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DIOCESIS DE CORDOBA, VERACRUZ.

DIACONADO 2017 - 2018

LITURGIA EN GENERAL

SINTESIS DE: LA LITURGIA A TRAVÉS


DE LOS SIGLOS DE JOAN LLOPIS

FORMADOR: PBRO. CARLOS GABRIEL SANCHEZ RAMOS

ASPIRANTE: FERNANDO MOLINA CAPI

24 – FEBRERO - 2018
INTRODUCCION
"Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche
en que fue entregado, tomó pan, "y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es
mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» "Asimismo también
la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre.
Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.»" Pues cada vez que coméis este
pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga."
1 Corintios 11, 23 – 26

Ante todo se trata de comprender y vivir mejor nuestras celebraciones litúrgicas; teniendo como
base el saber nos herederos de una riquísima tradición e historia, que tiene su punto de origen y
partida en la persona del mismo Cristo, el Señor, y que nos comparte su ser y su hacer en la
conservación y transmisión de su legado.

Pero no solamente es hacer una repetición de pasos o de ritos; es asegurarnos de saber ¿qué se
está haciendo? ¿por qué se está haciendo? ¿para qué se está haciendo? a fin de no olvidar aquella
sentencia “quien pierde los orígenes pierde la identidad”, ni tampoco por el desconocimiento del
origen ser capaces de asumir una actualización modernista que permita la deformación parcial o
total de los misterios que celebramos al modificar, introducir o suprimir algo de lo que ya está
establecido y sujeto a las normas que expresa la constitución Sacrosanctum Concilium: “Porque la
Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas
a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aún deben variar, si es que en ellas se han
introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han
llegado a ser menos apropiados.” Ni nosotros ni nadie puede cambiar las palabras que dieron origen
a la celebración eucarística.

Los ritos litúrgicos han permanecido prácticamente inalterados a través de los siglos, más que en su
forma externa, en su sentido profundo. Así que a pesar de que han ido cambiando algunas
expresiones a causa de las condiciones variables de los tiempos y lugares se puede constatar que la
esencia sigue inalterable y eso es motivo de convencimiento de que la liturgia debe cambiar y
adaptarse continuamente a las circunstancias y características de épocas y países, siempre
salvaguardando su esencia.

Conocer la historia de la liturgia tendrá siempre una finalidad catequética y pastoral, aun por
cargada de curiosidad que este la intención de quien se aventure a conocer, indagar, explorar o
investigar sobre esta.

Los cristianos de hoy día debemos ser partícipes de manera consciente, activa y fructuosa en las
celebraciones litúrgicas de todo tipo y por ello debemos disponernos a reconocer nuestra falta de
información y formación sobre los aspectos, formas y significados de la liturgia y la historia de la
misma.
EL CULTO EN ESPIRIRTU Y VERDAD
El sentido profundo de la liturgia cristiana es el culto en espíritu y verdad. Tal como lo refiere el mismo
Jesús a la samaritana:

"Nuestros padres siempre vinieron a este cerro para adorar a Dios y ustedes, los
judíos, ¿no dicen que Jerusalén es el lugar en que se debe adorar a Dios?» Jesús le
dijo: «Créeme, mujer: llega la hora en que ustedes adorarán al Padre, pero ya no será
"en este cerro" o "en Jerusalén". Ustedes, los samaritanos, adoran lo que no conocen,
mientras que nosotros, los judíos, adoramos lo que conocemos, porque la salvación
viene de los judíos. Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos
adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos
adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo
adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.»" Juan
4, 20 – 24

Adorar a Dios en “Espíritu y Verdad” no es un cumplimiento minucioso de normas externas; es el


ofrecimiento interno del amor y la obediencia, así como como el sometimiento libre y consciente, a la
voluntad de Dios, llevándonos a hace de nuestras propias vidas un “sacrificio” con y por amor al Padres,
en el cumplimiento en nuestras vidas de esa voluntad divina.

Somos “templos vivos” del Espíritu Santo y el culto que en el debemos de realizar es verdadero y valido;
culto que se dará a Dios “en espíritu y verdad”; al entender que así lo señala y lo indica el mismo
Jesucristo. Reconocernos como templo vivo de Dios, aceptar que se le debe dar culto verdadero en este
templo y buscarlo en el altar de nuestro corazón; así logrando adorarle en “espíritu y verdad” en nuestra
vida y reconocerlo también en el templo de nuestros prójimos; sin menoscabo del “lugar sagrado”,
geográfico o físico que es apropiado para hacer oración personal o comunitaria.

En Jesús tenemos el ejemplo vivo del ejercicio de este culto en “espíritu y verdad” al dar cumplimiento
pleno a la voluntad del Padre. Toda su vida fue un acto de culto y adoración; todos y cada uno de sus
momentos y acciones siempre estuvieron presididos por su obediencia a la voluntad del Padre.

Los cristianos desde los primeros tiempos tuvieron conciencia de que el carácter ritual del culto litúrgico
que profesaban no podía estar separado de la vida. Por eso sus reuniones incluían la “fracción del pan”
y las “plegarias”, así como Las “enseñanzas de los apóstoles”, para los incorporados por el rito del
bautismo, así como la utilización de la imposición de manos por parte de los apóstoles. Estos ritos
fundamentales de la cena del Señor, bautismo e imposición de manos se añadieron posteriormente otras
ceremonias y prácticas.

Los apóstoles no crearon una liturgia nueva; de las formas litúrgicas del judaísmo intentaron encarnar el
nuevo culto en “espíritu y verdad”; existiendo una íntima relación ente el culto apostólico y los ritos
judíos, aunque en lo referente al significado hay un distanciamiento que llega, incluso, a la ruptura. Los
cristianos se abstienen de participación en los sacrificios rituales, ya que tienen claro que la muerte y
resurrección de Cristo ha abolido los sacrificios de la antigua Ley, el auténtico culto cristiano se va
formando en las casas particulares donde se hace la celebración.

La liturgia judía ha dejado al culto cristiano: las lecturas de la Biblia, canto de salmos, la explicación
homilética, la plegaria eucarística, las peticiones de a plegaria de os fieles, el ritmo semanal de la reunión
litúrgica, elementos de la oración cotidiana, la fórmula del trisagio y muchas aclamaciones del pueblo
conservadas en su lengua original. Muestra de esta influencia judía en la liturgia de los primeros
cristianos es la plegaria eucarística que se encuentra en la Didakhé.

Quienes procedían del judaísmo fueron los que se mantuvieron más fieles a las formas de culto israelita,
y los cristianos de origen pagano aceparon muchos usos típicamente judíos. Los cristianos se
mantuvieron fieles a la lectura de los libros de la Ley y los Profetas y al canto de los Salmos; y poco a
poco fueron apareciendo nuevos elementos aportados por el cristianismo: el comentario o instrucción
del apóstol o del encargado de la reunión; conversación en tono de preguntas y respuestas, lectura de
cartas del fundador de la comunidad, uso de las oraciones propias de los cristianos aparte de las de
tradición judía, la Cena del Señor como distintivo característico de la comunidad cristiana (también
llamada fracción del pan y posteriormente llamada Eucaristía) en donde se repite el rito de la última cena,
obedeciendo el mandato de perpetuar el “memorial” del Señor Jesús, haciendo presente su persona y
su obra. Ligado a este rito eucarístico está la celebración del primer día de la semana al que se llega a
llamar día del Señor.

LA LITURGIA CRISTIANA PRIMITIVA


La presencia del Señor se concibe a través de signos: la asamblea de los hermanos, los dirigentes de la
comunidad, el pan y el vino. Los cristianos posteriores al nuevo testamento tienen ya una serie de
indicaciones precisas sobre sus celebraciones litúrgicas.

Destaca la comunidad cristiana local (llamada hoy “iglesia particular”) en la que cada cristiano participa
de manera plena en su vida y en su culto. En ella hay ministerios específicos que poco a poco en su
uniformidad en todas las comunidades (hacia el año 150) : el obispo, el colegio de presbíteros y los
diáconos. Todos se reúnen de manera especial el domingo, para celebrar la Eucaristía y el ejercicio de la
comunión de bienes, principalmente a los más necesitados.

Referencias de estas celebraciones eucarísticas las da San Justino en su «Primera Apología», así como en
la «Tradición Apostólica» de Hipólito de Roma. San Justino refiere todos los elementos esenciales de la
misa y a través de Hipólito se conoce el primer texto de plegaria eucarística. La Iglesia de hoy está
vinculada a las comunidades primitivas en la fidelidad al mandato del Señor: «Haced esto en
conmemoración mía».

Justino refiere que en ella se lee los recuerdos de los apóstoles o los escritos de los profetas;
posteriormente el presidente exhorta a todos a imitar esos bellos ejemplos, después juntos elevan
plegarias, se presenta pan y vino y agua. El presidente eleva plegarias y acciones de gracias y el pueblo
aclama: Amén.

Después se distribuyen los alimentos eucaristizados y se envían a los ausentes a través de los diáconos.
Hipólito describe la ceremonia de ordenación de un obispo: tiene lugar en domingo ante toda la
comunidad, una vez ordenado celebra la Eucaristía: “una vez hecho obispo todos le ofrecen el beso de
la paz, los diáconos le presentan la oblación y él dando gracias impone las manos a todo el presbiterio.

Advierte Hipólito…”Que el Obispo dé gracias como lo hemos dicho antes. No es del todo necesario que
pronuncie las mismas palabras”; es decir que los textos de Hipólito son orientadores, pues el celebrante
tiene la facultad de improvisar la plegaria según su capacidad y respetando la ortodoxia.

Otros elementos que destacan son la celebración unitaria de los ritos de iniciación cristiana: bautismo,
confirmación y eucaristía. Desde finales del siglo II la iniciación va precedida del catecumenado; donde
el candidato es presentado por un cristiano integro de la comunidad, sostenido en su preparación por
las plegarias y el ejemplo de todos los miembros.

En el siglo III aparece la penitencia pública para los pecadores que cometieron faltas graves; esta consiste
en la amonestación del obispo, cumplir las obras penitenciales asignadas y, pasado un tiempo, la
reconciliación a través de la imposición de manos del obispo y el presbítero.

Los cristianos de ese tiempo aún son fieles a la práctica judía de los momentos de oración; en la mañana
y en la tarde, con su esquema habitual: lecturas, himnos, salmos y oraciones, públicas y comunitarias.
Antes de esa época se usaron composiciones poéticas cuya autoría eran particulares; los salmos se
adoptaron definitivamente hasta entrado el siglo III. También en este siglo nace el arte litúrgico, la iglesia
ya es capaz de utilizar elementos religioso-culturales para la edificación de los fieles: surge el pez, el ancla,
la cruz, la paloma, el pastor, etc. la espiritualidad de aquellos tiempos se halla vinculada al cuto litúrgico,
con disposición al martirio; se daba la piedad bautismal y la piedad martirial. El ideal de perfección era
vivir el bautismo en la vida diaria con disposición entusiasta ante el martirio, el cual fue un gran
estimulante de la fe en la comunidad; llegándose a valorar también el “martirio incruento”: la castidad
consagrada, quienes la practicaban no se separaban de la comunidad ni de la reunión litúrgica, sino que
se vinculaban más a ella.

LAS PRIMERAS INCULTURACIONES


Testimonian una maravillosa complementariedad en la que esas iglesias viven sus tradiciones litúrgicas
en comunión de fe; las diversas tradiciones litúrgicas nacieron por razón de la misión de la Iglesia;
llegando a celebrar iglesias de una misma área geográfica y cultural el misterio de Cristo por medio d
expresiones particulares: en la tradición del «depósito de la fe», el simbolismo litúrgico, la organización
de la comunión fraterna, la inteligencia teológica de los misterios y en los tipos de santidad. La Iglesia
como católica purifica todas estas riquezas de la cultura. El culto cristiano adopta expresiones diversas
bajo el principio de la inculturación; produciendo una creciente diversificación de formas externas de la
liturgia: primero se da una unidad litúrgica en todas las comunidades (siglos I – II) aunque no en el sentido
de uniformidad rigurosa (esta consiste únicamente en respetar los moldes comunes recibidos de la
tradición) sino con gran libertad y espontaneidad; se crea una multiplicidad por aumento de cristianos y
comunidades, y por aislamiento de algunas iglesias (siglo III – IV), cada comunidad fija costumbres, ritos
y plegarias; finalmente (siglo V) se da una unificación progresiva, pero no del todo universal, sino regional,
es el momento del surgimiento de las familias o ritos litúrgicos en oriente y en occidente.

La diferenciación entre las expresiones externas del culto cristiano se debe al hecho de que algunas
comunidades quedaron aisladas de las demás por convulsiones o persecuciones y ocasionando que al no
tener contacto con el resto dela Iglesia “católica” crearan sus propios ritos particulares. Esas
comunidades aisladas consideraban como motivo de importancia la fidelidad a la liturgia apostólica, la
cual es compatible con la libertad y diversidad de expresiones de cada comunidad. La lengua tuvo una
diversificación de las familias litúrgicas, pero no fue un elemento decisivo; cada área geográfica y cultural
condiciona las diversas combinaciones de sus elementos de la celebración litúrgica.

Entre los elementos distintivos está la manera de estructurar la plegaria eucarística o “anáfora” (a veces
de una sola pieza, otras de diferentes piezas variables); la manera de organizar los ciclos de las lecturas
a lo largo del año litúrgico; en la manera de celebrar la Eucaristía, así como en la forma de la oración
litúrgica de las horas. Hay fórmulas típicas de cada rito, como el saludo a la asamblea en África, en Roma
o en Hispania. Siendo los estilos literarios con que se redactan las plegarias, antífonas e himnos lo que
tipifica más las diferencias: Oriente da origen a una liturgia más poética, teológica y solemne. Occidente
da una liturgia más práctica, simple y austera; caso aparte es Hispania, con una liturgia autóctona,
ampulosa, sentimental y muy popular.

Los ritos se dividen en grandes familias, nacidas en los más antiguos e importantes patriarcados:
Antioquía, Alejandría, Roma; llevando a otros lugares su propia liturgia con la expansión misionera.

Luego encontramos la división de las liturgias en Orientales y Occidentales. Las orientales se dividen en
sedes patriarcales de Alejandría y Antioquía; el grupo antioqueno se subdivide en siriaco occidental:
siriaco de Antioquía, el maronita, el bizantino y el armenio. El siriaco oriental integra el nestoriano, el
caldeo y el malabar. En el rito alejandrino se encuentran el rito copto y el etiópico.

Las liturgias de occidente son el rito romano, el ambrosiano, el hispano-mozárabe, el galicano y el celta.
Actualmente solo se conserva el rito romano, de los demás solo quedan vestigios o están limitados a
lugares muy determinados. La introducción de las lenguas modernas, con el Concilio Vaticano II,
representa un elemento de diversificación, que con la adaptación se vayan formando diversos tipos
litúrgicos; parientes y derivados del rito romano.
Por parte de los ritos orientales el más extendido es el bizantino, de idioma griego; ya desde antiguo se
celebraba en diversas lenguas. La lengua no es elemento decisivo en la diversificación de los ritos
litúrgicos, pero sí tiene una influencia capital. En oriente se conserva el griego como lengua vehicular,
aunque algunos pueblos poseían una lengua fijada y escritura propia. La iglesia practicó la liturgia griega
en las grandes ciudades de oriente; más allá del Éufrates utilizó exclusivamente el siriaco. El rito bizantino
acogió las lenguas de los países en los que se extendió. La Iglesia de África fue la primera comunidad
importante de lengua latina. La iglesia de roma utilizó el griego hasta el siglo III, latinizando su liturgia
hasta el siglo IV; hacia el siglo VII los cristianos greco - parlante volvieron a ser numerosos, motivando
que la liturgia fuera bilingüe; hasta nuestros días se conservan vestigios de este bilingüismo. El latín fue
durante siglos el único idioma culto en occidente; a excepción de Irlanda, que conservó su lengua,
aunque no concreto una liturgia propia. Solamente se planteó la traducción de la liturgia latina fue en la
evangelización de Moravia por Cirilo y Metodio. Conservando la liturgia romana en lengua eslava hasta
nuestros días, pero en eslavo antiguo.

LA EDAD DE ORO DEL RITO ROMANO


En el siglo V las liturgias se enriquecieron con numerosas fórmulas y ritos: la bizantina, en oriente, y la
romana, en occidente; destacando sobre las demás por ser las sedes eclesiásticas de las dos capitales del
imperio. Produciéndose en esta época la llamada “edad de oro del rito romano”, por vivirse en ese
momento una serie de circunstancias favorables.

La Iglesia gozaba de libertad completa, motivando que las comunidades crecieran y se esparcieran;
permitiendo que salgan de las catacumbas y estableciéndose en la “basílicas”. Los obispos romanos van
adquiriendo cada vez mayor prestigio y autoridad, caracterizando la autoría de plegarias e introducciones
con un sentido innovador y dinámico adaptado a las exigencias de la fe, como al talante de la cultura de
ese tiempo. La participación del pueblo es espontánea y viva con quien se realiza un admirable equilibrio
entre lo comunitario y lo personal; así como un desarrollo del canto litúrgico que contribuye a dar un
culto con mayor solemnidad y elevación; atrae y conmueve al pueblo.

Es la época en que se inicia la formación de los libros litúrgicos, hasta ese momento quien presidia seguía
un esquema fijo, pero improvisaba las plegarias y no utilizaba ningún libro. Pero se hizo más vehemente
la necesidad de recopilar por escritos las fórmulas más logradas, para emplearlas en ocasiones
posteriores o para ayuda de otras comunidades. Las compilaciones dieron lugar a los libros litúrgicos.

Están los sacramentarios que no son lo que actualmente se llaman rituales de sacramentos, sino un libro
del celebrante, contenía las oraciones presidenciales, para la eucaristía y la celebración de los
sacramentos. Los más importantes son el Veronés o Leoniano, una recopilación de textos escritos por los
papas León, Gelasio y Vigilio; el Gelasiano Antiguo atribuido al papa Gelasio, colección de textos litúrgicos
utilizados en las iglesias presbiterales de Roma: el Gregoriano con base en la colección personal del Papa
San Gregorio.

Están los leccionarios conteniendo los fragmentos bíblicos a proclamarse en las celebraciones
eucarísticas, siguiendo el curso de los domingos y las fiestas, anteriormente se utilizaba directamente la
Biblia. La liturgia hispano-mozárabe llama al leccionario Liber Commicus, libro de los fragmentos;
también existen los antifonarios, con los cantos, y los ordines, los libros de las rúbricas, normas y
orientaciones.

Estos libros no se usaban en Roma, pues todos conocían el orden de la celebración; se redactaron para
enviarlos a las demás Iglesia.

El ordo I describe la misa Papal del día de Pascua: liturgia de la Palabra y liturgia eucarística, añadido de
tres movimientos de la asamblea: formación o reunión, movimientos precedentes y siguientes a la gran
plegaria eucarística, ofertorio y comunión, procesiones acompañadas con cantos terminando en una
oración presidencial, con el Amén del pueblo. La oración de los fieles prácticamente desaparece,
únicamente se utiliza el Viernes Santo. La plegaria eucarística permanece fija e invariable con una gran
cantidad de prefacios. Se ritualiza la proclama del Evangelio.

Al final de esta época se añade la conmixtión, el canto del Gloria y del Agnus Dei. Destaca en Roma la
misa “estacional”, misas celebradas por el Papa en diversas iglesias; la participación del pueblo sigue
siendo plena, aunque ya se advierten síntomas de pasividad especialmente en los cantos, que se hacen
más difíciles y se les deja a la Schola Cantorum, se introducen ideas orientales sobre lo “terrible” del
sacrificio eucarístico, apartando a los fieles de la mesa del Señor.

En el año litúrgico se designa el domingo como día de reposo, permitiendo mayor amplitud y solemnidad
a la celebración eucarística. Los miércoles y viernes son designados para días de oración y ayuno. El
mismo impulso sincrético que hizo del día del sol el domingo, hace que la fiesta de Natalis Solis Invicti,
se convierta en la Navidad de nuestro Señor. Se constituyen las cuatro semanas de Aviento, así como se
estructura el Triduo Pascual y su tiempo de preparación: la Cuaresma, y cincuenta días del tiempo Pascual,
culminando con la fiesta de Pentecostés. Al final de época aparecen fiestas especiales a María, los
mártires y otros santos.

Los sacramentos de iniciación consiguen la máxima solemnidad. La Cuaresma es tiempo de preparar a


los catecúmenos, a bautizarse en la Vigilia Pascual; también en cuaresma es el tiempo penitencial por
excelencia, los penitentes son reconciliados el Jueves Santo, en la “misa de reconciliación de los
penitentes”. Toda la comunidad asume a los catecúmenos y penitentes participando activamente en su
conversión, penitencia y reconciliación. Nace la idea de que todos somos pecadores, aunque aún se
desconoce la práctica sacramental privada. Las ordenación son según la antigua tradición, el pueblo
participa más o menos activa en la elección de candidatos. Existen las órdenes mayores: episcopado,
presbiterado y diaconado, conferidas no por la imposición de manos, sino por una plegaria que se
acompaña con la entrega de los instrumentos de cada ministerio.

A diferencia de la liturgia cristiana primitiva, caracterizada por su simplicidad, la “edad de oro” de la


liturgia romana se introducen elementos que alejan los ritos cristianos de la sobriedad original. A partir
de Constantino el cristianismo fue cada vez más protegido por los emperadores, en época anterior el
emperador era considerado pagano: debía ser reconocido Kyrios, hacer ante el la proskynesis o
postración y quemar incienso ante su imagen; muchos de os ritos ofrecidos al emperador se conservaron
en el ceremonial de la corte y de ahí pasaron a las comunidades. El mismo emperador concede honores
y privilegios a los dirigentes de la Iglesia, siendo natural que los obispos, especialmente el de Roma,
tuviera derecho al anillo, a recibir el saludo de la genuflexión o con el beso en el pie, a usar trono, llevar
manípulo y ser acompañado de luces e incienso.

LAS CRISIS MEDIEVALES


La Edad Media es un período de gran vitalidad en la vida eclesial, aunque también es una época de crisis
profundas, en donde la liturgia se vio muy afectada; tanto en la alta Edad Media como en la baja Edad
Media.

Durante alta Edad Media se configura una situación crítica en la liturgia debido a causas culturales,
políticas y eclesiales: en lo cultural entran en la historia de occidente los pueblos bárbaros con su
mentalidad y lengua propia; la liturgia romana es débil al afrontar el choque con esta nueva realidad. Se
sigue utilizando el latín, pero el pueblo no lo entiende, perdiéndose la capacidad de evangelización
popular de la liturgia. Los pueblos barbaros tienen una mentalidad religiosa basada en el terror ante la
divinidad, un fuerte individualismo y un sentimiento fuerte de culpabilidad; que se impregnaran en la
liturgia.

En lo político se da el fraccionamiento del Imperio Romano en Occidente, dando lugar a las futuras
nacionalidades y debilitando el prestigio de Roma. Igualmente las invasiones árabes propician el
alejamiento de grandes sectores de occidente de la influencia de Roma.
En las causas eclesiásticas se encuentra la pérdida del prestigio de la institución Papal por la indignidad
de varios de sus ocupantes, la decadencia general en la vida cristiana en todas sus esferas sociales, un
cambio de mentalidad teológica en relación a esencia y finalidad de la Iglesia, a raíz delas luchas
antiarrianas Cristo queda desplazado de la Iglesia; se insiste en su divinidad, pero la iglesia ya no es el
cuerpo de Cristo, pues la liturgia da culto al Padre. La liturgia se clericaliza con ritos complicados y
estereotipados, el pueblo se vuelve pasivo.

La liturgia pierde sentido de unidad en el misterio cristiano y en la asamblea o comunidad: por el


oscurecimiento de la presencia de Cristo en la comunidad litúrgica, se olvida que todo cristiano es parte
del cuerpo de Cristo; la misa pasa der ser un acto comunitario a una devoción privada, también se pierde
el sentido pascual de la celebración; ya no domina la acción salvadora de Dios, sino el esfuerzo humano
devocional, importa más el aspecto sentimental en la pasión de Cristo, que el misterio de la fe en su
resurrección.

La liturgia se adapta al imperio franco-germánico; recibe profundas influencias galicanas en los ritos y
plegarias. Esta influencia franco-romana se impondrá en roma y todo el occidente hasta la reforma del
Concilio Vaticano II.

La liturgia de esa época: la misa está llena de “apologías” antes de celebrar la misa, antes del Evangelio,
al ofertorio y antes de comulgar; se abandona el catecumenado por la generalizar el bautismo de niños;
nace la penitencia privada (siglo VII), se abandona la pública; el matrimonio entra al control jurídico de
la iglesia; la liturgia pontifical en las ordenaciones se dramatiza; por influencia monástica el oficio divino
ocupa todas las horas, se enriquece y complica, pierde popularidad; aparentemente las celebraciones
son solemnes y ricas, pero son totalmente ajenas al pueblo.

En la baja edad media los formalismos, confusión doctrinal, rubricismo y clericalismo continúan al iniciar
esta época, aumentando su permisividad hasta llegar a un estado lamentable. Situación denunciada por
reformadores y atendida en el Concilio de Trento.

La misa decae en la participación del pueblo; se suple con la adoración y contemplación de la ostia y del
cáliz en la elevación (rito introducido en el siglo XIII) poniéndose al centro de la celebración a Cristo
presente en las especies eucarísticas, surgido de un deseo supersticioso del pueblo; consolidado el rito
se convirtió en el momento culminante de la misa. Antes asamblea, caridad, sacrificio y comunión ahora
es adoración de las especies eucarísticas. Corpus Christi es la fiesta más importante del año, superior en
solemnidad que la misma Pascua; se desarrolla la “piedad eucarística” en un sentido alejado del primitivo.

Otro aspecto de la misa es que se conserva con esplendor exterior, pero sin participación activa del
pueblo en misas conventuales y parroquiales; se acentúa las misas privadas por difuntos, por los santos
y por intenciones particulares; la variedad de apologías es enorme y confusa; la dramatización de gestos
es exagerada; los abusos en los estipendios, la abundancia de misas y aspectos supersticiosos son
intolerables. El culto litúrgico es fastuoso y solemne, pero el pueblo es ignorante y sufre abandono
pastoral.

En cuanto a los sacramentos desaparece el bautismo de adultos y el catecumenado; se suprime la


entrega del Padrenuestro, el Credo y los Evangelios; la confirmación se hace un sacramento
independiente, destacando la unción más que la imposición de manos; se consolida la penitencia privada;
los ritos de ordenación se dramatizan y complican; el matrimonio se celebra a la perta de la iglesia, bajo
investigación previa y expresión del consentimiento, por e luso germánico se introduce el anillo como
símbolo de alianza y sujeción.

En la plegaria litúrgica, el oficio divino entra en crisis como celebración comunitaria: se llena de añadidos,
es carga para los clérigos que lo abandonan en su forma comunitaria. San Francisco de Asís innova la
norma de rezar el oficio fuera del coro a manera individual, surgen los breviarios franciscanos que se
extenderán por todas partes. La vida del pueblo cristiano camina al margen y fuera del marco litúrgico,
hay abundantes devociones privadas que sirven para alimentar y mantener la devoción de los cristianos;
en cierto modo la misma liturgia se convierte en una devoción por afición a las misas votivas, en a
determinado santos, por intenciones particulares. Hay un florecimiento de la mística alejada de las
formas litúrgicas de oración. So originó una fuerte crisis por la ignorancia, superficialidad y superstición
en que está sumido el pueblo; propiciando la reforma protestante.

LA OBRA DE TRENTO
Al siglo XVI la liturgia occidental se compara aun cadáver ricamente adornado pero sin vida y en
descomposición; todo se ejecuta sin sentido pastoral y plagado de abusos y supersticiones. El pueblo
permanece alejado de la liturgia, cumpliendo solo el mínimo de asistencia sin incurrir en sanciones
canónicas. Surgen voces de protesta destacado Lutero y sus seguidores; los reformadores acusan la
decadencia de la liturgia y su falta de espíritu evangélico; exigen se use la lengua del pueblo, la
participación de la asamblea, recitar el canon en voz alta, simplificación de muchos ritos (concesiones
que se realizarán cuatro siglos después).

La postración de la liturgia romana es evidente mirándola con objetividad, el mismo Concilio de Trento
estudió detenidamente estas situaciones en las celebraciones litúrgicas, elaborando una lista de abusos
que se introdujeron en ella, manifestando la pérdida del sentido de comunidad o asamblea: los domingos
no se hacen las misas ordenadas por la Iglesia y si se hagan misa votivas o de difunto, el celebra dos misas
simultáneamente, al realizar la misa solemne se celebren misas privadas. Sobre la edificación de las
palabras sacramentales: decir la misa sin mantener la gravedad en las palabras pronunciadas, hacerlo
de manera histriónica, alzando mucho o bajando mucho la voz, acercar mucho la boca la hostia o al cáliz,
hacer la señal de la cruz con la cabeza.

En cuanto al sentido mágico de los ritos: hacer más cruces y signos de los debidos sobre la hostia
consagrada, gesticular sobre la hostia consagrada más que hacer la señal de la cruz, tomar con ambas
manos la hostia y sostenerla con ambas manos sobre la cabeza inclinada a la altura de la nuca y casi
tocando el cabello. El concilio considero un abuso en la fiesta de Corpus Christi engalanar las calles con
pinturas lascivas, hacer bailes, danzas y representaciones profanas en las calles.

El Concilio de Trento intentó poner remedio, aunque no todas las decisiones conciliares tuvieron los
efectos deseados: en septiembre de 1562 se firma el decreto sobre lo que es necesario observar en la
celebración de la misa, sin ceder a reivindicaciones de los reformadores luteranos: recomendó
“moniciones” y explicaciones que debían hacerse durante la celebración, prescribió la recitación del
canos en secreto, no favoreció la participación directa de los fieles, los padres conciliares consideran no
apropiado ni apropiado que la misa se celebre en la lengua del pueblo. El concilio se centró en las
aclaraciones de tipo dogmático: los reformadores acertaron en aspectos litúrgicos y pastorales, pero
negaron el carácter sacrificial de la misa; el concilio afirmó el carácter sacrificial de la misa y la presencia
real de Cristo en la Eucaristía; aunque el tratamiento teológico dela eucaristía se abordará en tres
capítulos: la presencia real, la comunión y el sacrificio, esto ocasionó distorsión en la teología
sacramental posterior al concilio, dificultando la síntesis en la doctrina eucarística, ocasionando que el
pueblo viera realidades separadas en el altar, el comulgatorio y el sagrario.

El Concilio dejo en manos del Papa Pio V la publicación de los nuevos libros litúrgicos, únicos y
obligatorios a todas las iglesias, a excepción de diócesis u órdenes que acrediten una tradición de más
de dos siglos; así se editan: el Breviarium romanum, el Missale romanum, el Caeremoniale episcoporum
y el Rituale romanum , aunque no como oblogatorios. En ellos se ve la intención de volver a las fuentes
antiguas y genuinas.

La novedad de este concilio es la uniformidad que se impone a toda la Iglesia latina, acompañada de una
fijación de fórmulas y ritos sin que se pueda introducir ninguna modificación posterior.
LA ERA DE LAS RUBRICAS
Con la creación de la Sagrada Congragación de Ritos por Sixto V se marca el inicio de la era de las rúbricas,
la cual provocó que la liturgia romana permaneciera petrificada durante cuatro siglos. Dicha institución
fue creada para resolver las dudas presentadas por los nuevos libros; no había cambio de textos ni de
rúbricas, sólo interpretaciones autorizadas. Su misión no era dar continuidad al Concilio de Trento, sino
velar en su aplicación. Esta congregación emitió muchos decretos al punto que creo en la iglesia el
“complejo rubricista”: la obsesión por cumplir escrupulosamente las prescripciones rituales de los libros
litúrgicos. Las rúbricas en un primer momento eran indicaciones de “como se suele” y se convirtieron en
normas autoritarias “cómo hay que”.

La Iglesia católica se siente segura y fuerte con la Contrarreforma, aunque el espíritu del barroco y el
verdadero sentido de la liturgia eran incompatibles, aun y que las celebraciones barrocas fueron
brillantes y espectaculares. Dicha compatibilidad se da por que la Iglesia acentúa los puntos negados por
los protestantes, produciendo un desequilibrio en la práctica de la vida y la celebración cristiana. Se
acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero omitiéndolo de los demás aspectos del
sacramento. Se insta en la dignidad del sacerdocio delos ministros ordenados frente al sacerdocio común
de los fieles: una separación cada vez mayor entre lo que el sacerdote hace y dice en el altar y lo que el
pueblo fiel practica en la celebración. Aparecen devocionarios con explicaciones sobre los ritos de la misa,
favoreciendo solo una participación indirecta de algunos selectos.

El barroco tiende a los aspectos periféricos de la liturgia; se multiplican altares laterales, así como las
imágenes de santos y de María, la homilía se vuelve “sermón” y se ubica en el “púlpito”, la reserva
eucarística se guarda en sagrarios encima del altar y ya no en la sacristía o en la pared, sagrarios cada
vez más monumentales y fastuosos. Se desarrolla la música sagrada, tienen auge las polifonías, pero no
encaminadas al culto, sino a destacar por sí misma, ocasionando que la iglesia se convierta en un salón
para “oír” la misa. Hay riqueza artística y fastuosa en los retablos barrocos, pero reduciendo al altar
mayor a ser un simple soporte o zócalo. Las devociones eucarísticas superan en esplendor a la propia
misa, culto en el que introduce un ceremonial cortesano hacia la propia Eucaristía.

Paralelo a las desviaciones barrocas surgen fenómenos en relación con la vivencia y comprensión de la
liturgia, aunque no logran hacer contrapeso: la escuela francesa de espiritualidad, os cantos populares
en la misa de Alemania, los primeros estudios litúrgicos de carácter científico, estos últimos permitieron
hacer investigación sería sobre los Padres de la Iglesia. Se editan nuevos libros litúrgicos romanos.

Aparece la Ilustración (siglo XVIII) a nivel cultural pero con repercusión en la vida litúrgica. Esta fomenta
algunos intentos de reforma para logra una mayor participación comunitaria, así como exigencias de más
simplicidad y sencillez; evitando elementos superfluos y una mejor comprensión de lo que se dice y hace
en liturgia, con el propósito de que el pueblo reciba de ella ilustración y edificación, intentos que no
tuvieron éxito. La ilustración no considera la liturgia como la acción salvadora de Cristo, sino como una
función educadora para el pueblo. Pero estos intentos “ilustrados” concretaran una idea fecunda que
culminará en la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II.

En 1786 se dio el sínodo diocesano de Pistoya (Toscana), que aun con el rechazo de la autoridad eclesial,
planteo puntos de reforma en la liturgia que se materializaron en el Concilio Vaticano II: un único altar
por iglesia, participación activa de fieles, abolir el estipendio, reducción de procesiones, música simple
adaptada a la Palabra del Evangelio, ornamentación no distractora, reforma del Breviario y del Misal,
publicación de un nuevo Ritual, reducción del número de fiestas y lectura todo el año de toda la Biblia
en el Oficio divino, entre otros.

Una reacción a la Ilustración, en época del romanticismo, fue la reafirmación de la revelación, del dogma,
y de la tradición. Figura de esta reacción romántica es el abad benedictino Prosper Guéranger, quien
propone un retorno a la puar tradición romana: en textos, ceremonias, rúbricas, la música, el canto
gregoriano. Este último conservado por lo monjes de la abadía francesa de Solesmes bajo la autoridad el
mismo Guéranger. Pero no fue patrocinada la participación del pueblo en la liturgia; el culto cristiano
aun es considerado como realidad intocable y misteriosa. El abad de Solesmes es enemigo de las
“liturgias neogalicanas” e insiste en un retorno a los libros de la tradición romana pura.

Las ideas principales de Guéranger se expresan en que la liturgia es: la pegaría del Espíritu Santo en la
Iglesia, la voz del cuerpo de Cristo, la esposa que hace oración en el Espíritu, una presencia privilegiada
de la gracia, se halla la expresión más genuina de la Iglesia y su tradición. Según el abad la clave para la
comprensión de la liturgia es la lectura cristiana del Antiguo Testamento y la lectura del Nuevo
Testamento fundamentada en el Antiguo. Las propuestas de Guéranger son punto de partida para el
futuro “movimiento litúrgico” y la reforma a la liturgia del Concilio Vaticano II.

LA REFORMA DEL VATICANO II


Otra etapa en la historia de la liturgia la inicia con la promulgación de la constitución Sacrosanctum
Cocilium, sobre la sagrada liturgia, en el Concilio Vaticano II. Esta dio inicio a una reforma profunda y
extensa de la liturgia. Esta reforma es fruto expresivo de un movimiento litúrgico preparado desde
principios del siglo XX.

El movimiento litúrgico surge en Solesmes, Alemania, pasando más tarde a Bélgica: se da la restauración
del canto gregoriano, con buena acogida por el Papa Pio X expresándolo en su motu proprio “Tra le
sollecitudini” dando normas sobre el canto e invitando a los fieles a una participación activa;
parcicipación que se hace más perfecta a través de la comunión sacramental. También fija las
condiciones para la comunión frecuente y la edad temprana para la primera comunión. La propuesta
delpa encuentra eco en muchos pastores preocupados por el fomento de la vida litúrgica: en Bélgica
Dom Lambert Beauduin publica un misal popular y organiza cursos y conferencias para sacerdotes. En la
ciudad de Brujas, Gaspar Lefebvre, edita un Misal para los fieles; en rancia Paul Doncoeur inicia a los
jóvenes en la participación litúrgica y promueve las “misas dialogadas”. En Alemania destacan Romano
Guardini y Dom Odo Casel hacen que la liturgia influya sobre el ámbito intelectual. En Austria Pius Parsch
hace que el movimiento litúrgico sea más popular. En Cataluña se da el I Congreso Litúrgico en
Montserrat, fructificando en la publicación del Eucologi, Fomente de Pietat y la fundación de la
Asociacion Gregorianista, dirigida por Gregori M. Suñol.

Tras la Segunda Guerra Mundial el movimiento litúrgico adopta una finalidad un poco distinta: primero
se trató de poner la liturgia al alcance del pueblo; ahora se claramente la necesidad de una reforma
profunda de los ritos y una introducción, quizá parcial, de la lengua del pueblo. En París se crea el Centro
de Pastoral Litúrgica de Barcelona. Pio XII acepta ser impulsor de la renovación litúrgica, dando algunas
iniciativas para una reforma más profunda: redacta la encíclica Mediator Dei para aclarar ciertas
exageraciones “panliturgistas”, que sirve para sancionar los resultados del movimiento litúrgico y para
superar perspectivas “estéticas” y “jurídicas”. En 1953, Pio XII, simplifica el ayuno eucarístico, facilitando
la celebración vespertina de la misa; en 1952 restaura la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo y
reformando algunos ritos, innovando el uso de la lengua del pueblo en la renovación de promesas
bautismales. En 1955 reforma la Semana Santa de manera profunda en sus ritos y horarios,
principalmente de Jueves y Viernes santo; autoriza rituales bilingües y simplifica rubricas del breviario.
Esta renovación culmina con Juan XXIII al publicar el Código de las rúbricas.

El primer documento resultante del Concilio Vaticano II es la Sacrosanctum Concilium; pese a un rechazo
inicial, fue el primer tema abordado dado que era el esquema litúrgico mejor preparado.; además que la
reforma de la liturgia era adecuada para el cumplimiento de las finalidades del Concilio. En efecto, la
revitalización de la vida cristiana se halla ante todo en la revitalización de la liturgia, la cual es “fuente y
cumbre de toda la vida cristiana”. Necesitado de una reforma urgente era el campo litúrgico, saturado
de residuos anquilosados del pasado, incomprensible a la gente y causa de alejamiento de los fieles. Este
rejuvenecimiento impacta a la vista de muchos fieles que se comprometen en esta tarea reformadora y
de retorno a la vida litúrgica. El mundo debe saber que la finalidad de la iglesia no es cultural, humanitario
o social; es estrictamente litúrgico.

La Sacrosanctum Concilium se compone de una introducción, siete capítulos y un apéndice. En la


introducción se declara la intención de reforma y fomento de la liturgia; insistiendo en su vinculación a
los demás aspectos de la renovación de la iglesia. El primer capítulo es el más extenso: trata sobre la
intención primera del concilio: reformar la liturgia para pasar a fomentar en amor la vida litúrgica entre
los fieles, es un reconocimiento claro del estado decadente al que llegó la liturgia, por lo que era
imposible exigir de los fieles una conexión real con la vida de piedad en sus celebraciones, pues existía
la liturgia en un aislamiento de perfección hermética e inaccesible.

En su primer apartado trata los aspectos doctrinales de la liturgia, con lenguaje bíblico y patrístico
recogen los resultados de investigaciones teológicas sobre la liturgia y su importancia en la vida de la
Iglesia. El segundo apartado contempla la necesidad de promover a educación litúrgica y la participación
activa. El tercer apartado expone los principios reguladores de la reforma: la transparencia de los signos
utilizados en la liturgia, las normas generales, las normas derivadas de la índole de la liturgia, normas de
carácter didáctico y pastoral y normas para adaptar la liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos.
En dos apartados se habla de la vida litúrgica de la diócesis y de la parroquia; y el fomento de la acción
pastoral litúrgica. En los demás capítulos describe aspectos especiales de la misma liturgia, una breve
orientación y principios a observar en la labor reformadora.

En el capítulo segundo se habla de “sacrosanto misterio de la Eucaristía”; ella es el centro de la liturgia,


no habla de ella como “sacramento”, ni como “sacrificio” se refiere a ella como “misterio”, palabra
cargada de ecos patrísticos. El tercer capítulo incluye a los demás sacramentos y sacramentales:
consideraciones generales, el bautismo, la confirmación, la penitencia, unción de enfermos, el orden
sagrado, el matrimonio. Finalmente da normas para revisión de algunos sacramentos importantes. El
capítulo cuarto se refiere al año litúrgico y los dos últimos capítulos hablan de la música sagrada, el arte
y los objetos sagrados.

Promulgada la Sacrosanctum Concilium inicio la labor reformadora. En 1964 el Papa Paulo VI crea una
comisión que ponga en práctica la constitución, el Consilium ad exsequendam Constitutionem de sacra
Liturgia. El fenómeno imperante es la imparable invasión de la lengua del pueblo en todo ámbito de la
celebración eucarística, de talque en 1971 se autoriza el uso integral de los idiomas de cada país tanto
en la celebración, del oficio divino, en la misa y en todos los sacramentos. La introducción de la lengua
popular suscita un deseo mayor de oraciones; propiciando que se enriquezca la misa con tres nuevas
plegarias eucarísticas, terminando con la tradición de un solo texto (el canon).

Se publican dos documentos para variar la celebración de la misa: la instrucción «Inter oecumenici»: las
primeras innovaciones tanto en la manera de celebrar la eucaristía, como del lugar de celebración; y el
«Ordo» sobre la concelebración y la comunión bajo de las dos especies, auténticas revoluciones en la
tradición litúrgica occidental. 1967: Aparece una instrucción sobre la música sagrada y otra sobre el
misterio de la eucaristía. Posteriormente van apareciendo libros litúrgicos reformados, orientados de
acuerdo al concilio. 1968: posterior as nuevas plegarias, aparecen las ordenaciones de diácono,
presbítero y obispo. 1969, aparecen los diferentes «Ordo»: del matrimonio, del calendario, el Missae,
del bautismo de niños, de las lecturas en misa y el de exequias. 1970 los «Ordo» de: profesiones religiosas,
el Misal Romano, «Ordines» de la consagración de vírgenes, de la bendición de un Abad o Abadesa, de
la bendición de los óleos y la confección del crisma. Aparece el libro de la Liturgia de las Horas, y sale el
«Ordo» de la confirmación; de consagración de una Iglesia y un altar. 1972 los «Ordines» de: iniciación
cristiana de adultos, del canto en misa, de institución de lectores y acólitos, de visita y unción de
enfermos. 1973 aparecen: ritos relativos al culto a la eucaristía fuera de la misa; el «Ordo» de la
penitencia. 1984 se publican: el ritual de bendiciones y ceremonial de obispos. Aún está en revisión el
libro del Martirologio. Se publican documentos que ayudan a encauzar la actividad litúrgica: directorio
para misa de niños, instrucción sobre los ministros extraordinarios de la comunión, instrucción sobre
misa con grupos reducidos. Se publica en nuevo Código de Derecho Canónico, ratificando los cambios de
tipo jurídico.

LA LITURGIA DEL MAÑANA


La evolución de los ritos y los textos litúrgicos tienen dos grandes líneas de fuerza: la tendencia
conservadora y la tendencia progresista: la fidelidad de la tradición obliga a hacer intocables ciertos ritos
y fórmulas; pero, la necesidad de adaptación ha introducido cambios sustanciales en las celebraciones
litúrgicas. Tradición y progreso: polos en tención dinámica, que no siempre se equilibran en sus
resoluciones.

En la línea de la conservación encontramos ritos que han sido idénticos a ellos mismos; debe distinguirse
en rito en sí y el sentido otorgado al rito; ritos que siempre han tenido el mismo sentido y otros que se
utilizaron en sentidos diversos. Hay una triple fidelidad: fidelidad al rito y al sentido a la vez; fidelidad al
sentido con independencia del rito; fidelidad al rito sin tener en cuenta el sentido. Fidelidad al rito y al
sentido en sacramentos con constancia de su institución por Cristo: bautismo y eucaristía; no porque
Jesús los inventara, sino que aun rito preexistente Él le da una significación nueva y original. Fidelidad al
sentido con independencia del rito en ceremonias que la Iglesia ha establecido, de acuerdo a una
tradición que proviene de los apóstoles, y están vinculadas a la voluntad de Cristo, todos los demás
sacramentos. Hay fidelidad al rito sin tener en cuenta el sentido una serie de ritos menores, que
perdieron su significación, más no la práctica: imposición de sal en los ritos del catecumenado, la
conmixtión en la misa, muchos de los cuales fueron suprimidos o modificados en la reforma del Concilio
Vaticano II.

En la línea del progreso, a pesar de las fidelidades esenciales, en la evolución histórica de los ritos se
observan cambios muy importantes, aunque se conserva inmutable el núcleo esencial se añadieron ritos
complementarios que explicitan los ritos primigenios: bautismo y eucaristía; en otros casos los cambios
afectan al rito primigenio: la penitencia y las ordenaciones; hay cambios en algunos gestos que han ido
adquiriendo la categoría de verdaderos ritos, dotados de significación especial de tipo alegórico: el
“lavado” en la misa, la señal de la cruz en la plegaria eucarística. Las causas que influyeron en los cambios
rituales son: el ambiente cultural en que ha desarrollado la liturgia, la tradición religiosa de los pueblos
que se cristianizaron, la mentalidad de las diferentes épocas.

El principio conductor de los cambios es la necesidad de adaptación a las comunidades; tanto si está a
traído la mejora o en su caso el empeoramiento del sentido de textos y los ritos litúrgicos. El futuro de
la liturgia está en la existencia y vitalidad de las comunidades cristianas concretas, que en la asamblea
litúrgica tiene su lugar de expresión típica y genuina, su importancia ha sido siempre muy grande en
todas las etapas de la evolución histórica: en la sociedad pagana la asamblea cristiana toma un aspecto
de ruptura con el ambiente y de vinculación entre sus miembros; las asambleas llaman la atención en la
antigüedad pagana, esta presentan el fenómeno de personas que celebran reuniones. La vida de la Iglesia
en un ambiente pagano está ligada a la celebración en donde se resuelven problemas de la comunidad,
fomentan la unidad, carismas, practican la Cena del Señor.

En la cristiandad las cosas son otras: la Iglesia se hace coextensiva con la sociedad, el rostro de la
asamblea litúrgica cambia profundamente, si cada ciudadano es bautizado ya no hay distinción entre los
bautizados y la relación con la sociedad, la participación en la asamblea es a la vez religiosa y sociológica.
Se produce un distanciamiento entre el responsable de los ritos y la masa del pueblo de asistencia pasiva,
favoreciendo el clericalismo sustrayendo a la asamblea de reflejo de la vida de la Iglesia.

En el mundo secularizado la asamblea recupera su sentido. Los ciudadanos, bautizados o no, creyente o
no, están en igualdad civil, profesional, política, económica, etc.; los cristianos se tiene tal cuales en la
asamblea litúrgica. Por eso la importancia de la participación creciente y activa en celebración de la
liturgia como signo de pertenencia a la Iglesia, derivando de las asambleas litúrgicas las características
de ser testimoniales y misioneras.

CONCLUSIÓN
Conocer la historia de la liturgia nos permite darnos cuenta del proceso que ha vivido,
enfrentado, sufrido y superado nuestra iglesia, en su consolidación y en la estructuración
se sus ritos, principalmente la Eucaristía. La importancia de sus significados y la razón de ser
de los mismos en la educación y formación del pueblo de Dios. Como madre la Iglesia nos
muestra la forma y situaciones que ha vivido para madurar de tal manera que pueda dar
buen ejemplo, guiar y sustentar la liturgia que se realiza el día de hoy en base a la
experiencia y maduración de sus hijos a través de los siglos. Como maestra nos facilita el
bagaje cultural y catequético que la liturgia ha acumulado y asimilado durante toda la
historia, permitiendo contar con los medios y recursos para educar a la comunidad en las
razones de su fe y de la manera en que la celebra.
Como depositaria de la fe nos permite entender los signos y símbolos que alimenta a esta,
a través de enseñar el significado y valor de los mismos a cada cristiano bautizado,
permitiendo sumir la libre determinación de aceptar los compromisos adquiridos en el
propio bautismo y que se recuerdan con la ayuda de estos mismo signos y símbolos.
Nuestra fe tiene su llegada y punto de arranque en la liturgia eucarística, pero sin entender
y comprender todo lo que en ella se desarrolla solamente seremos espectadores de un rito
hueco y cultual; entendiéndola y comprendiéndola asumiremos los que nos enseña, nos
interpela y a lo que nos envía; sobre todo estaremos más cerca de la manifestación de la
presencia de Dios en los misterios que celebramos y que por la fe aceptamos; y que
asumiremos vivir y celebrar con nuestros hermanos en la fe.
Desconocer la liturgia es vivir vacío de una fe viva, de una esperanza firme y de una caridad
consciente; es asumir una costumbre y desconocer la tradición de la iglesia que se proyecta
desde nuestros días hasta muchos siglos atrás. Si todos tuviéramos formación litúrgica no
habría carencia de servidores en la propia liturgia, los niños y jóvenes disfrutarían y
asumirían su ser cristiano en las celebraciones y todos cantaríamos alabanzas al Señor de
manera sencilla pero con el corazón al menos tres veces al día. Hoy he aprendido más de
liturgia, entiendo cosas que no sabía y he complementado otras que no terminaba de
conocer, debo asumir que me invita a ser más activo, sincero y comprometido con el
servicio litúrgico de mí parroquia y comunidad.