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Los límites entre salud y enfermedad: una perspectiva

clásica de la OMS
En una entrada previa de este blog se inició una reflexión sobre los conceptos de salud
y enfermedad, empezando con un repaso a la vigencia del naturalismo en la forma de
entender estas nociones por parte del subconsciente colectivo de nuestra sociedad. Al
margen de esto, la evolución cultural ha hecho que sea dominante la idea de que la
salud tiene sobre todo que ver con la situación física y mental en que se encuentra una
determinada persona, en un momento dado, condicionando el ejercicio de sus
funciones individuales. Así, una sencilla definición de salud sería decir que es aquel
estado que permite el normal desempeño de todas las funciones propias de la persona.
Entonces, enfermedad podría ser definida como la ausencia de salud, o, dicho de otro
modo, como la existencia de alteraciones (enfermedades) que afectan a las condiciones
físicas o mentales de la persona, siendo capaces de interferir en el normal
funcionalismo del individuo.

Es posible complicar algo más esta aproximación


inicial a los conceptos de salud y enfermedad si,
como es frecuente, se incluyen en la definición de
salud las condiciones emocionales y sociales,
además de las físicas y mentales. En la misma
línea cabe extender la noción de funcionalidad
normal del sujeto más allá de las tareas
estrictamente fisiológicas, ampliándolas a las de
relación y correcto ajuste con el entorno.

Precisamente, la que casi con seguridad es la más


conocida definición de salud lleva al límite esta
extensión de criterios. Nos referimos a la
declaración de la Organización Mundial de la
Salud (OMS) producto de la Conferencia
Internacional de Alma-Alta en 1978. En ella la
OMS define la salud no como la mera ausencia de
enfermedad, sino como el estado de completo
bienestar en lo físico, mental y social. Considera
que es un derecho humano fundamental y que la consecución del máximo nivel de
salud posible es el más importante objetivo a nivel mundial, para lo que se requiere la
colaboración de los sectores sanitario, social y económico.

Pero, ¿dónde está el límite entre salud y enfermedad? En un extremo podríamos situar
un irreal estado de máxima potencialidad física, psíquica, emocional y social, propio de
superpersonas. En el opuesto estaría la más absoluta incapacidad para ejecutar
cualquier función propia del ser humano. Por desgracia, al contrario de la ausencia de
supermujeres o superhombres que reúnan en sí las máximas potencialidades humanas
en todos los terrenos, sí existe una situación en que la persona está, en la práctica,
absolutamente incapacitada para cumplir con cualquier tipo de función de relación
social, emocional, psíquica e incluso física, más allá de lo estrictamente reflejo. Se trata
del denominado estado vegetativo permanente (EVP). El EVP supone, sin duda, la
situación real más cercana a la ausencia continuada de salud que puede plantearse.

Entre los extremos se situaría un amplio y poco definido espectro de estados entre
salud y enfermedad. Para aclarar esta interfase, un primer punto de interés es tener en
cuenta la duración de la alteración, disfunción o enfermedad, como un factor
importante a la hora de estimar su impacto sobre la salud. Una cefalalgia aislada banal,
o la pérdida transitoria de una correcta capacidad de relación social, motivada por una
ocasional ingestión aguda de alcohol, no tienen, en general, un efecto relevante sobre el
estado global de salud del individuo. Sin embargo, una violenta cefalea tipo migraña de
presentación muy frecuente, o una también frecuente incompetencia en la relación
social por alcoholismo crónico, sí tienen un importante efecto sobre el individuo, que
ahora podrá perfectamente etiquetarse como enfermo. Un segundo punto a considerar
es el impacto que la alteración que modifica el estado de salud tiene según momentos o
individuos concretos. Volviendo al ejemplo de la intoxicación etílica, la misma
ocasional toma de bebidas alcohólicas en un sujeto que a continuación debe conducir
un vehículo sí puede tener un efecto demoledor sobre su salud, e incluso sobre la de
terceras personas. Del mismo modo, en el caso de la cefalalgia aislada, en alguna
ocasión podría no ser banal sino el síntoma de comienzo de una alteración más grave,
tal como un síndrome de hipertensión intracraneana. Aún cabría añadir que la misma
alteración en dos diferentes personas puede tener impactos radicalmente distintos.
Para ilustrar este punto basta acudir a ejemplos sencillos como el del pianista
profesional que desarrolla una artritis reumatoide, o el de la actriz que presenta una
parálisis facial a frigore.

Al igual que para el individuo aislado la salud es un bien primario, en términos sociales
la salud es un bien de prioritaria atención universal. Por ello, poco antes de la
Declaración de Alma Alta, concretamente en mayo de 1977, la 30ª Asamblea Mundial
de la Salud adoptó la resolución WHA30.43 en la que decidió que la principal meta
social de los gobiernos y de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en los
siguientes decenios, debería consistir en alcanzar para todos los ciudadanos del
mundo, en el año 2000, un grado de salud que les permitiera llevar una vida social y
económicamente productiva. Esta es la meta denominada popularmente como “salud
para todos en el año 2000”.

Este ya clásico posicionamiento del máximo organismo internacional para la


promoción de la salud refleja una relevante visión social del concepto de salud.
Alejándose de una postura maximalista, o de más o menos complicadas definiciones
teóricas, plantea que el primer objetivo de todo gobierno, sin duda de hondo calado
ético, es la búsqueda de un nivel mínimo de salud que garantice una vida productiva,
tanto en lo social como en lo económico.