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SSSSSSsSíÉ

ÁFRICA
P R I M E R V I A J E DE L A E X P L O R A D O R A
ZONA DE CORISCO
R E C O N O C I M I E N T O DÉ LA Z O N A E C U A T O R I A L
III'. Á F R I C A E N L A S C O S T A S D E O C C I D E N T E : S O S M O N T A Ñ A S :
si's nios: srs HABITANTES: POSESIONES ESPAÑOLAS

DEL COLEO DE GUINEA

• I'OR

MANUEL IRADIER-BULFY

D U R A C I Ó N D E L V I A J É : 834 dias •
D I S T A N C I A S R E C O R P . I D A S : 101,'i millas (1870 k i l ó m e t r o s )
C O S T E D E LA E X P E D I C I Ó N : 8000 pesetas

PUBLICADO

POR LA ASOCIACIÓN EUSKARA PARA LA EXPLORACIÓN Y CIVILIZACIÓN


DEL

ÁFRICA CENTRAL

LA EXPLORADORA

VITORIA:
Imo. ele D o m i n e n Sar.
Biblioteca Pública
VITORIA

Registro
Armario Tabla
Número
•44UZ

ÁFRICA
PRIMER VIAJE DE LA EXPLORADORA
ZONA DE CORISCO.
ÁFRICA
P R I M E R V I A J E DE L A E X P L O R A D O R A
ZONA DE CORISCO
RECONOCIMIENTO DE L A ZONA ECUATORIAL
DE Á F R I C A E N L A S COSTAS DE OCCIDENTE: SUS MONTAÑAS:
SUS BIOS: SUS HABITANTES: POSESIONES ESPAÑOLAS
DEL GOLFO DE GUINEA
POR

MANUEL I R A D I E R - B U L F Y

DURACIÓN DEL VIAJE: 834 dias


D I S T A N C I A S R E C O R R I O A S : 1013 millas (1870 k i l ó m e t r o s )
COSTE D E L A K X P E D I C I O N : 8000 péselas

PUBLICADO

POR LA ASOCIACIÓN EUSKARA PARA LA EXPLORACIÓN Y CIVILIZACIÓN


DEL

ÁFRICA CENTRAL

LA EXPLORADORA

VITORIA:
Imp. de Domingo Sar.
1881,
De Vitoria ú Cádiz—¿ Va V. muy lejos*?
Un limador andaluz—¡A Canarias! Aventura estupenda

¡He llegado al Ebro hoj -16 de D i c i e m b r e de 1874! Esta


es la primera palabra que se encuentra en mi diario.
Desde q u e salí d e Vitoria hasta que salvé la zona de
guerra no he desplegado los labios, ni he m o v i d o una
mano; mi objeto era pasar por estatua ó esfinge y lo he
conseguido. T e n g o que ir á Cádiz y tomo el tren c o r r e o ,
las etapas son B u r g o s , Madrid. Este camino es conocido
de todos, todos saben las variadas escenas que se vén
en los trenes y no ha lugar á descripción; solo citaré
un hecho q u e , por lo común, llama la atención, y otro
que, por lo extraordinario, la llama mucho más.
El primero es que el puente de Vilches e s t a b a roto,
en cuanto al segundo m e r e c e descripción detallada.
El sol del 1!) de Diciembre nos sorprendió c o r r i e n d o
vertiginosamente por los valles del Guadarrama é inun-
dó de rayos de luz nuestro departamento haciendo m o -
rir á la triste lámpara d e aceite y reviviendo á los pa-
sajeros d o r m i l o n e s . Uno de e s t o s , h o m b r e c o m o de unos
cincuenta años se encontraba f r e n t e á mí envuelto en
un gran ruso cuyo cuello alzado t o c a b a con el astrakan
d e un g o r r o d e viaje impidiendo que se distinguiera su
fisonomía. [Pronunció sin m o v e r s e un Buenos dias y
dijo.
—¿Vá V. muy lejos?
Distinguí entre su cuello unos ojillos que se fijaban
en mí y creyendo ser el interpelado, c o n t e s t é .
— A Fernando P ó o .
I m p o s i b l e d e describir el efecto que causaron e s t a s
palabras. Aquel hombro se trasformó; dejó de apoyar
la espalda en el tabique, sacó su cabeza y su cuello por
encima del de su a b r i g o , creciendo como una hidra,
metió precipitadamente una mano á un bolsillo, sacó
unos anteojos se los puso y clavó en mí una mirada de
asombro, exclamando—¡¡á F e r n a n d o Póoü ¿Y V . se
atreve á ir á Fernando P ó o donde se muere todo el
mundo en m e d i o de aquellas nieblas heladas por falta
de luz y de aire?
Trabajo m e costó contener la risa, pero deseando dar
fin á la conversación !e c o n t e s t é .
—Es que llevo calor, luz y atmósfera en conserva.
—El 4 ele Enero á las doce y media de la noche l l e g u é á
Cádiz. T o d o lo que de esta bonita población pudiera d e -
cir está ya descrito por n u m e r o s o s autores muy conoci-
dos. L o único que consignaré es que los muelles de Cá-
diz están poblados de g e n t e t e m i b l e y temida. Son nu-
be de marineros que han recorrido medio mundo sufrien-
do aventuras sin cuento, enganchados tan pronto en bu-
ques mercantes c o m o en los de guerra y que, á pesar de
no haber salido del puente del barco y de la taberna, lu-
gares favoritos de iodo h o m b r e de mar, conocen a d m i -
rablemente el corazón humano. Ellos tienen noiicia exac-
ta de la llegada y salida de los buques, averiguan no se
por que arte, el número de pasajeros que embarcan ó
desembarcan, los clasifican en pasajeros e x p l o t a b l e s é
inexplotables y aún llegan á dividir á aquellos en e x p l o -
tables que traen mucho dinero y e x p l o t a b l e s que tienen
poco dinero. El caso es q u e cuando llega el m o m e n t o
oportuno trazan su plan de ataque tan bien combinado
que rara v e z dej n de cantar victoria. H é aquí lo que con
ellos m e sucedió. *
El vapor África coi reo de Canarias se hallaba anclado
en la bahía y en él debía yo embarcar á las ocho de' la
noche según aviso del capitán. L l e g u é á estas horas al
muelle y pregunté á un grupo de marineros por el botero
cotí quien yo había contratado el e m b a r q u e do mi p e r s o -
na y el de mi equipaje.
— N o está—me contestó uno de ellos—pero y o soy un
primo y he quedado encargado de trasladarlo á V. á
bordo en los botes que tengo preparados.
Un cuarto de hora después se pusieron en m o v i m i e n -
to los remos dirigiéndonos al África.
¡
El patrón del j o t e en que iba e m p e z ó á c o n t a r m e su
triste vida, las miserias porque pasaba, los sacrificios
sin cuento que se veia precisado á hacer para sustentar á
sus numerosos hijos que á todas horas hambrientos le
pedían pan, los peligros á que constantemente se veia
amenazado y , cuando habíamos recorrido la mitad de la
distancia que nos separaba del vapor, terminó p i d i é n -
d o m e el importe del e m b a r q u e que según costumbre
debía pagar en aquel punto, a d v i n i é n d o m e , que de no
hacerlo se vería en la precisión de v o l v e r m e á tierra en
cuyo t i e m p o el vapor África zarparía del puerto. Com-
prendí desde el p r i m e r m o m e n t o que m e las tenía que
haber con un timador de oficio y ejercitado en los mue-
lles de los grandes puertos del mundo.

— N o puedo pagarte ahora—le c o n t e s t é — L l e v o en el


b'dsillu una porción de monedas falsas, e n t r e otras I m e -
nas,y aquí sería i m p o s i b l e el s e p a r a r l a s : en el puente del
África hay luz, allí las separaré y te daré los ocho ó diez
duros que pueda costar el e m b a r q u e .
—Es una o n z a , señorito.
—Bueno una onza—esto es cuestión pequeña.
Puco liunipo después l l e g u é al vapor, y subimos ai
puente. P r e g u n t é al m a y o r d o m o , primera persona que
se. presentó á mi visfa, por una tarifa de p r e c i o s de e m -
barque, y m e dijo que h a j i a una tarifa pero que regía
solo durante el día—La consulté en la cámara, doblé su
importe c o m o si fuera visita nocturna de un m é d i c o afa-
mado y e n t r e g u é el toial á mi patrón que e m p e z a b a á
comprender su verdadero estado.
—Oye—le dije á media voz sin dejarle hablar.—Si esta
noche no hubieras dado crédito á mis palabras, antes
de consentir que me hubieras vuelto á tierra hiciera y o
saltar tu cabeza en veinte pedazos con este r e v o l v e r
que llevo preparado en la cartera donde tu creías que
iba mi dinero.
Aquél lobo de mar q u e d ó e n g a ñ a d o por segunda v e z ,
pero no se calló c o m o yo esperaba, sino que se d e s a l ó en
denuestos y palabr.azas siendo d e s e m b a r c a d o casi á viva
fuerza por dos ó tres m a r i n e r o s catalanes del vapor.
Sin e m b a r g o h a r é justicia; la g e n t e de m u e l l e es en
todas partes lo m i s m o , el tipo andaluz, su carácter y su
gran imaginación le bacen mas hábil para el engaño.
Como marinos i n t r é p i d o s y e n t e n d i d o s solo tienen rival
en los del golfo Cantábrico.
El 8 de Enero de 1875 á las 7 de la mañana abandona-
mos á Cádiz con un tie m p o magnífico y viento del N E.
que mas tarde cedió d e j a n d o el paso al contra-alisio del
S O. L e s m o v i m i e n t o s del buque fueron violentos, de
cucharada co mu califican los marinos grálicamente al
m o v i m i e n t o c o m b i n a d o de balance y cabezada. P o r lo
demás todo iba bien, falta de o x i g e n o y sobra de ácido
carbónico y o t r o s g a s e s mas repulsivos ó l'-> pituitaria.cn
en los c a m a r o t e s , t o d o s los pasajeros y los camare-
ros m a r e a d o s : mucha cucaracha paseándose sobre las
mesas y l i t e r a s , abun dancia de ruidos, un módico pasaje
de '1(5 duros diarios (2, 5 singladuras) el tullí quanti.
Iba á pasar sin citar un hecho digno de tomarse en
consideración pero estoy decidido á apuntar cuan-
to raro extraño y f e n o m e n a l suceda en el curso d e lodos
mis viajes. Si entre los lectores se encuentra alguno de
n e r v i o s delicados le suplico que pase adelante sin leerlo.
Era el 11 de E n e r o , nunca se me olvidará; los pasaje-
ros curados del mareo c o m í a m o s con voraz apetito en la
c a m a r a d e popa, el calor se dejaba sentir y mandamos
abrir la claraboya que daba al puente. ¡Dios mió! lo que
s u c e d i ó no es posible describirlo—De las rendijas de la
ventana se descolgaron innumerables racimos de de
cucarachas achocolatadas con g r a n d e s collarones pinta-
dos c o m o los que usan en sus capas nuestros alcaldes de
a l d e a . — A q u e l l o s odoríficos seres de patas aserradas ca-
yeron sobre los p í a l o s , sobre los alimentos,y empapados
en salsa corrieron por m a n o s , brazos y cabezas de los
c o m e n s a l e s con extraordinaria rapidez.
Nunca f e n ó m e n o alguno en la naturaleza produjo tal
consternación y espanto — L o s comensales espeluznados
se declararon en precipitada fuga refugiándose en el
aposento n ú m , 11. P o c o faltó á alguno para morirse de
repente. S o l o dos q u e d a m o s impertérritos sobre la mesa
sosteniendo el ataque con heroísmo—Mi compañero, sin
m o v e r una ceja exclamó—Cuando el hambre aprieta ni
pariente ni estado se respeta,
— Y o no p u e d o seguir á V d . , le repliqué, porque pien-
so ingresar en la sociedad protectora de animales y plan-
tas pero digo con C e r v a n t e s que la mejor salsa del mun-
do es un buen apetito (1.1
Un buen dia se conoce desde por la mañana y la del
dia 12 fué deliciosa; desde que el sol se dejó ver sentí
una alegría y bienestar i n e x p l i c a b l e . Sentado en popa
miraba á las olas j u g u e t o n a s que hinchadas por el vien-
to atacaban el c o s t a d o de babor del buque p e r m i t i é n -
dose alguna v e z invadir la cubierta; mi imaginación
vagaba por la superficie del mar cuando por uno de e s o s
cambios i n e x p l i c a b l e s de esa región inexplorada que
existe allí donde el h o m b r e termina es decir dentro del.
cráneo; el pensamiento rápido, casi instantáneo, m e lle-
vó al fondo de las aguas. Una palabra que no la oí c o m o
se o y e por los oidos pero que la sentí dentro de mi ca-
beza m e hizo extremecer—Esta palabra fué [Atíáritidal

NOTA (1) Ksto lo traslado á mis a m i g o s cte excuraionsa-


C A P Í T U L O II
Un pueblo en el fondo del Océano.

Hace una porción de m i l e s de años tenían l o s e g i p c i o s


noticia de la existencia de una isla habitada por h o m -
bres valientes y conquistadores á quienes apellidaban
Atlantes.—El pueblo A t e n i e n s e conservaba entre sus
tradiciones la de haber librado grandes batallas ú nume-
rosos ejércitos venidos d e la p a r l e donde m u e r e el s o ) ,
á quienes contuvieron y derrotaron—Estos ejércitos
procedían de una estensa isla situada en el mar A t l á n -
tico y á la qne llamaban Atlántida. P e r o de todos l o s
escritores antiguos el que más datos ha proporcionado de
la misteriosa tierra de que m e ocupo es Platón.—Este
c é l e b r e filósofo aseguraba que frente al estrecho de
Hércules se estendia una isla inmensa, casi continente,
qne rivalizaba en extensión con la Libia—El pueblo que
la habitaba se dedicaba de ordinario á la agricultura, in-
dustria y c o m e r c i o , c o g i e n d o afamados frutos de sus
tierras,'bien elaboradas y húmedas s i e m p r e p o r l a s filtra-
ciones de numerosos canales; e l e v a n d o s o b e r b i o s t e m -
plos y magestuosas ciudades y surcando los mares
m á s r e m o t o s con sus atrevidas y ligeras e m b a r c a c i o n e s .
El poder de este pueblo fué tal qne d o m i n ó por la fuerza
de las armas toda la Libia hasta el Egipto y todo el Sur
de Europa hasta el T i r r e n o (mar d e T o s c a n a ) — L l e g ó un
dia en que terminó la felicidad del pueblo Atlante. Sus
escuadras fueron deshechas, sus ejércitos d e r r o t a d o s ,
emancipadas todas sus colonias y, c o m o si ia misión d e
este pueblo hubiese sido cumplida en la tierra y su e x i s -
tencia fuera un peligro para la humanidad, desapareció
en el fondo d e los mares ocultándose á los ojos d e los
h o m b r e s con todas sus ciudades y sus habitantes.
Que la Atlántida existió no puede dudarse; los pue-
blos antiguos tuvieron noticia d e ella; aun m á s , fueron
dominados por los atlantes; con ellos se batieron y las
azañas y victorias de estas luchas fueron cantadas s i g l o s
y siglos.
Buscar esta isla entre las tierras que boy existen fue-
ra de las aguas es en mi c o n c e p t o p e r d e r el t i e m p o —
L o s escritores antiguos aseguran que la Atlántida se
sumerjió totalmente y mas tarde, cuando las comuni-
caciones de los pueblos fueron mas fáciles y continuas,
cuando todos los acontecimientos se consignaban, nada
se ha dicho de que volviese á aparecer—Por otra parte
el creer que se salvó algo de aquel misterioso territorio
equivale á asegurar que quedó en pié alguna población,
que se conservó la inscripción de alguna roca, que se
salvaron algunos habitantes y con ellos sus armas, sus
trajes y por lo tanto el recuerdo de sus costumbres de
su poder y de su organización - Ningún indicio se h a d e s -
cubierto hasta la fecha—El pueblo atlante descansa en
el fondo de los mares; quizá la sonda se ha a p o y a d o
alguna v e z en los muros arruinados de grandiosa pobla-
ción salvada del incendio, pero el marino sin sospechar
que hab.ia estado á punto de d e s e n t e r r a r una nación en-
tera legando á la historia y á la geografía la resolución
de un problema que en ellas causara una verdadera r e v o -
lución, se habrá limitado á escribir en su cuaderno—tan-
tas brazas fondo de piedra. Si la Atlántida existió en
donde estaba? ¿Ocupaba la posición de Palestina c o m o
aseguran Eurenius (1) y Daer (2)? ¿Se encontraba en
Suecia c o m o lo quiere probar Rudbek? ¿Se extendía en
la zona comprendida entre las Canarias, A z o r e s y A m é -
rica c o m o dice Turnefort? ( 3 ) ¿ É r a l a misma P e r s i a s i c r e e -
J
m o s á L e t r i l l e , ó la A m é r i c a , el Sa ára ó el m i s i n o polo
c o m o aseguran otros e s c r i t o r e s y sabios? Estoy yo muy

(1) Atlántica orlentalis 1751


(2) Ensayo histórico-crítieo sobi'e los atlantes por Frederick
Charles Daer.—París 1762.
(3) Relación de un viaje á Levante, por T o u n i a f o r . — T u m o II pá-
gina 106.
lejos de formular mi opinión; ni longo c o n o c i m i e n t o s , ni
valor para tratar con profundidad asunto de tanta i m p o r -
tancia. Cuando los sabios emiten conclusiones, los que
no lo somos no podemos hacer otra cosa que allegar
hechos. H é aquí algunos citados en los tiempos en que
la historia de la humanidad sale de la penumbra para
entrar en la luz.
El hermano g e m e l o de Atlas llamado en g r i e g o Eume-
lus, etc. G a d i r e n la lengua de los Atlantes, fué el A r c o n -
te de la e x t r e m i d a d de la isla que estaba situada vis-á
vis de las columnas de Hércules » « t o d a la l o n g i -
tud de la isla era de 3.000 estadios se extendía hacia
el Sur en forma de un paralelógramo regular.»—Esto lo
dice el mismo Platón y si hemos creído al filósofo g r i e g o
cuando nos habla del pueblo Atlante con tanto d e t a l l e ,
p o r qué no lo hemos de creer cuando fija el punto de la
isla señalando su límite oriental que se llamaba Gadir
vis-á-vis con las columnas de Hércules ó estrecho Gadita-
no, es decir, enfrente de Gades ó Cádiz?
Hoy exjste una cordillera que conserva el n o m b r e de
Atlas; esto y el llamarse la Etiopía Atlántida, p a r e c e
indicar la vecindad con la isla de que m e ocupo; además
de estos datos tenemos otro que cita Platón. « D e s p u é s
de esta catástrofe (la inmersión) el mar se cubrió de
limo y no pudo n a v e g a r s e por este punto.» Este párrafo
parece indicar que las aguas que rodeaban á la Atlán-
tida eran frecuentadas por los buques que en a q u e l l o s
tiempos es sabido no se alejaban voluntariamente á
grandes distancias de las costas.
Ocupándose Plinio de las islas del mar Etiópico cita la
de Atlante contigua al Atlas y, por último,Diodoro
Sículo refiere que navegando los fenicios cerca de
la Libia fueron arrojados por una tempestad á una
isla extensa separada del resto del niund^o por algún
cataclismo.
T o d o s estos datos inducen á creer que la Atlántida
estuvo situada en el hueco c o m p r e n d i d o entre España y
las costas de África y vis-á-vis del estrecho de Gibraltar
Si al h o m b r e le fuera posible reportar las p r e s i o n e s
e n o r m e s que se ejercen en el fondo de los mares bien
p r n i t o d e n o d a d o s e x p l o r a d o r e s sacarían del lecho del
Océano un pueblo que fué; por ahora no hay. mas recur-
so que la sonda y me v o y á p e r m i t i r echarla por estos
parajes— ¡-2.000, 3.000, 4.000, 5.000 metros!'—.¡Una le-
gua de agua!Sin e m b a r g o yo m e acuerdo que Platón daba
á la isla 3000 estadios y que dice se s u m e r g i ó en una sola
noche. El estado actual de la ciencia no p e r m i t e creer
en la desaparición de una tan considerable cantidad de
tierras en tan pocas horas sin admitir un cataclismo
horroroso, un desquiciamiento estupendo, una rotura de
la corteza terrestre, una lucha titánica entre el agua y
el fuego de la que resultando millones d e millones d e
metros cúbicos de g a s , hicieron saltar en mil p e d a z o s
l a patria de los atlantes.
Si esto fué cierto, qué de extraño tiene que la isla
quedase á cuatro ó cinco mil metros bajo las aguas si
esta distancia es solo 0,001 de su longitud? A d e m á s ,
cuando la superficie de la tierra queda herida, esta
tiembla, lucha, se hiende cientos de veces; solo se cica-
triza d e s p u é s d e muchos siglos.—El mar Atlántico con-
serva huellas de este cataclismo.
La tierra se abrió, el mar y los restos de la Atlántida
invadieron la región del fuego: este luchó con energía,
fundió las rocas, las tierras, las ciudades; el agua silbó
declarándose en torrentes de vapor, atacó de nuevo la
brecha, el fuego invadió el fondo de los mares que se
deprimía mas y mas, las corrientes de lara fueron sor-
prendidas y petrificadas, se amontonaron unas sobre
otras, se deshicieron miles d e v e c e s para formarse d e
nuevo y á atravós de los siglos, después de tanto luchar
y d e tanto rugir, un montón d e e s c o m b r o s y de cenizas
fueron e l e v a d o s sobre las aguas por un p o s t r e r suspiro
de la corteza, t e r r e s t r e .
El aire, la luz, la humedad trabajaron en ellos, las l e -
y e s divinas se cumplieron y el vegetal nació, nació
también el animal, y mas tarde el rey del mundo, el
h o m b r e filé allí también á cumplir su misión ríe lágri-
mas de amor y de ventura.
Estas son las Canarias, la Madera, los A z o r e s , la S a l -
v a g e y las rocas P a v í a .
N o busquéis la Atlántida, en los parages hollados por
el hombre; si ella existió,sus restos han desaparecido: si
solo fué un ensueño de Platón, á que v o l v e r á tratar
de ella?
Como so sitúa un pasajero en el mar cuando el capitán es
reservado.
Tenerife—Santa Cruz. — Un sueño.

T o d o s los pasajeros del África ignorábamos el punto


donde nos encontrábamos, pues ni el capitán ni el pilólo
nos quisieron señalar la posición—Con un reloj arregla-
do con el de la Puerta del Sol d e Madrid, c o m p a r a d o en
el momento en que se tomaba en el buque la altura
meridiana, o b t u v e la longitud al poco mas ó m e n o s ; y con
este dato y el rumbo me situé en la carta—Más tarde vi
que solo m e habla equivocado en algunos minutos
de arco.
El cielo estaba despejado y algunos pájaros que
revoloteaban sobre los palos del buque nos indicaban la
proximidad de tierra—Efectivamente una pequeña oú-
mulus que se extendía por el oriente del O S O. se ras-
gó á las tres de la tarde y dejó v e r una de las laderas del
pico de Tenerife que solo se distinguía del resto de las
nubes por su completa inmovilidad—Este punto se marcó
al O S O: el rumbo del buque era S ü . p e r o , por pron-
to que lo enmedaron lo notamos l o s pasajeros hacien-
do varios comentarios.
T o d a s las miradas se dirigieron á la isla que brotaba
del seno de las aguas á medida que nos acercábamos:
pero al propio tiempo que crecían los detalles, la luz del
dia nos abandonaba y cuando l l e g a m o s á sus orillas solo
un reflejo pálido y difuso enviado por las regiones mas
altas de la atmósfera m e p e r m i t i ó v e r , por b r e v e s m o -
m e n t o s , un cuadro v e r d a d e r a m e n t e sublime. Entre una
línea forforescente del mar y la débil c l a i i d a d del espa-
cio se distinguía una masa informe d e n e g r a s rocas; sus
picos se elevaban al cielo y en las altas r e g i o n e s , donde el
águila anida, se veian fajas vaporosas de nubes suspen-
didas sobre los abismos—Costeamos aquellos e s c o m b r o s
amontonarlos c o m o por mano de un gigante y poco tiem-
po después vimos el faro de Santa Cruz, después un
rastro de humo luminoso y un farol encarnado nos indicó
la presencia de un vapor con rumbo á las costas de
África y por último, entre la masa oscura de la isla, mul-
tiplicadas lucecillas nos aeusarou la población de Santa
Cruz de T e n e r i f e . . .
El Capitán del África mandó disparar un cañonazo,
varios cohetes y encender luces de Bengala; así anunció
á los canarios que alguna nueva agradable traia para
comunicarles.
A las siete y media de la noche el buque quedó ama-
rrado á una valiza y algunas lauchas tripuladas por
curiosos atracaron á nuestro costado.
L o s pasageros t o m a m o s posesión de una de ellas,
agarré la caña del timón y enfilé la farola del muelle que
alumbraba á grupos compactos de personas que discutían
sobre las causas que pudieron ocasionar el retraso del
África. A p e n a s pusimos el pié en tierra nos rodeó la
multitud ansiosa de noticias.
—Señores—dijo uno de mis c o m p a ñ e r o s . — T e n e m o s
rey.—El joven monarca Alfonso X I I ha sido p r o c l a m a d o
en la península.
Mis compañeros me llevaron á un café situado en una
gran plaza llamada de la Constitución p e r o ansioso d e
conocer algo de la ciudad m e aventuró por calles y ca-
llejuelas.
L o que vi, o b s e r v é y c o n s i g n é en rni diario fué lo si-
guiente: « L o s canarios se parecen á los vítorianos en que
clan á las palabras un tono musical.—Cuando el ca-
lendario anuncia L u n a no se encienden los faroles públi-
cos en Santa Cruz; estos no son de hidrógeno carbo-
nado.—Las casas son muy bajas en g e n e r a l . — D e or-
dinario las calles están nial adoquinadas.—Los c o m e r -
cios se cierran muy temprano.—A los m o z o s dé café río
s e les dá p r o p i n a . - - L a s naranjas valen baratas. Al en-
trar á ver un e s t e r e ó s c o p o en que habia señoras m e dice
el dueño que me toque la cachorra. Salgo escandalizado y
mis compañeros que aún estaban en el café m e aseguran
que aquella frase significa póngase Vd. el sombrero
Quedo tranquilo.—Hace calor y me ha parecido Sentir
algún mosquito.»
A las diez de la noche, hora en que espiraba el plazo
dado por el capitán para permanecer en tierra, nos fui-
m o s á bordo acompañados de algunos comerciantes de
Santa Cruz que se dirigían á Las Palmas; eran murcianos
y andaluces y recordaban con dolor aquella época feliz
de las Canarias que terminó hace cuatro años y en la que
se hicieron rápidamente asombrosas fortunas con el cul-
tivo de la cochinilla.—A las once, en el puente del África
solo habia tres h o m b r e s , dos en proa que no sé quienes
eran y y o en popa. Encendí un c i g a r r o , a p o y é los c o d o s
en la barandilla y las manos en la cara y quedó pensativo
mirando con interés á aquella población que años des-
pués vino á ser la patria de mi hija.
Vi entonces una raza de hombres primitivos, vestidos
de pieles avanzando hacia oriente, hacia donde la luz y
el calor tienen su o r i g e n , hacia donde ellos creían en-
contrar un paraíso de felicidades; los vi llegar á orillas
de un mar en el que se embarcaron; arrastrados por una
corriente que no pudieron vencer, arribaron á un archi-
piélago compuesto de islas montañosas, treparon por
sus flancos p e d r e g o s o s y entre áridas crestas se guare-
cieron en los huecos que los peñascos les presentaron.
Aquella fué su patria.
Muchos miles.de veces se levantó el Sol de los mares
y otras tantas se ocultó—Horribles cataclismos tuvieron
lugar, algunas islas se sumergieron; tribus enteras de
aquella raza abandonaron sus hogares desolados y se
estendieron por el norte de un continente vecino que les
ofreció seguro abrigo—Allí fueron felices durante muchos
siglos, modificaron sus hábiles y adoptaron las costum-
bres con que les brindaba una raza superior.—Pero, así
c o m o la reacción es igual y contraria á la acción, así
c o m o un resorte contraído recobra su posición primitiva
cuando c e s a la fuerza que la o p r i m e , asi c o m o la ola d e
la resaca retrocede cuanto avanza, así c o m o el dolor va
unido a la alegría, como la felicidad á la desgracia, c o m o
la luz á la sombra, c o m o la vida á la muerte: así también
aquel pueblo primitivo vio trocarse en desdichas la for-
tuna que hasta entonces le había a l a g a d o ; avanzó d e m a -
siado en tierras que no le pertenecían y á impulsos d e
nuevos pueblos que traían la dirección del Sol, retrocedió
grabando en las rocas que abandonaba los tristes cantos
de su infortunio.
P o c o s fueron los dichosos que consiguieron escalar los
riscos de la patria de sus m a y o r e s ; allí estaban seguros;
la naturaleza les brindaba con todos sus dones; sí sus
e n e m i g o s llevasen su osadía hasta el punto de invadir
las islas hubieran quedado sepultados en el fondo de los
valles y de las cañadas por los peñascos que aquel pue-
blo hubiera precipitado desde la región de las nubes y de
las n i e v e s .
L o s vi habitar las cavernas, presencié sus fiestas, sus
consejos, el nombramiento de sus reyes y todas sus c e -
remonias; mi libre espíritu averiguó la civilización de
aquella raza.
A t r e v i d o s navegantes arribaron á aquel país pero se
alejaron para no volver; después tornaron las lluvias y la
sequía, las aves emigraron muchas v e c e s , las plantas
dieron sus frutos y se volvieron á secar. Un dia apareció
en el horizonte del mar un gran buque en el que venían
los hijos d e los I b e r o s ; los v a s c o n g a d o s .
Sonó la hora de muerte para la raza primitiva.—Ocho
años después la sangre corrió por cañadas y valles—Una
nube de hombres v e s t i d o s de hierro dominaron el país,
aprisionaron á los indígenas—La ley de la humanidad se
cumplió, los invasores absorvieron á los invadidos; la
raza primitiva desapareció de la superficie de la tierra y
solo vi en solitaria gruía algún cadáver apergamina-
do de asustada m a d r e que después de perder á su espo-
so en el c a m p o de batalla huyó á s a l v a r á sus hijos en
las profundidades de la tierra Me
pareció oir los acordes de una música lejana.—Era el
canto triunfal de la civilización ante cuyas notas se disi­
pó todo el cuadro que ante mis ojos se había presentado.
Desperté: la música seguía o y é n d o s e : era el saludo
que enviaba un pueblo á su monarca.
Las Palmas de Gran Canaria —Fórmulas ¡j métodos.

A las ocho horas y quince minutos de la mañana el


Africase puso en movimiento aproando á la Gran Canaria
que se veia c o m o una masa vaporosa en el horizonte de
oriente—El cielo sonreía; su purísimo azul se reflejaba
en las tranquilas aguas del mar; el sol inundaba el e s -
pacio con sus poderosos rayos de intensa luz y agradable
temperatura—En aquellos m o m e n t o s k;s elevadas mon-
tañas de mi querida patria estarían cubiertas de nieblas
y nieve, un viento helado azotaría los desnudos árbo-
les de los bosques y los ríos y arroyos de las llanuras se
encontrarían solidificados pnr el frío—Yo gozaba c o m o
goza el p o b r e cuando encuentra una inesperada fortuna.
Cuando nos acercamos suficientemente á la isla para
distinguir bien sus detalles me hice una pregunta que
me obligó á volver los ojos hacia Tenerife.
Piedras y mas piedras—dije—¿Por qué los antiguos
llamaron á estas islas las Afortunadas, cuando su as-
pecto es tan triste y tan conmovedor? Gumprendo el
nombre de Canarias porque en ellas había grandes y
numerosos canes ó perros:—Comprendo que las hubieran
conocido con el nombre de islas de los Volcanes, de los
gigantes, de las piedras, ó bien archipiélago de las siete
hermanas. Si los españoles hubiéramos sido designados
para bautizarlas, con seguridad que hoy se llamarían si-
las de Santa Prisca, de Santa T e c l a ó de San Cirilo ó de
otro Santo ejusdem far'inU—Si las Canarias en la época
en que fueron descubiertas por los pueblos de occidente
tenían el aspecto que hoy presentan, las debieron llamar
Afortunadas por su dulce c l i m a , por la felicidad del pue-
blo que las habitaba ó por aquello de que cada uno ha-
bla de la feria como le va en ella.
A las tres de la tarde anclados enfrente de L a s P a l m a s
en cuyo muelle se hallaba a g l o m e r a d a la g e n t e esperan-
do noticias—Al desembarcar en la lancha del práctico
V e l a z q u e z comprendí lo mal situado que se encuentra el
muelle sirviendo de rompe-olas, con p e l i g r o de los que
á él se acercan—Pocos dias antes de nuestra llegada á
L a s Palmas se habían ahogado ocho h o m b r e s — M e ins-
talé provisionalmente en la fonda del Herreño donde tu-
v e la dicha de encontrar á un a m i g o que conocí en V i t o -
ria, D. Alejo Luis V a g u e , director del Instituto y farma-
céutico.
P o c o s dias después de mi llegada tomé una casita de
campo decidido á pasar en ella unos m e s e s para aclima-
tarme y para ensayar los instrumentos y practicar los
métodos y fórmulas que habia de e m p l e a r en mis obser-
vaciones.
Por si mi estancia en África se prolongaba hasta el
m s
año siguiente, a n o t ó l a fórmula C = C (4 b-u) + H 1 2 , 5
X n que m e habia de servir para reducir una fecha dada
a l a correspondiente del año anterior del A l m a n a q u e
náutico, y suponiendo también q u e dentro d é l o s límites
de lo posible estaba el p e r d e r el A l m a n a q u e consigné
esta otrafórmula: el Sen. de la declinación es igual al sen.
de la oblicuidad por el s e n . de la l o n g . partido por
R . que m e serviría para salir de apuros con 20' ó 30' de
error.
El m o v i m i e n t o del cronómetro L o z a d a averiguado por
la observación de los pasos del Sol por el meridiano y
empleando la fórmula m . = á la diferencia de las horas de
ambos pasos menos la diferencia de las dos ecuaciones
de tiempo partido todo por el intervalo en dias; fué de
s
+ l , 42—El coeficiente de temperatura lo a v e r i g ü é r e s -
tando los m o v i m i e n t o s á diferentes temperaturas, y divi-
diéndolos por la diferencia de temperaturas, el resultado
s
fué0, 15. El m é t o d o que adopté para las longitudes por
el c r o n ó m e t r o , fué el de la observación de alturas corres-
pondientes de Sol y en caso de estropearse el c r o n ó m e -
tro e m p l e a r l a el de las ascensiones rectas de la Luna.
Para latitudes e s c o g í c o m o mas sencillo y de buenos
resultados, el de la altura meridiana del Sol—La rectifi­
cación del quintante fué d e - l ' 3 5 " .
N o ignoraba que en el país que pensaba r e c o r r e r e x i s ­
tía el hierro en abundancia y que por lo tanto la brújula
estaría expuesta á g r a v e s accidentes. Examinados los
diferentes medios de averiguar la variación magnética
adopté definitivamente un sencillo cálculo cuyos datos
los suministran las tablas X I V de T e r r y y la X X X V de
Mendoza.
Y o tenia un barómetro aneroide y otro Fortín. Al p r i ­
m e r o apliqué las fórmulas de W i l k para las correcciones
de temperatura, de edad y de graduación, pero los re­
sultados fueron U n contradictorios que m e convencieron
de que aquel aparato, sin firma alguna, pertenecía á l a
categoría de los juguetes.—Para las observaciones del
Fortín coleccioné unas tablas que m e servirían para c o ­
o
rregir la capilaridad y para reducir la observación á 0 ,
Para tomar alturas adopté las sencillas tablas y fórmulas
de D ' Auhuisson Grassi. y para las observaciones p s i c r o -
inélricas las que sirven para averiguar la humedad r e ­
lativa, la tensión, el punto de rocío y el peso del vapor
de agua contenido en cada metro cúbico de a i r e . — A d e m á s
de todo esto tomé nota del m o d o de averiguar la hume­
dad d é l a s tierras, de la manera de apreciar la v e l o c i d a d
del sonido en el aire y por lo tanto de medir las distan­
cias, de la fórmula que dá la velocidad media de una c o ­
rriente conocida la de la superficie, del m é t o d o de calcu­
lar la cantidad de agua que pasa por un canal, de los
medios que hay para apreciar una distancia á ojo etc.,
et., etc.. Nb olvidé tampoco las tablas de logaritsmos
para la resolución de los triángulos, las de reducción al
horizonte de una longitud inclinada; practiqué el m é t o d o
Fastier para conservar los alimentos, ensayé el compás
de e s p e s o r para las mediciones de cráneos, tracé un
m o d e l o de gramática y vocabulario, e x p e r i m e n t é preser­
vativos para la conservación de plantas y animales; a v e ­
rigüé que en mi marcha ordinaria doy 1400 pasos para
recorrer un k i l ó m e t r o tardando 43 minutos y , por último
después de adquirir un nuevo c o n o c i m i e n t o , el de hacer
redes de pescar, aprendí una cosa de gran importancia.
Que era imposible que un solo hombre con escasos re­
cursos pudiera hacer tantas o b s e r v a c i o n e s a s t r o n ó m i c a s ,
topográficas, g e o l ó g i c a s , z o o l ó g i c a s , botánicas, minera­
l ó g i c a s , e t n o l ó g i c a s , b a r o m é t r i c a s , b i g r o m é l r i c a s , ter-
mométricas, atmidométricas, pluviométricas, heliomé-
ricas, o z o n o m é t r i c a s y nefeloseópicas p o r q u e :
Do el ardiente sol en las regiones
Calienta con pujanza
El hombre sufre tres transformaciones
Sancho abarca, Sancho alloja y Sancho panza.
La isla de Gran Canaria.—Las Palmas.

No hs nacido para vivir sentado. Mi organización ne-


cesita cuotidiano ejercicio y á él m e d e d i q u é una vez
que fueron ultimados mis estudios y cálculos. Cogí una
escopeta y municiones, adquirí un perro de Fuerte Ven-
tura, metí en mis bolsillos el mapa de la isla, una brú-
jula y un cuaderno, cargué sobre mis espaldas algunas
provisiones de boca, y una mañana hermosa después de
haber saludado al Sol naciente me encaminé por gargan-
tas y barrancos dando principio á una serie de camina-
tas en las q u e recorrí 187 k i l ó m e t r o s , subiendo, bajan-
do, haciendo fuego sobre cuantos animales presentaba
el destino ante el cañón de mi e s c o p e t a , recogiendo pie-
dras, dibujando lugares, vivaqueando en medio del c a m -
po y bebiendo aguas de arroyos c o m o el rey David. Visi-
té á San L o r e n z o y Arucas, donde el calor no es tan pe-
gajoso c o m o en Las P a l m a s , subí por el valle de Moya,
vi á T e r o r donde sentí el frío: estuve en las faldas de la
espina dorsal de la isla, en A r t e m a r a donde se alza el
Pozo de las Nieves á 1900 metros de e l e v a c i ó n , vi á San
Mateo en la falda del volcan Baudama que m i d e unos
G00 metros de altura, pasé al valle de San R o q u e y lo
atravesé d e t e n i é n d o m e en T e l d e y por último después
de haber recorrido el litoral y e x p l o r a d o la Isleta volví á
casa cargado de piedras, sin zapatos y con las manos
acribilladas de espinas.
N o es la Gran Canaria lo que yo había creído al c o m -
templarla desde el mar.
Su figura general es la de una hoja cuyo cabo está for-
mado por la pequeña península de La Isleta, el n e r v i o
central por la cordillera roas elevada, y Jos laterales por
las d e r i v a d o n e s y arroyos; la l í r e a recta que partiendo
del cabo de esta hoja ( L a Isl^ta) termina en el vértice
opuesto en la punta de T a o z o tiene p r ó x i m a m e n t e una
dirección de N E . á SO. La extensión superficial es de
unos 1300 k i l ó m e t r o s cuadrados.
Abunda en calizas, escorias, pizarras y basaltos no
faltando el hierro que en la superficie afecta la forma de
óxido. Algunos bosques se conservan todavía en las fal-
das de las grandes montañas y en ciertos v a l l e s , pero en
el resto se ven terrenos cuarzosos y micosos poblados
de v e g e t a l e s raquíticos.—Se dan todo g é n e r o de produc-
ciones y algunas plantas fructilican dos y tres v e c e s por
año; las cebollas, los ajos y las p a p a s ó patatas son p e -
queñas y de m e d i a n a calid-od: pero las naranjas, limas,
higos y plátanos son e x c e l e n t e s . — L a caza de la isla se
reduce á p e r d i c e s , c o d o r n i c e s , conejos, patos m o r o s , y
palomas.—fío he visto ni una sola culebra.—La cochi-
nilla se exporta en g r a n d e s cantidades.
El clima de Gran Canaria presenta diversas fases, pero
en general es sano y delicioso. La temperatura media en
L a s Palmas durante los meses de Enero, F e b r e r o , Marzo
u
y Abril fué de 17. Las tisis no son desconocidas, abun-
dan las congestiones cerebrales, algo de mal de San Lá-
zaro, la hidrofobia en los perros y de vez en cuando hace
sus e x t r a g o s una e n f e r m e d a d poco conocida de lo que
se culpa al continente africano. L o s vientos dominantes
son los del 'l.°"y 4.° cuadrante y en la época en que el
Sol vuelve del trópico de Capricornio reinan los del Sur
Y sus derivaciones por una temporada—Las lluvias' son
escasas y las tempestades muy raras—Todo lo que diga
es poco para elogiar la sencilla honradez y buenas c o s -
tumbres que dominan en la población rural—La baratura
de los artículos de primera necesidad, es grande.
V o l v a m o s á la capital. L a s P a l m a s cabeza de la isla y
asentada al pié de una meseta en la costa N E . es una
población que euenla unos 10.000 habitantes. L a s casas
son en general bajas y de azotea, pero blancas y aseadas;
solo hay una en la que viven dos familias, en las demás
solo habita una familia.—Los mejores edificios son la
Catedral, el palacio del Obispo, el L i c e o y algunas casas
particulares de la calle de Trianas—Lo p r i m e r o que se
admira al entrar en la Catedral es la atrevida d e l g a d e z y
finura de las diez e l e v a d a s columnas que terminando en
forma de palmas sostienen la b ó v e d a cuajada de finísimos
calados—Sus naves son tres á lo.largo cruzadas.por seis
á lo ancho. El coro está dominarlo por una balaustrada
elegante—Cuenta con d o c e capillas siendo la mas nota-
b i e l a de Santa Catalina por hallarse en ella el sepulcro
del c é l e b r e poeta canario ü . Bartolomé Cairasco, que
contiene el siguiente dístico latino.
hyrieem et vates toto ealehratus in orbe
Hic jacet inclusus, nomine ad astra volans.
Entre las reliquias que p o s e e este templo se halla el
cráneo de San Joaquín.
L a s calles de L a s P a l m a s son aseadas, y las habitacio­
nes aun las de las familias p o b r e s , se encuentran limpias
y bien arregladas.—El Teatro está sin terminar p o r falta
de dinero, y la plaza de Abastos encristalada se halla en
construcción. El muelle está muy mal situado, culpan al
ingeniero que dirigió las obras por haber o b e d e c i d o á
sórdidos consejos venidos de Santa Cruz. La población
está cortada por el cauce de un t o r r e n t e que con fre-
cencia se seca.
Dejemos las clases acomodadas; en todas partes en que
la educación y la ilustración dominan, nada de nuevo hay
que estudiar; p e n e t r e m o s en los últimos barrios y visite­
mos sus habitantes. Ellos son altos, de buenos ojos, se
dejan el bigote ó toda la barba que g e n e r a l m e n t e es negra,
usan zaragüelles, llevan un cuchillo al cinto y cubren su
cabeza con un sombrero ancho (cachorra). De estos de­
talles el cuchillo es lo que mas d e b e inquietar, sin e m ­
bargo esta arma en manos de un canario es menos
peligrosa que los cuernos de los b u e y e s , solo la usan
para cortar cuerdas, picar tabaco ó podar las tuneras en
donde se cria la cochinilla. Ellas son hermosas y á juz­
gar por lo que he visto, su c e r e b r o d e b e estar c o m o en
las razas del NorLe, s u p e r i o r m e n t e organizado que el clel
h o m b r e . Usan un rebozo blanco sobre el que (colocan sin
coquetería un sombrero de h o m b r e como indicando que
sus cabezas son tan dignas c o m o las de sus c o m p a ñ e r o s .
—Su melosa conversación llega á agradar. Son algo afi-
cionados y aficionadas al ron, y el principal alimento de
que hacen uso es el gofio y papas, popurrí de harina
d e maiz mojada en agua, también el bacalao salado
es su plato f a v o r i t o . — Son de buen t r a t o y afables
y de tan buen humor que hasta los h o m b r e s cargados de
hijos se divierten en lanzar al viento c o m e t a s por las
c a l l e s - E s común entre ellos el andar sin zapatos y la
suela natural que se les forma en los pies sufre las
cortantes piedras mejor que la de nuestros calzados.—
La mayor parte de sus casas son tiendas en d o n d e v e n -
den pan, T e l a s , ron, fósforos, azúcar, sal, leña y otras
m e n u d e n c i a s - L a población de Las Palmas tiene fama
de gozar de una tranquilidad absoluta en cuanto á crí-
menes y escándalos: sin e m b a r g o , durante mí estancia
en ella se han producido l o s siguientes casos: un ladrón
que despoja á un panadero, un a m i g o del bello s e x o
que hiere á dos mujeres é intenta suicidarse, otro que
prueba su cuchillo en las carnes de un caballero, un
¡tílla; la bolsa ó la vida! en el camino del puerto de la
Luz y c o m o c o m p l e m e n t o de todo e s t o , dos c r i m i n a l e s y
un infeliz, total tres, ahorcados en una plaza pública.
L a guarnición de L a s Palmas se c o m p o n e de una
compañía de milicias y otra de a r t i l l e r í a -
Una pregunta importante:
¿Con qué elementos cuenta la Gran Canaria para defen-
d e r s e en el caso en que España tuviese una guerra con
un país extranjero?
Aventuras.—Un timador El cabo Cabrón.

Paseaba una tarde por la calle de Triarías cuando m e


fijé en un anuncio que decia: Enorme mandril procedente
de Asia. Siempre he sido primer abonado á todas las c o -
lecciones de fieras y sin titubear pagué al portero dos
jiscas (21 cuartos) y entré. Efectivamente el animal que se
exhibía era un magnífico ejemplar de'los cuadrumanos de
hocico de perro. L o contemplé largo rato; los d e m á s e s -
pectadores se fueron alejando y q u e d é solo COM un indi-
viduo, andaluz por su traje.
—Su merced es peninsular? me dijo.
—Sí, le contesté.
— Y o también lo soy; he nacido en Cádiz.
—Que sea por muchos años.
—¿Qué objeto l e ha traído á estas islas y p e r d o n e la
curiosidad.
— H e venido á reponer la salud.
— Yo conozco el país perfectamente y disponga d e mi
persona como g u s t e .
—Gracias y cpiizá algún dia le m o l e s t e .
He aquí un diálogo que parece no tener importancia de
ningún g é n e r o y que sin e m b a r g o la t u v o . — Y o leí en el
corazón de aquel hombre pero leí]tarde.
Al v e r m e se dijo.—Tenemos caza y me saludó.
Simpaticemos con él.—Yo también soy peninsular
Averigüemos si tiene dinero.—Que objeto le ha traído á
estas islas
La contestación que me ha dado me indica que lo tiene
y que permanecerá tiempo en Gran Canaria.
Abramos la puerta.—Yo conozco el país y disponga d e
mi persona
Este fué el verdadero valor de las palabras del d e p o r -
tado andaluz.
Al dia siguiente lo encontré y también al otro y l l e g ó
el dia tercero y sucedió lo m i s m o , solo que entonces m e
suplicó entrase en su casa para que le dijese, puesto que
era entendido,si era oro el c o m p o n e n t e de una barrita que
se babia encontrado entre la arena de la playa. Entré lo
e x a m i n é y le dije.
— A q u í tiene V d . más de una libra de oro y oro de l e y .
Y c o m o m e dispuse á partir al m o m e n t o , m e preguntó:
—Pensaba V d . dar hoy algún paseo.
—Sí; tengo que ir al itsmo de Guanarteme á r e c o g e r
arena para examinarla al m i c r o s c o p i o y además d e s e o
visilar las salinas de la I s l e t a .
—Pues le acompañaré á V d . para que nada l e suceda.
—Conforme.
A v a n z a m o s por el e m p o l v a d o camino del puerto de la
Luz, dejamos atrás el castillo de Santa Catalina y nos in-
ternarnos entre las c o l i n a s de arena m o v e d i z a que for-
man el i t s m o . — E x a m i n é aquellas moléculas de fino pol-
v o y hallé lo que buscaba, r t s t o s de moluscos en abun-
dancia extraoi diñaría.
—¡Si estos montes amarillos fuesen oro en p o l v o !
dijo mi c o m p a ñ e r o .
—Si fuesen oro en p olvo, le repliqué, no serían arena.
Continuamos la marcha hacia la isleta, v i las salinas
abandonadas,y algo fatigados de aquel terreno e s c a b r o s o
nos sentamos sobre una punta que avanzaba hacia el
mar por la parte de la pintoresca bahia de San L o r e n z o .
—¡Que rocas tan inmensas! e x c l a m é contemplando las
montañas.
—Buen terreno para desbalijar á unos viajeros.
—Por fortuna; no nos encontramos en Andalucía ni en
los montes de T o l e d o . A d e m á s no me podrían quitarnada,
pues nada l l e v o que valga un cuarto.
—Pues yo me encuentro en el m i s m o c a s o , lo único que
me podrían robar sería los naipes.
—¿Que naipes?
— Y o s i e m p r e llevo c o n m i g o una colección de cartas
con las que m e entretengo en hacer j u e g o s de manos á
los que tengo extraordinaria afición—Verá V d . — A q u í
está la sota de oros, la meto en el centro de todas las
demás; barajo, corto y saldrá cuando y o le m a n d e .
Uno dos tres a l a de cuatro: cuatro aqui está—
Supongamos por un momento que se juega á la banca,
yo tallo; aquí están las muestras el dos y el caballo,
V d . pone al caballo, una.... dos v e V d . ha salido el
dos, ha perdido V d . toda su puesta—¡Ah! y o he g a n a d o
mucho d i n e r o j u g a n d o , pero por ser bueno y h o n r a d o
todo lo he perdido: ahora solo j u e g o cuando se trata de
explotar á un tunante, porque el que roba á un ladrón
tiene cien años de perdón. P r e c i s a m e n t e ha llegado
estos dias procedente de la Habana un señor que trae
muchos miles de tostones ( p e s e t a s columnarias) que los
ha adquirido comerciando con e x c l a v o s . Esto es injusto
es p e r v e r s o ; el hombre que se enriquece á costa de los
trabajos de sus semejantes es un bandido, d e b e sen-
tenciársele á perder sino todo su capital al menos parte
de él. Este señor se llama D. Juan de —no m e acuer-
do del apellido, es aficionado al j u e g o pero c o m o viste
d e levita no encuentro medio de acercarme á él y se m e
ha ocurrido una cosa que si Vd. la aceptara c o n s e g u i -
ríamos nuestra felicidad para toda la vida—Vd. podia
prestarme un traje de caballero y nos ¡riamos á la casa
donde D. Juan j u e g a , llevaría Vd. cincuenta ó sesenta
duros y yo o t r o s tantos la primera noche nos deja-
ríamos ganar, la segunda recuperaríamos lo perdido, la
tercera perderíamos la mitad de l o recuperado, la
cuarta duplicaríamos la cantidad y la quinta ó la sexta
armaríamos un zipi-zape de los que yo sé y D. Juan y
y todos sus amigos dejarían en nuestras manos todos
sus duros Piénselo V d . bien ¡Una fortuna ganada
en seis dias!
Con la calma de un musulmán dejó hablar á aquel d e -
salmado. Durante su conversación no le miré ni una sola
v e z , pero cuando terminó m e poseen pié, metí las manos
en los bolsillos de los pantalones, erguí la c a b e z a , clavé
mi vista en los redondos ojos de aquel malvado y le dije:
¿Usted sabe c ó m o se llama la punta en donde nos en-
contramos?
— N o . . . señor respondió levantándose con t i m i d e z .
—Pues se llama la punta del Cabrón.—Vd. es muy
dueño de admitir ó no admitir este n o m b r e , yo por mi
parle lo rechazo.
Me separé sin d e s p e d i r m e y me incorporé á unos al-
deanos que pasaban cerca d e nosotros con unos burros
de vacío. Una hora después llegaba á mi casa.
Al siguiente dia contando la aventura en el café y ha-
blando de la poca propiedad del nombre aplicarlo á la
punta donde el hecho sucedió, m e dijo uno de los que se
encontraban en la mesa.
—Hay en la isla nombres mas impropios que e s e .
T i e n e V d . una punta que se llama de las M e l e n e r a s .
—Buen país para c a l v o s .
—Un lugar que se llama de las Burras.
— E x c e l e n t e punto para los burros.
— Y , por último, en la parte sudoeste de la isla tiene
V d . un puerto que se llama del (no lo lean las señoras)
del Descojonado.
— ¡ H o r r o r ! ¡Allá d e b e haber eunucos!: ya solo faltaba
que al dibujar el mapa de Gran Canaria hubieran V d . ' c o -
m e t i d o unas erratas al escribir el Pino Gordo que está
entre el Risco de las Mujeres y el pinar de Pajonal, al Este
de Los Lomitos y debajo de El Lechugal.
¡Adiós. Las Palmas! Hacia tierras africanas.
El capitán del Loanda.

Eí 24 de Abril de 1875 á las 11 horas y 30 mi-


nutos de la noche apareció por la punta de la Isleta un
vapor que por los faroles de situación se supo que
aproaba al muelle de L a s P a l m a s . A las 12 en punto, e s -
tando á unos dos cables de la costa se detuvo, vióse por
su costado de estribor una llamarada, y segundos d e s -
pués un enorme estampido, reflejado por las árida* y
rasgadas rocas de la isla anunció á los consignatarios de
la población, la necesidad de comunicarse.—Entre la
masa oscura de la ciudad se vieron dos luces que as-
cendían correspondiendo sus movimientos con los hechos,
por un farol izado en un palo del vapor.
Desde la azotea de una casita de campo situada entre
plantaciones de cactos y palmeras contemplaba y o este
espectáculo y comprendí que el buque que habia en puer-
to, era. el Loanda de la compañíade British etc. African
Steam Navigation, el que m e habia de l l e v a r á las costas
africanas á ver nuevos países, naevos climas, h o m b r e s y
costumbres distintos. La luna apareció por oriente
rielando en el mar é iluminando el paisaje y yo la saludé
c o m o mensajera del país africano que venia á augurar-
m e un porvenir dichoso.
A r r e g l a n d o el equipaje m e dirijí con él al muelle del
puerto en donde encontré el práctico Velazquez y sus re-
m e r o s , e s p e r á n d o m e para el e m b a r q u e . La peligrosa ba-
rra de L a s Palmas bramaba aquella noche con d e s e n -
vuelta furia, e n o r m e s olas de blanca cima se arrollaban
con violencia c o m o formando una barra infranqueable.
Yo confiaba en V e l a z q u e z y el viejo marino no estaba
muy tranquilo, por que á la luz de la luna pude distinguir
entre las arrugas de su tostado semblante una expresión
de disgusto. Al bote, dijo, y una v e z embarcado avanza-
m o s con gran cautela sobre la línea de r o m p i e n t e s . —
V e l a z q u e z , erguido en la popa de la lancha, manejando
el timón con su pié d e r e c h o , puesta su mano izquierda
sobre el s o m b r e r o que el viento quería llevar, empuñan-
do con la derecha una e n o r m e pipa encendida, acechan-
do con su mirada penetrante las intenciones del mar,
daba sus órdenes apenas oídas entre la baraúnda del
choque de las aguas. Dos v e c e s tuvimos que retroceder,
otras dos que detenernos y una que variar de rumbo á
todo remo; al fin pudimos salvar el peligroso banco y
atracar al pié de la escalerilla del Loando.. Embarcado el
equipaje, sólo me cuidé de echar una última mirada á
L a s P a l m a s , á aquella bonita ciudad compuesta de blan-
cas casas apoyadas en las faldas y laderas de El Risco,
primera meseta que forma las llanuras elevadas del in-
terior. Las P a l m a s , iluminada por la luna, aparecía á mi
vista como un nacimiento de los que se venden en Madrid
la víspera de Noche buena.
A la una de la mañana la hélice del Loando, barrenaba
las olas; di el último adiós á Gran Canaria y aDoyado en
la banda de estribor vi desaparecer paulatinamente entre
la bruma, los g i g a n t e s peñascos y las elevadas montañas
de la isla.
El destino me l l e v a b a á otros países. Allá, en el hori-
zonte del sur; muy lejos, existían comarcas medio d e s -
conocidas, en las que, las enfermedades y las fieras rei-
naban libremente constituyendo un eminente p e l i g i o
para el viajero que á la vez tendría que luchar con
feroces hordas de negros s a l v a g e s .
Así se retrataba en mi imaginación el país que pensaba
recorrer, y no era estraño. Ninguna inquietud ni zozobra
m e hubieran producido las noticias que yo tenia de aque-
lla comarca, si sobre mí solo cayeran todas las c o n s e -
cuencias, pero ligadas á mi destino venían dos c o m p a -
ñeras á quienes las razones mas poderosas, ni los
consejos mas prudentes pudieron hacer desistir de su
e m p e ñ o en acompañarme. Sobre mi caería la respousa-
bilidad de todo aquello que les sucediese, y no teniendo
mas remedio que aceptarla no podia m e n o s de esta-
inquieto y pensativo.
Un sueño prolongado dio descanso al cuerpo y al ama-
necer del siguieiue dia al subir á cubierta, el sol y la
brisa que disipaban la bruma matutina hicieron desapa-
recer de mi imaginación todos los tristes presentimien-
tos que m e habían atormentado la noche anterior. El
silencio aterra, la oscuridad acobarda y el vacío hiela la
sangre, pero el libre ejercicio de todos los sentidos que
presentan todo lo existente en terreno conocido de la
inteligencia y de la razón da fuerza y vigor al espíritu.
La naturaleza sonreía. El mar jugueteaba en la proa
del vapor formando líneas de blanca espuma que con-
trastaban con el azul oscuro de aquel inmenso círculo de
agua retratado en el cielo c o m o perfecta imagen vista á
gran distancia. Ni una nubécula manchaba el purísimo
azul de la atmósfera, sólo en oriente, el sol subiendo
hacia el zenit formaba una aureola de doradas ráfagas.
El capitán del vapor Mr. Hamiltou se acercó á popa:
venia en mangas de camisa con los tirantes c o l g a n d o
por detras á manera de rabo. Después de algunos salu-
dos de cabeza le pregunté:
—Habla V . el español capitán?
— N o , Sir.
— Y el portugués?
—No,'Sir.
—Entonces conocerá V . el francés?
- N o , Sir.
— Y el italiano?
— N o , Sir.
Al pronunciar la última palabra, el capitán, dio media
vuelta llamó con toda la fuerza de sus pulmones y se
presentó un maquinista, quien después de hablar con
Mr. Ha millón se acercó á mí d i c i é n d o m e .
—Buenos dias señor. V . decia algo al capitán y y o
puedo servir de intérprete, pues aun cuando soy inglés
de nacimiento p e r t e n e z c o á España de corazón.
—Celebro mucho encontrar á norrio verdaderos paisa-
nos y puede V. d e c i r l e al capitán que después d e h a b e r l e
saludado le preguntaba si hablaba el español, el portu-
g u é s , el francés ó el italiano.
—¡Oh! no señor, el capitán es inglés de pura raza y no
habla ni hablará nunca más que el inglés, pero le voy á
comunicar lo que V. acaba de d e c i r m e .
Después de ligera conversación volvió á d e c i r m e el
maquinista.
—El capitán habla además del i n g l é s , el porujile que
es un idioma africano.
—Pues entonces, no nos p o d r e m o s entender con gran
sentimiento m i ó .
Mr. Hamilton se ató los tirantes, estiró los b r a z o s , se
colgó de un obenque, hizo dos ó tres flexiones y se metió
en su cámara sobre cubierta locando sendos campani-
llazos pidiendo, sin duda, alguna cosa que le hacía
falta.
—Está V . lucido, m e dijo el maquinista; a b o r d o no hay
nadie que hable el español más que y o , y solo uno, el
m é d i c o , habla el francés pero de una manera tan inco-
rrecta é ininteligible como V . habla el i n g l é s . P o r no c o -
nocer el i d i o m a , V . único viajero q u e hay en el buque
será V , considerado c o m o una pipa de aceite de palma,
como un avechucho de l o s que van enjaulados á proa ó
como una cosa que se m u e v e , que c o m e , se pasea y que
está consignada para Elobey ó para Gabon. R e s p e c t o á
las señoras que le acompañan, esto será otra cosa, se
sentarán en la mesa á a m b o s lados del capitán, el que
las servirá los alimentos, las colmarán de atenciones y
serán con ellas amables y corteses, hasta el punto dt
atarse los tirantes ó abrocharse la camisa cuando las
vean subir al puente.
A g r a d e c í al maquinista todas las noticias que m e dio y
después de habérselo manifestado m e dirigí á mi cámara
que estaba en cubierta.
Nuestra cámara. Un compañero en el mar ¡Tierra!

N o crean mis lectores que por decir cámara se va á


entender, un espacioso salón: nada de e s o . L a que y o
llamo cámara era una e s p e c i e de caseta de guarda-agujas
que medía 3,34 metros de lado por 2,22 m e t r o s de altura
pero tan bien aprovechados que en los 24,7 m e t r o s cú-
bicos de capacidad se encontraban, dos alcobas con
cuatro literas, dos l a v a d o r e s , ' d o s bancos f o r r a d o s , un
sofá, una mesa, cuatro candeleras de d o b l e suspensión y
seis perchas. P o r lo d e m á s , con sus tres puertas y siete
ventanas estaba p e r f e c t a m e n t e ventilada.
En una habitación tan pequeña d o r m í a m o s tres....cien-
tos ó cuatro cientos seres v i v i e n t e s . Encerrado en el s e -
gundo departamento d e la cámara, la primera noche d e s -
pués de haber echado una mirada al techo, dos á l o s
costados y una al suelo creí e n c o n t r a r m e s o l o , c o m p l e -
tamente solo, y aunque pocas horas, d o r m í mecido en la
litera c o m o el q u e no tiene p r ó g i m o . T e r o cual no sería
mi a s o m b r o al v e r al siguiente dia, convertidos los calce-
tines en centro d e o p e r a c i o n e s d e revoltosas cucarachas
que también habian tomado c o m o vivienda propia un par
de botas colocadas al p i é de la puerta en posición estú-
pida, c o m o aguardando el cepillo y la ¿caja de betún.
A las 12 se tomó la altura meridiana del Sol p o r tres
o b s e r v a d o r e s el cálculo dio una latitud de 2G° 34'.
Al siguiente dia 20, á las diez y m e d i a de la mañana
cortábamos el trópico de Cáncer siendo el rumbo S S O . y
el Loanda d e s p l e g ó sus blancas velas dándolas al v i e n t o .
El dia 27 estábamos á la altura del cabo Mirzik ( M i r
dsik) á los 19° de latitud, y el cielo y el mar seguían tan
tranquilos y tan h e r m o s o s c o m o el primer dia. A l si-
guiente las olas se hicieron mas pequeñas, el agua tomó
un color v e r d e sucio y el h o r i z o n t e se cubrió d e nieblillas.
o
A las cuatro de la tarde se vio por la proa un punto
insignificante muy lejano; m o m e n t o s después tomó for-
ma, era un buque que venia hacia nosotros. A p e n a s
hubo t i e m p o para abrir la caja de banderas de señales
y colocarlas, aquel punto que poco antes v e í a m o s en el
horizonte se convirtió en una magnifica fragata francesa
de hélice que pasó á nuestro babor con v e r t i g i n o s a
rapidez, altiva m a g e s t u o s a , balanceándose con gracia,
arrojando con donaire torbellinos de negro h u m o y en
cuyo puente apenas p u d i m o s distinguir á numerosa
oficialidad. ¡Que encuentro tan a g r a d a b l e ! El corazón
se dilata cuando so ven dos buques a m i g o s en la inmen-
sidad del Océano, los d o s ' c o r r e n la misma suerte, los
dos se hallan solos y so reúnen, se saludan, se piden
noticias, la vista que vaga sin punto de mira descansa,
el espíritu acobardado se anima y el corazón late do
entusiasmo; pero qué pronto queda solo el recuerdo; el
buque huye y por intervalos se hace m a y o r la distancia
p e r d i é n d o s e mutuamente de vista.
El Loanda siguió su rumbo al Sur y á las seis y cuarto
de la tarde las tinieblas de la noche lo envolvieron en
su n e g r o m a n t o . — A las siete apareció al E. y á unas tres
millas una farola blanca de luz interminente, era Cabo
V e r d e , punto avanzado del continente africano.—Un poco
mas al Sur vi otra farola de luz encarnada también in-
terminente.
A las cuatro de la mañana del 29 m e l e v a n t é con in-
tención d e v e r uno d e l o s cuadros de la naturaleza q u e
más he admirado s i e m p r e y que su contemplación m e
llena de recuerdos g r a t í s i m o s , la'salida del S o l . — O b s e r v é
que el buque se había detenido y que un marinero echa-
ba la sonda que acusaba apenas o n c e m e t r o s de agua.
—Estábamos, sin duda alguna, en el banco del Gambia y
el piloto, no a t r e v i é n d o s e á continuar avanzando d e t u v o
la embarcación y avisó al capitán.—Este subió al puente,
díó las órdenes oportunas y el Loanda se movió dirigién-
dose en líneas angulosas como buscando las partes m á s
profundas del arenoso banco que daba al agua del mar
un tinte muy oscuro. A las cinco y inedia de la mañana
el horizonte oriental se cubrió de una blanca y luminosa
fajo, m o m e n t o s después tomó el color del o r o , luego el
rojo y por fin torrentes de luz inundaron la atmósfera.
Orientados por una boya de hierro que flotaba en el
mar, no tuvo el capitán inconveniente en aumentar la
velocidad dei buque y á las seis de la mañana, cuando el
disco solar se habia dejado ver, d e s p l e g ó s e en el hori-
zonte una linea negra é irregular de la que destacaban
palmeras visibles entonces con auxilio del anteojo.—Era
la tierra africana, era Seneganibia, y el punto que se d e s -
tacaba sobre las aguas indicaba la p o s i c i ó n del rio
Gambia.
A n s i o s o de llegarla tierra, mirábala con insistencia
apreciando lodos sus d e t a l l e s , d e s c u b r i e n d o nuevos acci-
dentes á medida que nos a c e r c á b a m o s y contando las
palmeras que sobresalían por cima d e la linea ondulada
de espesa vegetación.
El m é d i c o de á b o r d o , que hacía por primera v e z aquel
viaje, careciendo de anteojo apropósito para v e r l o s deta-
lles de la costa, se m e acercó p i d i é n d o m e l o .
¡Oh! ¡¿ib! ¡ay! ¡eh! esclamaba á cada m o m e n t o . He visto
una palmera, decía con entusiasmo. Mire V. una ola que
rompe.—Fíjese V . se distinguen gaviotas.—¡Oh! allá, allá,
mire V . mire V . una embarcación tripulada por n e g r o s . —
Y el entusiasmado doctor, en m o v i m i e n t o continuo, m e
agarraba del brazo, m e tiraba de la americana y estruja-
ba el anteojo pasándolo de una mano á otra con extraor-
dinaria agilidad.
Yo tenia toda mi atención puesta en tierra y en los
g e m e l o s , que los consideraba en posición muy p e l i g r o s a ;
pensaba cu el medio de arrebatárselos, cuando el cañón
d e proa m e sacó d e apuros. Un estampido q u e pudiera
calílicar de metálico sorprendió á mi compañero distraído
y en el m i s m o m o m e n t o , con una agilidad p o c o común,
dio un salto trasportándose algunos pies de distancia y
quedando en aclitud de esfinge con los ojos estremada-
m e n U abiertos
Bathurst.—Un mercado á bordo.—Excursión.

Balhurst se p r é s e n l o á nuestra vista en una extensa


península de la orilla izquierda del Cambia y el Loanda
dando al viento su bandera encarnada se deslizó p o r su
propio impulso hasta que sus pesadas anclas lo sujeta-
ron mordiendo el fondo del rio.
L a vista que tenia delante p u e d e describirse en esta
forma: una faja de arena sobre l a q u e se extendían va-
rías casas cuadradas blancas y de uno á dos pisos, entre
ellas algunos árboles que producían grata sombra, un
cielo azul, el rio reflejando el cielo y balanceándose en
las aguas una barca italiana, dos buques franceses, un
n o r t e - a m e r i c a n o y una lancha cañonera.
Cambia forma una colonia inglesa de 179 k i l ó m e t r o s
cuadrados con 14.190 habitantes de los que 7.30G son v a -
rones y 6.88-4 son hembras. Su c o m e r c i o es bástanle con-
s i d e r a b l e importando por valor de más de 90.000 libras
esterlinas (2.160,000 p e s e t a s ) y e x p o r t a n d o unas 88.000
libras esterlinas (2.112,000 p e s e t a s ) . L a población m á s
importante es Balhurst en la isla de Santa María p e r o
tiene otras p o b l a c i o n e s enclavadas en el territorio y gran
número de factorías e x t e n d i d a s á lo largo del rio hasta
más de 200 k i l ó m e t r o s de su desembocadura.
L o s esfuerzos de los portugueses para c o n s e r v a r el c o -
m e r c i o q u e en la antigüedad tenían con estos países,
fueron inútiles. D e s d e el año 1536 puede decirse que e m -
p e z ó á extinguirse la influencia portuguesa en África. En
1558 concedió la reina Isabel una carta para el comercio
esclusivo de las costas del Gambia y el Sene/jal y para la
isla de Goreu. Se formaron algunas compañías y obtuvie-
ron también cartas reales para el c o m e r c i o de África en
los reinados de Jacobo y Carlos I . Estas e m p r e s a s fueron
bastante desgraciadas p e r o no se entibiaron p o r e s t o
los ánimos en Inglaterra, y una quinta asociación que se
formó para el m i s m o c o m e r c i o de África, bajo los auspi-
cios de Garlos I I , estableció sus almacenes en la Sune-
gambia Real declarada ya provincia inglesa y e r i g i d a en
gobierno militar y civil.
Cinco minutos después de fondeado el buque atraca-
ron unas ochenta canoas tripuladas por n e g r o s , en soli-
citud de cambio de cotorras, frutas, esteras de' palma y
objetos raros, por pañuelos y chucherías de la industria
europea que le está p e r m i t i d o á la tripulación traer en
sus camarotes para el c o m e r c i o con l o s africanos.
Este esjouadro que tiene que asombrar al viajero que
p o r p r i m e r a v e z lo presencia. L a j e r g a infernal de los n e -
g r o s , sus g r i t o s continuados, los sonidos guturales que
p r o d u c e n , el m o v i m i e n t o continuo de sus pequeñas e m -
b a r c a c i o n e s , los esfuerzos que hacen por escalar el puen-
te del vapor y sus trajes, son todas cosas nuevas d e las
que n o j s e puede formar idea no viéndolas. Hay indígena,
que se presenta con un s o m b r e r o de copa antiguo y sin
pantalones, otros con frac bajo cuyas puntas a s o m a n los
faldones de la camisa, otros con pantalones y cam isa en
forma de americana y no faltan gorras d e p e l o que desa-
fian al sol más fuerte, g o r r a s de cama, paletos de in-
v i e r n o , corbatas de s i e l e vueltas, sortijas, cadenas, len-
tes, bastones, papalinas y todo lo que el h o m b r e ha in-
ventado para h e r m o s e a r s e .
El puente del vapor se convirtió en un mercado anima-
d o . T o d o s se movían, todos gritaban, t o d o s se disputaban
los puestos mas ventajosos. De vez en cuando oleadas de
n e g r o s de carne bronceada que el sudor hacía brillar se
dirigían á un punto determinado dando gritos esten-
tóreos. Era ya una cotorra que h u i a ó un mono que desha-
ciéndose de sus ligaduras se encaramaba en los mástiles.
Formando armonía con el continuo gritar de aquella
g e n t e , crujían las poleas bajo el peso de las m e r c a n c í a s ,
trepidaban las maquinillas del vapor, la v o z del piloto
contando las marcas do las cajas dominaba el ruido de
las cadenas, y los a g e n l e s de c o m e r c i o sentados sobre
pipas anotaban también en v o z á l t a l o s fardos que venían
á su destino. El puente del Loanda estaba animadísimo.
Era una plaza de mercado muy concurrida cuyos tratan-
t e s , animados por un sol d e fuego que derramaba sus
abrasadores rayos con e x c e s i v a profusión, despachaban
sus transacciones con rapidez febril. Dos encargados de
conservar el orden público, cuyo uniforme consistía en
un g o r r o circular azul, levita del mismo color con boto-
nadura plateada y pantalón de franja encarnada, apare-
cieron armados de un sable corto, un látigo y un par de
esposas. Esto m e indicó que los n e g r o s d e B a l h u r t s no
d e b e ser g e n t e muy buena cuando necesitan ser vigila-
dos por agentes tan c o m p l e t a m e n t e armados. L a verdad
es, que á esta policía solo le faltaba llevar un jaulón á
las espaldas que hiciera las v e c e s , en caso necesario, de
cárcel p r o v i s i o n a l .
A las tres de la tarde salté á tierra con el objeto de
visitar la población y recorrer los a l r e d e d o r e s , alejándo-
m e todo lo que me fuera posible. Después de estirar las
piernas en un muelle de madera y tomar un p r e s e r v a t i v o
de liebres en un almacén contiguo, recorrí la calle que
se extendía frente al rio. L o s puestos de frutas eran
muy numerosos, allí se veían en graneles montones,
c o c o s , g e n g í b r e , bananas, eaeahuets, colas y otra por-
ción de producciones v e g e t a l e s á p r e c i o s tan módicos
que m e decidí por no c o m p r a r nada. Una graciosa mu-
lata que hablaba el español me dio curiosos informes
sobre la población y terminó por r e g a l a r m e un coco
(entiéndase la fruta del c o c o t e r o y no otra clase de c o c o s )
que valía, según ella, dos pesetas. A g r a d e c í tan fina
atención prodigada con tanta coquetería, y recibidas que
fueron las dos pesetas, m e retiré decidido á no d e t e n e r m e
con más mulatas vendedoras de c o c o s .
L a s casas europeas de Bathurst son pequeñas, bien
construidas, d e uno ó dos pisos y en la distribución d e
sus pabellones se ha atendido, más principalmente á la
comodidad, que al buen gusto y armonía. En ia planta
baja se encuentran l o s c o m e r c i o s en los que se v e n d e de
todo, licores, tejidos, i n s t r u m e n t o s , herramientas, bisu-
tería, quincalla, madera y h i e r r o , pólvora, petróleo y en
fin cnanto puede hacer falta á una colonia. A l g u n a s ca-
lles tienen aceras y estas son cedidas siempre por los
n e g r o s á los e u r o p e o s . L a parte de la población que e s -
tá habitada por los naturales del país se c o m p o n e de
chozas de b a m b ú , bastante bien hechas, con una huerta
y empalizada cada una. Varios talismanes penden del
umbral de las puertas. • El tambor {tan-tan) sonaba en
aquellos m o m e n t o s en algunas viviendas donde se bai-
laba al compás de canciones monótonas, mientras que
en las puertas de otras barracas se bebían licores ó se
descansaba á la sombra de las hojas del platanero.
Salí d e la población y m e dirigí por una extensa llanu-
ra de yerbas cortas. Grandes montones de restos de
bivalvas se encontraban ordenados en algunos parajes
con el fin, sin duda, de extraer de ellas la cal necesaria
para las construcciones. En el lado del rio se veian va-
rias lagunas y charcos cubiertas c o m p l e t a m e n t e de p e -
queños p a l e t u v i o s .
El calor era e x c e s i v o , ni una nube manchaba el azul
del firmamento, y decidido á atravesar la árida llanura
que se extendía á mi vista y que estaba limitada por un
bosque avancé con bastante rapidez. A l g u n o s disparos
d e fusil q u e se o y e r o n detrás d e una ondulación del te-
rreno, m e llamaron la aten ción y m e dirigí al lugar de
donde salían. Eran una v e i n t e n a de soldados indígenas
que se entretenían en tirar al blanco, con carabinas cor-
tas. Un i n g l é s , jefe de la fuerza, sentado en un aparato,
banco-escritorio-parasol, tomaba nota de l o s certeros
tiros de sus subordinados. Se cuidaba mas de los resul-
tados que de la forma, así que les permitía tirar apoyan-
do la culata en el h o m b r o izquierdo ó apoyándola en la
mano izquierda.
L a r g o rato giré-por la llanura sin poder llegar al b o s -
que, el que por un efecto d e óptica m e parecía más p r ó -
x i m o de lo que en realidad se hallaba, y después de re-
cojer a.lgunos insecto s y unas rocas y habiendo vista una
magnífica pitón en la orilla de una laguna v o l v í á la
población, mas animada e n t o n c e s que cuando salí.
Marabus y santones con g r a n d e s rosarios, cruzaban las
calles, yolofs con encorbadas cimitarras conversaban en
las plazas, y u n a cuerda de p r e s o s amarrados era con-
ducida á la cárcel por a l g u n o s soldados.
Un m o z a m b i q u e me condujo á bordo, y m e dijo en m a '
p o r t u g u é s que iba á marchar á B u e n o s - A i r e s en c o m -
pañía de dos españoles que habían a s c e n d i d o por el
Cambia en busca de g o m a copal y que si le quería
comprar tíos gentes él m e vendería á razón de veinte
libras p o r una.
Desgracia y g r a n d e es despertar entre los n e g r o s el
recuerdo del c o m e r c i o d e . e s c l a v o s con solo l l a m a r s e
español ó portugués,pero al pensar en la época en que se
hacía el tráfico, en que los traficantes pertenecían á to-
das las naciones p o r más que formaran la tripulación de
buques con tal ó cual bandera, en que no estaban p r o -
tegidos por ningún estado y en que los cruceros eran
frecuentemente sobornados, h e m o s de admitir que fué,
aquel acto inhumano un vicio de marinos a v e n t u r e r o s
sostenido por c o d i c i o s o s c o m e r c i a n t e s .
En el mar—La costa de los Granos—Liberia-Diálogos.

Al amuecer del dia 30 de Abril l e v a m o s anclas y di-


m o s el adiós á Balhurs. L a s casas fueron haciéndose
pequeñas, Lomaron el a s p e c t o de una faja blanca d o m i -
nada por el bosque, y por fin a q u e l l a punta africana pare
ció sumerjirse entre las olas desapareciendo á nuestra
vista. P o r la tarde pasó una barca inglesa á toda vela
Con rumbo al G a m b i a , p e r o la distancia era bastante con-
siderable para haber p o d i d o hablarse con nuestro vapor.
El dia i . » de Mayo hallamos un b e r g a n t í n que se dirijía á
Sierra-Leona; navegaba á tí millas de nosotros y no hubo
saludo. El rumbo de e s t e dia fuá S E.
A la noche aparecieron g r a n d e s trozos de mar fosfo-
rescentes presentando un cuadro a d m i r a b l e . Solo en
pensar el número de noctiluquios necesarios para ilumi-
nar aquellas inmensas sábanas de agua se acobarda la
imaginación, que solo puede c o m p r e n d e r todo lo que es
mas pequeño, lo que está e n c e r r a d o en esferas m e n o r e s .
El 12 de Mayo pagaron por nuestro babor grandes tro-
pas de argonautas de bonitos c o l o r e s que brillaban al
sol. A las seis y medía de la tarde dos nubes situadas al
E. despidieron 92 rayos en tres minutos c a y e n d o 11 en el
mar. Juzgúese por este dato de la inmensa cantidad de
electricidad acumulada en aquellas nieblas y de las con-
tinuas descargas q u e se producirían entre ellas durante
una porción de horas.
El cielo se cubrió de negras nubes: reinaba una calma
profunda, y un c a l o r sofocante indicaba prep'-irarse una
tormenta cuyas primeras manifestaciones las habíamos
visto. L a atmósfera parecía pesar sobre el buque, y este,
lento en el m o v i m i e n t o de avance, c o r l a b a con pereza las
fosforescentes musas de agua que se le presentaban p o r
la proa. A l ü. se vio, entre una e s p e c i e de niebla oscura,
7
una masa m o v i b l e , y m o m e n t o s después una ráfaga lu-
minosa que ascendió al e s p a c i o . Trataba de e x p l i c a r m e
aquel fenómeno cuando un cohete disparado en nuestro
buque me aclaró lo que yo creia tan oscuro. L o que na-
v e g a b a á nuestro O. era un v a p o r . El Volta, que venía de
San P a b l o de L o a n d a .
A las diez de la noche se sintió un viento cálido, tomó
fuerza por m o m e n t o s , y diez, minutos después d e s c a r g ó
sobre el mar una furiosa lluvia acompañada de relámpa-
g o s y truenos r e p e t i d o s , despejándose la a t m ó s -
fera á las once y media, y dando lugar á una no-
che hermosa y serena presidida por millares de e s t r e -
llas brillantes entre las que se contaban la cola del L e ó n ,
Castor, Pollux, A r t u r o , Aliolh y ya bástanle menos e l e -
vada sobre el horizonte del N o r t e , la Estrella P o l a r , una
de las mas p r ó x i m a s á nuestro planeta.
El 3 de Mayo v i m o s tierra. Era la costa de los Granos,
baja c o m o la de 6 a mi) i a y poblada de vejetación, sobre la
que descollaban algunas colinas azuladas. P r ó x i m o s á la
playa, donde rompían con furia las olas, n a v e g a m o s á lo
largo y anclamos en el fondo de la babia de Grande-Bas-
sa. L a tierra que teníamos en frente pertenecía al (Ja-nka-
rah llamado Guinea pur equivocación, y en ella estaba
enclavada la república de Liberia, estado independíente
de 24.800 k i l ó m e t r o s cuadrados con más de 72.000 habi-
tantes, de los cuales unos 19.000 están civilizados, y que
exporta á Europa c o n s i d e r a b l e s cantidades de aceite de
palma, marfil, c a l e , azúcar y cacao. Grande-Bassa es la
principal población de la república á pesar de rio s e r l a
capital y contar con un clima muy poco favorable á la
salud de los e u r o p e o s . En la bahía se encontraban fon-
deados un bergantín holandés y un crucero alemán.
' La población se halla dividida en d o s : y la m a y o r parte
de las casas que la constituyen son de madera y de poca
elevación, descollando entre ellas una pequeña torre de
algún t e m p l o .
L o s negros que subieron al vapor no eran tan d e s p r o -
porcionados c o m o los del G a m b i á n i usaban tanto fetiche
ni amuletos, pero parecían mas j o c o s o s , m á s ágiles y más
aficionados al canto. Hay c o m o en Iiulhursl negros que
lian viajado bastante. Se m e presentaron dos que habla-
ban el español y ofreciéndome rapé que sacaron de un
eara.cul, m e dijeron que pensaban ir á la Habana en la
Luisa, barca española que la esperaban de un m o m e n t o
á otro en Grande lias^a.
El cambio á b o r d o no tuvo la animación que en el
Cambia; vi comprar una piel de pantera por un sombre-
ro viejo, y los c o l m i l l o s de elefante se tasaban entre 40 y
50 pesetas.
Tenia grandes d e s e o s de saltar á tierra pero los infor-
m e s que me dieron y el poco t i e m p o que debia estar an-
clado el Loanda en la bahia, me hicieron desistir de mi
propósito.
—¿Cuánto me cuesta saltar á tierra? pregunté á un
negro.
—Cuatro chelines (4,47 p e s e t a s ) señol.
— Y cuánto m e costaría v o l v e r al vapor?
— L o que pida b o t e r o , señol. En t i e m p o que el vapor
marcha tu tiene que dar á b o l e r o lo mismo uno que
veinte libras, lo que pida. Sí no dá, lu queda á tierra y
el vapor marcha señol.
— Y hay en tierra alguna cosa bonita?
—Tu quiero c o g e r mariposa señol?
— N o ; quiero d e c i r l e si hay alguna cosa digna de v e r s e
en la población.
—Uos mumis señol, pero ahora están c o l o c a d a s .
— V que hay fuera del pueblo?
—Mato señol; mucho mató ( s e l v a ) .
— Y más lejos?
Kl negro sacó de entre los p l i e g u e s de su delantal un
caracol, extrajo de él un poco de rapé, lo absorvió con
sus anchas narices y mirando después á la costa dijo.
—Más lejos..? mí no sabe señol.
Kl mar de grande Bassa estaba tranquilo c o m o las
aguas d e un l a g o , p e r o su superficie mantenía á (lote
muchas suciedades, entre las que saltaban a l e g r e m e n t e
una infinidad de p e c e s v o l a d o r e s . L a s mariposas de b e -
l l o s c o l o r e s revoloteaban entre las cuerdas y mástiles
del buque, pero por mas esfuerzos que hice no pude c o -
g e r ninguna.
P o r fin cesaron los ruidos de las maquinillas, las. p o -
leas quedaron quietas; las e s c o t i l l a s se cerraron, fueron
desatracando las piraguas y las lanchas, y al ocultarse
el Sol por el horizonte occidental, el cañón de proa
anunció la partida.
Varios n e g r o s que venían enganchados para Gabón
tocaron sus d e d o s m a y o r e s de las manos derechas con
los pulgares de sus c o m p a ñ e r o s y produjeron en señal
de d e s p e d i d a , un redoble de trisquidos.
Pequeño Sestre.—Cabo Palmas.—Krue- Town.— Grande
Bassam.—El litoral de Guinea.—Assinia.—Elmina.

A las siete horas de la noche del 4 de Mayo abandona-


m o s á Grande Bassa y seguimos costeando el país de los
Granos.
A l siguiente dia madrugué mas que el sol y tuve que
esperarlo para mirar la costa. A l fin se presentó c o m o
s i e m p r e bajá y con v e g e t a c i ó n , descollando en algunos
puntos lejanas eminencias.
A las nueve horas de la mañana el vapor se acercó á la
orilla y silvó. Entre la arena d é l a playa vi puntos ne-
g r o s que se movían, y entre el oscuro matiz del follaje
descubrí unos puntos mas claros que debían ser las
v i v i e n d a s de una población. Consulté la carta y conocí
que nos encontrábamos en Pequeño Sestre. Bien pronto
aparecieron en el mar una veintena de canoas que al
acercarse vi estaban tripuladas por negros en c o m p l e t o
estado de desnudez. Eran Krumanes de raza mandinga,
los m e j o r e s braceros de toda la costa de África. Cuando
llegaron á un costado del vapor cubrieron con trozos de
tela ciertos detalles de su cuerpo y cogiendo unas male-
tas y t a m b o r e s q u e traían en sus pequeñas e m b a r c a c i o -
nes, escalaron la cubierta del buque c o m o una nube de
diablos. T o d o s querían engancharse para ir á trabajar en
las factorías europeas de la costa d e África, todos grita-
ban c o m o e n e r g ú m e n o s y accionaban c o m o locos. Un
látigo manejado por robusta mano puso fin á este cua-
dro; quedaron en el buque los enganchados y los d e m á s
se dirigieron á la costa á todo remo ó mejor dicho á toda
pala.
Continuamos el viaje interrumpido, paralelos á la costa
en la que se veian de vez en cuando columnas de humo que
ascendían vertical mente en m e d i o de una completa calma
atmosférica, y á las tres de la tarde anclamos frente á esa
punta saliente del continente africano que se llama Cabo
P a l m a s . Ningún buque se veia anclado en el puerto, solo
los restos de uno de tres palos se hallaban varados en la
orilla. El cabo, geográficamente hablando, está c o n s t i -
tuido por una colina de roca que aba'rízá en el mar, y su
importancia, mas bien que de su tamaño, d e p e n d e de su
posición.
El pueblo se c o m p o n e de una porción de casitas
blancas que se distinguen entre las palmeras que las ro-
dean, y de una iglesia dominada por una pequeña torre.
A las cinco de la tarde abandonando á Cabo P a l m a s
entramos en el golfo d e Guinea.
El dia seis al amanecer, apenas se distinguía en el h o -
rizonte del N o r t e la costa de los Dientes, pero mas larde
nos fuimos acercando hasta l l e g a r á una milla d e d i s -
tancia. De vez en cuando se distiuguian entre la e s p e s a
vegetación algunos pueblos, y en la playa punios n e g r o s
se agitaban y se movían en todas d i r e c c i o n e s . A las
nueve de la mañana apareció un bosque ardiendo, cuyo
humo ocupaba una extensión de algunas leguas y al cul-
minar el Sol c e r c a del zenit distinguirnos cuatro buques
anclados cerca de los cuales nos d e t u v i m o s . Estábamos
en K r u e T o w u pequeño pueblo situado en la playa. I g n o -
ro la causa de la detención de El Loanda pues á los d i e z
minutos c o m e n z ó su marcha paralela á la costa e n c o n -
trando á una distancia de seis millas p r ó x i m a m e n t e
otros cuatro buques ingleses anclados y más lejos o t r o .
L o s pueblos se sucedian sin interrucióu lo que indicaba
que el país estaba muy poblado. P o r fin á las cinco de la
tarde apareció G r a n d e l i a s s a m posesión francesa de la
Costa de los Dientes.
T o d a la baja Guinea hemos visto que es baja y cubier-
ta de vegetación lo que nada tiene de particular a t e n d i e n -
do á que se e x t i e n d e por e l l a una serie de lagunas, que
convierten la costa en una línea interrumpida de penín-
sulas é islas. Estas lagunas no son otra cosa que rios
sin encauzar, que se dividen formando g r a n d e s deltas en
las que s e desarrollan l o s paletuvios y todos l o s v e g e t a -
les d e los trópicos, constituyendo inmensas é i m p e n e -
trables selvas. Tal constitución del terreno favorece el
desarrollo d e g é r m e n e s miasmáticos, q u e ponen la vida
del europeo en constante peligro. P o r otra parte el fondo
del .mar d e s c i e n d e d e s d e la playa en pendiente muy
p o c o pronunciada, y las olas q u e vienen crecidas atrave-
sando todo el Atlántico rompen con furia en la costa,
causando muchas desgracias. Se conocen en estos paí-
ses d o s ¡¡estaciones lluviosas, c o m p r e n d i e n d o la más
pequeña los m e s e s d e Octubre y N o v i e m b r e y la mayor
los d e Marzo á Julio. L a época peor sana para los indíge-
nas e s p r e c i s a m e n t e la m á s saludable á los europeos,
c o m p r e n d e los m e s e s d e Diciembre y Enero en los que el
harmatan v i e n t o cálido y seco del N . E . sopla con c o n s -
tancia.
El litoral d e Guinea está dividido en varías comarcas
más ó m e n o s importantes. Empiezan por la costa d e
Sierra L e o n a p e r t e n e c i e n t e á l o s ingleses y continua con
la Costa d e los Granos en la q u e se encuentra la repú-
blica independiente de Liberta que termina en Cabo P a l -
mas; v i e n e d e s p u é s la Costa del Marfil ó d e los Dientes
en donde se encuentran algunas posesiones francesas,
le sigue la Costa d e Oro q u e c o m o e s natural, dada la
significación d e su n o m b r e , p e r t e n e c e á los ingleses;más
al oriente se halla la costa d e los Esclavos cuajada de
factorías e u r o p e a s , y p o r último la Costa d e Calabar
forma el límite d e la Guinea superior.
Grande Bassam está situado en la confluencia del rio
Abka en la estremídad d e una península, y visto desde el
mar parece q u e s e c o m p o n e solamente d e seis casas y
un fuerte. A pesar d e tan buena posición en la d e s e m b o -
cadura d e un rio d e largo curso que atraviesa vastas
r e g i o n e s del interior, no g o z a d e las ventajas q u e pudie-
ran deducirse.
L a barra es p e l i g r o s í s i m a e s p e c i a l m e n t e en los m e s e s
d e Junio á S e t i e m b r e , y en general e s impracticable para
las e m b a r c a c i o n e s . Durante la noche q u e estuvimos an-
ciados en este puerto naufragaron tres lanchas de muy
buenas condiciones, así que la carga que traia El Loanda
para las factorías francesas ó inglesas, fué trasbordada á
otros buques.
El dia 8 á las dos de la mañana salimos de Grando
Bassam y al amanecer anclábamos en Assinia ó A s í n ,
último puerto francés de la Costa de los Dientes y d i v i s o -
ria d é l a Costa de Oro. Está situado en la desembocadura
del rio del m i s m o n o m b r e , que forma unas millas mus al
interior dos g r a n d e s lagunas llamadas A b y y Eyi. T a m -
bién Assinia cuenta con una barra peligrosa que solo
pueden salvarla buques cuyo calado sea menor de tres
m e t r o s . El principal c o m e r c i o es el del oro, el aceite d e
palma y marfil; el oro es de superior calidad y se v e n d e
á 45 francos la onza, el aceite de palma alcanza un pre-
cio de 350 á 360 francos la tonelada m é t r i c a , mientras
que en los m e r c a d o s europeos se p a g a á '1100 ó 1200
francos.
L o s habitantes de Grande Bassan y Assinia son altos
fuertes y v i g o r o s o s , pero adolecen de todos los defectos
m o r a l e s propios de los individuos de raza negra.
A las once de la mañana se puso el buque en movi-
miento remolcando un pequeño vapor que iba destinado
á Cabo Costa, pero anegado por la lluvia tuvimos que
detenernos á media noche. P r o n t o quedó todo arreglado
y e m p r e n d i m o s el viaje nuevamente llegando al amane-
cer á Elinina, p r i m e r establecimiento inglés importante
de la Costa de Oro. En el puerto habia anclados tres
buques i n g l e s e s , uno d e ellos de guerra, otro brasileño y
un norte-americano. La población vista desde el mar
parecía poco extensa quizá porque sus edificios estu-
vieran escondidos entre la v e g e t a c i ó n . Un fuerte apoya-
do en una colina, libra á Ehnina de las correrías d é l o s
Aschantis s i e m p r e e n e m i g o s de los i n g l e s e s .
El imperio de Aschanti e x t e n d i d o por el interior de la
costa de Oro, fué fundado por de Tuto que edificó á Cu-
masia actualmente su capital. Sus habitantes no carecen
de cierto grado de civilización relativa, y están en cons-
tan te guerra con los Ingleses quienes no s i e m p r e han
llevado la m^jor parte. Recuerdo perfectamente el largo
artículo que escribí en El Porvenir Alavés sobre las
causas que habían motivado la guerra, de 1873 á la que no
sé si impropiamente ó con propiedad se la llamó cacería
de negros y aún conservo en mi cartera el telegrama que
con fecha 31 d e A g o s l o de!873 se recibió en Madrid anun •
chindónos dicha guerra. Dice así: Londres 29.-El General
Wolsely lia sido nombrado jefe de la expedición inglesa
:
contra el imperio de As'chdñti (Nigricia' . En . Setiembre
próximo saldrá para dicho país llevando un numeroso esta-
do mayor. Tiene orden de destruir á Cumusia.
Efectivamente, Sir W o l s e l y salió de L i v e r p o o l el 14 de
S e t i e m b r e , ' l l e g ó á la Costa de Oro, trabó s a n g r i e n t o s
combates con los indígenas y completó su obra pegando
fuego á la capital del país e n e m i g o .

s
Blancos y Negros.

El h o m b r e de raza blanca no puede dedicarse por c o m -


pleto á trabajos corporales constantes, en los climas cá-
lidos. Está probado hasta la evidencia que el ejercicio
brusco d e los músculos debilita de una manera e x t r a o r -
dinaria siendo esto causa que p r e d i s p o n e al desarrollo
de las fiebres intermitentes. P o r este motivo los buques
q u e recorren la costa de África haciendo multitud de e s -
calas en puertos insalubres, en la desembocadura de los
rios d o n d e el agua salada está en m e z c l a con la dulce,
toman al l l e g a r á la costa d e l , K r ú , una tripulación negra
que se dedica á las faenas penosas de á bordo c o m o son
el baldear la cubierta, la carga y d e s c a r g a d e las m e r -
cancías y el servicio de botes. Generalmente estos tripu-
lantes n e g r o s son krumanes de L i b e r i a ó de la Costa del
Marfil y llevan en sus frentes el signo de su redención
que consiste en una marca negro-azulada.
Son altos, fuertes, sobrios y trabajadores, su color e s
mas bien bronceado predominando en alguno de ellos un
tinte amarillento característico. El desarrollo de sus mús-
culos e s tal e s p e c i a l m e n t e el del bíceps, tríceps y los
pectorales que dá á su conjunto un aspecto varonil d i g n o
de ser copiado por un hábil pintor.
Desde el m o m e n t o en que la tripulación blanca es r e l e -
vada de todo trabajo p e n o s o , varía c o m p l e t a m e n t e la
vida á b o r d o . El marinero inglés descansa y comercia,
fuma y babla con sus c o l e g a s de otro color. El Kruman
palabra inglesa que significa hombre del Kru recibe por
todo alimento un puñado d e arroz y un trozo de tocino,
p e r o en su afición á fumar y á p o s e e r objetos de la indus-
tria europea cambia á la g e n t e de proa mil cosas que
trae en su caja ó en su maleta por tabaco, por un orga-
nillo, por un pañuelo ó por una pipa.
Cuando el buque navega lejos de las costas, el Kruman
habla con la marinería inglesa, pregunta constantemen-'
te por satisfacer su deseo de conocer los p r o g r e s o s de la
industria y sueña con Europa, país que ante sus ojos
se presenta como un paraíso de felicidades cuajado de
maravillas sorprenpentes.
Pero cuando el buque fondea j u n t o á la playa, el K r u -
man se anima bajo el sol de fuego, sus músculos se
dilatan, y entre el humo de las maq'uinillas, los ruidos de
las poleas y los gritos de los pilotos, se dedica á las o p e -
raciones de la descarga con febril entusiasmo cantando
sin descanso, sin que el rudo trabajo, ni el copioso sudor
que dá brillo á sus carnes, sean suficientes á debilitarlo;
y cuando uno que se ha distinguido recibe en p r e m i o
una galleta ó un trozo de c a r n e , convoca á sus c o m p a ñ e -
ros y reparte entre todos ellos con una galantería que
nosotros desgraciadamente no c o n o c e m o s el o b s e q u i o
que acaba de recibir.
Esta unión fraternal sería calificada como estúpida por
la alarmaría inglesa. L a conducta contraria, según e l l o s ,
es la indicada por el siglo en que v i v i m o s . El objeto es
engañar á todo el mundo, d e s d e el capitán hasta el c o n -
tramaestre, desde el piloto al cocinero.
Cuando el i n i r está tranquilo, cuando el puerto está
lejano y rio hay á bordo ningún trabajo se reúnen mari-
neros blancos y marineros n e g r o s . La mira de los p r i m e -
ros es el engaño y la especulación; la de los s e g u n d o s
es sacar el partido posible de su astucia.
Juzguemos por estos diálogos:
¡He! ¡Kruman! Deseas venir á Liverpool?
—Sí iría pero no quiere el capitán.
•—Eso no importa, el contramaestre es p r i m o m í o y m e
permitirá que te l l e v e sin necesidad de que sepa nada e l
capitán.
— l'ero si rne coje á bordo después que hayan d e s e m -
barcado mis compañeros me dará cincuenta palos.
— N o . Es i m p o s i b l e . El capitán nunca se acerca á
nuestros camarotes. A d e m á s en ellos ya sabes que teñe-
mos muchas cajas que de vuelta á Inglaterra van vacias,
por lo tanto en easo necesario te m e t e r í a m o s en una. Y o
te daré de c o m e r cuanto quieras y al llegar a L i v e r p o o l
te llevaré á mi casa y .mí familia le enseñará toda la p o -
blación que es m á s grande que media costa de África;
v e r á s los ferro-carriles, las fábricas de telas, de armas,
de pólvora, verás casas enteras más grandes que e s t e
b a r c o , i g l e s i a s inmensas, y cosas que ni siquiera has
soñado. Allí tendrás todo lo que te se antoje y cuando
nos t o q u e r e g r e s a r , te e m b a r c a r é y v o l v e r á s á tu país con
las cajas r e p l e t a s de curiosidades.
— Y o ya q u i e r o ir pero el capataz es preciso que lo s e -
pa pues lo d e m á s m e echaría de m e n o s al desembarcar.
—Bueno y o hablaré al capataz en reserva. ¡Thom!
¡Thom!
El capataz h o m b r e atlético se presentó.
— H e pensado, continuó diciendo el marinero i n g l é s ,
llevar á Mabruki á Liverpool sin que lo sepa el capitán...
— ¡ A h ! yo c o n o z c o á los blancos hace mucho t i e m p o ; á
mí también m e llevaron á L i v e r p o o l una v e z pero Mabru-
ki no va sino con una c o n d i c i ó n , con la de que su caja
q u e d e en mi poder.
Habiendo interrogado á T h o m el capalaz de los K i u -
manes sobre las intenciones del marinero o i g l é s me dijo:
—Mabruki tiene en su caja mucho marfil. N o s o t r o s los
morenos somos muy malos pero también es cierto que
los blancos nos enseñan á serlo.
P a r e c e á primera vista que el kruman es mucho
mas fuerte que el europeo y sin e m b a r g o no es así.
Y o he visto en diferentes ocasiones muchos j u e g o s
de fuerza y agilidad y en todos ellos han salido triun-
fantes los marineros i n g l e s e s , cuyos músculos estaban
mncho m e n o s desarrollados que los de sus contrin-
cantes los negrbs. Esto tiene su explicación sencilla:
el clima l o s . miasmas y los alimentos influyen de tal
m o d o s o b r e el africano, que debilitan su constitución
basta el punto de hacerla muy p o c o r e s i s t e n t e . P o r eso
dicen los ingleses que los n e g r o s tienen carne de caracol,
Un rasguño, una rozadura in significa ule en un n e g r o es
un accidente g r a v e que termina con calentura y con la
formación de una úlcera y, una e n f e r m e d a d seria lo mata
con prontitud mientras que el europeo resiste perfecta-
mente todos estos accidentes gracias á la naturaleza de
raza, ¡i los alimentos, á su g é n e r o de vida y á la civiliza-
ción de la sociedad en la que ha nacido y que le brinda
constantemente c o n - d o n e s , c o m o d i d a d e s y recursos.
Cabo Costa.— Anamabú.— Salt-Pond.— Winnebah.—
Ad-ili. —Puerto Seguro.—Pequeño Popo.—Grande Popo.

Serian las d i e z d e la mañana cuando e m p r e n d i m o s la


marcha hacia Cabo Cosía á donde l l e g a m o s una hora
después recibiendo una agradable sorpresa. La pobla-
ción en nada se parecía á las que habíamos visto ante-
r i o r m e n l e . Y a no era una playa baja cerrada por un
muro de v e g e t a l e s entre los que se destacan aquí y allá
media docena de miserables chozas; ya no era un mar
e m b r a v e c i d o ante un país de aspecto triste y d e s c o n s o -
lador; era, por el contrario, una población europea do-
minada por v e r d e s colinas, bañada por un mar t r a n q u i l o y
bendecida por torrentes de luz que le enviaba su cielo
de diáfano azul. A la vislu de un e x t e n s o Inerte cuajado
de troneras, dominado por una bandera roja, no habia
duda en afirmar que aquella ciudad era inglesa, y en
efecto, por sus calles se pasean militares d e pantalón
blanco, levita azul, g a l o n e s n e g r o s y g o r r o turco, deta-
lles característicos de. los soldados de Albión que en
1672 y en virtud d e la paz de Breda se posesionaron de
Cabo Costa que entonces era holandesa.
La importancia de la población y su clima sano son
causas d e q u e el s e x o bello de europa no lerna a c e r c a r s e
por eslus tierras africanas, así que pasa de veinte el nú-
mero de señoras que residen en Cabo Costa.
Poco t i e m p o pudimos contemplar el cuadro encanta-
dor que teníamos delante y casi sin d e s p e d i r l o nos
alejamos, siguiendo nuestra rula muy próxima á tierra.
Esta se halla bastante poblada, contiene poca v e g e t a -
ción y algunas colinas, y de vez en cuando ofrece á la v i s -
la pequeños fuertes situados en parajes e s t r a t é g i c o s .
A las dos de la tarde hicimos alto frente á un pueblo
ríe casas apiñadas llamado A n n a m a b w e ó Anamabú, es-
pañolizando el n o m b r e , para cuyo punto traía nuestro
buque algún c a r g a m e n t o . También aquí se cuenta con
un buen fuerte y no e s extraño tratándose de guardar
una Costa da Oro, d e 43.000 k i l ó m e t r o s cuadrados y m e -
dio millón de habitantes':
Era el 10 de Mayo cuntido á las diez y medía de la ma-
ñana dejamos á Anamabu para ir á visitar á Salt-Pnud á
donde l l e g a m o s á los veinte minutos. Salt-Pond significa
en inglés estanque de nal y, cosa rara, nuestro buque
traía para dicho punto un c a r g a m e n t o de sal.
' El mar estaba dividido en dos secciones: de color ver-
de c i f r o la una y azul oscuro la otra.
Varias lanchas atracaron á l o s c o s t a d o s del v a p o r y
sus tripulantes realizaron algunos cambios.
Vi vender una magnífica piel de leopardo por un par
do g a l l e t a s y t r e s p í e l e s finísimas d e m o n o n e g r o p o r
diez reales.
Concluida la descarga de la sal se levaron anclas el T I
y á las o c h o d é l a mañana siguió el Loanda deslizándose
por un mar sumamente tranquilo. L a temperatura había
descendido b a s t a n t e y el cielo permanecía encapotado.
L a costa era a c c i d e n t a d a pero carecía d e la espesa v e g e -
tación que con tanta insistencia se nos había presentado
desde Cabo P a l m a s .
A las once anclamos enfrente de W í n n e b a h pequeña
aldea situada entre las faldas de dos colinas. A p e n a s se
dieron cuenta de nuestra llegada salieron numerosas
lanchas tripuladas por n e g r o s q u e remaban v i g o r o s a -
mente con palas de tres puntas al compás de canciones
monótonas pero a r m o n i o s a s .
Cerca d e las diez d e la noche, la hélice c o m e n z ó á ba-
tir las aguas, poniendo al vapor en m o v i m i e n t o que avan-
zo balanceándose con pausa y echando torrentes de
humo luminoso por su elevada chimenea. Al siguiente
dia cuando terminaba el crepúsculo nos detuvimos en
A d a h , reunión de casas con un fuerte situadas en una
playa baja y sin horizontes. L a bandera francesa ondea-
ba en el tope de un mástil e l e v a d o sobre un edificio.
' .64 .' _<•
Cuatro horas después de nuestra llegada continuamos
el viaje á media milla de distancia de tierra, la que
nos presentaba una playa e x t e n s a é igual con muy poca
v e g e t a c i ó n . Me parece que distinguí un barco varado
entre la arena y poco después apareció la d e s e m b o c a d u -
ra de un rio que quiza fuese la laguna Avon que se e x t i e n d e
por el interior hasta, cerca d e A b o m e y , la capital del p o d e -
roso estado de Uahomey ó Dajóuiey. Más a d e l a n t e pa-
saron á nuestra vista,un buque de vela y un vapor, a m b o s
sin pabellón, que se dirigían á una profunda ensenada
cuyos últimos límites casi se perdían en el horizonte.
Habíamos dejado la Costa de Oro y n a v e g á b a m o s por la
d e los E s c l a v o s .
A las cinco de la tarde pasamos á dos millas de Puer-
to Seguro donde ondeaban las banderas de Francia y de
Inglaterra. T r e s buques pertenecientes á esta última
nación y dos franceses se balanceaban anclados en el
puerto.
Cuando el sol d e s c e n d í a por o c c i d e n t e , nos d e t u v i m o s
frente á Litle P o p o ó P e q u e ñ o P o p o situado en una l e n -
gua de tierra extendida entre el mar y la laguna A v o n .
El pabellón tricolor de Francia se agitaba en la población
y en su puerto se hallaba fondeado un b u q u e francés.
L a faja crepuscular se e x t e n d i ó por occidente y los últi-
m o s rayos del sol tiñeron d e l o s c o l o r e s m a s v i v o s y
caprichosos algunas nubes, detenidas en el h o r i z o n t e en
m e d i o de una calma c o m p l e t a .
El siguiente dia amaneció nublado y el estado del baró-
m e t r o anunciaba un cambio a t m o s f é r i c o . A las ocho
abandonamos á Pequeño P o p o y una hora después cuan-
do eos teabamos una tierra baja y arenosa, c a y ó sobre
nosotros una lluvia v e r d a d e r a m e n t e tropical acompañada
de un SE. bastante fuerte; los fenómenos e l é c t r i c o s
e m p e z a r o n á manifestarse y un p o c o antes de terminar
aquel pequeño tornado cayeron al mar y muy p r ó x i m o s á
nuestro buque dos rayos a r b o r e s c e n t e s .
A las diez l l e g a m o s á Grande P o p o situado en la d e s -
embocadura del rio A g o m e y en el que había fondeados
un buque dinamarqués, cuatro ingleses y otros dos sin
pabellón.
L o s negros que vinieron á boi'do usaban s o m b r e r o s de
paja de anchas alas cuya prenda está también en u s o ,
según o b s e r v ó , entre los habitantes de la Costa de O r o .
Las palas para remar son de distintas formas pero pre-
domina la forma estrecha, c o m o en A x i n y Grande B a s s a m ,
mientras que en W h m e b a h las usan de tres puntas lo
mismo que en Elmiua, en Cabo Costa, en Anamabü y en
Sali.-Pond, siendo en form i de lira los que se usan en
Bathurst, en Pequeño Sestre, en Grande Bassa y en Cabo
Pal mas.
La m i s m a diferencia que se encuenlra en la construc-
ción de las palas se halla en los cantos. L o s trabajadores
de Grande Passa e m p l e a n cuando reman una caución pa-
recida al principio del \Hay hay hay matillak buscón-
gario; las canciones de los de Cabo Palmas y Grande Bas-
sam son cortadas y de un tonillo especial parecido al
que emplean los chiquillos de c a l l e en Vitoria cuando re-
piten el apodo de una persona para burlarse de ella. Al
oir las canciones de los remeros de Axin nadie titubea-
ría en compararlas á los cantos religiosos de las monjas,
mientras que en Cabo Costa imitan perfectamente al cuco
con la diferencia de e m p l e a r un compás más pausado.
L a s canciones de Annainabú son parecidas á las s e g u i d i -
llas andaluzas.
A las tres y media de la tarde dirigimos las úllimas
miradas á Grande Popo y navegamos hacia oriente en
busca de la villa de W h y d a h ó Uaida.
Tristeza

Serían las cinco y m e d i a de la tarde cuando anclamos


delante del puerto Francés de W i i y d a c o m p u e s t o de v a -
rias casas apoyadas en una playa, monótona y sin hori-
z o n t e s , interrumpida á. trechos por grupos de v e g e t a l e s .
A la vista de aquella población raquítica y , pase la frase,
al c o n t e m p l a r aquel mar a g i t a d o y lleno de p e l i g r o s a s
barras, al fijarme en un cielo g r i s y uniforme, la trisleza
se a p o d e r ó de mí o p r i m i é n d o m e el c o r a z ó n . ¿Era un efec-
to puramente psíquico ó material? P r e g u n t é al b a r ó m e t r o -
y el fiel aparato m e respondió d i c i é n d o m e que la presión
atmosférica era la ordinaria y que mi sistema circulatorio
no estaba por lo tanto alterado por falta de atmósfera
suficiente. El e l e c t r ó m e t r o no acusó la presencia de
g r a n d e s cantidades de electricidad y el o z o n ó m e t r o por
fin, r e v e l ó una gran pureza en el aire que respiraba.
¿A q u é , pues, era debida mi tristeza?
A través de unos mares puros y tranquilos había reco-
rrido las costas africanas; un sol h e r m o s o , una a t m ó s -
fera trasparente y sana habia presidido nuestro viaje y
ni la más l i g e r a nube habia empañado una feliz na-
vegación.
A t r á s , muy atrás habia dejado la S e n e g a m b i a con su
sol de fuego, la L i b e r i a d o n d e las semillas de la civiliza-
ción dieron fruto en t i e m p o s no muy lejanos, y los esta-
blecimientos franceses é i n g l e s e s d e las costas de los
Dientes, de la de 0 r o , de la de los Esclavos.....Estaba en
W h y d a ; solo m e faltaban dos escalas para un viaje feliz
y dichoso: Fernando P ó o y C a m e r ó n .
¿A qué pues, estar triste? La salud rebosaba por los
poros de mi cuerpo, el alimento era suficiente, nada m e
hacía falta y sin e m b a r g o , y o notaba un vacío inmenso
en mi corazón y una presión e n o r m e en mi c e r e b r o . Una
v o z pero voz sin timbre, sin sonido me decía. ¿A donde
vas? ¿Qué buscas? V u e l v e atrás, atraviesa de nuevo los
mares y cumple tu misión en los países civilizados en
que nacisle. El c a m i n o que sigues está lleno de abrojos
y el infortunio se halla e m b o s c a d o para salirte al e n -
cuentro. N o eres tu solo; á ti vá unida la suerte de tus
compuñeras que si no las arrancastes del seno de sus
familias donde nada les faltaba para ser dichosas, el ca-
riño que te profesan es el lazo que las obliga á s e g u i r t e .
Tu vas á depositarlas en una isla salvaje, vas á rodearlas
de todas las c o m o d i d a d e s que están á tu alcance, p e r o
cuando tu partas para el continente, sabes los p e l i g r o s
que las esperan? En los países que vas á r e c o r r e r hay
lieros antropófagos que habitan selvas inmensas y des-
conocidas, los tigres, los g o r i l a s , los búfalos y las s e r -
pientes abundan cual en ninguna otra parte; a s q u e r o s o s
insectos y reptiles que guardan en sus mandíbulas trai-
dor v e n e n o se arrastran en gran número entre la y e r b a
en que has de descansar, y por último, un e n e m i g o t e -
rrible sin brazos, sin cuerpo, sin cabeza, invisible, i m -
palpable que sale de la tierra entre las hojas d e los v e -
g e t a l e s d e s c o m p u e s t o s , que anida en el oscuro m a n g l a r ,
lo m i s m o que en el fondo de los valles y en las cimas
de las montañas, te atacará traídorarpénté s i e m p r e que
pueda. Penetrará por tu boca, entrará en tus p u l m o n e s
se filtrará en tu sangre, la alterará, la d e s c o m p o n d r á ; tu
sentirás al principio un e x c e s o de v i d a , tus funciones
intelectuales serán más amplias, más c o m p l e t a s , pero
¡ah! desconfía de esa tregua que te se dá: es el brillo e x -
plenderoso de una llama p r ó x i m a á e x t i n g u i r s e . Vendrá
la reacción y tras de ella la muerte, tu espíritu volará á
un mundo que en tu estado no c o n o c e s , y tu cuerpo ser-
virá en el fondo de los barrancos de pasto á las fieras
salvajes, si es que antes no lo arrebatan los n e g r o s an-
tropófagos.
Entonces cual será la suerte de tus compañeras?
Esperarán tu regreso días y días, mirarán con ansia á
las costas africanas destacarlas en el horizonte de o r i e n -
te, en sus locas ilusiones te verán sobre las crestas de
las azules montañas que á lo lejos se perciben entre la
neblina do un país tórrido en el continente m i s t e r i o s o , te
verán venir en las lanchas de los negros p e s c a d o r e s , s o -
ñarán que r e g r e s a s después da haber terminado tus es-
tudios, p e r o cuando el sol pase muchas v e c e s por e n c i -
ma de tu hogar, cuando en él se hayan derramado abun-
dantes lágrimas y e l e v a d o al Cielo fervorosas oraciones,
algún criado tuyo salvado de una catástrofe anunciará á
los seres que tanto a m a s , que moriste en manos de sal-
vajes, entre las g a r r a s de las fieras ó en las orillas de
pesiüante laguna. N o les quedará más recurso que en-
contrar un consuelo en El que todo lo puede y r e g r e s a -
rán por las mismas costas porque tú las condujeras.
Cada escala será un m o t i v o de t o r m e n t o , recordarán
aquellas hermosas tardes felices en absoluto, en que tu
las contabas la historia y vicisitudes de los p u e b l o s
africanos, recordarán aquellas serenas noches en que la
luna de los trópicos brillaba con extraordinaria blancura y
durante las cuales a p o y a d a s en las suaves m e c e d o r a s del
puente, te oían con interés profundo la relación de los
viajes de atrevidos e x p l o r a d o r e s .
V o l v e r á n á sus hogares solas, y alli en el pueblo donde
por v e z primera abriste tus ojos á la luz, llorarán tu pér-
dida; tu nombre ¡ r e p e t i d o por labios de un hijo que no
conociste servirá de constante tormento á las que tanto
te querían y, por ú l t i m o , tus parientes, tus a m i g o s y tus
c o n o c i d o s , te apellidarán mal e s p o s o y peor padre
por haber seguido un camino que no era el luyo, por tra-
tar de cumplir una misión elevada que la creías propia
por e q u i v o c a c i ó n . V u e l v e atrás, que s o b r e tu conciencia
caerá inexorable el p e s o de todas las desdichas que te
esperan
H o r r i b l e , espantable fué la lucha que sostuve conmigo
mismo.
Quién era aquel ser que así me aconsejaba? Era quizá
y o mismo? P e r o si era y o , c ó m o habia de creer en una
- .69 <••;;•;•;
dualidad tan marcada? Mi razón trabajaba incesante y su
fatiga se reflejaba al e x t e r i o r en las paredes que circun-
dan su asiento, en la frente inundada de frió sudor. Yo
había pesado, calculado y previsto todo; yo tenia c o m -
pleta conciencia de la empresa q u e iba á realizar.—
N o y mil veces no, mi viaje no e r a hijo del sueño y de la
irreflexión sino del estudio y del razonamiento. Y o recha-
zaba con todas mis fuerzas la palabra aventurero que
sonaba dentro d e mi cabeza,y sin e m b a r g o presenlia una
enorme catástrofe; la locaba y la veia midiendo todas
sus fatales consecuencias. P e r o al fin, abiertos los poros
de mi cuerpo, vibrantes los nervios, saltante el corazón
y ardiente mi frente se tornó serena mi vaga mirada,
cesó la lucha espantosa y un bienestar i n e x p l i c a b l e se
esparció por todo mi ser d e v o l v i e n d o la tranquilidad al
o r g a n i s m o . L a razón habla triunfado y mi c e r e b r o e m p e -
zó á funcionar con la regularidad d e c o s t u m b r e .
Cualquiera diría que fui víctima d e una fiebre ó d e otro
estado m o r b o s o ; pero pensando bien en lo q u e pasó m e
convencí de que si bien era cierto q u e mi o r g a n i s m o se
alteró, fué á causa d e las impresiones morales ó mejor
dicho de la lucha que m i Y o sostuvo con mi Y o ó quizá
con otro Y o .
Uáida.—El Nujer.— Un tomado.—Fernando Póo.

El fuerte de Uáida fué construido por la compañía


de África en 1707, en la misma época en que dicha c o m -
pañía abandonaba el establecimiento que en 1700 creó en
el rio Assinia y que cuarenta y dos años más larde lo
volvió á ocupar.
L o s mares de Uáida están materialmente cuajados de
tiburones que nadan y juguetean á los costados de los
buques, de las lanchas y de las piraguas.
L a tripulación de nuestro vapor echó á hurtadillas del
capitán un anzuelo ce!j*do con tocino y consiguió- bien
pronto enganchar uno de estos e n o r m e s selacios, pero
roto el aparejo en el momento de ser ¡zadu cayó al mar,
salvándose de una muerte segura.
El 14 de Mayo cuando el sol culminaba en el zenit
abandonamos á Uáida y continuamos nuestra navegación
con r u m b o á Fernando P ó o , perdiendo ¡e vista las costas.
Al dia siguiente p u l e distinguir entre la bruma de una
fuertelluvia un trozó de tierra que debía formar parte del
Delta del mal llamado N i g e r . N o pude menos que mirar
con horror aquel país de uesolación. Allí se e x t i e n d e una
selva inmensa que cubre extensas sábanas de aguas c e -
nagosas procedentes de rios sin cauce; a l l r s e encuen-
tran leguas y leguas d e terreno cubierto de inmundo lodo
bañado á temporadas por las aguas del mar ó por las de
los rios; una humedad perniciosa brota por todas partes á
impídaos de un calor sofocante y produce entre las c o -
pas del triste y oscuro color del manglar la niebla funes-
ta que se conoce con el n o m b r e de mortaja de los euro-
peos. Ningún ser humano ha osado atravesar esas regio-
nes llamadas por los africanos países de los espiritas mal-
ditos, solo las e n o r m e s serpientes y los repugnantes c o -
codrilos pueden respirar i m p u n e m e n t e aquella atmósfera
saturada de miasmas d e l e t é r e o s . La historia de las e x -
pediciones africanas cuenta con sus páginas más terri-
bles en los viajes verificados p o r estas regiones y son
poc~s los denodados e x p l o r a d o r e s que han escapado á
los funestos efectos de este c l i m a , d e s p u é s de haber deja-
do en sus itinerarios un rosario de cadáveres.
A las tres y media de la tarde se desencadenó un fu-
rioso tornado acompañado de truenos, relámpagos y ra-
yos; el viento circular era tan fuerte que hacía pasar por
encima |de nuestras cabezas g i r o n e s de negras nubes
arrastradas con una velocidad indescriptible; por otra
parte el celaje se hallaba tan bajo que los truenos no
eran continuados y r e p e t i d o s sino q u e producían un solo
y formidable estampido. La cubierta baja del buque que-
dó desierta y solo en el puente se hallaban el timonel y
piloto que cubiertos con i m p e r m e a b l e s , descalzos y aga-
rrados á la rueda, resistían los ataques del huracán.
Df:sde una d é l a s ventanillas de mí c a m a r o t e distinguí
á la tripulación negra acurrucada bajo el castillo de proa
y observé que se había c o l o c a d o los gris-qris ó amuletos
para p r e s e r v a r s e de los efectos de los rayos.
El Loanda se batía contra el mar y contra el viento
con magestui.sa valentía, balanceándose p e s a d a m e n t e ,
vomitando torrentes de humo negro, envistiendo con su
atrevida proa á las olas que lo asaltaban, seguía la mar-
cha y el rumbo á impulsos d é sus crujientes músculos de
acero que azotaban el mar produciendo remolinos de
blanca espuma.
La oscuridad fué haciéndose más profunda y era ya de
noche completa cuando cesó la lluvia, se alejaron l o s
truenos y cedió en fuerza el viento.
El sol del 1 6 de Mayo iluminó uno de los paisajes más
bellos que he visto en mis viajes.
En el horizonte de un mar azul y tranquiló levantában-
s e d o s e n o r m e s montañas cuyas agudas cimas se ha-
llaban coronadas de fajas de nubes ostentando varia-
dos colores; los flancos de aquellas elevaciones eran á
primera vista distintos. El anteojo, amigo inseparable
del que viaja, me hizo observar en una de ellas, rocas
abiertas y rasgadas, quebraduras, simas, multitud de
cráteres y c o n o s , en una palabra un paisaje lunar; aque-
lla montaña que tantas señales tenia de haber sido tra-
bajada por Vulcano era Cameronef.; la otra que no p r e -
sentaba tantos accidentes pero que la vegetación la
inundaba hasta su blanca calva, era Fernando Póo. A l g o
d e g r a n d e y de imponente habia en aquel magnifica cua-
dro de la naturaleza parecido en parte al que presentan
las islas Canarias. ¡Qué pobres, qué desviadoras me pa-
recieron entonces todas las tierras africanas que había-
mos bordeado!
A medida que nos acercábamos á la isla apreciaba más
sus encantadores detalles y cuando al entrar en la bahía
de Santa Isabel, importantísima por su extensión y bella
por su a s p e c t o , d e s c u b r i m o s l a p o b l a c i o n . n o pude c o n -
tener un grito de entusiasmo al contemplar aquellas
preciosas casitas blancas rodeadas de v e r d e s palmeras,
s o b r e las que ondeaba el pabellón d e España, el misino
que se ha d e s p l e g a d o en lodus los mares y continentes
desconocidos.
En aquel m o m e n t o se encontraban á mi lado el médico
de á bordo y uno de los pilotos, y m e confesaron no e x i s -
tir en toda la costa occidental de África un paisage tan
pintoresco como el de Fernando Póo.
—La isla española, m e dijeron, es una medalla de oro
y piedras preciosas, sostenida por una cinta v e r d e que la
forma el litoral de las dos Guineas.
3
—Es una j o y a , les c o n t e s t é , que V . han codiciado
muchísimas v e c e s .
— Y á u u la c o d i c i a m o s pues bien sabe que h e m o s tra-
tado de cambiarla por Gibrallar.
—Gibrallar ha sido, es y será plaza española que no
puede cambiarse^
— P e r o puede v e n d e r s e
— L o único que se puede hacer es d e v o l v e r l a c o m o se
d e v u e l v e un objeto sustraído, es decir, del misino modo
s
que nos devolvieron V . esta isla que tenemos enfrente,
Hoy no c o m e t e r í a m o s semejante tontería.
Pues señor mío, aplazo á V. para tiempos v e n i d e r o s y
mientras tanto le suplico no insista más sobre este asun-
to enojoso.
El cañón de á bordo puso fin á la conversación inte-
rrumpiéndola con un e s t a m p i d o que fué botando de
montaña en montaña y de pico en pico.
Estábamos al lado de la costa y la v e l o c i d a d del buque
disminuyó considerablemente. Pasamos al lado de un
boya en la que había escritas estas palabras seis brazas;
avanzamos p r ó x i m o s á la goleta de guerra Hcdetana; d e -
j a m o s á un lado el pontón Trinidad, una urca y una g o l e -
ta francesa, y por fin, casi en la misma orilla, dejamos
caer dos pesarlas anclas á las siete de la mañana.
El capitán me dio dos horas de término para permane-
cer en tierra, pero pensando en que me podía tomar otro
par de horas más de ausencia salté á u n o . d e los muelles
d e madera y sin d e t e n e r m e ascendí por un s e n d e r o
estrecho y pendiente que me condujo á la e l e v a d a m e s e -
ta en que está colocada la población.
—¿En donde s e encuentra la casa d e l Gobernador?—
preguntó á un K r u m a n
—Aquella e s , señol—respondió apuntando con los la-
bios á un edificio de madera situado al lado de un ele-
vado mástil.
Me dirigí á ella y me anunció c o m o un e s p a ñ o l recien
llegado.
El Gobernador, Sr. D . Diego Santíesteban y Chamorro
acompañado de su Secretario el Sr. D. A n s e l m o Gazulla,
salieron á recibirme d á n d o m e inequívocas pruebas de
galantería. L e s e x p u s e el objeto de mi viaje detallada-
mente y trataron al principio de hacerme desistir dán-
d o m e los más prudentes consejos, pero v i e n d o al finque
revalía todos sus juiciosos razonamientos, se ofrecieron á
s e r v i r m e en cuanto yo necesitase. Pasamos enseguida á
conversar sobre el estado lamentable de F e r n a n d o - P ó o .
—Esta isla riquísima, m e dijo el Secretario, se halla en la
actualidad en el m i s m o estado que cuando la descubrie-
ron.—Aquí se produce el cacao, el café, el a l g o d ó n , la
canela, la caña de azúcar; hay b o s q u e s e'iteros de c a o -
b o s , d e tekas y de otros á r b o l e s cuyas maderas son p r e -
ciosas, pero este cúmulo de riquezas no las aprovecha
la m e t r ó p o l i . — N o t e n e m o s recursos ni para p a g a r á los
trabajadores de coló r; á los e m p l e d o s y marinos se les
dá un s o c o r r o ; el hospital está en ruinas, hay que hacer
g r a n d e s g a s t o s , y España nos tiene olvidados p o r c o m -
pleto. En Enero r e t i r a m o s el destacamento de Elobey;
Coriseo casi se llama isla inglesa y en cuanto á A n -
nobon, sus naturales se han d e b i d o olvidar del nombre
de España y d e los c o l o r e s d e su bandera.
—¿Que quiere V . que haga? dijo el Gobernador.—Gra-
cias al almacén de v í v e r e s que tiene aquí el Gobierno
podernos pasar, pero aun e s t o no es suficiente y m e v e o
en la precisión de dar á los m a r i n e r o s convalecientes de
las fiebres, el rancho acostumbrado de alubias y tocino,
con cuyo alimento ó mueren, ó nunca s e reponen por
completo.
Eran las ocho de la mañana y la campana de la i g l e -
sia tocaba á misa. N o s e n c a m i n a m o s p o r la orilla de la
meseta en la que se elevan los principales edificios: el
hospital, el consulado i n g l é s , la casa de Mr. Strathers,
el Gobierno, casa de Scot, de e m p l e a d o s c i v i l e s ó casa
de piedra, el antiguo cuartel a c t u a l m e n t e escuela pú-
blica, y la habitación de D. L a u r e a n o Acuña; y d e s e m b o -
c a m o s en la plaza de España formada por la capilla, la
casa misión y factorías de Mr. Holt y Morison y del señor
Real.
En el centro de la plaza había un jardín pequeño rodea-
do de una verja de hierro.
L a capilla consagrada al culto de Santa Isabel, se con-
serva en muy buen estado y tiene tres altares y un c o r o .
Celebró misa el único sacerdote de la colonia el que por
autorización especial se había dejado c r e c e r i m p u n e m e n -
te una barba cerrada que le, i n v a d í a l a s mejillas. Durante
el santo sacrificio uno de los e m p l e a d o s de la colonia tocó
en un armonium piezas musicales, por cierto muy poco
en carácter del acto y fué acompañado por las voces de
blancos y negros que entonaron una canción religiosa.
Después do la misa y aceptando á una invitación del
mulato portugués D. Laureano Acuña fui á su casa en
compañía del Gobernador, Secretario y algunos oficiales
de marina y allí asustamos á las ¡labres según e x p r e s i ó n
familiar, con sendos sorbos de leche del país ó sea brandy.
Habíamos largo rato de Españay cuando j u z g u é hora con-
veniente para partir, m e d e s p e d í d e todos a q u e l l o s buenos
paisanos prometiéndoles, visitarles muy pronto.
- - A n t e s iremos á verlos á ustedes,me r e s p o n d i ó el Se-
cretario y mientras tanto haga V. uso de esta carta a v i -
sándonos cuanto n e c e s i l e .
Una vez en el puente de El Loanda pensó en la i m p r e -
sión que mi visita produjo, dado el diferente estado de
ánimo de cada uno de los españoles, y casi estoy seguró
de acertar en los calificativos que m e r e c í .
—lis un joven que vá animado de buenos d e s e o s , diría
elGobernador; está loco diría el Secretario; es un aventu-
rero exclamaría el comandante de la Goleta, e s un masón
diría el cura, y yo mientras lunLo j u z g a b a el poco mun-
do y el poco tacto de los que piensan y razonan por pri-
mera impresión c r e y e n d o que son á n g e l e s lodos los que
tienen alas é ignorando que puede haberlos y serafines
del último grado, con cara de d e m o n i o s .
La carta del Gobernador. — Opiniones sobre Elobey. —•
Partida.--Camerones.

Me a c o r d é de la caria que el Secretario habia escrito


en casa del Sr. Acuña y que me habia e n t r e g a d o al par-
tir. D e s d o b l é su s o b r e dirigido al Sr. Convenyamango
R e y de Coriseo en Elobey P e q u e ñ o , y leí lo que sigue:
« S r . Convenyamango.—Fernando P ó o 10 de Mayo de
1875.—Apreciable señor: El dador de la p r é s e n l e carta
que es español y vá acompañado de su señora, es proba-
ble que tenga que eslar en Elobey por algún tiempo. Si
así sucediera, puede V- facililarle la casa del Gobierno, ó
sea la que sirvió para alojar el d e s t a c a m e n t o , y que en
la actualidad se encuentra al cuidado de V.—Espero que
V . en tal caso tratará á dicho señor con la consideración
y atenciones que d e b e m o s tener á cuantos españoles
vienen p o r estos países para tratar de su fomento y del
d e s a r r o l l o de la civilización. Con e s t e motivo aprovecha
la ocasión para saludar á V . El Gobernador de Fernando
P ó o . D i e g o Santiesteban.»
—Está bien, m e dije, nos p o n d r e m o s en relación con
e s t e rey n e g r o , que sin duda alguna d e b e tener calzados
-sus regios pies y cubierto su regio c u e r p o , cuando el G o -
bernador de Fernando P ó o lo trata de apreciable señor.
V e r é que tratamiento es conveniente darle cuando lo vea.
A los reales pies de vuestra divina magestad es d e m a s i a d o
fuerte; el hablarle de tú es d e m a s i a d o familiar y será lo
mejor e s c o g e r un término m e n o s que medio para no
v e r m e en la precisión de hacerle confesar que sirve de
c a b a l g a d u r a , cuando m e ordene que le apee el trata-
miento.
A n t e s de ponerse el buque en marcha vinieron á b o r -
do dos oficiales de la goleta española con el segundo
maestro de la colonia y hablamos largamente de asuntos
africanos, ayudados de una botella de brandy. Uno de
dichos oficiales habia estado en Elobey de jefe ó c o m a n -
dante del d e s t a c a m e n t o y no dejaba ocasión de pintarme
aquel islote con los colores más negros que se le suge-
rían.—Alli, me dijo, perdí tres hombres en dos dias, es-
tuvimos á punto de contagiarnos con un buque varioloso;
aquello es un desierto, es más que un desierto un c e -
menterio c o r r o m p i d o ; la vida es imposible por la falla
de salud, por la falta de v í v e r e s y de agua y por la au-
sencia de todo g é n e r o de entretenimiento, y distracción.
—Créame V . , si yo fuera su padre le impediría estable-
c e r s e en Elobey.
— Y a v e o , le r e p l i q u é que conozco el islote mejor que
V.,sin haberlo visitado, y sin negar todo lo que me acaba
de decir, verá c o m o formulo mi opinión con una franque-
za que d e s d e luego me perdonará. Y o sé, por que se lo
he oido decir i D. Laureano Acuña, que V . tuvo ciertas
disidencias con los comerciantes europeos de Elobey por
haberse negado, muy justamente, á dar entrada á un bu-
que que venía infestado de viruela; sé también que el
destacamento compraba los víveres en las factorías
e u r o p e a s y por lo tanto no es difícil explicarse la causa
de la carencia de alimentos. P o r otra parte, es fácil que
al marchar V . á Elobey llevara en su pensamiento el
nombre de alguna mulata ó negra que tuvo que quedar-
se en Fernando P ó o . Sume V. á todo es.to,que la marine-
ría iba infestada de miasmas procedentes de esta isla
que tenemos enfrente; añada V . la falta de un compañe-
ro con quien comunicarse, la ausencia de cafés, de tea-
tros, de s o c i e d a d y tendrá perfectamente e x p l i c a d o el
aburrimiento y las consecuencias de él, que V . m e ha
puesto de relieve de una manera acomodaticia. Y'o m e
cuidaré mucho de enseñarle á mi regreso las curvas m e -
t e o r o l ó g i c a s en relación con t o d o s los datos necesarios
para d e m o s t r a r l e que el clima de Elobey es tan sano
c o m o el de Niza.
— V e r e m o s y mientras tanto c h o q u e m o s estos v a s o s
porque volvamos á nuestra querida España con toda
felicidad.
A las once de la mañana subió el capitán al puente, el
tirnonei se agarró á la rueda, se levaron anclas y comu-
nicado el vapor al cuerpo de b o m b a , e m p e z ó la hélice
á g o l p e a r pesadamente las tranquilas aguas de la bahía,
impulsando al buque con lentitud majestuosa. Hicimos
rumbo al rio Carnerones, pero siendo n u m e r o s o s los ban-
cos d e arena tuvimos que variar de dirección constante-
mente.—La rueda del timón estaba en p e r p e t u o m o v i -
m i e n t o , la brújula giraba sobre su eje eomo si estuviese
lúea y la proa del buque e n l i U b a tan pronto á Calubar
c o m o á Fernando P ó o .
Era aquella una navegación diíicil; parecía más bien
que buscábamos en el mar algún objeto p e r d i d o . — L a
nuche nos sorprendió en tan singular travesía y ancla-
mos prudentemente esperando la luz del siguiente dia.
P o r . p r i m e r a v e z sentí v e r d a d e r o frío en los mares
africanos y m e extrañó tanto más, cuanto que estábamos
muy cercanos ai Ecuador.—Un tornado nos envió sus
correspondientes mangas de agua y m e obligó á guare-
c e r m e en el c a m a r o t e donde pasé algunas horas antes de
dormir hablando coi: un p a s a g e r o portugués que había
embarcado en Santa I s a b e l . Era un h o m b r e instruido y
hábil comerciante que había viajado mucho y con p r o -
vecho, p e r o que un día, eso que todos llamamos estuíca-
m e n l e desgracia, sin cuidarnos d e lo que e s , pudo más
que sus cálculos y combinaciones mercantiles y dio al
traste con todos los frutos d e su trabajo.

Entusiasta partidario de la unión Ibérica lamentaba las


desgracias d e esas dos naciones hermanas á las q u e
couside raba c o m o corazón y cabeza de un solo estado;
y en su odio á Inglaterra, su mala madrasta, e x c l a m a b a
apasionado:
—Infeliz nación; nosotros h e m o s sido cien veces más
grandes que tú, hemos cumplido d e s l i n o s más vastos y
misiones más g r a n d i o s a s , p e r o así como cuando fuertes
respetamos, cuando desgra ciados nos respetan.—El día
de la banca-rota llegará; la raza india no desaparece de
tus colonias c o m o la negra, y la raza india p o s e e la caja
de Pandora que una v e z abierta adiós de tus escuadras
p o d e r o s a s , adiós de tu influencia marítima.— Las nacio-
nes en masa t e harán pagar muy caros los ultrajes qne
les inferiste y arrojarán en tus estériles islas puñados de
sal para que en ellas desaparezcan hasta los últimos s e -
res de la escala de la vida.
Al salir la ¡mágen del Sol por oriente todo estaba á
bordo dispuesto para continuar el viaje y poco tiem-
po después el Loanda emprendió su marcha ondulada y
angulosa p o r los canales que el escandallo le señalaba
como más profundos, pero al fin á las ocho de la maña-
na se detuvo c o m o fatigado de una marcha tan penosa
dejando caer p e r e z o s a m e n t e sus anclas en cuatro brazas
de agua.—Se descolgó un bote que tripulado por el ter-
cer piloto y el médico, debía partir para el rio Camerones
á desempeñar una comisión que á mí se me ocultó. P e d í
permiso al capitán para acompañar á la expedición, pero
m e dijo que no era posible el c o n c e d é r m e l o por que era
el responsable de todo aquello malo que m e sucediera.
— L o s n e g r o s del Cameron, me dijo, son muy fieros y cani-
vales y puede darles la ocurrencia de a l m o r z a r s e la e x -
p e d i c i ó n — V . comprenderá que el médico está muy flaco
y el piloto no tiene más que duros nervios, la elección
no sería dudosa y el festín empezaría por V .

— A h o r a c o m p r e n d o p o r qué V . no capitanea el bote y


manda á los h o m b r e s más delgados.—Sería V . capaz, sin
duda alguna, de c o m p r o m e t e r el éxito de la empresa
despertando el apetito de los más hartos.
T o d o el dia p e r m a n e c i m o s anclados. Por la tarde se
esperaba eí r e g r e s o del bote, pero el bote no llegaba y
los mejores anteojos nada pudieron distinguir en los
límites visibles del río. L a s sombras de la noche nos en-
volvieron en esta situación y á las ocho se e m p e z ó á t e -
mei' por la suerte de los e x p e d i c i o n a r i o s . Con e s t e m o t i -
vo se habló de percances o c u r r i d o s á otros buques en
estos m i s m o s parajes en los que más de una vez han
silvado las balas españolas.
Camarones.—Lo real de un sueño que traslado ú mis

amigos.

Me a c o s l é á las nueve de la noche con gran tranquilidad,


pues no creía en la posibilidad de haber s u c e d i d o á los
expedicionarios alguna desgracia, y efectivamente quince
minutos después oí canciones lejanas que se fueron
acercando para confundirse con el ruido de c o n v e r s a c i o -
nes animadas, choques de remos y crujidos de p o l e a s .
N o había duda, la lancha había r e g r e s a d o .
Al siguiente dia, '18 de Mayo, emprendió el I^oanda su
marcha m o m e n t o s antes de salir el Sol y entró en el
majestuoso rio Camerones, cuyas orillas bajas y cubier-
tas de manglar eran dominadas por nubes teñidas de
color de rosa por los rayos de la luz naciente.
A las ocho nos d e t u v i m o s enfrente de las factorías eu-
ropeas del rio sobre las que ondeaban los pabellones de
Francia y Alemania.—Cinco pontones, ó almacenes flo-
tantes de toda clase de baratijas se encontraban ancla-
dos en las aguas.
L o s n e g r o s del Cameron revelan en su fisonomía
bastante inteligencia y denuedo; la depresión de sus sie-
nes es pequeña y son industriosos y trabajadores.—Mu-
chos de ellos vinieron á bordo para v e n d e r jaulas, marfil,
ébano, defensas«del p e z sierra y de elefantes, plátanos,
m o n o s , cotorras, etc. etc.
Ni la más l e v e brisa alteraba la absoluta quietud de la
atmósfera, ni la más i m p e r c e p t i b l e nube manchaba el
azul oscuro del cielo; en m e d i o de aquella calma profun-
da derramaba un sol de fuego sus abrasadores rayos.—
Nunca había sentido calor tan sofocante; no era a q u e l
calor de e s o s que cuecen y que producen la transpira-
ción, sino d é l o s que se pcyan, d é l o s q u e tuestan e v a p o -
rando el sudor antes de que a s o m e á la piel. L o s pilotos
y marineros encargados del d e s e m b a r c o de mercan-
cías tomaban contra el sol precauciones que habían c r e í -
do inútiles en la tórrida S e n e g a m b i a y la misma tripula-
ción n e g r a se sentía p e r e z o s a y agobiada.
Eran, las diez de la mañana cuando cansarlo de fumar,
aburrido de dar paseos y sintiendo sobre mí el efecto
del e x c e s i v o calor y la falta de la presión atmosférica, me
dejé caer en una m e c e d o r a situada bajo el toldo, aspiran-
do con ansia aquél aire e n r a r e c i d o . Mis ojos se cerraron
contra mi voluntad y mi c e r e b r o e m p e z ó á funcionar con
la irregularidad propia del que ni d u e r m e ni vigila. En-
tonces fui presa de horribles pesadillas.
Soñé que estaba en la Gran Canaria con mi familia,
habitando una casa de c a m p o . En aquel clima d e l i c i o s o ,
halagado por la fortuna y esperando la l l e g a d a de un
porvenir sonriente p a s é días y m e s e s e n t r e g a d o p o r
c o m p l e t o á mis aficiones favoritas, p e r o l l e g ó ' una época
en que el trasparente cielo de mis dichas fué invadido
por una nube tempestuosa que a m e n a z ó destruir mi f e -
licidad d e j á n d o m e sumido en el m á s espantoso estado.
Siendo mis fuerzas escasas para conjurar la borrasca
que s e m e venia encima, llamé en mi ayuda a u n a m i g o
q u e m e apreciaba, quien m i r á n d o m e con unos ojos b e l l o s
y e x p r e s i v o s y que tantas simpatías despertaron en m í ,
m e dijo señalando al Sur.
—¡Allá! muy lejos en tierras africanas está tu p o r v e -
nir, vuela hacía aquellas comarcas y lucha contra los
contratiempos y las d e s g r a c i a s que se opongan á tu
p a s o . — T o m a este recuerdo m í o , es una caja que c o n t i e -
ne una arroba d e pólvora inglesa; te la doy en c a m b i o
de aquella pólvora, blanca que tú me regalaste y cuya
fabricación estuvo á punto de costarte la v i d a . — L o s
h o m b r e s se opondrán á que marches, p e r o no importa;
si en el buque no te admiten esa caja la guardas en tu
equipaje sin dar c o n o c i m i e n t o de ella y la c o n s e r v a s á
lodo trance, pues con ella te librarás de l o s e n e m i g o s del
a i r e , del agua y de la tierra.
P r e s a de febril entusiasmo dispuse mi partida guar-
dando aquel tesoro con entusiasta a l e g r í a . Pero la nube
d e mi desgracia ¿seguía c r e c i e n d o y empañando más y
más el horizonte de mi dicha. Y o huía d e ella 'tanto co-
m o ella abanzaba, p e r o á pesar de mis esfuerzos sentía
cada v e z más su poderosa influencia.
E m p l e é toda mi actividad en terminar los preparativos
del viaje y cuando rodeado de mi familia m e disponía á
descolgar un globo d e ' p a p e l , único objeto que quedaba
p o r recojer, el fuego de un fósforo p i s a d o prendió al a e -
r e o s l á l i c o y largas llamas invadieron la habitación ro-
deando con sus ondulados perfiles la caja do la pólvora.
— L o c o , frenético m e arrojé á ella y la arrebaté á costa
de mis barbas y de mi cabello que quedaren en parte
reducidos á c e n i z a . — L a emoción fué tan ruda c o m o
inminente la catástrofe de que me salvé.

Desde aquel dia mi intranquilidad fué g r a n d e y cono-


ciendo que el consignatario del buque que me había de
llevar se oponía al e m b a r q u e de la pólvora, la oculté
cuidadosamente entre las ropas de un baúl, o b e d e c i e n d o
r e l i g i o s a m e n t e los consejos d e mi a m i g o . Una vez e m -
barcado se apoderó de mí una angustia indescriptible;
la palabra ¡pólvora! sonaba en mi cerebro con furioso
estruendo; veía á cada m o m e n t o fuegos, luces y llamas,
oía espantosas detonacionss, buques que en medio del
mar volaban en mil pedazos y en medio de tanto desas-
t r e , g e m i d o s angustiosos me arrancaban el corazón mien-
tras que c a b e z a s humanas abrasadas, mirándome con
horror proferían analemas y maldiciones.

Horrible fiebre m e d e v o r a b a y m e consumía duranle el


viaje. P e r o al fió me a c o s t u m b r é y desechando fantas-
mas y visiones v i que llegaba con felicidad al puerto
d e s e a d o , última escala de mi travesía y terminación de
mis inquietudes. Estaba en Camerones y al dia siguiente
debia llegar á Elobey donde encontraría frescos manan-
líales en que apagar mi sed devoradora y suaves brisas
que refrescarían mí ardiente piel.
Soñaba s a b o r e a n d o una futura felicidad cuando el s e -
gundo piloto del buque en forma de ángel e x t e r m i n a d o r
echando f u e g o por sus ojos.me agarró bruscamente del
brazo, dicíéndome:
— ¡ V u e s t r o equipaje se ha incendiado!
N u n c a hubiera c r e í d o que e l lazo que une el espíritu
al c u e r p o era tan í n t i m o . Mi alma formuló un p e n s a m i e n -
to h o r r i b l e y mi cuerpo sufrió una sacudida á impulsos
de los latidos del corazón.—Corrí hacia la escotilla y vi
una de las cajas que recibía el sol de lleno, echando
humo por sus rendijas. ¡Aquella caja contenia la arroba
de pólvora! Erizados los c a b e l l o s , vaga la mirada, crispa-
dos los n e r v i o s , contraidos los músculos g r i t é c o m o un
energúmeno:
— ¡ I z a r la caja y arrojarla al rio!
— L a caja fué elevada á la altura de la banda pero la
tripulación retrocedió i n s l i n l i r a m e n t e . — U n m o m e n t o de
duda un segundo de vacilación y v o l a m o s todos por-
los aires.
—Calma y valor, m e dije á mí m i s m o y a c e r c á n d o m e á
aquella bomba dispuesta á estallar la e m p u j é con mis
brazos s o b r e la borda haciéndola caer s o b r e las tranqui-
las aguas del rio. Entonces todas las miradas se fijaron en
m í , pero m e crucé de brazos y m e puse á pasear bajo el
toldo, con tranquilidad aparente.
El p r i m e r piloto se m e acercó y m e dijo las s i g u i e n l e s
palabras que m e fueron traducidas:
— Y o lamento mucho lo que a c a b a de pasar y m e bas-
taría una palabra de V d . para quedar satisfecho, p e r o
como todo el personal del buque se ha enterado de lo
ocurrido me v e o en la p r e c i s i ó n de suplicarle un registro
de la caja que flota s o b r e el rio y al p r o p i o tiempo de
anunciarle que no puedo m e n o s de dar parte al capitán
cuando r e g r e s e de uno de los pontones.
—Estoy dispuesto, le dije—á enseñarle á V d . todo m ¡
equipaje y puede Vd. d a r l a s órdenes oportunas p a r a q u e
esto se verifique.
—Efectivamente la caja fué izada sobre el puente y la
abri ante toda la tripulación.
Domando con fuerte voluntad mis excitados n e r v i o s
fui sacando con lentitud los diferentes objetos contenidos
en el baúl. R o p a s quemadas, instrumentos a v e r i a d o s y
libros deshechos fueron amontonados sobre el puente.—
Un olor particular y unos vapores amarillentos salían del
fondo de la caja. Y a no quedaba más que una capa de
tabaco Virginia cubriendo el garrafón de la pólvora.—Si
la levantaba era perdido. Sequé el frió sudor q u e inundó
mi frente y rápido como el rayo formulé un pensamiento
de salvación desesperado y atrevido, pero al ejecutarlo
vi que en uno de los rincones del baúl se producían va­
pores en más abundancia.— Metí la mano y saqué un
papel que envolvía alguna cosa que abrasaba.—Allí e s ­
taba lo que produjo el incendio eran unas libras de cia­
nuro amarillo d e potasa que m e habían s e r v i d o para
confeccionar la pólvora blanca. L a combustión lenta de
este cuerpo ocasionada por el calor había producido
la alarma.
Mientras el m é d i c o de á bordo se llevaba el cianuro
metí precipitadamente en el baúl todo lo que de él había
e x t r a í d o y mandé lo condujesen á mi camarote donde
saqué el garrafón y lo guardé bajo mi litera envuelto en
varias ropas húmedas.
Me habia s a l v a d o de una catástrofe para caer en otra
que acababa de -conjurar, l'ero no era la última, por
desgracia.
L a r g a s horas pasaron durante las cuales tuve que hacer
prodigios de valor y serenidad para dar confianza y hacer
desaparecer todo motivo del recelo que pudieran tener
los empleados del buque.
A las siete de la noche se acercó á mí un camarero y
m e dijo:
—El Capitán acaba de llegar y le llama á V .
P o c o s segundos después estaba 'enfrente del capitán
d i s p u e s l o á j u g a r el todo por el todo.
— H e sabido¿ m e dijo, lo que ha p a s a d o en el bu-
que durante mi ausencia y lo llamo para p e d i r l e e x p l i -
caciones.
— Y o no sé más que lo que V . sabe. Traía en la caja un
cuerpo capaz de entrar en combustión por el calor e x -
cesivo y e s t o es p r e c i s a m e n t e lo que yo i g n o r a b a . V . c o m -
prenderá que al saberlo ó no lo hubiera traído ó de lo
contrario lo hubiera colocado en un sitio s e g u r o . De to-
dos m o d o s en la confianza d e q u e la combustión de e s e
cuerpo ningún daño hubiera hecho al buque, el único que
ha padecido he sido y o , puesto que p i e r d o mis ropas,
mis instrumentos y mis libros.
El capitán me miraba con fijeza y tenacidad queriendo
leer en mi fisonomía; y con el fin de conseguir su objeto
m e preguntó:
— V d . trae fusiles?
—Sí; cuatro.
— V pólvora?
— N i un g r a n o , — e x c l a m é con a p l o m o .
—Mañana y en virtud d e mi d e r e c h o e x a m i n a r é todas
sus cajas.
Estas palabras no produjeron en mí la menor e m o c i ó n
porque en aquel monicnlo era yo un hombre malo d i s -
puesto á v a l e r m e de todos los m e d i o s hábiles para salir
del paso. La cólera concentrada habia triunfado sobre la
conciencia y s o b r e la razón, habia ahogado mi libertad,
habia materializado mi espíritu y m e r e t i r é al c a m a r o t e
con los ojos inyectados murmurando planes funestos.
Es condición de todo lo forzado el ser efímero y así m e
sucedió e n t o n c e s . Vino la reacción, conocí mi culpa,
deslindé mi verdadera situación y á la fría tranquilidad
estoica sucedió la tranquilidad razonada del que nada
malo ha hecho interviniendo en ello su libre voluntad y
con conciencia de los resultados.—Rechacé la idea de
sobornar á un h o m b r e que extrajese de la b o d e g a los
p o l e s de pólvora y los arrojase al mar; rechacé la idea
de sincerarme con el capitán; desistí a v e r g o n z a d o de
sofocar el mal á fuerza de oro y convencido de que el c á l -
culo era infructuoso m e arrojé en manos del destino para
que él r e s o l v i e s e á falla de mi valor, situación tan deses-
perada. El crepúsculo matutino m e sorprendió apoyado
de codos en la banda del vapor. P o c o tiempo después
alumbró el sol. Estábamos en la bahía de Coriseo y el
capitán salió de su camarote para dirigir el buque; m e
v i o , m e miró otra v e z con insistencia y m e saludó. Y o
debía tener en la fisonomía las huellas del insomnio, de
la lucha y de la desesperación pero seguí fingiendo.—Vi
e l e v a r s e el sol con estoica indiferencia; vi las cosías afri-
canas sin apreciar sus detalles, y hasta el azul del cielo
que s i e m p r e m e ha a l e g r a d o tanto, en aquella ocasión
m e fué odioso. N o es extraño, al terminar mi viaje, á la
vista de las tierras soñadas en las que debía desembar-
car iba á ser registrado como un ladrón, m e cogerían la
pólvora, y entonces atado como un criminal sería llevado
á p r e s e n c i a del capitán á quien y o pusiera en compañía de
su tripulación, de su buque y de su cargamento en el
más grande p e l i g r o en medio de los mares
L l e g ó el m o m e n t o supremo, las anclas del Loanda
mordieron la arena de la bahía de Coriseo; varias lanchas
atracaron á los c o s t a d o s del vapor y el capitán, grande
c o m o un genio, con rostro tranquilo, pero severo, me lla-
mó á su lado.
Me sentí magnetizado por aquel h o m b r e singular que
en aquel m o m e n t o m e dominó y cuando y o esperaba la
sentencia y m e resignaba á sufrirla, sentí que m e agarró
la mano cariñosamente y oí de sus labios las siguientes
palabras:
—Estamos en Elobey y nos v a m o s á separar. Felicito
á V d . y m e felicito de la feliz navegación que h e m o s t e -
nido, y c r é a m e V d . con sinceridad, el capitán Hamiltón
es su a m i g o y admira la abnegación con que V d . p e r s i -
g u e una vasta e m p r e s a en l a q u e tendría un gran placer
de p o d e r l e ser útil en alguna cosa.
I m p o s i b l e describir la emoción que en mí causaron
estas palabras. H a y cosas que no se parecen más que
á ellas m i s m a s . De qué serviria compararla á la que
sufre un náufrago cuando llega á la orilla; de qué
serviria similarla á la de una m a d r e que encuentra á su
hijo que lo contaba perdido para siempre? A c a b a b a de
salvar mi honor, arrebataba al destino la felicidad de mi
familia, borraba una mancha que caia s o b r e mi frente
y esto á nada puede c o m p a r a r s e . Mi alma sufrió tal
sacudida que d e s p e r t é
Cuando la realidad entró por mis ojos al c e r e b r o , cuan-
do m e di cuenta de lo que á mi alrededor existía, e x -
clamé:
— ¡ H e sido un loco!
— N o , contestó una voz para mí dulcísima, no has sido
un loco, has delirado s o l a m e n t e . Dios te ha s o m e t i d o á
una prueba durísima de la que has triunfado, y a g r a d é c e -
le, pues te d e v u e l v e triplicados al l l e g a r al término de tu
viaje, los dones de que te revistió para que realices ccn
toda felicidad tus santos p r o y e c t o s .
Una advertencia.—Elobty.—El Rey Combenyamunyo.

La lectora ó lector que se haya temado la molestia de


seguir desde un principio el curso de estas narraciones,
si es que antes ha leido ciertas obras de viajes, se habrá
extrañado notablemente de la falta de episodios de in-
lerés.
Ni un naufragio, ni una terrible cacería de tigres,
de leones ó de e l e f a n t e s , ni una aventura estupenda ni,
siquiera una serpiente d e veinticuatro cabezas ni, en fin,
nada que pueda entretener ó interesar. Solo se leen en
esta narración con un machaqueo interminable estas ó
parecidas palabras:
Llegamos á tal sitio.— Salimos de tal sitio.—El sol del
tal dia. —Tal pueblo se compone de cliozas enclavadas entre
utia faja de arena y el bosque etc., etc. De vez en cuando
el autor se duerme y entonces ignora lo que le sucederá
al lector.—Otras veces confía en la discreción de las lec-
toras avisándolas con oportunidad de algún p e l i g r o pró-
x i m o que dadas sus manifestaciones nerviosas no puede
evitar y entonces no ignora las justas imprecaciones que
le envían sobre su cabeza las que más ligeras ó más
curiosas no pudieron detenerse en el camino de la
lectura.
P e r o , en fin, teniendo un poco sentido común ó no c o -
mún todo merece perdón. La verdad se ha hecho para
decirla muy clara y si es cierto que yo fotografío mi ca-
rácter copiando la relación d e mis viajes de los diarios
que escribí en el m o m e n t o de realizarlos, soy tan incapaz
de adornar y adicionar los acontecimientos y mis e m o -
ciones cuando están arropados, c o m o de ponerles una
hoja de parra cuando están desnudos. A h o r a q u e he d e s -
embarcado y después de dar un estirón de piernas y de
brazos,entremos de lleno en la segunda parte d e mis via-
j e s donde e n c o n t r a r e m o s escenas y aventuras más e x -
traordinarias.
La noche del 1 9 de Mayo la p a s é en v e l a en casa de un
amable comerciante alemán, cuyo apellido consta de cua-
tro vocales y once consonantes; s e llamaba K h o n i g s -
dorhferb. La causa de no haber podido dormir no depen-
dió de la novedad natural de encontrarme en tierra, ni de
la de haber cambiado de lecho, sino de haber visto antes
de acostarme una m e d i a docena de e n o r m e s arañas p e -
gadas á la pared. La presencia de un arácnido m e p r o -
duce un v e r d a d e r o horror, lo condeso con franaueza; y
es este un fenómeno q u e nunca m e he podido e x p l i c a r .
Un reptil cualquiera, un miriápodo, el más repugnante
batracio es para mi un ejemplar zoológico que lo cojo, lo
labo y lo sumerjo en alcohol sin repugnancia, pero una
araña voluminosa m e crispa los cabellos y m e hace t e m -
blar. H e o i d o hablar de terribles pesadillas producidas
por el acto de soñar con la acometida de un toro ó de una
fiera ó con la caida desde una elevación considerable;
ignoro p | efecto que producirán en el que las tiene, p e r o
las cambiaría á ojos c e r r a d o s por las que suelo sufrir
algunas v e c e s . Y o sueño que soy chupado por una araña
gigantesca.
P a s é pues la noche inquieto oyendo el continuado chi-
rrido de miles de insectos y las voces de los centinelas
que vigilaban en el islote las factorías e u r o p e a s .
Al siguiente dia 20 de Mayo después de tomar el té me
dirigí á la casa del Gobierno español, con la intención de
tomar posesión de sus mejores habitaciones antes que
llegara de Coriseo el rey C o m b e n y a m a n g o , y en efecto, á
las nueve de la mañana la estaba dibujando por su facha-
da principal.
T o d o s conocen e s o s pequeños juguetes que se llaman
arcas de Noé; pues bien, imaginad una de esas arcas s o s -
tenida al aire por varios postes ó columnas; ponedle una
galería corrida por uno de sus frentes y tendréis fiel idea
de lo que es la casa del gobierno, palacio del rey de Co-
riseo y cuartel que fué del destacamento español. Uos
escaleras aéreas daban acceso al interior que se hallaba
dividido en tres departamentos que se pueden titular
despensa, pabellones y sala. Y o tomé posesión de los pa-
bellones en donde se encontraban vestigios de la presen-
cia del bomure. E! lecho real, vasto camastro capaz de
contener todo un serrallo, y que tenia por colchones dos
.esteras de palma muy usadas, ocupaba la mitad de uu
cuarto; una mesa, tres sillas viejas y un azagaya e n m o h e -
cida completaban los muebles,y por último varias arañas
del tamaño de una nuez q u e m e hicieron fruncir el ceño
y formular con toda seriedad un plan de ataque, adorna-
ban las p a r e d e s .
Salí á la galería estiré mis entumecidos m i e m b r o s ,
aspiré con ansia la fresca brisa del mar y feliz y contento
y entusiasmado, dirigí un conato de discurso a las yerbas
y á las rocas que ante mí se levantaban.
—Ahora puedo descansar, dije, de las incomodidade'o
de un viaje que ha durado veintidós dias. Estoy en África
y mi vista s e dirige con ansiedad al Oriente de este m o n -
tón de arena llamado Elobey P e q u e ñ o . Distingo una
lejana cordillera del color del cielo que le sirve de d o s e l .
¿Qué país es aquel? ¿Qué costumbres tienen sus morado-
res? ¿Qué religión profesan? ¿Son conocidos sus rios y
sus lagos? ¿Tiene en él origen el Muni que ante mí a r r o -
ja impetuoso enormes cantidades de agua á este mar
s i e m p r e tranquilo? T o d o se verá.—Estoy enfrente de esta
África desconocida y misleriosa, extensas selvas cubren
todo el terreno que á mi vista se presenta, selvas que
han sido recorridas solamente por tres europeos de los
que uno solo se atrevió á salvar las lejanas montañas
habitadas por los canívales. ¿Seré tan afortunado c o m o
aquel viajero? Mis recursos s o n ' e x i g u o s y con ellos poca
será la resistencia que podré oponer á los grandes obs-
táculos: por otra parte, dejaré en este islote un recuerdo
querido que me atraerá constantemente evitando el que
m e aleje á peligrosas distancias. He perdido también el
barómetro y el c r o n ó m e t r o , dos preciosos instrumentos
que tenia perfectamente estudiados, y por úllimo m e e n -
cuenU'o con q u e ignoro la lengua del país, pero no irn-
porla.— Labor improbas omnia vincit.
Estaba arreglando mi destrozadas cajas abiertas en
sus ángulos, rotas sus amarras y arrancadas las fesloue-
ras cuando un negro vino precipitadamente y sofocado
á decirme.—El Rey Conbenyamango gobernador de Es-
paña en toda la bahía de Coriseo y en el río acaba de
sallar á tierra.
Eran las doce y medía hora, muy oportuna para una en-
trevista y no creyendo prudente recibir al rey en mangas
de camisa y en su propia alcoba, me c o l o q u é la levita, me
retorcí el b i g o t e , cogí dos botellas de brandy y las tres
sillas y m e trasladé coa mí familia á la sala. Combenya-
m a n g o seguido de una veintena de personas de ambos
s e x o s subió con arrogancia magestuosa las escaleras
del edificio.—Cuando salí á recibirlo se o y ó un grito g e -
neral. \Heeeee\ pañole. Después d e un afectuoso apretón
de manos entramos en el aposento y tomamos asiento
mientras q u e el séquito real fué poniéndose en cuclillas
á nuestro derredor.
Antes de e m p e z a r la conversación y con el objeto de
darle un g i r o favorable descorché una botella de brandy
lo que produjo en los circunstantes una alegría mal disi-
mulada. El mismo rey perdió por un m o m e n t o la g r a v e -
dad con que forzadamente se revestía.
Hallado que fué un intérprete e n t r e g u é la carta del
Gobernador de Fernando-Póo en virtud de la que Com-
b e u y a m a n g o debía c e d e r m e la casa y d a r m e la protec-
ción que estuviese á sus alcances. La carta pasó de mano
en mano y fué examinada por el derecho, por el revés y
por todos lados; al fin la cogió el rey invertida y e m p e z ó
á leer por la firma, su fisonomía sufrió una contracción,
tomó un tinte v e r d o s o y después de algunos m o m e n t o s
de vacilación me miró al propio tiempo que colocaba sus
largos d e d o s en los ojos.
Interrogado el intérprete supe que Coinbenyamango
era corlo de visl& y se le habían roto las gafas, pocos
días antes, pescando tortugas en unos islotes,
T u v e que explicar el conlcuirio de la caria, que cual
trabajo de grande importmicia é interés fué traducido al
•sp.iñol, al portugués, al inglés y ul renga.
A p e n a s el intérprete terminó con la última traducción
se declaró en la sala una furiosa tempestad de gritos y
movimientos. T o d o s hablaban, todos accionaban, todos
gritaban y se movían en distintas direcciones. Ue vez en
cuando y dominando todo aquel estruendo se oían pala-
bras ¡He! ¡Ue! que afirmaban lo propuesto por otros.
Con e l objeto d e conjurar lamaña borrasca tomé otra
botella y el saca-corchos produciendo este ademan tal
efecto que volvió á reinar el silencio hasta el punto de
sentirse perfectamente el ruido del tapón al salir rozan-
do por el cuello de vidrio. Las mujeres, sobre todo, más
impresionables ó menos hábiles en el arle de disimular,
dirigieron c o d i c i o s a s miradas á la botella. A p r o b e d l e la
ocasión para hacer un escrupuloso estudio de la persona
de la p e r s o n a de C o m b e n y a m a n g o :
Unos cincuenta años, alio, ancho de espaldas y fornido;
algunas arrugas negras se extendían por su cara bron-
ceada, y en su cabeza, indicando una pasadajuventud, se
veían a l g u n o s rizos blancos; sus ojos sanguinolentos,
y vivos dirigían una mirada mas bien picaresca que au-
daz;una nariz ancha y labios abultados,escasa perilla y un
lunar en el carrillo, componen la lolalidad de detalles
fisonómicos; grandes manos surcadas de v a « o s inyecta-
dos, e n o r m e s pies que nunca habían sido calzados, un
s o m b r e r o igual al que usan los campesinos en Castilla,
un par de pendientes y un delantal de colores.
He aquí á Combenyamango y su trase real. En vano
hubiéramos buscado en la fisonomía de aquel africano
signos de valor y de inteligencia y sin e m b a r g o , los he-
chos de su vida que son los que realmente caracterizan
al h o m b r e , lo indican y lo demuestran.
C o m b e n y a m a n g o tranquilo, sentado sobre una caja de
ginebra y fumando en rola pipa una hoja de Virginia era
lo que en España llamamos un pobre htmbre. Combenya-
mango pescando tortugas en los bancos de la bahía, era
un fiel y dócil a m i g o de todos los que le rodeaban: tierno
amante de su docena de e s p o s a s , padre consentidor, de
sus vastagos, tolerante con los culpables y débil siem-
pre al castigar, parecía más bien haber nacido para ser
mandado que para mandar
En que consistía, pues; que los c o r i s q u e ñ o s l o leudan
según expresión de e l l o s , más que á un leopardo ham-
briento y más que á un tornado ó una tromba?
Consistía en que habia d e m o s t r a d o con sus hechos ser
h o m b r e de genio y d e carácter i n d o m a b l e .
Él fue el que agarró de \o)t cabellos y derribó en tie-
rra al comandante de una de nuestras g o l e t a s , en pre-
sencia d e la marinería armada; él fué el que abandonado
por los suyos abanzó machete en mano contra las b a y o -
netas españolas, el que despreciando la metralla asaltó
el primero una factoría de Elobey, en fin el que era res-
p e l a d o y temido al propio tiempo, lo m i s m o en Coriseo
que en el rio. lo mismo en el Bapuku que en el Ukudi-
Masei.
Instalación en Elobey.— Un consejo
en la corte del rey Combenyamango.—Primera excursión
al interior.—El rio Muni y sus afluentes, según
noticias de los indígenas.

Volvió nuevamente la conversación animarla y la dis-


cusión, pero cansado ya de permanecer tardo tiempo en
aquel aposento sin c o m p r e n d e r de lo que se trataba, pre-
g u n t é al intérprete.
—Qué dicen?
—Nada:—me contestó.
Di por terminada la conferencia y m e retiré al pabellón.
Poco tiempo después m e envió Combenyamango, como
testimonio de amistad y simpatía, un racimo de bananas
y un cesto de yucas, que acepté gustoso pagándolo más
tarde con un bastón de estoque y un puñal moruno de
trabajado puño.
Cuando los esclavos del rey se llevaron las esteras y
la azagaya q u e se encontraban en nuestro aposento, les
dije que de sarmaran la cama para pasarla á o t r a habita-
ción, pero Combeny amango dando una prueba más de
galantería no aceptó esta proposición y suplicó nos
quedáramos con ella.
Semejante conducta no tiene ejemplo en la rieja Euro-
pa. El caso de que un rey deje su único lecho á un hués-
ped desconocido: aun cuando ese rey esté acostumbrado
á dormir en el suelo, m e r e c e elogios y aplausos.
Cuando llegó la noche, pensando en ciertos seres que
los naturalistas han nombrado pediculus humanas y que
son aficionados á guarecerse en las camas, creí c o n v e -
niente cambiar el gusto que proporcionaría al t e n d e r m e
en un lecho real, por el placer d e b a l a n c e a r m e en una
hamaca de viaje, lo que verifiqué con gran contenta-
miento m i ó , pues de este m o d o se m e hicieron más
cortas las horas durante las q u e los m u q u i d >s del rey q u e
estaba tumbado en la despensa, no me dejaron d o r m i r .
P a s é unos dias tomando notas del país, c o m p o n i e n d o
p u e r t a s , a r r e g l a n d o ventanas, quitanda r.oteras y e x -
pulsando de casa á cuantas arañas encontraba en las
p a r e d e s . C o m b e n y a m a n g o m e ayudaba en estas tranqui-
las faenas d o m é s t i c a s para las que tenía condiciones de
paciencia y habilidad muy e n v i d i a b l e s .
Cuando cambió la faz de aquella casita de madera,
cuando quedó habitable y hasta c o n f o r t a b l e , a r r e g l a d o
el jardín y repleta de v í v e r e s la d e s p e n s a , q u e d é tran-
quilo respecto al porvenir de mis c o m p a ñ e r a s que son-
reían de g o z o y de contento e n c a n t a d a s de la nueva vida
R o b i n s ó n q u e tendrían que hacer y que para ellas esta-
ba llena de atractivos. V e r í a n salir el Sol por el conti-
nente y verían su puesta en el h o r i z o n t e del mar, con-
templarían d e s d e la hermosa galería d e la casa el cua-
dro encantador de la bahía de Coriseo surcada de pira-
guas y de aves marinas; cogerían preciosas flores d e
abundante a r o m a sembradas por sus manos en el jardín,
formarían colecciones de preciosas mariposas africanas,
pasearían g o z a n d o d e la fresca sombra de la selva, ''pes-
carían pececíllos en las orillas del mar y servidas por
criadas negras á quienes enseñarían lo bueno de los
conocimientos de la mujer europea, no podrían notar la
falta de las c o m o d i d a d e s de su patria, ni sentir los terri-
bles efectos del hastío y de! aburrimiento. P e r o c o m o la
felicidad nunca puede ser c o m p l e t a , en m e d i o de sus
a m o r o s o s ideales, sentían el sufrimiento por mi ausencia,
y en grado tan alto, que si las razones poderosas que y o
las e x p u s e no hubiesen s i d o s u f i c i e n t e m e n t e c o n v e n c e -
doras, hubieran abandonado su casa y su jardín y con
ellos una vida tranquila con que el islote Elobey les c o n -
vidaba, por s e g u i r m e en peligrosas escursiones á través
de tribus salvajes y países poblados de fieras.
INTRODUCCIÓN
Cuenta el Instituto de segunda enseñanza d e Vitoria
con una espaciosa sala llena de recuerdos en la que
cierto círculo de j ó v e n e s ha pasado largas horas ha-
blando, discutiendo ó estudiando asuntos de tanta
importancia como trascendencia.
Hace algunos años tenia en uno de sus lienzos elevada
estantería con prolusión de colecciones de rocas, mine-
rales, fauna, flora y objetos históricos de la provincia
de Álava, y ostentaba en su cúspide un magnífico ejem-
plar de ciervo cazado en las faldas del monte Gorbea.
Una extensa mesa colocada en el centro, sobre la que se
había desplegado cientos de v e c e s el mapa de la p r o -
vincia, contenía los instrumentos de caza y los elemen-
tos de disección de los animales. Era esta sala el Museo
de laj Academia Alavesa de Ciencias de Observación; e l
sitio de Juntas de La Exploradora; el punto de reunión
de todos los excursionistas de la Joven Exploradora; el
paraje en que se estudiaban todas las cuestiones de la
Academia Instructiva de Amistad; el lugar donde se
iniciaban las discusiones del Ateneo Científico Literario
y Artístico; donde se trataba de U Academia Cervántica
Española, lo mismo que de la Compañía Ultra-Oceánica
Propayadora; tanto del Orfeón Alavés como del Batallón
de voluntarios de Vitoria. Esta sala fué el templo de la
ciencia á la que rindió culto la juventud vitoriana.
Trasladémonos al año 1874.—En los valles y monlañas
de nuestra provincia corría la sangre humana; el estam-
pido del cañón y el silbido de las balas se oían sin cesar.
Los excursionistas de la Joven Exploradora se vieron
cercados, acometidos y tirando las cajas lineanas, las
mangas, las pinzas, la brújula y el mapa» empuñaron la
carabina Reminghton para defenderse. Las juntas di-
rectivas y los socios fueron todos soldados. N o por esto
quedó desierta la sala del Museo y varias reuniones se
celebraron con asistencia de asociados vestidos de uni-
forme militar. P r e s e n c i e m o s una de ellas.
Es de noche y una luz artificial alumbra débilmente
el espacioso salón del Museo. Al rededor de la luz y apo-
yados en la mesa se vén varios individuos, que cons-
tituyen la Junta Directiva y las secciones de La Explo-
radora; todos escriben y sacan notas de un libro; una
que acaba ds sacar el Secretario dice así: El doble de la
longitud de la circunferencia de la huella que deja el pié
del elefante dá con bastante aproximación la altura de él.
El presidente desdoblando un mapa de África en cuyo
centro están los lagos dibujados á lápiz por el mismo
Stanley y enseñando un prospecto d e l Bristish Se. Afri-
ean Steam, navigátioh company, dice.'«Tengo á la vista
los países que piensa recorrer La Exploradora propongo
á la Junta un viaje de exploración que costearé y o , con
el objeto de ver el terreno de cerca y adquirir la práctica
necesaria para realizar con mayor número de probabili-
dades de éxito el pensamiento de la Asociación. Y o m e
aburro en este país; la guerra es lo único que sería ca-
paz de prorogar mi marcha, pero ésta guerra es fratricida,
no o b e d e c e al honor mancillado sino á la ambición; esta
noche haré la última guardia; cambiaré el R e m i n g t h o n
por los útiles geográficos y p a r t i r é . » El acta de esta s e -
sión con un laconismo que asusta dice que, Fué aproba-
do el pensamiento y que el Tesorero de la Asociación se
ofreció á acompañar al Presidente en su viaje por África.
Es imposible concebir sociedades de un carácter tan
militante y tan ejecutivo c o m o el de las que existían en
Vitoria en aquella época. Se fijaban en La Joven Explo-
radora jornadas de 50 kilómetros á través de montañas,
desfiladeros, rios y precipicios y los 50 kilómetros eran
recorridos, examinando con un interés admirable, el
terreno, las rocas, las aguas, cogiendo insectos, sa-
cando dibujos; y todo esto sufriendo el calor, el frió y la
lluvia y llevando cada individuo sobre los h o m b r o s las
provisiones de boca, los iutrumentos y el agua. Y así
pasó un año y otro y otro hasta la época de la guerra.
Ahora o i g a m o s al m i s m o P r e s i d e n t e de L a Explorado-
ra la descripción de su viaje.
Á MI INOLVIDABLE ISABELA.
A ti hija mia que abriste por vez primera tus
ojos al mundo en tierra africana, y que desde la
región de los espíritus, presencias mis actos,
dedico estos trabajos, que si ningún mérito ni
valor representan indican, al menos, mis buenos
deseos.
Tu que dulcificaste las amarguras de mi vida,
que recojiste con entrañable gratitud las lágrimas
derramadas en las selvas de tu patria, al pié de
aquel enorme caobo, entre cuyas raices se en-
cuentran los restos de tu cuerpo muerto por ia
fiebre, agradecerás este recuerdo y dirás conmigo
las palabras de aquella africana que te alimentó
con sus pechos.
AÑENDE MOONDI BUAMU.
Á LOS LECTORES.

L o s lectoras de este libro no encontrarán en él una


obra de viajes africanos tal y c o m o se los han imaginado
con la lectura de El Mundo en la Mano, La Tierra y sus
Habitantes, A travers le continent mystérieux de Stanley ó
A travers V Afrique de Cameron. En las escasas páginas
de este libro no se verán aventuras maravillosas, descu-
brimientos importantes ni escenas dramáticas capaces
d e c o n m o v e r el corazón más e m p e d e r n i d o .
El autor no busca lo interesante, se ensaya nada más,
es un colegial que hace su p r i m e r ejercicio, recibe el bau-
tismo de sangre, se foguea antes de entrar en combate y
lo cuenta sencillamente para que sirva de introducción á
los viajes sucesivos.
El c a m p o en que trabajó fué p e q u e ñ o , l o s elementos
de que dispuso, escasos; los apoyos nulos; sus preten-
siones reducidas. Fué al África para hacer ensayos, los
hizo y se v o l v i ó . P o r lo tanto, ensayos y nada más es lo
que contiene este libro, que por otra parte está escrito
sin pretensiones literarias por que el autor no pudo
nunca tenerlas solo consigna sus observaciones copiadas
de su diario empapadas de alegría cuando estaba alegre
y saturadas de |tristeza cuando estaba triste; y por úl-
t i m o , prescindiendo de la exactitud de los juicios emiti-
dos, se ruega á los lectores pasen por alto las faltas de
detalle y se fijen en el conjunto q u e , c o m o p o c a s obras
de este gúnero, tiene una cualidad apreciabilísima, la
verdad,

EL AUTOR.