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Crítica y utopía

Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar*

“Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”


Albert Camus, La peste

Los temas obligados para hoy en una sección editorial como ésta eran, desde luego, el
Quinto informe de gobierno de Rolando Zapata y la detención del ex alcalde y
precandidato a la alcaldía de Mérida Renán Barrera. Ambos son temas serios, que
tienen repercusiones en la vida pública de Yucatán y que merecen ser tratados con
detenimiento.
Por ello, con la información aún fresca y desarrollándose, no escribí sobre
ninguno de esos dos temas, sino sobre uno que, a primera vista, no tiene mucho que
ver con los sucesos actuales y de interés en Yucatán. Me refiero a la obra del escritor
francés Albert Camus.
De hecho, pareciera que de libros viejos y autores mayores sólo cabe hablar
cuando se conmemora alguna década o centenario de su publicación, un aniversario
de nacimiento o de fallecimiento o cuando reciben algún premio importante como el
Nobel. O cuando recobran un renovado interés público debido a sucesos recientes,
como es el caso de “1984”, de George Orwell, tras el triunfo de Donald Trump, o de “El
cuento de la criada”, de Margaret Atwood, a propósito de movilizaciones feministas
como #MeToo y la exitosa serie televisiva del mismo nombre.
Hoy me tomo la licencia de escribir sobre Camus sin que ninguna de las
razones anteriores venga a colación. Acaso no se necesite ninguna justificación para
hablar de los clásicos. Como escribió otro clásico, el genial escritor italiano Italo
Calvino, “se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha
leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la
suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos” (“Por
qué leer a los clásicos”).
No cabe duda que Camus es un clásico y que varios de sus libros también son
clásicos. En 1999, el diario francés “Le Monde” publicó una lista sobre los “100 libros
del siglo” y fue una novela de Camus, “El extranjero” (publicada en 1942), la que ocupó
el primer lugar. Así que, si atendemos a la definición ofrecida por Calvino, tal vez no
necesitemos mayor justificación para escribir –e invitar a leer, como haré más
adelante- a Camus; simplemente, es una riqueza para quienes lo relean o lo lean por
primera vez.
Pero no puedo evitar preguntarme: ¿hay algunas otras razones para leer a
Camus hoy, en México a inicios de 2018? Creo que sí. Me aventuro a formular algunas.
La primera sería que vivimos en un momento en el que es fácil sentir
desesperanza. Ya sea por aprietos cotidianos, como el alza del precio de la gasolina o
de la tortilla; el número de homicidios en México; el desencanto –o las “náuseas”, a
propósito del título de otro clásico francés- que provocan los actuales “pre-
candidatos” a los diversos cargos de elección; las tragedias que tienen lugar en
nuestro país o en otros; o las angustias suscitadas por el cambio climático, es fácil
sucumbir a la desesperanza.
Leer a Camus, ya sean sus novelas, sus ensayos o sus escritos periodísticos,
alienta. Lo hace porque cree en la humanidad. Cree, como escribió al final de “La
peste”, que en los hombres hay más cosas dignas de admiración que de desprecio.
Como escribió en un artículo periodístico en “Combat”, en 1945, “la grandeza del
hombre” está “en su decisión de sobreponerse a su condición. Y si su condición es
injusta, no tiene sino un modo de superarla, y es ser justo él”. Nuestras condiciones
pueden ser la miseria, la violencia, la injusticia, la humillación, pero, nos dice Camus,
podemos sobreponernos a todas esas condiciones. En ello radica nuestra grandeza.
Como para muchos otros intelectuales de la Posguerra, para Camus, “los únicos
problemas urgentes de nuestro siglo son los que atañen al acuerdo o la hostilidad de
esas dos potencias”, Rusia y Estados Unidos. Como también muchos otros estudiosos,
Camus vio en la oposición entre la antigua Unión Soviética y los Estados Unidos no
sólo un antagonismo entre socialismo y capitalismo, sino también entre justicia y
libertad; mientras que el socialismo parecía ofrecer justicia para todos, coartaba
libertades individuales; el capitalismo, por su parte, parecía garantizar la libertad
individual pero sin brindar justicia colectiva.
Es cierto que, con el fin de la Guerra Fría, puede resultar anacrónico hablar de
oposición entre capitalismo y socialismo. Pero creo que sigue vigente un problema
que Camus diagnosticó para la Europa de 1944: “conciliar justicia y libertad. La meta a
la que hemos de aspirar –escribió Camus en otro artículo periodístico en Combat- es
que la vida sea libre para cada uno y justo para todos”.
Cuando en los años inmediatos al fin de la segunda guerra mundial y,
particularmente, a la liberación de Francia tras la ocupación nazi, los intelectuales
mostraban un gran entusiasmo por el comunismo y por la Unión Soviética –como bien
documenta el historiador Tony Judt en su monumental libro “Postguerra”-, Camus se
atrevió a disentir.
Ciertamente, Camus rechazó el anticomunismo de su época –“el
anticomunismo es el comienzo de la dictadura”, escribió en 1944. Pero también fue
crítico de la ideología marxista, pues, según él, para los ideólogos marxistas los fines
justificaban los medios. Camus denunció que en nombre de la meta de la ideología
marxista –la “sociedad sin clases”- se hicieran barbaridades como detenciones y
homicidios.
Camus no sólo fue un crítico del orden bipolar que vivió –socialismo y
capitalismo, justicia y libertad- y de la ideología marxista hegemónica de aquellos
años. También fue un utópico, en el sentido en que se atrevió a imaginar una sociedad
mejor.
“La utopía es lo que está en contradicción con la realidad”, escribió Camus en
1947. Quiero retomar dos elementos utópicos de Camus. El primero es que, ante un
indeseable orden bipolar, indeseable porque ninguno de las dos potencias conjugaba
justicia y libertad y porque su enfrentamiento podía desatar una nueva guerra
mundial con consecuencias desastrosas para toda la humanidad, Camus abogó por
una “verdadera sociedad internacional”, en la que “las grandes potencias no tengan
derechos superiores a las naciones pequeñas y medianas, y en la cual la guerra […] no
dependa ya de los apetitos o doctrinas de tal o cual Estado”.
Para Camus, una verdadera sociedad internacional debía estar regida por una
democracia internacional, en la que el derecho internacional tuviera un lugar central.
Para Camus, había que “poner a la ley internacional por encima de los gobiernos”. Esto
lo escribió un año después de la fundación de la Organización de las Naciones Unidas
en octubre de 1945, pero dos años antes de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos y prácticamente veinte años antes de la adopción de los primeros tratados
internacionales en materia de derechos humanos.
Ciertamente, aún no vivimos en una verdadera democracia internacional,
donde la ley internacional esté por encima de los gobiernos. Pero, como ha
documentado la investigadora de la Universidad Harvard Beth A. Simmons, los
tratados internacionales de derechos humanos sí han tenido un impacto considerable
en las actuaciones de los gobiernos con respecto a sus ciudadanos (“Mobilizing for
Human Rights. International Law in Domestic Politics”, 2009).
Líneas arriba escribí que Camus cuestionó la ideología marxista porque, para
él, era una ideología para la cual el fin justificaba los medios, entre ellos la violencia y
los homicidios. El segundo elemento utópico de Camus que quiero destacar es su
condena a la muerte de los hombres. “Las personas como yo querrían un mundo
donde ya no se mate”, escribió en 1946. Sabiendo que tal mundo es imposible, aclaró:
un mundo “donde el homicidio no esté legitimado”. Para él, ni la ideología capitalista
ni la marxista condenaban la muerte de los hombres, ninguna de las dos salvaba a los
cuerpos.
Como en la Europa de los tiempos de Camus, vivimos en un México donde el
homicidio está legitimado, o, por lo menos, donde ya no nos escandaliza tanto que,
sólo el año pasada, hayan tenido lugar más de 29 mil asesinatos en México, 671 de
ellos feminicidios. Tal vez ya no sepamos lo que significan las cifras de miles de
muertos en México, y por ello termino con un pasaje de “La peste”:
“Diez mil muertos hacen cinco veces el público de un gran cine. Esto es lo que
hay que hacer. Reunir a las gentes a la salida de cinco cines, conducirlas a una playa de
la ciudad y hacerlas morir en montón para ver las cosas claras. Además habría que
poner algunas caras conocidas por encima de ese amontonamiento anónimo. Pero
naturalmente esto es imposible de realizar, y además ¿quién conoce diez mil caras?”.
Y, a pesar de todo, Camus creyó en que podemos sobreponernos a nuestras
condiciones injustas.
Para los lectores interesados: este miércoles 24, los investigadores Esteban
Krotz (Uady), Romina España (Cephcis/Conacyt) y quien esto escribe estaremos
conversando en el Restaurante Amaro, a las 6 de la tarde, charlando sobre Camus y
“La peste”. La entrada es libre para quien quiera unirse.

* Investigador del Cephcis-UNAM


rodrigo.llanes.s@gmail.com
@RodLlanes