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Alternativas para una Iglesia que camina con espíritu y desde los pobres

COMUNIDADES ECLESIALES DE BASE:


RED DE COMUNIDADES1

Pedro A. Ribeiro de Oliveira*

1. Introducción

Nuestro objetivo es reflexionar sobre las Comunidades Eclesiales


de Base (CEB) como agentes de la restructuración eclesial proyectada
por el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ellas desempeñan ese papel en
la medida en que se organizan en forma de ‘red’, como indica el título.
Para centralizar el debate, conviene dejar claro qué son las CEB y qué
es la organización en red.

1 Temática del taller desarrollado durante el II Congreso Continental de Teolo-


gía, en Belo Horizonte, el 27, 28 y 29 de octubre de 2015, a propósito de las
Comunidades Eclesiales de Base como ‘red de comunidades’. Texto original en
portugués, traducido por Juan Ángel Dieuzeide.
*
Brasileño. Doctor en sociologia de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica).
Miembro de Iser-Assessoria, una organización no gubernamental que desarrolla
atividades de formación, investigación y producción de subsidios, atendiendo
a movimientos y organizaciones populares, sindicatos, comunidades de base e
iglesias cristianas en Brasil. Es profesor jubilado de la Universidad Federal de
Juiz de Fora y de la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais.

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Retomemos la definición dada en 1968, en el Documento de Medellín:

La vivencia de la comunión a la que ha sido llamado, debe


encontrarla el cristiano en su «comunidad de base»: es decir, en una
comunidad local o ambiental, que corresponda a la realidad de un
grupo homogéneo y que tenga una dimensión tal que permita el
trato personal fraterno entre sus miembros. (...) La comunidad cris-
tiana de base es, así, el primer y fundamental núcleo eclesial, que
debe, en su propio nivel, responsabilizarse de la riqueza y expansión
de la fe, como también del culto que es su expresión. Ella es, pues,
célula inicial de estructuración eclesial, y foco de la evangelización, y
actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo2.
(15. Colegialidad – III. A)

Esta es, evidentemente, una definición teológica de lo que debe ser


la CEB con sus elementos constituyentes: las relaciones de comunidad,
la vivencia de la fe, la responsabilidad acerca del culto, la evangelización
y la promoción humana.
Para hablar de su realidad actual usaremos el análisis sociológico,
que parte de constataciones de hechos para mostrar lo que sonlas CEB
en este momento histórico de nuestro continente latinoamericano y
caribeño.
Para reflexionar sobre la organización ‘en red’, debemos partir de
la teoría sociológica que se contrapone a la organización piramidal.
Mientras esta organización piramidal está formada por unidades con-
troladas por un poder que en cada nivel se torna mayor, la red está for-
mada por unidades horizontales que se conectan entre sí para la conse-
cución de un proyecto común. En ellas el poder de quien coordina es
consentido, porque todas las unidades gozan de autonomía suficiente
para desconectarse cuando así lo quieran.
El ejemplo más claro son las redes de la informática: los compu-

2 Documento de Medellín, 15. Colegialidad, III. A.

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tadores pueden funcionar conectados entre sí o aisladamente. Cuando


están conectados, tienen su capacidad de información enormemente
multiplicada; aislados, funcionan como procesadores de datos conteni-
dos en su memoria. Por eso, la eficiencia de una red está determinada
por su capacidad de conexión –eliminando interferencias externas a sus
unidades– y de consistencia –compartiendo todas las unidades lo que
interesa al conjunto–.
Entender las CEB como organización en red es entenderlas como
unidades que, siendo autónomas en su funcionamiento, buscan cone-
xión con otras para aumentar su capacidad de actuación misionera.
Ciertamente este fue el modo corriente de entenderlas hasta 1992,
cuando la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
en Santo Domingo, frenó su desarrollo al retomar la parroquia como
estructura de referencia. Muchas cosas cambiaron en estas últimas tres
décadas, obligándonos a repensar lo que realmente son hoy las CEB en
América Latina y el Caribe3.
Las preguntas que conducirán nuestra reflexión son: (1) ¿En qué
medida las CEB realmente existentes son unidades de base de la Igle-
sia?; (2) ¿qué nos enseña la experiencia de los últimos 50 años?; y (3)
¿qué líneas de acción favorecen la construcción de una red de comuni-
dades eclesiales desde las bases de la Iglesia universal?

2. Realidad actual: interpelaciones del Espíritu

La definición de CEB dada en el Documento de Medellín fue retomada


por la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB, por sus
siglas en portugués) en un documento dedicado exclusivamente a ese
tema. Dicen los obispos brasileños:

3 Una buena referencia sobre las CEB de aquella época se puede encontrar em el li-
bro de Boff, Clodovis et al. (1997). Las comunidades de base en cuestión. São Paulo: Pau-
linas. La obra sintetiza los resultados de investigaciones realizadas por el equipo
de Iser-Assessoria y presenta una consistente reflexión sociológica y eclesiológica.

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Eso no quiere decir, sin embargo, que las CEB sean un nue-
vo movimiento de laicos. La CEB no es un movimiento: es nueva
forma de ser Iglesia. Es la primera célula del gran organismo eclesial
o, como dice Medellín, “la célula inicial de estructuración eclesial”.
Como Iglesia, la CEB guarda las características fundamentales que
Cristo quiso dar a la comunidad eclesial. La CEB es una manera
nueva de realizar la misma comunidad eclesial que es el Cuerpo de
Cristo. Por eso mismo, el ministerio pastoral jerárquico forma parte
de la CEB4.

Lo que pasa es que muchas cosas cambiaron desde 1982, cuando


se produjo el documento que consagró la expresión “nueva forma de
ser Iglesia”. Los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI
reforzaron la centralidad romana –en detrimento de las conferencias
episcopales–, revigorizaron las parroquias –en detrimento de las CEB–
y dieron todo el apoyo a los movimientos eclesiales –en detrimento de
las pastorales sociales–.
En ese modelo de Iglesia donde las decisiones se concentran en
el clero, las CEB perdieron espacio. Para sobrevivir, se tornaron una
especie de movimiento eclesial que, a semejanza de otros movimientos,
congrega a las personas a partir de un mismo camino espiritual –en
este caso, la espiritualidad ligada a los pobres y su liberación–.
El Documento de Aparecida refuerza esa manera de entendera las CEB
como una forma sui generis de movimiento eclesial. Al tratarlas en el nu-
meral 5.2.3 junto con las ‘pequeñas comunidades’, afirma el Documento
de Aparecida:

Medellín reconoció en ellas una célula inicial de estructura-


ción eclesial y foco de fe y evangelización. Puebla constató que las
pequeñas comunidades, sobre todo las comunidades eclesiales de base, permitieron
al pueblo acceder a un conocimiento mayor de la Palabra de Dios,

4 CNBB. (1982). Documento No. 25: As Comunidades Eclesiais de Base na Igreja do Brasil,
79.

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al compromiso social en nombre del Evangelio, al surgimiento de


nuevos servicios laicales ya la educación de la fe de los adultos5 (las
itálicas son mías).
Como respuesta a las exigencias de la evangelización, junto
con las comunidades eclesiales de base, existen otras formas válidas de
pequeñas comunidades, e incluso redes de comunidades, de movimientos,
grupos de vida, de oración y de reflexión de la Palabra de Dios.
Todas las comunidades y grupos eclesiales darán fruto en la medida
en que la Eucaristía sea el centro de su vida y la Palabra de Dios sea
faro de su camino y de su actuación en la única Iglesia de Cristo6 (las
itálicas son mías).

En ese concepto, las CEB no serían más que una de las varias for-
mas posibles de congregarse los fieles católicos dentro de la parroquia,
que debe ser una “comunidad de comunidades”.
Muchas CEB reaccionaron contra ese proceso de integración pa-
rroquial e intentaron mantener su forma original de “primera célula
del gran organismo eclesial”, pero contra ellas pesan las normas canó-
nicas, que no reconocen su autonomía. El resultado es que ellas sólo
sobreviven en su forma original donde tienen el apoyo de la autoridad
eclesiástica local –el obispo o el párroco– o en lugares aislados, no
afectados por el proceso de revitalización parroquial.
En esa coyuntura, las CEB continúan promoviendo encuentros que
celebran su acción transformadora en la sociedad y su apertura ma-
cro-ecuménica, con la participación de muchos obispos y presbíteros
que comparecen para demostrar su apoyo. Queda, sin embargo, la cues-
tión sobre lo que ellas realmente son: ¿la base de una nueva forma de ser
Iglesia, o una red de grupos que se identifican con la lectura popular de
la Biblia y la teología de la liberación?
Será preciso tener en cuenta la realidad de las CEB con las que
estamos en contacto, para evaluar hasta qué punto ellas son la unidad

5 Documento de Aparecida, 178.


6 Ibíd., 180.

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de base del gran organismo eclesial –nueva forma de ser Iglesia– o un


movimiento espiritual de revitalización parroquial. Ese análisis dará el
campo de la realidad para percibir lo que el Espíritu dice a esas comu-
nidades.

2. La experiencia de las CEB en nuestra América

Desde Medellín se multiplicaron las CEB en América Latina y el


Caribe, y luego también en otros continentes. Siendo ellas concreciones
locales de la Iglesia, su forma depende del contexto social, político,
cultural y eclesiástico donde se desarrollan.
A pesar de esas diferentes formas, es posible encontrar en ellas
ciertos ejes organizadores que les confieren una misma identidad: se
reconocen como frutos del mismo proyecto de Iglesia preconizado
por el concilio ecuménico, adaptado a nuestra realidad por las Confe-
rencias de Medellín y Puebla. Monseñor Luís Gonzaga Fernandes, quien
promovió los dos primeros encuentros intereclesiales (1975 y 1976),
relacionaba esos ejes organizadores de las CEB a los cuatro grandes
documentos conciliares: Dei Verbum, Gaudium et Spes, Lumen Gentium y
Sacrosanctum Concilium. Veamos cada uno de ellos.
Las CEB, al nacer en el proceso de renovación de los años 1960,
encontraron en la ‘espiritualidad bíblica’ propuesta en la Dei Verbum su
primer eje organizador. El estudio bíblico y la reflexión sobre la Bi-
blia en la vida en grupo (por ejemplo, círculos bíblicos, grupos de
reflexión), se volvieron una marca identitaria de las CEB.
La experiencia parece comprobar que la espiritualidad bíblica vivi-
da en grupo, es la primera condición para la vitalidad de una CEB. Ella
no impide la existencia de otras formas de espiritualidad, pero ninguna
otra puede sustituirla, so pena de desfigurarla. Cabe entonces una au-
daz evaluación de la espiritualidad bíblica en las comunidades con las
que estamos en contacto: ¿en qué medida la Palabra de Dios sirve de
guía para la acción de esas comunidades y de sus miembros?
‘La actividad transformadora en el mundo’ propuesta en la Gaudium

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et Spes es consecuencia necesaria de la auténtica espiritualidad bíblica,


pues estudio y reflexión bíblica que no impulsen a una acción transfor-
madora, revelan una interpretación deficiente del texto bíblico, como el
fundamentalismo o el subjetivismo.
La acción transformadora puede darse en diferentes campos de
actividad: movimientos sociales, políticos, ecológicos, sindicales, de
barrio, de defensa de los derechos humanos, de grupos étnicos, etc.
Lo importante es que para los miembros de la CEB el Evangelio sea
el fundamento último de su proyecto de transformación del mundo.
Cabe entonces evaluar la actuación social y política de las CEB que
acompañamos: ¿tienen importancia como agentes de transformación
social, o se limitan a la atención de casos puntuales?
La experiencia de la ‘coordinación compartida’ como expresión de
la comunión y participación que, conforme a Lumen Gentium, debe unir a
sus miembros, es la forma propia de la CEB para organizar su pastoral.
El consejo comunitario o pastoral es su instancia de decisión y a él se
debe/n someter el/los animador/es y animadora/s de la comunidad.
Cuando el consejo comunitario está compuesto por representantes
de todas las áreas pastorales o grupos existentes en la comunidad –li-
turgia, catequesis, jóvenes, matrimonios, círculos bíblicos, de visita a los
enfermos, etc.– perfecciona considerablemente la pastoral de conjunto.
La evaluación del funcionamiento de los organismos de coordinación
y de decisión de las CEB con las que estamos en contacto indicará si
están o no en consonancia con el proyecto eclesial del Vaticano II. La
cuestión es: ¿cómo se procesa la toma de decisiones en las CEB que
conocemos?
La historia de las CEB muestra que muchas de ellas nacieron al
preparar la ‘celebración dominical’ en zonas rurales en periferias urba-
nas, en consonancia con las posibilidades abiertas por la Sacrosanctum
Concilium. A falta de sacerdote, la pequeña comunidad que se reúne para
celebrar la liturgia de la Palabra se ve estimulada a desarrollar la espi-
ritualidad bíblica, la coordinación compartida y también acciones en
el campo social y político. Así se va consolidando gradualmente como
verdadera comunidad eclesial.

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Ese proceso que marcó el desarrollo de las CEB parece haber sido
interrumpido por la insistencia de la celebración dominical en la ma-
triz parroquial o, a falta de sacerdote, por la invitación a algún/a agente
de pastoral externo a la comunidad. Puesto que ese cambio en la cele-
bración dominical priva a comunidad de uno de sus ejes organizadores,
es importante prestar atención a ese hecho al hacer la evaluación de la
realidad de las CEB hoy: ¿cómo se da actualmente en las CEB la cele-
bración dominical?
Teniendo por parámetro los ejes organizadores derivados de los
cuatro documentos-maestros del Concilio Vaticano II, esa evaluación
de los últimos 50 años de CEB en América Latina y el Caribe sirve
como referencia para la ‘nueva forma de ser Iglesia’ que tiene en la base
una red de comunidades.

3. Desarrollar la organización en red desde la base

Retomemos lo que sucintamente expusimos en la introducción so-


bre dos formas de distribución del poder de decisión entre las unidades
que componen una organización social: empresas, asociaciones, entes
públicos, fuerzas armadas, iglesias, partidos, sindicatos, etc. Se desta-
can la forma en pirámide y la forma en red.
En la forma piramidal, cada unidad se somete a las decisiones to-
madas en el nivel inmediatamente superior, hasta llegar a la unidad
donde se toman las últimas decisiones. En la forma de organización
en red, cada unidad decide de modo autónomo y sólo renuncia a esa
autonomía para encuadrarse en un proyecto mayor.
Hemos afirmado también que la eficiencia de cualquier organi-
zación en red está determinada por sus capacidades de conexión y de
consistencia. Veamos ahora cómo se puede aplicar esa tipología a las
CEB.
Simplificando, se puede decir que, desde el edicto de Constantino,
cuando la Iglesia adopta la forma piramidal del Imperio romano, esta
ha sido la forma típica de la Iglesia católica: las decisiones tomadas por

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el Papa se deben observar –con las necesarias adaptaciones– en todas


las unidades intermedias (diócesis) y de base (parroquias y capillas).
Aunque a lo largo de la historia ha habido muchos cambios en
el ejercicio de ese poder –por ejemplo, contrabalanceado por el po-
der de los reyes, monasterios y órdenes religiosas con gran autonomía,
institución de organismos curiales, etc.–, es innegable su permanencia
como forma de organización de la Iglesia católica –diferente de muchas
iglesias oriundas de la Reforma, cuyas congregaciones locales gozan de
una gran autonomía y se articulan entre sí en forma de red–. Es el Con-
cilio Ecuménico de 1962-1965 el que, valorando la Iglesia particular
y la colegialidad episcopal, abre la posibilidad de una organización no
piramidal para la Iglesia católica. En ese horizonte de cambios se sitúan
las CEB, en la medida en que se organizan en red. Nuestra reflexión
tiene como foco la cuestión referente a la organización en red: ¿hasta
qué punto las CEB hoy reúnen las condiciones de autonomía, conexión
y consistencia?
La primera condición para la existencia de una organización en red
es la ‘autonomía’ de cada una de las unidades que la componen. Para
la informática la autonomía se refiere a los computadores que pueden
funcionar únicamente con los datos contenidos en su memoria; para
las CEB, la autonomía se refiere a la capacidad de cada comunidad para
proporcionar a la población local la práctica religiosa mínima necesaria
para expresar su identidad católica. O sea, la CEB debe ofrecer por lo
menos la celebración dominical –misa o celebración de la Palabra–,
catequesis de preparación a los sacramentos, alguna formación bíblica,
momentos de oración y oportunidades de acción social. Eso supone
que la comunidad se autogestione en lo cotidiano y tenga los recursos
humanos y materiales para el desempeño de sus funciones.
Otra condición para la organización en red, es la capacidad de ‘co-
nexión’ con otras unidades semejantes. En la informática eso se da en
el momento en que el computador está conectado a un proveedor o
directamente a otro/s computador/es, pasando entonces a funcionar
con todas las informaciones puestas a disposición por las unidades
conectadas. En las CEB eso ocurre desde el momento en que una co-

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munidad está en comunión con un polo facilitador o directamente con


otras comunidades.
La extensión de esa comunión efectiva puede variar mucho –desde
los límites parroquiales o diocesanos hasta la participación en eventos
de ámbito regional, nacional o continental–. Cuando existe un polo
facilitador, este funciona como un proveedor de datos en internet: debe
pasar las informaciones con el mínimo indispensable de filtración o
interferencia7.
En Brasil esa función facilitadora la han ejercido cada vez más los
equipos diocesanos, regionales o nacional ampliados de CEB, pero
también, a veces, las personas invitadas para asesorar encuentros des-
empeñan esa función. El concepto de caminhada ilustra bien esa cone-
xión sin pérdida de autonomía: hay CEB enteramente comprometidas
con la caminhada, y CEB que se quedan casi al margen de la caminhada, y
eso ocurre porque cada una es libre para participar o no en las luchas
sociales. Cuando una CEB adhiere, logra influir en una realidad –social
o eclesial– que de otro modo estaría fuera de su alcance; en compensa-
ción, deberá sujetarse a lo que haya sido acordado entre las CEB parti-
cipantes de la caminhada. Este es uno de los dilemas de los Encuentros
Intereclesiales –y de los Foros Sociales Mundiales–: ellos funcionan
como polos de referencia para la orientación de las comunidades, pero
no pueden –ni conseguirían– imponer una decisión general porque eso
contraría la autonomía de decisión y de acción de cada comunidad de
base.
Finalmente, la organización en red requiere cierto grado de ‘con-
sistencia’ para funcionar satisfactoriamente. En la informática, ella se
traduce por la cantidad de datos que pueden pasar de un computador a
otro sin ser capturados o pervertidos durante el proceso. En las CEB la
consistencia de la red está dada por la capacidad de cada una para reci-
bir y asimilar propuestas de otras CEB, en el sentido de acciones con-

7 Francisco Whitaker, quien aplicó ese modelo al Forum Social Mundial, ha dicho
que el polo facilitador debe ser como la central de correos: recibe y distribuye la
correspondencia sin violar su contenido.

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juntas. Eso requiere de las unidades que articulan la red, la capacidad


de percibir los problemas reales vividos en las bases –frecuentemente
camuflados o latentes–, explicitarlos de modo comprensible y suscitar
propuestas de las bases para su resolución.
Aquí reside la dificultad mayor de las organizaciones en red: crear
formas de articulación que ni se tornen una coordinación de tipo pira-
midal ni sean tan ‘basistas’ que se tornen incapaces de llevar propuestas
innovadoras a la red. Entre esos dos polos organizacionales, las CEB
son tanto más fieles a su inspiración fundadora como “nueva forma de
ser Iglesia” cuanto más se aproximena la forma en red, abandonando así
la forma en pirámide que aún prevalece en la Iglesia católica romana.

4. Conclusión

Al concluir estas reflexiones sobre las CEB como agentes de la re-


estructuración eclesial proyectada por el Concilio Ecuménico Vaticano
II, vamos a retomar la hipótesis que sirvió como hilo conductor: ellas
desempeñan ese papel en la medida en que se organizan en red.
En el inicio tomamos como eje la cuestión de qué son hoy las
CEB: ¿base de una “nueva forma de ser Iglesia”, o una red de grupos
que se identifican con la lectura popular de la Biblia y la teología de la
liberación?
Después se desarrolló en cuatro ejes temáticos, conforme a los
documentos-maestros del Concilio Vaticano II sobre ‘la espiritualidad
bíblica’, ‘la actividad transformadora en el mundo’, ‘la coordinación
compartida’ y ‘la celebración dominical’. Las respuestas a esas cuestio-
nes sirven como evaluación de las CEB en cuanto formas de realizar
aquel proyecto de Iglesia.
Finalmente, tomamos como foco la cuestión referente a la organi-
zación en red. Las respuestas a la pregunta sobre hasta qué punto las
CEB hoy reúnen las condiciones de autonomía, conexión y consistencia
son un indicador seguro de su organización en red.
El resultado final de esta propuesta depende, claro, de la validez de

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la hipótesis de que la organización en red es constitutiva de las CEB


y, consecuentemente, la organización en pirámide asemeja a las CEB a
otras comunidades propias de los movimientos eclesiales. Al explicitar
esa hipótesis en este aporte, mi propósito es el de establecer los pará-
metros teóricos de la reflexión para que el trabajo de las CEB, a la luz
de lo reflexionado durante el II Congreso Continental de Teología, sea
lo más provechoso posible.
El actual momento eclesial en que Francisco tanto incentiva una
‘Iglesia en salida’ es, ciertamente, favorablea la propuesta de CEB
organizadas en red. Eso no significa, con todo, que ella pase a tener
aceptación inmediata en todos los sectores eclesiásticos: no se puede
disimular la contradicción entre la propuesta de organización en red y
el mantenimiento de la forma piramidal, aún hoy en vigor en las pa-
rroquias y diócesis. Por eso es hora de retomar los fundamentos de las
CEB, recuperando la fuerza de los conceptos de comunidad, de eclesial
y de base.

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