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Entender la pobreza para dar pelea

Facundo Manes

En 2016 recibimos la lamentable noticia de que el número de personas que viven en condiciones
de pobreza en nuestro país había aumentado con respecto al año anterior. Hace unos meses
leímos en los diarios que esa cifra había bajado. ¿Es posible que en el trascurso de tan poco tiempo
miles de personas hayan cambiado drásticamente sus condiciones y posibilidades? ¿De qué
elementos nos valemos para representarnos esa idea? ¿Cuál es ese límite que permite tamaña
maleabilidad estadística? Para lograr erradicar la pobreza es necesario primero realizar un
diagnóstico riguroso y tener una mirada multidimensional de ella.

Muchas de las estadísticas con las que contamos tienden a medir y comparar el aspecto económico
de las personas, es decir, sus ingresos. Pero debemos asumir que la pobreza no es simplemente un
déficit de dinero.

Centrarnos en esta información resta trascendencia a otras dimensiones esenciales para el


desarrollo humano: no podemos considerar que una persona o una familia ha dejado de ser pobre
solo porque su ingreso ha aumentado algunos puntos porcentuales.

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA ha avanzado en este sentido incluyendo en sus


informes y estadísticas aspectos como la seguridad alimentaria, la cobertura de salud y previsión
social, el acceso a una vivienda con servicios básicos y los recursos educativos e informáticos.
Asimismo, existen índices internacionales que toman en cuenta otros factores además del
económico. La ONU propone un índice de bienestar que aporta una medición más amplia de la
calidad de vida de las personas a partir de una gran variedad de cuestiones: los ingresos, la
expectativa de vida, la vivienda, la alimentación (qué y cuánto comemos), lo que consumimos, si
los niños van a la escuela o no, si se tiene acceso a un médico, entre otros. Teniendo en cuenta los
componentes del desarrollo humano de salud, educación, bienes materiales, empoderamiento
político y social, la ONU elabora el Índice de Desarrollo Humano (IDH) y su versión ajustada por la
desigualdad, el de Pobreza Multidimensional (IPM) y el de Desigualdad de Género, enfatizando que
las personas y su bienestar deben ser el criterio para medir el desarrollo humano de un país.

Vivir en un contexto de carencia puede impactar en nuestra toma de decisiones. Como se


menciona en el libro The Behavioral Foundations of Public Policy, la escasez -sea de dinero, de
tiempo, de afecto, de comida, de espacio- provoca un impuesto cognitivo: las preocupaciones y las
constantes decisiones para resolver las necesidades urgentes en el corto plazo que debe tomar
alguien que vive en un contexto de privación absorben recursos cognitivos involucrados en la
atención, en la resolución de problemas, en el aprendizaje y creatividad, y en la capacidad de
frenar los impulsos.

Todo esto, muchas veces, empuja a tomar decisiones apresuradas con consecuencias negativas en
el largo plazo y, por ende, aumenta la probabilidad de perpetuar la pobreza. No se trata de que
esas malas elecciones llevan a la pobreza, sino que es el contexto de pobreza el que empuja a
tomar decisiones que pueden solucionar problemas del corto plazo y poner en riesgo
oportunidades futuras. Por eso es necesario advertir que personas expuestas a contextos de
escasez se podrían comportar de forma similar.

En las últimas décadas se avanzo en el estudio del vínculo entre el estado socioeconómico familiar,
el desarrollo del cerebro y de las habilidades cognitivas. Los primeros años de vida son invaluables
para reducir el impacto de la pobreza en el desarrollo humano. El investigador argentino Sebastián
Lipina ha hecho grandes avances para comprender cómo la pobreza se asocia con el
funcionamiento cognitivo durante la infancia. Algunos de estos aspectos pueden ser modificados
con intervenciones teniendo en cuenta al individuo y el entorno particular y por ello, nunca debe
considerarse que es demasiado tarde.

Para combatir la pobreza es necesario considerar toda su complejidad. Entender esto ayuda a
explicar por qué algunas intervenciones fracasan y aporta al diseño e implementación de
programas más efectivos en el intento de combatir la pobreza. Los programas que han tenido
mayor éxito son los que consideran su multidimensionalidad y combinan estratégicamente
acciones para el desarrollo de la primera infancia, la nutrición temprana, la salud, la educación de
calidad, la vivienda, la infraestructura y los servicios.

La ciencia tiene un rol importante que cumplir en torno a esta dramática inequidad social. Debe
haber un diálogo constante entre los hacedores de políticas públicas y los científicos para que la
evidencia permita diseñar intervenciones más eficientes para mejorar la vida de las personas. Lo
hemos dicho y lo reafirmamos: el crecimiento económico sin inversión en desarrollo humano –
adecuada nutrición, educación de calidad, salud, infraestructura, ciencia, cultura- no es sostenible
y no podrá conducir a un futuro con verdadera equidad social. La sociedad civil debe insistir e
intervenir desde el lugar que a cada uno nos toque para lograr una sociedad con posibilidad de
desarrollo para todos. Cuando hablamos de erradicar la pobreza estamos diciendo que deben
mejorarse las condiciones de vida y las oportunidades de millones de personas que forman nuestra
propia comunidad. Debe ser una prioridad. Siempre.