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ANTECEDENTES ETNOHISTÓRICOS DE LOS LLANOS ORIENTALES

EL ARRIBO EUROPEO: PRIMERAS EXPLORACIONES (1530-1541)

En principio durante los primeros años de la Conquista, los Llanos Orientales fueron más accesibles
desde Venezuela, las Guayanas y el Orinoco, que desde las ciudades recién fundadas de Santa Fe y
Tunja. (Velandia, 1992: 23). Para el corto período entre 1530 y 1540, tiempo de exploraciones y
búsqueda de El Dorado, los distintos trabajos históricos sobre la región basados en crónicas, se
cuentan cinco exploraciones en el extenso territorio conocido bajo el nombre de los Llanos
Orientales.

El primer referente para la región estuvo a cargo del capitán Diego de Ordaz. Al respecto comenta
el historiador Roberto Velandia: El descubrimiento del río Orinoco y su primera navegación por
Diego de Ordaz hasta cerca de la desembocadura del Meta fueron el primer paso para llegar a este
río y sus tierras (Velandia, 1992: 25). Ordaz viajó con Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa, participó
en la conquista de Cuba con Diego Velásquez y México con Hernán Cortés. En el año de 1529
capituló ante la Corona española, la conquista de las tierras comprendidas entre la
desembocadura del Amazonas y el Cabo de la Vela, recibiendo el título de gobernador y
adelantado. Su expedición salió en 1531 del puerto de Sanlúcar de Barrameda (en Cádiz, España)
con 400 hombres y 36 caballos en tres navíos. En esta expedición lo acompañarían Jerónimo de
Ortal y Alonso de Herrera, exploradores del Orinoco en un futuro, y Martín Yáñez Tafur,
conquistador de la Nueva Granada. Explorando el Orinoco, Ordaz naufragó en uno de sus brazos y
debilitado en luchas con indios y otros conquistadores. Acusado por don Pedro Ortiz de Matienzo,
fue apresado en Santo Domingo, siendo liberado hasta 1532. Viaja a España pero es envenenado
durante la travesía de regreso.

A partir de las Noticias Historiales, la crónica de fray Pedro Simón, se relata que después de lo
acontecido con Diego de Ordaz, Alonso de Herrera y Jerónimo de Ortal obtienen la comisión que
se encargó del Orinoco y las Guayanas, para lo cual regresan al Orinoco. El 18 de agosto de 1534 se
embarcan con 160 hombres y dos navíos. Más adelante construyen dos bergantines y ascienden
por el Orinoco. En 1535 esta expedición sería la primera en entrar al río Meta y navegarlo. En su
ascenso por el río Meta sufren constantes dificultades debido al enfrentamiento con las
poblaciones indígenas de las riberas. Aunque fray Pedro Simón no consigna el nombre de los
lugares, la expedición decide abandonar los bergatines, vagando por dos meses en estos parajes.
Atacados por los indios, fallecen varios españoles, incluyendo a Alonso de Herrera, quien es
enterrado en las riberas del Meta. Álvaro de Ordaz se encarga de los sobrevivientes,
emprendiendo regreso por el Meta, el Orinoco, y de allí al mar. (Velandia, 1992: 29)

De otro lado, la exploración de los Llanos Orientales desde el occidente, fue descubierta por uno
de los adelantados de Gonzalo Jímenez de Quesada: “(…), sobre el flanco de la Cordillera Oriental y
se llama San Martín, fue descubierta en la primera expedición de Gonzalo Jímenez de Quesada a
Tunja y Sogamoso, cuando estando en Turmequé le llegó el capitán Pedro Fernández de Valenzuela
con la nueva de haber descubierto las minas de esmeraldas de Somondoco, y también haber visto
los Llanos.(Velandia, 1992: 31). Descubrimiento consignado por fray Pedro Simón y del cual el
investigador Juan Friede comenta que sucedió en el año de 1537. Cabe decir que no sólo la crónica
de fray Pedro Simón, sino también la Recopilación historial de fray Pedro de Aguado y la Noticia
historial de las conquistas del Nuevo Reino de Granada de Lucas Fernández de Piedrahita,
relatarían que después de la expedición de Pedro Fernández de Piedrahita, saldría la del capitán
Hernán Vanegas, sin que ambas alcanzaran los Llanos. Sin embargo, la expedición a cargo del
capitán Juan de San Martín, fue la primera que intentó entrar en ellos, siendo de esta manera
bautizados como Llanos de San Juan por la ciudad que se fundó, y posteriormente de San Martín
por la ciudad de San Martín del Puerto.

La tercera exploración a los Llanos Orientales sería comandada por el gobernador de Venezuela,
Jorge Espira, quien saldría de la ciudad de Coro en 1535. Su expedición se caracterizó por un largo
y complicado recorrido. En Julio de 1536 se dice que atravesó el río Apure, y en marzo el río
Arauca hacia el Occidente, con el cual llegó hasta el Casanare. Recibe noticias sobre la nación de
los chibchas por el cacique Guayquirí, sin embargo, no cruza la cordillera, sino que desciende hasta
llegar a la región del Alto Guaviare en lo que hoy se conoce como la Serranía de la Macarena.
Emprende el regreso en agosto de 1537, estando en Coro en mayo de 1538. De los 450 hombres
que salieron en su expedición, sólo regresan alrededor de 150. Espira funda un punto de
referencia para las demás exploraciones realizadas en estos años, conocido bajo el nombre de
Nuestra Señora o La Fragua (Fraguas).

Nicolás de Federmann en el año de 1539, sería el primero en establecer un contacto entre Coro y
los Llanos con el Nuevo Reino de Granada. Federmann arriba en Coro en 1530, en 1534 es
nombrado gobernador pero su cargo es revocado y en 1536 viaja a la Guajira. Finalmente en
octubre de 1537, sale su expedición hacia los Llanos del Casanare; en abril de 1538 cruza el río
Apure y sigue las huellas de Jorge Espira. Posteriormente alcanzaría los ríos Pauta y Meta, sin
vadear este último. Luego llegaría al asentamiento conocido como Nuestra Señora, al cual
renombraría como Fraguas, en febrero o marzo de 1539 avista el pueblo indio de Pasca, en el que
encuentra al capitán Lázaro Fonte, miembro de la tropa de Jímenez de Quesada. Bajo la guía de
Fonte, emprenden camino hacia Santa Fe, ascendiendo por Fosca en la cordillera, por los lados de
Anari o del Tegua, con el que finalmente llega a lo que hoy se conoce como Puente de Quetare.

En Coro, Federmann dejó al capitán Lope Montalvo de Lugo, quien tiempo después decidió seguir
sus pasos en busca del río Meta. Transcurridos meses desde la expedición de Federmann,
alcanzaría Fosca con 80 hombres, y de allí a Santa Fe. En las crónicas de fray Pedro Simón y Lucas
Fernández de Piedrahita, se describe que sucedió a finales de 1539 o principios de 1540.En el
futuro, Montalvo de Luego regresaría a los Llanos en la expedición de Hernán Pérez de Quesada.

Los primeros años de conquista del Nuevo Reino de Granada, fueron estimulados por la leyenda
del Dorado como obsesión de conquistadores y colonos. En la crónica de fray Pedro de Aguado, se
cuenta como Hernán Pérez de Quesada, encargado por su hermano Gonzalo Jímenez de Quesada,
preparó en 1539 una expedición hacia las selvas del suroriente con el fin de buscarlo, y en parte,
siguiendo las anteriores expediciones de Espira y Federmann. Parte en septiembre de 1540, con
280 españoles, entre 8 y 10 mil indios, y 150 caballos. Su ruta tomó por los páramos al sur de
Santa Fe, atravesó la cordillera y llegó al pueblo de Nuestra Señora (o San Martín). No obstante,
siguió hacia el sur hasta la provincia de los Quijos en el Reino de Quito, saliendo al valle de Mocoa
para llegar a Pasto. En su expedición se encontraría con su hermano Francisco de Quesada, con
quien regresaría a la capital del Nuevo Reino de Granada.

Por último, Felipe de Hutten (o también de Utre o Urre) perteneciente a la casa alemana de los
Welser, decidió salir de Coro en busca del Dorado, para lo cual partió en septiembre de 1541 con
los restos de la expedición de Jorge Espira, es decir, alrededor de un centenar de hombres a
caballo, peones y el cura Frutos de Tudela. Primero fue hasta Barquisimeto, permaneciendo en
dicha ciudad hasta enero de 1542, luego tomó la ruta hecha por Espira, llegando en mayo o junio
al río Casanare. En agosto llega a las orillas del río Opía (o Upía), pasa al territorio de los indios
guaypíes, se entera en el lugar de la expedición de Hernán Pérez de Quesada e intenta perseguirla
siguiendo sus pasos hasta el mes de diciembre. En enero de 1543, desvía hacia la izquierda de la
provincia de Choques, para luego tocar la provincia de Coagua. Sin encontrar señal alguna del
Dorado, regresa a la provincia de los Guaypíes, en la que permanece hasta 1544. Las luchas
intestinas entre Hutten y el español Fernando de Limpias, lleva a que Francisco de Carvajal los
capture y luego les corte la cabeza. (Friede, 1961)

PERÍODO PREHISPÁNICO: PRINCIPALES COMUNDIADES INDÍGENAS

Tanto por un tardío interés como por las particularidades de la evidencia arqueológica en la zona,
aún se conoce poco sobre los Llanos Orientales durante el período anterior a la Conquista
española. La mención del trabajo de los arqueólogos Rouse y Cruxent, mencionados en el libro de
Jane Rausch (Rouse y Cruxent en Rausch, 1994: 18), se intuye que entre 15 y 5 mil años atrás,
arribaron a los Llanos grupos humanos que probablemente sobrevivieron con la caza de
mamíferos gigantes –como mastodontes-, que vagaban por las sábanas hasta su extinción
provocada por severas sequías. Se deduce también que hacia el año 1000 a.C. pudo haberse
presentado en la zona una agricultura incipiente basada en el cultivo de la yuca, así como la
existencia de complejos cerámicos, en consonancia con otras tierras bajas tropicales. Como
continuación a lo antes mencionado, Rausch comenta el trabajo del arqueólogo Donald Lathrap
sobre las economías de caza en la selva baja tropical (Rausch, 1994: 19). Para él, desde el 2500 a.C.
hasta el arribo europeo, el patrón prevaleciente consistió en pobladores empecinados en ocupar
las zonas fértiles aledañas a los ríos, expulsando a pueblos más débiles que fueron forzados a
convertirse en nómadas de las sábanas. Los grupos ribereños se caracterizaron por organizarse de
manera sedentaria, viviendo a partir de la pesca, la caza y el cultivo de tubérculos, mientras que
los pueblos nómadas se organizaron en unidades móviles dispersas.

De paso, cabe resaltar en la formación de las culturas de los antiguos grupos que habitaron los
Llanos, la relación y contactos establecidos con las comunidades de los Andes, y de modo similar,
con grupos de la costa Atlántica y las Guayanas. Por ejemplo, Paul Kirchhoff en sus investigaciones
sobre los grupos guayupe y sae, antiguos habitantes de las estribaciones de la Cordillera Oriental,
muestra cómo estos grupos se enfrentaron y comerciaron con los chibchas, recibiendo y
mezclando la cultura de éstos con la de los bosques bajos tropicales(Kirchhoff en Rausch, 1994:
20). El intercambio comercial estuvo basado en discos de colores empleados como moneda,
denominados quiripes (elaborados por los Achaguas), para poder cambiar víveres, tintes, yopo,
aceite y huevos de tortuga, y esclavos. Entre los grupos más importantes anteriores a la Conquista,
se encuentran Achaguas y sálivas en el Casanare; tunebos, jiraras y betoyes en el Airico de
Macaguane; saes y guayupes en los Llanos de San Juan y San Martín; así como guahibos a lo largo
y ancho de la región. (Castro Agudelo, 2000)

Los Achaguas, de familia lingüística arawak, eran el grupo más numeroso y complejo que habito
las riberas de los ríos más importantes de los Llanos. Sus vecinos, los sálivas, eran un pueblo
relacionado, aunque de familia lingüística tairona. Sálivas y Achaguas se distinguían por ser grupos
sedentarios, cultivadores de yuca, maíz, totumo y fríjol, practicantes de la agricultura de roza y
quema, cazadores y pescadores. Vivían en pequeños caseríos rodeados de empalizadas,
vinculados entre sí por el parentesco, en una sola vivienda comunal. Cada linaje tenía el nombre
de un animal, y cada aldea contaba con su cacique. La división del trabajo se hacía de acuerdo a los
sexos, las mujeres dedicadas a la fabricación de hamacas y redes, la recolección de leña y agua, el
cultivo de la tierra, y la preparación de casabe; de otro lado, los hombres eran los encargados de
desbrozar los campos, la caza y la pesca, y la creación de canastas y esteras. Estas comunidades
solían tener esclavos, resultado de la incursión e invasión de otras comunidades vecinas. Se
destaca también el uso de yopo, y la ingesta de berría (elaborada a partir de casabe) y chicha.

En el norte del territorio de los Achaguas, entre los ríos Apure y Casanare, habitaron los betoyes,
jiraras y tunebos. A partir de la técnica de roza y quema, cultivaron yuca, maíz y pila, no obstante,
dependían más de la caza y pesca para sobrevivir. Sus asentamientos estaban conformados por
una maloca, o pequeñas viviendas comunales, que solían abandonar con cierta facilidad. El jefe
acostumbraba ser el hombre más viejo de la comunidad. Algunas de sus costumbres, entre ellas
las asociadas a la división del trabajo por sexos, el aspecto religioso y ritual, y los tipos de
intercambios, eran bastante similares a las descritas en los Achaguas. De otro lado, en el sur del
territorio Achagua, en las planicies de los Llanos de San Juan y de San Martín, habitaron guayupes
y saes. Su supervivencia estaba basada en el cultivo y consumo de yuca, así como maíz, fríjol y
tabaco. Vivían en aldeas entre 100 y 400 habitantes, en torno a varias malocas. Se destaca el
contacto con los grupos indígenas del altiplano, con los cuales intercambiaban oro para obtener
algodón.

Los guahíbos, grupo recolector, se extendieron por todo el territorio de los Llanos. Dedicados a la
caza con arco y flecha, capturaban venados, pecaríes, ratones y serpientes. En ocasiones prendían
fuego a los pastizales aledaños a los ríos, con el fin de atraer animales a los retoños frescos.
También se alimentaban de raíces, fruto de palma, frutos silvestres y pequeños insectos. Al ser
nómadas, rara vez permanecían en un sitio por largo tiempo, viajando en cuadrillas compuestas
por varias familias. Con la llegada de los españoles, los guahibos incursionaban entre los Achaguas
y sálivas, capturando personas para venderlas como esclavos a los europeos e indios caribes.
Como poblaciones móviles, se adaptaron y defendieron de los cambios acontecidos a raíz de la
conquista.
Después del Dorado, a manera de cierre de la etapa de Conquista, la Corona envía misioneros a las
tierras bajas. En lo que respecta a los Llanos Orientales, a los franciscanos se les otorga el Caquetá,
Putumayo y los Llanos de San Martín; a los agustinos y recoletos (o candelarios) se les asigna la
región oriental del Casanare; y a los Jesuitas, los reductos a lo largo de los ríos Casanare y Meta.
(Velandia, 1994: 12)

LOS ÚLTIMOS AÑOS DE LA COLONIA: REFORMAS BORBÓNICAS

Hacia 1760, los Jesuitas encabezaban de lejos las misiones que distintas comunidades religiosas
tenían en los Llanos Orientales. Para dicho año, los Jesuitas tenían el control de alrededor de 7260
indígenas, organizados en 11 misiones en Casanare y el río Meta; administraban 8 haciendas con
cerca de 45 mil cabezas de ganado y 4 mil caballos; así como cultivos de café, caña de azúcar, arroz
y frutas. En el Orinoco, además tenían en su haber un sistema autónomo de reducciones y
haciendas, con cerca de 2000 conversos. En tiempo de misiones, hicieron posible el comercio con
Santa Fe y Guayana mediante la navegación de los ríos Meta y Orinoco, siendo la hacienda
Caribare el centro de la actividad económica en los Llanos. Los logros de los Jesuitas en sus
misiones, perturbó a funcionarios coloniales, motivo que llevó con los años a su expulsión de las
colonias. (Rausch, 1994: 154) El 27 de Febrero de 1767, Carlos III firmó el decreto de expulsión de
los jesuitas. En las colonias, los funcionarios dieron pie con celeridad y sigilo la orden del rey, y en
el cual cerca de 2500 jesuitas abandonaron las colonias, con el objetivo de reafirmar la autoridad
de la Corona sobre la Iglesia.

Las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, trajeron consigo un aire renovador al
interior del Imperio Español, ejecutado por la dinastía de los Borbones, y con repercusiones
importantes para las provincias de los Llanos. De un lado, está el trabajo realizado con afán
inquisidor por la Real Comisión de Fronteras, característico del reinado de Carlos III (1759-1788), y
del otro, las consecuencias de la expulsión de los jesuitas en 1767, acabando con las misiones de
esta comunidad en Casanare y el río Meta. Una consecuencia de estos cambios, consistió en la
agudización de un conflicto social expresado en la Rebelión de los Comuneros, en el que si bien los
Llanos de San Juan y San Martín poco podían hacer dado el aislamiento geográfico, sí contó con la
participación activa de habitantes de la provincia de Casanare.

Como documento importante para la época se encuentra El Informe Reservado, escrito por el
coronel Eugenio de Alvarado en 1767. Segundo al mando de la Real Comisión de Fronteras, se
encargó de informar a la Corona Española sobre el proceder de los jesuitas en los ríos Meta,
Marañón y Orinoco, con el fin de justificar la permanencia de la comunidad en la región. El
Informe contiene una historia de los jesuitas en el Casanare y el Orinoco, como también un análisis
de la organización interna de sus misiones y haciendas. Al respecto, Alvarado entabló cuatro
objeciones hacia la Compañía de Jesús: primero, que los jesuitas explotaban a los indígenas,
además que desde 1749, dejaron de crear nuevas poblaciones, limitándose a trasladar
reducimientos existentes a nuevos lugares con nuevos nombres, dando la impresión de la
existencia de un mayor número de pueblos. Segundo, los jesuitas se apoderaban de los indígenas
que por ley pertenecían a los encomenderos. Tercero, afirmó que los jesuitas eran desleales al rey,
conformando un estado dentro del estado. Su lealtad principal era con el Papa. En último lugar,
acusó a los jesuitas de una oposición a los comisionados de fronteras, dificultando la navegación
por el río Meta de los funcionarios.

Tras el decreto y posterior expulsión de los jesuitas del Nuevo Reino de Granada, el gobierno
transfirió sus misiones a otras órdenes religiosas, disponiendo de todas las propiedades
decomisadas bajo la jurisdicción de la Junta de Temporalidades, comité integrado por el virrey, el
oídor decano y el fiscal. En lo que respecta a los Llanos Orientales, a los dominicos se les entregó
San Salvador, Tame, Patute, San Salvador del Puerto, Macaguane y Beyotes. A los franciscanos se
les adjudicó Jiramena, Santiago de Manare (antes Pauto) y Concepción de Nuestra Señora de
Guanaca (Guicán). Y a los recoletos se les entregó las misiones restantes de Surimena, Macuco y
Casimena. En 1769 luego de una breve administración a cargo de los dominicos, las haciendas de
Cravo, Tocaría y Caribare fueron anexadas a Patute y Apiay. La intención de la Junta fue vender las
haciendas en subastas públicas, para lo cual las fue rematando con el paso de los años, entre 1767
y 1800 (Rausch, 1994: 158).

La incipiente catequización realizada por la Compañía de Jesús, así como su posterior expulsión; y
la débil e ineficaz labor evangelizadora de agustinianos, dominicos y franciscanos, pueden ser
considerados vectores del conflicto social expresado en la Rebelión de los Comuneros, para el caso
de la región de los Llanos Orientales y específicamente del Casanare. (Rausch, 1994: 176) Hacia
1771, las condiciones económicas en la región eran difíciles, siendo descritas como una situación
de miseria generalizada, y en el que la única activad comercial de la región era la manufactura de
lienzo. A pesar de las recomendaciones hechas en 1776 por el Virrey Guirior a su sucesor Manuel
Antonio Flórez, de estimular el cultivo de algodón e incrementar la producción de textiles, éstas
fueron desatendidas, y por el contrario, hubo un alza en los impuestos en 1781, cuya principal
consecuencia estuvo en un descontento generalizado que estalló en una rebelión.

Las reformas a cargo de la Corona española entre 1767 y 1781, rompieron el equilibrio de la
sociedad fronteriza de los Llanos desarrollada a lo largo de dos siglos en la colonia. Con el fin de la
Rebelión de los Comuneros en 1781, se decretó una amnistía general con reducción en los
impuestos. No obstante, después de esta fecha no hubo en el período colonial ningún plan para el
desarrollo económico de la región, aunque cabe aclarar que paulatinamente la industria
algodonera sería reemplazada por una industria ganadera, convirtiéndose en la actividad
económica más importante de la región. (Rausch, 1994: 187)

BIBLIOGRAFÍA

Castro Agudelo, Luz Marina. “Los achagua”. En Romero Moreno, M., Castro Agudelo L. y Muriel
Bejarano, A. (Eds.)Geografía Humana de Colombia: Región de la Orinoquia. Bogotá: Instituto de
Cultura Hispánica. 2000.

Friede, Juan. Los Welser en la conquista de Venezuela. Caracas: Imprenta Juan Bravo, 1961.
Rausch, Jane. Una frontera de la sabana tropical: Los Llanos de Colombia 1531-1831. Bogotá:
Banco de la República. 1994.

Velandia, Roberto. Descubrimientos y Caminos de los Llanos Orientales. Colcultura: Bogotá. 1992.

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