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Novela 2 1

TEXTO SIN EDITAR NI CORREGIR. ESTÁ PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN Y DIVULGACIÓN NI TOTAL NI PARCIALMENTE DE ESTA OBRA

BREVES ANTECEDENTES DE HECHO

En 1868, tras la revolución gloriosa, es destronada Isabel II, dando así


por concluida momentáneamente la dinastía de los Borbones como
reyes de España.
Los revolucionarios, bajo la influencia del general Prim, eligen
como modelo de Estado la monarquía democrática, encarnada en un
nuevo rey elegido al efecto, Amadeo I de Saboya, en 1871.
Pero el asesinato de Prim, la víspera de la entrada de este rey en
España, marcará su corto reinado, de solo dos años.
Abandonado por todos, el rey asume su incapacidad para llevar las
riendas del país y decide abdicar.
Ese era el momento que los partidos republicanos estaban espe-
rando. Al día siguiente de la abdicación, el 11 de febrero de 1873, tras
arduas discusiones, consiguen convencer a las Cortes para que estas
proclamen formalmente a España como una República federal.
Los sueños de libertad, igualdad y progreso son el ideal perseguido,
pero la República está muy lejos de tener la estabilidad política, eco-
nómica y social necesaria para llevarlos a buen término.
Las tensiones y luchas internas debilitan a los republicanos, dividi-
dos en tres grupos.
Los moderados son el sector mayoritario, primando entre ellos la
idea de que hay que construir la federación desde la cúspide, para lo
cual es necesario redactar una Constitución laica, progresista y liberal,
que cree los Estados legalmente, como primer paso en la construcción
de la República.
Frente a estos, los intransigentes, que quieren constituir cantones
inmediatamente, para así construir el país desde la base. También bus-
can la Constitución federal, pero basada en cantones, y temen que
nunca llegue a promulgarse.
Contrarios a estos dos grupos, los unitarios, que defienden una
República centralista, sin Estados federados.
A todos ellos se les enfrentan los monárquicos isabelinos, que abo-
gan por restaurar la monarquía borbónica en la persona del futuro
Alfonso XII, y los beligerantes monárquicos carlistas, que luchan des-
de hace años por otra rama de los Borbones.
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La interminable guerra de Cuba, el retraso social y cultural del país,


y algunos generales del ejército, dueños también del poder económico,
serán el resto de enemigos con los que se tendrá que batir la República.
Toda esta explosiva situación hará surgir personajes heroicos, idea-
listas, valientes y nobles, con un punto de locura en la defensa de sus
ideales que los hará irresistibles para unos, y un peligro que hay que
eliminar a toda costa para otros.
La historia del cantonalista Antonete Gálvez, el murciano em-
blemático que supo organizar, mantener y defender el cantón en
Cartagena durante seis meses, es una de las más increíbles aventuras
del siglo xix.
En el transcurso de esta novela, los personajes que he creado com-
partirán momentos decisivos en la historia de la Primera República y
del Cantón Murciano con los verdaderos personajes históricos.
Aunque he intentado ser lo más fiel posible al discurrir verdadero
de los hechos, me he tomado la libertad de modificar algunos de ellos,
moldeándolos a las necesidades dramáticas de la historia, sin cambiar
los resultados básicos de lo acontecido.
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1. UNA INVITACIÓN INESPERADA

Madrid, viernes 18 de abril de 1873.


Despacho de Arturo Buendía

–No tenga duda de la calidad de nuestro producto, señor Buendía.


Mucho mejor que el de los Fuster –aseguró Cesáreo Rubio–. Sepa
usted que nuestro pimentón, al igual que el resto de nuestras especias,
está elaborado con la mejor de las calidades, fruto de una singular
variedad de pimientos cultivados en la inigualable huerta murciana,
secados perfectamente gracias al inagotable sol de mi tierra, para luego
ser molidos en la noria que nuestra familia ha poseído durante gene-
raciones a la orilla del Segura. Todo artesanal, nada de maquinarias ni
procesos modernos, como hacen ahora los Fuster –añadió con un ges-
to de desdén–. Solo así se logra conservar todo el aroma del verdadero
pimentón dulce, el mismo que nuestras abuelas usaban en sus guisos,
y del cual usted seguro que recordará el sabor. Y con nuestras conser-
vas pasa lo mismo: ¡son de lo más selecto! –concluyó sin percatarse de
la mirada divertida que su hijo Mario le había dedicado al escuchar las
medias mentiras lanzadas por su padre, y el tono poético con el que
las envolvía.
Mario recordó que el molino estaba muy lejos de haber pertene-
cido a su familia durante generaciones, dado que su padre aún estaba
pagando el crédito que había conseguido para poder comprar aquella
ruina a un primo lejano, y si no había más maquinaria en la factoría
solo era porque no tenían el suficiente capital para comprarla, ya que
las constantes reformas se comían buena parte de las ganancias.
A pesar de todo, tuvo que reconocer que, en realidad, su pimentón
no tenía nada que envidiar al de los Fuster, aunque su cuota de mer-
cado sí.
Esa era la razón principal de aquel primer viaje a Madrid.
Cesáreo no estaba muy convencido de emprender aquella aventura
comercial, pues no compartía la idea de Mario de ampliar el reparto
más allá de las vecinas provincias de Albacete y Alicante, pero el empu-
je de los veinticinco años de su hijo, y la vehemencia habitual de este,
habían logrado convencerlo.
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Además, así lo alejaría de aquel demonio de Gálvez, que desde que


se proclamó la República, volvía a obnubilar con su palabrería a espí-
ritus ardientes como el suyo.
Mario ya se había dejado involucrar varias veces en sus locuras re-
volucionarias, y si no tenían que haber lamentado daños mayores ha-
bía sido por pura fortuna.
Cuanto más centrado estuviera en el negocio, menos oportu-
nidades tendría ese desquiciado de volver a conducirlo hacia la per-
dición.
A pesar de sus intereses en la política, el joven había tenido tiempo
de convertirse en el alma de la factoría, gracias a su ímpetu y energía.
Cesáreo, que en el fondo admiraba y envidiaba aquella forma de
ser resolutiva e impulsiva en la misma medida en que la temía, poco a
poco, y de una manera natural, estaba cediendo el testigo a su hijo, y
compartía con él la dirección de los negocios.
Sin embargo, antes de partir, Cesáreo le había advertido seriamen-
te de que la batuta en los tratos que pudieran surgir la llevaría él, por lo
que Mario había optado por quedarse en un discreto segundo plano,
muy a su pesar.
–No lo dudo, señor Rubio –replicó Arturo Buendía a la perorata de
Cesáreo. Buendía era uno de los más pujantes mayoristas alimentarios
de Madrid, con fama de estar especializado en las tiendas de la zona
noble de la ciudad–, pero Abelardo Fuster es nuestro proveedor de
confianza de este tipo de productos –continuó el comerciante–, y sus
pimientos también nacen en la huerta de Murcia, son secados por el
mismo sol, y se muelen gracias a la fuerza de la misma agua. Además,
sus conservas son muy apreciadas por mi clientela, no lo dude.
–Observe que el precio que le estoy proponiendo es un regalo, se-
ñor Buendía –replicó Cesáreo, que sabía que las reticencias del comer-
ciante estaban dirigidas a obtener una cantidad todavía más baja–.
Y además, no tiene porqué prescindir de Fuster. Simplemente oferte a
sus clientes productos de ambas casas y que comparen precio y calidad
–añadió.
–Lo exponga usted como lo exponga, señor Rubio, eso sería crear
un conflicto entre un proveedor de años y un servidor –contestó
Buendía con su voz nasal–. Creo que no me compensaría enemis-
tarme con don Abelardo, un buen amigo, por unas pocas pesetas…
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Sin embargo… –dijo el comerciante dejando en el aire el siguiente


comentario.
–¿Sí, señor Buendía? –preguntó Cesáreo que, aunque intentaba pa-
recer impertérrito, dejaba entrever su expectación, algo que no había
pasado desapercibido para el ladino comerciante.
–Decía que, sin embargo, si ustedes asumieran una parte impor-
tante del montante por el impuesto de consumos… digamos el ochen-
ta por ciento… eso ya sería otra cosa –propuso Buendía.
Cesáreo y Mario se quedaron perplejos ante la desfachatez de la
propuesta del madrileño.
–Esa condición es de todo punto inaceptable, como usted com-
prenderá –dijo Cesáreo con un tono de voz calmado.
–Entienda que no voy a arriesgar mi amistad por nada –replicó
Buendía.
–Seguro que hay algún otro punto en el que podamos llegar a al-
gún acuerdo, solo es cuestión de buscarlo –dijo Cesáreo intentando
poner su mejor sonrisa.
–Tómelo como un descuento por volumen de compras. En el fon-
do, es lo que sería –insistió Buendía.
–Estoy seguro de que podemos llegar a un arreglo en cuanto a des-
cuentos por grandes compras, pero entienda que…
Mario dejó de escuchar a su padre. Lo conocía muy bien y sabía
que, de seguir la conversación por esos derroteros, acabaría cediendo
ante aquel usurero. No podía permitirlo. Bastante le había bajado el
precio ya. Si seguía transigiendo, el beneficio sería tan nimio que no
les daría ni para pagar los costes del transporte.
–No podemos ofrecerle eso, señor Buendía –intervino Mario en
un tono firme, ante la sorpresa del comerciante madrileño, y la mirada
de contención de su padre.
–Mario… –dijo Cesáreo temeroso de la posible reacción impetuo-
sa de su hijo.
–No, padre, sabe usted que nos es imposible ceder más –contestó
Mario con una entonación más calmada, comprendiendo los temores
de Cesáreo.
El joven observó a Buendía durante un segundo, advirtiendo en
él un regocijo interior que solo podía proceder del placer que le había
producido ver la escena de desencuentro entre padre e hijo.
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Mario decidió en un instante que, si aquella rata quería jugar con


ellos, él debería ser el gato, por lo que decidió ir a por todas con todas
las consecuencias.
–Hijo, tengo que estudiar las cifras, pero seguro que… –Cesáreo no
pudo continuar hablando, pues fue interrumpido de nuevo por Mario.
–Padre, si accedemos, los clientes de Valencia, Castellón y Barcelo-
na exigirán lo mismo –mintió Mario sin asomo de rubor, pues jamás
habían vendido nada en esas ciudades–, y sabe usted que nuestra mar-
ca está funcionando muy bien allí. Si se enteraran del trato de favor
hacia Madrid… En fin, creo que los perderíamos –añadió intentando
poner su mejor cara de inocencia, ante el silencio forzosamente cóm-
plice de su padre.
–Venden ustedes mucho por todo el levante, por lo que veo –dijo
Buendía con una entonación no exenta de suspicacia e incredulidad.
–Estamos empezando, como aquí –replicó Mario con total segu-
ridad–. Intentamos introducirnos en toda la zona este del país, y los
clientes se han mostrado muy contentos hasta ahora. Nuestros agentes
comerciales –continuó Mario aumentando la bola– nos refieren que
los primeros compradores se sienten muy satisfechos con la reacción
de las señoras que han probado nuestros productos. Tal y como le ha
dicho mi padre, la modernidad y el desarrollo a veces es bueno, y yo
soy firme defensor de este, como no puede ser de otra manera en un
republicano convencido como yo, pero en lo tocante a la alimenta-
ción me declaro conservador, pues todo el mundo prefiere los sabores
originales. Coincidirá al menos en eso con nosotros, ¿no es así, señor
Buendía? –preguntó sin atisbo de sonrojo, con una templanza que
hizo dudar a este, y hasta a su propio padre.
–Sin duda, joven, pero permítame que le diga… –intentó inte-
rrumpir Buendía al joven, sin éxito.
–Lo siento, pero bajo esas condiciones tendremos que buscar otro
mayorista para la capital –dijo Mario sin darle opción a réplica al
madrileño, mientras su padre daba ya por perdida la oportunidad de
acceder a lo más selecto de Madrid–. Tengo entendido que el señor
Estébanez se dedica también a la venta al por mayor. Seguramente
estará interesado en tener en exclusiva nuestros condimentos y el resto
de los productos y conservas de nuestra casa –añadió levantándose dig-
namente y agarrando a su padre del brazo para que hiciera lo propio.
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–Espere, espere… –dijo Buendía desarbolado por la exultante


seguridad que emanaba de ese joven y, sobre todo, por la mención
explícita a Rogelio Estébanez, su mayor competidor–. Hablando se
entiende la gente, ¿no cree? Por favor, tomen asiento y sigamos ha-
blando –propuso.
Ese era el momento que había estado esperando Mario. Ahora po-
dría negociar unas condiciones más favorables que las que habría acep-
tado su padre.
Sin embargo, no tuvo oportunidad de empezar la negociación,
pues en ese mismo instante alguien tocó a la puerta del despacho.
Se trataba del secretario personal de Buendía, que asomó primero
su prominente nariz, para luego introducir lentamente la cabeza, sin
dar opción al resto de su cuerpo a entrar en el despacho.
–Con su permiso, señor Buendía –dijo el empleado, que no tenía
reparo en mostrar unas maneras exageradamente serviles ante su amo.
–¿Qué quiere, Mínguez? –preguntó el comerciante escupiendo las
palabras, como hacía cuando algo no estaba yendo como a él le hubie-
ra gustado.
Pensaba que aquellos provincianos serían una pieza más fácil, pero
no había contado con el irreverente hijo del pusilánime fabricante de
especias y conservas.
–El coronel Indalecio García-Valls ha llegado, señor –contestó
Mínguez a su patrón.
Un destello llegó a los ojos de Cesáreo al escuchar aquel nombre,
devolviéndolo a la realidad, después de que la actuación de su hijo le
hubiera hecho abstraerse unos momentos.
–¿Indalecio García-Valls? –preguntó el maduro productor de espe-
cias, sorprendiendo al resto de los ocupantes de la sala.
–Así es –respondió Buendía–. ¿Lo conoce?
–¡Por supuesto! ¡Fue uno de mis mejores amigos de juventud! –ex-
clamó–. Aunque no sé si me recordará –añadió con un deje de melan-
colía–, han transcurrido más de treinta años desde que nos vimos por
última vez.
–Comprobémoslo –propuso Buendía, que no quería dejar escapar
la buena pieza que ya tenía casi asegurada hasta que Mario entró como
un toro en la negociación–. Mínguez, no se quede ahí parado y haga
pasar al coronel –ordenó.
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Transcurridos unos segundos, un hombre de unos cincuenta y tan-


tos años, la misma edad que Cesáreo, entró en la sala.
Lucía unos bigotes que sobresalían a ambos extremos de la fina
cara, y que enmarcaban una tupida perilla algo canosa y acabada en
punta. El pelo comenzaba a ralear, pero por lo demás conservaba un
aspecto juvenil, resaltado por la delgadez de su cuerpo, que contrasta-
ba con la rechonchez de Cesáreo vistos uno al lado del otro.
Iba vestido con un elegante traje de color azul marino oscuro, con
chaleco, y un pañuelo anudado al cuello, muy a la moda. Portaba en
la mano un sombrero de copa baja que se había quitado al entrar, y la
larga levita del traje se encontraba desabotonada.
–¡Qué calor hace hoy, Buendía! –exclamó nada más entrar al des-
pacho del comerciante. De pronto cayó en la cuenta de que no estaban
solos en la estancia–. Perdón, no sabía que estabas acompañado –dijo
justo antes de quedarse mirando a Cesáreo fijamente–. ¿Puede ser us-
ted Cesáreo Rubio? –preguntó incrédulo.
–¡Indalecio! –replicó el aludido con una alta dosis de alegría im-
pregnada en sus palabras.
Ambos hombres se abrazaron entre risas, casi olvidándose de que
estaban en presencia de otras personas, como si aquellos treinta años
sin verse no hubieran significado nada. Después, dejaron sus manos
apoyadas cada uno en los hombros del otro, como queriendo mante-
ner el abrazo.
–¡Qué alegría! ¡Cuánto tiempo! –exclamó el militar con total sin-
ceridad.
–¡Yo también me alegro de verte! ¡Coronel, nada menos! –exclamó
con orgullo de amigo.
–¡Así es! –contestó ya más repuesto de la sorpresa inicial–. ¡Los car-
listas tienen la culpa! –añadió entre risas.
–¿Te han hecho batallar mucho? –preguntó Cesáreo en un tono
más serio.
–Sí, la verdad…, es la vida de soldado –añadió sin darle más im-
portancia.
–No he sabido nada de ti desde que dejaste Murcia. ¿Dónde has
estado estos treinta años? –preguntó Cesáreo.
–¡Me fui a América, amigo mío! –exclamó despertando admira-
ción en su compañero de juventud–. Estuve en México, a las órdenes
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de Prim, cuando lo del emperador Maximiliano, y luego unos años en


Cuba, combatiendo a los rebeldes. Lo último han sido los carlistas de
Cataluña. El general Martínez Campos tuvo a bien ascenderme a co-
ronel tras esa campaña –dijo el militar a modo de resumen–. ¿No está
mal para un chico de provincias? –preguntó sin esperar respuesta–. ¿Y
tú qué te cuentas? ¿Cómo te ha tratado la vida?
–Lo mío ha sido más tranquilo. Me he dedicado a los negocios.
Precisamente por eso estamos aquí mi hijo y yo.
–¿Este joven es tu hijo? –preguntó el coronel.
–Así es. Se llama Mario –dijo Cesáreo presentándolo al militar.
–Encantado de conocerle, coronel –dijo Mario mientras estrecha-
ba con energía la nudosa, delgada, pero fuerte mano de García-Valls.
–Igualmente. ¿Estaban siendo bien tratados por el bueno de don
Arturo? –preguntó el militar al hijo de su amigo, sin esperar una res-
puesta sincera.
–No habíamos empezado con muy buen pie, ciertamente, pero
creo que estábamos a punto de comenzar a entendernos –dijo Mario
para sorpresa de García-Valls y disgusto de Buendía, que recibió ese
comentario como un puñetazo en el estómago, al deducir del tono de
Mario que este había intentado manejarle como a un pelele, y él ni
siquiera se había dado cuenta.
Ese imbécil no sabía con quién se estaba jugando los cuartos, pensó
Buendía.
Cesáreo, consciente de las enemistades que su hijo era capaz de
granjearse en menos que cantaba un gallo, intentó calmar la situación.
–¡No, no, no, no! El señor Buendía solo miraba por el buen discu-
rrir de sus negocios, como es natural. Es un excelente comerciante, sin
duda –dijo, ante la mirada inquisitiva del coronel.
–¡Más le vale! –exclamó el militar con despreocupación–. De eso
depende en parte mi propio beneficio, dado que el señor Buendía y yo
somos socios –informó.
–¡Oh! ¡Qué feliz casualidad! ¡Tú dedicado al comercio! –exclamó
Cesáreo.
–Ya ves Cesáreo, los militares tenemos que cubrirnos las espaldas.
Nunca se sabe. Hoy estás aquí y mañana desterrado. Así es nuestra
vida –dijo el coronel abriendo las manos–. Y como el general Serrano
ya tenía copadas las inversiones en ferrocarriles, yo me he decantado
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por el mundo del comercio, entre otros negocios de provecho, claro


está –dijo entre medias sonrisas.
–Me alegro muchísimo de que las cosas te vayan tan bien –afirmó
Cesáreo con sinceridad–. Ya de joven se veía que prosperarías, pero
nunca llegué a imaginar que tanto.
–Ni yo, Cesáreo, ni yo –afirmó el militar–. Pero ya que estamos
entre caballeros –continuó–, me permitiré hablarles con franqueza, y
confiarles mi secreto –dijo añadiendo intriga a la escena–. En más de
una batalla he visto la muerte muy de cerca, pero jamás retrocedí. Y
he tenido la inmensa fortuna de no recibir ni tan siquiera un balazo en
pago a mi osadía. Por tanto, dado que estoy donde estoy gracias a la
suerte y a que le he echado huevos, he llegado a la conclusión de que…
¡la vida es cuestión de tener una suerte de cojones!
Tras la bravata del coronel todos rieron a gusto, excepto Buendía,
que se limitaba a hacerlo entre dientes, mientras notaba cómo el res-
quemor contra Mario no se había atenuado con la historia del militar.
–Por lo que veo, también ha sido una suerte que llegara en este
momento a hablar con mi socio, ya que así creo que facilitaré que
podáis hacer negocios con nosotros –afirmó García-Valls mirando a
Buendía.
–Por supuesto, coronel –afirmó con frialdad el comerciante, que
sabía que debía gran parte de su fortuna y de su futuro a que su rela-
ción comercial con el militar no sufriera ningún percance.
–Estaré encantado de hacer negocios contigo, Indalecio –dijo
Cesáreo sin nombrar para nada a Buendía, pletórico como estaba con
el discurrir de los acontecimientos.
–Y muy provechosos serán, te lo aseguro –dijo el coronel con
cierto tono de maldad en sus palabras–. Tengo mano para evitar el im-
puesto de consumos –añadió en un tono confidencial, a pesar de que
no había nadie en el despacho ajeno a ellos–. Las cosas de los cuarteles,
ya sabes. Se necesitan productos para el ejército, porque los soldados
comen igual que el resto de los mortales, y Hacienda no tiene incon-
veniente en que ciertos proveedores de confianza tengan vía libre si el
pedido es militar –aseguró el coronel reconociendo la corruptela sin
asomo de vergüenza–. El señor Buendía sabe dónde tiene que acudir
en mi nombre, tú no te preocupes por nada. Conmigo te van a ir
muy bien las cosas –sentenció ante la cara de felicidad del fabricante
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de especias–. De algo me tiene que valer haberme jugado la vida por


España, ¿no te parece, querido Cesáreo?
–Por supuesto, Indalecio –dijo el murciano jovialmente–. Yo ya
estoy deseando comenzar a trabajar contigo y con el señor Buendía.
–¡Entonces todos felices! –exclamó el coronel.
Sin embargo, no todos estaban tan pletóricos. Solo Buendía, mien-
tras maldecía internamente la poca discreción del coronel, percibió
que en la cara de Mario no se reflejaba toda la alegría que emanaba del
rostro de su padre.
El joven no estaba a gusto haciendo tratos con militares corruptos.
Nunca había sido un muchacho inocente, y sabía que la práctica to-
talidad de ellos, así como los altos funcionarios, utilizaban sus cargos
de una manera o de otra en beneficio propio, pero verlo en primera
persona le asqueó.
Él había jaleado en las calles de Murcia la proclamación de la
República, junto a su admirado Antonete. Se suponía que el nuevo
Estado acabaría con estas corruptelas. El pueblo debía ser lo primero.
Para eso se había depuesto a la corrupta monarquía.
Por supuesto, Mario estaba totalmente en contra del impuesto de
consumos, una carga injusta, que gravaba al pueblo llano, pero aque-
llo que estaba proponiendo el coronel era todavía peor, puesto que se
detraía el dinero necesario para el Estado, beneficiando con ello sola-
mente sus propios bolsillos, lo que redundaría, como era la costumbre,
en un mayor esfuerzo fiscal de la gente más humilde.
Observar el descaro y la impunidad con la que los mismos de siem-
pre utilizaban los resortes de poder para lucrarse a costa del bien co-
mún estaba produciéndole náuseas.
Comprobar, además, que Buendía había tratado de timarles más
allá de lo que había imaginado, le enervaba, aunque por respeto a su
padre, y a la amistad que lo unía a aquel militar, contuvo sus pensa-
mientos y sus ansias de romperle la cara al comerciante.
–¡Esto hay que celebrarlo! –exclamó el coronel–. Y ya sé cómo
–anunció–. Cesáreo, tú y tu hijo os vais a pasar por mi casa mañana
por la noche. Doy una fiesta, para celebrar el futuro compromiso ma-
trimonial de mi hija Lucía, y me gustaría muchísimo que asistierais.
La proposición pilló por sorpresa a padre e hijo, que no supieron
qué contestar.
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–Sí, sí, no me mires con esa cara, Cesáreo. No has sido tú el único que
ha tenido hijos –dijo el militar sin dejarlo replicar sobre su invitación
a la fiesta–. Lucía es mi mayor tesoro, querido amigo. Tiene veintiún
años, y le hemos conseguido un marido con mucho futuro en el esca-
lafón militar. Estoy seguro de que llegará a general –añadió con orgu-
llo–. Luego está Cancio, mi hijo menor –agregó con un tono de re-
signación–. He intentado hacer carrera de él, pero me ha salido un
crápula. A sus diecinueve años, aún no tiene claro a qué se quiere
dedicar –dijo con pesadumbre–. Después de la boda de su hermana
lo voy a meter en el ejército. ¡Qué suerte has tenido tú, Cesáreo! –dijo
señalando a Mario.
–¿Eh? –exclamó Cesáreo aún pensando en cómo rechazar la oferta
de su amigo respecto a la fiesta sin parecer desconsiderado.
–¡Con tu hijo! –exclamó el militar–. Se nota a la legua que es un
hombre hecho y derecho. Simplemente dándole la mano ya se nota
que es echado para adelante –agregó.
–Sí, sí, por supuesto. Es muy buen muchacho, y me ayuda mucho
en los negocios –aseguró Cesáreo mirando a Mario con orgullo de
padre, aunque la sonrisa que le devolvió la cara del joven no mostraba
mucha alegría.
Sin embargo, el coronel parecía observar a padre e hijo casi con
envidia.
–Lo dicho entonces. Os espero en mi casa a las ocho –dijo de pron-
to, casi ordenándolo–. Calle de la Cruz, la casona que hay al lado del
puesto de prensa –informó–. Yo lamentablemente me tengo que ir ya.
El general Martínez Campos me está esperando. ¡Qué alegría haberte
encontrado, Cesáreo! –exclamó el coronel.
–Indalecio, yo te agradezco muchísimo la invitación –se atrevió
a decir el murciano–, y te felicito de corazón por el enlace de tu hija,
pero… no hemos viajado preparados para una fiesta de etiqueta –dijo
con cierto pesar el fabricante de especias.
El coronel se quedó pensando un momento.
–No había pensado en eso… a ver… ¡Arturo! –exclamó con tono
marcial–. ¿Tú no tienes un amigo sastre que alquila fracs?
–Sí, así es –aseguró Buendía con desgana, pues se encontraba como
ausente hacía rato–. Severino Serna. Está aquí cerca. Puedo mandar a
Mínguez para que los acompañe.
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–¡Solucionado pues! –exclamó el coronel–. Ahora me tengo que


marchar –dijo antes de dirigirse a su socio–. ¿Mínguez tiene prepa-
rado lo mío y lo del general? –preguntó el militar sin reserva alguna,
refiriéndose a los sobres que puntualmente Buendía pagaba a ambos
militares a cambio de sus favores. Al fin y al cabo estaban entre
amigos.
–Como siempre, coronel. Hable usted con él –ofreció el comer-
ciante.
–El lunes seguiremos tratando de los negocios que vamos a ha-
cer con nuestros amigos de Murcia –dijo, dirigiéndose al mayorista–.
¡Hasta mañana a todos! –se despidió el coronel, tras lo que, después
de efectuar un breve saludo con su sombrero, salió de la habitación,
dejando a todo el mundo en silencio.

–Sí, este frac será de su talla –aseguró don Severino, el sastre de con-
fianza de Buendía–. Vaya usted probándoselo, caballero –añadió
con sus formas afeminadas, dirigiéndose a Mario–. Sin embargo, para
usted –dijo mirando a Cesáreo de arriba abajo sin mucha fe–, me temo
que tendremos que hacer algún apaño. Déjeme mirar en el almacén
–agregó antes de desaparecer tras la cortina que hacía de puerta al am-
plio probador.
–No me gustan este tipo de tratos –soltó Mario a bote pronto, ya
que había estado esperando la oportunidad de hablar a solas con su
padre desde el mismo momento en el que el coronel abandonó el des-
pacho de Buendía, algo que no había podido hacer a causa de la pre-
sencia de Mínguez, que los había conducido hasta la sastrería–. Estos
militares, siempre aprovechándose de su condición –se quejó.
–No seas ingenuo, hijo. Los ricos no lo son por casualidad –ase-
guró convencido de lo que decía–. Hay que saber jugar las buenas ma-
nos que el destino, de vez en cuando, pone a nuestra disposición. ¡Por
fin empiezan a salir las cosas bien! –exclamó.
–Padre, si la buena gente no hacemos nada para mejorar las cosas,
solo podemos esperar que este país no cambie nunca –dijo Mario, que
estaba empezando a elevar un poco el tono de voz.
–¿La buena gente? –preguntó–. ¿Quién te has creído tú para arro-
garte tal título? ¿Es que acaso es mala gente el coronel, solo porque
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busca lo mejor para sus intereses? Él se ha batido por España. ¿Eso no


cuenta? ¿Sois los republicanos la buena gente y el resto no?
–Al menos nosotros no nos aprovechamos de nuestra posición
para hacernos ricos –replicó Mario–. Yo también he luchado y me
he jugado la vida para que se estableciera la República, padre, y lo sabe
–añadió en tono de reproche, recordando, para disgusto de Cesáreo,
las algaradas en las que había seguido a Antonete–. Cuando todo esté
más desarrollado, y la República tenga su Constitución y un Gobier-
no elegido por el pueblo, estas cosas empezarán a dejar de pasar
–aseguró.
–¡No me hables de política otra vez, hijo, por favor! –se quejó
Cesáreo–. ¡Hemos venido a hacer negocios! –exclamó–. ¿O es que
no quieres que podamos pagar nuevas máquinas para la fábrica? ¿No
quieres que tus hermanas puedan hacer un buen matrimonio, como
Lucía, la hija del coronel? ¿No quieres que tus padres tengan una ve-
jez desahogada? ¡Despierta hijo! –exclamó–. En los negocios hay que
andarse con menos remilgos. La gente como García-Valls o Buendía
son los que siempre van a tener la llave que abre las puertas precisas,
gobierne quien gobierne.
–No me trates como a un niño, padre –advirtió Mario–. Sabes per-
fectamente que mi mayor afán es que nuestro negocio prospere. Pero
eso no debe estar reñido con hacer las cosas honrada y legalmente.
–¿Legalmente? –replicó Cesáreo con ironía–. ¿Cuándo son las co-
sas legales? ¿En el momento en el que convienen a uno? No, hijo –dijo
elevando asimismo el tono de voz–. ¿Me vas a decir ahora que fue legal
cuando te uniste a Gálvez para entrar en Murcia con su partida de re-
beldes, a tiro limpio, para incitar a la revolución contra el rey Amadeo?
Porque si no llega a ser por la señora Pura, la amiga de tu madre, que
te conoce desde niño y te ocultó a tiempo en su casa de Belluga, te
hubiera pasado lo que a él, que tuvo que huir escapando de la pena de
muerte con todos sus desarrapados de Beniaján y Torreagüera. ¡Ahí sí
te parecía bien rebelarte contra la ley! ¿¡No!? ¿¡Qué se te habría perdi-
do a ti con ellos!? –se quejó, como tantas veces había hecho durante
aquellos años.
–¡No se confunda, padre! –replicó con vehemencia Mario–. ¡Eso
no era saltarse la ley! ¡El hombre está legitimado para rebelarse contra
la injusticia y luchar por sus ideales! –añadió.
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–¡También Gálvez protestaba contra el impuesto de consumos!


¿O es que no te acuerdas? –dijo Cesáreo intentando encontrar más
incoherencias en el discurso revolucionario de su hijo–. ¿Ahora sí te
parece bien el dichoso impuesto?
–Padre, este Gobierno es legítimo. Lo han aprobado las Cortes,
y estoy seguro que en su afán está quitar el impuesto, acabar con las
quintas que desangran a nuestra juventud y modernizar el país, pero
mientras no se deroguen esas leyes, me asquean las personas que utili-
zan su poder para enriquecerse a costa del pueblo. Solo digo eso. ¿Tan
difícil es de entender? –preguntó Mario con desesperación.
Cesáreo no contestó. En vez de eso, buscó algo para sentarse, pues
últimamente notaba que se le cargaban las piernas si permanecía mu-
cho tiempo de pie. Encontró un taburete forrado en tafetán verde, y
aposentó su redondo cuerpo en él.
–Hijo, yo puedo llegar a entenderte –dijo ya en un tono más conci-
liador–, pero tú entiéndeme a mí –imploró–. Cuando tengas mi edad,
comprenderás que al final todo el mundo te usa para su propio interés,
incluidos esos políticos republicanos que tanto admiras –añadió con
abatimiento–. Te defraudarán todos, y en el fondo lo sabes. Al final
lo que importa es lo que hayas conseguido en tu vida, para ti y para tu
familia. Vosotros sois lo que más quiero, y solo deseo que tengáis una
buena vida, larga y provechosa. Todo lo demás me importa menos
–concluyó.
–Papá… –dijo Mario ya más tranquilo, utilizando el apelativo ca-
riñoso que solo usaba cuando veía vulnerable a Cesáreo, como ahora
lo estaba viendo.
–No, hijo, déjame terminar –rogó el veterano fabricante de espe-
cias–. Tengo la ilusión, ya desde hace tiempo, de que encuentres una
mujer que te haga feliz, y que nos dé nietos a tu madre y a mí –dijo
sincerándose–. Sé que eres perfectamente capaz de hacer de este ne-
gocio una empresa próspera, y aunque no te lo he dicho nunca, estoy
muy orgulloso de ti.
Mario dejó de abotonarse el chaleco del frac para observar a su pa-
dre muy atentamente.
–Es hora ya de que sientes la cabeza, olvides todos esos ideales tan
elevados, y dejes de acudir a esas reuniones políticas a las que vas.
Tengo miedo por ti. Tengo miedo por tu madre, por tus hermanas, y
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por mí –sentenció Cesáreo levantándose de su taburete y agarrando a


su hijo por los brazos.
–Padre –dijo Mario volviendo al tono formal–. Nada hay en mi
ánimo en contra de casarme y tener hijos, ni tampoco en continuar
con la empresa que tú has fundado –dijo mirando a su padre a los
ojos–. Pero hace tiempo que opino que un hombre tiene la sagrada
obligación de luchar por lo que cree –añadió–. No me pidas que cam-
bie eso, porque nunca lo podré hacer.
Cesáreo bajó los brazos, derrotado.
–Una cosa al menos sí te voy a pedir –dijo Cesáreo–. Mientras yo
esté al frente del negocio, las decisiones que se tomen son de mi exclu-
siva responsabilidad –añadió con dureza.
–Soy plenamente consciente de ello, padre –afirmó Mario volvien-
do al apelativo formal.
–Es por eso que te pido que no cuestiones el contrato que vamos a
firmar con el señor Buendía, y que no interfieras ni pongas obstáculos
a nuestra relación comercial –impuso Cesáreo.
Mario miró a su padre, para volver la mirada hacia el espejo con el
fin de terminar de anudarse la pajarita del frac.
–No pondré impedimento, si ese es su deseo, padre –afirmó con
rotundidad sin dejar de mirar su reflejo.
En ese momento hizo su entrada don Severino, con un frac dobla-
do colgando del brazo.
–Creo que he encontrado un traje que puede ser de su talla, con
algunos pequeños arreglos, por supuesto –dijo el propietario de la sas-
trería dirigiéndose a Cesáreo.
El estirado sastre no le había dado importancia al hecho de que
Mínguez estuviera sospechosamente cerca de la gruesa tela azul que ha-
cía las veces de puerta del vestidor cuando él había llegado, totalmente
en silencio y atento a lo que se decía dentro.
La presencia junto al probador del vil secretario de Buendía no res-
pondía a la casualidad. Simplemente se estaba encargando de cumplir
sin rechistar, como siempre hacía, los mandatos de su señor.

–¿Y bien? ¿Cómo ha ido la cosa, Mínguez? –preguntó Buendía–. ¿He-


mos conseguido vestir decentemente a esos pueblerinos?
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–Sí señor, sin problemas –contestó el secretario–. Incluso diría que


les quedaban muy bien los trajes –añadió.
–Guárdese su experta opinión y dígame si tiene algo interesante
que contarme –exigió Buendía con el poco tacto que solía gastar con
su esbirro.
–Pues sí, señor –contestó Mínguez haciendo caso omiso, como
siempre, a los exabruptos que su jefe le dirigía–. Parece que los pro-
blemas políticos no solo están en el Congreso de los Diputados. Al
parecer afectan también a nuestros amigos murcianos –dijo Mínguez,
cuyo servilismo no era incompatible con una inteligencia afilada y un
sentido del humor irónico.
–Interesante –dijo Buendía–. Cuente, cuente.
–¿Sabe usted quién es Antonete Gálvez? –preguntó Mínguez.
–No me suena de nada –contestó Buendía con sinceridad.
–Es un republicano revolucionario murciano que ha estado varias
veces condenado a muerte –contestó Mínguez, que ya suponía el des-
conocimiento de su jefe sobre aquel personaje.
–¿Y? –preguntó Buendía, que no entendía adónde quería llegar su
secretario.
–Pues resulta que nuestro joven y futuro socio comercial…
–No si yo puedo evitarlo –interrumpió Buendía.
–Nuestro joven enemigo, pues –retomó Mínguez, cambiando iró-
nicamente el apelativo a Mario–, resulta que es un admirador acérri-
mo de Gálvez, e incluso ha participado en alguna revuelta junto a él,
parece ser –dijo el secretario.
–¿Y qué tiene eso de malo? Ahora los republicanos están en el po-
der –replicó Buendía.
–Pero resulta que sé que el coronel odia profundamente a Gálvez
–dijo Mínguez con una media sonrisa.
–Vaya, ahora empiezo a estar interesado –reconoció Buendía.
–Parece que tuvo algún altercado con él cuando eran jóvenes, y
además le avergüenza que haya sido en Murcia donde más arraigo
hayan tenido las revueltas republicanas de estos últimos años. Le echa
la culpa de todo al tal Gálvez, al que tacha de revolucionario y traidor.
Ya sabe que no hay nada que odie más el coronel, desde su época cu-
bana, que a los revolucionarios. Es el peor insulto que escuchará de sus
labios –sentenció el secretario.
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–¡Y yo que me alegro de ello! –exclamó Buendía irónicamente,


pues para él la política no era nada más que algo que había que evitar
o sobornar para llevar a cabo sus negocios.
–Lo sé porque en cierta ocasión, hace ya bastante tiempo, le oí
comentar todo esto al coronel con el propio Martínez Campos, expre-
sándole su disgusto por los indultos concedidos en la amnistía de 1870,
y si no recuerdo mal, el único nombre que se mencionó en esa ocasión
fue el del murciano, del cual el general comentó: «Ese hijo de la gran
puta de Gálvez se libró del garrote otra vez. Si fuera por mí, ya estaría
ejecutado» –recitó Mínguez.
–¡Estupendo! El general Martínez Campos acudirá sin duda a la
fiesta de pedida de Lucía –pensó en voz alta Buendía.
–Me alegro de que mi memoria le haya sido de utilidad –replicó
Mínguez reclamando un agradecimiento de su jefe que sabía de an-
temano que no tendría, y con una ironía que Buendía era incapaz de
captar.
–Ahora solo hay que buscar el momento y la situación precisa para
que el coronel o el general, y ese niñato presuntuoso, tengan algunas
palabras sobre el tema. Tendré que pensar la manera –siguió pensando
en voz alta Buendía, haciendo caso omiso al comentario anterior de
Mínguez.
–Sospecho que, en buscar rencillas, el señorito Cancio es un estra-
tega consumado –propuso el hábil secretario, sin que su jefe le hubiera
pedido consejo.
–¡Sí! ¡Eso es! ¡Echaré mano de ese pervertido! –exclamó Buendía,
como si la idea hubiera sido suya, saboreando el momento en el que
echaría por tierra los negocios con los Rubio.
De pronto, Mínguez se acordó de algo.
–Por cierto, su hija y la señorita Lucía están aquí. Han venido a
buscarle para acompañarle a casa y comer juntos –informó.
–¡Haberlo dicho antes, Mínguez, coño! –protestó Buendía.
–Lo siento, no quería dejar de hacerle partícipe de mis averigua-
ciones… Por cierto, resulta que las muchachas han conocido a los
Rubio… Las he dejado hablando con ellos. He pensado que mi pre-
sencia estaba de más y, además, debía hablar con usted. Supongo que
ya estarán por aquí, dado el tiempo transcurrido…
–Está bien, Mínguez, no me dé la tabarra –cortó Buendía a su
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subalterno–. La próxima vez me avisa antes –añadió mientras cogía el


abrigo y el sombrero.
–Así lo haré, señor –respondió Mínguez, sumiso como siempre.
–Me voy a comer –informó despectivamente Buendía.
–Estupendo señor. Que le aproveche –respondió Mínguez en un
tono de voz tan neutro como toda su persona.
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2. PREPARATIVOS DE BODA

Madrid, viernes 18 de abril de 1873,


unas horas antes de la entrevista en el despacho de Buendía.
Salón de modas de la señora Forcadell

–No me terminan de convencer los bordados de flores, por más que me


insistas, mamá –dijo Lucía García-Valls observando con disgusto los
adornos florales de la cola de su vestido de boda, desde la altura que le
proporcionaba la pequeña peana en la que se había subido para com-
probar el resultado de los últimos arreglos efectuados a su traje de novia.
El severo halo de la mirada de su madre, doña Carmen de García-
Valls, sobrevolaba toda la escena, mientras que la ajetreada modista, la
señora Forcadell, seguía colocando y recolocando la cola del vestido,
sobre la que había fijado con alfileres aquel bordado sobrepuesto.
–Las flores quedan muy bien –replicó tajante doña Carmen–, yo
misma las llevé en mi propio vestido de boda, que estaba inspirado en
el que vistió la mismísima reina Victoria cuando se casó con Alberto
de Sajonia –añadió dejando claros sus profundos conocimientos sobre
la aristocracia y sus gustos.
–La reina Victoria se casó hace más de treinta años –protestó
Lucía–. Me gustaría llevar algo más moderno el día de mi boda.
–Ahora está muy de moda recuperar lo que se llevaba a mediados
de siglo –intervino la señora Forcadell–. Lo antiguo siempre vuelve
cada tanto tiempo. Si añade esta tela bordada, su vestido estará a la
última –aseguró con seriedad profesional.
–Hazle caso a la señora Forcadell, que sabe lo que dice –incitó doña
Carmen–. No en vano se ha formado en el salón más renombrado de
Barcelona –añadió haciendo con ello empavonarse a la modista.
–Por eso sé de lo que hablo –respondió con orgullo la catalana–.
Allí se trabaja sobre todo la moda parisina, que como todo el mun-
do sabe es la capital del buen gusto y la elegancia. Yo, desde que me
instalé en Madrid, he seguido esa forma de trabajar, por eso estoy tan
segura de que el sobrebordado…
–Yo quiero algo sencillo, y las flores no me gustan, lo siento –cortó
Lucía con sequedad–. No voy a cambiar de opinión por mucho que
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mi madre se empeñe en ello –añadió tajante dirigiéndose a la modista,


para disgusto de las dos mujeres, e inquietud de Amalia Buendía, la
mejor amiga y confidente de Lucía, que observaba la escena discreta-
mente, sentada en un pequeño sillón estilo María Antonieta, arrinco-
nado en el punto de la sala más alejado que pudo encontrar de doña
Carmen.
Aquella señora le causaba cierto temor, y si no fuera por la insis-
tencia de la que había echado mano Lucía para convencerla, y de que
no era capaz de negarle nada a su amiga, jamás se le hubiera ocurrido
estar allí.
–¡Las jóvenes! –replicó doña Carmen–. ¡Os creéis que lo sabéis
todo! ¡No admitís consejos! –protestó.
–¡Es mi boda, mamá! –contestó Lucía sin miedo a seguir enojando
a su progenitora–. Es una vez en la vida, y pienso llevar lo que de ver-
dad me guste. Te agradezco el consejo, pero yo decidiré cómo quiero
que sea mi vestido –concluyó.
Amalia Buendía admiró la seguridad que emanaba de su amiga,
ya que consideraba que ella misma adolecía de cierta falta de carácter.
Por eso siempre había seguido la estela de Lucía, disfrutando con la
forma de ser resolutiva y vivaracha que a ella misma le hubiera gustado
tener y que sabía que jamás poseería.
Sin embargo, las diferencias entre ambas jóvenes estaban acusán-
dose demasiado últimamente, y Amalia sentía que algo estaba cam-
biando entre ellas por momentos.
Mientras seguía, casi ajena, las discusiones entre Lucía y su madre,
meditaba sobre su propia relación de amistad, e intentaba descubrir el
porqué de la rebeldía que estaba echando raíces en el alma de Lucía, y
que las estaba comenzando a separar.
Constató, observando a su amiga subida en su pedestal de novia,
ciertamente incómoda con aquellas pruebas de vestido que hubieran
cumplido el sueño de cualquier jovencita, lo evidentemente que Lu-
cía mostraba que cuanto más cercana se encontraba la fecha de la
boda, planeada para finales de junio de ese año, más acusaba esa rebel-
día, y concluyó que, sin duda, había una relación directa entre ambos
hechos.
Amalia no terminaba de comprenderla, dado que el fin de toda
mujer era fundar una familia y cuidar de su marido. Y si el marido era
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alguien como Leandro, la felicidad debía ser completa. Por lo menos


para ella lo sería, pensaba, si estuviera en el lugar de Lucía.
Leandro Cerón era un joven militar, muy bien relacionado, y
ayudante personal del general Serrano, que a su vez era muy ami-
go del general Martínez Campos, el principal valedor de García-
Valls.
El coronel había sido el que había insistido en presentar al joven
ante su hija, y esta recibió con agrado el flirteo del militar.
No en vano, este era bastante agraciado, educado y de buena posi-
ción. No se podía pedir más. Y aunque había algo que hacía que Lucía
no terminase de estar ilusionada con Leandro, creía que, tal y como
decía su madre, terminaría enamorándose de él.
Lucía había sido, desde niña, impetuosa, idealista y algo rebelde,
pero pesar de ello Amalia siempre creyó que, en el fondo, compartían
una misma filosofía de vida. Sin embargo su amiga parecía empeñada
en no querer aceptar de buena gana su prometedor destino.
A veces, Amalia creía que Lucía llevaba demasiado lejos su rebeldía
en los últimos tiempos. Por su causa había debido ocultarle ciertas
cosas a sus propios padres, como las escapadas al café Levante, o las
lecturas prohibidas, algo que la desasosegaba profundamente.
Aquel lugar, aunque elegante, se había convertido en lugar de re-
unión de una multitud de aspirantes a politicuchos, y en él habían
pasado algunas tardes escuchando las, en ocasiones, exaltadas conver-
saciones que allí se producían.
Amalia pensaba que la política no era cosa de mujeres, y sin em-
bargo no se había atrevido a pedirle a su amiga no acudir al estableci-
miento, dada la ilusión con la que parecía escuchar las discusiones allí
sostenidas.
Que si la República debía ser federal, que si unitaria, que si la liber-
tad del pueblo, que si este derecho, que si el otro, que si Amadeo había
sido buen rey o no, que si las quintas para la guerra de Cuba eran nece-
sarias o el pueblo se debía sublevar ante ellas, que si los carlistas, que si
la Constitución o este o el otro para presidente… ¿Qué le importaban
a ellas esas cosas? ¡Las mujeres ni siquiera podían votar!
Además, todo aquello le daba miedo. Ese no era su lugar. Esperaba
que Lucía no volviera a arrastrarla hasta allí nunca más. Se negaría la
próxima vez. Sí; eso haría, pensó.
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Menos mal que, aunque escasas, no eran las únicas mujeres allí
presentes, y tampoco permanecían allí el tiempo suficiente para llamar
demasiado la atención, puesto que a Lucía tampoco le interesaba que
alguna conocida fuera con el cuento a su madre.
Lucía y ella habían sido amigas durante años, y a la hija del militar
siempre le había gustado descubrir sitios nuevos en sus paseos de tarde.
Era como un juego secreto casi infantil, y a Amalia siempre le había
divertido la emoción con la que Lucía recorría alguna callejuela en
la que descubrir la entrada trasera de alguna tienda de ultramarinos,
por la que se podían oír las discusiones de los comerciantes, o en esas
mismas calles, pillar in fraganti a alguna pareja indiscreta besándose a
escondidas.
Amalia había sido su fiel compañera en esas inocentes aventuras
vespertinas por Madrid, explorando en cada ocasión un poco más allá
de las calles que consideraban su mundo, adentrándose en el Madrid
más popular.
Lo cierto era que, desde que Lucía tenía novio formal, las visitas y
paseos vespertinos habían menguado bastante, dado que Leandro la
visitaba dos o tres tardes por semana.
Sin embargo, las ansias por descubrir cosas nuevas por parte de
Lucía aumentaban al mismo ritmo que avanzaba su compromiso ma-
trimonial. Notaba que, para su amiga, aquellas salidas con ella eran
como un soplo de aire fresco.
Pero lo del café Levante estaba siendo demasiado para su gusto.
Las modernas cafeterías no eran lugar para dos mujeres sin acompa-
ñamiento, pensaba, por más que últimamente se hubieran puesto de
moda entre las solteras de su edad.
Lucía también la había arrastrado en alguna ocasión hasta la li-
brería Internacional, otro nido de gente extraña, según la opinión de
Amalia, en el que su amiga había conseguido aquel libro que le había
impresionado tanto, El manifiesto comunista, que guardaba en el ma-
yor de los secretos.
El texto era viejo, pero la traducción al castellano había salido
apenas el año anterior. Además, su lectura les había sido recomen-
dada por el conocido periodista y autor de La fontana de oro, don
Benito Pérez Galdós, que había conversado con ellas una tarde en el
café Levante, tras escuchar juntos un debate ajeno, por lo que a raíz
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de la especializada recomendación, la hija del coronel se había sentido


atraída irrefrenablemente hacia su lectura.
Después de acabarlo, Lucía había incitado a Amalia a hacer lo pro-
pio, defendiendo con ardor el análisis de la sociedad que hacían los
autores, Karl Marx y Friedrich Engels. Le había hecho entender que,
para ella, aquel compendio de extrañas ideas suponía algo así como un
libro profético.
Amalia consideró la obra acertada en algunos análisis de la realidad,
y un compendio de disparates en otros extremos, sobre todo la última
parte, en la que hacía un llamamiento a los proletarios para que derro-
caran a la burguesía y tomaran el poder de una manera violenta, pero
no había conseguido que su amiga menguara su fascinación por la obra.
Mientras la señora Forcadell seguía tomando medidas al vestido de
Lucía, Amalia rememoró aquella soleada tarde de marzo, hacía un par
de semanas, en la que tuvo la inoportuna idea de sacar a relucir su opi-
nión sobre aquella obra literaria, durante un paseo en el que sus pasos
las llevaron de la Plaza Mayor a la Puerta del Sol.
–Ya he terminado de leer el libro que me prestaste. ¡Espero que sus
previsiones nunca se cumplan! –le dijo Amalia a Lucía en un tono jo-
vial y despreocupado, mientras observaba el juego de luces y sombras
de los árboles del paseo, desprovistos ya de su vestimenta vegetal–. Si
así fuera, sería nuestro fin –añadió riendo, como si fuera una cosa que
nunca pudiera ocurrir.
–¿De verdad piensas eso? –preguntó Lucía después de meditar unos
segundos sobre lo que le había dicho su amiga.
–Sí, claro –contestó sin dudar Amalia–. Tú y yo pertenecemos a la
burguesía, y este libro incita a la destrucción de los burgueses y la toma
del poder por parte del proletariado –razonó su amiga, dando por cier-
to lo que para ella era una verdad evidente.
–Creo que no lo has entendido bien. El libro lo dice muy claro:
nosotras no somos burguesas –contestó Lucía para sorpresa de su ami-
ga–. Veamos –continuó, como si fuera a dar comienzo a una impor-
tante explicación académica–, tú eres hija de un comerciante, exitoso
sin duda, pero no es en modo alguno un gran industrial. ¿Correcto?
–preguntó sin esperar el asentimiento de su amiga–. Yo soy hija de
un militar, de alta graduación –continuó–, pero que proviene de una
familia normal, no de terratenientes, que no está, y probablemente
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nunca esté, en la cúspide del ejército. ¿Me equivoco en algo? –pregun-


tó de nuevo.
–No, así es –corroboró Amalia, que no sabía adónde quería llegar
su amiga.
–Según el libro, solo existen dos clases –continuó Lucía–: los bur-
gueses y el proletariado. Los burgueses son los dueños de la tierra, los
medios de producción y el poder político. El proletariado son los obre-
ros, campesinos y todos los que estamos al servicio de los burgueses de
una manera u otra, bien ofreciéndoles servicios o bien controlando al
proletariado más pobre. Por tanto, nosotras, sin duda, pertenecemos
al proletariado, lo quieras o no –sentenció Lucía mirando intensamen-
te a su amiga.
–Pues… yo no me siento proletaria… Nosotras no somos de la
aristocracia, pero de ninguna manera somos pobres –replicó Amalia
con convicción.
–No confundas proletariado con pobreza. No somos tan pobres
como puede ser un obrero o un asalariado, eso es verdad –concedió
Lucía–, y no nos podemos quejar de la vida que llevamos, pero lo
cierto es que el mundo tiende a dividirse cada vez más entre quienes
lo tienen todo y los que se reparten las migajas, y nuestras familias,
nos guste o no, están ahora mismo al servicio de los primeros, cuando
deberían estar protegiendo al pueblo, del que en realidad provienen
–aseguró cada vez más encendida en su discurso–. ¿¡Te parece bien
que cuatro terratenientes y cuatro generales posean casi toda la riqueza
del país!? –preguntó la hija del coronel.
–Pero siempre ha habido y habrá ricos y pobres… lo dijo hasta
Jesucristo. Es el orden natural de las cosas… No todos podemos te-
ner riqueza… porque en ese caso todos seríamos pobres… –contestó
Amalia buscando una justificación para la injusticia social en frases
que había escuchado de su padre en más de una ocasión.
–Sí, eso es lo que nos han enseñado desde jóvenes… pero quizá no
vaya a ser siempre así –replicó ante la mirada confusa de Amalia–. El
mundo ha evolucionado mucho en muy poco tiempo. Ahora hay má-
quinas, medios de comunicación y conocimientos científicos que hace
cincuenta años eran impensables. Todo eso tiene que estar al servicio
de la humanidad, no para que unos pocos ricos se hagan todavía más
ricos, ¿no crees? –preguntó.
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Amalia se quedó pensativa, descubriendo que, en realidad, no sen-


tía que toda la riqueza tuviera que pertenecer a todos, y por mucho
que le insistiera su amiga, ella se sentía una burguesa que nada tenía
que ver con los proletarios, en su mayoría analfabetos y pobres.
–Bueno, dentro de poco creo que te olvidarás de estas cosas –con-
testó para evitar responder a la pregunta y cambiar de tema, puesto
que en el fondo no veía el provecho que iba suponer para ellas seguir
con aquellas diatribas filosóficas, y le desasosegaba el ardor con el que
Lucía las defendía–. En cuanto tengas hijos no tendrás tiempo más
que para pensar en tu familia, ¿no crees? –preguntó Amalia, no sin
un cierto toque de tristeza, ante el próximo enlace matrimonial de su
amiga.
Lucía había detectado inmediatamente el pesar en las palabras de
Amalia, y tenía perfecto conocimiento de dónde provenía aquella tris-
teza. Rubén.
Desde que Amalia supo que Lucía se casaba, el chico había vuelto
con fuerza a su pensamiento.
Rubén había sido el novio de Amalia hasta hacía un año escaso,
más o menos el tiempo en que Leandro había comenzado a cortejar a
Lucía.
No es que hubiera sido un amor muy apasionado, pero sí tenían
mucha ilusión por formar una familia y criar niños.
El joven era inteligente, y habría sido un estupendo marido, que
sin duda, a falta de hermanos varones de Amalia, habría continuado
con los negocios de su padre de una manera natural.
Sin embargo, un día se hizo un pequeño corte con un trozo de hie-
rro oxidado. Nada importante. Hasta que tres semanas después murió
de tétanos entre espasmos terribles.
Amalia lo había llorado sinceramente, por él y por el futuro que po-
drían haber tenido y que en ese momento se desvaneció, como cuando
se despierta de un sueño feliz truncado en pesadilla.
Ahora esperaba en silencio, una vez pasado el tiempo de luto
prudencial, y sin confiarlo aún a Lucía, pero con un deseo cada
vez más fuerte, encontrar pronto otro Rubén que la completara como
mujer.
–Ya… sí… Supongo –contestó Lucía sin mucho énfasis al recorda-
torio que Amalia le había hecho acerca de su próxima boda, y que la
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hizo volver de golpe al mundo real, en el que ella vivía cada día, dejan-
do en el rincón de las fantasías lo leído en aquel libro revolucionario.
–No lo dices muy convencida. ¿Es que no amas a Leandro? –se
atrevió a preguntar Amalia, que verbalizó así las dudas que veía refle-
jadas cada día con más claridad en su amiga.
Lucía se quedó pensando unos momentos.
–Claro que sí… –titubeó indecisa–. Por supuesto que le tengo ca-
riño –añadió con más firmeza.
–Eso no es amar –sentenció Amalia.
–La verdad es que no sé si alguna vez podré amarlo –reconoció
Lucía–. Leandro es guapo, amable, apuesto…, me trata muy bien.
Además, mi padre está entusiasmadísimo con él. ¡Cree que va para
general! Si lo pienso, creo que fue él, más que yo, el que le dijo que sí al
matrimonio –se sinceró–. Pero era lo que debía hacer, ¿no? –preguntó
con fatalismo–. Ya tengo una edad… y yo había dejado que me visita-
ra, le había dado esperanzas, era mi mejor pretendiente… y tampoco
es que ninguno de los anteriores me hubiera gustado, así que le dije
que sí. Quizá me precipité –confesó agobiada.
–¿Por qué no me has comentado antes esto? –preguntó Amalia
molesta porque su amiga no hubiera sido del todo sincera con ella–.
Siempre me había parecido que estabas ilusionada con Leandro. Si no
estabas segura deberías haberlo dicho –añadió Amalia enfadada ante la
actitud de su amiga por los remilgos hacia su novio, que ya lo hubiera
querido ella para sí.
–No lo sé, Amalia –respondió Lucía–. Quizá había aceptado que
las cosas son así, y llevaba la situación como se suponía que debía ha-
cerlo –añadió–. Las mujeres tenemos que casarnos mientras aún ten-
gamos juventud y haya alguien que nos quiera. Debía estar contenta
porque Leandro se hubiera fijado en mí. Eso decía mi madre.
–Es tu vida, no la de tu madre –dijo Amalia con dureza–. Te creía
más valiente –reprochó a su amiga.
El dardo que Amalia le acababa de lanzar la hirió más de lo que le
hubiera gustado reconocer. La joven se quedó mirando a su amiga con
una sombra de enfado en su rostro.
–Siento mucho haberte decepcionado –contestó con frialdad.
–Perdona –respondió Amalia arrepentida inmediatamente por su
actitud–. No quería decir eso.
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Sin embargo, Lucía seguía dolida, y no pudo evitar verbalizar lo


que le vino a la cabeza en ese momento.
–Amalia, tú bien sabes el destino que le espera a una mujer que no se
casa en el mundo en el que vivimos –reprochó Lucía, devolviendo casi
sin querer el golpe recibido, y removiendo con ello la peor de las pesa-
dillas para su amiga–, Leandro es un partidazo –reconoció–, esa es la
verdad, y yo… no soportaría decepcionar a mi padre… Al fin y al cabo,
Leandro será un buen marido, y yo le tengo cariño, de verdad. Sí, me ca-
saré con él. No todos los matrimonios se basan en una pasión amorosa,
y yo, en realidad, nunca he tenido ninguna –admitió–. Seré una buena
esposa y madre. Es lo que mi padre y la sociedad esperan de mí, ¿no?
Pues ya está –añadió con un cierto tono de desprecio en sus palabras.
–A veces me desconciertas –dijo Amalia aún dolida por que su ami-
ga hubiera dado a entender que ella misma se podía quedar solterona–.
A pesar de tus palabras, en el fondo pareces desdeñar a un hombre que
está a tus pies, y que te va a proporcionar el futuro que cualquier mujer
desearía. No te gusta tu destino, pero tampoco te atreves a renunciar
a él –le reprochó, llevada por el dolor que el recuerdo de la pérdida de
Rubén le producía–. Luego, por otra parte, me haces acompañarte a
ese café para observar discusiones políticas que ni nos van ni nos vie-
nen, como si de esa forma te rebelases ante el mundo, y para culminar
la escena te vuelves seguidora de ese comunista de Marx –añadió como
si fuera la mayor locura del mundo–. ¿Qué quieres realmente, Lucía?
–preguntó con dureza.
La joven hija del coronel se quedó mirando a su amiga unos mo-
mentos.
–Puede que tengas razón, Amalia –aceptó Lucía intentando devol-
ver las aguas a su cauce–. Siento mucho si algo de lo que te he dicho
te ha hecho daño –añadió con un tono de disculpa en su voz–. Te
aseguro que me gustaría tenerlo todo tan claro como tú, pero no lo
tengo –acabó manteniendo la mirada de su amiga.
Tras unos momentos de silencio, Amalia rompió el hielo.
–No nos enfademos –dijo Amalia con tristeza–. No lo soportaría,
Lucía.
–Yo tampoco –contestó la joven, justo antes de abrazar intensa-
mente a su amiga, en plena Puerta del Sol, como si estuvieran solas en
medio de la gran plaza.
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Las dos muchachas rieron nerviosamente mientras alguna lágrima


caía por sus mejillas.
–Hablemos de cosas más agradables –propuso con picardía
Amalia–. ¿Has pensado mucho en la noche de bodas? –preguntó gui-
ñando un ojo.
–¡Amalia! –contestó riendo–. ¡Yo soy una señorita decente! ¡No
pienso en esas cosas! –mintió.

–Mamá, puedes tomar una de esas galeras para volver a casa –propuso
Lucía señalando los dos sencillos coches de caballos que había a unas
decenas de metros, una vez se encontraron a pie de calle, tras haberse
salido con la suya en el asunto de los bordados florales en casa de la
señora Forcadell–. Amalia me ha invitado a comer. Pasaremos la tarde
juntas, leyendo una nueva novela –informó a doña Carmen.
–No me gustan esos folletines románticos que solo hacen meter
ideas falsas del amor en mentes insensatas –dijo doña Carmen sin
cambiar el rictus–. ¿No saldréis a pasear esta tarde, verdad? –preguntó
la madre de Lucía con suspicacia.
–Ya somos mayorcitas, madre, no es necesario que te preocupes
tanto por nosotras –contestó la joven eludiendo la esperada respuesta.
–Hija, tal y como están las cosas, con el Gobierno en precario…
y los militares alborotados… no me fio de que vayáis solas –dijo ba-
jando el tono–. Me ha dicho tu padre que el presidente Figueras está
pensando en dimitir, y que la cosa está muy revuelta –añadió con el
objetivo real de evitar los paseos vespertinos de su hija con Amalia.
–¿Cómo va a dimitir Figueras? –preguntó sorprendida Lucía–. ¡Si
apenas lleva dos meses de presidente de la República! –exclamó.
–Parece ser que tiene mucho miedo a que un golpe de Estado se
lo lleve por delante… y no anda muy desencaminado… puede haber
follón –añadió en voz todavía más baja, como reconviniendo a su hija
para que bajase ella misma el tono de la conversación.
–Pero ¿tú sabes seguro si eso es cierto? ¿Te lo ha dicho papá? –pre-
guntó preocupada.
–Son solo rumores hija… –contestó quitándole importancia–,
pero me preocupa que andéis solas por las calles. En menos que canta
un gallo se puede formar un alboroto, y ya sabes cómo se las gastan
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esos milicianos republicanos descontrolados –añadió intentando im-


pregnar a sus palabras de la preocupación necesaria para convencer a
su hija de lo inconveniente de sus salidas, verdadero objetivo de doña
Carmen.
–Luego hablaré con papá –replicó Lucía con una preocupación
más genuina que la de su madre–. Si eso es verdad, los militares leales
deberían detener a los golpistas.
–¡Calma, calma, Lucía! –exclamó doña Carmen, que comprendió
que revelarle aquel cotilleo a su hija estaba generando un problema
mayor que el que había intentado atajar con él–. No nos precipitemos.
Seguramente no será nada. Tu padre sabrá qué es lo mejor para todos.
Yo solo quiero que reconsideres la conveniencia de ir de paseo estos
días, y más teniendo en cuenta que eres una señorita que está prome-
tida. No estaría bien visto que anduvieses por ahí, como si estuvieras
buscando novio en la Plaza Mayor.
–¡Ah! Entiendo –exclamó Lucía al desvelarse las verdaderas moti-
vaciones de su madre. De repente quiso zanjar aquella conversación.
Ya se estaba cansando de que su madre intentara manipularla siem-
pre–. Ya te he dicho muchas veces que no tienes que preocuparte por
esas cosas. La que quiera chismorrear que chismorree –contestó Lucía
con una media sonrisa irónica en su rostro, intentando disimular el
enfado que comenzaba a sentir.
–¡No te lo tomes a broma! ¡Lo que digan las malas lenguas importa!
¡Y mucho! –exclamó doña Carmen cogiendo del brazo a su hija y apar-
tándola un poco de los oídos de Amalia, que no tenía por qué asistir
en primera persona a una discusión familiar–. Cuando tengas hijos me
comprenderás –aseguró doña Carmen.
–Cuando tenga hijos no los ataré con una soga y me importará
muy poco lo que diga la gente –replicó su hija sin dejarse guiar.
Doña Carmen miró fríamente a su hija. Decidió sacar su as de la
manga.
–A mí no me engañas. Ya sé que vais por el café ese… el Levante
–dijo doña Carmen ante la mirada sorprendida de su hija–. ¿Qué te
crees? ¿Que eres invisible? –añadió mientras Lucía iba cocinando una
ira que le emanaba por los poros–. ¡Un día te vas a pegar un susto,
hija! –protestó doña Carmen, fuera de sí–. ¡No está bien que una se-
ñorita que se va a casar vaya a según que sitios! ¿¡Qué va a pensar la
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gente!? –dijo sin tener en cuenta que algunas de las hijas casaderas de
sus amigas también frecuentaban el local, y ella nunca había puesto
pegas a eso.
–¡Te repito que pueden pensar lo que quieran! –replicó Lucía con
dureza–. ¡Yo no tengo nada que ocultar! ¡A ver si no nos vamos a poder
tomar un café! ¡Que la vida ha cambiado, madre, ya no estamos en tu
época! –recriminó Lucía sin amilanarse.
Doña Carmen miró a su hija con gesto hosco, aprovechando la
pausa para intentar tranquilizarse y pensar argumentos que frenaran
las salidas de su hija con Amalia.
–Deberías estar repasando los trabajos de bordado del ajuar en vez
de estar de jueguecitos con tu amiga –se quejó intentando mostrarse
más calmada–. ¡Que te casas en junio! Va a llegar el día de la boda y no
van a estar terminados –exclamó la mujer haciendo un esfuerzo por no
volver a alterarse.
–¡Mamá! –replicó Lucía con decisión–. Tengo todos los trabajos
muy avanzados, y tiempo de sobra hasta la boda. ¡Déjame disfrutar de
mi soltería lo poco que me queda!
–¿¡Disfrutar tu soltería!? –preguntó alterada –¡Deberías estar de-
seando que llegara la boda! –exclamó de nuevo, casi fuera de sí, pero
intentando controlarse para no llamar la atención de los viandantes–.
¿¡Qué forma de hablar es esa para una señorita!? ¿¡Eso es lo que te he
enseñado yo en todos estos años!? –preguntó cambiando el tono de
pronto a un falso desconsuelo, mientras intentaba forzar una lágrima.
–Mamá –dijo Lucía mirando con dureza a su madre, sin que le
afectara la tristeza impostada que solía usar cada vez más a menudo–,
no armes el espectáculo en plena calle –amenazó con seriedad–. Me
voy con Amalia, luego hablamos –zanjó, sin dar opción a réplica a su
madre.
–Está bien, está bien –contestó doña Carmen meneando la cabeza de
arriba abajo. La amenaza de formar un escándalo público por parte
de su hija siempre la calmaba, pues sabía que era muy capaz de ello–. Haz
lo que quieras, tú sabrás. ¡Pero vuelve a casa antes de las siete! –advirtió–.
¡Y en galera, directamente desde casa de los Buendía! ¡Nada de ir sola por
la calle a esas horas! –ordenó ante el frío asentimiento de su hija.
Doña Carmen, roja por la negativa de su hija a entrar en razón,
nunca olvidaba atender a los protocolos sociales, fueran cuales fueran
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las circunstancias, por lo que se acercó hasta el sitio en el que se había


quedado Amalia, la cual se había apartado prudentemente de la dis-
cusión.
–Siento que hayas tenido que escuchar todo esto… qué vergüen-
za, hija… Vigílamela por favor, tú que eres más sensata –dijo doña
Carmen en voz baja y sin mucha convicción, ante la callada aquies-
cencia de Amalia–. Dale recuerdos a tus padres, por favor –añadió
fríamente, dirigiéndose a la joven con la mezcla de sutil desprecio y
desdén que normalmente utilizaba al mencionar a Buendía, justo an-
tes de dirigirse a una de las galeras, y ser ayudada por el cochero a
subir.
Si doña Carmen consentía en que su hija y Amalia tuvieran la amis-
tad de la que disfrutaban era solo por imposición de su marido.
El dinero que Arturo Buendía insuflaba en las cuentas de los
García-Valls, y el consentimiento y la libertad excesiva que, según ella,
el coronel mostraba hacia su hija, eran un lubricante para que doña
Carmen escuchara menos los chirridos que en sus pensamientos pro-
vocaban las idas y venidas de su hija con aquella joven, a la que ella, en
el fondo de su corazón, situaba un escalón por debajo de su familia
en el escalafón social.
Según la filosofía de doña Carmen, un comerciante, por muy bien
que le fueran las cosas, siempre sería una persona de clase baja.
–De su parte, doña Carmen –contestó Amalia por pura cor-
tesía.

–¡No soporto más a mi madre! –se quejó Lucía–. ¡No sé cómo pode-
mos ser tan distintas! –exclamó sin poder evitarlo, en cuanto vio que el
coche de caballos que había tomado doña Carmen giraba en la esqui-
na, en dirección a su casa.
–Yo también me lo he preguntado a menudo, lo reconozco –confe-
só Amalia–. Menos mal que te quedan pocos meses para dejar de estar
bajo su control –añadió.
–Sí, bueno… –contestó Lucía, que no veía el matrimonio co-
mo una forma de liberarse en ningún aspecto–. Vamos a tu casa…
solo me apetece olvidar un rato a mi madre –dijo con cierto tono de
hastío.
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–Comprobemos antes si mi padre sigue en el despacho, y lo reco-


gemos –propuso Amalia, a la que siendo niña siempre le había encan-
tado la costumbre de ir a recoger a su padre a la oficina a la hora de
comer, acompañándolo en el corto trayecto que separaba la casa de los
Buendía de sus oficinas comerciales.
–Me parece muy bien –concedió Lucía, que sabía de la costumbre
de su amiga.
Arturo Buendía tenía un cariño especial por Lucía. En multitud
de ocasiones había lamentado amargamente no tener un hijo varón al
que poder emparejar con la hija del coronel, y nunca había desperdi-
ciado la oportunidad de hacérselo saber a Lucía.
Si el comerciante supiera lo que su madre opinaba de él en la inti-
midad, pensaba Lucía, quizá cambiase de opinión.
Las dos jóvenes se acercaron a la edificación, ya antigua y fuera de
lugar, que constituía la sede comercial y fabril de su padre, en una calle
demasiado céntrica como para albergar unos almacenes donde conti-
nuamente entraban y salían mercancías.
Seguramente pronto cambiaría de localización, ya que el lugar
constituía una verdadera joya para los constructores, en plena reno-
vación urbanística de la ciudad, y a Buendía se le estaba quedando
pequeño el local.
El comerciante ya tenía planes para trasladarse a las afueras, en unas
naves nuevas donde poder ampliar sus negocios. Si vendiera aquel lugar
mataría dos pájaros de un tiro, y Amalia no dudaba en que pronto lo haría.
Por eso, cada vez que estaba frente a los almacenes, se quedaba
prendida melancólicamente en la imagen del antiguo edificio, como
si en vez de estar viendo algo del presente, rememorara una imagen de
un lejano pasado.
De pronto volvió a recordar a Rubén. Aquello podría haber sido su
futuro. La vida era muy injusta. Un hombre joven y fuerte como él,
muriendo de aquella manera tan horrible.
Lucía la sacó de sus pensamientos de pronto.
–¿No es ese Mínguez? –preguntó.
–Sí –contestó Amalia volviendo a la realidad, al tiempo que com-
probaba que el empleado de su padre había reparado en ellas.
–Va acompañado –observó Lucía haciendo que Amalia se fijara en
los dos hombres que iban junto a Mínguez. Cada uno de ellos portaba
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un paquete de tamaño mediano, envueltos en tosco papel marrón, y


atados con una fina cuerda.
Amalia se fijó en el hombre joven que acompañaba a Mínguez. Era
algo más alto que la media, y aunque estaban a cierta distancia, notó
que llevaba el pelo unos centímetros más largo de lo aconsejable en un
hombre.
Se fijó que el sol brillaba sobre su cabello, de color castaño
claro, haciendo que este pareciera a ratos rojizo. Su cara parecía
proporcionada, y aunque no se podía decir a primera vista que
fuese guapo, sí emanaba de su rostro un atractivo difícil de definir. El
resto de su anatomía, aunque delgada, dejaba intuir una fuerza no-
table.
Había algo en él que hacía que Amalia no pudiera apartar la mirada
del joven.
Ambos grupos se acercaron a la altura de la entrada de los almace-
nes de Buendía.
–¡Buenas tardes, señorita Amalia! –dijo Mínguez con alegría, efec-
tuando al tiempo una levísima inclinación de cabeza–. ¡Buenas tardes,
señorita Lucía! –dijo repitiendo el mismo gesto.
–Buenas tardes, Ceferino –contestó Amalia, que siempre había
usado el nombre de pila de Mínguez para dirigirse a él, para a conti-
nuación mirar más de cerca a aquellos dos hombres. Mínguez, siem-
pre rápido como un relámpago, comprendió enseguida que su peque-
ña patrona, a la que conocía desde niña, miraba con cierto interés al
joven murciano.
–Estos son los señores don Cesáreo Rubio y su hijo Mario, de
Murcia –dijo Mínguez a modo de presentación–. Las señoritas Amalia
Buendía, hija de don Arturo, y la señorita Lucía García-Valls, a cuya
fiesta de compromiso creo que han sido ustedes invitados por el coro-
nel… –dejó caer Mínguez.
–¡Vaya! –exclamó Lucía espontáneamente–. ¡Me alegro de haber-
me enterado! –añadió sorprendida otra vez por el hecho de que sus
padres siguieran organizando su vida a su antojo.
–Encantado de conocerlas –se adelantó Mario, sin hacer caso del
comentario de Lucía, estrechando con suavidad la mano de esta, para
luego hacer lo propio con la de Amalia.
Su padre hizo lo mismo a continuación de su hijo.
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De pronto Lucía cayó en la cuenta de la descortesía de su observa-


ción y quiso arreglar la situación.
–¡Oh! –exclamó–. ¡Lo siento mucho! No quería decir eso –añadió
abochornada, aún apretando la mano de Cesáreo.
–¡No se preocupe! –exclamó Mario casi riendo–. A mí me hubiera
pasado lo mismo –añadió–. Parece ser que nuestros padres son viejos
amigos y una cosa ha llevado a la otra –dijo dirigiendo una sonrisa a
Lucía, sin despegar la vista de ella.
En ese momento Mínguez interrumpió, informando de que tenía
que despachar un asunto con el señor Buendía, dejando solas a las jóve-
nes en compañía de los hombres, sin que nadie contestara a sus palabras.
–En tal caso –retomó Lucía la conversación–, me sentiré muy hon-
rada de que acudan ustedes a mi fiesta. Siempre es un placer recibir a
los amigos del coronel –añadió mirando a Cesáreo, henchido de orgu-
llo ante las palabras de Lucía.
–Y nosotros estaremos encantados de acudir –contestó el veterano
productor de pimentón–. ¿No es así, hijo? –preguntó a Mario.
–Será un verdadero placer, padre –dijo mirando a Lucía con un
brillo en los ojos que no percibió Cesáreo, para luego alternar la mira-
da con Amalia.
–¿Vendrán con sus señoras? –preguntó Lucía.
–Mi madre se ha quedado en Murcia –explicó Mario–. Y yo sigo
soltero. Además, todo esto ha sido una sorpresa.
–Agradable, espero –dijo Lucía, que notaba que el murciano no
le quitaba la vista de encima, y sin embargo no le importaba nada ese
hecho.
–Agradabilísima –contestó sonriendo a Lucía, que le correspondió
de la misma forma.
Cesáreo se dio cuenta de que Amalia miraba a su hijo de forma
muy interesada.
–¿Viene usted a ver a su padre? –dijo dirigiéndose a Amalia, para
intentar introducir a la joven en la conversación, monopolizada hasta
ese momento por Lucía y Mario.
–Sí, es una vieja costumbre –explicó Amalia–. De niña venía a re-
cogerle para acompañarlo a casa a comer, y él siempre me daba algún
regalo. Ya no hay obsequios, pero de vez en cuando me gusta seguir
viniendo –añadió.
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–Es que es la única hija de Arturo, y la tiene mimada en exceso


–explicó Lucía.
–Los padres tenemos esa debilidad con las hijas –excusó Cesáreo a
Buendía–. ¡Yo tengo tres hijas como tres flores de la huerta! –explicó
poéticamente–. ¿No tiene usted hermanos?
–Me temo que no –contestó Amalia.
–Una lástima –contestó Cesáreo, que no consideraba para nada
malo que aquella joven, heredera de Buendía, no tuviera ni hermanos
ni marido.
–Bueno, yo sí tengo uno, y no sé si considerarlo un regalo del cielo
precisamente –intervino Lucía–. También tiene vocación de soltero
–añadió mientras miraba a Mario, haciendo así mención indirecta a la
soltería de Mario, rara a su edad.
El joven murciano miró a Lucía divertido. No tenía pelos en la
lengua esa joven, y algo en ella le hacía intuir que era un espíritu libre,
inteligente, además de entrever que era una mujer risueña y divertida.
Se sentía cada vez más atraído hacia ella, a pesar de conocer su
compromiso matrimonial.
–En realidad, en mi caso, no es por vocación. Es que aún no he
encontrado a la mujer que me soporte, pero no cejo en mi empeño
–explicó Mario.
–No me creo nada –replicó divertida y algo coqueta Lucía–. ¡Don
Cesáreo! –exclamó de pronto–. ¿¡Es eso cierto!? –preguntó.
–No, no, no… –replicó Cesáreo, más pendiente de Amalia, a la que
no podía evitar ver como un partidazo–. Es que hasta ahora se ha inte-
resado demasiado por la política, y ha dejado de lado otras cuestiones…
pero en Murcia sé de unas cuantas jovencitas que no le quitan el ojo.
–Ya me extrañaba a mí –dijo de pronto Amalia, que ante las miradas
del resto se puso inmediatamente colorada, provocando las sonrisas de
todos, lo que no hizo sino aumentar la risa común–. No quería decir…
–Tranquila, tranquila –respondió Mario–. La hemos entendido.
Es raro que con veinticinco años aún esté soltero, pero es que soy muy
exigente.
–¿Y qué le pide usted a una mujer para que sea de su agrado? –pre-
guntó sin asomo de vergüenza Lucía, a la que aquel joven le estaba ca-
yendo muy bien, y en el que empezaba a fijarse de un modo como no lo
había hecho con nadie nunca.
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Intuía que de él emanaba algo salvaje y peligroso, a pesar de ser co-


merciante. Algo que la atraía como un imán.
Mario se quedó reflexionando seriamente ante la pregunta de
Lucía. En apariencia era una conversación superflua, pero la cuestión
planteada por la joven le había hecho pensar, lo que había generado
una expectación general.
–En realidad, si le soy sincero, y suelo serlo para disgusto a veces
de mi señor padre –explicó ante el fruncir de cejas de Cesáreo–, nunca
me he planteado seriamente esa cuestión.
–Pues es algo que debería hacer, ¿no le parece? –preguntó Lucía.
–Sí, tiene usted razón –concedió Mario–. Supongo que esa mujer
tendría que tener algo distinto a las demás. No me refiero a belle-
za –añadió–, no sabría explicarles…. Quizá tenga que ver con que
me complemente en todos los sentidos como persona, que tenga unas
ideas afines a las mías… En fin, alguien con quien compartir una idea
del mundo. Cuando la conozca lo sabré –concluyó mirando alternati-
vamente a Amalia y Lucía.
–Qué profunda está deviniendo esta conversación –intervino
Cesáreo algo incómodo ante el transcurrir de la misma.
–Pero interesante, sin duda –dijo Lucía intrigada por las reflexio-
nes de Mario–. No siempre se encuentran hombres que se abran de esa
manera. Sí que es sincero usted, señor Rubio.
Cesáreo se puso nervioso ante el evidente interés que se mostraban
mutuamente Lucía y Mario, así que decidió intervenir.
–Y usted, señorita Amalia, ¿también se casa pronto? –preguntó.
–Me temo que no –contestó esta con un deje de tristeza en su con-
testación.
–Seguro que tendrá cientos de pretendientes a las puertas –aseguró
Cesáreo.
En ese momento llegó Buendía, interrumpiendo la conversación
con prisas, dado que la comida estaría casi servida, puesto que en su
casa siempre se comía a la misma hora.
-Ha sido un placer conocerlo, señor Rubio –dijo Lucía cuando le
tocó despedirse de Mario.
–El placer ha sido todo mío –contestó el murciano, haciendo el
cortés besamanos de rigor–. Pero, por favor, llámeme Mario –añadió.
–Así lo haré –afirmó Lucía mirando fijamente al joven.
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–Creo que sí, que deberías acercarte a él durante la fiesta de pedida


–dijo Lucía, una vez que hubieron despedido a los murcianos, sor-
prendiendo a su amiga.
–¿Qué? –contestó Amalia ruborizada.
–Que lo has mirado demasiado fijamente –añadió, mientras se-
guían subiendo las pulsaciones de su amiga al saberse sorprendida–. ¡Y
casi no has dicho ni pío! –añadió riendo–. Eso es que estabas nervio-
sa… Lo entiendo, es un hombre interesante.
–¡No digas bobadas! –protestó Amalia–. Además, la que parece que
le has llamado la atención a él has sido tú –añadió con un evidente
asomo de celos.
–¿Ahora quién dice bobadas? –replicó Lucía con seriedad–. Sabe
que estoy prometida.
–¿Y qué? –preguntó Amalia–. Ya sabes cómo son los hombres… y
este se te comía con la mirada.
–Te digo que no –sentenció Lucía afirmándolo con una seguridad
que no sentía en realidad, pues ella también había detectado cierto
coqueteo subliminal en las palabras y en los gestos del murciano que,
en el fondo, le había gustado recibir–. Mira –continuó con un poco de
sentimiento de culpabilidad–, mañana habla con él durante la fiesta.
Si no se enamora de ti al momento… ¡es que es realmente tonto! –ex-
clamo riendo.
–¡Calla ya! –replicó Amalia riendo a su vez, ruborizada ya sin re-
medio, y sintiendo que todas las mariposas del mundo revoloteaban
dentro de su estómago.

Los murcianos se adentraron en la Plaza Mayor en busca de alguna


fonda donde poder comer.
–Me parece que le has gustado a la hija de Buendía –dijo de pronto
Cesáreo, rompiendo los pensamientos de Mario, que parecía estar en
otro mundo desde que habían dejado a las jóvenes.
–¿Qué dice padre? –preguntó el joven sorprendido por el comenta-
rio de su progenitor, que raramente le hablaba de chicas.
–Es evidente que la hija de Buendía se ha ruborizado cuando le has
dado la mano –dijo Cesáreo–. Y creo que te hacía ojitos –añadió el
comerciante.
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–No me he dado cuenta de nada de lo que dice, padre –mintió


Mario.
–¡Ah! ¡Los jóvenes! –exclamó Cesáreo–. Yo a tu edad te aseguro que
no la hubiera dejado escapar –fanfarroneó.
–Pero ¡papá! –exclamó Mario, que usaba el apelativo cariñoso de
padre solo cuando se alteraba.
–Piénsalo –dijo Cesáreo, al que se le había despertado el instin-
to comercial–. ¡Tú casado con la heredera de Buendía! –exclamó–.
¿Sabes que es hija única? –preguntó.
–Ya lo he oído –respondió Mario.
–¡Qué día tan perfecto! ¿No te parece? –preguntó Cesáreo sin obte-
ner respuesta–. Ahora vayamos a comer, ¡estoy desfallecido! –exclamó
exultante.
Mario dejó de escuchar a su padre.
Se preguntaba si a Amalia le había pasado lo mismo que a él.
Intentaba saber si ella habría podido disimular el ligero rubor que ha-
bía acudido a su rostro, si tampoco habría evitado la aceleración en las
pulsaciones que produjo el contacto de su propia mano en la joven, si
no habría podido dejar de mirarlo.
Y se preguntó por qué, si todo eso le había pasado a Amalia, él no
se había dado cuenta.
Se contestó que ya sabía la respuesta. Mario no notó nada de eso en
Amalia pues él mismo había quedado absorto sintiendo todo aquello.
Pero hacia Lucía.
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3. LA FIESTA

Madrid, 19 de abril de 1873.


Residencia de los García-Valls

Las carrozas y coches de caballos iban llegando una a una hasta la casa
de los García-Valls, dando a ratos cierto aspecto aristocrático a la calle,
y causando la general curiosidad de los viandantes.
Doña Carmen, ya de por sí nerviosa y perfeccionista, estaba real-
mente alterada, aunque intentase mostrarse afable y cordial con todos
los invitados que iban llegando a la fiesta.
Realmente, y a pesar de las ínfulas de grandeza que destacaban en
su personalidad, ni doña Carmen ni el coronel provenían de familias
realmente adineradas, y organizar fiestas de alto copete era algo relati-
vamente nuevo para ella.
El rápido ascenso social que habían tenido en los últimos años no
era obstáculo para que confirmara lo que había sabido desde niña: su
sitio natural estaba entre la alta sociedad. El hecho de que no hubiera
nacido en el seno de esta era un mero accidente de la naturaleza.
Cuando se casó con Indalecio, doña Carmen vio en él el último
tren hacia el matrimonio, pues ya había cumplido los veintisiete; no
era bella, y su padre no era más que un funcionario real, con más cargo
que sueldo, y cierta propensión excesiva al vino.
Indalecio era un simple teniente treintañero sin mucho más reco-
rrido, ya casi un solterón, como ella. Pero era lo mejor que le había
puesto la vida a su disposición hasta el momento, así que no se lo
pensó demasiado a la hora de aceptar su proposición de matrimonio,
convenciéndose de que ella sabría sacar partido de él.
Doña Carmen nunca cesó en su empeño de que su marido subiera
en el escalafón militar y social, y siempre trató de insuflarle ese punto
de ambición que le faltaba.
Pero, en realidad, no fue hasta que Indalecio le cayó en gracia al
general Martínez Campos cuando realmente empezaron a tener posi-
ción y dinero.
El arrojo y la inteligencia que durante años había mostrado
Indalecio en combate, y la amistad del general, le habían llevado ahora
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a ser coronel y, lo más importante, el oficial encargado de la intenden-


cia de los cuarteles de Madrid.
Todo el mundo sabía que el puesto de su marido era muy envidia-
do, pues estaba claro que Martínez Campos lo había colocado allí para
lucrarse también con todos los tejemanejes y sobresueldos que acom-
pañaban a aquel cargo.
Pero la idea de doña Carmen no era quedarse con las migajas del
general, así que instó a su marido para que buscara a alguien que cono-
ciera la manera de maximizar las ganancias.
Asociarse con Arturo Buendía en estas cuestiones había sido el gran
acierto del coronel, aunque nunca imaginó que iba a ser tan suma-
mente beneficioso para todos.
La visión comercial de Buendía era magnífica, y pronto había sabi-
do ver la manera de servirse del ejército para salvar muchos obstáculos
y abrir nuevos horizontes para sus propios negocios, como las cada vez
más lucrativas transacciones con Cuba.
Gracias a ello, podían tener muy contento al general, que había vis-
to aumentar sus ganancias sin hacer nada para ello, y la familia García-
Valls podía decir al fin que estaba en la cúspide social, al menos según
los criterios de doña Carmen.
Atrás quedaban aquellos primeros años en Cuba, que recordaba
como un auténtico infierno, pues el calor, la humedad, y la crianza de
sus hijos pequeños fueron una experiencia traumática para ella.
Además, en esa época, el miedo de pensar que su marido podía
fallecer en combate contra los rebeldes, dejándola a ella sola con Lucía
muy pequeña y Cancio recién nacido, era algo que no le permitía con-
ciliar el sueño. Perdió muchos kilos, y casi cayó enferma, pero logró
superar aquella prueba.
A veces aún se despertaba empapada en sudor, soñando que volvía
a estar en Cuba, habiéndolo perdido todo.
Solo eran malas pesadillas, pensaba doña Carmen, reconfortándose
a sí misma. Menos mal que habían vuelto a la península con tiempo
para que Lucía absorbiera los modos y costumbres de la metrópoli,
dejando atrás el insufrible clima caribeño, las rebeliones y el miedo.
Lo bueno habían sido los contactos y amistades dejados allá por el
coronel, que ahora le servían como anillo al dedo para los negocios de
Buendía.
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Por fin estaba viviendo tal y como siempre había soñado, y aquel
momento en concreto era la cumbre a la que había estado intentando
escalar toda la vida: una presentación en sociedad con la flor y nata de
la sociedad madrileña.
A pesar del regocijo mental de doña Carmen, la fiesta distaba
mucho de albergar a lo más selecto de Madrid. En realidad, todo se
reducía a algunos militares de la cuerda de su marido, a quienes la
República federal asqueaba desde su nacimiento, políticos conserva-
dores, alejados en esos momentos del poder efectivo, y algún que otro
comerciante. Casi todos habían llegado acompañados de sus respecti-
vas esposas.
Luego estaba la familia de Leandro, el prometido de su hija, la fa-
milia Buendía y algún que otro vecino, a los que doña Carmen había
seleccionado con la intención de que difundieran lo exquisito de la
fiesta entre el vecindario.
Ningún representante del Gobierno, y mucho menos algún aristó-
crata. Pero para doña Carmen era suficiente. Intuía que al final algu-
nos de los asistentes a la fiesta terminarían gobernando, y con estar a
bien con ellos bastaba y sobraba. De momento.
Tenía un don para saber quién iba a triunfar, y eso nunca le había
fallado. Solo era cuestión de esperar, y tampoco demasiado, pues la
República hacía aguas por todas partes.
Tenía esperanza en lo que algunos de los allí presentes estaban
preparando. Pronto los que de verdad debían hacerlo estarían en el poder,
y su marido seguiría escalando posiciones, como siempre había hecho.
Estaban en el momento justo para ello. Indalecio aún era joven,
y doña Carmen soñaba con verlo de ministro… o de presidente del
Gobierno. ¿Por qué no? Soñar era gratis, y ella no tenía límites.
Pero lo primero era lo primero. Un paso detrás de otro. Ahora
debía volver a la realidad del momento, que pasaba por agasajar con-
venientemente a sus invitados. Y a eso nadie le ganaba.

–Bueno, parece que ya hemos llegado –dijo Cesáreo Rubio ante la


inusual ausencia de su hijo.
Físicamente, Mario estaba allí, de eso estaba seguro porque lo tenía
ante sus ojos, pero Cesáreo no estaba acostumbrado a que su primogé-
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nito estuviera tan lejos mentalmente–. ¡Hijo! ¡Despierta! –exclamó–.


Tenemos que bajarnos. Ya hemos llegado a la casa del coronel.
–Ah, sí, por supuesto –contestó Mario con una mezcla de ansiedad
y desgana que su padre no sabía a qué achacar.
Mario le había estado dando vueltas a la situación desde que ha-
bían dejado a Lucía y Amalia en la puerta de los almacenes de Buen-
día.
En realidad sabía lo que le pasaba. No le apetecía nada ver cómo
aquella chica, que se le había metido en su mente sin avisar, y cuya
imagen no dejaba de rememorar una y otra vez, se comprometía en
matrimonio.
Era absurdo, lo sabía, pero esa incomodidad se hacía más grande a
medida que transcurrían los minutos.
No entendía el porqué de aquella atracción hacia una chica a la que
solo había visto una vez.
Lucía era realmente bonita, pero tampoco era una gran belleza por
la que volverse loco. Era otro tipo de atractivo el que le había dejado
hipnotizado. Algo salvaje, una especie de fuerza vital que emanaba de
sus ojos le había traspasado el corazón en cuanto sus miradas se cru-
zaron.
Aquella mujer tenía algo que no había visto en ninguna otra, y aún
no sabía muy bien el qué.
Quizá el sueño que había tenido esa noche tenía la culpa de
todo.
Volvían a encontrarse en la puerta de los almacenes, pero esta vez
estaban ellos dos solos. No se hablaban, simplemente se sonreían.
En el sueño ella iba tal y como la había conocido, con un vestido
beige sencillo, y su larga melena negra recogida con un lazo apretado,
que la hacía parecer todavía más joven de lo que era.
Sus ojos, grandes y castaños, enmarcados en una cara delgada y vi-
varacha, lo miraban fijamente. Sus labios, rojos, delicados, húmedos,
perfilados de una manera sutil dentro de su rostro, lo conducían hacia
ella como la luz de un faro guía a los barcos que están en el mar.
Entonces se cogieron de las manos y se atrajeron mutuamente.
Mario sentía que tenía que besarla, sabía que debía hacerlo. Sus labios
eran cálidos y dulces. Era la sensación más placentera que había vivido
hasta entonces.
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Tras esa imagen despertó sin más, agitado.


Se preguntó en ese momento si se había enamorado a primera vis-
ta. No supo qué contestarse, pues jamás había sentido aquello de una
manera tan fuerte.
Siempre había habido chicas que lo habían atraído, pero nunca con
aquel irresistible magnetismo.
Se avergonzó de sí mismo. Ya no era un niño para que le ocurrieran
ese tipo de cosas, y menos de buenas a primeras.
Durante ese día todo lo que le interesaba, la política, el país,
el negocio familiar, pasaron a un segundo plano. Toda su mente ha-
bía estado ocupada por Lucía y por ese sueño tan vívido que había
tenido.
Siguió a su padre hasta la puerta de entrada de la casa como un
autómata. Un mayordomo se encargó de recibirles y preguntarles sus
nombres para anunciarles convenientemente. Luego les acompañó
hasta un amplio salón que era donde iban a pasar la velada.
Una amplia mesa con refrigerios, un gran piano de cola, y muchas
sillas en hilera alrededor de la estancia componían todo el mobiliario
de la sala.
A doña Carmen le hubiera gustado disponer de un palacete para ir
cambiando a los invitados de estancia según el momento de la noche,
pero de momento esa pieza debería servir para recibirlos y para la ve-
lada posterior a la cena.
Todo se andaría.
–Los señores don Cesáreo Rubio y su hijo, don Mario Rubio, de
Murcia –anunció el mayordomo, mientras un par de docenas de ca-
bezas se volvían para saludarlos con cierta curiosidad, pero retomando
sus conversaciones inmediatamente, mientras el resto de los invitados
no les hacían ningún caso.
Lucía no estaba allí, observó Mario, casi con alivio.
El coronel, en cuanto hubieron sido anunciados, se acercó a ellos
acompañado de doña Carmen.
–¡Mi querido Cesáreo! –exclamó García-Valls con sinceridad–.
¡Qué bien que hayas venido!
–¡No querría estar en otro sitio ahora mismo! –contestó Cesáreo
con exceso de entusiasmo–. Te agradecemos mucho que nos hayas
invitado.
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–El gusto es nuestro –respondió Indalecio sonriendo, y dirigiendo


la atención hacia su mujer, que se encontraba a su izquierda–. Mi es-
posa, Carmen –dijo a modo de presentación.
–Encantado de conocerla –dijo Cesáreo al tiempo que cogía la
mano de la dama y efectuaba el caballeroso ademán de besársela–. Este
es mi hijo Mario –añadió.
El joven cogió la mano de la misma manera que había hecho su
padre, mientras observaba a la mujer, intentando encontrar parecidos
entre ella y Lucía.
Le pareció encontrarlos, aunque la joven era mucho más bella
que su madre, y la energía que emanaba de Lucía tenía una pureza que
distaba mucho de encontrar en aquella señora. Había algo en doña
Carmen que no terminó de gustar a Mario, provocando en él un re-
chazo inconsciente.
Tras una breve conversación intranscendente, en la que los murcia-
nos explicaron a la esposa del coronel la razón de su visita a Madrid y
la coincidencia que los había llevado a la fiesta, la señora de la casa se
excusó alegando que debía seguir atendiendo a los demás invitados, y
los dejó solos con Indalecio.
Mario notó cierto desdén en doña Carmen a la hora de dirigirse
a ellos, como si en realidad le molestara su presencia allí. Lo que no
sabía es que esa misma mañana había reprochado a su marido el que
los hubiera invitado.
No eran los invitados adecuados en una fiesta como aquella. Gente
de provincias sin costumbre en fiestas de aquel tipo, podían hacer mil
cosas inconvenientes, le dijo a su marido.
El coronel protestó, replicando que él era tan de provincias como
Cesáreo, y que este había sido un gran amigo en su juventud. Sin em-
bargo, sus argumentos no terminaron de convencer a doña Carmen, y
la presencia de aquellos murcianos la seguía incomodando.
–¿Le interesa la política, joven? –preguntó García-Valls dirigién-
dose a Mario.
Sin poder evitarlo, Cesáreo comenzó a sudar al escuchar la pregunta.
–Sí, señor –contestó Mario–. Procuro estar informado de lo que
pasa en el país.
–Eso está muy bien –exclamó el coronel–. A mi hijo Cancio no le
interesa. Prefiere otro tipo de diversiones, me temo. A veces me gus-
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taría poder charlar con él de las últimas noticias del Congreso o de los
terribles derroteros que está tomando España… Pero es imposible, se
lo toma todo a broma.
Mario captó de inmediato la ideología del coronel, y supuso instin-
tivamente que la mayoría de los invitados compartirían esos mismos
pensamientos. El sentido común le advirtió de que debía reprimir sus
verdaderos impulsos y seguirle el juego.
No en vano, su futuro comercial dependía de la buena sintonía que
mantuvieran con el coronel, y le había prometido a su padre que no
pondría obstáculos.
Pensó que no estaría mal hacerse amigo del coronel, aunque tuvie-
ra que disimular sus tendencias.
–Pues yo considero que es una de las cosas más importantes de las
que puede estar pendiente un ciudadano responsable –replicó Mario
con una sonrisa.
Cesáreo, creyendo que su hijo podía meter la pata, observaba la
escena con inquietud, e intentó llevar la conversación por otros derro-
teros.
–Bueno, Mario, en realidad lo que más te debe importar ahora es el
negocio, ¿no crees Indalecio? –preguntó torpemente.
Mario sabía que su padre estaba sufriendo y lamentó no poder
advertirle de sus intenciones, pero no podía perder aquella opor-
tunidad.
–Padre, por supuesto que los negocios son importantes, pero lo
primero es la grandeza de la patria, y luego todo lo demás –dijo con
decisión, esperando que su padre comprendiera que no tenía inten-
ción de meterse en líos.
–¡Bien dicho hijo! –exclamó el coronel, que no era consciente de su
propio egoísmo, y solía confundir intereses nacionales con su propia
riqueza.
–Gracias –contestó Mario un poco avergonzado por el halago–.
Siempre he admirado a los hombres que se preocupan por el bienestar
común, por eso sigo habitualmente la actualidad política –dijo ambi-
guamente.
–¿Y qué piensas entonces de la situación actual? –preguntó el coronel.
La pregunta era muy difícil, pues Mario quería seguirle el juego
al militar, pero tampoco quería faltar en exceso a sus propios ideales.
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–Que andan algo perdidos –contestó saliendo del paso.


–Sí, así es –afirmó Indalecio sin sombra de duda–. Y están hacien-
do que se pierda el país con ellos.
–Quizá les falta decisión. El presidente Figueras aceptó el car-
go a regañadientes, y puede que no sea la persona más adecuada
para desempeñarlo –añadió Mario sin mentir, pues era lo que pen-
saba.
Mario dijo esto a sabiendas de que lo que realmente deseaba era
que Figueras fuera sustituido por una persona que ahondara más pro-
funda y rápidamente en los cambios que la República, a su juicio,
necesitaba.
Su favorito para ello era Pi y Margall, amigo de Antonete Gálvez,
abanderado de la causa republicana desde el cantonalismo, y actual
ministro de la Gobernación.
–¡Efectivamente! –exclamó García-Valls–. ¡Hace falta mano dura,
joven! –añadió el coronel asumiendo que Mario comulgaba con
sus ideas, dado que para él eran las únicas sensatas–. Un cambio de
Gobierno es lo que necesita España. Alguien que sepa guiarla por el
camino recto –añadió.
–Bueno, el mes que viene habrá elecciones. Quizá en ellas el pueblo
exprese con claridad sus deseos –dijo Mario con tranquilidad.
El coronel miró a Mario con condescendencia, mostrando una me-
dia sonrisa en su rostro.
–Hijo, el pueblo es como un niño pequeño –dijo el militar–, cree
que lo que más le gusta es lo que le conviene. Pero el padre sabe que no
siempre es así, y que, a pesar de las protestas y los lloros, debe obligarle
a ir por el buen camino.
Mario se quedó mirando al coronel, también con una media sonri-
sa, intentando contener todo lo que le venía a la mente.
–Si usted lo dice, coronel… –contestó Mario.
En ese momento, García-Valls no le estaba escuchando, puesto
que había visto a alguien a quien no había saludado.
–¡Don Antonio! –exclamó el coronel atrayendo la atención del alu-
dido.
Mario y su padre vieron acercarse a un hombre de unos cuarenta
y cinco años, corpulento, aunque no muy alto. Lucía bigote y perilla,
pero mucho más discretamente que el coronel.
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–Tengo el honor de presentarles a don Antonio Cánovas del


Castillo –dijo García-Valls henchido de orgullo al codearse con el fa-
moso político.
Mario reconoció de inmediato el nombre.
–¿El político monárquico? –preguntó impactado de conocerlo, sin
pensarlo mucho.
–A mucha honra, joven –contestó Cánovas, campechano, con su
inconfundible acento malagueño.
–Encantado de conocerle, don Antonio –dijo Cesáreo con una
sonrisa, más emocionado, si cabía, que su hijo.
–Sepa usted que he leído con mucho interés sus artículos –dijo
Mario, siguiendo con el tono ambiguo que llevaba usando desde que
habían llegado.
No era mentira, pero lo cierto era que siempre había criticado con
dureza los escritos de Cánovas, llamándolo retrógrado, dada la vehe-
mencia con la que defendía la vuelta de los Borbones.
–Me alegra escucharlo, joven –contestó Cánovas–, últimamente
no siento que mi opinión sea muy valorada, la verdad –añadió el po-
lítico, dando por supuesto, al igual que lo había hecho el coronel, que
se hallaba ante un admirador.
–No desespere, don Antonio –intervino García-Valls–, ya verá
como las aguas volverán a su cauce, y entonces usted tendrá muchas
cosas que decir –añadió.
–Dios le oiga, coronel, Dios le oiga. ¡España necesita un rey! –con-
testó el político.
–¡Estoy de acuerdo con eso! –replicó Cesáreo para sorpresa de
Mario, pues su padre no opinaba de política casi nunca.
El joven lo achacó a la emoción de estar frente a uno de los líderes
políticos más destacados del país, aunque ahora poco influyente den-
tro de la República.
En ese momento entró en la sala Lucía. Toda la atención que Mario
estaba prestando a la conversación quedó eclipsada por su imagen.
El vestido, parecido al que llevaba el día anterior, era más os-
curo, con muchos toques de verde, el mismo color que el del lazo que
iba anudado a la cintura. El pelo, en esta ocasión, estaba recogido con
mucha elegancia, dejando un par de tirabuzones a los lados de la ca-
beza.
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Para Mario, en ese momento, era la imagen de la perfección.


A pesar de que Cánovas del Castillo, Cesáreo y el coronel, seguían
charlando animadamente, Mario ya no escuchaba nada. No podía
apartar su mirada de la figura de Lucía. Tampoco se dio cuenta de
que Amalia, que había aparecido en la estancia junto a su amiga, se
encontraba allí.
Era como si en el mundo, en ese momento, no hubiera nadie más
que aquella chica para Mario.
De pronto, notó que los ojos de Lucía, que estaba echando un vis-
tazo a todos los invitados, se paraban en los suyos. Mario mantuvo la
mirada, incapaz de disimular la atracción que sentía por ella.
La joven posó sus ojos en él dos segundos más de lo conveniente,
mostrando una sonrisa a modo de saludo, y siguió observando la es-
tancia. Entonces Mario se dio cuenta que alguien se acercaba a ella.
Era un joven vestido de militar. El pelo rubio, cortado a cepillo,
y la espada al cinto, le conferían un aspecto duro. El joven murciano
tuvo que reconocer que era bien parecido.
Al igual que Mario, el resto de los asistentes a la fiesta también
se volvieron al ver entrar a Lucía, ya que ella era la razón de aquella
reunión, llamando así la atención del coronel.
–Parece que al fin se ha dignado bajar –dijo García-Valls al per-
catarse de la presencia de su hija, acompañando sus palabras con más
admiración que reproche. Para él era la alegría y el orgullo de su vida.
Mario observó cómo el joven militar rubio se seguía acercando a
Lucía, hasta que llegó frente a ella. Entonces le cogió la mano y se la
besó galantemente.
–Estás preciosa –dijo sin más.
–Muchas gracias, Leandro. Eres muy amable –contestó Lucía res-
pondiendo al elogio.
Mario sintió una punzada en el corazón. Ese hombre era el prome-
tido de Lucía.

–¿Es ese el paleto que decías? –preguntó Cancio, el hijo pequeño de


los García-Valls.
–Sí –contestó Buendía, que había llevado a un aparte al joven–.
Mira qué cara de pasmado tiene el pollo ahora –añadió.
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–¿Y qué tienes contra él? Parece un buen hombre –preguntó el


muchacho, intrigado.
–Eso es cosa mía. No me seas cobarde, no vaya a ser que se te note
demasiado la pluma –replicó Buendía.
–¡No digas tonterías! –exclamó Cancio azorado ante el exabrupto
del comerciante–. Es que no quisiera que mi padre se molestara con-
migo –se justificó.
–Yo creo que se enfadaría más si se enterara de ciertas cosas, ¿no?
–preguntó retóricamente Buendía ante los escrúpulos de Cancio–,
porque si supiera que te encamas con el putito ese… ¿cómo se llama?
¡Ah, sí! ¡Fulgencito! –añadió Buendía.
–Cabrón de mierda –escupió el joven por toda respuesta, mante-
niendo la mirada fija en él y apretando los puños.
–Oye, un respeto –respondió Buendía, sin acusar en ningún grado
la amenaza implícita del joven–, o dejo de pagarle la comida al muerto
de hambre ese –amenazó Buendía con frialdad–. ¿Es que quieres que
vuelva a trabajar de chapero en el antro ese donde lo encontraste? ¿No
querrás que la policía lo detenga por sodomita? –preguntó el comer-
ciante dejando en el aire las consecuencias de llevar a cabo la amenaza.
–No –contestó Cancio tras unos segundos.
–Con la ruina que te da tu padre, tu putito pasaría mucha necesi-
dad. Aunque siempre podríais amoldaros. El amor hace milagros…
si no acabáis en la cárcel, claro –continuó Buendía, que disfrutaba
haciendo sufrir al que él consideraba un degenerado.
Cancio volvió a mirar a Buendía con dureza, deseando matarlo allí
mismo, pero sin atreverse a ir más allá.
–Mira, consiento y financio tus perversiones para que me tengas
informado y para que hagas lo que yo te diga cuando yo te diga, ¿que-
da claro? –amenazó.
–Clarísimo –respondió el joven–. Di lo que quieres que haga, ven-
ga –apremió.
–Muy bien. Esa es la actitud –replicó el comerciante con una son-
risa gélida.

–Señoras y señores, ya saben el motivo de esta reunión, pero me gus-


taría hacerlo oficial en este mismo instante –informó el coronel emo-
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cionado–. Me complace anunciarles el próximo enlace matrimonial


entre mi hija, Lucía García-Valls de Osorio y don Leandro Cerón de
la Torre, el próximo 29 de junio, domingo, en la iglesia de San Ginés
de Arlés. ¡Un brindis por los futuros esposos!
Todos los asistentes juntaron su copa con las personas que tenían
próximas, agitando el jerez proporcionado por los García-Valls.
Tras el brindis, y para ligero bochorno de doña Carmen, el coronel
propuso un aplauso para los novios, que sin embargo sonó sin dema-
siada energía, y en el que Mario participó con suma desgana, siguien-
do los acontecimientos como si no estuviera viviéndolos.
Pasado el anuncio, todos los invitados se fueron acercando a la fe-
liz pareja para desearle todo tipo de parabienes, aunque Mario no se
sentía muy inclinado a acudir, encontrándose un poco al margen de
todo.
Su padre había hecho buenas migas con Cánovas, y ahora estaba
muy entretenido con el malagueño, que le estaba presentando a otros
políticos de su ideología.
Dado que la mente de Mario no estaba en ese momento para pres-
tar mucha atención a la política, había aprovechado para ir a buscar
una copa más del excelente vino jerezano que los García-Valls estaban
ofreciendo como aperitivo antes de servir la cena.
No observó que Cancio se había ido acercando a él de soslayo.
–Otro que va a abandonar el maravilloso mundo de la soltería
–dijo el hijo del coronel sin presentación previa, refiriéndose a su fu-
turo cuñado.
Mario observó que se trataba de un chico joven, que seguramente
no llegaba a los veinte años, y sonrió ante el comentario.
–A todos nos ha de llegar el momento, supongo –contestó.
–¡Espero que el mío sea muy tarde! –exclamó entre risas.
–Parece que estuviéramos hablando de la muerte, en lugar
del matrimonio –respondió Mario intrigado por la vivacidad del
joven.
–No veo la diferencia entre una cosa y la otra –replicó Cancio con
seriedad fingida ante la sonrisa de Mario, que no pudo evitar sentir
cierta simpatía por él.
–Soy Cancio García-Valls, el hijo del coronel –se presentó sonrien-
do de la misma forma que Mario.
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–Mario Rubio, de Murcia –contestó el murciano–. Nuestros pa-


dres son amigos de juventud, y la casualidad ha querido que se encon-
traran ayer –informó.
–¡Un murciano! –exclamó Cancio fingiendo sorpresa con verosi-
militud–. No conozco a muchos, a pesar de que mi padre naciera allí
–confesó–. Tengo una tía abuela que creo que aún vive, pero la verdad
es que no nos queda más familia en Murcia, por eso no hemos ido
nunca.
–Es una lástima –dijo Mario–. Es una tierra preciosa –añadió con
orgullo.
–Eso he oído. La torre de la catedral más alta de España, la inaca-
bable huerta, la vista desde la Cresta del Gallo… No se crea, de vez en
cuando mi padre nos cuenta cosas de allí –dijo Cancio.
–Creo que en realidad la torre más alta de España es la Giralda de
Sevilla… pero mantengamos el secreto –dijo Mario entre risas.
–¡No se lo cuente a mi padre! –exclamó representando en su rostro
una expresión de peligro con la que hizo reír a Mario.
Después de un rato hablando sobre el objeto de la visita a Madrid,
y de las circunstancias que habían traído a los murcianos a esa fiesta,
Cancio se mostró muy interesado por la vida en Murcia y sus fies-
tas y tradiciones, relatándole los pormenores del bando de la huerta y
el entierro de la sardina.
Ambos jóvenes se cayeron enseguida muy bien, y pronto se tu-
tearon.
Mario se sintió tan confiado, que incluso confesó que él no co-
mulgaba con las ideas tan conservadoras que había ido escuchando en
algunos de los invitados, creyendo intuir cierta complicidad en Cancio.
–Sí, son un auténtico atajo de retrógrados, empezando por mi pa-
dre –aseguró Cancio–. Yo no tengo nada que ver con ellos. Me asquean
–admitió el hijo del coronel para satisfacción de Mario–. Me gustaría
que mi padre fuera más afín a las ideas progresistas del Gobierno, pero
no, es un conservador nato. Y eso que viene de Murcia, tierra de rebel-
des, pero ya ves.
Cancio hizo como que se daba cuenta de su error, e intentó arre-
glarlo.
–Perdona, no quería insultar a los murcianos ni nada de eso –dijo
con tono de disculpa–. Lo decía porque mi padre a veces ha comen-
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tado que últimamente ha habido muchos levantamientos populares


por allí.
–Sí, bueno, alguno ha habido, esa es la verdad –admitió Mario.
–Sí. Mi padre ha mencionado alguna vez a un cabecilla famoso,
pero ahora no me acuerdo del nombre… Antoñito o algo así –dijo
Cancio.
–Antonete –corrigió Mario–. Antonete Gálvez.
–¡Ese! –exclamó Cancio–. Debe ser un bandolero de esos que había
cuando la guerra contra los franceses, porque mi padre dice que era un
criminal que se ocultaba en el monte –dijo Cancio expectante ante la
reacción de Mario–. ¿¡Te imaginas!? Ir por los montes robando lo que
te hiciera falta, huyendo de las autoridades... ¡Libertad! ¡Eso sí es vida!
–exclamó fingiendo emoción e inocencia.
–No es un bandolero –zanjó Mario–. Solo es un huertano que lu-
cha por los derechos del pueblo. Y habla más bajo, por favor –rogó
Mario.
–¿Es que lo conoces? –preguntó imprimiendo a sus palabras toda la
inocencia y admiración de la que fue capaz.
Mario sopesó la conveniencia de sincerarse con aquel joven abierto
y afable, tardando unos segundos más de lo aconsejable, circunstancia
que Cancio supo aprovechar.
–¡Sí lo conoces! –exclamó el joven riendo.
–¡Calla, calla! –contestó entre risas.
–¡Cuenta, cuenta! –apremió Cancio, bajando la voz y acercándose
a Mario, que estaba comenzando a intuir las preferencias amatorias de
Cancio, algo que no comprendía, pero que tampoco le molestaba en
absoluto.
–Lo conozco desde que tenía veinte años. En aquel momento nos
creíamos héroes. O al menos yo lo creía –reconoció–. Fue cuando la
revolución de 1868, en la que se destronó a Isabel II –confesó, inten-
tando que nadie más que Cancio lo escuchase.
–¡Vaya! ¿Os creíais? ¿Es que participaste? ¡Eso es alucinante! –pre-
guntó asombrado como un niño que escucha a alguien que admira.
Mario se dejó llevar por ese entusiasmo y bajó completamente la
guardia.
–Sí –confesó Mario con orgullo–. Fue un día histórico. Entramos
en Murcia con su partida de rebeldes desde el monte Miravete, que
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está cercano a la ciudad, y la gente nos aclamaba. Pensábamos que


habíamos cambiado el mundo –reconoció.
–¿Y qué pasó para que lo condenaran a muerte? –preguntó
Cancio.
–¿Cómo sabes tú eso? –preguntó Mario comenzando a extrañarse
de los conocimientos que parecía mostrar Cancio sobre Antonete.
–Mi padre ha hablado sobre él a veces. Suele comentar con la fa-
milia las noticias sobre Murcia –improvisó Cancio, que no había teni-
do noticias de Gálvez hasta que esa misma tarde se las había contado
Mínguez.
Mario asintió con la cabeza, creyendo al joven.
–Cuando Isabel II fue destronada, dábamos por supuesto que
vendría una república –comenzó a explicar Mario–. Pero Prim nos
engañó, y se las ingenió para sentar en el trono a Amadeo –recor-
dó Mario, exhibiendo un gesto de desprecio–. En aquel momento,
Antonete volvió a levantarse en armas, pero en esa ocasión tuvimos
que hacer frente a la Guardia Civil… nos quedamos sin balas an-
tes que ellos –reconoció Mario–. Yo me escapé por pelos, y a los ca-
becillas los condenaron a muerte. Por suerte, Gálvez pudo escapar a
Argel. Pero con la amnistía de 1870 volvió –concluyó.
–¡Vaya historia! ¡Eres todo un revolucionario! –reconoció
Cancio.
Al ver la excitación de Cancio, Mario comenzó a pensar que había
hablado más de la cuenta, quizá relajado por los efluvios del vino.
Decidió rebajar la exaltación del muchacho.
–Bueno, eso fue cuando era tan joven e inconformista como tú.
Últimamente no hago esas cosas –dijo haciendo gestos con las manos
para que Cancio bajara la voz.
En ese momento cayó en la cuenta de que no había felicitado a
Lucía, y le comunicó a Cancio su intención de hacerlo, pues no quería
parecer desconsiderado.
–Déjame acompañarte… yo tampoco lo he hecho –propuso el jo-
ven.
En ese momento, la aparentemente feliz pareja de novios se encon-
traba atendiendo a un militar, grande, gordo y bastante feo, mientras
Mario sentía que se le desbocaba el corazón conforme se acercaba a la
chica.
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–¿Cómo está usted, don Arsenio? –preguntó Cancio en cuanto lle-


garon a la altura del trío formado por los novios y el militar, interrum-
piendo la conversación sin pedir permiso.
–Muy bien, Cancio, gracias –contestó el interpelado. Mario cayó
en la cuenta entonces de que se trataba del general Arsenio Martínez
Campos, el famoso valedor del coronel–. ¿Ha conseguido ya tu padre
meterte en vereda? –preguntó este sin más.
–Lo intenta, general, a fe que lo intenta. Un día de estos tendrá
éxito –contestó Cancio con desvergüenza, para sonrojo de Leandro y
diversión de Mario.
–Yo sé lo que te hace falta a ti –contestó el militar haciendo, a
modo de broma, el gesto inequívoco de propinar una bofetada.
En el fondo le tenía simpatía al muchacho, pues lo conocía desde
niño y, como le hacía gracia, le permitía sus confianzas.
–Me temo que conmigo no termina de funcionar el jarabe de palo,
general. No dude que mi padre gastó en mi niñez una buena ración, y
ni por esas –dijo Cancio con naturalidad–. Pero no desespere, general.
Últimamente me estoy aplicando en hacerle caso, y seguro que pronto
lo conseguiré –añadió haciendo reír al militar.
Cancio se dirigió a la pareja recién prometida.
–En realidad, nosotros veníamos a darle la enhorabuena a mi que-
rida hermana y a Leandro, que pronto será parte de nuestra familia
–dijo justo antes de dar un apretón de manos a su futuro cuñado y
besar en la mejilla a Lucía.
–No le arriendo las ganancias de ganar un cuñado como este,
Leandro –masculló el general haciendo reír forzadamente al novio de
Lucía.
–Ya nos vamos conociendo –admitió Leandro–. Creo que nos lle-
varemos bien, como debe ser entre hermanos –añadió en un tono casi
amenazante, creyó detectar Mario.
–Sí. Yo siempre pedía uno a los Reyes Magos, y mira, al fin lo ten-
go –contestó Cancio con sorna, para enfado interior de Leandro, que
tapó con una sonrisa, pues disimulaba muy bien el asco que le tenía a
su futuro cuñado.
Sin embargo, el comentario fue causa de diversión en los demás.
–Perdón, no les he presentado a Mario Rubio –continuó de inme-
diato, sin dar opción a réplica a Leandro–, de Murcia, amigo de mi
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padre, pimentonero, comerciante, y futuro socio en los negocios de


Buendía, según me asegura.
Mario estrechó la mano del general con firmeza, quien lo miró
con curiosidad tras la mención a Buendía, que era su más lucrativa
fuente de ingresos últimamente, para a continuación dirigirse a los
novios.
–Enhorabuena a ambos –dijo Mario en tono neutral–, espero que
sean ustedes felices en su matrimonio.
–Muchas gracias –contestó Lucía mirando fijamente al murcia-
no–. Aunque creo que mi hermano se ha confundido. En realidad,
es el padre del señor Rubio el amigo del mío –dijo informando a los
presentes.
–Ya decía yo –masculló Martínez Campos–. Demasiado joven me
parecía.
–Por cierto, ¿y su padre? ¿Está por aquí? –preguntó Lucía al mur-
ciano–. Me encantaría saludarle –aseguró la joven, que se sentía algo
inquieta en presencia de Mario, como si todo su ser se revolviera en su
interior, poniéndola extrañamente nerviosa y alegre a un tiempo.
Mario se había olvidado completamente de su padre.
–Estaba hablando con el señor Cánovas del Castillo y lo he perdido
de vista. Ahora mismo iré a buscarlo –contestó.
–¿Os conocéis? –preguntó Leandro a Lucía, intrigado por el trato
hacia el murciano, con un cierto tono de sentido de la propiedad en
sus palabras que no pasó desapercibido para Mario, y aún menos para
Lucía.
–Apenas –contestó la joven–. Ayer coincidimos en los almacenes
de Buendía solamente unos minutos –dijo Lucía con naturalidad ante
la mirada suspicaz de Leandro.
–¡Ah! ¡Hablando de los Buendía! –exclamó Martínez Campos al
observar que Amalia se acercaba a ellos, después de haber acabado una
conversación unos metros más allá–. ¿Qué tal estás, hija?
–Muy bien, gracias, general –contestó esta tímidamente mientras
miraba de reojo a Mario.
La presencia del joven la turbaba más de lo que podía disimular.
Lucía la miró de reojo, sabiendo lo que estaba pasando por la ca-
beza de su amiga en ese momento. La conocía muy bien para no saber
cuándo estaba nerviosa.
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De pronto, la joven novia se sorprendió a sí misma molesta con su


amiga. ¿Por qué le estaba pasando eso? Cayó en la cuenta de que no le
gustaba la idea de que pudiera haber algo entre Amalia y Mario.
Inquieta, descubrió que estaba empezando a sudar, mientras un
calor inesperado acudía a su cuerpo.
Amalia observó a su amiga y la notó extraña. Sin embargo, no intu-
yó ni por un segundo la causa de su desasosiego.
En ese momento, el mayordomo, por orden de doña Carmen, hizo
su entrada en la sala.
–La cena está servida –anunció–. Pueden ir pasando al comedor, si
son tan amables.
El general, que ya estaba hambriento, se alejó sin más en dirección
al comedor, mientras los cuatro jóvenes se quedaban parados sin saber
muy bien qué decir.
Lucía luchaba por alejar los pensamientos que hacía unos segundos
habían acudido a su cabeza. Decidió con rapidez que aquello era una
locura, y que debía ayudar a su amiga a que intimara con el murciano.
–Cancio, ¿por qué el señor Rubio y tú no acompañáis a Amalia
durante la cena? –propuso casi a su pesar–. Hoy no voy a poder estar
muy pendiente de ella, y como veis no abunda la gente de nuestra
edad.
Amalia miró a su amiga con cierto aire de sorpresa, comprendien-
do inmediatamente las intenciones de Lucía, que ya estaba casi repues-
ta de su confusión inicial.
Pasados los primeros instantes de tensión interna, Amalia se dijo,
en uno de esos pensamientos que vuelan dentro de la mente a veloci-
dad extrema, que a pesar del nerviosismo que la atenazaba, había que
aprovechar la oportunidad de intimar con Mario, y debía reconocer
que su amiga había estado hábil.
–Si ella está dispuesta a aguantarme, por mí no hay problema –con-
testó Cancio expresando en su rostro su extrañeza ante la proposición
de su hermana, pues sabía que no era santo de la devoción de Amalia.
–¡Cancio! ¡Hoy compórtate, por favor! –protestó Lucía, a la que las
bromas de su hermano no terminaban de hacerle gracia.
Mario intercedió por su nuevo amigo en ese momento.
–Por supuesto que sí, no se preocupe señorita Lucía. Lo haremos
encantados –contestó Mario, que le hubiera dicho que sí a Lucía a
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cualquier cosa que le hubiera propuesto, provocando involuntaria-


mente con su respuesta el sonrojo involuntario de Amalia.
–Entonces me quedo tranquila –sentenció Lucía, a pesar de que la
tranquilidad no era el sentimiento dominante en ella en ese momento.

–No se fíe mucho de Cancio –dijo en voz baja Amalia, disimulando,


acercándose todo lo que pudo al oído de Mario, y aprovechando que
el hijo del coronel estaba hablando con Cesáreo, sentado a su dere-
cha, mientras que Mario y Amalia habían caído a su izquierda, por ese
orden.
Para poder hacerlo había echado mano de toda la decisión que
pudo reunir, aunque aparentemente parecía tranquila.
El murciano miró intrigado a Amalia, que comprobó que Cancio
seguía en animada conversación con Cesáreo.
–Es una intuición. Lo conozco, y me da la impresión que va a dejar
caer alguna de las suyas… aunque no puedo asegurarlo. Solo es una
impresión –dijo disimulando todo lo que pudo–. Conociéndolo, nada
bueno, créame.
–Estaré atento –confirmó Mario, sin poder creer que aquel joven-
zuelo dicharachero pudiera suponer una amenaza para nadie.
–Cancio es imprevisible. Puede parecer que es tu mejor amigo,
pero nunca sabes por dónde puede salir –explicó la joven.
–Bueno, eso es algo que pasa con muchas personas –replicó Mario.
–Yo no diría tanto –dijo Amalia–. Por ejemplo, de usted nunca lo
diría –añadió con un tono de cierto coqueteo en sus palabras que a
Mario no le pasó desapercibido.
–Es usted muy amable –contestó Mario–, pero quizá yo sepa disi-
mular muy bien, y en realidad sea… no sé… un asesino –propuso con
tono jocoso, para divertimento de la joven, que le rio la gracia.
–En ese caso, lo disimula usted muy bien –zanjó Amalia con una
sonrisa.
La cena consistió en ensaladas frescas, paté de oca, carne mechada,
embutidos ibéricos, dados de merluza a la menier, pato en salsa y dis-
tintas guarniciones de patata y verdura que colmaban en abundancia
la gran mesa que ocupaba casi todo el espacio del comedor, quizá de-
masiado pequeño para la ocasión, a pesar de que era realmente grande.
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Los vinos franceses no faltaron, y fueron admirados por los enten-


didos, entre los que no se contaba Mario, incapaz de distinguir un
buen Burdeos de un Jumilla corriente.
De postre fruta del tiempo, y un suflé de chocolate que terminó
de redondear una gran cena, aunque excesiva a la vista de la enorme
cantidad de comida sobrante, para regocijo del servicio, que podría
disfrutar de aquellas sobras.
Sin embargo, a pesar de estar disfrutando de todos aquellos man-
jares al lado de Mario, Amalia estaba inquieta. Notaba que estaba de-
saprovechando la oportunidad de intimar más a fondo con él, pues
Cancio había vuelto a acaparar la atención de Mario con sus comenta-
rios divertidos e inteligentes.
La joven intentó volver a retomar la atención del murciano.
–¿Le está gustando Madrid? –preguntó Amalia, una vez que les
sirvieron el postre, y antes de hincar la cucharilla en él.
–Mucho –admitió Mario–. Le parecerá una tontería a alguien de
aquí, pero siempre había soñado con venir a la capital. Aquí es donde
se cuecen los entresijos de la política nacional, y donde se puede influir
sobre esta. Además, se respira la historia de nuestra nación en cada
rincón. Eso siempre me ha llamado mucho la atención.
–Yo no entiendo mucho de política, he de admitirlo –dijo Amalia–.
No creo que sea la función de las mujeres meterse en cosas que no les
son propias –añadió creyendo que esas serían las palabras que cual-
quier hombre desearía oír de una buena esposa.
–Pues yo creo que en el fondo toda mujer sería una gran política
–replicó Mario algo más alto de lo que hubiera querido, llamando con
su comentario la atención de varios comensales que estaban cercanos a
él y confundiendo a Amalia.
–Le aseguro que no sería mi caso. Una cosa es estar al tanto de
cómo va el mundo y otra pretender dirigirlo –contestó Amalia con
una media sonrisa.
–Mantengo que sí y, es más, puedo demostrar que las mujeres se-
rían mejores políticas que los hombres –replicó con seriedad fingida.
De pronto, una señora que estaba enfrente de ellos, tres sillas más a
la derecha, intervino en la conversación.
–Explíquese joven, me interesa oír su reflexión –pidió la mujer.
–Sí, sí, yo también quiero oírla –dijo otra señora, sentada a su lado.
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–Verán –comenzó a explicar Mario, un poco confuso por haber


llamado tanto la atención, lo cual no había sido su intención en nin-
gún momento–, las mujeres son expertas desde la cuna en el arte de la
política, ya que esta no es más que la capacidad de persuadir a los que
escuchan de que lo más provechoso para ellos es que hagan lo que más
conviene al orador, y conseguir, además, que crean que lo hacen por
propia voluntad –concluyó haciendo reír a algunos comensales con la
broma.
–En eso, las mujeres tienen un talento innato, sí señor –dijo un
hombre sentado enfrente, algo alejado.
–Ah, bueno, visto así… ¡Tiene usted toda la razón! –contestó rien-
do la señora que le había pedido que desarrollara su teoría.
–Pensándolo bien, los comerciantes tenemos mucho que aprender
de las mujeres... ¡Nuestros negocios irían viento en popa! –añadió el
murciano, que se había venido un poco arriba con el éxito de su inter-
vención, y los efluvios de los buenos vinos consumidos.
En ese momento, Cancio vio la oportunidad de cumplir con el
encargo que le había hecho Buendía.
El joven se había estado resistiendo toda la noche, pues Mario le
caía bien en realidad, pero una mirada del ladino comerciante le recor-
dó que lo tenía bien cogido por los huevos.
–Bueno, hay veces, querido amigo Mario –dijo el joven utilizando
un tono de voz más elevado del necesario, y aprovechando la curiosi-
dad general que había ocasionado la anécdota–, que más que persua-
dir es necesario imponer a los demás lo más conveniente para ellos
mismos… aunque no los convenzas y sea en contra de su voluntad.
–Solo estaba bromeando, Cancio, no me refería a la realidad de la
política ni de las mujeres –se excusó Mario, que no quería llevar más
allá la conversación–. Solo he tirado de tópicos para hacer una broma,
lo siento –se justificó mirando a Amalia y tratando de zanjar la cuestión.
–No, en serio, piensa en todas las figuras históricas que han impues-
to sus ideas por la fuerza… Julio César, Carlo Magno, Napoleón…
También ellos, de alguna manera, son considerados políticos. ¡Qué
digo políticos! ¡Genios de la política! –exclamó Cancio.
De pronto se hizo un silencio más general, a la espera. La gente de
alrededor parecía muy atenta a los derroteros que podía tomar aquella
conversación.
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–Me has puesto ejemplos de conquistadores, más que de políticos


–replicó Mario cayendo de lleno en la trampa urdida por Cancio–.
En pleno siglo xix, creo que se debería conquistar más con las ideas
que con la espada. Por eso opino que, para que una idea perdure, la
política ha de girar más en torno al convencimiento de los demás, des-
de la convicción propia, que a la imposición de las ideas.
Mario no se dio cuenta de que Lucía observaba desde la distancia la
conversación, sin perder detalle.
–Bueno, al fin y al cabo el pensamiento político de los conquis-
tadores que he citado antes perduró en la historia y es admirado y
respetado hoy en día –replicó Cancio–. Y no me negarás que su poder
lo consiguieron a base de violencia. No creo que hayamos cambiado
tanto desde Napoleón hasta hoy en día.
Los militares presentes, que también habían empezado a prestar
atención a la conversación, dieron su aquiescencia a las palabras de
Cancio con murmullos y gestos de aprobación.
Mario recordó entonces las palabras de Amalia y comenzó a sope-
sar la posibilidad de que todo aquello estuviera siendo buscado por
Cancio con algún fin. Quiso zanjar el tema.
–No, por supuesto. Seguro que tienes razón –concedió Mario con
la esperanza de que acabara aquella conversación que no iba a llevar a
nada.
Lucía se sorprendió del paso atrás del murciano, pero Cancio no
iba a dejar escapar a la presa.
–Yo admiro a los hombres que saben que están en lo cierto y luchan
por lo que creen justo –expresó con vehemencia justo antes de levatar-
se, haciendo caso omiso a la concesión de Mario–, por eso, querido ami-
go, déjame reconocerte ante todos como lo que eres: ¡un héroe! –exclamó
Cancio algo teatralmente, ante la mirada expectante de todos.
Mario observó las atónitas caras de los comensales. Entonces lo vio.
Buendía sonreía con una malicia diabólica, mientras observaba la actua-
ción de Cancio. Él tenía algo que ver en todo aquello, sin duda, pensó.
–Cancio, por favor, no es necesario –imploró Mario–. Te ruego
que no lo hagas.
Cancio lo miró, e intentó expresarle con la mirada que era inevita-
ble. Sintió el impulso de sentarse, y olvidarse de toda aquella pantomi-
ma. Sin embargo, no lo hizo.
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–Sepan ustedes –continuó–, que mi amigo contribuyó decisiva-


mente en el triunfo de la gloriosa revolución de 1868, ayudando a esta-
blecerla en Murcia, jugándose la vida en más de una ocasión, acompa-
ñando siempre a las partidas que el famoso Antonete Gálvez lideraba
–dijo Cancio fingiendo admiración, para a continuación hacer una
pausa efectista–. Es un ejemplo claro de que un hombre tiene derecho
a imponer por la fuerza una idea en la que cree –concluyó sentándose.
A continuación se hizo un silencio incómodo en el comedor.
Cesáreo Rubio, abatido, miró a su hijo que estaba completamente
serio. A continuación volvió la mirada hacia su amigo Indalecio, que
le mantuvo la mirada con dureza. El murciano comprendió que todo
había acabado entre ellos.
–Es una pena que la buena sangre joven de este país se derrame en
defender la causa equivocada –dejó caer como una losa el coronel.
–¿Por qué dices eso padre? –preguntó Cancio haciéndose el ino-
cente, falsamente ofendido.
–Antonete Gálvez luchó por la revolución de 1868, sí, pero lue-
go se rebeló contra el Gobierno de Prim –respondió el coronel con
dureza–. Es un loco, que solo sabe alterar el orden público. Un revo-
lucionario. Toda la vida ha sido igual. Tuve que perseguirlo por sus
fechorías, cuando ambos éramos jóvenes. Te aseguro que era de los
que disparaba antes de preguntar. Suerte tuve de que no me matara.
–Prim, Dios lo tenga en su gloria, no era santo de mi devoción
–intervino calmadamente Cánovas del Castillo–, pero al menos evi-
tó la República mientras vivió. Si los terroristas republicanos no lo
hubieran asesinado, otro gallo nos cantaría… Por cierto, creo que ese
Antonete se libró de la pena de muerte por los pelos –dijo dirigiéndose
a Cancio y Mario–. Los revolucionarios nunca son buena compañía
–reprochó al murciano por haber seguido al líder de la huerta.
–Mano dura es lo que necesitan los jóvenes de este país –dijo
Martínez Campos sin venir a cuento–. Así no se meterían en zaranda-
jas sin saber a lo que juegan.
–Eso pienso yo, mi general –corroboró el coronel García-Valls, mi-
rando a su hijo.
La conversación se caldeó. Todos hablaban a un tiempo, opinan-
do sobre si la revolución de 1868, en la que algunos de los milita-
res presentes habían participado, había alcanzado sus objetivos o no,
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el posterior reinado de Amadeo y la deriva que estaba tomando la


República.
Doña Carmen intentaba poner calma, cambiando de conversa-
ción, pero sus esfuerzos resultaron inútiles. A pesar de que había sido
Cancio el que había generado aquel debate, todos los comentarios es-
taban centrados en los jóvenes que, como Mario, se dejaban embaucar
por los nuevos aires que intentaba imponer la República.
Mientras, Mario permanecía ajeno a todas las conversaciones.
–Vaya, si lo sé no digo nada –dijo Cancio ante la indiferencia de
Mario, que ya no se dignó a mirarlo, ante lo cual el hijo del coronel se
limitó a permanecer callado.
–Se lo advertí –dijo Amalia, cuando comprobó que Cancio no es-
cuchaba, acercándose a Mario, mientras este seguía como ausente.
Doña Carmen, inquieta ante el acaloramiento que entre algunos
comensales estaba tomando la conversación, seguía intentando calmar
los ánimos.
Cogió una copa y una cucharilla, y con esta golpeó el vidrio hasta
que consiguió llamar la atención de todos. No era un sistema muy ele-
gante, pensó doña Carmen, pero demostró ser muy efectivo.
–¿Por qué no pasamos a la sala de estar? –anunció en voz alta y auto-
ritaria–. Lucía querría obsequiarles con una interpretación al piano de
algunas obras de Chopin –añadió haciendo gestos para que todos se
levantaran y se dirigieran hacia el salón que había servido para recibir-
los.
La gente obedeció a la anfitriona, como corderos guiados por el
pastor.
Mario comprendió que su permanencia en esa casa estaba de más.
Se dirigió a su padre, que lo miraba con decepción, mientras seguía al
resto del rebaño.
–Tenías que contarlo, ¿no? –reprochó Cesáreo en voz baja con
amargura.
–Lo siento, padre. Nos han tendido una trampa –acertó a decir
Mario–. Buendía sabía de alguna manera lo de Gálvez, y ha utilizado a
Cancio para atacarnos, estoy seguro. Nunca ha querido tener negocios
con nosotros.
–¿Qué fantasías son esas? –replicó Cesáreo–. No cargues tus culpas
en los demás –añadió con dureza.
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Mario se quedó mirándolo, comprendiendo que su padre nunca le


creería.
–Tiene razón, padre. Si he sido un ingenuo es solo culpa mía –con-
cedió–. Creo que será mejor que nos vayamos.
–No –contestó Cesáreo–. Nos quedaremos hasta el final. Quizá
pueda arreglar las cosas con Indalecio.
Mario estaba profundamente abatido por haber caído en la tram-
pa, y en ese momento no tenía ganas de discutir con su padre, por lo
que, a pesar de estar convencido de la imposibilidad de entablar nego-
cios con Buendía, decidió acatar la decisión de su progenitor.
Al fin y al cabo quien estaba equivocada era esa gente que lo ro-
deaba, todos contrarios a la República. Llevaría la cabeza alta ante sus
actos, decidió. Nada de avergonzarse.
En ese momento se puso a caminar siguiendo a su padre, que ya se
dirigía hacia el salón.
De pronto, una voz sonó a su espalda. Una voz que aceleró su co-
razón.
–El lunes, a las cinco y media, en el café Levante. No falte –dijo
Lucía justo antes de adelantarle, sin añadir nada más, para poder de-
leitar a todos con la música de Chopin.
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4. EL CAFÉ LEVANTE

Madrid, lunes, 21 de abril de 1873

Mario pensó que aquel lugar sería una de las razones por las que cam-
biaría su residencia a la capital sin dudarlo.
En el café Levante se podía palpar la diferencia entre la tranquila
vida provinciana y el animado discurrir del tiempo madrileño.
El decorado era sencillo pero elegante, con refinados quinqués do-
rados, grandes espejos, y mesas de mármol blanco, demasiado pegadas
unas a otras.
Inicialmente, el café había sido concebido, hacía ya más de dos
lustros, como local destinado a melómanos, pero con el tiempo había
sufrido una conversión paulatina hacia lugar habitual de encuentro
donde poder escuchar las más variadas tertulias, aunque el tema domi-
nante fuera sin duda la política.
Entre los parroquianos abundaba la gente de posición desahogada,
pero también jóvenes intelectuales sin recursos, escritores en ciernes,
periodistas, comerciantes, además de diputados en Cortes y políticos
de todas las tendencias.
Allí se podía sentir el pulso de la sociedad capitalina al tiempo que
no cesaba de sonar música desde la tarima central, donde un piano y
un violín interpretaban las piezas más populares, sin que por ello se
interrumpieran las conversaciones que incesantemente llenaban el aire
junto al humo de los cigarros.
El murciano se sorprendió al ver un número nada despreciable
de mujeres compartiendo el espacio con los hombres, con total na-
turalidad. Había grupos de señoras mayores, pero también mesas
con señoritas casaderas, e inclusive alguna pareja de novios sin com-
pañía.
En Murcia aún no existían locales elegantes en los que hombres y
mujeres decentes pudieran encontrarse con tanta facilidad en un am-
biente así de distendido, pensó.
Quizá habría que montar algo así en su ciudad, al lado del ayunta-
miento, con vistas al puente de los Peligros, o en la calle Trapería, al
lado del Casino. Sería un éxito seguro, pensó.
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Observó una mesa cercana y afinó el oído para escuchar de qué iba
la conversación.
–Señor mío –dijo el bigotudo orador que acababa de tomar la pala-
bra–, el presidente Figueras ha demostrado que se puede confiar en él.
Cuando en las elecciones quede clara la voluntad del pueblo, se podrá
configurar una República en la que todos los territorios se sientan a gusto.
–Los Estados supondrán la desintegración del país –sentenció seve-
ramente otro contertulio tan bigotudo como el primero–. ¡República
sí, pero unidad también! Usted dele mucha libertad a los catalanes…
verá qué pronto querrán ir por su cuenta. Y, después de ellos, los vascos.
–¡Por favor! –replicó el recriminado, ofendido–. ¡Si el presiden-
te Figueras es catalán! ¡Si Prim era catalán! ¡Si hasta el ministro de
Gobernación, Pi y Margall, es catalán! No sé cómo puede pensar que
los catalanes harían algo así –dijo el otro–. Los Estados son necesarios.
Aún más en las colonias –añadió.
–¿Las colonias? –replicó el otro con retintín–. Despierte, amigo.
Los cuatro territorios que nos quedan se acabarán independizando,
como todos los demás. Eso no lo va a evitar el federalismo. Solo se
puede evitar por la fuerza de las armas, y hace tiempo que aquí solo
nos matamos entre nosotros mismos.
–Es usted un poco pesimista, señor –sentenció su interlocutor.
Mario asistía divertido al debate, procurando disimular para no
parecer indiscreto. Con gusto hubiera participado en el mismo si le
hubieran invitado a ello, exponiendo su particular punto de vista del
federalismo. Pero su mente no estaba pensando en política precisa-
mente.
Los nervios no le habían dejado dormir tranquilo la noche ante-
rior, y le habían mantenido inquieto todo el domingo. No podía pen-
sar en otra cosa más que en la cita secreta que Lucía había concertado
clandestinamente, hablándole muy bajito.
¿Es que acaso sentiría ella lo mismo que él? ¿Querría verlo a escon-
didas para confesarle sus sentimientos? ¿O sería otro asunto el que la
había llevado a querer que se vieran? Fantaseaba con estas cuestiones,
preguntándoselas una y otra vez.
Incluso llegó a pensar que cabía la posibilidad que fuera una joven
casquivana capaz de faltar a su promesa de matrimonio solo por puro
divertimento, aunque intentaba alejar esa idea de su mente.
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Miró a la puerta de nuevo, más nervioso a cada minuto que pasaba.


En cuanto escuchaba el sonido de las campanillas que anunciaban la
apertura de la puerta, Mario miraba rápidamente, anhelando ver
la imagen de la joven entrando en el café, aunque hasta el momento
solamente había coleccionado decepciones, pues Lucía no aparecía.
Eran ya las seis menos cuarto.
La puerta volvió a abrirse. Mario volvió a mirar, casi con desespera-
ción. En esta ocasión su corazón dio un vuelco. Lucía hizo su entrada
en el café, mirando a derecha e izquierda, buscándolo.
Al verlo, él alzó su mano esbozando una sonrisa nerviosa. Observó
que ella se ruborizaba un poco al descubrirlo, pero inmediatamente
se dirigió a él. Lucía lo miró, contestando a su saludo con la mirada.
–Encantado de volver a verla, señorita Lucía –dijo Mario cuando
la joven llegó hasta donde él estaba, levantándose y apartando una
silla para ayudarla a sentarse, mientras intentaba disimular el tropel de
sensaciones que venían a su mente.
–Buenas tardes, Mario. Se habrá estado preguntando cuál es la ra-
zón por la cual lo he citado aquí –dijo Lucía sin más preámbulo.
–A decir verdad, no he pensado en otra cosa desde que salí de su
casa el sábado –contestó Mario con sinceridad.
–He de confesarle una cosa… es un poco embarazoso –dijo Lucía
estremeciendo a Mario con esas palabras.
–Puede decirme lo que sea –dijo Mario deseando que fueran pala-
bras de amor lo que saliera de la boca de la joven.
–Verá –dijo Lucía haciendo una pausa–, he conocido una informa-
ción muy importante, y no sabía con quién compartirla. Tiene que ver
con el Gobierno y con un posible golpe militar.
Mario miró a Lucía, sorprendido. Esa posibilidad no había entrado
en sus planes en ningún momento. Los jóvenes se miraron unos mo-
mentos sin decir nada. En ese instante llegó el camarero.
–¿Qué van a tomar los señores? –preguntó.
Mario miró al empleado, asimilando aún la noticia que acababa de
recibir, sin saber qué decir.
–Un café con leche por favor –pidió Lucía.
–Uno solo para mí –dijo Mario volviendo a la realidad.
–¿Algún dulce? –preguntó el camarero–. Hoy tenemos un buen
surtido recién traído de la pastelería Viena, que ha abierto hace poco
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en esta misma calle Arenal. Tenemos bollos suizos, pastelitos de cre-


ma, delicias de cabello de ángel, bombones surtidos…
–Solo el café –contestó Lucía.
–Nada más, muchas gracias –añadió Mario.
El camarero se fue a servir el pedido, quejándose por dentro de lo
pobre de la comanda, y pensando que aquellos dos eran unos muertos
de hambre con pretensiones.
–¿Por qué me cuenta esto? –preguntó Mario con cierta suspicacia.
De pronto le vino a la mente la jugarreta sufrida a manos de Cancio.
Se sintió completamente descolocado, abochornado por los pensa-
mientos románticos que lo habían invadido hasta ese momento. La
desconfianza se apoderó de él.
Lucía se quedó mirándolo, buscando las palabras precisas.
–Sé que es extraño, pero no conozco a nadie a quien pueda confiar-
le esta información –contestó Lucía–. No sé si mi padre está involu-
crado, pero en todo caso no creo que hiciera nada para impedirlo. Ya
vio usted a sus amigos –dijo con seriedad.
–¿Qué hay de su amiga Amalia? Podría hablar con su padre –sugi-
rió Mario.
–Buendía es un buen hombre –dijo Lucía, que solo conocía la cara
amable del comerciante–, pero jamás se metería en un asunto así. Lo
conozco, y lo último que querría sería enfrentarse con mi padre. Por
eso no he querido mezclar a Amalia en esto –añadió sin explicar que
no confiaba en que su amiga quisiera frenarla en sus planes o pudiera
ir con el cuento a Buendía, y este al coronel.
–Pues durante la fiesta su hermano Cancio y él no dudaron en ata-
carme. Sin ningún miramiento –reprochó Mario.
–¿Buendía? –preguntó extrañada Lucía–. Sé que Cancio quizá
se excedió, pero puede que usted le causara más impresión de lo
que imagina –añadió la joven, que sospechaba desde hacía tiem-
po cuáles eran las verdaderas tendencias sexuales de su hermano–.
Probablemente habló así sin pensar, deslumbrado por sus aventuras
–concluyó recordando la admiración que ella misma sintió al oírselas
relatar a Cancio.
Mario no podía creer que Lucía fuera tan inocente, cuando él había
deducido con tanta claridad lo que verdaderamente había sucedido
durante la cena. Estaba convencido de que estaba en lo cierto.
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–Todo aquello fue una pantomima orquestada por Buendía, y eje-


cutada por su hermano Cancio –aseguró con dureza–. El fin era des-
baratar mis planes de negocio entre nuestros padres. Buendía no ha
querido en ningún momento tener trato con nosotros, y me temo que
el día que lo conocí herí su orgullo, aunque no había imaginado
que tanto –explicó.
Lucía se quedó mirando a Mario sin saber qué decir.
–No quisiera volver a ser objeto de burla –añadió Mario con serie-
dad–. Si esto es algo así…
Mario no pudo terminar la frase, pues la joven, con gesto de enfa-
do, se levantó presta a irse.
–Creo que todo esto ha sido un gran error –dijo Lucía.
Mario comprendió de pronto la injusticia que había cometido con
ella. ¿Cómo había sido capaz de pensar así? Rápidamente intentó cal-
marla.
–Perdóneme, se lo ruego –dijo poniendo su mano en el brazo de
la hija del coronel–. He sido un grosero, un desconsiderado, y la he
juzgado mal –dijo mientras la miraba con culpabilidad–. Le ruego que
empecemos de nuevo.
Lucía volvió a sentarse, aún enfadada.
–He sido un estúpido, lo siento –añadió Mario–. Pero le asegu-
ro que en la fiesta había algo tramado entre su hermano y Buendía,
aunque no sé cómo he podido pensar que usted sabía algo –concluyó
Mario sintiendo cómo la posibilidad de tener un romance con Lucía
se diluía entre sus manos.
–Desconozco si las cosas son tal y como usted las pinta –contestó
Lucía con dureza–. Lo que sí sé es que mi hermano sería incapaz de
hacer daño a alguien a propósito –añadió convencida.
Mario la miró deleitándose sin pretenderlo en la contradictoria be-
lleza que emanaba de la dureza de su gesto.
–La creo. Por supuesto que la creo –admitió con sinceridad y ver-
güenza.
Pasados unos segundos de silencio incómodo, el murciano intentó
retomar la conversación.
–Le ruego que me cuente todos los detalles de lo que ha descubier-
to, por favor –sugirió–. Intentaré hacer todo lo que esté en mi mano
para ayudarla, tiene mi palabra –aseguró con convicción.
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Lucía lo miró unos instantes, terminando de decidir si todo aquello


había sido una buena idea, una locura o simplemente una excusa para
estar cerca de aquel hombre que la había atraído desde que el primer
momento en que lo conoció.
El relato que Cancio había hecho de Mario durante la cena la
había terminado de cautivar. La historia del hombre que luchaba
por la igualdad, por la República, y que había arriesgado su vida por
ello, la hechizó.
No había sido hasta ese instante en que se percató de que ese joven
la atraía tanto como a Amalia. De pronto entendió el porqué del fle-
chazo que había sentido su amiga al conocerlo.
Intentó luchar contra esos sentimientos, desechar esos pensamien-
tos de su mente, pero no pudo.
Se sorprendió descubriendo que se resistía a ello sobre todo por
Amalia, sin haber pensado en Leandro en ningún momento.
Si algo daba miedo de verdad a Lucía era hacer daño a su amiga.
Bastante había sufrido ya en la vida.
Sin embargo, el sábado, mientras se dirigían al salón para entre-
tener a los invitados con su música durante la fiesta de compromiso,
Lucía había tenido un destello. Quizá aquel hombre joven y aventu-
rero podría frenar de alguna manera los planes que había descubierto
justo antes de bajar a saludar a los invitados.
–Está bien. Le contaré lo que sé –aceptó la joven–. Pero antes debe
prometerme usted una cosa –añadió.
–Lo que sea –asintió Mario.
–Debe jurarme que bajo ningún concepto mi padre saldrá dañado
con esto. Nada de lo que voy a contarle debe salpicarle bajo ningún
concepto –exigió Lucía.
–Lo juro por mi honor –contestó Mario tras meditarlo unos se-
gundos.
Lucía observó a Mario, convenciéndose de la honestidad de sus
intenciones, y comenzó su relato.
–El sábado, mientras me terminaba de preparar junto con Amalia
para bajar a la fiesta, oí voces provenientes de la biblioteca –dijo
Lucía–. Las oí porque debajo de mi tocador hay un respiradero que
lleva los sonidos desde la biblioteca hasta mi habitación. Nunca se
suele entender lo que transmiten esos sonidos… a no ser que te eches
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al suelo –explicó–. Aprovechando que Amalia y yo estábamos solas


–continuó–, hicimos lo mismo que hacíamos cuando éramos unas
chiquillas aún. Jugando, rememorando aquellos tiempos, nos echa-
mos al suelo para espiar y tratar de escuchar lo que allí se hablaba, sin
otro ánimo que reírnos de nosotras mismas –subrayó–. No espero que
usted lo comprenda –añadió algo avergonzada por la confesión.
–Lo comprendo perfectamente –contestó Mario–. Todos nos vol-
vemos niños cuando estamos solos, y más en compañía de un amigo
de verdad –añadió con sinceridad tranquilizando a Lucía.
–Distinguí la voz de Martínez Campos, y dos hombres más a los
que no pude reconocer –continuó–. Eran voces masculinas, y apa-
rentemente hablaban de política, por lo que Amalia expresó su abu-
rrimiento y dejó de escuchar, pero yo me quedé ahí un poco más.
Entonces lo oí –explicó Lucía acercándose a Mario y hablando muy
bajito para que nadie de los alrededores pudiera escucharla.
Mario la escuchaba atentamente, vivamente interesado en el relato
de la joven.
–Dijeron claramente que el día 23 los Voluntarios de la Libertad
entrarían en acción, que Sagasta había accedido a presidir el Gobierno,
y que tenían el apoyo de los generales Topete y Serrano –aseguró
Lucía–. Es todo lo que pude oír, porque entró alguien más en la bi-
blioteca y cambiaron de tema –concluyó hablando lo más bajo que
pudo, haciendo pensar a quien la observase que estaba compartiendo
confidencias con un pretendiente o un novio.
–¿Sagasta también en esto? –preguntó Mario confundido y asquea-
do, también en voz baja, sin terminar de creer que todo aquello pudiera
ser cierto–. De algunos generales me lo podía esperar… pero Topete,
que fue el héroe de la revolución de 1868… Sagasta… ¡Traidores! –ex-
clamó en voz baja dando un pequeño golpe en la mesa.
–¿Me cree ahora? –preguntó Lucía satisfecha por el efecto que sus
palabras habían tenido en Mario.
–Por supuesto –contestó con seguridad–. Ahora hay que poner so-
bre aviso a las autoridades. Tenemos que impedir que lleven a cabo sus
objetivos.
–¿Los denunciará? –preguntó Lucía inquieta por su padre que,
aunque no estaba segura de que estuviera en la conjura, tampoco po-
día descartarlo–. Recuerde su juramento –imploró.
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Mario la miró asintiendo con la cabeza.


–No sé si podemos confiar en la Guardia Civil o en la policía –ase-
guró Mario verbalizando los pensamientos que rápidamente surcaban
su mente–. Podrían estar también en el complot, y quizá si lo pusiera
en su conocimiento terminaría en prisión yo antes que nadie.
–Puede que tenga razón –concedió Lucía–. Pero ¿qué otra cosa
podemos hacer? –preguntó.
Mario se quedó pensando unos segundos. Entonces tuvo una idea.
–Debemos acudir directamente a la cúspide –exclamó–. Hay que
contactar con Pi y Margall –sentenció.
–¿Cómo vamos a llegar hasta el ministro de la Gobernación? –pre-
guntó Lucía–. No tengo ni idea de dónde vive, y no creo que le conce-
da audiencia así como así.
–Podría hacerme pasar por Antonete Gálvez –propuso Mario para
sorpresa de Lucía–. Los dos son republicanos, y Pi siempre ha defendi-
do las ideas cantonalistas. Sé que mantienen una relación de amistad.
Puedo pedir una cita fingiendo que soy él. Quizá así me reciba –dijo
Mario.
–Podría funcionar –concedió Lucía–. ¿Cuándo lo va a intentar?
–preguntó.
–De inmediato –contestó–. No hay tiempo que perder –dijo a la
vez que hacía un gesto inequívoco al camarero para que les trajera
la cuenta.
Mario miró a Lucía con seriedad.
–Señorita Lucía… –comenzó a decir.
–Por favor, tuteémonos, ¿no te parece? –propuso la joven, que de
pronto notaba que ya no cabían los formalismos entre ellos.
–Está bien –accedió Mario–. Lucía, quería volver a pedirte perdón
por haber pensado mal.
–No tiene importancia –contestó esta.
–Lo que has hecho es muy valiente –dijo Mario mirando profun-
damente a Lucía, mientras posaba su mano en el antebrazo de la jo-
ven, mientras un cosquilleo recorría el cuerpo de la joven, y un color
sonrosado acudía a su rostro–. No todo el mundo hubiera quedado
con un extraño para confiarle estas cosas. Te agradezco mucho que
hayas depositado tu confianza en mí. Te juro que voy a hacer todo lo
que esté en mi mano para frenar esto. Espero no defraudarte –termi-
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nó, con una seguridad en sí mismo que derrumbó cualquier barrera de


desconfianza que quedara en Lucía.
La joven se quedó prendada en ese instante de la fuerza que des-
prendía la personalidad de Mario, y no encontró las palabras con las
que devolver los cumplidos del joven.
En ese momento, alguien que acababa de entrar llamó la atención
de Lucía.
–Creo que puede haber una manera más rápida de acceder a Pi
–dijo la hija del coronel con un brillo expresivo en la mirada–. ¡Cómo
no lo había pensado antes! –exclamó.
Lucía saludó con la mano a un hombre que buscaba mesa, invitán-
dolo a unírseles. Mario se fijó que era un hombre de unos treinta años,
con bigote, vestido con humildad en tonos oscuros y que iba fumando
un cigarro de hoja.
Al ver el saludo de la joven, el hombre se acercó hasta donde
estaban.
–¿Se acuerda de mí, don Benito? –preguntó Lucía levantándose,
acto que Mario imitó.
–¡Cómo olvidarla, señorita García-Valls! –contestó el hombre–.
¿Leyó el libro que le recomendé? –preguntó con cierto tono de clan-
destinidad, pues El manifiesto comunista no era lectura para ir comen-
tándola alegremente.
–Por supuesto –contestó Lucía–. Me gustó muchísimo –añadió.
–¿No la habrá descubierto su padre, el coronel? –inquirió con cier-
ta chanza.
–Ni por asomo, don Benito –contestó Lucía con una sonrisa.
Entonces se dirigió a Mario, haciendo gestos inequívocos de querer
presentar a ambos hombres.
–Mario –dijo Lucía–, me gustaría presentarte a don Benito Pérez
Galdós, periodista y escritor.

Lucía había llegado a casa caminando, incumpliendo la promesa que


le había hecho a Mario antes de despedirse de tomar una galera.
Lo había dejado en compañía de Galdós, y esperaba que entre
los dos supieran lo que hacer con la información que había descu-
bierto.
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Se preguntó si había hecho lo correcto, y se contestó que sí. No


podía permitir que las fuerzas reaccionarias tumbaran la República.
Estaba convencida de que la única manera de que España caminara
hacia la modernidad y hacia la verdadera libertad era que la República
triunfase, y ella había sentido simpatía por esa forma de Gobierno y
por sus dirigentes desde su nacimiento, aunque sin manifestar sus po-
siciones delante de su padre.
Escuchar que alguien quería liquidarla y volver a lo de siempre la
había desasosegado más de lo que hubiera imaginado nunca.
Sin embargo, aún no había obtenido una respuesta tan rotunda al
cuestionarse si esas eran las verdaderas razones del porqué había desve-
lado aquella información precisamente a ese hombre casi desconocido.
Tras mucho pensar, solo pudo admitir ante sí misma que el motivo
real había sido el propio Mario.
Ya no podía negárselo. La idea de hacer algo prohibido, de quedar
a solas con un hombre que la atraía sin saber a ciencia cierta el porqué,
había sido el detonante.
La confabulación golpista descubierta solo había sido la excusa que
necesitaba para vivir aquella aventura, aunque no hubiera sido plena-
mente consciente de ello hasta ese momento.
Tenía que admitir que en su interior bullía algo que no había expe-
rimentado nunca, un torrente incontrolable que le aceleraba el pulso
y que hacía que sus pensamientos trajeran a Mario a su mente cuando
menos lo esperaba. ¿Era eso estar enamorada? ¿Sentiría Amalia por el
murciano lo mismo que estaba sintiendo ella? No sabía qué contestarse.
De lo que sí estaba segura era de que, después de haber desvelado
su secreto, crecía en ella un miedo que aumentaba a medida que pasa-
ban los minutos.
No había pensado bien las consecuencias de sus actos.
Quizá había involucrado al joven en una aventura que podía salirle
muy cara, sin contar con las repercusiones que pudiera tener para su
padre y para toda su familia.
No debería haber dicho nada. No debería haberse citado con
Mario. Solo debería ser como todo el mundo esperaba que fuera. La
vida sería fácil si seguía las normas.
Pero Lucía era cada día más consciente de lo imposible de cambiar
su carácter. La sola idea de casarse con Leandro era algo que la empu-
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jaba a hacer locuras como la que acaba de cometer acudiendo al café


Levante.
¿Por qué no podía ser una chica como las demás? ¿Por qué no po-
día ser como Amalia?
Lucía abrió la puerta de la gran casona de los García-Valls, sin sos-
pechar que su madre la estaba esperando con inquietud desde hacía
rato.
–¡Al fin estás aquí! –exclamó doña Carmen algo alterada, pero in-
tentando mantener la compostura–. Leandro ha venido a verte –dijo
con cierto aire de reproche.
–¡Ah! –contestó Lucía sorprendida, casi sin haber terminado de
entrar en la casa–. No lo esperaba.
–¡Lleva aquí más de una hora! –siseó doña Carmen al oído de
Lucía–. ¿¡Dónde estabas!?
–¡Mamá! –respondió la joven indignada–. ¡He estado con Amalia!
–¡Te dije que volvieras pronto! –reprochó doña Carmen–. ¡Ya casi
ha caído el sol!
–¡Ya no soy una niña! –exclamó en un tono elevado, al tiempo que
miraba a su madre con una fiereza que dejó sin palabras a la dueña de
la casa.
–¡Haya paz, haya paz! –exclamó Leandro, que había aparecido des-
de la biblioteca–. La culpa es solo mía –confesó–. Tendría que haber
avisado a Lucía de que hoy pensaba pasarme por aquí.
Ambas mujeres se quedaron mirando al joven militar sin decir una
palabra.
–Había pensado que podríamos salir a dar un paseo, aprovechando
la buena temperatura –explicó Leandro–, pero me temo que se ha he-
cho un poco tarde. Siento haberme presentado de imprevisto.
–No te preocupes –contestó Lucía–. Me entretuve más de la cuen-
ta con Amalia –contestó algo nerviosa, despertando la suspicacia de
doña Carmen que, a pesar de ser completamente diferente a ella, co-
nocía bien a su hija.
–No tengo nada que disculpar –contestó Leandro.
–Para compensarte te quedarás a cenar –dijo doña Carmen–. No
admito un no por respuesta.
–Por supuesto doña Carmen, será un placer –respondió el joven
militar.
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–Lucía, acompaña a Leandro al saloncito mientras doy órdenes al


servicio para que preparen todo lo necesario. Os dejo solos para que
habléis de vuestras cosas, pero dejad la puerta abierta –ordenó la seño-
ra de la casa.
–¡Mamá! –protestó Lucía avergonzada.
–Por supuesto, doña Carmen, no tiene usted de qué preocuparse
–respondió el militar con una sonrisa.

–A ti te pasa algo –dijo Leandro sorprendiendo a Lucía.


–¿A mí? No –contestó la joven sin mucha convicción.
–Venga –replicó el militar–. A mí puedes contármelo todo. Dentro
de poco seremos marido y mujer. En un matrimonio no puede haber
secretos.
Lucía se quedó mirándolo, pensando que todo el mundo tenía se-
cretos, y sobre todo dentro del matrimonio.
A veces se sorprendía al comprobar cómo los hombres creían que
las mujeres eran tontas.
–Lo único que me pasa es que estoy un poco agobiada con los
preparativos de boda, estoy un poco nerviosa. No es fácil aceptar que
dentro de poco nuestras vidas darán un giro tan grande –respondió.
–Ya me imagino –dijo Leandro–. En un par de meses pasarás a ser
la señora de mi casa, y tendrás que hacerte cargo de todo lo que ello
conlleva. Además, espero que seamos padres muy pronto –añadió, con
cierta picardía en su mirada–. Sin duda, eso es un cambio grande.
Entiendo que estés un poco asustada, pero yo confío en que serás una
estupenda esposa y madre. Y yo seré la envidia de todo Madrid –con-
cluyó Leandro, expresando así lo que él consideraba el mejor de los
halagos que se podía hacer a una mujer.
Lucía miró a Leandro con aire de melancolía, sin que este supiera
descifrar los pensamientos que en ese momento llenaban su mente.
–¿Tú me quieres? –preguntó Lucía a bocajarro, dejándolo comple-
tamente descolocado.
El militar tardó unos segundos en contestar, sorprendido por la
pregunta.
–¿Qué pregunta es esa? –replicó algo molesto–. ¡Por supuesto que
te quiero! –exclamó–. Si no, no te hubiera pedido en matrimonio.
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Lucía observó la reacción del militar, y no pudo evitar sentir cierta


sensación de culpabilidad.
–Perdóname –dijo Lucía–. No sé lo que me pasa últimamente. Te
suplico que no me lo tengas en cuenta.
–Lucía –dijo Leandro al tiempo que la cogía de las manos–, es-
toy completamente convencido de que seremos plenamente felices.
Confía en mí. Sé que puedo parecer frío, pero el amor que te tengo es
real.
–Lo sé –respondió la joven–. No sé por qué te he preguntado eso.
Siempre has sido muy bueno conmigo.
El militar se quedó mirando a su novia durante unos momentos.
–Mira, si tienes alguna duda, será mejor que la expreses ahora –dijo
Leandro, que comenzó a comprender que algo no funcionaba bien–.
¿Sigues queriendo casarte conmigo, no? –preguntó en un tono casi
alegre, intentando enmascarar una preocupación verdadera.
Lucía hizo un esfuerzo por mirarle a los ojos y parecer lo más sin-
cera posible.
–Por supuesto que sí.
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5. GOBERNACIÓN

Madrid, lunes, 21 de abril de 1873.


Ministerio de la Gobernación

–Recuerde muyayo –dijo Galdós, que seguía dejando escapar el acento


canario sin poder evitarlo–, déjeme hablar a mí. No quiero meteduras
de pata con Pi. Le llaman el hombre de hielo, pero cuidado con su
genio.
–Últimamente todo el mundo se empeña en que no hable –mascu-
lló Mario ante la mirada indiferente de Galdós.
–Quizá eso sea por algo –contestó el escritor.
–No tenga la menor duda –replicó el murciano.
Mario observó el largo pasillo y meditó acerca de cómo había ter-
minado el día dentro del Ministerio de la Gobernación, el edificio más
famoso de la Puerta del Sol.
La antigua sede de correos tenía ya más de cien años de historia a
sus espaldas desde que fuera construida bajo el reinado de Carlos III,
pero seguía luciendo como nueva.
Los materiales debían de haber sido de primera calidad, al igual
que lo era el mármol de la escalera principal, pensó el joven.
Llegar hasta la puerta del ministro no había sido tan difícil como
podría haber parecido en un principio. Mario agradeció que Lucía hu-
biera tenido tan buena intuición, aquel periodista parecía tener mano
en los ambientes oficiales.
Mario, sin embargo, no lo conocía, a pesar de que Lucía le había
explicado que, además de conocido columnista en La Nación y otros
diarios, era el autor de varios libros de cierto éxito.
–Siento no conocer su obra, señor Galdós –le había dicho Mario
al conocerlo en el café Levante.
–No se preocupe, no es muy conocida fuera de ciertos ambientes
madrileños –respondió este, sin asomo de arrogancia–. Pero llámeme
solo Benito, sin el don, se lo ruego. Somos casi de la misma edad –pro-
puso, aunque se llevaban más de un lustro.
–A mí puede llamarme Mario –contestó el murciano, al que el es-
critor le había caído bien de inmediato.
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La conversación en el café había sido animada desde el primer mo-


mento, y Lucía no ocultaba su admiración intelectual por el escritor.
–Ahora don Benito está escribiendo algo que le hará muy famoso
–había informado Lucía–. ¡Quiere novelar todo lo que llevamos de
siglo! ¡Desde la batalla de Trafalgar! –exclamó emocionada, pues había
leído los pocos libros que llevaba publicados el canario, y era una gran
admiradora de su obra, a pesar de que no lo hubiera conocido perso-
nalmente hasta un par de meses atrás.
–Sí –reconoció Galdós–, aunque todavía está en ciernes la cosa.
Además, eso de que me vaya a hacer famoso… ¡Dios no lo quiera! –ex-
clamó con ironía y sinceridad, pues era de natural tímido–. Por favor
se lo pido, Lucía –añadió–, deje usted ya lo del don –reprendió.
–Está bien, don… digo Benito. Ya verá usted como sí que triunfa.
Es muy buen escritor –aseguró Lucía mirando a Mario.
Galdós se sentó con ellos, conversando durante unos minutos acer-
ca de su obra y de las últimas novedades en los teatros madrileños.
Sin embargo, no le pasó desapercibido el desasosiego que mostraban
ambos jóvenes.
–Bueno, no les entretengo más –dijo Galdós–. Una parejita necesi-
ta su espacio –añadió dando por sentado que los jóvenes eran novios.
–¡No, no, no! ¡No somos novios! –contestó Lucía nerviosa y aver-
gonzada de pronto–. ¡Tenemos que decirle algo muy importante!
–exclamó cogiendo del brazo al escritor, quien se sintió intrigado de
inmediato.
Lucía informó a Galdós que debían hablar algo con él, pero era
preciso hacerlo en un sitio más privado. La joven se había dado cuenta
de la inconveniencia de hablar todo aquello en público, con alguien
popular de por medio.
Su tono serio y el instinto periodístico de Galdós lo convencieron
de la necesidad de hacerle caso.
–Está bien. Pueden venir a mi casa, si lo desean. No queda muy
lejos –propuso sin pensárselo dos veces.
En ese momento, Lucía cayó en la cuenta de la inconveniencia de
que alguien la viera entrando en casa del escritor, o incluso paseando
con dos hombres sin más compañía que la de ellos.
–Mario le contará con detalle todo lo que quiera saber –dijo Lucía–.
Confíe en que todo lo que le cuente ha salido de mi boca, y que yo
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he sido testigo presencial de los hechos que le relate –aseguró–. Debo


volver a casa ya. No quiero levantar sospechas –admitió.
–Me intriga usted sobremanera, Lucía –contestó el escritor diverti-
do en parte por lo que consideraba una sobreactuación motivada por
su juventud.
La chica se despidió de ellos al salir del café. Se fue sola, andando
calle abajo, en dirección a su casa, asegurando que tomaría la primera
galera que viera. Mario la siguió con la mirada hasta que dobló la es-
quina, sin perder detalle de cada movimiento de Lucía al andar.
Galdós, que podía presumir de ser gran observador, no tardó en
percatarse de la naturaleza de los sentimientos del murciano.
–No serán ustedes novios, pero sin duda el amor le ha golpeado
muy fuerte –aseguró Galdós.
–¿Perdón? –replicó Mario.
–El enamoramiento es algo difícilmente disimulable, y a usted se le
nota a la legua –aseguró el canario–. Tenga cuidado, hay amores que
matan. Tómelo como un consejo de amigo, me ha caído usted bien
–aseguró mirando al joven–. La señorita Lucía se mueve en ambientes
de gente poderosa, y con esos hay que andarse con ojo, se lo digo yo
–advirtió el escritor–. No les cuesta nada eliminar al que les molesta
–sentenció.
–No se preocupe por mí –respondió Mario con seriedad–. Sé muy
bien dónde está mi sitio, y no sería la primera vez que alguien quisiera
matarme. Sé defenderme –aseguró.
–Vaya, es usted un tipo duro, valiente e insensato. De esos está
lleno el cementerio, sí –ironizó el canario–. Venga, vayamos a mi casa
–añadió de inmediato, sin darle opción a réplica a Mario–. Tengo ga-
nas de escuchar lo que tiene usted que contarme.

–No tengo mucho tiempo, Galdós, diga lo que tenga que decir –dijo
Francesc Pi y Margall, ministro de la Gobernación, sin ni siquiera sa-
ludar a los dos hombres que acababan de entrar en su despacho.
Mario observó a Pi con admiración. El ministro era sin duda uno
de los referentes intelectuales más importantes de su ídolo, Antonete
Gálvez y, por derivación, suyo propio. Estar allí, frente a él, le causaba
una intensa emoción.
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Gracias al consejo del líder revolucionario murciano, Mario había


leído muchos de los escritos de Pi y, al igual que el veterano huertano,
él también había quedado fuertemente impresionado.
En ellos pudo descubrir que muchas de las cosas que Gálvez había
metido en su cabeza estaban inspiradas por el influjo de Pi, desde las
libertades sociales al cantonalismo.
El camino que debía seguir un hombre de bien que aspirara al
progreso común quedaba bien definido en el ideario que Pi había
difundido en sus escritos, pues hablaban de los derechos civiles que
toda sociedad debía reconocer, de democracia, de libertad de culto,
de libre pensamiento, de asociaciones, de los derechos de los traba-
jadores, pero también defendía la lucha social, la revolución, y sobre
todo la república fundada por el pueblo, como método para conse-
guirlos.
El ministro había sido un férreo defensor de la República federal
«de abajo arriba» desde la década de los cincuenta, y por ello había
tenido que huir a Francia, perseguido por sus ideas y, sobre todo, por
sus conspiraciones antimonárquicas, hasta que pudo volver tras la re-
volución de 1868.
Eso le confería un aura de heroísmo que atraía fuertemente a
Mario, al igual que le sucedía con Gálvez.
El joven se fijó en que su semblante era más adusto de lo que había
imaginado. La seriedad que transmitía contrastaba con las gafillas re-
dondas y pequeñas que le servían para leer.
Su frente era despejada, aunque no era calvo, y la barba le confería
un aire de solemnidad y liderazgo indiscutible.
–Buenas tardes, ministro –contestó Galdós sin dejarse amilanar
ante la presencia y la energía del político catalán–. Vengo en son de
paz, y a traerle cierta información que podría interesarle –añadió.
–Usted dirá –contestó Pi invitando a los visitantes a que tomaran
asiento–. No suelo conceder audiencias con tan poco margen de tiem-
po, pero tratándose de usted, y de lo urgente de su petición, he hecho
una excepción –aseguró.
Pi, que había sido director de varias publicaciones, entre ellas La
discusión, a través de la cual había extendido sus ideas antimonárquicas
y revolucionarias, sentía cierta debilidad por aquel periodista tímido,
además de una evidente sintonía política.
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–Este joven, amigo personal de Antonete Gálvez, al que me consta


que usted conoce y respeta, le pondrá en antecedentes de las graves
noticias de las que somos portadores, por haber sido él mismo testi-
go presencial de los hechos –explicó Galdós mintiendo, con el fin de
proteger a Lucía y al coronel, según le había exigido Mario antes
de confiarle lo desvelado por la joven–. Yo respondo de todo lo que
cuenta –arriesgó Galdós.
–¡Hombre, Antonete Gálvez! –exclamó Pi–. ¡Ese sí es un tío con un
par de collons! –exclamó–. Si es usted amigo personal suyo, tal y como
asegura, estoy seguro de que será de fiar –aseguró–. Luego me cuenta
cómo está ese viejo cabezón, pero lo primero es lo primero –senten-
ció–. Diga lo que tenga que decir –ordenó a Mario con autoridad y
apremio, pues no era Pi hombre de perder el tiempo.
El murciano detalló todo lo que le había contado Lucía, omitiendo
el hecho de que había sido ella quien había escuchado la conversación,
y no él.
–¡Ese malnacido de Serrano! –protestó el ministro de la Gober-
nación–. ¡Ya van tres intentos con este! –¡Esos generales avariciosos lo
único que quieren es liquidar la República y seguir robando! –exclamó
enérgicamente.
–Si lo consiguen me veo otra vez con rey, ministro. Borbón, a más
señas –aportó Galdós.
–Soy consciente de ello –aseguró–. ¡Lo peor es que ni siquiera pue-
do confiar en Figueras para detener esta locura! ¡No está en lo que
tiene que estar! –exclamó el ministro.
Por todos era conocida la evidente enemistad del presidente de la
República, Figueras, con su ministro de Gobernación, a pesar de ha-
ber sido amigos desde su infancia barcelonesa.
Había quien aseguraba, en los mentideros madrileños, que Figueras
le tenía el mismo miedo a Pi que envidia sentía hacia él.
En los últimos días se había extendido el rumor de que el ministro
Pi era quien realmente llevaba las riendas del Gobierno, y que Figueras
estaba deprimido y apático.
–Entonces ¿es verdad lo que se dice del estado anímico del presi-
dente? –preguntó Galdós.
–Me temo que sí, para desgracia de todos –reconoció Pi con un
gesto de cabeza.
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–¿Qué me dice de Salmerón o Castelar? –preguntó el periodista–.


Ellos son figuras respetadas por los generales, a pesar de ser republica-
nos; podrían contactar con los militares.
–¡No! ¡Ni se le ocurra hablar con ellos! ¡Esto es secreto de Estado,
quiero que les quede claro! ¡Esta información no se puede publicar!
–exclamó el ministro, fuera de sí repentinamente, dirigiéndose a Mario
y Galdós–. ¡Esos dos solo quieren la presidencia! –gritó Pi–. ¡Y mi ca-
beza, ya de paso! ¡No puedo fiarme de nadie!… Y sin embargo hay que
detener a los golpistas –añadió, ya más sosegado, tras dejar pasar unos
segundos en los que el silencio se apoderó del despacho ministerial.
–Usted perdone la ocurrencia, ministro –acertó a disculparse
Galdós por la propuesta de avisar a Salmerón y Castelar.
De pronto, Mario, que no había dicho nada desde que había termi-
nado de contar su historia, intervino en la conversación.
–Señor ministro, yo me pongo a sus órdenes para lo que haga falta
–dijo Mario sin pensárselo mucho, y sin saber muy bien en qué podría
ayudar un desconocido de provincias en todo aquello.
Pi se quedó mirándolo un momento, intentando adivinar si las pa-
labras de aquel hombre joven provenían de la sinceridad o habían sido
pronunciadas con el único objeto de quedar bien ante él.
El ministro, tras la inspección visual, supo de inmediato que tenía
ante él a un hombre más voluntarioso que sensato. No podía desapro-
vecharlo.
–Gracias. Valoro mucho su adhesión –aseguró Pi dirigiéndose a
Mario–. En estos tiempos locos no hay muchos hombres en los que
uno pueda confiar –añadió–. ¿Ha participado usted en alguna de las
trastadas de nuestro común amigo Gálvez? –preguntó para saber qué
se podía esperar del joven.
–Así es –contestó tras pensarlo un segundo, con un cierto tono de
orgullo en sus palabras–. Varias veces.
–Entonces quizá me venga usted bien –dijo el ministro–. Según
me ha contado, los rebeldes cuentan con ese cuerpo de monárquicos
trasnochados, los Voluntarios de la Libertad. Son una panda de co-
bardes –aseguró movido más por el desprecio que por una convicción
firme en lo que decía–, pero puede que bien armados, si los generales
están detrás de ellos. Además, estoy seguro de que confían más en ellos
que en sus propios soldados de reemplazo –añadió pensando en el alto
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grado de insubordinación que había en las tropas españolas en aque-


llos momentos–. En cualquier caso, habrá que hacerles frente, a ellos
y a los soldados que les puedan apoyar en el caso de que se decidan a
llenar las calles con el olor de la pólvora –sentenció Pi en un tono algo
teatral.
–Dígame qué tengo que hacer –dijo Mario con seguridad y tem-
planza.
–Está bien –dijo Pi–. Debe avisar a Roque Barcia. Es un político
sevillano, escritor, como todos nosotros –dijo con un cierto retintín
mirando a Galdós–, pero también es un hombre de acción y está bien
relacionado con los Voluntarios de la República. Además, lleva rondán-
dome una temporada, deseoso de que le consiga una embajada –asegu-
ró–. De la Guardia Civil me haré cargo personalmente –concluyó.
Mario recordó que los Voluntarios de la República eran una milicia
que se había constituido con el objetivo de sustituir al odiado sistema
de reclutamiento por quintas, como germen de un futuro ejército pro-
fesional y remunerado, aunque la realidad aún distaba enormemente
de tal objetivo, siendo más bien un pequeño cuerpo paramilitar, al
igual que lo eran los Voluntarios de la Libertad.
Pi tomó un par de hojas de papel y escribió unas palabras en cada
una. Después lo selló con el escudo oficial del ministerio y lo introdu-
jo en un sobre timbrado.
–Aquí tiene usted la orden a la milicia para que se dispongan a la
lucha –dijo el ministro–. También le adjunto una recomendación para
Roque Barcia. Estoy seguro de que su amigo Galdós podrá ponerles
en contacto. Que Barcia haga llegar esta orden a los Voluntarios de la
República. Usted póngase a su disposición para lo que fuera menester.
Dígale que tengo en cuenta lo de su embajada –ordenó.
–Así lo haré –aseguró Mario.

No había sido fácil dar con Roque Barcia. Galdós y Mario habían acu-
dido primero al Ateneo, en la calle Montera.1
Allí, uno de los socios, de aspecto noble y porte aristocrático, les
informó de que ocupaba una habitación en una pensión cercana, pero

1.  Actualmente, en la calle del Prado, n.º 21.


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entre confidencias les dijo con toda tranquilidad que, sin embargo, era
más probable que lo encontraran en la calle Ceres,1 donde era asiduo a
algunas de las numerosas mancebías que le daban fama.
–Pregunten por la Mimosa –les informó el aparentemente noble
señor, al cual no se habían presentado, y que simplemente preguntán-
dole por el paradero de Roque Barcia les estaba informando de todos
aquellos extremos de su vida personal, dentro del mismo Ateneo, sin
darle más importancia que la que le hubiera dado a describir el tiempo
atmosférico que en aquel momento imperaba en Madrid.
–La llaman la calle del amor –dijo Galdós divertido ante la mirada
de Mario que observaba con reproche la cantidad de carreristas que pa-
seaban de un lado a otro de la calle, ofreciéndose como una mercancía
cualquiera–. ¿No me dirá que en Murcia no hay prostitutas? –pregun-
tó el escritor, muy aficionado a ellas.
–Por supuesto que sí –reconoció Mario–. Allí tenemos una calle
muy parecida a esta. La llamamos la Cuesta de la Magdalena –informó
el joven.
–Bonito nombre –reconoció Galdós–. Muy apropiado.
–Siempre que paso por allí tengo la misma sensación que la
que estoy teniendo ahora. Abomino la prostitución –dijo Mario con
asco.
–¡Muyayo! ¡Debe ser usted un santo! –exclamó Galdós–. Pues le
informo de que está usted en el lugar adecuado para serlo… ¡Aquí
vienen muchos curas! –añadió el escritor riendo.
–No soy ningún santo, pero creo que la prostitución denigra la
condición de la mujer. Algún día la República prohibirá esto –con-
cluyó.
–Creo que llegaría un poco tarde, amigo –dijo Galdós riendo–.
Hace dos siglos, Felipe IV ya la prohibió. Tuvo mucho éxito, como
puede ver –añadió irónicamente volviendo a reír.
Mario lo miró, divertido también por el buen humor del canario.
–¿No me dirá que nunca ha ido de putas? –preguntó Galdós mi-
rando a Mario.
–Sí. Claro que he ido –reconoció Mario avergonzado–. Pero hace
ya tiempo que no hago esas cosas –se justificó.

1.  Actualmente, la calle de los Libreros.


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–Eso no es sano, amigo. Un hombre joven y guapo como usted no


debería matarse a pajas –dijo Galdós con la misma vulgaridad que na-
turalidad, sonrojando a Mario–. Sepa que en Madrid existe un regis-
tro de prostitutas, y todas ellas deben pasar revisión semanal. Garantía
de salubridad. Yo lo veo como un servicio público muy útil para gente
como usted o como yo, que no estamos casados, aunque si fuera solo
por los solteros no podrían vivir estas pobres mujeres.
–Obsérvelas –propuso Mario dirigiéndose al escritor–. ¿Cree que
estas mujeres parecen sanas? La mayor parte de ellas viven en la mise-
ria. Mire qué delgadas están. Y, además, no me diga que no sabe que
son explotadas por sus chulos. No me hable de registros ni de revisio-
nes médicas. Esto no es una vida digna para una mujer. Piense en su
madre, o en sus hermanas, si las tiene. ¿Le gustaría que alguna de ellas
pasase por lo que pasan estas mujeres cada día?
Galdós se quedó mirando al joven murciano.
–Es usted un tipo extraño –aseguró–. Pocas personas dirían lo que
acaba de decir usted con la sinceridad con la que lo ha expresado –ase-
guró impresionado–. No me extraña que esté enamorado de esa ma-
nera, solo alguien tan idealista como usted podría estarlo –concluyó
Galdós.
–No mezcle a la señorita García-Valls en esta conversación, por
favor –rogó Mario sin atreverse a decir el nombre de pila de su amada
delante de Galdós–. ¿Y cómo sabe lo enamorado que estoy o dejo de
estar? –preguntó sorprendido por cómo Galdós había leído con tanta
claridad en su alma el amor que tenía por Lucía.
–Solo lo intuyo –concedió el escritor–. Busquemos a la Mimosa,
que yo sé dónde encontrarla –propuso.
Sin mucha dificultad, y dado el amplio conocimiento que Galdós
tenía de la zona, encontraron a la Mimosa. Parecía estar jugando a
la ruleta en el interior de un local lúgubre, aunque en realidad solo
remoloneaba alrededor de los hombres, riendo con ellos y dejándose
invitar.
La atmósfera era densa en el interior del local a causa del humo de
los numerosos cigarros que en ese momento estaban siendo fumados.
–¡Hemos tenido suerte, Mario! –exclamó Galdós–. Creo que Roque
Barcia es ese delgado de la cara afilada –informó–. La Mimosa es la
que está a su lado. Acerquémonos –propuso.
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Ambos hombres se acercaron hasta la mesa donde observaron que


Barcia estaba apostando en ese momento unas pocas fichas al once
negro, mientras la Mimosa permanecía mirando la jugada, agarrada al
brazo del político.
–Buenas noches. ¿El señor Barcia? –preguntó Galdós.
–¡El mismo! –contestó Barcia volviendo de inmediato la mirada
a la ruleta–. ¿Qué se le ofrece? –preguntó el político sevillano con su
marcado acento de la capital andaluza.
La Mimosa, después de sonreír a Galdós, se quedó mirando a
Mario con lascivia.
–Buenas noches, señores –dijo la meretriz interrumpiendo la con-
versación–. ¿Está buscando compañía, don Benito? Hace tiempo que
mi cama espera su visita –aseguró con tono castizo.
–Quizá en otro momento, Mimosa. No dejes que tus sábanas se
olviden de mí –contestó Galdós.
–Pues si tú no quieres, yo a tu amigo le hago un descuento.
¿Qué me dices, mocetón? –preguntó a Mario, al tiempo que ponía
la mano derecha en su cara–. ¿Te han dicho alguna vez que eres muy
guapo?
Mario no supo qué responder ante el descaro de la prostituta, que-
dándose con cara de pasmado.
–Lo siento… –acertó a decir el murciano que, a pesar de su vehe-
mencia y arrojo, en ese momento estaba desarmado ante la desver-
güenza de la Mimosa que, a diferencia de sus compañeras carreristas,
se mostraba lozana, y era bella en cierta manera–, yo no…
–No estamos aquí por placer –contestó Galdós despertando una
mirada de aburrimiento en la prostituta, que se fue a buscar a alguien
que la invitara–. ¿Podemos hablar con usted un momento, Barcia?
–preguntó.
El sevillano se quedó mirando un segundo a los dos hombres.
–Enseguida. Estoy en racha –contestó.
–¡No va más! –exclamó el burdo crupier encargado de poner a dar
vueltas a la ruleta.
–Es muy importante –dijo Galdós en tono confidencial, sin que
Barcia dejara de observar la ruleta.
–¡Treinta y seis, rojo, par! –exclamó el crupier.
–Vaya, Galdós, parece que me ha gafado la racha –dijo el sevillano.
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–Todo lo contrario –respondió el canario–. Quizá he venido a


traerle la embajada con la que tanto sueña –añadió diciéndoselo muy
de cerca–. Todo depende de usted.
–¿De qué habla Galdós? –replicó Barcia interesado de pronto.
–Bien, ahora que ya he llamado su atención, vayamos a un sitio
más reservado.

–Padre, no se preocupe, yo volveré en cuanto pueda –dijo Mario ante


la mirada de preocupación de Cesáreo.
–¡Te prohíbo que te quedes! –exclamó el comerciante–. ¡Que no
me preocupe, dices! –gritó.
–Guarde la calma. Hay una misión que tengo que cumplir. Son
órdenes oficiales. No puedo contarle más –aseguró el joven.
–Pero ¿¡Qué sarta de tonterías estás diciendo!? –exclamó Cesáreo,
enfadado–. ¿¡Tú te estás escuchando, hijo!?
Mario se quedó mirándolo sin decir nada, consciente de que todo
aquello sonaba a locura.
Cuando pensaba en que había pasado, en una sola tarde, de una
cita romántica y furtiva, a formar parte de una conspiración contra-
golpista, no podía contestarse a ciencia cierta cómo había podido ocu-
rrir aquello.
–Tu misión –replicó su padre con tono burlesco– era conseguir
buenos clientes para nuestro negocio, ¿recuerdas eso? –preguntó con
ironía.
–Lo sé, pero...
–¡Ni pero ni hostias! ¡Yo te diré lo que ha pasado con tu misión!
–gritó el veterano comerciante de especias–. ¿¡Sabes dónde estuve ayer,
mientras tú pasabas el día y la noche de juerga por Madrid!? ¿¡Eh!?
–preguntó enfadado.
Mario lo miró sin decir nada.
–Pues estuve intentando visitar a nuestro amigo Buendía para con-
cretar los pedidos que le íbamos a servir –explicó algo más calma-
do–. ¿Sabes lo que pasó? –preguntó sin esperar respuesta–. Pues que
Mínguez me dijo que el señor Buendía iba a estar ocupado toda la
semana, y no iba a poder recibirnos. Hemos fracasado –admitió de-
rrotado.
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–No diga eso, padre. Aún quedan más mayoristas en Madrid.


Buendía no es el único –intentó replicar Mario.
–Era el único con el que habíamos llegado tan lejos. No quedan
tantas opciones –dijo Cesáreo–. Este viaje ha sido un error. ¡Nunca
tendríamos que haberlo emprendido! –exclamó volviendo a alterar-
se–. ¡Sabe Dios en lo que andas metido!
Mario se quedó mirando a su padre, abatido.
–Papá –comenzó a decir el joven, utilizando el apelativo cariño-
so, lo que indicaba que iba a hablar con el corazón–, sé que te estoy
haciendo daño –reconoció–, pero un hombre tiene que hacer lo que
debe. Tú me lo enseñaste.
–Lo que debes hacer es volver conmigo a Murcia, y olvidar todas
las locuras en las que estés metido –imploró Cesáreo–. Tenemos un
negocio que atender y una familia que mantener.
–Te prometo que iré en cuanto pueda. Solo necesito un par de días
más –aseguró.
–Yo cojo el tren esta tarde. Te ordeno, como padre, que tomes ese
tren conmigo –dijo Cesáreo intentando imprimir a sus palabras toda
la convicción de la que fue capaz.
Mario se quedó mirando a su padre. Entendía su enfado, y sabía
que le debía una explicación.
–Mira, ahora no puedo irme –comenzó a decir Mario–. Si te
contara la razón de mi decisión, lo entenderías –dijo mirando a su
padre, que le devolvía la mirada con una mezcla de angustia y rabia
contenida.
–Haz un esfuerzo para que pueda entenderte –pidió Cesáreo.
–Solo puedo decirte que tengo órdenes ministeriales que me obli-
gan a quedarme en Madrid un par de días –explicó Mario.
Cesáreo lo miró incrédulo.
–¿Ministeriales? –preguntó atónito–. No entiendo a qué te refie-
res, hijo. ¿¡Qué ministerio!? ¿¡Con qué autoridad!? –preguntó al-
terado–. ¡Sea lo que sea no pueden obligarte! ¡No eres militar ni fun-
cionario!
El joven se quedó pensativo unos momentos.
–No me obligan, lo hago porque creo que es lo que debo hacer.
Me he comprometido con el ministro de la Gobernación. Unas cir-
cunstancias me han llevado a ello, y le he dado mi palabra de que lo
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ayudaría en la defensa de la República. Y no pienso faltar a mi honor


–sentenció con seguridad.
–¡Madre mía del amor hermoso! –exclamó Cesáreo, cada vez más
alterado, con las manos en la cabeza–. Pero ¿¡cómo te has dejado arras-
trar a algo así!? ¿¡Qué ganas tú con ello!? Te están utilizando, ¿¡es que
no lo ves!? ¿¡Es que eres tonto, hijo!? –preguntó.
Mario pensó en ello durante unos segundos.
–Nadie me utiliza, yo me he ofrecido –admitió–. Y aunque así fue-
ra, no deseo quedarme al margen. Es el futuro de España lo que está
en juego.
–¡Sí, eres tonto, está claro! –exclamó Cesáreo contestándose a sí
mismo.
El insulto de Cesáreo hirió a Mario como un puñal.
Sin pronunciar una palabra, el joven miró a su padre con una mez-
cla de tristeza y enfado. No entendía que fuera tan conformista, ra-
yando en la cobardía, según su punto de vista. Jamás entendería que él
había nacido para luchar por la libertad, y que antepondría todo antes
de faltar a la palabra dada.
Había llegado demasiado lejos como para echarse atrás, y ahora ni
podía ni quería hacerlo.
Si la negativa a acatar las órdenes de su padre le costaba un enfren-
tamiento familiar lo asumiría, si con ello podía contribuir a frenar el
golpe que quería echar por tierra el futuro democrático y republicano
de España.
Mario cogió su sombrero y asió el picaporte de la puerta de la ha-
bitación de la modesta pensión en la que habían pasado esos días en
Madrid, dispuesto a abandonar la estancia.
–No iré contigo –dijo Mario.
–¡Si no vienes atente a las consecuencias! –amenazó Cesáreo.
–Que así sea, padre.
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6. VOLUNTARIOS

Madrid,
miércoles, 23 de abril de 1873

No era la primera vez que portaba un arma. Ni siquiera sería la prime-


ra vez que disparara contra alguien. Ya lo había hecho junto a Antone-
te en Murcia, cuando se enfrentaron a la Guardia Civil, participando
en la rebelión para intentar destronar a Amadeo, hacía más de un año.
Aquel día había ido a la lucha sin ni siquiera pensar en la posibi-
lidad de morir en ella. En 1868, la revolución contra Isabel II había
sido un paseo triunfal, y había creído que destronarían a Amadeo con
la misma facilidad. Para cuando acabó la batalla, Mario ya no era el
mismo.
Esa vez la Guardia Civil había repelido el ataque.
Un muchacho joven, casi un niño, murió junto a él. Una bala le
había atravesado la garganta, y acabó ahogado en su propia sangre.
De vez en cuando aún se despertaba en medio de la noche, sudan-
do, aterrorizado por la recurrente pesadilla en la que volvía a revivir
esa escena, con los ojos del muchacho, del que no sabía el nombre,
mirándolo fijamente, muertos y fríos.
Mario nunca supo si las balas que él mismo había disparado habían
causado alguna muerte en las filas de la Guardia Civil, pero rezaba
cada día para que no hubiera sido así.
A partir de ese momento, intentó centrarse en el negocio familiar,
y dejar sus aventuras políticas. Pero no se podía huir para siempre de
lo que se era. Y Mario había nacido para la política y la acción.
Los acontecimientos de los últimos días, en los que se había em-
barcado casi irrefrenablemente, como si fueran una droga de la que no
podía escapar, se lo habían demostrado.
Observó que algunos de los hombres que compartían la línea de-
fensiva con él, muy jóvenes casi todos, estaban lívidos. La práctica
totalidad de ellos nunca habían entrado en combate real.
Él, sin embargo, se sorprendió al notarse tranquilo. Aun sin haber
sido nunca soldado, ya había vivido lo que vendría a continuación, y
estaba preparado para lo que tuviera que ocurrir.
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Observó a Roque Barcia que, al igual que él y que unos cuantos


más, se distinguía del resto en que no vestía el sencillo uniforme de los
Voluntarios de la República.
Aquel cuerpo, supuestamente militar, era sin embargo un conjunto
anárquico y desorganizado.
La mayor prueba de ello era el mando que Barcia ejercía sobre el
grupo de hombres, y la misma presencia de Mario, al que Barcia había
colocado de ayudante del oficial al frente de una pequeña compañía
que flanquearía el ataque principal.
–¡Ya vienen los Voluntarios de la Libertad! –avisó un joven peli-
rrojo, al que Barcia había ordenado escalar la puerta de Alcalá, punto
inicial de la carretera de Aragón, y altura desde la cual se dominaba
esta.
A su espalda, en la calle de Alcalá, los Voluntarios de la República
se aprestaron al combate, como si el enemigo estuviera ya cercano, a
pesar del kilómetro largo que los separaba aún.
Evidentemente, los Voluntarios de la Libertad también los habían
avistado a ellos, dado que se habían separado en dos filas, ocupando
los márgenes de la carretera. Al frente parecía ir un jinete, todavía irre-
conocible a esa distancia.
–¡Rubio! –gritó Barcia a Mario. Ambos se habían hecho bas-
tante amigos en los dos últimos días. El veterano escritor y revolucio-
nario sevillano había presentado a Mario como alguien a quien obe-
decer durante las reuniones con los jefes de los Voluntarios de la
República y ambos habían preparado la contraofensiva codo con
codo–. ¡Tú y el teniente Torres atentos al flanqueo tal y como hemos
hablado! ¡Valor y al toro muchachos! ¡Son pocos y cobardes! –añadió
dirigiéndose a los hombres que pudieran oírle, con una sonrisa triun-
fal en el rostro, como si se estuviera divirtiendo con todo aquel juego
de guerra.
–¡No te preocupes, Barcia! –respondió Mario, dado que ambos se
nombraban por los apellidos–. ¡Les daremos lo suyo a estos monár-
quicos de medio pelo! –añadió utilizando la misma bravuconería de
Barcia, con el fin de dar ánimos a los hombres que le rodeaban.
Sin querer, su actitud valiente le había convertido en un líder más,
dada la evidente falta de liderazgo que emanaba de los supuestos ofi-
ciales del regimiento.
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–¡Tú cúbreme y todo saldrá bien! –exclamó.


Los de la Libertad habían progresado rápido y ya estaban a me-
nos de doscientos metros, por lo que avanzaban agachados, intentan-
do buscar refugios cada pocos metros. Mario esperaba que la treta de
Barcia no acabara en desastre.
En teoría, ambos bandos estaban militarizados en la misma me-
dida: viejos fusiles de a quince de un solo disparo, reglamentarios del
ejército, la bayoneta calada en cada uno de ellos, un par de pequeños
cañoncitos bastante inútiles, y poco más. El número de hombres es-
taba bastante a la par, por lo que podía ver. Unos trescientos por cada
uno de los contendientes.
Mario pensó que el resultado de la batalla dependería más de la de-
cisión que cada bando pusiera en derrotar al otro que en otros factores,
pero aun así el plan de Barcia le parecía demasiado arriesgado.
–¡No disparéis hasta que lo ordene el teniente Torres! ¡Tranquilos!
¡Hay que asegurar el tiro! –gritó Mario con el doble fin de que el ner-
vioso teniente no comenzara a despilfarrar munición antes de tiempo
y de infundir tranquilidad a sus compañeros de armas.
El tiempo de recarga del fusil, en situaciones de combate, era muy
escaso. Había que intentar que la primera bala diera en carne y luego
templar los nervios para volver a tener el arma lista a tiempo.
Mario observó que Barcia hablaba con el artillero del pequeño ca-
ñón, advirtiéndolo. Luego volvió rápidamente a su posición.
Los de la Libertad ya estaban a poco menos de cien metros, distan-
cia de tiro adecuada, pero no suficiente para precisar el disparo con la
eficacia necesaria.
Además, se habían parapetado en los pocos edificios que les pro-
porcionaban protección. Seguramente estarían sorprendidos de en-
contrar resistencia, pues con toda seguridad no la esperaban, fiados del
secretismo con el que se había llevado la operación.
El objetivo era tomar el Congreso, algo que no debería haber su-
puesto un gran problema, y ahora estarían desconcertados y sin un
plan alternativo, pensó Mario.
Sin embargo, estos no se echaron atrás, y parecían dispuestos a
plantar combate.
Mario se estremeció al reconocer al oficial al mando de la sección
de Voluntarios de la Libertad más cercana. Era Leandro Cerón, el
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prometido de Lucía. Parecía estar estudiando la situación antes de or-


denar un ataque.
Le vino a la mente que durante el anuncio de la boda de Amalia,
Cancio le había comentado que Leandro era el ayudante personal del
general Serrano. Ya sabía quién estaba detrás de todo.
Entonces Barcia pasó a la acción.
–¡Voluntarios de la República! –gritó desde donde se encontraba, a
unos 25 metros del grupo de hombres de Mario–. ¡Adelante!
Barcia y sus hombres corrieron para formar directamente en el
centro de la carretera, expuestos, en posición de disparo. Mario y los
suyos, siguiendo el plan previsto, corrieron hacia la derecha, tras unos
edificios. Tenían que llegar al flanco por sorpresa.
Leandro ordenó a sus hombres formación de disparo al ver hacer
lo propio a los hombres de Barcia. No permitiría que los de la
República tomaran la iniciativa. El joven oficial había picado el an-
zuelo.
Los dos grupos ya se encontraban a unos cincuenta metros el uno
del otro, era el momento de llevar a cabo su plan. Si no salía bien, que
Dios se apiadara de ellos, pensó Barcia.
–¡Abríos! –gritó, ante lo cual su columna se abrió lo suficiente para
que el pequeño cañón que habían transportado hasta allí, oculto por
los hombres de vanguardia, asomara entre ellos.
La reacción de Leandro fue ordenar disparar de inmediato, pero el
movimiento brusco de los enemigos, y la poca destreza de los comba-
tientes, hicieron que solo unos pocos hombres de Barcia fueran alcan-
zados, ocasionando solo heridos.
Sin embargo, el cañonazo tuvo efectos mucho más graves entre los
Voluntarios de la Libertad.
Además de los cuatro muertos que había producido la eficaz salva
de metralla, multitud de hombres habían quedado heridos de mayor
o menor gravedad. El propio Leandro había sufrido el impacto de una
esquirla en el brazo izquierdo.
La desbandada de sus hombres fue general.
Leandro se esforzaba por mantener el orden, ordenando a gritos
que mantuvieran las líneas, pero en ese momento una inesperada salva
de fusilería les llegó desde la izquierda. Eran Mario y sus hombres, que
habían llegado por el flanco.
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Una bala pasó muy cerca de Leandro. Aquello estaba siendo un


desastre.
–¡A la plaza de toros! –gritó un Voluntario de la Libertad, que vio
allí un lugar donde refugiarse de las descargas de fusilería que les ve-
nían ahora por todas partes.
La plaza de toros estaba situada entre las calles Conde de Aranda y
Claudio Coello, a unos trescientos metros de donde se encontraban.
Estaba lejos, pero sería un buen refugio si llegaban y era el camino más
despejado.
A la izquierda se encontraba Mario con sus hombres, preparando
la siguiente andanada de fusilería, y detrás el segundo grupo de volun-
tarios, que se habían parapetado en los edificios.
–¡No! ¡Volved a la lucha, cobardes! –gritó Leandro, aunque sus
órdenes no tuvieron éxito. Los hombres de vanguardia ya huían en
desbandada.
La siguiente andanada de fusilería les vino de la izquierda de nue-
vo. Otra vez las balas silbaron cerca de la cabeza del oficial, que tuvo
que hacer verdaderos esfuerzos por contener el miedo de su caba-
llo, que había recibido varios balazos, aunque ninguno mortal. Aquel
flanco iba a ser su perdición.
Sin embargo, una luz de esperanza llegó a la mente de Leandro.
Observó que Barcia dirigía al grueso de sus fuerzas en pos de los
desbandados que huían hacia la plaza de toros. Leandro miró hacia
atrás, comprobando que la retaguardia seguía parapetada. Aún le que-
daban unos cien hombres de allí. Deberían bastar.
Mario comprobó que Barcia perseguía a los huidos con casi to-
dos sus hombres, sin percatarse que, aprovechando la desbandada,
Leandro había retrocedido para organizar un nuevo ataque con la aún
numerosa retaguardia.
–¡No! ¡Barcia! ¡Vuelve! –gritó desesperado.
Con los escasos cuarenta hombres con los que contaba en ese flan-
co, Mario comprendió inmediatamente que no podría contener un
nuevo ataque de un enemigo más poderoso y sin contar con el factor
sorpresa.
Efectivamente, Leandro reorganizó la retaguardia con gran efecti-
vidad, y la dirigió contra ellos antes de que pudieran organizar un plan
defensivo.
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Ahora que estaban al descubierto y habían perdido la superioridad


eran mucho más vulnerables.
–¡Tenemos que retroceder! –gritó Mario al teniente Torres, pero
este no le hizo caso, envalentonado con el éxito obtenido hasta en-
tonces.
–¡Preparados para disparar! –ordenó al tiempo que Leandro exigía
lo mismo a sus hombres.
En esa ocasión la más numerosa andanada de fusilería proveniente
desde las filas de los monárquicos causó muchas bajas entre los repu-
blicanos. Torres estaba entre los muertos.
–¡Retirada! –ordenó Mario a los supervivientes y a los heridos que
podían moverse.
El murciano y sus hombres, de los que ahora estaba al mando tras
la muerte de Torres, se retiraron hacia las calles interiores. Mario rezó
por que Leandro los persiguiera, para poder montar un contraataque
en las callejuelas, donde no primaría tanto la superioridad numérica.
Sin embargo, tal y como había temido Mario, Leandro no los per-
siguió. Aquellos hombres no eran su objetivo. El joven oficial seguía
en dirección a la calle de Alcalá. Ese era el camino por el cual llegaría
al Congreso de los Diputados.
Barcia y los suyos ya se encontraban lejos, cercando la plaza de
toros, donde se había resguardado el grueso de las fuerzas de los
Voluntarios de la Libertad.
El sevillano había cometido el error de creer que todos los de la
Libertad habían huido hacia allí, y la escasa retaguardia que había de-
jado en la Puerta de Alcalá solo aguantó una andanada de fusilería
ordenada por Leandro y un par de cañonazos antes de dejar libre sin
más oposición el acceso a la calle de Alcalá, huyendo de allí.
Mario, al comprobar que no estaban siendo perseguidos, reorga-
nizó a los pocos hombres que le quedaban sanos o no habían huido
hacia sus casas, unos treinta, y se dirigió a la Puerta de Alcalá.
–¡Hay que apoyar a la retaguardia! –exclamó–. ¡Si pasan de allí lle-
garán al Congreso!
Pero cuando Mario y sus hombres llegaron allí solo pudieron cons-
tatar que Leandro y los suyos ya enfilaban la calle de Alcalá y esta-
ban superando la fuente de Cibeles, dirigiéndose al parecer al Cuartel
General del Ejército.
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–¡Tenemos que cortarles el paso! ¡Hay que impedirles llegar al


Congreso! –exclamó Mario.
Uno de los hombres más jóvenes que formaban la partida se dirigió
a Mario.
–Si van al Congreso es más rápido ir por el Paseo del Prado.
Llegaremos antes que ellos –afirmó.
Mario no conocía tanto la ciudad como para poner en cuestión
aquella afirmación, así que no lo dudó.
–¡Guíenos, soldado! –ordenó.

–Pero ¿qué estará pasando, Dios mío? –preguntó Amalia asustada ante
las voces de la Guardia Civil, que a gritos estaban desalojando la plaza
frente al Congreso de los Diputados, obligándolas a ir hacia la Carrera
de San Jerónimo.
–No lo sé –mintió Lucía–. Pero debe de ser grave.
–Si lo llegamos a saber no pasamos por aquí –dijo Amalia sin per-
catarse de que Lucía la había ido guiando hacia ese lugar–. ¡Vámonos!
No vaya a ser que pase algo malo.
–No, yo me quiero quedar –contestó Lucía con decisión–. Quiero
saber lo que está sucediendo –añadió.
–¡Pero mujer! –exclamó Amalia–. ¡A ver si se van a liar a tiros!
–No te preocupes, si vemos que se pone la cosa fea nos vamos, te
lo prometo –dijo Lucía sin llegar a tranquilizar con sus palabras a su
amiga.
Ninguna de las dos se dio cuenta de que un personaje conocido por
ambas se acercaba a ellas por la misma Carrera de San Jerónimo.
–¡Señorita Lucía! –exclamó Galdós al ver a la joven–. ¡No debería
estar aquí!
Lucía se quedó sin habla al verlo. No había caído en la posibilidad
de ver a alguien conocido. Solo quería asegurarse de que su padre esta-
ba bien… y también Mario.
No había podido dejar de pensar en él en los últimos días. La ima-
gen del murciano se fijaba cada vez más en su mente a medida que
transcirrían los días.
Había intentado alejar los pensamientos que acudían a su cabeza
por las noches, cuando se iba a dormir, pero no podía desterrarlos.
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En ellos se veía a sí misma desnuda, abrazada al cuerpo delgado y


fibroso del joven, besándose ambos apasionadamente, revolviendo sus
cabellos mientras daban vueltas sobre la cama.
Nunca había pensado excesivamente en la parte placentera de la
procreación hasta esos días, pero desde que había conocido a Mario,
una sensación de desazón se apoderaba de ella cuando imaginaba esas
cosas, hasta tal punto que había tenido la necesidad de apretar con la
mano su órgano genital.
Nunca lo había experimentado con tanta fuerza, ni siquiera cuan-
do era adolescente, y se exploraba a hurtadillas en la bañera para ver
los cambios en su cuerpo.
Notaba que cuando se tocaba justo en el medio de su sexo, frotan-
do este poco a poco con los dedos, una sensación placentera se apode-
raba de ella, y aunque luchaba por desterrarla, no lo conseguía. Nadie
le había explicado eso jamás. Ni siquiera lo había hablado nunca con
Amalia, pero intuía que debía seguir masajeando la zona.
Al poco rato de estar haciendo eso, imaginando en cómo sería estar
desnuda y abrazada al cuerpo de Mario, mientras este la penetraba, el
flujo emanaba con tanta abundancia de su interior que notaba cómo
se mojaban su mano y su ropa interior, experimentando más placer
cuanto más tiempo pasaba, hasta que un intenso espasmo la poseía,
como una explosión, haciendo que moviera su pelvis de manera sal-
vaje.
En ese momento paraba.
Seguidamente al relax venía a su mente la sensación de haber hecho
algo malo, inapropiado, y la imagen de su madre se le aparecía, con
cara de decepción y vergüenza.
Nunca había pensado que una mujer pudiera proporcionarse tanto
placer a sí misma.
–Estábamos paseando –acertó a decir Lucía sin más ante la excla-
mación de Galdós.
–Ya se lo estaba diciendo yo –añadió Amalia apostillando lo dicho
por este.
–¿Sabe lo que está pasando? –preguntó Lucía.
–El ministro Pi y Margall ha destituido al general Pavía como
Capitán General de Madrid –dijo Galdós alterado–, y ha nombrado
en su lugar al general Hidalgo.
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–¿Eso ha desbaratado el golpe? –preguntó Lucía nerviosa–. ¿Qué


sabe de mi padre?
–No sé nada de eso –contestó Galdós.
–¿Tú padre? –preguntó Amalia–. ¿Es que tú sabías algo de esto?
–preguntó la joven, obteniendo solo una mirada de angustia por parte
de su amiga.
–Había una partida de los Voluntarios de la Libertad que se di-
rigían a Madrid por la carretera de Aragón –informó Galdós inte-
rrumpiendo así el interrogatorio de Amalia–. Su objetivo seguramente
sería proteger a la Diputación Permanente, que se ha encerrado en el
Congreso. Pensaban que, con la fuerza militar de los Voluntarios de
la Libertad, podrían destituir al Gobierno y poner a Sagasta o Serrano
de presidente, no estoy seguro –continuó informando Galdós–. No sé
cómo Pi ha logrado enterarse con tanto detalle de los planes milita-
res de los golpistas, pero sí sé que el ministro iba a enviar a los Voluntarios
de la República contra la columna que se dirigía hacia aquí, según me
aseguró su amigo Mario ayer, pero desconozco si habrá logrado con-
vencer a la Guardia Civil para que permanezca fiel al Gobierno o si
finalmente esta se habrá unido a los golpistas.
–¿Tu amigo Mario? –volvió a preguntar Amalia incrédula.
–Siento habértelo ocultado. Era por tu propia seguridad –dijo Lucía
sin mucha convicción.
Amalia la miró con una decepción infinita.
–Sería mejor que volvieran a casa, señoritas…
Galdós no pudo terminar la frase, porque en ese momento, una co-
lumna de unos treinta hombres, sudorosos y agotados, llegados desde
el Paseo del Prado, se disponían a formar para una descarga de fusilería
justo frente a ellos, en la esquina de la calle Marqués de Cubas, apun-
tando justo a la entrada de esa calle.
Lucía sintió un vuelco en el corazón cuando descubrió que Mario
se encontraba entre ellos.

Lo habían conseguido, pero ahora estaban exhaustos. Los Voluntarios de


la Libertad se acercaban de frente a ellos desde la calle Marqués de Cubas.
Leandro había escogido acercarse desde esa calle al Congreso de
los Diputados. Mario no había entendido en un principio por qué no
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había elegido ir por el Paseo del Prado directamente, pero ahora, al ver
que la columna de los Voluntarios de la Libertad se había incrementa-
do en número, lo entendió todo.
El objetivo de Leandro era unirse a otra partida de los Voluntarios
de la Libertad y tomar el Congreso entre ambos.
No tenían ninguna posibilidad ante ellos.
Entonces Mario observó que unos cuantos hombres de la Guardia
Civil estaban protegiendo el Congreso. ¿Serían afines al golpe o los
habría puesto allí Pi? En todo caso, pronto saldría de dudas.
–¡Viva la República! –gritó Mario con todas sus fuerzas para identi-
ficarse–. ¡A nosotros la Guardia Civil! –exclamó reclamando su ayuda.
Sin embargo, una descarga de fusilería procedente de los monár-
quicos atronó en la calle, ahogando las palabras de Mario. El joven
sintió un fuerte arañazo que le quemaba el brazo izquierdo. A su lado,
un hombre se quejaba de un balazo recibido en el estómago.
–¡Fuego! –gritó Mario haciendo caso omiso del dolor que sentía.
Inmediatamente, los hombres que le quedaban en pie dispararon con-
tra los de la Libertad, que aguantaron el envite, guiados por Leandro.
–¡Recargad! –gritó Mario.
Mario comprendió que no podía retroceder aunque le fuera la vida
en ello. Defendería la República hasta la última gota de su sangre.
Entre el humo de la pólvora que llenaba el ambiente, el murciano
observó cómo Leandro seguía al frente de la batalla. Este ordenó a sus
hombres avanzar.
La batalla se decidiría pronto. La diferencia numérica sería defini-
tiva. Ya casi no les quedaban municiones, y los de la Libertad pronto
acabarían con ellos, y quizá con la República. No había esperanza.
–¡Agáchense! ¡Vamos a disparar! –escuchó Mario a su espalda.
Era el capitán de la Guardia Civil, que junto con sus hombres se
habían colocado tras ellos, guardando la salida de la calle.
–¡Bien por Pi! –exclamó Mario.
Al menos retrasarían la derrota final.
Todos los Voluntarios de la República que se encontraban recar-
gando obedecieron a las órdenes de los beneméritos, dejándoles cam-
po de tiro.
La detonación de las armas de los Guardias Civiles sonaron distin-
tas. No estaban usando los mismos fusiles que ellos.
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Mario se percató de que tras la primera detonación siguió otra muy


seguida. Los guardias civiles portaban fusiles máuser de repetición, y
disparaban sin cesar.
Los Voluntarios de la República que quedaban unieron sus armas
a las de los guardias, haciendo retroceder momentáneamente a los de
la Libertad, que aun así seguían disparando.
Mario advirtió, sin embargo, que algunos Voluntarios de la
Libertad huían. Observó cómo Leandro desmontaba, protegiéndo-
se de la efectividad de los máuser, que le había pillado por sorpresa,
mientras seguía ordenando disparar a los suyos, disparando él mismo
su pistola, parapetado tras su caballo, el cual recibió varios disparos
que le hicieron caer al suelo.
La Guardia Civil se batía con decisión y profesionalidad y, a pesar
de su menguado número, y gracias a la ayuda de Mario y sus hom-
bres, estaban poniendo en jaque al enemigo, que estaba perdiendo
rápidamente la capacidad combativa, aunque aún respondieran con
suficiencia a los disparos de los civiles.
La superioridad numérica de los de la Libertad se había visto com-
pensada con la efectividad de los máuser, y ambos bandos estaban
aguantando las posiciones.
Sin embargo, la munición era ya muy escasa entre los Voluntarios
de la República, y Mario no creía que la Guardia Civil pudiera aguan-
tar mucho más.
De pronto, Mario volvió a sentir una quemazón muy fuerte. Esta
vez, el impacto del proyectil había sido en el muslo derecho.
Enseguida notó que un hilo de sangre comenzaba a emanar de su
pierna, manchando sus pantalones. Sin embargo, no se dejó caer, y
volvió a recargar su antiguo fusil de un solo disparo. Su última bala.
Buscó un objetivo y observó que Leandro ofrecía un buen blanco.
Era la ocasión de descabezar al enemigo. Apuntó su arma con decisión
y se dispuso a disparar. No pudo hacerlo. La imagen de Lucía se cruzó
en su mente en el peor momento. No podía hacerle eso.
En ese instante, más refuerzos de la Guardia Civil, recién llegados,
se unieron a la batalla.
Los monárquicos, al ver llegar estos refuerzos, también provistos de
máuser, comenzaron a huir en desbandada a pesar de los esfuerzos
de Leandro por mantenerlos en la lucha.
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La lucha se había decantado claramente para el bando republicano.


Leandro no tuvo más remedio que acompañar a sus hombres en la
huida.

Galdós había conducido a las dos mujeres hacia la cercana calle de


Cedaceros, buscando refugio ante un posible recrudecimiento de la
batalla.
En el primer portal que encontraron abierto, el periodista introdu-
jo a las jóvenes.
–¡No se muevan de aquí hasta que todo termine! –dijo antes
de irse de nuevo a ver qué era lo que se estaba cocinando en el Con-
greso.
De lejos se oían los disparos, que llegaban a través de la calle de
Zorrilla, justo en perpendicular a ellas.
–¿Por qué no me lo contaste, Lucía? ¿Mario y tú? –preguntó Amalia
dolida.
–No es lo que piensas, Amalia –contestó Lucía nerviosa–. Descubrí
una información y no sabía con quién compartirla.
–¿Y te pareció que la mejor opción era contárselo a Mario? ¿No?
–replicó Amalia con ironía.
–Fue lo único que se me ocurrió. Luego apareció Galdós y…
–No quiero saber nada más –atajó Amalia enfadada.
–Déjame explicarte… –suplicó Lucía.
En ese momento escucharon voces y gritos. Alguien se acercaba a
ellas.
–¡Ocultémonos! –exclamó Amalia conduciendo a Lucía al interior
del portal.

Mario comprobó que los monárquicos huían por la calle Marqués de


Cubas. Sin embargo, unos pocos se dirigieron a la calle de Zorrilla.
A pesar del dolor del muslo y del brazo, reunió a cuatro hombres de
los Voluntarios y les ordenó que le siguieran.
Se le había ocurrido que, al igual que había pasado cuando habían
atajado por el Paseo del Prado, podrían detener a esos pocos fugitivos
rodeando el Congreso por el extremo opuesto.
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Enfilaron hacia la Carrera de San Jerónimo, doblando en la calle


de Cedaceros.
Su plan funcionó, y se encontraron con los huidos casi de bruces.
Todos los Voluntarios de la República excepto Mario llevaban los fu-
siles sin munición, pero los usaron para encañonar a sus enemigos.
–¡Alto! –dijeron apuntando sus armas descargadas contra los fugi-
tivos.
Eran cuatro hombres, y entre ellos estaba Leandro Cerón.

–¡Es Leandro! –exclamó atemorizada Amalia, que aún no había perci-


bido que entre los combatientes que retenían a los militares se encon-
traba Mario.
Ambas jóvenes observaban la escena angustiadas.

–¡Atadlos! –ordenó Mario.


Los jóvenes Voluntarios de la República a los que estaba mandan-
do no se lo pensaron dos veces a la hora de acatar las órdenes de Mario,
que tras la batalla había pasado a ser su líder natural.
Sin embargo, no contaron con que Leandro aún tenía tres balas en
la recámara de su revólver.
El militar, sin pensárselo dos veces, comenzó a disparar contra sus
captores, decidido a vender cara su derrota.
En su afán final, volvió a herir a Mario en un hombro, aunque no
acertó a ningún otro Voluntario de la República, los cuales corrieron
como alma que lleva el diablo, para sorpresa de Leandro, que no sabía
que llevaban sus armas descargadas.
Mario, tendido en el suelo tras el impacto de la bala, cogió como
pudo su fusil, que había caído junto a él, y apuntó con pulso trému-
lo al cuerpo de Leandro, que seguía apretando el gatillo contra los
Voluntarios de la República que huían, a pesar de que ya no le queda-
ban balas.
El disparo de Mario acertó a rozar a Leandro en el muslo izquier-
do, produciéndole un dolor intenso. Entonces, el militar se acercó a
Mario, que estaba completamente derrotado, sin munición, herido,
en el suelo y completamente agotado.
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Introdujo seis balas nuevas en el cañón todo lo rápido que pudo


sin perder de vista a su enemigo derrotado. Luego acercó el cañón al
cráneo de Mario para no errar el tiro.
–¡No! –escuchó Leandro a su izquierda.
La voz provenía de la última persona que esperaba encontrar allí.
–¡Lucía! –exclamó confuso.
–¡Por favor, no lo hagas! –suplicó.
Leandro comprendió instintivamente que algo no iba bien.
–¡Ha querido matarme! –respondió–. ¡Es un cerdo republicano!
–añadió justo antes de presionar el percutor, invadido de unos celos
que no sabía explicarse a sí mismo en esos momentos.
Mario observaba la escena sin fuerzas para resistirse a su destino.
Comprendió que iba a morir.
–¡No! –volvió a gritar Lucía.
El percutor saltó al apretar el gatillo, pero la bala golpeó en el suelo,
a pocos centímetros del murciano. Lucía había empujado el brazo de
Leandro, lo justo para evitar el fatal desenlace.
Mario tragó saliva. Se había salvado de momento.
Leandro, sin pensárselo dos veces, golpeó fuertemente a Lucía con
el dorso de la mano.
Esta cayó de espaldas. La sangre comenzó a manar de sus labios,
rotos por el golpe. Leandro se quedó mirándola, desconcertado con
su propia reacción. Jamás había pegado a una mujer, y nunca hubiera
creído poder golpear con aquella violencia a Lucía.
Lejos de quedarse inmóvil, Lucía se levantó rápidamente, y yendo
hacia Leandro se interpuso entre este y Mario, aprovechando el des-
concierto de su prometido.
–¡Si quieres matarle tendrás que matarme a mí primero! –exclamó
Lucía llena de ira, pero con una determinación que dejó a Leandro helado.
Unas voces se comenzaron a escuchar desde la esquina del
Congreso. Era la Guardia Civil, que se dirigía hacia allí.
Leandro observó a Lucía con dureza. Intuyó que la había perdido
para siempre.
El desconcierto dio paso a una tristeza inesperada, que el joven
militar aún no sabía que se convertiría en odio en unas pocas horas,
un odio que aumentaría con cada segundo que pasara, y que incluiría
tanto a Lucía como a Mario.
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Pasó una última mirada, incrédula aún, por los dos jóvenes, an-
tes de echar a correr, internándose en las callejuelas colindantes para
perderse entre ellas.

Lucía estaba manchando su vestido con la suciedad del suelo de Ma-


drid y la sangre que se filtraba por el pantalón y la chaqueta del joven.
Levantó la cabeza de este y la apoyó en sus muslos que utilizó a modo
de almohada.
–¡Mario! ¡Responde! –exclamó Lucía angustiada, ante la indiferen-
te mirada de Amalia, que había estado observando toda la escena des-
de la distancia.
Sin saberlo, había compartido unas sensaciones muy similares a las
de Leandro.
Una amargura muy grande se estaba apoderando de ella. Mario,
con el que había fantaseado hacía unos pocos días como un padre ideal
para sus hijos, un continuador del negocio familiar, era en realidad un
revolucionario, tal y como había dicho Cancio en la cena, aunque ella
no le hubiera dado ninguna importancia entonces.
¡Qué ciega había estado! Jamás podría ser el marido que había ima-
ginado.
Además había una verdad que acababa de estallarle en la cara. Lucía
y Mario estaban enamorados. Nunca hubiera sido suyo.
Amalia observó que el murciano agarraba la mano de su amiga,
manchando esta de sangre. Lucía se la sostuvo con fuerza, mirando
angustiada a Mario.
–Gracias –dijo este mirando con ternura a su amada.
–Aguanta, ya llega la ayuda –replicó Lucía al ver que los guardias
civiles se encontraban ya allí.
–Lucía –dijo el joven.
–Dime –contestó ella.
–Te quiero –confesó Mario sorprendiéndola.
La joven no sabía qué decir. Entonces, siguiendo un impulso, sin
pensarlo, reclinó la cabeza hacia él y lo besó.
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7. LA OFERTA

Madrid, domingo, 27 de abril de 1873.


Hospital Provincial de Madrid

Cuatro días sin noticias de Lucía eran demasiados. Aún estaba muy
débil, pero debía salir ya de allí para averiguar qué consecuencias ha-
bían tenido para ella los sucesos del día 23.
Había tenido mucha suerte. Los balazos no habían tocado ningún
órgano y, a pesar de la aparatosidad, las heridas estaban cerrando bien
y sin infecciones.
Sin embargo, la fiebre pasada le hacía recordar los tres anteriores
como una sucesión de dolor, sudor, miedo a la muerte y pesadillas
horribles.
Gracias a Dios, ya había superado esa fase.
Los médicos le informaron que estaba en el Hospital Provincial de
Madrid, en Atocha, muy cerca de la estación de tren.
En un par de semanas ya estaría completamente recuperado, y sin
secuelas. Mario se volvió a alegrar de su suerte, después de ver cómo
habían muerto varios hombres a su lado.
Al preguntar acerca de si alguien había ido a visitarle, los enfer-
meros le dieron una respuesta negativa. Nadie, desde que la Guardia
Civil lo había trasladado allí, junto al resto de los heridos, se había
interesado por él.
También había preguntado por el desenlace de los hechos del
miércoles anterior, pero en aquella sala común no había ninguno de
los Voluntarios heridos, ni de la República ni de la Libertad, pues
los habían llevado a alas distintas del hospital, y como a él no sabían
dónde colocarlo, por prudencia lo habían llevado a una sala llena de
ancianos, o que parecían serlo, la mayor parte sin recursos económi-
cos, así que solo le contaron que Pi seguía siendo presidente, que ellos
supieran.
A ninguna de estas personas les interesaba ya demasiado la política,
y los pocos familiares que les visitaban tampoco mostraban demasiada
preocupación por el devenir del país.
En cuanto se le pasó la fiebre, Mario decidió que tenía que salir de
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allí cuanto antes, o caería en una depresión. Además, tenía que ver a
Lucía costara lo que costara.
El beso que se habían dado le había parecido lo más real que le ha-
bía pasado nunca, y le gustaba imaginar que la chica le correspondía
con el mismo amor que él ya le tenía.
Seguramente solo se lo había dado porque lo había visto en aquel
estado lamentable, se decía, para a continuación responderse que, si
no lo amara como él esperaba, no se hubiera interpuesto entre él y
Leandro.
Sin embargo, no había ido a visitarlo ni había preguntado por él.
¿Habría tenido algún impedimento grave? ¿Querría volver a verlo o
todo era producto de su fantasía romántica?
En todo caso, debía confesarle sus sentimientos con la esperanza de
evitar que se casara con el militar. Sabía que era muy difícil que todo
aquello saliera bien, pero no se perdonaría no haberlo intentado.
Un viejo enfermero repartió el desayuno de la mañana. Al ser do-
mingo, había una especie de chocolate con churros.
El chocolate estaba frío y los churros excesivamente aceitosos y tie-
sos, pero Mario los engulló con ansia.
Necesitaba recuperar fuerzas para salir de allí.
Sus ropas, hechas girones, sucias de barro y sangre, se encontraban
dobladas sobre un pequeño taburete, justo al lado de la cama.
Se levantó poco a poco, intentando ponerse en pie. Un mareo in-
tenso se apoderó de él. Estaba mucho más débil de lo que había creído
en un principio.
Volvió a intentarlo una vez que se le pasó el mareo. Esta vez se tuvo
en pie. Parecía que las fuerzas volvían de nuevo a su cuerpo, gracias en
parte al calorífico desayuno.
Recogió su ropa, y poco a poco comenzó a vestirse.
En ese momento, una voz rotunda y grave sonó a su espalda.
–¿Ya te vas, chiquillo? –preguntó la voz con aquella melodía del
pueblo llano que hipnotizaba a las masas.
Era una voz que recordaba perfectamente, y que pertenecía a un
hombre que admiraba por su espíritu de lucha y su fe inquebrantable
en el pueblo.
–¡Antonete! –exclamó con sorpresa Mario, que no podía creer que
a su lado estuviera aquella leyenda de la huerta–. ¿¡Qué haces aquí!?
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–Es que he oído que hay un nuevo héroe en Madrid, y he venido a


conocerlo –contestó el huertano.
–¿Cómo lo has sabido? –preguntó Mario, que no salía de su asombro.
–Me lo ha dicho Pi –informó Gálvez–. Está muy impresionado
contigo.
–¿Has hablado con el ministro? ¿Cómo están las cosas? ¿En qué ter-
minó la batalla? –se atropelló Mario queriendo saberlo todo a la vez.
–Calma, calma –dijo Gálvez haciendo signos para que se sentara de
nuevo en la cama–. Hay tiempo, y por lo que veo te zurraron bien. No
pensaba que hubiera sido para tanto –admitió.
–Estoy bien, solo son rasguños –explicó Mario quitando impor-
tancia a sus heridas–. Venga, ponme al día.
Antonete lo miró y vio en él al mismo muchacho noble, inocente
e idealista que había conocido en 1868, cuando el que él consideró un
joven señorito de ciudad se juntó a su partida de huertanos, y que aun-
que no pegaba ni con cola entre ellos, se había hecho con el cariño de
todos por su carácter sencillo y su valentía suicida.
Luego, cada vez que lo había necesitado, allí había estado Mario
para lo que hiciera falta, ya fuera contactar con alguien, facilitar avi-
tuallamiento o dirigir una partida.
Poco a poco, se había forjado una amistad entre ambos, basada en
el respeto a la autoridad moral de Gálvez y en la camaradería revolu-
cionaria.
Sin embargo, Gálvez percibió un cambio en Mario que no podía
concretar. Lo achacó al año largo que hacía que no lo veía. Parecía más
maduro y capaz.
Lo relatado por Pi acerca de su gran aportación al impedimento del
golpe de Estado, le habían convencido de que no se había equivocado
al pensar en él para lo que estaba a punto de ofrecerle.
–Pues han pasado muchas cosas mientras tú has estado de vacacio-
nes –comenzó a relatar Gálvez–. Pi dominó la situación con mano de
hierro. Logró poner en fuga a los golpistas, que ahora deben estar ya
instalados en París, destituyó a los militares insurrectos y disolvió las
Cortes.
–¿¡Disolvió las Cortes!? –preguntó incrédulo Mario.
–Bueno, en realidad solo la Comisión Permanente, pero es lo mis-
mo –contestó Gálvez.
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–Pero eso es lo que querían hacer los militares. Un golpe de Estado.


Pi no debería haberlo hecho –reflexionó preocupado Mario.
–La revolución se hace así. A golpes –dijo el huertano–. Pero no
te preocupes, siguen estando convocadas las elecciones para mayo. La
gente podrá manifestarse, aunque… –se interrumpió el huertano.
–¿Qué? –preguntó Mario intrigado.
–Que no podrán elegir más que a republicanos –contestó Gál-
vez casi aliviado al decirlo–. Los demás partidos han considerado,
como tú, que Pi se ha extralimitado, y no van a concurrir a esas elec-
ciones.
–Pero entonces las Cortes no tendrán legitimidad –reflexionó
Mario.
–¡Claro que la tendrán! –exclamó Gálvez autoritario, denotando
una seguridad en sí mismo fuera de toda duda–. Los partidos que no
se presentan a las elecciones no lo hacen como protesta a Pi, lo hacen
porque son monárquicos, carlistas o alfonsinos, me da igual, o porque
son republicanos unitarios… ¡Centralistas todos! –escupió.
Mario recordó que Gálvez había dicho muchas veces que odiaba a
los republicanos unitarios y centralistas, incluso más que a los monár-
quicos, porque estos, al menos, no se contaban dentro del bando de
los supuestos amigos.
El veterano huertano creía que la revolución y la república debían
construirse desde y por el pueblo, de abajo arriba. Cualquier cosa que
viniera decidida desde Madrid, al margen del pueblo llano, había de
combatirse, porque por encima de la república estaba el pueblo, que
debía ser el único y verdadero dueño de su destino.
Sin embargo, ahora le parecían bien unas elecciones en las que el
pueblo no tuviera plena capacidad de elección, pensó Mario. Una cla-
ra contradicción.
Era la primera vez que Mario se cuestionaba las palabras de Gálvez,
al que veía en esta ocasión priorizar la oportunidad de llegar al poder
sobre el ideal de la libertad del pueblo.
–Tengo algo que ofrecerte –dijo Gálvez con su voz profunda, cam-
biando de tema súbitamente como en él era costumbre.
–Tú dirás –respondió Mario saliendo de su ensimismamiento.
–Quiero que te presentes a las elecciones conmigo. Serás diputado
–ordenó sin preguntarse si su amigo estaría de acuerdo.
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Mario se quedó callado. A pesar de su militancia activa en las alga-


radas del revolucionario, jamás se había planteado seriamente partici-
par en las instituciones, y la propuesta de Gálvez lo descolocó.
–¿Qué pasa? –preguntó–. Creía que te haría ilusión.
–Nunca había pensado en ser político –respondió el joven.
–¡Pero hombre! ¡Si siempre lo has sido! –exclamó el huertano al
tiempo que daba una palmada en la espalda del joven.
–Ya me entiendes –respondió Mario–. Me refiero a que nunca me
había imaginado como concejal o algo parecido, y mucho menos de
diputado en Cortes. Sinceramente, lo mío siempre fue la acción.
–¡Y lo mío! –exclamó enérgicamente Gálvez–. ¡Por eso te lo pi-
do! ¡Es la oportunidad que estábamos esperando! –siguió–. Pi ha
prometido una Constitución inmediatamente. No soy yo muy parti-
dario de esto, he de confesarte. Los pueblos de España han de regirse
por sí mismos en cantones, y estos en Estados que deben construirse
desde la base, no desde la cúspide. Aun así confío en Pi –concedió
Gálvez, y sé que se dará libertad a los territorios para elegir su destino.
Al menos él siempre ha defendido eso. ¿Nos acompañarás en esta ba-
talla?
Mario estaba confuso. Lo que decía Gálvez parecía prometedor.
Era la oportunidad de redefinir España, el tiempo para cambiar las
cosas, llevar a cabo lo que siempre había soñado. Quizá no sería la for-
ma más ortodoxa de imponerse políticamente, pero a veces importaba
más el fin que los medios.
En otro momento de su vida ni siquiera se lo habría pensado y ha-
bría aceptado el ofrecimiento sin dudar. ¿Por qué dudaba ahora?
De pronto vio clara la respuesta. Mientras su mentor revoluciona-
rio le había estado hablando, la presencia de Lucía había sobrevolado
su mente sin cesar. No podía marcharse sin saber a qué atenerse. Tenía
que hablar con ella lo antes posible.
Sin embargo, también le debía fidelidad a su amigo. Resolvió la
cuestión apretando el brazo del huertano.
–Sabes que siempre lucharé a tu lado –respondió Mario.

¿Cómo se podía haber dejado arrastrar hasta allí? Era la pregunta que
se formulaba Lucía continuamente desde hacía cuatro días, aislada de
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todos y vigilada constantemente por su madre y por el personal de la


casa de veraneo.
Su mente no hacía más que revivir una y otra vez los acontecimien-
tos vividos junto al Congreso de los Diputados, recordando con an-
gustia las heridas sufridas por Mario, y reviviendo, con una emoción
derivada de un sentimiento que jamás había sentido, aquel beso casi
robado antes de que se lo llevaran.
Después de asegurarse de que Mario estaba siendo atendido, buscó
a Amalia. Casi se había olvidado de ella con todo aquel lío. No estaba
por ninguna parte.
La calle era un caos. Los partidarios de la República habían co-
menzado a llegar al Congreso, y se amontonaban en la Carrera de San
Jerónimo, llenando las calles adyacentes con el fin de impedir la salida
de los diputados por ninguna puerta del edificio, ya que por lo que
podía escuchar Lucía los consideraban traidores y golpistas.
Entre la búsqueda de Amalia y el gentío, había perdido de vista
a Mario. Escuchó de los hombres que se lo llevaron que había que
trasladarlo al hospital de Atocha, así que decidió que más tarde iría a
comprobar que seguía bien.
De pronto comenzó a temblar al caer en la cuenta de todo lo que
había pasado. La adrenalina acumulada le estaba llevando a un estado
de agitación interna que le hacía respirar con dificultad, y el tumulto
comenzó a generarle una sensación de ahogo que intentaba disimular
con poco éxito.
Casi por instinto, buscando la protección perdida, sus pasos la fue-
ron llevando a casa.
Al acercarse a la entrada de su calle cayó en la cuenta de que su vida
había dado un giro radical. Ya no se casaría con Leandro, y sentía que el
mundo que había conocido hasta ahora se derrumbaba a su alrededor.
Tendría que afrontar un destino incierto, lo cual, para su sorpresa
le infundió ánimo y valor.
Cuando llegó a su casa observó que la calesa de la familia estaba
preparada en la puerta, algo que le sorprendió sobremanera.
Su padre, que esa mañana había salido temprano, como siempre,
se encontraba junto al carruaje visiblemente alterado; pareció aliviado
en parte al verla llegar. Aquella extraña situación la sumió en el des-
concierto.
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–¿Por qué nos vamos? –preguntó en cuanto se acercó a su padre.


–¿¡Dónde estabas!? ¡Es tarde! ¡Te estábamos esperando! ¡Sube al
coche, rápido! –ordenó el coronel, sin darle opción de réplica.
Lucía se dejó conducir al interior de la calesa sin ser consciente de
lo que estaba pasando. Un torbellino de preguntas asaltaban su mente.
–¿Estás al tanto de lo que ha pasado en las Cortes? –preguntó Lucía,
casi como una afirmación, mientras subía.
–¿Estabas allí? –respondió el coronel confirmando las sospechas de
su hija, mientras la ayudaba a entrar y ordenaba al cochero que em-
prendiera la marcha.
–¡Lucía! –gritó doña Carmen al ver entrar a su hija en el carruaje de
aquella guisa. El coronel ni siquiera había caído en la cuenta–. ¿¡Estás
herida!? –preguntó alterada.
–Estoy bien… Leandro también está bien –dijo mientras miraba
a los ojos de su padre, que en ese momento había perdido el aura de
grandeza con la que siempre lo había observado su hija–. Pero ha teni-
do que huir –añadió como si fuera un reproche–. Los de la República
lo han ahuyentado… a él y a todos, gracias a Dios –dijo con un orgu-
llo que hirió a su padre en lo más profundo, mirando a su hija sin creer
las palabras que salían de sus labios.
Jamás le había hablado con ese desprecio.
–¡Válgame Dios! –acertó a decir doña Carmen–. ¡Nos vas a matar
a disgustos! –exclamó–. ¡Esta niña nos mata, Indalecio! –añadió mien-
tras Cancio observaba la escena sentado justo enfrente de su madre,
sin saber qué decir, por una vez.
El coronel comprendió de inmediato que su hija sabía mucho más
de lo que él hubiera imaginado nunca, y por si fuera poco, parecía
contenta con que sus planes y los de Martínez Campos se hubieran
desbaratado.
Un pensamiento fugaz acudió a su mente. ¿Se había enterado su
hija, de alguna manera, de los planes golpistas? ¿Habría tenido ella algo
que ver en la respuesta recibida por los Voluntarios de la República y
el fracaso del golpe? Era absurdo, se dijo.
–Es preciso que os vayáis todos a la casa de la sierra –dijo García-
Valls explicándole a su hija la razón del sorpresivo viaje, refiriéndose a
la pequeña casita de verano que la familia tenía en las inmediaciones
del pueblo de El Escorial, y que había sido adquirida recientemente
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por el coronel, gracias a los abundantes beneficios de sus negocios con


Buendía–. Tendríais que haberos ido antes, no tendría que haber con-
fiado tanto… –pareció mascullar para sí el coronel, que quería evitar
cualquier riesgo de que en el proceso de su detención su familia se
viera envuelta de ninguna manera.
–¿Has tenido algo que ver con el golpe? –preguntó Lucía con segu-
ridad–. ¿Has dejado que Leandro se involucrara? ¿Cómo has podido
hacerlo? –recriminó Lucía.
–No tengo por qué darte ningún tipo de explicaciones sobre eso
–contestó fríamente el coronel–. ¿Qué ha pasado con Leandro?
–Huyó, como todos –contestó Lucía con altanería y desprecio en
su voz–. Mario y los Voluntarios consiguieron ponerlos en fuga –aña-
dió.
–¿Qué Mario? –preguntó el coronel descolocado.
–Mario Rubio –dijo Lucía orgullosamente, sin disimular la pro-
funda admiración que sentía por él, y sin pensar las consecuencias de
informar a su padre.
–¿El hijo de Cesáreo? –volvió a preguntar incrédulo–. ¿Qué tiene
que ver él con todo esto?
Lucía no supo qué contestar, nerviosa, ruborizada de pronto. Pero
su padre ya había confirmado en la mirada de su hija, la que hasta aho-
ra había sido la niña de sus ojos, que ella estaba involucrada de alguna
manera en todo aquello, y que había tenido tratos con Mario, un revo-
lucionario activo a las órdenes de Antonete. Su mundo se vino abajo.
–¡Cuéntame todo lo que sepas ahora mismo! –ordenó el coronel
con tono marcial.
–¡No sé nada! –mintió Lucía nerviosamente, algo que no pasó desa-
percibido a los ojos expertos de su padre.
–¿¡Qué hay entre ese y tú!? –exclamó García-Valls violentamente,
cada vez más enfadado, y bajo las expectantes miradas de Cancio y
doña Carmen, la cual, a pesar de manejar a su marido por donde ella
quería normalmente, no se atrevía a abrir la boca en las raras ocasiones
en las que había visto a su esposo en ese estado de enfado.
Lucía no contestó a su padre.
García-Valls volvió a repetir la pregunta, esta vez acercando el ros-
tro al de su hija, que le mantuvo la mirada con valentía.
–Que qué hay entre ese y tú, he preguntado –dijo el coronel.
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Lucía se armó de valor para contestar.


–Nos amamos –contestó instintivamente, de la misma manera que
había imaginado hacer a sus heroínas románticas de ficción que ha-
bía leído en los folletines de su adolescencia. No era del todo real la
afirmación de Lucía, dado que no había tenido ocasión de hablar de
ese tema con Mario, pero percibió en el fondo de su corazón que esa
realidad recién descubierta por ella misma era la mayor verdad del
universo.
Sintió que se liberaba al decirlo. La sensación de libertad abarcaba
a Leandro, a su madre, a su padre, a sus reaccionarios amigos, y hasta
a Cancio.
Cayó en la cuenta de que quería huir de todos ellos, que le asquea-
ba el mundo que representaban.
–Nos amamos –repitió bajo el paraguas del recién encontrado va-
lor, observada por la enfurecida mirada de su padre–, y no me iré a
ninguna parte sin…
La frase de Lucía se cortó en seco a causa de la brutal bofetada que
el coronel propinó en el rostro de su hija, devolviéndola a la realidad.
Era la primera vez que le pegaba en su vida, y la segunda bofetada reci-
bida en el día por la chica. Esta última le dolió en el alma mucho más
que la de Leandro.
En ese momento, algo se rompió en el interior de Lucía. De Leandro
no le sorprendió tanto, pero de su padre no lo hubiera esperado nunca.
La pena y la sorpresa fueron tales, que no supo sino dejarse arrastrar
al interior de la calesa, mientras escuchaba que su padre ordenaba al
cochero que saliera a toda velocidad y que no parara hasta El Escorial.
–A partir de ahora harás lo que se te diga –fue lo último que escu-
chó antes de que el carruaje emprendiera una rápida marcha que la
alejaba de Mario para siempre.

No había nadie en casa de los García-Valls.


Mario sabía a lo que se estaba exponiendo al acudir allí. Como mí-
nimo al rechazo de Lucía, sin contar la reacción de los padres de esta,
la cual imaginaba no sería muy propicia a sus intereses.
Lucía era una mujer comprometida matrimonialmente, lo más
normal sería que lo expulsaran de la casa de malos modos y, con toda
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seguridad, perdiera definitivamente las ya escasísimas posibilidades


comerciales que le quedaban con García-Valls y Buendía.
Eso si no se encontraba con Leandro. En tal caso no quería siquiera
imaginar cómo acabaría aquella visita.
Bien pensado, todo aquello era una locura. No tenía ningún indi-
cio, más allá de su propio enamoramiento, y del dulce recuerdo del
beso robado aquella tarde de sangre y lucha, de que Lucía sintiera algo
mínimamente parecido a lo que él mismo sentía.
Cuanto más lo pensaba, más inconveniente consideraba su absur-
do intento de declararse a la joven, máxime cuando no había tenido
noticias de ella durante su estancia en el hospital.
Antonete había intentado disuadirlo de sus intenciones. A él le in-
teresaba el Mario luchador, idealista y comprometido con la causa de
la república, no a un imbécil enamorado, dispuesto a tirar por la borda
su futuro por perseguir quimeras románticas.
Las locuras de amor quedaban bien en los folletines que leían ávi-
damente las jovencitas burguesas, pero no para hombres de acción
como ellos. Mario ya no era un niño loco por su primer amor, le dijo
el huertano. Debía comprometerse, sí, pero con la causa republicana.
Sin embargo, y a pesar de reconocer lo absurdo de su comporta-
miento, los pasos de Mario lo habían guiado hasta la casa familiar de
Lucía.
Tenía que cerrar aquella historia pronto, aunque fuera con una
negativa de la joven. Podría soportarlo. Lo que no estaba dispuesto a
consentir era que su pensamiento estuviera dominado por la imagen
de Lucía si no había ninguna posibilidad real de estar con ella.
El aparente abandono de la residencia García-Valls lo desconcertó.
Debía volver a Murcia lo antes posible si quería poder presentarse a las
elecciones, y Antonete no lo esperaría demasiado tiempo.
Preguntó a un criado de la casa de enfrente acerca del paradero de
la familia, pero no le supo responder.
Entonces se acordó de Amalia. Ella era la amiga inseparable de
Lucía, sabría cómo dar con ella.
Se dirigió al almacén de Buendía, pensando en preguntar dónde
vivía Amalia, pero la suerte se alió con él, pues la casualidad quiso que
la joven saliera de su casa en ese momento, la cual estaba muy cerca del
almacén, encontrándose casi de bruces con Mario.
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Amalia se quedó de piedra al ver aparecer al joven.


–Buenos días, Amalia –dijo Mario acercándose a la joven–. Me ale-
gro mucho de verla –dijo con alivio, al ver que la fortuna comenzaba
a sonreírle.
–Yo también me alegro de verle, Mario –contestó la joven, que
había cambiado el rictus serio con el que lo había recibido por otro
más expectante al escuchar las amables palabras del murciano–. Y me
alegra comprobar que está usted bien de salud. La última vez que lo vi
no tenía muy buen aspecto –añadió.
–Gracias a Dios, tuve mucha suerte.
–Y que lo diga.
–Quería preguntarle por el paradero de su amiga Lucía –dijo sin
más preámbulo Mario, con premura.
Amalia sintió una punzada de celos y rencor al escuchar el nombre
de su amiga en labios del murciano.
–No está en Madrid –dijo por toda respuesta Amalia, haciendo
amago de irse sin más.
–Es muy importante para mí contactar con ella –dijo Mario aga-
rrando suavemente del brazo a Amalia, impidiendo su retirada–. Si
pudiera darme razón de su paradero le estaría eternamente agradecido
–añadió.
Amalia se sintió cada vez peor. Un rencor que no sabía atribuir a
nada en concreto se apoderó de ella, aunque intentó mantener la com-
postura.
–Es mejor que me vaya.
–Se lo ruego, Amalia. Debo partir a Murcia de inmediato, pues me
presento a las elecciones a Cortes, y debo saber qué siente Lucía por mí
antes de tomar una decisión que pueda cambiar mi vida –dijo Mario
en un arranque de sinceridad–. Estoy dispuesto a dejarlo todo por ella.
La joven volvió a sentir el golpe de los celos con inusitada fuerza.
Una ira interior que le costaba disimular tomó el mando de sus senti-
mientos.
–Está bien. Si tanto lo desea se lo diré –dijo bruscamente.
–¡Gracias! –exclamó Mario entusiasmado.
–Lucía me prohibió expresamente que le dijera dónde estaba –dijo
Amalia, para sorpresa y amargura de Mario–. Y me pidió que le insis-
tiera, si le veía, en que no la buscara.
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Mario se quedó completamente descolocado ante la afirmación de


Amalia, que continuó hablando.
–Después del beso que le dio a usted, comprendió que le había
dado mucha más confianza de lo que exige el decoro de una mujer
prometida. Me explicó que estaba muy arrepentida de haber intima-
do tanto con usted, y que no estaba bien lo que le estaba haciendo a
Leandro –aseguró Amalia, la cual estaba sorprendida por la certeza y
fluidez con la que estaba mintiendo–. Ella ha estado enamorada de
Leandro desde que se conocieron. Es el amor de su vida y no lo quiere
perder, se lo puedo asegurar. ¿Comprende lo que le digo? –preguntó
con seguridad.
Mario asintió a la pregunta sin emitir ningún sonido. Amalia notó
que el joven había creído punto por punto todas las mentiras que le
había contado, por lo que decidió seguir improvisando.
–Sepa usted que Lucía les propuso a sus padres pasar unos días fue-
ra, en la sierra, para demostrar a su prometido que sigue enamorada
de él y que puede confiar plenamente en ella. No sé si habrán podido
arreglar las cosas entre ellos, pero Lucía me dijo que iba a intentar
conservar a Leandro por todos los medios, aunque tuviera que casarse
inmediatamente con él, si fuera necesario. Sepa que le tiene aprecio a
usted, pero estoy segura de que prefiere no volver a verle –sentenció.
Mario se quedó callado unos instantes. Amalia seguía mirándolo
con dureza.
De pronto, la joven se arrepintió de todas sus palabras, al compro-
bar la tremenda tristeza que se estaba apoderando del murciano.
Pensó en confesar, en contarle que todo había sido una mentira
derivada de los celos, pedirle perdón. Sí tenía que hacerlo, no podía
dejar así las cosas.
Pero se quedó callada.
–Dígale que espero que le vaya todo muy bien en la vida. Quizá
algún día volvamos a vernos. Adiós y muchas gracias por todo –dijo
Mario con un hilo de voz, dándose la vuelta y enfilando la calle en
dirección contraria, sin mirar atrás, sin saber que tras él, a los pocos
segundos de perderse entre la gente, las lágrimas comenzaron a manar
de los ojos de Amalia mientras todo su cuerpo temblaba.
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8. A VUELTAS CON LA REPÚBLICA

Madrid, miércoles, 11 de junio de 1873.


Congreso de los Diputados

–Diez días nos han bastado para echar a Figueras, y en un mes tendre-
mos en marcha el cantón murciano, ya lo verás –dijo Gálvez eufórico,
sin darle mucha importancia a la preocupación que le había expresado
Mario ante el devenir de los acontecimientos.
Las Cortes volvían a estar rodeadas de voluntarios dispuestos a de-
rrocar un Gobierno para poner otro. Exactamente lo mismo contra lo
que él había luchado hacía apenas un mes y medio.
La diferencia era que en esta ocasión eran los suyos los que la rodea-
ban para imponer a un presidente de Gobierno, y había sido su propio
grupo político el que los había alentado.
Su grupo político, pensó con tristeza Mario. Él, ingenuamente,
había creído que era malo que solo se hubieran presentado los repu-
blicanos a las elecciones, que de esa manera no estarían representadas
todas las corrientes políticas del país, y las Cortes no tendrían plena
representatividad. Había sido mucho peor.
Su partido, con total y absoluta hegemonía en las Cortes, resultaba
que estaba dividido en tres familias tan antagónicas como lo podían
haber sido los carlistas y los alfonsinos.
Como Mario había acudido a las elecciones de la mano de Gálvez,
se le incluía, y por fidelidad así votaba, con el grupo llamado de los
intransigentes, que eran el ala más a la izquierda del Congreso, y pro-
pugnaban que se abolieran casi todos los impuestos, las quintas mili-
tares y que se pusiera en marcha la total descentralización del país de
una manera inmediata.
Su obsesión era crear la República a través de los cantones, regidos
por el pueblo directamente, que serían independientes en la práctica, y
elegirían por sí mismos sus destinos. El resto del país se iría organizan-
do a través de la unión de todos ellos, pero desde la base del pueblo, no
desde la cúspide social.
No eran muchos diputados, pero los suficientes, unos sesenta.
Y hacían mucho ruido. Sobre todo el sevillano Roque Barcia, tan fa-
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nático como el propio Gálvez en su ideario, y que cada día pasaba más
tiempo junto a este.
Y no estaban representados solamente en el Congreso, también te-
nían militares entres sus apoyos, un auténtico contrasentido, pensaba
Mario, pero que les había sido muy valioso para expulsar a Figueras
del poder tan solo diez días después de que jurara nuevamente su car-
go tras las elecciones.
Figueras había aceptado el cargo muy a su pesar, pues era cons-
ciente de que no tenía la personalidad necesaria para encauzar aquel
lodazal político en el que se había convertido el Partido Republicano,
y quería traspasar el cargo a Pi, pero los moderados de su partido, ma-
yoritarios en la cámara, le convencieron para continuar en un primer
momento.
Sin embargo, el simple atisbo de que el general Contreras y otros
preparaban un golpe de Estado contra él, había sido suficiente para
que Figueras, horrorizado, y pensando que lo iban a fusilar en el acto,
dejara disimuladamente su dimisión en su despacho, y fingiendo un
paseo por el parque del Retiro, se dirigiera a la estación de Atocha,
donde no se bajó del tren hasta que llegó a París.
Había así puesto en práctica lo que les había dicho a sus ministros,
en su catalán natal, solo unos días antes: «Senyors, estic fins als collons
de tots nosaltres».
Pero para los intransigentes no era suficiente con haber conseguido
expulsar a Figueras, que había nombrado ministros no deseados por
ellos en su Gobierno. Había que asegurarse que las Cortes fueran una
verdadera cámara revolucionaria que cambiara todo de una manera
drástica y rápida, una junta suprema que aglutinara todos los poderes
del Estado al estilo de la Convención de la revolución francesa, eso sí,
dominada por ellos.
Para llevar a cabo sus planes debían neutralizar a la parte derecha
del hemiciclo, los moderados. Estos propugnaban una República con
libertades individuales, pero con una clara vocación centralista y bur-
guesa.
No eran realmente federalistas convencidos, y veían con mejores
ojos una república al estilo francés, unitaria. Su ideal buscado era el
orden social y el progreso económico y cultural, pero dirigido desde
las élites sociales.
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Coincidían con los intransigentes, aunque por otros motivos, en


rechazar la redacción de una nueva Constitución, en su caso temiendo
que implantara un modelo completamente federal y excesivamente
descentralizado, en el que cada cual hiciera las cosas a su manera, sin
orden ni concierto.
Para evitar que los moderados impusieran un presidente afín a
sus postulados estaban los Voluntarios de la República rodeando el
Congreso en ese momento.
Estos, enardecidos y controlados por los intransigentes, no permi-
tirían que el cambio de presidente, que ellos mismos habían propicia-
do, terminara recayendo en alguien del ala derecha.
Pero los moderados no se estaban achantando. No aceptarían a
cualquiera tampoco. También tenían sus propios apoyos entre las éli-
tes militares y en el propio pueblo, y no permitirían ser dominados
por una minoría de diputados.
La situación estaba llegando al límite, y había que poner fin a toda
esa locura de una manera satisfactoria y rápida. Mario sabía que solo
había una persona que pudiera satisfacer a ambas partes, aunque fuera
momentáneamente: Pi y Margall.
El veterano político era el que más papeletas tenía para ser nom-
brado nuevo presidente, dado que, a pesar de haber aportado la base
ideológica a los intransigentes, propugnaba que las tesis violentas y
revolucionarias que en otro tiempo defendió como método para erra-
dicar la monarquía de España, no eran válidas cuando ya se había ins-
taurado una República Federal, que traería la paz y la libertad en base
a una nueva Constitución, sin necesidad de recurrir a la violencia ni a
la sangre.
Pi era el jefe del tercer grupo en discordia en el Congreso, los
centristas, defensores de una Constitución que convirtiera a España
en una República Federal en la que cada Estado tendría su propio
Parlamento, el cual elaboraría sus propias leyes, con el único límite del
respeto a la federación.
Esa nueva Constitución, laica, preservadora de las libertades
del hombre y de la igualdad de clases, sería la que aboliría la escla-
vitud en los Estados de ultramar, la que propulsaría la instruc-
ción cultural universal para todos los ciudadanos, la que impondría la
separación efectiva de la Iglesia y el Estado, y la que habría de llevar
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por fin a España a entrar definitivamente en la modernidad del si-


glo xix.
Mario reconoció que le hubiera gustado apoyar con más fervor a
Pi, pero la lealtad hacia Gálvez todavía pesaba mucho en él.
Se sorprendió pensando así, él, que hacía unos años había intenta-
do hacer la revolución. Pero era contra la monarquía anacrónica con-
tra la que había luchado. Ahora tenían República, ¿qué razón había
para llevar las cosas tan lejos?
Nunca dejaría de apoyar y seguir a Antonete, eso lo tenía claro.
Había sido su ídolo y mentor, y confiaba en él.
Seguramente estaba en lo cierto en lo que decía, y la única manera
de cambiar España era haciéndolo de manera radical, o si no las clases
adineradas y los poderes militares seguirían sangrando y subyugando
al pueblo, matando a sus hijos en inútiles guerras, y financiando estas
con el trabajo de los obreros.
Cuando oía hablar así a Antonete, sentía que este estaba en lo cier-
to, y que había que hacer todo lo posible por conseguirlo. Pero cuando
reflexionaba sobre la realidad de las gentes y la política, comprendía
que llevar las cosas tan al extremo no era ni justo ni prudente.
Mario estaba en una fase de dudas en la que no sabía a qué ate-
nerse.
En ese momento, con Antonete regodeándose de que los Volun-
tarios de la República estuvieran rodeando el Congreso, recordando
su propio sufrimiento hacía poco más de un mes, y a pesar de seguir
respetando la opinión y la figura de su mentor sobremanera, notó que
por primera vez no le apetecía estar a su lado.
A pesar de la excitación de todos, que debían estar pensando en qué
pasaría si las demandas de los Voluntarios no eran escuchadas, Mario
se sentía abatido, casi hastiado de la situación, a pesar de los pocos días
que llevaba en política, y no le gustaba aquel sentimiento.
Aprovechó que Roque Barcia acababa de llegar, dándole a Gálvez
el parte de las últimas negociaciones para escabullirse de allí.
Deambuló por los pasillos, casi abstraído, sorprendiéndose con el
hecho de que hacía solo un par de meses, estar en aquella situación, de
diputado en las Cortes, paseando por el interior del Congreso, hubiera
sido impensable para él.
De hecho, jamás la había deseado. Él había sido un joven idealista,
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que había luchado contra la injusticia, que no había dudado en arries-


gar su vida por la República. Pero se hacía demasiadas preguntas para
ser político de carrera, ahora lo sabía.
El nido de víboras en que se había convertido el Congreso, o quizá
había sido siempre así, no era lo que él había soñado.
De hecho, casi se había visto obligado a aceptar la proposición
de Gálvez, y ahora a veces le costaba apoyar o defender algunas de
las tesis de los intransigentes. A pesar de eso, una vez que aceptó sa-
bía que su obligación estaba con Antonete, y no le fallaría. Su honor
y su lealtad estaban por encima de todo.
Sin embargo, con gusto estaría ahora mismo en Murcia, pensó,
disfrutando del frescor del río Segura, que contrarrestaba en parte las
ya calurosas noches de junio en la capital murciana.
Una voz conocida vino a sacarle de sus pensamientos.
–El excelentísimo señor don Mario Rubio, supongo –dijo Pérez
Galdós, a la espalda de Mario, llamando la atención de este.
–¡Don Benito! –exclamó Mario con alegría al reconocer al perio-
dista que le había ayudado a ponerse en contacto con Pi en lo que se le
figuraba una eternidad de tiempo.
La presencia del escritor le trajo a la mente el recuerdo, aún dolo-
roso, de Lucía.
No la había podido olvidar en todo ese tiempo, a pesar de los en-
cendidos discursos de la campaña electoral, de los disgustos que había
supuesto para su familia saber que se iba a dedicar a la carrera política,
dejando de lado sus deberes con la empresa familiar, y de la emoción
de los primerísimos días, cuando entró por vez primera en la casa de la
soberanía nacional, dispuesto a cambiar el país.
Ambos hombres se dieron un fuerte apretón de manos, que no
llegó a abrazo al estar en público, pero que demostró la buena afinidad
que había entre ellos.
–¿Cómo usted por aquí, don Benito? –preguntó Mario.
–Ya estamos con el don… –se quejó el periodista–. Le dejo lo del
usted porque ya es un señor diputado de la nación y le debo un respeto
–dijo con ironía.
Mario rio la ocurrencia del periodista.
–Mejor será, porque se me hace difícil usar el tú con un futuro ge-
nio de las letras españolas.
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–No sea usted malo, don Mario –replicó Galdós ya en tono de bro-
ma, aceptando lo inevitable, y haciendo reír a Mario.
Ambos se adentraron en el salón de los pasos perdidos, que tenía,
como era lógico, mucha animación en ese momento.
–Contestando a su pregunta, le diré que un periodista tiene que
estar en el centro de la noticia –dijo Galdós–. Estoy acreditado para
cubrir las sesiones parlamentarias.
–Pues se lo estará pasando muy bien.
–Me reiría, si no moviera a llanto todo este circo –replicó el perio-
dista–. Perdone usted –añadió cayendo en la cuenta de que Mario era
parte integrante del espectáculo circense aludido.
–No se disculpe –dijo Mario observándolo con seriedad y bajan-
do el tono de voz–. Yo también siento que esto no es serio, y eso que
soy el nuevo y solo llevo aquí diez días. He caído en la cuenta de
que la política parlamentaria es una jaula de grillos donde cada bicho
solo se escucha a sí mismo –añadió incitando a Galdós a volver a salir
al pasillo, dado el gentío que ocupaba la sala.
–Pues perdone que le diga que su grupo está entre los animales más
sordos. Perdón por lo de animales… –se disculpó de nuevo–. ¿Qué
hace usted formando parte del bando intransigente?
Mario lo miró un momento y pensó que le debía una respuesta.
–Veo que ha seguido las sesiones. Pues verá, aunque no lo crea,
comparto buena parte de las tesis de mi grupo, pero sobre todo me
muevo por lealtad, Benito –explicó.
–Muy bien dicho, sin don –replicó ante la divertida mirada de
Mario–. Verá, la lealtad es el peor de los vicios en esta España nuestra,
créame. Y está muy mal vista, a pesar de lo que le digan –añadió sar-
cástico–. Debería usted someterse a una cura de desintoxicación en un
buen sanatorio.
La franqueza e inteligencia del periodista canario consiguió sacar
de la apatía al joven diputado, y le insufló algo de ilusión en el futuro
del país.
–¡Al fin encuentro a alguien lúcido en este edificio! –contestó ha-
ciendo reír a Galdós.
Siguieron hablando un rato de la situación política, hasta que re-
memoraron los hechos de abril, en los que Mario tuvo una participa-
ción tan activa.
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–Y, sin embargo, mire hoy. Yo luché contra esto mismo aquel día
–recordó Mario con amargura.
–Sí. Lo recuerdo perfectamente. Fue usted muy valiente. Y nuestra
común amiga Lucía también lo fue –deslizó Galdós, como dando pie
a que Mario hablase de ella, y ya de paso interesarse por el desarrollo
de la incipiente historia de amor que había intuido entre los jóvenes en
aquella ocasión, pues nunca renunciaba a la oportunidad de recabar
un buen cotilleo, que era una de las secretas e inconfesables debilida-
des del escritor.
Un momento de silencio siguió a aquella frase, durante el cual Mario
pensó si sería conveniente hacer la pregunta que tenía en mente.
–¿Sabe usted algo de ella? –preguntó.
–¿Cómo? ¿No mantiene contacto con Lucía? –exclamó sorprendi-
do el canario.
No hizo falta que Mario contestara a la pregunta. Su silencio incó-
modo, y el rictus de dolor que le había invadido el rostro le dieron a
entender la respuesta al periodista.
–Yo creía que usted había tenido algo que ver… –dijo Galdós.
–¿Algo que ver en qué? –preguntó intrigado Mario.
–En la anulación de la boda, por supuesto.
Aquello fue como un obús que hubiera caído en el corazón de
Mario, el cual comenzó a bombear sangre al resto de su cuerpo a velo-
cidad inusual.
–No me diga que no sabía nada… –dijo Galdós.
En ese momento, un diputado afín a los centristas pasó por el pasi-
llo, anunciando la noticia del momento.
–¡Pi será presidente! –anunciaba a todo el que quería escucharlo.
–¡Gracias a Dios! –exclamó Galdós–. Perdone que le deje, tengo
que informar de esto inmediatamente.
Mario se quedó con las ganas de seguir preguntándole a Galdós
sobre Lucía.
Había sido un tema que había obviado completamente desde su
regreso a Madrid, convencido de que no tenía derecho a inmiscuirse
en la vida de la joven después de la información que le había propor-
cionado Amalia.
Ahora, de pronto, todo había cambiado.
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9. NUEVAS ILUSIONES

Madrid, domingo, 15 de junio de 1873.


Iglesia de San Ginés de Arlés

Observando el retablo del martirio de san Ginés, que daba nombre a


la iglesia y que presidía su nave central, Lucía casi se sentía identificada
con él.
La voz del anciano cura que oficiaba la misa dominical no con-
seguía penetrar en su mente como sí lo hacía la antigua pintura, que
parecía sostenida por dos ángeles.
En ella se podía observar al santo recibir con supuesta serenidad
los lanzazos que le propinaban los soldados encargados de ejecutar su
sentencia de muerte, sin que el mártir emitiera, aparentemente, queja
alguna por su suerte.
Su madre, a su lado, parecía absorta en el sermón, aunque Lucía
imaginaba que era una pose estudiada para no tener que mirar a las
demás señoras que acudían al oficio semanal, siendo la familia García-
Valls, como lo era en ese momento, foco de los pequeños cotilleos de
sociedad a los que con tanta alegría se entregaban las damas de buena
posición.
A continuación se sentaba su padre, que, al fin y al cabo, y dados
los vaivenes políticos a los que estaba sometido el país, no podía que-
jarse de su suerte.
Se suponía que Martínez Campos y García-Valls habían estado
detrás del golpe o al menos lo habían apoyado en la sombra, dada la
activa participación de Leandro en los hechos, pero este había cargado
todo el peso de la ejecutiva en el general Serrano y en el presidente del
Congreso, Cristino Martos, ambos exiliados en estos momentos, por
lo que no se habían formulado acusaciones contra el general Martínez
Campos y su máximo ayudante.
Por supuesto, entre generales, cuando uno fracasaba, era respetado
por los demás, dado que no se sabía cuándo serían estos los que in-
tentarían dar su propio golpe de Estado, y había que cuidar la futura
indulgencia de los camaradas de armas que en ese momento estuvie-
ran en el bando contrario, por lo que se había facilitado la huida de
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Serrano y Martos, y no se había querido indagar en la participación de


Martínez Campos.
Además, los republicanos más juiciosos, entre ellos incluso el propio
Pi y Margall, sabían que en un momento u otro tendrían que apoyarse en
militares monárquicos de prestigio, como el propio Martínez Campos,
para acabar definitivamente con los carlistas, que se habían hecho fuertes
en las Vascongadas, y amenazaban la tranquilidad en Cataluña.
Por todas esas razones, el Gobierno tuvo una gran indulgencia con
los sublevados del 23 de abril, y de eso se pudo aprovechar Leandro, que
aunque fue arrestado unos días y degradado, se salvó de mayor castigo
gracias a los enérgicos movimientos de Martínez Campos, defendiendo
en todo momento que solo cumplía órdenes de Serrano.
La gran ayuda del general y la proximidad de las elecciones gene-
rales, tuvo un efecto balsámico en el Gobierno, y Leandro obtuvo un
indulto de gracia extraordinario por la vía de urgencia.
El Gobierno quería encauzar a los militares díscolos, y no era bue-
na idea ir dando ejemplos demasiado drásticos que sublevaran más los
ánimos.
Al lado del coronel se encontraba su hijo Cancio, apagado en los
últimos tiempos, el cual cerraba la estampa familiar en la bancada de
la iglesia.
Haber sido partícipe de la trampa urdida por Buendía con-
tra Mario no había hecho sino atormentar a Cancio desde aquella
noche.
El amor que este sentía hacia Fulgencio era una losa demasiado
grande para ambos.
Una cosa era ser invertido, intentar pasar lo más desapercibido po-
sible y disfrutar del sexo cuando se tuviera ocasión, y otra muy distinta
enamorarse de un hombre hasta el punto de no soportar saber que
nunca podrían compartir sus vidas.
Sabía que cualquier día los detendrían y los meterían en prisión por
depravados. Su padre se encargaría de sacarlo a él, y al mismo tiempo
de encerrar a Fulgencio para una larga temporada. Quizá no sobrevi-
viera a eso.
Fulgencio era una persona delicada, débil. La cárcel lo mataría, o su
padre se encargaría de que así fuera, y Cancio no podía imaginar vivir
lejos de él.
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Cancio intuía de lo que era capaz su padre. No soportaba que las


cosas fueran de otra manera a como él las entendía y, a pesar de su
afabilidad cotidiana, cuando algo le contrariaba no había nada que
lo detuviera para reconducir las cosas hacia el punto en el que él las
entendía correctas.
La forma de actuar que había tenido con Lucía se lo había acabado
de confirmar, y su participación encubierta en el golpe frustrado tam-
bién era prueba de ello.
El coronel enfadado era muy peligroso. Letal. Y si se enterara que a
él le atraían los hombres no sabía qué sería capaz de hacer.
Recordó la forma en la que se dejó manipular por Buendía, a cau-
sa del conocimiento que este tenía de su relación con Fulgencio y el
chantaje continuo que por esta causa sufría por su parte, y sintió asco
de sí mismo, acompañado de unas ganas incontenibles de escapar de
todo, aunque fuera a través de la muerte.
No podía seguir soportando aquella vida de engaños, hipocresías y
mentiras, y últimamente se deleitaba con la idea de lanzarse desde la
azotea de su casa.
Quizá descubriría que podía volar como los pájaros y escapar de
allí. Buscaría a Fulgencio y lo transportaría hasta donde nadie pudiera
impedir que se amaran. Y si no conseguía volar, ¿qué más daba? No
quería seguir viviendo aquella vida de frustración.
Lucía, completamente ajena a la misa y a las tribulaciones de
Cancio, seguía observando el retablo central.
Los lanzazos que había sufrido ella no eran físicos, desde luego,
pero se sentía tan herida a causa de los acontecimientos vividos en el
último mes, que cada una de las picas que los soldados clavaban sobre
el cuerpo del santo se le representaban a ella como una alegoría de las
traiciones vividas.
El sentimiento era extensible a todos los que la rodeaban, desde
su madre al servicio doméstico, pasando por Cancio, que tanto había
hecho para hacer caer en desgracia a Mario, y con el que no se hablaba
prácticamente desde entonces.
Pero era especialmente doloroso cuando pensaba en cómo había
actuado su padre, pegándole y encerrándola dos semanas en la sierra,
sin contacto con el mundo.
De él nunca hubiera imaginado tamaña reacción ante la noticia de
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su amor por Mario. Le dio la impresión de estar comenzando a cono-


cer el verdadero espíritu de su padre en ese momento, como si toda su
vida anterior hubiera llevado una máscara, al menos delante de ella,
que le hubiera impedido descubrir cómo era en realidad.
Pero Lucía se negaba a creer que el padre bondadoso y permisivo
que había sido hasta entonces pudiera convertirse en cuestión de mo-
mentos en una persona intransigente, capaz de pegarle y encerrarla.
Desde ese momento, Lucía no había tenido una conversación cerca-
na con él, limitándose a estar callada en su presencia, y cumpliendo sus
órdenes, como si fuera un militar más a su cargo, para al menos volver a
recuperar un poco de la libertad que había tenido hasta entonces.
Pero quizá el sentimiento de traición que más le dolía era el que
sentía al pensar en Mario, del que se había creído enamorada, y del
que había esperado una reciprocidad de sentimientos hacia ella,
pero que no había ido a buscarla ni había luchado por ella como sí lo
había hecho por la República.
Sabía por Amalia que estaba sano y que se había presentado a las
elecciones, pero no si había sido elegido para diputado o no. ¿Qué
importaba? En cualquier caso, si estaba en Madrid no había hecho
nada por ponerse en contacto con ella, y si no estaba tampoco le había
escrito siquiera una carta.
Eso demostraba que en realidad no tenía interés por ella. La había
olvidado.
Cuando Amalia le contó la forma en que Mario le había contado,
con excitación exacerbada, que volvía a su tierra para hacer política
y hacerse diputado, supo lo que realmente ponía este por encima de
todo.
Qué tonta se había sentido en aquel momento. Ella que creía que
Mario estaba enamorado de ella y que nada podría evitar que estuvie-
ran juntos. Se sintió infantil, como una niña inocente que de pronto
descubre las verdades de la vida.
Según le había contado Amalia, esta lo había encontrado por ca-
sualidad, cerca de los almacenes de su padre, por lo que suponía que
querría verlo para algo relacionado con los negocios que quería hacer
con él.
No estaba segura, porque no le preguntó sobre ese extremo, al preo-
cuparse primero por su salud.
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Lo había encontrado muy recuperado, para su sorpresa, lo cual ale-


gró enormemente a Lucía, que había temido seriamente por su vida,
pero Amalia le contó que todas las heridas habían sido superficiales y
que su vida nunca había corrido peligro real.
Lo que no la alegró tanto fue que Mario solo le había contado a
Amalia, con entusiasmo desmedido, sus planes de presentarse a dipu-
tado en las Cortes por su provincia natal, enviándole, a través de su
amiga, unos simples recuerdos para ella, y sintiendo no poder cono-
cerla más a fondo.
«Quizá nos volvamos a ver algún día. Dígale que le deseo que le
vaya muy bien en la vida», habían sido las palabras textuales que, se-
gún Amalia le aseguraba, le había dirigido Mario.
¡Y ella que creía que estaban enamorados! Qué inocente había sido,
se repetía una y otra vez. La política siempre pesaría más que ella en el
corazón de Mario, ahora lo sabía.
Sin embargo, era consciente de que la naturaleza de Mario era lu-
char por la libertad, como lo había visto hacer ante las puertas del
Congreso, y que ella no podía ni debía interponerse en ese destino que
la vida le tenía reservado.
Ese pensamiento cumplía la doble función de hacerla sentir más
enamorada aún de Mario, y odiar el hecho de que para él, obviamente,
había cosas mucho más importantes que ella misma en su vida.
No era ajena al hecho de que debía intentar olvidarse de él, pero de
momento le estaba siendo de todo punto imposible. Involuntariamente
acudían a su mente imágenes de Mario rescatándola de aquel mundo,
llevándola consigo hacia algún lugar en el que nadie los conociera y
pudieran ser felices.
El vértigo por la sensación de haberlo perdido todo por una en-
soñación romántica sin fundamento real la invadía a cada instante.
Había perdido la confianza de sus padres, su libertad de movimientos
y hasta su compromiso matrimonial, aunque esto último lo hubiera
elegido ella misma.
Miró a Cancio sin ser consciente de lo mucho que compartía con su
hermano en aquel momento, pero este también se encontraba perdido en
su propio mundo, por lo que no se apercibió de estar siendo observado.
Después miró a sus padres, de los que no ponía en duda el amor
que le profesaban, cada uno a su manera, sabiendo que todo cuan-
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to hacían era con el convencimiento de que estaban haciendo lo co-


rrecto.
Lo que más convenía para ella… ¿Quién decidía esas cosas? ¿No
debería ser ella misma?
Los odiaba y los amaba al mismo tiempo por eso, asqueada de to-
dos los convencionalismos sociales por los que querían regirla y por los
que ellos mismos se gobernaban.
¿Dónde quedarían realmente los sueños que había tenido de un
mundo libre e igualitario? ¿Llegaría a ocurrir todo lo que había leído
en El manifiesto comunista alguna vez? Quizá en un mundo así ella
encontraría su sitio, pensó. O quizá era una fantasía sin ninguna base,
como decía Amalia.
Después de observar a su familia recordó lo vivido hacía unos días,
cuando comunicó a Leandro formalmente su decisión de no conti-
nuar con la boda.
No se habían visto en un tiempo, dado el arresto del joven a causa
de la intentona golpista, y para entonces, y a pesar de las amenazas de
su padre, y ruegos de su madre, ya había comunicado a sus padres la
decisión firme de no llevar a término el enlace.
–¡Si haces eso te meteré a monja en un convento! –había llegado a
amenazar el coronel.
–¡Pues hazlo! –replicó Lucía.
–¡No me obligues a hacer cosas que no quiero! –recordó Lucía que
le dijo su padre, perdiendo los estribos.
–¿¡Qué vas a hacer!? ¿Pegarme de nuevo? –replicó Lucía que, desde
aquel incidente, había decidido no volver a dejarse denigrar de esa
manera, ni siquiera por su padre–. Si me metes en un convento me
escaparé, seré una perdida… o me mataré. ¿Es eso lo que quieres?
Lucía no sabía cómo habían acudido esas palabras a su mente. Las
había dicho casi sin pensar, teniendo más en cuenta los miedos de su
padre que otra cosa, y sorprendiéndose de la rabia con la que las había
pronunciado.
El coronel se quedó mudo y lívido ante la decisión tan firme de
su hija, que le miraba con cara de desafío, pero también de profun-
da tristeza al mismo tiempo. ¿Sería capaz de llevar a cabo sus amena-
zas? ¿Dónde estaba la niña dócil que él amaba? ¿Cuándo había cam-
biado?
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La inseguridad se apoderó de él. Deseaba pegarle, obligarla a entrar


en razón por todos los medios. Entonces recordó lo mucho que le
había dolido haber tenido que propinarle esa bofetada para forzarla a
entrar en la galera. No quería que volviera a pasar.
–Atente a las consecuencias de tus actos –dijo por toda respuesta,
antes de salir de casa, para pasar varios días en el cuartel, alejado de
todos.
La siguiente vez que vio a su padre ya había anulado su compromi-
so con Leandro.
Durante la ausencia forzada de su novio y su propio encierro en la
sierra, Lucía había tenido tiempo suficiente para pensar acerca de lo
que quería en la vida, y casarse con Leandro definitivamente ocupaba
el último lugar en sus anhelos.
No lo hacía por Mario, le había intentado explicar a su padre an-
tes de que este se marchara hecho una furia. Al menos así quería
creerlo.
Simplemente no quería vivir el resto de su vida con alguien como
Leandro, del cual no estaba enamorada, y después de los sucesos del
Congreso, estaba segura de que nunca lo estaría.
Sin embargo, en el fondo de su corazón, sabía que si no hubiese
conocido a Mario, probablemente no hubiera anulado su boda con
Leandro a pesar de todo.
Haber conocido la sensación del enamoramiento por primera vez
la había decidido a dar aquel paso mucho más que lo vivido durante
el intento de golpe de Estado, y eso era algo que no podía negarse a sí
misma.
Leandro, recién salido del calabozo, y después de recordar cómo
Lucía había defendido a Mario, lo primero que hizo fue ir a ver cómo
estaba la relación con su novia, a pesar de temerse lo peor.
La falta de noticias de García-Valls no era normal, y eso le sugería
que algo no andaba bien.
Pensaba que su nueva graduación podía ser óbice para el coronel,
pero en el fondo sabía que pronto sería restituido en el escalafón, así
que tampoco se explicaba el silencio de su suegro.
La boda con Lucía era vital para su familia. Aún no había saltado
a la luz pública que su padre estaba arruinado y su matrimonio podía
salvar a sus progenitores de someterse a tal vergüenza pública.
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No podía permitir que nadie se interpusiera en aquel enlace. Tenía


que tragarse su orgullo e intentar mantener su compromiso.
Leandro fue recibido por Lucía a solas, ya instalada la familia de
nuevo en la casa de Madrid.
Aquello era extraño, pues doña Carmen siempre estaba presente
durante las ocasiones en que Leandro visitaba a su novia.
Lucía, amable pero fríamente, le hizo pasar a una sala, donde sin
darle opción a réplica, y con una seguridad en sí misma desconocida
para él hasta ese momento, le comunicó su decisión de no continuar
con los planes de boda, explicándole lo que ya le había dicho a su pa-
dre: que no estaba dispuesta a casarse con él sin amor.
Le perdonaba por lo de la bofetada, le dijo. Comprendía que
fue en un momento difícil. También por haber intentado matar a
Mario. Acababa de recibir un disparo de él y en ese momento eran
enemigos.
Nada de eso tenía que ver en su decisión. Era un problema de sen-
timientos.
–No lo entiendo, Lucía. Dices que no me amas y me rompes el
corazón. ¿No será esto cosa de tu padre? –preguntó Lea