Lo político en la ruptura de los límites de lo público.

Ernesto Laclau y Jacques Rancière
María Virginia Morales Juan Manuel Reynares

I
Ante las propuestas de consensos, de esferas públicas inclusivas, plenas de ciudadanos democráticos, fundadas en su racionalidad inherente, un pensamiento específicamente político debe, en cambio, ser un pensamiento de los confines, de los fundamentos contingentes, de las relaciones de poder involucradas en la definición de lo público. Planteos posestructuralistas como el de Ernesto Laclau, o el más ‘indefinible’ a primera vista de Jacques Rancière, apuntan en tal dirección. Una de las categorías más importantes en esta discusión sobre lo público es, indudablemente, la de esfera pública de Jürgen Habermas. A su vez, una crítica punzante, ubicada en dentro del marxismo contemporáneo, es la de Nancy Fraser, en “Repensando la esfera pública…”1. Tal artículo desarrolla con profundidad un análisis donde se dejan ver las debilidades de la categoría habermasiana, a partir de una revisión bibliográfica que enfatiza cómo este espacio público burgués es producto de múltiples exclusiones, -por lo que es, entonces, esencialmente contingente, uno más entre otros posibles-. Uno de los puntos a resaltar del artículo en cuestión son las fronteras de la esfera pública. Para Fraser éstas de ningún modo son a priori o dadas por la naturaleza. El contenido de esta esfera, lo que se constituirá en una cuestión de incumbencia común, se decidirá a partir de una disputa discursiva. Ahora bien, estamos de acuerdo en que la esfera pública siempre fue constituida por medio del conflicto. Acordamos en ello en tanto comprendamos que este siempre no tiene una correspondencia temporal, la dimensión de conflicto es inherente a la conformación del orden social. Entendemos entonces a lo social no como un lugar conformado por una esfera pública oficial -dominante- junto a una diversidad de esferas públicas rivales que se elevan en reclamo a la primera, sino como un campo en donde múltiples discursos/identidades disputan por la fijación del sentido del orden, y por lo tanto de esta disputa emerge la definición y redefinición del contenido de lo público y lo privado. En consecuencia, tal como lo indica Fraser, la esfera pública se sostiene sobre históricas exclusiones significativas centradas en el género, la raza, la clase, etc. Lo que es lo mismo, la constitución de la esfera pública es el resultado de múltiples relaciones de poder. Entonces ya no sólo la dimensión de conflicto es inerradicable; la exclusión y el poder también son constitutivos de la división público/privado. De allí en más, la crítica es todavía más punzante al desnudar las fallas del liberalismo racional universalista subyacente a la argumentación habermasiana, desde el cuestionamiento de algunas de sus premisas básicas. A los propósitos de este trabajo, sólo nos quedaremos con la noción de contrapúblicos subalternos. Ellos son distintos grupos sociales subordinados2 que por momentos encontraron la posibilidad de conformar públicos alternativos. Fraser designa a «escenarios discursivos paralelos en los cuales los miembros de los grupos sociales subordinados crean y circulan contradiscursos para formular interpretaciones oposicionales de sus identidades, intereses y necesidades»3. Lo importante aquí es que los contrapúblicos ayudan a expandir el espacio discursivo cosa que Fraser destaca como positiva- por cuanto emergen producto de su exclusión en los públicos dominantes. En este sentido, «la idea de una sociedad igualitaria y multicultural solamente tiene sentido si suponemos una pluralidad de escenarios públicos en los cuales participan grupos con diversos valores y retóricas. Por definición una sociedad tal tiene que tener una multiplicidad de públicos».4 Antes que pretender
1 Fraser, N., “Repensando la esfera pública: una contribución a la crítica de la democracia realmente existente”, en Calhoun, C., Habermas y la esfera pública, Cambridge, MIT Press, 1992. 2 Dentro de estos grupos subordinados la autora considera a las mujeres, trabajadores, gente de color, y homosexuales y lesbianas. 3 Idem, pág. 9 4 Idem, p. 10.

como un avance para la dinámica democrática la existencia de un único público, tal como aparece en el planteo de Habermas, Fraser sostiene que la preeminencia de varios públicos en disputa asegura la mayor y mejor participación. La esfera pública no es un espacio neutral, al que es posible llegar a partir de argumentaciones basadas en la capacidad de la racionalidad -occidental-. Es aquí que Fraser presenta la categoría de públicos subalternos, como espacios de debate e inclusión, que desarrollen en su seno contradiscursos, ya no como meras opiniones discursivas, sino también como indicadores de las identidades sociales que allí se forman y expresan, y que tienden a buscar la adhesión de una multiplicidad de otros públicos subalternos a su alrededor5. Dos cuestiones aquí para resaltar. Por un lado, si estamos diciendo que estos contrapúblicos en su calidad de subalternos son capaces de generar espacios discursivos paralelos, contradiscursos, interactuar discursivamente, estamos diciendo que ya forman parte del espacio público, que se entienden -y los entiendencomo parte de él, que comparten este espacio y que hacen uso de él. Pero, ¿siempre estuvieron allí? ¿Desde cuándo son capaces de interactuar contradiscursivamente? ¿Cómo es que llegan estos contrapúblicos a poder hablar con voz propia? Más adelante intentaremos responder con Rancière estas cuestiones. Comenzar a interrogarnos sobre el papel de la dislocación y la ruptura -el desacuerdo- en una reflexión política sobre nuestra realidad implica considerar que la proliferación de contrapúblicos por la que Fraser aboga, y que nosotros en un primer momento apoyamos, no es posible sino en un ámbito donde se hace presente la lógica de la hegemonía. La autora no parece definir si apuntarse o no en una ampliación ilimitada de la esfera pública, despojada de los principios burgueses. Hay instancias de mayor precisión donde podemos observar su postura: «… en la medida en la que estos contrapúblicos emergen como una respuesta a exclusiones en los públicos dominantes, ayudan a expandir el espacio discursivo»6. Esa expansión transforma el espacio discursivo mediante un movimiento retórico, no topológico. Necesariamente deberá haber disputas por el sentido, involucrando lógicas de equivalencia y diferencia, y por lo tanto, entrando en juego la lógica de la hegemonía. También hay algo de esto en el artículo de Fraser al mencionar que los contrapúblicos subalternos tienen un carácter dual, es decir, en su contenido particular enfatizan el reagrupamiento, mientras su contenido universalizable implica la actividad de agitación dirigidos a públicos más amplios, porque «los miembros se entienden como parte de un público potencialmente más amplio: ese cuerpo indeterminado y empíricamente contrafactual que lo llamamos “el público en general”».7 Allí se pone de manifiesto la acción de ese flujo de diferencias del campo de la discursividad general que es imposible de detener, y que sólo se puede estabilizar en el intento de su sutura discursiva. Entonces, ¿es posible considerar a la esfera pública en Fraser como la noción de discurso en Laclau, o en términos más factibles por la cercanía teórica, como el orden policial de Rancière? ¿No es, en ese sentido, la proliferación de contrapúblicos una manifestación de la multiplicación de instancias de dislocación, con efectos antagonizantes? Pero ahí hay un problema: si suponemos estos contrapúblicos en un escenario pluralista, donde se amplíe el acceso y las posibilidades de participación de esa esfera pública, eventualmente deberá verificarse una ruptura política, donde entre en disputa la red de significados compartidos que sostiene el diálogo en el marco de esa esfera pública en cuestión. Tal expansión no puede realizarse armónicamente. Por otro lado, es importante la aserción de la autora de la imposibilidad de definir a priori el contenido de lo público. No existen fronteras a priori, o establecidas por naturaleza en la relación entre lo público y lo privado. Lo que habrá allí es una señalización retórica que nos lleva a pensar lo privado como expresión de los límites del espacio público. Siempre amenazará la existencia íntima con subvertir el sentido de lo público, una inadecuación constitutiva entre mi vivencia personal y los sentidos compartidos. Las fronteras móviles, inestables, indecidibles entre uno y otro espacio se juegan en la precariedad de todo orden, en donde lo común adquiere sentido como público, y en donde lo privado se retira para la vivencia de lo íntimo. Lo público es algo más que una cuestión de incumbencia común, es algo más que un conjunto de públicos, porque hay también no-públicos que no son los contrapúblicos, que están en un no-lugar que no es el de la subalternidad, que en cualquier momento saldrán del secreto para hacerse visibles, y hasta comunes al común de la comunidad.
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Un contrapúblico implica ya un espacio de interacción discursiva, y por lo tanto con prácticas específicas, que busca resignificar los sentidos del público oficial y que intenta representar sectores no “atendidos” por él. Una autora, Geoff Eley, citada por Fraser, va incluso más allá y propone pensar a la esfera pública como “el marco estructurado donde ocurre la disputa o negociación cultural e ideológica entre una variedad de públicos” (p. 7). 6 Idem, p. 6. 7 Idem, p. 7.

En fin, la idea de que la esfera pública es el marco estructurado donde se negocia/disputa una variedad de públicos puede acercarse a una noción de hegemonía -incluso en una vertiente neopluralista crítica que reconoce las desigualdades en el acceso a la discusión y toma de decisiones públicas- siempre que complejice el análisis en términos de dislocación y articulación. Si no esto no sucede, puntualmente hay una negación de la institución política de lo social, y con ello, de la constitución también política de la división público/privado. Por ello estas propuestas chocan, por acción o por defecto con ingenuos intentos de ampliación de una esfera pública que se expande en términos del consenso, de una lógica institucionalista tan abarcativa que pospone interminablemente la política. Por ello, Laclau y Rancière son pensadores a tener en cuenta.

II
A partir de las limitaciones de los planteos exclusivamente institucionalistas, o bien de los fundacionalismos que encuadran tópicos en el ámbito público o privado según argumentaciones a priori, una lectura de Laclau nos permite indagar las razones por la que esa frontera, que delimita los asuntos de la comunidad y aquellos de la intimidad, depende del conflicto, o más bien, de la tensión política inherente entre orden y conflicto. Si pensamos que el espacio público se configura en términos discursivos, y por lo tanto, sus dinámicas siguen los carriles de la metonimia y la metáfora, de la diferencia y la equivalencia, también nos veremos obligados a aceptar que no hay posibilidad de un espacio público pleno, aquél en que finalmente todos los asuntos sean tematizados, precisamente porque la totalidad, como cualquier noción de universalidad, se construye en la tensión con un exterior constitutivo, aquél que posibilita su existencia al mismo tiempo que la vuelve imposible. Toda totalidad es aporética, y la dinámica de esa aporía Laclau la desarrolla en el concepto de hegemonía. Pero lo que aquí recuperamos es la especificidad que aporta tal exterior constitutivo, el antagonismo, como imposibilidad de establecer de manera definitiva los límites de cualquier formación de sentido. Ello subvierte el orden dado, y la dislocación por lo tanto es constitutiva de esa estructura. La contingencia se hace presente al señalar la ausencia de todo fundamento que coagule las diferencias a priori. Si el orden social se establece así, precario y transitorio, las fronteras entre lo público y lo privado serán una marca más de cómo esos límites indecidibles son establecidos una y otra vez por los procesos hegemónicos, contingentes y eminentemente políticos. Incluso si nos interrogamos acerca de nuestra historia política reciente, cada uno de los sujetos políticos que hegemonizó el escenario político argentino estableció una frontera significativa entre los asuntos comunes y aquellos del ámbito privado, como lo fue el bienestar económico o la provisión de un gran número de servicios durante los ’90. Ahora bien, toda demanda que cuestione los límites del orden de sentido, o lo que es su reverso, se muestre como elemento inarticulable en la ley –hegemónica– que espacializa las diferencias, desarrollará un potencial político inapelable, ya que es ése el momento en que se vuelve evidente la dislocación que habita la estructura. Allí se observa la reactivación que vuelve evidente la institución política de todo orden social. Las respuestas que motivan la sutura de esa dislocación pueden desarrollar tanto la lógica de la diferencia como de la equivalencia, pero en cualquiera de los sentidos -que se superponen de forma continua- el orden social se verá transformado. Además de tal transformación, las suturas verificadas no podrán ocluir su carácter transitorio. Como plantea Laclau en varios pasajes de su obra, el momento político se reafirma ontológicamente sobre lo social, no sólo en nociones tales como antagonismo o dislocación, que refieren a la negatividad constitutiva en la constitución de identidades políticas, sino también en el proceso de hegemonización, productor de subjetividades que deciden en campos de una indecidibilidad estructural, y que al hacerlo configuran nuevos órdenes del discurso, dando sentido -parcialmente novedoso- a distintas prácticas sociales. Queda por aclarar que no hay ningún vínculo determinante entre esa estructura abierta y el sujeto que viene a completarlo transitoriamente, sino los elementos contingentes que hacen a cada caso. En esa relación de exterioridad, que sin embargo no puede ser completa -ya que de ser así deberíamos buscar la especificidad del sujeto suturante en alguna otra instancia privilegiada de lo social-, y simultánea interioridad, que es excedida por la excepcionalidad del sujeto hegemónico, se encuentra la práctica política. Es la falla constitutiva de todo orden, entonces, lo que nos permite pensar en términos de una práctica política que se desarrolla en la tensión orden/conflicto y adquiere dimensión de transitoriedad. Ningún orden hegemónico puede alcanzar su realización plena, pero nunca puede dejar de intentarlo. Todo orden falla necesariamente en la búsqueda de un imposible que no puede abandonar. Toda hegemonía encuentra sus

condiciones de posibilidad/imposibilidad en un campo de lo social estructurado a partir de la distribución de sus cuerpos en lugares, roles y funciones bien determinados, con sistemas precisos de legitimación, en donde los límites alcanzan su sutura a partir del punto donde lo visible comienza a desvanecerse. Los límites de inteligibilidad incluyen lo más acá de lo visible, porque lo que está más allá, lo que no se puede ver, lo que nuestro horizonte no logra abarcar, no se puede pensar, no se puede contar, no se puede escuchar. Entramos en el pensamiento de Rancière, en categorías que no dudan en complementar y complementarse con la perspectiva de nuestro autor anterior. Esta falla es también una falla en la palabra; así, el orden hegemónico es un orden de la palabra; la distribución sensible de los cuerpos no es otra cosa que la distribución de las voces de manera tal que éstas quedan supeditadas a una cuenta jerárquica, cuando no quedan fuera de ella. La disputa por los límites, por el horizonte de sentido que estabiliza a todo orden es una disputa por la palabra. He aquí el escándalo de la política; porque los seres sin nombre, los seres sin voz, los privados de inscripción simbólica en la ciudad, pueden irrumpir con acciones concretas en el orden policial y darse un nombre inscribiéndose, de este modo, como seres parlantes en un destino colectivo. La política comienza con la irrupción de la parte que no contaba como parte. En otros términos, la política es una actividad ruptural que se origina siempre en una apropiación de la palabra del otro adquiriendo su especificidad en el momento en que éstos que hablan no poseen representación alguna dentro de la conformación hegemónica vigente. La política subvierte el orden, pone en evidencia la dimensión de conflicto, exclusión, contingencia y desigualdad inherente a la institución policial, pero al mismo tiempo instituye ese orden. La política rompe con los sentidos, con lo naturalizado, con lo evidente, con el destino, e instituye el desacuerdo, lo impensable, lo inesperado, lo diferente, aquello de lo cual ni siquiera hay registro de nominación, hace escuchar un discurso donde sólo escuchábamos ruido. En pocas palabras, rescatar la dimensión ruptural de la política es permitir abrir paso al pensamiento para reflexionar respecto de las condiciones de posibilidad/imposibilidad de nuevas identidades y la especificidad de las prácticas democráticas. En síntesis, nos introdujimos en este ejercicio de reflexión intentando observar la especificidad de la política en el momento de ruptura con el orden dado, cuando la negatividad constitutiva de lo social se evidencia bajo la figura de la dislocación. Para ello trajimos a la discusión a Laclau y Rancière, para tratar de dar forma a una noción de política, que sin pretender ser demasiado abarcativa, evite caer en planteos que proponen engañosas propuestas de total inclusividad o racionales consensos al interior del espacio público. Antes que eso, los planteos de los autores estudiados aquí cuestionan de manera radical la posibilidad de contar con una sociedad estable, definida en términos de parámetros universalmente inteligibles. La objetividad de lo social posee una forma discursiva, y por lo tanto enfrenta las dinámicas de conformación de identidades sociales en torno a la metáfora y la metonimia, la condensación y el desplazamiento. Además de ello, el establecimiento de límites a las formaciones sociales es informado por la presencia del conflicto, en la evidencia del antagonismo, o del daño, que vuelve posible el hablar de una comunidad, al mismo tiempo que imposibilita su permanencia. Entre otras formas de entender la dislocación, podemos analizarla como la temporalidad que interrumpe la espacialidad del discurso. La dislocación es así la interrupción del orden por el acontecimiento, el evento, que viene a irrumpir en la espacialidad transitoria establecida por el discurso, policial en esta instancia según Rancière8. Para dar cuenta de esta última frase, debemos analizar cómo toda hegemonía instituye una ley que regula las diferencias en torno a una estructura que sobredetermina su sentido9. Esa interrupción del orden es el momento de la política en la argumentación de Rancière, cuando una parte no contabilizada, no articulada en el
Debemos atender en esta instancia a una diferencia existente entre el orden del discurso y la noción de policía. El planteo de Laclau incluye el momento de la decisión, productora de sujetos, que intenta suturar la dislocación constitutiva de lo social. Es ese sujeto hegemónico el que producirá la nueva regulación discursiva, sobredeterminado las particularidades articuladas, intentando espacializar el flujo de diferencias. Por su parte, Rancière no especifica la dinámica de jerarquización de la policía, si hay o no algún parámetro que funcione como regulador de la distribución sensible de los cuerpos en comunidad. De aquí, de la ausencia en el argumento rancierano del momento de la cristalización hegemónica, y la sola mención de la política como actualización del principio de la igualdad que interrumpe el orden policial, es que sostenemos que es posible hacer un uso análogo de ambas categorías, teniendo en cuenta tal distancia teórica. 9 La sobredeterminación viene dada por el hecho de que cada elemento particular relacionado como diferencia al interior del discurso no pierde su particularidad, aun cuando parcialmente es reconocido a partir de la cadena equivalencial en que se inserta. El mismo carácter ambiguo de la relación equivalencial permite tal sobredeterminación. Lo que es importante considerar aquí es que no hay literalidad última en cada elemento diferencial articulado, sino que en esa misma articulación adquiere su identidad, que por participar de tal modo del proceso hegemónico, sólo será transitoria.
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sentido ordenado discursivo previo, se arroga la capacidad de lenguaje para ser entendida, para ser simbolizada por el discurso del orden social. Ese momento de arrogancia implica la introducción del principio de igualdad, pero no como contenido sino como forma, como la forma que permite al que obedece un lenguaje entenderlo. Este principio de igualdad, autónomo de la política, es el del ser parlante cuya imprecación no es un ruido, y por lo tanto, ininteligible, sino la palabra articulada, y por lo tanto compartida. El momento del desacuerdo es precisamente ése, el de la dislocación donde irrumpe la parte de los sin parte y comienza a hablar. Al hacerlo, se evidencia que el orden previo, que sostenía el valor del habla autorizada, era contingente, como así también lo será el inaugurado bajo la irrupción. Ahora bien, la hegemonización de un discurso implica el establecimiento de las fronteras -por lo tanto siempre móviles y litigiosas- entre lo público y lo privado, es decir, en los límites del espacio público. Precisamente el momento político es del encuentro en el espacio público preexistente de una diferencia inarticulada, irrepresentable, que se arroga la capacidad igual a la del resto de expresarse, es decir, que su contenido sea comprensible en el marco de ese espacio público, motivando entonces su transformación.

III
Una última reflexión sobre la categoría de pueblo. ¿Por qué cuestionar la categoría pueblo en una argumentación como la recién concluida? Porque el pueblo expresa algo más que la dislocación y que la parte que busca ser comprendida en los términos articulados en el orden del discurso. El pueblo es la encarnación de la plenitud imposible, es el nombre para la totalidad de la comunidad, y sólo es posible hablar en sus términos -sabiendo de todas las consideraciones sobre la imposibilidad de universalidades a priori- en el caso en que una parte se arroga la capacidad de hablar en nombre de otras, de todas las otras. Pero hay preguntas que siguen siendo pertinentes: ¿qué sucede con aquellas demandas que no hablan en nombre del pueblo, que no buscan representar en sí mismas una totalidad que las trasciende, que es inconmensurable con ellas? Consideramos que la última producción de Sebastián Barros apunta a responder esa pregunta. En un primer texto10, su hipótesis es que el populismo es específico del momento de irrupción de lo excluido en tanto que irrepresentable, lo que conlleva la inestabilidad institucional. Es sintomático que recurra a Rancière para tal especificación, ya que el autor francés trata a la política como el proceso donde aquella parte que no formaba parte en nada ahora se transforma en una parte «que, en nombre del daño que le provocan aquellos que los empujan a no tener parte en nada, se identificará con el todo de la comunidad»11, es decir se hace presente allí la lógica de la excepción y el exceso. Hablamos de excepción porque aquella parte de los sin parte rompe la lógica ordinal de la policía, porque no estaba incluida en la regulación policial previa, pero agregamos el exceso porque esa parte incluida de manera radical encarna algo imposible, pero que sólo adquiere presencia a partir de esta nunca suficiente representación, y que también rompe la jerarquía policial al introducir un principio supernumerario, de un uno que vale más que uno. Por ello la política encuentra su lugar en el desacuerdo, o mejor para la cuenta de nuestros argumentos, en la imposibilidad de una total jerarquización natural, por lo que se hace evidente que el orden político es producto de la convención humana, basada ella en el conflicto. Porque el pueblo cuenta por algo que en última instancia no existe. Se sostiene desde allí el énfasis del autor en las luchas democráticas-populares. Este último adjetivo aparece allí por el hecho de encontrar en el pueblo el nombre de una categoría imposible de subsumirse en categorías sociológicas, o lo que es lo mismo en el vocabulario de Laclau, por ser el locus de una práctica articulatoria que va más allá de cualquier diferencia institucional. La ruptura política conlleva una doble dimensión: una parte que no era contada como tal, que irrumpe en la regulación interna del discurso; y por otro lado, esa misma parte que representa algo más que ella misma, que se hace extensivo al todo de la comunidad. En este trabajo, sostenemos que la irrupción, que tratamos con las categorías de dislocación y ruptura, pone en aprietos a la espacialidad -que pone a cada uno de los que habla públicamente en su lugar-, pero desde la presencia de un irrepresentable antes no presente, no necesariamente desde el proceso equivalencial de surgimiento de un pueblo. ¿Cómo resolvemos esta contradicción, apoyando sólo una de las posiciones presentadas? Creemos que eso implicaría desoír la pregunta por las demandas que no suponen la articulación de un
10 Barros, 11Idem,

“Inclusión radical y conflicto en la constitución del pueblo populista”, CONfines, N° 2/3, enero-mayo, 2006. p. 69

universal, el ruido hecho por las Madres de Plaza de Mayo al comienzo de su lucha, por ejemplo. Volvamos a Barros, en este caso en una ponencia posterior12, porque en esa categoría de populismo creemos que permite dejar en claro la posible concurrencia de los autores estudiados con la postura presentada por nosotros. Barros enfatiza la noción de espectralidad del populismo: «El populismo es así la activación de un espectro, el espectro del pueblo, que aparece y desaparece de la escena remitiéndonos a esa heterogeneidad excluida siempre necesaria… [el populismo] aparece [en] un obrero que puede pensarse dueño de una fábrica recuperada, de un desocupado que puede pensarse como parte de una confederación de trabajadores, de una mujer que reclama el derecho a disponer de su cuerpo, de un militante que impreca solicitando democracia directa, o de un pueblo originario que reivindica su propia institucionalidad ante el avasallamiento de la democracia liberal».13 A esa cadena de ejemplos -particularidades que se equivalen como el suplemento de una sociedad para darse una cierta forma- se le puede sumar la de unas Madres y Abuelas que imprecan por memoria y justicia para sus desaparecidos. En última instancia, el momento político de la dislocación, o de la irrupción de una parte de los sin parte como seres parlantes en el espacio público, demuestra cuáles son los elementos excluidos para que exista cierto orden social, y tal reclamo encarna la posibilidad de otro orden posible. Si el pueblo es una figura espectral, que nunca se lleva a cabo, pero cuyos efectos de heterogeneidad -de la negatividad constitutiva de todo discurso- se encarnan en demandas que irrumpen el espacio público, y que por lo tanto quiebran la lógica institucional-policial, el acercamiento entre Laclau y Rancière adquiere contornos más definidos. Ya que no es necesario que las demandas apunten a universalizar su contenido, sino que su misma irrupción denota su presencia como suplemento heterogéneo, en pos de una plenitud todavía -y sabemos que nunca- alcanzada. Esa plenitud es la que en última instancia rompe la lógica numeraria policial del orden, y por ello toda irrupción política asumirá en sí la excepción, de no ser contada como parte y pretender serlo, y también el exceso, por encarnar en su particularidad el suplemento necesario de toda objetividad. Nuevos interrogantes bifurcan el camino de nuestras reflexiones, nuevas preocupaciones comprometen al pensamiento. No quedan más que tensiones, paradojas y aporías para dar cuenta de la multiplicidad y diversidad de las luchas políticas contemporáneas.
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Barros, S., “Espectralidad e inestabilidad institucional. Acerca de la ruptura populista”, ponencia presentada en el VII Congreso de la SAAP, Córdoba, 2005. 13Idem, p. 11-12.