You are on page 1of 4

“Siempre los mismos”.

Es muy probable que haya escuchado por primera vez esta expresión en la iglesia a
los 18 años, cuando comencé a ser delegado de mi congregación ante el
Departamento Juvenil nacional, en la iglesia pentecostal a la que asistí hasta
diciembre de 2009. Hoy tengo 35 años, y he seguido escuchando esta expresión.
Una y otra vez, cada cierto tiempo, vuelve a aparecer. A veces, el “siempre los
mismos” es una queja frente a grupos de liderazgo cerrados, que no darían
posibilidades de servir a otros que tendrían los dones dados por Dios para contribuir
a la edificación y alegría de su pueblo. En otras ocasiones, el “siempre los mismos” es
el reclamo desesperado de quienes ejercen el liderazgo en algún grupo de la iglesia,
o que participan activamente de ella, quienes se ven desalentados ante la escasa
respuesta de los miembros de la comunidad a las hermosas y edificantes actividades
que se han preparado. ¿Cómo responder a esto?

Quienes tienen dones dados por el Espíritu Santo no necesitan presentar currículum
vitae para trabajar en la iglesia, porque para ello la comunidad cuenta con el
discernimiento que da el Espíritu Santo, y que permite a los suyos generar los
espacios de trabajo para el bien de ella y la gloria de Dios. Entonces, ¿qué debo
hacer para comenzar a trabajar? Algunas posibilidades: 1) participa de las
actividades de la iglesia de manera continua, es ahí donde las personas pueden
conocer acerca de tus dones; 2) no es necesario que se te dé un cargo para
comenzar a trabajar, pues en la perspectiva protestante del “sacerdocio universal de
todos los creyentes” todos podemos trabajar: reúnete a orar y a discipular a otro
(avísanos a los miembros del equipo pastoral para saber de aquello, orar por ti, y
ayudarte en lo que sea necesario); y 3) propone ideas de trabajo y ofrécete a trabajar
en ellas, porque la idea no es aumentar la agenda de los que ya tienen una copada.

A veces, el reclamo del “siempre los mismos” tiene una dosis de reclamo injusto,
porque siempre habría algo que criticar: que no me gusta este sujeto, que su tono de
voz cuando canta, que sus predicaciones son muy cortas, o este hermano que es
“larguero” cuando predica, que su idea no fue tan buena, que la planificación aquí y
allá. Y sí, es innegable que quienes conformamos la iglesia, como santos-pecadores
que somos, podemos cometer una infinidad de errores, y éstos deben ser reparados.
No debemos jactarnos de aquello que fue hecho mal, ni gloriarnos de nuestra falta
de excelencia porque las cosas “las hacemos para el Señor” (¡…!). Pero, siempre es
fácil criticar a quienes están en la primera línea de batalla cuando tú no te has
dispuesto a trabajar. Puede que el hermano no tenga “dedos para el piano” en lo que
está haciendo, pero tú que los tienes, ¿qué estás haciendo? ¿Simplemente ser un
espectador de lo que pasa a tu lado? Como diría el pastor Timothy Keller: “Todos
dicen que quieren comunidad y amistad, pero huyen cuando eso significa rendir
cuentas y comprometerse”. Por otro lado, hay un dicho español que aprendí hace
varios años cuando leía un libro de Homilética (la disciplina de preparar sermones
bíblicos), que decía “nuestro vino es agrio, pero es nuestro”. Es muy probable que tus
expectativas respecto de la iglesia, en esta crítica injusta, estén basadas en el
consumo de iglesia y no en el amor que sostiene y corrige al hermano según sea
necesario. ¿Cuál es tu filtro de evaluación? ¿La Biblia o tus ideas?

En el caso de los líderes, cuando presentan este reclamo del “siempre los mismos”
debiesen hacerse algunas preguntas: 1) ¿la actividad preparada está leyendo
correctamente el momento de la iglesia y sus necesidades?; 2) ¿es sólo la
irresponsabilidad de los hermanos que se ausentan la causa de la baja asistencia?; 3)
¿tenemos como centro la gloria de Dios o nuestra propia gloria?; 4) ¿necesariamente
la evaluación de lo que se realiza deben ser los números? A veces, el reclamo de los
líderes de “siempre los mismos” puede parecer justificado, pero no lo es.
Simplemente se está denotando un corazón farisaico que quiere “echar más carga
que la que otros pueden llevar”. Porque, aunque sea una lectura errónea de la vida de
la iglesia realizada por ti, o por tu equipo de liderazgo, o lisa y llanamente el fruto de
la irresponsabilidad pecaminosa de quienes no se comprometen con nada, el centro
de lo que hacemos debe estar en la gloria del Señor, lo que nos lleva a edificar al
pueblo de Dios procurando su bienestar espiritual. Mi exhortación para ti es que
sigas trabajando, no te desalientes. La semilla en ocasiones es sembrada con
lágrimas en los ojos, pero siempre, si Dios te envío a desarrollar una labor en la
iglesia o en la sociedad, más allá del trabajo de quien la lanza, sin dudas crecerá y
traerá a su tiempo mucho gozo (lee el Salmo 126).

Cuando estaba pensando en escribir estas líneas se me vinieron muchas historias de
la Biblia a la cabeza. José vendido por sus hermanos, acusado falsamente de intentar
violar a una mujer, en un calabozo por años, aparentemente olvidado por Dios (léase
Génesis capítulos 37, 39 y 40). O Moisés, trabajando en la liberación del pueblo de
Dios y caminando con ellos a la tierra prometida, mientras la gente seguía teniendo
en su cabeza todo lo “bien” que estaban cuando eran esclavos en Egipto (léase
desde Éxodo a Deuteronomio para aprender de la paciencia). O a Pablo, diciéndole a
su hijo espiritual Timoteo que se siente solo y desamparado, aunque puede ver
actuando a Dios en medio de su prisión (léase 2ª Timoteo 4:9-18).

Pero sin lugar a dudas, la historia bíblica que más me hace sentido a la hora de
pensar en el “siempre los mismos” es la de Jeremías. Este hombre oriundo de Anatot
de la tribu de Benjamín, fue llamado por Dios siendo un inexperto y joven hombre
para profetizar. Particularmente su dura palabra apuntaba a la apostasía y el olvido de
Dios por parte de la gente (léase Jeremías 2:13), llamándoles al arrepentimiento y
anunciando el cautiverio en Babilonia. Mientras en el otro lado, había profetas que
anunciaban lo contrario a Jeremías, no reprendiendo el pecado y diciendo que
vendría la paz (léase Jeremías 6:13-15). Si uno sigue la lectura del libro, podríamos
darnos cuenta que la gente de Judá, de su pueblo e inclusive de su familia le deja
solo. La gente procura lo malo para el profeta de Dios. llegando a estar preso por el
mensaje que proclama. Somos injustos cuando llamamos a Jeremías coloquialmente
“el profeta llorón”, cuando hay razones profundas por las cuales llorar.

Pero hay cosas que me gritan fuerte de este libro. Dios reanima a Jeremías
diciéndole: “Si te arrepientes, yo te restauraré y podrás servirme. Si evitas hablar en
vano, y hablas lo que en verdad vale, tú serás mi portavoz. Que ellos se vuelvan hacia
ti, pero tú no te vuelvas hacia ellos. Haré que seas para este pueblo como
invencible muro de bronce; pelearán contra ti, pero no te podrán vencer, porque yo
estoy contigo para salvarte y librarte -afirma el Señor-. Te libraré del poder de los
malvados; ¡te rescataré de las garras de los violentos!” (Jeremías 15:19-21, el
destacado es mío). Si sabes que estás trabajando para Dios cuenta con su ayuda,
debes saber que es Él quien puede sostenerte de verdad y que debes seguir
trabajando, por más que la lucha parezca infranqueable. En las palabras que
destaqué está lo que más debes tener en claro cuando piensas en el “siempre los
mismos”. Los demás deben comenzar a colaborar en la obra de Dios y no tú dejarla
para acomodarte a los demás. Por ello, es que debo decirte lo siguiente: Jeremías es
un sujeto muy importante para entender lo que significa el éxito ministerial. El éxito
ministerial no está dado en ser famoso, en las palmaditas en el hombro, en las citas
de Facebook que la gente anota de tus sermones, enseñanzas o libros, ni en cuán
llena está la iglesia. ¡Nadie se convirtió con el mensaje de Jeremías! ¿Estaba
equivocado el profeta entonces? ¿No fue exitoso? No estaba equivocado, porque el
éxito ministerial se mide por el hacer la voluntad de Yahvé el Dios Todopoderoso.

Por eso es que podemos ver, más adelante a Jeremías orando desgarradamente a
Dios, como probablemente en algún momento de tu vida también lo has hecho: “¡Me
sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir! Fuiste más fuerte que yo, y me venciste. Todo el
mundo se burla de mí; se ríen de mí todo el tiempo. Cada vez que hablo, es para
gritar: ‘¡Violencia! ¡Violencia!’ Por eso la palabra del Señor no deja de ser para mí un
oprobio y una burla. Si digo: ‘No me acordaré más de él, ni hablaré más en su
nombre’, entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala
hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo
más” (Jeremías 20:7-9). La burla y el desaliento frente a la indiferencia pueden
volverse atroces, al nivel de no querer seguir haciendo lo que Dios te ha mandado a
realizar. Pero Dios es el que hace que tu corazón arda y que su misión se vuelva
incontenible. Tanto así, que en medio de la oscuridad vivida y el deseo de que Dios
haga justicia, emerge la luz, la luz de la Palabra y de la certeza espiritual que te grita
en alta voz en tu corazón que Dios está contigo. “Pero el Señor está conmigo como un
guerrero poderoso”, es lo que dice el profeta en el capítulo 20, versículo 11. Lo
realmente importante, entonces, es cambiar el “siempre los mismos”, por el “siempre
el mismo”, con una tremenda sonrisa en tus labios, y un gozo en el alma
verdaderamente grande. Si el mismo Dios está contigo siempre, lo demás es
secundario.

Trabaja. Sería ideal que toda la iglesia estuviera comprometida trabajando, pero no
siempre es la realidad.

Trabaja. La semilla germinará. No es tu esfuerzo, es la presencia viva y real de Dios.

En Cristo, Luis Pino Moyano.