Messadie Gerald El Hombre Que Se Convirtio en Dios 1 PDF

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Gerald Messadié
EL HOMBRE QUE SE CONVIRTIÓ EN DIOS
Traducción de F. García-Prieto y M. Taboada
Círculo de Lectores
 
 
3
El suelo que pisó Jesús
Llegué al aeropuerto de Ben Gurion, en Tel Aviv, con la cabeza a punto de estallar. Los días previos habían sido una locura: el examen de decenas de libros y recortes de prensa de mi archivo me había sumido en un desconcierto casi absoluto. Y es que
ahora lo sé
 fui un ingenuo. ¿A quién si no a un imprudente se le ocurriría viajar a Israel para tratar de reconstruir cómo pudo ser la vida cotidiana de un judío del siglo I
 
al que llamaban Jesús? ¿Acaso no lo habían intentado ya, con mayor o menor acierto, cientos de escritores antes que yo? Pero, como digo, la ingenuidad me animó a perseverar. Mi plan era exhaustivo: abandonaría Tel Aviv nada más cruzar sus estrictos controles de seguridad, y tomaría un autobús que en una hora me dejaría en un hotel en el centro de Jerusalén. Allí comenzaría mi búsqueda. Calles, antiguos edificios, cuevas, caminos, pozos, viejas cárceles, albergues para caravanas, cementerios, lagos... Todo valía. Haim Hassan, mi guía, escuchó mis planes con curiosidad. Belén, el lago Tiberíades, Nazaret, Cafarnaúm o el mar Muerto. Mis objetivos eran evocadores. Estaban llenos de turistas y peregrinos, y los manuales que consulté los señalaban como hitos importantes en la vida de Jesús. Sin embargo, una vez en ellos, apenas encontré en sus rincones el rastro sólido que buscaba. ¿Dónde estaba el pavimento sobre el que caminó aquel hijo de carpintero? ¿Qué quedaba de las antiguas vías de comunicación de los invasores romanos que él debió tomar durante sus viajes por Galilea? ¿Y qué fue de los palacios, templos o casas que describen los evangelios?
¿Nada?
me preguntaba Haim con gesto de preocupación cada vez que embarcaba en su espectacular Mercedes, cerrando con malhumor mi bolsa de cámaras.
Nada, amigo. Llévame a otro sitio. Cuatro días dando vueltas sólo sirvieron para confundirme. En aquellas tierras resecas apenas era capaz de reconocer el paisaje de la Biblia. No quedaba nada de los lugares originales que recorrieron sus protagonistas. Era como si en lugar de Israel hubiera desembarcado en Marte. Una mañana de domingo, Haim me condujo hasta la explanada que bordea el Muro de las Lamentaciones.

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