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Crítica y censura

Jean –Luc Peyroutet

Reconocido crítico francés de literatura para niños. Ha publicado diversos artículos y


entrevistas en Nous voulons lire!

Existe una concepción ingenua de la crítica que le otorga un juicio negativo. Esta
concepción, aparentemente, no es peligrosa, ¡pero es sumamente reductora Es nuestro
deber hacer comprender que una crítica no es obligatoriamente negativa y puede ser
completamente positiva al igual que una sanción, por ejemplo, puede ser una
penalización o una recompensa.
Hay otra concepción, bastante mucho más grave que ésta, que asimila la crítica literaria
a la censura. Esto es verdaderamente preocupante cuando un individuo que pretende ser
crítico literario se considera efectivamente un censor. Pero se vuelve incluso espantoso
si este individuo empieza a acariciar el sueño de ser un inquisidor de vastos autos de fe.
Es necesario estar atento para no confundirse. Y si el discurso del crítico sanciona
siempre la obra criticada, esta sanción no va a llegar jamás a la pena de muerte.
El discurso del crítico es un discurso ante todo libertario, que no ha tenido nunca la
pretensión de imponerse. Puede ser apreciado, contradicho, ignorado, ya que todos
somos libres para hacer lo que queramos.
El discurso del censor es un discurso totalitario que conlleva una puesta en guardia
perentoria: nadie puede hacer lo que quiera, porque nadie puede ignorar la ley.
El discurso del crítico es un discurso completamente subjetivo que no compromete sino
a quien lo produce, jamás, ni absolutamente, a la obra misma. Portador de ciertos
sentidos que da a la obra, el crítico presupone, sin duda, que otros sentidos pueden serle
atribuidos ahora o más tarde, y éstos pueden ser positivos, negativos o neutros. A veces
ocurre que el crítico abusa de la polisemia, pero este delirio eventual no tiene
consecuencia. En ocasiones se muestra exacerbado, pero sus exageraciones eventuales
son volátiles.
El discurso del censor es un discurso que pretende detentar la objetividad, como si toda
obra fuera monosémica. Portador de ese sentido único que posee la obra, prohíbe todo
discurso diferente ya sea positivo, negativo o neutro. Su delirio engendra el terror y sus
exageraciones son condenas irrevocables.
En febrero de 1966, Roland Barthes, en su ensayo Critique et vérité (Crítica y verdad)
respondía a los ataques recientes contra la nouvelle critique. Demostraba
particularmente que nadie puede jactarse de detentar la verdad sobre una obra, porque
todo discurso crítico sólo es portador de una cierta parte de verdad. Y una de sus
fórmulas es, sin duda, esencial: la obra propone, el hombre dispone.
Podemos disponer de la obra: se le puede leer o no, amarla o detestarla, reírla o llorarla;
puede ser que tengamos incluso el derecho de hacerla decir lo que nos parece. La obra
nos autoriza a todo ello, puesto que una vez que la leemos es nuestra. ¿Podríamos
valernos de las libertades otorgadas por la obra para incinerarla?. Por otra parte, incluso
las obras más anodinas o las más atroces son especialmente interesantes… por su
nulidad o por su atrocidad.
Hay obras criminales que han removido conciencias; hay obras debilitadoras que han
estimulado las energías creadoras.
Umberto Eco plantea la idea de obra abierta... abierta a todos. Sin distinción y sin
tiempo. Este tipo de obra acoge hasta los combates, ofrece las reconciliaciones. Nadie
puede otorgarse el derecho de cerrar sus puertas.
Y si la crítica detenta efectivamente el poder de desacreditar una obra —ante aquéllos
que acostumbran confiar en el juicio de la crítica— bajo ningún pretexto tiene el
derecho de ocultar la existencia misma de esta obra.

Este ensayo fue publicado en Nous voulons lire!, No. 69, mayo 1987, pp. 5-6
Traducción de María Beatriz Medina