidad.
Durante una sesión, el simpático raramente tiene serias caídas en sus medidas.
Tampoco tiene la avasalladora inutilidad que en general acompaña esas medidas.
Cuando observamos a un parasimpático sumergido en sus sentimientos más
tempranos, y lo medimos electrónicamente, podemos asegurar —por la caída de
sus signos vitales— que padece un sentimiento de desesperanza y desesperación.
He podido ver caídas radicales únicamente en los signos vitales, en particular en
la temperatura corporal de un paciente parasimpático, cuando la crisis se está
descargando en una sesión. En los anales de la medicina se desconoce esto de
que la temperatura puede caer varios grados durante el tiempo en que se realiza
una pesada actividad física, y así permanece por algún tiempo.
Lo que sucede en estas sesiones es que observamos el curso de una secuencia
exacta que ocurrió quizá hace cuarenta años. La vemos en la sesión actual al
tiempo que observamos la historia. Lo que está diciendo esta historia es que al
principio había una lucha monumental que se acercaba a la muerte, sl abandono
de la esperanza y de la lucha. De modo que el paciente, a pesar del hecho de que
está “descargando” activamente, está respondiendo de forma primaria a su
historia, y esa historia está dictando la caída de los signos vitales. Esto es de lo
que se trata la representación: la respuesta a la historia, a pesar de la realidad en
curso, deseando rendirse cuando las cosas llegan a ser demasiado pesadas, o
cuando no hay el valor suficiente para mantenernos “avanzando”.
Nuestro análisis de la personalidad nos permite predecir el curso de la sesión
de una persona y los modos como se comportarán sus signos vitales Durante una
sesión, un cuidadoso examen de dichos signos nos puede confirmar la clase de
persona con la que estamos tratando, prediciendo, entre otras cosas, los síntomas
que podemos esperar (por ejemplo, migraña en el parasimpático).
Las maneras, agresiva y presionante del simpático para manejar el estrés son
diversas, el parasimpático se hiela bajo el estrés. Si la persona es de sueño
ligero (el simpático está más activo y alerta, tendiendo a un sueño ligero). El
parasimpático es más indolente y cercano a la inconsciencia (“durmiendo el
sueño de la muerte”).es la actitud general que uno tiene hacia la vida. “El
parasimpático es del tipo que se pregunta:” ¿Qué caso tiene? En relación con el
estado de la libido (los simpáticos tienen más impulso sexual). La disfunción
sexual ocurre en los hombres parasimpáticos, a menudo son impotentes y las
mujeres son frígidas con frecuencia.
En cuanto a los patrones de sueño, el parasimpático se arrastra fuera de la
cama, mientras que el simpático está fuera de ella en cuanto abre los ojos. En lo
referente a la actitud general hacia la vida, el simpático es positivo, y el
parasimpático suele decir que no se pueden hacer las cosas. El modo como
manejamos la sesión es el mismo como manejamos la vida y está basado en el
prototipo. El parasimpático no lucha mucho, se rinde, se siente vencido. El
simpático lucha con todas sus fuerzas para sentirse más defendido.
Aprenderemos más conforme continúe nuestra investigación.
MIDIENDO LA NEUROSIS: EL ÍNDICE DE REPRESIÓN

Hemos desarrollado un “índice de represión” en el cual empleamos varios


parámetros, como la presión sanguínea, la función de las ondas cerebrales, el
pulso y la temperatura corporal (en suma: los signos vitales que forman una red
en la cual colocamos las medidas del paciente para determinar su estado
general). De este modo somos capaces de cuantificar la cantidad de represión en
el sistema de la persona. No podemos medir el dolor directamente, pero
podemos medir su procesamiento. La conclusión es evidente: mientras más
temprano es el trauma, sus consecuencias son más lejanas y las secuelas son más
devastadoras y duraderas.
Esto es cierto tanto en las esferas mentales como en las fisiológicas, por eso
en las terapias alteramos nuestra personalidad y también alteramos la
susceptibilidad a las enfermedades. Un recién nacido que tiene eczema, cólico o
neurodermatitis, en realidad ha nacido con un sistema inmunológico
inconsciente. Debido a su trauma de nacimiento, el sistema inmune ha
disminuido la memoria y no puede reconocer a sus enemigos, ni puede apoyarse
en su historia para ayudarse. Más tarde, ese niño comienza a desarrollar
problemas de aprendizaje, un golpeteo incesante de sus pies y es hiperquinético;
todos estos son aspectos de una misma huella. Lo que es menos evidente es la
destrucción que está sucediendo en su intestino, en sus pulmones o en los pasajes
nasales. Cada vez, la energía de la huella viaja a un nuevo sitio, se busca
consulta con un nuevo especialista, y cada uno de ellos trata de separar cada
síntoma como si se tratara de enfermedades distintas, ignorando las fuentes
idénticas que subyacen y que son el origen del problema.
Cuando uno se da cuenta de que hemos sido capaces de cambiar los niveles
de las hormonas del estrés —de cincuenta a sesenta por ciento— mediante la
estrategia de revivir las experiencias, comenzamos a comprender cómo podemos
reforzar un sistema inmunológico que depende de un bajo estrés para su
funcionamiento óptimo.
Se han hecho muchos estudios que correlacionan enfermedades, como el
cáncer, con ciertos tipos de personalidad. Los estudios mencionan la frialdad en
el hogar, la supresión de la rabia, la depresión y otras. Lo que se ha ignorado es
cómo ambos estados pueden tener el mismo fundamento. No se trata de que la
rabia “cause” o conduzca al cáncer. Expresar la rabia en la terapia ayuda mucho,
pero se debe hacer en un contexto, no será curativa hasta que se dirija
exactamente al impreso.
La neurosis está dondequiera en el sistema. Para encontrarla, sólo tenemos
que mirar cuidadosamente hacia casi cualquier proceso biológico. Se trata de
modos de medir la neurosis, de determinar qué tan neuróticos estamos. Por
ejemplo, hemos tomado fotografías infrarrojas de la cara de los pacientes antes y
después de experimentar un sentimiento. En una investigación dirigida por los
doctores Harry Sobel y David A. Goodman, del Centro de Neurociencias de Los
Ángeles, se tomaron termogramas (con un UTIS Espectrotermo Modelo 801)
escaneando con una cámara infrarroja. La cara se dividió en once regiones clave
y se tomaron fotografías infrarrojas a cada persona de cada una de esas regiones.
Después de un número importante de meses dedicados a los sentimientos, el
flujo periférico de sangre en la cara aumentó significativamente, como resultado
del dolor que se resolvía: menos dolor, era igual a menos constricción y mejor
flujo. En la mayoría de las regiones el flujo de sangre periférica aumentó en los
pacientes avanzados. Lo que parece evidente en la investigación termográfica, es
que el flujo sanguíneo periférico fortalecido era el resultado de la resolución del
dolor. Además, el profesor Leónidas Golstein, de la Universidad de Rutgers, y el
doctor Eric Hoffman, de la Universidad de Copenhague, habían hecho estudios
de nuestros pacientes y encontraron un cambio significativo en la función
cerebral, como resultado de las experiencias de revividas.1 Las relaciones entre
los hemisferios derecho e izquierdo cambiaron, como lo hizo la relación entre el
cerebro frontal y el posterior (cerebelo, puente y médula oblongada).
En otros estudios realizados en el Brain Research Institute, de la UCLA,2
después de un año de terapia encontraron una amplitud de ondas cerebrales
disminuida en nuestros pacientes. Estaban trabajando menos neuronas y el
cerebro estaba menos ocupado, por tanto, la tarea de la represión se había
reducido. En otros estudios sobre las ondas cerebrales hemos encontrado que las
personas deprimidas tienen una cifra más baja en sus EEG (banda alfa) que
aquellos que tienen acceso a sus sentimientos, incluyendo a los que tenían
frecuentes ataques de ansiedad. Y, en realidad, la ansiedad implica un nivel de
conciencia menos coherente. Solamente con las medidas obtenidas, podemos
predecir muy bien el curso de la terapia. Los pacientes con bajas ondas se
llevarán más tiempo para llorar y mucho más para tocar sus sentimientos más
profundos.
Aquellos que están iniciando la terapia y los que sufren intensamente,
también tienen las cifras más altas en los voltajes de EEG. Más tarde, como
resultado de la terapia, todos los pacientes tienen un más bajo voltaje en sus EEG.
Esto significa que los mecanismos represivos se hacen menos necesarios y
menos efectivos conforme progresa la terapia. En el estudio de la UCLA con
pacientes primales, se encontró que un voltaje del cerebro en descanso era de
quienes tenían cinco años de terapia, lo que representaba un tercio de su valor
inicial.
Dado que las ondas cerebrales están muy relacionadas con otras funciones
vitales, las considero un aspecto más del síndrome de los signos vitales. El
“significado” psicológico de las medidas obtenidas se obtiene por algunas
correlaciones psicológicas con los estados psicológicos. Al mirar las ondas
cerebrales en corto, podemos decir algo sobre la personalidad y viceversa. ¿Es
imposible revivir una cirugía a la edad de cinco años? En los pacientes que lo
han hecho, hemos encontrado aumentos espectaculares en sus signos vitales,
incluida la actividad cerebral. Así es como hemos reconocido la veracidad de
tales experiencias. Recordamos los progresos hechos en la medición porque no
podemos escupir en un tubo (como se hace en nuestra investigación) y tenemos
que hacer una relectura de la saliva, para encontrar el nivel de las hormonas del
estrés (cortisol); así conocemos el nivel de estrés que tiene el sistema. Cuando
correlacionamos ese factor con ciertos signos en las ondas cerebrales y otros
signos vitales, empezamos a tener un índice efectivo de los niveles de estrés y de
represión.
Con el índice de represión hemos podido ver qué clase de traumas tienen la
valencia más pesada y cuáles hacen la mayor diferencia en la contribución a una
enfermedad posterior. No es un capricho que reconozcamos el trauma de
nacimiento o el incesto como los más serios contribuyentes a la represión, pero
sigamos investigando.
Como resultado de nuestra investigación estamos comenzando a tener una
idea acerca de qué tan normal parece la biología. Sabemos que disponemos de
estándares fisiológicos con los que podemos juzgar las psicoterapias actuales.
Con las herramientas de nuestra investigación seremos capaces de asegurar a
cuánta presión está sometida cada persona. Tendremos índices predictivos acerca
de la posibilidad de enfermedades posteriores; eso será cierto
independientemente de qué tan buena piense la persona que es.
Incidentalmente, yo creo que hasta que en esos hospitales mentales y las
prisiones no sean capaces de hacer revivir traumas, es muy alta la posibilidad de
que quienes están recluidos allí continúen con su comportamiento aberrante en
cuanto estén en el exterior. Esto será así en tanto ellos sean víctimas de sus
huellas infantiles impresas. Lo que podrá hacer la mejor terapia convencional es
medicar, empujar para siempre el dolor hasta el fondo y esperar algo bueno. Pero
hay una alternativa: hasta ahora, cuando una enfermedad no está clara se le llama
“psicosomática”. La noción de enfermedad psicosomática ha sido la canasta en
que arrojamos todo lo que no podemos explicar. La usamos particularmente en
las situaciones en que somos incapaces de tratar con efectividad una enfermedad
con bases médicas. “Debe ser psicosomático”, dice el doctor y nadie tiene una
idea de lo que eso significa, excepto que el paciente de algún modo piensa que
está loco o que la enfermedad que tiene es culpa suya. Esa etiqueta dada por el
doctor refleja su culpa por no ser capaz de curar al paciente. Aun si estuviera en
lo correcto, suponiendo que el problema médico sea causado psicológicamente,
los factores exactos nunca serán enumerados porque nadie sabrá de qué se
trataban.
El término psicosomático nunca se ha usado como un diagnóstico primario o
como un acercamiento positivo a las contribuciones de la psique a una
enfermedad particular. Generalmente es un signo de exasperación: “No sé lo que
está mal, así que debe ser algo psicosomático”. A nadie le gusta que le digan: “Si
no puedo tratarte, debe ser tu culpa”.
Lo que estamos aprendiendo de nuestra investigación es que la neurosis no
es una cosa, no es un comportamiento o una actitud. Es un concierto de
reacciones que proporcionan las claves fundamentales para comprender muchos
defectos o malos funcionamientos de las malformaciones en los sistemas.
Este hecho sugiere los orígenes fisiológicos comunes entre los llamados
síntomas psicosomáticos de la enfermedad y la neurosis. Lo que parece ser
normal es el nivel más bajo de la represión, consistente con la función cortical:
el estado de la integración máxima posible entre los niveles de la conciencia.
Tú no eres normal porque actúas como normal, y no eres normal sólo porque
no tienes signos psiquiátricos obvios. Tú no eres normal aun contestando de
manera saludable cada pregunta de un cuestionario psicológico, porque el cuerpo
tiene que hacer sus pruebas y debe dar las respuestas correctas al aplicante, que
en general es una máquina, y ésta te pregunta a su modo: “¿Tu pulso es
normal?”, y la respuesta es, con un pulso de 95, “¡definitivamente no!”

Liz

En octubre de 1977 me sucedió algo sorprendente. Estando en el consultorio de


mi doctor, mi pulso era de 72. Para mí era asombroso porque tenía una historia
de pulso rápido, mi pulso nunca había estado debajo de 80, y en los años noventa
era normal. No era raro que mi pulso llegara hasta 100-106. A menudo, acostada
en mi cama en la noche, sentía que mi pulso mecía todo mi cuerpo. Una vez fui a
un hospital para una prueba rutinaria de tiroides. Durante tres semanas leía mi
pulso cada mañana, consistentemente era alto (entre 80 y 90) y llegaba hasta
100-106; en mí ese pulso era frecuente en cuanto me despertaba o antes de
hacerlo. De modo que llegar a los 72 era raro en mí. Al principio pensé que esa
lectura tan baja era única, era la primera vez y no se repetiría. Sin embargo, en
las subsecuentes visitas al doctor continuaba la baja lectura. El 20 de octubre mi
pulso era de 64, con 32 latidos, más bajo que mis lecturas anteriores (de 96). Es
más, durante los últimos diez años mi presión sanguínea se había elevado a
135/85; luego bajó hasta 110/80.
Estoy verdaderamente asombrada, excitada y aliviada respecto a mi pulso y
presión sanguínea. Apenas puedo creer que sea cierto, excepto porque en general
coincide con mi sentimiento de haber dejado el tremendo peso que me había
quitado. No puedo creer el gran peso de esos sentimientos. Tampoco puedo creer
cuánto me habían removido todos aquellos sentimientos que estaban agitando mi
cuerpo continuamente. Tanta ira y tanta rabia reprimidas literalmente me estaban
matando, y haberlas sentido me está reviviendo.
LA REPRESIÓN Y EL SISTEMA INMUNE

Solíamos pensar que el sistema inmune sólo se relacionaba con alergias, fiebre
del heno y posiblemente con asma, y que ser alérgico significaba lo opuesto a ser
inmune. En otras palabras, si fuéramos inmunes a algo, ya no seríamos alérgicos.
Así, una persona con fiebre del heno era alérgica a varios antígenos, como el
polvo o el polen, porque el sistema inmune no estaba trabajando muy bien.
La investigación ha recorrido un largo camino desde aquellos días; ahora nos
damos cuenta de que el sistema inmune está implicado, de un modo o de otro, en
casi todas las enfermedades y que este sistema es clave para comprender muchas
enfermedades de naturaleza catastrófica.
Hasta ahora hemos sabido que el sistema inmune está hecho de una variedad
de funciones inmunológicas. Hay células B, T y NK, entre otras. En general
estas células forman parte de un sistema de vigilancia que reconoce y ataca a
cualquier intruso alienígeno, como virus, bacterias, polvo o polen. Los linfocitos
son células altamente especializadas, algunas ocupadas sólo en reconocer al
enemigo, mientras que otras son células que están a cargo de “buscar y destruir”.
Cuando se debilitan o disminuyen, estamos en problemas.
Estas células, por ejemplo, son muy importantes en la lucha contra el cáncer.
Una vez que una célula del cáncer es reconocida por un linfocito B o T, las
células naturalmente asesinas entran en acción, pues son como “armas
contratadas” por el sistema inmunológico. Literalmente son nuestros guardias
del cuerpo. Cuando se debilitan o disminuyen, estamos en problemas. Ellas
forman la primera línea de defensa en las células de combate que sufren una
transformación maligna. Están en la mira para un posible desarrollo de algún
cambio y casi literalmente pueden transformarse en células cancerosas malignas.
INVESTIGACIÓN SOBRE EL ESTRÉS, EL DOLOR Y EL SISTEMA INMUNE

En nuestra investigación hemos querido establecer el hecho de que la terapia


efectivamente podría afectar los procesos fisiológicos, por ejemplo, al sistema
inmune. Primero quisimos aclarar los niveles de estrés y luego relacionar esos
niveles con las funciones inmunes. La importancia de esta investigación residía
en mostrar cómo afectan los factores psicológicos a las funciones inmunes y que,
por consiguiente, juegan un papel importante en las enfermedades mayores.
Nuestra finalidad era identificar los concomitantes biológicos de la neurosis
y su resolución, e identificar una jerarquía de su severidad. Queríamos precisar
los cambios que suceden en la neurosis y desarrollar algunas marcas que nos
permitan cuantificar la neurosis y determinar una jerarquía de su severidad. A
continuación hacemos una síntesis de nuestros hallazgos.
En años recientes hemos hecho un cierto número de estudios sobre las
hormonas que indican, inter alia, que los niveles de las hormonas del estrés se
reducen en cuanto disminuye el dolor en el sistema humano. Hemos llevado
adelante esta investigación para ver si podíamos replicar la reducción de las
hormonas del estrés y, posteriormente, observar qué otros cambios pueden
acompañar las alteraciones en los niveles de las hormonas del estrés.
Encontramos que después de un año de terapia primal hay una normalización
de esos niveles. En el caso de la testosterona (la hormona del sexo) y de la
hormona del crecimiento, aquellos que comienzan en niveles desordenadamente
altos se mueven de forma más lenta; en cambio, quienes están en un nivel bajo,
se movieron hacia un nivel más alto. Hay una buena cantidad de investigaciones
que señalan la función de la hormona de crecimiento en el alivio y la reparación.
Los “simpáticos” son los más agresivos y ofensivos, tienden a tener los más altos
niveles iniciales de testosterona. Más adelante en la terapia, en cuanto se
tranquilizan los niveles caen. En cambio, los hombres parasimpáticos
disminuyen en esos niveles al principio de la terapia, y más tarde tienden a subir.
Parece que hay una relación entre la hormona del crecimiento y el estrés.
Mientras más altos son los niveles de estrés, los niveles de la hormona del
crecimiento son más bajos.
Después de la terapia primal, conforme bajan los niveles de la hormona del
estrés hay un aumento en los niveles de la hormona del crecimiento (nuestra
investigación sobre las hormonas adrenalina y noradrenalina indican un
decrecimiento de hasta 66% después de seis meses de terapia). Al final de la
vigésima sexta semana de terapia primal había un aumento de cerca de 200% en
el nivel de las hormonas del crecimiento. Durante el mismo periodo, en aquellos
que no podían llegar a sentimientos profundos, había una caída significativa de
esos mismos niveles.
Notamos que durante las dos décadas pasadas hubo un suave tejido de
crecimiento en nuestros pacientes. Por ejemplo, las mujeres notaron un aumento
en sus senos. Creemos que, entre otros cambios, también hay una relación con
los cambios en las hormonas relacionados con alteraciones en el output
hormonal. En nuestras investigaciones más recientes formulamos la hipótesis de
que en nuestros pacientes, tal como lo hemos visto después de un periodo de
terapia primal, de nuevo habrá un nivel más bajo de la hormona del estrés
(cortisol). Pensamos que estos niveles más bajos se reflejarían en los cambios en
el sistema inmune. Nos interesaba particularmente la actividad de la célula
“asesina natural” (NK).
De acuerdo con otras investigaciones, creíamos que los niveles de la
hormona del estrés (y otros índices de estrés) se habían reducido; y que la
función inmune, la actividad de las células NK y otras funciones inmunes se
habrían estimulado. También medimos las ligas de la imipramina en las
plaquetas sanguíneas, pensando que los más altos niveles de coagulación
estarían indicando una menor represión y que ésta, a su vez, tendría como
resultado una mejor función del sistema inmune. Las implicaciones futuras
pueden referirse a que si la actividad de las células NK y otras funciones
inmunes se promueven, podrían causar una posible prevención de una
enfermedad seria, como el cáncer.
Con el objetivo de explorar algunas de estas ideas, más adelante realizamos
un estudio doble ciego con la colaboración de los profesores Steven Rose y Sean
Murphy, de la Universidad Abierta de Inglaterra, así como con el profesor
Bernard Watson y el doctor Nuala Money, del Hospital San Bartolomé de
Londres.3 Estudiamos los niveles de estrés de pacientes y de un grupo control
(estudiantes universitarios) midiendo la cantidad de hormona del estrés en su
saliva. Asimismo, con la colaboración del doctor André Blank —de mi clínica—
tomamos muestras de sangre para estudiar las funciones neurotransmisoras,
sobre todo en la liga de las plaquetas de sangre-imipramina. También medimos
los linfocitos, que son parte del sistema inmune, para observar la relación entre
los niveles de estrés y la función inmune.
La cuestión de la liga de la imipramina es muy compleja y aún no ha sido
completamente comprendida. La imipramina química es el componente primario
de una droga que eleva el ánimo, empleada para tratar la depresión severa. Los
mecanismos precisos por los cuales la imipramina tiene dicho efecto aún no han
sido claramente reconocidos, pero uno de sus efectos más distinguibles y
mensurables se logra bloqueando la reabsorción de serotonina y norepinefrina en
el sistema nervioso. Se cree que ambas sustancias ayudan a suprimir el dolor. La
imipramina comprarte funciones semejantes con la serotonina en el sentido de
que, en las sinapsis cerebrales, un bajo nivel de imipramina se correlaciona con
una más alta serotonina; de este modo, mientras más bajo es el enlace, la
represión es más alta. La imipramina parece modular al sistema de la serotonina
y hace que el cerebro sea más sensitivo con su neurotransmisor.
Sabemos, por ejemplo, que la estimulación electrónica de las estructuras del
cerebro bajo facilita la supresión del dolor al incrementar los niveles de
serotonina. Los animales bajos en sus niveles de serotonina se muestran algo
agitados, pero se calman cuando ésta se les inyecta.
Esto nos conduce a proponer que el mecanismo de la imipramina debe sus
efectos elevadores del ánimo a sus efectos en la represión. Posteriormente
razonamos que la habilidad del sistema nervioso para ligar o metabolizar la
imipramina, debe tener efectos positivos por la terapia primal.
Dado que las plaquetas sanguíneas comparten con las neuronas del cerebro
un origen embriológico común, creímos que midiendo con precisión qué tan bien
la imipramina radioetiquetada se estaba ligando con las plaquetas sanguíneas,
tendríamos una idea de cómo la imipramina se podría estar ligando a las
neuronas del cerebro en el sistema nervioso. Haciendo estas medidas antes y
después de la terapia primal, podríamos medir sus efectos en la represión.
Los antecedentes de esta prueba sirvieron para confirmar en otra
investigación que el enlace es más bajo en los reprimidos, y que la
administración de imipramina como un producto farmacéutico tiene un efecto
moderador del humor. Por esta razón, el nivel de enlace de la imipramina se
utiliza como un marcador diagnóstico en el proceso de tratamiento contra la
depresión, pues hace descender esos niveles en aquellos que con niveles más
bajos se consideran depresivos.
En consecuencia, nuestra hipótesis subsidiaria era que: 1) la terapia primal
puede reducir los niveles de estrés, 2) los niveles de estrés, una vez reducidos,
alientan la función inmune, y 3) con la imipramina, la terapia primal produce un
enlace mejorado.
Posteriormente pensamos que la habilidad del sistema nervioso para agrupar,
o metabolizar la imipramina, debe tener efectos positivos con la terapia primal.
En consecuencia, nuestras hipótesis subsidiarias detalladas se refieren a lo
siguiente: los resultados de la investigación tienden a confirmar tres de nuestras
hipótesis. Encontramos que la terapia primal propició los cambios que
anticipamos en la liga de la imipramina. Después de seis meses de terapia, los
pacientes primales que habían empezado con un nivel mucho más bajo de
imipramina que en los controles, ascendió hasta quedar en paridad con esos
controles. La liga de la imipramina está claramente correlacionada con los
cambios en los estados psicológicos.
En los estudios inmunes hechos en el Hospital de San Bartolomé, se observó
a algunos pacientes junto con un grupo de control formado por estudiantes
universitarios. Se les sometió a prueba durante tres meses antes de la terapia, tres
días antes de la terapia, y el primer día de la misma, veintiún días luego de que
empezó la terapia y seis meses después. Encontramos que la proporción de
células NK cambió con el tiempo en el grupo de pacientes, y que estos cambios
fueron estadísticamente significativos. En el sexto mes el grupo de pacientes
tenía un nivel más bajo de células NK, comparado con el nivel alcanzado en el
preestudio.
El sexto mes de terapia primal es lo que yo llamo “el punto que no tiene
vuelta”. Es cuando el paciente apenas ha penetrado bien sus defensas, cuando
está más ansioso y todavía no ha integrado el dolor que está surgiendo. Esa
integración comienza a suceder hasta cerca de un año de terapia. Mi
interpretación de estos resultados es que, en el tiempo en que el paciente está
más ansioso, las células relacionadas con el desarrollo del cáncer están en su
nivel más débil. La proporción de células NK cambiaron con los pacientes, pero
no lo hizo el grupo de control. Cuando se aplicaron a los datos de la prueba
apropiadamente estadísticos, hubo una evidencia concluyente de que existían
diferencias estadísticamente significativas entre los cinco periodos de medición.
Dado que la terapia primal fue la variable independiente central (tratamiento)
que distinguía a los dos grupos, es apropiado adscribir estas diferencias a dicha
terapia. Esto indica que las alteraciones en los estados psicológicos tuvieron un
efecto en el sistema inmune. La actividad de las células NK en el grupo de los
pacientes fue más baja luego de seis meses, comparada con el principio de la
terapia, tiempo en el que los pacientes tendían a estar más estructurados. Cuando
en diferentes momentos se comparó a los pacientes con los “controles”, estos
últimos tenían un alto número de células T, lo cual ya esperábamos.
La población psiquiátrica parece tener menos aparatos inmunes funcionando.
Desafortunadamente no pudimos permanecer durante un año o dos para ver los
cambios que ocurrieron después de la integración del dolor. En ese periodo
podríamos haber esperado ver enriquecida la función del sistema inmune, más
allá de los niveles iniciales. Éste es un proyecto para el futuro. Basados en una
evaluación psicológica, once de los doce pacientes elegidos al azar mostraron
mejoría. El otro tuvo un descenso en su funcionamiento psicológico y también
disminuyó en el enlace de imipramina. Estos resultados fueron estadísticamente
significativos. Lo que es importante en todo esto es el cambio celular ocurrido
durante todo el tratamiento psicológico, porque ocurrió en la dirección esperada:
en correlación con el mejoramiento en el estado psicológico de los pacientes.
Estos aumentaron sus niveles hasta poder distinguirlos de los normales.
Aquí encontramos las correlaciones psicológicas con los estados mentales: el
bienestar y la neurosis se encontraron en las células. En el futuro, con el fin de
medir otra vez la neurosis y el bienestar, podremos mirar la actividad de esas
células. Desde mi experiencia, ésta es la primera vez que la eficacia de una
psicoterapia ha sido probada a nivel celular. Los resultados fueron
suficientemente significativos para el profesor Rose para justificar, del mismo
modo, la medición de un cierto número de psicoterapias basadas en los
resultados de esta investigación. Esperamos desarrollar marcadores para medir la
efectividad de diversas psicoterapias
LA IMPORTANCIA DE ESTA INVESTIGACIÓN

En suma, nuestra investigación indica que: 1) el dolor es un elemento central en


la neurosis, 2) tratar con el dolor altera la neurosis (la mayoría de los pacientes
se sintieron mejor después de la terapia), 3) la alteración de la neurosis incluye
procesos fisiológicos específicos, y 4) necesitamos continuar observando los
procesos inmunes en la neurosis para descubrir cómo se relacionan estos dos
factores. Estoy convencido de que esas relaciones se harán más evidentes en
cuanto refinemos nuestras técnicas de investigación.
La conclusión de que en la psicoterapia el progreso o su ausencia se pueden
registrar a niveles fisiológicos es indudable, pues se basa en una teoría específica
del dolor y la neurosis y en la hipótesis de que el dolor está íntimamente
relacionado con el sistema inmune. Siempre que la psicoterapia permanezca en
el dominio de la psique, en oposición al cuerpo, este tipo de investigación no
será tomada en cuenta y, con ello, tampoco la oportunidad de ver qué factores
psicológicos serán cruciales en una enfermedad catastrófica. No hay error en
aislar los factores psicológicos en el estudio de los resultados de una
psicoterapia: siempre que no nos decepcionemos de ellos, nos relatarán la
historia completa. Lo que necesitamos es un cierto número de otros indicadores
biológicos (como los que hemos encontrado en el estudio de las hormonas) que,
en conjunto, nos proporcionen un cuadro de los profundos cambios en la
neurosis.
No es suficiente para los terapeutas tomar decisiones ad hoc acerca de los
criterios que deberán elegir para medir los cambios en sus pacientes. Esos
criterios deben reflejar la escala total de cambios fisiológicos en el cuerpo. Si
demostramos que ciertos neurotransmisores están implicados en la neurosis,
tarde o temprano esos criterios tienen que ser tomados en cuenta al medir los
progresos en la psicoterapia. No podemos seguir construyendo una teoría de la
neurosis que ignore los indicadores biológicos. En tanto encontremos más
indicadores, surgirán por su cuenta más criterios específicos y serán más precisas
nuestras mediciones.
Lo que hace la represión es, literalmente, dividir en dos a la persona. Por
desgracia, quienes están a cargo del tratamiento han continuado esa división y la
tratan, en estos casos, como un estado normal. El paciente se ha bifurcado, su
mente queda disociada de su cuerpo porque se destina a estudios y tratamientos
fisiológicos, mientras que en la medicina el cuerpo se ha separado de la mente y
se le trata como una entidad viable y discreta.
INVESTIGACIONES RECIENTES SOBRE EL SISTEMA INMUNE

Robert Ader, investigador pionero en este campo, siguiendo la reciente


psiconeuroinmunología, administró dos químicos diferentes a unos animales:
eran ratas a las que se les inyectaba ciclofosfamida manide, una droga que
suspende la función inmune. Al mismo tiempo, les daba a beber sacarina con
agua. Después de cierto periodo, a las mismas ratas sólo se les daba la sacarina
con agua y su función inmune quedaba suprimida, exactamente como si les
hubieran dado la droga original inmunosupresora. En otras palabras, el sistema
inmune recuerda y responde como si el viejo entorno todavía estuviera ahí, de
forma idéntica como lo hace el sistema nervioso. Tiene una memoria
extraordinaria, por eso la inoculación realizada en la infancia contra la
enfermedad tiene un efecto de por vida. El sistema recuerda el ataque original y
monta una defensa permanente en su contra.
Hemos aprendido que las células inmunes producen las mismas endorfinas
que produce el cerebro. Aunque las endorfinas tienen una gran variedad de
funciones, parece que en una célula inmune es capaz de crear algo que mata el
dolor, aun cuando esté relacionado con las funciones inmunes. Por eso, muy
temprano en su vida, un niño víctima de abuso puede recordar no sólo con sus
células cerebrales, sino también con sus células inmunes. De hecho, casi todo
neurotransmisor que se relaciona con el estrés y el dolor lo produce el sistema
inmune y el cerebro, de modo que podemos ver en el sistema inmune la
confluencia de la psique y el soma (cuerpo), al mismo tiempo que el significado
real de lo psicosomático. En realidad, los sistemas nervioso e inmune forman un
único sistema de comunicación: uno envia su propio mensaje al otro.
En Suiza, el doctor Hugo Besedovsky encontró que las células inmunes no
sólo son receptivas a la información del cerebro, sino que el propio sistema
inmune envía mensajes al cerebro —en particular al hipotálamo— y a parte del
sistema límbico, que juega un gran papel en la mediación de las emociones. Las
células inmunes pueden “convocar a una asamblea” y “enviar delegados” al
cerebro, en la forma de mensajes químicos. No están enviando palabras al
cerebro, pero sí están mandando información. Si dicha información causa un
“choque” y es sobrecogedora, el sistema empieza a romperse y provoca una
enfermedad severa. En cualquier nivel del sistema solamente puede haber tanta
información como la que puede aceptar, una vez que el sistema orgánico está en
peligro —como lo podemos reconocer en el cáncer—, la información a menudo
consiste en futilidades y desesperación. Eso es lo que se procesa
psicológicamente.
LA DESESPERACIÓN MALIGNA

El doctor Liebeskind, de la UCLA, ha realizado experimentos con ratas a las que


se les inyectaron células del tejido de un tumor, y luego las sometieron a un
choque en sus patas. Las ratas estaban sin ayuda y sin esperanza, no tenían
ninguna opción que pudiera aliviar su sufrimiento. Después de algún tiempo
sometidas a esta experiencia desarrollaron tumores. Cuando el estrés y la
desesperación se infligieron a su organismo, las células que se inyectaron a esos
tumores se convirtieron en malignas. El estado psicológico de los animales de
Liebeskind evidentemente disminuyó la función inmune, lo que les causó
crecimientos cancerosos.
En otra investigación, Hans Selye puso a unos roedores en unos montículos
resbalosos. Arregló el experimento de tal forma que en cuanto los animales se
quedaban dormidos, caían al agua, con lo que quedaron crónicamente fatigados
y estresados, y desarrollaron cáncer en su eje pituitario y adrenal (la pituitaria es
una estructura central que estimula la secreción de endorfinas). Ese medio
ambiente fue demasiado para los animales, en realidad carecieron de ayuda y
quedaron vencidos, sin poder hacer nada con su situación.
Estas ratas fueron vencidas por razones contundentes: quedaron sujetas a una
gran cantidad de dolor del que no se percataban, y nada podían hacer al respecto.
El tema común en la investigación actual, sin temor a equivocarnos, nos dice que
la desesperación, la desesperanza y los sentimientos de estar vencidos, son las
semillas de la malignidad. Hacen al sistema vulnerable a todas las demás fuentes
tóxicas en el entorno. Empleo de forma deliberada la palabra “semillas” porque
se trata de las fuentes profundamente arraigadas en una lejana historia en el
pasado, por mucho tiempo hemos estado cortando hierbas, imaginando que con
eso resolvíamos el problema. Debemos buscar los más profundos factores
psicológicos en muchas de las enfermedades comunes, desde el síndrome de
Epstein Barr, hasta la esclerosis múltiple, pues aunque éstas no causan
directamente la enfermedad, sí preparan el terreno para se den.
La investigación con ratas no es muy diferente a lo que los niños tienen que
sobrellevar en sus hogares: no se necesita hacerles sentir desamparados, ya están
desamparados. Cuando sus células corticales expresan desesperación, estas
células están diciendo: “Efectivamente, vamos a rendirnos, no tiene caso”. La
desesperación puede expresarse en una falta general de reconocimiento del
peligro que proviene del sistema inmune, o por la falta de agresividad y la
incapacidad de clonarse lo suficiente para construir un “ejército” poderoso. Estos
procesos son la contraparte del neocórtex cuando expresa la actitud de: “qué
caso tiene”, “me voy a rendir”, “ni siquiera lo voy a intentar”. Entonces el
cerebro y las células inmunes funcionan como una unidad destinada a traducir la
desesperación, en la forma de una disfunción inmunológica y, al mismo tiempo,
en una desesperanza psicológica.
Las ratas se enferman porque están en una situación desesperada. Los seres
humanos que no tienen esperanzas, se enferman y no pueden encontrar la
conexión entre ambas cosas. Lo que es peor, a menudo no están conscientes de
su desesperanza. Tenemos todavía mucho que aprender acerca de los humanos.
En estos estudios que se hacen con animales, en favor de los humanos, la falta de
opciones ha sido un elemento muy importante en el desarrollo de enfermedades
catastróficas, y éstas se debieron al hecho de que los animales no tenían ningún
control sobre su dolor; pues es cierto que cuando éstos tienen control sobre su
dolor, es menos probable que desarrollen un cáncer.
Es interesante hacer notar que uno de los tratamientos para la enfermedad de
Epstein Barr es un antidepresivo. Hemos tratado esta enfermedad que tiene una
base viral, pero que ocurre casi siempre en el parasimpático. En mi opinión, lo
exhaustivo en esta enfermedad no sólo se debe a un virus, se remonta a los
orígenes de la respuesta parasimpática, que no sólo reprime al sistema inmune,
sino a la huella de languidez ocasionada durante el nacimiento en la batalla por
vivir. Los síntomas de la enfermedad de Epstein Barr puede ser también el
síntoma de un trauma temprano y de las reacciones parasimpáticas. Cuando le
das un antidepresivo a un parasimpático que padece esta enfermedad, estás
tratando una represión global. La persona puede mostrar una mejoría, pero no
como consecuencia de la píldora sobre la enfermedad aparente, sino porque está
trabajando en la que subyace en aquélla.
Un estudio realizado en la Clínica Mayo encontró entre personas cuyos
cónyuges habían muerto recientemente, que el índice de cáncer era cinco veces
más alto de lo que se esperaba. Una mujer que a los setenta y dos años pierde a
su marido, tiene pocas opciones: ya no puede sumergirse en su trabajo, en su
familia o en la vida nocturna. Evidentemente no tiene control sobre la muerte de
su esposo y sufre de manera intensa, porque ya no hay nada que pueda hacer; es
poco probable que a su edad encuentre un remplazo o que pueda esperar alguno.
Su pesar es tumoroso.
La investigación en la Escuela de Medicina Monte Sinaí, en Nueva York,
mostró una cantidad muy reducida (en la respuesta inmune) de personas
deprimidas, que por esa razón habían sido hospitalizadas. Las viudas mostraron
la misma supresión inmune durante sus días de duelo. Además se ha encontrado
que las mujeres recientemente separadas, tienen una función inmune muy pobre
cuando se las compara con un grupo de mujeres casadas. Entre las que estaban
casadas, pero que percibían su matrimonio como muy pobre, se encontró la
misma situación.
LA HUELLA DE LA DESESPERACIÓN MALIGNA: DESESPERANZA Y CÁNCER

Cuando el trauma original es insuperable para el sistema humano, la


desesperación se convierte en algo impreso. No existe en el mundo un niño de
cuatro años —que haya sido víctima de abuso— que pueda integrar el hecho de
que su vida no tiene esperanza, que nunca será amado y que luchar contra ello es
inútil. También sería intolerable que el niño estuviera plenamente consciente de
estos pensamientos, día a día, durante años. Puede haber una escena en la
memoria del niño que represente el epítome de su desesperación, pero
generalmente la experiencia es suprimida. Junto con la supresión, sucede un
cambio en las hormonas y en la función celular.
De ese modo, en un nivel, el niño no está consciente de su desesperación y
no se atreve a articularla y a reconocerla, pero en un nivel diferente, la
desesperación está ahí, sin palabras, creando un gran daño hasta que de ello
resulte, quizá varias décadas después, la malignidad o una seria enfermedad
mental. Es ahí donde está el problema: la distancia entre la huella impresa
originalmente y la posible enfermedad es tan grande, que hace casi imposible
que se detecte. En todo caso, queda muy claro, aun desde los estudios hechos
con ratas, que no es necesario tener las palabras para sentir la derrota y la
desesperación.
¿Acaso solamente las cosas malas son las que quedan impresas? De ningún
modo, pero es en los sucesos traumáticos donde se disloca la función, y es en
estas dislocaciones donde se mantienen los “malos” recuerdos. Una alta presión
sanguínea, por ejemplo, es la vía para que los recuerdos traumáticos se
conserven vivos, posiblemente se trata de la misma presión sanguínea que
acompañó al trauma original.
Vernon Reilly dirigió una investigación detallada acerca de la literatura
científica disponible, y ha concluido que el daño hecho al sistema inmune,
claramente deja a la persona vulnerable a la acción de los virus cancerosos y a
otras recién transformadas células cancerosas. Por tanto, ya no pueden ser
contenidos, debido al estrés, los procesos patológicos que normalmente se
mantienen a raya con la acción del aparato inmune. Sin la presencia de un
efectivo sistema de vigilancia inmune, aumentan las posibilidades de desarrollar
varios tipos de cáncer.
En un artículo, Ruth Lloyd señaló que se ha demostrado que ciertas
condiciones sociales de impotencia y desesperación están asociadas con una
“pronunciada elevación del nivel de corticosterona y de esteroides adrenales
inmunodepresivos en ratones”. Esta situación de sentirse vencido provoca
aumentos en la producción de endorfinas, que a su vez comprometen el
funcionamiento inmune. Eli Seifter señala diversos modos específicos que tienen
los estresores para alentar el crecimiento de tumores: reducen el número de
células tumorales requeridas para establecer un tumor viral y aumentan la tasa de
crecimiento de algunos tumores, acortando los tiempos de supervivencia de los
ratones que soportan esos tumores”. Estas conclusiones se basan en los
resultados estadísticos de una gran variedad de estudios.
El estrés es el factor más importante en el fomento de tumores y de muchas
otras enfermedades. En efecto, de todas las maneras posibles, el simple hecho de
tener un tumor empeora las cosas. Seifter indica que cada una de las diversas
clases de estresores, ya sea físicos o psicológicos, tienen el mismo efecto:
“provocar un aumento multiplicado en el crecimiento del tumor, aumentando la
tasa de crecimiento de algunos tumores y acortando los tiempos de
sobrevivencia de los ratones portadores de ciertos tumores”. Por tanto, Seifter
cree que los estresores psicológicos contribuyen al crecimiento de tumores “de la
misma forma que lo hacen los estresores físicos”. Cuando se estresa a los ratones
con una inyección de compuestos tóxicos o de células tumorales, siempre que
sus vidas sean estables, las células permanecen locales y benignas, pero tan
pronto como su estructura psicológica se ve perturbada, los tumores crecen, se
extienden, hacen metástasis y el animal muere.
Sobrian ha encontrado que el estrés de una mujer embarazada baja su
función inmune durante el parto. Esto parece confirmar la probabilidad de que
una persona susceptible a los tumores y al cáncer, tenga sus orígenes en el
vientre materno. La inmunidad dañada puede mejorarse en un ambiente
amoroso. George F. Solomon, de la Universidad de Stanford, encontró que las
ratas y ratones a los que se les acariciaba, eran capaces de desarrollar más
anticuerpos y, por tanto, podían luchar mucho mejor contra la enfermedad que
aquellos a los que no acariciaron.
Como lo he hecho notar, acariciar y frotar a los animales, y sin duda también
a los organismos humanos, aumenta el funcionamiento inmune. La investigación
con pacientes con cáncer, en general ha mostrado que estos están fríos y rígidos,
con profundas necesidades de afecto que requieren ser cubiertas. Los padres de
enfermos de cáncer tienden a ser severos y poco afectivos. La falta de amor
puede ser fatal.
LA MENTE DEL SISTEMA INMUNE

La vacuna de la polio no puede decirle al virus de la polio: “¡Ah, sí, recuerdo tu


cara, ya nos habíamos encontrado antes!”, pero seguramente recuerda y responde
a la forma de ciertas configuraciones familiares al virus. Las células inmunes
disparadoras de endorfinas no dicen: “Aquí llega otro de los ataques de papá,
mejor apurémonos”, pero sin duda recuerdan y responden al mensaje de dolor
que inunda al cuerpo.
Que los estados psicológicos afectan el funcionamiento inmune, fue
bellamente demostrado por experimentos que informaron cómo la respuesta de
una persona a una ortiga venenosa puede estar determinada más por lo que la
persona espera y cree que va a suceder, que por el contagio inherente a la planta
ponzoñosa. Las personas que fueron expuestas a una planta no dañina, pero a
quienes se dijo que se trataba de una planta venenosa, efectivamente
desarrollaron una irritación semejante a la causada por la planta. Otros fueron
expuestos a la planta venenosa, pero les dijeron que no era maligna y no
desarrollaron una irritación comparable. El sistema inmune estaba respondiendo
a lo que estaba en la mente, en lugar de responder a una realidad objetiva. En
otras palabras: la mente es nuestra realidad primaria.
Apenas recientemente creíamos que el cerebro era guiado por los sistemas
corporales, más o menos en una sola dirección. Ahora sabemos que la
intercomunicación es total: los mensajes corren en ambas direcciones con igual
fuerza y efecto. El cerebro se informa inmediatamente de la intromisión de
fuerzas ajenas, ya se trate de células virales o de respuestas emocionales
traumáticas a sucesos psicológicos. Un ataque en forma de críticas, rechazo o
abuso tiene el mismo efecto final de un virus en el cerebro, o en el cuerpo. El
abuso psicológico es una fuerza alienígena en el sentido de que ya no permite al
sistema ser él mismo, o ser normal. Más bien, produce una dislocación de toda
clase de procesos fisiológicos, con el resultado de que la persona puede ser otra
vez ella misma hasta que finalmente logre integrar un abuso.
“Alienígena” significa simplemente que se trata de una fuerza no externa que
el sistema no puede absorber con facilidad. El abuso, por ejemplo, se trata como
un extraño no deseado. Para dejarlo más claro pongamos un ejemplo: un niño de
seis años escucha a sus padres discutiendo. Mira desde la ventana a su padre
cargando sus maletas en el coche y conduciéndolo lejos. Siente que nunca
volverá a ver a su padre. Su madre llega al cuarto para darle la noticia. Ella está
inconsolable, llora desgarradoramente, y le dice a su hijo: “Desde hoy, tú vas a
ser el hombre de la casa”. Para el niño es un trauma darse cuenta que ya no va a
seguir siendo un niño, que no va a tener a su padre, que no puede depender de su
madre y que no tiene a nadie a quien recurrir, o en quien apoyarse. En suma, ya
no puede ser él mismo: sus necesidades infantiles de un padre fuerte y estable
jamás serán satisfechas.
Sólo una pequeña parte de este hecho y su significado catastrófico se puede
integrar, el resto se expulsa de la conciencia y se guarda en un almacén límbico.
La parte no integrada no puede ser parte del yo (self), el organismo no la absorbe
nuevamente, sólo la aparta para después tratarla como algo alienado. El sistema
inmune tratará esa parte de sí mismo como ajena, y por esa causa más tarde
puede atacarla, y de ahí vendrán las enfermedades autoinmunes.
En la esclerosis múltiple las células inmunes atacan la capa de mielina que
cubre las células nerviosas hasta que llegan a producir serias disfunciones
motoras. El sentimiento real es tratado como un ejército invasor que debe
repelerse a toda costa. Mientras que los sentimientos reales permanezcan
alienados, el comportamiento basado en ellos tiene que ser irreal; si el
comportamiento fuera real, habría una inmediata agonía. Más tarde en la vida,
cuando el estrés sea demasiado, la persona puede adoptar creencias de que los
alienígenas están por invadir, y sí lo están, pero ella ha olvidado quiénes son los
alienígenas.
Uno de los aspectos más interesantes del sistema inmune es que parece muy
estructurado, al igual que el comportamiento externo. A menudo, el
comportamiento humano procede como si un self neurótico o uno irreal estuviera
actuando contra los intereses del self real. De forma análoga, el sistema inmune
tiene la tarea de diferenciar entre el “self real” y el “no self”. Debe ser capaz de
identificar las células extrañas como no self, y a las células endógenas como self.
Existen enfermedades, como la artritis reumatoide, que se conocen como
disfunciones autoinmunes en las que el sistema inmune comete el error de atacar
a sus propias células, como si fueran células extrañas.
El hecho es que el sistema debe aprender a distinguir entre proteínas que son
parte del cuerpo y las llamadas “proteínas no self”. Las proteínas son lo más
interesante, y como hemos supuesto, eso sugiere que hay una clase de memoria
celular que es crítica para la actuación efectiva del sistema inmune. Tener un
sentido de self no es algo que sólo ocurra en términos de la personalidad, es un
proceso del organismo que llega hasta abajo, a los niveles celulares básicos.
“Perderse” o “encontrarse” tiene que significar también una alteración en esos
procesos celulares básicos: esas células delicadas y microscópicas todo el tiempo
portan consigo al self, siempre que sus vidas sean estables en el self. Por eso
afirmo que en la psicoterapia no puedes “mejorar”, solamente puedes regresar a
ti mismo, porque cuando los pacientes rencuentran sus selfs profundos y
escondidos se dan cambios básicos en las células inmunes.
El cerebro y los sistemas inmunes son tan interactivos que cualquier clase de
daño o peso en uno de ellos, causará alteraciones inmediatas y anormalidades en
el otro. El sistema inmune está equipado para replicar muchas de las funciones
del cerebro: de algún modo es como un segundo sistema nervioso. Cuando las
endorfinas producidas por los linfocitos se inyectan en el cerebro de los ratones,
tienen un efecto tanto analgésico como tranquilizante.
El sistema inmune es capaz de producir sustancias que afectan el
procesamiento de las emociones y de los sentimientos, de modo que los
sentimientos no sólo afectan al sistema inmune, sino que son parte de él. Hay
pedazos de los sentimientos en esas células inmunes. Éste es el verdadero
significado de un padecimiento psicosomático: un estado emocional estresante
(traumático) puede alterar al cerebro y al funcionamiento inmune, alteración que
finalmente se traduce en enfermedad. En ese momento las células inmunes, la
mente y el cuerpo se encuentran como una sola unidad. La mente está en el
cuerpo y viceversa. ¿Dónde está la mente? Por dondequiera en el sistema.
Nada de esto es difícil de comprender si consideramos que en la vida animal
evolucionó una conciencia fuera de las células más primitivas. La conciencia
humana representa el conjunto más altamente desarrollado, complejo y
organizado de la vida celular. Mientras que el neocórtex se desarrolló como una
defensa contra la adversidad, en un nivel dio como resultado una tentativa para
comprender y dominar las fuerzas adversas, el sistema inmune se desarrolló
como una defensa contra la invasión del cuerpo por agentes extraños, parásitos y
microorganismos.
Mucho antes de que hubiera córtex existía un sistema inmune que operaba
como una conciencia primitiva. El sistema inmune se puede considerar como un
nivel de conciencia que se conforma de acuerdo con las leyes del
funcionamiento mente-cuerpo. Cuando la represión se establece en el cerebro,
también se asienta en el sistema inmune, por eso la represión psicológica se
ubica en el cerebro y también se asienta en el sistema inmune y es la causa de
que la represión psicológica también disminuya la efectividad inmune.
Una razón de que el córtex evolucionara fue para suprimir la sobrecarga de
estímulos dañinos o amenazantes. Yo creo que antes de que usáramos el córtex
para el pensamiento complejo, lo utilizamos como defensa. El nivel más alto de
funciones corticales es el de la inhibición. Se desarrolló y funcionó cuando la
organización baja era incapaz de hacerlo. Con el fin de sobrevivir, los
organismos tuvieron que hacerse “más conscientes” de los ambientes que
amenazaban a la vida. El sistema inmune proporcionó la clase de conciencia
celular, pero no siempre era lo mismo que su tarea. Por eso ciertos linfocitos del
sistema inmune reaccionan al estrés o a los invasores externos con propiedades
bioquímicas similares a aquéllas de las células nerviosas en el cerebro.
Considerando lo anterior, podemos ver al sistema inmune como un sistema
difuso, sensorial y periférico que trabaja en conjunción con el sistema nervioso
central, que es capaz de dar y recibir información hacia y desde el cerebro. Con
el tiempo, los dos sistemas se han comunicado tanto y tan fuertemente que se
han constituido como una sola red.
Una vez que hemos establecido que el funcionamiento del sistema inmune
está integrado con el funcionamiento del sistema nervioso central, de inmediato
podemos ver cómo el dolor impreso, ya sea emocional o psíquico, puede
hacernos simultáneamente inconscientes en ambos niveles: el cerebral y el
inmune.
EL SISTEMA INMUNE COMO CONCIENCIA

El sistema inmune es un sistema de conciencia que reconoce, codifica, recuerda


y responde. Cuando hay un nivel suficientemente alto de estrés, el sistema
inmune deja de funcionar y no reconoce, destruyendo a todos sus enemigos. En
concreto, el estrés trastorna la percepción del sistema inmune de la misma
manera que irrumpe en la percepción organizada por el córtex. Los sistemas
nerviosos inmune y central reconocen los estímulos y elaboran las respuestas
apropiadas, la diferencia es que el sistema inmune tarda mucho más en
reaccionar que el sistema nervioso, y sus células se mueven en torno al cuerpo,
mientras que las células del cerebro y del sistema nervioso central son
moderadamente estacionarias. Podemos condicionar al sistema inmune del
mismo modo que es posible condicionar al sistema nervioso. En general el
sistema inmune tiene un excelente sistema de memoria, pero el dolor parece
nublar la memoria, de modo que las células T dejan de ser capaces de reconocer
la rareza de un virus intruso y equivocadamente se les permite entrar al sistema.
Lo que hace el dolor impreso es producir cierta inconsciencia en los muchos
niveles de la conciencia, incluso en el nivel inmune, lo que significa que estas
células ya no son capaces de reconocer a sus enemigos, de ahí que el sistema
pueda atacarse a sí mismo. En el nivel menos dañino, el dolor impreso deja al
sistema inmune en un estado crónicamente suprimido, haciéndonos más
susceptibles a las infecciones y resfriados.
Tal parece que el sistema inmune atraviesa por la misma clase de crisis de
identidad que la que nosotros sufrimos psicológicamente, y a pesar de su
extraordinaria memoria a causa de millones de antígenos, de pronto se encuentra
indeciso debido al surgimiento del dolor psicológico. Durante esta amnesia, el
sistema no puede recordar qué le pasó anteriormente y, por tanto, pierde la
memoria que le permitiría combatir la enfermedad. Conforme el número de
células disminuye a causa de los impresos dolorosos, aquéllas que permanecen
también parecen “quedar sin energía”, ya no elaboran clones de ellas mismas
para detener a los invasores, por tanto, el ejército inmune queda agotado y no
puede pelear.
Para las células del sistema inmune —que son naturalmente asesinas— es
muy importante mantener su vigor. Ahora poseemos conocimientos suficientes
(incluida nuestra investigación) para mostrar que el dolor y el estrés alteran
significativamente la efectividad de estas células, y nos queda muy poca duda de
que un vigoroso sistema natural asesino puede evitar el desarrollo del cáncer en
los humanos, por eso es tan importante que comprendamos las relaciones entre
los estados psicológicos y el sistema inmune. Decir que el cáncer puede deberse
a una actividad insuficiente de las células destructoras pasa por alto un hecho
vital: que el descenso de la actividad es un reflejo de qué tan temprano y cuánto
dolor se ha suprimido.
Aun si fuéramos capaces de “curar” un cáncer inyectándole poderosos
elementos del sistema inmune, por ejemplo el interferón o interleukin 11, no
podríamos asumir que la causa del cáncer era orgánica, genética o si se trataba
de la insuficiencia de esos elementos, esto equivaldría a la misma lógica que
expresa que porque las aspirinas curan el dolor de cabeza, la causa de los dolores
de cabeza se debe a que hay insuficiencia de aspirina.
En diversas ocasiones he notado que inhibir las endorfinas es una terapia útil
contra el cáncer en animales. Sin embargo, esto no significa que el aumento de
endorfinas sea la causa del cáncer. En primer lugar debemos preguntarnos por
qué aumentan las endorfinas. En cuanto hayamos comprendido que éstas son
secretadas en forma proporcional al dolor, el cuadro total se hace más claro.
Los pacientes quemados a quienes se les transplanta piel, a menudo reciben drogas con el fin de evitar el
rechazo del fenómeno (recordemos que en el trasplante se usan tejidos ajenos para suprimir la reacción
inmune). Aquellos que son sometidos a una terapia de inmunosupresión a largo plazo, están mucho más
propensos a ciertas clases específicas de cáncer. Un virus común que normalmente sería atacado por estas
células, al final podría acabar como un tumor o un cáncer. Ésa es la manera que tenemos para saber que un
sistema inmune competente puede servir como un preventivo contra el cáncer (en particular, al protegernos
contra tumores inducidos viralmente).
La clase de persona que es más propensa al cáncer es aquélla que tuvo un
nacimiento traumático —generalmente de la variedad parasimpática—, seguido
por una profunda depresión que se formó a partir de una infancia carente de
amor. El individuo más reprimido y que tiene más posibilidades de enfermar es
el que tiene todo guardado dentro de sí, que no se da alternativas de acción, y
está muy atento en su aspecto exterior y en su punto de vista moral.
El profesor Marvin Stein, de la Escuela de Medicina Monte Sinaí, en Nueva
York, ha demostrado claramente que los pacientes deprimidos tienen un sistema
de linfocitos menos eficiente. Esta clase de personas tienden a ser muy inhibidas,
en exceso moralistas y limitadas en el aspecto mental, de modo que literalmente
no pueden encontrar un modo de escapar de sus problemas. Se retiran en sí
mismos, lejos de la gente, aumentando con ello su depresión y su susceptibilidad
a un cáncer posterior.
K. Achte ha encontrado que la persona “cerrada” sufre los cánceres más
avanzados. En un estudio de la Universidad de Helsinki, en 1966, encontró que
aquellos que sufrían más eran los que no querían saber la verdad acerca de su
condición, y más bien tendían a reprimirla aun cuando estaban informados de
ella. Claramente, la represión es carcinogénica.
LA SOLEDAD LETAL

George Solomon sostiene que “Hemos regresado en un círculo a la medicina


clínica”. Si ciertos efectos emocionales dañinos (como la ansiedad, la aflicción,
la depresión y la soledad) son inmunosupresores (suprimen la respuesta inmune),
entonces salta a la razón que “de cualquier intervención psicoterapéutica que se
haga para obtener un estado mental libre de estrés, podemos esperar que mejore
la función inmune”
La soledad es, con toda claridad, un sentimiento que se puede traducir en una
enfermedad del sistema inmune. Las personas que califican alto en la escala de
soledad también tienen altos niveles de la hormona del estrés, así como bajos
niveles de linfocitos. Sin embargo, la clase de soledad que es realmente dañina
no es la soledad de quien extraña a alguien a la edad de treinta y dos años. Es
una soledad catastrófica que se establece como una huella impresa en las
primeras horas de nuestra vida. Un niño al que se le retira de su madre en sus
primeras horas de vida, también sufre de una soledad catastrófica. La alienación
y la soledad no son un sentimiento singular o unitario, pero las encontramos
junto a muchos otros sentimientos, excepto en el sentimiento de terror.
Como vimos en el capítulo anterior, es posible mejorar los niveles de
linfocitos por medio de la terapia primal. Otras técnicas han tratado de efectuar
cambios similares, pero en el mejor de los casos los resultados parecen ser
transitorios. Carl y Stephanie Simonton han desarrollado una técnica de
imaginería guiada empleada en el tratamiento de pacientes con cáncer. Exhortan
a los enfermos a visualizar las células inmunes rodeando a las células del cáncer.
Obviamente se están dirigiendo con su imaginería a los centros bajos del
cerebro, lo que parece tener un efecto temporal sobre el hipotálamo y en el
sistema inmune.
En estudios similares, Nicholas R. Hall, de la Universidad George
Washington, en el Centro Médico Universitario, encontró que es posible
aumentar el número de linfocitos circulando en la sangre. Es interesante saber
que tan pronto el paciente deja de practicar su imaginería, hay una declinación
en el número de los linfocitos circulantes. La idea es que con el tiempo,
empleando controles positivos, se puedan anular los controles de la
retroalimentación neuroendocrina que conduce a procesos patológicos.
Yo francamente no creo en esto. Pienso que en la actualidad existe la
suficiente investigación que indica que el dolor y la represión son elementos
centrales en los cambios en el sistema inmune. Considero que el sistema inmune
interviene en algunos cánceres y en otras enfermedades catastróficas y que,
finalmente, uno se debe dirigir a las fuentes generadoras de todas estas
alteraciones con el fin de cambiar las posibilidades de la enfermedad.
Hall cree que el pensamiento positivo y sobreponerse a las emociones
negativas pueden lograr que la persona se sienta bien. Antes que nada, no estoy
seguro de que existan emociones positivas y negativas. Creo que son emociones
y punto. Las cuales existen a causa de las experiencias reales en la historia de
cada uno. Son las extensiones lógicas de ciertos sucesos, de modo que uno no
tiene que decidir entre tener una emoción negativa o positiva. No creo que en el
presente haya una fuerza suficientemente poderosa para sobrepasar esta historia.
Es más, nuestras mediciones indican que las fuerzas actuales casi nunca igualan
a las de los impresos pasados. Creer que a través de una variedad de
estratagemas, técnicas o mecanismos especiales podemos combatir
enfermedades serias, es solamente un pensamiento mágico. Es la apoteosis de
una aproximación ahistórica y no dialéctica que no ve los síntomas como el
resultado inevitable del conflicto interno. Las actuales manipulaciones de
cualquier clase de experiencias, no toman en cuenta los años y más años de
experiencia que se invirtieron en la elaboración de esa enfermedad.
También es posible que el elemento de esperanza en todas estas terapias sea
efectivo durante algún tiempo, ya se trate de la esperanza que da la religión, las
ideas místicas, la filosofía, la imaginería dirigida y, sí, también las psicoterapias.
Todo eso galvaniza las endorfinas permitiendo un alivio temporal.
La práctica de imaginar pequeños ángeles que están martillando sobre el
cáncer puede ser efectiva a causa de la esperanza involucrada, y por ser el
resultado de un proceso imaginativo que representa la esperanza que está
luchando contra la desesperanza y la desesperación. Probablemente ésa es la
causa de que quienes están más dispuestos y determinados a sobreponerse a su
cáncer, tienen una mejor oportunidad de lograrlo. No pienso que esta
aproximación sea muy duradera. Ellos están luchando contra una monumental
ola de soledad, derrota, terror, alienación y frustración: todos estos son
sentimientos que exigen expresión.
Síntomas como ansiedad, fobia, obsesiones, alta presión sanguínea y colitis
son signos de alarma. Apuntan a los asuntos no terminados que hablan de
necesidades insatisfechas y penas ocultas. Removerlas artificialmente es
privarlas de un sistema de señales de advertencia que hay que tener en cuenta.
No pasará mucho tiempo antes de que el sistema encuentre otra alarma que tocar.
Estos signos son críticos en la economía psicológica del individuo porque están
advirtiendo la ausencia de un vínculo faltante, se trata de algo que necesitamos
para volvernos normales y saludables. Algo extraño es que los síntomas sirven
como advertencias para la salud, y sí lo son.
No quiero tomar una posición innecesariamente negativa hacia la gente que
padece cáncer y tiene esperanza, porque pienso que la esperanza, en la vía corta,
ayuda a sobreponerse a algunas clases de cáncer. Joan Borysenko, de la Escuela
Médica de Harvard, encontró que esos pacientes con cáncer hacen su mejor
esfuerzo para mantener un alto grado de esperanza, convencidos de que se
recuperarán, de modo que luchan contra el cáncer haciendo todo lo que pueden,
a diferencia de aquellos que se entregan a la desesperación y a la indefensión.
Pero pienso que la desesperación y la indefensión son realmente características
en las personas que desarrollan cáncer. Un sentimiento de indefensión no sólo
cuenta por el hecho de que el paciente no sobrevive, sino que puede contar, en
primer lugar, para el comienzo de la enfermedad.
Es posible “comprar tiempo” con ciertas técnicas dedicadas a hacer cambios
en el sistema inmune. Eso parece evidente, pero si recordamos que —incluso
con choques eléctricos masivos— con el tiempo no producimos cambios en la
memoria impresa; aunque sería posible siempre que hagamos lo necesario para
cambiar la memoira impresa aunque sea en una fracción. Yo creo que realzar el
estado de autodecepción (diciendo “estoy feliz” cuando realmente me siento
triste, o decir “estoy calmado”, cuando en realidad estoy enojado) finalmente
ayuda a las fuerzas de la represión. Ahora sabemos lo que produce eso. No
podemos engañar fácilmente a nuestra fisiología, porque al final acabaremos
abatidos por nuestra realidad.
LA REPRESIÓN COMO ENFERMEDAD FATAL

Un claro ejemplo de la represión del dolor en una enfermedad catastrófica, es el


de una mujer sicótica que me fue referida por un hospital. Parecía que estaba
teniendo continuas experiencias de nacimiento en el hospital, sin estar
consciente de ellas. Esto incluía verla en posición fetal, con muchas posiciones
infantiles, con incapacidad de verbalizar, etc. No la podíamos aceptar (porque no
disponíamos de espacio para los pacientes internos), así que la referimos a un
hospital psiquiátrico donde durante muchos meses le dieron dosis masivas de
tranquilizantes (hasta 600 miligramos al día de tioridazina).
Después de un año la mujer desarrolló cáncer, y cuatro meses después murió.
En mi opinión, las razones de su muerte fueron: la falta de amor, un terrible
aislamiento, años de depresiónn y soledad. El tiempo que estuvo fue una gran
agonía, estaba mentalmente enferma, pero cuando la agonía fue reprimida de
forma química, ella murió a causa de esa represión que tomó la forma de un
cáncer. Le quitaron el sufrimiento y le ofrecieron la muerte a cambio. Mientras
ella podía sufrir agudamente, logró sobrevivir. La mujer simplemente —o de
manera no tan simple— canjeó la psicosis mental por la psicosis celular (el
cáncer). ¿Podría ayudar una actitud positiva? Hay al menos dos escuelas de
pensamiento acerca de esta cuestión. Investigadores de la Escuela de Medicina,
en la Universidad de Pittsburg, estudiaron a setenta y cinco mujeres con cáncer
de mama. Esas pacientes que eran apáticas, letárgicas y carecían de vigor, tenían
un pronóstico pobre. Las que de forma manifiesta estaban más angustiadas por la
enormidad de su enfermedad, mantenían un alto nivel de células predadoras que
con el tiempo bajaron su nivel de ansiedad. Al principio se veían calmadas y
bien ajustadas, parecía que no se enfocaban en la enfermedad ni hablaban de
ella; mientras que a aquéllas que “incondicionalmente negaban su enfermedad”,
no les fue tan bien. Los investigadores concluyeron que esa actitud rebelde no
les ayudó en absoluto.
Científicos de Yale y de la Universidad de California, en San Francisco,
estudiaron la aproximación valiente. Encontraron que los pacientes “valientes” o
“rebeldes”, en realidad tuvieron una más baja actividad en las células
naturalmente asesinas. Al parecer, sentirse rabiosos contra la muerte hizo que
adoptaran, al menos al principio, una actitud más adecuada. La respuesta a la
enfermedad catastrófica no se va a encontrar solamente en las células, se
encontrará en el portador de esas células. Es muy difícil encontrar soledad y
desesperación en una sola célula. Sin embargo, de algún modo la desesperación
y la soledad están ubicadas ahí, pero las células sólo reflejan la totalidad
individual. Si no conocemos la historia de esa persona, ningún análisis celular
nos dará una respuesta. El estrés, la desesperación, la futilidad y la soledad no
siempre son obvias para un observador. Hay algunas personas que están
inconscientes del todo, porque automáticamente se ocultan. Pueden negar el
estrés que cada uno lleva consigo aun cuando se les señale. El estrés es como
una tinta ocultadora. La carga que portamos nos dobla, pero las endorfinas
nublan nuestra visión, de modo que no vemos nada. La paradoja es que aun
cuando uno se está “muriendo de eso”, nadie puede ver lo que es “eso”.
MIDIENDO LOS EFECTOS DEL TRAUMA TEMPRANO

¿Podría ser verdad que los traumas muy tempranos son tan importantes en el
desarrollo de un padecimiento serio? Después de que los pacientes han revivido
esos eventos tempranos, hemos revisado todo tipo de enfermedades graves. Esto
es cierto tanto en las esferas mentales como en las psicológicas, por eso, cuando
alteramos la personalidad en nuestras terapias también alteramos la
susceptibilidad a la enfermedad. A causa de una variedad de enfermedades,
muchos pacientes previamente han visto a toda clase de especialistas. Cada
especialista trató un diferente síntoma como si se tratara de una enfermedad
distinta, cada uno sin conocer la fuente subyacente del problema. En realidad
estaban tratando de atrapar al impreso.

No soy tan fuerte para soportar los remedios; lo único que puedo
hacer es soportar la enfermedad.
MOLIÈRE
__________
1 E. Hoffman y L. Golstein, “Hemispheric Quantitative Eeg Changes Following Emotional Reactions, Acta
Psychiatrica Scandinavica, Fall 1080. Erik Hoffman, “The Significance of the Right Cerebral Hemisphere
Hiperemotional Activity Measured by Quantitative Eeg”, Tercer Congreso Mundial de Psiquiatría
Biológica, Estocolmo, 28 de junio-3 de julio de 1981.
2 M. Gardiner, “Differences Between Eegs Recorded From Individuals at Differente Time Points During a
Psychoogical Treatment”, Conferencia sobre Funciones del Cerebro Humano, informe B19, 42, 1976, pp.
86-102.
3 Steven Rose y Sean Murphy, “Psicoterapia e imipramina ligadas con las plaquetas sanguíneas”, Grupo de
Investigación sobre el Cerebro, Universidad Abierta Milton Keynes, Reino Unido.
XII. La enfermedad como grito silencioso

DISCUSIÓN

La infelicidad es letal. La angustia psicológica es mortal. El dolor oculto y el


sufrimiento inconsciente, son asesinos. ¿Por qué nos enfermamos? ¿Por qué
estamos enfermos y no lo sabemos? Actualmente consideramos a la neurosis
como la clave de la enfermedad. Tiene tantas manifestaciones, que parece
abarcar docenas de enfermedades. Es la más intangible e insidiosa de las
enfermedades porque no tiene una localización única, ningún enfoque, ningún
olor, ni una mirada ni una estructura obvia; y para hacer peores las cosas, la
persona no está advertida de su enfermedad, y cuando se le confronta con esa
posibilidad, niega su existencia. Sin embargo, una vez que la neurosis se
establece sólo es cosa de tiempo para que aparezcan los síntomas, ya sean físicos
o mentales.
Mientras más escondida esté esta enfermedad, mayor es su daño: el más
arcano y, por tanto, el más increíble de los hechos —como aquellos que ocurren
cerca del nacimiento— tienden a hacer el mayor daño porque están cayendo en
un cerebro ingenuo y vulnerable. Esos hechos son la causa de que en muchas
enfermedades catastróficas, como en el cáncer, el trauma que los origina es tan
grande, que parece estar más allá de la lógica.
Es diabólico e injusto que aquello que nos hace sufrir más, generalmente sea
lo más difícil de localizar. El proceso de tratamiento es difícil a causa de que no
llega a la verdad de la condición. La conexión entre un trauma pasado y la
enfermedad actual reside sólo en el paciente, no en la mente de un experto. En
efecto, la verdad está constantemente tratando de expresarse en todo lo
relacionado con nosotros, sólo para ser golpeada por la pesada mano de la
represión. Recordemos que el sistema represivo ha sido perfeccionado a lo largo
de millones de años. Hasta el humilde gusano terrestre posee mecanismos de
represión (al producir endorfinas). Necesitamos a la inconsciencia para mantener
a la sociedad en marcha, así como requerimos un adecuado sistema social para
mantener al inconsciente en marcha. Ésta es la prevalente inconsciencia que
finalmente será nuestra reparación: el legado de las perfectas endorfinas y de los
sistemas de bloqueo que servirán para borrarnos de la tierra.
El cuerpo no miente ni exagera. Es el tabernáculo de la verdad. Los
recuerdos del cuerpo no son aproximados, son precisos, como lo es el daño que
provocan. Los gritos del cuerpo son acallados por el síntoma que absorbe la
energía del trauma, lo filtra y lo purifica. ¿Cuánta gente es tratada por
hipertensión, enfermedad que es, por ejemplo, un asesino silencioso sin
referencia a su historia? En nuestra investigación hemos visto qué tan impreso
está el dolor que tiene relación directa con los niveles de la presión sanguínea.
Si no hacemos un recuento de la historia personal, es muy fácil desviarse en
el diagnóstico y el tratamiento. El paciente será tratado como una entidad
ahistórica que tiene éste o aquel síntoma, ya sea de migraña o de compulsiones y,
por tanto, fuera de contexto, sin raíces antecedentes.
Todavía existe la tendencia a confundir los síntomas con la enfermedad. De
ahí que la supresión de los síntomas se tome como equivalente de la cura, porque
esconde el síntoma e imagina que la enfermedad ya no existe. En nuestra terapia,
cuando transformamos un síntoma en su realidad, desde su silencio hasta los
gritos, vemos cuál es el rol que está jugando el dolor en la enfermedad. El
achaque, repito, es la neurosis.
Claramente, los síntomas tienen su propia realidad y así deben atenderse. El
problema es que los especialistas se hacen expertos en las minucias detalladas de
las afecciones específicas. Aprenden más y más acerca del síntoma y menos de
sus orígenes y de los humanos que tienen los síntomas.
Irónicamente, un tratamiento efectivo de la aparente enfermedad puede
acortar nuestra vida, porque la traición de la neurosis es lo que nos anula. Por
ejemplo, tenemos una más baja presión, pero también hay un aumento de presión
en alguna otra parte. El doctor que está tratando la enfermedad en busca de un
producto final de algo que quizá empezó a la edad de seis meses, ahora se ve
confrontado por un paciente de cuarenta años, enfermo, cuya causa reposa en las
“antípodas de su inconsciente”. Esa inconsciencia lo conduce hacia una silente
pero continua descarga de energía. El paciente entonces se hace pruebas de
sangre y el examen de varias células, en una tentativa para comprender su
enfermedad, cuando de hecho hay fuerzas históricas ocultas que ya han
deformado sus células desde hace muchos años. Peor aún, la represión ha hecho
que se olviden los traumas tempranos. Así que tememos unas células deformadas
que han sido alteradas por hechos que no se pueden recordar ni reconocer.
El doctor está en desventaja, puede ver la hipertensión que está frente a él,
pero no puede ver al niño de seis meses llorando en la cuna, solo y aterrorizado;
ni a un niño de cinco años que está todo “arrollado” por unos padres críticos y
tiránicos. En un sentido, el doctor no está solo, pues el mismo el paciente
tampoco puede verse a sí mismo como un niño. Aun si esos traumas tempranos
fueran reconocidos, sería difícil para un especialista comprender que han
permanecido en el sistema durante décadas y totalmente sin cambios.
Como si esto no fuera suficiente, los traumas de los que he hablado pueden
no ser sucesos tan traumáticos, es más, a menudo no lo son. Se trata de una falta
de afecto un día sí y otro no, o se trata de una madre constantemente tensa y un
padre enojado. Con los años, hay pequeños sucesos que después se acumulan
como traumas mayores. ¿Tuviste una infancia feliz?, pregunta el doctor. A
menudo el paciente reprimido responde de forma afirmativa. Consideremos, por
tanto, la tarea monumental que enfrenta el doctor, pues ya tiene suficiente trabajo
al tratar con el síntoma. Él o ella estarán felices, porque al menos lo ven
desaparecer. Imagínense lo que significa todo el trabajo invertido en tratar al
individuo como totalidad. Peor aún, al tratarlo con todo y su historia completa.
LA UNIDAD DEL DOLOR Y EL SÍNTOMA

Consideremos que el dolor forma una unidad con sus síntomas, obviamente es
un error retirar al síntoma de su contexto histórico. Ahora consideremos el
suicidio en adolescentes: uno puede investigar toda clase de procesos
sociológicos actuales que explican el aumento en la tasa de suicidios, pero hay
evidencias recientes que indican que un nacimiento en el cual un niño estuvo
muy cerca de la muerte, es uno de los indicadores clave de posteriores tentativas
de suicidio. En la revista científica Lancet se han publicado investigaciones en
las que se encontraron frecuentes relaciones entre el suicidio de adolescentes y el
estrés respiratorio, que se sufrió durante más de una hora al nacer.
También se menciona la ausencia de un cuidado prenatal adecuado. Esta
clase de investigaciones habría sido impensable hace pocos años. Sin embargo,
es exactamente lo que se necesita para atender las complejidades médicas. De
ningún modo estoy en contra del tratamiento que se hace a las enfermedades en
los centros especiales de atención, donde podemos recibir apoyo para luchar
contra la adicción a drogas o al alcoholismo; la ayuda profesional también ayuda
a enfrentar los problemas cotidianos. Debemos controlar nuestra dieta para
reducir la hipertensión, y usar drogas para controlar sus fluctuaciones. Pero éstas
son tareas si fin: sacudir la historia no es lo mismo que resolverla.
Cada vez es mayor el número de pacientes con cáncer de mama, cuyos
padres se divorciaron antes de que ellas cumplieran quince años, lo dicen las
estadísticas, pero pensemos en las implicaciones que ello tiene. Primero, algo
sucedió fuera de la persona para predisponerla a una potencial enfermedad fatal.
Segundo, ese hecho persiste en el sistema como si fuera el invitado menos
bienvenido, aunque no haga ruido ni cause algún problema. Tercero, su estancia
podría ser letal. La cuestión es, ¿cuál es el proceso en el que dos padres pelean y
finalmente, quizá dentro de una década o dos, su separación se traduce en un
tumor en el pecho de su hija? La primera implicación está clara. Algo que
sucede fuera de nosotros se las arregla para trasladarse dentro, para cambiar
nuestra fisiología lo suficiente para poco tiempo después enfermarnos. No sólo
enfermarnos, sino que enfermarnos lo suficiente para morir. En suma, el divorcio
de los padres puede matar.
Implicación número dos: se trata de una experiencia psicológica que se
registra en las células (y también en el cerebro), lo cual, a causa de tal recuerdo,
en algún momento se transforma en una malignidad. La necesidad de
estabilidad, confianza y seguridad ha sido sacudida en una joven. La chica puede
tratar de “sobreponerse”, pero sin importar lo mucho que lo intente, aunque
llegue a creer que lo ha logrado, el cuerpo nunca se sobrepondrá. Un día
encontrará un bulto en su pecho. Traten de convencerla que la causa es el
divorcio de sus padres, hecho que sucedió diez años atrás.
LA PRESIÓN DEL IMPRESO

El neurótico está bajo acecho, el ataque se debe a un recuerdo doloroso y


enajenante que trata de entrar a su conciencia. En una paradoja extraña, la
conciencia, el más alto logro de la humanidad, se convierte en un enemigo. Toda
la vida del neurótico transcurre tratando de mantenerse inconsciente, aun cuando
esté expandiendo su capacidad de percatación. Por cierto, algunas personas de
las más eruditas, son las más inconscientes. Su extenso conocimiento lo emplean
al servicio de la represión. No es de asombrar que cuando la conciencia se acerca
a los pacientes para desarrollar fiebre y una alta presión sanguínea, está tratando
de combatir la enfermedad “de sentir” con una infección. La fiebre ayuda
enviando células sanguíneas blancas al sitio. En la neurosis, el cuerpo trata a la
conciencia como si fuera un virus, como si fuera el enemigo, porque en la
infancia sí lo era. La conciencia, por tanto, es la medicina específica para una
gran variedad de enfermedades, mientras que la inconsciencia es el elemento
esencial de la enfermedad. Desde el distrés cardiaco a la hipertensión, de las
hemorroides a la diabetes, de la colitis a la migraña, la enfermedad responde a la
conciencia y, en efecto, recibe tratamiento por medio de ella.
La tarea de sentir los sentimientos nos acerca a la conciencia que libera a la
memoria y amplía su poder de percatación. En el vehículo del tiempo, conduce a
los sentimientos que regresan al pasado, libera al presente y abre las puertas de
acceso al inconsciente. Dudo seriamente que una porción significativa de las
enfermedades más graves se manifiesten sin un sustrato de sentimientos
reprimidos. No hay sustituto para la conciencia. Cuando sufrimos, es tentador
querer mejorar de inmediato, por eso probamos con la hipnosis (la antítesis de la
conciencia) como cura para dejar de fumar, beber o para alguna enfermedad
física.
Hemos llegado a aceptar el alivio como si fuera lo mismo que la cura,
cuando realmente no lo es. Acudimos a la magia: a esta píldora o a aquélla, esta
cura instantánea o esta vitamina o aquélla; a tal seminario o ese retiro de fin de
semana, a la conferencia o al grupo de confrontación. Tomamos litio como una
panacea para nuestra depresión sin preguntanos “por qué esta depresión”. Dado
que la respuesta es tan remota, la mayoría de la gente prefiere no hacerse la
pregunta. Fuera de una desesperanza básica, la esperanza nos salpica con fuerzas
eternas y nos obliga a encontrar algo en donde poner nuestra fe. Ya sea en una
dieta macrobiótica o en un gurú.
Para asegurarnos: se trata de una gran distancia entre el padre que deja el
hogar, cuando el niño tiene dos años, y tres décadas después surge la artritis en
esa misma persona. La laguna entre fumar en cadena, a los cuarenta, y quedarse
encerrado en su cuarto repetidamente a la edad de cuatro años es tan grande,
como invitar al ridículo, si tal conexión fuera la única implicada. Sin embargo,
por fortuna los expertos no tienen que hacer la conexión; y si se dan las
circunstancias correctas, los pacientes la harán en su lugar. Cuando un grupo de
pacientes con las mismas, o similares, enfermedades reviven traumas específicos
y se recuperan de su enfermedad, se hace evidente la conexión entre la historia
pasada y el síntoma actual.
LA CONSPIRACIÓN SILENCIOSA ACERCA DE NUESTRO DOLOR

Parece existir una conspiración silenciosa acerca de nuestra neurosis. La mitad


de los anuncios en la televisión están vendiendo calmantes del dolor. Nadie se
atreve a decirle al público: “Estás sufriendo dolor”, simplemente se asume que
es algo implícito, anunciado a “sotto voce”. Los calmantes son para el dolor de
cabeza, el distrés en el estómago o dolores de espalda; pero el hecho simple es
que muchos de nosotros estamos lastimados o adoloridos y no sabemos cómo
llamar a nuestro dolor. Ni siquiera le tenemos un nombre. ¿Cómo llamar al dolor
infringido por una madre que todo el tiempo estaba deprimida, o a un padre que
era impaciente y demandante?
El dolor es una clase de “absoluto” en estos días. Nuestros dolores, que
yacen en la profundidad, suben a la superficie, y aunque encuentran diferentes
canales para expresarse —desde la ansiedad a las fobias, de la migraña a los
problemas estomacales—, el tratamiento siempre es el mismo: calmantes y
tranquilizantes, del alcohol al Valium, finalmente todos son “sólo calmantes”.
Porque el dolor es parte del cuerpo, nos estamos matando lentamente, estamos
tratando con una dis ease (es fácil), pero no con una disease (enfermedad).
EL PAPEL DE LA TERAPIA PRIMAL

¿Acaso todos necesitamos terapia? ¿Sólo la terapia primal puede deshacer todo
esto? Claramente he insistido en que el dolor es la base de la neurosis, la que a
su vez alimenta a una multitud de enfermedades. Cualquier terapia que sea
efectiva, debe dirigirse a las bases de ésta tan extendida enfermedad, y debe
hacerlo de manera sistemática, dolor por dolor, en un orden en reversa, que es el
modo en que el dolor original fue colocado. El más reciente y fácilmente
experimentado por primera vez y el último, el más remoto y catastrófico.
No todos pueden hacer terapia primal. No todos la necesitan ni quieren
hacerla. Hay una vasta población que “la está haciendo”. Son personas
saludables que se pueden adaptar a sus entornos. Lloran con un amigo cercano
cuando la necesidad que surge es importante. Tienen un hombro cálido dispuesto
para quien lo requiera. De tiempo en tiempo, todos necesitamos expresar cómo
nos sentimos, aun si no estamos reviviendo una vieja experiencia o
retorciéndonos de dolor en el suelo. Necesitamos hablar de nuestros
sentimientos, resentimientos, heridas y humillaciones. Si nos aislamos hasta no
tener amigos con quienes hablar, estamos peor aún. Por desgracia, aquellos que
están necesitando todo esto, en general son los que emocionalmente se han
separado de los otros y tienen muy pocos contactos.
Es importante “dejarse ir” de tiempo en tiempo. Si uno no puede llorar, con
sólo gritar podemos hacer surgir las lágrimas enterradas. El neurótico realmente
sólo tiene dos opciones: una es sentir y conectarse con sus impresos (huellas)
pasados, y segundo, puede descargar la energía de esos sentimientos que no
estaban apropiadamente conectados. Lo primero es resolver, lo segundo es
mejorar. Ambas actitudes son mucho mejores que la represión continua.
La terapia primal es una vía para recapturar sentimientos. Hay otras opciones
naturales como sentir los traumas de nuestra vida: cuándo ocurrieron, cuándo el
trauma es muy grande o cuándo la sociedad hace del sentimiento algo oprobioso.
Entonces mi terapia puede ser útil.
La gente puede sentir sin la terapia y sin duda lo hizo hace mucho, antes de
que la terapia existiera. Hemos sido forzados a inventar técnicas para arraigar los
sentimientos, únicamente porque los sistemas defensivos se han vuelto
laberínticos. Si no lo fueran, cualquier amigo podría arraigarlos. Se supone que
nosotros lloramos cuando estamos tristes, y actuamos sobre la situación cuando
estamos enojados. Estamos equipados para eso.
El sistema represivo es el respaldo que se hace cargo cuando no podemos
actuar naturalmente. Está a cargo de retener nuestros sentimientos naturales. No
es que nosotros estemos actuando de un modo no natural o irreal; somos no
naturales en el nivel más fundamental. Ser no natural y actuar en contra de
nuestra naturaleza biológica nos conduce hacia la enfermedad. Al restaurar
nuestras lágrimas, restauramos la habilidad del sistema para restaurarse a sí
mismo.
No hay un atajo y ningún camino fácil, y pienso que me gustaría poder
ofrecérselos. Creo que la única contribución de la terapia primal es ofrecer
acceso a las capas más profundas del inconsciente, que de otra manera serían
inalcanzables. Aunque Freud postuló las fuerzas inconscientes, no pudo
especificar lo que eran ni encontró un método para penetrar hacia abajo, a los
más profundos niveles. Esto lo hizo parcialmente porque él creía en un
inconsciente intemporal e inmutable que no se derivaba de la experiencia vivida,
sino de una caverna genética subterránea, él pensó que era mejor dejarla sola,
suprimida o controlada.
Así, para Freud y sus seguidores, el más liberador de los factores, el
inconsciente, se convirtió en un anatema que debía evitarse, a menos que la
persona se desintegrara o de algún modo perdiera su cohesión integral.
Regresando medio siglo atrás: ellos no tenían ni idea de cómo integrar las
fuerzas devastadoras inconscientes, porque pensaban que eran como una especie
de demonios psicológicos que nunca se podrían comprender. Ahora sabemos de
una manera dialéctica, que cuando se hace consciente a lo inconsciente,
establecemos las bases para la curación. Aunque la conciencia es el antídoto para
enfermedades serias, la inconsciencia era también un antídoto en nuestras vidas
tempranas, cuando demasiado dolor podía resultar letal.
NATURALEZA VERSUS NUTRICIÓN: EL PAPEL DE LA HERENCIA EN LA ENFERMEDAD

El legado de la represión nos dice que debemos morir a causa de nuestros


propios mecanismos de supervivencia. Esto se debe a que esos mecanismos
están diseñados para la supervivencia de las especies y no para la del individuo.
El argumento acerca de lo que es natural o genético y lo que es resultado de
nuestras condiciones sociales, desde tiempo inmemorial ha causado enojo y
rabia, sobre todo desde una perspectiva filosófica. El tener acceso a lo que
acontece en el vientre materno nos permite clarificar por primera vez, desde una
perspectiva biológica, algunos de estos dilemas. Hasta hace poco pensábamos
que los hechos que van dando forma a la vida comenzaron cuando nacimos, y
atribuíamos todo el resto a la herencia. Ahora vemos que los hechos más críticos
y poderosos que van dando forma a la vida, tienen lugar aun antes del
nacimiento, y lo que antes pensábamos que era hereditario puede, en efecto, ser
el resultado de esos sucesos que tuvieron lugar en el vientre.
Así, si un niño es de talla pequeña para su edad (algo que solíamos explicar
observando hacia atrás, a los abuelos y a los bisabuelos), ahora sabemos que
puede ser el resultado de una madre fumadora. Un niño hiperquinético puede
estar actuando como su padre lo hizo cuando era niño, llegando a suponer que él
es como “un chip en el viejo bloque” familiar. Sin embargo, en realidad, el
mismo trauma de nacimiento puede haber galvanizado el sistema del niño,
dejándolo en la hiperquinesia.
Esto no pretende negar los efectos de la herencia. El solo acto de que
miremos a nuestra madre o nuestro padre, de ver que tenemos la misma nariz,
ojos y color de cabello, es una clara evidencia; no hay razones de por qué la
naturaleza deba detenerse ahí. También podemos heredar las tendencias hacia
una enfermedad del corazón, hipotiroidismo, migraña o alta presión sanguínea.
Nos parezca o no, el que se manifiesten las tendencias de la enfermedad, a
menudo depende del impreso. Es claro que, aun con tendencias heredadas y en el
caso de que la vida no sea muy agresiva, puede suceder que jamás vamos a ser
afectados por la enfermedad. Sin embargo, cuando el cuerpo esté bajo estrés va a
reaccionar donde es más vulnerable. Así que una tendencia hereditaria hacia
problemas estomacales, cuando se trata de una persona que está bajo un continuo
estrés, conducirá a úlceras en el estómago.
En general podemos decir, desde nuestra propia experiencia, que hemos
puesto en reversa un gran número de enfermedades mediante revivir procesos de
la terapia, y que aunque algunas de esas enfermedades se pensaba que eran
hereditarias, en sentido estricto no lo eran, aun cuando derivaran de hechos que
nunca antes consideramos como tributarios: por ejemplo, la vida que transcurrió
en el vientre. Esto podría incluir enfermedades mentales como la esquizofrenia y
la depresión maníaca.
Un buen número de estudios han encontrado fuertes correlaciones entre el
trauma de nacimiento y la posterior psicosis. En un estudio reciente, Wilcox y
Nasallah encontraron que en esos esquizofrénicos que tenían una pobre
prognosis de tratamiento, había una historia significativa de trauma perinatal.
Las migrañas se manifiestan en nuestra terapia regularmente, con el surgimiento
de un dolor muy temprano: el síntoma se hace más agudo conforme el dolor se
aproxima a la conciencia, y es eliminado en cuanto entra a la conciencia para su
resolución.
Nosotros vemos al paciente de migraña poniéndose azul por la falta de
oxígeno, carraspeando durante minutos, tratando de respirar, como si estuviera
en peligro de morir por falta de aire. Éste es un hecho que no se puede fingir, y
sucede con tal regularidad en pacientes con migraña, que se puede disparar por
cualquier situación en la que el adulto sienta que no puede respirar: por ejemplo,
estando encerrado mientras hace un trabajo que lo deja cansado y “sofocado”, o
estar comprometido en una relación de pareja que no le da un espacio para
respirar. En el caso de las mujeres, con frecuencia se trata de un tiempo anterior
a su menstruación, cuando sus cambios hormonales se asemejan a aquellos que
tuvieron lugar, precisamente, antes de su nacimiento. El disparador puede ser
cualquier estrés que “recuerde” al cuerpo el trauma original.
Los dolores migrañosos son muy diferentes a los dolores de cabeza causados
por la tensión y que generalmente tienen un origen posterior. La migraña tienen
que ver con el sistema vascular y está menos implicada con el sistema muscular.
En ocasiones los llamados dolores de cabeza causados por la tensión se derivan
del trauma temprano: por ejemplo, a causa de una severa rotación del cuello
durante el nacimiento. Generalmente tienen un componente de segunda línea.
Estos dolores de cabeza no son como la migraña que se siente como un hot rod
(automóvil) en las sienes o detrás de los ojos. Los dolores de cabeza provocados
por la tensión comprometen al cuello y a la cabeza de una manera más global,
por ejemplo, como si tuvieran una banda estrechamente colocada en la cabeza.
Estas son las menos indicadas como para conducir a un accidente vascular
posterior, porque la presión es más muscular que vascular.
Lo que sobrevive en los humanos son esas cualidades que han ayudado a las
especies a sobrevivir en el pasado. Dado que nuestro presente va a ser el pasado
de alguien más, lo que nos pase puede tener la posibilidad de ser pasado por alto.
En el sentido más general, la neurosis ocurre porque es compatible con el
objetivo general de la vida: perpetuarse. Bajo estrés, el cerebro y el cuerpo
escanean el pasado, tanto el personal como el de la especie, con el fin de ver lo
que ha funcionado bien anteriormente. Entonces, el sistema busca en los
archivos y devuelve el comportamiento, regresando de nuevo al prototipo. Si
queremos comprender los síntomas, debemos comprender el prototipo.
GANANDO EL ACCESO AL GRITO SILENCIOSO

Sin el acceso a los orígenes remotos del desarrollo, nos vemos forzados a tratar
con lo que se conoce como fenotipos o apariencias. Por eso las terapias
fenotípicas —se trate de psicoterapia o de terapia física— basan sus resultados
en las apariencias, en lugar de apoyarse en los estados fisiológicos profundos.
Mientras más limitado es el acceso, es menos posible la cura. En cambio sí
facilita la remisión de los síntomas. También lo hace la mejoría temporal, el
alivio, pero la cura, ¡no! Tantos meses de drogas, tantas semanas libres de
síntomas no es lo mismo que la cura. Eso es sólo para recordar que el trauma no
se registra simplemente como una idea, sino como una experiencia, y debe ser
tratada como una experiencia, no simplemente analizada.
CONCLUSIÓN

La neurosis no es una perversión del ser humano, es un ingrediente necesario


para su desarrollo. Actualmente la estructura humana es el producto de la
memoria de la humanidad, grabada e impresa. La progresión genética de una
persona, a través de su vida, refleja el desarrollo de la historia de la humanidad.
Esta recapitulación de las especies nos permite comprender nuestro pasado
filogenético, mirando de cerca el desarrollo individual. El examen por minuto de
un individuo, también es como observar su historia.
Ver cómo los excesos del dolor provocan que los humanos vuelen hacia el
córtex, y lo defiendan con ideación, es tener una idea de cómo y cuándo se
desarrolló en primer lugar el córtex. Tenemos que mirar solamente a aquellos
que han tomado una buena dosis de LSD, el cual deshace las compuertas del nivel
bajo, para ver qué es lo que hace la gran adversidad. Hace lo que hizo en la
historia: fuerza a la persona a reclutar un alto nivel de neuronas corticales,
conjurando ideas místicas como medio para lidiar con la precipitación.
Una noción poderosa es la que dice que podemos viajar a décadas anteriores,
para recapturar la historia personal de uno mismo y rehacer algunos aspectos de
esa historia. Y así es en efecto, es posible liberar en la conciencia el componente
de sufrimiento del trauma temprano, junto con la memoria específica, y
descargar para siempre la energía y la presión de ese recuerdo. Cuando esto se ha
logrado, como hemos visto, hay cambios significativos permanentes en
importantes parámetros psicológicos, incluido el crecimiento, las hormonas del
estrés y el sexo, los niveles de colesterol y el funcionamiento inmune. Lo mismo
que nos hace enfermar — el dolor—, nos alivia. La diferencia solamente es
cuestión de integración. La no integración significa enfermedad, la integración,
salud.
Finalmente debe reconocerse que la neurosis es una enfermedad biológica.
No es causada sólo por agentes biológicos, pero es manifiestamente biológica y,
al mismo tiempo, psicológica. Puedes morir de desesperación y desesperanza. Y
puedes morir al tratar de suprimir esos sentimientos.
La esperanza abandonada se convierte en desesperación, y la esperanza es
esencial para la supervivencia. Hasta la esperanza irreal lo es. De ahí los cultos y
las miríadas de escuelas de psicoterapia. Como muchos depresivos lo pueden
testificar, no es posible vivir en un estado constante de desesperanza. Por eso
muchas personas buscan “la respuesta”. No precisamente por el contenido de las
respuestas, sino por la búsqueda que implican. Por eso algunas psicoterapias
tienden a ser infinitas. El paciente no desea terminarlas, mientras no haya
explorado las profundidades de su desesperanza, está determinado a mantener su
esperanza viva.
SECRETOS QUE TE MANTIENEN ENFERMO

Creo que existe un tratamiento efectivo para las enfermedades catastróficas.


Implica tratar con aquellas fuerzas suficientemente poderosas para irrumpir en la
evolución natural, produciendo adultos amargados, rotos y enfermizos, muy
lejanos a los niños vitales que alguna vez fueron. Así que, si lo desean, déjenme
terminar con unas cuantas “Leyes Janovianas de la terapia.”
Guardar secretos para ti mismo te enfermará. (El problema es que ningún
acto de voluntad puede ayudarte a divulgar esos secretos que yacen
escondidos muy lejos.)
Sufrir es aliviarse, siempre que se sufra a un nivel que puede ser integrado.
La salvación descansa en el dolor. ¿Dónde lo habíamos escuchado?
Aquel que actúa excluyéndolo, gasta, y el que actúa hacia adentro: cava
hacia sí. El asesino número uno en el mundo no es el cáncer o la enfermedad del
corazón: es la represión. El inconsciente es el verdadero peligro y la neurosis el
verdadero asesino. Con el objetivo de vivir, necesitas reconocer la verdad, el
cuerpo siempre dice la verdad, y las verdades avasalladoras fuerzan a la mente a
mentir.
La habilidad de tener acceso a los acontecimientos más tempranos del
nacimiento y la infancia, creo yo, es crucial para la explicación final de la
intensidad, calidad y dirección de muchas de las enfermedades catastróficas.
Podemos determinar sus orígenes y dirigirnos a las fuentes que las impulsan, en
lugar de teorizar en abstracto. Finalmente, los síntomas no tienen que ser un
misterio, pueden ser un mapa preciso que nos conduce de regreso a las causas
precisas. La enfermedad es a menudo un grito silencioso... La cura consiste en
darle voz.
XIII. Sexo, sensualidad y sexualidad

Los problemas sexuales reflejan lo que somos como seres humanos totales y, por
ello, también reflejan nuestra neurosis. Para extraer de la condición humana el
problema del sexo, sería necesario considerar a la persona nada menos que como
un manojo de partes que aquí y allá necesitan un arreglo, punto de vista, por
cierto, muy mecánico.
Los problemas sexuales son muy parecidos a nuestros sueños, son una
condensación de nuestras vida completa, pero circunscrita, yque reflejan y
simbolizan profundos procesos inconscientes. Un problema sexual raramente es
sólo un problema sexual porque, sin importar qué tan fijado esté el neurótico, él
o ella no pueden ser verdaderamente sexuales a causa de la neurosis, que en
realidad es la represión del sentir, lo que sin duda es desexualizante. Para la
persona sensible, cada acto sexual es un acto sexual. Para el neurótico, el sexo
está cargado de viejas necesidades neuróticas que nunca pueden satisfacerse y,
en consecuencia, es una erotizada descarga de tensión.
LA FRIGIDEZ EN DOS MUJERES

Permítanme describir a dos mujeres que conocí recientemente. Ambas estaban


en terapia primal. La primera mujer no podía tener orgasmos, se consideraba
frígida y había visitado a un terapeuta sexual para aprender técnicas sexuales,
pero no tuvo caso. Las técnicas no cambiaron el estado de sus sentimientos;
podía excitarse, pero simplemente se apagaba. Conforme progresaba su terapia,
la situación cambió. Después de ocho meses, de algún modo logró excitarse
sexualmente, pero luego tuvo carraspeos descontrolados y sentía que se
sofocaba. Después de un año y dos meses de terapia, ya podía excitarse mientras
permanecía consciente, pero entonces descubrió algo extraño: en un momento de
la excitación, ella desembocaba en un primal de nacimiento, se encorvaba, se
arqueaba, se retorcía, se arrastraba y posteriormente convulsionaba, aunque
permanecía consciente.
Se dio cuenta de que su frigidez se derivaba de un profundo trauma de
nacimiento que le producía una represión masiva, que bloqueaba todas sus
experiencias sensibles (incluido el sexo). Se trataba de una represión temprana,
aunque profunda, que bloqueaba todos sus sentimientos y experiencias. Era
como si el trauma de nacimiento reprimido se instalara encima de cualquier otra
experiencia relacionada con sentimientos y, durante el sexo, ese trauma y su
represión se presentaba antes de que pudiera ocurrir otro sentimiento. No había
manera de que ella experimentara un orgasmo convulsivo y que al mismo tiempo
estuviera reprimiendo un trauma convulsivo que se originaba en el principio de
su vida.
En el segundo año en que estuvo en la terapia, empezó a tener primales de
nacimiento. Un día, después de dos años y medio, y de haber pasado por cerca
de cincuenta primales de nacimiento, descubrió que estaba muy lubricada. Eso
sucedió después de haber revivido un episodio que no estaba directamente
relacionado con el sexo, pero que sin embargo era, y siguió siendo, liberador. En
el tercer año su frigidez había disminuido radicalmente y experimentaba
orgasmos. Había revivido un trauma convulsivo y oculto y entonces pudo
convulsionar de placer. Fue un logro monumental que ocurrió cuando la paciente
no estaba atacando directamente su problema sexual. Si hubiéramos podido ver
los cientos de horas de agonía por los que pasó en sus primales, nos habríamos
dado cuenta de la cantidad de dolor y represión que bloqueaban su experiencia
sexual.
En la terapia, la segunda mujer descubrió que tenía una montaña de tristeza
dentro de sí. Siempre que tenía un orgasmo, lloraba y lloraba. Cuando trataba de
experimentar sensaciones sexuales, también le llegaban otras sensaciones que se
unificaban: cuando se sentía excitada su tristeza aparecía, y todo lo sentía al
mismo tiempo.
Los únicos problemas verdaderamente sexuales son aquellos que resultan de
una falta de educación y de experiencia. En tales casos, que son raros, un
problema sexual es un problema sexual. Eso es cierto para quienes no pueden
sentir o que tienen una experiencia sexual limitada. En esos casos, la educación
y la técnica son de gran ayuda. Sin embargo, las personas sensibles se las
arreglan para aprender a hacer por sí mismas lo que es naturalmente instintivo.
¿Acaso esto cancela la experiencia de muchos de nosotros, para quienes la
atmósfera en el hogar era desde no sexual hasta antisexual? No, no la cancela.
Los padres sensibles también están a favor del sexo. Permiten en sus hijos todos
los sentimientos desde que empiezan a gatear, y no los suprimen. Por otra parte,
los padres que no son sensibles, es de esperar que sean represores en todas las
esferas. Un padre que exige obediencia y respeto, que no le permite al niño
enojarse, sentirse celoso, ser demandante o sentirse excitado y entusiasta,
transmitirá esa supresión al área sexual, aunque jamás se haya referido a un tema
relacionado con el sexo.
Más tarde, como adultos, podemos encontrar a esa abuela amistosa que habla
abiertamente sobre el sexo y lo admite. A su modo ayuda lo mejor que puede, a
cambiar la atmósfera en torno al sexo; sin embargo, es muy poco lo que puede
cambiar de lo aprendido en la infancia. Nuestra vida sexual pudo arruinarse en
una atmósfera general relativa a los sentimientos, que prevaleció en el hogar. Si,
cuando más tarde es tiempo de entregarse en total abandono, ya no será posible.
Los recuerdos tempranos que formaron nuestra voluntad, se entrometerán.
Una niña estaba muy apegada a su padre, el único sano de la pareja. A la
edad de seis años quedó devastada por el trauma de su muerte y “aprendió” a
nunca más involucrarse emocionalmente con alguien. Siempre, después de
aquella pérdida, mantuvo una distancia emocional, ya no pudo aceptar su
sexualidad con plenitud. En cuanto se sentía muy apegada o excitada, se cerraba
completamente. Si alguien la atraía, trataba de mantener una considerable
distancia emocional, pues la vieja herida se entrometía. Cuando su cuerpo se
sentía bien y anticipaba la posibilidad de amar, recordaba la pérdida de su padre
y revivía su propia agonía: esto le impedía sentir, y ninguna voluntad consciente
podía lograr que se sobrepusiera al viejo dolor.
Es claro que en los momentos en que tenía problemas con su excitación
sexual, no recordaba cuando su padre la dejó; los recuerdos fijados en su cuerpo
eran lo que producía su problema: la excitación sexual que sentía su cuerpo. Esa
memoria en el cuerpo era la que producía el problema con el sexo. Tenía que
viajar hacia el pasado en las rutas de su historia y encontrar un recuerdo
específico, con la finalidad de deshacer el problema físico. No podía haber otros
sustitutos, porque en ese recuerdo físico estaba el problema y su resolución.
La sexualidad irradia de alguien, del mismo modo que irradia la falta de
sexualidad. Uno siente su presencia o su ausencia en otros. La persona que está
sintiendo, tiene un aura que no tiene nada que ver con intentar de ser sensual. Lo
eres o no lo eres.
LOS PROBLEMAS SEXUALES SON PROBLEMAS HUMANOS

Un problema sexual no es realmente un problema sexual. ¿Qué es entonces? Es


un problema humano. Tenemos que hablar acerca de esa condición humana antes
de llegar al llamado “problema sexual”. ¿Qué significa el término “condición
humana”? Significa, entre otras cosas, los hechos que nos suceden temprano en
nuestra vida y que nos envuelven. La condición principal para este proceso de
envolvimiento es lo que tenemos que hacer para ser amados. Se refiere a cómo
tenemos que torcer a nuestros yos naturales y espontáneos y dejarlos fuera de
forma, para conseguir lo que, al menos, se parece al amor. Insisto: “Lo que se
parece a…” Porque el verdadero amor no requiere de ese esfuerzo. En el
momento en que haces un esfuerzo consciente o no consciente, lo que consigues
no es un verdadero amor, sino un sustituto insatisfactorio. Una vez que estamos
“fuera de forma o torcidos”, estamos completamente fuera de forma, y no en una
parte o en un fragmento u otro de nosotros.
Esto se refleja en nuestra vida sexual que, les recuerdo, es como nuestros
sueños: condensaciones de nuestra total experiencia pasada. Por tanto, es el
núcleo de nosotros, la raíz central, es lo que puede decirnos “qué o quién somos
realmente” y cómo hemos sido o torcidos o transformados. De hecho, hay una
fuerte equivalencia entre los sueños y el sexo. Ambos tienen que ver con los
sentimientos, los dos comprenden condensaciones de nuestra vida completa,
ambos operan en un nivel donde los sentimientos se transforman en imágenes.
LOS SENTIMIENTOS, LOS SÍMBOLOS Y LA PERVERSIÓN

Cuando uno está excitado sexualmente, hay una excitación general en todo el
sistema. La excitación sexual significa la excitación de todos nuestros
sentimientos, pues hasta los viejos sentimientos ascienden y provocan la
creación de símbolos: en ciertas perversiones, los sentimientos pueden dispararse
y transformarse de inmediato en rituales sexuales. Entonces el dolor primal
queda erotizado, de modo que ese dolor nunca se siente por lo que realmente es.
Para algunos es el sexo, para otros puede ser la comida. El impulso hacia el sexo
o la comida es igual a la fuerza del dolor. Si no podemos actuar de inmediato,
comenzamos a sufrir, no por la falta de sexo o de comida, sino por el dolor real
enmascarado por el ritual. Por ejemplo, en el exhibicionismo, varias personas
informan que cuando están en el paroxismo de su ritual sexual, sienten como si
estuvieran en otro mundo. La exhibición es un símbolo de su vida en el cual
predomina un viejo sentimiento de la infancia. Esto es lo que le da a la persona
el sentimiento de estar “en otro mundo”. El mundo de los sentimientos infantiles.
En alguna ocasión traté a un exhibicionista, solía ir a los estacionamientos
oscuros donde había mujeres que estaban colocando sus compras en sus coches.
¿Estaba tratando de probar su hombría, como lo habría planteado el
psicoanálisis? No, simplemente estaba tratando de trastornar a esas mujeres para
que mostraran alguna emoción. Solía exagerar hablando de su madre, porque
ella estaba tan “muerta” que una simple emoción no le provocaba nada.
Necesitaba tener a una mujer emocional que le respondiera, dado que en otros
aspectos de su vida —relacionados con el sexo— había una combinación de
motivos y un problema localizado en el área sexual.
Otro hombre que tuvo el mismo tipo de madre, se convirtió en un fenómeno
de revista pornográfica. Era un ejecutivo de una gran corporación; se
avergonzaba de tener muchas “compañeras” en salas porno, pero su intelecto no
podía detenerlo. ¿Qué es lo que perseguía? Deseaba ver el placer en la cara de
una mujer, tan simple como eso. Las mujeres en esas revistas disfrutaban el sexo
y hasta parecían extasiadas, razón para declarar esas revistas fuera de la ley.
Nuestra cultura, en este grandioso terreno, se las arregla para censurar las
revistas de sexo, quizá porque las mujeres que aparecen en ellas simulan una
gran alegría mientras están teniendo sexo. Esto es acorde con la vieja norma
cultural de que una “mujer buena” es únicamente una participante pasiva en el
acto, respecto a “su hombre”, y nunca disfruta del sexo o lo busca por su
iniciativa. Ese paciente compraba estas revistas, y mientras veía la cara de las
mujeres se masturbaba continuamente. En realidad se trataba de un acto a sexual
hecho con su órgano sexual… que le brindaba alivio a su necesidad básica.
De lo que hemos visto antes, podemos decir que un pervertido es alguien que
ha sido pervertido, no sólo sexualmente sino en todos los aspectos, en particular
en su búsqueda de amor. Cuando era un niño pequeño estaba cobijado por su
medio ambiente, y se volvió pervertido cuando maduró sexualmente. No es
posible que alguien sólo “sea un poco raro” en el sexo y perfectamente normal
en otros aspectos. Puede parecer normal, pero como todos los neuróticos, tiene
una vida interna secreta que no es tan aparente. Sólo cuando te involucras
emocionalmente con él, puedes descubrir esa faceta de su personalidad, a
menudo escondida como una perversión sexual.
EL YO DIVIDIDO Y LA SEXUALIDAD

¿Qué es lo clave en la neurosis? Es el yo dividido: un sentimiento del yo que se


encuentra atrapado y muy lejos de poder comprenderse a sí mismo. Esto a
menudo pasa con una persona que está empezando a sentir, pero que de pronto
se “divide”. Observa a su yo, en lugar de reaccionar a él. El yo real es el que
comienza a sentir, pero el yo neurótico se “divide”, aborta el proceso de sentir y
deja que su comportamiento se hunda en un canal simbólico.
De la división neurótica surgen toda clase de complicaciones. Recuerdo a
uno de mis pacientes, que es un ejemplo dramático de la división del yo en la
neurosis: era un reportero muy conocido, “la imagen de la elegancia”, pero se lo
podía encontrar atravesando los parques en la oscuridad de la noche, buscando a
muchachos para tener sexo. No solamente tenía bien escondida su sexualidad,
sino que era la clase de homosexualidad que indicaba que tenía un nivel
emocional de un niño de diez años. (El sexo, incidentalmente, también revela el
nivel emocional en el que nos encontramos.)
Este reportero de deportes estaba casado con una mujer madura, pero sus
necesidades no satisfechas predominaban y lo dirigían a sus actos sexuales. Su
padre era un hombre frío y distante. Su hermano mayor dejó el hogar cuando mi
paciente tenía sólo diez años de edad. Ese gran trauma detuvo su desarrollo
emocional y le dejó un profundo vacío, una necesidad que nunca pudo satisfacer,
y optó por un satisfactor simbólico. Continuó actuándolo hasta que sintió la
necesidad agonizante en su contexto temprano.
Él o ella tienen necesidades y van tratando de satisfacerlas, ocultándose o no,
al menos el homosexual está buscando amor. Las circunstancias de la vida lo
pervirtieron en su orientación sexual. Era el mejor atleta en la escuela, y a causa
de su imagen de macho, nunca tuvo que actuar sus necesidades. Además, no
había nadie en su hogar que pudiera acompañarlo en sus sentimientos. La
presión aumentó hasta que ya no pudo contenerse, entonces comenzó a llevar
una vida secreta. Pero como se vio compelido a guardar su imagen, la división se
volvió insoportable y su nivel de tensión era muy alto. Bebía y fumaba para
aliviarla. Estos hábitos autodestructivos, que empleaba para aligerar su carga,
pronto lo colocaron en la tumba. Éste es el verdadero significado de morir por
falta de amor.
Los homosexuales latentes que he visto, hombres y mujeres, a menudo son
grandes bebedores y adictos a las drogas. Constantemente están negando su
avasalladora necesidad que los fuerza a buscar algo que les alivie un poco. La
persona alcohólica es tratada por ese motivo, como si ése fuera el problema,
cuando en realidad es la tentativa de una solución. Cuando estás sufriendo, es
normal tratar de acabar con el dolor, no es una aberración.
De algún modo, el homosexual es mucho más directo que algunos
heterosexuales, pues él o ella tienen necesidades y tratan de satisfacerlas,
acosados o no. Al menos el homosexual está buscando amor: un heterosexual
que es un homosexual latente, niega sus necesidades y está muy lejos de resolver
su problema básico, porque ya no está tratando de encontrar amor, y en la
mayoría de los casos puede llegar a negar que esa necesidad existe.
Un jugador de futbol, alcohólico, vino a mí porque temía que podía ser
homosexual. Después de un año de tratamiento constante se percató que había
sido privado del amor de su padre. Él no tenía miedo de ser homosexual, como
muchos otros, aunque estaba asustado por su desesperación de actuar la
necesidad de tener a un hombre a quien amar. Se preocupaba mucho por tener
esos sentimientos “chistosos”: cuando tacleaba y abrazaba al jugador opuesto, se
sentía presionado por su necesidad de amor, y como adulto la convirtió en un
temor a la homosexualidad. Hasta que sintió esa necesidad como realmente era,
gritó y abrió los brazos diciendo: “¡abrázame, papá abrázame!”, después ya no
sintió esos temores. Sobra decir que su necesidad de beber disminuyó
radicalmente.
El actuar (act-out) se hace complicado. Una vez traté a un hombre “muy bien
vestido”. Su padre murió cuando él era muy joven y su hermano mayor tomó el
liderazgo de la familia; este hermano estaba más cerca de la edad de sus
hermanas, a las que parecía favorecer, y de algún modo no del todo consciente,
nuestro joven comenzó a pensar que ser una chica significaba ser amada. Estaba
tan dolido y tan lleno de necesidad, después de la muerte de su padre, que ante la
más ligera indicación en su medio ambiente, cambió su actitud y su
comportamiento.
Otro paciente se vestía con ropa interior de mujer cuando se masturbaba:
quería vivir con una mujer, pero no podía porque tenía miedo de que ella se diera
cuenta de su compulsión secreta. Su madre trabajaba y lo había dejado solo la
mayor parte de su infancia. Cuando tenía seis años, en su casa comenzó a
abrazar las pantaletas que su madre dejaba en el piso de su recámara. Más tarde
empezó a oler esas pantaletas para recordarla emocionalmente por su olor. Ya
adolescente, comenzó a ponérselas. El hábito tomó vida propia y desde hace
mucho tiempo olvidó por qué lo hacía. La costumbre adquirió fuerza propia y él
se sentía indefenso ante su poder. Las pantaletas lo excitaban porque la
necesidad lo excitaba y agitaba buscando plenitud. La base de su actuación
todavía era la necesidad de su madre, algo a lo que nunca se pudo sobreponer.
Había un hueco en su crianza y educación que no era enfermizo, era real. Tenía
que sentirlo. No había otra cosa que hacer.
Una mujer, paciente mía, se volvió homosexual por las más obvias razones:
su madre era muy fría y dura, y nunca la tocó. Necesitaba el amor de una madre
y más adelante la quería en posición de “cuchara”, en la que ella abrazaba a su
compañera desde atrás. Apenas tenía cuatro meses en la terapia cuando revivió
el trauma de haber abrazado a su madre de esa forma a la edad de dos años, pero
su madre la arrojó de la cama diciéndole que ya estaba muy grande para dormir
con ella. El recuerdo de ese trauma la estremeció, porque se dio cuenta que lo
que más la confortaba (su padre era un alcohólico violento) era abrazar a su
madre de aquel modo, y como ya no lo haría nunca más, había pasado su vida
adulta buscando hacerlo de nuevo.
Supongamos que llamamos “perversión” a lo que le sucedió. En mis días
analíticos, aprendí que cualquier proclividad sexual, a excepción de todas las
demás, era una perversión y que se debía intentar reacondicionar ese “mal”
hábito. ¿Pueden darse cuenta de cuán simple y vano puede ser eso? Sería un
ejercicio inútil para cualquier comportamiento sexual indeleble, o la falta
definitiva de éste, como en la frigidez.
Recuerdo haber tratado a una mujer que sentía un temor mortal a los
hombres: su padre era terriblemente dominante. Ella se sentía cómoda y podía
llegar a un orgasmo parcial, cuando a ella le tocaba estar encima —posición en
la que dominaba—. ¿Ese simple hábito se debe tratar con terapia sexual, cuando
lo que refleja son muchas experiencias vividas con su padre a diario, y su terror
hacia él? El miedo al hombre formaba parte de su personalidad en general. Se
casó con un individuo débil y cobarde sólo para no sentir temor hacia él. Por
supuesto, todo lo hizo inconscientemente, pues nunca tuvo conciencia de su
temor o de cómo hacía su elección de parejas maritales.
Los mismos principios se aplican cuando consideramos por qué algunas
mujeres logran un orgasmo mientras se masturban, pero jamás con un
compañero sexual. Hay muchas razones, pero ninguna de ellas la conocen por sí
mismas mejor que alguien más. Podrían tocar su clítoris directamente, con un
compañero que no lo acostumbra hacer. Lo que es más importante: con un
compañero sexual necesariamente hay una relación que refleja todo lo que
sucedió en el pasado en sus relaciones clave, con alguno de sus padres. La
masturbación elimina la relación y las complicaciones inherentes. La mujer que
se masturba no es juzgada, nadie está observando si es o no es sexual, si llega al
clímax, si actúa bien, etc. Todo esto la reasegura y evita su ansiedad.
En la neurosis, el amante es sólo un sustituto del hecho real, situación que,
por cierto, es la causa de muchas infidelidades. Él siempre deja a la compañera
sexual deseando satisfacerse porque ella no es la persona real a la que él estaba
buscando, por esa razón ella busca otros amantes y otros encuentros sexuales, a
causa de la necesidad masiva de una madre que no puede quedar satisfecha sólo
con un marido. La persona neurótica tiene como patrón o modelo tener muchos
compañeros, en una tentativa inútil de llenar el vacío que tiene dentro de sí. Esto
se llama infidelidad, pero en realidad se trata de una “niña” buscando el amor de
su madre.
TRATANDO PROBLEMAS SEXUALES SIN SEXO

El neurótico suele confundir el placer con la liberación de la tensión; siempre


que hay una descarga —como en el orgasmo—, es una descarga de tensión. Esta
tensión se erotiza para que pueda sentirse como sexualidad.
Mientras más global es la represión, mas disminuye el impulso sexual. Por
eso en la depresión profunda el impulso sexual es casi inexistente. Mientras más
inclinada a la ansiedad sea una persona, la represión será defectuosa y aumentará
más el impulso sexual. No es de sorprender que se haya encontrado que una
persona mayor que bebe varias tazas de café al día, aumenta su impulso sexual.
Por supuesto el café no está relacionado directamente con el sexo, sólo activa al
sistema en contra de la represión.
Hasta cierto punto, la psicología parece seguir a la anatomía en lo que
concierne al sexo. Los problemas de una mujer son errores de omisión internos;
los problemas de los hombres, como la eyaculación precoz, son externos o
errores de comisión. Cuando el cuerpo neurótico trata de retener en el orgasmo
sus viejos sentimientos y no se deja ir, el hombre se queja de una eyaculación
dolorosa y la mujer habla de frigidez. Ella sufre por dentro, él sufre por fuera.
Tuve un paciente cuya madre fue un verdadero terror, era impredecible,
violenta y volátil. En consecuencia, él temía a las mujeres. Este temor se
mostraba en la rapidez en su vida sexual (eyaculaba al minuto de que se
excitaba), pero también se reflejaba en el hecho de que estaba cargado de un
dolor muy temprano en la línea media. Cuando se dejaba ir, todo empujaba hacia
arriba y hacia afuera al mismo tiempo. Todos sus impulsos llegaban para surgir
hacia delante y para derramarse. En la infancia solía mojar su cama, hecho que
es un antecedente frecuente de un problema sexual en la adultez. El pene fue el
foco de la descarga de su tensión.
Generalmente, los problemas relacionados con el sexo son los más difíciles
de tratar y los últimos en desaparecer. Son el centro de nuestro ser porque
implican directamente al amor y al afecto. Su mejoramiento requiere de la
resolución previa de muchos otros problemas. Cuando una persona ha tenido que
ver con toda clase de traumas no sexuales, el problema sexual comienza a
desvanecerse. No hay un modo de ignorar una vida entera de falta de amor,
abuso y negligencia, y aun así, esperar a tratar con problemas sexuales. Porque
resolver las dificultades sexuales significa resolver nuestra historia traumática.
En la terapia primal alentamos a los pacientes a enfrentarse con sus fantasías
y luego los ayudamos, guiándolos para llegar hasta sus sentimientos. Nunca se
les alienta a cambiar sus fantasías, todos tienen derecho a ellas y sólo son el
símbolo de la necesidad.
INCESTO

He tratado a un gran número de víctimas de incesto. Lo primero que hay que


saber del incesto es que, con mucho, es un gran productor de psicosis. Sus
efectos están muy conectados a problemas sexuales posteriores, que también
están presentes. En realidad, el incesto tuerce enormemente a la psique en
general, y de forma casi irrevocable. Mientras más temprano es el incesto, es
posible que produzca severos problemas mentales. En mis décadas de práctica he
observado que es el hecho más persistente en la vida de una joven o de un niño,
y que es frecuente que antes de cumplir ocho años de vida, las víctimas sean
enviadas lejos, a un orfanato o a un hogar sustituto. En nuestras mediciones de
los signos vitales y ondas cerebrales, encontramos que es el único hecho que
mueve las agujas (en la orilla de la gráfica del incesto) de modo igual al que
indica el trauma de nacimiento. Esa correlación, entre otras cosas, explica por
qué cuando los prepsicóticos entran a la terapia, de inmediato comienzan a
revivir su trauma de nacimiento.
Muchas de las mujeres psicóticas que he visto lo eran por casos de incesto, y
muchas de ellas no estaban conscientes de ello, sino hasta que transcurrieron uno
o dos años de terapia primal, fue entonces cuando comenzaron a revivir sucesos
extraños. Vi a una mujer que había empezado a alucinar. Hubo muchos
momentos en que sabíamos que se estaba volviendo loca, pero no sabíamos por
qué. En la terapia comenzó con unas series de primales en el siguiente orden.
Primero sintió una sombra oscura, una presencia en su cuarto cuando tenía
seis años. La percibió durante dos semanas y sufrió una extrema e innombrable
aprensión, un terror para ella inexplicable. Después la sombra se convirtió en
una persona: alguien parado cerca de la puerta. Ella revivió esta imagen durante
varias semanas y estaba sorprendida y asustada. Luego escuchó los pasos por el
corredor y la puerta rechinando entreabierta. Pasaron algunas semanas en las que
revivió, con un terror convulsivo, la realización de esa presencia. La sombra, la
persona: ¡era su padre! Ella pudo revivir cuando él se metía en su cama, la
tocaba y trataba de penetrarla, a pesar de su terror paralizante. Le advertía que no
gritara o no le dijera a nadie, pues Dios la castigaría.
Durante meses, la mujer revivió aquellos pasos que se acercaban casi a
diario, tarde en la noche, entrando a su cuarto. Su vida se convirtió en una
pesadilla despierta. Su madre no quería saber nada; cosa que en estos casos
sucede con una regularidad enfermiza. La chica no tenía a quién acudir.
Finalmente el hombre se detuvo (porque empezó a abusar de la hermana menor
de la chica). Ella reprimió la experiencia como si no hubiera existido nunca. La
clave de tal experiencia iba a salir a la superficie al revivir los episodios que
yacían ocultos en los síntomas de la psicosis, que ya prefiguraban sobre la
marcha.
En el incesto casi siempre aparecen complicaciones sexuales. Nunca he visto
a una mujer cuya vida no haya sido arruinada por él. Porque su autoestima fue
destruida, ella se hace sexualmente promiscua y se trata a sí misma como a una
cualquiera o se convierte en prostituta. Muchas prostitutas han sufrido incesto
cuando eran niñas. La otra vía para las víctimas de incesto es una absoluta y
completa frigidez. Tampoco podemos ignorar que la homosexualidad es una
salida posible, o como el completo retiro de cualquier relación con un miembro
del sexo opuesto.
Hay casos raros de incesto en los que el funcionamiento sexual no está
dañado. Una niña cercana a los doce años puede disfrutar de la exitación
implicada, pero siente una gran culpa al disfrutar y, por tanto, sufre de otras
aberraciones mentales. En general, sus relaciones con los hombres son
retorcidas.
Las limitantes en la vida de uno no pueden superarse fácilmente. Los
terapeutas no pueden devolver el amor que alguien nunca tuvo. La necesidad no
enferma, pero sí puede enfermar aquello que la necesidad impulsa a hacer.
Aunque no sea cierto, es el único camino disponible para expresar una necesidad
que se debió satisfacer naturalmente.
LA INVESTIGACIÓN SOBRE DESVIACIONES SEXUALES

Nuestras observaciones e investigaciones, así como los estudios actuales acerca


de la vida intrauterina, indican que los problemas sexuales pueden empezar
desde que estamos en el vientre materno. La investigación con animales muestra
que ciertos estresores en la madre preñada, pueden alterar las hormonas sexuales
en ella y más tarde en sus crías. Dichas hormonas se pueden alterar por
manipulación química antes o acabando de nacer, y tal alteración permanece.
En Alemania del Este, Dorner descubrió que la manipulación de las
hormonas sexuales en el vientre puede hacer homosexual a un animal. Más
todavía, encontró que los animales privados del contacto materno, o contacto
social en general, muy pronto en su vida pueden tornarse homosexuales.
En nuestra investigación encontramos que las hormonas sexuales quedaban
permanentemente alteradas o normalizadas después de la eliminación del dolor
impreso. Nuestra hipótesis es que si la eliminación del dolor puede estabilizar las
hormonas sexuales; de la misma manera el trauma original las podía alterar o
distorsionar. En algunas personas, los niveles de las hormonas sexuales cambian
en un 50%, lo que nos da una idea de qué es lo que puede hacerle el dolor
temprano a nuestra vida sexual. Estos cambios hormonales son una de las
razones de que los problemas sexuales sean tan difíciles de tratar,
particularmente a través de técnicas sexuales.
No quiero decir que los problemas sexuales los causen únicamente las
hormonas. Ciertas experiencias de vida: —una madre distante— o un –padre
tiránico pueden detonar los problemas. Creo que ambos juntos pueden dirigir la
respuesta del paciente a sus experiencias en ciertas direcciones. Una madre
distante no va a hacer más tarde homosexual a su hija, pero una madre distante
combinada con cambios hormonales, parece ser lo suficientemente fuerte para
alterar la orientación sexual.
Hemos medido los niveles de testosterona (la hormona del sexo) en un
paciente que había revivido su estrangulamiento durante el nacimiento, y
descubrimos que después de revivir la experiencia, esos niveles se elevaron y los
cambios parece que hicieron a la persona más agresiva y sexualmente activa.
Como muchos desórdenes neuróticos, los problemas sexuales nos ofrecen
una ventana a una situación de gran complejidad. Comprenden todas las cosas
que hemos analizado hasta aquí: necesidades, dolor, represión del dolor,
impresos, el nacimiento y sus consecuencias, la ansiedad y el estrés, así como la
actuación simbólica. Muchos problemas sexuales se pueden abordar sin
mencionar la palabra sexo. Por eso decimos que la consideración de los
problemas sexuales coincide con el núcleo de la condición humana.
Al parecer, el sexo y la reproducción son el propósito de la vida. Es la
manera como transmitimos y codificados nuestros recuerdos de supervivencia.
No solamente necesitamos mantener viva la semilla, sino que tenemos que
asegurarnos que la semilla viva y contenga los mecanismos para continuar por sí
misma. Casi todo lo demás es extraño. Después de todo, las especies tienen el
mismo instinto de supervivencia como miembros individuales de las especies.
La ausencia de sexo puede ser una amenaza para nuestra supervivencia. ¡Qué
cambio tan extraño: el llamado comportamiento moral es antisupervivencia!

Philip

Cuando tenía diez años encontré unas fotos pornográficas en un lote baldío. Fue
la primera vez que me di cuenta de que las mujeres tenían pezones. ¡Qué
impresión! Yo pensaba que sólo se trataba de unos conos hermosos y blancos en
el cuerpo de una mujer, creía que eran delicados y encantadores, aunque siempre
fuera de mi alcance. Los pezones se cruzaron en mi camino, y muy pronto ya no
pude concebir a la mujer sin ellos. No sé cuántas veces me masturbé frente a las
fotos en las que las mujeres parecían mirarme. Me excitaba: mientras más
grandes eran los pechos de las mujeres, que también me miraban, más excitado
me sentía.
Mi mamá tenía unos pechos muy grandes, pero nunca me miró a mí de una
manera comprensiva, así que lo que necesitaba, lo tenía con las fotos: una madre
que se exponía a si misma (como nunca lo hizo mi madre) y me ponían atención
(lo que también hicieron las fotos). Poco después comencé a exhibirme y me
convertí en un voyerista. También busqué la ropa interior de mi madre. Todo
esto era parte de una rutina diaria que repetí miles de veces durante tres y media
décadas. Pasé en mis rituales muchas horas de cada día. ¡Tanta energía gastada
de esta manera tan destructiva! Era la misma energía que pude haber empleado
para crearme una vida para mí.
El acto se desarrollaba de tal modo, que a las mujeres que pasaban por mi
ventana (o puerta, o coche) no les era fácil verme, y si me veían, me escondía a
toda prisa. La excitación era demasiado intensa para concebir que me vieran, por
más de uno o dos segundos. Después de todo, mi madre nunca me vio, y eso era
lo que necesitaba con todas mis fuerzas. Como todas las mujeres se convirtieron
en “mamitas” para mí, quería desesperadamente que me vieran pero al mismo
tiempo no podía soportarlo. Esto estaba más allá de mi comprensión emocional:
el que cualquier mujer me pudiera ver. Por eso nunca me arrestaron: era un
exhibicionista avergonzado. Hasta por el compulsivo acto de exponerme a la
vista, nunca pude concebir ser aceptado por una mujer.
La escena principal que me condujo, de niño, al exhibicionismo, fue cuando
mi hermano mayor me forzó a tomar un crayón con mi mano derecha, en lugar
de sostenerlo naturalmente con la izquierda. Mis gritos de terror, mis súplicas de
ayuda, mis contorsiones de agonía cayeron en oídos sordos y ojos ciegos. Esto
sucedió una y otra vez durante muchas semanas. Mi mamá pensaba que era
correcto que mi hermano se sentara encima de mí, con sus rodillas empujando
mis brazos hacia abajo, forzándome a colocar el crayón en mi mano derecha,
mientras yo, a los cuatro años de edad, gritaba por mi existencia. Ella nunca me
vio.
He estado reviviendo esta escena una y otra vez, y es el principio para
liberarme de la urgencia de exponerme. Al sentir el dolor de mis traumas
infantiles, me he hecho más consciente y menos compulsivo. Sé que he sanado
por dentro y ahora sólo puede afectar el modo como me comporto desde afuera.

Ted

Mis primeros recuerdos (cuando tenía alrededor de siete años) eran ir al cajón de
la ropa interior de mi madre y sentirme atraído por sus medias. Me las ponía y
disfrutaba sentirlas en mi piel. Pero también tenía ciertos sentimientos de
repulsión, como si lo que estaba haciendo fuera algo muy malo, y lo hacía cada
vez que estaba solo en casa. Cuando tenía como diez años empecé a interesarme
en las amigas de mi madre; me causaban una gran agitación y una de ellas me
gustaba. Siempre que visitábamos su casa, yo me escurría hasta su recámara y
me dirigía a su ropa interior, olía sus pantaletas y estiraba sus medias sobre mi
piel. Más tarde, al final de mis diez años, me gustaba echar una mirada a las
mujeres empleadas en los negocios de mi padre. Espiaba desde las ventanas del
baño, esperando verlas desnudas o sentadas en el excusado. Todo esto me
excitaba muchísimo y en esos momentos mi corazón latía como loco. Era un
niño tímido y aislado y me sentía muy avergonzado. Si alguna de esas empleadas
me ponía atención, sentía muy turbado…
Esta actividad era muy oportunista hasta que cumplí veinte años y comencé a
trabajar en una granja. Mi soledad se exacerbó en esta situación. Tenía mis
propias habitaciones y muy poco contacto social. Regularmente iba a echar una
mirada a las mujeres en la residencia de las granjas. Dos o tres veces a la semana
me arrastraba hasta sus ventanas para ver si las podía ver desnudas. Entonces me
excitaba y me masturbaba, y no me retiraba del lugar hasta tener un orgasmo. La
compulsión era tan fuerte que, aun sabiendo que podría perder mi empleo y ser
exhibido frente a mis amigos, no era capaz de detenerme. Siempre he tenido el
problema de demostrar a las mujeres que no necesito nada de ellas. Esto ha sido
tan dañino, que durante mi adolescencia y en mis veinte años, pasaba periodos
de años en completa soledad. Todo este tiempo deseaba con desesperación estar
con una mujer.
Para mí, el voyerismo es lograr una cierta cercanía de acceso a una mujer
(aunque fuera totalmente simbólico), sin exponerme o necesitarla. También
puedo dejar la escena después del orgasmo, sin estar comprometido a dar o hacer
algo a cambio. El impulso varía en frecuencia e intensidad, de acuerdo a qué tan
solo me siento y qué tanta actividad tengo en mi vida para distraerme. Esto lo
digo porque la presión es constante. Siento que me estoy perdiendo de algo. Sé
que estoy buscando a mi madre en forma simbólica. Nunca la vi desnuda y no
recuerdo que me haya abrazado o acariciado. Hasta hoy, siento una especie de
repugnancia cuando la saludo; no puedo sentir que es a ella a la que quiero.
Sé, por los hechos, que nunca tuve contacto con su cuerpo en los primeros
diez días de mi vida. Los pasé en el hospital donde nací, allí me mantuvieron en
el cunero y sólo me llevaban con ella para que me alimentara de acuerdo a un
programa detallado y estricto. En esos tiempos ella no me quitaba las mantas en
las que estaba envuelto, por eso nunca sentí su cuerpo. Básicamente mi
sentimiento es el de esa desesperanza de ser incapaz de conseguir lo que necesito
de una mujer, y mi compulsión es un esfuerzo para evitar ese sentimiento de
desesperanza. Al menos con él, tengo algún control para tratar de conseguir lo
que necesito, y no tengo que depender de una mujer para que me lo proporcione.
TERCERA PARTE
¿Cómo mejoramos?
XIV. Sobre la naturaleza de lo normal

¿Eres normal, o piensas que lo eres? No necesariamente. ¿Eres normal si otras


personas piensan que lo eres? No necesariamente. Así que cómo le haces para
saber si eres normal? Con suerte, y si eres normal, no estarás pensando si eres
normal. Si no eres normal, con suerte sí lo eres, y si piensas que eres normal,
probablemente no lo seas. Todo parece así tan Catch-22. ¿Acaso la normalidad
se puede determinar?
EL COMPORTAMIENTO: SÓLO UNA PARTE DE SER NORMAL

Debemos deshacernos de la noción de lo “normal” y lo “neurótico”, pues


describen únicamente el comportamiento. Éste es sólo una parte de ello. La
psicología no debe ser la ciencia del comportamiento o el estudio de las
apariencias: sería como decir que la navegación y la oceanografía se deben
estudiar en las puntas de los icebergs. Si la oceanografía estuviera confinada al
estudio de los icebergs, habría mucho más barcos destrozados alrededor; y si
continuamos considerando que la psicología es “la ciencia de la conducta”, habrá
muchos más humanos hundiéndose alrededor.
DETERMINANDO LO QUE ES NORMAL

¿Hay algo que se pueda señalar como prueba de que uno es normal? ¿La gente
puede hacer cosas normales? ¿Existe una escala de medida que indique cuando
has dicho algo normal? Cada uno de nosotros es diferente y, por tanto, lo que
para uno es normal no necesariamente es normal para el otro. Los estándares son
individuales, sólo puedes hacer lo que es normal para ti.
Lo que sucede generalmente es que el promedio se calcula con base en un
conjunto, y a eso le llaman “normal”; las desviaciones de la norma son, por
tanto, anormales. Pero ser promedio no es lo mismo que ser normal. Los
diseñadores de las pruebas psicológicas pueden no estar de acuerdo, dado que
están entre aquellos que toman las respuestas a ciertas preguntas del grupo, y
deciden lo que es normal promediando los resultados.
Normal significa que todos los sistemas están funcionando como se previó
que lo hicieran. Una presión sanguínea normal puede estar en 110/70. Alguien
con una presión sanguínea de 180/110 no es normal. Conocemos esto de forma
empírica porque una presión consistentemente alta, conduce tanto a una
enfermedad como a un ataque. Pero ahora volvamos a nuestra primera
contradicción: ¿el promedio de la presión sanguínea es normal? Puede serlo la
presión sanguínea de la población general de la que se extrajeron las muestras.
Similarmente, en nuestros estudios de la temperatura corporal hemos encontrado
que durante un periodo en la terapia primal, hubo una caída consistente en la
temperatura corporal de alrededor de un grado. Había muchas personas cuya
norma, después de la terapia, estaba abajo del estándar 98.6. Los viejos
promedios ya no eran válidos. No reflejaban lo normal.
EL CONTEXTO DE LO NORMAL

Lo que era normal para el grupo en terapia, cambió, y ese cambio ocurrió sólo
después de que tratamos de remover un cierto nivel de dolor en los sistemas.
“¿Lloras a menudo?”, es una pregunta diseñada para medir la neurosis en las
pruebas psicológicas. La mayoría de las personas no lloran con frecuencia. La
norma, por tanto, es “no”. Pero supongamos que descubrimos, como lo hemos
hecho, que la gente normal tiene un fácil acceso a sus lágrimas y que eso se ha
establecido en su cultura, tanto como el comportamiento de retenerlas, lo que en
realidad no es normal. En el momento de nacer, la mayoría de nosotros
estábamos inmersos en el dolor, de modo que pensamos que esa peculiar
desviación es normal. Llegamos al mundo de ese modo. Nuestro
comportamiento está diseñado por nuestra cultura, y esa cultura determina qué
comportamiento es normal. Ir a la escuela y sentarse en las clases durante
muchas horas diarias, por ejemplo, es un comportamiento que se considera
“Bien ajustado y normal”. No ir a la escuela se considera anormal. Cuando un
niño no se quiere sentar durante seis horas diarias, se cree que hay algo malo en
él, pues no se puede pensar lo contrario, es decir, que se trata de un niño normal.
La neurosis está destinada a que nos sintamos cómodos y normales. Cuando la
neurosis funciona, nos sentimos normales, cuando no funciona nos sentimos
anormales. Nos aproximamos a la normalidad teniendo acceso a nosotros (y a
nuestro dolor), aunque comenzamos a sentirnos anormales y mucha gente viene
a la psicoterapia para sentirse mejor, con el fin de sentir que es normal al
recuperar su neurosis, que nos lleva a ser el mismo ser normal de nuevo.
LA ESENCIA DEL SER HUMANO

A menos que estemos tratando con la enfermedad mental, no es propio que una
persona juzgue la normalidad de otra, ni que establezca ciertos criterios privados
para determinar lo que es normal. Ningún terapeuta puede saber lo que está
sucediendo en el cuerpo y el cerebro de alguien. Hace algunas décadas, Abraham
Maslow trató de establecer criterios para definir lo normal. En lo alto de su lista
colocó la autorrealización y las experiencias “pico”, cuya existencia es dudosa
pero es una posibilidad para la mente liberal de Maslow. De hecho, muchos de
nosotros elevamos nuestros problemas personales, nuestros impulsos, valores y
déficits al nivel de principios, y los llamamos “normales”. Por ejemplo, los
freudianos creen que la habilidad de diferir el placer es un signo de normalidad,
pero muchos neuróticos suelen retrasar el placer porque suelen tenerle miedo y
creen que si disfrutan mucho, algo malo les puede pasar. Algunas escuelas
holísticas creen que es normal el “ve a buscarlo”, pero “ir por ello” puede ser
una señal de espontaneidad o de impulsividad neurótica.
Lo que agrava más allá el problema de la normalidad, es que cada sistema
terapéutico tiene sus propios criterios sobre lo normal. Para algunos es la
habilidad de analizar nuestros sueños; para otros, la facilidad de llegar a la toma
de conciencia; para algunos más es el ajuste social: permanecer casados,
mantenerse en un trabajo, estar en un lugar. Ésa es la dictadura de la terapia. Los
terapeutas deciden lo que es normal para alguien más, aunque lo que deciden y
cómo lo deciden puede depender de sus propias desviaciones psicofisiológicas.
Yo he notado que los pensamientos y creencias de la gente siguen el camino de
lo que esa gente es. Un terapeuta que no reconozca sus propios sentimientos, no
va a plantear la capacidad de “sentir” como una condición para la normalidad.
Lo que es normal significa, entonces, que todos los sistemas están trabajando
normalmente. Eso se parece a una lógica circular, pero el dolor impreso tiende a
dislocar el funcionamiento en cada nivel del organismo humano. Así, el sistema
compensa cuerpo y mente en un esfuerzo para ser normal o establecer el
equilibrio. Esta compensación puede tomar la forma de una teoría elaborada
acerca de lo normal y lo desviado.
Casi todo comportamiento neurótico es una tentativa de normalizar o
“corregir” al sistema. Una persona puede tomar cinco tazas de café al día porque
sus huellas tempranas han producido una “baja en su sistema” con una baja
energía y una tendencia a la depresión. El café ayuda, y eso nos parece normal.
Esa persona se siente mejor después de tomar mucho café, se siente “él mismo”.
Sólo comienza a descubrir la anormalidad de su práctica después de que ha
sentido su prototipo temprano parasimpático.
Tomar cinco tazas de café no es normal, porque ningún sistema normal
puede tolerar una estimulación artificial tan abundante. La estimulación artificial
crónica —en la forma de cosas como el café, el whisky y los cigarros— no es
anormal sólo porque alguien decide llamarle así. Es anormal porque un sistema
total no permite tal abuso. Los bebedores de whisky deciden que la mariguana es
anormal y hacen leyes contra ella: ¿que es normal, su vicio o el que ellos
condenan? Los que toman LSD, ¡han visto la “luz”! y creen que el resto de
nosotros somos unas pobres almas ignorantes. Sienten y creen que es muy
normal sentir una conciencia cosmológica o que ellos están en contacto con
vidas pasadas. Quienes han sentido su dolor nunca tienen esas nociones. Los que
han hecho abreacción y permanecen desconectados sí lo hacen.
ORÍGENES DE LO ANORMAL

La anormalidad comienza en el útero cuando la madre está muy estresada y


transmite su estrés al feto, que entonces logra manejar el input, cambia funciones
y aumenta su nivel de estrés hormonal. Hay una alteración de la función tiroidea,
una eficiencia inmune, etc. Es así como el escenario queda listo para la
anormalidad. El bebé ya es anormal, antes de que haya visto la luz del día y, más
tarde, cuando haya visto muchas veces la luz del día, desarrollará una serie de
ideas anormales que se acomodarán con el cambio de sus desviaciones
originales. No va a desarrollar sistemas ideacionales que vayan contra su propia
biología: alguien con mucha rabia no va a creer en la gentileza. El frío guerrero,
lleno de miedo y rabia, deberá tener un enemigo con el fin de justificar lo que
está sucediendo en su interior. Puede desarrollar complejas racionalizaciones
acerca de por qué se le debe temer, pero en realidad el enemigo está dentro de él.
Los cambios fisiológicos son los modos en que se comporta el feto. El
impreso tiene un alto nivel de representaciones corticales, de modo que,
ocasionalmente, esta dislocación encontrará su camino, afectando su
comportamiento fisiológico. La psique sólo sigue a los impresos.
Estadísticamente, el hijo de una madre fumadora es más bajo de estatura que
lo que debía ser de acuerdo con su programa genético. El bebé de una madre
alcohólica tiene más posibilidades de contraer cáncer; podrá parecer un chico
bien ajustado pero, de pronto, a los veinticinco años de edad es derrotado por la
enfermedad. Su sistema siempre fue anormal, pero no había modo de saberlo de
antemano. Pudo haber cambios en las plaquetas sanguíneas, en los linfocitos y
en la función de los riñones, todo ello invisible y no detectado. Todo ello son
anormalidades subclínicas.
Los bebés criados en orfanatorios a menudo no crecen adecuadamente.
Colocados en hogares armoniosos y afectuosos, de pronto empiezan a crecer de
una manera natural. Entonces descubren que les corresponde una estatura
normal. Ser amados es normal, porque permite al sistema ser normal; no ser
amado es anormal.
EL PUNTO DE VISTA PSICOLÓGICO DE LO NORMAL

No puedes estar enfermo y al mismo tiempo sentirte bien (o normal). Aunque


esto suene obvio, muchos profesionales de la salud mental tienen un punto de
vista opuesto; al considerar la normalidad, desconocen al cuerpo. Piensan que
sólo es la mente la que deviene neurótica. Tu fisiología puede estar alterada y ser
normal, sin importar cómo actúes.
Ser normal o neurótico: ambos aspectos ofrecen un muy amplio espectro de
posibles comportamientos. En una persona con dolor el comportamiento puede
ser neurótico, pero será normal en cuanto el dolor se remueva o reprima. Una
fuerte orientación hacia el sexo se puede considerar neurótica en quienes han
erotizado el dolor, mientras que este mismo aspecto se puede ver normal en
aquellos con un umbral de dolor relativamente bajo.
El neurótico no gasta de acuerdo con lo que tiene; el dinero puede ser el
modo con el que maneja su dolor porque tiene un gran significado simbólico. A
menudo éste gasta con mucha libertad, eso ya no es lo que él es, ahora es un
símbolo de la necesidad de satisfacción. Tener una gran cantidad de dinero en el
banco significa seguridad y hace que el neurótico se sienta cómodo y
reasegurado. “Nada malo te puede pasar cuando tienes dinero”, ésa es la fórmula
que subyace en esa actitud. Calma la inseguridad vivida en el pasado, ya sea
porque nunca había dinero suficiente o porque los padres del neurótico todo el
tiempo lo hicieron sentir temeroso e inseguro. El dinero llena el vacío.
¿ES NORMAL QUERER AHORRAR?
SÍ PARA EL NORMAL Y NO PARA EL NEURÓTICO

Una de mis pacientes dejó de tratar de comunicarse con otros, lo que la hacía
parecer estúpida. No hablar era algo que la protegía contra el sentimiento de que
no se podía comunicar con sus padres. El gran descubrimiento que hizo en la
terapia fue algo que, por cierto, parecía muy simple. Abandonó su necesidad de
comunicarse casi al mismo tiempo que aprendió a hablar, pues tratar de
comunicarse la hacía sentir la gran desesperanza que se apoderaba de ella. Así
que, sentir la imposibilidad de comunicarse le permitía comunicarse de nuevo.
Para ella, ser reticente no era normal.
Podemos decir que ser útil es normal, y sin embargo hay pacientes que
suelen ser neuróticamente útiles. Aprenden a estar quietos en presencia de sus
padres, a estar fuera de su camino y a ser completamente útiles para evitar un
castigo; en este caso, ser útil es ser neurótico. Una persona sin dolor también
puede ser útil, y en ese caso no es neurótica. Para mencionar otro ejemplo, la
curiosidad es y debe ser un rasgo normal, sin embargo, hay neuróticos que usan
la curiosidad como un medio de supervivencia: conocer exactamente qué clase
de gente están tratando y saber sus motivaciones. Esto puede ser consecuencia
de haber vivido con padres que uno siente que son peligrosos y, con el fin de
evitar el peligro, uno debe saber todo. En este sentido, la curiosidad intensa y la
receptividad pueden ser neuróticas.
¿Pero qué significa todo esto? Son solamente palabras: normales y
neuróticas. Lo que importa por ahora es que describen una condición que se
puede atravesar en el camino hacia un ajuste de la vida. El término “neurótico”
indica a una persona que no está en control de sí misma, dominada por poderes
ocultos. Eso no es lo mejor que le puede pasar. Por fortuna o por desgracia, la
mayoría de la gente no se siente dominada por fuerzas ocultas, simplemente
actúa de forma neurótica. Ser neurótico es la última condición obsesivo-
compulsiva porque uno está condenado a repetir los patrones una y otra vez,
durante toda la vida.
LA NEUROSIS COMO CORRUPCIÓN E INSATISFACCIÓN

Un neurótico se puede transformar con la ilusión de tener una recompensa,


porque eso es lo que ha pasado en la infancia. La inseguridad, el amor o la
comprensión y protección pueden corromper porque se anclan en necesidades
insatisfechas. En primer lugar, a una persona normal no se le puede persuadir y
corromper con facilidad, porque no tiene necesidades insatisfechas con las
cuales se pueda enganchar. No es fácilmente tentado porque la tentación no
dispara la montaña de necesidades que imagina van a ser satisfechas.
El neurótico lleva una vida exagerada. Necesita fuerza para fumar, beber,
jugar o tomar riesgos. Sobreactúa o apenas actúa, porque las reacciones derechas
o rectas no las puede sentir ni medir. Cuando uno está fuera de contacto consigo
mismo, nuestras reacciones no son armónicas, por eso tratamos de actuar como
personas interesadas, excitadas y amorosas. Pero sólo es una actuación.
Cuando nuestros sentimientos quedan bloqueados no obtenemos mucho de la
vida. Los regalos no son significativos, los viajes decepcionantes, nada es como
“debía” ser porque cuando viajas, “tú” siempre vas a ese lugar. Nada es como
debía de ser. Si el neurótico se queda quieto, sabrá que no está cómodo, estará
incómodo e insatisfecho. Pero no se aquieta en tanto que su neurosis esté
funcionando. Sigue adelante, trabaja, da vueltas, se mantiene ocupado. Eso
libera algo de su tensión y lo hace sentirse cómodo. Cuando se rompe una pierna
y no puede caminar, comienza a sentir dolor, ésa puede ser la primera indicación
de que, después de todo, no es tan normal.
CRITERIOS DE NORMALIDAD

He visto a miles de pacientes que han revivido su dolor. Tienen algunas facetas
en común a las que puedo llamar normales. Describiré este complejo: lo
característico de la normalidad es la habilidad para estar satisfecho. El neurótico
a menudo está insatisfecho con casi todo. Siempre se está perdiendo de algo
importante, así que nunca tiene dinero suficiente, ni seguridad, amor, sexo,
poder, prestigio o fama. Estar satisfecho con la propia vida es un gran logro, pero
al neurótico no le importa cuál es el regalo ni el logro. Nada hará a una persona
sin amor, sentirse amada. Ser completamente amada durante la infancia, es lo
que hace a alguien sentirse satisfecho. Es lo más relajante que existe sobre la
Tierra
Ser ambicioso es una norma cultural de nuestra sociedad; sin embargo,
después de remover el dolor impreso, mis pacientes son menos ambiciosos y
tienen menos impulsos, no porque estén convencidos de que es normal ser
menos ambiciosos, sino porque su sistema les dicta nuevos valores y
comportamientos. Ya no trabajarán doce horas diarias. Siempre depende del
paciente elegir sus valores. Su sistema sabe lo que deben ser esos valores, algo
mejor que cualquier otra cosa. A menudo lo que se conoce como ambición, es
solamente tensión transformada. Los altos niveles de energía basados en la
activación del dolor han derivado en una conducta dedicada a buscar y lograr
metas, a la que llamamos ambición.
Una persona quiere “seguir adelante”, pero eso puede significar seguir
adelante en el canal de nacimiento Este aparente “estirón de la imaginación”, a
menudo lo informan pacientes que han revivido tratar de salir del canal durante
un nacimiento complicado. El problema con los neuróticos que tienen una
energía muy alta, es que generalmente sienten la energía, pero no el dolor que
tienen en el fondo.
Creo que hay algunos criterios muy claros para definir la normalidad, los
cuales se pueden emplear de un modo general. Uno es la ausencia de lucha. El
neurótico ha aprendido a recibir amor por medio de la lucha, dado que
inicialmente el amor no le fue dado sin esfuerzo. El neurótico, hombre o mujer,
ha aprendido que ciertas maneras de comportarse son aprobadas y otras
reprobadas. La persona lucha por ser buena, modesta, tranquila y prudente. Estos
son comportamientos naturales, pero se han aprendido como un modo de llevarla
bien con los padres.
La lucha es el modo simbólico del neurótico para sentirse realizado o pleno.
El neurótico raramente va en línea recta a buscar el amor; al contrario, el patrón
es encontrar a un neurótico —como alguno de tus padres— y entonces luchar
para que te ame. Encuentras a una mujer muy fría y tratas de volverla cálida.
Encuentras a un hombre crítico e insatisfecho y tratas de hacerlo complaciente.
La lucha por el amor está relacionada con no conseguirlo. Lograr un amor
aparente hace al neurótico sentirse peor, porque los sentimientos subyacentes son
de no ser amado.
Algunas veces las neurosis se entretejen y pareciera que existe una relación
normal. Pero ambas partes se sienten insatisfechas. La mujer que tuvo a un padre
tiránico, necesita a un hombre débil al que no le tenga miedo, y se casa con un
hombre así. A su vez, él está buscando una mamá fuerte. Éste es un matrimonio
hecho en un cielo neurótico. Cada una de esas elecciones es simbólica, actuar en
el presente es una tentativa de dominar el pasado.
Otro factor para ser normal es la ausencia de tensión neurótica, esa tensión
que mantiene a alguien en movimiento constante, que habla demasiado, toca con
sus dedos y sus pies, con los ojos fijos, mueve la cabeza, la postura rígida, que
tiembla, pareciendo burbujeante y efervescente, o con un rostro impasible y
“congelado”. Las personas normales tienen un aire relajado. Hablan y escuchan
fácilmente, y como no están bloqueadas por dentro, su calidez no es aparente.
Hay un toma y dame en ellos. En su habla hay un tono de sensibilidad.
Una persona normal es cuidadosa porque tiene acceso a los sentimientos y
puede empatizar y simpatizar honestamente. A diferencia del neurótico, la
persona normal es capaz de regocijarse con los logros de los demás. El neurótico
tiene un problema con eso. De forma natural, el normal no se autoengrandece, no
es egoísta, agresivo, no cooperativo, centrado en sí mismo. Estar reprimido es no
ser totalmente humano, sin importar qué tan humanista y/o altruista uno crea ser.
Cuando parte de nuestra humanidad está encerrada en la lejanía, uno puede hacer
cosas insensibles y crueles, sin conocer los efectos de nuestros actos.
Por definición, el neurótico está centrado en sí mismo. Cualquier
conversación casi siempre relaciona consigo mismo. Es una persona con una
autorreferencia constante. No puede escuchar: su dolor y su necesidad le
impiden ver a los otros y se enfoca sin reservas hacia sí mismo. En cada ocasión
social trata de acaparar para sí mismo.
Nos percatamos de que el narcisismo es un valor clave para diferenciar lo
normal de lo anormal. ¿Hay críticas saludables? No, eso es algo incongruente,
una contradicción de términos. ¿El amor a sí mismo es normal? La gente normal
no se ama a sí misma, sólo vive y no considera si ellos se aman a sí mismos o
no. Esta cuestión no está en su repertorio. Una persona amada que ha sido
formada en un amor parental, no piensa en ello, es algo que le fue dado, como el
color de sus ojos: no es una cuestión debatible.
La persona normal puede aceptar la crítica porque su mundo no se va a
colapsar si alguien la desaprueba. No se va a sentir devastada si a alguien no le
gusta lo que hace. La neurótica se defiende contra esa clase de crítica porque se
le ha hecho sentir mal acerca de sí misma. “Debo ser mala porque no me aman”
es su ecuación consciente; por tanto, no está abierta a las sugerencias y a las
nuevas ideas o a cualquier cosa que le plantee un reto a lo que ha hecho. Lo
normal es estar abierta a lo que dicen los demás y poderlo aceptar. El
comportamiento defensivo no es normal.
¿Ocuparse de la política es normal? Nunca he visto a alguno de los pacientes
que terminaron la terapia primal que se haya pronunciado hacia ella. Al
contrario, no pueden imaginarse querer llevar la vida de alguien más, sólo la
propia. Éste es, en sí mismo, un trabajo de tiempo completo. Aquellos que no
han sido amados necesitan ser queridos y respetados por todos, y siempre
necesitarán más. Su realidad es que no se sienten realizados y, recordemos,
siempre respondemos primero a nuestra realidad interna primaria. Lo normal es
lo que hace cualquier gente, la clave es encontrar quién y qué es normal. Si has
sido aceptada y amada exactamente por lo que eres, con suerte eres normal. La
normalidad se irradia, del mismo modo que lo hace la neurosis.
Como no existe una dictadura terapéutica que determine qué y quién es o no
es normal, tenemos que encontrarlo por nosotros mismos. Es un descubrimiento
de alivio. ¿Puede hacernos normal un descubrimiento o una percatación en
nuestra neurosis? Un giro mental, como un descubrimiento, no va a cambiar una
psicofisiología alterada.
Lo normal es inteligente, sin necesidad de ser intelectual. Él o ella saben lo
que es correcto y bueno para ellos. Conducen la vida que necesitan vivir. No
cultivan falsas metas y luego luchan por lograrlas, sus necesidades son modestas
y razonables. No viven en su cabeza. El intelecto neurótico sirve para mantener a
la persona despegada de sí misma. Las grandes ideas y el gran conocimiento
raramente ayudan a la persona a establecer y mantener una relación, o a dejar de
fumar y beber. Originalmente, el intelecto fue diseñado para guiar nuestros
instintos y sentimientos con el fin de resolver nuestras necesidades. El intelecto
neurótico trabaja contra la necesidad.
La persona normal es un ser histórico. Si está consciente de su pasado tiene
acceso a sus recuerdos remotos. Siente la continuidad de su vida; para ella es
normal ser un todo integrado, pasado y presente. Ser neurótica significa estar
apartada de su propia historia: ser ahistórica.
Los sueños de una persona normal son tan claros y realistas como ella lo sea.
Los recuerdos en el bajo nivel ya no están bloqueados y dirigidos a símbolos
bizarros en los sueños. La memoria es lo que es. Esa persona no tiene pesadillas
y sabe lo que significan sus sueños, del mismo modo que conoce porqué tiene un
síntoma. En resumen, su cuerpo ya no es un misterio para ella.
La persona normal ya no carece de guía, no tiene fachada ni nada que
esconder, nada que pretender. Es lo que es y, por tanto, con su presencia permite
a los otros ser lo que son. No es alguien tan removido que sólo puede
relacionarse con gente suprimida, remota, sin emociones. No es un ser
dominante que sólo es capaz de relacionarse con almas débiles y pasivas. Una
mujer no es tan temerosa que no pueda dejar su casa. Tener miedo es normal
cuando hay una razón. Estar asustada, cuando no hay una razón aparente, es
neurótico.
En cierto sentido, el neurótico está incompleto; busca el resto de sí mismo en
la otra mitad de su sistema nervioso. La persona muy reprimida encuentra a una
muy desinhibida con quien relacionarse. El salvaje e incontroladamente histérico
encuentra a la pareja controladora.
Actuar de forma retorcida en la vida temprana significa que nuestros padres
neuróticos condicionaron su amor por nosotros, situación que exigía que tú
fueras lo que ellos necesitaban, en lugar de lo que eres. Lo que un padre necesite,
será siempre la única verdad. Los neuróticos evitan a los normales; no serán tus
compañeros de tragos y no jugarán contigo. No halagarán tu ego ni construirán
tu autoestima. No debes recurrir al “normal” para construir tu personalidad.
El principio es el siguiente: la realidad se rodea a sí misma de realidades, así
como la irrealidad es atraída por la irrealidad. La persona normal no necesita ni
aprecia los halagos; el neurótico vive para ellos. El normal puede aceptar un
sano elogio; el neurótico lo busca constantemente.
El neurótico místico no se va a relacionar bien con aquellos que no creen. Si
llega a buscar a un gurú protector, no va a permanecer con aquellos que sienten
que su búsqueda es ridícula. Sus ideas irreales necesitan reforzamiento, no
necesitan retos. La idea no es apartarse de aquellos que se adhieren a la realidad,
porque eso también puede conducir a descubrimientos dolorosos.
La persona normal se caracteriza por su estabilidad, la cual, por cierto, no es
sinónimo de “aburrimiento”. A la persona normal no la vamos a considerar tan
“excitante” como a la persona inestable que necesita viajar, buscar aventuras y
arriesgar su vida. La vida normal no la vemos como una “buena lectura”, como
aquella de un neurótico fuera de control que hace algo bizarro e inusual; pero eso
no significa que una persona normal no sea interesante. El suyo es un estado de
sentimiento interno complaciente, de acceso a su zona interior. Su significación
no está en la pirotecnia, sino en la experiencia interna.
¿QUIÉN ES EL JUEZ DE LA NORMALIDAD?

¿Correr diez millas cada día es normal? Puede ser, si eso es lo que quiere hacer
una persona normal. Pero hay muchas personas obsesivas que creen que deben
correr cada día. Están corriendo para eliminar la tensión y de ese modo sentirse
bien. Pero no es normal. ¿Cómo puedes notar la diferencia?
¿Hablar mucho es normal? Algunas personas hacen cosas normales de
manera neurótica. Son neuróticos normales porque hacen las cosas normales
neuróticamente. Uno de mis anteriores colegas corría por todo el país dando
conferencias. Elevaba su neurosis a la forma de un arte, “entregando sus
discursos”, que era de lo que realmente se trataba.
¿El normal es energético? Lo es porque su energía no se ha gastado en la
batalla de la represión. Sin embargo, el hiperenergético no es normal. ¿Cómo
puedes notar la diferencia? Porque está impaciente por demostrar que está
presente.
Podemos imaginar a una persona normal que está tomando un cigarro de un
paquete que dice: “Este artículo es dañino para tu salud”. No es normal ser
irracional. Cuando fumas, sabiendo que te expones a un alto riesgo de cáncer, no
es racional, pero el dolor fuerza a las personas a ser irracionales. Fumar y beber
son dos comportamientos neuróticos que intentan ser normales, haciendo que el
dolor disminuya a proporciones manejables.
El normal trata de hacer su vida más fácil. No es así en el caso del neurótico,
que complica su vida. A menudo no es capaz de organizar bien su tiempo para
estar puntual en sus compromisos. Quizá se retarde porque no puede soportar
estar esperando a los demás. Inconscientemente se las arregla para que lo tengan
que esperar. Debe funcionar bajo presión recreando una y otra vez la presión que
lleva dentro de sí, por eso espera hasta el último segundo para estar listo, y
entonces invariablemente se retrasará. “Ahí estaré a las ocho” significa algo muy
diferente, no llegará a esa hora, y puede estar tan distraído que se olvida de sus
compromisos.
El normal puede amar, es capaz de dar, de ser afectuoso, algo que es muy
difícil para un neurótico La madre neurótica a menudo está tratando de obtener
el amor de sus hijos, el cual no pudo obtener de su madre cuando era una niña.
El normal puede “dejar ser” a sus hijos, porque ellos no tienen que satisfacer sus
viejas necesidades. Siempre hay alguna clase de barrera emocional entre los
neuróticos y los otros. Mientras más nos acercamos a nosotros mismos y a
nuestros sentimientos, podemos llegar más cerca de los otros. Aquellos que están
emocionalmente removidos, son los primeros en removerse de sí mismos.
El hombre o la mujer “normales” son inusual y físicamente saludables. Su
sistema está funcionando sin todo el viejo equipaje que suele cargar en su cuerpo
el neurótico. El normal no va de inmediato con el doctor a causa de éste o aquel
padecimiento. Casi cada neurótico padece de algo: dolores de cabeza, de
estómago, sufrimiento, tensión muscular, tendinitis, dolores de espalda, etc. El
normal no gasta su dinero ni su tiempo en la búsqueda constante de salud. El
neurótico crea un “nido” en el que se siente seguro: el periódico que lee, la gente
con la que se relaciona, la música que escucha, todo le ayuda a reforzar sus
creencias y puntos de vista sobre el mundo.
¿TE PUEDES SENTIR NORMAL?

¿Ser normal es un sentimiento? ¿Te puedes sentir normal? Por desgracia, no. No
hay alguna etiqueta que diga “normal”. Si alguien puede experimentar todo lo
del propio yo, es normal —si no lo puede experimentar, no lo es—. Si piensas
que puedes sentirte normal, estás en un problema. Si te sientes contento,
relajado, sin presión y cómodo, eres normal. La frase clave en este caso es “si tú
sientes”. Si no lo sientes, tu imaginación va a trabajar para hacerte creer que eres
normal. El neurótico místico nunca se siente solamente “bien”. Se siente
“maravilloso”
¿Entonces no hay realmente criterios objetivos para hablar de “normal”?
Nuestros estudios de los niveles hormonales después de remover el dolor de los
pacientes, ayudan a contestar la pregunta. Después que el dolor ha disminuido,
todos nuestros pacientes tuvieron cambios hormonales, pero algunos hombres
encontraron elevados sus niveles de testosterona, y otros los encontraron bajos.
Lo normal no era materia de una opinión o de una validación consensual. Era
diferente para personas distintas.
Muchos profesionales de la salud mental no ven la neurosis como algo
biológico, así que, por supuesto, su concepto de normal está confinado a la
mente. Tú actúas normal, ergo, eres normal. Lo que es diabólico acerca de la
normalidad es que mientras estamos mejor defendidos, más podemos pasar por
normales. No tenemos lesiones aparentes, funcionamos y “ahí la llevamos”.
El simple término “profesional de la salud” indica los límites de la
psicoterapia. Freud lo decía con mayor claridad, hablaba de “neurosis orgánica”
y postulaba que los órganos manifestaban neurosis. Esa observación se disfrazó
en un murmullo freudiano acerca del Id y el superyó, pero aun así, Freud vio la
neurosis en nuestra biología.
¿Una psicoterapia nos puede hacer normales? No, una psicoterapia puede
alterar tu mente, pero no te hace normal. Solamente una terapia experiencial que
atienda al cuerpo y a la mente te puede enseñar a actuar de maneras que se
consideran normales, pero “la mera verdad”, ninguna terapia te puede volver
“normal”, sólo te puede convertir en un ex neurótico.
La psicoterapia sólo te puede enseñar a actuar de alguna manera que parezca
normal: es posible que aprendas a controlar tus impulsos o aminorar tu
compulsividad obsesiva, pero no serás normal. Tratando de modificar nuestro
comportamiento, la terapia moderna intenta producir una fachada normal. Eso
dirige al dolor más profundamente en el cuerpo y lo hace inaccesible. Entonces
se declara al paciente como “mejor”, aunque no haya nada “mejor” que alcanzar.
Lo más que podemos lograr es que alguien logre ser él mismo. Nunca podrás ser
algo mejor que tú mismo.
Algunos profesionales creen que una cierta cantidad de tensión es normal y
necesaria. Argumentan que necesitamos la ansiedad para galvanizar el sistema;
creen que no habrá manera de tener éxito si no hay tensión. Abrazan un estado
neurótico y apuestan por metas neuróticas que son consideradas como virtudes.
Yo todavía creo que, además de la neurosis, una de las más grandes aflicciones
de la humanidad es su tratamiento.
Los que tienen poca tensión —como lo he observado— todavía tienen
motivación y producen, y a menudo tienen éxito, pero no porque estén dirigidos.
El cerebro normal no está tan ocupado como otros, por eso podemos enfocar,
concentrarnos y tener un buen espacio para la atención.
El concepto de normal es importante porque la mayoría de las psicoterapias,
conscientemente o no, aspiran llegar a un estado que se considere normal. La
manera como definan “normal” determina sus métodos de terapia y las metas a
lograr por el paciente. Si el paciente está inclinado hacia metas irreales, aun si
llega a alcanzarlas, continuará no siendo real.
Por ejemplo, la terapia de retroalimentación decide que debes tener un cierto
patrón de ondas cerebrales que indiquen relajamiento. Pero lo “normal” no
significa controlar tus ondas cerebrales, significa tener ciertos patrones de ondas
sin esfuerzo o control. En otras terapias se está satisfecho cuando desaparecen
los síntomas. Se piensa que lo que no puedes ver, indica normalidad. Sabemos
que desviar lejos un síntoma no necesariamente es un indicador de normalidad.
Si el síntoma desaparece con la resolución del dolor, eso es una cosa, pero tratar
de manipularlo para que desaparezca, es otra.
Necesitamos tener confianza en el paciente, no nada más en lo que dice, sino
también en lo que su cuerpo está diciendo. No hay mejor juez en el universo que
el cuerpo; ningún experto podrá saber más que él. Esto significa que cada uno de
nosotros tiene dentro de sí criterios absolutos acerca de lo que es normal, y
también los medios para su propia cura. Los terapeutas ya no tienen que ser “el
doctor” que hace pronunciamientos sobre los pacientes, y éstos no tienen que
seguir actuando como seres brillantes o ajustados. Ellos también pueden confiar
en sí mismos, porque el cuerpo es el doctor. El cuerpo hace su propio
diagnóstico. Eso parece un milagro, pero sólo es normal.
XV. El papel del llanto en la psicoterapia

Lágrimas desde las profundidades de la desesperación divina, surgen


del corazón, se amontonan en los ojos, al mirar los dichosos campos
otoñales, pensando en días que ya se fueron.
LORD TENNYSON
La terapia primal se ha comparado con un “periodo de llanto”. Los pacientes
lloran sobre bases regulares. Se le ha llamado autoindulgencia, gratificación del
ego, debilidad e histeria. Pienso que no es nada de eso, al contrario, llorar es una
necesidad biológica, una tentativa de curación, un esfuerzo para reestabilizar el
organismo y restaurar una función natural esencial. En verdad no creo que
cualquier persona pueda sanar en la psicoterapia sin llorar. Muy poco de esta
llamada autoindulgencia puede mantenerte enfermo, tanto psicológica como
físicamente.
EL LLANTO Y LA NECESIDAD

El propósito original del llanto de un niño es ser confortado, tener sus


necesidades satisfechas. Mucho antes de que el niño tenga un sentido de la
tragedia, tiene una cruda necesidad, la cual llega a remplazar la habilidad de
lagrimear, lo que no es evidente hasta un tiempo después del nacimiento. Para el
infante, el llanto es una señal de incomodidad que emite para lograr que lo
protejan y que lo amen. No es capaz de articular lo que necesita específicamente,
así que llora para expresar su necesidad o su dolor.
Gritamos antes de que podamos llorar, y lloramos antes de poder hablar,
antes que podamos organizar nuestras concepciones acerca de lo que tenemos y
de lo que carecemos. Cada una de estas etapas de expresión forma parte de la
habilidad de comunicarnos. Llorar es un lenguaje, primitivo, pero de cualquier
modo, muy humano. La historia de la neurosis es la historia de la miseria y la
necesidad de llorar para echar fuera esa miseria. Llorar no es solamente una
expresión de dolor en general, es también un vehículo que nos transporta de
regreso en el tiempo a aquellos traumas específicos que estaban enterrados hacía
mucho tiempo por el proceso de represión. Esas lágrimas son las que rompen las
barreras y nos ayudan en un viaje a través de aquel tiempo, cuando algo nos
dolía y no podíamos llorar. Las lágrimas lavan nuestro dolor y desenmascaran al
inconsciente. Ésta no es una metáfora, sino un hecho biológico.
LAS LÁGRIMAS PRIMALES Y EL DOLOR REPRIMIDO

Las lágrimas por una pérdida temprana son la solución que disuelve las paredes
del inconsciente y liberan el dolor encapsulado. Los orígenes neurológicos del
llanto están en el hipotálamo. Ahí los circuitos neurales se distienden desde el
núcleo lacrimal, van a los centros del llanto y se elevan hacia el córtex.
El llanto profundo —tal como lo vemos en nuestra terapia— no es histeria,
sino una categoría única que implica alivio. Es el primer fenómeno convulsivo
que se relaciona con el proceso de alivio. Aquí, el cerebro adulto abre el camino
al cerebro infantil, viajando de regreso a un sentimiento exacto, en un momento
y en una escena exactos en los que el llanto debió tener lugar, pero no lo logró.
Las lágrimas quedaron suspendidas en el tiempo por la agonía de la experiencia.
La regresión del cerebro adulto al cerebro emocional y luego al perinatal
“prelacrimoso”, es la reversa exacta del desarrollo cerebral.
LAS LÁGRIMAS SON ÚNICAMENTE HUMANAS

Las lágrimas, con mucho, son únicamente humanas. Diferimos de los animales
en nuestra habilidad de llorar y lagrimear. Llorar es un proceso curativo. No creo
que uno pueda curar la enfermedad, o un conjunto de enfermedades serias, sin el
llanto. Sin embargo, por alguna razón esta función natural se ha hecho objeto de
oprobio. Solemos callar a nuestros niños y los ridiculizamos por ser “bebés
chillones”, considerando que una vez que han crecido no deberán llorar, porque
se cree que llorar es un signo de debilidad. Por eso solemos bloquear ese proceso
biológico innato y luego pagamos el precio, porque a ese bloqueo se anexan un
montón de supresiones y dislocaciones: no solamente se bloquean unas cuantas
lágrimas, sino un funcionamiento biológico básico. Por eso, cuando restauramos
esta función todo el sistema (incluidas las hormonas y las ondas cerebrales) se
normalizan.
Parece como si los efectos fisiológicos fueran análogos a no permitirnos reír.
Como suele suceder, aquellos que son inhibidos parecen inhibir su risa y sus
lágrimas. Eso es, finalmente, el espectro de su emocionalidad que es pisoteado
por la represión. Si dejamos llorar a un bebé hasta donde pueda, porque sus
padres no creen que sea bueno consentirlo o sobreprotegerlo, tarde o temprano el
bebé dejará de llorar porque su necesidad de llorar pidiendo ayuda ha sido
ignorada. Sin embargo, esas muchas horas de llanto ignorado permanecen y
seguirán saliendo varias décadas más tarde, cuando se revivan esas escenas en la
que no solamente se suprimen las lágrimas.
En el llanto ignorado del niño también hay un sentimiento de desesperanza
aprendida. La cantidad de tranquilizantes que serán necesarios en la vida adulta
dependerá, por cierto, de la cantidad de llanto reprimido. La parte optimista de
todo esto es que la cantidad de llanto que se quedó sin salir es finita, de modo
que si después lloras durante cierto tiempo, te sientes bien nuevamente, porque
has hecho algo que el cuerpo necesitaba hacer.
Cuando en la terapia repasamos nuestra historia y nos enfocamos en las
escenas pasadas, las lágrimas desbordan todo aquello que no fue expresado en la
primera infancia: la injusticia y la tragedia de todo ello, nos golpea. En esas
lágrimas está la agonía, el ruego, la urgencia y la demanda. El desbordamiento
de las lágrimas deja al descubierto la escena traumática completa, incluidos los
detalles que habían sido olvidados. Las lágrimas son los agentes de la memoria,
son la expresión más elocuente de aquel pasado. Recordemos que algunos
sentimientos son evidentes mucho antes de que tuviéramos palabras para
expresarlos; en una vuelta al pasado, en una vuelta a las lágrimas de entonces,
los sentimientos están en la memoria. A menudo no queda nada más que llorar.
LA REPRESIÓN DE LAS LÁGRIMAS

Algunas veces la represión ha durado tanto tiempo, que las lágrimas ya no son
recuperables. Aquellos en tal estado son candidatos a enfermedades serias,
porque esas lágrimas están en algún lugar. En algún lugar el cuerpo está
llorando. Recuerdo haber visto a una paciente que tenía una condición que
comprendía un constante lagrimeo en un ojo. La enfermedad tenía un nombre
sofisticado, pero cuando ella lloró con todo su corazón en la terapia, ya no
necesitamos encontrarle el nombre.
Los padres, además de prohibir las lágrimas a los niños, simplemente “no
están ahí para atenderlos”. El hecho es que no hay un hombro donde llorar,
ningún sentido de empatía o de bondad y suavidad humanas que sea suficiente
para secar las lágrimas. Un niño pequeño capta el mensaje muy rápidamente:
llorar es inútil, así que se vuelve a otros lenguajes como rabia, berrinches,
enfermedades psicosomáticas, discapacidad en el aprendizaje; llora pidiendo
ayuda de una manera que no le hace bien. Tiene que regresar al “lugar” en el que
su fisiología se detuvo. De otro modo se convertirá en un gruñón y quejumbroso.
Como lo dijo un paciente: “Me he quejado de todo en mi vida porque nunca supe
que estaba equivocado. Ahora que he sentido de lo que debí haberme quejado,
ya no lo tengo que hacer”. El niño cuya nariz constantemente está escurriendo,
está llorando por la nariz. Hemos visto desaparecer un gran número de alergias
cuando la persona de nuevo logra tener acceso a su historia. No tenemos que
teorizar acerca de la relación entre llorar y sanar. La vemos en acción.
LAS LÁGRIMAS Y EL SENTIMIENTO DE PÉRDIDA

Las lágrimas no sólo apuntan hacia una necesidad o un deseo, también a una
pérdida, que es el otro lado de una misma moneda. Existe la tentativa de
recuperar el contacto, restablecer una relación que significa supervivencia. Son,
como lo hizo notar Browming: “el lenguaje silencioso del sufrimiento”. Cuando
la aflicción es muy profunda, a menudo no hay lágrimas, uno se siente frío,
insensible. Cuando entramos en el dominio de la represión, generalmente
estamos más allá del llanto.
Para aquellos que sufren existe una terapia. En la terapia de “pérdida o
separación”, a esa persona simplemente se le alienta a hablar de la pérdida una y
otra vez, y a llorar por ello. Llorar parece ser el antídoto para la depresión,
primero, porque la depresión es realmente un estado elevado de represión en
donde hay muy poco acceso a recuerdos pasados y, segundo, porque el estado
psicológico del depresivo es el de una inhibición masiva acompañada de una
represión global de todos los sentimientos.
En la teoría freudiana, la depresión es una hostilidad que se vuelca hacia
adentro. Los pacientes psicoanalíticos alentados a dejar salir su rabia pueden
sentirse mejor por un tiempo, pero hemos encontrado que las personas
depresivas mejoran mucho cuando lloran, aun sin liberar su enojo. Y en verdad
el coraje, por sí mismo, no liberará ciertos bioquímicos represivos, como puede
liberarlos el llanto: las lágrimas son la expresión de la necesidad; el enojo es la
expresión de la frustración de una necesidad. Como lo hemos hecho notar, la
liberación de cualquier sentimiento ayuda a la depresión.
LA ABREACCIÓN

Hacer abreacción o catarsis significa la liberación difusa y amorfa de la energía


del dolor desconectado. El enfoque está en un nivel, mientras que el sentimiento
está en otro. Por ejemplo, llorar durante la película E.T., cuando el extraterrestre
deja a Eliot, hace una “abreacción”, o una “catarsis”. Llorar porque tu padre se
fue, es llorar en contexto. Hemos realizado investigaciones con personas que
estaban en una u otra de estas situaciones. Las diferencias biológicas eran
profundas. En el grupo que lloraba, había cambios en las hormonas, en las
funciones cerebrales y en la personalidad: esto no sucedía en el caso de los otros.
Un claro signo de los efectos globales de las lágrimas recapturadas, es el
hecho de que algunas mujeres se comportan realmente de forma sexual la
primera vez que en su vida recuperaron la habilidad de llorar. La liberación de
las lágrimas parece ser la causa de este cambio, aunque no siempre ni en cada
una de las mujeres, pero si lo suficiente para permitirnos ver una conexión. Y
dado que el llanto profundo dispara cambios en las hormonas del estrés y del
sexo, uno puede esperar tales cambios.
EL LLANTO Y EL ESTRÉS

Hay muy pocas dudas acerca de que llorar libera el estrés. Dado que las
hormonas del estrés se encuentran en las lágrimas, en nuestra investigación sobre
las lágrimas, junto con el doctor William Frey, del Centro Médico St. Paul
Ramsey, en Minnesota, encontramos la liberación de ACTH, una hormona del
estrés producida por la glándula pituitaria en el cerebro. Estas mismas lágrimas
también liberan endorfinas. Tenemos que pensar en esto: las hormonas se
relacionan con el dolor, y en el estrés procesado en el sistema nervioso central se
encuentran las lágrimas. En realidad se encuentran en casi cada uno de los
fluidos liberados por el cuerpo. Literalmente ellas liberan y lavan el dolor.
Ayudan a remover los aspectos bioquímicos del estrés y son, por tanto, una
necesidad biológica.
La investigación conducida por el doctor Frey implicó estudiar ambos tipos
lágrimas: las producidas emocionalmente y las que resultaron por aspirar
vapores de cebolla. Esta investigación demostró que ambas clases de lágrimas
son una tentativa de remover toxinas. Unas externas, las otras internas. No es
accidental que en el centro encargado de la liberación de las lágrimas —la
glándula lacrimal— se pone en marcha la misma estructura cerebral que
organiza el dolor y lo cubre con receptores de endorfinas.
En 1978 se realizó otra investigación con treinta pacientes que admitimos en
la terapia primal. Conforme avanzaba su terapia, fueron catalogados como 1) los
que no lloraban, 2) los que experimentaron ligera humectación en sus ojos, y 3)
los que adoptaron posiciones infantiles acompañadas de un profundo llanto.
Medimos su presión sanguínea y el pulso cardiaco. Dieciocho pacientes llegaron
a llorar profundamente durante los seis meses de terapia, en los que mostraron
cambios significativos en los niveles de diversas hormonas, incluidas aquellas
que mediaban en el sexo, el crecimiento y el estrés. Después de veintiséis
semanas, en el grupo que lloraba intensamente encontramos un aumento
importante en los niveles de las hormonas.
El nivel de las hormonas masculinas (testosterona) también mostró grandes
cambios en el llanto profundo. Seis hombres con niveles de testosterona por
encima de 600, mostraron una declinación entre 15 y 35% después de seis
meses. Contrariamente, aquellos con muy bajos niveles de testosterona tuvieron
un aumento significativo (de 20 a 35%) como resultado de su llanto profundo.
Esto indica que quienes tuvieron cifras altas, bajaron, y los que estaban por
debajo de los niveles normales, se elevaron. Ambos cambios nos indican una
normalización del proceso: los niveles de las hormonas del estrés se redujeron en
la mayoría de los que lloraban profundamente.
Los pacientes que pudieron sentir un poco, pero que no lograron llegar a un
llanto profundo, no tuvieron los cambios antes indicados. Los grupos de control
tampoco mostraron cambios. Aquí, como en el grupo anterior, los niveles de la
hormona del estrés se redujeron en la mayoría de quienes lloraron
profundamente.
Los pacientes que sintieron un poco, pero que no alcanzaron niveles de llanto
profundo, no tuvieron dichos cambios. Igual que en caso anterior, los grupos de
control no mostraron cambios, y quienes actuaron “como si” estuvieran
sintiendo, que escupieron, golpeaban y gritaban, tampoco tuvieron cambios
significativos.
LA NECESIDAD DEL LLANTO

Para que las lágrimas curen, no necesariamente tiene que ser “llorando”. No
debe de tratarse de llantos de adultos, sino más bien de lágrimas de bebés,
asustados, solitarios, desprotegidos y no amados: eso los hace sanar, esas
lágrimas siempre están acompañadas por verdaderos berridos infantiles. Las
lágrimas de los adultos no sanan, sólo aligeran la experiencia. Todo esto lo
vemos con claridad en los pacientes que tienen dificultad para llorar, hasta que
realmente elevan sus brazos para alcanzar a su mamá. Con ese movimiento de
los brazos, las lágrimas brotan como nunca antes, y al mismo tiempo que lloran,
lanzan gritos que fueron codificados en los brazos que necesitaban alcanzar para
sentirse confortados. Otros no pueden llorar hasta que logran pronunciar la
palabra “mami”.
¿Por qué es necesario llorar en ese momento? Porque fue necesario llorar en
aquel tiempo. Las toxinas que llegan de un sistema que abusa de sí mismo —
desde todos esos estresores químicos— ahora son hechas a un lado. Ningún
sistema puede estar limpio cuando está inhibiendo una parte de sí mismo.
Cuando los principales subsistemas se dislocan, el cuerpo se intoxica; podemos
ver esta situación en las hormonas del estrés. Los pacientes que reviven traumas
mayores informan que nunca se habían sentido tan puros, tan claros, tan limpios
y relajados como después de haber elaborado un sentimiento.
No es suficiente hablar sobre la propia tristeza, hablar por hablar no puede
influir sobre la total homeostasis. Comprender lo que nuestros padres hicieron,
perdonarlos, racionalizar o decidir olvidar no cambiará nada en nosotros. No es
accidental que después de varios meses de revivir escenas y llorar, también hay
cambios mayores en la relación entre los dos hemisferios cerebrales, que parecen
ecualizarse, o no. Cada sistema mayor está implicado en el sentimiento o en su
bloqueo, nada se escapa.
Una de las razones del por qué los niños acaban por suprimir su llanto, es
porque los padres no toleran ninguna de las reminiscencias de su propio dolor
escondido. Así que uno escucha: “¡Deja de llorar, o te daré algo para que tengas
motivo para llorar!” El niño ya tiene algo por qué llorar, puede no ser
exactamente en respuesta a la situación actual, pero está llorando por alguna
razón, nadie llora porque sea divertido. Un niño llora para expresar alguna clase
de necesidad, infelicidad o tristeza. Los padres neuróticos quieren que lo
suprima. Mientras se siga quejando con su llanto, llegarán a golpearlo hasta que
finalmente se trague sus lágrimas. Entonces lo considerarán maduro, pues a los
ojos de sus padres, el bebé está creciendo. Sí, creciendo en neurosis.
Uno de los científicos asociados con la investigación, examinó la literatura
médica de los últimos 100 años en relación con el llanto. De unos 400 artículos
importantes —incluidos los del American Journal of Insanity, 1984, y el British
Journal of Psychiatry, que se empezó a publicar en 1856—, en este largo
periodo sólo encontró un puñado de artículos apenas relacionados con el llanto,
y ninguno con la cura. Algo tan obvio había sido completamente ignorado
La manera como una sociedad trata las lágrimas es indicativa de su grado de
humanidad. Creo también, con base en nuestras observaciones e investigaciones
—desde hace veinte años—, que el llanto aumenta la longevidad. Sería
fascinante hacer un estudio de la relación enfermedad-longevidad en diversas
tribus y sociedades, y cuál es su manera de tratar con las lágrimas. En nuestra
terapia, el llanto profundo ha afectado la colitis y las úlceras. Estos cambios
mostraron claramente la relación entre las lágrimas reprimidas y los trastornos
físicos. La piel “llora”, “los pulmones lloran”, cada uno a su manera.
Otro beneficio importante del llanto es su efecto calmante. Hemos visto que,
en promedio, hay una caída de 24 puntos en la presión sanguínea en nuestros
pacientes hipertensos y una disminución de diez latidos por minuto en las
palpitaciones cardiacas. También las encontramos en los informes subjetivos de
los pacientes: aquellos que lloraban, necesitaban progresivamente menos
tranquilizantes. Tomando en cuenta que en una tarea, asignada a un grupo, éste
encontró que recientemente más de dos millones de mujeres eran adictas a
tranquilizantes legalizados, podemos ver cuán importante es el llanto. Otro
cambio que vemos en nuestros pacientes, se relaciona con la respiración. Hemos
descubierto que respirar es una manera automática de detener las lágrimas. La
respiración superficial no llega hasta esa parte del cuerpo donde se almacenan
los sentimientos, eso ayuda a la represión. El llanto suele cambiar a
“respiradores profundos” a quienes tienen una respiración superficial; luego, hay
más “cuerpo” en la respiración y éste es un efecto del desarrollo físico,
particularmente en el área del pecho.
Hace mucho tiempo encontramos que el simple hecho de alentar la
respiración profunda en algunos pacientes, los hacía llorar —técnica que ya no
se utiliza—. De hecho, encontramos que es potencialmente peligroso alentar la
respiración profunda en aquellas personas que están sobrecogidas por el dolor.
Cualquier método mecánico extraño, a menudo hace surgir el dolor antes de que
sea el momento apropiado, provocando un trauma fuera de secuencia que
solamente sobrecoge, en lugar de integrar. Pero la relación entre el llanto y la
respiración es indiscutible. Los pacientes llegarán a la respiración y al llanto
profundos, en pequeños pasos, conforme puedan integrar más y más dolor. En
cuanto sienten con más profundidad, la respiración se hace cargo de sí misma.
EL LLANTO COMO MEDIO PARA SANAR

La cuestión es: ¿por qué la sanación tiene lugar solamente con el llanto y el
sentimiento? La respuesta es: porque el sufrimiento activo y la sanación ocurren
de forma simultánea. La razón por la cual no sanamos primero, es porque no
hemos sentido la totalidad de una serie temprana de traumas. Si uno llegara a
sentir a una edad corta un trauma propio, no habría motivo biológico para
reexperimentarlo.
Cuando la represión se establece, también bloquea el proceso de sanar; la
herida queda oculta. Uno solamente puede experimentar tanto dolor en una sola
ocasión, y después de ella, hay un mecanismo fail-safe que establece un límite
superior a nuestra habilidad de responder al dolor; ese mecanismo determina el
otro límite del sentimiento. Cuando hemos sido llevados lejos de ese límite,
estamos más allá de la plena reactividad, dejamos de llorar y, por tanto,
quedamos más lejos de la posibilidad de sanar.
Comúnmente la información neural acerca del dolor está apoyada en el
tálamo. Cuando el dolor no es avasallador, la información se envía al
hipotálamo, el cual inicia una variedad de respuestas, incluido el llanto, que
juega un papel muy importante en el proceso de sanar. Cuando la represión
existe, la información y las lágrimas se redirigen lejos del hipotálamo. Si esto no
ocurre, los excesos de actividad hipotalámica en la presión sanguínea, el pulso y
la temperatura, por ejemplo, serían letales. Por eso es importante que el
hipotálamo no acepte todo ese ingreso. El exceso de energía neural del dolor es
redirigido y encuentra su destino neurótico en el sistema límbico, y es a causa de
esta bifurcación que la plena salud no se puede lograr.
LA DIALÉCTICA DEL SUFRIMIENTO Y DE LA RECUPERACIÓN DE LA SALUD

Dado que la reactividad al dolor tiene un límite superior, más allá del cual no
puede llegar el sistema, simultáneamente se impone un límite superior más allá
del cual se impide sanar. En este sentido, el trauma temprano es una herida que
nunca se cierra; en tanto que todos tenemos una fábrica analgésica construida
por las endorfinas, es claro que los neuróticos no sanan tan rápido como
deberían.
El ejemplo más claro de mi punto de vista es el hecho de que los pacientes,
justo antes de entrar en la secuencia de revivencias, desarrollan una fiebre: la
misma que existe cuando uno está agudamente infectado por una bacteria. Lo
que causa la fiebre es la aproximación al sentimiento y, por tanto, el proceso de
sanar, en casos de fiebre, alberga una gran cantidad de reacciones curativas.
Todo esto lo ilustra muy bien el caso de un prisionero adicto a la heroína, que
para tratar su adicción, se le dio durante varios meses metadona (un supresor del
dolor). En ese tiempo se le aplicó una prueba TB. Muchos meses después, cuando
se eliminó la metadona, se le aplicó otra vez la prueba. Esta vez tenía una
enorme marca roja y una hinchazón que indicaba una posible reacción alérgica y
una probable exposición a la TB. Él ya tenía una historia previa de TB, la cual no
aparecía en la prueba mientras él estaba bajo los efectos de una represión
química del dolor. Cuando la represión le fue levantada, como mencionamos,
tenía una gran marca roja y una inflamación causada por los linfocitos que
portaban los anticuerpos contra el antígeno que le fue inyectado. En el tiempo
que estuvo en reposo, todas las reacciones y el alivio se suspendieron. El cuerpo
no pudo reaccionar como se intentaba que lo hiciera. La cura de la herida
llamada neurosis implica una plena reactivación de todo lo que fue reprimido.
Cada sentimiento profundo es un paso más hacia el alivio. La reactividad es
crucial.
Cuando los niños lloran porque se lastimaron ellos mismos, logran aliviarse
más rápidamente. El hijo de seis años de un paciente tuvo un accidente en el cual
la puerta del coche se le cerró sobre dos de sus dedos: los dedos estaban muy
lastimados y el niño lloró durante algunos minutos. Después dejó de llorar y
trató de olvidarse de lo sucedido. Dos días más tarde, en la mañana, parecía estar
muy agitado e irritable. Se sentó en una mesa con lápiz y papel, sostuvo el lápiz
en su mano traumatizada y trató de dibujar varias figuras. La mano le dolía más
conforme dibujaba, hasta que se sintió muy frustrado y empezó a gritar: “¡No
puedo dibujar, no puedo dibujar!” Luego se cayó de la silla, se torció la mano
derecha y empezó a gritar y a llorar: “Mi mano, mi mano”. Pronto se estaba
retorciendo en el suelo, en agonía. Esto sucedió durante más de media hora.
Después se mostró calmado, exhausto y ante su sorpresa dijo: “Estoy bien y mi
mano ya no me duele”. Desde ese momento la herida en sus dedos sanó con una
velocidad inusual.
Durante la terapia primal la historia se está afirmando. Por eso los pacientes
revivirán el sufrimiento emocional y físico, sufriendo por lo que sucedió hace
muchísimo tiempo; no es extraño para ellos revivir una cirugía, por ejemplo, en
la que estaban inconscientes (anestesiados).
Mientras más tiempo tienen los pacientes en mi terapia, es más profundo su
acceso a los niveles de conciencia. La ciencia ha descubierto que quienes reciben
una anestesia menos profunda durante la cirugía, parecen sanar más rápido, y
aquellos que recibieron anestesia hipnótica se alivian todavía más rápido. Así
que, claramente, el nivel de represión y de anestesia tienen algo que ver con el
alivio. Por eso no es posible sanar una neurosis en un nivel inconsciente, como
se intenta con drogas o hipnosis. La consciencia es crucial para el proceso de
sanar.
Llorar es sanar. Sentir es sanar. La represión va contra la salud. Cada proceso
de nuestro cerebro y nuestro cuerpo tiene una evolución racional. Bloquear el
llanto es correr contra el proceso de la evolución. Por eso, quienes lloran
profundamente parecen “recomenzar” dicho proceso: las barbas comienzan a
crecer a la edad de cuarenta, los dientes de la sabiduría se desarrollan a los
cuarenta y cinco. Los senos comienzan a crecer a los treinta y cinco.
Ahora el código genético puede proceder hacia su destino, el cual es
crecimiento, alivio y salud. No es un mal trabajo para unas minúsculas gotas de
humedad. ¡Imagínense!, las lágrimas tienen el poder de transformar nuestra
fisiología, cambiar nuestra personalidad y echar a andar la máquina de la
evolución. Lo que parecía debilidad para tantos de nosotros, resulta ser una de
las más poderosas fuerzas de la Tierra.
XVI. ¿Porqué tienes que revivir tu infancia
para sanar?

¿Por qué hemos de revivir la infancia para sanar? ¿Nos podemos preguntar por
qué los pacientes tienen que revivir su pasado, en lugar de simplemente hablar
sobre él? ¿Por qué tantas revivencias? Después de todo: ¿no es suficiente hablar
acerca de ello o hasta llorar a causa de nuestra vida? ¿Cuál es la diferencia
crucial?
REVIVIENDO LAS VIEJAS EMOCIONES

No es necesario evocar la escena que uno debe revivir en la terapia; más que la
escena, se trata de revivir su contenido emocional. He visto a padres que
estuvieron en psicoanálisis y analizaron detalladamente, minuto a minuto, ciertos
recuerdos. En la terapia primal se han puesto en contacto con el componente
emocional de aquellos mismos recuerdos, y eso hace completamente diferente la
experiencia. El componente del sufrimiento tiene un sitio de almacenamiento
distinto al de la evocación cognitiva. Al revivirlo, se abren las compuertas de las
diferentes áreas del depósito emocional. La agonía que nunca fue sentida, ahora
se experimenta; las lágrimas que nunca salieron, fluyen en el presente: la tristeza
o la rabia reprimidas están enmarcando todo, la energía bloqueada ha encontrado
una salida.
En la discusión, el aspecto energético de la memoria todavía está bloqueado.
La diferencia entre llorar por… y revivir la intensa agonía temprana de los
cuatro años de edad (cuando se nos enviaba a nuestro cuarto), es igual a la
diferencia entre dos universos. Uno es el del adulto recordando su infancia con
su aparato cortical, el otro es el de un niño inmerso con su cuerpo y su alma en
ese recuerdo.
Lo que está ahí es el recuerdo de un sentimiento —del que estamos hablando
—, que también estamos experimentando. Uno necesita de esta última
experiencia para la resolución. No podemos lograr la normalización
hipotalámica sin los sentimientos respectivos. Si un niño era enviado
repetidamente a su cuarto, y además se le hacía sentir malo o estúpido, no le
hacía ningún bien intelectualizar a ese respecto. El niño debió expresar su rabia
en el contexto real, pero esa realidad no le ayudará a comprender a sus padres, ni
a saber por qué lo tratan como lo hacen, porque la “comprensión” sólo ocultará
la realidad. La furia y la agonía sobre el sentimiento minimizado o ignorado una
y otra vez, permanecen ahí. Llevar a una persona a un regreso en el tiempo y
dejar que el viejo sentimiento lo inunde, despierta nuevamente el total recuerdo
de esa situación, junto con los sentimientos respectivos.
Lo que sucede de ahí en adelante es una progresión natural que no requiere la
interferencia de nadie. Si el sentimiento es de rabia —como a menudo lo es— y
además duele, porque el dolor casi siempre está bajo la rabia, entonces esa rabia
es lo que surgirá y lo hará con una fuerza inefable. Es una fuerza que acompaña
a la necesidad insatisfecha. En estos casos son esenciales las patadas, los gritos,
los golpes en la pared durante horas. Los chicos no fueron forzados a hacerlo,
simplemente surge en el presente, cuando se revive el contexto.
LOS NIVELES DE CONCIENCIA AL REVIVIR

Como dije antes, la memoria está representada en tres niveles (viscerales) de


conciencia: el pensamiento, el sentimiento y la autorregulación. Cuando uno
observa cómo está trabajando el paciente en cada nivel, inmediatamente se da
cuenta de porqué debemos revivir las escenas de nuestro pasado. Ninguna
estructura cerebral o nivel de conciencia puede hacer el trabajo de otra persona.
Al ver a los pacientes, durante los primales de nacimiento, tosiendo y
derramando copiosas cantidades de fluido, además de dejar salir tremendas
cantidades de energía en movimientos convulsivos, comprendemos la diferencia
entre “hablar” y “revivir”. Durante estos episodios, nunca hay palabras ni
lágrimas.
Conforme los pacientes retroceden en el tiempo hasta sus años tempranos, es
cuando expresarán palabras y lágrimas. También están aquellos que a menudo se
comunican en un habla de bebés y con los suspiros de un niño pequeño. Los
pacientes no los pueden fingir, y tampoco son capaces imitar esos sonidos
cuando se los solicitamos. Si un paciente emplea palabras o mueve los brazos
durante un episodio de nacimiento, de inmediato nos damos cuenta de que eso
no es real, lo más que pueden hacer es gruñir. Toda la explicación descansa en el
revivir.
Los niveles de conciencia son discretos y viables, y tienen funciones
separadas unas de otras. Por ejemplo, el trauma de nacimiento está almacenado
en un nivel más bajo que los hechos que ocurren a la edad de diez años. Por
tanto, existen distintos niveles de experiencia relacionados con ese trauma
temprano, lo que explica por qué generalmente no conseguimos materiales
tempranos, sino hasta después de meses de terapia.
Revivir la sofocación en un episodio de nacimiento, la cual resuelve la
migraña, es algo que no podría pasar de otro modo. Está relacionada con la
generación de recursos propios, en un nivel propio. La migraña es un síntoma
del primer nivel. Tratar de discutir este hecho es una contradicción de términos,
dado que pudo haber o no palabras para ello. En cuanto empleamos palabras, se
termina la experiencia y queda sin resolver. Es más, si uno opta por gritar, la
experiencia se falsea. Un recién nacido aúlla, y eso es lo que nosotros
escuchamos, ese sonido es inequívoco.
REPRODUCCIÓN ARTIFICIAL DE LOS NIVELES DE CONCIENCIA

Recuerdo que participé en experimentos con hipnosis, en los que llevábamos a


los pacientes a regresar a la edad de cinco años y los hacíamos hablar sobre su
vida. A menudo tropezaban con algún hecho clave. Por ejemplo, cuando ya
estaban fuera del estado hipnótico: alguno gritaba: “¡Mi mamá regaló a mi
perro!”, y estallaba en llanto. Una vez fuera del estado hipnótico, no recordaban
nada de sus experiencias tempranas ni del hecho de que habían llorado por esa
causa.
En la hipnosis, la regresión de la edad es una evidencia dramática de la
existencia permanente de recuerdos, y también de las lágrimas reprimidas. Con
sólo tener acceso a esos recuerdos, es posible encontrar nuevamente el llanto.
Hay una tendencia a pensar que revivir es una especie de actuación, pero
revivir esas experiencias no es un acto ni un juego: es un hecho neurológico. Los
pacientes no están actuando “como sí” fueran niños. Están bajo el control de un
cerebro infantil, con la completa panoplia de asociaciones que van adjuntas:
solamente al revivir algunos recuerdos nos topamos con una descarga de la
fuerza total de lo reprimido, que reverbera en la energía mediante el llanto y los
gritos.
EL NIÑO SIEMPRE EXISTE

Es tentador pensar en un conjunto de personas adultas que han caído en un


estado de regresión: hablan como niños o se chupan el pulgar como recién
nacidos. El hecho es que el niño sigue apareciendo y existiendo todas las veces,
tanto en el cerebro como en el cuerpo. Constantemente está tratando de llegar a
la conciencia. Lo que hacemos en la terapia es permitir que se libere el
fenómeno que hemos advertido en nuestro análisis sobre el llanto.
Es entonces cuando el niño surge y permite al adulto ver lo que ha estado ahí
todo el tiempo. Esta misma clase de liberación de la inhibición cortical ocurre en
ciertos tipos de daños cerebrales, para el control de los centros. Lo que uno
puede ver de nuevo, es un comportamiento subcortical de tipo fetal. Esto no se
debe al daño que un niño podría hacer a la persona, sino a que desaparecen las
inhibiciones, admitiendo la expresión abierta de lo que ya está ahí.
REVIVIENDO COMO UN PROCESO

Revivir experiencias pasadas requiere de un proceso lento que se debe tratar de


tal manera, que el dolor se pueda manejar y que exista la capacidad de integrarlo.
El proceso suele suceder en una secuencia ordenada, que va desde los hechos
más pequeños hasta el pasado remoto. Generalmente sucede que, durante
algunos meses, la persona sentirá algo que se relaciona con su infancia, por
ejemplo expresa: “No había nadie que me ayudara a salir”. El p