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A Wisława Szymborska (Kórnik, 1923 - Cracovia, 2012) nunca le interesaron los viajes, pero

cuando los hacía tenía la costumbre de llevarse un objeto insólito de cada lugar que visitaba.
Sentía debilidad por los objetos kitsch, los gadgets raros, o las cosas viejas que encontraba en
los mercadillos. Trastos, recuerdos (Pre-Textos, 2015) es el título de la cuidadosa biografía que
las periodistas polacas Anna Bikont y Joanna Szczęsna han escrito sobre esta poeta reservada,
irónica y singular.

¿Cuándo y cómo decidieron hacer esta biografía?

Cuando Wisława Szymborska ganó el Premio Nobel en 1996 nos dimos cuenta que no se sabía
apenas nada de su vida. Creímos oportuno indagar, investigar. Sabíamos que no sería una
tarea fácil: hasta 1989 Szymborska solo había concedido dos entrevistas. No le gustaba que le
preguntaran demasiado, decía que todo lo que quería transmitir estaba en su poesía y no tenía
nada más que añadir. Nuestra primera idea fue hacer un retrato con la información que
extrajimos de las conversaciones con más de cien amigos y familiares. Leímos todo lo que
escribió, incluso textos como Lecturas no obligatorias que no han sido editados. Cuando
teníamos todo el material, Szymborska nos concedió una entrevista. “Habéis exprimido hasta
la última gota de mi vida”, dijo. Habíamos investigado tanto que podríamos decir que
sabíamos más de su vida que ella misma. A partir de ese primer encuentro, empezamos a
trabar una amistad.

¿Cuáles son los temas centrales de su poesía?

Escribía sobre los temas más básicos, primitivos de la vida: los aspectos que preocupan al ser
humano. Evitaba el pathos y retrataba las inquietudes proponiendo ejemplos de pequeñas
situaciones cotidianas. Veía algo especial en los actos rutinarios que los demás no podemos
ver. Una vez le preguntamos a un periodista por qué Szymborska tenía tanta fama en Holanda.
Él nos respondió: “Porque es muy holandesa”. Nos quedamos sorprendidas, no sabíamos qué
significaba. Él, viendo nuestras expresiones, nos explicó: “Wisława, cuando mira, se comporta
como un pintor holandés: observa los objetos y los ilumina desde distintas perspectivas”.

Szymborska manifestó su admiración por Proust, Cavafis o Mann. ¿Qué autores fueron
importantes para ella?

Szymborska era samo-swoja, que en polaco significa única en su especie o ella misma. Así que
su gusto era también único: es cierto que leía a estos autores con mucha devoción, pero no
seguía el estilo de ninguno de ellos. También admiraba fervientemente a Montaigne. En una
ocasión le preguntaron cómo se deletreaba el nombre de este autor y ella contestó: “Se
pronuncia siempre de rodillas”. En general se fijó mucho en los autores del periodo clásico.
Szymborska apreciaba la razón, el sentido del humor, aunque sabía que hay puntos en los que
estos no sirven: se necesita la emoción, los sentimientos para transmitir.

Polonia tuvo un siglo XX lleno de tragedias y conflictos. Ella decía que no le gustaba escribir
sobre la guerra.

En su primer libro de poesía, escrito en 1952 y publicado hace poco, aparecen poemas en los
que habla de la guerra. Sin embargo, en su opinión, poetas como Herbert o Różewicz ya lo
habían dicho todo al respecto y ella sentía que no tenía nada más que aportar.

Durante su juventud, después de la Segunda Guerra Mundial, creyó en el comunismo.


Sí, al igual que muchos otros, pero la gente hoy prefiere olvidar eso. Szymborska venía de una
familia privilegiada, pero le atrajo la idea de la igualdad social. De hecho, los escritores que la
rodeaban también apostaron por el comunismo, aunque ella, que nunca fue activista, salió
pronto de ahí. Fue muy valiente porque en Polonia era muy raro que alguien abandonara el
Partido.

En su poesía, manifiesta su amor por los animales, por la naturaleza, pero en ningún
momento habla de la familia.

No fue una persona familiar. Nunca quiso tener hijos pero tampoco sintió la necesidad de
participar en los rituales familiares durante festivos. Solo respetaba este aspecto por su
hermana Nawoja. No le gustaba estar en grupos, ni sentirse parte de ningún colectivo. Más de
doce personas eran ya demasiada gente. De hecho, ni siquiera vivió con el amor de su vida,
Kornel Filipowicz. Se llamaban por la mañana y salían a hacer cosas. A pesar de su amor
incondicional hacia los gatos, nunca quiso tener ninguno y ni siquiera quiso adoptar el de
Filipowicz cuando murió. Hay un poema –“Un gato en un piso vacío”– en el que describe su
comportamiento ante la muerte de su amado: “Se va a enterar/ de que eso no se le puede
hacer a un gato./ Irá hacia él/ como si no quisiera,/ despacito,/ con las patas muy ofendidas.”
Szymborska tuvo la necesidad de pasar mucho tiempo con ella misma, pero nunca fue una
misántropa.

¿Qué popularidad tenía Szymborska en Polonia antes y después del Premio Nobel?

Antes de ganar el Premio Nobel, Szymborska ya había sido reconocida con otros premios
prestigiosos como el Ciudad de Cracovia de Literatura en 1954, el Premio Goethe en 1991 o el
Premio Herder en 1995. Sus libros se divulgaban dentro del país y se empezaron a traducir al
búlgaro, alemán, sueco… En 1996 ya era una persona conocida, pero el Nobel la puso bajo los
focos de la crítica y los lectores la paraban por la calle. De hecho, sus amigos más cercanos
construyeron irónicamente un término, “Tragedia Estocolmo”, para referirse al evento, a la
entrega del premio en Suecia. Se vio tan agobiada con llamadas, cartas, propuestas… que no
escribió ni un solo poema en dos años. Eso a ella no le había sucedido nunca. Contrató a un
secretario, Michał Głowiński, un joven estudiante, que la ayudó a gestionar las cartas. Como
ambos tenían un gran sentido del humor, intentaron convertir esta “tragedia” en una
“comedia”, inventando un tipo de respuesta en las cartas en forma de juego. Por ejemplo, a
veces Szymborska respondía cosas como: “Aceptaré tu propuesta cuando sea más joven”.

¿En qué medida sigue viva su poesía?

Más que nunca. Fue leída y sigue siendo leída y estudiada en los colegios. Por los temas que
ella trata –los de la experiencia humana–, se convierte en una poeta universal. Szymborska
entra por las venas. De hecho, sus versos se usan incluso en discursos políticos, sobre todo en
Italia. Hay una cita del poema “Vaca sagrada” que en Holanda han utilizado para abrir las
sesiones en el Parlamento. Su poesía sirve para distintas etapas y momentos vitales. En una
época me enamoré del verso “cuántas cosas debíamos a las personas que no amamos”. La
poesía de Szymborska llega al corazón tanto como a la mente y sus poemas son como un
guante: se ajustan a la perfección. Un poema que lamentablemente encaja en la situación
contemporánea de Polonia es “El odio”:

“Miren, qué buena condición sigue teniendo,

qué bien se conserva


en nuestro siglo el odio.

Con qué ligereza vence los grandes obstáculos.

Qué fácil para él saltar, atrapar”.

A la excepcional Wislawa Szymborska (1923-2012), premio Nobel de Literatura


en 1996, no le gustaba mostrar sus sentimientos personales y nunca hablaba
mucho de sí misma, ni en sus poemas. Antes de ganar el Nobel había concedido
sólo 10 pequeñas entrevistas, en 73 años de vida. Era perfecta para jugar al
escondite de su propia biografía, para esquivar los intentos de publicar un libro
sobre su vida.
Ocurrió que un día encontró la horma de sus zapatos en las dos biógrafas que
supieron romper el perímetro de discreción, el camuflaje perfecto de la poeta
polaca. Anna Bikont y Joanna Szczesna, dos meticulosas periodistas, fueron
quienes acabaron encontrando las llaves de muchos de los secretos de su vida y
publicaron la biografía «Trastos, recuerdos» (Pre-Textos) que ahora se edita en
España. Les costó muchos años sumar el material necesario y vencer su
resistencia.
Lecturas obligatorias
A falta de pistas –y como buenas plumillas– comenzaron por leer los periódicos.
En la «Gazeta Wyborcza», Szymborska había publicado durante casi treinta
años su célebre columna de libros «Lecturas no obligatorias». Repasaron
meticulosamente cada uno de aquellos textos, convertidos en obligatorios para
quien quisiera buscar los primeros detalles biográficos o confesiones entre líneas
sobre sus gustos y hábitos. Y encontraron decenas de pequeñas pistas. También
hablaron con algunos amigos y conocidos suyos. La cosa tomó tal cuerpo que la
propia Nobel tuvo que recibirlas para la primera edición de 1997. Les dijo: «Es una
sensación terrible leer acerca de una misma: pero dado que ustedes han trabajado
tanto, de acuerdo, precisemos».
Y así se rasgó el velo que ocultaba el contexto de su obra. Porque la biografía «no
contiene los cotilleos de un Nobel, pero sí hace comprensibles cada una de las
circunstancias que ayudaron a construir una de las personalidades literarias más
fascinantes y divertidas de la literatura europea», como explica a ABC Michal
Rusinek, el más estrecho colaborador de la escritora hasta su muerte. Rusinek
añade que la poeta dijo al leerla que encontraba tantos momentos
divertidos que sentía a veces que faltaba el peso que tuvieron en su vida los más
duros momentos: la ocupación nazi, el holocausto, la invasión soviética, los años
de Stalin, la noche del comunismo, la agonía, la incertidumbre, sus pérdidas. Una
vida en un siglo atroz y prometedor.
Pero es que siempre evitaba desnudarse ante los demás: «¿Y si en épocas
venideras la moda de desnudarse públicamente fuera cosa del pasado?», se
interrogaba. Pregunta muy pertinente en la era de Twitter. Para escribir la
biografía, además de entrevistar a más de cien de sus conocidos, la poeta y las
biógrafas mantuvieron muchas horas de conversación. Así lo cuentan ellas:
«Empezó a saber que conocíamos su biografía exterior mejor que ella. De su
biografía interior mostró sólo lo que quería mostrar. A veces repetía: “Mi memoria
se deshace rápidamente de esas cosas”, o bien: “De eso, ya después de mi
muerte”». De hecho, cuando leyó las memorias de Mia Farrow dijo: «Reconozco
que esperaba que tuviera más clase».
De niña, a Wislawa la llamaban Ichna, (de Marychna). Tenía imaginación, pero
más curiosidad y una penetrante mirada sobre el mundo. Decía que «la
imaginación crece con la persona; sólo ciertas experiencias, el dolor o el
sufrimiento, nos abren a otras dimensiones». Su padre le leía mucho, tenía tiempo
para responder sus preguntas. A ella, de aquellas lecturas infantiles siempre le
gustaron mucho los enanitos, por su capacidad de provocar tan pronto miedo
como risa. Pero a quien admiraba de veras era al cuentista Andersen porque «se
atrevió a tomar a los niños en serio, cerrando sus cuentos con finales tristes».
El segundo día de la guerra mundial, en septiembre de 1939, con 16 años, vio por
primera vez desde el balcón de su casa pasar carros cargados de soldados
heridos. Los miró con una sabiduría extraña («aún me siento incapaz de
explicármelo») y, según contó, «algo en mí dijo: Ah, otra vez eso». Otra vez eso,
tantas habían sido las guerras en territorio polaco, pero no la última vez, no
todavía. La ocupación comenzó a mostrar sus garras incluso para los niños: el 20
de noviembre, su escuela fue clausurada. «Aquel día volví a casa llorando, con
la sensación de que algo había terminado y nada sería como antes». A partir de
entonces, las monjas ursulinas organizaron clases clandestinas. Iba con sus
amigas. De aquellas fechas son sus primeros poemas.
En ellos la guerra está presente, pero Szymborska no celebra el
heroísmo. Habla de su propia muerte por caer al agua al quebrarse el hielo bajo
sus pies (le pasó un día volviendo de su clase clandesina, pero sobrevivió) o la
poca originalidad que hay en la guerra («Nada nuevo bajo el sol») son algunos de
los primeros temas que aborda, verdadero aperitivo de su personalidad creadora.
De hecho en su discurso Nobel volvió a citar el pasaje de la Biblia: «Nada nuevo
bajo el sol, has dicho, Eclesiastés. Sin embargo tú mismo has nacido nuevo bajo el
sol».
La guerra devora sus sueños
Del holocausto nada supo entonces. «Veía a los judíos limpiando las calles de
nieve con la estrella de David en las mangas». Su madre ayudó a algunos. Pero no
pudo sobreponerse al desconocimiento, como demuestra en el poema «Aún»: «En
vagones sellados viajan los nombres.../ Trac trac trac. Por el bosque va un
transporte de alaridos».
La guerra devora sus sueños: un joven del que se enamoró murió en el campo
de Prokicim. En el alzamiento de Varsovia matan a su primo Roman. Un novio
suyo dejó de escribir después de ser enviado a Vilna por el ejército. Dejó de
escribir, pero no ella: «Mi caído, mi convertido en polvo, mi tierra.../ y
escucharemos juntos tu concha marina,/ y dentro el susurro de miles de
orquestas,/ nuestra marcha nupcial».
A finales de enero de 1945, mientras las tropas soviéticas liberan Auschwitz, los
comunistas han organizado un recital de poesía para celebrar el fin de la
ocupación en Cracovia. La joven poeta asiste, desde un rincón. Escuchará a
Milosz, de quien aún será amiga medio siglo después. Y también al que fue su
primer marido, Adam Wlodek.
Y llegó el comunismo, cubriéndolo todo como la nieve invernal. La vida, la política,
la guerra y la poesía, todo debía ser realista y proletario, y Szymborska debuta, sin
remordimientos de clase, sirve al partido con loas a Stalin y los obreros. Se casa y
publica en revistas. Viven en la casa de artistas (un koljós literario) de Krupnizca.
Poco despues llegó el deshielo de la ideología, amargo y sucio. La poeta abjura
de sus dos primeros libros, llegará a expresar su asombro por las «acrobacias
mentales» de las que ella y otros fueron capaces para «no saber lo que no
queríamos saber». Había descubierto el mundo y la literatura en medio de una
generación que creía. Y el camino de aquella fe que parecía salvífica a la verdad
estragó la idea juvenil de la realidad. De esa época es el único poema de la Nobel
que no tiene ni una gota de humor: «Pienso el mundo» (1958).
Vida en un cajón de Polonia
La biografía, inmensa y meticulosa se adentra en los sesenta, en los que Wislawa
se va a vivir a «un cajón», a los cuarenta años, en el que cultivar la poesía, los
amigos y los sentimientos, como quien mantiene siempre vivas unas pequeñas
llamas importantes. Es la base de su museo en Cracovia, una casa que merece
la pena verse, atestada de pequeñas señales, guiños, recovecos y juegos, de
resistencias. Como sus poemas, brillantes, incómodos, punzantes, siempre
sonrientes.
La vida oculta de la poeta apenas cabe en estas 680 páginas. Michal Rusinek
concluye que «es la historia completa del tiempo doloroso que le tocó vivir. No es
un libro sobre sus poemas, pero te permite comprender bien sus textos. Por eso
me encanta». Añade que el libro aproxima a la verdad, hasta donde eso es
posible: «Ella hablaba con el lenguaje de sus poemas y por eso este libro permite
asomarse al otro lado de los textos, a la vida cotidiana en la Polonia comunista y a
las fiestas que Szymborska daba con sus amigos...» No un libro de cotilleos, no
merecería eso una mujer tan educada. «Estudió a T. S Eliot y coincidía con él en
que el poeta no debe mostrar sus propios sentimientos, su trabajo es evocarlos tan
solo en los lectores», dice Rusinek. Eso que hace inolvidable la obra de los
grandes poetas.
Una antología diferente al resto
La premio Nobel polaca está de actualidad por doble motivo. Nórdica libros acaba de editar
en un libro magnífico una antología bilingüe de la obra de Szymborska, en el que dialoga
con las bellas ilustraciones de Kike de la Rubia. Lo especial de este libro es que la selección
de textos ha estado a cargo de la traductora polaca y madre del ilustrador Anna Kozlowska.
Es decir que encontramos en sus páginas los poemas que, lejos de los más visitados versos
de su autora, configuran parte de la memoria colectiva en la cultura polaca.
Cracovia, Polonia, años de posguerra. En la calle Krupnicza está la
llamada Casa de los Escritores donde se alojan un montón de jóvenes
que se dedican a la literatura. Joanna Ronikier, por ejemplo, vive con su
madre y su abuela, una legendaria editora. En un libro sobre aquella
época se refirió a aquel lugar: “Convivían juntas muchas personas
diferentes al azar, condenadas a la permanente e irritante relación de
intimidad, rozándose constantemente en el estrecho pasillo. Cada uno
con su propia y terrible historia debida a la ocupación, con miedo de no
tener bastante fuerza para empezar de nuevo y desesperados por lograr
devolver a esta vida algún sentido”. Otro de los huéspedes era el
maravilloso Tadeusz Rozewicz, autor de piezas teatrales tan deliciosas
como Testigos y que murió hace unos meses, al que le tocó una de las
peores habitaciones: no sólo era diminuta sino que daba a un vertedero
de olores nauseabundos. En Mi escuela filosófica escribió sobre aquella
época: “Todo terminó de una vez para siempre, cualquier cosa que haga,
estoy muerto. ¿Quién vuelve a hablar de la música aquí? ¿De la poesía?
¿Quién puede hablar de la hermosura? ¿Quién puede hablar del
hombre? ¿Quién osa hablar del hombre? Menuda payasada, menuda
comedia. Muertos, estoy con vosotros. Qué bien”.

No tenían la suficiente fuerza para volver a empezar o simplemente se


sentían muertos: así estaban las cosas en Cracovia tras la Segunda
Guerra Mundial. Lo cuentan Anna Bikont y Joanna Szczesna en Trastos,
recuerdos, la fascinante biografía que han escrito de Wislawa
Szymborska, la poeta que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1996.
Pero ese inmenso desconcierto y esa parálisis vital no eran exclusivos de
Polonia, recorrían el continente entero, que seguía oliendo a cadáveres y
a destrucción. Wislawa Szymborska se casó en 1948, vivió en aquella
legendaria casa con su marido, Adam Wlodek, y tuvo también que
levantar vuelo sobre la marcha, salir del fango, empezar como sea, de la
manera que fuera, buscando complicidades, inventándose las ganas de
vivir en medio de la nada. “Ya durante la guerra me moví en los círculos
de jóvenes de tendencias izquierdistas”, les contó a Anna Bikont y
Joanna Szczesna. “Estaban sinceramente convencidos de que el
comunismo era la única salida para Polonia. Gracias a ellos empecé a
pensar en temas sociales. Se sabía muy poco entonces de lo que habían
hecho los bolcheviques. Suena estúpido, pero cuando se es una persona
sin experiencia política, uno depende mucho de la gente que encuentre
en su camino”.

En 1956, otro polaco, Witold Gombrowicz, escribió en Buenos Aires en su


diario a propósito de lo que les pasó a sus compatriotas durante aquel
periodo: “En realidad, el final de la guerra les sorprendió derrumbados,
atontados y vacíos. Todavía eran capaces de emprender diversas
acciones colectivas, participaban en organizaciones, pero era porque se
agarraban a cualquier cosa para sobrevivir, para moverse, les agitaba el
instinto de luchar y de vivir, pero estaban aturdidos. Y en este vacío
interior cayó el marxismo. Me imagino que el marxismo cayó en ellos
antes de que consiguieran encontrarse del todo a sí mismos, es decir, a
sí mismos como eran antes de la guerra”. Gombrowiz apunta unas líneas
después que el comunismo se impuso en Polonia, “del mismo modo que
se deja caer una jaula sobre unos pájaros aturdidos o como se le pone la
ropa a un hombre desnudo”.

Wislawa Szymborska tardó un poco en darse cuenta de que aquellas


promesas de justicia e igualdad no terminaban de sostenerse con los
nuevos gobernantes, que algo chirriaba. Le ocurrió hacia 1952, cuando
llegó a Cracovia procedente de Lodz un escritor ya mayor, Marian
Prominski, que andaba intentado seducirla. Le preguntó si estaba segura
de hallarse “en el lado correcto”. Szymborska: “Su pregunta no hizo que
mi fe se tambaleara; el poema a Stalin lo escribí después. Pero la socavó
y creo que a partir de esa pregunta empieza mi distanciamiento. Nadie
antes me había sugerido que quizás mantuviera el rumbo equivocado”.

El año pasado se tradujo en España El telón de acero, un largo y riguroso


ensayo de Anne Applebaum sobre la destrucción de Europa del Este entre
1945 y 1956. Han ido por delante las anteriores observaciones sobre las
dificultades de salir adelante en una ciudad de aquella zona, como
Cracovia, para tomarle el pulso a esa población desamparada: el
abatimiento de quienes acababan de padecer las ignominias de una
guerra que devastó Polonia era de tal magnitud que carecían de
cualquier capacidad de resistencia. El comunismo llegó, tenía razón
Gombrowicz, como la ropa que se le pone a un hombre desnudo. Pero,
tal como cuenta Applebaum, las cosas no sucedieron de forma fortuita y
el Ejército Rojo no estaba simplemente allí para dar calor al que padece
frío.

Lo que los comunistas pretendían realmente al terminar la guerra,


escribe la periodista estadounidense, “era crear sociedades en las que
todo estuviera dentro del Estado, nada fuera del Estado y nada contra el
Estado, y querían hacerlo con rapidez”. Anne Applebaum colabora con el
Washington Post y Slate, ocupó una cátedra de Historia y Relaciones
Internacionales en la London School of Economics y su anterior
libro, Gulag, obtuvo los premios Pulitzer y Duff Cooper. Está casada con
Radek Sikorski, un político conservador que fue ministro de Defensa y de
Exteriores de Polonia y que ha presidido su Parlamento. Lo conoció
durante un viaje a Berlín en 1989 cuando se dirigía a cubrir la caída del
Muro para The Economist. El apoyo de Applebaum a la guerra de Irak fue
criticado en su día por el historiador Tony Judt.

En 1945, el Ejército Rojo ocupó ocho países: Polonia, Hungría,


Checoslovaquia, Alemania del Este, Rumanía, Bulgaria, Albania y
Yugoslavia. No hay duda de que el comunismo no le gusta nada a Anne
Applebaum, y eso se nota en su libro. Pero no lo invalida en absoluto:
está construido con un escrupuloso rigor histórico y tiene, por otro lado,
la agilidad de la escritura periodística: la relación y el análisis de lo que
fue ocurriendo consigue complementarlo con la viveza de un sinfín de
testimonios. Lo que Applebaum sostiene, y procura fundamentar con un
apabullante material procedente de los archivos, es que la conquista del
poder en los países ocupados por el Ejército Rojo se hizo de manera
planificada y utilizando hábilmente todos los recursos de los implacables
servicios secretos de la Unión Soviética. El brutal sistema estalinista se
había visto legitimado tras su victoria sobre Hitler y desembarcó en la
parte oriental de Europa sin que los demás aliados estuvieran demasiado
dispuestos, ni tuvieran tiempo y medios, para poner la lupa y atender a
sus peculiares métodos. Y estos repetían un esquema perverso. En
primer lugar, la NKVD creó en cada uno de los países ocupados una
policía secreta a su imagen y semejanza con el apoyo de los partidos
comunistas locales. En segundo, las autoridades soviéticas pusieron a
cargos de su confianza al frente del medio de comunicación más
poderoso de entonces, la radio. Tercera maniobra: los comunistas
soviéticos y los locales prohibieron toda iniciativa organizada que
surgiera de la sociedad civil. Y, por último, pusieron en marcha donde
fuera necesario políticas de limpieza étnica masiva y provocaron así el
desplazamiento de millones de personas de los lugares donde habían
vivido durante siglos. Los refugiados, desorientados ahí donde fueran a
parar, apunta Applebaum, eran más fácilmente manipulados y
controlados.

A pesar de la intimidación y la propaganda se produjo la extraña paradoja


de que los partidos comunistas perdieran por un amplio margen las
primeras elecciones que se celebraron tras la guerra en países como
Alemania, Austria y Hungría. En Polonia evitaron la cita con las urnas y
se inclinaron por un referéndum para medir su aceptación, y en
Checoslovaquia, tras obtener un aceptable tercio de votos en 1946,
prefirieron en 1948 asegurarse el poder con un golpe de Estado. En El
telón de acero, Applebaum se centra exclusivamente en tres países --
Alemania, Polonia y Hungría-- para analizar con todo detalle ese largo
proceso a través del cual los comunistas fueron penetrando en la
sociedad y estableciendo su dominio.

Contaban, de un lado, con una población que había sido machacada


durante la guerra. “Con el tiempo”, escribe, “se hizo evidente que esa
combinación curiosamente poderosa de emociones --miedo, vergüenza,
ira, silencio-- ayudó a sentar las bases psicológicas para la imposición de
un nuevo régimen”. Y de otro, aprovechaban la fuerza de una
propaganda que dividía el mundo en buenos y malos: “En todos los
países ocupados por el Ejército Rojo, la definición de ‘fascista’ se volvió
más amplia”, cuenta Applebaum, “y se expandió hasta incluir no solo a
los colaboradores nazis, sino a cualquiera que no contara con la
aprobación de los ocupantes soviéticos y de sus aliados locales”. Todo
estaba dispuesto para que, como decía Gombrowicz, se dejara caer “una
jaula sobre unos pájaros aturdidos”.

En la calle Krupnicza, en aquella Casa de los Escritores, también se


impusieron las sórdidas maneras de los que conquistaron el poder. Sea
como sea, aquellos jóvenes artistas e intelectuales procuraban pasárselo
lo mejor que podían. En Trastos, recuerdos se reproduce una imagen del
actor Leszek Herdegen y del escritor Slawomir Mrozek haciendo el ganso
en el tejado del edificio que resume a la perfección ese afán que tenían
todos por divertirse y pasar página. Szymborska se instaló en el ático en
el que vivía su marido: “En aquellos tiempos era un comunista ferviente,
convencido --como la mayoría de nuestra generación literaria-- de que
ésa era la ideología poseedora de la receta de la felicidad para la
humanidad”, cuenta en el libro. Se afiliaron al partido en 1950 y, al poco,
la poeta entonaba versos que celebraban la construcción en la propia
Cracovia de Nowa Huta, un gran barrio moderno que hizo el régimen
socialista y en cuyo corazón puso una inmensa fábrica siderúrgica: tenía
que cantar al nuevo obrero, al camarada trabajador, al futuro radiante
que empezaba a asomar en el horizonte.

En la planta baja de la Casa de los Escritores había un local donde se


daban cursos de formación ideológica. Así iba penetrando poco a poco el
nuevo régimen en la conciencia de cada polaco. El 8 de febrero de 1953,
los escritores dieron otro paso más y, reunidos en el comedor de la casa
según explican Anna Bikont y Joanna Szczesna, “firmaron una resolución
condenatoria contra los sacerdotes sentenciados a duras condenas,
incluida la pena de muerte, en el juicio-farsa de la curia de Cracovia”.
“Expresamos nuestra más implacable condena a los Traidores de la
Patria”, decían en un escrito en el que acusaban a aquellos curas de
haber practicado “con dinero americano” “el espionaje y la subversión”.
La firma del escrito de condena y, de paso, la práctica corriente de la
delación: en la calle Krupnicza, entre los propios escritores, había
soplones, informadores. Alguien se metió con Stalin, no tardó en saberlo
la policía.

El poeta Adam Zagajewski, que nació el mismo año en que terminó


aquella brutal guerra, se ha referido a aquellas casas como “un invento
soviético: el acuartelamiento de los escritores en un solo lugar facilitaba
el control sobre sus mentes, plumas y carteras”. Así iba, poco a poco,
una sociedad totalitaria tendiendo sus redes. En Trastos,
recuerdos, Wislawa Szymborska, sin embargo, no se arrepiente de
aquellas experiencias: “Sin éstas nunca hubiera sabido realmente qué es
tener fe en una única verdad. Y lo fácil que resulta entonces no saber lo
que no deseamos saber”.
Ése es seguramente el mecanismo que importa. Es tan fuerte la fe en
que las cosas van a cambiar, y cada cual ha ido comprometiéndose tanto
en las promesas de transformación, en la liquidación de las injusticias, en
la posibilidad de regreso a una idealizada sociedad anterior que, en
cuanto surge la crítica, algo dispara una voraz mordida que devora los
argumentos del contrario hasta liquidarlos. “Pertenecí a una generación
que creía”, confiesa Szymborska. Y que creía tanto que tenía
incorporado el diagnóstico sobre el enemigo. “Suena ridículo, pero yo
miraba con desdén a mis compañeras vestidas de fiesta: ¡Cómo es
posible! Si estás luchando por un mundo mejor, ¿cómo puedes pensar
en un vestido de gala?”. Y la poeta polaca admite finalmente: “Fue la
peor experiencia de mi vida”.

En Buenos Aires, en los primeros cincuenta, Gombrowicz intervenía en


las páginas de la prensa polaca del exilio en cualquiera de los debates
que iban surgiendo al calor de la Guerra Fría, y fue de los pocos que
criticó de manera implacable a sus colegas europeos --Sartre y compañía-
- que procuraban borrarle al comunismo sus ya evidentes y apabullantes
zonas oscuras. “Cuando hablas con un comunista, ¿no te da la
sensación de estar hablando con un ‘creyente’?”, escribió en su diario en
1953. “Para un comunista también todo está solucionado, al menos en la
presente fase del proceso dialéctico; él posee la verdad, él sabe. Es más,
él cree; más aún, él quiere creer. ¿No has tenido la sensación, cuando
tus palabras rebotaban en este hermetismo como en una pared, que la
verdadera línea divisoria pasa entre los creyentes y los no creyentes, y
que el continente de la fe abarca iglesias tan discordes como el
catolicismo, el comunismo, el nazismo, el fascismo...? Y en este
momento te has sentido amenazado por una colosal Santa Inquisición”.

Una colosal Santa Inquisición: Anne Applebaum explica cómo a partir de


1948 “los regímenes empezaron a crear un nuevo sistema de escuelas y
de organizaciones de masas controladas por el Estado que rodearían a
sus ciudadanos desde el momento de su nacimiento”. La fórmula era:
“crear entusiasmo y colaboración desde abajo”; el objetivo: “el hombre
soviético”. “El Homo sovieticus no solo no se opondría al comunismo, sino
que nunca concebiría siquiera la posibilidad de oponerse al comunismo”,
escribe en El telón de acero.Como en todas las iglesias, como en todas las
dictaduras que construyen a sus súbditos a la medida de sus ambiciones
de control, “sus métodos priorizaban la presión del grupo, la repetición y
el adoctrinamiento, y hacían hincapié en la convivencia y el trabajo
colectivo”. El culto a Stalin, las maravillas de la planificación central, los
males del capitalismo y ese nuevo espíritu ideológico que había
convertido “la democracia” en uno de sus mayores reclamos: si alguien
se salía del guión, ya llegaría alguien de la policía secreta para
devolverlo a la buena dirección. Applebaum se refiere también al ejercicio
de reescritura que se estaba haciendo de la historia. Por ejemplo, en un
programa de estudios de la RDA para niños de trece años podía leerse:
“Con la ayuda de las autoridades de ocupación soviéticas [...]
consiguieron quitarles el poder a capitalistas y terratenientes
monopolistas en esta parte de Alemania y establecer un orden
democrático antifascista”.

Wislawa Szymborska, desencantada con el régimen, pensó durante una


larga temporada que era desde dentro cómo mejor podía colaborar para
cambiar las cosas. Alguna vez vio cómo manipulaban su firma y protestó
ante sus superiores. En 1966, el filósofo Leszek Kolakowski pronunció una
conferencia durante la celebración del aniversario del levantamiento de
Octubre de 1956 --una tímida rebelión de los comunistas polacos frente a
los soviéticos, y que permitió una temporada de aire fresco hasta que
Gomulka volvió a hacer de las suyas-- y fue expulsado del Partido Obrero
Unificado Polaco. Szymborska, en un acto de solidaridad, devolvió
también su carnet. Aceptaba así su marginación, su condena al
ostracismo. En un poema, que escribió más adelante, dejaba clara su
opción: “Prefiero amar a la gente / que amar a la humanidad”, decía:
“Prefiero tener objeciones. / Prefiero el infierno del caos al infierno del
orden”. Había acabado con aquella colosal Santa Inquisición.

En El telón de acero, Anne Applebaum recoge una observación del


historiador Jan Gross sobre las especiales dificultades por las que
pasaron los judíos de Polonia. Durante la guerra, cuando los nazis
pusieron en marcha la Solución Final, se creó “un vacío social que fue
llenado de inmediato por la pequeña burguesía polaca autóctona”.
Simplemente se colocaron en el sitio del que fueron arrancados los
judíos: sus casas, sus propiedades, sus trabajos. Pero no las tenían
todas consigo, así que, como temían perder lo que habían usurpado y se
sentían amenazados por el régimen comunista, “ese estrato social,
conjetura Gross, dirigió toda su ira hacia los judíos que regresaron”. Ese
es el trasfondo de Ida, la película de Pawel Pawlikowski que ganó este año
el Oscar a la mejor película extranjera.

Witold Gombrowicz: “He dicho que la Polonia actual es como un trozo de


pan seco que se rompe con un crujido en dos partes: la creyente y la no
creyente”. Lo escribió en Buenos Aires en 1953, en una nota de su diario
en el que le contestaba a una lectora que lo había regañado por sus
habituales observaciones críticas con el catolicismo. Luego decía:
“Nuestro pensamiento está tan ligado a nuestra situación y tan fascinado
por le comunismo, que sólo podemos pensar en contra de él o de
acuerdo con él, y avant la lettre estamos encadenados a su carro, nos ha
vencido atándonos a sí mismo, aunque gocemos de una apariencia de
libertad. De modo que hoy sólo es posible pensar el el catolicismo como
en una fuerza capaz de resistir, mientras que Dios se ha convertido en
una pistola con la que quisiéramos matar a Marx”. Todo eso está en la
película de Pawlikowski. Ese brutal dilema entre el entusiasmo por el
régimen prosoviético o la férrea contestación de los católicos. Un trozo
de pan seco partido en dos.

En Ida, una joven novicia se ve obligada por su superiora a sumergirse


en el mundo antes de convertirse en monja y, arrastrada por su tía a un
brutal viaje interior, descubre sus orígenes judíos y conoce la terrible
historia de sus padres. De paso, va enterándose del oscuro agujero al
que fueron arrastrados esos polacos que quisieron creer que el
comunismo les abría nuevos horizontes cuando, a la larga, no hizo sino
conducirlos a vivir en el mundo triste y gris de una dictadura, burocrático,
yermo, apagado, terriblemente estéril. Su tía fue una de ellas. Liberada y
valiente, una mujer arrojada, una mujer de su tiempo, llena de ímpetu:
hacía falta construir un nuevo país. Hasta que se rompe.

“No hay polvorín emocional mayor que la historia de los judíos en la


Europa del Este de posguerra, y en particular la de los judíos en la
Polonia de posguerra”, escribe Anne Applebaum. La película de Pawel
Pawlikowski enciende una cerilla para que ese polvorín estalle y registra
la catástrofe en unas imágenes en blanco y negro de una paradójica
limpieza formal y contención. Todo ocurre en el interior de los
personajes. E incluso en ese pan seco que fue la Polonia de la dictadura
comunista hay margen para la vida: la joven novicia conoce a un joven
saxofonista.

Cruzan unas cuantas palabras, se van acercando, y más tarde los


tortolitos caen en las redes del amor. La novicia consigue romper sus
miedos, yacen juntos. ¿Qué pasará con nosotros?, le pregunta al
muchacho del saxofón después de hacer el amor. “Compraremos un
perro”, le contesta él. ¿Y luego? Nos casaremos, tendremos hijos. ¿Y
luego?, insiste la jovencita. Luego, la vida.

Cuando se hace de día, la novicia se pone la toca, coge el abrigo, y


vuelve a casa. Las últimas imágenes son las de una mujer que camina
con prisa, con urgencia, sin volver la vista atrás, decidida a enterrarse en
el globo de su fe, lejos del mundo, lejos de las dificultades, en el retiro
apartado de la vida monástica. Sin ruido. Quién sabe si Pawlikowski
quiso rendir con ese final un homenaje a la solidez de la religión frente al
desgraciado mundo del régimen comunista, pero la desolación que
transmite pertenece a otro registro. Algo hay de nihilista en esa escapada
final. Algo de nihilista hay en todas esas creencias que te protegen de las
dificultades de vivir a través de las abstracciones de una fe (Gombrowicz:
esa fe que “abarca iglesias tan discordes como el catolicismo, el
comunismo, el nazismo, el fascismo...”). Wislawa Szymborska prefirió, en
cambio, el camino más complicado. En vez de amar a la humanidad,
eligió amar a personas concretas. “Prefiero tener objeciones”, escribió:
“Prefiero el infierno del caos al infierno del orden”. Donde no hay nada
escrito, donde todo está por escribirse.
LA TIMIDA
(2004)

“Szymborska y Milosz se conocieron de la manera más natural del mundo; su encuentro fue
decidido y orquestado por Czeslaw Milosz porque Wislawa Szymborska jamás hubiera tenido
la audacia” -afirma la académica Teresa Walas, amiga de ambos poetas- Ignoro si hubieran
utilizado la palabra “amistad” para calificar lo que los une, pero su vínculo es para ellos,
indiscutiblemente, un hermoso guiño del destino”
Wislawa ve a Czeslaw Milosz por primera vez el 31 de enero de 1945, durante la velada poética
que inaugura el renacimiento de la vida literaria en la Cracovia liberada. Una densa multitud
plena la sala glacial del Teatr Stary. Hay gente en los pasillos, el foyer y en todos los escalones,
con mantas, cazadoras, pieles, gorras y bufandas. La gente se sopla las manos para calentarse.
Cada bocanada de aire se condensa en un vaho. Alguien en la escena evoca la vida literaria
durante la ocupación; después, los poetas leen sus versos y los poemas de los ausentes son
leídos por actores. Cada lectura es seguida por aplausos atronadores. Al final, ávidos de poesía,
los espectadores invaden el escenario para besar a los escritores en ambas mejillas, darles
macetas con flores y pedirles autógrafos en pequeños trozos de papel. Szymborska observa
desde lejos tal delirio.
“Czeslaw Milosz es el que más me impresionó -nos dice- En general los poetas leían muy mal
sus textos, no articulaban, se equivocaban, tartamudeaban, y como todo ocurría sin
micrófonos, no escuchábamos mayor cosa. Y entonces apareció Milosz. Con el aire de un
tierno querubín con la voz bien pausada. Recuerdo que pensé: he aquí un gran poeta y, desde
luego, no osé acercarme a él”.

Szymborska describe este encuentro inicial con Milosz y su poesía en una de sus crónicas que
intitula Mi timidez: “No me decían nada los nombres de los participantes. En cuanto respecta a
la prosa, era una lectora bastante conocedora, pero, en cambio, ignoraba mucho sobre la
poesía. Pero ese día yo miraba y escuchaba. No todos los autores alcanzaban a presentar sus
textos, algunos los recitaban con un énfasis insoportable, a otros se les quebraba la voz y
sostenían las cuartillas con manos temblorosas. En cierto momento fue anunciado alguien
llamado Czeslaw Milosz. Leyó sus versos sin nerviosismo y sin efectos declamatorios. Como si
pensase en alta voz, invitándonos a acompañarlo en sus reflexiones. “Y, sí, me dije, he aquí la
poesía y un verdadero poeta”. Desde luego, yo era injusta. Otros dos o tres poetas merecían,
igualmente, que se interesasen por ellos aquel día. Pero si hay escalones para alcanzar una
calidad excepcional, yo sentía que aquel donde Milosz se situaba era muy elevado”.
La laureada del Premio Nobel no se ha liberado jamás de esa timidez sentida frente a Czeslaw
Milosz, que testimonia con humor en un dístico de sus Retratos de poetas de Cracovia:

Aquí, Czeslaw Milosz, rostro severo


Arrodíllate, recita el Padre Nuestro.

Además, cada vez que se dirige a él, lo trata siempre de “Maestro”. Nadie sabe lo que Milosz
piensa, se rehúsa a cualquier comentario y no nos dice si está divertido, emocionado o
molesto y por supuesto que se acuerda de aquella velada de 1945: “Estaba lejos de
preocuparme de la impresión que había producido- responde cuando se le pregunta si tenía
conciencia de haberse distinguido tanto de los demás autores- Todos éramos extrañas
criaturas que emergíamos de nuestras madrigueras, vestidos extrañamente”.
Milosz permanece brevemente en Cracovia. A partir de 1946 ocupa un puesto diplomático
polaco en los Estados Unidos. Szymborska recuerda, sin embargo, haberlo visto una vez antes
de su partida. Lo recuerda sobre todo porque su admiración fue puesta entonces a dura
prueba. Sin contar que fue en un restaurante, y que era la primera vez que Wislawa
Szymborska iba a un restaurante. Acababa de echar un vistazo en torno a la sala, ¿y qué vio?
“En una mesa próxima, el mesonero servía costillas de puerco con repollo a Milosz y las
personas que lo acompañaban. Milosz comía con apetito. Recuerdo cuánto me chocó la escena
del poeta etéreo, el querubín ante una costilla de puerco! Yo sabía que los poetas debían
comer algunas veces ¡Pero un alimento tan poco refinado! Me tomó largo tiempo reponerme.
Pronto me convertí en lectora asidua de sus textos poéticos. El día que leí en la prensa El
Saludo y otros poemas de Milosz, me sentí todavía más intimidada por él”.
Al interrogársele sobre la fecha en que tuvo conocimiento de la existencia de Wislawa
Szymborska, Milosz afirma que fue en la primavera de 1945, en la calle Krupnicza de Cracovia.
“Me describieron a una de las poetisas del Círculo de Jóvenes Escritores como la más
promisora. Debía ser Szymborska”.
¿Es eso exacto? Es cierto que Szymborska había publicado ya en el diario Dziennik Polski su
poema Busco la palabra. Adam Wlodek, un crítico literario que, sin embargo, fue siempre su
admirador (y también, en un tiempo, su marido) no duda en decir, años más tarde, que los
primeros poemas de Wislawa “no tenían nada de excepcional, eran todos simplemente
malos”.

Milosz leyó muy tarde los poemas de Szymborska y ya no recuerda cuál de sus folletos atrajo
su atención. La primera prueba de su interés data de 1965, cuando Milosz estaba en los
Estados Unidos y redactó su antología Postwar Polish Poetry, donde tradujo un poema de la
futura laureada del Nobel, tomado del folleto La Sal:

Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo.


No vuelo por encima de él, no me le escapo
bajo las raíces de los árboles. Estoy demasiado cerca (…)
Nunca más mi muerte será tan dulce,
de tal manera fuera del cuerpo, fuera de la conciencia,
como una vez en su sueño.

En la universidad de Berkeley, para sus estudiantes del seminario de traductología, Milosz


comentó, además, esos versos eróticos de inquietante metafísica. “No podía omitir a
Szymborska en esa antología –explica- porque ya conocía muchos folletos con sus poemas y
sabía del puesto que ocupaba en la poesía polaca. Ocurre que esta antología es muy especial y
muestra el sexismo de su autor. No se encuentra sino a dos mujeres: Szymborska, con su
poema Estoy muy cerca, y Urszula Koziol con su poema Laurum. Como única excusa diría que
los libros de Polonia me llegaban con demasiado retardo”.
Agrega que el lugar que asignaba a los diversos autores, por orden de importancia, conoció
fluctuaciones. En la tercera edición de su antología, de 1983, ya había incluido ocho poemas de
Szymborska. “Mi punto de vista cambiaba - continúa Milosz- mientras me desprendía de mis
horribles manías machistas. Ignoro si el Premio Nobel tuvo algo que ver, porque desde luego
yo había notado la importancia de Szymborska mucho tiempo atrás”.
En las veladas poéticas norteamericanas, Milosz leía los versos de Szymborska en inglés, y el
público, joven en general, comprendía y aplaudía su “espíritu chispeante bajo el cual se
disimulaba un sentido profundo”. Muchos años antes de la atribución del Premio Nobel a
Szymborska, las personas presentes en una velada de lectura poética en Berkeley apreciaron
particularmente su poema Elogio de mi hermana. Cuando escucharon: “Mi hermana no escribe
poemas/ Ella, sin duda, jamás escribirá poemas” comenzaron a reir y su risa fue tan
comunicativa que contagió a Milosz. “Sospechaba que al menos una buena mitad de la sala se
había atrevido a versificar y que ésa era la causa de su diversión”, escribió más tarde en el
semanario cracoviano Tygodnik Powszechny.
“Mi opinión sobre la poesía de Szymborska se manifiesta también por la presencia de sus
poemas en mi antología Extractos de Obras Utiles, confía aún Milosz, que optó por dar
también un sitio a otros poetas polacos como Józef Czechowicz, Ryszard Krynicki, Znigniew
Machej, Bronislaw Maj, Tadeusz Rózewicz, Anna Swirczynska, Alexander Wat y Adam
Zagajewski. “En el capítulo Dificultad con la descripción de los objetos se halla su poema Visto
con un grano de arena, en el De la Naturaleza sus versos titulados Elogio de la mala opinión de
uno mismo y Visión desde la altura”.

Para nuestra tranquilidad,


las bestias no mueren
sino que revientan,
como si una muerte tal
tuviese menos consecuencias

Milosz comenta: “No sin ironía, el poema de Szymborska nos remite a nuestra indiferencia
respecto de todas las bestezuelas que desaparecen a nuestro alrededor, que nos acompañan
en nuestra existencia sobre la tierra (…) Nos hemos acordado de una separación entre
nosotros los seres humanos y los otros seres, y todo para que tal arreglo nos proteja como un
escudo”.
“Szymborska y Milosz están atentos a las cuestiones metafísicas, afirma Ryszard Krynicki.
Milosz es el único en ser explícito, Szymborska hace como si ella no se preocupase tanto. Para
convencerse, basta ver como ella aborda la cuestión de la muerte en uno de sus últimos
poemas titulado El mañana, sin nosotros:

Frescura y bruma de la mañana


Visibilidad restringida
Calzadas resbalosas
(…)
El día siguiente
se anuncia soleado,
aunque quienes sigan con vida
tendrán que usar paraguas.

“La vejez, la muerte, la agonía, la vida en el más allá -continúa Krynicki- son así mismo los
temas contemplados por Milosz en sus volúmenes de poesía titulados Eso y El Más Allá”:

El alma se desprende del cuerpo y vuela,


se acuerda de lo alto
de lo bajo

¿Hemos perdido nosotros verdaderamente la fe en el más allá?


¿Han desaparecido, se han volatilizado el cielo y el infierno?
Szymborska no osa jamás hablar en público de la poesía de Milosz ni escribir algunas líneas
sobre el tema, aunque corre en Cracovia el rumor de que, aparentemente, habría dicho algo al
autor acerca de su Tratado Teológico. No obstante es imposible saber algo más. Ella lo evoca
una sola vez, en su crónica Mi Timidez, citada al comienzo de este artículo:”Hablar de la poesía
de Milosz en mi rúbrica Las Lecturas no obligatorias?Toda persona habituada de un tiempo a
otro a pensar sabe que esta poesía es indispensable, en todo caso debería ser una lectura
obligatoria para todo el mundo. Así que no hablaré en esta crónica. Una idea mucho menos
buena me surge: voy a hablar de mí, o más exactamente de la timidez que experimento
delante de esta poesía y delante de su autor”.
Szymborska no tuvo tampoco el coraje de hablar a Milosz cuando en julio de 1957 lo encontró,
por azar, en un café de París. “Pasaba entre las mesas, iba, sin duda, a una cita. Era la ocasión
de acercarme para decirle que sus textos, prohibidos en Polonia después de su exilio francés,
eran leídos de todos modos, recopiados del ejemplar único de cada libro pasado de
contrabando. Las personas que lo deseaban verdaderamente terminaban tarde o temprano
por procurarse sus versos. ¿Tal vez le hubiera gustado saberlo?” Y en cuanto a ella, era ya
autora de dos folletos.
Tampoco alcanzó a abordarlo en junio de 1981 cuando, tras obtener el Premio Nobel de
literatura, vino a Polonia y participó en Cracovia en una reunión con los escritores de la
Asociación de Literatos, sus colegas: “una multitud lo esperábamos en la calle Krupnicza,
apareció casi invisible en medio de los fotógrafos, de sus flashes y sus micrófonos. Cuando
finalmente se les escapó, agotado, fue el turno de los cazadores de autógrafos que lo
rodearon. Yo no tuve el valor de molestarlo aún más en tal barullo, de presentarme y pedirle
aunque fuera una firma…” En otra parte, ella agrega que sintió compasión por él, que le
parecía tanto a un hombre víctima de un enjambre de abejorros.

Se encontraron verdaderamente cuando Milosz vino a Polonia por segunda vez, en noviembre
de 1989, galardonado con un doctorado honoris causa de la Universidad Jagellónica. Entonces
pasó diez días en Cracovia y ofreció un ciclo de conferencias sobre la poesía polaca
contemporánea (Con la poesía polaca hacia el mundo), sostuvo encuentros literarios en los
cafés Jama Michalikowa y Piwnica pod Baranami y, para terminar, ofreció un banquete a los
escritores de Cracovia, y por supuesto a Szymborska, en el Wierzynek Krakowski. Ciertos
indicios señalan que Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska se tuteaban desde entonces.
Milosz acuerda entonces una entrevista a la revista Naglos en la que declara: “Actualmente, la
literatura polaca es una literatura mundial” y después, de un golpe, cita los nombres de Miron
Bialoszewski, Zbigniew Herbert, Tadeusz Rózewicz, Wislawa Szymborska, Alexander Wat y
Adam Zagajewski.
Desde entonces, la poetisa agrega el nombre de Milosz a la lista de personas a las que enviaba
sus collages literarios con imágenes recortadas. Así, él recibió una cajita en la que los votos de
fin de año le eran dirigidos por “mesoneros del café, italianos, Tom Jones, una hortensia, un
dragón de cobre, polacas adolescentes, Arcadius Dybala, un maniaco, Kruschev, un húsar,
Jacek Ziobro, guardametas, Dolores, George Sand, un pterodáctilo, el prelado, Marco
Mendoza, Fréderique, Jacek y Tomek y Bozenka, el rey Miesco I, el doctor Rochus Mummert,
Zeromski. Y Szymborska”.
Este tipo de montajes es de los más frecuentes, incluso clásico, aunque se decline de múltiples
maneras. Pero Szymborska escogió para Milosz un collage especial: un león en dos patas cuyo
cuerpo privado de cabeza reposaba sobre una gran inscripción: “la parte del león”.
El gusto inmoderado de Szymborska por los collages no dejó a Milosz indiferente. En 1966,
mientras redactábamos la biografía de la poetisa, nos dijo que él le enviaba después de
algunos años insectos de plástico y fotografías de animales y que no sabía si ella los había
utilizado para sus collages.
En 1993, convertido en ciudadano honorífico de Cracovia, Milosz pasa los meses de verano en
esta ciudad. Fue entonces convidado por Szymborska a sus “pequeñas cenas o pequeños
sorteos”. A veces, aportaba los premios (una cómoda en miniatura con gavetas) y en otras
ganó: un hisopo.
El redactor en jefe de la revista Znak, Jerzy Illg, que llama a Milosz “forjador de lo esencial”,
afirma que él sólo busca conversaciones serias porque le aburren las bromas y la ligereza de
tono: “El hecho de que nosotros invertimos nuestra energía en organizar un momento festivo
desprovisto de seriedad le sorprende en la medida que la ociosidad le parece una cosa
inconcebible. Es un hombre muy serio al que le gusta tratar temas esenciales. Componer
limericks y otras formas burlescas versificadas, un juego al que suele prestarse la sociedad de
Cracovia, no lo ha seducido. Se trató de interesarlo. La prueba de tal tentativa se conserva en
un librito, Liber Limericorum, que reúne los limericks compuestos y dedicados a ella por los
amigos de Teresa Walas. El nombre de Czeslaw Milosz figura en una página en blanco, con la
nota: “El limerick de Milosz no existe en la naturaleza sino bajo una forma oral (¿el Autor lo
recita personalmente ante su Alteza Real, quizás se trataba de una improvisación?) Nosotros
no queremos perturbar este estado de cosas e impulsar esta obra maestra oral, única en su
género desde los tiempos homéricos, en las trampas ontológicas vehiculadas por la literatura”.
“Con frecuencia, los versos humorísticos firmados por Szymborska son para mí motivo de
envidia- explica Milosz amablemente- Simplemente, yo no puedo escribir así, lo que no quiere
decir que carezca de humor” y explica que Szymborska ha siempre velado por el carácter
lúdico de su relación.
Cuando Milosz la visita, ella prepara siempre pulpetes de ternera al sarraceno. No tiene
habitualmente ambiciones culinarias, pero dada las circunstancias, como suele decir, “hace el
esfuerzo”. Esto comenzó como un toque polaco a la comida, en la época cuando Milosz
arrivaba de California, y la costumbre continuó a partir de su instalación definitiva en Polonia.
(En la lista de los cien habitantes más célebres de Cracovia, establecida recientemente, él
ocupa el quinto lugar, Szymborska el segundo, justo detrás de Juan Pablo II).
Szymborska no ha olvidado que Milosz fue una de las primeras personas (la segunda,
exactamente) que en octubre de 1996 le telefoneó para felicitarla. La laureada acababa de
bajar a comer en el restaurante de la residencia Astoria para escritores, en Zakopane, y se
servía un plato de sopa al eneldo, cuando le pasaron la llamada. “El reía –recuerda- diciendo
que la compadecía por la carga que tendría que soportar en lo sucesivo”.
Illg nos confía: “Milosz se siente como una suerte de responsable, de gestor de la poesía
polaca, y ha trabajado mucho para hacerla conocer en los Estados Unidos: “He tenido siempre
la impresión de participar en la gestión de la poesía polaca”, y como buen gestor, estaba alegre
de la atribución del premio a Szymborska” y envió al semanario Tygordnik Powszechny un
texto muy bello titulado ¿No os lo había dicho? : “El premio es un tanto un triunfo personal
para Szymborska como la confirmación del puesto que tiene la “escuela polaca”. Es una poesía
de toque ligero, con sonrisa escéptica, propensa al juego, continúa Milosz en dicho texto. La
poesía de Wislawa explora situaciones personales pero con la distancia suficiente para evitar la
confidencia. En su célebre poema sobre el gato que se halla en un apartamento bruscamente
vacío, en lugar del lamento provocado por la pérdida de una persona íntima, leemos: “Morir,
eso no se le hace a un gato”.

Esta discreción afectiva se vuelve a encontrar en otro de sus poemas:


Tomo nota del hecho
de que (y es como si vivieses todavía)
la ribera de cierto lago
ha conservado su belleza pasada
No quiero que el paisaje
Por ese paisaje de la bahía
Inundado de sol
(…)
Es una cosa que no acepto:
de regresar allá.
El privilegio de mi presencia;
lo abandono.

La palabra “discreción” no es el mejor calificativo para la poesía de Milosz.

Mis oidos oyen menos y menos, mis ojos se debilitan, pero no están aún ahitos
Veo las piernas en minifaldas, pantalones o tejidos vaporosos.
Observo discretamente cada una de las jóvenes, sus nalgas y sus muslos, arrullado por
fantasías pornos (…)
No es culpa mía si somos hechos así, la mitad inclinados a la contemplación desinteresada y la
mitad presa del apetito.
Si después de mi muerte, arribo al Cielo, será allá arriba igual que aquí, salvo que me libere de
mis sentidos obtusos y mis pesados huesos.

Se imponía comparar el itinerario de ambos poetas. A la pregunta de Teresa Walas sobre el


ascenso hacia los premios Nobel, la poetisa respondió: “El de Milosz fue increíblemente
penoso y el mío totalmente sorpresivo”.
En un encuentro en el castillo real de Varsovia, se les preguntó en qué se diferenciaron sus
situaciones personales al momento de recibir el premio Nobel. Szymborska respondió que
Milosz había sorteado el primer ataque de los periodistas con sus entrevistas en el exterior, de
modo que ya estaba entrenado cuando llegó a Polonia, mientras que ella había tenido que
afrontar de golpe a la prensa polaca y numerosos homenajes y añade que le fatigaba su
presencia, requerida en diversas manifestaciones. Milosz estuvo de acuerdo y destacó que la
atribución del premio retiraba al laureado la posibilidad de no hacer sino lo que éste quisiera y
de considerarse una persona privada.
Cuando llegó el momento de las lecturas poéticas, Szymborska propuso que se respetase, en
cuanto al número de textos, la diferencia entre la obra inmensa de Milosz y la suya,
cuantitativamente modesta.
Milosz rehusó firmemente leer un poema más que ella.
“Szymborska subraya durante toda su actuación, que entre Milosz y ella se trata de una
relación afectiva asimétrica: El es el gran profeta nacional, ella una humilde poetisa. Una
desproporción nivelada, en una cierta medida artificialmente, por la atribución del premio
Nobel”, afirma Teresa Walas.
Los secretarios personales de ambos premios Nobel, Agnieszka Kosinska y Michal Rusinek,
permanecen siempre en contacto. Ha sucedido más de una vez que alguien tuviera la idea de
rodar un film sobre los dos laureados polacos del premio y telefoneaba a Michal Rusinek
afirmando contar con el acuerdo de Milosz y a Agnieszka Kosinska jurando de tener el de
Szymborska.
“Un día yo acompañaba a Wislawa Szymborska a casa de Milosz - recuerda Michael Rusinek-
cuando éste abrió un cuadernito para leer los versos que acababa de escribir y preguntó a
Wislawa qué pensaba de ellos. Milosz experimenta siempre la necesidad de un comentario
sobre lo que él escribe”.
Teresa Walas relata una historia similar: “¡Jamás se le ocurriría a Szymborska leer uno de sus
poemas!, así, de sopetón, mientras que Milosz lo hace regularmente. Recuerdo que en una
breve pausa para cambiar los platos durante una cena en casa del crítico literario Jan Blonski,
Milosz sacó un bloc de forro negro plastificado, leyó un poema y esperó los comentarios de los
invitados. No me imagino a Wislawa haciendo algo así. No habla de su escritura y se siente
incómoda, me parece, cuando se mencionan sus versos delante de ella”.

“Cuando se trata de que aparezcamos en público, declara Milosz, mi secretaria se dirige al


secretario de Szymborska para saber lo que ella desea. Pero, en general, sabemos
perfectamente lo que hará cada uno de nosotros”.
Milosz y Szymborska intervienen a veces en público o dejan oir sus voces en un debate. Sus
dos firmas aparecen a veces al final de una petición dirigida al gobierno polaco para demandar
la supresión de la TVA sobre los libros o como una carta enviada a la elite de los intelectuales
rusos para estimularlos a oponerse a la guerra de Chechenia, o un llamado a los antiguos
simpatizantes del partido Unión por la Libertad incitándoles a votar en las elecciones
parlamentarias, o en una protesta contra la construcción de un supermercado en las cercanías
del palacio de Wilanów.
“Milosz admite como una evidencia que él es un gran poeta y quiere que se le trate como a tal,
lo que no es el caso de Szymborska, muy al contrario. Su curiosidad del mundo es, en cuanto a
ella, idéntica y sus espíritus se parecen. Los dos poetas no difieren tanto como pudiera parecer
en una primera impresión. ¿No son ambos nacidos bajo el signo de Cáncer? - nos pregunta
Ryszard Krynicki, nacido también bajo el mismo signo- Es extraño señalar que las amistades
poéticas, pero también las antipatías, obedecen a menudo a las leyes del Zodiaco. Milosz tiene
en gran estima la obra de Miron Bialozewski. Ha escrito un texto magnífico en ocasión de la
desaparición del poeta. Szymborska, también, habla en muchas circunstancias de este
escritor. Bialoszewski era Cáncer”.
Sin querer insistir demasiado en esta cuestión de los temas astrales, hay sin embargo que
mencionar que Szymborska lo ha evocado, también, sobre todo cuando aceptó presidir
Cracovia 2000 con Czeslaw Milosz, y en la recepción inaugural hizo notar ¡que no había nunca
escuchado hablar de un Cáncer que hubiese sido un buen organizador de eventos!

A ellos les gusta hablar con una sola voz. “Milosz es una de las raras personas - nos confía
Michal Rusinek- que sabe ejercer influencia sobre Szymborska. Sus palabras tienen para ella
valor de argumento, si no decisivo, al menos importante. Durante las últimas elecciones
presidenciales, Milosz, como un gran número de intelectuales cracovianos, había apoyado la
candidatura de Andrzej Olechowski y Szymborska votó entonces por la Unión por la Libertad”.
Szymborska confiesa no poder rehusar nada a Milosz. Quería declinar la invitación que le
habían formulado a participar en un coloquio sobre la identidad en Lituania, pero cuando
Milosz la llamó y le dijo: “Wislawa, quiero mostrarte mi ciudad de Wilno”, aceptó
inmediatamente y no tomó parte en las discusiones pero leyó a los participantes del encuentro
su poema titulado El Odio.
“Los lituanos deseaban organizar una reunión con tres laureados del Premio Nobel de
literatura: Günter Grass, Wislawa Szymborska y yo - dice Milosz- y me tocó la tarea de
convencer a Wislawa de que participase. En Wilno nos alojamos en el mismo hotel y,
verdaderamente, yo le enseñé la casa donde había vivido durante la Segunda Guerra
Mundial”.
“En Wilno, cuenta Rusinek, Szymborska y Milosz salían a pasearse en tête a tête y ninguno de
nosotros tuvo la temeridad de acompañarlos. Ni siquiera Adam Bujak, que fotografiaba el
encuentro lituano. Milosz habló mucho de lugares mágicos de su infancia y cuando en un
momento dado alguien evocó los barcos que conectaban a Wilno con Werki dos veces por día,
recordó sus nombres: el Kurier y el Smigly.
Szymborska posee una memoria muy diferente, no lineal, sin fechas ni horas, centrada en la
anécdota.

En una cena donde Szymborska a la que tuvimos el honor de ser invitados y a la que asistían
igualmente Czeslaw Milosz y su esposa Carol, ahora difunta, se llegó a hablar del poema de la
poetisa recientemente publicado en Zeszyty Literackie, titulado Una jovencita tira el mantel.
Milosz declaró que ese poema abordaba diversas cuestiones esenciales, que habían estado en
la mira del filósofo Lev Chestov o el escritor Fedor Dostoievski en Los Hermanos Karamazov, y
Szymborska intentó desmentirlo, obstinándose en decir que no era más que la historia de una
niña que descubre la ley de la gravedad y recurrió al testimonio de su secretaria para que
confirmase que se trataba de su nieta, que había realmente tirado el mantel.
Milosz desechó todo con un gesto de la mano (lo vimos con nuestros ojos) y, de seguidas,
desarrolló su argumentación en un texto intitulado Szymborska y el Gran Inquisidor, publicado
por Dekada Literacka en ocasión de un cumpleaños de Szymborska, un ensayo que, traducido
al inglés, devino el tema del coloquio polaco-estadounidense organizado en Cracovia por la
Universidad de Houston con participación de poetas y estudiantes estadounidenses.
En ese artículo, Milosz explica que más allá de la experiencia de la pequeña heroína del poema,
se plantean asuntos esenciales, relacionados con las obligaciones y los límites de la voluntad
divina, que presiden nuestra existencia. “Ese poema inocente disimula un abismo en el que es
posible aventurarse casi sin fin, un laberinto sombrío, que visitamos en el curso de nuestras
vidas, lo queramos o no”.

Se trata de amigos o sólo de conocidos, se preguntaba la poetisa Ewa Lipska. “Amistad” no es


la palabra idónea para calificar su relación, pero “conocimiento” es demasiado distante.
Después que recibió el Premio Nobel, Milosz es como un monumento que estaría dotado de la
palabra, al cual se llega en peregrinación. Tal no es el caso de Szmborska, que se alarma
cuando le preguntamos si la unen a Milosz lazos de amistad. “No puedo decirlo - responde con
precipitación, como si corriese el peligro de sospechar que se vanagloria de sus relaciones con
un hombre célebre o de usurpar una calidad de relación que ella no tiene- pero, de una
manera general, nos queremos. Quiero decir que espero que él me quiera”.
En 1998, durante una entrevista de Milosz con Irena Grudzinska-Gross, cuando se le preguntó
si los poetas podían apreciarse entre ellos, respondió que las amistades poéticas eran
necesarias sobre todo a los jóvenes poetas y que él se había beneficiado en Wilno. “Cuando el
poeta envejece, esas relaciones amistosas le son menos necesarias, los caminos de unos y
otros se separan. Los jóvenes se parecen mucho y avanzan en tropel y, después, se separan y
cada quien posee su propio reino”.

De los años de relaciones continuadas con Czeslaw Milosz, Szymborska dice que “(en el curso
de ellos) muchas cosas han cambiado, pero desde un cierto punto de vista nada ha cambiado.
He tenido más de una ocasión de hablarle, de encontrarlo en nuestro círculo de amigos, de
aparecer públicamente en su compañía en diversas manifestaciones o de sufrir con él
celebraciones oficiales. Y, no obstante, no he sabido jamás cómo acercarme a un poeta tan
grande. Frente a él, mi timidez es aún mayor que en el pasado, si bien que hoy día nos ocurre
bromear o brindar con vodka bien helada. Una vez, en un restaurante, llegamos incluso a
ordenar juntos unas costillas de puerco con choucroute…”
Últimamente, ellos discuten con mayor frecuencia por teléfono.
“Qué lástima, suspira uno de nuestros interlocutores, que Polonia sea ahora un país libre, y, al
ver nuestra sorpresa, continúa: “¡Imagínense qué maravilloso sería si la policía grabase todas
sus conversaciones y pudiéramos leerlas dentro de medio siglo!”
Szymborska afirma, como Milosz, que entre ellos no hablan de poesía, pero a veces se sabe de
lo que se han dicho y que, un día, Milosz confió a Szymborska que él comenzaba por escribir el
primer verso y que, de seguidas, “todo se encadenaba”, y ella le respondió que, por su parte,
el último verso le venía a veces al espíritu y que “ella remontaba entonces con pena hasta el
primero”.
“En cuanto a nuestra relación personal - responde Milosz- ella es amistosa pero nuestras
conversaciones no conciernen prácticamente jamás nuestras opiniones. En eso somos
discretos y, aunque a veces hablamos del valor de ciertas obras poéticas, eso es algo que sigue
siendo raro”.

Cuando, en un auto alquilado viajaban a Varsovia a los funerales del poeta Zbigniew Herbert,
Szymborska y Milosz se detuvieron a tomar un café en un bosque vecino a Kielce. Szymborska
quedó fascinada con los pinos, de siluetas tan atormentadas, que se afincaban en el suelo con
terquedad, y Milosz declaró que “un roble es un árbol, y también lo es una haya, pero un pino
no es un árbol”.
“El viaje de ida y vuelta duró unas diez horas –nos relata Rusinek- y Szymborska se esforzó por
hablar de cosas divertidas y ligeras mientras Milosz, por el contrario, suscitó temas como “las
relaciones entre Polonia y Bielorrusia” o “Bielorrusia es la Irlanda polaca”, y narra también
haber entrado en una librería y haber comprado muchos libros y que, después de haberlos
leído, se convenció de algo evidente: “Wislawa para nosotros no tiene remedio”.

Alberto Valero
Traducido en Varsovia el 290710
Muere la poeta polaca Wislawa Szymborska
Un cáncer de pulmón acaba a los 88 años con la escritora, galardonada con el
premio Nobel de Literatura en 1996

La poeta polaca Wislawa Szymborska, premio Nobel de Literatura en 1996, ha muerto


este miércoles a los 88 años en Cracovia víctima de un cáncer de pulmón. "Falleció
en casa, tranquila, mientras dormía", explicó a la prensa su secretario personal, Michal
Rusinek, quien recordó que la escritora fue siempre una fumadora incorregible a pesar de
las constantes advertencias de los médicos.

La poeta y crítica literaria Wislawa Szymborska, en cuya creación son temas recurrentes la
memoria, la belleza y la condición humana, nació en Kornik, en la región de Poznan, el 2
de julio de 1923.

Szymborska, que a los ocho años se trasladó a Cracovia, se incorporó muy pronto al
mundo literario de esta ciudad del sur de Polonia, para dedicarse por entero a la poesía.
Licenciada en Filosofía Polaca y en Sociología por la Universidad Jagelloniana de
Cracovia, trabajó desde 1953 hasta 1981 como crítica en la revista Zycie
Literackie (Vida Literaria), con la columna "Lectura no obligatoria", en la que comentaba
libros de los más diversos temas, y también publicó en el influyente semanario Tygodnik
Powszechne y en la sección de libros del periódico Gazeta.

En cuanto a su propia obra, Szymborska debutó en 1945 con el libro Busco las
palabras; en 1952 editó el poemario "Por eso vivimos" y posteriormente publicaría
"Preguntas planteadas a una misma", en 1954, una obra en la que revela el carácter
introspectivo de su obra.

Obras suyas son: Llamada al Yeti (1957), que los críticos consideran el momento clave de
su poética pues a partir de entonces se aleja del realismo socialista; Poemas
escogidos (1964), Cien consuelos (1967), Poemas (1970), Por si acaso (1972), Poemas
escogidos (1973), Tarsius y otros poemas (1976), Un gran número (1977) y Poemas
escogidos II (1983).

Posteriormente editó La gente sobre el puente (1986), Poesía (1987), recopilación de la


mayor parte de su obra poética, Velada del autor: Poemas (1992) o Fin y
principio (1993). Szymborska tradujo a no pocos poetas franceses, sobre todo del
período barroco. Asimismo, colaboró en la década de los ochenta, bajo el seudónimo de
"Stancykowna", con la publicación polaca Arka y la revista parisiense del exilio Kultura.

Sus obras representan las cumbres más altas de la poesía polaca contemporánea,
junto a la de Czeslaw Milosz (que fue premio Nobel en 1980), Tadeusz Rozewicz y
Zbigniew Herbert. Se llegó a describir a Szymborska como la "Mozart de la poesía", dada
su abundante inspiración y la maestría con que usaba las palabras.

Wislava Szymborska escribió una poesía reflexiva y moralizante, intimista, irónica y


llena de paradojas, eligiendo siempre palabras "sencillas y claras", frecuentemente
coloquiales. De su poesía se desprende una consideración antropológica basada en la
finitud humana, en la debilidad del hombre frente a la naturaleza, con el hombre en el
centro de sus interrogantes, retomando de esa forma la tradición de la poesía realista
polaca.
Sus obras han sido escasamente traducidas al español, en México antes que en otros
países: en las revistas mexicanas Plural, Proceso y La Semana de Bellas Artes y en varias
antologías de los años setenta y ochenta.

En 2009, y tras años de silencio de la poeta, apareció en español, casi al mismo


tiempo que su publicación en Polonia, el poemario Aquí, editado por Bartleby y
traducido por Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano, director del Cervantes de
Cracovia. Dos años antes Igitur había publicado su libro Dos puntos y, en 2004, la misma
editorial, el poemario Instante. Otros traductores suyos han sido Krystyna Rodowska, Jan
Zych, Andrzej Sobol Jurczykowski, Karl Dedecius, Xaverio Ballester y Fernando Presa
González. Su poesía cuenta en cambio con una gran cantidad de lectores en lengua
alemana, inglés, francés, chino, japonés, árabe, hebreo y en las lenguas escandinavas.

Wislava Szymborska estaba en posesión del premio de Literatura de Cracovia (1954) y del
Premio del Ministerio de Cultura de Polonia (1963). También ganó el premio Z. Kalenbach
de la Fundación Koscielskich de Suiza, el Premio Goethe en 1991, el Premio Herder en
1995 y el del PEN Club polaco el 30 de septiembre de 1996.

El 3 de octubre de 1996 fue galardonada con el Nobel de Literatura por "la precisión
irónica con la que ha iluminado fragmentos de la realidad humana en su contexto
histórico e ideológico". El premio le fue entregado en Estocolmo el 10 de diciembre de
1996 por el rey Gustavo de Suecia. Szymborska era una escritora discreta, tímida,
retraída, que vivió alejada de los organismos institucionales y de los congresos de
escritores de Polonia.

Polonia mía
Sobrevivió al nazismo, al stalinismo y al escepticismo. Su obra y su vida están atravesadas
por algunos de los hechos más dolorosos del siglo XX. Sus poemas acompasan con
naturalidad la política y la intimidad. Y el Premio Nobel que le dieron en 1996 –el segundo
a Polonia tras la guerra, luego del de Czeslaw Milosz en 1980– fue un reconocimiento no
sólo a su trabajo, sino que parece honrar también a un país que se vale de la poesía para
expresar sus tragedias, sus dolores y sus escasas alegrías. La edición de una Poesía no
completa con introducción de Elena Poniatowska permite volver sobre la sobria y
deslumbrante Wislawa Szymborska.

Por Guillermo Saccomanno

La mujer debe andar por los ochenta y siete. Escribo la mujer y no la anciana. No escribo
anciana por diplomacia políticamente correcta hacia la edad “avanzada”. Tampoco con la
intención de reivindicar “la eterna juventud”. La mujer no lo disculparía. Tiene la edad que tiene.
Ha vivido lo que ha vivido y en sus poemas siempre deja clara una conciencia de su
historicidad. Ha vivido acontecimientos sociales dolorosos. De lo personal, como lo amoroso,
prefiere no hablar: que se lean sus poemas si se quiere saber de ella. En “Amor feliz” escribe:
“Un amor feliz. ¿Es normal,/ serio, útil?/ ¿Qué saca el mundo de dos personas/ que no ven el
mundo?// Un amor feliz. ¿Es necesario?// El tacto y el sentido común nos obligan a callar al
respecto/ como si de un escándalo en las altas esferas de la vida se tratara.// Que la gente que
no conoce un amor feliz/ afirme que no existe un amor feliz en ningún sitio.// Con esta creencia
les será más llevadero vivir y también morir”. En sus últimas fotos tiene una mirada dulce y
penetrante, una sonrisa suave. Es la expresión de alguien que pregunta, busca respuestas que
a veces no encuentra y, no obstante, no pierde una capacidad de comprensión. Si la existencia
fuera una materia posible de aprender, con seguridad uno la elegiría como la maestra más
sabia. La mujer se llama Wislawa Szymborska, la Szymborska, como la llaman muchos, y en
1996 fue galardonada con el Premio Nobel. “Una catástrofe”, reflexionó ella. “Más llamados que
atender, más cartas que escribir, la invasión de desconocidos”. Porque la Szymborska no le
teme a la soledad: la elige.

Y si se observa de nuevo su mirada, uno comprobará que no finge ni miente. Cuando los
periodistas irrumpieron en su departamento en Cracovia, el departamento en que ha vivido casi
toda su vida en la ciudad donde también pasó toda su vida, los recibió con galletitas, café y
coñac. También con coñac, pero a solas, contó, brindó cuando supo de la caída del Muro que
fue, al comienzo una alegría y más tarde una decepción: el capitalismo tampoco la convencía.
Los periodistas buscaban arrinconarla con preguntas, pero la Szymborska se las ingeniaba
para responderlas con un filo delicado y, como contragolpe sutil, les devolvía sus preguntas.
Quería saber si el reportero, por ejemplo, había hecho el servicio militar, si estaba casado,
cómo era su vida. Y de esta forma, como en un judo invisible, aprovechaba la fuerza del
contrario, lo daba vuelta, pero no era su intención ni zafar ni burlarse del otro: a ella siempre le
preocuparon más los otros, el otro, y este gesto es típico de su poesía. Se dice que la poesía,
especialmente desde el romanticismo hasta acá, constituye una de las expresiones máximas
del individualismo, el despliegue de las plumas de pavo real. Sin embargo ella, la Szymborska,
nada que ver. Más bien, la suya es una poética de mujer realista. La Szymborska ha escrito:
“Morir lo necesario, sin exagerar. / Crecer lo necesario, de lo que se ha salvado. Sabemos
dividirnos, es verdad, también nosotros./ Pero sólo en cuerpo y susurro interrumpido./ En
cuerpo y poesía.// El precipicio no nos corta en dos. El precipicio nos rodea”.

Hace semanas que entro y salgo de su Poesía no completa, la hermosa y cuidada compilación
de siete de sus libros de poemas más algunos posteriores a fines de los ’90. Lo he leído
ichineando. Y también cronológicamente. Después, en sentido contrario. Subrayo, anoto. Y no
paro de sentirme redundante en los apuntes que tomo. Cuando uno se encuentra con una
poesía mayor es retórica toda anotación. Nada se puede agregar a lo que el poema ya dice. Y
éste es el rasgo que define una poesía como única. Es sabido también que no se puede leer
poesía como se lee narrativa. Lejos del vértigo de un rally, un buen poema obliga a detenerse,
meditar las palabras, pensar en su significado, pensar, por ejemplo, por qué el poeta eligió una
palabra y no otra, qué nos quiso decir. Podría pensarse que ensalzar la poesía en lugar de la
narrativa implica una distinción de categorías. La poesía no es superior ni inferior, mejor ni
peor. Es otra cosa. Está más cerca del pensamiento que del velocímetro. Y no es necesario ser
Paul Virilio para ratificar que la velocidad implica el aniquilamiento, la destrucción masiva y allá
vamos. En su discurso de recepción del Nobel la Szymborska leyó: “El poeta contemporáneo
es escéptico y desconfía incluso de sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es
poeta como si se tratara de algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que
admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos fuertes; mucho más difícil es reconocer
las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en
ellas. En las encuestas o en los encuentros con amigos ocasionales, cuando el poeta se ve
forzado a definir su profesión, acude al término genérico ‘escritor’ o al de alguna otra profesión
que adicionalmente ejerza. El empleado público o los eventuales compañeros de viaje reciben
con cierta perplejidad e inquietud la noticia de que están tratando con un poeta. Sospecho que
los filósofos también producen semejante inquietud. No obstante, ellos se encuentran en mejor
situación, ya que generalmente pueden adornar su profesión con algún grado académico.
Profesor de Filosofía –ya suena mucho más serio–. No existen profesores de poesía, lo que
haría suponer que esta actividad requiere de estudios especializados, exámenes presentados
en fechas precisas, disertaciones teóricas rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los
diplomas recibidos con solemnidad. Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse de
poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes versos, sino
que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y firma. Recordemos que justamente ésta
fue la razón por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo de la poesía rusa,
quien más tarde fue galardonado con el Premio Nobel. A Brodsky se le clasificó como
‘parásito’, por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta... Hace un par de
años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona. Me di cuenta de que solamente a él,
entre todos los poetas que he conocido, le gustaba llamarse a sí mismo ‘poeta’; pronunciaba
esta palabra sin conflictos internos y hasta con cierta desafiante desenvoltura. Pienso que se
debía al recuerdo de las violentas humillaciones que sufrió en su juventud. En países más
dichosos, donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente,
quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero ya no hacen nada o casi nada en su vida
cotidiana para destacar entre la gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de
nuestro siglo, a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un
comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para el público, ya que
siempre tenía que llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa
parafernalia: capas y oropeles, y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una
hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa”. Traducido en términos
poéticos, en “Miedo escénico”, escribió: “Poetas y escritores. Porque así es como se dice: Los
poetas entonces no son escritores sino qué. // Al poeta la poesía, al escritor la prosa. // En la
prosa puede haber de todo, hasta poesía, // en la poesía tiene que haber sólo poesía”. Esta
declaración, que suena un tanto a grito de guerra y que puede ser rebatida por prosas de
Virginia Woolf o William Faulkner, tiene no obstante un sentido y es la cuestión nacional. La
poesía polaca dispone de una historia que la justifica, una historia que no presentan otros
países europeos.

El crítico Jaroslav Klejnocki desarrolla una explicación: “La poesía es un componente muy
importante de la literatura polaca desde hace, al menos, doscientos años. Desde la pérdida de
la independencia en 1795, cuando la nación polaca perdió su Estado y sus instituciones, fue la
poesía durante más de un siglo, hasta la recuperación de la independencia en 1918, el
vehículo más importante de la identidad nacional. Fue la poesía el instrumento que mantuvo la
conciencia cívica de los polacos, dándoles apoyo en los momentos más dramáticos de su
historia. El poeta goza en Polonia de una estima muy especial, esperándose de él un escrito
“serio”. No es arriesgado afirmar que aun cuando el poeta bromea, lo hace sobre temas
importantes: cívicos, sociales o existenciales. La lírica de pura diversión es tratada en ese país
con cierta reserva. Se puede decir que los polacos respetan a sus prosistas, pero aman a sus
poetas, y esperan de ellos un mensaje importante. El destacado puesto de la poesía en la
cultura es un rasgo muy polaco, atribuible a los condicionamientos históricos. Alguien ha dicho
que la diferencia entre la literatura francesa y la polaca se ve en el hecho de que en Francia se
editan anualmente 300 novelas y 30 tomos de poesía, mientras que en Polonia esto es a la
inversa. Los polacos desde siempre han recurrido a la poesía para expresar sus emociones.
Jan Blonski, decano de los críticos literarios polacos, dice que “la literatura contemporánea
polaca se debe a la poesía”.

En los últimos veinte años tuvieron lugar dos acontecimientos de gran significación para las
letras polacas. El primero fue la concesión del Premio Nobel a Czeslaw Milosz en 1980, el
segundo la misma distinción a Wislawa Szymborska en 1996. Los dos premios concedidos a
poetas parecen confirmar la importancia de la lírica a orillas del Vístula. Sobre todo el hecho de
que los laureados no hayan dejado la pluma y sigan estando presentes en las letras
nacionales. Así, al menos se puede interpretar el significado del premio para Szymborska (sin
olvidar que el laurel expresa admiración a la creación personal de la escritora). El premio de
Milosz ha tenido una dimensión adicional, ya que coincidió con trascendentales
acontecimientos políticos. Después de la Segunda Guerra Mundial Polonia se encontró dentro
de la órbita soviética; todo el quehacer cultural estaba sometido al dictado comunista. La
oposición, tanto política como literaria, funcionaba en la emigración, sobre todo en Estados
Unidos, Gran Bretaña y Francia desde 1945, es decir desde el comienzo mismo de la división
de Europa y la Guerra Fría. La oposición en el país tardó más en organizarse y se hizo
presente a mediados de los ’70, encontrándose con una dura represión por parte del régimen
comunista. En agosto de 1980, coincidiendo con una ola de protestas sociales con favorables
circunstancias políticas (el pontificado de Juan Pablo II, el deshielo Este-Oeste y la intervención
soviética en Afganistán), tuvo lugar la creación del sindicato independiente Solidaridad y un
relajamiento general del control del Estado sobre la vida cultural del país. El Premio Nobel para
Milosz, quien desde 1951 vivía en la inmigración y estaba terminantemente prohibido en
Polonia, vino a reforzar las aspiraciones de libertad de los escritores polacos. Es cierto que en
diciembre de 1981 el poder comunista puso coto a este festival de libertad implantando la ley
marcial, pero la simiente de la libertad ya estaba echada. El conflicto político entre la sociedad
y el poder se solucionó vía negociaciones y en 1989 Polonia pudo retornar a la familia de los
países democráticos. Todos estos acontecimientos, año y medio de relativa libertad después
de la noche de la ley marcial y, finalmente, la gran transición de finales de los ochenta, con la
caída de todo el bloque comunista, marcaron claramente la poesía contemporánea polaca.
Esta tiene la posibilidad de reaccionar con mayor rapidez a los acontecimientos corrientes,
aunque su naturaleza misma conlleva silencio, sutileza y subjetividad. Y éstos son los polos de
la poesía contemporánea polaca en la última veintena del siglo XX.

Szymborska no es ajena a esta historia. Y lo reconoce: “Somos hijos de la época/La época es


política.// Todos tus asuntos, los nuestros, los vuestros,/ asuntos diurnos, asuntos nocturnos/
son asuntos políticos”. Lo dice de manera directa, frontal, sin retórica ni amaneramiento:
“Caminando por el bosque, por la selva/ son políticos tus pasos/ sobre un fundamento político”.
Quizá conviene recordar que la historia de su país, y la personal –ambas inseparables– han
sido invadidas, masacradas y encajonadas por dos figuras temibles: Hitler, primero, Stalin
después. Hay que tener en cuenta también que decir Polonia es nombrar Auschwitz-Birkenau y
Treblinka. En el prólogo a esta compilación Elena Poniatowska señala que la Szymborska tenía
diecinueve años cuando estudiaba Letras en la Universidad Jagellona y era testigo del
exterminio: “En vagones sellados/ van los nombres del país,/ ¿hasta dónde irán así, bajarán
alguna vez?/ no pregunten, no lo diré, no lo sé. // Así es. Por el bosque va un transporte de
gritos/ Así es. Despertada en la noche, oigo,/ eso es, el retumbar del silencio en el silencio”. No
hay que pedirle a la Szymborska que eche paños fríos sobre la cuestión religiosa. Por si no
queda clara su relación con Dios, allí está el poema “Noche”, un cuestionamiento, si se quiere,
a la fe kierkegaardiana: Isaac es encarnado en una niña que increpa al padre que la sacrificará
como prueba de su fe: “Dios finge/ que entró volando sin querer/ que no, que para nada es
aquí,/ y luego se lleva a papá hasta la cocina/ para ponerse de acuerdo;/ desde una gran
trompa le sopla al oído./ Y cuando mañana, apenas amanezca, papá me lleve consigo,/ iré, iré/
negra de odio”.

Las tragedias sociales, los males que se suponía serían desterrados en el siglo XX (el hambre,
la guerra), son sus preocupaciones solitarias y a la vez solidarias. Una poesía suya puede tanto
evocar Kosovo como captar un terrorista que espera el estallido del artefacto explosivo que
termina de instalar.

Después de un período inicial influido por el realismo socialista (la Szymborska relega su
poesía anterior a 1945 y rescata de entonces unos pocos versos), su poesía adquirió un vuelo
más libre, una independencia que le ha permitido jugar a su antojo con personajes bíblicos,
homéricos y la mitología. En cada oportunidad, el juego no es nunca inocente ni ignorante de
sus efectos. En este punto, conviene detenerse: la Szymborska suele repetir el “no sé”
socrático tal como lo ha formulado al recibir el Nobel. Lo ha repetido en Estocolmo, en
entrevistas y en su poesía. Ese “no sé” en el que subyace una interrogación punzante se lee en
su mirada desde sus fotos juveniles en las que se la ve espigada, pícara, asumiendo alguna
pose intelectual que, con su cigarrillo humeante y esos anteojos redondos tiene bastante de
parodia de sí, de no tomarse demasiado en serio. Vuelvo a fijarme una y otra vez en la foto de
tapa de la edición azul de Obra incompleta. Me está mirando. Y me gusta que lo haga porque
en esa mirada contagia la interrogación que, para ella, es condición de ser de su escritura. Me
descoloca, me cuestiona, me enfrenta, como a todo lector, conmigo mismo.

Uno podría etiquetarla cómodamente como poeta “comprometida”, pero sería un facilismo.
Existencialista, en todo caso. “Cuatro mil millones de seres en esta tierra/ y mi imaginación
sigue siendo la misma. // A una llamada atronadora, respondo con un susurro./ Cuando callo,
no lo diré nunca. Ratón a los pies de la montaña madre./ La vida dura unos cuantos rasguños
en la arena.”

Su actividad en el periodismo cultural fue, a lo largo de años, uno de sus trabajos principales.
Fue editora de poesía y también crítica de libros. Sus reseñas fueron reunidas bajo el título
Lecturas optativas. Este dato indica una relación experta con el lenguaje. Si su primer poema
publicado se tituló “Busco la palabra”, uno de sus últimos es “Las tres palabras más extrañas”:
“Cuando pronuncio la palabra Futuro/ la primera sílaba pertenece ya al pasado.// Cuando
pronuncio la palabra Silencio,/ lo destruyo.// Cuando pronuncio la palabra Nada,/ creo algo que
no cabe en ninguna no-existencia”

WISLAWA SZYMBORSKA, POETA DE LAS SIMPLES COSAS

Wislawa Szymborska fue una poetisa polaca, considerada una de las más singulares de
su país, que recibió el premio Nobel de Literatura en 1996. Hija de un funcionario, en 1931
se trasladó con su familia a Cracovia, ciudad en la que se asentó de forma definitiva.

Estudió filología y sociología después de la Segunda Guerra Mundial en la Universidad


Jagellónica, tras lo cual inició su andadura literaria, consagrada esencialmente a la poesía,
aunque también a la crítica y al ensayo en diversas publicaciones periódicas, en particular
en Vida Literaria.

Ahí aparecieron desde 1968 sus "folletines literarios", a modo de poco convencionales
críticas, que serían publicados en forma de libro en dos volúmenes, Lecturas
facultativas (1973 y 1981). Su primer poema publicado, "Busco la palabra", apareció en
1945 en el Diario Polaco, y fue a partir del poemario Por eso vivimos (1952) cuando obtuvo
reconocimiento público.

El inicio de su itinerario creativo se produjo bajo las normas estilísticas del realismo socialista
imperante y denota tanto el estremecimiento por los crímenes de la guerra reciente como su
identificación con los sufrimientos del pueblo polaco y su esfuerzo por superarlos. En esa
estela, aunque ya anunciando algunas de las características de su obra posterior, en
particular la ironía para abordar poéticamente los dilemas filosóficos que la inquietan,
escribió Preguntas hechas a una misma (1954).

Pero será con Llamada al Yeti (1957) cuando romperá definitivamente con los preceptos
del régimen, en un ajuste de cuentas con su actitud anterior y también con la de la sociedad
oficial. A partir de aquel año, en Polonia como en otros países, se inició un fuerte movimiento
de rechazo de la imposición soviética y del doctrinarismo comunista, en forma de rebeldía
nacionalista. Szymborska optó por la reflexión filosófica y ética, tomando distancia de los
debates concretos, y siempre tiñendo de su peculiar humor sus indagaciones poéticas sobre
el espíritu humano individual.

Sucesiva y discretamente fueron apareciendo sus obras de madurez: La sal (1962), Cien
alegrías (1967), Todo caso (1972), Gran número (1976) y Gente en el puente (1986),
hasta llegar a Fin y principio (1993). Pese a abordar de forma continua lo que considera los
más hondos recovecos del ser humano, Wislawa Szymborska tiende a despojar su poesía
de gravedad retórica, para lo cual recurre al distanciamiento intelectual y emocional por
medio del aludido humorismo presente en casi todos sus libros, junto con el frecuente
recurso del lenguaje coloquial, la sencillez, los versos breves y la estructura de estrofas
clásica.

Otro de los rasgos de su obra es su facultad para desvelar lo insólito a través de los hechos
y los fenómenos aparentemente más insignificantes y cotidianos. En realidad, su visión de
la sociedad es pesimista y amarga, de modo que los individuos disponen tan sólo de la
lucidez y la ironía para afrontar sus dolorosas relaciones con el medio que les determina.

A Wislawa Szymborska no le gustaba mostrar sus sentimientos personales y nunca hablaba


mucho de sí misma, ni en sus poemas. Antes de ganar el Nobel había concedido sólo 10
pequeñas entrevistas, en 73 años de vida. Era perfecta para jugar al escondite de su propia
biografía, para esquivar los intentos de publicar un libro sobre su vida.

De niña, a Wislawa la llamaban Ichna, (de Marychna). Tenía imaginación, pero más
curiosidad y una penetrante mirada sobre el mundo. Decía que "la imaginación crece con la
persona; sólo ciertas experiencias, el dolor o el sufrimiento, nos abren a otras dimensiones".
Su padre le leía mucho, tenía tiempo para responder sus preguntas. A ella, de aquellas
lecturas infantiles siempre le gustaron mucho los enanitos, por su capacidad de provocar tan
pronto miedo como risa. Pero a quien admiraba de veras era al cuentista Andersen porque
"se atrevió a tomar a los niños en serio, cerrando sus cuentos con finales tristes".

En ellos la guerra está presente, pero Szymborska no celebra el heroísmo. Habla de su


propia muerte por caer al agua al quebrarse el hielo bajo sus pies (le pasó un día volviendo
de su clase clandestina, pero sobrevivió) o la poca originalidad que hay en la guerra ("Nada
nuevo bajo el sol") son algunos de los primeros temas que aborda, verdadero aperitivo de
su personalidad creadora. De hecho en su discurso Nobel volvió a citar el pasaje de la Biblia:
"Nada nuevo bajo el sol, has dicho, Eclesiastés. Sin embargo tú mismo has nacido nuevo
bajo el sol".

Del holocausto nada supo entonces. "Veía a los judíos limpiando las calles de nieve con la
estrella de David en las mangas". Su madre ayudó a algunos. Pero no pudo sobreponerse
al desconocimiento, como demuestra en el poema "Aún": "En vagones sellados viajan los
nombres.../ Trac trac trac. Por el bosque va un transporte de alaridos".
La guerra devora sus sueños: un joven del que se enamoró murió en el campo de Prokicim.
En el alzamiento de Varsovia matan a su primo Roman. Y llegó el comunismo, cubriéndolo
todo como la nieve invernal. La vida, la política, la guerra y la poesía, todo debía ser realista
y proletario, y Szymborska debuta, sin remordimientos de clase, sirve al partido con loas a
Stalin y los obreros. Se casa y publica en revistas. Viven en la casa de artistas (un koljós
literario) de Krupnizca.

Poco después llegó el deshielo de la ideología, amargo y sucio. La poeta abjura de sus dos
primeros libros, llegará a expresar su asombro por las "acrobacias mentales" de las que ella
y otros fueron capaces para "no saber lo que no queríamos saber". Había descubierto el
mundo y la literatura en medio de una generación que creía. Y el camino de aquella fe que
parecía salvífica a la verdad estragó la idea juvenil de la realidad. De esa época es el único
poema de la Nobel que no tiene ni una gota de humor: "Pienso el mundo" (1958).

A finales de enero de 1945, mientras las tropas soviéticas liberan Auschwitz, los comunistas
han organizado un recital de poesía para celebrar el fin de la ocupación en Cracovia. La
joven poeta asiste, desde un rincón. Escuchará a Milosz, de quien aún será amiga medio
siglo después. Y también al que fue su primer marido, Adam Wlodek.

Su poesía es aparentemente sencilla, con una mirada filosófica profunda, que suele incluir
un humor algo irónico. No pontifica ni advierte, simplemente mira y ve, y su mirada individual
se hace universal.

Fue una maestra indiscutible en un tipo de poesía sistemáticamente alejada de las Grandes
Verdades. Una poesía engañosamente simple, modesta, irónica, de cotidiana y frágil
levedad. Prefirió siempre decantarse por la interrogación y el asombro antes que por la
afirmación o los arrebatos retóricos.

Szymborska se sumerge en el laberinto de la existencia, en el meollo del devenir vital, desde


la risa y la burla, desde la parodia y el distanciamiento intelectual; aunque, eso sí, sus versos
derraman una constante y profunda emoción humana que contagia al lector hasta hacer que
se sienta partícipe de su experiencia tragicómica.

La poesía de Szymborska goza, pues, de una capacidad extraordinaria para encontrar lo


insólito, lo misterioso y lo milagroso en los actos diarios, cotidianos, en los pequeños
momentos del día, en las cosas insignificantes. La poesía de Szymborska se hace grande
porque se construye a partir de pequeñas cosas: un detalle, una mirada, una piedra, un lápiz
roto, una ráfaga de la memoria, una vieja fotografía, todos esos instantes aparentemente
nimios y cotidianos que, como si de un rompecabezas se tratase, configuran y dan color a
la existencia plena y total de cada ser humano. Lo cotidiano construye lo infinito.

La aparente humildad de sus temas, la supuesta sencillez que el lector percibe cuando lee
los versos de Szymborska, podría hacer pensar que se trata de una poesía sin artificio,
desprovista de esqueleto. Es sólo una falsa impresión. Las cosas sencillas son tratadas con
un lenguaje sencillo también, pero alcanzar desde la sencillez la conmoción poética es la
más difícil de las tareas para un poeta. Los versos de Szymborska son accesibles a todos
los que tengan un mínimo de sensibilidad ante el acto de la palabra.

La poesía de Szymborska ha supuesto, en el panorama de la lírica polaca contemporánea,


un guiño a la esperanza, un punto no de llegada, sino de partida para el reencuentro del
hombre consigo mismo en el nuevo milenio
Wislawa Szymborska murió a los 88 años de edad, víctima de un cáncer de pulmón dejando
una herencia poética llena de humor e ironía, en la que partía de los objetos más simples
para reflexionar sobre las verdades universales

Wisława Szymborska: "Más que por los grandes temas, la poesía se salva por los pequeños
detalles"

La poetisa, ensayista y traductora polaca Wisława Szymborska (1923-2012), considerada una


de las voces más originales de la poesía contemporánea de su país, nació en Prowent, un
pueblo de la provincia de Poznań, pero en 1931 se trasladó junto con su familia a Cracovia,
ciudad en donde cursó sus estudios y vivió hasta su muerte. Luego de trabajar como empleada
del ferrocarril para evitar ser deportada por los nazis, una vez concluida la Segunda Guerra
Mundial estudió Literatura Polaca, Filología y Sociología en la Uniwersytet Jagielloński y se
vinculó al grupo literario Inaczej que reunía, entre otros escritores, a Tadeusz Kubiak (1924-
1979) y a Stanisław Lem (1921-2006). Influida por la obra del poeta Czesław Miłosz (1911-
2004), inició su andadura literaria consagrada esencialmente a la poesía, aunque también a la
crítica y al ensayo en diversas publicaciones periódicas como "Walce", "Pokoleniu", "Naprzód"
y "Świetlica Krakowska". En 1945 publicó en el diario "Dziennik Polski" su primer
poema, "Szukam słowa" (Busco la palabra), pero no sería hasta la aparición en 1952 de su
poemario "Dlatego żyjemy" (Por eso vivimos) y el posterior "Pytania zadawane
sobie" (Preguntas que yo me hago), en 1954, que empezaría a conseguir reconocimiento
literario. Afiliada al comunista Partido Obrero Unificado Polaco, su primeros poemas se
encuadran dentro del dogmático "realismo socialista", un estilo que abandonaría a partir de la
publicación en 1957 de "Wołanie do Yeti" (Llamada al Yeti), poemario en el que hizo
una reflexión personal, intimista y condenatoria del periodo estalinista. Por entonces ya
trabajaba como editora de poesía y columnista en el semanario "Życie Literackie", al tiempo
que publicaba ensayos y artículos, y traducía poemas franceses al polaco. Luego, con el correr
de los años, publicaría "Sól" (Sal), "Sto pociech" (Cien consuelos), "Wszelki wypadek" (Por si
acaso), "Wielka liczba" (Gran número), "Ludzie na moście" (Gente en el puente) y "Koniec i
początek" (Fin y principio), obras en las que ya aparece perfilado su estilo intimista, irónico,
paisajístico y existencialista. Por el conjunto de su obra poética, no muy numerosa pero
memorable, recibió en 1996 el Premio Nobel de Literatura. En su discurso al recibirlo -uno de
los más breves e irónicos que se recuerdan-, Szymborska dijo que cualquier saber que no
provoca nuevas preguntas se convierte muy pronto en algo muerto, pierde la temperatura que
proporciona la vida. También habló de dos palabras que siempre la estimularon: "no sé". En
sus últimos poemarios publicados profundizó su mirada filosófica sobre la vida, sin por ello
dejar de utilizar un humor algo irónico: "Chwila" (Instante), "Tutaj" (Aquí), "Dwukropek" (Dos
puntos) y "Wystarczy" (Sólo), obras todas ellas en las que, al decir del escritor español
Fernando Savater (1947), "se mantiene fiel, aunque con ironía y hasta con sarcasmo, a la
pretendida salvación por la palabra y sin embargo nunca pretende decir la última palabra:
porque en ese definitivo miramiento estriba lo que nos salva". En el siguiente resumen de las
entrevistas realizadas por Félix Romeo (para la edición del 25 de enero de 2004 del diario
argentino "La Nacion") y por Javier Rodríguez Marcos (para la edición del 5 de diciembre de
2009 del diario español "El País"), la poetisa polaca habla de su obra y de los temas sobre los
que debería escribir sin demorarse mucho porque "el tiempo apremia", aclarando que "hay
preguntas para las que no tengo respuesta".

¿De niña leía poesía?

No. En mi casa había sólo dos libros de poemas del siglo XIX. Y tampoco los leía. Siempre quise
escribir novelas gordas. Al principio creía que si alguien aspiraba al título de escritor tenía que
ser autor de novelas de varios tomos y cientos de páginas. No pasé de relatos mediocres. Un
día escribí un poema, horroroso, y se lo pasé a la gente que trabajaba conmigo en el periódico.
Me preguntaron: "¿pero tú qué lees?". Resultó que no conocía los poetas contemporáneos.
Había leído mucha narrativa, a Thomas Mann, a Proust, a Dostoyevski, pero de poesía, ni idea.
Me tuve que formar un poco.

¿Cómo recuerda la guerra?

Lo mejor que puedo decir es que sobreviví. Recuerdo el hambre, el frío. Tuve que trabajar
haciendo zanjas en la calle. Mi padre fue inteligente: mucha gente huyó de Cracovia y se fue a
Lvov, en la actual Ucrania, y pasaron a formar parte de la ocupación soviética. Sobreviví, sí.
Pero hubo gente que murió. Mi primó cayó en el levantamiento de Varsovia.

¿Qué función cumple la poesía ante la crueldad del mundo?

El mundo es cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos. Si únicamente
fuera cruel, la gente hace mucho tiempo que no estaría aquí. Habría aquí y allá algunos
escombros y crecerían algunas plantas. Plantas anónimas, porque no habría nadie que les
diera nombre.

¿Qué piensa de la idea de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz?
Supongo que para una escritora polaca que vive a 70 kilómetros de ese campo de
concentración la frase tiene un significado especial.

Adorno no tenía razón, y eso lo pudo comprobar personalmente porque vivió todavía más de
veinte años después de terminar la guerra. En ese tiempo hubo poetas nada desdeñables que
escribieron poemas nada desdeñables. Si ese trabajo hubiera carecido de sentido, ¿para qué
habría servido?

¿Y puede un poeta escribir sobre la historia?

Aunque su deseo de no escribir sobre ella fuera muy grande, es imposible evitarlo. Hay poetas
para los que la historia es una fuente directa de inspiración. Para mí los mejores en ese
aspecto son Cavafis y Zbigniew Herbert. Pero incluso la poesía que carece de cualquier
referente histórico se inscribe para siempre en la historia, ya que utiliza un lenguaje que
determina de forma exacta dónde y cuándo nace. La poesía supratemporal es una ilusión
idiota.
¿Tiene alguna fórmula mágica para escribir?

Sé lo que quiero escribir, pero no siempre me sale. Trabajo constantemente en los poemas.
Hay algunos poemas que surgen de forma espontánea... Es mi secreto: no voy a decir nunca
cuáles salen con facilidad y cuáles salen con esfuerzo, pero no siempre salen de forma
espontánea.

¿Y cómo es la Szymborska que narra sus poemas?

Creo que cada poema lo escriben dos personas. Hay una persona que es la que siente las
cosas, la que las experimenta, la que piensa. Y otra persona, que está detrás de mí y dice: "¿No
estarás exagerando? ¿Qué va a entender el lector de lo que estás escribiendo? y, además,
¿para qué le sirve?". Ese yo irónico está siempre, pero si desaparece escribiré muy malos
poemas... ¡Y si desaparezco yo, también serán malos!

Utiliza un lenguaje muy especial.

Mi lengua es una lengua viva. Utilizo frases hechas, lengua coloquial, juegos de palabras, que
no necesariamente funcionan en otras lenguas... La suerte de los poetas en el exterior
depende de los traductores.

¿Hablamos de los temas de su poesía?

Todos mis poemas nacen del amor. Diría incluso que todos los poemas nacen del amor; incluso
aquéllos que transmiten el mal tienen en el fondo una forma de amor hacia el mundo. Estoy
totalmente convencida... Y si no es así, lo siento por esos poetas.

¿Y el odio?

Tengo un poema sobre el odio, que es verdaderamente un sentimiento del siglo XX, el más
fuerte, el que encuentra más seguidores. Y eso es algo horrible. Quizá en algún momento fue
necesario pero ahora el odio es un sentimiento horrible. Aunque parece más fácil que un loco
propague sus ideas con los nuevos medios. Antes, alguien llegaba y se subía a un cajón en una
plaza y se ponía a hablar con un megáfono... Todo era más pequeño.

En sus poemas aparecen muchos animales.

No imagino la poesía sin los seres que nos acompañan en la vida: los animales, las plantas... e
incluso las piedras. Mi animal preferido es el mono. Me encantó un libro de Jane Goodall, "A
través de la ventana. Treinta años estudiando a los chimpancés", en el que cuenta su
investigación en Tanzania con los primates y con los chimpancés. No los estudió como un
grupo sino como individuos. Estuvo años siguiéndolos de uno en uno, investigando cada
animal en concreto y descubrió que uno era individualista, otra era una mala madre, otra era
muy cariñosa, otro era muy travieso... Se trataba de una forma de estudiar a los animales
desde una perspectiva totalmente diferente. No me imagino otro enfoque distinto al del
análisis individual. Todos somos un poco diferentes. El hombre se somete a diversas ideas de
grupo y no siempre es bueno.
También aparecen muchos sueños en sus poemas.

Escribo de la realidad y los sueños son una parte de la realidad.

Al escribir "Aquí", ¿pensaba en la muerte?

Para mí la vida es una aventura con fecha de caducidad. Cuando estaba en la escuela murió
una profesora y tuve conciencia de la muerte como algo natural. Con ochenta y seis años
pienso igual que con ocho.

¿Y eso influye cuando escribe?

Yo no escribo sobre la muerte. Es una de las cosas más fáciles de hacer en poesía. Y no es
verdad que tenga un poder ilimitado. No consigue todo lo que quiere y cuando quiere. Es
cierto que hay poemas buenísimos sobre la muerte, pero en general es fácil porque despierta
sentimientos y emociones fáciles, la ternura y todo eso.

¿El amor también es un tema fácil?

Ah, ése ya no es tan fácil. Y lo más difícil es el erotismo, que de hecho se ha tocado muy poco
en poesía. Nunca he leído un poema que sea capaz de trasladar lo que sucede entre dos
personas. Hablo del erotismo puro, no del amor como sentimiento, que sí es más fácil de
expresar.

Hay más literatura en los amores difíciles.

Tal vez, pero yo he tenido la gran suerte de vivir algunos amores, y mis recuerdos son muy
felices. Pero no hablemos de mí, que todo eso ya está en los poemas.

¿Hay palabras que trata de evitar especialmente cuando escribe?

Las arcaicas y las grandilocuentes. Pero hay palabras que utilizo raramente y con ciertas dudas.
Cuando intento describir algo como "bello", por ejemplo. La belleza es una idea relativa, que
depende de la tradición y de las costumbres, y sobre todo de los gustos personales, que el
lector puede no compartir. Para mí, las catedrales románicas son más bonitas que las góticas,
la cerámica más bonita que la más refinada de las porcelanas y la muñeca de trapo con la que
en mi infancia podía hablar de cualquier cosa, mil veces más bonita que esa horrorosa Barbie.
Porque, a ver, ¿sobre qué se puede hablar con una de esas Barbies? Bueno, a lo mejor de
trapitos y esmalte para las uñas.

Sus poemas hablan de los grandes temas, pero parecen huir de las abstracciones.

Cualquier poema bueno se convierte de alguna manera en algo abstracto. Pero siempre tiene
que ver con la realidad, con la vida del poeta o con la vida de otros. Las cosas bellas tienen
también algo de metafísicas...

Me refería a que en el poema "Metafísica" habla usted de los fideos con tocino.
Es que todo termina siendo metafísico. Pero más que por los grandes temas, la poesía se salva
por los pequeños detalles. Hay poemas antiguos que han pervivido gracias a un solo detalle.
Pero me temo que estoy generalizando... sobre los detalles.

¿El humor le sirve para escribir sin vergüenza sobre temas más serios?

Es mi forma de ser. Desde niña he tenido tendencia a darle vueltas a un asunto y a buscarle la
parte cómica. Hay cuestiones, sin embargo, que ni me hacen gracia, ni me han hecho nunca
gracia, ni me la harán: el odio, la violencia, la estupidez agresiva.

¿Ahora qué lee?

Siempre he leído poca poesía. Nunca he sido capaz de leer un libro de poesía desde el principio
hasta el final. Y hablo de los buenos. Lo que hago es leer un poema y dejarlo. Luego retomo el
libro, y así. Como se puede imaginar, a veces quedo fatal con gente que me ha mandado sus
libros porque tardo un año en contestarles con mi opinión, pero ésa es mi forma de leer. Leo
todo el tiempo. Muchos libros de divulgación científica y de antropología, de zoología. Leo a
Brodsky, con el que tenía mucha afinidad. Pero como no quiero olvidarme de nadie sólo voy a
decir que leo a Rilke. Con él comenzó mi fascinación por la poesía.

¿Y escribe?

Aún estoy viva, para extrañeza de algunos y también para la mía. Y soy escéptica ante la
poesía, incluso ante la mía. Como tengo poco talento, necesito un silencio de varios días: sin
llamadas, sin visitas. Conozco pintores que pueden trabajar mientras llevan una conversación.
En poesía eso es absolutamente imposible. Pensé que cuando pasara el Nobel el trajín se
reduciría, pero no.

¿El premio Nobel le cambió la vida?

¿Que si el premio me cambió la vida? Y tanto. Para bien y para mal. Para bien porque
multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de
propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. Para mal porque
multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de
propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. A las invitaciones
para viajar a otros países siempre respondo lo mismo: cuando sea más joven.

¿Es usted feminista?

Yo me niego a tener ninguna etiqueta, pero en Polonia las feministas tienen muchísima razón y
muchas cosas por las que luchar: por los sueldos, por derechos que tienen que ver con su
cuerpo, porque todavía hay resortes reaccionarios en la Iglesia... Sueño con el momento en
que las feministas no sean necesarias.

Está en su casa, pero me pidió permiso para fumar...

Una vez recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar.
Me hubiera gustado responderle: "he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado
y que era más joven que yo...". Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí.

Por eso utiliza tanto el humor.

Mi poesía, como la vida, es una moneda: tiene una parte trágica y una parte cómica.

Y una parte cósmica...

Recuerdo una anécdota de Filipovich, un fabuloso escritor que supera la prueba del tiempo:
cuando el hombre llegó a la Luna mucha gente en Cracovia estaba asombrada. Filipovich
estaba pescando y trataba de ver el acontecimiento con prismáticos. Una vez, caminando por
los alrededores de Cracovia con Filipovich, nos paramos a identificar estrellas, y cuando nos
dimos vuelta, había un enorme grupo de gente a nuestro alrededor; tanta, que al día siguiente
la prensa publicó que se había producido el avistamiento de un ovni. Una información que
nunca fue desmentida. Espero que eso hiciera feliz a alguien. Escribí un poema en el que decía
que no hay que mandar bromistas al cosmos.

Le fascina el espacio, pero realmente se ha movido muy poco.

No sé si es por mi signo zodiacal -cáncer-, pero no me gusta viajar. Nací un día después (y
muchos años después) que Proust, que escribió doscientas páginas para decir cómo se
preparaba para ir a la playa. No me gusta viajar, pero me gusta volver.

Szymborska en Gernika
Beatriz Monreal

No sé qué tiene la poesía que atrae tanto a los políticos, pero algo bueno debe de ser cuando
se refugian en ella. Prácticamente todos, alguna vez, han presumido de gustar de sus delicias,
como de un vicio solitario. Por citar algunos, recuerdo a Alfonso Guerra y su pasión por
Machado. De no haber sido tan amantes de D. Antonio, hubiera podido lograr que acabásemos
hartos de él. Yo recuerdo un congreso de literatura que se celebró en Sevilla, en 1990, cuya
lección de cierre estuvo a cargo de Guerra. Allí se sacó una “primicia” machadiana de la
manga, de cuya autenticidad siempre me ha quedado la duda. Aznar tenía en su mesilla de
noche a José Hierro que debía de aliviarle en sus noches de insomnio y el recién elegido Pat xi
López se ha decantado en la ceremonia de su nombramiento por el vizcaíno Kirmen Uribe y la
polaca Szymborska. Con ello denota que él o sus asesores tienen mejor gusto poético que el
presidente Rodríguez Zapatero que bebe los vientos por Gamoneda, un poeta bastante menos
atractivo para mí que los citados. Y ¿quién esa tal Szymborska, se preguntarán algunos de
ustedes, que ha saltado a la fama después del discurso de Pat xi López? Pues es una excelente
poeta polaca. Cuando publicamos la antología poética “365 PÁJAROS TIENE EL CIELO”, en
enero de 2001, adjudicamos al día 1 de enero el siguiente poema de esta autora:

A algunos les gusta la poesía

A algunos,

Es decir, no a todos.

Ni siquiera a los más, sino a los menos.

Sin contar las escuelas, donde es obligatoria,

Y a los mismos poetas,

Serán dos de cada mil personas.

Les gusta,

Como también les gusta la sopa de fideos,

Como les gustan los cumplidos y el color azul,

Como les gusta la vieja bufanda,

Como les gusta salirse con la suya,

Como les gusta acariciar al perro.

La poesía,

Pero qué es la poesía.

Más de una insegura respuesta

Se ha dado a esta pregunta.

Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro

Como a un oportuno pasamanos.

Y a pie de página añadíamos: “Szymborska, poeta de la ironía, la autoironía y la ternura


infinita hacia el hombre y las cosas. Su partida de nacimiento le hace nacer en Bnin, pero la
tradición familiar sostiene que nació en Kornik. Ambas ciudades polacas andan a la greña,
disputándosela, sobre todo a partir de que recibiera el premio Nobel en 1996. Ella pasa y le
gusta jugar con la fórmula de Witkacy: ¿“Por qué en este lugar preciso del espacio infinito y en
este instante del tiempo interminable”? Y sus poemas son un desgranar respuestas a esas y
otras preguntas tremendamente sencillas”.

Wislawa Szymborska, es hoy una anciana sonriente de pelo blanco que vive como escribe, con
austeridad. A los 8 años, en 1931, fue a vivir con su familia a Cracovia, una de las ciudades con
más encanto de las que conozco. Vivió las consecuencias de la invasión nazi en Polonia que se
produjo el 1 de septiembre de 1939 con la que se inició la segunda guerra mundial. Polonia,
ese país borrado del mapa varias veces y castigado por la Alemania nazi y la Rusia comunista. A
muy pocos kilómetros de Cracovia se encontraba uno de los lugares más espantosos creados
por mano humana: Auschwit z. En la posguerra se creó la República Popular de Polonia, estado
socialista satélite de la Unión Soviética. Iba a ser en los años 80, cuando los polacos,
encabezados por el sindicato obrero Solidarnosc lograron poner en jaque al movimiento
estalinista, apoyados por las potencias occidentales y la iglesia católica. Wislawa no es
creyente pero tampoco una atea militante. Szymborska, como “La mujer silenciosa” de Moniká
Zgustova, vivió en medio de una “historia desbocada”. En la posguerra estudió filología y
sociología en la Universidad Jagellónica de Cracovia. Ya es bastante significativo el título de su
primer poema “Busco la palabra” que apareció en el Diario Polaco en 1945. Sin embargo, ella
no abraza el nacionalismo,

“ni siquiera el ecologismo. ¡Cero ‘ismos’! No deberíamos someternos jamás a las ideas del
grupo. No se puede ser ese insecto clavado en un corcho con una agujita y una etiqueta
debajo. Es mejor poder seguir volando”, —dice.

También se dedicó a la crítica literaria y no fue hasta 1952 con su poemario “Por eso vivimos”
cuando obtuvo reconocimiento público. Gran admiradora de Maiakovski, no hace falta insistir
en que acató las normas estilísticas que el régimen soviético imponía a los escritores.

“Al principio —son sus palabras— yo admiraba el sistema comunista y escribía poemas de
realismo social. Pensaba sinceramente que era una forma de liberar a la gente. Había vivido la
ocupación nazi, el odio en todo su esplendor, y sentía que era necesario todo lo contrario:
amar mucho a la gente, y el comunismo significaba eso, un gran amor hacia todos, sin
distinciones de ningún tipo. Después entendí que a la humanidad no había que amarla, en
absoluto, ¡no se lo merece! Hay que apreciar y sentir lo que le sucede a la gente, experimentar
empatía hacia ellos, y con eso basta. Por desgracia, de esos grandes amores a la humanidad
siempre surgen las peores cosas, auténticos infiernos”

Ella padece y expresa el horror por los crímenes de la guerra y se identifica con los
sufrimientos del pueblo polaco y sus esfuerzos por superarlos. Más arriba he hablado de
Auschwit z, pero no quiero olvidar el descubrimiento de las fosas de Katyn el 13 de abril de
1943, locura que relata de forma impresionante J. Czapski en “En tierra inhumana”. No sería
hasta 1957, con “Llamada al Yeti”, cuando rompería con el realismo socialista y toda la ristra
de “diktat s” del régimen, al tiempo que entonaba la autocrítica por su anterior seguidismo. En
cualquier caso le divierte pensar en las interpretaciones que se hacen de sus poemas.

“Por ejemplo —dice— cuando en mi poema sobre el yeti dicen que se trata de Stalin o cuando
intentan analizar qué simboliza una piedra. ¡Nada! (.../…) hay una costumbre excesiva de leer
entre líneas, de buscar mensajes secretos. Mi poesía no esconde nada”,

añade, sin renunciar, sino todo lo contrario, a su sentido del humor. Es de este libro,
precisamente, de donde está tomado el poema “Nada sucede dos veces…”

Muy amante de los animales, escribió “Un gato en un piso vacío” que los niños polacos
aprenden en las escuelas. Aunque a Wislawa Szymborska no le gusta hablar de su vida privada,
sí confiesa que tanto el gato como ella estaban tristes por la muerte de su gran amor, el poeta
Kornel Filipowicz, fallecido en 1990.

Hubo en su vida varios amores: “cada amor fue distinto. Sigo siendo amiga de aquellos que
todavía viven, porque ha habido algo en cada caso que vale la pena recordar”.

En cualquier caso, Szymborska, es una mujer con los pies muy bien anclados en el suelo, a
pesar de que los poetas tienen fama de vivir en el guindo: “La realidad exige —decía la premio
Nobel— que también mencionemos esto: la vida sigue. Continúa en Cannaery en Borodino, en
Kosovo Polje y en Guernica…” Y fue, precisamente en Gernika en donde el lehendakari López
tomó prestada su poesía

“El ocaso del siglo”, Wisława Szymborska

Nuestro siglo XX iba a ser mejor que los pasados.

Ya no podrá demostrarlo,

tiene los años contados,

titubeante el paso,

fatigada la respiración.

Ya han sucedido demasiadas cosas

que no debían haber pasado

y lo que tenía que pasar

no ha pasado.

Teníamos que estar, entre otras cosas,

ante la primavera y la felicidad.

El miedo tenía que dejar las montañas y los valles.

La verdad, antes que la mentira,

tenía que llegar a la meta.

Ciertas desgracias no iban

a suceder más:

por ejemplo, la guerra,

y el hambre, y tantas otras cosas.

Se iba a valorar

la indefensión de los indefensos,


la confianza y ese tipo de cosas.

Quien quisiera alegrarse del mundo

se encuentra ahora

ante una misión imposible.

La estupidez no es graciosa.

La sabiduría no es alegre.

La esperanza

ya no es, por desgracia, esa muchacha joven,

etcétera.

Dios iba al fin a creer en un hombre

bueno y fuerte,

pero el bueno y el fuerte

siguen siendo dos hombres diferentes.

Cómo vivir, me preguntó en una carta alguien

a quien yo tenía la intención de preguntarle

lo mismo.

Una vez más y como siempre,

como se ve más arriba,

no hay preguntas más urgentes

que las preguntas ingenuas.

[Poema inclòs a Gente en el puente (1986)]


Szymborska, W. Poesía no completa. México: Fondo de Cultura Económica, 2002. Texto
introductorio de Elena Poniatowska. Edición y traducción de Gerardo Beltrán y Abel A.
Murcia.
Poesía no completa, de Wislawa Szymborska
En su “Carta semi-íntima acerca de la poesía”, Czeslaw Milosz escribió: “si la descripción de
una brizna de pasto se ha vuelto problemática, ¿acaso hay aún lugar para un panorama que
incluya gente, animales, albas y ocasos?” Extrañamente, Milosz nos advierte que su
terminología es metafórica, aunque no aclara a qué parte le corresponde la metáfora: ¿a la
brizna de pasto o a la gente? En todo caso, a su pregunta se le podría responder de modo
afirmativo con la obra de Wislawa Szymborska (Polonia, 1923). En cada uno de sus poemas, sin
excepción, se vislumbra el panorama, desde el fragmento más pequeño hasta ese “vasto
mundo” que, de nuevo según Milosz, ya no toman en cuenta las llamadas vanguardias
poéticas, llenas de visiones intelectuales pero carentes de “corazón y de hígado”.

Es costumbre de alta estética o ética que los poetas, algunos poetas, regañen a la poesía,
como si esta existiera al margen de sus practicantes o como si hubiera una regla de oro y una
sola manera de escribir que, por lo general, coincide curiosamente con el tipo de poesía que
hace quien lanza el regaño. El estricto Milosz, en su antología Postwar Polish Poetry, plantea
incluso una división geográfica para el buen desempeño poético y declara que, debido a las
constantes invasiones que ha sufrido Polonia, “el poeta polaco emerge quizá con mas energía,
mejor preparado que su colega occidental para asumir las tareas que le asigna la condición
humana”. Pero aun en este contexto ideal Milosz matiza. En la breve nota a la selección que
ofrece de Szymborska nos explica que en la edición previa de su antología (de 1965) sólo había
elegido un poema de la autora, pues consideró que “jugaba con ideas tomadas de la
antropología y la filosofía”. Posteriormente recapacitó (en 1970), seducido por “su poesía
amarga, escéptica e ingeniosa”, por la honestidad a la hora de expresar su desesperanza.
Acabó incluyendo ocho poemas.

El juicio severo, esencialista o ideológico suele colocarse por encima de los meros poemas,
esos accidentes aristotélicos que difícilmente dan en el blanco, pues no alcanzan a trascender
su naturaleza: un puñado de palabras con múltiples sentidos. Y ni una sola sirve para atrapar la
esencia ni para asimilar la lección. El asunto, o el error, supongo, estriba en proponérselo.
Szymborska no da la impresión de hacerlo. Lo suyo es, valga la paradoja, extraordinariamente
circunstancial. Sus poemas siempre tratan de algo y, círculo perfecto, uno siempre sabe de qué
tratan, lo cual no deja de ser desconcertante. La lectura y el entendimiento son simultáneos,
se asemejan a una misma experiencia de entrega inmediata que excluye las tortuosas
interpretaciones y no crea aquella franja hechicera de silencio entre la página leída y la mente
cavilosa. ¿Cómo se logra algo así? ¿Cómo se consigue, además, que la claridad posea el
misterio de una revelación? ¿Será literatura o será el puro peso de la realidad? Habría que
admitir, para empezar, que aquí la diferencia es tenue y depende del orden de los factores: es
en la realidad donde se inscribe esta literatura y donde luego se escriben, casi orgánicamente,
por generación espontánea, estos poemas. El disparador no obedece a ninguna teoría, a
ninguna definición restrictiva de la poesía, sino a una especie de urgencia moral y política. Pero
esa, señalaría Perogrullo, existe en donde sea; a pesar de lo que afirma Milosz, no puede ser
exclusividad de la poesía polaca. Por lo tanto, es una elección que ha acabado ya por
convertirse en un rasgo distintivo y en una tradición, al menos en Milosz, en Zbigniew Herbert
y, sobre todo, en Szymborska, donde la Historia, con mayúscula, está incorporada como un
instinto y construye la teatralidad misma de los poemas, el escenario en el que se cuentan las
historias derivadas y más simples. Sin nunca perder de vista el panorama.

El camino es directo. Szymborska no pretende pronunciar verdades; por lo tanto, nunca


miente. Ella misma puso por delante esta modestia, o estrategia, en su discurso de recepción
del Premio Nobel de Literatura en 1996. Luego de aclarar que había escrito muy poco acerca
de la poesía, confesó que su única idea fija es que no sabe nada. De ahí brota la inspiración.
“Los poetas, si son genuinos, deben seguir repitiendo ‘yo no sé’.” Sin embargo, aun esta
ignorancia posee su propia tiranía, su disfraz y su caricatura, pues qué sucede si uno, por
momentos, sí sabe. Peor aún, la consecuencia de ser genuino cae como lápida. Yo no diría de
Szymborska: he ahí una poeta genuina porque no sabe. A estas alturas hay tantos poetas
genuinos que posiblemente, con suerte, la cantidad anule las virtudes intrínsecas de esa
cualidad hasta conseguir que de veras ya no importe. Y queden los poemas y quizás a veces las
intenciones.

En Szymborska uno lee tramas que son destinos. Como si a cada anécdota la precediera una
hipótesis y el poema fuera su demostración. El efecto es contrario a la perplejidad. Hay
cuentos diminutos y hay parábolas; en casi todos los poemas existe un desenlace: textos
tan escritos como una narración. Por algo es tan certero aquel poema “Miedo escénico”, en el
que Szymborska se burla de la denominación “poetas y escritores./ Porque así es como se
dice./ Los poetas entonces no son escritores, sino qué”. La solución se halla en la ironía misma,
lo cual ocurre una y otra vez en la obra de Szymborska. En “Los dos monos de Brueghel”, a la
pregunta por la “historia de la gente”, uno de los monos encadenados a una ventana “sopla la
respuesta/ con un discreto sonido de cadenas”; en “Noticias del hospital”, junto a la cama del
enfermo, alguien se interroga “¿quién se le muere a quién?”, luego contempla tres lilas en un
vaso y baja corriendo por las escaleras del hospital; en “Elogio de mi hermana”, la poeta
cuenta “mi hermana no escribe versos/[...] En muchas familias nadie escribe versos”, pero su
hermana cultiva “una buena prosa hablada” y le manda postales de sus viajes donde le dice
“que cuando vuelva,/ me contará todo,/ todo,/ todo”; en “El ocaso del siglo”, luego de
lamentar que el XX no fue mejor que los otros concluye: “Cómo vivir, me preguntó en una
carta alguien/ a quien yo tenía la intención de preguntarle/ lo mismo/[...] no hay preguntas
más urgentes/ que las preguntas ingenuas”; en “Puede ser sin título”, empieza “Ocurre que
estoy sentada bajo un árbol”, admite que tal acontecimiento nimio no pasará a la historia,
pero sigue ahí, bajo el árbol, “el instante más fugaz también tiene su pasado”, vuela una
mariposa blanca junto a su cabeza: “ante una visión así, siempre me abandona la certeza/ de
que lo importante/ es más importante que lo insignificante”. A fin de cuentas suceden tantas
cosas, dice Szymborska en “La realidad exige”, que seguro tienen que suceder en todas partes.

Retomo el principio potencial de la ignorancia, el “yo no sé” que adquiere toda su fuerza por
predicarse en primera persona, pero que al transmitirse, comunicarse, termina siendo aquello
que todos sabemos. La conciencia no tolera el vacío, salvo si se postula como una pregunta
que es una respuesta. Yo soy tú, dice Szymborska, ¿y tú quién eres? Yo, en un mundo perfecto,
respondería yo; en el imperfecto me bastaría con el solaz de tú. En esa cuerda floja andan
estos poemas y las ocasiones rarísimas en que caen lo hacen del lado de la astucia, por pasarse
de listos: siempre se nota cuando un poeta ya aprendió a hacer poemas. Y esto a veces le
ocurre hasta a Szymborska. Minutos apenas y luego vuelve a desaprender, escribiendo hacia
fuera, nunca hacia dentro. Sus poemas no hablan consigo mismos, no son alegorías de la
intimidad; no susurran, no se ocultan, no postergan el sentido por etapas, en circunloquios.
Pura y sencillamente, están escritos para leerse: pues si no qué.

En Poesía no completa se hallan las porciones asombrosas del todo. Uno quisiera, claro,
escuchar su música no celestial, pero por lo menos sí original. Según los admirables
traductores de este libro que reúne lo principal de los siete libros de Szymborska, Gerardo
Beltrán y Abel A. Murcia, se ha perdido algo de su esplendor sonoro en el traslado. Sin duda lo
que se pierde siempre, pero repone hasta cierto punto la nostalgia que suele acompañar a la
lectura de una traducción. En esta instancia, uno se queda con la certidumbre de que los
poemas en español embonan impecablemente. De que uno de veras leyó a fondo a Wislawa
Szymborska. Y eso sin saber.

SZYMBORSKA Y LA GUERRA

15/09/2013

En mi particular Olimpo literario Wyslawa Szymborska ocupa un lugar de privilegio. Junto a


Anna Ajmatova y Marina Tsvetaeva conforman, en mi opinión, la santísima trinidad femenina
de la poesía del siglo XX. En la obra de Szymborska encontramos, sin embargo, cualidades poco
frecuentes en otras formas de poesía: la inteligencia, el humor, la lúcida ironía. Ella nos
recuerda que la actividad poética no tiene por qué limitarse a los estadios más primarios de la
experiencia. Szymborska no ejerce nunca de oráculo de los dioses; se limita a ser el heraldo de
su propio entendimiento. Podría decirse que su proyecto poético es de estirpe kantiana, si no
fuera porque tal cosa es imposible. Sus poemas, no obstante, desafían los automatismos del
pensamiento, sus habitos más arraigados, sus inercias, sus rutinas. Ella ve de otra forma lo que
todos vemos, pero no por obra y gracia de una intuición privilegiada, sino por la relampaguate
lucidez de su irrepetible inteligencia. Hubiera podido ser una gran filósofa si no hubiera decido
recluirse en esos claustros semicerrados que, tal y como ya viera Platón, constituyen
finalmente el habitáculo de toda poesía. Puede que el poeta atisbe revelaciones que nos
deslumbran un momento (aunque ese momento se extienda a lo largo de toda una vida), pero
confrontadas con las exigencias inapelables de la lógica terminan balbuceando, como un niño
pequeño. Veamos un ejemplo:

Después de cada guerra / alguien tiene que hacer limpieza. / Un mínimo orden / no se hará
solo. / Alguien tiene que apartar los escombros / de los caminos / para que puedan pasar /
carros llenos de cadáveres. / Alguien tiene que hundirse / en el fango y en la ceniza, / en los
muelles de los sofás, / en las esquirlas de vidrio / y en los trapos ensangrentados. / (…) Es una
labor nada fotogénica / y requiere años. / Las cámaras ya se han ido / a otra guerra”.

Este poema, titulado Fin y Principio, ha circulado profusamente por las redes sociales en los
prolegómenos de la hipotética intervención americana en el conflicto sirio. Su primer efecto,
por supuesto, es de adhesión, de conformidad incondicional, de consentimiento. ¿Quien, que
no fuera un canalla, se sentiría complacido con la inminencia de una guerra, por más que
Heráclito declarara que es ella el principio de todas las cosas? ¿Quién no se sentiría abatido en
su sentido moral más íntimo ante la terrible desolación de un paisaje lleno de escombreras y
carros con cadáveres? Hasta el Papa Francisco, que tan irrepetibles momentos promete en la
historia universal de la extravagancia, había convocado un rezo mundial contra la guerra.
Muchas personas se han sentido conmovidas por el sentido del poema, por sus vívidas
imágenes, por su diáfana sencillez y su sombría belleza.

Ahora bien, ¿van los versos de Szymborska dirigidos a las potencialidades críticas del
pensamiento o apelan más bien a esos dominios oscuros en donde dormitan inadvertidos
nuestros más circunspectos prejuicios ideológicos? Su propio título parece un desafío contra la
sentencia de Heráclito. El principio que dibuja la poetisa, tras el fin de una guerra, es la
perpetuación de un paisaje desolado del que el resto del mundo, entretenido con otros
conflictos bélicos, se desentiende por completo. La guerra, por tanto, es tan sólo fin; nunca
principio. Es preciso preguntarse, sin embargo, ¿es la realidad tal y como nos la pinta
Szymborska? En mi opinión una de las virtulidades más interesantes de este poema
excepcional consiste en que, no sólo pone una vez más en evidencia las contradicciones
morales en las que desemboca finalmente el dogmatismo pacifista, sino las insuperables
limitaciones que a efectos especulativos lastran a toda forma de poesía.

Cuando el poema de Szymborska trepó a las redes sociales hacía ya mucho tiempo que Siria
estaba en guerra: un sátrapa siniestro, pertrechado tras un tupido velo de intereses
económicos y geoestratégicos, masacraba sin escrúpulos de ningún tipo a su propio pueblo. La
gota que colmó el vaso fue el uso de armas químicas. Pocas veces he visto imágenes más
terribles que la de esos niños que se debatían en la antesala de la muerte con los pulmones
destrozados por el efecto de los gases tóxicos. Durante todo ese tiempo en el que
Siria ya estaba siendo arrasada por la guerra ¿en dónde estaban todas esas almas bellas que se
escandalizaban de pronto por su innmiencia? Y más aún: en una masacre de estas
características, ¿tiene el poema de Szymborska algún otro sentido que el de una mera
proposición de hecho que, de hecho, no dice nada? La mayor vergüenza en Siria ahora no es la
guerra, sino, precisamente, la inmoral renuencia de Occidente a intervenir en ella. Los que
ponían, hipócritamente, el grito en el cielo por la posibilidad de un ataque americano,
deberían ponerlo más bien por lo que ellos llaman “el triunfo de la diplomacia”, porque ese
triunfo no significa otra cosa que la consagración de la masacre, aunque sea por otros medios.
Finalmente, ha ganado el poema de Szymborka. O dicho de una forma más perentoria: ha
ganado Hitler de nuevo.