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IMPLICANCIAS ÉTICAS Y EDUCATIVAS DEL ESTUDIO NEUROCIENTÍFICO DE LA

VULNERABILIDAD SOCIAL INFANTIL

Sebastián J. Lipina1

1. Introducción

El estudio neurocientífico de la pobreza infantil es un área de investigación joven. Por una


parte retoma agendas que la neurociencia ha iniciado a mediados del siglo XX, como las del
estudio de la plasticidad neural, del impacto de la exposición a tóxicos y drogas y de la regulación
de la respuesta al estrés. Por otra parte, desde mediados de los años noventa ha ido incorporando
nuevas tecnologías a las investigaciones. Esto último está generando una nueva oportunidad para
confirmar algunas hipótesis antiguas, desechar conceptos falsos y generar nuevos interrogantes
en el área. Estos esfuerzos están comenzando a contribuir con la comprensión de los
mecanismos del impacto de la pobreza sobre el desarrollo cerebral, así como también de las
intervenciones orientadas a protegerlo o fomentarlo.

En términos específicos, la agenda neurocientífica actual del estudio de la pobreza intenta


abordar todo el ciclo vital e incluye estudios sobre: plasticidad neural, períodos sensibles,
epigenética, vulnerabilidad y susceptibilidad, exposición a tóxicos ambientales, nutrición,
respuesta al estrés, impacto de diferentes formas de pobreza sobre el procesamiento
neurocognitivo, e influencias de la experiencia de la pobreza infantil sobre el funcionamiento
neurocognitivo en la vida adulta. Más allá de la dificultad técnica que implica acercarse a esta área
de estudio desde otras disciplinas, los resultados que se están obteniendo en las investigaciones
del área justifican el esfuerzo de generar diálogos con todos aquellos que participan directa o
indirectamente en la educación y la crianza de niños. En forma sintética, las evidencias dan
cuenta que la pobreza afecta la regulación funcional del sistema nervioso (SN) central y periférico;
que esta modulación se puede verificar a diferentes niveles de organización –desde el molecular
hasta la conducta social- y a corto, mediano y largo plazo. Desde esta perspectiva, la expresión de
las desigualdades sociales implica la corporización neural de factores biológicos, psicológicos,
sociales y ambientales. Y el hecho que ese proceso se produzca en un contexto de cambio
continuo (plasticidad neural), implica además la posibilidad de modificación de los efectos, a
través de intervenciones específicas, dependiendo del grado de factores de riesgo acumulados y
la susceptibilidad individual.

En este contexto de discusión, por una parte los sistemas educativos toman una relevancia
significativa por las implicancias que tienen sus prácticas sostenidas en el tiempo sobre el
desarrollo infantil. Y por otra parte, en la medida en que la pobreza no implica necesariamente

1
Unidad de Neurobiología Aplicada (UNA, CEMIC-CONICET) y Centro de Investigaciones
Psicopedagógicas Aplicadas (CIPA-UNSAM), Buenos Aires, Argentina (lipina@gmail.com).

1
déficit ni irreversibilidad, también urge mantener una discusión ética sobre el rol de cada
profesional involucrado en los esfuerzos por combatir la pobreza infantil en todo el mundo.

2. ¿Cómo definen la pobreza infantil las diferentes disciplinas científicas?


El estudio contemporáneo de la pobreza infantil es abordado en forma mayoritaria por las
ciencias sociales y humanas. Las definiciones conceptuales de uso más frecuente (“qué es la
pobreza”), se basan en el ingreso o la insatisfacción de necesidades básicas. La pobreza infantil
es representada como un conjunto de privaciones materiales, emocionales, cognitivas y
conductuales, que implican la ausencia o falta de bienestar y que se asocia a algún tipo de
sufrimiento que puede generar daño físico y mental, comprometiendo las oportunidades de
desarrollo de los niños. En las últimas décadas se ha comenzado a incorporar además, la
perspectiva de derechos y de la multidimensionalidad de las privaciones.
Durante el siglo XX, otras disciplinas, como la educación, el trabajo social y la psicología
del desarrollo, también han ido incluyendo en sus agendas científicas el estudio de la pobreza
infantil. El foco de tales investigaciones se centró primero en el análisis del impacto sobre el
desempeño escolar, el cognitivo y las conductas sociales (Bradley & Corwyn, 2002). Desde las
últimas dos décadas del siglo XX, se agregó a la agenda el estudio de los mecanismos a través de
los cuales la pobreza genera sus múltiples impactos. Para estas disciplinas, la pobreza infantil
implica: (1) carencias específicas en las capacidades y oportunidades de desarrollo psicológico y
educativo de los niños; (2) que la generación de tales carencias no es consecuencia directa de la
falta de ingresos o la presencia de deprivaciones específicas, sino que estas circunstancias
generan las condiciones a través de las cuales se producen los impactos: salud peri y postnatal,
calidad y capacidad de estimulación cognitivo-emocional de los ambientes de crianza, hábitos de
salud de los adultos responsables, calidad de las interacciones adulto-niño en el hogar y en las
escuelas, recursos comunitarios y creencias culturales sobre la pobreza infantil en las
comunidades en las que viven los niños); y (3) que el momento del desarrollo en que ocurren las
privaciones y su duración, así como la susceptibilidad individual al ambiente, modulan el impacto y
las posibilidades de reversibilidad (Fox et al., 2010; Lipina & Colombo, 2009; Najman et al., 2009).
La consideración de efectos y mediadores forma parte de una conceptualización dinámica del
desarrollo humano, que los indicadores económicos y sociológicos no suelen tener en
consideración. Por otra parte, la medición de la pobreza en grandes poblaciones, limita la
consideración de las variaciones individuales que caracterizan a diferentes atributos del desarrollo
humano.

3. ¿Cómo contribuye la neurociencia con la comprensión de las influencias de la pobreza


sobre el desarrollo humano?
Los primeros estudios que comenzaron a analizar el impacto ambiental sobre el cerebro,
dieron origen a los modelos experimentales con animales, de exposición a diferentes ambientes

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con estimulación adecuada o deprivación. Desde entonces, estos modelos continúan aplicándose
para analizar cómo diferentes ambientes de crianza modulan la estructura y función del SN a
diferentes niveles de análisis (Lipina & Colombo, 2009). Por otra parte, el estudio de la respuesta
fisiológica al estrés, también abordó el problema del impacto de diferentes experiencias
amenazantes (Lupien et al., 2009). Más recientemente, el análisis del estrés también se ha
comenzado a aplicar al estudio de fenómenos asociados a la pobreza y al desarrollo cognitivo
desde diferentes perspectivas, como por ejemplo las que estudian la vulnerabilidad y
susceptibilidad ambientales (Ellis & Boyce, 2011), las funciones ejecutivas (Blair et al., 2011), e
incluso la política pública (Shonkoff et al., 2012).
El estudio neurocientífico de la pobreza infantil en particular, es un área que ha surgido
recientemente (Hackman & Farah, 2009; Hackman et al., 2010; Lipina & Colombo 2009). Por una
parte, desde mediados de los años noventa comenzaron a aplicarse paradigmas conductuales
surgidos en el contexto de laboratorios de neurociencia cognitiva, al análisis comparado del
desempeño de poblaciones de niños con diferentes estatus socioeconómico. Posteriormente, con
los avances tecnológicos, se fue incorporando la dimensión de análisis neural, tanto a nivel
molecular como de la activación de redes. En la actualidad la agenda neurocientífica de la
pobreza incluye estudios sobre plasticidad neural, períodos sensibles, epigenética, vulnerabilidad
y susceptibilidad, exposición a tóxicos ambientales, nutrición, respuesta al estrés, impacto de
diferentes formas de pobreza sobre el procesamiento neurocognitivo, e influencias de la
experiencia de la pobreza infantil sobre el funcionamiento neurocognitivo en la vida adulta
(Hackman & Farah, 2009; Hackman et al., 2010; Lipina & Colombo, 2009). A continuación se
profundiza sobre cada una de estas áreas.

Plasticidad neural
En contextos experimentales con modelos animales, la exposición a ambientes con
estimulación o privación motora, sensorial y social, se asocia a diversos cambios en el SN, tanto
durante el desarrollo como en la reorganización después del daño, lo cual se conoce como
plasticidad neural. Es decir que el SN central se adapta al ambiente en base a la experiencia
durante todo el ciclo vital (Markham & Greenough, 2004). En particular, tanto el desarrollo como el
aprendizaje constituyen fenómenos complejos cuyos mecanismos de cambio dependerían de
procesos plásticos de diferente tipo. Uno de ellos es el de la plasticidad expectante de estímulos y
experiencias ambientales que contribuyen a que un recién nacido se convierta en persona (e.g.,
apego). Otro tipo es el de la plasticidad dependiente de la experiencia que se asocia a aquellas
experiencias y oportunidades de aprendizaje que difieren entre individuos (Galván, 2010).
Los abordajes teóricos actuales proponen que el desarrollo depende de la actividad neural,
la cual a su vez es mediada por la experiencia. En consecuencia, se asume que los mismos
procesamientos cognitivos, emocionales y el aprendizaje, dan forma a las redes neurales que se
ocupan de tales procesamientos. Al mismo tiempo, esta actividad cambiaría la naturaleza de las
representaciones neurales y su procesamiento, lo cual daría lugar a nuevas experiencias y más

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cambios en los sistemas neurales. Es decir que en términos neurocientíficos, este punto de vista –
denominado neuroconstructivismo- propone que la base del desarrollo cognitivo, emocional y del
aprendizaje puede ser caracterizada por cambios inducidos mutuamente entre los niveles de
organización neural y conductual, en un contexto ecológico complejo que involucra interacciones
sociales con especificidad cultural (Westermann et al., 2007).

Períodos sensibles
Un área de investigación reciente es la que propone explorar los períodos sensibles que
caracterizan la organización estructural y funcional de aquellas redes neurales que son
influenciadas por la privación socioeconómica (Borghol et al., 2011). Estos períodos se refieren a
momentos del desarrollo en que los diferentes componentes funcionales del SN son
especialmente sensibles al cambio ambiental, por encontrarse en un período de máxima
organización. La evidencia empírica disponible sugiere que los períodos sensibles de funciones
que dependen de la integración de diferentes módulos de procesamiento (como en el caso del
cognitivo, el emocional y del lenguaje), no son necesariamente fijos en términos de tiempos de
apertura y cierre, como en el caso de los períodos críticos de algunos sistemas sensoriales
visuales y auditivos (Armstrong et al., 2006).
La plasticidad dependiente de los circuitos de procesamiento más complejo –es decir, los
relacionados con las competencias de lenguaje, cognitivas y emocionales-, dependería del tipo de
información provista por esos circuitos, de manera que no completaría su organización hasta que
tales circuitos no logren su estabilidad madurativa. Y una vez que tal estabilidad se logra, es decir
que se van cerrando los períodos sensibles de diferentes sistemas, las posibilidades de
modificación de tal organización se hacen más difíciles, aunque no prácticamente imposibles
como en el caso de algunos períodos críticos para funciones sensoriales (Armstrong et al., 2006;
Tomalski & Johnson, 2010). Algunas de las áreas más estudiadas en cuanto a la exploración de
períodos sensibles en contextos de desarrollo han sido las de la adquisición de diferentes
aspectos del lenguaje materno (e.g., discriminación fonética, ortografía), la adquisición de una
segunda lengua, la discriminación de rostros y las competencias cognitivas de niños criados en
orfanatos (Fox et al., 2010).

Epigenética, vulnerabilidad y susceptibilidad


Los estudios actuales en el ámbito de la neurociencia del desarrollo continúan avanzando
en la comprensión de los mecanismos a través de los cuales la experiencia y las influencias
ambientales interactúan con los genes. Dentro de las principales investigaciones en esta área se
encuentran los estudios experimentales con animales sobre cuidado y maltrato maternal,
separación madre-cría, estrés parental, aprendizaje y memoria (Zhang & Meany, 2010).
El análisis epigenético de las experiencias tempranas sobre el desarrollo cerebral en los
seres humanos también está en sus primeras etapas de investigación. Recientemente, se han
realizado estudios sobre expresión epigenética en muestras de tejido de hipocampo de víctimas
de suicidio con historias infantiles de maltrato y abuso (McGowan et al., 2009); y en niños hijos de

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madres que sufrían trastornos de ansiedad y depresión durante el tercer trimestre del embarazo
(Oberlander et al., 2008). Los hallazgos de estos estudios apoyan la noción de que el genoma de
los niños es sensible a las experiencias de sus madres desde la fase prenatal. No obstante, la
naturaleza compleja de la genética humana deberá analizarse con precaución en tal agenda, dado
que experiencias similares pueden producir resultados diferentes en distintas personas, lo cual
agrega un nivel más de complejidad al estudio de cómo la conducta es modulada por la
experiencia temprana (Roth & Sweatt, 2011).
Si bien la deprivación ambiental aumenta el riesgo de padecer alteraciones en la salud
física, el desarrollo emocional, cognitivo o social, existe una gran variación individual adaptativa en
niños y adultos expuestos tanto a niveles altos como bajos de adversidad ambiental (Obradovic et
al., 2010). En la actualidad, existe un consenso que asume que las diferencias individuales
modulan no sólo la susceptibilidad de las personas de ser afectados por estresores ambientales,
sino también en qué medida son influenciados positivamente por los recursos ambientales
(Bakermans-Kranenburg & van Ijzendoorn, 2011). Es decir que la variación en la susceptibilidad
neurobiológica al ambiente, constituye un mecanismo central en la regulación de patrones
alternativos de desarrollo humano.

Exposición a agentes neurotóxicos y drogas


La investigación del impacto de diferentes neurotóxicos ambientales y drogas legales e
ilegales sobre el desarrollo cognitivo infantil, forma parte de un área de estudio también reciente.
Entre sus antecedentes se encuentra una extensa historia de estudios epidemiológicos y de
experimentación animal que ha documentado el impacto negativo sobre el desarrollo pre y
postnatal del SN de agentes como plomo, difenilos policlorados (PVC), mercurio, cocaína,
marihuana y alcohol. Si bien se han podido identificar impactos por exposición alta y baja a estos
neurotóxicos y drogas a nivel conductual y cognitivo en niños, los niveles de desempeño son muy
variables. Es decir que resulta necesario continuar analizando por qué algunos niños manifiestan
más problemas ante ciertos neurotóxicos y drogas, en comparación con otros (Hubbs-Tait et al.,
2005).
Un área que ha recibido mucha atención ha sido la del análisis del impacto del consumo de
alcohol durante el embarazo y sus graves consecuencias sobre el desarrollo neurocognitivo
durante todo el ciclo vital, tal como lo evidencian los múltiples estudios sobre el síndrome
alcohólico fetal (Riely et al., 2011). La exposición prenatal a cocaína ha sido asociada con
diferentes alteraciones cognitivas. Por ejemplo, Bennet y colegas (2008) examinaron los efectos
de la exposición prenatal a la cocaína de niños a los 4, 6 y 9 años, sobre el desempeño en una
prueba de inteligencia general, encontrando interacciones con el género, de manera que los
varones obtenían los puntajes más bajos. Asimismo, mayores niveles de estimulación del hogar y
coeficientes de inteligencia verbal de las madres predijeron los puntajes más altos. Por otra parte,
Sheinkopf y colegas (2009) analizaron la exposición prenatal a cocaína sobre el desempeño en
una tarea de control inhibitorio en combinación con técnicas de resonancia magnética funcional

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(RMF) en niños de 8 y 9 años. Los resultados no mostraron diferencias a nivel conductual, pero si
a nivel de la activación neural durante la respuesta inhibitoria, de manera que en los niños
expuestos se observaba un incremento de actividad en una red que incluía a áreas frontales y
subcorticales; mientras que en los no expuestos tal incremento involucraba áreas temporales y
occipitales. Más allá de que estos estudios son preliminares, lo cual implica la necesidad de
sostener una actitud de cautela sobre sus alcances, sus resultados sugieren que la exposición a la
cocaína durante la vida uterina afectaría al desarrollo de sistemas neurocognitivos asociados a la
regulación de la atención y la respuesta inhibitoria.
Otras drogas que también han demostrado tener impacto sobre el desarrollo cognitivo son
el tabaco y la marihuana. Por ejemplo, Fried y colegas (2003) han analizado el desempeño
cognitivo de adolescentes de entre 13 y 16 años expuestos durante su vida prenatal a marihuana
y tabaco, encontrando una relación significativa entre la exposición a tabaco con los niveles de
inteligencia general y atención auditiva; y de la exposición a marihuana con el desempeño en
tareas de memoria, análisis y síntesis. Recientemente, Barros y colegas (2011) encontraron que la
exposición a tabaco durante el embarazo se asociaba a mayores niveles de excitabilidad y
dificultades de regulación en la fase neonatal. Estos estudios, que también requieren incluir
análisis de mediación, sugieren que la exposición prenatal al tabaco y a la marihuana se asocia a
alteraciones neurocognitivas durante las dos primeras décadas de vida. Asimismo, la exposición
prenatal al tabaco también ha sido asociada recientemente a un mayor riesgo de obesidad,
hipertensión y diabetes gestacional desde la adolescencia (Cupul-Uicab et al., 2011), aunque tales
impactos se podrían reducir de mediar niveles adecuados de capital social en el entorno de
crianza, aún en el caso de niños que se desarrollan en contextos de pobreza (Evans & Kutcher,
2011).

Nutrientes y desarrollo cerebral


Respecto de la nutrición como factor mediador del impacto de la pobreza sobre el
desarrollo infantil, la investigación epidemiológica ha mostrado que su asociación con pobreza
modula: (a) el crecimiento físico; (b) la probabilidad de incidencia de defectos del tubo neural
debido a la incorporación inadecuada de ácido fólico durante el embarazo; (c) la prevalencia de
déficit de hierro debida a la incorporación inadecuada de alimentos ricos en hierro; (d) el
procesamiento cognitivo asociado a demandas de memoria luego de padecer episodios largos de
nutrición inadecuada; y (e) el aumento de la probabilidad de desarrollar apegos inseguros y otros
trastornos emocionales por desnutrición crónica (Bradley & Corwyn, 2002; Georgieff, 2007).
En términos neurobiológicos, los nutrientes y los factores de crecimiento regulan el
desarrollo cerebral desde la fase prenatal. La rápida tasa de crecimiento que caracteriza al
desarrollo cerebral durante las primeras etapas, genera mayor vulnerabilidad ante la insuficiencia
nutricional. En particular, el efecto del déficit o el exceso de cualquier nutriente sobre el desarrollo
cerebral sería modulado por los principios de oportunidad, dosis y duración. Es decir que la
posibilidad de detectar deficiencias específicas depende de cómo cada área o red neural es

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preferencialmente afectada y de los instrumentos para medir tales eventuales impactos a nivel
molecular, sistémico o de redes neurales y conducta. Por ejemplo, el déficit de hierro ha sido
asociado a impactos a nivel molecular (e.g., síntesis de neurotransmisores monoaminérgicos),
celular (e.g., mielinización), sistémico (e.g., metabolismo energético en áreas del hipocampo
durante la fase neonatal); y conductual (e.g., alteraciones en velocidad de procesamiento,
cambios en la motricidad o el procesamiento emocional y procesos de memoria y aprendizaje).
Asimismo, la identidad de cada nutriente genera variaciones significativas en los impactos. Por
ejemplo, la deficiencia de zinc se asocia a alteraciones en el desarrollo del hipocampo, pero
también del cerebelo y de la regulación autonómica; mientras que la deficiencia de ciertas
cadenas largas de ácidos grasos afecta a los procesos de mielinización, sinaptogénesis y el
funcionamiento de la membrana celular (Georgieff, 2007).
Al igual que otras áreas de estudio en el análisis de la pobreza infantil, resulta complejo
determinar cuánto contribuye el déficit nutricional a los diferentes trastornos de desarrollo, dado
que los niños que pierden su acceso a una nutrición adecuada también tienden a perder el acceso
a otros recursos. Es decir que no resulta fácil determinar si una condición asociada a déficit
nutricional resulta de éste o si refleja cuidados prenatales y preventivos inadecuados, fallas para
obtener tratamientos médicos adecuados, o el incremento de la exposición a agentes infecciosos
(Adler y Newman, 2002).

Pobreza y autorregulación
Los estudios acerca de los efectos de la pobreza sobre el desempeño cognitivo y
académico fueron iniciados por la psicología del desarrollo, la educación, la demografía y la
pediatría. En forma sintética, los resultados de los estudios sobre efectos realizados durante la
segunda parte del siglo XX, han encontrado una disminución de los coeficientes de desarrollo
motor y mental durante los primeros 36 meses de vida; así como también en los coeficientes
verbales y de ejecución de pruebas generales de inteligencia en niños de edad preescolar y
escolar. A ello se agrega menos cantidad de años de educación completados, una mayor
incidencia de dificultades de aprendizaje y tasas más altas de ausentismo y abandono escolar
(Bradley & Corwyn, 2002; Lipina & Colombo, 2009). Respecto al lenguaje, los estudios actuales en
el contexto de estas disciplinas también verifican perfiles de desempeño modulados por pobreza
en indicadores de vocabulario, habla espontánea, desarrollo de la gramática y estilos y
habilidades de comunicación (Hoff, 2003). Durante la última década estos abordajes continuaron
desarrollándose incorporando mejoras metodológicas que han contribuido con profundizar la
comprensión de los mecanismos de mediación (Najman et al., 2009).
Sólo en la última década y media han comenzado a realizarse los primeros estudios que
evalúan la asociación entre diferentes formas de pobreza y su impacto en los procesamientos
cognitivos y de lenguaje básicos desde la perspectiva neurocientífica. Por ejemplo, Noble y
colegas (2006), estudiaron a niños de entre 6 y 9 años que habían sido seleccionados por tener
puntajes promedio bajos en tareas de conciencia fonológica y encontraron un rol modulador de la

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pobreza, de manera que diferentes niveles de ingreso se asociaban a relaciones específicas entre
el nivel de procesamiento fonológico y la activación neural en un área específica (giro fusiforme
izquierdo). Asimismo, en un estudio reciente Raizada y colegas (2008), evaluaron
simultáneamente el desempeño en una prueba auditiva de identificación de rimas y la activación
neural concomitante de niños de 5 años de edad provenientes de hogares con diferentes niveles
de ingreso. Los resultados mostraron una relación directa entre el nivel socioeconómico de los
hogares y el grado de especialización de un área específica (Broca). Ambos estudios sugieren
además, que el desarrollo de estas áreas corticales y del desempeño en tareas que involucran a
la conciencia fonológica, sería modulado en parte por la complejidad de los ambientes linguísticos
de crianza (Hoff, 2003).
En forma reciente han comenzado a realizarse estudios en los que se aplican técnicas de
potenciales evocados (ERP) para obtener medidas de la actividad cerebral en simultáneo a las del
desempeño cognitivo. Este abordaje ha permitido verificar que los niveles de atención auditiva a
estímulos relevantes e irrelevantes son diferentes en niños provenientes de hogares con
diferentes niveles socioeconómicos (D´Angiulli et al., 2008; Stevens et al., 2009). En otro estudio
reciente Kishiyama y colegas (2009) analizaron el impacto de las diferencias socioeconómicas
sobre una tarea de control inhibitorio encontrando diferencias sólo a nivel de la activación
prefrontal (i.e., diferentes amplitudes para niños de hogares con y sin pobreza), pero no del
desempeño.
Precisamente, uno de los sistemas neurocognitivos más explorados durante la última
década a nivel conductual, es el de los procesos cognitivos de control asociados a la activación de
redes que involucran diferentes áreas prefrontales. En estudios con poblaciones de niños de
diferentes edades (infantes, preescolares, escolares), el nivel socioeconómico bajo se asocia a
una reducción en el desempeño en tareas con demandas de atención, control inhibitorio y
memoria de trabajo (Hackman et al., 2009, 2010, Lipina & Colombo, 2009). Otro de los sistemas
neurocognitivos que han sido evaluados en este contexto, es el de memoria asociada a la
activación preferencial de áreas corticales temporales. Por ejemplo, Farah y colegas (2006)
aplicaron un paradigma de aprendizaje incidental en el que niños de edad escolar no sabían que
iban a ser evaluados en sus habilidades de memoria durante la fase de aprendizaje de la prueba.
Aquellos niños provenientes de hogares con bajo nivel socioeconómico tuvieron niveles más bajos
de desempeño, pero tal diferencia no se observó inicialmente en los niños de edad preescolar,
sino sólo cuando se agregó una demanda de memoria de trabajo. Este perfil de resultados sugiere
que la modulación de la pobreza sobre estos sistemas neurocognitivos, no necesariamente sigue
un patrón lineal, además de su dependencia de los niveles de integración de procesamientos
cognitivos de diferente tipo durante la primera década de vida (Lipina & Posner, 2012).

Regulación de la respuesta al estrés


Múltiples estudios realizados desde mediados del siglo XX, consideran a la regulación de la
respuesta al estrés como uno de los mecanismos mediadores más importantes del efecto de la

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pobreza sobre el desarrollo emocional, cognitivo y social, tanto en niños como en adultos
(Shonkoff et al., 2012). Las amenazas, los eventos vitales negativos, la exposición a peligros
ambientales, la violencia familiar y comunitaria, los procesos de cambio y disolución familiar, las
mudanzas, la pérdida de empleo o la inestabilidad laboral y la privación económica persistente,
son situaciones cuya probabilidad de ocurrencia aumenta en las condiciones de pobreza (Bradley
y Corwyn, 2002).
Los sistemas neurales que instrumentan esta compleja regulación, el eje HPA, incluyen al
hipocampo, la amigdala y diferentes áreas de la corteza prefrontal. En conjunto, estos sistemas
regulan los procesos fisiológicos y conductuales de respuesta al estrés, adaptándose en el corto
plazo o bien generando impactos a largo plazo por dificultades en los procesos adaptativos, como
en las situaciones crónicas de abuso y maltrato, o bien de pobreza extrema (Lupien et al., 2009;
Shonkoff et al., 2012). Estos procesos regulatorios surgen de patrones de comunicación
bidireccionales entre el cerebro y los sistemas autonómicos, cardiovasculares e inmunológicos a
través de mecanismos neurales y endocrinos que a su vez sustentan las experiencias
conductuales y cognitivas. Por una parte, los mecanismos bidireccionales de regulación de la
respuesta al estrés son protectores en el sentido de que promueven adaptaciones en el corto
plazo; pero también pueden asociarse a desregulación en el largo plazo, en cuyo caso promueven
inadaptaciones que desgastan al organismo bajo condiciones de estrés crónico, comprometiendo
los procesos de recuperación y la salud en general (McEwen & Gianaros, 2010).
El estrés y la incertidumbre que generan las condiciones de privación económica,
aumentan la probabilidad de ocurrencia de estados emocionales negativos (ansiedad, depresión,
ira). Ello puede a su vez, inducir más frecuentemente el uso de estrategias de control parental
negativas, menor sensibilidad emocional, negligencia y dificultades para promover ajustes
socioafectivos adecuados en los niños. No obstante, es importante señalar que algunos estudios
permitieron verificar que aún en condiciones de pobreza, el mantenimiento de pautas de crianza
adecuadas puede constituir un factor protector del desarrollo (Brody et al., 2002).

4. Consideraciones para el diseño de intervenciones


A partir del avance en el estudio de la emergencia de operaciones mentales básicas
durante el desarrollo y su integración con procesos emocionales de autorregulación, la
neurociencia cognitiva y la psicología del desarrollo comenzaron a aportar elementos
conceptuales, metodológicos y técnicos, potencialmente incorporables a módulos de estimulación
cognitiva en programas de intervención. La importancia de este tipo de abordajes reside en su
especificidad y sensibilidad para impactar sobre operaciones mentales básicas, que constituyen la
materia prima para la adquisición de aprendizajes tempranos de competencias de lenguaje y
matemáticas (Posner & Rothbart, 2007).
Estos abordajes proponen considerar que un aspecto central en la asociación entre el
conocimiento básico sobre el desarrollo cerebral y la educación escolar, es si las intervenciones
en las aulas pueden modificar las redes neurales asociadas al funcionamiento cognitivo, de forma
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tal de lograr generalizaciones que superen los dominios específicos de instrucción. Este aspecto
depende de un mejor conocimiento de cómo las redes corticales se desarrollan bajo las
influencias genéticas y la experiencia.
Asimismo, la agenda de investigación neurocientífica en las áreas de estudio de la pobreza
y de las intervenciones, también contribuye con identificar diferentes mecanismos mediadores en
los efectos de las intervenciones y principios guía para su diseño, establecer los criterios mínimos
para la evaluación de impacto y las prácticas más efectivas, establecer las necesidades
específicas de diferentes grupos de acuerdo a su idiosincrasia histórico-cultural, y analizar qué
prácticas de intervención benefician a qué grupos poblacionales (Lipina, 2006; Shonkoff et al.,
2012; Zigler & Finn-Stevenson, 2007).

5. Comentario final sobre lo ineludible de las consideraciones éticas


Las perspectivas de estudio neurocientíficas sobre la pobreza son amplias, habida cuenta
de que involucran en forma directa aspectos centrales de los debates éticos actuales sobre
producción y reproducción de la pobreza y su impacto sobre las sociedades humanas (Lipina,
2006; Shonkoff et al., 2012). En forma concreta, en tanto esfuerzo que contribuye con comprender
en profundidad el alcance de los impactos por privación social y material, así como las
posibilidades de intervenir en forma anticipada para proteger las oportunidades de desarrollo
humano, el abordaje neurocientífico está inexorablemente asociado a la discusión ética sobre la
violación de derechos humanos que implica la pobreza: nutrición, estímulo al desarrollo afectivo e
intelectual, inclusión social y educativa plena.
En este sentido, la conceptualización dinámica y plástica del desarrollo agrega al debate
ético general de la pobreza el problema de la corporización de las privaciones y las posibilidades
de cambio. Ello implica cuestionar la noción de irreversibilidad de los impactos por pobreza, y
consecuentemente contribuye con visualizar el problema de la responsabilidad de las
comunidades, en tanto productoras de condiciones que colocan a miles de millones de
congéneres en situaciones que implican la violación de derechos que sostienen la posibilidad de
que las personas puedan considerarse a si mismas como tales.

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