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EPOCA COLONIAL DE GUATEMALA Política

El reforzamiento de muchas fronteras, inseguras y abandonadas, y la colonización de diversas áreas, en su mayoría
interiores, que se encontraban despobladas. De ambas iniciativas, que se realizaron a escala continental y con empeño
coordinado, existían ejemplos en España. En los dos casos, el americano y el español, la ciudad fue un elemento clave,
tanto para vigorizar los espacios vacíos interiores, como para reforzar la larga frontera hispanoamericana.

Tal política tuvo claros objetivos estratégicos y fue dirigida, unitariamente, desde el lejano Consejo de Indias. Resulta
importante conocer los alcances y resultados de dichos ensayos para evaluar sus rasgos en Guatemala. El Reino de
Guatemala, también tierra de frontera y espacios marginales o de pobre rendimiento, fue tomado muy en cuenta en la
estrategia de dicho Consejo, tanto así, que se consideró elevarlo a la categoría de Virreinato, lo cual no se efectuó por
causas coyunturales.

Una de las grandes preocupaciones de la Administración durante el siglo XVIII fue la de definir las fronteras españolas para
impedir el expansionismo de otras potencias. Hasta 1689, en los territorios continentales ocupados por Gran Bretaña,
Francia, Holanda y España, existían amplias zonas que no constituían motivo de preocupación, ni ocasionaban graves
problemas al Consejo de Indias. Sólo por el Mato Grosso español se producía, peligrosamente, el expansionismo
portugués, y Brasil resultó con unas dimensiones que no estuvieron contempladas en el Tratado de Tordesillas. Pero desde
entonces los espacios entre España y las otras potencias se habían reducido, en algunos casos a extremos exagerados,
como entre Haití y Santo Domingo, lo cual generaba dificultades en América del Norte, en Guayana y en Darién. Esas
fronteras indefensas permitieron la ocupación francesa del sureste de América del Norte (Luisiana), en un área importante
con fachada privilegiada frente al Golfo de México, en un afán expansivo parecido al del Caribe, que estaba prácticamente
internacionalizado. Dicha intención fue imitada por Gran Bretaña en la tierra firme, en las costas del Mar Caribe, por medio
de penetraciones en Yucatán, Belice, Honduras y Darién, así como lo hizo Holanda en la

Guayana y las otras dos mencionadas potencias en otras regiones.

En el siglo XVII se emprendió la gran defensa de las Indias, para lo cual se amurallaron puertos y ciudades costeras y se
multiplicaron bastiones, fuertes, fortines, baluartes y castillos en todos los puntos estratégicos. Durante el siglo siguiente,
en cambio, la geopolítica se orientó a eliminar la vaguedad de las líneas fronterizas, y se trató de asegurar los límites por
medio de la fundación de nuevos poblados a lo largo de las fronteras, lo cual sólo se consiguió tras complicadas y nada
fáciles operaciones organizativas. Se fomentaron así los asentamientos humanos, generalmente con urgencias
estratégicas, como el presidio, que se tuvo como una solución cívico-militar, ejemplar en las fronteras del Norte y del Sur
del mundo hispánico. Esta situación se produjo en contacto directo con terrenos de otras potencias (Luisiana, Florida,
Venezuela, Paraguay), así como frente a indios belicosos y nómadas (Nueva Vizcaya, Sonora, Sinaloa, Nuevo

México, Texas en el Norte, Chile en el Sur).

El Reino de Guatemala fue escenario igualmente de estos afanes, pues también tuvo, con trazas poco más o menos
marcadas, una frontera que proteger o recuperar: los enclaves ingleses de Belice (1714), la Isla de Roatán (1742) y la Costa
de los Mosquitos. Los tres casos se habían originado por el vacío poblacional que padecía la región, a pesar de sus
potenciales recursos económicos basados en la explotación del palo de Campeche y otras maderas preciosas.

La segunda gran operación colonizadora se orientó a la repoblación de los espacios abandonados en las regiones
interiores, y si bien se inició desde los primeros años del siglo XVIII, adquirió más relieve en la segunda mitad de dicha
centuria. Se efectuó tanto por el Estado como por la iniciativa privada, aunque siempre sostenida por aquél. En el primer
caso, las empresas siguieron fielmente los lineamientos de 1573, avalados por las Nuevas Ordenanzas de Población, en
las cuales se incluyeron las pautas de las nuevas fundaciones: respuestas para la promoción social de los pobladores, para
realizar asentamientos agrarios frente al desarrollo desmedido de la ganadería, la mesta y la gran propiedad. Estos nuevos
pueblos se formaron con población hispanoamericana motivada con incentivos económicos (solares, tierras, etcétera) y
sociales (hidalguía). Para los promotores y empresarios implicaban un importante negocio, además de conllevar
recompensas sociales (autoridad en la zona, título de nobleza, etcétera).
La iniciativa estatal también se ocupó de la fundación de nuevos estable-cimientos poblacionales en Europa, una de las
promociones más queridas de la Ilustración. En España se realizaron varias, de las cuales la más importante y conocida fue
la colonización de Sierra Morena y Andalucía (1767-1775). Allí se crearon, con población católica alemana y suiza, 54
núcleos de diferente tamaño, planificados por un Fuero de Población, el cual buscaba una cierta homogeneidad en cuanto
a tipología, sistema de cultivos, casas, administración y extracción social de los colonos. También se trató de utilizar las
experiencias colonizadoras hispanoamericanas, además de las normativas urbanísticas de 1573.

Con semejantes propósitos e iniciativas se hicieron colonizaciones en diferentes regiones americanas, motivadas por una
política de repoblación acelerada, según las coyunturas. Fundamentalmente a partir de 1775, es decir, desde el acceso al
poder de la burguesía ilustrada, se multiplicaron las acciones defensivas y pobladoras, todas ellas con marcado carácter
nacionalista. Estas promociones no siguieron con fidelidad las Ordenanzas de 1573, pero sí las orientaciones urbanísticas
de éstas. Como algo novedoso, la mayor parte de los pobladores provenían de España, pues se habían efectuado intensas
campañas en Galicia, Canarias, Asturias, Castilla y Cataluña, donde se localizaron familias completas de pobladores que
fueron trasladadas a los lugares precisados de repoblación. Con estos contingentes humanos se fundaron núcleos urbanos
en Luisiana (Galveston, Valenzuela, Nueva Iberia, Barataria, Concepción), y en Santo Domingo (San Fernando,
Montechristi, Dajabón, Bani, Sabana del Mar, San Miguel de la Atalaya). Todos ellos eficazmente afianzaron espacios ante
el mundo inglés de América del Norte y el poder francés en Haití en la Isla La Española, pero igualmente desarrollaron
colonizaciones agrarias. En Venezuela, Nueva Granada, el Río de la Plata, etcétera, se fundaron numerosos nuevos
colonatos, hasta hacer del siglo XVIII otro gran siglo de expansión poblacional.

No todos los núcleos urbanos mencionados tuvieron una existencia prometedora, ya que algunos se trasladaron a distintos
lugares y otros sólo alcanzaron una vida efímera los habitantes fueron distribuidos entre los pueblos vecinos, o no llegaron
a consolidarse colectivamente, como ocurrió con la media docena de poblados programados en Patagonia. Los intentos
poblacionales durante los gobiernos de los monarcas ilustrados se acometieron de todas maneras como una estrategia
eficaz y necesaria, parecida a la empleada por la diplomacia en los obligados intervalos durante los períodos de guerra.

El Proyecto del Virreinato de Guatemala

La organización espacial hispanoamericana se inició a mediados del siglo XVI, cuando la enorme área geográfica se dividió
en dos grandes virreinatos, uno para América del Norte y otro para el Sur del continente. Cada uno tenía subdivisiones
menores, como audiencias, gobernaciones, capitanías generales, etcétera. Se trataba de una estructura que parecía
destinada a mantenerse inalterable, sobre todo porque fue incorporada a la Recopilación de las Leyes de los Reinos de
Indias (1680). No obstante, en 1739 se creó el Virreinato del Nuevo Reino de Granada y, en 1776, se organizó como cuarto
Virreinato, el del Río de la Plata. Estas dos unidades políticas fueron justificadas por razones estratégicas: en el caso

de Nueva Granada para finalizar con el permanente comercio ilegal promovido desde islas no españolas del Caribe, como
Jamaica, Aruba, Curaçao, Guadalupe, etcétera, y también por el peligro latente de nuevas ocupaciones territoriales. El
Virreinato del Río de la Plata se trató de justificar por la importancia estratégica que había adquirido la zona: aumento del
tráfico marítimo a través del Cabo de Hornos, defensa de las Malvinas (recuperadas en 1771), amenaza de ocupación
extranjera por un escaso o nulo poblamiento, sobre todo en Patagonia, que resultaba fundamental para el funcionamiento
de bases navales de aprovisionamiento y apoyo.

Un quinto Virreinato (el cuarto en orden cronológico, ya que ocurrió en 1761, antes de fundarse el del Río de la Plata) fue
propuesto para Guatemala, por tener idénticas razones estratégicas: necesidad de suprimir los enclaves extranjeros,
vigilancia sobre los dos océanos y fomento de las actividades agropecuarias y de exportación. Esta última estaba orientada
tanto al mercado siempre rentable de Panamá, aunque su feria había sido eliminada desde 1735, como hacia La Habana
o Cádiz. Asimismo, el contrabando (cacao, tabaco, negros), sobre todo en los puertos del Caribe, era objeto de permanente
preocupación, más por el temor a una acción bélica sorpresiva, que por las pérdidas fiscales que suponía.

En 1761, según Demetrio Ramos, el mismo Capitán General y Presidente de la Audiencia de Guatemala, Alonso Fernández
de Heredia, propuso al Rey y a su Consejo de Indias importantes razonamientos para que el Reino se convirtiera en
Virreinato,particularmente por el alto grado de desarrollo urbano y económico alcanzado por el país.