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Reseña Crítica

¿Para qué sirve el arte?


John Carey
Barcelona. Debate. 2007

John Carey parte de una pregunta esencial: ¿qué es arte? y más allá de encasillar
su respuesta a una definición literal del diccionario, propone un planteamiento que
cuestiona la estructura del estatuto canónico occidental. En un primer nivel, el teórico
británico considera conveniente retroceder hasta el siglo XVIII. En Kant, Hegel y
Schopenhauer emerge una visión elitista del arte. En efecto, en la concepción europea
“las obras de arte pertenecen a una categoría especial de cosas, una categoría reconocida
y testimoniada por cientos de individuos altamente dotados que las han visto en estado de
contemplación pura, y su jerarquía en tanto tales es absoluta, universal y eternal.”1

Esta apreciación rigió la crítica artística y las teorías del arte hasta el siglo XX. Al
respecto Ortega y Gasset toma postura en el asunto y sostiene que “el arte modernista es,
en todas sus esferas – pintura, música, escultura, literatura – esencialmente impopular,
excluyente y elitista.” (Carey, ¿Para qué sirve el arte?, 42). Para el literato, el arte actúa
como agente social de expulsión.

La ruptura que supusieron los años 1960 y 1970 dio como resultado la
emergencia de grupos feministas, sexo – genéricos, afro y de las más variadas tendencias
artísticas. Desde la época se cuestionan los modelos político-culturales así como el canon
del arte occidental. En este sentido, Carey da un giro a la antigua percepción artística y
considera que la obra de arte entendida como calificativo elogioso que implica
pertenencia a una categoría exclusiva se ha vuelto obsoleta, carente de vigencia y
desprovista de valor en estos tiempos. Por lo tanto, propone una resignificación del
concepto que permite una mirada más democrática del quehacer artístico. Para el
teórico británico, “cualquier cosa puede ser arte. Lo que la convierte en obra de arte es que
alguien piense que lo es […] aunque solo lo sea para ese alguien.” (Carey, ¿Para qué sirve el
arte?, 43)
1
John Carey, ¿Para qué sirve el arte? Barcelona: Debate, 2007, pág. 28.
Esta acepción cuestiona la institucionalidad y el rigor canónico y, aunque podría
caer en un relativismo, permite un acercamiento más genuino a las formas de hacer arte,
dejando de lado las ataduras de una visión occidental que encadena, condena y
estereotipa. En efecto, su pensamiento muestra un avance en la reivindicación del arte
periférico.

Es imprescindible, entonces, oponerse a los esquematismos de representación


que se reflejan mediáticamente en imágenes livianas, vaciadas de todo conflicto de
significación e interpretación. En ese sentido, situándonos en el contexto
latinoamericano, el arte debe, y en gran medida, se encuentra allanando el camino para
“rearticular políticamente y estéticamente para que la relación con las imágenes del
pasado sea intensiva y problematizadora a la vez, descifradora y enjuiciadora, ya que las
imágenes no deben ser sólo «vistas» [sino] «examinadas» por la conciencia crítica.”2

Esta tarea se lleva a cabo diariamente: murales en Cali, gigantografías en Caracas,


grafitis en Quito, poniendo de manifiesto en diferentes soportes y formatos, la calidad
estética y la criticidad propia de una generación que se niega a mostrar una
representación funcional al mercado, a la institucionalidad y al reduccionismo
exotizante de la otredad. Esta postura militante entiende el arte como ejercicio y
discurso social. A esta nueva cepa de artistas, que se ha ganado espacio desde la calle, le
corresponde su parte en la nueva historia artística de América Latina.

Gustavo Guerra C.
Universidad Andina Simón Bolívar
Programa de Estudios de la Cultura

2
Nelly Richard, Fracturas de la memoria. Arte y pensamiento crítico. Buenos Aires: Siglo XXI, 2007, pag. 88.