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MORFOLOGÍA URBANA – MU

Departamento de Arquitectura Diseño y Urbanismo


Arquitectura
UNDAV

Cátedra Abaca
{des-pliegue de la forma}

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Cátedra Abaca
{des-pliegue de la forma}
Departamento de Arquitectura Diseño y Urbanismo – UNDAV
Arquitectura UNDAV

Cursos 2018 mañana / noche


Morfología Arquitectónica 1
Morfología Arquitectónica 2
Morfología Urbana

Equipo
Alejandro Abaca. Profesor titular
Martín Loza. Jefe de Trabajos Prácticos
Elisa Calfat. Ayudante
Eugenio Segui. Ayudante
Maria Katzagiannaki. Ayudante
Maximiliano Cernello. Ayudante
Paola Gallarato. Ayudante

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LINEAMIENTOS PARA UNA TEORÍA DEL HABITAR
Roberto Doberti

 CONSIDERACIONES PREVIAS

La palabra habitar señala hacia algo que es ineludible para los seres humanos. No
existe ninguna persona que no habite y no hay momento alguno en que no lo
haga: habitamos todos y habitamos siempre.
También la palabra habitar indica algo que siendo inevitable se realiza, por otra
parte, de muy variadas maneras. Es necesario habitar pero, en cambio, no son
necesarios sino variables los modos en que se ejerce la habitación.
La presencia obligada y constante del habitar explica la dificultad en reconocer al
habitar como un campo u objeto que demande una explicación, una teoría.
En otras palabras, la cercanía, cotidianidad o familiaridad del habitar tiene como
consecuencia que no se reconozcan sus incógnitas, sus opacidades, su compleja y
variada estructuración.
Habitar en sus interpretaciones o resonancias pre-teóricas tiene una muy dilatada
extensión y una evidente ambigüedad. Se vincula etimológicamente con hábito –
es decir, con costumbre, uso– y se asocia a vivir o residir, en expresiones tales
como “yo habito –vivo o resido– en tal ciudad, barrio o edificio”. Desde otro punto
de vista, habitar a veces parece referir a un atributo y otras a determinadas
acciones o actividades.
Será precisamente la elaboración teórica la que se exigirá y posibilitará elucidar o
establecer la naturaleza del habitar.
En tal sentido y como obvia operación metodológica, deberá delimitarse
estipulativamente el sentido del concepto o, en otras palabras, recortar un cuerpo
de categorías que especifiquen el significado de habitar en la teoría que asume su
explicación.
En el mismo sentido, pero ahora en el plano de las consideraciones previas más
decisivas, deberá atenderse al hecho de que los fundamentos de la teoría del
habitar estarán directamente anclados en las nociones de “realidad” y
“conocimiento”. Si, en lo profundo, toda actividad teórica es interactuante con los
sustentos ontológicos y epistemológicos, cuando la teoría trata acerca de un
campo tan amplio y obligado como el habitar esta ligazón está a flor de piel, se
hace manifiesta o inquietante. Es conveniente remarcar que lo que resulta decisivo

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es la interacción, porque si bien la teoría se sustenta en ciertas nociones de
“realidad” y “conocimiento”, también las pone a prueba y las articula; se
construye, en definitiva, una gestión de mutua determinación, contrastación y
convalidación.
Podemos decir, en esta instancia preparatoria, que construir la teoría del habitar
implica:
 Reconocer un campo de ignorancia, en lo que habitualmente se presenta como
transparente y familiar observación.
Exigir aclarar aquello que no se planteaba como oscuro.
Construir una entidad –el habitar– muchas veces atisbada pero, que en el orden
conceptual, resultaba siempre disuelta en un adosamiento de múltiples
parcialidades sin estructuración propia.
 Poner en relación la teoría del habitar con las teorías o conceptualizaciones
esenciales, hacer aflorar los supuestos básicos o reelaborarlos.
Indagar para comprender, en una tarea que no es una especialización ni tampoco
una interdisciplina. En una tarea que conlleva, huelga decirlo, los riesgos del error
y del desvarío, pero también la esperanza de alcanzar una concepción estructural
que nos permita dar razón de las sinrazones que nos albergan y que albergamos.
 Establecer los límites que, en el marco de la teoría, se acuerden para el concepto
habitar.
Analizar, de esta manera, los componentes de este concepto y, consecuentemente,
las relaciones y rangos entre ellos.
 Definir el contexto de este campo teórico o, en otros términos, pensar el orden
social estructurante del habitar para hacer surgir el concepto de habitar de un
cuadro general de la socialidad.

 HABLAR Y HABITAR

Sólo habitan los seres humanos. Este drástico enunciado implica asignar –en el
seno de la teoría– un sentido específico a la palabra habitar.
Las otras especies anidan, se albergan, se aglomeran, deambulan en grupos,
construyen y ocupan colmenas o cuevas, etc., pero no habitan. Análogamente, las
otras especies rugen, pían, ladran, aúllan, etc., pero no hablan.
No es sólo que exclusivamente son los humanos quienes hablan y habitan, sino
que es el ejercicio de estos dos sistemas –hablar y habitar– lo que nos constituye

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como humanos, lo que establece el escalón diferencial. Se trata del escalón que
determina el acceso, sin retorno, a la cultura, a la historia.
La correspondencia convencional, es decir socialmente establecida, entre voces y
conceptos es la base del código o sistema del hablar.
Por su propia constitución como acuerdo o estipulación social el sistema o código
es mudable, cambiante. Su única constante es transformarse: pertenecer a la
historia y, a la vez, construir la historia.
Con el hablar se posibilita la narración y con ella se instaura la distinción entre lo
verdadero y lo falso, aunque no se certifica se elucidación.
Todo lo que el hombre diga será estructuración de lo real, será necesariamente
interpretación de sí mismo y de lo otro.
La correspondencia convencional, es decir socialmente establecida, entre
conformaciones y comportamientos define el código o sistema del habitar.
Aquí también el cambio, la diversidad de modalidades, es la única constante; otra
vez pertenecer a la historia y, al mismo tiempo, construir la historia.
El carácter convencional de la correspondencia entre conformaciones y
comportamientos, y la necesaria y simultánea convalidación de ambas entidades
son mucho menos reconocidas que en el caso del hablar. La convencionalidad de
dicha vinculación es habitualmente desplazada por una naturalización o causalidad
mecánica.
Debe entenderse que en este caso la vinculación no es arbitraria pero que, sin
embargo, surge y se instala como consecuencia de un acuerdo social. Se trata, en
definitiva, de verificar que los comportamientos de cualquier orden –
comportamientos sexuales, laborales, pedagógicos, alimenticios, etc.– están
indicados, posibilitados y delimitados por las conformaciones que les
corresponden.
Las conformaciones son las estructuras de formas –espacios y objetos– que
realizan las nociones de alcoba, fábrica, oficina, aula, comedor, etc. Estas
conformaciones, compuestas por ámbitos, artefactos, utensilios, indumentarias,
establecen entre otras cosas, el grado de privacidad o publicidad del
comportamiento, la ubicación y la relación jerárquica de los participantes y los
grados de rigidez disciplinaria que se asigna a cada comportamiento en una
determinada cultura.
Pero al mismo tiempo es necesario tener presente, que las conformaciones son
reconocidas como tales, se les confiere entidad y sentido porque en el cuerpo

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social existen esos comportamientos para los que están destinadas. La capacidad
de las conformaciones para inducir y conducir los comportamientos es simétrica
de la capacidad que tiene la voluntad de ejercitar o imponer comportamientos
para modelar y especificar a los componentes de las conformaciones.
El habitar es así ineludiblemente ceremonial, se funda en la categoría de la
ceremonialidad y origina desde ahí sus múltiples manifestaciones.
De esta manera, se constituyen, entre otras, las alternativas de la solidaridad y el
egoísmo o de la generosidad y la avaricia.
Con el habitar todo lo que el hombre haga será, a la vez, creación e inhibición de
actividades, ya no mera exigencia biológica ni respuesta instintiva.

 LA CONTEXTURA DE LA SOCIALIDAD

Sin necesidad de extenderse en todo lo que la propuesta posibilita, se verifica ya


que, en el marco teórico que establecimos, hablar y habitar se constituyen en base
explicativa de la socialidad, y también, en esta lógica, en las principales
consecuencias o resultados de la socialidad.
En el modelo, o síntesis estructural que graficamos a continuación, se pueden
visualizar las relaciones y elementos fundamentales entre ambos sistemas y el
ordenamiento social.

regulación del accionar de las personas


legalidad

maneras

conceptos comportamientos
sistema prácticas sistema
del discursos actuaciones del
Hablar sociales Habitar
voces conformaciones

presencias

espacialidad
regulación del estar de las cosas

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Se desprende del modelo que en nuestro planteo las unidades o elementos que
articulan y componen la socialidad son las prácticas sociales.
Sin pretender aquí un desarrollo en profundidad del concepto señalemos como
formulación aproximada, que denominamos práctica social a las organizaciones de
actividades que una comunidad convalida, reconoce y ejercita, es decir, a un
conjunto o grupo institucionalizado de actividades.
En nuestras sociedades contemporáneas se ejercita una gran variedad de
prácticas, las que a su vez se relacionan en forma compleja. Sin embargo, el
carácter social -cultural, convencional y cambiante- de estas prácticas pasa
generalmente desapercibido en la vida cotidiana; se instalan como los modos
“naturales” –adecuados, universales y estables– en que se organiza la vida
comunitaria.
Las articulaciones o unidades de la socialidad se presentan como prácticas que
"responden a la realidad", derivan de un "conocimiento objetivo" y se justifican
por su "eficacia o utilidad para satisfacer necesidades".
La cuestión básica es que las relaciones de las prácticas sociales con la "realidad",
el "conocimiento" y las "necesidades" tienen otro carácter. Esas relaciones no
devienen de las tranquilizantes condiciones de la respuesta, la objetividad y la
utilidad, sino que contienen toda la apertura del interrogante, con los
correspondientes márgenes de creatividad y de inseguridad.
El ser humano, generador del campo de la significación es aquél para quien
"realidad", "conocimiento" y "necesidad" no son datos sino incógnitas: preguntas
elucidadas siempre según los recursos de la significación.
En otras palabras, son precisamente las prácticas sociales las que califican,
determinan –y en última instancia construyen– lo que para una comunidad será lo
real, lo verdadero y lo útil.
Estamos hablando de la contextura de la socialidad, es decir, de la síntesis de su
contexto y su estructura. En tal sentido, el modelo muestra que las prácticas
sociales están enmarcadas y organizadas por los sistemas del hablar y del habitar.
Este enmarque implica una mutua generación y determinación: no hay prácticas
sociales sin habla y sin habitación y no hay narraciones ni ceremonias sino en el
seno de las prácticas sociales.

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Cada práctica social se constituye por la selección y ejercicio de ciertas unidades
del hablar y del habitar que son realizadas por los participantes en esa práctica.
Esa selección y ejercicio organizado del habla instaura los discursos propios de una
determinada práctica social, así como la selección y ejercicio organizado del
habitar instaura las actuaciones apropiadas a esa práctica social.
Se tipifican así en nuestra cultura, discursos académicos, familiares, carcelarios,
científicos, parlamentarios, religiosos, comerciales, periodísticos, literarios y
muchos otros más. También se tipifican actuaciones dinámicas, pasivas,
focalizadoras, ostentatorias, elusivas, provocativas, rítmicas, aproximatorias,
gregarias, sigilosas y muchas otras más.
Las actividades, como modo de participación en una determinada práctica,
integran discursos y actuaciones, e implican una concertación de un grupo de
personas –desde grupos mínimos a enormemente extensos– que, en general,
distinguen roles, funciones y jerarquías.
Por otra parte, el modelo señala relaciones entre los sistemas del hablar y del
habitar que configuran otros elementos contextuales y determinantes de las
prácticas sociales: la legalidad y la espacialidad. Como ya dijimos anteriormente
se trata de relaciones de mutua determinación y no sería posible constituir la
legalidad y la espacialidad por fuera del ejercicio social de las prácticas.
Hemos dicho también que las unidades del sistema del hablar se realizan por
asociación entre voces –agrupaciones fónicas– y conceptos –agrupaciones
nocionales– y que las unidades del sistema del habitar se realizan por la
vinculación entre conformaciones –agrupaciones de formas– y comportamientos –
agrupaciones conductales–.
Ahora queremos marcar otras dos relaciones fundamentales.
Con la primera de ellas –relación entre voces y formas– se desarrolla la función
reguladora del estar de las cosas o, en otros términos, la espacialidad que instituye
cada cultura.
Las formas requieren ser nominadas, adquirir un nombre, para ser cosas, para
establecer nítidamente su entidad, para delimitarse con precisión y recortarse del
medio que las rodea.
Pero también aquello que presenta un contorno bien estructurado, aquello cuyo
ordenamiento interno propicia su reconocimiento perceptual, exige una voz
diferenciadora, un nombre específico para ostentarlo o evocarlo. Es en este
sentido que la relación entre la palabra y la forma regula el estar de las cosas,

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instituye y estabiliza su presencia. La "presencia" es lo que se vivencia de modo
más inmediato y directo, la respuesta primera y decisiva frente a la pregunta por lo
¿qué hay?
Con la otra relación –entre comportamientos y conceptos– se elabora la función
reguladora del accionar de las personas, o la construcción social básica de la
legalidad. Los múltiples y potencialmente dispersos comportamientos humanos
necesitan ser categorizados, ordenados, clasificados –en definitiva,
conceptualizados– a fin de convertirlos así en obligaciones, posibilidades o
prohibiciones para los distintos integrantes de una comunidad. Y también, a través
del conjunto de comportamientos efectivamente ejercidos en una sociedad se
configuran los conceptos que ella convalida, se instituyen y estabilizan las maneras
aceptadas de comportarse. La calificación de las “maneras” constituye la respuesta
primera y decisiva frente a la pregunta por ¿cómo actuar?.

 HABITAR Y DISEÑAR

La arquitectura y todas las demás ramas del diseño –gráfico, textil, utensiliar,
vehicular, etc– tienen desde hace tiempo serios problemas de sustentación
conceptual. Estos problemas hacen crisis frente a una serie de factores
concomitantes: la creciente complejidad de las temáticas que el diseño debe
abordar, el deterioro del medio natural, las injusticias y marginaciones sociales que
afectan a pueblos enteros y a sectores enormes aún dentro de las sociedades con
mayor desarrollo tecnológico, el crecimiento de los medios de comunicación
masiva, y un conjunto de conflictos que se derivan de estos factores.
La arquitectura, así como las diversas áreas proyectuales, delimita una práctica
social: está constituida y regulada por actividades claramente institucionalizadas a
través de títulos profesionales y académicos, organismos de enseñanza,
retribuciones económicas, estipulación de responsabilidades, publicaciones,
exposiciones, premios y otros medios de convalidación; y tiene en consecuencia,
discursos y actuaciones que le son pertinentes. Pero el rasgo más relevante del
diseño es ser una práctica con una relación directa sobre otras prácticas sociales:
pre-figura, pre-escribe las conformaciones y con ellas los comportamientos.
El sistema del habitar no es sólo el marco de la requerida formulación teórica del
diseño, sino también el lugar de su incidencia concreta.

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Las prácticas que hablan sobre el hablar, que analizan, amplían o cuestionan el
sistema de voces y conceptos participan, conjunta o paralelamente con el diseño,
en las determinaciones de la legalidad y la espacialidad.
El diseño por sus vinculaciones con las construcciones sociales básicas de la
legalidad y de la espacialidad, está ineludiblemente ligado con los significados y
los valores que asume una comunidad, con el pasado que recuerda y el futuro que
anhela, en última instancia, con el reconocimiento y la elaboración de su
identidad.

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