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El cristianismo después de Lutero y Hegel

El espíritu universal es cristiano y germánico


G. W. F. Hegel

Es el cristianismo en absoluto superior a todas las religiones de la tierra


Rudolf Otto

I
La frase de Hegel

Esta conocida frase de Hegel (como su filosofía) levanta vuelo con el crepúsculo.
¿Qué se esconde detrás de esta frase? ¿qué nos quiere decir? ¿qué significan Lutero y la
Reforma para el hegelianismo?

Para Hegel de ningún otro pueblo más que del alemán pudo haber surgido la Reforma, ¿por
qué? Por aquello que es lo propio de su pueblo, que lo constituye como esencia, aquello que
se conoce como el “genio alemán” y el “espíritu alemán” (el deutsche geist). Si bien
diferentes, son conceptos que se implican.

La intimidad del espíritu germánico fue el terreno propio de la Reforma, y solamente


de esta simplicidad y sencillez pudo surgir la gran obra. El principio de la libertad
espiritual se había conservado aquí y aquí llevó a cabo la profunda revolución,
partiendo del corazón simple y sencillo (Hegel, 1974: 657).

De la intimidad del espíritu alemán surge la profunda revolución, por el principio de la


libertad espiritual, que ha sido inspirada y gestada por un corazón simple y sencillo. Ese
corazón simple y sencillo es el monje Martín Lutero, de su genio y espíritu surge la
perfección. “Este monje buscó e hizo brotar en su espíritu la perfección” (Hegel, 1974: 658).
¿Por qué revolución? La Reforma es una revolución, el segundo cisma. Una revolución tanto
en lo exterior (con sus consecuencias religiosas y políticas) como en lo interior: la toma de
conciencia de la subjetividad creyente.
Para Hegel, la Reforma es la última etapa del desarrollo de la conciencia y del espíritu
germano en la historia universal. “La sencilla doctrina de Lutero es la doctrina de la libertad”
(Hegel, 1974: 658). Esta etapa sólo se despliega en la historia como libertad del espíritu y
universalidad:

La subjetividad del individuo, su certidumbre e intimidad, es ahora verdadera


subjetividad en la fe; esto es, solo existe verdaderamente, en cuanto que se ha
transformado en el conocimiento del espíritu en la verdad (…) Entonces el espíritu
subjetivo se torna libre en la verdad, niega su particularidad y vuelve a sí mismo en su
verdad (…) Solo se torna verdadero sujeto cuando abandona su contenido particular y
hace suya esta verdad sustancial. Este espíritu es la esencia del sujeto. Cuando el
sujeto se conduce con él como con su esencia, se hace libre, porque existe
absolutamente en sí; de este modo se ha realizado la libertad cristiana (…) Pero con la
Reforma comienza el reino del Espíritu, donde Dios es conocido realmente como
espíritu. Con esto se alza la nueva y última bandera, en torno a la cual se congregan
los pueblos, la bandera del espíritu libre, que existe en sí mismo, y, por ende, en la
verdad, y que solo por la verdad existe en sí mismo. Esta es la bandera bajo la cual
servimos. El tiempo transcurrido desde entonces no ha tenido, ni tiene otra obra que
hacer, que infundir este principio al mundo, pero de suerte que alcance la forma de la
libertad y universalidad (Hegel, 1974: 659-660).

Sólo de la pura intimidad del pueblo germano pudo realizarse la liberación del espíritu.
“Este espíritu es la esencia del sujeto”. El espíritu de la subjetividad manifestándose como lo
objetivo es encarnado por el genio del individuo alemán, y se despliega de lo subjetivo a lo
objetivo. De la misma forma que un individuo encarna el genio, un pueblo también encarna el
genio, como dialéctica, del genio salido del individuo salido del pueblo.
Por esto, para el proyecto filosófico del hegelianismo, Lutero y su Reforma constituyen
eslabones hacia la perfección del Espíritu Absoluto.

La evolución y el progreso del espíritu, desde la Reforma, consiste en esto: que el


espíritu ahora, por la conciliación entre el hombre y Dios, tiene conciencia de su
libertad, en la certeza de que el proceso objetivo es la misma esencia divina y, por
tanto, comprende también este proceso y lo recorre en las subsiguientes
transformaciones de lo temporal. La reconciliación lograda ha traído consigo la
conciencia de que lo temporal es capaz de contener en sí la verdad; mientras que
anteriormente lo temporal era considerado como algo malo, incapaz del bien; y el
bien, por tanto, se convertía en un más allá. El espíritu tiene ahora que llevar a cabo la
reconciliación en sí mismo; su yo debe entrar en ella (Hegel, 1974: 665).

“Su yo debe entrar en ella”, es decir, la subjetividad como manifestación del espíritu, ahora
objetivo, entra en la historia. La subjetividad se vuelve un proceso a desenvolverse, una
dialéctica del pueblo, de la religión y de la historia.
Dentro de su complejo y amplio sistema de pensamiento, donde todas las realidades históricas
y espirituales se integran a su filosofía, la religión y las religiones constituyen las etapas de la
evolución del espíritu y su trayecto. En su particular método dialéctico, la Reforma es la
síntesis del cristianismo como la religión perfecta. Es la suma perfección dentro de la propia
historia del cristianismo, el estadio último, y es por esto mismo, la superación de todas las
religiones. En toda la literatura posterior a Hegel, con respecto a este tema, tanto en la
filosofía como en la teología, se impuso para los creyentes esta concepción del filósofo de
Stuttgart. Rudolf Otto, por ejemplo, es uno de los que reescribe esta vasta tradición.
II
La frase de Otto

Cuando el teólogo alemán Rudolf Otto en las primeras décadas del siglo XX nos dice (en Das
Heilige, publicado en 1917 y traducido como Lo santo):

La religión «se hace» en la historia, primero, porque en la evolución histórica del


espíritu humano, merced a la acción mutua de estímulos y disposiciones naturales,
estas últimas se «actualizan» en una forma determinada por ese juego mutuo; segundo,
porque merced a la predisposición misma, ciertas partes de la historia son
vislumbradas como manifestaciones de lo santo, cuyo conocimiento influye sobre la
naturaleza y el grado del momento anterior; tercero, porque en virtud de las dos fases
anteriores se establece una comunidad con lo santo en conocimiento, sentimiento y
voluntad. Así, pues, la religión es producto de la historia, por cuanto la historia, de un
lado, desarrolla la «predisposición» natural al conocimiento de lo santo, y de otro lado
es, en parte, «manifestación» de lo santo (Otto, 2005: 217).

Resuenan aquí todas las vibraciones internas de la tradición que se remontan hasta Hegel.
Existe un progreso en la historia, en el espíritu, en las religiones y la religión. Por esto la
religión (el cristianismo) es un producto de la historia, inmanente a sí misma por su propia
verdad, y como verdad desenvuelta en la historia y vuelta al hombre. La verdad se despliega
como verdad de sí.

En ninguna religión ha llegado el misterio del anhelo penitencial a tan acabada,


intensa y profunda expresión como en el cristianismo. Y esto demuestra una vez
más la superioridad del cristianismo sobre las otras religiones. Es religión perfecta,
y es más perfecta que las demás, puesto que cuanto está preformado y dispuesto en
la religión llega en el cristianismo a convertirse en actus purus, en realidad
consumada (Otto, 2005: 81).

La perfección de la religión (de las religiones) se “descubre” no sólo por su verdad inmanente,
sino por el hombre en la historia. Verdad en sí vuelta para sí.
Para Otto no sólo la racionalidad del cristianismo la hace superior a todas las demás (con sus
múltiples variantes, por ejemplo la teología sistemática, desde Santo Tomás de Aquino a Karl
Barth) sino también la importancia y mesura de lo irracional como componente fundamental.
El equilibrio y la profundidad de los elementos racionales e irracionales hacen a la
superioridad de una religión:

Cuando en una religión se mantienen vivos y despiertos los elementos irracionales,


éstos la preservan de convertirse en racionalismo. La saturación y enriquecimiento
con elementos racionales la preserva de descender al fanatismo o al misticismo, o de
perseverar en estos estados, y la habilitan como religión culta, humana y de calidad.
La existencia de ambas especies de elementos, formando una sana y bella armonía,
constituye el criterio propiamente religioso que sirve para medir la superioridad de
una religión. Conforme a esta regla de medida es el cristianismo en absoluto superior
a todas las religiones de la tierra. En él, sobre un fundamento profundamente
irracional, elévase el luminoso edificio de sus puros y claros conceptos, sentimientos
y emociones. Lo irracional no es más que el fondo, el borde, la trama; por eso
conserva siempre sus místicas honduras y se ofrece con la entonación y sombreado
de la mística, sin que por ello la religión caiga y se deforme en mística. Y así se
modela el cristianismo, por la buena proporción en que entran todos sus elementos,
en la forma de lo clásico y noble, lo cual se hace sentir tanto más vivamente en el
sentimiento cuanto más leal y despreocupado compara las religiones y reconoce que
en el cristianismo de modo muy especial -y superior- ha llegado a su mejor sazón un
aspecto de la vida espiritual del hombre, que, sin embargo, tiene en otros lados sus
analogías (Otto, 2005: 181).

Sus analogías pero no su verdad como la verdad. La verdad que se desentraña a sí misma.
Vuelta a sí definitivamente.
Parafraseando podríamos decir que el principio de la subjetividad religiosa introducido por
Lutero no es más que el fondo, el borde, la trama. La religión se eleva a sí misma

III
Conclusión

En resumen, de ninguna otra forma más que por el genio y espíritu alemán, como cristianos y
reformados, ha sido posible el devenir del espíritu universal. La frase de Hegel permanece en
el tiempo como un hecho histórico más en la historia universal. La frase de Otto, como
teólogo a los creyentes, es una vez más la confirmación de la verdad por otros medios.
Como la Filosofía es la perfección del Espíritu Absoluto, su último estadio, la verdad
hegeliana se equipara y funde en la verdad eterna (del cristianismo). La Filosofía, como
quiere Hegel, y la verdad son una misma cosa.

Para decir aún una palabra sobre el enseñar cómo debe ser el mundo, la filosofía
siempre llega demasiado tarde para ello. En cuanto pensamiento del mundo ella sólo
aparece en el tiempo después que la realidad ha perfeccionado y terminado su
proceso de formación. Esto, que el concepto enseña, lo muestra asimismo
necesariamente la historia: sólo en la madurez de la realidad aparece lo ideal frente a
lo real y aquél se concibe al mismo tiempo en su sustancia edificándolo en la
configuración de un reino intelectual. Cuando la filosofía pinta su gris sobre el gris
entonces ha envejecido una configuración de la vida y no se deja rejuvenecer con
gris sobre gris, sino sólo conocer. Sólo cuando irrumpe el ocaso inicia su vuelo …
(Hegel, 2000: 77).

Hegel considera, sin embargo, que es necesario ir más allá de Lutero, ya que la
misma exigencia de su doctrina tiene que desembocar en aquel saber por completo
autónomo, propio de la filosofía. Este saber, por el momento, solo puede
vislumbrarse en el horizonte como el anhelo del entendimiento abstracto que
caracteriza a la Ilustración y que se expresa en su metafísica de la reflexión y su
llamado a pensar por sí mismo, el conocido sapere aude de la exhortación
kantiana (Jorge Aurelio Díaz: 236).

Bibliografía:

- Díaz García, Jorge Aurelio. Hegel y la religión. Enlace digital:


http://www.bdigital.unal.edu.co/1436/10/09CAPI08.pdf (s/d: 219-246)

- Hegel, Georg W. F. Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Traducción: José


Gaos. Madrid: Revista de Occidente. 1974.

- Hegel, Georg W. F.
RASGOS FUNDAMENTALESDE LA FILOSOFÍADEL DERECHO Traducción directa del
alemán: Eduardo Vásquez. Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2000
- Otto, Rudolf. Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios. Traducción: Fernando
Vela. Madrid: Alianza editorial. 2005.