Cuando termine la lluvia

Francisco Arriaga

Francisco Arriaga – Cuando termine la lluvia

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Cuando termine la lluvia
Cuentario Francisco Arriaga.

Francisco Arriaga. © Todos los derechos reservados.

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México, Frontera Norte. 10 de Noviembre de 2009. Todos los derechos reservados. 2da. Edición: 05 de Octubre de 2010. Fotografía: Jesús Humberto Olague Alcalá. Todos los derechos reservados.

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Recuento de daños

Recuento de daños 4 I Siete 5 II Tu cielo no es mío 20 III Sábanas limpias 30 IIII Detrás de tus fotos 34 V Líquido 44 VI Dalida 49 VII El Profeta Juan Sabio 55 VIII Cuando termine la lluvia 60 VIIII Lela 67

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Siete

Poco a poco se hace la luz en la pantalla de plasma. El logotipo en colores dorados y fondos marrones cede ante la firme figura de Hélène. Su andar decidido no deja de lado la elegancia y el carácter que asoma en cada concierto. Acomoda el banquillo ajustando levemente la dirección y distancia, sus manos se crispan, serpientes a punto de atacar. Sus ojos y su ceño disipan cualquier duda: está por nacer la música. Después de Mengelberg y Toscanini tuvimos que esperar hasta que Erich Kleiber pusiera los ojos encima de la partitura, y dirigiera la orquesta en la forma que lo hizo. Luego vino Karajan con sus grabaciones de referencia, pero Corigliano, grandísimo hijo de puta, cerró el ciclo: su Fantasia es también la Séptima Sinfonía y la superación de la Séptima Sinfonía. Es un piano que no tiene miedo de la orquesta, de las cuerdas beethovenianas, y que reclama su lugar en la sala de conciertos por derecho propio. Las frases entrelazadas van uniéndose y fundiéndose cual una vorágine girando alrededor de un eje invisible, carrousel vertiginoso de sonidos y figuras acústicas recorriendo la sala de conciertos. Pero pasar de la Sinfonía a la Fantasía no es fácil. Sus manos -piel blanquísima y dedos largos- acarician el teclado lentamente. La simbiosis necesaria para ser fiel a Beethoven y ser fiel a Corigliano se manifiesta entre armónicos y acordes quebrados, lentos. Tiene muñecas fuertes, no le tiembla el pulso cuando los fortisísimos aparecen al lado de martellatos y sforzandos. Hélène no puede dejar de mirar el teclado, ni un solo instante. Quisiera dejar de tener el control total para determinar cómo, por qué y cuándo cada uno de sus dedos entrarán en acción, irrevocablemente; sabe que el ritual ha de cumplirse, la posesión llegará en el momento preciso, y en ese instante lo único posible será abandonarse. Dejarse ir. La audiencia, embebida, asiste a la transformación del ritmo en melodía. Un ostinato omnipresente y obsesivo; los oyentes sospechan que las notas son imprescindibles y necesarias, Corigliano no se detiene. Arremete quebrando el
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ritmo; la idea sigue en pie, sus intentos de ganarle al silencio también son inútiles, esa lucha inútil del Maestro contra el silencio tiene su continuación aquí, ahora, frente a ese piano, bajo las manos etéreas y contundentes de Hélène. Poco a poco se hace el sonido y poco a poco los graves van llenándose, sin dejar resquicios y sin permitir distracción alguna: estamos en 1811 otra vez. El tiempo no transcurre y el silencio es eterno. Pero no queremos aceptarlo, ni Beethoven ni Toscanini ni Mengelberg ni Kleiber ni Corigliano ni Hèlène: ninguno de los asistentes a la sala de conciertos quiere aceptarlo. Aferrados al sonido y al conjunto de pivotes, cuerdas y trozos de madera, son los últimos sobrevivientes de un naufragio atroz: en el silencio fatal de la noche sólo una tabla de salvación, ese piano, el piano-balsa, el piano-isla, el piano-madre. Aferrarse hasta que las manos sangren, hasta que ese teclado con escamas de marfil quede impregnado de rojo, con girones de piel colgando de él. Música ascendente, las manos una sobre otra, los ritmos superpuestos. Los ojos de Hélène quieren ser manos, y sus manos alas. Es imposible. Soltar el pianobalsa es lo mismo que dejarse llevar por el mar embravecido. Hélène renuncia. Renuncia al mar y a sus tormentas, al vuelo azaroso de Ícaro y termina cediendo su cuerpo entero al sonido, el piano brama. Ya no hay sonidos más graves. Ese tono, el último, una y otra vez. El piano embrutecido y embriagado acepta la oferta. Toma su cuerpo y sus ojos y sus manos y la mece, vaivén interminable saciándose en aquel cuerpo; el silencio triunfa una vez más. …O quizá nó. Porque el Maestro no dio tregua, tampoco la dio Arvö, ni Salonen, ni Bach. Su conciencia adormecida le habla, le grita que aún es tiempo. Invocando el recuerdo de los cables y micrófonos ambientales, de las gargantas a punto de reventar y la orquesta haciendo piruetas sobrehumanas, regresa de nuevo al estudio de grabación, apenas dos años antes, a la tarde perdida entre tardes, cuando el piano inofensivo estaba a las órdenes, presto a realizar cualquier tarea. Ella lo alimentó constantemente, quería verlo remontar, ligero en un vuelo constante y altivo. Hélène jamás pudo abrir las entrañas de metal y madera. De haberlo hecho hubiera dado traspiés y quizá habría resbalado, quedando inconsciente sobre el

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suelo. La bestia estaba allí. Aceptando todo tipo de dones y caricias, aceptando suspiros y cansancio; asumiendo el papel de víctima esperó pacientemente. Es el momento de escapar y zafarse de ese recuerdo. Regresa con lazos blindados y recubiertos de plástico, la euforia febril del primer álbum grabado para la casa alemana, el disco donde confesó cuál era su fe. Arremete furiosa en lazadas desesperadas, la bestia gime una vez más y la música desaparece; cual animal acorralado el piano regresa al silencio. Última jugada, la más peligrosa. Estertores monstruosos, Hélène sigue de pie, sin amedrentarse. Desfallecido, el silencio resopla a lo largo y ancho de la sala. Perdió la batalla, aunque perdió en buena lid. Caleidoscopio acústico, lo único que aún permanece constante son las vibraciones de las cuerdas aceradas, que van apagándose poco a poco, entre los aplausos y gritos del público. *** Presionó el botón minúsculo de ‘silencio’. Las imágenes publicitarias saturaron la pantalla. Él tenía sus propios problemas, y no se relacionaban con el tema de la Séptima sinfonía. Frente a la Fantasía sobre el ostinato se plantaba aquella sonata desequilibrada en re mayor, con sus absurdas frases iniciales. Siente pesadumbre en los hombros y las piernas. A un lado de la sala de televisión espera el piano. El estudio es amplio, ventanales y paredes de colores claros, vidrios transparentes y esmeradamente limpios, un mueble pequeño de tres entrepaños hace las veces de librero y portarretratos. Con los años la fotografía adquirió por sí misma un tono sepia y cálido. Los tres sonreían, mirando y de frente a la cámara. No recordaba quién hizo la toma, el trasfondo era el escenario de la sala de conciertos y recitales del conservatorio. Ella al centro, abrazándolos a los dos. Dejó que el timbre del teléfono sonara cuatro veces antes de contestar. Pensó en la sonata, los compromisos pendientes y los eventos programados. Miró otra vez la fotografía enmarcada, y sin dejar de mirarla levantó el auricular. -¿Todo bien, Mario?

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Al escuchar su voz pensó que ella no había cambiado gran cosa, aún conservaba el candor y la gracia de antaño; ellos habían decidido tomar caminos distintos, y especialmente él, terminó con la maldición de los pianistas a cuestas: esa pequeña joroba que sin serlo del todo aparece tarde que temprano en quienes pasan diez o doce horas estudiando frente el teclado. -No, la verdad no me siento nada bien. Ya sé que están los compromisos, el maldito recital; tengo ganas de mandarlo todo a la mierda. Del otro lado de la línea escuchó la respiración contenida. Imaginó su rostro al pensar detenidamente qué frase diría a continuación. El auricular devolvió su voz titubeante y su timbre grave, el que ella usaba sin darse cuenta al hacer el papel de conciliadora. -No te dejes vencer. Aún tienes mucho por… -Nada. No hay nada. Mario deseó no haber cortado abruptamente la frase de Lucía. ‘Perdón. Elegiste un mal momento para llamar’. -Pero no voy a colgar, al menos no antes de que te tranquilices. Andrés también está preocupado por ti. En la mesa de centro un cenicero con la colilla apagada de un cigarro atrajo su atención. Fumaba menos, pero no podía dejarlo del todo. Sintió el deseo irracional de colgar el teléfono para encenderse otro cigarrillo y fumarlo despacio mientras el aire caliente recorre su garganta y el sabor va impregnando fosas nasales y paladar, pero se contuvo; el aire comenzaba a enrarecerse. -Andrés; qué raro que se preocupe por mí, sus intereses debieran ser otros. Aún no aprende a cuidarte. También tenía otra foto, colores deslucidos ahora, que ella tomó con su propia cámara. Aparecía sonriente, el brazo derecho extendido perdiéndose más allá del papel; la cámara hizo bien su trabajo, su imagen aún se recortaba perfectamente sobre el papel fotográfico. Su sonrisa, sus labios, sus ojos y sus cejas que acostumbrara llevar delineadas y arqueadas un poco más de lo necesario hacia arriba. Esto le daba carácter y un aire de grandiosa magnificencia, acentuado por su voz templada.

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-Es porque me cuida que no quiso que te llamara. Ni siquiera sabe que estoy hablando contigo; está entretenido planeando la organización del evento, viendo los detalles de inmobiliario y verificando lo adecuado del local para tu recital. Se preocupa por mí, pero también sigue preocupándose mucho por ti. Mario escucha su voz como quien oye algo que no debe, escondiéndose tras la puerta cerrada. Fue como si aún estuvieran en aquellos días, cuando no había forma de salir a solas... cuando ni Andrés ni él podían dejarla un día sola. Entonces era impensable e imposible. Temporadas enteras de la filarmónica asistieron puntuales a sus lugares, ella siempre al centro, ellos mirándola sin verla, en una competencia callada y constante. Aquel verano Lucía consiguió un diplomado en un instituto de música norteamericano, ellos quedaron frente a frente y ninguno tocó el tema. Se evitaron lo posible durante ese par de meses interminables. Consiguió que el encargado de la sala de estudio le prestara la llave y pudo practicar por la tarde sin preocuparse de horarios, no tuvo noticia alguna de Andrés las ocho semanas que duró el viaje de Lucía. Seis días antes de su regreso, escuchó el preludio de Chopin brotando cual torrente de sonido desbordándose por las puertas de la sala de estudio. Era justo antes de la modulación de re bemol mayor a do sostenido menor, no quiso abrir la puerta y decidió sentarse a un lado de la entrada, recargándose en la pared. La capacidad técnica y el dominio melódico de la mano izquierda eran magistrales, y aquella nota constante, sostenida a lo largo de la modulación con la mano derecha imitaba efectistamente el llover sobre los tejados; el sonido creció y llego al clímax, en notas y timbres bien definidos. La última modulación fue un cúmulo de nubes dispersándose, las últimas gotas de lluvia dibujando círculos concéntricos y sobrepuestos al azar sobre las lozas del patio. No escuchó papeles ni carpetas abriéndose o cerrándose, quienquiera que estuviese estudiando ejecutó de memoria. Cuando la puerta se abrió todo sucedió tan rápido que no tiempo tuvo de alzarse del piso. Ya habían pasado veintitrés años. ***

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Su orgullo era aquel notebook, la silueta de la manzana en la cubierta, conectada por un cable minúsculo a una consola electrónica y dirigiendo desde allí la distribución de sonido, luces, sincronización de los micrófonos y efectos especiales acústicos. Lucía se lo había dicho una y otra vez, ‘a él no le gusta nada de eso, prefiere tener una veintena de oyentes alrededor del piano que la sala llena y una conexión en serie de bocinas para que el piano se escuche hasta la última fila’. Usó el marcado rápido de su teléfono, al escuchar el mensaje de la operadora, supo que ella estaba hablando con él. ‘No me hiciste caso, a ver si ese cabrón no te deja amargada las dos semanas que vienen’. Señaló a los técnicos de iluminación las lámparas que tenían tonos e intensidades distintas, las reemplazaron según sus indicaciones. Sólo faltaba colocar el micrófono más difícil: el que iba dentro de la caja del piano. Jamás le habían dicho que ese micrófono estaba presente en recitales privados o conciertos públicos; hacerlo hubiera sido cruel, y bastaría dejar un solo alambre blindado a la vista para que perdiera la cordura y cualquier intento de sentarle nuevamente frente al teclado fracasara. Lo fijó según tenía la costumbre de hacerlo, el transmisor hacía su trabajo. Pidió a un ayudante que tocara cualquier pieza mientras terminaba de calibrar el micrófono oculto; Lucía y él habían estado grabando todas sus actuaciones, las primeras en audiocassettes, las de los últimos 14 años en discos digitales. Beethoven era su obsesión –quienes no lo conocían bien pensaban que era su compositor favorito-. En cambio, otros compositores estaban ausentes de su repertorio: Debussy, Chopin y Godowsky. Por más que críticos y estudiosos afirmaban que la forma de sus manos con sus dedos largos y firmes estaban hechos perfectamente para atreverse con los estudios y preludios de Chopin o los diabólicos de Godowsky, él nunca quiso tocar nada de ellos. Sólo ellos dos sabían por qué los había excluido sistemáticamente de su estudio y ejecución. La grabación automatizada paró de hablar y un bip contundente le avisó que ya podía dejar su mensaje en el buzón de voz de ese número. ‘Ya está listo el micrófono, Amor. Todo está perfecto para que esta sea su noche’.

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*** Sobre la fuente central del patio principal algunas hojas minúsculas que se desprendían de los árboles amarillentos creaban pequeños círculos que chocaban unos contra otros, distorsionando la figura del cielo. Mario se preguntó si en verdad fue buena idea comentarle a Andrés lo que pasó, estaba más ansioso que él. O sería que a él no le corría atole en las venas; estupor y asombro, exactamente esas dos palabras podían encerrar lo que sentía en ese momento. -Pero ¿qué pasó? ¿La invitaste a salir o qué? –preguntó con insistencia Andrés. -No, todavía no. Apenas acabo de verla, bueno, primero la oí tocar y después la vi. Ni tiempo tuve de levantarme del suelo, cuando menos lo pensé ella abrió la puerta y allí a un lado estaba yo, tullido y sin poder moverme. Tiene unos ojos preciosos, es guapísima y tocó de memoria, ¡no llevaba ni un solo papel en las manos! Andrés lo escuchó mientras intentaba no dejarse distraer por el manoteo de Mario, signo inequívoco que de aquello era algo que en verdad le afectaba, esta vez al parecer, de forma positiva más que negativa. -Bueno, ya, ya. Cálmate. Y mejor dime qué tienes pensado hacer con la grabadora. -De eso te vas a encargar. Quiero que grabes lo que estoy estudiando. Que registres el mejor sonido posible, quiero que te luzcas porque quiero lucirme, para ella. -De acuerdo, pero no vayas a salir con tu Bartök o Schöenberg o Varèse… ni con el méndigo estudio de Godowsky, ya ves que la Cubana te lo prohibió rotundamente. -Todo lo contrario: La niña de los cabellos de lino, el preludio número tres de Chopin, la quinta danza española de Granados, y Córdoba de Albéniz. Pura miel. Andrés acomodó la grabadora según lo que veía hacer a los maestros en las audiciones y conciertos. Esas tomas tenían como finalidad formar parte del archivo de audio del conservatorio y las grabaciones más sobresalientes eran

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editadas anualmente y puestas a la venta en las vitrinas de la tienda de música del instituto. En la lista de ejecutantes sobresalían ciertos nombres, algunos que antaño grabaran como alumnos ahora formaban parte de la nómina de maestros, y algunos otros que llegaban buscando trabajo terminaban estudiando algún doctorado, buscando fortalecer su papel de intérpretes con cada recital. Marisa López, a quien todos llamaban La Cubana por tener esa nacionalidad y un acento que no quería quitarse por nada del mundo, era la asesora directa de Mario. Se rumoraba entre profesores –y entre los más allegados a los demás asesores- que la Cubana tenía envidia profesional y un profundo encono contra Mario, sobre todo por el Godowsky. Ella intentaba obtener su doctorado en Musicología a la vez que especializarse en ese compositor. Sus primeras grabaciones para el archivo del instituto fueron inmediatamente notadas por la comunidad académica, poniéndole en la mira de una importante compañía disquera. Hasta ese momento el futuro de Marisa era límpido y brillante, pero el representante que envió la disquera tuvo la pésima idea de asistir al recital que apenas un día antes de la entrevista dio el instituto para cerrar el semestre. El Godowsky estaba entre las piezas de Mario, y aunque se trataba del más fácil de sus estudios –si es que entre los estudios de Godowsky hay alguno fácil- era el más efectista, el basado sobre el primer estudio de Chopin. Como hiena hambrienta, el representante aprovechó el intermedio para lanzarse sobre Mario y ofrecerle un contrato; la Cubana asistía como jurado y fue la única que calificó con una nota no aprobatoria. Los otros cuatro jueces otorgaron diez perfecto, por lo que pudo sacar limpio el semestre, y hacer pasar un mal rato a su asesora quien sin esperar y apenas terminado el recital, le reclamó por su ejecución del Godowsky cuando ella misma le había prohibido que lo interpretara. Mario sólo respondió que le agradecía sus muy atinadas observaciones, respuesta que a fin de cuentas significaba un ‘deja de meterte en mis asuntos’. El representante de la disquera obtuvo una fecha para la segunda entrevista con Mario, y sólo para cumplir con el compromiso asistió a la cita con Marisa. En esta última entrevista nada prosperó, ella no insistió en una segunda entrevista, y él tampoco esperaba gran cosa, lo sucedido al final del recital era una explicación más que suficiente. Desde entonces Mario interpretaba el Godowsky a puerta cerrada seguro de que

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valía la pena, esperando que ese año escolar terminara para pedir el cambio de asesoría y acabar así de una vez por todas con esos roces ridículos de maestroalumno. Andrés y él sabían que el silencio del recito favorecía tremendamente la acústica, y el sonido registrado en la cinta era casi profesional, aunque el micrófono usado por Andrés no era de los de última generación. Practicó tres o cuatro veces la pieza de Debussy antes de indicarle a Andrés que comenzara a grabar. La pulcritud en la colocación del micrófono impedía que el sonido mecánico del pedal y el chillido de los goznes quedara registrado en la grabación, remitiéndose únicamente al sonido amaderado de la sordina al ser retirada y vuelta a poner sobre las cuerdas. Al extinguirse la última vibración sonora, Andrés detuvo la grabación. Regresó la cinta y la escucharon detenidamente. Mario cerró los ojos, esperando encontrar alguna nota falsa, un error en el tempo. Andrés conocía de sobra a Mario: si había alguna imperfección, por minúscula que fuera, Mario borraría todo y comenzaría desde cero, hasta conseguir una grabación perfecta. Por eso Mario no la sintió llegar y se percató de su presencia hasta que Andrés levantó la vista y cambió su semblante. -Espero que no te enojes, Valeria es mi novia y la invité a oírte tocar. Como nos iba a quedar poco tiempo para vernos por la tarde pensé que sería buena idea que me alcanzara aquí. Fue como si alguien hubiera cerrado frente a él una puerta de cristal. Dejó de escuchar y oír la voz de Andrés. Al volver el rostro para verla había reconocido de inmediato sus ojos. De aquella tarde no recordaba nada más. *** -Andrés se dará cuenta, después de veinte años hay pocas cosas que pueden ocultarse, Lucía. Te confesaré que le tuve un odio grandísimo mezclado con una buena dosis de rencor. Pero ya no. El no tenía la culpa de que yo no supiera de Valeria, simplemente no quiso decirnos, ni a ti ni a mí. Siempre pensé que él te

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quería a ti, a lo mejor desaproveché la oportunidad y te perdí por una tontería, por algo que no tenía importancia. -Sabes que desde siempre lo quise… -Pero él no debió jugar contigo. Lucía tiene la seguridad de que terminará hablando de lo que no quiere hablar. A punto de perder toda diplomacia y tacto decide retomar la conversación, agriada por los reproches mutuos. -Perdón, no debí decirlo así. Al regresar después de aquel diplomado estuve segura de que con Andrés podía llegar a tener algo. No puedo mandar sobre lo que siento. -Andrés se aprovechó de eso para jugar contigo, y no tenía ningún derecho. Me caló hasta lo más hondo que Valeria resultara ser su novia, y también hubiera sido una canallada mía irte a buscar para tratar de consolarnos el uno al otro. No hubiera servido de nada. -Han pasado veintitrés años, ¿aún sigues pensando que vale la pena seguir viviendo con todo eso a cuestas? -Ya te lo dije, Lucía. Ese rencor y ese odio se han terminado, no voy a seguir cargando con ellos. Ya no. -Sería mejor que lo habláramos los tres. Creo que nos estamos debiendo esa plática desde hace mucho. Saboreó cada sílaba, cada instante, mientras le preguntaba: -¿De veras creyeron que no descubriría el micrófono? *** También ella necesitaba tomar distancia. No tenía idea de que Andrés estuviera saliendo con alguien más, al recibir la noticia contestó con un par de monosílabos, y guardó silencio. No hubo una ruptura entre los tres, siguieron frecuentándose, aunque ya no asistían a la serie completa de conciertos de la filarmónica. Siete u ocho meses después Andrés se le plantó enfrente, y le pidió que salieran juntos. Argumentó que las cosas con Valeria no habían funcionado y necesitaba platicar con alguien. ‘Con él no puedo hacerlo, desde que regresaste del

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diplomado ha andado con un geniecito que nomás falta que me conceda los tres deseos’. Adolorida y vulnerable accedió a la invitación; entre cafés capuchinos, crepas y rebanadas de pastel dieron forma a una relación muy parecida al noviazgo. Los dos habían superado sus problemas, pero él no quiso acompañarles en ese proceso. Comenzó a desarrollar una extraña manía que consistía en prohibir tajantemente las grabaciones de lo que interpretaba. Su exigencia de impedir la entrada en la sala de recitales a cualquiera que llegase con micrófonos casi le cuesta el último año de estudios y la carrera completa, pero se atuvo a algo imposible de negar: los críticos, maestros y alumnos estaban siguiendo su carrera; aún tocaba frecuentemente en el salón de recitales de la escuela, en los eventos programados por esta. Ya para entonces era un secreto a voces lo sucedido con el representante de la disquera: visto en la disyuntiva de grabar las prodigiosas interpretaciones de Mario y tolerar sus manías insoportables –como la de no querer grabar en otro sitio que no fuera la sala de recitales- optó por deshacer cualquier compromiso y regresó a las pláticas con Marisa, quien lo tomó por justa retribución del destino y castigo inclemente de la Providencia contra quien antes la dejara en ridículo. Un par de meses después, Mario asistió a la ceremonia civil más por Lucía que por Andrés, pero se abstuvo de ir a la cena. Ni él estaba dispuesto a dar explicaciones, y seguramente que ellos no las pedirían. Frecuentándose cada vez menos, coincidían cuatro o cinco veces al año en algún evento donde Andrés hacía prodigiosos malabares administrando cables y software y micrófonos y luces, eventos a los que también ella asistía cual esfinge, atenta a cualquier detalle por mínimo que pareciera. -Dejaste que pasaran más de veinte años, ¿por qué me dices todo esto ahora? -Todo pasa a su tiempo, Lucía, ni antes ni después. Tú necesitaste que Andrés saliera con Valeria para definir lo que sentías, después tomaste tu decisión y se dieron una oportunidad cuando lo que hubo entre Andrés y ella no daba para más. Aunque me sentí aturdido por lo de Valeria, cuando firmabas el acta de matrimonio supe que te había perdido, y ya era muy tarde. ¿Ves cómo no somos

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culpables de habernos herido tanto, pero también cómo es imposible que nos perdonemos tanto? -Andrés y yo hemos querido platicar de eso contigo… -¿Y por eso las amenazas, por eso los microfonitos escondidos? ¿Qué tenían pensado hacer con lo que toco en recitales y conciertos? ¿Vender copias como si fueran grabaciones inéditas o perdidas de algún pianista de los grandes? -Ha sido la única forma de evitar perderte por completo, la única manera que encontramos para que siguieras estando presente y con nosotros. Buscábamos seguirte el paso, pero tampoco podíamos acercarnos a ti y sacarte de esa soledad porque vimos que no querías salir. Mario quisiera no seguir escuchando. De alguna manera, él también los perdió a ellos, fue algo simultáneo, algo que en su memoria comenzaba a resultar informe, amalgama de tonalidades casi indistinguibles. -¿Desde cuándo comenzaron a grabar? –pregunta, sabiendo que cualquier respuesta sólo abrirá un poco más la zanja que ni aquel teléfono con sus alambres puede anular. -Andrés tiene tu primera cinta, aquella con el Debussy. ¿Fue por eso que ya no volviste a tocar nada de él? -El Debussy… lo he tocado cada noche de cada día de los últimos veintitrés años. He sido muy tonto, Valeria ni siquiera me recordará. Los últimos años he seguido tocando el Debussy, pero ya no pienso en ella. Pienso en ti. Ni Lucía ni él tienen otra cosa por decir. El silencio compartido por la línea telefónica amplifica los sonidos de la tarde, pareciera que hasta el sol cabe por esos pequeños orificios del auricular telefónico. -Dile a Andrés que seré puntual, que le agradezco todo lo que ha hecho por mí, y también que no se preocupe tanto por el micrófono escondido, ya no tiene importancia. Por fin, hoy en la noche dormiré. Y soñaré, y viviré en el sueño. Y

serán dos las puertas del sueño y saldré por una sola.
***

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Esperó a que Lucía colgara; no colocó de vuelta el auricular en su lugar. Lo dejó a un lado de la lámpara que estaba sobre el buró, podía percibir claramente ese olor metálico y desagradable. No era tiempo de echarse para atrás. De un tirón se pasó las dos pastillas de valium dando un sorbo al vaso con agua mineral, y se recostó sobre el sillón. Estaba otra vez en el patio del conservatorio, a mediados de agosto, en 1977. Por la puerta abierta de par en par, un profesor de crítica musical dejaba escapar el sonido claro y potente del reproductor de cintas puesto casi a todo volumen. Terminado el primer movimiento de la sinfonía, un silencio de cuatro o cinco segundos, y el sonido casi con sordina de los primeros compases del segundo movimiento comenzaron a sobrepasar los ventanales y pilares del patio. Un instrumento agregándose sobre otro, la suspensión del ostinato, las cuerdas interminables en su balbuceo lánguido. El despertar de una sospecha, y la conclusión asombrosa: Beethoven odiaba al silencio, pero el silencio terminaba siempre por colarse entre las notas. La pasión de un instrumento agregado sobre otro fue cediendo a las variaciones del tema, alcanzando el clímax entre monstruosas palpitaciones viscerales. De pronto la fuerza cede, una frase clara y leve, y una culminación armónica inesperada. Era la primera vez que tenía la certeza de su propia muerte y de su propia vida. ‘Ahora puedo morir en paz’, había pensado entonces. Hizo el intento de abrir los párpados, pero sólo alcanzó a entrever un poco de luz ambarina que se filtraba por el cortinaje de las ventanas. Respiró profundo, y sintió un poco más de pesadez sobre su cuerpo. ‘Ahora puedo morir en paz’ fue repitiéndose una y otra vez, hasta quedarse dormido. *** Como si montara guardia, la esperó pacientemente en una banca del jardín que ocupaba el frente del conservatorio, conocía su itinerario a la perfección, Andrés hablaba de ella a todas horas cuando aún el entusiasmo no terminaba, al parecer ambos habían perdido el interés en esa relación. Andrés les comentó cómo poco a poco se estaban alejando, y cómo lo más natural del mundo sería que cada quien tomara por su lado sin apenas decirse adiós.

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Francisco Arriaga – Cuando termine la lluvia -Supongo que vienes a que hablemos de Andrés.

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La seguridad en su voz, y su rostro que no mostraba sorpresa alguna le permitieron a Lucía saber que ella también había previsto la situación, así que ninguna de las dos necesitaba preámbulos o darle vueltas a lo que tenían por decir. -No, la verdad ninguno de nosotros tres importa; importa él. Fue una perrada lo que le hiciste. -¿Una perrada? ¿Y por qué? -Ya sabías que éramos amigos inseparables y andábamos juntos para un lado y para otro. Andrés te ha de haber contado sobre él millones de veces, y a ti te valió madres y te quedaste callada. Valeria retrocedió un paso, el rostro encendido y la mandíbula tensa de Lucía eran suficientes para justificar cualquier precaución. -¿Y por qué iba a hablar? ¿Debía interesarme él? No, no, no, no me vengas con idioteces. Lo vi un par de veces al caminar por los pasillos, él ni siquiera sabía que yo existía. Es más, no creo que haya habido jamás otra mujer en su vida que no fueras tú. Hasta la tarde que se le ocurrió espiarme y esperar afuera de la sala donde practicaba. -¿Espiarte? -Sí. Espiarme. O ¿cómo le llamarías a que alguien se siente afuera de tu cubículo para escuchar todo lo que haces? -Eres una hija de puta. Debiste saber que a esa hora él llegaba a estudiar, y que nadie más tenía acceso a la sala… -¿Acaso él era el dueño del conservatorio? Bueno, de haberlo sabido ni hubiera ido, puedes estar segura de eso. -Veo que fue un error venir a buscarte. -Fue tu error. No necesito ni necesitaba hablar contigo ni con él. Y ya ves que Andrés se decidió por mí, supongo que eso te ha de calar, m’ijita. -Eres peor que una puta, peor que una puta barata. -Sí, a lo mejor. Pero al rato que bote de una vez por todas a Andrés a ver qué haces con ese par de pendejos, porque con tus moditos de niñita mustia seguro que no le vas a contar nunca que platicamos tantas idioteces, ¿verdad? Si nó cómo quedarías, la confidente de los rivales llevando y trayendo chismes.

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Lucía reprimió sus ganas de darle una bofetada, dio media vuelta y se alejó con paso decidido atravesando el césped, entre las bancas y arbustos. Algunas parejas de novios comenzaban a llegar al jardín para pasar la tarde juntos entre abrazos y besos. La lluvia acariciaba lentamente el Mirador, allá a lo lejos, y aún tardaría mucho en llegar a estrellarse contra las canteras de la Catedral de Morelia. Al dar la vuelta para tomar la Santiago Tapia pequeñas ráfagas de aire lastimaron sus ojos, que sentía humedecidos y le ardían. En la bolsa izquierda de su pantalón sastre llevaba el cassette con el Debussy. Se dijo que Valeria no merecía esa cinta, y fue como si el nudo que sentía en la garganta se estrechara más, ‘ni tampoco Andrés… ni tampoco yo’, pensó.

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Tu cielo no es mío

-¿Debí haberle hecho el amor? Atento solamente al volante y el pie consciente del acelerador, Manuel guiaba con seguridad y desenfado la trayectoria del automóvil; la carretera semejaba un río de oro, escurriendo por los costados, perdiéndose en la tierra arenosa. El combustible no sería problema, llenó el tanque hasta el tope, cerciorándose de que la gasolina brotara a borbotones por la toma. El malestar que ahora sentía no era, en forma alguna, un remordimiento tardío, tampoco buscaba una justificación. Bajo la camisa su piel se acostumbró demasiado pronto a la cálida viscosidad que formaba manchas asimétricas, de un color escarlata perfecto. Escogió un buen momento para la denuncia anónima, por demás todos en la manzana sabían que aquella casucha era refugio de poquiteros, de grameros bien entrados en su negocio, y al hacer la denuncia desde un teléfono público dijo lo necesario para movilizar a la fuerza policial, y gran parte de la fuerza militar que los últimos ochos meses había estado haciendo ronda tras ronda en la ciudad. Esa llamada le dejó el paso libre en el resto de la ciudad. Contaba con que ni los padres ni las amigas percibieran su ausencia, bien podía tomarse un par de horas y finiquitar aquel asunto de una buena vez. Advirtió el sonido repetido y metálico que brotaba de una rueda, y las vibraciones inconstantes de la suspensión del coche. ‘¡Chíngadamadre!’ fue lo que gritó antes de aparcarse a un costado del libramiento, abrir la puerta y bajar al pavimento ardiente. Sí, un clavo en la llanta. Aún había aire para llegar a su destino, decidió reanudar el camino y aceleró. El último tramo de camino lo recorrió a noventa kilómetros por hora, no podía confiar demasiado en los neumáticos autosellables, no en ese momento. Sonrió al pensar que sería lindo ser encontrado muerto en el coche con las llantas boca arriba, el cuello roto, y la camisa manchada con sangre que no era la de él. ¿Eran tan duchos los peritos para darse cuenta a la primera que la sangre no era suya? Sería quizá cuestión de

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minutos antes de llegar a la conclusión y colgarle el título que repetirían en su edición vespertina los periódicos locales: ‘Asesino’. Pero la llanta no se rompió, el carro no se estrelló ni volcó. Nada de eso pasó. El calor de 37 grados no importaba, se cubrió con su chamarra de piel negra y tocó el timbre. ‘Tengo todo el tiempo del mundo’, pensó mientras escuchaba cómo se recorrían el cerrojo y la cerradura de la puerta; después, la figura de Eduardo apareció junto al portón, abriendo una hoja tras retirar la barra de seguridad. -Te ves mal, cabrón. No te quedes allí, pásale. Obedeció a Eduardo sin decir otra palabra y cuando éste se volvió de espaldas para cerrar la puerta supo que su momento había llegado. Manuel sacó el picahielo y se lo enterró algunos centímetros en la nuca, moviendo un poco el mango de madera. Eduardo se desmoronó como si fuera un muñeco de felpa mal cosido. Eduardo balbuceó algo. Manuel, a gatas, acercó su oreja derecha a la boca de Eduardo, y oyó la pregunta, balbuceo sin fuerza: ‘¿por qué me hiciste esto, Manuel?’ -‘¿Hiciste?’ Nó, Eduardo. Aún no hago. Esto apenas está comenzando. *** María Eugenia Torres, figura menuda, bien podía cruzar de lado a lado el salón de clase y nadie se daría cuenta de lo que llevaba puesto encima. Nadie recordaría el color del pelo, el estampado de la blusa, el corte de los jeans. Esto tenía sus ventajas, sobre todo cuando los compañeros del salón se creían conquistadores salvajes y machos alfa, atacando con piropos que abarcaban el espectro completo del ingenio mexicano, soeces, groseros, o elegantes y elaborados. Por debajo de la puerta el frío de la ciudad se filtraba poco a poco. El ambiente caldeado era cómodo, y también invitaba a dormitar entre clase y clase. El Cerro de la Bufa, resplandeciente, señoreaba las aulas y la ciudad entera parecía renacer, cual Ave Fénix brotando de sus cenizas. Las luces de la madrugada se iban apagando una por una, los últimos en morir eran los faroles pendientes de los postes de alumbrado público aunque de vez en cuando se quedaban

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encendidos todo el día, sobre todo cuando era tiempo de lluvia. Parecían entonces senderos dibujados en la niebla que no conducían a parte alguna. En esos días de lluvia y horas de clases libres los alumnos más avezados se internaban en el Arroyo de la Plata. Algunos otros aprovechaban y se encerraban en algún cibercafé, cerca de la catedral no escaseaban. Los que se la daban de intelectuales y críticos de literatura o música iban a las cafeterías, la norma tácita era jamás pedir un capuchino, así estuvieran en oferta del tres por uno, ‘esas pinches copitas nomás las piden los putos’. Fue precisamente en un café, una tarde perdida en el mes de octubre, donde ella lo vio por primera vez. Sentado, con un libro de Predrag Matvejević en la mano, daba pequeños sorbos a su taza, humeante. A pesar de no fumar frecuentaba la sección de fumadores, porque era, curiosamente, donde los dueños de la cafetería habían instalado –por órdenes de la Secretaría de Salubridad y Asistencia- los mejores equipos extractores y de aire acondicionado. Así que cada quien con su cigarro era un cada quien con su propio aire purificado. ‘Rondará los treinta y siete’, pensó. Nada había de extraño en su figura demasiado ‘como la de los demás maestros’, sweater bien planchado, el cuello de la camisa sobre el cuello del sweater, lentes con aros delgadísimos –esto quería decir que no era panista, por más que pudiera estar simpatizando con perredistas o priistas- manos cuidadas, dedos largos, la cara un tanto cuadrada, casi rectangular. Fue un par de segundos los que coincidieron con la mirada. Ella sintió un escalofrío, como si un pedazo de carbón le hubiera recorrido toda la columna vertebral, en un contacto rapidísimo pero profundo. Advirtió en su rostro una sonrisa apenas dibujada, y vio cómo prosiguió con su lectura como si tal cosa. ‘¿El maestro de historia? Ronda casi los cuarenta, divorciado, tiene dos hijos con su ex. Parece que no le gusta andar con las alumnas, aunque se dice que las maestras a veces coquetean con él, y pues él se deja querer’. -¡Cómo serás! -¡Es la verdad! Además, ¿a quién le dan pan que llore? Nosotras tenemos la edad de su hija, ya sería muy bizarro que anduviera echándonos los perros encima, ¿no crees?

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Eugenia pensó que Laura tenía razón. Por descontado el maestro era el maestro y ella era la alumna. Además, el próximo semestre le tocaría clase con él. –Ya no falta tanto, le recordó Laura. Acuérdate que los ordinarios son el mes próximo. *** Eduardo bajó la escalera de piedra con cuidado. Cuando llovía, las baldosas adquirían una consistencia muy semejante al hielo, sólo que no eran baldosas frías, eran más bien lajas cálidas revestidas de escarcha. Recordó años antes, al bajar las mismas escaleras, cuando resbaló y cayó sobre un libro francés de Husserl que le prestó Hernández, su maestro de filosofía. Al entregarlo, el maestro preguntó ‘¿Dónde carajos metiste mi libro?’ Eduardo extendió sus manos lastimadas mostrándoselas, y sólo entonces respondió: ‘Donde mis manos no alcanzaron a protegerlo’ Allí quedó eso, pero conservaba sendas cicatrices en los nudillos, y una cicatriz pronunciada a lo largo del dedo meñique en su mano izquierda. Al entrar en el estacionamiento notó que alguien le había dado un tallón a la polvera izquierda del coche. ‘Debió haber sido el cabrón de Agustín, esa niña le tiene sorbido el seso’. Sonrió al pensar que él no era diferente de Agustín esa noche. Laura le esperaba en la parada de autobuses frente al Arroyo de la Plata, exactamente a un costado del centro comercial. ‘No sé cómo se las ingenian estas niñas para salir a la hora que les da la gana, pero si me toca hacerla de niñera esta noche claro que me cobraré alto los honorarios’. Pensó esto cuando arrancó el automóvil, y se dispuso a recorrer las calles céntricas y más congestionadas de la ciudad. La lluvia comenzaba a caer de nuevo. ‘Ojalá hayas llevado sombrilla, de lo contrario en lugar de niñera voy a tener que hacerla de enfermero, o paramédico’, pensó, mientras hacía alto en un crucero de la calle González Ortega. ***

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Ni a Laura ni a Eugenia les tocó conocer Ce Huitzilíhuitl, donde El Ruso hacía el pan más mexicano del estado; tampoco les tocó andar brincando de estanquillo en estanquillo para ver quién había recibido los contados ejemplares de La Jornada Semanal, o la revista española ‘Album Letras Artes’. Estos son los tiempos de los cibercafés, de los emos fotografiándose semidesnudos y publicando sus fotos en internet, poniéndose a votar entre ‘Metroflog’ y ‘¿SexyoNó?’ Son los tiempos de los condones y lubricantes y las pastillas del día después, de la tacha y la coca bien escondidas en el borde de la blusa. Para ellas era sencillo: se alocaban un poco sabiendo que había alguien que las cuidaba y aunque pudiera acostarse con ellas guardaría el secreto por temor a terminar con su reputación publicada en la sala de maestros, o expuesto en alguna junta con los padres de familia. Sexo seguro y gratis, sin necesidad de pagar el hotel, ni siquiera las drogas. Al principio fue Eugenia quien hizo menos alboroto. Ir a meterse una tacha a la casa de un profe que tenía el doble de su edad, para luego acostarse con él y al día siguiente haber olvidado todo no era la idea que tenía de una tarde o de una noche divertida. La primera vez que inhaló coca fue algo casi místico. Sintió el ardor en la nariz, y casi inmediatamente después advirtió el latir del corazón que iba acelerándose poco a poco, la necesidad urgente de respirar más rápido, y esa sensación apremiante de quitarse toda la ropa. Empujó a Eduardo sobre el sillón, y a horcajadas sobre él, le desabrochó el pantalón, se dejó penetrar de una sola vez, en un solo movimiento. La necesidad imperiosa de frotar, un vaivén animal, el placer adueñándose de cada palmo de piel. Ni siquiera sintió los dientes que se clavaban en sus pechos, Eduardo la tomó fuertemente de la cintura, y poco antes de eyacular en ella, advirtió que hasta esa noche Eugenia había sido virgen. ‘Vaya, sorpresas que te llevas en esta pinche vida’ fue lo que él pensó. A las cinco de la mañana, Eugenia despertó y vió a su lado a Laura, desnuda al igual que ella. Eduardo dormitaba en el sillón, con la camisa desabotonada, y el pantalón semiabierto. Al pie del sillón algunos condones habían dejado su mancha de líquido lubricante y jugos vaginales esparcida en la alfombra. -¡Laura! ¡Levántate!

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Francisco Arriaga – Cuando termine la lluvia -¡No la chingues, Eugenia! ¡Son las cinco de la mañana! -¡Sí, pero necesitamos irnos!

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-¿Y para qué? ¿Para que el profe nó nos vea? Ya te lo cogiste y él te cogió también. Acuéstate y no hagas tanto circo, ni te van a fichar en la delegación y tampoco va a salir tu foto en el periódico, ni tus papás ni mis papás se van a enterar. Ya no hagas tanto argüende, bien que te le trepaste anoche y si te gustó mejor acéptalo, y no le saques la vuelta. Laura tenía razón. Podía sentir ese cansancio relajante en su cuerpo sin fuerza, y sólo entonces comenzó a sentir la hinchazón de labios y vulva, sensación que aprendería a disfrutar mucho más pasando el tiempo. Acostarse con los profes tenía su lado bueno: no preocuparse por las calificaciones y tener las espaldas bien cuidadas. Cuando ellos insistían en tomarles fotos sin ropa accedían siempre con la condición de que ellas se quedaban con una copia de las fotos; ellos también aparecían en las tomas, algunas hechas mientras la excitación llegaba al límite, mostrando los rostros desencajados, distorsionados, gestos grotescos, obscenos. La primera vez que vio a Manuel llegando a la casa de Eduardo, Eugenia sintió que el rostro se le encendía. Quizá no la reconoció; a mitad del festín, y justo cuando Laura estaba meciéndose frenéticamente sobre Eduardo, Manuel se acercó a ella, levantándola en peso, y tomándola con un ritmo acompasado, lento, que hacía cada contacto más intenso. La excitación creció hasta que culminó en un orgasmo múltiple, que dejó a Eugenia semidesvanecida sobre el sillón. -Caray, Eduardo. Pero si casi son unas niñas. -Casi, Manuel. Pero tienen veinte años, y bien saben lo que les gusta y lo que quieren. Manuel no dijo más. Los cuerpos de ninfas yacentes en el sillón y en la cama eran demasiada tentación, imposible no ceder ante el impulso de la sangre, la tentación de la carne. Aquella noche Manuel no soltó a Eugenia. Eduardo tuvo el presentimiento de que en adelante, pasara lo que pasara, Manuel jamás dejaría a Eugenia. Aunque la estuvieran compartiendo, aunque Manuel estuviera en ese momento bajo el

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cuerpo exigente y flexible de Laura, y aunque Eugenia estuviera entregándose en ese momento a él. *** Manuel no se permitía el lujo de distraerse con las estudiantes que llegaban en grupos a tomar café, chocolate, o cerveza. Preparar un examen de Historia Colonial de la Nueva España no era cualquier cosa, y menos cuando se trataba de pasar el escrutinio que anualmente la sección de servicios escolares imponía a todos los maestros. ‘La peor forma de gobierno es la democracia’, lo sabían filósofos y políticos, agitadores y anarquistas, guerrilleros y militares. Poner una boleta para calificar el desempeño de cada maestro en manos del alumno es exactamente lo mismo que darle una bomba molotov: la evaluación era una estrategia más administrativa que académica y nunca, en dos años consecutivos, se había hecho en la misma fecha. Ya se sabía que si la evaluación se aplicaba una semana o un par de semanas antes que el examen final, entonces era un mero requisito administrativo, para llenar las carpetas y formularios, y a olvidarse del asunto por un año más. Pero si la evaluación se aplicaba una semana inmediatamente después de los exámenes finales, entonces lo menos que se esperaba era una cacería de brujas inminente. Eso quería decir que presencia en la institución. A Manuel le faltaban seis años para jubilarse. A los dieciocho obtuvo su plaza, previos viajes de ‘voluntario’ a las sierras de la región tarahumara, la ventaja fue que a los cuarenta y tres podría gozar de jubilación y pensión, y si lo quería, seguiría dando clase con menos exigencias y rigor, en alguna escuela privada o en la misma institución que ahora le daba cobijo. Sus planes no incluían estrategias mercadotécnicas de avanzada ni estudios de factibilidad ni estrategias de colocación de productos o estrategias para la consecución de un nicho de mercado, era solamente la observación puntual de sus casi veinte años de servicio. habría despidos masivos y también contrataciones masivas, y que aquellos que se quedaran afianzarían más su

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Primero, rentar un local, de preferencia en el centro de la ciudad, y dedicarse a la venta de libros especializados, esos títulos que sólo podían adquirirse en Monterrey, Guadalajara o el Distrito Federal. Conocedor de las necesidades siempre cambiantes y a la vez siempre iguales de los alumnos, estaba seguro de que la ubicación por sí sola no sería un factor determinante para garantizar el éxito –o el fracaso- de su empresa. Y después, cuando el negocio comenzara a andar, por qué nó, buscarse una mujer. La soledad duele, cala en lo más profundo, y no eran ya tiempos de andar haciéndole al maestro pervertidor de menores, por más que las ‘menores’ tuvieran al menos sus veinte años cumplidos. Por eso aquella noche hubo algo en el comentario de Eduardo que lo sobresaltó. Cuando despertó, a las cuatro de la mañana, pudo ver que Laura y Eugenia estaban en el tocador, metiéndose otra línea de coca. ‘Mejor que se entretengan con sus jueguitos de lesbianas, a estas dos ni quién las llene’. Las escuchó platicar un par de minutos y entonces comprendió el comportamiento extraño de Eduardo en el último par de meses. *** -Eduardo: no es por venganza o rencor, tampoco por celos, nada de eso. Es praxis y nada más. Mientras Manuel hablaba, Eduardo oyó el sonido de la cajuela del carro al abrirse, y vió igual que tras un vidrio empañado cómo sacaba dos cuerpos. -Eugenia está muerta. La maté porque era necesario. Apenas se notará, bastó con cubrirle la cara unos instantes con la almohada y después, al momento de retirarla, lanzarle una buena dosis de coca en la nariz y en la boca. Se dirá que fue un pasón. Fue más difícil decidir qué hacer con Laura. En serio, ¿crees que hubiera funcionado lo de ustedes? Eduardo intentó moverse, no pudo hacerlo. Su cuerpo no respondía, su respirar era cada vez más pesado, abría y cerraba los ojos irregularmente, sus párpados habían perdido la coordinación y comenzaban a hincharse.

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-‘No, Manuel, por favor’. El murmullo no lo podía escuchar ni siquiera él mismo, Manuel leyó sus labios, y repitió en voz alta: ‘no, Manuel, por favor’. -Pero Eduardo, si es un favor lo que estoy haciendo. Para ti y para mí. En tres años hubiera estado Laura buscándose a alguien más, alguien que aguantara igual que ella al meterse coca, y alguien que la hiciera sentirse una mujer, o una hembra. Con Eugenia tarde o temprano también pasaría lo mismo. No pienses que no tuve la idea de hacer lo que tú querías. Claro que la tuve, pero esto no funciona así. Ni tú ni yo tenemos permitido vivir un cielo que no nos corresponde. Eduardo advirtió el respirar débil y entrecortado de Laura. Nada pudo hacer cuando Manuel colocó en su mano derecha y casi muerta el cuchillo, apretando sus dos manos alrededor de la de él, y tampoco sintió las siete cuchilladas que se clavaron en el tórax y abdomen de la chica. -Ayer vi que después de dos años no usaste condón con ella. Si eso no significa algo entonces ya no sé qué carajos pueda estar pasando. Ella tendrá dentro de sí tu semen, y todo parecerá un asesinato demencial, y también parecerá que ella se defendió de ti usando el picahielo. Muy a lo Hollywood, ¿no crees? Seré lo más cuidadosamente descuidado que pueda, no te dolerá, Eduardo. Dio el segundo piquete al azar en el cráneo de Eduardo, quien al instante dejó de moverse y parpadear. Se tomó el tiempo para revisar la recámara de Eduardo y encontró lo que buscaba, la cámara digital, y las memorias SD en sus estuches. Las guardó en la chamarra, y al salir cerró la casa con llave, con la copia que Eduardo le diera casi tres años antes. Ya para entonces, la llanta del coche se había desinflado por completo. -Justo a tiempo, pensó Manuel. Abrió la cajuela y quitó el plástico negro con el que envolviera a Laura y Eugenia. Lo dobló cuidadosamente y se lo puso bajo el brazo. Al cerrar el portón, pensó que nunca se sabía para qué pueden servir las llaves de las casas y de los coches ajenos. Recordó la noche del día anterior, cuando estuvieron en su casa. –‘¿Debí haberle hecho el amor?’ se preguntó entre dientes. –Nó, claro que nó, se contestó en voz alta.

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Francisco Arriaga – Cuando termine la lluvia Y su voz era clara, y firme. Como debe ser la voz de todos los maestros.

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Sábanas limpias

Él. Siempre él. Tan pronto las cosas se fueron a pique se olvidó de los niños, y poco a poco también fue olvidándose de ella, quien cada noche encontraba algo distinto, un ‘no sé qué’ flotando en el aire, enrareciendo el ambiente. Algo había en sus besos, en sus manos irreconocibles ya entonces. La otra estaba presente en todo momento, a la hora de la cena, entre las risas de los niños, a la hora de dormir, a la hora de la ducha compartida. No sabía su nombre ni tenía su dirección, tampoco sus datos. Armándose de valor buscó cualquier indicio en el registro de llamadas y el directorio del teléfono celular, por la madrugada escrutó sin cesar la cartera en busca del papelito delator, en busca del nombre o los nombres. Él era meticuloso: nada retenía que permitiera inculparlo, por la mañana pudo ver cómo las cosas no estaban en su lugar, revueltas y vueltas a acomodar con un orden que no era el suyo. Sonrió al ver aquello, su cartera acomodada como si fuera la cartera de su mujer, y guardando silencio esperó el momento y la excusa para mandarlo todo al diablo. El día llegó, sin más. Aquella noche, antes de que ella comenzara a desvestirse, le dijo a quemarropa ‘ya no te quiero’. -No podemos seguir adelante, no soporto más seguir viviendo a tu lado, será mejor que me vaya. Es mi culpa, esto no funciona, qué vamos a hacerle. Ni siquiera se despidió de los niños; siempre estuvo escatimándoles caricias, y los ratos de juego eran sólo requisitos para poseer a aquella mujer noche tras noche, mientras esperaba encontrar más requisitos en otro futuro, al lado de otra mujer. Llorar fue lujo que no quiso darse. Ni una lágrima. Al borde de la cama pasó revista a la vida que llevaron juntos -a los cinco años de unión libre-, y a los últimos meses cuando los detalles fueron evidentes, imposible ocultar que había otra y que esa otra estaba ganando la partida.

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No saber ni su nombre y no conocerla fue un regalo, una bendición, y lo tomó como la oportunidad para retomar su vida, comenzando desde cero; a los veintiséis años ella le daría a sus hijos el amor que él no quiso darles, ocupando también su lugar. El calvario comenzó poco después. La búsqueda de trabajo, terminar los estudios, y encontrar en la boleta de calificaciones un par de materias que no había aprobado: ni noticia de esos detalles en el centro de atención escolar, enviar correos electrónicos, pedir respuestas, buscar una solución. Quisiera que fuera entonces más que una solución, ‘La Solución’, pero tardaba mucho en llegar. En la casa esperaban los niños, y también los abuelos de los niños, ‘si las cosas no funcionaron regrésate a la casa, nunca te cerraremos las puertas y si podemos ayudarte en algo, lo haremos por ti y nuestros nietos’. La balanza cruel de la tarde ponía en brazos distintos la sonrisa y la mirada esperanzada de los niños, y la mirada profunda y callada de los abuelos. Tampoco fue fácil acostumbrarse a la cama enorme y vacía ni baño solitario, a las tardes de cine con los niños y a cuidarlos mientras manejaba y hacía malabares para no estrellarse en un semáforo mientras la niña jugaba a golpear al niño, o cuando el niño respondía a dentelladas sobre el brazo de su hermana. Fue a principios de mayo cuando supo que volvería a verlo, sólo por necesidad. Su firma era indispensable para realizar los trámites de pasaportes y visas, y también su presencia como padre biológico era requerida por el gobierno de los dos países. Así que cuando habló con él recibió una excusa débil de trabajo y ocupaciones. En su voz, conocida a la perfección, advirtió de inmediato la negación y lo encubierto, no había compromisos, no había trabajos ni horas extras. Alguien más llegó a su vida, ‘ojalá el bastardo no se atreva a llevarla a la oficina de migración’. No la llevó, pero la humilló elegantemente al cubrir sólo los gastos de notarios y papeles firmados, el coste del trámite lo tuvo que pagarlo ella. ‘Tú eres la interesada, hazte cargo de ello’. Platicando con la abuela se quejó de lo cansada que era aquella situación. Buscarlo y encontrarlo a medias, o buscarlo y de plano no encontrarlo. Pero sería peor si al buscarlo tuviera que verlo abrazando a otra, besando a otra, ésa

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que se había colado sin saber cuándo entre ellos, y que terminó quedándose con él. La televisión ocupaba el lugar principal en la sala, frente a la cocina. Tardes enteras veían cualquier cosa que programara el Nickelodeon o el Cartoonnetwork, la niña estaba por salir del jardín de niños y comenzar a estudiar la primaria, y el niño aún se quedaba en la guardería por la mañana, hasta que el abuelo o la abuela iban a recogerlo. ‘Ni siquiera te importó volver a verlos’ repetía en silencio mientras los niños corrían alrededor del sillón individual, jugando a perseguirse, alcanzarse y hacerse cosquillas. ‘Tengo a mis hijos’ repetía como un conjuro por la noche al mirarse en el espejo, mientras peinaba lentamente el cabello que apenas sentía resbalar por sus hombros. ‘Tengo a mis hijos y no necesito nada más’. Sus ojos y sus labios confesaban otra cosa, su frente amplia y sin arrugas, los pómulos firmes y las cejas bien delineadas eran pretextos para detenerse un poco y mirarse despacio miradas interminables- antes de ir a la cama. Perdió la costumbre de acomodar sábanas y almohadas, la cama sólo servía para dormir, y sólo sus hijos entraban a su cuarto, ni sus hermanos ni sus padres habían puesto jamás un pie en el. La tarde del consulado jamás podría olvidarla. No llegó con la otra, ni siquiera la mencionó. Cuando los niños vieron su papá se acercaba al carro gritaron en coro ‘papi, papi’, pero él se dirigió inmediatamente a la ventanilla del conductor. ‘No tengo tu tiempo, así que démonos prisa, lo que menos quiero es que estos cabrones del departamento de migración me tengan esperando como su pendejo’. El abuelo sintió que la sangre se agolpaba en su rostro, la abuela guardó silencio y trató de calmar el ánimo de los niños. ‘No mis niños, su papá sí los quiere, lo que pasó es que no pudo verlos sentados aquí atrás y tiene prisa. Ya los irá a visitar después a la casa’. Que a ella la ignorara era lo menos que esperaba, pero no que a los niños los hiciera a un lado actuando como si no existieran. ‘Está enojado, hija, por eso te da donde más te duele’ le dijo la abuela por la noche.

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Al terminar de peinarse destapó uno por uno los tubos de cremas y maquillajes. Con cuidado se aplicó la mascarilla sobre el rostro, después un tratamiento para los ojos y para el rictus. Claro que no. No había llorado antes por él, tampoco lloraría esta noche ni por él ni por nadie. No podía darse el lujo de llorar. Entrecerrando los ojos pasó un algodón humedecido en loción astringente por los párpados, y limpió los residuos del maquillaje. Su rostro joven, piel de durazno resurgió en el fondo del espejo. Sus ojos no habían dejado de brillar, pero eran ojos que no miraban a nadie, ni querían ver a nadie. Deslizando poco a poco la bata para dormir fue acercándose a la cama. Al llegar al pie la dejó caer por completo, y un suspiro involuntario le brotó de alguna parte del pecho. Ante sí, una cama vacía, dos almohadas, las sábanas limpias pero sin doblar. Al recostarse en el lecho quiso dormir por siempre, no despertar jamás. No lloraba, pero le dolían sus hijos. Y aunque no quería, también le dolía él.

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Detrás de tus fotos

Evitando pensar demasiado, escribió de prisa. Su correo electrónico no era para pedir perdón, ni siquiera para disculparse. Nadie tuvo la culpa, y nadie era responsable de nada. Apenas el mensaje de confirmación apareció en medio de la pantalla, se recargó completamente sobre el respaldo de la silla. ‘No quiero seguir recordándote’. Dejó su lugar unos minutos, sólo para prepararse otro café. En la sala, el espejo amplísimo le devolvió su imagen, desgastada, y con ojos llorosos. ‘Qué patético actuar como adolescente, qué patético no pensar que ya no eres una niña’. Al principio bastaban las fotos. Desenfocadas, el celular hacía lo que podía. Su sonrisa traspasaba todo, la luz de su rostro, la tersura del pelo cayendo sin prisa sobre los hombros; y no era necesaria apenas una palabra, un saludo ni un gesto. No supo en qué momento el flirteo pasó al siguiente nivel. No supo tampoco cómo una tarde cualquiera de septiembre acabaron haciéndose el amor frenéticamente en un cuartucho de hotel, con una ventana semiabierta que dejaba ver un pedazo de cielo. Ni siquiera se dieron cuenta del tiempo que pasó rápido, y les dejó en las manos un anochecer repleto de luces, semáforos y tragafuegos. ‘La ciudad está hundiéndose, lo único que la mantiene viva son las llamas que escupen esos muchachos’. Al ir en el automóvil maniobró con una sola mano. Siempre manejaba con la mano izquierda pegada al volante y la mano derecha ‘por si las dudas’ sobre el freno de mano. En esa ocasión, vuelta boca arriba, su mano derecha sentía la presión constante y creciente de ella, absorta en un pensamiento largo y lánguido, quien de pronto apretaba un poco más, y buscaba en su palma el molde perfecto, para que ese momento no terminara nunca. Al despedirse, un beso en la mejilla fue lo único que se permitieron. Ni él extendió los brazos buscando asir su talle, ni ella permitió que se acercara más de lo debido. ‘Si nos llega a ver algún compañero de tu trabajo…’ Entonces bastaba sólo una llamada breve, para escuchar la voz del otro, preguntar cómo había estado la tarde, y entre complicidades compartidas ‘si se
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podía hablar’. En algún lado habían leído que la felicidad resultaba cansada. En ese momento hicieron un recuento de los días, semanas y meses, y vieron que nó: era falso. La felicidad no cansa, como no cansan los besos, las caricias ni las miradas. Lo fatigoso era la búsqueda de horarios y ocasiones. Hallar la rendija o la grieta en el horario para coincidir en otro lado, o zafarse de los compromisos de fin de semana para entregarse y tomar otro cuerpo, reencontrándose mutuamente. Nada se prometieron, nada se juraron, también ambos tenían la certeza de que en el fondo nada los unía. Después de apagar el teléfono celular podían soñar con el encuentro amoroso del fin de semana o con el último galán o actriz de moda; tampoco quedaba excluido coquetear o cenar con alguien más en alguno de los restaurantes que habían dado en recorrer más o menos sistemáticamente. Pero una cosa era tener un pacto de libertad y silencio, y otra cosa que los sentidos y esa antítesis de la razón pudieran soportarlo. Ese sábado no quedaron en nada. Tomó por la calle principal, sin prisa, haciendo alto en los parpadeos verdes de los semáforos. Entonces la vio. Ella iba de su brazo. Pudo verla sonriendo, con esa misma sonrisa que fuera sólo de él y de nadie más. Ahora era una sonrisa compartida. Él la guiaba cuidadosamente entre vendedores ambulantes y marías sentadas sobre la banqueta, protegiéndola con su mochila negra y un tripié de fotógrafo del embiste del río de gente que salía del cine. Prefirió quedarse en el carro, sin hacer nada. Ella no era una adquisición sobre la que tuviera potestad alguna, nunca lo había sido. Por eso ella podía entregarse y tomar a quien quisiera. Al llegar a su casa pensó escribirle un correo, pero el orgullo lo venció, y prefirió esperar hasta el domingo al mediodía. Recordó que el primer cuarto de hora es fasto, así que se tomó catorce minutos para escribir el e-mail y enviarlo a su buzón; poco por decir y nada por reclamar, resignándose de antemano a no recibir respuesta. Pero cinco meses después ella respondió. ***

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Había perdido la virginidad a los dieciséis, con un compañero de escuela apenas un año mayor que ella. Quiso ir a un lugar especial, que no fuera ni su casa ni la de él. Anduvieron toda la tarde buscando el lugar, un hotel donde el encargado tuviera más o menos su misma edad y no les hiciera preguntas. Después recordaría con frecuencia cómo habían sido esos besos torpes, las manos que no sabían cómo desabrochar la blusa y el sostén, cómo los cuerpos tenían otros ritmos, compases distintos, y con cierta ternura recordaba cómo él puso cara de satisfacción al derramarse en ella, aunque ella se había quedado a medias. No importaba: ser mujer era algo nuevo, divertido. Fue la época de los grandes descubrimientos, experimentar en el cuerpo ajeno, atreverse a sentir, saberse observada y explorada milímetro a milímetro. Y poco a poco también llegó la saciedad, el conocimiento profundo de gestos, caricias y rituales. Poco a poco él dejó de buscarla. No la persiguió ni le pidió cuentas de nada. Ella era libre de irse con quien quisiera, parecía que también él pedía lo mismo. Al verlo pasar abrazando a una compañera del salón sintió desgarrarse algo dentro del pecho, no supo exactamente qué, pero esa sensación de haber perdido algo le duró varios meses, los mismos que tardó en encontrar un nuevo compañero de juegos. Métodos anticonceptivos llegaron en oleadas, las pastillas, las espumas, las inyecciones, los parchecitos sobre la piel. Así era más fácil sentirse protegida, y vivir día con día lo que la vida le ponía enfrente. Carlos no era inexperto, lo supo cuando en el primer beso jugó con su lengua y comenzó a explorarla, acariciando dientes y encías, dando un pequeño masaje con su lengua, mordiendo poco a poco sus labios para chuparlos despacio inmediatamente después. Las noches de cama eran una fiesta, con él aprendió a mantener el ritmo, la calma en medio de la tormenta. Simple había sido su vida hasta ese momento, y ella quería que siguiera así. Al salir de la escuela tomó el ruta ocho, mostró la credencial de estudiante y pagó sólo el sesenta por ciento del pasaje. Ya no llevaba mochila, una carpeta plástica con cierre, y dentro, un block de hojas, un lapicero y tres bolígrafos era lo único

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que necesitaba para enfrentar los horarios de clases. Sus amigas ya sabían en dónde bajar, siempre seis o siete cuadras antes de la casa. El tiempo pasado en el camión urbano era justo el que necesitaban para platicar y ponerse de acuerdo sobre lo que harían al día siguiente. En una esquina, tomando fotografías de casas viejas, encontró a Iván. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo en una sola mirada, y ni siquiera parpadeó cuando ella le preguntó -¿Cómo te llamas? Platicaron mucho las cuatro cuadras siguientes. Él iba tomando fotos de las fachadas; viejas, reconstruidas, nuevas o derrumbándose, y también locales comerciales y bodegones; iba fotografiándolo todo. -¿Y pagan bien por el trabajo? -No me puedo quejar. Ando por la ciudad sin horarios fijos y no tengo oficina. Todo lo hago desde mi casa, mando correos y recibo correos a la hora que quiero. Y a veces puedo platicar con chicas lindas como tú. El sudor formaba una cinta oscura en la gorra que llevaba puesta de revés, y el aroma de perfume mezclado con desodorante era tan claro como el tono de su voz. Quedaron de verse al día siguiente, aún le faltaba media colonia por fotografiar. Y entonces fue que al detenerse el camión una oleada de pánico mezclado con ansiedad la invadió por completo, ‘¿y dónde lo busco?’ se preguntó al tiempo que comenzaba a descender los tres escalones del vehículo. No acordaron calles, ni direcciones ni rumbos. Sí, le faltaba fotografiar muchísimo todavía, pero ya eran casi las 2 de la tarde y seguro que él estaría guardando sus cosas para irse a descansar. Esa parte de la ciudad fue construida como todos los pueblos viejos, una calle principal dividida por pequeñas calles perpendiculares, mismas donde se encontraban las casas y muy pocos negocios particulares. Sobre la calle principal sentaban sus reales los negocios de las familias de renombre, apellidos viejos, fortunas acumuladas a lo largo de los años. Ella recordó que él iba fotografiando de norte a sur, andando en aquella dirección quizá lo encontraría. Caminó rápido, con ganas de correr. Apenas sintió el sol que caía a plomo, inclemente, incendiando paredes, asfalto y banquetas. Once cuadras más abajo lo divisó,

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tripié en una mano, la mochila negra en otra. Vio cómo le hizo el alto a un taxi que pasaba, y subió en el asiento trasero. Corrió, agitó los brazos, y se detuvo cuando la carpeta plástica se le zafó y cayó dando un golpe rotundo a las lajas de concreto. Cansada, sudorosa y con las piernas temblorosas llegó a casa. En la contestadora automática un par de mensajes, sus papás habían telefoneado, algo pasó con la mesada y los detalles no le interesaron. Decidió no salir el fin de semana. Se quedó en casa, haciendo limpieza, lavándose la ropa, oyendo música todo el día. El lunes siguiente no tuvo apenas ganas de platicar de eso con sus amigas. Las cosas de siempre, exámenes, novios, flirteos, el baile de bienvenida y las bebidas. Sin despedirse, salió antes de la hora, y camino a casa se dijo que no quería sentir nunca más lo que se siente al perder algo que no se sabe que se tiene. Que no quería seguir corriendo y agitando los brazos por nadie, que jamás volvería a hacerlo. Tres cuadras antes de llegar a su casa lo encontró, él la esperaba resguardándose todo lo que podía del sol bajo la sombra de un poste de concreto. ***

No podía contarte de mi trabajo, ahorita tampoco puedo. Es mejor para ti, no quiero darte problemas, aquella tarde no supe que me seguían. Si nó ni siquiera hubiera volteado a verte. Pero te vi y por eso estoy ahora pidiéndote que te olvides de mí. Que jamás vuelvas a recordarme. Tenía un trabajo peligroso, y no lo vi venir. Quizá vayan a tu casa y te pregunten por las fotos. Entrégalas, no te quedes con ninguna. Haz de cuenta que nunca existí.
*** Todo comienza como un juego. Se dedicaron a recorrer juntos la ciudad, él le decía el rumbo y al salir de clase a ella le tocaba encontrarlo. La cámara

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fotográfica guardaba toma por toma la cara visible de las calles. Se divertían pensando qué pasaba dentro de cada casa, detrás de las puertas. En los edificios vacíos o abandonados podían insertar historias completas sin remordimientos, algunos escombros eran la única huella visible de tragedias y accidentes. Entonces ni siquiera asomaban las narices, el olor de la madera quemada, el vientecillo con tintes de rumor la hacían estremecer. Ya casi ni se acordaba de Carlos, le gustaba sentir las cosquillas que Iván le hacía detrás del cuello, y poco arriba de su cintura, en los costados. -No quiero que te metas en problemas. -Cuáles problemas. Carlos debe andar con otra y hace rato que no me da lata. Pero el trabajo era el trabajo, Iván seguía tomando foto tras foto tras foto tras foto, y ella jugaba a ponerse ante la cámara en el momento que Iván mandaba la señal al obturador. Ni con Carlos ni con su primer novio tardó tanto para tomar la decisión. ‘En cuanto me lo pida, seré suya’. Cuatro o cinco meses después de haberse encontrado ella no pudo esperar más. Conocía la ciudad cuadra por cuadra, Iván parecía no querer decirle, y ella necesitaba algo más que el olor de perfumes y desodorantes. ‘Si no te acuestas conmigo el día de hoy tendrás que esperarte otro mes’, le dijo a quemarropa. Esa noche, al llegar a casa, encontró tres mensajes en la contestadora. Sus papás habían estado buscándola y ella regresó la llamada, sólo para oír que ese fin de semana lo pasaría –una vez más- sin un centavo. Hasta el lunes siguiente depositarían el dinero en el banco. Aún tenía encima el olor del hombre que había sido suyo y aún podía sentir en su piel las caricias, los besos, esas mordidas llenas de furia. Quiso estar presente en todas las fotos de Iván, no faltar en ninguna. ‘Quiero que siempre pienses en mi’. De aquél que la tuvo no supo el nombre. Ultrajada por voluntad propia decidió dormir, quiso dormir y dormir sin cesar. -‘Iván, ¿por qué me dijiste que nó?’ ***

…Por eso no te toqué. Lamento muchísimo que hayas tomado las decisiones que tomaste, si te hubiera dicho más, también bueno. Sólo eso. Entrégales las fotos. No te quedes ni una sola.
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*** Su trabajo era sencillo. Sencillo hasta el extremo, fotografiar fachadas, ir haciendo un inventario visual con las imágenes de toda la ciudad. Sólo una cosa era verdaderamente importante: aquella compañía gringa, editora y vendedora de mapas de carretera se lo había repetido en la entrevista laboral y en las cláusulas del contrato. Es importantísimo que los números de serie aparezcan en todas las fotos. Con la máxima claridad y fidelidad posibles todos los postes de concreto deberían ser fotografiados. Sin faltar uno sólo. Le aconsejaron que fotografiara las calles en tomas abiertas, y las fachadas una a una, apenas dejando espacios pequeños para poder unir una foto con otra mientras se ensamblaba el rompecabezas. Tres meses después de andar por barriadas y conjuntos residenciales la vio por primera vez. Figura pequeñísima, casi perdida en la toma panorámica de la calle, se transformó en una chica de carne y hueso al día siguiente, que lo miró sin bajar la mirada y de pronto ya estaba preguntándole ‘¿cómo te llamas?’. El trabajo daría para ocho o nueve meses; la compañía no quería extender el plazo bajo ninguna circunstancia. Al llegar a casa pasaba las fotos directamente a su computadora, iba organizando álbum por álbum el contenido, según los sectores, las manzanas, siguiendo el orden que se le había indicado. Los números de serie. Pensó que eran una especie de marca de agua, para confirmar que había estado en todos los lugares fotografiados, y que no faltaba ni una sola toma. No en vano había clientes que le encargaban que fotografiara las placas con los nombres de las calles, o incluso las antenas de comunicaciones. A fuerza de comparar álbum con álbum y repasar detenidamente cada toma por las noches, pudo ver que en todo ello había un patrón. Aquella noche en que los números hablaron a gritos ya no pudo dormir. Ya no dormiría más. Los ‘números de serie’ eran una codificación bien definida para establecer límites geográficos, y detallar la situación económica y estratégica de

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cada sector. Según las claves, podía significar que una cuadra tenía casas tipo a ó b ó c, que eran de una planta simple, planta reforzada y doble planta, nivel de defensa 1 ó 2 ó 3, según el tipo de trabajo de cada habitante que se promediaba para obtener el grado de entrenamiento militar de cada sector, o las clases I, II, III y demás que designaban, específicamente, el tipo de comunicaciones existentes en el lugar: teléfono, teléfonos celulares, internet por cables, internet inalámbrico, microondas, o satelital. Por eso en algunos sectores coincidían sólo unas cifras, y lo demás variaba sin orden progresivo numérico aparente y también por eso ellos no le habían pedido las fotografías de las esquinas de las calles, en donde además del nombre de la calle siempre estaba impreso también el código postal del sector. Ya para entonces había enviado varios miles de fotografías directamente a los servidores de aquella compañía de ‘mapas de carreteras’. Y también pensó en ella y en las fotos que tenían ambos y no formaban parte de la cuota pactada pero que eran un grave, un gravísimo problema. Decidió guardar la calma y alejarla de él poco a poco, ignorándola. Tenía la esperanza de poder terminar el trabajo aunque el precio era alto, mejor que ella no se involucrara en nada que resultara peligroso. No esperaba que fuera precisamente ella quien tomara la iniciativa de dar el siguiente paso, rugir apresurado en la sangre apenas pudo contenerse cuando ella, a rajatabla, le dijo ‘Si no te acuestas conmigo el día de hoy tendrás que

esperarte otro mes’.
-No quiero que hablemos de eso, todavía eres una niña y... No lo dejó terminar la frase. Dándose media vuelta se alejó resuelta, ni siquiera se percató del folder plástico que dejó caer sobre la acera. Iván pudo ver cómo dos tipos, sentados en un carro familiar los miraban atentamente. Recogió la carpeta y la guardó en su mochila. Tripié en mano comenzó a caminar hasta llegar a la calle principal. Al tomar el taxi le preguntó al chofer ‘¿Nos viene siguiendo un carro de color azul marino, tipo nissán?’ -‘Sí’, le contesto regresando la mirada al frente. ‘¿En dónde quiere que lo deje?’. -En Bracho, atrás de la Bufa. Sígale, yo le digo por dónde se vaya.

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Entró en el cibercafé, sentándose en la primera máquina libre. Escribió de prisa un correo a los directivos de la compañía que le había contratado. Y a ella le escribió el segundo correo. Miró hacia la puerta y vio el carro estacionado del otro lado de la calle. Conocía bien a doña Aurora, la dueña del local, así que le pidió permiso para salir por la puerta de atrás. Antes de que pasaran quince minutos, recibió una llamada internacional en el teléfono celular, alguien pasaría a recoger todo el material, y le pagaría el resto de su trabajo de una sola vez. Lo verían en su casa en cuarenta y cinco minutos. Caminó por callejones retorcidos, algunos empedrados y otros apenas con caliche y llenos de baches, hasta llegar al lugar –el último lugar- desde donde salían los taxis a cumplir con su servicio. Le dio la dirección de la casa, apenas al llegar desconectó el disco duro externo y lo guardó en la mochila. No tuvo tiempo de borrar nada en la computadora, dejó abierta la puerta. Sin tener otro lugar para esconderse, decidió hacer algo temerario, verdaderamente estúpido. Decidió visitar a Carmelita, la vecina de enfrente -señora rondando los sesenta años quien le ofrecía café por la tarde con la condición de que él llevara las galletas o el pan dulce- y estar atento detrás de las cortinas. Puntuales como militares llegaron a la hora establecida. De la camioneta blanca con el logotipo de la empresa esperaba que descendiera un empleado con traje sastre y corbata de diseñador. Bajaron cuatro, con lentes oscuros, trajes negros, y pinta de guardaespaldas, sin duda que no sólo iban por las fotos, también iban por él. Ya no podría dormir, lo supo bien en cuanto cerró la puerta del cuarto de hotel. Estuvo pensando mil veces sobre lo que pasó, cómo era posible que no se hubiera dado cuenta a tiempo. ‘Nada mejor para ocultar las verdades más peligrosas que los monumentos públicos, o las cosas que la gente ve todos los días. Si seré pendejo’. A las tres y media de la mañana se percató de su error, imperdonable e incorregible error: no apagar el teléfono celular. Escuchó el motor potente, y el frenado en seco; el hotel, modesto y a las afueras de la ciudad ni siquiera tenía buena vista. ‘Espero que leas mi correo’ pensó al tiempo que alguien tocaba su puerta.

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*** Quedaron de verse en la alameda, a las siete de la tarde. En los últimos cinco meses no se habían hablado, ni escrito tampoco. El no olvidó su dirección de email ni su número de teléfono, y cuando leyó su contestación menos entendió por qué ella respondió que sí. Habían pasado buenos momentos juntos pero catorce años de diferencia en las edades eran catorce años, y era imposible pensar en casarse. Ella apenas estaba por cumplir los diecinueve años y él ya tenía una vida hecha, aunque sin mujer. Aventuras de noche y madrugada no faltaban, pero nada había durado tanto como lo que habían tenido ambos. ‘Total, cualquier cosa que pase después de esta tarde será ganancia’. Llegó puntual, sus pasos eran decididos. Se dieron un beso en la mejilla, y comenzaron a pasear por la alameda, ya casi en penumbras. -¿Por qué no me llamaste? -Perdí mi carpeta, allí tenía tu número de teléfono. Carlos aceptó la explicación, ‘¿de veras piensas que me voy a tragar ese cuento?’, pensó. Ella tampoco iba a dar marcha atrás, ‘te voy a olvidar, Iván’. El día anterior, después de leer sus correos, había borrado todas las fotos que le quedaban en su bandeja de entrada. Cuatro hombres entraron a su casa, le pidieron las fotos, y ella les dio los discos rotulados a mano. Ni siquiera se tomaron la molestia de amenazarla, amablemente le pidieron que abriera su cuenta de correo y borrara todo lo que hubiera dentro delante de ellos. ‘Si me hubieras pedido que huyera contigo, te hubiera seguido’. Ahora tenía nuevamente su mano en la mano de Carlos, que le apretaba, y se sintió segura. Él escogió el hotel.

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Líquido

…el agua, inocencia de la naturaleza…
Heredia

Durmió siete horas. Al despertar sintió el descanso que adormece cálidamente músculos y nervios, aunque el dolor en el pecho y la sensación de tener una pelota de lana atorada en la garganta no pudieron desaparecer por completo. El doctor fue claro y explícito, sus riñones estaban mal, y además de la pancreatitis el hígado estaba en las últimas. ‘Es un milagro que pueda seguir manteniéndose de pie, cualquier otra persona estaría guardando cama y reposo’ comentó el médico, intrigado también por la ausencia de síntomas externos, el color amarillento que la piel de su paciente no tenía, o la claridad de las órbitas oculares que tampoco debería mostrar. Intentó no pensar en eso a la hora del desayuno aunque el escenario cargado de agujas, monitores parpadeantes, y sobre todo la imagen del bisturí abriéndolo en canal era muy fuerte y no pudo quitársela ni al llegar al trabajo. Para colmo de males, su tarjeta había sido movida de lugar: el reloj chocador no detuvo su danza y siguió con su tic-tac mientras realizaba la búsqueda por los cuatro tarjeteros, detrás de cada una de las tarjetas de sus compañeros. Se dijo que era el estrés, una pequeña gota salina recorrió su frente, y fue a desplomarse a lo largo de la nariz, culminando en una gota minúscula que se extendió sobre el labio superior. Al encontrar la tarjeta instintivamente se pasó el antebrazo por la boca, y con la camisa recién planchada se limpió buscando librarse de aquella sensación de humedad incómoda, que de todos modos dejó una huella oscura en la manga izquierda de su camisa. Ya en su cubículo, en el monitor apareció el mensaje de bienvenida, y un par de campos vacíos dentro de un formulario que restringía el acceso a la computadora. Tecleó sus datos sin ganas y sin prisas de un solo tirón. En ese momento pudo constatar que sí, estaba sudando como endemoniado, y estaba
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empapado casi por completo. Como pudo se acomodó la camisa para mancharla menos, aunque ya el agua había dejado su huella en el respaldo del sillón giratorio. Se levantó de un golpe y fue al sanitario, esperando encontrar unas toallas de papel y con ellas limpiarse la frente, que dejaba ver una capa traslúcida de líquido salino. ‘Demasiado sudor, necesito calmarme. No es para tanto, el doctor no me dijo que me quedaran sólo meses de vida. No estoy desahuciado’. Regresó a su lugar y comenzó a teclear los reportes que le pidiera el jefe de sección un día antes. Serían las once de la mañana cuando el mismo jefe le ordenó que dejara su lugar de trabajo, ‘Martínez, vaya al médico para que lo valoren. Después regresa y dependiendo de los resultados si es necesario yo mismo le autorizo la incapacidad’. No había más por hacer. Se levantó y la sensación de ahogo que sintió en la mañana seguía allí. Nada almorzó, no tenía sed y tampoco hambre; trató de consolarse pensando que de cualquier modo no hubiera podido pasar bocado, ni siquiera un trago de agua. Al llegar al estacionamiento abrió la puerta del coche siguiendo la parafernalia de siempre. Subió al asiento y al prepararse para colocar los pies según los distintos pedales –inconveniencias de los modelos de transmisión ‘estándar’-, sintió que dos chorros de agua salían de los zapatos. ‘Chingado, nomás esto faltaba’. Al deshacer los nudos y soltar las agujetas pudo oler el agua, que no tenía residuos de su olor propio: el agua que llenaba los zapatos no tenía olor a pies. Pensó que era una broma, alguien había mojado el tapete, o quizá él mismo dejó toda la noche los vidrios bajos y el sereno se encargó de mojar tapetes y asientos. Pero no era eso, vio inmediatamente que sobre los tapetes sólo aparecían las huellas negras y bien delineadas de sus zapatos, al igual que en el respaldo del asiento del auto el agua había comenzado a formar la figura de un murciélago, justo a la altura de los omóplatos. Avanzó lentamente, no había tráfico a esa hora pero el sudor escurriendo por los párpados le nublaba frecuentemente la vista, era como si hubiese neblina cerrada

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sobre la ciudad. ‘Necesito detenerme, necesito serenarme, los exámenes son mañana y mañana necesito estar bien’. Se detuvo a un costado de la carretera, precisamente sobre el acotamiento. A los pocos minutos un agente de tránsito estaba levantándole una infracción. ‘No me lo llevo nomás porque veo que necesita ver al médico, si nó, olvídese, derechito p’al corralón’. ‘Carajo’, pensó al ver su imagen en el espejo retrovisor, no había absolutamente ningún lugar ni espacio seco en todo su rostro, húmedo cual si acabara de bañarse. La camisa ya completamente pegada a la piel entorpecía más sus movimientos, era mediodía cuando llegó al estacionamiento de su casa. Ni vecinos ni curiosos en la calle, faltaba poco para la hora de salida de las escuelas, y hasta entonces nadie asomaría las narices fuera de casa, el maldito calor persuadía a cualquiera. Desistió de bajar las carpetas con documentos y llevarlas consigo, al poner sobre ellas sus manos sendas marcas de agua aparecieron, y extendiéndose por el papel dejaron una hendidura ondulada, molde exacto de sus palmas. Hizo un esfuerzo sobrehumano para que las llaves no resbalaran y se le cayeran al piso. Decidió quitarse los zapatos al subir la escalera, nunca el tramo de catorce escalones le pareció tan largo y desesperante. Sobre el suelo fue dejando la huella húmeda de sus pies, al detenerse frente a la puerta y hacer el intento de abrir la cerradura no tuvo problemas, las llaves empapadas en sudor se insertaron inmediatamente en la chapa, donde giraron sin ningún contratiempo. Un charco cristalino y oscuro en el piso reflejaba su imagen, invirtiéndola, ‘pinche madre, la gente va a creer que me oriné aquí mismo, frente a la puerta’. Decidió tomar una ducha, la cita con el médico era hasta las seis de la tarde. Al abrir las llaves de la regadera fue modulando el chorro hasta dejar tibia la temperatura. Así estuvo varios minutos, sintió deseos de quedarse toda la tarde allí, bajo el chorro constante del agua, y no salir de casa nunca más. Después de usar cuatro toallas se dio por vencido, seguía sudando sin poder parar. El hambre y la sed no regresaban, en el estómago tenía la misma sensación de saciedad que sentía al ir a cenar con los compañeros de oficina, o al ir a las

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fiestas que hacían con cualquier motivo absurdo: el catorce de febrero, el día de san Patricio, el día de la secretaria. Pensó llamarla, decirle lo que estaba pasando. Se arrepintió al instante. ‘Lo que menos necesito es una mujer que esté por compasión a mi lado, si aguantaste diez años, pues aguanta esta semana de análisis tú solito, cabrón’. Se vistió con ropa sport. Un short de natación y una camiseta abierta de tirantes. Así recorrió su casa desde su habitación hasta el patio, donde el trapeador empolvado mantenía su figura tiesa y reseca. No pudo recordar cuándo fue la última vez que lo había usado. Hizo el intento de limpiar el agua -el líquido aquel-: en dos cubetas plásticas donde antaño hubiera pintura iba vertiéndolo y vio con asombro cómo se llenaban poco a poco hasta llegar a los bordes. ‘Es imposible, ya me hubiera deshidratado por completo, no he tomado agua en nueve horas y sigo sudando’. La desesperación no tardó mucho en llegar, su intento de hablar por teléfono con el médico resultó frustrado por el líquido que brotaba gota por gota de cada poro de su piel. El teléfono se estropeó, al igual que su teléfono celular. Y por primera vez sintió miedo, supo que estaba atrapado por algo contra lo que no podía luchar ni defenderse. ‘Necesito tranquilizarme y salir de aquí, rápido, antes de que sea demasiado tarde, aún hay tiempo, necesito que el doctor me revise de nuevo’. Por más intentos que hizo la puerta no se abrió. Sus manos húmedas, chorreantes, resbalaban una y otra vez sobre la perilla. Golpeó desesperadamente el metal de los marcos, guías y paneles de la puerta, pero el sonido que escuchó lo asustó aún más: era como si hubiese golpeando el vidrio de la ventana con un par de globos llenos de agua. Retrocedió un par de pasos con la intención de dejarse ir completamente contra la puerta, ‘si pego con el cráneo el ruido despertará hasta a los pinches vecinos’. Justo al tomar impulso resbaló y cayó de bruces sobre las losas de piso cerámico. No podía hablar, sintió cómo iba llenándose su garganta de líquido y cómo ese mismo líquido brotaba de sus labios y nariz, intentó levantarse, ponerse a gatas, pero sus manos resbalaban una y otra vez sobre las losas.

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‘No, no quiero morirme el día de hoy, no quiero morirme así, necesito salir de aquí, ¡por favor que alguien me ayude!’. La asfixia era cada vez mayor, lo último que vio fueron sus dedos, manos y brazos, deshaciéndose como un terrón de azúcar en el fondo de una taza de té.

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Dalida

Moi, les mots tendres enrobés de douceur se posent sur ma bouche mais jamais sur mon cœur…
Dalida & Alain Delon, Paroles, paroles…

La costumbre se la inculcó su madre, ‘debes caminar siempre derechita, jamás te encorves o parecerás una mujer derrotada’. Al pasar los años vería que aquella figura de mujer derrotada iba haciéndose más evidente en su madre: decaimiento de los hombros, falta de brillo en los ojos, esa resequedad prematura en los labios. No parecía una mujer de treinta y siete años, sino alguien mucho mayor. En cambio, ella ahora cumplía los diecinueve y ya acostumbraba llevar los tacones todos los días, bajaba escaleras, manejaba el automóvil, no se los quitaba en el trabajo y pasaba con ellos la jornada completa. Más que unos zapatos eran la extensión de su ser sobre el piso, y la confirmación de aquella convicción innegable: ningún hombre era capaz de pasar a su lado sin voltear a verla. También fue acostumbrándose a las invitaciones sin gracia de cuantos la rodeaban, algo había en ella que resultaba atractivo para los hombres y en cuanto se percató de ello comenzó a vivir sin prisas dándose el gusto de elegir con quién saldría a comer, a cenar, al baile, con quién pasaría la noche. Nada le reclamaba su madre: para eso la había educado, para que se valiera por sí misma, y no tuviera necesidad de andar mendigando amor. ‘Ya de por sí este mundo se burla de nosotras por tener que dejar que los hombres entren en nuestro cuerpo, como para dejar que entren y se adueñen completamente de nuestra vida’. Pero la falta de esperanza de su madre era más fuerte que esa decisión tomada muy pronto de obtener de los hombres sólo lo que ella quería en el momento en que ella misma lo quería. No sabía gran cosa de su padre, lo recordaba llegando con un par de regalos en navidad, cuando ella cumplió cinco años. Un buen día ya no regresó, y también recordaba que jamás vio a su madre llorar
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una sola lágrima por él; todo pasó como tenía que pasar y ella siguió adelante, alimentándola, educándola y pagando la casa de interés social que era lo único que tenían ambas de fijo. Apenas cinco años antes habían llegado a la ciudad, justo cuando ella comenzaba a cursar el tercer año de educación secundaria. Logró sobrevivir a las clases completamente sola, y su aislamiento dolía más por no ser completamente voluntario. Descansaba por las tardes, y también en esas fechas comenzó a ver que en la casa faltaban el pan, la leche, el cereal. Aunque la madre doblaba el turno, noches hubo en que la pasaron con té y una rebanada de pan integral, sobre todo dos o tres días antes de las quincenas. Así que comenzó a buscar una salida, encontrándose de frente con esa ciudad cambiante, día a día distinta. Su futuro apuntaba a lo más alto y no tuvo que comenzar a barrer banquetas o limpiar mesas y sillas en un local de comida rápida. Su primer trabajo lo encontró como auxiliar contable, llevando las chequera de una florería de nombre absurdo, ‘Spider’; el dueño, además de rentar el local de la planta baja era también poseedor de los tres pisos superiores, donde daba albergue a buen precio a parejas de recién casados, incluso la buhardilla de la azotea, un cuartucho de tres por cinco, era suficiente guarida para los estudiantes en situaciones urgentes de falta de techo y cobijo. Aprendió pronto a tratar con el sexo opuesto, y a maquillarse para aparentar tres años más. Cuando le presentó el acta de nacimiento al dueño del negocio, este parpadeó un par de veces antes de darle el empleo: decía tener dieciocho, pero la frescura de su piel y ese maquillaje añadido como si quisiera ocultar su perfección eran lo más chocante que había visto. Ella tenía quince años recién cumplidos, y con sus propias manos había alterado la fecha de su acta de nacimiento. Sin más preámbulos se encontró haciendo día tras día las cuentas y revisando las entradas que registraba el empleado de mostrador, un muchacho apenas dos años mayor que ella: Ernesto. Lo sabía todo de él: dónde vivía, los nombres de sus papás, número de seguro social; tenía acceso libre al archivo del dueño, así que también pudo hacerse una

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idea clara de todo lo que había pasado con anterioridad hasta el momento en que ella llegó y se quedó con el puesto. Aceptaba los regalos que le daba Ernesto, casi siempre al finalizar el turno. Se quedaban los dos haciendo el corte dejando listo el efectivo y los cheques que se depositarían al día siguiente. Ella sabía que don Hernán tenía esposa, pero nunca en el tiempo que estuvo trabajando allí la conoció: no se toparon ni una sola vez, y don Hernán jamás le insinuó nada. Pero con Ernesto recorrió la alameda, iban y venían a sus anchas por el rumbo del acueducto sólo por el placer de ver esos arcos que no llevaban agua ni apenas recuerdos. Otra de sus rutas era el libramiento hasta Guadalupe que andaban a pie sólo para regresar despacio y sin prisas, justo a tiempo para la salida del último camión urbano. Entonces usaba zapatillas, y fue una de esas tardes que su madre la vio, sobándose las plantas y encorvándose al hacerlo, postura que mantuvo durante la cena. ‘Si vas a caminar encorvada parecerás viejita cuando tengas veinte años. Y ningún hombre te mirará, a ellos no les gustan las mujeres feas y torpes. No te rebajes tú sola’. Lo más que hubo con Ernesto fueron un par de besos, y una prisa de manos y caderas frotándose. Cuando llegó la hora de comenzar a estudiar la preparatoria cambió de parecer, y no volvió a aceptar nunca más los regalitos que Ernesto se había propuesto llevarle con mayor frecuencia: discos, chocolates, muñequitos de peluche o de migajón montados sobre una cucharita de madera esmaltada en color amarillo o blanco. Ni siquiera guardaría memoria de su cara, para ella sólo representaba un nombre, y un par de besos perdidos en algún rincón de la Plaza de Armas. La preparatoria tenía sus fiestas de bienvenida, los compañeros divididos según los gustos musicales y según la capacidad económica de cada quién. Así que no podía elegir a la primera con qué grupo se identificaría porque no tenía pensado quedarse estancada en ninguno. No sabía cómo hacerle, así que optó por una salida fácil y simple que surtió efecto: coqueteó con todos y aceptó todas las invitaciones a bailar que recibió esa noche.

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Al salir tomó un taxi y se retiró sola, frente a la mirada atónita de todos sus compañeros, que esperaban ver salir de entre ellos al triunfador que podría presumir de haber pasado de perdido un rato en la noche con ella. La competencia sería descarnada, y los regalos fueron acumulándose al pie de la cama, justo debajo de su cabecera: discos compactos, tarjetitas de papel, incluso, un teléfono celular que encendía el sábado antes de salir a la fiesta en turno. ‘¡Niña! Si vas a usar escote úsalo bien, y no enseñes de más, pero lo que enseñes enséñalo con clase’, era lo que decía su madre al verla salir, quien aunque no lo quisiera comenzaba a padecer en silencio los primeros síntomas de la arterioesclerosis, cada día más constantes. Pero eso fue antes de enterarse de su otra enfermedad. Cuando regresaba, casi de mañana, encontraba la puerta abierta y la cama lista para dormir: sábanas limpias, la almohada bien acomodada y pegadita al respaldo. ‘Hayas hecho lo que hayas hecho necesitas descansar, si vives de noche oblígate a descansar de día’. El domingo no salían a ninguna parte, ni siquiera a misa. Habían dejado de hacerlo cuando ella tenía ocho años, después de que su madre recibiera la llamada telefónica que la dejó callada y muda por semanas, y contestando con monosílabos todo lo que se le preguntaba. Poco pensaba en eso, ahora las fiestas del sábado le permitían poder elegir y tomar decisiones que antes no hubiera pensado. Dejó el trabajo de la tarde, y encontró como secretaria la oportunidad que buscaba: aprender más sobre lo que deseaba estudiar, y seguir aprendiendo también cada día más de los hombres. En su nuevo trabajo halló lo que buscaba, después de una primera entrevista la segunda la tuvo directamente con él. Y el jefe de personal, cuarentón y fiestero no perdió la oportunidad de lanzarse sobre ella apenas se presentó la ocasión: un convivio del catorce de febrero, en las azoteas de la oficina. Sabido era de todos quién andaba con quién, cuáles eran las parejas del momento, quiénes eran los nuevos y cómo podían gastárselas si no pasaban la novateada. Con ella empleó la caballería pesada, y terminó besándola y lamiéndole los pechos en un rincón de la escalera, cuando ya casi todos se habían ido y la madrugada comenzaba a dejar caer su sereno sobre la ciudad. No fue más difícil entregarse a

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él que a cualquier otro; pudo entonces acomodarse el horario según fuera su necesidad, y sin rendir cuentas a nadie por sus faltas o retardos: lo eligió a él porque sería también el más fácilmente prescindible, el siguiente fin de semana terminaron yéndose a la cama. Después olvidaría aquella noche como también borraría de su memoria su cara y su mirada. Al cumplir los dieciocho ni siquiera se preocupó por hacer fila y sacar la credencial de elector. ‘Que voten los que tengan tiempo y ganas, yo no’. Pero su madre no pensaba lo mismo. Ese mismo día, al llegar a casa después del trabajo encontró el acta de nacimiento y un recibo de la luz con sus copias encima de la mesa. ‘No es mi problema que no creas en la política, pero esos documentos son importantes. Mañana te levanto a las cinco para que tengas tiempo de llegar al módulo y que te registren en el padrón. Si no vas tú sola mañana, entonces pasado mañana me levanto contigo y te llevo de la mano, o amarrada como los animales’. Esa fue la primera vez que sintió tanto odio y cómo la sangre se le agolpaba en el rostro y el cuello. Al mirarse en el espejo de su recámara pareció asomar en los ojos que la miraban un destello, era la misma especie de chispa que hacía años no le veía a su madre en los ojos. ‘Sí, necesito aprender a manejar mejor mi coraje’, se dijo. *** Esa mañana se levantó antes que ella, le dejó el desayuno preparado y se fue a recostar. Pudo seguir paso por paso lo que su hija hizo antes de salir a la calle y encender el coche, justo a tiempo para llegar a las ocho de la mañana al módulo y hacer fila. Ya casi no recordaba la llamada aunque a veces, para alimentar mejor el odio y el rencor seguía repasando palabra por palabra lo que escuchó en el teléfono. Cuando él la dejó recibió al poco tiempo la llamada de la esposa. ‘Me vale madres cuándo y cuánto se revolcaron. Lo que no le perdono al cabrón es que me haya contagiado, y seguro que a ti también. Eso nos pasa por pendejas, pero

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me voy a encargar de que no se pueda librar de mí, a menos que quiera quedarse en la calle y sin un solo centavo en la bolsa’. Al escuchar la palabra se le heló la sangre. Apenas colgando el teléfono fue a pedir cita para hacerse los análisis. Sí, la enfermedad estaba presente en su sangre y no tenía poco tiempo. ‘Poca cosa puede hacerse, señora’, le dijo el doctor al tiempo que firmaba una receta médica. Se prometió no decir nada a su hija, ni aunque terminara retorciéndose de dolor, postrada en cama. La lucha era cansada, y el rencor crecía día con día. Por eso esperaba el momento preciso para hacer su llamada, ‘la llamada’. ‘Seguro hasta te olvidaste de mí, con tu mujercita tendrás para entretenerte un rato. Pero también, cabrón, seguro que cuando sepas en lo que terminó tu hija no podrás olvidarme nunca’. Intentó sonreír, pero sus labios resecos habían olvidado cómo hacerlo.

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El Profeta Juan Sabio

Dios hace números.
Pitágoras

Dicen las malas lenguas que nunca fue cuestión de suerte, más bien el Diablo debió andar metido allí, y por eso las cosas acabaron como acabaron. Sus compañeros lo despreciaron mil veces, tan pequeño y débil, caminaba como si apenas rozara el suelo. En aquellos años era uso común acomodar a los alumnos del menor al mayor, según su estatura, y siguiendo el mismo orden, en el salón de clase llenando fila tras fila de izquierda a derecha. Todos los días hasta que terminó la secundaria ocupó el primer lugar de la izquierda. Hay quienes afirman que ya entonces poseía El Don. Una cosa es cierta, doña Tere jamás dijo una palabra sobre el asunto, sólo aceptaba que su hijo tenía suerte, y para quien lo dudara, allí estaba la fotografía enmarcada del boleto ganador: la efigie de Morelos, pintada en colores rosáceos y rodeada de fiorituras en tintas azules volteaba, quizá mera coincidencia, hacia la izquierda. Pero doña Tere guardaba el secreto bajo llave, y no quemaba aquellos papeles sólo porque Juan así se lo pidió. 'Guárdemelos hasta que le diga, mamá. A usté no le hace daño tenerlos en un lugarcito donde nomás usté sepa, total, la gente no tiene por qué andarse enterando de ciertas cosas'. También era cierto el hecho, irrefutable como el libro mismo de registros, que la tarde anterior a la ‘Tarde del premio’ estuvo consultando periódicos viejos, todos de la capital del estado. Y por si fuera poco, la mañana de ese día se la pasó esculcando entre los papeles de don José, a quien le explicó: 'necesito encontrar una noticia curiosa, para hacer la tarea que me encargaron en la escuela... dizque así aprenderemos a escribir bien, y no sé a qué tantas cosas más'.

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Con el dinero que ganó doña Tere aquella tarde bien hubiera podido Juan dejar la escuela de una vez, pero entonces cambiaron sus maneras. Cualquiera veía que no era el mismo de siempre: su semblante a la expectativa como si buscara o persiguiera algo, como si alguien le hubiera robado la paz; esa sería la figura que recordarían todos en el pueblo. Ni él sabía exactamente qué, pero su búsqueda terminaría encontrando la razón de que las cosas fueran como fueran. Seguramente para él resultaba algo natural saber cómo están hechas las cosas con sólo tomar algunos apuntes, igual que alguien respira sin saber cómo el aire entra por las fosas nasales, recorriendo la laringe y llegando a los pulmones para fortificar la sangre después. Nadie entendió ni ha entendido hasta la fecha lo que quiso decir: ‘todo el mundo cabe en una hoja de papel, y lo que vaya a pasar o haya pasado puede entenderse con sólo escribir en ella los números y las palabras adecuadas’. La maledicencia de la gente comenzó a divulgar la historia de la riqueza de Nepomuceno Llamas, se afirmó que le había sacado a la mala y con engaños el número que habría de ganar la lotería en un pueblo de Texas. ‘Donepo’, como le llamaba la gente, confirmó que estaba muy agradecido con el muchacho y que de su cuenta corría el que a Juan nadie lo molestara en el pueblo, y que con gusto aconsejaría a doña Tere para hacer rendir el dinerito que tenía guardado en el banco, con unos intereses que apenas si daban para pagar el predial de su casa, y la luz y el agua de cada mes. Doña Tere no pidió explicaciones ni cuentas la noche que Juan decidió dejar su casa, lugares en dónde quedarse le sobraban y muchos eran los que buscaban platicar con él aunque fuera un rato, con la esperanza de escuchar de sus labios una palabra, una letra, o un número. Fue por esas fechas que la gente comenzó a llamarlo ‘El Profeta Juan Sabio’. Semejante nombre llegó a sus oídos, pero no se molestó jamás en reprender a la gente, ‘suficientes problemas tienen ya, como para andar causándoles otro al pedirles que me llamen de una u otra manera’. Dos meses después cumpliría dieciséis años. Aunque los negaba y los siguió negando mientras vivió, abundaron los rumores de prodigios o milagros atribuidos a él. No faltó quién dijera que le había

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ayudado encontrar a un familiar perdido, otro afirmó que le curó una hernia inoperable misma que le tenía postrado en cama, y otro más, que gracias a una poción facilitada por ‘don Juan, El Profeta Sabio’ había recuperado la virilidad tanto tiempo echada de menos. Pero Juan sólo se limitaba, y nunca erró en ello, a decirle a los que consideraba más necesitados los tres o cuatro números que necesitarían encontrar en un boleto, para resultar ganadores en tal o cual sorteo. Nadie ha negado, ni podrá negar, que sus pronósticos no fallaron ni una sola vez. Ni una sola. *** Los rumores eran ciertos. El Profeta Juan Sabio había vivido los últimos seis años en un cuarto austerísimo. Una cama, una mesa, una silla y un estante donde amontonaba recortes y hojas completas de periódicos uno sobre otro. La mayoría de los recortes se los daba la misma gente, y cuando la noticia incluía a alguno que había obtenido un premio gracias a su ayuda, los ganadores de los premios le dejaban algunos billetes engrapados a ellos. Pero el Profeta Juan Sabio no se preocupaba por quitar las grapas de metal y separar los billetes de los recortes, sólo cuando era absolutamente indispensable que consultara alguno retiraba los billetes del recorte, y los ofrecía a algún crío que tuviera la suerte de pasar en ese momento frente a su casa. El cuarto donde vivió jamás tuvo puerta en la entrada, y la del servicio cumplía una doble función: protegerle de las miradas curiosas al asearse, y servirle de perchero cuando colgaba de la perilla de latón su toalla cada vez que terminaba de bañarse. Los rumores eran ciertos, y muchos se asustaron. Donepo, cumpliendo cabalmente su promesa, había pagado a cinco o seis policías para que cuidaran el cuarto de ‘Juanillo’, nombre que pronunciaba cuando saludaba en la intimidad de su casa al Profeta Juan Sabio.

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Esa fue la primera y única desavenencia que tuvo el Profeta Juan Sabio, con la gente de aquel pueblo. 'Si vuelvo a ver a esos hombres vigilando mi casa desde la esquina me largo a otro pueblo, total, uno que quiere ayudar a los de aquí y le pagan tratándolo a uno como si estuviera encerrado en la cárcel municipal. O se van mis gendarmes o mañana no amaneceré en este pueblo'. Los rumores eran ciertos, y aunque muchos se asustaron, nadie se atrevió a dar la contra al Profeta Juan Sabio. Como no quería ver gendarmes cuidando su casa la gente misma del pueblo comenzó a hacer ronda, temerosa de que algo pudiera pasarle. Y cuando el rumor fue cierto a nadie le extrañó de que los actores principales fueran la Secretaría de la Hacienda Pública, y la Secretaría Nacional de Juegos de Lotería. A nadie menos que a ellos convenía que el Profeta Juan Sabio le atinara a tantos números, y que se hubiesen entregado en sólo un año ocho premios mayores, y catorce secundarios. El día temido por todos llegó, como si hubiera sido implorado al mismísimo Satanás. Nadie entró al pueblo en una camioneta del gobierno o con logotipos extraños, nadie llegó que pareciera de fuera, nadie llegó que llevara ropa nueva o hablara con acento de la capital. Fue Donepo quien encontró al Profeta Juan Sabio boca arriba, tirado en la cama, con un balazo en la frente y otro muy cerca de la tetilla izquierda. El asesino había dejado a modo de burla una pistola con silenciador sobre la mesa, y los ocho boletos ganadores del premio mayor que habían salido sorteados ese año. Y nadie pudo hacer nada, quién le iba a reclamar nada a quién, y para qué, para que vinieran los soldados y tuvieran a la gente encerrada en sus casas mientras las muchachas buscaban irse con alguno de ellos con tal de no ser violadas por todos. El Profeta Juan Sabio jamás le dio a doña Tere la orden de quemar sus papeles, y ella nunca hubiera leído lo escrito en ellos mientras Juan no le diese el permiso para hacerlo. Así que la noche del velorio entró a su cuarto y cerró bien la puerta, y buscando entre los libros y las carpetas que utilizaba Juan cuando estudió la secundaria, encontró los apuntes y comenzó a leer hoja tras hoja.

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En letra menuda, alineada y bien trazada, como si fuera letra de máquina de escribir, había dejado Juan un reporte con los números que habían salido sorteados desde hacía veinticinco años. También pudo leer aunque no comprendió, las sumas, restas, divisiones y multiplicaciones que había hecho el Profeta Juan Sabio, utilizando una de las hojas de su libreta de matemáticas, para encontrar el primer número, el que salió sorteado ‘La tarde del premio’. A doña Tere no le molestó que su hijo no hubiera escrito una sola línea invocando la ayuda de Dios o de los demonios para adivinar el número que resultaría ganador; doña Tere sabía que su hijo tenía buena cabeza para la escuela, y un corazón más grande aún. Sabía que por eso lloraban los vecinos en el zaguán y en el cuarto donde el Profeta Juan Sabio, hacía nueve años, le había entregado el boletito de la foto. 'Tenga, mamá. Me lo vendieron en la escuela, el sorteo es a la tarde. No lo vaya a perder, que batallé un resto para encontrar este número. Hasta le tuve que pedir prestado a Donepo para completarlo... pero ya verá, mamá, que este boleto nos traerá buena suerte'.

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Las calles empedradas temen esos arroyuelos de tierra y agua. Nube tras nube los goterones se estrellan en las piedras, las casas de adobe intentan beberlos todos con sus gargantas de tierra arenosa pero son tantos que terminan escurriendo por las paredes, llevándose con ellos la argamasa y dejando desnudas las juntas de los adobes. A veces el miedo vuelve. Sin pensarlo está de regreso, y las cartas firmadas y rotas sobre la cama son otra vez la moneda de Judas: un padre que sigue lejos, y la madre que cuida de los hijos cargando con la culpa de no saber qué falló, cuándo y cómo. El menor de ellos come pedazos de tortilla dura mientras da mordidas fieras a la mitad de un jitomate que la abuela le dio, para que aguante hasta la hora de la comida. En el comal una a una van creándose las tortillas, que apenas terminadas de cocer se arrojan en el cesto donde un pedazo de tela bordado se dobla, intentando mantenerlas calientes por más tiempo. Quién sabe por dónde andan los mayores. Adrián le ha dicho que saliendo de la escuela siempre van a la orilla del río, pero la tarde de hoy sabe que no. Ella lo prohibió y si desobedecen los castigos serían para toda la semana, nada de juego por la tarde ni radio por la noche. Esteban le hace la segunda a Adrián porque no tiene otra cosa por hacer. El mandato de la madre es fulminante, debe cuidar siempre de Adrián, debe ser el ejemplo de Adrián, debe vigilar siempre a Adrián, porque Adrián deberá ser algún día como él. Pero Esteban no quiere que Adrián se parezca a él, su hambre compartida y la escuela inclemente son más que suficientes para odiar las piedras y la lluvia y los adobes del caserío. Ambos conocen muy bien el río, cómo le cambia la cara apenas comienzan a caer las primeras gotas de lluvia. No pueden arriesgarse a desobedecer, y corren resguardándose en las entradas de zaguanes, retomando la carrera apenas mengua un poco el aguacero.

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Faltan algunas cuadras para llegar al taller donde Antonio, su abuelo, está por terminar el último trabajo que le llegó y les dará para comer un par de semanas. Adrián se desespera y comienza a correr, sin cerrar los ojos mira piedra por piedra decidiendo rápidamente dónde pondrá el pie, Esteban no puede hacer lo mismo. Aunque quisiera eso queda fuera de sus posibilidades, y Adrián se burla apenas se presenta la oportunidad. Un claro en el cielo indica el momento oportuno, entonces camina cuidando no mancharse de lodo las mangas del pantalón, sabe que su madre lo castigaría por haber dejado que Adrián ande solo por las calles, y después por no cuidar la ropa que llevarán al día siguiente a la escuela. Cansado y fastidiado entra en el taller, donde Adrián ya está con una lija en la mano y tallando rápidamente los bordes de un letrero de madera que irá colgado en el consultorio del único dentista del pueblo. Antonio mira al nieto recién llegado, ¿quieres ayudarnos? Él también sabe que Esteban no lo pasa muy bien cuidando a Adrián; ‘ojalá que pronto Antonia acepte que los dos muchachos son muy distintos, y no siga amargándole la vida a Esteban con tal de que Adrián deje de ser como es’. Le permite sentarse en una silla, que descanse un rato. Su mochila tiene más libros que la de Adrián, y cuando salen de pleito Esteban debe cargar con ambas: a Adrián poco le importa lo que suceda a los libros. Poco a poco percibe el golpeteo rítmico de una gota estrellándose contra el fondo de una vasija de latón, a veces mientras llueve van apareciendo pequeños chorros en los lugares menos esperados, y también así como de repente aparecen también de repente se van. El fragor de las gotas estrellándose contra el techo de láminas galvanizadas aumenta, y con este la frecuencia del golpeteo metálico, son las dos de la tarde aunque parece que ya estuviese por caer la noche. Deja la mochila sobre la silla, y se acerca al banco de carpintero, donde Adrián ya casi termina de lijar lo que será la base del letrero. Antonio le pide que mezcle el barniz con un poco de linaza, y que aplique despacio dos manos con la brocha más delgada. Han platicado mucho sobre el olor de la linaza, y cuando la madera por pulirse es pino, cedro, caoba o álamo, por cada fibra mutilada con la lija la madera responde liberando un perfume omnipresente, que impregna el

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aire con su esencia, y termina embotando el olfato y pegándose en la ropa y el cabello. Esteban termina de preparar el barniz, y con una brocha apenas más ancha que tres dedos juntos de su mano va cubriendo poco a poco la superficie de madera siguiendo la dirección de la veta, tal como le enseñara Antonio. La madera olorosa y opaca va despareciendo bajo el barniz, que deja al descubierto una madera brillante y bien marcada por los minúsculos poros alineados en un patrón que Antonio le ha dicho una y otra vez se llama ‘trama’. Las vetas resaltan y cuando ha terminado de dar la primera mano toma una lija muy fina, para comenzar a raspar ligeramente sobre el barniz que ya ha secado en el lado donde comenzó a aplicarlo. Así termina con la base completa, y entonces aplica poco a poco la segunda capa, esta vez dejando al descubierto la verdadera cara de la madera: vetas suavizadas y tonos uniformes, brillantemente claros. Esteban también se preguntó mucho tiempo por qué con cada carta, con cada telegrama se desbordaba el llanto de la madre, envolviéndola en un mutismo del que salía tres o cuatro días después, más cansada que antes, desesperanzada. La abuela calla, nadie habla jamás en casa sobre los motivos y las causas de su partida, aunque quizá sólo ellos cuatro preguntan de tarde en tarde, tras la visita fugaz del cartero cómo fue que pasó aquello, cómo fue que la soledad entró por ventanas y puertas encerrándose a cal y canto sin poder ser desalojada, por más intentos que abuelos, hija y nietos hicieron una y otra vez. Recuerda las fotografías, pero su verdadero rostro escapa de su memoria: la figura de su padre se disuelve entre olvido y coraje. Esteban apenas pudo soportar su partida, y se obligó a olvidarlo rápidamente. En eso parecía tener un poco más de suerte que la madre, quien intentaba mantener viva la presencia, aunque doliera y ese dolor fuera percibido por cada uno de los hijos, incluso por Luisito, el más pequeño. Antonia pensaba que Esteban lo soportaría mejor, y que Adrián ayudaría a Esteban a no pensar tanto en su partida. Lo único que sucedió fue que Adrián no volvió a regresar a la casa inmediatamente después de salir de la escuela; buscaba pretextos para pasar la tarde afuera, y la excusa ideal la encontró en el taller de Antonio, donde parecía querer alcanzar algún tipo de purificación que por más talladas que daba con las lijas no aparecía por ningún lugar. Esteban se contentó

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con seguirlo de un lado a otro sin oponer resistencia a la madre, había decidido no recordarlo, y también que desaparecería de alguna u otra manera ese dolor del que ahora ya no tenía recuerdo alguno. Adrián tallaba al lado del abuelo concienzudamente cada letra que iría pegada y clavada en la base de madera ya barnizada. Una por una pasaban las letras a Esteban, quien les aplicaba una sola mano de barniz. La madera era la misma, así que entre más claras estuvieran las letras mejor, evitarían gastos innecesarios en pinturas y manchas con base de petróleo, haciendo que el letrero se viera desde lo lejos como si fuera una sola pieza maciza, cuando en verdad cada letra había sido tallada y trabajada por separado. Adrián se convenció muy pronto de que a Esteban le faltaba carácter para hacer las cosas. Refrenándose muchísimo, era como un pedazo de cera ablandada por la mecha en manos de la madre, jamás rezongaba ni reclamaba por nada, jamás transgredía las normas una vez que se le habían marcado. Pensaba que era por mera comodidad, así evitaba que los maestros lo regañaran, que lo regañara la madre, evitaba meterse en problemas. Pero Adrián no podía con todo eso, y no guardaba recuerdos ni de retratos ni de su rostro. Él era una figura anodina que abrazaba a la madre con una sonrisa forzada, como si supiera que aún así con todo y sonrisa no podría jamás engañar a nadie. Su madre lucía seria, vestida con un conjunto que la hacía parecer una señora, más que una mujer rozando la madurez: apenas había cumplido veintiocho años. Ya no jugaban tanto con la fotografía, al principio aprovechaban los ratos libres de las tardes para repasar las historias detrás de cada toma; colección de una docena de retratos, la mitad de los abuelos y cuatro o cinco donde aún estaba él. Adrián y Esteban le decían que con ese vestido se veía como si fuera la hermana menor de la abuela, y superponiendo su fotografía a la de los abuelos así parecía: la hermana menor acompañando a la abuela en la primera fotografía que se tomó hará cosa de treinta años con quien recién se había convertido en su esposo. Pero un día la madre ya no sonrió. La fotografía comenzó a mostrar pequeñas manchas, surgiendo también algunas grietas sobre el vestido que fueron acercándose a su cara. Cuando una gran grieta le cruzó el rostro de lado a lado ya no pudo seguir mirando esa fotografía, avejentada y sucia era una

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imagen que no quería tener jamás, le pidió a la abuela que la rompiera, sabiendo que la abuela era incapaz de hacer eso. Confiaba en la abuela y daba por hecho que ella escondería la fotografía en algún lugar donde nadie pudiera encontrarla nunca más. Así que la abuela la llevó al taller donde Antonio la colocó debajo del pequeño cuadernillo de notas de remisión. Antonio de ninguna manera hubiera consentido que su mujer o su hija rompieran aquella fotografía, allí en el taller la miraba de tarde en tarde, tratando a la par de entender los porqués de aquella partida. Su hija afirmaba que él se fue por buscar algo mejor, que un día los niños y ella con ellos se irían a otro lado, que llegarían mejores tiempos lejos de los cuartuchos miserables de adobe y láminas carcomidas por el salitre y el moho, que sin duda él cumpliría su palabra: ‘ya conoces a tu yerno, papá. Cuando se le mete algo en la cabeza, ni quién se lo saque’. Pero Antonio no conocía a su yerno, al menos no como pensaba su hija. Por eso no entendía sus motivos, y tampoco podía cerrar los ojos ante el sufrimiento de su Antonia, que callaba inútilmente lo que cualquiera en su sano juicio adivinaría con sólo mirar su semblante. Tomó un puño de clavos delgadísimos que semejaban alfileres, y fue acomodando sobre la base ya completamente seca cada una de las letras, hasta encontrar la distribución exacta y elegante. Era el momento que más disfrutaban los nietos: su deber era no permitir que las letras bailaran tras cada golpe, y cuando alguna se movía aunque fuera un par de milímetros había que colocarla en su lugar antes del golpe siguiente, para evitar que se perdiera el orden que Antonio estableciera para formar el mensaje del anuncio. Martillaba despacio, dando tiempo a los nietos de acomodar cada letra. A cada golpe disminuía la cantidad de letras, y cuando faltaban cinco o seis comenzaba la competencia: cada uno quería tener el derecho de decir que le tocó detener la última letra, aquella con que el letrero estaría terminado. Antonio mediaba entonces, que ambos sujetaran la letra con cuidado hasta que terminara de martillar el último clavo. La lluvia no se detuvo, al terminar el anuncio de madera seguían las gotas cayendo una a una. Antonio fue hasta el fondo del taller y regresó con un

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envoltorio de tela, ‘quedaron tacos del almuerzo, cómanselos para que detengan un rato el hambre. A ver si mientras deja de llover y nos da tiempo de ir a la casa a comer’. No se lavan las manos: toman cuidadosamente cada tortilla doblada con las yemas de los dedos, y comen de prisa, ya es media tarde y tendrán que esperar hasta que llegue el doctor y entonces pueda el abuelo cerrar la carpintería, para ir a comer y cenar donde Antonia, la abuela y Luisito esperarán impacientes. Por lo menos al final del día habrá una buena noticia, y podrán cenar algo más que tortillas y frijoles de la olla. La torre de la iglesia parroquial da la primera llamada a misa de seis de la tarde. Antonio quisiera esperar más tiempo, el dinero se necesita, pero también importan los nietos con hambre que esperan impacientes a la entrada del taller, viendo cómo la lluvia sigue desparramándose sobre el cerro, y corriendo sobre los empedrados formando pequeños arroyos de color terroso. Escuchan la carrera sobre los charcos, el doctor sacude su paraguas negro apenas entrando al taller, y lo deja allí de lado, sin cerrarlo. El doctor saluda al abuelo, y tomándolo del brazo lo lleva al fondo del taller. La lluvia no permite escuchar nada, Adrián y Esteban piensan que ya es hora de comer, sólo eso importa, estar en casa, descansar los brazos, cambiarse los pantalones ya casi secos, antes de que se enfermen de la garganta y la madre vuelva a regañarlos, por correr como chivos locos por la calle. Sólo ven que el abuelo se recarga en el banco, que el doctor le paga y piensan que por fin dejarán el taller y pasarán al mercado antes de que cierren, y comprarán algo para la cena; saben que esa noche en la casa todos sonreirán y que hasta Luisito podrá beber leche y comer galletas dulces. Antes de irse, el doctor que pasa a su lado los mira y acercándose les dice de frente: -Necesitan ser fuertes, porque su madre va a necesitar mucho que ustedes la ayuden. Ahora ustedes son los hombres de la casa. Antonio se queda junto al banco de carpintero, al fondo del taller. Apenas escucha cuando el dentista casi gritando le dice ‘Don Antonio, por el anuncio no se preocupe, ya pasaré otro día a recogerlo, cuando deje de llover.’

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Momentos después la figura del abuelo, oscura y grisácea en el rincón va adquiriendo colores más claros mientras se acerca a la puerta, allí están sus manos y su rostro, sus ojos grises y el pelo cano, escuchan su voz fuerte, la misma de siempre, y se sienten seguros cuando salen a la calle en medio del aguacero. No hablan entre sí pero Antonio sabe que su hija sufrirá más que los niños; ya nada puede hacerse, han cambiado las cosas y lo primero que deberá desterrarse es toda esperanza de volverlo a ver. Adrián y Esteban se miran uno a otro sin sentir miedo. Saben que son fuertes; hace mucho tiempo que sólo se tienen uno a otro para cuidarse y también cuidar de Luisito, los abuelos y la madre. Hace mucho tiempo que dejaron de esperar. Cuando termine la lluvia ya estarán en casa, y hasta entonces -pase lo que pase- nada les quitará el hambre, y cenarán como si estuvieran de fiesta.

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Lela.

A Simitrio y Adriana, en espera venturosa.

Siete minutos después ella supo cómo debía nombrarla: ‘Lela’. Manuel no puso objeciones, ‘si quieres que se llame Lela, Lela se llama’. Con sonrisas en los labios recibieron la noticia, y la espera de ocho meses y medio tuvo finalmente su recompensa: un cuerpecito rosado, ojos color miel, unos pulmones a prueba de silencio. Noche tras noche al pedir el biberón su llanto estremecía desde los cimientos hasta el techo de la casa, llenando rincones y abarcándolo todo. Poco a poco nuevos ritmos fueron imponiéndose, el método de las comidas a tales horas, las costumbres de los relojes despertadores con diferencias de cinco o diez minutos, las compras de un bote de leche extra ‘por si las dudas’. La visita a los abuelos transcurría dominicalmente como una pequeña colección de momentos para recordar aunque con tantos era común traslapar uno sobre otro. Nacieron leyendas, recuerdos falsos, verdades a medias. La furia del llanto agudo, del llanto flautín, fue templándose hasta adquirir un tono más grave y sostenido, diáfano. La abuela fue quien lo dijo primero: ‘Pobrecita, con ese nombre va a ser la burla de toda la escuela. Es lindo, pero aquí en México…‘ Entonces meneaba la cabeza de un lado para otro, soltando un suspiro quejumbroso instantes después. Manuel conciliaba, ‘no es para tanto mamá, Lela se llamó desde el principio, y contra eso nada podemos hacer’. Ni Alexandra ni él habían reaccionado de inmediato meses atrás, cuando apenas llegado el doctor a la sala de consulta les mostró los resultados del ecosonograma y les descerrajó la noticia: es una niña. Y viene con todo en su lugar, como debe de ser. Quedaron en silencio algunos minutos –siete, según la cuenta de Manuelhasta que ella murmuró ‘Lela’. Desde ese momento la imaginó Manuel: sus seis
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años, sus quince años, el día en que la entregaría ante el altar. ‘Ojalá entonces aún pueda uno casarse por la iglesia… o de perdido por lo civil. Con las cosas como están, ya no se sabe…’ *** Manuel pensó que cuatro años habían pasado rápido, Alexandra fue quien lo dijo: ‘en un par de meses habrá que llevarla al jardín de niños. Qué rápido ha crecido.’ Manuel tuvo la idea. Después de ese día ya no pudo dormir bien por las noches; cuando Alexandra lo escuchó guardó silencio. ‘Si quieres puedo esperar para que le des la noticia a mis suegros’ respondió Alexandra momentos después. ‘Nó. Avísale tú a tus papás, mañana por la mañana hablo con los míos’ fue la respuesta de Manuel. También algo cambió en Alexandra. En sus ojos, en su voz y en su cabello Manuel parecía encontrar estrellas, tierras y jardines bajo cielos limpísimos que nunca había visto en México. Por alguna razón afinó sus sentidos, explosión multicolor simultánea y potente. Escuchar la voz de Alexandra era encontrar la respuesta al llamado ciego de la tierra, emprender el vuelo se tornó imperativo. -¿Es sólo por su nombre, o hay algo más? -No lo sé, mamá. Manuel no ha dormido bien y ya sé que eso presagia problemas. …Aunque esta vez las cosas son distintas, creo que ha encontrado algo que no sabía que buscaba. -Si Manuel no quiere venir a despedirse de nosotros, no le discutas, acepta su decisión sea cual sea. Lelinha nació aquí, pero no es de aquí. Todos lo sabemos.’ Para acostumbrarse al campo, hay que vivir en el campo. Para acostumbrarse al mar, hay que navegar. Y por las noches, mientras las horas alteraban la posición de las estrellas, Manuel sentía el hormigueo en su cuerpo; abrazar a Alexandra era ceñir las llanuras, los ríos y el murmullo de esas voces susurrantes, bocas de labios entreabiertos y lenguas de cristal.

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Veintisiete días más tarde la franja de tierra que apareció sobre el horizonte comenzó a crecer, adquiriendo un color oscuro. El viento cargado de sal se estrellaba en los pómulos resecando los labios, y aunque eran las seis de la mañana, los pasajeros del barco ya estaban todos de pie, recargándose en las barandillas, esperando el momento de atracar en el puerto. Le dieron un nombre a la franja de tierra: Lisboa. Antes de dar el primer paso por la escalerilla de descenso, Manuel sintió la cercanía de Alexandra, el aroma suave de su cuerpo cálido. Poco después, Lela preguntó si ya habían llegado. ‘Sí. Por fin llegamos a casa’, dijo Manuel.

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Per aspera ad astra.

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