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Susan Sontag: filosofía de la fotografía

Carlos Javier González Serrano / 19 agosto, 2016

Autora de numerosos ensayos, piezas literarias e incluso


guiones cinematográficos, la obra de Susan Sontag (1933-
2004) se caracteriza por una firme intención de renovar y
revolucionar la reflexión sobre el arte, la cultura y la manera
de entender el dolor, la guerra y la enfermedad

“Las ideas perturban la nivelación de la vida”.

Susan Sontag no tuvo una infancia fácil. Su frágil salud, además, le


enfrentó desde muy pronto a diversas dificultades. Su padre falleció muy
pronto (sin apenas conocerle y cuando la autora alcanzaba apenas los
cinco años) y su madre, Mildred, nunca le ofreció la atención ni el cariño
que un niño requiere. Pero Susan encontró muy pronto un cobijo en y con
el que sentirse segura y alentada: la lectura. A los diez años, Sontag ya
era una entregada admiradora de las obras de Poe, uno de sus
referentes literarios. Como explica Verónica Abdala en su estudio Susan
Sontag y el oficio de pensar, “sus familiares y sus amigos de la infancia
la recuerdan como una lectora compulsiva, hasta tal punto que el hombre
con quien se casó su madre doce años después de enviudar, un poco en
broma y un poco en serio, solía decirle que si seguía tan absorta en sus
libros nunca encontraría tiempo para enamorarse”.

Extraña a las aficiones y pasatiempos de sus compañeras, Sontag


confiesa que en su niñez “todo parecía despertar mi interés. Ni necesidad
de encontrar causas y razones, una cierta compulsión a encontrarle el
sentido a las cosas era notoria”. Un interés que más tarde le llevaría a
hacer incursiones en el mundo del cine (dirigió un total de tres películas,
Dúo para caníbales en 1968 , Hermano Carl en1971 y Tierra prometida
en 1973), en el ensayo crítico y comprometido (guerra, enfermedades,
periodismo, etc.), y, por último, en la literatura.

A través de la cámara las personas se transforman en consumidores o


turistas de la realidad, pues la realidad es considerada plural, fascinante
y objeto de rapiña.

La producción de Susan Sontag no puede entenderse sin atender, en


paralelo, a los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en todo el
mundo a partir de mediados del siglo XX. Unos acontecimientos que, a
su vez, ofrecen a nuestra autora un escenario (repleto de conflictos
bélicos y revoluciones culturales) desde el cual llevar a cabo una
profunda y sensible reflexión crítica sobre su presente y su pasado
más inmediatos.
“La literatura amplía el mundo”.

Y es que, como explicaba en uno de sus últimos libros publicados, Ante


el dolor de los demás, “Quizá se le atribuye demasiado valor a la
memoria y no el suficiente a la reflexión”. Debemos tener en cuenta,
asegura Sontag, que recordar no es un mero ejercicio memorístico o
histórico, sino que la valiente tarea de rememorar el pasado encierra una
ineludible carga ética. Ello, en parte, porque “La memoria es,
dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los
muertos”, y por otra, porque “La insensibilidad y la amnesia parecen ir
juntas”. Hay demasiada injusticia en el mundo como para que sea
obviada en nombre del futuro; más bien, este reclama una revisión de
aquello que se ha olvidado y de las razones por las que olvidamos.
Conseguir la paz no es solo producto del olvido, sino de la capacidad
(personal y material) de poder olvidar.

“Nada hay de malo en apartarse y reflexionar -apuntaba Sontag-. Nadie


puede pensar y golpear a alguien al mismo tiempo”. Esta neoyorquina de
fuerte carácter y notable inspiración cultural europea se convierte,
casi de la noche a la mañana, en el estandarte de toda una generación
que puja por reconducir la cultura occidental, en un esfuerzo paralelo (en
muchas ocasiones infructuoso) por influir en la forma de hacer política.
Tras la publicación de su primera obra en 1963, El benefactor, Susan
Sontag adquiere una inusitada relevancia social tras la aparición, tres
años después, de Contra la interpretación, considerada por numerosos
especialistas como su obra cumbre.

Verónica Abdala señalaque Contra la interpretación se convirtió muy


pronto “en poco menos que la Biblia de una nueva forma de pensar y
analizar la cultura contemporánea”. Una de las razones de su éxito fue el
gran abanico de asuntos que nuestra protagonista abordó durante su
larga carrera ensayística: desde la “omnipresencia y los efectos de las
imágenes fotográficas en las sociedades contemporáneas -prosigue
Abdala-, los simbolismos asociados a enfermedades, las guerras, las
vanguardias, la literatura pornográfica, o las virtudes que debe reunir una
creación para ser considerada arte”.

“El arte fascista glorifica la rendición, exalta la falta de pensamiento, da


seducción a la muerte”.

“Las cosas podrían ir mejor. Y todos lo sabemos”, afirmaba Susan


Sontag en muchas de las entrevistas que realizó a lo largo de su vida.
Pensar en y hacia la utopía significa pensar, a la vez, críticamente.
La utopía no es un simple castillo en el aire, sino un ideal al que
acercarse paulatinamente, bajo la constatación de que “por doquier los
seres humanos se hacen cosas terribles los unos a los otros”. El
sufrimiento ajeno (y su contemplación) supondrá, desde sus primeros
trabajos, uno de los focos principales que iluminarán y guiarán los
trabajos de Sontag.

En 1977 Susan Sontag publica Sobre la fotografía, un ensayo que, aún


hoy, continúa siendo un referente sobre la decisiva influencia de las
imágenes que nos rodean en nuestra manera de sentir y fomentar la
cultura, así como el efecto en nuestro ánimo de su masiva presencia. La
prestigiosa revista Newsweek explicaba que “después de este libro ya no
podrá escribirse sobre la fotografía sólo como una forma de arte, sino
también como una fuerza cada vez más poderosa en la índole y el
destino de nuestra sociedad en su totalidad”.

Es indudable que una fotografía puede retratar el aspecto más estético


(en el sentido de amable) de la realidad que en ella se captura. Sin
embargo, este carácter estético, casi mágico en tanto que convierte la
imagen (y su contenido) en un objeto artístico, encierra un gran peligro.
Sontag explicaba que en las sociedades occidentales de consumo la
categoría de lo bello queda mediatizada y al servicio de una
contemplación apenas implicada en la propia observación: la fotografía
se transforma en una suerte de engañoso ídolo que aparta de sí todo
posible compromiso, y convierte al espectador en cómplice de lo que la
propia fotografía desea denunciar. En palabras de Sontag, “las cámaras
reducen la experiencia a miniaturas, transforman la historia en
espectáculo. Aunque crean identificación, también la eliminan, enfrían las
emociones. El realismo de la fotografía crea una confusión sobre lo real
que resulta, a largo plazo, moralmente analgésica y además, a corto y
largo plazo, sensualmente estimulante”.

“Las ideas perturban la nivelación de la vida”.

La conclusión de Susan Sontag es tajante: “sean cuales fueran los


argumentos morales a favor de la fotografía, su principal efecto es
convertir el mundo en un supermercado sin paredes donde cualquier
modelo es rebajado a artículo de consumo, promovido a objeto de
apreciación estética”. La fotografía no es sólo una interpretación singular
del mundo o un modo de expresión individual, sino un fenómeno físico a
través del cual se comparten emociones, e incluso, un mecanismo de
adocenamiento: “En las últimas décadas, la fotografía comprometida ha
contribuido a adormecer conciencias tanto como a despertarlas”.

En una entrada de uno de los diarios más tempranos de Sontag,


perteneciente al 23 de noviembre de 1947 (Susan no ha cumplido aún los
quince años), escribe una suerte de credo en el que sienta las bases de
sus futuras convicciones, por las que luchará firmemente durante toda su
vida. El segundo de estos artículos define la actitud que Sontag
mantendrá a lo largo de su existencia: “Creo que lo más deseable en
el mundo es la libertad de ser fiel a uno mismo, es decir, la
Honradez” y que, de haber alguna diferencia entre seres humanos, es
tan sólo la inteligencia. Aunque quizás, por lo humano de su contenido, la
más significativa de estas confesiones, que convierte esta página del
diario en una verdadera declaración de intenciones, es en la que Sontag
asegura que “el único criterio de una acción es su efecto último en la
felicidad o infelicidad de una persona”.

Apenas un año más tarde, Sontag se pregunta en plena (pero muy


madura) adolescencia: “y ¿qué es ser joven en años y de repente ser
despertada a la angustia, al apremio de la vida?”. Y se responde, algo
desesperanzada: “caer en un abismo”. A pesar de esta “caída” en el
fondo más oscuro de la existencia, o gracias a ella, Susan defenderá
siempre el derecho a rebelarse contra las injusticias que -desde los
gobiernos- nos obligan a aceptar como si fueran constitutivas del
funcionamiento normal del mundo. Pero sobre todo, hay que significarse
y tener el valor de denunciar lo que, por temor a derrumbar los
convencionalismos sociales, hace de nuestro mundo un lugar poco
habitable: “Hay muchas cosas en el mundo aún no denominadas y
muchas cosas que, aún denominadas, no han sido nunca escritas”.

Al fin y al cabo, “Escribir es una forma de luchar. Mi compromiso con la


sociedad es de naturaleza personal. Si me he comprometido con algunas
causas es por una cuestión de conciencia”.
“El arte no es solo ‘sobre algo’, es un algo. Una obra de arte es una cosa
‘en’ el mundo. Y no solo un comentario o un texto”.

Sin duda, el ensayo más relevante de Susan Sontag fue Contra la


interpretación, una colección de breves textos sobre diversos asuntos
que se publicaron en varias revistas y que se vieron recopilados en esta
obra que llegó a denominarse “la Biblia de los años 60”. Como nos
explica la especialista Verónica Abdala, Sontag se rebela en este libro
“contra la posibilidad de entender o juzgar los hechos artísticos desde
parámetros éticos o morales”, defendiendo así la autonomía de las obras,
e “invitando al público a valorarla por sí misma, más allá de sus posibles
referencias al mundo exterior”. Susan explica que “la obligación de la
crítica debiera ser mostrar ‘cómo es lo que es’, incluso ‘qué es lo que es’,
en lugar de pretender mostrarnos su significado”.

Una de sus novelas más interesantes, El amante del volcán, es descrita


por su propia autora de esta manera: “Los principios morales, que son
principios políticos, entran en la obra de un modo concreto. [Esta novela]
comienza con el retrato de un coleccionista y termina con una especie de
aria sobre la justicia social. Probablemente no hubiese terminado el libro
con los monólogos de cuatro mujeres sin mis convicciones feministas”. Y
es que, ante todo, como asegura la propia Sontag, “La literatura es una
educación del corazón y de la mente”.

La autora norteamericana siempre se mostró comprometida con los


problemas sociales y políticos de su tiempo, y nunca dudó en
arremeter contra el gobierno de su nación. Producto de esta
preocupación fue la recopilación de textos publicada bajo el título Estilos
radicales, en la que por ejemplo plasmó su “solidaridad política y moral
con Vietnam”, un conflicto presente en la mayoría de sus reflexiones
sobre la guerra: “Vietnam ha estado presente en mi espíritu […]. Pero
quien me obsesionaba realmente era Estados Unidos, ‘El fuerte’: las
características del poderío norteamericano, de la crueldad
norteamericana, del fariseísmo norteamericano”.

En 1977 publicaba La enfermedad y sus metáforas, una de sus


incursiones más profundas en el sufrimiento humano y, a juicio de la
revista Newsweek, “una de las obras de la liberación de nuestro tiempo”.
A raíz de su experiencia como enferma de cáncer, Sontag comprendió
muy pronto que en ocasiones se achaca al paciente la culpa de su propia
dolencia, y que él mismo se autoculpa por padecerla (a ella misma le
ocurrió). En este escrito, considerado por la Women’s National Book
Association como uno de los setenta libros de autoras cuyas “palabras
han cambiado el mundo”, Susan Sontag se levanta en armas contra esa
culpa autoinfringida y decide ayudar a los enfermos a desprenderse de
la humillación que supone sentirse responsables de su enfermedad.

En Ante el dolor de los demás retoma las reflexiones inconclusas que


años antes había plasmado en Sobre la fotografía. En ambas obras se
pregunta qué significa ser espectador de fotografías que nos muestran lo
que ocurre en otros países y latitudes, un fenómeno propio de la
modernidad, “una ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de
actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados
periodistas”.

Fuente: https://elvuelodelalechuza.com/2016/08/19/susan-sontag-
filosofia-de-la-fotografia/

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