You are on page 1of 11

Alvarado, Lourdes. La polémica en torno a la idea de universidad en el siglo XIX. iisue.

Historia de la educacioó n. UNAM. Meó xico. 1994.

INDEPENDENCIA, REFORMA Y EDUCACIOÓ N

La Universidad de Meó xico, fundada en 1551, siguiendo el modelo de la Universidad de


Salamanca, tres siglos de vida colonial a intereses del Estado espanñ ol (p. 23).

La Companñ íóa de Jesuó s a partir del uó ltimo tercio del s. XVI y, al final del periodo
colonial, la caó tedra de anatomíóa praó ctica (1768), la Real Academia de San Carlos
(1784), el Real Seminario de Minas (1792) y el Real Estudio Botaó nico (1799), la fueron
suplantando de su funcioó n docente (p. 24).

“La educacioó n puó blica es uno de los primeros deberes de todo gobierno ilustrado, y
soó lo los deó spotas y tiranos sostienen la ignorancia de los pueblos para maó s faó cilmente
abusar de sus derechos […] ¡Desgraciada juventud americana! ¿Es posible que se
intente deprimir las maó s bellas disposiciones de la naturaleza y mantener al hombre
en una brutal ignorancia para maó s faó cilmente esclavizarlo?”1 (p. 30)

Meó xico, por tanto, deberíóa contar con un sistema educativo oficial de acuerdo con su
recieó n adquirida condicioó n republicana a las necesidades del nuevo orden; capaz de
preparar adecuadamente a los miembros de la comunidad y de propiciar el progreso
de la nacioó n, propoó sito de los mexicanos a todo lo largo del siglo XIX,
independientemente de su posicioó n ideoloó gica. Para lograron, los liberales proponíóan
arrebatar al clero el control que tradicionalmente ejercíóa sobre la educacioó n a maó s de
reorganizar y modernizar sus contenidos, excluyendo el meó todo escolaó stico que
senñ oreaba en la universidad y en los colegios y que rechazaban radicalmente los
partidarios del cambio (p. 37).

15 de abril de 1833. Por este decreto se autorizaba a los preceptores de los colegios de
San Ildefonso, San Juan de Letraó n, San Gregorio, y del Seminario, a conferir a su
alumnado los grados menores de filosofíóa, teologíóa y jurisprudencia, sin necesidad de
que cursaran la universidad. Se daba un primer paso para suprimir el monopolio
ejercido por dicha institucioó n2.

20 de septiembre fue instalada la Comisioó n del Plan de Estudios de la que formoó parte
Joseó Maríóa Luis Mora y que maó s tarde se convirtioó en la Direccioó n General de
Instruccioó n Puó blica. Arrebatarle al clero el control educativo, seguó n expresioó n del
propio Mora. Todo ramo monopolizado es incapaz de perfeccioó n y adelantos, se les
inspira el haó bito de dogmatismo y disputa3 (p. 44).

1
Ramos Arizpe, Miguel. La independencia de Meó xico. Textos de su historia, t. 1, 1985,
p. 253.
2
Reyes Heroles, Jesuó s. El liberalismo mexicano en pocas paó ginas. 1985. Pp. 277-278.
3
Mora, Joseó Maríóa Luis, Dr. José María Luis Mora: obras sueltas 1963, 1984, p. 188.
De los colegios, Mora reprobaba tres de sus aspectos fundamentales: ensenñ anza ,
meó todos y educacioó n; ataca la quietud y silencio que los caracteriza, impropios para la
naturaleza de los ninñ os y joó venes; los castigos corporales “baó rbaros y humillantes”; su
clara orientacioó n religiosa y escasa formacioó n cíóvica e histoó rica; la vestimenta de los
alumnos, los meó todos de ensenñ anza, basados en un dogmatismo inadecuado para otro
tipo de conocimiento que no sea religioso y apoyado en textos de cincuenta a cien anñ os
de atraso. Por uó ltimo desaprueba el gran nuó mero de vacaciones, de festividades
reigiosas y de actos literarioa y puó blicos que propiciaban peó rdida de tiempo y haó bitos
de conducta inadecuados entre los joó venes. Concluye: “Este conjunto de preceptos,
ejemplos, documentos, premios y castigos que constituye la educacinñ on de los
Colegios no soó lo no conducen a formar hombres que han de servir en el mundo, sino
que falsea y destruye de raíóz de todas las convicciones que constituya a un hombre
positivo”4 (p. 45).

Gabino Barreda, ideoó logo del positivismo en Meó xico (p. 45).

19 de octubre de 1833 procedioó a suprimir la Universidad de Meó xico y a establecer


una Direccioó n General de Instruccioó n Puó blica para el Distrito y Territorios de la
Federacioó n (p. 47).

De acuerdo con su concepcioó n liberal de los reformadores del 33 consideraron que la


educacioó n y la ensenñ anza constituíóan profesiones libres y que por tanto podríóan ser
ejercidaspor los particulares sin necesidad de un permiso especial, sin maó s obligacioó n
que a de “dar aviso a la autoridad local y a [la] de someter a sus pensionados o
escuelas a los reglamentos generales de moralidad y policíóa”. Si bien Mora reconocíóa
que este tipo de organizacioó n, propiciaríóa el surgimiento de escuelas con fallas
acadeó micas de consideracioó n, bastaba con que ensenñ aran a leer y escribir aunque lo
hicieran deficientemente, ya que para “la multitud siempre es un bien aprender algo
ya que no lo puede todo”5 (p. 49).

A partir de 1833, anñ o en que los liberales se aduenñ aron del poder e intentaron
reestructurar el paíós de acuerdo con su ideologíóa, el destino de la Universidad quedoó
ligado a las banderas partidistas.
Edmundo O´Gorman:
“Lo mismo acontece con la universidad suprimida por odio contra lo colonial;
reinstalada por odio contra quienes la suprimieron, ya no pudo escapar al toma y daca
de los partidos que, alterando en el gobierno, heredaban consignas y lealtades, frases
hechas y etiquetas, que hacíóan cada vez maó s espeso el bosque de las mutuas
incomprensiones.”6

La Universidad paso a paso se transformoó en pendoó n de los partidos beligerantes. De


ahíó en adelante, los liberales pugnaríóan por su desaparicioó n, mientras que los

4
Mora, Joseó Maríóa Luis, Dr. José María Luis Mora: obras sueltas 1963, 1984. p. 116.
5
Mora, Joseó Maríóa Luis, Dr. José María Luis Mora: obras sueltas 1963, 1984. p. 120
6
O´Gorman, Edmundo. Seis estudios históricos…, 1960, pp. 156-157
conservadores haríóan hasta lo imposible por preservarla como parte fundamental de
su proyecto educativo, seguó n O´Gorman, maó s por odio a los contrarios que por un
auteó ntico convencimiento de sus beneficios (p. 55).

Respecto a la Universidad, la opinioó n de Barreda era igualmente desfavorable…


decidioó mantenerla con vida artificial, suprimioó sus caó tedras y soó lo conservoó su
facultad de otorgar tíótulos y grados (p. 56).

La Universidad continuaríóa con vida pero uó nicamente para otorgar los grados y para
preservar los honores y las distinciones de sus miembros. Afirma O´Gorman, “era
forzoso mantener la Universidad asíó soó lo fuera de nombre, lo contrario significaba una
derrota políótica y el consiguiente triunfo del partido enemigo” 7.

“Suprimir la Universidad se habíóa convertido en obligada muestra de convicciones


liberales, como obligada muestra de lealtad conservadora era reinstalarla” 8

Al arribo de Maximiliano a Meó xico, la capital nuevamente contaba con su universidad


(p. 59).

En cuanto a la ensenñ anza superior Maximiliano era tajante, recomendaba la creacioó n


de escuelas especiales tanto para las ciencias teoó ricas y praó cticas como para artes, lo
que en buen espanñ ol significaba finiquitar de una vez por todas lo poco o mucho que
quedara de universidad. Argumentaba que lo que en la Edad Media se llamoó
universidad para entonces se habíóa convertido ya en una palabra sin sentido (p. 60).

En cuanto a la Universidad, condenada a muerte una vez maó s por el decreto imperial
del 30 de noviembre de 1865, pudo finalmente descansar en paz.
En el campo de las ideas, permaneceríóa latente un viejo concepto, una tradicioó n
educativa, la de los estudios universitarios, cuya pugna por sobrevivir alimentaríóa
nuevos capíótulos de la poleó mica decimonoó nica en torno al concepto “universidad” (p.
61).

POSITIVISMO Y UNIVERSIDAD

Antonio Martíónez de Castro, fiel a la tradicioó n liberal e ilustrada, erigioó a la educacioó n


como una columna vertebral del programa de reconstruccioó n nacional (p. 68).

2 de diciembre de 1867 Ley Orgaó nica de Instruccioó n Puó blica.


La legislacioó n positivista normaba bajo un mismo enfoque filosoó fico y metodoloó gico
los distintos niveles educativos, desde la ensenñ anza elemental hasta la profesional,
incluyendo las maó s altas instituciones cientíóficas y culturales de entonces. Pretendíóa

7
O´Gorman, Edmundo. Seis estudios históricos…, 1960, pp. 159
8
O´Gorman, Edmundo. Seis estudios históricos…, 1960, pp. 167
ofrecer una educacioó n homogeó nea, enciclopeó dica y jeraó rquica que abarcara el
conjunto de conocimientos positivos (p. 80).

La alianza liberal-positivista proponíóa resolver mediante la víóa educativa los


problemas nacionales, asegurando de una vez por toda la integracioó n del paíós a la ruta
del progreso (Gabino Barreda) (p. 81).

LAS FRACTURAS DEL SISTEMA. RETORNO AL DEBATE SOBRE LA UNIVERSIDAD

Desde sus inicios, el proyecto positivista fue blanco de numerosos ataques, dirigidos
en contra de sus principios y postulados baó sicos (p. 92).

Movimiento estudiantil de 1875


21 de abril al 8 de mayo de 1875 (p. 92)

Colegio de las Vizcaíónas “procurar que la instruccioó n de la mujer en Meó xico, no


adolezca de los vicios que en ella implantoó la dominacioó n espanñ ola” 9.

“No maó s reglamentos restrictivos; no maó s catedraó ticos de orden suprema; no maó s
monopolio de las profesiones; no maó s privilegios que sofoquen el genio, y pongan el
talento a la instruccioó n bajo el dominio de los dependientes del gobierno, en gran
nuó mero habilitados de sabios por el favoritismo del poder no maó s granjeríóas de la
instruccioó n puó blica; libertad para la ensenñ anza, honor y respeto para la inteligencia,
soberaníóa para la razoó n”10.

I. Se excluyen de los derechos del hombre los del ninñ o y del joven.
II. ¿El derecho de la Constitucioó n otorga al goce de la luz de la inteligencia, que
no es otra cosa que el derecho a la instruccioó n puede ser limitado por los
directores de los colegios , como una simple cuestioó n administrativa de esos
establecimientos?
III. ¿Los reglamentos que tienen actualmente los colegios, restos de la eó poca
colonial, son compatibles con lo prevenido en la Constitucioó n de 57 en
materia de ensenñ anza?
IV. ¿El internado abolido en varias naciones cultas, como la suplantacioó n
sacríólega del Estado a la familia, puede permanecer entre nosotros, una vez
declarada la abstinencia del Estado en materia religiosa y la profunda y
filosoó fica distincioó n entre educacioó n e instruccioó n?
V. ¿Cuaó ndo los males nacen de la ley o de la omisioó n de los legisladores para
reformarla, se podraó ver sin escaó ndalo que (p. 99) sobre las víóctimas de esa
aberracioó n se quiere que recaiga todo el poder de la ley?
VI. Y uó ltimo ¿Se educa para ciudadanos o para esclavos? (p. 100).

9
Juvenal (Enrique Chaó varri), “Charla de los domingos”, en El Monitor Republicano,
Meó xico, 2 de Mayo, 1875, p. 1.
10
Ramoó n Valle, Revista Universal, citado en Maríóa del Carmen Ruiz Castanñ eda, La
Universidad libre…, 1979, p 14.
Con Bismark, el poder del Estado jamaó s se atreveríóa “a tocar los sacrosantos fueros de
la iglesia inmortal del pensamiento que se llama universidad” (p. 111).

Los argumentos esgrimidos eran de los maó s variados; se le atacaba por su excesivo
enciclopedismo, por anticonstitucional, por materialista, por atea, por inmoral, por sus
prolongados y por ende impraó cticos estudios, e incluso por los suicidios de cinco
estudiantes de las escuelas nacionales acaecidos en los uó ltimos cuatro anñ os, en
especial los de AÓ ngel Benavente (1876) y Salvador Castellot (1877) (p. 113).

El modelo alemaó n, Sierra propondríóa, primero ante la opinioó n puó blica y despueó s ante
el Congreso, la creacioó n de una Universidad Nacional conformada por escuelas
Preparatoria, Secundaria para Senñ oritas, Bellas Artes, Comercio y Ciencias Políóticas,
Jurisprudencia, Ingenieros y Medicina. “El tiempo de crear la autonomíóa de la
ensenñ anza puó blica habíóa llegado”11 (p. 122-123).

Sierra se habíóa reconciliado en gran medida con la idea del “Estado educador”, de la
que antanñ o se mostrara tenaz opositor, y aunque reconocíóa que en teó rminos absolutos
era una “peligrosa utopíóa”, desde un plano relativo era una conveniente realidad (p.
124).

HISTORIA DE UN PROYECTO

Se dolíóa Sierra, nadie hizo caso (p. 127).


A la vez que rememorabas su viejo proyecto de 1881 ratificaba el nuevo caraó cter de la
futura universidad: no tendríóa tradiciones, sino que minaríóa soó lo al porvenir; no seríóa
heredera de la antigua universidad colonial, que si bien durante una etapa pudo
satisfacer las necesidades de su tiempo, con posterioridad decayoó “petrificada en
foó rmulas sin objeto y en doctrinas sin vida”. La Universidad Nacional, “justamente
odiada del partido progresista”.
No estaba de maó s correrle la cortesíóa a la vieja guardia liberal y a los maó s fieles
seguidores del pensamiento positivista, confirmando el sentido progresista que
caracteriza a la futura universidad. Asíó como renegaba del concepto de tradicional,
tambieó n rechazaba el tipo de universidad norteamericana (p. 144).
Dado que el Estado no podíóa ni debíóa aspirar a la docencia directa, se otorgaríóa a la
universidad cierto grado de independencia (p. 145), aunque el gobierno se reservaríóa
la revisioó n de todas las medidas de importancia, incluidas las de orden administrativo.

LA CONTRAPARTE: LOS ORTODOXOS

Revista Positiva, que, a lo largo de 14 anñ os (1901-1914) fungiríóa como el principal


oó rgano informativo y publicitario en Meó xico de las ideas positivistas. Su difusioó n
trascendioó los líómites de la Repuó blica, abarcando, ademaó s de los paíóses

11
Justo Sierra, “La Universidad Nacional Proyecto de Creacioó n”, en obras completas
VIII, 1977, p. 65.
hispanoamericanos, Portugal, Brasil, Beó lgica, Holanda, Alemania, Italia,
Checoslovaquia y Rumania12.

A partir de 1901 en que Justo Sierra, uno de sus miembros maó s prestigiados, ocupoó el
cargo de subsecretario de Instruccioó n Puó blica, las cosas empezaron a complicarse.
Se perfilaron dos grupos: los “ortodoxos” e independientes, encabezados por Agustíón
Aragoó n, y los “heterodoxo” o gobiernistas capitaneados por Justo Sierra. Punto maó s
aó lgido, motivado por la Fundacioó n de la Universidad Nacional, se desarrollaríóa entre
1910 y 1912 (p. 156).

Aceptar o rechazar el reó gimen de internado dentro de las escuelas nacionales imponíóa
precisar los líómites entre “instruir” y “educar”, y si estas funciones deberíóan estar a
cargo de la familia o del estado, a traveó s de la escuela. En forma directa, el tema, en
apariencia puramente acadeó mico, desembocaba en un problema de gran envergadura,
esto es: definir las relaciones entre educacioó n oficial y Estado.
La formacioó n moral del individuo, fundamental para el bienestar y progreso social,
soó lo podríóa confiarse a la familia y en particular el Estado. El internado era un reó gimen
anti-social y anti-natural en el que el colegial vive como un caballo uncido entre dos
varas a su carreta.

Cuando Sierra en su proyecto de creacioó n de una universidad, contemplaba la


posibilidad de restablecer el internado, cometíóa un doble desacato contra la ortodoxia
positivista, pues (p. 161).

Sierra se declaraba partidario del “Estado educador”, y por tanto del restablecimiento
del internado.
Aragoó n se oponíóan al control ejercido por el gobierno en esta aó rea y al establecimiento
del internado en las escuelas nacionales, pues, pora eó l, la educacioó n de la juventud era
una funcioó n del poder espiritual y no del poder temporal. Soó lo la familia podíóa y debíóa
hacerse cargo de la formacioó n moral del individuo (p. P- 162).

Aragoó n opinaba que otra consecuencia negativa de la universidad seríóa el surgimiento


de una casta superior. En este punto, Aragoó n confirmaba los temores expresados por
el propio Sierra, y excepcionalmente le otorgaba la razoó n. Efectivamente, con ella
surgiríóa y se consolidaríóa un grupo – “la pedantocracia” la llamaba eó l (p. 171) – que
“cada vez maó s alejada del suelo que la sustenta, cada vez maó s indiferente a las
pulsaciones de la realidad”13, costa del erario puó blico, se aduenñ aríóa de la universidad
en menos de 40 anñ os.
La profesioó n, el empleo, los tíótulos, los honores, los privilegios de que gozaran los
universitarios de Meó xico, apoyados por la fuerza del poder políótico y alimentados con
el dinero de todos los contribuyentes, estableceraó n con ellos una divisioó n social,
separada de las otras clases, la que seraó autoritaria, pedantocracia.

12
Moiseó s Ochoa Campos, “Nuevo académico. Apóstol del positivismo”, en Hoy, Meó xico,
31 de mayo de 1947, p. 50.
13
Agustíón Aragoó n, “Dos discursos…”, p. 650.
“Nacionalizar la ciencia” le parecíóa del todo absurda, pues sus principios eran
universales: “Resumiendo, no puede haber nacionalizacioó n de la ciencia ni
mexicanizacioó n del saber, porque las leyes cientíóficas en todo el mundo son las
mismas…”14.

Estos [los doctores y sabios especialistas], cuando tengan nuó cleo y se sientan fuertas,
con la fuerza de sus tíótulos y de sus prerrogativas, con la del dinero que manejan y de
su suficiencia, con el apoyo del Estado y la proteccioó n de los geó neros donantes de la
Universidad, haraó n lo que en todo tiempo y lugar han hecho, formaraó n su casta,
oprimiraó n moral y materialmente a sus compatriotas de espíóritu emancipado, y
acabaraó n con la Escuela Nacional Preparatoria (de la que son enemigos jurados hasta
sus propios hijos cuando tambieó n son sabios especialistas […]) tan maltrecha ya, tan
desfigurada por lo mismo que dicen amarla. Por eso afirmo que la creacioó n de la
Universidad Nacional es contraria a las reformas de Barreda 15.

Aragoó n. Los maó s de sus antiguos correligionarios y colaboradores en la Revista


Positiva lo habríóan abandonado, muy probablemente porque para entonces el
positivismo a ultranza era ya cosa del pasado, pero tambieó n, como ha sucedido
siempre, porque para muchos pudieron maó s las prerrogativas del poder que la defensa
de los privilegios (p. 173).

Creo en nuestra augusta Madre la Humanidad que ama, obra y piensa para nuestro
bien; creo en su constante Providencia que sin ser omnipotente, no ha cesado de
mejorar el mundo en provecho nuestro. Creo en la Filosofíóa Positiva, su legíótima hija,
Senñ ora y Redentora nuestra, que fue concebida por obra de la Observacioó n y la
Experiencia y nacioó de la fecunda Induccioó n. Padecioó bajo el poder de la metafíósica; fue
perseguida, oprimida y menospreciada por el Reó gimen universitario. Descendioó a os
infiernos de la Anarquíóa mental y de la Duda, y en el pasado siglo [el XIX] se levantoó
gloriosa de entre los ontologistas. Subioó a las Escuelas positivas, y se halla sentado a la
diestra del Saber demostrable, el uó nico poderoso. Creo en el espíóritu cientíófico, en la
Unificacioó n de criterios, en la Ciencia educadora, en la Comunicacioó n de las Ideas y
Sentimientos. Creo en el Altruismo humano, en la Glorificacioó n de los dignos
Servidores del Orden y del Progreso, en la Inmortalidad subjetiva. Creo en el Dogma
demostrado y en la Verdad perdurable Ameó n16.

Los grados y tíótulos universitarios, base formal de la “pedantocracia” (p. 183).

La incorporacioó n de la Escuela Preparatoria a la Universidad Nacional confirmaba sus


temores, pues de institucioó n vertebral del sistema educativo positivista, como fuera
antanñ o, se la reducíóa a una simple antesala de especializacioó n, obligaó ndola a ceder a
Altos Estudios el sitio honoríófico de “coronamiento de la educacioó n nacional” (p. 184).

14
Ibid. p. 658.
15
Ibid. p. 659.
16
Horacio Barreda, en Revista Positiva, vol. XIV, p.
CONCLUSIOÓ N

El problema de la relacioó n Estado-educacioó n, el del centralismo educativo, el vinculado


con el constante intereó s por lograr un efectivo desarrollo cientíófico y tecnoloó gico como
base del futuro progreso, el de la gratuidad de la ensenñ anza – ya sea elemental o
profesional -, el relacionado con la educacioó n para adultos, o el de los diversos matices
y hasta fracturas ideoloó gicas que caracterizaron a la escuela positivista mexicana (p.
192).

El desprestigio de las universidades tanto en Europa como en Meó xico obedecioó a la


gradual incapacidad de estas instituciones para responder a los novedosos
requerimientos que exigíóa la transformacioó n ideoloó gica sociopolíótica caracteríóstica de
la segunda mitad del siglo XVIII y los inicios del XIX.
En el caso de Meó xico, el concepto “universidad” entroó en crisis a partir del colapso del
sistema colonial, pero no fue sino hasta la deó cada de los treinta del siglo XIX cuando la
generacioó n liberal que encabezaban Valentíón Goó mez Faríóas y Joseó Maríóa Luis Mora
decidioó suprimirla por considerarla “inuó til, irreformable y perniciosa”.
A partir de esta primera clausura la Universidad, íóntimamente ligada a los intereses
partidistas, entroó en una dinaó mica de cierres y aperturas, que concluyoó en 1865,
cuando la administracioó n del Segundo Imperio decretoó su clausura definitiva. Muy
dentro de la teó cnica liberal, Maximiliano consideraba que lo que en la Edad Media se
llamoó universidad, hacia mediados del siglo XIX habíóa llegado a convertirse en “una
palabra sin sentido”. Para sustituirla, proponíóa la creacioó n de una serie de escuelas
especiales, que deberíóan cubrir todos los ramos de las ciencias y de las artes.
Ademaó s del caraó cter puó blico, gratuito y obligatorio de la ensenñ anza elemental,
Maximiliano planteaba la institucioó n de un sistema escolar secundario que, ademaó s de
educar a las clases media y alta del paíós, brindaríóa las bases necesarias para los
estudios superiores y especiales (p. 192).
A la caíóda del Imperio y ya restablecido el orden republicano, se reorganizoó el sistema
educativo vigente, considerado una prioridad nacional. Para realizar esta tarea se
conformoó una comisioó n especial integrada por destacadas personalidades de la eó poca,
entre las que, a la postre, se impuso el liderazgo ideoloó gico de Gabino Barreda, y de
cuyos trabajos surgiríóan la Ley de Instruccioó n Puó blica del 2 de diciembre de 1867.
Conviene subrayar que muchos de sus postulados veníóan planteaó ndose desde tiempo
atraó s, y que soó lo a partir del triunfo liberal y de la restauracioó n republicana fue posible
concretarlos legalmente y llevarlos a la praó ctica.
El nuevo coó digo, inspirado en la filosofíóa positivista, centroó su atencioó n en la
ensenñ anza media, para lo cual instruyoó un plantel especial, la Escuela Nacional
Preparatoria, que actuaríóa como directriz del sistema y como modelo de las escuelas
estatales de su tipo. Ademaó s, con su novedoso plan de estudios – homogeó neo,
enciclopeó dico y jeraó rquico -, se pretendioó formar un nuevo tipo de ciudadano, el cual,
poseedor de una mentalidad diferente, seraó capaz de superar las antiguas rencillas
partidistas y sustentar una etapa de orden, paz y progreso.
En cuanto a la educacioó n superior, la ley positivista cerroó filas con la posicioó n liberal y,
en consecuencia, mantuvo el tradicional rechazo a las universidades. En su lugar, una
serie de escuelas nacionales se hicieron cargo de la formacioó n profesional de la
juventud mexicana.
Durante el periodo del liderazgo ideoloó gico del positivismo (1867-1910), el concepto
“universidad” continuoó asociado con la serie de prejuicios en su contra. Pese a sus
diferencias, tanto liberales como positivistas identificaron a esta institucioó n con la
etapa colonial y con un tipo de educacioó n retroó grada, no soó lo incapaz de responder a
los retos de la era positiva, sino incluso contraria a sus objetivos. De ahíó su tajante
exclusioó n del proyecto educativo nacional.
No obstante el marcado rechazo oficial hacia las universidades, a lo largo de dicha
etapa, se presentaron interesantes propuestas que, ya de una forma u otra, pugnaron
por (p. 193) su restablecimiento: el movimiento estudiantil de 1875, no casualmente
denominado la “Universidad libre” y, con posterioridad (1881), y el proyecto de Justo
Sierra para crear una Universidad Nacional son dos ejemplos de la persistencia y
fuerza del modelo universitario, tanto entre los joó venes estudiantes como entre
algunas prestigiadas figuras de entonces.
El movimiento de la “Universidad libre”, ademaó s de revivir el recuerdo de estas
instituciones, propiciando la reflexioó n colectiva sobre el asunto, sacoó a la luz
importantes facetas y problemas de a organizacioó n educativa predominante. Entre
ellos destacaban el clamor juvenil por romper con praó cticas anacroó nicas como el
internado, el afaó n por conquistar mayores maó rgenes de libertad, patente en la
demanda de transformar los reglamentos escolares; pero, sobre todo, el rechazo de un
importante sector de la comunidad al creciente control gubernamental sobre el
sistema de instruccioó n puó blica
Simultaó neamente a estas “fracturas del sistema”, y motivada por los mismos asuntos
(internado, ensenñ anza de la metafíósica y la posible creacioó n de una universidad), fue
presentaó ndose una lenta pero progresiva escisioó n en las filas positivistas,
construyeó ndose dos grupos: los ortodoxos, capitaneados por Agustíón Aragoó n, y los
heterodoxos o gobiernistas, encabezados por Sierra.
El distanciamiento entre uno y otro grupo se acrecentoó notablemente a partir de 1901,
fecha en que Justo Sierra se hizo cargo de la Subsecretaríóa de Instruccioó n Puó blica,
desde donde, rompiendo con algunos importantes postulados positivistas con los que
anteriormente parecíóa comulgar, emprendioó una serie de reformas, abiertamente
rechazadas por los maó s ortodoxos seguidores de dicha doctrina.
Dentro de las medidas innovadoras de don Justo, las que suscitaron mayor
inconformidad entre el grupo opositor fueron la creacioó n de una escuela de altos
estudios y una Universidad Nacional.
Aunque ambos proyectos, parte sustancial del plan educativo de Sierra, se originaron
varias deó cadas atraó s, llegado el momento propicio para su fundacioó n se decidioó (p.
194) posponerlo de manera que formara parte del programa de celebraciones del
centenario de la independencia. Por ello, la embestida final del positivismo ortodoxo
en contra de Sierra y de su políótica educativa se presentoó hacia finales de la primera
deó cada de este siglo, en forma simultaó nea a la inauguracioó n de la Universidad
Nacional.
Para entonces el grupo contrario al proyecto universitario se habíóa debilitado
significativamente, quedando reducido casi exclusivamente a las figuras de Agustíón
Aragoó n (1870-1954), perene e incansable defensor de las ideas positivistas en
Meó xico, y de Horacio Barreda (1863-1914) hijo primogeó nito de su fundador en la
Escuela Preparatoria y fiel continuador de sus ensenñ anzas.
Tales personajes se valieron de la Revista Positiva, principal oó rgano publicitario en
Meó xico de dicha filosofíóa (1901-1914), para arremeter contra la políótica educativa de
Sierra, pero especialmente contra su intereó s por crear una Escuela de Altos Estudios y
por revivir el tipo de ensenñ anza y organizacioó n universitarias.
Las argumentaciones esgrimidas por Aragoó n y Barreda, profundamente semejantes
entre síó, al punto que es difíócil diferenciar unas de las otras, intentaron por todos los
medios a su alcance, incluidos el sarcasmo y la burla, descalificar el valor acadeó mico
de tales instituciones y comprobar su caraó cter retroó grado.
Para Aragoó n y Barreda, la ensenñ anza universitaria no conformaba un sistema
educativo integral, como deó cadas antes lo la habíóa constituido la Escuela Preparatoria.
Por el contrario, sosteníóa que por su organizacioó n gremial, creadora de una casta
privilegiada: “la pedantocracia”, por su perspectiva parcial del conocimiento, carente
de un criterio filosoó fico comuó n que le sirviera de enlace, y por su retorno al
conocimiento metafíósico, significaba un imperdonable retroceso para el desarrollo
evolutivo del paíós, el cual sumiríóa al educando en una verdadera anarquíóa mental.
Su encono hacia este tipo de instituciones queda de manifiesto en algunas de las
expresiones utilizadas para designarlas, como, por ejemplo: “gran mojigata
pedagoó gica”, (p. 195) “Goliat universitario”, “terrible filisteo hoy enemigo nato de la
verdadera educacioó n nacional”, “hija primogeó nita de los sultanes”, “colmenar doctoral”,
“corporacioó n doctoral”, “impenetrable momia”, “esfinge universitaria”.
Como puede apreciarse, ademaó s de la educacioó n y del meó todo escolaó stico, lo que los
territorios liberales y positivistas no podríóan aceptar del sistema universitario era su
caraó cter corporativo. De ahíó sus constantes ataques a esa eó lite intelectual o
“pedantocracia”, que resurgiríóa a su sombra y que resultaríóa tan negativa como la
oligarquíóa en el plano socioeconoó mico.
Asimismo, en el fondo de esta interminable serie de argumentaciones y críóticas en
contra de las universidades estaba el afaó n de Barreda y Aragoó n por preservar el
sistema educativo positivista que, desde su punto de vista, se encontraba seriamente
amenazado por el reó gimen universitario.
Por lo que toca a Justo Sierra, no se ocupoó de responder abiertamente a los embates de
sus atacantes, pero, en cambio, mostroó gran preocupacioó n por destacar el caraó cter
cientíófico, progresista y laico de la Universidad Nacional, con lo cual la diferenciaba
ampliamente de sus predecesoras. Para eó l, las universidades modernas constituíóan
centros de progreso intelectual, cuyos frutos, con posterioridad, beneficiaríóan a todos.
Otra de sus caracteríósticas maó s importantes fue su condicioó n acadeó mica “autoó noma”,
principio por el que Sierra veníóa luchando desde sus primeras propuestas durante la
deó cada de los setenta.
A lo largo de esta poleó mica decimonoó nica motivada por el enfrentamiento entre
opuestas concepciones de universidad, la relacioó n Estado-educacioó n ocupoó un lugar
destacado. En este punto sorprende observar la identidad de objetivos perseguidos
por cada una de las partes, esto es, independizar la educacioó n superior del control
gubernamental e imprimirle una orientacioó n francamente nacionalista.
Destaca tambieó n la constante preocupacioó n oficial - independientemente de sus
tendencias filosoó ficas – por alcanzar un sistema educativo (p. 196) oó ptimo, capaz de
situar a Meó xico a la altura de las grandes potencias del mundo, objetivo que, al parecer,
continua representando uno de los grandes retos por resolver.
En todos los casos, solucionar el problema educativo constituyoó un valor social
prioritario, e íóntimamente ligado a las tendencias políóticas y econoó micas
prevalecientes.
El inicio del movimiento armado de 1910 puso fin al embate positivista en contra de la
Universidad Nacional y de la Escuela Nacional de Altos Estudios. Equivocadamente,
Aragoó n y Barreda pensaron que ambas instituciones desapareceríóan junto con el
reó gimen que las habíóa construido. Empero, no obstante sus uó ltimos afanes por
acabarla, realizados en el seno de la XXVI legislatura, la revolucioó n respetoó a la
institucioó n porfirista y, tal y como vaticinara Sierra, “con caracteres nuevos” quedoó
destinada a una vida perdurable.
Una vez superada esta primera crisis posrevolucionaria, terminaba la prolongada
disputa en torno al mayor o menor sentido de las universidades. Vencidos los
prejuicios decimonoó nicos en su contra y aceptada su razoó n de ser, la universidad
finalmente recuperoó un espacio dentro del proyecto educativo de Meó xico.
Con la fundacioó n de la Universidad Nacional, frente a ala solucioó n partidaria de
fragmentar la educacioó n superior en varias escuelas independientes entre síó, triunfoó la
oposicioó n que garantizaba unidad acadeó mica y administrativa para los estudios
profesionales.
En lo sucesivo, la discusioó n se orientaraó hacia otros planos, pero, a diferencia de lo
ocurrido durante el siglo XIX, a nadie le interesaríóa – por lo menos hasta el díóa de hoy
– descalificarla por su condicioó n gremial o cuestionar su valor en tanto alternativa
educativa viable.
A partir de su fundacioó n, la Universidad Nacional inicioó un nuevo proceso de
autodefinicioó n de acuerdo con su caraó cter moderno y con las crecientes y cambiantes
demandas nacionales (p. 197).