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Marc Bloch (1886-1944) fue, junto con Braudel, el más importante historiador de la escuela de

los Annales y uno de los grandes historiadores del siglo XX. Su impresionante carrera se vio
truncada al morir fusilado por los nazis durante la ocupación de Francia. De origen judío, no
era religioso y rechaza las identidades de raza. Es conocida su frase: “"Nunca reivindico mi
origen excepto en un caso: frente a un antisemita.".

“La sociedad feudal” es, todavía hoy, una obra imprescindible y ampliamente citada por los
especialistas en Historia Medieval; abarca unos cuatro siglos de historia europea, desde el año
900 al 1300. Trata la sociedad feudal como un todo, lo que hoy podríamos llamar “la cultura
del feudalismo”. Está organizada en dos tomos que Akal ha reunido en un volumen. El primer
tomo se divide en dos partes: en la primera habla de las invasiones y sus consecuencias y de
las condiciones materiales de vida y la atmósfera mental; en la segunda, de los vínculos de
sangre (parentesco, linaje), los vínculos de dependencia (vasallaje y servidumbre). El tomo
segundo explica las clases (el noble, la caballería, el clero y el campesinado), el gobierno (el
derecho y la lucha contra el desorden), y termina con el libro tercero titulado: “El feudalismo
como tipo social y su acción”.

Montesquieu afirmaba que el feudalismo europeo era un fenómeno único en su género.


Voltaire protestó: “El feudalismo no es en absoluto un acontecimiento; es una forma muy
antigua que subsiste en los tres cuartos de nuestro hemisferio, con administraciones
diferentes”. Bloch los cita en la página 454 de “La sociedad feudal” en el capítulo “¿Feudalismo
o feudalismos: singular o plural? Aunque estés de acuerdo con Voltaire en que feudalismo es
cualquier forma de dominación personal basada en la propiedad de la tierra, no dejarás de
maravillarte ante el ingente esfuerzo de Bloch para explicar lo que fue específico del
feudalismo europeo. Desde las ciudades-palacio mesopotámicas hasta la revolución industrial
del siglo XIX, la tierra ha sido la principal fuente de riqueza y durante 5.000 años, en geografías
y ecosistemas distintos, ejerciendo formas de explotación y grados de brutalidad diferentes,
unos pocos han extraído los beneficios a expensas de la mayoría, sumida casi siempre en la
miseria. Bloch nos explica de manera magistral y exhaustiva como funcionaba ese modo
específico de explotación que era la sociedad feudal:

“Habiendo recibido de edades anteriores la villa ya señorial del mundo romano y el sistema de
gobierno germánico de las aldeas, extendió y consolidó estas formas de explotación del
hombre por el hombre y, sumando en inseparable haz el derecho a la renta de la tierra con el
derecho al mando, hizo de todo ello el verdadero señorío. En provecho de una oligarquía de
prelados o de monjes encargados de propiciar el cielo. En provecho, especialmente, de una
oligarquía de guerreros.”

A mí, la primera parte en que habla de las invasiones, sus consecuencias, las formas materiales
de vida y las mentalidades, me parece impresionante. Hay párrafos que trasmiten una
empatía y comprensión serena de la época fuera de lo común:

“EI hombre de las dos edades feudales estaba, mucho más que nosotros, próximo a una
Naturaleza, por su parte, mucho menos ordenada y endulzada. El paisaje rural, en el que los
yermos ocupaban tan amplios espacios, llevaba de una manera menos sensible la huella
humana. Las bestias feroces, que ahora sólo vemos en los cuentos para niños, los osos, los
lobos, sobre todo, vagaban por las soledades y, en ocasiones, por los mismos campos de
cultivo. Tanto como un deporte, la caza era un medio de defensa indispensable y
proporcionaba a la alimentación una ayuda también necesaria. La recolección de frutos
salvajes y la de la miel seguían practicándose como en los primeros tiempos de la humanidad,
En los diversos útiles y enseres, la madera tenía un papel preponderante. Las noches, que no se
sabía iluminar, eran más oscuras y los fríos, hasta en las salas de los castillos, más rigurosos. En
suma, detrás de toda la vida social existía un fondo de primitivismo, de sumisión a las fuerzas
indisciplinables, de contrastes físicos sin atenuantes. Imposible hacernos cargo de la influencia
que semejante ambiente podía ejercer sobre las almas. ¿Cómo no suponer, sin embargo, que
contribuía a su rudeza?”

Rudeza, ignorancia, brutalidad, fanatismo…, son palabras propias de un historiador del siglo
XIX, de un Michelet, por ejemplo. Bloch no las usa, pero lo demuestra con detalles como
cuando explica como funcionaba el derecho civil y el uso de niños como testigos:

“Ya se tratase de transacciones particulares o de regías generales de uso, la tradición no tenía


apenas otras garantías que la memoria. (…) Como el recuerdo prometía evidentemente ser más
durable cuanto más tiempo vivieran los testigos, los contratantes, con frecuencia llevaban
niños consigo. ¿Se temía la confusión mental propia de esta edad? Diversos procedimientos
permitían prevenirla mediante una oportuna asociación de imágenes: una bofetada, un
pequeño regalo o incluso un baño forzoso.”

La segunda parte, donde explica los vínculos de parentesco y vasallaje, con profusión de
detalles sobre su construcción proto jurídica, resulta ardua para el no especialista como yo.
No quiero engañar: a ratos es un verdadero palo. Te sientes aplastado por el aluvión de datos y
clamas por la síntesis esclarecedora que se hace esperar. Pero llega, deslumbrante, en el libro
tercero “El feudalismo como tipo social y su acción” que funciona como gran conclusión:

“El feudalismo europeo se presenta, pues, como el resultado de la brutal disolución de


sociedades más antiguas. Sería, en efecto, inexplicable sin el gran trastorno de las invasiones
germánicas que, obligando a fusionarse a dos sociedades originariamente colocadas en
estadios muy diferentes de evolución, rompió los cuadros de ambas e hizo volver a la
superficie muchos modos de pensar y hábitos sociales de un carácter singularmente
primitivo. Se constituyó de forma definitiva en la atmósfera de las últimas incursiones
bárbaras. El feudalismo suponía una profunda disminución de la vida de relaciones, una
circulación monetaria demasiado atrofiada para permitir la existencia de funcionarios
asalariados, y una mentalidad apegada a lo sensible y a lo próximo. Cuando estas condiciones
empezaron a cambiar, le llegó el comienzo del fin.”

“En la sociedad feudal, el lazo humano característico fue la vinculación del subordinado a un
jefe muy próximo. De escalón en escalón, los nudos así formados alcanzaban, como por otras
tantas cadenas indefinidamente ramificadas, desde los más pequeños a los más grandes. La
misma tierra sólo parecía tan preciosa porque permitía procurarse hombres, remunerándolos.”

En cuanto a memoria colectiva, fue una época de grandes falsedades que desacreditan, casi
por completo, el testimonio escrito:

“Sin duda, las grandes falsedades que ejercieron su acción sobre la política civil o religiosa de la
era feudal, le son ligeramente anteriores: la seudodonación de Constantino databa de fines del
siglo VIII; los productos del sorprendente taller al que se deben, como obras principales, las
falsas decretales puestas bajo el nombre de Isidoro de Sevilla y las falsas capitulares del
diácono Benito fueron un fruto del renacimiento carolingio, en el momento de su esplendor.
Pero el ejemplo tendría imitadores a través del tiempo. La colección canónica compilada, entre
1008 y 1012, por el santo obispo Burchard de Worms, está repleta de atribuciones engañosas y
de retoques casi cínicos. Se fabricaron documentos falsos en la corte imperial, y otros, en
cantidad innumerable, en los scriptoria de las iglesias, tan mal afamados en este aspecto que,
conocidas o adivinadas, las falsedades que en ellos eran endémicas, contribuyeron a
desacreditar el testimonio escrito: “cualquier pluma puede servir para contar cualquier cosa”,
decía un noble alemán en el curso de un proceso. Seguramente, si la industria, eterna en sí
misma, de los falsarios y mitómanos conoció, durante esos siglos, una excepcional prosperidad,
la responsabilidad incumbe en gran parte, a la vez, a las condiciones de la vida jurídica, que
descansaba en los precedentes, y al desorden ambiental: entre los documentos inventados,
más de uno lo fue sólo para prevenir la destrucción de un texto auténtico. Sin embargo, que
tantas producciones falseadas fuesen llevadas a cabo, que tantos personajes piadosos, de una
elevación de carácter indiscutible, interviniesen en estas maquinaciones —condenadas por el
Derecho y la moral de su tiempo—, constituye un síntoma psicológico digno de reflexión: por
una curiosa paradoja, a fuerza de respetar el pasado, se le llegaba a reconstruir tal como
hubiera debido ser.”

Las falsas decretales, que incluían la seudo donación de Constantino, fueron el fundamento del
derecho canónico hasta el siglo XV en que empezaron a ser cuestionadas por la reforma. Para
los católicos, siguieron vigentes hasta bien entrado el siglo XIX. Parece que la idea era, si para
que algo sea real debe estar escrito, pues nada, lo escribimos. Si no lo está, debería escribirse
una historia de las falsificaciones políticas y religiosas; pero ¿que quedaría de la historia oficial?
La falsificación y la ignorancia inducida campan hoy (en supuestas sociedades democráticas) a
sus anchas; ¿cómo sería en ese pasado remoto en el que solo sabían leer y escribir los clérigos,
y no todos? Me temo que la historia no puede ser más que una aproximación.

Releer este libro ha sido una gozada si obviamos el pequeño calvario de unas 150 páginas (la
segunda parte del tomo primero) duras de pelar que supongo el escollo de mi primer intento,
hace años, con la edición de UTEHA en aquella magnífica colección “La evolución de la
humanidad”.