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Reseña de la trascendencia del ego de J.P Sartre.

Sartre: Trascendencia del Ego; reseña y reflexión sobre la obra.

Sartre conforma su pensamiento en la linea de la fenomenología de Husserl, aunque en la


trascendencia del Ego, critica su noción del yo, y de epojé, en las primeras páginas de la
trascendencia del Ego, Sartre hace referencia a el parágrafo 16 de la deducción trascendental de
la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura de Kant, en esta parte de la obra kantiana, el
autor establece que “El yo pienso debe poder acompañar todas mis representaciones” ¿qué significa
esto? Significa que si hay representaciones que poseen una unidad, y se presentan como mis
representaciones, entonces estas deben haber sido unificadas y esta unidad no proviene de la
categoría de unidad sino de un yo que es una síntesis originaria ya que es condición de posibilidad
de cualquier otra síntesis, este yo es una unidad porque es un yo y no muchos, y es un yo formal,
no empírico, es un yo lógico e incogoscible, para Sartre este es un yo de derecho ya que ese yo
“debe poder acompañar todas mis representaciones” el autor se pregunta ¿pero las acompaña?,
según Sartre los poskantianos han interpretado que ese yo kantiano es un yo de hecho cuando en
realidad es un yo de derecho, Sartre critica esta interpretación de la doctrina kantiana ya que en
una primera insatancia lo único que existe es la conciencia, y esta conciencia es vacía, no posee
contenidos, se caracteriza por su intencionalidad, la noción de intensionalidad la tomó Sartre de
Husserl, la intencionalidad está dada en la medida que toda conciencia es conciencia de algo, la
misma noción de intencionalidad es incompatible con la existencia de un yo de hecho, por esta
misma razón también dirige sus criticas contra la noción de yo de Husserl, ya que para éste, hay
un yo natural y psiquico, y mediante la reducción fenomenológica del epojé se reduce este yo a un
yo trascendental fenomenológico, pero a diferencia de Kant este yo no es formal sino que es
sustancial, esto genera varios problemas que Sartre reconoce, el primero es que en vez de hacer
una reducción lo que Husserl está haciendo es una duplicación del yo, y en segundo lugar al ser
este yo trascendental, sería condición de posiblidad del yo natural y psiquico pero al ser sustancial,
quien lo posiblita?, Estas cuestiones son las que lo llevan a Sartre a reconocer que si se admite la
noción de intencionalidad, (conciencia intencional), no puede admitirse la existencia de hecho de
un yo trascendental, por esta razón Sartre plantea que lo único que existe en un primer momento
es pura intencionalidad, la conciencia en este primer nivel se caracteriza por ser irreflexiva, es
conciencia no posicional de si misma, solo hay conciencia de las cosas en la mediada que la
conciencia solo puede existir cuando se trasciende a lo que ella no es, en este sentido se da una
nihilización de la conciencia (una negación de sí misma). Esta es la misma prueba del mundo
externo, ya que si hay conciencia es porque hay mundo y si hay mundo es porque hay conciencia.
Además esta conciencia es espontánea en la medida que es puro dinamismo, también es un absoluto
ya que es el fundamento de si misma y es no sustancial en la media que está vacia y se sustancializa
cuando los objetos trascendentes se le presntan con su opacidad haciendole frente. Esta conciencia
presenta un ámbito impersonal, y esto es claro ya que no hay un yo. Esta conciencia se cracteriza
también por ser emergente, esto significa que se manifista, para sartre ser y aparecer es lo mismo,
por eso no acepta la noción de inconciente del psiocoanálisis, por lo tanto tampoco para el es válida
la noción de actos fallidos, porque lo que hay es conciencia, por eso el error no es error en la
medida que tengo conciencia de él, conocer y tener conciencia de algo para Sartre es lo mismo.
Debemos perguntarnos ahora ¿cómo se conforma la personalidad? ¿cómo se pasa del plano irrefexivo
al plano reflexivo?. Sartre nos dice que hay tres niveles de conciencia, el primero es del que
venimos hablando, en un segundo nivel, se pasa a un ámbito reflexivo, este ámbito reflexivo
contiene los otros dos niveles de conciencia, este segundo nivel de conciencia es denominado por
Sartre como conciencia reflexionante esta es la conciencia de la conciencia de los objetos, mientras
que en la conciencia ireflexiva o pre reflexiva habia conciencia de los objetos y de si misma solo
en la medida en que su constitución estaba dada en su trascendencia, el yo (je, segundo nivel de
conciencia) es conciencia de la conciencia de los objetos, pero es no posicional de si misma, en
este nivel se dan actos irreflexivos en la reflexion, para ilustrar mas claramente en que consiste
este nivel de conciencia, Sartre pone el ejemplo de leer una novela, cuando leo una novela tengo
conciencia de lo que en ella ocurre, de los personajes, de la trama, del heroe, me puedo dejar
llevar por la histora que la novela cuenta, en esta instancia yo soy conciente de la novela, pero
cuando recuerdo que era yo la que leia la novela es que se da el desdoblamiento del segundo nivel
de conciencia al tercer nivel, aquí es donde aparece el Yo (Moi), que es conciencia reflexionada y
se da en el recuerdo, esta es conciencia tética y posicional de si misma.
Es importante que tengamos en cuenta que estos tres niveles de conciencia no están escindios unos
de otros, la conciencia irreflexiva es posiblitadora para que se dé el yo, y a su vez el Yo (moi) no
podría darse sin el segundo nivel de la conciencia refelxiva, tanto uno como otro yo son parte del
mismo Ego, y esto no podría ser de otra manera ya que si Sartre hubiera caracterizado a estos yoes
escindidos caería en lo mimo que le criticó a Husserl de duplicar los yo. ¿Pero que es el Ego? El yo
(je) es el Ego como unidad de las acciones y el Yo (moi) es Ego como la unidad de los estados y las
cualidades. En definitiva el Ego es el polo de atracción de todas las acciónes, cualidades y estados.
El Ego no está en la conciencia, el Ego es la unidad de las unidades trascendentes y ella misma es
tracendente, ¿qué queremos decir con esto? Tanto el yo (je) como el Yo (moi) son tracendentes en
cuanto surjen gracias a los objetos intencionados, trascendentes, la conciencia posee una primera
unidad que es inmanente la cual proviene del permanente flujo de los objetos trascendentes, es
por eso que la conciencia es una unidad, el Ego es la unidad de las unidades trascendentes y el
mismo es trascendente ya que no está en la conciencia sino que es para la conciencia, el hecho de
que parezca poseer una intimidad con la conciencia no implica que esté en ella, el Ego está
comprometido con la conciencia, no es una hipótesis, ni una x abstracta, no es una incognita, un
mero soporte. Dijimos hace un momento que el Ego es el polo de atracción de las acciones,
cualidades y estados. Pero ¿qué son estos? Sartre define las acciones como la atracción que ejercen
los objetos sobre la conciencia, son ejemplo de acciones, el leer, caminar, etc. También hay
acciones puramente psicológicas tales como el dudar y el razonar, vemos quí que mientras en
Descartes la duda llevaba a la negación del mundo en Sartre reafirma su existencia en la medida
que al ser la duda una acción, y las acciónes solo son posibles por la atracción que ejercen los
objetos sobre la conciencia, cuando dudo es porque hay un mundo, y hay objetos, la misma duda
lleva a la pureba que hay un mundo. Los estados surgen por la reflexion, un ejemplo de estado es
el odio, el autor pone el ejemplo de odiar a Pedro, es importante destacar que los atributos no
están en la conciencia sino qu están en el mundo, cuando corro el tranvía, este se presenta a mi
conciencia como “el tranvía debiendo ser alcanzado” o cuando veo a Pedro ahogandose, a mi
conciencia se me presenta “Pedro como debiendo ser socorrido” Sartre dice que la reflección
puede ser pura o impura, la reflexión es impura cuando en una primera instancia no reconozco que
los atributos no están en mi conciencia. Por ejemplo cuando digo de Pedro “yo lo detesto”, cuando
actúo de esa manera, creyendo que los atributos están en mí, le robo al mundo los atributos, y
actúo de mala fé, ya que creeo ser lo que no soy, yo no soy generosa ni inteligente, es el otro que
me ve de esa manera y através de la mirada del otro se constrituye mi subjetividad. La reflexión
pura es cuando reconozco que los atributos no me pertenecen, por ejemplo cuando digo de Pedro
“No lo odio, me dejé llevar por la cólera”.
Las cualidades son intermedias entre las acciones y las estados, las cualidades son porencialidades
tales como, virtudes, talentos, instintos, gustos, etc.
De esta forma se constituye el cogito sartreno, en la interacción entre la conciencia (para sí) y el
mundo (en sí). En una primea instancia de la conformación del cogito el yo es expulsado de la
conciencia, en un segundo momento se da un retorno del yo a la conciencia y en un tercer momento
hay un yo resignificado, donde el papel del otro es fundamental para la conformación de este
cogito. Vemos que las diferencias con Descartes son esenciales. Mientras que para Descartes el
pensamiento es previo a la exisencia, para Sartre prima la ontología, y prima el ámbito irreflexivo
como posiblilitador del plano reflexivo, eso quiere decir que la existencia presede a la esencia, no
se refiere a previo en el tiempo, sino que en el tiempo se da de manera simultanea, en la exisitencia
se va constituyendo la esencia. Tampoco cabe la posibilidad como en Descartes de estar engañado,
porque como ya dijimos anteriormente, conocer y tener conciencia de algo es lo mismo, si tengo
conciencia de que estoy siendo engañada entonces en realidad no estoy siendo engañado. Otra
diferencia con Descartes es que en la filosofía de Sartre no se trata de busear dentro del yo interno
para inferencialmente sacar el mundo y todo lo que no soy yo, sino todo lo contrario, sin lo otro no
habría conciencia y por ende no habría ni yo ni pensamiento, el plano gnoseologico depende del
ontológico, el sujeto no es el que le otorga al objeto sus condiciones a priori, (como en Kant, en
este sentido la flosofía de Sartre, es una ontología muy rica y una inversa al giro copernicano)
porque no hay sujeto, hay como ya dijmos conciencia y esta por definición es conciencia en la
medida que se trasciende, si se trasciende es porque hay un mundo que con su opacidad le hace
frente y la atrae. Por eso lo otro no son solo cosas sino también personas, el rol del otro en la
filosofía de Sartre es fundamental, en la medida en que me conozco y me constituyo como persona
según la visión del prógimo, el otro es fundamental para la constitución de mi yo, ya que el otro es
el yo que no soy yo, mi yo se conforma cuando niego el yo del otro, en esta negación me afirmo, y
este proceso es reciproco, en la medida en que el otro me niega para afirmarse y constituye su yo
al cosificarme, la relación con el otro no es una relación a priori, sino conoceria del otro las
categorías universales que yo deoposite en el, la relación que se establece con el otro no es
gnoseologica sino que es ontológica, de ser a ser. Sartre dice que debe habr una “solidariad
onrológica” ya que yo soy responable de la constitución del yo del otro y de mi propio yo al mismo
tiempo ya que para Sartre hay una libertad absoluta, sin condicionamientos, estamos condenados
a ser libres, en “El ser y la nada” Sartre define la libertad como lo que yo hago con lo que los otros
hicieron de mi. , esta postura metafísica sartreana trae entoneces como acabamos de ver
importantes consecuencias éticas. Cuando no quiero asumir mis responsabilidades y trato de ser lo
que no soy, cuando reniego de mi libertad actúo de mala fé, la fé es una creencia, la mala fe es
un problema de creencias. En la relación con el otro el lenguaje tiene un rol central, Sartre no
tiene una teoría con respecto al lenguaje, lo que si podemos afirmar es que para Sartre el lenguaje
no es un mero “sobre agregado” tampoco es una copia de las creencias ni un instrumento o
herramienta, el lenguaje es fundamental en la relación entre mi yo y el yo del otro, es un punte
entre dos mundos el mundo del otro y mi mundo que en relidad es el mismo mundo, Para Sartre el
lenguaje no se reduce a la palabra, sino que también abarca, el lenguaje corporal, la mirada, les
gestos, etc. Con la mirada pueden causar y podemos causar en el otro tres reacciónes, miedo,
vergüenza, u orgullo, miedo cuando nos encontramos con que el otro amenaza nuestra libertad y
penetra nuestra intimidad, vergüenza por ej cuendo el hombre mira a una mujer y la mujer se
siente observada como un objeto, como siendo sometida a el juicio del otro, y orgullo cuando al
ser mirado por el otro me reconozco como existiendo. Podemos decir imitando la formula
cartesiana. Me miran, luego existo. El cuerpo es la forma contingente que mi necesidad de mi
contingencia toma, el cuerpo de uno es conocido a traves del conocimiento que el otro tiene de
nuestro cuerpo, en este sentido la tercera persona posee mas autoridad que la primera persona.
Mi conocimiento del cuerpo posee dos niveles, el primero es el cuerpo existiendo, Sartre da el
ejemplo de el dolor físico. Y un segundo nivel el conocimieto del cuerpo como siendo conocido por
el otro. No hay diferencia entre conocerme y conocer al otro, sino que esta relación se da de una
manera simultanea.
Jean-Paul Sartre – La Trascendencia del Ego
05
JUL

AUTOR: Jean-Paul Sartre


TÍTULO: La Trascendencia del Ego
EDITORIAL: Síntesis, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2003
PÁGINAS: 111
TRADUCCIÓN: Miguel García-Baró
PRÓLOGO: Agustín Serrano de Haro

RANK: 10/10

Por Alejandro Jiménez


Decimos “Yo…”, y en esta afirmación creemos encontrar un sello de seguridad. “Yo hice”, “Yo
dije”, y detrás de ello, invulnerable, siempre en su sitio como dios omnipresente, está el Yo de
cada quien que parece ser origen y razón de toda cosa. El vértigo de una conciencia sin
un Yo que la trascienda, el miedo a la simple espontaneidad, el deseo de ser –pese a nuestra
gratuidad- los que deciden sobre sí hasta lo más mínimo: todo nos conduce, todo nos arroja a
esa gran mentira, a esa cortina de humo que venimos creando para no terminar de
convencernos por fin, que aquí adentro, no hay espacio para una cosa distinta que no sea
nuestra nada.

No basta con ordenar el mundo –aquello que se objetiva en la experiencia-, así que defendemos
a toda costa el derecho de ser nosotros su sentido; nos aherrojamos, sin darnos cuenta, con un
grillete voraz que lo consume todo: los afectos, las palabras, las acciones. Y he aquí que
ese Yo que dictamina y elige, que es confianza en lo contingente, certidumbre en la errancia, no
es sentido, ni siquiera evidencia de intimidad, es, por el contrario, uno más de los verdugos, otro
de nuestros verdaderos enemigos, el más hostil falseador con el que podamos cruzarnos.
El Yo es una existencia peligrosa, es el “certificado de muerte de nuestra conciencia”.

Por qué creemos entonces en él; cómo ocurre que un usurpador se llame, ahora, dueño y señor
de todos nuestros actos; qué juego truculento gusta de engañarnos y; en fin, cuál es la
alternativa, porque debe existir alguna posibilidad para levantarse todavía al interior de tanto
miasma. Pues bien, esa alternativa nos llega desde lejos, desde un joven Sartre volcado sobre
Husserl, un Sartre de apenas treinta años que, sin embargo, se juzga lo suficientemente
preparado como para encarar la cuestión a partir de teoría fenomenológica; nos llega, en suma,
desde lo que tradicionalmente se ha conocido como el primer texto filosófico de Sartre y que, no
sin razones, debe ser considerado también, la antesala del monumental El Ser y la Nada.

Publicado por primera vez en 1936, La Trascendencia del Ego es la obra base de la filosofía
ontológica sartriana y, además –cosa en la que se ha insistido lo suficiente-, la piedra angular de
la fenomenología francesa, que sólo hasta esta fecha encontraba lenguaje y derrotero propios.
Es cierto que el espíritu de Husserl se respira a lo largo de sus páginas, pero, primero, se trata
de una situación inevitable, puesto que aquél fue el anfitrión para el francés en el
descubrimiento de la fenomenología y aún su lectura predilecta por allá cuando, en 1933, Sartre
daba sus clases en El Havre –ajeno totalmente al Berlín que iniciaba a convulsionarse- y,
segundo, este Husserl que se percibe no es un parafraseado, mucho menos un pseudo-imitado,
sino un núcleo de discusión: un Husserl inquirido, interpelado e, incluso –dependiendo de cómo
se asuma la propuesta-, superado.

No cabe duda de que la historia nos ha hecho una imagen que privilegia al Sartre de la segunda
etapa, es decir, al intelectual comprometido con los problemas de su época, imagen que parece
indiscutible, pero que tal vez desconoce esa otra etapa, aquella formada por los textos que
alcanzó a escribir antes de la Segunda Guerra Mundial –Esbozo de una Teoría de las
Emociones (1939) o La Imaginación (1939)-. En ellos, ciertamente, ya es factible encontrar un
pensamiento original y, sobretodo, esa capacidad impugnadora y crítica que siempre caracterizó
al autor. Aquí, en La Trascendencia del Ego, por ejemplo, se aparta del lenguaje legitimado por
la filosofía y el psicoanálisis, para discutir sobre el problema del Yo desde una tesis planteada y
sostenida dentro de los límites de la fenomenología: “El Mundo no ha creado al Yo; elYo no ha
creado al Mundo. Ambos son objetos para la conciencia absoluta, impersonal y es por ella por lo
que se hallan unidos”.

Revolucionaría en sus líneas generales, la propuesta de Sartre nos advierte sobre el peligro que
comporta un Yo ideal, ese que organizaría todos y cada uno de nuestros actos de conciencia,
todas nuestras experiencias del mundo, ese que sería base y trasfondo de los estados de la
personalidad y, por supuesto, razón de ser de nuestroEgo. Y ese Yo es peligroso por una razón
sencilla: en realidad no precede a la conciencia, no puede precederla puesto que él mismo es
sólo uno de sus resultados, y porque la conciencia al ser absoluta, no requiere de un Yo que la
opere. La conciencia en su estado natural, esto es, cuando simplemente es conciencia de ser
conciencia, es espontaneidad pura y su relación con el mundo objetivo se establece siempre de
acuerdo a esa naturaleza; de suerte que todo, lo externo –objetos, vivencias- y lo interno –
ideas, estados- no revistan para ella ninguna distinción: son simples materiales puestos a su
alcance.

La Trascendencia del Ego está dividido en dos grandes capítulos –El Yo y el Mí


Mismoy Constitución del Ego-. Intentar aquí seguir la línea argumentativa de los mismos sería
tanto como terminar reproduciendo un número similar de páginas; vamos, mejor, a sugerir un
esquema global para los dos marcos de referencia del problema, el Yo y el Ego, y, a partir de las
tesis con las que Sartre inicia los capítulos, desprenderemos toda la cadena de relaciones.

El Yo y la reflexión yonizante
TESIS No. 1: “Para la mayoría de filósofos, el Ego es un ‘habitante’ de la conciencia. Unos
afirman su presencia formal en el seno de los ‘Erlebnisse’ (vivencias), como un principio vacío de
unificación. Otros –psicólogos, en su mayoría- creen descubrir su presencia material, como
centro de los deseos y los actos, en cada momento de nuestra vida psíquica. Querríamos
mostrar aquí que el Ego no está ni formal ni materialmente en la conciencia: está fuera, en el
mundo; es un ser del mundo, como también lo es el Ego del prójimo” (Pág. 29)
El problema del Yo tal como lo plantea Sartre tiene que ver con su naturaleza. Podemos decir: o
bien, nuestro Yo es algo que resulta del estar vivos, es un dato inmediato, anterior incluso a la
conciencia y, por lo mismo, fuente permanente de identidad; o bien, el Yo no habita
originariamente la corriente de nuestra conciencia y, más bien, es la unidad sintética de todos
los actos que tienen lugar en ella, algo así como su trascendencia. De la primera definición, se
deduce una naturaleza ideal, de la segunda, una naturaleza trascendente.

Ahora, lo más posible es que nos inclináramos a pensar el Yo como anterior a la conciencia, sólo
si nuestra forma de entender al hombre, en general, partiera de presupuestos metafísicos; un
religioso, por ejemplo, pudiese respondernos: sé que mi Yo se relaciona formalmente con los
actos de conciencia, pero en tanto micondición humana se ha definido a priori a mi existencia,
buena parte de mi Yo –por no decir toda- no depende en lo sustancial de aquellos actos.

Por el contrario, la segunda definición es problemática. Afirmar que el Yo no es un dato


originario de la conciencia no es, de ningún modo, desidealizarlo; es decir, al mismo tiempo en
que, por una parte, aseguramos que nuestro Yo no precede la vida conciente, podemos estar
legitimando un Yo ideal, o si se prefieren los términos de Sartre, un Yo kantiano. Y esto sucede,
básicamente, porque bien que reconocemos su naturaleza le damos un lugar favorecido en la
organización de la realidad. Cuando decimos “Yo soy así”, “Yo pensé esto”, nos encontramos con
un Yo totalmente falseado, puesto que parece una existencia activa: ordena, decide, asume
itinerarios, etcétera, cualidades todas ellas bien distintas a las de un Yo trascendente, por fuerza
pasivo.

Mirémoslo de otra forma. Desde la fenomenología la existencia de un Yo ideal es absurdo –


Sartre dirá, además, nocivo-, y es absurdo, porque con ella pretendemos escapar de todo lo que
se nos presenta como esencial a las cosas o al hombre, buscamos, por así decirlo, una totalidad,
esto es, encontrar el punto en donde ser yparecer constituyen un indisoluble. La conciencia es,
ciertamente, una totalidad absoluta, es lo que aparenta y aparenta lo que es, y no necesita de
nada para reconocerse como tal. Entonces por qué creer que esa conciencia espontánea y pura
requiere de un Yo detrás operándola: en ese momento en el que una falsa necesidad de Yo se
hace impostergable, hemos construido una existencia ideal que supedita lo absoluto.

Pero es que, además, eso que llamamos usualmente Yo no puede existir siempre como activo.
En primer lugar, porque no acompaña el número total de nuestras vivencias. Kant dijo: “El Yo
Pienso debe poder acompañar a todas nuestras representaciones”, pero no lo hace, si no dónde
está todo lo que no se piensa en este instante o aquello que viene ahora a mi conciencia y se irá
después. En segundo lugar, el Yo no existe siempre como activo, porque no ha surgido de
repente, sino que ha venido formándose, tomando parte en los asuntos desde una remota etapa
en nuestra niñez en la que ni siquiera captaba o percibía las cosas. Sartre no quiere entrar a
discutir con el psicoanálisis freudiano que parece tener un cajón para echar cada una de estas
cosas, de estos estados; simplemente va a considerar que ese Yo activo, ideal y falso es la
respuesta al vértigo que produce una excesiva pluralidad inmanente o, en otras palabras, que el
miedo a ser tan sólo la espontaneidad de la conciencia, nos ha llevado a repetirnos una y otra
vez que sí hay un Yo, en alguna parte de nuestra intimidad, dirigiendo aquí y allá con su batuta.
Esa insistencia yonizante de la que habla Sartre nos va a arrojar a uno de los puntos más lúcidos
de su disertación: si es cierto que el Yo no está en la conciencia y que, en ninguno de los planos
de la experiencia –derecho y de hecho- puede reconocérsele siempre como activo, su existencia
sólo es posible gracias a la reflexión. Mejor dicho, toda vivencia tiene lugar en el discurrir del
tiempo, pero dentro de él, el Yo sólo existe a través de una conciencia de segundo grado, es
decir, a través de la epojé.

Fijémonos. En el orden de la experiencia cabe hablar de dos tiempos: pasado y presente. Toda
experiencia del presente –o natural, desde Husserl- ocurre por medio de una conciencia
de primer grado, irrefleja, pura, en la que el Yo no existe: pensemos en que cuando decidimos
tomar el autobús hay conciencia del autobús, cuando leemos un libro hay conciencia de lo que
leemos, pero en cualquiera de los casos, el Yo es una ausencia. Y, sin embargo, sucede que
luego podemos pensar sobre el pasado, sobre la tarde en que tomamos el autobús o leímos
aquel libro: allí, donde la experiencia se revierte, sí cabe la existencia del Yo; puede no haberla,
claro, si sólo pensamos en el autobús o en lo que decía el libro, pero puede haber conciencia
de Yo si además de lo que vivimos, tenemos conciencia de haberlo vivido.

Ese tipo de conciencia es distinta a la que opera en los actos del presente, pero no porque sea
otra, sino porque es de segundo grado, reflexiva: la conciencia aquí va sobre aquello que antes
fue conciencia pura y lo piensa, es conciencia que piensa aquello que fue atravesado por su
corriente. Hay un principio que se debe cumplir: “toda conciencia es conciencia de algo”, y ese
algo sólo puede ser el Yo y todo lo que se ha vivido, que no es conciencia, sino elementos de los
que ella puede dar cuenta. Quizá se entienda mejor este punto si reconocemos que la conciencia
del presente es no posicional, puesto que en tanto espontánea ella es simplemente lo que es;
mas, la conciencia que vuelve al pasado sí es posicional, logra ubicarse respecto de lo hecho
(haberse subido al autobús, por ejemplo) aunque siga manteniéndose no posicional frente a ella
misma, puesto que esa es su naturaleza.

Hasta aquí hay dos cosas claras: primero, la conciencia puede prescindir perfectamente del Yo,
tal como ocurre en las vivencias del presente y, segundo, el Yosólo surge cuando la conciencia
es retrospectiva. En la fenomenología de Husserl, esa pausa del presente, de lo natural, del flujo
corriente, que permite pensar por un momento en el pasado y descubrir el Yo que parece
habitarlo, se conoce como epojé. Pero, aunque Sartre recurra también a la epojé para explicar
que el Yo no puede habitar la conciencia y mucho menos organizarla –pues parece inactual y
duradero en contraste con la conciencia que es actual y se debe sólo al hecho de existir y
devenir-, a pesar de ello, decimos, el pensamiento husserliano, piensa Sartre, parece abocado a
la defensa de un Yo ideal no fenomenológico.

Muy acertada al respecto nos parece la opinión de Agustín Serrano –quien escribió el prólogo
para esta edición de La Trascendencia del Ego-, que señala varias limitaciones respecto de la
crítica que hace Sartre a las ideas de Husserl. Evidentemente, si no existe un Yo activo en la
conciencia, la posición sartriana parece colocarnos ante una dicotomía: enfrentarse en cada acto
como nuevos, o enfrentarse mecánicamente a través de actos rememorativos. Y es que aquello
que no alcanza a comprender Sartre es que la conciencia, si bien por naturaleza totalmente
autónoma de un Yo demiurgo, no tiene un origen en modo alguno absoluto, ella misma ha
tenido su propio devenir, ha venido creando sus propios saberes, todo aquello que podría
llamarse la biografía personal y que, en los actos del presente, constituye su poder, su forma
particular de ser conciencia.

A este tipo de cosas las llamó Husserl los "hábitos del Yo", y Sartre creyó ver en ellos el regreso
de un Yo kantiano a la conciencia, algo así como un todopoderoso que ordena los actos de la
experiencia. Pero nada más lejos de la realidad, puesto que el mismo Husserl aclaró que los
"hábitos del Yo" no son elementos que se pongan detrás o como fundamento de la conciencia,
sino que son inmanentes a sus actos, es decir, están implicados en la misma conciencia y, por
tanto, son plurales hasta el infinito, diversos y aparecen en el tiempo, cambian o desaparecen.

El Ego como unidad sintética

TESIS No. 2: “El Ego no es directamente unidad de las conciencias reflejadas. Existen una
unidad inmanente de estas conciencias, que es el flujo de la Conciencia que se constituye él
mismo como unidad de sí mismo, y una unidad trascendente: los estados y las acciones.
El Ego es unidad de los estados y las acciones (facultativamente, de las cualidades). Es unidad
de unidades trascendentes, y es la actitud irrefleja. Sólo que aquel polo no aparece más que en
el mundo de la reflexión” (Pág. 63)
Sartre entiende el Ego como unidad de conciencias reflejadas. Decimos un día cualquiera: “Yo
amo a esta chica” u “Odio a aquel tipo”, y detrás de las afirmaciones hay una cadena de
pequeñas experiencias de conciencia: la chica nos hace sentir bien, es inteligente y cariñosa; el
tipo es desesperante, nos va llenando de rencores, etcétera. Esa unidad que encierra en un
determinado estado (odio, amor) los distintos actos de conciencia se corresponde con una cierta
dimensión del Yo, con una de sus cualidades, por ejemplo, y la suma de todas esas conciencias,
pero también de los estados y acciones del Yo es, pues, el Ego.

Antes habíamos dicho que el Yo para la fenomenología debe entenderse como trascendente; y
es el Ego en donde tiene lugar esa trascendencia, porque sin ser conciencia, todos los actos de
ella lo van configurando, otorgándole un cierto espacio, dependiente claro está y, por ende
pasivo, pero en el que por primera vez para el Yo, existe un verdadero Todo que, al mismo
tiempo, es Nada. Todo porque es la gran unidad sintética de la totalidad de los estados de
conciencia reflejada, es decir, la que ha permitido crear una figura del Yo vivido, sonreído,
sospechado y demás, pero también Nada, porque él, el Ego, no podría reducirse a una sola de
aquellas experiencias; cuando uno busca, por citar un caso, dar cuenta de que aquel hombre es
amoroso porque parece disfrutar el tiempo que pasa con su amante, se está dejando por fuera
todo lo demás, todo lo que también es ese hombre y que no puede permanecer al margen de
su Yo trascendente.

Hay tres elementos de suma importancia en el análisis que hace Sartre sobre el Ego: estado,
acción y cualidad. El estado, aquello que da cuenta de una cierta forma de conciencia, también
es distinto de acuerdo al momento del discurrir temporal en el que se le examine: es inmanencia
en la conciencia del presente, o lo que equivale a decir, de él emanan el descontento, el asco o
el pudor de cada experiencia momentánea y natural y, luego, en la conciencia de segundo
grado que vuelve hasta el pasado, es objeto trascendente, porque encierra cada una de esas
formas de reacción y asimilación de la realidad en el presente de manera sintética. O sea que es
una relación en doble sentido: la trascendencia del Ego es la base de los actos de conciencia del
presente (como es el odio base para sentirse irritado), pero también son estos actos
espontáneos los que hacen posible la existencia del Ego como trascendente (como es la
irritabilidad base para el odio).

Es lástima que el desarrollo hecho por Sartre respecto del segundo elemento constituyente
del Ego, la acción, apenas tenga página y media. Y decimos esto porque a través de ella, de la
acción, el Yo encuentra ese carácter activo que le niega nuestro autor en el resto del libro. Si,
por ejemplo, a Sartre no se le ocurre pensar en los condicionamientos biológicos o genéticos de
nuestra experiencia –o los da por sentados- tampoco aborda el problema del Yo frente a la
acción futura, es decir, aquello que no está dado. En ese plano activo seguramente debemos
ubicar la libertad, elección y posibilidad del Yo, o al menos de la conciencia, pero esto es
especular, porque Sartre apenas desarrolla su idea de acción basado en dos ideas: 1. La acción
exige tiempo, y por lo tanto conciencias activas dispuestas en el devenir y; 2. Estas conciencias
aprehenden la acción total en una intuición que se ofrece como trascendente. Básico, pero
definitivo: deseamos lavar los platos (intuición trascendente), de modo que abrimos la llave,
tomamos el jabón, acercamos la loza y demás (conciencias activas temporales); o, cómo no,
también sucede así en el plano del derecho, cuando queremos escribir un documento, y sabemos
que tendremos que ir disponiendo las cosas de acuerdo a esa intuición.

Finalmente, las cualidades son los sustratos de los estados, tal como éstos son los sustratos de
las vivencias, sólo que los estados en la experiencia emanan, mientras que las cualidades en los
estados se actualizan. Tanto como decir que la cualidad es una potencia, una virtualidad que va
encontrando en los estados y los actos concretos de la conciencia, la posibilidad de realizarse: si
este tipo es mentiroso, y esa es su cualidad -por ende, su virtualidad-, podrá encontrar un
estado que le permita potenciar su condición frente a un acto concreto: engañar a la amante.

Y, porque la segunda parte de La Trascendencia del Ego aborda esta serie de inquietudes, es
que más arriba apoyábamos la idea de Agustín Serrano, sobre la manera en la que Jean-Paul
Sartre neokantianizó el problema de los saberes del Yopropuestos por Husserl. Estamos de
acuerdo con el filósofo francés hasta el punto en que advierte el verdadero sentido de la
emergencia del Yo y el Ego: a pesar de aparecérsenos en sentido inverso, no son ellos los que
determinan la conciencia, no es un Yo huraño el que determina que ahora mismo esté irritado,
sino que, al contrario, esos Ego y Yo sólo son el resultado de la conciencia, que ha venido, en su
largo recorrido, constituyendo estados, cualidades, experiencias que, luego, tan interiorizadas,
tan repetidas, han terminado por asumirse como precedentes, pero nada más erróneo. Estamos
de acuerdo, pues, con Sartre, en este sentido, pero creemos que él mismo transita
peligrosamente en esta parte de su disertación sobre las posibilidades activas que tiene el Yo en
la conciencia porque, a fin de cuentas, si el Ego es creador de sus estados, y se relaciona con las
cualidades en términos de actualización y renovación en el tiempo, más allá de su origen, se
percibe una historia, una temporalidad y, sobretodo, una inmanencia.

Sin embargo, hasta tal punto es absurda la idea de un Yo y un Ego determinantes de nuestra
conciencia, que aquello de conocernos a nosotros mismos, es tomar la partida por un
conocimiento falso. Si el Yo ha sido creado para dar unidad a nuestros actos de conciencia, y
tiene un carácter trascendente, cabe esperar que cualquiera pueda conocer eso Yo como si fuera
el suyo, porque está por fuera de nuestra conciencia, no hace parte de ella, está disponible para
quien desee pensarlo; acaso nuestro Yo sea un poco más íntimo, pero nunca inescrutable para
los demás. En este sentido, pensaremos con Rimbaud: el Yo es otro