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Terapia
familiar
feminista
Thelma Jean Goodrich
Cheryl Rampage
Barbara Ellman
Kris Halstead

Terapia Familiar

PAIDOS
Terapia familiar feminista
Grupos e instituciones / Terapia familiar

1. A. Dellarossa - Grupos de reflexión


2. J. Chazaud - Introducción a la terapéutica institucional
3. M. Grotjhan - El arte y la técnica de la terapia grupal analítica
4. W.R. Bion - Experiencias en grupos
5. R. de Board - El psicoanálisis de las organizaciones
6. F. Moccio - El taller de terapias expresivas
7. D. Anzieu - El psicodrama analítico en el niño y en el adolescente
8 . 1.L. Luchina y col. - El grupo Balint. Hacia un modelo “clínico-situado-
nal”
9. S. Minuchin y H. Ch. Fishman - Técnicas de terapia fam iliar
10. M. Andolfi - Terapia familiar
11. B. Shert'er y otros - Manual para el asesoramiento psicológico
12. M. Andolfi e I. Zwerling - Dimensiones de la terapia familiar
13. S. Minuchin - Calidoscopio fam iliar
14. M. Selvini Palazzoli y otros - Al frente de la organización
15. A. Schlemenson - Análisis organizacional y empresa unipersonal
16. J.S. Bergman - Pescando barracudas. Pragmática de la terapia sistémi-
ca breve
17. B.P. Keeney - Estética del cambio
18. S. de Shazer - Pautas de terapia fam iliar breve. Un enfoque ecosistémi-
co
1 9 .1. Butelman - Psicopedagogía institucional. Una formulación analítica
20. P. Papp - El proceso de cambio
21. M. Selvini Palazzoli y otros - Paradoja y contraparadoja. Un nuevo
modelo en la terapia fam iliar con transacción esquizofrénica
22. B.P. Keeney y O. Silverstein - La voz terapéutica de Olga Silverstein
23. M. Andolfi y C. Angelo - Tiempo y mito en la psicoterapia familiar
24. J.L. Etkin y L. Schvarstein - Identidad de las organizaciones
25. W.H. O ’Hanlon - Raíces profundas. Principios básicos de la terapia y
de la hipnosis de Milton Erickson
26. R. Kaes y otros: La institución y las instituciones. Estudios psicoanalíti-
cos
27. H. Ch. Fishman: Tratamiento de adolescentes con problemas
28. M. Selvini Palazzoli y otros: Los juegos psicóticos en la familia
29. M. Goodrich y otros: Terapia fam iliar feminista
Thelma Jean Goodrich
Cheryl Rampage . Barbara Ellman
Kris Halstead

Terapia familiar
feminista

PAIDOS
Buenos Aires - Barcelona - México
Título original: Feminist Family Therapy. A casebook
W. W. Norton & Co., New York, London
© Copyright 1988 by Thelma Jean Goodrich, Cheryl Rampage, Barbara Ellman, and Kris
Halstead
ISBN 0-393-70050-X

Traducción de Beatriz López

Cubierta de Gustavo Macri

la . edición, 1989

Impreso en la Argentina — Printed in Argentina


Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

I^a reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea, idéntica o modificada, escrita a
máquina, por el sistema “multigraph”, mimeógrafo, impreso, por fotocopia, fotoduplicación, etc., no
autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

© Copyright de todas las ediciones en castellano by


Editorial Paidós SAICF
Defensa 599, Buenos Aires
Ediciones Paidós Ibérica S.A.
Mariano Cubí 92, Barcelona
Editorial Paidós Mexicana S.A.
Guanajuato 202, México DF

ISB N 950 - 12 - 4629 - 9


Y a menudo me he preguntado
Cómo los años y yo sobrevivimos
Tuve una madre que me cantaba
Una canción de cuna que no mentía

Joan Baez, “Honest Lullaby"

Dedicamos este libro a nuestras madres,

Thclma Quillian Goodrich


Lois Mae Rampage Francés Ellman
Mary Grzymkowski,

cuyo amor nos dio el valor necesario para cuestionar lo establecido.


LAS AUTORAS

Las autoras son fundadoras y docentes del Instituto de las Mujeres


para Estudios sobre la Vida de Houston, Texas.
Chcryl Rampage y Barbara Ellman son autoras asociadas que com­
parten igual responsabilidad por este trabajo.
Thelma Jean Goodrich, Doctora en Filosofía, es profesora auxiliar en
el Departamento de Medicina Familiar del Baylor College of Medicine,
de Houston.
Cheryl Rampage, Doctora en Filosofía, es profesora asociada de
Ciencias del Comportamiento en la Universidad de Houston-Clear Láke.
Barbara Ellman, Licenciada en Estudios Sociales, es profesora adjun­
ta en el Departamento de Graduados de Estudios Sociales de la Univer­
sidad de Houston.
Kris Halstead, Licenciada en Ciencias de la Educación, es superviso-
ra asociada en el Centro de Prácticas de Terapia Familiar, de Washing­
ton, D. C.
INDICE

Prólogo, de Rachel T. Hare-Muslin............................................. 9


Prefacio.................................................................. .................... 13
Agradecimientos......................................................................... 15

1. El feminismo y la familia..................................................... 19
Los estereotipos de los roles de los géneros y la familia ...23
La ideología de la familia “normal” .....................................26
El planteo feminista............................................................. 27

2. Terapia familiar feminista: haciauna reforma....................... 31


La teoría..............................................................................34
La capacitación...................................................................48

3. Trabajo feminista, proceso feminista.................................55

4. El matrimonio empresarial................................................... 63
Linda y Ricardo................................................................... 65
La consulta.......................................................................... 68
El análisis...................................................... ;.................. 71
El tratamiento...................................................................... 76
Ricardo y Linda...................................................................78
Fernanda y Javier............. ...................................................79
Los riesgos.......................................................................... 84

5. La familia de un solo progenitor...........................................87


Paulina y sus hijos............................................................... 89
La consulta......................................................................... 93
El análisis........................................................................... 96
El tratamiento....................................................................103
Paulina y sus hijos............................................................. 105
Los riesgos............................................................ ..........110
INDICE

La pareja corriente................................... 113


Gabriel y Julia.......................................... ,114
La consulta............................................... 120
El análisis................................................. .122
El tratamiento........................................... 129
Julia y Gabriel.......................................... .131
Los riesgos............................................... 139

El acuerdo sobre la prestación de cuidados 141


Esteban y Sandra...................................... 144
La consulta............................................... 145
La segunda consulta................................. 149
El análisis................................................. 151
El tratamiento.......................................... 155
Sandra y Esteban...................................... 156
Los riesgos............................................... 161

La pareja lesbiana..................................... 163


Cora y Cata / Ruth y R ita......................... 164
La consulta............................................... 165
La segunda consulta................................. 168
El análisis............ ............ ....................... 170
El tratamiento.......................................... 180
Cata, Cora, Rita, R uth.............................. 181
Los riesgos............. .................................. 188

La relación abusiva.................................. 191


Angélica................................................. . 193
La consulta.............................................. 195
La segunda consulta................................. 197
El análisis................................................. 200
El tratamiento.......................................... 204
Angélica.................................................. 206
Los riesgos .............................................. 209

Su participación en la reforma................. 211

Referencias bibliográficas........................ ,217

Indice analítico .223


PROLOGO

Terapia Familiar Feminista es un libro de historias de casos en el que


se presenta una nueva manera de conceptualizar y practicar la terapia
familiar. Constituye un paradigma en el que se reconoce el carácter de la
familia basado en el género y la intersección de éste con los recursos
materiales y psíquicos de la familia. Me ha causado honda impresión la
manera en que las autoras, Thelma Jean Goodrich, Cheryl Rampage,
Barbara Ellman y Kris Halstead, se han dedicado a desarrollar un método
que prescinde de los modelos estáticos de la teoría de los roles sexuales,
el funcionalismo y las etapas del desarrollo psicosexual. Al reconocer
valientemente que la familia existe en el contexto de una sociedad
patriarcal, van más allá de los gestos rituales que suelen hacerse en este
campo ante la importancia del contexto social más amplio. ¿Por qué
“valientemente”? Porque en una sociedad en la que tratamos de ocultar
las desigualdades entre los hombres y las mujeres, nos resulta incómodo
incluso el uso del término “patriarcado”.
A veces nos olvidamos de que la terapia familiar nació en un
movimiento revolucionario, el de la teoría de las comunicaciones y los
planteos sistémicos frente a los modelos lineales. En lugar del método
psicoanalítico centrado en el individuo, la terapia familiar ofrecía un
punto de vista sistémico de las relaciones e interés por el contexto. Pero
toda revolución con el tiempo está destinada a volverse conservadora a
ser “algo más de lo mismo”. La genialidad que distinguía a los pioneros
de este campo, como Gregory Bateson, Paul Watzlawick y Virginia
Satir, se ha desvanecido y hoy es un método oficial en el que nos interesa
perfeccionar y dar forma a su circularidad misma. Algunos consideran
que en la actualidad la terapia familiar no hace más que dar vueltas y
vueltas en un circuito recurrente.
Además, nuestra muy admirada y alabada metaposición ha ignorado
sistemáticamente el género, demostrándose una vez más qué difícil es
10 PROLOGO

comprender un sistema del cual formamos parte. Como señaló Judy


Libow, hemos tratado al género como un secreto de familia. En conse­
cuencia, la terapia familiar tradicional no ha podido hacer ver a las
familias la conexión que tienen sus problemas con los estereotipos
culturales relativos al género y con las relaciones de poder. Creo que la
terapia familiar está dando un paso gigantesco al'comenzar a develar ese
secreto, como lo ponen en evidencia el presente libro, el de Marianne
Ault-Riche y otros que se publicarán.
¿Cómo se puede lograr un cambio paradigmático? Las terapeutas
feministas presentan un desafío al campo de la terapia familiar, declaran­
do que la revolución no ha terminado. Pero, como sucede con todas las
revoluciones, hay resistencias, opuestas incluso por los viejos revolucio­
narios. Algunos teóricos y profesionales no estarán dispuestos a aceptar
estas nuevas maneras de pensar sobre las familias y de trabajar con ellas,
y dirán que el motivo del cambio es político. Ahora bien, toda organiza­
ción social es política, lo mismo que todo significado es semántico; toda
posición implica “adoptar un punto de vista”. No se trata de preguntar si
el punto de vista es correcto o equivocado, pregunta imposible de
contestar en una sociedad posmodemista, sino cuáles son las consecuen­
cias de un punto de vista determinado. La perspectiva de las terapeutas
feministas se traduce en un modelo en el que las quejas de las mujeres no
son consideradas insignificantes, no se culpa a las mujeres por los
problemas de la familia y no se las alienta a soportar matrimonios
malsanos y peligrosos.
Como nos recuerdan las autoras, la terapia familiar es una empresa
moral basada en una visión de la vida humana, y las cuestiones de índole
moral no deben ser ocultadas. La terapia familiar persigue la transforma­
ción tanto como la adaptación a las normas sociales. Las autoras señalan
cómo el problema de la subordinación de las mujeres en la sociedad ha
sido marginado, malentendido e ignorado en la terapia familiar. Ponen
a la vista la dicotomía masculino-femenino. Van de la evaluación y la
crítica a la práctica. Admiro su buena voluntad para exponer sus propios
objetivos y dudas en las historias de casos que presentan. Asimismo,
tienen una exquisita sensibilidad ante sus propias actitudes, valores y
respuestas frente a las normas y expectativas culturales. Al exponer con
honestidad los riesgos y las ventajas de su método terapéutico, han fijado
un nuevo patrón para evaluar la práctica de la terapia familiar que otros
terapeutas bien podrían emular.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 11

La metaposición adoptada en este libro es una posición que da cuenta


de una diferencia. ¿Qué diferencia es más universal que la del género?
Empero, diferencia no tiene porqué significar déficit, como en las teorías
psicoanalíticas sobre la mujer, ni dominación, como en las teorías
estructurales y estratégicas en las que los límites protegen las jerarquías.
La terapia dcscripta en este libro se opone a otros enfoques y verdadera­
mente coloca ala familia y al individuo dentro del contexto social de una
manera que rara vez han logrado los métodos anteriores.

Las autoras han trabajado en equipo, formándose, apoyándose y


criticándose mutuamente para lograr este nuevo método. Han basado su
trabajo en las ideas y los artículos sobre terapia familiar feminista que
comenzaron a aparecer en los últimos años de la década de 1970. Sus
historias de casos ilustran cómo pueden rcencuadrarse los problemas
para incorporar el género. En el caso de un matrimonio empresarial, las
autoras demuestran cómo las estructuras de trabajo despersonalizadas
afectan a la familia. En otro caso examinan los estereotipos relativos a las
familias a cargo de un solo progenitor. El perimido lema de la comple­
mentariedad es analizado en otro ejemplo donde las autoras señalan que
no es lo mismo adoptar una posición de inferioridad, que ser inferior.
Otros casos tienen que ver con la familia de origen y las exigencias de
atención y cuidado, con una pareja lesbiana y con una relación abusiva.
A través de las historias clínicas las autoras revelan muy elocuentemente
de qué manera los estereotipos de los roles de los géneros sofocan los
deseos, la conducta y el desarrollo de todos los miembros de la familia.
Toman términos agotados como fusión, límite y triángulo, que han sido
vaciados de contenido, y les dan un nuevo significado. Asimismo,
revalorizan la dependencia y la resistencia equiparándolas al heroísmo
y el honor. Y al llamar la atención sobre la posición de las mujeres, nos
recuerdan que nuestras teorías sistémicas no pueden explicar todos los
fenómenos: “ya sea que el cuchillo caiga sobre el melón o el melón caiga
sobre el cuchillo, es el melón el que se corta”.
¿Puede continuarla revolución en la terapia familiar? Sospecho que
únicamente si asimila una concepción verdaderamente nueva, como la
que brinda la terapia familiar feminista. Las autoras mencionan que son
las primogénitas en sus familias de origen. ¿Quién no desearía que una
hermana mayor así le señalara el camino? Este libro será de utilidad para
muchos profesionales de la terapia familiar dispuestos a adoptar un
12 PROLOGO

nuevo paradigma. Terapia familiar feminista nos ofrece una visión


ampliada y transformada de la terapia familiar del futuro.

Rachel T. Hare-Mustin
Noviembre de 1987
PREFACIO

Sólo mujeres que se escuchen mutua­


mente podrán crear un mundo que con­
trarreste el sentido predominante de la
realidad.
Maiy Daly,
Beyond God the Father

Somos cuatro terapeutas de familias que hemos luchado, cada cual a


su modo, para comprender nuestro trabajo y a nuestros pacientes, in­
sertas como estamos en esta sociedad patriarcal. Somos cuatro mujeres
que hemos reconocido en nuestras propias vidas los efectos insidiosos
del sexismo y la opresión originada por teorías que nos degradan. Nos
identificamos como amigas y colegas porque nos hemos fijado el mismo
objetivo: comprender qué hacemos y cómo sobrevivimos. Nos identifi­
camos a través de nuestra común adhesión al feminismo. Nos identifica­
mos al reconocer el fracaso de nuestros respectivos programas de
formación en lo que se refiere a preparamos para responder a las
complejidades de la familia norteamericana y de cada uno de sus
miembros, en particular las mujeres.
Con gran alivio nos unimos, compartiendo la oficina y las ideas,
escribiendo monografías, haciendo presentaciones, analizando nuestro
trabajo desde nuestro punto de vista feminista. Con el tiempo, llegamos
a establecer un foro para que las mujeres investigaran los intereses y los
lemas feministas que nos pertenecen a todas. Llamamos a este foro
Instituto de las Mujeres para Estudios de la Vida. Mediante talleres,
seminarios, retiros, grupos de consulta, tertulias y conmemoraciones,
creamos un espacio para que las mujeres se hicieran conscientes, para
elevar su nivel de conciencia.
Sólo cuando aceptamos el desafío que nos planteó Susan Barrows, de
W. W. Norton, comprendimos las ramificaciones de todo lo que confor­
ma el trabajo de las mujeres. Nuestra decisión de escribir un libro se
pareció mucho a la decisión de tener un bebé entre todas. Este libro forma
parte de todas nosotras y el hecho de haber pasado juntas por la
experiencia de su alumbramiento estimuló nuestros instintos de prote­
14 PREFACIO

ger, dar un nombre, alimentar, poseer, perfeccionar y crear a nuestra


imagen y semejanza.
Cuando decidimos escribir este libro juntas, nos comprometimos a
desarrollar un proceso colegiado, respetuoso y consensúala No quisimos
dividir el libro de modo que cada una escribiera una parte, sino más bien
esforzamos en producir una teoría originada en nuestro análisis colecti­
vo. Nos reuníamos semanalmente para examinar nuestras opiniones
sobre los pacientes con los que estábamos trabajando en ese momento.
Nuestro objetivo era respetar el aporte y la manera de comprender los
dilemas terapéuticos de cada una, sin abdicar, no obstante, del propio
punto de vista: esto no siempre resultó fácil.
Somos mujeres, madres, hermanas, hijas, amantes y educadoras.
Procedemos de la costa atlántica, el centro y el sudoeste de los Estados
Unidos y del catolicismo y el protestantismo. Todas nos hemos casado,
algunas se han divorciado, algunas han vivido en comunidad. Todas
tenemos hijas; dos de nosotras tienen hijos varones. Las cuatro somos las
primogénitas en nuestra familia de origen. Las cuatro sentimos un gran
amor y devoción por las mujeres. Todo esto afecta el trabajo que hemos
realizado juntas. Ninguna de nosotras es una mujer de color y esto
también afecta al trabajo que realizamos juntas. Ninguna de nosotras se
llama a sí misma lesbiana, lo cual influye en nuestro trabajo en común.
Mientras escribíamos este libro, una de nosotras perdió a su padre, otra
a su madre, una tercera dio a luz un bebé, otra adoptó un bebé, y hubo otra
que se alejó. Estos sucesos afectaron a nuestra tarea en común. El
entrelazamiento de nuestras vidas profesionales y nuestras realidades
personales —así como el conocimiento de este hecho y su utilización—
hacen que este proyecto, nuestro libro, sea inherentemente feminista.
Junto con otras mujeres de todo el país, estamos apenas comenzando
a aprender lo que significa para las mujeres trabajar juntas, crear juntas,
cooperar y competir, confrontar y nutrir. Durante demasiado tiempo
todas nosotras hemos sido privadas de esa experiencia.
AGRADECIMIENTOS

Muchas personas han alentado y apoyado nuestros esfuerzos para


escribir este libro. A todas ellas queremos expresarles nuestro reconoci­
miento.
Los trabajos de Jean Baker Millcr, Dorothy Dinnerstein y Rachel
Hare-Mustin estimularon nuestras primeras ideas sobre los puntos de
contacto existentes entre el feminismo y la terapia familiar. Las integran­
tes del Proyecto de Terapia Familiar de las Mujeres —Betty Cárter,
Peggy Papp, Olga Silverstein y Marianne Walters— fueron pioneras en
lo que respecta a relacionar las cuestiones del género con la terapia
familiar. Y han sido generosas en sus elogios a nuestro trabajo.
Agradecemos asimismo a Susan Barrows, nuestra redactora en Nor­
ton. Su convicción de que estábamos preparadas para escribir este libro
nos brindó la inspiración inicial, y su constante entusiasmo nos animaba
cuando nuestra energía empezaba a flaquear.
Nuestras colegas Lisa Balick y Linda Walsh demostraron tener una
paciencia y un buen humor infinitos durante meses de distracción
mientras trabajamos para terminar el proyecto. La reflexiva lectura que
hicieron del manuscrito redundó en muchísimas sugerencias valiosas.
Carol Snydcr leyó varios de los capítulos más dificultosos; su capa­
cidad para dominar la palabra escrita agregó claridad cuando el texto
corría el riesgo de ser oscuro.
Margaret Nobles, nuestra mecanógrafa, fue capaz de transformar
pilas de páginas ajadas, garabateadas con cuatro tipos de letra diferentes
e ilegibles, en páginas bien presentadas de prosa comprensible. Su buen
ánimo y su sorprendente eficiencia fueron una inmensa bendición
mientras nos esforzábamos por cumplir los plazos de entrega.
Por último, queremos manifestar nuestro reconocimiento a los pa-
16 AGRADECIMIENTOS

cientes, tanto a aquellos cuyas historias aparecen en este libro como a


muchos otros que durante años nos han enfrentado al desafío de tener que
reformar nuestras ideas sobre el proceso de la terapia.

T. J. G., C. R., B. E., K. H.

El reconocimiento de los demás ha constituido mi fortaleza y sostén:


el de Marianne Walters, que ratificó mi trabajo en una de las primeras '
presentaciones y siguió alentándome en presentaciones posteriores con
su manera tan especial y personal; el de Betty Cárter, que tanto en
publicaciones como en foros públicos me hizo saber que estaba bien
encaminada; el de Lisa Balick y Loyce Baker, quienes me aseguraban
diariamente que había un punto final para todo mi sufrimiento, y el de mis
hijos, mis maravillosos hijos —Dolly, Davey, Kelly y Mila— que de
muy buena gana se hicieron a un lado mientras duró todo el trabajo extra
de los dos últimos años.

T. J. G.

Agradezco a mi esposo, Larry LaBoda, por considerar desde el


comienzo que este trabajo era importante. Su absoluta confianza en que
saldría bien y su buena voluntad para aceptar el aflojamiento del ritmo
hogareño me brindaron un enorme apoyo. Mis hijos, Scott y Elizabeth,
fueron pacientes durante mi ausencia y comprensivos a mi regreso. La
distracción que me causaron ocasionalmente es insignificante compara­
da con la alegría que siempre me han brindado.

C. R.

Quiero darle las gracias a mi esposo, Mitchcll Aboulafia, que me


apoyó con sus planteos intelectuales, su amistad, su amor y la intensifi­
cación de sus obligaciones paternas mientras estuve casada con el libro.
A Lauren, que de la noche a la mañana se convirtió en la más estupenda
criatura de cinco años y fue mi maravilloso regalo cuando salí de la
cueva. A Sara, que compitió con el libro en cuanto al embarazo y el parto
pero tiene la diferencia bien nítida de haber emergido como la inmensa
alegría que es. A mi hermana Susan y mi padre Abe, que no se cansaban
nunca de preguntar por “el libro”. A mis amigos, especialmente Hilary
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 17

Karp y SusanThal, que supieron excusar las citas incumplidas, las fechas
canceladas y las llamadas telefónicas sin respuesta. Y porúltimo, a mis
vecinas, Nancy George y Sue Kellogg, que hicieron de familia ampliada
ayudando a mi familia cuando yo no estaba.

B.E.

Dos personas aportaron sus ideas y su tiempo para criticar algunas


partes del manuscrito. Caroline Whitbcck y Laurie Leitch contribuyeron
de manera importante a mi comprensión de la integración de la teoría y
la práctica feministas. Expreso mi gratitud a Lauro Halstead por haber
compartido conmigo su sabiduría sobre el arte de vivir y de crear.

K. H.
C a p itu lo i

EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

Esta revolución es la más universal


y la más humana de todas las revolucio­
nes. Nadie puede oponerse a una revolu­
ción que pregunta: “¿Cómo vivimos con
los demás? ¿Cómo educamos a nuestros
niños? ¿Cómo se comparte la vida y el
trabajo de la familia? ¿Cómo podemos
ser humanos todos nosotros?”

Jcssie Bemard,
Women and the Public Interest

En su misión de transformar la índole del orden social, el feminismo


empieza en el hogar. La familia ocupa un lugar central en el pensamiento
feminista por varias razones. En primer lugar, es la fuente fundamental
de la transmisión de las normas y valores de la cultura; una cultura
cuestionada por las feministas en su base misma. En segundo lugar, la
familia es considerada tradicionalmente como el dominio de las mujeres
y, por consiguiente, merece ser analizada en detalle por parte de quienes
se interesan por la condición de la mujer. Por último, es en la familia
donde los individuos aprenden por primera vez lo que significa ser
masculino o femenino, definiciones de sí mismo que para las feministas
son muy problemáticas en nuestra sociedad.
Cuando hablamos de feminismo nos referimos a la filosofía que
reconoce que las mujeres y los hombres tienen diferentes experiencias de
sí mismos, del otro, de la vida, y que la experiencia de los hombres ha sido
ampliamente enunciada mientras que la de las mujeres ha sido omitida
o mal explicada. Cuando hablamos de feminismo nos referimos a la
filosofía que reconoce que esta sociedad no permite la igualdad a las
mujeres; por el contrario, está estructurada de tal manera que oprime a
las mujeres y glorifica a los hombres. Esta estructura se denomina
patriarcado. Cuando hablamos de feminismo nos referimos a una filoso­
fía que reconoce que todos los aspectos de la vida pública y privada
20 EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

llevan la marca de la teoría y la práctica patriarcales y, por consiguiente,


es necesario someterlos a una revisión.
Los análisis feministas de la familia empiezan por situarla en el
tiempo, porque las definiciones sobre la validez de los miembros de la
familia y de su participación en ella han variado en las distintas épocas,
de acuerdo con las necesidades políticas, económicas, sociales e indivi­
duales (Mintz y Kellogg, 1987; Morgan, 1966; Rabb y Rotberg, 1973).
Esta perspectiva cuestiona la creencia corriente de que la familia existe
fiiera de la historia, que trasciende la historia. Se supone erróneamente,
por ejemplo, que la “infancia” como período de desarrollo socialmente
reconocido ha existido siempre. En realidad, el origen del concepto de
infancia tal como lo conocemos está relacionado con el desarrollo de la
“familia moderna” durante la era de la Revolución Industrial y, por
consiguiente, está ligado a los cambios producidos también en esa época
en la estructura familiar, las clases sociales, la economía y la demografía
(Artes, 1960/1962). Este hecho de que una condición, al parecer tan
fundamental como la niñez, sea en realidad un concepto detenninado por
el contexto y sujeto a cambios, no ha sido incoiporado en la conciencia
del lego ni en la del profesional. El origen de otras características de la
vida familiar es igualmente dejado de lado, haciendo así que parezcan
características naturales y constantes.
Examínese la clara división existente entre el hogar (dominio de las
mujeres) y el lugar de trabajo (el mundo de los hombres). Fue la era
industrial con su economía capitalista la que bifurcó a la sociedad
occidental en dos esferas separadas y sustentadas por una ideología,
haciendo que una de ellas fuese privada y correspondiese a las mujeres,
y que la otra fuese pública y correspondiese a los hombres. En el período
previo a la era industrial las mujeres y los hombres trabajaban juntos, aun
cuando existía cierta división del trabajo.
Durante la era industrial se le enseñó sistemáticamente a la mujer que
debía llegar a ser una excelente ama de casa y madre antes que alcanzar
cualquier otra identidad posible (por ejemplo, trabajadora, amante,
amiga). La propaganda sobre la familia entraba en el hogar desde todos
los sectores, porque se creó un cuadro de expertos para educar, aconsejar
e inducir a las mujeres para que asumieran sus nuevos roles. Médicos,
pastores y economistas domésticos, recién inventados, se encargaron de
prescribir a las esposas modalidades adecuadas de comportamiento.
Estos expertos autonombrados crearon un montón de manuales y otras
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 21

series de instrucciones sobre el cuidado de los niños y del hogar, para


consumo de las mujeres.
El amor mismo se invocaba como una manera de galvanizar las
actitudes y conductas de la mujer a favor de su rol exclusivo como ama
de casa y madre. De hecho, el término “ama de casa” no fue creado hasta
el periodo industrial. Del mismo modo, aunque las madres siempre han
existido, la Maternidad como institución no se conocía anteriormente
(Rich, 1976). Se les enseñaba a las mujeres, desde la página impresa y
desde el pulpito, que harían un gran daño a sus maridos (que estaban en
el mundo procurando el sustento) y a sus hijos (quienes, por primera vez
en la historia, eran vistos como seres que necesitaban un cuidado
especial) si no seguían los consejos y las advertencias de los expertos.
A causa de la división de la vida en compartimientos que trajo consigo
la industrialización, el rol de la mujer como guardiana del fuego del hogar
empezó a ser considerado esencial para la cultura. Las esposas tenían que
hacer tolerables los nuevos empleos industriales y burocráticos que
desempeñaban los hombres creando y manteniendo un clima hogareño
cálido y revitalizante. Se promocionaba a la familia como un “refugio”
privado para compensar el clima “inhumano” de las fábricas. El hogar de
un hombre tenía que parecer su castillo y él tenía que sentir su nuevo
privilegio de jugar al rey para compensar la alienación que experimen­
taba ahora en su lugar de trabajo.
¿Qué sucedía con las mujeres? ¿La familia se había convertido para
ellas en un refugio, en un lugar seguro y acogedor? Las feministas han
escrito sobre la posición vulnerable e insatisfactoria del ama de casa ya
a partir de la década de 1890, cuando Charlotte Perkins Gilman escribió
The Yellow Wallpaper (1973 b). La historia de Gilman cuenta la
declinación emocional de una esposa a medida que ve imágenes aluci­
nadas sobre el papel que cubre las paredes de la habitación en la que está
confinada dentro de su protegida casa. Casa de muñecas de Ibscn es otro
ejemplo de la infantilización impuesta a la esposa por su marido (1985).
A estas dos mujeres sus maridos paternalistas les dicen que lo que les está
sucediendo es “por su propio bien”, a pesar de que ellas se sienten mal.
Y lo que resulta aun más significativo, les dicen que su bondad y su
identidad de mujer se verán cuestionadas si no aceptan con buen ánimo
y calladamente el lugar que se les ha asignado.
Algunas feministas contemporáneas también han tratado de aclarar
las extrañas sensaciones de descontento, aislamiento y degradación
22 EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

experimentadas por las amas de casa, siendo la primera Betty Friedan


con The Feminine Mystique, publicado en 1963, donde expuso “el pro­
blema que no tiene nombre” para que todos lo vieran (Ehrenreich y
English, 1978; Oakley, 1974; Swerdow, 1978). Sin embargo, todavía es
una creencia comente que las amas de casa gozan de una buena situación,
que son bien cuidadas y que no podrían tener quejas legítimas. Cuando
en las películas y en las novelas aparece “la feliz ama de casa” agobiada
por la depresión, el alcohol o las drogas, la situación se muestra como si
fuese algo idiosincrásico y personal, nunca político.
El hogar no ha sido enriquecedor para las mujeres, y lo que es peor,
ni siquiera ha sido seguro para ellas, ni para sus hijos. Una de cada cuatro
mujeres es golpeada por su marido, y se estima que hay 400.000 casos
de incesto anuales, el 97 por ciento de los cuales son perpetrados por
hombres (Kosof, 1985; Straus, Gelles y Steinmetz, 1980). Se considera
que estas aterradoras cifras se encuentran bien por debajo de la incidencia
real, y otros hechos de violencia en el hogar como, por ejemplo, la
violación por parte del marido y el castigo físico de los hijos son
igualmente difíciles de registrar. Lo que es declarado hace imposible
sostener el pensamiento consolador de que los hombres violentos y
abusivos son un elemento periférico. Nuestra cultura no sólo ha permi­
tido que los hombres creyesen que tienen poder sobre sus esposas e hijos;
ha creado y reforzado intensamente la posición dominante del hombre.
Las feministas han develado la relación entre la violencia —sexual,
física y emocional— y la intimidad del hogar como ámbito propicio para
el ejercicio de la prerrogativa masculina (Dobash y Dobash, 1979;
Hermán, 1982; Russell, 1982; Schecter, 1982). Esta ideología de la
intimidad sigue silenciando a miles de víctimas de la violencia domés­
tica. Los partidarios de esta ideología reclaman una política de prescin-
dencia por parte del Estado y afirman que la intromisión del gobierno en
la vida familiar se opone a la esencia de lo norteamericano. Las feminis­
tas señalan, sin embargo, que el gobierno norteamericano ha intervenido
(y debe intervenir) en la vida familiar de muchas maneras: la educación
obligatoria, la inmunización contra ciertas enfermedades, las reglamen­
taciones relativas a la vivienda, las normas sobré salud y seguridad, la
fiscalización de la información sobre el control de la natalidad y el aborto
y sobre el acceso a ambos, y las leyes sobre el trabajo de menores
(Norgren, 1982). Más recientemente, la posición que considera a la
familia como una isla ha sido socavada por leyes que requieren la
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 23

intervención en familias en las que existen “motivos para creer” que se


descuida a los niños o se abusa de ellos. Una disposición adicional
aunque retrasada permite a una mujer defenderse de su marido. El
supuesto de que lo que sucede “detrás de las puertas cerradas” no es
asunto de la sociedad debe ser rechazado mediante el compromiso de
hacer respetar más los derechos individuales o humanos fundamentales.
Ningún marido tiene derecho a golpear a su mujer. Ningún progenitor
tiene derecho a golpear a sus hijos.
Preguntar cómo les va a las mujeres y a los niños en el hogar sólo es
posible si se produce un cambio de perspectiva, pues por lo general se ha
dado por supuesto que lo que es bueno para la familia (léase: el marido)
es bueno para todos (léase: la esposa y los hijos). Véase el contraste que
presenta de Beauvoir (1974): “Afirmamos que el único bien público es
el que asegura el bien privado de los ciudadanos; juzgaremos a las
instituciones de acuerdo con su eficacia para dar oportunidades concre­
tas a los individuos” (pág. xxxiii). Es esta posición la que adoptamos aquí
al juzgar la institución llamada familia. Evaluamos todas las actividades,
actitudes, políticas y conductas en cuanto afectan a los individuos en la
familia, proceso que implica reconocer no sólo al marido-padre-hombre
sino también a la esposa-madre-mujer y a cada hijo. Al verlos como
individuos en lugar de verlos como una familia reificada, nos vemos
forzadas a reconocer que los individuos de la familia no son iguales, no
lo son en status, ni en recursos, ni en poder. El marido-padre-hombre es
el que más tiene de todo. Mientras las mujeres y los niños ocupen una
posición inferior en una cultura y una familia donde dominan los
hombres, las mujeres y los niños estarán en peligro. Acudir a la sociedad
para pedir la protección de sus miembros más débiles es pedirle al zorro
que cuide a los pollos porque, a pesar de las últimas reformas, la sociedad
fomenta la debilidad y el peligro.

LOS ESTEREOTIPOS DE LOS ROLES DE LOS GENEROS Y LA FAMILIA

El sexo es una categoría biológica referida a lo masculino o lo


femenino. El género es un concepto social y entraña la asignación de
ciertas tareas sociales a uno de los sexos y de otras, al otro sexo. Estas
asignaciones definen lo que se rotula como masculino o femenino y
constituyen las creencias sociales sobre lo que significa servarón y mujer
en una sociedad dada y en un período determinado. Los estereotipos de
24 EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

los géneros son el resultado de considerar que determinadas actitudes,


conductas y sentimientos son apropiados sólo para uno de los sexos.
Todos n®sotros actuamos como si estas diferencias fueran reales, es
decir, naturales, y no establecidas por la sociedad; nos olvidamos de que
el sexo se refiere sólo a una diferencia anatómica.1
Los roles de los géneros han sido otganizados de manera que se
coloca a los hombres en una posición dominante y a las mujeres en una
posición subordinada (Miller, 1976). Esta organización subraya todas
las diferencias superficiales entre hombres y mujeres y da origen a la
asignación de casi todas las tareas. Las tareas que los que dominan eligen
para ellos son las que tienen más reconocimiento y más status; a las que
les confieren a sus subordinadas se las considera de menor valor y menor
status. Las subordinadas tradicionalmente no pueden elegir, a menos que
los que dominan se lo permitan, lo cual no constituye una elección real.
Esta organización excluye la posibilidad de igualdad y reciprocidad
entre los sexos, reduce la gama de conductas posibles de los dos sexos y
termina por producir rigidez y polarización. Y, lo que es más significa­
tivo, afirma y mantiene el poder de los hombres y la impotencia de las
mujeres.
La familia es una unidad social que expresa los valores de la sociedad,
y sus expectativas, roles y estereotipos. Enseña los roles de los géneros
aprobados por la cultura, tratando y respondiendo a las niñas y los
varones de una manera diferente, manteniendo distintas expectativas
para ellos y ejerciendo diferentes presiones sociales para unos y otras.
Produciendo así al varón-hombre y a la niña-mujer, la familia realiza una
función decisiva para la sociedad.
Otra manera en que la familia funciona como el lugar de formación
de los roles de los géneros es representando estos roles. El padre como
“jefe” de la familia refuerza la noción de padre como “jefe” del país,
conductor del pueblo, y autoridad reconocida en el mundo. La madre

1En su libro Feminism Unmodified, Catharine A. MacKinnon (1987) afirma que los
hombres, el genero dominante, asumieron el poder para definir tanto la diferencia como
la diferencia que determina el género. Como nuestros conocimientos de las diferencias
sexuales son conceptos masculinos, aunque se presentan normalmente como teorías vy
descubrimientos objetivos, esta autora llega a la conclusión de que lo biológico y lo social
son inseparables en este ámbito. No obstante, para nuestros objetivos, seguiremos
empleando el término sexo para referimos a la categoría biológica, y género para
referimos a la categoría social.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 25

como “guardiana” de la familia refuerza el estereotipo de la mujer como


educadora, armonizadora, guardiana de la paz del mundo.
Los métodos de la cultura para formar a los niños en sus roles según
el género nos enseñan desde una edad temprana a no ver el género como
un concepto social sino, por el contrario, a verlo como profundamente
arraigado en la naturaleza humana. “Los varones no juegan con muñe­
cas” tiene el objetivo de avergonzar a un niño haciéndole creer que no
está comportándose correctamente como varón si exhibe una conducta
supuestamente adecuada sólo para las niñas. En este mandato es evidente
la idea de “ir contra la naturaleza” y queda oculto el hecho de que la
cultura y no la naturaleza determina la conducta adecuada para cada
sexo. Crecemos sin percibir el aprendizaje social y creemos que somos
lo que debemos ser según lo predestinado por nuestra estructura anató­
mica.
En el fundamento de las tarcas basadas en el género existen tres
supuestos centrales sobre los roles masculinos y femeninos: 1) los
hombres creen que deben tener siempre el privilegio y el derecho de
controlarla vida de las mujeres; 2) las mujeres creen que son responsa­
bles de todo lo que va mal en una relación humana, y 3) las mujeres creen
que los hombres son esenciales para su bienestar (en lugar de simplemen­
te deseables o gratificantes). Estos tres supuestos se combinan para crear
casi todas las interacciones y también los problemas de los hombres con
las mujeres. Los dos primeros son, evidentemente, manifestaciones del
individuo (varón) poderoso sobre el individuo (mujer) impotente, y los
dos individuos adquieren su status únicamente en virtud de su género.
Percibirse como varón en esta sociedad es percibir el privilegio, mientras
que percibirse como perteneciente al género femenino es sentir una
responsabilidad personal por el funcionamiento de las relaciones. El
tercer supuesto explica parcialmente por qué las mujeres se mantienen
conectadas a los poderosos. Los subordinados tienen que gozar del favor
de los que dominan para poder existir. Si bien es cierto que el amo
necesita al esclavo para poder ser amo de la misma manera que el esclavo
necesita al amo para ser esclavo, la existencia material real y la experien­
cia de cada uno dista mucho de ser idéntica. La perspectiva feminista
pone en claro no sólo las diferencias entre los géneros sino también el
poder que ejerce uno sobre el otro.
Los estereotipos de los roles basados en los géneros son perjudiciales
para las familia. Oprimen y limitan los deseos, las expectativas, la
26 EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

conducta y el desarrollo de los individuos de la familia. En las parejas


casadas, los estereotipos de los roles basados en los géneros suelen
traducirse en un resentimiento mutuo entre los cónyuges precisamente
porque cumplen los roles basados en los géneros. Por ejemplo, la esposa
se enoja porque su esposo no le cuenta sus problemas. Lo que visto a la
distancia parecía ser el hombre fuerte y silencioso, en la interacción
diaria se convierte en el marido aislado, reservadó. O bien, el marido se
enoja porque su mujer está siempre criticándolo. Lo que a la distancia
parecía ser la mujer que dispensa tenazmente sus cuidados, en primer
plano se ve como la esposa obstinada y rezongona.

LA IDEOLOGIA DE LA FAMILIA “NORMAL”

Los conceptos predominantes de la familia “normal” constituyen una


ideología basada en los estereotipos de los roles de los géneros: el padre
como sostén económico y jefe de la familia; la madre como ama de casa
de dedicación exclusiva, buena compañera de su esposo, encargada del
cuidado de todos. Al igual que puede decirse de todas las ideologías, ésta
crea una concepción hacia la cual se orientan los esfuerzos, un programa
sociopolítico de afirmaciones, teorías y objetivos. En ese sentido ejerce
una enorme influencia en las expectativas y evaluaciones de los obser­
vadores de la familia, ya sean legos o profesionales. El hecho de que el
número de las familias “normales” se haya reducido normalmente tiene
poco efecto en el campo de la ideología, campo que las feministas
consideran perjudicial en varios sentidos.
En primer lugar, el rol estipulado para la mujer en la familia “normal”
es opresivo. Sin duda, el rol establecido para el marido también le
produce peijuicios, pero no son iguales. Si bien tanto el marido como la
mujer se ven privados de experimentar aspectos de ellos mismos no
permitidos por el sistema, la mujer tiene otras cargas. La división común
del trabajo excluye a la mujer del acceso directo a recursos valiosos
como, por ejemplo, tener un ingreso, ejercer autoridad y realizar tareas
refrendadas por el status. Su trabajo no remunerado (el cuidado de la
casa, la crianza de los hijos, el trabajo voluntario en la comunidad) no es
valorado. Aun en los casos en que la mujer trabaja fuera del hogar, sigue
soportando la carga de la inmensa mayoría de las responsabilidades de
la casa y el cuidado de los niños, lo cual hace que su apego a la fuerza
laboral sea leve y que tenga poca movilidad ascendente. En general, la
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 27

mujer ha abandonado más cosas al casarse que el hombre (ocupación,


amigos, lugar de residencia, familia, nombre). Tiene que adaptarse a la
vida del marido. Los estudios realizados al respecto señalan que mientras
que el matrimonio acrecienta el bienestar físico de los hombres, dismi­
nuye el de las mujeres. (Véanse los estudios presentados en Bemard,
1982.)
En segundo lugar, la ideología de la familia “normal” es perniciosa en
cuanto a los efectos que ejerce sobre otras formas familiares. Las parejas
homosexuales, las familias de un solo progenitor, las parejas sin hijos, las
organizaciones de vida comunal, todas estas formas son denominadas
“alternativas”, aun cuando superan en número a las organizaciones
“normales” (Masnick y Bañe, 1980). Estas “alternativas” conllevan
implícitamente el rótulo de subcultura divergente. La pobreza y el
aislamiento que suelen caracterizar a estas familias —falsamente atri­
buidos a una estructura deficiente— en realidad tienen su origen en el
prejuicio creado por la estricta definición de lo “normal”, y aplicado en
el lugar de trabajo tanto económica como socialmente.
Las feministas, por consiguiente, están consagradas a contrarrestar la
ideología de la familia “normal” debido a su inexacta representación de
las familias reales, a la perniciosa limitación que impone a la mujer, a su
estigmatización de otras organizaciones familiares, en síntesis, porque
se basa en una sola idea de clase (media), raza (blanca), religión (protes­
tante), preferencia afectiva (heterosexual) y privilegio basado en el
género (masculino). En su planteo y explicación, el análisis feminista de
la familia nos enseña a ver a las familias tal como son y no como algo
sacrosanto. El análisis feminista también nos enseña a examinar todas las
organizaciones en cuanto se refiere a la competencia y el perjuicio, la
grandeza y la perversidad. El objetivo de las feministas no es salvar
ninguna forma determinada de familia sino asegurar que las necesidades
de cada individuo estén bien satisfechas.

EL PLANTEO FEMINISTA

Las feministas exigen la rcclaboración del lenguaje y la creación de


modelos que puedan iluminar mejorías contradicciones y consecuencias
del punto de interacción entre el género, el poder, la familia y la sociedad.
El lenguaje y los modelos contemporáneos se basan en conceptos
dualistas como, por ejemplo, instrumental/expresivo, racional/emotivo,
28 EL FEMINISMO Y LA FAMILIA

objetivo/subjetivo, mente/cuerpo. Las feministas reconocen que estas


interpretaciones son esencialmente evaluativas y que funcionan real­
mente como una jerarquía en la cual una parte es considerada superior a
la otra. Los calificativos “masculino/femenino”, fijados como categorías
opuestas y ligadas a las categorías biológicas macho/hembra, constitu­
yen un ejemplo más de la jerarquía dualista que impregna la vida, el
pensamiento y el lenguaje cotidianos. En los capítulos 4, 6 y 7 se
demuestra que la polarización, la ignorancia, el resentimiento, la deni­
gración y los desequilibrios de poder están directamente relacionados
con esta dualidad del género.
Las feministas señalan el prejuicio presente en la sociedad occidental
que dicta qué serie de características es superior a la otra. Las categorías
instrumental, racional, objetivo y mente se tienen en mayor estima que
expresivo, emotivo, subjetivo y cuerpo. No es accidental que la serie
superior se relacione con lo masculino y la inferior, con lo femenino. Esta
valoración aparece con mayor claridad en el lenguaje burocrático de
nuestra época, dominado como está por la tecnología. Es un lenguaje en
el que se reflejan los valores masculinos; los partidarios del instrumen-
talismo resuelven el problema del dualismo eliminando la esfera expre­
siva por completo. A la vez abrupto y retorcido, vaciado de emoción, con
pretensiones de objetividad, abrumadoramente mecánico y sin sujeto,
este lenguaje se basa en una construcción impersonal y pasiva, creando
el efecto de que no hay actores, que nadie está influyendo en nada ni en
nadie, que las cosas suceden absolutamente al margen de la voluntad
humana (French, 1985). La eliminación de lo personal tiene lugar, por
ejemplo, en la siguiente expresión de la jerga hospitalaria: “accidente
terapéutico con desenlace terminal”, en lugar de muerte provocada por
negligencia de los médicos (Satchell, 1987).
Las feministas cuestionan la afirmación de que este lenguaje es
objetivo y avalorativo y, además, cuestionan la afirmación de que es
deseable no tener valores, es decir, no tener una moralidad explícita. Se
produce una confusión que nos lleva a violentar nuestro propio conoci­
miento para poder ser coherentes con lo que hemos llegado a creer que
es un pensamiento “imparcial”. La batalla por la tenencia del Bebé M es
un ejemplo de esto. A la madre genética, la que lo dio a luz, se la
denominó “madre sustituta” porque se estimó que el proceso —alquiler
mediante un contrato— era una realidad más esencial que la realidad
biológica misma (Safire, 1987). La mistificadora objetividad del lengua­
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 29

je oficial tiene por objeto ocultar las desigualdades, la violencia, las


personas, las pasiones, el “Yo y Tú”, y ha llegado a invadir incluso los
campos referidos alas relaciones humanas, los encuentros humanos y los
sentimientos humanos. Por ejemplo, los terapeutas de la familia que
emplean la expresión “abuso conyugal” participan en el ocultamiento de
la realidad predominante: el marido violento es el ejecutor, la mujer es
la víctima. Deseosos de mantenerse actualizados con el lenguaje de la
tecnología, la ciencia y los negocios, muchos terapeutas de la familia han
incluso dejado de emplear la palabra “familia” y utilizan “cibernética”,
y han reemplazado a “individuos” por “consumidores”. (Véase Watzla-
wick, Weakland y Fisch, 1974.)
En el feminismo existen varias ideas sobre la manera de resolver el
dualismo y su representación en el lenguaje. Algunas feministas sugieren
que se considere superior a la categoría opuesta, inviniendo así la
jerarquía establecida por el modo de pensar dualista. Consideran que la
expresividad es superior al instrumentalismo, y todo lo que está relacio­
nado con ser mujer, superior a lo que está relacionado con ser varón. En
este plan, lo subjetivo es predominante y se subraya especialmente el
imaginario femenino, las referencias corporales y los sentimientos. En la
experimentación con la sintaxis, las palabras y la puntuación se ve este
reordenamiento fundamental (por ejemplo, Mary Daly, 1978; Susan
Griffin, 1978).
Otras feministas desean revalorizar y alabarlas cualidades femeninas
a través del lenguaje, pero sin afirmar que son superiores. Sostienen que
beneficiaría a todos (a los hombres tanto como a las mujeres, a los niños,
al planeta) si el término menos valorizado de la relación jerárquica fuese
elevado a un nivel de estima equivalente al de su opuesto (Miller, 1976;
Dinnerstein, 1977). La revalorización es nuestra finalidad en el capítulo
7 en el cual la dependencia, que ha sido considerada por la cultura como
femenina y mala, es calificada como humana y buena, y en el capítulo 9,
en el que la tolerancia es entendida como el equivalente femenino del
heroísmo y el honor. De este modo, tomamos cualidades consideradas
inferiores, que no por casualidad son relacionadas con lo femenino, y las
hacemos ver como buenas.
La revalorización de los rasgos típicamente femeninos nunca pasará
de ser parcial mientras el potencial humano esté dividido en tarcas, unas
para las mujeres, otras para los hombres. Con toda seguridad, evidente­
mente, será así si las mujeres siguen subordinadas a los hombres.
30 EL IlíMINISMO Y LA FAMILIA

Algunas feministas sugieren una solución diferente: el sintctismo, “una


fusión dialéctica de la razón y la emoción” (Glennon, 1983, pág. 263). El
pensamiento dualista nos enseña a elegir entre categorías opuestas,
mientras que un enfoque dialéctico nos permite un camino de síntesis, de
unión. En el capítulo 5 se ilustra el sintetismo, concentrándose en las
madres solteras, en general, y la madre negra, en particular, como
modelos de la conjunción expresivo/instrumental.
Por último, las feministas reclaman la elaboración de nuevos signifi­
cados, con el fin de permitirle a cada persona ser más inteligible para sí
misma (Elshtain, 1982). El capítulo 8 es nuestro intento al respecto.
Fusión, límite, triángulo —términos que han ocupado el centro de la
terapia familiar— son reclaborados por nuestro estrecho contacto con la
experiencia subjetiva de nuestras pacientes.

Comenzamos este capítulo observando que las feministas toman la


familia como punto fundamental de análisis y cuestionamiento. En
realidad, las acciones más provocadoras de las feministas han sido las
que se relacionan con la vida familiar: trabajar para redistribuir las
responsabilidades de la casa y la maternidad, legitimar sistemas de
convivencia y relaciones sexuales no tradicionales, insistir en la impor­
tancia de terminar con la dependencia económica que tienen las mujeres
con respecto a los hombres, luchar por los derechos de la reproducción,
rechazar la autoridad y los privilegios de los hombres. El interés por el
tema de la familia obliga a las feministas a enfrentarse estrecha y muy
críticamente con otros proyectos organizados centrados en la familia, por
ejemplo, con la terapia familiar. En el capítulo 2 abordamos este tema.
C a p itu lo 2

TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA:


HACIA UNA REFORMA

...si no tenemos en cuenta la condición


de la mujer, es probable que no valga la
pena hacer nuestra terapia familiar. Y,
sugiero, una terapia que no vale la pena
hacer, tampoco vale la pena hacerla
bien.

Rachcl Harc-Mustin,
Family Therapy of the Future:
A Feminist Critique

La terapia familiar feminista es la aplicación de la leoría feminista y


sus valores a la terapia familiar. Más concretamente, la terapia familiar
feminista examina de qué manera los roles de los géneros y los estereo­
tipos afectan a: 1) cada miembro de la familia, 2) las relaciones entre los
miembros de la familia, 3) las relaciones entre la familia y la sociedad,
y 4) las relaciones entre la familia y el terapeuta. Hacer explícitos estos
efectos permite a la familia considerar una gama más amplia de perspec­
tivas, conductas y soluciones, una gama menos limitada por definiciones
rígidas de los roles y de la identidad, por modos rígidos de definir, poseer
y ejercer el poder. La terapia familiar tradicional no ha hecho nada para
instruir a las familias sobre la conexión existente entre sus propios
problemas y los estereotipos culturales de los géneros y las relaciones de
poder y, además, no tiene una teoría que vincule las interacciones de los
miembros de la familia con el sistema social que la contiene. La teoría
feminista presenta ese vínculo.
El objetivo es el cambio, no la adaptación: cambio social, cambio
familiar, cambio individual, con la intención de transformar las relacio­
nes sociales que definen la existencia de los hombres y las mujeres.
Mientras tanto, es inevitable reformarla terapia familiar. Es preciso decir
dos cosas sobre esto. Primero, que la reforma se caracteriza por el
conflicto adentro y afuera, y también por la pasión, la esperanza y la
devoción. Y segundo, que el resultado producido por la reforma de un
32 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

corpus establecido de doctrina y práctica a menudo guarda menos


parecido con el original de lo que se imaginaba en el comienzo.
Así sea.

Nuestra tesis es que la terapia familiar ha aceptado los roles de los


géneros vigentes y un modelofamiliar tradicional, haciendo caso omiso
de la opresión que impone a las mujeres. Esta falta de percepción se ha
traducido en una teoría, una práctica y umformación que son opresivas
paralas mujeres. En el resto de este capítulo y, en realidad, de este libro,
se analizan los términos fundamentales de nuestra tesis.1

Los roles de los géneros. La terapia familiar ha trabajado con el supuesto


de los roles de los géneros según han sido constituidos tradicionalmen­
te, sin cuestionar, sin criticar y sin evaluar su efecto. Esta desatención
sistemática del contenido, proceso y resultados reales de los roles de los
géneros proscriptos es curiosa en un campo que tiene por centro a la
familia; curiosa además porque los roles de los géneros son determinan­
tes clave de la estructura y funcionamiento de la vida familiar, y curiosa
también puesto que la familia es el lugar donde los roles de los géneros
son enseñados y presentados compulsivamente. Además, los roles de los
géneros dan forma a las relaciones de la familia, creando los dilemas que
se encuentran en la base de la mayor parte de lo que se oye en la terapia.
La relación padre-hija, madre-hijo, madre-hija, padre-hijo llega a ser el
enredo que en realidad es, precisamente porque la madre y el padre están
representando los roles tradicionales de los géneros y enseñándoles al
hijo y a la hija a que hagan lo mismo. Estos roles de los géneros no han
sido cuestionados por la terapia familiar. Resulta irónico que, en un
campo en el que se preconiza el cambio de segundo orden, nunca se haya
abordado este nivel de análisis.
Aun con respecto a la familia clínica prototipo caracterizada por una
madre excesivamente apegada, un padre periférico e hijos genéricos, en
donde el mismo sexo sigue desempeñando la misma parte, familia tras
familia, la terapia familiar no ha planteado preguntas fundamentales:

1 Parte de nuestro análisis concuerda con los análisis hechos por otras terapeutas
feministas de la familia, los cuales a veces son coincidentes entre sí. Para no hacer citas
reiterativas, enumeramos todas las referencias pertinentes más adelante en este mismo
capítulo bajo la denominación de recursos para la capacitación.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 33

¿Qué significa que esta configuración sea tan omnipotente? ¿Qué


supuestos incorporados siguen produciéndola? ¿Estos supuestos deben
ser dejados en paz o no? La formulación de estas preguntas podría poner
de manifiesto el prejuicio presente en la formulación “madre excesiva­
mente apegada/padre periférico”. Como señala Walters, la descripción
es “implícitamente crítica con respecto a la madre y ventajosa para el
padre” (Walters, 1984, pág. 25). Según las expectativas culturales, la
madre será la principal dispensadora de los cuidados y el padre, el
principal sostén económico; por consiguiente, será periférico en la vida
familiar diaria, excepto cuando se trata de tomar decisiones o de ejercer
el poder, que será central. La concreción sincera de estas expectativas
suele desembocar en graves problemas. La respuesta de la terapia
familiar ha sido culpar a los actores (casi siempre a la madre) y no al
guión, sin abordar las prescripciones dictadas por los roles de los géneros
que forman definiciones del sí-mismo que producen el problema. Las
terapeutas feministas de la familia están acometiendo esta tarea.

Modelofamiliar. La aceptación de los roles tradicionales de los géneros


por parte de la terapia familiar va unida a la aceptación del modelo
tradicional de la familia con su división del trabajo basada en los géneros.
En la actualidad, menos del quince por ciento de las familias norteame­
ricanas están constituidas según la fórmula sostén económico del hogar/
ama de casa (Masnicky Bañe, 1980), pero esta versión de la familia y su
distribución de los roles, derechos y responsabilidades sigue predomi­
nando ideológicamente. Aun cuando la madre trabaje fuera de la casa, en
terapia familiar se considera que le corresponde la responsabilidad
fundamental por los hijos, y su carrera y necesidades personales ocupan
el segundo lugar en importancia con respecto a las de su marido. (Los
estudios que fundamentan esta afirmación son citados en Avis, en
prensa.) El escándalo que supone mantener esta versión de la familia
trasciende su marginalidad estadística. El escándalo estriba en que la
terapia familiar ha sostenido esta versión a pesar de lo injusta que resulta
para la mujer y a pesar de las dos décadas, por lo menos, de estudios y
teorías que explican en detalle los efectos destructivos y distorsionantes
del sistema que describe. (Gran parte de estos estudios y teorías son
examinados enThome, 1982.)
Independientemente de que las esposas trabajen fuera de la casa o no,
sigue siendo una realidad corriente que el marido funcione como jefe del
34 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

hogar y tenga la parte del león en lo que se refiere al ejercicio del poder.
La distribución del poder no es un suceso casual ni un asunto interper­
sonal. Es un asunto de clases y está predeterminado estructuralmente: la
clase de los hombres domina a la clase subordinada de las mujeres. Los
terapeutas de la familia generalmente han hecho caso omiso de este
diferencial de poder, incluso algunos han recomendado trabajar dando
por sentado que los hombres y las mujeres tienen igual poder hasta que
se compruebe lo contrario (Pittman, 1985). Sin embargo, la prueba de
que la distribución del poder es desigual no parece haber apuntado nunca
a una modificación de la teoría. Cada incidente es tratado como un hecho
único, o tal vez un hecho natural, que no acrecienta nunca la opresión de
las mujeres. Piénsese en el poder económico, donde el diferencial entre
las mujeres y los hombres es tan tremendo. La mayoría de los terapeutas
de la familia no han incluido esta realidad en sus formulaciones, y han
guardado silencio sobre los efectos que tiene en la interacción familiar.
Como observa Goldner: “Las mujeres han estado siempre enterradas
en la familia...” (1985a, pág. 45). Las mujeres también han estado
enterradas en la terapia familiar. Los obstáculos psicológicos, legales y
sociales que se han opuesto al logro de la igualdad de las mujeres —in­
cluso en la familia misma— han estado ausentes en la teoría, la práctica
y la capacitación correspondientes a este campo.

LA TEORÍA

Si no es intencional, resulta al menos conveniente que la terapia


familiar haya adoptado la teoría de los sistemas como forma fundamental
de ver y pensar, una teoría demasiado abstracta y demasiado concreta al
mismo tiempo para generar algún tipo de cuestionamiento a la perspec­
tiva patriarcal. Cuando decimos “conveniente” nos referimos a que la
teoría de los sistemas permite a los profesionales trabajar sin perturbar
su aparente compromiso de no enterarse de la condición de la mujer en
la familia o en el mundo. La teoría de los sistemas es tan abstracta que
proporciona un informe aparentemente coherente mientras que, en
realidad, omite variables decisivas. Las variables decisivas que tenemos
en mente son el género y el poder. Puesto que la teoría de los sistemas se
centra totalmente en los movimientos y no en los jugadores, nunca hace
falta darse cuenta de quién tiene poder sobre quién.
La teoría de los sistemas es también demasiado concreta porque
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 35

mantiene un estrecho enfoque sobre cada familia en particular, conside­


rada individualmente. Por consiguiente, a las configuraciones que sur­
gen del examen general de las familias y en las que se refleja la opresión
en gran escala que padecen las mujeres en la sociedad se les impide que
ingresen en el campo de visión y en el discurso o que los perturben.
Asimismo, se excluye el trabajo académico de otras disciplinas sobre la
condición de la mujer y su conexión con el modelo convencional de la
familia (por ejemplo, Bcmard, 1973; Rich, 1976; Thome, 1982; Tilly y
Scott, 1978). Los teóricos y terapeutas de la familia que cierran los ojos
ante estos datos tienen una perspectiva distorsionada y distorsionante.
Al margen de las críticas a la teoría de los sistemas, la condición de
la mujer en la familia —aun cuando se considere una familia por vez—
debería haber sido evidente. La razón por la cual no lo fue —o si lo fue,
no se lo mencionó— es objeto de mucha reflexión por parte de las
feministas. Y debería ser objeto de un honesto examen de sus propias
motivaciones por parte de los terapeutas de la familia, porque lo que
estamos señalando aquí no es sólo un fracaso académico sino también un
fracaso moral. Y lo es porque los teóricos y los profesionales han
producido y siguen defendiendo una teoría y una práctica que permiten
que la opresión esté borrada de la conciencia de todos: de los terapeutas,
de los opresores y, lo que es más grave, de las víctimas.
Las consecuencias son amplias. Como ha señalado Hare-Mustin:
“Cuando alteramos el funcionamiento interno de las familias sin preocu­
pamos del contexto social, económico y político, somos cómplices de la
sociedad en lo que se refiere a mantener a la familia en el mismo estado”
(1987, pág. 20). Además, cuando nos interesamos por el funcionamien­
to interno de las familias sin modificar las diferencias de poder, somos
cómplices de la sociedad para que las mujeres sigan siendo oprimidas.
Examinemos algunos conceptos específicos que fundamentan esta in­
validación de la teoría de los sistemas. La complementariedad, un con­
cepto sistémico aplicado a una desigualdad observada entre las partes de
una interacción, es el primer ejemplo. Cuando se aplica a la interacción
conyugal, encubre con facilidad el hecho de que son las esposas las que
por lo regular y en última instancia se encuentran en desventaja, al vivir
en un sistema que ha sido estructurado por la ley, la costumbre social, y
la doctrina religiosa para asegurar esa situación. Esta realidad no encuen­
tra ningún punto de entrada en el concepto de complementariedad.
En este concepto se da por supuesto que una desigualdad observada
36 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

en una interacción es sólo temporaria y representada. En un nivel más


profundo de la realidad (así se dice), las partes son realmente iguales;
comenzaron siendo iguales, volverán a ser iguales y, en realidad,
probablemente cambiarán de lugar en el próximo intercambio desigual.
Una situación constante de cualquiera de las partes, si es que se llega a
notar, es descartada con el argumento de que no tiene consecuencias
perjudiciales porque hay un poder encubierto en el desamparo y una
fortaleza paradójica en la debilidad. Este es el tipo de reencuadre útil para
hacer que la parte menos poderosa se sienta muy bien de serlo. Según la
complementariedad, la realidad de la opresión estructurada queda ex­
cluida de la existencia.2
La circularidad es otro concepto sistémico que funciona en contra de
la mujer. La idea de que la gente incurre en pautas de conducta re­
currentes, instigadas por reacciones y reforzadas mutuamente, termina
por hacer que todos sean igualmente responsables de todo, o bien, que
nadie sea responsable de nada. Este concepto discrimina a las mujeres
porque una esposa no tiene el poder ni los recursos para ser igual a su
marido en cuanto a la influencia que puede ejercer en lo que sucede en
la vida familiar y, sin embargo, se la considera igualmente responsable
o no hay ningún responsable. Con este razonamiento se culpa a la mujer
falsamente y el hombre queda liberado del hogar.
¿Ella rezonga porque él bebe o él bebe porque ella rezonga? Esta
pregunta familiar pasa por ser un profundo enigma filosófico, pero para
que funcione cómo adivinanza requiere una enorme desconsideración
por la situación difícil de la mujer. Una lectura trivializa su queja
poniéndola en el mismo nivel de “recoge tus zoquetes”. La otra lectura
sugiere que las consecuencias de las protestas son tán malas como las de
la bebida. De cualquiera de las dos formas, ella no es más o menos
partícipe, responsable u obstaculizada que él. Podríamos explicar las
diferencias en la distribución desequilibrada de las opciones favorables
de un esposo y una esposa en esa situación, pero se destacan más lo
absurdo y perjudicial puestos de manifiesto en las explicaciones circu­
lares una vez examinados el género y el poder.

2 En otros capítulos de este libro se sigue analizando la complementariedad. En el


capítulo 6 damos un ejemplo más del potencial de prejuicio contra las mujeres que se
oculta en este concepto aparentemente neutral. En el capítulo 7 demostramos cómo el
empleo de la complementariedad puede encubrir un problema complejo para los dos
sexos, relacionado con el estereotipo de los roles de los géneros.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 37

“Esta mujer ha sido golpeada por su marido” es un buen comienzo


para dar una explicación lineal (es decir, “equivocada”) de un caso de
castigo corporal de la mujer, más conocido en este campo, lamentable­
mente, como abuso conyugal o violencia en la pareja. “¿Qué había hecho
ella?” es la respuesta corriente. El ultraje del acto y la violencia del actor
se pierden en discusiones teóricas que tratan de puntualizar una regresión
infinita de hechos. Esta táctica también descarta el sufrimiento. Como
enseña el viejo proverbio: ya sea que el cuchillo caiga sobre el melón o
el melón sobre el cuchillo, es el melón el que se corta. De cualquier forma
que se combinen las dos primeras cláusulas del proverbio y que se
describa el hecho, el resultado sigue siendo la ingrata realidad.
La neutralidad, o parcialidad multilateral, es una posición que los
teóricos de los sistemas recomiendan que adopte el terapeuta para que
cada miembro de la familia se sienta aliado con y ninguno se sienta aliado
contra. Esta posición evidentemente concuerda con los otros conceptos
sistémicos analizados aquí, que tienen por objeto sostener que todos o
ninguno son responsables. Cada vez que los temas en la terapia son
claramente sexistas, el terapeuta perpetúa la desigualdad con su impar­
cialidad.
Por ejemplo, el terapeuta puede tratar de hacer que los cambios
sugeridos resulten equitativos o que las consecuencias del cambio lo
sean. Dos personas que se encuentran en una relación de poder desigual,
cada una de las cuales cede de alguna manera el diez por ciento de su
poder, siguen estando en la misma relación de poder que antes. Además,
las consecuencias de los cambios necesarios para lograr la igualdad no
son igualmente atractivas. Cuando el objetivo es la igualdad, el marido
necesariamente dejará la terapia con la sensación de que es menos
privilegiado que cuando la empezó, y la mujer se sentirá más privilegia­
da.
En situaciones de castigo corporal de la esposa y otros abusos, el
prejuicio contra las mujeres implícito en la actitud de permanecer neutral
o ser imparcial ha sido explicado. Es importante observar que aun en
situaciones menos terribles, el terapeuta que adopta una posición neutral
suma peso al aspecto sexista. Incluso el silencio proveniente de una
persona de autoridad, como es el caso del terapeuta, puede interpretarse
fácilmente como un asentimiento ante la desigualdad presentada, admita
o no la familia que se trata de una relación problemática.
La inocencia implícita en los conceptos de complementariedad y
38 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

neutralidad, que ocultan un prejuicio contra las mujeres cuando se aplica


a la violencia física contra la esposa, sucumbe por completo cuando la
Madre puede ser objeto de crítica. El ejemplo más ultrajante es culparla
por el abuso sexual cometido por su marido en perjuicio de sus hijos. El
incesto es un testimonio patente del viejo adagio según el cual el poder
corrompe. Concentrándose en la conducta de la Madre —por no satisfa­
cer a su marido, por no desempeñar un rol ejecutivo adecuado, por no
estar en guardia, por no saber— un terapeuta oculta el reproche verda­
dero de que el dominio del Padre puede terminar por causar el abuso. El
poder absoluto del Padre como jefe de familia puede corromper total­
mente.
No sólo el incesto, sino muchas y variadas enfermedades de la vida
familiar y de la conducta individual son cargadas a la responsabilidad de
la Madre. Se trata de un resultado predecible cuando la teoría psicológica
sitúa la formación del carácter en la niñez y la terapia familiar sostiene
la opinión de que la niñez es una etapa que corresponde a la madre. Las
encuestas de las revistas especializadas en terapia familiar muestran que
nuestro campo está invadido por culpas atribuidas a la madres (Caplan
y Hall-McCorquodale, 1985). Al buscar la culpa en la Madre se ignora
al Padre, el principio del poder y la moralidad del poder. (Véase un
análisis más extenso en el capítulo 6.)
Además de la teoría de los sistemas, existe también un problema en
la terapia familiar con respecto a las descripciones y prescripciones de lo
que constituye la adultez y las relaciones maduras. Nos referimos a los
conceptos de fusión, apego excesivo, individuación, diferenciación y
límites, todos los cuales subrayan cuán importante es para el individuo
mantener una saludable distancia de las demás personas y de los aspectos
emocionales propios. Estas formulaciones están impregnadas de valores
masculinos y describen un ethos independiente que sostiene que la
autonomía es el bien supremo, que la emoción y la intimidad la ponen en
peligro y que el poder sobre los demás es una señal inequívoca de haberla
logrado.
Esta perspectiva masculina toma forma en el proceso que desarrolla
el hombre hacia el logro de su identidad (Chodorow, 1978; Dinnerstein,
1976). El hombre sólo llega a ser él mismo y toma conciencia de su
identidad como ser masculino al separarse de su madre. Aprende a
conocerse a sí mismo a través de la renunciación: “Soy la suma de las
características de lo no-femenino”. La importancia que cobra entonces
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 39

la autonomía no sólo es aceptada sin críticas por la terapia familiar como


unideal para los hombres, sino que también se preconiza para las mujeres
y, por consiguiente, se presenta como el ideal de todos los seres humanos.
Puesto que el proceso que siguen las mujeres hacia el logro de su
identidad es tan diferente del de los hombres, si se usan los valores y el
desarrollo de éstos como paradigmas las mujeres parecen fracasadas. A
las mujeres también las edúcala Madre; empero, crecen junto a alguien
que se parece a ellas, alguien cuyas cualidades son alentadas a imitar e
incorporar. En consecuencia, las mujeres experimentan la relación como
dadora de vida. Una mujer se conoce a sí misma a través de un otro con
quien está relacionada a través de una sensibilidad recíproca. La autono­
mía y la diferenciación se incluyen como aspectos de la conexión, no
como fuer/as opuestas. Ella llega a conocerse a sí misma mediante un
estrecho compromiso (Chodorow, 1978; Dinncrstcin, 1976).
Las mujeres tienen razón en este aspecto. No existe un sí-mismo sin
un otro, y el desafío es integrar la autonomía y la conexión. Uno de los
motivos por los cuales un hombre puede parecer tan envidiablemente
fuerte e independiente es que las mujeres están desempeñando la otra
parte por él. La madre, la hermana, la hija, la esposa, la secretaria y la
amante están absorbidas en su realidad, haciendo el trabajo de apoyar,
sostener y conectar mientras él se mete valientemente en el mundo,
aparentemente solo. Las mujeres serán capaces de presentarse como
personas fuertes e independientes como los hombres, tan sólo si son
apoyadas como ellos. Ahora bien, las mujeres hemos de proporcionamos
ese sostén mutuamente o tendremos que esperar hasta que los hombres
sean educados de otra manera para que sepan cómo brindamos esc apoyo
a nosotras, y quieran hacerlo.
Gran parte de lo escrito sobre terapia familiar se refiere a lograr la
independencia y mantenerla, y muy poco a lograr la conexión y mante­
nerla. Esta insistencia en la primera sugiere que la gente, habiendo
aprendido cómo separarse, puede realizar la tarea relativamente más
simple de conectarse, habilidad menos valorizada y, evidentemente,
relacionada con las mujeres. La terapia familiar no ha cuestionado la
dicotomía de las categorías (autonomía frente a conexión), no ha cues­
tionado la jerarquía (autonomía por encima de la conexión) y no ha
cuestionado el resultado: el hombre aparentemente independiente con­
siderado superior a la mujer a quien puede confiársele la conexión.
Dado el notable potencial de perjuicio que hemos esbozado, es una
40 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

tarea urgente la que han emprendido las terapeutas feministas de la


familia de analizar, reformar y reescribir la teoría. Hasta la fecha, la
crítica feminista de la terapia familiar ha sido elaborada más plenamente
que la propuesta feminista, pero el trabajo ya ha comenzado. Nosotras
hacemos nuestro aporte con los capítulos de este libro. Tratamos de
evitar el error de no mencionar lo importante. Por lo tanto, decimos con
claridad en cada caso clínico cuáles son los valores en los que se
fundamenta el análisis teórico que orienta nuestra terapia. Decimos que:

— Tanto los hombres como las mujeres son responsables de la calidad


de la vida conyugal y familiar.
—r Las buenas relaciones no se caracterizan por una definición rígida
de los roles y por la diferencia sino por la mutualidad, la reciprocidad y
la interdependencia.
— Las pacientes que son informadas sobre el origen y la significación
de sus creencias adquieren claves para su liberación.
— Todas las personas responsables de fomentar el crecimiento de
nuestros hijos están encargadas tanto de educarlos como de ayudarlos a
ser competentes en el mundo que se extiende fuera del hogar.
— La estructura familiar no tiene por qué ser jerárquica para llevar a
cabo las funciones familiares; en cambio ha de ser democrática, sensible,
consensual.
— El respeto, el amor y la seguridad necesarios para el óptimo
desarrollo y goce humanos son igualmente posibles en diferentes cons­
telaciones: relaciones lesbianas, familias de un solo progenitor, parejas
de profesionales y otras.
— Tienen que buscarse por igual la conexión y la autonomía, cada una
de ellas es una condición necesaria para la otra.
— El poder, como el hasta ahora ejercido por los hombres, padres y
maridos, ya no va a ser igualmente compartido sino prohibido por
completo y reemplazado por otra actitud: la de brindar la capacidad e
influencia propias para lograr el bienestar de los demás, del mismo modo
que se hace para lograr el bienestar propio.

LA PRÁCTICA

Un concepto equivocado que sigue encontrándose con frecuencia


TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 41

sobre la terapia familiar feminista da por supuesto que se trata de un


conjunto de técnicas usadas para rescatar a las mujeres “buenas” que son
víctimas de los hombres “malos”. Este supuesto contiene dos errores
esenciales. En primer lugar, la terapia familiar feminista no es un
conjunto de técnicas, sino un punto de vista político y filosófico que
produce una metodología terapéutica al inspirar las preguntas que
formula el terapeuta y el conocimiento que éste desarrolla. En segundo
lugar, este enfoque no tiene nada que ver con culpas y rescates, pues estas
técnicas son simplemente indicativas de malas terapias, y no pueden ser
nunca justificadas sobre la base de su supuesta corrección política.
La práctica de la terapia familiar feminista comienza a desarrollarse
cuando los terapeutas toman conciencia de sus propios valores con
respecto al género y examinan en qué grado sus ideas sobre las diferen­
cias entre elhombre y lamujerestán basadas en estereotipos sexistas. Así
pueden evaluarse nuevamente las ideas sobre la familia y sobre otras
maneras de relacionarse. Este proceso termina por hacer que los terapeu­
tas reformen tanto sus teorías como su práctica de la terapia, rechazando
algunos conceptos directamente, modificando otros y creando conceptos
nuevos.
Es responsabilidad del terapeuta abordar las cuestiones relativas al
género y hacérselas explícitas a la familia precisamente porque ésta no
puede ver que sus problemas están relacionados con el género. Hemos
sido formados para no ver el género como algo fabricado y, por lo tanto,
hemos internalizado estereotipos en un grado tal que parecen verdades.
Además, en el sistema dominante/subordinado en el que interactúan los
hombres y las mujeres, no se espera que ninguna de las dos partes opine
sobre la organización familiar. En consecuencia, los miembros de la
familia creen que sus problemas son idiosincrásicos y que su organiza­
ción de los géneros no tiene nada de notable. Porque confunden el sexo
biológico con los roles de los géneros establecidos socialmente, suponen
que la conducta relacionada con los géneros es natural, inevitable e
inmutable. Este supuesto excluye una enorme gama de conductas
humanas como objeto de análisis y cambio. Por ejemplo, el dicho
corriente “el hombre es hombre” hace que se entienda una conducta
como algo dado, no sujeta a ninguna discusión y mucho menos a ninguna
modificación.
El terapeuta feminista de la familia, al convertir el género en un tema,
amplía y transforma el contexto de los problemas presentados por la
familia. El terapeuta formula preguntas que hacen explícitas cuestiones,
42 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

decisiones y conductas que demuestran en qué grado existen la igualdad


y la reciprocidad en la familia. Por ejemplo, discutir con una pareja las
razones por las cuales el marido está cómodo con sus manifestaciones de
enojo directas y volubles y la manifestación indirecta de la misma
emoción por parte de su mujer, puede plantear muchísimas cuestiones
sobre el resto de su relación basada en el género.
Puesto que el terapeuta también tiene género y éste nunca es neutral,
la conducta del terapeuta siempre reforzará o cuestionará los supuestos
que tiene la familia sobre esta cuestión. Es característico que la familia
comience interactuando con el terapeuta sobre la base de los estereotipos
tradicionales, por lo cual los terapeutas se encontrarán con problemas
diferentes de los que se les presentarán a las terapeutas. Por ejemplo, una
terapeuta mujer puede encontrarse con que la familia recurre a ella para
que la rescate y, debido a su formación con respecto a los roles de los
géneros, es posible que se sienta impulsada a responder. A un terapeuta
del sexo masculino se le puede presentar la situación de que el marido se
haga compinche con él y la mujer le pida consejo. Debido a su formación
con respecto a los roles de los géneros, tal vez se sienta impulsado a
cooperar. Para los terapeutas negar el efecto del género en sus relaciones
con las familias significa perder no sólo una dinámica poderosa, sino
también la oportunidad de usar los roles de los géneros de una manera
terapéutica.
El terapeuta feminista de la familia trabaja conscientemente con la
idea de que el uso de su sí-mismo en la terapia significa el empleo de un
sí-mismo que tiene un género. Un objetivo fundamental es incorporar
alternativas a la limitada definición de mujer y hombre que probable­
mente han llevado los pacientes a la terapia. En teoría, la familia verá en
el terapeuta feminista una mujer o un hombre en quien se combinan
aptitudes que por lo general se consideran mutuamente excluyentes y
pertenecientes sólo a uno de los sexos. Es decir, la familia tendrá un
terapeuta que ejerce la autoridad, manifiesta competencia y fija límites
y que, a la vez, demuestra empatia, sensibilidad, respeto, protección y
escucha con mucha atención. Esta combinación de aptitudes resulta
inusual c inesperada y, por consiguiente, contrastará en la mente de los
pacientes con su experiencia habitual de la conducta humana que está
definida por los estereotipos.
El tipo de relación que el terapeuta feminista de la familia desea crear
con los pacientes es una relación en la que éstos lo perciban como una
persona honesta, expresiva, cuestionadora, segura, amable, digna de
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 43

confianza, benevolente, serena, colaboradora, imperturbable y sin pre­


juicios. Además, los pacientes perciben al terapeuta como alguien dedi­
cado a cada uno de los integrantes de la familia, aunque no necesariamen­
te de acuerdo con cada uno de ellos. Este tipo de relación es una condición
necesaria, pero no suficiente, para producir los cambios que busca el
paciente. Es el medio y el contexto de la terapia.
Esta relación terapéutica se pone de manifiesto en la terapia a medida
que los pacientes exponen lo que piensan sobre sí mismos en el mundo,
y el terapeuta cuestiona ese pensamiento sobre la base de su exactitud,
integridad o utilidad. Sin la experiencia de una relación confiable y
respetuosa! los pacientes no tolerarían estos cuestionamientos por más
amablemente que fuesen presentados. Sin esa relación, el terapeuta no
contaría con la credibilidad de los pacientes para ofrecerles alternativas,
terminar con pautas familiares y sugerir soluciones novedosas.
En el nivel del análisis de los problemas, el feminismo inspirará las
respuestas que el terapeuta considera respecto de la familia. Las pregun­
tas no son necesariamente formuladas a la familia sino que orientan las
observaciones del terapeuta:

1) ¿Cómo afectan los estereotipos de los géneros la distribución del


trabajo, el poder y las recompensas en esta familia?
2) ¿Cómo interactúan los estereotipos y la consiguiente distribución
del trabajo, el poder y las recompensas con el problema que se
presenta?
3) ¿Qué piensan los miembros de la familia sobre el trabajo del
hombre y de la mujer que hace que el trabajo esté distribuido de
determinada manera e impida que se distribuya de cualquier otra
forma? (Esta pregunta se refiere a las funciones parentales y de
educación, así como también a los quehaceres domésticos, el
control de las finanzas y el sostén económico.)
4) ¿Qué piensan los miembros de la familia sobre el poder propio del
hombre y de la mujer que hace que el poder esté distribuido de de­
terminada manera e impida que se distribuya de cualquier otra
forma?
5) ¿Qué piensan los miembros de la familia sobre los deseos, méritos,
valores y derechos propios del hombre y de la mujer que hace que
las recompensas estén distribuidas de determinada manera e
impida que se distribuyan de cualquier otra forma?
44 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

6) ¿Qué soluciones han estado vedadas a la familia debido a su


aceptación acrítica de los valores sexistas?
7) Dadas las respuestas a las seis primeras preguntas, ¿qué esperará
probablemente de mí la familia, dado mi género? ¿En qué punto
preveo que habrá problemas entre nosotros? ¿En qué punto puedo
mellar con más facilidad sus expectativas habituales? ¿En qué me
sentiré más vulnerable a sus expectativas?
8) ¿Qué otras presiones, deseos y relaciones tienen que ver con la
conformación de su problema y sus intentos de solución, además
de los estereotipos de los roles basados en los géneros (entendien­
do que todos estos otros factores estarán mediatizados por sus
estereotipos de los roles de los géneros)?

A partir de las respuestas a estas preguntas, el terapeuta analiza el


significado que tiene el género para sus pacientes. El terapeuta usa este
análisis para guiar las interacciones con los miembros de la familia en
una forma que cuestione sus limitadas definiciones de lo masculino y lo
femenino y los libere de ellas, al poner en tela de juicio los supuestos de
la familia sobre quién es el responsable del cuidado de los niños, la
adopción de las decisiones, los quehaceres domésticos, la frecuencia de
las relaciones sexuales, el sostén económico y el control de la natalidad.
Al interactuar con los pacientes brindándoles capacidad para actuar,
legitimidad y desmistificación, el terapeuta los ayuda a generar conduc­
tas, valores y sentimientos alternativos. Estos cambios a veces pueden
producirse en gran escala —una pareja decide que la mujer saldrá a
trabajar y el marido se quedará en casa con los niños— pero es más
común que el cambio comprenda una serie de pequeñas modificaciones:
ella trata de expresar directamente su enojo, él practica para poder
reconocer sus propios sentimientos y ponerles nombre. Estas modifica­
ciones se producen no sólo a causa de lo que los pacientes observan sobre
el terapeuta, sino también debido a la manera en que se perciben a sí
mismos cuando sus típicas actitudes y conductas prescriptas por los roles
son bloqueadas, reintegradas, reinterpretadas, directamente cuestiona­
das o reorientadas por el terapeuta.
Por ejemplo, cuando un terapeuta instruye a un padre emocionalmen­
te retraído para que exprese sin palabras lo que siente por su hijo, el padre
se ve obligado a ampliar su capacidad de demostrar afecto o a enfrentar
lo que sea que le impide hacerlo. Esos pasos requieren que los miembros
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 45

de la familia revaloricen las actitudes y las conductas rutinarias, que


inventen intencionalmente nuevas conductas o descubran que de pronto
y espontáneamente emitieron una conducta desacostumbrada. Por con­
siguiente, el cambio no se produce simplemente porque el terapeuta lo
ordene, sino por la interacción con el terapeuta que hace que los pacientes
se perciban a sí mismos de una manera diferente. Primero se dan cuenta
de que hay una incoherencia entre la expectativa habitual y lo que ahora
experimentan, luego el terapeuta los ayuda a integrar esas conductas.
El terapeuta feminista de la familia utiliza una diversidad de técnicas
tomadas de distintas escuelas de terapia familiar, pero tendrá la sensibi­
lidad necesaria para no aprender ninguna que sea sexista u opresiva. Por
ejemplo, el reencuentro es una técnica terapéutica poderosa que sería
usada con la misma probabilidad por el terapeuta feminista de la familia
como por el no feminista. Empero, un terapeuta feminista nunca usará el
recncuadrc de la manera demostrada por Bergman (1987), para sugerir
que el problema real de un paciente del sexo masculino que abusa del
alcohol y las drogas es la presencia de demasiadas mujeres en su familia.
Aun cuando ese reencuadre pudiese modificar el sistema, un terapeuta
feminista criticará su empleo ya que reivindica al abusivo y deja a las
mujeres con la sensación de ser responsables y culpadas. El hecho de que
esas intervenciones hayan sido empleadas señala que los terapeutas se
relacionan con las mujeres con la misma ambivalencia que el resto de la
sociedad, viéndolas como las guardianas y educadoras de la familia y
guardándoles rencor por ese poder.
La sensibilidad del terapeuta ante el género afectará la forma, la
graduación temporal y otras características de las intervenciones. Por
ejemplo, tanto el terapeuta feminista como el tradicional pueden consi­
derar deseable, en una situación dada, ayudar a la esposa a elaborar su
ambivalencia con respecto ala idea de tener un trabajo remunerado fuera
de la casa. Es probable que los terapeutas estimen correctamente la
dificultad que este cambio representará para el marido. Ahora bien, es
más probable que el terapeuta feminista y no el terapeuta tradicional
estime correctamente la dificultad que este cambio representará para la
esposa: su temor de violar el contrato conyugal, su arrepentimiento por
la deslealtad unido al temor de una represalia por amenazar lo que ha sido
la prerrogativa de su esposo y, tal vez, el temor de perder su derecho
incuestionable a ser una mujer femenina. Al tener en cuenta las preocu­
paciones de la mujer, el terapeuta feminista de la familia adoptará
46 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

medidas que tienen un marco y un respaldo diferentes de los que aplica


el terapeuta tradicional de la familia.
Por ejemplo, el terapeuta feminista hará explícito el análisis expuesto
a la pareja, examinando con ellos el riesgo que el cambio de la mujer
puede representar para el marido, las represalias de que ella puede ser
objeto y la culpa que puede llegar a sentir. El análisis compartido le da
validez a la experiencia de la mujer, la desmistifica sobre su renuencia
al cambio y la autoriza a tomar una decisión con conocimiento para sí
misma al ayudarla a obtener la información y los recursos. En el caso del
marido, las predicciones del terapeuta de que puede llegar a sentirse
amenazado tal vez le permitan, paradójicamente, estar más dispuesto y
accesible a este cambio.
Cuando una familia llega a la terapia es por lo general a instancias de
la madre o la esposa, porque en la familia todo el mundo considera que
el mantenimiento del buen funcionamiento familiar es tarea de ella. La
mujer ingresa en la terapia con la sensación de que lo que ha salido mal,
sea lo que fuere, es excesivamente culpa suya. En la terapia tradicional
se encuentra con un terapeuta que se pasa gran parte de la sesión
hablándole a ella y no a los otros miembros de la familia. Este enfoque
no obedece necesariamente a que el terapeuta comparte el punto de vista
de que la madre es la responsable del bienestar de la familia (si bien puede
hacerlo), sino porque al terapeuta le resulta mucho más fácil hablar con
la mujer, quien está formada en el lenguaje de los sentimientos y es la que
percibe los matices sutiles de la conducta. Estas aptitudes y su sentido de
la responsabilidad hacen que la madre esté muy motivada, y el terapeuta
usa su motivación como palanca para el cambio. El m árido o padre puede
estar implícitamente dispensado de una participación significativa en la
terapia. Su sola presencia es aceptada como suficiente. Esta actitud del
terapeuta, diferente ante cada uno, refuerza los estereotipos de los roles
de los géneros que tienen los pacientes, el terapeuta y la cultura en
general. En cambio, el terapeuta feminista no aceptará la ineptitud como
excusa para no participar en la terapia y, en consecuencia, seguirá
haciendo preguntas y encomendando tareas a los dos cónyuges, lo cual
indica que la responsabilidad de la vida familiar debe ser compartida
equitativamente.
Otra de las maneras en que los terapeutas tradicionales de la familia
pueden explotar a las mujeres es aprovechando el hecho de que ellas son
normalmente más adaptadas al cambio que los hombres. Los terapeutas
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 47

suelen prestar una atención desproporcionada a cualquier esfuerzo que


haga un hombre para cambiar, mientras que dejan que la mujer se arregle
sola. Así, el esfuerzo del hombre para ser más expresivo es visto por el
terapeuta como el equivalente psicológico de trepar el Everest, mientras
que el esfuerzo de la mujer para entrar en el mercado laboral después de
haber sido ama de casa durante veinte años es considerado un privilegio.
En el mejor de los casos, el terapeuta tradicional puede considerar que
estos ejemplos constituyen un esfuerzo equivalente, como si aprender a
llorar y aprender a ser económicamente independiente fuesen tareas
comparables en una sociedad cuyo valor máximo es el dinero, por
encima de todo lo demás.
En cambio, el terapeuta feminista de la familia legitima la dificultad
del marido, señalando que él no está preparado para demostrar la
expresividad emocional que su familia quiere y que además irá en contra
del ethos de su lugar de trabajo al desarrollar esa expresividad. A la vez,
el terapeuta le sugiere al marido las recompensas potenciales que podrían
redundar en su beneficio al realizar semejante esfuerzo en su familia. La
mujeres legitimada con respecto al temor de perder su rol bien definido
de ama de casa junto con el limitado poder que éste conlleva, por la magra
posibilidad de desarrollar una identidad positiva como trabajadora en
una sociedad donde las mujeres todavía son confinadas a los empleos del
sector de servicios con un bajo nivel de status y una remuneración que
apenas sobrepasa la mitad de la que perciben los hombres: El terapeuta
presta una atención fundamental al tratamiento de los cambios de
relación personales y logísticos producidos por la nueva posición de la
mujer.
Una peculiaridad irónica de la falta de participación del marido o
padre en la vida cotidiana de la familia es que, precisamente porque rio
ha intervenido en ella, el terapeuta tradicional a menudo lo ve como la
persona que ahora puede salvar la situación. El hecho de alentar al padre
para que se haga cargo de un conflicto perturbador de la familia, como
si fuese un ejecutivo que arreglará el lío que armó su mujer, señala un
punto de vista funcional y simplista de los roles de la familia. En cambio,
un terapeuta feminista interpretará que una intervención de ese tipo
transmitirá a la familia lo siguiente: a) que la madre no ha sabido
desempeñar su rol, b) que el padre lo puede hacer mejor de todos modos
y c) que hace falta un experto para convencer al padre de que haga lo que
corresponde para remediar la situación. En consecuencia, el terapeuta
48 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

feminista preferirá concebir una intervención que subraye la importancia


del trabajo de los dos progenitores para resolver el conflicto familiar.
Esta intervención respetará el puesto de la madre como la experta de la
familia en cuanto se refiere a la educación de los niños. Asimismo, se
referirá a los beneficios que recibirá el padre al incrementar su participa­
ción en la vida familiar, a la vez que se observará que probablemente este
cambio no será recompensado o ni siquiera visto con buenos ojos por el
mundo exterior (por ejemplo, en el lugar de trabajo). Si hay un compro­
miso de parte de los dos progenitores —la madre, estando dispuesta a
compartir su responsabilidad y a disponer de otros medios para manifes­
tar su idoneidad, y el padre, mostrándose dispuesto a pagar el precio en
su lugar de trabajo por participar más en su familia— la intervención
tendrá por objeto hacer que la crianza de los hijos sea una responsabilidad
compartida. Un modelo de este tipo da mayores garantías de que los hijos
estén bien educados que el que hace a la madre totalmente responsable
de su crianza.
En síntesis, la metodología de la práctica de la terapia familiar
feminista comprende: 1) usar el sí-mismo en la terapia como modelo de
conducta humana no tan limitado por los estereotipos de los géneros; 2)
crear un proceso por el cual el empleo de técnicas como, por ejemplo, la
legitimación, la autorización y la desmistificación acreciente en los
miembros de la familia la sensación de que tienen opciones y desarrollen
una mayor reciprocidad entre ellos; 3) realizar un análisis de los roles de
los géneros en la familia; 4) utilizar este análisis para orientar las
interacciones con la familia de una manera que cuestione las pautas de
conducta restringidas y estereotipadas y a la vez, los libere de ellas, y 5)
diseñar técnicas a partir de una serie de métodos de terapia familiar
existentes con plena conciencia de las consecuencias que estas técnicas
tienen con respecto a los géneros.

LA CAPACITACIÓN

Si la terapia ha de ser feminista, la capacitación profesional también


debe serlo. En la actualidad no lo es. Desde luégo, un cambio así no puede
producirse si se considera el feminismo como una asignatura optativa
que se pincha con alfileres a lo que ya existe. Por el contrario, deben
hacerse modificaciones en el contexto, el contenido y el proceso de
nuestros programas de capacitación.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 49

El contexto
El sistema dentro del cual se imparte la capacitación debe estar
organizado de una manera que no reproduzca el mismo modelo opresivo
y sexista que la terapia familiar feminista trata de corregir. Para empezar,
el programa debe contar con igual número de mujeres que de hombres en
los puestos de autoridad y en los cargos docentes. Debe brindar los
beneficios buscados en el mundo de los negocios: un horario flexible,
licencia por maternidad y por paternidad, ayudas especiales para los
progenitores únicos y para las mujeres que ingresan en el mercado de
trabajo a una edad mayor. Tiene que tener como primer lenguaje, y no
como segundo, el análisis feminista. Su característica ha de ser la
existencia de una interacción respetuosa y esclarecedora. .
Para poder comprender la importancia de lo que decimos, pasemos del
nivel del contexto al nivel de la conducta personal. En su artículo sobre
la capacitación profesional, Caust, Libow y Raskin se refieren a las
“tendencias de las mujeres, en general, y de las estudiantes de los cursos
de terapia feminista, en particular, a evitarla confrontación, minimizar
su autoridad y relacionarse con los supervisores de un modo estereotipa­
do y sumiso, así como también a emplear estrategias de poder encubier­
tas...” (1981, pág. 441). Si bien coincidimos con esa observación,
queremos hacer ver un aspecto diferente del que señalan estos autores.
Las conductas que ellos describen son estrategias de supervivencia de los
subordinados. Se trata de tendencias de las mujeres en general porque
ellas son subordinadas. Cuando no lo son (por ejemplo, con sus propios
niños o cuando desempeñan el rol de maestras) abandonan esas conduc­
tas y adoptan exactamente las opuestas. En otras palabras, la capacidad
de ser exigentes y cuestionadoras depende de las necesidades propias del
ambiente.
A diferencia de lo que ocurre con las mujeres, prácticamente todos los
ambientes se caracterizan por la expectativa de que los hombres actúen
mandando y confrontando. Si esas conductas son deseables para las
mujeres que son terapeutas, lo que debe programarse de otra manera es
el medio donde se desarrolla la capacitación y no las mujeres. La
expectativa que tiene una mujer de sí misma es parte del cambio que debe
producirse, pero no es el punto por donde debe empezarse. Primero el
contexto debe hacerse seguro para que las mujeres manifiesten una gama
más amplia de conductas y sólo entonces éstas emergerán.
Existen varios factores que complican el intento de modificar el con-
50. TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

texto de los cursos de capacitación. Los docentes actuales deben recibir


una formación especial antes de poder dar una formación diferente. Hace
falta mucho más que buenas intenciones para alcanzar el cambio radical
en la conciencia y en el método que se necesita. .
Otra de las complicaciones es que, tal como están las cosas en la
actualidad, la mayor jerarquía del hombre con respecto a la mujer pre­
valece por encima de cualquier jerarquía dada, de modo tal que si a una
mujer determinada se le asigna más autoridad que a un hombre determi­
nado o bien, igual autoridad que a él, por lo común se la considera
subordinada. Las supervisoras, por ejemplo, suelen ser consideradas
inferiores a sus alumnos varones, y las mujeres que integran una junta,
como inferiores a los miembros masculinos de esa misma junta. Se trata
de una jerarquía cultural tan predominante que no desaparecerá de
nuestros programas académicos por decreto, y tampoco en el caso de que
se pongan en práctica los otros cambios que hemos mencionado. Empe­
ro, no puede hacerse caso omiso de esta situación. La jerarquía en el
programa de capacitación y en la institución donde se desarrolla el
programa, tiene que ser tomada como un tema constante y formal de
estudio y discusión para especificar el efecto que ejerce en las relaciones,
la terapia y la formación que tienen lugar bajo su dominio.

El contenido
En el programa debe figurar la enseñanza de la teoría feminista. Se
debe informar a los alumnos sobre el sistema patriarcal bajo el cual todos
nosotros crecimos y en el cual están insertas todas las familias de manera
explícita y formal; no basta con esperar que cada uno lo capte como una
iluminación súbita. El programa de capacitación tiene que dar a los
discípulos los conceptos necesarios para realizar el análisis de los roles
basados en géneros que hemos explicado en el apartado anterior. Los
estudios feministas brindan una gran riqueza de recursos (de Beauvoir,
1964; Chesler, 1972; Chodorow, 1978; Dinnerstein, 1976; Ehrenreich y
English, 1978; French, 1985; Gilligan, 1982; Lemer, 1986; Miller, 1976;
Oakley, 1974; Rich, 1976; Thome, 1982); como también lo hacen
muchas obras literarias escritas por mujeres (Atwood, 1986; Bemikow,
1980; Brownmiller, 1984; Gilman, 1973 b; Gould, 1976; Griffin, 1978;
Griffith, 1984; Morgan, 1968; Pogrebin, 1983; Rich, 1986; Walker,
1982; Woolf, 1929).
Además, deben producirse otros cambios en el contenido. Los docen­
JERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 51

tes deben comprometerse con los estudiantes en un esfuerzo intenso y


conjunto para poner de manifiesto el aspecto sexista de diversas teorías
de la terapia familiar. Muchas cintas, artículos y libros usados durante
mucho tiempo como material didáctico y que parecían contener una
verdad inamovible ahora deben utilizarse en forma selectiva; junto con
lo bueno que quede, tenemos que demostrar con estos materiales én qué
medida las modalidades del pensamiento sexista han sido penetrantes,
arraigadas y aceptadas sin cucstionamientos. Aunque esta crítica todavía
no está completa, se encuentra un excelente material en Avis, en prensa;
Avis, 1985; Bograd, 1984; Cárter, 1986; Goldner, 1985 a y b; James y
Mclntyre, 1983; Taggart, 1985. Sobre reformas y creaciones nuevas que
desarrollan la aplicación del pensamiento y la acción feminista a la teoría
de la terapia familiar, su práctica y su capacitación pueden verse en
Cárter, Papp, Silverstein y Walters, 1984 a y b; Hare-Mustin, 1978;
Libow, Raskin y Caust, 1982; Margolin, Fernández, Talovic y Onorato,
1983; Simón, 1985; Whecler, Avis, Miller y Chaney, 1985.
Asimismo, proponemos ampliar el contenido de la capacitación que
tiene lugar durante la supervisión de la terapia, es decir, aumentar lo que
es presentado para su observación y atención. Algunas de nuestras
sugerencias coinciden con las dadas por Wheeler y sus colegas (1985).
Los componentes que consideramos más importantes son:

1) examinar la relacióri entre la familia y el terapeuta para ver cómo


es constituida por las expectativas relativas a los roles de los géneros que
tienen tanto la familia como el terapeuta; 2) analizar la división del
trabajo, el poder y las recomendaciones en la familia en cuanto es
afectada por los prejuicios y estereotipos relativos a los géneros; 3)
prestar una atención específica a la elaboración, tanto para los hombres
como para las mujeres, de aptitudes tradicionalmente femeninas (como,
por ejemplo, la empatia, la capacidad de escuchar, el apoyo) y de
aptitudes tradicionalmente masculinas (como, por ejemplo, la capacidad
de dar directivas claras, de tomar actitudes de mando, de manifestar
idoneidad), y 4) enseñar a los alumnos a usar sus sentimientos instrumen-
talmente, es decir, como indicadores del tipo de intervención necesaria
o como diagnóstico de elementos clave del proceso de interacción dentro
de la familia o entre la familia y el terapeuta.

Por último, el contenido del trabajo personal es diferente cuando se


52 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

trata de formar terapeutas feministas de la familia. Los alumnos deben


examinar la conducta estereotipada en ellos mismos y las consecuencias
consiguientes para sí mismos y para sus pacientes. Este análisis se realiza
mejor haciendo que los alumnos descubran y formulen con claridad estas
lecciones como fueron aprendidas en sus familias de origen. Ahora bien,
es de fundamental importancia ayudarlos a sostener la perspectiva de que
sus familias forman parte de un sistema social más amplio, a fin de
bloquear cualquier tendencia a pensar que los estereotipos han sido
inventados por sus madres y padres y, por lo tanto, son idiosincrásicos de
sus propias familias.

El proceso
El respeto es el rasgo definitorio básico del proceso entre docentes y
alumnos que exigimos para los programas de capacitación en terapia
familiar feminista. Puesto que esta palabra tiene un significado general,
la especificaremos con respecto a determinadas aplicaciones:
— Es respetuoso enseñar la teoría y el método con claridad, en lugar
de hacerlos confusos e inaccesibles como indicadores jerárquicos.
— Es respetuoso determinar las competencias, afirmar las mejoras,
apoyar la individualidad y prestar colaboración.
— No es respetuoso emplear un estilo de interacción que resulte
autoritario, seductor, paternalista, astuto, hostil o mistificador.
— No es respetuoso realizar análisis entrelazados con bromas sexis­
tas, supuestos sexistas sobre el problema de la familia y lenguaje sexista.
— No es irrespetuoso en sí que los alumnos exhiban su trabajo y los
supervisores no lo hagan. No es irrespetuoso en sí considerar que los
supervisores saben más que los alumnos. La falta de respeto se produce
cuando los supervisores se toman la libertad, como suele suceder, de
regañar, molestar ^sultar o confundir a los alumnos con respecto a su
apariencia, su estile singular, su desacuerdo o su objeción a causa de que
se encuentran en una posición más alta o tienen más conocimiento, en
especial cuando a esa situación se agrega el hecho de que el supervisor
es homUe, y la alumna, mujer.
— No es irrespetuoso en sí que sea necesaria la aprobación del
supervisor para progresar. Lo que puede ser irrespetuoso es lo que se
necesite para conseguir esa aprobación. ¿El temario real es la devoción
del esclavo, la copia o la obediencia ciega? ¿Se recompensarán los
aportes originales y el pensamiento crítico? ¿Cómo verán los superviso­
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 53

res el caso de una joven creativa, que hace aportes y también cuestiona?
¿Es una buena idea que las mujeres superen lo que Caust, Libow y Raskin
(1981) explican como su motivación “especialmente fuerte” para obte­
ner aprobación, antes de que conozcan la respuesta de la pregunta
anterior?
— No es irrespetuoso en sí utilizar el teléfono para hacer llegar un
mensaje a la sala de terapia o interrumpir una sesión para guiar a un
alumno. Algunas maneras respetuosas que puede adoptar el supervisor
son las siguientes: abstenerse de intervenir durante el tiempo necesario
para permitir que la familia y el terapeuta establezcan una relación; pedir
permiso antes de entrar en la habitación donde se desarrolla la terapia; ya
sea en su momento o después, fundamentar la elección de la sugerencia
ofrecida y del momento para ofrecerla; demostrar que está dispuesto a oír
algo diferente y a experimeniar con alternativas.
Dado que los significados y aplicaciones del respeto son complicados,
difíciles de predecir y peligrosos de abordar explícitamente desde una
posición inferior, recomendamos que cada equipo de supervisor y
supervisado tenga asesores de su proceso para examinar la política
sexual de la diada. Los asesores pueden ser un equipo de trabajo, otro par
de supervisor y supervisado o un grupo completo de capacitación.
Asimismo recomendamos que los supervisados puedan trabajar con un
hombre y con una mujer en el rol de supervisor en algún momento del
curso.
A continuación deseamos hacer algunas advertencias directamente a
las mujeres que en la actualidad están siguiendo un curso de capacitación
o que podrían llegar a hacerlo:

Cuidado con el simbolismo. No a todas las mujeres que ocupan una alta
posición en los programas de capacitación se les dará la autoridad y
aceptación necesarias para llevar a cabo lo que parece ser responsabili­
dad suya. En la medida en que falten esa autoridad y esa aceptación, los
esfuerzos que haga usted para alinearse junto a ella o para verla como un
modelo le producirán confusión. Una confusión semejante puede creár­
sele si no se da cuenta de que no toda docente o autora es feminista.

Cuidado con la capacitación para la autoafirmación. Los esfuerzos para


enseñarle a cambiar la manera que tiene usted de comunicarse con la
mirada, contenerse, demostrar enojo o manifestar poder pueden basarse
54 TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA: HACIA UNA REFORMA

en un modelo que tiene que ver con el modo en que los hombres lo hacen.
Averigüe exactamente qué es lo objetable en su manera de poner en
práctica esas cosas. Lea lo que escribe Jean Baker Miller (1976) sobre el
poder y el enojo para recordarse a usted misma que ni los hombres ni las
mujeres se caracterizan por manifestar el poder y el enojo de maneras
eficaces y seguras para la humanidad.

Cuidado con el pensamiento excluyeme. Las mujeres no necesitan dejar


de ser sociables para poder ser instrumentales o dejar de brindar cuidados
para poder dar ói;denes. La oportunidad que da la capacitación consiste
en agregar aptitudes, no en abandonar las que se poseen. Desafíe a todos
a pensar en modos de ser que permitan mostrarse acogedora y a la vez
imponer autoridad.
La terapia familiar es, entre otras cosas, una realización moral. Es
decir, la terapia familiar está basada en una visión de la vida humana y
del ambiente más adecuada para producir y nutrir la vida humana. Las
mujeres han tenido una parte muy pequeña en la creación de esa visión
y escasas oportunidades para desarrollar una que pudiesen reconocer
como propia. Las feministas trabajan para conseguir esa oportunidad y
para dar el paso siguiente: lograr que esa visión se haga realidad.
C a p it u l o 3

TRABAJO FEMINISTA,
PROCESO FEMINISTA

Esta maestra nos dice... que no


podemos confiar en una fórmula. Ha
hecho una vasija tras otra durante
muchos años y dice que ella todavía
incursiona en lo desconocido. Debemos
dejarnos guiar por nuestras manos.,,
ceder al conocimiento de la arcilla. Dice
que todas las reglas que hemos memori-
zado, el desbaste y la humectación de los
bordes, por ejem p lo .. todas las leyes
deben ceder ante la experiencia. Dice
que debemos aprender de cada acto, y
ningún acto es siempre el mismo.

Susan Griffin,
Wornan and Nature

Este es un libro de historias clínicas; los capítulos siguientes contie­


nen descripciones del trabajo que hemos realizado en terapia con
familias escogidas. Desde luego, abrigamos la esperanza de que lo
sucedido entre nosotras y esas familias resulte instructivo para otros
terapeutas cuando trabajen con familias similares. ¿Cómo podemos
suponer la existencia de alguna similitud? La impresionante singulari­
dad de cada persona y cada familia es la primera lección digna de
aprender. Las teorías que ocultan esta diferencia detrás de un lenguaje
técnico y abstracto constituyen un objetivo básico de la reforma. Empe­
ro, es igualmente importante examinar el hecho fundamental del orden
social y su imposición en los aspectos más personales de los individuos
y las fámilias: sus finanzas, su conciencia de sí, sus manifestaciones de
la sexualidad, su manera de ejercer la paternidad o la maternidad,
etcétera. Este orden social, este patriarcado, no sólo se mete en todas
partes sino que además disemina sus desventajas de manera desigual,
siendo una carga más pesada para el débil y el impotente, que para el que
ocupa una alta posición y está bien protegido. Escribimos sobre la
56 TRABAJO FEMINISTA, PROCESO FEMINISTA

similitud resultante del patriarcado y nos esforzamos por mantener


incluso en la escritura nuestro sentido de la singularidad de cada una de
las vidas que llegamos a conocer en la terapia.
Los casos que hemos elegido para incluir en este libro no representan
la gama de casos con que los terapeutas de la familia trabajan en su
práctica profesional. Están tomados de nuestra propia gama, la cual
resulta más limitada en el aspecto económico, social y racial debido a la
región del país que abarcamos, la ubicación en la ciudad, la organización
de nuestra práctica profesional y diversas características nuestras y de
nuestra formación. De esta gama, hemos seleccionado familias en las
cuales la mujer tiene una posición estereotipada. Normalmente los
terapeutas ignoran la posición de la mujer por ser tan corriente (de ahí el
estereotipo) y, en cambio, están intrigados por la complejidad del
problema que se les presenta. Nosotras consideramos que la posición de
la mujer tiene mucho que ver con el problema y fijamos la atención allí.
La mayoría de los casos corresponden a parejas y no a familias con
hijos. Esta selección también es intencional. La presencia de los hijos en
la terapia inevitablemente concentra la atención en las cuestiones gene­
racionales y no en las relativas a los géneros. Puesto que el objetivo de
este libro es destacar estas últimas en la terapia, hemos elegido casos que
se prestan con mayor claridad a ese tipo de análisis.
Estos casos tienen por finalidad ser instructivos con respecto a las
posiciones estereotipadas de las mujeres, en particular, y a las cuestiones
del género, en general. No los presentamos como si fuesen representa­
tivos de todas las parejas lesbianas, todas la familias de un solo progeni­
tor, todos los matrimonios empresariales, etcétera. Constituyen com­
puestos de las familias con las que hemos trabajado, y en ese sentido
hablan en nombre de otras.
Todo informe que quiera hacerse sobre un caso trabajado en terapia
requiere que el autor seleccione qué hechos, pensamientos e ideas va a
incluir. Nuestro criterio de inclusión en la presentación introductoria de
cada caso fue el grado de dificultad que habíamos tenido en la terapia.
Tratamos de compartir lo que como terapeutas teníamos en mente
mientras trabajábamos con nuestros pacientes, así como también lo que
ocurría en las sesiones. Nuestro propósito es mostrar la línea de razona­
miento que nos llevaba hasta un punto muerto y luego cómo planteába­
mos nuestro problema al grupo de consulta.
En los casos incluidos en este libro, trabajamos juntas de acuerdo con
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 57

nuestra rutina habitual. En cada caso, una —o dos de nosotras— trabaja


como terapeuta principal, mientras que el resto integra el equipo de
consulta. Nos reunimos una vez por semana para consultamos. En una
sola reunión podíamos servir de terapeutas en un caso y consultoras en
otros dos. Por lo general adoptamos el estilo de un coloquio de casos en
el cual el terapeuta presenta el material clínico y su dilema, y el grupo
hace preguntas, sugiere orientaciones y dialoga con la terapeuta acerca
de cómo podría proceder. A veces utilizamos videos o una de nosotras
se une a la terapeuta para realizar una consulta en vivo.
La necesidad de hacer una consulta se manifiesta sola de diversos
modos: como un vacío total sobre cómo proceder, irritación con el
paciente o los pacientes por su ritmo o el deseo de que cancelen la
entrevista siguiente. A veces nos encontramos estancadas con respecto
a un tema específico: ¿Le interesa a este paciente el trabajo con la familia
de origen y está preparado para hacerlo? ¿He establecido una alianza de
trabajo con cada uno de los cónyuges? ¿Por qué nunca completan
ninguna de las tareas que aceptan en la sesión?
El proceso de consulta coincide con el proceso de la terapia. Si la
consulta supone una jerarquía rígida entre el consultor y el terapeuta, está
estrictamente orientada hacia lo técnico y desconectada de otros contex­
tos de la vida del terapeuta, cabe esperar que la terapia también será
jerárquica, orientada hacia lo técnico y ciega al contexto. Como feminis­
tas, aspiramos a un proceso diferente para nuestra consulta. En primer
lugar, tratamos de colaborar. Cuando actuamos como, consultoras, no
asumimos poderes extraordinarios ni un status especial. Nuestra finali­
dad no es que la terapeuta trabaje de acuerdo con nuestra propia imagen,
sino facilitarle el desarrollo de su mejor estilo propio de trabajo. En
segundo lugar, nuestras consultas son sumamente personales. Tratamos
de crear un ambiente en el cual la terapeuta pueda descubrir y examinar
sus propios puntos oscuros y prejuicios. En consecuencia, las preguntas
sobre su conexión con las cuestiones que le presentan sus pacientes
constituyen una característica fundamental de nuestras consultas. Las
respuestas son personales, pero señalan dilemas comunes para el tera­
peuta feminista de la familia y, por lo tanto, los riesgos son dcscriptos
al final de cada capítulo.
Por último, las preguntas que hacemos como consultoras, en realidad
nuestra visión completa del caso, están claramente formuladas por
nuestro compromiso de hacer del feminismo una parte explícita del
58 TRABAJO FEMINISTA, PROCESO FEMINISTA

contexto de la terapia. Independientemente de los detalles propios del


caso, hay ciertas preguntas que consideramos decisivas en una consulta
feminista y siempre las tenemos presentes: ¿Cómo comprenden el
género nuestros pacientes y de qué modo su comprensión del género
limita su capacidad para resolver su problema? ¿Cómo estamos nosotras
entendiendo el género y cómo esa noción está afectando a nuestra
concepción de los problemas de los pacientes? ¿Qué prejuicio sobre el
género contiene la teoría que estamos aplicando y como está obstaculi­
zando el proceso terapéutico?
Para facilitar la presentación, nos referimos a la consulta en uno o dos
apartados de cada capítulo. En realidad, en algunos de estos casos hemos
realizado más de una decena de consultas. Asimismo, reunimos en el
apartado correspondiente al análisis de cada capítulo un detalle de los
diversos puntos que surgieron en el proceso de las consultas, entre ellos
nuestra crítica de la terapia familiar.
El análisis de cada caso presentado se desarrolla a partir de los detalles
del caso, pero rápidamente se hace general en el sentido de que exami­
namos pautas sociales pertinentes, la opinión popular y las teorías
profesionales. Empero, el análisis sigue siendo personal porque las
pautas sociales, la opinión popular y las teorías profesionales modelan la
manera de vivir de la gente y de interpretar su vida, y también se reflejan
en ella. Esas cuestiones personales de la vida y la significación constitu­
yen nuestro permanente interés.
Existen diversos lugares donde poder situarse cuando se analizan los
acontecimientos humanos: el laboratorio del biólogo, el pulpito del
fundamentalista, la plataforma del demócrata, los libros del economista,
detrás del diván del psicoanalista, con el equipo del terapeuta de la
familia, etcétera. La elección del lugar es fundamental porque determina
los conceptos y valores que se aplicarán en el análisis. El lugar en el que
estuvimos mucho tiempo fue el de la terapia familiar, pero el suelo no
dejaba de ceder debajo de nuestros pies.
Todas estas posiciones se sustentan en una base que es feminista o
sexista (y puede ser también racista, clasista, etcétera). Hemos elegido
situamos en el feminismo y lo que hemos visto desde esa perspectiva nos
ha demostrado que todo lo que habíamos tomado como verdadero —
tanto de lá terapia familiar como de otras disciplinas— tiene que ser
reexaminado, repensado y reinventado. Por consiguiente, nuestros aná­
lisis son largos, y están reunidos básicamente en un apartado de cada
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 59

capítulo, pero aparecen en todas partes porque el análisis es algo


continuo. El feminismo debe ser completo precisamente porque todo lo
que no es examinado sigue siendo sexista.
Después de nuestros análisis presentamos los objetivos que guiaron
nuestro trabajo en cada caso y una breve descripción de las maneras de
alcanzar cada objetivo. A veces el plan que hemos redactado contiene
métodos que finalmente no usamos. Los incluimos porque deseamos
subrayar que hay muchas maneras de llegar desde aquí hasta allí; si se
trabaja como si existiera un solo camino correcto el terapeuta se alejaría
del contacto intenso con los pacientes.
Los objetivos, desde luego, surgieron a partir de nuestras compren­
sión de un problema dado y de nuestros valores acerca de qué cosas
contribuyen al logro de la mejor calidad de vida posible. Nuestra
comprensión del problema y nuestros valores son explicados en los
apartados sobre la consulta y el análisis; los objetivos son rcafirmacio-
nes breves. Evidentemente, eran nuestros objetivos para la familia que
estábamos tratando. Empero, estamos comprometidas con un proceso de
colaboración y presentamos los objetivos a nuestros pacientes a través de
debates, lecturas recomendadas, razonamientos para elaborar en casa,
metáforas, etcétera. En la medida en que nuestros objetivos para la
familia coincidían suficientemente con los suyos o brindaban una
alternativa atractiva, nuestro trabajo podía proseguir.
A veces nuestros pacientes no aceptaban nuestros objetivos porque
nos habíamos alejado demasiado de su experiencia y nuestros deseos
resultaban utópicos. Nosotras exigimos un cambio general y fundamen­
tal. Sin duda que frente a objetivos como “menos discusiones por
semana”, los nuestros son utópicos. Lo que nosotras rescatamos es no
disminuir el esfuerzo sino preparamos para nuevas decepciones que se
producirán si reducimos el alcance de nuestra visión. La reducción del
alcance sería eminentemente sensato tan sólo si la visión no fuera tan
importante y los sistemas no fuesen tan perniciosos.
A continuación describimos la terapia. Esta descripción es, en el
mejor de los casos, una aproximación, algo muy parecido a escribir una
historia de cualquier experiencia personal, de modo que leerla como un
informe literal produce el efecto contrario al buscado. Tenemos que
admitir que la terapia suele ser misteriosa. Se trata de un encuentro donde
suceden más cosas de las que podemos saber o contar, y más aun de lo
que puede conservar fielmente una cinta grabada porque no podemos
60 TRABAJO FEMINISTA, PROCESO FEMINISTA

saber nunca exactamente qué estábamos pensando y con toda seguridad,


no sabemos qué estaban pensando nuestros pacientes. Todo lo que
podemos contar es lo que pensamos que ocurrió. La conversación se
desarrolla sobre muchos supuestos acerca del significado entre los
participantes, muchos de los cuales no se hacen explícitos ni se verifican.
Nuestro informe significó hacer elecciones y elegir los temas que
creimos importantes. Nuestra finalidad es destacar las cuestiones relati­
vas a los géneros: ¿Cómo puede la terapeuta ayudar a los miembros de
esta familia a verse a sí mismos y a ver a cada uno de los demás sin que
su visión esté limitada por el género? ¿Cómo puede interactuar con ellos
a fin de capacitarlos para manifestar una conducta que no sea estereoti­
pada? Los temas que no son nítidamente feministas —por ejemplo, el
manejo de la tensión, el compromiso de la familia, las ausencias "de los
pacientes— no son abordados.
Creemos saber qué cosas ayudaron y sobre esto hablamos. Creemos
saber qué cosas no ayudaron y sobre esto también hablamos. No
transmitimos aquí lo que trajo lágrimas a nuestros ojos o lo que nos hizo
estallar en carcajadas. Hemos dicho en alguna otra parte de este libro que
el encuentro mismo —la relación entre la terapeuta y la familia, la
teraperuta y el paciente— es difícil, y nuestro trabajo escrito no ha
captado este aspecto. Para hacerlo, tendríamos que cantar una canción,
escribir un poema o pintar un cuadro.
Concluimos cada informe clínico mencionando los riesgos que
aguardan a un terapeuta feminista de la familia al aproximarse a los temas
planteados en cada caso. Estos riesgos fueron detectados en el curso de
las consultas realizadas entre nosotras. Algunos los hemos descubierto
una vez producidos; otros pudimos preverlos antes.
En general, los riesgos son de dos clases. Una clase se refiere a los
estilos probables que el sexismo puede introducir en nuestra interpreta­
ción o intervención. Existe un remanente sin reelaborar en todos nosotros
con respuestas reflejas que demuestran que hemos nacido y crecido bajo
el patriarcado. Estas respuestas impiden que nuestros pacientes avancen
hacia la liberación. Por muy profundo que sea nuestro compromiso con
el feminismo y por muy grandes que sean nuestros esfuerzos para
limpiamos de sexismo, algunos efectos del condicionamiento social
persistirán. Nos necesitamos unas a las otras como consultoras a fin de
mantenemos alertas para detectar esta influencia.
La otra clase de riesgos se refiere a la probabilidad de ser superadas
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 61

por un fervor misionero. Algunas cuestiones o interacciones de la terapia


golpean tan directamente en el centro del daño y la desigualdad perpe­
trados por el patriarcado que encienden nuestras pasiones y nuestra justa
indignación. La rabia, los sermones, los debates, las conferencias, los
salvatajes son todas respuestas que tienen un lugar, pero no es el de la
terapia. También en esto nos necesitamos mutuamente como consulto­
ras para permanecer alertas.

Usamos diferentes voces narrativas para los cuatro apartados de los


capítulos clínicos. La terapeuta relata las sesiones de terapia empleando
el “yo” o el “nosotras” en las pocas ocasiones en que éramos dos. En los
apartados sobre las consultas, el equipo usa “nosotras” para relatar las
reuniones con la terapeuta. Como quedó dicho, la persona que actúa
como terapeuta en un capítulo es parte del equipo de consulta en el
siguiente. En el apartado relativo al análisis, hacemos una presentación
más formal como autoras y no empleamos un referente personal a pesar
de nuestra participación y compromiso personal.
C a p itu lo 4

EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

En Estados Unidos los hombres no


tienen mucho tiempo para el amor. Una
rígida división del trabajo mantiene
separados a los sexos, y las normas que
rigen en el mundo de los negocios desa­
lientan la intimidad.

Alexis de Tocquevillc,
Democracy in America

Un matrimonio empresarial es un acuerdo socioeconómico en el cual


el marido goza de un status elevado en el mundo empresario y es el único
que aporta ingresos a la familia, mientras que la mujer se ocupa de la casa,
los hijos y de sí misma, de una manera que le facilita al marido el logro
de su éxito y lo hace de acuerdo a la moda predominante. En esos
matrimonios, la cultura de la empresa ejerce una influencia tan enorme
que les da una constitución característica. Incluimos uno de estos casos
en el presente libro porque pensamos que el contexto empresarial impone
limitaciones al matrimonio que tienen mucho que ver con el género y que
la incidencia de estos matrimonios tiene la frecuencia suficiente para
justificar que los terapeutas de la familia les presten una atención
especial.
Los maridos son ejecutivos brillantes y triunfadores que están muy
identificados con la ética del trabajo. Las mujeres son amas de casa
brillantes y educadas, por lo general sin una experiencia laboral signifi­
cativa, muy identificadas con sus roles de esposa y madre. Las normas
de actuación que usan como guía les son prescriptas por el círculo
empresarial (Kanter, 1977). Tanto el marido como la mujer son consu­
midores típicos (por ejemplo, poseen los mejores automóviles, son
miembros del country adecuado y viven en una casa que constituye una
vitrina de todos los adelantos de la tecnología) (Clark, Nye y Gecas,
1978).
En el caso de los que acuden a la terapia, su relación conyugal (con
64 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

frecuencia han estado casados durante veinte años o más) carece de


vitalidad (Skolnick, 1983). Es como si toda la vida existente dentro de
estos individuos y entre ellos hubiera sido agotada, y sólo quedasen los
esqueletos de sus roles y sus funciones. Predomina una diferenciación de
roles extrema, no sólo con respecto a la división sostén económico del
hogar/ama de casa, sino también en los rasgos que supuestamente la
acompañan. Ella tiene que ser acogedora, dependiente y pasiva; él tiene
que ser fuerte, independiente y racional. Esta diferenciación es muy
valorada por la pareja y contiene un juicio moral: ella no debe seguir una
carrera; él no debe ser molestado con problemas domésticos.
En estos matrimonios, la distribución del poder se inclina notable­
mente a favor del marido y es característico que las mujeres cuestionen
esta estructura de dominante-subordinada. Los dominantes no permiten
que se planteen cucstionamientos sobre sus derechos y acciones; las
subordinadas no se atreven a plantearlos. Por ende, los conflictos rara vez
se hacen explícitos.
La descripción adecuada de un matrimonio empresarial requiere
detener la atención en otro socio importante. Puesto que la empresa
misma requiere y recibe una cantidad tan enorme de devoción, lealtad,
tiempo y energía conviene considerarla como el principio organizador
del matrimonio. En muchos aspectos, la empresa determina la vida de la
pareja y refuerza la estructura dominante-subordinada de marido y
mujer.

Sueños y promesas. El matrimonio empresarial ofrece la promesa de


una vida elegante, al estilo de la revista House Beautiful. Entre los
beneficios deseados y esperados figuran la seguridad económica, la
posición social, una casa hermosa, los viajes y la felicidad. Se supone que
todos ganan. La empresa tiene un empleado trabajador dispuesto a
cumplir sus órdenes y libre para hacerlo porque tiene una mujer bien
recompensada. Ella tiene que sentirse realizada siendo una buena esposa,
madre y ama de casa; él, teniendo éxito en el trabajo y satisfaciendo las
necesidades de su familia. Este sueño es más atractivo porque lleva el
sello de la aprobación social general.
Es inevitable que este sueño no cumpla todo lo que promete. El
marido, bien socializado para esperar su realización por ser el sostén
económico de la familia, trabaja mucho y duramente pero espera en vano
la significación que sólo puede provenir del amor y el compartir. La
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 65

mujer, bien socializada para esperar su realización por posibilitar la


acción de los demás, trabaja mucho y duramente pero espera en vano la
significación que sólo puede proceder del reconocimiento público y la
retribución por el propio trabajo. Ni el marido ni la mujer comprenden
las consecuencias del acuerdo que tienen entre sí y con la empresa:
renunciar a la autonomía y autodirección como pareja, y permitir que la
vida elegante reemplace la vida íntima como recompensa fundamental
del matrimonio.

Acuden a la terapia. Los diversos síntomas de presentación que traen


a otros tipos de familias a la terapia, también traen a las familias empre­
sariales (por ejemplo, la depresión de la mujer o el alcoholismo del
marido, o viceversa). A veces, un adolescente es el elemento catalizador
para recurrir a la terapia. En este caso, vemos un sistema de conducta que
se opone exactamente a los temas principales del progenitor del mismo
sexo. Por ejemplo, la hija puede adoptar una postura de independencia
exagerada, lo cual queda manifestado de manera más patente con una
temprana actividad sexual. El hijo puede adoptar una postura de irres-
ponsablilidad exagerada, aferrándose al límite entre el éxito y el fracaso
al cumplir las exigencias de la escuela, la casa y la ley.
Ya sea que el marido y la mujer vengan juntos para hacer tratar al
paciente identificado o venga sólo uno de los cónyuges para hacer terapia
individual, la pareja no percibe que el problema reside en el sistema del
matrimonio empresarial y, por consiguiente, no lo presentan así. Los
sueños y promesas originales no son puestos en tela de juicio, el contrato
original no es acusado y la definición original de los roles no se cuestiona.
En cambio, la insatisfacción, que existe normalmente sin un conflicto
manifiesto, se centra en la circunstancia de que uno o los dos cónyuges
no están cumpliendo su parte del contrato.

LINDA Y RICARDO

Linda y Ricardo, una atractiva parej a de alrededor de cuarenta y cinco


años, llevaban veinte años de casados cuando acudieron a la terapia. En
la presentación inicial, Ricardo se veía molesto y tímido mientras que
Linda parecía confiada y actuaba casi con demasiada familiaridad
conmigo. La terapia fue iniciada por Ricardo, a quien le preocupaba el
hecho de no saber qué sentía Linda por él. Se quejaba de que ya no podía
66 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

ver en su conducta alguna señal de que él le importaba a su mujer. Linda


se sorprendió de que él no se diera cuenta de su cariño pero sostuvo que
estaría muy contenta de darle las señales que su marido necesitaba si él
simplemente las enumeraba. El fastidio de Ricardo por tener que decirle
a Linda lo que ya debería saber comenzó a surgir aquí como el primero
de varios ejemplos de la paradoja “ser espontáneos” que presentaba la
pareja.
La primera sesión fue un retrato vivo del matrimonio empresarial.
Ricardo, un veterano de quince años en una empresa multinacional, en
los tres últimos años había estado realizando actividades fuera de la sede
aproximadamente dos semanas por mes. El se sentía bien con su empleo
y estaba agradecido de tenerlo. Linda, una ama de casa con dos hijos, uno
en la escuela secundaria y otro en la universidad, estaba contenta con su
bonita casa, sus hijos y sus amigos. Contó con orgullo que estaba bien
adaptada al plan de trabajo de Ricardo, así como se había adaptado a
exigencias anteriores del empleo de su marido, entre ellas varias mudan­
zas intercontinentales: “Es lo que uno tiene que hacer. Pregúnteme
cualquier cosa sobre cómo mudar toda una casa en menos de dos
semanas”.
Parecía evidente que la manera de adaptarse de Linda era exactamen­
te lo que Ricardo interpretaba ahora como falta de cariño. En las
mudanzas, Linda se mantenía ocupada armando una nueva casa para su
familia y buscando actividades para ella en pasatiempos y trabajos
voluntarios. Cuando les pregunté a Ricardo y Linda cómo trataban de
volverse a conectar entre sí después de cada mudanza, ninguno de los dos
pudo recordar qué habían tratado de hacer, si es que habían tratado.
En las sesiones siguientes, Linda parecía ser una buena paciente, pero
no se veía realmente interesada en la terapia. Daba la impresión de estar
allí fundamentalmente para demostrar buena fe y probar que era una
esposa leal. Como Ricardo decía poco más que en la sesión inicial,
intervine por primera vez ayudándolo con las palabras que le faltaban
para expresar sus sentimientos a Linda. En sus interacciones anteriores,
el empleo que hacía Linda de la jerga psicológica había intimidado a
Ricardo, dejándolo casi mudo. Mi primera intervención con Linda fue
para ayudarla a reencontrarse con sus propios sentimientos: “Algunas
mujeres en su situación podrían haberse sentido enojadas, tristes o
desesperadas”. Admitir estos sentimientos era algo especialmente difícil
para Linda porque la presentación que hacía de sí misma estaba muy
unida a su capacidad de adaptación.
TRRAPIA FAMILIAR FEMINISTA 67

Le di una connotación positiva a las conductas de Ricardo y Linda en


el sentido de que indicaban un real interés por el otro durante los años de
su matrimonio, pero demostrado desde una distancia demasiado grande.
Ricardo y Linda estuvieron de acuerdo con mi interpretación y parecie­
ron receptivos al objetivo de elevar su nivel de intimidad y la efectividad
de su comunicación. Sin embargo, ninguno de los dos hizo nada
importante para lograr este objetivo. Las intervenciones en la sesión y las
tareas asignadas para el hogar terminaban prácticamente antes de empe­
zar, por lo general debido a la falta de ganas de seguir por parte de
Ricardo. La renuencia confusa de Ricardo parecía timidez, la participa­
ción superficial de Linda, distanciamiento. Me sentía excluida por los
dos.
A continuación construí un nuevo encuadre, tratando de convencer­
los de que la compañía era la culpable y su enemigo común, por decirlo
así, y de que, en realidad, sus vidas habían sido di rígidas por los caprichos
de la empresa. Esta postura, empero, no dejaba espacio para la lealtad y
gratitud.de Ricardo (para no mencionar su identificación con la com­
pañía) y por consiguiente no le resultaba empática. Linda no estaba dis­
puesta a dejar la culpa en la puerta de la multinacional.
En la sesión siguiente se produjo un cambio interesante cuando
pregunté a la pareja cómo les había ido con la tarea que les había
asignado. Ricardo comenzó a afirmar (con calma pero con fimieza) que
él se gustaba tal cual era y que era evidente que a Linda le faltaba
confianza en sí misma y que era infeliz. Por su parte, todo lo que Linda
pudo decir fue que dudaba de su inteligencia y su capacidad para
administrar los pequeños negocios que había intentado, pero que no era
infeliz. Traté de evitar una situación en la que Linda apareciese como la
paciente y Ricardo como el hombre que la ha traído, de modo que en las
siguientes sesiones seguí tratando de encontrar intereses para que ambos
continuaran siendo el “paciente” y participasen. A pesar de estos inten­
tos, Ricardo inició la terminación de la terapia, diciendo que no tenía
interés en cambiar su conducta y que lo quedaba por hacer era que Linda
cobrara confianza en sí misma para que él no tuviera que hacer de padre.
Ricardo dijo que esperaba que Linda lo elaborara en una terapia propia.
Desde mi perspectiva, Ricardo no estaba dispuesto a hacer más que
iniciar la terapia y armar el escenario. Apenas luchó con su propia
conducta. Supuse que no pediría una cita para él y que Linda iniciaría una
terapia individual únicamente para que le ayudase a manejar la falta de
68 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

respuesta de Ricardo en el matrimonio. Además de admitir que este caso


no estaba terminado, también estaba consciente de mi dilema. Conside­
rar este problema estrictamente como una manifestación de las idiosin­
crasias dentro de la relación conyugal habría sido ignorar el control y la
intromisión de la multinacional. No obstante, cualquier intento mío por
ampliar el contexto del problema e incluir a la empresa era rechazado por
la pareja.

LA CONSULTA

La terapeuta realizó una consulta para analizar el caso y desarrollar


un plan para el trabajo futuro, si alguno de los miembros de la pareja
volvía a la terapia. Nosotras (como consultoras) abordamos primero la
ubicación del problema dentro del sistema. Si bien el contenido de la
terapia conyugal se había centrado en la interacción de Ricardo y Linda,
la terapeuta siguió considerando a la multinacional como un tercer
elemento perturbador. El inconveniente de esta definición del problema
es que no ofrecía ninguna ventaja terapéutica, por mucho sentido que
tuviera. La multinacional no había venido a la terapia. Si bien reconoci­
mos que la cultura empresarial era una parte esencial del contexto en el
cual el matrimonio había funcionado mal, coincidimos con la terapeuta
en que la definición del problema dentro del sistema conyugal ofrecería
una mayor ventaja terapéutica.
La terapeuta todavía necesitaba resolver las diferencias existentes
entre las definiciones que cada parte daba al problema. Ella se había
opuesto correctamente a la interpretación de Ricardo, según la cual
Linda era “el problema”. Toda la cultura sostiene la idea de que el
matrimonio es responsabilidad de las mujeres. Si la terapeuta hubiera
aceptado esta idea, se habría encontrado en la situación de tener que
respaldar un mito cultural opresivo. Esta conceptualización habría
limitado sus opciones tan gravemente como la aceptación de la multina­
cional como problema. Evidentemente, Ricardo también había partici­
pado en la pérdida de vitalidad del matrimonio.
Otro obstáculo para definir un problema solucionable para esta pareja
fue que la terapeuta tenía supuestos sobre el contrato matrimonial que
diferían de los de sus pacientes. La terapeuta creía que la relación
conyugal debe construirse sobre una base de solicitud y amor, y que su
objetivo debe ser mantener la intimidad. Ricardo y Linda parecían
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 69

aprobar este valor abiertamente; sin embargo se comportaban como si la


intimidad pudiera establecerse y mantenerse simplemente por el acuerdo
de que ella brindaría un hogar, hijos y un servicio sexual y que él aportaría
dinero. La terapeuta estaba persiguiendo un objetivo para sus pacientes
que ellos no podían adoptar por sí mismos. Este enfoque explicaba la
falta de éxito de los ejercicios propuestos a la pareja para mejorar la
comunicación y la intimidad. La terapeuta los impulsaba a encontrar el
fondo de la cuestión mientras que ellos se aferraban desesperadamente
a la forma.
La forma del matrimonio surgía del acuerdo económico original.
Ricardo creía que Linda le debía amor porque él le daba seguridad eco­
nómica. Su tarea, como él la veía, era hacerlo sentir a él deseable y
querible. En cuanto a Linda, era fundamental que ella creyera que amaba
a Ricardo, a fin de evitar la sensación de que estaba vendiendo su afecto.
En consecuencia, era muy difícil para ella reconocer cualquier falta de
sentimientos hacia su marido, ya fiiese ante sí misma o ante la terapeuta.
La satisfacción de sus necesidades dependía de que ella satisficiera las
necesidades de su marido. En realidad, en la consulta especulamos sobre
la posibilidad de que no conocer sus propias necesidades (de intimidad,
reconocimiento, competencia) era necesario para que el acuerdo se
mantuviera.
La terapeuta sospechaba que Linda había aprendido pronto a no
expresar sus necesidades o decepciones ante Ricardo y así se convenció
de que no tenía ninguna, colaborando de este modo con su esposo en su
propia mistificación. Los dos veían las dudas y temores de Linda como
evidencia de la inseguridad de ella, nunca de la insuficiencia de él o de
los defectos inherentes al acuerdo.
La terapia con Linda y Ricardo puso de manifiesto varias cuestiones
interpersonales que surgen corrientemente en el tratamiento de un
matrimonio empresarial. La relación entre Linda y la terapeuta estaba
marcada con un alto grado de ambivalencia por parte de Linda. Para ella,
una esposa empresarial, la terapeuta representaba a la vez un modelo de
la mujer independiente que deseaba ser y una acusación implícita del
desperdicio y la insignificancia de la vida que había elegido. La estrate­
gia que Linda usó para controlar su ansiedad con respecto a la terapeuta
coincidía con un aspecto de su relación con Ricardo. En lugar de adoptar
una confrontación directa, Linda trataba sutilmente de demostrar su
superioridad a la terapeuta, haciéndole comentarios sobre su apariencia
70 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

personal (“Lindo color, pero realmente no debe usar las faldas tan largas,
la hacen parecer más baja”); sobre su vida personal (“¿Va a ir a París en
julio? Pero, ¡va a estar atestado de gente!”), e incluso insinuaciones de
que la terapeuta no estaba muy al corriente con sus lecturas (“¿Todavía
no ha leído este libro? ¡Oh, pero tiene que leerlo!”).
Linda también trató de comprometer a la terapeuta en una coalición
contra Ricardo, aludiendo con frecuencia a que ellas pertenecían al
mismo género o compartían el interés por la psicología. Guiñadas de ojo,
sonrisas conocedoras de un lenguaje técnico eran usadas para subrayar
estas similitudes y la consiguiente distancia de Ricardo. Cualquier plan
para un tratamiento futuro tendría que incluir formas de evitar estas
maniobras.
Desde la perspectiva de la terapeuta, Linda era la esposa empresarial
por antonomasia. Cuando era joven, fue cortejada con la promesa de
éxito que creía que podía obtener Ricardo y que sabía que no podría
asegurarse sola. Ella hizo su parte para administrar la casa mientras él
mataba dragones empresariales. A medida que pasaban los años y los
hijos se hacían demasiado grandes e independientes para seguir propor­
cionándoles un terreno común a ellos dos, Linda tuvo cada vez menos
cosas en común con Ricardo. En un principio ella estuvo de acuerdo en
separar sus ámbitos a fin de crear una familia segura y lograda desde el
punto de vista económico; ahora se encontraba con la realidad de que ella
y su marido eran dos galaxias muy distantes entre sí.
Ricardo coincidía con el estereotipo del hombre empresarial que tenía
la terapeuta; él aceptaba los valores de la empresa acríticamente, creía
que su mujer le debía devoción porque él la mantenía, y no demostraba
interés alguno en compartir su vida emocionalmente, ni tenía mucha
capacidad para hacerlo. Esta situación planteaba un desafío a la terapeuta
y aunque sabíamos que sería difícil, subrayamos la necesidad de que ella
se conectara con Ricardo encontrando algún aspecto positivo, no este­
reotipado, en su vida. Además sugerimos que la terapeuta evitase tratar
con Ricardo de la manera en que lo hacía Linda. La terapeuta, como
Linda, había intentado ayudar a Ricardo a superar su incapacidad para
expresar sus puntos de vista. Y, al igual que Linda, llegó a frustrarse en
ese intento.
Durante la sesión de consulta, se pasó bastante tiempo discutiendo si
la terapeuta podía y debía aceptarlas condiciones del contrato conyugal
de sus pacientes. Ricardo y Linda seguían juntos básicamente para
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 71

mantener su estilo de vida. La solicitud, el afecto y el respeto eran cosas


secundarias. Como este contrato representaba la antítesis del concepto
que tenía la terapeuta del matrimonio, tuvo que buscar algún aspecto del
matrimonio que ella pudiera sostener, a fin de respetarla elección de sus
pacientes de seguir juntos. Sugerimos que las sesiones individuales con
Ricardo y Linda podían ser útiles para ayudar a la terapeuta a comprender
su contrato conyugal y empatizar con él. Si la terapeuta podía conseguir
una aceptación mayor de los aspectos positivos que Ricardo y Linda
veían en su acuerdo, sería más capaz de ayudar a la pareja a disminuir la
culpa que se atribuían uno al otro y a sentirse más responsables y
poderosos.

EL ANÁLISIS

Dos fuertes variables interactuantes crean el matrimonio empresarial:


la empresa misma y la rígida división del trabajo, las expectativas y los
valores que comprenden los roles masculinos y femeninos basados en los
géneros. La ideología de la empresa y de los roles basados en los géneros
tiene un profundo efecto en el matrimonio.

Identificación con la empresa. La mayoría de los hombres en esta


sociedad obtienen su sentido de identidad básicamente a través de su
trabajo. Lo que es propio del hombre empresarial es que se identifica con
una institución que es una encamación del poder. En consecuencia, él
también se siente poderoso y todas las gratificaciones que le brinda la
empresa sirven para reforzar esa idea. En retribución, se espera que él dé
deferencia, lealtad y conformidad al ethos de la empresa.
De lo expuesto surgen dos consecuencias fundamentales. Primero,
estos hombres pasan casi todas sus horas de vigilia representando el
estilo empresarial: negando los sentimientos, manteniendo el control y
siguiendo esquemas en su conducta. Cuando llegan a su casa, no pueden
convertirse de pronto en las personas expresivas, vulnerables y confiadas
que exigen las relaciones íntimas. En segundo lugar, los hombres
empresariales, en nombre de su trabajo y de acuerdo con el sentido que
tienen de su importancia, asumen la mayor parte del poder de decisión
conyugal. Cuanto más se elevan su prestigio y sus ingresos, tanto mayor
es su poder en el matrimonio (Conklin, 1981).
Como ha señalado Jessie Bemard (1972), hay dos matrimonios en
72 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

una pareja empresarial: el de él y el de ella, separados pero no iguales. El


de él es una historia más simple, aunque de ningún modo carece de
víctimas y pérdidas. El de ella es mucho más complejo, tal vez porque
ella tiene recorrido un camino mucho más largo en estos temas. “El
matrimonio”, observaba Charlotte Perkins Gilman al final del siglo
pasado, “es la única manera de hacer fortuna que tienen las mujeres”
(1973 a, pág. 582). El matrimonio puede ser muchas cosas para los
hombres, pero sin duda no es la única forma de hacer fortuna. Si bien es
anticuada, la observación de Gilman todavía contiene una importante
cuota de verdad: en general son los hombres los que hacen fortunas, no
las mujeres, y si una mujer tiene interés en conseguir fortuna, por lo
general necesitará casarse con un hombre “de éxito”. Mientras Ricardo,
cuando era joven, planeaba qué llevaría a cabo y qué lograría, Linda,
cuando era joven, imaginaba a quién podría llegar a conseguir.

El matrimonio de él. En la familia empresarial, el marido es el provee­


dor cuyo ingreso y status establecen un nivel y un estilo de vida para las
personas que dependen de él. Tal vez ayude con los niños o dé una mano
en la cocina, pero es clarísimo que está haciendo un “trabajo extra”, más
de lo que le corresponde. Dadas las exigencias de la compañía multina­
cional en cuanto a largas jomadas de labor, viajes fuera de la ciudad y
transferencias, se puede caracterizar al marido con mayor propiedad
diciendo que está casado con la empresa y no con su mujer. No obstante,
muchos estudios han demostrado que el matrimonio es bueno para los
hombres. Comparados con los hombres solteros, los casados gozan de
una salud mucho mejor, presentan menos síntomas graves de agotamien­
to psicológico, viven más, son más felices, y pueden suponer, con
confianza estadística, que su matrimonio será un activo tanto para su
carrera como para su capacidad de ganancia.

El matrimonio de ella. Son más las mujeres que cuentan frustraciones


y problemas conyugales que los maridos, y son más las mujeres que
inician las consultas con un consejero por y el divorcio. Comparadas con
los hombres casados y las mujeres solteras, las mujeres casadas presen­
tan muchas más evidencias de tener una salud emocional (por ejemplo,
reacciones fóbicas, depresión, pasividad y ansiedad). Jessie Bemard ha
sugerido que el matrimonio introduce discontinuidades tan absolutas en
las vidas de las mujeres “que llega a representar auténticos riesgos para
su salud emocional” (1972, pág. 37).
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 73

La metamorfosis de una mujer en una esposa implica la redefinición


de su identidad y una intensa reconstitución de su personalidad para
conformarse a los deseos, necesidades y exigencias de su marido. Ella no
tiene un poder real, hace más concesiones y adaptaciones que su marido
y suele sentirse resignada pero no feliz. Si se encuentra a sí misma
quejándose, tiene a toda su formación y a toda la sociedad actual (amigos,
familia, revistas) recordándole que su vida es buena: algo debe andar mal
con ella si se siente tan infeliz. Llega a estar tan confundida y desesperada
que termina por no saber lo que quiere. Y no saber lo que quiere es algo
que se percibe como una nueva prueba de que es ella la que falla.
No hay nada en el sistema conyugal o legal que respete el trabajo de
la esposa en el hogar como si fuese un empleo. Como observó Gilman,
“El trabajo que realiza la esposa en el hogar es considerado como parte
de su obligación funcional, no como un empleo” (1973 a, pág. 573). La
esposa no tiene ningún derecho legal a participar en los activos de la
familia que ella ha ayudado indirectamente a ganar. Puesto que se le
niega la posibilidad de iniciar una acción legal directa contra su marido
a menos que inicie los trámites de divorcio, el “derecho al sostén
económico” que generalmente se le atribuye es una frase vacía de
contenido (Krauskopf, 1977).
Muchas mujeres soportan los matrimonios empresariales no satisfac­
torios por los mismos motivos que las mujeres soportan otros tipos de
matrimonio. Comprenden que sus opciones son limitadas. Creen que
deben apreciar lo que reciben (que suele ser bastante generoso en
términos económicos). Han aprendido a aceptar las necesidades y las
exigencias del matrimonio y a adaptarse a ellas. Por último, ellas también
han sido transformadas por la empresa y todo lo que ésta brinda: status,
prestigio y comodidades físicas.

Los costos del marido. Los hombres pagan un precio elevado por el
poder, el status y el dinero que obtienen de su puesto en la estructura em­
presarial. Hay luchas, incertidumbres, decepciones y competitividad a
diario que no sólo resultan difíciles de enfrentar sino que también son
precursoras o incluso productoras de diversas “enfermedades de ejecu­
tivos”, sobre todo dolencias cardiovasculares (Friedman y Roscnman,
1981). Otros riesgos para la salud relacionados con los altos puestos
directivos son la adicción al tabaco y al alcohol, y un índice más elevado
de suicidios con respecto al de las mujeres de la misma edad.
74 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

La ausencia del hogar, la poca participación en la vida de los


miembros de la familia y el desarrollo de intereses muy diferentes de los
de su esposa, son circunstancias corrientes de los hombres empresariales
que, por lo general, trastornan el matrimonio y la vida familiar (Seiden-
berg, 1973). Lo que es más importante, el rol del ejecutivo fomenta el
desarrollo de rasgos de personalidad que son incompatibles con una vida
familiar feliz. Para armonizar con el equipo empresarial, el ejecutivo
aprende a reducir su sensibilidad y a suprimir la espontaneidad personal
y la creatividad (Bartolomé, 1972; Maccoby, 1976). Esta atrofia emocio­
nal vuelve prácticamente imposible el mantenimiento de una relación
conyugal íntima.

Los costos de la mujer. Si bien los costos del hombre son pesados, la
mujer por lo general paga todavía más. “Las empresas no han sido
amables con las mujeres. Su crueldad ha provenido tanto del machismo
como de la malicia” (Seidenberg, 1973, pág. vii). Las esposas son
tratadas como si fuesen juguetes y sirvientas tanto por la compañía como
por el hombre que trabaja en ella. En un estudio en el que se ofreció a los
ejecutivos la oportunidad de describir el rol de la esposa empresarial, los
investigadores descubrieron que los términos usados eran los que ordi­
nariamente se emplean al referirse a las recepcionistas u otras empleadas
subordinadas. Ninguno de los ejecutivos participantes mencionó rasgos
como, por ejemplo, la inteligencia, la independencia o la riqueza de
recursos. En realidad, todos coincidieron en que la esposa empresarial
ideal específicamente no debería tener nada que ver con ningún aspecto
del mundo empresarial que requiriese el empleo de su mente (presentado
en Seidenberg, 1973, págs. 72-74).
Como el marido está ausente gran parte del tiempo, la esposa em­
presarial tiene la responsabilidad prácticamente exclusiva del cuidado de
los hijos. El aislamiento que puede resultar de esta situación se ve
disminuido a menudo por su participación en actividades comunitarias;
empero, las frecuentes mudanzas requeridas por la empresa se traducen
en la pérdida de credenciales, contactos y status, es decir, los beneficios
precisamente ganados en las actividades comunitarias y que constituyen
su recompensa. Muchas esposas empresariales se refugian en el trabajo
de la casa para llenar el vacío que les produce su aislamiento de los
recursos de la cultura, la comunidad y la oportunidad de crecimiento.
Puesto que el trabajo de la casa no puede cumplir esa función, las esposas
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 75

empresariales conocen como características básicas de su vida la sole­


dad, la identidad prestada y el logro indirecto.
Gran parte del costo de las esposas deriva de la desigualdad propia de
la organización del matrimonio. Es imposible tener una relación iguali­
taria en la casa cuando los dos cónyuges son tan desiguales en el mundo
externo. Ninguno de los dos olvida los valores que rigen en el ámbito
público cuando se relacionan entre sí en el ámbito personal.

Los costos de la sociedad. Si bien son muchos los costos que debe
pagar la sociedad, nos limitaremos a mencionar sólo dos. El primero se
refiere a la cultura empresarial. La definición empresarial del éxito:
trepar alto en la escala jerárquica, hacer muchísimo dinero, ejercer poder
económico y poder de decisión sobre los demás, y gozar de una vida de
despilfarro consumista. Mientras esta definición tenga vigencia y las
empresas que la encaiíian sigan ejerciendo la misma influencia actual,
seguiremos viviendo en un medio caracterizado por la manipulación
política en lugar de la colaboración consensual, por la insistencia en la
instrumentalidad no corregida por los valores expresivos y espirituales,
y por la asociación del éxito con el dinero.
El segundo costo relacionado con el primero se refiere a la rígida
diferenciación de roles que está expresada, demostrada y bendecida tan
claramente en el matrimonio empresarial. Este rasgo contribuye al hecho
de que ni los hombres ni sus mujeres desarrollan una personalidad rica
y floreciente. Para subrayar este punto, citamos a Margarct Mead:

A través de la historia, las actividades más complejas han sido definidas y


redefinidas, ya como masculinas, ya como femeninas, ya como ni lo uno ni lo
otro, a veces tomando equitativamente dones de los dos sexos, a veces tomán­
dolos desigualmente de los sexos. Cuando una actividad a la cual podrían haber
contribuido ambos —y probablemente todas las actividades complejas pertene­
cen a esta clase— se limita a uno solo de los sexos, la actividad misma pierde una
rica y diferenciada cualidad... Una vez que se define una actividad compleja
como perteneciente a un solo sexo, la entrada del otro en ella se vuelve difícil y
riesgosa (1949, pág. 372).

El costo de la sociedad, por ende, no se calcula solamente sumando


las vidas individuales de los maridos y las esposas empresariales, sino
también imaginando los aportes que no se hacen en el hogar, la oficina
o la comunidad porque son desaprobados.
76 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

EL TRATAMIENTO

Los objetivos
En el momento de nuestra reunión, la terapeuta no espera volver a ver
a Ricardo y Linda en la terapia. No obstante, elaboramos objetivos para
el tratamiento y un plan para lograrlos en el caso de que Ricardo y Linda
regresaran, y una guía para nuestro trabajo futuro con parejas empresa­
riales. Nuestros objetivos básicos eran los siguientes:

1) hacer explícita la fuerza modeladora de la cultura empresarial


sobre Ricardo, sobre Linda y sobre su matrimonio;
2) facilitar la búsqueda de ópciones para ellos como pareja y para
Ricardo y Linda como individuos;
3) examinar las consecuencias de cada opción;
4) asegurar que tanto Ricardo como Linda se sintieran con el poder de
decidir cuál era la mejor, y
5) fomentar la mutualidad.

El plan
El contexto. En la bibliografía relativa a la terapia familiar se ha
ignorado en gran medida el efecto que ejerce el contexto empresarial en
la vida familiar de los ejecutivos. Hay tan sólo un artículo en el que se
abordan directamente las circunstancias especiales de la familia empre­
sarial (Gulotta, 1981). A diferencia del enfoque que recomendamos aquí,
Gulotta desalienta específicamente en los terapeutas de la familia la
discusión de las limitaciones que la empresa impone a la vida de la
familia y también advierte a los terapeutas que no traten de modificar el
nivel de participación del marido en la familia. En cambio, la responsa­
bilidad del cambio recae en la mujer, que ni siquiera tiene el privilegio
de comprender las limitaciones de su poder. Desde una perspectiva
feminista, esta postura es inevitablemente mistificadora e injustamente
pesada para las esposas de estas familias.
Al planear cómo ayudar a Ricardo y Linda a comprender el contexto
de su matrimonio, sabíamos que teníamos que evitar que la empresa
apareciera como culpable, con lo cual se impulsaría una defensa de la
empresa. Para seguir un camino diferente, la terapeuta podría persona­
lizar el análisis enseñando y conectando de a poco, a medida que los
distintos puntos resultasen personalmente importantes para Ricardo y
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 77

Linda. Por ejemplo, la terapeuta podría preguntarse si las quejas indivi­


duales y conjuntas no serían consecuencia de las exigencias de la em­
presa o el precio pagado por los beneficios obtenidos.

Las opciones. Las expectativas sobre la vida propia están basadas en


los estereotipos de los géneros a los que los roles dan mayor especifici­
dad. Por consiguiente, las opciones que Ricardo podría llegar a enumerar
para sí mismo están limitadas por lo que cree que debe hacer un hombre,
así como también por lo que un ejecutivo empresarial puede hacer. Linda
está limitada de manera semejante en su visión y además tiene incorpo­
rada la lección enseñada a muchas mujeres, es decir, que prestar atención
a lo que ella desea, mucho menos decirlo en voz alta, no es una tarea
legítima de las mujeres. Para ayudar a Ricardo y a Linda a considerar más
opciones en su búsqueda de soluciones, la terapeuta tiene que cuestionar
el modo de pensar acostumbrado de los miembros de la pareja sobre sí
mismos. Aquí podrían ser útiles los métodos de la terapia estratégica, en
especial técnicas de exageración y de contención.

Las consecuencias. Las consecuencias de cada opción son muy


diferentes para el marido y la mujer empresariales. El divorcio, por
ejemplo, elevaría el nivel del estilo de vida económico de Ricardo y no
alteraría su status social de manera significativa. En cambio, el estilo de
vida de Linda se deterioraría y desaparecería su status social. Las
consecuencias de seguir casados también son diferentes. La terapeuta
tiene que ayudar a Ricardo y a Linda a evaluar las consecuencias
separadamente, pero en presencia del otro.

La capacidad para actuar. Linda, como muchas mujeres, está acos­


tumbrada a dejar que el destino lo decida su marido en lugar de decidir
sola. Ricardo, como muchos hombres, está acostumbrado a verse como
una persona responsable y se tiene confianza en ese rol. Empero, su
modelo para la adopción de decisiones se limita a la competitividad y la
ausencia de negociación. Tanto para Ricardo como para Linda, un
método básico de asistencia sería la conducta de la terapeuta, quien
puede brindarles empatia, escucharlos respetuosamente, legitimar sus
preocupaciones y explorar nuevos caminos abiertos con paciencia y
preguntas. El otro método básico sería un compromiso con la mutuali­
dad.
78 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

La mutualidad. Si Ricardo y Linda deciden seguirjuntos, nos gustaría


verlos comprometidos con la mutualidad. Los dos deben escucharse
respetuosamente y estar atentos a las deslealtades. Los dos deben
emplear técnicas para negociar las diferencias y sentir que su relación es
suficientemente fuerte para soportar el conflicto necesario para crecer y
lograr una situación conyugal mejor. Los dos deben cuestionarla idea de
que la persona que hace más dinero en el mundo empresarial merece
tener la voz más potente en el mundo personal de las decisiones
conyugales. Dadas las características del matrimonio empresarial, es
posible que este ideal no sea adoptado por Ricardo y Linda y, menos aun,
logrado. Ahora bien, pensamos que sería un perjuicio para ellos si no se
lo presentamos.

RICARDO Y LINDA

Algunos meses después de finalizada la terapia conyugal, Linda pidió


una entrevista para seguir el tratamiento diciendo que estaba triste,
desesperada y aletargada. Ricardo siguió oponiéndose a todo nuevo
tratamiento para él. Después de un período de varios meses, alenté a
Linda para que considerara sus opciones y ella vaciló entre soluciones
extremas (convertirse en la “mujer total” o pedirle a Ricardo que se
fuera). Le sugerí que se tomara su tiempo y pensara en soluciones más
moderadas como, por ejemplo, que evaluase si Ricardo podía o quería
satisfacer sus expectativas y que buscase otras vías para satisfacer sus
necesidades emocionales de apoyo e intimidad. A medida que su rela­
ción conmigo fue desarrollándose más, empezó a verse como alguien
que tenía derecho a algo más que una existencia resignada. Admitió que
lo que deseaba de Ricardo era tener intimidad y comunicación, y decidió
arriesgarse a ser la iniciadora. Yo le advertí que una vez que le pidiera a
Ricardo lo que deseaba podría ser que él, de hecho, se fuera. Linda
decidió intentarlo de todos modos.
Con algunas instrucciones mías, Linda le hizo la siguiente pregunta
a Ricardo: ¿Hay algo que pueda hacer yo para que te muestres más
solícito conmigo? Para su sorpresa, le contestó que no. Cuando ella le
preguntó por qué podía seguir casado con ella, él no tuvo respuesta.
Después de varias semanas más, Linda le informó que ella no veía razón
alguna para seguir viviendo con alguien que no le demostraba estima
alguna. Ricardo se llevó sus pertenencias ese mismo día. Algunos meses
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 79

más tarde, Linda supo que él había tenido una relación con su secretaria
durante algún tiempo y, probablemente, había estado saliendo con ella,
mientras se desarrollaba la terapia conyugal.
Al año siguiente trabajé con Linda mientras daba los primeros pasos
tentativos para crearse un futuro. En la actualidad está divorciada, trabaja
para un grupo de diseñadores de interiores y se ha unido a un grupo de
apoyo para personas separadas y divorciadas que funciona en su iglesia.
Su definición de sí misma se ha extendido mucho más allá de lo que ella
sabía como esposa empresarial y cuenta que le gusta mucho cómo es
ahora.
Ricardo se ha casado con su secretaria, con quien había estado sa­
liendo mientras estaba casado con Linda. En el mundo empresarial,
donde los hombres pasan más tiempo con sus secretarias que con sus
esposas, donde los viajes requeridos por la empresa brindan un ambiente
propicio, donde a menudo se utilizan “animadoras femeninas” para
ayudar a conquistar clientes y recompensar los esfuerzos extra, y donde
la empresa piensa muy poco en las esposas, salvo cuando se trata de
promover las carreras de sus maridos, no debe sorprendemos que Ricar­
do fuese infiel. Es así pero no debe ser.
Si bien la solución de Ricardo y Linda fue poner término a su relación,
otras parejas podrían optar por preservarla atenuando el malestar. Esta
opción está ejemplificada por otra parej a empresarial, Javier y Fernanda.

FERNANDA Y JAVIER

Al igual que Ricardo y Linda, Javier y Fernanda llevaban casi dos


décadas de matrimonio cuando acudieron a la terapia por primera vez.
Javier era un ingeniero que tenía un puesto gerencial en una importante
compañía petroquímica. Fernanda era ama de casa y una activa volunta­
ria en la comunidad. La pareja vino a la terapia trayendo a su hijo de
dieciséis años que estaba rindiendo poco en la escuela y había sido
suspendido por tenencia de drogas. La conducta del hijo mejoró rápida­
mente cuando sus padres empezaron a analizar los muchos pequeños
conflictos irresueltos de su relación. Al finalizar la sexta sesión, el hijo
anunció que no necesitaba seguir viniendo a las sesiones y sus padres y
yo estuvimos de acuerdo.
La terapia conyugal se centró en los temas básicos del matrimonio: su
80 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

frialdad, la falta de vitalidad y la incapacidad para satisfacer las necesi­


dades de la pareja. Cada uno de los cónyuges tenía un punto de vista
claramente diferente del problema. Javier pensaba que él estaba tan
comprometido como siempre en su matrimonio y que las quejas de
Fernanda habían comenzado recién cuando el hijo menor había empeza­
do la escuela secundaria. La solución que él proponía era que Fernanda
participara en más actividades fuera del hogar como, por ejemplo, su
trabajo de voluntaria. Además sugirió que su casa necesitaba una
importante remodelación y que era un proyecto en el que Fernanda se
luciría. Fernanda admitió que parte de su problema era el aburrimiento,
pero afirmó que siempre había sido uno de los sueños de ellos desacelerar
el ritmo de sus vidas una vez que los niños hubieran crecido. Javier no
estaba cumpliendo con este acuerdo y, en realidad, había emprendido
nuevos desafíos y mayores responsabilidades en su trabajo en los dos
últimos años. Empero, los dos eran claros con respecto al grado de
compromiso que tenían con su matrimonio. Cada uno de ellos reconocía
un convencimiento muy profundo de que todo estaría bien en el matri­
monio si tan sólo el otro cambiase.
Basándome en las recomendaciones de mis consultoras, quise colo­
car al matrimonio en su contexto empresarial. Para destacar la empatia
entre los esposos, traté de subrayar las diferencias de sus situaciones: la
diferencia entre trabajar en una empresa importante y estar casada con
alguien que trabaja allí, la diferencia entre tener una “mujer mantenida”
y ser una mujer mantenida. De un modo general, hice que la pareja se
pusiera a discutir sobre cómo el matrimonio de ella era diferente del de
él, y qué fácil había sido ver estas diferencias como señales de fracaso,
rechazo y acusación. Su reacción inicial ante este análisis fue una mezcla
del alivio que les producía sentirse comprendidos y la sospecha de que
el conocimiento de estas diferencias de algún modo iba a crear una mayor
separación y animosidad entre ellos. Sin embargo, como yo seguí legi-
timizando las posiciones de ambos, empezaron a tratarse de una manera
menos acusadora y menos patológica. Cada uno fue capaz de escuchar
la aflicción del otro sin sentirse en falta.
Este cambio fue probablemente mas difícil para Javier, quien se sintió
terriblemente desleal al reconocer que su compañía había contribuido de
alguna manera negativa a la calidad de su vida. Al analizar este tema con
él, tuve cuidado de subrayar mi posición de que mientras que la empresa
no era un chivo expiatorio útil en este matrimonio, era y seguiría siendo
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 81

un factor limitante en las soluciones que Javier y Fernanda podrían


aplicar a sus problemas conyugales.
Para que esta terapia tuviera éxito, me di cuenta de que tendría que
encontrar la manera de respetar el sistema de valores de la pareja, aun
cuando fuera muy diferente del mío. Necesitaba ir más allá de las
imágenes públicas perfectas que Fernanda y Javier presentaban ante el
mundo, para desarrollar un sentido de sus identidades diferente de sus
roles familiares. Para lograr estos dos objetivos fijé para cada cónyuge
varias sesiones individuales cuyo contenido iba desde las historias de
familia de cada uno hasta la vida cotidiana corriente. Establecer una
relación con cada cónyuge como individuo resultó ser invalorable para
dar consistencia real a los siguientes objetivos terapéuticos.
Una vez que la terapia hubo neutralizado las diferencias que Javier y
Fernanda veían en el otro, me concentré en ayudar a la pareja a evaluar
los costos y beneficios que implicaban las opciones de mantener el
matrimonio o disolverlo. Después de veinte años de casada la identidad
de Fernanda estaba tan incorporada a sus roles de esposa y madre que le
resultaba difícil imaginar una vida satisfactoria fuera del matrimonio.
Fernanda, que había visto a amigas suyas pasar por el trance del divorcio,
tenía pleno conocimiento de la importante pérdida de seguridad econó­
mica y status social que significaría un divorcio, y reaccionó ante esta
idea con una ansiedad paralizante. Por su parte, Javier podía imaginar
una vida tolerable consagrado a su carrera empresarial, pero no podía
imaginarse una vida personal separado de Fernanda. Pensaba que nunca
volvería a invertir el mismo tipo de energía emocional en una relación,
como la que él sentía que había invertido en su matrimonio. La inercia,
según sus palabras, estaba trabajando en su contra.
Con el paso de los años de matrimonio, cada cónyuge se había tomado
invisible para el otro, y ya no era considerado único, interesante o
atractivo. Apliqué la técnica de hablarle a un cónyuge de las cualidades
positivas del otro con el fin de sacudir estas ideas fijadas, permanentes.
Por ejemplo, le pregunté como por casualidad a Javier qué se sentía al
tener una esposa tan atractiva y encantadora, y le comenté a Fernanda que
su marido se vestía muy bien y que se lo veía muy bien físicamente.
Además se instruyó a los dos para que preguntaran a los amigos y a los
miembros de la familia cómo veían al otro cónyuge y que imaginaran
cosas para hacer o decir al otro cónyuge que resultaran sorprendentes o
inusitadas. El efecto acumulativo de esas intervenciones fue hacer que
82 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

Fernanda y Javier estuvieran un poco menos seguros de que el otro era


un “libro abierto”.
Una vez que Fernanda y Javier tomaron la decisión de seguir juntos
y tratar de hacer que el matrimonio funcionase, les presenté las opciones
que tenían: 1) dejar todo exactamente como estaba; 2) hacer un cambio
radical como, por ejemplo, dejar la empresa, vender la casa y mudarse a
una ciudad más pequeña, con un ritmo más tranquilo donde Javier podría
obtener un empleo menos exigente, aunque no tan bien remunerado, o 3)
tratar de negociar un cambio del diez por ciento. Yo desarrollé esta
estrategia de acuerdo a mi grupo de consulta. El equipo predijo que Javier
y Fernanda primero rechazarían las tres opciones y eligirían una solución
utópica para su problema, y que tan sólo después de explorar las
posibilidades de esa solución admitirían su incapacidad para llevarla a
cabo.
Fiel a la predicción del equipo, la primera reacción de Fernanda y
Javier fue que sólo un cambio rtalmcnlefundamental en la relación sería
satisfactorio, pero este cambio fundamental no tendría que significar una
amenaza para la carrera de Javier, el status social de ellos o su estilo de
vida. Después de dos sesiones tratando de imaginar cambios fundamen­
tales de acuerdo con sus directrices, los frustrados Javier y Fernanda se
vieron forzados a admitir que se habían impuesto una tarea imposible.
Con el tiempo aceptaron que el cambio del diez por ciento parecía lo más
viable, aunque no les resultaba bastante.
Pasaron muchas sesiones para definir cuál sería el cambio del diez por
ciento en diversos aspectos específicos del matrimonio. Cada uno de los
cónyuges quería sugerir lo que el otro debía hacer. Hice entonces que el
objetivo y la teoría fuesen mutuos, señalando cómo, por ejemplo, la
eficiencia de Fernanda para hacer planes sociales para la pareja contri­
buía a que Javier siguiera siendo incompetente en ese rol. Se asignaba
entonces a cada cónyuge una tarea que significara hacer algo diferente
con respecto al tema en el que estaban trabajando. Con frecuencia,
después de aceptar hacer algo distinto, Javier y Fernanda informaban que
habían fracasado. Estos “experimentos fracasados” constituyeron el
capital de muchas sesiones de terapia, pues los dos aprendieron a
enfrentarse con el hecho de que ellos mismos participaban en mantener
el sistema como estaba. El efecto final de esas conversaciones fue reducir
la animosidad y la atribución de culpas en la relación de la pareja.
El tema con mayor potencial para producir un vendaval era la
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 83

distribución del poder en el matrimonio, pero puesto que el clima


emocional entre ellos había mejorado, decidí que el momento era bueno.
Sugerí que la falta de vitalidad de la relación que ellos habían mencio­
nado al principio de la terapia en parte había sido causada por el papel de
espectadora que le había tocado a Fernanda en todas las decisiones de
capital importancia. Aunque yo estaba presentando un tema que ellos no
habían planteado, supe que estaba en el camino correcto cuando Fernan­
da comenzó a actuar más animadamente y a hablar con más expresión.
Javier palideció.
Cuando Javier y Fernanda hicieron el recuento de su manera habitual
de pensar sobre la adopción de decisiones, les di mi impresión de que su
versión era igual a la de un accionista: al que tiene la mayor cantidad de
acciones le corresponde el mayor número de votos, y el número de votos
en este caso (como en casi todos) se estaba midiendo por el salario. Tanto
Javier como Fernanda habían estado pensando de esta manera. Los
desafié a presentar un argumento convincente de que Javier tenía más
acciones en el matrimonio que Fernanda; es decir, más recompensa, y
más bienestar a causa de su éxito. Ellos se alegraron de no poder decir que
uno tenía más recompensa que el otro y comenzó a tener sentido para
ellos que la recompensa equitativa debía significar que la adopción de
decisiones fuese por mutuo acuerdo. No obstante, estaban confundidos
con respecto a qué podía significar ese modelo para ellos. Coincidí con
ellos sobre la dificultad que se les planteaba y no les ofrecí esperanza
alguna de encontrar una solución fácil. En cambio, sugerí que este dilema
les podría servir como barómetro: cuanto más en primer plano estuviera
este dilema, tanto más podrían saber que su compromiso para mejorar la
relación estaba siendo cumplido por los dos.
Después de varios meses más, Javier y Fernanda terminaron la
terapia. Pasaron las últimas sesiones resumiendo lo que había sucedido
en mi consultorio. No se había producido ningún cambio radical en sus
vidas, pero los dos coincidían en que sentían mucho más respeto por su
propia contribución y la contribución del otro al matrimonio. Tenían
menos necesidad de culpar al otro por haber “causado” la infelicidad y
la insatisfacción experimentadas en la vida matrimonial. Liberados de la
carga de esa culpa, el matrimonio había llegado a ser un acuerdo más
tolerable y cómodo para Fernanda y Javier.
84 EL MATRIMONIO EMPRESARIAL

LOS RIESGOS

El trabajo con parejas que tienen un matrimonio empresarial entraña


varios riesgos determinados para la terapeuta feminista de la familia.
Estos riesgos se explican brevemente a continuación.

1) Zarandear la pandereta. Si la terapeuta manifiesta demasiado


fervor y enojo ante las desigualdades del orden social, puede
adueñarse de las propias expresiones del paciente con respecto a
ese sentimiento, o impulsarlos a culparse a sí mismos por haber
sido tan tontos de aceptar el orden de la vida empresarial todos
esos años. La elección del momento oportuno, la orientación, la
capacidad de modular la intensidad y la buena voluntad para
fomentar la nueva manera de ver las cosas que va apareciendo en
los pacientes, constituyen aptitudes fundamentales que la terapeu­
ta tiene que emplear para controlar su fervor.

2) Pensar que el cuento de la Cenicienta es sólo para otra gente. La


condición de profesional de la terapeuta puede no protegerla com­
pletamente de los mitos culturales. Una terapeuta incauta puede
verse inducida a cometer un error por la envidia inesperada de la
situación económica de su paciente mujer. Esta envidia puede
hacer que la terapeuta rechace los problemas de la mujer o
sobrevalore las ventajas de su situación.

3) Buscar el villano de la película. Si la terapeuta elige a la empresa


como villano de la película, ¿qué puede hacer para modificarlo?
Si elige a la sociedad, ¿cómo puede motivar a sus pacientes para
que hagan algo por ellos mismos? Si elige al marido, ¿cómo hará
para que no abandone la terapia? Si elige a la esposa, llega
demasiado tarde. La mujer ya lo hizo.

4) Suponer que somos todos amigos. Las mujeres mantenidas no


acostumbradas a expresar la hostilidad directamente o a admitir su
presencia, pueden manifestársela a la terapeuta de una manera
encubierta como, por ejemplo, comprometiéndose sólo superfi­
cialmente en la terapia o disfrazando la crítica de la terapeuta bajo
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 85

la apariencia de un consejo amistoso o comentarios inocentes. El


origen de esta hostilidad es que la terapeuta representa una
amenaza para la paciente, un camino que ella no tomó, la prueba
de que había una elección para hacer sobre cómo vivir su propia
vida. La terapeuta puede no prever esta hostilidad porque está
acostumbrada a ser aceptada con gratitud por mujeres comprensi­
vas, que dan validez a su trabajo. Si la toma de sorpresa, la
terapeuta puede interpretar la hostilidad de la paciente literalmen­
te en lugar de verla como una proyección, o bien puede ignorarla
por completo, con lo cual permite que continúe.
C apitulo 5

LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

En el principio fue la Madre; la


Palabra apareció en una era posterior,
a la que denominamos patriarcado... El
único principio universal que compren­
de... a todos los mamíferos y a mucha
otra vida animal también, es que el
núcleo de la sociedad, el centro de cual­
quier tipo de grupo social existente, son
la madre y el niño.
Marilyn French,
Beyond Power

Paulina me detuvo un día en el vestíbulo y me preguntó si podíamos


hablar un momento. Esta mujer es una programadora de computadoras
de la universidad, pero como su departamento se encuentra a varios pisos
del mío, no la veo a menudo. La expresión de su cara me dio la pauta de
que no estaba pensando en hacerme una visita social, así que la invité a
bajar a mi oficina.
Paulina me contó que tenía problemas con su hijo de trece años, Beto,
quien estaba cursando el quinto grado por tercera vez. María, de diez
años, repetía cuarto grado, pero sus notas eran buenas. Tomás, de ocho
años, y Susana, de seis, estaban rindiendo bastante bien en la escuela.
Paulina me dijo que Beto era mejor alumno que María, y que era un niño
generoso y solícito. “Dependo de Beto para que me ayude con los otros
tres y también para que me haga compañía”, me dijo.
Aunque en los tests de inteligencia Beto había obtenido un resultado
superior al promedio, estaba en camino de volver a fracasar. “Esta vez
tiene un maestro maravilloso, un hombre negro que cree que hay que
brindar más apoyo a los niños de color, pero igual Beto no va a pasar de
grado. Tal vez se deba a que su padre ha interrumpido todo contacto con
él, pero ya hace dos años de eso”. No pude obtener ningún indicio de
Paulina para saber por qué la perturbaba tanto el desempeño escolar de
Beto en este momento si se trataba, evidentemente, de un problema
crónico, o por qué no la preocupaba también María. Lo que se veía con
88 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

mucha claridad era que Paulina estaba muy ansiosa por hablar con
alguien. Dijo que pensaba que era el momento de recurrir a la ayuda de
un profesional.
La descripción que Paulina me había hecho del maestro de Beto me
hizo pensar que para ella la raza era un aspecto importante cuando se
trataba de establecer una relación que brindara ayuda. En consecuencia,
le dije que conocía una terapeuta negra que tenía bastante experiencia
con adolescentes y sus familias, y me ofrecí para recomendarla. Sin
vacilar no aceptó, diciendo que prefería trabajar conmigo y que Beto
aceptaría esa decisión. Concertamos una cita para un día de esa semana
y la invité a traer a toda la familia.

Tenemos aquí el típico hogar quebrado: madre asediada, niños sin


control y ningún hombre para mantener las cosas en orden. No, tenemos
aquí la típica familia matriarcal negra: madre que ejerce un control
excesivo, niños sometidos a una gran tensión y ningún hombre capaz de
ser tan bueno como es ella. No, tenemos aquí a la típica mujer moderna:
Supermamá, niños de quienes se espera que demuestren la excelencia de
mamá y no hace falta ningún hombre, gracias.
Estos estereotipos negativos están presentes en el terapeuta y en la
familia e influyen en las impresiones que tienen de sí mismos y de los
demás. Peggy Papp ha descripto el “ciclo generador de problemas”
contenido potencialmente en ese tipo de interacciones (1984, pág. xvi).
Las madres solas, convencidas por la opinión general de que son
inadecuadas, empiezan a ver en sus niños casos problemáticos y buscan
expertos para que las ayuden. Los terapeutas aceptan a esas familias
como pacientes acríticamente, confirmando así los temores originales de
las madres.
Nosotras pensamos que las opiniones y los supuestos negativos sobre
la familia de un solo progenitor, en realidad se aplican a la familia a cargo
de la madre. Más del noventa por ciento de los hijos de familias de un solo
progenitor viven con su madre (Masnick y Bañe, 1980). Los que viven
con el padre se encuentran en una situación muy diferente. En primer
lugar, está el tema del dinero: es casi seguro que el padre tiene más. En
segundo lugar está la cuestión de la opinión social: su hogar no parece tan
carente para el espectador externo y él puede contratar a alguien para que
realice las tareas que se consideran propias de la madre, o su propia madre
o hermana pueden intervenir. Es improbable que la madre sola obtenga
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 89

de la misma manera un padre sustituto. La opinión social elabora su


argumento negativo sobre esta carencia. Por último, el padre que está a
cargo de sus hijos es considerado un héroe, una figura simpática que es
admirada y felicitada por su buena voluntad y su capacidad para hacerlo
todo. La madre sola es considerada una fracasada, una figura sospechosa
que a veces inspira compasión pero que con mayor frecuencia es critica­
da por haberse metido en esa situación.
Los estereotipos y las imágenes negativas, que el terapeuta y la
familia deben abordar juntos, se relacionan con las mujeres. La familia
con madre sola es el tema central de este capítulo.

PAULINA Y SUS HUOS

Pasé una buena parte de la primera sesión tratando de conocer a cada


uno de los niños. Eran muy corteses y razonablemente atentos pero,
como era de prever, no sabían por qué habían sido traídos a la terapia.
Tuve la sensación de que era una familia unida, y noté que Paulina y sus
hijos se dirigían unos a los otros con respeto y con evidente afecto. Hice
algunas preguntas sobre la vida familiar cotidiana, pero en cada oportu­
nidad Paulina volvía a centrar la conversación en Beto.
Pasamos el resto del tiempo de la primera sesión hablando específi­
camente sobre el problema escolar de Beto. La preocupación de Paulina
era que pudiera quedar otra vez retenido en quinto grado. Lo peor de todo,
dijo, consistía en que Beto era un niño brillante y sin duda podía hacer
su trabajo si se concentrara en él. Ella no podía entender por qué no
trataba de hacerlo. Beto tampoco tenía una explicación. A veces él
simplemente “se olvidaba” la tarca, o no “terminaba” los ejercicios en
clase. Como yo deseaba mostrarme receptiva ante el síntoma que ellos
manifestaban, me ofrecí para llamar a la escuela y hablar con el maestro
de Beto. Paulina se mostró evidentemente encantada con esta sugeren­
cia. Le pedí su opinión a Beto, quien dijo: “Está bien; mi maestro no
mentirá”.
El maestro de Beto dijo que él estaba tan confundido con lo que le
pasaba a Beto como todos los demás. “Es un chico brillante”, dijo el
maestro, “pienso que tiene cierta capacidad de liderazgo. El trabajo no
es muy difícil para él. No tiene problemas sociales. No tengo idea,
realmente”. El maestro contó que Beto dio todas las respuestas correctas
a los consejeros, el director y el psicólogo de la escuela cuando le
90 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

preguntaron qué es necesario para tener éxito. Pero, en realidad, hacía


exactamente lo opuesto. El maestro había realizado un esfuerzo conside­
rablemente mayor con Beto, consultando con Paulina sobre la tarea que
le asignaba para el hogar y ofreciéndose a llamarla cada vez que Beto no
entregaba sus deberes. Como resultado de esto, la tarea para el hogar ya
no era un problema tan grave como antes (aunque ocasionalmente Beto
no entregara un ejercicio que su madre había visto que lo había hecho),
pero Beto con frecuencia entregaba las hojas en blanco cuando se trataba
de una tarea realizáda en clase.
Cuando pregunté cuándo había comenzado el problema, Paulina
habló sobre el padre de Beto. Francisco fue la primera relación adulta de
Paulina. Tuvieron una relación muy íntima durante un par de años pero
nunca se casaron. Francisco nunca mantuvo económicamente a Beto,
aunque a veces le enviaba regalos. En el verano de 1984 Beto fue a visitar
a su padre durante una semana y llegó justo en medio de una pelea entre
Francisco y su esposa. La mujer abandonó la ciudad hecha una furia y
Francisco la siguió después de dejar a Beto con su abuela, diciéndole al
niño que estaría de regreso en uno o dos días. Una semana después
Paulina fue a buscar a Beto; Francisco nunca llegó. Más adelante
supieron que Francisco se había mudado y que tenía un número de
teléfono no registrado en guía. Beto no había tenido noticias de su padre
desdé entonces. Según Paulina, fue más o menos en esa época cuando
comenzaron los problemas escolares del niño.
En ese mismo verano Paulina dejó a su marido Héctor, padre de los
tres niños menores. Paulina se había casado con él en 1975. Su relación
había sido muy turbulenta, interrumpida por un par de largas separacio­
nes. Tres meses después de su última reconciliación, Paulina descubrió
que Héctor había tenido un niño con una mujer, con la que se había estado
viendo durante varios años. Esto, sumado al hecho de que no ofrecía a la
familia un sostén económico y que “bebía un montón” impulsó a Paulina
a abandonarlo. Los tres niños menores estaban tristes por la separación,
pero Paulina contó que a Beto nunca le había gustado Héctor y se sentía
aliviado de que su madre lo hubiera dejado. Sin embargo, Paulina no
había presentado la demanda de divorcio. “Mi madre, mi iglesia y yo
misma estamos en contra del divorcio”, dijo. <,
En la sesión siguiente hice preguntas sobre la vida en común de la
familia. Paulina asistía a una escuela nocturna tres veces por semana,
además de trabajar en un empleo de horario completo. Cuando ella estaba
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 91

afuera, Beto quedaba a cargo de los otros tres niños, pero todos ellos
estuvieron de acuerdo en que básicamente cada uno cuidaba de sí mismo.
Sobre todo, Paulina no tenía quejas sobre el comportamiento de los niños
en casa. Dijo que también estaba orgullosa de su conducta en la iglesia
donde ellos, junto con Paulina, asumían el rol de líder. Mi impresión era
que ella adoraba a sus hijos y que ellos le pagaban con la misma moneda.
El rol especial de Beto en la familia parecía el de ser el compañero de
su madre. Las tres noches por semana que ella asistía a la escuela, él la
esperaba levantado y cuando llegaba a casa se quedaban conversando, y
a veces jugaban a las damas. Cuando se retrasaba, Beto se preocupaba
pensando que podrían haberla asaltado, y los días de lluvia temía que
tuviese problemas al conducir por las calles resbaladizas.
Toda la información que estaba obteniendo en la terapia me llegaba
como hilos que me costaba trabajo entretejer. Parecía haber muchas
posibilidades para determinar la causa del síntoma de Beto, pero me
resultaba difícil verificar cualquiera de ellas. Decidí intentar una inter­
vención conductista que pensé que podría dar resultado independiente­
mente del objetivo o la etiología del síntoma de Beto. Quería abordar el
problema presentado por Beto directamente, mientras que a la vez, des­
viaba el centro de atención de él.
Me reuní con los niños en grupo y establecí un plan de recompensas
para quien hiciese bien su tarea escolar. Cada uno de los niños acumulaba
puntos para obtener una recompensa (una moneda o una gaseosa) por
hacer su tarea de manera satisfactoria. El plan funcionó durante un
tiempo, pero enseguida empezó a complicarse debido a tareas que no sé
ajustaban a los parámetros dados, o a maestros que se olvidaban de firmar
los trabajos. Entonces renegociábamos, proceso que los chicos disfruta­
ban, pero cada versión sólo nos servía durante una o dos semanas y volvía
a complicarse otra vez. El otro problema de esta determinación era que
no parecía producir mucha diferencia con respecto al trabajo de Beto en
el aula ni en el ánimo de nadie sobre el problema.
Pedí entonces ver a Paulina y a Beto individualmente. Durante las
sesiones familiares, me había parecido que a Paulina le gustaba hablar­
me, y había dicho varias cosas que me hicieron pensar que se identificaba
mucho conmigo en su carácter de madre sola y mujer profesional.
Empero, cada vez que parecía qué íbamos a trabajar sobre cualquier otro
tipo de problema que no fuese Beto como, por ejemplo, su matrimonio
o los planes para su propia vida, la conversación se apagaba y terminaba
92 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

muriendo. Las sesiones individuales no fueron diferentes. Yo no estaba


acostumbrada a tener tanta dificultad para enderezar un problema que era
solucionable en la terapia. Me pregunté si Paulina pertenecería a la
categoría de los “preocupados pero sanos”, personas que van a ver al
médico con un poquito dé algo, enteradas de que pasan cosas horribles
y deseando mantenerse sanos. Sin embargo, Beto estaba malogrando su
quinto grado por tercera vez.
En la sesión que tuve con Beto, le pedí que él hiciese de consejero y
me asesorara sobre cómo tratar a un niño que tenía problemas con su tarea
escolar. Quería verificarla posibilidad de que el bajo rendimiento escolar
de Beto tuviese relación con el deseo de que su padre volviese al hogar.

Beto: Probablemente es un problema familiar, un problema de disci­


plina o un problema mental.
T.: ¿Qué tipo de problema familiar podría ser?
B.: El dinero, un divorcio, miedo por la mamá, la muerte.
T.: ¿Qué aconsejarías si fuese un problema familiar?
B.: Que el niño y la familia fuesen a ver a un consejero.
T.: Muy bien. Tú eres el consejero. Mi problema familiar es que mi
papá abandonó a mi mamá y a mí me está yendo mal en la escuela.
Si me va bastante mal, tal vez vuelva mi papá.
B.: Eso no sucederá.
T.: Bueno, ¿qué puedo hacer para que vuelva?
B.: Sería mejor que no te ocupes de ese asunto. Es algo entre tu padre
y tu madre. Es asunto de ellos.
T.: Pero también me ha abandonado a mí. Nunca me llama ni viene
a verme. ¿Podría haber hecho algo yo?
B.: No. Parecería que tu padre tiene un problema. Habla con él.
T.: El no quiere hablarme.
B.: Entonces lo único que puedes hacer es ponerte triste.
T.: ¿Voy a seguir fallando en la escuela porque estoy tan triste?
B.: No (riendo como si se tratase de una idea ridicula), tienes que
trabajar bien aunque te sientas triste.

Al terminar la dramatización Beto me dijo: “Mira, ellos no hacen


repetir a los niños el quinto grado más de dos veces. Me pasarán a sexto
grado el año próximo de todas maneras”. “Así que”, dije yo, “no vas a
tratar de pasar, ¿verdad?” “No”, dijo, y volvió a reír.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 93

Eso bastó. Cada vía que había seguido hasta ahora me había condu­
cido a un callejón sin salida. La razón de Beto para volver a repetir el
quinto grado ahora era clara y razonable. Me dejó sin un objetivo claro
para la terapia. No se me ocurría qué hacer. Llevé mi dilema al grupo de
consulta.

LA CONSULTA

La terapeuta dijo que tratar de encontrar un problema solucionable


con Paulina era como tratar de pescar un renacuajo en una laguna
atestada de peces. El grupo de consulta reconoció su frustración al tratar
de realizar una terapia centrada en un problema que parecía escapársele
no bien ella se acercara. Todas nosotras nos preguntábamos con ella qué
era lo que estaba haciendo tan escurridizo el curso de la terapia.
Empezamos a examinar el contexto de la vida familiar, analizando las
dificultades que tienen las madres solas. Su tiempo y su energía están más
exigidos que los de cualquier otro progenitor que trabaja. Ellas son más
proclives a culparse con respecto a sus hijos que otras madres que
trabajan, porque la responsabilidad parental no compartida descansa tan
evidente y públicamente sobre sus hombros. Si se las compara con las
personas casadas, por lo general necesitan y esperan más de sus hijos, y
cuentan con menos apoyo para sus propias necesidades personales. En
este caso particular, nos dimos cuenta de que por ser cuatro terapeutas
blancas que examinábamos la vida de una madre negra sola y que trabaja,
había un cúmulo de experiencias en la vida de Paulina diferentes de las
nuestras. Decidimos estar alertas ante la posibilidad de que esta situación
influyese en la terapia, en el problema o en la relación con la terapeuta,
pero decidimos también no prejuzgar ese efecto.
Seguidamente centramos nuestra atención en el problema presenta­
do: el rendimiento escolar de Beto. ¿Qué creíamos que andaba mal con
él que le hacía repetir dos veces el quinto grado con una buena posibilidad
de que volviera a hacerlo? Formulamos varias hipótesis que podría
sugerir el terapeuta tradicional de la familia:
Primero, cabría considerar que Beto es un niño “parentificado”.
¿Estaba sobrecargado de tareas domésticas para la edad que tenía? ¿Lo
estaban usando inadecuadamente como confidente, dándole informa­
ción que sólo podía confundirlo? La terapeuta nos informó sobre los
quehaceres domésticos y el contenido de las conversaciones entre
94 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

Paulina y Beto, nada de lo cual nos pareció problemático. Decidimos que


en este caso esas condiciones no eran peijudiciales y que el bajo
rendimiento escolar de Beto no era el pedido de ayuda de un niño que se
veía sobrecargado de obligaciones. Asimismo, observamos que si usá­
bamos como patrón la imagen idealizada de las familias con dos proge­
nitores, entonces sí Beto parecía trabajar más y tener más responsabili­
dades.
En segundo lugar, podría sugerirse que Beto se sentía abandonado por
su padre biológico y más recientemente por su padrastro, y se sentía
demasiado triste, demasiado enojado o demasiado desesperado para
preocuparse por la escuela. Esta hipótesis es frecuente en circunstancias
como la de Beto, y se basa en la supuesta importancia de la presencia del
padre en la vida del niño. Al sostener que este supuesto es cierto en
general, la terapia familiar confunde una idealización de la familia con
la realidad de la familia. Los padres participan menos de lo que muchas
descripciones teóricas sugieren. Si bien puede ser una excelente meta de
la terapia familiar hacer que los padres participen más, la ausencia del
padre debida a una separación o un divorcio no tiene en sí necesariamen-
, te consecuencias negativas para los hijos. De cualquier modo, Beto no
mostraba evidencia alguna de tristeza, enojo o desesperación.
Una tercera hipótesis corriente sería que Beto se preocupaba por su
madre y creía que tenía que estar más tiempo con ella, y no pasar al grado
siguiente, para poder cuidarla. En esta hipótesis no se toma en cuenta el
hecho de que la mayoría de los niños negros —con la excepción de las
familias negras de altos ingresos que imitan la conducta basada en los
roles de los géneros de las familias blancas— tienen una imagen
diferente de la mujer, de la que elabora la sociedad blanca. En general,
la experiencia que tiene el niño negro de la mujer es que ella es fuerte:
suave, acogedora y fuerte. Aunque Beto tuviera miedo de que su madre
se accidentase una noche de lluvia, ese temor difiere de preocuparse
porque ella no fuese suficientemente competente para resolver lo que él
es demasiado joven para poder solucionar. En cambio, los niños blancos,
en especial los varones, tenderían más a creer, a la edad de Beto, que las
mujeres son débiles y necesitan la protección de un hombre, cualquiera
que sea su edad. Esta no ha sido la experiencia de Beto.
En cuarto lugar, podría sugerirse que Beto asumió la tarea de sacar a
su madre de la depresión causada por su separación matrimonial atrayen­
do su atención hacia él. Este supuesto se basa en la idea, muy difundida
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 95

entre los terapeutas sistémicos/estratégicos, de que los niños perciben la


tristeza de sus padres e imaginan maneras de distraerlos, una especie de
“travesura conspirativa” (Hoffmann, 1981, pág. 84). Si bien este concep­
to puede aplicarse en muchos casos en que los padres se han separado,
no había muestras de que Paulina estuviese deprimida. Además, Paulina
había estado administrando muy bien la casa durante dos años sin
ninguna asistencia económica ni emocional de los padres de los niños.
Después de rechazar estas cuatro hipótesis, llegamos a nuestra pers­
pectiva de trabajo final: los problemas de Beto en la escuela empezaron
más o menos en el momento en que el padre y el padrastro se alejaron.
Tal vez Beto estaba triste y desanimado y como su trabajo en la escuda
empezó a desmejorar, su madre intervino para ayudarlo. Como los
orígenes estaban perdidos para nosotras, no podíamos saberlo con
certeza. Lo que sabíamos con seguridad era que en el momento de la
terapia, Beto no estaba angustiado y era realmente capaz de rendir en la
escuela. Al margen de la circunstancia que estableció inicialmcnte la
participación de Paulina en el trabajo de Beto, esa participación ahora se
mantenía por el deseo de Beto de recibir una atención especial de su
madre y el deseo de Paulina de que Beto pasase de grado. No estamos
sugiriendo que Beto estaba fallando para mantener a su madre cerca. En
cambio, observamos que tanto Beto como Paulina disfrutaban de esas
interacciones y deseábamos que los dos reconocieran que podría ser útil
y agradable que Paulina sintiese que Beto era inteligente y que Beto le
demostrara a ella su inteligencia. Ahora bien, lo que se destacaba para
nosotras era que, como dijo Beto, lo harían pasar de grado de todos
modos.
Coincidimos en que Beto tenía un buen argumento. No tenía necesi­
dad de mejorar su trabajo puesto que su aprobación a esta altura estaba
asegurada. Su orgullo lo disuadía de intentarlo. El hecho de no tratar de
hacerlo ponía distancia entre él y esa agradable circunstancia. Paulina y
Beto podían trabajar juntos porque era una actividad agradable, no
porque temieran su fracaso. Supusimos que Paulina había acudido a una
terapeuta de la familia con la esperanza de descubrir qué estaba pasando
con Beto, y al hacerlo subestimó el efecto que tenía para Beto la decisión
de la escuela de promoverlo, subestimó a Beto (en el sentido de que él
comprendía la situación y había decidido no esforzarse) y se subestimó
a sí misma (en el sentido de que ella estaba haciendo un buen trabajo).
Según algunos informes, las familias negras normalmente recurren a
96 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

la psicoterapia preocupadas por el efecto que podría llegar a tener una


mala adaptación escolar de sus hijos en las posibilidades de empleo
futuro y son más receptivas a la terapia familiar centrada en el niño
(Hiñes y Boyd-Franklin, 1982). Paulina parecía responder a esta descrip­
ción hasta ahora. Acordamos con la terapeuta que ella debía seguir
tratando a Paulina sobre su preocupación por Beto, estimando que sacar
a Beto del centro de atención acarrearía la pérdida de Paulina como
paciente. Además, pensamos que era importante detectar si el contenido
relativo a Beto ocultaba una perspectiva sobre lo que Paulina necesitaba.
A Paulina se le había ofrecido la oportunidad de ser recomendada a una
terapeuta negra, pero no había aceptado, manifestando preferir a nuestra
colega. A nuestro juicio, esta decisión ponía en evidencia el deseo de
Paulina de obtener la aprobación de una mujer que no sólo era conocida
por ella sino que además era una madre sola que trabaja, y podía afirmar
que sus hijos eran buenos y cariñosos, y que ella era una mujer y una
madre competente. Sugerimos que la terapeuta fuese una colega aproba-
dora para Paulina, quien estaba investigando qué pensaba de sus roles
como mujer, trabajadora y esposa.

EL ANALISIS

Según las estadísticas correspondientes a 1985, hay casi cuatro


millones de familias con madre sola blanca y casi dos millones de
familias con madre sola negra (Libro Nacional de Datos y Guía de
Fuentes del Departamento de Comercio de Estados Unidos, 1987). Para
que esta comparación resulte más clara hay que decir que el porcentaje
de familias negras con madre sola es cuatro veces más alto que en el caso
de las familias de raza blanca (Libro Nacional de Datos y Guía de Fuentes
del Departamento de Comercio de Estados Unidos, 1987). En 1990 el
cincuenta por ciento de todos los norteamericanos menores de dieciocho
años pasarán entre tres y cinco años de su vida en una familia con madre
sola (Glick, 1979). A pesar de que este modelo familiar está muy
difundido, sigue siendo un estigma pertenecer a él; estigma que funciona
como un factor etiológico en muchos de sus problemas.
Este estigma implica el supuesto de efectos perjudiciales para los
miembros de la familia, las “víctimas” del divorcio: los niños no estarán
bien educados, tendrán problemas de identidad sexual y estarán confun­
didos con respecto a los roles de los géneros; tendrán dificultades y se
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 97

meterán en dificultades. La madre será solitaria e inepta y se sentirá ávida


de relaciones sexuales; se aprovechará de los maridos de sus amigas y
vecinas. Por negligencia y distracción, hará que caigan desgracias sobre
sus hijos.
¿Cuál es la explicación de una perspectiva tan cargada de prejuicios
que no toma en cuenta la posibilidad de encontrar capacidades y supone
sólo deficiencias? En gran parte esto obedece a que la cultura tiene un
enfoque miope con respecto a la ausencia de un hombre significativo que
brinde un status legítimo y refugio seguro. El término usado frecuente­
mente para referirse a las familias de madres solas, “deshechas”, pone en
evidencia ese enfoque y señala una organización inferior y equivocada.
Obsérvese que el término es rara vez usado para referirse a la familia a
cargo de una viuda, situación más aceptable y simpática socialmente,
pues el marido está ausente sin que medie culpa de la mujer.
El estigma de la madre sola no se origina únicamente en la ausencia
del hombre. Como señala un estudio: “La falencia es doble: no sólo hay
un adulto en lugar de dos en la constelación familiar, sino que el jefe de
la constelación familiar es del género femenino y no masculino. No se
trata sólo de que esa familia sea atípica sino de que la madre misma está
asumiendo un rol atípico que se aparta del que le corresponde por su
género” (Brandwein, Brown y Fox, 1974, pág. 498). La sociedad es
reacia a reconocer y aceptar a una mujer en el puesto responsable e
independiente, “normalmente” reservado para un hombre. Si nuestra
cultura fuese matriarcal en lugar de patriarcal, el modelo “madre como
jefe de familia/padre ausente” seríamenos atrofiado, menos peijudicado
y menos perturbador.
Este prejuicio crea dificultades. En gran escala se observa en la falta
de servicios de asistencia social subsidiados como, por ejemplo, guarde­
rías y atención de los quehaceres domésticos. En una escala personal, la
madre sola asume la expectativa general de tener un rendimiento inferior
a pesar de que, de todos modos, la mayor responsabilidad por el cuidado
de la casa y de los niños suele recaer sobre ella. Paulina manifestaba una
sensación de inferioridad y vergüenza a causa de esto. El prejuicio
influye también en la interacción personal. Una mujer sola a menudo se
ve frente a actitudes y acciones explotadoras por parte de diversos hom­
bres, desde los vecinos que invaden su propiedad hasta los banqueros que
la tratan sin respeto, y todo eso porque ella “no pertenece a nadie”.
Está también la cuestión del dinero. La discriminación económica de
98 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

la cual son objeto las mujeres en el mercado de trabajo se combina con


el abandono financiero de los padres para hacer padecer a las madres
solas y a sus hijos graves dificultades. Sólo una tercera parte de las
madres solas recibe una cuota alimentaria por sus hijos y dos tercios de
los pagos son inferiores a la cantidad fijada por los tribunales (Hacker,
1982). Como consecuencia de esta situación, el 42,7 por ciento de los
niños blancos y el 65,5 por ciento de los niños negros que pertenecen a
familias con madres solas viven en la pobreza (Censo de EE.UU., 1978).
Habida cuenta del estigma y las dificultades, no sería sorprendente
descubrir resultados lamentables en esas madres y niños, individuos y
familias. Empero, hay muchas pruebas que señalan lo contrario. Los
estudios realizados indican que la mayoría de las familias con madre sola
son tan eficientes en diversa medida como las familias de dos progeni­
tores, cuando se comparan niveles similares de ingreso. Con respecto a
las mediciones de adaptación emocional, coeficiente de inteligencia,
rendimiento escolar y la conducta “masculina” fijada por las pautas
culturales en los varones, los niños están igualmente bien en los dos tipos
de familia. Salvo la mayor probabilidad de vivir en la pobreza en el caso
de los niños con madres solas, se observan sólo dos diferencias entre los
grupos. Una de ellas es que las niñas que pertenecen a familias con
madres solas son más independientes y más competentes que las niñas
de los hogares donde está presente el padre. La otra es que algunos niños
de familias con madres solas manifiestan menos autoestima, pero los
investigadores dicen que esto obedece a la opinión social prejuiciada y
no a la estructura familiar. (Estas conclusiones están sintetizadas y
documentadas en la reseña que hace Cashion de los principales estudios
[1982].)
En esos trabajos se describen otros aspectos de la vida de este modelo
familiar. La calidez y la intimidad son rasgos característicos, promovi­
dos por la participación de todos los miembros de la familia en las tareas
de la casa, la adopción de decisiones y las recompensas, y puestos de
manifiesto en esa misma participación (Weiss, 1979). A diferencia de lo
que sucede en la familia de dos progenitores, en la que el padre y la madre
establecen una jerarquía en la cual ellos figuran en la cúspide (el padre
un poquito más arriba que la madre) y los hijos en la base, la familia con
madre sola normalmente funciona como una organización consensual.
Por lo general hay menos conflictos, y la madre sola se siente más capaz
para administrar los recursos y las actividades de rutina, aun cuando sean
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 99

escasos. Esto es así porque el proceso de consultas con sus hijos le da una
mayor sensación de poder y competencia de la que tendría si fuese la
esposa de alguien que no sólo dominase a sus hijos sino también a ella
(Brandwein y otros, 1979; Cashion, 1982). En cuanto a los niños, la
mayor responsabilidad que tienen en estos hogares es recompensada por
un mayor poder: por ejemplo, intervienen más para decidir dónde va la
familia a divertirse, cómo pueden dividirse las tareas y qué horarios se
adaptan a sus necesidades.
Estas conclusiones sugieren algunos supuestos alternativos que
deben hacerse elementos importantes de la estructura y la función de la
familia:

Una familia no necesita dos progenitores para ser una familia. La


madre y los niños pueden realizarlas funciones económicas, domésticas,
sociales y psicológicas que definen a la familia. A este respecto,
disentimos con Morawetz y Walker (1984), quienes sugieren que
“hogar” de un solo progenitor es una expresión más exacta que familia
de un solo progenitor. En nuestra opinión, ese uso sigue negando status
familiar al grupo constituido por la madre y los hijos. En la medida en que
el padre que no tiene la tenencia de sus hijos asume una parte activa en
la vida de ellos cuando están con él, preferimos decir que la unidad
madre/hijos constituye una familia de un solo progenitor y que los niños
son miembros de otra familia de un solo progenitor cuando están con su
padre.

Una familia no necesita una estructura jerárquica que la haga fu n ­


cionar. Nuestra crítica a la teoría de la terapia familiar se refiere a que no
se aplica lo que ha sido constatado en el caso de la familia de un solo
progenitor a la familia en general. En cambio se ha seguido fomentando
la jerarquía como principio organizador básico de la familia. Sostener
que la jerarquía es la mejor manera de cumplir las funciones de la familia
legitima la idea de que el poder es el bien supremo; la jerarquía, la mejor
manera de encamarlo y la dominación, el mejor modo de ejercerlo.
Si la madre y los hijos pueden funcionar bien democráticamente ¿por
qué no puede suceder lo mismo cuando se trata de la madre, los hijos y
el padre? ¿Por qué el precepto constante e incuestionable de que hay que
“proteger” la diada parental con un límite firme para marcar una jerarquía
bien clara, como si esa organización fuese la mejor para todos sus
100 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

miembros? No obstante, cuando el Padre deja de formar parte del hogar,


así dice el precepto, ya no hace falta la jerarquía (Fulmer, 1983; Minu-
chin, 1974). ¿Cómo es que la correlación entre el Padre y la jerarquía no
se menciona?
Puesto que no se examina el compromiso de la terapia familiar con el
patriarcado, esta teoría sigue comprometida con la jerarquía. La ideolo­
gía del “rey de su castillo” y no la salud de la familia, da a la jerarquía su
poder sobre la teoría. Lo que fortalece este poder es un punto clave de la
psicología de los hombres que describe Jean Baker Miller: “... en el
ambiente familiar, los hombres adquieren desde pequeños la sensación
de ser miembros de un grupo superior. Se supone que las cosas las tiene
que hacer para ellos la gente inferior que trabaja para tratar de hacerlo.
A partir de ahí, puede parecerles que adoptar una actitud de colaboración
de algún modo los disminuye” (1976, pág. 42). En cambio, las mujeres
no experimentan la colaboración como una pérdida sino más bien como
una ganancia, como un crecimiento.
¿Qué significaría una democracia participativa en la vida familiar?
Significaría que el objetivo fuese satisfacerlas necesidades de cada uno
de los miembros de la familia, pero que las ganancias de uno de ellos no
se obtuviesen a expensas de otro. Significaría que los padres diesen a sus
hijos pautas de salud, seguridad y moralidad, y los artículos de primera
necesidad que ellos no pudiesen conseguir por su cuenta. Pero que en las
innumerables oportunidades diarias en las que estuviese en juego la
preferencia y no el bienestar, se abriese un espacio para la diferencia, la
acción individual y las soluciones experimentales. Significaría que los
que tienen más recursos y conocimientos usaran ese poder para fortalecer
a los demás miembros de la familia, no para controlarlos y acumular más
poder para sí. Significaría que los padres demostrasen a los hijos cómo
transigir y negociar, y cómo evitar las luchas por el poder en lugar de
instaurarlas (Pogrebin, 1983).

La madre sola negra


Ahora que una cantidad considerable de mujeres blancas están
trabajando fuera del hogar y cuidando solas a sus hijos, el país está
empezando a prestar atención a la experiencia de la madre que trabaja.
Sin embargo, todavía es insuficiente el compromiso social para estable­
cer una diferencia significativa con respecto a las horas de trabajo, el
cuidado de los niños y las escalas salariales. Cuando esta circunstancia
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 101

era fundamentalmente la experiencia de la mujer negra, se prestaba poca


atención a la carga que representa para ella o a su capacidad para salir
adelante; cualquier tipo de interés se centraba casi exclusivamente en sus
hijos.
La sociedad se interesaba en los niños, porque eran los hijos de las
madres negras solas que trabajan los que muchos sociólogos creían
destinados a la pobreza y la delincuencia. Las madres merecían la aten­
ción nacional tan sólo con respecto a sus hijos: ¿Por qué hay tantas
madres negras solas? ¿Cómo puede la sociedad disuadir a más mujeres
negras para que no lleguen a ser madres solas? ¿Qué sucede con estos
hombres y estas mujeres que no son capaces de mantener un sistema
familiar sano con dos progenitores? ¿La madre negra sola es responsable
de la disfunción de sus hijos? ¿El fracaso de la familia negra es la causa
de la debilidad económica y social de los norteamericanos negros?
Esta última pregunta fue contestada afirmativamente en el controver­
tido Informe Moynihan, que comenzaba manifestando que “en el núcleo
del deterioro de la tela de la sociedad negra se encuentra el deterioro de
la familia negra” (Moynihan, 1965/1971, pág. 126). Moynihan culpa al
“fracaso” de la familia negra por la pobreza, la ilegitimidad, el bajo
rendimiento escolar, la delincuencia y la criminalidad de los negros.
Sostiene que la raíz del problema fue la esclavitud que corrompió la vida
familiar, creando una estructura familiar sin padre y centrada en la
madre. El consiguiente poder de la madre y la impotencia (léase: ausen­
cia) del padre creó los problemas contemporáneos de los negros, según
Moynihan. Su mensaje es bien claro: cuidado con los hogares dirigidos
por mujeres, pueden arruinar toda una raza.
Desde un punto de vista feminista, este argumento es absurdo y equi­
vocado. Incluso es incorrecto desde el punto de vista histórico. Especial­
mente digna de mencionar aquí es la descripción que da Genovese de la
familia negra bajo el régimen de esclavitud: “Lo que habitualmente ha
sido considerado una debilitante supremacía femenina era, en realidad,
una mayor aproximación a una saludable igualdad sexual que la posible
para los blancos y, tal vez, incluso para los negros de la posguerra” (1974,
pág. 500).
El Informe Moynihan ha sido desacreditado por muchísimos estudio­
sos. No obstante, lo abordamos aquí porque su tesis ha llegado a ser parte
de la cultura corriente. Los terapeutas que trabajan con madres negras
tienen que estar conscientes de la influencia que ejerce sobre ellos y sus
pacientes.
102 LA FAMDJA DE UN SOLO PROGENITOR

Además del divorcio, la ilegitimidad y el abandono, Moynihan ve en


el hecho de que la mujer sea la jefa de la familia otro indicador de una
patología familiar. Además, piensa que en las familias negras de dos
progenitores en las que la madre trabaja, la dependencia de la familia del
ingreso de la madre “socava la posición del padre y priva a los hijos del
tipo de atención, en particular en lo que se refiere a la escuela, que
actualmente constituye un rasgo comente en la educación de la clase
media” (1965/1971, pág. 138). Paulina, que participa de estos valores de
la clase media insertos en la cultura, sin duda debe haber absorbido esta
condena de sus esfuerzos.
Casi todas las afirmaciones de Moynihan se basan en su supuesto de
que la estructura familiar de la clase media blanca (el padre como jefe de
familia, una madre que se queda en casa) es la responsable del éxito de
los niños blancos, y que la estructura inversa es responsable del fracaso
de los niños negros. Moynihan escribe:

La nuestra es una sociedad que presupone el liderazgo masculino en los


asuntos públicos y privados. Las organizaciones de la sociedad facilitan ese
liderazgo y lo recompensan. Una subcultura, como la de los negros norteameri­
canos, en la cual no es éste el modelo, queda situada en una desventaja evidente
(1965/1971, pág. 140).

Aunque Moynihan admite que los problemas que tienen los negros en
Estados Unidos son complejos, afirma empero que “la debilidad de la
estructura familiar” se encuentra en el “centro de la maraña de la
patología” (1965/1971, pág. 142). Moynihan ilustra esta debilidad seña­
lando la frecuente inversión de los roles entre la mujer y el marido, la
educación superior de las mujeres negras comparada con la de los
hombres negros, la ausencia del padre como jefe de la familia y la
configuración matriarcal que predomina en las familias negras. La
solución que él propone para los problemas de los negros norteamerica­
nos es fortalecerla familia: establecer una estructura familiar que siga las
pautas de la familia norteamericana blanca de clase media de la década
de., 1950, en la cual predominaba una jerarquía regida por el padre.
Ya hace más de veinte años que se ha publicado el Informe Moynihan.
Muchas de sus conclusiones han sido refutadas y se han cuestionado sus
supuestos básicos. La familia norteamericana blanca de clase media que
usaba como punto de referencia ha sufrido cambios. En la actualidad, es
la cambiante familia blanca la que tiene mucho que aprender de la familia
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 103

negra por su variabilidad, diversidad y riqueza de recursos, y del ejemplo


que da la madre negra sola que trabaja por su fuerza y su coraje. Esto nos
recuerda lo que Angela Davis escribió sobre las mujeres negras de la
época de la esclavitud:

Fueron esas mujeres las que transmitieron a sus descendientes femeninas


nominalmente libres un legado de trabajo arduo, perseverancia y confianza en
sí mismas, un legado de tenacidad, resistencia e insistencia en la igualdad sexual;
en síntesis, un legado que fija las normas para lograr una nueva condición de la
mujer (1981, pág. 29).

EL TRATAMIENTO

Los objetivos

Nuestros objetivos para Paulina y su familia eran los siguientes:


1) Subrayar la competencia de Paulina como madre.
2) Desviar la atención de Paulina del rendimiento escolar de Beto y
ayudarla a tener una opinión más positiva del niño como estudian­
te, manteniendo a la vez la opinión positiva que tenía sobre sus
otros hijos como estudiantes.
3) Ayudar a Paulina y a sus niños a ratificar el buen funcionamiento
de su familia en particular, y a liberarse de las connotaciones
negativas con el hecho de ser una familia con madre sola.
4) Escuchar atentamente a Paulina para detectar señales de que ella
no estaba oyendo su propia voz: que estaba actuando, pensando o
sintiendo como los demás deseaban o esperaban que lo hiciese, y
no por su propia cuenta.

El plan

Competencia. Paulina hacía muchas cosas bien que no eran recono­


cidas por ella misma: sus hijos eran felices y estaban educados; tenía
independencia económica; era uno de los pilares de su iglesia, y se
preocupaba activamente por mejorar su vida perfeccionando su educa­
ción. No obstante, le resultaba fácil dudar de sí misma y ver sus carencias
en lugar de ver sus aptitudes. La terapeuta podría demostrar su confianza
en la competencia de Paulina no apresurándose a darle consejos, alentán­
dola a buscar sus propias soluciones y asegurándose de que Paulina
104 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

reconociera sus logros. Se podría ayudar a Paulina a creer en la compe­


tencia de Beto, una vez que hubiera abandonado su interpretación nega­
tiva del rendimiento escolar del niño.

Desvío de la atención. Paulina estaba preocupada porque sus esfuer­


zos para ayudar a Beto con sus deberes escolares no tenían un efecto
detectable en la conducta del niño en la escuela. La terapeuta podría
trabajar en dos frentes para modificarla perspectiva de Paulina. Primero,
puede señalar que el rendimiento escolar de Beto no tiene importancia ya
que no incide en su promoción, a la vez que le recuerda que Beto lo sabe
perfectamente. En segundo lugar, podría aprovechar todas las oportuni­
dades que se presenten para subrayar que Beto estaba comportándose
muy bien en otros aspectos de su vida, como hermano, hijo y amigo.

Afirmación. Paulina tenía expectativas con respecto a las consecuen­


cias de ser una madre sola que la hacían cuestionar su propia capacidad
y el bienestar de los niños. Significativamente, eligió una terapeuta que
también era una madre sola y a quien Paulina le atribuía competencia en
esa tarea. La terapeuta podía usar esto para respaldar a Paulina compa­
rando sus experiencias. Podía recurrir a la autorrcvelación para señalar
dilemas similares que se le presentan a ella como progenitora sola y
confirmarle a Paulina, que es normal que surjan problemas ocasional­
mente en la vida de todos los progenitores cuando se trata de educar a los
niños. La terapeuta también podría ayudar a Paulina a identificar los
prejuicios de los amigos, la iglesia, los miembros de la familia extensa
y la sociedad en general, que definen a la familia con madre sola como
anómala e inferior.

Saber escuchar. Paulina había escuchado atentamente las enseñanzas


de su familia, su iglesia y su cultura. Ella deseaba hacer lo que estaba
bien, quería que la gente pensara bien de ella. Pero tenía menos éxito
cuando se trataba de escuchar su propia voz, para tomar decisiones sobre
la base de lo que ella deseaba y lo que sería mejor para ella. Este tema
surgió con toda claridad cuando Paulina mencionó el divorcio. Sus
razones para seguir casada con Héctor tenían que ver con la satisfacción
de las expectativas de los demás, en lugar de obedecer a sus propias ne­
cesidades o deseos. La terapeuta debe escuchar para descubrir qué desea
Paulina que sería lo mejor para ella. Como Paulina no está acostumbrada
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 105

a escuchar su propia voz, la terapeuta debe actuar como un amplificador,


recogiendo y ampliando cada expresión que contenga información sobre
el punto de vista de Paulina.

PAULINA Y SUS HDOS

Cuando el ciclo escolar llegó a su fin, no se había registrado una


mejora sostenida del rendimiento de Beto aunque seguía trabajando bien
en las tareas escolares con su madre. Una vez que Paulina se dio cuenta
de que Beto realmente pasaría de grado, la ayudé a abandonar la
esperanza de que obtuviera mejores notas y, en cambio, a que se
enorgulleciera del conocimiento y la capacidad que demostraba el niño
con ella. De acuerdo con la predicción de Beto, fue inscripto en sexto
grado para el año siguiente. Después de finalizado el curso escolar, cedió
el nivel de tensión de la familia. Los cuatro niños empezaron a participar
en actividades organizadas por la vecindad y la iglesia, y aproveché
muchas oportunidades para hacerle comentarios a Paulina sobre la
capacidad que tenían sus niños para desenvolverse solos, comprometer­
se con otros, actuar como líderes y asumir responsabilidades.
Paulina trajo pocas quejas de los niños. Una vez contó que Beto había
roto la bicicleta de un niño vecino, después de que ella le había dicho que
no la usara porque era demasiado pequeña para él. ‘Tuve que reprender­
lo”, me dijo con los ojos llenos de lágrimas: “No puedo entender por qué
hace cosas malas como ésa”. Si bien la tranquilicé, pensé que estaba más
alterada de lo que justificaba la situación. No podía descubrir qué otra
cosa estaba sucediendo que pudiera explicar su reacción. Pensé que
debía estar muy insegura sobre su competencia, para tener una reacción
tan fuerte ante un comportamiento infantil tan normal. Dado que la
cultura es muy crítica con respecto a las madres solas —especialmente
si son madres negras— esta idea tenía sentido para mí. No hice nada con
respecto a este incidente excepto apoyarla, coincidiendo en lo que ella
consideraba una disciplina correcta y las dificultades que entraña com­
prender a los hijos. El tema no volvió a aparecer nunca, pero ocasional­
mente Paulina me comentaba otros ejemplos de las travesuras de sus
hijos y sus reacciones. En cada caso parecía que ella necesitaba simple­
mente contarme para que yo oyera cómo manejaba la disciplina. Una vez
que yo afirmaba que parecía que lo había hecho bien, ella se veía
visiblemente aliviada.
106 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

A medida que las preocupaciones por los chicos disminuyeron y


Paulina pareció encontrarse más a gusto conmigo, hice algunos intentos
para incentivar su interés en hablar de sí misma. Si bien es cierto que me
dio más información que antes, tenía una alarma interna que sonaba
siempre que sentía que había usado mucho tiempo de la sesión hablando
de ella. Después de sólo unos minutos de búsqueda personal, automáti­
camente pasaba a hablar de Beto. A veces yo decía: “Espera, no terminé
contigo todavía”, y ella sonreía, contenta de que se la considerase
importante por derecho propio, y comenzaba nuevamente a hablar de sus
cosas. Empero, yo recordaba el análisis realizado con el equipo de
consulta y no quería empujarla demasiado para que se concentrara en sí
misma.
Poco a poco me contó su propia historia. Paulina era la mayor de tres
hijas criadas por una madre que tuvo que trabajar en dos empleos para
mantener a su familia después que su esposo la abandonara para irse a
vivir con otra mujer, cuando Paulina tenía ocho años. Después que ella
y sus hermanas crecieron, su madre volvió a casarse con un hombre que
le llevaba veinte años. “Lo que más la atrajo fue que ese hombre le dijo
que no necesitaría volver a trabajar nunca más.” Según Paulina, es un
matrimonio horrible y su madre “vive como una prisionera.” “Ella bebe
muchísimo ahora.” Paulina está decidida a no terminar como su madre,
pero ve similitudes que la atemorizan. “Las dos somos trabajadoras muy
afanosas y a las dos nuestros maridos han estado persiguiéndonos.
Ninguna de las dos cree en el divorcio.”
El hecho de hablar de su madre pareció facilitarle el camino a Paulina
para empezar a abordar su relación con Héctor. Puesto que se había
mostrado tan reacia a hablaren absoluto de este tema, me di cuenta de que
era esencial que no me viera en el papel de recomendarle una actitud. Mi
tarea era mantener la conversación, dejar que ella expresara su intensa
ambivalencia con respecto al divorcio. Cualquier afirmación sobre la
conducta autodestructiva de Héctor iba seguida de un juicio de valor
como, por ejemplo, “el divorcio es igual al fracaso para mí.” “Significa
que he fracasado en lo que quería hacer, en mi compromiso de mantener
el matrimonio en cualquier circunstancia. Está mal divorciarse. Mi
iglesia no cree en el divorcio y yo tampoco.”
Me pareció que Paulina se estaba aproximando al divorcio buscando
razones legítimas, diciéndolas en voz alta y viendo cómo le sonaban a
ella y a mí. Yo facilité este proceso pidiéndole evaluaciones de diversos
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 107

aspectos de la situación: ¿Qué piensan los niños últimamente sobre esta


situación? ¿Qué clase de persona parece ser Héctor en la actualidad? ¿En
qué sería diferente tu vidasi volviera Héctor? Nada de lo que dijo Paulina
sugería que Héctor había cambiado lo suficiente para que el matrimonio
llegara a ser tolerable para ella. Paulina estaba llena de contradicciones.
Su evaluación de las madres solas que conocía era que “parecen más
felices, con más control que las madres casadas.” “Ellas no tienen que
pedir permiso. Llegan a casa y les dicen a los niños: ‘Vamos’, y ellos van
sin tener que pedir permiso a Papá.” Sin embargo, también sentía que les
estaba negando a sus niños algún beneficio irreemplazable al divorciarse
de este hombre, aunque él no había contribuido a su bienestar económico
ni emocional durante más de dos años. Además, Paulina temía las acti­
tudes racistas que harían que sus niños fuesen juzgados ásperamente
como los hijos de una madre negra sola. Habiendo tenido la oportunidad
de hablar con mi equipo de consulta sobre mi propia opinión, me resultó
mucho más fácil mantenerme en una relación neutral con respecto a la
decisión de Paulina sobre el divorcio.
Las discusiones sobre la conveniencia del divorcio siguieron durante
cuatro o cinco sesiones realizadas en el verano. Observé que cada vez que
Paulina cambiaba de opinión dentro de su ambivalencia, los niños
también cambiaban. Cuando ella estaba dispuesta a recibir a Héctor
nuevamente, ellos también, y cuando ella se inclinaba por la presentación
de una demanda de divorcio, ellos decían que probablemente era la mejor
solución. Entendí esta actitud de los niños como la demostración de lo
que Héctor significaba realmente en sus vidas: “Si Mamá lo quiere, bien;
si no, podemos prescindir de él.”
Un día Paulina me llamó muy ansiosa por teléfono para decirme que
Héctor quería venir a una sesión. Parecía pensar que esto era un gran
adelanto. Cuando le pregunté qué había motivado su pedido, dijo que
Beto le había contando a Héctor lo que había dicho en una sesión con
respecto a que él no era un buen padre; ahora Héctor quería hablar
algunas cosas directamente conmigo. Le dije a Paulina que me alegraría
reunirme con Héctor, pero que necesitaba tener alguna idea de cuál sería
el temario. ¿Héctor quería analizar su relación con Beto? ¿Tenía interés
en examinar el futuro de su relación con Paulina? Le pedí a Paulina que
lo averiguara. En la sesión siguiente Paulina contó que Héctor había
dicho que no estaba interesado en trabajar sobre ninguna relación, pero
que quería decirme que no creyera todo lo que decía Beto. Paulina estaba
IOS LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

triste e indignada a la vez por esta oportunidad perdida. La actitud que


había parecido indicar el interés de Héctor por la familia, le había hecho
abrigarla esperanza de llegar a una reconciliación. El hecho de descubrir
que estaba equivocada fue el estímulo para empezar a abandonar la espe­
ranza de que ese matrimonio tuviese algún futuro. Comenzó a decir que
había “terminado” con Héctor, posición que sus hijos aprobaron inme­
diatamente. Beto, que había sido el más expresivo de los niños para
desaprobar a Héctor, estaba evidentemente aliviado. Paulina me confió
que Beto le había advertido que Héctor la “tiraría abajo” si ella volvía con
él.
Después de la sesión en la que anunció que había “terminado” con
Héctor, Paulina comenzó a pensarse por primera vez como una madre
sola. Dijo lo siguiente:

Te respeto tanto. Has logrado salir adelante en un mundo que pertenece a los
hombres y tienes hijos que estás educando sola, y siempre eres tan cordial y,
realmente, te admiro. Yo también deseo lograr lo que busco, pero cuando era una
niña siempre me decían que todo lo que podía llegar a ser era una sirvienta. Estoy
esforzándome mucho para ser algo más, y me estoy esforzando mucho también
con mi familia. No sé lo que está pasando con nuestras familias negras. Es como
una plaga que las ha atacado: los hombres se van y no tienen nada que ver con
sus hijos y no nos mantienen económicamente. Me imagino que no tengo nece­
sidad de sentir miedo; he logrado salir adelante sola durante dos años.

Le dije a Paulina que si bien yo no podía, evidentemente, hablar por


experiencia propia, mis estudios me permitían saber qué difícil había
sido siempre para la familia negra permanecer unida. Pero sí podía hablar
por experiencia propia como madre sola, y lo hice. Le dije que yo también
tenía miedo: ¿Habré suficiente dinero? ¿Estoy descuidando a alguno de
los chicos? ¿Cuándo hay tiempo para mí? Hablamos de no dejar que el
miedo nos paralizase y observamos que, hasta ahora, las experiencias de
las dos desmentían los prejuicios que socavaban nuestra confianza.
Justo antes de que comenzara el nuevo ciclo escolar, tuvimos otra
sesión familiar. La familia discutió la organización de los horarios
correspondientes a ese año escolar. Paulina había decidido reorganizar
su propio horario de estudio cambiando la asistencia nocturna durante la
semana a los sábados. Dos tardes por semana iba a vender una línea de
alimentos naturales. Dijo que se sentía animada y esperanzada con
respecto al año que comenzaba. Les pedí a los niños que me dijeran qué
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 109

opinaban de lo que estaba haciendo su madre. Beto tomó la palabra y dijo


con una sonrisa orgullosa que se estaba poniendo fírme con Héctor.
Cuando miré a Paulina para que me aclarase las palabras de Beto, me dijo
que había demandado a Héctor por no pasarle la cuota de alimentos para
los niños y le había hecho embargar el sueldo. Yo sabía que se trataba de
un paso fundamental para Paulina y se lo comenté, señalando que estaba
haciendo un trabajo eficiente en resguardo del interés de sus hijos.
Para Paulina tomar la decisión de divorciarse de Héctor significaba
considerar que sus opiniones eran diferentes de las de su madre (quien
todavía estaba viviendo en una relación abusiva), ir en contra de su
iglesia (que le aconsejaba el celibato) y abandonar su ambición de seguir
casada para no ir a parar a otra estadística sobre el fracaso de las familias
negras. Señalé repetidamente qué difícil debe ser resistir toda esa repre­
sión para satisfacer las expectativas de otra gente e insistí en que su
independencia constituía su fortaleza.
Su decisión de divorciarse de Héctor pareció descubrir muchos
aspectos de Paulina que habían permanecido inaccesibles o invisibles
para ella mientras estuvo ocupada desentrañando el dilema que él le
ocasionaba. En el otoño nos reunimos en sesiones individuales, analizan­
do sus relaciones familiares, sus inclinaciones profesionales y su historia
personal, todo esto desde el punto de vista de dónde había estado y
adónde quería ir, qué había tenido y qué deseaba tener. En otras palabras,
no hablaba como si hubiera problemas que resolver sino más bien
reflexionaba sobre las posibilidades que tenía dentro de sí.
De vez en cuando durante estas sesiones Paulina me daba noticias de
los niños. Beto estaba rindiendo muy bien en sexto grado. Ella dijo que
también estaba contenta porque se había abierto más en la vecindad. Los
otros tres niños estaban bien en la escuela y participaban, igual que Beto,
en actividades musicales y deportes.
Paulina comenzó a salir con varios hombres diferentes, terminando la
relación con uno de ellos porque “cree que las mujeres son inferiores a
los hombres.” “ ‘¿Te gusta cocinar’, dice. A mí me gusta mucho cocinar,
pero no quiero estar parada todo el tiempo junto a la cocina sólo para que
él engorde.”
En nuestra última sesión Paulina me dijo: “Estoy orgullosa de mí
misma. Soy más inteligente ahora. Veo que yo ignoraba cosas de Héctor
que indicaban que era una persona dominante y desconsiderada. Prefiero
estar sola antes que recibir órdenes todo el día.” Paulina dejó la terapia
110 LA FAMILIA DE UN SOLO PROGENITOR

creyendo en su propia competencia como persona y como madre,


sintiéndose capacitada para proseguir con su vida, procurando lograr sus
propios objetivos y los de su familia.

LOS RIESGOS

Los siguientes son los riesgos que aguardan a la terapeuta feminista


de la familia que trabaje con familias de un solo progenitor:

1) Escuchar tiñéndolo todo de color de rosa. La terapeuta feminista


de la familia desea tanto que la madre sola emeija triunfante que,
en realidad, puede minimizar los problemas de su paciente. Este
peligro está aun más presente en el caso de las pacientes negras,
porque el cuadro del fuerte matriarcado negro es muy compulsivo
y está muy arraigado.

2) Perseguir todas las pelotas. El mismo impulso que llevaría a una


terapeuta feminista a minimizar los problemas de su paciente
también puede llevarla a agrandarlos al máximo. Ansiosa por ser
útil a una madre en una situación abrumante, puede tratar cada uno
de los problemas mencionados como si tuviese la misma necesi­
dad de ser resuelto. Una respuesta semejante implica no sólo que
la madre es incompetente (y necesita la ayuda del profesional para
resolver todos los problemas), sino también que todo tiene priori­
dad para adoptar una acción inmediata. Con esto se reproducen las
propias reacciones de la madre. La sensación de verse abrumada
se acrecentará en la madre y la terapeuta pronto se sentirá igual.

3) Pasar la antorcha. Debido a que la familia con madre sola está


estigmatizada y puesto que el estigma tiene sus raíces en la
perspectiva patriarcal, la terapeuta feminista de la familia proba­
blemente querrá que sus pacientes se vean a sí mismas como una
cause célébre, capaces de dejar huellas notables en las actitudes
prejuiciadas. La terapeuta tendrá que resistir el impulso de dar
cátedra a sus pacientes sobre los errores implícitos en el prejuicio
buscando, en cambio, oportunidades para demostrar a los miem­
bros de la familia cómo su propia experiencia refuta el estereotipo.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 111

4) Adelantarse a la paciente. El feminismo de la terapeuta la sensi­


biliza ante el problema de las mujeres que soportan matrimonios
que han dejado de existir para ellas de toda manera significativa.
En su ansiedad por ayudar a la paciente a seguir con su vida, la
terapeuta puede hacer caso omiso de la necesidad de la paciente de
descubrir por sí misma que su matrimonio es insalvable, y de
elaborar el duelo por su pérdida. La terapeuta que no permite que
se desarrolle este proceso, está repitiendo la experiencia que
padece la paciente en su familia, donde su posición no es respeta­
da.
C a p itu lo 6

LA PAREJA CORRIENTE

Jack Sprat no podía comer carne con grasa,


$u mujer no podía comer carne magra,
Y así entre los dos, mire usted.
Se lo comían todo hasta dejar la fuente limpia.
Mamá Gansa

El es imperturbable, metódico, y se encuentra completamente a gusto


con los hechos prácticos y evidentemente incómodo con los emotivos.
Ella es excitable, impredecible, y se encuentra totalmente a gusto con los
sentimientos y evidentemente incómoda con las reglas rígidas. Muchas
parejas que están haciendo terapia y también muchas que no están en
tratamiento responden a esta descripción.
El concepto de complementariedad suele ser empleado por los tera­
peutas de la familia para describir a este tipo de parejas y explicar cómo
su interacción llega a producir una polarización. No se trata sólo de que
ella sea emocional y él racional; parecen empujarse mutuamente a esos
extremos. La emotividad se convierte en histeria; la racionalidad en
obsesión. La capacidad de intimidad de ella pasa a ser una dependencia
hostil; la fría reserva de él, una distancia agresiva.
Ahora bien, la complementariedad centra la atención en las interac­
ciones, no en las personas y, por consiguiente, nos desvía de un hecho
patente: son siempre los hombres los que manifiestan una serie de
características, y las mujeres las que presentan las otras. Estas caracte­
rísticas no están distribuidas al azar; están determinadas por el género. En
realidad, estos hombres y mujeres componen unos estereotipos de los
géneros delineados con tanta claridad que parecen caricaturas de la
pareja masculino/femenino.
Las descripciones simplemente cibernéticas, que predominan en casi
toda la literatura existente sobre terapia familiar, abordan las interaccio­
nes conyugales sin la riqueza de contenido necesaria para comprender a
la pareja que estamos analizando. La expresión descriptiva que viene a
la memoria es “relación histérico-obsesiva”, tomada de la teoría psico-
114 LA PAREJA CORRIENTE

analítica. En realidad, la teoría psicoanalítica puede servir para profun­


dizar la descripción, pero al igual que las teorías de la terapia familiar,
omite un punto clave. Para eso, nosotras recurrimos al feminismo.
La lente feminista nos permite ver que en lo que se refiere a este tipo
de parejas no estamos ante las dos caras de una misma moneda. Mientras
que la sociedad aplaude al obsesivo por su integridad, su atención a los
detalles, su obediencia a la letra de la ley y su calma objetividad,
considera patológica a la histérica por su ligereza, sus generalizaciones,
su emotividad y su subjetividad. El, el buen trabajador, compone nuestra
fuerza laboral. Ella, la buena paciente, compone nuestro cúmulo de
historias clínicas.

GABRIEL Y JULIA

Gabriel y Julia, una atractiva pareja de alrededor de cuarenta y cinco


años de edad, llevaban dos años de casados cuando vinieron a verme para
iniciar una terapia conyugal. Gabriel era supervisor en una compañía de
seguros; Julia, profesora en una escuela secundaria privada. Julia se
presentó ante mí enojada e implacable en su determinación de que su
esposo, Gabriel, rebajara de peso o se sintiera culpable por no hacerlo.
Ella dejó bien sentado que lo que la preocupaba no era la salud de Gabriel,
sino que él le había hecho una promesa que no estaba cumpliendo, lo cual
le indicaba que ya no podía confiar en él: Julia se preguntaba en voz alta
qué otras promesas rompería Gabriel. Este tema de la confianza la había
llevado a iniciarla terapia. Gabriel sostenía que estaba haciendo todo lo
posible para adelgazar, aunque admitía que no era constante (practicaba
jogging irregularmente y comía en exceso de vez en cuando). Gabriel
opinaba que él había aceptado tratar de rebaj ar de peso como un favor que
le hacía a Julia y estaba absolutamente confundido por la importancia que
Julia le daba a su fracaso.
Cuando le sugerí a Gabriel que en la esperanza de aplacar a Julia, tal
vez, había aceptado hacer algo que no podía cumplir, o que no tenía
interés en hacer, Gabriel permaneció inexpresivo, casi vacío. Lo que yo
dije parecía no tener sentido alguno para él. Tomé nota mentalmente de
la gran carga interpretativa que tenía Julia y de la carencia total de
interpretación que había en Gabriel. Para Julia se trataba de algo
intencional, de un engaño, una traición y un fracaso. Para Gabriel, de una
pérdida de peso infructuosa. Me pregunté si su diferencia de criterios
sobre este problema en particular indicaba una configuración.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 115

Con la esperanza de tener un contexto más amplio del problema


presentado, alenté ala pareja a hablar sobre la confianza, las expectativas
que tenían para sí mismos y con respecto al otro, y sus relaciones pasadas.
En las sesiones siguientes supe que se trataba del segundo matrimonio de
Julia y que había tenido varias relaciones importantes entre los dos
matrimonios. El primero había terminado después del nacimiento de su
segundo hijo. Los dos muchachos, de quince y trece años, viven con Julia
y Gabriel. Julia no tenía contacto con el padre de los chicos, ni financiero
ni de ningún otro tipo, y ya no trataba de relacionarse con él, puesto que
los intentos anteriores habían sido unilaterales. Julia dijo que todas sus
relaciones importantes con un hombre habían terminado por resultar
decepcionantes, pues en todos los casos habían carecido de alguna
cualidad esencial que fue haciéndose cada vez más angustiosa a medida
que continuaba la convivencia. Ella temía que sucediera lo mismo con
Gabriel, que su promesa incumplida constituyese una primera señal de
lo que seguiría inevitablemente: que ella llegase a disgustarse con el
tiempo y terminara por rechazarlo. Parecía estar sugiriendo que preferi­
ría terminar el matrimonio ahora, por esta infracción, antes de que se
produjera una decepción mayor.
Para Gabriel éste era su segundo matrimonio también. Julia es la
única mujer con la que ha tenido una relación desde que se divorció de
su primera esposa. Tiene un hijo de trece años y una hija de diez, que
viven con su madre. Gabriel mantiene una relación cordial con ella,
periódicamente le suministra aportes económicos y visita a sus hijos con
frecuencia. Cuando le pedí que me hablase de su matrimonio anterior se
mostró turbado y no dio información sobre el comienzo y el final de esa
relación. Después de un tiempo, supe que la mujer de Gabriel lo había
dejado por otro hombre, pero Gabriel fue incapaz de decir qué fue lo que
terminó por crear esa situación. Dijo que él había creído que el matrimo­
nio era bueno. Agregó que le gustaba estar casado y que estaba contento
de haber conocido a Julia y de haberse casado con ella. Cuando le
pregunté si temía perder a Julia de una manera tan misteriosa como en el
caso de su mujer anterior, Gabriel volvió a turbarse, pero dijo solamente:
“Espero que no”.
Durante estas conversaciones sobre sus relaciones pasadas, Julia
volvía a introducir intermitentemente el fracaso de Gabriel con respecto
a la pérdida de peso y amenazaba con divorciarse si no veía alguna señal
tangible de que Gabriel estaba cumpliendo su promesa. En esos momen­
116 LA PAREJA CORRIENTE

tos Gabriel se veía perdido y confundido, y se defendía declarando


solamente que había hecho todo lo posible. En una de esas sesiones, Julia
anunció que ya no podía seguir fastidiando con la cuestión del peso de
Gabriel, que su frustración había llegado al punto máximo y que tenía que
dejar ese tema por el momento. “Pienso que es más importante que
discutamos algo que es aun peor para mí: la ausencia total de cualquier
otro tipo de afecto por parte de Gabriel.” Este pareció alegrarse de que
se lo sacara del apuro y no reconocer la importancia de lo que Julia
acababa de decir.
Julia se fue enojando a medida que describía el contraste entre la chata
relación actual con Gabriel y sus anteriores relaciones con hombres. Pasó
de las lágrimas a las acusaciones y nuevamente a las lágrimas, mientras
describía su decepción con el aspecto afectivo y sexual de su conviven­
cia. Estaba furiosa porque se sentía “estafada” con respecto a la pasión,
la espontaneidad y la intimidad que había experimentado con los demás.
Estaba triste porque se encontraba con que “una vez más” no había
logrado lo que realmente necesitaba. Seguidamente se afligió aun más
diciéndose en voz alta que tal vez su relación con Gabriel era todo lo que
ella merecía. Yo traté de interrumpir este proceso preguntándole a Julia
ante qué o ante quién estaba reaccionando, porque daba la impresión de
que, fuera lo que fuese, no estaba en la habitación. Ella respondió, pero
sin mucha convicción, que su madre la había criticado continuamente;
que, según su madre, ella era demasiado melodramática, demasiado
dependiente, demasiado sensible y sumamente idealista con respecto a
lo que esperaba de la vida.
Como era típico en Gabriel durante los estallidos emocionales de
Julia, la observó en silencio. Cuando le pregunté qué pensaba o sentía en
ese momento, Gabriel dijo que le resultaba difícil referirse a lo que Julia
estaba diciendo puesto que no tenía experiencia alguna con lo que ella
estaba explicando. En ese punto, más enojada que antes, Julia se excitó
con Gabriel ante su calma y su aparente falta de conexión con ella.
“¡Cómo puedo quedarme con un hombre ■como éste!”, exclamó.
Traté de ayudar a Gabriel a explorar cuáles podrían ser sus sentimien­
tos en ese momento, proceso que se asemej aba más a enseñarle un idioma
extranjero que a crear un espacio seguro para que él dijese en voz alta lo
que experimentaba internamente. Ante mis insinuaciones, respondía:
“sí, bueno, es posible, puedo verlo. Pude haber sentido eso. No, no creo
que tenga ningún sentimiento en este momento”. Estos momentos le
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 117

resultaban initativamente largos a Julia, viendo a Gabriel dar tantas


vueltas para expresar lo que a ella le resultaba tan fácil. Desde luego,
también eran momentos difíciles para Gabriel, ya que ninguna de sus
reglas eran aplicables en este caso y no lo podían ayudar a encontrar la
respuesta “correcta.”
Investigué con Julia las razones por las cuales ella seguía casada con
Gabriel. Su respuesta fue “por la seguridad”; dijo que la aterrorizaba
encontrarse sola otra vez. Además del buen sueldo de Gabriel, apreciaba
las cosas que él hacía por ella para hacerle la vida más fácil. Empero, este
mismo beneficio también era una frustración para Julia. En realidad, uno
de los mayores conflictos entre Julia y Gabriel se refería a “hacer” para
el otro. Julia tenía sistemáticamente una lista de cosas para que hiciera
Gabriel enla casa. Gabriel la complacía, con lo cual Julia se deprimía más
porque eso no parecía hacerla sentir mejor o más cerca de Gabriel, y a
menudo la hacía sentirse como una “bruja exigente” por pedir tanto.
Gabriel dijo que hacer cosas para Julia lo hacía sentir bien y que él
deseaba que Julia pudiera aceptar lo que le daba. Traté de crear cierta
reciprocidad entre ellos preguntándole a Gabriel qué le gustaría que Julia
hiciese por él, así ella también podría sentirse útil. Lamentáblemente no
se le ocurrió nada que necesitara, respuesta que enfureció más a Julia ante
lo que parecía la superioridad de Gabriel: el que da pero no necesita. Yo
también me preguntaba cómo Gabriel podía hacer cosas por Julia
continuamente y no necesitar nada en retribución excepto su agradeci­
miento, que rara vez recibía.
A estas alturas, Gabriel estaba completamente confundido. Traté de
explicarle que ayudaría mucho que él le pidiera a Julia algo que
necesitara, pero mis explicaciones no daban resultado. El repitió muy
lenta y cuidadosamente que deseaba hacer cosas por Julia, que esta
actividad era lo que lo hacía feliz y que él no necesitaba nada de ella. Julia,
ahora tremendamente frustrada, anunció que prefería un marido demos­
trativo antes que un sirviente y que se sentía terriblemente desgraciada.
Le pregunté a Gabriel dónde había aprendido que hacer cosas para los
demás era la manera de demostrar amor. El describió a su familia como
poco demostrativa pero bondadosa, que manifestaba el cariño “hacien­
do.” Los años que vivió Gabriel en su casa paterna hasta que se casó, los
pasó cuidando a su madre parapléjica: llevándola a pasear en auto por
la ciudad, haciendo mandados, limpiando la casa y estando a disposición
de ella al instante cuando su padre estaba trabajando. Estaba completa­
118 LA PAREJA CORRIENTE

mente claro que Gabriel había estado a disposición de su madre todo el


tiempo, dedicándose a sus propias cosas sólo cuando ella no tenía una
necesidad inmediata de él. Me di cuenta de que me sentía enojada con la
madre de Julia y también con la madre de Gabriel: con la de Julia, por las
críticas constantes que hacía a su hija, y con la de Gabriel, por permitir
que su desventaja física dominara la vida de su hijo. En mi intimidad,
observé que me sentía incómoda en mi carácter de terapeuta feminista
con el hecho de tener que dejar la culpa en la puerta de la Madre.
Julia no tuvo dificultad en ver cómo ella estaba repitiendo el matrimo­
nio de sus padres en cuanto que su padre era una decepción constante para
su madre, al igual que Gabriel para ella. Pero se mostró reacia a ahondar
en esa comparación por temor de que Gabriel saliera “ileso”. Por su parte,
Gabriel siguió siendo muy literal, repitiendo todo lo que Julia le pidiese,
y seguidamente confundiéndose mucho sobre el significado de todas sus
quejas. Descubrí que hablar con esta pareja era especialmente arduo.
Cada vez que aclaraba algo con uno de ellos, parecía que perdía al otro.
Daba la impresión de tener que hablar dos idiomas a la vez, uno para cada
uno de ellos.
Un ejemplo de mi autodesignación como la intérprete entre los dos
tuvo que ver con un intento de ellos aparentemente inocente de cultivar
un huerto. En su enfurecido relato, Julia acusó a Gabriel de no dejarla
hacer nada, haciéndola sentir insignificante e incompetente. Sin demos­
trar estar dolido o enojado, Gabriel le dijo a Julia que él no la consideraba
ni lo uno ni lo otro; simplemente sabía que podía terminar la tarea solo
mientras ella descansaba. Le dije a Julia que Gabriel observó que ella
estaba cansada y quiso complacerla terminando el huerto, como un
regalo que le hacía. Le dije a Gabriel que Julia quería hacer un proyecto
conjunto, algo en lo que participaran o compartieran los dos, que desde
la perspectiva de Julia, la alegría consistía en el proceso de trabajar
juntos. Si bien ninguno de los dos objetó mi explicación, Julia manifestó
su aflicción ante el hecho de que siempre funcionaban en direcciones
totalmente opuestas y agregó que se sentía muy sola. Gabriel no mani­
festó tristeza ni desaliento, sino que reiteró su “buena intención” y dijo
que no podía entender por qué Julia se sentía así.
Todas las quejas sobre el matrimonio las traía Julia: insuficiente
intimidad, falta de comunicación, vida aburrida. Todas las amenazas y
todo ultimátum surgían de Julia: hablar sobre los hombres de su pasado,
exigir que Gabriel cambiase ya, idealizar un hombre para el futuro.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 119

Gabriel le pedía a Julia que explicase cada queja y luego le recordaba que
él era tímido o que era diferente de ella o que estaba tratando. Nunca se
enojaba, disgustaba o desesperaba. Cuando sugerí que podría estar
sintiendo cualquiera de esas emociones, me contestó: “No, no lo creo”.
Estas conversaciones caracterizaron la interacción en todo el curso de la
terapia. Julia se comportaba como la mujer “histérica” estereotípica,
mientras que Gabriel se comportaba como el estereotipo del hombre
“obsesivo”. Ella gritaba, lloraba, amenazaba y reaccionaba espontánea­
mente, mientras que Gabriel permanecía contenido y controlado, reac­
cionando sólo ante interpretaciones literales después de largos silencios
o, con mucha frecuencia, semanas más tarde. Cualquiera que fuese el
contenido de las sesiones, el proceso se centraba en tratar de “ayudar a
Gabriel a sentir”, o bien en aplacar los arranques emocionales de Julia
durante el tiempo suficiente para investigar qué pensaba.
Le sugerí a Gabriel que él había elegido a Julia por su energía,
emocionalidad e impredecibilidad, para experimentar una vida más
plena de la que su propio estilo le permitía. Y le sugerí a Julia que ella
había elegido a Gabriel por su estilo reservado, su calma y su predicibi-
lidad, para equilibrar su propia emotividad y sentirse más segura. Los dos
se brindaban mutuamente una vida más rica. Aunque usé esta interpre­
tación como una síntesis de su relación y como un reencuadre para cada
situación que traían a la terapia, nunca englobó suficientemente lo que yo
había observado ni sirvió para mitigar la gran aflicción manifestada por
Julia. A pesar de algunos períodos en los que la tensión y la hostilidad
disminuían, lo cual parecía ser una consecuencia positiva de nuestras
sesiones, Julia siguió sintiéndose sola mientras que Gabriel manifestó
satisfacción por la calma que reinaba en su casa.
Cada uno de ellos parecía ser el extremo opuesto de todas las
características del otro. ¿Se habían casado para completar alguna defi­
ciencia que encontraban en sí mismos y habían llegado a despreciar las
mismas cosas que los habían llevado a casarse? Si todas las quejas
procedían de parte de ella, ¿quería decir que él era feliz? ¿condescendien­
te? ¿ajeno? Esta pareja estaba demostrando complementariedad y, de ser
así, ¿qué presagiaba eso para cada uno de ellos? Yo había tratado de
emplear el concepto de complementariedad para explicar sus interaccio­
nes, pero parecía insuficiente. ¿Qué se me había escapado? Julia y
Gabriel, como casi todos nosotros, habían aprendido algo sobre las
relaciones a través de la relación que habían tenido con sus madres.
120 LA PAREJA CORRIENTE

¿Cómo podía aprovechar más este hecho en la terapia? Me encontraba


confundida sin saber qué hacer con la información inicial que tenía sobre
sus madres. Acudí al grupo de consulta con mis preocupaciones.

LA CONSULTA

Para comprender la dinámica que estaba funcionando en la relación


de Julia y Gabriel, nosotras como consultoras comenzamos a conceptua-
lizar cómo experimentaba cada cónyuge al otro. Julia percibía la calma,
la racionalidad y la reserva de Gabriel como un rechazo intencional y
doloroso, y su incapacidad para comprender los pensamientos y senti­
mientos de ella la recibía como había recibido las críticas de su madre.
Gabriel se veía a sí mismo incapaz de enfrentarse con la emocionalidad
de Julia, y se encontraba replegándose de lo que parecía ser una serie
infinita de exigencias. Se sentía sumamente incapaz de satisfacer las
exigencias de Julia, de la misma manera que era totalmente incapaz de
compensar la discapacidad de su madre o el aislamiento de su padre.
Observamos que esta modalidad de análisis, corriente entre los
terapeutas formados en el método psicodinámico de la terapia familiar,
sostiene que cada uno de los integrantes del matrimonio trata de obtener
del otro el tipo de experiencia que no recibió en su familia de origen y que,
por lo tanto, no ha internalizado como parte del sí-mismo. Así Julia, que
se sentía rechazada por su madre, en un principio interpretó la pasividad
de Gabriel erróneamente, tomándola por la aceptación que anhelaba. A
la inversa, Gabriel, paralizado emocionalmente por una niñez pasada con
una madre incapacitada y dependiente, vio inicialmente la expresividad
de Julia como protección e independencia. Cada uno esperaba encontrar
en el otro lo que sentía que más le faltaba a sí mismo.
Supusimos con la terapeuta que su observación de esta dinámica la
llevó a pensar en la complementariedad. Cada una de nosotras compartió
con la terapeuta historias de parejas con las que habíamos trabajado que
tenían interacciones semejantes a las de Julia y Gabriel. Nosotras
habíamos seguido el camino que había recorrido ella y llegamos a una
impasse igualmente frustrante. Habíamos tratado de ayudarlo a él a
animarse un poco y a ella a calmarse a fin de acercarlos más uno al otro.
Habíamos tratado de interpretar la intención de cada cónyuge con
respecto al otro para que los dos pudieran ser comprendidos.
A todas nos parecía que el error había estado en el enfoque, no en el
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 121

objetivo. Seguíamos deseando que Gabriel pudiera experimentar e


identificar sus sentimientos y que Julia fuese capaz de reflexionar sobre
sus sentimientos antes de expresarlos, pero todas también coincidimos
en que la terapia bajo la égida de la complementariedad no había dado
resultado. El concepto de complementariedad no debe aplicarse en este
caso, ni en casos similares en los cuales la parte que cada cónyuge
desempeña es a la vez limitada en cuanto a la expresión y burdamente
estereotipada en cuanto al género. Hay demasiadas cosas que la comple­
mentariedad deja de lado.
Pensamos que era necesario hacer un cambio radical. Teníamos que
dejar de dirigir nuestra atención al sistema interaccional como si fuese
una entidad que se mantuviera sola y dirigirla, en cambio, hacia cada uno
de los participantes. Sabíamos que sería algo difícil, pues ni Gabriel ni
Julia daban indicio alguno de que colaborarían fácilmente en la explora­
ción individual. Prácticamente todas las sesiones habían sido un escena­
rio para la expresión de sus quejas mutuas y sus deseos de que el otro
cambiase. Incluso Gabriel, aunque no tan virulento como Julia, sólo
deseaba que Julia dejara de enojarse con él; él no veía ninguna vía de
exploración para sí mismo.
Si bien el deseo de que sea el otro cónyuge el que realice todo el
cambio no se limita a estas parejas, lo que caracterizaba a este matrimo­
nio era el limitado conocimiento que cada uno tenía de sí mismo y,
relacionado con esto, su elevado nivel de proyección. Mientras Julia y
Gabriel seguían concentrando su atención en el otro, no se daban cuenta
de la sensación de carencia que los dos habían llevado al matrimonio
originada en su niñez, ni tampoco de lo que cada uno de ellos podía hacer
en beneficio de sí mismos. Nuestra idea fue dejar de ver la interacción de
Gabriel y Julia como si fuese un producto de la complementariedad y, en
cambio, verla como el producto de una proyección mutua originada en
las necesidades individuales y la historia de cada uno.
Alentamos a la terapeuta para que viera a Gabriel y Julia conjunta­
mente para trabajar sobre sus historias individuales, prestando especial
atención a las imágenes limitadas que ellos tenían de sí mismos.
Sugerimos que la terapeuta ayudase a Julia y Gabriel a cuestionar lo
que los limitaba y a centrar su atención en sus propias vidas. Aunque la
armonía conyugal les daría una vida más fácil, deseábamos que ellos
hiciesen el trabajo por ellos mismos y no sólo por el matrimonio.
Además, mientras siguieran concentrándose uno en el otro, no cambiaría
nada.
122 LA PAREJA CORRIENTE

Como sucede en la mayoría de los casos, este trabajo removerá


sentimientos y recuerdos de sus madres respectivas. La madre hipercrí­
tica de Julia y la madre discapacitada de Gabriel constituían, pensába­
mos, fuerzas muy dominantes en la constitución de los supuestos y ex­
pectativas que Julia y Gabriel proyectaban ahora en el otro.
Pensamos que la concepción de Alice Miller, según la cual los adultos
lastimados, enojados o silenciosos serían niños heridos, constituiría el
método más útil (1981). Aunque Miller no es feminista y por lo tanto no
le interesa como a nosotras evitar echarle la culpa a la madre, su método
permite que la voz del niño aflore libremente sin temor de que la
terapeuta castigue al paciente que está recordando. Cuando Gabriel y
Julia experimentasen la constancia de la atención respetuosa y sin
recriminaciones de la terapeuta, con el tiempo se abrirían para compren­
derlas historias de sus madres así como también las propias. Primero, sin
embargo, tenían que contar sus propias historias para que sus heridas
pudiesen ser curadas.

EL ANÁLISIS

Una clave para comprender la relación entre Gabriel y Julia es darse


cuenta del sistema de proyecciones mutuas que desempeña un papel
central en la dinámica de su relación. Como sucede normalmente en los
matrimonios basados en expectativas proyectadas, cada cónyuge no
satisfizo las necesidades del otro (Bamett, 1971; Kramer, 1985; Napier
con Whitaker, 1974; Skynner, 1976). A continuación se provocó un
conflicto al tratar con mayor ahínco que el otro satisficiera estas necesi­
dades muy básicas. Julia exigía de Gabriel expresividad y apoyo emocio­
nal (que debía ser demostrado, por ejemplo, rebajando de peso) como
prueba de su cariño por ella. Gabriel quería que a Julia le bastara
cualquier cosa que él le ofreciese para poder sentirse capaz. Los dos
necesitaban la protección propia del hogar paterno que pensaban les
había faltado en sus familias de origen. A ella la enfurecía que él se negara
a satisfacer esa necesidad. El estaba profundamente decepcionado y
sorprendido de que ella no estuviese satisfecha con lo que él le ofrecía.
Esta manera de comprender cómo la conducta, las actitudes y las
expectativas de los dos cónyuges se corresponden y les causan pena, le
brinda más ayuda a la terapeuta de la familia que la idea de que se trata
de una relación complementaria. El concepto de complementariedad da
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 123

por supuesto que los cónyuges en una interacción están desempeñando


roles que se complementan como si se tratase del par yin-yang. “Sé tú
fuerte, yo seré débil.” La complementariedad es útilísima para compren­
der e intervenir cuando los roles son mutuamente beneficiosos, intercam-
biablés y temporarios. Cuando se dan estas condiciones, la persona débil
se encuentra protegida, es feliz ayudando a la persona fuerte a sentirse
fuerte y se ve liberada de una serie de tareas necesarias de la vida; la
persona fuerte se siente benefactora, disfruta de la movilidad e iniciativa
y adquiere un creciente sentido de competencia realizando las tareas
necesarias de la vida. En teoría, si el fuerte se enferma o incluso finge ser
incompetente, el débil hallará recursos ocultos y se hará fuerte.
Con parejas como la de Gabriel y Julia, la aplicación del concepto de
complementariedad sirve para describir el estilo interaccional de la
pareja pero oculta el origen de la desigualdad. La desigualdad que define
las interacciones complementarias tiene que ver con el ejercicio de la
dominación en la interacción. Uno sugiere, el otro acepta. Uno actúa
como fuerte, el otro como débil. Cuando se entiende que es una situación
temporaria y cuando es beneficiosa para las dos partes, ese tipo de
desigualdad es inofensiva. Empero, en el caso de Julia y Gabriel, las
conductas histéricas y obsesivas son valoradas de modo desigual en
nuestra sociedad, y recompensadas también de modo desigual. El
sufrimiento no era igual ni inofensivo. El terror de Julia a quedarse sola
y el enojo que le provocaba su sensación de carencia emocional no eran
iguales a la incapacidad que tenía Gabriel para experimentar algún
sentimiento.
En el caso de Gabriel y Julia, la desigualdad tampoco era algo
transitorio. Ellos no sólo desempeñan roles que se corresponden: repre­
sentan definiciones básicas de la identidad del hombre y la mujer, t i tipo
fuerte y silencioso de Gabriel y la actitud de doncella acongojada de Ju1ia
son características específicas de los géneros provistas y ratificadas por
la cultura. Estas definiciones no van a cambiar porque se endurezca el
sistema. Gabriel nunca va a llegar a ser el histérico; Julia nunca va a llegar
a ser la obsesiva.
Hay un tercer factor que dificulta la aplicación déla complementarie­
dad para describir a Gabriel y Julia. Adoptar una posición de inferioridad
como estrategia para imponerse y dominar constituye una poderosa
maniobra. Pero adoptar una posición de inferioridad no es lo mismo que
ser inferior. Julia es inferior en varios aspectos: como mujer, como
124 LA PAREJA CORRIENTE

peticionante permanente en una relación que califica de esencial en su


vida y como portadora de rasgos de conducta poco estimables. Cuando
la posición de inferioridad no es voluntaria ni estratégica ni elegida, no
es poderosa y no puede constituir un medio de ganar una posición
ventajosa. Una configuración repetida matrimonio tras matrimonio, en
la cual la persona menos valorada presenta los rasgos menos valorados
que comprenden el rol menos valorado en un acuerdo no temporario,
necesita un concepto más sólido que le dé la complementariedad para su
descripción y un método más enérgico que la inversión de roles para su
tratamiento.
La teoría psicodinámica ayuda al terapeuta a comprender que la
emocionalidad manifiesta de un cónyuge y la racionalidad manifiesta del
otro constituyen diferentes soluciones del mismo problema: una sensa­
ción omnipresente de incapacidad personal, de no ser querible. Bamett
(1971) brinda un amplio análisis de los motivos básicos de las parejas
como la de Gabriel y Julia. En consonancia con la teoría psicoanalítica,
afirma que los traumas de la primera infancia conforman el concepto que
tiene el adulto de sí mismo y de su lugar en el mundo. Así Julia, a quien
Bamett calificaría de histérica, sobrevivió a una infancia en la cual se
sintió invadida por las necesidades afectivas de su madre, dejando así sus
propias necesidades de amor incondicional y protección insatisfechas.
Creció buscando un compañero que pareciera no tener esas necesidades
emocionales tan enormes y, por consiguiente, pudiese aceptar su nece­
sidad y satisfacerla. Su propia apariencia externa de vivacidad y calidez
disfrazaba una profunda necesidad de ser cuidada y amada.
Gabriel, a quien Bamett le habría puesto el rótulo de obsesivo, creció
en un hogar donde también era incapaz de recibir la aceptación amorosa
que necesitaba como niño. La discapacidad de su madre y la prescinden-
cia de su padre lo presionaron desde muy niño para que se comportase
como un adulto y para hacer por su madre lo que ella no podía hacer sola.
Este temprano impulso hacia la madurez le dio a Gabriel la apariencia de
un adulto consumado que en la actualidad constituye una máscara tras la
cual se oculta un niño que no conoce sus propios sentimientos porque se
le enseñó a negarlos.
Es precisamente la apariencia externa de cada cónyuge lo que atrae
al otro y es precisamente la estructura subyacente de la personalidad de
cada uno lo que impide satisfacerlas necesidades del otro. El muchachito
que hay en Gabriel no puede tolerar la necesidad de Julia. La niña
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 125

pequeña que hay en Julia no puede soportar la falta fundamental de


conexión que tiene Gabriel con respecto a ella. Como señala Bamett:
“casi sin errar, cada uno hiere al otro en la zona de mayor vulnerabilidad”
(1971, pág. 77).
Si bien la terapeuta de la familia y la feminista que hay en nosotras
puede rechazar los rótulos psicodinámicos de obsesivo e histérica, no
deja de ser intrigante y enriquecedor seguir la línea de investigación
señalada por Bamett. ¿Cómo puede ser que las mismas cosas que
atrajeron a Gabriel y Julia sean ahora las cualidades del otro que más
desprecian? ¿Cómo se relacionan estas cualidades con cuestiones no
resueltas de las familias de origen? Si se emprende este tipo de análisis,
se hace patente que la tarea del terapeuta que trabaja con una pareja como
ésta es muy delicada e implica la traducción de los mensajes de un
cónyuge al otro en una gran medida. Asimismo, el terapeuta tendrá que
proporcionar a cada uno de los cónyuges la aceptación y empatia que el
otro todavía no puede darle.
Lo que los terapeutas psicodinámicos no explican es por qué un
hombre y una mujer, privados los dos de la empatia materna necesaria,
reaccionan de un modo diferente: el hombre invierte poco en las
relaciones y rehúye la intimidad, la mujer invierte demasiado en las
relaciones y exige intimidad. Philipson (1985) propone una respuesta pa­
ra esta pregunta en su análisis feminista del género y el narcisismo. Dice
que, para este tipo de hombre, el recurso de rehuir la intimidad resuelve
el problema de la separación de la madre. La separación es esencial para
llegar a ser un hombre. Si la madre tiene dificultades para aceptar esta
separación porque su hijo se ha convertido en el vehículo de su poder, su
reconocimiento y sus logros, ella será incapaz de respaldar el esfuerzo
del hijo y de ser el reflejo de su autoafirmación. La madre no puede
entonces confirmarla autoestima emergente del hijo. El doble vínculo de
un hombre semejante consiste en que la valoración que tiene de sí mismo
procede totalmente de la aprobación de los demás y, sin embargo, evita
todo apego real con los demás por temor a perder su identidad.
Las hijas mujeres en familias en las cuales falta la empatia materna o
en las que la Madre no puede tolerar la separación de su niña adquirirán
características diferentes de las de los hijos varones. Esta diferencia
obedece al hecho de que la hija sigue identificada con su madre y sigue
definiendo su sí-mismo como una extensión de la Madre, en lugar de
definirlo en oposición a ella. Por consiguiente, la hija, como Julia, se
126 LA PAREJA CORRIENTE

convertirá en una mujer que se define a sí misma en gran medida en


relación con los demás y necesita la aprobación de los otros para rease­
gurarse a sí misma que es aceptable. El hijo, como Gabriel, se convertirá
en un hombre que se define a sí mismo como separado de los demás, y
para quien la intimidad conlleva el peligro de la pérdida de la identidad.
En la medida en que Julia y Gabriel se ven uno al otro representando
aspectos de sus propias madres, Julia deseará desesperadamente tener
intimidad pero prevé crítica y rechazo de parte de Gabriel; Gabriel se
esforzará en mantener la distancia pero espera sentirse acogido y
aprobado. El deseo manifiesto de cada uno —de intimidad, por parte de
Julia, y de distancia, por parte de Gabriel— es tan coincidente con la
conducta esperada culturalmente en las relaciones de los hombres y las
mujeres que rara vez se sospecha la existencia de expectativas encubier­
tas.

La acusación a la madre

Durante años, la teoría psicológica ha puesto el origen de una enorme


serie de malestares neuróticos y psicóticos directamente sobre los
hombros de la madre. Un análisis reciente de artículos aparecidos en
revistas informa que se han atribuido veintidós perturbaciones psicoló­
gicas diferentes a fallas de la Madre (Caplan y Hall-McCorquodale,
1985). La acusación a la Madre repercute también en la práctica clínica.
Es corriente entre los terapeutas que recurran al Padre para mitigar los
problemas; al hacerlo, dan por sentado que la Madre tiene la mayor parte
de culpa.
Esta agresiva crítica contra la Madre, que la presenta como alguien
sumamente destructivo, se origina en el hecho de que las madres son
mujeres. En todas las esferas importantes de la actividad humana a la
mujer en cuanto mujer, se la ha hecho impotente, inconsecuente y su­
bordinada; empero, en el rol de Madre, es un dios. Y tiene el consiguiente
poder de vida y muerte sobre el espíritu y la vitalidad de su hijo. No es
de sorprender que en esta cultura las madres proyecten tantas de sus
necesidades en el hijo: ¿en qué otro lugar experimentan su poder sin
obstrucciones? Los hijos brindan a las madres “alguien a su disposición
que puede ser usado como un eco, que puede ser controlado, que está
completamente centrado en ellas, que nynca las abandonará y les ofrece
una atención y una admiración plenas” (Miller, 1981, pág. 35).
Este poder en medio de una impotencia generalizada crea una
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 127

posición extraña y aterradora para la mujer, y una situación conflictiva:


para los hijos que están en constante interacción con una mujer con
innumerables frustraciones para trasladar, y para la mujer, a quien se le
ha enseñado que debe encontrar su realización en la maternidad y sin
embargo se la culpa cuando trata de hacerlo. Resulta irónico que la teoría
del doble vínculo no se haya desarrollado para describir la posición de la
mujer como Madre en esta cultura. La contradicción implícita en su
posición produce una gran ambivalencia. Por una parte, se la dota de
virtudes y se dice que es abnegada y omnisciente. Por la otra, se la ve
como peligrosamente dependiente, voraz y mezquina. La Madre buena
es la primera; la Madre mala es la segunda.
Resultaría sorprendente que una sociedad que estima tan poco a las
mujeres les delegue la educación de los niños si no fuese por el hecho de
que esta sociedad también es ambivalente con respecto a ellos. La
acusación a la Madre no es contrarrestada por una posición a favor del
niño. A nivel social, se invierte sólo un pequeño porcentaje del presu­
puesto nacional en educación, los niños aprenden muy pronto que los
adultos no están realmente interesados en lo que ellos sienten o piensan
sino en ver un reflejo de los que ellos quieren ver.
Puesto que todos nacemos de una mujer, los sentimientos que
tenemos sobre nosotros mismos están irremediablemente conectados a
nuestra relación con una mujer, nuestra madre (Rich, 1976). Los senti­
mientos que tenemos con respecto a ella y con respecto a nosotros
mismos en relación a ella constituyen la base de nuestras relaciones
futuras. Por ejemplo, la madre de Julia era hipercrítica con respecto a ella
y así Julia es hipercrítica con respecto a sí misma y a los demás. Julia no
podía complacer suficientemente a su madre, Julia no puede complacer­
se a sí misma y Julia no puede ser complacida. La madre de Gabriel era
discapacitada y dependiente. Las mujeres son dependientes. Julia en su
dependencia debe ser discapacitada también.
Tanto Julia como Gabriel tienen la carga de la intensidad de la
relación que mantuvieron con sus respectivas madres y padecen la falta
de una relación con sus padres. Ellos disculpan la ausencia de sus padres
al igual que lo hace la cultura. Mientras que sus madres son individuos
reales que ellos han amado y odiado durante la cotidianeidad de sus
vidas, sus padres siguen siendo figuras de una remota fantasía que se
prestan para ser idealizadas.
La posición central de la mujer, esta madre, tiene más consecuencias.
128 LA PAREJA CORRIENTE

Si el niño está viendo la cara de una mujer desdichada que niega


furiosamente su propia infelicidad, indicándole todo el tiempo al niño “tú
eres mi vida”, este niño aprenderá que su vida no le pertenece a él sino
a la Madre, como sucedió con la vida de ella en relación con la de su
propia madre. Las expectativas y deseos de la madre son los que importan
y el niño aprende a ser inconsecuente con su propia identidad.
Otra consecuencia de la posición central de la Madre obedece al
hecho de que ésta actúa como agente de la sociedad y en este carácter
prepara a sus niños y niñas para ocupar lugares muy diferentes. Preparará
a sus hijos varones para que asuman el liderazgo y gocen de alta estima;
domesticará a sus hijas mujeres. Si la cultura requiere que se les ate los
pies, la Madre realizará esta tarea. Si la cultura tiene modalidades menos
originales la Madre las llevará a cabo. En cualquiera de los dos casos,
traslada a su hija el rencor que ella padece (Miller, 1981).
Estos fenómenos que se repiten generacionalmente no se producen
porque las madres sean intencionalmente malvadas, sino porque las
mujeres están colocadas en el centro mismo de la estructura familiar sin
gozar de ningún poder real, recursos ni libertad en el mundo. La familia
es el único lugar donde la mayoría de las mujeres pueden ejercer sus
prerrogativas e influencia, y lo hacen directamente sobre sus hijos. En
realidad, el punto clave por el cual se evalúa a una mujer es por su
producto: sus hijos. Por consiguiente, obtendrá las mejores notas si ella
entrega a sus hijos de acuerdo con las especificaciones de la sociedad.
Es evidente que la posición central de la Madre y la posición
periférica del Padre asegura que la culpada sea la madre. Al mismo
tiempo, la ubicación de la Madre la hace vulnerable a ser juzgada
duramente por magnificar su idiosincrasia y conductas personales. Por
ende, sonla madre de Julia y la madre de Gabriel y no sus padres, quienes
constituyen los sujetos ocultos tras sus proyecciones y los objetos de su
exploración terapéutica.
Inevitablemente, si el terapeuta crea un ambiente seguro para que sus
pacientes exploren su niñez, como hizo la terapeuta en el caso de Julia y
Gabriel, la Madre cobrará mucha importancia. En el caso de Julia, era
alguien importante y rechazante: la madre incansablemente crítica. En el
caso de Gabriel, era importante y carenciada: la madre frágil, dependien­
te. En los dos casos, los chicos estaban cautivos. Es esencial recordar que
el niño es cautivo de una mujer que en realidad es impotente en un mundo
dominado por el poder. Es igualmente importante recordar que los
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 129

padres son hombres, y el poder que tienen los hombres en el mundo es


mucho mayor que el de las mujeres; sin embargo, renuncian a este poder
cuando se trata de educar a sus hijos. En el caso de Julia esta renuncia
reforzaba su creencia de que los problemas que tenía eran causados por
su madre, puesto que era la Madre la que parecía tener poder en la familia.
En el caso de Gabriel, la ausencia de su padre le daba una idea pobre de
la conducta que manifiestan los hombres en una relación.
Para ayudar a nuestros pacientes a realizar el trabajo que tienen que
hacer, en nuestra relación con ellos debemos prestar una atención
constante al niño que hay en su interior. Debemos resistimos a catego-
rizar la conducta de sus madres porque, si lo hacemos, traicionaremos al
niño. Debemos brindar a nuestros pacientes una relación que les permita
hacer el duelo de lo que sucedió, así como también de lo que nunca
sucederá con sus madres. Por último, debemos sostener que el trabajo no
está completo hasta que nuestros pacientes terminen de hacer el duelo y
entonces vean a sus madres como seres autónomos, y reconozcan que
ellas actuaron como madres frente a una serie de circunstancias acumu­
ladas en su contra. En esta parte de la terapia debe darse información
sobre las reformulaciones feministas de las relaciones de las madres con
sus hijos (Bemikow, 1980; Brown, 1976; Cárter, Papp, Silverstein y
Walters, 1984; Chemin, 1983; Chodorow, 1978; Dinnerstcin, 1977;
McCrindle y Rowbotham, 1983; Walker, 1983).
Esta situación no se encuentra evidentemente a punto de modificarse.
Seguiremos oyendo hablar sólo de las madres cuando invitemos a
nuestros pacientes a hablar de su niñez hasta que los padres participen
intensamente en el cuidado de los hijos y hasta que las madres sean tan
poderosas en el mundo como los padres.

EL TRATAMIENTO

Los objetivos
Nuestros objetivos para Julia y Gabriel eran los siguientes:

1) Reducirla tendencia de Gabriel y de Julia a relacionarse con el otro


a través de un velo de proyecciones mutuas, tanto positivas como
negativas, para que ninguno de los dos fuese visto por el otro como
el origen de toda su infelicidad y padecimientos.
2) Ayudar a Gabriel y a Julia a estimar al niño que llevan en su interior,
130 LA PAREJA CORRIENTE

y a hacer el duelo por la pérdida de la madre que creen haber


necesitado pero no tuvieron cuando eran niños.
3) Que Gabriel y Julia fuesen capaces de aceptar a sus madres tal
como son y de comprender por qué siguieron ese camino.
4) Que Gabriel y Julia ampliaran su repertorio de conductas más allá
de los estereotipos habituales en los roles de los géneros.

El plan

Proyecciones mutuas. Gabriel tenía que dejar de ver a Julia como si


fuera su madre, es decir, dejar de responderle sólo en un sentido práctico,
prodigándole cuidados. La terapeuta podría hacerle buscar evidencias de
la competencia de su mujer y de su madre y luego ayudarlo a referirse a
este aspecto de ellas. Julia necesitaba diferenciar los silencios y las
acciones de Gabriel de las miradas desaprobadoras y los comentarios
críticos de su madre. La terapeuta podría conducir a la pareja hacia la
consecución de estos cambios invocando los nombres de las madres en
la terapia, introduciendo el análisis sobre el origen de determinada
reacción y entretejiendo en la sesión fragmentos de sus historias indivi­
duales examinados anteriormente.

El duelo por lapérdida. La terapeuta debe legitimar inequívocamente


las experiencias individuales de Julia y de Gabriel con respecto a su niñez
difícil o penosa. Las sesiones individuales los ayudarían a despertar los
recuerdos y a reconectarse emocionalmente con ellos. Tanto Julia como
Gabriel tendían a negar su experiencia, ya sea minimizando la infelicidad
que padecieron o considerándola culpa de ellos. A la terapeuta tal vez le
resultaría útil pedirles que llevasen a las sesiones algunas fotografías de
su niñez para que sirviesen de estímulo a fin de examinar cómo aparecía
el niño y cuál podría haber sido su percepción del mundo en ese
momento. La terapeuta debe estar preparada para aceptar y respetar el
enojo y la tristeza de sus pacientes por no haber logrado lo que desearían
haber tenido.

Comprender a la Madre. Fortalecidos por la experiencia del duelo


por la pérdida de la madre idealizada que nunca tuvieron, Gabriel y Julia
podrán comenzar a conectarse con las madres imperfectas que en
realidad tuvieron. Este proceso puede comprender llamadas telefónicas,
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 131

cartas y visitas a la madre con el objetivo de descubrir quién es ella como


persona. Podría asignárseles como tarea hacer que sus madres les
contasen la historia de su niñez o que hablasen de su propia experiencia
como madres, de lo que resultaba más satisfactorio y lo que les resultaba
más decepcionante. Con el tiempo podría ser conveniente ampliar el
contexto de Gabriel y de Julia de modo que comprendieran cuál es la
posición que ocupa la Madre en la sociedad.

Los estereotipos de los roles de los géneros. Gabriel y Julia no sólo


están limitados por las ideas rígidas que tienen sobre la conducta
adecuada para sí mismos, sino que además tienen estereotipada en gran
medida la conducta del otro. La terapeuta puede pedir a sus pacientes que
expresen los supuestos en que se basa su conducta y cuestionarlos
recurriendo al humor, la educación y sus propias acciones.

JULIA Y GABRIEL

Julia y Gabriel comunicaron que les había sucedido lo que conside­


raban un distanciamiento normal. Julia dijo que Gabriel había decidido
reaccionar ante su tristeza del fin de semana limpiando el garaje en lugar
de consolarla. Cuando le pedí que me contase qué le había dicho ella a
Gabriel, me contestó que no le había dicho nada pero que había estado
visiblemente desdichada todo el fin de semana. Como ella me había
comentado a menudo su deseo de que Gabriel la masajeara, acariciara,
cortejara y que le hablara, le pregunté qué era lo que le impedía pedirle
esas cosas a Gabriel. Julia constestó que si le pedía lo que necesitaba,
Gabriel simplemente respondería de una manera mecánica, por obliga­
ción, lo cual a ella le resultaría insatisfactorio. Pensé que no había
posibilidad alguna de que ella prestara atención a lo que le dijera hasta
no haber sido legitimada, de modo que admití su frustración y soledad y
decidí retomar en una sesión futura esos supuestos que, a mi juicio, la
tenían bloqueada y contribuían a su desdicha. Tras observar que Julia
parecía satisfecha, y después de explicarle mi plan, dirigí mi atención a
Gabriel.
Gabriel me dijo que él había observado la tristeza de Julia durante el
fin de semana pero no sabía si ella deseaba estar con él, así que se puso
a limpiar el garaje. Cuando le pregunté qué le había impedido preguntar­
le a Julia qué le estaba pasando, dijo que nunca se le hubiera ocurrido ha-
132 LA PAREJA CORRIENTE

cerle esa pregunta. Esperaba que Julia se lo pidiera si necesitaba algo.


Julia se enojó bastante con Gabriel por lo que ella describió como su
total falta de interés por todo lo emocional. Ella dijo que estaba resentida
porque él hacía tareas en lugar de responder a las emociones. “Pero”,
replicó Gabriel, “uno hace cosas por la gente que ama”.
Le pregunté a Gabriel sobre su primer amor, ése en el que él había
aprendido la relación entre amar y hacer. Gabriel reiteró las diversas
tareas que había hecho para ayudar a su madre y seguidamente comenzó
a llorar, demostrando emoción por primera vez mientras explicaba cuán
importante, especial y cerca de su madre se sentía cuando hacía cosas
para ella. Describió con más amplitud el silencio y el distanciamiento que
había en su familia: su padre se abstraía detrás de un diario cuando estaba
en casa y su hermano se quedaba sólo el tiempo necesario para comer y
dormir antes de salir corriendo con sus salvajes amigos, metiéndose en
dificultades que preocupaban seriamente a su madre. A medida que daba
más detalles de su historia, se fue haciendo evidente para Gabriel que la
satisfacción de las necesidades de su madre le había brindado un medio
para experimentar amor en una familia cuyos miembros vivían aislados
unos de otros en cuanto a todo lo demás. Julia pareció conmoverse pero
estaba ansiosa por subrayar que ella no era incapaz de hacer cosas para
sí misma. Le pregunté si pensaba que Gabriel la consideraba incapaz.
Ella dijo que ésa era su impresión.
En las sesiones siguientes ayudé a Gabriel a diferenciar: 1) su deseo
de hacer cosas para Julia de su idea de que ella era incapaz; 2) algunas
incapacidades de Julia y de su madre de una incompetencia total; 3) los
pedidos manifestados por Julia y su madre de su propio deseo de
responder. Me resultaba claro que Gabriel era incapaz de decir que no a
cualquier pedido hecho por su madre o su esposa. Yo quería que él se
diese cuenta de que el hecho de no decir nunca que no hacía que sus
acciones resultasen sospechosas para Julia y, además, le impedía cono­
cer sus propias necesidades. En lugar de encarar la posibilidad de un
conflicto, una desaprobación o un rechazo, Gabriel accedía a todos los
pedidos de su esposa o su madre, siempre que pudiera satisfacerlos
realizando una tarea. Al actuar así razonaba que su madre y su esposa
eran incapacitadas y, por consiguiente, él no podía negarse de ningún
modo. En el caso de su madre, la incapacidad era evidente. Me daba la
impresión de que Gabriel había rotulado como “incapacidad” a la
emotividad de Julia, interpretando su conducta como una falta de control
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 133

emocional análoga a la falta de control físico de su madre. Tenía sentido


entonces que Gabriel hubiese llegado a la conclusión de que no podía
decir que no a ninguno de los requerimientos de su mujer.
Para ayudarlo a hacer la necesaria diferenciación y para que le
resultase evidente la conexión que él establecía entre Julia y su madre,
le pedí a Gabriel que describiera las tareas que una y otra eran capaces
de hacer. Luego le pedí que diese más detalles sobre la clase de pedidos
hechos por su madre y la manera en que él había respondido. Gabriel
pudo reconocer que la dependencia que tenía su madre de él era
considerablemente mayor de lo que tenía que ser. Cuando le pregunté a
Gabriel por qué creía que nunca había negado a su madre ninguno de sus
pedidos —en especial porque él había observado su competencia direc­
tamente y había sabido que su solicitud tenía por finalidad hacerla sentir
más a gusto y no respondía a una necesidad absoluta— se quedó confun­
dido. Y respondió con emoción que siempre había creído que su
presencia era esencial, de otro modo su madre no la habría requerido
puesto que exigía un sacrificio de parte de él. Le pregunté qué habría
decidido hacer si su presencia hubiese sido sólo deseable y no esencial.
Gabriel admitió que entonces se habría enfrentado con el dilema de tratar
de imaginar alguna forma de satisfacción para sí mismo. Le sugerí que
había evitado este dilema manteniendo el supuesto de que su presencia
era esencial. Esto dejó todas las demás consideraciones, incluso la
relativa a qué podría haber querido hacer con su tiempo, fuera de la
cuestión. Le pedí a Gabriel que pensase sobre las veces que su madre le
había pedido hacer cosas que ella podría haber hecho por su cuenta. Des­
pués de varias sesiones, Gabriel contó incidentes que probaban que su
presencia era deseable pero no esencial.
Mi finalidad era ayudar a Gabriel a darse cuenta de que cuando se le
pide algo puede significar que su ayuda es simplemente deseable y, por
lo tanto, podría negarse. Este trabajo con Gabriel continuó durante todo
el curso de la terapia, yendo y viniendo de los recuerdos de su madre a
los incidentes con Julia. Al comienzo, Julia estaba incomprensiblemente
nerviosa con este método, pues temía perderlo único de la relación con
Gabriel en lo que podía confiar, y también que las negativas de Gabriel
le parecieran a ella un enjuiciamiento de lo pertinente de su pedido. Tan
sólo después de haber recorrido un buen trecho de su propio trabajo sobre
la relación con su madre, pudo Julia comprender que este método tendía
al logro de la honestidad en su relación conyugal.
134 LA PAREJA CORRIENTE

Al oír la historia de Gabriel y ser testigo de su sufrimiento, Julia


comenzó a creer que el deseo de Gabriel de hacer cosas para ella no estaba
motivado poruña actitud de superioridad sino por amor, la clase de amor
que él había aprendido a expresar a su madre. Al dar Gabriel información
sobre su familia y comunicar los sentimientos que ésta había suscitado
en él, Julia pudo darse cuenta de que Gabriel no era el tipo de individuo
crítico que ella había proyectado. Julia comprendió que Gabriel no sólo
no había criticado sus necesidades sino que en realidad había dependido
de que ella las tuviera, para poder expresarle su amor tratando de
satisfacerlas. Le sugerí a Gabriel que sus acciones serían mejor compren­
didas si él periódicamente le dijera explícitamente a Julia que él hacia
cosas por ella porque la amaba. Por la expresión de la cara de Julia se vio
que ella apreciaba esta sugerencia. Gabriel admitió que podría resultarle
difícil porque hacer sin hablar era una tradición familiar.
Si bien Julia comenzó a confiar en las intenciones de Gabriel, después
de varias semanas “descubrió” que estaba distanciándose de él, y explicó
que simplemente se sentía “apagada”: sin emoción, sin sentimientos, sin
nada. Sugerí que ella y Gabriel estaban iniciando un cambio fundamental
en la manera de comprenderse y relacionarse mutuamente y que tal vez
ella se sentía atemorizada, confundida o desorientada. Julia exclamó que
su paralización era la prueba de que ella era una descontenta que nunca
se sentiría satisfecha. Le dije que lo que yo había observado en ella no
corroboraba lo que me estaba diciendo. Agregué además que yo creía que
hacía mucho tiempo que ella había aprendido a ejercerla autocrítica. Y
entonces le pregunté dónde había aprendido a ser tan crítica de sí misma.
Julia describió a su madre como una mujer muy desdichada que era muy
crítica con respecto a todos y a todo, en particular con respecto a Julia y
sus necesidades. Su madre había afirmado que Julia era demasiado
sensible, demasiado dependiente y exigente. Las únicas oportunidades
que Julia pudo recordar en que su madre le prodigaba algo parecido a la
protección y el cariño era cuando estaba enferma, como si la enfermedad
física fuese la única necesidad legítima. Julia admitió que se enfermaba
a menudo. Sospechaba que tal vez se enfermaba a propósito para
legitimar su derecho a tener una madre solícita. Coincidí con ella en que
era muy difícil diferenciar la tristeza auténtica del sufrimiento exagerado
que ella tenía que expresar para ser atendida. Sugerí que tratara de hacer
esta diferenciación y que tomara nota de ella.
Le dije a Julia que, tal vez, cuando respondía a su enfermedad, su
tristeza o su agotamiento haciendo quehaceres domésticos, ella se sentía
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 135

tremendamente avergonzada, pues tenía internalizados los mensajes


negativos de su madre por el hecho de tener necesidades. En lugar de
mostrarse agradecida a Gabriel por haberle aliviado su cúmulo de tareas,
se enojaba con él por “causarle” sentimientos de vergüenza que en
realidad tenían origen en su pasado. Le dije que hablara de estos
sentimientos y que tratase de verlos como los sentimientos que tenía su
madre sobre sus propias necesidades. Le sugerí que su madre no podía
tolerar ser dependiente ella misma y así trataba de censurar a Julia por su
dependencia con una actitud hipercrítica y no prestándole atención a
nada excepto cuando se trataba de una enfermedad física evidente.
Le indiqué a Julia que dijera en voz alta, meditara o escribiera en casa
afirmaciones que pusieran de manifiesto esos supuestos que eran perju­
diciales para ella y que no tenían cabida en su relación con Gabriel. Le
sugerí también que dirigiera mentalmente a su madre afirmaciones
directas como las siguientes: “A ti no te gusta sentir; a mí, sí”. “Tú no
permites la dulzura; yo, sí”. Sugerí que empleara afiimaciones como las
siguientes “Yo merezco receptividad”, “Yo deseo sólo lo necesario”.
Julia tuvo un período muy arduo con esta tarea e interpretó su falla de
habilidad para cumplirla como falta de voluntad para hacerse responsa­
ble de ella misma. Le recordé que la voz de su madre era muy poderosa
y que había vuelto a entrar en la habitación en ese mismo momento.
El hecho de juzgarse a sí misma le producía un padecimiento
conocido a Julia. Lo que le resultaba desconocido era el dolor de
reconocer que sus necesidades, que habían sido criticadas y desautoriza­
das por su madre, fueran, en realidad, dignas de ser satisfechas. En
determinado momento, Julia sacudió la cabeza y gritó: “Si mis senti­
mientos fuesen malos y si yo deseara sólo lo necesario, ¿entonces por qué
mi madre me hacía sentir tan mal por eso?” Con los ojos llenos de
lágrimas, Julia recordó escenas en las cuales su madre la humillaba,
haciendo ver que sus deseos eran inadecuados o excesivos. Explicó qi'C
esas escenas nunca tenían lugar con sus hermanas mayores porque ellas
sabían guardar sus sentimientos para sí, como lo requería la familia.
Julia siguió luchando entre la actitud de aceptar que su madre tenía
razón al considerarla una niña imposible y la de vislumbrarse como una
niña normal, con necesidades y sentimientos. En las sesiones en las que
era capaz de percibirse como una niña inocente, expresaba una penosa
tristeza por sí misma por haber sido una niña cuya madre era incapaz de
reaccionar bondadosa, amorosa e incondicionalmente. Durante una gran
136 LA PAREJA CORRIENTE

parte de la terapia, Julia siguió oscilando entre la afirmación de que ella


había deseado lo imposible y el reconocimiento de que lo que ella había
deseado era lo necesario. A veces analizábamos los supuestos y conse­
cuencias de cada posición a medida que en Julia comenzaban a aflorar
más recuerdos de su niñez. Cada vez que Julia empezaba a sentirse
culpable con respecto a la conducta que tenía con sus hijos, yo la
interrumpía para recordarle que ella estaba haciendo todo lo que podía
de acuerdo con lo que sabía, y que ya habría tiempo para abordar el tema
de su propio rol de madre cuando este trabajo estuviese más adelantado.
En verdad, al sentirse legitimada en el trabajo que realizábamos juntas,
Julia era más capaz de ser receptiva con sus hijos de la manera que
siempre había deseado ser.
Alentada por mí, Julia comenzó a escribir y llamar por teléfono a su
madre para llenar algunos vacíos de su memoria así como también para
empezar el trabajo de oír la historia de su madre. Al principio ella pedía
aclaraciones sobre fechas y sucesos, luego se preparó para pedir informa­
ción sobre la niñez y la adolescencia de su madre. En una conversación
telefónica, su madre le contó que siempre había pensado que Julia era
exactamente igual a ella y, por eso, temiendo que “el mundo la devorara”
como ella misma había “sido devorada”, asumió la responsabilidad de
endurecer a Julia frente a las expectativas y los padecimientos. Le
reconoció a Julia que este método no había dado resultado, pero que era
lo mejor que ella había imaginado que podía hacer. Esta parte del trabajo
de Julia, aunque productiva, tuvo que ser esporádica porque le resultaba
demasiado fácil pasar a compadecerse tanto de su madre que terminaba
perdiéndose a sí misma al juzgarse: “¿Cómo pude haber sido tan
egoísta?”
Trabajamos con una lentitud deliberada, tanto por mí como por Julia.
Yo necesitaba avanzar lentamente para poder estar cerca de su experien­
cia y sentimientos exactos. Cualquier indicio de que yo tenía alguna
expectativa con respecto a Julia (hacer una tarea, por ejemplo) nos
conducía aun oscuro y peligroso callejón de malentendidos. Un comen­
tario mío sobre una diferencia que observaba en ella, aunque fuese
positivo, hacía desconfiar a Julia. Cuando le pregunté por qué, me dijo
que un comentario positivo, aunque resultaba agradable, seguía siendo
un juicio de valor que significaba que ella podía llegar a fallar. Un
comentario positivo de mi parte también le hacía temer que yo esperara
que ella procediera de una manera positiva sistemáticamente. Julia contó
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 137

cómo su madre la había hecho sentir mal cuando ella tenía algún logro
o mejoraba después de una enfermedad, diciéndole a Julia: “Mira, era
completamente posible. No fue tan difícil”. Nos iba mejor cuando la
ayudaba a recordar su pasado a fin de que comprendiera sus interpreta­
ciones y reacciones en el presente.
Gabriel afirmó que nunca se había sentido culpable ni avergonzado
y estas ideas le resultaban muy ajenas. Le dije a Gabriel que la batalla que
le tocaba librar a él era contra el hecho de sentirse inadecuado, sentimien­
to que hacía casi cualquier cosa por evitar. Le dije a Gabriel que su
“paralización”, su mutismo o la inexpresividad de su rostro se producían
cada vez que él determinaba que no podía responder suficientemente
ante una tarea. Gabriel estuvo de acuerdo con esta apreciación, citando
numerosos ejemplos de su casa o el trabajo en los que toda su motivación
tenía que ver con sentirse inadecuado.
Julia comenzó a hablar sobre su temor de que Gabriel la abandonara
como manifestación de su “no” definitivo. Sospechaba que ningún ser
humano podía seguir obteniendo tan poco de una relación y soportarla.
Cuando ella amplió su explicación sobre este temor, yo percibí huellas
de la relación de Julia con su madre. Le sugerí que hablara sobre la
experiencia que había tenido del abandono de su madre. Al principio,
Julia tuvo cierta dificultad con mi sugerencia puesto que su madre nunca
la había abandonado físicamente. Después que hube legitimado sus
“sentimientos de abandono durante la niñez”, Julia fue capaz de expresar
su tristeza y dolor con respecto a la relación existente con su madre. Su
mayor batalla, sin embargo, era rechazar la voz de su madre que seguía
diciéndole que ella se autocompadecía, que no tenía derecho a quejarse
y que su niñez había sido maravillosa y su vida, estupenda. En estas
sesiones, Gabriel la ayudaba con alegría a detectar y acallar esa voz.
Al mismo tiempo que estaban haciendo este trabajo, Julia descubrió
el libro Women who love too much (Norwood, 1985). Como les sucedió
a muchas mujeres en 1987, este libro le hizo sentir que había sido escrito
para ella. El libro pareció hacerle muy evidente que ella había errado el
camino al tratar de hacer que Gabriel llenara su vacío; que tratar de
cambiar a Gabriel para sentirse ella más plena no daba resultado.
Alentada por mí, Julia se unió a un grupo de apoyo basado en este
modelo, que centraba su atención en la sobreinversión que las mujeres
hacen en sus relaciones con los hombres. Esto sirvió como un excelente
aditamento al trabajo que desarrollábamos juntas.
138 I.A PAREJA CORRIENTE

En el curso de nuestro trabajo, las proyecciones de Gabriel y Julia


cedieron considerablemente. Gabriel empezó a estar menos presionado
por su temor de parecer inadecuado y Julia llegó a tener menos miedo a
ser criticada. Gabriel comenzó a ser más demostrativo afectivamente con
Julia; ella, a disminuir su excesiva emocionalidad. Cuando se daba
cuenta de. que se distanciaba de Gabriel, analizábamos la falta de
costumbre de Julia con respecto a la nueva posición que ocupaba. Ella
estaba habituada a sus roles de cónyuge perseguidora, aislada y rechaza­
da,. pero obtener respuesta sin acusaciones, exigencias o enfermedades
de su parte era algo muy nuevo. Gabriel periódicamente tenía recaídas en
su sordera emocional, con respecto a sí mismo y con respecto a Julia, y
entonces analizábamos la dificultad relativa a su falta de costumbre de
ser aceptado. Gabriel dejó de repetir el estribillo de que Julia tenía que
aceptarlo como era y fue capaz de darle a ella el espacio necesario para
explicar sus necesidades y sentimientos sin tener que defenderse a sí
mismo o actuar diligentemente. Esto ayudó a Julia, quien había oído la
imploración de Gabriel de ser aceptado como había oído la imposición
de su madre de aceptar las cosas como eran.
El trabajo con Gabriel para hacerle descubrir sus sentimientos,
necesidades y deseos fue lento y en gran medida infructuoso. Se lograba
más en las sesiones individuales, fuera del alcance del oído de Julia, ya
que el hecho de observarlo generalmente la frustraba y acentuaba su
temor de que Gabriel y ella nunca llegarían a tener una relación sana.
Gabriel comenzó a llevar un di ario de deseos, sentimientos y necesidades
que primero fueron suposiciones y luego, con el método de ensayo y
error, llegaron a ser descripciones más auténticas de sí mismo.
Al tomar conciencia de sus historias y de lo que habían perdido
cuando niños, Gabriel y Julia pudieron empezar a realizar el duelo por la
pérdida de las madres que les hubiera gustado tener. Después de un
tiempo dejaron de disculpar la ausencia de sus padres y reconocieron
cuán vulnerables los había hecho esa ausencia a la influencia de sus
madres y cuán dependientes de ellos había vuelto a sus madres.
A medida que nuestro trabajo prosiga, abrigo la esperanza de que
Gabriel y Julia adquirirán una comprensión más plena de la experiencia
de sus respectivas madres a fin de lograr una mayor integración. Creo que
Gabriel se dará cuenta de que su madre era una mujer muy orgullosa y
competente que no hablaba de los sentimientos pero deseaba experimen­
tar la menor humillación posible en el mundo y así lograba la ayuda de
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 139

su hijo. Espero que Gabriel aprenda que el amor de su madre por él no


dependía de que él “hiciera” cosas para ella. Confío en que Julia llegue
a saber que su madre también fue criticada y humillada por la madre de
ella y que había continuado con el legado de rencor de la cultura. Espero
que Julia con el tiempo llegue a darse cuenta de que su madre es una mujer
tan dependiente como ella misma. Tengo confianza en que después de
ahondar más en la vida de sus respectivas madres, Gabriel y Julia llegarán
a comprenderlas y aceptarlas todavía más. Abrigo la esperanza de que
llegarán suficientemente lejos para darse cuenta de la imposibilidad
fundamental de las posiciones de sus respectivas madres —y de las
posiciones de todas las madres— sin perderla simpatía que puedan sentir
por el niño que llevan en su interior.

LOS RIESGOS

Los siguientes son algunos de los riesgos que aguardan a la terapeuta


feminista de la familia al abordar casos como el que se acaba de exponer:

1) Decir demasiadas cosas demasiado pronto. Como feminista, la


terapeuta no querrá que la terapia termine con la Madre vista
todavía como el villano de la película. Empero, los pacientes
tienen que tener su momento para expresar su airada acusación
contra la Madre, porque es una parte necesaria del proceso para
llegar a comprender a la Madre como Sujeto. Si la terapeuta
eludiese esa parte de su propio trabajo, defendería a la Madre,
explicaría a la Madre, solicitaría simpatía para la Madre y termi­
naría por salir en defensa de la Madre (y unirse a la Madre). Los
sentimientos de los pacientes quedarían descartados y tal vez
aprenderían a decir el guión correcto pero sin sentirlo.
2) Medir la equidad por el reloj. En general, resulta útil ser equitati­
vamente receptiva a las dos partes en la terapia conyugal. Esta
actitud no requiere que se brinde la misma cantidad de tiempo a
cada cónyuge, y esto debe ser recordado. En el caso de la pareja
histérica/obsesivo, tratar de brindar el mismo tiempo a los dos
puede hacer que el sufrimiento desigual siga siendo desigual al
finalizar la terapia.
3) Tratar de hacerle sentir sus emociones a él. Frente a un paciente
que no sabe expresar sus sentimientos, la terapeuta puede ser
LA PAREJA CORRIENTE

arrastrada irresistiblemente a la tarea de ayudarlo a descubrir sus


emociones. Este trabajo se verá frustrado inevitablemente si el
hombre no es un paciente dispuesto a hacerlo. Es probable que su
misma incapacidad de sentir lo proteja de sufrir por su carencia
emocional. Hasta que él perciba su falta de emocionalidad como
problema, la terapeuta tiene que abstenerse de tratar de intervenir
en ese aspecto.
C a p it u l o 7

EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

De cada una de acuerdo con su capacidad,


de cada uno de acuerdo con su necesidad.
Margarct Atvvood,
The Ilandmaid’s Tale

Esteban llamó para pedir una entrevista con el fin de iniciar un


tratamiento de psicoterapia individual y estaba completamente seguro de
que su problema no tenía nada que ver con su esposa ni con su hijito de
un año. “Simplemente sucedía” que ellos eran los objetivos de las
fantasías cada vez más hostiles y homicidas que lo habían estado
obsesionando durante los dos últimos meses. Esas fantasías y los
períodos de abrumadora ansiedad que a veces se relacionaban con ellas
eran las quejas que planteaba. Esteban creía que sus síntomas tenían que
ver con su trabajo.
Esteban, un arquitecto de treinta y dos años, había dejado el buen
puesto que ocupaba en una firma importante para abrir su propia oficina
dieciocho meses antes de acudir a la terapia. Si bien el. éxito de su
actividad había superado sus expectativas, se encontraba en un estado de
permanente ansiedad y pensaba que toda la empresa podría derrumbarse
en cualquier momento.
Cuando le pregunté si le preocupaba que las fantasías que tenía con
respecto a su esposa y su hijo pudiesen llevarlo a manifestar algún tipo
de conducta violenta, al principio Esteban respondió que no. Dijo que no
temía a la violencia física sino, en cambio, a una pérdida del control sobre
sus propios pensamientos. Después de otros sondeos, admitió que
durante las últimas semanas le había pedido insistentemente a su mujer
que no lo dejase solo con el bebé, para que él no lo fuese a lastimar
involuntariamente.
A estas alturas yo estaba interesada en evaluar con exactitud el
potencial que tenían los impulsos de Esteban para llegar a producir una
conducta violenta. Le pregunté si había tenido momentos de violencia
antes; respondió que nunca había lastimado a su esposa ni a su hijo, nunca
142 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

había sido peleador y deploraba el uso de la violencia física. No obstante,


se había preocupado lo suficiente para tomar medidas de precaución
como, por ejemplo, regalar su rifle de caza y negarse a ver ningún
programa de televisión que incluyera violencia. Registré mentalmente
que indagaría directamente a Sandra sobre este tema, pero por el
momento estaba satisfecha porque Esteban no corría el riesgo de volver­
se psicótico o violento. Sus fantasías evidentemente no eran compatibles
con la imagen que tenía de sí mismo y no trataba de explicarlas
racionalmente justificándolas por algún tipo de conducta de su mujer o
de su hijo.
Esteban estaba seguro inclusive de que su familia no tenía nada que
ver con el problema. Sandra, con quien se había casado hacía doce años,
se mostraba muy comprensiva y le brindaba su apoyo, colaborando con
el pedido de Esteban de que nunca lo dejase solo con el bebé para que su
ansiedad no alcanzase un nivel insoportable. Además, ella dejó un puesto
administrativo conveniente que le ocupaba algunas horas de la tarde y de
los fines de semana para poder estar en casa todas las noches con Esteban
y el bebé. Esteban contó también que Sandra dormía toda la noche
rodeándolo con sus brazos para poder despertarse y detenerlo en el caso
de que tratase de levantarse de noche para “hacer algo” durante el sueño.
Esteban presentó todo esto como prueba de que Sandra no era parte del
problema y por consiguiente no era necesario incluirla en la terapia.
Como al llegar a este punto yo veía claramente que Sandra tenía
mucho que ver con el problema de Esteban (incluso mientras dormían),
le expliqué a Esteban que la terapia no podía proseguir sin ella. Acorda­
mos una entrevista para el día siguiente. Cuando entraron en mi consul­
torio esa tarde, inmediatamente llamó mi atención el contraste que
presentaba el aspecto de ambos. Si bien los dos eran atractivos y estaban
bien vestidos, Esteban tenía una apariencia sombría, casi taciturna,
mientras que Sandra se veía en cierto modo alegre, como para dar la
impresión de que no sucedía nada tan grave que no pudiera ser solucio­
nado. Sandra afirmó directamente que ella creía que los síntomas de
Esteban eran causados por el estrés, y que la mayor fuente de estrés de
la vida de su marido era el trabajo. Esteban asentía con la cabeza mientras
ella hablaba.
Cuando les pregunté qué soluciones habían aplicado al problema,
Esteban dijo que él había pensado mucho sobre lo que le sucedía tratando
de comprender, y evitaba las situaciones en que podía quedar solo con su
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 143

hijo. Sandra dijo que había tratado de aliviar la presión de Esteban no


pidiéndole que hiciera nada en la casa ni que cuidara al bebé y haciendo
otras cosas para demostrarle que lo quería. Los dos coincidieron en que
ninguno de estos intentos de solución había tenido el mínimo efecto
sobre el problema.
En realidad, cuanto más fuera de control se sentía y actuaba Esteban,
tanto más solícita, calma y servicial se volvía Sandra. A mi juicio esto
demostraba que para Sandra (y ella más adelante lo confirmó) la
conducta de Esteban era patológica y no maligna. Esteban reconoció que
él contaba con la servicialidad de Sandra e incluso dijo que era su
terapeuta doméstica. Admitió además que se sentía resentido por esa
servicialidad. Por su parte, Sandra admitió tener una tendencia a subes­
timar su propio estrés hasta que de pronto llegó al límite. A esto siguió
una pelea vociferante y amarga en la cual cada uno acusó al otro de ser
egoísta e indiferente, y de hacerle la vida desdichada a toda la familia.

Algunos terapeutas podrían pensar en el concepto de complcmcnta-


riedad e imaginar que, en una etapa anterior de la relación, el acuerdo
entre Sandra y Esteban sobre la prestación de cuidados constituía una
buena combinación: le permitiría a ella verse como una mujer pródiga y
amante, y a él como un hombre amado y cuidado. Las dificultades
recientes habían forzado sus recursos y exagerado sus estilos. La terapia
podría aportar algunos ajustes que él tendría que hacer en su manera de
solicitar cosas y en la manera de ella de satisfacerlas. El acuerdo de quién
pedía y quién daba quedaría en gran medida intacto.
Nosotras creemos que si se aplica este concepto se oculta un problema
clave, que necesita un análisis feminista. El acuerdo y la exageración
eran producidos por la lucha que tanto Esteban como Sandra tenían con
el mismo dilema: la necesidad de ser cuidados y a la vez la necesidad de
no reconocer esta dependencia. Este dilema es conocido como el conflic­
to sobre la necesidad de depender.
Los hombres niegan su necesidad de ser cuidados para no parecer
débiles, es decir, poco viriles; las mujeres niegan esta necesidad para no
parecer egoístas, es decir, poco femeninas (Stiver, 1984). Se espera que
una mujer se supedite a los demás y los ponga en primer lugar, asumiendo
las necesidades de ellos como propias. Si ella ha sido socializada
normalmente, desarrollará una gran habilidad para descifrar y prever lo
que los demás necesitan (Miller, 1976). Puesto que el matrimonio es la
144 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

relación básica para la mayoría de las mujeres, los maridos son los
principales beneficiarios de esta habilidad. La mujer como dispensadora
de los cuidados y perpetua anfitriona de las necesidades del marido es el
acuerdo que examinaremos aquí.

ESTEBAN Y SANDRA

Al finalizar la primera sesión, sugerí que las fantasías de Esteban,


aunque fuesen molestas, parecían cumplir la finalidad muy útil de
alertarlo sobre el estrés que estaba padeciendo y obligarlo a reducir su
ritmo, aunque fuese tan sólo incapacitándolo con la ansiedad y, por lo
tanto, no debían ser abandonadas sin prestarles cierta atención. Además,
sugerí que Esteban preparase un registro de sus fantasías para la sesión
siguiente y Sandra, un registro de sus evaluaciones del estrés de su
marido.
Cuando volvimos a reunimos dos semanas más tarde, Esteban dijo
que su ansiedad se había reducido un poco, pero que se estaba haciendo
más consciente de los sentimientos negativos que tenía hacia Sandra.
Consideré que esto era una evidencia de que las fantasías de Esteban
habían sido una manera indirecta de criticar a Sandra. Aunque Esteban
todavía la veía mayormente como la inocente y muy sufriente víctima de
sus ansiedades, de vez en cuando la veía también reticente y crítica. Sus
episodios de ansiedad y apego eran seguidos por afirmaciones de que
deseaba que ella y el bebé se fueran de la casa, y se mudaran inmediata­
mente. Sandra reaccionaba ante estos episodios enfureciéndose con
Esteban por sus exigencias imposibles y aparentemente interminables.
Al llegar a este punto, se producía una intensa discusión. A pesar de su
aparente falta de preocupación, vi que existía la posibilidad de que
estallara una situación de violencia física peligrosa durante esas peleas
y se los dije. Analizamos cómo podría preverse la intensificación de una
pelea, qué podrían hacer ellos cuando se diesen cuenta de que habían
llegado al límite y qué tipo de planes de evasión serían factibles.
En el curso de las siguientes sesiones traté de ampliarla definición del
problema e incluir cuestiones referidas a la relación. Por ejemplo, la
rigidez de los roles de la pareja con respecto uno del otro, sus diferencias
en cuanto a la participación en la educación de su hijo y las expectativas
que había llevado el matrimonio desde sus respectivas familias de
origen. Por ejemplo, la expectativa de Esteban de que los matrimonios
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 145

no duran, o la de Sandra de que la esposa es la responsable de que todos


salgan adelante. La prosecución de estos temas se veía frustrada por la
evidente renuencia no expresada de Esteban a discutir nada que no
estuviera directamente relacionado con sus síntomas y a no dejar que se
dedicara tiempo alguno de la terapia a las necesidades o problemas de su
esposa. Cuanto más trataba yo de ampliar la definición del problema,
tanto más insistía Esteban en que no tenía nada que ver con otra persona
que no fuera él. Me di cuenta de que cada vez me sentía más irritada con
él y menos capaz de simpatizar verdaderamente con su situación. En
cambio, sentía gran simpatía por el problema de Sandra. Una y otra vez
dediqué parte de las sesiones a centrar la atención en el estrés que ella
estaba padeciendo, instándola a darse cuenta de sus propias necesidades,
aunque le resultaba difícil reconocer ninguna necesidad como no fuese
la de ser una buena esposa para Esteban.
Después de dos meses de terapia, los síntomas de Esteban empeora­
ron repentinamente. Estaba siempre invadido con fantasías violentas y
homicidas hasta el punto de llegar a sentirse muy deprimido y práctica­
mente incapaz de funcionar bien en el trabajo. Empecé a cuestionarme
la evaluación que yo había hecho de la situación y a pensar que Esteban
estaba realmente enfermo. Consideré la idea de hacerlo examinar,
enviarlo a un especialista para que lo medicase e incluso sugerir que se
hospitalizara. Confundida, pero consciente de que yo misma había
llegado a ser parte del sistema manteniendo el problema, fui a hacer una
consulta.

LA CONSULTA

La terapeuta ya había detectado varias cuestiones que estaban obsta­


culizando la terapia cuando fue a hablar con el grupo de consulta. En
primer lugar, ella sabía que sentía más simpatía por Sandra que por
Esteban y que él se daba cuenta de esta parcialidad. En segundo lugar,
ella percibía que cada vez que intentaba abordar un problema que era
llevado a la sesión de terapia, Esteban pasaba a un problema diferente.
Por último, podía ver que la inquebrantable determinación de Sandra de
ser útil a su esposo formaba parte de alguna forma de la conducta que
mantenía vigente el problema y que tenía que ser corregida.
A nosotras nos parecía que las reacciones de la terapeuta con respecto
a Esteban coincidían con las de su esposa. Al igual que Sandra, la
1-16 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

terapeuta hacía todo lo que podía para ayudar a Esteban, pero cuando él
persistía en rechazar esa ayuda, o cuestionaba su utilidad, ella se irritaba
con él. Sin atacar la relación positiva que la terapeuta había entablado con
Sandra, decidimos defender la posición de Esteban, abrigando la espe­
ranza de sacar a la terapeuta de su alienación desequilibrada. Nos
imaginamos con la terapeuta la tremenda frustración que debía sentir
Esteban por no ser comprendido por su esposa (o su terapeuta). Reencua-
dramos esta resistencia, definiéndola no como una lucha con su terapeu­
ta, sino como la manifestación de su inútil esfuerzo para comprender su
aterradora situación. Esto logró que la terapeuta pudiese sentir más
empatia con la situación de Esteban.
Con respecto a la actitud “escurridiza” de Esteban cuando se trataba
de definir el problema, supusimos que Esteban sentía una gran ansiedad
cada vez que la terapeuta proseguía con el análisis de temas más allá del
punto en que podían ser desviados con sus respuestas defensivas. En esos
momentos, Esteban mitigaba su ansiedad cambiando abruptamente de
tema. Para terminar con este modelo de intercambio, alentamos a la
terapeuta a mantener su propio centro de atención en la terapia conyugal
y buscar la forma de llevar a Esteban hacia ese centro siempre que
pudiera.
Al analizar el objetivo que podrían cumplir los síntomas de Esteban
en ese matrimonio, tuvimos en cuenta dos posibilidades principales.
Primero, nos preguntamos si Esteban estaba tratando de liberarse del
matrimonio pero, por alguna razón, necesitaba que Sandra fuese la que
“tomase la decisión”. Segundo, nos preguntamos si los problemas
básicos de-este matrimonio tenían que ver con la dependencia.
Cuando examinamos los detalles del caso, decidimos que Esteban
estaba muy interesado en su matrimonio y, a pesar de su hostilidad, no
tenía la intención seria de dejarlo. A nuestro juicio, su hostilidad tenía
que ver con la dependencia. Esteban se veía a sí mismo como alguien que
contaba con Sandra para tener estabilidad emocional e, incluso, seguri­
dad física. Al mismo tiempo, sus fantasías indicaban que esa dependen­
cia lo enojaba. Sandra era la dispensadora de cuidados en la relación. A
pesar de todas sus frustraciones, hasta ahora no se le había ocurrido la
idea de ser menos servicial con Esteban, ni siquiera para aliviarse de la
tensión que estaba sumando problemas a la relación.
Decidimos con la terapeuta que el primer objetivo debía ser modificar
el acuerdo que Esteban y Sandra tenían en su matrimonio. Recomenda­
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 147

mos que Sandra fuese “promovida” de su rol de terapeuta al de esposa.


Al trastrocar este acuerdo entre Esteban y Sandra, pensamos que podría
facilitarse alguna acción positiva, pero predijimos que la primera conse­
cuencia de ese cambio probablemente implicaría la intensificación de los
síntomas de Esteban para hacer que Sandra “volviese a cambiar”.

Sandra y Esteban

De acuerdo con el consejo de mi grupo de consulta, pasé las dos


sesiones siguientes rcencuadrando la relación de Esteban y Sandra.
Sugerí que lo que Esteban había aprendido de su madre y abuela, muy
protectoras, era cómo relacionarse con las mujeres en su carácter de
dispensadoras de cuidados. Los años en que había sido atendido por
diversas enfermedades infantiles le habían enseñado que era débil y
necesitaba ser cuidado por una mujer fuerte. Sandra, por su parte, había
sido educada por una mujer que era el modelo perfecto de la guardiana
del hogar. La madre de Sandra nunca había tenido una necesidad que no
pudiera satisfacerla ella misma, y su sensibilidad ante las necesidades de
su esposo y sus hijos era legendaria en la familia. Cocinera maravillosa
y ama de casa excelente, podía cuidar a sus tres niños enfermos de
paperas mientras envasaba cerezas y planificaba una venta a beneficio de
la iglesia.
Le dije a la pareja que a consecuencia de estas particulares familias
de origen que tenían, habían crecido con una especie de incapacidad de
aprendizaje: Esteban se imaginaba incapaz de funcionar cuando padecía
estrés sin el apoyo incondicional de una mujer fuerte, mientras que
Sandra era incapaz de reclamar para sí otro rol en el matrimonio que no
fuese el de prodigar cuidados a su marido y, por consiguiente, era
increíblemente insensible a sus propias necesidades. Con esta interpre­
tación de sus familias de origen como antecedente dije que Esteban había
llegado a creer que era la obligación de Sandra como esposa estar
siempre dispuesta a escuchar y aconsejar, mientras que se guardaba sus
propios problemas para sí misma. Sandra, en cambio, era incapaz de
darse cuenta de sus propias necesidades, tan atenta estaba a lo que
necesitase su marido. Le dije a la pareja que deseaba que los dos
promovieran a Sandra de terapeuta a esposa.
Como era déesperar, Esteban y Sandra manifestaron ciertas aprensio­
nes con respecto a esta intervención. Esteban argumentó que sus proble­
148 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

mas eran tan graves que tenían que seguir siendo el centro de atención de
la terapia así como también del matrimonio. Afirmó que Sandra no
estaba haciendo una tarea tan sobresaliente para satisfacer sus necesida­
des y con demasiada frecuencia veía cosas sólo desde la perspectiva de
cómo la afectaban a ella. La obligación que presentó Sandra a la inter­
vención fue más dramática, porque a ella le preocupaba el hecho de que
sin su constante vigilancia y ayuda Esteban terminaría suicidándose: en
realidad, dijo que ésta era la única razón por la cual no lo había dejado
en los momentos en que actuaba como un loco y un abusivo con ella.
Esteban se sorprendió mucho ante esta declaración de Sandra y ensegui­
da afirmó que no era suicida y que nadie tenía que preocuparse por él en
ese aspecto.
En el transcurso de las siguientes semanas, comenzaron a producir­
se algunos cambios interesantes en el matrimonio. Sandra vino a las
sesiones diciendo que estaba siguiendo fielmente mis instrucciones y
que había dej ado de tratar de resolver los problemas de Esteban. Además,
cuando Esteban le planteaba un problema que ella no tenía energía
suficiente para escuchar, le aconsejaba que lo dejara para la sesión de
terapia. También comenzó a percibir que Esteban no estaba dispuesto en
absoluto a escuchar sus problcm as y que por lo general los desechaba por
considerarlos triviales, situación que luego llegó a molestarle. Esteban
estaba notablemente consciente de que Sandra estaba cambiando, y para
él se trataba de un cambio perjudicial. Dijo que ella reiteradamente lo
evitaba cuando trataba de contarle sus problemas y percibía esta actitud
como egoísta y punitiva de parte de ella.
Empezaron a producirse peleas peores que de costumbre con una
frecuencia alarmante. Al dejar Sandra de actuar como la parte que
absorbía las conmociones emocionales de la pareja, los cónyuges se
encontraron en igualdad de condiciones uno frente al otro con todas las
frustraciones y resentimientos acumulados durante años de matrimonio.
Las acusaciones de egoísmo y falta de cariño se cruzaban en ambas
direcciones. Como las fantasías violentas de Esteban también cesaron en
este momento, consideré las peleas como una señal de que el conflicto,
que había estado encubierto y sin posibilidad de solucionarse mientras
los dos se encontraban bloqueados en sus roles de paciente/terapeuta,
ahora había salido a la luz, y abrigué la esperanza de que saliese algo
bueno de todo esto. El resultado fue que Esteban parecía y se sentía
menos enloquecido y liberó a Sandra de tener la atención fija en los
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 149

problemas de él. En las sesiones yo trataba que cada uno de ellos hiciese
afirmaciones en primera persona sobre sus frustraciones. Era inevitable
que estos intentos terminaran en algo parecido a “pienso que eres
egoísta”. Los dos daban la impresión de estar estancados en la visión del
otro como si fuese el centro malévolo de sus propias vidas.
Por último se desató una crisis. Estalló una pelea de extraordinaria
violencia en la cual se arrojaron objetos y acusaciones mutuamente. Con
su hijito muy asustado como testigo, Esteban y Sandra se empujaron uno
al otro y rompieron las posesiones más preciadas de cada uno. La pelea
se detuvo cuando se dieron cuenta del terror que estaban provocando en
su hijito. Esteban se fue de la casa y pasó esa noche en lo de un amigo.
Cuando regresó a la mañana siguiente, él y Sandra fueron capaces de
mantener una larga y dolorosa discusión, pero que resultó finalmente
útil, sobre los problemas de su matrimonio y su compromiso de solucio­
narlos. En la sesión siguiente, Esteban y Sandra me comunicaron que se
sentían reconciliados después de su pelea más reciente y que hacía
muchas semanas que no se habían sentido tan bien uno respecto del otro.
Se sorprendieron de que yo insistiera en que hablásemos más del asunto.
Les pedí una descripción detallada de la pelea. Los dos se mostraron
incómodos cuando dije que había sido una pelea violenta y peligrosa. Les
dije que estaba molesta por la falta de voluntad que tenían para reconocer
la violencia o el peligro implícito en ella. Parecía que la enorme violencia
de las fantasías de Esteban los había vuelto a los dos menos capaces para
reconocer la violenci a real en su vida. Les recordé que la violencia tendía
a intensificarse con el tiempo y les advertí que si no cesaba no estaría
dispuesta a seguir trabajando con ellos, ya que yo no deseaba participar
en ella.
Esta conversación tuvo efecto calmante en Esteban y Sandra. A ellos
no les gustaba pensar que su relación era violenta y estaban tan impre­
sionados por mi evaluación de la gravedad de la situación que convinie­
ron en no tener ningún tipo de contacto físico durante discusiones. No
obstante, me preocupaba la intensidad de las peleas y decidí hacer otra
consulta.

LA SEGUNDA CONSULTA

Coincidimos con la terapeuta en que el hecho de haberse vuelto más


explícitos los conflictos y las frustraciones del matrimonio era un
150 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

acontecimiento positivo de la terapia. Con respecto a la intervención de


la “promoción” llegamos a la conclusión de que nosotras y la terapeuta
habíamos cometido el error al no considerar qué significaba para Sandra
ser una esposa una vez que se le había sacado su rol de terapeuta. Sandra
se quedó sin idea alguna de una función alternativa. Su retraimiento
enfureció a Esteban, pero él no sabía qué pedirle que hiciera como esposa
que no fuera el cuidado terapéutico del que los dos habían dependido y
por el cual se sentían resentidos.
Nuestra primera sugerencia a la terapeuta fue que trabajase con
Esteban y Sandra para desarrollar algunas ideas nuevas sobre lo que un
marido y una esposa podrían ser el uno para el otro, centrando la atención
en la mutualidad, la reciprocidad, el cuidado de sí y el cuidado del otro.
Estuvimos todas de acuerdo en que el progreso en este campo probable­
mente iba a ser lento porque los dos cónyuges tenían ideas muy limitadas
sobre el contenido de los roles de marido y mujer, y modelos no muy
buenos para seguir. Además, Esteban y Sandra habían llegado a atribuir
al otro un enorme control sobre su propia vida. Mientras que Esteban so­
breestimaba la capacidad de Sandra para hacerlo sentir seguro y a gusto,
subestimaba su propia capacidad para sentirse así. Sandra subestimaba
sus necesidades propias y no percibía las inevitables consecuencias ne­
gativas que esto acarrea. Nuestra idea era que la terapeuta trabajase con
la pareja para que lograsen distinguir las situaciones en las que podían
confiar en sí mismos de aquellas en las que sería beneficioso apoyarse
mutuamente.
Al terminar, examinamos con la terapeuta su plan para tratar con la
pareja el problema de la violencia recíproca. La cuestión de admitir y
tratar la violencia dentro del matrimonio, en especial en su forma más
común de esposas golpeadas, ha sido un importante aporte de las
terapeutas feministas (Walker, 1979; Bograd, 1984). Estas escrituras y
otras han elaborado elocuentemente la configuración, las causas y el
tratamiento de este tipo de casos, por lo cual no es necesario repetirlo
aquí. Hay otro tema planteado por este caso sobre el que no se ha escrito
mucho, y es el aspecto de la dispensación de los cuidados dentro del
matrimonio. El conflicto sobre lo que le correspondía hacer a cada uno
por el otro en la relación constituía un problema central en el m atrimonio
de Esteban y Sandra, y fue en él donde centramos la atención en nuestro
análisis.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 151

EL ANÁLISIS

Como ya quedó dicho, Sandra y Esteban estaban luchando con el


dilema de ser dependientes pero a la vez de no querer serlo. Este conflicto
interior de cada uno de ellos, y también manifestado entre ellos, sobre la
dependencia había configurado su matrimonio. Lo que les creaba este
problema es que los dos consideraban que la dependencia era una sefial
de debilidad o que era negativa. Su reacción no es rara, ya que dependen­
cia es una palabra denigrante.
¿Cómo puede ser que una necesidad tan humana haya adquirido una
connotación tan peyorativa? En primer lugar, la dependencia ha sido
situada en el extremo opuesto de la autonomía, característica que en la
cul tura occidental ha recibido la prioridad máxima. No sólo se piensa que
estas dos características se excluyen mutuamente sino que, además, se
considera que pertenecen más natural o adecuadamente a sexos opues­
tos. Todo el mundo sabe cuál le corresponde a cada sexo.
Esta división produce la segunda razón por la cual la dependencia
tiene mala fama: hacer de la dependencia un rasgo femenino arruinó su
reputación. Las mujeres no son muy valoradas en esta sociedad y
tampoco lo es parecerse a una mujer. En realidad, decir “estás actuando
igual que una mujer” es considerado un insulto, incluso cuando la
destinataria de la frase es una mujer, sin mencionar siquiera lo que sucede
cuando se trata de un hombre.
En realidad, las mujeres no son más dependientes que los hombres,
aunque la precaria situación económica que tienen en el patriarcado
oscurece esta realidad. Ellas mismas suelen presentarse como depen­
dientes, un poco a la manera de un niño que se finge enfermo. Mostrarse
débiles, desvalidas, temerosas y confundidas ante la presencia de las
computadoras puede ser una buena manera de recibir ayuda y consuelo,
pero esta conducta no tiene nada que ver con la necesidad real de otra
persona de ser útil. Se trata sencillamente de la manera corriente de
relacionarse con los hombres, la manera corriente de manifestar la
feminidad y la manera corriente de obtener algo de atención.
Un tercer motivo de la mala reputación de la dependencia es que la
descripción de sus manifestaciones se limita a una conducta posesiva e
insaciable, exigente, pegajosa y asfixiante. Para evitar este estereotipo,
Esteban manifestaba sus auténticas necesidades de dependencia bajo la
máscara de la enfermedad, pero cuando los servicios de Sandra fueron
152 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

insuficientes, entonces sí retrocedió a una conducta asfixiante, pegajosa,


etcétera. Este tipo de comportamiento, entonces, tiene su origen en la ira
y el temor y no en la dependencia: enojo porque no se satisfacen las
necesidades propias y temor de que esta situación se prolongue (Stiver,
1984). El enojo y el temor terminaron por producir una presentación
exagerada y desagradable de las necesidades propias que además obsta­
culiza su satisfacción. Tanto los hombres como las mujeres están
sometidos a este tipo de reacciones porque les resulta difícil aceptar el
hecho de qué necesitan, determinar con claridad lo que necesitan y luego
pedir directamente ayuda para obtenerlo.
Satisfacerlas necesidades de sus maridos es una experiencia gratifi­
cante y enriquecedora para muchas mujeres. Obtienen una sensación de
poder al intuir y proporcionar lo que es bueno para sus maridos. El
problema es que el dar no es equilibrado, las expectativas no son
similares y el intercambio no es recíproco. En esta cultura se da por
supuesto que una mujer deje de lado sus propias necesidades. Gracias a
su educación, ella aprende a considerarlas feas y vergonzosas, y que es
importante reprimirlas para que no la ahoguen a ella y a todos los que la
rodean. Debido a la práctica que desarrolla en no prestarse atención, con
el tiempo llega incluso a desconocer sus necesidades. Lo que sí conoce
es la envidia y el resentimiento causados por esta entrega unilateral.
Estos sentimientos tampoco deben expresarse directamente; en conse­
cuencia, se siente impotente. Qué final irónico para lo que comenzó
siendo una fuente de poder. Sandra conocía bien esta ironía.
Para complicar más las cosas, hay una singular contradicción en el
centro del pensamiento de las mujeres. Por una parte, comprenden su rol
fundamental como prodigadoras de cuidados para los maridos. Por la
otra, no ven a los hombres como seres dependientes sino como personas
fuertes y autosuficientes en un grado que ellas parecen no poder alcanzar.
Cuando las mujeres ven muestras de lo contrario, como sucede en las
raras ocasiones en que los hombres manifiestan sus necesidades directa­
mente, se sienten decepcionadas y a veces hasta sienten repulsión.
Muchas mujeres resuelven esta contradicción y eluden los sentimientos
de repulsión diciendo que sus maridos están enfermos (como hacía
Sandra) y, por consiguiente, con una legítima necesidad de ser cuidados.
Otras mujeres explican la contradicción sugiriendo que los maridos
fueron malcriados por sus madres o que están demasiado ocupados
atendiendo los asuntos del mundo y no tienen tiempo para ocuparse de
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 153

sí mismos. Los hombres, desde luego, también prefieren estas explica­


ciones antes que tener que reconocer su necesidad básica.
A pesar de la aceptación por parte de la esposa de la unilateralidad en
la prodigación de los cuidados y del esfuerzo que hace para desconocer
sus propias necesidades, hay momentos en los que la mujer sí expresa su
necesidad emocional. Normalmente, su marido trata de ayudarla
haciendo algo, porque el simple hecho de escuchar con simpatía no le da
a un hombre la sensación de que está brindando algo de valor y, además,
no se trata de una capacidad muy desarrollada en la mayoría de los
hombres. La iniciativa del hombre hacia la acción suele ser frustrante
tanto para la mujer como para el marido. Cuando Sandra, por ejemplo,
se quejó a Esteban porque tenía que trabajar todo el día y luego cuidarlos
a él y al bebé toda la noche, Esteban le respondió sugiriéndole que dejase
de trabajar. Puesto que ella sabía que necesitaban un sueldo, oyó esta
sugerencia como indicación de que él no la estaba escuchando realmente.
Una vez más Sandra llegó a la conclusión de que sus necesidades no eran
legítimas. Una vez más, Esteban llegó a la conclusión de que ella no
deseaba realmente su ayuda.
En cuanto a su propia necesidad, un marido no suele encararla
consigo mismo porque su esposa lo observa muy de cerca y le está dando
constantemente. Ella está preparada para saber lo que él necesita y se lo
proporciona como una cosa natural. El da los cuidados de ella por
descontados como parte de su naturaleza, obligaciones y felicidad.
Como a él se lo exime de pedir, no sabe qué necesita. Si este acuerdo
cambiase, como sucede cuando la esposa sale a trabajar o tiene un bebé,
el marido se vuelve celoso, malhumorado y exigente. Este estallido no
significa lo mismo que identificar una necesidad y pedir ayuda. En
cambio, de acuerdo con la forma en que el hombre lo interpreta, se trai.a
simplemente de que él no está obteniendo lo que se le debe, y lo atribuye
a la negligencia de su esposa y no a su propia dependencia.
Lamentablemente para todos los involucrados, las mujeres necesaria­
mente decepcionan en lo que se refiere a la prodigación de los cuidados.
Además de tener bebés y empleos, también tienen dolores de cabeza. Se
cansan. Se distraen. No siempre leen con precisión las necesidades
inexpiesadas de sus maridos. Esas ocasiones les parecen una gran estafa
a los maridos; sus expectativas son muy elevadas y no contemplan
vacaciones o lapsos o ni siquiera límites.
La imagen de las mujeres como prodigadoras incesantes de cuidados
154 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

se aplica no sólo a las esposas sino también a las mujeres que cumplen
roles profesionales de servicio. Esteban manifestaba esta expectativa
con la terapeuta cancelando citas, llegando tarde a las sesiones y tratando
luego de prolongar el tiempo que le correspondía llamándola de noche,
suponiendo en cada ocasión que sus circunstancias y deseos eran los
importantes y legítimos, y que la terapeuta perdonaba, limaba asperezas
y complacía. Cuando ella se mantenía en sus límites, él siempre se sentía
conmocionado y traicionado. Después de las sesiones de la terapia solía
quejarse de que la terapeuta le había prestado mucha más atención a
Sandra que a él. Esto también lo sentía como una traición. Si él no
conseguía todo, no conseguía nada.
Es común entre los hombres dividir a las mujeres entre la Madre
Tierra absolutamente pródiga y la arpía mezquina y reticente. Esta
imagen de la mujer como la que todo lo da o la que todo lo quita también
la tienen las mujeres. Y complica la relación entre ellas, incluso la
relación entre la terapeuta y la paciente.
Lo que Esteban y Sandra trajeron a la terapia eran los síntomas de
Esteban que describieron como aterradores y fuera de control, circuns­
tancias que indicaban falta de culpa y enfermedad. A juicio de los dos,
estas razones resultaban aceptables para exigir más cuidados. Ni la
condición del hombre y de la mujer, ni el acuerdo sobre la prodigación
délos cuidados tenían que ser cuestionados. Vimos que Sandra y Esteban
eran incapaces de considerar legítimas las necesidades de dependencia
de sí mismos y del otro. Por consiguiente, estas necesidades no podían
expresarse abierta y directamente. En consecuencia, se producía la
frustración y la hostilidad. En nuestro trabajo con Esteban y Sandra
seguíamos pasando el marco de referencia de la enfermedad a la
dependencia. Si su conducta anterior resulta un buen indicio, podríamos
prever que a medida que se expresen más abiertamente, sus síntomas
disminuirán. Empero, el conflicto entre los dos se intensificará, porque
tendrán que encararlas condiciones del acuerdo sobre la prodigación de
los cuidados.
Nuestra perspectiva como feministas es que tanto los hombres como
las mujeres valoren la prodigación de los cuidados en la pareja como una
actividad digna y que consideren las necesidades propias y las de los
otros como fundamentos válidos para buscar una respuesta adecuada.
Queremos rescatarla dependencia como un aspecto previsible, deseable
y recíproco de las relaciones. Con ese fin, nos inspiramos en la definición
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 155

de dependencia que da Stiver como “un proceso por el cual contamos con
la ayuda de otras personas para poder hacer frente física y emocional­
mente a las experiencias y tareas con que nos encontramos en el mundo,
cuando no tenemos la suficiente capacidad, confianza, energía o tiempo”
(1984, pág. 10). Una característica importante de su definición es la
palabra “proceso”, la cual señala que la dependencia “no es estática sino
que cambia de acuerdo con las oportunidades, circunstancias y luchas
interiores” (1984, pág. 10). Cuando la dependencia es recíproca y cam­
biante, entonces puede fortalecer, enriquecer y crear un clima sano en el
cual pueden prosperar la alegría, la práctica de compartir, el compañe­
rismo y la intimidad.

EL TRATAMIENTO

Los objetivos

Nuestros objetivos para la terapia de Sandra y Esteban eran los


siguientes:
1) Legitimar la dependencia mutua de Esteban y Sandra, alentándo­
los simultáneamente a cada uno a desarrollar aptitudes de autopro-
tección.
2) Acrecentar la flexibilidad de cada cónyuge con respecto a dar y
recibir cuidados en la relación.
3) Crear alternativas confiables para la manifestación del enojo con
el fin de que la violencia física deje de ser una opción.

El plan

La dependencia. Gracias a la terapia Esteban y Sandra tomaron


conciencia de su dependencia recíproca, lo cual les resultó difícil de
aceptar. La terapeuta debía ayudarlos a redefinir la dependencia de una
manera m ás positiva, asegurándoles que era recíproca y que cada uno de
ellos había consentido explícitamente que el otro dependiera de él. Una
de las razones de que la dependencia asumiera proporciones tan vastas
y desagradables en esta pareja era que Esteban y Sandra tendían a
subestimar lo que ellos podían hacer para sí mismos; en consecuencia,
cada uno de los cónyuges veía al otro como el que tenía el control
absoluto sobre el que era cuidado en la relación. La terapeuta podría
156 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

señalar oportunidades para que Esteban y Sandra confiasen en ellos


mismos así como también en el otro para obtener protección y cuidados.

La flexibilidad. La rigidez de sus roles con respecto a la prodigación


de los cuidados hacía que Esteban se sintiera enfermo y necesitado,
mientras que Sandra se sentía resentida y agotada. Los dos necesitaban
ampliar su capacidad de dar y recibir cuidados. La dificultad estribaba en
que Sandra y Esteban consideraban que sus posiciones estaban fuerte­
mente arraigadas en la naturaleza humana. La terapeuta podría ayudarlos
a liberarse de esta creencia investigando cómo se desarrollaron esos roles
en sus respectivas familias de origen, centrando la atención especialmen­
te en los resultados que han tenido para los miembros importantes de la
familia. Podrían asignarse tareas que los obligaran a ensayar el rol
predominante del otro o, a la inversa, que exagerasen estos roles hasta
llegar al extremo de lo absurdo.

El enojo. Aunque Esteban y Sandra no pensaban que la de ellos era


una pareja que se trataba a los golpes, sus peleas ocasionalmente los
llevaban a una situación de violencia física. La terapeuta, sensible a esta
negación y también al esquema de intensificación gradual que es típico
en la violencia conyugal, podría mantener este tema sobre el tapete
insistiendo en que la tuviesen informada sobre sus planes de evasión y las
señales de intensificación de la violencia y en que le relatasen detallada­
mente el tipo y el alcance exactos de la violencia física de sus peleas. En
este matrimonio uno de los antecedentes de la violencia había sido la
acumulación de enojos no analizados ni resueltos. La terapeuta podría
prescribir peleas más frecuentes y menos intensas, enseñarles técnicas de
pelea limpia, ayudar a la pareja a identificar el mal humor cuando se
suscitaba en las sesiones y abordarlo allí.

SANDRA Y ESTEBAN

La calma siguió a la crisis de esta pareja. Durante varias semanas


Sandra y Esteban se trataron cautelosamente y no se exigieron ni
esperaron mucho del otro. Usé este tiempo para hablar de ampliar la
visión que ellos tenían de lo que podía ser un marido y una esposa. Los
insté a mantener el aspecto de la relación relativo a los cuidados
estrictamente en el nivel de la conversación. Por el momento, debido a
Tl-RAPIA FAMILIAR FEMINISTA 157

su reciente pelea y a la cautela con que se trataban ahora. Pensé que se


trataba de un buen momento para que trabajasen sobre el tema del
autocuidado y sugerí que cada uno comenzase a dar pequeños pasos para
cuidar de sí mismo. Una noche Sandra le preguntó a Esteban si le gustaría
ir a ver una película juntos. Ella eligió el filme, verificó el horario de la
proyección y fue al banco a cobrar un cheque para que no se quedasen sin
dinero en efectivo. Esteban dijo que había sido una noche divertida,
además de ser diferente de sus salidas habituales por el hecho de que
Sandra normalmente manifestaba su interés en ver determinada película,
pero dejaba a Esteban la iniciativa de organizar la salida.
No mucho tiempo después Esteban decidió tomar una tarde libre de
su sobrecargado horario de trabajo para ir a jugar al golf con un amigo.
Cuando le comenté que era muy raro que él interrumpiera su horario de
trabajo por ningún motivo de índole personal, su única explicación fue
que su actividad lo estaba agotando y que “él se debía a sí mismo”
relajarse de vez en cuando.
Ninguno de esos sucesos era de proporciones monumentales, pero
contrastaban claramente con los antecedentes habituales de Sandra y
Esteban en que cada uno veía al otro como el que tenía el control del
bienestar común. Les pedí que me comunicasen cualquier otro hecho de
este tipo y les advertí que podía tratarse sólo de algo casual y que pronto
volverían a su sistema habitual de prodigar cuidados unilateralmente.
En esta etapa de la terapia me resultaba difícil mantener vivo el
impulso. Los dos cónyuges se habían asustado mucho por la revelación
de la intensa ira que sentía uno por el otro y habían retrocedido para evitar
otra clase de crisis. Era difícil hacerlos discutir cualquier tema que
resultase mínimamente conflictivo. Esteban era más explícito con res­
pecto a esto, afirmando directamente que no estaba dispuesto a correr el
riesgo de tener otra crisis y deseando terminar con las sesiones conyuga­
les y seguir en la terapia individual hasta que las cosas “se enfriaran.” Le
dije que yo creía que me estaba haciendo responsable de la crisis y sugerí
que su deseo de no correr más riesgos en la terapia ahora indicaba una
falta de confianza en mí; él podría ver mi relación con Sandra como una
traición. Además, razoné que éste era un error que Esteban tenía
tendencia a cometer con respecto a las mujeres, que por la experiencia
vivida en su familia de origen él había llegado a esperar que las mujeres
lo traicionaran o le fallasen. Sin perder un minuto, Esteban preguntó:
“¿Cree que debo llamar a mi madre?”
153 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

La pregunta de Esteban marcó el comienzo de un cambio en la terapia,


en la cual comenzamos a hablar más extensamente y con mayor profun­
didad sobre las familias en las que él y Sandra habían crecido, y cómo sus
primeras experiencias los habían expuesto a modelos de la edad adulta
y de la vida conyugal cuya influencia se seguía sintiendo. Estas conver­
saciones al principio eran afectadas, pues tanto Esteban como Sandra
siguieron hablando de sus familias de una manera idealizada y defensiva.
Hicimos genogramas de cada una de las familias, que resultaron muy
útiles. Cuando empezamos a observaren retrospectiva los roles que las
mujeres y los hombres habían adoptado en sus familias, empezaron a
surgir configuraciones claras. Sandra descendía de tres generaciones de
mujeres que habían sido, en cada caso, las guardianas del hogar en sus
matrimonios. El mito prevaleciente en la familia de origen de Sandra
había sido que las mujeres constituían la columna vertebral de la familia.
En las dos generaciones anteriores, la madre y la abuela de Sandra se
habían casado con hombres que tenían importantes limitaciones físicas.
Estos hombres eran alimentados y cuidados por sus esposas, quienes
nunca se quejaban de su carga y tenían la mayor parte de la responsabi­
lidad de la familia.
Sandra había resuelto elegir un tipo de hombre diferente para ella.
Cuando conoció a Esteban, le pareció ideal. Dotado de una fuerte
voluntad y ambicioso, creativo y algo extravagante, Esteban parecía
pertenecer a la clase de hombres que no decaería nunca, que jamás
requeriría de ella un sacrificio que había visto hacer a su madre y a su
abuela por los hombres de sus vidas. Lo que no había visto entonces, y
recién empezó a comprender durante la terapia, eran las similitudes entre
Esteban y su padre, y entre su madre y ella.
Esteban se mostraba aun más renuente que Sandra al análisis de su
familia. Dijo preocuparle el hecho de que concentrarse en el pasado sería
una vía muerta y una pérdida de tiempo, y podría hacer que las cosas entre
él y Sandra resultasen más difíciles. Con el tiempo, tuve que recurrir a mi
autoridad de “experta” para persuadir a Esteban de que emprendiese el
análisis de su familia.
Casi todos los hechos que Esteban relataba al analizar su genograma
habían sido mencionados antes en la terapia. Esta vez concentramos la
atención en los sentimientos que él había tenido entonces y que tenía a-
hora como miembro de una familia violenta. Esta tarea era muy difícil pa­
ra Esteban, porque se había separado emocionalmente de su familia años
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 159

atrás. Las historias de violencia que él había presenciado de niño —el


abandono de la familia por parte de su padre cuando él tenía tres años, la
consiguiente depresión de su madre, el alcoholismo de sus padres y el
mal humor de su abuela por tener que cuidar a tres niños pequeños— eran
relatadas en una voz sin matices, monótona. Tuve que impedirme a mí
misma rescatar a Esteban anticipándome a sus sentimientos y también
evitar que lo hiciera Sandra. Quería presentar a Sandra una manera de
escucharlos problemas de su marido sin sentirse obligada a resolverlos.
A veces acercaba mi silla a la de ella y le confesaba que yo estaba
luchando contra la tentación de rescatar a Esteban, y le pedía ayuda para
no hacerlo. Esta consulta se hacía en presencia de Esteban y él observaba,
completamente fascinado, como su esposa y yo conversábamos sobre lo
difícil que era para nosotras manifestar nuestro apoyo y nuestro interés
por él sin asumir su problema y solucionarlo.
En un periodo de varios meses, Esteban y Sandra empezaron a
comprender cómo “encajaban” sus familias de origen. Les pedí que cada
uno hablase con los miembros de su familia de origen. Sandra supo que
a pesar de la reputación de su madre de ser la persona fuerte de la famil ia,
tenía miedo de envejecer y quedar lisiada por la artritis. Supo también
que su madre había padecido durante mucho tiempo ataques de depre­
sión que había ocultado a su familia. Que su madre pudiera sentirse
vulnerable era una revelación para Sandra y la inteipretó como un
permiso para sentir por primera vez que sus propias necesidades eran
legítimas. Sandra empezó a ampliar su definición de esposa y mujer
incluyendo la atención a sus propias necesidades.
Esteban se mostró más vacilante que Sandra para volver a conectar­
se con su familia. Siguió manteniendo una actitud muy defensiva con
respecto a sus padres; no deseaba “removerles el pasado” ni quería
pensar que todavía eran importantes en su vida. Por último, decidió
hablarle a su hermano mayor. En el transcurso de varias conversaciones,
Esteban se enteró de que la violencia de su familia había sido mucho más
generalizada y prolongada de lo que él recordaba. Su hermano le contó
que su padre no sólo golpeaba a su madre cuando estaba ebrio, sino que
también “castigaba” a los dos niños mayores con fuertes palizas. Esteban
se había salvado de este abuso porque era pequeño y también porque casi
siempre estaba enfermo. Cuando él tenía tres años, su padre abandonó el
hogar. Esteban supo además que su padre había realizado un tratamiento
para superar su alcoholismo varios años antes y había restablecido el
160 F.L ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

contacto con los dos hijos mayores desde entonces. No había intentado
comunicarse con Esteban porque él siempre había parecido “pertenecer”
a su madre. Esteban se enteró también de que ninguno de los hijos
mantenía una comunicación regular con su madre. Su hermano le dijo
que él siempre se había sentido malhumorado y triste cuando se encon­
traba cerca de su madre y que, por eso, era más fácil mantenerse alejado.
Esteban manifestó una extraña sensación de alivio al darse cuenta de que
sus sentimientos con respecto a su madre eran similares a los de su
hermano.
Para mí, hacer el trabajo sobre la familia de origen con la pareja fue
con mucho la parte más gratificante de la terapia. Cada contacto con sus
familias parecía producir nueva información que hacía que su singular
acuerdo conyugal fuese más comprensible para ellos y para mí. Cada una
de sus familias había exagerado la típica división masculino-femenino
con respecto a los cuidados y la dependencia. La competente madre de
Sandra había cuidado a su esposo y sus hijos durante años sin emitir una
queja, sin siquiera darse cuenta de sus propias necesidades y deseos. En
la familia de Esteban, un padre abusivo, y luego completamente ausente,
contrastaba con la intensa participación de su madre y abuela.
Poco a poco las cosas comenzaron a mejorar para Esteban y Sandra.
Los ataques de ansiedad de Esteban se hicieron menos frecuentes y
menos aterradores para él. Mejoró la relación con su hijo y se sintió más
confiado en el trabajo. Entre Esteban y Sandra se produjeron pequeños
cambios. Ella empezó a dedicar un tiempo para sí de manera regular, sin
Esteban y sin el bebé, para “gratificarse”. Esto primero fue una tarea
asignada en la terapia pero luego llegó a ser parte de la semana de Sandra.
Los dos hicieron grandes progresos en cuanto a escuchar al otro con
simpatía, sin sentirse urgidos a resolver todos los problemas del otro. Les
asigné la tarea de tener peleas más pequeñas y frecuentes, y les enseñé
técnicas de pelea limpia. Sus peleas se volvieron menos explosivas y
dejaron de contener violencia física.
Traté de redefinir la dependencia a Esteban y Sandra de todas las
maneras que pude. Analizamos la capacidad de ser a veces vulnerables
y dependientes del cónyuge como una capacidad de supervivencia y una
virtud. Les di tareas que requerían que los dos dependiesen del otro en
pequeños grados. A veces les pedía que invirtieran temporariamente sus
roles predominantes: para Sandra, que tratara de mostrarse dependiente
y para Esteban, que practicase el rol de protector. En otras ocasiones, los
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 161

hacía exagerar sus roles predominantes hasta el extremo de lo absurdo.


Estos intentos tuvieron el efecto acumulativo de aflojarla rigidez de los
roles de la pareja frente a la cuestión de los cuidados.
Todo este cambio se produjo gradualmente y con frecuentes retroce­
sos. Los dos cónyuges coincidieron en que a veces era más fácil hacer lo
más conocido por ellos y así Esteban ocasionalmente se deprimía (o
estaba ansioso, disgustado o simplemente malhumorado) y Sandra
trataba de “estabilizarlo”. Seguía siendo difícil para Esteban aceptar la
dependencia de Sandra sin sentirse ansioso ante la suposición de que ella
no estuviera disponible si él la necesitaba. Esteban seguía en gran medida
desconectado de su familia de origen y Sandra no había resuelto el enojo
que sentía ante ella misma, Esteban, su familia y el universo por los años
que pasó cuidando de todos menos de ella. La terapia continúa, aunque
las sesiones son más espaciadas y menos superficiales. Todavía hay más
cosas que Sandra y Esteban quieren obtener de su matrimonio, pero
ahora de vez en cuando sienten deseos de alabar lo que ya tienen.

LOS RIESGOS

Los siguientes son los riesgos que aguardan a la terapeuta feminista


de la familia cuando trabaja con parejas como la descripta en este
capítulo:

1) Terminar con un sentimiento de gratitud. Una terapeuta feminis­


ta de la familia, al igual que una terapeuta no feminista, puede
recorrer un largo trecho entre un paciente hombre y el siguiente
que habla de sus sentimientos. Al ver esta clase de hombre, puede
sentirse tan aliviada y agradecida como para llegar a la conclusión
de que se ha logrado lo buscado, y que no hace falta exigir nada
más de él. Así la terapeuta traiciona a la esposa (y probablemente
la emula), al pensar que el marido ha hecho más de lo que
realmente debía haberse esperado por el simple hecho de extraer
cierta vulnerabilidad emocional. Si esta reacción no es controlada,
la terapeuta le enseñará a la esposa a pedir menos a medida que el
marido se ve alentado a hablar más.

2) Estar dispuesta a exponer y destruir. La terapeuta feminista de la


familia está preparada para enfurecerse ante un hombre cuya
162 EL ACUERDO SOBRE LA PRESTACION DE CUIDADOS

conducta es pasiva, manipulada y dependiente. Su ira es alimen­


tada en nombre de su esposa quien, a consecuencia de su interac­
ción con él, por lo general parece confundida y perpleja, pero sigue
tratando de cuidarlo. El deseo de exponerlos trucos del marido tal
como son, predispone mal a la terapeuta con respecto a él y no la
deja ver el componente sistémico.

3) Caer en la Gran División. La división “toda prodigalidad/toda


privación” que peijudica las expectativas de la gente con respecto
a las mujeres influye en la imagen que la terapeuta tiene de sí
misma, aunque como feminista pueda ser elocuente para refutarla.
Al trabajar con familias en las cuales el rol de la mujer como
guardiana del hogar es un tema muy sobresaliente, la terapeuta
puede ser llevada de un extremo al otro con una velocidad
delirante. Cuando consigue detener ese vaivén, es posible que
pase algún tiempo desorientada sin tener dónde afirmarse hasta
que logre recuperar su lugar.

4) Omitir la parte mala. Enseñar a la gente a expresar su propia


necesidad de recibir cuidado es una actividad arriesgada. Por lo
general, los pacientes tienen que trabajar tan arduamente para ser
capaces de expresar lo que desean que, una vez que lo hacen,
piensan que han ganado la batalla. Son entonces conmocionados
por no obtenerlo que pedían y se enfurecen por ser ignorados o re­
chazados. Des|de un principio la terapeuta feminista debe decirte
a sus pacientes — especialmente a las mujeres— que tendrán que
librar dos batallas, no una sola.
C a p it u l o 8

LA PAREJA LESBIANA

Las reglas se rompen como los termómetros,


el mercurio se derrama sobre los sistemas pautados,
nos hallamos en un país que no tiene lenguaje
ni leyes, estamos cazando al cuervo y al reyezuelo
en desfiladeros inexplorados desde el amanecer
todo lo que hagamos juntos es pura invención
los mapas que nos dieron no habían sido actualiza­
dos durante años.
Adricnne Rich,
The Dream of a Common Languagc

Podríamos reconocerlas como mujeres valientes, llenas de energía y


amantes, pero en cambio se dice que son pervertidas, delincuentes,
enfermas, dementes, pecadoras, desviadas, depravadas y desgraciadas.
Se las llama solteronas, brujas, marimachos. La homofobia y el odio que
se reflejan en estas palabras impregnan no sólo las creencias personales
y los valores culturales sino también la teoría profesional. La literatura
sobre terapia familiar, por ejemplo, vuelve invisibles a las lesbianas1
mediante lo que debemos considerar una negligencia malévola. Hay dos
artículos recientes que constituyen excepciones bienvenidas a la norma
general de ignorarla existencia de las lesbianas (Krestan y Bepko, 1980;
Roth, 1985). Igualmente molesto es el hecho de que algunos de los
conceptos teóricos más ampliamente empleados en la terapia familiar, de
aplicárselos a una pareja lesbiana, la declararían patológica por decreto.
Frente a este punto de vista que considera que el lcsbianismo es una
patología, algunas escritoras feministas lesbianas presentan una versión
muy idealizada de la relación amorosa entre dos mujeres (Lewis, 1979).
Describen a la pareja lesbiana diciendo que es un intento, si bien admiten
que no siempre se logra, de respetar las necesidades individuales de las
partes aun cuando parezcan potencialmente riesgosas para la relación. El
objetivo de cada una de las integrantes de la pareja es ponerse por encima

1 Usamos el termino lesbiana en este capítulo para referimos a mujeres que lo han
adoptado para sí mismas.
164 LA PAREJA LESBIANA

de los celos, el ansia de posesión y la dependencia, sentimientos que las


escritoras mencionadas creen que predominan en las parejas heterose­
xuales como consecuencia del supuesto de la propiedad masculina sobre
las mujeres. Así, liberado de los dictados del amor romántico que
engendra pasivas heroínas que se desmayan y activos héroes que las
rescatan, el amor lesbiano afirma que nace en la amistad y la mutualidad.
Las versiones idealizadas de la dinámica que vincula a las partes no
resultan más útiles para nuestro trabajo que las versiones teñidas de
patología pero, siendo su polo opuesto, nos sirven para señalar la larga
distancia que tenemos que recorrer para llegar a tener una perspectiva
equilibrada. Las terapeutas de la familia —feministas o no, lesbianas o
no— debemos saber que nosotras mismas y nuestra terapia estamos
profundamente influidas por actitudes de aversión ante el hecho de que
haya mujeres que aman a otras mujeres. Nuestra propia lucha contra estas
actitudes es el requisito indispensable para realizar un trabajo útil con las
parejas lesbianas.

CORA Y CATA / RUTH Y RITA

Cora y Cata habían convivido como amantes durante quince años.


Las dos estaban empleadas como administradoras de distintos departa­
mentos de una importante compañía de seguros. Durante los últimos
cinco años de su relación habían estado entrando y saliendo de la terapia,
trabajando sobre cuestiones económicas, dilemas profesionales y, más a
menudo, sobre la falta de frecuencia en sus relaciones sexuales o falta de
interés. Su pedido más reciente de ayuda tenía que ver con su deseo
mutuo de “revaluar toda la relación”. Vinieron tembl ando y temerosas de
que “esta vez la relación esté realmente en peligro”. Sus preguntas y
dudas estaban relacionadas conla atracción romántica que ambas sentían
hacia otra pareja, Ruth y Rita, que habían sido amigas de ellas durante
mucho tiempo.
Ruth y Rita habían convivido durante ocho años. Ruth acababa de
recibir el título de Contadora pública y estaba trabajando para una firma
de contadores públicos de mediana importancia. Rita había sostenido
económicamente a Ruth mientras ésta realizaba su posgrado desem­
peñándose como secretaria, y en la actualidad estudiaba para conseguir
el título en tecnología médica. Las dos parejas tenían una red común de
amigos en su comunidad y durante años se habían brindado apoyo y
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 165

protección recíprocamente en diversos dilemas personales y profesiona­


les. Además de pasar una buena cantidad de tiempo en la casa de las otras,
compartían fiestas, empresas comerciales y causas políticas.
Cuando Cata y Cora vinieron para evaluar su relación, Cata había
iniciado una relación sexual con Rita. Cora y Ruth se sentían atraídas
mutuamente, pero casi toda su energía emocional parecía dirigirse a
lamentarlas pérdidas de sus relaciones primarias. Entre estas mujeres no
había secretos y, por lo tanto, las cuatro tenían información sobre las
atracciones y la conducta de las demás. Poco después de que Cata y Cora
vinieran a hablar, Rita y Ruth llamaron para empezar una terapia,
deseando también evaluar su relación.
En mi sesión con Cata y Cora y en mi sesión con Rita y Ruth, oí cómo
estas mujeres se entregaban emocionalmente entre sí así como también
con otras mujeres fuera del cuarteto que formaban, buscando consuelo
con respecto a la desdicha que les producían los problemas de sus
relaciones primarias. Algunas de esas relaciones amistosas llegaban a ser
sexuales y, por consiguiente, molestas para la otra parte de la pareja. Oí
cómo la comunidad de las mujeres daba a todas apoyo y consejos. Mi
reacción fue ambivalente, como me había sucedido a menudo con otras
parejas lesbianas en la terapia. Por una parte, me resultaba evidente que
estas relaciones sexualmente abiertas eran problemáticas y causaban
sufrimiento a mis cuatro pacientes. Mi atención fue dirigida a lo que
parecía una grave falta de consideración por los límites: límites en tomo
de uno mismo, las relaciones, los hogares y la información. Empecé a
pensar en los conceptos de “triángulo” y “fusión”. Por otra parte,
admiraba el intenso y amoroso interés que estas mujeres demostraban
tenerse mutuamente y apreciaba el coraje que las capacitaba para
“recorrer ese difícil camino juntas...” (Rich, 1979, pág. 188). Tironeada
entre una perspectiva en la que predominaba la patología y otra signada
por el respeto, presenté mi perplejidad ante el equipo de consulta.

LA CONSULTA

Por ser terapeutas feministas, sabemos que las mujeres suelen recibir
el rótulo de patológicas simplemente porque su conducta, valores o
sentimientos no se adaptan a las expectativas de los teóricos y clínicos del
sexo masculino. Puesto que nosotras hemos asumido el compromiso de
comprender a nuestras pacientes libres del prejuicio sexista, nos preocu­
166 LA PAREJA LESBIANA

paba damos cuenta de que la evaluación hecha por la terapeuta de estas


mujeres que las calificaba de trianguladas, fusionadas y desentendidas de
los límites tuviera sentido para nosotras. Comenzamos así el proceso de
consulta planteándonos una pregunta a nosotras mismas y también a la
terapeuta: ¿Qué supuestos sobre las relaciones y el sexo estaban produ­
ciendo nuestras opiniones sobre la situación de estas pacientes? Una
breve discusión hizo aflorar varios supuestos específicos sobre los cuales
estábamos razonando: las relaciones estables son diádicas y tienen
límites claramente definidos quemarcan su contorno, la amistad debe ser
asexual y diferente de una relación primaria, y la monogamia es prefe­
rible a cualquiera de sus alternativas. Pensamos que era posible que esos
supuestos emanaran del heterosexismo, perspectiva en la que la helero-
sexualidad aparece como la única forma legítima de identificación
sexual. Un punto de vista diferente podría crear una serie de supuestos
diferentes sobre las relaciones primarias. Quisimos dejar esta posibi I¡dad
abierta para analizarla en lugar de cerrarla arbitrariamente por prejuicios.
El heterosexismo ha impregnado el desarrollo de los sistemas de valores
individuales y culturales así como también la teoría de la terapia familiar;
nos propusimos mantenemos alertas para detectar los signos de ese
prejuicio en nuestro pensamiento.
Después de analizar juntas el tema un poco más extensamente,
decidimos que trabajar con estas relaciones como si constituyesen ún
sistema brindaría más opciones para ejercer una influencia terapéutica y
así planificamos los siguientes pasos: 1) invitar a las cuatro mujeres a
participar en sesiones conjuntas; 2) emplear un miembro del equipo de
consulta como coterapeuta; 3) reunir información sobre el carácter de los
límites y las reglas de este sistema; 4) informar a las pacientes sobre este
interés y compartir las observaciones con ellas; 5) tener en cuenta
interpretaciones no patológicas de la manera en que funcionaba este
sistema.

Cata, Cora, Rita, Rúth


Las cuatro mujeres aceptaron asistir a una sesión conjunta. Cata y
Cora seguían viviendo juntas al igual que Ruth y Rita, aunque en ninguno
de los dos casos las parejas tenían relaciones íntimas o sexuales. Rila
estaba pensando en buscarse un departamento propio; Cata estaba
haciendo lo mismo. Cata y Rita dijeron que se habían acercado en busca
de apoyo mutuo y luego llegaron a ser amantes. Ruth y Cora dijeron que
se sentían abandonadas.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 167

Escuchamos el contenido que estas mujeres traían a la sesión: des­


interés sexual, lealtades ambiguas, desacuerdos financieros, sentimien­
tos de no ser queridas ni comprendidas. El flujo de detalles y la
descripción de todas las alianzas —presentes, pasadas y en potencia—
nos hizo emular el mismo proceso de confusión y perplejidad que
observábamos en nuestras pacientes. Tuvimos que recordamos que
debíamos permanecer abiertas para observar este sistema tal como se
presentaba y evitar los juicios sobre las conexiones cambiantes.
Lo que volvía la apertura especialmente difícil era la manera en que
estas mujeres nos presentaban sus preocupaciones. Parecían haber
absorbido la lección de la sociedad de que sus vidas eran “patológicas”
y venían a contamos las patologías. Les dijimos a nuestras pacientes que
admirábamos el compromiso y el valor que demostraban al aceptar el
trabajo conjunto en la terapia. Agregamos que parecían estar experimen­
tando diferentes maneras de organizar las relaciones y les pedimos que
nos contaran cómo se veían a sí mismas. El hecho de que valoráramos lo
que estaban haciendo pareció hacerlas cambiar de idea. Empezaron a
hablar de su conducta con más respeto y se describieron a sí mismas
diciendo que se esforzaban por hacer elecciones que fueran para bien de
todas y de cada una.
Elogiamos a las mujeres por el constante interés que demostraban por
las demás y por el continuo apoyo que se brindaban mutuamente, y
señalamos que algo así no podía suceder cuando las parejas estaban más
aisladas de los demás. A nuestro pedido, las cuatro mujeres aceptaron
regresar a las dos semanas para ver hacia adónde apuntaban las cosas y
analizar lo que les estaba pasando a cada una de ellas. Las dos parejas
originales afirmaron que las relaciones que habían tenido eran sumamen­
te importantes para ellas y querían comprender qué les había sucedido.
En la sesión siguiente y en varias sesiones posteriores, observamos
una conducta en la que se ponían de manifiesto dificultades que el grupo
estaba teniendo con la resolución de los conflictos, la relación sexual, la
adopción dé decisiones y la prodigación de cuidados. Rita y Cata
decidieron irse de sus respectivas casas y mudarse juntas a otro lugar. En
el relato sobre este cambio fue poco pequeño el efecto emocional que
pudo observarse en las cuatro mujeres. Ruth manifestó algo de tristeza
por la pérdida de Rita, pero las otras hablaron del cambio como si se
tratara de un reajuste temporario de alineamientos y no una separación
permanente.
168 LA PAREJA LESBIANA

Les preguntamos si se habían sentido de algún modo abandonadas, y


sugerimos que se había producido cierto tipo de abandono durante un
tiempo en el sentido de que una persona decepcionó a otra, la rechazó,
ignoró sus preocupaciones, etcétera. Ante esta sugerencia a Rita y Cata
se les llenaron los ojos de lágrimas. Cora pareció inconmovible. Alenta­
mos a las cuatro mujeres a hablar de sus reacciones sugiriendo que la
sesión podía usarse como un lugar estructurado y cordial donde encon­
trarían apoyo para hablar de los pensamientos y los sentimientos que
probablemente era más difícil discutir fuera de la sesión. Hubo poca
respuesta y dijimos que tal vez hacía falta más tiempo, para que cada una
examinara su propia respuesta antes de compartirla con las demás.
En la sesión siguiente, Cora, Cata y Rita contaron que habían donnido
juntas. Cora dijo que le había gustado dormir en la misma cama con Rita
y Cata, pero se había sentido muy molesta por sus insinuaciones
sexuales, que ella había rechazado. Era incapaz de expresar qué era lo que
más le había molestado. No pensaba que la idea en sí fuese el problema,
porque ella había sido parte de una triada sexual de vez en cuando y
todavía tenía interés en el sexo grupal. Ruth admitió haberse sentido mal
porque no fue incluida. Todas las integrantes del grupo contaron que
habían tenido experiencias con parejas sexuales múltiples, explicando
estos casos como intentos de evitar la pérdida de alguien o que alguien
quedase fuera de sus vidas. Después de hacer un comentario sobre la
constante fluidez de las relaciones de las mujeres, les pedimos que
pensaran para la sesión siguiente a qué valores, además de los que ya
habían mencionado, tenían acceso en los grupos de tres que no habían
tenido en sus anteriores relaciones diádicas. De este modo, éramos fieles
a nuestro plan de evitar los juicios de valor. Una vez que las pacientes reu­
niesen más información, podríamos sugerir una discusión sobre las
pérdidas y las ganancias que implicaba el hecho de relacionarse en
diversas configuraciones.

^ LA SEGUNDA CONSULTA

Con la información obtenida en las sesiones grupales, las terapeutas


volvieron a reunirse con las consultoras para analizar su evaluación
actual y planificar el tratamiento posterior. Las terapeutas informaron
que en respuesta a la pregunta sobre los grupos de tres, cada una de las
mujeres se había descripto a sí misma como aterrorizada por la exclusión.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 169

Cada una de ellas dijo que deseaba hacer lo que era mejor para sí pero sin
lastimar a otra; si otra manifestara sufrimiento o desaprobación, entonces
el objetivo sería rehacerla decisión original hasta que pudiera encontrar­
se una situación mutuamente aceptable.
Una vez más, tanto las consultoras como las terapeutas luchábamos
con el fundamental desafío que esto representaba para nuestros modos de
pensar habituales, tanto en lo personal como en lo clínico. Cuando
tratamos de buscar ayuda en la terapia familiar, nos dimos cuenta de que
nuestra formación haría que viésemos límites inadecuados en este
sistema y aplicásemos el término fusión a la relación de estas mujeres.
Empero, sabemos que la teoría determina lo que puede verse y si
adoptábamos una teoría diferente, veríamos algo completamente dife­
rente. Por ejemplo, los límites podrían perder importancia y lo rclacional
emerger con más fuerza.
Nos encontramos con un problema similar sobre la teoría cuando
tratamos de aplicar el concepto de los triángulos a estas relaciones. Según
el uso corriente en terapia familiar, los triángulos constituyen los
esfuerzos de una diada para evitar el conflicto directo, haciendo interve­
nir a un tercero como ali ado o como chivo expiatorio. Era cierto, sin duda,
que los miembros de este sistema no resolvían bien su conflicto, pero
¿obedecía esto a que participaban más de dos personas en sus intentos?
A las terapeutas se les presentó una situación que les daba la
oportunidad de proseguir indagando en estas cuestiones. Inmediatamen­
te antes de la consulta, Cata y Ruth llamaron a las terapeutas, cada una
por su cuenta, para pedir sesiones individuales. Analizamos si este
pedido significaba un progreso hacia el reconocimiento de las necesida­
des individuales o un intento de atraer a un tercero (la terapeuta) para
aliviar un conflicto con otro miembro del grupo. Puesto que no teníamos
pruebas de que las pacientes estuviesen teniendo logros en el abordaje
directo de los conflictos, nos decidimos por la segunda interpretación.
Por el momento aconsejamos a las terapeutas que insistiesen en que los
temas referidos a las relaciones del grupo siguiesen tratándose en el
grupo.
Cuando comenzamos a hacer el plan de tratamiento para las sesiones
siguientes, las terapeutas evaluaron que lo mejor que habían hecho era
mantener una posición de no interferencia en el sistema durante bastante
tiempo para permitir que surgieran algunas pautas. Había sido una
actitud difícil de mantener porque las terapeutas en realidad observaron
170 LA PAREJA LESBIANA

un gran caudal de conductas y datos en las historias, que comúnmente se


denominarían patológicos. Las terapeutas se resistieron a la tentación de
sacar a las pacientes del grupo prematuramente para realizar el análisis
de sus familias de origen, o de fijar límites arbitrariamente alrededor de
las diadas y hacerlas trabajar con un consejero de parejas. Coincidieron
en que habría sido completamente imposible adoptar esta posición de no
haber trabajado como coterapeutas impidiéndose mutuamente verse
demasiado afectadas por alguna de las integrantes del grupo.
Examinamos dos temas como prioridades en esta etapa de la terapia:
encontrar maneras eficaces para resolver el conflicto y abordar las
necesidades individuales identificándolas, hablando de ellas y resolvien­
do las consecuencias resultantes. El equipo consideró que estos temas
eran especialmente gravosos para las mujeres. Conocemos el enorme
costo que representa para las mujeres su adaptación normal en estos
ámbitos. Asimismo, queremos recordar que existen aspectos específicos
de la vida de las lesbianas que determinan la manera en que los temas de
las mujeres y los temas humanos son experimentados e incorporados.

EL ANÁLISIS

Hay que tener en cuenta muchas dimensiones al trabajar con parejas


lesbianas. Recomendamos al respecto referencias instructivas (Abbott y
Love, 1977; Baetz, 1980; Gartrell, 1984; Goodman, 1980; Hidalgo,
Petersony Woodman, 1985;KrestanyBepko, 1980;Loulan, 1984; Rich,
1980; Roth, 1985; Vida, 1978). Asimismo, instamos a que se tenga
especial cuidado al seleccionarlos supervisores y consultores. Aquí sólo
tendremos espacio para examinar los cuatro aspectos especialmente
importantes para nuestro trabajo con el caso presentado.

Heterosexismo/homofobia
La cultura norteamericana es heterosexista. Las discusiones sobre la
bisexualidad universal, el determinismo hormonal o la naturaleza versus
la cultura oscurece este punto fundamental: la heterosexualidad sirve de
eje a la estructura y el funcionamiento patriarcales de nuestra sociedad.
Es decir, la heterosexualidad ha sido “impuesta, administrada, organiza­
da, propagandizada y mantenida por la fuerza...” para asegurarse que las
mujeres dependan física, emocional y económicamente de los hombres
(Rich, 1980, pág. 649). Las mujeres que se apartan de las filas de lo
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 171

disponible se enfrentan con todo el poder social, religioso, legal, médico


y diagnóstico del que disponen aquellos que sufren su pérdida, y les
guardan rencor por su coraje. La homofobia generalizada es un tributo fe­
roz al éxito de la causa y al riesgo de represalia que la acompaña.
El prejuicio heterosexista es un problema fundamental para el tera­
peuta que trabaja con pacientes lesbianas. Este prejuicio es tan omnipre­
sente, guía al pensamiento tan automáticamente y con tanta familiaridad,
que el terapeuta corre el riesgo continuamente de proyectarlo en la
terapia o de quedar paralizado y no actuar por miedo de proyectarlo. Para
complicar aun más las cosas, nuestra homofobia puede coincidir con la
de nuestros pacientes. Entonces nos equivocamos totalmente. Podemos
pensar que les estamos brindando empatia y comprensión a nuestras
pacientes cuando, en realidad, y sin saberlo, estamos sustentando el odio
que sienten por ellas mismas. Por ejemplo, es la homofobia lo que hace
que una terapeuta y sus pacientes lesbianas atribuyan los trastornos de
una relación al lesbianismo, en lugar de atribuirlos al efecto habitual­
mente limitante del prejuicio. Así sucedió cuando Cora y Cata expusie­
ron por primera vez sus problemas sexuales en la terapia. Cora se
preguntó si las mujeres podrían realmente seguir interesándole desde el
punto de vista sexual con el paso del tiempo, puesto que no existe un
contraste anatómico completo. La terapeuta también se hizo esta pregun­
ta. La repulsión ante el sexo entre mujeres que Cata y Cora y la terapeuta
habían adquirido en su educación debería haber sido considerada como
el posible origen del problema.

Los problemas de la vida cotidiana


Las parejas lesbianas tienen conflictos sobre las mismas cuestiones
que las parejas heterosexuales: el dinero, la intimidad, el sexo y los
quehaceres. Ruth y Rita, por ejemplo, discutían con frecuencia sobre sus
finanzas y ellas, al igual que Cora y Cata, tenían dificultades con su
intimidad. El sexo era el tema principal entre Cata y Cora. Cata deseaba
relaciones sexuales más frecuentes y apasionadas, mientras que Cora
demostraba poco interés excepto para complacer a Cata. La distribución
de los quehaceres domésticos era algo menos problemática para estas
parejas que para otras parejas lesbianas que hemos visto, fundamental­
mente porque habían convivido el tiempo suficiente para haber alcanza­
do un acuerdo factible.
En cada uno de estos aspectos tradicionalmente conflictivos, la pareja
172 LA PAREJA LESBIANA

lesbiana debe establecer su propia solución creativa. Roth realiza un


análisis en que distingue las características de ese intento y, recomenda­
mos su trabajo por las descripciones dé las pautas y presiones de cada
aspecto conflictivo (Roth, 1985). Aquí queremos destacar dos factores
que complican el proceso de encontrar soluciones en general para las
parejas lesbianas.
Uno de los factores que complican la situación tiene que ver con los
modelos. Mientras que la pareja heterosexual puede recurrir a la familia
de origen ya sea mediante el mecanismo de la memoria o directamente
de hecho, este recurso rara vez es de utilidad para la pareja lesbiana
porque las parejas heterosexuales normalmente basan sus acuerdos en
los estereotipos de los roles de los géneros. (Una pequeña proporción de
parejas lesbianas sí adoptan roles muy diferenciados que se basan en los
estereotipos de los roles de los géneros heterosexuales. Empero, la
mayoría de las lesbianas no adoptan una conducta rígida con respecto a
los roles.)
Otras fuentes de modelos muy accesibles para las parejas heterose­
xuales —revistas, diarios, libros de autoayuda, cursos convencionales y
programas de televisión que dan lecciones explícitas o encubiertas sobre
la manera de llevar adelante una sociedad para convivir— se basan en
supuestos sobre acuerdos, perspectivas y sustentos que en general no se
aplican a las parejas lesbianas. Si bien puede constituir una ventaja tener
la libertad de idear las soluciones propias, esa libertad entraña la pérdida
de la sensación de certidumbre y dirección que da el hecho de seguir la
tradición, y recibir la consiguiente legitimación social.
El segundo factor que complica los esfuerzos de la pareja lesbiana
para resolver los problemas cotidianos tiene su origen irónicamente en
la característica de la relación que precisamente puede hacerla tan
placentera. Es decir, la relación comprende dos mujeres. Al igual que las
demás mujeres de esta cultura, la lesbiana ha sido socializada para
interesarse más en los sentimentos del otro que en los propios, para ser
más sensible a las necesidades del otro que a las propias. Puesto que en
una relación lesbiana el otro es también una mujer, cada una de las partes
se encuentra recibiendo un grado de atención desconocido en sus
relaciones con hombres o miembros de la familia donde se espera que las
mujeres sean prodigadoras unilaterales. La sensibilidad recíproca entre
las integrantes de una pareja lesbiana puede brindar un enorme placer y
bienestar. A veces, sin embargo, tiene efectos secundarios perturbado­
res. En su novela Other Wornen, Alther presenta una situación de ese tipo
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 173

cuando describe la relación prolongada entre Carolina y Diana:

Llegaron finalmente a la conclusión de que su relación no estaba funcionan­


do, porque las dos tenían una necesidad equivalente de ser necesitadas... La vida
con la otra era una lucha constante por sobreprotegerse mutuamente... Las dos
aumentaron cinco kilos por las golosinas y masitas que la otra traía a casa, que
eran obligatoriamente devoradas para complacerla. Durante la relación sexual
cada una esperaba que la otra alcanzara el clímax primero, hasta que las dos
perdieron el interés por completo. Se peleaban por comerse la tostada más
quemada o por ducharse en segundo término con el agua menos caliente... Con
el tiempo se vieron obligadas a abordar el tema de qué hacer con dos personas
en quienes la preocupación por la otra había llegado a ser una enfermedad (1984,
p4g. 16).

¿Por qué esa preocupación por el otro dificulta la solución de los


problemas? Porque impide que se desarrolle la capacidad de estar cons­
ciente de las propias necesidades e, incluso, en el caso de estar conscien­
te, de expresarlas en términos claros que puedan crear un conflicto, pero
que además permitan la explicación y la negociación necesarias para
resolverlo.

La comunidad lesbiana
Las integrantes de la comunidad lesbiana bien pueden constituir el
contexto interaccional primario de la pareja lesbiana. En la terapia (y en
las visitas hospitalarias, las pólizas de seguro, los tribunales, los funera­
les, los bancos, etcétera), no suele prestarse atención a la importancia de
estas amigas. Nosotras señalamos su significación porque sirven no sólo
de relaciones primarias sino además de refugio e identificación.
Cualquier lugar en el que se reúnen las lesbianas puede llegar a ser un
refugio: un concierto de música de una mujer, una reunión política, una
librería para la mujer. La cantidad crea momentáneamente la sensación
de estar en un lugar donde la mayoría heterosexual no está invadiéndolas,
observándolas y pronta a condenarlas, y posiblemente a perseguirlas.
Como todas las personas oprimidas usan su adhesión al grupo para poder
existir en un mundo hostil, las lesbianas también adoptan la identidad de
su grupo para sobrevivir al odio. Se crean una identidad orgullosa
recurriendo a las características que las hacen singulares y fuertes, y
buscan imágenes positivas en las canciones y la literatura de las mujeres.
Las mujeres lesbianas recurren a la comunidad lesbiana para buscar
compañerismo, fraternidad, familia y espíritus afines. Las mujeres más
174 LA PAREJA LESBIANA

conectadas con la comunidad lesbiana conocen las normas y esperan que


sus integrantes las cumplan. Por ejemplo, en algunas comunidades les­
bianas se espera que las parejas sean monógamas, mientras que en otras
puede considerarse que la monogamia es opresiva. La comunidad más
influyente para las cuatro mujeres analizadas en este capítulo pasó de ser
un grupo cerrado de diez parejas a ser un grupo abierto en el que
participaban parejas, mujeres solas y ex amantes. Este cambio se produ­
jo varios meses antes de que estas mujeres recurrieran a la terapia, y es
este contexto también el que necesitaba ser tenido en cuenta como parte
del cuadro total.

Los conceptos tradicionales de la terapia familiar


Varios conceptos centrales de la terapia familiar como, por ejemplo,
triángulo, fusión y límite, bien podrían acudir a la mente para describir
y explicar las pautas específicas y los problemas característicos de las
relaciones lesbianas. Estos tres conceptos están imbuidos del prejuicio
heterosexista y su aplicación a cualquier sistema de relaciones puede
producir una perspectiva distorsionada. En especial, su aplicación a las
relaciones lesbianas inevitablemente producirá una descripción pobre y
patologizada.

Los triángulos. En el sistema lesbiano descripto en este capítulo, la


cantidad de tríadas superpuestas era sin duda notable y llevó a las
terapeutas a analizar las interacciones desde el punto de vista tradicional
en la terapia familiar según el cual los triángulos son siempre perversos
(Haley, 1971). La inclusión de un tercero a veces puede crear un trián­
gulo perverso, pero ¿qué fundamentos hay para decir que a veces podría
no producirlo? En primer lugar, dada la telaraña de relaciones que las
lesbianas tienden a mantener, la unidad primaria correspondiente a un
conflicto específico que parece ser un problema diádico bien puede estar
constituida por tres, cuatro o más personas. Además, podemos estar en
presencia de una manifestación de la psicología de las mujeres. Gilligan
(1982) sugería que, a diferencia de la manera que tienen los hombres de
aplicar un principio imparcial para resolver un dilema moral, las mujeres
proyectan una amplia red de preocupaciones relaciónales, prestando
atención a cada una de las partes afectadas. Tal vez se pueda aplicar lo
mismo a la manera de resolver los conflictos que tienen las mujeres.
En segundo lugar, sabemos que manejar un conflicto de manera
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 175

productiva es difícil para todos, pero es particularmente difícil para las


mujeres. Dado que no tienen una base de poder en el mundo real, las
mujeres, tanto las lesbianas como las heterosexuales, están acostumbra­
das a abordarlos conflictos sólo indirectamente (Miller, 1976). Incluir a
una tercera persona o a varias personas más hace que la confrontación sea
menos directa pero, precisamente por esto, también puede ser lo que
permite que se produzca la confrontación. El efecto deseado y facilitado
por este modo de proceder es diluir la intensidad para poder manejar el
enojo sin perder a la otra persona.

La fusión. En terapia familiar, la fusión figura notablemente como un


principio explicativo en los dos principales artículos publicados sobre la
terapia con parejas lesbianas (Krcstan y Bcpko, 1980; Roth, 1985). Por
consiguiente, al conceptualizar nuestro trabajo con las pacientes presen­
tadas en este caso, quisimos examinar el significado y la utilidad del
concepto de fusión. Las dificultades que encontramos con este concepto
hicieron que lo cuestionáramos por completo.
En terapia familiar el concepto de fusión se asocia más estrechamen­
te con el trabajo de Bowen (1966), quien emplea el término para situar
el extremo inferior de una serie continua que mide la capacidad de un
individuo para actuar y sentir como un ser independiente. Las personas
que padecen “fusión del yo” tienen los límites del yo poco definidos,
dependen excesivamente de la opinión y aprobación de los demás y
tienen grandes dificultades para hablar en nombre propio. En el extremo
superior de la serie continua se encuentran las personas diferenciadas que
tienen una identidad claramente definida, piensan y sienten independien­
temente de las necesidades y deseos de los que los rodean y toman
decisiones basadas en principios racionales y no emocionales. El término
fusión también se aplica a las relaciones. Según la teoría, una persona
cuyos sistemas emocional e intelectual están fusionados “se fusionará”
en las relaciones, es decir, “perderá identidad” (Kerr, 1981). Llegamos
a la conclusión de que, si aplicábamos el concepto de fusión a Ruth, Ri la,
Cata y Cora, veíamos realmente que tenía algo de verdad. Estas cuatro
mujeres parecen sin duda excesivamente sensibles entre sí, desarrollan
una intensa intimidad y tienen dificultades para adoptar posiciones que
podrían ser desaprobadas.
No obstante, un poco más de reflexión sobre el tema nos llevó a
cuestionar la fusión como medio para explicar la conducta de las
176 LA PAREJA LESBIANA

pacientes. El término describe a la persona que otorga una mayor


prioridad al mantenimiento de la relación, que a la manifestación, el des­
arrollo e incluso la salud de sí misma. Para la persona fusionada, la
distinción entre lo que es mejor para sí misma y lo que es mejor para la
relación se hace borrosa o desaparece por completo. El problema de
aplicar este concepto a las mujeres es que a ellas se les enseña que ignorar
la distinción entre ellas mismas y la relación es el camino hacia el logro
de la autorrealización. En realidad, la capacidad de una mujer para
ignorar esa distinción es considerada como un signo de madurez.
Hay una segunda forma en que la fusión es unconcepto implícitamen­
te basado en los géneros. Bowen dice que las personas fusionadas viven
“en un mundo ‘de sentimientos”’ y que gastan la mayor parle de su
“energía vital... manteniendo el sistema de relaciones que las rodea...
Son incapaces de usar el ‘yo’ diferenciado... en sus relaciones con los
demás” (1966, pág. 357). En esta cultura las afirmaciones que anteceden
comprenden una descripción adecuada de la llamada mujer sana (Bro-
verman, Vogel, Broverman, Clarkson y Roscnkrantz, 1972). Las muje­
res son educadas para saber relacionarse, para encargarse de los aspectos
relaciónales de todas nuestras vidas, para ser sensibles a los sentimientos
de los demás y, específicamente, para evitar decirlo quiero, yo necesito.
A diferencia de las personas fusionadas, las diferenciadas “están orien­
tadas por principios, dirigidas a objetivos”, “no son afectadas por el
halago ni la crítica de los demás”, son capaces de “asumir la responsa­
bilidad total de sí mismas” y de “desembarazarse de ‘experiencias
emocionales intensas’ y proseguir un curso autodirigido a voluntad”
(Bowen, 1966, pág. 359). Los hombres correctamente aculturados son
formados precisamente en esas aptitudes.
La dicotomía fusionado/diferenciado constituye un error porque po­
lariza las capacidades humanas. Este error se agrava al poner de mani­
fiesto el mayor valor que la cultura atribuye a las aptitudes autónomas
con respecto a las aptitudes relaciónales, es decir, la elevada valoración
de las aptitudes masculinas con respecto a las femeninas. El efecto es la
polarización de los sexos. Los hombres, por su formación cultural, pa­
recerán muy diferenciados y, por consiguiente, se les pondrá el rótulo de
normales y sanos. Las mujeres, por su foimación cultural, parecerán me­
nos diferenciadas y recibirán entonces el rótulo de patológicas. Nosotras
cuestionamos la valoración que produce este resultado. Este mundo sería
un lugar más seguro y habitable si se enseñase no sólo a lamitad femenina
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 177

de la raza a alimentar las relaciones, responder a los sentimientos y


opiniones de los otros y fomentar el bienestar de los demás.
Los prejuicios superpuestos contra las mujeres y la afinidad afectiva
implícita en el sistema de Bowen se hacen más evidentes cuando el
concepto de fusión se amplía para decribir lo que sucede en las experien­
cias emocionales intensas. Bowen afirma que incluso la persona bien
diferenciada “afloja los límites del yo para lograr el placer de compar­
tirse con el otro”, y luego tendrá la necesidad de desembarazarse de este
tipo de “fusión emocional” para seguir con lo suyo (1966, pág. 359). Esta
liberación contrarresta la sensación de “demasiada intimidad, con la
consiguiente sensación de pérdida de la identidad propia... ” (Kerr, 1981,
pág. 236). Esta conceptualización de la intimidad también constituye el
punto de vista de la cultura (que es el punto de vista de los hombres) de
que la intimidad representa un peligro, que amenaza a la vida en lugar de
dar vida, que vacía en lugar de llenar y, por consiguiente, que es mejor
tomarla en pequeñas dosis. En cambio las mujeres sienten que la
intimidad enriquece, amplía y define la identidad, no la anula. La
anulación de los signos de su identidad puede sucederle a las mujeres,
pero no debido a la experiencia de la intimidad por sí sola.
Puesto que el prejuicio del género en este concepto se duplica cuando
se examinan mujeres en una relación con otras mujeres, sugerimos que
los terapeutas consideren en primer término otras explicaciones para la
conducta observada en las parejas lesbianas que podrían llegar a descri­
bir con el término “fusión”. Por ejemplo:
1) Una relación entre un hombre y una mujer en la cual ella está
siempre pidiendo más y dando más, mientras que él se acerca y se aleja,
tolerando la intimidad sólo durante períodos breves, por lo general es
considerada normal. Si, en cambio, la relación es entre dos mujeres,
quienes por su formación están preparadas para comprometerse a man­
tener un prolongado periodo de intensa relación y además están dispues­
tas a hacerlo, entonces puede parecer patológica en comparación con la
primera. Los terapeutas deben considerar la idea de que tal vez lo que
están viendo es riqueza y no fusión.
2) Las lesbianas cuentan con una pequeña comunidad de almas
afines, rodeada de una sociedad que se muestra antipática o francamen­
te hostil ante su existencia. Por ende, el contexto social en el que existen
las lesbianas hace que las sanciones por perder a la compañera sean
mayores que en el caso de las pacientes heterosexuales. En lugar de una
sensación de carencia de identidad, puede ser aquel temor la causa del
178 LA PAREJA LESBIANA

pánico y el aferramiento desesperado a la pareja lo que los terapeutas


suelen identificar como una manifestación de fusión.
3) La similitud, la reflexión especular o la gemelización, fenómenos
todos que los terapeutas han observado en parejas lesbianas, no tienen
necesariamente que obedecer al concepto de fusión sino, en cambio, a
una identificación recíproca inofensiva, una respuesta de protección
mutua ante un entorno hostil.
4) El terapeuta puede llegar al diagnóstico de fusión debido a un
sentimiento de envidia no analizado de la intimidad observada o a una
ambivalencia en su valoración de la intimidad.
5) El vocabulario y las emociones que las mujeres han aprendido a
asociar con la vinculación erótica están cargados de sacrificio y catástro­
fe. “No me interesa nada que no seas tú”. “No puedo vivir sin ti”. Cuando
una mujer le habla así a un hombre, las palabras suenan normales y
familiares. Cuando una mujer se dirige en esos términos a otra mu jer, las
palabras indican fusión. Reconózcase esta reacción como homol'obia.
6) Una mujer puede estar padeciendo las consecuencias de un error
cognitivo que la ha hecho creer que ella sola no se basta para satisfacer
las exigencias de su vida. Este error cognitivo es común en las mujeres
pues se lo enseñan desde pequeñas. Y se traduce en una dependencia
excesiva de un compañero que erróneamente parece tener todas las
cualidades que le faltan a la mujer. El componente emocional de este
error cognitivo es el pánico que siente la mujer ante cualquier riesgo de
perder una relación tan profundamente importante, reacción que suele
exacerbarse en las parejas lesbianas debido a las condiciones menciona­
das antes: por ejemplo, opciones limitadas, mayor intimidad y elevada
identificación. No obstante, esta reacción no es aclarada ni descripta
adecuadamente con el término fusión.

El límite. El límite es la “línea” que rodea a un grupo de personas y


está formada por las reglas que rigen la asociación de los miembros y la
participación dentro de ese grupo. Este término facilita en terapia fami­
liar el análisis de las responsabilidades y privilegios de un grupo con
respecto a otro, una parte de la familia con respecto a otra c, incluso, un
individuo con respecto a otro. Cualquiera que sea la intención original
del término, ha llegado a ser usado corrientemente de un modo tal que se
emplea para hacer distinciones neutrales —lo de usted frente a lo de
ellos— o como una filosofía de vida: “Mantenga sus límites claros”. Ya
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 179

sea que lo empleen elocuentemente los teóricos o se diga instructivamen­


te a los pacientes, lo que este término subraya es la propiedad, la
posesión, la protección, la separación, la cautela y la vigilancia.
Se escribe mucho más sobre lo que debe mantenerse fuera del límite
que sobre lo que debe permitirse dentro de él; más sobre la claridad y la
firmeza que sobre la fluidez y la adaptabilidad; más sobre lo que debería
ser que sobre lo que podría convenir. Se menciona poco en la literatura
existente sobre terapia familiar la posibilidad de aflojar alguna vez el
control del límite, de que haya ocasiones en las cuales sería conveniente
bajarla guardia como, por ejemplo, en el juego, las crisis, las transiciones
y ciertas agrupaciones. Cuando comenzamos nuestro trabajo con las
mujeres presentadas en este capítulo, nos dimos cuenta de que la teoría
de la terapia familiar no proporcionaba orientación alguna que nos dijera
que debíamos examinar las necesidades y beneficios que harían que
algunas parejas, en este caso parejas lesbianas, evitasen el rígido límite
normalmente recomendado. En consecuencia, al comienzo de la terapia
las mujeres parecían estar en un error o en un problema, aun cuando otros
límites en sus vidas (con respecto al trabajo y a sus familias de origen)
parecían funcionar bien.

Nosotras deseamos cuestionar el uso del concepto de límite como un


término prescriptivo en lugar de descriptivo. Excepto en el caso del tabú
del incesto, el objetivo principal de prescribir límites parece ser el de
proteger las jerarquías de la familia, que también son proscriptas. Esa
imagen de la familia está al servicio del patriarcado y de su modalidad
preferida, la dominación. Otras maneras de administrar la vida familiar
son rara vez exploradas en la terapia familiar.
La insistencia en el concepto de límite indica que la terapia familiar
ve a las relaciones de la familia, y a las relaciones en general, como
batallas para ganar territorio, como luchas por el poder desde el principio
hasta el final. Sin duda, hay personas que viven las relaciones precisa­
mente de esa manera, pero hay otros modos de vivir las relaciones.
Resulta innecesariamente restrictivo en este campo no crear otras metá­
foras ni prestar atención a otros modelos. Las parejas lesbianas en
realidad proponen una imagen diferente: relaciones que no se basan en
la política del poder sino en la intimidad, la mutualidad, la interdepen­
dencia y la igualdad.
180 LA PAREJA LESBIANA

EL TRATAMIENTO

Los objetivos
Nuestros objetivos para el grupo en tratamiento eran los siguientes:
1) Ayudar a cada una de las mujeres a identificar sus necesidades
individuales. ¡.
2) Investigar con cada una de ellas qué significaría encargarse de sus
necesidades individuales y las consecuencias que podría acarrear­
les esa actitud.
3) Normalizar el conflicto, acrecentar su tolerancia y ampliar los
recursos para resolverlo.
4) Alentar a las mujeres para que negocien reglas explícitas relativas
a las pautas de interacción que les convinieran, en especial con
respecto a definir el carácter de las relaciones primarias y las ex­
pectativas sobre los quehaceres, el dinero, el sexo y la intimidad.
5) Apoyar a las mujeres en lo relativo a la confianza que depositan en
los recursos disponibles en la comunidad lesbiana.

El plan
Las necesidades individuales. Una importante manera de ayudar a las
mujeres a reconocer sus necesidades es identificar algo en lo que ellas ya
están diciendo y haciendo como la manifestación de una necesidad
individual. Esta manifestación puede ser descripta como exagerada,
subestimada o encubierta, pero contribuirá a legitimar la manifestación
directa el hecho de que las terapeutas señalen que ya existe alguna
manifestación y les demuestren que es inevitable que exista cierta
manifestación de las necesidades. Las terapeutas pueden pedir una
declaración directa de la necesidad identificada y trabajar con las propias
reacciones de la paciente para hacer esta afirmación más directa aun.

Las consecuencias de las necesidades. Una vez que se ha logrado


cierto progreso en el reconocimiento y manifestación de las necesidades
individuales, cada una de las mujeres requerirá ayuda para afrontar las
consecuencias de esas necesidades que tienen de las demás. Las terapeu­
tas ayudarán a cada una de ellas a expresar las consecuencias para sí
misma y le enseñarán a la que lo necesita a escuchar la discusión sin
invalidar su necesidad, aun cuando tenga consecuencias no deseadas
para las demás.
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 181

El conflicto. Se pueden ampliar las opciones de la mujeres para


abordar los conflictos interrumpiendo sus esfuerzos para mitigarlos e
instándolas a relacionarse como mujeres adultas y competentes. Las
terapeutas pueden explicarles que cuando actúan de manera indirecta y
evitando la confrontación, se infantilizan mutuamente y se privan unas
a las otras de la oportunidad de demostrar madurez y fortaleza. Al hacer
explícito cualquier conflicto implícito del grupo, las terapeutas pueden
invitar a las mujeres a hablar del tema durante la sesión de terapia y actuar
como instructoras de cada una de las participantes mientras las demás in­
tegrantes del grupo observan. Otra posibilidad es dar instrucciones sobre
técnicas de pelea limpia como, por ejemplo, emplear afirmaciones en
primera persona, discutir un tema por vez y poner un límite de tiempo a
la discusión.

Las expectativas explícitas. Este objetivo requiere que las mujeres


sepan cuáles son sus expectativas en las relaciones primarias y qué es lo
que cada una supone sobre las expectativas de la otra. Por consiguiente,
está relacionado con el primer objetivo de reconocer las necesidades
individuales. A continuación pueden analizarse y negociarse las expec­
tativas diferentes de las partes con la ayuda de las terapeutas, y el apoyo
de las amigas.

Los recursos. Para legitimar la importancia que la comunidad lesbia­


na tiene como recurso en la vida de estas mujeres, las terapeutas pueden
reconocer la red de amistad, el club de cenas, los acontecimientos
musicales centrados en mujeres, y las actividades políticas comprendi­
dos en la comunidad que apoya y acoge a las mujeres lesbianas.

CATA, CORA, RITA, RUTH

Durante los meses siguientes, alentamos a Ruth para que expresara su


pena y su enojo por la pérdida de Rita como amante, tanto ante Rita como
ante el grupo. Poco a poco Ruth se fue ajustando al cambio producido en
su relación con Rita y comenzó a desarrollar una nueva relación. Como
suele suceder en la comunidad lesbiana, las otras mujeres del grupo
incluyeron cálidamente a la nueva amante de Ruth en sus cenas y salidas.
Esta actitud pareció tener en cuenta el deseo de Ruth de seguir conectada
no sólo con Rita sino también con Cora y Cata. Pronto Ruth decidió que
182 LA PAREJA LESBIANA

ya no necesitaba las sesiones porque había terminado lo que necesitaba


terminar con Rita y confiaba en que la amistad con ella y con las otras
integrantes del grupo continuaría. Nosotras coincidimos con la evalua­
ción de Ruth.
La manifestación de empatia de Cata en todas las sesiones era notable.
Siempre se sentaba cerca de la que estaba sufriendo más. Lloraba cuando
ellas contaban sus historias, se acercaba para consolarlas con algún gesto
físico y mantenía su propia historia sin revelar como para no distraer la
atención de quien ella creía que la necesitaba más. Le planteamos a Cata
que estaba interfiriendo con el desarrollo de una empatia mutua y
recíproca entre las integrantes del grupo al no darles la oportunidad a las
demás de protegerla a ella. Les sugerimos a las demás que cada vez que
Cata manifestase preocupación por ellas, podrían preguntarle si no
estaría conteniendo la necesidad de recibir algo de atención. Después de
esta sugerencia, las integrantes del grupo empezaron a observar las
conductas de cualquiera de ellas que pudieran ocultar una necesidad
individual y a comentar las ventajas de los pedidos directos con respecto
a los indirectos.
Cata estaba confundida con respecto a si prefería tener una relación
primaria con Rita o con Cora, y lloraba ante la posible pérdida de
cualquiera de las dos. Le pedimos que definiera sus necesidades y que
nos contara cómo parecía satisfacerlas cada una de las mujeres. La
respuesta de Cata nos hizo pensar que nunca se le había ocurrido
plantearse la cuestión de sus propias necesidades en una relación; ella
había creído que la única cuestión legítima era quién la necesitaba.
Después de unos momentos de reflexión reconoció que la energía y
el entusiasmo de Rita la satisfacía sexual y emocionalmente. Cuando
empezó a hablar de Cora, nos dio la impresión de que su toma de
conciencia y sus palabras nacían al mismo tiempo. Dijo que Cora
satisfacía su necesidad de tener una historia común, seguridad y familia­
ridad, todo esto representado en el hogar que habían formado juntas y en
el hecho de haber sido incluida en la cariñosa familia de Cora; una familia
completamente diferente de la de Cata, cuyos padres abusivos y alcohó­
licos ahora estaban muertos. Nuestra interpretación de esta respuesta fue
que Cora le había brindado a Cata su primer hogar verdadero, cuyo valor
sin duda había sido acrecentado por el refugio que le proporcionaba
frente al mundo hostil. La idea de perderlo aterrorizaba a Cata. Esta
interpretación pareció ser correcta cuando ella siguió describiendo con
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 183

lágrimas la vida que ambas habían compartido durante quince años.


Rita representaba un exagerado altruismo en la solicitud incondicio­
nal que manifestaba por Cata. Afirmó reiteradamente que apoyaría a
Cata cualquiera que fuese la decisión que llegase a tomar, aunque la
satisfacía plenamente su intimidad sexual y emocional, y esperaba que
continuase. Le sugerimos a Rita que tal vez estaba negándose a sí misma
lo importante que había llegado a ser Cata para ella. Cuando le pregun­
tamos a Rita cómo se estaba ocupando de sus necesidades propias, dijo
que pasaba con Cata todo el tiempo que las circunstancias le permitían,
mientras que estaba dispuesta a que Cata se volviese a mudar con Cora
en cualquier momento. Dado el alcance de su apego, le advertimos que
podría estar sobreestimando su capacidad para aceptar lo que sucediese
y la alentamos a hablar claramente a medida que sus reacciones salieran
a la superficie en el transcurso de la terapia. Prometió hacerlo.
Durante todos estos meses, Cora se mantuvo firme en su deseo de que
Cata volviese a mudarse a su casa y de tratar de tener nuevamente una
relación primaria y exclusiva en el aspecto sexual. Manifestó tristeza
porque Cata no compartía su resolución, pero abrigaba la esperanza de
que cuando regresase del viaje a Europa que tenía planeado desde hacía
mucho para el verano, Cata estaría dispuesta a volver con ella. Le
preguntamos a Cora cuál sería el motivo que haría volver a Cata.
Respondió que el deseo de volver a ser una pareja motivaría a Cata a
intentarlo. Cuando la presionamos más, Cora admitió que todos los
intentos que ellas habían hecho durante el último año de acercamiento
íntimo sexual habían sido insatisfactorios para las dos, pero ella creía que
el tiempo y la eliminación de las distracciones podrían llegar a producir
mejores resultados.
Le preguntamos si la relación entre Cata y Rita constituía una
complicación. Cora dijo que sus pedidos de que Cata dejase de ver a Rita
le producían tanto dolor a Cata que ella siempre terminaba por renunciar
a hacerlos. Nosotras queríamos ayudar a Cora a ir más allá de su punto
de retroceso normal, pero nos dijo que no tenía la energía necesaria para
hacerlo. A causa de su estilo de comunicación indirecta y ambigua, Cata
y Cora no habían tenido una confrontación verdadera. Nos parecía que
volvían a actuar guiadas por la creencia de que la otra no era suficiente­
mente fuerte para escuchar la verdad, que no tenían derecho a la
satisfacción sexual, que su deseo de redefinir su relación era, en cierta
forma, desleal.
184 LA PAREJA LESBIANA

En este punto se nos presentaba una buena oportunidad para ayudar


a estas mujeres a encontrar mejores métodos para resolverlos conflictos.
Le pedimos a cada una que describiese su deseo óptimo y ayudamos al
grupo a negociar la lista resultante. Después de cierta discusión, todas
estuvieron de acuerdo en que Cata volviese a su casa pero que siguiera
viéndose con Rita mientras Cora estaba de vacaciones, solución que era
complicada pero que satisfacía a todas. Nosotras sintetizamos las conse­
cuencias posibles de ese arreglo y lo que podía perder cualquiera de ellas:
Cora podría encontrarse sin Cata al regresar de sus vacaciones; Rita
podría llegar a estar más apegada a su nueva relación y, por consiguiente,
resultarle más difícil desprenderse de ella; Cata podría sentir más apego
por la casa, la vecindad y también por Rita y, en consecuencia, su
elección podría resultarle aun más difícil.
Mientras Cora estuvo afuera, Cata y Rita nos contaron que sus días
eran muy felices y que sería muy difícil terminar su relación sexual
cuando Cora regresara. Rita dijo que Cata parecía más contenta ahora
que había vuelto a su casa. A contragusto, Rita dijo que estaba empezan­
do a darse cuenta de que no podía competir con los quince años de
historia, familia y hogar que habían compartido Cata y Cora. Cata volvió
a subrayar que su casa y su vecindad eran esenciales para ella, y que no
quería perderla a Cora como amiga y compañera del alma. No obstante,
también dijo que era difícil pensar en ella como amante.
En la sesión que tuvimos varias semanas después, cuando Cora
regresó, Cata anunció que había decidido vivir sola en su viejo barrio y,
salir con Rita y con otras mujeres. Impulsada fuertemente por nosotras,
Cora le dijo a Cata que ella estaba triste y desilusionada, pero habló con
muy poco afecto. Rita también trató de ocultar sus sentimientos, em­
pleando otra vez una actitud de total aceptación. Le sugerimos a Rita que
ella parecía querer darle a Cata una imagen idealizada de la amante
abnegada y que esta imagen la perjudicaba a ella misma. La alentamos
a que respetara los sentimientos que pudiera llegar a sentir, cualesquiera
que ellos fuesen, y que no pensase que hacerlo significaría darle la es­
palda a su amiga. Rita aceptó intentarlo. Cata explicó que la decisión de
formar su propio hogar surgió porque se dio cuenta de la importancia que
tenía un hogar para ella, el hogar y no Cora, quien se había desvanecido
como compañera sexual hacía mucho tiempo.
En la sesión siguiente, nos enteramos de que a pesar de las intencio­
nes expresadas en la sesión anterior, Cata no se había mudado de la casa
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 185

de Cora y seguía viviendo con ella. Cuando le preguntamos cómo


pensaba satisfacer sus necesidades afectivo-sexuales, Cata dijo que no
iba a abordar esa dimensión por temor de que Cora no le permitiera vivir
con ella mientras saliera con otras mujeres. De esta manera, esperaba
evitar conflictos, por lo menos hasta que una situación real lo hiciera
necesario. Cuando le pedimos a Cora que aclarase su posición, afirmó
que no era aceptable para Cata vivir con ella y tener relaciones sexuales
con otras. Ella abrigaba la esperanza de que, con la experiencia de la
convivencia, Cata volviera a desearla. Le pedimos a Cora que explicase
cómo veía exactamente que podría realizarse este cambio. Al ser presio­
nada, admitió que en realidad no podía imaginarlo.
Nosotras le hicimos notar que la solución a la que habían llegado Cata
y Cora no parecía tener muchas probabilidades de durar, y nos pregun­
tamos si tal vez se trataba del método que ellas habían elegido para
posponer una pérdida inevitable. Como ellas asintieron, las instamos a
pasar un tiempo explorando modos de convivencia para ver si podían
incorporar lo que cada una deseaba. Al hacer esta sugerencia sabíamos
que no era una tarea fácil. Nuestras ideas de lo que deseamos en una
relación son fácilmente obnubiladas por los supuestos heterosexistas que
bloquean otras posibilidades para estructurar las relaciones. A pesar de
las dificultades, las urgimos a que realizaran la tarca, explicándoles que
cuando no se es explícito se acrecienta el riesgo de que la propia vida sea
dirigida por supuestos que no corresponden a la realidad.
Dos semanas después, Cata contó que ella estaba viviendo en la casa,
Cora estaba viviendo en el cuarto de huéspedes de la casa de una amiga
y Rita se había mudado a un departamento más chico. Cata y Cora
estuvieron de acuerdo en que la casa era más significativa para Cata que
para Cora, de modo que Cata seguiría viviendo allí mientras discutían la
posibilidad de venderla. Las acciones físicas constituyeron un cambio
significativo para Cata y Cora con respecto a la idea que tenían de la
relación. Nos contaron que pasaron largas noches analizando si esa
relación satisfacía sus necesidades individuales. Su conclusión fue que
ya no podía hacerlo.
Una vez que dejaron de realizar esfuerzos para que la relación
“funcionase”, Cata y Cora pudieron conversar sobre las dificultades
sexuales que se les habían planteado desde hacía tiempo. Cora admitió
que ella siempre se había sentido atemorizada por la intensidad sexual de
Cata. Sugerimos que el origen de este temor podía ser el espectro de
186 LA PAREJA LESBIANA

perderla intimidad producida por la intensidad, perder a ese otro que se


ha acercado aun más. Cora admitió esa posibilidad, pero dijo con cierta
timidez que todo lo que sabía con seguridad era que el sexo tenía poca
importancia para ella. Si bien afirmamos que no era necesario tratar este
tema a fondo en presencia de Cata y Rita, le sugerimos a Cora que tal vez
su propio interés sexual no era deficiente en ningún sentido, sino
simplemente diferente del de Cata. Esta perspectiva constituyó un
evidente alivio para Cora. Cata admitió que con el tiempo ella había
dejado de tratar de que Cora se interesara en el sexo. Nos preguntamos
en voz alta si esto era sencillamente una extensión de la regla que ellas
tenían para abordar los conflictos: “Si no puedes obtener lo que deseas
de tu pareja, es preferible retroceder que pelear para conseguirlo”. Las
dos mujeres estuvieron de acuerdo con nuestra interpretación.
Señalamos a las tres mujeres que Rita no había dicho nada durante la
sesión, que en ningún momento nos había parecido necesario pedir sus
comentarios y que ni Cata ni Cora le habían pedido nada. Después de
analizar sus respuestas a nuestra observación, llegaron a la conclusión de
que Cata y Cora tenían que discutir algún asunto privado en la terapia que
no era de la incumbencia de Rita, de Ruth ni de ninguna otra persona. A
continuación acordamos una sesión para Cata y Cora a solas a fin de que
ritualizaran el final de su relación sexual.
En la sesión lijada, Cata y Cora comenzaron por declarar que no
estaban dispuestas a despedirse. Les recordamos que la influencia del
heterosexismo hacía que la despedida pareciese necesaria simplemente
porque terminaba su relación sexual. Observamos que ellas no tenían por
qué compartir esa idea. Dijeron que se sentían de muchas maneras tan
íntimas como lo habían sido cuando eran amantes, aun cuando no
deseaban tener relaciones sexuales. Con una orientación específica dada
por nosotras, comenzaron a lamentar la pérdida de su relación sexual,
comunicando abiertamente el sufrimiento y la tristeza de sus últimos
años de convivencia. Con el tiempo, empezaron a hablar más sobre la
importancia de la relación, tanto la pasada como la presente, e insistieron
en mantenerla en el futuro. Les sugerimos que aunque no habían nacido
de la misma madre, cada una había encontrado en la otra una buena
hermana y estaban experimentando lo valioso y maravilloso que puede
llegar a ser contar con una hermana. Cata respondió que en realidad
ninguna de las mujeres del grupo tenía una hermana y se preguntó si ése
sería en parte el motivo por el cual abandonar a la otras les resultaba tan
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 187

penoso. Una de las terapeutas dijo que ella sí tenía una hermana y también
se desesperaría si no pudiera contar con ella en momentos especiales o
mantener con ella largas conversaciones hasta bien entrada la noche
durante el resto de su vida.
Cora y Cata parecían conmovidas por la idea de verse como hermanas
y les encantaba la perspectiva que daba a su futuro. Se preocuparon luego
porque, dado que no eran hermanas biológicas, los demás podrían no
comprender o apoyar el deseo constante de que la otra ocupase un lugar
tan central en la vida de cada una. Cora dijo que ella ya había tenido
problemas, y explicó que las mujeres con las que había salido reciente­
mente se sentían amenazadas por su relación con Cata y desconfiaban,
a pesar de que ella les decía que no se trataba de una relación sexual.
Nosotras comprendimos este problema y dijimos que aun cuando existe
el vínculo biológico, como en el caso de nuestras hermanas, suele haber
problemas, pues nuestros maridos y amantes se habían sentido celosos
de este vínculo. En la comunidad lesbiana, observamos, el problema
evidentemente es más complicado. Puesto que la comunidad es tan
pequeña y el riesgo de exponerse a un extraño, tan elevado, las mujeres
por lo general salen con sus amigas y la línea que separa a la amiga de la
amante suele trasponerse a menudo. Las instamos a pensar para la
semana siguiente en otras dificultades que pudieran imaginar. Ellas
sugirieron incluir a Rita en la tarea e invitarla a venir a la sesión siguiente.
Nosotras aceptamos.
Las tres mujeres vinieron a la sesión siguiente. Cada una de ellas
describió diversas dificultades que imaginaban en las relaciones futuras,
y nosotras observamos que estas dificultades tenían una causa común: la
ambigüedad de las expectativas en las relaciones. Aquí había otra
versión del problema que habíamos trabajado durante toda la terapia.
Esta vez lo expresamos como ambigüedad con respecto al compromiso.
En respuesta ellas comenzaron a hablar de la “opresión del matrimonio”.
Les pedimos que especificaran más lo que decían y las tres se pusieron
a hablar a la vez, completando una las frases de la otra como si hubiesen
discutido este tema muchas veces. Hablaron del poder desigual entre
marido y mujer, la falta de mutualidad en las tareas y la prodigación de
los cuidados y el requerimiento de encontrarla satisfacción de todas las
necesidades dentro del matrimonio. Nosotras señalamos que todo eso
tenía que ver con el heterosexismo y no con el compromiso en sí. Les
preguntamos: “¿Si fueran libres para distribuir su compromiso entre
188 LA PAREJA LESBIANA

tantas personas como quisieran, con quiénes querrían comprometerse y


para qué?” Con repentina facilidad y alegría describieron compromisos
relativos a diversas atenciones y servicios que podían prestar a diferentes
amigas y luego se refirieron a las tres presentes en el consultorio. Cora
y Cata se comprometieron a proteger su relación fraternal y a seguir
aprendiendo sobre esto; Cata y Rita se comprometieron a tener un
período de relaciones sexuales exclusivas mientras examinaban el po­
tencial que tenían; Cora y Rita se comprometieron a mantener una
amistad en la que compartirían lapsos breves dedicados a conversar y
escuchar música. Siguiendo nuestra sugerencia, las tres admitieron que
todo lo que no se había declarado quedaba fuera del compromiso y
expuesto a la experimentación y la negociación.
Seis semanas más tarde Rita, Cora y Cata vinieron a la sesión. Las tres
informaron que habían resuelto los problemas que las habían traído a la
terapia. Rita estaba contenta con el estudio y su relación con Cata. Cata
estaba disfrutando de su casa, del tiempo que pasaba con Rita y de la
nueva relación con Cora. A Cora le encantaban sus salidas con mujeres
y su nueva relación con Cata. Las tres periódicamente cenaban con Ruth.

LOS RIESGOS

Los siguientes son los riesgos que aguardan a la terapeuta feminista


de la familia que trabaja con parejas lesbianas:

1) Insistir con lafrase: “Algunas de mis mejores amigas son lesbia­


nas". El riesgo fundamental de la terapeuta de la familia que
trabaja con pacientes lesbianas es no reconocer la homofobia
común a ella y a las pacientes. El hecho de que la terapeuta y la
paciente parezcan defender los mismos valores puede obedecer
simplemente a que las dos fueron educadas en una cultura que
tiene una larga historia de repulsión y temor a las mujeres que
aman a mujeres. A pesar de todos los esfuerzos que hace la
terapeuta para liberarse del prejuicio, tiene que permanecer bien
consciente de la tendencia homofóbica y heterosexista residual o
ésta sin duda se insinuará en la terapia.

2) Mantener una política de prescindencia. Debido al deseo de


respetar la singularidad de la experiencia de sus pacientes lesbia-
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 189

ñas, la terapeuta puede mostrarse reacia a abordar temas que no


vacilaría en comentar si estuviese trabajando con una pareja
heterosexual. Si bien a veces resulta prudente que las terapeutas
asuman una postura antropológica con pacientes que presentan
problemas y situaciones poco habituales, esta postura puede
prolongarse durante demasiado tiempo. La terapeuta queda así
incapacitada para actuar y las pacientes reciben un mal servicio.

3) Detectar sólo leyendas y visionarios. Si bien casi todas las teorías


de la familia ignoran o implícitamente patologizan la experiencia
lesbiana, las terapeutas feministas de la familia pueden equivocar­
se en el sentido opuesto, idealizando la existencia lesbiana. La
lesbiana puede ser considerada heroica por haber escapado a los
lazos de la pareja heterosexual y rechazado la opresión que
implican el deseo de posesión y la desigualdad que suelen carac­
terizar las relaciones heterosexuales. En la medida en que las
terapeutas idealicen a cualquier tipo de paciente, limitan su
capacidad de ser útiles.

4) Sobreestimar la identificación, subestimar la diferencia. La tera­


peuta puede creer que el hecho de compartir la condición de la
mujer con sus pacientes lesbianas es una similitud tan fundamen­
tal como para volver insignificante cualquier diferencia originada
en la experiencia lesbiana. Aunque este error casi siempre se
comete con el fin de establecer una situación de empatia con las
pacientes constituye inevitablemente un mal servicio porque
impide apreciar la singularidad de la propia vida de las pacientes.
Otro riesgo que se relaciona con éste es que las terapeutas
confundan el conocimiento que tienen del pensamiento feminista
con el conocimiento de la experiencia lesbiana. En realidad, en
gran parte de lo escrito sobre el feminismo no se aborda en
absoluto la experiencia lesbiana.

5) Suponer que si se ha visto uno se han visto todos. A pesar de su


compromiso de no ver el lesbianismo como una patología, la te­
rapeuta feminista de la familia puede caer en la trampa de
clasificar a estas pacientes por su orientación sexual y no por el
modo en que se presentan a sí mismas en la terapia. Este error
llevará a la conclusión absurda de que todas las lesbianas son
iguales y tienen los mismos problemas.
C a p it u l o 9

LA RELACION ABUSIVA

Búrlate de mí
Y hiéreme
Engáñame
Abandóname
Soy tuya hasta la muerte
Tan enamorada
Tan enamorada
Tan enamorada estoy de ti,
Mi amor.
Kate, en “K issM eK ate”
Colé Porter

Era su primera sesión. Angélica me contó sus problemas con manos


y voz temblorosas. Padecía una incapacidad crónica para dormir, con­
centrarse, cuidar a sus hijas o trabajar. Se le había diagnosticado que tenía
un colon espástico. Todas sus energías eran absorbidas por sus peleas con
Horacio, de quien se había divorciado hacía dos años. Empero, el
divorcio no había logrado separarlos y estaban viviendo juntos otra vez.
Angélica contó las traiciones de Horacio: prometer que abandonaría
a la otra mujer de su vida y luego seguir viéndola. Contó sus contradic­
ciones: decirle en un momento dado cómo debía comportarse ella para
no arruinarlas posibilidades que tenían de seguir juntos y seguidamen­
te negar que alguna vez le hubiese hecho abrigar esperanzas. Contó los
ataques de violencia de Horacio: acercarse inesperadamente para tirarles
de los cabellos a los niños o empujarla a ella contra la pared. Contó los
hostigamientos a que la sometía Horacio: llamarla a la oficina diez o doce
veces al día, gritarle insultos a intervalos regulares, despertarla en medio
de la noche “para hacerlo una vez más”, amenazarla con una batalla por
la tenencia de los niños. Y, sin embargo, dijo, era sólo con él que ella “se
sentía segura”. Con la certidumbre que le daba la esperanza, creía que en
el fondo realmente la amaba y que el amor que ella sentía por él haría
surgir lo bueno que había en él. Estos lazos la ataban a la relación y hacían
que quisiera mantenerla.
Dada la descripción expuesta, muchos terapeutas tienden irresistible-
192 LA RELACION ABUSIVA

mente a diagnosticar que Angélica es masoquista, término que tiene una


larga y estimada historia en la psicología (Deutsch, 1944; Freud, 1924/
1959; Roazen, 1985; Stolorow, 1975; véase también Caplan, 1985).
Como diagnóstico, el masoquismo está casi exclusivamente reservado a
las mujeres y tiene por objeto describir a una persona mentalmente
perturbada que no sólo consiente persistentemente que se abuse de ella
y se la haga sufrir en una relación, sino que además parece obtener cierto
placer con ese sufrimiento. La idea de que en realidad está motivada por
la “dulzura del sufrimiento” distingue a la mujer masoquista de las demás
mujeres que también sufren como, por ejemplo, la mujer pobre que lucha
diariamente por la supervivencia (Shainess, 1984). La masoquista desea
ser dominada por un hombre y obtiene toda su autoestima de la aproba­
ción de él.

Desde el punto de vista de la teoría de los sistemas, la mujer “ma­


soquista” se comprende mejor en el contexto de su relación con un com­
pañero “sádico”. En este contexto las palabras “masoquismo” y “sadis­
mo” son usadas en su sentido más general para describir una actitud muy
difundida con respecto a la relación primaria, y no para denotar preferen­
cias de placer sexual. La gratificación del hombre sádico se complemen­
ta con la supuesta gratificación de la mujer masoquista. El se siente
justificado al causarle padecimientos psicológicos (y a veces físicos),
argumentando que le está dando lo que ella necesita y desea verdadera­
mente: ser dominada por un hombre real. Este razonamiento es tan
poderoso que el hombre sádico rara vez recurre a la terapia. No siente
ningún conflicto con respecto a su rol porque la devoción que le dispensa
la mujer, a pesar de sus padecimientos, es prueba de que está cumpliendo
su tarea.
En el caso expuesto en este capítulo el hombre abusivo se negó a
participar en la terapia y declaró no sentir culpa ni tener dudas con
respecto al rol que cumplía en la relación. Por consiguiente, en el sentido
más literal, se trataba de un caso de terapia individual. No obstante,
nosotras creíamos que para comprender a Angélica era necesario prestar
una cuidadosa atención al contexto en el que tenía lugar su problema.
Horacio cobraba mucha importancia en ese contexto.
Como feministas cuestionamos la conceptualización de Angélica
como masoquista porque su conducta era simplemente la satisfacción de
las expectativas culturales con respecto a las mujeres, no un ejemplo de
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 193

desviación.1No necesitamos depender de las ideas psicológicas de una


mujer en particular para explicar una conducta que parece autodestruc-
tiva; podemos referimos a una cultura que contiene muchas exigencias
destructivas para la mujer. Por ejemplo, estar al borde de la desnutrición
para alcanzar lo que la cultura define como belleza femenina, recibir por
su trabajo una compensación mucho menor que la ofrecida a un hombre,
tener una posición dependiente y sumisa en su relación con los hombres.
En realidad, la exigencia de esta actitud ante los hombres es la causa de
que existan las demás exigencias y de que tengan la fuerza que tienen. El
cumplimiento de estas exigencias por parte de la mujer necesariamente
la lleva a tener una conducta que parece autodestructiva, sean cuales
fueren sus motivaciones e ideas propias.

ANGÉLICA

Angélica tenía treinta y un años, estaba divorciada y era madre de dos


niños pequeños. Se desempeñaba como una administradora de bajo nivel
en uña importante compañía de servicios. Conoció a Horacio en la
escuela secundaria, salieron durante varios años y se casaron al egresar
de la universidad. Angélica dijo que Horacio era muy buen mozo,
decidido e inconstante. Atraída en un principio hacia él porque siempre
parecía ¡saber lo que quería, finalmente se dio cuenta de que su seguridad
era más bien obstinación. El matrimonio se volvió cada vez más
conflictivo, llegando algunas veces a la violencia física. Aunque Angé­
lica nunca dejó de sentir un gran amor y una intensa atracción por su
marido, llegó a tener una relación extraconyugal. Después de varios
meses se divorció de su marido, pensando en casarse con su amante, qué
tenía un carácter más amable y estable.
Empero, el divorcio no bastó para aflojarla conexión de Angélica con
Horacio. Angélica siguió ligada a él sexual y emocionalmente. Después
de romper con su amante, salió con varios hombres más, pero dijo que
nunca amó realmente a ninguno que no fuese Horacio y quiso volver a
casarse con él.
Por su parte Horacio tenía otra mujer, pero proseguía vigorosamen -

1 Del mismo modo, la conducta sádica de Horacio era una ampliación del rol
proscripto y aplicado por la cultura a los hombres, más conocido como machismo.
Nuestro objetivo en es te capítulo será explicar el contexto psicológico y social de la mujer.
Véase una explicación del contexto de los hombres en Ehrenreich (1983) y Miller (1976).
194 LA'RELACION ABUSIVA

te su relación con Angélica, y le dijo que él también quería volver a


casarse con ella. Después de ocho meses de haberse divorciado, él y
Angélica comenzaron a vivir otra vez juntos, aunque Angélica sabía que
él pensaba seguir viendo a la otra mujer. Cuando Angélica se quejó,
Horacio la acusó de presionarlo demasiado para tomar una decisión
sobre la relación de ellos.
Cuando llegaron a esta situación Angélica vino a verme. Ella deseaba
vivir con Horacio, pero estaba teniendo dificultades para dormir, traba­
jar, cuidar a sus hijos y satisfacer las expectativas que tenía Horacio con
respecto a ella. Me pidió que la ayudara a dejar de ser tan egoísta e
impaciente. Quería dejar de reaccionar ante las rabietas de Horacio y
dejar de llorar porque “él duerme conmigo una noche y me abandona a
la siguiente”. Horacio le dijo que si él y Angélica habrían de tener alguna
vez una oportunidad, esta situación era una parte inevitable e inofensiva
de sus vidas en ese momento y tenía que ser soportada hasta que ellos
“llegaran al final”. El objetivo de Angélica era aprender a soportar. Su
recompensa, estar casada con el hombre que amaba. Ella creía fervien­
temente que él llegaría a sacar “lo mejor que tenía oculto en su ser”
gracias al amor de ella.
La profunda aflicción de Angélica estaba interfiriendo en su funcio­
namiento diario; primero abordé este problema. Su ansiedad ya empezó
a disminuir al decidirse a iniciar la terapia. La experiencia de ser
escuchada, atendida y apoyada era algo singular para Angélica. El hecho
de contar con un tiempo y una persona dedicados a ella sola atenuaba la
sensación de aislamiento que aumentaba el pánico. Cuando yo hice la
devolución de lo que me había contado y le pedí aclaraciones, Angélica
pareció aliviada al saber que había dado el primero de una serie de pasos
que la sacarían del laberinto de padecimientos que me presentaba. Para
acrecentar esta sensación de alivio fuera de la sesión de terapia le pedí
que comenzara a aplicar algunas técnicas específicas para hacer frente al
estrés. Ella aceptó.
Si bien lo que pedía Angélica a la terapia era ayuda para tolerar la
conducta de Horacio, me encontré reemplazando ese objetivo por el mío:
enseñarle a Angélica a interactuar con Horacio de una manera que
demostrase más respeto por sí misma. Pensé el problema en estos
términos: ¿porqué una mujer que tiene otras opciones económicas sigue
conectada emocionalmente con un hombre del que se ha divorciado
lcgalmente cuando incluso ella dice que su relación, tanto antes como
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 195

ahora, es insatisfactoria en aspectos fundamentales? ¿Por qué esa mujer


soporta una relación psicológicamente abusiva? Si ella se valorara más,
no toleraría el abuso de Horacio. Si no pudiera detener el abuso,
abandonaría la relación definitivamente. Llegué a la conclusión de que
sólo una mujer que atribuyera poco valor a su propio bienestar podría
soportar esa situación. Esta manera de pensar puso a la terapia en una
impasse.
Mis esfuerzos para alentar a Angélica a desarrollar un mayor respeto
por ella misma no se concentraron sólo en su relación con Horacio sino
también en otros ámbitos. Ayudé a Angélica a procurarse amistades y
actividades con sus hijos así como también a identificar otros intereses.
En cuanto a su relación con Horacio, empecé por ensayar con ella
distintas maneras de enfrentar directamente a Horacio por su abusividad.
Después de varios intentos infructuosos para convencer a Angélica de
que trasladase lo que habíamos ensayado a la vida real, pasé a presentarle
métodos menos directos. Le sugerí que cuando Horacio le gritara
insultos, encendiera el grabador, diciéndole que tenía que traerme una
descripción exacta de lo que él opinaba de ella. Cuando la llamara a la
oficina, debía mantener la conversación durante un minuto, después
dejarlo esperando en la línea mientras atendía algunos asuntos de la
oficina, volver a la conversación durante otro minuto, hacerlo esperar
otra vez, etcétera. Angélica no siguió estas sugerencias.
Confundida y frustrada por el fracaso de mi método, examiné el nudo
de preguntas que me ataba: si Angélica no va a hacer nada para detener
el abuso ni para abandonar a Horacio, ¿qué se supone que voy a hacer por
ella? ¿Por qué tiene tanto miedo de actuar? ¿Por qué está desperdiciando
su tiempo, su vida, con este hombre? ¿Cómo puedo sacarla de esta
situación? Estas preguntas, en lugar de haber surgido de un análisis
calmo, estaban cargadas de dolor y de ira. Sorprendida por las fuertes
reacciones que tenía hacia Angélica, llevé mi caso al grupo de consulta.

LA CONSULTA

En las primeras sesiones de terapia, la terapeuta le sugirió a Angéli­


ca cómo comportarse con Horacio de modo que demostrase tener más
respeto por sí misma y menos tolerancia ante los abusos de él. La relación
entre Angélica y la terapeuta parecía cálida y agradable. A Angélica le
agradaban sus sugerencias y se sentía mejor con ella misma cuando
196 LA RELACION ABUSIVA

pensaba que podría tener opciones en su trato con Horacio, pero no había
seguido una sola de ellas. Cada vez que parecía que Angélica veía la luz
que encendía la terapeuta, yplvía con algo que anulaba lo que había dicho
antes, al parecer llegando a la conclusión de que el amor encendía una luz
más brillante y cálida: Descubrimos también en la consulta que la
terapeuta estaba sintiendo una gran identificación con Angélica, porque
Angélica le evocaba recuerdos de antiguas relaciones suyas con hombres
en las que ella misma había permanecido durante demasiado tiempo,
trabajando demasiado duro y tolerando demasiadas cosas.
Pudimos legitimar fácilmente la identificación de la terapeuta con la
paciente así como también la frustración de sus esperanzas con respecto
a Angélica. Como integrantes de un grupo de terapeutas feministas de la
familia que comparten la idea de las relaciones igualitarias, reconocimos
pronto la causa de la fuerte reacción ante Angélica: Angélica es un
penoso recordatorio para todas nosotras del rol —no igualitario— muy
difundido y esperado de las mujeres en sus relaciones con los hombres.
Además, a Angélica se le ha enseñado —al igual que a nosotras y a casi
todas las mujeres— a poner su energía, valor y poder al servicio del buen
funcionamiento de una relación.
En esta etapa inicial de la consulta decidimos que una de las integran­
tes del equipo se uniera a la terapeuta para entrevistar a Angélica. La
intención de la terapia seguía siendo la misma: liberar a Angélica del
dominio de la relación con Horacio. Pero sugerimos un cambio de
enfoque, proponiendo que la consultora emplease la estrategia paradó­
jica de llevar los supuestos de Angélica al extremo describiendo con
exageración, pero apoyándola, su conducta actual. Abrigábamos la
esperanza de que Angélica se opondría a esa versión de su vida y por lo
tanto saldría sola de su posición.

ConsultoralTerapeuta/Paciente

Durante la entrevista, la consultora comenzó este nuevo enfoque


reprendiendo suavemente a la terapeuta por mantener el supuesto de que
la felicidad es un objetivo universal. Después de haber conversado con
Angélica sobre sus antecedentes, la consultora pudo comprobar lo que
había imaginado con respecto a que las mujeres de la familia de Angélica,
de su grupo étnico y su religión valoraban mucho más la lealtad, la
paciencia y el compromiso ante el sufrimiento que la felicidad. La
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 197

consultora citó muchas de las interacciones de Angélica con Horacio


para fundamentar la idea de que este punto de vista era la influencia que
guiaba a Angélica. A ésta le resultó difícil contradecir esta afirmación
frente a su propia conducta, empero se aferró tenazmente a su afirmación
de que el objetivo primordial de su vida era ser feliz y que la mejor
oportunidad que tenía de serlo era con Horacio. La consultora manifestó
simpatía por el deseo de felicidad de Angélica, pero reiteró la opinión de
que si Angélica se viera ante la necesidad de elegir optaría por la lealtad
y la solicitud en lugar de la felicidad. Le indicó a Angélica que le
enseñase a la terapeuta más sobre estos valores, en especial sobre la
importancia de practicarlos con Horacio.
Cuando la entrevista terminó, Angélica se opuso al encuadre que
habíamos creado, suplicándole a la terapeuta que continuara su buen
trabajo de sugerirle modos diferentes de tratar a Horacio. Insistió en que
no estaba tolerando la relación para gratificar el hipotético deseo de
llevar una vida de lucha y abnegación virtuosas. En cambio, afirmó que
amaba profundamente a Horacio y que creía que gracias al triunfo de su
amor él podría llegar a ser la magnífica persona que ella sabía que existía
debajo de su apariencia malhumorada e inconstante. Asimismo, le pidió
a la terapeuta que siguiera guiándola sobre cómo participar más eficaz­
mente en otros aspectos de su vida, los aspectos ajenos a la relación con
Horacio.

LA SEGUNDA CONSULTA

A pesar de lo que pareció ser un logro inicial con este nueVo enfoque,
todas nosotras —tanto las consultoras como la terapeuta— nos dimos
cuenta de que no podíamos mantener esta estrategia. No podíamos crear
una posición paradójica suficientemente exagerada para vencer lo absur­
do de la posición real de la sociedad.2Este intento hace que la terapeuta
se convierta en la portavoz de la sociedad, instando a seguir los mismos
principios y acciones que deplora. Las prescripciones paradójicas, para
evitar que resulten antitéticas y punitivas, deben ser digeribles para la
terapeuta ya sea que se las acepte o se las rechace. Evidentemente, no era

2 La popular inscripción en las remeras de las mujeres “Azótame. Golpéame.


Estáfame” ejemplifica una actitud muy difundida que supone que la sumisión tiene que
ser sentida como una experiencia erótica para las mujeres.
198 LA RELACION ABUSIVA

éste nuestro caso. La estrategia paradójica, si bien tuvo éxito, era una
traición no sólo de los principios de la terapeuta sino también de lo que
Angélica había llegado a creer de sí misma.
Asimismo, comenzamos a cuestionar el sentido que habíamos impri­
mido al trabajo con Angélica. Todo nuestro pensamiento se había
concentrado en cómo liberarla de su relación con Horacio y de todos los
supuestos que la mantenían allí. En nuestro empeño de ayudar a Angélica
a ver que el problema comienza con las expectativas de la sociedad, nos
preguntamos si no la habíamos perdido de vista a ella, su pedido inicial
y además nuestro compromiso de respaldar las diversas maneras de ser
mujer en la actualidad. Llegamos a la conclusión de que nuestro ardor
misionero había superado a nuestra sabiduría.
En la búsqueda de un nuevo comienzo, examinamos primero de qué
manera estábamos viendo a Angélica. La estábamos viendo como una
víctima atrapada y, por lo tanto, lo único que podíamos ser para ella era
sus salvadoras. Como alternativa, recordamos el modelo de la adicción.
Coneste modelo, ella seguiría pareciendo la víctima, pero no una víctima
pasiva. Este modelo podría brindamos nuevos tipos de puntos de apoyo
a ella y a nosotras.
La aplicación del modelo de la adicción nos hacía ver a Angélica
como una mujer que dependía compulsivamente de algo que era destruc­
tivo para ella. Nos hacía ver que tal vez a ella le disgustaba la adicción,
pero le resultaba tan difícil abandonarla como a un alcohólico, cuyo
padre también es alcohólico, dejar el alcohol. Después de analizarlo
rechazamos este encuadre porque significaba una espera larga y necesa­
ria para que Angélica “tocase fondo” antes de que pudiera surgir alguna
ayuda. A veces las mujeres llegan a estar tan atrapadas en la clase de
lucha descripta por Angélica que se encuentran demasiado deprimidas
para levantarse por las mañanas e incluso llegan a cometer suicidio.
Además, el modelo de la adicción se refiere sólo al aspecto obsesivo del
problema de Angélica pero no dirige la atención hacia sus puntos fuertes.
Había algo que queríamos decir sobre la persistencia de Angélica, pero
calificarla de adicción no era el camino que deseábamos seguir.
No queríamos seguir una dirección que bloqueara la oportunidad de
encontrar algunos aspectos positivos en la conducta de Angélica, a fin de
poder ver que ella ponía enjuego cierta fuerza. Volvimos a concentrar­
nos en la firme persistencia de Angélica. Comenzamos a desarrollar el
esquema de que Angélica es la clase de persona que necesita vivir “al
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 199

borde del abismo”. Como un paracaidista acrobático que es energizado


por la capacidad de sobrevivir contra todas las probabilidades, Angélica
siente su fuerza cuando es puesta más plenamente a prueba... y sobrevive
a la prueba. La prueba más conocida, creativa y legítima para ella es
sobrevivir en una relación difícil.
Aliviadas al haber encontrado ufia manera más respetuosa de ver a
Angélica, empezamos entonces a cuestionarla: ¿una relación difícil
constituye un lugar digno para que una mujer invierta en ella su energía?
Se sabe que en esta sociedad la tarea fundamental de las mujeres es ser
sociables, mantener las relaciones, exactamente: soportar y perseverar.3
Mientras que a los hombres se les enseña que tienen que seguir una
carrera, a las mujeres se les enseña que sean cada vez más eficicnics en
el cuidado de los demás, previendo y satisfaciendo sus necesidades. Para
un hombre, cuanto más arduo y complicado es el trabajo, tanto mayores
el desafío. ¿Creemos que perseverar en una relación difícil es un os luer/o
tan valioso como perseveraren un laboratorio para encontrar la curación
de alguna enfermedad terrible? Puede suceder que en ninguno de los dos
casos se logre lo buscado, pero ¿los dos reciben el mismo honor por el
esfuerzo y lealtad puestos de manifiesto y la energía invertida? Sin duda
la respuesta es negativa si observamos la reacción de la sociedad: el
hombre será encomiado mientras que la mujer será condenada, a pesar
de que ella ha hecho exactamente lo que la sociedad le dijo que hiciera.
La amarga ironía de la socialización basada en los roles de los géneros
es que los varones y las niñas son incitados por sus respectivas misiones,
pero mientras que el hombre será recompensado magnánimamente por
la sociedad, la mujer será diagnosticada de masoquista. Incluso es
normal que los terapeutas dejen que los hombres eludan el castigo por
seguir las enseñanzas propias del género, pero una vez que una mujer
entra en el consultorio con quejas de índole somática y emocional, la
acusan de ser lo suficientemente tonta para tomarse las preocupaciones
tan a pecho. Nosotras examinamos cómo se había dado la acusación en
el centro mismo de los primeros métodos que habíamos aplicado al caso
de Angélica. La acusación se había utilizado en la esperanza de poder
apartamos de la delgada línea que realmente nos separaba de Angélica.

3 Esta idea de la mujer que soporta una relación difícil con su hombre ha sido parte
de la cultura popular durante bastante tiempo en las letras de las canciones. Un ejemplo
reciente lo constituye la omnipresente voz de Tammy Wynette urgiendo: “Quédate junto
a tu hombre”.
200 LA RELAGON ABUSIVA

Nos veíamos reflejadas nosotras mismas en ella; fuimos educadas en las


mismas escuelas.
Asimismo nos recordamos las diferencias existentes entre nosotras y
Angélica. Lo que nos sorprendió más fue que cada una de nosotras con­
taba con una diversidad de influencias que nos ayudaban a establecer una
identificación positiva como mujeres, lo cual nos daba una mayor
capacidad para actuar que la que tenía Angélica. Tal vez más importante
fuese que nosotras contábamos con el apoyo y el asesoramiento de las
demás tanto en lo profesional como en lo personal, recurso invalorable
que no tenía una contrapartida en la vida de Angélica. Sabíamos que era
de suma importancia encontrar en la terapia maneras de hacer que ese
tipo de influencias y experiencias fuesen accesibles para ella. Antes de
proceder a planificar el curso del tratami ento, sin embargo, teníamos que
explorar con mayor profundidad los detalles y las implicaciones del
análisis que habíamos comenzado a hacer.

EL ANALISIS

Consideremos cómo percibe una mujer una relación psicológicamen­


te abusiva. Normalmente, ella piensa que la relación con un hombre es
necesaria para su supervivencia. Al tener tanto en juego, es una presa
fácil para la intimidación. Le da a sus necesidades una prioridad muy baj a
y lo mismo hace su compañero. La única necesidad que ella reconoce es
la de satisfacerlo a él. Lamentablemente, incluso esta necesidad se ve
constantemente frustrada. Ella nunca es suficientemente buena o sufi­
cientemente rápida: frente al temperamento rezongón de su pareja se
juzga a sí misma como el objetivo justo de su rabia y su desprecio.
¿Qué estaba haciendo Angélica en esa relación? ¿Estaba simplemen­
te exoactuando un problema personal de baja autoestima? Por el contra­
rio, Angélica había absorbido completamente el supuesto social sobre
las mujeres de que la vida misma, para no mencionar la cuestión de la
autoestima, requiere que se tenga una relación con un hombre. Por
consiguiente, ella sería capaz de hacer prácticamente cualquier cosa para
mantenerla. La adopción insospechada y absoluta de este supuesto por
parte de Angélica tenía un resultado lamentablemente irónico: ella
participaba en su propia victimización. La tolerancia, paciencia, lealtad
y compromiso que manifestaba a costa de un arduo trabajo a fin de
mantener esa relación crucial eran los mismos elementos que permitían
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 201

que continuasen los abusos de Horacio. Y lo que es aun peor, ella seguía
ignorando el origen de su sufrimiento. Pensaba que el problema obedecía
a sus propias deficiencias: ella no era bastante buena. Angélica no
cuestionaba el supuesto básico que la mantenía en su lugar. No tenía
miedo en dónde situarse para obtener la perspectiva de verlo como un
supuesto. Tomarlo poruña verdad fue lo que le produjo el desprecio de
sí misma y el padecimiento que la trajo a la terapia.
Lo que agravaba el problema era que Angélica no sólo definía su valor
tomando como pronóstico su capacidad para mantener una relación con
este hombre, sino que además se sentía absolutamente responsable del
éxito o el fracaso de la relación. Al estarla relación estructurada de una
manera tan unilateral, Angélica se encontraba sola, salvándola por su
tolerancia, perseverancia y fundamental responsabilidad. Cualquier
cambio leve que se produjera en la relación era mérito de ella únicamen­
te. Si no había cambios perceptibles, podía esforzarse más sabiendo que
estaba comprometida en lo único digno de realizar: tener una relación
con su hombre y hacer lo que fuese necesario para mantenerla.
Esos sentimientos y conductas por parte de Angélica eran apenas
exagerados con respecto a lo que se les enseña habitualmente a las
mujeres sobre la importancia de las relaciones con los hombres. Esta
sociedad ha formado a las mujeres sistemáticamente para que se consi­
deren incapaces de llevar una vida de autonomía e independencia. Para
una mujer sola estar sin un hombre es, según todas la definiciones
sociales corrientes, estar incompleta. En una sociedad así, no resulta
anormal que una mujer como Angélica sintiese la necesidad desesperada
de contar con la ayuda y la aprobación de un hombre, y de emplear un
gran cúmulo de tolerancia, perseverancia y capacidad de soportar para
mantener a ese hombre a su lado. Empero, cuando las mujeres cumplen
con las prescripciones culturales de depender de los hombres, a menudo
se les endilga el rótulo de masoquistas.
Una tendencia reciente acusa a las mujeres como Angélica de
confabulación. Un terapeuta de la familia, por ejemplo, podría decir que
hay una evidente circularidad en la situación de Angélica. La conducta
agresiva de Horacio la intimidaba y le hacía manifestar una conducta
pasiva; a la vez, la conducta pasiva de Angélica permitía que la conducta
agresiva de Horacio persistiese. Cuanto más soportaba ella, tanto más
creaba él para que ella soportara; cuanto más creaba él, tanto más
soportaba ella. Como lo expresarían muchos escritores, Horacio y
Angélica estaban produciendo esta danza juntos.
202 LA RELACION ABUSIVA

En este razonamiento se deja de lado un punto fundamental: Angélica


y Horacio no estaban ejecutando unpas-de-deux íntimo sino, en cambio,
una coreografía intrincada que es de índole cultural. En esta cultura, las
mujeres tienen asignada su serie de pasos y los hombres, la de ellos.
Aunque los pasos de ambos se combinan, las danzantes femeninas son
las que sistemáticamente se ven a sí mismas como las responsables
fundamentales del éxito o el fracaso de la danza y la ejecutan como si su
vida dependiese de ella. Esperar que una mujer modifique su parte
significativamente por cuenta propia es desconocer el poder de una
realidad socialmente construida y legitimada.
Antes observamos que la aceptación por parte de Angélica de los
supuestos sociales la hacía participar en su propia victimización. No
obstante, decir que confabulaba con Horacio connota un nivel de per­
versidad y ganancia personales que está fuera de la realidad cuando se
aplica a un acuerdo de la magnitud del que estamos analizando. La
evalución del contexto social que sustenta relaciones como la de Angé­
lica y Horacio disipa la noción de confabulación y nos obliga a considerar
las realidades que restringen el margen de acción de una mujer en una
situación como la descripta.
En primer lugar, el cuestionamiento del abuso psicológico con fuerza
y decisión no es una opción que se presentaría sola ante muchas mujeres.
En nuestra cultura se le enseña a la mujer a no demostrar su poder
directamente, a no emplear su energía y su influencia en beneficio pro­
pio. En realidad, las mujeres normalmente tienen miedo de que piensen
que son poderosas. Jcan Baker Miller dice de las mujeres: “Actuar
impulsada por el propio interés y motivación es percibido como el
equivalente psíquico de ser una persona destructivamente agresiva. Esta
es una imagen de sí que pocas mujeres pueden soportar” (1982, pág. 4).
En realidad, las mujeres pueden llegar a pagar un alto precio si demues­
tran que son poderosas; su postura no estereotipada probablemente las
aislará de los hombres y de las demás mujeres. Algunas autoras han in­
vestigado los orígenes y consecuencias de este temor al poder experi­
mentado por las mujeres (Chemin, 1981; Dinnerstein, 1977; Miller,
1982; Orbach, 1978), pero el punto aquí es que actuar con poder en be­
neficio propio no es una aptitud bien practicada ni buscada por muchas
mujeres. Este es uno de los hechos culturales que limita el repertorio de
respuestas de las mujeres ante el abuso de un hombre importante.
En segundo lugar, la manera habitual y cómoda que tienen las mujeres
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 203

de usar su poder es en el servicio de los demás: fomentar su crecimiento,


satisfacer sus necesidades, colaborar en sus proyectos, apoyar el poder
de ellos. Las mujeres conocen el valor de su rol y, en realidad, adquieren
una sensación de poder y realización al desempeñarlo. Para una mujer,
la manera más corriente, legítima y accesible de realizarlo ha sido en la
relación primaria con un hombre. De hecho, posibilitarle a un hombre
que haga lo que hace en el mundo es la principal vía de participación en
el mundo que han tenido las mujeres.
En lugar de describir a Angélica como una masoquista que busca
sufrir, sugerimos que ella está tratando de tener poder, poder en el sentido
básico que la sociedad considera legítimo para las mujeres: permanecer
al lado de su hombre. La creencia de Angélica de que su amor y pacienci a
pueden hacer emerger lo mejor que hay en Horacio es una prueba de que
ella piensa que su conducta es un acto poderoso y no un acto sin valor.
Cuanto más tiempo pueda soportar una relación difícil, mayor es la
oportunidad que se brinda a sí misma de experimentar el poder. En esta
sociedad es difícil para las mujeres encontrar nada comparable a la
ratificación incondicional que se les otorga por tener éxito con un
hombre.
Por último, las alternativas para una mujer que se encuentra en una
situación como la de Angélica entrañan considerables desventajas. Las
mujeres tienen menos oportunidades económicas y profesionales que los
hombres. Las discrepancias en los sueldos, los beneficios y el reconoci­
miento son reales y limitantes. Además, el mundo no es un lugar seguro
para las mujeres. Uno de los beneficios fundamentales de tener un
hombre es la protección que brinda con respecto a los demás hombres.
Las mujeres no son tontas por tener en cuenta todos estos hechos.
Hay evidentes contradicciones en nuestro análisis. Decimos que
Angélica no es normal ni patológica, pero también casi llegamos a decir
que en esta cultura una mujer normal es una persona demente. Decimos
que Angélica sufría por la situación abusiva, pero también decimos que
permanecer en ella le daba poder y satisfacción. Decimos que esperamos
que la terapia fomentará el respeto y la loma de conciencia de ella misma,
pero también decimos que la cultura la ha convencido de que su identidad
sólo tiene sentido si mantiene su conducta autodcstructiva al servicio de
su relación.
Estas contradicciones son inevitables porque derivan de las contra­
dicciones inherentes a la condición actual de la mujer. Aun así, queda
204 LA RELACION ABUSIVA

cierto espacio para la acción terapéutica. Aunque Angélica podría no ser


capaz de encontrar una relación con un hombre en la cual haya protección
y respeto recíprocos, o de esperar que aparezca, se la podría ayudar a
hacer algunos ajustes en su relación que resultasen menos perjudiciales
para ella y fomentar el bienestar de los aspectos descuidados de su vida.

EL TRATAMIENTO

Los objetivos
En consecuencia, la cuestión no estriba en determinar si hay maso­
quismo o desviación, sino, en cambio, en definir la normalidad. Si
Angélica seguía viéndose a ella y a su vida con los lentes que le habían
enseñado a usar, no podía hacer otra elección que la que ya había hecho.
Empero, si se le daba una nueva manera de verse, podría tener mejores
opciones.
Nuestros objetivos para la terapia de Angélica eran los siguientes:

1) Que Angélica decidiese seguir o dejar su relación con Horacio,


basándose en el pleno conocimiento de sus opciones dentro y fuera
de la relación.

2) Que continuara acrecentándose la competencia de Angélica como


empleada, madre, amiga, amante e hija.

El plan
Autodeterminación. Para que Angélica hiciese una opción con cono­
cimiento de causa sobre su relación era necesario que:

1) llegase a conocer su capacidad de elegir, de alguien que tiene el


derecho y la capacidad de hacer opciones para sí misma;
2) examinase las opciones que tenía dentro de la relación;
3) imaginase opciones fuera de la relación como potencialmcnte
significativas.

Como paso preliminar para llegar a considerarse alguien con la


capacidad de elegir, Angélica tenía que contar su historia: cómo había
llegado a creer lo que ella creía sobre sí misma, los hombres, las mujeres,
las relaciones y la vida. El rol de la terapeuta sería ayudarla haciéndole
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 205

preguntas, indicándole con ello que sus creencias no son verdades


evidentes y que existe la posibilidad de pensar de otro modo. Una vez que
pudiera impactarse a Angélica para que tomase conciencia de esto, ella
y la terapeuta podrían examinar más de cerca las creencias específicas
sobre las cuales todavía no había reflexionado Angélica. De especial
importancia sería el análisis de lo que se le había enseñado sobre las
mujeres y los hombres, y cómo se espera que hagan su vida en esta
cultura.
Concentrando la atención alternadamente en lo personal y en lo
social, se podría ayudar a Angélica a comprender de qué manera su
historia singular y particular servía de contexto para que ella adoptase las
normas culturales. Los recuerdos y supuestos de Angélica podrían servir
como fuentes importantes de información para ella y ser enriquecida
pidiéndole que consultase a los miembros de su familia. ¿Qué piensan los
diversos miembros de su familia sobre el curso de sus vidas? ¿Sienten
que sus vidas son el producto de sus propias elecciones?
A medida que Angélica es llevada a relacionar las decisiones de su
familia con las propias, irá aprendiendo a discriminar entre las decisio­
nes que ha tomado para satisfacer sus propias necesidades y las que
constituyeron respuestas automáticas a lo que era esperado. La realiza­
ción de una discriminación similar sobre las decisiones de los miembros
de la familia aumentará más la capacidad de evaluar de Angélica. Puede
empezar a concebir la idea de elegir y explorar sus propias necesidades,
deseos, aspiraciones y sueños personales.
Al ayudarla a examinarlas opciones existentes para ella en la relación
con Horacio, la terapeuta podría ayudarla a expresar en términos de
conducta los problemas corrientes de la relación. Al abordar estos
problemas, las tareas relativas al encuadre y la conducta tendrían por
objeto ayudar a Angélica a percibirse como una persona activa y no
pasiva. Después de observar cuidadosamente los resultados de sus
nuevas conductas, Angélica podría reunir información sobre la probabi­
lidad de realizar cualquier cambio deseado en su relación con Horacio.
En el momento de hacer esta evaluación, Angélica tendrá que aclarar y
tal vez ampliar cuáles son las expectativas que considera legítimas en una
relación. El análisis del matrimonio de sus padres, comparaciones de su
propia existencia en otras relaciones con hombres y mujeres, y conver­
saciones con amigas sobre sus relaciones facilitarán este proceso.
206 LA RELACION ABUSIVA

Competencia. Con el fin de que Angélica considere opciones fuera de


la relación con Horacio como importantes fuentes de significado para
ella, tendrá que examinar su nivel de satisfacción con otras relaciones ya
presentes en su vida. Ella es madre, hija, amiga y empleada. ¿Conoce sus
potencias en estos roles? ¿Está consciente de cómo se siente con respecto
a sí misma en esas relaciones? ¿Alguna de esas relaciones puede ser
mejorada de un modo que le brinde más satisfacción?
La terapeuta será un importante recurso para Angélica al analizar los
supuestos sobre la maternidad y sugerir experimentos con diferentes
maneras de ejercer la paternidad. Asimismo, la terapeuta puede ayudar
a Angélica en su relación con su empleador y supervisor, enseñándole a
ser más eficaz para aclarar sus opiniones y necesidades a sus compañeros
de trabajo. Sobre la base de su experiencia en los ámbitos en los que se
mueve, se le pedirá que reflexione sobre las diferencias en su manera de
pensar sobre sí misma ante la presencia de diversas personas. Ampliar la
profundidad o el alcance de sus relaciones puede proporcionarle a
Angélica un campo más completo para explorarse a sí misma. El hecho
de aclarar las esperanzas que abriga con respecto a esas relaciones se
sumará a su sensación de ser alguien con más facetas de las que pueden
ser estimuladas por el único centro de atención que ha tenido.

ANGELICA

Después de la sesión de consulta, el progreso con Angélica resultaba


lento e inconstante, aun cuando mi objetivo con ella era más claro y
manejable. Su centro de atención siguió siendo fundamentalmente
Horacio, de modo que nuestro trabajo para ayudarla a descubrir los
orígenes culturales y familiares de su aprendizaje sobre la condición de
la mujer tenía que estar vinculado directamente a ese centro de atención
en lugar de seguir una dirección coherente propia. Tal vez la exploración
más significativa para ella fue motivada por nuestro trabajo sobre las
opciones. Le pedí que hablase con su madre y los resultados la sorpren­
dieron. Su madre le dijo que ella había elegido el sometimiento como
método para manejar a su marido, plan que había funcionado bien, según
ella, a pesar de los costos. “Pero Horacio es muy diferente de tu padre en
la forma en que está actuando. No tienes que quedarte ahí y aceptar esos
engaños de él, ¡sobre todo porque tienes un empleo!” A Angélica no se
le había ocurrido que un análisis de costos-beneficios, para no mencionar
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 207

la autosuficiencia económica, era un factor importante para determinar


la acción. En realidad, la idea de que su madre había actuado con
semejante intencionalidad era conmocionante. “Yo pensaba que lo que
yo veía era la manera de ser de mamá”.
Estas conversaciones con su madre fueron parte de los esfuerzos que
hizo Angélica para poner en términos concretos sus problem as corrientes
con Horacio. Llegó a darse cuenta de que ella no los podía resolver
mientras viviera en la casa de é l, y él siguiera saliendo con otras mujeres.
Después de varias sesiones en las que se discutió este tema, ella y los
niños se mudaron de la casa de Horacio. Poco tiempo después, otra mujer
se fue a vivir con él, pero ninguno de estos cambios atenuaron los
hostigamientos de Horacio ni la intensidad de su contacto con Angélica.
Como antes, pasamos semanas con Angélica tratando de formular
diversas estrategias para hacer frente a esos hostigamientos, con el único
resultado de que ella descartara todas las sugerencias por imposibles de
llevar a la práctica. No obstante, parecía encantada de oír las sugerencias,
de modo que seguí haciéndolas como guión para un futuro que todavía
no podía concretarse. En consecuencia, los informes de Angélica sobre
sus fracasos para ponerlas en práctica no suscitaban respuestas negativas
de mi parte. Angélica parecía sorprendida cuando no era reprendida o
considerada incompetente. Poco a poco, comenzó a comunicarme expe­
rimentos para poner ciertos límites a Horacio. Por ejemplo, después de
cuatro meses Angélica era capaz de colgar el teléfono cuando Horacio la
llamaba en medio de la noche, y varias semanas más tarde era capaz de
rechazar sus llamadas a la oficina.
Durante algunos momentos de respiro ocasionales que dejaban los
hostigamientos de Horacio, Angélica analizó la relación que tenía con
sus hijos quienes, ella creía, la veían como la persona más fácil de
convencer del mundo. Le hice sugerencias sobre cómo fijar y hacer
respetar límites razonables con los niños, y los entrevisté brevemente con
Angélica en la terapia para discutir algunos enfoques nuevos con
respecto a las dificultades que había a la hora de las comidas y de irse a
la cama. Estas sesiones resultaron útiles en cuanto a lo que se refiere a la
conducta de los niños, pero Angélica tenía dificultades para reconocerse
algún mérito por ese cambio. Empezó a verme como una experta en sus
hijos, trayendo más y más temas relacionados con la conducta de ellos
a la terapia y, pidiéndome más y más consejos. Para romper este ciclo,
reemplacé los consejos por la determinación de los supuestos que tenía
208 LA RELACION ABUSIVA

Angélica sobre su capacidad y derechos para cuidar de sus hijos.


Además, me aseguré de encontrar algún aspecto de los criterios y
esfuerzos de Angélica que podía apoyar. Con el tiempo, las quejas sobre
los niños cesaron y Angélica comenzó a verse como una madre más
competente.
Cada pequeño éxito parecía alentar a Angélica para hacer otros
cambios también. De vez en cuando traía a la terapia preocupaciones con
respecto a su supervisor, quien entremezclaba frecuentes proposiciones
sexuales con la exigencia de que Angélica cumpliera diez horas de
trabajo en una jomada laborable de ocho horas. La ayudé a distinguirlos
pedidos legítimos de los ilegítimos y a aclararse a sí misma cuáles eran
las condiciones del contrato en el que se basaba la relación con su
supervisor. Además, usé los diversos incidentes que Angélica contó
sobre su oficina para puntualizar las señales pasadas por alto de esos
incidentes que indicaban que ella era una empleada valorada y de
confianza. Después de ensayar conmigo, Angélica pudo establecer
límites en tomo a su horario de trabajo y a sus derechos en la oficina.
Al mismo tiempo que hacía progresos en diversas áreas de su vida
seguía su lucha con Horacio. Me daba la impresión de que Angélica y
Horacio estaban encerrados en un círculo particularmente vicioso. En
medio de las reiteraciones, Angélica se empeñaba en comportarse de
maneras que hicieran honor a los cambios que estaba logrando en sus
otras relaciones, pero los pequeños éxitos eran pronto oscurecidos por su
triste y atemorizado reconocimiento de que la relación con Horacio era
la que tenía más importancia.
Con el tiempo, tal vez motivado por las pequeñas diferencias que
percibía en la conducta de Angélica hacia él, Horacio dio término a la
relación con su última amiga y declaró estar dispuesto a volver a
comprometerse en su relación con Angélica. Esta, ante su propia sorpre­
sa, se sintió reacia a abandonar la vida que estaba llevando, que incluía
la relación con un hombre con el que había estado saliendo durante varios
meses. Además sospechaba que Horacio podría volver a tener relaciones
con sus amigas. Le dijo a Horacio que ellos tenían que tomar una sesión
de terapia juntos para resolver qué era lo mejor. Horacio aceptó. Sin
embargo, no concurrió a la sesión y pronto desistió por completo de la
reunión.
Angélica decidió que antes de que su relación con Horacio pudiese
proseguir, tenían que establecer algunas reglas básicas. Durante los dos
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 209

meses siguientes de terapia preparó una lista de tres requisitos indispen­


sables para reconciliarse con Horacio. El hecho mismo de que Angélica
pudiera verse como una participante activa en la definición de la relación
constituía un testimonio de la importancia de los cambios que había
hecho en la terapia. Angélica le comunicó a Horacio que antes de que ella
volviese a convivir con él, tendría que aceptar lo siguiente: 1) iniciar una
terapia conyugal con ella; 2) asegurarle que no habría más abusos físicos
ni verbales, y 3) prometerle que no saldría con otras mujeres. Angélica
quería que Horacio se comprometiese a cumplir estos requisitos durante
seis meses.
Horacio estaba enfurecido por la nueva actitud de Angélica. La
amenazó, la engatusó y de otras maneras trató de convencerla de que sus
pedidos eran injustos y poco realistas. Angélica se mantuvo firme.
Después de varias semanas se hizo patente que ninguno de los dos iba a
capitular. Por primera vez en la historia de su relación, comenzaron a
separarse.
En el momento de escribir esto, Angélica sale con un hombre a quien
describe como protector, bondadoso y cariñoso. Su competencia y su
reconocimiento de ser competente —en el trabajo y en casa con los
niños— sigue aumentando. Disfruta de sus amigos y ha emprendido
algunas cosas por su cuenta, una clase de jazz y un curso de historia del
arte. Se dice que Horacio va a casarse, hecho que le produce cierta
tristeza, pero también cierto alivio.
Un factor clave en la terapia de Angélica fue el cambio producido en
mí. Gracias a las discusiones con el grupo de consulta, encontré la forma
de respetar la persistencia, los ideales y la franqueza de Angélica. Ese
respeto llegó lo suficientemente lejos para hacerme retirar de la batalla
con Angélica y permitirle que concentrara su atención sobre Horacio
todo el tiempo que necesitara. Angélica tomó en préstamo ese reparto
hasta que llegó a ser suyo. Al hacerlo, pudo mejorar muchos aspectos y
relaciones de su vida. El valor que ella encontró en éstas se constituyó al
final en un contrapeso que la alejó de Horacio.

LOS RIESGOS

Los siguientes son los riesgos que aguardan a la terapeuta feminista


de la familia cuando aborda situaciones de relaciones abusivas:
LA RELACION ABUSIVA

1) Salvar a la paciente en contra de su voluntad. El mayor error que


puede cometer una terapeuta con una paciente como Angélica es
tratar de sacarla de una mala relación “por su propio bien”. Una
estrategia de este tipo le indica a la paciente que no es escuchada
ni aceptada por la terapeuta. Pone a la terapeuta en la posición in­
sostenible de legitimar un prejuicio social que le dice a Angélica
que ella no es competente para tomar sus propias decisiones o
formarse criterios propios.

2) Subestimar la fuerza del otro. El pensamiento sistémico a veces


parece querer decir que todas las personas que forman el sistema
tienen igual poder, o que las diferencias de poder no importan,
puesto que el circuito es lo que interesa. Sin embargo, en el mundo
real, la paciente puede sentirse inferior y pensar que las rabietas en
voz alta, las amenazas físicas, las estratagemas financieras y las
infidelidades sostenidas de su cónyuge son atemorizantes, enlo­
quecedoras y dignas de una conducta circunscripta por su parte. Si
esta diferencia de poder experimentada no es tomada en serio por
la terapeuta, sus objetivos y tareas serán percibidos como absur­
dos.

3) Ver a la paciente como un símbolo. Una paciente como Angélica


—tímida, paciente y pisoteada— es el producto perfecto de la
cultura que las feministas están tratando de cambiar con gran
empeño. Como Angélica representa un tipo de mujer que las
feministas preferirían considerar que ya es obsoleto, puede resul­
tarle especialmente difícil a la terapeuta abstenerse de hacer
observaciones desdeñosas o protectoras. Cuanto más estrecha,
incompleta o reciente sea su propia liberación del estereotipo
cultural de la mujer, tanto mayor es el peligro de sentir el derecho
de autocongratularse al tratar a la paciente.

4) Tratar de alcanzar la luna. Su empeño en que la paciente sea menos


dependiente, se valorice más y exija más para sí puede hacer que
la terapeuta empuje demasiado y trate de ir demasiado rápido.
Cuando estos esfuerzos inevitablemente fracasan, la frustración y
el mal humor se apoderan de la terapeuta; la paciente quedará con­
fundida y desesperada.
C a p itu lo 10

SU PARTICIPACION EN LA REFORMA

Todas las mujeres pueden hacer


algo por la causa. La que es leal a ella en
su propio hogar, la que dice la palabra
justa a sus huéspedes, a sus hijos y a los
hijos de sus vecinos, hace un trabajo de
docencia tan valioso como el de la mujer
que habla desde la tarima.

Susan B. Anthony,
Uistory ofWonum Suffrage

La terapia familiar no tiene la intención explícita de ser un movimien­


to social. Sin embargo, se trata de un giro irónico de los acontecimientos,
porque la terapia familiar comenzó como reacción ante los problemas
sociales y fue alimentada por un fuerte espíritu misionero (Walters,
1985). Intencional o no, su repercusión en las familias, los terapeutas de
la familia, los médicos de la familia y el campo de la salud mental
produce un efecto en nuestra vida social colectiva que muchos movi­
mientos que se declaran sociales deben envidiar. Esta influencia sirve
para respaldar o modificar las estructuras prevalecientes del pensamien­
to y la acción con respecto a la vida familiar. Aquellas de nosotras que
queremos que esta influencia actúe en el sentido de cambiar las estruc­
turas vigentes debemos trabajar para reformar los aspectos fundamenta­
les de nuestro campo profesional.
Al reformar un corpus establecido de teoría y práctica, las personas
difieren en su deseo y capacidad de ser visibles, porque las consecuencias
reales o percibidas de ser visible varían. Todo tipo de actividad es bien
recibida. Además de extremistas fanáticos, necesitamos espías en las
casas, agentes encubiertos y lobos con piel de cordero que con su sola
existencia den una connotación más positiva a un planteo que de otro
modo permanecería despreciado y atemorizante.
A continuación presentamos una lista (parcial) de acciones para
propiciar la reforma de la terapia familiar. Algunas tienen por objeto
212 SU PARTICIPACION EN LA REFORMA

agudizar su propia toma de conciencia. Otras, difundir la palabra.


Cualquiera que sea la manera en que usted decida colaborar, asegúrese
de que si alguna vez fuera acusada de ser una terapeuta feminista de la
familia, haya suficientes pruebas para condenarla.

1) Puesto que el lenguaje da forma a la realidad, escúchese a usted


misma y a sus colegas con especial atención. Las formas habitua­
les del habla sustentan una perspectiva sexista, por ejemplo: “Voy
a ver a un hombre y su mujer a las tres treinta”. Sugiera otra manera
de construirla frase. Cuando la respuesta sea: “Oh, no hay ninguna
diferencia”, observe que la respuesta impaciente se contradice
sola.

2) ¿Con qué tipos de mujeres y hom brcs se siente más cómoda cuando
los trata como pacientes? ¿Con qué tipos de mujeres y hombres se
siente menos cómoda cuando los trata como pacientes? Pídale a
alguien que la ayude a evaluar lo que indican sus respuestas sobre
su propio camino hacia la liberación.

3) En talleres y coloquios de casos plantee preguntas que obligúen a


concentrar la atención en los temas feministas pertinentes.

4) Cree nuevas metáforas para el poder, el apoyo y la amistad.

5) Alquile la vieja película Gaslight. Mírela una y otra vez hasta que
esté segura del significado del verbo “to gaslight”.
Observe cómo se lo aplica en la vida real, en especial en el lengua­
je de profesores, supervisores y teóricos que tienen una posición
de autoridad con respecto a usted.

6) Reúnase una vez por semana con un grupo de terapeutas específi­


camente para abordar los casos presentados con una perspectiva
feminista.

7) Vuelva a escuchar algunas de sus viejas cintas de capacitación


favoritas y considérelas desde una perspectiva feminista. ¿Cuál es
la diferencia?
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 213

8) Gramsci escribe: “Se puede construir, sobre una práctica determi­


nada, una teoría que, al coincidir e identificarse con los elementos
decisivos de la práctica misma, puede acelerar el desarrollo del
proceso histórico, haciendo que la práctica resulte más homogé­
nea, más coherente, más eficaz en todos sus elementos y, por
consiguiente, en otras palabras, desarrollando su potencial máxi­
mo” (1971, pág. 365). Si la gente observara la práctica que realiza
usted, ¿sabrían que su teoría es feminista?

9) Lea Toward a New Psychology ofWomen de Jean Baker Miller


(1976). Piense qué es lo que hace falta escribir después.

10) Busque en las revistas especializadas en terapia familiar muestras


de lenguaje sexista, supuestos sexistas, omisión de la perspectiva
feminista, silencios sobre las cuestiones relativas al género perti­
nentes al tema tratado. Escriba a la revista y a los autores comu­
nicándoles sus observaciones.

11) Cuando evalúe su trabajo, pregúntese: ¿Cuál sería la manera


sexista de comprender a esta familia? ¿Cuál sería la manera
feminista? ¿Cuál sería una intervención sexista? ¿Cuál sería una
intervención feminista?

12) Suscríbase a la revista Ms. Observe las partes que más le de­
sagradan. Pregúntese por qué. Suscríbase a Cosmopolitan. Ob­
serve las partes que le gusten más. Pregúntese por qué.

13) Cuando piense en una familia o analice una familia, cambie el


sexo del paciente identificado o del que lo trajo a la terapia o de
cualquier otra de las partes importantes. ¿Qué diferencia produce
ese cambio en su evaluación o en el plan de tratamiento? ¿Puede
defender esa diferencia con argumentos feministas?

14) Rachel Hare-Mustin dijo: “ ...si no tenemos en cuenta la condi­


ción de la mujer, es probable que no valga la pena hacer nuestra
terapia familiar. Y, sugiero, una terapia que no vale la pena hacer,
tampoco vale la pena hacerla bien” (1985). Si usted leyera estas
palabras a su supervisor, ¿él estaría de acuerdo con ellas? De no
4 SU PARTICIPACION EN LA REFORMA

estarlo, ¿cuál sería su respuesta más persuasiva? ¿Puede ponerse


en contacto con su supervisor mañana? ¿Esta tarde?

15) Lea Portnoy’s Complaint como si usted fuese una terapeuta


feminista de la familia. ¿Qué es lo que cambia?

16) La próxima vez que un colega, estudiante o paciente use la palabra


“chica” para describir a una persona del sexo femenino aparente­
mente de más de dieciséis años, responda preguntando la edad
exacta de la chica en cuestión.

17) Escriba a AAMFT manifestando su decepción porque el estudio


de las cuestiones relativas al género todavía no forma parte de los
requisitos educacionales para ser miembro como clínico.

18) Lea mucho. La terapia familiar todavía lleva muchos años de


atraso con respecto a otras disciplinas de las ciencias sociales en
lo que hace a aplicar el feminismo en los problemas clínicos.

19) Si usted se ocupa de capacitar a futuras terapeutas, revise sus


materiales didácticos para evaluar si está abordando correctamen­
te la cuestión de los géneros, teniendo presente el criterio de que
debería estar cubierta por lo menos con la misma profundidad que
el tema de la generación.

20) Revise sus casos estancados o fracasados de los últimos años.


Piense de qué modo el no haber prestado atención a la cuestión de
los géneros podría haber sido la causa del problema.

21) En su poema “Ser de utilidad” (“To Be of Use”), Marge Picrcy


advierte: “Si lo que cambiamos no nos cambia a nosotras/estamos
jugando con bloquecitos” (1973, pág. 17) ¿Qué ha cambiado en su
casa desde que usted se hizo feminista?

22) Examine sus procedimientos de evaluación inicial. ¿Hace pre­


guntas sobre los roles, las tareas y los temas relacionados con los
géneros? Si no lo hace, ¿cuándo va a empezar?
TERAPIA FAMILIAR FEMINISTA 215

23) Ponga atención a las metáforas que usted, sus colegas y sus
pacientes usan. ¿Qué se dice en realidad sobre los hombres y las
mujeres?

24) Preocúpese como si fuese asunto suyo de averiguar si las personas


que se presentan para llenar los cargos de la AAMFT y otras
asociaciones profesionales de terapeutas de la familia son femi­
nistas. Publique las respuestas que ellos le den. Si todo sigue igual,
vote por las candidatas de sexo femenino.

25) Vaya a almorzar con alguien sexista. Pídale que le relate algún
caso interesante que tenga en ese momento en tratamiento. Plantee
preguntas que confundan y aclaren.

26) Cuando lea un artículo o libro que sea especialmente bueno para
quebrantarlas ideas consolidadas, hágalo circular entre sus cole­
gas y profesores; anónimamente, si fuese necesario.

27) Virginia Goldner escribe: “...cuando luchamos con los detalles


clínicos de cada caso familiar, deberíamos tener conciencia por lo
menos de cómo participamos en las estructuras de pensamiento y
la estructuración del poder que mantienen a las mujeres (y por
consiguiente a sus familias) atrapadas en ciclos de devoción tóxica
y recriminación, y qué significaría cuestionarlas” (1985, pág. 44).
Experimente en profundidad la expresión “devoción tóxica”.
Aplíqucsela a usted misma y a sus pacientes mujeres. ¿Qué la hace
desear hacer?

28) ¿En su archivo de recursos para uso de las pacientes figuran los
refugios para las mujeres golpeadas, una ginecóloga feminista,
una abogada feminista, la coordinadora de estudios sobre la mujer
de la universidad más cercana, la línea telefónica local de apoyo
para las crisis provocadas por violaciones, el grupo de apoyo a las
mujeres más próximo?

29) Lea “Compulsory Heterosexuality and Lesbian Existcncc” de


Adrienne Rich (1980). Piense qué harían los funcionarios con ese
artículo si lo conociesen.
216 SU PARTICIPACION EN LA REFORMA

30) William K. Goode escribe: “Nunca debemos subestimar la


astucia o la capacidad de resistir de los que mandan” (1982, pág.
133). ¿Qué está haciendo usted para mantener su energía y poder
superarlos en inteligencia y resistencia?
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INDICE ANALITICO

Abuso conyugal 28, 36 Castigo corporal de la esposa 22, 36,


Abuso de menores 22 37, 151
Acuerdos sobre la prestación de — refugios para las víctimas del 215
ciudados 141-62 Cibernética 28-9, 114
— análisis de los 151-5 Circularidad 36,37,201
— consultas sobre los 145-7, 149-50 Coloquios de casos 57
— dependencia en los 143-4, 146, 151, Competencia, sensación de 103, 105,
155,156-7,159-60 123, 205-6
— historia clínica de los 141-3, 144-5, Complementaridad ii, 35-6, 37, 38
119-21,128-32 — acuerdos sobre”los cuidados del
— riesgos en el tratamiento de los 161- hogar y 143
2 — pareja corriente y 113, 119, 120-21,
— tratamiento de los 155 122-24
Afirmaciones en primera persona 148 véase también familias de un solo
Ama de casa, origen del término 21 progenitor
Apego excesivo, concepto de 32-33, “Compulsory Heterosexuality and
39 Lesbian Existence” (Rich), 215
Atwood, Margaret 50, 141 Conducta distanciadora 113
Autonomía, personal 38-9,40,48,176 Conexión interpersonal 39-40,41,46,
— dependencia frente a 151 175
— matrimonios empresariales y 63 Confabulación, concepto de 201-2
Avis, J. M. 33,51 Cuidado de la familia y el hogar 11
— madres y el 24-6,33
Bañe, M. J. 27, 33, 88 — parejas lesbianas y el 173-4
Bamett, J. 122,124
Beauvoir, Simone de 23, 50 Democracia participativa en la vida
BebéM. 28-9 familiar 98-100
Bepko, C. 163,170,175 Departamento de Comercio de EE.
UU., Libro Nacional de Datos y
Capacidad para actuar 48, 77,110,199 Guía de Fuentes de 96
Capacitación 48-53 Dependencia 11, 28-30, 113, 151-5
— advertencias para los alumnos y 53 — acuerdos sobre el cuidado de la
— contenido de la 50-1 familia y el hogar y 143-44, 147,
— contexto de la 48-50 151-5,157,158-60
— proceso de la 51 -3 — aspectos positivos de la 155
— respeto en la 51-2 — autonomía versus 152
Capacitación para la autoafirmación — conducta estereotipada de la 152
53-4 — connotación peyorativa de la 151
224 INDICE ANALITICO

— como característica femenina 151 — formas alternativas de 27


— definición de la 155 — función socializadora de las 19, 24
— enojo y temor versus 152 — hogar versus lugar de trabajo y 20
— poder y 152, 202 — ideología de la familia “normal” y
relaciones abusivas y 202-3 las 26-7
— tratamiento y 155 — ideología de la intimidad en las 22
Desmistificación, técnica de 48 — individualidad de las 55
Diferenciación, concepto de 39, 175-6 — jerarquías y 99
Distribución del poder 10,99,126,202 — lenguaje de la tecnología y las 28-9
— capacidad para actuar 48,77,110 — miembros individuales y 23, 25, 27
—7 democracia participativa y 99-100 — opresión de las mujeres en las 21-2,
— dominante/subordinado 64 26, 30
— familias y la 24, 25, 27 — participación del gobierno en las
— necesidades de dependencia y 153- 22, 127
4, 202 — poder y 24, 25, 27
— matrimonios empresariales y 64, — Revolución Industrial y las 2-3, 20-
71,82 1
— terapia familiar feminista y la 31, — rol de las madres como guardianas
33-4,36, 37-9,41 del hogar en las 24, 25-6, 33
Divorcio 90,115,193 — rol de los padres como jefes del
— ambivalencia sobre el 106, 107 hogar en las 24-26, 33
— familias de un solo progenitor y 96, — sexo versus género y 23
97 — status y 24, 25
— matrimonios empresariales y 77, — violencia doméstica en las 22
78-9, 81 Familias de origen 11, 51, 120, 158-60,
Doble vínculo, teoría del 127 161
Familias de un solo progenitor 11, 26,
Enfermedades de ejecutivos 73 30,41,56, 87-111
Estereotipos, roles de los géneros, — madres viudas a cargo de 97
véase roles de los géneros — actitudes sociales negativas ante las
Estructura familiar 98-101 88-9»95-6
— clase media de raza blanca 101-4 — acuerdo consensual de las 98
Estudios sobre la mujer 215 — análisis de 96-103
Exito, definición del 75 — consulta sobre 68-71, 93-96
Expresividad 27, 30 — contexto de las 93
— cuota alimentaria para los hijos y 98
Familias 19-30 — designación “deshechas” de las 96-
— antiguas concepciones de las 20 7
— como ámbito de las mujeres 19, 20- — dificultades de las 97
3 — discriminación económica de las 97
— conceptos dualistas y 27-30 — dos progenitores versus 97-8
— cuestionamiento feminista de las — estadísticas sobre 96, 97
10, 27-30 — estigma de las 96-7
— democracia participativa y 99-100 — estructura familiar y 98-100
— dicotomía superior/inferior en las — falta de respeto masculina hacia las
27 97
— en historias clínicas 56 — historia clínica de 87-8, 89-93,105-
— estereotipos de los roles de los 10
géneros en las 19, 23-5 — hogar versus definición familiar de
— filosofía feminista y 19-20, 21-3 las 98-9
INDICE ANALITICO 225

— jerarquías y 99-100 — intimidad y 176-8


— logros de las 97-8 — necesidades de dependencia y 151-
— madres negras solas en 100-4 5
— madres que trabajan en 100 — rol machista y 193n
— madres solas en 88-110 — sádicos 192, 193
— padres ausentes y 94, 97 — separación de la madre como
— padres solos en 88-9, 99 necesidad de los 125
— poder y 98 Homofobia 163,170-71,177,188
— riesgos en el tratamiento de las 110-
11 Ideal cultural de belleza 193
— roles atípicos de los géneros en las Identificación sexual 166
97 Ilegitimidad 101
— tratamiento de las 103-5 Incesto 22,37, 179
— tratamiento individual versus Individuación, concepto de 39
tratamiento familiar en las 91-2 Informe Moynihan 100-2
Feminismo: Instituto de las Mujeres para Estudios
— concepciones erróneas sobre el 41 sobre la Vida 10
— familias y 10, 27-30 Instrumcntalismo 28,30
— filosofía y valores del 19-20, 21-2, Intimidad 176-7
40-1
— terapia familiar y 55-72 Jerarquías 11, 40
Feminista, terapia familiar, véase — límites y 178-9
terapia familiar feminista — el hombre por encima de la mujer
Fusión, concepto de 11, 30, 39,165, 48-9
166, 175-200 — como principio organizador de las
— experiencias emocionales intensas y familias 99
176-78 — familias de un solo progenitor y 99-
— riqueza versus 178 100
Fusión del yo 175 — familias de dos progenitores y 98

Gemelación en parejas lesbianas 177 Legitimación, técnica de la 48


Grupos de apoyo de mujeres 215 Lenguaje sexista 212,213,214
Leyes sobre el trabajo de los menores
Heterosexismo 166, 170-2,174,185, 22
186, 188 Límites, concepto de los 11, 30,39-40,
Historias clínicas: 99,165,166,169-70,178-79
— análisis de 58-9 Líneas telefónicas de apoyo para las
— objetivos en el trabajo sobre 58-60 crisis provocadas por violaciones
— selección de 56 215
Hombres:
— acción versus empatia en los 153 Madres 21,126,129, 206
— adaptabilidad al cambio de los 46-7 — acuerdos sobre el cuidado de la
— autonomía y 39, 176 familia y el hogar de las 147
— colaboración y 99 — acusación a las 37-9,118,119-20,
— conducta esperada en los 48 121,122,126-29,130
— desarrollo de la masculinidad en los — ambivalencia hacia las 126
39 — centralidad de las 127-8
— diferenciación y 176 — comprensión de las, por parte de los
— efectos positivos del matrimonio en hijos ya adultos 130
los 72 — excesivamente apegadas 32-3
226 INDICE ANALITICO

— idealizadas, duelo por la perdida de — tratamiento de los 76-8


las 130 Mistificación 69, 76
— incesto y 37 Modelo de la adicción 198
— iniciativa para acudir a la terapia de Modelos familiares 32, 33-4, 96
las 46 Monogamia 166
— poder y 126 Mujeres:
— rol de guardiana del hogar de las — abuso psicológico de las 202
24, 25,33 — adaptables al cambio 46-7
— roles de los géneros y 125 — autodestrucción de las 193
— socialización de los hijos por parte — carreras y 33, 45-6, 47
de las 127-8 — colaboración y 151-5
Madres negras 30,100 — concepto de fusión y 175-6
— Informe Moynihan y las 101-3 — conducta subordinada de las 48-50,
— véase también familias de un solo 193
progenitor — conexión y 39, 46,176
Madres sustitutas 28 — diferenciación y 175-6
Masoquismo 191-2, 199, 201 — discriminación económica de las
Matriarcado 97 97, 152, 193
— modelo familiar negro del 103 — efectos negativos del matrimonio en
Matrimonios empresariales 11, 56, 63- las 72-3
83 — falta de respeto por el trabajo
— adopción de decisiones en los 82-3 domestico de las 73
— análisis de los 71-6,77 — familia como dominio de las 19, 20
— asistencia a la terapia de 65 — familias como elemento opresivo
— consulta sobre 68-71 para las 19-21
— contexto empresarial de los 76, 80 — identificación con la madre de las
— costos de la mujer en los 74 125
— costos de la sociedad en los 75 — imagen abnegada versus imagen
— costos del marido en los 73-4 egoísta de las 126, 154, 162
— definición del éxito y 75 — intimidad y 176-7
— definición de los 63 — masoquismo y 191-2
— diferenciación de roles extrema en — necesidades de dependencia y 151-
los 64,71,75 5
— distribución del poder en los 64, 71, — rotulación patológica de las 165-6
82 — triángulos en la psicología de las
— divorcio y 77, 78-9, 81 174
— empresas como socias de los 64, 71, Mutualidad en las relaciones 77-8, 151
76
— esposos en los 63-4,71-2 Narcisismo 125
— forma versus fondo en los 68-9 Neutralidad, técnica de la 37-8
— historias clínicas de 65-8,78-84 Niños:
— identificación con la empresa en los — ambivalencia de la sociedad hacia
72 los 127
— infidelidad en los 78-9 — concepto de la niñez y los 20, 38
— matrimonio de él y de ella en los — familias de un solo progenitor y los
71-2, 80 96-103
— relación conyugal sin vitalidad en — genéricos 32
los 64 — madres negras solas que trabajan y
— riesgos en el tratamiento de los 84-5 los 100-1
— supuestos del contrato matrimonial — padres ausentes y los 94
y 68-9,70-1 — parentificados 93-4
INDICE ANALITICO 227

— socialización de los, por parte de la 185,186,188


madre 127-8 — historias clínicas de 164-5,166-8,
— terapia familiar y los 56, 32 181-8
— homofobiay 163,170-71, 177, 188
Organizaciones de vida comunal 26-7 -— límites y 165,166,169-70,179-80
— modelos de roles para las 172
Padres: — problemas en la vida cotidiana de
— ausentes 101-2, 127 las 171-2
— incesto cometido por los 22,38 — riesgos en el tratamiento de las 188-
— periféricos 32-3,128 89
— rol de jefe del hogar de los 24, 25, — terapia familiar tradicional y 163,
33 174-80
— solos 88-9, 99 — tratamiento de las 180-88
Padres periféricos 32-3, 128 — triángulos y 165,166,168-69,174
Parcialidad multilateral 36 Parejas sin hijos 27
Pareja corriente 113-40 Patriarcado 9, 19-20, 34, 50,55-6, 99,
— acusación a la madre y 118, 119-20, 152,180
121-2,126-9, 130 — heterosexualidad y 170-1
— análisis de la 122-26 — matriarcado versus 97
— complementariedad y 113,119, — terapia familiar y 55-6
120-1, 122-4 — proceso de consulta 57-9
— consulta sobre la 120-2 — proyecciones mutuas 121, 122, 130-
— historia clínica de la 114-20,131-9 1
— polarización determinada por el Psicoanálisis 10, 114, 124
género en la 113-4 — concepto de la relación histérico-
— proyecciones mutuas en la 121, obsesiva del 113, 114,119, 123-4
122, 129-30 — teorías de las mujeres en el 11
— relaciones histérico-obsesivas en la
113, 114, 119 Reencuadre, técnica terapéutica del 45,
— riesgos en el tratamiento de la 139- 67
40 Reflexión especular en las parejas
— roles de los géneros en la 113-4, lesbianas 177
121,130 Relaciones abusivas 11, 191-209
— tratamiento de la 129-30 — alternativas escasas como factor de
Parejas de profesionales 41 las 204
Parejas, en historias clínicas 56 — análisis de las 200^4
Parejas homosexuales, véase parejas — confabulación y las 200-3
lesbianas — consultas sobre las 195-200
Parejas lesbianas 11, 26,41,56,163- — consultora/tcrapeuta/paciente y
82, 215 196-7
— análisis de 170-80 — contradicciones inevitables en el
— comunidad lesbiana y 173-74,177 enfoque de las 203
— concepción idealizada de las 163-4, — dependencia como poder en las 200
189 — historia clínica de las 191-2, 193-5,
— concepción patologizante de las 206-9
163,164,167,174
— masoquismo y 192-93,198, 201-2
— consultas sobre 165-6, 168-70
— modelo de la adicción y las 198
— cuidados mutuos excesivos en las
172-3 — poder y satisfacción obtenidos por
— fusión y 165,166,175-9 la perseverancia en las 197-8,
— heterosexismo y 166, 170-1,174, 200-4
228 INDICE ANALITICO

— precepto: “las mujeres necesitan a 45-6,48


los hombres” en las 200 — archivo de recursos en la 215
— riesgos en el tratamiento de las 209- — autonomía versus conexión y la 39-
10 40, 41, 46
— sadismo y 192,193 — capacitación en, véase capacitación
— temor de las mujeres a la impoten­ «— carreras profesionales de las
cia en las 202-3 mujeres y 33, 45-6, 47
— tratamiento de las 204-6 — concepciones erróneas sobre el
Relaciones histérico-obsesivas 113, feminismo y 41
114,119, 123-4 — cualidades del terapeuta necesarias
Revalorización 28-30 en la 43
Riesgos, tratamiento: — declinación de la familia tradicional
— acuerdos sobre el cuidado de la y la 33
familia y el hogar y 161-2 — distribución del poder y 30, 32-3,
— familias de un solo progenitor y 36, 37-9,41
110-11 — e$frcrzos equivalentes de los
— matrimonios empresariales y 83-4 cónyuges en la 47
— pareja corriente y 139-40 — género del terapeuta en la 42-3, 44
— parejas lesbianas y 188-9 — iniciativa de las mujeres en la 46
— relaciones abusivas y 209-10 — jerarquía del hombre por encima de
— tipos de 60 la mujer 48-50
Roles de los géneros 10, 11, 57-9, 172 — modelo familiar y 32, 33-4, 96
— familias y los 19, 23-6 — paradigma de valores masculinos y
— género del terapeuta y los 42-3,44 38-9
— madres y los 125 — práctica en 41-8
— matrimonios empresariales y los 64, — prejuicio respecto del género y la
71,75 57-58
— narcisismo y 125 — procedimientos de evaluación
— negros 94,103 inicial en la 214
— pareja corriente y los 113-14, 121, — roles de los géneros y 31, 32-3, 34,
130 36,41-8, 50
— sexo versus 42 — técnicas de la 45-8
— socialización de los 199 — teoría de la 34-41
— supuestos centrales sobre los 24-6 — trabajo/proceso feminista y 55-60
— terapia familiar y los 31, 32-3,34, — valores feministas en la 40-1
36,41-8, 50 Terapia familiar tradicional 99, 174-9,
— tratamiento y los 121,130 211
Rol machista 193n — confabulación en la 94, 201-3
— enfoque psicodinámico de la 120,
Sadismo 192, 193n 124, 125
Sintetismo 30 — familias negras y 95
— fusión en la 11, 30,39, 175-9
Teoría de sistemas 9, 11, 34-9, 94, 192 — jerarquías y, véase jerarquías
Terapia, carácter de la 60-1 — límites en la 11, 30, 39, 99, 179-80
Terapia conductista 91 — parejas lesbianas y 163, 174-80
Terapia de los matrimonios empresa­ — reforma feminista de la 31-2, 50-2,
riales y los adolescentes 63 55,210-11
Terapia estratégica 77, 94 — teoría de sistemas en la 34-9
Terapia familiar feminista 10, 31-52 — triángulos en la 11,30, 169, 174
— análisis de los problemas en la 43-4, Tolerancia 11, 29, 200-2
INDICE ANALITICO

Tratamiento 76-8, 103-5, 129-30,155, el 104, 106, 205-6


156, 180-81, 204-6 — mutualidad y 77-8
— afirmación en el 104-5,134 — necesidades individuales y 180-1
— atención de la terapeuta en el 105 — opciones y 76-7, 81-2
— autodeterminación en el 204-5, 206 — proyecciones mutuas y 129-30
— capacidad para actuar en el 77 — recursos y 181-2
— comprensión de la madre y 130 — riesgos en el, véase riesgos,
— consecuencias de las necesidades y tratamiento
181 — roles de los géneros y 121, 130
— consecuencias de las opciones y 77, — técnicas para abordar los
81 conflictos en el 181
— dependencia y 156 Triángulos, concepto de los 11, 30,
— desvío del centro de atención en el 165, 166, 168-9, 174
104
— duelo por la pérdida de la madre Violación marital 22
idealizada en el 130 Violencia, doméstica 149, 151,156,
— enojo y 156 158,159, 193
— estrategia paradójica en el 196-97 Violencia en la pareja 36-7
— expectativas explícitas y 181
— flexibilidad y 156 Walker, A. 51, 129
— legitimación de la competencia en Walters, M. 15,51, 129, 211
Esta edición
se terminó de imprimir en
Talleres Gráficos RIPARI s.a.
General J.G. Lemos 248, Buenos Aires
en el mes de setiembre de 1989
Las autoras asumen el desafío que
implica plantear el tema urticante
del feminismo (quizá el más con­
trovertido en los últimos años) en
todo grupo de terapeutas de la
familia.
Proclaman que la terapia familiar,
en su afán de simplicidad e
imparcialidad, ha limitado peli­
grosamente el concepto de sistema,
ignorando y reforzando la opresión
familiar y social a que están
sometidas las mujeres.
El libro contiene el tratamiento de
situaciones que se ven común­
mente en la práctica diaria: el matri­
monio "empresarial", la madre
sola, la pareja lesbiana, las relacio­
nes abusivas, en las cuales se apli­
can la teoría y los valores feministas
y se elaboran nuevos significados
dentro del campo, con una crítica de
la práctica corriente y una teoría
coherente de terapia familiar femi­
nista.
El énfasis en la pertinencia clínica
del feminismo confiere a este libro
vital importancia para todos los
terapeutas de familias.

PAIDOS