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ROMANO GUARDINI

Cartas sobre autoformación

1
ÍNDICE

CARTA PRIMERA ..................................................................................................... 4


Sobre la alegría del corazón .................................................................................. 4

CARTA SEGUNDA .................................................................................................. 10


Sobre la veracidad de la palabra ......................................................................... 10

CARTA TERCERA .................................................................................................. 19


Sobre el dar y el recibir; el hogar y la hospitalidad ............................................ 19

CARTA CUARTA .................................................................................................... 31


Sobre la seriedad en la acción ............................................................................. 31
CARTA QUINTA ....................................................................................................... 0
Sobre la oración .................................................................................................... 0

CARTA SEXTA....................................................................................................... 14

CARTA SÉPTIMA ................................................................................................... 27


Sobre la libertad .................................................................................................. 27

CARTA OCTAVA.................................................................................................... 42
Sobre el alma ....................................................................................................... 42

CARTA NOVENA ................................................................................................... 55


Sobre el Estado en nosotros ................................................................................ 55
EPILOGO............................................................................................................ 76

2
Título original: Briefe über Selbstbildung

Traducción sobre la 12da. edición alemana (1978) por Daniel Mal-


colm

Primera edición febrero 1982

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CARTA PRIMERA

Sobre la alegría del corazón

Queremos tratar de tener un corazón alegre. No divertido, que


es algo totalmente diferente. Ser divertido es algo externo, ruidoso,
fugaz. En cambio, la alegría vive en el interior, silenciosa, con raíces
profundas. Es la hermana de la seriedad; donde está una, se halla tam-
bién la otra.
Ahora bien, existe ciertamente una alegría sobre la que no se tie-
ne dominio. Me refiero a esa alegría que lo invade a uno, grande y
profunda, de la cual dice la Sagrada Escritura que es como un río; o
esa alegría sonriente que todo lo transforma, todo lo baña de luz: esta
alegría viene y se va a su antojo. Frente a ella lo único que nos cabe es
recibirla cuando viene y resignarnos cuando se va. O esa alegría que
brota de la fuerza y la confianza de la juventud; o esa otra, poco co-
mún, que se da en hombres elegidos y que brilla desde la claridad in-
terior de su ser; sobre esta clase de alegría uno no tiene dominio: se da
o no se da. Sin embargo, aún aquí está en nuestras manos el cuidarla o
el desperdiciarla.
Pero aquí vamos a hablar de una alegría a la que se le pueden
preparar los caminos. De una alegría que todos podemos tener, inde-
pendientemente del carácter de cada uno. Una alegría independiente
de las horas buenas y malas, de días en que nos sentimos llenos de
energía o cansados. Vamos a reflexionar, pues, sobre cómo abrirle
camino a esa alegría. No procede del dinero, de una vida confortable
o de los honores, aun cuando todo esto pueda influir sobre ella. Su
origen está más bien en cosas nobles: un buen trabajo, una palabra

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amable que se ha oído o que uno mismo ha dicho, el haber luchado
con valentía contra algún defecto o el haber logrado una visión clara
en una cuestión difícil.
Pero todavía no es esto tampoco la auténtica fuente de la alegría.
Esta fuente se halla más honda aún, en el corazón mismo, en su inte-
rior más profundo. Allí mora Dios, y Dios mismo es la fuente de la
verdadera alegría. La alegría que interiormente nos ensancha y nos da
claridad; que nos hace ricos y fuertes e independientes de los aconte-
cimientos externos. Cuanto nos sucede externamente ya no nos puede
afectar, si interiormente estamos alegres. El que es alegre tiene una
adecuada postura frente a todas las cosas. Lo que es bello lo percibe
en su verdadero resplandor. Lo duro y difícil lo recibe como prueba
de su fuerza; se enfrenta valientemente con ello y lo supera. Puede dar
generosamente a los demás sin empobrecerse. Pero posee también un
corazón abierto para poder recibir en la debida forma.
Pero si la alegría viene de Dios y Dios habita en nuestro cora-
zón, ¿por qué no la sentimos? ¿por qué estamos tantas veces de mal
humor, tristes y oprimidos? Sencillamente, porque la fuente de donde
mana está enterrada.
¿Cómo, pues, se abre cauce a la alegría? ¿cómo hacer que
irrumpa en el alma? Esta es la cuestión.
Es necesario unir nuestro ser más íntimo con Dios. Para ello hay
muchos medios. Se puede procurar intimar con Dios en el fondo del
alma; tornarse frecuentemente a El y luego quedarse allí a solas en el
silencio interior. Quizá tú mismo sepas aún otros caminos. Yo, por mi
parte, quisiera proponerte el siguiente, que es particularmente apro-
piado.
Lo íntimo nuestro lo determina nuestra voluntad. Allí debemos
estar en unión con Dios; entonces su alegría puede entrar en nosotros.
Tan pronto como nos dirigimos a Dios y le decimos sinceramente:
“Señor, yo quiero lo que Tú quieras”, queda franco el camino a la ale-
gría de Dios. Y una vez que hayamos logrado pensar siempre así y
que nuestra voluntad más íntima esté orientada sincera y constante-
mente hacia Dios, entonces seremos alegres, pase lo que pase afuera.
Por cierto, que este dirigirse a Dios debe tener ya algo afín a la
alegría: debe ser espontáneo, no receloso o desconfiado. Tiene que ser
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libre y animoso. Hemos de decir llenos de gozosa confianza: “Dios
fuerte, lo que Tú quieras eso quiero yo”. Se trata, pues, de luchar por
unir nuestra voluntad con la de Dios.
Pero, ¿dónde vemos lo que Dios quiere? Para eso no precisamos
largas consideraciones y grandes planes. Lo encontramos en lo más
ordinario: en el momento presente. Habrá que tomar a veces también
decisiones importantes y trazar proyectos de alto vuelo. Entonces es el
“momento” para ello. Vale por lo tanto lo que decíamos: lo que es ne-
cesario ahora, lo que es mi obligación, eso es la voluntad de Dios. Si
hacemos eso, Dios nos llevará de una acción a otra. Porque cada mo-
mento con su obligación es un mensajero de Dios. Si le escuchamos,
nos disponemos para comprender y cumplir bien el próximo mensaje.
De esta forma realizamos paso a paso la obra de nuestra vida.
Así, pues: captar claramente lo que Dios quiere de mí ahora.
Darle un “sí” decidido y libre y manos a la obra. Entonces seremos
alegres.
Ahora hemos llegado al punto de poder comenzar. Por lo demás,
debes seguir reflexionando por ti mismo. Resumamos, pues, lo que
encontramos hasta aquí en una firme decisión. Preguntémonos con
frecuencia durante el día, por ejemplo, antes de cada labor o cuando
ocurre algo nuevo: ¿qué quiere Dios de mí? Para descubrir su volun-
tad miremos lo que está delante de nosotros; no busquemos lo que se
nos acomoda o nos resulta más grato. Preguntémonos honradamente:
¿qué tengo que hacer yo ahora? Pero en esto cuidemos de no dejarnos
engañar. ¿Engañar? ¿Por quién? ¡Por nosotros mismos! Por nuestro
capricho, nuestra inconstancia y nuestra pereza. Debemos volvernos
incorruptibles. Debemos querer ver bien claro cómo la cosa es en
realidad.
Después, decisión: “¿esto tengo que hacer yo ahora? Sí, Señor,
¡gustoso!” La última palabrita es la decisiva. De ella depende todo.
No a disgusto; no porque no hay más remedio; no a desgano, sino con
gusto. Esta palabra hay que pronunciarla con el interior, no sólo con
el pensamiento o simplemente con los labios. Hay que decirla con la
voluntad y cada vez más adentro. ¿Comprendes esto? Tiene que pene-
trar cada vez más profundamente en el corazón. Porque dentro reside
mucha repugnancia que se le opone. Repugnancia que es necesario
vencer con la palabrita “gustoso”. Allí donde hay todavía apatía y pe-
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reza tiene que ir penetrando la palabra como una luz clara y potente,
cada vez más profundamente, más radicalmente, hasta que todo sea
claridad delante de Dios: “Señor, yo quiero”. Entonces te sentirás ale-
gre.
Así hizo Nuestro Señor. Toda el alma de Jesús era sincera y de
alegre disposición. “¡Yo hago siempre la voluntad de mi Padre!” Y
luego, manos a la obra: trabajo, obligaciones, un juego, una renun-
cia... ¡Lo que sea!
Créeme: si logras hacer así “de buena gana” todas las cosas, ad-
quirirás una fuerza alegre que puede con todo sin límite alguno. ¡Por-
que Dios está en ello! Eso sí, es necesario renovar constantemente es-
ta predisposición, sobre todo cuando a uno se le hace difícil, cuando
empieza a frenarse el primer impulso, cuando algo adverso se pone de
por medio. Repetir con energía: ¿qué importa? ¡Con mucho gusto! ¡Y
a ello!
Pero también tenemos un cuerpo que no debemos olvidar. Cuan-
do el hombre está abatido, ¿qué hace el cuerpo? Se relaja. En cambio,
cuando el hombre está alegre, el cuerpo se pone erguido. Esta es la
alegría del cuerpo: una postura erguida.
Otro ejercicio, pues, ha de ser este: mantener nuestro cuerpo er-
guido. La cabeza elevada, la frente abierta a la luz, los hombros hacia
atrás; al andar mover con libre naturalidad los pies y no apoyarse sin
necesidad al estar sentado.
Pero también erguidos interiormente, no sólo por fuera. El cuer-
po tiende de suyo a relajarse; y entonces todo se torna apático y difí-
cil. Por eso hay que erguirse también interiormente. Y cuando nos ha-
llamos abatidos, con más razón. Firmemente erguidos exterior e inte-
riormente. Y luego limpieza en el alma. Cuando se entra en un cuarto
sucio, maloliente, sin ventilar, se abren puertas y ventanas; que entre
aire y luz y luego se barre. ¡Fuera con la basura y el polvo, fuera!
Pues exactamente así hay que hacer dentro con el aposento de
nuestra alma, hasta que todo quede resplandeciente y limpio. ¡Así! Y
ahora: ¿qué hay que hacer? ¿Esto? ¡Con gusto! Y valientemente ma-
nos a la obra...
Todavía otra cosa: también hemos de procurar tener en nuestro
cuarto una fuente de alegría. ¿Qué puede ser? Por ejemplo, una plan-
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ta. Alegra verla crecer, verdecer y florecer. Puede también ser un cua-
dro alegre, un paisaje que uno conoció. Llénate con ello los ojos de
tanto en tanto: “¡qué inmensidad! ¡Qué fresco está el bosque! ¡Qué
claro el cielo! ¡Qué despejadas las cumbres! ¡Esto es mío; todo
mío!”... Puede ser una canción. ¡Cántatela! Enseguida sentirás clari-
dad en el alma. O una bella poesía; viene a ser como un refresco en un
viaje largo y polvoriento. ¡Después otra vez a la tarea!
Demos ahora una mirada a los grandes enemigos de la alegría.
El dolor no pertenece a ellos. El dolor da fuerza y hondura. Capacita
para el verdadero gozo. Déjalo entrar tranquilo en el corazón. De él
hablaremos en otro momento.
Hay dos verdaderos enemigos, que es necesario exterminar; el
mal humor y la melancolía. El mal humor procede de las pequeñas
contrariedades del día; de un corazón sensible que todo lo toma a mal,
siempre quejoso, que no puede reír ni perdonar ni pasar por alto tantas
cosas... ¡Fuera con él! ¡Son alimañas en el alma! Hay que echarlas
fuera, y al principio, tan pronto como aparezcan, inmediatamente.
El otro es la melancolía. Un poder siniestro que corroe el alma,
cuando se le da cabida. Pero se la puede dominar, créeme. ¡Se puede!
Sólo con una condición: en cuanto se la localiza, al instante contra
ella, como 8 decíamos antes. Pero ¡al instante! Y no andarse con bro-
mas. Una vez que logra instalarse adentro, no te dejará en paz durante
el día, y aún quizá a lo largo de varios días.
Y para concluir, una pequeña ayuda: por la noche, al acostarnos,
digámonos tranquilos y confiados: mañana viviré alegre. Imaginémo-
nos a nosotros mismos caminar alegres, erguidos y libres a lo largo
del día, trabajar, jugar, tratar con la gente: “¡Así seré yo mañana todo
el día!”. Digámonos esto varias veces. Es éste un pensamiento crea-
dor, que actuará toda la noche silencioso en el alma, pero seguro, co-
mo los duendes de los cuentos. No lo notamos; pero al despertar está
todo mucho más claro... Entonces repitamos lo mismo: “Hoy viviré
todo el día alegre”. Todo el día contigo, Señor, y siempre alegre. Y
esto cada mañana, cada noche; sin dejarnos desanimar por ningún fra-
caso. Al concluir el día, examinémonos: ¿he luchado hoy bastante?
Hagamos cuentas con nosotros mismos, y luego renovemos el propó-
sito: ¡mañana seré mejor!

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Ahora algunas cosas sobre las que puedes meditar o platicar con
otros. No son más que brevísimas indicaciones: Evangelio de San Ma-
teo, 6, 16-18. Cuando se ve lo poco que se ha hecho en el pasado y
cuánto hay de desacorde en uno mismo. —Cuando no se logra lo que
se pretende. —Cuando no se es comprendido en casa, en la escuela o
en cualquier otra parte. —Cuando lo que exige el momento es dema-
siado difícil. —Cuando algo nos repugna. —El desaliento. —La en-
fermedad. —Cuando ya nada produce alegría. —Falsas alegrías. —De
cuántas cosas podemos todavía alegrarnos. —La gratitud para con las
alegrías del momento. —¿Cómo se echa a perder una alegría?

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CARTA SEGUNDA

Sobre la veracidad de la palabra

Toda la juventud auténtica y vital está bajo el signo de la veraci-


dad. Cuanto de grande y duradero hay en ella ha nacido del espíritu de
veracidad. Sólo aquél que está animado por una voluntad seria, fuerte
y alegre de veracidad, posee auténtico espíritu juvenil. Debe sentir el
afán de salir de toda mentira, de tornarse auténtico en su sentir y de no
engañarse a sí mismo; debe luchar por formarse una opinión bien de-
finida acerca de lo que es natural y puro; debe hacerse sencillo en su
manera de ser, sincero con Dios, los hombres y consigo mismo. Debe
tener valor para mirar las cosas de frente y responder de sus convic-
ciones.
Pero tal resolución de ser veraz no debe implicar arrogancia. No
debe significar el afán de imponerse, de constituirse en juez de todo,
de saberlo y juzgarlo todo y de exponer el propio sentir y parecer co-
mo infalible. Esto no sería veracidad, sino soberbia. Nuestra veraci-
dad tiene que estar al servicio de Dios. El ser veraz no tiene otro sen-
tido que aproximarnos a Dios. Queremos hacer verdaderos nuestro ser
y nuestra vida para conformarlos a El. El debe gobernar en todo cuan-
to hacemos y somos. Debe venir a nosotros su Reino. Y esto sucede
por la veracidad, pero sólo cuando es humilde. No debemos buscarnos
a nosotros mismos en ella, sino a Dios, porque El es la verdad. Enton-
ces es cuando nuestra vida se hace Reino de Dios. Cuando uno, por
ejemplo, contesta sinceramente a una pregunta, en la palabra está
Dios. Cuando uno sirve a una gran causa sin segundas intenciones, en

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su obra reina Dios. Cuando dos personas mantienen fielmente una
amistad, en esa amistad reina Dios. En aquellos hombres pues, que
son veraces y obran, hablan y piensan con veracidad, está el Reino
vivo de Dios.
He aquí una maravillosa misión: hacer una morada en el mundo
humano para el Dios de la verdad, extender su Reino para que en él
pueda vivir y reinar. ¿Cómo? Trabajando para que en todas partes
reine la verdad. Hay en el mundo mucha mentira e inautenticidad, fal-
sedad, ficción e hipocresía. Donde ellas están no reina Dios, porque
allí está el reino de las tinieblas. Contra este reino tenemos que luchar
nosotros. Tenemos que extender el reino de la luz de Dios. Pero, ¿de
qué manera? No pronunciando discursos contra la mentira. Esto no
tiene ningún objeto. Hemos más bien de cuidar que todo lo que noso-
tros decimos y hacemos, todo nuestro modo de ser sea verdadero. Ca-
da palabra que decimos, cada obra que realizamos son una batalla ga-
nada para la causa de Dios. Cada una de ellas conquista para su reino
un palmo de tierra humana.
¿No es esto magnífico? ¡Cuán repetidas veces el Salvador habló
de la verdad...! De los hombres que proceden de la verdad y de los
que proceden de la mentira... Es ciertamente una cosa muy grande el
haber sido elegidos para luchadores de Dios, para ensanchar con cada
obra su reino y protegerlo con valentía. Para instaurarlo todo en la
verdad, para que todo sea reino viviente del Dios de la verdad. ¡Y
cuánta alegría le produce a uno pensar en esto! ¡Qué fuerte y seguro
del triunfo se siente uno! Es como si una luz esplendorosa penetrara
en el alma e hiciera todo grande y luminoso.
Ahora tenemos que buscar el lugar exacto en el reino de las ti-
nieblas en donde con mayor garantía de éxito podamos clavar una cu-
ña que haga saltar en pedazos su poder. Este lugar es distinto en cada
uno de los hombres. Para muchos acaso se trate de decir la verdad.
¿Cómo se explica que uno no la diga? Por ejemplo, por temor. Se ha
cometido una falta y se ven venir ya las desagradables consecuencias.
Entonces se cede: se miente. Otro caso: se está ridiculizando una co-
sa; se hacen chistes sobre un individuo, sobre la religión o sobre cual-
quier otro tema. Por ahí alguien hace una pregunta y uno en realidad
debería responder conforme a su convicción, pero teme las caras bur-
lonas y reniega de sus convicciones. También la vanidad puede con-
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ducir a la mentira. Por ejemplo, uno pretende ser alguien, en casa o
entre los compañeros. Pero lo que en realidad es y sabe, no es sufi-
ciente para ello pues los demás dicen que no es nada extraordinario;
entonces agranda las cosas. Otro es envidioso y celoso, por eso deni-
gra a los que son más capaces y fuertes que él. O uno quiere sacar
ventajas en el juego y por eso tergiversa las cosas. Hasta la fidelidad
puede llevar a la mentira. Un amigo padece una necesidad y uno se
cree obligado a ayudarle aún a costa de una mentira.
Tales mentiras pueden ser groseras, desfigurando totalmente la
realidad. Así, por ejemplo, decir: “yo no fui”, en vez de “sí, fui yo”,
“lo he hecho todo”, en lugar de “no he hecho absolutamente nada”.
También pueden ser más sutiles, como cuando se dice: “he estado allí
muchas veces” debiendo decir tan sólo “algunas veces”, “vendré cier-
tamente”, en vez de “acaso”. Y pueden ser ligerísimas, como un suave
céfiro, que corre rápido sobre el espejo del agua. Pueden estar en el
modo de decir una palabra, en el tono, en la expresión del rostro. En
todos estos casos han triunfado las tinieblas sobre la luz. En este pun-
to hay que atacar.
Decir siempre la verdad; en lo grande y en lo chico. Así cada pa-
labra será una victoria de la causa de Dios.
Esto no es cosa fácil. ¡De verdad! Cuando amenaza una humilla-
ción en la clase, cuando todos alrededor miran a uno, cuando se espe-
ra una escena en casa o se quisiera eludir una discusión con los ami-
gos; cuando vemos que nuestras convicciones son contrarias a las de
los demás, entonces se nota qué fuerza tiene el reino de las tinieblas.
Sensibilidad, temor, interés, cuidado, deferencia, amor, fideli-
dad: todo puede confabularse contra uno; todo lo malo y todo lo
bueno, hasta tal punto que se ahogue la verdad antes de llegar a los
labios.
En el momento que logremos romper esa malla, habremos abier-
to para Nuestro Divino Señor una amplia brecha por entre las filas de
los enemigos. Habremos prestigiado la verdad. Y el Dios de la verdad
podrá hacer su entrada.
Pero hay algo más. La verdad es una espada que se esgrime por
Dios. Puede llevar a cabo grandes hazañas, pero también ser un ins-
trumento de destrucción. El Señor dijo un día una sentencia muy sig-
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nificativa. Nos advirtió que debemos ser “simples como las palomas y
prudentes como las serpientes”. ¿Qué quiso decirnos con esto?
Debemos ser “simples”. Es decir, no falsos y dobles. Nuestra pa-
labra debe ser sencilla y sincera. Hasta aquí es fácil entender. Pero
también exige que tenemos que ser “prudentes”, lo cual no significa
“ladinos” o “astutos”. ¿Qué pues? Yo lo entiendo así: la palabra es
algo fuerte, agudo... Cuando hablamos no se dirige nuestra palabra a
una pared fría o al duro suelo, sino a un viviente corazón humano.
Allí puede producir diversos efectos. Puede liberar, alentar, alegrar.
Puede también herir y abatir. Por ejemplo, alguien tiene un amigo que
cometió una falta. Si uno ahora le manifiesta francamente a aquél lo
que piensa sobre su amigo, ciertamente no es más que la pura verdad.
Pero ¿qué efecto produce?
El Señor dice: “Di la verdad, pero dila prudentemente. Atiende a
quién la dices. Sé cuidadoso, para no herir a nadie. Y cuanto más duro
sea lo que has de decir, tanto más cauto has de ser”.
Más aún: la verdad es algo precioso. Algunas verdades son par-
ticularmente delicadas y santas. Ciertas personas son incapaces de
comprenderlas. Al menos en ciertos momentos, como cuando están de
juerga o airados. O cuando están muchas personas juntas, por lo gene-
ral no tienen comprensión para una verdad sutil porque la masa vuel-
ve fácilmente inculta a la gente. Una canción íntima no es apropiada a
una marcha por la carretera. O cuando todo desborda de alegría a na-
die se le ocurrirá leer una profunda poesía. De la misma manera hay
muchas oportunidades en que una hermosa verdad está fuera de lugar.
Por eso dice el Señor: “Di la verdad, pero dila en el tiempo oportuno.
No la digas cuando no tiene ningún objeto, cuando no sería compren-
dida, cuando con ella harías más daño que provecho. También la ver-
dad tiene su tiempo y su lugar. Hay ocasiones en que es preciso saber
callar”.
Todo esto significa ser “prudente”. Se ha de decir la verdad
cuando es oportuno. Y si esto es así, no se puede hablar al buen tun-
tún, sino que hay que ponerse en contacto —a través de los ojos y del
alma— con aquél a quien se habla. Hay que tender las antenas del es-
píritu, para palpar el ambiente y adivinar el efecto que producirán
nuestras palabras en el que las oiga. Hemos de saber advertir oportu-
namente si hieren. Si lo notamos, naturalmente no debemos mentir —
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esto es claro—; pero nos esforzaremos para hablar con tal tino que el
otro caiga en la cuenta que llevamos las mejores intenciones. Enton-
ces no le herirá la verdad. También debemos notar a tiempo cuando
una verdad valiente o una verdad sutil no halla comprensión o es to-
talmente inoportuna. Si lo notamos, no debemos mentir, ciertamente,
pero debemos callar. Todo esto es difícil, pero se logra poniendo bue-
na voluntad. Y aquí tenemos que reflexionar un poco más profunda-
mente sobre la veracidad. Mira, hay hombres que quieren la verdad.
Pero la usan como un garrote y no se preocupan del daño que pueden
causar con él. Pero debemos aprender a ser realmente veraces y a la
vez delicados. Otros la exponen a cualquiera, juegan con ella y la
arrojan como una mercancía sin valor. Debemos decir siempre la ver-
dad, pero también tenerla en gran estima. Y esto se aprende queriendo
el bien de ella. También puede ser de otra manera. A veces se llama a
algo veracidad y, en el fondo, no es más que afán de dominar, espíritu
de contradicción, atropello. Cuántas veces se dice la verdad, sí; pero
entre ella y una bofetada no existe ninguna diferencia, únicamente que
en un caso se hiere con la mano y, en otro, con la palabra. Pero en
ambos tenemos la misma dureza en los ojos y en el corazón. Otras ve-
ces se dice la verdad, pero por pura vanidad. También con la veraci-
dad puede uno vanagloriarse. Cuando uno quiere mostrar a todos que
no tiene miedo, que es todo un hombre. “Decir la verdad” puede con-
vertirse en una especie de deporte.
Semejante veracidad no edifica, sino destruye. Procede de
egoísmo, vanidad y violencia. Hiere y abate. Piensa en tantas conver-
saciones donde se habló con “franqueza”. ¿A veces no se asemejaban
después los corazones a un campo de batalla: llenos de heridas, amar-
gura y destrucción?
Ahora bien, esto no quiere decir que uno tenga qué ser blando y
tener miedo a enfrentamientos. De ninguna manera. Una lucha con las
blancas armas del espíritu es estupenda. Lo que hay que decir, se dice
por duro que sea; esto es claro. Y si alguno no puede aguantar la ver-
dad, no se le puede ayudar. Pero también es bueno examinarnos a no-
sotros mismos para ver si nuestras expresiones proceden realmente de
“la verdad”. Debemos decir la verdad, pero “con prudencia”, que en
este caso equivale a decirla “con amor”. Entonces lograremos también
no deshonrar 11 la verdad. ¿No has sentido a veces la impresión de
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que una verdad delicada, sublime, es arrojada a un lodazal? Es que
fue dicha a destiempo, en ocasión no propicia. Muchos llaman a esto
“ser franco”, y en realidad no es más que un zamarreo de cosas serias
e íntimas que deben mantenerse dentro o hablarse muy raras veces y
en ocasiones especiales. Algunos piensan que tienen que decir a toda
costa esto o aquello, porque la veracidad lo exige. Pero en realidad no
es más que un charlatanear imprudente que simplemente no puede
contenerse. Repito que todo esto no quiere decir que debamos ser te-
merosos. Lo que haya que decir se dice, le caiga bien o mal al interlo-
cutor. Y hay que estar también preparado para aceptar las consecuen-
cias. Pero es bueno analizar si lo que decimos tiene su raíz “en la ver-
dad”. La verdad debe ser dicha; pero con prudencia, que ahora signi-
fica decirla “con respeto”.
Quizá tengas la impresión de que aquí siempre se dice: “así y
también así. Por un lado y por otro”. Quizá preferirías que se dijera: di
la verdad contra viento y marea, dila sin consideración, a cualquiera,
en cualquier lugar y a toda costa. Cierto, esto sería más fácil. Incluso
tendría visos de más grandioso y decidido. Y tampoco se necesita es-
forzar mucho la inteligencia y el corazón. Pero piensa simplemente en
las consecuencias que esto reportaría. Enseguida verás que no puede
ser. Esto es justamente lo difícil: que no se puede separar la verdad
del amor.
Dios no es solamente la verdad, sino también el amor. Y sólo
mora en la verdad que brota del amor. Y Dios no es solamente la ver-
dad, sino también el respeto vivo en persona. Y El se alegra única-
mente de la verdad que está unida al respeto.
Esa falsa veracidad no tiene consistencia y se derrumba el día
menos pensado. Solamente tiene consistencia la que brota de una in-
tención pura y se esfuerza por permanecer en el amor a los demás y
en el respeto a la nobleza de la verdad misma.
Tratemos, pues, de ser incondicionalmente veraces teniendo al
mismo tiempo consideración por el prójimo. Ser incondicionalmente
veraces, pero saber también cuándo es hora y oportunidad de hablar y
cuándo no. Con tal veracidad construiremos el reino de Dios.

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¿Y no podremos encontrar algún medio para esto, para que el
cuerpo también coopere? El cuerpo puede mucho; tanto para el bien
como para el mal.
Te daré un consejo: en la conversación mira al interlocutor en
los ojos. ¿Por qué esto? Ante todo, porque así tendemos un puente en-
tre él y nosotros. Esta mirada franca está diciendo: debes ver que no
se oculta ninguna segunda intención detrás de mis palabras, y yo quie-
ro saber esto mismo de Ti. Ambos queremos saber a qué atenernos el
uno respecto al otro. El que miente evita la mirada del otro, si es que
no ha perdido ya toda la vergüenza. Teme que el otro pueda leer en
sus ojos que se encubra algo detrás de sus palabras. El mirarse siem-
pre abiertamente a los ojos es una expresión viva de la voluntad in-
condicional de ser sincero.
Además, de esta manera entramos en estrecho contacto con
quién hablamos, pues observamos el efecto que nuestras palabras van
produciendo. Vemos cuándo hemos ido demasiado lejos y podemos
subsanarlo. Notamos cuándo nuestras palabras no han encontrado un
suelo propicio y podemos callar.
Tampoco esto resulta sencillo. Puede uno ser sincero de corazón
y, sin embargo, no poder mirar al interlocutor firmemente en los ojos.
Esta firmeza es en gran parte cosa de los nervios. Por eso debemos
ejercitarnos. No como un deporte puramente corporal, sino para ayu-
dar a la voluntad en sus deseos de ser sincera.
¿Y sabes dónde se aprenden cosas respecto a la veracidad de la
palabra que no se descubren en ninguna otra parte? En el silencio y la
soledad. Las palabras tienen una fuerza propia. Una vez sueltas, em-
piezan a rodar por sí solas como las piedras por la pendiente. Las pa-
labras encierran una gran tentación. Aquel a quien ellas llegan a do-
minar, se torna mentiroso sin saber cómo. Entonces se dicen las pala-
bras por las palabras mismas; por lo que en ellas brilla y suena, trai-
cionando de este modo la realidad. En cambio, si sabemos vivir en
silencio, las palabras pierden ese poder y nos situamos frente a la co-
sa. Ella nos habla, la oímos y notamos si la hemos servido o hemos
jugado con ella.
Quizás hayas hecho ya esta experiencia. En el colegio ha habido
una discusión. Se formó un grupo; te entusiasmaste y echaste a dis-

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cursear; las palabras fluían incontenibles y sonaban poderosas y mag-
níficas; estabas como arrebatado. Un par de días más tarde pensaste
en silencio sobre aquello. De pronto se te abrieron los ojos. Caíste en
la cuenta de cuán vacías eran esas palabras. ¡Palabrería teatral! Sentis-
te cuán injustas fueron con los demás, cómo revelaron cosas demasia-
do preciosas para esa ocasión. ¡Oh, en esos momentos puede presen-
tarse todo esto tan claro, tan dolorosamente claro que se nos arde el
alma de vergüenza e ira!
La otra fuerza que nos lleva a la mentira es la proximidad de los
hombres. Junto a ellos es donde se despierta la vanidad, la envidia, el
interés, el egoísmo, todo lo malo que arrastra a la mentira. En la sole-
dad, en cambio, todo esto se desprende y nos quedamos desnudos ante
Dios y nuestra conciencia. Entonces nos sentimos libres y vemos cla-
ro.
Estamos, por ejemplo, en un grupo y se cuenta una cosa cual-
quiera. ¡Qué fuerte la tentación de deformar la verdad para hacer un
chiste con el único fin de provocar la risa de los demás! ¡O de fanfa-
rronear para que los demás nos admiren! Al encontrarse uno después
solo, desaparece por completo el hechizo. Se lleva uno las manos a la
cabeza: “¿Cómo pudiste hablar así? ¡Por una risa, por una mirada de
admiración...!”
Aprendamos, pues, el arte de callar. Ya en la conversación no
digamos nada de que no nos sintamos seguros. A veces incluso con-
viene callar, por más seguridad que se tenga; y en vez de hablar, escu-
char y pensar.
Vayamos algunas veces a la soledad, lejos de los hombres. Solos
en un viaje; solos en nuestro cuarto; solos en una iglesia y permanez-
camos allí en un verdadero silencio. Existe también un parloteo inte-
rior. Aún éste debe callar: solo ante Dios y mi conciencia. Y ahora re-
flexionemos sobre algo importante. Pero dejemos que la cosa hable.
Esto significa: contemplarla, abrirle nuestro corazón, tratar de enten-
derla verdaderamente. Esto torna nuestra palabra, cuando tenemos
que hablar, más plena y verdadera.
O si hemos tenido alguna conversación, pregunté- monos en la
soledad: Señor, ¿cómo fue? ¿He hablado para Ti o para mí? ¿He di-
cho la verdad o no? ¿La he dicho con respeto o amor? Así aprende-

17
mos en la soledad a estar con los hombres como es debido. Y el silen-
cio nos enseñará a hablar bien.
Por la noche preguntémonos otra vez: ¿cómo me he conducido
hoy, esta mañana en la clase, en las conversaciones, en casa? Seamos
severos con nosotros mismos, pero sin angustiarnos. Si tienes tenden-
cia de escrúpulos deja el examen de la noche. Si no la tienes, examí-
nate atentamente: ¿He luchado por el reino de Dios? ¿He contribuido
a que crezca su reino o he abandonado mi puesto de lucha? ¿He dicho
la verdad con amor o la he dicho sin consideración alguna? ¿La he di-
cho con respecto o la he desperdiciado a destiempo? ¿He trabajado
por la verdad o he contribuido al escándalo, la disensión, la violación?
Da cuenta de todo a Dios y pídele fuerza para hacer mejor las cosas al
día siguiente. Y antes de dormir hunde profundamente en el alma un
pensamiento creador: mañana seré todo el día veraz... mañana tendré
limpia la mirada... la palabra franca y serena... seré prudente, conside-
rado, pero firme... Esta será mi conducta de mañana.
Para reflexionar: ¿qué harías si vieses a un amigo en necesidad y
se te ocurriese que podías solucionar sus cosas con una mentira? —La
mentira junto a la cama del enfermo. —Las mentiras de cortesía. —
Los modos de hablar del ambiente que nos rodea. —Cuando uno sien-
te antipatía hacia alguien. —Prudencia y astucia. — Consideración y
respeto humano. —Consideración y falta de confianza en sí mismo.
—En la conversación: lucha recia y alegre y caballerosidad con el ad-
versario. —¿Cuándo hay que decir a uno lo que se piensa de él? —El
callar paciente. —Callar por amor. —Callar por humildad. —Hablar
implica actuar.

18
CARTA TERCERA

Sobre el dar y el recibir; el hogar y la hospitalidad

Hoy quisiera hablar de la comunidad, y precisamente de algo


que pertenece a su esencia más íntima: el dar y el recibir. Cierto que
aún no es lo más profundo en la comunidad. Pero quien ha experi-
mentado un poquito “cuán feliz es dar” —y lo mismo el auténtico re-
cibir— siente cómo se le enciende el corazón cuando se habla de ello.
Quisiera decir grandes y bellas cosas, pero al intentarlo advierte de
pronto que todo lo que puede decir es pura trivialidad, cosas muy evi-
dentes. Pero lo evidente es precisamente lo más grande y lo más difí-
cil en la vida.
¡Hay tanto que podemos dar! Cosas, libros, cuadros; una ayuda,
un buen consejo, una palabra amable, una alegría, un favor... Si uno
no tiene ninguna cosa que dar quizá podrá ayudar con su acción. Si
tampoco esto lo puede hacer, entonces tendrá un consejo atinado o
una palabra de aliento. Y lo mejor que podemos dar viene directamen-
te del corazón y va allí: la oración. Es el maravilloso poder oculto al
cual fue hecha la gran promesa: “Todo cuanto pidáis en mi nombre,
creed que se os dará, y lo recibiréis”. Hay un momento especial en
que somos como los dueños y señores de los tesoros de Dios: la sa-
grada Comunión. No sólo para nosotros sino también para los demás.
Es el sacramento de la Comunidad. En él somos uno con Dios y con
todos los otros. Llevamos la gracia de Cristo a nuestros hogares, y
cuando salimos al encuentro de nuestros familiares con amor, esa gra-
cia se vierte en nuestras palabras y acciones sobre ellos. La llevamos a

19
nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo. Actúa en cada pa-
labra que decimos.
Y finalmente: ¿hemos pensado alguna vez que hasta todo lo que
nos oprime —contrariedad, dolor, preocupación, indigencia— pode-
mos transformarlo en don para los demás? Si soportamos todo eso va-
lerosamente ofreciéndolo al Señor por todos y por todo lo que nos
preocupa, entonces tendrá parte en el poder de la Cruz y ayuda donde
ya no puede ayudar otra cosa.
Cosas profundas son éstas. Medítalas una y otra vez, ya que no
es fácil hablar de ellas. Puede suceder ciertamente que uno se sienta
del todo pobre; que no tenga nada que dar, ni exteriormente ni tampo-
co quizá interiormente. No encuentra palabras para expresarse, se
siente pobre en el alma e inútil. Pero acaso precisamente él esté lla-
mado a la entrega más pura. “Bienaventurados los pobres de espíritu”
ha dicho el Señor. Únicamente aprende el verdadero dar quien ha ex-
perimentado la propia pobreza. Entonces es “de él el reino de los cie-
los”; se vuelve humilde, desinteresado y aprende a dar “desde el reino
de los cielos”, de Dios. Si éste es tu caso, ten paciencia, espera. Dios
llevará a ti a la persona que te necesita.
Y cuando uno da, hay que dar lo bueno, no lo de poco valor. Son
cosas éstas que caen por su propio peso; y si ya sabes dar pensarás
que no es necesario decirlas. Pero acaso no se te hayan ocurrido toda-
vía, y tienen tanta importancia…
Si queremos dar algo, que sea la mejor manzana, el libro más be-
llo, las mejores horas, el primer lugar en la oración. ¡Queremos dar
algo precioso, no desechos! Para ello hay que ensanchar el corazón.
Creo que fue San Bernardo quien dijo esta admirable sentencia: “la
medida de un alma es la grandeza de su amor”. Será tan grande como
lo sea su amor. Y esta medida la experimentamos siempre que tene-
mos algo precioso en nuestras manos y, como sopesándolo, nos pre-
guntamos: “¿lo doy?”. El valor de una cosa se aprecia especialmente
cuando nos tenemos que desprender de ella. Es entonces cuando el
alma grande tiene mucho amor y dice: “es bello lo que tengo, preci-
samente por eso quiero darlo”.
Son tantos los que aguardan nuestros dones, frecuentemente sin
saberlo: padres, hermanos, todos aquéllos con quienes la vida nos re-

20
laciona, y hoy particularmente los muchos que han empobrecido y ni
siquiera poseen lo imprescindible para vivir.
Y no solamente los allegados esperan nuestra generosidad, no
sólo aquéllos que nos son simpáticos, sino también los que nos gustan
menos, también los que son extraños o quizá incluso nos repugnan.
¡Miserable generosidad la que sólo se despierta cuando alguien la
quiere! “Eso también lo hacen los paganos”, ha dicho el Señor.
¡Pero saber dar! Lo más valioso del don es el modo como se da.
Según este criterio un encuentro puede ser un recibir con alegría o un
despedir al otro, un honor o una humillación, una acogida cordial o un
rechazo, una cosa adusta y forzada o algo elevado y alegre.
Así pues, dar con gusto. “El dador alegre es amado por Dios”,
dice la Escritura. Rápido, sin hacerse rogar. Más aún, la mejor manera
es no esperar siquiera el pedido, sino adelantarse y ver, acercarse y
preguntar dónde hay una necesidad. No por obligación, sino con liber-
tad, con una pura generosidad. Ser “generoso”. Medita esta palabra en
tu corazón y observa qué soberana belleza encierra.
Y otra cosa más: si hemos dado una cosa, no debemos volver a
tomarla. Eso no se hace. Cierto que nadie dará una cosa diciendo:
“devuélvemela”. Pero hay muchas maneras de volver a tomar lo que
se ha dado. Si uno, por ejemplo, en un arranque de generosidad ha
dado una cosa, pero luego se arrepiente y se vuelve disgustado con el
otro, entonces ha retirado lo dado. O da a entender cuán valioso ha
sido el obsequio, y echa de menos la cosa, entonces es como si exten-
diera la mano para recogerla de nuevo. Más aún, el solo arrepenti-
miento de haber dado algo, ¿en el fondo acaso no significa haberlo
quitado?
Consecuencia: cuando demos, que sea totalmente y para siem-
pre. Muchas veces experimentamos sólo más tarde cuán valioso era el
obsequio. En este caso debemos mantenernos firmes con respecto a lo
hecho. Más aún, debemos completar el don en la pureza del corazón.
¿Y cuál es el alma de la generosidad? El amor. Ese amor que
procede de Dios. Somos hijos de Dios, hermanos y hermanas de Cris-
to. El Padre de los cielos nos regala con abundancia. De El “proceden
toda dádiva y todo don perfecto, del Padre de las luces”. Lee la pará-
bola de nuestro Divino Maestro sobre los lirios del campo y los pája-
21
ros del cielo, y lo que dice el Sermón de la Montaña. El Padre da a
todos de su divina liberalidad. Nosotros recibimos de El y lo recibido
lo pasamos a otros. Así se verá si hemos comprendido su voluntad.
Nosotros pedimos: “el pan de cada día dánosle hoy”. Pedimos para
“nosotros”, no para “mí”. Y El lo da para “nosotros”. Cada uno, pues,
recibe no para acaparar ansioso, sino para repartir entre los hermanos.
Esta es la santa hermandad de los hijos de Dios.
Quien tiene estos sentimientos dice: “en todo lo mío, tú debes
tener parte”, no por derecho sino por amor. Quien piensa así, instinti-
vamente siente con el hermano, sin necesidad de grandes considera-
ciones. No aguanta hallarse él satisfecho estando los demás hambrien-
tos, le oprimen sus riquezas estando los demás en la miseria. Esto es
hermandad, que se torna tanto más profunda y acendrada cuanto más
pura es nuestra voluntad y alegre nuestro dar.
Pero para que pueda ser así tenemos que liberarnos. Únicamente
el hombre libre puede dar bien. La Sagrada Escritura habla de “la li-
bertad de los hijos de Dios”. Esto quiere decir que no somos esclavos
de las cosas, sino sus señores. Si uno depende de tal manera de un li-
bro que no puede darlo, no pertenece el libro a él sino él al libro; si no
puede desprenderse de su manzana o de su chocolate, es su esclavo.
Los hijos de Dios deben ser señores de las cosas, han de poder dispo-
ner de ellas con libertad.
“Ser pobres” significa también “poseer como si no poseyése-
mos”. Y una prueba de este grado de pobreza es el dar. Con un cora-
zón alegre solamente puede dar el que es libre, señor de las cosas. Y
viceversa, no hay mejor manera de liberarse de las cosas que dar con
un corazón generoso. Cada don nos ayuda a hacernos libres y cuanto
más libres seamos, más puro será nuestro don. En el fondo sabemos
con toda certeza que lo que se da con amor no se pierde para el que
da. Es algo que sentimos vivamente: dar no es perder, porque el amor
conserva. Si es un ser humano quien tiene la cosa dada por mí en au-
téntica libertad, ¿no la tengo yo también en el sentido más profundo?
¿Qué significa sino vivir en comunidad? Pero tiene que haber sido
dada con verdadero amor. Amor que no es un mero sentimiento, sino
real desinterés. Amor que significa conducirnos en nuestros pensa-
mientos y nuestras acciones con los demás “como con nosotros mis-
mos”.
22
El amor no sólo conserva, también transfigura. Lo dado en amor
se convierte en gloria de Dios. Cuando uno da en amor, algo terrenal
y efímero se convierte en celestial y eterno. Una cosa insignificante es
transformada en esplendor, y una plenitud totalmente nueva nace allí.
¿Recuerdas el dicho del Señor que “debemos acumular tesoros en el
cielo”? Allí, en Dios, el don pertenece al que dio y al que lo recibió. Y
crea entre ambos una hermandad inefable.
Esto es lo que constituye el alma más profunda del dar. Y de ahí
procede también su modo apropiado. Pienso que la mejor manera de
dar es aquélla que es completamente natural. Mientras le parezca a
uno algo especial, no está del todo bien. El dar es tan sólo verdadera-
mente hermoso cuando se ha convertido en algo natural para alguien,
cuando ya no le parece nada especial. Es la inspiración y expiración
de una comunidad viva. No está, por tanto, la cosa en “dar y en recibir
grandes favores”. ¿Qué ha hecho de grande el que ha dado algo? No
ha hecho más que pasar a otro un pequeño destello de la luz que el Sol
de Dios vierte sobre él a raudales cada día, ha tenido una satisfacción.
Por lo mismo no es lícito exigir agradecimiento. El Señor ha dicho
que “dar es una dicha”. ¿Querrás exigir gratitud porque has tenido
ocasión de ser dichoso?
El que piensa y obra así, facilita la tarea de recibir. Tarea fre-
cuentemente más difícil que la de dar. No hablo de la gente burda que
se fija tan sólo en lo que recibe, ya que para éstos el recibir no es difí-
cil. Me refiero a los que tienen honor y delicados sentimientos. Para
éstos el recibir es con frecuencia muy duro. Porque cuando se da, pa-
rece como si se estuviese diciendo: “Yo tengo y tú no tienes; yo soy
más rico que tú, más fuerte, tú necesitas de mí”: esto puede ser muy
amargo. El verdadero arte de dar, en cambio, consiste 15 en que des-
aparezca esta amargura, en hacer que el obsequiado no tenga otro sen-
timiento que este: “¡Qué bien que todo haya ocurrido así! Que esta
persona haya venido y me haya ayudado cuando estaba necesitado.”.
Perfecto sería el don si el que recibe no notara en absoluto que se
le da. Que pudiera recibir como nosotros cada día de manos de Dios
la luz, el calor, los latidos del corazón y todo cuanto vive en nosotros
y en los hombres que nos rodean. “En Dios vivimos, nos movemos y
somos”, y no lo notamos. Así es la delicadeza infinita de Dios, su su-
prema liberalidad. De ella tenemos que aprender. Pero, ¿cómo? Mu-
23
cho no se puede decir. Hay que adquirirlo. Hay que compenetrarse
con el pensamiento de que yo no soy importante aquí. Que el otro me
comprenda, que me lo agradezca, que me tenga por un amigo que lo
ayuda, eso es completamente secundario. Sólo interesa que el otro sea
ayudado y renazca en su alma la alegría.
Es necesario asir el corazón con mano firme y arrancar de raíz
todas las malas hierbas de vanidad, de presuntuosidad, de egoísmo
que pululan adentro; no desear otra cosa que permanecer lealmente a
disposición de los demás. El tiempo se encarga del resto. Tenemos
que abrir los ojos y observar dónde falta algo. Estar alerta y adelan-
tarnos a un pedido. Dar con gusto y arrancar del corazón hasta el úl-
timo resto de fastidio, resistencia o mezquindad, que pudieran poner
una nota de amargura en el don. Mostrar al obsequiado que nos brinda
una ocasión de alegría al dejarnos que le ayudemos. Dar con delica-
deza. Incluso pedir si podemos ayudar.
También podrá ser útil preguntarnos: si fuese yo el que recibe,
¿cómo me sentiría que me dijesen lo que yo acabo de decir? ¿Cómo,
si me tratase así? ¿Qué trato desearía yo en un caso semejante?
Entonces se hace más fácil el recibir. A veces es difícil, sobre
todo cuando se advierte que el otro no da con gusto o que necesita la
cosa para sí mismo. Y si alguien es muy sensible u orgulloso, le puede
resultar muy duro recibir. Pero hay que aprenderlo. Tener comunidad
significa saber recibir también. Somos altivos, no queremos dejarnos
ayudar; sensibles, nos sentimos humillados por un don; orgullosos, no
podemos pedir. Queremos ser independientes y no comprometernos.
Mientras las cosas marchen así, no hay comunidad. Recibir y dar
son un puente entre los hombres. Pero este puente descansa sobre dos
pilares de los cuales uno se llama “recibir”. Si no hay nadie que sepa
recibir debidamente se hunde el puente.
En consecuencia, debemos aprender a pedir con toda sencillez
cuando necesitamos alguna cosa. Recibir con un corazón abierto, ale-
grarnos y agradecer sinceramente. El recto recibir es también una ac-
ción, incluso una acción elevada. Hace que pueda verificarse el ver-
dadero dar. Tiene tanta parte en la obra comunitaria de los hijos de
Dios como el dar. El verdadero recibir también es amor y contribuye a
levantar el puente santo. El que comprende esto ya no se avergüenza;

24
vuelve a casa con este sentimiento: “me alegra el que haya hombres
que sepan dar de esta manera”.
Una particular y preciosa manera de aquella comunidad que se
establece sobre la base del don es la hospitalidad. ¿Qué significa reci-
bir a uno como huésped? Significa que alguien está “fuera” y se le re-
cibe “dentro”, en la propia “casa”. Este “fuera” y este “dentro” pue-
den tomarse al pie de la letra; así ocurre cuando uno no tiene casa, es-
tá de camino o de visita y se le recibe como huésped. Entra en nuestra
casa, en nuestro cuarto de estar y está con nosotros adentro. Entonces
verdadera hospitalidad significa hacer que el huésped se sienta como
en su propia casa. Ha de recibir todo lo que necesita: comida, bebida y
demás cuidados, y todo bien preparado, limpio y abundante, en la
medida que se pueda.
Pero esto no es todo. Se puede abrir a alguien la puerta y hacerlo
entrar y, sin embargo, él tiene la sensación de haberse quedado afuera.
Su cuerpo pudo entrar, pero su alma no. Debe ser recibido también
espiritualmente. Y esto se logra cuando se le brinda un recibimiento
cálido.
Con el huésped entra Dios. Así lo ha dicho el Señor: “era foras-
tero y me acogisteis”. Hemos olvidado esta verdad. Antes se sabía
más de ella. Cuando aún no había ferrocarril ni autos, cuando cada
uno dependía más del otro entonces sentían vitalmente los hombres
que el huésped era algo sagrado, y sagrado el derecho de hospitalidad.
Ahora sólo se sabe de “visitas”, en que la gente se entretiene y se abu-
rre. De lo que encierra en el fondo la hospitalidad se sabe ya muy po-
co. Los hombres se sienten extraños unos a otros, cada uno tiene que
ver cómo se las arregla él solo.
Pero la juventud sabe que forma una comunidad. El caminar —
la excursión— ha liberado al hombre del hotel, de las comodidades de
los modernos establecimientos. Los mismos propósitos unen. Y, sobre
todo, las necesidades de nuestros días convocan. De nuevo el hombre
tiende su mano al hombre. Tenemos que resucitar la antigua hospita-
lidad, el sagrado derecho a ella y el sagrado deber de ofrecerla; enton-
ces veremos cuan bella y profunda es. “Recibe al huésped como al
mismo Cristo”, ha dicho San Benito. De nuevo deben abrirse los co-
razones a este mandato.

25
Al huésped no lo debemos recibir con sentimentalismo, sino con
voluntad y disposición sinceras, sencilla y amablemente. Le damos
cuanto tenemos: comida y habitación, una palabra amiga y todo lo
que necesite. Y cuanto más natural y sencillamente, tanto mejor. El
debe sentirse como en su casa. No debemos importunarlo, pero tam-
poco abandonarlo cuando necesita de nosotros y de nuestra ayuda. A
una visita no se la lleva de acá para allá a ver todo lo digno de verse;
tiene que sentirse libre. Por otro lado, tampoco la vamos a dejar sola
cuando notamos que gusta de compañía. Pero aquí cada cual puede
seguir sus propias reflexiones.16
Todo esto se le ocurre a uno en primer lugar cuando se habla de
la hospitalidad.
Existe todavía otra manera de acoger “dentro” al que está “fue-
ra”. Un saludo amistoso es ya una acogida de ese estilo, por más que
sea breve; es un fugaz entrar y salir, pero que reconforta. También lo
es un diálogo. La puerta por donde entra el huésped es saber escuchar-
le y comprenderle. Se siente un momento como en casa y marcha re-
novado. Con esta hospitalidad puede suceder también que el que ha
entrado ya no necesite salir, sino que pueda quedarse hallando para
siempre un hogar, en la confianza y la fidelidad.
Todo esto es hermoso y un símbolo de algo sublime.
El valor de la hospitalidad únicamente lo conoce el que viene de
afuera, el forastero. Se siente bien cuando bondadosos y hospitalarios
corazones le crean un hogar.
¿Pero acaso no somos todos peregrinos? Al menos los que nunca
se sienten bastante satisfechos, en quienes vive el anhelo de lejanías
eternas que los impulsa afuera, siempre adelante, a través de oscuros
bosques y profundas gargantas, hasta las cumbres; hacia arriba, hacia
las eternas cumbres donde mora Dios, en el silencio y resplandor infi-
nito. ¿No somos nosotros los peregrinos, los que no tenemos morada
permanente sobre la tierra?
He aquí el más profundo sentido de toda hospitalidad: que un
hombre ofrezca a otro un alto reconfortante en la gran peregrinación
hacia la Mansión Eterna. Brindarle un albergue para el alma, descan-
so, fuerza y la confianza de que somos compañeros de camino y ha-

26
cemos el mismo viaje. Toda hospitalidad es buena si en ella vive algo
de esa hospitalidad del alma.
Pero para ejercer la hospitalidad debemos ir a buscar al que está
afuera y poder brindarle un hogar. Para ello, primero, hay que tenerlo;
luego, podremos decir “¡entra!” ¿Pero qué se requiere para tener un
hogar?
Primero algunas cosas externas: que el vestíbulo y el cuarto es-
tén limpios y cada cosa en su lugar, que haya aire puro en toda la casa
y que entre mucha luz. Debe reinar la tranquilidad, a pesar del trabajo
diligente. Nada de peleas, gritos y golpear puertas. Debe llenarla la
calma, aunque cada uno se dedique a sus tareas. Nada de correr, prisas
y andar de un lado para el otro. Debe haber también algo en la habita-
ción que la haga alegre. ¿Recuerdas lo que dijimos en la carta sobre la
alegría del corazón? Un bello cuadro en la pared; un mantel de colo-
res agradables sobre la mesa; un ramo de flores perfumadas, una plan-
ta florida en la ventana... Los que reciben al huésped que estén bien
vestidos, lo cual no significa precisamente engalanados. Tranquila-
mente puede uno llevar en la ropa un buen remiendo, o varios. Y si
alguien acaba de fregar, se le nota, por supuesto. Y está bien que el
huésped vea eso. Se alegrará, porque se dará cuenta de que en esta ca-
sa no se hacen ceremonias, y que él forma realmente parte de la fami-
lia. Esto es natural y por eso es bello. Ahora bien, que no se note en
nuestra ropa ninguna negligencia. Toda la persona debe estar aseada y
no llevar más polvo que el que proviene del trabajo. Pero terminado el
trabajo, sentado con los demás a la mesa o en el recibidor, ya no rima
con el conjunto un vestido empolvado.
Cierto que más importante que todo esto es el aspecto amable.
Una voz bondadosa, de la que Shakespeare decía que es “algo encan-
tador en las mujeres”; un saludo cordial; una pregunta comunicativa.
Existiendo todo esto, la más mísera alcoba se torna íntima y agrada-
ble.
Este aspecto de la hospitalidad es muy propio del elemento fe-
menino. La mujer es la que crea el hogar, la que da aliento a la vida
retirada, silenciosa y cálida; a ella le compete hacer que el huésped se
sienta tranquilo y a gusto; que, a pesar de todos los quehaceres, reine
en casa la paz; ella es la que tiene que estar en todo, verlo todo y evi-
tar no obstante toda prisa, toda inquietud. Por más trabajo que tenga
27
debe encontrar tiempo para sentarse un rato junto al huésped y hablar
con él o simplemente —y esto es mucho más difícil— para callar.
¿Conoces la profunda frase de Brentano “...y un silencio hay en ti que
se escucha con el alma”? En este callar, el huésped descansa saluda-
blemente su alma.
Pero esto no es una cosa fácil, sino la obra maestra de la hospita-
lidad. La mujer tiene que crear ese ambiente de intimidad hogareña en
que se siente bien el que viene de afuera. Ella debe adivinar si el
huésped está cansado, “en dónde le aprieta el zapato”, si le resultaría
más agradable estar sólo o acompañado, si le gusta ser interrogado o
escuchado en silencio, si prefiere tener él la llave de casa e ir sólo o
acompañado. Tiene que pensar en todo, también en que el huésped no
debe tener nunca la impresión de molestar o que su presencia trastor-
na el orden de la casa, porque entonces dejaría de sentirse cómodo.
Esto es algo grande, ¿no es verdad? ¿Y cómo se aprende? Sien-
do hospitalario y desprendido de veras. La bondad sincera: he ahí el
alma de la hospitalidad. Verdaderamente hospitalario sólo puede ser
quien está libre para el huésped. ¿Y libre de qué? De sí mismo. Cuan-
do uno se alegra de tener un huésped porque le gusta oír noticias, en-
tonces seguro que va a fastidiar. Cuando es uno mismo el que gusta
de estar entretenido, no nota si el huésped está cansado. Si uno quiere
“mostrar” sus cosas: cuadros, libros, enseres, habitaciones, vajilla,
provisiones, el huésped se siente sofocado y respira cuando puede es-
caparse de esa ostentación. Si uno quiere deleitarse con su propio al-
truismo y se acerca a cada momento para traer algo o para hacer pre-
guntas, el huésped se siente tratado como un niño y asfixiado.
Es, pues, necesario estar desprendido de sí mismo; no buscar el
entretenimiento, la ostentación, el darse importancia; no ser curiosos
ni cargosos. Hay que estar libres para el huésped: no querer sincera-
mente nada más que lo que le viene a él bien y del modo como a él le
agrada. Si abrimos los ojos y oídos del corazón y estamos atentos, en-
tonces entenderemos pronto lo que hay que hacer o dejar de hacer. Si
dejamos de pensar siempre en nosotros, se hace en nuestra alma un
lugar para el huésped: podemos atenderlo, escucharlo, pensar en él,
comprenderlo, etc. Y si uno mismo tiene alguna pena o dolores corpo-
rales, entonces, ¡ánimo y poner cara alegre! Esto no es hipocresía. Un

28
dolor valerosamente silenciado está detrás de la amabilidad y la hace
más profunda todavía.
Comprenderás que quedarían aún muchas cosas por decir. Pero
sigue reflexionando tú mismo.
Todo esto tiene todavía un segundo aspecto: ¿cómo tiene que
comportarse el huésped para que se dé una verdadera hospitalidad?
Así como no se logra un perfecto dar sin un buen recibir, así tampoco
una auténtica hospitalidad sin una correcta actitud por parte del hués-
ped. Ser un buen huésped significa mostrarse contento con lo que a
uno le dan: supone saber alegrarse, tener ojos para ver y sentimientos
para apreciar lo que hace el que nos acoge. Supone también tacto, un
tacto que sabe lo que conviene y lo que no; que siente cuándo se es
molesto, cuándo el que nos hospeda tiene que hacer o que ausentarse;
cuándo hay que venir y cuándo marchar; qué hay que decir y qué ca-
llar; saber también cuántas veces se puede ir a ver al otro. Porque en
primer lugar cada uno está en su casa para sí mismo, y a más de uno
le ha sido trastornada su vida propia por otras personas que han veni-
do, exigido, aceptado sin reparar en que la hospitalidad también tiene
sus límites, porque de lo contrario se transforma en una carga y en al-
go destructivo.
Ahora pon en claro los puntos principales que habría que tener
presente: respecto del dar y recibir; de la hospitalidad exterior e inte-
rior; de lo dicho contra la mezquindad, la avaricia, el mal humor, la
susceptibilidad, el orgullo; del saludo y de la atención, o lo que sea.
Piensa también sobre lo que dijimos acerca del exterior y del hogar.
Dispongamos nuestro cuarto de tal manera que resulte un verdadero
hogar: limpio, alegre, ordenado, por más humilde que sea. Manten-
gámonos de tal manera que podamos recibir en cualquier momento a
un huésped: limpios y amables.
No te olvides por la noche de examinar si te has mantenido fiel a
ti mismo; y por la mañana renueva tu decisión.
Y antes de dormir repite estos pensamientos: “Una de nuestras
más preciosas virtudes es el dar... el recibir.... la hospitalidad... Es una
cosa bella... Mañana la practicaré... y con alegría... con un corazón
radiante...”

29
PARA REFLEXIONAR: Qué hacer si tenemos que denegar un
pedido.– Si uno no quiere que se le ayude.– Cuando se pide en vano.–
Liberalidad y prodigalidad.– ¿Cuándo no se debe dar?.– Espíritu aho-
rrativo– Avaricia.–
Previsión.– Confianza y abandono.– Las perniciosas consecuen-
cias de un dar inconsiderado.–
Abandonarse a los demás.– “Agradecer” y “pagar”. Hacer cum-
plidos.– Impertinencia.– Tacto.– Cómo se re tribuye la hospitalidad.–
¡Demasiadas veces! ¡Demasiado tiempo!– El arte de marcharse a de-
bido tiempo. Portarse y marcharse de tal manera que el que hospeda,
se complazca en que volvamos...

30
CARTA CUARTA

Sobre la seriedad en la acción

Cuando el joyero quiere probar una joya, la roza contra una pie-
dra y en el roce conoce su valor. ¿Cuál es la piedra de toque para co-
nocer el valor de un alto ideal?
Alguien se encuentra junto al fuego. Las llamas se alzan chispo-
rroteantes; el grupo rodea al fuego tomados de la mano y sintiendo
cómo el alma se eleva con las llamas. Decir entonces “quiero su-
perarme”, es algo magnífico; puede convertirse en el principio de una
nueva vida. Y digo “puede” porque en sí y por sí este entusiasmo no
constituye aún una garantía de que se van a tomar las cosas en serio.
Esto se decide cuando el joven regrese a su casa y vuelva a vivir con
sus padres y hermanos; cuando se encuentre otra vez en la escuela con
sus amigos y compañeros; cuando, en suma, se reduzca a lo cotidiano
de la vida. Puede suceder que continúe siendo el mismo que antes: re-
zongón, descontento, intratable, desganado en el trabajo... En tal caso
era un entusiasmo vacío. Pero si se domina y se esfuerza por condu-
cirse amablemente con sus padres y hermanos y los demás que viven
en la casa; si supera su mal humor, si en la clase es buen compañero
con los demás, entonces ya se ha puesto a prueba su entusiasmo.
O pensemos que se lee en una reunión algún bello pasaje de un
libro; por ejemplo, sobre la nueva humanidad. El corazón se entu-
siasma y se decide: “¡quiero!” No se sabe por de pronto si esta deci-
sión es auténtica.
Si uno sigue con los mismos defectos que antes —cizañero, cri-
ticón, iracundo, flojo, negligente— entonces todo era humo de paja.
31
En cambio, si es el comienzo de una recia lucha con el corazón contra
todo lo malo; si uno combate la mentira y la pereza como sus peores
enemigos todos los días, entonces el fervor era auténtico.
La autenticidad de un alto ideal y del entusiasmo no se nota en
las horas solemnes sino en la vida cotidiana. El compromiso que uno
asume no se lo descubre en las grandes decisiones, sino en las peque-
ñas tareas de cada día. Comprometerse, abordar la realidad con eleva-
dos pensamientos significa impregnar de este espíritu la vida diaria,
las mil pequeñas ocasiones del día.
Tenemos elevados objetivos. Quisiéramos hacer mejor a todo el
mundo: los hombres tienen que ser más puros, más nobles y alegres;
deben poseer mejores alegrías que hasta ahora, su vida social debe
tornarse más bella, su trabajo más humano. Hay mil cosas que quisié-
ramos cambiar, a veces de raíz. Hablamos frecuentemente de ello,
creando en nuestra fantasía un espléndido cuadro de la humanidad re-
novada. En él se ha vencido al mal por virtud de Dios y de la propia
voluntad y el hombre se ha convertido en auténtico hijo de Dios. Con
una gran convicción se ha afirmado que esto tiene que ser así... y
mientras tanto había en casa sobre la mesa una tarea que debería ha-
berse hecho en este preciso momento.
Mientras la boca decía palabras altisonantes, adentro la concien-
cia advertía: “¡mentiroso!” ¡primero cumple con tu obligación inme-
diata! ¡quieres renovar el mundo y no haces los ejercicios de matemá-
ticas! Probablemente mañana por la mañana los copiarás rápidamente
de otro... ¿es esto seriedad?
O criticas la mala situación, pero resulta que tú no hiciste lo que
se te encomendó. Tu cuarto se halla todavía desordenado y la compo-
sición debía haber sido concluida ayer. ¿Podrá mejorarse el mundo, si
tú precisamente no haces la parte que te corresponde, tu obligación
actual? ¿Qué significa aquí “tomar las cosas en serio”?
Se ha hablado mil veces de que debía hacerse todo más natural y
sencillo, de que el mundo está perdido por la ambición, el placer y las
diversiones, de que deberíamos volvernos más modestos y austeros
para enseñar al mundo el camino. Quizá hayamos mencionado incluso
la gran palabra de la pobreza y hablado de San Francisco sosteniendo
que su espíritu de pobreza, de regia libertad, debería despertar. Pero

32
¿no hemos hablado de esto cuando estábamos en la abundancia, y las
altisonantes palabras y heroicos sentimientos brotaban espontáneos
del alma? Por el contrario, cuando había estrecheces en casa ¿nos he-
mos conformado con lo poco que había, con alegría, y nos hemos es-
forzado por aligerar las preocupaciones de nuestra madre con un ale-
gre semblante? Comprenderás perfectamente que aquí está la diferen-
cia. Lo primero era pura palabrería; lo segundo, seriedad.
¿Hemos renunciado gustosos a un placer, a una reunión agrada-
ble después de meditar en la pobreza de Cristo? ¿Era por algún moti-
vo necesario, o quizá solamente por hacernos “pobres”, es decir, li-
bres? ¿O hemos hablado de la pobreza porque disfrutábamos con ello
como con una golosina espiritual, como una cosa selecta, en la que
uno se deleita —como en una poesía, por ejemplo— pero sin ninguna
consecuencia práctica para la vida?
Responsabilidad: ¡también algo grandioso! No hay palabra como
ésta que tenga tanto peso sobre el alma de un hombre sincero. Pero
hay hombres que continuamente están hablando de responsabilidad.
Tienen responsabilidad para la juventud, responsabilidad para el pue-
blo, para la humanidad, para el mundo, para qué sé yo cuantas cosas...
Pero miremos un poco más de cerca. En un grupo no hay unión.
Pero todos están empeñados en arreglar el asunto. Un buen día a al-
guien se le escapa una expresión inoportuna. El que la oye —aun sa-
biendo cómo está el asunto— corre a los demás: “¡Imagínense, Fran-
cisco ha dicho esto!”. Gran escándalo y la ruptura es definitiva... En
otra parte hay que elegir jefe. Existe un candidato firme. Pero a éste se
le escapó en alguna ocasión —quién sabe cuándo— lo siguiente: “¡si
yo fuera jefe, sujetaría las riendas!”. Lo cual fue dicho sin pensarlo
mucho. Pero precisamente ahora se le ocurre a uno y dice: “¡No se
puede elegir a ése, porque es ambicioso y dominador!”. Ya está la
desconfianza y un hombre capaz no llega al puesto que le correspon-
día... Se trata de llevar la contabilidad o tienen que hacerse compras
importantes. “¿Quién se hace cargo?” “¡Yo!”. Una semana más tarde:
“Tú, trae pronto la cuenta, así vemos cómo andamos de dinero”. —
“De acuerdo”. Otras dos semanas más tarde: — “¿Has hecho las
cuentas?”. — “No, todavía no”. Pasan otros catorce días. Nueva re-
clamación. — “¡Enseguida lo hago! ¡Pero no me apures así!”. Han
pasado ya meses. — “Oye, ¿cuándo va a llegar por fin tu rendición de
33
cuentas? ¡Esto ya es el colmo!”. — “Sí... aquí se han gastado 60 mar-
cos... yo no sé dónde se han quedado”. — “¿Pero no has apuntado
inmediatamente todos los gastos?”. — “No... yo pensaba que los re-
cordaría”. ¿Era esto responsabilidad? ¡Pero de esto quizás ha hablado
ya mucho toda la gente!
En una reunión alguien ha dicho abierta y objetivamente su opi-
nión sobre ciertos inconvenientes. Quizá estuviera un tanto fuerte, pe-
ro lo dijo con la mejor intención y fue interpretado muy comprensi-
vamente... Unos días más tarde se encuentran dos individuos: “¿Has
oído? El otro día habló Carlos muy fuertemente. Armó un gran escán-
dalo”. — “¿Estuviste allí”. — “No, me lo ha contado Federico”. Una
semana más tarde en el pueblo vecino: — “¿Quién? ¡No! —¡Hace
unos días puso a su propio grupo de vuelta y media; era una vergüen-
za!”. Un par de leguas más allá: — “A Carlos le han echado del gru-
po”. — “¿Por qué?”. — “Pues porque constantemente estaba armando
líos.
Nadie podía trabajar con él”. Casualmente el que oye esto cono-
ce a Carlos y se encuentra con él unos días más tarde: — “Pero ¿có-
mo? Te encuentro muy alegre...”. “Y, ¿por qué no?”. — “Yo creía
que tu gente te había echado”. — “¿A mí? El domingo pasado fui ele-
gido jefe!”...
Esto suena cómico, ¿no? Pero es algo muy serio. Mira hasta
dónde llegan tales habladurías irresponsables. Cuánta unión arruinan,
cuántas buenas amistades, cuánto trabajo honrado... ¡Con qué facili-
dad y ligereza se da crédito a rumores y se propalan! Y se hacen cada
vez más grandes y fantásticos. ¡No importa! Igualmente se creen.
Hay muchas pruebas para ver cuánta responsabilidad tienen los
que tanto hablan de ella. Pero la más segura es con los rumores: si hay
pocos y se acaba siempre muy pronto con ellos, entonces hay respon-
sabilidad. En cambio, si un rumor surge con facilidad, si se lo cree y
propala con ligereza, entonces la responsabilidad es falsa.
Uno lee mucho, ocupándose de toda suerte de cuestiones. A él
quizá no le afectan porque está formado y tiene capacidad para ello.
Pero resulta que esas cuestiones las propone después a cualquiera in-
distintamente: sobre la religión, sobre las relaciones familiares, con
las chicas, con el colegio... Los otros, en cambio, no pueden digerir

34
los problemas: tienen otro carácter, se atormentan, se inquietan y se
desconciertan. El, sin embargo, no se hace ningún problema por lo
que ha hecho... Se habla de un libro. El lo ha leído. Si fuese sincero
tendría que decirse a sí mismo que no le ha ayudado y que, por el con-
trario, le causó horas de inquietud. Lo que ha leído vuelve siempre de
nuevo a su mente, se pone como un muro entre él y Dios. Le quita el
gusto al trabajo, lo hace irritable y malhumorado. A pesar de todo di-
ce: “Sí, lo conozco. ¡Muy interesante!”. Naturalmente lo leen los de-
más y seguramente que a más de uno le ha de costar la paz interior...
No obstante, ese fulano ha tenido grandilocuentes discursos sobre la
responsabilidad...
San Pablo dice que quién no sabe gobernar su casa no vale para
ningún oficio. ¿No se puede decir aquí lo mismo? ¿Qué pensar de un
hombre que reclama responsabilidad para la juventud, la cultura, la
humanidad, pronto también para los habitantes de Marte y de Sirio,
pero que desatiende obligaciones asumidas y no se preocupa lo más
mínimo de las consecuencias de sus palabras, confundiendo a su gente
sin necesidad alguna?
El que pretende tomar en serio la responsabilidad no debe empe-
zar por el pueblo o la cultura, pues semejante responsabilidad queda
en pura palabrería. Tiene que comenzar allí donde la responsabilidad
le afecta de manera inmediata: debe tener en cuenta el efecto que sus
palabras pueden producir en quienes las oyen, ha de cumplir a con-
ciencia todas las obligaciones...
Comunidad: ¡Vigorosa palabra! ¿Has pensado ya para tus aden-
tros cómo se consigue realmente la comunidad? Hay una comunidad
de días festivos, de horas excepcionales en que nos sentimos honda-
mente unidos. Pero sobre tales horas no puede erigirse la comunidad,
ya que se desintegraría al llegar la monotonía de la vida cotidiana. 20
Pero es precisamente en la vida cotidiana cuando una comunidad debe
tener consistencia, de lo contrario no tiene valor. Se puede construirla
únicamente sobre el material de todos los días, sobre la firme volun-
tad de respetar al prójimo, de colaborar con él y de ayudarle. Esto
siempre es posible y puede ser exigido de todos, no así las vivencias
de las horas excepcionales. Pero esta comunidad de cada día tiene que
ser ganada siempre de nuevo.

35
Se está en una reunión y se nota que el interés decae. Tomar en
serio la comunidad significaría en este caso seguir adelante con firme
voluntad: seguir leyendo el libro, continuar la conversación, llevar a
cabo el trabajo. Si se ha superado así el bache anímico, al fin quizá se
haya aproximado más la gente que a través de las más bellas viven-
cias.
Tomar la comunidad en serio significa concluir lo emprendido,
aunque no nos cause la menor satisfacción; ayudarse recíprocamente
también en la vida diaria, aun cuando no se tengan ganas, incluso a
los que no nos son allegados, aun cuando resulte difícil...
En una reunión algunos hablan magníficamente sobre la comu-
nidad, tratan del escaso espíritu comunitario que hay en el mundo, en
la escuela, en la familia, en el pueblo. Esto habría que cambiarlo radi-
calmente. Un día se los visita en su centro y por cierto que el grupo es
en verdad un solo corazón y una sola alma. Nos encontramos con un
conocido: – “Oye, ¡aquí hay un magnífico grupo! ¡Qué unidos se
mantienen!”. – “¡Oh... sí!, ¡pero han expulsado a fulano!”. – “¿Pero
por qué?”. – “No podían trabajar con él”. – “¿Molestaba?”. – “No,
nada de eso. Sencillamente, que querían estar entre ellos”. Este caso
no es tan imposible, ¿verdad? Y esto ¿sería comunidad?
En otra parte hay unos cuantos que se mantienen tan estrecha-
mente unidos, que forman un grupo dentro del grupo. En todas las
reuniones, en todos los viajes, hacen rancho aparte y no se interesan
por los demás. O hay algunos en el grupo que son dejados de lado por
los demás, de tal manera que llegan a tener la sensación de hallarse,
en realidad, fuera. ¿Es esto comunidad? ¡Son camarillas, egoísmos!
¿Qué sería una comunidad en serio? Cuando un grupo se organiza, no
según las conveniencias de algunos sino teniendo en cuenta el bien de
todos. Y todos se esfuerzan por respetarse mutuamente, por compren-
derse, ayudarse y trabajar juntos. La agrupación no es un círculo de
amistades sino una comunidad de trabajo, de fidelidad y de disciplina.
“¡Dios mío, —dirá alguien— pero esto es muy difícil!” ¡Ciertamente!
¿O es que cuando decimos grandes discursos sobre la comunidad pen-
samos en algo fácil? En tal caso cualquier club podría constituir una
comunidad, y entonces no veo yo para qué tantos discursos.
“¡Pero de semejante comunidad no se saca nada!”. A esto hay
que replicar que la comunidad no es cuestión de sentimentalismo, sino
36
una tarea de constante auto– superación. No se trata en primer tér-
mino de sacar provecho de ella, sino de contribuir a ella. Quien toma
la comunidad en serio es aquel que no pregunta: “¿Qué provecho ten-
go?”, sino, “¿Qué tengo que dar?”. Y quien practica esta comunidad
saca también, después de todo, más provecho que si se restringiera a
un círculo más estrecho.
Comunidad del pueblo. ¡Otra gran cosa! Que las distintas capas
del pueblo se sientan unidas; que los miembros de las diversas profe-
siones sepan que son parte de un mismo todo; que el universitario se
sienta igual que el obrero, el bachiller igual que el aprendiz... eso es
exactamente algo grande. Pero ¿cómo se lo pone en práctica? Si al-
guien pretende que exista una comunidad del pueblo, entonces el
guarda, el vendedor y la muchacha de servicio son compañeros de él y
tiene que demostrar que encuentra el tono cortés y natural que corres-
ponde a un compatriota. Comunidad del pueblo significa estar con-
vencido de que el trabajo manual posee, igual que el intelectual, su
alto y propio valor.
Pero, ¿en dónde encontramos cada día esta comunidad? ¡En lo
más próximo! En el trabajo de la madre. Comunidad del pueblo signi-
fica, pues, apreciar el trabajo que hace la madre: cocinar, lavar, coser,
hacer la limpieza, remendar... Cuanto se diga de la comunidad del
pueblo no tiene sentido mientras no se pregunte: “¿Qué hace la madre
en casa?”. ¿Cuántas horas trabaja al día? ¿Qué sentirá en medio de sus
quehaceres? ¿Tiene días de fiesta? ¿Tiene vacaciones? ¿Se le agrade-
ce todo esto? ¿Se repara siquiera en ello? ¿O se lo tiene como la cosa
más natural? ¿Cómo se sentirá alguien que trabaja día tras día para
que los demás estén bien y todo es tomado como algo natural, que
tiene que ser así? Comer, dormir en una habitación limpia, ponerse
ropa limpia y arreglada, y si falta algo: “¡Mamá, hazme esto! ¡Mamá,
dame lo otro...!” Pensar en esto, reconocerlo y obrar conforme a ello,
esto es comunidad del pueblo.
Lo mismo cabe decir respecto de la hermana. Y esto vale espe-
cialmente para los jóvenes. También se puede aplicar a la mucama.
¿No has oído hablar nunca de “la desvergüenza de hacerse servir to-
do”? Medita sobre esto, pero de corazón. A los que se tienen en más
que los que trabajan con sus manos se los enjuicia severamente. Lo
mismo a los que viven del trabajo de otros. Se les llama “burgueses”.
37
¿Pero no hemos hecho nosotros algo parecido con nuestra madre, con
nuestra hermana, con la criada? Acaso inadvertidamente, sin querer;
pero en realidad exactamente eso.
¿Qué se podría hacer ahora? ¿Cómo demostrar que queremos en
serio la comunidad del pueblo? Comprendiendo y valorando el trabajo
manual de casa; aprendiendo a pedir “por favor” y a dar siempre las
gracias; tratando de ayudar, evitando causar trabajo innecesario, te-
niendo todo limpio y ordenado... Aquí es donde hay mucho por hacer,
y aquí se decide si la comunidad del pueblo es pura palabrería o algo
serio.
“Tomar en serio” no significa decir palabras altisonantes ni ex-
cederse en exigencias. Obra seriamente quien ve las tareas allí donde
realmente están: en la vida diaria, en el ambiente que nos rodea; quien
em21 prende resueltamente esas tareas y las cumple cada día.
Ahora habría que señalar un objetivo concreto, para saber a qué
atenernos. Pero no es fácil en este caso, pues esta carta es muy distinta
de las anteriores. En éstas se decía siempre como conclusión “por
consiguiente, en adelante hay que proceder de esta manera”. Aquí, en
cambio, se trata más bien de rectificar todo nuestro hablar y juzgar,
que nuestro querer y decir se hagan más sencillos y realistas. Quien
actúa así no da mucha importancia a entusiastas sentimientos, sino
que atiende a las obras; ya no proclama por todas partes grandes re-
formas, sino que se pregunta qué es lo que realmente puede llevarse a
cabo. Lejos de criticar a los demás, examina si se encuentran en él de-
fectos. Desconfía de las palabras grandes como de billetes de los que
no se sabe si son auténticos.
Mira, es algo exterior, pero podríamos tenerlo en cuenta: sé sen-
cillo en el hablar. Hay quienes dicen, cuando algo les agrada: “esto es
maravilloso”. Cuando les desagrada algo entonces es “horrible”. Si
algo no anda bien, lo atribuyen a una “canallada”. Si se trata de una
cuestión social, inmediatamente reclaman “profundas transformacio-
nes sociales”... Otros dicen sencillamente: “esto es hermoso”; “esto
no me gusta”; “esto no está bien”; “esto y esto hay que cambiarlo”. El
modo de hablar de los primeros causa cierta impresión: se los llamará
“resueltos”, “categóricos” o cosa por el estilo. Pero la verdad es que
involuntariamente se confía más en los segundos. Se siente que éstos
son más confiables; ellos intuyen que cada palabra posee su peso y
38
conforme a él la valoran. Saben que las palabras tienen su valor y las
usan con economía. Tanto más preciosas y vigorosas son cuando las
dicen. Y, además: las palabras y los hechos proceden del mismo hom-
bre. Los que hablan mucho malgastan sus energías en tiros al aire, y
no les queda nada para la acción. En cambio, el que habla con par-
quedad sabe reservarse, y, al llegar la hora de actuar está preparado.
Deben, pues, hacérsenos sospechosas las palabras grandes. Todo lo
que suena a exageración: “muy, infinito, terrible, admirable, todo,
siempre”; “hay que cambiarlo todo”; esto o aquello está “absoluta-
mente mal”; este o aquel es un “gran peligro”; una institución “total-
mente desacertada”... ¡moneda sospechosa! Hablemos con sencillez.
“Sea vuestro hablar: sí, sí; no, no” ha dicho el Señor. “Lo que pase de
esto es perjudicial”. Lo mismo se puede decir aquí. Sencillo, sincero,
auténtico. Entonces es la integridad personal lo que respalda todo, la
acción plena, la fidelidad absoluta. Y esto se convertirá en una escuela
para tomar en serio todo lo demás.
Para meditar: Responsabilidad y puntualidad. –—
Responsabilidad y honra del prójimo. —Responsabilidad y discre-
ción. —Veracidad y ejecución de los principios. —Veracidad y cum-
plimiento de la palabra. —Fidelidad y endeudarse. —Comunidad y
dejar que otros trabajen por uno. —Fraternidad y servicialidad. —
Servicialidad con la palabra o con la obra.

39
CARTA QUINTA

Sobre la oración

Muchas necesidades hay en el mundo de hoy. Mucho de lo que en


otros tiempos era grande ha quedado destruido. Cada uno de nosotros ha
perdido algo querido. Todos estamos agobiados de preocupaciones. Y to-
davía tendremos que atravesar muchas dificultades.
Sin embargo, el momento que vivimos no representa la decadencia,
sino un ascenso. Aquí se distinguen los jóvenes auténticos de los en reali-
dad viejos. Para unos todo esto no es más que el derrumbe y el fin. Otros,
sin embargo, dicen: mucho ciertamente se arruina para que se dé lugar a
algo nuevo y para que lo nuevo que quiera surgir se haga valer en la nece-
sidad. Surgen muchas energías nuevas que construyen un mundo nuevo; y
nada podrá impedirlo mientras sepan permanecer fieles. Pero la novedad
suprema de todo esto es que Dios vuelve a ser realidad en las almas.
Te voy a contar cuál ha sido la situación en un tiempo todavía no
muy lejano. Los hombres del siglo pasado y comienzo de éste eran una es-
pecie particular. Podríamos decir que estaban encerrados en sí mismos. Es-
taban sentados en sus casas, fábricas y escritorios sin advertir el mundo
exterior. Hubo naturalmente excepciones, que se fueron ampliando más y
más. Pero la gran mayoría vivía en reclusión. Hacían toda clase de excur-
siones, pero no se sentían bien entre los árboles y los animales, en el cam-
po y en la montaña. Eran hombres de celda. Entre ellos y las cosas multi-
colores y vivas de afuera se alzaba un muro. Escribieron gruesos volúme-
nes sobre si existía en realidad el mundo o si todo era apariencia e ilusión.
¿No es extraño que los hombres se pongan a pensar si es real el alta haya
con su noble tronco y su follaje lleno de luz verde–dorada? ¿O si es real el
río y el mar? Cuesta bastante trabajo comprender su pensamiento. ¡Esos
hombres llegaron al extremo de mirarse al espejo y preguntarse si realmen-
0
te existían! No debemos reírnos de esto: ¡era una dolorosa realidad! Esta-
ban tan enfrascados en sus conceptos y en sus cálculos que dudaron de sí
mismos y del mundo. Pensaban que sólo existía lo que se podía demostrar.
Ahora bien, es evidente que no se pueden demostrar todas esas cosas. ¡Se
las ve! ¡Se las siente en el corazón! Pero ellos no se atrevieron a contem-
plar valientemente el mundo. A pesar de toda esa “cultura” ostentosa, todo
era entonces frío y triste.
Tampoco había, entonces, comunidad verdadera. Los hombres no te-
nían un sentimiento vital que brotara del corazón y les dijera: he ahí un
hombre tan real y viviente como yo mismo. Me alegro de que exista, por-
que somos compañeros. Cada cual se asentaba en su yo como un soldado
en su atalaya y espiaba desde su altura a los demás. Alguno buscaba el en-
cuentro, la comunidad, pero no podía. Había algo que separaba a los hom-
bres. Un poeta de entonces ha dicho que cada cual estaba condenado a la
soledad, que cada uno estaba sentado en la mazmorra de su yo. Si bien lle-
gaban voces de afuera, él no podía salir a su encuentro.
Y si aquellos hombres no se fiaban de las cosas y de los hombres, que
al fin y al cabo se pueden ver y asir, mucho menos de lo invisible. Quien
quería ser tenido por un científico serio, no podía hablar del alma. No exis-
tía el alma. Así, se hablaba de la psyché —que en griego significa exacta-
mente lo mismo— pretendiendo ocultar en una palabra extraña algo inde-
terminado de lo cual nadie sabía propiamente lo que era.
¿Y de Dios? Quien hablaba y creía en él era mirado con ojos atónitos.
¡Y cuán penosa era la fe de tantos creyentes! Muchos se imaginaban a
Dios como algo pálido y lejano; a veces no era más que un hombre, rodea-
do de un vago sentimiento solemne. En mis primeros semestres universita-
rios —era en Tubinga— oí una vez a un médico suizo hablar de Cristo, el
Hijo de Dios, a los estudiantes. ¡Qué ambiente tan raro hubo en el aula!
Todos estuvieron sentados, nadie objetó lo más mínimo, pero todos tenían
la misma sensación: “ahí adelante hay un hombre serio, que piensa cientí-
ficamente, y habla de Dios. ¿Qué es esto...?”
Sí, los hombres estaban encerrados en su propio yo. El mundo les era
problemático. No se le veía bien. Se atormentaban con cálculos y abstrac-
ciones y no vislumbraban cuán firmes y reales eran las cosas en su presen-
cia. El alma era para ellos algo extraño, la propia, y mucho más la ajena.
Y... ¡qué lejanía la de Dios! Así la vida 24 interior era muchas veces muy
pobre. Muchos no llegaban a la fe. Para otros su fe era una carga pesada, y
hoy tenemos que admirar cuán heroicamente lucharon por ella.

1
Pero vino el cambio. Su origen se remontaba ya muy atrás. Se anun-
ció la nueva época, cuando irrumpió el movimiento juvenil en el último
decenio del siglo XIX, cuando la juventud comenzó a salir de la ciudad
hacia la rica realidad de la naturaleza. Se le abrieron los ojos a la juventud;
afuera —pensó— existen magníficas realidades. Sentía que le hablaban los
árboles, las montañas y las llanuras. Se liberó de las celdas, de los concep-
tos y de las palabras. Quería retornar a las cosas. Prefirió la realidad con
sus duras aristas y su exuberante riqueza. El caminar era una búsqueda de
la misma. Entonces se les cayó a los hombres la venda de los ojos. Apren-
dieron de nuevo a ver y a sentir. De pronto se encontraron en medio de un
mundo pletórico de poderosas realidades. Se había disipado por completo
la duda de si todo esto existía. Habían descubierto el alma, la habían senti-
do viviente en el pecho. Y si alguien les hubiera dicho que lo que allá den-
tro tan profundamente respondía al fragor de la tormenta, que lo que se les
ensanchaba en la altura de los montes no era el alma, le hubieran tenido
por loco. Y no sólo descubrieron el alma propia sino también la de los de-
más: en los viajes, en las trincheras, en los lazaretos como prisioneros. Y
de un solo golpe había comunidad, porque comunidad no significa una
aglomeración de gente, sino que las almas conozcan a las almas.
¡Y Dios! ¡Naturalmente que hay un Dios! ¡Es evidente que hay un
Dios! ¡Es absurdo negar la existencia de un creador de todas estas cosas
hermosas! ¡La existencia de un viviente infinito, del cual toda vida no es
más que un reflejo! ¡Es un absurdo pensar que no hay una patria eterna a la
espera de nuestra alma, una comunidad definitiva que colme el ideal de
toda comunidad terrena! Resulta mucho más difícil creer en serio que no
hay Dios que estar persuadido de su existencia. Es cierto que no se le pue-
de ver ni asir, pero nuestro entendimiento le reconoce fácilmente, si se ha-
lla libre de prejuicios. Nuestro ser siente su presencia si nos abrimos, y el
corazón lo sabe.
La juventud comenzó a contemplar el mundo con nuevos ojos y se ha
lanzado a conquistarlo, viajando y explorando. La juventud ha descubierto
la propia alma y también la de los demás; ha descubierto que todas forman
parte de un todo y desde aquí ha comenzado a estructurar la sociedad.
Igualmente experimenta hoy con un corazón nuevo que Dios existe y sale
a su conquista. De nuevo el hombre lucha por Dios, como otra vez Jacob
con el Ángel, y se obstina: “no te dejaré hasta que me bendigas”.
Pero, ¿qué significa luchar por Dios, trabajar por él, llamarlo, buscar-
lo, urgirle? Muchos son los modos y los nombres de esta lucha. Uno es:
oración.
2
Las excursiones a pie, la comunidad, la oración... ¿sientes su íntima
relación? ¡una relación de una profundidad indecible! ¿La razón? Porque
es una e idéntica la realidad que lo impulsa todo: el amor. El amor empuja
hacia el gran mundo exterior, amplía el horizonte en contemplación y ad-
miración. El amor arrastra hacia los otros hombres y quiere que “todo sea
común”. Y el amor íntimo se alza hacia el que es plenitud de toda vida,
grande, rico y bondadoso sobre toda ponderación: hacia Dios. El caminar,
procede del amor; la comunidad, de un amor más alto.
Pero ese amor convoca sus mejores energías cuando se eleva hasta
Dios, cuando se hace oración.
De la oración queremos hablar en esta carta.
Así considerada la ocasión es algo natural como la comunidad o el
caminar. Pero algo en nosotros se opone a ello; por eso conviene proyectar
un poco de luz sobre este punto.
En la oración tenemos que calmarnos y recogernos. Pero estamos
hundidos en la agitación. Vivimos en el estruendoso ajetreo de la ciudad y
de nuestra profesión. Así es posible que no nos sintamos a gusto en el si-
lencio de la oración ya que nos parece como si perdiésemos el tiempo. No
notamos cuánto en realidad sucede, cómo la fuerza de Dios penetra en
nuestra alma. Apenas hemos comenzado ya nos distraemos; se nos ocurre
esto y lo otro, y todo nos parece particularmente urgente.
En la oración hablamos con el Dios callado, invisible. Algunos tienen
un sentimiento vivo de la presencia de Dios; otros no, o lo tienen muy es-
caso, impreciso. Estos están acostumbrados a lo perceptible. Cuando ha-
blan con uno, quieren verle y oírle; todo lo que hacen ha de poderse asir.
Estos fácilmente tienen la sensación de que hablan en el vacío, y la oración
se les torna muy difícil. En la oración hay que bajar a la profundidad. Pero
nosotros la rehuimos; preferimos quedarnos en la superficie, donde esta-
mos en terreno conocido lleno de colores y variaciones. En la hondura to-
do es muy serio, no sabemos lo que allí se encuentra, y el camino de acce-
so es penoso. En consecuencia, huimos de la oración, preferimos andar de
acá para allá, hablamos y hacemos nuestros negocios.
Todavía más: en la oración nos aproximamos a nosotros mismos. Nos
vemos con más nitidez, sentimos más clara la insuficiencia de todo. Pero a
pesar de nuestros anhelos de verdad, algo en nosotros retrocede ante la vo-
luntad de contemplarnos: debilidad, cobardía, culpa. Tampoco el alma po-
see siempre tonicidad. Hay momentos de cansancio, vaciedad y frío; no

3
siempre la religión le dice algo. En esos momentos no sabe qué hacer con
la oración pues todo le parece vacuo o repulsivo.
Por fin —y con esto llegamos a lo más profundo— en la oración pe-
netramos en lo sobrenatural, en los dominios de la gracia. Y esto es más
que ese vago sentimiento religioso procedente de lo natural. Es además al-
go distinto de aquel presentimiento instintivo de la realidad de Dios de que
hablamos y que puede ser más fuerte en unas épocas que en otras, más cla-
ra en unos hombres que en otros. Aquí se trata más bien de algo que tiene
su 25 origen en la Revelación, en la palabra y el ejemplo de Cristo, en la
gracia. Resulta extraño que, clamando nuestro ser entero por estas realida-
des, haya algo en nosotros que se oponga a ellas. A veces sentimos el reino
de la gracia como algo extraño y agobiante. Sentimos la necesidad de huir
a la frescura de un bosque, a la naturaleza plena de vida, de meternos en el
trabajo, en el mundo con su grandeza.
La oración es, y no es, propiamente algo natural. El alma es capaz de
orar por naturaleza como el pecho respira y el corazón late y, sin embargo,
se resiste a ella. En consecuencia, tenemos que aprender a orar. Y esto qui-
zá no sea ya tan natural. Nosotros pensamos que la oración verdadera tiene
que brotar espontáneamente, como el agua que surge de la tierra; creemos
que sólo es bueno lo que surge de sí mismo y que todo lo demás es artifi-
cioso.
Es cierto que quien posee un trato vital con Dios tiene lo que necesi-
ta. Pero muchos quisieran orar y no saben cómo. Pero aún para los prime-
ros es conveniente que aprendan a ejercitar todavía más lo que ya están
haciendo por un interior instinto. ¡Cuánto se esfuerzan los creyentes de re-
ligiones paganas en sus ejercicios de oración! Frente a ellos deberíamos
avergonzarnos de no cultivar nuestra alma. En la oración somos chapuce-
ros, reconozcámoslo. Y detrás de esas palabras —que la oración tiene que
ser natural y espontánea— se oculta muchas veces bastante pereza.
Así pues, hablaremos de la oración de cada día, porque además en
ella se esclarecerá el significado de la oración en general.
La oración matinal es una renovación desde Dios. Cuando el hombre
se despierta del oscuro sueño a la lúcida existencia ocurre un fenómeno
parecido al de su creación por el Señor. El sueño le ha reanimado. Ahora
contempla a Dios con ojos despejados y siente su grandeza. Renueva su
fidelidad para con el Señor y se entrega con corazón animado a la tarea del
día que comienza. “Señor, estoy en tu presencia. De Ti vengo; Tú me has
creado. Te adoro con toda mi alma. Quiero vivir para cumplir la misión

4
que me encomendaste. Penétrame con Tu Gracia. Tú me has creado;
créame de nuevo. Convoca mis fuerzas para Tu servicio. Que sea bueno lo
que yo haga hoy. Concédeme que este día te sea grato, para que al anoche-
cer puedas decir como al anochecer de Tu creación:
es bueno”.
El Espíritu Santo —que nos fue enviado por el Señor— es nuestro
maestro, nuestro guía y nuestro amigo. “Espíritu de Jesús, Espíritu de fue-
go, de luz y de alegría. Tú, que en Pentecostés transformaste a los discípu-
los en cristianos; que hiciste resplandecer en ellos clara y nítida la verdad
de Cristo y encendiste su amor en sus corazones; Tú, con cuyo poder ven-
cieron al mundo..., ven a mí. Esclarece mi conciencia para que, aún en las
complicaciones de la vida diaria, conozca mi deber. Dame un corazón ge-
neroso y fuerte para que pueda hacer con alegría la obra de Dios. A Ti te
ha sido entregado el reino de Cristo. Tú enseñas su Verdad, administras su
Gracia, anuncias–sus preceptos... ¡Ábreme los ojos para que vea al Señor!
Enséñame quién es Jesús y qué quiere de mí”.
Busquemos al Salvador con corazón sincero. Esto será lo decisivo:
que se nos aclare quién es Cristo; que nos demos cuenta de esto: “El ha
venido por mí; yo le pertenezco. El es mi salud. Señor Jesús, Tú viniste un
día y llamaste a los hombres para que te siguieran. Sé muy poco de Ti.
Ponte delante de mi alma. Ilumina mis ojos para que vea quién eres Tú.
Abre mis oídos para que puedan penetrarme tus palabras. Llama a mi co-
razón para que despierte y te siga. Quiero ser tu discípulo, Señor; llámame.
Quiero ir contigo y trabajar en tu servicio”.
El fin del camino de nuestra vida es el Padre. Todo viene de Él, todo
retorna a Él. A Él nos conducirá el Salvador. “Yo soy el Camino”, ha di-
cho Jesús. El Camino hacia el Padre que tiene su trono en la altura infinita,
cuyo poder supera todo sentido y cuyo amor abraza todas las cosas. Hacia
El ha de orientarse nuestra vida, como en una excursión se clava la mirada
en la cumbre que hemos escogido. En El reside la última plenitud, la paz.
— “Padre Eterno, todo procede de Ti y todo retorna a Ti. Padre, atráeme
desde lo más profundo de mi corazón hacia Ti, hacia Tu altura, lejos de
toda vileza. Llámame de todo esto que es caduco y pasajero, a Tu eterni-
dad. En Ti está la luz, la plenitud de la vida, la patria. Padre, todo está en
tus manos. Me abandono a Ti. A Tu providencia encomiendo todos los
míos y a mí mismo y mis obras. Grande, eterno Rey: que se haga Tu vo-
luntad. Que Tu Reino crezca por mi cooperación. Que todo lo que soy y
hago en el día de hoy, y lo que me suceda Te glorifique y sea una contri-
bución para Tu Reino”.
5
Reza el Padrenuestro, sopesando las palabras. Es la “oración del Se-
ñor”.
Honremos a la Santísima Trinidad, el Dios uno. Es el misterio de to-
dos los misterios, el resumen de toda grandeza y magnificencia. – “Santí-
sima Trinidad, Tú te alzas sobre todo pensamiento y concepto. Tú eres la
plenitud de la verdad, el origen del amor, la hermosura infinita. Tú eres la
vida, Tú la comunidad, ¡oh, bienaventurada Trinidad! me postro ante Ti.
Te adoro. Tuyos son el poder, el honor y la gloria. ¡Amén!”.
La Iglesia constantemente está hablando de María, la Madre de nues-
tro Señor. Ella es, en verdad, el más entrañable misterio de nuestra fe. La
Virgen, la intacta, la Reina, la Madre que nos ha dado a luz al Salvador. La
que habiendo soportado tan indecibles tormentos comprende todo dolor.
La Fuerte, la Dulce, cuya alma es un abismo de dolor y de amor. ¿Por qué
nos remite la Iglesia a Ella? ¿Por qué la han amado todos aquéllos que
comprendieron de una manera más plena lo que significa ser cristiano? En
aquél en cuya alma vive, protege lo más profundo, eso último inexpresable
que separa al hombre de lo inferior. Es la guardiana de lo casto y noble del
corazón de aquéllos que se mantienen fieles a ella.
“Te saludo, Virgen y Madre de mi Señor, con amor y alegría. N26 os
pertenecemos por todo el dolor que has sufrido, pues era por nuestro Sal-
vador. Nos perteneces por tu gloria, pues la has conseguido por causa
nuestra. Eres nuestra madre, porque eres la madre de Jesús, nuestro Señor
y Hermano. Ilumina mi espíritu con tu suave luz, estrella de Dios. Ampara
mi alma. Ármame caballero de Dios. Hazme siervo de Dios”.
Una palabra todavía sobre el Ángel de la Guarda. Descendió a tu lado
desde la eternidad cuando renaciste hijo de Dios. Marcha junto a ti por la
vida y un día te acompañará fiel ante el tribunal divino. No te lo imagines
como a un ser débil, cual nos lo muestran muchos cuadros. Es un espíritu
poderoso, puro como el ardor del sol, de una claridad incorruptible su en-
tendimiento e indomable su voluntad. Es tu compañero invisible, tu con-
ciencia viviente. Te comunica lo que Dios exige a tu alma para que llegues
a ser lo que El quiere. “Santo, Santo, Santo, eres Tú, Señor de los Ejérci-
tos”, claman los ángeles al Eterno. Y en nuestra conciencia resuena como
el eco: “debes hacerte santo, hijo de Dios”. – “Ángel mío, te saludo. Tú me
acompañas en mi camino hacia Dios. Tú sabes lo que El quiere de mí. Há-
blame al corazón, adviérteme, llámame”.
Y ahora vuélvete de cara al día: “comienzo en nombre de Dios. Estoy
dispuesto a todo cuanto me exija. En particular quiero... (piensa en tus re-

6
soluciones particulares acerca de tu labor autoformativa). Quiero hacerlo
todo con alegría, puesto que es magnífico trabajar para Dios; con absoluta
confianza, puesto que El está conmigo. Puedo lo que El quiere. Que me
bendiga el Dios omnipotente, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. Si em-
prendes así desde Dios el nuevo día, entonces partes desde la fuente misma
de la fuerza.
Todo el día debe elevarse hasta Dios. Debe pertenecerle el primer
pensamiento, las “primicias del día”. No es difícil. Basta decir por la no-
che: “mañana mi primer pensamiento será para Dios”, para que así sea.
“¡Honor a Ti, Señor!”. Durante el día recógete de tiempo en tiempo, lee
otra vez la primera carta; lo que en ella queda dicho vale también aquí.
“¿Qué quiere Dios en este momento? ¡Con mucho gusto, Señor! ¡Contigo,
para Ti!”. Particularmente ante trabajos importantes, en los momentos di-
fíciles, vuélvete un instante hacia Dios. Esto te esclarecerá la mirada, te
fortalecerá la voluntad y lo que se haga vendrá de Dios.
La bendición de la mesa es también importante. Si estamos en casa,
nos atenemos, naturalmente, a la costumbre. Si nuestros padres no rezan,
hagámoslo nosotros en silencio, de manera que nadie se percate de ello.
No queramos dárnosla de maestros. ¿Por qué rezamos en la mesa? Vivi-
mos de la mano de Dios, y la hora de comer es el momento más propicio
para pensarlo. Si bien nuestra madre prepara los alimentos y nuestro padre
los gana, en última instancia, como todas las cosas, proceden de Dios. Por
eso no los tomemos irreflexivamente como si fueran lo más natural, sino
recibamos la comida de la mano de Dios. Esto es lo que sucede al rezar.
Nos sentamos a la mesa de Dios. Somos sus comensales.
Antes de comer: “bendice, Señor, a nosotros y a estos alimentos que
de tu bondad vamos a tomar, por Cristo nuestro Señor”. Y después: “te
damos gracias.
Señor, por todos los dones que hemos recibido de tu liberalidad, por
Cristo nuestro Señor. Que el Rey de la Gloria nos conduzca al convite de
la vida eterna”.
La mañana es el nuevo comienzo de la vida. Resurgimos del sueño
como cuando de manos de Dios llegamos a la existencia. Es algo magnífi-
co este constante “comenzar de nuevo”. Comenzamos con renovada con-
fianza cuanto se malogró el día anterior. Por la noche cambian las cosas.
Cuando el día se acaba pensamos en el fin, en la muerte. Aun cuando no
hagamos esto de una manera consciente, nuestra alma lo siente así. Se hace
el silencio. El hombre se prepara para entrar en el silencio del sueño como

7
cuando un día cerrará los ojos para siempre. Pero el cristiano no debe te-
mer la muerte. El Salvador la ha vencido. “Muerte, ¿dónde está tu agui-
jón?” —Y repite jubiloso: “La muerte ha sido devorada por la victoria”.
Por Cristo la muerte no es fin, sino principio; es regreso a la patria y pleni-
tud. La muerte es la gran prueba. Lo que no fue auténtico en el hombre no
resiste la prueba. En cambio, lo esencial permanece. Nuestros mayores nos
han hablado con frecuencia del sublime “arte de morir”. En realidad, era
para ellos el arte de vivir. Entenderlo significaba llevar una vida tal que
resistía la prueba de la muerte; volverse tan viviente, identificarse con la
imagen que Dios pretende de nosotros de una manera tan total que ya no
quedaba nada a merced de la muerte. Para ellos morir era ciertamente la
entrada en la plenitud. Por eso pensaban con frecuencia en la muerte. Un
buen morir era para ellos la norma de un buen vivir. La pregunta que se
hacían a sí mismos – “¿resistiría a la muerte lo que ahora estás hacien-
do?”— era en todo momento una recia prueba. El hombre se esforzaba, y
creaba su obra más pura y sinceramente.
La tarde es la hora propicia para el examen de la propia vida. La ora-
ción de la mañana es comenzar en Dios; la de la noche concluir en Dios. El
hombre se pone en su presencia y desata —como un collar de perlas— en
su luz el día pasado. Y lo primero es hacer silencio en el alma. Aleja todos
los pensamientos, todos los cuidados, todos los planes. En silencio y sole-
dad con Dios.
“Señor, ha pasado el día. Estoy en tu presencia”. —Repasa tu jorna-
da, lo que te ha traído de cotidiano, de alegre, de difícil—. “Padre, todo ha
venido de Ti, por eso todo era bueno. Me abandono a Ti en todo. Y te doy
gracias por todo”. —Haz esto con seriedad. En este abandono y agradeci-
miento debe solucionarse todo. Por más penosa que haya sido la jornada,
llena de decepciones y fracasos; por más grandes que sean las preocupa-
ciones por el futuro, que no quede ningún resto de amargura, desconfianza
y rebeldía. Todo tiene que disolverse en la confianza y la gratitud. “Y aho-
ra descúbreme, Señor, lo que este día ha tenido de valioso delante de Ti”.
— Examina tu jornada: ¿Has actuado con sinceridad? ¿Te has esforzado y
has intentado hacerlo todo con seriedad? ¿Has sido negligente, perezoso?
¿Tienes que echarte en cara alguna falta, sobre todo contra tu propósito
particular? Pon en claro lo que ha estado mal. Se trata de algo que va con-
tra Dios, contra la bondad; de algo que ha perturbado la unión con El y el
Reino de Dios en el alma. Confiésate sinceramente. “Señor, reconozco que
en este punto he faltado, que aquello estaba mal. Me declaro culpable. He
obrado en contra de tu divina presencia y en contra de la unión santa exis-
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tente entre los dos. Me arrepiento. Perdóname. Quiero lo que Tú quieres,
sinceramente, pues sólo así está bien”.
Y ahora confíale todo. Es el Padre. Su providencia lo abarca todo; no
cae ni un cabello de la cabeza sin que El sepa el por qué. No dudes de Su
sabiduría. Nos es imposible comprender los caminos de Dios. “Tan lejos
como el cielo de la tierra están mis pensamientos de los vuestros”, ha di-
cho El. Abandónate completamente, sin reservas. “Padre, te confío todo...,
mis trabajos..., mi profesión..., mis ocupaciones..., todos los que me ro-
dean...”. —Dile lo que tienes en el corazón, puesto que “mucho puede la
oración perseverante del que piensa bien”. “Señor, cuánta necesidad hay
en el mundo. Te encomiendo todos los pobres, todos los enfermos, todos
los desorientados, todos los que sufren. Atrae los corazones hacia Ti, que
se les revele tu Verdad. Guía a los que buscan. Conduce a casa a los extra-
viados. Señor, Tú que eres la verdad omnipotente y el amor sin fin, atrae a
Ti todo lo que está lejos de Ti. A todos nosotros, acércanos siempre más a
Ti. Abre los ojos a los hombres para que conozcan la verdad. Enséñales a
querer el bien y a luchar gozosamente por conseguirlo. Haz que reconoz-
can su hermandad. No podemos conseguir la paz por nuestras solas fuer-
zas. Afiánzala Tú, Señor, en primer lugar, en nuestros corazones; así podrá
ella después unir a los pueblos. Reúne a todos los hombres en la unidad de
la fe, para que haya un solo Reino, una única comunidad de todos en Ti.
Te encomiendo a todos los difuntos; recíbelos en tu paz”.
No te olvides de la comunidad en que estás, pues también ella vive de
Dios. “Señor, guía nuestra vida. Líbranos del egoísmo, del orgullo y de las
grandes palabras. Danos una mirada clara para que veamos lo que importa.
Danos una voluntad firme para llevarla a la práctica en la tarea diaria. Que
nuestra comunidad se verifique en la fidelidad y ayuda mutua. Concédenos
la verdadera hermandad. Aparta de ella todos los engaños, que sea pura y
fuertemente disciplinada. Enséñanos a obedecer libremente a los que re-
presentan Tu poder. Enséñanos a gozar de Tu hermoso mundo, pero con
sobriedad y libre de toda avidez y sensualidad. Enséñanos a trabajar con
alegría, pero que tu voluntad nos sea más importante que todos nuestros
trabajos. Bendíganos a todos el Dios Omnipotente, el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo”.
Esto no significa que tengas que ajustarte exactamente a este formu-
lario. Pretende tan sólo hacerte ver lo que puede contener una oración y
presentar un ejemplo de cómo se podría rezar. Puedes tomarlo todo o so-
lamente una parte, lo que más te guste. Si prefieres otras oraciones, natu-
ralmente quédate con ellas.
9
En este punto no se pueden fijar normas. Basta que lo que hagas, lo
hagas con verdadero espíritu y buena intención. Lo que aquí va dicho es
tan sólo el principio. Pero si lo aprendemos, espontáneamente se abrirá el
camino que conduce al fin. Cuanto más grande se nos presente Dios, cuan-
to mejor aprendamos a llevar hasta El todo cuanto nos atañe, a deliberar
con El, a juzgar y concebir las cosas desde El, tanto más penetraremos en
el secreto de la oración. Orar significa vivir con Dios. Aprendemos cada
vez más a hablarle desde nuestra intimidad más honda. Nuestra oración se
tornará cada vez más sencilla, más silenciosa, más íntima, al mismo tiem-
po que se irá enriqueciendo y acentuando la participación de nuestro ser en
ella.
Tratemos ahora brevemente acerca del arte propiamente dicho de la
oración. Muchos piensan que la oración viene por sí misma, y no quieren
saber nada de su ejercicio. Pero se engañan.
En primer lugar, es propio de la verdadera oración la regularidad. En
consecuencia, no debe obedecer exclusivamente al impulso del corazón. El
alma vive de la oración. Pero toda vida exige una regla y un retorno conti-
nuo, exige ritmo. ¿Qué es el ritmo? Significa que algo viene, se va y vuel-
ve en intervalos periódicos. Viene la mañana y el día crece, llega a su cénit
y declina hasta que cae la noche. Luego se alza de nuevo otro día y otro...
y a cada uno sigue también una noche. Este es el ritmo de la luz. Lo mismo
sucede en el cambio de las estaciones: floración, maduración, plenitud de
frutos y descanso. También en nosotros mismos hay ritmo. Piensa en el
latir del corazón, en sus dilataciones y contracciones; en los movimientos
de inspiración y expiración de los pulmones; en el sueño y en la vigilia.
Este es nuestro ritmo. Y todavía hay muchos otros y más maravillosos rit-
mos, tanto en el cuerpo como en el alma. Precisamente en nuestros días se
presta una particular atención a este fenómeno.
Toda vida exige semejante retorno. Necesita el cambio para que las
múltiples fuerzas lleguen a realizarse, de lo contrario se atrofia. Necesita
una regla segura para no perderse en la inseguridad. El ritmo es cambio y
retorno. Sobre estos dos polos crece la vida, se concreta la forma y se des-
pliegan las potencialidades tanto del cuerpo como del alma.
Pues lo mismo cabe decir de la oración. También aquí es necesario el
ritmo. No podemos descuidarlo. Muchos hablan de la libertad creadora del
corazón y de que no es lícito coaccionar nada en el ámbito religioso. Las
más de las veces se esconde en esto pereza e indisciplina. La buena ora-
ción precisa orden. Debe, pues, realizarse regularmente. Por la mañana y
por la noche, en la mesa y durante el día. El alma tiene que poder fiarse de
10
esa regularidad aun cuando no tengamos ganas o estemos cansados. Esto
quizá resulte muchas veces penoso, pero robustece. Nos independiza cada
vez más de las alternativas del humor. Claro que esto tampoco debe con-
vertirse en una coacción. Puede ser que por la mañana el tiempo sea escaso
sin culpa nuestra. En este caso no tengamos reparo en abreviar nuestra
oración, cuidando de ganar en intensidad. Lo mismo cuando nos encon-
tramos muy 28 cansados por la noche. Pero no hay que ser flojos y justifi-
carse por cualquier motivo...
También puede suceder que no se pueda hacer ninguna oración. A
veces se está abúlico o inquieto interiormente. O se tuvo una vivencia
abrumadora, o se experimentó una derrota amarga, o quizá se sienta uno
tan poca cosa que es imposible formular una oración sincera. Entonces
pongámonos en la presencia de Dios y digámosle: “No puedo. Tú lo sa-
bes”. Y si esto tampoco resulta, entonces recordemos que en realidad de-
beríamos orar. Permanezcamos un momento en la presencia de Dios, en
silencio interior y exteriormente. Y luego: “Quiero ir adelante. ¡Mañana
volveré!” Esto es también oración.
Más aún. La Sagrada Escritura advierte: “Cuando ores, dispón tu co-
razón y no seas como el hombre que tienta a Dios”. Esto es importante. Se
puede afirmar directamente: tu oración será como haya sido tu prepara-
ción. Ante todo, no comenzar de cualquier modo. Cuando quieres escribir
no te lanzas de buenas a primeras a ello, sino que primeramente procuras
concentrarte. ¿Y cómo crees que la oración se puede comenzar al instante?
¿En qué estado interior te encuentras? Excitado, tal vez enojado, con mil
pensamientos en la cabeza, mil planes y preocupaciones para el próximo
día. ¿Puedes orar en estas condiciones? Procura una buena disposición;
trata de lograr plenamente la quietud interior. Que se disuelva y calme toda
excitación y tirantez. Nuestra inquietud nos impulsa a nuevas actividades
incesantemente. Dite: 'Ahora esto. Con toda mi atención. Me entregaré
plenamente a este asunto. Dios, el Dios vivo, el grande, el benigno... está
presente. Me oye, me ve. Quiero estar junto a El. Tener en El todos mis
pensamientos...”. Sólo ahora estás en disposición de comenzar. Haz la se-
ñal de la Cruz despacio, con la mano y con el alma; larga, de la frente al
pecho, de hombro a hombro. La señal de la cruz recoge y santifica... Man-
tente en este recogimiento. Reza fervorosamente. La oración no tiene que
ser larga. “Sea breve y pura la oración”, ha dicho San Benito en su regla.
“Breve”, significa orar “en realidad” fervorosamente, con buena voluntad.
Y “pura”, significa orar bien, de corazón. Para esto es preciso meditar el

11
sentido de las palabras, entregar todo tu interior en ellas. Si el pensamiento
divaga, interrumpe y recógete de nuevo...
Cuando termines la oración no salgas corriendo inmediatamente. Si
has hablado con un amigo acerca de un asunto importante, tampoco sigues
inmediatamente con otra cosa; esto indicaría que no has llegado a sentir
profundamente el asunto. Por el contrario, inconscientemente guardas un
momento de silencio, reflexionas un rato hasta que termine de razonar en ti
lo conversado. Pues igual en la oración. Has hablado con Dios, por consi-
guiente, aguarda un momento y deja que se vayan apagando lentamente los
ecos de tu conversación. Después, ¡arriba! y ¡manos a la obra!...
Quizás alguien piense que estos ejercicios llevan demasiado tiempo.
Pero este tal, ¿cuánto tiempo pierde durante el día charlando? ¿cuánto
tiempo malgasta? ¿cuánto emplea en inútiles lecturas? ¿y, quiere economi-
zar minutos cuando se trata de hablar con Dios como corresponde? Debie-
ra levantarse un poco antes y entonces tendría tiempo suficiente...
Cuida también el aspecto exterior. ¿Son meras exterioridades el que
uno antes de la oración eche una rápida ojeada para ver si está arreglado y
se lave las manos, si fuere necesario? ¡Sería una señal de respeto a Dios! Y
no me digas: “Queremos orar en espíritu y verdad. ¿Qué interesa, por tan-
to, acercarse a la oración con las manos y los zapatos sucios?”. Somos
hombres; es decir, alma y cuerpo. Ciertamente que cuando uno se acerca
interiormente a Dios desaparece de su vista el exterior. Es cierto que no
hay que dar demasiado valor a lo exterior y que es completamente inútil
cuando por ellos se descuida lo interior. Pero ambos términos se corres-
ponden. Si exteriormente somos desordenados, esto se traduce en el alma.
En cambio, si alguien presta atención al aspecto externo, ello es señal de
reverencia interior y se transmite al interior. “Debemos estar de tal modo
en la presencia de Dios, que se correspondan exactamente nuestra postura
y nuestras palabras”, ha dicho un Maestro de la Oración, San Benito. Este
conocía de verdad al hombre. Al acercarte a Dios, procura hacerlo con un
aspecto impecable.
En la oración no te sientes o acuestes, a no ser que estés enfermo.
Ciertamente que se puede orar en cualquier postura, pero todas influyen en
el alma. Si el cuerpo es negligente, fácilmente también lo será el alma. Es-
temos de rodillas o de pie. El estar de rodillas significa humanidad y respe-
to ante el Dios infinito, y renunciamos así a la grandeza —tan segura de sí
misma— de nuestra estatura. Estar de pie expresa alegre y firme disposi-
ción. Los primitivos cristianos oraban de pie. Las dos formas son bellas...

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También has de mantener correctamente las manos. Después del ros-
tro, las manos son la parte más espiritual del cuerpo. El alma habla inme-
diatamente por ellas, por su constitución delicada y sólida a la vez, por sus
movimientos expresivos. Si alguien deja colgar las manos, probablemente
su espíritu también está flojo. Tengámosla en una posición correcta. Las
manos tienen su propio lenguaje.
Haz bien la señal de la Cruz. Es el signo de la Salvación. Te abarca
completamente, desde la frente hasta el pecho, desde un hombro hasta el
otro. Unge y recoge. Hazla grande, despacio, con reflexión. De este modo
experimentarás toda su fuerza.
Acaso todo esto te parezca mucho. Pero en cuanto lo hayas practica-
do algún tiempo ya no podrás hacer otra cosa. En el fondo es la cosa más
natural.
Una palabra, por fin, sobre las oraciones y los devocionarios. No se
puede prescribir nada concreto sobre el particular. Toma lo que te conven-
ga. Si no tienes necesidad de oraciones formadas, pues déjalas. Si te van
bien, úsalas. Algunas las necesitamos todos; por ejemplo, el Padrenuestro.
Por lo demás todo se reduce a una cosa: que 29 nuestra oración sea pura;
que lo que decimos, lo digamos sinceramente. Para esto no es necesario
que tengamos “vivencias”, sino que nuestra intención debe ser sincera.
Por otra parte, no olvidemos tampoco que las buenas oraciones cum-
plen una importante función: deben educarnos interiormente. Provienen de
la palabra de Dios o de los hombres santos. Al pronunciarlas, hemos de
penetrar con el alma en su sentido. De este modo conformarán nuestro
pensamiento y nuestra palabra, nuestras intenciones y toda nuestra actitud
interior.
Quizá sería absurdo decir que no las necesitamos. Un día se acerca-
ron los Discípulos al Señor y le rogaron: “Señor, enséñanos a orar” y El les
enseñó el Padrenuestro. También nosotros necesitamos que se nos enseñe
a orar. Esta enseñanza está contenida en las vigorosas oraciones que de ni-
ños aprendimos. Entre ellas están la oración del Señor, el saludo del Án-
gel, el Credo, los actos de las virtudes teologales, el “Magníficat”, el “Glo-
ria” de la Santa Misa y otras. También muchos cánticos son una oración
pura. Y lo hermoso es que se los puede elegir siempre de acuerdo con el
momento del año litúrgico. De esta manera la oración se hace variada y se
enriquece, y nos hace vivir las alternativas del año litúrgico. Lo mismo ca-
be decir de los devocionarios. Los hay dulzones y exagerados. No hace fal-

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ta decir que éstos no los debemos usar. Pero los hay también buenos, que
pueden ser para uno escuela de oración.
Pensando así las cosas, uno toma conciencia de cuán sublime es la
oración. “Obra de Dios”, la ha llamado San Benito. En ella se realizan ver-
daderamente las obras de Dios. Su gracia invade el alma, la esclarece, la
predispone para el bien y la robustece en lo esencial. Además, la oración
posee un gran poder. Pero sobre este tema ya no podemos explayarnos
aquí. Tenemos que concluir. Pero la suerte de una vida depende, en gran
parte, de cómo ora uno y de cómo oran por él los demás. Las grandes
obras han sido siempre fruto de la oración.

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CARTA SEXTA

Sobre la caballerosidad

Buscamos y queremos algo grande y nuevo: el hombre nuevo. Pero la


idea de hombre nuevo no lo dice todo; en realidad queremos al varón y a la
mujer nuevos.
Pero para lograrlo, es preciso que el joven por sí mismo se ponga en
marcha hacia esa meta. El joven y la joven, cada uno por su cuenta. Cada
uno —individualmente y sin influencia del otro— tiene que auscultar su
propio ser.
Con respecto al muchacho es ante todo importante el juego caballe-
resco. Se trata de algo completamente distinto del “deporte”. La palabra
está entre comillas. Con ella quiero significar esa cosa tan ingrata que se
está generalizando en los campos de deportes y los clubes, en partidos y
14
entretenimientos; eso que aparece en revistas deportivas, en el lenguaje y
las caras, en el entusiasmo que despiertan los campeonatos y otras mani-
festaciones. Este “deporte” significa “batir un récord”, ser el primero en
alguna especialidad; junto, naturalmente, con la ambición, la envidia y la
disipación que eso entraña. Deporte significa entrenarse, ejercitarse inten-
sivamente con miras a un rendimiento especial, para lograr “lo más alto”.
Pero de este modo el hombre, algo tan bien hecho, se convierte en una má-
quina. ¡Qué desagradable es semejante deportista, que no conoce más que
el fútbol, la moto, el tenis, o alguna otra especialidad! ¡Qué fácilmente
puede atrofiarse allí lo principal, que es el hombre! El verdadero juego, en
cambio, posee desde un principio una actitud noble y está ubicado en otra
esfera.
El jugador auténtico busca la victoria sobre su contrincante.
Pero al mismo tiempo se siente en comunidad con él y quiere realizar
junto con él una obra fuerte, hermosa, seria y a la vez alegre; en una pala-
bra, quiere el juego.
Más importante que triunfar es que el juego resulte bello. Cuando se
alternan juego y contrajuego, los tiros de uno y otro grupo, las corridas,
ataque y defensa, y se mira el conjunto, entonces se descubre una estrecha
y magnífica unidad en medio de la contienda. Unidad que, evidentemente,
es mucho más importante que una
“brillante” victoria.
El auténtico jugador desea ciertamente una victoria rotunda.
Pero debe ser lograda con honradez, si no se quiere que resulte man-
chada. Decir: “no me ha tocado la pelota”, siendo así que te ha rozado;
empujar a escondidas la pelota para que avance más de lo que de suyo hu-
biese avanzado, etc., quizá nos reporte una “victoria”. Pero ¡qué victoria!
¡Cuánto más hermoso es un juego perdido, pero limpiamente ejecutado!
El jugador auténtico se preocupa también por un rendimiento máxi-
mo.
Pero este rendimiento ha de ser bello, energía donada y transformada
en gracia. El deporte no debe deformar al hombre, sino fortalecerlo y libe-
rarlo, haciendo que todas sus energías se desarrollen en perfecto equilibrio.
De esta suerte el auténtico juego se transforma en una escuela de
“virtud”, tomando la palabra en aquella vieja acepción que tenía para los
griegos y la hidalguía medieval. Eso era para ellos el juego: el ejercicio de
las más altas virtudes. “Juego” es, ante todo, eso. Nada tienen que ver con

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él las miras interesadas. Se trata únicamente de vigor, belleza y honor, es
decir, de un sentir libre y caballeresco.
Pero este no es jugueteo sino algo serio. En él, se pone en juego lo
mejor que tiene el varón: carácter y nobleza. El auténtico jugador quiere
vencer, incondicionalmente, por grande que sea el predominio contrario.
No tiene ningún miedo. Guarda su puesto hasta el extremo, y con bastante
frecuencia con un ataque intrépido compensa una gran superioridad. No es
quejoso. Dolor, cansancio, todo lo supera. Es tenaz en su voluntad de ven-
cer. No obstante, esto, detesta todo triunfo conseguido por la astucia, la
violencia o cualquier otra incorrección. Hay que estar alerta, con todos los
sentidos vigilantes, para asir con fuerza el fugaz momento y hacer lo justo;
es decir, hay que tener presencia de ánimo y resolución.
El jugador combate enérgicamente; pero odia el griterío, el desen-
freno y toda conducta inculta. Busca siempre una actitud elegante; domina
la voz; es señor de sus movimientos. Observa las normas del juego, y no
precisamente porque de otra manera sancionaría el árbitro, sino porque en
ellas reside la disciplina de la competencia. Y ha de ser competencia, no
pelea. No lleva al extremo ningún ejercicio corporal con tal de batir el ré-
cord. Por el contrario, se ejercita en los distintos juegos a fin de conseguir
una formación integral, de hacerse un “atleta completo”, como lo querían
los antiguos griegos.
Así es como en el auténtico juego se despiertan nobles virtudes varo-
niles: un modo de ser libre, que sabe de algo más alto que la ventaja y el
provecho propio; que sabe de honor y de belleza. El valor, que no se inti-
mida ante ningún predominio. La disciplina, que le permite a “uno simular
aun cuando se reciba un pelotazo contra las costillas. La presencia de áni-
mo y la facultad de decidir con rapidez. Un espíritu noble, que interrumpe
el juego tan pronto como nota que su adversario es inexperto.
Lealtad incondicional, aun cuando el compañero no preste atención.
Sentido de justicia, que no entra en altercados después de la derrota y que
no pretende tener razón, sino que deja el triunfo a quien lo tiene; que está
dispuesto a estrechar sin envidia la mano de su adversario y decirle con
toda franqueza: “Has hecho un juego estupendo”. ¿No es esto magnífico?
Nada se quiere decir con todo esto en contra de una auténtica pelea.
Todo joven normal sabe apreciarla en su justo valor. A veces le parece a
uno como algo simplemente necesario, y cuanto más enrevesada resulte,
tanto mejor; al menos mientras queden a salvo las ventanas, los muebles y
demás objetos rompibles. Mas esto no puede en modo alguno convertirse

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en norma; y los grupos en que se arma por cualquier cosa una trifulca son
muy sospechosos, aunque en apariencia no lo parezcan.
Quizá diga alguien: “Pero éste es precisamente el deporte verdadero;
así piensa exactamente el auténtico deportista”. Acaso tenga razón. (No
queremos meternos en una distinción entre espíritu y actitud que todavía
subsiste aquí). Si es así, las comillas están de más y el deporte se ha con-
vertido en auténtico juego.
Tenemos que practicar el juego caballeresco: juego de pelota en todas
sus formas, bumerang, jabalina, arco y disco, carrera y salto —el salto au-
téntico, con vara y sin ella—, las distintas competencias, juegos en el te-
rreno, etc.
Tampoco podemos olvidar otra forma de juego caballeresco: el inte-
lectual. Ante todo, el ajedrez; luego otros, también de mesa, como las da-
mas, etc. También el dominó, el auténtico dominó, en el que no solamente
se colocan las fichas sin consideración, sino en el que constantemente se
ejerce una mirada de conjunto y un cálculo reflexivo.
Todos son juegos caballerescos. En ellos —particularmente en los de
mesa— no depende la victoria de la suerte o del azar, sino de una contien-
da intelectual, de una visión clara, de un plan inteligente y de una ejecu-
ción tenaz. Pero al mismo tiempo se manifiesta aquí la amplitud de miras y
el espíritu de nobleza. Sin olvidar los desafíos que plantean tales juegos,
donde se trata de encontrar con estrategia una elegante y clara solución pa-
ra situaciones y dificultades siempre nuevas.
Todos estos juegos —tanto los físicos como los intelectuales— ofre-
cen todavía otra tarea: la de hacerse los utensilios necesarios, como por
ejemplo, arcos y flechas, varas y banderines, etc. Lo mismo respecto a los
juegos de mesa. Una hermosa tarea para las noches de invierno podría ser
fabricarse artísticos tableros, marcando las casillas a fuego o con pintura, o
bien incrustando chapas de linóleo o madera. Otra sería grabar o modelar
figuras en madera o arcilla, cortar o repujar en madera, linóleo o planchas
metálicas. De modo que hay gran cantidad de tareas artesanales.
Del espíritu del verdadero varón, que es recto, fuerte y puro, desinte-
resado y elegante, a la vez serio y alegre, tiene que surgir también la con-
ciencia de su nobleza. Porque, ¿qué significa ser noble? Soportar mayor
responsabilidad que otros. Esto es, saber que uno se debe al honor; que su
puesto está en el lugar de mayor riesgo; que, en el fondo, no hay más que
un enemigo temible: la vulgaridad. El verdadero noble es aquel que ejecuta
todo esto no sólo a fuerza de propósitos y fatigosas consideraciones, sino
17
aquel en quien todo esto se ha hecho carne y hueso, siéndole imposible
proceder de otro modo.
Prosigamos urdiendo nuestras ideas. Hemos hablado del juego caba-
lleresco. Pero todo eso se halla profundamente emparentado con una se-
gunda dimensión de la vida humana: el servicio, también caballeresco.
Quien sirve, dice: yo no vivo para mi placer, sino para un hombre,
una cosa o una misión. Pero aquí se bifurcan los caminos: servicio de sier-
vo y servicio de caballero. El siervo sirve por el salario o por obligación.
El caballero sirve porque servir es, en sí, una cosa grande, prescindiendo
de ventajas o fines. Únicamente desea el triunfo de la causa. No sirve a la
fuerza, sino que se entrega libremente a ella. Servicio caballeresco es res-
ponder por un hombre a quien se ha prometido fidelidad. En primer lugar,
por el amigo, después por cualquiera que se nos haya confiado. Servicio es
discreción, lealtad y generosidad.
Servicio caballeresco debe todo hombre a la mujer, a la muchacha. Y
no presta este servicio quien alterna mucho con ellas, sino quien sabe
cuándo es hora de alternar y de estar solo. Tampoco quien cuenta a la mu-
chacha toda clase de dificultades, añadiendo de este modo a las suyas otras
nuevas, sino quien sabe resolver sus cosas por sí mismo. Presta un servicio
caballeresco quien frente a la muchacha se mantiene en rigurosa correc-
ción y disciplina y en cuanto siente que ella empieza a abandonarse, sabe
dominarse doblemente por sí mismo y por la joven. Y luego, naturalmente,
le ayuda cuando es necesario; le ahorra trabajo y le evita esfuerzos. ¡Pero
qué diremos cuando no se ve otra cosa que comodidad e inconsideración, y
esto constantemente y en las más incomprensibles ocasiones! Es siempre
la misma cuestión: ¡no sólo palabras sino proceder seriamente!:• I
Servicio caballeresco debe el hombre al ser débil, amparándole en la
necesidad, protegiéndole ante el peligro, defendiendo su honor y su buen
nombre. El caballero toma partido espontáneamente por el amenazado, por
el más débil, por el que está a punto de sucumbir. Esto lo distingue del
hombre interesado.
El más noble servicio caballeresco se debe a lo santo, que es Dios y
su reino. Como antiguamente los Cruzados, que respondían por Cristo.
Hoy ya no con las armas sino con palabras y hechos; en la vida pública y
en la privada; frente a los indiferentes, los burlones y los enemigos. Dios
ha puesto —por decirlo así— su gloria en nuestras manos. Tenemos que
defenderla.

18
Semejante servicio exige mucho. Exige que uno se declare por Su
causa sin traicionarla jamás; que responda de ella por muchos que sean los
enemigos y grande la propia desventaja, y que todo esto se haga con liber-
tad y alegría.
Quien se decida por este servicio tiene que llevar una vida digna de
él. Este servicio caballeresco es austero. Ciertas cosas consentidas a otros,
él no se las puede permitir. “Nobleza obliga”, dice el refrán. Y este refrán
vale también aquí.
Una tercera cosa hace el varón auténtico: la obra. Existe una gran di-
ferencia entre “obra” y “trabajo”. También el siervo ejecuta trabajos. Pero
solamente el hombre libre puede realizar una obra.
A cada uno se le presenta la misma disyuntiva: servidumbre o liber-
tad. Cada una de nuestras acciones puede ser una obra o un mero trabajo.
Un deber del colegio, una labor doméstica, un servicio en la oficina se ha-
cen “obra” si son realizados por sí mismos, como reclaman ser hechos; se-
rán mero “trabajo” si se hacen a la fuerza o simplemente por dinero.
Un maestro de obras, por ejemplo, que construye una casa con el úni-
co objeto de ganar cuanto sea posible, actúa interesadamente y su labor es
meramente trabajo. En cambio, si la construye por sí misma, conforme a
las exigencias concretas de este lugar, de estos medios, de esta gente, co-
mo la ha concebido en su espíritu, con esmero, sólida y bonita, entonces su
labor es una “obra”.
Naturalmente que el maestro de obras tiene que contar con lo que
dispone efectivamente; también tiene que tener alguna ventaja, si quiere
vivir. Pero media un abismo entre la casa levantada por el solo provecho
propio y la construida por sí misma.
Lo mismo ocurre con todo. Una composición es mero trabajo si ha
sido escrita tan sólo por el profesor o por la nota. Resulta algo no libre. Pe-
ro también puede ser hecha por sí misma, como debe ser hecha. Entonces
se convierte en un servicio libre a la causa, es una “obra”.
En resumen, pues, una labor será una “obra” siempre que se preste
atención a las exigencias de su naturaleza y se la ejecute desde esa pers-
pectiva.
Esto no quiere decir que haya uno de andar de un lado para otro cual
utópico soñador; que se haya de ir siempre tras lo bello e ideal, prescin-
diendo de todo cálculo; que haya uno de ser tan honrado que se deje explo-
tar por todos los picaros, o que a fuerza de hidalguía deje conculcar sus de-
rechos. Todo eso no sería caballerosidad, sino debilidad. No vivimos en un
19
mundo ideal, sino en un mundo muy duro, sometidos muchas veces a
hombres atropelladores sin conciencia.
Es esta una de las decisiones más importantes para la juventud: si los
jóvenes se convierten en románticos soñadores, ajenos a la vida, o bien si
disponen de la fuerza suficiente para imponerse en el mundo de la reali-
dad. Para ello también es necesario calcular cuidadosamente los pasos en
la vida profesional, velar por sus intereses, reclamar sus derechos y, si es
preciso, “enseñar los dientes”.
Estos son los tres grandes ámbitos del hombre: el trabajo, el servicio
y el juego. No se los puede separar, están íntimamente relacionados. Los
tres tienen como centro la libertad interior. No se ejecutan a la fuerza sino
por convicción.
Es propio de ellos la nobleza que hace que el hombre se comprometa
aun allí donde no le esperan beneficios. Otro elemento es la firmeza. Para
poder hacer una verdadera obra, para poder servir y jugar bien, es preciso
ser todo un hombre. Es decir: debe estar uno seguro de sí mismo, mante-
nerse firme en la confusión que lo rodea, poseer una visión clara, una vo-
luntad insobornable y un corazón libre.
En el trabajo como obra el hombre presenta su causa, firme y perfec-
ta. En el servicio responde de ella, de los hombres, de sus convicciones,
con generosidad y valentía. Pero ambos momentos comportan frecuente-
mente rudas peleas con la vileza humana. De todas estas presiones se libe-
ra en el juego, donde se recupera de la dureza del trabajo y del servicio.
Mantenerse firme en su causa, caminar siempre erguido: he ahí el es-
tilo del auténtico hombre. Y esto requiere un ámbito de libertad que él se
sabrá forjar, cuando no se lo dan de buen grado. Dios lo ha hecho así y,
por tanto, tiene derecho a ser también así. Esto no quiere decir que se tenga
a sí mismo como un ser aparte o que no vea sus faltas. Quiere ser, no tan
sólo parecer; quiere poseer verdaderas virtudes y no obrar como si las tu-
viera.
Así, pues, clava profundamente la mirada en su interior. Sabe perfec-
tamente a qué atenerse consigo mismo; reconoce sus buenas cualidades;
pero también sabe que son ellas al mismo tiempo la fuente de sus faltas y
se esfuerza por superarlas. No obstante, esto, afirma su ser reclamando pa-
ra ello espacio.
Imponerse sin violencia, pero con resolución, sin agraviar a nadie,
pero implacablemente, es lo propio de una auténtica virilidad.

20
Pero con esto llegamos a un punto importante “¡También existen
otros!”.
Fr. W. Foster ha dicho que el principio y el fin de toda educación so-
cial está en comprender esta verdad que, a pesar de su evidencia, es tan di-
fícil: “yo no estoy solo; hay otros además de mí”.
Pues bien, es característico del hombre cabal no atemorizarse porque
“haya otros”; no turbarse porque otros vean las cosas de distinta manera;
no medir a todos por el mismo rasero ni querer hacer que todos piensen
como nosotros. Así proceden las viejas. En seguida dicen en tono de re-
proche: “pues entre nosotros siempre se ha hecho así...” Un hombre cabal,
en cambio, respeta a todos y piensa: “Tú eres distinto. ¡Sé fiel a ti! Tienes
derecho a ello”.
En esta coexistencia generosa y serena se muestra la fortaleza. Quien
no tolera a los demás es un pigmeo. Pues si estuviera seguro de sí mismo,
se encontraría tranquilo en presencia de los demás y ciertamente no se le
ocurriría pensar que todos deberían ser como él.
El hombre cabal se alegra de cualquier otro que tenga carácter, por
más que tenga un modo de ser distinto del suyo. En cuanto nota a uno que
sabe mantenerse firme sobre sus pies y que creció derecho, se alegra de él.
De semejante modo de pensar surge una obra importante del hombre:
la comunidad. El que no reconoce a quienes son distintos, tiene que adop-
tar una de estas tres actitudes: o bien oprime a los demás, haciendo de ellos
siervos; o él mismo se rinde sometiéndose; o se enfada y se mantiene apar-
te criticando y sin hacer nada. Pero nada de eso es digno del hombre. Lo
primero se llama violencia; lo segundo, servidumbre; y, lo tercero, fracaso.
El hombre auténtico quiere ser libre y tratar con hombres igualmente li-
bres; es justo y respetuoso.
De aquí brota la auténtica comunidad de acción. Dos o más se ponen
de acuerdo sobre una cosa; cada uno aprecia el punto de vista del otro;
buscan un compromiso razonable entre distintos pareceres, reparten el tra-
bajo, nombran un jefe. Luego cada uno hace lo suyo, sabiéndose, no obs-
tante, siempre unido a los demás. Es así como de la comunidad de acción
libre surge una obra libre. Jamás se realiza una obra verdaderamente gran-
de si el hombre no se aviene a una recia disciplina, si no logra coordinar su
parecer con el ajeno y someterse a la dirección. Es cierto que en la historia
se han llevado a cabo otras obras importantes a base de esclavitud y coac-
ción. Ahí están todavía las Pirámides de Egipto, pero quien tuviese ojos
para ver se sentiría horrorizado por tanta sangre, desesperación y violencia
21
que clama al cielo, sepultada en esa obra. ¡Cuántas obras de nuestra época
son como aquéllas, y no obstante resultan una abominación ante Dios! So-
lamente es grande lo que es ante Dios. Y su juicio se extenderá un día, no
sólo a los hombres, sino también a sus obras, pertenezcan al arte, a la cien-
cia, a la industria, al comercio o a lo que se quiera. Ante Dios únicamente
es grande lo que procede de la justicia y del respeto a su imagen, que es el
hombre. La verdadera virilidad no está en los puños sino en el carácter. Y
quien viola la justicia no es tan sólo un delincuente sino en el fondo, tam-
bién un hombre débil, por más que se las dé de fuerte.
Aquí también está la raíz de la verdadera política. Nada tiene que ver
con la astucia, ni consiste en grandes discursos o en unos cuantos tópicos
ni en la agitación y alboroto de concentraciones ni en la crítica fanfarrona
ni en exigencias imposibles. Política es disciplina. Es el arte supremo de
trabajar por el bien común, con decisión y firmeza, sí; pero a la vez con
profundo respeto a las convicciones ajenas. Política es el arte de descubrir
todas las fuerzas vivas y unificarlas, es el arte de congregar para una tarea
común libre a todos los hombres libres, de suavizar todos los contrastes, de
construir con diferentes opiniones y puntos de vista una gran unidad. Todo
esto naturalmente sin vulnerar la verdad, pues ¡este es precisamente el
quehacer de la política! Porque imponer una opinión unilateral por la fuer-
za tiene tan poco valor como lograr una aparente unidad con falta de carác-
ter y astucia. Lo que exigimos a un verdadero político es mucho más gran-
de, pero también más difícil. Sólo de arcos contrapuestos se construye la
catedral. De igual manera el magno edificio del Estado tiene que surgir de
la construcción y el esfuerzo mancomunado de todos, no a base de una
opinión o una sola orientación. Política es una actitud. A saber: ver el obje-
tivo, no desde la propia y restringida perspectiva, sino desde el todo. Po-
seer convicciones firmes, pero al mismo tiempo saber aprender de todos.
Seguir inflexiblemente su camino, pero respetando la opinión ajena. Man-
tenerse fiel a sí mismo, pero a la vez colaborar con los demás.
Pero, ¿qué hacer cuando se está convencido de que el otro no tiene
razón? ¿Cuándo se ha intentado poner en claro el asunto y él no entiende?
Entonces no queda más remedio que la lucha. Pero el hombre autén-
tico lucha con armas limpias. No rebaja a su adversario, no lo calumnia ni
lo denigra, sino que lo respeta. Incluso se alegra si el adversario es caballe-
resco. Entonces es la ocasión de medir las fuerzas. Alguien ha dicho que
no se debe tan sólo hablar del mejor amigo sino también del mejor enemi-
go. Es aquel que lucha tan encarnizadamente que nos obliga a concentrar
todas nuestras fuerzas. El nos obliga a un examen cada vez más profundo
22
de nuestras apreciaciones, para que puedan resistir las pruebas; exige una
vigilancia infatigable; nos despierta de una seguridad indolente y nos sitúa
en el ambiente propio del hombre: la lucha.
Resulta una alta prueba de hombría el poder alegrarse del enemigo en
lo más ardiente del combate. Lee alguna vez cómo al final del Cantar de
Walthari los nobles paladines Walthari, Hagen y Gunther, que acaban de
enfrentarse a muerte, están sentados juntos chanceándose, cada uno con el
orgullo de haber tenido frente a sí a un hombre valiente. ¡Es una pena que
escasee tanto ese modo de pensar, lo mismo en la vida privada que en la
pública!
Y ahora ahondemos todavía más, hasta llegar donde se encuentra la
última decisión sobre la verdadera hombría. Ciertamente que esto no se
comprende sin más. Todas las intuiciones tienen su hora; ésta también.
Llega el día —que suele ser hacia los treinta años, aunque también puede
ocurrir antes o después— en que se le abren a uno los ojos. Mira en torno
de sí y se encuentra solo. No solamente por fuera —puede uno tener mu-
chos hombres fieles— sino por dentro. Sólo con su propio ser, con su pro-
pio destino, con su propia misión.
¿Cómo explicar esto? Mira, en los primeros años creemos hallarnos
por completo bajo los demás. Ciertamente que atravesamos épocas en que
nos sentimos incomprendidos. Pero la verdadera soledad sobreviene más
tarde, allá cuando uno logra plena conciencia de sí, cuando uno compren-
de: “Yo soy así. Y los demás son de otra manera. Algunos no me com-
prenden en absoluto; otros, sólo a medias. Muy pocos llegan hasta mi inte-
rior. Y no hay nada que hacer”. Es esta una intuición ineludible. Se ve uno
mal interpretado o desestimado por los demás, y, sin embargo, hay que vi-
vir entre ellos. Entonces es cuando nos invade la verdadera soledad y se
decide si somos capaces de apoyarnos firmemente en nosotros mismos o si
huimos de nosotros mismos. Pero ¿es que podemos acaso huir de nosotros
mismos? ¡Ciertamente! Aparece la gran tentación de querer ser como to-
dos los demás a fin de poder estar en la misma fila con ellos; de encontrar
bello o feo lo mismo que ellos; de buscar y encontrar con ellos; la tenta-
ción de amoldarse a ellos.
Hay que aprender ciertamente de los demás, hay que ampliar la mira-
da y trascender la unilateralidad de nuestras aptitudes a través de la convi-
vencia con los demás. Nada más pobre que tenerse por un ser extraordina-
rio y pensar que nada se tiene que aprender.

23
Pero hay un abismo entre la afirmación del propio ser, tratando de li-
brarlo de sus limitaciones e imperfecciones y de conducirlo a la perfec-
ción, y el renunciar a la propia personalidad, procurando adoptar un modo
de ser completamente distinto.
¡Precisamente esta es la gran tentación! Es el momento también en
que se siente uno oprimido por sus propias faltas. Antes se pensaba que
con un par de firmes propósitos se acabaría con todas ellas. Pero ahora uno
experimenta cuán tenazmente enraizadas están en la naturaleza. Uno escu-
cha los reproches y las críticas de los demás y ve que tienen razón. Y es
entonces cuando sobreviene esa gran tentación de dudar de sí mismo. Aquí
hay que reafirmarse y decir: “Así soy yo. Este es mi carácter; éstas son mis
fuerzas, éstas mis faltas. Me acepto como soy”. Ciertamente hay que per-
feccionarse, pero no huyendo de sí, ni adoptando engañosamente una ma-
nera de ser extraña, sino desde la propia: “Quiero ir a Dios, pero por mi
camino y con mis pies”.
Y aquí comienza la verdadera lucha. Todo se presenta claro, duro y
frío. Comiénzala vida cotidiana. Si un día te enfrentas crudamente con tu
propia realidad y la resistes, puedes decir que eres un hombre. Al mismo
tiempo se te exigirá un segundo acto de firmeza: frente a tu propio destino.
Goethe ha dicho que se llega a conocer gran variedad de gente; al principio
estas relaciones se presentan tan sólo magníficas o importantes; pero un
buen día se nota cómo se han convertido en destino. Relaciones, experien-
cias, hechos y palabras, serias, alegres, espontáneas... Al principio todo es
frescura y vida llena de colores, de vigor y brío. Pero con el tiempo todo
esto se torna rígido y pesado; se convierte en destino, hasta que un buen
día uno se da cuenta: hasta aquí no he hecho más que vivir. Ahora va en
serio. Obras empezadas, responsabilidades asumidas, situaciones en las
que uno se encuentra, relaciones entabladas, compromisos, manifestacio-
nes, confidencias... todo se trueca en dura realidad. Y otra vez la decisión:
¿Huir? ¿Buscar pretextos? ¿Dejar las cosas como están? ¿O mantenerse
firme?
Esto no quiere decir que uno haya de resignarse a situaciones difíci-
les, pudiendo evadirse con honor; que haya de mantener relaciones gravo-
sas pudiendo romperlas con toda justicia.
El hombre se forja su propio destino y puede luchar hasta el último
aliento por ampliarlo y embellecerlo. Pero todo depende de que sepa en-
frentarse con la realidad, con los deberes y compromisos reales. Y también
aquí comienza con frecuencia la soledad. Puede llegar un día en que se en-

24
cuentre solo frente a su propio destino. ¡Ahora es el momento! Y es hom-
bre quien sabe mantenerse firme.
Y, por último: también hay que mantenerse fieles al trabajo, a la pro-
fesión, a la misión propia. Cada uno tiene su misión. Sé que se puede decir
contra esto muchas cosas. A pesar de todo, cada uno tiene su misión, una
cosa concreta que hacer, que decir, que ser.
En esta profesión hay algo duro. Al principio todo parece encantador;
sólo con el tiempo va apareciendo lo duro. Muchos incluso tienen que ha-
cer desde el principio lo que les cuesta. Además, también llega un momen-
to inevitable en que los hombres se enfrentan entre sí.
Todos somos egoístas, cerrados e injustos con los demás. Así se con-
vierte toda profesión en una lucha con el deber y con los hombres. En los
comienzos todo lo vence el afán entusiasta de crear. Además de que los
hombres son nuevos y todavía no se conocen bien. Pero con el tiempo van
apareciendo los contrastes, hasta que un día se hacen evidentes con toda
nitidez. Entonces se advierte lo difícil que es la propia misión. Vemos
cuánta distancia nos separa de los hombres, cuán profundos son los con-
trastes. Con ellos, incluso con los que quieren el bien de uno, sin decir na-
da de los que actúan sin consideración alguna y con abierta hostilidad. In-
comprensión, envidias, celos, estrechez de alma... todo eso hay que sopor-
tar. Y otra vez la necesidad de decidir: o se intimida uno ante su misión y
la traiciona, se intimida ante la gente y cede, se intimida ante la soledad y
se suma uno a la grey, o se mantiene firme.
Lo dicho no significa que uno tenga obligación de permanecer en una
profesión que no le agrada, pudiendo liberarse de ella. No quiere decir que
nos hayamos de oponer a la experiencia y a un criterio racional, por pensar
que así lo exige la misión. Pero cuando uno ha reconocido: 'Aquí está mi
puesto, mi profesión; esto es lo que tengo que hacer” —y nota en los mo-
mentos de decisión cuánta dureza se encierra allí, entonces sí debe mante-
nerse firme. Mantenerse firme también ante la incomprensión y hostilidad
de las personas.
“¡Adelante, la bandera flamea; dichoso aquél que está junto a ella!”
Ser hombre significa ser fiel. Y aquí no distinguimos entre hombre y
mujer. Pues femineidad no es en el fondo tampoco otra cosa que haber lle-
gado a ser consciente y fiel en libertad.
Acabamos de decir que hombre es aquél que —en soledad— sabe
mantenerse fiel a su ser, a su misión, a su destino. Más esto es verdad sólo
a medias. “En soledad” equivale en este caso a “sin hombres”. Sin embar-
25
go, hay alguien que está siempre a nuestro lado y sólo gracias a Él es posi-
ble todo. Ese es Dios.
Es cierto que se da también una firmeza sin Dios. Pero es un esforza-
do apretar de dientes, donde algo se petrifica interiormente. Dios nos pre-
serva de esto. Tan sólo en El todo cobra su sentido auténtico: el propio ser,
pues El lo ha creado; el destino, pues El lo ha trazado; la obra, pues El ha
llamado. Dios es quien nos da la fuerza para conformar nuestro ser en li-
bertad y la perfección; la fuerza para triunfar sobre el destino, para cumplir
nuestra misión. Está junto a nosotros. Así nuestra soledad es soledad en
Dios.
Ha hecho más todavía. Nos ha dado ejemplo de firmeza en la soledad
más espantosa: en la Cruz. Y junto a la Cruz permanecían una mujer y un
hombre: María y Juan. Solos. A su alrededor burlas y blasfemias. No obs-
tante, ellos “permanecían”. Esto es hombría y hondura absoluta de femi-
neidad: poder permanecer solos junto a la Cruz en la virtud de Cristo.
También un día —en la Confirmación— nosotros fuimos ungidos
con esa fortaleza. El Espíritu Santo nos “confirmó”, para ser varones san-
tos y mujeres santas en el Señor. Allí acabaron el aferrarse infantil y el di-
vagar del joven. Ahora uno está firme.
Ha sido un largo camino —¿no es verdad?— desde la alegría del jue-
go hasta este amargo misterio. Sin embargo, es un camino. Un paso tras
otro conduce desde allí hasta aquí. Quien da sinceramente el primero es
llevado allí donde comienza el segundo; y el segundo lleva al tercero, y así
sucesivamente.
De esta manera queda claro, también, lo que significa verdaderamen-
te envejecer. Quien ha envejecido así ha superado también el ser hombre,
lo que encierra de duro y penoso. Todo se le presenta en claridad y liber-
tad. Ha recuperado la ingenua confianza y la límpida alegría del niño. Y
ahora se ha cerrado el sagrado círculo de la vida: niñez y hombría se han
fundido en unidad. Ahora llega el tiempo de la eternidad.

26
CARTA SÉPTIMA

Sobre la libertad

Para muchos, la palabra “libre” se ha convertido en algo así como


una niebla en la cual nada se distingue con precisión. Sin embargo, en este
asunto hay que ver claro. Por lo tanto, vamos a remover y dejar a un lado
toda palabrería y sentimentalismo.
Ver con agudeza y distinguir claramente. No para rumiar problemas,
que precisamente en esta cuestión no es el método indicado para llegar
muy lejos. Más bien imaginémonos vivamente quién es libre. ¿Cuándo tie-
ne uno derecho a llamarse libre? Nos interesa la imagen del hombre verda-
deramente libre. Algunas cosas nos podrán parecer nimiedades, pero no
nos vamos a molestar por ello. Lo “grandioso” no siempre es auténtico,
hay mucho engaño detrás. Nosotros queremos realizar un buen trabajo, un
trabajo artesanal honrado y perdurable.
Comencemos por lo más inmediato. Se dice que un hombre es libre
cuando puede hacer lo que quiere, cuando tiene libertad exterior para deci-
dir y moverse. Si uno tiene que someterse a todo tipo de órdenes de parte
de superiores o familiares, no es naturalmente libre. Quisiera pasear y no
puede; integrarse a un grupo, pero le está prohibido; realizar un trabajo a
su manera, pero tiene que hacerlo según las instrucciones de otro; se siente
inclinado hacia una profesión determinada, pero no puede abrazarla... To-
do esto es falta de libertad y puede oprimir agobiadoramente.
Se torna todavía más penosa esa falta de libertad cuando en nuestro
medio impera un distinto modo de pensar que el nuestro. Esto le puede
ocurrir a cualquiera y en todas partes. No se lo comprende, se lo rechaza,
se le quiere imponer las ideas propias. No es tomado en serio lo que a uno
le importa y se ridiculiza lo que ambiciona. Se trata de obligarlo a una vida
social que lo repugna; se le imponen formas de trato, diversiones, modas
27
que no le gustan... Causa de esto puede ser la sociedad, el ambiente profe-
sional, la familia o el colegio, o lo que sea.
Esto puede llegar a una verdadera tiranía y aquéllos que reclaman pa-
ra sí todas las libertades, muchas veces son los más desconsiderados en su
trato con los demás. Si resulta que uno es por naturaleza dócil o tímido,
entonces es muy posible que pierda toda autonomía. La crítica implacable
arrebata a uno la confianza en sí mismo. No se piensa entonces desde el
punto de vista propio, sino desde el ajeno. Se acomoda uno a todo, encon-
trando bien o mal, hermoso o feo, noble o despreciable, no lo que el propio
corazón dice sino aquello que los demás le imponen, hasta el punto de lle-
gar a perder no sólo la libertad exterior sino también la interior.
Semejante falta de libertad se da en gran escala. Unos están afectados
profundamente, otros no tanto. En algún modo todos participamos de ella,
pues todos estamos metidos en situaciones que no podemos cambiar. Nos
encontramos en una familia y tenemos parientes que hemos de aceptar
sean como sean. En la escuela uno no puede escoger compañeros, profeso-
res, instalaciones, sino que tiene que conformarse con lo que haya. Uno
está situado en una profesión, en una oficina o un taller, en determinadas
relaciones sociales, y con eso tiene que arreglárselas. Así es como todos
experimentamos de algún modo la opresión de la falta de libertad exterior.
¿Cuándo nos veríamos completamente libres? Si pudiéramos ir y ve-
nir a nuestro antojo, trabajar en lo que estimemos conveniente, ordenar la
vida a nuestro gusto; si nos halláramos en un medio que respete nuestras
opiniones... En una palabra, si fuésemos dueños de nuestros movimientos
y nuestras resoluciones.
Esto sería libertad, y bien vale la pena luchar por ella. Es cierto que
hay situaciones en las que nada se puede cambiar. Situaciones familiares,
de escuela, profesionales, a las cuales hay que acomodarse. Pero esto
siempre debe hacerse de tal manera que queden a salvo el respeto y el
amor al prójimo. También aquí uno puede conseguir mucho.
Ante todo, es preciso que cada uno permanezca fiel a sí mismo. Si
quiere uno, por ejemplo, seguir una determinada profesión y encuentra re-
sistencias, primero debe llegar a ver claro: ¿Qué es lo que quiero? ¿Por
qué? Y luego, insistir constantemente en una palabra apropiada en el mo-
mento justo. Al mismo tiempo se esforzará en el trabajo y en la casa, para
que sus padres vean su buena intención; pondrá empeño en el tono y en
toda su actitud para superar toda resistencia con el poder de sus buenas in-
tenciones.

28
Quizá objete alguien que esto es “diplomacia” y falsedad; que se de-
be manifestar claramente lo que se pretende y nada más.
¡Ah, no! Es simplemente la actitud de una voluntad razonable y cons-
ciente de su objetivo que utiliza buenos medios para una buena causa. Con
actitudes rudas, con exigencias incondicionales, con rebelión y peleas no
se consigue nada positivo; sí, mayor discordia y fastidio.
Hay ciertas ocasiones en que se ve claramente: está en juego mi alma,
la salud interior de mi vida, mi profesión y la obra de mi vida. Entonces
puede llegar a ser necesario imponerse ofreciendo abierta resistencia. Pero
ha de poder decirse uno a sí mismo sinceramente que realmente está en
juego algo importante, que ya se han ensayado sin provecho todos los me-
dios. Semejante lucha abierta debería llevarse a cabo con un corazón puro
y sincero. Muchas veces una cosa que nos pareció tremendamente impor-
tante, fue sólo un capricho. Creía uno a lo mejor que toda su vida dependía
de ella, y al poco tiempo esa cosa se le tornó indiferente; pensaba que ya
no podía resistir más, que debía salir de tal situación, y luego descubrió
que lo que en realidad quería era evadirse de obligaciones incómodas. Se
dan pues, casos que ponen a prueba nuestra fuerza; mas, por lo general po-
demos conseguir bastante si somos perseverantes, aprovechando todas las
ocasiones para ensayar nuevas tentativas, cumpliendo al mismo tiempo
con esmero todos nuestros deberes y moderándonos en el trato. Y así lle-
gamos ciertamente siempre alguna vez a un límite en el cual no es posible
cambiar nada. Esto significa entonces que hay que resignarse a lo irreme-
diable manteniendo la mejor conducta.
La lucha se hace especialmente necesaria cuando es preciso defender
nuestras convicciones contra un ambiente brutal. ¡Aquí ante todo una cosa:
no dejarse confundir! Compañeros de curso, de taller y fábrica, colegas en
el negocio u oficio, por más que presionen: ¡No dejarse confundir! Está en
juego la libertad. Examinemos por qué se nos ataca; repensémoslo más
profundamente, para comprenderlo mejor; purifiquémoslo de exageracio-
nes y falsas apreciaciones. Pero luego abracémoslo con toda el alma,
siempre con fuerza y profundamente. ¡Asirlo firmemente! Cursos enteros
han hecho burla de un joven; se han levantado contra un hombre talleres y
oficinas, círculos y tertulias. Pero éste se ha manifestado firme, y todo ha
quedado destruido ante su corazón sereno y su voluntad clara.
Tal libertad exterior es preciosa, sobre todo si se la ha conseguido en
la lucha. Pero no es más que el primer paso hacia el país de la libertad.
Ciertamente has podido observar lo siguiente: alguien tiene esta libertad
exterior; al menos, tanto cuanto podría exigir razonablemente. Tiene que
29
mantenerse en un orden; por lo demás, no se le pone ningún obstáculo en
el camino. Puede hacer y dejar hacer lo que quiera; puede ir con sus ami-
gos, dedicarse a lo que se le antoja. Sí, quizás no se preocupe de ningún
reglamento interno y haga únicamente lo que le viene bien. Lee cuanto lle-
ga a sus manos y nadie intenta disuadirle de sus convicciones. En suma: es
libre en el hacer y no hacer. Ahora se introduce una determinada expre-
sión; en su clase y grupo la dicen todos ¡y él también con ellos! Se pone de
moda una nueva corbata, un nuevo modo de dar la mano y de saludar...
Quizás no vea del todo claro por qué ha de ser necesaria tal cosa; pero él
quiere pasar por elegante o por moderno, —según como se lo llame— y...
¡hace lo mismo!
¿Qué decir de semejante libertad?
Se pone de moda un libro. No quiero dar ningún título; tú ya conoces
demasiados, que han pasado de mano en mano. Algo hay en él que se re-
siste al libro. Este le parece exagerado, innatural. Oye que en él resuenan
grandes palabras, pero sin ningún contenido de verdad. Siente que hay en
el texto una dudosa mezcla de cosas puras y no tan puras. Pero el libro está
en boga, todos hablan de él; y él lo lee y lo encuentra magnífico.
Es ridiculizado un individuo, un compañero, un profesor u otro cual-
quiera. El sujeto de quien estamos hablando cae en la cuenta de la grosería.
Sabes tú que cuando Guillermo Raabe quería demostrar la extraordinaria
nobleza de un hombre, decía: “¡este hombre jamás se ha burlado de na-
die!”. Nuestro hombre, pues, siente la grosería; pero todos ríen, por tanto,
él también ríe. En el grupo alguien manifiesta su opinión. Los demás están
en contra. El, en cambio, percibe algo de razón en la opinión rechazada.
Pero “se” está en contra; no va a ser él una excepción. Y está de acuerdo
con ellos.
Y así sucesivamente. Siempre lo mismo: no se atreve uno a manifes-
tar sus convicciones en la reunión por temor a los miles de ojos. Por no ser
tenido por mojigato, se ríe de un chiste contra el que se subleva todo lo pu-
ro de su corazón; se avergüenza de una conducta limpia porque los otros
—que ya “tienen experiencia”— no le toman en serio.
¿Esto es libertad?
¡Ciertamente que no! Puede uno ser exteriormente tan libre como un
pájaro y, por dentro, un siervo. ¿Siervo de quién? De la opinión pública.
No vamos a despreciarla demasiado, porque tiene su parte positiva. Expre-
sa la conciencia de muchos. Pero también ¡qué cantidad de absurdos, vul-

30
garidad y estrechez mental contiene! Es lo mismo que se trate de la opi-
nión pública de una ciudad o de una escuela, de una clase o de un grupo.38
Un hombre de experiencia me habló un día de las suyas en la vida
pública: “Mirando a los hombres uno por uno, son toda gente buena. Pero
en masa parece que tienen el demonio”.
Mucha verdad hay en esto. El que está solo, tiene que responder de
sí; su conciencia está en guardia. Pero al juntarse muchos, cada uno carga
su responsabilidad sobre el vecino. Cada uno se deja llevar. ¿Y el resulta-
do? Que la multitud es irresponsable. Y la mayoría de las veces dan el
tono, no los más nobles y serios, sino los que más saben gritar y expresar
de manera más plausible lo que a todos agrada.
En consecuencia: quien quiera ser libre tiene que librarse de la servi-
dumbre de la masa.
Pero se da también una dependencia de la minoría. A veces toda una
clase o un grupo están sometidos a una camarilla o quizás a uno solo. Lo
mismo ocurre muchas veces en la vida, la profesión, el partido. Este indi-
viduo o estos pocos saben expresar lo que quieren; tienen una voluntad
fuerte y a veces, también un alma sin escrúpulos, que acomete sin mira-
mientos. Así es como dominan. Puede suceder que semejante individuo
someta totalmente a su dominio a otro hombre. Su amigo habla como él, se
comporta como él, le escucha solamente a él, sigue en todo el ejemplo de
él. Pero esto ya no es amistad, sino esclavitud.
También aquí hay que defenderse. A un hombre probado se le guar-
dará fidelidad, pero cuidando de no perder la independencia. En casi toda
amistad llega el momento en el que debe decidirse si ésta se ha de conver-
tir para uno de los dos en esclavitud. Todo ello puede proporcionar horas
difíciles, incomprensibles y luchas, pero es preciso atravesarlas. Y para el
amigo será la prueba de si realmente él es lo que dice ser o si por el contra-
rio quiere ser un tirano. Aún quien quiera auténtica amistad, cuando el otro
se separe aparentemente no comprenderá en el primer momento de qué se
trata. Pero si su amor es verdadero comprenderá muy pronto que no ya a
perder a su amigo: le permitirá esta libertad y con ello lo ganará de nuevo.
El dominador en cambio no gusta de esto. Quiere que su amigo le es-
té sumiso, se opone a su liberación, le guarda rencor y lo acusa de infideli-
dad.
En las agrupaciones ocurre muchas veces algo parecido.
El hombre verdadero quiere por amigo a un ser libre, no a un esclavo;
quiere dirigir hombres libres, no un rebaño. En consecuencia, tanto más
31
goza cuanto más decididamente afirmen los demás su peculiar modo de
ser.
No olvidemos que se puede ser también esclavo de las cosas, no sólo
de los hombres. Una golosina puede llegar a ser tan apetecible que uno se
olvida ante ella de todo reparo. Alguien ve un artículo de camping, un tra-
je, una bicicleta, un bote plegable y los quiere a cualquier precio. Un sello
raro, una piedra preciosa, un libro o un cuadro... en seguida piensa que tie-
nen que ser suyos y no descansa hasta obtenerlos.
Cualquier cosa puede someter al hombre: “casa, hacienda, criado,
criada, buey, asno...” Y todo cuanto pueda ser propiedad del hombre.
Tal dependencia puede turbar por completo al corazón y quitarle toda
su alegría; puede incluso inducir a uno a la injusticia. Y cuando uno posee
algo puede llegar a tal punto su apego que ya no es capaz de desprenderse
de las cosas aun cuando a otros les harían mucha falta o cuando se podría
causar con ella una gran alegría a alguien.
Quien tiene esa mentalidad se hace esclavo de la cosa. “Bienaventu-
rado el hombre que no corre detrás del oro”, dice la Sagrada Escritura, “y
que no inclina su ánimo hacia el dinero y las cosas preciosas. El se nos da
a conocer y nosotros lo exaltaremos porque en verdad ha realizado algo
grande en la vida”. Ese se ha transformado en un hombre libre.
Tal esclavitud hay que romperla, aunque sea necesario proceder du-
ramente contra uno mismo. Tiene que ser así, de lo contrario no se avanza.
Atenerse rigurosamente a lo justo, aún en las cosas más mínimas; prestarse
a los demás con gusto y ayudarles. Y si se nota que los lazos se tornan de-
masiado fuertes, no queda más remedio que sacrificar generosamente lo
que tan profundamente nos ata.
Libre, por tanto, no es quien puede hacer lo que quiera. Es necesario
también ser independiente de hombres y
cosas. Es necesario permanecer fiel a la propia conciencia, al sentido
del propio ser. El hombre interior tiene que ser dueño de lo exterior, del
ambiente, relaciones, cosas, bienes y propiedad.
Pero aún tenemos que ahondar más. Supongamos que uno sea dueño
de sus decisiones e independiente interiormente, y que obre realmente co-
mo mejor le parece. Pero sucede a veces que le sobrevienen arrebatos de
ira, que lo hacen estar fuera de sí. Dice en esos momentos cosas que, lue-
go, le duelen profundamente; es injusto con los demás, grita y despotrica:
¿Es éste libre?...

32
Otro es vanidoso, habla con frecuencia de sí, sabe llevar la conversa-
ción siempre a temas que domina; presta atención así que se habla de él;
todo lo que se dice en seguida lo interpreta como crítica o adulación; está
siempre al acecho de lo que los demás piensan de él. ¿Es éste libre...?
En un tercero se enciende tanto la pasión que ya no se puede domi-
nar, dice cosas indignas o se porta incorrectamente. ¿Es éste libre...?
Y así tantos otros casos: en éste será la gula, en aquél la terquedad, en
el otro la envidia, en un cuarto la soberbia..., la pasión, los instintos, los
hábitos están en él y lo atan. ¿Puede éste decirse libre? Por fuera quizá,
mas ¿por dentro? Un hombre así quizá pueda imponerse frente al mundo,
pero por dentro se encuentra atado.
Hay entonces, en el hombre mismo, en su propio interior, en cierto
modo dos hombres: uno muy interior que es el genuino y otro más exterior
que son los impulsos y pasiones. Estos no son malos; al contrario, son
magníficas fuerzas. La pasión es fuerza, el impulso es fuerza. El iracundo
también es fogoso cuando se trata de ponerse al servicio de una causa su-
blime. El pasional posee ímpetu espiritual y entusiasmo para lo noble. El
avaro aprecia el valor de las cosas y puede ser un magnífico administrador.
El celoso valora al amigo.
Todas esas fuerzas son preciosas, pero ciegas. Pueden también des-
truir, confundir, esclavizar, cuando el hombre interior no conserva libre su
conciencia. El debe imponer el dominio sobre la pasión y el instinto. Debe
amansarlos, ordenarlos, aprovecharlos. Entonces actúan benéficamente,
como el ardor del fuego, cuando se lo utiliza debidamente.
Solamente es libre aquél en quien el hombre interior domina sobre el
exterior, la conciencia y la libertad: la libertad moral. Ella hace que el
hombre viva desde su centro más profundo, la conciencia; que todo sea di-
rigido por ella y, en consecuencia, por Dios. Sólo ella hace que el hombre
adquiera su personalidad.
Así pues ¿cuándo merece el calificativo de “libre”? Cuando exte-
riormente es señor de sus decisiones. Cuando se independiza de las in-
fluencias de hombres y de cosas y actúa desde su propio ser interior. Pero,
sobre todo, cuando lo más profundo del hombre, su conciencia, impone su
señorío sobre todo el mundo de instintos y pasiones.
La primera libertad es buena y digna de que se luche por ella. Brinda
campo abierto, vía libre, pero no supera la exterioridad. Más importante es
la segunda, ya que va más hondo. Sin ella carece de valor la primera. Hace
al hombre libre para su propio ser; hace que no viva y obre como el am-
33
biente, sino conforme a las exigencias de su propio ser; que sea idéntico a
sí mismo; que sienta según su carácter; que piense tal como a él se le pre-
senta la cosa; que obre como se le parezca correcto; que en todo su ser
configure la imagen de su esencia esbozada en él.
Sólo esta segunda libertad torna valiosa la primera. Pero la decisión
se produce en el tercer plano, en lo más íntimo. Ahí se decide si el hombre
se abre o no a la libertad moral; si su conciencia, la voz de Dios en él logra
el dominio y no el instinto, la pasión o el egoísmo; si adquiere personali-
dad.
Si la conciencia sirve a Dios y domina todo conforme a la voluntad
de Él, sólo entonces el hombre es verdadera y plenamente libre. Porque ser
libre quiere decir pertenecerse a sí mismo, ser uno consigo mismo. Y mi
más íntimo yo es la conciencia. Si, pues, quiero ser libre, todo debe perte-
necer a ella y yo debo concordar con ella.
Esta es la libertad que revaloriza a la exterior, porque ella es la que
hace que sea libertad de hombre, no libertad de un pájaro. También confie-
re valor al segundo modo de libertad, haciendo de ella libertad de un hijo
de Dios y no un mero desborde de energías naturales. Sólo ella forma toda
fuerza y todo impulso noble y fructífero.
Ahora podemos preguntar: ¿es libre por naturaleza el hombre? No:
tiene que hacerse. Es ciertamente libre en esa forma elemental de poder
tomar por la derecha o por la izquierda —como quiera— en el cruce de
dos caminos. Pero la libertad auténtica, la espiritual, tiene que ser conquis-
tada. Y cuesta una lucha tenaz, inmensamente penosa.
Es curioso que cuando uno se acerca a la gente que más alardea de
ser libre, advierte con frecuencia que apenas saben algo de la libertad ver-
dadera. Los que verdaderamente la conocen, los que aspiran realmente a
ella y han experimentado en dura lucha cuán lejos está el hombre de po-
seerla plenamente, hacen poco alarde de ella.
Pero, ¿cómo llegar a ella? Tres caminos llevan a la libertad: conoci-
miento, disciplina y comunidad. “La verdad os hará libres”, ha dicho el
Señor. Tanto más profundamente sumido está uno en la servidumbre, tanto
menos se reconoce como esclavo. En cuanto toma conciencia de ella ya
está parcialmente vencida. El que, por ejemplo, participa o colabora en la
crueldad de otros simplemente, sin reflexionar, se halla en un estado de ab-
soluta dependencia. Quien con absoluta naturalidad comparte las neceda-
des de la moda, de los tópicos en el hablar o de la opinión pública; las ma-
las costumbres y hábitos de los compañeros de colegio, de los colegas de
34
trabajo o de los amigos, naturalmente no se libera. Pero si una experiencia
cualquiera o un consejo llega a despertarle la conciencia y hacerle ver cuán
servilmente se porta, cuán injustamente juzga, cuán grave resulta alguna
costumbre, entonces puede que experimente como si se le cayera la venda
de los ojos. Se avergüenza. El mismo no comprende cómo ha podido ser
de ese modo. La ceguera ha sido quebrada y ha quedado abierto el camino
hacia la libertad. Ve cómo está la cosa y sabe en qué punto tiene que apli-
car su trabajo. Ante todo, tiene que mirar en su interior hasta ver claro. No
basta saber que soy poco amable con los demás. Debo preguntarme: ¿Por
qué? ¿Con quién, en particular? Tal vez entonces descubra que la causa de
mi antipatía que me hizo ser desatento con el otro fueron unos celos ocul-
tos o una envidia secreta. No basta saber simplemente: “soy negligente en
mi trabajo”. Hay que preguntarse: ¿por qué? Puede ser pura pereza o quizá
cansancio. Y este cansancio tal vez provenga de cierto desorden, de acos-
tarse demasiado tarde o de dedicarse a miles de cosas. No basta saber que
uno es irritable en el trato con los demás, duro en sus juicios, impaciente
con los que lo rodean. Tiene que preguntarse: “¿por qué?” Quizá advierta
entonces que en el fondo todo procede de alguna pasión, que algún impul-
so aún no dominado vive en uno y produce descontento.
Se trata pues de comprenderse a sí mismo y preguntarse: “en mis re-
laciones exteriores, ¿dónde hay lazos que yo pueda romper sin lesionar mis
deberes? ¿Dependo de los demás por la imitación, la vanidad o el respeto
40 humano? ¿Me hacen esclavo de las cosas la ambición, la envidia, la co-
dicia? ¿Soy siervo de mi naturaleza por alguna pasión, mis defectos o mis
desórdenes? ¿Dónde residen mis faltas más graves? ¿Cómo se manifies-
tan?”
De este modo se ha de ir consiguiendo poco a poco un cuadro exacto
de sí mismo. Resulta eminentemente práctico reflexionar tan pronto como
nos ha ocurrido una cosa. Después de un choque o de un altercado, pre-
guntarse: “¿cómo han llegado las cosas a este punto? ¿De qué soy culpa-
ble?” Pero, ¡hay que buscar sinceramente la verdad! ¡Que el amor propio
no retuerza de tal manera la cosa, que aparezca uno inocente! Un filósofo
ha dicho esta expresión maliciosa: “la memoria dice: esto lo has hecho tú.
El orgullo replica: yo no puedo haber hecho tal cosa. Y la memoria se rin-
de”. Por tanto: ¡querer ver!
¿Qué es lo que hay en mí, que me ha llevado tan lejos? Si se ha hecho
algo malo, hay que enfrentarse consigo mismo y preguntarse: “¿por qué?
¿Cómo has llegado a esto? ¿Te ha ocurrido esto ya otras veces? ¿Hay algo
en ti que te lleva a esto?”
35
Después de un fracaso, examinarse: “¿qué es lo que ha fallado? ¿Cuál
fue la causa? ¿Irreflexión, desorden, debilidad, falta de formalidad...?”. En
semejantes ocasiones la conciencia está más despierta, la mirada más lim-
pia, la voz interior más clara. Es preciso aprovecharlas.
O si a fin de mes o del semestre se hace un repaso del tiempo transcu-
rrido preguntarse seriamente: “¿Cómo te fue? ¿Qué has hecho bien? ¿En
qué has fallado? ¿Qué tal el trabajo? ¿Cómo te has portado con los de ca-
sa? ¿Cómo con los compañeros, profesores, los superiores, los subalter-
nos?”. Puede también utilizarse para esto el examen de conciencia antes de
la confesión y observarse a sí mismo largo tiempo respecto a una falta de-
terminada.
Lejos de mí pretender con todo lo dicho que hayamos de estar siem-
pre contemplándonos, observándonos y analizándonos. Semejante actitud
destrozaría nuestro espíritu. La ansiedad, que por todas partes ve faltas; la
escrupulosidad, que en todo se cree culpable, son casi todavía peores que
la ceguera ingenua, pues falsean la conciencia y la sumen en inseguridad.
Pero es necesario querer ver claro. Para ello hay que examinarse de tiempo
en tiempo. Y esto hacerlo con toda veracidad, con una mirada incorrupti-
ble que quiere ver realmente, que llama a lo malo malo y a lo importante
importante, sin disculpar ni paliar nada sino buscando la luz. De allí surge
la verdad liberadora.
Ver solamente no basta. Es preciso también obrar: disciplina y sacri-
ficio. La verdadera libertad brota tan sólo de la disciplina. Si alguno te ha-
bla de libertad, pero sin fundarla en disciplina, no le creas. Es pura patraña,
por magníficas que suenen las palabras. No somos verdaderamente libres
por naturaleza —hablo de la libertad espiritual, no del mero poder ir por la
derecha o por la izquierda. Si la conquistamos depende de la disciplina, de
una disciplina constante y sincera. Forma parte de ella la lucha constante y
diaria, contra los lazos de fuera y sobre todo de dentro, y la permanente
superación de sí mismo.
No conviene proponerse demasiadas cosas, sino pocas, tal vez una
sola. Por ejemplo, trabajar concienzudamente y dirigir a esto toda la aten-
ción. Mejorando en este punto todo se mejora, porque el hombre es un to-
do viviente. Acaso sea de más eficacia concretar aún más nuestro propósi-
to: “prepararé esmeradamente mis trabajos de clase o mis labores domésti-
cas”.
Buscar algo bien claro y preciso. Por la noche examinarnos cómo nos
ha ido (examen de conciencia). Por la mañana renovar el propósito. Y todo

36
esto practicarlo largo tiempo, hasta notar que ha echado firmes raíces en el
alma. Entonces cambiamos y emprendemos otra cosa. Las resoluciones
pierden intensidad con el tiempo, pues uno se acostumbra a ellas. Es nece-
sario de cuándo en cuándo tomar otra nueva, refrescando de este modo el
empuje y entusiasmo.
Esta es la verdadera disciplina: lanzarse con firmeza, luchar con va-
lentía y recomenzar constantemente. Prepárate desde el principio para una
lucha prolongada. Las menudencias pueden superarse pronto. Pero las fal-
tas verdaderas están tan arraigadas en el hombre que se requieren años pa-
ra terminar con ellas.
Puede suceder que al principio de la lucha se empeore la cosa. Es na-
tural; mientras se deja que todo siga su curso, no se siente nada especial.
En cuanto se inicia la tarea se remueve toda el alma. Justamente la aten-
ción y la lucha contra un defecto concreto a veces hace que éste surja con
toda su fuerza. Entonces ¡no desconcertarse, sino perseverar!
Quisiera llamar la atención de un modo particular sobre un punto:
puede suceder que no se progrese nada. Siempre las mismas faltas, de mo-
do que llega a decaer el ánimo. Pero es necesario conocer la naturaleza
humana. Quizás no se progrese realmente para nada en lo propuesto espe-
cialmente, pero sí en otro punto. Así, por ejemplo, uno lucha largo tiempo
con su carácter irascible sin tener éxito; pero sin notarlo él, se hace más
bondadoso con los demás. Justamente el hecho de haber tenido que luchar
tan duramente y de haber experimentado tan profundamente su flaqueza lo
han conducido a ello. Un segundo se afana por ser más ordenado y esme-
rado en sus trabajos, pero siempre recae. Pues bien, a pesar de todo, aún
sin él advertirlo, domina con mayor facilidad una pasión. La lucha cons-
tante por el orden le ha dado fuerza para que no pierda tan fácilmente la
cabeza ante el poder del instinto. Todo está íntimamente unido en la vida
interior. El actuar en un punto produce efectos también en 41 todos los de-
más. Por tanto, ¡no descorazonarse nunca!
Hay todavía otra forma de disciplina muy importante: el orden. Podrá
parecer extraño oír que la libertad procede del orden, estando acostumbra-
dos a tener por el más libre al vagabundo, que vive únicamente del mo-
mento, sin someterse ni depender de nada. Mas ser libre no significa eso
sino independencia del interior respecto del exterior, de lo profundo res-
pecto de lo superficial, de lo eterno respecto del memento, de lo noble res-
pecto de lo que carece de valor. Lo noble, lo eterno, lo interior deben ser
protegidos para que no sean arrollados por lo fútil, por el momento, por lo
superficial, por lo exterior. Y esto se logra por el orden. Nada, pues, de es-
37
trechez mental sino ¡orden! como medio de liberar lo más propio nuestro.
Primero el orden exterior en la mesa, el cuarto, el armario. Quien tiene to-
das las cosas mezcladas como si el papel, los lápices, los libros, la ropa tu-
viesen piernas y se corriesen siempre allí donde no les corresponde, este
tal no es señor de su ambiente y esto porque el desorden se halla en él
mismo. Es en él mismo donde está el embrollo. Para él, pues, luchar por el
orden significa luchar por la libertad; una lucha del espíritu contra el des-
orden en su propio interior.
Lo mismo cabe decir del orden en el quehacer diario: que el levantar-
se, el trabajo, la hora de recreo, el descanso, se hagan a su debido tiempo.
No con mezquindad, pero sí con disciplina. Quien no consigue empezarlo
y concluirlo todo a su tiempo, es esclavo en alguna porción de su ser, sea
del estado de ánimo, o de la sociedad, o de los contratiempos y del acaso.
Así pues, orden en el trabajo: establecer qué hay que hacer primero y qué
después; y en esto no dejarse guiar por el gusto sino por lo que correspon-
de.
Orden también en el trabajo mismo: leer el libro bien; con orden, no
lo último primero. Leer con cuidado cada página, línea por línea. Repensar
lo leído. Consultar en el diccionario u otro libro lo que no se comprenda, o
preguntar. Llevar a cabo un trabajo concienzudamente y no dejarse guiar
por caprichos. Concluir la tarea empezada, no dejarla después de un par de
arremetidas.
Después orden más profundo todavía en el pensar: penetrar realmen-
te. Estudiar a fondo un asunto. No decidirse a la buena de Dios, sino tras
un serio examen. Seguir el hilo de las ideas, no saltar de una en otra. No
dejarse desviar por nuevas ocurrencias, sino siempre derecho, paso a paso.
Hay un tercer camino que conduce a la libertad: la comunidad. Pero
es necesario añadir: la verdadera. La falsa comunidad —lo hemos visto
ya— ata por el temor, el despotismo, la violencia. En cambio, la verdadera
ayuda a la liberación. Ya el hecho de alternar con los de otra manera de ser
y la obligación de respetarlos desata ligaduras. El que anda siempre solo se
enquista de tal manera en su peculiar modo de ser que ya no puede salir de
allí. En cambio, viviendo en compañía, se topa ya con este, ya con el otro
modo de ser: tiene que hacer frente al modo de ser extraño. Entonces sien-
te su ser, experimenta su influjo, procura comprenderlo, examina lo bueno
y lo malo, lo respeta, muestra interés por él a fin de poder alternar, colabo-
rar, etc. Todo esto libera su comprensión y amplía su mirada. Le ocurre lo
mismo que a un hombre que sale del estrecho mundo de su familia y su
patria para tierras lejanas. Es cierto que puede sucumbir a lo extraño y per-
38
der de este modo sus mejores valores; pero no necesariamente tiene que
ser así. En cambio, el que permanece fiel a su ser se amplía: adquiere ex-
periencia de la vida, madurez de juicio y libertad de acción.
Ese tal ya no se sobreestima, sino que sabe ver su peculiaridad como
uno de tantos modos de ser humanos. Y precisamente ante el modo de ser
extraño comprende mejor el suyo propio. Cuántas veces se cae en la cuen-
ta de la fealdad de un defecto solamente después de haberlo visto en los
demás. O cuántas veces se alegra uno por primera vez de una virtud cuan-
do se nota su ausencia en otros o también viendo lo que otros hacen de
ella. Precisamente en el contraste con el modo de ser ajeno es como se
empieza a experimentar el propio, y uno se compenetra con él cuando tie-
ne que abrirse paso a través de la incomprensión y el rechazo.
La mejor comunidad es la de los verdaderos amigos y camaradas. La
esencia de la amistad consiste en que uno desea que el otro sea bueno y
perfecto. La de la camaradería en que uno desea que el otro sea capaz e in-
teligente en la misma empresa. Ambas implican gran sinceridad para decir
al otro sus fallas. Una amistad tiene valor en la medida que uno es sincero
para con el otro, y éste acepta la sinceridad del otro. Conozco amigos que,
cuando después de algún tiempo vuelven a verse, se miran detenidamente.
No como espías secretos, sino abiertamente. Y cada uno lo sabe y resiste.
Y entonces cada uno dice con toda franqueza: “oye, esto me parece bien;
esto otro no...”
Semejante sinceridad es difícil. Resulta muy duro permitir que le
llamen la atención a uno. Frecuentemente todo se rebela contra una pala-
bra. La amistad no es cosa fácil. A pesar de toda la fidelidad, actúan en el
fondo de las mejores intenciones vagos celos, veladas antipatías, suscepti-
bilidad y otras cositas por el estilo muy poco claras. Es como si de algún
fondo oscuro ascendiese a la superficie del alma toda suerte de cosas ex-
trañas que enturbian la clara intención.
Muchas amistades se han roto porque no se ha prestado atención al
“otro hombre” en el propio interior. Este se defiende duramente contra tal
advertencia; la juzga presunción, pedantería, superioridad, afán de domi-
nio. Allí se decide si la amistad posee hondura, sustancia, o si ha sido un
mero sentimiento superficial.
Pero muchas veces resulta también duro decir ciertas cosas al amigo.
A veces no llega la palabra a los labios. Nos conocemos demasiado bien a
nosotros mismos, por eso nos sentimos fariseos cuando le corregimos al
amigo. No se quiere ser falto de delicadeza.

39
Hay sobre todo ciertas cosas que cuesta decirlas. Es mucho más sen-
cillo decir a uno que debe dominar su cólera que advertirle que debe ser
veraz o limpio en cuestiones de dinero. Aquello es una simple pasión; esto
afecta a la honra. Todavía me parece más difícil tener que decirle a uno
que se presente más limpio y aseado o que coma como es debido, porque
en tales puntos el hombre es extremadamente sensible. Sin embargo, hay
que hacerlo; y se presta al amigo un pésimo servicio callándose por tales
motivos. Piensa primero cómo se lo vas a decir: siempre con delicadeza,
espera el momento oportuno y, entonces, háblale con franqueza. Cierta-
mente que el primer momento no es precisamente muy agradable, pero
más tarde te lo agradecerá.
Todavía hay otra ayuda para conseguir la libertad: el rival. Es cierta-
mente una obra magistral el saber aprovecharse de él. Y es que en el pri-
mer instante la sensibilidad, la ira, la venganza y la preocupación nos cie-
gan para no ver en el rival otra cosa que al diablo en persona. Pero no ol-
vides que el odio tiene una vista muy aguda y que la aversión no se deja
engañar fácilmente. Quien sepa, pues, utilizar lo que ellos ven y dicen, oirá
muchas verdades acerca de sí mismo. Verdades duras, maliciosas, des-
agradables, pero ¡verdades! Frecuentemente más claras e incorruptibles
que las que nos podía ofrecer el mejor amigo. Por esto alguien ha hablado
del “mejor enemigo”, que nos coloca inexorablemente ante la alternativa;
que pone al descubierto todos nuestros engaños e inquieta la tranquila sa-
tisfacción de nosotros mismos: “¡Así eres tú, muchacho! ¡Defiéndete!”.
En el modo de defenderse se decide la suerte del deseo de libertad y
de la tan mentada veracidad. Si lo hace oponiendo un frente de mentiras
contra el enemigo, cerrándose con mil razones contra su crítica —y tales
razones existen a montones, porque naturalmente, la crítica enemiga siem-
pre es también injusta—; si se afana en demostrar que el de enfrente es una
mala persona, que no hay en él sino maldad, bajeza y ceguera, entonces ha
perdido la batalla, por más que haga enmudecer al adversario. En cambio,
aun cuando su defensa sea justa se pregunta: “¿por qué me habrá afectado
esto tan profundamente? ¿No tendrá alguna razón?”. Si lo toma a pecho y
se corrige entonces habrá vencido, aun cuando aparentemente se haya im-
puesto el rival.
La “comunidad de la enemistad” es la prueba suprema de la voluntad
de libertad.
Así es como nos aproximamos a la libertad. Poco a poco, pero avan-
zando. Cierto que aún no he dicho absolutamente nada de lo más profundo
de la libertad: del ser libre para Dios, de la superación gradual de la de-
40
pendencia de las cosas, para pertenecer a Dios y poderle poseer. Pero esto
sería un capítulo aparte.
Puntos de reflexión: Hace ya bastante que no presentamos en las car-
tas estos puntos de reflexión. Me ha parecido que ya no necesitas estos es-
tímulos. Pero quizá sea bueno volver a ello de cuando en cuando.
Libertad e injusticia. Pedir perdón y perdonar. Reparar injusticias. —
Libertad y fidelidad. Cuando la fidelidad oprime; cuando creemos poder
obtener más de los otros. —Libertad y sufrimiento. Ataduras externas. Do-
lores, defectos, debilidades. —Los defectos del prójimo. —Libertad y ha-
cer bien. —Gratitud, delicadeza.

41
CARTA OCTAVA

Sobre el alma

Esta carta tiene una verdadera historia... En realidad, todas la tienen.


Frecuentemente, a lo largo de muchos años, cuando las tomo en mis ma-
nos, veo como se han formado. Resurgen múltiples vivencias y rostros, re-
nacen acontecimientos ocurridos largo tiempo atrás.
Todas iban emergiendo de un mar de formas y acontecimientos, indi-
ferentes para el extraño, pero muy significativas para quien estaba ligado a
ellas. Y luego tenía que llegar la hora propicia que diera vida a todo eso, y
por fin quedaba configurada la “carta”. Y cuando estaba lograda era de una
sola pieza, sin costuras; era como un rostro vivo, en el que cada rasgo es
como debe ser.
Todas estas cartas tienen su historia. De ahí que se desarrollen tan
despacio. Hay que esperar que crezcan. Cuando se quiere forzar lo vivien-
te, se atrofia. Exige tiempo. Y servir a la vida significa, ante todo, saber
esperar. Ciertamente hay que saber también cuándo es hora, y poner ma-
nos a la obra, pues hoy está el fruto maduro y se puede cosechar; mañana
quizá sea ya demasiado tarde...
Una historia semejante tiene también esta carta. No es casual que jus-
tamente esta carta se refiera al tema de la espera y del dejar crecer, porque
de estos temas tratará precisamente.
Sus pensamientos se despertaron por primera vez en Niederholtorf,
una plácida aldea no lejos de
Siebengebirge, en mi luminoso cuarto, donde tan a menudo nos sen-
tábamos. Después llegó una noche en Werl, Westfalia; allí en una conver-
sación estos pensamientos cobraron tanto vigor, que me pareció que debía
ponerlos por escrito, pero aún no era tiempo. Me acompañaron al bullicio-

42
so Berlín y de nuevo a Holtorf; después a Rothenfels y Grüssau, y ahora
estoy en Postdam y comienzo a escribir, pues sé que ya es tiempo.
En esta carta era particularmente necesaria la espera, porque ha de
hablar de cosas silenciosas y profundas': del alma. Tomo la palabra en ese
peculiar sentido que tiene en alemán: lo más profundo, rico e interior.
En una de las cartas anteriores hablábamos de la auténtica virilidad,
de que es necesario ser imperturbable y caminar erguido por el mundo. De
que hay que ser noble en el juego, valiente en la lucha y realizar nuestra
obra con claridad y mano firme.
Hoy todo esto adquiere una tonalidad diferente. Es lo que correspon-
de, pues se trata del alma. Cualquier otro enfoque resultaría ruidoso y su-
perficial.
Es cierto que no se puede decir mucho de ella, pero esta carta ha de
tratar de algunas virtudes, en las que su fuerza se revela de un modo parti-
cular y en las que ella misma crece y se fortifica: del silencio, la soledad,
el descanso y la espera.
Callar es más que el mero no hablar. Es una plenitud en sí mismo.
Quien habla, da. Da de lo que ha conocido vivido. El vigor de su corazón
se vuelca en la palabra Sabemos cuánto puede fatigar una conversación
cómo después de ella puede uno sentirse totalmente vacío. Quien calla, re-
cupera la energía vital que fluye dentro y se reconcentra de nuevo, la inte-
ligencia se hace más clara y las imágenes internas se vigorizan Quien ha-
bla, se torna ruidoso, se esfuerza, forma conceptos, se dirige a los demás y
pretende convencerlos ganarlos, superarlos. Lo interior se distiende en la
realización de la palabra.
En cambio, quien calla se torna tranquilo, libre y desligado de toda
intención... Al hablar no se oye ni se mira, sino que se está prisionero de la
propia lucha y formación de los conceptos. Por el contrario, los ojos del
que calla están abiertos, su oído escucha y su corazón se ensancha. Es ca-
paz de mirar, sentir y percibir.
Todo esto ya lo hemos experimentado nosotros. Quizá un día cami-
nábamos varios hablando por el campo. Espontáneamente mirábamos al
suelo, a fin de asir de este modo fuertemente las ideas, y en torno nuestro
se escuchaba el canto de la naturaleza, y el soplar del viento, y delante de
nosotros se extendían los campos. Los árboles se elevaban hacia las alturas
y sobre ellos se extendía el cielo. Pero nosotros no veíamos ni oíamos nada
de esto. En cambio, si caminábamos solos, nuestros ojos y nuestro corazón

43
estaban abiertos. Entonces veíamos los colores y las formas, y sentíamos el
espacio con su plenitud...
Sólo el silencio abre nuestros oídos a la música que resuena en todas
las cosas —animales, árboles, montes y nubes. La naturaleza se torna mu-
da para quien está continuamente hablando. Y también en la palabra del
otro sólo el que calla percibe lo esencial: aquello que resuena detrás de los
burdos conceptos; la verdadera intención de la palabra; el tono que la en-
vuelve y hace que una palabra muchas veces signifique algo muy diferente
de lo que expresa... Y sólo quien sabe callar percibe a Dios. La voz delica-
da que nos dice cuál es el sentido de esta desgracia, de aquella hora feliz,
de un encuentro, de un destino. La silenciosa voz que en todo eso avisa y
amonesta —quien habla continuamente no la percibe.
Callar no quiere decir ser mudo, de ningún modo. El verdadero silen-
cio es el correlativo vivo del recto hablar. Están relacionados como la ins-
piración y la expiración. ¿Acaso se puede dar una sin la otra?
El hablar crea comunidad, ya que por la palabra recibimos y compar-
timos. Sin lenguaje, el mundo interior nos oprimiría. La verdadera palabra
libera. Pero debe ser verdadera y estar en vital relación con el silencio. El
silencio es la fuente del hablar. En el hablar se advierte si éste procede del
silencio o no. Lo que procede del silencio es pleno y rotundo como el can-
to matinal de un corazón regocijado, es vigoroso y fresco como las flores
que crecen en las alturas. Fíjate cuan claras son sus formas; cuan firmes
son sus tallos y sus hojas; y el color de sus flores cuan profundo e intenso
al mismo tiempo. Así son las verdaderas palabras.
Hablar sin callar es pura charlatanería. Sólo en el silencio fluye la vi-
da, se concentra la fuerza, se esclarece el interior y adquieren su más pura
forma pensamientos y emociones. El sentido interno de la palabra adquiere
su verdadera forma desde el silencio. La palabra es la interna corporiza-
ción del espíritu: el nacer de lo intuido adquiriendo su forma verdadera.
Piensa en el misterio de la Santísima Trinidad, en donde el Hijo es la “Pa-
labra” del Padre. Pero su origen se verifica en un silencio divinamente pro-
fundo. Y “cuando todas las cosas yacían en el más profundo silencio y la
noche llegaba a la mitad de su curso, entonces, ¡oh Señor!, descendió tu
Divina Palabra del solio real a nuestro mundo”, dice la Liturgia de Navi-
dad.
Solamente quien sabe callar bien sabe hablar bien. Sólo es clara y
plena la palabra cuando procede del silencio.

44
Cuán profundamente sentí yo una vez junto al Meno que el silencio
es plenitud. Estaba tendido junto al río y todo callaba en el valle; ningún
pájaro cantaba, ningún hombre, ningún vehículo pasaba. Todo estaba en
silencio, incluso yo mismo. ¡Pero qué riqueza en todo! Lleno de vida, de
ser, de la gran plenitud contenida en el fondo de todas las cosas.
Estar solo es más que no estar acompañado. Es una plenitud en sí
mismo. Quien se dirige a otros se aleja de sí mismo, se encamina hacia el
otro lado. Vuelve la mirada hacia otro mundo, penetra en él mediante los
ojos y los oídos. En cambio, quien está solo se retira a su interior, “viene a
sí”. Con las conversaciones —alegres o tristes— las burlas y las riñas, el
trabajo y las tareas de la profesión, etc., ¡cuán profundamente nos hemos
hundido entre los hombres!
¡Cuántas veces hemos estado tan “fuera de nosotros” por la cólera o
el enojo, que “no nos conocíamos a nosotros mismos”, que “nos olvidá-
bamos de nosotros”! Decíamos entonces cosas que ciertamente no proce-
dían de nosotros y hacíamos lo que poco después nos parecía totalmente
extraño. Hasta que fuimos a la soledad. Lejos de los camaradas, del círcu-
lo, de la familia; fuera del ruido del lugar de trabajo, y entonces “volvimos
de nuevo a nosotros mismos”. Volvimos a vernos. Examinamos lo hecho,
escuchamos lo que habíamos dicho; todo a la luz verdadera. De nuevo nos
poseíamos. Podíamos juzgar lo que había pasado, reconocer y arrepenti-
mos de lo que estaba mal y ponernos de nuevo en el camino de la verdad.
Soledad significa pues, estar exteriormente solo, pero ante todo estar
interiormente consigo mismo. Hombres verdaderamente solitarios pueden
estar en medio de los demás, en el ruido de las calles y el ajetreo del traba-
jo, y no obstante consigo mismo. La soledad nos rodea como un seto silen-
cioso que sólo deja entrar lo que conviene. Todo lo que significa persona-
lidad —que uno sea transparente a sí mismo, que advierta la responsabili-
dad de su acción, que llegue a ser dueño de sí— despierta en la soledad.
Todo esto no significa que haya que huir de los otros o que no se de-
ba disfrutar de su compañía. Soledad no es ser huraño o vivir aislado, co-
mo tampoco callar significa estar mudo. Necesitamos de los demás, pero
no debemos correr siempre tras la multitud. Bien miradas las cosas, sole-
dad y comunidad se implican tan profundamente como callar y hablar, ins-
pirar y expirar. Verdaderamente sociable sólo puede ser quien sabe vivir
también en soledad. Porque comunidad significa que se puede dar a los
demás, y recibir de ellos; que una corriente vital fluye entre uno y otro;
que realmente se verifica un ir y venir. De otro modo no hay comunidad,
sino comercio o un simple montón de gente.
45
¿Pero de dónde brota esa corriente, eso que se puede dar: el respeto,
la amistad, el amor, la palabra buena, la acción bienhechora? Sólo de la
profundidad interior, del corazón fundado en sí mismo. Y esto se abre en
la soledad.
Y por otra parte sólo de aquí surge la apertura interior, la capacidad
de recibir y conservar. Todavía más: auténtica comunidad significa que en
el calor y la intimidad del dar existe un límite, que cada uno está claramen-
te 45 afirmado en sí mismo y tiene un profundo respeto hacia los demás.
De lo contrario no hay comunidad, sino rebaño. Pero también este respeto
y esta auto–reserva se aprenden en la soledad.
Se le nota a un hombre si la soledad está detrás de él. A veces es difí-
cil mantenerse en ella. Muy difícil. Hay quienes no pueden disfrutar solos,
tienen que comunicarlo a los demás. Otros, que no saben arreglárselas so-
los con una pena, sienten la necesidad de desahogarse. Ciertamente que
esto se puede hacer. La felicidad es más rica cuando se comunica y el do-
lor oprime menos. Pero también hay que saber callar. Resistir solo y arre-
glárselas consigo mismo. Cuando se sale de semejante soledad al encuen-
tro de los demás, entonces sí que se es fuerte y rico para dar.
Todavía quisiéramos decir algo del descanso, que es algo más que un
mero no trabajar. Es también una plenitud en sí mismo. Cuando trabaja-
mos, creamos y aspiramos, nuestra alma se halla en ruta hacia la meta, en
camino del “ahora” hacia el “futuro”. Es magnífico este avanzar vigoroso.
La vida discurre vertiginosamente en esta marcha hacia la meta.
Pero si esto se convierte en lo único; si todo se convierte en ambicio-
nar y trabajar; si nuestra alma permanece siempre disparada como un dar-
do hacia una meta, hacia el futuro, y alcanzado éste, de nuevo se lanza a
otro; si se logra un anhelo y nos invade otro, y así indefinidamente, ¿qué
ocurrirá? Que nuestro ser pierde la hondura, el fundamento, el apoyo. To-
do es ajetreo: “¡adelante!”. Pero no queda nada vital que nos pueda hacer
avanzar: la meta se torna un espejismo, el afán una cacería.' Ya no queda
lugar para la posesión, ni la alegría ni el recogimiento...
¿Quieres ver esto palpablemente? Sal a las calles de nuestras ciuda-
des cuando los hombres se encaminan presurosos a sus negocios por la
mañana o por las noches o los domingos, cuando corren afanosos a diver-
tirse. Por todas partes ruido y ajetreo.
¡Qué espantoso resulta este fantasma de vida! ¿Qué pensará Dios de
todo esto desde su eternidad?

46
Si al anochecer salimos a la paz del campo... acaso se eleva por allí
un cerro; todo a su alrededor está hundido, y nosotros —totalmente li-
bres— nos hallamos como aproximados a la serena grandiosidad de las es-
trellas, tan plenas de eternidad; y, sin embargo, en su inabarcable duración
son tan sólo un corto momento ante el Dios eterno.
¿Qué dirá, pues, este Dios de nuestro trajinar? Si fuéramos paganos
habríamos de pensar que se ríe de nosotros. Más sabemos que es Amor y
pensamos con corazón suplicante que se dignará contemplar compasivo
nuestra locura.
Descansar significa abandonar la caza de objetivos, abandonar el pa-
so vertiginoso por el “ahora”; significa recogernos, hacer un alto... tener un
presente. El hombre entregado al vertiginoso pasar del ayer al mañana es
un esclavo del tiempo. En cambio, si sabe descansar, si surge el presente
en su alma, entonces está en contacto con la eternidad.
Saber descansar significa abrirse a la eternidad, significa haber supe-
rado urgencias y ajetreos. Es entonces cuando se hace uno capaz de intuir
lo que permanece: la esencia de las cosas. Quien sabe descansar tiene los
ojos abiertos a lo eterno. Sólo él contempla lo que permanece, lo esencial.
Únicamente él posee. Sólo él sabe lo que es gozo, lo que es paz. Única-
mente el corazón tranquilo siente grande y profundamente. Sólo él perdu-
ra. “No es la fuerza sino la duración del sentimiento lo que determina el
rango de un hombre”, ha dicho alguien. Pero la duración tiene sus raíces
en la serenidad.
Quien sabe descansar se tranquiliza. En su alma entra la quietud, no
como un cese de trabajo sino como un todo interior que todo lo penetra,
como un equilibrio que todo lo llena.
Descanso no significa ociosidad. Tanto menos cuanto que del descan-
so nace primordialmente el verdadero trabajo. Pues éste surge de la con-
templación de lo eterno, del contacto con lo que permanece. El descanso es
para el trabajo lo que la silenciosa tierra para las plantas. Le presta vigor,
plenitud y permanencia. Es el alma del crear; lo enriquece y fecunda. Lue-
go del trabajo el alma vuelve otra vez a su quietud. Descansar y trabajar
son también dos polos entre los que corre el aliento de la vida.
Estos pensamientos nos conducen de la mano al cuarto punto: la es-
pera. También es una plenitud; mucho más, por tanto, que un mero no ha-
ber entrado en acción. Hay hombres que no tienen la menor idea de la pro-
funda ley que rige en todo lo auténtico. Piensan que todo se puede hacer,
decir, leer, disfrutar. Y que lo puede cualquiera y a la hora que se le antoje.
47
Los hombres capaces de esperar saben que esto es una mentalidad
vulgar. Conocen la profunda verdad de que todas las cosas tienen “su ho-
ra”. “Todo tiene su tiempo”, dice el libro del Eclesiastés. “Hay tiempo de
nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar..., tiempo
de llorar y tiempo de reir..., tiempo de ganar y
tiempo de perder, tiempo de guardar y tiempo de tirar..., tiempo de
callar y tiempo de hablar...” ¡Todo! Cada libro tiene su tiempo; si lo lee-
mos antes, o no lo entendemos o lo entendemos mal y nos confunde. Cada
pensamiento tiene su tiempo. Es entonces cuando ha llegado a sazón y
produce vida. Expresado a destiempo se atrofia, se extravía o hace daño.
Cada acción tiene su tiempo. Trabajar y descansar, alegrarse y estar serio.
Creemos ciertamente que el Dios sabio todo lo ha ordenado. Creemos que
cada pensamiento, cada obra y cada hombre están comprendidos en su
Providencia.
46
Es necesario, pues, que logremos el sentido de la hora exacta de cada
cosa: hemos de saber esperar.
El hombre de espera sabe que lo más profundo, lo mejor, no podemos
hacerlo de ningún modo con nuestro trabajo, sino que se hace. Lo crea
Dios y la naturaleza, su sierva. Hay que dejarles tiempo, darles lugar.
También esto significa saber esperar.
Ciertamente que nada se hace “por sí mismo”; no debe uno cruzarse
de brazos; hay que aportar lo suyo, pero a su hora; decir la palabra oportu-
na, ejecutar la labor precisa. Entonces prospera y genera algo bueno. Hay
que prestar atención, pues, a esta hora oportuna, y esto significa esperar.
Esperar, pues, quiere decir dejar camino libre al Dios creador y a su coope-
radora la naturaleza. Pero a la vez atender a la hora precisa y ser obediente.
En el fondo esto equivale a tener paciencia. Sobre ella ha dicho Nuestro
Señor una sentencia maravillosa: “Si sois pacientes, poseeréis vuestras al-
mas”. No nos poseemos cuando nos apresuramos impacientemente. Pasa-
mos de prisa ante nosotros mismos. Somos esclavos de toda angustia, pa-
sión y tentación. La paciencia es la que nos pone en posesión de nosotros
mismos.
Ya no somos capaces de dejar crecer y madurar las cosas. Queremos
hacerlo todo, forzarlo, apresurarlo. ¿El resultado? Violencia y más violen-
cia. Hombres torcidos, obras malogradas, una vida de invernáculo que ya
en su nacimiento lleva la muerte., obras organizadas en lugar de natural-

48
mente crecidas, vidas ajetreadas en lugar de vividas. Pero hay que pensar
que no tenemos sino esta única y corta vida.
Hemos perdido totalmente el sentido de la oportunidad del tiempo.
Cualquiera lee cualquier libro en el día que se le antoja, o canta cualquier
canción a cualquier hora. Juzgamos que se puede sostener cualquier con-
versación en todo momento o que lo mismo da escribir una carta ahora o
después. ¡Qué desarraigados nos hemos vuelto! ¡Sin patria nuestras pala-
bras, sin rumbo nuestro trabajo!
Tenemos que aprender de nuevo a esperar. Dios crea y obra. Debe-
mos confiar en Él, y volvernos serenos. Saber que El hace lo mejor, no no-
sotros.
Pero a la vez hemos de estar preparados para cuando llegue la hora.
Hay que lograr el sentido de la oportunidad: saber cuándo es hora de leer y
de escribir, de hablar, de trabajar, de alegrarse; cuándo debemos estar solos
y cuándo relacionarnos. Un instinto que nos denuncie lo dañoso y lo útil,
lo justo y lo excesivo. El instinto del “ahora”.
Una vez más adviertes cómo el saber esperar y la acción resuelta se
implican mutuamente. La espera hace que la acción se realice en el preciso
momento y en el ambiente apropiado, que posea toda su energía y alcance
su fin. La espera hace que se dé realmente una acción y no un mero suce-
so. También aquí aparece el aliento de la vida, que fluye entre la disposi-
ción expectante y la acción decidida.
Silencio, soledad, descanso, espera: son las sendas hacia el interior.
Caminos hacia esa profundidad, quietud y fortaleza que llamamos alma.
Y avanzando, llegamos a algo más hondo todavía. Sobre ello quiero
hacer aquí sólo unas breves indicaciones.
Empecemos por la pureza. Tampoco la pureza significa tan sólo no
pensar ni hacer cosas sucias, sino que es una plenitud en sí. Significa que
el hombre es nítido y fresco en todo su ser, que posee ese fino aire de recio
y alegre vigor que es inconfundible. “Bienaventurados los limpios de cora-
zón, porque ellos verán a Dios”. Mas la contemplación sólo es posible en
el vigor y la apertura del ser.
Después la virginidad. ¿Cuántos la comprenden? Significa mucho
más que pasar solo la vida. Si no fuera más que eso, entonces ahí tienes al
solterón y a la solterona, seres amargados y estériles que son una carga pa-
ra sí y para los demás. Pero la virginidad es todo lo contrario: el hombre
virgen tiene una plenitud en sí, una inmensa capacidad de darse. Solamen-
te que todo lo da a Dios y así se mantiene joven y alegre. De esta manera
49
se enriquece y madura, y adquiere esa santa nobleza de que nos habla el
Apocalipsis cuando dice que solamente las vírgenes pueden cantar el cán-
tico del Cordero.
¡Y esa bienaventurada pobreza, a la que está prometido el Reino de
los Cielos! Ella significa ser libre, dueño de sí mismo. La verdadera hu-
mildad no tiene nada de rastrero, pues brota del vigor de un corazón noble.
De la libertad sabemos nosotros que surge en los hijos de Dios cuando se
entregan a El completamente.
De la paz ha dicho el Señor que es su más precioso don: “os doy mi
paz; la paz que el mundo no puede dar”. En verdad no es un mero descan-
so, sin agitación, sino el colmo de toda plenitud vital y de toda sabiduría
divina. Dice la Sagrada Escritura que Dios “la derramará sobre nosotros
como una corriente profunda”; y San Pablo sabe de ella que “está por so-
bre toda razón”.
Y la fuerza con que desandamos este camino es el sacrificio. Y otra
vez: sacrificio no quiere decir tan sólo desprendimiento, que hagamos mi-
serable la rica y hermosa vida. Significa no quedarnos con un bien, una
alegría o una obra para nuestro propio disfrute, sino elevarlo a un mundo
superior: a Dios. En Dios todo permanece nuestro, sólo que transformado,
transfigurado, divinizado. “Congregad en el cielo tesoros, que ni el orín ni
la polilla corroen y que no roban los ladrones”. En el sacrificio elevamos
algo precioso por la entrega en las manos de Dios; pasamos con alguna po-
sesión o alguna alegría y firmemente con todo nuestro ser a la vida eterna.
Este paso parece destrucción, pérdida, negación. Puede realmente serlo
cuando se lo hace forzado, de mala gana y malhumorado. Entonces corroe
la vida. Pero realizado con corazón generoso en un “sí” sincero, es cuando
result47 a una ascensión a una vida más alta.
Todo esto es camino hacia el alma. No se trata aquí de nada muelle.
¡Al contrario! Debemos mirar el mundo con ojos claros, actuar resuelta-
mente y realizar nuestras tareas con energía. Pero todo ha de brotar de lo
profundo, del silencio. Debe haber algo detrás de todo eso. Detrás de la
comunidad, la soledad; detrás de las palabras, el silencio, y detrás de la de-
cisión la serenidad.
Porque todo esto en gran parte se ha perdido, nos encontramos en una
situación tan terrible. Cuando uno pasa por una ciudad, por su bullicio,
cambiando un medio de transporte por otro, por sus calles en medio del
ajetreo, pasando ante los escaparates que atrapan las miradas de miles de

50
ávidos ojos, hay que retener el alma para que no sea arrastrada a ese mun-
do de corridas, bullicio y ambiciones.
Ya no existe el silencio sino el charlar y más charlar sin fin. Todo es
una palabrería ruidosa. De todo se habla y se escribe, todo se escucha. Na-
da permanece sagrado. Nada es coto cerrado del silencio, ni lo más subli-
me. Todo es explicitado, todo es desmenuzado y disecado sin piedad ni
vergüenza en los periódicos, en sociedad, en los centros de reunión. La ha-
bladuría es tan desarrollada, que todos tienen la palabra. Todo el léxico es-
tá a disposición: el elevado, el agudo y el fino, el sabio y el profundo, el
revolucionario, el conmovedor, todo. Se sacan todos los registros. Mejor
dicho, no todos; hay un modo de hablar que está a salvo en el seno de
Dios: el más simple. Nadie lo puede imitar si no le nace realmente de la
paz del corazón. Pero todos los demás modos de hablar retumban, resue-
nan y ensordecen, y las palabras dicen cada vez menos y se vuelven cada
vez más huecas e insignificantes.
Ya no hay soledad. Todos se aglomeran en reuniones, asociaciones,
organizaciones. Masas en las calles, masas en las fondas y lugares de di-
versión. Masas en los centros de formación, masas por todas partes.
¿Quién puede estar solo todavía? Y por esto tampoco hay comunidad. Re-
baños, organizaciones, pero no comunidad. Sólo desde el estar consigo se
puede ir realmente a los demás.
Como nadie puede callar, así tampoco puede nadie descansar. “El
tiempo es dinero”: difícilmente han podido salir de la boca de los hombres
palabras más depravadas. Como un horrible veneno nos ha penetrado este
espíritu en la sangre. Ahora el tiempo pertenece al dinero, y el dinero re-
clama sus derechos sin dejarnos tiempo para otra cosa que no sea su servi-
cio, sin tiempo para gozar, ni para pensar, ni para los amigos ni para Dios.
De este vértigo no puede surgir la verdadera acción. Todo se va en hablar
y escribir de acciones, pero no se lleva a cabo ninguna. Lo que sucede en
nuestros días es un desencadenamiento de fuerzas desenfrenadas —por
cierto no dirigidas por Dios— pero no acciones. Estas sólo nacen en la so-
ledad, en el descanso, en la capacidad de esperar y dejar madurar.
“¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”,
ha dicho el Señor. ¡Oh, el mundo nos pertenece! Pronto la tierra nos habrá
de entregar sus tesoros, sus energías, sus tóxicos. Pero ¿qué ha sido de
nuestra alma?
Y por eso nos resulta Dios tan lejano. Dios es un Dios oculto, que
habita en el silencio. Ciertamente que se puede orar desde el ruido de la

51
fábrica y desde un corazón agitado, ya que Dios está cerca de toda necesi-
dad y seguramente muy cerca también de la nuestra. Pero el auténtico ha-
blar con Dios, el genuino estar– junto–a–El, se da ante todo en la calma, en
la soledad, en la espera, porque “es bueno esperar la salud del Señor en si-
lencio”...
Pues ¿qué debemos hacer? Estas cartas no han de incitar tan sólo a
pensar sino también ayudar a actuar. Busquemos pues un punto donde po-
damos comenzar: queremos aprender de nuevo a vivir el domingo.
“Acuérdate de santificar el sábado”. ¿Qué significa esto? Continuamente
aparece en el Antiguo Testamento este precepto. Lo había inculcado Dios
con una severidad terrible: quien quebrantaba el sábado era apedreado.
Hasta que este mandamiento penetró tan hondamente en la conciencia del
pueblo judío que aún hoy está vivo después de miles de años. ¿Qué pre-
tende este mandamiento?
Los domingos debemos estar libres y descansar. Debemos estar libres
del trabajo. “Con el sudor de tu rostro comerás tu pan”, dijo el Señor. Y
San Pablo: “quien no trabaja, que no coma”. Es cierto que tenemos que
hacer con gusto nuestras faenas, pero la moderna divinización del trabajo
engaña. Todo trabajo, aún el más sublime, lleva la impronta de la maldi-
ción, del castigo. El hombre originariamente no fue hecho para el trabajo
tal como lo tenemos que hacer ahora. Fue destinado al libre y fecundo cul-
tivo del paraíso. A nuestro trabajo, en cambio, le ha sido impreso el signo
de la esclavitud. Lleva “cardos y espinas”, la maldición de una íntima este-
rilidad. Todo el mundo la experimenta de algún modo tan pronto como de-
ja de tomar tan en serio la embriaguez del producir y el ruido del éxito. Pe-
ro tenemos que hacer nuestra tarea, es nuestra obligación, y no nos es lícito
comer si no trabajamos. Quien come y no trabaja, en cierta manera roba.
Pero de esta ley estamos dispensados los domingos. Este día podemos co-
mer sin trabajar. Y Dios garantiza que tendremos qué comer aun cuando
no trabajemos. El día domingo marchamos por el mundo como hijos libres
de Dios. El día domingo continúa el paraíso en esta historia de dolor.
Y debemos descansar el día domingo. No debe haber bullicio. ¡Des-
canso! Dios descansó el séptimo día. No quiere decir esto que Dios hubie-
se trabajado anteriormente. En esta frase “Dios descansó” se revela la infi-
nita profundidad y plenitud de la vida divina, de la que había salido la
creación; la riqueza, la luz, el silencio y la paz que “sobrepasa toda razón”.
Nuestro descanso debe ser un reflejo de esto. Plenitud, silencio y
calma; un estar en puro presente, que no se preocupa por el mañana. Y to-
do lo bello y dichoso que nos brinda este día —la reunión familiar, el en-
52
cuentro con los amigos, la conversación, el juego, el paseo— debe estar
abarcado por el descanso de Dios.
¿Verdad que ya no tenemos domingo? ¡Es que ya no podemos des-
cansar! El día domingo continúa el ajetreo de la semana. Únicamente varía
el objetivo: en vez del trabajo, el placer. Idéntica tensión, idéntico ruido. Y
cuan elocuentemente testimonian los semblantes apáticos o ansiosos la va-
cuidad de todo eso.
Pero resulta terrible la ausencia del domingo. No en vano ha escrito
Dios tan hondamente este precepto en el corazón humano. El alma se
arruina sin domingo. Es para ella amparo y fuerza. El domingo es para el
alma lo que el aire para el pecho.
Debemos darle lugar de nuevo. Liberarlo de todo trabajo, en cuanto
sea posible. No debemos disculparnos con que tal o cual cosa quedan to-
davía permitidas. No, ésta ha de ser precisamente nuestra elevada tarea:
liberar realmente el domingo de todo quehacer. Adelantar trabajo en lo po-
sible: disponer de tal modo las cosas que todo resulte limpio, alegre y
adornado. Limpias las habitaciones, llenas de luz las ventanas, sobre la
mesa un ramo de flores frescas, aseada la ropa y toda la persona.
Y luego descansar realmente. No ajetrearse, ni siquiera en las diver-
siones. Relajar cuerpo y alma.
Esto hay que aprenderlo, ya que no sabemos hacerlo espontáneamen-
te. Hay que aprender a permanecer, a serenarse, a detenerse en el presente.
Sumergirse en la lectura de un libro bello. ¿Tienes tú para los domingos un
libro así? Entregarse a la contemplación de un cuadro hermoso, a un paseo
agradable. Nada de excursiones agitadas. El paseo del domingo ha de ser
tranquilo, sosegado, aunque nos lleve lejos, al campo. Proporcionar alguna
alegría a los demás, pero que sea noble... ¡hay tantas posibilidades! Refle-
xiona sobre qué puedes hacer para que el domingo resulte verdaderamente
el día de los hijos de Dios, el día en que el paraíso se hace presente en el
transcurso del tiempo.
Y después tratemos de trasladar el domingo también a los días de la-
bor. Intentemos crearnos un momento de calma, por ejemplo, antes de la
oración de la mañana. —Lee de cuando en cuando la carta sobre la ora-
ción— Y por la noche hacer otro tanto. Acaso podamos sacar libre un
cuarto de hora para esto y descansar verdaderamente. Al principio se nos
hará difícil, pero tenemos que aprenderlo. Al principio, en cuanto intente-
mos calmarnos, empezarán a excitarse los nervios. Pero no debemos cejar.
Digamos no con violencia, sino con voluntad que relaja y concentra:
53
“quiero estar tranquilo; permanecer quieto aquí, no escaparme ni exterior-
mente ni tampoco con el pensamiento, lo que pretende arrastrarme no es
tan importante. No urge. Puedo hacerlo igual mañana. Ahora quieto, aquí”.
Así salimos del ajetreo y nos colocamos en el puro y tranquilo presente.
Leamos algo bello, sumámonos en algún buen pensamiento, contemple-
mos un cuadro. También podemos acercar nuestra silla a la cama de un en-
fermo, o estar junto a nuestra anciana madre o situarnos en espíritu junto a
un amigo lejano... O simplemente sentarnos y sosegarnos interiormente.
Así, con estos cortos momentos, daremos forma al domingo. No po-
demos conseguir esto plenamente de un solo golpe. Se nos ha clavado de-
masiado hondamente en nuestros nervios la agitación de la época actual.
Hay que ir aprendiendo poco a poco.
Relee también de vez en cuando lo que dice la primera carta sobre el
recogimiento. Aquellas breves, pero frecuentes interiorizaciones en el cur-
so del día vienen a ser también un “domingo” en medio de las faenas coti-
dianas. Reconquistemos poco a poco la fuerza del descanso, del silencio,
de la calma y del presente. Y sigamos penetrando en los imperios esencia-
les de la vida, en los mundos del alma.
Desde aquí influiremos en el mundo, mejor y más decisivamente que
con mil agitadas reformas. Aprendamos en el silencio la palabra verdade-
ramente expresiva; en la soledad la auténtica comunidad y en el esperar
tranquilo la acción oportuna y decidida.

54
CARTA NOVENA

Sobre el Estado en nosotros

Nota.— Esta carta fue escrita en la última época de la República de


Weimar y, por eso, no hace expresa referencia a las difíciles cuestiones
suscitadas por el abuso de la autoridad estatal en los años que van de 1933
hasta el final de la guerra. No obstante, sus ideas sobre los fundamentos de
la verdadera democracia permanecen invariablemente válidas, cobrando
quizá hoy su máxima actualidad.
Ingeborg Klimmer

Si observamos un poco en torno nuestro, veremos cómo la inmensa


mayoría vive totalmente ajena al Estado. Para muchos es un gran edificio,
con diversos compartimientos. Por él anda mucha gente haciendo sus ne-
gocios, tienen sus pasatiempos, viven y mueren, sin preocuparse de la gran
casa lo más minino; únicamente pagan la renta convenida a fin de poder
vivir en ella. Pero la casa “en sí” les tiene sin cuidado.
Para otros, “Estado” equivale a funcionarios, autoridades, todos aque-
llos que tienen algo que decir. El resto debe conformarse con ser buenos
ciudadanos, esto es, hacer lo que ordene la autoridad.
Otros entienden el Estado como un poder enemigo; como algo que
los violenta, que menoscaba su libertad y restringe su propiedad. Están en
una rara pugna con él, buscan medios de zafarse y frente a él tienen por
lícitas cosas que comúnmente se reprobarían...
Pensémoslo bien: ¿tal Estado no es una cosa mala, ridícula? ¿una co-
sa que está ahí, en la que los hombres se mueven o con la que se encuen-
tran en una rara pugna, como si este ente “Estado” fuera una cosa aparte y
nada tuviera que ver con ellos?

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¡Pero esto no es así! ¡El Estado no vive por sí mismo! Es verdad que
tiene raigambre propia y que su autoridad proviene en última instancia de
Dios. Pero acaba por convertirse en un indignante dejarse gobernar si se
olvida que el Estado también descansa sobre nuestra libre decisión. De la
libre actuación de cada particular brota el Estado. Este es lo que cada uno
hace de él. El Estado tiene sus raíces en mí, en ti. Luis XIV dijo un día con
la autosuficiencia del monarca absoluto: “el Estado soy yo”. Lo mismo de-
beríamos decir en rigor todos nosotros. Pero debería ser una palabra de
honda responsabilidad. El Estado no es una cosa ya acabada y establecida,
sino algo que incesantemente se hace; se hace no por sí mismo, como una
planta, sino que tiene que ser hecho. Pero, ¿quién lo hace? No un “algo”
misterioso, impersonal, sino ¡tú!
Naturalmente que en el Estado tiene que haber un orden; de otra ma-
nera todo terminaría en un caos. Pero ese orden ha de encarnarse en perso-
nas que sepan que no mandan a esclavos, sino que representan el orden es-
tatal ante hombres libres. Igualmente, la obediencia debe ser cumplida no
por lacayos, sino por personas responsables ante Dios.
Puede muy bien suceder que el Estado oprima al particular. Conti-
nuamente se repite el caso de que el individuo tenga que ser postergado
ante el bien común. El Estado incluso muchas veces ha hecho abuso de la
fuerza violando los derechos del individuo y destrozando vidas. Sobre esto
nos han proporcionado los últimos años amargas enseñanzas. No obstante,
el Estado en su más genuino ser es una tarea confiada al hombre por Dios;
tarea que, si llega a consumarse, constituye una de las supremas creaciones
de la capacidad humana.
No debemos considerar al Estado como una máquina que funciona
ciegamente. Tampoco como algo inmóvil, una cosa que está ahí, en cuyo
interior ocurren diversas cosas; ni como un mero reglamento al cual está
sujeta la vida. Es cierto que muchas veces es todo esto, y no queremos en-
gañarnos. No en vano se defiende instintivamente la vida frente a él. Más a
pesar de todo no debemos retirarnos del Estado, por el solo hecho de que
entonces irá a parar totalmente a las manos de quienes hacen de él un ne-
gocio o lo convierten en instrumento de su ambición. Pero prescindiendo
de eso, el Estado tiene que ser otra cosa; algo vital, el gran objeto que está
opuesto a nuestra individualidad personal; esa construcción imponente, esa
vida productiva, en la que halla expresión no el individuo ni el reducido
círculo de amigos o de la familia, sino el pueblo. Pero semejante Estado
cobra vida únicamente cuando nosotros no lo dejamos simplemente fun-
cionar solo; cuando no lo entregamos en manos de funcionarios y soldados
56
sino cuando nosotros mismos lo creamos. Cuando nace vitalmente de tu
actitud, cuando es “Estado en ti”.
Con esto entramos en el tema de la tarea cívica y del modo de reali-
zarla, es decir, de la formación cívica. Pero la expresión es ambigua. Gene-
ralmente se la emplea para decir que la gente debe saber qué es la constitu-
ción, qué leyes y autoridades hay y qué tiene que hacer un ciudadano.
Todo esto es bueno y sería un signo de inmadurez menospreciar esos
conocimientos. Un hombre, con quien vislumbré por primera vez lo que
significa propiamente trabajar para el Estado, me dijo un día: “me parece
indignante que pretendan reformar el Estado gente que ni siquiera conoce
la misión de una simple municipalidad”. La frase me viene a la mente con
frecuencia siempre que leo declaraciones políticas de la juventud —y no
sólo de la juventud.
Entonces sentí gran vergüenza por las enormes sandeces que ya se
han dicho por un mero “instinto creador”.
Verdaderamente más de uno haría mucho mejor si suspendiera sus
discursos y se pusiera a aprender cuál es “la misión de una simple munici-
palidad”. Pero en esta carta entiendo por formación cívica otra cosa. Tiene
un sentido similar al que usé en mi obra sobre “formación litúrgica”.
Para tener una correcta posición en el Estado y en el pueblo, se preci-
san mirada clara, recto juicio y mano segura. Es necesario tener una orien-
tación política; pero ésta no se aprende en los libros y cursos, sino que se
va formando lentamente. El que un estudiante haya estudiado toda la carre-
ra de medicina con afán no significa que sea ya un médico; lo será cuando
conozca vitalmente al sano y al enfermo, su cuerpo y su alma. Pero no se
conoce sólo con la inteligencia; en tal caso serían los mejores médicos los
que más brillantemente hicieran los exámenes. Posee el médico ese cono-
cimiento pleno cuando logra un contacto vital con el enfermo; cuando tie-
ne un ojo que, a través de los síntomas externos, sabe penetrar hasta la raíz
misma de la enfermedad; que ve cómo el cuerpo está enfermo por el alma
y el alma por el cuerpo; cuando tiene un oído fino, que capta no sólo lo
que se dice abiertamente, sino lo que se dice a medias y hasta lo que se ca-
lla. Es médico quien posee tacto fino y mano segura, firme y tierna a la
vez, quien tiene esperanzada confianza en su corazón y una fuerza interior
que cura y libera. Entonces es un perfecto médico. Entonces tiene “forma-
ción médica”.
Lo mismo ocurre con el hombre de Estado: no lo hacen sólo los co-
nocimientos. Estos son necesarios, y quien se entromete en asuntos de go-
57
bierno sin un riguroso conocimiento de su misión es un irresponsable. Pero
realmente hombre de Estado sólo es aquél que logra una actitud corres-
pondiente a su misión, el que ve con claridad lo que en rigor es el “Esta-
do”; quien intuye lo que es útil y dañoso para el Estado; quien posee la
fuerza creadora, constructiva y conservadora del Estado.
De esta actitud política queremos hablar. Primero, porque a todos nos
alcanzan los deberes de la vida estatal. Además, porque precisamente aho-
ra se ha hecho urgente de un modo especial la cuestión política. También
es nuestro intento hacerlo de la manera más sencilla posible. De las gran-
des cosas, de la naturaleza del Estado, por ejemplo, o de cómo debe estruc-
turarse la comunidad del pueblo, hablaremos muy poco. Nos detendremos
en las pequeñas cosas. Como en todas las cartas, nos interesa únicamente
brindar instrumentos de trabajo. Ciertamente que hablaremos del Parla-
mento, autoridades y leyes; pero exclusivamente para ver dónde se en-
cuentran en la vida diaria las raíces de todas estas cosas.
Esto es lo que ha sido vital para mí. No me interesa decir esto o aque-
llo o todo, sino tan sólo una cosa: que la actitud política debe arraigar en lo
vital. Si la tienes miras en torno, observas, y cada movimiento, cada lectu-
ra del periódico te ensancha el horizonte. Si no la tienes entonces toda ac-
tividad es activismo y palabrerías.
Ciertamente, debo presuponer que tú no vienes de una fábrica parti-
daria, por así decirlo, con esquemas cerrados listos para el uso, con los
cuales se pretende suplantar todo pensamiento: nacional–internacional, ra-
cista-humanitario, conservador–revolucionario... o como quieran etiquetar-
se esos esquemas.
Hoy todo el mundo lleva esas etiquetas en el bolsillo. Ya no se nece-
sita abrir los ojos, examinar opiniones ajenas, analizar a fondo. Los es-
quemas lo hacen todo. Es absolutamente superfluo preguntarse cómo ac-
tuarían en determinadas circunstancias palabras, normas o acontecimien-
tos. Cuando surge un punto de vista, o aparece una personalidad u ocurre
cualquier suceso se echa una ojeada y ¡ya está! ¡Tal o cual etiqueta! ¡Se
aplica el esquema! ¡Listo! ¡Y qué estupendo que no haya necesidad de
pensar!
Nosotros no queremos dejarnos encasillar el cerebro por un partido ni
que lo taponen los periódicos.
El más profundo sentido del Estado no es servir, sino ser soberano.
Ciertamente tiene que cuidar el bienestar de sus miembros, pero cada uno
a su vez debe ocuparse de su propio bienestar. El Estado no tiene que ocu-
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parse de cada uno en particular y tenerlo bajo su tutela; sí debe apoyar al
individuo y hacerse cargo de lo que el particular o las libres asociaciones
de particulares no son capaces de realizar. Debe cuidar que haya orden en
el país a fin de que cada cual pueda realizar su tarea. Todo esto es el fin del
Estado, pero no agota en modo alguno su esencia.
Aparte del fin tiene el Estado un sentido, que es algo mucho más pro-
fundo: ser soberano. No por sí mismo sino por Dios; debe representar la
majestad de Dios en el orden natural con todas sus necesidades, energías,
pasiones, intereses y acontecimientos. Esto no quiere decir que tenga que
sostener la religión y la moralidad; eso es cosa de la conciencia de la Igle-
sia. El Estado se basa en la moralidad, la protege en cuanto que ella debe
tener vigencia pública, pero no la representa. Lo que él representa es la so-
beranía del Señor Altísimo en las cosas terrenas, simplemente por el hecho
de ser y de ser reconocido.
Y hace valer esta soberanía en el derecho. También el derecho tiene
un fin: salvaguardar la libertad, la vida y la propiedad. Pero tiene además
un sentido más profundo que ese fin: que reine la justicia en todo acto y
relación humana. Sin otro objetivo ulterior sino únicamente por ser justicia
—orden querido por Dios en el trato de personas libres. Tan pronto como
desaparece la soberanía del Estado y no se ve en él más que utilidad públi-
ca, seguridad y promoción de la actividad económica, muere lo esencial
del Estado. Tan pronto como en el derecho sólo se ve una gran ordenación
de la actividad pública y no esa soberanía de que hablamos, muere lo esen-
cial del Estado. Se convierte en una gigantesca empresa de industria y co-
mercio, en una compañía de seguros, en un servicio de vigilancia.
Esta es una de las cuestiones que hoy se deciden: ese sentido más
profundo del Estado de encarnar la soberanía y ser portador del derecho se
ha diluido cada vez más. Pero con esto ha desaparecido también el carácter
propiamente político del Estado. Cada vez se imponen con más fuerza los
objetivos puramente económicos y se convierte el Estado en defensor de
asuntos meramente privados. Constantemente va perdiendo lo que le da su
carácter público: ser lugarteniente de Dios en el orden natural.
Ser político significa llevar vitalmente en la sangre lo que significa
Estado. Ser político significa querer la soberanía. Ciertamente tiene que
ver con realismo que toda la vida está basada en la utilidad, la economía y
el trabajo ordenado, pero debe descubrir en todo eso el íntimo sentido del
derecho. El político lucha por la soberanía y el derecho, procura hacerlos
resaltar en todos los objetivos y utilidades; a través de ellos y, si es preciso,
contra ellos. Quien tiene sentido político advierte con verdadera preocupa-
59
ción, con encolerizada angustia, cómo declina la soberanía del Estado.
Presiente que se avecina un mundo en el que no se podrá respirar. Un
mundo en el que rige una caricatura de la soberanía —el poder calcular—
y una caricatura del derecho —un orden burgués que protege el dinero, pe-
ro que renuncia a la dignidad.
Se podría objetar que los Estados siempre han robado y destruido. Es
verdad. También ellos están sometidos al pecado original. Pero antes exis-
tía la conciencia de lo que llamé “sentido” del Estado —distinto de su “fi-
nalidad”— aun cuando se delinquiera contra él. Pero ahora amenaza per-
derse totalmente ese sentido pues la soberanía del Estado declina. No pre-
tendo decir con esto que no tenga poder externo. Mas hay otro poder que
consiste precisamente en la soberanía misma, en que esta soberanía esté
viva en las almas, en que sea tomada en serio por los hombres. Y es enton-
ces cuando sienten también su responsabilidad. Pero esto es precisamente
lo que hoy desaparece. No se siente ya esta soberanía; el Estado es coloca-
do en la misma línea que una sociedad anónima. No se lo toma en serio, se
pasa por encima de él. Sus leyes son despreciadas, no sólo transgredidas
— esto ha sucedido siempre— sino menospreciadas.
Hay varios individuos junto a un quiosco. Ha salido una nueva dispo-
sición, digamos, sobre el precio del pan. Uno lee el periódico, se vuelve a
los otros y alejándose dice: “¡zánganos! ¡Estos no nos quieren ayudar!
¡Quieren que nos arruinemos!” —y se puede palpar cómo sus palabras ha-
llan eco en los corazones.
Están reunidos algunos en un bar. Se habla de los acontecimientos
políticos del día. Uno declara en tono de profundo desprecio: “¡nadie sabe
nada en este gobierno! ¡Cuanto antes caiga mejor!” —y todos asienten con
la cabeza.
En un círculo de hombres de negocios se trata un proyecto. Con toda
sangre fría se discuten las leyes estatales que se oponen y se estudia el mo-
do de burlarlas y no hacer caso de ellas. Se admite como la cosa más natu-
ral del mundo que para el hombre de negocios el Estado con todas sus le-
yes es una cosa a la cual sólo los tontos tienen miedo.
Todo esto se escribió en los años terribles inmediatamente posteriores
a la primera guerra mundial. Quizá tú no te acuerdas. Desde entonces mu-
cho ha variado. Ya no existe el control de precios del pan y cosas pareci-
das; pero dejemos ahí lo dicho como reminiscencia de aquellos años. Con
sólo traducir su contenido a la situación actual, a lo que se puede ver y leer
por todas partes, aquellas frases recobran su vigencia.

60
¿Por qué no tiene ya vigencia el Estado? Porque ya no la tiene en el
corazón del hombre del quiosco ni en el del bar ni en el hombre de nego-
cios. Porque el primero presentó al Estado como enemigo en un momento
en que el corazón de los que lo rodeaban estaba amargado; porque el se-
gundo lo denigró ante sus oyentes; porque el tercero con toda naturalidad
consideró al Estado como un leve obstáculo sobre el que lícitamente puede
saltar el interés privado.
Si ahora estos hombres escriben en el periódico, sus artículos no ten-
drán otro clima que el de la calumnia y la destrucción, sin respeto ni res-
ponsabilidad. Si van a reuniones, quieren escuchar ese mismo lenguaje. Es
para ellos una satisfacción destructiva ver denigrada la soberanía del Esta-
do. Si alguno entra en el Parlamento como diputado, resuena idéntico tono
en todas sus palabras. ¡Escucha alguna vez las conversaciones políticas!
¡Lee los periódicos! Te darán asco las duras injurias y las críticas sin ton ni
son. Estamos tan acostumbrados a esto, que ya no nos damos cuenta de la
falta de escrúpulos en todo eso. Cómo se juzga sin conocimiento de causa,
sin ninguna justicia y sin reparar en las consecuencias. ¡Ya no notamos
cuán indigno y desolador resulta todo esto!
Tales personas ocupan un cargo, pero sin fe en él. No creen que pue-
da tener un sentido profundo ni creen en la dignidad del deber. Ejercen el
cargo por pura necesidad, o por el título y la remuneración. Y su gestión
no posee ninguna fuerza constructiva; no saben encarnar al Estado en el
desempeño de su función. No saben ejercer su cargo con serena y natural
dignidad. No tienen dignidad alguna, sino que miran su tarea como un
simple cumplimiento de funciones o se obligan a una dignidad que no les
cuadra y que sólo irrita a los demás. El Estado se nos aparece en sus repre-
sentantes. Pero encarnar en el propio cargo la soberanía viva del Estado
con sencillez y naturalidad, sólo lo puede hacer quien sabe afirmarla vi-
talmente. Pero si uno está en aquella actitud escéptica o destructora, si el
Estado es para él algo que puede ser derrumbado de un día para otro, algo
inútil o frágil por encima del cual se puede pasar, en este caso el Estado
adquiere realmente estas características.
¿Pero no es lícito combatir lo que a uno le parece falso? Ciertamente,
con energía. Pero lo que debe prevalecer es el “sí”, en modo alguno el
“no”. Primero el “sí” como respeto y predisposición para el deber; luego
puede venir el “no” de la crítica. Y si se llega a ejercitar ésta, hay que cer-
ciorarse primero de qué se trata.
Distinguir, no generalizar. Separar las personas de las cosas, el abuso,
del recto uso. Quien critica de este modo, siempre respalda el “no” con el
61
“sí”; hace del “no” algo serio. Se advierte en su crítica la actitud positiva
frente al Estado, el sentido de responsabilidad y su confianza en él.
También esto es propio de la crítica constructiva: saber hablar y ca-
llar en el tiempo oportuno. Hablar en el lugar preciso y a un auditorio ade-
cuado, y tener conciencia del efecto de sus palabras. Tal disposición es ac-
titud política. Quién así actúa, tiene al Estado en sí.
Tiene “Estado” en sí quien se sabe responsable del honor del Estado;
quien habla y obra de modo tal que sostiene, protege y hace valer ese ho-
nor; también quién se opone a la injusticia y critica lo falso.
Esto tiene que ser así en función de la cosa misma, de otro modo no
sería afirmación ética del Estado, sino servidumbre e irresponsabilidad.
Pero detrás de toda crítica debe estar el respeto y el sentido de cuándo,
dónde, cómo y antes quiénes se critica, a fin de construir y no de destruir.
Es preciso que nos introduzcamos todavía más en la vida diaria. La
actitud de afirmación del Estado no se manifiesta recién cuando se trata del
Estado como tal, sino ya allí donde nos encontramos ante algo que tiene en
sí un derecho, una vigencia, una dignidad. Así, por ejemplo, ante la fami-
lia, ante la escuela, cuando en nuestra vida profesional nos encontramos
ante los superiores legítimos, etc. Aquí se demuestra definitivamente si
uno tiene en el sentido decisivo “Estado en sí”, o si es “a–estatal”. Si en
sus padres, en el maestro, en el capataz, no ve más que un enemigo y sus
palabras cobran ese tono hostil que se oye por todos lados... si se alegra y
aprovecha cuando se pone al descubierto alguna falla de ellos; si él da por
supuesto que estos hombres son envidiosos, limitados, despóticos, mez-
quinos... Si es así evidentemente le falta “Estado”.
Le falta actitud política. En todo lo que se refiere al Estado su actua-
ción será profundamente destructora.
Pero si una persona advierte los errores y miserias, y sin embargo
siente que detrás de todo eso existe algo que no se debe derrumbar, que
debe mantenerse vigente, y se decide por ese algo; si a través de toda críti-
ca resuena una afirmación sincera; si todo reproche lleva tras de sí el reco-
nocimiento de lo bueno... entonces esa persona tiene “estado en sí”, cons-
truye. Y si entra propiamente en la vida política, asume también idéntica
actitud ante los grandes problemas del Estado.
Política significa que un pueblo actúa. Pero, ¿qué es “pueblo”? Los
hombres con todo lo que son en cuerpo y alma y en su modo de ser; el
producto de su suelo y de su tierra; su vida de trabajo, su profesión; lo que
han vivido y sufrido en su pasado; la expresividad y vigor de su lenguaje,
62
sus costumbres y sus usos, cuentos y leyendas; el modo de vivir, de edifi-
car y de tratarse... Esto, y aún mucho más, es propio del “pueblo”. Todo
ello enlazado por esa fuerza originaria, que hace que todo esto no sea un
mero montón de cosas particulares sino una unidad viva.
Con todo, este pueblo así constituido, todavía no puede actuar. Está
como atado, inmóvil. Un pueblo puede actuar cuando deviene móvil y or-
ganizado; cuando se unifican todos los anhelos, inteligencias y energías;
cuando el todo adquiere rasgos comunes, una voluntad, un empuje. Todo
esto se verifica precisamente en el Estado. En el Estado adquiere el pueblo
capacidad de actuar, de tener historia.
Naturalmente, cada tiempo tiene el Estado que le es acorde. Mientras
el hombre vive vinculado a una totalidad, el Estado descansará más sobre
el soberano que gobierna con sus consejeros; si es un verdadero soberano,
el pueblo sabe que en él alcanzará sus derechos porque el soberano lleva la
causa del pueblo. A medida que el individuo va adquiriendo independen-
cia, éste quiere tomar parte en el Estado. Así surgen esas formas de vida
estatal en los cuales el individuo tiene mayor influencia. El sentido del Es-
tado es que en él el pueblo alcance capacidad de actuar. La peculiar mane-
ra de ser del pueblo ha de manifestarse en las formas de Estado, y su vo-
luntad en las empresas estatales. Que el pueblo actúe en el Estado y que el
Estado actúe como forma vital del pueblo: he aquí lo que hace historia.
¿A qué se dirige este actuar en el Estado? Quiere ser, vivir, expresar
su vida como ella es. Política significa que un pueblo vive y actúa en el Es-
tado, y que en el fondo no actúa solamente para enriquecerse ni para llevar
a cabo obras —aunque todo esto también le corresponda.
Pero, ¿cómo lograr semejante unidad de acción? Hay realmente pue-
blo y Estado cuando se expresan la opinión y voluntad del pueblo; cuando
se hacen valer las fuerzas que yacen en el pueblo; cuando no domina un
individuo ni una clase, ni funcionarios ni diplomáticos, sino que actúa la
totalidad, lográndose un vital resultado de conjunto; cuando el Estado es
en verdad la forma de esta peculiar vida del pueblo; cuando los individuos
toman parte en la vida de este Estado y se saben responsables de él; cuan-
do el Parlamento está para que se hable libremente y se forme la opinión y
voluntad públicas, y las autoridades están para coordinar las fuerzas dis-
persas; cuando el jefe político sabe que actúa en nombre de la totalidad del
pueblo y le ayuda en sus empresas; cuando el pueblo sabe que necesita de
tales individuos activos, los reconoce y confía en ellos. Actuar política-
mente significa actuar de tal manera que se haga realidad tal pueblo y tal
Estado. Estos han sido grandes objetivos, pero vemos que de un pueblo y
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un Estado así no hallamos apenas rastro. ¿Por qué? Porque todo queda en
lo abstracto, en palabras y entusiasmo, en pura nebulosidad. Porque no se
aproximan al mundo de los hechos. ¿Dónde está, pues, el mundo de la
realidad en el que el objetivo y la idea se convierten en acción y forma?
El Parlamento tiene sesión. Hay importantes cuestiones que tratar. Un
diputado expone sus puntos de vista; luego habla otro del partido contrario
y echa por tierra cuanto el orador precedente dijo. No ha hecho ningún
análisis objetivo, no se ha esforzado lo más mínimo para comprender bien.
Arremete con todo, arranca proposiciones del contexto, exagera opiniones
y puntos de vista, se burla, hace sospechosa la opinión de su contrario.
Apenas tiene la palabra el atacado, responde en el mismo tono, sólo que un
poco más mordaz. Entretanto hablan otros; quizá no se preocupan en abso-
luto del asunto que planteó el primer orador, derivando poco a poco hacia
temas totalmente diferentes. Hasta que tras algunos discursos ya no se sabe
a dónde va propiamente la línea de la discusión. Toman partido por éste o
por aquél, concluyendo todo en un caos o quizá termina en un alboroto
salvaje aquel debate para el que el pueblo había enviado a los hombres de
su confianza.
Uno se avergüenza cuando lee tales cosas en los relatos de las sesio-
nes. ¡Y todavía se leen cosas peores! Se siente ignominia. ¿Quién ha en-
viado los diputados al Parlamento? ¡Nosotros! ¡Deben representar nuestra
causa! Por eso semejante conducta nos deshonra a nosotros.
Pero aún hay algo más: cuando esto sucede no hay pueblo ni hay Es-
tado. Aquí no se expresan los problemas, anhelos y necesidades del pue-
blo, no se manifiestan sus energías, no se habla ni se oye ni se sopesa la
causa común, no se hace ningún esfuerzo por comprenderla más profun-
damente con el aporte de cada uno. El Parlamento se convierte en un ámbi-
to en el que discuten individuos limitados e indisciplinados que no se im-
ponen el más mínimo esfuerzo por comprender a los demás. Donde las co-
sas marchan así todo es ruinas. No se efectiviza la voluntad común del
pueblo, no salen a relucir los distintos intereses y tendencias, no pueden
medirse entre sí y sopesar su importancia hasta que por medio de un atina-
do y disciplinado compromiso se logre una voluntad común. Aquí no se
concentran las distintas tendencias y fuerzas formando una cuña poderosa
y claramente orientada que pueda abrirse paso, y en la cual actúe el pue-
blo. Todo se va en lamentables discusiones sin claridad y rigor.
Aquellos dos rivales tenían que haber sido “pueblo”. Para eso fueron
enviados. Representaban distintos puntos de vista; eso era natural. Uno
vino en nombre de los agricultores del país, el otro en nombre de los traba-
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jadores. Pero cada uno debía haber tenido conciencia de esto: “Yo estoy
aquí por todo el pueblo, y el de enfrente lo mismo. Juntos queremos exa-
minar lo que conviene a este pueblo. Lo que en él vive lo queremos fusio-
nar para que resulte una acción vigorosa”. Esto hubiera sido “ser pueblo” y
pueblo en el Estado. En cambio, ellos han jugado con el Estado, han des-
truido algo de él. Todavía peor: no ha habido ni uno ni otro, ni pueblo ni
Estado. Era simplemente gente que reñía, nada más. No han sabido hacer
causa común en un orden de disciplina, razón, justicia, voluntad creadora.
Todo esto significa “Estado”. Se han mostrado como hombres sin Estado y
sin pueblo (un griego diría como bárbaros). Cada uno ha tenido de ante-
mano al otro por necio, ignorante, malo... de lo contrario no podrían haber
hablado así. Han mirado al otro de esa forma, han pensado esas cosas y
hablado con esas palabras. Y el resultado fue que ellos han arrastrado con-
sigo a muchos otros a ese vacío de Estado y pueblo, es decir a esa barbarie.
¿Por qué no hay una convicción profunda y común en nuestro pue-
blo? ¿Por qué no hay una fuerte y común voluntad? Existen muchas razo-
nes. A nosotros nos interesa esta: porque el diputado X y el diputado Z se
han enfrentado de esa manera en el Parlamento. —¿Por esa razón?— Cier-
tamente. Pues estos dos señores diputados probablemente no hablan así
sólo hoy sino también mañana y la semana próxima y en todo el período
de sesiones. Y lo más lamentable es que esto no se ciñe a los diputados X
y Z, sino que el fenómeno se repite a lo largo de todas las letras del alfabe-
to. Más todavía, no se da solamente en el caso de diputados individuales
sino también se da dentro de los mismos partidos cuando dialogan entre sí.
Esta actitud tampoco es del todo ajena a los funcionarios según lo testimo-
nia numerosa correspondencia y sesiones. Y si nos internamos en el mun-
do del periodismo tenemos la impresión que uno ataca al otro siempre con
uñas y dientes... Por esto no hay ni pueblo ni Estado.
Pero detengámonos en los diputados. Cuando uno es elegido, ¿cuál
debería ser su primera reflexión, su convicción fundamental? Esta: “No
sólo soy enviado por mi partido, sino por todo el pueblo. Debo colaborar
para que surja en el pueblo una convicción recta y viva de lo que es digno
y útil para que nazca en el pueblo una voluntad clara y consciente de sus
objetivos, para que con espíritu despierto y energías en tensión acierte a
vivir y crear en el Estado. Pero no estoy sólo, hay también otros. No existe
sólo mi convicción y la de mi partido, hay también otros partidos. También
ellos han enviado a sus delegados, y cada uno de ellos igualmente está aquí
para todo el pueblo. Cada uno trae sus experiencias; cada uno ve algo co-
rrecto; cada uno es limitado y se equivoca. Mi tarea consiste precisamente
65
en reunir toda esa abundancia de conocimientos, proyectos y energías en
una unidad vital. Condensar la comprensión y la voluntad del pueblo...”.
¡Así debería pensar! El Estado debe ser obra nuestra, no una estructura en
la que estemos metidos. Pero obra de todos, no solamente de un partido.
La labor del diputado es la labor del arquitecto, pues es necesario que
comprenda a la otra parte, porque allí se expresa el “pueblo”. Tiene que
buscar la unión y convencerse de que cuanto mayor oposición encuentre
mayores energías atisba necesarias para elevar el todo.
Al chocar con una actitud contraria, demuestra si es un verdadero po-
lítico, maestro en la construcción del Estado, forjador de la voluntad del
pueblo, o más bien un chapucero, un charlatán, un servidor de intereses
particulares y de pequeñas vanidades. Entonces demuestra si ve en el lado
opuesto la contraparte con la que conjuntamente construye la bóveda, si se
esfuerza por comprender, analizar y cooperar; si al contrario, es el de en-
frente un enemigo que él quiere derrocar, desprestigiar y poner en ridículo.
El que obra así no es político, no edifica el Estado; no tiene más ley que la
de los puños, la de la barbarie, aunque lleve en la cabeza todos los códigos
y conozca todos los artificios de la politiquería. En cambio, quien actúa del
otro modo edifica el Estado; más aún, en este caso, entre él y su opositor
hay ya “Estado”, y por ellos el pueblo está vivo en el Estado.
¿Pero quiere decir esto que haya que estar de acuerdo con todo? ¡Con
tanta frecuencia se encuentra uno con opiniones falsas! Se ve con claridad
que la cosa es así, mas el de enfrente no quiere ceder. Luego, ¿hemos de
ceder nosotros? ¡En modo alguno! Entonces hay que luchar. Siempre ha-
brá lucha, porque siempre tendremos que hacer frente a falsas concepcio-
nes. Pero una vez más repito: es muy diferente si el punto de partida de la
lucha es el “no” o el “sí”, si uno ya de antemano piensa en la refutación o
si se esfuerza por comprender al adversario y juzgarlo con justicia. Es muy
diferente si uno se opone al otro sintiéndose en el fondo uno con él por la
misma voluntad de servir al Estado o si se enfrentan como dos individuos
hostiles sin ninguna relación.
Cuentan de un gran político que tenía un modo propio de enfrentar a
su adversario. Primero escuchaba con atención, luego se levantaba, repetía
todo lo que encontraba bien en el discurso del contrincante destacando in-
cluso otros puntos que hablaban en favor de la tesis del otro. Luego de ha-
ber reconocido cuanto tenía de valioso, luego de haber convencido a su
adversario de que lo tomaba en serio, tendiendo de ese modo un puente
hacia él, venía su famoso “pero”. Seguía su réplica, clara y convincente. A
ésta podía responder el contrario sin excitarse; más aún, se veía en la nece-
66
sidad de hacerlo, so pena de pasar por descortés. Así se elaboraba poco a
poco, en una colaboración realmente objetiva, en una lucha creadora de
concepciones encontradas, la unidad, el Estado. Porque en ellos dos había
hablado el pueblo con sus ardientes ansias de unidad.
Quien lleva en su sangre la idea de que el Estado no se basa en indi-
viduos con sus peculiaridades ni en un partido con su orientación particu-
lar, sino que más bien es algo singular, esa bóveda que se alza justamente
desde opuestos pilares mediante un juego de tensiones y contrastes; quien
sabe que el pueblo no habla jamás por boca de un individuo solamente
sino por la multiplicidad de concepciones vivas de hombres convencidos;
quien sabe que “Estado” es esa grandeza, esa amplitud y fuerza logradas
por la acción creadora de los contrastes; que “pueblo” es eso profundo,
omnicomprensivo, que se despliega en ellos y que quiere ser reunido por
una fuerza edificante en la unidad del Estado; quien afronta al adversario
de tal manera que en ambos continúa viviendo el “pueblo” y creciendo el
“Estado”... ése es el que tiene verdadera actitud política 1.
He hablado de los diputados. Pero no olvides que ese hombre que se
sienta en el escaño del parlamento como diputado es exactamente el mis-
mo que hace un rato mantuvo una discusión en la calle con un conocido. Y
el mismo que hace unos días trataba en casa con su socio de negocios. ¿O
piensas que se transforma en otro hombre tan pronto como cruza el umbral
del parlamento? Si cuando en la conversación privada oye una opinión
contraria, arremete contra ella aplastándola y denigrando al que la mantie-
ne, entonces, por más que aparente ser la sabiduría política en persona, en
realidad no ha dado ni siquiera el primer paso en la verdadera actitud polí-
tica.
Otro, por el contrario, acaso no sepa mucho de secretos partidistas y
no tenga acceso a las famosas “primeras fuentes”. Pero si sabe escuchar la
opinión ajena y la examina, si se esfuerza por llegar con el otro a una rela-
ción de cooperación, si ensancha su visión y, dentro de la inflexibilidad en
las propias convicciones, busca en primer lugar lo común, entonces tiene
verdadera actitud política. En él actúan pueblo y Estado.
Estado en nosotros: ante los amigos, los padres, los hermanos, los
condiscípulos, en el grupo, en el negocio, en la fábrica... ¡Aquí se ve! El
Estado no surge en el Parlamento ni en los despachos públicos, sino en el
patio de la escuela, en la familia, en el grupo de discusión, en el negocio.
Quien aquí no lo edifica, temo que no lo edifique tampoco allí.

67
Otra consideración: el Estado consta de personas. Pero la persona es
algo interior. Posee en sí un mundo vedado a los demás, al menos en su
profundidad. ¿Cómo, pues, es posible que constituyan un Estado, si cada
una es para sí? Estado quiere decir que no vive uno aislado en su interior,
sólo consigo, sino también en público, con otros. Estado es algo público,
ese campo en que todos están y actúan; donde habla la totalidad; donde se
mueve el “ser común”, lo suprapersonal.

1 Se objetará quizá: ¡esto es democratismo! Así no se hace ni Estado


ni pueblo; no se llega a la acción ni a la obra. Todo esto no es llevado a
cabo por la colaboración de muchas opiniones y voluntades, sino por un
individuo con talento y capacidad para ello. Todo lo grande procede de un
individuo. Es el error de un chato parlamentarismo pensar que las obras y
la acción en general surgen de las elecciones y tratativas parlamentarias...
Todo esto lo sé yo muy bien. Más abajo se justiprecia este parecer.
Pero estoy en desacuerdo con esta objeción. Hablo aquí de lo que en todo
tiempo puede hacer cada uno, de la actitud que es un deber de cada uno.
Actitud que crea los presupuestos para que el individuo encuentre com-
prensión y seguimiento.
Además, no queremos caer en la embriaguez del culto al genio. Sen-
cillamente no es cierto que sólo crean los individuos excepcionales, sino
cada individuo. Desde luego, cada cual según sus posibilidades. Y de cada
uno de estos individuos —por tanto, de ti y de mí— hablo yo. Si hay un
genio, que salga y demuestre lo que puede. Mas nosotros no queremos
despreciar nuestro pequeño rendimiento por la manía de apelar a lo gran-
de; ni dejaremos que la palabrería del genio nos seduzca, disuadiéndonos
de nuestro deber, pequeño pero difícil para nuestras débiles fuerzas.
¿Cómo surge ese campo? Muchos puentes van de uno a otro. La san-
gre y sus vínculos, el destino común, las necesidades comunes, la tierra, la
tarea en que todos se empeñan, las distintas empresas económicas y espiri-
tuales encadenadas entre sí, etc. Pero ante todo el lenguaje. El lenguaje ha-
ce que yo me entere de lo que el otro piensa en su interior; el lenguaje es
puente de una interioridad a otra. En él se revela también el carácter públi-
co del Estado. El lenguaje es comunidad; es una de las fuerzas que crean
pueblo y Estado. El lenguaje hace que exista un campo común, sobre el
que puedan estar y obrar los hombres.

68
¿Pero si el lenguaje ya no es Seguro? ¿Si ya no revela el interior? ¿Si
engaña? Consideremos tres casos característicos de lo que puede significar
“la palabra”: promesa, juicio y opinión pública.
Ante toda la promesa. La persona es libre, puede decidirse por una
cosa y luego cambiar su camino. Esto da a nuestra relación con los demás
un carácter tan peculiar, puesto que nunca sabemos con seguridad lo que
harán. Del sol sabemos que mañana saldrá, igual que hoy; del agua, que
correrá precisamente hacia abajo. Pero en el hombre hay algo que hace
imposible todo cálculo: la libertad. Algún punto de apoyo tenemos, como
las universales necesidades y costumbres humanas, el carácter, etc. A base
de esto podemos prever muchas cosas con gran probabilidad, pero con ab-
soluta certeza nunca. Puede ocurrir también de otra manera.
Pero hay una cosa importante: el hombre puede obligarse a sí mismo.
Cuando él compromete frente a otro el honor de su persona y asegura que
hará tal cosa y no tal otra, se obliga. No por necesidad, sino por un libre
compromiso. Este se expresa por la palabra. En ella manifiesta al otro que
se ha obligado respecto a él: es la promesa. Ella hace que el uno esté segu-
ro del otro. El primero sabe que ese otro podría obrar de diferente modo,
pero no lo hará porque se ha obligado. Si la promesa es mutua, entonces
surge el contrato. Promesa y contrato crean un campo firme entre dos per-
sonas.
De este modo coopera la palabra en la edificación del Estado: con la
promesa y el contrato. Por ejemplo, dos partidos discuten un asunto públi-
co; al fin llegan a un mutuo acuerdo, dejando libre el camino. Con esto por
base ya se puede trabajar.
Una delegación de trabajadores presenta al ministro sus problemas, y
éste les promete ayuda. Entonces ellos ya saben a qué atenerse.
Dos Estados negocian entre sí y llegan a firmar un tratado. Sobre esta
base se desarrollan luego las relaciones bilaterales.
En resumen, esto es fundamental en el Estado: que toda promesa he-
cha sea válida y todo contrato cerrado, seguro. Personas libres se obligan a
crear entre sí algo firme, hecho de fidelidad y confianza, manifestado en la
palabra.
¿Pero si la palabra engaña? ¡Mira a tu alrededor! Piensa en los trata-
dos concluidos, durante la guerra, en los de antes y después. Tratados vio-
lados al principio, en el curso y al fin de la guerra. ¿Qué valor tiene esa
promesa política? ¿La promesa de un gobierno, de un partido? ¿Podemos
fiarnos de la palabra dada, de los pactos firmados? ¿Podemos realmente
69
confiar? Por eso precisamente no hay Estado, porque hay en nosotros poca
fidelidad y escasa confianza; no se puede confiar con seguridad en la pala-
bra.
¿Pero dónde están las raíces de la palabra capaz de construir “Esta-
do”? ¡En la vida diaria! Si dos comerciantes cierran un trato, pero en esa
misma operación ya están pensando cada uno cómo zafarse de la obliga-
ción, esos dos destruyen el Estado. No inmediatamente, pero sí en la raíz.
Cuando uno hace a otro una promesa y, pudiendo, no la cumple, destruye
el Estado.
Cada uno contribuye siempre de nuevo a que los contratos y prome-
sas tengan validez, creando así un terreno sólido entre los individuos sobre
el que sea posible la comunidad. De este modo fomentamos un robusteci-
miento del lenguaje como elemento creador del Estado. O bien uno desva-
loriza la palabra haciendo que los contratos y promesas se rompan; enton-
ces destruye la base de la comunidad.
Otra significación de “la palabra” es el juicio. En él dice uno a otro:
en el incidente del otro día ocurrió tal cosa; o Fulano tiene esa cualidad;
aquel otro es bueno, capaz, inútil, etc. El interlocutor escucha, cree y obra
en conformidad. También aquí ha creado la palabra algo firme, pues uno
ha dicho su opinión a otro y éste se fía de ella.
Es evidente la importancia que esto encierra para el Estado. La decla-
ración de los testigos ante el tribunal es el fundamento de la sentencia del
juez; el juicio de una comisión de peritos en el parlamento motiva la pro-
mulgación de nuevas leyes; cuando un partido quiere arribar a una resolu-
ción en un asunto difícil encarga a uno que se informe, éste expone su pa-
recer y según él se decidirá; los jefes de una oficina se cercioran de la ca-
pacidad de un aspirante y según el resultado del examen lo emplean des-
pués; embajadores presentan sus informes acerca de la situación política
exterior de una nación; diputados hablan sobre la situación en sus distritos
electorales, etc. En fin, siempre lo mismo: los juicios constituyen el fun-
damento de la acción. Se expone la situación, se evalúa la capacidad de un
individuo, se miden las dificultades y conforme a eso se obra; el respectivo
organismo político confía en que ese fundamento sea seguro, que los he-
chos hayan sido vistos correctamente y las circunstancias hayan sido juz-
gadas objetivamente. Y cuánto más exactamente se refleje la situación de
los hechos en esas declaraciones con tanto mayor éxito y seguridad traba-
jará un Estado. Así podrá tanto la política interior como la exterior perfilar
con nitidez sus objetivos, tomar las decisiones correctas, elegir los medios
adecuados y ubicar las personas apropiadas en el lugar apropiado.
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Por fin, la opinión pública. ¿Qué significa? El parecer de un sector de
los habitantes de una nación, de una comarca; o el parecer de los ciudada-
nos sobre un determinado asunto: sobre personalidades, otros pueblos,
acontecimientos, dificultades, etc. La política de un Estado se torna más
segura en tanto más fidedigna es la opinión pública, esto es, en tanto más
correctamente la gente ve en general lo que ocurre, más objetivo es su jui-
cio y más confiable su palabra. En los últimos años hemos visto cómo en
los momentos difíciles muchas veces todo dependía de la opinión pública.
Ella sostiene al gobierno, a la vez lo vigila y lo rectifica.
¿Y cuál es la realidad? ¿Por qué se empezó y perdió la guerra? ¿Por
qué el enorme despliegue de fuerza, talento, fidelidad y sacrificio ha ter-
minado en esta ruina? Hay muchas razones, pero una ciertamente es esta:
porque no fueron bien consideradas las circunstancias reales en el mundo,
el país, y entre los adversarios; porque era falso nuestro juicio sobre su
fuerza; porque existía una falsa idea del clima y de la situación anímica
reinante en el mundo; porque no fue bien evaluada la propia capacidad.
¡Y en qué lamentable situación se encuentra la afirmación y el juicio
en la opinión pública! ¡Qué manera de afirmar, de informar, de emitir jui-
cios! ¡Cómo se tergiversa, falsea y se destruye la honra ajena! No se cree
ni se confía.
La declaración y el juicio deben crear un terreno firme. Por cierto,
que hay que ser cauteloso, pues todos podemos errar; además, el otro po-
dría tener mala voluntad y mentir. Pero lo primero debería ser la confianza.
Sin embargo, es al revés: lo natural es no fiarse. Y ésta es la actitud en to-
dos los órdenes, tanto frente a los de arriba como a los de abajo. De una
manera particularmente terrible se manifiesta la falta de confianza en el
juicio y en las afirmaciones del periodismo. ¡Cómo se vende aquí la pala-
bra! ¡Qué manera de afirmar, mentir y calumniar!
Así no puede tener consistencia el Estado ya que está destruida la pa-
labra. Está destruida la expresión, la que debería comunicar la verdad al
otro y manifestarle los hechos sobre cuya base pueda actuar; está destruido
el juicio, que puede brindarle orientación y punto de partida; está destruida
la opinión pública, porque ésta significa precisamente que el juicio y la
afirmación son dignas de confianza en la comunidad.
¿Quién tiene la culpa de todo esto? Tú, yo y el otro.
Si un embajador en un país extranjero informa negligentemente a su
gobierno, y, en consecuencia, el Ministerio de Asuntos Exteriores actúa
inconvenientemente, entonces ese embajador ha dañado al Estado. Pero si
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tu superior te encarga un asunto y tú das un informe negligente, entonces
has hecho lo mismo. Si fueses embajador, informarías a tu gobierno igual
que ayer a tu jefe.
Nos indignamos cuando un diputado hace declaraciones infundadas
en el parlamento, pero cuando nosotros en una reunión o en una tertulia
juzgamos sin saber exactamente si es correcto lo que decimos, hacemos lo
mismo. Si mañana fuésemos diputados o funcionarios en un ministerio,
haríamos igual.
La opinión pública la creamos nosotros. Cuando contamos de un
hombre algo que no es cierto; cuando juzgamos de él sin estar bien infor-
mados; cuando transmitimos un rumor sin comprobarlo, entonces destrui-
mos la opinión pública. Y somos responsables también cuando en un mo-
mento decisivo no hay una opinión pública confiable y sucede un descala-
bro.
Uno puede pronunciar los más brillantes discursos y concebir las me-
jores leyes, pero si informa falsamente, si juzga con ligereza, si desfigura
la realidad, si pone en peligro la honra del prójimo, entonces es un pirata
de la opinión pública y un destructor del Estado. Quien quebranta la fe y la
fidelidad, la promesa y el contrato, quien hace desconfiable la expresión
pública es un enemigo del Estado, sea un particular o un alto funcionario
público, sea el que fuere el partido al que pertenece.
Todavía algunas indicaciones más para meditar. Hemos hablado de la
soberanía como núcleo del Estado. Mas para que haya Estado es preciso
que haya también pueblo. Ahora bien, el pueblo no existe sin más ni más,
sino que tiene que hacerse pueblo; quizá tenga que hacerse de nuevo cons-
tantemente. Y esto desde dentro, por un crecimiento interno conjunto. De
este modo política es también servicio al pueblo. ¿En qué puede consistir
tal servicio?
Primero, en aprender a conocerlo. Pero conocerlo no sólo por los li-
bros y conceptos sino con los ojos interiores. Su esencia debe revelarse a
nosotros; tenemos que sentirlo y compenetrarnos con él. Aquí radica la
significación política del viajar: caminar con mirada atenta y corazón
abierto. Tomar contacto con el país, vivir con las características y modali-
dades de cada región; tomar contacto con las plantas, los árboles y los
animales; con los hombres de los diferentes grupos humanos; con costum-
bres y tradiciones populares, los cuentos y leyendas, profesiones y oficios,
la industria y el comercio; con el idioma. Además, hay que conocer ciuda-
des, casas, puentes, iglesias; poesía, artes plásticas y música... Todo eso se

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puede llegar a conocer por placer estético, pero también para conocer al
pueblo en la multiplicidad e íntima unidad de su vida, para que la palabra
“pueblo” se torne una realidad fuerte y viva.
Segundo, defender su idiosincrasia y su salud. No dejarlas destruir,
que no se malgasten sus fuerzas. Desarrollar el legado del pasado. Aquí
hay mucho que hacer en verdad, no en el sentido de fabricar un mundo idí-
lico apartado de la dura realidad. Vivir intensamente el presente, pero ver y
sentir el pasado para prolongar vitalmente lo valioso de él (renovación de
la vida, formación del pueblo, usos y costumbres). Se hace el pueblo cuan-
do conocemos las imágenes internas que nos hablan desde el pasado y que
todavía hoy actúan en su esencia. Cuando amamos la esencia del pueblo,
confiamos en su vigor y desde él creamos.
Hemos hablado de la unidad del pueblo en el Estado, que llega a ser
capaz de una comprensión común y de una voluntad y acción conjuntas.
Pero esa comprensión no sólo se logra horizontalmente —en el estar uno al
lado de otros— sino también verticalmente —de arriba hacia abajo y de
abajo hacia arriba—, a través de autoridad y deber, mandato y obediencia.
Una gran cosa: mandar y obedecer. ¡Han llegado a ser tan infrecuentes!
Mandar no quiere decir que uno pida que se haga esto o lo otro o que ex-
horte o solicite, sino una orden clara y terminante: ¡haz esto! Naturalmente
con cortesía. Cuando el mandato procede de una actitud auténtica, la ma-
yor parte de las veces reviste la forma de la solicitud. Pero en su esencia es
mandato. Por cierto, que hay que saber hacerlo; se precisa seriedad y hay
que mantenerse firme. Y aún no basta. En última instancia ningún hombre
puede mandar en nombre propio; quien lo hace —aunque sólo sea en el
tono—, ofende. La orden debe emanar de la autoridad, de la misión. Para
eso debe estar convencido del Estado. Y la orden debe darse respetando a
la persona libre a quien se manda; mandar no quiere decir dominar ni ser
más sino simplemente que se tiene un cargo y un poder frente a hombres
libres.
Y obedecer no significa hacer algo por complacencia o porque se
quiere ser amable o bondadoso, o por entusiasmo, sino porque ha sido
mandado por quien tiene autoridad y poder para ello. En la obediencia ya-
ce una sencilla naturalidad, nada especial hay en ella. Sí hay dignidad,
porque ella es obediencia libre de un ciudadano libre.
Actitud política significa saber mandar y saber obedecer. Mas este ar-
te se ha hecho inusual. A veces incluso se encuentra uno con algo curioso:
en los funcionarios una satisfacción maliciosa en hacer sentir su poder al
“pueblo”; un deseo recóndito, a menudo inconsciente, de mortificar, de en-
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sañarse; un sentimiento de que el pueblo es en cierto modo un enemigo. Y
en el “pueblo”, en los no funcionarios, cierta satisfacción en burlar a los
funcionarios; se alegra cuando alguno de estos queda en ridículo, siente un
raro placer en hacer lo contrario de lo que la ley ordena. Sabotaje de la ley,
se podría decir. ¿No notas la oposición que surge entre ambos? Tiranía y
anarquía, opresión y revolución: siempre uno llama al otro. Estado se hace
tan sólo cuando la unidad crece de abajo hacia arriba y de arriba hacia aba-
jo; a través del mandato claro y terminante, pero respetuoso; a través de la
obediencia natural, pero íntegra. Así el Estado logra su forma acabada y
surge la capacidad de acción.
Hay todavía otra forma de esta unidad: la del dirigente y los dirigi-
dos. No es verdad que todos los hombres sean iguales; son diferentes en su
manera de ser, son diferentes según el modo y la medida de su talento. La
igualdad no consiste en que todos sean y valgan lo mismo sino en que cada
cual sea él mismo y pueda llegar a ocupar su puesto en el todo. Esta es la
verdadera democracia. El espíritu de la plebe afirma que todos son iguales,
la envidia quiere que nadie sobresalga y busca oprimir todo lo que se des-
taca. Donde prevalece dicho espíritu no surge el hacer rico, tenso y no obs-
tante unido del pueblo en el Estado. Actitud política significa apreciar y
reconocer las diferencias de capacidad, que a cada uno se le permite ocu-
par el sitio que le corresponde, la mayor fuerza y capacidad para la mayor
tarea y responsabilidad, aun cuando ello signifique posponerse. Y a la in-
versa, Estado significa que el que está al frente realiza su obra en el todo
objetivamente y para la comunidad, que permite a los demás tomar parte,
que les hace comprender y colaborar, que en toda su actitud deja traslucir
que trabaja por ellos. También así se hace unidad, la unidad del que dirige
y los dirigidos, la unidad del que va abriendo paso y de los que le siguen,
la unidad del creador y descubridor y de los colaboradores.
Queda por fin una tercera unidad de arriba hacia abajo. Hay distintos
niveles de experiencia y madurez; saber, entendimiento y mesura se logran
sólo con los años. Y por supuesto, amplitud de miras, madurez de juicio y
previsión sólo se tienen después de haber vivido, de haber visto y experi-
mentado mucho. Ante todo, consigue la maestría el que ha vivido con el
alma abierta, el que ha superado la vida con corazón valiente, el que ha pa-
sado con gratitud por experiencias y destinos de toda índole. Y también
aquí depende la unidad de pueblo y Estado, de la existencia y el reconoci-
miento de esta maestría: la maestría de la madurez, de la experiencia y de
la sabiduría.

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En cada hombre hay algo de plebe, se subleva contra el maestro. Sin
experiencia, se cree mayor de edad y apto para juzgar la vida. De no su-
perar esta actitud, espiritualmente nos hacemos gente “de la calle” y ali-
mentamos una política rastrera por más que vayamos elegantemente vesti-
dos y hablemos con la mayor corrección.
Reflexiona alguna vez sobre todo esto, sobre lo que significa aquí ac-
titud política, y dónde se encuentran ya en tu vida cotidiana raíces y atis-
bos de ella.
Hemos hablado ya de lo público y de la palabra. A lo dicho habría
que añadir que hay que liberarse del hechizo de la publicidad, de la palabra
deslumbrante, de la falsía de las actitudes públicas, del narcisismo de los
actores públicos, del poderío del mercado, del vértigo de acciones especta-
culares, del afán de figurar y de otras tantas cosas más. Hay que mantener
una mente clara y objetiva, un espíritu sobrio y sensato. También esto es
actitud política.
Y aún quedaría mucho por decir. No hay político sin sentido históri-
co... Política significa que un pueblo actúa, que actúa desde su historia y
en la historia, que lucha por su modo de ser en este mundo.
Desde este punto de vista, actitud política significa aceptar el desafío
de lo histórico, hacer frente a la situación en que nos coloca la historia.
También se la puede esquivar y refugiarse uno en la seguridad, en lo idíli-
co, manteniéndose al margen; se puede cerrar los ojos a la realidad con sus
presiones, durezas y cosas desagradables. Actitud política significa ver to-
do eso y aceptarlo, aceptar las consecuencias de lo que ha sucedido, com-
partir la responsabilidad de lo que el pueblo ha hecho, compartir el dolor y
el destino de la comunidad.
Comprenderás cuan hondo cala todo esto. Cómo influye hasta en el
modo de leer un periódico, de mantener una conversación, de hacerse car-
go de las consecuencias de una palabra o una acción; si uno se pone en la
fila o se exceptúa a sí mismo, si uno da la cara en los momentos de amar-
gura y vergüenza o si uno se escabulle, y muchas otras cosas más.
En todo eso se desarrolla o no la actitud política. Según exista o no en
las cosas menudas de cada día, existirá o no después en la prensa, en las
deliberaciones de la municipalidad, en las campañas electorales, en la di-
rección del partido, en el Parlamento, en la autoridad pública, en las nego-
ciaciones con otros pueblos.

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EPILOGO

Venerado profesor:

Han transcurrido ya veinticinco años —y qué años— desde que fue-


ron escritas Cartas sobre auto– formación. Durante este tiempo tantas co-
sas han cambiado —tanto en las relaciones externas como en el alma del
hombre— que yo comprendo demasiado bien sus reparos a su reedición.
Sin embargo, a mi modo de ver, estas cartas son — en sus líneas funda-
mentales— tan valederas, tan importantes y todavía más necesarias que
hace veinticinco años.
Pero eso creo justificado presentarle según vuestro deseo Cartas so-
bre autoformación de una manera nueva. Hubo que modificar o quitar al-
guna que otra expresión o frase y algún que otro ejemplo que me parecían
demasiado ligados a la época de la primera edición. Pero cambiar algo más
decisivo no lo permitía la gratitud y el amor a estas cartas que ayudaron a
numerosos jóvenes de aquellos largos y turbulentos años.
Con hondo pesar y después de madura reflexión, he separado estas
cartas, también en su conjunto, de su marco temporal–histórico. Yo pienso
que no es su sentido —al menos hoy aún no lo es— dar testimonio del es-
píritu y desenvolvimiento interior de una generación de la juventud alema-
na. Por esta razón tuve que suprimir, ante todo, la carta sobre la comuni-
dad, pues estaba tan estrechamente unida a las hermosas pero irrepetibles
vivencias del movimiento juvenil, que ya posee valor “histórico”.
Pero las restantes Cartas sobre autoformación son algo más que un
documento de los años en que fueron escritas; pueden hablar siempre de
nuevo a los jóvenes y ayudarles a ser y hacerse hombres y cristianos. Esto
es importante precisamente en el momento actual, en que lo mejor de la
juventud busca un principio, un punto de apoyo para una vida humana me-
jor. Quizá sea por eso un síntoma de nuestra época —uno de los más espe-
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ranzadores, que los hay también— el que estas cartas salgan precisamente
ahora de su patria chica, del círculo de Quickborn y del Castillo de Rot-
henfels, al encuentro de todos aquéllos que quieren confiarse a su estilo de
pensar y de vivir. Ellas hablan de los fundamentos de un vivir cristiano en
la vida cotidiana del joven, y con ello también de la libertad y anchura de
la fuerza de la herencia y misión cristianas, fuerza abarcadora de hombres
y pueblos. Si esta herencia es comprendida y esta misión aceptada, si su
fuerza y anchura son experimentadas, quizá pueda escribirse un día una
nueva carta sobre la comunidad, sobre la comunidad de jóvenes cristianos.

Ingeborg Klimmer

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