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Índice

Introducción

1. La supervivencia al cáncer
1.1. Incidencia, prevalencia y supervivencia al cáncer
1.2. La supervivencia, antecedentes y definición

Primera parte
Tratamientos psicológicos para las alteraciones psicológicas en los supervivientes al
cáncer

2. La depresión en los supervivientes al cáncer


2.1. Introducción
2.2. Tratamientos psicológicos para la depresión en los supervivientes al cáncer
2.3. Conclusiones

3. La ansiedad en los supervivientes al cáncer


3.1. Introducción
3.2. Tratamientos psicológicos para la ansiedad en los supervivientes al cáncer
3.3. Conclusiones

4. El trastorno por estrés postraumático en los supervivientes al cáncer


4.1. Introducción
4.2. Tratamientos psicológicos para el TEP en los supervivientes al cáncer
4.3. Conclusiones

5. Las alteraciones cognitivas en los supervivientes al cáncer


5.1. Introducción
5.2. Tratamientos psicológicos para las alteraciones cognitivas en los supervivientes al
cáncer
5.3. Conclusiones

6. El tabaco en los supervivientes al cáncer


6.1. Introducción
6.2. Tratamientos psicológicos para el tabaquismo en los supervivientes al cáncer
6.3. Conclusiones

7. El alcohol en los supervivientes al cáncer


7.1. Introducción
7.2. Tratamientos psicológicos para reducir el consumo de alcohol en los supervivientes al
cáncer
7.3. Conclusiones

Segunda parte
Tratamientos psicológicos para las alteraciones físicas en los supervivientes al cáncer

8. La fatiga en los supervivientes al cáncer


8.1. Introducción
8.2. Tratamientos psicológicos para la fatiga en los supervivientes al cáncer
8.3. Conclusiones

9. Las alteraciones en el sueño en los supervivientes al cáncer


9.1. Introducción
9.2. Tratamientos psicológicos para las alteraciones en el sueño en los supervivientes al
cáncer
9.3. Conclusiones

10. Las alteraciones en la sexualidad en los supervivientes al cáncer


10.1. Introducción
10.2. Tratamientos psicológicos para las alteraciones en la sexualidad en los
supervivientes al cáncer
10.3. Conclusiones

11. El dolor en los supervivientes al cáncer


11.1. Introducción
11.2. Tratamientos psicológicos para el dolor en los supervivientes al cáncer
11.3. Conclusiones

12. La obesidad en los supervivientes al cáncer


12.1. Introducción
12.2. Tratamientos psicológicos para la obesidad en los supervivientes al cáncer
12.3. Conclusiones

13. La eficiencia de los tratamientos psicológicos


Tabla 13.1. Clasificación de los tratamientos según su eficacia

Referencias

Créditos
Introducción

La presente guía nace como respuesta a dos realidades que existen en el ámbito de la
supervivencia al cáncer. Por un lado, prestar la adecuada atención a las alteraciones
psicológicas y físicas que pueden aparecer en las personas que han superado un cáncer, no
solamente por la influencia que éstas pueden tener sobre determinados aspectos como la
recurrencia al cáncer o la mortalidad, sino también por las relaciones entre los problemas
psicológicos observados en los supervivientes y su calidad de vida después del cáncer. Por
otro lado, es necesario dotar al profesional de la psicología de las herramientas necesarias
para afrontar los problemas más comunes que pueden aparecer en su práctica clínica con los
supervivientes al cáncer de la forma más rigurosa y exhaustiva.
Esta guía tiene algunas directrices maestras, que son las que han guiado la selección y el
comentario de los resultados de las investigaciones que la forman. En primer lugar, esta guía
se ocupa de las alteraciones psicológicas y físicas que aparecen con mayor frecuencia en los
supervivientes al cáncer, siguiendo la clasificación propuesta por el National Cancer Institute
(NCI), que divide las alteraciones en tres tipos: psicológicas, físicas y espirituales. Así,
dentro de la categoría de las alteraciones psicológicas, encontramos la depresión, la ansiedad
y el trastorno por estrés postraumático, las alteraciones cognitivas y el abuso de sustancias,
incluyendo el alcohol y el tabaco. En la categoría de problemas físicos que pueden aparecer
en este grupo de pacientes incluimos la fatiga, las alteraciones en el sueño y en la sexualidad,
el dolor y la obesidad. En lo que se refiere a la selección de los estudios, se ha priorizado la
inclusión de ensayos aleatorizados y controlados, si era posible con diferentes tipos de cáncer
y realizados por varios autores, aunque también se han incluido estudios con un menor nivel de
control, como estudios piloto o ensayos no aleatorizados o sin grupo control, ya que, pese a
sus limitaciones metodológicas, su poder informativo ha de tenerse en cuenta. Además, se han
contemplado los estudios que incluían a adultos de más de 18 años, pero se han rechazado
aquellos centrados en supervivientes a un cáncer diagnosticado durante la infancia, porque
entendemos que son categorías separadas y tenerlos en cuenta podría llevar a confusión en las
conclusiones. Es necesario señalar que en esta guía se consideran los resultados obtenidos por
pacientes cuyo tratamiento activo ya ha finalizado por una sencilla razón: podría darse la
paradoja de que un tratamiento que se muestra altamente efectivo para reducir consecuencias
psicológicas relevantes como la depresión, como ocurre en el caso del ejercicio, no
apareciera como tal si los resultados se extrajeran de un grupo de pacientes cuyas limitaciones
físicas como producto del tratamiento activo impidiesen que realizasen tal actividad. Por
tanto, tomamos la decisión de tener en cuenta los resultados obtenidos en pacientes cuyo
tratamiento ya ha finalizado. Esta decisión puede, por supuesto, ser discutida y no compartida;
sin embargo, esto no resta validez a los datos que se aportan en esta guía. Dejamos la
redacción de un manual que recopile la evidencia acerca de la eficacia de los diferentes
tratamientos desarrollados para aliviar los síntomas más comunes durante el cáncer para más
adelante. Por otro lado, el margen temporal de los estudios ha sido en la mayoría de los casos
los últimos años, aunque también se han tenido en cuenta referencias a estudios más antiguos si
se justificaba su inclusión por su relevancia. En cuanto al tipo de intervenciones que se
encuadran dentro de la denominación «psicológicas», incluimos las técnicas de tipo cognitivo-
conductual y las conductuales, además de aquellos programas educativos o sociales que tienen
en cuenta el entrenamiento en aspectos psicológicos para provocar sus efectos positivos, una
categoría que engloba otro tipo de intervenciones como el mindfulness o el yoga. Sin
embargo, también excepcionalmente se incluyen otro tipo de intervenciones, como la
acupuntura, a modo de apunte informativo. En este punto hay que comentar dos aspectos
relacionados con la selección de técnicas en esta guía. En primer lugar, no se han incluido las
intervenciones farmacológicas, ya que este tipo de tratamiento forma parte de otra
especialidad de salud mental. Sin embargo, sí hemos contemplado el ejercicio como
intervención a tener en cuenta, y creemos que esta circunstancia merece un comentario aparte.
A pesar de no ser una técnica estrictamente basada en los principios de la intervención
psicológica, la relevancia de sus efectos sobre las alteraciones psicológicas que hemos
observado al realizar la selección de los estudios que forman parte de esta guía hacía
recomendable su inclusión dentro de ella por su valor terapéutico.
Finalmente, esta guía nace con un carácter eminentemente práctico, y está destinada tanto a
los profesionales interesados en profundizar en el conocimiento de las técnicas que se han
aplicado en este grupo de pacientes para aliviar los problemas psicológicos más frecuentes
como a los pacientes y a sus familiares, ya que, además de aportar información acerca de las
intervenciones más eficaces, las describen con el objetivo de facilitar su aplicación y
comprensión.
Los autores de la presente guía esperan que ésta ayude a facilitar el proceso de elección de
tratamiento adecuado para aliviar los problemas psicológicos que pueden experimentar los
supervivientes al cáncer. Por último, queremos expresar nuestra más profunda admiración,
cariño y apoyo a todas las personas y familiares que han sufrido la experiencia del cáncer y
que dan sentido a la realización de esta guía.
1
La supervivencia al cáncer

1.1. INCIDENCIA, PREVALENCIA Y SUPERVIVENCIA AL CÁNCER

El cáncer es un importante problema de salud en todo el mundo. En el año 2012 hubo 14,1
millones de nuevos casos de cáncer a nivel mundial, 8,2 millones de muertes y 32,6 millones
de personas que vivían con cáncer (cinco años después del diagnóstico). De los nuevos casos,
un 57 por 100 (8 millones) se dieron en los países menos desarrollados, en los cuales,
además, se observa la mayor mortalidad, con un 65 por 100 (5,3 millones) y un 48 por 100
(15,6 millones) de supervivientes. Entre todos los tipos de cáncer, los que causan una mayor
mortalidad son los de pulmón (1,59 millones de muertes), hígado (745.000 muertes), estómago
(723.000 muertes), colorrectal (694.000 muertes), de mama (521.000 muertes) y esofágico
(400.000). Se observan mayores incidencia y mortalidad entre los hombres; sin embargo, la
previsión de supervivencia a cinco años es superior entre las mujeres en los países menos
desarrollados, mientras que en los países desarrollados esa misma previsión de supervivencia
es mayor entre los hombres (Ferlay et al., 2013).
En Estados Unidos en 2013 se registró un total de 1.660.290 nuevos casos, con mayor
incidencia entre los hombres; el cáncer de próstata (28 por 100), el de pulmón (14 por 100) y
el colorrectal (9 por 100) fueron los más frecuentes. Entre las mujeres los tipos más frecuentes
de nuevos casos de cáncer son el de mama (29 por 100), el de pulmón (14 por 100) y el
colorrectal (9 por 100). En cuanto a la mortalidad, se observa un número total de muertes de
580.350 personas, y de nuevo es mayor entre los hombres que entre las mujeres. Entre los
hombres, el cáncer más mortal fue el de pulmón (28 por 100), seguido del cáncer de próstata
(10 por 100) y del colorrectal (9 por 100). La mortalidad por cáncer entre las mujeres fue
debida sobre todo al cáncer de pulmón (26 por 100), seguido del cáncer de mama (14 por
100) y el colorrectal (9 por 100).
La supervivencia a los cinco años se encuentra en torno al 68 por 100. Por tipo de cáncer,
la supervivencia más elevada se observa en el cáncer de próstata (99 por 100), el de tiroides
(98 por 100) y el testicular (95 por 100) (American Cancer Society [ACS], 2013).
Figura 1.1.—Supervivencia relativa (en porcentaje) por tipo de cáncer en Estados Unidos.

Los datos observados en Europa en 2012 nos indican una incidencia de 3,45 millones, que
es mayor entre los hombres, con el cáncer de próstata (22,8 por 100), el de pulmón (15,9 por
100) y el colorrectal (13,2 por 100) como los más frecuentes. Entre las mujeres, la mayor
incidencia se debe al cáncer de mama (28,8 por 100), seguido del colorrectal (12,7 por 100) y
el de pulmón (7,4 por 100). En cuanto a la mortalidad asociada a la presencia de la
enfermedad, la mayor tasa de muertes entre los hombres se debe al cáncer de pulmón (26,1 por
100), seguido del cáncer colorrectal (11,6 por 100) y el de próstata (9,5 por 100). Entre las
mujeres, el cáncer de mama es el que tiene una mortalidad mayor asociada (16,8 por 100), por
delante del colorrectal (13,0 por 100) y el de pulmón (12,7 por 100) (Ferlay et al., 2013).
En cuanto a la supervivencia relativa en Europa a los cinco años, la media se encuentra en
torno al 55 por 100, y la mayor tasa la registra el cáncer de tipo testicular y de labio (88 por
100) y el de tiroides (86 por 100), seguidos del cáncer de próstata y el melanoma (83 por
100), y la menor supervivencia relativa se observa en los de esófago, hígado, pleura y
páncreas, todos ellos por debajo del 15 por 100 de supervivencia (De Angelis et al., 2014).
Figura 1.2.—Supervivencia relativa (en porcentaje) por tipo de cáncer en Europa.

En España, los casos contabilizados de cáncer en el año 2012 fueron 215.534, con una tasa
de 215,5 casos por cada 100.000 habitantes. En este sentido, las predicciones que ofrece la
Organización Mundial de la Salud para el año 2015 indican un incremento de los casos de
cáncer hasta alcanzar los 227.076, datos que se podrían explicar por el aumento de la edad de
la población y su consiguiente envejecimiento (Sociedad Española de Oncología Médica
[SEOM], 2014).
Como en Estados Unidos y en Europa, en España la mayor tasa de mortalidad debida al
cáncer la registran los hombres, y el de próstata (21,7 por 100), el de pulmón (16,9 por 100) y
el colorrectal (15 por 100) son los que presentan una mayor incidencia. En cuanto a la
mortalidad, el mayor número de muertes se debe al cáncer de pulmón (27,4 por 100), seguido
del colorrectal (13,7 por 100) y del de próstata (8,6 por 100). En cuanto a la supervivencia
estimada a cinco años, la mayor incidencia la registra entre las mujeres el cáncer de mama,
con un 29 por 100 de los casos, seguido del colorrectal (14,9 por 100) y del cuerpo del útero
(5,9 por 100). La mayor mortalidad se asocia de nuevo con el cáncer de mama (un 15,5 por
100 de los casos), seguido del colorrectal (15,2 por 100) y del de pulmón (9,4 por 100)
(SEOM, 2014).
La supervivencia global, observada tanto en mujeres como en hombres, al cáncer en
España (55 por 100) se encuentra en la media de la Unión Europea (54,6 por 100). Dentro de
los diferentes tipos de cáncer, la tasa de supervivencia más elevada se presenta en el cáncer
de testículo (94 por 100), seguido del melanoma (83,7 por 100) y del cáncer de tiroides (82
por 100) (Sant et al., 2009).
Figura 1.3.—Supervivencia relativa (en porcentaje) por tipo de cáncer en España.

En líneas generales se observan unos datos similares cuando se analizan la prevalencia, la


incidencia, la mortalidad y la supervivencia relativa que se obtienen en el continente
americano, en concreto en Estados Unidos, y en Europa, con especial mención a España. Es
necesario señalar que, aunque diferentes, los tres grupos poblacionales analizados forman
parte de los países desarrollados, lo que implica una cobertura sanitaria adecuada, sistemas
de prevención y evaluación y en la mayoría de los casos acceso gratuito a los tratamientos
contra el cáncer. En países menos desarrollados los sistemas de salud están menos avanzados,
lo que influye gravemente en los datos acerca de la enfermedad, por lo que sería deseable la
implantación de mejoras sanitarias para lograr resultados más alentadores en la lucha contra el
cáncer.

1.2. LA SUPERVIVENCIA, ANTECEDENTES Y DEFINICIÓN

Después de hacer este repaso a las tasas epidemiológicas relacionadas con el cáncer,
observamos que para la mayor parte de los tipos de cáncer la supervivencia es bastante
elevada si manejamos cifras obtenidas en los países desarrollados; además, se detecta un
patrón similar en cuanto a qué tipo de cáncer es el que tiene mayor tasa de supervivencia
asociada. Sin embargo, esto no siempre fue así. Hace 40 años las tasas de supervivencia de
todos los tipos de cáncer conjuntamente eran alarmantemente bajas. En Estados Unidos el
número de supervivientes estimado en 1971 era de 3 millones, fecha en que fue creada la
Cancer National ACT; pero afortunadamente esta cifra ha ido aumentando progresivamente
hasta alcanzar los 12 millones de supervivientes en el año 2010 (Valdivieso et al., 2012).
Esta situación, tan alarmante en los años setenta, era provocada por la escasa variedad de
tratamientos eficaces disponibles, y además los más habituales acarreaban efectos secundarios
poco deseables en los pacientes. Sin embargo, los adelantos en las décadas siguientes en
aspectos clave para la supervivencia como la detección temprana, el desarrollo de nuevos y
mejorados tratamientos, así como el desarrollo de cuidados de apoyo, han hecho que las tasas
de supervivencia al cáncer hayan superado en algunos casos el 80 por 100, como hemos
podido comprobar anteriormente analizando las estadísticas a nivel mundial. Esta situación ha
provocado la aparición de nuevos desafíos para los profesionales de la salud, como por
ejemplo el análisis del impacto de la enfermedad en aspectos físicos, emocionales,
psicológicos, sociales, espirituales y financieros del paciente, además del que genera en los
familiares y en la sociedad en su conjunto (Rowland et al., 2013).
El movimiento de supervivencia en los Estados Unidos está frecuentemente asociado a dos
eventos relevantes: el primero, la publicación en 1985 en el New England Journal of
Medicine de un artículo titulado «Seasons of survival» y escrito por un médico, Fitzhugh
Mullan, donde describe su experiencia personal con el cáncer. Según su propia experiencia,
Mullan (1985) aporta una definición de superviviente desde un punto de vista psicosocial
incluyendo las respuestas de ajuste de las personas que padecen cáncer en el tiempo. Mullan
divide su experiencia con el cáncer en tres estadios diferenciados en función del progreso de
la enfermedad. El primer estadio es el llamado «agudo», que abarca desde el diagnóstico
hasta el final del tratamiento médico, normalmente el primer año. En este estadio uno de los
eventos más relevantes es la aparición de la conciencia de la propia mortalidad. Todos
sabemos que en algún momento de nuestra vida tendremos que hacer frente a este momento,
pero la mayoría asume que no será pronto. Sin embargo, después de recibir un diagnóstico de
cáncer, esta conciencia se convierte de repente en parte de la vida del paciente, y afecta
además a las personas de su entorno. El segundo aspecto relevante en esta fase es la necesidad
de seguir un tratamiento para la enfermedad. Los tratamientos pueden ser muy variados, e
incluso se puede compaginar más de uno para el mismo paciente, por lo que el afrontamiento
de sus consecuencias suele ocupar la mayor parte de las energías de los pacientes y los
familiares. La segunda fase propuesta por Mullan después de su experiencia con el cáncer
sería lo que él denominó la supervivencia «extendida». Comienza cuando el tratamiento activo
ya ha finalizado y el paciente entra en una fase de espera vigilada, con revisiones periódicas o
terapias intermitentes, habitualmente desde el final del primer año hasta el final del tercer año.
Después de haber afrontado tanto física como psicológicamente los efectos de la enfermedad
durante un período prolongado, la mayor preocupación de los pacientes es el miedo a que la
enfermedad pueda volver a reproducirse y sea necesario afrontar de nuevo la experiencia del
cáncer. Además, como consecuencia de la enfermedad, pueden persistir limitaciones físicas,
como la presencia de fatiga, una menor capacidad para llevar a cabo actividades diarias u
otros efectos que pueden ser más estresantes, como la pérdida de pelo o la amputación. En
esta situación los pacientes se ven en la necesidad de desenvolverse en el entorno social y
laboral, lo que puede convertirse fácilmente en un desafío que favorezca la aparición de
alteraciones psicológicas como el aislamiento, la depresión y, en menor medida, la ansiedad.
Finalmente, el último estadio propuesto por Mullan se refiere al momento en el que la
enfermedad se considera completamente erradicada de la vida del paciente y el autor lo
denomina supervivencia «permanente». Aunque se haya superado, la experiencia del cáncer
deja en los pacientes una huella imborrable en su vida, tanto física como emocionalmente.
Además, es necesario tener en cuenta los problemas derivados, como las dificultades para
encontrar un empleo o conseguir un seguro médico. Es necesario prestar atención a los efectos
a largo plazo que pueden provocar los tratamientos, como por ejemplo la radiación, o las
preocupaciones por aspectos reproductivos, como la esterilidad.
En su trabajo, Mullan ya destacaba la necesidad de tener en cuenta las consecuencias de la
enfermedad en los supervivientes y la de realizar mayores esfuerzos investigadores en este
sentido, de manera que la supervivencia se considere un fenómeno en sí mismo y no un
subproducto de la investigación básica sobre el cáncer (Mullan, 1985). Sin embargo, en
términos médicos los pacientes que se encuentran en los dos primeros estadios propuestos por
este autor no podrían considerarse supervivientes, dado su alto nivel de riesgo de recurrencia,
y además el final del tratamiento habitualmente no conlleva una vuelta a la «vida normal»
porque hay una serie de alteraciones que se mantienen durante largos períodos de tiempo.
Según la definición propuesta por Little et al. (2000), el término «supervivencia» es aplicable
a varios colectivos: aquellos que tienen cáncer, los cuidadores y aquellos que tratan la
enfermedad. Welch-McCaffrey et al. (1989) desarrollaron el concepto de supervivencia y
propusieron diferentes trayectorias asociadas a la supervivencia: vivir libre del cáncer por
muchos años, vivir libre de cáncer durante años pero morir después de la recurrencia del
primer cáncer, vivir libre del primer cáncer pero desarrollar un segundo cáncer, vivir con
períodos intermitentes de enfermedad activa, vivir con enfermedad persistente y vivir una vez
superada la expectativa de la propia muerte.
El segundo evento relevante después de la publicación del libro de Mullan fue la creación
de la National Coalition for Cancer Survivorship (NCCS). En la primera reunión de dicha
coalición en octubre de 1986 en Albuquerque (Nuevo México), Mullan y los fundadores de la
NCSS propusieron una nueva definición de superviviente de cáncer. Previamente a la
propuesta de la coalición, se consideraba que una persona era «superviviente» si había estado
libre de la enfermedad por lo menos cinco años; sin embargo, los miembros de la coalición
argumentaron que los pacientes de cáncer no deberían esperar cinco años para tomar
decisiones relevantes acerca de las consecuencias provocadas por la elección de diferentes
tratamientos, por lo que propusieron que una persona podría ser considerada superviviente a
partir del diagnóstico. El razonamiento subyacente a esta definición, que no es aceptada por
muchos pacientes, es que proporciona un espacio para la esperanza, además de habilitar un
entorno adecuado para la toma de decisiones en la elección del tratamiento. Otro evento
relevante en el establecimiento de la supervivencia como una entidad independiente fue la
creación en 1996 de la Oficina de Supervivencia al Cáncer (Office of Cancer Survivorship) en
el Instituto Nacional del Cáncer (NCI) en Estados Unidos. Este instituto fue creado para
liderar la investigación en la identificación y estudio de los desafíos a los que tienen que hacer
frente las personas que han superado un cáncer (Rowland et al., 2013). Así, según la
definición propuesta por la Office of Cancer Survivorship (OCS), un individuo es considerado
superviviente de cáncer desde el momento en que recibe el diagnóstico. Los familiares,
amigos y cuidadores también reciben el impacto del diagnóstico, por lo que se incluyen en esta
definición (Office of Cancer Survivorship [OCS], 2014). Adoptando esta conceptualización de
la supervivencia, la OCS centra su atención en la investigación posterior al diagnóstico, es
decir: la investigación en la supervivencia al cáncer debería incluir los factores físicos,
psicosociales y económicos del diagnóstico de cáncer y los tratamientos tanto en adultos como
en niños. Esto incluye, además, aspectos relacionados con el acceso a los sistemas de salud y
seguimiento de los pacientes y los familiares. La investigación en la supervivencia al cáncer
pone su atención en la salud y en la vida de la persona con una historia de cáncer más allá del
diagnóstico agudo y la fase de tratamiento. Esta concepción busca prevenir y controlar las
consecuencias negativas del diagnóstico y del tratamiento, como pueden ser por ejemplo los
efectos tardíos de los tratamientos, la aparición de un segundo cáncer y una peor calidad de
vida. De esta forma se proporciona una base de conocimiento acerca de un óptimo seguimiento
y vigilancia de los pacientes para mejorar su salud después del tratamiento del cáncer (OCS,
2014).
En Europa, sin embargo, el término «superviviente» frecuentemente hace referencia a
pacientes de cáncer libres de la enfermedad cinco años después del diagnóstico, como se
describe en Living beyond cancer: a European dialogue (Natonal Cancer Institute [NCI],
2004). Esta forma de entender la supervivencia es probablemente debida a la importancia que
se les da a los efectos a largo plazo en los estudios sobre supervivencia realizados en Europa.
Así, en Europa el número de estudios relacionados con los supervivientes al cáncer ha ido
creciendo año tras año desde 1984 hasta 2010, con una abrumadora presencia de los de tipo
cuantitativo (91,7 por 100); se observa además un mayor número de ensayos aleatorizados y
controlados y diseños transversales en la última década. Esta tendencia al alza de estudios
centrados en la supervivencia puede estar relacionada con la creación en 1996 de la Office of
Cancer Survivorship (OCS) en los Estados Unidos, que se comentó anteriormente en este
mismo capítulo. Después de la fundación de la OCS, el número de estudios que centraban su
atención en la supervivencia al cáncer se incrementó cinco veces, ya que uno de los objetivos
de dicha oficina fue el de promocionar la investigación sobre la supervivencia. Para conseguir
estos objetivos, la OCS enfocó sus esfuerzos en la obtención de financiación para la
investigación; además desarrolló un plan de investigación a largo plazo que incluía
conferencias bianuales y desarrolló oportunidades de investigación. Sin embargo, no todos los
tipos de cáncer han recibido la misma atención. Por ejemplo, aunque el cáncer de próstata es
uno de los más relevantes, solamente el 5 por 100 de la investigación se centra en los
supervivientes a este tipo de cáncer, de la misma forma que el colorrectal, el ginecológico y el
hematológico no tienen el peso en la investigación que deberían tener por su importancia. Por
otro lado, existe una representación desproporcionada de estudios que investigan la
supervivencia al cáncer de mama (el 40 por 100 de dichos estudios), sobre todo si tenemos en
cuenta que este tipo de cáncer representa un 22 por 100 de todos los diagnosticados en
Estados Unidos. Además, la mayoría de los estudios se han centrado en aspectos tales como la
calidad de vida, mientras que otros relevantes, como la detección temprana y los efectos a
largo plazo, no han recibido una atención adecuada. En este sentido, existe poca investigación
sobre los efectos de la radiación a largo plazo o sobre los problemas en la fertilidad y son
muy escasos los estudios llevados a cabo en entornos rurales, por poner algunos ejemplos
(Harrop, Dean y Paskett, 2011).
Como consecuencia de los esfuerzos destinados a la investigación sobre la supervivencia
al cáncer tanto en Estados Unidos como en los países que forman parte de la Unión Europea,
se pueden aprender varias lecciones. La primera es que muchos pacientes de cáncer tienen un
buen ajuste después de finalizar el tratamiento, lo que indica unos elevados niveles de
resiliencia (Rowland y Baker, 2005). Por otro lado, es evidente que el cáncer tiene potencial
para afectar a múltiples aspectos de la vida de los pacientes: físico, psicológico, social,
económico y existencial (Alfano y Rowland, 2006). Además, los efectos a largo plazo de los
supervivientes, por ejemplo la aparición de un segundo cáncer, o la recurrencia, son eventos
inesperados que tienen un gran impacto en su vida (Van der Pal et al., 2012). Finalmente, es
necesario señalar que los supervivientes, en general, suelen demandar planes adaptados de
seguimiento que reflejen la importancia de aspectos individuales relacionados con el tipo de
cáncer y el tratamiento seguido, además de otros aspectos específicos, de carácter tanto
personal como social (Magee et al., 2011; Oeffinger y McCabe, 2006).
PARTE PRIMERA
Tratamientos psicológicos para las alteraciones
psicológicas en los supervivientes al cáncer
2
La depresión en los supervivientes al cáncer

2.1. INTRODUCCIÓN

La depresión es una de las consecuencias psicológicas más comunes del cáncer y una de
las que se ha estudiado con una mayor profusión. En ocasiones, la depresión es causada por el
cáncer, como por ejemplo en los localizados en el sistema nervioso central, y otras veces es el
tratamiento del cáncer el que puede provocar la aparición de síntomas depresivos en los
pacientes o exacerbarlos (Igomenou, 2010). De cualquier forma, la presencia de la depresión
en los supervivientes oscila entre el 8 por 100-66 por 100 dependiendo del tipo de cáncer y
de la metodología utilizada para su evaluación (Begovic-Juhant, Chmielewski, Iwuagwu y
Champman, 2012; Glasser, Nielsen, Smith y Gray, 2013; Irwin, 2013; Li, Li, Forsythe, Lerro y
Soni, 2015; Lowery et al., 2014; Maass, Roorda, Berednsen, Verhaak y De Bock, 2015;
Phillip, Merluzzi, Zhang y Heitzmann, 2013; So et al., 2013; White, Reeve, Chen, Stover e
Irwin, 2014; Zhao et al., 2014).
Encontramos estos datos en supervivientes al cáncer de mama (Abu-Helalah, Al-Hanagta,
Alshraideh, Abdulbagi y Nijazeen, 2014; Zainal, Nik-Jaafar, Baharudin, Sabki y Ng, 2013), en
supervivientes al cáncer de cabeza y cuello (Boyes et al., 2013; Chen et al., 2013), en
pacientes que han superado el cáncer oral (Chen, Huang y Lin, 2013), en supervivientes al
cáncer colorrectal (Boyes et al., 2013; Jansen, Koch, Brenner y Arndt, 2010), en
supervivientes al cáncer de estómago (Han et al., 2013), de pulmón (Boyes et al., 2013;
Rauma, Sintonen, Räsänen, Salo y Ilonen, 2015) y ginecológico, incluyendo el de cuello de
útero y el de ovario (Lau, Yim y Cheung., 2013; Osann et al., 2014; Roland, Rodríguez,
Patterson y Trivers, 2013; Urbaniec, Collins, Denson y Whitford, 2011).
Habitualmente se observa que los niveles de depresión aumentan después del diagnóstico y
disminuyen durante los tratamientos y el tiempo posterior (Avis, Levine, Naughton, Case,
Naftalis y Van Zee, 2013; Kim et al., 2013; Meraner et al., 2012; Stafford et al., 2015; Qiu et
al., 2012). Sin embargo, otros autores aportan datos que apoyan la idea de que la depresión se
mantiene como una alteración resistente al paso del tiempo, y aparece como una preocupación
significativa años después de finalizar el tratamiento (Brant et al., 2011; Fafouti et al., 2010;
Harrington, Hansen, Moskowitz, Todd y Fuerstein, 2010; Linden, MacKenzie, Rnic, Marshall y
Vodermaier, 2015).
Por otro lado, existen resultados de diferentes investigaciones que apoyan la idea de que en
los supervivientes al cáncer los niveles de depresión son similares a los observados en la
población general, sin encontrar diferencias estadísticas entre los dos grupos cuando se
realizan comparativas (Alacacioglu et al., 2014; Kim et al., 2010; Kiserud, Dahl, Loge y
Fosså, 2014; Mitchell, Ferguson, Gill, Paul y Symonds, 2013; Russell et al., 2015; Thompson
et al., 2013). Esta diferencia de resultados se debe probablemente a la variabilidad de las
escalas utilizadas para evaluar la depresión, que incluyen distintos puntos de corte y tipos de
síntomas depresivos contemplados, y también a la variabilidad en las características propias
de los supervivientes; por ejemplo, el tiempo que haya transcurrido desde el final del
diagnóstico puede ser un aspecto clave que influya en los resultados, así como la presencia o
no de otros síntomas que pueden empeorar la depresión. Teniendo en cuenta estas
particularidades, la evidencia a favor de que haber padecido cáncer afecta al estado de ánimo
y puede provocar la aparición de síntomas depresivos como la tristeza cuenta con un gran
apoyo empírico, como hemos comprobado en el párrafo anterior.
En este sentido, hay diferentes tipos de factores que se relacionan con la presencia de la
depresión en este grupo de pacientes. Por ejemplo, algunos rasgos de personalidad, como
niveles elevados de neuroticismo o psicoticismo, la personalidad tipo D, estilos de
afrontamiento evitativo o pasivo o centrado en la emoción, además de una baja autoestima, se
relacionan con la depresión en este grupo de pacientes (Den Oudsten et al., 2009; García-
Torres y Alós, 2014; Kobayashi et al., 2009; Lefaye et al., 2014; Mols, Oerlemans, Debollet,
Roukema y Van de Poll-Franse, 2012; Rustkij et al., 2010; Wang et al., 2014).
En los supervivientes pueden aparecer sentimientos de baja autoeficacia, de una peor
imagen corporal o de feminidad o atractivo disminuidos, preocupaciones acerca de la
fertilidad en pacientes tratados de tumores que afectan a los órganos reproductivos, factores
todos ellos que se relacionan con la presencia de depresión (Begovic-Juhant et al., 2012;
Foster et al., 2015; Gorman, Malcarne, Roesch, Madlensky y Pierce, 2010; Gorman, Su,
Roberts, Dominick y Malcarne, 2015; Phillip et al., 2013). Se observa también que
sentimientos de desesperanza, preocupación ansiosa o ansiedad y, dentro de la esfera social,
el estigma por padecer cáncer pueden provocar reacciones negativas todas ellas ligadas a la
presencia de la depresión en los supervivientes (Cho et al., 2013; Lockefeer y De Vries, 2013;
Rajandram et al., 2011).
La depresión se ve influida por múltiples aspectos en los pacientes que han superado el
cáncer. En este sentido, hay autores que observan la estrecha vinculación entre depresión y
determinados factores, como por ejemplo una menor edad, no tener pareja, contar con escaso
apoyo social, pertenecer a un nivel socioeconómico bajo, una mayor presencia de síntomas
físicos y haber recibido el diagnóstico de la enfermedad en un estadio avanzado (Andrykowski
et al., 2013; Arden-Close, Gidron y Moss-Morris, 2008; Bardwell et al., 2006; Carpenter,
Fowler, Maxwell y Andersen, 2010; Champion et al., 2014; Jaremka et al., 2014). Además, y
muy relacionado con la calidad asistencial, es frecuente observar mayores niveles de
depresión en aquellos supervivientes que se muestran insatisfechos con la información
proporcionada por los profesionales de la salud (Beekers, Husson, Mols, Van Eenbergen y Van
de Poll-Franse, 2014). Aunque en el caso de la edad, también se observa que en
supervivientes al cáncer de cuello uterino la depresión aumenta con la edad (Ye, Yang, Cao,
Lang y Shen, 2014), por lo que existe una mayor necesidad de evaluar la influencia de este
factor en la depresión en este grupo de pacientes.
Si tenemos en cuenta la literatura previa a este respecto, existen determinados factores que
se relacionan de forma consistente con la depresión en este grupo de pacientes, entre los que
merecen ser mencionados por su relevancia el dolor, la fatiga, las disfunciones sexuales,
padecer diabetes, el insomnio, un aumento significativo de peso, padecer alguna discapacidad,
la recurrencia del cáncer o una historia previa de depresión (Aerts et al., 2012; Arden-Close,
Eiser y Pacey, 2011; Befort, Austin y Klemp, 2011; Cantarero-Villanueva et al., 2011; Han et
al., 2013; Hsiao et al., 2013; Jensen et al., 2013; Zhao et al., 2014). Además el tabaquismo y el
consumo de alcohol se asocian consistentemente con la presencia de depresión en los
supervivientes al cáncer (Christensen et al., 2009; Moubayed et al., 2015).
La depresión tiene un gran impacto en la calidad de vida global en los supervivientes de
diferentes tipos de cáncer (Brunault et al., 2012; Bumbasirevic et al., 2013; Howren,
Christensen, Karnell y Funk, 2010; Karakoyun-Celik et al., 2010; Moore, Ford y Farah, 2014),
y además se relaciona con aspectos clave de la supervivencia después de la enfermedad, como
la aparición de la ideación suicida, un mayor miedo a la recurrencia del cáncer y una
mortalidad más elevada (Anguiano, Mayer, Piven y Rosenstein, 2012; Koch et al., 2014; Mols,
Husson, Roukema y Van de Poll-Franse, 2013).
Es necesario mencionar que la depresión afecta a aspectos relacionados con la vuelta del
paciente a sus rutinas cotidianas, como puede ser retomar su trabajo. Así, en aquellos
supervivientes que manifiestan unos elevados síntomas depresivos, éstos aparecen como una
barrera que influye negativamente en su reincorporación al mundo laboral (Duijts et al., 2014;
Islam et al., 2014). En un sentido contrario, hay autores que observan barreras de protección
ante la aparición de la depresión después del cáncer, como la espiritualidad, darle un
significado a la propia vida o la provisión de una información adecuada, aspectos que
provocan una mayor satisfacción en los supervivientes, lo que conlleva una mejora de la
calidad de vida y una disminución de la depresión (González et al., 2014; Hsiao et al., 2013;
Husson, Mols y Van de Poll-Franse, 2011).
Además, es posible que el tipo de tratamiento al que se someten los pacientes pueda influir
en el desarrollo de depresión una vez finalizado éste. Por ejemplo, hay autores cuyos
resultados apuntan a que en supervivientes al cáncer de mama y ginecológico que fueron
sometidas a quimioterapia o radioterapia se observan mayores niveles de depresión
mantenidos en el tiempo (Bower et al., 2011; Hwang, Chang y Park, 2013; Osmariska,
Borkowska y Makarewicz, 2010; Schwarz et al., 2008); no obstante, según los resultados
obtenidos por Brunault et al. (2013) en un estudio realizado con supervivientes al cáncer de
mama, la depresión no se relaciona con la toxicidad de la radioterapia una vez finalizada su
aplicación, por lo que esta cuestión queda aún pendiente de resolver en futuras
investigaciones.
Se han intentado proponer diferentes hipótesis que expliquen la presencia de depresión en
los supervivientes basándose en síntomas asociados. Por ejemplo, es posible que las
alteraciones en el sueño que aparecen con frecuencia en los supervivientes sean las que
provoquen una exacerbación en la inflamación de los tejidos, lo que desembocaría en un
aumento de los síntomas depresivos en estos pacientes. Esta hipótesis puede resultar de gran
utilidad a la hora de aliviar estos síntomas de depresión en los supervivientes, por ejemplo
mediante el ejercicio, como veremos más adelante, o aplicando técnicas que ayuden a paliar el
insomnio en estos pacientes (Irwin, Olmstead, Ganz y Hague, 2013; Sharma et al., 2012).
Otros autores han propuesto un mecanismo de generación del estrés para explicar los síntomas
depresivos después del tratamiento. La teoría de la generación del estrés propone la hipótesis
de que las personas que padecen depresión provocan la aparición de situaciones estresantes
(dificultades económicas, divorcio o ruptura con la pareja, conflictos familiares graves,
accidentes y otros), y estos eventos inciden directamente en la depresión de los
supervivientes. Se ha puesto a prueba esta hipótesis en supervivientes al cáncer de mama en
los cinco años siguientes a la finalización del tratamiento y los resultados que obtienen los
autores avalan la hipótesis de la generación del estrés en los dos primeros años; sin embargo,
a partir de este período el efecto mediador de los eventos estresantes no aparece como
significativo, lo que pone de manifiesto la necesidad de tener en cuenta la fase de
supervivencia en la que se encuentran los supervivientes (Wu y Andersen, 2010).

2.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA LA DEPRESIÓN EN LOS


SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

A la hora de decidir qué tratamiento debe ser la primera opción para aliviar la depresión
en los supervivientes al cáncer, se pueden barajar varias alternativas, como se comprobará a
continuación. Sin embargo, cuando se les pide a los supervivientes que elijan entre
psicoterapia individual, medicación antidepresiva o participación en grupos de apoyo, los
pacientes eligen en su mayoría la primera opción como la más adecuada a sus problemas (Wu,
Brothers, Farrar y Andersen, 2014), dato relevante que debe tenerse en cuenta en el momento
de planificar intervenciones para la depresión en este grupo de pacientes. A continuación se
exponen las intervenciones disponibles para aliviar los síntomas depresivos en los
supervivientes al cáncer.

2.2.1. Terapia cognitivo-conductual

Las técnicas de corte cognitivo-conductual se han aplicado en diferentes estudios con el


objetivo de reducir los síntomas depresivos en los supervivientes al cáncer. En este sentido,
encontramos en la literatura existente una revisión de ensayos aleatorizados y controlados
llevada a cabo por Osborn, Demoncada y Feuerstein (2006) con el objetivo de evaluar la
eficacia de esta técnica para mejorar los síntomas más comunes en los supervivientes.
Después de analizar los resultados, los autores concluyen que las intervenciones basadas en la
terapia cognitivo-conductual son eficaces para reducir la depresión. En esta línea,
encontramos un ensayo aleatorizado y controlado llevado a cabo recientemente por Stagl et al.
(2015) en el que los autores ponen a prueba la eficacia de un programa de manejo del estrés
utilizando una técnica de tipo cognitivo-conductual en supervivientes al cáncer de mama. Los
resultados muestran reducciones significativas en depresión mantenidas cinco años después de
finalizar la intervención en el grupo que participó en el programa de manejo del estrés con
técnicas cognitivo-conductuales comparado con el grupo que recibió el programa
psicoeducativo (véase descripción de la intervención en el cuadro 2.1).

CUADRO 2.1
Ensayo aleatorizado y controlado de manejo del estrés cognitivo conductual en el cáncer de mama: breve informe de
los efectos sobre 5 años de síntomas depresivos (Stagl et al., 2015)

Objetivo: determinar la eficacia de una intervención de manejo del estrés utilizando técnicas de tipo cognitivo-conductual
para reducir la depresión en los supervivientes.

Intervención:

— Manejo del estrés: técnicas de tipo cognitivo-conductual con especial atención en enseñar a afrontar los estresores
diarios provocados por la enfermedad y los efectos producidos por los tratamientos.
1. Alentar la expresión emocional.
2. Reestructuración cognitiva.
3. Práctica de habilidades para reducir la ansiedad (relajación por imaginación, resolución de conflictos interpersonales,
entrenamiento en asertividad).
4. Entrenamiento en estrategias de afrontamiento:
— Centradas en la emoción (relajación y apoyo emocional).
— Centradas en la solución de problemas (alentar el afrontamiento activo y la planificación).

Duración: diez semanas. Una sesión semanal de 2 horas de duración.


Aplicación: grupal.

Resultados: los participantes asignados al grupo que recibió la intervención en manejo del estrés informaron de menos
síntomas depresivos a los cinco años de seguimiento.

Estos resultados se mantienen cuando se combina la aplicación de la terapia cognitivo-


conductual con técnicas bioconductuales. Dentro de esta última categoría se incluyen
diferentes técnicas, como por ejemplo el entrenamiento en relajación muscular progresiva y en
afrontamiento al cáncer, la búsqueda de información y el manejo de las consecuencias de los
tratamientos. Este programa combinado (TCC + técnicas bioconductuales) se aplicó a un
grupo de 36 supervivientes al cáncer con diagnóstico de trastorno depresivo mayor, en veinte
sesiones individuales de 75 minutos cada una. En este estudio no se incluyó un grupo control.
Los autores informan de mejoras significativas, ya que 19 de los 21 participantes que
terminaron el entrenamiento cumplieron criterios de remisión en la depresión observada
(Brothers, Yang, Strunk y Andersen, 2011). Sin embargo, otros autores no encuentran que la
TCC por sí sola, o combinada con otras alternativas terapéuticas, sea eficaz para reducir la
depresión en supervivientes a diferentes tipos de cáncer. Por ejemplo, Korstjens et al. (2011)
llevaron a cabo un ensayo aleatorizado y controlado con el objetivo de comparar la eficacia
de aplicar una intervención que incluía TCC + ejercicio con una intervención que solamente
contemplaba ejercicio en supervivientes a diferentes tipos de cáncer y además incorporaron un
grupo que recibió los cuidados habituales y actuó como control. Después de finalizar el
programa, y a los seis y nueve meses de seguimiento, los supervivientes asignados a cada
grupo (TCC + ejercicio y ejercicio solamente) mostraron mejoras en las medidas de depresión
obtenidas antes de comenzar el programa; sin embargo, cuando se compararon los resultados
obtenidos por los dos grupos sometidos a intervención con los resultados que consiguió el
grupo que recibió los cuidados habituales, no se observaron diferencias significativas en
depresión.

2.2.2. Intervenciones psicosociales

Las intervenciones de tipo psicosocial suelen tener en cuenta la relevancia del apoyo social
dentro de las teorías interpersonales para entender y para aplicar intervenciones en
supervivientes al cáncer y en sus redes de apoyo social. Parten de la base de que la
enfermedad afecta a toda la red social del paciente y las emociones surgidas entre el paciente
y sus más allegados se influyen mutuamente. Siguiendo estas premisas, se ha puesto a prueba
la eficacia de diferentes intervenciones de tipo psicosocial para aliviar los síntomas
depresivos tanto en los supervivientes como en sus parientes más allegados. En este sentido
encontramos el estudio llevado a cabo por Badger et al. (2011) en supervivientes al cáncer de
próstata y sus parejas. En este trabajo se aplicaron dos tipos de intervenciones. La primera,
interpersonal counseling, incluía diferentes alternativas, como por ejemplo el manejo del
estado de ánimo, la expresión emocional y la comunicación interpersonal. La segunda
intervención fue un programa de educación en salud que incluía información para una mejor
nutrición, ejercicio para disminuir la fatiga y la búsqueda de recursos para los supervivientes,
entre otras cosas. Ambas intervenciones se llevaron a cabo por teléfono. Se adjudicaron 36
hombres con sus parejas a la primera condición y 35 hombres y sus parejas a la segunda
condición. Los resultados obtenidos informan de mejoras significativas en depresión en
aquellos supervivientes que participaron en la segunda intervención, resultados que se
observan también en sus parejas. En otro sentido, hay autores que no encuentran efecto
beneficioso de este tipo de intervenciones sobre la depresión en supervivientes al cáncer. Un
ensayo aleatorizado llevado a cabo por Høybye et al. (2010) no muestra mejoras significativas
en depresión en un grupo de supervivientes que participó en un programa de información y
apoyo a través de internet.

2.2.3. Intervenciones psicoeducativas

Otros autores han centrado su interés en observar la eficacia de programas de intervención


psicoeducativos de tipo multidisciplinar sobre diferentes aspectos afectados en los
supervivientes al cáncer, como la depresión. Por ejemplo, Morone et al. (2014) llevaron a
cabo un estudio con el objetivo de averiguar si las alteraciones en la imagen corporal en un
grupo de supervivientes al cáncer de mama se relacionaban con la depresión y otros aspectos
de la calidad de vida (véase descripción de la intervención en el cuadro 2.2). Los autores
observaron que este programa provocaba mejoras en depresión una vez finalizado, aunque
durante el seguimiento aquellas pacientes con unos menores niveles de alteración en la imagen
corporal obtenían mejores resultados, es decir, una menor depresión, que aquellas que sí
tenían una percepción alterada de su cuerpo, lo que sugiere un papel mediador de la imagen
corporal sobre el ajuste psicológico de las supervivientes. En otro estudio de tipo
psicoeducativo, en este caso aplicando una intervención con el objetivo de mejorar la
autoeficacia en los supervivientes, se obtienen resultados positivos sobre la depresión. En este
ensayo aleatorizado y controlado, llevado a cabo por Zhang et al. (2014), se observa que
después de la intervención psicoeducativa los supervivientes al cáncer de próstata obtuvieron
menores valores en depresión comparados con el grupo control que recibió los cuidados
habituales, resultados que se mantuvieron seis meses después de finalizar el programa. En este
sentido, en un ensayo no aleatorizado llevado a cabo por Ram, Narayanasamy y Barua (2013)
se observan mejoras significativas en depresión después de una intervención psicoeducativa.
Las participantes en el estudio fueron 34 mujeres supervivientes al cáncer de mama a las que
se les propuso una intervención psicoeducativa que incluía aspectos como proporcionar
información acerca de las causas de la enfermedad, entrenamiento en habilidades de
afrontamiento y empoderamiento. Los resultados obtenidos informan de reducciones en los
porcentajes de supervivientes deprimidas (23,5 por 100 a 2,9 por 100), lo que parece que
apoya la utilización de esta intervención en este grupo de pacientes. En esta misma línea de
actuación se han desarrollado intervenciones para mejorar el automanejo en pacientes con
cáncer con el fin de ayudarles a afrontar la enfermedad, proporcionándoles información y
habilidades para hacer frente a los desafíos de tipo médico, emocional y de cambio de rol que
pueden aparecer en los supervivientes. Se aplicó un programa de este estilo de cuatro semanas
de duración a un grupo de 66 supervivientes al cáncer y se compararon los resultados
obtenidos con un grupo control que recibió sólo los cuidados habituales. Los resultados
mostraron diferencias significativas en depresión entre los dos grupos, con menores niveles
observados en el grupo que recibió la intervención en automanejo que en el grupo al que sólo
se le aplicaron los cuidados habituales, resultados que se mantenían cuatro y ocho semanas
después de finalizar la intervención y a los 2 años, por lo que esta intervención arroja
conclusiones que apoyan su eficacia (Loh, Tan y Xavier, 2009; Loh, Chew, Lee y Quek, 2011).
En un ensayo aleatorizado llevado a cabo por Dolbeault et al. (2009), se puso a prueba la
eficacia para reducir la depresión en un grupo de supervivientes al cáncer de mama de un
programa psicoeducativo, con una duración de 2 horas a la semana durante ocho semanas, que
incluía discusiones temáticas acerca de las consecuencias de la enfermedad una vez finalizado
el tratamiento e información y entrenamiento en técnicas de manejo del estrés. Una vez
finalizada la intervención, se observa que los niveles de depresión son significativamente
menores que los obtenidos por el grupo que quedó en lista de espera y actuó como control.
Además, los participantes informaron de una gran satisfacción al realizar el programa, lo que
condujo a una elevada adherencia a él.

CUADRO 2.2
Efectos de una intervención multidisciplinar educativa y rehabilitadora en supervivientes al cáncer de mama: el papel
de la imagen corporal sobre la calidad de vida (Morone et al., 2014)

Objetivo: evaluar la eficacia de un programa de rehabilitación multidisciplinar sobre la imagen corporal y otros aspectos de
la calidad de vida en los supervivientes, incluyendo la depresión.

Intervención:

— Psicoeducación: durante la primera sesión se proporcionó a los pacientes información para mejorar su conocimiento con
respecto a las consecuencias del cáncer de mama (linfedema, limitaciones en los movimientos, etc.).
— Rehabilitación: diez sesiones de fisioterapia de 45 minutos, dos veces a la semana, incluyendo ejercicio de intensidad
entre moderada y vigorosa. El programa de ejercicio incluyó quince diferentes actividades:

1. Relajación.
2. Levantar el brazo y abrir y cerrar los brazos (diez veces).
3. Estiramiento y recuperar la flexión en los brazos (diez veces).
4. Girar los hombros. Rotación-anteropulsión. Retropulsión (diez veces).
5. Abducción y aducción de los brazos (diez veces).
6. Apertura y cierre de los codos (diez veces).
7. Recuperación de la flexión frente a la pared (diez veces).
8. Recuperación de la abducción frente a la pared (diez veces).
9. Recuperación de la aducción frente a la pared (diez veces).
10. Rotación de los brazos (cinco rotaciones completas).
11. Promover la extensión y la intrarrotación (diez veces).
12. Abrir y cerrar los codos (cinco veces cada hombro).
13. Levantar la barra (diez veces).
14. Péndulo de Coldman (diez veces).
15. Flexiones frente a la pared (diez veces).

Duración: cinco semanas.


Aplicación: grupal.

Resultados: reducciones significativas en depresión después de participar en el programa combinado; reducciones que se
mantuvieron a los tres meses de seguimiento, sobre todo en mujeres con una menor alteración en la imagen corporal.

Estos efectos beneficiosos de los programas de tipo psicoeducativo sobre la depresión en


los supervivientes se observan también cuando se dirigen a minorías, por ejemplo la
población de origen latino en Estados Unidos. Así, un ensayo realizado por Ashing y Rosales
(2014), que incluía un programa educativo proporcionado por teléfono a supervivientes al
cáncer de mama de origen latino, se muestra efectivo para reducir los síntomas depresivos en
el final de la intervención, resultados que se mantuvieron durante el seguimiento. En el grupo
control no se observaron estas reducciones comparadas con el grupo que sí recibió esta
intervención, por lo que los autores concluyen que los programas diseñados con el objetivo de
mejorar el ajuste psicológico de las supervivientes deben tener en cuenta sus aspectos
culturales para lograr los resultados deseados.

2.2.4. Mindfulness

El uso del mindfulness ha mostrado resultados positivos para reducir la depresión en


pacientes y en supervivientes al cáncer. En una revisión realizada por Piet, Würtzen y
Zachariae (2012), los autores encuentran un moderado efecto positivo del mindfulness para
reducir los síntomas de depresión en los supervivientes, resultados procedentes del análisis de
ensayos aleatorizados y controlados y no aleatorizados. De esta manera, encontramos un
estudio piloto llevado a cabo por Johns et al. (2014) en el cual se puso a prueba la eficacia de
una intervención de reducción del estrés basada en el mindfulness para aliviar diferentes
síntomas, entre ellos la depresión (véase la descripción de la intervención en el cuadro 2.3).
Los resultados obtenidos señalan que este programa provoca efectos significativos en la
reducción de la depresión, resultados que se mantienen después de finalizar la intervención.
Sin embargo, otros autores encuentran datos en sentido contrario. Una intervención de
mindfulness reducida, de tres sesiones, se muestra ineficaz para reducir los síntomas
depresivos en supervivientes al cáncer ginecológico, aunque es necesario señalar que las
participantes obtuvieron puntuaciones de depresión mínima antes de participar en el programa,
circunstancia que puede influir en la falta de eficacia observada por los autores (Brotto et al.,
2012).

2.2.5. Ejercicio

El ejercicio físico parece que influye positivamente en la depresión en los supervivientes


al cáncer. Estos resultados acerca de la eficacia del ejercicio para aliviar los síntomas de
depresión en los supervivientes los encontramos en varias revisiones de ensayos aleatorizados
y controlados (Battaglini et al., 2014; Brown et al., 2012; Craft, Vaniterson, Helenowski,
Rademaker y Courneya, 2012; Duijts, Faber, Oldenburg, Van Beurden y Aaronson, 2011; Fong
et al., 2012; Mishra et al., 2012; Mustian, Sprod, Janelsins, Peppone y Mohile, 2012; Sammut,
Ward y Patel, 2014). Estos autores encuentran resultados positivos del ejercicio sobre la
depresión en supervivientes a diferentes tipos de cáncer, como el de mama, colorrectal,
cabeza y cuello, linfoma, próstata y leucemia. En líneas generales, los autores aportan datos de
que las intervenciones con mejores resultados son los programas de ejercicio aeróbico,
supervisados o parcialmente supervisados, llevados a cabo al aire libre y de al menos 30
minutos de duración.

CUADRO 2.3
Estudio piloto aleatorizado y controlado de reducción del estrés basado en el mindfulness para supervivientes al
cáncer con fatiga persistente (Johns et al., 2014)
Objetivo: evaluar la eficacia de un programa de reducción del estrés basado en el mindfulness para paliar la fatiga y
síntomas asociados, como la depresión, en los supervivientes.

Intervención:

— Manejo del estrés aplicando el mindfulness.

1. Escáner corporal.
2. Meditación en diferentes condiciones (sentado, caminando y de compasión).
3. Hatha yoga.

— Breve programa psicoeducativo sobre la fatiga relacionada con el cáncer.

1. Información acerca de la reacción de estrés.


2. Información sobre relaciones entre el estrés y la fatiga.
3. Información sobre la influencia de la percepción de cansancio en la disminución de la actividad física.
4. Información acerca de los beneficios de la actividad física sobre la fatiga.

— Tareas para casa (20 min). Meditación con una frecuencia de siete días a la semana.

Duración: cinco semanas (dos horas a la semana).


Aplicación: grupal e individual.

Resultados: reducciones significativas en depresión, fatiga y alteraciones en el sueño mantenidas durante uno y seis meses
de seguimiento.

Hay autores que han puesto a prueba la hipótesis de que los programas de ejercicio con
mayor duración son los más efectivos. En este sentido, un ensayo aleatorizado y controlado
llevado a cabo por Midtgaard et al. (2013) muestra que un programa multimodal de ejercicio
de doce meses de duración provoca disminuciones significativas en los niveles de depresión
observados en un grupo de supervivientes a diferentes tipos de cáncer (véase descripción de
la intervención en el cuadro 2.4). Después de participar en el programa, los supervivientes
obtienen reducciones significativas en depresión comparados con el grupo que recibió un
programa educativo sobre los beneficios sobre la salud del ejercicio y que actuó como grupo
control. En esta misma línea, Sprod, Hsieh, Hayward y Schneider (2010), en un ensayo no
aleatorizado, diseñaron una intervención para evaluar la eficacia de dos programas de
ejercicio de tres y seis meses de duración comparados con un grupo control, que no realizaba
ningún tipo de ejercicio, para reducir los síntomas depresivos en supervivientes al cáncer de
mama. Los resultados obtenidos apoyan la idea de que el programa de ejercicio mantenido
reduce los síntomas depresivos de forma significativa; sin embargo, no se observaron mayores
beneficios en el programa de seis meses comparado con el programa de tres meses.

CUADRO 2.4
Eficacia de una rehabilitación multimodal basada en el ejercicio sobre la actividad física, la capacidad
cardiorrespiratoria y aspectos referidos por los supervivientes al cáncer: un ensayo aleatorizado y controlado
(Midtgaard et al., 2013)

Objetivo: determinar la eficacia de un programa de ejercicio sobre la actividad física y otras variables, entre ellas la
depresión en los supervivientes.

Intervención:

— Counseling: tres sesiones de counseling individual (una o dos horas) en cada trimestre y seis sesiones grupales
bimensuales que incluyen:

1. Terapia narrativa.
2. Ejercicios basados en la teoría cognitivo-social.

— Ejercicio: una sesión semanal de ejercicio grupal (resistencia y aeróbico) de 90 minutos de duración.

1. Ejercicio aeróbico: ejercicio en bicicleta estática de alta intensidad con intervalos de 30 segundos de máxima intensidad
y seis minutos de menor intensidad.
2. Ejercicio de resistencia: tres series de ocho-diez repeticiones que incluyen ejercicios de pesas con las piernas,
extensión de rodillas, pesas con el pecho, pesas con la espalda y dorsales, abdominales e hiperextensiones.

Duración: doce meses, ≥ 3 horas a la semana.


Aplicación: individual y grupal.

Resultados: mejoras importantes en la actividad física y reducciones significativas en la depresión después de participar en
el programa.

Estos efectos beneficiosos del ejercicio para reducir la depresión en los supervivientes se
observan incluso meses después de la finalización de las intervenciones. De esta manera, en
un ensayo aleatorizado y controlado realizado por Chen, Tsai, Wu, Lin y Lin (2015), se
muestran los efectos beneficiosos sobre la depresión de un programa de ejercicio de doce
semanas con una duración de 40 minutos al día por delante de los cuidados habituales. El tipo
de ejercicio que se utilizó en este ensayo fue caminar, y los participantes eran supervivientes
al cáncer de pulmón. Los resultados que obtuvieron estos autores avalan el uso de este tipo de
ejercicio en este grupo de pacientes, ya que después de la intervención mostraron
disminuciones significativas en depresión mantenidas tres y seis meses después de finalizada
ésta. En este sentido van los datos aportados por Mutrie et al. (2012). Los autores evaluaron
los efectos de un programa de ejercicio aplicado por ellos mismos a un grupo de
supervivientes al cáncer de mama 18 y 60 meses después de finalizar la intervención. Dicho
programa incluía doce semanas de ejercicio supervisado y se observaron disminuciones en
depresión en los dos momentos temporales, aunque es necesario señalar que el mismo efecto
registraba también el grupo control que no recibió esa intervención.
Además los supervivientes al cáncer de mama que habitualmente realizan ejercicio tienen
un menor riesgo de desarrollar depresión que aquellos con un estilo de vida sedentario (Chen
et al., 2010), por lo que los beneficios del ejercicio son amplios y no se limitan solamente a la
reducción de la depresión postratamiento. Por ejemplo, un estudio piloto llevado a cabo por
Casla et al. (2014) mostró que, después de participar en un programa de 24 clases que incluían
ejercicios de fuerza y aeróbicos combinados con información acerca de alimentación sana y
conductas de salud, los supervivientes al cáncer de mama obtenían menores puntuaciones en
depresión que antes de la intervención y, además, un aumento en la realización de actividades
lúdicas. Estos efectos del ejercicio para reducir la depresión en los supervivientes al cáncer
se observan incluso cuando los programas de ejercicio incluyen actividades poco habituales,
como por ejemplo danzas tradicionales. Así en un estudio llevado a cabo por Kaltsatou,
Mameletzi y Douka (2011), el programa de intervención consistía en clases de danzas
populares griegas combinadas con entrenamientos para mejorar las funciones en la parte
superior del cuerpo. Este programa tuvo una duración de 24 semanas, con una frecuencia de
tres sesiones a la semana de una hora de duración. Después de participar en dicho programa,
las supervivientes al cáncer de mama obtuvieron menores puntuaciones en depresión y
mejoras en las funciones físicas en comparación con un grupo control que no tuvo una
actividad programada. Efectos positivos del ejercicio sobre la depresión que también se
observan cuando se combina con otro tipo de intervenciones, como por ejemplo educación
dietética. En un ensayo piloto aleatorizado, Kim et al. (2011) encontraron evidencias que
apoyan la idea de que este tipo de programa era efectivo para reducir la depresión en un grupo
de supervivientes al cáncer de mama, además de influir positivamente sobre la fatiga y el
funcionamiento emocional.

2.2.6. Yoga

El yoga se ha utilizado con frecuencia para aliviar los síntomas físicos y psicológicos que
aparecen después del cáncer, y se ha mostrado como una intervención eficaz para reducir los
síntomas de la depresión (Buffart et al., 2012; Cramer, Lange, Klose, Paul y Dobos, 2012). En
esta línea se encuentran los resultados obtenidos por Bower et al. (2012) en un ensayo
aleatorizado y controlado en el que se compararon los efectos beneficiosos sobre la depresión
de un programa de lyengar yoga de doce semanas con un programa de educación en salud que
actuó como control. Los resultados obtenidos después de la intervención apoyan la idea de que
la técnica es eficaz, ya que reduce los síntomas depresivos de forma significativa en un grupo
de supervivientes al cáncer de mama (véase la descripción de la intervención en el cuadro
2.5).

CUADRO 2.5
Yoga para la fatiga persistente en las supervivientes al cáncer de mama: un ensayo aleatorizado y controlado (Bower
et al., 2012)

Objetivo: evaluar la eficacia de un programa de intervención basado en el lyengar yoga para reducir la fatiga y otros
síntomas, como la depresión, en los supervivientes.

Intervención:

— Lyengar yoga, con especial atención en el control de la respiración y la realización de las posturas.
Las posturas se van introduciendo desde las más simples hasta las más complejas y con duración variable en función
de la postura:

1. Supta Baddhakonasana (diez min).


2. Setubandha Sarvangasana (cinco min).
3. Adhomukha Svanasana (cinco min).
4. Salamba Sirsasana (cinco min).
5. Viparita Dandasana (cinco min).
6. Setubandha Sarvangasana (cinco min).
7. Viparita Karani (diez min).
8. Savasana con apoyo (diez min).

Duración: doce semanas.


Dos veces a la semana durante 90 minutos.
Aplicación: grupal.

Resultados: reducciones en la fatiga y la depresión después de participar en el programa.

Estos resultados son similares a los obtenidos previamente por Culos-Reed, Carlson,
Daroux y Hately-Aldous (2006) en un estudio piloto en el que se puso a prueba la eficacia de
un programa de yoga de siete semanas para reducir los síntomas depresivos en un grupo de
supervivientes al cáncer, la mayoría de ellos supervivientes al cáncer de mama, comparados
con un grupo control. Después de participar en el programa, los resultados obtenidos apoyan
la idea de que esta técnica reduce los síntomas depresivos en los supervivientes de forma
significativa. Sin embargo, en otro ensayo aleatorizado y controlado que tenía como objetivo
poner a prueba la eficacia del yoga para paliar los síntomas de fatiga, de inflamación y de
alteraciones en el estado de ánimo, los participantes no mostraron reducciones en depresión
una vez finalizado el programa, y además la frecuencia con la que se desarrollaban los
ejercicios de yoga no se relacionaba con la depresión en un grupo con un número elevado de
supervivientes al cáncer de mama (Kiecolt-Glaser et al., 2014).

2.2.7. Hipnosis

También encontramos en la literatura que la aplicación de la hipnosis ofrece efectos


beneficiosos para reducir la depresión en las supervivientes al cáncer de mama. Esta
afirmación se apoya en los datos aportados por Elkins et al. (2008) a partir de los resultados
obtenidos en un ensayo aleatorizado en el que los autores aplican la hipnosis durante cinco
sesiones semanales a un grupo de 60 supervivientes al cáncer de mama que informaban de
padecer golpes de calor. Los resultados obtenidos señalan que el uso de la hipnosis no
solamente reduce los golpes de calor, sino que además las supervivientes obtienen mejoras
significativas en la depresión observada, en comparación con el grupo que no recibió ninguna
intervención.

2.2.8. Otras intervenciones

En este apartado contemplamos diferentes intervenciones que aunque parece que ofrecen
efectos beneficiosos no cuentan con un elevado apoyo empírico. Por ejemplo, en un estudio
llevado a cabo por Rosenberg, Lange, Zebrack, Moulton y Kosslyn (2014) la intervención
propuesta para aliviar los síntomas depresivos en los supervivientes al cáncer incluía seis
días de actividades supervisadas al aire libre, como el surf, la escalada o actividades en
kayak. Los resultados que obtuvieron los autores informan de disminuciones no solamente en
la depresión, sino además en las alteraciones en la imagen corporal, la autoestima, la
alienación y la autocompasión en supervivientes jóvenes (18-39 años) al compararlos con un
grupo control que estaba en lista de espera.
Otro tipo de intervención que parece influir positivamente en la depresión en los
supervivientes es el taichí. En este sentido, encontramos un estudio piloto realizado por
Galantino, Callens, Cardena, Piela y Mao (2013) en el que se aplica un programa de
intervención de taichí, con una duración de ocho semanas, una frecuencia de 1 hora y dos días
de práctica a la semana, a un grupo de supervivientes al cáncer de mama. Después de finalizar
el programa, las supervivientes informan de mejoras significativas en la depresión observada,
lo que parece apoyar el uso de esta técnica en este grupo de pacientes.
La comunicación médico-paciente también parece un aspecto relevante para la aparición de
síntomas depresivos en los supervivientes. En este sentido, en un estudio realizado por Shields
et al. (2010), los autores diseñaron una intervención que tenía como objetivo mejorar la
comunicación de los supervivientes con sus médicos, facilitando la expresión de miedos y
preocupaciones relacionados con la enfermedad. Después de participar en el programa, los
supervivientes informaron de mejoras en la autoeficacia percibida, y dichos aumentos
contribuyeron a mejorar los síntomas depresivos en este grupo de pacientes.

2.3. CONCLUSIONES

La depresión en los supervivientes al cáncer es una de las consecuencias psicológicas de la


enfermedad que se presentan con una mayor frecuencia en este grupo de pacientes. Este hecho
ha motivado la existencia de una gran profusión de estudios y de intervenciones diseñadas
para aliviar la presencia de estos síntomas.
En líneas generales se observa que las técnicas de tipo cognitivo-conductual y el ejercicio
obtienen un mayor soporte empírico que avala su eficacia en múltiples ensayos de tipo
aleatorizado y en una amplia variedad de tipos de cáncer, con una preponderancia de estudios
realizados con supervivientes al cáncer de mama. A pesar de la existencia de datos
contradictorios, a partir de la evidencia obtenida hasta el momento se recomienda la
aplicación de estas dos intervenciones dado que son las que consiguen un mayor respaldo
empírico. Como se ha podido comprobar en la descripción de las intervenciones detalladas en
los cuadros complementarios del texto, se observa que la aplicación de estos programas no es
muy compleja, y además, en el caso del ejercicio, se registran efectos beneficiosos asociados,
como por ejemplo mejoras en la fatiga, lo que es un elemento a favor de su utilización.
Por otro lado, las intervenciones psicoeducativas arrojan también resultados positivos, por
lo que deben ser tenidas en cuenta a la hora de evaluar la implementación de la terapia más
ajustada a las necesidades de los pacientes, aunque, en este caso, la complejidad de la
aplicación aumenta, ya que se incorporan variados elementos que hacen su utilización más
laboriosa en la práctica. De igual modo, el mindfulness o el yoga también se postulan como
alternativas terapéuticas útiles, aunque en este caso la evidencia a su favor es menor; además,
en el caso del yoga, es necesario contar con un especialista para la aplicación de la técnica, lo
que puede influir negativamente en su implementación. Otras intervenciones prometedoras,
como pueden ser por ejemplo la hipnosis o el taichí, necesitan un mayor soporte empírico a
través de ensayos aleatorizados y controlados que avalen su utilidad en los supervivientes al
cáncer con el objetivo de reducir los síntomas depresivos, aunque los resultados obtenidos
hasta el momento parecen respaldar su aplicación.
3
La ansiedad en los supervivientes al cáncer

3.1. INTRODUCCIÓN

La ansiedad es otra de las consecuencias psicológicas que aparecen con frecuencia en los
supervivientes a distintos tipos de cáncer. En estos grupos de pacientes la presencia de
ansiedad oscila entre el 16 por 100 y el 53 por 100 (Abu-Helalah, Al-Hanagta, Alshraideh,
Abdulagi y Hijazeen, 2014; Anderson y Taylor, 2012; Bailey et al., 2015; Braña-Marcos et al.,
2012; Härtl et al., 2010; Jarret et al., 2013; Lavoie Smith et al., 2012; Lau, Yim y Cheung,
2013; Maass et al., 2015; Roland et al., 2013).
Al igual que en el caso de la depresión, el patrón habitual de la respuesta de ansiedad que
se observa en los supervivientes consiste en aumentos significativos de la ansiedad después de
recibir el diagnóstico, niveles que van disminuyendo paulatinamente durante la fase de
tratamiento y el tiempo que sigue a la finalización del mismo, hasta equipararse con la
ansiedad detectada en la población general (Conic et al., 2012; Ferrandina et al., 2014; Khan
et al., 2010; Linden et al., 2014; Meraner et al., 2012; Stafford et al., 2015). No obstante, hay
autores cuyos datos en este sentido apoyan la idea de que la ansiedad se mantiene elevada en
un subgrupo de pacientes después del tratamiento, que presentan niveles alterados incluso años
después del final de los tratamientos (Biazevic et al., 2010; Boyes et al., 2013; Härtl et al.,
2010; Hodkingson et al., 2007).
La presencia de ansiedad en los supervivientes al cáncer se asocia con diferentes factores,
como por ejemplo ser joven, tener bajos niveles de esperanza u optimismo, padecer cáncer en
un estadio avanzado, un nivel socioeconómico bajo, un menor nivel educativo y un menor
apoyo social (Bailey et al., 2015; Boehmer, Glickman y Winter, 2012; Hopwood, Sumo, Mills,
Haviland y Bliss, 2010; Mehnert y Koch, 2008; Rajandram et al., 2011; Tobiasz-Adamczyk,
2012).
Otro tipo de características personales, como un estilo de afrontamiento pasivo o centrado
en la emoción, una baja autoeficacia y una baja autoestima, también se relacionan con la
ansiedad en este grupo de pacientes (Kobayasi et al., 2009; Kohno et al., 2010; Lefaye et al.,
2014; Wang et al., 2014).
Además, parece que el tipo de tratamiento al que han sido sometidos los pacientes puede
influir en el desarrollo de síntomas de ansiedad; por ejemplo, se observa que en aquellos
pacientes sometidos a cirugía la ansiedad es mayor que en los que recibieron radioterapia
(Conic et al., 2012). Además, en pacientes con una elevada ansiedad se observa una mayor
presencia de necesidades que no son adecuadamente tenidas en cuenta tanto en lo que se
refiere a la información acerca de la enfermedad y sus consecuencias como en los aspectos
psicológicos y físicos (Liao et al., 2011; Von Heymann-Horan et al., 2013).
La ansiedad se relaciona con diferentes aspectos relevantes en los supervivientes al cáncer,
como por ejemplo una mayor presencia de fatiga, dolor, insomnio o una baja calidad del
sueño, depresión, alteraciones en la sexualidad, una peor imagen corporal y unas perspectivas
más negativas sobre el futuro, además de con una peor calidad de vida global (Abbott-
Anderson y Kwekkeboom, 2012; Aerts, De Vries, Van der Steeg y Roukema, 2011; Aerts et al.,
2012; Belfer et al., 2013; Daniëls, Oerlemans, Krol, Creutzberg y Van de Poll-Franse, 2014;
Grov, Fosså y Dahl, 2011; Lockefeer y De Vries, 2013; Van Esch, Roukema, Van der Steeg y
De Vries, 2011). En este sentido, existen datos aportados por diferentes autores que señalan
relaciones entre la ansiedad observada en los supervivientes al cáncer y aspectos relevantes
para su supervivencia, como la presencia de pensamientos suicidas o los síntomas de estrés
postraumático (Choi et al., 2013; Kim et al., 2013; Ristvedt y Trinkaus, 2009).
La ansiedad es un elemento clave que puede influir en la respuesta individual de los
pacientes durante todo el proceso de la enfermedad y afectar a la elección del tratamiento y a
su forma de asumirlo, y además se observa que niveles elevados de ansiedad se relacionan
con un peor cumplimiento de los cuidados médicos (Karvinen, Murray, Arastu y Allison,
2013; Pedersen, Sawatzky y Hack, 2010).
La ansiedad en los supervivientes afecta a diferentes aspectos relacionados con su
reincorporación a las rutinas habituales de la vida cotidiana. En este sentido, algunos autores
aportan datos que indican que en aquellos supervivientes que tienen elevados niveles de
ansiedad aparece un mayor miedo a la recurrencia y una peor satisfacción con el apoyo social
recibido (Den Oudsten, Van Heck, Van der Steeg, Roukema y De Vries, 2010; Ghazali et al.,
2013); además, la ansiedad aparece como una barrera psicológica que los supervivientes
deben superar para reincorporarse al mundo laboral después de haber afrontado la enfermedad
(Duijts et al., 2014; Verdonck de Leeuw, Van Bleek, Leemans y De Bree, 2010).
Sin embargo, en otro sentido, una baja ansiedad se relaciona con una supervivencia libre
de la enfermedad (Groenvold et al., 2007). Es necesario resaltar la relevancia de
proporcionar a los pacientes una adecuada información sobre los efectos que pueden aparecer
al finalizar los tratamientos, ya que se observa que los más satisfechos en este sentido
registran niveles de ansiedad menores que quienes reciben una insuficiente información
(Beekers et al., 2014; Husson et al., 2011).

3.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA LA ANSIEDAD EN LOS


SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

En el punto anterior se ha puesto de manifiesto la necesidad de considerar la ansiedad una


de las alteraciones más relevantes entre los supervivientes al cáncer, por lo que no es de
extrañar que la literatura recoja una amplia variedad de intervenciones, ya sea las centradas en
el ámbito psicológico, como por ejemplo la terapia cognitivo-conductual, como las que ponen
un mayor énfasis en la actividad física.

3.2.1. Terapia cognitivo-conductual

Las técnicas de tipo cognitivo-conductual que se han aplicado con el objetivo de reducir la
ansiedad en los supervivientes arrojan resultados contradictorios. En un metaanálisis llevado
a cabo por Osborn, Demoncada y Feuerstein (2006), se observa la eficacia de la TCC para
reducir la ansiedad en los supervivientes al cáncer a partir de los datos obtenidos de ensayos
aleatorizados y controlados, aunque en otros ensayos de este tipo, como el de Korstjens et al.
(2011), no se detectan con claridad estos efectos beneficiosos. En este estudio los autores
llevaron a cabo un ensayo aleatorizado y controlado para evaluar si un programa de terapia
cognitivo-conductual que incluía entrenamiento en resolución de problemas mejoraba la
eficacia del ejercicio físico para reducir la ansiedad en un grupo de supervivientes a
diferentes tipos de cáncer (véase descripción de la intervención en el cuadro 3.1). Los
resultados obtenidos después de aplicar estos programas no muestran que añadir el
entrenamiento en resolución de problemas aporte mejoras significativas al ejercicio, ya que se
observan reducciones en ansiedad en los dos grupos de participantes, efectos que se mantienen
durante los tres y nueve meses de seguimiento. Sin embargo, Montel (2010) llevó a cabo un
estudio de caso único en una superviviente al cáncer de mama con trastorno de ansiedad
generalizada en el que aplicó la TCC con éxito. En este ensayo, se aplicaron diferentes
estrategias terapéuticas, como por ejemplo la relajación, la exposición y la reestructuración
cognitiva. Los resultados muestran que la paciente manifiesta menos miedo a la recurrencia de
la enfermedad como resultado de recibir este tipo de intervención, aunque no parece que la
intervención alivie los síntomas de ansiedad generalizada.

CUADRO 3.1
Efectos de la rehabilitación del cáncer sobre la solución de problemas, la ansiedad y la depresión: un ensayo
aleatorizado y controlado comparando entrenamiento físico y terapia cognitivo-conductual con entrenamiento físico
(Korstjens et al., 2011)

Objetivo: evaluar la eficacia sobre la ansiedad en los supervivientes de un programa de ejercicio físico + TCC.

Intervención:

— Entrenamiento físico: ejercicio aeróbico en bicicleta (30 min.), entrenamiento muscular de fuerza (30 min.), deportes
de grupo (60 min.).
A partir de la 6.ª semana, se incorpora el ejercicio de caminar en casa entre cinco y veinte minutos una vez a la
semana, tiempo que se incrementa de 20 segundos a dos minutos cada semana hasta llegar a la semana 12.
— TCC: terapia de solución de problemas (2 h). Cada sesión sigue la misma secuencia:

1. Recapitulación de la sesión anterior.


2. Discusión de las tareas para casa realizadas.
3. Entrenamiento en nuevas habilidades de manejo de problemas.
4. Práctica de estas habilidades.
5. Asignación de tareas para casa.
6. Ejercicios de relajación.

Duración: doce semanas, dos veces a la semana en sesiones de dos horas (entrenamiento físico) + dos horas de TCC.
Aplicación: individual (TCC) y grupal (entrenamiento físico).

Resultados: reducciones significativas en la ansiedad observada después de recibir la intervención.

3.2.2. Intervenciones psicoeducativas

Dentro de esta categoría encontramos una variedad de programas cuyo objetivo es aliviar
los síntomas de ansiedad de los supervivientes mediante el entrenamiento en diferentes
técnicas. Por ejemplo, un programa cuyo objetivo fue mejorar la autoeficacia de los
supervivientes al cáncer colorrectal muestra su utilidad para reducir los síntomas de ansiedad.
En este ensayo aleatorizado y controlado, Zhang et al. (2014) aplicaron un programa de este
tipo y compararon los resultados obtenidos por los supervivientes con un grupo control que
recibió los cuidados habituales. Después de participar en el programa, los supervivientes
mostraron aumentos en la autoeficacia percibida y además una reducción significativa en los
niveles de ansiedad observados, y estos resultados se mantuvieron tres y seis meses después
de finalizar la intervención. En otro ensayo piloto aleatorizado y controlado llevado acabo por
Loprinzi, Prasad, Schroeder y Sood (2011), se puso a prueba la eficacia de un programa de
manejo del estrés y entrenamiento en resiliencia para reducir la ansiedad en un grupo de 20
supervivientes al cáncer de mama, comparados con un grupo control en lista de espera. El
programa consistía en dos sesiones de entrenamiento grupal de 90 minutos, una sesión
individual para cada participante y tres llamadas de teléfono para hacer el seguimiento de los
resultados. Después de participar en este programa, los supervivientes registraron mejoras en
la resiliencia que llevaron a observar disminuciones en los niveles de ansiedad obtenidos
comparados con los resultados antes de participar en el programa. En el grupo control no se
observaron mejoras en ninguna de las variables evaluadas.
Otro tipo de programa psicoeducativo que incluía entre sus componentes discusiones
temáticas acerca de las consecuencias del cáncer una vez finalizado el tratamiento,
información y entrenamiento en técnicas de manejo del estrés, en sesiones de dos horas
durante ocho semanas, se aplicó a un grupo de supervivientes al cáncer de mama. Los
resultados de este ensayo aleatorizado indican que las supervivientes mostraron reducciones
significativas en la ansiedad observada, comparadas con el grupo que estaba en lista de
espera, y además el programa contó con una elevada satisfacción y adherencia de los
participantes (Dolbeault et al., 2009). En este sentido, Loh et al. (2009) aplicaron un programa
de automanejo de cuatro semanas cuyo objetivo fue proporcionar a los pacientes los
conocimientos y habilidades necesarios para hacer frente a los problemas médicos,
emocionales y de cambio de rol que afectan a los supervivientes. Después de participar en
dicho programa, los pacientes mostraron una reducción significativa en los niveles de
ansiedad observados, comparados con el grupo control, que recibió los cuidados habituales;
estos resultados se mantuvieron cuatro y ocho semanas después de la finalización del
programa y a los dos años (Loh et al., 2011).
Otro tipo de programas son los que se aplican usando las nuevas tecnologías, por ejemplo a
través de internet. En este sentido encontramos un ensayo aleatorizado y controlado llevado a
cabo por Yun et al. (2012) en el que utilizan un programa educativo de doce semanas de
duración mediante una plataforma online con el objetivo de informar a los supervivientes
sobre los síntomas de ansiedad que pueden aparecer después de finalizar el tratamiento (véase
la descripción de la intervención en el cuadro 3.2). Después de participar en el programa, los
supervivientes obtuvieron disminuciones significativas en la ansiedad, y además la
intervención se mostró eficaz para reducir la fatiga en este grupo de pacientes, comparados
con un grupo control que recibió los cuidados habituales.

CUADRO 3.2
Programa educativo adaptado basado en la web para supervivientes al cáncer libres de la enfermedad con fatiga
relacionada con el cáncer: un ensayo aleatorizado y controlado (Yun et al., 2012)

Objetivo: determinar si una intervención educativa utilizando internet es efectiva para reducir la ansiedad y otras variables,
entre ellas la fatiga en los supervivientes.

Intervención:

La página web creada ofrece información sobre siete áreas:

1. Introducción general a la fatiga (una sesión).


2. Efectos de la actividad física sobre la fatiga (diez sesiones).
3. Higiene del sueño (siete sesiones).
4. Control del dolor (entre siete y doce sesiones dependiendo de la severidad).
5. Conservación de la energía (dos sesiones).
6. Nutrición (cuatro sesiones).
7. Manejo del malestar (ocho sesiones).

Duración: doce semanas.


Aplicación: individual, online.

Resultados: reducciones significativas en la ansiedad y la fatiga y de los supervivientes.

3.2.3. Mindfulness

La técnica del mindfulness se ha aplicado con éxito para reducir la ansiedad en los
pacientes de cáncer y en los supervivientes, como señalan Piet et al. (2012) en una revisión
sistemática y metaanálisis. En esta revisión los autores encuentran reducciones significativas
en los niveles de ansiedad postratamiento con un moderado tamaño del efecto. Otra revisión
de estudios que tenían como objetivo evaluar la eficacia del mindfulness para reducir
síntomas psicológicos, entre los que se incluía la ansiedad, encuentra efectos beneficiosos de
esta técnica cuando se aplica a supervivientes al cáncer de mama (Matchim, Armer y Stewart,
2011).
En esta línea encontramos un ensayo aleatorizado y controlado llevado a cabo por
Lengacher et al. (2014). En este ensayo, se aplicó un programa de reducción del estrés basado
en el mindfulness de seis semanas de duración a un grupo de 40 supervivientes al cáncer de
mama y se compararon los resultados obtenidos tras la finalización de la intervención con un
grupo que recibió los cuidados habituales. Los resultados obtenidos indican que se producen
reducciones en la ansiedad referida por los supervivientes que recibieron la intervención por
delante de los que no participaron en el programa. Otro ensayo aleatorizado y controlado que
tenía como objetivo reducir los síntomas de ansiedad en supervivientes al cáncer de mama
aporta datos que avalan la eficacia de esta intervención. En este ensayo, llevado a cabo por
Wurtzen et al. (2013), los autores proponen un tipo de intervención similar al trabajo anterior,
con un programa de reducción del estrés basado en el mindfulness de ocho semanas de
duración, y compararon los resultados obtenidos con un grupo que recibió los cuidados
habituales. Los resultados informan de reducciones significativas en la ansiedad en el grupo
que recibió la intervención, resultados mantenidos un año después del final del ensayo.
Resultados parecidos, acerca de la eficacia de esta intervención, encuentran Hoffman et al.
(2012) en una muestra también de supervivientes al cáncer de mama. En este ensayo
aleatorizado y controlado se aplicó un programa de reducción del estrés basado en el
mindfulness (véase la descripción de la intervención en el cuadro 3.3). Los resultados
obtenidos informan de reducciones significativas en los supervivientes que participaron en el
programa de mindfulness comparados con el grupo que no se sometió a la intervención, y
estos efectos beneficiosos se mantienen tres meses después de la finalización del tratamiento.
En este sentido, encontramos un ensayo de este tipo llevado a cabo por Johns et al. (2014) en
el que usan el mindfulness para reducir la ansiedad y otros síntomas en un grupo de 35
supervivientes a diferentes tipos de cáncer. El programa de intervención consistió en siete
semanas de entrenamiento en mindfulness, yoga y respuestas autorregulatorias al estrés y se
compararon los resultados que registró este grupo con los obtenidos por un grupo en lista de
espera, que ejerció como control. El programa de intervención se mostró eficaz para reducir la
ansiedad, en los dos momentos de seguimiento señalados, uno y seis meses después del
progrma. Además, se observó una elevada adherencia (90 por 100) al programa de
intervención. Resultados similares a los anteriores encuentran Lengacher et al. (2011) en un
estudio cuasiexperimental realizado con supervivientes al cáncer de mama.

CUADRO 3.3
Efectividad de la reducción del estrés basada en el mindfulness en el estado de ánimo, la calidad de vida relacionada
con aspectos endocrinos y de la mama y el bienestar en cáncer de mama en los estadios 0-III: un ensayo aleatorizado y
controlado (Hoffman et al., 2012)
Objetivo: evaluar la eficacia de un programa de reducción del estrés basado en el mindfulness para reducir la ansiedad y
otras variables en los supervivientes.

Intervención:

— Reducción del estrés aplicando el mindfulness:

1. Escáner corporal.
2. Estiramientos.
3. Meditación.
4. Discusiones grupales.
5. Clases didácticas.
6. Entrenamiento en casa: para el entrenamiento en casa se dio a cada participante un manual y un CD con prácticas
establecidas de mindfulness de 45 minutos de duración con instrucciones de realizar los ejercicios del CD seis o siete
días a la semana.

Duración: ocho semanas (dos horas a la semana). La primera y la última sesiones duran 2,25 horas, y en la 6.ª semana se
incluye una sesión de seis horas.
Aplicación: grupal.

Resultados: reducciones significativas en la ansiedad en el grupo que recibió la intervención basada en el mindfulness.

3.2.4. Ejercicio

Los programas de ejercicio muestran una gran utilidad para reducir la ansiedad en los
supervivientes. Mishra, Scherer, Snyder, Geigle y Gotay (2014) analizaron en una revisión los
resultados obtenidos por los participantes en ensayos aleatorizados y controlados, además de
ensayos clínicos controlados para evaluar la efectividad del ejercicio para mejorar la calidad
de vida y otros síntomas psicológicos que se observan en los supervivientes al cáncer. Los
resultados que obtuvieron informan de reducciones significativas en los niveles de ansiedad
observados en los supervivientes después de participar en programas de intervención que
tenían el ejercicio como base fundamental. Otras revisiones similares arrojan datos que avalan
la eficacia del ejercicio para reducir la ansiedad en los supervivientes a diferentes tipos de
cáncer (Mishra et al., 2012; Sammut, Ward y Patel, 2014; Speck, Courneya, Mâsse, Duval y
Schmitz, 2010). Además, los mayores efectos ansiolíticos del ejercicio se observan en
programas de ejercicio que tienen una intensidad de ligera a moderada (Blacklock, Rhodes,
Blanchard y Gaul, 2010).

CUADRO 3.4
Ensayo aleatorizado y controlado sobre la eficacia del ejercicio de caminar en casa sobre la ansiedad, la depresión y
síntomas relacionados con el cáncer en pacientes con cáncer de pulmón (Chen, Tsai, Wu, Lin y Lin, 2015)

Objetivo: evaluar la eficacia de un programa de ejercicio para reducir la ansiedad y otras variables en los supervivientes.

Intervención:

— Ejercicio físico (caminar en casa, con intensidad moderada). Cuarenta minutos al día durante tres días a la semana.
— Counseling acerca de los beneficios del ejercicio. Una sesión a la semana.
Duración: doce semanas.
Aplicación: individual.

Resultados: reducción significativa de la ansiedad; los resultados se mantienen seis meses después.

En esta línea Chen, Tsai, Wu, Lin y Lin (2015) llevaron a cabo un ensayo aleatorizado y
controlado con el objetivo de poner a prueba los efectos de un programa de ejercicio sobre la
ansiedad en un grupo de supervivientes al cáncer de pulmón (véase la descripción de la
intervención en el cuadro 3.4). Al finalizar la intervención, los niveles de ansiedad
observados en los participantes se redujeron de forma significativa, resultados positivos que
se mantuvieron a los tres y seis meses del seguimiento en comparación con el grupo que
recibió los cuidados habituales. En otro estudio se aplicó un programa de intervención de dos
semanas que incluía ejercicio físico, fisioterapia y educación alimentaria a un grupo de
supervivientes al cáncer de mama con el objetivo de poner a prueba su eficacia para reducir
los síntomas de ansiedad que registraba. Después de finalizar el programa, los supervivientes
informaron de menores niveles de ansiedad, efectos que se mantuvieron seis meses después de
concluir la intervención (Kwiatkowski et al., 2013).
Sin embargo, otros autores no detectan que después de participar en un programa de
ejercicio los supervivientes al cáncer de próstata muestren mejoría en los niveles de ansiedad.
En un ensayo aleatorizado y controlado, 36 supervivientes fueron asignados a un solo
programa de ejercicio de intensidad entre baja y moderada, con una duración de 60 minutos.
Después de participar en dicho programa, no se observaron diferencias con el grupo control
en términos de menor ansiedad referida (Santa Mina et al., 2014), aunque en este caso es
posible que la falta de resultados positivos se deba al pequeño tamaño muestral.

3.2.5. Yoga

El yoga se ha aplicado con éxito para reducir los síntomas de ansiedad en pacientes y
supervivientes al cáncer. En una revisión y metaanálisis de ensayos aleatorizados y
controlados, Buffart et al. (2012) encuentran que los programas de yoga son efectivos para
reducir la ansiedad en pacientes y supervivientes al cáncer de mama y al linfoma. En este
sentido, encontramos el estudio llevado a cabo por Bernardi, Amorim, Zandonade, Santaella y
Barbosa (2013), en el que los autores aplicaron un programa de intervención de seis sesiones
individuales de ejercicios basados en el hatha yoga (véase la descripción de la intervención
en el cuadro 3.5). Una vez finalizado el programa, el grupo de mujeres que participó en él
mostró unos niveles de ansiedad significativamente menores, por lo que los autores
recomiendan su uso para aliviar los síntomas de ansiedad en este grupo de pacientes.

CUADRO 3.5
Los efectos de los ejercicios de hatha yoga sobre el estrés y los niveles de ansiedad en mujeres mastectomizadas
(Bernardi, Amorim, Zandonade, Santaella y Barbosa, 2013)
Objetivo: evaluar los efectos del hatha yoga sobre la ansiedad y el estrés en los supervivientes.

Intervención:

— Hatha yoga: siguiendo el siguiente protocolo en cada sesión:

1. Consciencia de la respiración diafragmática.


2. Posturas corporales.
3. Ejercicios respiratorios.
4. Relajación.
5. Ejercicios de concentración preparatorios para la meditación.
6. Tareas para casa que consisten en realizar estos ejercicios.

Duración: seis sesiones de 45 minutos de duración.


Aplicación: individual.

Resultados: la intervención produjo reducciones significativas en la ansiedad y el estrés de las participantes.

A pesar de que encontramos efectos positivos del yoga para reducir la ansiedad en
diferentes estudios en pacientes con cáncer (Banerjee et al., 2007; Danhauer et al., 2008; Rao
et al., 2009; Ulber y Yag˘li; Vadiraja et al., 2009), cuando se realizan análisis por subgrupos
se observa que el yoga es eficaz para reducir la ansiedad durante el tratamiento activo; sin
embargo, cuando se analizan estos efectos en los supervivientes, los resultados no apoyan la
idea de que el yoga pueda utilizarse de forma eficaz para reducir los síntomas de ansiedad
(Cramer, Lange, Klose, Paul y Dobos, 2012). A pesar de estos resultados, parece que la
evidencia se inclina a favor de la práctica del yoga para reducir la ansiedad en los
supervivientes, aunque es necesario tomar esta afirmación con cierta cautela.

3.2.6. Hipnosis

La hipnosis aplicada con el objetivo de reducir los golpes de calor en las supervivientes al
cáncer de mama provoca además mejoras en la ansiedad observada. En este sentido
encontramos un ensayo aleatorizado llevado a cabo por Elkins et al. (2008), en el que los
autores aplican un programa de hipnosis de cinco sesiones semanales a un grupo de 60
supervivientes al cáncer de mama. Después de completar la intervención, se observan
reducciones significativas en los golpes de calor experimentados por las supervivientes y
además se reduce la ansiedad en el grupo que recibió la hipnosis en comparación con el grupo
que no se sometió a ningún tratamiento.

3.2.7. Otras intervenciones

La práctica del taichí en los supervivientes ofrece resultados positivos sobre la ansiedad.
En este sentido, encontramos en la literatura un estudio realizado por Galantino, Callens,
Cardena, Piela y Mao (2013) en el que la intervención propuesta consistió en practicar taichí
una hora, dos veces a la semana, durante ocho semanas. Los participantes fueron doce
supervivientes al cáncer de mama posmenopáusicas que padecían altralgia. Después de la
intervención, las supervivientes obtuvieron reducciones significativas en ansiedad durante el
seguimiento en comparación con los datos registrados antes de la intervención; además, no se
observaron efectos adversos, y el grupo de participantes tuvo una alta adherencia a la
intervención (75 por 100). No obstante, el reducido número de pacientes que participaron en
el estudio y las características propias de éste (no ser un ensayo aleatorio controlado)obligan
a tomar estos resultados con cautela.
El uso de la acupuntura parece que tiene efectos beneficiosos sobre la ansiedad y otros
aspectos que causan preocupación en los pacientes, como por ejemplo los sudores nocturnos o
los golpes de calor que pueden aparecer en las supervivientes al cáncer de mama. En este
sentido, encontramos un estudio realizado por De Valois, Young, Robinson, McCourt y Maher
(2010) en el que se aplica la acupuntura de forma individual a las supervivientes utilizando un
protocolo de actuación estandarizado. Los autores informan de reducciones significativas en la
ansiedad de las participantes una vez finalizado el programa, por lo que según estos resultados
la aplicación de acupuntura puede ser una solución que ayude a aliviar los síntomas de
ansiedad en los supervivientes con pocos efectos secundarios. Sin embargo, es difícil
generalizar los resultados, ya que los estudios realizados hasta el momento tienen severos
problemas metodológicos, como por ejemplo la gran variabilidad en cuanto a la forma de
implementación de esta técnica, hecho que necesita ser tenido en cuenta en futuros trabajos
para establecer de forma adecuada el modo de aplicarla para reducir la ansiedad en los
supervivientes al cáncer (Haddad y Palesh, 2014).

3.3. CONCLUSIONES

Al igual que la depresión, la ansiedad es uno de los síntomas que aparecen con una mayor
frecuencia en los supervivientes al cáncer. Su relevancia es significativa, ya que la ansiedad
se relaciona con aspectos clave para la supervivencia, como una peor calidad de vida y una
mayor presencia de pensamientos suicidas, entre otros.
Por estas razones, es fácil encontrar una amplia variedad de intervenciones que han sido
diseñadas con el objetivo de aliviar la ansiedad en este grupo de pacientes. Después del
análisis que se ha hecho en este capítulo, se observa que las técnicas que cuentan con un mayor
soporte empírico son los programas psicoeducativos, el mindfulness y el ejercicio, por
delante de otro tipo de intervenciones que, aunque arrojan resultados positivos, tienen un
menor soporte, como la terapia cognitivo-conductual, el yoga o la hipnosis. A pesar de que la
terapia de tipo cognitivo-conductual y el yoga se encuadran entre los tratamientos bien
establecidos, la evidencia al respecto apoya el uso de las primeras, aunque es necesario
señalar algunas cuestiones al respecto. En primer lugar, los programas psicoeducativos
incluyen una gran variedad de aspectos diferentes en función de las características del estudio,
desde el ejercicio hasta el entrenamiento en técnicas de manejo del estrés, por lo que en este
sentido es complicado establecer una pauta común que defina la eficacia de esta intervención,
aunque parece que el hecho de proporcionar información a los supervivientes en diferentes
aspectos relacionados con las consecuencias de la enfermedad tiene efectos beneficiosos para
reducir los síntomas ansiosos, detalle que debe ser tenido en cuenta. La aplicación del
mindfulness obtiene resultados relevantes que avalan su aplicación en este grupo de pacientes,
aunque quizá su uso terapéutico resulta más complicado que por ejemplo el ejercicio, el cual
ha mostrado su eficacia para reducir los síntomas de ansiedad en los supervivientes a pesar de
la existencia de resultados contradictorios a este respecto.
Otro tipo de intervenciones también muestran sus efectos beneficiosos, como por ejemplo
el taichí o la acupuntura; sin embargo, aunque obtienen efectos prometedores, aún es pronto
para avalar su uso en este grupo de pacientes, ya que necesitan una mayor cantidad de
evidencia que respalde su aplicación para reducir la ansiedad en los supervivientes al cáncer.
4
El trastorno por estrés pstraumético en los
supervivientes al cáncer

4.1. INTRODUCCIÓN

Dentro de los problemas relacionados con la ansiedad que pueden aparecer en los
supervivientes, encontramos que existe evidencia acerca de la existencia de síntomas de estrés
postraumático (en adelante: TEP) en una cantidad relevante de supervivientes, lo que justifica
una atención separada del conjunto de la ansiedad. Así, se detectan síntomas de TEP entre el
10-44 por 100 de los supervivientes al cáncer, aunque es necesario señalar que existe una
significativa proporción (35,2 por 100) de pacientes que, aunque no cumplen los criterios para
obtener un diagnóstico de TEP, informan de alteraciones funcionales relacionadas con la
presencia de estos síntomas (Edmonson, 2014; Hahn, Hays, Kahn, Lotewin y Ganz, 2015;
Kwak et al., 2013; O’Connor, Christensen, Jensen, Moller y Zachariae, 2011; Varela, Ng,
Mauch y Recklitis, 2013; Wachen, Patidar, Mulligan, Naik y Moye, 2014).
La presencia de síntomas de TEP se relaciona con una amplia variedad de factores. Por
ejemplo, se observa que la desesperanza, el tipo de personalidad tipo C, la evitación cognitiva
y estrategias de afrontamiento centradas en la ansiedad son los mejores predictores de este
tipo de síntomas en supervivientes al cáncer (Pérez et al., 2014). Por otro lado, en los
supervivientes de menor edad, sin un empleo, con una peor condición física y poco apoyo
social la presencia de síntomas de TEP es más frecuente (Abbey, Thompson, Hickish y
Heathcote, 2015; Geffen, Blaustein, Amir y Cohen, 2003; Hahn et al., 2015; Kwak et al., 2013;
O’Connor et al., 2011).
En lo referente a aspectos relacionados con la enfermedad que pueden influir en el
desarrollo de síntomas de TEP, en la literatura previa se observa que aquellos supervivientes
que recibieron el diagnóstico de cáncer en un estadio más avanzado y que han finalizado el
tratamiento recientemente registran mayores niveles de estos síntomas. Además los
supervivientes que fueron sometidos a tratamiento por quimioterapia registran una mayor
presencia de síntomas de TEP (Abbey et al., 2015; Smith et al., 2011).
El TEP en los supervivientes al cáncer se relaciona con la depresión y la ansiedad, una
peor calidad de vida, un nivel socioeconómico bajo, un mayor absentismo laboral y una mayor
preocupación con la interferencia vital que puede aparecer en los supervivientes como
consecuencia de la enfermedad. Además, haber padecido una enfermedad mental o física con
anterioridad al cáncer también se relaciona con el desarrollo de síntomas de TEP en los
supervivientes. Es interesante señalar que específicamente en supervivientes al cáncer de
mama, se observan relaciones entre un funcionamiento físico reducido y alteraciones en los
ganglios linfáticos axilares con la presencia de TEP (Geffen et al., 2003; Hahn et al., 2015;
Morrill et al., 2008; O’Connor et al., 2011; Ristvedt y Trinkaus, 2009; Salsman, Segerstrom,
Brechting, Carlson y Andrykowski, 2009).
Un aspecto fundamental a la hora de tener en cuenta la influencia de los síntomas de TEP en
los supervivientes es la persistencia en el tiempo de estos síntomas una vez finalizado el
tratamiento anticáncer. Se observa con frecuencia en los datos aportados por diferentes autores
que los síntomas de TEP tienen tendencia a cronificarse en el tiempo y se manifiestan como
una alteración significativa incluso cinco años después de finalizar los tratamientos (Smith et
al., 2011).
En este sentido se constata que los síntomas de TEP están asociados a un mayor miedo a la
recurrencia y a la progresión de la enfermedad en los supervivientes, además de relacionarse
consistentemente con una mayor insatisfacción acerca de las necesidades de cuidados de
apoyo en este grupo de pacientes y una mayor búsqueda de servicios de atención mental en los
supervivientes (Black y White, 2005; Mehnert, Berg, Henrich y Herschbach, 2009; Shelby et
al., 2008; Urbaniec et al., 2011).
Hay autores que han intentado buscar una explicación neurobiológica al desarrollo del TEP
en pacientes de cáncer. Hakamata et al. (2007) realizaron estudios con resonancia magnética
en 14 supervivientes al cáncer con estos síntomas y compararon los resultados obtenidos por
pacientes de cáncer sin TEP y sujetos de la población general. Analizando las imágenes,
comprobaron que en los supervivientes con TEP existía un menor volumen de materia gris del
córtex orbito-frontal, área cerebral relacionada con la extinción del condicionamiento de
miedo y la memoria emocional, comparados con los otros dos grupos, por lo que los autores
concluyen que ésta puede ser una hipótesis explicativa del TEP en supervivientes al cáncer.

4.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA EL TEP EN LOS SUPERVIVIENTES


AL CÁNCER

A partir de la información proporcionada por diferentes autores, se aprecia que la


presencia de TEP en los superviviventes al cáncer es un hecho relevante y que afecta de forma
significativa a diferentes aspectos relacionados con la supervivencia. Sin embargo, en el
momento de analizar las intervenciones diseñadas con el objetivo de reducir este tipo de
síntomas en los supervivientes, no se observa en la literatura científica existente una gran
variedad de intervenciones que aporten datos de su eficacia en este grupo de pacientes. A
continuación se describen las intervenciones de tipo cognitivo-conductual y las
aproximaciones basadas en un enfoque psicoeducativo y psicosocial como aquellas que
aportan una mayor cantidad de evidencia que avala su aplicación.
4.2.1. Terapia cognitivo-conductual

La TCC se ha aplicado a este grupo de pacientes con efectos beneficiosos para reducir el
TEP. Así, encontramos un ensayo aleatorizado y controlado realizado por DuHamel et al.
(2010) en el que se aplica una intervención basada en la TCC a un grupo de supervivientes a
diferentes tipos de cáncer (mieloma, linfoma de Hodgkin y linfoma no Hogdkin y leucemia) y
que habían recibido transplante de células madre hematopoyéticas (véase la descripción de la
intervención en el cuadro 4.1). Los resultados obtenidos informan de mejoría en los síntomas
de TEP en los supervivientes, con reducciones significativas en la evitación y una menor
cantidad de pensamientos intrusivos, resultados que se mantuvieron seis, nueve y doce meses
después de finalizar la intervención.

4.2.2. Intervenciones psicoeducativas y psicosociales

Dentro de la literatura especializada encontramos diferentes intervenciones de tipo


psicoeducativo que influyen positivamente en los síntomas de TEP en este grupo de pacientes.
En este sentido existe un ensayo aleatorizado y controlado llevado a cabo por Beatty,
Koczwara, Rice y Wade (2010), que aplicaron un tipo de intervención que consistía en
proporcionar a los participantes un manual en el que se describían los problemas de tipo
médico y psicosocial que aparecen con mayor frecuencia en los supervivientes. Además, los
capítulos del libro incluían entrenamiento en relajación progresiva y mindfulness, técnicas
para encarar los efectos secundarios, como el insomio, la fatiga o el dolor, y entrenamiento en
reestructuración cognitiva para ayudar a los supervivientes a afrontar cogniciones negativas,
como la culpa o el miedo a la recurrencia; además se introdujo una técnica de entrenamiento
en el manejo del estrés, ejercicios para mejorar la imagen corporal y entrenamiento en
asertividad. Los participantes que fueron adscritos al grupo control recibieron la misma
información, aunque no se les hizo ninguna sugerencia acerca de cómo realizar los ejercicios,
ni tampoco se les proporcionó el material para llevar a cabo las sesiones de relajación y
meditación. Una vez aplicado el programa completo, los participantes mostraron reducciones
significativas en los niveles de estrés postraumático observados en la línea base, además de
mejoras en la desesperanza y en la evitación cognitiva. Sin embargo, es necesario señalar que
las mujeres que participaron en el programa completo obtuvieron peores puntuaciones en la
imagen corporal que las que estaban adscritas al grupo control. En otro estudio, llevado a
cabo por Levine, Eckhardt y Targ (2005), los autores compararon la eficacia de dos tipos de
intervenciones aplicadas a supervivientes al cáncer de mama: una basada en grupos de apoyo
y otra intervención que incluía medicina complementaria y alternativa. Después de participar
en un programa de doce semanas, los síntomas de TEP se redujeron en los dos grupos, aunque
las mejoras solamente fueron significativas para el grupo que recibió la intervención de apoyo
grupal en relación con los síntomas de reexperimentación y evitación, por lo que esta
intervención parece que tiene una mejor capacidad que la basada en la terapia complementaria
y alternativa.

CUADRO 4.1
Ensayo clínico aleatorizado de terapia cognitivo-conductual administrada telefónicamente para reducir los síntomas de
estrés postraumático y síntomas de malestar después del trasplante de células madre hematopoyéticas (Duhamel et al.,
2010)

Objetivo: reducir los síntomas de TEP, malestar general y depresión en los supervivientes.

Intervención:

— Terapia cognitivo-conductual vía telefónica:

1. Educación acerca de los síntomas de TEP y las formas en que la TCC ayuda a reducir los síntomas.
2. Automonitoreo y cambio de creencias desadaptativas.
3. Exposición guiada a elementos asociados a los síntomas de TEP.
4. Entrenamiento en habilidades de comunicación para mejorar el apoyo social.
5. Entrenamiento en relajación.

Duración: diez sesiones durante entre diez y dieciséis semanas. La primera sesión tiene una duración de 90 minutos. A
partir de la segunda sesión y hasta la décima la duración es de 60 minutos.
Aplicación: individual.

Resultados: reducciones significativas en los síntomas de TEP después de recibir la intervención; en concreto se observó:
menor evitación, menor presencia de pensamientos intrusivos y menor malestar y depresión. Los resultados se mantuvieron
durante el seguimiento.

4.3. CONCLUSIONES

La presencia de síntomas de TEP en los supervivientes al cáncer ha sido documentada por


numerosos autores y su importancia no solamente se debe al elevado porcentaje de
supervivientes que manifiestan este tipo de síntomas, sino que aparece como una alteración
relevante que se relaciona con aspectos clave en este grupo de pacientes, como la depresión o
la calidad de vida. Una característica de los síntomas de TEP en los supervivientes al cáncer
es su tendencia a cronificarse con en tiempo, ya que hay autores que observan una presencia
elevada de ellos incluso años después de finalizar los tratamientos, lo que desde un punto de
vista clínico debe considerarse relevante.
A pesar de que los síntomas de TEP aparecen con frecuencia en la literatura de los
supervivientes como una alteración que debe ser tenida en cuenta, al revisar las intervenciones
diseñadas para aliviarlos no encontramos una gran variedad de programas diseñados ad hoc
para este grupo de pacientes. Se ha expuesto con un mayor detalle una intervención de tipo
cognitivo-conductual que aporta datos de su eficacia, a modo de elemento orientativo para el
profesional interesado. Por otro lado, las intervenciones de tipo psicoeducativo y psicosocial
que incluyen una variedad de entrenamientos en diferentes estrategias parece que arrojan unos
resultados positivos. Sin embargo, la poca cantidad y variedad de ensayos controlados y
aleatorizados realizados hasta la fecha dificultan la identificación de la mejor estrategia para
reducir los síntomas de TEP en los supervivientes, por lo que, aunque parece que estas dos
intervenciones anteriormente comentadas obtienen resultados satisfactorios, sería necesaria
una mayor cantidad de evidencia que avalase su uso.
5
Las alteraciones cognitivas en los supervivientes
al cáncer

5.1. INTRODUCCIÓN

Las alteraciones de tipo cognitivo suelen aparecer con frecuencia en los supervivientes al
cáncer, sobre todo en aquellos que han sido sometidos a tratamientos de quimioterapia.
Algunos estudios sugieren que la presencia de estas alteraciones oscila entre el 14-85 por 100
de los pacientes dependiendo del tipo de cáncer y de la definición de alteración cognitiva que
se use (Avisar et al., 2012; Gosain y Miller, 2013; Russell et al., 2015; Stan, Loprinzi y Ruddy,
2013).
Esta predominancia de alteraciones cognitivas en los pacientes sometidos a quimioterapia
ha provocado la aparición de un término específico para referirse a ellas: chemobrain, que se
define como la presencia de disfunciones cognitivas moderadas subjetivamente referidas por
el paciente y objetivamente medidas que aparecen después de la quimioterapia (Moore, 2014;
Simó, Rifá-Ros, Rodríguez-Fornells y Bruna, 2013). Estas alteraciones habitualmente son más
acusadas inmediatamente después de finalizado el tratamiento, y su presencia y severidad se
van suavizando con el transcurso del tiempo (Jansen, Cooper, Dodd y Miaskowski, 2011;
Moore, 2014), aunque en pacientes que han recibido dosis altas de quimioterapia pueden
persistir más de diez años después del tratamiento (De Ruitter et al., 2011).
Dentro de las funciones cognitivas, en los supervivientes al cáncer aparecen déficits en la
memoria (corto y largo plazo), falta de concentración, una menor velocidad de procesamiento
y un deterioro de las funciones ejecutivas y la atención, alteraciones que se traducen en una
peor calidad de vida de los supervivientes (Avisar et al., 2012; Frank, Vance, Jukkala y
Meneses, 2014; Hodgson, Hutchinson, Wilson y Nettelbeck, 2013; Hutchinson, Hosking,
Kichenadasse, Mattiske y Wilson, 2012; Joly, Rigal, Noal y Giffard, 2011; Rey et al., 2012;
Von Ah, Habberman, Carpenter y Schneider, 2013).
A pesar de las evidencias que señalan la presencia de estas alteraciones en los
supervivientes, actualmente existe poca información acerca de las causas que provocan su
aparición. Algunos autores observan, a partir de datos obtenidos en estudios de tipo
longitudinal, que en algunos pacientes existen estas alteraciones antes de ser sometidos a
quimioterapia, lo que provoca un empeoramiento de los síntomas una vez terminado el
tratamiento (Vardy y Tannock, 2007) pero una mejoría en la fase de seguimiento (Lindner et
al., 2014). Otros autores han intentado establecer los correlatos neurológicos de estas
alteraciones, y aportan datos que sugieren la influencia de los daños provocados por la
quimioterapia en el córtex parietal y prefrontal para explicar la presencia de alteraciones en la
memoria visoespacial (Raffa, 2013); otros, en cambio, apuntan a que la reducción en la
materia gris en las áreas frontal y temporal puede estar relacionada con las alteraciones en el
rendimiento cognitivo en los supervivientes, aunque no existe una unanimidad al respecto y las
causas subyacentes a estas alteraciones están aún por determinar (Lepage et al., 2014). A pesar
de estas dificultades para identificar las causas subyacentes a estas alteraciones, sí es cierto
que algunos autores han identificado determinados aspectos que pueden estar relacionados con
la presencia de alteraciones cognitivas en los supervivientes al cáncer, como por ejemplo
tener un bajo nivel educativo o ser una mujer joven (Rey et al., 2012); además resulta de
especial interés el hecho de que a pesar de que los supervivientes informan de la existencia de
estas alteraciones con frecuencia, como se señaló al inicio de este capítulo, las cognitivas son
poco diagnosticadas o reconocidas habitualmente, lo que provoca que pasen desapercibidas y
que sus efectos negativos sobre la calidad de vida de los supervivientes reciba escasa
atención por parte de los profesionales de la salud (Selamat, Loh, Mackenzie y Vardy, 2014).

5.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA LAS ALTERACIONES COGNITIVAS


EN LOS SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

Un hecho destacado al analizar las intervenciones diseñadas con el objetivo de reducir este
tipo de síntomas en los supervivientes es la diversidad de enfoques que se han utilizado. Es
así que se observan ensayos que han aplicado técnicas de corte psicológico que vienen siendo
habituales en el desarrollo de esta guía, como por ejemplo la terapia cognitivo-conductual y
otras como el ejercicio físico. Sin embargo, una novedad es la aparición de técnicas basadas
en paradigmas de corte más experimental, como por ejemplo el neurofeedback, que se han
aplicado con el objetivo de reducir las alteraciones cognitivas en los supervivientes al cáncer
y que se describen a continuación.

5.2.1. Terapia cognitivo-conductual

Dentro de esta categoría se incluye un tipo de intervención basada en el programa MAAT


(Memory and Attention Adaptation Program). Este programa tiene como objetivo mejorar las
habilidades de los supervivientes en diferentes dominios entrenando su capacidad de
automanejo y el afrontamiento de los fallos cognitivos en el día a día (véase descripción de la
intervención en el cuadro 5.1). Una vez aplicada esta técnica en supervivientes al cáncer de
mama en un ensayo aleatorizado y controlado con un grupo control en lista de espera, los
resultados muestran su eficacia para mejorar la memoria verbal (Ferguson et al., 2012).

5.2.2. Programas de entrenamiento cognitivo


Los programas de entrenamiento cognitivo ofrecen resultados prometedores cuando se
aplican con el objetivo de reducir las alteraciones cognitivas en los supervivientes al cáncer
(Von Ah, Storey, Jansen y Allen, 2013). Este tipo de programas habitualmente incluyen
diferentes técnicas, entre las que se encuentran la práctica de habilidades basadas en la
repetición y proporcionar al paciente un entorno estimulante. En un ensayo aleatorizado y
controlado con supervivientes al cáncer de mama llevado a cabo por Kesler et al. (2013) se
aplicó un programa de entrenamiento cognitivo que incluía los siguientes dominios:
flexibilidad cognitiva, memoria de trabajo, velocidad de procesamiento y fluencia verbal
(véase la descripción de la intervención en el cuadro 5.2).
Después de participar en el programa, los resultados obtenidos muestran mejoras
significativas en flexibilidad cognitiva, fluidez verbal y velocidad de procesamiento, además
de observar una positiva influencia de esta intervención sobre tareas relacionadas con las
funciones ejecutivas, como la planificación, la organización y el monitoreo de la tarea.

CUADRO 5.1
Desarrollo de la TCC para los cambios cognitivos relacionados con la quimioterapia: resultados de un ensayo con
grupo control en lista de espera (Ferguson et al., 2012)

Objetivo: evaluar la eficacia de una TCC breve (MAAT) desarrollada para el manejo efectivo de las alteraciones
cognitivas en los supervivientes.

Intervención:

— TCC breve (MAAT):

1. Educación acerca de la memoria y la atención y sobre los efectos de la quimioterapia en las funciones cognitivas.
2. Entrenamiento en identificar situaciones de riesgo en las que pueden aparecer las alteraciones cognitivas.
3. Entrenamiento en autorregulación con énfasis en el entrenamiento en relajación y manejo del estrés.
4. Entrenamiento en habilidades compensatorias para prevenir las consecuencias negativas de las alteraciones (malestar
emocional o problemas en los roles sociales y laborales).
5. Aplicación de las técnicas aprendidas en tareas para casa.
6. Al comienzo de cada sesión los pacientes repasan lo aprendido en la sesión anterior.

Duración: dos sesiones semanales de 30-50 minutos cada una. Además se establecen contactos telefónicos entre visitas
para asegurar la aplicación de lo aprendido y mejorar su eficacia.
Aplicación: individual.

Resultados: después de participar en el programa, se observan mejorías en la memoria verbal, con una elevada satisfacción
por parte de los participantes.

Otro ensayo de tipo aleatorizado y controlado realizado por Von ah et al. (2012) puso a
prueba la eficacia de un programa de entrenamiento cognitivo en supervivientes al cáncer de
mama. En este estudio, el programa de entrenamiento cognitivo estaba compuesto por tareas de
memoria, por ejemplo enseñar a las participantes técnicas de memoria (memoria visual, el uso
de historias para recordar), y velocidad de procesamiento, para lo cual se utilizaron ejercicios
que incluían tareas de discriminación y capacidad para seguir instrucciones entre otras. Los
resultados obtenidos mostraron mejoras significativas de los participantes en ambos dominios,
memoria y velocidad de procesamiento, comparados con el grupo control, después de la
intervención y a los dos meses de seguimiento. En este sentido, otros autores han aplicado
ejercicios de rehabilitación cognitiva en supervivientes a diferentes tipos de cáncer para
probar su eficacia en la reducción de los problemas cognitivos. Los resultados obtenidos en
este ensayo no aleatorizado muestran que estos ejercicios son útiles para mejorar la memoria y
el desempeño visoespacial, además de mejorar los síntomas relacionados con el ámbito
psicosocial de los supervivientes (Schuurs y Green, 2013).

CUADRO 5.2
Entrenamiento cognitivo para mejorar la función ejecutiva en supervivientes al cáncer de mama tratados con
quimioterapia (Kesler et al., 2013)

Objetivo: evaluar la eficacia de un programa de entrenamiento cognitivo computadorizado sobre las alteraciones cognitivas
de los supervivientes.

Intervención:

— Entrenamiento cognitivo: en la primera cita, se proporciona a cada participante información (verbal y escrita) sobre
cómo realizar correctamente los ejercicios.
Antes de cada ejercicio, el participante tiene la opción de comenzar directamente o recibir instrucciones animadas o
escritas acerca de cómo realizar las tareas propuestas. Los ejercicios que incluye el programa de entrenamiento son:
1. Ejercicios de conmutación (basados en la localización espacial).
2. Ejercicios de rotación mental (navegar dentro de un laberinto rotatorio).
3. Ejercicios de memoria (determinar si el ítem presentado corresponde a otro expuesto previamente).
4. Ejercicios de memoria espacial (recordar la localización de los ítems en un espacio y colocarlos en orden según su
valor).
5. Ejercicios de completar palabras (completar una palabra a partir de un elemento proporcionado: por ejemplo: cog...).
6. Planificación de ruta (utilizando un laberinto).
7. Ejercicios de identificación de reglas (determinar si un grupo de figuras sigue una determinada regla).

Todos los ejercicios incluyen estímulos visuales que requieren una respuesta motora (teclear una opción o cliquear en el
ratón) y la dificultad aumenta progresivamente desde un nivel muy fácil hasta otros más difíciles que incluyen tareas más
complejas). Además se establece un feedback de ejecución inmediato (visual y auditivo) y reforzamiento según el
rendimiento.
Duración: doce semanas. Se pide al participante que realice cinco ejercicios durante cuatro días a la semana.
Aplicación: individual, utilizando el ordenador personal de cada participante en casa.

Resultados: el entrenamiento produce mejoras significativas en la flexibilidad cognitiva, fluencia verbal y memoria de
procesamiento, con progresos marginales en memoria verbal y planificación, organización y monitoreo de tareas.

5.2.3. Neurofeedback

El neurofeedback o biofeedback basado en EEG es una técnica no invasiva en la que las


ondas cerebrales producen una señal que puede ser utilizada como feedback para enseñar la
capacidad de autorregulación. Esta técnica se ha aplicado con éxito en supervivientes al
cáncer de mama para mejorar el desempeño de los pacientes en diferentes dominios
cognitivos, como por ejemplo deterioro cognitivo percibido, percepción de las propias
habilidades cognitivas, comentarios de los demás e impacto sobre la calidad de vida. Los
autores aportan datos que apoyan el uso de esta técnica no solamente para mejorar el
desempeño cognitivo sino también otros aspectos que aparecen afectados en los
supervivientes, como los niveles de malestar psicológico y alteraciones en el sueño,
resultados que se mantienen durante la fase de seguimiento posterior a la finalización de la
intervención (Álvarez, Meyer, Granoff y Lundy, 2013). A pesar de estos resultados positivos,
los datos obtenidos se reducen a un grupo de supervivientes sin grupo control, y los dominios
cognitivos en los que se observan mejoras no son los más utilizados en otros estudios previos,
por lo que la eficacia de esta técnica debe ser tenida en cuenta con la debida cautela.

5.2.4. Ejercicio

Los programas de ejercicio se han utilizado para mejorar las alteraciones de tipo cognitivo
en los supervivientes al cáncer. En un estudio realizado por Fitzpatrick, Edgar y Holcroft
(2012), los autores comparan los resultados obtenidos por dos muestras de pacientes, aquellos
que estaban aún recibiendo quimioterapia y los que ya habían terminado el tratamiento. Los
resultados apoyan la idea de que el ejercicio físico es beneficioso para los dos grupos de
pacientes. En otro estudio con una muestra similar, los programas de ejercicio aplicados
durante la quimioterapia reducen las pérdidas de memoria y provocan un mejor estado de
salud en los pacientes (Sprod et al., 2012). Los resultados de estos estudios sugieren que el
ejercicio físico es beneficioso; sin embargo, se deben tomar estos resultados con la debida
reserva, ya que se observan en pacientes con una elevada edad (>65 años).

5.2.5. Yoga

A pesar de la existencia de literatura previa que aporta datos de la eficacia del yoga en
diferentes aspectos relacionados con la supervivencia, existen pocos estudios que utilicen esta
técnica para aliviar los síntomas de deterioro cognitivo en los supervivientes. En un ensayo de
tipo aleatorizado y controlado, Derry et al. (2014) aplicaron una intervención de yoga de doce
semanas de duración y una frecuencia de dos veces a la semana a un grupo de supervivientes
al cáncer de mama y compararon los resultados obtenidos con un grupo en lista de espera.
Después de la intervención los supervivientes que participaron en el programa de yoga
informaron de niveles de alteraciones cognitivas significativamente menores, resultados que
no se observaron inmediatamente, sino tres meses después de finalizar la intervención, y
además aquellos que practicaron yoga con mayor frecuencia obtuvieron mejores resultados. En
este sentido, Galantino et al. (2012) realizaron un estudio con supervivientes al cáncer de
mama aplicando el yoga como técnica con un entrenamiento de doce semanas para observar su
influencia en aspectos cognitivos, así como en la calidad de vida, la flexibilidad y el
equilibrio. Los resultados que obtuvieron los autores apoyan el uso de esta técnica, ya que
según los datos aportados se constatan mejoras en el deterioro cognitivo de los participantes,
sin observar ningún efecto adverso.

5.2.6. Otras intervenciones

En este apartado se incluyen algunas recomendaciones basadas en resultados obtenidos en


estudios de tipo cualitativo. Por ejemplo, según los datos aportados por Myers (2012) a partir
de los resultados obtenidos en una muestra de 18 supervivientes al cáncer de mama, los
pacientes describen problemas en la memoria a corto plazo, en la capacidad de concentración,
en la búsqueda de la palabra adecuada, en leer y conducir. Se proponen diferentes estrategias
para paliar estos síntomas, como llevar un listado de actividades, pedir ayuda a personas
cercanas, centrar la atención en una sola área al mismo tiempo y darse a sí mismo permiso
para cometer errores. Al ser un estudio de tipo cualitativo, sus conclusiones pueden tenerse en
cuenta para el desarrollo de ensayos con un control más estricto en investigaciones futuras.
Otro tipo de estrategias, como la visualización, ofrecen resultados beneficiosos. Por
ejemplo, en un ensayo aleatorizado llevado a cabo por Freeman et al. (2014), se puso a prueba
la eficacia de la visualización administrada en persona o de forma telemática a dos grupos de
supervivientes al cáncer de mama, y se compararon los resultados con un grupo control en
lista de espera. Los resultados obtenidos informan de mejoras en las alteraciones cognitivas en
los dos grupos que recibieron la intervención sin constatar diferencias entre las dos formas de
administrar la terapia.

5.3. CONCLUSIONES

Al igual que ocurría con los síntomas de trastorno de estrés postraumático descritos en el
capítulo anterior, la desproporción entre las alteraciones cognitivas observadas en los
supervivientes al cáncer y las intervenciones desarrolladas para aliviar estos síntomas es más
que evidente. Esta circunstancia es difícil de entender cuando se observa el elevado
porcentaje de supervivientes que padecen este tipo de síntomas una vez finalizado el
tratamiento y su influencia negativa sobre la calidad de vida en este grupo de pacientes. Esta
falta de interés puede deberse a la dificultad que existe para identificar la etiología que
subyace a estas alteraciones y la variedad de instrumentos utilizados para evaluar estos
problemas, lo que frecuentemente conlleva que no reciban la atención que merecen.
Entre las intervenciones desarrolladas por diferentes autores con el objetivo de reducir la
presencia de las alteraciones cognitivas en los supervivientes al cáncer, sorprende, por un
lado, la falta de acuerdo sobre cuáles son los dominios que deben recibir una mayor atención,
como por ejemplo la memoria, y por otro el escaso número de programas ad hoc.
En la revisión realizada sobre las intervenciones propuestas por diferentes autores con el
objetivo de reducir la presencia de las alteraciones cognitivas en los supervivientes no se
observa que ninguna de ellas pueda considerarse un tratamiento bien establecido. Sí podemos
encuadrar dentro de la segunda categoría de clasificación de las intervenciones en función de
su eficacia, es decir, entre los tratamientos probablemente eficaces, a la terapia cognitivo-
conductual, los programas de entrenamiento cognitivo y el yoga; aunque es necesario realizar
algunos comentarios al respecto. En primer lugar, la evidencia sobre la eficacia de la terapia
cognitivo-conductual se apoya solamente en un ensayo de tipo controlado y aleatorizado, por
lo que es necesario una mayor investigación que avale los resultados obtenidos en un mayor
número de supervivientes e incluyendo una mayor variedad de tipos de cáncer. Por otra parte,
los programas de entrenamiento cognitivo muestran una aceptable eficacia, aunque es posible
que la complejidad de su diseño dificulte una aplicación terapéutica exitosa. Finalmente, el
yoga muestra efectos beneficiosos para reducir las alteraciones cognitivas en los
supervivientes, aunque, al igual que ocurre con la terapia cognitivo-conductual, es poca la
evidencia que avale su uso, por lo que es necesaria una mayor investigación.
Desde un punto de vista de elección del tratamiento, las intervenciones comentadas tienen
efectos positivos; sin embargo, los pacientes que se sometieron a la intervención basada en la
terapia cognitivo-conductual informan de elevados niveles de satisfacción tras haberla
recibido, aspecto que debe tenerse en cuenta en el momento de elegir la estrategia terapéutica
adecuada, en espera de que exista una mayor cantidad de estudios que aporten información
precisa acerca de qué programa es el más apropiado para reducir las alteraciones cognitivas
en este grupo de pacientes. En este sentido, futuras investigaciones a este respecto deberían
tener en cuenta algunas particularidades que aparecen cuando se estudian estas alteraciones en
los supervivientes; por un lado, las alteraciones cognitivas se evalúan de forma muy
heterogénea (Lindner et al., 2014) y, por otro, las escalas utilizadas para medir la presencia de
estos síntomas deberían incluir medidas objetivas y subjetivas para facilitar una evaluación
completa de las alteraciones cognitivas existentes (Cheung, Tan y Chan, 2012).
6
El tabaco en los supervivientes al cáncer

6.1. INTRODUCCIÓN

Las relaciones entre el hábito de fumar y el riesgo de aparición del cáncer han sido
establecidas por diferentes autores en varios tipos de cáncer, sobre todo en las zonas
implicadas en la función respiratoria, como por ejemplo el pulmón y la cabeza o el cuello. La
influencia del tabaco en el aumento del riesgo de desarrollar cáncer se observa también en
otros tipo de cáncer; por ejemplo, en mujeres que comenzaron a fumar entre los 10-14 años el
riesgo de padecer cáncer de mama aumenta cuando son adultas (Alberg, Ford y Samet, 2007;
Crozier y Sumer, 2010; Egleston, Meireles, Flieder y Clapper, 2009; Galbiatti et al., 2013;
Hurt, Ebbert, Hays y McFadden, 2011; Karam-Hage, Cinciripini y Ortiz, 2014; Marcus et al.,
2000; Yeo y Lowenfels, 2012).
El tabaco no solamente aumenta el riesgo entre aquellos que no han padecido cáncer
previamente, sino que el hábito de fumar es un factor de riesgo muy serio para la aparición de
un segundo cáncer primario en los supervivientes que continúan fumando, además de que
influye en una peor supervivencia y una mayor mortalidad. Asimismo, se observa que en
aquellos pacientes que dejan de fumar después de recibir el diagnóstico de cáncer el riesgo de
desarrollar un segundo cáncer se reduce en un 18 por 100; sin embargo, entre aquellos
pacientes que continúan fumando el tabaco promueve la progresión del tumor y también
incrementa la resistencia a la quimioterapia debido a los efectos potenciadores de la nicotina
para frenar el proceso de apoptosis (Chuang et al., 2008; Florou, Gkiozos, Tsagouli, Souliotis
y Syrigos, 2014; Jégu et al., 2014; Tabuchi et al., 2013).
Es común que en aquellos pacientes que han superado un cáncer en una zona sensible a la
influencia del tabaco, como el pulmón, se observen antecedentes de tabaquismo e incluso
continúen fumando después de finalizar el tratamiento para el cáncer. En este sentido se
constata que, antes de recibir el diagnóstico, hasta el 83 por 100 de los supervivientes
fumaban, y una vez finalizado el tratamiento la mayoría de los pacientes (84 por 100) informan
de cambios en su consumo de tabaco, dentro de los cuales un 20 por 100 redujo su consumo
habitual, un 49 por 100 dejó de fumar aunque con recaídas y un 29 por 100 abandonó
completamente el hábito; un pequeño porcentaje de pacientes persiste en su tabaquismo, en
torno al 5 por 100 (Hentrich, Fregg, Meiler, Jost y Gerl, 2006; Krebs et al., 2012; Sarna et al.,
2002).
Es interesante señalar que cuando se analiza el uso del tabaco en supervivientes a
diferentes tipos de cáncer, incluyendo hombres y mujeres, los que superaron un cáncer
ginecológico, de vejiga, pulmón y de ovario son los que informan de un mayor tabaquismo, por
delante de otros tipos de cáncer (Westmaas, Alcaraz, Berg y Stein, 2014).
En este sentido hay datos que sugieren que la existencia de una alteración en el estado de
ánimo previa al diagnóstico de cáncer es un adecuado predictor de la persistencia en la
conducta de fumar en los pacientes que han sido tratados para superar un cáncer durante los
años posteriores a la finalización del tratamiento. Además, hay autores que proponen que
existen diferentes factores que influyen en la conducta de fumar en este grupo de pacientes. De
esta forma determinados aspectos, como por ejemplo la influencia social o el consejo médico,
pueden disminuir el tabaquismo en los supervivientes, mientras que unos mayores niveles de
adicción al tabaco o la existencia de alcoholismo, un menor nivel educativo y social, ser
mujer, una menor edad, la falta de acceso a los sistemas de salud, estar viudo o divorciado, la
desesperanza, la depresión y un estrés significativo se asocian en general al hábito de fumar en
los supervivientes (Aarstad, Aarstad y Olofsson, 2007; Basset et al., 2012; Berg et al., 2013;
Chen, Vazquez, Courquin, Donald y Farwell, 2014; Lambert et al., 2005; Mayer y Carlson,
2011; Schnoll, Martínez, Langer, Miyamoto y Leone, 2011). Además, es necesario tener en
cuenta si las personas que conviven con el paciente también fuman, ya que se observa que si
las personas cercanas consumen tabaco, el porcentaje de abandono del hábito de fumar por
parte de los supervivientes al cáncer disminuye (Cooley et al., 2007; Eng et al., 2014).
El tabaquismo después del cáncer aparece como un importante predictor de la recurrencia
del cáncer y de la mortalidad asociada a la enfermedad, además de relacionarse con la
ideación suicida, mientras que la evitación del tabaco reduce el riesgo de recurrencia. Por el
contrario, el consumo habitual de tabaco se asocia a mayores niveles de miedo a la
recurrencia al cáncer y un mayor malestar psicológico (Burris, Jacobsen, Loftus y
Andrykowski, 2012; Choi et al., 2014; Kenfield, Stampfer, Chan y Giovanucci, 2011;
Kowalkowski et al., 2014; McCleary et al., 2010; Thompson, Pagedar, Karnell y Funk, 2011;
Van Liew, Christensen, Howren, Hynds Karnell y Funk, 2014).
En este sentido se detecta también que el tabaco se asocia con la aparición de síntomas
adversos en los supervivientes, como por ejemplo una mayor urgencia de defecación o diarrea
en los supervivientes al cáncer de próstata y una exagerada y prolongada inflamación en los
tejidos (Alsadius et al., 2011; Bennet et al., 2013). Además, existe una fuerte relación entre el
consumo de tabaco y una peor calidad de vida en los supervivientes en diferentes ámbitos, por
ejemplo un peor funcionamiento físico y salud mental y una peor salud general (Aarstad et al.,
2007; Jang, Prizment, Haddad, Robien y Lazovich, 2011; Kowalkowski et al., 2014; Schnoll et
al., 2011).

6.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA EL TABAQUISMO EN LOS


SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

A pesar de la frecuencia y la relevancia con la que aparece el hábito de fumar en los


pacientes que han superado un cáncer, no encontramos en la literatura científica previa una
gran variedad de intervenciones que tengan como objetivo reducir este hábito en los
supervivientes al cáncer. En líneas generales se recomienda que para eliminar el hábito de
fumar en los fumadores sin historia de cáncer, se utilicen algunos fármacos, como por ejemplo
el bupropión, la vareniclina o la terapia sustitutiva de la nicotina, además de técnicas de
counseling (entrenamiento en habilidades sociales, estrategias de afrontamiento cognitivas y
conductuales para encarar la abstinencia e información general acerca de la dependencia del
tabaco), con un efecto superior cuando se presentan las dos estrategias de forma conjunta,
como sugieren la Guía de Tratamientos para la Dependencia del tabaco desarrollada por el
Departamento de Salud de los Estados Unidos (Fiore y Jaén, 2008; Fiore et al., 2008). Estos
datos son apoyados por los obtenidos por diferentes autores acerca de la eficacia de la
aplicación conjunta de las estrategias farmacológica y conductual para reducir el tabaquismo
(Cooley, Sipples, Murphy y Sarna, 2008; Stead y Lancaster, 2012).
Otro tipo de intervenciones que utilizan las nuevas tecnologías, como internet, para ayudar
a los fumadores a dejar el hábito parece que también muestran efectos positivos. En este
sentido encontramos un revisión realizada por Civljak, Stead, Hartmann-Boyce, Sheikh y Car
(2013), en fumadores sin cáncer, en la que los autores observaron que las intervenciones que
utilizan internet, particularmente las que son interactivas y se llevan a cabo de forma
individual, se muestran útiles para reducir el consumo de tabaco, aunque cuando se compara la
eficacia de esta intervención con los cuidados dispensados habitualmente en los servicios de
salud, los resultados son inconsistentes, y además se detecta un elevado riesgo de sesgo.
Recientemente, el uso de cigarrillos electrónicos ha crecido rápidamente en popularidad y uso
a pesar de que existen dudas razonables acerca de su utilización ya que no se cuenta con
suficientes datos que avalen su eficacia y seguridad (Harrel, Simmons, Correa, Padhya y
Brandon, 2014).
En pacientes con cáncer, las intervenciones más comunes para reducir o eliminar el
consumo del tabaco son similares a las propuestas en la población general; así encontramos el
counseling, el bupropión, la vareniclina y la terapia sustitutiva de la nicotina como las
alternativas más utilizadas, aunque su eficacia no está bien establecida, como sugieren Nayan,
Gupta, Strycohwsky y Sommer (2013) a partir de los datos resultantes de una revisión y
metaanálisis que tenía como objetivo evaluar las intervenciones dirigidas a reducir el
consumo de tabaco en población oncológica. A pesar de estos datos, encontramos que el uso
de fármacos con técnicas de counseling es recomendado ampliamente en pacientes con cáncer
que aún están siendo sometidos a tratamiento, y su eficacia parece mayor cuando se presentan
combinados (Cataldo et al., 2010; Leone, Evers-Casey, Toll y Vachani, 2013; Tsiapa, Gkiozos,
Souliotis y Syrigos, 2013). A partir de estos datos, comprobamos que aunque parece que las
intervenciones combinadas pueden ser de ayuda para reducir el consumo de tabaco en los
pacientes con cáncer, existen datos contradictorios al respecto, por lo que son necesarios
mayores esfuerzos de investigación para establecer de forma inequívoca su eficacia.
6.2.1. Terapia cognitivo-conductual

Dentro de esta categoría encontramos un estudio de caso único en el que se aplicó un


programa para dejar de fumar a un paciente que había superado un cáncer de pulmón doce
años atrás. Dicho programa está basado en técnicas de tipo cognitivo-conductual e incluye
diferentes estrategias (véase la descripción de la intervención en el cuadro 6.1). Después de
participar en dicho programa, el paciente abandonó el hábito de fumar a mitad de la
intervención y no sólo mantuvo la abstinencia hasta el final del programa sino hasta un año
después de haberlo concluido (Piñeiro y Becoña, 2012).

CUADRO 6.1
Tratamiento de la dependencia del tabaco en un fumador que ha tenido cáncer de pulmón (Piñeiro y Becoña, 2012)

Objetivo: reducir y eliminar el consumo de tabaco en el paciente.

Intervención:

— Programa para dejar de fumar:


1.ª sesión: entrega de las tareas a realizar en la semana siguiente, medición de CO en el aire espirado y revisión de
autorregistros de consumo previos a la sesión. Se identificaron además las conductas asociadas al consumo (café,
conducción y paseo) y se cambió la marca de tabaco a otra con menos nicotina, con un número máximo de seis cigarrillos al
día. Además se proporcionó información sobre aspectos básicos del tabaco y sus consecuencias y se pidió al paciente que
hiciera explícitas las razones para dejar de fumar. Resumen de la sesión y resolución de dudas.
2.ª sesión: entrega del material de la sesión y medición del nivel de CO. Revisión y reforzamiento de las pautas de consumo
de tabaco establecidas en la sesión anterior. Cambio de marca de tabaco a otra con menos nicotina y reducción a cuatro
cigarrillos al día. Entrenamiento en control estimular, manejo del síndrome de abstinencia y entrenamiento en respiración
profunda. Resumen de la sesión.
3.ª sesión: entrega del material de la sesión y medición de CO. Reforzamiento de la abstinencia y control del peso.
4.ª sesión: entrega del material de la sesión y medición de CO. Mantenimiento de la abstinencia. Reforzamiento de los logros
alcanzados. Solución de problemas para evitar recaídas. Modificación de creencias erróneas del tipo «por un cigarrillo no
pasa nada». Resumen de la sesión.
5.ª sesión: entrega del material de la sesión y medición de CO. Análisis de creencias erróneas sobre el consumo del tabaco.
Resumen de la sesión.
6.ª sesión: medición de CO. Comentario sobre las consecuencias positivas de dejar de fumar.

Duración: seis semanas, una sesión semanal sin duración determinada.


Aplicación: individual.

Resultados: abandono del tabaco en la 3.ª sesión del programa; la abstinencia se mantuvo a los tres, seis y doce meses de
seguimiento.

6.2.2. Otras intervenciones

Ya que existen pocos estudios desarrollados con el objetivo de reducir el consumo de


tabaco en los supervivientes, en este apartado incluiremos un estudio que aunque está
realizado con supervivientes al cáncer infantil, posee un valor informativo que debe ser tenido
en cuenta dada la situación actual del problema. Así, dicho estudio se concibió como un
ensayo aleatorizado y controlado cuyo objetivo fue poner a prueba la eficacia de una
intervención basada en el counseling, que además incluía terapia sustitutiva de la nicotina
comparada con un grupo que recibió un entrenamiento en autoayuda. La tasa de abandono de
tabaco se mostró superior en el grupo que recibió la intervención de counseling comparado
con el grupo control, y además estos resultados beneficiosos se mantuvieron durante el
seguimiento, a los ocho y doce meses de finalizar el programa. Además, un incremento en el
número de sesiones de counseling aumentó la tasa de abandono de tabaco en los
supervivientes (Emmons et al., 2005).

6.3. CONCLUSIONES

Las relaciones entre el tabaquismo y la aparición del cáncer han sido documentadas por
varios autores y en la actualidad se considera que ese vínculo está bien establecido, sobre
todo en aquellos tipos de cáncer que se desarrollan en las áreas que intervienen en la función
respiratoria. Pero además el tabaco no solamente se relaciona con la aparición del cáncer,
sino que influye gravemente en la aparición de un segundo cáncer primario en aquellos
pacientes que superaron el primero, lo que supone un desafío a la supervivencia. Aunque la
mayor parte de los supervivientes fumadores reducen o abandonan el hábito cuando se les
diagnostica el cáncer, existe un porcentaje de ellos que se muestran resistentes a dejarlo, por
lo que la existencia de tratamientos que ayuden a conseguirlo resulta fundamental por las
implicaciones que el tabaco tiene para los supervivientes, no sólo por los aspectos puramente
relacionados con el cáncer en forma de recurrencia o muerte asociada a la enfermedad, sino
porque el tabaquismo afecta negativamente a la calidad de vida en general, tanto desde el
punto de vista físico como mental.
Sin embargo, a pesar de la obvia relevancia de la existencia de programas destinados a
eliminar el tabaquismo en este grupo de pacientes, en la literatura científica no encontramos
una gran variedad de intervenciones psicológicas que tengan este objetivo, ya que las que
existen se centran sobre todo en el abandono del tabaco de los pacientes con cáncer en
tratamiento activo. Entre las intervenciones desarrolladas en este sentido se encuentran las
técnicas que incluyen los fármacos y el counseling como un tratamiento válido para reducir el
tabaquismo, con una mayor eficacia si se aplican ambas intervenciones combinadas, aunque
también se detectan resultados contradictorios. En este sentido, es necesario comentar que la
intervención basada en el counseling y que además incluye técnicas de sustitución de la
nicotina obtuvo resultados satisfactorios en supervivientes al cáncer infantil, resultados
obtenidos con un ensayo aleatorizado y controlado, por lo que parece que la combinación del
counseling con diferentes alternativas de tratamiento resulta útil, aunque la eficacia de esta
intervención necesita ser validada con mayor número de ensayos y en programas manualizados
y estructurados.
Sí encontramos en la literatura científica un estudio que incluye una intervención para
eliminar el tabaquismo en un superviviente de cáncer de pulmón con resultados muy positivos,
ya que se alcanza la abstinencia a mitad del programa y estos efectos se mantienen durante un
prolongado período de tiempo, por lo que parece que este tipo de intervenciones tienen
efectos prometedores. Sin embargo, está claro que se necesita poner a prueba este u otros
programas similares basados en las técnicas de tipo cognitivo-conductual en muestras mayores
para evaluar el alcance de su eficacia y poder considerar esta intervención como tratamiento
bien establecido.
7
El alcohol en los supervivientes al cáncer

7.1. INTRODUCCIÓN

La ingesta habitual de alcohol supone es una circunstancia que hay que tener en cuenta en
los pacientes con cáncer. Estudios realizados por diferentes autores con el objetivo de evaluar
el riesgo que supone el alcohol para el desarrollo del cáncer aseguran que el alcohol puede
ser considerado un factor de riesgo relevante para el desarrollo de los tipos de cáncer más
comunes, aunque los supervivientes no siempre son conscientes de esta relación (Boyle,
Fritschi, Tabatabaei, Ringwald y Heyworth, 2014; Crozier y Sumer, 2010; Dumalaon-Canaria,
Hutchinson, Prichard y Wilson, 2014; Huber y Tantiwongkosi, 2014; Ligibel, 2012).
En este sentido, los datos indican que un elevado consumo de alcohol incrementa el riesgo
de recurrencia del cáncer y predice una peor prognosis de la enfermedad, además de
postularse como un factor importante en el aumento del riesgo de que aparezca un segundo
cáncer primario en los supervivientes (Lee et al., 2013; Li, Daling, Porter, Tang y Malone,
2009; McLaughlin, Trentham-Dietz, Hampton Newcomb y Sprague, 2014; Travis, Demark-
Wahnefried, Alan, Wood y Ng, 2013). Sin embargo, cuando los pacientes que han superado el
cáncer son conscientes de la influencia que existe entre los hábitos de vida saludables y el
desarrollo y la recurrencia de la enfermedad, el consumo de alcohol puede disminuir
(Costanzo, Lutgendorf y Roeder, 2011; Rabin y Pinto, 2006).
El vínculo entre la ingesta de alcohol y la mortalidad en los supervivientes no está lo
suficientemente claro, ya que los datos que se observan a este respecto no son concluyentes
cuando se analizan a partir de supervivientes a diferentes tipos de cáncer. Por ejemplo, en las
supervivientes al cáncer de mama no se observan relaciones entre el consumo de alcohol y una
mayor mortalidad; sin embargo, cuando se incluyen otros tipos de cáncer, como por ejemplo el
de cabeza o de cuello, o aquellos que se sitúan en la boca, sí se observan relaciones entre el
consumo de alcohol y una mayor mortalidad, por lo que este vínculo parece depender del lugar
en el que se desarrolle la enfermedad (Kwan et al., 2013; Mayne, Cartmell, Kirsh y Goodwin,
2009; Osthus, Aarstad, Olofsson y Aarstad, 2011; Patterson, Cadmus, Emond y Pierce, 2010;
Van der Schroeff et al., 2010; Weaver et al., 2013). Además, es posible que el consumo
moderado de alcohol pueda ser beneficioso en algunos aspectos, como por ejemplo
reduciendo la ocurrencia de enfermedades cardiovasculares, disminuyendo el riesgo de
mortalidad asociada a otras posibles causas de muerte que no son el cáncer y además
influyendo positivamente en una supervivencia sin recaídas, como se observa en
supervivientes al linfoma de tipo no-Hodgkin. En este sentido, encontramos que un bajo
consumo de alcohol se asocia con una peor salud física en las supervivientes al cáncer de
mama, por lo que la ingesta moderada de alcohol, sobre todo de vino, puede ofrecer efectos
beneficiosos (Han et al., 2010; Kloner y Rezkalla, 2007; Kwan et al., 2010; Saquib et al.,
2011).
Es importante tener en cuenta que el porcentaje de supervivientes que continúan tomando
alcohol una vez finalizado el tratamiento es elevado, entre el 17 por 100 y el 40 por 100, y al
menos uno de cada tres supervivientes informa de consumo problemático de alcohol; son las
supervivientes de cáncer de cuello de útero las que presentan niveles de consumo más altos
(Funk, Karnell y Christensen, 2012; Krebs et al., 2012; Rausch et al., 2012; Reilley, Jacobs,
Vaughn y Palmer, 2014; Shinn et al., 2010). Aunque también se constata que después de
finalizar el tratamiento, un porcentaje elevado de supervivientes realizan cambios en sus
hábitos alimentarios, incluyendo reducciones en la ingesta de alcohol (Karlsen et al., 2012;
Vance, Campbell, McCargar, Mourtzakis y Hanning, 2014; Williams, Steptoe y Wardle, 2013),
por lo que esta cuestión permanece en debate actualmente.
El consumo elevado de alcohol se asocia con diferentes aspectos en los supervivientes.
Así, se observan relaciones del alcohol con el tabaquismo, con el rasgo de personalidad de
neuroticismo y problemas para afrontar la enfermedad, una mayor necesidad de cuidados
psicosociales, un peor funcionamiento emocional con elevados niveles de ansiedad y con la
fatiga. Además, el consumo de alcohol se vincula con otros aspectos, como por ejemplo un
menor nivel educativo, una mayor edad y, finalmente, una mayor tasa de desempleo
(Buonaguro et al., 2012; Dahl et al., 2005; Danker et al., 2011; Grov et al., 2009; Koch,
Wittekindt, Attendorf-Hoffman, Singer y Guntinas-Lichius, 2015; Ng et al., 2008; Westmaas et
al., 2014; Yang et al., 2013; Yoo et al., 2013). En esta misma línea, se ha descubierto que el
consumo de alcohol es susceptible de predecir la presencia de depresión e influir
negativamente en la calidad de vida después del tratamiento (Chen et al., 2013; So et al.,
2012).

7.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA REDUCIR EL CONSUMO DE


ALCOHOL EN LOS SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

Al igual que ocurría en el caso del tabaco y que se describió en el capítulo anterior, es
difícil encontrar intervenciones específicas para supervivientes al cáncer desarrolladas con el
objetivo de reducir el consumo de alcohol en este grupo de pacientes. La Guía de Tratamientos
para el Alcoholismo proporcionada por el Instituto Nacional de Abuso del Alcohol y del
Alcoholismo de los Estados Unidos (National Institute on Acohol Abuse and Alcoholism
[NIAAA], 2010) recomienda la aplicación de diferentes técnicas para reducir la ingesta de
alcohol en la población general. En primer lugar se situaría el uso de fármacos, como por
ejemplo el disulfiram, la naltrexona o el acamprosato, además del topiramato (Krishnan-Sarin,
O’Malley y Krystal, 2008).
La aplicación de técnicas de modificación de conducta también resulta útil. Desde
mediados de los años ochenta se han aplicado técnicas que combinan principios del
reforzamiento con castigos, incluyendo además técnicas diseñadas para promover el cambio.
La técnicas conductuales son especialmente eficaces cuando se dirigen a aumentar la
motivación para el cambio, utilizando por ejemplo el automonitoreo del consumo alcohólico,
el análisis de las situaciones en las que se consume alcohol y el aprendizaje de estrategias de
afrontamiento efectivas. Además, si se implica a los familiares en el cambio a través de
estrategias de mejoras en la comunicación, de evitación de conflictos y de resolución de
situaciones problemáticas, la efectividad de estas técnicas se ve aumentada (Witkiewitz y
Marlatt, 2011).
Es interesante comentar que cuando se presentan conjuntamente las dos estrategias que
acabamos de comentar, la eficacia es muy superior a la obtenida cuando se aplican por
separado, aspecto que debe tenerse en cuenta y motivo por el que excepcionalmente incluimos
las terapias farmacológicas dentro de las estrategias eficaces (O’Malley y O’Connor, 2011).
Otro tipo de intervenciones, como los grupos de autoayuda, gozan de una gran popularidad
por su flexibilidad y confidencialidad, ya que las personas pueden participar en estas terapias
sin necesidad de realizar ningún desembolso económico y además se garantiza su privacidad.
Además este tipo de intervenciones muestra efectos positivos para reducir el consumo de
alcohol debido probablemente al establecimiento de redes sociales que ofrecen apoyo al
mantenimiento de la abstinencia (Humphreys y Moss, 1996; Kelly y Yeterian, 2011; Ouimette,
Moss y Finney, 1998).
Recientemente, con el auge de las nuevas tecnologías, éstas se han aplicado con el objetivo
de reducir el consumo de alcohol. El aspecto más positivo del uso de internet es que, al
contrario que las terapias tradicionales, ofrece un espacio terapéutico de 24 horas al día siete
días a la semana, superando las barreras de distancia y tiempo que pueden tener los pacientes
con alcoholismo. El uso de internet puede proporcionar a la persona que busca ayuda
diferentes herramientas, como por ejemplo diarios donde controlar el consumo de alcohol,
además de técnicas de prevención de recaídas (Linke, Murray Butler y Wallace, 2007; Riper et
al., 2008).

7.2.1. Intervenciones psicoeducativas

Dentro de este apartado encontramos algunas intervenciones que se han desarrollado con el
objetivo de modificar un estilo de vida poco saludable en los supervivientes al cáncer,
reduciendo la ingesta de alcohol, incrementando el nivel de ejercicio físico o aumentando el
consumo de frutas y verduras. Es el caso de un ensayo aleatorizado y controlado llevado a
cabo por Hawkes et al. (2013) en el que aplican un programa de intervención vía telefónica en
el que se centran en mejorar los hábitos alimenticios, en reducir el consumo de alcohol y en
aumentar la actividad física en un grupo de supervivientes al cáncer colorrectal. A pesar de
los efectos positivos del programa sobre algunos aspectos, como por ejemplo una mayor
actividad física, no obtuvo resultados significativos en la reducción del consumo de alcohol
de los supervivientes cuando se comparó con el grupo control. Otro ensayo aleatorizado que
tenía como objetivo reducir el consumo de alcohol en supervivientes a diferentes tipos de
cáncer (de mama, próstata y colorrectal) se aplicó durante seis días en un curso que incluía
diferentes estrategias, como por ejemplo discusiones grupales y conferencias. Los resultados
obtenidos después de aplicar el programa no avalan su eficacia, ya que, aunque se observaron
diferencias con el grupo que recibió los cuidados habituales, éstas fueron pequeñas y no
significativas estadísticamente (Ibfelt et al., 2011).

7.3. CONCLUSIONES

El consumo de alcohol está establecido firmemente como un factor de riesgo para la


aparición del cáncer; sin embargo, existen pocos estudios que pongan el foco en el consumo de
alcohol en los supervivientes, a pesar del elevado porcentaje de ellos que manifiestan seguir
ingiriendo alcohol una vez finalizado el tratamiento. En este grupo de pacientes, el consumo de
alcohol se asocia a eventos relevantes que influyen en la supervivencia, como un mayor riesgo
de recurrencia o la aparición de un segundo cáncer primario. En el caso de la mortalidad
asociada alcohol, esta relación no está tan clara, ya que los resultados son contradictorios y es
posible que el consumo moderado de alcohol tenga efectos beneficiosos para evitar la
aparición de enfermedades de tipo cardiovascular.
El consumo elevado de alcohol se asocia con aspectos de tipo psicológico que deben
tenerse en cuenta en los supervivientes, como por ejemplo un peor funcionamiento emocional
incluyendo altos niveles de ansiedad, además de predecir una mayor prevalencia de depresión
y una peor calidad de vida, por lo que el desarrollo de intervenciones que tengan como
objetivo reducir la ingesta de alcohol, en caso de que sea elevada, se postula como una
necesidad clínica.
Hasta el momento, diferentes intervenciones han sido propuestas para reducir el consumo
de alcohol con resultados positivos en la población general; sin embargo, en la literatura
científica al respecto se observa muy poca variedad y eficacia de las intervenciones diseñadas
específicamente para aplicarse a supervivientes al cáncer con elevado consumo de alcohol y
que tengan como objetivo reducirlo. Dentro de esta categoría, los programas psicoeducativos
cuyo objetivo es entrenar a los supervivientes en una variedad de estrategias para lograr una
reducción en la ingesta de alcohol no obtuvieron resultados lo suficientemente significativos
como para resaltar su eficacia, por lo que su utilidad está aún pendiente de evidencia que
avale su uso.
Llegados a este punto, quizá podría recomendarse como estrategia terapéutica la
implementación de algunas de las intervenciones que han mostrado su eficacia en la población
general, como por ejemplo las técnicas de modificación de conducta o los grupos de
autoayuda, aunque esta recomendación aún no se podría avalar con datos provenientes de
ensayos realizados en supervivientes al cáncer, por lo que se hace con la debida cautela.
Como vemos, éste es un campo abierto para futuras propuestas de investigación.
SEGUNDA PARTE
Tratamientos psicológicos para las alteraciones
físicas en los supervivientes al cáncer
8
La fatiga en los supervivientes al cáncer

8.1. INTRODUCCIÓN

La fatiga es uno de los síntomas adversos que aparecen con más frecuencia en los pacientes
y en los supervivientes al cáncer. Suele afectar a un porcentaje amplio de supervivientes, hasta
a un 57 por 100, aunque los datos varían dependiendo del tipo de cáncer examinado y los
métodos utilizados para evaluar la fatiga. En este sentido, se observa que la fatiga es el
síntoma más común durante el año que sigue al final del tratamiento y sus efectos pueden
perdurar en el tiempo (Beisland et al., 2014; Blaney, Lowe-Strong, Rankin-Watt, Campbell y
Gracey, 2011; Bower et al., 2011; Daniëls et al., 2014; Denlinger et al., 2014; Harrington et
al., 2010; Hung et al., 2011; Husson et al., 2015; Leak Bryant, Walton y Phillips, 2015; Merigi,
2014; Sekse, Hufthammer y Vika, 2015).
Aunque, por otro lado, hay autores que observan reducciones en los niveles de fatiga
después del tratamiento, por lo que parece que los efectos de la fatiga son más severas
inmediatamente después de finalizar los tratamientos y van disminuyendo posteriormente
(Bantema-Joppe et al., 2015; Barnas´, Skre˛t-Magierło, Skre˛t y Bidzin´ski, 2012; Manir et al.,
2012; Wikman, Djärv, Johar y Lagergren, 2013). En este sentido existen datos que apoyan la
idea de que la fatiga en los supervivientes no es significativamente diferente de la observada
en la población general (De Raaf, De Klerk, Timman, Hinz y Van der Rijt, 2012). A pesar de
estos resultados contradictorios, la evidencia avala la presencia de fatiga en los
supervivientes al cáncer como un factor significativo y frecuente.
La fatiga se define como un sentimiento de cansancio extraordinario asociado a altos
niveles de malestar y desproporcionado con respecto a la actividad del paciente y que no se
alivia con el descanso o el sueño (Weis, 2011). Los síntomas de fatiga en los supervivientes al
cáncer pueden provocar la aparición de estrés en los pacientes e interferir en su
funcionamiento habitual, dificultando por tanto la reincorporación a las rutinas habituales
previas a la enfermedad, como por ejemplo la vuelta al trabajo y el funcionamiento sexual.
Además, la fatiga puede afectar negativamente a la supervivencia de los pacientes y favorecer
la aparición de la ideación suicida (Berger, Gerber y Mayer, 2012; Bower, 2014; Carlsen et
al., 2013; Charlier et al., 2013; Choi et al., 2014; Den Oudsten et al., 2012; Tiedke, De Rijk,
Diercks de Casterlé, Christiaens y Donceel, 2010).
La fatiga afecta negativamente a la calidad de vida de los supervivientes al cáncer y es
frecuente observar su relación con otros aspectos relevantes en este grupo de pacientes, como
la depresión, la ansiedad, los problemas de sueño, un peor ajuste a la enfermedad, el dolor y
una peor imagen corporal o un mayor índice de masa corporal (Cantarero-Villanueva et al.,
2011; Chambers et al., 2012; Daniëls et al., 2014; Denlinger et al., 2014; Kuhnt et al., 2009;
Reinertsen et al., 2010; Schultz et al., 2011; Shi et al., 2011).
En los supervivientes que manifiestan unos niveles elevados de fatiga se observan
relaciones entre ésta y una mayor preocupación sobre el cáncer, la presencia de afectividad
negativa y un estilo de afrontamiento centrado en la evitación (Phillips et al., 2013; Rustkij et
al., 2010; Shun et al., 2011).
Existen investigaciones que apoyan la idea de que tener un estilo de vida saludable que
incluya una dieta de calidad, con una elevada ingesta de fibra, frutas y verduras y un bajo
consumo de grasas, se asocia con una menor fatiga en los supervivientes, mientras que un
estilo de vida sedentario con una baja actividad física y la obesidad se asocian con una mayor
persistencia de la fatiga (Andrykowski et al., 2010; George et al., 2014; Guest, Evans y
Rogers, 2013; Humpel y Iverson, 2010; Oldenburg et al., 2013; Reinertsen et al., 2010;
Schmidt et al., 2015; Von Grueningen et al., 2011; Zick, Sen, Han-Markey y Harris, 2013). Sin
embargo, otros autores no constatan un vínculo consistente entre una conducta sedentaria y una
mayor presencia de fatiga, por lo que la posible relación entre estos dos factores debe ser
estudiada con mayor profundidad (George et al., 2013).
En este sentido, es necesario señalar que existen diferentes características que se asocian
con la presencia de fatiga en este grupo de pacientes, como por ejemplo una menor edad, ser
mujer, un menor nivel educativo y la ausencia de una pareja. Por el contrario, tener un
adecuado apoyo emocional y afectivo, una provisión adecuada de información sobre la
enfermedad y unas relaciones positivas se asocia con una menor presencia de síntomas de
fatiga en los supervivientes (Fuhrmann, Mehnert, Geue y Hinz, 2014; Husson et al., 2015;
Jaremka et al., 2014; Jaremka et al., 2013; Soares et al., 2013).
En relación con los tratamientos y su posible influencia en la aparición de fatiga una vez
que han finalizado, la evidencia a este respecto apoya la idea de que la quimioterapia, cuando
se administra tanto exclusivamente como en combinación con la cirugía o la radioterapia, se
asocia con la presencia de fatiga en los supervivientes (Goedendorp et al., 2012; Schmidt et
al., 2012; Thong et al., 2013). Además, existen determinados predictores de la fatiga en los
supervivientes, como por ejemplo una menor edad, el dolor, los cambios en el apetito, la
disnea, el insomnio y la presencia de náuseas y vómitos (Garabelli Cavall Kluthcovsky et al.,
2012).
Algunos autores han propuesto la hipótesis de la inflamación para explicar la presencia de
fatiga en los supervivientes al cáncer. De esta manera, la quimioterapia y la radioterapia,
además del tumor, pueden provocar una inflamación en los tejidos y afectar a la capacidad
locomotora, lo que favorecería la aparición de la fatiga en los pacientes y en los
supervivientes al cáncer. A pesar de que esta hipótesis parece que cuenta con evidencia que la
respalde, los datos contradictorios obtenidos por otros autores y la falta de un modelo animal
suficientemente probado hacen que deba tomarse con cautela hasta que no se superen dichas
limitaciones (Bower y Lamkin, 2013; De Raaf et al., 2012; Saligan y Kim, 2012; Schmitz et
al., 2012; Wang y Woodruff, 2015).

8.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA LA FATIGA EN LOS


SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

En las páginas siguientes se van a analizar los resultados obtenidos por diferentes autores
que han diseñado una amplia variedad de intervenciones para reducir la fatiga en los
supervivientes al cáncer, no solamente aquellas que proceden del ámbito psicológico, como la
terapia cognitivo-conductual, sino de otro tipo de enfoques, como por ejemplo el ejercicio
físico, cuyos efctos justifican su inclusión en este capítulo.

8.2.1. Terapia cognitivo-conductual

Las terapias de corte cognitivo-conductual para aliviar los síntomas de fatiga se


recomiendan como una alternativa eficaz (Glielissen, Wiborg, Verhagen, Knoop y Bleijenberg,
2012; Pachman, Price y Carey, 2014). Se pueden encontrar en la literatura diferentes estudios
que apoyan esta afirmación, comenzando por un ensayo aleatorizado y controlado realizado
por Prinsen et al. (2015) en el que los autores aplicaron una intervención de este tipo con el
objetivo de reducir la fatiga a un grupo de 16 supervivientes y compararon los resultados
obtenidos con un grupo control en lista de espera (véase la descripción de la intervención en
el cuadro 8.1). Después de participar en el programa, se observaron menores niveles de fatiga
en el grupo que recibió la intervención en TCC comparados con el grupo control. En esta
misma línea, Prinsen et al. (2013) observaron que este tipo de terapia reduce
significativamente la fatiga en una muestra similar a la utilizada en el estudio anterior. En este
ensayo aleatorizado y controlado, los autores aplicaron una intervención de TCC a 23
supervivientes con fatiga severa y compararon los resultados obtenidos con un grupo de 14
pacientes en lista de espera.
Los resultados obtenidos informan de reducciones en la fatiga observada en el grupo que
recibió la intervención y además se constató un aumento en la actividad física. Estos
resultados son similares a los observados previamente por Espie et al. (2008) para pacientes
con distintos tipo de cáncer: de mama, próstata, colorrectal y ginecológico. Por el contrario,
hay autores que aportan datos de que la terapia cognitivo-conductual no mejora los resultados
obtenidos por el ejercicio en la reducción de fatiga cuando se presenta combinada con un
programa de ejercicio (Van Weert et al., 2010), como se verá más adelante en este mismo
capítulo.

8.2.2. Terapia cognitivo-conductual para el sueño

La fatiga en los supervivientes al cáncer se caracteriza por ser persistente y no aliviarse


con el descanso o el sueño. Sin embargo, la evidencia sugiere que existen unas relaciones
consistentes entre la fatiga de los pacientes y diferentes parámetros del sueño, como por
ejemplo una peor calidad global de éste, alteraciones durante su inicio o en el mantenimiento,
falta de sueño, despertares nocturnos y sueño no reparador (Roscoe et al., 2007). En esta
dirección, algunos autores aportan datos de la eficacia de las intervenciones para el insomnio
que mejoran los síntomas de fatiga a partir del análisis de los resultados obtenidos en
diferentes estudios (Garland et al., 2014). Así, por ejemplo, Dirksen y Epstein (2008)
proponen una intervención sobre el insomnio de los pacientes basada en la terapia cognitivo-
conductual con efectos positivos sobre la fatiga en los supervivientes, y en otros aspectos
como la ansiedad, la depresión o la calidad de vida. En este sentido, Savard, Ivers, Savard y
Morin (2014) aplicaron una intervención de tipo cognitivo-conductual en vídeo para el
insomnio a un grupo de supervivientes al cáncer de mama en un ensayo aleatorizado y
controlado (véase la descripción de la intervención en el cuadro 8.2) y observaron que no
solamente mejoraban aspectos relacionados con el sueño, sino que la fatiga se reducía de
forma significativa.

CUADRO 8.1
El papel de la fatiga muscular central y periférica en la fatiga después del cáncer: un ensayo aleatorizado y
controlado (Prinsen et al., 2015)

Objetivo: reducir la fatiga (central o periférica) en los supervivientes aplicando la terapia cognitivo-conductual en los
supervivientes.

Intervención:

La intervención se centró en aplicar la TCC en seis diferentes dominios relacionados con la fatiga en los supervivientes. En
función de las características del paciente, y tras evaluar la presencia de las alteraciones que se incluyen en cada dominio
mediante instrumentos estandarizados, se decide qué módulos implementar en la intervención.

1. Módulo de afrontamiento experiencia del cáncer: estimular la expresión verbal o escrita de aspectos relacionados con el
cáncer que angustien al paciente.
2. Módulo de miedo a la recurrencia: el terapeuta ayuda al paciente a formular palabras explícitas para describir los
pensamientos de miedo a la recurrencia de la enfermedad. Estos pensamientos se ponen a prueba contrastándolos con la
realidad.
3. Módulo de cogniciones desadaptativas relacionadas con la fatiga: el terapeuta explica la diferencia entre factores
precipitantes y perpetuadores para reducir pensamientos como «no puedo hacer nada contra la fatiga» o «la fatiga es
horrible, no puedo soportarla».
4. Módulo de alteraciones en el sueño: establecer horarios de acostarse y levantarse regulares y evitar dormir durante el día.
5. Módulo de alteraciones en la actividad:

— En pacientes con actividad fluctuante: establecer una línea base de actividad y posteriormente comenzar a realizarla,
por ejemplo cinco o diez minutos de ejercicio (caminando o en bicicleta) dos veces al día, que se irá incrementando un
minuto al día hasta llegar a un total de 120 minutos.
— En pacientes inactivos: comenzar el programa inmediatamente sin establecer la línea base.

6. Módulo de bajo apoyo social e interacciones sociales negativas: el terapeuta ayuda a establecer expectativas realistas del
paciente con su grupo de apoyo social. Por ejemplo, si el paciente percibe una discrepancia entre el apoyo actual y el
poyo deseado.
Duración: variable en función de los módulos que se incluyan (entre cinco y veintiséis sesiones) con una duración de una
hora durante seis meses.
Aplicación: individual.

Resultados: reducciones significativas en la fatiga observada sin diferencias si es central o periférica.

CUADRO 8.2
¿Es una intervención cognitivo-conductual para el insomnio administrada en vídeo tan eficaz como un tratamiento
administrado por un profesional en supervivientes al cáncer de mama? Resultados de un ensayo aleatorizado y
controlado (Savard, Ivers, Savard y Morin, 2014)

Objetivo: comparar la eficacia para reducir el insomnio en los supervivientes de una intervención TCC administrada en
vídeo con otra administrada de forma presencial.

Intervención:

Las dos intervenciones comparten los componentes variando el modo de presentación.

— Pretratamiento: a todos los participantes se les proporcionaron instrucciones para rellenar un diario del sueño durante
dos semanas.
— Comienzo de la intervención:

1. Semana 1: educación sobre aspectos básicos del sueño.


2. Semana 2: entrenamiento en control estimular y restricción del sueño.
3. Semana 3: reestructuración cognitiva.
4. Semana 4: contraste de creencias disfuncionales acerca del sueño.
5. Semana 5: entrenamiento en higiene del sueño.
6. Semana 6: evaluación de los resultados y mantenimiento.

Duración: seis semanas.

— El grupo de presentación en vídeo recibió un paquete de vídeos de 60 minutos en los que se representaba mediante
dibujos animados una intervención de un terapeuta a cuatro pacientes de cáncer y seis folletos informativos.
— El grupo presencial recibió una sesión semanal de 50 minutos.

Aplicación: individual.

Resultados: reducciones significativas en el insomnio en los participantes de los dos programas, pero el grupo que recibió
intervención presencial mostró reducciones además en la fatiga.

Sin embargo, otros autores no encuentran diferencias cuando se comparan los efectos sobre
la fatiga de pacientes aleatoriamente asignados a dos tipos distintos de intervenciones: terapia
cognitiva-conductual para reducir el insomnio o placebo (Matthews et al., 2014).

8.2.3. Intervenciones psicoeducativas

Este tipo de programas usualmente incluyen entrenar a los pacientes en el uso de diferentes
técnicas que ayuden a aliviar los síntomas que en cada intervención se hayan considerado
relevantes. Las técnicas que pueden ser incluidas en este tipo de programas son variadas,
desde el entrenamiento en técnicas de relajación, automasaje y nutrición hasta otras destinadas
a mejorar el nivel general de bienestar del paciente, y los resultados parece que avalan su
eficacia (Pachman et al., 2014). En este sentido, se ha aplicado este tipo de programas
educativos a supervivientes al cáncer de mama en ensayos aleatorizados y controlados con
resultados positivos, pues se ha detectado una disminución de la fatiga observada. En un
programa combinado de psicoeducación y acupuntura (véase la descripción de la intervención
en el cuadro 8.3), Johnston et al. (2011) observan reducciones en la fatiga de los
supervivientes tras participar en él. Estos resultados son similares a los obtenidos por Reif,
De Vries, Pertermann y Görres (2013) en supervivientes con distintos tipos de cáncer y a los
registrados por Yun et al. (2012) en una muestra de pacientes con cáncer en Korea, todos ellos
utilizando ensayos de tipo aleatorizado y controlado. En este sentido, encontramos un ensayo
llevado a cabo por Hauken, Holsen, Fismen y Larsen (2015) en el que aplicaron un programa
de rehabilitación que incluye diferentes componentes, entre los que se encuentran la
psicoeducación y ejercicio, a un grupo de pacientes con diferentes tipos de cáncer. Después de
participar en el programa, se observaron mejoras en la calidad de vida global y reducciones
significativas en la fatiga, resultados que se mantuvieron durante el seguimiento un año
después de finalizar la intervención.

8.2.4. Mindfulness

Las intervenciones basadas en la técnica del mindfulness han probado su eficacia para
reducir la fatiga en los supervivientes al cáncer. Diferentes estudios han mostrado los efectos
beneficiosos de esta técnica. Por ejemplo, en un estudio aleatorizado y controlado realizado
por Johns et al. (2014), estos autores observan datos que avalan la eficacia del mindfulness.
Los resultados de aplicar esta técnica a 35 supervivientes a diferentes tipos de cáncer
muestran reducciones significativas en la fatiga comparados con el grupo control, y estos
efectos beneficiosos se mantienen en el tiempo, pues se registran niveles bajos de fatiga seis
meses después de finalizar la intervención. En esta línea se encuentran los resultados
obtenidos por Bower et al. (2015) a partir de un ensayo aleatorizado y controlado en el que
los autores aplican una intervención breve basada en el mindfulness de seis semanas de
duración y compararon los resultados obtenidos con un grupo control en lista de espera (véase
la descripción de la intervención en el cuadro 8.4). Después de participar en el programa, los
supervivientes asignados a la intervención de mindfulness obtienen reducciones significativas
en la fatiga observada, aunque los resultados no se mantuvieron durante el seguimiento
posterior a la intervención. Estos resultados positivos del uso del mindfulness para reducir la
fatiga se mantienen cuando se utilizan muestras con un solo tipo de cáncer, por ejemplo el de
mama. En esta línea, Van der Lee y Garssen (2012) observan que después de someterse a un
tratamiento basado en mindfulness los niveles de fatiga son significativamente más bajos en el
grupo de supervivientes que los obtenidos por el grupo control, datos similares a los hallados
por Hoffman et al. (2012) en un grupo de pacientes con cáncer de mama. En esta misma
dirección, Lengacher et al. (2012), en un ensayo aleatorizado y controlado, comprobaron que
después de un programa de intervención de seis semanas, el grupo sometido a una intervención
de mindfulness obtuvo puntuaciones de fatiga significativamente más bajas que las registradas
por el grupo control.

CUADRO 8.3
Educación del paciente integrada con acupuntura para aliviar la fatiga relacionada con el cáncer: un estudio de
viabilidad aleatorizado y controlado (Johnston et al., 2011)

Objetivo: evaluar la eficacia de una intervención combinada de psicoeducación + acupuntura para reducir la fatiga en los
supervivientes.

Intervención:

— Sesiones 1-4: entrenamiento en mejora del estado general del paciente mediante rutinas de ejercicio, mejora de la
nutrición y técnicas de tipo cognitivo-conductual para el manejo del estrés (relajación) + acupuntura.
— Sesiones 4-8: acupuntura solamente.

Duración: ocho semanas.

— Sesiones 1-4: cuatro sesiones semanales de 100 minutos de psicoeducación (50 minutos) + acupuntura (50 minutos).
— Sesiones 4-8: cuatro sesiones semanales de 50 minutos de acupuntura.

Aplicación: individual.

Resultados: reducciones en la fatiga observada en el grupo que recibió la intervención.

CUADRO 8.4
Mindfulness para supervivientes jóvenes del cáncer: un ensayo aleatorizado y controlado (Bower et al., 2015)

Objetivo: evaluar la eficacia de una intervención de mindfulness para reducir el malestar psicológico y la fatiga en los
supervivientes.

Intervención:

— Mindfulness: material teórico sobre el mindfulness, relajación, entrenamiento en conexión mente-cuerpo, meditación y
ejercicios con movimientos suaves.
— Psicoeducación: clases, discusiones y actividades grupales con interés en solucionar problemas que dificultan la
práctica de la intervención, trabajo con pensamientos y emociones negativas, manejo del dolor y cultivo de la
misericordia.
— Tareas para casa: práctica diaria del mindfulness con duración creciente.

Duración: seis semanas.


Sesiones de dos horas cada semana + práctica de mindfulness en casa diariamente comenzando por cinco minutos hasta
llegar a 20 minutos.
Aplicación: grupal e individual.

Resultados: reducciones significativas en el malestar psicológico y la fatiga observada después de la intervención.


8.2.5. Ejercicio

El ejercicio y la actividad física tienen un efecto positivo durante toda la progresión de la


enfermedad, aunque parece que su eficacia es mayor durante la fase de supervivencia que
durante el tratamiento activo, y estos efectos beneficiosos se observan en la mayoría de los
tipos de cáncer (Garcia y Thompson, 2014; McNeely y Courneya, 2010; Pachman et al., 2014;
Schmitz, 2011; To et al., 2015). Una cada vez mayor cantidad de evidencia señala que las
intervenciones basadas en el ejercicio o la actividad física son útiles para aliviar la presencia
de la fatiga relacionada con el cáncer en los supervivientes (Battaglini et al., 2014; Meneses-
Echávez, González-Jiménez, Correa y Ramírez-Vélez, 2014; Mischra, Scherer, Snyder, Geigle
y Gotay, 2014; Sammut, Ward y Patel, 2014), además de influir positivamente en la
supervivencia a largo plazo en los pacientes que han superado el cáncer (Romieu et al., 2012).
A partir de los datos obtenidos, se observa que la fatiga es mayor en los supervivientes que
realizan una menor cantidad de actividad física diaria (Timmerman, Weering, Tönis, Germens
y Vollenbroek-Hutten, 2015; Phillips y McAuley, 2015; Solberg Ness et al., 2012).
En el momento de implementar una terapia basada en el ejercicio es necesario tener en
cuenta que este tipo de programas tienen una gran aceptación por parte de los supervivientes,
ya que más de la mitad se muestran dispuestos a realizar ejercicio como parte de sus
actividades después del cáncer (Blaney et al., 2013). En concreto, los datos sugieren que los
programas de ejercicio con mejores efectos son aquellos de mayor duración, con una
intensidad moderada y que incluyan ejercicio aeróbico y de resistencia, y estos efectos
beneficiosos del ejercicio se observan en la mayoría de los tipos de cáncer (Brown et al.,
2011; Capozzi et al., 2014; Foch et al., 2013; McNeely y Courneya, 2010; Puetz y Herring,
2012; Repka et al., 2014; Sprod, Hsieh, Harward y Schneider, 2010; Strasser, Steindorf,
Wiskemann y Ulrich, 2013).
Encontramos en la literatura a este respecto diferentes intervenciones que, utilizando el
ejercicio, observan su eficacia para reducir la fatiga en los supervivientes. Por ejemplo, en un
estudio llevado a cabo por Broderick et al. (2013), los autores diseñaron una intervención que
incluía ejercicio aeróbico con una duración de ocho semanas que se aplicó con una frecuencia
de dos veces a la semana a un grupo de 23 supervivientes al cáncer y que incluyó a un grupo
control que realizó las actividades habituales. Después de participar en el programa, el grupo
que realizó el ejercicio aeróbico obtuvo reducciones significativas en la fatiga observada, y
además estos resultados se mantuvieron durante el seguimiento. En otro estudio, esta vez con
supervivientes a un mieloma múltiple, la intervención consistió en un programa que incluía
actividad física en diferentes modalidades: estiramientos, ejercicios de tipo aeróbico y de
resistencia. Después de participar en el programa, los supervivientes informaron de
reducciones en la fatiga observada, y además el programa obtuvo una elevada adherencia
(Groeneveldt et al., 2013).
En otro ensayo aleatorizado y controlado llevado a cabo por Spahn et al. (2013) se puso a
prueba la eficacia de un programa de intervención que incluía ejercicio de intensidad
moderada además de mindfulness con el objetivo de reducir la fatiga en un grupo de 64
supervivientes al cáncer de mama. En el ensayo se contó con un grupo control cuya actividad
fue caminar. Después de participar en el programa, los resultados evidencian reducciones en
la fatiga en los dos grupos; sin embargo, el programa multimodal no aportaba efectos
beneficiosos adicionales, por lo que los autores recomiendan el ejercicio basado en caminar
ya que ofrece los mismos resultados y su aplicación es más sencilla.
En un ensayo de tipo aleatorizado y controlado, Cantarero-Villanueva et al. (2013)
aplicaron un programa de intervención a un grupo de supervivientes al cáncer de mama que
incluía ejercicios de tipo aeróbico y de resistencia y compararon los resultados obtenidos con
un grupo control que recibió los cuidados habituales, con consejos acerca de un estilo de vida
saludable (véase la descripción de la intervención en el cuadro 8.5). Después de participar en
el programa, los supervivientes asignados al grupo de intervención obtuvieron reducciones
significativas en su nivel de fatiga, unos resultados que se mantenían seis meses después de la
finalización de la intervención. En un estudio realizado por Buffart et al. (2014) se aplicó un
programa de ejercicio de doce semanas a un grupo de supervivientes al cáncer y se
compararon los efectos sobre la fatiga con los de un grupo control en lista de espera. Los
resultados obtenidos por los participantes en el grupo de ejercicio indican reducciones en la
fatiga. Resultados similares aportan Baruth, Wilcox, Der Ananian y Heiney (2015). Estos
autores observan que un programa de doce semanas basado en caminar obtiene resultados
significativos pues reduce la fatiga en supervivientes al cáncer de mama, aunque el tamaño del
efecto estadístico es de pequeño a medio. En este sentido, se ha intentado probar la eficacia de
los programas de ejercicio para reducir la fatiga de forma independiente o acompañados de
terapia cognitivo-conductual. Los resultados muestran que el entrenamiento físico combinado
con terapia cognitivo-conductual y el entrenamiento físico solo tiene efectos beneficiosos; sin
embargo, el entrenamiento físico es más efectivo cuando se administra solo que cuando se
presenta combinado con TCC (Van Weert et al., 2010).
Por otro lado, en un ensayo aleatorizado realizado por Schwartz, Biddle-Newberry y De
Heer (2015) se puso a prueba la eficacia de dos tipos de intervenciones que tenían en el
ejercicio físico su nexo común, pero una de ellas añadía feedback personalizado acerca del
tipo de ejercicio necesario para aumentar sus efectos y reducir la fatiga. Después de aplicar
este programa de doce semanas de duración a 50 supervivientes al cáncer, se observó que el
que incluía ejercicio y feedback reducía la fatiga de forma significativa con las medidas
tomadas antes de comenzarlo con respecto al grupo que realizó un programa de ejercicio solo;
sin embargo, las diferencias no fueron significativas entre los dos grupos. Otro tipo de
programas combinados se aplicó a una muestra de supervivientes al cáncer de mama con el
objetivo de reducir la fatiga. En este ensayo aleatorizado, las supervivientes fueron asignadas
a dos grupos de intervención: el primero de ellos realizaría ejercicio aeróbico, y el segundo,
ejercicio y yoga. Después de participar en el programa se observaron mejoras significativas
en la percepción de calidad de vida en los dos grupos, aunque la disminución de la fatiga fue
mayor en el grupo que recibió el entrenamiento en yoga y el ejercicio físico (Vardar Yag˘lı et
al., 2015). En un ensayo aleatorizado y controlado piloto realizado por Lee et al. (2014), la
intervención consistió en un programa de automanejo para el ejercicio y la dieta administrado
a través de una página web y aplicado a un grupo de supervivientes al cáncer de mama.
Comparados los resultados con un grupo control que recibió un folleto con información sobre
el ejercicio y la dieta, los supervivientes que participaron en el programa de intervención
informaron de menores niveles de fatiga y, además, un aumento de la autoeficacia percibida.
Un programa basado en el ejercicio pero con una aplicación diferente fue llevado a cabo por
Cuesta-Vargas, Buchan y Arroyo-Morales (2014) con un grupo con supervivientes al cáncer de
mama. La particularidad de esta intervención consiste en que el ejercicio se realizaba en el
agua en un programa denominado Deep Water Running (DWR), con una duración de ocho
semanas y una frecuencia de tres veces a la semana. El grupo control recibió instrucciones
para continuar con sus actividades cotidianas. Después de participar en el programa de
ejercicio, los supervivientes obtuvieron reducciones en la fatiga observada, y además
manifestaron una elevada adherencia a la intervención.

CUADRO 8.5
Eficacia de un programa de ejercicio acuático en la fatiga relacionada con el cáncer en las supervivientes al cáncer
de mama: un ensayo aleatorizado y controlado (Cantarero-Villanueva et al., 2013)

Objetivo: evaluar la eficacia de un programa de ejercicio en una piscina climatizada para reducir la fatiga en los
supervivientes.

Intervención:

— Calentamiento: actividades aeróbicas de movilidad y estiramientos (10 minutos).


— Ejercicio aeróbico: movimientos horizontales en múltiples direcciones y jogging (10 minutos).
— Ejercicio de resistencia (30 minutos).
1. Ejercicios de bicicleta en diferentes posiciones.
2. Flexión y extensión de los codos y las muñecas con posición neutra del hombro.
3. Mantener el tronco y la cadera erguidos mientras se mueven las piernas.
4. Rotación de la cadera.
5. Flexión y extensión del hombro.
6. Extensión de la cadera controlando la posición de la espalda.

— Semana 1: aprendizaje de los ejercicios y familiarización con el entorno acuático.


— Semana 2: dos series de diez-doce repeticiones.
— Semana 3: dos series de doce a quince repeticiones.
— Semana 4: tres series de diez-doce repeticiones.
A partir de la 5.ª semana se introducen elementos para realizar los ejercicios en la piscina (tubo de espuma para
piscinas, boyas, tablas de natación).
— Semana 5: aprendizaje de los ejercicios y familiarización con el entorno acuático.
— Semana 6: dos series de diez-doce repeticiones.
— Semana 7: dos series de doce a quince repeticiones.
— Semana 8: tres series de diez-doce repeticiones
— Ejercicios de enfriamiento: (10 minutos).

Duración: ocho semanas. Tres veces a la semana, en sesiones de 60 minutos.


Aplicación: grupal.
Resultados: reducciones significativas en la fatiga observada, manteniéndose los resultados a los seis meses de
seguimiento.

Aunque los programas basados en el ejercicio físico tienen una elevada eficacia en este
grupo de pacientes, deberían contemplar sus características de forma individual, con especial
atención en la condición física y médica que presenten, con el objetivo de lograr que estos
efectos beneficiosos puedan ser reconocidos por el paciente en sus diferentes aspectos. Por
ejemplo, pacientes que presentan comorbilidad deberían ser sometidos a una evaluación
médica antes de comenzar un programa de ejercicio, y los que sufren importantes deterioros
físicos pueden obtener un mayor beneficio de programas de rehabilitación física (Escalante y
Manzullo, 2009). Además, en los pacientes pueden aparecer preocupaciones relacionadas con
algunos tipos de barreras psicológicas (falta de motivación, miedos, rechazo al gimnasio),
físicas (cambios en la edad, aumento de peso) y ambientales (no tener un empleo, la
aceptación de roles de cuidado y proximidad a los recursos de apoyo) que pueden dificultar la
aplicación de las técnicas de ejercicio en los supervivientes al cáncer (Hefferon, Murphy,
McLeod, Mutrie y Campbell 2013; Kang et al., 2014). Para superar estas barreras, que pueden
dificultar la realización de ejercicio en los supervivientes con fatiga, se proponen diferentes
estrategias, como por ejemplo que los programas de ejercicio sean realizados de forma grupal,
de forma personalizada y con supervisión y diseñados para ser aplicados de forma gradual
(Blaney et al., 2010).

8.2.6. Yoga

En su aplicación a los supervivientes con cáncer, los programas basados en el yoga se han
mostrado eficaces para reducir la presencia de fatiga en este grupo de pacientes, con un mayor
efecto de las intervenciones más prolongadas (Banasik, Williams, Haberman, Blank y Bendel,
2011; Bower et al., 2014; Buffart et al., 2012; Harder, Parlour y Jenkins, 2012; Sadja y Mills,
2013; Stan, Collins, Olsen, Croghan y Pruthi, 2012).
En esta línea, en la literatura previa aparece un ensayo aleatorizado y controlado realizado
por Bower et al. (2012) en el que se aplica un programa basado en el lyengar yoga con el
objetivo de reducir la fatiga en las supervivientes al cáncer de mama (véase la descripción de
la intervención en el cuadro 2.5). Los resultados obtenidos fueron comparados con un grupo
control que recibió educación en conductas de salud. Después de participar en el programa, se
observan reducciones significativas en la fatiga en el grupo que realizó lyengar yoga por
delante del grupo que no fue objeto de intervención, resultados que se mantuvieron durante el
seguimiento. Estos datos son similares a los aportados previamente por Bower, Garet y
Sternlieb (2011) en un ensayo piloto en el que se aplica la misma intervención a un grupo
reducido de supervivientes al cáncer de mama.
Sin embargo, estos efectos beneficiosos pueden no manifestarse de forma inmediata
después de la aplicación de un programa de yoga. En este sentido, Kiecolt-Glaser et al. (2014)
aportan datos de un estudio aleatorizado y controlado con supervivientes al cáncer de mama en
el que aplican una intervención basada en el yoga (véase la descripción de la intervención en
el cuadro 8.6). Después de participar en el programa, los autores observan que la fatiga no es
diferente a la registrada por el grupo control, aunque sí detectan una mayor vitalidad. Sin
embargo, tres meses después del tratamiento estos efectos beneficiosos del yoga provocan
diferencias con el grupo que no había recibido la intervención pues los pacientes registran
menores niveles de fatiga; además, el programa se muestra más eficaz cuanto más frecuente es
la práctica. Los autores concluyen que estos efectos beneficiosos pueden deberse a la
disminución de la inflamación como consecuencia del yoga.

CUADRO 8.6
El impacto del yoga sobre la inflamación, el estado de ánimo y la fatiga en las supervivientes al cáncer de mama: un
ensayo aleatorizado y controlado (Kiecolt-Glasser et al., 2014)

Objetivo: evaluar los efectos del yoga para reducir la fatiga y la inflamación y mejorar el estado de ánimo en los
supervivientes.

Intervención:

— Posturas de yoga en diferentes posiciones:

1. En el suelo: Pavana Muktasana, Supta padangusthasana, Balasana, Vajrasana y otras.


2. De pie: Mukha Svanasana, Chaturanga, Prasarita Padottanasana y otras.
3. Sentado en una silla: Sukhasana, Janushirasana, Paschimottasana.
4. Recuperación: Savanasana, Supta Baddha, Viparita karani, Setu banda.
5. Ejercicios de respiración: Deerga swasam, Ujjayi, Nodi sodhana, Prana sukha.

Duración: doce semanas. Dos sesiones a la semana de 90 minutos.


Aplicación: grupal.

Resultados: reducciones en la fatiga observadas tres meses después de finalizar el tratamiento.

Estos efectos beneficiosos del yoga para reducir la fatiga se han observado también en
supervivientes al cáncer de próstata (Ross-Zahavich, Robinson Paskevich y Culos-Reed,
2013). En supervivientes de una avanzada edad, la aplicación del yoga parece ser efectiva
para reducir la fatiga. En este sentido, encontramos un estudio realizado por Sprod et al.
(2015) en el que se aplica un programa de yoga para supervivientes al cáncer de cuatro
semanas de duración a un muestra de 97 supervivientes al cáncer mayores de 60 años.
Después de participar en el programa, los supervivientes informan de niveles de fatiga
significativamente menores que el grupo que recibió los cuidados habituales.

8.2.7. Otras intervenciones

La acupuntura es una técnica que utiliza la inserción de agujas en sitios escogidos del
cuerpo humano para lograr un efecto terapéutico. Es una técnica de más de dos mil años de
antigüedad basada en la regulación de la energía y que se ha utilizado en pacientes con cáncer
y cuidados paliativos (Deng y Cassileth, 2010; Leng, 1999; Johnstone, Polston, Niemtzow y
Martin, 2002; O’Regan y Filshie, 2010).
En una revisión realizada por Towler, Molassiotis y Brearley (2013), los autores aportan
datos que indican la eficacia del uso de la acupuntura para reducir los síntomas de fatiga en
pacientes de cáncer, resultados similares a los obtenidos previamente por Dos Santos et al.
(2010), que concluyen que la acupuntura tradicional para reducir la fatiga en pacientes con
cáncer de mama resulta eficaz. En esta línea van los datos obtenidos por Smith Carmady,
Thornton, Perz y Ussher (2013) en un ensayo piloto aleatorio controlado realizado con
supervivientes al cáncer de mama en el que observan que las pacientes que reciben acupuntura
reducen significativamente la fatiga; además detectaron efectos en otros aspectos relacionados,
como por ejemplo un adecuado cumplimiento de la intervención. Resultados parecidos sobre
la eficacia de la acupuntura obtienen Molassiotis, Sylt y Diggins (2007) en un ensayo
aleatorizado y controlado en el que una muestra de pacientes con diferentes tipos de cáncer
redujeron un 36 por 100 la fatiga que padecían.
La acupresura es una técnica derivada de la acupuntura, dentro de la medicina tradicional
china. En la acupresura se aplica una presión física con la mano o el codo a los puntos
señalados como relevantes por la acupuntura para aliviar los síntomas de la enfermedad. Las
ventajas de la acupresura sobre otras técnicas son varias; por ejemplo puede ser
autoadministrada por el paciente, se tolera mejor que las agujas, tiene un bajo coste y no
requiere un gran entrenamiento para entender su uso (Zick et al., 2012). Este tipo de técnica se
ha utilizado en diferentes estudios para reducir los síntomas de fatiga relacionados con el
cáncer. Por ejemplo, en una revisión acerca de la eficacia del uso de la acupresura sobre la
fatiga en pacientes con cáncer, Ling, Lui, So y Chan (2014) encuentran efectos positivos en
este sentido, aunque, debido a la heterogeneidad de los estudios en los que se basa la revisión,
los autores recomiendan cautela en el momento de interpretar los resultados. En este sentido,
en una muestra de pacientes con cáncer de pulmón sometidos a quimioterapia, Tang et al.
(2014) aportan datos de efectos beneficios de esta técnica para reducir la fatiga, resultados
similares a los observados por Kirshbaum (2010), que recomienda el uso de la acupresura
como técnica complementaria para reducir estos síntomas en los pacientes con cáncer.
Además, según los datos aportados por Zick et al. (2011), el uso de la acupresura resulta en
disminuciones significativas de la fatiga en supervivientes de diferentes tipos de cáncer.
El taichí es una técnica de movimientos funcionales y propositivos que tiene como objetivo
la mejora de la estabilidad y la movilidad de la persona. Al aplicar este tipo de intervención a
pacientes con cáncer, se observan disminuciones en la fatiga (Galantino et al., 2013),
resultados similares a los que aportan Reid-Arndt, Matsuda y Cox (2012) en un grupo de
supervivientes al cáncer de mama. Una combinación de taichí con otra técnica que será
descrita más adelante, el qigong, ha mostrado su eficacia para reducir la fatiga en
supervivientes al cáncer de mama, resultados obtenidos de un ensayo aleatorio controlado
realizado por Larkey et al. (2015). A pesar de los resultados positivos, es necesario un mayor
número de estudios que confirmen la eficacia de esta intervención para mejorar la fatiga en los
supervivientes al cáncer (Yan, Pan, Zhang, Sun y Cui, 2014).
El qigong es una técnica de la medicina tradicional china basada en la actividad física,
similar al taichí pero más antigua. El qigong consiste en la realización de movimientos
corporales lentos y control mental (meditación) y es ampliamente utilizada por pacientes de
cáncer de países orientales (Lam et al., 2009). Esta técnica ha sido aplicada en un ensayo
aleatorizado y controlado en supervivientes al cáncer de próstata con resultados positivos
para reducir la fatiga (Campo et al., 2014), aunque, por otro lado, algunos autores dudan de su
eficacia para reducir la fatiga en pacientes de cáncer (Oh et al., 2012), por lo que es necesario
una mayor cantidad de estudios controlados para evaluar adecuadamente la pertinencia de su
aplicación.
Dentro de este grupo heterogéneo de intervenciones desarrolladas con el objetivo de
aliviar la fatiga en los supervivientes encontramos un estudio piloto realizado por Castellar,
Fernández y Tosta (2014) en el que se utiliza la meditación para lograr este objetivo. El
programa tuvo ocho semanas de duración y se aplicó con una frecuencia de 20 minutos dos
veces al día. Los resultados obtenidos por el grupo que recibió esta intervención muestran
reducciones significativas en la fatiga observada comparados con el grupo control.
Se han aplicado también técnicas de visualización con el objetivo de mejorar la calidad de
vida en los supervivientes, incluyendo reducir la fatiga. Así, encontramos un ensayo
aleatorizado llevado a cabo por Freeman et al. (2014) en el que aplican una intervención
basada en la visualización a un grupo de supervivientes al cáncer de mama y detectan mejoras
en los pacientes que se sometieron en el programa comparados con el grupo en lista de espera.
Por último, se ha puesto a prueba la eficacia de complementos dietéticos como el ginseng
para aliviar la fatiga en este grupo de pacientes. En un ensayo aleatorizado realizado por
Barton et al. (2013) los autores obtienen resultados que avalan el uso del ginseng, ya que
observan disminuciones en la fatiga que son mayores en pacientes cuyo tratamiento está aún
activo en comparación con aquellos que ya lo han finalizado; sin embargo, otros autores
aportan datos que no apoyan esta afirmación (Finnegan-John, Molassiotis, Richardson y Ream,
2013), por lo que la utilidad real de este complemento está aún por probar.

8.3. CONCLUSIONES

La fatiga en los pacientes que han superado el cáncer es una alteración que merece una
atención especial por su persistencia y por sus relaciones con aspectos importantes asociados
a la calidad de vida y la supervivencia. Por este motivo en la literatura científica se puede
rastrear una gran variedad de intervenciones de tipo psicológico y de otro tipo que han sido
desarrolladas para reducir los síntomas de fatiga en los supervivientes. Los tratamientos
revisados en este capítulo aportan datos sobre la terapia cognitivo-conductual, la terapia
cognitivo-conductual para el insomnio, las intervenciones psicoeducativas, el mindfulness, el
ejercicio y el yoga como tratamientos bien establecidos.
Sin embargo, es necesario hacer algunos comentarios acerca de estas intervenciones que
pueden ser de utilidad para el clínico interesado en decidir cuál de ellas recomendar a los
pacientes. Por ejemplo, la terapia cognitivo-conductual y la terapia cognitivo-conductual para
el insomnio se muestran eficaces, aunque aparecen resultados contradictorios o que muestran
que otro tipo de intervenciones, como el ejercicio, obtienen mayores efectos beneficiosos,
aspectos que deben ser tenidos en cuenta en el momento de decidir la intervención más
ajustada. En este sentido, los programas que incluyen diferentes aspectos educativos muestran
su utilidad, aunque una vez más, cuando se trata de este tipo de programas, su variedad y
heterogeneidad dificultan la comprensión y aplicabilidad de los resultados a una mayor
variedad de situaciones. A pesar de estas dificultades, los aspectos educativos parece que
influyen positivamente en la reducción de la fatiga en los supervivientes, algo que debe ser
tenido en cuenta. En este sentido, la aplicación del mindfulness también se muestra como una
alternativa eficaz en este grupo de pacientes para reducir la fatiga observada, pero sin duda el
tratamiento que cuenta con una mayor evidencia y que además no solamente está avalado por
los efectos beneficiosos para reducir la fatiga sino que además cuenta con una elevada
adherencia es el ejercicio físico, en especial el ejercicio con una mayor duración, de tipo
aeróbico y de resistencia y de intensidad moderada. El clínico interesado puede encontrar una
gran variedad de ejemplos de programas de ejercicio que han mostrado su eficacia, aunque es
necesario tener en cuenta las características personales y médicas de los pacientes antes de
recomendar esta intervención; además, es posible que aparezcan barreras que dificulten la
aplicación efectiva de estos de programas de tipo psicológico, físico y ambientales, por lo que
se recomienda el uso de diferentes estrategias, como la realización de los ejercicios de forma
grupal para que los efectos del ejercicio sean los deseados.
Las intervenciones basadas en diferentes variantes del yoga, como el lyengar yoga, también
se muestran como una alternativa eficaz para reducir la fatiga, en una variedad de ensayos de
tipo aleatorizado y controlado. Aunque algunos autores observan estos efectos positivos de
forma retardada, parece que su aplicación es altamente recomendable; no obstante, igual que
en el caso anterior, es posible que algunos pacientes con fatiga persistente encuentren
problemas para adoptar las diferentes posturas y aplicarlas correctamente, lo que puede
suponer una dificultad.
Otro tipo de intervenciones, como la acupuntura, la acupresura, el taichí, el qigong o los
complementos dietéticos, muestran efectos positivos para reducir la fatiga en los
supervivientes, sobre todo en el caso de la acupuntura, que aunque no es una técnica
psicológica, se incluye en esta guía de forma excepcional debido a la relevancia de los
resultados obtenidos cuando se aplica con el objetivo de reducir la fatiga en los
supervivientes al cáncer. A pesar de los problemas detectados en los ensayos que aplican la
acupuntura, como por ejemplo la falta de protocolización, la acupuntura se muestra como una
alternativa que además de su bajo coste tiene como ventaja la elevada seguridad de su
aplicación.
9
Las alteraciones en el sueño en los
supervivientes al cáncer

9.1. INTRODUCCIÓN

Las alteraciones en el sueño son frecuentes en los supervivientes al cáncer. En este grupo
de pacientes los problemas más comunes incluyen el insomnio, dificultad para conciliar el
sueño o problemas para mantenerlo, insatisfacción con el sueño y despertares tempranos por la
mañana. Estas alteraciones afectan a un porcentaje de supervivientes que oscila entre el 30 por
100 y el 90 por 100 dependiendo una vez más del tipo de estudio y del método de evaluación
utilizado. Además estas alteraciones son particularmente frecuentes en las supervivientes al
cáncer de mama, entre las cuales la presencia de insomnio crónico puede alcanzar el 95 por
100 (Anderson y Taylor, 2012; Beisland et al., 2014; Bennet et al., 2010; Forsythe, Helzlsouer,
MacDonald y Gallicchio, 2012; Gooneratne et al., 2007; Mustian et al., 2013; Otte, Carpenter,
Russell, Bigatti y Champion, 2010; Pachman, Barton, Swetz y Loprinzi, 2012; Palesh et al.,
2013; Savard, Simard, Blanchet, Ivers y Morin, 2001; Taylor et al., 2011). Sin embargo,
aunque hay autores que observan que la presencia de insomnio se reduce de forma estable
durante el tiempo posterior a la finalización del tratamiento (Barnas´ et al., 2012), parece que
la mayor evidencia apoya la afirmación de la presencia significativa de estas alteraciones en
los supervivientes.
La mayoría de los estudios que han evaluado la posible presencia de las alteraciones del
sueño en los supervivientes han encontrado una fuerte asociación entre éstas y la fatiga,
además de la influencia negativa que tienen sobre la calidad de vida de los supervivientes
(Alexander, Minton, Andrews y Stone, 2009; Banthia, Malcarne, Ko, Varni y Sadler, 2009;
Berger et al., 2012; Bower et al., 2011; Ossan et al., 2014; Torkzahrani, Rastegari,
Khodarakami, Akbarzadeh-Baghian y Alizadeh, 2013).
Además, la fatiga se relaciona consistentemente con diferentes aspectos del sueño, como
una peor calidad, alteraciones en el inicio y el mantenimiento, despertares nocturnos, sueño no
reparador y, por tanto, mayor cansancio durante el día; además, una mayor severidad en los
niveles de fatiga observados se asocia con mayores índices de insomnio (Roscoe et al., 2007;
Schultz et al., 2011).
En este sentido, hay autores que señalan que las alteraciones en el sueño de los
supervivientes se asocian con problemas al realizar tareas cotidianas, un peor funcionamiento
físico y una menor actividad física, con la presencia de dolor y síntomas de malestar
emocional, como por ejemplo la depresión, y en supervivientes al cáncer de mama con
sudores nocturnos y dolor en el brazo o el hombro (Bardwell et al., 2008; Dahl et al., 2011;
Grov et al., 2011; Han et al., 2013; Hsiao et al., 2013; Humpel y Iverson, 2010; Irwin et al.,
2013; Jensen et al., 2010; Otte et al., 2010; Sharma et al., 2012). Además, una mayor edad,
haber recibido una terapia complementaria, haber sido sometido a radioterapia o
quimioterapia, presentar alteraciones cognitivas y pensamientos intrusivos se asocian con una
mayor presencia de problemas en el sueño en los supervivientes (Bower et al., 2011; Mao et
al., 2007; Manley et al., 2012; Savard y Morin, 2001; Sterzi et al., 2013; Taylor et al., 2012;
Von Ah y Tallman, 2015).
Otros autores han identificado diferentes factores de riesgo para la aparición de estas
alteraciones en los supervivientes. Así, según algunos autores, los factores que suponen un
riesgo para desarrollar alteraciones en el sueño en las supervivientes al cáncer de mama
serían no tener empleo, ser viuda o separada, haber sido sometida a una lumpectomía o a
quimioterapia, haber ganado peso desde el diagnóstico, haber recibido el diagnóstico de
cáncer en un estadio temprano, tener un mayor nivel educativo y la presencia de pensamientos
intrusivos relacionados con el cáncer de mama (Alfano et al., 2011; Savard et al., 2001;
Taylor et al., 2012).

9.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA LAS ALTERACIONES EN EL


SUEÑO EN LOS SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

A continuación se van a describir las intervenciones diseñadas por diferentes autores para
reducir las alteraciones en el sueño que aparecen en este grupo de pacientes, como viene
siendo tónica habitual en esta guía. Es necesario mencionar la gran variabilidad de
intervenciones diseñadas para tal fin, desde la terapia cognitivo-conductual hasta el yoga,
además de otro tipo de programas que en estos momentos no cuentan con un elevado aval
empírico pero que merecen mencionarse en este capítulo.

9.2.1. Terapia cognitivo-conductual

La aplicación de la terapia de tipo cognitivo-conductual en los supervivientes al cáncer ha


demostrado su eficacia para reducir las alteraciones en el sueño en multitud de estudios con
diferentes niveles de control (Garland et al., 2014). Dentro de los ensayos aleatorizados y
controlados, encontramos el trabajo realizado por Matthews et al. (2014), en el que los
autores aplican la TCC a un grupo de supervivientes al cáncer de mama y comparan los
resultados obtenidos con un grupo control que recibió una terapia conductual. El grupo que
recibió la intervención de TCC obtuvo una mejor eficiencia y una menor latencia en el sueño
que el grupo control, además de mayores conocimientos relacionados con la higiene del sueño,
resultados que se mantuvieron a los tres y seis meses de seguimiento. En otro ensayo de este
tipo, los autores aplicaron una intervención de ocho semanas basada en la TCC que incluía:
control de estímulos, restricción del sueño, terapia cognitiva, higiene del sueño y
entrenamiento en manejo de la fatiga a un grupo de supervivientes al cáncer de mama. Los
supervivientes que recibieron esta intervención mostraron mejoras significativas en los
índices del sueño evaluados (sueño diario e insomnio), y además los participantes notaron
mejoras en los niveles de ansiedad y depresión y una mayor calidad de vida comparados con
el grupo control que estaba en lista de espera. Estos efectos se mantuvieron doce meses
después de finalizar la intervención (Savard, Simard, Ivers y Morin, 2005). En otro ensayo
aleatorizado y controlado Epstein y Dirksen (2007) aportan datos similares acerca de la
eficacia de la TCC para aliviar los síntomas de insomnio en las supervivientes al cáncer de
mama. En este estudio, la intervención incluía diferentes componentes: control estimular,
restricción del sueño, higiene y educación del sueño, y los resultados obtenidos se compararon
con un grupo que solamente recibió educación e higiene del sueño. Los resultados obtenidos
por ambos grupos indican que se producen mejoras en diferentes aspectos relacionados con la
eficiencia del sueño; sin embargo, el grupo multicomponente obtuvo mejores resultados que el
grupo con una sola intervención. En otro ensayo de este tipo, se utilizó una intervención grupal
de cinco semanas en la que se aplicaba la TCC a un grupo de supervivientes a diferentes tipos
de cáncer (mama, próstata, colorrectal y ginecológico) y se compararon los resultados
obtenidos con un grupo control que recibió los cuidados habituales. El grupo que recibió la
TCC mostró mejoras significativas en diferentes aspectos del sueño, como por ejemplo
menores niveles de vigilia nocturna y menos dificultades para iniciar el sueño, menos
despertares nocturnos y una elevada eficiencia del sueño (porcentaje de tiempo dormido
estando en la cama), comparados con el grupo control; además estos efectos se mantuvieron
durante los seis meses posteriores a la intervención (Espie et al., 2008).
En un ensayo piloto llevado a cabo por Fiorentino et al. (2010), se muestran los efectos
positivos de una intervención de seis semanas con sesiones individuales de TCC para el
insomnio en 14 supervivientes al cáncer de mama comparados con un grupo control en lista de
espera. Después de participar en dicha intervención, las supervivientes informaron de mejoras
en el insomnio y la calidad del sueño, junto con medidas objetivas de sueño.
Otros autores han intentado encontrar efectos beneficiosos de la TCC utilizando las nuevas
tecnologías, como internet. En este sentido encontramos el ensayo aleatorizado y controlado
llevado a cabo por Ritterband et al. (2012) en el que se aplicó una intervención online basada
en la terapia cognitivo-conductual para el insmonio a supervivientes a diferentes tipos de
cáncer (véase la descripción de la intervención en el cuadro 9.1). Los resultados avalan la
eficacia del uso de este tipo de intervención, ya que se observaron mejoras significativas en
los parámetros del sueño y los participantes mostraron una elevada satisfacción con el
programa.
La TCC muestra una mayor eficacia cuando la administra un profesional que cuando se
utilizan otros medios. Por ejemplo, Savard et al. (2014) evaluaron los resultados de la TCC
cuando la administraba un profesional cualificado durante seis sesiones individuales y
semanales de 50 minutos o a través de un vídeo de 60 minutos (véase descripción de la
intervención en el cuadro 8.2). Las supervivientes al cáncer de mama fueron adjudicadas a uno
de estos dos grupos y a un tercer grupo que no recibió ningún tratamiento. Los resultados
mostraron mejoras en insomnio y en otros parámetros relacionados con el sueño en los dos
grupos que recibieron la TCC comparados con el grupo control. Sin embargo, las mejoras más
significativas se obtuvieron en el grupo que recibió la TCC en sesiones individuales en
parámetros como: insomnio, despertares tempranos por la mañana, depresión, fatiga y
creencias erróneas sobre el sueño.

CUADRO 9.1
Evaluación inicial de una intervención basada en Internet para mejorar el sueño de los supervivientes al cáncer con
insomnio (Ritterband et al., 2012)

Objetivo: evaluar la eficacia de la terapia cognitivo-conductual online para reducir el insomio en los supervivientes.

Intervención:

— El programa Sleep Healthy Using the Internet incluye seis diferentes módulos interactivos:

1. Visión de conjunto: se proporciona una introducción al programa y se fundamentan las bases en las que se apoya.
2. Conducta 1: restricción del sueño.
3. Conducta 2: control estimular.
4. Educación: higiene del sueño.
5. Pensamientos del sueño: identificación y reestructuración de creencias desadaptativas sobre el sueño.
6. Prevención de recaídas.

Cada módulo incluye elementos interactivos y combinaciones de textos, gráficos, viñetas y animaciones.
Duración: seis semanas; 45-60 minutos por cada módulo.
Aplicación: individual, online.

Resultados: reducciones significativas en el insomnio, una mejor eficiencia del sueño, una menor latencia en el inicio del
sueño, un sueño más profundo y un sueño más reparador.

Existen otras investigaciones en las que se han probado otras combinaciones con la TCC
para evaluar su eficacia en la reducción de las alteraciones en el sueño de los supervivientes.
Por ejemplo, Roscoe et al. (2015) realizaron un ensayo aleatorizado y controlado en el que los
supervivientes fueron asignados a dos grupos. El primer grupo recibió TCC y armodafinil, y el
segundo grupo, TCC y placebo. Después de someterse a estas intervenciones, los dos grupos
mostraron mejoras en los niveles de insomnio; sin embargo, el grupo que recibió TCC y
placebo mostró reducciones significativamente mayores que el grupo que recibió TCC y
armodafinil, por lo que la TCC por sí resulta más eficaz que cuando se acompaña de
medicación.
La eficacia de la TCC se observa también en estudios con un menor nivel de control; por
ejemplo en un programa diseñado para aliviar los síntomas de insomnio en los supervivientes
que incluía seis semanas de terapia grupal con entrenamiento en relajación y control de
estímulos y otras estrategias con el objetivo de reducir la activación cognitiva y consolidar el
sueño. Después de recibir esta intervención, los supervivientes mostraron mejoras
significativas en la calidad del sueño y menor número de despertares nocturnos e insomnio, y
estos efectos beneficiosos se observaron ocho semanas después de finalizar el programa
(Davidson, Waisberg, Brudage y MacLean, 2001). En otro programa de intervención, la TCC
se administró durante seis semanas utilizando un vídeo con historias animadas y folletos
informativos a una muestra de 11 supervivientes al cáncer de mama con el objetivo de reducir
el insomnio observado. Después de participar en dicho programa, los supervivientes
informaron de reducciones en el insomnio, efectos positivos que se mantuvieron tres meses
después de finalizar la intervención (Savard, Villa, Simard, Ivers y Morin, 2011).

9.2.2. Intervenciones psicoeducativas

Dentro de esta categoría encontramos programas multicomponente cuyo objetivo es


entrenar a los supervivientes en diferentes estrategias, como por ejemplo aumentar su
automanejo. Así, encontramos un ensayo aleatorizado llevado a cabo por Gaston-Johansson et
al. (2013) en el que se aplicó un programa de este tipo a un grupo de supervivientes al cáncer
de mama y se compararon los resultados con un grupo control. El programa de automanejo
incluye la reestructuración cognitiva, la educación en estrategias de afrontamiento adecuadas y
la relajación por imaginación guiada, y fue implementado dos semanas antes de la admisión en
el hospital. El entrenamiento se mantuvo durante el tratamiento y se prolongó tres meses
después de finalizar el mismo. Una vez terminada la aplicación del programa, los resultados
obtenidos después de un año de seguimiento mostraron mejoras significativas en las
alteraciones en el sueño en el grupo que recibió el entrenamiento frente a aquel que no se
sometió al programa educativo. En un ensayo aleatorizado y controlado llevado a cabo por
Bantum et al. (2014) se puso a prueba la eficacia de un programa de intervención utilizando
una plataforma web que incluía una gran variedad de aspectos, desde promover una dieta
saludable hasta aumentar la cantidad de ejercicio realizada por los supervivientes, pasando
por técnicas de manejo del estrés y mejoras de la comunicación con los profesionales de la
salud. La intervención se aplicó a un grupo de supervivientes y obtuvo reducciones
significativas en el insomnio, además de mejorar la cantidad de ejercicio, todo ello cuando se
comparan con el grupo control.

9.2.3. Mindfulness

En lo que se refiere a la aplicación del mindfulness para aliviar las alteraciones del sueño
en los supervivientes, encontramos resultados que apoyan la eficacia de su uso. Stan et al.
(2012), en una revisión de estudios realizados con supervivientes al cáncer de mama,
observan que el mindfulness resulta eficaz para reducir las alteraciones en el sueño en este
grupo de pacientes. Es así en un ensayo piloto de tipo aleatorizado y controlado realizado por
Nakamura, Lipschitz, Kuhn, Kinney y Donaldson (2013) en el que se puso a prueba la eficacia
de dos tipos de intervenciones diferentes: mindfulness y mind-body bridging, y además se
incluyó un grupo que recibió entrenamiento solamente en higiene del sueño. Todas las
intervenciones se aplicaron en tres sesiones, una vez a la semana. Después de participar en los
programas, los resultados obtenidos por los supervivientes indican que las dos intervenciones
producían una mejora significativa en los problemas en el sueño de forma significativa, por
delante del grupo que recibió solamente entrenamiento en higiene del sueño. En otro ensayo de
este tipo se aplicó una intervención de reducción del estrés basada en el mindfulness para
aliviar las alteraciones en el sueño en un grupo de 79 supervivientes al cáncer de mama (véase
la descripción de la intervención en el cuadro 9.2). Una vez finalizada la intervención, las
supervivientes informaron de mejoras en una variedad de aspectos relacionados con el sueño,
por ejemplo eficiencia del sueño, porcentaje de tiempo de sueño y un menor número de
despertares (Lengacher et al., 2015). Resultados similares acerca de la eficacia de las
intervenciones para la reducción del estrés basadas en el mindfulness son los obtenidos por
Lengacher et al. (2012). En este estudio se aplicó esta intervención a un grupo de
supervivientes al cáncer de mama y los resultados obtenidos se compararon con los que
registró un grupo control que recibió los cuidados habituales. De nuevo el grupo que recibió la
intervención de reducción del estrés obtuvo mejoras significativas en las alteraciones en el
sueño observadas y además estos resultados se observaron seis semanas después de finalizar
la intervención. En un ensayo similar llevado a cabo por Johns et al. (2014) se constató que
esta intervención también resulta eficaz cuando se aplica a supervivientes con diferentes tipos
de cáncer. En este estudio, los autores aplicaron una intervención de reducción del estrés
basada en el mindfulness con una duración de cinco semanas a un grupo de supervivientes y
compararon los resultados obtenidos con un grupo control en lista de espera (véase
descripción de la intervención en el cuadro 9.3). Después de participar en el programa, los
supervivientes obtuvieron reducciones significativas en las alteraciones del sueño comparados
con el grupo control, y además estos efectos positivos se observaron a los seis meses de
seguimiento.

CUADRO 9.2
Efectos de la reducción del estrés basada en el mindfulness sobre parámetros objetivos y subjetivos del sueño en
mujeres con cáncer de mama: un ensayo aleatorizado y controlado (Lengacher et al., 2015)

Objetivo: evaluar la eficacia de una intervención de reducción del estrés basada en el mindfulness sobre múltiples medidas
de sueño objetivas y subjetivas en los supervivientes.

Intervención:

1. Material educativo sobre relajación, meditación, conexión mente-cuerpo y estilos de vida saludables.
2. Práctica activa de meditación, yoga y escáner corporal.
3. Grupos de apoyo de discusión e interacción.
4. Tareas para casa: se pide al paciente que realice las técnicas de meditación diariamente durante 15-45 minutos durante
las doce semanas del estudio.

Duración: doce semanas, con seis sesiones semanales de dos horas de duración.
Aplicación: individual, grupal.

Resultados: mejoras significativas en el sueño objetivo y no tan relevantes en el sueño subjetivo.

9.2.4. Ejercicio

La realización de ejercicio físico parece que también tiene efectos beneficiosos sobre el
sueño alterado en los supervivientes. En este sentido encontramos una revisión realizada por
Mishra et al. (2012) en la que los autores constatan que los supervivientes que realizan este
tipo de actividad obtienen mejores valores en dominios relacionados con el sueño y además
estos efectos beneficiosos se mantienen durante el seguimiento. En este sentido, encontramos
en la literatura un ensayo piloto de tipo aleatorizado y controlado llevado a cabo por Rogers et
al. (2015) en el que se aplicó un programa de ejercicio multicomponente. Después de
participar en el programa, el grupo que recibió la intervención obtuvo mejoras en
determinados parámetros del sueño, como una mayor duración (véase la descripción de la
intervención en el cuadro 9.3). Otros autores han aplicado programas de ejercicio que además
incluían entrenamiento en relajación con el objetivo de mejorar la calidad en el sueño de los
supervivientes. Un estudio que incluyó dichos programas fue el diseñado por Rabin, Pinto,
Dunsiger, Nash y Trask (2009), que fue aplicado durante doce semanas a un grupo de 23
supervivientes al cáncer de mama con resultados positivos, ya que efectivamente se observan
mejoras en la calidad del sueño de las pacientes que fueron sometidas a él. Estos efectos
beneficiosos del ejercicio sobre las alteraciones en el sueño se observan también en
supervivientes de diferentes tipos de cáncer, como sugieren los datos obtenidos por Van
Gerpen y Becker (2013), después de aplicar un programa de ejercicio de doce semanas.

CUADRO 9.3
La inflamación y los factores psicosociales median en los efectos del ejercicio sobre la calidad del sueño en las
supervivientes al cáncer de mama: un ensayo piloto aleatorizado (Rogers et al., 2015)

Objetivo: evaluar la eficacia de un programa de ejercicio sobre las alteraciones en el sueño de los supervivientes.

Intervención:

— Ejercicio aeróbico: caminar con una intensidad moderada.


— Ejercicio de resistencia: dos veces a la semana ejercicios de resistencia utilizando bandas o elásticos de resistencia.
— Grupos de discusión: se utilizan estos grupos para mejorar la adherencia a la intervención.

Duración: tres meses, 160 minutos a la semana.


Aplicación: individual, grupal.

Resultados: aumentos significativos en la duración del sueño y mejoras, aunque no relevantes, en la somnolencia durante el
día.
9.2.5. Yoga

Las intervenciones basadas en el yoga pueden provocar efectos positivos en los


supervivientes que informan de alteraciones en el sueño. En una revisión de estudios con
diferentes grados de control, Mustian (2013) aporta datos de la eficacia de esta intervención
para aliviar los problemas en el sueño en los supervivientes. No obstante, Buffart et al.
(2012), en una revisión y metaanálisis de ensayos aleatorizados y controlados que tenía como
objetivo evaluar la eficacia del yoga sobre diferentes aspectos, entre ellos el sueño en
pacientes de cáncer y supervivientes, después de analizar los resultados observaron que el
yoga provoca efectos pequeños y no significativos cuando se trata de reducir las alteraciones
en el sueño en estos pacientes. A pesar de esta disparidad de resultados, hay en la literatura
estudios que apoyan la eficacia de esta intervención. Por ejemplo, en un ensayo aleatorizado y
controlado multicentro realizado por Mustian et al. (2013) se aplicó una intervención de yoga
a supervivientes a diferentes tipos de cáncer (véase la descripción de la intervención en el
cuadro 9.4). Después de finalizar el programa, los autores informan de mejoras significativas
en la calidad global del sueño y, en concreto, en la eficacia subjetiva del sueño y menor
cantidad de despertares y cansancio diurno que el grupo control. Además, esta intervención
disminuyó la cantidad de medicación que necesitaron los participantes. En otro ensayo
aleatorizado llevado a cabo por Carson, Carson, Porter, Keefe y Seewaldt (2009) con
supervivientes al cáncer de mama que sufrían golpes de calor se observan efectos
beneficiosos del yoga sobre las alteraciones en el sueño. En este estudio, unas supervivientes
fueron asignadas a un programa de yoga de ocho semanas que incluía diferentes componentes
(posturas de yoga, meditación y ejercicios de respiración), mientras que otras quedaron
adscritas a un grupo en lista de espera. Después de finalizar la intervención, las supervivientes
que participaron en el programa de yoga obtuvieron mejoras significativas en la frecuencia de
los golpes de calor y en las alteraciones en el sueño.

9.2.6. Hipnosis

El uso de la hipnosis para mejorar el sueño de los supervivientes arroja resultados que
parecen avalarlo. Por ejemplo, encontramos un ensayo piloto cuyos autores observan que,
después de entrenar a cuatro mujeres supervivientes al cáncer de mama con sesiones de
autohipnosis (4 a 5), existen mejoras significativas en el sueño, resultados que se mantienen
seis meses después de la intervención. Aunque es cierto que se observa una disminución en
estas mejoras, desde la inmediata finalización de la intervención hasta seis meses después, en
cualquier caso, los niveles obtenidos ya no volvieron a ser los de la línea base (Jensen et al.,
2012). En esta línea, en un ensayo aleatorizado y controlado llevado a cabo por Elkins et al.
(2008) se aplica una intervención de hipnosis con una frecuencia de cinco sesiones semanales
a un grupo de supervivientes al cáncer de mama que tenían golpes de calor y se compararon
los resultados obtenidos después de finalizar el programa con un grupo control que no recibió
ningún tratamiento. Los resultados que obtuvieron los autores indican mejoras significativas en
los golpes de calor de las supervivientes que recibieron la hipnosis en las alteraciones del
sueño, comparadas con el grupo sin tratamiento.

CUADRO 9.4
Ensayo multicentro aleatorizado y controlado sobre los efectos del yoga sobre la calidad del sueño en los
supervivientes al cáncer (Mustian et al., 2013)

Objetivo: determinar la eficacia de una intervención de yoga para mejorar la calidad del sueño en los supervivientes.

Intervención: Yoga for Cancer Survivors (YOCAS)

Cada sesión incluye:

— Hatha yoga y yoga de restauración:


1. Posturas de alineamiento físico.
2. Ejercicios de respiración.
3. Ejercicios de mindfulness.

Duración: cuatro semanas, dos veces a la semana durante 75 minutos cada sesión.
Aplicación: grupal.

Resultados: mejoras significativas en la calidad del sueño global, la calidad subjetiva del sueño y la eficiencia del sueño.

9.2.7. Otras intervenciones

Hay autores que han propuesto el uso de la meditación como medida complementaria para
aliviar los problemas en el sueño en los supervivientes al cáncer. En esta línea encontramos un
estudio piloto realizado por Castellar et al. (2014) en el que se aplicó una intervención basada
en la meditación de ocho semanas de duración que incluía 20 minutos de meditación dos veces
al día a un grupo de supervivientes al cáncer de mama. Después de las ocho semanas de
intervención, los participantes obtuvieron mejoras en diferentes aspectos relacionados con la
calidad de vida, entre ellos el sueño, comparados con los datos registrados antes de
implementar la intervención en las supervivientes. Sin embargo, una mayor duración en el
programa, de quince semanas en vez de ocho, no produjo efectos beneficiosos adicionales.
Otra técnica utilizada para mejorar la calidad del sueño en los supervivientes ha sido el
taichí. Así, encontramos en la literatura un estudio piloto en el que se aplica esta técnica a un
grupo de 12 supervivientes al cáncer de mama en un programa de ocho semanas de duración
con un frecuencia de una hora de taichí dos veces a la semana. Después de participar en el
programa, las supervivientes informan de mejoras significativas en diferentes aspectos, como
la depresión o la ansiedad, pero en concreto se observan mejoras relevantes en la duración y
en la calidad del sueño de las supervivientes que participaron en el programa, comparados los
resultados con los obtenidos en la línea base (Galantino et al., 2013).
La aplicación de la acupuntura también parece provocar efectos beneficiosos sobre el
sueño de los supervivientes. En este sentido, encontramos un estudio piloto cuyo objetivo fue
mejorar la calidad en el sueño de un grupo de supervivientes al cáncer de mama
posmenopáusicas aplicando un programa de acupuntura de tres sesiones durante dos semanas.
Una vez finalizada la intervención, las participantes registraron disminuciones en el tiempo
necesario para conciliar el sueño y reducciones en el porcentaje de tiempo que permanecen
despiertas, una vez dormido, y además una disminución en la frecuencia de los golpes de calor
experimentados por las supervivientes (Otte, Carpenter, Zhong y Johnstone, 2011). En otro
estudio realizado por De Valois et al. (2010), se observa que la acupuntura tradicional
aplicada a supervivientes al cáncer de mama que informaban de padecer golpes de calor y
sudores nocturnos provoca disminuciones en estos síntomas, lo que resulta en una mejora en
diferentes aspectos relacionados con la calidad de vida, entre ellos la calidad del sueño.
Resultados similares a los que encontramos en un ensayo aleatorizado en el que se administra
electroacupuntura a un grupo de supervivientes al cáncer de mama que también padecían
golpes de calor. Después de doce semanas de aplicación de esta técnica, las supervivientes
informaron de reducciones significativas en todos los parámetros del sueño evaluados,
resultados mantenidos a los doce meses de seguimiento; además, la intervención redujo la
frecuencia de aparición de los golpes de calor (Frisk, Källström, Wall, Fredrikson y Hammar,
2012).
Finalmente, encontramos un ensayo en el que se utiliza la visualización como técnica en un
grupo de supervivientes al cáncer de mama con el objetivo de aliviar diferentes síntomas,
entre ellos las alteraciones en el sueño. Después de participar en el programa de cinco
sesiones semanales de 4 horas de duración, los supervivientes informaron de reducciones
significativas en las alteraciones en el sueño observadas, comparados con el grupo control en
lista de espera (Freeman et al., 2014).

9.3. CONCLUSIONES

Las alteraciones en el sueño en los pacientes que han superado un cáncer es un problema
que se presenta con una gran frecuencia y que afecta además de forma significativa a la
calidad de vida de los supervivientes. Por estos motivos, varios autores se han interesado en
el desarrollo de diferentes intervenciones para reducir las alteraciones en el sueño que pueden
aparecer en este grupo de pacientes. La evidencia a este respecto señala que las
intervenciones con un mayor soporte empírico y que pueden considerarse bien establecidas
son la terapia cognitivo-conductual para el insomnio, el mindfulness, el ejercicio y el yoga,
por delante de otro tipo de intervenciones con un menor respaldo pero que muestran efectos
positivos, como las intervenciones psicoeducativas o la hipnosis.
Si analizamos los resultados obtenidos por diferentes autores que han aplicado la TCC
para el insomnio en los supervivientes, observamos que, aparte de su eficacia, es necesario
tener en cuenta algunas consideraciones para su aplicación, ya que existe un porcentaje
elevado de supervivientes (32 por 100-89 por 100) que no siguen la terapia de forma
adecuada. En este sentido es de utilidad identificar aquellos factores que pueden influir en la
adherencia al tratamiento. Por ejemplo, se observa una elevada adherencia a la terapia de
aquellos pacientes que tienen una peor percepción subjetiva de su calidad de sueño y un menor
número de despertares nocturnos, datos que deben tenerse en cuenta en el momento de planear
la aplicación de dicho tratamiento (Matthews, Schmiege, Cook, Berger y Aloia, 2012). La
utilización del mindfulness en este grupo de pacientes para mejorar el sueño también ha
mostrado su eficacia, y además este tipo de intervención cuenta con unos niveles de
adherencia muy elevados (90 por 100), por lo que todo parece indicar que no solamente es útil
para aliviar los síntomas de malestar relativo al sueño sino que además cuentan con una
elevada aceptación por parte de los pacientes, circunstancia que debe ser tenida en cuenta.
También el ejercicio obtiene resultados de su eficacia muy significativos cuando se emplea
con el objetivo de mejorar el sueño de los supervivientes, y además los programas utilizados
suelen ser sencillos y de fácil aplicación, al contrario que los basados en el yoga, que pese a
su eficacia son complicados de implementar, aunque a pesar de estas dificultades no se debe
obviar su valor terapéutico, avalado por numerosos estudios.
Otro tipo de intervenciones que se han implementado en este grupo de pacientes con el
objetivo de reducir los problemas en el sueño, como la meditación, el taichí, la acupuntura o
la visualización, obtienen resultados que pueden considerarse prometedores, pero sin embargo
en la actualidad no obtienen un adecuado soporte empírico para ser considerados tratamientos
de elección por diferentes motivos. Por ejemplo, en el caso de la meditación o el taichí los
resultados provienen de estudios piloto, por lo que es necesaria una mayor investigación en
estos campos. Con respecto a la acupuntura se observa que los resultados provienen de
estudios con unos inadecuados niveles de control, problema que también aparece con el uso de
la visualización, por lo que estas intervenciones habrán de superar estas dificultades en el
futuro. Para finalizar es necesario destacar que, dada la asociación que existe entre los
problemas en el sueño y la fatiga, que describimos en el capítulo anterior, este aspecto debe
tenerse en cuenta en el momento de elegir la estrategia terapéutica más adecuada para su
implementación.
10
Las alteraciones en la sexualidad en los
supervivientes al cáncer

10.1. INTRODUCCIÓN

Las alteraciones en la sexualidad aparecen con frecuencia en la mayoría de los tipos de


cáncer, y afectan a un porcentaje que puede alcanzar al 50 por 100 de los supervivientes. Estos
problemas se observan especialmente en aquellos pacientes que han sufrido la enfermedad en
áreas pélvicas y relacionadas con la función sexual y en aquellos cuyos tratamientos afectan a
la función hormonal (Adams et al., 2014; Arden-Close, Eiser y Pacey, 2011; Denlinger et al.,
2014; Dizon, Suzin y Mcllvna, 2014; Falk y Dizon, 2013; Goldfarb et al., 2013; Krychman y
Millheiser, 2013; McLeod y Hamilton, 2013).
Las alteraciones en la sexualidad afectan negativamente a la calidad de vida y favorecen la
aparición de preocupaciones relacionadas con la fertilidad (Bober y Varela, 2012; Gao y
Dizon, 2013; Kort, Eisenberg, Millheiser y Westphal, 2014), aunque frecuentemente estos
problemas no reciben la atención que merecen por su relevancia (Bober, Carter y Falk, 2013).
Un dato a tener en cuenta es que hay autores que no encuentran diferencias con la población
general en cuanto a la prevalencia de disfunciones sexuales en los supervivientes al cáncer, lo
que puede deberse a que los pacientes dan una importancia relativa a la presencia de estos
síntomas, ya que hay problemas más inmediatos que resolver relacionados con el cáncer y la
recuperación después de los tratamientos (Pérez et al., 2010; Recklitis, Sánchez-Varela, Ng,
Mauch y Bober, 2010). A pesar de esta disparidad de resultados, la evidencia parece
posicionarse a favor de la necesidad e importancia de tener en cuenta los síntomas
relacionados con la función sexual que persisten a largo plazo en los supervivientes al cáncer.
En este sentido, el cáncer en los órganos reproductivos provoca alteraciones en la
sexualidad en casi la totalidad de los supervivientes (50 por 100-100 por 100), alteraciones
que pueden persistir más de diez años después del diagnóstico (Audette y Waterman, 2010).
En las supervivientes al cáncer ginecológico, diferentes autores aportan datos de la
presencia de estas alteraciones, y además diferentes síntomas, como el dolor, la ansiedad, la
ira y un peor ajuste psicológico, afectan negativamente a la función sexual (Carter, Penson,
Barakat y Wenzel, 2012; Duska, Fader y Dizon, 2014; Grover et al., 2012; Levin et al., 2010;
Ratner, Foran, Schwartz y Minkin, 2010; Reis, Beji y Coskun, 2010; Rutledge, Heckman,
Qualis, Muller y Rogers, 2010).
Las alteraciones que aparecen con mayor frecuencia son: la dispareunia, actividad y deseo
sexual reducidos, alteraciones en la imagen corporal y ansiedad relacionada con el acto
sexual. En lo que se refiere a las relaciones de pareja, se manifiestan dificultades para
mantener los roles sexuales previamente establecidos, una mayor distancia emocional con la
pareja y un cambio en la percepción del deseo del compañero sexual (Abbot-Anderson y
Kwekkeboom, 2012; Vaz et al., 2011). Además, en las pacientes que han sido sometidas a
radioterapia en la zona pélvica es más frecuente la aparición de estos síntomas como producto
de la incontinencia fecal (Dunberger, 2010; Lind et al., 2011), y en aquellas que han sido
sometidas a quimioterapia es posible que se observen fallos en la función ovárica, lo que se
asocia a una peor calidad de vida, un peor funcionamiento sexual y un aumento de las
preocupaciones acerca de la fertilidad (Turan y Oktay, 2014). Sin embargo, en aquellas
pacientes en la que esta función no se ve afectada aparecen con menos frecuencia este tipo de
alteraciones; además, si se produce una pérdida de fertilidad como resultado del tratamiento,
el funcionamiento sexual empeora ostensiblemente (Carter et al., 2010).
El cáncer vulvar tiene un impacto negativo sobre la función sexual en las supervivientes, y
estas disfunciones se relacionan con una mayor edad, historia de haber padecido depresión o
ansiedad y el tamaño de la escisión en la vulva (Aerts et al., 2012). Por otro lado, otros
autores aportan datos que apoyan la idea de que las supervivientes al cáncer vulvar con un
estilo de afrontamiento optimista, con pareja y un buen estado físico muestran una mejor
satisfacción sexual después del tratamiento que antes de comenzarlo (Hazewinkel et al., 2012).
En las supervivientes al cáncer de ovario se observan también alteraciones sexuales con
frecuencia (Gonçalves, 2010; Stravraka et al., 2012; Trivers, Patterson, Roland y Rodríguez,
2013; Wilmoth, Hatmaker-Flanigan, LaLoggia y Nixon, 2011) que se manifiestan
especialmente en los niveles de actividad y satisfación sexuales, resultando en una falta de
interés en el sexo. Además, la presencia de limitaciones físicas, como la sequedad vaginal,
que impiden la realización de la actividad sexual afecta a las relaciones con las parejas
(Hopkins et al., 2014; Roland et al., 2013).
Las supervivientes al cáncer de cuello uterino presentan con elevada frecuencia, hasta el 59
por 100 de ellas, alteraciones en la sexualidad. Los síntomas más comunes son la dispareunia
y dolor abdominal e intensidad reducida en el orgasmo, además de falta de lubricación, un
menor deseo sexual y una actividad sexual reducida. Las razones de estas alteraciones son en
su mayor parte explicables por los efectos provocados por los tratamientos, como por ejemplo
la radioterapia; sin embargo, en los supervivientes aparecen otro tipo de razones, como el
miedo a dañar durante las relaciones sexuales los tejidos que han sido intervenidos, miedo a
que el sexo pueda empeorar su condición y miedo a contagiar al compañero sexual la
enfermedad, sentimientos que afectan negativamente a las funciones sexuales (Aerts et al.,
2014; Harding et al., 2014; Lammerink, De Bock, Pras, Reyners y Mourits, 2012; Le Borgne et
al., 2013; Plotti et al., 2011; Tian, 2013; Ye et al., 2014).
En las supervivientes al cáncer de endometrio se observa un mayor riesgo de presentar
alteraciones sexuales comparadas con la población general, además de desarrollar
sentimientos negativos acerca de la propia imagen, lo que habitualmente compromete
negativamente la calidad de vida en estas pacientes (Aerts et al., 2015; Elliot, 2013; Onujiogu
et al., 2011).
En las supervivientes al cáncer de mama, las alteraciones sexuales son comunes, afectan a
cerca del 77 por 100 de los pacientes y persisten después del tratamiento. Estos problemas en
la sexualidad incluyen aspectos psicológicos, físicos, fisiológicos y de relación con sus
parejas (Bober y Varela, 2012; Dizon, 2009; Gao y Dizon, 2013; Härtl et al., 2010;
Jankowska, 2013; Raggio, Butryn, Arigo, Mikorski y Palmer, 2014; Salani y Andersen, 2012;
Yang, Kim, Heo y Lim, 2011).
Entre los tratamientos, la quimioterapia y la radioterapia afectan negativamente a la función
sexual en las supervivientes en todas las fases de la respuesta sexual (Ochsenkühn et al., 2011;
Stan et al., 2013), aunque también se observa una reducción inmediata en la actividad sexual
en pacientes que han sido sometidas a mastectomía y en aquellas que usan inhibidores de la
aromatasa, que pueden exacerbar los síntomas en las mujeres menopáusicas (Panjari, Bell y
Davis, 2011; Yurek, Farrar y Andersen, 2000). En este grupo de pacientes, los síntomas más
habituales son la sequedad vaginal y la pérdida de libido, la dispareunia, la anorgasmia y las
alteraciones en la imagen corporal; además, en mujeres mayores de 40 años se observa un
menor interés sexual, aunque en supervivientes más jóvenes, casadas y con un peor nivel de
formación las alteraciones sexuales se presentan con mayor frecuencia (Bloom, Stewart,
Oakley-Girvan, Blanks y Shema, 2012; Bober y Varela, 2012; Brem y Kumar, 2011; Casey,
Faubion, MacLaughin, Long y Pruthi, 2014; Champion et al., 2014; Ewertz y Jensen, 2011;
Melisko, Goldman y Rugo, 2010; Morrow et al., 2014; Pumo et al., 2012; Rosenberg et al.,
2014). Además estas alteraciones persisten el tiempo, ya que las supervivientes no alcanzan el
nivel de actividad sexual ni de satisfacción que tenían antes de la enfermedad años después de
la finalización del tratamiento (Andersen, 2009). Debemos señalar que estas alteraciones
aparecen también en hombres que han superado el cáncer de mama (Ruddy et al., 2013).
En los supervivientes al cáncer testicular aparecen problemas en la función sexual
(Carpentier y Fortenberry, 2010; Jankowska, 2012). Los supervivientes muestran un menor
deseo sexual, menor actividad, una menor satisfacción con las relaciones y más disfunción
eyaculatoria y eréctil (Bumbasirevic et al., 2013; Kim et al., 2010; Pühse et al., 2012; Rossen,
Pedersen, Zachariae y Von der Maase, 2012; Tal, Stember, Logmanieh, Narus y Mulhall, 2014;
Wiechno, Demkov, Kubiak, Sadowska y Kaminska, 2007), además de presentar mayores
preocupaciones acerca de la fertilidad (Kim et al., 2010). Por el contrario, los pacientes que
tienen pareja muestran una mejor función sexual (Jankowska, 2012; Tuinman et al., 2010). Es
necesario destacar que las características que se asocian a estas alteraciones son una mayor
edad, no tener pareja, una ansiedad elevada, baja testosterona y haber sido sometido a
radioterapia más quimioterapia (Hartmann et al., 1999; Rudberg, 2000), aunque Alacacioglu et
al. (2014) no detectaron resultados diferenciales en satisfacción sexual entre supervivientes al
cáncer testicular y la población general, por lo que esta cuestión permanece en debate.
En pacientes que han superado el cáncer colorrectal y el cáncer rectal se observan también
alteraciones en la sexualidad, aunque afectan mayoritariamente a las mujeres. Las variables
que se relacionan con estas alteraciones son: una mayor edad, un bajo nivel educativo, un peor
funcionamiento psicológico, no tener pareja, ansiedad y síntomas de estrés postraumático
(Attallah, Ertekin, Tinay y Yegen, 2014; Bailey et al., 2015; Breukink y Donovan, 2013; Den
Oudsten et al., 2012; Domati et al., 2011; Donovan, Thompson y Hoffe, 2010; Phillip et al.,
2013). En los hombres también se observan estas alteraciones, sobre todo en lo relacionado
con la disfunción eréctil. En hombres que han superado el cáncer colorrectal las alteraciones
sexuales se relacionan con el tipo de tratamiento, sobre todo con la cirugía y la radioterapia
administrada antes de la operación, y con un peor apoyo social. En mujeres las disfunciones
sexuales se relacionan con una mayor edad y una menor calidad de vida percibida (Ball et al.,
2013; Millbury, Cohen, Jenkins, Skibber y Schover, 2013; Thong et al., 2011).
Las alteraciones sexuales que se observan en los supervivientes al cáncer de próstata se
relacionan sobre todo con una sensación de pérdida de masculinidad que aparece después del
tratamiento, lo que afecta directamente a la función sexual (Galbrath, Hays y Tanner, 2012;
Zaider, Manne, Nelson, Mulhall y Kissane, 2012). En este sentido, existe una amplia evidencia
de disfunciones sexuales en los pacientes que han padecido cáncer de próstata como
consecuencia de las deformaciones en el pene y la disfunción eréctil; sin embargo, existe poca
información acerca de otras alteraciones sexuales, como por ejemplo la presencia de deseo
sexual hipoactivo y disfunciones eyaculatorias y orgásmicas (Chung y Brock, 2013; Sherer y
Levine, 2014). La mayor parte de los tratamientos habituales para erradicar el cáncer de
próstata, como por ejemplo la prostactectomía, la radioterapia o los tratamientos hormonales,
pueden afectar a la función sexual una vez finalizados (Gacci et al., 2014; Higano, 2012).
Además, un nivel socioeconómico bajo se asocia a una mayor presencia de disfunciones
sexuales (Aarst et al., 2010).
Estas alteraciones en la función sexual habitualmente no son tenidas en cuenta de forma
apropiada, ya que muchos pacientes no reciben información correcta acerca de su posible
aparición una vez que finaliza el tratamiento. Existen numerosas barreras que dificultan el
acceso a una adecuada educación sexual posterior al tratamiento, incluyendo la falta de
preparación de los profesionales sanitarios, la falta de tiempo y la falta de acceso a recursos
de forma fácil; además, la sexualidad está fuertemente asociada a aspectos sociales y
culturales, lo que puede influir en la escasa predisposición de los pacientes a hacer preguntas
al respecto (Averyt y Nishimoto, 2014; Bober y Varela, 2012; Flynn et al., 2012; Ratner et al.,
2010; Vermeer et al., 2015).

10.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA LAS ALTERACIONES EN LA


SEXUALIDAD EN LOS SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

En las páginas siguientes se van a describir los resultados obtenidos por autores que han
aplicado diferentes técnicas con el objetivo de reducir las alteraciones en la sexualidad en
este grupo de pacientes, como por ejemplo la terapia cognitivo-conductual o intervenciones de
tipo psicoeducativo, entre otras. Sin embargo, un elemento que debería siempre tenerse en
cuenta en este punto es la conveniencia de realizar un análisis de la sexualidad del paciente, ya
que, como se ha comentado en el punto anterior, la experiencia sexual incluye una amplia
variedad de aspectos que deben considerarse relevantes.

10.2.1. Terapia cognitivo-conductual

La terapia cognitivo-conductual se ha mostrado útil para reducir los síntomas de disfunción


sexual en los supervivientes al cáncer. Por ejemplo, en un ensayo aleatorizado y controlado
llevado a cabo por Siddons, Wootten y Costello (2013), los autores ponen a prueba la eficacia
de esta intervención en un grupo de supervivientes al cáncer de próstata. Los resultados
obtenidos avalan la eficacia del uso de esta técnica, ya que en el grupo de supervivientes que
recibió la intervención se observan mejoras significativas en aspectos como la autoestima y el
impulso sexual; sin embargo, se observan disminuciones en la conducta sexual. En esta misma
línea, en un ensayo aleatorizado y controlado llevado a cabo por Molton et al. (2008) se pone
a prueba la eficacia de una intervención de manejo del estrés mediante técnicas de tipo
cognitivo-conductual para reducir las disfunciones sexuales en supervivientes al cáncer de
próstata con resultados positivos (véase la descripción de la intervención en el cuadro 10.1).
Después de aplicar la intervención, los autores observan una mejora en la función sexual. A
pesar de estos resultados positivos, en la literatura a este respecto se observan datos en
sentido contrario que ponen en duda la eficacia de esta técnica. Por ejemplo, se ha utilizado la
TCC para mejorar las disfunciones sexuales sin éxito en un estudio realizado por Traeger et al.
(2013) con un programa de manejo del estrés en una muestra de supervivientes al cáncer de
próstata. Después de participar en el programa no se observa que los supervivientes obtengan
mejores resultados en lo relativo a la función sexual cuando se comparan con los registrados
antes de la intervención.

10.2.2. Intervenciones psicoeducativas o terapia de pareja

Las intervenciones de tipo psicoeducativo o de terapia de pareja se han aplicado con


profusión a los supervivientes al cáncer y se ha observado que los programas que obtienen
mejores resultados para aliviar los síntomas de problemas relacionados con la sexualidad son
los que incluyen educación sexual; además, son aún más eficaces si incorporan programas de
mejora de la motivación y la autoeficacia (Brotto, Yule y Breckon, 2010). El counseling
sexual y psicológico desempeña un papel relevante en la rehabilitación y tratamiento de varias
formas de alteraciones sexuales en el hombre (Chung y Brook, 2013). En este sentido, los
programas que educan a las mujeres supervivientes al cáncer para mejorar la salud vaginal,
por ejemplo utilizando lubricantes o dilatadores, se han mostrado útiles para reducir el
malestar en los aspectos relacionados con la vagina en este grupo de pacientes (Carter,
Goldfrank y Schover, 2011).

CUADRO 10.1
Promoviendo la recuperación de la función sexual después de la prostatectomía radical con el manejo del estrés en
grupo: el papel de la sensibilidad interpersonal (Molton et al., 2008)

Objetivo: determinar la eficacia de una intervención de manejo del estrés basada en la terapia cognitivo-conductual para
mejorar la función sexual en los supervivientes.

Intervención:

Cognitive-Behavioral Stress Management (CBSM) for Prostate Cancer

— Entrenamiento en técnicas de afrontamiento activo de la enfermedad (90 minutos).

1. Entrenamiento en comunicación asertiva.


2. Manejo de la ira.
3. Reestructuración cognitiva.
4. Mejora del apoyo social y de la comunicación con el médico.

— Entrenamiento en relajación (30 minutos).

Duración: diez semanas, una vez a la semana durante dos horas.


Aplicación: grupal.

Resultados: mejora de la función sexual observada en los participantes.

En esta misma línea algunos autores han probado la eficacia del counseling telefónico en
supervivientes al cáncer de mama que padecían alteraciones sexuales. Este tipo de
intervención consistía en dieciséis sesiones de 45 minutos cada una. Las primeras nueve
sesiones se programaron con intervalos de dos semanas, y las restantes, con un mes de
intervalo. Las intervenciones tenían como objetivo mejorar la adaptación normalizando los
sentimientos de incertidumbre en diferentes dominios relacionados con la calidad de vida,
entre ellos la satisfacción sexual. Los resultados que obtuvieron los supervivientes en este
ensayo aleatorizado después de participar en el programa parece que apoyan la eficacia de
dicha intervención, ya que se observan reducciones en las alteraciones sexuales doce y
dieciocho meses después (Marcus, 2010).
El programa SPIRIT fue creado para mejorar el conocimiento y reducir los síntomas
relacionados con las disfunciones sexuales en supervivientes al cáncer de mama
afroamericanas. En un estudio realizado por Schover et al. (2011), 300 mujeres fueron
asignadas de forma aleatoria a las siguientes condiciones: a un grupo se le dio un libro con
instrucciones y además tenía que participar en tres sesiones presenciales con un terapeuta y el
otro, que también recibió el libro de instrucciones, debía someterse a sesiones de terapia
telefónica. Los resultados muestran que las supervivientes obtuvieron mejoras en la función
sexual seis meses después de completar el programa; sin embargo, estos efectos beneficiosos
no se mantenían en el tiempo, ya que no se observaron un año después.
En un estudio cuasiexperimental con supervivientes al cáncer de mama se ha puesto a
prueba la eficacia de un programa de reevaluación de la actividad sexual. El programa centró
su actuación en los aspectos físicos, psicológicos y relacionales de la actividad sexual en un
programa de 2 horas a la semana durante seis semanas. En este estudio, los participantes
obtenían unos bajos valores en la imagen corporal y en la función sexual; sin embargo,
después de la intervención, la satisfacción sexual se incrementó, aunque sin encontrar valores
significativamente diferentes (Jun et al., 2011).
En un estudio piloto que tenía como objetivo disminuir los niveles de disfunción sexual en
los supervivientes al cáncer colorrectal y sus parejas, la intervención consistía en cuatro
sesiones de 50 minutos con el objetivo de entrenarlos en una variedad de habilidades
conductuales para afrontar los problemas sexuales. En este programa se aplicaron técnicas de
terapia sexual de pareja, además de técnicas de focalización sensorial, para mejorar la
comunicación sexual, identificar los pensamientos negativos o inflexibles acerca de la
sexualidad y fomentar la comunicación íntima. Una vez finalizado el programa, la mayoría de
los participantes manifestaron una elevada satisfacción, y fueron los ámbitos relacionados con
la función sexual, la comunicación y el malestar asociado a la práctica sexual los que
registraron una mayor mejora (Reese, Porter, Somers y Keefe, 2012). Un estudio similar
realizado por Schover et al. (2012) perseguía reducir las disfunciones observadas en los
supervivientes al cáncer de próstata y en sus parejas utilizando intervenciones con base en
internet. Las parejas fueron asignadas aleatoriamente a tres grupos: un grupo en lista de
espera, un grupo que llevaba a cabo las sesiones cara a cara y finalmente el grupo que recibía
las sesiones a través de internet. La intervención consistía en ejercicios para mejorar la
expresión de afecto, la comunicación sexual y el confort al inicio de la actividad sexual y
facilitar el sexo sin ansiedad de ejecución. Una vez finalizado el programa, los resultados
obtenidos mostraron mejoras en la función eréctil en los hombres y en la satisfacción sexual en
las parejas, efectos que se mantienen durante el año de seguimiento que incluía el diseño de la
intervención.
En este mismo sentido, aunque en este caso centrándose en las disfunciones sexuales que
presentan las mujeres después del cáncer ginecológico y de mama, Schover et al. (2013)
pusieron a prueba la eficacia de un programa con base en internet comparado con el mismo
programa más sesiones adicionales de terapia individual. El programa consistía en
proporcionar a las pacientes información acerca de las consecuencias en el ámbito sexual más
frecuentes según el tipo de cáncer que habían padecido, además de información acerca de
cómo afrontar diferentes problemas, como la sequedad vaginal, el uso de lubricantes, causas y
opciones de tratamiento para la pérdida del deseo y para la anorgasmia, formas de mejorar la
imagen corporal, y así hasta cubrir un amplio abanico de posibilidades. Los resultados
muestran mejoras en la función sexual en ambas condiciones; sin embargo, los programas
basados sólo en internet ofrecían una mayor adherencia durante el seguimiento.
En esta línea, Canada, Neese, Sui y Schover (2005) llevaron a cabo un ensayo clínico
aleatorizado con el objetivo de mejorar la función sexual en supervivientes al cáncer de
próstata y sus parejas. Las parejas fueron asignadas aleatoriamente a un programa de
counseling sexual que incluía educación acerca de los efectos del tratamiento del cáncer de
próstata y alternativas para tratar la disfunción eréctil y mejorar la comunicación y la
intimidad entre la pareja. Los resultados mostraron mejoras en la función sexual en los
hombres y en las mujeres; sin embargo, estos efectos beneficiosos no se mantuvieron en el
tiempo, ya que seis meses después de finalizar el programa se observaron disminuciones en la
satisfacción sexual.

10.2.3. Mindfulness

Esta técnica se ha aplicado en un estudio realizado por Brotto et al. (2012). Esta
investigación tenía como objetivo evaluar la eficacia de una intervención basada en el
mindfulness para reducir las disfunciones sexuales en supervivientes al cáncer ginecológico.
El programa consistía en aplicar esta técnica en sesiones de 90 minutos a un grupo de
supervivientes y comparar los resultados obtenidos por otro grupo de supervivientes en lista
de espera. Los resultados obtenidos señalan mejoras significativas en todas las medidas de
sexualidad utilizadas en el estudio, aunque el reducido tamaño de la muestra empleada hace
que los hallazgos deban interpretarse con cautela.

10.2.4. Ejercicio

Los programas de ejercicio pueden ayudar a aliviar determinadas preocupaciones


relacionadas con la sexualidad, como observan Mishra et al. (2012) en una revisión acerca de
la eficacia de ensayos aleatorizados y controlados para aliviar las alteraciones sexuales en los
supervivientes al cáncer. Los autores observan que efectivamente el ejercicio se postula como
una alternativa eficaz, por lo que recomiendan su implementación en este grupo de pacientes,
aunque este tipo de programas se encuentran actualmente en un estado temprano en su
aplicación.
Resultados similares sobre la eficacia de este tipo de intervención para reducir las
alteraciones sexuales en los supervivientes al cáncer de próstata son los aportados por
Cormie, Newton, Taafe, Spry y Galvão (2013) en otra revisión en este sentido; a partir de los
datos obtenidos en diferentes estudios los autores recomiendan un programa de intervención
como el que se describe en el cuadro 10.2.

10.3. CONCLUSIONES

Las alteraciones en la sexualidad son un problema que se presenta con frecuencia en los
supervivientes al cáncer de forma general, pero se observan sobre todo en aquellos pacientes
que han superado la enfermedad en zonas relacionadas con la función sexual, como los
órganos reproductores o las mamas. La relevancia de estas alteraciones se manifiesta, además,
en las relaciones que existen entre los problemas de índole sexual y otros aspectos que tienen
que ser tenidos en cuenta en este grupo de pacientes, como la calidad de vida. Sin embargo,
este tipo de problemas frecuentemente no reciben la atención que merecen, probablemente por
las dificultades de comunicación que pueden manifestar los supervivientes, que pueden
sentirse incómodos compartiendo estos problemas con el equipo médico o los familiares o
también por la falta de información proporcionada sobre la aparición de estos problemas en
las rutinas clínicas.

CUADRO 10.2
Terapia de ejercicio para las disfunciones sexuales después del cáncer de próstata (Cormie et al., 2013)

Objetivo: determinar la eficacia del ejercicio para reducir las alteraciones sexuales en los supervivientes.

Intervención:

— Ejercicio aeróbico: caminar, correr, ciclismo, remo o bicicleta elíptica.


— Ejercicio de resistencia: levantamiento de peso utilizando grandes grupos musculares.

Intensidad de moderada a alta (entre dos y cuatro series con entre seis y doce repeticiones).

Duración:

Ejercicio aeróbico: > 150 minutos a la semana (30 minutos al día cinco veces a la semana).
Ejercicio de resistencia: seis-ocho ejercicios dos-tres veces a la semana.
Aplicación: individual.

Resultados: se propone el programa descrito para mejorar la función sexual en los supervivientes a partir de los resultados
obtenidos en diferentes intervenciones.

En relación con los tratamientos psicológicos diseñados por diferentes autores para aliviar
los síntomas de problemas sexuales en los supervivientes, a partir de los resultados obtenidos
se observa que los que pueden ser considerados bien establecidos son la terapia cognitivo-
conductual y el ejercicio, por delante de las intervenciones psicoeducativas, la terapia de
pareja y el mindfulness, que se encuadrarían en la categoría de tratamientos probablemente
eficaces.
En lo que se refiere a las intervenciones de tipo cognitivo-conductual, los resultados avalan
su eficacia, aunque es necesario mencionar que aparecen contradicciones en su uso y además,
los resultados provienen de ensayos realizados con supervivientes al cáncer de próstata, por
lo que sería necesario poner a prueba esta técnica en otros tipos de cáncer con ensayos
controlados y aleatorizados para establecer su eficacia en un mayor número de supervivientes.
Los programas de ejercicio que incluyen actividad de tipo aeróbico y de resistencia
ofrecen resultados que avalan su eficacia como tratamiento bien establecido para reducir las
alteraciones sexuales en los supervivientes al cáncer. Aunque el mecanismo subyacente a esta
mejora está aún en discusión, es posible que el ejercicio aumente la calidad de vida, en sus
aspectos emocionales y de salud general, lo que redunda en la mejora sustancial de la función
sexual en los supervivientes (Cormie et al., 2013). De cualquier forma, la práctica de
ejercicio se postula como una estrategia altamente recomendable en este grupo de pacientes ya
que sus efectos no solamente son beneficiosos sobre las posibles alteraciones de tipo sexual,
sino, como ya ha aparecido con frecuencia en esta guía, sobre otros aspectos relevantes en los
supervivientes.
Dentro de la gran variedad de programas de tipo psicoeducativo o de terapia de pareja que
se encuentran en la literatura y cuyos efectos parecen ser positivos para reducir las
alteraciones sexuales en los supervivientes, es muy difícil establecer los parámetros que
sirvan como base para evaluar su eficacia, ya que los programas suelen ser muy heterogéneos
y diferentes de un ensayo a otro, lo que dificulta esta tarea. De forma general, se observa que
los programas que incluyen algún tipo de educación sobre la sexualidad ofrecen resultados
prometedores para reducir estas alteraciones en los supervivientes, aspecto que debe ser
tenido en cuenta cuando se desea implementar una intervención de este tipo en este grupo de
pacientes.
Finalmente, las intervenciones basadas en el mindfulness que se han puesto a prueba para
reducir los síntomas de alteraciones sexuales en los supervivientes ofrecen resultados
prometedores en diferentes áreas de la función sexual, aunque el ensayo del que se han
extraído estas conclusiones tiene severas limitaciones, como por ejemplo un reducido tamaño
muestral, por lo que la evidencia al respecto no es suficiente en estos momentos para
recomendar esta técnica como tratamiento bien establecido.
11
El dolor en los supervivientes al cáncer

11.1. INTRODUCCIÓN

El dolor en los supervivientes al cáncer es uno de los síntomas que aparecen con mayor
frecuencia, especialmente en los primeros años después del tratamiento. Este tipo de síntomas
es especialmente frecuente en las supervivientes al cáncer de mama, aunque también se
observan estos síntomas en otros tipos de cáncer, como el de pulmón, el melanoma y el
ginecológico. Entre un 10-60 por 100 de los pacientes experimentan síntomas de dolor
después del tratamiento, un dolor que afecta al funcionamiento y la adaptación de los
supervivientes a la vida cotidiana (Beisland et al., 2014; Belfer et al., 2013; Berger, Visovsky,
Hertzog, Holtz y Loberiza, 2012; Glare et al., 2014; Jacobs et al., 2014; Jensen et al., 2010;
Rief et al., 2011; Vistad, Cvancarova, Kristensen y Fosså, 2011; Yang et al., 2012). El dolor
suele disminuir durante el tiempo que sigue a la finalización del tratamiento activo (Yazdani y
Abdi, 2014), aunque hay autores que aportan datos que apoyan la idea de que el dolor es
persistente, y afecta a los supervivientes hasta diez años después de finalizado el tratamiento
(Bell et al., 2014; Forsythe et al., 2013).
La experiencia de dolor en los supervivientes se observa con una mayor intensidad en los
adultos jóvenes que no tienen una relación sentimental y que sufren una mayor interferencia del
dolor en sus actividades cotidianas. Además, la presencia de dolor crónico es más frecuente
en los supervivientes que son mujeres y pertenecen a un bajo estatus social, con síntomas de
ansiedad o depresión clínicamente significativos y que tienen cierta tendencia a pensamientos
de suicidio (Lowery et al., 2013). En este sentido, niveles elevados de dolor se asocian a una
peor salud general y a unas percepciones negativas acerca del funcionamiento físico y social,
además de relacionarse de forma consistente con la presencia de depresión, la fatiga, una peor
calidad de vida, el deseo de muerte, alteraciones sexuales y muy estrechamente con problemas
de sueño (Green, Hart-Johnson y Loeffer, 2011; Oh y Seo, 2011; Pühse et al., 2012; Sabiston,
Brunet y Burke, 2012; Sharma et al., 2012; Vahdaninia, Omidvari y Montazeri, 2010). Además
el apoyo social de los pacientes influye en la presencia de este tipo de síntomas, de modo que
aquellos que reconocen un menor apoyo social registran mayores niveles de dolor que los que
están más respaldados socialmente (Hughes et al., 2014; Jaremka et al., 2013; Jaremka et al.,
2014; Moye et al., 2014).
Por otro lado, diferentes autores han observado que determinadas características que
pueden aparecer en los supervivientes actúan como factores de riesgo para padecer dolor
crónico una vez finalizado el tratamiento, como por ejemplo una menor edad, alteraciones de
salud previas (dolor de espalda, artritis, artrosis y fibromialgia), además de los tratamientos
combinados especialmente aquellos que incluyen quimioterapia, radioterapia y la disección
del ganglio linfático centinela (Schou Bredal, Smeby, Ottesen, Warncke y Schlichting, 2014).
El dolor que se observa en los supervivientes suele aparecer como consecuencia de daños
residuales en los tejidos producto de la propia enfermedad o de los tratamientos seguidos. El
dolor que se experimenta puede clasificarse en tres categorías: somático, visceral y
neuropático. Este último tipo de dolor es el más frecuente en los supervivientes y aparece
como consecuencia de los diferentes tratamientos a los que pueden ser sometidos los
pacientes, especialmente la quimioterapia, sobre todo si la finalización del tratamiento es
reciente (Ezendam et al., 2014; Fallon, 2013; Farguhar-Smith, 2011; Ganz, Kwan, Stanton,
Bower y Belin, 2011; Garg y Bhatnagar, 2014; Levy, Chwistek y Mehta, 2008; Mols et al.,
2013).

11.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA EL DOLOR EN LOS


SUPERVIVIENTES AL CÁNCER

Al analizar las intervenciones desarrolladas para reducir los síntomas de dolor en los
supervivientes, llama poderosamente la atención la escasa presencia de tratamientos
habituales en el ámbito psicológico, como puede ser por ejemplo la terapia cognitivo-
conductual, a favor de otras intervenciones que a lo largo de esta guía han demostrado su
utilidad para aliviar diferentes tipos de síntomas y entre los que destaca sobre los demás el
ejercicio físico, del que se habla a continuación.

11.2.1. Ejercicio

El ejercicio y la actividad física son recomendados por diferentes autores para aliviar los
síntomas de dolor en los supervivientes al cáncer. Loprinzi y Lee (2014) observaron que los
supervivientes suelen tener bajos niveles de actividad, pero cuando realizan ejercicio físico,
los niveles de dolor disminuyen. En este mismo sentido, en una revisión de ensayos
aleatorizados y controlados, Mishra et al. (2012) observaron que los programas de ejercicio
redundan en una disminución del dolor en los pacientes y en los supervivientes al cáncer,
datos que van en la misma línea que los aportados por Wong et al. (2012) en un grupo de
supervivientes al cáncer de mama cuyos niveles de dolor se redujeron después de participar
en un programa de ejercicio. Otros autores han utilizado programas más complejos que
incluyen diferentes tipos de ejercicios, por ejemplo el programa Water (véase la descripción
en el cuadro 11.1). Los resultados obtenidos por los participantes en el programa indican que
éste mejora el dolor de forma significativa reduciendo su presencia en los supervivientes
(Cantarero-Villanueva et al., 2012).
CUADRO 11.1
Eficacia de la terapia física acuática sobre el dolor, la sensibilidad al dolor de presión y los puntos de gatillo
miofasciales en las supervivientes al cáncer de mama: un ensayo clínico aleatorizado y controlado (Cantarero-
Villanueva et al., 2012)

Objetivo: evaluar los efectos de una terapia física aplicada en una piscina para mitigar el dolor en los supervivientes.

Intervención:

Programa de ejercicio «Water».


La intervención se realizó en una piscina climatizada.

— Calentamiento (10 minutos): ejercicios aeróbicos, de movilidad y estiramientos.


— Ejercicio (35 minutos): ejercicios aeróbicos, ejercicios de resistencia de baja intensidad y entrenamiento en estabilización
lumbopélvica.
— Enfriamiento (15 minutos): estiramientos y ejercicios de relajación con especial atención a la zona del cuello/hombro.

Duración: ocho semanas/tres veces a la semana/sesiones de una hora.


Aplicación: grupal.

Resultados: el programa produjo reducciones en el dolor de cuello y hombro en las supervivientes que participaron.

11.2.2. Yoga

La práctica del yoga puede ser útil para aliviar los síntomas de dolor en los supervivientes
al cáncer (Di Stasio, 2008). En esta línea se sitúan los datos obtenidos por Carson, Carson,
Porter, Keefe y Seewaldt (2009) en un ensayo aleatorizado en el que aplicaron un programa
basado en el yoga que incluía entrenamiento en respiración, meditación y posturas de yoga a
una muestra de supervivientes al cáncer de mama. Los autores observaron que después de
participar en este programa durante ocho semanas, los supervivientes obtuvieron grandes
mejoras en los niveles de dolor referidos comparados con el grupo control en lista de espera.
Otro estudio realizado con supervivientes al cáncer de mama que recibian inhibidores de la
aromatasa muestra los efectos beneficiosos del yoga para reducir el dolor. En este estudio
piloto, realizado por Galantino et al. (2012), los supervivientes participaron en un programa
de yoga con una duración de ocho semanas y los autores observaron reducciones en el nivel de
dolor de los pacientes sin que se documentasen efectos adversos; además, los participantes
mostraron una elevada adherencia a la intervención. En esta misma línea, en un estudio piloto
llevado a cabo por Speed-Andrews, Stevinson, Belanger, Mirus y Courneva (2010), los
niveles de dolor en los supervivientes disminuyeron después de que los participantes
completaran un programa de yoga de doce semanas basado en una variedad de dicha técnica,
el lyengar yoga.

11.2.3. Hipnosis
La eficacia de la hipnosis para aliviar los síntomas de dolor en los pacientes de cáncer con
tratamiento activo ha sido puesta a prueba por diferentes autores. En este contexto, la hipnosis
aparece como un efectivo complemento a otras estrategias de intervención, como por ejemplo
los fármacos. Además, el uso de la hipnosis raramente provoca efectos secundarios en los
pacientes que se someten a ella para aliviar su dolor (Kravits, 2013). Por ejemplo, en un
ensayo aleatorizado realizado por Lang et al. (2000), con pacientes aún bajo tratamiento,
aquellos que se someten a sesiones de hipnosis obtienen una reducción significativa de los
niveles de dolor observados, por delante de otras intervenciones, como el entrenamiento en
atención estructurada. Datos similares que avalan la eficacia de la hipnosis para aliviar el
dolor en pacientes con cáncer de mama son los aportados por Montgomery et al. (2007). En su
estudio, aquellos pacientes que recibían un entrenamiento en hipnosis antes de ser sometidos a
una intervención quirúrgica tenían una menor necesidad de fármacos para aliviar el dolor
después de ésta, además de señalar una menor intensidad en el dolor y un menor malestar
asociado. En esta línea, los estudios incluidos en una revisión realizada por Cramer et al.
(2015) apoyan la idea de que la hipnosis resulta efectiva para reducir el dolor en pacientes
con cáncer de mama y diferentes características, como por ejemplo sometidas a cirugía o con
metástasis. A pesar de la evidencia que avala el uso de la hipnosis en pacientes que aún están
siendo sometidos a tratamiento, existe poca investigación que haya puesto a prueba la eficacia
de la hipnosis con supervivientes. Así, en un ensayo piloto realizado por Jensen et al. (2012)
con cuatro supervivientes al cáncer de mama, los autores observaron que el entrenamiento en
autohipnosis disminuye la intensidad del dolor y, además, reduce la fatiga y las alteraciones en
el sueño.

11.2.4. Otras intervenciones

Por último, el uso de la meditación para reducir los síntomas de dolor y otros síntomas
frecuentes en los supervivientes al cáncer muestra resultados prometedores. Por ejemplo, en
un estudio piloto llevado a cabo por Castellar et al. (2014), el uso de un programa de
meditación de 20 minutos dos veces al día durante ocho semanas resulta en una disminución de
dolor en los supervivientes y, además, conlleva reducciones en aspectos relacionados con la
calidad de vida y el funcionamiento físico, social y emocional, y de otros síntomas comunes
entre estos pacientes, como la fatiga o las alteraciones en el sueño. Sin embargo, como se
comentó al inicio, estos resultados provienen de un estudio piloto, aunque incluimos esta
técnica en esta revisión de tratamientos eficaces porque parece mostrar efectos prometedores
que deberían ser confirmados en estudios aleatorios y controlados en el futuro.

11.3. CONCLUSIONES

El dolor en los supervivientes es uno de los síntomas que suelen aparecer con una mayor
frecuencia en este grupo de pacientes, con una especial incidencia en los primeros años que
siguen a la finalización del tratamiento, y afecta a un porcentaje significativo de pacientes. La
presencia de estos síntomas se postula como un hecho relevante que afecta a la calidad de vida
de los supervivientes y a su adaptación a la vida cotidiana después de superar la enfermedad.
Aunque la presencia de estos síntomas parece que declina con el paso del tiempo desde la
finalización del tratamiento, es posible que persistan y afecten a la supervivencia de los
pacientes. Además es necesario tener en cuenta algunas características que pueden ayudar a
identificar a los pacientes que están en riesgo de padecer dolor después del tratamiento, como
pueden ser por ejemplo: ser mujer o padecer alteraciones psicológicas significativas. En los
supervivientes en los que el dolor aparece como una preocupación relevante se observan
relaciones entre estos síntomas y una peor calidad de vida, depresión, ansiedad y otros
aspectos que impactan negativamente en su vida.
A pesar de la relevancia de estos síntomas, que exige su manejo efectivo por parte de los
pacientes y los profesionales de la salud, no existe una gran variedad de intervenciones
psicológicas disponibles para aliviarlas. Dentro de las diferentes intervenciones
desarrolladas, el uso de fármacos habitualmente es la primera opción terapéutica, aunque su
eficacia no está bien establecida y su consumo puede provocar efectos secundarios poco
deseables en los supervivientes, por lo que no se incluyen en la descripción de este capítulo.
En líneas generales se observa que el ejercicio, en su variedad de fórmulas de
presentación, obtiene efectos muy positivos para reducir el dolor en los supervivientes, de
modo que se puede considerar un tratamiento bien establecido si se toman en cuenta los
resultados de los diferentes ensayos realizados por los autores que han puesto a prueba su
eficacia con el objetivo de reducir estos síntomas en los supervivientes, por lo que se
recomienda su aplicación.
Otro tipo de estrategias con un menor soporte empírico que apoye su utilización cuando se
tiene como objetivo aliviar los síntomas de dolor en los supervivientes, como por ejemplo el
yoga, aunque obtiene resultados prometedores, deban tomarse con cautela dada la escasa
calidad de los ensayos realizados al respecto. Aun así, no deben obviarse los efectos
positivos de esta técnica aunque sea necesaria una mejor y una mayor cantidad de resultados
que la avalen.
Finalmente, el uso de la hipnosis, aunque parece que ofrece resultados positivos, tiene
grandes limitaciones, como por ejemplo la falta de ensayos con un adecuado nivel de control,
la escasa sistematización de la técnica y la falta de terapeutas especializados que la utilicen de
forma efectiva y segura. Ello supone grandes dificultades para la aplicación de esta técnica en
los supervivientes, a lo que se añade además el desconocimiento acerca de los mecanismos
subyacentes de la hipnosis (Elkins, Jensen y Patterson, 2007; Syrjala et al., 2014). De nuevo es
necesario llevar a cabo una mayor investigación en este campo para llegar a establecer esta
intervención como adecuada para reducir el dolor en los supervivientes. Este mismo
argumento puede ser válido para la meditación, cuya aplicación, si bien parece que ofrece
resultados prometedores, no puede ser aún establecida como eficaz de forma consistente.
12
La obesidad en los supervivientes al cáncer

12.1. INTRODUCCIÓN

La obesidad y el sobrepeso son aspectos relevantes que hay que tener en cuenta a lo largo
de toda la trayectoria del cáncer, ya que se observa que son factores de riesgo para la
aparición de la mayoría de los tipos de cáncer, como por ejemplo el de mama, el de próstata y
el colorrectal (Allot, Masko y Freedland, 2013; American Cancer Society [ACS], 2012; Azrad
y Demark-Wahnefried, 2014; Eheman et al., 2012; Ligibel et al., 2014; National Cancer Policy
Forum [NCPF], 2012; Protani, Coory y Martin, 2010). Por el contrario, una alimentación
saludable y un control del peso disminuyen el riesgo y la mortalidad asociada al cáncer
(Campbell et al., 2009; George et al., 2011).
Esta relación entre la obesidad y el cáncer se hace evidente cuando se comprueba que más
de la mitad de las supervivientes al cáncer de mama son obesas en el momento del
diagnóstico, y cuando se contemplan diferentes tipos de cáncer se observa un elevado
porcentaje de obesidad entre los pacientes. Además, es frecuente que se produzcan aumentos
de peso durante el tratamiento que se mantienen en el tiempo una vez finalizado éste (Beesley,
Eakin, Janda y Battistuta, 2008; Cantarero-Villanueva et al., 2015; Rausch et al., 2012;
Rodríguez San Felipe, Aguilar Martínez y Manuel-y-Keenoy, 2013; Schmitz, Speck, Rye,
DiSipio y Hayes, 2012). Sin embargo, hay autores cuyos datos apoyan la idea de que la tasa de
obesidad en los supervivientes al cáncer es similar a la que se puede encontrar en la
población general, ya que se observan reducciones en el índice de masa corporal en los
supervivientes debido a los cambios en el estilo de vida que se realizan con el objetivo de
mejorar la salud en general después del diagnóstico de cáncer (Arem e Irwin, 2013; Bidstrup
et al., 2013; Karlsen et al., 2012; Lebel et al., 2013; Rogers, Courneya, Paragi-Gururaja,
Markwell y Imeokparia, 2008).
Por este motivo, es necesario tener en cuenta algunos factores de riesgo que pueden influir
en este aumento de peso posterior al diagnóstico de cáncer. Así, por ejemplo, tener una menor
edad, ser fumador, padecer obesidad con anterioridad al diagnóstico del cáncer, seguir una
dieta de baja calidad y al menos 36 meses desde el diagnóstico de cáncer son factores que se
relacionan consistentemente con el aumento de peso que se observa en los supervivientes.
Además, otro tipo de factores, como por ejemplo haber recibido un tratamiento de
quimioterapia, un estadio más avanzado de la enfermedad y, en mujeres, estar en un estado
premenopáusico, aumentan el riesgo de padecer obesidad en este grupo de pacientes (Chen et
al., 2011; Kim, Cho y Kim, 2013; Sedjo et al., 2014; Soerjomataram et al., 2013; Vance,
Mourtzakis, McCargar y Hanning, 2011). En este sentido, se observa que existen asociaciones
entre ganar peso después del diagnóstico y diferentes aspectos, como por ejemplo mayores
niveles de depresión, alteraciones en la imagen corporal, un mayor miedo a la recurrencia del
cáncer, una menor fuerza física, cambios en las relaciones personales y problemas financieros
(Befort et al., 2011).
La obesidad en los supervivientes influye negativamente en aspectos de tipo psicosocial.
Diferentes autores aportan datos que apoyan la idea de que la obesidad se relaciona con un
peor rendimiento cognitivo y una peor calidad de vida y afecta al bienestar físico, funcional,
social y emocional de los supervivientes (Elme et al., 2013; Fader, Frasure, Gil, Berger y Von
Grueningen, 2011; Hartmann, Marinac, Natarajan y Patterson, 2015; Mosher et al., 2009;
Paxton et al., 2012; Sanda et al., 2008; Smits, Lopes, Das, Bekkers y Galaal, 2014).
La obesidad o el sobrepeso pueden afectar a la supervivencia después del cáncer
influyendo en diferentes aspectos. Se constata, por ejemplo, que la obesidad actúa como un
factor de riesgo para la recurrencia del cáncer primario, así como para la aparición de un
segundo cáncer primario, y además reduce la eficacia de tratamientos como la quimioterapia o
la terapia endocrina y puede provocar un aumento en el número de las complicaciones
asociadas a los tratamientos y la aparición de enfermedad cardiovascular. Además, la
obesidad se relaciona consistentemente con aumentos en la mortalidad en los supervivientes,
de tal forma que cuando se compara la mortalidad de supervivientes obesos con la de otros
que no padecen obesidad, los primeros obtienen una tasa un 33 por 100 mayor que los
segundos (Befort et al., 2012; Chan et al., 2014; Druesne-Pecollo et al., 2012; Ewertz et al.,
2011; Gibson et al., 2014; Hawkes, Lynch, Owen y Aitken, 2011; Ligibel et al., 2014; Majed,
Dozol, Ribassin-Majed, Snouci y Asselain, 2011; Makarem et al., 2013; Rodríguez San Felipe
et al., 2013; Vrieling y Kampman, 2010).
La obesidad se relaciona consistentemente con la persistencia de la fatiga en las
supervivientes al cáncer de mama (Berger et al., 2012; Schmidt et al., 2015). En este grupo de
pacientes aparecen una variedad de síntomas asociados con la obesidad, como por ejemplo
malestar en el brazo, linfedema, incontinencia urinaria, somnolencia diurna y, en general, un
peor funcionamiento físico, con probabilidades de desarrollar enfermedades cardiovasculares.
Además, las supervivientes con obesidad presentan mayores dificultades para conciliar el
sueño y menos vitalidad (Ahmed, Schmitz, Prixment y Folsom, 2011; Dieperink et al., 2012;
Hawkes et al., 2011; Imayama et al., 2013; Manley et al., 2012; Saquib et al., 2011).
Resultados similares se observan en las supervivientes al cáncer de endometrio y de mama
con obesidad, que informan de mayores niveles de dolor y somatización, además de una menor
salud en general (Basen-Enqquist et al., 2014; Forsythe et al., 2013).

12.2. TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS PARA LA OBESIDAD EN LOS


SUPERVIVIENTES AL CÁNCER
Existen evidencias de que la pérdida de peso en los supervivientes puede ayudar a aliviar
algunos de los síntomas que se presentan con mayor frecuencia como consecuencia del
aumento de peso que se observa en los supervivientes, además de que afecta positivamente a
una mejora en la calidad de vida en general (Demark-Wahnefried, Campbell y Hayes, 2012).
Por eso las intervenciones que se han diseñado tienen como objetivo primordial la reducción
de peso en los supervivientes. La combinación de una dieta adecuada, actividad física y
técnicas de modificación de conducta parece que obtiene los mejores resultados en este grupo
de pacientes, con una media de disminución de ≥ 5 por 100 del peso que se tenía antes de
comenzar las intervenciones (Reeves, Terranova, Eakin y Demark-Wahnefried, 2014).

12.2.1. Terapia cognitivo-conductual y conductual

Las intervenciones de tipo conductual y cognitivo-conductual se han aplicado en los


supervivientes al cáncer con el objetivo de lograr una reducción en el peso. En esta línea
encontramos un estudio realizado por Mikkelsen, Laursen, Mark, Juul y Svendsen (2014) en el
que se aplica un programa de rehabilitación de nueve días de duración que incluye técnicas
cognitivas para trabajar en la motivación con el objetivo de cambiar los hábitos alimenticios
en 42 supervivientes al cáncer de mama con obesidad. Después de participar en el programa,
se observaron reducciones en el peso, con una media de 6,1 kg entre los supervivientes.
También se han aplicado técnicas de corte cognitivo-conductual con el objetivo de reducir
el peso en los supervivientes. Es el caso de un estudio exploratorio en el que se aplicó un
programa de manejo del peso basado en técnicas de tipo cognitivo-conductual que incluía
estrategias para promover la actividad física y una modificación de los hábitos alimenticios.
Después de participar en el programa de intervención, se observaron pérdidas de peso
significativamente mayores en este grupo en comparación con el grupo control, además de que
aumentó el nivel de actividad física, por lo que parece que este tipo de estrategias deben ser
tenidas en cuenta en estudios con un mayor nivel de control (Pakiz, Flatt, Bardwell, Rock y
Mills, 2011).

12.2.2. Intervenciones psicoeducativas

Existen diferentes estudios que aplican este tipo de programas con el objetivo de reducir el
peso en los supervivientes al cáncer. En un ensayo aleatorizado y controlado llevado a cabo
por Von Grueningen et al. (2012) con el objetivo de promover en las supervivientes al cáncer
de útero un estilo de vida saludable incluyendo la realización de actividad física y pérdida de
peso, se aplicó un programa de intervención de seis meses de duración que contemplaba
educación y counseling y se compararon los resultados obtenidos con un grupo control que
recibió los cuidados habituales. Después de participar en el programa de intervención, las
supervivientes informaron de reducciones importantes en el peso comparadas con el grupo
control (–4,4 kg a los seis meses y –4,6 kg doce meses después de finalizar el programa);
además, se observó una elevada adherencia al programa. Esta intervención se ha aplicado con
éxito también, con el objetivo de reducir la respuesta de recompensa provocada por la ingesta
de alimentos con una elevada carga calórica, en un estudio piloto realizado por Nock,
Dimitropoulos, Tkach, Frasure y Von Grueningen (2012) con supervivientes al cáncer de
endometrio.

12.2.3. Ejercicio

Es fácil pensar que las intervenciones basadas en el ejercicio pueden ser de ayuda cuando
se tiene como objetivo reducir el peso en los supervivientes al cáncer. De esta manera,
observamos una gran variedad de intervenciones que basadas en la actividad física tienen
como objetivo reducir la obesidad o el sobrepeso en los supervivientes a diferentes tipos de
cáncer. Es el caso de un ensayo aleatorizado y controlado realizado por Irwin et al. (2009),
que diseñaron una intervención de 150 minutos a la semana de ejercicio físico aeróbico de
intensidad moderada en casa o en un gimnasio, siempre con supervisión; la intervención se
aplicó a un grupo de 37 supervivientes al cáncer de mama (véase descripción de la
intervención en el cuadro 12.1). Los resultados obtenidos se compararon con un grupo control
que recibió los cuidados habituales e instrucciones para mantener su nivel de actividad sin
cambios. Después de participar en el programa, el grupo que realizó el ejercicio informó de
reducciones en el porcentaje de grasa corporal, mientras que el grupo que no modificó su nivel
de actividad obtuvo valores más elevados en la tasa de grasa corporal medida.

CUADRO 12.1
El ejercicio mejora la grasa corporal, la masa magra y la masa ósea en supervivientes al cáncer de mama (Irwin et al.,
2009)

Objetivo: determinar la eficacia de un programa de ejercicio aeróbico para reducir el peso y otras variables relacionadas en
los supervivientes.

Intervención:

— Ejercicio aeróbico (caminar) supervisado en el gimnasio y en casa.

1. Semanas 1-4: tres sesiones de 15 minutos de duración.


2. A partir de la semana 5: cinco sesiones de 30 minutos de duración de ejercicio moderado.

Se registra el tipo de actividad, la intensidad percibida, la duración y la tasa media cardíaca alcanzada.

Duración: seis meses.


Aplicación: individual.

Resultados: reducciones en el porcentaje de grasa corporal en el grupo que realizó el ejercicio aeróbico.

La eficacia del ejercicio aumenta cuando se combina con una dieta adecuada. En este
sentido, encontramos un estudio de un solo grupo que incorporó a los posibles efectos
positivos del ejercicio sobre el peso sesiones grupales de entrenamiento en habilidades de
autorregulación y dieta de limitación calórica con el objetivo de reducir la obesidad en las
supervivientes al cáncer de mama. El programa examinó el impacto de dicha intervención
combinada sobre diferentes variables, como por ejemplo el peso o la calidad de vida. Los
resultados obtenidos muestran reducciones significativas en el peso de las supervivientes
después de la aplicación del programa (> 10 por 100), mejoras que se observaron además en
aspectos relacionados con la calidad de vida, como un mejor estado de ánimo, una mejor
imagen corporal y una sexualidad más satisfactoria (Refort et al., 2012). Un ensayo similar al
anterior, realizado por Travier et al. (2014), puso a prueba la eficacia de la aplicación
conjunta de un programa de ejercicio de moderada a elevada intensidad de 75 minutos con una
frecuencia de dos veces a la semana; además, se incluyeron sesiones educativas para mejorar
la dieta de una hora a la semana para reducir el peso en un grupo de 112 supervivientes al
cáncer de mama. La intervención mostró sus efectos para reducir el peso de forma
significativa, además del índice de masa corporal y circunferencia de la cintura. Encontramos
también los efectos beneficiosos de la aplicación conjunta del ejercicio y la dieta en un ensayo
piloto realizado por Campbell et al. (2012) en el que los autores realizaron dos tipos de
intervenciones: entrenamiento dietético, en 16 sesiones utilizando un dietista, y 150 minutos a
la semana de ejercicio de moderado a vigoroso. La duración total del programa fue de 24
semanas y se aplicó a una muestra de supervivientes al cáncer de mama. Una vez completado
el programa de intervención, se observaron reducciones en el peso en las dos condiciones,
pérdidas que se incrementaron cuando se evaluaron los resultados 36 semanas después de
finalizar el programa, comparados con los obtenidos antes de comenzar la intervención. Otro
ensayo de este tipo puso a prueba la eficacia de la aplicación conjunta de técnicas
conductuales para aumentar la actividad física en los supervivientes y reducir la ingesta
calórica; además se quería observar si la aplicación en persona era superior a la aplicación
telefónica de la intervención propuesta. Los resultados informan de disminuciones en el peso
en ambas técnicas; sin embargo, la administración telefónica obtuvo mejores resultados para
mantener el peso bajo a largo plazo (Harris et al., 2013).

12.3. CONCLUSIONES

La obesidad o el sobrepeso son aspectos con una gran relevancia a lo largo de todo el
proceso del cáncer. Existe evidencia que avala la afirmación de que un mayor peso es un
factor de riesgo para la aparición del cáncer, mientras que una alimentación saludable
disminuye la probabilidad de padecer la enfermedad. Una vez que el cáncer ha sido
diagnosticado, un peso elevado influye negativamente en la eficacia del tratamiento al que son
sometidos los pacientes y además se observan aumentos de peso de forma muy significativa;
estos aumentos en el peso se relacionan con aspectos relevantes que afectan a la
supervivencia, como un mayor riesgo de recurrencia del cáncer o una elevada mortalidad en
comparación a otros pacientes sin sobrepeso.
Por estos motivos, el desarrollo de intervenciones que sean eficaces para reducir el peso
en los supervivientes se postula como un aspecto relevante y que debe ser tenido en cuenta por
los profesionales de la salud.
En líneas generales, las intervenciones desarrolladas para reducir el peso en los
supervivientes que incluyen diferentes componentes, como una dieta con un menor número de
calorías y un aumento del consumo de frutas y verduras, así como el ejercicio físico y técnicas
de modificación de conducta, parecen ser las más eficaces para conseguir este objetivo. Si se
analizan los ensayos con diferente grado de control que se han desarrollado con el objetivo de
reducir el peso en los supervivientes, no se puede afirmar que ninguna de las técnicas cuente
con el suficiente apoyo empírico para poder ser considerada un tratamiento bien establecido.
Sí encontramos, sin embargo, algunas intervenciones con un adecuado nivel de control que
muestran sus efectos positivos, como por ejemplo las que usan técnicas psicoeducativas,
aunque los resultados provienen de ensayos realizados exclusivamente con supervivientes al
cáncer de endometrio, por lo que su eficacia debe ser puesta a prueba en una mayor cantidad
de tipos de cáncer. Además, es necesario destacar que el ejercicio físico también cuenta con
resultados positivos provenientes de ensayos con un adecuado rigor metodológico, aunque, al
igual que el caso anterior, realizados con una escasa variedad de tipos de cáncer. A pesar de
estas dificultades, el ejercicio se postula como una alternativa a tener en cuenta, por delante de
los ensayos que han aplicado técnicas de tipo cognitivo-conductual, cuyos resultados, aunque
positivos, deben considerarse con cautela en estos momentos.
En definitiva, para reducir el peso en los supervivientes al cáncer se recomienda la
aplicación de intervenciones combinadas con diferentes tipos de técnicas que contemplen el
ejercicio y la psicoeducación para promover un estilo de vida saludable, con cambios en los
hábitos alimenticios, por delante de otro tipo de programas que, aunque prometedores, aún se
encuentran en un estadio temprano en lo relativo a su eficacia.
13
La eficiencia de los tratamientos psicológicos

Después de haber hecho un repaso pormenorizado acerca de los diferentes tratamientos que
se han aplicado para aliviar los síntomas que se observan con una mayor frecuencia en los
supervivientes al cáncer en los capítulos que forman parte de esta guía, el paso siguiente es
categorizar estos tratamientos según su eficacia. Para lograr este objetivo utilizaremos los
criterios propuestos por Chambless y Hollon (1998) y desarrollados por Moriana y Martínez
(2011), que distinguen entre tratamientos bien establecidos y tratamientos probablemente
eficaces según los siguientes criterios:

a) Tratamientos bien establecidos

I. Al menos dos buenos diseños experimentales entre grupos que demuestren su eficacia en
una o más de las siguientes direcciones:

— Sus resultados son superiores (estadísticamente) a los obtenidos por un grupo que
utilice fármacos placebo, a un grupo placebo psicológico (o grupos be friendly) o a otro
grupo experimental (con tratamiento alternativo).
— Equivalente a un tratamiento ya establecido en experimentos con suficiente poder
estadístico (N ≥ 30).

II. Si no se cumple el punto I puede ser suficiente una serie amplia de diseños
experimentales de caso único (N ≥ 9) que demuestren su eficacia. En estos experimentos se
deben incluir:

— Diseños experimentales adecuados.


— Comparado con la intervención con otro tratamiento como en el punto I.a.

Existen además criterios adicionales o complementarios para los puntos I y II.

III. Los experimentos deben ser desarrollados utilizando tratamientos manualizados.


IV. Las características de las muestras de participantes deben estar claramente
especificadas.
V. Los efectos deben haber sido demostrados por al menos dos investigadores o equipos de
investigación independientes.
b) Tratamientos probablemente eficaces

I. Deben existir al menos dos experimentos que muestren que el tratamiento es superior
(con significación estadística) en comparación con el grupo control o en lista de espera. No se
requiere el uso obligado de manuales, especificaciones de la muestra, ni la participación de
investigadores independientes.
II. Un diseño experimental entre grupos con clara especificación de las características de
éstos, uso de manual o manuales y demostración de su eficacia por cualquiera de las siguientes
dos posibilidades:

— Los resultados son superiores a los obtenidos por un grupo que utilice fármacos
placebo, a un grupo placebo psicológico (o grupos be friendly) o a otro grupo
experimental con otro tratamiento alternativo.
— Equivalente a un tratamiento ya establecido en experimentos con suficiente poder
estadístico (N ≥ 30).

III. Una pequeña serie de experimentos utilizando diseños de caso único (N ≥ 3), con clara
especificación de las características del grupo, uso de manual, diseño experimental adecuado
y comparación de la intervención con grupos placebos (farmacológico o psicológico) u otros
tratamientos.
En esta guía se incluye además una tercera categoría, llamada tratamiento en fase de
prueba, en la que se incluyen los tratamientos que por sus características no han podido
encuadrarse en las otras dos categorías anteriores pero que obtienen resultados cuyo valor
informativo debe tenerse en cuenta.

TABLA 13.1
Clasificación de los tratamientos según su eficacia

Alteraciones y tratamientos A B C

Depresión

Terapia cognitivo-conductual X

Intervenciones psicosociales X

Intervenciones psicoeducativas X

Mindfulness X

Ejercicio X

Yoga X

Hipnosis X
Otras intervenciones X

Ansiedad

Terapia cognitivo-conductual X

Intervenciones psicoeducativas X

Mindfulness X

Ejercicio X

Yoga X

Hipnosis X

Otras intervenciones X

Estrés postraumático

Terapia cognitivo-conductual X

Intervenciones psicosociales X

Alteraciones cognitivas

Terapia cognitivo-conductual X

Programas de entrenamiento cognitivo X

Neurofeedback X

Ejercicio X

Yoga X

Otras intervenciones X

Tabaquismo

Terapia cognitivo-conductual X

Otras intervenciones X

Alcoholismo

Intervenciones psicoeducativas X

Fatiga

Terapia cognitivo-conductual X

Terapia cognitivo-conductual para el sueño X


Intervenciones psicoeducativas X

Mindfulness X

Ejercicio X

Yoga X

Otras intervenciones X

Alteraciones en el sueño

Terapia cognitivo-conductual X

Intervenciones psicoeducativas X

Mindfulness X

Ejercicio X

Yoga X

Hipnosis X

Otras intervenciones X

Alteraciones en la sexualidad

Terapia cognitivo-conductual X

Intervenciones psicoeducativas o counseling de pareja X

Mindfulness X

Ejercicio X

Dolor

Ejercicio X

Yoga X

Dolor

Hipnosis X

Otras intervenciones X

Obesidad

Terapia cognitivo-conductual y conductual X

Intervenciones psicoeducativas X
Ejercicio X

La eficacia de los tratamientos se agrupa en las siguientes categorías: a) tratamiento bien establecido; b) tratamiento
probablemente eficaz, y c) tratamiento en fase de prueba.
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Director: Francisco J. Labrador

Edición en formato digital: 2016

© Francisco García-Torres, Francisco J. Alós Cívico, Carolina Pérez-Dueñas y Juan Antonio Moriana, 2016
© Ediciones Pirámide (Grupo Anaya, S.A.), 2016
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15
28027 Madrid
piramide@anaya.es

ISBN ebook: 978-84-368-3535-9

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