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André Gide: conferencia en Vieux Colomber de Antonin Artaud.

Había allí, hacia el fondo de la sala -de esa querida, vieja sala del Vieux Colombier que
podía contener alrededor de 300 personas- una media docena de graciosos llegados a esa sesión
con la esperanza de bromear. ¡Oh! Ya lo creo que hubiesen recogido los insultos de los amigos
fervientes de Artaud distribuidos por toda la sala.

Pero no: después de una muy tímida tentativa de alboroto ya no hubo que intervenir...
Asistíamos a ese espectáculo prodigioso: Artaud triunfaba; mantenía a distancia la burla, la
necedad insolente; dominaba...

Hacía mucho que yo conocía a Artaud, y también su desamparo y su genio. Nunca hasta
entonces me había parecido más admirable. De su ser material nada subsistía sino lo expresivo. Su
alta silueta desgarbada, su rostro consumido por la llama interior, sus manos de quien se ahoga,
ya tendidas hacia un inasible socorro, ya retorciéndose en la angustia, ya, sobre todo, cubriendo
estrechamente su cara, ocultándola y mostrándola alternativamente, todo en él narraba la
abominable miseria humana, una especie de condenación inapelable, sin otra escapatoria posible
que un lirismo arrebatado del que llegaban al público sólo fulgores obscenos, imprecatorios y
blasfemos.

Y ciertamente, aquí se reencontraba al actor maravilloso en el cual podía convertirse este
artista: pero era su propio personaje lo que ofrecía al público, en una suerte de farsa
desvergonzada donde se transparentaba una autenticidad total. La razón retrocedía derrotada: no
sólo la suya sino la de toda la concurrencia, de nosotros todos, espectadores de ese drama atroz,
reducidos a papeles de comparsas malévolas, de boludos y de palurdos. ¡Oh! No, ya nadie, entre
los asistentes, tenía ganas de reír; y además, Artaud nos había sacado las ganas de reír por mucho
tiempo. Nos había constreñido a su juego trágico de rebelión contra todo aquello que, admitido
por nosotros, permanecía inadmisible para él, más puro:

Aún no hemos nacido.

Aún no estamos en el mundo.

Aún no hay mundo.

Aún las cosas no están hechas.

La razón de ser no ha sido encontrada...

Al terminar esta memorable sesión, el público callaba. ¿Qué se hubiera podido decir? Se
acababa de ver a un hombre miserable, atrozmente sacudido por un dios, como en el umbral de
una gruta profunda, antro secreto de la sibila donde no se tolera nada profano, o bien, como sobre
un Carmelo poético, a un vate expuesto, ofrecido a las tormentas, a los murciélagos devorantes,
sacerdote y víctima a la vez... Uno se sentía avergonzado de retomar el lugar en un mundo en
donde la comodidad está hecha de compromisos.