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John Reed

México
insurgente

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Título: México insurgente
Título original: Insurgent Mexico
Autor: John Reed
Traducción: E. V.

Portada y diseño de colección: Esteban Montorio
Edición:
Editorial Txalaparta s.l.
Navaz y Vides 1-2
Apdo. 78
31300 Tafalla
NAFARROA
Tfno. 948 703 934
Fax 948 704 072
txalaparta@txalaparta.com
www.txalaparta.com
Primera edición
Nueva York, 1914
Primera edición de Txalaparta
Tafalla, junio de 2005

Copyright
© Txalaparta para la presente edición
Copyright de las ilustraciones
© Instituto Nacional de Antropología e
Historia de México (INAH)

Realización gráfica
Monti
Impresión
RGM

I.S.B.N.
84-8136-400-2
Depósito legal
BI-1.707-05

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No he visto ningún pueblo
tan cercano a la naturaleza.
John Reed

Por eso te dedico este libro. Pero al escribir estas impresiones sobre México no puedo menos que pensar que nunca habría visto lo que vi si no hubiera sido por tus enseñanzas. en la inteligencia de que to- marás como tuyas las partes que te agraden y de que me per- donarás por el resto. . Nueva York. R. Desde entonces.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 25 CHARLES TOWSEN COPELAND DE LA UNIVERSIDAD DE HARVARD Querido Copey: Recuerdo que pensabas que era extraño el que no hubie- ra deseado escribir sobre lo que vi al hacer mi primer viaje a países extranjeros. Únicamente puedo agregar a lo que tantos que escriben ya te han expresado que escucharte es aprender cómo ver la belleza oculta del mundo visible. he visitado un país que me ha incitado a hacerlo. que ser tu amigo es tratar de ser honrado intelectualmente. J. 3 de julio de 1914.

sin árboles. Al atardecer. Era una zona desolada. Corrían rumores de que se aproximaba Villa con sus victoriosas huestes constitu- cionalistas. Surgían súbitos destellos al iluminar el sol los ca- ñones de campaña. pululaban en el lu- gar cavando trincheras perezosamente. Se veían sus casas cuadrangulares de pardo adobe y. Del lado norteamericano –en Presidio–. cuando el sol se hundía en el resplandor de un horno de fundición. cuando fue evacuada Chihuahua. Durante el día. ciudad que se asienta en la mar- gen mexicana del río Bravo. Gruesas. más allá del me- dio kilómetro de chaparrales que crecían en la arena y que llegaban hasta la escasa y turbia corriente.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 27 Hacia la frontera Después de una terrible y dramática retirada a través de seis- cientos kilómetros de desierto. podía verse la ciu- dad destacándose claramente hacia lo bajo de la meseta y en medio de un desierto abrasador circundado por peladas y abruptas montañas. con uniformes blancos y andrajosos. No se podía menos que espe- rar ver surgir minaretes. los soldados federa- les. extrañas nubes de humo rosado se levantaban en la quietud del aire. aquí y allá. la cúpula oriental de alguna vieja iglesia española. patrullas de caballería pasaban rápi- 27 . desde la rústica techumbre de tierra de la oficina de correos. el ejército federal al mando de Mercado perma- neció tres meses en Ojinaga.

y once. coroneles. Pero. y éste. veintiuno. cruzó los brazos y estalló así: —Yo soy el jefe del Estado Mayor del general Orozco y no lo llevaré a ver al general Mercado. frunció el ceño. brillaban misteriosas hogueras en la ciudad. Después de oscurecer.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 28 das recortando sus siluetas en el horizonte al dirigirse a los puestos nocturnos de las avanzadas. no me encontré con el general Orozco. quien la devolvió con la siguiente respuesta: Estimado y honorable señor: Si usted pone un pie en Ojinaga. pero fue interceptada por el general Oroz- co. en represalia. cuarenta y cinco eran mayores. Por fortuna. De estos tres mil quinientos hombres. generales. un día pude vadear el río y entré en la ciudad. habían llegado a reforzar al pri- mero. pero un perió- dico había publicado algo desagradable acerca del general Salazar. Sin averiguar nada sobre mi identidad. Nadie pareció objetar mi entrada. Era to- do lo que quedaba de los diez mil hombres de Mercado y de los otros cinco mil que. No contesté. Casi enseguida tropecé con un cumplido ofi- cial de nombre Hernández a quien expliqué que deseaba ver al general Mercado. Envié una atenta solicitud al general Mercado. Yo quería entrevistar al general Mercado. Pocos minutos después añadió: —¡El general Orozco odia al general Mercado! ¡No se digna a ir a su cuartel y el general Mercado no se atreve a ve- nir al cuartel de general Orozco! ¡Es un cobarde! ¡Corrió en Tierra Blanca y después huyó de Chihuahua! 28 . había prohibido la estancia de los reporteros en la población. lo colocaré ante el paredón y con mi propia mano tendré el gran placer de hacerle algunos agujeros en la espalda. Tres mil quintos hombres acampaban en Ojinaga. Todos los centi- nelas que vi estaban echando la siesta a la sombra de las pa- redes de adobe. marchando con Orozco al Norte desde la ciudad de México. a pesar de todo.

las monturas apiladas entre el polvo. sus caballos. ya en territorio norteamericano. sus mujeres. tenían que esquivar las garras de los aduaneros y de los funcionarios de Migración y de las patrullas del ejército en la frontera. A lo largo de la calle principal pasaba una ininterrumpi- da procesión de gente hambrienta. que gi- moteaba e inflaba una larga historia acerca de cómo el ejér- cito norteamericano había cruzado el río y había ayudado a Villa a ganar la batalla de Tierra Blanca. tenía tres enor- mes campanas españolas afuera. tumbadas bajo los rayos de un sol abrasador. hara- pientos. día y noche. preocupado. exhausta. mirándome con enojo. al tiempo que sonreía burlonamente. contestó: —¡Quién sabe. gallinas y cerdos robados en la campiña circunvecina. enferma. sentimental. sin ventanas. donde las soldaderas rogaban por la victoria.. arro- jada del interior del país por el miedo a los rebeldes que se acercaban. Los fusiles hacinados en los rinco- nes. una nube azul de incienso escapaba por la ennegrecida puerta. Apenas alguna casa te- nía techo y todas las paredes mostraban hendiduras de bala de cañón. hervían elotes y carne seca. que los registraban para desarmarlos. Era un hombre bajo. vivían los soldados. Casi se morían de hambre. estrechas. los soldados. irresoluto. Ojinaga había sido tomada y recuperada cinco veces. de cuerpo gordo. escasamente alguno poseía un uniforme completo Al- rededor de pequeñas hogueras en las puertas. Después pasaban hasta cruzar el río y. Se re- cogió en sí mismo y. Habían hecho una travesía de ocho días sobre el más terrible desierto del mundo. Las albas y polvorientas calles del pueblo rebosaban de su- ciedad y forraje.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 29 —¿Qué otros generales no le gustan? –pregunté–. Eran detenidos en las calles por centenares de soldados federales que los despojaban de cuanto les venía en gana. 29 . colgadas de una estaca.! Al fin vi al general Mercado. la vieja iglesia. En aquellas habitaciones vacías..

Hacían un registro minucioso. tanto en los hombres como en las mujeres. Se cubría con un largo chal. —Pero señor. que estaba un poco abultado en el frente. desperdigadas sin mucho plan entre los renales y la maleza a lo largo del río. como si llevara algo debajo. —¡Eh. Puede que sea una niña. Tenía tres bellas hijas. señor. hizo una fortuna abasteciendo refugiados y aprovi- sionando al ejército federal del otro lado del río. —¡Bájese ahora mismo o la bajo! –le gritaba el inspector. o tal vez un niño. un aislado e indescriptiblemente desolado lugarejo como de quince casu- cas de adobe. atraídos desde mu- chos kilómetros a la redonda por la fama de que gozaban las damiselas. Yo estaba presente cuando una mujer vadeó el arroyo. Aquéllos fueron días gloriosos para Presidio. que se daban aire de importancia. Pasaba la mitad del tiempo trabajando afanosa- mente en la tienda. enigmáticos. oiga! –gritó el aduanero– ¿Qué lleva usted bajo su chal? Ella abrió lentamente la parte delantera del chal y le con- testó dulcemente: –No sé. se levantó las faldas hasta las pantorrillas sin importarle un pi- to. el resto lo em- pleaba corriendo por todas partes con un pistolín pegado al cinto. brutal. innecesario. enamorados y ar- dientes vaqueros. rondaban como perros.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 30 Cientos de refugiados cruzaban el río. eran agentes secretos de los rebeldes y de los 30 . unos a caballo arreando ganado. algunos en pequeños vehículos. El viejo Kleinmann. enjambres de solda- dos federales desarmados que cruzaban el río se apretuja- ban en la tienda y en el salón de billares. —¡Bájese de ese carro! –gritaba uno de ellos a una mujer con un bulto en los brazos. desnudo hasta la cintura. Los inspectores no se distinguían por su cortesía. pimpollos a quienes encerraba en el desván de la tienda porque una banda de mexicanos. A todas horas del día o de la noche. el tendero alemán. otros a pie. a fin de prevenir y alejar a los amorosos pretendientes. Circulaban entre ellos sujetos siniestros. ¿por qué razón? –intentaba balbucir.

fuera del enganche. —Pero –le dije– las dejarán pasar. que hacía ampliaciones de retratos a lápiz a cinco pesos cada una. Uno no podía dar un pa- so durante la noche sin tropezar por dondequiera con un complot o un contracomplot. Rondaban por allí guarda- bosques texanos y soldados de los Estados Unidos. El minúsculo agente de ampliaciones a lápiz hizo un co- mentario sobre la Revolución mexicana. Un tal MacKenzie pateaba. un hom- bre chiquitín. ¿Cree usted que la Asarco pue- de someterse a que sus cartas sean abiertas y leídas por un mi- serable mugroso? ¡Es un atropello incalificable que una com- pañía norteamericana no pueda remitir una carta confidencial a sus empleados! ¡Si esto no es motivo para una intervención –terminó sobriamente– no sé qué lo será! Había toda laya de agentes: de empresas de armas y mu- niciones. un pia- no o un automóvil.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 31 federales. así co- mo también agentes de empresas norteamericanas tratando de introducir consignas secretas a sus empleados en el inte- rior de México. de Santa Eulalia). en la ofi- cina de correos. matuteros y contrabandistas. En los contornos. entre los breñales. ¿no es así? —Ciertamente –contestó–. debía pagarse al recibo de las ampliaciones que seguramente no lle- garían nunca. Parece que tenía cartas importantes para las minas de la Asarco (American Smelting and Refining Co. entre ellos. Se movía febrilmente entre los mexicanos y obtenía mi- llares de pedidos. según sa- 31 . cuyo importe. siempre que no tenga que pagarlo. vendedor de un negocio fotográfico. acampaban centenares de míseros refugiados. —El viejo Mercado insiste en abrir y leer todas las cartas que pasan a través de sus líneas –gritaba indignado. Tal cosa le proporciona una sensación de prosperidad. montado en cólera. Un mexicano lo mismo puede ordenar un retrato. Ésta era su primera experiencia con mexicanos y estaba altamente agradecido por la cantidad de órdenes re- cibidas. Dijo que el general Huerta debía de ser un hombre refinado porque.

se trataba entonces de una escaramuza entre ambos grupos. un refugiado rico. guarda- ban la margen mexicana.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 32 bía. de la distinguida familia Carey. y sabía cómo debía ser un sheriff del Oeste: dos pistolas en la cadera. Ambas partes se vigilaban estrechamente a través de la frontera. incapaz de contener sus nervios. la macana bajo el brazo. En tales casos llegaba a la ciudad. dos ve- ces al día. por parte materna. el enorme cuchillo encajado en la bota izquierda y una gran escopeta en el arzón de la si- lla. sentado en cuclillas en la margen opuesta: —¡Oye. un mexicano. con una buena canti- dad de oro cosida entre las mantas de su montura. No vamos a cruzarla de ninguna manera. disparaba una bala en dirección a donde se encontraban los norteameri- canos. La margen norteamericana del río la patrullaban. a cruzar la línea? —¡Chile! –respondió el negro–. el sheriff del condado. Había seis grandes automóviles de alta velocidad esperando en Presidio a este tipo de víctima. montado en su caballo pinto. podía tener la se- guridad de que sería asaltado por una banda de enmascara- dos para despojarlo de cuanto llevara. que daba agua a su caballo a la orilla del río. Algunas veces. A uno de estos soldados negros. como un huracán.. Un poco más allá de Presi- dio había estacionados dos escuadrones del Noveno de Ca- ballería Negra. guarecidos en la maleza. lograba cruzar el río sin que los federales lo descubrieran. grupos montados que corrían cuidadosamente pa- ralelos a las tropas de caballería que. De vez en cuando. del otro lado. un trasunto real de las mejores tradi- ciones de La muchacha del dorado Oeste. se dirigió un mexicano. en el camino. Le sacaban cien dólares en oro para llevarlo a tomar el ferrocarril. condenados gringos. era pariente lejano. Su conversación estaba aderezada con las más horrendas 32 . en cualquier par- te de los solitarios eriales del Sur de Marfa. ¿Cuándo van ustedes. Solamente la vamos a extender hasta el gran charco. Este tipo había leído todas las novelas de Owen Wister.. negro! –le gritó sarcásticamente en inglés–. de Virginia.

«Así –continuaba el narrador– se había logrado mitigar en algo lo duro de la vida en el desierto. La guerra y los rumores de guerra mantenían a Presidio en una tensión febril. sola. Entonces Villa. ellos resistirían por un tiempo razonable –dos horas– y que después pedirían su venia para atravesar el río. Todos sabíamos que tarde o temprano vendría por tierra. Después del trabajo diurno. echando una manita. Un correo logró burlar un día las líneas federales y pasó el río con importantes noticias. había quinientos rebeldes voluntarios que guar- daban el único camino de Ojinaga para cruzar las montañas. a quince kilómetros de Ojinaga. Los federales permanecieron un mes más en Ojinaja..Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 33 blasfemias. cuando ata- caran los rebeldes. a la cabeza de sus tropas. por la noche podía encontrársele siempre. consistente en hacer cumplir la ley del Condado de Presidio contra la portación de armas y el juego de póquer. el ejército constitucio- nalista y atacaría a Ojinaga. a cuyo mando estaba la patrulla norteamericana de la frontera. pero nunca había detenido a un solo criminal. en el Paso de la Mula. se habían acercado en grupo los generales federales a fin de hacer arreglos con el mayor. Sabíamos que a unos quince kilómetros al Sur. quienes la formaron en una plaza pública y la hicieron tocar a punta de rifle durante doce horas seguidas. ¡Nunca pudimos explicarnos el motivo por el cual habían mandado a la banda a dar audi- ciones musicales. con una 33 . en el desierto.. y Presidio prosperó entretanto.. Dijo que la banda de música fe- deral había estado recorriendo los alrededores dando audi- ciones. Manifestaron que. Los federa- les resistieron durante un “tiempo razonable” –justamente dos horas– o. apareció en un amanecer del desierto. para acordar la retirada del ejército federal de Oji- naga en tales circunstancias.!». pero que había sido capturada por los constituciona- listas. sentado muy tranquilamente en la par- te trasera de la tienda de Kleinmann. para ser minuciosos. hasta que Villa. De hecho.. desde Chihuahua.

Para entonces yo ya estaba bien adentro de México. a un campo alambrado en Fort Bliss. 34 . persi- guió al enemigo hasta hacerlo cruzar el río en una huida loca.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 34 batería y galopando junto a las bocas de los cañones. ca- balgando a través del desierto con un centenar de harapien- tos soldados constitucionalistas camino hacia el frente. Texas. Los soldados norteamericanos los arrebañaron en un in- menso corral para remitirlos poco después como prisioneros.

Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 35 Primera parte LA GUERRA EN EL DESIERTO 35 .

que Huerta había renunciado. pues sólo hacía unas semanas que el pueblo te- nía conocimiento de la Revolución. Traía los rumores más alarmantes: que los federales habían roto el cerco de Torreón y venían con este rumbo. que las tropas norteamericanas habían pasado el río Bravo. paseándose y moviéndose hasta bailarle en la cabeza su pesado sombrero galoneado. disparaba rifles imaginarios y saca- ba espadas ficticias. un pueblo montañés de Du- rango a tres días de camino del ferrocarril. mientras que su auditorio murmuraba 37 . que Huerta venía al Norte para hacerse cargo. Todos en- cendimos un cigarro y parloteamos alrededor del buhonero en tres filas. Esto ocurría en Magistral.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 37 Capítulo I EL PAÍS DE URBINA Procedente de Parral llegó al pueblo un baratillero con una mula cargada de macuche –cuando no se puede conseguir ta- baco se fuma macuche– y en torno a él nos confundimos con el resto de la población para obtener noticias. de las tropas fede- rales. Los demás le pedimos prestado algo y enviamos a un muchacho por unas hojas de maíz. y que Pascual Orozco venía para el Sur con diez mil colorados. El narrador adornaba sus noticias con gran abundancia de ges- tos dramáticos. Alguien compró un poco de macuche. que Pascual Orozco había muerto en Ojinaga. en persona. quemando ranchos y asesinando a los pacíficos. echándose al hombro su desteñida cobija azul.

pero abrazado a lo que quedaba de un rifle. donde se proponía bajar a una mina aurífera y quedarse allí hasta que la guerra hubiera terminado. Dijo que allá hay pocos judíos. Había estado una vez en El Paso y la consi- deraba la ciudad más hermosa del mundo. El sol se colgó por un mo- mento en la cresta roja de las montañas de pórfido.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 38 «¡Ma!» y «¡Adió!» Pero el rumor más interesante era que el general Urbina saldría para el frente dos días después. No encontramos en todo el día más que a un solo ser hu- mano. las cuales parecían tan cercanas que podían tocarse tirándoles una piedra. expresó que era un soldado que después de tres años de pensarlo había decidido unirse a la Revolución y pe- lear por la libertad. porque no pueden competir con los árabes. me permitió ir con él hasta Las Nieves. todas las ondulaciones conjuntas del desierto resplandecieron y se mezclaron con la luz de ma- 38 . sa- cudidos suavemente entre el oleaje de la amarilla sabana. Escupiendo. Ocasionalmente hablaba en impecable castellano a la mula. cubierto de nu- bes anaranjadas. a horcajadas en un bu- rro. Antonio y yo permanecimos callados. tapado con un sarape a cuadros negros y rojos. Después. Me hizo saber que esa mula era puro corazón. que se extendía tan lejos que el ganado que pastaba se convertía en pequeños puntos y desaparecía. Entiendo que ha sido en gran parte comercial. Antonio Swayfeta. Un árabe hosco. La hosquedad del árabe se había desvanecido y volcó an- te mí la historia de su vida. Pero el negocio es mejor en México. sin pan- talones. finalmente. bajamos. emprendió el regreso inmediato a su hogar. que se dirigía a Pa- rral en un calesín de dos ruedas. en El Oro. Pero que en su primera batalla.. un viejo cubierto de andrajos. en la base púrpura de las abruptas montañas.. al oír el disparo de un cañón –el primero que había escuchado en su vida–. donde vivía el general. de la que no entendía ni una pa- labra. aunque sí su trayectoria. ocultan- do tras ellas la concavidad turquesa del cielo. Al mediar el día había- mos subido a las montañas y salido de ellas hacia las tierras altas de la gran planicie del Norte de Durango.

porque inva- riablemente ése es el nombre del administrador. la circundaban redondos corrales de adobe y. de uno a otro extremo. formando un charco que desaparecía nuevamente entre la arena. Las casas formaban el interior del muro. Una mujer acuclillada amamanta- ba a su hijo en una casa. cordeles con chiles y ropa secándose.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 39 tices apagados. como cualquier castillo. se dibujó enfrente la sólida forta- leza de una gran finca –como las que se encuentran rara vez en aquella vasta tierra–. en lo que había sido un arroyo seco durante el día. Todos se levantaron y nos rodearon al desensillar. Siempre es más seguro atinar inquiriendo en un rancho por don Jesús. mientras nos decían con voz afable «Buenas noches». Del interior se alzaban rectas y delgadas líneas de humo que iban a perderse entre los últi- mos rayos solares. con pantalones pegados. Cuando llegamos a la gran puerta del rancho había en lo al- to una verdadera lluvia de estrellas. el pálido cielo. camiseta roja de seda y un sombrero gris recargado de adornos de plata. balanceando ollas de agua sobre sus cabezas. mientras dos vaqueros arreaban algún ganado a los corrales. De pronto. A esta hora las montañas de Occidente tomaban un color azul de terciopelo. A lo largo de las paredes y sobre las puertas colgaban tiras de carne seca. abajo. Al fin apareció. en la siguiente. fumaban cigarros de hoja de maíz. entre 39 . Del río a la puerta se movían diminutas fi- guras negras de mujeres con cántaros de agua en la cabeza. en cuclillas también alrededor de peque- ñas fogatas. mientras miraban trabajar a las mu- jeres. gritándose entre sí con la bronca voz de las mujeres mexicanas. envueltos en sus decolorados sarapes. un dosel rojizo de moaré. Los hombres. Antonio preguntó por don Jesús. un imponente cuadrado de paredes blancas con torreones en las esquinas y una puerta de hierro cubierta con clavos de adorno se erguía majestuosa y prohi- bitiva sobre una pequeña loma. era un hombre magníficamente alto. brotaba el río sub- terráneo a la superficie. otra se arrodillaba en la interminable tarea de moler maíz en una artesa de pie- dra. Tres jó- venes atravesaban la plazoleta en fila. nos invitó a pasar.

limpísimos. —¡Quién sabe! –contestó ella displicentemente.. es todo lo que comemos en esta casa.! En una de las casas fui a negociar una cena. sólo un poquito de maíz». en la pared. ¡Ah. ¿Leche? No hay. Se- guramente don Jesús no le cobraría nada. un objeto de la más alta veneración! 40 . La mujer ex- tendió ambas manos: —Estamos tan pobres ahora –dijo–. Un poquito de agua. preguntaban: ¿De dónde veníamos? ¿A dónde íbamos? ¿Qué nuevas traíamos? ¿No habían tomado todavía los maderistas a Ojinaga? ¿Era cierto que venía Orozco para matar a los pacíficos? ¿Conocíamos a Pánfilo Silveyra? Era un sargento. La habitación era de buenas proporciones. ¡Cuánto maíz se podía comer una mula.. ado- be por todas partes.. ha- bía demasiada guerra! Antonio se fue a regatear por un poco de maíz para la mula. Había salido de esa casa.. y me pidió un cigarro. Arriba. En un rincón una gran cama de hierro. como casi en cada casa que vi en Méxi- co. —Mi casa está a sus órdenes –expresó enfáticamente. ante la que ardía una vela. ¿Huevos? No hay. colgaba una indecente ilustración cortada de las pági- nas de Le Rire. Había también una mesilla sobre la cual estaba una tarjeta postal con la imagen de la Vir- gen de Guadalupe. ¿Café? ¡Válgame Dios. suplicaba. «Un tantito. En ese momento llegó el esposo y le reprochó su falta de hospitalidad.. uno de los hombres de Urbina. en el otro. con piso de tierra y techo de vigas fuertes. tampoco! Me aventuré a decir: —Con este dinero se podrían comprar esas cosas en algu- na otra casa. era primo de este hombre. una máquina de coser Singer. colocada ante un cuadro con un marco platea- do: ¡evidentemente.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 40 curiosos y accesibles. ¿Carne? No hay. tortillas. algunos frijoles. Se acomodó a su modo mientras ella traía las sillas fami- liares y nos invitaba a sentarnos.. Las paredes y el techo estaban blanquea- dos y a simple vista.

¡Y nadie creería que esa ley había sido derogada en Mé- xico en el año 1857! 41 .! —¡Cállate la boca! –gritó la mujer–. donde cocinaba directamente sobre el fuego. huevos fritos. la mujer trajo una brasa en sus dedos. Su esposo sonrió con aire de superioridad. Había estado una vez en Jiménez y era considerado un hombre de mundo. salía por la puerta. tortillas. Dios tiene que comer. Se hacía tarde.. —Dios no come –replicó finalmente– ¡Los curas engor- dan a costa nuestra! —¿Por qué lo dan? –pregunté. a preguntar si por casualidad traíamos algún cigarrillo. o irrumpía una oveja en busca de la masa para las tortillas. Fumamos. pronto. Ella se levantaba fatigosamente y alejaba al animal con una brasa ardiendo. dentro y fuera de la habitación.. mientras ella se doblaba sobre la plataforma de adobe en un rincón –que parceía un altar–. Finalmente convi- nieron en que fuera la mujer. Hubo una pequeña disputa sobre quién iría a comprar los víveres para nuestra comida. Durante la cena –carne salada con chile picante. De vez en cuando entra- ban las gallinas y un marrano. Parecía que algunos estaban enfadados con la Iglesia. A una orden del es- poso. es para Dios. frijoles y café negro fuerte– tuvimos la com- pañía de toda la población masculina. hasta que la voz airada del amo de la casa reconvenía a la mujer porque no hacía cinco o seis cosas a la vez. El humo que lo envolvió todo.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 41 Llegaron varios tíos. Antonio y yo estába- mos sentados en la cocina... primos y compadres. igual que nosotros. —¡Curas sinvergüenzas –exclamó uno– que vienen cuan- do uno está tan pobre y se llevan el diezmo! (una décima parte de lo que cosechaban). —Es la ley –dijeron varios a la vez. —¡Y nosotros que pagamos un cuarto al Gobierno por esta maldita guerra.

¡Las balas rebotan sobre él como la lluvia en un sombrero. —Es bueno para los asuntos del campo –que es tanto co- mo decir que es un bandido y asaltante con mucho éxito. me dijeron. había huido del país hacía dos años. to- do corazón». Cuando concluya no tendremos ham- bre. nunca. al día siguiente caminamos toda la jor- nada atravesando sus tierras... no tenemos herramientas ni animales para trabajar y los soldados se llevan todo nues- tro maíz y nuestro ganado. Pero es larga y no te- nemos alimentos que comer o ropa que ponernos.. —Es el primo del primer marido de la hermana de mi mujer. No tienen rifles ni caba- llos para nosotros.!»..Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 42 Pregunté sobre el general Urbina: «Un buen hombre. con esa peculiar armonía de barbería. apoyándose uno en el otro. «Es muy valiente. Uno de los jóvenes había conseguido una guitarra en alguna parte y a voces. si servimos a Dios. ellos cantaban.! Mientras Antonio y yo nos envolvíamos en nuestras co- bijas sobre el suelo del granero. nunca. pues el amo se ha ido lejos de la hacienda. Están ganando. por último. entonces no habrá más pacíficos. señor. Nos levantare- mos con nuestros cuchillos y nuestros látigos. que tenían una superficie ma- yor de un millón de hectáreas. Y. —Ellos no nos necesitan ahora. cantaban alto y plañideramente algo acerca de una triste historia de amor. El hacendado. ¡La Revolu- ción no puede perder. ahora es general y un hom- bre rico». 42 . Otro dijo. Pero no olvidaré el cuerpo famélico y los pies descalzos de un viejo con cara de santo que habló pausadamente: «La Revolución es buena. —¿Por qué no pelean los pacíficos? Él se encogió de hombros.. dijo uno con orgullo: «Hace pocos años era un peón igual que nosotros.». un español rico. ¿Y quién los alimentará a ellos si nosotros no sembramos? No. Pero si la revolu- ción pierde. El rancho era uno de los muchos pertenecientes a la ha- cienda de Canutillo..

Las grandes haciendas del Norte de Durango..Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 43 —¿Quién es el dueño ahora? —El general Urbina –dijo Antonio. con su pequeño grupo de casas y la vieja y rosada torre de su iglesia que emergía entre los álamos. a muchos ki- lómetros distante del pie de las montañas. formaba un semicírculo en torno del lugar. Pero cuando le ofrecí dinero me abrazó y comenzó a llorar. el sol se ocultó sin transición tras las montañas del Oeste. indolente. árabe excelente! ¡Tienes razón! ¡Los negocios son mejores en México! 43 . y eso sin tener en cuenta lo que pediría un árabe. inundó la noche. Y así era. como pronto pude comprobarlo. Caminamos durante todo el día en nuestro calesín. ¡Dios te bendiga. El poblado de Las Nieves. se extendió ante nosotros como si fuera una extraña prolongación del desierto. habían sido confisca- das para el gobierno constitucionalista por el general. Acto segui- do.. al mismo tiempo que se levantaba del suelo una niebla oro y rosa. un diluvio de luz amarilla. quien las administraba por medio de sus propios agentes. según se decía. en efecto. que contrastaba con la planicie calcinada por el sol. Cuando vadeamos chapote- ando entre mujeres que arrodilladas lavaban ropa. el ganado. siempre en busca de provecho. en la que se movía. dispersa colección de adobes del color exacto de la tierra con que habían sido hechos. Un río de corriente rápida. Al caer la tarde vimos las morenas paredes de barro que rodeaban a Canutillo. las dividió por mitades con la Revolución. espesa como el agua. Yo sabía que el precio de un viaje como el que había he- cho en el calesín de Antonio valía por lo menos diez pesos. sin traza de verdor en sus márgenes. una superficie ma- yor que la del Estado de Nueva Jersey. pa- rando solamente para comer unas cuantas tortillas.

que retiró inmediatamente. Un buen número de hom- bres. permanecían alrededor de un pozo que estaba en el centro del patio. todos los cerdos se abalanzaron chillando sobre ella. en tal recinto pululaban cerdos. Una vieja salió de la cocina y vació una cubeta de basura en el suelo. Dentro y fuera de la sala. Delante de él un peón arrodillado vacía de un saco de lona algunos centenares de cartuchos de máuser. donde se oían los acordes fonográficos de La prin- cesa del dólar. los corrales y almacenes corrían a lo largo de los cua- tro costados de un espacio tan grande como la manzana de una ciudad. una parvada de gallinas. coja. El propio general se encontraba sentado en medio de ellos en un sillón de mimbre con brazos rotos. entretenido en la genial tarea de llenar de pólvora unas bombas de hierro corrugado. desde el techo. gallinas y niños semidesnudos.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 45 Capítulo II EL LEÓN DE DURANGO EN CASA A la puerta de la casa del general Urbina estaba sentado un viejo peón con cuatro cananas terciadas sobre sí. majestuosa. En un rincón de la pared estaba sentada la pequeña niña del general. andaba. de pie o tendidos en el suelo. La casa del general. mascando un cartucho. Dos chivos y tres magníficos pavos reales mi- raban tristemente hacia abajo. Su dedo pulgar apuntó hacia el patio. Me extendió una mano débil. El general no dio ninguna respuesta a mis explicaciones. Era un hombre fornido de estatura media- 45 . dando tortillas a un venado manso y a una oveja negra. pe- ro no se levantó.

pero no se movió. ¡moviéndola lentamente por toda la longitud de la herida! —¡Bah!. mi general. ¿De modo que usted quiere ir conmigo al campo de batalla? –me espetó en el más áspero español–. Le presenté mis papeles para identificarme. me dijo. Había llegado un herido. «Sí –dijo–.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 46 na. Despachó a un muchacho por las tijeras familiares y a otro por un cubo de agua del pozo. barba negra dispersa hasta los pómulos que no ocultaba del todo la expresión. Muy bien. —Vaya a comer –repitió. —No sé leer –me dijo rápidamente. le quitó la venda. Debíamos dormir juntos aquella noche. ¡Ándele! Un hombre pequeño. los diminutos y brillantes ojos festivos de animal. y mugre. el campesino seguía inmóvil como si fuera una estatua de piedra. –No contesté–. Escudriñó atentamente la sangre que manaba de la herida. Había sido boticario en Parral. Entonces el doctor cortó despacio la sangre coagulada de la superficie. que descubrió una herida como de dos pulgadas de largo. ya he comido. ¡Por ahora coma! —Gracias. El pequeño doctor se volvió todo efi- ciencia. hurgando con las puntas de la tijera sin miramiento alguno. atado a la cabeza. el animal se ha desmayado –exclamó el doctor–. bajo una costra de sangre se- ca. Puede ser que dentro de cinco días. ahora era mayor. era un campe- sino con el sombrero en la mano y un pañuelo tinto en san- gre. de piel color oscuro caoba. El paciente aspiró con fuerza. Durante cinco minutos no los apartó de los míos. Entonces tomó la afilada astilla de madera y la introdujo hasta lo más hondo. «Y es una vida llena de nobleza –agregó– aliviar los sufrimientos ajenos». Afiló con una navaja una astilla de madera que levantó del suelo. a quien todos llamaban «doctor». me acompañó al comedor. pero no sé cuándo me iré. silbando alegremente para sí. ¡Sosténgalo mientras yo lavo la herida! 46 . Sentando al he- rido en un cajón. Pero antes de llegar al comedor se oyó un grito de«¡Doctor!». sucio. las fosas nasales abiertas. Primero cortó el pelo alrededor de la herida. Hizo una señal a su secretario–. es una vida intere- sante la de doctor». Muchas balas. calmoso–.

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Y dicho y hecho, levantó el cubo de agua y derramó su
contenido sobre la cabeza del paciente; el agua y la sangre,
mezcladas, corrían sobre sus ropas.
—Estos peones ignorantes –dijo el doctor, cubriendo la
herida con el vendaje original– no tienen valor. Es la inteli-
gencia la que hace el alma. ¿No?
Cuando el peón volvió en sí, le preguntó: «¿Eres solda-
do?». El hombre sonrió dulcemente, suplicante. «No, señor,
yo soy únicamente un pacífico –dijo–; vivo en Canutillo,
donde mi casa está a sus órdenes...».
Un poco más tarde –bastante más tarde– nos sentamos
todos a cenar. Allí estaba el teniente coronel Pablo Seáñez,
un joven simpático, franco, de veintiséis años, con cinco ba-
lazos en el cuerpo, que correspondían a tres años de comba-
tiente. Salpicaba su conversación con los juramentos milita-
res de rigor; su pronunciación era un poco confusa como
resultado de un balazo en el maxilar y la lengua casi cortada
en dos por una espada. Decían que era una fiera en el com-
bate y un asesino (muy matador) después de éste. En la pri-
mera toma de Torreón, Pablo y otros dos oficiales, el mayor
Fierro y el capitán Borunda, habían ejecutado personalmente
a balazos a ochenta prisioneros inermes. No suspendieron la
matanza hasta que se cansaron, hasta el punto de no poder
tirar más de los gatillos de sus armas.
—¡Oiga! –preguntó Pablo–. ¿Dónde está el mejor institu-
to para estudiar hipnotismo en Estados Unidos? ¡Tan pronto
como concluya esta maldita guerra voy a estudiar para hip-
notista...!
A renglón seguido comenzó a dar pases al teniente Borre-
go, que era llamado irrisoriamente El León de las Sierras, de-
bido a sus prodigiosas bravatas. Éste se despojó violenta-
mente de su revólver y dijo a gritos: «¡No quiero tener nada
con el diablo!», entre las risas estruendosas de los demás.
Allí estaba también el capitán Fernando, un gigantón ca-
noso, con pantalones pegados, que había peleado en veintiún
combates y a quien le encantaba oír mi español fragmentado,
haciéndole reír tan estrepitosamente con cada frase que le diri-

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gía que hacía temblar los adobes del techo. Nunca había sali-
do de Durango y juraba que había un mar enorme entre Mé-
xico y Estados Unidos, así como que todo el resto del mundo
era agua. Junto a él estaba sentado Longino Guereca, con su
hilera de dientes picados que mostraba al sonreír, en contraste
con un rostro apacible y una mención de bravura única que
era famosa en todo el ejército. Tenía apenas veintiún años y ya
era primer capitán. Me dijo que la noche anterior sus propios
soldados habían tratado de matarlo... Después estaba Patricio,
el mejor jinete de caballos broncos en el Estado; Fidencio, que
le seguía, un indio puro de más de dos metros de estatura que
siempre peleaba a pie. Y, por último, Rafael Zalarzo, un pe-
queño jorobado a quien Urbina llevaba en su tren para diver-
tirse, igual que cualquier duque italiano de la Edad Media.
Cuando hubimos quemado nuestros gaznates con la últi-
ma enchilada y limpiado nuestros últimos frijoles con una
tortilla –los tenedores y cucharas no se conocían–, cada ca-
ballero tomó un buen buche de agua, hizo una gárgara y la
escupió al suelo. Al salir al patio vi dibujarse la silueta del
general saliendo de su recámara, tambaleándose ligeramente.
Llevaba su revólver en la mano. Se detuvo un momento en la
claridad de otra puerta y entró rápidamente, azotando la
puerta tras de sí.
Yo estaba ya acostado cuando llegó el doctor a la pieza.
En otra cama reposaba El León de las Sierras con su mance-
ba de ocasión, que roncaba ruidosamente.
—Sí –dijo el doctor–, ha habido alguna pequeña dificul-
tad. El general no puede caminar hace ya dos meses por el
reumatismo... Algunas veces tiene dolores tan fuertes que los
atenúa tomando aguardiente... Esta noche trató de matar a
su madre. Siempre intenta hacerlo porque la quiere mucho...
El doctor se contempló en el espejo y se atusó el bigote.
—Esta revolución, recuérdelo, es una lucha del pobre
contra el rico. Reflexionó un momento y comenzó a desves-
tirse. Mirando su mugrienta camiseta, el doctor me hizo el
honor de expresar la única frase que sabía en inglés– . Tengo
muchos piojos –dijo sonriendo orgulloso...

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Salí al amanecer y di un paseo por Las Nieves. La pobla-
ción pertenece al general Urbina: la gente, las casas, los ani-
males y las almas inmortales... En Las Nieves, él solo, y úni-
camente él, administra la más alta y más baja justicia.
La única tienda del pueblo está en su casa; compré algu-
nos cigarrillos a El León de las Sierras, que ese día estaba de
guardia como dependiente de la tienda. El general estaba
platicando en el patio con su querida, una bellísima y al pa-
recer aristocrática mujer, con una voz que recordaba a un se-
rrucho. Cuando me vio, vino y me estrechó la mano, dicien-
do que deseaba que le tomara algunas fotografías. Le
contesté que ése era mi objetivo en la vida, preguntándole,
además, si creía que saldría pronto para el frente.
—Creo que en unos diez días –contestó.
Comencé a preocuparme.
—Yo aprecio su hospitalidad, mi general –le respondí–,
pero mi trabajo exige que esté donde pueda ver el avance que
se efectúa sobre Torreón. Si es conveniente, desearía regresar
a Chihuahua y reunirme con el general Villa que pronto sal-
drá para el Sur.
No cambió la expresión facial de Urbina, pero me dispa-
ró lo siguiente:
—¿Qué es lo que no le gusta de aquí? ¡Está usted en su
propia casa! ¿Quiere cigarrillos? ¿Quiere usted aguardiente,
sotol o coñac? ¿Quiere una mujer para que le caliente la ca-
ma por la noche? ¡Puedo darle cualquier cosa que usted
quiera! ¿Quiere una pistola? ¿Un caballo? ¿Quiere dinero?
Sacó un puñado de pesos de plata de su bolsillo y los arrojó
a mis pies.
—En ninguna parte de México soy tan feliz y estoy tan
contento como en esta casa, pero tenía pensado seguir más
adelante –respondí.
Durante la hora siguiente estuve tomando fotografías del
general Urbina a pie, con espada y sin ella; el general Urbina
cabalgando sobre tres caballos distintos; el general Urbina con
su familia y sin ella; los tres niños del general Urbina, a caba-
llo y a pie; la madre del general Urbina y su concubina; toda la

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también el fonógrafo –traído a propósito– y a uno de los niños sosteniendo un cartel donde estaba escrito con tinta: «General Tomás Urbina R.». 50 .Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 50 familia armada con espadas y pistolas.

cuatro espadas –una de ellas con el emblema de los Caballeros de Pitias–. fiel copia de la diligencia de Deadwood. Patricio aparejó cinco mulas para el coche grande. que flotaba sobre su cabeza cubierta con un viejo sombrero alicaído y cargado con dos kilos y medio de hilo que había sido dorado. Un correo salió corriendo a caballo para reunir la tropa que es- taba acuartelada en Canutillo. Ade- lante caminaba una pequeña figura negra y rechoncha empu- ñando la bandera mexicana. peones con brazadas de fusiles co- rriendo de aquí para allá. En seguida. una columna desigual de polvo os- curo. Rafaelito subió al coche el equipaje del general.) 51 . En cinco minutos todo era bullicio y confusión en la casa: oficiales que se apresuraban a empacar sus sarapes. cubrió el camino a lo largo de varios kilómetros. probablemente orgullo alguna vez de algún hacendado. del T..Una orden masónica. mozos y tropa ensillando caballos. (N. cuando el general cambió de pa- recer repentinamente y salió de su cuarto rugiendo órdenes.1 tres uniformes. el cual consistía en una máquina de es- cribir.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 51 Capítulo III EL GENERAL SE VA A LA GUERRA Habíamos terminado el desayuno y me iba resignando a los diez días más en Las Nieves. Lo seguían muy de 1. el fierro de marcar re- ses del general y un barril de más de cincuenta litros de sotol. la tropa.

Julián Reyes. en tanto que uno o dos alardeaban de sus pantalones vaqueros. llevaban cuatro o cinco cananas de cartuchos cruzados sobre el pecho. Isidro Amaya. Todo esto constituía su equipo. rodeada por sus tres hijos. caballos y polvo. saltó sobre su gran caballo tordillo de combate. Jesús Mancilla. Juan Sánchez tocó la orden de marcha en su corneta rajada. Subí y me senté al lado 52 . encabezada por su general. huaraches. de mezclilla. y el resto iba descalzo. con las efigies en colores del Cristo y la Virgen al frente de su som- brero. tratando de controlarlos. altos sombre- ros de flotantes alas. las chaquetillas charras de los peones. espoleándo- lo furiosamente hacia la calle. la mayoría. Esperamos casi una hora. y azotando su caballo con la cara del sable. otros. Sólo unos cuantos llevaban zapa- tos. Mientras tanto. Era una carrera loca. Urbina salió entonces y mirando apenas a su familia. que abría por atrás para montar. que sangraban de las bocas por la bárbara pa- rada en seco. sarapes de brillantes colores. haciendo sonar sus espuelas de pla- ta con incrustaciones de turquesas. y la tropa. Un cente- nar de soldados cubiertos de harapos pintorescos. una confusión vertiginosa de hombres. inmensas espuelas que tintineaban al cabalgar. atadas con hebillas de plata del tamaño de un peso. un enmarañado grupo de seis. El general estaba dentro con su madre. la maraña de su reata he- cha de pelo de caballo sobresalía del polvo. entonces frenaban cruelmente a sus caballos. tomó el camino de Canutillo. seguido por Antonio Guzmán. con su re- lampagueante cadena de latón al cuello. con sus botas de montar hasta las ca- deras. algunos vestían ropas de obrero. Los rifles colgaban de sus monturas. Sabás Gu- tiérrez lucía una vieja levita.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 52 cerca Manuel Paredes. todos gritaban y disparaban sus pistolas hasta alejarse unos centenares de metros. que hacía reparar a su caballo sacudiéndole un sombrero delante de los ojos. Patricio y yo cargamos en el coche tres cajas de dinamita y una de bombas. Fuera sollozaba su concubina. amarrados atrás de la silla. José Valiente. Así era la tropa cuando la vi por primera vez.

Sin embargo. era para proteger algún ranchito de las visitas del diablo. Pasamos Canutillo sin dete- nemos. Ya entrada la tarde se perfilaron ante nuestros ojos. Salimos galopando del poblado. —¡Arre. El oscuro y relum- broso chaparral. La Casa Grande era un magnífico palacio con pórticos aunque con un solo piso. se rompió una cuerda y una de las cajas salió rebotando del coche y cayó entre las rocas.! –gritaba Patricio.. como si supieran que íbamos a la gue- rra. Allá. probablemente. Se nos informó que el general Urbina había caído enfermo súbitamente y que.. De repente. haciendo silbar su látigo. no se levantaría de la cama en una semana. Mientras. araña- ba los costados del coche. a la mitad de la altura de una mula. La tropa había desmontado alrededor de la Ca- sa Grande.. cada vez que pasábamos un arroyo. la dinamita se caía con un estrépito enfermizo. la yuca y los grandes cactus nos vi- gilaban como centinelas del desierto. bañado por el sol mañanero del de- sierto. en el otro lado. cada una de las cuales re- cordaba un asesinato. no pasó nada –era una mañana fría–. a la izquierda. coronados por cruces. los peones soltaron las cabezadas de sus mulas y el largo látigo les acarició las costillas. Desde sus puertas podían verse diez kilómetros de una 53 . la recogimos y sujetamos otra vez. que cruzaba desiertos y montañas como la Gran Muralla de China a través de veinte kilómetros. asegurándola. las voraces y poderosas aves de rapiña mexicanas describían círculos vo- lando sobre nosotros..Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 53 de Patricio. De vez en cuando aparecía una cruz blanqueada en medio de un camino lateral. la tropa trotaba a lo largo de un camino más directo. las paredes que delimitaban las cuatrocientas mil hectáreas de la hacienda de Torreón de Cañas. El camino real era una simple vereda sobre un terreno desigual. mulas! ¡Putas! ¡Hijas de la . tomando la empinada margen del río a treinta kiló- metros por hora. y poco después contemplábamos la pro- pia hacienda. A ca- da cincuenta metros había en el camino pequeños montones de piedras.

y sus huaraches. Una enorme alacena de caoba ocupaba uno de los ángulos. el agua que corre por el río que se agota. Afuera. Su alimento es el maíz que siembran. y cuando se cansan uno del otro. De- trás de la casa. usan ropas tejidas de lana. una tropilla de vaqueros cabalgaba lentamente al hogar. por supuesto. una estancia con el techo a cuatro metros del suelo y paredes de proporciones majestuosas cubiertas con papel tapiz americano corriente. en la que niños y animales retozaban juntos. 54 . calcinada por el sol. simplemente se separan. La luz y la oscuridad son su día y su noche. más de un centenar de ca- sas de los peones formaban una vasta plaza abierta. vue- lan el uno al otro sin las formalidades del cortejo. en la hondonada. los grandes corrales y establos. El matrimo- nio es muy costoso (seis pesos para el cura).. Sus propias casas están construidas con la tierra que pisan. y a menos de un kilómetro. más allá. la cuestión de celos significa sangre. lo que se consi- dera como un alarde inútil que no obliga más que a la unión más fortuita. en el desierto. las interminables cor- dilleras de montañas áridas. escalonadas una sobre otra. pero no había cubiertos para comer. La puerta de la pieza contigua ostentaba pesados cor- tinajes de brocado cubierto de manchas. Y. amarilla y. Es imposible imaginar lo cerca de la naturaleza que viven los peones en esas grandes haciendas. Cuando un hombre y una mujer se enamoran. donde las fo- gatas nocturnas ya arrojaban densas columnas de humo amarillo. por el río.. Había una pequeña chimenea. se cortan del cuero de un becerro recién sacrificado. Abajo. en la que nunca se en- cendió fuego. la cadena sin fin de mujeres cubiertas con rebozos oscuros acarreando el agua sobre sus cabezas. Comimos en una de las altas y desiertas salas de la Casa Grande. lo que beben. trans- portada dolorosamente sobre sus cabezas. no había alfombra en el piso de hormigón. a pesar de que se sentía un frío glacial día y noche.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 54 planicie ondulada. Los animales son sus constantes compañe- ros familiares en sus casas. mientras las mujeres se arrodillaban en su eterna molienda del maíz.

!». su señoría disertaba sobre las virtudes de la confesión. que estaba retorciéndose tendido en la cama.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 55 El cura de la iglesia de la hacienda presidía la comida. apretando los dientes: «Yo sé que mi hermana. que había acompaña- do al general. Cuando salí en la mañana. escriba la verdad. José Valien- te dijo.. mientras el padre daba cuenta de una botella entera de anise- te robado. Después que salimos del salón. Me despedí del general. Patricio estaba enganchando el coche y la tropa ensillaba.. comenzó a de- cir Juan. «Pero no tengo otro». 55 . el rifle y el caballo. «Yo soy tu jefe superior». —Que tenga un feliz viaje –dijo–. Dos altos funcionarios constitucionalistas aludían a un pro- grama poco conocido para echar a los sacerdotes de México. va usted recomendado a Pablito. la hostilidad de Villa hacia los padres de la Iglesia es bien co- nocida. A él le servían las mejores viandas.. especialmente cuando se refería a las jóvenes. se dirigió hacia mi amigo el soldado Juan Va- llejo y le dijo: «Tienes un bonito caballo y un rifle precioso. Bebimos sotol y aguamiel. El doctor. aunque aparentemente eran respetuosos. ¡La Revolución tendrá que ajustar cuentas con estos curas. Fue lo último que vimos del doctor. Pude darme cuenta de que lo anterior no les hizo mucha gracia al resto de los circunstantes. emitiendo boletines por teléfono a su madre. debías prestármelos». agregó el doctor. que algunas veces pasaba a sus favoritos después de servirse.. Alegre ya.

Nunca la vi sonreír ni pronunciar una palabra gentil. acompañado por Rafael. algunas grotescas y otras son tan satíricas como cual- quier canción popular francesa. Todo mexicano sabe centena- res de ellas. ella le abra- zaba fuertemente contra su pecho.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 57 Capítulo IV LA TROPA VA EN MARCHA Entré al coche con Rafaelito. que era una criatura extraña. Algunas veces nos trataba con una dureza feroz. Cantaba así: Desterrado me fui para el Sur. Joven. otras con bestial indiferencia. me fui con el fin de por allá quedarme. Pablo Seáñez y su querida. Desterrado por el gobierno y al año volví con aquel cariño inmenso. Cuando se acosta- ba en el asiento. Unas son muy bellas. era veneno y piedra para cualquiera que no fuera Pablo. haciendo ruidos como los de una tigresa con sus cachorros. No están escritas. ¡Sólo el amor de esta mujer me hizo volver! 57 . Pero a Pablo lo arrullaba como a un niño. Patricio bajaba su guitarra del cajón donde la guardaba y el teniente coronel cantaba baladas amorosas con su voz cas- cada. pero a menudo son compues- tas de improviso y conocidas al cantarse. delgada y bella. él ponía la cabeza en su regazo.

La tropa se nos había adelantado. y abrir una cantina del otro lado del río! La hacienda de El Centro nos proporcionó el almuerzo.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 58 ¡Ay. voy a embarcarme. blanco y rojo ondeando sobre sus cabezas. y muchos golpes nos daríamos recíprocamente. Las montañas habían desapare- 58 . Vete con Dios. Porque si así fuera te arruinaría la cara. me voy a convertir en americano. embarcarme. Antonia. Me voy a separar de ti. pues. en las playas del mar. qué noches tan intranquilas paso en la vida. La hermosa luna con sus rayos de oro es la compañera de mis penas. ¡ojalá me dejen pasar los americanos. pero todavía alcanza- ba a ver a los soldados tendidos en hilera entre la negra ma- leza de mezquites. la diminuta bandera verde. Allí me ofreció Fidencio su caballo para la jornada de la tarde. Así. la vida sin ti! ¡Ni un pariente ni un amigo a quien quejarme! Me fui con el fin de por allá quedarme. Despídeme de mis amigos. Tú verás al momento de separamos que no permitiré que ames a otro. cansado de llorar. ¡sólo el amor de esta mujer me hizo volver! Y después cantó Los hijos de la noche: Yo soy de los hijos de la noche que vagan sin objeto en la oscuridad.

tequila. mezcal. beba. —Es demasiado –dije. y que debía ser fusilado. Me gusta el sotol. pul- que y otras costumbres mexicanas. se volvió y rugió: —¡Venga acá. El resto. dándome palmadas en la es- palda–.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 59 cido en alguna parte más allá del horizonte y nosotros íba- mos en medio de un gran bolsón del desierto cuyas ondula- ciones se extendían hasta confundirse con el azul ceniza del cielo mexicano. ¡Aquí viene el Míster a caballo! ¿Qué tal. Míster! –El gigantón reía encantado–. Lo tomé. y sonreí. —¡Hola. ya que la tropa se había reuni- do para mirar. una quietud más allá de lo que nunca había sentido. gritó. 59 . Los hombres apiñados alrededor estaban divertidos e intere- sados. Isidro Amaya contó que durante la primera revolu- ción había estado en una brigada a la que acompañaba un reportero. Ningún porfirista podía tomar tanto sotol de un trago. sin embargo. Fernando se inclinó y estrechó mi mano. uno de ellos lanzó la ominosa opinión de que yo era gringo y porfirista. un alarido y un aplauso respondie- ron confundidos. al que le decían «corresponsal de guerra». Ahora que estaba fuera del coche me envol- vió un gran silencio. Es casi imposible tener un objetivo en el de- sierto. compañero!». se siente uno absorbido por éste. Bébalo todo. «¡Muy bien. —Me gusta mucho México. Míster? ¿Cómo le va? ¿Va a pelear con no- sotros? Pero el capitán Fernando. se opuso terminantemente a tal punto de vista. que encabezaba la columna. –Y sacó una botella de sotol. balanceándose jubiloso. quiero también a los mexi- canos. —¿Le gusta México? –preguntó. —Tómelo –aulló el coro. demuestre que es hombre. ¿Iba yo a pelear junto a ellos? ¿De dónde venía? ¿Qué hacía? La mayoría no había oído hablar nunca de reporte- ros. Ahora. Us- ted irá aquí conmigo –gritaba. se convierte en una de sus partes. Míster! –me gritaron–. Galopando hacia adelante pronto alcancé a la tropa. aguardiente. medio lle- na–.

—Cuando la Revolución haya triunfado –fue la sorpren- dente respuesta–. no se tiene que tra- bajar en las minas. —¿Y ustedes serán el ejército? –pregunté. Cuando ganemos la revolu- ción.. Vamos ca- minando sobre las tierras de los hombres.. El capitán Fernando se inclinó y me dio de palmaditas en el brazo: —Ahora estás con hombres. no de ricos. no habrá ejército. —¿Pero si los Estados Unidos invadieran México? Una verdadera tempestad estalló entonces: —¡Somos más valientes que los americanos! Los malditos gringos no llegarían más lejos que al Sur de Juárez. ustedes tienen más dinero y más soldados. Estamos cansados de los ejércitos. ¡Que prueben! ¡Los haríamos retroceder a la frontera y a la carre- ra.. éste será un gobierno de hombres. Pancho 2.Madero había sido asesinado un tiempo antes. Pero nuestros hombres protegerán el país. cuando había una dificultad con un hombre y todos querían reñir con él o ponerlo preso. 60 . Los hombres pelearán por sus casas y sus mujeres. —Sí –dijo otro–.! —Estamos peleando para reponer a Francisco I Madero en la presidencia. fue con éstos que nos explotaba don Porfirio. —¿Por qué pelean ustedes? –pregunté. pero ahora me pertenecen a mí y a los compañeros.! —No –dijo Fernando–.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 60 Rieron a carcajadas. Antes pertenecían a los ricos.. me miró curiosamente: —¿Por qué? ¡Por que es bueno pelear. quemando su capital al día siguiente. el abanderado. siempre.. –dijo Manuel Paredes. Esta declaración extraordinaria 2 está impresa en el pro- grama de la Revolución. Siempre estaba riéndose. No ne- cesitamos ejército. Juan Sánchez. Los soldados constitucionalistas son conocidos en todas partes como maderistas. —Yo lo conocí –agregó Manuel pausadamente–.

ellos fueron los verdugos y así su odio saciaron. 61 . Muchas ve- ces lo vi bailar toda la noche.. Tan sólo se desmayó. —Le gustaban los bailes –agregó un indio–. porque no quiso aceptar el dejar la presidencia.. una voz ronca comenzó a cantar en el tono ex- traño que acompañaba siempre a los corridos populares que nacen a millares en cada ocasión: En mil novecientos diez aprehendieron a Madero en Palacio Nacional.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 61 Madero decía: «Dejadme hablarle unos minutos. hasta que se desvaneció. Cuatro días estuvo preso de Palacio en la Intendencia. ¡Al comenzar los peones lo odiaban. Luego con fierros calientes lo quemaron sin compasión. el dieciocho de febrero. todos estaban llorando.. Le apretaron los. pero ni así renunció. todo el día siguiente y en la no- che otra vez. cuando terminaba. Yo puedo persuadirle».. con gran sañuda crueldad. Entonces Blanquet y Díaz allí lo martirizaron.! Entonces. Acostumbraba venir a las grandes haciendas y pronunciar discursos. Nada le hicieron las llamas.

Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 62 Pero todo fue en vano por su enorme valentía. vean lo que le pasó a don Francisco Madero! 62 . ¡Señores. la Virgen de Guadalupe y Dios lo han de perdonar. calle de Lecumberri ya se acabó tu alegría. ¡Oh!. salvador. Lo sacaron de Palacio. Huerta dijo con cinismo. pero nadie lo creyó. que por ti pasó Madero para la Penitenciaría. donde Madero murió. Adiós. El veintidós de febrero siempre se ha de recordar. no hay nada eterno y no hay amigo sincero. mi México hermoso. adiós. ¡Que gran corazón tenía! Así fue el fin de la vida del que fue el redentor de la República india y del pueblo. porque prefirió morir. adiós al Palacio en que el apóstol cayó. «en un asalto murió».

Más allá declinaba lentamente un mundo chamuscado y una lejana cordillera de montañas lila saltaba en olas de fuego como un potro cerril. ¡Que se tomen los norteamericanos el trabajo de hacer una encuesta en el ejército maderista. Me contestó con la gran sentencia de Benito Juárez: —¡El respeto al derecho ajeno es la paz! No esperaba tal cosa. las puntas de los coloreados sarapes flotaban tras ellos. Pero. entonces? Precisamente en ese momento alguien vio a un coyote que se escurría por el monte. Pero en Estados Unidos dicen: los me- xicanos no quieren la paz. toda la tropa lo persiguió a gri- tos y chiflidos..! La gente está cansada de la guerra. Todo niño mexica- no conoce la definición de la paz y parece comprender lo que ésta significa también. Pero creo que es una definición mejor que la nuestra: la libertad es el derecho de hacer lo que ordena la justicia. preguntando si los soldados quieren la paz o no. —Estamos luchando –dijo Isidro Amaya– por la libertad. Por aquí –si la leyenda es cierta– pasaron los es- pañoles con sus corazas metálicas en busca del oro que. hubo un momento de silencio en el eco que se extinguía. Me sorprendió este concepto de la libertad en un mestizo descalzo. Se dispersaron atropelladamente en el desier- to. debo informar de lo expresado por Juan Sánchez: —¿Hay guerra ahora en Estados Unidos? –preguntó. to- da la tropa ya estaba susurrando la tonada. Eso es una mentira necia. el sol poniente destellaba en sus cananas y espuelas. —¿No hay ninguna guerra en absoluto? –se quedó medi- tando y añadió–: ¿Cómo pasan el tiempo. a fin de ser justo.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 63 Pero cuando el cantador iba por la mitad del corrido. —No –mentí. Yo considero que es la única definición correcta de la libertad: ¡Hacer lo que uno quiera! Los norteamericanos me lo señalaron con aire de triunfo co- mo un ejemplo de la irresponsabilidad mexicana. —¿Qué quiere decir «por la libertad»? —¡Libertad es que yo puedo hacer lo que quiera! —Pero supon que eso perjudique a alguien. cuando terminó.. co- 63 .

tuvimos la primera vista de la hacienda de La Mimbrera. un recinto de casas cercadas por una pared capaz de sostener un sitio. cerca del fuego. blanco y rojo que decía: «¡Viva México!» y en otro cartel se leía: «¡Viva Jesús!». Cinco o seis. empapando con sangre el suelo que brillaba bajo la luz siniestra. delgado. dejó frío y triste al desierto desde entonces. así como las monturas en el suelo y los compañeros envueltos en sus cobijas hasta la cabeza. Recuerdo que a un extremo del comedor colgaba un cartel bordado en ver- de. alto. que se extendía hacia abajo de un cerro. En el interior unas cuantas velas que ardían en las pa- redes iluminaban los rifles apilados en los rincones. tres de ellos jugaban a las car- tas. con una guita- rra. don Jesús. 64 . Uno o dos estaban despiertos. Los oficiales y yo cenamos en la casa del administrador. Después de comer. Al coronar una altura. cantaban el comienzo del corrido De Pascual Orozco: Dicen que Pascual Orozco ya chaqueteó porque don Luis Terrazas lo sedujo. con la magnífica Casa Grande en la cumbre. el más hermoso ejemplar de hombre que jamás haya visto. bajo la vívida luz de las estrellas del desierto. arrebujados en sus sarapes. Medía más de dos metros. —¿Querría usted dormir con los compañeros? Cruzamos la gran plaza abierta. cuando el capitán Fernando me tocó en el brazo. Frente a la casa que había sido saqueada y quemada por el general orozquista Cheché Campos dos años antes estaba parado el coche. piel blanca. Ardía una gran hoguera y diez compañeros mataban unos borregos que se resistían y chillaban en sus brazos. En un ángulo. hacia un aislado almacén de mampos- tería. pensaba dónde dor- miría.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 64 mo si fuera una llamarada carmesí y plata. habla- ban y fumaban. un tipo de la más pura raza española. como algo fosforescente. Dieron muchos millones y lo compraron pa que contra el gobierno se levantara.

abre. hasta la madrugada. es bueno dormir con los hombres. creo. aquí tienes mi silla. El recinto se llenó de humo y de un fétido aliento humano. pero el cañón maderista ése le dijo: ¡No! Si a tu ventana llega Porfirio Díaz. de modo que parecían hongos de colores bajo sus grandes sombreros.. —¡Muy bien... hasta mañana. si a tu ventana llega el general Huerta. Hacía un frío cortante. toma es- te lugar. El escaso silencio que dejaba el coro de ronquidos se extinguía por los cánticos que continua- ron. amigo. pero pronto uno de los que jugaban exclamó: —¡Aquí viene el Míster! Al oírlo se incorporaron unos y despertaron a los otros. si a tu ventana llega Maclovio Herrera. guarda todas tus cosas que va a robar. Orozco se rebeló. En- tonces. compañero –dijeron–. Los hombres se envolvían en sus sarapes hasta los ojos. Si a tu ventana llega Inés Salazar. No me reconocieron al llegar. remontando un em- pinado paraje del árido desierto para calentarnos. pégale las narices contra la puerta. sin miedo alguno. Al amanecer ya estábamos a caballo. aquí no hay vueltas. Los rayos del sol que caían a plomo que- 65 .. dale para que coma tortillas frías.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 65 Orozco dijo que sí. la casa entera. aquí todo el mundo anda derecho. durmiendo mejor de lo que nun- ca lo había logrado en México. Los compañeros tenían pul- gas. Pero yo me envolví en mis mantas y me acosté en el suelo de hormigón muy contento. Al rato alguien cerró la puerta.! —Que pases una feliz noche.

a pesar de su furiosa resistencia. en contraste resplandecía uno púrpura y negro modelo zigzag. que jamás habían sido enjaezados. la derribó y la amarró. el gran coche pasaba los arroyos como un tren expreso. En se- guida hizo lo mismo con la segunda. hincó las espuelas y salió detrás de una mula. Cuando todo estaba listo.. Era un espectáculo maravilloso. Patricio subió al pescante. empuñó el látigo y nos indicó hacernos a un la- do. En tres minutos. El de Isidro Amaya era de un azul fuerte y espirales amarillas. a los veintiséis años. fueron arrastradas hasta el coche. Los cerriles animales.. saltaban y relinchaban.! –y ellas tiraban adelan- te. No solamente podía pelear mejor que sus hombres. lazar. Por encima del clamor sonaba el chasquido del pesado látigo y el rugiente grito de Patricio: –¡Ándenle. Montó el caballo de Sabás. Pablo acudió al rescate. Volvimos la cara para ver arrancar el coche y parar. con las patas atadas. Tan pronto como olieron el coche arrancaron en estampida para huir. exaltando los colores de los sarapes. la lazó de una pierna.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 66 mándome la cara. hacer leña y bailar. el del capitán Fernando era verde y cereza. Juan Sánchez tenía uno rojo co- lor ladrillo. La tropa se dispersó en busca de mulas. corriendo. Rompían las reatas una tras otra. donde las ensillaron en un santiamén. los cogieron desprevenidos. tirar. mientras Patricio nos saludaba con un ademán. respingando y parándose sobre las patas traseras. ya tuviera el grado de teniente co- ronel. Pronto se perdió de vista detrás de su propia corti- 66 . Dos de las mulas estaban exhaustas por lo nuevo de las veredas y el tro- tar fatigoso de los últimos dos días. derribaron dos veces al jinete con cabal- gadura y todo.. el vibrante silbido de las reatas de lazar en el aire hechas gazas que se retorcían como víboras y los pequeños caballos resistiendo la sacudida de la mula en carrera. Aquellas mulas eran unos demonios.. Fue entonces cuando los soldados volvieron ins- tantáneamente a su oficio primitivo. Las mulas. sino también montar. hijas de la gran ch. No era casual que Pa- blo. el de vaqueros. Pronto volvieron los soldados arreando dos hermosísimos animales.

—Oiga. era una ruina negra y vacía. —Es buena para los hombres. trepando por el costado de un gran cerro. Cheché Canos había hecho también su visita a La Zarca.. con las casas de los peones en largas hi- leras a sus costados y un desierto plano sin chaparral por ca- si quince kilómetros al frente. montaba de lado llevando dos cananas. 67 . para aparecer horas después.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 67 na de polvo. corazones no sabemos –dijo José senten- ciando. después de la can- cha del gran rebote que flanquea la hacienda de La Zarca. —El que es buen gallo en cualquier gallinero canta –re- mató Isidro. aquí la Casa Grande se levanta sobre un lugar llano. Caminaba con los hombres y dormía junto a ellos en los cuarteles. Nos hace más valientes. le sacamos tiras de carne y nos la comimos cruda. Míster –exclamó José–. Avanzada la tarde alcanzamos el coche y galopamos con él hasta pasar el arroyo seco al otro lado. con un rifle demasiado pesado para él y un caballo al que tenían que subirlo para montar. El que a buen árbol se arrima. de cara indígena.. bue- na sombra le cobija. En campaña no tenemos tiempo para otra cosa sino carne cruda. —Caras vemos. El caserón. ¿los soldados comen car- ne cruda en Estados Unidos? Yo contesté que no creía que lo hicieran. Otros siete de la tropa tenían menos de diecisiete. Al mediodía lazamos un novillo y lo matamos. Como no había tiempo para hacer fuego. adus- ta. Panchito tenía once años de edad y ya era soldado. —¿Por qué peleas? –le interrogué. enorme. A diferencia de La Mimbrera. a varios kilómetros de distancia. Hizo un movimiento de cabeza hacia la torva figura de Julián Reyes y respondió: —Porque él lo hace. —El que es perico dondequiera es verde –concurrió algún otro. Victoriano era su compadre. También iba una mujer. un ve- terano de catorce años.

algunos eran tan extremada- mente pobres que no tenían huaraches ni sarapes. ni educación.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 69 Capítulo V NOCHES BLANCAS EN LA ZARCA Por supuesto me quedé como huésped del cuartel. Poseía ciento cincuenta pesos. Más todavía: en una compañía donde el dinero era escaso. Y precisa- mente aquí deseo mencionar un hecho: Los norteamericanos han afirmado que el mexicano es fundamentalmente pícaro. casi desconocido. Sería como la medianoche cuando alguien abrió la puerta y gritó: 69 . La única posibi- lidad fue la de pagar la música para un baile. sin armas y con un buen equipo. todo el que podía fumar me era proporcio- nado por los compañeros. Muchos de ellos odiaban a los gringos. La menor insinuación que hacía acerca de pagarlo era un insulto para ellos. según ellos debía esperar que mi equipo fuera robado el primer día. No se les había pagado ni un centavo durante seis semanas. He vivido ya dos semanas con una banda de ex forajidos tan rudos como los que había en el ejército. No tenían disciplina. no se me permitía pagar mis alimentos y en cuanto al tabaco. Yo era un extranjero. Mucho después de que Juan Sánchez y yo nos enrollamos en nuestras cobijas aquella noche. oíamos el ritmo de la música y los gritos de los bailadores. Y nunca se me perdió nada. que ponía visiblemente debajo de la almo- hada al acostarme a dormir.

Resonaron los acordes de Puentes a Chihuahua. —¡Venga. tocaban a la luz de dos velas. sonrojándose y jadeante. pero diez minutos más tarde volvió: —¡El capitán Fernando ordena que venga usted ensegui- da! ¡Vámonos! Entonces se levantaron los otros. Tomé a la joven del brazo. me tomó del brazo. Los músicos. blanqueada. Llegamos a la casa en un grupo de veinte. sentados. –gritaron alborozados– ¡El Míster va a bailar! El capitán Fernando me abrazó. —El Míster. —¡Ya estamos en marcha –dijo–. Levantaron todos un cla- mor en respuesta.. con un piso desparejo de tierra.. la gente reía con risas ahogadas mientras se vestía. —¡Venga al baile. Míster! —Iré si va toda la tropa –dije.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 70 —¡Míster! ¡Oiga. Míster! –clamaron. ¡El Míster va a bailar! ¡Órdenes del capitán! ¡Venga. Juan Sánchez se sentó y comenzó a ponerse los zapatos. El tumulto de peones que bloqueaba la puerta y la ventana se abrió para dejarnos pasar. Valseamos difícilmente por uno o dos momentos. Se hizo un silencio risueño. diciendo con voz de trueno: —¡Aquí viene el compañero! ¡A bailar! ¡Adentro! ¡Van a bailar la jota! —¡Pero yo no sé bailar la jota! Patricio. En la ventana se apiñaban las caras y un centenar de gentes se apretujaba en la puerta. Míster! ¿Está durmiendo? ¡Venga al baile! ¡Arriba! ¡Ándele! —¡Demasiado sueño! –le dije. comencé la marcha preliminar alrededor del cuarto como se acostumbra antes del baile. es fácil! ¡Lo presentaré a la mejor muchacha de La Zarca! Aquello no tenía remedio. Después de algunas palabras el mensajero partió. cuando intempestivamente todos empezaron a gritar: 70 . Era una pieza común en la casa de un peón.

y cuando quieren decir «diez reales» le llaman a eso dollar an’a quarta. y tendremos una forma de tor- tura sin igual en el mundo. paseaban otra vez. Primero unos cuantos pasos de vals. muchos llevaban pistolas y cartucheras al cinto y unos cuantos. tomando cada uno a una muchacha del grupo de mujeres que estaban sentadas juntas en un ángulo de la pieza. un piso de tierra. Las muchachas no levantaban la vista del suelo. Agréguese a esto. uno en torno al otro. no ha- blaban y se trompicaban tras de uno. Se aproximaban uno al otro. rostros indígenas. nunca han estado en Sonora. Pero Patricio saltó en medio del recinto y Sabás tras él. El baile lo precedía siempre una gran marcha que se pa- seaba en torno del salón. azuzado por el coro: —¡Baile. rifles en ban- dolera. Otro comenzó a cantar la burlona canción: Todos los gringos son majes. además de la jota. valses y mazur- cas. encorva- das de tanto moler maíz y lavar ropa.. —¡Pero si no sé cómo! —¡El tonto no sabe bailar! –gritó uno. castañeteando los dedos. después que las parejas habían bailado dos veces alrededor de la sala. Me parecía haber bailado varias horas. retrocedían y bailaban. ellos dieron «vuel- ta». marchas. levan- tando un brazo hasta la altura de la cara.. entonces. Cuan- do yo conducía a mi pareja a su asiento. Se bailaban. alternán- dose. espaldas desgarbadas.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 71 —¡Ora! ¡Ora! ¡Ahora! —¿Qué se hace ahora? —¡Vuelta! ¡Vuelta! ¡Suéltala! –un coro perfecto. en tanto que la muchacha con una mano en la cadera danzaba tras él. otros no. Algunos de los hombres calzaban botas fuertes. lleno de hoyos. después el hombre se soltaba de la muchacha. Míster! ¡No le afloje! ¡Adelante! ¡No se pare! 71 . Las muchachas eran torpes y re- gordetas.

mientras los demás miraban. Pero al instante el buen Fernando se deslizó al frente. tenía solamente un rollo. con bastantes álamos grises. y compuesta por un mexicano.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 72 Más tarde tocaron otra jota. al pedir la pieza para bailar una marcha a mi primera pareja. empuñando un revólver. y la bailé ya con éxito con otra muchacha. Estaba rodeada de altas paredes de adobe por tres lados. Fue un momento difícil. higos. Porque.. por tal motivo pasamos un día en La Zarca. ¡Me dijo que no sabía bailar la jota! Bailando la marcha. Rafaelito nos informó que La Viuda Alegre era la pieza más popular en México. el silencio fue interrumpido por una música ruidosa y bullanguera. El soldado Marín y yo. la hallé furiosamente enojada. No po- día hacerse otra cosa sino llevar el instrumento al patio abandonado. El cuarto lado se abría sobre un estanque de agua amarillenta y más allá se extendía el de- sierto de Occidente. tendidos debajo de una higuera. Y eso me metió en un aprieto. un vals de La Viuda Alegre. De pronto. Juan! ¡Vengan y quítenme a este gringo! ¡No se atreverá a hacer nada! Media docena de ellos saltaron a la palestra. agregó. por kilómetros y kilómetros de reque- mada desolación. veíamos a las aves de rapiña volar sobre noso- tros lentamente. Nos turnamos tocando el aparato todo el día. sobre uno de los cuales se dibujaba en el azul del cielo la vie- ja y blanca torre de la iglesia. des- pués. —¡El norteamericano es mi amigo! –dijo– ¡Vuelvan a sus sitios y ocúpense de sus asuntos. que ha- bía escapado a la vista de Cheché Campos el año anterior. Se pusieron velas sobre los pilares. parras y grandes nopale- ras. El hallazgo de la pianola sugirió la idea de que diéramos otro baile aquella noche. Pablo había encontrado en la iglesia una pianola. la mortecina luz 72 . —Usted me ha puesto en vergüenza ante todos –excla- mó–.! Los caballos estaban cansados. Detrás de la Casa Grande había una huerta abandonada. llamó a sus amigos: —¡Domingo. en el mismo pórtico de la Casa Grande..

Otros compañeros desarmaron a Sabás. sin descanso. Yo los seguí. —Eso es mentira –gritó–. Vino a complicar un poco más las cosas la existencia de un barril de sotol. El interés en que bailara el Míster pronto se trasladó a otro asunto. A medida que avanzaba la noche. ya lo sé. Yo soy corresponsal de prensa. que inmediatamente se durmió en el centro del salón. el del Cristo y la Virgen al frente de su sombrero. Pero mis instrucciones no son pelear. tú 73 . No queremos palabras impresas en un libro. No peleas porque tienes miedo. así co- mo la maraña de enredaderas silvestres que se enroscaban sin freno alrededor de las vigas del tejado. si morimos seremos puestos entre los santos! ¡Cobarde! ¡Huer- tista. Tan pronto como la orquesta ter- minaba de tocar. la pianola tomaba a su cargo la tarea.. Julián Reyes. —¡Qué me importan las instrucciones! –gritó encoleriza- do–. Sabás se levantó. Sabás. sa- có a la concubina del primero. lo mismo que a su pareja. Las piezas se sucedían unas a otras. Estaba bien car- gado de sotol. la con- currencia se alegraba más.! —¡Ya basta! –exclamó alguien. que al ver identifiqué co- mo Longino Guereca. que celebraban una fies- ta. Yo estaba sentado junto a Julián Reyes. —¿Vas a pelear con nosotros? —No –le dije–. un poco incómodos. Me está vedado pelear. Nosotros no queremos corresponsales. —Sí. Después de sentarse a meditar un poco. sacó su revólver y le reclamó al arpista diciendo que había tocado mal una nota. Inmediatamente después. Todo el patio es- taba lleno de hombres encobijados. Se volvió hacia mí súbitamente. ¡Queremos rifles y matar. El ordenanza de Pablo. Seguidamente le disparó. sus ojos brillaban como los de un fanático. Pablo le dio en la cabeza con la cacha de su pistola- diciendo que la mataría si bailaba con alguno.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 73 iluminó las derruidas paredes y ennegrecidas puertas. parado junto a mí–. Por vida de Dios que nuestra causa es justa.. en la gran casa a la que nunca se les había permitido la entrada.

estaremos siempre juntos. juzgué prudente irme a la cama. porque tú tienes un rifle.. Pero el baile se hacía más y más desenfrenado. Nos taparemos con las mismas cobijas. 74 . A la sazón. es más valiente que tú. cuando lleguemos a La Cadena te llevaré a mi casa. cuando alguien esparció el rumor de que había un espía. A las cuatro de la madrugada.. empezaban a querer irse a casa. acom- pañado instantáneamente por el chasquido de las palancas de los rifles en todo el recinto.. Las trabajaremos juntos. Te en- señaré las minas de oro perdidas de los españoles. La or- questa y la pianola alternaban sin descanso. lo que levantaba una protesta general: —¡No se vayan! ¡No se vayan! ¡Párense! ¡Vuelvan aquí a bailar! ¡Vuelvan aquí! Y la maltrecha procesión se detenía y volvía pesadamen- te.. y tomó mis manos entre las suyas. Pero el baile siguió has- ta las siete. ¡Lárgate ahora y no lo molestes más! Se sentó donde había estado Julián.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 74 no sabes nada. mi padre y mi madre nos harán hermanos. gringo huertista. Todos estaban ya borrachos. ¿eh? –dijo Longino Guereca–. las minas más ricas del mundo. ¿eh? Sere- mos ricos. entre noso- tros. sonrió con su aire sencillo.. —Nosotros seremos compadres. Pablo alardeaba terriblemente de matar prisio- neros inermes.. Y. De vez en cuando surgía algún insulto. Él entra al combate sin ar- mas. apacible. las pobres muje- res. Este compañero viene desde miles de kilóme- tros por tierra y por mar para contarles a sus paisanos la ver- dad de la lucha por la libertad. exhaustas tal vez.

no sabía cuál era el toque de diana. El animal daba saltos de costado. sa- cando apenas los ojos de sus sarapes. así que los tocaba todos. adecuando la acción a la palabra–. Pablo salió de la Casa Grande. derramando una luz clara sobre la árida planicie semejante a un océano. El ani- mal inició una carrera a saltos. pa- taleando en el aire. tomó desganadamente la guitarra y cantó lo siguiente: 75 .. ¡Otra descarga! Y cayó de cabeza. bufando por el desierto. Patricio había lazado un novillo para el almuerzo. Subió al coche. Juan Sánchez esta- ba frente al cuartel general tocando diana. El caballito de Patricio se encabritó. reclinándose en el hom- bro de su mujer. se arrodillaron y se echaron los rifles al hombro. Justamente en aquel mo- mento emergió un sol enorme por el Oriente. ¡Sonó la descarga! En la quie- tud del aire resonaba enormemente el fuerte estampido de los fusiles. —Me siento enfermo –gimió. Los soldados.. Juan Reed montará mi caballo. sus mugidos apenas nos llegaban.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 75 Capítulo VI ¿QUIÉN VIVE? Al amanecer desperté al oír disparos al mismo tiempo que los toques desaforados de una trompeta. su sarape flotaba como una bandera. con el caballo de Patricio galopando a su lado.

No escuché una sola palabra de queja. ahogados por la espesa nube de polvo alcalino. Dios. diciendo secamente: —¡Ahí viene un cristiano! Cuando uno se da cuenta de que esa palabra. nopales y mezquites. mi amor ingrato con otro se fue. Caminamos en fila a lo largo de una hondonada entre el gigantesco chaparral. Los caminamos en un día.. aunque tampoco se oían las bromas y las travesuras de otros días. y. El co- che pronto nos dejó atrás. ! Hay aproximadamente unos cien kilómetros de La Zarca a la hacienda de La Cadena.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 76 Yo estaba al pie de un verde maguey. A poco de andar. partidos. José Valien- te me enseñó a mascar ramitas de mezquite. El sol vertical azotaba con tal furia que lo hacía tamba- lear a uno. Sus labios resecos. arañados y despedazados por el espinoso breñal. Algunas veces al salir a un claro del camino veíamos el recto sendero que subía a las cumbres del ondulado desierto. y nada que beber . Cuando ya habíamos caminado varias horas. mucho más lejos. ¡Ay. pero ello no ayudaba gran cosa. pero sabíamos que continuaría más lejos aún.. hostil. hasta donde la vista podía seguirlo. que se habían em- briagado la noche anterior. qué cruda. La Virgen del pulque y el aguardiente me salvarán. donde iba a estacionarse la tro- pa. sin beber agua ni comer. comenzaron a sufrir terriblemen- te. La mayoría de los soldados. No soplaba ni un poco de aire. se volvían azul oscuro. que ahora simplemente significa hombre. cuando 76 . qué cruda tengo y el cantinero no fía! ¡Oh. la aridez del te- rreno fue sustituida por una vegetación espinosa. quítame este mal! Siento como si fuera a morir. «cristia- no». Fidencio señaló adelante. desperté con el canto de la alondra: ¡Ay. se ha transmi- tido entre los indios desde épocas muy remotas.

como el humo de una ciu- dad que arde. bebían. a lo lejos. Tendidos boca arriba. la que se asemeja a una plan- ta barnizada hace un siglo. pintado a rayas an- 77 .. el símbolo del Norte de México. mientras sus burros rumiaban maíz. al rodear un brazo del desierto. En seguida todos nos sentimos mejor. en torno a una fo- gata. De la fuente a las casas de adobe y viceversa se movía una cadena interminable de mujeres aguadoras. galopando hacia aba- jo del cerro. Tras él. me hizo sentar. fu- mando. estaban encuclilla- dos una docena de buhoneros errabundos. Hombres y caballos revueltos metían sus cabezas y bebían. permanecimos felices unos cuantos minutos. Allá. —¡Ah! –gritó–. era del corral. donde los vaqueros estaban amansando caballos.. esto le proporciona a uno sensacio- nes muy curiosas. la tropa se ten- dió boca abajo. Fue ya al fin de la tarde. se movía la más extraña pro- cesión del mundo.. frente a mí. Se al- zó una columna de polvo oscuro. Se destacaba solitaria y desolada la Ca- sa Grande. A la orilla del manantial. Primero apareció un peón haraposo le- vando la rama florecida de algún árbol. Nos la dividimos como si fuera una alcachofa. —¡Agua! –gritamos jubilosamente. quemada por Cheché Campos un año antes. Saltando de sus monturas. Un sonido de música. al pie de los álamos. —No –dijo–. ¡Magnífico! ¡Tres piedras! –Y mostraba una raíz de la planta del sotol. Pero Sabás saltó de su caballo y tiró el fardo del viejo al suelo. no llevo nada de agua.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 77 quien la dice se parece exactamente a lo que Cuauhtemotzin pudiera haber parecido. El cristiano en cuestión era un indio muy anciano arrean- do un burro. Los caballos del coche ya estaban en el manan- tial con Patricio. —¿Quién tiene un cigarro? –solicitó alguien.. y que despide jugos intoxicantes. música alegre. otro llevaba una pequeña caja que parecía un féretro. cuando vimos a lo lejos los enormes álamos cenizos que ro- deaban el manantial de la hacienda de Santo Domingo.

azules. estaban las rugosas montañas detrás de las cuales se asentaba La Cadena. el puesto más avanzado del ejército maderista. bajo un cielo en el que ya aparecían las estrellas. Íbamos por una tierra silenciosa. a semejanza del coral en el lecho del océano. amables y humildes hombres que tanto habían prodigado de sus vidas y comodidades a la heroica lucha. en la cual los jefes federales son los toros. rosa y plata. Era una tierra para amarse –este México–. pasando por la cancha del rebote. ¡Eso es una im- piedad hacia los muertos! Con los últimos destellos del sol. Una mujer caminaba debajo. hacia el pequeño camposanto. el coche se rom- pió en un esfuerzo por llegar en el camino rocoso entre las 78 . pasaban las once. rodaba el coche envuelto en una nube de polvo como la carroza de Elías. todo su cuer- po estaba cubierto por ellas. Los trovadores comenzaron de pronto a entonar el largo co- rrido de La Corrida de Toros. Detrás de noso- tros. encantada.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 78 chas de azul. Un arpista que venía detrás to- caba un vals popular llamado Recuerdos de Durango. no pude menos que pensar en el corto discurso que Villa dirigió a los extranjeros que salieron de Chihuahua en el primer tren de refugiados: —Éste es el último mensaje que llevan ustedes a los su- yos. Rumbo al Oriente. Por todas partes había enormes cactus de colores rojos. y los generales maderistas los toreros. ¡Váyanse! Ya entrada la noche. —¡Bah! –escupió Julián Reyes airado–. y al con- templar a los alegres.. El cortejo fúnebre caminaba lenta y alegremente. que parecía un reino submarino. encima yacía el cuerpo de una pequeña. el desierto era algo res- plandeciente. una tierra para luchar por ella. Tenía en el pelo una corona de flores de papel. Ya no habrá más palacios en México. llevando una especie de dosel hecho de lanilla de colores vivos. amarillos. aunque el dosel la ocultaba hasta la cintura. al Occidente. púrpura. con los pies desnudos y sus manecitas morenas cruzadas sobre el pecho. Las tortillas de los pobres son mejores que el pan de los ricos. Seguían cuatro hombres.. en la cual los peloteros no cesaban de jugar.

Esto es gracioso. sin estrellas. Parece que no tienen muy buena vigilancia por aquí. a tres leguas del paso. saliendo del chaparral. Descendí poco más de medio kilómetro por un ca- mino accidentado que era con frecuencia el lecho de un río seco. Yo estaba casi sobre ella. y no me habían mar- cado el alto. —¡Que viva! –replicó el centinela. vi al infatigable Sabás haciendo remolinos en el laberinto de la jota. Y. un hombre. guarnecido por mil doscientos federales. desganadamente. y se volvió al baile. —¡Madero! –contesté. Pero la hacienda se ocultaba todavía tras una ondulación del desierto. estaba Mapimí. Atisbando atentamen- te. Un poco más allá. ¡Un baile! Justo entonces. a través de la cual apenas podía distinguir la inmensa cordillera de La Ca- dena y el paso que la tropa debía guardar. pero cuando me disponía a seguir adelante. se asomó por el ma- reco de la puerta. subiendo al otro lado. sin embargo. Era un agrupamiento cuadrangular de construc- ciones blancas. estaba La Cadena. Era una noche oscura. a Isidro Amaya y a José Valiente. Me detuve para tomar mis mantas..Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 79 elevadas montañas. ni un centinela todavía.. En uno de los grandes salones de la Casa Grande había luces y música. corriendo entre las sinuosidades de las altas sierras. 79 . Me eché a andar hacia el barran- co. Yo sabía que por allí cerca. decía para mí. en alguna parte. —¿Quién vive? –gritó. que estaban situadas al otro lado de un ba- rranco profundo. ya habían desapareci- do los compañeros por los recodos del camino. pistola en mano. viéndola. Las montañas se abrieron finalmente en una inmensa llanura. glacial. En cual- quier momento podía aparecer un centinela.

donde se esparcen pequeños montículos. más allá de donde podía alcanzarse a ver. bajo el mando del coronel 81 . La Puerta estaba directamente al Oriente. arrugadas como las ropas de cama de un gigante. a quince kilómetros de distancia. el lugar más avanzado de todo el ejército maderista en el Occidente. federales irregulares. el grueso de las tropas estaba acuar- telado en la hacienda. junto a un profundo barranco. El desierto se volcaba para cubrir el espacio. excepto el azul del límpido cielo mexicano. Aquélla se hallaba situada sobre una pequeña meseta. nopaleras y plantas espadas.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 81 Capítulo VII UNA AVANZADA DE LA REVOLUCIÓN Había ciento cincuenta de los nuestros apostados en La Ca- dena. Nuestra misión era la de guardar un paso: el de la Puerta de La Cadena. hasta donde la vista po- día llegar. nada. Allí acechaba el enemigo: mil doscientos colorados. un espeso chaparral. a través de la árida y vasta planicie que los españoles llamaron Llano de los Gigantes. en cuyo fondo brotaba un río sub- terráneo que salía a la superficie y corría unos cien metros. Desde La Puerta uno podía ver a más de treinta y cinco kiló- metros. hacia abajo del ancho valle. la más temible especie del desierto: lechos secos de arroyuelos. y a cuatro leguas de distancia. pero más allá. rompiendo la tremenda cordillera de montañas que ocultaban la mitad del cielo y que se extendían al Norte y al Sur. desapareciendo otra vez. Se percibía. las bajas y grises casas de Mapimí.

Captura- ron a un colorado. Se les llama así por su bandera roja. El primer día que llegamos a La Cadena una docena de ellos se acercó para hacer un reconocimiento. el hogar de Longino. Los Güereca eran gente orgullosa. el soldado Juan Vallejo y yo. habían hecho de él ese raro ser humano en México. quemando. del que me hizo obsequio. Cuando Villa tornó a To- rreón. pero años de trabajo. Los colorados son los bandidos que hicieron la revuelta de Orozco. mi compadre. Dejaron al colorado a merced de las grandes aves de rapiña mexicanas. Se hallaba situado a cua- tro leguas de desierto al Norte. Barrieron todo el Norte de Méxi- co. Había nacido esclavo en una de las grandes haciendas. Longino me presentó: 82 . no dio cuartel a los colorados: eran pasados por las armas sin piedad. que revoloteaban pausadamente todo el día sobre el desierto. En Chi- huahua rebanaron las plantas de los pies a un infeliz: lo arrastraron a través del desierto hasta que expiró. Estaban de guardia en La Puerta veinticinco hombres de tropa. Tenía diez hi- jos: muchachas morenas claras e hijos que parecían jornale- ros de campo de Nueva Inglaterra. tan espantosos que sería difícil concebirlos. habíamos obtenido prestado el coche del coronel para dar una vuelta al polvoroso ranchito de Brusquilla. calzaba huaraches. después de una incursión de los colorados. y también por sus matanzas. Después lo hicieron co- rrer desnudo por entre centenares de metros de chaparral y nopaleras. Lo obligaron a bajarse del caballo. Mientras. Por fin lo derribó Juan Sán- chez. saqueando y robando a los pobres. le qui- taron el rifle. la ropa y los zapatos. llena de ambición y de buen corazón. el posee- dor independiente de una pequeña propiedad. dando gritos y haciéndose con su rifle. el capitán Longino Guereca. donde brotaba milagrosa- mente un manantial de un pequeño cerro blanco.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 82 Argumedo. El viejo Güereca era un peón de cabello blanco. disparando sobre él. Yo he vis- to un pueblo de cuatro mil almas reducido a cinco. además de una hija ya difunta.

Otros han tomado dinero. sin haber tomado a cambio nada más que mi rango. Cinco minu- 83 .. por la pobreza de la co- mida. de modo que usamos las culatas de nuestros rifles. a gritos. con orgullo–. El viejo. el oficial más valiente de todo el ejército. Nos sentamos a la mesa.. Apareció un peque- ño a caballo. gritando que los colorados estaban pasando por La Puerta. Nos acercamos demasiado para disparar. Con una reata de crin de caballo en las manos. El viejo Güereca y su esposa me abrazaron dándome pal- maditas en la espalda. ¿Qué diferencia puede haber en cuál sea el lado que lo robe a uno? Pero él no quería decir esto realmente. otra la gente de Urbina y la última un tal José Bravo. sorda. estaba un poco amargado. en tanto que la anciana madre. Ahora sólo tengo una.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 83 —Éste es mi queridísimo amigo. Juan Reed. Los jefes del ejército se han enriquecido con las propie- dades de las grandes haciendas. Saltamos de nuestros asientos. Los colorados se llevaron una.. que el aire caliente y la pólvora ardiendo nos mordisqueaba la cara. dijo: —Hace tres años yo tenía cuatro riatas como ésta. Longino rugió y corrió a enganchar las mulas al coche.. Los Güereca han dado todo a los maderistas. Uno no sabía qué podía suceder en La Cadena por aquellos días. mi hermano. daba toda clase de explicaciones. comiendo el queso más exquisito y tortillas con mantequilla fresca de cabra. Toda la familia se puso a trabajar afanosamente. en un largo aposento de adobe. caballos y vehícu- los.. en la forma afectuosa en que se abra- zan los mexicanos. —Estábamos tan cerca –decía–.. Estaba enorme- mente orgulloso de su hijo menor. En ese instante comenzaron a ladrar todos los perros a la vez. —Mi familia no debe nada a la Revolución –dijo Gino. sin embargo. al mismo tiempo que su guerrero hijo recitaba su Ilíada personal de los nueve días de combates en torno a Torreón. y partió al galope.

—¡No se dejen matar! ¡No se dejen matar! ¡No se dejen matar!– Podíamos oír los lamentos de la señora. llegamos al campamento. Pasamos una carreta cargada de mazorcas de maíz. gritando a las asustadas mulas. Rafaelito el jorobado. miles de ellos entraban por La Puerta.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 84 tos después. y cuántos eran? —¡Pues. di- ciendo que estaba enfermo y que quería que Pablo Seáñez re- gresara. disparando muchos más tiros que los empleados en la lucha. con sus grandes sombreros y alegres sarapes bajo los últimos rayos solares que caían sobre sus rifles levantados en alto. quién sabe. con una familia de mujeres y niños. besaba la mano de su pa- dre. escasamente más altos que sus caballos y que el pardo mezquital a través del cual se movían.. Al día siguiente mis amigos y compañeros de la tropa.. Pero ahora se irían a Estados Unidos donde. Longino. Patricio y Rafaelito me rogaron que fuera con ellos. De modo que salió el coche con la querida de Pablo. arreando tranquilamente algunas cabras. Sí. mientras nosotros salíamos precipitadamente al camino. te sentarás a mi lado en el coche. sólo a tiempo para ver a los soldados victorio- sos desparramarse por el desierto. dos baúles de hojalata y una cama de hierro encaramada. a quienes había conocido tan bien en nuestra marcha a través del desierto. Corrían agachados sobre el terreno. Solamente Juan Vallejo y Longino se quedarían. Juan azotaba tan cruelmente a las mulas que no pudimos oír más. si quieres volver con nosotros. venían los colorados. La última vez que vinieron mataron a su hija. ¿Había sabido algo sobre los colorados? Habían circulado algunas habladurías so- bre ellos. ¿Estaban pasando por La Puerta. recibieron órdenes para trasladarse a Jaralitos. Por tres años había habido guerra en este valle y no se había quejado porque se trataba de la Patria. El hombre de la familia montaba un bu- rro. Pablo me dijo: —Juanito. 84 . Fidencio y Patricio. arrodillado. Pero yo había llegado tan cerca del frente que ahora no quería volver atrás. Más adelante iba un viejo sin zapatos. Esa misma noche llegó un correo del general Urbina. señor! Por último.

otros tantos estaban bajo las órdenes de un viejo sujeto. Sólo Dios sabía de dónde ve- nían. terrible- mente incompetente. bajo cuyas órdenes eran reclutados. pero dos tercios de la guarnición de La Cadena perte- necían a la División de Arrieta. Petronilo era de la gente de Ur- bina. valiente. 85 . de modo que pensábamos estar seguros en aquella dirección. y nunca habían olido la pólvora. Todas las mañanas da- ba una orden del día.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 85 La nueva guarnición de La Cadena estaba compuesta por una clase distinta de hombres. quienquiera que fuese. Todos los soldados veían al gene- ral. los cincuenta restantes estaban armados con carabinas viejas y diez cartu- chos para cada uno. con los hombros caídos.. Eran como cincuenta de los llamados “nuevos”. Se llamaban a sí mismos «su gente» –sus hombres–. que había sido mayor durante seis años en el ejército federal hasta que el asesinato de Madero lo empujó al otro lado. Nadie la leía. Por ello no había centinelas al Occidente ni al Norte. Eran oficiales porque habían sido valientes y su misión era pelear a la cabeza de sus tropas. distribuyendo guardias. El teniente coronel Alberto Redon- do guarnecía otro paso cuatro leguas al Sur. pero era un lugar donde la tropa se moría de hambre. Eran los más miserables peones pobres que jamás había vis- to: la mitad no tenían sarapes. Era un hombre pequeño. pero nada más. como su señor feu- dal. Los años de papeleo en el ejército gubernamental lo habían incapaci- tado para manejar tropas como éstas. de otra gente. apostando centinelas y nombrando al jefe de día. Los ofi- ciales de aquel ejército no tenían nada que ver con la disci- plina o el dar órdenes a los soldados. Nuestro oficial comandante era el te- niente coronel Petronilo Hernández. tenía mucha autoridad sobre ellos. y ningún oficial. llamado mayor Salazar.. de buen corazón. Era cierto que hacían guardia de avanzada veinticinco hombres en La Puerta y que La Puerta era fuerte.

que había sido colorado. En la sala del propietario. un año antes.. —¡No. Gil Tomás.. Por la noche se encen- dían fogatas con olotes de maíz en el centro del piso y nos acuclillábamos alrededor mientras Apolinario y el mozalbete de catorce años. porque siempre fusilaba a sus prisioneros. —Cuando la toma de Durango –dijo Apolinario–. nos contaban cuentos sobre los Tres Años Sangrientos. Nosotros dormía- mos en los pisos de baldosas de los cuartos que lo rodeaban. De modo que Borunda. se clavaron estacas en las paredes para colgar sillas y frenos. Todos reíamos sinceramente por esto. 87 . y ¡Pum!.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 87 Capítulo VIII LOS CINCO MOSQUETEROS La Casa Grande de La Cadena había sido saqueada. Y en cada una escogía un hombre desarmado y le preguntaba si era federal. sin du- da por Cheché Campos. yo era de la gente del capitán Borunda al que llamaban El Matador. recorría todas las cantinas. que alguna vez había sido lujosa. Había montones de rifles y sables contra la pared y rollos de cobijas sucias tiradas en los rincones. sediento de sangre. Pero cuando Urbi- na tomó Durango no hubo tampoco muchos prisioneros. En el patio estaban acorralados los caballos de los oficiales. —¡Tú mereces la muerte porque no has dicho la verdad! –gritaba Borunda sacando su pistola–. señor! –decía el hombre.

que sonaban exactamente como si se tratara de la Turena del si- glo XIII. desde el peón más miserable entre la tropa. Debimos estar sentados en torno al fuego como veinte de nosotros. es decir. puesto que había sido prepa- rado para la carrera eclesiástica.. quien me había comunicado muy serio que descen- día del gran español Gil Blas de Santillana. Fer- nando debió saberlo también. Pero tres años de guerra habían enseñado al pueblo mexicano muchas cosas: que nunca volvería a haber otro Porfirio Díaz. —¡Armas al hombro! –el compañero lo hizo bien. Pre- tendió ser demasiado estúpido para aprender el ejercicio de las armas. Ninguno profesaba religión alguna. el pagador. porfirista. Entonces. un subteniente de veinte años de edad. los sacerdotes. ¡de ese modo!– Y le encajó la bayoneta en medio del pecho. hasta el capitán primero Longino Güereca. o de los derechos feudales de los señores sobre las mujeres de sus siervos antes de la Revolución francesa. ¡Ah! Tenía un sentido del humor muy fino. recitó con voz chillona la manoseada cantilena que comienza así: 88 . este maldito viejo huertista (¡ojalá se achicharre en los infiernos!) le hizo practicar los ejercicios solo.. de modo que el viejo imbécil se encolerizó y le arrebató el fusil. y que la Iglesia católica en México no volvería a ser nunca más la voz de Dios. empujándolo con el rifle. contó unas cuantas anécdotas de los curas. —¡Ah! –dijo el discípulo–. —¡Porten armas! –actuaba como si no supiera. Juan Santillana. aunque habían sido alguna vez buenos católicos.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 88 —Eso me recuerda –interrumpió Gil– el tiempo en que yo peleaba bajo las órdenes de Rojas en la revuelta de Oroz- co (¡maldita sea su madre!). se pa- só a nuestro lado. Orozco mandó enseñar a los colorados (¡animales!) los ejercicios. Un viejo oficial. Así pues. que nunca debería haber otra revuelta orozquista. Después de eso Fernando Silveyra. —¡Presenten armas! –perfectamente. —¡De este modo! –le dijo. Había un tipo chusco en nuestra compañía.

pero bien parecido.. Le llamaban Gachupín. 89 .. era el subteniente Luis Martínez. una noche en su cuartel. Tenía únicamente veinte años y nunca había estado en un combate. Su idea del humor pare- cía reducirse a quebrar huevos en la bolsa de mi saco. Luis era de raza pura. Al terminar la guerra. De- cía que había ejecutado a unos cuantos prisioneros indefensos con su misma pistola. —¡Quién sabe! –y se rió– ¡Creo que correré! Era tarde. Luis y yo dormíamos en cuartos diferentes. Se vanagloriaba de ser el hom- bre más fuerte y valiente del ejército. además de Gino Güereca. la siguiente en el mío. —Nicanor y yo hemos apostado que no nos afeitaremos hasta tomar Torreón. Me enseñó la fo- tografía de un niño pequeño jactándose orgulloso de que ya era tío. Luis vendría a Estados Unidos a visitarme. después ambos volveríamos a Durango a visitar a la familia de Martínez. Por el contorno de su rostro asomaba una tenue barba negra. cuando la hoguera se extinguía y el resto de los colegas roncaban. nos sentábamos en nuestras cobijas. Juan exhibía orgullosamente cuatro heridas de bala. prometiendo solemnemente que se ha- ría «muy matador» algún día. Pero en la no- che. ale- gre y gallardo. Juan era muy joven. hablábamos del mundo. de nuestras muchachas y de lo que seríamos o haríamos cuando nos lo propusiéramos. sensible.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 89 Yo soy el Conde Oliveros de la artillería española. el nombre despreciativo aplicado a los españoles debido a que él parecía haber escapado del marco de un retrato de algún noble español del Greco. La señaló sonriendo. El centinela de la puerta ya hacía mucho que se había dormido.. —¿Qué vas a hacer cuando empiecen a silbar las balas? –le pregunté.. El mejor amigo que yo tenía.

en una carrera a muerte.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 90 —No te vayas –dijo Luis. que se desgastaba en la roca sólida y en cuyo fondo crecían verdosas hierbas. al salir noso- tros–. una profunda laguna fría. las mujeres. Pero al fin. con sombreros y sarapes de vivos colores sobre sus hombros que fumaban sus hojas.. Gino. Más lejos todavía estaban las mujeres bañándose. lavaban conti- nuamente sobre las piedras. donde se deslizaba la incesante línea de mujeres. —Si es peligroso –anunció Juan Santillana. Lo acorralamos en el chaparral. así co- mo niños morenos desnudos que chapoteaban en las aguas poco profundas. Juan Antillana. Después de ellos. Y. en cuclillas sobre las. un ga- rañón de cuatro años que su padre le había criado para mon- tar a la cabeza de su compañía.. se escapó. lo correteamos hasta el desierto. encontramos la fa- bulosa alberca. uno o dos soldados en cuclillas.. Era el lecho de un río seco lleno de arena blanca y caliente. Después. Los soldados y sus maltrechos caballejos estaban reunidos alrededor. dis- parando nuestros revólveres. mucho después. rodeado profusamente de nopales y mezquites. Juan Vallejo y yo fuimos a bañarnos al arroyo en una alberca que se decía ha- bía allí. Más allá cruzaba el antiguo sen- dero de la hacienda. a la orilla. Charlemos un poco más. Espantamos un coyote. echando tiros y gritando. Cuando volvimos. A cada kilómetro reaparecía el río en un pequeño trecho. Luis. por último. sólo para desaparecer entre el blanco y crepitante borde alcalino de la arena. rocas. Primero se llegaba al estanque de los caballos. echa- ban agua con calabazas sobre los costados de los animales. A través de 90 . cubiertas con chales negros y cántaros de agua en la cabeza. more- nos. los hombres desnudos. Silveyra. ¡Me encanta domar ca- ballos broncos! Una espesa nube de polvo amarillento llenó a todo el co- rral levantándose muy alto en la quietud del aire. arrodilladas.. yo quiero montarlo primero. sujetando mi saco–. envueltas con telas de algodón azul pálido o blancas. Gino Güereca se emocionó mucho al ver que había llegado su nuevo tordillo de Brusquilla.

Todo un rincón del cuarto estaba ocupa- do por inmensos fogones de adobe. para salir. Luis Martínez. Comimos en la antigua cocina de la hacienda. Ho- cicó y saltó. El fuego era nuestra única luz. alumbrando la negra pared arriba de la cual escapa- ba el humo. su querida. fi- nalmente. coronando el cielo raso en círculos.. El hermoso caballo sintió que el lazo le oprimía el cuello. Es su caballo. mientras las reatas se levantaban en múltiples círculos. La mance- ba del coronel no parecía estar a gusto en la mesa. Le pusieron una silla y una cabezada. los pañuelos sobre las caras. sentados en banquillos alrededor de una caja de empaque. El tordillo no se sometía y con relinchos chillones.. con cuatro o cinco ancianas arrugadas que se doblaban sobre ellos. el vaquero enrolló la reata en torno a su cadera. el mayor Salazar. flameando extrañamente sobre las viejas mujeres. Juanito? –rió Gino. don Tomás. con los lazos enrollados a las piernas y los brazos en movimiento. porque una campesina mexicana es una sirvienta en su casa. Sus pezuñas sonaban secas y estrepitosas. Pero don Petronilo siempre la trataba como si fuera una gran se- ñora. Pero Juan Vallejo ya estaba montado a horcajadas. con la cara picada de viruela. Apenas eran visibles los hombres. hacía temblar la tierra en su lucha furiosa. el humo de comidas de varias generaciones. por la ventana. quien parecía estarse riendo siempre consigo misma de algo. tirándose hacia atrás casi hasta tocar el suelo. 91 . —Después de usted –contestó Juan Santillana dignamen- te–. levantando una polvareda con sus pies. Otro echó un lazo corredizo a las pa- tas traseras del caballo. El cielo raso te- nía una rica costra de grasa oscura. Allí estaban el coronel Petronilo. agitando cazuelas y volteando tortillas. el coronel Redondo. hornos y chimeneas. derribándolo. —¿Lo quieres montar. gri- tándoles que soltaran las reatas. Nicanor y yo. una mujer campesina extraordinariamente hermosa.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 91 ella aparecieron las confusas y caóticas figuras de muchos ca- ballos corriendo.

¡No quieren obedecer las ór- denes! —¿Quién no quiere? –interrogó don Petronilo. Usted ha venido aquí a espiar los movimien- tos de nuestras tropas para enviarles informes secretos. Todos los norteamericanos son porfi- ristas y huertistas. —Tan pronto como tomemos Torreón –me dijo. —Motín en las filas! –gritó–. Llegó corriendo un soldado. Saque a este gringo fuera y fusílelo en el acto. —¡Ah!. Este señor es un espía. un tiro. —Usted está equivocado. pero fue inte- rrumpido por otro sonido. apuntando con un dedo hacia mí–. que las hacían parecer tamales. Yo sé todo acerca de los negocios yanquis. mayor –interrumpió don Petro- nilo bruscamente–. Esas corporaciones americanas están in- vadiendo México para robar al pueblo mexicano. Un clamoroso vocerío brotó de los otros. señor! –Salazar me tocó en el brazo–. Usted es un agente de los consorcios. Tenga en cuenta esta advertencia antes de que sea demasiado tarde. Este señor es mi amigo y mi huésped. Estaba muy enfermo de gota. y gritos de hombres. He descu- bierto quién es usted. Yo sé muchas cosas. Estudié mucho en mi juventud. El mayor se puso de pie. Usted es un agente de los negociantes norteamericanos que tienen vastos intereses en México. Ella estaba ahora en camino a Chihuahua para comprar su traje nupcial. —¡Oiga. tengo muchas en la cabeza. ¿No es cierto? —¿Cómo podría yo remitir informes secretos a nadie des- de aquí? –pregunté–.. —Yo conozco todo acerca de los negocios. 92 .Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 92 Redondo me acababa de contar con qué muchacha iba a casarse. o tendrá que lamentarlo. Soy un hombre listo. —Escuche. yo sé –rió ladinamente. después otros. mi coronel –estalló Salazar violentamente–. Yo tengo muchas cosas en la cabe- za. Me mostró su retrato. Estamos a cuatro días de viaje a caballo de una línea telegráfica. te- nía las piernas envueltas con metros y metros de vendas de la- na..

—¿Qué sucede compañero? –preguntó calmadamente. me voy a la ca- ma. Había dos puertas. listos como para repeler un ataque. pasó como un rayo junto a nosotros y cayó sobre ellos furiosamente. donde estaban acuarteladas las tropas. arrancándoles los rifles de las manos y empujándolos hacia atrás. Las casas de los peones en La Cadena. —¡Que nos iban a matar a todos! –gritó alguno desde la oscuridad. casi todos armados. Los hombres corrían frenéticos dentro y fuera de los cuarteles con los rifles en las manos. En el cen- tro del espacio abierto estaban de pie como cincuenta hom- bres en grupo. desarmado. En una de ellas tuvi- mos que abrirnos paso entre el tumulto de mujeres y peones que pugnaban por salir. En una esquina se amontonaban y atropellaban unos caballos espantados. caminando solo. no resistieron. como una ciudad amurallada. Por un momento pareció que los rebeldes se le echarían encima. asomaban luces mortecinas en las puertas y había tres o cuatro pequeñas fogatas al aire libre. hacia el centro de la plaza. Dentro. pero no lo hicieron. cerraban una gran plaza. Longino Güereca.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 93 —¡La gente de Salazar! —¡Mala gente! –exclamó Nicanor mientras corríamos–. 93 . Don Petronilo salió. —¡Guarden aquellas puertas! –gritó el coronel– ¡Que no salga nadie sin orden mía! La tropa que corría comenzó a concentrarse en las puer- tas. —¡Querían escaparse! ¡Iban a entregarnos a los colora- dos! —¡Es mentira! –gritaron los del centro– ¡Nosotros no so- mos de la gente de don Petronilo! ¡Nuestro jefe es Manuel Arrieta! Súbitamente. ¡Eran colorados capturados cuando tomamos Torreón! ¡Se nos unieron para no ser fusilados! ¡Se les ordenó hacer guar- dia esta noche en La Puerta! —Hasta mañana –dijo Salazar entonces–.

Juan Santillana estaba también a favor de la ejecución. después de recomendar que fusilaran a to- da su gente. evidentemente. Mucho después de la medianoche podía oírlos cantar alegremente.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 94 —¡Desármenles! –ordenó don Petronilo–. más o menos. algunos caballos excedentes llagados en el lomo y dos mil cartuchos. Aquello dejó a don Petronilo con un efectivo de cien hombres. Salazar declaró día de asue- to en la mañana. ¡Y enciérren- los! Llevaron a los prisioneros a una pieza grande. 94 . poniendo una guardia en la puerta. sentía un gran alivio al deshacer- se de ellos. Pero don Petronilo decidió remitirlos al general Urbina para enjuiciarlos.

aparecía de pronto tras de La Puerta. Una vez fue un viaje a San Pedro del Callo para ver una pelea de gallos. asomando apenas los ojos de entre sus sarapes.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 95 Capítulo IX LA ÚLTIMA NOCHE Los días en La Cadena fueron muy movidos. Uno le retorcía el rabo al furioso animal. Y. mientras una multitud caía sobre él.. salpicándolos con su sangre al embestirles. cuando las lagunetas del río se cubrían de una delgada capa de hielo. por último. Otro. lo azotaba con la cara de una espada. le clavaban cuchillos en el lomo. el pia- doso cuchillo le daba la puntilla. más impa- ciente. causando la hilaridad y deleite del resto de los compañeros. En los fríos atardeceres. Los charcos de sangre. Don Petronilo había confiscado varios coches en la cam- paña. bastante apropiada. Mientras tanto el sol blanco. abrasa- dor. cortando y sacando tiras de carne cruda que se lle- vaban a sus cuarteles. Gino 95 . ya derribado. En vez de ban- derillas. Toreaban con sus cobi- jas. Otra vez. pinchando a uno las manos y la cara.. En ese momento cincuenta o sesenta soldados hara- pientos. lanzando los gritos habituales de las corridas de toros. con un novillo reparándose en el otro extremo de su reata. solía llegar un soldado al galope a la plaza. Cinco de nosotros los pedimos prestados para varias excursiones. co- menzaban una corrida de aficionados. los desvaídos co- lores de los sarapes y la lejanía de la tierra de sombra del de- sierto resplandecían vívidos.

no pasamos de Brusquilla. No obstante. en tanto que la luz rojiza del fuego iluminaba sus caras morenas. cada uno de ellos iba componiendo un relato dramático de las hazañas del gran capitán.. entretejían mentalmente su composición. y así. con el sol poniente sobre sus rifles y cartucheras. la guardia de La Puerta trotaba a su puesto. llegaba tintineando el desta- camento de relevo. 96 . los otros. Míster? ¿Cómo van las cosas? ¿No les tie- ne miedo a los colorados? —¿Cómo anda el negocio? –les pregunté.! Uno de ellos comenzó a cantar esa extraordinaria balada. aceptando la ma- no colmada con un montón de macuche que me brindaron. Mientras uno cantaba. en sucesión. sencillas.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 96 Güereca y yo fuimos a las portentosas y ricas minas perdidas de los españoles que él conocía. al acercarme a la pequeña fogata–. Cantó un verso. holgazaneando a la sombra de los árboles y co- miendo queso todo el día. los sarapes colgando sueltos de los hombros. con la vista fija en el suelo. observándolos. Aquí está Francisco Villa con sus jefes y oficiales. –¡Es el Míster! –exclamaron. después otro cantó el siguiente. Los cuatro baratilleros que habíamos visto en Santo Do- mingo llegaron aquella noche. Llevaban cuatro burros carga- dos de macuche para vender a los soldados. y mucho después de oscurecer. Las Mañanitas de Francisco Villa. mientras ellos se mantenían en cuclillas sobre sus rodillas. Ya parpadeando la tarde. Estuve allí tendido media hora.. —¡Negocio ¡Nos hubiera ido mejor si nos quedamos en Santo Domingo! ¡Esta tropa no puede comprar un cigarro ni poniendo a escote todo su dinero. es el que viene a ensillar a los mulas federales. Se rieron ruidosamente. ¿Qué tal. saliendo de las misteriosas sombras.

y di que Villa ha venido a hacerles echar carreras. La justicia vencerá. águila real. vuela. les quitarán la zalea! Ya llegó su amansador. Pancho Villa entró a Torreón. jijos del Mosquito. lleva a Villa estos laureles que ha venido a derrotar a Bravo y sus Coroneles.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 97 Ora es cuando. Vuela. a castigar a toditos. ¡pa’sacarlos de Torreón y quitarles hasta el cuero! Los ricos con su dinero recibieron una buena con los soldados de Urbina y los de Maclovio Herrera. alístense a la pelea. vuela en todas las praderas. vuela. se arruinará la ambición. ¡porque Villa y sus soldados. palomita. que Villa tomó Torreón. Pancho Villa el guerrillero. Vuela. pa’quitarles lo maldito a tanto mugre pelón. 97 . colorados. Ora.

ni ninguna esperanza para el futuro. finalmente. que han monopolizado la tierra del Estado (. dudo si se dieron cuenta de cuándo me fui. con lo cual han perdido su indepen- 98 . Estuvieron cantando en torno al fuego más de tres horas.)... que le obligó a levantarse en armas en 1910. El lugar es- taba lleno del humo de una fogata prendida en el suelo. Leía lo siguiente: «Considerando que el principal motivo de descontento entre el pueblo de nuestro Estado. porque las tierras comunales que poseían han ido a aumentar las propiedades de las haciendas más cercanas. Pero en nuestro cuartel había otra diversión. Considerando. Considerando que la fuente principal de nuestra riqueza nacional es la agricultura. y que no puede haber verdadero progreso en ésta sin que la mayoría de los agricultores ten- gan un interés personal en hacer producir la tierra (. excepto la de servir como peones en las haciendas de los grandes te- rratenientes.. fue la falta absoluta de propiedad indivi- dual. que los pueblos rurales han sido reducidos a la más honda miseria. A través de aquél pude distinguir unos treinta o cuarenta sol- dados en cuclillas o tendidos a lo largo –completamente ca- llados– ya que Silveyra leía en voz alta un decreto del gober- nador de Durango sentenciando para siempre a las tierras de las grandes haciendas divididas entre los pobres. ¡aquí termina el corrido del General Pancho Villa! Después de un rato me escurrí. y que las clases rurales no tienen medios de subsisten- cia al presente. Ya con ésta me despido: por la Rosa de Castilla. especialmente bajo la dicta- dura de Porfirio Díaz.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 98 ¡Viva Villa y sus soldados! ¡Viva Herrera con su gente! Ya han visto. lo que pueden los valientes.. gentes malvadas.).

con cuarenta y cinco pesos –dijo un hombre. de patillas amarillentas. El Gobierno del Estado de Durango declara una necesi- dad pública que los habitantes de las ciudades y pueblos se- an los poseedores de las tierras agrícolas (. invi- tó a sus soldados a la capital. ni los soldados. 99 . Yo era maestro de escuela –explicó–. No. —Es exactamente lo que Villa está haciendo en Chihuahua –dije yo–. el padre Madero. ese gran hombre. no. pueden poseer una granja. los soldados rasos los aprovechados de la Revolución. sí. –hizo una pausa y extendió sus mangas destrozadas al fuego–. Nos dio ropas. Pero nosotros.. manchadas. Al fin de la primera revolución. ¿Los ofi- ciales?. los desnutridos.. serán los pacíficos los que obtengan la tierra.). sin que el Gobierno sea capaz de elevar el nivel moral por la educa- ción. diciendo cómo iba a emplearse la tierra y para qué. pasando del rango de ciudadanos al de esclavos. son ingratas. Es grandioso: ahora todos ustedes. Yo he peleado tres años. como las re- públicas. etc. —Yo llegué al concluir la guerra.. Entonces un hombre pequeño. los hambrientos.. calvo. Cuando el pagador hubo salvado trabajosamente las difi- cultades para la lectura de todos los ordenamientos que se- guían. no son los soldados. algunos engordan con la sangre de la Patria. los que no pelearon.)».Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 99 dencia económica.. de modo que sé que las revoluciones. alimentos y co- rridas de toros. se sentó y habló así: —Ninguno de nosotros –dijo–.. Volvimos a nuestros hogares y nos encontra- mos a los insaciables otra vez en el poder. —Eso –dijo Martínez– es la Revolución mexicana. —Tuviste suerte –continuó el maestro de escuela–. compañeros. porque la hacienda donde ellos viven es propiedad privada (. después que una revolución ha triunfado. quiere más soldados. Y la próxima generación.. política y social los habitantes del Esta- do. se hizo el silencio. Una risita ahogada de satisfacción se dibujó en torno del círculo.

el de los catorce años. porque el que se mete a redentor sa- le crucificado. Los indios van allá algunas veces rascan con cuchillos para sacar el oro puro de la tierra. te llevaré a las minas perdidas de los españoles. hablando. señor! –contestó–. entre las carcajadas de todos–. Entonces Luis Martínez cogió una guitarra y cantó una corta y bella canción amorosa. dijo. las gentes de Villa son profesionales. 100 . —Mañana –decía–. Tenemos un refrán en Guadalajara: no te metas en camisa de once varas. Mi capitán me di- jo que era un gran santo. —Pues. —Yo tengo dos hijos pequeños –contestó–. Ellos tam- poco padecerán por falta de alimentos.. Nosotros seremos ricos. Somos los verdaderos voluntarios. Yo peleo para conseguir un rifle 30–30 de algún federal muerto y un buen caballo de algún millonario. que quién era. A su vez tendrán otros hijos pequeños. Sólo por divertirme pregunté a un soldado que traía un fotobotón de Madero en su saco. Están escondidas en un cañón de la Sierra Occi- dental. ¡quién sabe. Lo último que recuerdo de aquella noche memorable es que Gino Güereca estaba tendido a mi lado en la oscuridad. Yo peleo porque esto no es tan du- ro como trabajar. la cual. —¿Cada cuándo les pagan a ustedes. únicamente los indios y yo sabemos dónde están. amigos? —Se nos pagaron tres pesos hizo justamente nueve meses esta noche –dijo el maestro de escuela.Maexico insurgente-ok 8/9/09 11:38 Página 100 —¿Por qué diablos están peleando ustedes entonces? –grité exasperado.. –el hombre peque- ño sonrió–... había compues- to una prostituta cierta noche en un burdel. Ellos tendrán su tierra. —Yo no tengo ningún hijo pequeño –dijo Gil Tomás. todos asintieron con la cabeza–.

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