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Pontificia Universidad Javeriana

Preseminario: René Descartes.


Profesora: Anna María Brigante.
Nombre: Miguel Ángel Vencé Duran.
14 de marzo de 2018

COGITO ERGO SUM: EXISTENCIA DE DIOS

Introducción.

La “segunda meditación” continua con la idea de la primera, la de dudar de todo para así
llegar a conocer algo completamente firme. También desarrolla una de las ideas principales
del pensamiento cartesiano, “pienso luego existo”, y pone sobre la mesa la idea de la
veracidad de la existencia de Dios, para mostrar así la existencia de las cosas exteriores.

I) La duda metódica.

Siguiendo el camino tomado en la primera meditación, Descartes decide remover todo


aquello de lo que se pueda dudar, tal como si fuera completamente falso, para así avanzar en
el conocimiento hasta llegar a algo cierto, o si no hay más, hasta que conozca eso mismo de
manera cierta, es decir, concluir de manera veraz que no hay nada cierto. Con un
conocimiento así de inconmovible se puede llegar a grandes cosas, así como decía
Arquímedes “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Y es que “el cuerpo, la figura,
la extensión, el movimiento y el lugar, son quimeras” (AT, VII, 24), así que lo único que
puede ser verdadero, es que no existe nada que sea cierto.

Sin embargo, ¿cómo se sabe que no hay nada diferente de todas estas cosas mencionadas,
cosas de las que no haya razón para dudar? ¿acaso no podría existir un Dios, o como se le
quiera llamar que haya introducido esos pensamientos en él? Pero el francés se pregunta

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porque hay que incluir a Dios, sabiendo que él mismo puede ser el autor de estos
pensamientos. Esto significaría que él existe, pero, por la misma duda, ya se negó que el
tuviera algún sentido o algún cuerpo. De todas formas, se puede dudar, porque ¿acaso esta
tan atado al cuerpo y a los sentidos que no puede ser sin estos? ciertamente ya tiene muy
claro que no hay nada en el mundo, ni si quiera él mismo, pero esto último no puede ser
verdad, porque independientemente del cuerpo o de los sentidos, uno necesariamente tiene
que ser si ha pensado.

Sin embargo, existe un engañador, un genio maligno, que siempre está produciendo
equivocaciones. Pero uno también es si lo engañan, porque por mas engaños que se reciban,
este genio nunca hará que uno sea nada mientras se esté pensando que uno es algo. Esto nos
lleva a que la premisa “yo soy, yo existo” sea necesariamente verdadera cuantas veces sea
expresada o concebida por la propia mente (AT, VII, 25).

II) Sustancia pensante.

Si yo soy y yo existo, en toda ocasión será verdadero siempre y cuando sea concebido por
la mente, tenemos un avance en la búsqueda de un conocimiento inconmovible, pero ¿quién
es ese yo? Descartes lo define hasta este punto como un hombre, pero no un animal racional,
sino un ser con cuerpo y alma. Cuerpo que es definido de manera distinta por ser delimitado
por alguna figura, estar en algún lugar, llenar un espacio, poder ser percibido por los sentidos
y moverse, no por sí mismo sino por cualquier otro por el que sea tocado, porque moverse
por sí mismo no pertenece a la naturaleza del cuerpo. Y alma que tiene como acciones
atribuidas nutrirse, caminar, sentir y pensar (AT, VII, 26).

Pero si se ha sido engañado por el genio maligno, ya no se tiene cuerpo y por lo tanto no
se tienen las facultades atribuidas al alma, como nutrirse, caminar, o sentir. Pero pensar si,
porque el pensamiento es, no se puede arrancar de uno mismo. Yo soy, yo existo es
verdadero, pero únicamente mientras se está pensando, porque en el momento en que uno se
abstiene de pensar, se deja de ser. Esto significa, que uno es solo cosa pensante, lo cual lleva
a ser verdadero y existente, siempre y cuando se mantenga ese pensamiento.

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Uno no es cuerpo, ni nada infundido a este (viento, fuego, vapor, aliento, ni nada
imaginado), porque estas cosas no son, sin embargo, uno es algo. Aun así, el autor duda de
si tal vez estas cosas podrían ser, sin embargo, esto no se disputará porque solo se puede
juzgar lo que es claro. Es claro que ha conocido que existe, y ahora la pregunta es por la
entidad de esto que existe, por el yo, un yo que no depende en lo absoluto de cosas que aún
no ha conocido que existen, y por consiguiente de cosas que inventa con la imaginación, es
decir, contemplaciones de figuras o imágenes de una cosa corporal. Ya sabiendo que se es,
todas estas imágenes y en general lo que se refiere a la naturaleza del cuerpo no son más que
sueños. De esta forma, nada que provenga de la imaginación pertenece al conocimiento que
se tiene de sí, la mente debe apartarse de esto para que ella misma perciba en la forma más
distinta y clara su propia naturaleza.

Entonces basado en esto, sabe que uno es una cosa pensante, es decir que duda, entiende,
afirma, niega, quiere, no quiere, imagina y siente (AT, VII, 28). Pero, ¿todas estas
características le pertenecen? ¿porque habrían de no hacerlo? Descartes sabe que es, es lo
único que sabe de manera cierta, así este dormido todo el tiempo, viviendo en sueños. ¿Qué
es lo que se distingue de su pensamiento? ¿lo que está separado de sí mismo?, pues bien,
sabemos que se es por las características mencionadas anteriormente, ahora bien, uno
también es el que imagina, porque, aunque lo que se imagine no sea verdadero, la fuerza de
imaginar existe y hace parte del pensamiento, y uno también es el que siente, porque las
sensaciones se dan por el sentir, y el sentir es pensar.

Ya con todo lo hablado comienza a tomar mejor forma lo que se es, pero al filósofo todavía
le parece y no puede no creer, que las cosas corporales dudosas y desconocidas sean
comprendidas con más distinción que ese no sé qué que no cabe bajo la imaginación, ese que
es verdadero, conocido, ese, el “yo mismo”. Logra ver lo que está sucediendo, y es que “la
mente goza extraviándose y todavía no soporta verse cohibida dentro de los límites de la
verdad” (AT, VII, 29). Decide entonces dar rienda suelta por una vez a su mente y esto lo
lleva a desarrollar un ejemplo muy importante, el de la cosa más distinta, de un cuerpo en
particular, en este caso, el de la cera.

Un trozo de cera recién sacado del panal posee sabor, aroma, color, figura, etc. Es decir,
las características que parecen requerirse para que un cuerpo pueda ser conocido de la manera

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más distinta. Pero si la cera se acerca al fuego, todas estas características se perderán, y ahí
es cuando uno se pregunta ¿sin estas características, es acaso la misma cera? la respuesta
claramente es que sí. Esto demuestra que lo que hace a la cera distinta no es nada de lo que
se percibe con los sentidos, sino el cuerpo en sí, que antes era visible de una forma y ahora
de otra. Esto significa que la percepción de la cera no depende de los sentidos, sino de la sola
mente. Esta percepción puede ser imperfecta y confusa o clara y distinta, de acuerdo con la
atención que se le preste a aquello de lo que consta. Sin embargo, Descartes se da cuenta de
que para conocer la cera hay que verla con los ojos, lo cual haría que su percepción ya no
fuera solo de la mente, sino de esta acompañada de la vista.

Pero, así como cuando se ven pasar hombres, y sabemos que más que autómatas vestidos
de traje y sombrero, son realmente hombres (AT, VII, 32), para conocer la cera o cualquier
cosa, hay que captar su esencia, y esta es independiente de formas y vestidos captados con
los ojos, esta solo se puede captar con la mente.

La percepción de las cosas, así como de la cera, de una manera más clara y distinta, hace
que uno se perciba a si mismo de la misma forma. Porque si la cera existe porque yo la
percibo, yo existo porque percibo la cera, ya que es imposible que cuando veo o percibo o
pienso que hago esto, yo mismo que estoy pensando no sea algo. Las cosas como ya lo analizó
antes, son conocidas por muchas causas y esto lleva a que uno se conozca más a si mismo,
porque las razones que ayudan a la percepción de estas prueban aún más la naturaleza de la
mente propia. No sobra decir, que existen más cosas que aquellas que emanan del cuerpo que
también ayudan a esclarecer el conocimiento.

Finalmente, a manera de conclusión, el francés dice lo siguiente:

Me resulta claro que los cuerpos mismos no son percibidos propiamente por los sentidos, o
por la facultad de imaginar, sino por el solo intelecto, y que tampoco se los percibe porque
se los toque o se los vea, sino únicamente porque se los entiende, sé claramente que nada
puede ser percibido por mí con más facilidad o evidencia que mi mente (AT, VII, 34).

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III) Existencia de Dios.

Al decir Descartes que las cosas existen porque uno las piensa, y que uno existe porque
las está pensando, está, como ya lo vimos anteriormente, negando la existencia de las cosas
externas. Pero esto no puede ser así, porque sin la existencia real de las cosas no existiría el
pensamiento, ya que no habría nada que percibir, y si no hay nada que percibir no hay quien
lo perciba. Es en este punto cuando sin decirlo de una forma explícita, a pesar de haberlo
expresado durante su obra, está sentando por verdadera y necesaria su ideología religiosa, y
afirmando de manera contundente la existencia de Dios como creador de las cosas externas.
Así pues, podríamos decir que sin Dios no hay pensamiento, y que la perfección de la
sustancia pensante se debe únicamente a la perfección del Dios mismo al ser este el creador
de las cosas que permiten el pensamiento.

Referencias

Descartes, R. (2014). Meditaciones acerca de la Filosofía Primera. Traducción: Jorge Aurelio Diaz.
Universidad Nacional de Colombia. Bogotá D.C.