You are on page 1of 8

ISPE

PROF. VANESA RODRIGUEZ

LOS PODEROSOS AMOS DE LOS HOMBRES


Los dioses de Mesopotamia

Cientos de dioses reinaban sobre las ciudades de la antigua Mesopotamia, cada uno de los cuales
era servido y adorado por los sacerdotes que les llevaban comida, los vestían o los sacaban en
procesión

Durante seis días y siete noches, vendavales, lluvias, huracanes y el diluvio estuvieron golpeando la
tierra… Ea abrió la boca, tomó la palabra y le habló a Enlil el audaz: “Pero tú, el más sabio de los
dioses, el más valiente, ¿cómo pudiste, inmisericorde, decretar el diluvio? Haz que recaiga la culpa
sobre el culpable y el pecado sobre el pecador. En lugar de eliminarlos, perdónalos. No los
aniquiles: muéstrate clemente”». Con estas palabras, el dios Ea recriminaba a su compañero Enlil
que hubiera enviado un diluvio para aniquilar a todos los hombres, solamente porque éstos eran
muy ruidosos y no le dejaban dormir. Así eran los dioses en Mesopotamia: tenían un poder sin
límites, estaban siempre disputando entre sí y, sobre todo, despertaban un insuperable temor entre
los hombres, que habían sido creados únicamente para servirles.
Los dioses mesopotámicos tenían la apariencia, las cualidades y los defectos de los hombres, pues
habían sido concebidos a semejanza humana. Eran en gran medida un reflejo de la sociedad que los
había creado. En otras palabras, se trataba de una trasposición a nivel celestial de lo que ocurría en
el mundo terrenal. Los dioses se alimentaban, se peleaban, se amaban, se casaban y tenían familia
como cualquier hombre. Pero había una notable diferencia: la muerte les era desconocida. La vieja
Epopeya de Gilgamesh lo deja bien claro: «Cuando los dioses crearon a los hombres, les asignaron
la muerte, pero la vida sin límites se la guardaron para ellos». La inmortalidad, así como la posesión
de un poder ilimitado y sobrenatural, eran características inherentes a los dioses que les diferenciaba
de los humanos.

Divinidades temibles
Los dioses no sólo tenían la huella de lo humano, sino también eran una proyección de la sociedad.
Estaban organizados en categorías bien diferenciadas y su panteón era una reproducción de la
organización social. Había un soberano, una familia real, así como funcionarios, técnicos y
ayudantes, que constituían el grupo de las divinidades principales o mayores. Por debajo se
encontraba toda una corte de deidades menores y marginales. A la cabeza de este sistema se hallaba
Anum, que era el fundador de la dinastía divina y el padre de los dioses. Junto a él, Enlil, el dios del
viento, y Enki (llamado Ea, en acadio), el dios de las aguas dulces subterráneas, constituían la gran
tríada de los dioses supremos. El grupo de los siete grandes dioses de Mesopotamia se completaba
con Shamash, el dios sol; Sin, el dios luna; Ishtar, la diosa del amor y de la guerra, y Ninhursag, la
diosa madre.
Esta división del poder divino no era inmutable, pues en el II milenio a.C. se produjo en Babilonia,
aunque no sin dificultades, la sustitución de Enlil por Marduk, mientras que los reyes casitas de la
segunda mitad del II milenio a.C. adoptaron como propios a los dioses tradicionales babilónicos,
pero no renunciaron a los suyos.
Los hombres se humillaban y temblaban ante los dioses. Sabedores de su poder, los habitantes de
Mesopotamia adoptaban una actitud de sumisión, de admiración, de respeto e incluso de temor. De
la divinidad nunca se esperaba cercanía. Los hombres no amaban a los dioses, sino que los temían.
Todo lo que ocurría en la tierra tenía un origen divino. Y de esta sumisión a los dictámenes divinos
no estaba libre nadie, ni siquiera los reyes. Cada decisión del monarca tenía que ser ratificada por
los dioses. Una campaña militar, la ingesta de un fármaco o la elección del heredero tenían que ser
sancionados por los dioses a través de la adivinación o de oráculos. Un ejemplo de ello, referido a la
elección del heredero por parte del rey asirio Asarhadón, en el siglo VII a.C., aparece en el texto
siguiente: «¡Shamash, gran señor, dame una respuesta positiva a lo que te pregunto! ¿Debe
Asarhadón, rey de Asiria, esforzarse y hacer preparativos? ¿Debe introducir a su hijo, Sin-nadin-
apli, en la casa de la sucesión? ¿Es del agrado de tu divinidad? ¿Es aceptable para tu gran
divinidad? ¿Lo conoce tu gran divinidad?».

La morada de los dioses


Cada ciudad de Mesopotamia tenía un dios patrón que la protegía y de esa protección dependía en
gran medida su prosperidad. De hecho, de acuerdo con la mentalidad mesopotámica, la ciudad era
concebida y fundada para ser la morada de una determinada divinidad. Esa morada estaba
representada por el templo principal. Por esta razón, ya desde el III milenio a.C., los reyes
invirtieron grandes esfuerzos en la construcción y reconstrucción de los principales santuarios. Así
consta en numerosas inscripciones conmemorativas relativas a la finalización de trabajos de
edificación, reparación y embellecimiento de los mismos. El éxito y el futuro de cada ciudad y cada
reino dependían de la armónica relación entre dioses y reyes. «Un largo reinado feliz y años de
gozosa abundancia» deseó el dios Shamash, dios de la Justicia, al rey Yahdun-Lim (1810-1794 a.C.)
por haberle construido un templo magnífico en la ciudad de Mari, en el Medio Éufrates sirio.
El templo y el palacio constituyen los dos polos de poder en Mesopotamia. La arqueología ha
sacado a la luz cientos de templos repartidos a lo largo y ancho de su geografía. El templo era, en
primer lugar, la casa del dios, el lugar donde vivía y donde se le atendía a diario. Como es obvio, a
lo largo de la historia mesopotámica la forma y las características de los templos fueron
evolucionando, incluida su parte más importante, el llamado lugar santo o sanctasanctórum (la cella
del mundo grecorromano). Pero había tres elementos que siempre se consideraron indispensables en
todo edificio consagrado al culto: el emplazamiento del trono del dios, donde se hallaba la estatua
de culto; el lugar de presentación de las ofrendas, y, por último, la zona donde se preparaban los
alimentos o se realizaba el sacrificio de animales.

El servicio en el templo
En torno a la estatua divina se organizaban una serie de ceremonias en honor del dios titular. Cada
día, los dioses recibían dos comidas mayores y otras dos menores. No era un acto meramente
simbólico, sino que esta tarea recaía sobre cocineros adscritos al templo. Se les alimentaba con pan,
dátiles y diversos tipos de carnes elaboradas siguiendo recetas culinarias. Y bebían vino, varias
clases de cerveza y leche. Según una tablilla del siglo III a.C., en Uruk a lo largo de un año se
ofrecía a los dioses Anum, Antum e Ishtar, entre otros productos, nada menos que 18.000 carneros,
2.580 corderos, 720 bueyes, 360 terneros...
Además de comida, los dioses recibían todo tipo de cuidados, pues se les hacía el aseo personal y se
les vestía y adornaba con joyas en un alarde de indescriptible ostentación. Incluso se les sacaba a
pasear en procesión, generalmente en el marco de la celebración de determinadas festividades
religiosas, la más importante de las cuales era la del año nuevo.
De todos estos cuidados se ocupaba un amplio séquito constituido por el personal de culto y la clase
sacerdotal, formada tanto por hombres como por mujeres reclutados entre las familias de las clases
altas. En Babilonia, en tiempos de Hammurabi (1792-1750 a.C.) conocemos la existencia de
sacerdotisas de alto rango llamadas naditum en acadio. Estas mujeres, que llevaban una vida
semiconventual, podían casarse pero no podían procrear. Sólo podían tener hijos a través de una
esclava, pues debían permanecer castas.
La importancia de estos cultos viene demostrada por el desconsuelo que provocaba, en caso de la
toma de una ciudad por el enemigo, la deportación a otro país de la estatua del dios. No había mejor
manera de humillar al vencido que «robarle sus dioses». Un buen ejemplo lo tenemos con el dios
Marduk, cuya estatua viajó desde Babilonia hasta Elam y Asiria como botín de guerra en varias
ocasiones. La recuperación de la efigie por el rey Nabucodonosor I (1126-1105 a.C.) fue celebrada
como un gran acontecimiento por los babilonios.

Para saber más


La religión más antigua. J. Bottéro. Trotta, Madrid, 2001.
Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología mesopotámica. J. Bottéro y S. N. Kramer (eds.).
Akal, Madrid, 2004.

El dios Shamash
Shamash, el dios del sol, era también el dios de la justicia, por lo que era adorado por los reyes.
Estatua de terracota. 1900 a.C.
Sacrificio de un animal
Carneros, ovejas, cabras o palomas eran sacrificados en los altares y los suelos de los templos para
alimentar a los dioses, como en esta escena de mosaico, en la que unos sacerdotes sacrifican un
carnero blanco en honor del dios sol Shamash. Mosaico de madreperla, marfil y esquisto procedente
de Mari. 2500-2300 a.C
Fieles devotos
Preocupados por el terrible poder de su panteón, los mesopotámicos buscaban en los dioses piedad
y protección, y les dedicaban estatuas votivas como éstas, en postura de constante adoración.
Orantes sumerios de alabastro vestidos con la típica falda con flecos. 2500-2300 a.C. Mari.
Una torre hacia el cielo
En Mesopotamia, los templos tenían forma de torre escalonada, llamada zigurat, en cuya cúspide se
hallaba un templo dedicado a la divinidad. En la imagen, el zigurat de la ciudad de Dur Kurigalzu,
en Iraq. Siglo XIV a.C.
Protección contra el mal
Este genio alado o apkallu era uno de los guardianes de las estancias privadas del rey Assurnasirpal
II en Nimrud. Su función era proteger al monarca asirio contra los demonios. Siglo IX a.C. Museo
Británico, Londres.
Un trato con los dioses
Los kudurrus, palabra que en acadio significa «límite», eran unas grandes estelas de piedra en las
que se registraban donaciones de terrenos. Estas estelas se hicieron muy populares en el período de
los conquistadores casitas (entre 1530 y 1160 a.C.), que invadieron Babilonia desde el actual Irán.
El kudurru aquí reproducido, que se conserva en el Museo Británico, data de esa época y en él se
inscribe un contrato de entrega de tierras. Para darle validez, se cita a varios testigos divinos,
representados con sus símbolos. El texto contiene asimismo maldiciones para quien ignore, destruya
o se lleve el kudurru.