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OPTIMISMO Y PESIMISMO

Carlos D. Pereira

Cuando, hace veinte años, conversaba en el norte de Italia con un cierto interlocutor, le
señalaba yo lo que para mí había sido un gran error político (y también moral) de Occidente:
La guerra del Golfo (la primera, la de 1991), y le recordaba las condenas a la misma de parte
del Papa Juan Pablo II, entonces reinante. Le indicaba además que, en mi opinión, el mundo
civilizado iba por malos pasos. Este buen hombre, casi como por instinto reaccionó
frenéticamente exclamando: “¡Pero no, la humanidad va a mejorar!” Y a continuación, recurría
a un consabido lugar común: “¡Usted, como sacerdote, tendría que comunicar un mensaje
esperanza!”, como si el dar esperanza fuera el convalidar la simple marcha de las cosas, aun
cuando estas marchen mal, por el sólo hecho que estas existen.

Pues bien, una reacción como la citada es mucho más difícil – diría casi imposible - que
se produzca hoy, veinte años más tarde. Hace pocos días, comentando en una mesa familiar los
acontecimientos vividos en Europa últimamente a causa del terrorismo, una señora, cuya
función está lejos de ser la de analista política o forjadora de opinión pública, nos sorprendió
con un abrupta respuesta: “¡Y cada vez va a ser peor!”. Nadie osó contradecirla, y
probablemente hoy ya nadie intentaría hacerlo, en cualquier ambiente que se encuentre, porque
esta es la opinión generalizada, al menos aquí en Europa (aunque no sólo en Europa, se tiene
la impresión). El optimismo humanista de las décadas pasadas no existe más, literalmente, y la
impresión es que se ha instalado un latente pesimismo.

Años atrás, era muy común plantear la dialéctica optimismo – pesimismo, y en parte lo
sigue siendo, para acreditar o desacreditar a alguien; se solía afirmar que hay que ser optimista,
un poco por vocación, un poco por sentido común o por terapia o por quien sabe qué. Sólo sería
lícito hablar y proponer los temas que suscitan esperanza, o que producen una cierta alegría.
Es cierto que el ser optimista a veces mejora la salud y la calidad de vida, y el ser pesimista a
veces la empeora, pero esta visión no deja de ser algo superficial. Optimista y pesimista son
adjetivos, antes que puedan ejercer el rol de sustantivos en algún caso (como sería para indicar,
por ejemplo, el prototipo del “optimista” o del “pesimista”). Como adjetivos, necesitan un
sujeto en el cual inserirse. Se es optimista o pesimista “sobre algo”; no se lo es en el vacío,
porque sí. Cuando ese algo parece proceder mal, el pesimista puede llevar la delantera, o
simplemente parecer más sensato, y el optimista que aún persista en ser tal, ser visto como un
superficial o un demente.

Pues bien, creo que el optimismo que señaló el rumbo de una buena parte de la segunda
mitad del siglo XX en la sociedad europea (y probablemente también en la de América del
Norte y otros lugares, como Japón, Australia, etc.), ha sido superficial casi hasta la demencia,
privando al hombre occidental de capacidad de reflexión y análisis sobre el rumbo que su
propia cultura estaba tomando. Demos un ejemplo banal: He encontrado algunos artículos o
me ha tocado ver algunos videos donde se habla de los barrios musulmanes de ciertos lugares
de Europa, en las afueras de las ciudades, donde la población musulmana inmigrante vive sin
integrarse, en gran parte desocupada, barrios donde la policía no entra y donde, no pudiendo
ser de otro modo, se incuban muchos “reclutas” para la Yihad o guerra santa, cuando no los
cerebros mismos. La misma gente que puebla dichas fracciones habla de los naturales del país
como: “de ellos”, “los otros”. Abundan los análisis donde se expone claramente el problema,
ya de larga data, de la “falta de integración de los habitantes de las grandes banlieu
(suburbios)”.1

Algunos de los artículos o videos que mencionaba hacían referencia a la situación que
se vivía en barrios de importantes ciudades de Suecia y de Dinamarca, y para ambos casos se
hacía notar lo mismo. Los analistas entrevistados decían: “Hace cuarenta años, todos los que
habitaban aquí eran socialistas (…) ahora son todos inmigrantes, por lo general musulmanes,
y algunos fundamentalistas”. Una valiosa descripción sobre lo sucedido, sin duda, pero que
deja también algunos interrogantes, que los analistas no suelen formularse: ¿Dónde están los
socialistas de entonces, o al menos sus hijos, sus nietos?

En dichos países nórdicos, más aún que en el resto de Europa (aunque también rige, en
menor medida, para Francia, Holanda y Bélgica, y con características peculiares para Gran
Bretaña), el socialismo que reinaba en la década de los sesenta y setenta era el llamado
socialismo democrático o el “eurocomunismo”, de espíritu más bien burgués y europeizante.
Difícilmente ellos eran partidarios de regímenes como el de Lenín, y menos aún de Trotsky o
Stalin. Ninguno de ellos emigraba hacia la Unión Soviética, que entonces existía y era aún
fuerte y además era vecina de casa. Se limitaban sí, a apoyar – intelectualmente, y a veces,
económicamente – a los movimientos revolucionarios de América Latina, Africa o Asia, que
agitaban banderas del Che Guevara o de algún otro improvisado líder local, sin importarles la
violencia y los crímenes que dichos movimientos promulgaban e incluso ejercían. Cada tanto
daban alojamiento temporal a algunos de dichos líderes, sobre todo cuando la revolución en
sus países no andaba nada bien, o eran perseguidos por los militares locales, que en algunos
casos tomaban el gobierno. Además de eso, eran fervorosos defensores del control de la
natalidad, del sexo libre, del aborto y en algunos casos, hasta de la homosexualidad libre, que
ya en aquellos años comenzaba a asomarse tímidamente. La contracara política la integraban
los conservadores o liberales, guiados por un espíritu más mercantilista y utilitario, se
caracterizaban por afirmar que había que comerciar con quien fuera y como fuera, y a llevarlo
a cabo si estaban en el poder – incluso con los adversarios políticos o con cuanto odiado
dictador hubiera en el mundo -. Estos terminaron por abrazar los mismos valores (o antivalores)
de los socialistas, y estos últimos por practicar los mismos de los liberales. Pues bien, los unos
y los otros han prácticamente desaparecido, confirmado esto por las estadísticas y por la
realidad, al menos en cuanto al espíritu ideológico que los animaba. Los que hoy quedan, sólo
se rigen por un espíritu netamente pragmático. Ellos hacían también una bandera de la no-
reproducción, con lo cual queda claro que ha sido su misma política la que los ha llevado a la
extinción. Los pocos que han quedado, salvo excepciones, han formado una masa indiferente,
apática y totalmente nihilista, sin ni siquiera inquietarse por defender las banderas en las cuales
sus padres creyeron (o nos hicieron creer que creían).

1
Por ejemplo, ver: http://www.infobae.com/2016/03/27/1799940-por-que-es-tan-dificil-derrotar-isis-y-al-
terrorismo-islamico.
En las banlieu en particular, los socialistas o liberales medio burgueses han sido
reemplazados por inmigrantes que no comparten sus anti-valores, y que a menudo, suplantan
por categorías que deberían haber sido ampliamente repudiadas por los viejos mentores del 60
o 70. Se quiera o no se quiera, la realidad de las banlieu europeas es una clara imagen del
fracaso de la cultura moderna y posmoderna, de la falta de energía de su sociedad, y primer
fruto de su lento suicidio.

Se afirma, en defensa de la sociedad moderna, que el vaticinio de la decadencia de la


sociedad occidental, especialmente comparado con la decadencia del Imperio Romano u otros
imperios, es un lugar común que no tiene por qué repetirse. Concedamos que, en efecto, el
paralelo no es exacto por varias razones que quizás no tengamos oportunidad de desarrollar.
De todos modos, la decadencia nunca se da linealmente; a veces atraviesa algunos picos de
recuperación que hacen creer que todo ha pasado, pero luego vuelve, y lo suele hacer con una
caída aún más abrupta que antes. Es mucho más fácil verla claramente al final de todo el
proceso, aunque sus síntomas suelen experimentarse desde mucho antes.

Bajemos nuevamente a lo concreto: El 7 de enero de 2015, el terrible atentado contra


el seminario francés Charlie Hebdo, en pleno corazón de París, con 12 personas asesinadas a
sangre fría en la dirección de la revista, dejó atónitos a pueblo, gobernantes, responsables de la
seguridad. Todo atentado, más si es de tal dimensión y características, es ciertamente
repudiable. Charlie Hebdo era un clamoroso ejemplo de agnosticismo y nihilismo modernos,
no sólo porque se burlara de la religión (y hasta ese momento, al menos, no era el Islam el
principal objeto de sus burlas), sino porque se burlaba de todo lo que podía significar un valor
permanente, sólido, o recibido por herencia o tradición, incluida la familia, la honestidad y
mucho más. Todo era ensalzar la rebelión absurda, el burlarse por burlarse, la apología de la
nada. Los miles de manifestantes que salieron con emblemas a decir: “Yo soy Charlie”, en el
fondo no sabían ni a quien ni por qué apoyaban.2 El semanario, que vendía pocos centenares
de ejemplares, vendió varios cientos de miles a la semana siguiente, pero su tirada bajó
abruptamente para el segundo número, y luego de unos pocos se auto clausuró, al menos por
varios meses, sin que nadie pareciera notarlo. Una moda más, que pasa y sigue, sin
comprometer a nadie ni para un lado ni para el otro, aunque nadie parece aprender la lección
ni preguntarse si no sería al menos recomendable no azuzar el odio de los otros.

Recuerdo que, cuando envié a varias personas una nota que encontré muy buena, en la
cual el autor explicaba por qué: “¡Yo no soy Charlie!”, o sea, por qué no compartía el slogan
de los que manifestaban a favor del semanario, recibí una respuesta, algo airada o al menos
abrupta, que afirmaba: “¡No estoy de acuerdo; la mejor forma de enfrentar el terrorismo y la
violencia es burlarse de él!” Charlie Hebdo, después de su segunda reaparición al cabo de varios
meses de auto acuartelamiento, volvió a burlarse, pero esta vez no sólo de los terroristas, sino
de todo lo que tuviera el nombre de sagrado. Por pudor y por delicadeza, omitimos el decir cuál

2
O bien responden a intelectuales que están convencidos que eso sea la civilización, como el sociólogo francés
Alain Touraine, que exclamó: «una declaración de guerra a la libertad de prensa, a la libertad pura y simple, a la
democracia (…) Hoy asesinaron a Voltaire» (cfr. http://www.lagaceta.com.ar/nota/622803/mundo/hoy-
asesinaron-voltaire-segun-sociologo-alain-touraine.html).
fue el objeto de su burla. Pues bien, el arma de la burla pareció no dar resultado, sino más bien
pareció dar el resultado contrario: Ese mismo año, el 13 de noviembre, un múltiple atentado
del Estado islámico en distintos puntos de París, dejaba un terrible saldo de 137 muertos y más
de 400 heridos.

El atentado más reciente que sacudió a las capitales europeas, y que muchos imaginan
no será el último, fue el del aeropuerto y el metro de Bruselas, el 22 de Marzo de 2016. La
alarma volvió a encenderse, y esta vez, la conciencia que el enemigo está dentro, y que no se
lo controla, parece estar en la cabeza de muchos, incluidos los viejos socialistas o liberales.
Esto no quiere decir que se esté cerca de encontrar una solución, que dicho sea de paso, nadie
tiene idea clara de cual pueda ser.

En honor a la verdad, parece haber hoy, al menos, una mayor percepción de cual pueda
ser alguna de las causas. Se leía en un interesante artículo: “El fundamentalismo no es solo
patrimonio del terrorismo globalizado. También lo ejecuta el liberalismo en su forma extrema
al pretender forzar por las guerras la universalización de la democracia”. Es cierto, aunque en
rigor podríamos decir que los valores que las sociedades occidentales han pretendido establecer
en lugares como Medio Oriente, por ejemplo, en los últimos cincuenta años o quizás en más
de un siglo, no han sido los mejores de sus respectivas democracias. No han sido valores de
educación o de cultura, sino sólo intereses mercantilistas y comerciales, mineros, petroleros,
con ventajosos contratos por parte de la parte que suministraba el servicio; pero lo peor ha sido
sin duda, el o los modos de proponerlo. Jamás Occidente vaciló en comerciar y hacer tratados
con cuanto dictador, laico o religioso, terrible o menos terrible, hubiera en el escenario, así
como no había problema en financiar luego guerras para derribarlos (los casos de Saddam
Hussein, de Gadafi y el intento con Basar al Asad han sido más que elocuentes), o hacer vista
gorda sobre las atrocidades y falta de libertad vigentes en sus propios países (los casos de
Arabia Saudita y de las monarquías del Golfo son aún más evidentes).3 Creo que la mejor
explicación de lo que acabamos de decir ha sido expresada recientemente por el obispo sirio
católico de Hasake, en Siria, sobre las masacres de Bruselas y de París: «Desgraciadamente,
personas inocentes recogen lo que los círculos y las potencias europeas han sembrado en Siria
e Irak en los últimos años. Es cierto que varios líderes europeos, tenían hasta hace poco como
principal objetivo geopolítico la caída del gobierno de Assad, con el objetivo de acreditar
también la milicia yihadista del Frente Al-Nusra como "musulmanes moderados", y agredieron
verbalmente a Rusia por haber bombardeado las fortalezas de esas milicias, alegando que las
iniciativas rusas debían limitarse solamente a golpear el llamado Estado islámico (Daesh). Los
líderes europeos, y todo el Occidente, mantienen desde hace décadas el eje preferencial con
Arabia Saudí y los emiratos de la Península Arábiga. En las últimas décadas, han asegurado a
estos países la posibilidad de financiar en toda Europa, y también en Bélgica, el nacimiento de
una red de mezquitas donde se predicó el wahabismo, la ideología que envenena el Islam y
sirve como la base ideológica para todos grupos yihadistas. Y todo esto ocurrió debido a que
sobretodo prevaleció la lógica económica y los miles de millones de dólares de los contratos
con los dueños del petróleo, todos flujos de dinero y recursos que nutren los centros terroristas.»

3
Ver también: http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=816084
Sobre el tema de los refugiados, agregaba aún dicho obispo: «Acerca de la cuestión de
los refugiados, Europa optó por convertirse en rehén de Turquía. Entiendo las dificultades de
Europa, pero observo que los refugiados alojados en Europa en 2015 no superan el 0,2 por
ciento de la población, mientras que en un país pequeño como el Líbano la cuota se eleva ya a
la mitad de la población local. Yo entiendo las lágrimas del comisario europeo de Política
Exterior. Pero recuerdo que desde hace 5 años mueren miles de musulmanes y cristianos sirios,
hombres, mujeres y niños. Y no hay lágrimas por ellos.»4

Ciertamente que esa es la verdad, y gracias a Dios algunos están advirtiendo sobre ella,
aunque gran parte de la sociedad occidental sigue aún sin conocerla plenamente. Lo que más
sorprende, es que los principales líderes y los “creadores de opinión” (periodismo), necia o
incluso dolosamente, no quieren hacerse eco de todo ello. Una de las claves del pensamiento
occidental de siempre, ha sido el poder vislumbrar la llamada “relación de causalidad”, entre
una causa y su efecto. El pensamiento occidental supo formularla en todos los ámbitos: en el
teológico, en el filosófico, en el campo de las ciencias experimentales y en los fenómenos de
orden empírico. Saber intuir el principio de causalidad en sus diversos órdenes, ha sido signo
de las culturas humanas más prominentes, las que han dado lugar al desarrollo del pensamiento,
en especial de la cultura occidental en su origen y en gran parte de su historia. En cambio, la
nuestra de hoy no parece estar en condiciones de reformularlo adecuadamente.

Las magníficas catedrales góticas que adornan aún hoy varias ciudades de Europa
tardaron siglos en hacerse. Los hombres que las idearon proyectaron y apostaron a largo plazo,
a muy largo en algunos casos, pues demoraron de dos a tres o incluso cuatro siglos. No era que
se detenían por problemas de financiación, si lo fue sucedió sólo esporádicamente, y pronto se
reiniciaron. La lentitud se debió más bien al hecho que cada detalle se pensaba y se elaboraba
con absoluta dedicación, como si fuera la única cosa a elaborar. Así fue con cada torrecita, con
cada arbotante, con cada columna, con cada vitral y con cada detalle de los vitrales. Uno puede
quizás criticar el demorarse tanto, pero no hay duda que los que participaban en dicha obra
ponían todo de sí para hacerla, y la hacían movidos por un grande ideal, sin lugar a dudas. Las
guerras que podía haber en el bajo Medioevo no impidieron que continuaran los trabajos,
porque estaban respaldados por fuertes corporaciones de obreros y artesanos (los primeros
“masones”), que balanceaban el poder de la corona, asegurándose que hubiera siempre obreros
no combatientes que continuaran los trabajos. Sólo cuando las guerras se “nacionalizaron”, y
los monarcas se hicieron absolutos sin poder ser contrarrestados por los organismos
intermedios, sólo a partir del siglo XVI, que coincide con el inicio de declino de la visión
trascendente e integral de Europa, los trabajos en gran parte se abandonaron, y por eso algunas
catedrales quedaron inconclusas, sea en las torres, en algún crucero o brazo que no se hizo, o
algunas esculturas que faltarían para siempre. Lo que no puede negarse, es que esos hombres
eran optimistas. Sabían que era imposible verlas terminadas en sus días, pero confiaban en que
otros lo harían, porque compartían su mismo ideal, su misma ilusión. Sólo cuando la ilusión se
acabó, se acabó también dicho optimismo. Es por eso que el optimismo no consiste en una
“descarnada y vana ilusión de que todo irá bien” (“¡todo irá bien!”, se escucha decir a los

4
Traducido del italiano; publicado en dicha lengua, en Agencia Fides, el 23/03/2016.
actores en las películas de cine catástrofe, sin más certeza que sea así de las que da el guion del
que la escribió). El optimismo de aquellos arquitectos medievales residía en la certeza de haber
puesto las bases de algo que expresaba la idea fuerza que movía a la sociedad, esto es la
trascendencia, el fundarse en aquello que es sobrenatural pero que interviene en el mundo de
los hombres para salvarlos. Ese es el verdadero optimismo. La sociedad actual, en cambio, se
esfuerza por ser optimista de modo descarnado, sin fundamento real en las cosas, y la realidad
contradice cada vez más dicho optimismo superficial, hundiéndose en el cada vez más oscuro
pesimismo.

Como exponía tan sagazmente, hace ya varios años, G. K. Chesterton: «Hay un


profundo error en la alternativa del optimista y del pesimista (…) La explicación verbal
corriente era que el optimista juzgaba al mundo todo lo bueno que puede ser, mientras que el
pesimista lo juzgaba todo lo malo que puede ser. Siendo ambos juicios de una insensatez
rabiosa y evidente, era necesario buscar otra explicación. Optimista no puede ser un hombre
que encuentra todo bien y nada mal. Porque eso es un absurdo; es como llamar derecha a todo
y a nada llamarle izquierda».5 El mismo autor habla de un “optimista irracional”, que a menudo
tiene éxito, y un “optimista racional”, que a menudo fracasa.

El verdadero optimista es el cristiano. Sabe que el mundo, en cuanto se aleja de Dios,


se vuelve malo, y a veces insalvable. Cree en el poder de Dios y de Cristo que lo puede salvar,
aunque eso implique un nuevo nacimiento, casi una destrucción completa de lo anterior para
recomenzar de vuelta, a veces con mucho sacrificio y esfuerzo, pero eso no lo asusta.

Volviendo al problema del terrorismo, y de Europa (y quizás de todo el primer mundo)


en particular: ¿Tiene o no tiene solución? ¿Se puede o no hacer algo? A los problemas que
hemos señalado, habría que agregarle el mal tremendo que representa la crisis demográfica,
que en algunos países (curiosamente los más centrales) asume niveles realmente alarmantes y
catastróficos. Mucha gente buena hay, sin duda, a la cual hay que advertir, y en cierto modo,
preparar. Vamos a tener que sufrir aún mucho y quizás mucho más intensamente. Pero el querer
salvar lo que se pueda de un árbol para que algunos retoños vuelvan a crecer ha sido la tarea
constante del cristianismo, y es este la única fuente de energía que ha probado poder realizar
dicha tarea, y la única que sin duda lo realizará, aunque sea con grandes sacrificios. El
cristianismo no salva al mundo porque le da la razón sino porque lo considera extraño, y trata
de corregirlo y enderezarlo. Este es el verdadero optimismo, y no el optimismo superficial que
piensa que hay que adaptarse en todo a un mundo en decadencia. Vuelve a sentenciar
Chesterton: «El placer del optimista era prosaico porque se debía a la naturalidad que hallaba
en todas las cosas; el placer cristiano era poético, porque a la luz de lo sobrenatural, todo lo
hallaba extraño.» Hallar extraño quiere decir: “¡Muchachos. Estamos andando por mal
camino. Aceptémoslo y tratemos de recomenzar, cueste lo que cueste!” Dicha actitud,
acompañada por un regreso a lo que ha sido fundamento de la cultura y la civilización (y no
los anti-valores que buscan de destruirla) es la que sólo da verdadero resultado.

5
Cfr. G.K. Chesterton, Ortodoxia, cap. 5: “La bandera del mundo”.