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Ross Leckie

Escipión el africano
Traducción de
María Luz García de la Hoz

Título de la edición original: Scipio
Traducción del inglés: María Luz García de la Hoz,
cedida por Ediciones y Publicaciones Salamandra, S. A.
Diseño: Winfried Bährle
Ilustración de sobrecubierta y guardas: Joaquín Marín

Escaneado por Khanzat.
Revisado por Fruela.

Círculo de Lectores, S. A. (Sociedad Unipersonal)
Travessera de Gràcia, 47-49, 08021 Barcelona
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Licencia editorial para Círculo de Lectores
por cortesía de Ediciones y Publicaciones Salamandra, S. A.
Está prohibida la venta de este libro a personas que no
pertenezcan a Círculo de Lectores.

© Ross Leckie, 1998
Editor original: Canongate Books Ltd.

Depósito legal: Na. l 126-2001
Fotocomposición: punt groc & associats, s. a., Barcelona
Impresión y encuadernación: RODESA (Rotativas de Estella, S. A.)
Navarra, 2001. Impreso en España
ISBN 84-226-8803-4
N.° 40873

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ESCIPIÓN EL
AFRICANO

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aclara. pero un mundo que. nuestra arquitectura y nuestra literatura. he dado a Escipión un secretario ficticio. gran parte de nuestro idioma y nuestro sistema de gobierno. y ambos hombres murieron el mismo año.C.C. Su nombre es Bostar y si hubiera vivido. la ennarrratio.C. con todo lo que esto significa. nuestra ciencia.C. en la que ya se dice algo de Bostar. análisis morfológico y semántico. —6— . PRAELECTIO1 Estas son las memorias ficticias de Publio Cornelio Escipión (236-182 a. A continuación venían la lectio. la historia de su vida y de su tiempo trata de ambos. Bajo la jefatura de Escipión. Un mundo muy lejano y muy pequeño.). y el iudicium.). y de otras que aún podrían ser. 1 Parte esencial de la educación romana. y lo mejor (y parte de lo peor) de lo que somos. el juicio final estético. habría servido a Aníbal antes que a Escipión. ha formado el nuestro. Y como ambos hombres saben demasiado bien la importancia del pasado en el presente. un amanuensis.). El juicio final sobre este libro corresponde al lector. Esta es una continuación de Yo. La suya es una simbiosis de cosas que fueron y que pudieron haber sido. real o supuesta. lección o lectura en voz alta. Es amigo de Escipión. llamado el Africano. al que sí derrotó en la batalla de Zama (202 a. y por derrotar a Aníbal el cartaginés (247-182 a.. Como era costumbre en la época. Pero Bostar es más que un simple amanuense y ésta es también su historia. Roma dominó el mundo. Aníbal. glosa. Bostar se turna con Escipión. General de Cartago. nuestro arte. Comenta. En tiempos de Escipión. un título honorífico que se le adjudicó por conquistar África en general — aunque no la conquistó—. porque la vida de Aníbal y la de Escipión fueron prácticamente iguales. Así. A esa fusión debemos nuestras leyes. para bien o para mal. También es como una especie de espejo de aquella novela. los romanos comenzaron a adoptar la cultura de la antigua Grecia. Lo que el lector va a leer es lo que yo imagino que Escipión dictó a Bostar. la praelectio era la introducción que hacía el grammaticus o profesor antes de comentar un texto literario. después del saqueo de Siracusa en 211 a.

C para condemno. En ellas. —Senadores —dijo Fabio—. Podía percibir a Catón. sus absurdos. Conseguí honor para mi estirpe. como siempre. cercana a la tribuna del acusador. Salvé a Roma de la venganza de Aníbal y a Cartago de la venganza de Roma. Sé que soy lo último. casi destruida por Aníbal. A1 pasar levantó el índice de la mano derecha. PRÓLOGO Los tambores retumbaban mientras los senadores. La luz que entraba por la cúpula. servir a la república de Roma. en los valles y llanuras de las Galias e Italia. en las montañas de Hispania y Asia. De ser una ciudad estado. cien tablillas de boj cubiertas de cera. mis pares escribirán una letra con el estilo: L para libero. Habían luchado por mí como yo había luchado por Roma. mi amor y mi canción. con las armaduras relucientes. Los tambores se detuvieron. Muchos habían servido conmigo o con mi hermano. Detrás de ellos. un nuevo adorno del tribunal. nuestras miradas se cruzaron. Conmigo. estaba la urna de los votos. mirando al frente. resonó: —Patres et conscripti... Roma ha dominado el mundo. Sólo quería. Los senadores se sentaron. blanca la toga y la cara seria. pasaban junto a nosotros camino de sus escaños. senadores de Roma. Nuestras miradas se cruzaron y sonrió burlonamente. La gente dice que soy un dios. fétidas y negras. Di a Roma su ejército. bajo aquellas cejas salientes. Nunca fui derrotado. bajo cielos lejanos y extraños. Un centenar de senadores se sentaban en silenciosas filas alrededor de nosotros. el último día de nuestro juicio. ¿Cuál es hoy la acusación y quién la promueve? —7— . en último lugar. dos vidas a merced de dos letras. Mi hermano y yo estábamos firmes y todavía en la tarima que había en el centro de la cámara. se reanuda el juicio de los hermanos Escipión. En una mesa baja. El silencio era escalofriante. se ha convertido en metrópoli y en el mundo. Vi odio en sus ojos azul aguamarina (¿quién podría dudar de su bastarda sangre celta?). Me había prometido no mirarlo. Ahora. La voz de Fabio Pulcher. gacha y calva. Pero cuando pasó. Derroté a Filipo de Macedonia y al Antíoco que llamaban el Grande. al igual que mis antepasados desde tiempos inmemoriales. percibía su olor mientras llegaba. en los pantanos de Macedonia y en las arenas de los desiertos de África. mis pares que sólo un hombre. zumban en mi cerebro como moscas. y delante. Pensaba que había ganado. Y como hombre me siento totalmente solo. El signo de la victoria. intensa. en posición de firmes. cuando llegue el momento. con los brazos pegados a los costados. en ordenadas filas. tal como habíamos convenido. Las injusticias de la vida. Fabio se levantó. y la testa de rústico. los que me deben incluso la capacidad de hablar. Vi. la utilizan para acusarme. He vivido la vida intensamente y ahora conozco las lágrimas de las cosas. padre de la cámara. los soldados de la guardia senatorial rodeaban la sala. y todo se lo he dado porque Roma ha sido mi vida.

mi secretario y amigo. me quitarán la vida. La garantía fue la ofensa final. avanzó desde los bancos hasta una tribuna que había a nuestra derecha. a quien llaman —añadió con desprecio. pensé. ni las tormentas. ni el hombre. yo no moriría del todo. nadie puede decir cuándo terminará mi vida. Por enfermedad. Dice que lo hirieron en una guerra. y yo. por la espada o el garrote. —¿Y qué pena pides? —Por las pruebas que ya os he enseñado. oh padres. y en esta época no ha habido guerra en la que yo no haya participado. ni el hambre. Una construcción y un desmoronamiento: la vida de Escipión antes de que le llegue la hora de la muerte. es de extorsión. o los dioses. Así se rompió la cadera. escupiendo la palabra— el Africano. Pero no podrán destruir esta historia. sólo puede ser el garrote. como exige la ley. El Senado. —La última acusación. Después de tantos años en Roma. Qué voz tan vulgar. y por lo que diré hoy. El Senado tiene que escuchar la voz del pueblo. —¿A quién acusas? —preguntó Fabio. la presento en nombre del Senado y del pueblo de Roma. Aunque no existiera esta historia. Marco Porcio Catón. sólo puede haber una pena. mirándome. Una pena que. Creo la anécdota de que en realidad fue coceado por una mula. yo en mi villa costera de Literno y mi hermano en su casa de Roma. Estamos esperando el veredicto. Pero después de casi treinta años de soldado. —8— . he aprendido a vivir sin miedo. padres. comienza. Yo no lo he visto en ninguna.. —Nunca he huido de nada —dije—. con su cojera de cangrejo. tras dar garantías de que no huiríamos de Roma. Mi hermano busca en el vino un olvido negro. Lo que ahora leéis es su relato. Bostar la copiará cuando haya terminado y pondrá las copias a salvo. Quizá dentro de varios meses. Las hazañas de Escipión serán su erosionado y magnífico monumento fúnebre. Vaya piojo. habla todavía como una verdulera.. Casi ni se le ve por encima del antepecho de la tribuna desde la que lanzará su acusación. Hace casi un mes de todo esto. ni las enfermedades pueden destruir lo que he hecho. —A los dos hombres que hay ante ti: a Lucio Cornelio y a Publio Cornelio Escipión. ¿Huiré ahora de Roma? Quizá sepa el veredicto mañana. —Muy bien. Mi solaz está en esta granja y en la historia que estoy dictando a Bostar.Catón. Ni el tiempo.

sed alíquot constituta saecutlis et aetatibus. De Republica. y no se consolidó durante la vida de un hombre. sed multorum. sino por muchos. Pero nuestra República no fue fundada por un solo ingenio. Cicerón. sino en el curso de los siglos y las edades. 2 —9— . nec una hominis vita. II. I. PRIMERA PARTE La formación Nostra autem res publica non unius esset ingenio.

el asiento con incrustaciones de marfil y lapislázuli. Y es durante la paz. por ejemplo. aunque hace mucho que le di la libertad. dicen que dichas observaciones demuestran que soy helenófilo y no un verdadero romano. Los romanos estamos orgullosos de nuestros mecánicos e ingenieros. el respaldo de esfinges aladas. nuestros artesanos no podrían haber hecho una silla como ésta en la que me siento. Y lo mismo me pasa a mí. Desde las murallas de la ciudad sacó del agua las galeras de Marcelo. en Bitinia. La silla procede de la ciudad de Siracusa. No es un simple trozo de haya andaluza. Y se acercaba arrastrando los pies y con la cabeza gacha. Pero sólo nosotros tenemos el poder. como todavía lo llamo. Para llevar esta silla a su posición perfecta tendría que adelantarla dos dedos antes de sentarme. Siento el peso de los años. y no vuelve nunca? Me pregunto qué habré hecho yo. ¡Lo que podríamos haber hecho de aquel hombre! Durante dos años había desafiado a Marcelo con sus ingeniosas máquinas. ¿Crece y muere también el hombre. O Aníbal. frío y débil. sin adornos. los tejedores tejen y los poetas pulen sus versos. el dolor de la humedad. muere y vuelve de nuevo. de demasiadas cosas dándome vueltas en la cabeza. El me obligó a perfeccionar lo que se propuso destruir. «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». Aurio. sobre todo Catón. llamándome desde muy lejos. la vida. Haberme perdido el asedio es una de las pocas cosas que lamento. no durante la guerra. Amar lo griego no debería ser un insulto. también digo que sólo un pueblo como el nuestro ha podido crear con ellas lo que ha creado. pero la verdad es que esto también lo aprendimos de los griegos. me siento viejo. la belleza proporcional que había. perfeccionó la ciencia de la mecánica. Yo he amado.Las hojas están cambiando. de largos días y cortas noches. no y no! —le decía— Ven y siéntate tú. Lo enviarán a buscar. y la hierba. Entonces estaba yo en Hispania. y acercándolas al color marrón. con patas de cabeza de león. Estos pensamientos me consuelan. Sus catapultas hundieron a muchas otras. Arquímedes ajustaba las catapultas para que dispararan más lejos. Considera desde ella la clase de hombre que yo. de las heridas. Dicen que todavía está vivo. — 10 — . La luna crece. Sí. la silla en la que me siento. Considera. Aníbal odia. Pero Aníbal no vendrá. Cada vez que Marcelo retiraba los barcos. gracias a la guerra. Y mientras espero el veredicto del Senado y del pueblo. Catón se ocupará de eso. fruto del saqueo de esa ciudad por mi primo Claudio Marcelo hace veintiocho años. Escipión el africano. Parece ser que estaba dibujando en la arena y no quería que lo detuvieran hasta haber terminado el teorema en el que estaba trabajando. de hacer la paz. No es una silla corriente. —¡Aurio. mueve la silla y nunca la deja en su lugar exacto. soy. Bien. en Siracusa inventó una enorme grúa. Cada vez que limpia esta sala (sólo a él y a Bostar les permito que entren). Allí mataron a Arquímedes. En otra época discutía al respecto con Aurio. Mis acusadores. Qué estupidez. Sólo pienso en cuánto amor ha tenido que perder para odiar tanto. cuando los pintores pintan. Desde aquí veo cómo la estación fría marchita sus venas secándolas y amarilleándolas. y el sol. Así como admito nuestras deudas. Siento el peso de los recuerdos. Un maldito legionario le cortó la cabeza. mi esclavo personal. Aunque era matemático (tengo varios trabajos suyos en mi biblioteca). decía. He amado a Roma.

Hay cosas que no se pueden cambiar. Así pues. Soy como las botas viejas. no el latín. se pone una camisa de algodón azul. desde que terminó hemos seguido nuestra ordenada vida. Macrón. hechas a sus pies y que ya no servirán para otros. viendo las tierras y. muchísimas veces. Procedentes de Creta. ¿y qué más? ¿Ves los membrilleros? —Sí. pantalones galos blancos y botas de piel hasta las rodillas. fuerte. pan tierno. «Los cipos están bien. La criada Mulca sirve el desayuno temprano: leche caliente y pastas. con la silla demasiado atrás y la vista bloqueada por la ventana. arrastrándolas por la cara de Minerva del mosaico del suelo. —¡No. mientras dormimos. también trabajándolas. ¡Vamos! Siéntate como lo hago yo. Y dicto a Bostar. Pero lo entendería. Y yo adelantaba la silla. en el ocaso. El membrillero ha sido siempre mi árbol favorito. amo. por su dolor y su angustia. amo. Cinco membrilleros al tresbolillo donde Aurio. prepara tan bien. Aurio. Florecieron por primera vez hace tres años y pronto los veré cada día rebosantes de flores de color blanco cremoso y rojo intenso. Escipión está con su capataz. y los hay que no dan nada. a menudo. ¿qué ves? —Veo tu jardín. Pocos hombres dan a la vez flores y frutos. Por supuesto que nunca se lo he dicho ni se lo diré. Sé lo que va a hacer cuando veo lo que se pone. Sí. aunque deje la masa creciendo mientras dormimos. Hasta media mañana. Llevamos dos años viviendo en Literno. Decir algo le da vida y muerte. los veo. aromático. con la espalda erguida. aquí es donde me siento y miro mis membrilleros. Para cabalgar por la finca. por su vergüenza. Ya no serviré a nadie más. los planté ante mí cuando cumplí cincuenta años. le preguntaba: —¿Cuántos ves? —Tres. a través del gris del frío invierno. Ahora muevo la silla yo. vacilaba—. Eso es. —Sí. Amo a este hombre. sueño y recuerdo.—Siéntate. no! Y Aurio se levantaba y se alejaba. Pienso. Me gusta esta idea: la masa creciendo en casa de Escipión cada noche. Todo esto de un árbol pequeño. me dice cuando vuelve — 11 — . el amor es polimorfo y el lenguaje no. Y luego llegará el fruto. Aurio. Durante este tiempo. Ahora mira por la ventana. Me gusta que echen un poco en los pasteles de manzana que Mulca. al hacerlo. mi cocinera. sus ojos tropezaban conmigo—. Aurio no levantaba la vista si. sí. queso y fruta del tiempo. Además. arrastrando las sandalias. Podría utilizar la más indicada y decírsela en griego. ¿Qué es ego amo? ¿Una descripción o una definición? Los griegos tienen seis palabras para decir «amor». Dejé de practicar este juego hace quizás un año. Tiene que levantarse muy temprano. Sirvo a Escipión desde hace casi veinte años. sólo veía tres. astringente. —Siempre tenía que ladearme para hacerlo. tomaba asiento y miraba. Bostar». hemos ido a Roma sólo para el juicio. Al menos. Y cada vez. —Como siempre. Lo amé en su juventud y lo amo ahora.

En el mar están todos los colores. Dejaré a las dos emerger y mezclarse como el mar agitado. Durante un rato estamos solos con nuestros pensamientos. Demasiados patricios romanos explotan sus tierras. del griego brachys. Bostar. —¡Ah! Pero las tengo. Escipión es diferente. Él los ha colocado.. Quizá fuera por mi niñez. sentía y oía las olas estrellándose en la playa. Es la clase de juego de palabras que nos gusta. Siempre me ha gustado mirar el mar. Escipión es un entusiasta del abono. Lo llamo taquigrafía. tiritando bajo la manta. cuando vuelve. las tormentas invernales estallando en nuestra puerta y nuestras paredes. aterrorizan a sus arrendatarios y ninguno sabe ni se preocupa de si en las granjas crece trigo o cebada. por oposición a tachys. no sólo el pasado. No todo puede ser cercado. endulzada con un poco de miel de las colmenas de las colinas en las que crece el tomillo silvestre. — 12 — . sin interrupción hasta la comida del mediodía. Más tarde. empieza. Bustos rudimentarios de extraños dioses rurales en las lindes de la finca. En todo caso. qué pastos están verdes. Ha debido de llover mucho. Le enviaré a Aurio». añado lo que sé y. a veces. verde. dos presentes. He perfeccionado un sistema de escritura del que me siento orgulloso. Escipión dicta y yo escribo. pero no he oído nada». o «el trigo se almacenará por la noche. sobre todo en esta época del año. que sólo he sido capaz de romper fronteras cuando he sabido dónde estaban. Bostar». Tengo que escribir un tratado sobre mi sistema. Pero no sólo cuida los cipos. Por eso las pongo aquí. «Hoy hay que limpiar de piedras los campos de Quintucia. salía y me quedaba inmóvil. se llame como se llame. transcribo mis notas. o «el vaquero Estulto tiene fiebre. Sí. Escipión se sienta en la silla en la que está ahora y. qué huerto necesita abono. miraba. Así. Suben los tributos. mientras sean rentables. Veo el mar aquí en Literno. pero Escipión piensa que debería llamarlo braquigrafía. Si los demás fueran como él habría menos problemas en el mundo. a su debido tiempo.. negro. me permite escribir lo que dice Escipión a la misma velocidad que él habla. detrás de él. Así pues. En todo caso. —Las señalo cuando y donde puedo —me dijo una vez—. siempre me dice lo que está pasando. Siempre tengo al menos diez tablillas preparadas y estilos de reserva. azul. Cabalga por sus tierras para asegurarse de que sabe lo que está pasando: qué arroyo está seco. Le gusta ver la tierra cubierta de abono durante el invierno. los cipos griegos. A menudo discutimos de fronteras. con estas bagatelas cotidianas a nuestro alrededor y a nuestras espaldas. Está muy interesado por la agricultura y. Luego. Yo me levantaba. ésta es la historia de dos vidas en una. pronto. Pronto. Amenaza con escribir un tratado sobre el estiércol. no por las notas sino por mi memoria. Yo me siento a esta mesa. —Pero ¿por qué pones fronteras. Aurio trae infusión de mejorana. Se me ocurren otros temas más valiosos para su pluma. ¿tendríamos tiempo? La sentencia se pronunciará el día menos pensado. dos pasados.de tales excursiones. Y tu vida no ha conocido fronteras. Debes entender. durante dos horas o más. Escipión? Todo el mundo sabe cuál es tu tierra. describo el presente. Los dos somos uno y formamos nuestro futuro. «breve». Por las tardes. «veloz». los cipos. escribo la vida de Escipión. sabiendo que el ritmo de la tierra prosigue inmutable. guiándome.

Cuando pueda. El panteón familiar. atacar. Así que ahora me dedico a mis recuerdos. he sido uno de los que obraron. He visto en ellos el bermellón. Empezaré a contar las cosas que sucedieron antes de que yo conociera a Escipión. ¿Imagináis lo que significa ser romano y Escipión? Significa asumir la grandeza. Mira nuestro nombre. junto a la puerta Capena de Roma. Al escribir la vida de Escipión. Este orgullo es un — 13 — . o le sirviera. Entonces hará el viaje final y pedirá a los dioses una sentencia. Aníbal tuvo por fin noticias de Cartago. Y sin embargo. acariciar la tierra. una playa de Italia. El abuelo de mi tatarabuelo era ciego. La oscuridad me rodeó mientras permanecí sentado como una gallina con las alas plegadas. Roma es una de mis obras. el verde jade. hasta que aprenda. Sus compatriotas lo llamaban. El hombre descansa. me acosté y esperé el sueño. Sólo tenía el morral con los mapas y unos cuantos enseres. servidor de dos hombres que intentaban cambiar el mundo y descubrieron que el mundo tiene un equilibrio propio. Aníbal había dejado Italia. y quizás aún sea. estirado y con la palma al frente. Ya estoy dando forma a cosas que se suponen. mamar con la leche de nuestra nodriza que. contiene los huesos de muchos. Sólo los muertos ven el final de una guerra. ¿Cuántos vieron y obraron? ¿Cuántos crearon historia antes de que ésta los superase? Yo. las continuaré. y las ropas que llevaba puestas. Yo me quedé. Quiere decir báculo. Son el báculo de los grandes sucesos. hacia el norte. Ha sido. no una apagada y lejana estrella. que resuenan a través de los tiempos. quizá cuente también la mía. Con el rocío de la mañana de oro me alejé andando. No hay nada más agradable que la lenta llegada de la noche. pensé. La tierra descansa. Su hijo Cornelio fue su báculo (patrem pro baculo regebat. hasta que el brazo. hace casi veinte años. Aquella noche soñé que Aníbal era un cometa coruscante y flameante. ¿Quién sabe lo que dirán? Me había unido a Aníbal en Hispania. A pesar de todo. Entonces me senté donde estaba. lo siento en los huesos. como suele sucederme. solo. seguirá buscando. como han sido siempre. como dibujante de mapas. muchos Escipiones que han muerto a su servicio. Me pertenece y me debo a ella. En el mar todas estas cosas son una. Pienso en Aníbal. Así que me permito el lujo de ser didáctico. dice nuestra historia) y hemos llevado el apellido Escipión con orgullo desde entonces. Hasta que el odio le consumió. estuve a su lado. el ocre. incapaces de derrotarle en Italia. En él están todas las emociones. antes de que cruzara los Alpes e invadiera Italia. y miré el mar que se llevaba a Aníbal a la patria. Envuelto en mi capa. Dejaré bien claro lo que creo que significa ser romano. empezó a dolerme y a temblarme. He oído al mar susurrar como los amantes y rugir como los leones. Entiendo que esto podría parecer prematuramente didáctico. en casi todos los casos se limitaron a ser consecuentes. Hemos sido el báculo de Roma. con los pensamientos mecidos por la marejada. tenemos también responsabilidades. los romanos habían invadido África. Es el destino de los grandes.rojo y gris. lo que yo quería que fuese. Pues sí. tierra adentro. aunque tenemos derechos. Soñé con él. Estuve inmóvil hasta que perdí el barco de vista. Casi todo rejuvenece. las insurgentes. Pero yo sabía que no podía ayudarlo en el lugar a donde iba. Ahora se había ido a Cartago porque. las calmadas y las pasadas. Primero de joven y ahora de anciano. Roma es mía. Ahora veo el mar otra vez.

Una idea interesante. no tiene precio. no destruirlo. «Si hemos de ser griegos — dijo con desdén en el debate. Tengo que mirarlo antes de cenar. — 14 — . Detrás lleva la inscripción Manios med fhefhaked numasiosi. La guardia de la ciudad echa un vistazo de vez en cuando. Temo que he fracasado. hemos conseguido mucho. Sí. Bostar. Te he oído. Todavía tengo amigos en Roma. ébano y marfil. pues vive en ella desde hace sesenta años. el que tiene forma de grifo y me sujeta los pliegues de la túnica. y tengo oro. El broche es fascinante por otras razones. Siempre sueltas esa tosecilla cuando crees que divago. mirándome a mí—. por no hablar del de Cartago a seguir existiendo.. ¡seamos espartanos!» Mi abuelo fue una vez a Esparta. Rurio. Cuando Rurio muera. por muchas razones. con una embajada. He aprendido a prescindir de las cosas. tiene trescientos o cuatrocientos años de antigüedad. Catón repetía sin parar que los espartanos prohibieron todo menos los anillos de hierro. que ahora es mía aunque ya no voy por allí. Los echamos de aquí. Incluso nuestra lengua tiene raíces griegas. aunque está ya completamente sordo. ¿de dónde. Los hay peores. el Menón. las esculturas. Siempre está caliente. ahora los etruscos sólo son un nombre. pero lo había olvidado»? ¿Cómo puede el conocimiento ser conocimiento si se puede olvidar? Platón habla de esta cuestión en uno de sus diálogos. Pero se ha hecho algo que antes de mí estaba por hacer. de Preneste. ámbar. Corrige estas frases como mejor convenga. que late con la vida del hombre que lo hizo. Lo arreglé para que se hiciera así. los vasos. Deberíamos perdonar a un pueblo derrotado. Su obligación es ahuyentar a los ladrones. Sus ventanas están condenadas. sino por la paz. Temo por Cartago. glossopetrae caídas de la luna. Bostar? De Cumas. Bostar opina que esta inscripción es calcedonia. que no necesito.» Esparta no producía arte ni literatura ni filosofía. creo. Siempre estoy preocupado cuando pienso en Cartago. ¿Quiénes eran Manio y Numerio? ¿Cómo vivieron? ¿Cómo murieron? Siento que este broche está vivo. Siempre lo hago cuando estoy preocupado. tengo muchos objetos preciosos. Recuérdamelo. quizás a través de los etruscos de. Lo que no sabes es lo duramente que tengo que luchar en el Senado por el simple derecho de llevar anillo. alabastro. ¿Hemos destruido aún más? Con el pulgar. Sus fogones. Toco este broche de plata. Sólo el viejo portero. Bostar. Le preguntaron por ello cuando volvió. Lo miro muchas veces por semana. Nací en la casa de mi padre. Bostar. las alfombras. el índice y el corazón de la mano derecha doy vueltas al anillo que llevo en el meñique de la izquierda. Manio me hizo para Numerio. Comió su famoso rancho público. por ejemplo. Me cuido de toda la belleza que he reunido a mi alrededor. Lo sé. Es etrusco. No por el dinero. está en la casa. fríos. «No me extraña —dijo— que los soldados espartanos no teman a la muerte. mirra. pero lo había olvidado. Y Catón quiere que seamos igual.defecto. Su destino no está muy alejado del de este sello. ¿No es extraño que podamos decir «lo sé. Así que es mía y voy a explicarlo. Sí. esmeraldas y diamantes. venderé la casa. protolatín que quiere decir Manius me fecit Numerio. Sí. un alfabeto griego adoptado por los latinos primitivos. joyas de plata de Capadocia. Era un Estado construido a base de esclavos.. Tengo estatuillas de Nínive. Además. de Cumas.

Donde hay gente tiene que haber comida. sus jardines descuidados. Muchas tenían una pequeña vasija de agua y un pastel de cebada ante la imagen del dios. Di media vuelta y volví sobre mis pasos hasta llegar al centro del pueblo. Todos los pueblos italianos. perdido ya el interés. todos los meses viene de Roma con más. Primero olí el humo de leña y luego oí los ladridos de los perros. .. Mientras me acercaba. sus techos inestables. La casa en que nací. Pero con mucho gusto renunciaría a ese derecho a cambio de saber que Cartago está a salvo. Allí había una estatuilla de madera. chuchos repugnantes de cola enroscada. me incliné. tienen su propio santuario. aunque me la quitarán cuando tengan un veredicto. el costado derecho lleno de llagas. que representaba a Príapo. Sus chozas eran pobres.Bueno. —Viator sum! —exclamé—. —Silencio. Dadme algo de comida y me iré. Lo volví a intentar—. con el pelo grasiento y la cara llena de ronchas. me esperaban al pie de la colina. Su estercolero apestaba y humeaba mientras lo miraba desde de la colina. se rascaban y husmeaban. mientras paguen los impuestos al recaudador de Roma. Nada. El chico se metió dentro rápidamente. aunque no para los perros. Los campesinos itálicos comen perro. con pus en un ojo. hasta que llegué al final del pueblo. normalmente con dioses locales o espíritus conocidos sólo por los que viven allí. «Salve». He venido en son de paz. Aníbal destruyó todos los que encontró. donde los perros. dije. bastarían. una semicúpula de arcilla y cañizo que llegaba hasta la cintura. me miró desde la puerta de la primera choza. Aquel — 15 — . toscamente tallada. Pues me iré y escupiré en vuestro santuario cuando me vaya. —Esperé. yacían recostados. Teógenes. Ofender a los dioses y pisotear las supersticiones del pueblo es ir demasiado lejos. aunque pobres. y su nombre. si había que juzgar por la perra gris y coja que estaba un paso a mi izquierda. . Soy un viajero. Secunio. Vi un halcón volando en las alturas. Esa casa es mi último lazo con Roma y Roma ha sido mi vida. Yo nunca lo he hecho: creo que la carne es impura. incluso un melón. Catón quería que aprobáramos una de sus innumerables leyes suntuarias que prohibían los anillos que no fueran de hierro. Mi estómago gruñó. las costillas visibles. Las cortinas de las chozas se iban cerrando según me aproximaba. Aún recuerdo aquel primer pueblo al que llegué. Los romanos siempre dejan que los pueblos conquistados conserven a sus dioses. Pero estos objetos no me atan. Casi di media vuelta. las ubres colgando. Sólo el zumbido de las moscas y el sol calentándome la cabeza. Sólo quiero algo de comida.. ¿Cuándo había comido por última vez? Sólo perros. mi tratante en arte. Un arroyo lo cruzaba. es demasiado grande para dejarla escapar ahora que aún es mía. o de queso. Pensé que así era Italia ahora que Aníbal se había ido. . sin embargo. Estoy muy orgulloso de mi ius annuli aurei por el que yo y muchos otros podemos llevar sellos de oro. En eso por lo menos lo derroté. Se asentaba en un desfiladero. creo que fortaleció la fe de sus víctimas. Esperaba que un poco de pan. De hecho. pero el hambre me hizo avanzar. Había visto muchas iguales antes.. Seguí andando. Estaba hablando de posesiones. Una cortina de pellejo de vaca se agitó tras él. Quería aniquilar la mentalidad romana. Espanté a los perros y seguí andando. Al llegar había pasado por delante del santuario del pueblo. Fracasó. Quizá yo también tendría que cazar—. Un niño desaliñado.

Quizá pueda decirse lo mismo de Roma. con la toga limpia. ¿Y qué tiene esto que ver. había sangre. como cuatro antepasados anteriores a él. el derecho de estar todos representados en pinturas o esculturas durante cientos de años. un héroe de la guerra que también había sido cónsul. no creo que puedas distraerte de tu braquigrafía. Mi padre se puso furioso y dijo a uno de sus lictores que mandara desmontar a mi abuelo. era rey entonces. Para todos los demás pueblos que conozco. una tranquila serenidad en la casa de una familia que había servido a Roma durante tanto tiempo. todos juntos dirigen el Estado. no tengo ganas. mi abuelo exclamó: —Te felicito. no designados.. una voz de viejo. Lucio Escipión Barbato. El pueblo tiene sus representantes. forma de gobierno que reemplazó a la monarquía hace trescientos años. es probable que lo entiendas. Según pude juzgar por los huesos. Escipión Barbato fue cónsul. había siempre un sentido de luminosidad. Obstinado. débil y gastada—. Mi padre estaba presenciando un desfile militar de jinetes. los cónsules. diréis. los ediles. construyó la casa en el Palatino. los tribunos. el burro es el símbolo de la estupidez. Pero no he visto los bustos de cerca desde que era niño. Ajusté las tiras del morral y eché a andar hacia el santuario. ¿Lo entiendes tú. Los italianos parecen pensar que el burro es la personificación de la lujuria. Es mayor que el Senado o el pueblo. Los cónsules de Roma son elegidos. con la casa en que nací y su luz? Bueno. lo expulsó y fundó la república romana. Su mascarilla fúnebre todavía está allí. —Hic! —dijo una voz a mis espaldas. pero estúpido. o secándose en la hierba y la tierra. Nuestros dos cónsules son los magistrados supremos militares y civiles de Roma.. sin embargo. rodeado por sus lictores o funcionarios. Mientras bajaba del caballo. o lo era. aunque su deber es servir al Estado y estar sujetos al imperio de la ley. Publio Escipión. Ahora que lo tengo. ¡Aquí. habló en cierta ocasión con su hijo. Es cuestión de equilibrio.. Sólo un romano puede entender lo que eso significa. forastero! Luz. que también son elegidos. que entonces era cónsul. Bostar? ¿Puedes entenderlo? No. He dicho «al Estado» a propósito. ¿O está en la que hay a mano derecha? Hay tantas mascarillas y bustos. Al Estado y no al pueblo. A su alrededor. pero el pueblo se levantó contra él. Lo que más recuerdo de aquella casa de Roma es la luz. los censores. Mi abuelo. No lo entiendo.. los clientes de mi padre llegaban para saludarlo y esperaban en el atrio a que les — 16 — . De todas formas. Cada mañana. seca. Mi abuelo no desmontó cuando llegó a su altura. un etrusco. Es la suma de todas sus partes. Había orden y paz. mi padre. Tarquino el Soberbio. a la izquierda. Nunca tuve tiempo. Me consuela ver que se mantiene el respeto debido a un cónsul. Ellos. Mi familia posee el ius imaginum. La autoridad del cónsul es total. en una hornacina del atrio o patio central. Su oficio es fundamental para la República. era sangre de asno. aunque sabía que mi abuelo tenía reuma y le resultaba muy difícil montar y desmontar. los pretores. Mi bisabuelo.santuario no tenía nada.

qué chico —dijo riendo por lo bajo. De allende el peristilo llegaba la luz en oblicuo. y que los plebeyos se nos enfrenten desde el Aventino. al otro lado de las puertas de cedro y ya en el peristilo. difundiéndose por las habitaciones que lo rodeaban. sabían cuál era su sitio. Su sonrisa desapareció—. Pero había una luz más allá. Tenía los ojos castaños. Cuando cumplí ocho años. El mundo estaba lleno de luz. Publio. que ensanchaba suavemente las comisuras de su boca. —Mi abuelo construyó esta casa en medio de la ladera por una razón: para que la gente nunca pensara que los Escipiones estaban demasiado por encima de ellos. padre. Publio. sin techo igualmente. —Obedecí con la espalda erguida. las despensas. que se encontraba sentado en la sala principal de recepción. Eran pequeñas. sus clientes se adelantaban a saludarle. Pero estás equivocado. ¿Por qué puede ser. Publio? No te entiendo. mientras. aparecían arrugas alrededor de sus ojos. Y cuando sonreía. ¿Dónde podría estar. allí estaba la luz que amaba. padre. El suelo del claustro que rodeaba el jardín era de pórfido. Los demás son muy libres de construir sus casas tan arriba como quieran. Tienes razón. Ponte delante de mí. Puedo verlo ahora. se levantó y paseó por la sala. Se volvió con brusquedad y me miró—. pero yo siempre quería tocarlas. pero el blanco de los suyos era blanquísimo. Sostuve su mirada. El pórfido resplandecía. me puse al lado de mi padre. Esto es importante. —Tosió. —Padre —pregunté—. Nunca lo hice. Es extraño. Cuando era niño. pero somos el mismo pueblo. Así las casas que hay encima de nosotros no nos taparían la luz. iguales ante los dioses y ante la ley. aprendí a disfrutar de la luz tal como la teníamos. Recuérdalo. Nunca lo he olvidado. delgadas y tiernas. nuestro jardín con columnas.. Sólo los edificios de la falda de la colina impedían que toda la sala estuviera bañada por el sol de la mañana. —Qué chico. Las casas más altas tapan la luz. Pero ningún Escipión se levantará por encima de su condición social. padre. uno por uno. el tablinum. paseaba.. se me permitió por primera vez estar detrás de mi padre. como me habían enseñado desde que empecé a ponerme de pie—. y de mármol verde. Tenía una sonrisa muy amable. nueve?) en que la casa dormía. por el jardín. Cuando el último de los clientes se dio la vuelta para marcharse. — 17 — . Mi padre sonrió. Una mañana de primavera (¿tenía ocho años. Publio —con una seña me despidió. Siempre me he levantado temprano. los despachos de mi padre. Pasado el atrio y el tablinum. ¿Estás escuchando? —Desde luego. la luz derramándose a mediodía por el atrio sin techo. ¿por qué está aquí nuestra casa? —¿Por qué aquí. si no? —En lo alto de la colina. las rodillas juntas y los brazos a los costados. Siempre he procurado servir al pueblo. como yo. como los sirvientes y los miembros de la casa. rojos intensos y ámbares incandescentes. —Puede que vivamos en el Palatino. Todos ellos.llegara el turno. los dormitorios. de una cantera egipcia. Publio? —No lo sé. tiritando de frío.

Su pelo era liso. La gran victoria de Aníbal sobre Roma cuando los muertos. ¿Vas armado? Levanté las manos. —Lo sé. Esto último es cierto. Las moscas zumbaban y oía el tintineo de los cencerros de las cabras en la colina y a alguien moviéndose dentro de la choza. Lo sé. Sólo quiero algo de comida y me iré. Porque hay más cosas en la vida que la guerra. Ambas. se dijo. ¿No eras demasiado viejo para que te reclutaran? Escupió y esbozó una desdentada sonrisa de resentimiento. señalando sus manos—. en la última guerra contra Cartago.. anciano. los encargados de las levas recorrían el campo en busca de cualquiera que pudiera empuñar un pilo y un escudo. ¿Había estado Aníbal dieciséis años en Italia? ¿Realmente se había ido?—. Fui decurión de la legión de los Vetulantes. Se hizo el silencio. y puso los taburetes al lado de la puerta—. mucho tiempo — 18 — . Yo asentí y me dispuse a irme—. se metió en la choza. antes de comprender que ya no volverían. Te he oído. sus calzones rasgados. —Sí. forastero ¿qué te trae por aquí? ¿Eres un vendedor? Por tu aspecto. Luché en Sicilia por Roma. vienes de Oriente. en los desesperados días anteriores a Cannas. Lo sé. aunque llevo aquí mucho tiempo. —¡Se llevaron a otros más viejos que yo! ¡Todos los que podían tenerse en pie fueron obligados a luchar contra ese Aníbal! —Hizo la señal contra el mal de ojo. ¡Pero no soy un cobarde! —continuó—. vi. —No. Esperamos durante meses —su voz perdió intensidad—.. No contestó. Siéntate.Me detuve y di media vuelta. Me miraba fijamente. forastero! —dijo y me miró a la cara por primera vez. —Armatus? —murmuró—. Había oído que los italianos se cortaban los pulgares para eludir el reclutamiento. Sí. Me hizo señas de que me acercase. apelmazado y gris. Yo estaba allí. ya que. Apoyó las manos en las rodillas. Salud. que se alejó gimiendo. Mis dos hijos lucharon en Cannas. Di unos diez pasos hacia él. —Entonces. —No nací en Italia. Le oí hablar y una voz de mujer contestó en voz baja. Lo vi: Era pequeño. Soy su jefe. Pero a ti. antes de darnos cuenta —cerró los ojos con fuerza y tragó saliva—. —¿Por qué? —pregunté. sus pies desnudos. siéntate. —Con sorprendente rapidez. Tengo hijos. te he oído. pero asintió a modo de respuesta. he pagado mi deuda con Roma —añadió suavemente—. Cannas. Tengo mujer aquí. Se escarbó la nariz. —casi se lo dije. habían perdido los pulgares. senex. encorvado y estaba en la puerta de la última choza. He venido en son de paz. Vi fuerza y voluntad en sus ojerosos ojos—. Su camisa estaba remendada y sucia. Volvió con dos pequeños taburetes. eran demasiados para contarlos y el río Aufido corría rojo hacia el mar. ¿por qué te negaste esta vez? —¡No me juzgues. Le dio una patada a un chucho dormido. —Salve. forastero. Éste es mi pueblo. Dieci.

los Poticios traicionaron los secretos del ritual. Mi — 19 — . Mi dormitorio. Puede que el Senado me los quite un día que no tenga nada mejor que hacer. Comida. en el plazo de un mes murieron doce familias del clan. El no hacía más que detenerse. Los romanos estamos unidos por muchas cosas: nuestras leyes. Las láminas de selenita de las pequeñas ventanas dejaban entrar poca claridad. por ejemplo. preceptor. puedes quedarte. en nuestros nombres. preceptor. hace cien años. Pero somos un pueblo formado dentro de la familia. geografía. todas las puertas se abrían hacia dentro. Los clanes romanos están unidos por algo más que la sangre. Parecía recordar todos los nombres. Los goznes de la puerta de hierro del mausoleo chirriaron. Luz y sombra. y seguí a Sosio al interior de la choza. Bajo las figuras había inscripciones. Valoro ser un Escipión mucho más de lo que valoro mi vida. miraba hacia dentro. Entonces. ¿Sabes trabajar con la azada? —Sí. —¡Bah! —escupió Sosio—. por ejemplo. mi padre me llevó a dar una vuelta. ¿Y tú? —Sosio —dijo—. Algunos todavía me llaman así. Somos un pueblo endurecido por las muchas guerras que nos parieron con dolor. ¿Preceptor? ¿Qué enseñas? —Lo que puedo: idiomas. se ocupaban de los ritos de Hércules en el viejo altar del mercado de ganado de Roma. Me llamo Bostar. no soy vendedor. Alrededor tenía figuras esculpidas que me daban miedo. los mercados y las calles. la multitud. sólo para mí. el tablinum y la sala en la que estudiaba siempre estaban a oscuras. . profundas sombras y luz cegadora. —Bueno. La tumba era inmensa. Pero nuestra casa era privada.» O a otro: «¿Y el nuevo almacén? ¿Ya está terminado?». sus habitaciones daban unas a otras. Así es como fui criado. astronomía. después del ajetreo del foro. Pero el atrio y el peristilo ardían de luz. Casa romana y familia romana. ¡Aquí no necesitamos aprender! —Se rascó la ingle—. «¿Y cómo está tu tía? He oído que ha estado enferma. Cuando. el que define una rama de mi gens o clan. para saludar o ser saludado. con la toga blanca en un mar marrón. Recuerdo el calor.—opté por decir—. Pensé en la luz y la sombra de la intimidad.. Ahora parece cosa de risa. El silencio fue repentino. Los Pinarios y Poticios. las ventanas eran pequeñas. He visto lo suficiente para saber que esas cosas son posibles. «Africano» lo podéis descontar. Es lo que recuerdo de la casa en que nací. ¡Mujer! —¡Lista! —dijo una voz ahogada. Tan pronto como pude leer (¿tenía cuatro años o cinco?). Soy. Fue un largo paseo. —me lo había preparado— pedagogo. La puerta principal la guardaban día y noche un portero y mastines de fauces babeantes. Pero no. dijiste. Los bárbaros se burlan de ellos en vez de pensar en la fuerza que comunican. o eso dicen. nuestro sentido del destino. y además está Escipión. pero ya he tenido honores de sobra. Mi nombre es Publio y Cornelio mi apellido. las paredes la cerraban al mundo. Yo estaba cansado y no entendía nada. Fijaos. Es un nombre honorífico para el conquistador de África. . No me opongo..

Al menos no es carne de perro. no tan profundo! Hacía mucho tiempo que no cogía una azada. Los griegos utilizan las judías para votar. —¡No. Cuando lo hacía. mujer? Yo comí cuatro raciones y varias tortas de cebada. mi padre me ayudaba. dejarás que el sol penetre demasiado en la tierra. Se quedó en silencio largo rato. . Deberías alegrarte si. la judía. y después de que el hombre al que había servido marchara a África. Supe por Sosio de la desolada Italia. bajó la mirada y volvió a mirarme—. ¡No tan profundo. . ¡Entonces. pensé. —Si cavas muy hondo. dijo mi padre: —Éstos son tus antepasados. Quizá pensaba que si sus adeptos las comían. quiero decir hombres enteros. agitando el bastón—. Sosio se irguió. Reveréncialos y aprende de ellos. en un pedazo de tierra de Brucio. Sosio refunfuñando. Un griego. Pitágoras no quiso decir a sus seguidores que no se metieran en política. Escipión. Las hormigas trepaban por mis espinillas. Si fue así. se tirarían pedos cuando estuvieran a punto de metempsicosearse a un sacerdote o a un hombre santo. creo.. y entonces. Eso se escribió por tu abuelo. — 20 — . Nunca lo he olvidado. Había uno de veinte años.. fue ciertamente un hombre sabio. llamado Ostio. pero había perdido ambas piernas bajo la sierra del cirujano después de Trasimeno. No lo olvides. no. Su memoria es prodigiosa. —¿Judías otra vez. Ahora levántate y léeme la inscripción que hay a tu lado. plantando judías. —Enmudeció. —«He aumentado el mérito de mi raza con mis banderas en alto —decía la inscripción—. Yo hice lo mismo. No titubeé mucho. se dice de ti . Después de dieciséis años viajando con un ejército. Interesante legumbre. He engendrado hijos. Todavía de rodillas.» —Bien. al prohibir la humilde judía. Bostar. Las raíces se secarán y entonces. no tendremos judías! Ambos reímos.padre se arrodilló. No sé quién escribió un tratado sobre la memoria. Quise rascarme. He seguido las hazañas de mis antepasados para que se regocijen de que haya nacido de ellos. Era asombroso que Roma hubiera luchado. ¿Aristóteles? Tengo que consultar la biblioteca esta noche. Aunque yo siempre he sospechado de la veracidad de esta historia. Habíamos comido judías. Pensé que no debía hacerlo. Me pregunto si. Publio. Pitágoras las prohibió. cuando mueras. bien. Sosio decía que su pueblo era típico. El honor dignifica mi estirpe. Pero la primera interpretación es mucho más interesante. Un día tengo que preguntarle cuándo o cómo aprendió esa habilidad. aquí estaba. No habían quedado hombres de más de catorce años ni de menos de sesenta. lo que también yo espero que se diga de mí. como es lógico. y terminarían habitando el cuerpo de un perro. pero memorias como la de Escipión están forjadas por el uso y el arte. no! —exclamó Sosio. La naturaleza da a algunos hombres mejor memoria que a otros. yo dando las gracias.

Únicamente lo vi un par de veces. Recuerdo la tarde. La hoja brilló con los últimos rayos de luz mientras oscilaba. —Desertor. pero hay muchos romanos cojos que pueden decir lo bien que funcionó.Aquélla fue una de las maniobras más efectivas de Aníbal. Castelo. Su cena se va a. Sosio era un hombre inteligente. —Sí. distraído. Yo estaba revolviendo paja junto con Sosio. Dio un paso atrás. Aníbal hizo que sus hombres destacados en Hispania practicaran ambos golpes durante horas con muñecos de paja. Nunca he conocido a nadie que pudiera hacerlo tan aprisa. —¿Y ése? —pregunté. Yo soy brucio. no romano. yo le habría encontrado el talón! ¡Bueno! ¿Dónde está ese filete? Aníbal enseñó bien a sus hombres. Y entonces introdujo un tercero. —Creía que los romanos crucificaban a los desertores. ya que. Castelo. — 21 — . y luego subía como una centella para cortar la pierna del muñeco a la altura del muslo. ¡Si Aquiles hubiera sido romano. que él sujetaba con los muñones. Es un golpe sin elegancia. dando vueltas una y otra vez a su filete en el plato: Entonces dio un salto y lo vimos dirigirse a zancadas al campo de entrenamiento y a los muñecos. . uno de los lugartenientes de Aníbal. lo vimos quitarse las grebas y atarlas a las piernas de un muñeco. parecía ser el centro del mundo de las pulgas. Lo he conseguido —dijo al sentarse—. pero aprenderemos. Los romanos estaban acostumbrados a la estocada recta con la espada. Ostio se pasaba todo el día en su choza. Como sólo Capua se había aliado con Aníbal. inmóvil. fue cuando vino por primavera y la mujer de Sosio le llenó la calabaza de agua. La primera vez que lo vi. sí. concentrado. —De dolor. La estocada necesitaba más espacio que otras. O esto o el tajo en el cuello y en el espacio entre el peto y el casco. De él aprendí algo que no había entendido antes. Estábamos sentados alrededor del fuego. donde estábamos. meditabundo y solo. A la débil luz. atrás y abajo. a apartar el escudo y atravesar el peto. comiendo. Todos teníamos. —Lo hacen cuando tienen tiempo. —¿Qué está haciendo? —dijo Castelo—. —Nunca —dijo Sosio una noche que estábamos hablando—. —¿De qué se alimenta? pregunté a Sosio. mañana un nuevo ejercicio. Era el cabrero del pueblo y apenas se le veía. —Ya está. Bostar de dolor El otro joven que había tenía piernas. había estado diciendo que teníamos que levantar el campamento. Recuerdo lo rápidamente que Aníbal sacó su espada. yo había dado por supuesto que toda Italia era leal a Roma. pero no manos. Castelo —dijo Aníbal. . Todos. andando hacia las letrinas con los brazos. Aníbal sonreía cuando volvió corriendo. Sosio ni siquiera levantó la vista. Habría sido mejor para él que lo hubieran tenido.

. atraía sobre sí la venganza del resto. —Ahora apenas podemos alimentarnos —dijo Sosio. pero con otro sufijo. Lo seguí por el vado. pero aquellos campos sólo daban ya malas hierbas. No dijo nada más. tío paterno. Vi tallos de cebada. su clan. lo que habían sido campos de cultivo. Esta afirmación puede que sea redundante. ¿Cómo había podido combatir Roma? La gens de un romano. Es la capacidad de resistir. No sólo eso. preceptor. —Pero esto puede arreglarse –respondí. Sosio se alejó. esclavo. Aníbal no habría ganado mientras quedara vivo un romano. y por tanto contra miembros de una familia. «madre» como quien dice.—Entonces. hermana. Doce. fámulo. Dejando a un lado la azada. el nombre de «amita». —Mira. ¿por qué serviste a Roma? —Porque antes de que llegaran los cartagineses. Este pueblo posee una tozudez extraordinaria. malditos sean. Otra vez la tos. Bostar. es lo mismo que pater. lo he oído. —la voz de Sosio se quebró—. y algunos todavía lo son. ¿Por dónde iba? Aníbal estaba luchando. Pirro. —Tal vez. sino contra miembros de una gens. preceptor. pero ésa no es la palabra. sino a todos los habitantes de la casa. Nuestros jóvenes están muertos o mutilados. el pretor subió a la columna rostral del Foro para decirlo al pueblo y lo único que dijo fue Pugna magna victi sumus. incluso después de haber pagado a Roma el correspondiente diezmo sobre nuestro grano. Piensa que nuestras familias están unidas incluso por el idioma. pero no en el tiempo que me queda de vida. Podíamos comerciar. había campos de cultivo. Familia no sólo se refiere a la familia cercana. Volvamos a las judías. incluidos los esclavos: la palabra viene de famulus. Todos mis primos por parte de madre eran. sobrinos o consobrinos. A la hermana de mi madre. que es prácticamente lo mismo que decir «mamita». A1 matar a un miembro. O mejor dicho. padre.. Anduvimos en silencio hasta la cima. no contra individuos. Julia. de seguir siempre adelante. Patruus. pendiente arriba. Cualquier otro pueblo se habría rendido después de Cannas. Los muros se estaban derrumbando y las acequias estaban atascadas. me refiero a la calidad. esta aldea vendió doce carros de cebada. Daba a la mujer de mi tío paterno. Nuestros. términos vinculados con soror. Nuestras palabras «abuelo» y «nieto» son casi las mismas que las que se refieren a tío materno y sobrino. Está bien. Ven y mira. El año que volví de Sicilia. «Nos han vencido en una gran batalla». — 22 — . . hacia el norte. . Es más que eso. estrechándose en la distancia. Pero cuando la noticia del desastre llegó al Senado romano. Toda nuestra región es un páramo. Roma luchaba por los vínculos de sangre. En la llanura que se extendía a nuestros pies. Estaba aquel pirata. Debería dictarte mis memorias y no un tratado sobre lingüística. Roma había traído la paz. Pero es verdad. Los caminos estaban limpios de bandoleros y los mares de piratas. pero pronto lo ahuyentaron. la conocía como «matertera». no es todo. Antonia.

—Preceptor. No luchaban por su libertad. "Júpiter. Su pueblo casi murió de hambre. Miró a aquel hombre aterrorizado y dijo: "Porque nunca te he tenido aprecio". se encuentran en el foro. cuando cumplí ocho años tuve que aprenderlas de memoria. Si in ius vocat ito. Sin embargo. hemos nacido para luchar por Roma. más que nada. — 23 — . Plebeyos o patricios. Júpiter. Cavábamos de nuevo. donde todo el mundo puede verlas. parpadeando a causa del sol. »Supongo. Como todos los niños de Roma. se incendió su choza y ardió hasta los cimientos. Su mujer murió al dar a luz. Vamos. —Soy tu fabro. Sus hijos murieron en las Galias. Los que no eran esclavos. Para apuntalarlo todo. —Miró hacia el sol—. ¿Por qué no renunciasteis y os fuisteis? Sosio se irguió. preceptor. Lo que no comprendimos fue que. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. al ser molestadas. hemos nacido para esto. ¿por qué a mí? —exclamó—. Mi padre luchó en la primera guerra contra Cartago. Encontré el aprendizaje fácil. Las hormigas que había debajo. lo primero que hizo el Senado fue reponer las Doce Tablas. ¿Por qué a mí?" »Entonces. un relámpago cruzó el cielo y Júpiter apareció en una nube. Aníbal se echó a reír. Cuando oímos que estaban compuestas por esclavos. pisoteado por un elefante de Pirro. para colmo. el Senado prohibió lamentarse y reclutó nuevas legiones. ». . a pesar de que le faltaban los pulgares. ni it antestamino. una hora más y lo dejamos. . Sosio trabajaba duro. pero eran de la familia. llámelo como testigo y lo tendrá. —Sosio dio una patada a un terrón. no eran esclavos como los que conocían los cartagineses. Luchaban por Roma. que por eso seguimos adelante. Su cosecha fue arrasada por una tormenta de granizo. Mi tío murió en la batalla de Ausculum. Eran miembros de una familia. se arrodilló y elevó sus ojos al cielo. un esposo. como Escipión acaba de señalar (en realidad. «si un hombre llama a otro al tribunal. tu forjador —me dijo mi padre—. y lo primero que quiero es que entiendas la ley. un primo o un amigo. Entonces. con la que incluso a mí me han juzgado. —Pero ¿por qué tolerasteis todo esto? —le pregunté—.No había nadie en Italia que no hubiera perdido un padre. Eso no importaba. La anécdota favorita de mi padre trataba de un campesino brucio. Las leyes. Son el alma de Roma. si no lo hace. eran hombres como Sosio. sea declarado fuera de la ley. Si un comerciante estafa a un cliente. Cuando vio los rescoldos que quedaban. Puede que no fueran libres. igitur em capito. me parecen de sentido común. los romanos tenemos la ley. mi tos era auténtica esta vez). todos somos iguales ante la ley y para nosotros la ley se encuentra en las Doce Tablas. Cuando Roma fue incendiada por los galos hace doscientos años. Precisamente me había estado contando todo lo que é1 y su pueblo habían sufrido en la guerra. como él y como yo. se alejaron correteando—. Inscritas en láminas de bronce. Aunque también creo que uno de los dichos favoritos de mi abuela es cierto: «Lo que sé sobre el sentido común es que no es común». tiene que ir.

Los oí trotar por la calle. —¡Quédate donde estás! —exclamó una voz. El primero de los jinetes se puso casi encima de mí. Miradlo vosotros mismos. Un pilo golpeó la tierra a mis pies. y otras cinco ancianas. sus adormilados y famélicos perros. envueltos en pieles y armados. sus míseras chozas. —¿Alguna mujer? —Alguna. bastardo? ¿Pero qué? —y de repente adelantó el caballo y me puso la punta de la espada en el cuello. bajo las píeles. eructó y la pasó. las flemas de su bufido aterrizándome en el pecho. El jefe dio medía vuelta. lo que sí es seguro es que apesta. ¿Cuántos sois? No pude identificar su acento. con el bayo puesto de manos. —¿Algo de oro. los vi llegar. Aún puedo recordar su olor a rancio y a sudor. con barba. delante de ellos. sacó una bota de vino. nueve jinetes. —Puede que sea pobre o puede que no. Dio un bufido. Sulpicia. La espada se apartó. A la luz creciente inspeccionó Secunio. A la media luz. un jubón de cuero. Tres jinetes hicieron dar la vuelta a sus caballos. Tenía los pómulos pronunciados. moreno y de piel oscura.Oí el ruido de los cascos de los caballos. Los nueve me rodearon formando un semicírculo. Me quedé fuera. —Muévete y eres hombre muerto gruñó el más alto—. Llevaba un casco galo y. haciendo retumbar la tierra. Mi choza era la más cercana. El alto hizo un ademán con la cabeza. Nuevo ademán con la cabeza. plata? —No. —Me temo que sí —contestó uno. — 24 — . —¿Ni siquiera una joven? —No. —Pero son viejas —dije muy despacio. . . Yo me quedé quieto. —¿Ése es el lote? —preguntó el jefe. Otros tres dieron media vuelta. Portaba espada y hacha de guerra. —¿Has dicho pero. iba la mujer de Sosio. Este lugar es pobre. Trastabillando calle arriba. levantado y fuera. —¡Veremos si son demasiado viejas para nosotros! Los otros cinco corearon la risa de su jefe. ¿Ligures? —Unos treinta —dije con claridad. El hombre que había a la izquierda del jefe. Un pinchazo con la espada. No tardaron en volver los tres primeros. pero. El jinete era alto. bebió. Estaba despierto.

cuando digo nuestros dioses quiero decir nuestra religión.—Maldita sea. o cualquier otro. Me gustan jóvenes. quantas possumus maximas. Vesta y los manes. Recuerdo la última inauguración de las Saturnales a la que asistí. Tercero. después de cenar. Catón y otros miembros de la brigada reaccionaria (me gustaría poder decir que son viejos. incluso Poseidón. ¿Habrá. Bueno. ¡Desnudaos! El sol acababa de salir por la colina que se alzaba sobre Secunio. con el que dicha conciencia se identifica? Pero de nada serviría lanzar esto contra Catón. . Cerré los ojos con fuerza. Aquel recuerdo me obsesionaba. para entrometerse. La palabra religio quiere decir. Tal como nuestras familias. —Si los asnos tuvieran dioses. aparece en medio. Pero los dioses y la religión del pueblo están mucho más cerca de la casa familiar. los concebirían como asnos —dijo Bostar. porque ya no sé en lo que creo. llorando y gimiendo de vergüenza. Así lo entiendo yo. Tiene lugar una batalla y de repente Atenea. ¡Silencio. Es el único aspecto de Grecia que me deja frío. como si su vida dependiera de ello. pero casi todos son jóvenes) creen realmente en el Panteón de los dioses. Jenófanes de Colofón. ¡Bueno. las seis ancianas se quitaron las ropas delante de nosotros. No puedo aceptar esas historias de Homero en que los dioses bajan a la tierra cada diez minutos. una conciencia única. Los dioses griegos son simplemente hombres con ganas de gresca. nuestras leyes. Quizá yo sea monista. ¡Desnudaos! —Sulpicia gimió—. o Ares. Es uno de los aglutinantes que mantiene unidos a los romanos. A veces. per divos. Juno. Oí desmontar al hombre y me llegó su olor: sudor. «religación». Quizá sí. Mercurio. por lo que he sido juzgado. en su lugar. ¿no gobernará con la razón el universo. ajo y vino. O quizá crea que no hay dioses. ¿eh. No. como Jenófanes. suficiente y eterna? Y si es así. un vínculo doblemente estrecho. No lo discuto. Sus dioses residen en el fogón de su cocina y en el fuego de su corazón. Diana y los demás. la mujer de Aníbal. agimus vobis gratias. Homero incluso hace que los dioses luchen entre sí. Decía con voz monótona: «per Iovem. y algunas otras. fue agudo. ramera! gritó el jefe—. Los patricios como Catón se deben creer cerca del Olimpo. No quería ver otra. Yo recuerdo que pensaba en el calor que hacía y estaba deseando que terminara de una vez. No disfrutamos de una virgen desde hace años. por mucho que finjamos que lo hemos hecho nuestro. después de todo. El dolor que sentí cuando me echó la cabeza atrás. . Bueno. Sus dioses son los penates y los lares. muchachos? —Lanzó otro bufido—. apretando la barbilla contra el pecho.». Cuánta razón tiene. selecto lote —dijo a las mujeres—. el Panteón romano es simplemente el griego. bueno! Veamos qué tenemos. La daga en mi cuello era fría. en Marte. Bostar y yo estuvimos hablando sobre el fundador de la escuela filosófica de Elea. A la clara y suave luz. hace un par de noches. Me cuesta hablar de este tema. Había visto la violación de Similce. cogiéndome del pelo. — 25 — . nosotros los romanos estamos vinculados por nuestros dioses. Es por creer estas cosas. Catón hacía las invocaciones en nombre del Senado. Júpiter es simplemente una manifestación de antropocentrismo. per astra. Absurdo. Sentí deseos de vomitar.

Arrastrar de pies. Las tortas de avena votivas se renovaban cada día. en comparación con otros amos. tienen sus santuarios para los penates y los lares. mis sirvientes son afortunados por tenerme a mí. en la luz y la oscuridad. En el momento en que ya no pueden trabajar. Las dos que había delante tenían las manos sobre sus partes pudendas. Nadie se movió. —Bien. atravesaba la casa dormida y me sentaba en el pasillo. La voz del jefe era suave. pero un agujero es un agujero. cuando era niño y no podía dormir. Las moscas zumbaban. Todas las casas romanas. ante el santuario. amo. Solía preguntarme por qué su madera era negra. Llegué a ver un equilibrio en ello. Es lo que hacen muchos. salía de la cama. algunas habían cruzado los brazos para cubrirse el pecho. La luz temblorosa de la lámpara arrojaba sombras y brillos a las figuras de los dioses. Quería vida. Su lámpara nunca se apagaba. — 26 — . su santuario estaba en una hornacina al final del pasillo que llevaba a las cocinas. ardiendo sin cesar. A menudo. luego la puerta cerrándose suavemente. compañeros. abre los ojos o muere. En nuestra casa de Roma. De las seis mujeres desnudas del grupo. ¡Vaya! ¿Ya es la hora? Dile a Mulca que vamos. Aurio? ¿Qué ocurre? La comida. . Tercio se adelantó. Todas las mujeres. pronto formaron otro grupo al lado de las mujeres. estaban sollozando en silencio con las cabezas gachas. menos Sulpicia. dejando caer la piel y desabrochándose la hebilla del cinturón mientras andaba. hombres viejos y jóvenes. Los seis hombres que habían desmontado se agitaron inquietos. les da una patada y los echa.. Empujados por pilos y espadas. alacena. Los dos a caballo se miraron. se enorgullece de tratar a sus esclavos como si fueran basura. Sus pechos estaban arrugados. ¿La quería? ¿Había una parte de mí que deseaba ver más locura humana? Abrí los ojos lentamente. —Traed al resto del pueblo gritó el jefe. fofos y viejos. ¿quién es la primera? No son precisamente vírgenes. dos hombres toscamente tallados en ébano. Un rubio bajo. Aquella luz eterna nunca me ha dejado. compañero. Oblígale a mirar. Tercio. Ven a sujetar a éste. En años posteriores ha estado conmigo. Tercio apartó la daga de mi cuello. Catón. —Muy bien. Yo había visto y hecho demasiadas cosas relacionadas con la muerte. Apoyo y sostengo a mis esclavos hasta que mueren. La daga de cara cortada se apoyó en mi espinazo. aunque supongo que. plebeyas o patricias. Soy afortunado en sirvientes.—Bastardo. Su nombre viene de penus. Los primeros son los espíritus guardianes de la despensa familiar. Sosio y el resto. ¿Sí. por ejemplo. con una gran nariz y una larga cicatriz roja que le atravesaba la frente tomó la palabra. —Después de ti. Yo no.

Después del último plato. lo hizo muy profundamente y me perforó la piel. Llegaron los invitados a la cena. — 27 — . Hemos mirado en todos los sitios habituales. obligándola con piernas y manos a separar los muslos. Me fui a la cama. Levántate. Ahora. Hice lo que me dijo y desde entonces no lo he olvidado. vestíos. sin pensarlo. Cuando clavó el broche que tenía que llevar en la tela. Festo salió corriendo de mi habitación. Me senté con una manta sobre los hombros. —Entonces —continuó—. quiero que lo entiendas. Ni siquiera con los ojos cerrados puedo soportarlo. Recuérdalo la próxima vez que te enfades con cualquier criatura viva. Las dos cosas me resultan indiferentes. Me llamaron. jefe —dijo el de la cicatriz—. repentino e intenso que lo recuerdo ahora y arrugo el entrecejo. montón de mierda. Tenía que cenar con mi padre. El de la cicatriz arrancó el pendiente de plata de mi oreja izquierda. —Sus piernas eran pálidas y peludas. y también criticado. No se oía nada más. cuando el edificio estuvo terminado. padre —dije más bien débilmente. Estaba nervioso. El dolor fue tan inesperado. Mi padre se sentó a los pies de la cama. compañeros? ¿Nada? —Nada. a cargo del erario público. La escuela había sido dura. Nunca debes pegar a un esclavo ni a un sirviente. ¿Ni plata ni oro. Sus correajes crujieron. De repente se levantó de un salto. Pero a mi oreja izquierda le falta el lóbulo desde entonces. —¿Has oído hablar de la construcción del Partenón de Atenas y de cómo todos los atenienses contribuyeron como pudieron? —Sí. mi padre miró desde el otro lado de la estancia.. el pendiente que me habían dado cuando. Sin ir más lejos. Tenía diez u once años. Las demás. se encontró con mi mirada y asintió. antes de que sirvieran el vino. Me despertó temprano por la mañana. Publio —dijo con toda tranquilidad—. —¡Vaya mierda! gritó—. Estaba cansado. salvo los gruñidos de Tercio. arrodíllate a los pies de la cama. el año anterior Roma había enviado una embajada a Atenas para ver cómo lo habían hecho. no importa. Recuerdo largas e intensas conversaciones sobre temas que no entendía. Pero antes de que recibas tu lección. Llevaba una correa en la mano.. para que me ayudara a vestirme. —Dio una patada a la mujer—. Por supuesto que recordaba la historia de la construcción del Partenón. sobre mi pecho. Las declararon libres de servicio y las pusieron a comer hierba y paja durante el resto de su vida. Siéntate y escucha. Tal amabilidad viene de mi naturaleza y mi alta cuna. hambriento. Nunca supe el nombre de la mujer que Tercio cogió y tiró al suelo.He sido elogiado por eso. Di un grito y. ¿sabes qué hicieron los atenienses? Dejaron sueltas a las mulas que habían trabajado más. Se arrodilló sobre ella. Ella gemía y aullaba. Se abrochó el cinturón. Me había enviado a su propio esclavo personal. Festo. —Voy a azotarte. Te degrada a ti y a ellos. mirando a sus hombres—. lo abofeteé. que tenía invitados importantes. inseguro de adónde conduciría todo aquello.

plantando y regando las judías. Antes de que construyéramos la noria. cuando cantan las alondras y los gorriones. pensé. Pero es. por favor. dormir un poco durante las horas más calurosas. Sabe por mi vestimenta lo que me propongo y lo acepta con resignación. —¡Al menos tenemos esto! —cacareó. Como debe de pasar en él resto del mundo. Durante varios días. Están demasiado secas. al menos una vez por semana. ¡ah!. —Tenemos que engrasarla más a menudo —le dije—. un instrumento fastidioso que se estropea constantemente. He estado trabajando en el campo esta mañana. dormir cuando el sol se pone (¿dónde se pone?). Primero teníamos que arreglar la noria. Me encanta ir hasta ella chapoteando por el agua fresca y en la suavidad de la mañana. Y se fueron tan deprisa como habían llegado. —Cogí un tarro de sebo y anduve por el agua hasta la rueda—. y un martillo. indiferente. hace muchos años que no me impide trabajar con los hombres. Arreglé la rueda y volví chapoteando mientras las libélulas revoloteaban a mi alrededor. no del de la mente. Secunio estuvo en silencio. Cuando un hombre no puede pensar ni sentir más. — 28 — . Me detuve en la orilla para ver girar la rueda y bailar las gotas de agua. trabajar. Macrón. Pásame más sebo. dame un poco. Yo trabajaba. Pensé en mi juicio. —Bien. trabajar. El agua seguirá mojada. Solté la mula que hacía girar la rueda y le di las bridas a Macrón. Desde allí. la vida de los campesinos la gobierna el ritmo de la tierra. Apesta. Despertar con las primeras luces. Ayer fue mi túnica de lana marrón con remiendos. la sangre escurriéndose por mi cuello. Salgamos de este lodazal. pero nadie hablaba. La noria fue idea mía. limpiando acequias. comer.Sentí el escozor. ¿Tienes suficiente sebo? —Sí. Veía gente cuando iba al pozo o a las letrinas. El de la cicatriz levantó el anillo. comer. Esta vez se había corrido el eje y los cubos apenas cogían agua. los campos inferiores se quedaban sin agua y producían mucho menos. lo único que puede hacer es quedarse en silencio y dejar que el pozo de su vida vuelva a llenarse. en el veredicto. Eso significa trabajo. —Quédate esa baratija si quieres —dijo Tercio—. lo admito. La utilizamos para subir el agua por la colina hasta un depósito distribuidor. Las cuñas se están resquebrajando —grité a Macrón—. ¿Cuándo llegaría? Las libélulas. trabajo manual. mi viejo sombrero de paja y las botas. mi capataz. bailarán. Escipión. si las acequias están limpias. el agua tiene empuje suficiente para fluir directamente a través de los campos. comer.. ¿quieres? —¿Cuánto? —Cuatro tarros servirán: . Hay una paz que viene del trabajo del cuerpo.

que no tenía nada. Sosio venía con la cabeza gacha y el paso vacilante. Sosio estaba donde lo había dejado. Había visto a otros hombres andar así cuando se emborrachaban. dolores soportados. —Pero ¿qué. sin complicaciones. Trabajaba solo. . Sosio pasó por delante de su choza. bajé la azada y me sequé el sudor de la frente. Otra vez en el sendero que serpenteaba entre los arbustos de acacia. cual títere o muñeca de trapo. No había fuegos encendidos. pensé otra vez. con Sulpicia muerta en mis brazos. No lo entendí. todavía libre en algún lugar. muy lentamente. preceptor. lejos de la estrechez de su existencia. en la cuerda atada a la viga de la que se había ahorcado. Lo seguí a través del campo. viene la grandeza de Roma. Sentía el sol en mi espalda mientras los halcones volaban encima de mi cabeza y las moscas zumbaban en mi oreja ensangrentada. Rodeé sus caderas con el brazo derecho y. sucia y pobre.Nunca había vivido así. sin techo y destartaladas. . Pero tenía corazón. No levantó la vista. Cogí el cuchillo de mi cinturón. Había visto muchos. Roma es la suma de muchas partes. Sosio no salía de su choza.. ¿O era el quinto? Me detuve. Los invasores lo habían roto. . donde estaban las chozas abandonadas.. hasta que lo vi avanzar hacia mí el cuarto día. Mientras se acercaba. El cuerpo de Sulpicia todavía se balanceaba. Sin lugar a dudas simple. Se detuvo ante una. ? —Se aclaró la garganta—. corazones rotos. preceptor —dijo con voz débil y balbuceante. Era una mujer pequeña. pero. Entré. Su cabeza caía hacia delante. a la que apenas conocía. ? —Ven. su orgullo. la vida de Sulpicia le habría parecido una vida que no merecía ser vivida. sólo dijo: —En ésa. las zarzas y los espinos que se aclaraban en la parte del pozo. vi que su camisa estaba rasgada a la altura del pecho y que éste y su rostro estaban cubiertos de hollín. corté la cuerda. no había podido soportarlo. sus miembros colgaban flojos. por lo visto. De estos lugares. tenía. muchos muertos. ignorante. . mísera. —Ven conmigo. luego por delante de la mía. en ésa. Desde allí recorrimos en silencio la calle única que era Secunio. comerciante o mercader de paso. — 29 — . —¿Podrías. Como era lo único que tenía. Parpadeé cuando salí de la oscuridad de la choza. vidas perdidas. Su barriga colgaba al mismo nivel que mis hombros. ¿Podrías enterrarla por mí? —Claro. Incluso los perros estaban quietos. No me miró. A cualquier soldado. Aquella vieja. el suelo que yo acababa de regar estaba empezando a echar humo bajo el fuerte sol. estirándome. pero todavía suyo. Aristóteles dice que la tragedia de Edipo es tan poderosa porque primero tememos por Edipo y luego por nosotros mismos. Ninguno me había emocionado tanto como Sulpicia. Ni desde entonces tampoco. hasta el final del pueblo.

dos tablillas de cera sin usar y tres estilos. Lo arranqué con cuidado. tiene el vigor de la cizaña. en tierra? Hay muchas cosas que el hombre no entiende. No pudo soportar la vergüenza. lo más caliente el fuego. cuatro mapas de Italia. encima de Sulpicia. Recuerdo bien lo que me llevaba: lo mismo con lo que había llegado. Me aproximaba a un olivo. ¿Cómo lo hacen?. Allí había una arboleda de abedules y el pequeño arroyo que los alimentaba hacía que la hierba estuviera verde a su alrededor. botas. La vid es igual. —Dio media vuelta y se alejó. Cuando la gente se da cuenta de su error. calzones de algodón negro bajo las polainas dé piel. Cuando me erguí para descansar la dolorida espalda. lo hice porque tenía que encontrar mi propio camino. —Advertí que lloraba sin gimoteos—. lo cargué y lo planté en la tierra pedregosa. Luego hice varios viajes con la calabaza de agua para empapar las raíces del abedul. la vergüenza. me pregunté. Las ropas que vestía. Cuando terminé. lo más luminoso la luz.. ¿Podía un ave carroñera que pasaba casualmente por allí haber visto el cadáver de Sulpicia tirado junto a mí. Puedes quemar un olivo y destruir la cosecha de un año o de tres. vi que los buitres ya revoloteaban en las alturas. por no vivir la suya. Los olivos y las vides — 30 — . Había visto muchos hombres con problemas por vivir una vida que no era la suya. A aquél ya le estaban saliendo nuevos brotes y hojas del tronco negruzco. —Entiendo. como cuando dejé Secunio. Lo único que no tenía antes de llegar a Secunio eran los callos de las manos y más fatiga en el corazón.. quienes se han quitado la vida. Fue la vergüenza. tieso y saludable. Me detuve a mirarlo. seguí subiendo por la colina. Pasé el resto del día enterrándola. Elegí un lugar más alto que Secunio. ¿Tan pronto despedía la muerte su hedor característico o se trataba de un sentido corporal? Quizá fuera sólo cuestión de vista. En ocasiones.. Lejos. Mientras cavaba. lo más tenue el aire. Sosio levantó la vista. La vida de Secunio no era la mía. Salí de Secunio a la mañana siguiente. En el morral llevaba la capa de invierno. Colgando del cinturón iban el cuchillo y la calabaza de agua. . un símbolo también de la fuerza de Roma. aunque vivir así parece mucho más fácil. Los olivos son fuertes. pero darán fruto de nuevo. unas sandalias. a menudo es demasiado tarde para cambiar.—No podemos enterrar a. viejo y grande pero quemado.» Al igual que Escipión. La tierra era dura y pedregosa. y no digamos cuando dejé a Aníbal. Dicen que los buitres pueden ver claramente en un radio de muchas millas. Me pareció un símbolo de esperanza para Secunio. A su tiempo. —Ahora estoy realmente solo. pensaba en lo que podría hacer para dar constancia de su muerte. ¿Sabía adónde iba? No muy bien.. Anduve hacia el norte. tendría abono para alimentarse. un saliente en la ladera de la colina. y tuve que cavar hondo para no dejarla a merced de los perros. Vi un retoño de abedul. —no pudo pronunciar la palabra «suicida»—. con las primeras luces. «Lo más húmedo es el agua —dice Jenófanes—. envejezco aprendiendo algo de eso cada día. a través de los campos desolados a los que me había conducido Sosio. y lo más difícil conocerse a uno mismo. en lo que habría querido yo para dar constancia de la mía. . una camisa de algodón y encima una capa ligera de verano.

esta vez abiertamente. Vale. Había cuatro tortas de cebada. camino de su aldea maldita. —¿Enseñado. Quizá no lo sepas. Rasqué la arcilla. sé que he aprendido. Quinta. cógelo —dijo poniéndome una bolsa en el pecho—. Sosio? No lo sabía. Pero yo nunca había cogido el dinero. ponía. Ya lo he dicho antes. El oro cayó sobre la tierra. Oro romano. parecía inmensamente alto.tienen que arrancarse de raíz para ser aniquilados. aunque muchos le servían por amor y no por oro. dos quesos y una pequeña bolsa de piel atada con una correa. Aníbal me había pagado de otra manera. pero has enseñado mientras has estado aquí. Rufustino no me lo dijo. En las familias inferiores es el padre el que suele hacer de litterator. Rufustino. Tengo que atenerme al paso del tiempo y no corretear como un potro recién nacido. el que me ayudaba a vestirme. Bostar. pequeña y redonda. un gigante de feria. y como yo he forjado Roma. Daba clase con Rufustino todas las mañanas. piezas de oro. Mi infancia. No lo necesito. Era de los alrededores de Verona. siempre le había dicho que me lo guardara. Rufustino era mi litterator y lo habían contratado para enseñarme a leer y escribir cuando yo tenía cuatro años. como es lógico. Aníbal me había pagado cada mes. ¿Dónde? Probablemente en el santuario. nos enteramos de que iban a casarse. Aquello significaba poco para mí. y ése era yo. Me detuve de nuevo. durante dos horas. años después. en una habitación que estaba al final del patio. Pero tengo que masticar la hierba cuidadosamente. quizá. pensé que sería más fácil llevar una bolsa que dos. Se dedicaba únicamente a su trabajo. En cambio. Yo nunca me habría atrevido a preguntárselo. Festo me contó que Rufustino había sido secretario de uno de los sacerdotes o pontífices del Estado y que por eso era muy inteligente. — 31 — . —Adiós. En cualquier caso. Me miró. Su madre era celta. Mi primer preceptor. Los romanos tenemos un sistema educativo claro y probado. como pagaba a todo el que le servía (cuando podía). No se me ocurrió pedírselo cuando me quedé en Italia.. —Toma. Lo poco que conozco lo supe por Festo. Un litterator enseña las letras al abecedarius. Nadie había pensado en mirar allí o quizá no habían querido hacerlo. o intentarlo. Sí. Aníbal pensaba que con quemarlos era suficiente. Otras cosas significaban más. También era muy delgado. no olvido que tengo que imitar a Tucídides. estando en Hispania. estaba equivocado. no. y soñar. Así que Sosio guardaba oro enterrado. Lo miré hasta que desapareció tras la cima de la loma. Y coherente. Cogí una. Adelante pues con la cronología. Eso es lo que me forjó. Aunque difícilmente podría ser un potro. mi versión ha de ser verdadera. «Senatus populusque Romanus». Bostar. Así que abrí la de Sosio. lo cual explicaba su pelo rubio y sus ojos azules. Cuando desapareció. Como aquel árbol y muchos otros demostraban. presumiblemente. el que aprende el abecé. Bostar. lo sé. a quien han sacado al campo para que paste. deshice el nudo de la correa y puse la bolsa boca abajo. Mi niñera. pero mi padre no tenía tiempo y en cambio tenía. Sosio salió de detrás del árbol y se puso en mitad del camino. preceptor. Me acuclillé. era todo lo contrario. dinero para pagar a quien lo tuviera. oscura. Me reí con fuerza mientras recordaba. Quizá conociera de nuevo la paz y la prosperidad. Tenía pegotes de arcilla. Un viejo caballo de guerra.. Nos quedamos atónitos cuando.

o una mano.. Una mañana (debía de tener entonces cinco años) abrí la puerta del aula. Sí. sólo un par de palmos más que tú. —También porque es celta. Recuerdo esta conversación porque avivó mi curiosidad. — 32 — .. pero no tanto. creo que me enseñó bien porque aprendí a leer y escribir antes de lo que se esperaba. Así que la siguiente vez que vino Festo a vestirme. era alto. creo. lo reté. He conocido a muchos celtas desde entonces y he viajado por sus tierras. antes de la batalla. Pero la verdad es que no puedo recordar cómo me enseñaba. algunos son más altos que el Aventino. Pero tenía una reputación excelente (de lo contrario. cathedra encima de una cátedra o asiento. Aún puedo ver su toga blanca al lado de la marrón de Rufustino. joven amo. Por Júpiter. Acabaron formando una figura en mi cabeza. incluso el abecedario. —¿Qué animales? —Uros. o una pierna. Pero me fue útil. Durante semanas soñé con celtas gigantescos. Trabajé más intensamente después de aquello. Me pregunto cuántos hombres. toros salvajes. —Festo me habló al oído—. —Lo sé. cuando saben que están a punto de morir. antes de que lleguen las ansias de la muerte. o un ojo. y así sucesivamente.. sino dejarse arrastrar por los sonidos hacia el tiempo en que el mundo era tan sencillo como un abecedario. Nunca he visto a un gigante.. Van a toda velocidad por su país. Mejor dicho. Rufustino estaba al lado de la ventana. Pensaba en lo que Festo me había contado. Quizá lo vea algún día. como una canción. Pero no es tan alto. Canijo o no. —Festo. mi padre no lo habría empleado) y me enseñaba bien. joven amo. armados de porras y correteando por tierras agrestes y yermas. A su lado estaba mi padre. pero peludos y con joroba en la cerviz y que se llaman bisontes. y otros animales parecidos a los toros. Recuerdo palabras escritas en tablillas y puestas encima o al lado de los objetos a los que se referían. pero sobre todo me despertó la curiosidad. cantan por lo bajo algún ripio que aprendieron en las rodillas de su madre o. Cuando Rufustino no estaba mirando. La gente de allí tiene que ser grande para cruzar y trepar. me dije. supongo. Quizá fue entonces cuando desarrollé por los viajes el amor que nunca he perdido. se los comen crudos. Los matan con porras más grandes que yo y luego.—¿Y por qué es tan alto? —pregunté una vez a Festo. —Buenos días. También me asustó un poco. Publio. Ponte las sandalias. Rufustino comenzó a ponerme las letras en el orden alfabético. cazando animales para comer. A su tiempo. en sueños. dijiste que los celtas son muy altos y Rufustino ciertamente lo es. Mensa encima de una mesa. Sin duda era el más canijo de su tribu. si han recibido educación. lucerna al lado de una lucerna o lámpara. Pero ningún camino vuelve a ese lugar. lo observaba fijamente. y todavía puedo cantarla. gutural y áspero. No son las palabras lo que calma el miedo. o de perder un brazo. grandes como caballos y fuertes como osos. La suya es una tierra con muchos ríos y montañas. encontré extraño el latín de Rufustino. y nunca hice nada que pudiera irritar a Rufustino.

Siempre había alguna choza o alguna cabaña de pastor. un brillo ambarino. los campos estaban descuidados. Rufustino me ha dicho que lo estás haciendo bien. Aquel mismo día empezó el mejor viaje que he hecho en mi vida. Alguna vez los había oído hablar en su lengua y pensaba que era una especie de música que interpretaban y que corría como un arroyuelo. Estaba medio despierto. Encontraba suficientes árboles frutales y cereales. Recuerdo que me asusté. Al poco tiempo. pero hablaban latín con nosotros. los pueblos quemados o vacíos. —No sabía qué hacer. Oí un gruñido amenazador y vi dientes blancos a la media luz. —Me sonrió. A pesar de todo. a juzgar por los listones sobre los que me había hecho la cama. —¡Bueno. y lo disfrutaría mucho más. —¿Listo. refugio antaño de algún leñador. Perros. Tan bien que pensamos que ya estás listo. en el cobertizo de los árboles. Como todos los de esta naturaleza. —Largo —dije sin perder la calma—. pero ahora sólo contenía huesos. Cuando me senté. Me acosté. como el matrimonio verdadero o la amistad. empezó a pasear por la habitación. Me había echado a dormir en un chamizo medio derruido. volvería a tenerlo. Echaba de menos el pan. Aquello debió de atraerlos. Hoy empezarás a aprender griego. ¿O estaba soñando? Entonces oí el ruido. vi una trampa para conejos. Necesitarás el griego para la vida que vas a llevar. al otro lado del claro. Me sentí confundido. padre? Se rió y dijo: —Lo descubrirás muy pronto —y me dio una palmada en el hombro al salir de la habitación.—Buenos días. Había muchos vagabundos en Italia por entonces.. Teníamos algunos esclavos griegos en casa. Me aclaré la garganta. Seguid vuestro camino. Perros salvajes. agotando las despensas vacías. Brucio era un gran desierto. Yo seguiré el mío. Publio. me eché el morral a la espalda y seguí caminando. padre? ¿Para qué? —Para otra lengua. cuando dejé el sendero y me introduje entre los arbustos para hacer mis necesidades. Había atrapado un conejo hacía mucho. Me guardé la trampa en el morral y me dispuse a comer mucho conejo durante las semanas siguientes. Les tiré los huesos del conejo. entre mi pupitre y la mesa de Rufustino—. —¿Qué vida. Estupendo. — 33 — . aquello no había sucedido antes. Pero por la mañana todavía estaban allí. No vi a nadie. una respiración y lo supe. es de los que no tienen fin. me di la vuelta y seguí durmiendo. Pero. testamentos de la guerra. Así había continuado Roma la guerra después de Cannas. pensaba. sólo cabras vagando sin pastor. ¿Griego? Recuerdo el sudor de mis manos. Tenía debilidad por él. padre. Me senté. Había asado un conejo aquella noche. no pasé hambre. no te quedes ahí alelado! ¡Siéntate! —dijo mi padre. Ojos extraños en la oscuridad. Anduve sin cesar hacia el norte y el este. Al menos no faltaban lugares para dormir ni refugios para protegerme del sol de mediodía. pelados por las hormigas y blanqueados por el sol.

Yo tenía un sabañón en el dedo índice. La cera estaba dura. ι y µ. Me encantaba el dibujo de las letras. Y han resultado ser profundos y fuertes. Siempre que estoy enfermo pienso que. Por lo general dormita. Las practicaba solo. Muchas se han abierto desde que caí en cama. que potest quia posse videtur. debe de encontrarse mejor. A la tercera negativa llegó la única vez que me enfrenté a él. quizá fue más difícil de lo que digo. Me encuentro mejor. —Otra vez. Bueno. por ejemplo. mientras tenga algo en el estómago. Era invierno. seguirá enfermo. aunque esta mañana ha pedido algo de Aristófanes. Era como una cigüeña cuando acerca el pico a la tierra. Esto. Me hice un lío con λύω. no me interesa lo mejor que puedas hacerlo: ¿Puedes construir una casa sin ladrillos o un camino sin adoquines? No. es una pregunta retórica. Aurio y yo nos turnamos para sentarnos con él. Veo las flores de los membrilleros. y me costó mucho más tiempo. Estos recuerdos son muy lejanos. Nunca olvides. con nuevos ojos. Las palabras son de lo más caprichoso y fascinante. Nos dedicábamos a los imperfectos de amo y λύω. puedes porque crees que puedes. porque el latín no lo tenía. por ejemplo. Escípión lleva en la cama dos días. Los conjugué bien. ya no es posible echarse atrás. me gusta estar bien. es útil estar rodeado de amigos. claro que no. deseando que terminara la lección. ya que estamos. —Pero si es que no lo puedo hacer mejor —gemí. Duran como la tierra. Costaba menos aprender los verbos irregulares griegos cuando había dominado algunos en latín (aunque τίθημι todavía se me resiste. Rufustino empezó a enseñarme latín y griego a la vez.. Mulca le prepara infusiones especiales. Rufustino me enseñó primero el alfabeto. Cuando uno cae enfermo. incluso después de cincuenta años). aunque no sobre el juicio. Sus mejillas siempre parecían fofas y llenas. Ahora inténtalo de nuevo. hacía frío y llovía. como los árboles altos en un bosque. Le leemos a Heródoto. mirándome los pies. No lo sabía pero estaba construyendo los cimientos de lo que soy ahora. Hablamos. Yo tenía que traducir frases sencillas de un idioma a otro. Rufustino miró la tablilla y alisó la cera con la regla. —Entonces Rufustino dijo algo que no he olvidado nunca—. joven Publio. precisamente por eso. pero muchos se me han confundido en la cabeza. —Publio Cornelio Escipión. Cuando una palabra se pronuncia o escribe. Era muy fácil aprender el modo optativo griego. las extrañas formas de la ξ y θ. Descubrí que las diferencias entre las dos lenguas me ayudaban a aprenderlas.Desde el principio. aunque débil. Cambian como las nubes. el griego me pareció fascinante. tendiéndome una tablilla y un estilo. Me di cuenta.. Enviaré a — 34 — . —Ahora escríbelos —ordenó Rufustino desde las alturas. Tiene un poco de fiebre y. Algunos sobresalen.

Nunca pensé que me atacaran. Bostar. ¿O lo he imaginado? Un húmedo lamido en la noche. cuando me di la vuelta. corrí a la ventana y aparté la cortina de un tirón. —¡Calma. Buenos días. a menudo haciéndome resbalar. seguramente. Sólo se acerca a los niños que están dormidos. Espero que la noria todavía funcione. pensé. Quiero saber qué más hay en marcha. pero había bastante luz para ver. Los preparativos habían sido largos. Desperté con un sobresalto. difíciles de cruzar. pero me quedé dormido. . . más gruesa que la última vez que la había visto. No veían ningún miedo en mí. Mi vida no había cambiado. cortadas por abruptos desfiladeros. — 35 — . Su olor. Déjalos. y tengo que practicar lo que predico. padre. Me levanté. —Buenos días. Me pusieron. Forzaba los ojos para tenerlos abiertos. . —Después me besó en la frente y dijo —: Buenas noches. veía trasladar y subir el follaje verde para embellecer nuestra casa. en un cubil de lobos. Mis brazos y cara estaban arañados de tanto arrastrarme entre los espinos. Y ya puedo ir a la letrina. si te duermes. Quinta? ¿Quién se acercará? —Lo descubrirás por la mañana. ¿Qué había hecho mal? Sí. Apretaba los dientes. Los perros doblaron hacia mi derecha. Muy lejos. pero olía y sentía el ajetreo de las cocinas. calma! —me dije.. Me había criado entre animales.. No somos sólo lo que somos. no lo esperes. y los viejos. Me pinchaba. Muchos de los cortes se habían infectado y no podía encontrar las hierbas que necesitaba para hacer ungüentos. Me contuve. Oía gente correteando por la casa. quedó flotando en el aire. en el foro. hacia un camino más fácil.buscar a Macrón. —¡Ve. . sino porque no lo tenía. Odio los orinales. el pene se me encogió de miedo y tensé los músculos. Corría hacia la mesita cuando se abrió la puerta y entraron mis padres.. Cruzó la habitación y cerró suavemente la puerta. Quinta me arropó y dijo: —Ahora recuerda. sino también lo que habríamos querido ser y llegar a ser. Un cerdo. Me llevaron pronto a la cama la noche anterior. a espliego y colada. De seguirme de lejos. no porque yo lo dominara. Tienen que comer. Sobre ella había cajas. El pelo de la nuca se me erizó. una mesita desconocida a los pies de mi cama. La rica tierra roja se deshacía cuando la pisaba. —¿Quién.. cuando era muy pequeño. aunque supongo que son un mal necesario para los enfermos. Mi avance era lento. ¡Ábrelas! —Tenía la cintura gruesa. ponía los brazos rígidos. los perros pasaron de repente a correr detrás de mí como una jauría. me sentaba derecho. Me obligué a mantenerme despierto. Los perros me siguieron durante varios días. ve! —dijo mi madre riendo—. Felices Saturnales. Estaba en unas colinas altas y solitarias. apartaba las mantas para tener frío. respirando hondo para tranquilizarme. Son tan humillantes. perdiéndose entre la maleza y los arbustos. quedarme dormido. No era totalmente de día.. m.. oía los tambores que daban las horas. Era hora de doblar hacia el este. lentos y silenciosos.

Una acción. entonces sí. Pero pongamos por ejemplo que he acercado esta silla a la ventana para tener una vista diferente. Cuando el niño esté listo. pronto dejarás de estar solo. una hermana. uno de cada o dos parejas? —pregunté. Aún recuerdo que chupé con fuerza. —¿Qué quieres decir. . Quinta? No estoy solo. pues cuando el niño esté listo. Esa intención se forma. Casi sin darme cuenta me metí el pulgar derecho en la boca. —Rió por lo bajo. mañana no. —Me refiero a un hermano o una hermana. —¿Dos de cada? —pregunté—. cualquier acción. salvo el del pilo cuando se hunde en la carne. Cannas pertenece al pasado. es seguramente el resultado de quien hace algo intencionadamente. por el pasado del sujeto agente y presupone las consecuencias del futuro. ¿Qué es una acción? Al formular esta sola pregunta. Quinta me estaba acostando. dos de cada. . Mi acción podría tener consecuencias aunque nadie podría decir que éstas son intencionadas. Pongamos que entra Aurio a limpiar cuando me he ido a la cama y. —No lo entiendo. Su rostro amable sonrió y las patas de gallo que rodeaban sus ojos se convirtieron en una tela de araña y. . o quién sabe. mi presente (en el que pregunto) y mi futuro. se agitó su doble papada. remetiéndome las sábanas. cinco? Todavía no lo entendía. el palillo de dientes. sin el cual perdería su fuerza. uno de cada —dijo con acento esperanzado. Quinta no me lo sacó de un manotazo. Creo que no volví a hacerlo hasta que vi la carnicería de Cannas. mientras asentía con entusiasmo. . y. Pero volvamos a Quinta. Desde entonces no he conocido un sonido tan seguro. —Bueno. —Ya es muy tarde y hay que dormir —continuó con sus modales más bruscos—. Publio. Lo que digo es que tu madre va a tener un niño —dijo. Por una vez. Vi las arrugas en sus mejillas rosadas—. tropieza con la silla porque no está donde él espera que esté. —Era todo amabilidad. Sostenía bajo mi barbilla la escupidera en la que yo arrojaba salivazos después de haberme lavado los dientes con el habitual tallo de altramuz y el dentiscalpium. ¿Voy a tener un hermano. me chupé el pulgar. cuándo. De pronto dijo: —Por cierto. joven amo. Vas a tener un hermano o una hermana. y a mi padre. Ahora tienes que dormir.¿Cuánto tiempo había pasado desde que Quinta me lo había dicho? ¿Seis meses. O dos. y a Festo. también es posible. mañana? —No. Se sentó en el borde de la cama. ¿No has querido decir uno de cada? —Bueno. Lo siento. Quinta dio un gritito. lo admito. Quizá necesitemos una nueva palabra para designar esta clase de acción. ¿cuándo? —Cuándo. Pero lo que me confunde es la medida en que pasado. Publio. Bostar. La miré fijamente. Te tengo a ti. — 36 — . . tendrás un hermano o una hermana. en la oscuridad. presente y futuro son lo mismo. estoy presuponiendo mi pasado (del que adquirí la capacidad de preguntar). —¿Cuándo. en su mayor parte al menos.

Me refería a por qué se hacían tan altos. para apagar la vela de un soplido. . señalando las cajas. —¿Qué clase de regalos? —¿Cómo vamos a saberlo? —¿No son vuestros? — 37 — . Había empezado a hablar conmigo mismo. Cuando salí de Brucio. Entraron y se sentaron en mi cama. además. Había alcanzado la cima de una loma empinada. Los veía pocas veces juntos. —¿Qué son? —dije. Comí todas las que pude y cogí todas las que podía transportar. —Así que no era un cerdo. Me detuve a recuperar el aliento y miré alrededor. pero no entraba en ellos. Algunas mañanas. en la pequeña llanura. . —¿Sí? —¿Tú has tenido niños? Se cogió las manos y las apretó. Lanzó un bufido y me dijo que no fuera tan necio. si la brisa soplaba con fuerza. El perro jefe. Espero no haberla defraudado. y. nueve. no. Los perros se iban quedando cada vez más atrás. de aquel modo. El mundo necesita más de esto. Debajo de mí. un gran mastín gris. Cuando volvieron. con la lengua fuera a causa del calor. No sé por qué. y al rozarme con sus blandos pechos me sentí seguro y a salvo. Habían matado. como yo por entonces. Dejé una moneda de oro en el tonel casi vacío. por ejemplo. muy temprano. Publio. Pero todos tenían la barriga llena. Veía pueblos deshabitados. se movió hacia delante y estiró el cuello. No se puede. según parecía. desde que había salido de Secunio. como hacen los hombres cuando están mucho tiempo solos. húmedas de lágrimas. Otros dos tenían grandes heridas en el lomo. poniéndome de lado para darle la cara.Se inclinó sobre mí. dos veces. Me reí por lo bajo mientras pensaba que. Todavía recuerdo las mejillas de Quinta. y no digamos de aquel modo. hacia mí. Una vez le pregunté a mi padre por qué los árboles crecían boca abajo. Los otros lo siguieron. se dio la vuelta y echó a correr por el camino por el que habían llegado. llena de zarzas y rosales silvestres. tres estaban cojos. que me quedaba hacia el este. pero pensé que era un augurio. Dejó escapar un largo aullido. un augurio bueno. —No. Debían de tener hambre. ladró una. Pero no eran más que restos. regalos —dijo mi padre con una sonrisa. añadía un grano de arena a las leyendas locales sobre los genios y las hadas. Habían pasado ocho semanas. a la suave luz de la vela. —¿Quinta? —murmuré. El terreno se abría. sino un jabalí —dije en voz alta. olía las aguas del mar Adriático. Iban cogidos de la mano. —Regalos. joven amo. Pero todavía no sé la respuesta. no he tenido. Excepto. aunque siempre les daba toda la liebre o todo el conejo que no engullía yo. estaba el grupo de perros. Una vez llegué a un almacén de aceitunas. lanzar una jabalina a tanta altura. la vegetación cada vez era más escasa.

arrodillándose a mi lado y rodeándome con un brazo. Lo sostuve en la mano para que le diera la luz. pero también nuestra responsabilidad. Debajo de ellas había un anillo. Son nuestro derecho. Publio. Publio —dijo mi padre con voz más ligera. —Bueno. En la caja siguiente había dos vasos.—No —contestó mi madre—. se lo diré a Festo —dijo mi madre con una sonrisa. —¿Para. La piedra roja centelleaba. Bueno. Brilló a la luz. No es que lo viera. que hemos criado a un hijo para los tribunales y no para el campo! —Y volviéndose hacia mí—: Le haremos regalos. Una daga de acero brillante. —Son símbolos saturnales de tu infancia. Pero vamos. en fila. bueno. la daga de mis primeras Saturnales estuvo desenvainada durante muchos años. no realmente. dijo: — 38 — .. Hoy es su cumpleaños. —Saturno te la da con un fin —dijo—. Por eso también te da la daga. hemos de darnos prisa o haremos esperar a los sirvientes. Estaba tan confuso por la seriedad de la voz de mi padre como por los extraños regalos. Estaba llena de monedas de oro. tienes la cama dura —continuó. Publio. y una daga. levantándose—. —Los vasos simbolizan lo que Saturno nos da. por la noche. Publio —dijo mi padre. Mientras fui soldado. —Pero si es su cumpleaños. Mi padre alargó la mano derecha. abre lo que Saturno te ha traído. Pomponia. —Muy bien. Pomponia. —¡Parece. está. Caramba. Lo miré todo con perplejidad. Se quitó un anillo del dedo meñique y. pero tampoco la envaines cuando esté en peligro lo que tienes. Vive cuando le da la luz —susurré. Tenemos que conseguirle otra más blanda. Ha traído estos regalos. uno con agua. tal como Saturno nos las ha dado a nosotros... Publio.. . no tanto. Abre las dos últimas cajas —dijo mi padre. frotándose el trasero—. ¿no deberíamos ser nosotros quienes le hiciéramos presentes? Mi padre se golpeó la rodilla al oírme. Italia y Roma. Me quedé boquiabierto cuando abrí la primera de las que quedaban. —Sí. Son del dios Saturno. La saqué lentamente de la vaína de cuero. Dentro había muñecas. darlas? —balbucí. —¡Por Júpiter! ¡Soy rico! —No. al ponerlo en mi mano junto a1 otro. para ti y para otros niños buenos. —Está. a la que estaba unida por una correa. Miré interrogativamente a mi padre. viva. Ya verás. extraños entonces. Las primeras capas eran de la más fina lana.. Su barba me raspó la cara. —Ya veo. Las coloqué cuidadosamente sobre la mesa. el otro con tierra. dos de trapo y otras dos de arcilla. Nunca la uses con ira. Abrí primero la caja más grande. Ahora no. con la empuñadura de madera negra incrustada de piedras preciosas. ya lo verás. —No te pongas tan serio. Y ahora la última. Son para que las des.

sentí una especie de terror religioso. vinos y licores. ajenos a todo lo demás. con orgullo y con la bendición de Saturno. Y después los cantos. y allí me detuve. Diez Aníbales con veinte ejércitos podían. Comprendí. Llévalo. Desde luego. son el producto de una ingeniería potente y escrupulosa. Ése es tuyo. —Aún llevaba la camisa de dormir—. El poder de la risa es inmenso. Más aún. Meé al pie de uno. Habían construido un tramo elevado y después un puente. Publio.—Éste era de mi abuelo. Me la puso en el cuello. Y para un pie herido significaba una marcha más fácil. Había cruzado la Vía Apia con Aníbal. — 39 — . Incluso en el puente conservaba la calzada sus cunetas y sus bordillos. Platillos y tambores. me sentí aliviado cuando vi el camino. no se puede destruir la mentalidad romana. Mi padre la cogió y ensartó el anillo en ella. Desde luego. Brillantes banderas ondeaban al viento. que lo eran. Recto como una regla. Todos los edificios estaban adornados con guirnaldas de flores alrededor de puertas y ventanas. No he visto nada como estas calzadas romanas. daban volteretas y se contorsionaban. índigo y violeta. una. Las risas eran fuertes. vístete deprisa. Ampollas. el griterío. Pero no recuerdo aquellos robles porque fueran elegantes. acercándose a nosotros—. Pero. Me llevaría donde quería ir. azul y carmesí. higos. sino por mi pie izquierdo. Bueno. Todavía de rodillas. aunque ahora las oigo mucho menos. Creo que todos deberíamos reír. con un poco de tiempo. Muchos han muerto por menos. como Aníbal descubrió. Los romanos no. vi y me sorprendí. laúdes y silbatos en una confusión de sonidos. El corto tramo que podía ver cruzaba algunos pantanos y después un río. todavía me gusta oírlas. ¿Cómo habían llegado los romanos a ser así? La Vía Apia hace sentir que ni ella ni los que la hicieron desaparecerán nunca. Debía de habérseme metido una piedrecilla en la bota izquierda. miré. Payasos y bufones hacían de las suyas. pensé. pasteles. las voces de los vendedores que anunciaban castañas calientes. destruir la Vía Apia. Es inconmensurable. Bailarines con trajes fantásticos. añadiendo orina humeante al moho. —Y mientras tanto —dijo mi madre. son el producto de la mentalidad romana. llévalo con esto. los colores y los olores: abrumadores. es el producto de un pueblo seguro de sí mismo. para ser exactos. Mucha gente habría evitado los primeros y utilizado transbordadores para el segundo. Recuerdo las ramas de los robles agitadas por la brisa y susurrando suavemente. me abrazó y se levantó. Sentí la hinchazón cuando me detuve para comer. incluso después de haber meditado todos los hechos. flautas y timbales. Recuerdo el ruido. Qué perfección. Este camino. Pero estaba esta vez en las lomas onduladas que daban sobre una ciudad que suponía que era Venusia. Cuando me di cuenta era demasiado tarde. Te esperamos en el atrio. a su debido tiempo. Alargó una sencilla tira de cuero. —Ahora. un ancho camino romano se extendía mucho más allá de donde alcanzaban mis ojos. Más aún. Luego había habido muchas más cosas en mi mente. Incliné la cabeza. de color bermellón y ocre.

celtíberos. Cuando me arrodillé rápidamente y le di el regalo de Saturno. Eran mis primeras Saturnales. ¿Por qué no había atacado Roma? Lo había intentado con ahínco. Recuerdo que no tenía nariz y que sus ropas eran andrajosas y rotas. Había negros. los comerciantes ricos se paseaban vestidos de rojo y oro. El camino estaba desierto y se prolongaba. antes de que me alejara como un madero flotando en el mar. Mi mano caliente y húmeda le dio la caja a un joven mendigo que estaba sentado. Las primeras personas que encontré no me prestaron ninguna atención. Me levanté y reanudé el camino. Los funcionarios de los sacerdotes. es un amigo paciente. estaba loco. pechos desnudos y un perfume penetrante que quedaba flotando en el aire. carpetanos. samnitas.El Foro estaba atestado. El intestino. ligures. el hijo. la mujer) hasta las heces. al contrario que la vejiga. Descubrió que sólo era un hombre. otros bajos y redondos como las sandías. brucios. hacia mí. Con calzones carmesí y una camisa dorada. pero me sentía al descubierto y solo. baleáricos. pero no a los sacerdotes ni a los templos. dorios. al contrario que Aníbal. pareció sorprendido. morenos. Mujeres con máscaras de flores vagaban a su aire. hérnicos. lusitanos. Muchos me lo han preguntado. vestidos de negro y golpeando grandes tambores. El mundo era maravilloso. pero sin caerse. caminaba boca abajo. y en cada pie llevaba una pelota roja que daba vueltas. estaba vivo. detrás de ellos iban los augures haciendo muecas. Precedidos. cuyos recaudadores nos asediaban a cada vuelta. amarillos y aceitunados. Siempre les doy la misma respuesta: falta de material de asedio y falta de apoyo de Cartago. supe que había dejado a Aníbal por fin. al igual que nosotros. tal como los mendigos pegaban sus muñones al pecho de los ciudadanos que pasaban. cántabros. aquella fe en el camino era casi aterradora. Iban en dirección sur. Luego sonrió. Dos bueyes tiraban pesadamente del carro. Y di mi oro. para que les despejaran el camino. por sus guardaespaldas. Me senté en el bordillo y bebí un largo trago de la calabaza de agua. unos tan altos y delgados como los eucaliptos. Me detuve para saludarlos. Fuerte y segura. se abrían paso entre la multitud. Tenía ganas de cagar. solo y silencioso. Comí higos secos. Cuando aquello estuvo hecho. la gente había llegado de muy lejos. —¡Mira. Cuando pisé la Vía Apia. descubrió que debajo del oropel. reverberando al sol. Un volatinero se disponía a cruzar por delante de nosotros. Me pregunté durante varios días si las pelotas se caerían alguna vez o si se quedarían en sus pies para siempre. Lo miré fascinado mientras nos adelantaba y se perdía entre la multitud. sobre las manos. ¡Padre. Una nube de moscas revoloteaba alrededor de los animales. con ramilletes de flores pegados a la nariz. y éste. al pie de una columna de los juzgados. la furia y la cólera no había nada. La verdad es que después de Cannas estaba deshecho. hasta donde ya no podía verse. Me dejaron un amor por las fiestas que nunca he perdido. acompañados de mujeres de ojos negros. volscos. Estaba en un nuevo camino. madre! —exclamé—. conducía a Roma. pero el — 40 — . Lo que había construido su mente estaba roto. parloteando en otros tantos dialectos y lenguas. mira eso! Mis padres estaban hablando con unos amigos. ofreciendo besos gratis y cantando canciones que se mezclaban con el ruido. No sabía que pudiera haber tantos pueblos: celtas. Había apurado las pérdidas (el padre.

El hombre lo apartó. — 41 — . Lo seguí. como muchas otras veces. como otras. Lo vi volver la cabeza hacia mi padre. Festo pasó a toda prisa con una antorcha en cada mano. —¿Que ellos qué? —gritó mi padre. —No importa —contestó mi padre. Era la primera vez que oía a alguien expresarse así. es la guerra. —Apenas podía oírle. cruzando el tablinum y acercando un triclinio. Bajé del lecho y tiritando busqué la túnica de lana. Escipión. —Sí. Ahora tenía los dos pies cubiertos de llagas.conductor se mantuvo erguido cuando nos cruzamos. Mi padre se arrodilló junto a él. pero encontré la puerta. no. vi a mi padre. Luego ruido de voces. pero no mucho tiempo. con la cara cubierta de sangre que brillaba a la luz de las antorchas. y dándome la espalda. estirar una mano y cogerlo por el brazo. no es vergonzoso. gente moviéndose. ¿Quién dice que la sangre es roja? Lo es. pronto... delante de ellos. Estaba oscuro y frío. —¡Olvídate de la sangre! —replicó mi padre. —dijo el más joven. —Echadlo ahí. El crujido de las ruedas era estrepitoso y no tardé en estar solo otra vez. La veía brotar de un boquete que tenía en la cabeza. medio desmayado. tropecé con una silla y crucé la habitación dando traspiés. Seguí la marcha cojeando. Se aclaró la garganta y habló más fuerte—. Había seis hombres en el atrio. dos hombres y una mujer. Medio dormido. Parpadeé y me froté los ojos. no es vergonzoso. De todas formas —levantó la vista para mirar al más viejo de los que le habían llevado—. —No. Ligurio. es vergonzoso —dijo uno de los tres hombres que yo alcanzaba a ver. A1 otro lado de la habitación. —Festo. Incluso desde mi habitación oí los golpes en la puerta. con el pelo revuelto. al fondo del pasillo. —Más tarde. pero hemos cabalgado aprisa para llegar aquí. Lo haremos después. por andar sobre las piedras. Me apreté contra la pared para verle la cara y contuve un grito. aunque no podía verla. Eso ha hecho que la herida se abra de nuevo. una urgencia que no había oído antes. —Pero la sangre. El corte no es muy profundo. Pomponia. Acostaron al hombre con cuidado. ¿dónde están las sillas? —Había un timbre desconocido en la voz de mi padre. Ya lo curaron a bordo. Había antorchas ardiendo en el corredor. pasé por delante de los manes y los penates. —Ya vienen —oí decir a mi madre. Estoy seguro de que lo hizo. hicieron lo mismo. dormí en un sumidero. yo no había visto sangre hasta aquel momento. semejante a una zorra en su cubil. siete. Su espeso pelo castaño era negro en aquel punto. en túnica y zapatillas. vendas y agua caliente. Los otros. Aquella noche. Aquél y otro más joven sostenían a un tercero. Festo se acercó y le dio un paño mojado.

A última hora de la tarde.De aquella noche recuerdo la suciedad. no se comportan en absoluto como los números. huelo y sueño. —Bien. Todavía no he encontrado ningún error y Macrón es muy puntilloso. No son. y cierro los ojos. rodeado por las imágenes de mis antepasados. Dos y dos. mientras Escipión paseaba por la finca o leía. Mulca no lo sabe. Un trabajo aburrido incluso para un administrador adiestrado. ni fiables ni independientes. en todas partes y para todo el mundo. y no utilizo ábaco. Todo lo que había en nuestra casa estaba siempre limpio y ordenado. pero no para mí. El hombre llamado Flavio se apoyó en el codo. Las ropas de todo el mundo eran siempre las mismas. en general. —Cuanto más viejo me hago —dijo—. Pues son demasiados los que tienen los vicios de los dos y muy pocos los que hacen galas de sus virtudes. pero a menudo me escondo en un recodo del pasillo. Comprendí parte de lo que significaba ser un Escipión mientras miraba la mancha de sangre de Flavio que se extendía por el paño del triclinio en el que se había recostado. y aquel olor penetrante a colada limpia es uno de los que conservo de la infancia como si todavía me encontrase en aquel lugar. Así que he estado haciendo otras cosas. Mulca supervisa las operaciones. Soy afortunado pues. Empezaré con tu permiso. y me permitiré una breve digresión. Flavio. Pero tengo que dejarle con sus recuerdos. .. con brillantes recipientes de cobre. Teníamos un lavadero detrás del patio. sería el que equilibrara a personas y números... oler aquel olor ligeramente ácido. — 42 — . Dos esclavos trajeron las sillas por fin. creo. Eran y son totalmente seguros. Amo los números desde que era muy pequeño. Mi padre se sentó al lado del herido. No había existido en mi infancia hasta entonces. por el contrario. Incluso la ropa de cama. largo y fuerte. —¡Festo! Trae agua. . como el mismo Escipión al interrumpirse para hablar de su dichoso lavadero.. de fino algodón egipcio. son siempre cuatro. no a Baco. he estado revisando las cuentas de Macrón. no por su color. Tosió. verdaderos. es blanca. ¿O prefieres vino? Flavio negó vigorosamente con la cabeza. facturas por corderos y grano. Siempre podré quitarla más tarde. algo de lo que me puedo fiar. más parecen moverse los números en el libro mayor. cuéntame. al lado del lavadero. tersa y limpia. Encuentro esto un poco pesado. El estado ideal. Solía esconderme detrás de un banco. verla trabajar por la puerta abierta. que siempre llevaba el pelo recogido y el delantal blanco y terso. Pero me pidió como un amigo que las revisara. Pagos por vallas y aceite de lámpara. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Julio? —Nunca lo había visto tan preocupado. Aquí lavan muy bien la ropa. Las personas. —Esta noche necesitamos a Marte. Mí historia de amor con los números. A mí no me pasa. Yo estaba como clavado en la puerta del tablinum. —A. Lo que he estado haciendo es renovar mi historia de amor estos últimos días. por haber conocido números y personas. agua. Publio. y una lavandera (¿cómo se llamaba? ¿Caria? ¿Coria?). sino por su limpieza. cuando corrija este manuscrito.

son divisibles.. en cuyo caso es un teorema. en Ancona. rumbo a Iliria. como he dicho. pero el siete es tan tozudo y tan poco práctico que sin duda se hizo con mucho misterio en la mente. Dibuja un círculo. Ligurio se perdió en la noche en el momento en que Festo aparecía con un brasero encendido y mantas blancas.—A1 menos el viaje nos fue bien —dijo Flavio—. Es sólido lo que tiene longitud. altura y profundidad. Piensa en el número siete. el que más me gusta es la preciosa copia. Ligurio. ¿quieres? —¿A quién traigo? —Veamos. será mejor que me lo cuentes ya. Al menos. sin tormentas ni piratas. del cruce de Acilio. Volveré pronto. Lo conozco. ¿Tienes algo más. no lo creo. ¿Por qué. el tres es el primer número estable (los trípodes no caen fácilmente) y el cinco una mano llena. —Sí. lo he pensado mejor. Hay aquí claridad y seguridad. —No. ¿Qué pasó? La geometría también es fiable. desde luego. buscaremos un cirujano que te atienda. con un objetivo que está allende nuestro entendimiento. A mí me parece que ha de probarse. —Entonces. ya sabes. Pero el siete es libre. Tiene el estudio cerca de. en cuyo caso es un axioma. Flavio se detuvo. Pero esto es algo que merece meditarse. O coge una cuerda y haz doce nudos equidistantes. —¿Embarcasteis en Ravena? —preguntó mi padre. —¡Festo. propiedad de Escipión. Yo también. Íbamos camino de Ravena cuando oímos que unos de los barcos de Paulo. Ligurio. De los números impares.. Consideremos la afirmación de Euclides de que «los extremos de una línea son puntos». Una recompensa para el pensamiento más puro. de los Elementos de Euclides. trae un brasero! —dijo mi padre—. el de Quíos. «Un punto es lo que no tiene partes o no tiene magnitud. ¿te acuerdas de él. ¡Y unas mantas! Flavio. El nueve sólo es un tres hinchado. —Flavio. Siempre se dividirá perfectamente en seis.. » Desde luego. Mi padre continuó. Describe un arco. el uno es indivisible. Escipión? —mi padre asintió—. Los números son. De todos los libros que hay aquí. Hay una herida en la cabeza. fiables. Todos los números pares. . por ejemplo. Pensé en lo sucias que se pondrían y me pregunté si aquello tenía importancia. —Aunque volvimos más deprisa de lo que fuimos —añadió el más viejo. Flavio? —No. hay problemas. Siempre podrás hacer un triángulo rectángulo perfecto. . encárgate del asunto. No. Una línea es longitud sin anchura. Pero también son misteriosos. sólo hay siete (¿o debería decir hasta siete?) sustancias — 43 — . —Bien.. o darse por supuesta. que uno de sus veloces barcos mercantes iba a zarpar en Ancona. tosió de nuevo y se estremeció. pronto. Es una proposición sencilla. que sea Arimastis. Sitúa una punta del compás en la circunferencia. trae a Arcágato de Cos.

reina Teuta. afortunadamente para Macrón y Escipión. »—Y bien. especias y uña aromática? ¿Por qué siete? Lo ignoro. ¿Así de sencillo? —Se reclinó en el asiento. todo sucedió tan deprisa que cuando vi brillar la daga en su mano derecha. también estoy capacitado para volver a las cuentas. no puedo imaginar o representarme.. son evidentes. pero los números son infinitos. son dos. si me dieran el tiempo suficiente. nardo. »—Paz. Flavio levantó una mano con irritación. No podíamos verle la cara—. Fueron recibidos amistosamente y conducidos a caballo directamente a la ciudad de tiendas en la que gobernaba Teuta. —Arrastró la palabra—. ya con voz más fuerte. las verdades aritméticas se convierten en verdades de los objetos. gálbano. 3. los objetos pueden ser finitos. La vida sería aburrida sin ellas. pero ningún cerebro podría abarcarlos. —Pero cuando se irguió. ¿verdad? »Dio una palmada. por ejemplo. los dedos de sus propias manos e inventar palabras del uno al cinco. Bien. Bueno. pero la idea me reconforta. una proposición tan sencilla merece una respuesta sencilla. y al de Escipión. romanos: Supongo que habéis venido con un mensaje —dijo—. abundante en telas preciosas y tapices. Hizo una reverencia y pensé que era por respeto a nuestro rango y a nuestra condición de embajadores de Roma. Hay un misterio más profundo en los números. desde luego. Volvamos a mi pasado. no entiendo cómo podemos conocerlos. y estaba llena de espeso humo de incienso. no habría suficientes objetos físicos o mentales. quizá los haya. Mientras escuchaba me enteré de que Flavio y otros tres habían sido designados embajadores por el Senado y enviados a Iliria.212 objetos. evidentemente. El problema es que. la reina iliria. paz. Un moro gigantesco salió de las sombras y se puso frente a nosotros. Los hombres de la antigüedad debieron de ver. Su tienda era lóbrega y oscura. hay muchas cosas que no entiendo. ¿Son pues los números entes abstractos que simplemente son? Si es así. Así. estacte. Pero puedo contar fácilmente hasta ese número. »—Ah. ya era demasiado tarde.sagradas. Pero ¿qué clase de objetos? Podría estar contando hasta el fin de mis días sin que los números se me agotaran. ¿Cuál es? »Habíamos acordado que Julio sería nuestro portavoz. Bueno. incienso. dice. para contar. impedir que los barcos ilirios siguieran pirateando en nuestra ruta comercial a Grecia y matando a nuestros mercaderes. Y aunque pudiera.. Y aun en el caso de que no lo fueran. entre Iliria y Roma. Tenían que negociar la paz. No la habíamos visto entre los pliegues de su — 44 — . como supongo que diría Euclides. mirra. Tengo suerte de poder pasar de las cuentas de la granja a estas cuestiones. Un estilo más otro estilo. y. —Como es lógico y natural que sea —le interrumpió mi padre.476. —Casi no podíamos ver a la reina —dijo Flavio. ¿Cómo sabemos que existen? Porque. No lo haré.

al menos todavía. mientras oía acercarse a la caballería. El decurión (o quien supuse que lo era. ni a ni b era probable que se sentaran en el bordillo de la calzada. Anduve cojeando un trecho. Echaba en falta un alivio. Claro que podían no detenerse. sin caballo. —Y el mando tuyo. Pero ¿dónde? El campo era llanura lisa. Pero no te preocupes. con las banderas ondeando y las armaduras despidiendo brillos. b) un vagabundo o c) un veterano licenciado. Ella escuchaba impasible. Si c. así es. Me planteé salir del camino y esconderme. En cualquier caso. Pero necesitaba algo. Salió de mi campo visual. Parecía ser mi destino. Nunca lo hice. ¿Dónde está Arcágato? Oí el golpeteo. Julio será vengado. a plena luz del día. Antes de que apareciesen por el camino ya sabía lo que era. detención. Mientras Julio caía.capa. ya que cada escuadrón de caballería ha de tener uno) hizo una seña a los dos hombres que tenía a los lados. había estado sin goma durante varios meses. Hicieron alto a unos cuarenta pasos de mí. ni carro con productos agrícolas o de otro tipo. En cuanto me vio. Se la clavó a Julio en el corazón. Bueno. Antes de que llegara el buhonero al último campamento de Aníbal en Crotona. —Entonces. Mi padre se puso en pie. Me sorprendió que mi padre no la hubiera hecho salir. Quizás estaba acostumbrada a oír aquellas cosas. Me solté y. Abrí el morral y metí la mano en un bolsillo. excepto los muy sordos y los locos. Una turma. Éstos se acercaron. no parecían muchos. Cabalgaban en tres columnas. así que me detuve y me senté en el bordillo. sin más vegetación que la hierba. las hay mucho peores. un manual. Saqué el último trozo de goma. —Quis estis? ¿Quién eres? —preguntó el más alto. el martilleo. andando por la Vía Apia. me arrojé sobre el criminal y recibí un espadazo en la cabeza. Iré al Senado mañana por la mañana. pensé. — 45 — . pero seguí oyéndolo. mucho antes de verlos. sólo podía ser: a) un desertor. Un hombre solo. Intenté pensar como un oficial romano de caballería. seguiría andando. detenerse para saludar. Probablemente tengan instrucciones para estas contingencias. otros hombres nos sujetaron por detrás. —Sí. podía darse cuenta de que estaba a punto de pasar un escuadrón de caballería. Parecía apropiado subrayar lo que estaba a punto de ocurrir masticando el último trozo de goma. Si a o b. Advertí que mi madre había estado presente todo el rato. es la guerra. ¿La cuneta? No veía ninguna. una compañía al menos. que venía detrás de mí al galope. Le había comprado toda la que llevaba y estaba ya a punto de acabárseme. Desde luego. Escipión —dijo Flavio. el oficial que iba al frente levantó la mano para que se detuvieran. aunque no íbamos armados. O así lo veía yo. No podía ver cuántas filas había. Siempre quise preguntarle. al lado de la calzada. La caballería. Flavio. Diez u once. el caballo del de la izquierda era un bayo joven que relinchaba con nerviosismo. Menos mal que estaba masticando goma. Pero no era probable que un oficial de la caballería romana hiciera un razonamiento de estas características. Es una debilidad que me permito. cuando todo el mundo.

registra eso. ¿Por qué. Los griegos usan el genitivo. Hasta Rufustino tenía frío. lo hago por Bostar. Mientras mi padre estaba lejos. un oscurecimiento de las teselas blancas del mosaico de Zeus y Hera. pero mucho más tarde. Son cosas que no parecen tener importancia en el momento. Mi vida continuaba sin cambios aunque cada vez que atravesaba el tablinum veía la débil mancha de sangre en el suelo. para explicar y preguntar. lentius dolens. conocí al mejor amigo que he tenido en la vida. Aquel día no. Puede que el soldado y el general que hay en mí salieran de aquel joven que se había equivocado de calcetines. El viento silbaba a través de la selenita de las ventanas. ha habido otra desde entonces. Eso es todo. levantando los brazos—. ¿Qué edad tendría? ¿Catorce años. Apenas era un hombre y casi no tenía barba. Dos cosas ocurrieron en aquella época. Pero no voy a entrar en este tema.Bajo el casco se veía su pelo negro. —Señaló con la mano izquierda mi morral. Se volvió importante para mí. Mientras mi padre estaba lejos. y he tratado de cambiar en consecuencia. y habrá más. Seguí su trayectoria y vi las gotas de espuma burbujeando a mis pies. La otra es muy diferente. —Non armatus sum —dije. cuando te levantas deprisa porque es tarde y te pones lo más fácil y más cercano. recuerdo.. Bueno. se fue gastando lentamente y desperdigando por sus oscuros guantes de piel hasta que fueron como una neblina blanca sobre fondo marrón. Obra con rapidez y arrepiéntete despacio. ni siquiera supe cuándo se fue. Me di cuenta de que no dejaba de acercarse al brasero después de escribir en la pizarra. quince? Sí. Me levanté y el bayo se encabritó. No estoy armado. Roma había cavado hondo para luchar contra Aníbal. sin volverse a mirarlo—. Era un día gris. a menos que cambiemos de estilo. —En latín. Celerius agens. A menudo he comprobado que es cierto. La oía llorar o gemir a veces. un preceptor que va camino de Roma. quam más un ablativo —decía Rufustino. Yo no lo estaba haciendo bien. Asentí—. Una es importante. Pero dejad que me ciña a la cronología de Bostar. Normalmente se quedaba al lado de la pizarra. ¿Preceptor o espía? No volví a ver a mi padre durante varios meses. dice el proverbio. Es posible. si no. traduce al griego lo siguiente —y escribió en la pizarra: Socrates sapientior quam ceteris. —¿Un preceptor? ¡Bala! —El muchacho lanzó un salivazo. El humo del fuego parecía reflejar la violencia exterior. y de una manera que todavía no entiendo. Marco —dijo al otro jinete. Los dos tenían las manos en el puño de la espada. que estaba en el suelo. Volveré a Cornelia a su debido tiempo. combatiendo en lo que luego se llamaría primera guerra iliria. lo recuerdo ahora? Estábamos estudiando el comparativo griego. Desenvainó la espada y me la puso en el cuello—. Para ser sincero. ή̃ν más un genitivo. Publio. lo profetizo. Se llamó (aún se llama) Cornelia. frío y húmedo.. como sabes. Así pues. Espoleó a su caballo y lo puso a un palmo de mi cara—. La tiza. — 46 — . Soy del este. Estaban inquietos. Recuerdo mi deseo de ponerme los calcetines de lana en lugar de los de algodón. La primera es que mi madre parió una niña. la otra no. no todo. utilizamos el ablativo en las comparaciones.

Vi que su nariz goteaba. —¡Adelante! —dijo Rufustino al oír el golpe en la puerta. apartó la mirada con rapidez. Explícalo. Tetigi. si un erudito o un burro.—vaciló—. Volvamos a los tiempos perfecto y aoristo. Volví la cabeza. ’έλυσε significa que cierto día el mar rompió el puente. O quizás era sólo el frío. Σωκράτης σοφώτερος ή̃ν τω̃ν ’άλλων. —El perfecto. Yo probaría la vara de Rufustino si lo conjugara mal. —El aliento le salía en forma de vaho a causa del frío. y parecía inquieto y asustado. éste es Gayo Lelio. No te quedes ahí. —¡Bueno. Quiere decir que fue un acontecimiento histórico. Gayo Lelio. entra. Rufustino levantó su vara y golpeó la pizarra. —Sperno. Lo era. Primero cierra la puerta. Siéntate. lautum y lotum. aquel sperno. Lelio dio un paso adelante—. —¿Una visita? ¿Quién? —Lo sabrás muy pronto. Yo casi disfrutaba con aquello—. —Rufustino señaló un pupitre que había al otro lado de la habitación. tangere. un cliente de tu padre. ¿Cuál es el supino de lavo? —Hay dos. señor. Todavía me gusta. Me gustó el aoristo griego desde el principio. Tenía el pelo rojo y revuelto. —¿Y tango? —Tango. Publio. ή θάλασσα ’έλυσε τήν γέφυραν: El mar rompió el puente—.. te. —Muy bien. λέλυκε describe una acción pasada cuyo efecto todavía dura. Es el hijo de Prisco Lelio. Lelio —aulló—. Publio. muchacho. entra! —añadió Rufustino—. spretum —dijo Lelio sin vacilar. Verbo duro de roer. Tu padre dejó instrucciones de que tenía que enseñarle junto contigo. pecas en la cara y la nariz respingona. Lelio me miró tímidamente. Pero el aoristo. sprevi.. —Bien. pensé. Lelio se puso rígido. Era de mi edad y mi tamaño. Lelio se sentó. tactum. Su voz era alta pero suave. Pronto tendremos visita.. Entró un joven. Se quedó junto a la puerta. Ése fue todo el progreso que hicimos aquel día. —¿Cuántas clases de adverbios hay? — 47 — . —Publio. Quizás estaba resfriado. Era un gran elogio. En realidad no era así. ¿Cuál es la diferencia entre estas dos frases? —Y escribió con su clara caligrafía: ή θάλασσα λέλυκε τήν γέφυραν: El mar ha roto el puente. Sus orejas. bien. conjúgame sperno. eran demasiado grandes para el resto. spernere. Cuando se encontraron nuestros ojos. —Ajá —dijo Rufustino. Creo que la habilidad para distinguir entre el perfecto y el aoristo es una de la muchas excelencias que tiene el griego sobre el latín. Sócrates era más sabio que los demás. Dicen que es brillante y está muy avanzado.—Es fácil —dije. así que sólo un ejercicio más. —Veamos lo que tenemos aquí —continuó Rufustino—.

bien. Mejor. Dio la vuelta a su caballo y se dirigió hacia el escuadrón. Tu padre te ha enseñado correctamente. creo que este joven servirá para ponerte a prueba. Publio. ¿Qué es un tribuno? — 48 — . suministrando grano al ejército. Ahora. Mi interrogador la abrió y silbó con los dientes apretados. Lelio arrugó la nariz para concentrarse y prosiguió—: de orden. —¿Dónde lo has conseguido? ¿Lo has robado? —No. plomiza y fría. Quizá sea cierto que es preceptor. atado y montando un caballo romano. —El padre de Lelio es un homo novus. —Soy preceptor y voy camino de Roma.. Fue Quinta quien me lo explicó aquella noche. de causa. Lo hizo. —¿Ves algo en el morral. Y no quería romperme la cabeza contra las piedras ni bajo los cascos de los caballos. Su gente son granjeros de Brucio. Tenía planes para ella. Al final dijo que esperase. un animal del color marrón de las castañas. Necesitaba mi cabeza. Marco? —Nada. podrías ser un espía de ese cabrón de Aníbal. Lo ganó. y. —Bien. a la hora de dormir. . —Yo tampoco lo sabía. tienes que dar muchas explicaciones. Volvió hacia mí. Bajó del caballo. de un amigo. de lugar.. —¿Un regalo? ¡Vaya regalo! ¿De quién? —De. aunque no podía oírle hablar con el oficial comandante. En todo caso. Y así fue como. —¿Por qué Roma? —Para buscar trabajo. porque nunca he sido muy buen jinete. adverbios relativos. —Preceptor. Me concentré en mantenerme en equilibrio en la montura mientras íbamos a medio galope. Había visto demasiados caballos muertos. levanta las manos. de. por la Vía Apia. Estuvo de acuerdo en ser su protector y lo nombró tribuno. —¿Tribuno? —pregunté—. —titubeé—. un hombre nuevo con dinero nuevo. continué mi viaje.—Adverbios de modo. levantando mi bolsa de oro. dicen. Sabía que si me caía con las manos atadas no habría manera de impedir el golpe.. yo iba en medio del escuadrón. tu padre congenia con él.. aunque fuera en una mañana gris. de tiempo y.. Me alegraba ver unos cuantos vivos. fue un regalo —dije. Sólo unos viejos rollos. El joven me miró con dureza. ¿no sabes que nadie viaja sin un salvoconducto? ¿No sabes que se está librando una guerra? Por lo que sabemos. Pero he encontrado esto —dijo. Lo veía. Había esperado aquello o algo parecido. Nadie me hablaba. ya lo veo. Para empezar. Le sostuve la mirada. Y todavía lo hace.

Comida caliente y tiendas secas. En grande y pequeña medida. que es el oficial de intendencia. Antes y después de clase (conforme pasaba el tiempo. —Yo tardé dos semanas en aprender esos verbos —dije—. el padre de Lelio ni siquiera es todavía un eques. A1 día siguiente Lelio iba a ser examinado de verbos irregulares. El oficial de intendencia suministra vituallas y. —¿Y qué es. Así de sencillo. ¿por qué no tiene su propio litterator? —Porque. jugábamos. después de las lecciones. Rufustino sólo había dado dos días a Lelio para que se preparara. La última y luego apagaré las luces. Bueno. a la perfección. —¿Un estornudo? ¿Hablas en serio? — 49 — . —¿Oficial de intendencia? ¿Qué es eso? —¡Oh! Nunca ha habido un chico que preguntara tanto. a las canicas y al escondite. —¿Por qué? Porque. En clase. yo ya los sabía. Demasiada ostentación cuando todavía eres un simple publicanus. Sabiendo quién.. ¿A qué crees que se parece? —¿Que a qué se parece? No lo sé. —Pues a mí me parece una especie de estornudo. No se parece a nada. Empezó sin saber nada de griego y pronto supo más que yo. que así se llama —sorbió moco con altanería—. No era ni hosco ni adulador.. eso no estaría bien visto. Pero un tribuno es un oficial de estado mayor. —Pero Quinta. Los dijo correctamente.—Lo descubrirás muy pronto en la vida que vas a llevar.. para empezar. por qué y qué eres. Quinta? —Bueno.. —¿Te refieres a espadas y escudos? —Sí. Lelio? —le pregunté un día. si el padre de Lelio es tan rico. el ritmo se aceleraba. Nunca luchábamos. Después le pregunté cómo lo había hecho. ya que ni siquiera tiene apellido. joven amo. contribuyó a lo que iba a ser yo en el futuro. digo que él y tu padre están juntos en Iliria y por eso tenemos al joven Lelio con nosotros. Verás. y por eso le debo mi infancia. . Los hombres buenos admiten la complejidad. y la lección continuó. Se iba a trabajar todos los días al caer la noche. Pero me atrevería a decir que lo será si hace en Iliria lo que se espera de él. —¿Qué quieres decir? —Verás. tomando un refresco de limón. joven amo. La sencillez en la vida es. . ¿Cómo has podido memorizarlos tan deprisa? —Poniéndolos en imágenes. un caballero. creo. pues este Prisco Lelio. porque mi padre me dijo que lo hiciera. Así que Lelio se convirtió en parte de mi vida. Los grandes hombres la asimilan y hacen de ella algo sencillo. Estábamos sentados en el jardín. vencer. Coge un verbo como τίθημι. y también a comida caliente y tiendas secas. llegaba antes y se iba después) jugábamos en el patio al tejo. Pero ése es más el problema de tu padre que el de Lelio. Nunca lo olvidé. —¿Por qué trabajas tanto. la clave.

—Era típico de mi madre. esencias y aceites para el cuerpo. Timpulo. me imagino a mi padre estornudando! Así. Vuestros padres están en casa. sino desaconsejarse. una toga de colores cuyo borde púrpura significaba que se había nacido libre. Pero antes id a cambiaros. No habían llamado. Lo veo. impregnaba lo imperfecto con su paz. ahora soy más moderado. Bueno. Festo os llevará. Id al Campo dé Marte a recibirlos. No. Por este motivo recordaba a Timpulo el cara de pez. Publio. Vestía una sencilla túnica de lana blanca. Nos reímos hasta que no pudimos más. con simpatía aunque de un modo casi imperceptible. le oigo hacer ruidos. Quiero que ambos os pongáis la toga pretexta. Por ejemplo. como debía ser. recogido en un moño. Sin perfume o por lo menos ninguno de esos horribles y apestosos cuyo olor satura el aire. Rufustino. — 50 — .. Se volvió hacia nosotros. La primera vez que lo vi era uno de tantos mercaderes que querían medrar tratando de conseguir un contrato con el ejército. por ejemplo. Pensé en un pececillo comiendo y el ruidito que imaginé. se sorprendió porque me acordaba de su nombre la segunda vez que nos vimos. no podía negarse. Simplemente piensas en una imagen cuando conoces a la persona en cuestión y la asocias con el nombre. θείζ —con lágrimas de risa resbalándole por las mejillas—. Sin maquillaje. nuestros pupitres estaban ya juntos—. había cientos como él. imagínalo. Casi no la había visto desde la partida de mi padre.—¡Sí! El sonido que hace mi padre cuando estornuda es parecido a τίθημι. el mercader panonio. pequeño y lleno. poco antes de que yo me fuese de Roma. Estábamos en clase. se coló. ceñida con un cinturón de piel y oro. Era un círculo casi perfecto. Gracia. Se abrió la puerta. τίθέναι. Su figura era perfecta. Pero. Me sorprendió la belleza de mi madre. Se puso en pie y estornudó. Para los chicos de la condición social de Lelio y otras más altas era como ponerse la ropa de gala. Me han felicitado. Compostura. Pasaba la mayor parte del tiempo en sus aposentos. deberían prohibirse. pero era su fealdad lo que la hacía bella. Gobernándolo absolutamente todo. como una tormenta de invierno. la guerra ha terminado. Es fácil. Desde que era pequeño he pensado que los perfumes fuertes. su porte y forma de estar. Cuanto más absurda sea la imagen. ah. mejor la recordarás. por recordar el nombre de una persona incluso cuando sólo la he visto una vez o brevemente. Tenía la nariz torcida. y pienso en mi padre estornudando de este modo. Rufustino. después de muchos años. —A—τίθημι —prosiguió—. que estaba débil y a menudo enferma. Mi madre entró. pero educada y regia. Sabía que mi hermana había tenido problemas. Lelio. Pero ella lo unificaba todo. ’έθηκα. era algo así como «timp». y abandonó la habitación. no entró. aunque no lo había oído en toda mi vida. No prohibirse.. ¿Cómo se consigue la perfección de la imperfección? —Vas a tener que cederme a los niños. Si quieres recordar algo. Pero había aprendido una lección. Mi madre sonrió. Primero. ¡Así que cuando tengo que aprender la conjugación. Su pelo todavía era negro como el azabache. —Buenos días. Sus ojos estaban demasiado separados y su boca era demasiado grande. como cuando se traga un bocado. aunque recordarlo no me reportase ninguna utilidad. su boca. Pero te los devolveré.

pasado el templo de Cástor y Pólux. Y aquí estoy. «a la última etapa del cual damos el nombre de memoria». si nos perdemos. El regreso de mi padre era un aliciente poderoso. Estas imágenes mentales las compara Aristóteles con un retrato pintado. La memoria. el tercero en intensidad. —Bien. recordando con Escípión. nos encontraremos en casa de tu tío Cratino. —Seguidme de cerca. joven amo Publio. seguid rectos por la calle. Aquel sabio dijo: «Es imposible pensar sin imágenes mentales». la mejor excusa que pueda tener un hombre: Aristóteles. Sentía muchas cosas. polígrafo sin parangón. De memoria et reminiscentia. Sus obras han acabado por gustarme. Voy a permitirme abandonar otra vez mi pasado en aras del presente.» Es muy emocionante. —No te preocupes. Festo siempre adoptaba una seriedad manifiesta. Cree que la formación de una imagen mental es como un movimiento. pertenece a la misma parte del alma que la imaginación. sin haberme preguntado hasta ahora cómo podemos recordar o cómo recordamos. pasad el templo de Diana. —Creí que podrías.. pero escuchad los dos. —¿De verdad crees que espera que recordemos todo eso? —me preguntó Lelio tan pronto como echamos a andar detrás de Festo. Pregunta a cualquiera. Es una serie de imágenes mentales que nos vienen de las impresiones de los sentidos. también la memoria. si no —repliqué. y dejar a Esquilo. Pero el Campo de Marte era. Tengo casi setenta años y nunca había pensado en estas cuestiones. como un anillo imprimiendo un sello en cera. Un muchacho no sabe todavía cómo administrarlas. El camino que lleva a casa de tu tío está detrás. todas a la vez. por lo que leí anoche.—Pero yo tengo la pretexta en casa —me susurró Lelio al oído. un motivo más fuerte. El sello no imprime nada porque ha desaparecido. La multitud será densa y no debemos separarnos. por favor —dijo Festo—. Traza un plano. — 51 — . la cabeza puntiaguda y la piel picada de viruela. A Esquilo y. «Algunos hombres no tienen memoria debido a la enfermedad o a la edad. al lado mismo del estanque hay un pequeño molino de harina. Antes de llegar a la puerta de la ciudad. Aristóteles. Id a través del Foro. Te dejaré una mía. Tengo. Alejandro Magno fue afortunado por tenerlo como preceptor. Lo entendía todo. continúa diciendo.. griego sin precedentes. después de todo. girad a la izquierda. tampoco lo saben muchos hombres. Y tenía un aspecto extraño y delgado como una judía tierna. con el pelo lacio que le caía por la frente. Pero en caso de necesidad era un sirviente amable y leal. Encontré un tratado suyo sobre el tema. La biblioteca de Escipíón es magnífica. luego doblad a la derecha y luego por la segunda a la izquierda. tengo que admitirlo. Pero ¿hay alguien que las entienda? Sí. como las paredes viejas de las casas o debido a la dureza de lo que tiene que recibir la impresión. es como si imprimiéramos el anillo en agua corriente.

A mí me parece que utilizar esta villa (o cualquier casa grande) es una buena manera. —¿Y se la perdonaron? —Se la perdonaron. Me pregunto si esto funcionaría con una lista más larga. las poblaciones de Italia. Pero cometió traición. —Es el barrio de los pañeros —dijo—. —Hace unos cien años. Lo intentaré. Marte. «al igual que hacemos impresiones con los anillos». vosotros! —gritó Festo desde delante—. ¡Qué maloliente! De repente se acabaron los edificios. El polvo — 52 — . Pero sus hombres fueron pasados a cuchillo. La multitud cada vez era más densa. sólo tengo que dar una vuelta imaginaría por la casa.. un gran descampado que se llenaba rápidamente. Lo busqué quizá durante una hora hasta que lo encontré: un pasaje del Teeteto de Platón en el que Sócrates supone que hay un bloque de cera en nuestra alma (cuya calidad varía) y que es «un regalo de la Memoria. y así sucesivamente. y los imprimimos en ella. apretándome la nariz. Daos prisa o llegaremos tarde. Lelio me preguntó: —¿Por qué nadie ha edificado en este terreno? En otras partes de Roma hay mil personas viviendo en un espacio como éste. Se rindió a condición de que le perdonaran la vida. Pero. Venus. Por ejemplo. Digamos que quiero recordar los nombres de los planetas. Estaba luchando contra una tribu del norte y fue rodeado. Extendiéndose hacia un meandro del río Tíber estaba el Campo de Marte.Al final. Sí. Cuando volvió a Roma. con un gran jardín. Sólo tendría que trazar una ruta lógica para mi paseo imaginario. madre de las Musas». —¿No lo sabes? —¿Saber qué? —¿Por qué este terreno está vacío? —No. He estado pensando la mejor manera de hacer esto. la multitud nos estrujó tanto que lo difícil era perdernos de vista. Mientras andábamos. Pasamos entre los templos de Júpiter Capitolino y de Juno Moneta. vemos o pensamos cualquier cosa. Desde allí cruzamos el Foro y empezamos a rodear el Capitolino. Hice una mueca a Lelio. Júpiter y Saturno. Pero sería mucho más fácil poner los cinco planetas en cinco habitaciones diferentes de esta casa. Pongo a Mercurio en el pórtico. el Senado hizo demoler su casa y decretó que el lugar permaneciese vacío para siempre en recuerdo de su vergüenza. A1 principio no estaba mal. mientras bajábamos el Palatino y recorríamos el sendero que atravesaba los campos yermos que había al pie de la colina. no lo sé. en lugar de separarnos. —¡Eh. Los edificios se hacían más compactos y los olores más fuertes.. Entro. Estoy mentalmente en la puerta principal. un general llamado Vitruvio Vaccus tenía aquí una casa enorme. Cuando quiera recordar los nombres. Lo que leí en Aristóteles desencadenó un recuerdo. Supongo que podría utilizar los edificios anejos a la casa y las cuadras. Cuéntamelo. En la mesa del tablinum pongo a Venus. podría memorizar una lista escrita: Mercurio. Cada vez que oímos. ponemos esta cera bajo la percepción y los pensamientos.

de la forma indicada. Vi que el soldado vacilaba. insensibles al bullicio. Desde lo alto del montículo podíamos verlo todo. —Lo digo. —¿Y ése? —dijo. señor. al otro soldado. —Por aquí. Es una de las muchas paradojas de la vida. filas infinitas de cara a un hombre montado en un corcel negro. Yo era sólo un niño. Era Festo. Yo me había quedado sin habla. Volví a mirar al primer soldado. lo digo. joven amo. Ni siquiera lo pensé. A razón de una fila por vez. pero es mi amigo. . Soy demasiado viejo para transigir con la mezquindad de los celos. impasible. —Cogí a Lelio de la manga y seguimos a Festo. Este recinto es sólo para los hijos de la nobleza. Cualquier tonto puede ser celoso. abandonará. Ambos. formando un triángulo. — 53 — .era tan espeso que casi no podía respirar. con las lanzas inclinadas. Vosotros dos quedaos donde estáis. al hombre que lo encumbró. Llegamos a una especie de recinto vallado que rodeaba una pequeña elevación del terreno. No sabía que hubiera empezado tan pronto. Nos pusimos detrás de Festo. señalando a Lelio. que la emoción sólo es útil si se controla inteligentemente. Pero ser celoso en el momento indicado. Yo también lo miré. Pero Lelio es un oportunista. —Puede que no sea noble. Lelio debe a Escipión todo lo que tiene. no me apartaría de su lado. apresurará su caída. entramos. Me volví. Creo que siempre supo lo que hacía y procuró aprovechar al máximo las coyunturas favorables. Era mi padre. los soldados avanzaban para salvar los cien pasos que los separaban de mi padre. Aparté a Festo de un empujón y miré al soldado. Pero si él de repente se quedara sin nada. tengo gracias a Escipión mucho más de lo que he soñado en toda mi vida. En el peor. es una buena cosa. Yo. —Bien. Creo que cuando deje de convenirle. es sólo por defender a un hombre al que amo. No es patricio. Miraba al frente. —Publio Cornelio Escipión —anunció al más alto de los guardias. al son de los tambores. si tú lo dices. ¿O es que estoy celoso y nada más? Si lo estoy. para impedir la entrada en el recinto. y no digamos ver lo que estaba pasando. El hombre se puso firme. por la razón indicada y de la persona indicada. y muchos lo son. He conocido lo absurdo del amor. Viene conmigo. —¿Gayo qué? —preguntó el soldado—. No me importa que Lelio se beneficie de la subida de un gran hombre. Sus ojos miraron a la izquierda. pero entonces me di cuenta de que había nacido para mandar. la correa de sujeción del casco le ceñía las mandíbulas. Publio Cornelio Escipión. Veía soldados. Eso es lo que no me gusta. Ha hecho una ciencia y un arte de la oportunidad. en el mejor de los casos. Alguien tiró rudamente de mi brazo derecho. aunque no fácil. Lelio y yo. después de todo. tú puedes pasar. —Gayo Lelio. . Dos soldados montaban guardia. soldado.

Estoy seguro de que Platón y Aristóteles tienen razón. y a continuación corriendo a paso ligero. supuse. Pero si un recuerdo es más que una simple imagen. que no es mía. y desanduvimos el camino de vuelta. mientras el sol nos abrasaba y el montón de armas crecía y se extendía como una mancha. hasta cierto punto. Sí. Los otros muchachos que había por allí (entonces no conocía a ninguno) se apartaron para dejarnos pasar. Las mujeres los llamaban. —¡Curio. Aunque no tiene por qué ser así. Nos dimos la vuelta para irnos. ¿qué es entonces? Bueno. Sólo pueden corresponderse con él.Cuando estaban delante de él. sino de Escipión.. Roma había ido a la guerra. El sudor me resbalaba por la espalda. —Alto y con el pelo gris. Y volviendo a la posición de firmes. como diría Escipión. son aguas difíciles y profundas. Ahora creo que sólo tengo preguntas. —Es imposible verlo. Quizá sea hora de que aprenda. —No sé cómo es. —¿Ves a mi padre? —preguntó. Pero al mismo tiempo mi cerebro está analizando. De nuevo valía la pena ser un Escipión. se detenían. — 54 — . ¿tienes sed? —No. exclamaban con el brazo en alto: —¡Salve. Encontramos a Festo donde lo habíamos dejado. Mi padre todavía estaba a caballo. en orden y con orgullo cuando pasaban por delante de mi padre. Lelio. no pueden ser recuerdo. recordamos algo cuando nos hacemos una imagen de ello. Roma había vuelto y un Escipión era su báculo. Escipión! Luego se volvían y se alejaban desfilando. Pero me muero por orinar. Yo podría calificarla o reforzarla. Como un solo hombre. Sé que la imagen puede ser inexacta e incompleta. Recuerdo que tenía mucha sed y luego pensé que no me importaba. agitando la mano entre el gentío. ahora rodeado por otros hombres. porque tal propiedad no nos dice si la imagen que tenemos del suceso en cuestión es real o imaginaria. Empezaba a pensar que tenía respuestas. Pero ¿estamos recordando la imagen o imaginándola? Quizá la imagen que recordamos tenga una propiedad intrínseca que sólo pertenece a los recuerdos. luego el pilo y después la espada. La multitud se alejaba. Pero estoy seguro de que está ahí. fuera del recinto. por este lado! Hasta que eran engullidos por la multitud inquieta. Miramos durante dos horas o más. es hora de que vuelva al pasado para no confundir a quienes lean esta historia.. estoy aquí! ¡Antonio. ¿Seguro que tenemos que saber lo que ha pasado para crear una imagen? Porque en tal caso las imágenes no pueden formar. sin duda. Nunca he sido buen marinero. La imagen me ayuda a recordar. sus oficiales. En todo caso. dejaban caer el escudo en el polvo. Lelio me dio un codazo.

conforme subía el sol. —¿Cuándo tendrá que presentarse ante el juez? —Cuando se te diga. Lo peor son los rabos. y di patadas cada tanto para tenerlas a raya. y me sentí muy orgulloso. que se alza sobre la fértil llanura que la rodea. El ruido era de un mercado. Contuve la voluntad. Tenía los ojos legañosos e inyectados en sangre. ¡Puf! Y la horrible frialdad de sus patas en aquella celda fétida y húmeda. el ager campanus o agro campaniense. pero mi celda tenía un ventanuco con rejas. —Sí. Me llevaron sin explicaciones a la cárcel de la ciudad y me dejaron a merced de un capuano calvo.Capua tiene una muralla alta y característica. Habría soportado ésta. con torreones equidistantes. pero el cuerpo me falló. Pero entonces llegaron. Aquellas escamas secas. —¿Orgulloso? — 55 — . Hicieron desdichada mi primera noche en Capua. Cuando me senté en la cama. ya que Capua se había rebelado y se había unido a Aníbal. . Las ratas eran una tortura. El hambre otra. Hay pocas sensaciones tan repugnantes como un rabo de rata acariciándote el rostro. me abrazó. —¿Por qué está aquí? preguntó a uno de los jinetes que me había llevado. pero aun así me corrían por la espalda y los costados. aunque no le sirvió de mucho. ¿Cuánto tiempo había estado fuera? ¿Ocho meses? ¿Nueve? —He oído que fuiste ayer a la asamblea. . Podía soportarlas vestido. supe que. Era casi de noche. Las ratas son ciertamente dignas de confianza. Toda la noche se arrastraron sobre mí. capuano. Es una imagen que no necesito calificar ni reforzar. Me eché en un rincón y traté de dormir. Las personas obran como quieren. Publio. En vez de dientes tenía una especie de piedrecillas negras. pues ni siquiera los romanos pueden estar en dos sitios a la vez. el carcelero me empujó hacia la celda con la daga y cerró la puerta de golpe. Había esperado ir a Roma. al principio apagado y movedizo. . Era demasiado alto para asomarme. —Por vagabundo como mínimo. la piel de la cara moteada. nada más despertar. La paja del suelo apestaba a orina y a cosas peores. Todavía me da escalofríos cuando lo recuerdo. barrigón y patizambo. Las ratas como deben. La celda era oscura y húmeda. pero no para oler y oír. Me pregunté qué habría sido de mi morral. El olor era de una panadería y el olor a pan recién hecho me traspasó como una puñalada. luego más alto y estridente. lo que fue extraño. Al final me incorporé y sudé. Pero a Roma le costó varios años de asedio recuperar Capua. era lo más lejos que llegaría. al menos por el momento. pero en cuanto me quedaba dormido me subían por la cara. Traté de sentarme. Quizás aquello ayudara a Aníbal.. llena de ronchas y arrugas. cuando se te diga. Gruñendo y tirándose pedos. pues la tenía seca como el desierto. Cuando el escuadrón se detuvo ante las puertas de Capua. No era sorprendente. Allí nadie derrochaba amor. No pude impedir que la boca se me hiciera agua. A la mañana siguiente vino a verme temprano.

Mi amor por Roma había crecido a raíz de mi visita a la asamblea. La rutina de mi vida siguió igual. Cástor y Pólux. —Se rió y me acarició el pelo—. El muro era alto. lucharon en el lado romano y vencimos. Cuando estuve seguro de que toda la casa dormía. Lo salvé. Sonrió y movió la cabeza. Debían de haber pasado cuatro o cinco noches desde la asamblea. pero había aprendido por mí mismo a amarla como forma. Su presente está lleno de su pasado. No podía conciliar el sueño. Persevera. los legendarios gemelos que. Aterricé como un gato. pero quería ver Roma solo. Enorgullécete. a él quizá pudiera eludirle. ¿Es fábula o realidad? No lo sé. su mayor fuerza. Nuestra rutina aquí en Literno es productiva. los gemelos fundadores de Roma amamantados por una loba. Me detuve en la periferia. Pero tengo que estar en el Senado al rayar el alba. pero no a sus perros. paradójicamente. Cuando eres adulto. montados a caballo. Bien. —¿Qué pasó. Luego sentí un momento de miedo. creo. porque ganamos. Cuando eres pequeño.. das por sentados la rutina y el ritmo. Pero sospecho que tenemos a todo un erudito en nuestras manos. echamos las redes y luego las recogimos. según me había contado Rufustino. ¿Qué estaba haciendo? Habría podido pedir permiso. cayendo sin peso en la negrura de la noche. Enorgullécete siempre que puedas. Publio. Roma se construyó con ambas. Publio. No había forma de eludir al portero de la puerta principal. Roma. —¿A pescar? —Sí. Las consecuencias de la guerra pueden ser tan largas como la misma guerra. algo confundido. Había un pequeño postigo al final del jardín. habían aparecido milagrosamente cuando estábamos perdiendo la batalla contra los latinos junto al lago Regilo. o más.. es un error. sobre las cuatro extremidades. Me gustó saltar al vacío. me levanté y me vestí. —Me apretó el hombro y abandonó la habitación. Los gemelos. Así que durante un tiempo me verás poco. padre? —Bueno. Una cosa había cambiado. Es el fruto del buen hacer. Lo he aprendido—. mitos y leyendas de fundación. Qué extraño me parecía. Nunca he sabido ni leído de ningún pueblo en el que lo racional y lo irracional se combinen de tal manera. Los romanos se apoyan en leyendas así. más largas. fuimos a pescar. Pero ésta es. Rómulo y Remo. anécdotas de valentía y sacrificio.—Sí. — 56 — . padre —contesté. al lado del templo de Cástor y Pólux. tienes que trabajar con denuedo para recuperarlos. Por mi solo nacimiento estaba destinado a amarla como una idea. es un estado de razón afianzado por la superstición. Te sientes confuso cuando faltan. —¿Orgulloso de mí? Eso. —Sí. pero también de retractaciones y lamentos. Me dirigí en línea recta hacia el Foro. Bueno. —¿De qué? —Pues de ti. Debería haber sabido que estaría cerrado. No importa. pero del ejército en general y de Roma. pero nos ha costado. naturalmente.

pero la hendidura no se cerraba. oro. lo de entonces y lo de ahora. al otro lado de la plaza. Estuve allí largo rato. mis antepasados consultaron los libros sagrados de la Sibila. y era imaginar lo que estaba por venir. a mi izquierda. y un pueblo. Se puso la armadura. un joven soldado de caballería. Marco Curcio. el templo de Saturno resplandecía. a menos que el veredicto me deje en la infancia. Conocía bien la historia. la Curia de los senadores. solía decir Eufanto. dejando en su lugar una fuente en la que. Así pues. absorto por lo que veía. pidió que le dejaran hablar al Senado. los santuarios que señalaban el final del Foro. en el punto donde yo me encontraba. Y desde entonces produciría en abundancia lo que recibiera. ratas por la noche y hambre por el día. que fue condenado al Hades por los dioses a causa de su impiedad. si es que alguna vez terminaba. cubiertos y silenciosos. Bajo su luz. desde luego. Introdujeron una bandeja con un tazón de gachas y una pequeña calabaza con agua medio corrompida. Dijo que en su opinión lo que más apreciaba Roma era el valor de sus soldados. la tribuna de los oradores.. plata. el olivo y la vid. En cuanto llegaba a la cima. Pensé que estarían en algún lugar debajo de mí. todavía no estamos con Eufanto. Así se supo que la tierra se cerraría cuando hubiera recibido lo que el pueblo romano valorase más. ya que no lá de Sísifo. los rostra. el comitium donde se reunía el pueblo. » La memoria es el tesoro y el guardián de todas las cosas. terminó cerca del mediodía. cuando la rejilla de la puerta se abrió de repente. Finalmente. Pensaba en Sísifo. sino no saber cuándo terminaría. no les gustaba el día. ¿Qué niño romano no la conocía? Un día. hace cientos de años. Pasear por allí era viajar a través de los recuerdos de Roma. un antiguo rey de Corinto. Llegué al lugar donde estaban la higuera. Mi espera.La luna estaba medio llena. Tarquinio Prisco. Era el corazón de Roma. según la leyenda griega. A lo lejos. y que bastaría con que se sacrificara uno para que la tierra produjese gran cantidad de hombres valientes. Detrás de él. Las ratas se habían ido. Pero me atraía el sur. A mi derecha estaba la vida política de Roma. Muchos han soportado cosas peores. cada año. tesoros. donde seguía viviendo lo que había sido. Así de vieja era Roma. Lo más duro de aquel castigo no era el esfuerzo en sí. montó a caballo y se arrojó por la grieta. Comí y bebí con gratitud. Lo que me resultaba más difícil de aguantar era no saber cuánto tiempo durarían. Era el lago de Curcio. Curcio seguía recibiendo las ofrendas y preces de Roma. La brisa era suave y removía algunas hojas del camino. oí la llamada del vigilante nocturno. Bostar. La gente echó al abismo panes sagrados. Pero todo llegará. recibidos de manos de la misma Sibila por el quinto rey de Roma.. Inseguros sobre lo que hacer al respecto. el suelo del Foro se abrió de repente. Lo siento. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de lo que es Roma. Roma es una disposición de espíritu. «Memoria est thesaurus omnium rerum et custos. Una ciudad. en — 57 — . por así decirlo. el peristilo del templo de la Concordia desaparecía en la oscuridad. Oí el gorgoteo del agua. Pero no fue sólo esto lo que derrotó a Aníbal. Los puestos de los comerciantes que rodeaban la plaza estaban cerrados. pensando y soñando. Ésta se cerró sobre él. Allí tenía que subir rodando colina arriba una piedra muy pesada. Oía susurrar a los árboles sagrados y los veía mecerse como sin duda se habían mecido desde el principio de los tiempos. la piedra se le escapaba y bajaba hasta el pie del monte. Dejé las sombras y seguí andando.

media vuelta. ¿Sabes cuál es el castigo por mentir? —No. dos pasos. Me recosté. Y pensé en mi padre y en mi infancia. Desde aquel día me acostumbré a adentrarme en Roma por la noche. Sentado en silencio. Estaba confuso. Hice una mueca. como en el resto de mi cara y mi espalda? Unos desaparecían. deja de ser. Para el alma no existe nacimiento ni muerte Ni. nadando ante mis ojos. Me asqueaban las ratas. mirar y vagabundear. pero mi cuerpo estaba haciendo cosas sobre las cuales no tenía control. tres pasos. Las lecciones con Rufustino. alguien que nos enseñara. No sabía qué estaba pasando.. dándome otro codazo. Su toga era muy blanca. estaba más unido a Lelio que nunca. para pasear. —No seas impertinente —dijo el carcelero. copulando y chillando. mi voz cascada y el pelo de la cara. —Lo siento —balbucí—. en casa. Nos habían enseñado a saber lo que pasaba en nuestra mente. . un ejército de espinillas en la parte izquierda de la frente. Estoy muy débil. Recordé el día (yo tenía cuatro o cinco años por entonces) que mi hermano soltó a la mangosta de su jaula y organizó un alboroto.. inmortal. yo me reía sin parar. media vuelta. —Así que afirmas que eres preceptor —dijo—. —¿Cómo te llamas? preguntó el magistrado. Es innata. Por aquel entonces. . Y la luz. pero me lo imagino. Mi madre estaba embarazada de nuevo. esta vez más fuerte. no la lengua. mientras iba arriba y abajo. con los ojos rojizos brillando en la oscuridad. Me lamí los labios cortados. No me sentí solo. y me alegré. ¿Por qué ahí? ¿Por qué no simplemente el grano rojo de cabeza amarilla.. a punto de terminar. habiendo sido.. eterna. en la tribuna. Era deslumbrante después de la oscuridad. —¡Mantente erguido cuando te hablan! El gordo carcelero me dio un codazo en los riñones. astronomía y ciencia. sus manchas. El espejo de bronce enseñaba lo que yo sentía. vencido por el sopor. Me recité poemas de la infancia. Estábamos preparados para la siguiente etapa y mi padre había hecho correr la voz de que buscaba un grammaticus. Durante meses me inspeccioné la cara en mi habitación. Mi madre la persiguió chillando por toda la casa. — 58 — . me levanté y puse un poco de agua en el cubo que había en el rincón.sus túneles y cloacas. Pero Lelio también sufría el mismo problema. Me consoló este hecho. según creo. perpetua y primitiva. Otros crecían. Lelio y yo habíamos aprendido de él todo lo que habíamos podido. El calor era agobiante. su silla y su mesa. una ciudad dentro de otra ciudad. Pero fui al interior de mí mismo. quedaban por encima de mí. Mi padre. Me sentía incómodo con mi cuerpo. No perece cuando perece el cuerpo. El magistrado parecía estar muy lejos. cantos procedentes de textos sagrados. gordo y solitario. Así pasó aquel día y el siguiente. Aquellos meses fueron de tranquilidad. sino las artes: retórica.

—Tu latín es realmente bueno —dijo el magistrado. —¿Y por qué te salvaste tú? —Porque Aníbal sólo mataba romanos.—Bostar. Era rudo. Tenía una voz amable. puedes —dijo lentamente—. Era secretario de Cayo Sempronio. Dije que sí y durante diez años fui su ayudante. —Pero no con Cayo Sempronio. trae una silla para el acusado. —¿Por qué? —Porque durante el viaje empecé a ayudar al mercader con sus cuentas. allí no. en la costa oriental de Hispania. —Sí. —Miró a otro lado—. Los funcionarios levantaron la vista con el entrecejo fruncido. Me gustaba aquel hombre—. a juzgar por su piel oscura—. —Gracias. Podemos comprobarlo. —Miré al magistrado—. —¿No? ¿Por qué? —Porque murió cuando Aníbal conquistó la ciudad. — 59 — . —Ya sabía algo. Era un hombre honrado. pero amable. ¿Y después? —Después viví durante un tiempo como los otros. —Sí. ya lo sabes. hasta que llegó un barco mercante.. vuestro enviado en la ciudad. señoría.. Le caí bien. Sé que lo que dices es verdad. De esto hace dieciséis años. —¿De? —De Calcedonia. —¿Una plaza para ir adónde? —El barco se dirigía a Siracusa con un cargamento de garo. Me senté. A los demás nos dejó en libertad. El magistrado me miró intensamente. —¿La compraste? ¿Con qué? —Señoría. Fijé la mirada en él. por favor. —¿De veras? —Apacible y comedido. en Bitinia. Cuando llegamos a Siracusa me preguntó si quería quedarme con él. Pero no desembarqué. El magistrado me miró durante largo rato. Pero de eso hace mucho tiempo. como los conejos en las ruinas de una población. ¿Dónde lo aprendiste? Había decidido dar una versión sencilla. —¿Qué ocurrió entonces? —Compré una plaza en él. Compré la plaza con el oro que había ganado trabajando para Sempronio. Se hizo un silencio sepulcral en la sala. Soldado. ¿podría sentarme? Estoy muy débil. señoría. Un meridional. pero lo aprendí casi todo en Sagunto.

El alguacil se retiró cojeando. Pero al menos los mares son seguros. Según dijo. El sistema fiscal era la clave. ¿Cuántos idiomas conoces? —Ocho o nueve. en barrica. honrado o lo que fuese. no después de — 60 — . en salazón.. pero lo que había dicho era verdad. Extraño testimonio. pues yo había servido a Aponio. por Hércules. —Su atención pareció desviarse.—¿Honrado? —El juez se rió. ¿Y cómo lo has conseguido? ¿Con libros? —Hasta cierto punto. deduje. sí. Cada lengua tiene su propia música. El carcelero y los funcionarios lo imitaron. Un veterano romano. «Estos impuestos — murmuraba—. señoría. en escabeche. De repente me preguntó—. —Y el mercader. de Brindisi. Otra palabra que hemos tomado de los griegos. Quizá sí seas preceptor. ¿Un mercader honrado? prosiguió—. Habría tenido que saberlo. —Eso. la cantidad cuidadosamente escrita. El Estado siempre trataba de buscar trabajo a los que habían quedado discapacitados por servirle. —Ya veo. lejos del olor a pescado y a mar. Y tengo un conocimiento funcional y aproximado de algunos más. No tenía piernas.. aunque no solía parar por allí. con copias enviadas a cada capital de provincia. ¿cómo? —Escuchando. Lo entendí. Quien la capta. —¿De verdad? ¿En serio? —musitó—. ¿Qué le pasó? —Murió. Esturiones del Caspio. pero también con todo lo que tuviera que ver con peces. En todo caso. ¿cómo se denomina la yuxtaposición de los contrarios? —Oximoron. Así pues —el magistrado se frotó la barba pensativo—. ya viejo. Los archivos. El hombre se adelantó. ya no tenía necesidad de mis servicios ni de los negocios de su difunto marido.. un. ¿cómo se llamaba? —Publio Aponio. ya veo —dijo—. oximoron. a pesar del sanguinario Aníbal. Nunca ha habido un pueblo con tal pasión por los archivos y registros. señoría. Un mercader honrado es un. Pero los libros son escasos y mucho más en la vida que he vivido. —¡Alguacil! —bramó. también sabes griego.. lucios de los lagos orientales —El magistrado levantó la mano para detenerme. en paz y en la cama. Sólo los guardias se quedaron impasibles. has dicho que el mercader «era». De oído. —Y su primer barco transportaba garo. sí. y había un impuesto por cada movimiento de mercancías. Quería trasladarse al interior. señoría —dije. El magistrado señaló la puerta con la cabeza. Su viuda me despidió. Aponio siempre se quejaba. andando con muletas. señoría. sardinas del Tirreno. puede llegar a entonar la melodía. Lo único que me preocupaba era la posibilidad de que unos registros tan antiguos no se hubieran conservado. —Entonces. » Había cambiado el orden de los sucesos por razones propias. ¿Comerciaba con garo? —Principalmente. El alguacil iría a los registros de Capua y comprobaría los de Publio Aponio. en posición de firmes—.

A Cornelia apenas la veía. en un banco medio oculto por una parra. Las palabras contienen lo que hemos perdido. en la columnata. cambiando saludos y chismes antes de entrar a ver a mi padre. no debo hacer — 61 — . Me levanté de un salto. Desde mi dormitorio siempre se oía algún ruido. Quiero ver si puedo entender de dónde sacaron los griegos la quintaesencia de la vida. ¿El qué? No había ruido. Porque el batir de las alas de la libélula no es más rápido que el destino de un hombre. la mesa había estado en el atrio con ofrendas votivas para Lucina. ¿Cuántas veces ha dicho que los hombres no lloran? Así que. hábito y voluntad. Tendrían que haber estado por allí. Di media vuelta para buscar el origen del lamento. perdí a mi madre. Habría una fiesta cuando diera a luz y esta vez yo era lo bastante mayor para ir. me vestí y. No había nadie en el tablinum. por supuesto. A menudo me pregunto cómo le afectaría aquel rechazo y si fue el motivo de que se convirtiera en lo que es. Simónides. Recuerdo que pensé: ¿Cómo puede llorar? Es mi padre. a juzgar por la luz que se filtraba por los bordes de la cortina. Había ganado un hermano. no puedo ir a ningún sitio. La paz del lugar. y tenía sandalias nuevas con tiras doradas. Esperaba un hermano. pero no lo festejamos. pero no sufrí ningún sobresalto cuando el magistrado dio un golpe con el martillo y dijo suavemente: —Se levanta la sesión.servir a Sempronio. Lo vi en el jardín. Recuerdo el sudor. no lo sabía. al otro lado de la columnata. Ahora debo utilizarlas.» Qué poeta. De la pequeña isla cicládica de Ceos. mi padre. por el atrio. Me agaché a su lado. ¿Qué dice el poeta Simónides? «No siendo más que un hombre. Me levanté más tarde de lo normal. conocido por los soldados desde el principio de los tiempos. no puedes decir lo que el mañana traerá. retazos de gemidos. mi padre ni siquiera soportaba mirarle. La educaban en los aposentos de las mujeres. sentado y encogido. El sudor del miedo. Se levantó una suave brisa. el consuelo de una vida bien vivida. cuando ves obrar bien a alguien. la compañía de amigos y familia. Cómo me gustaría ir allí y ver el lugar donde nació. Sollozaba entre convulsiones y apretaba los dientes. asustado. De qué modo. Mi toga más nueva estaba limpia y preparada en mi habitación. ¿Del azul y el verde de su mar. No había oído nada por la noche. descalzo. de los sirvientes moviéndose. la recompensa del descubrimiento. pequeñas copas con aceite de oliva y vino de Lucerna que se cambiaban cada día. Sobre la mesa de Lucina había un sudario negro. Pastelillos cubiertos de miel y semillas de amapola. Venía de los aposentos de las mujeres. Así que estaba nervioso. ¿Dónde estaban los clientes? Era su hora. ninguna mesa con el desayuno. un ululato incesante. sino antes. salí del cuarto. El plazo de mi madre se había acabado. No olía a pan. Durante varios días. Trajo con ella un sonido nuevo para mí. Se me han denegado esas cosas que deberían acompañar a la edad madura. pero también suerte. Nadie en el atrio. a la edad de quince años. con los brazos sobre la cabeza. La vida es costumbre. Seguí andando. durante cuánto tiempo será así. Murió al dar a luz. solo. Tenía la expresión ida y sus mejillas estaban llenas de lágrimas. tampoco sabes. la diosa de los nacimientos. Aquella mañana había tanto silencio que resultaba incluso ruidoso. Pomponia. de voces en la cocina. Algo iba mal. Durante años. de su luz etérea? Pero ahora. Entonces lo vi. Empezó como una sensación pegajosa en los sobacos y las ingles.

He captado igualmente la metástasis. ¿Has oído hablar de Amílcar? —Sí. pero no debo permitirme ser sombrío. son incansables. Contra dos tribus galas del norte.. El veredicto puede dejarme libre. —Se hurgó la nariz y luego se la rascó—. al igual que las galas. Publio.. también a mí. en mitad de la costa oriental de Hispania. no de las ciudades originales. buena parte de lo mejor de Grecia. por la que infirió a mi hermano y. —Dio un gruñido. pero creo que seguirá hablándose de Aníbal. Porque las tribus hispánicas. Levantó las manos y se frotó la cara. la inversión violenta de la metáfora de Simónides. —¿Cuándo volverás.planes sobre estas cosas mientras espero el veredicto. Hemos oído que hay problemas cerca de Sagunto.. — 62 — . aunque un día. los boios y los ínsubros. espero. tal fue el precio que pagó. Amílcar nunca se sometió al yugo. Pero tiene un hijo llamado Aníbal. Se rindió en Sicilia.. y nos siga llegando. la suerte dio forma a muchas vidas. no por ella. Me pregunto si también sucederá así con Roma. De todas formas. Los romanos no necesitamos a una madre más que para que nos eche al mundo. ¿Sabes dónde está? Sentado en la cama. no puedes venir. ahora está muerto. Por la herida que se infirió a sí mismo entonces. —¿A Hispania? ¿Por qué? —Demasiadas preguntas. —Los cartagineses no se rinden. Suspiró—. pero cambió de idea. Era una ciudad romana. —Ignoro lo que iba a decir. Profundas arrugas cruzaban sus mejillas y su piel parecía gris. —Padre —dije—. Entonces iré en busca del espíritu de Simónides. nos llegara. No sé por qué. y cuándo. Los cartagineses están extendiéndose por el sur. No. sin quererlo. asentí. Publio. —Parecía cansado y viejo. tienes derecho a saberlo.. Publio. contra quiénes. No es que mi hermano matara a mi madre. cambiarán las cosas. Tendré que ir y ver lo que está pasando. Luego quizá tenga que ir a Hispania. en el norte. Publio. Parecía cansado y ojeroso. Sólo ganan tiempo. Es curioso que lo mejor de Grecia. Volveré cuando vuelva. Pero podría haberlo hecho. ¿Estaba enfadado? Miró a otro lado. y si tendremos poetas que empiecen a competir con los griegos. —¿Adónde vas? —A la guerra. rodeándome las rodillas con los brazos. entre Tarraco y Cartago Nova. —Pero hay algo más. Finalmente habló de nuevo—. sino por el amor perdido de mi padre. —Me voy. De todas formas. Te quedarás aquí y trabajarás con el grammaticus. o eso creemos. y las lágrimas inundan mis ojos. sino de sus colonias e islas. —Parecía casi aburrido. ¿puedo ir? —No. —¿Contra quién? —Contra quiénes. padre? —No lo sé. Lloré a mi madre.. Cuando las alas de la libélula de Simónides bailaban y mi madre murió aquella noche. incluso a la suave luz de la mañana. No.

Así que. criatura! —exclamó casi gritando. ¿qué era él en Cartago? Volvieron a llevarme ante el tribunal. buscamos la causa de cada suceso. oscuros días de aburrido silencio en mi cuarto—. Con voz más tranquila. Además. miraría a ver de dónde había salido y quién lo había tirado. Las leyes de la causalidad. alerta. Tras decir esto. Aníbal: me pregunté qué querría decir. Trabaja. Un caballo y un niño son capaces de acciones voluntarias. relacionar la libertad con la capacidad de elegir no es suficiente. Los funcionarios se levantaron de los pupitres. pero un senador sí. pero no elegidas. y entonces casi nadie es libre. o un mercader. —Bostar de Calcedonia. ¿podemos llamarlas libres? El otro día estaba mirando a una de las cocineras. Así pues. Tenía un ovillo de cordel y cada vez que lo desenrollaba. trabaja duro. buscamos causas detrás de todo lo que hacemos? Bueno. Caí en una especie de sueño. eres libre de irte. Al menos. Las cosas que hacemos guiados por el impulso del momento son voluntarias. pero no de una elección razonada. el gatito se ponía a jugar con él. seguro. cuando hago algo que podría haber hecho de otra forma. ¿Qué es la capacidad de elegir? Es voluntaria y sin embargo no lo es. Si yo era el báculo de Roma. recordando las palabras de mi padre: «Creo que seguirá hablándose de Aníbal». El carcelero gruñó a mi lado: —Eres libre de irte. chico. ¿Qué da forma a la capacidad y a las opciones? ¿Y si todas nuestras acciones son el efecto de causas anteriores? Si es así. El magistrado se aclaró la garganta. pienso que mucha gente estará de acuerdo en eso. ¿Libre? Nunca había entendido la libertad. La gente dice que un esclavo. el magistrado dijo que yo era «libre». Pero. Aspiró aire y su nariz se dilató. ¿cómo podemos ser «libres» de hacer cosas. ¿Lo son? Soy libre. imagino. Empezarás mañana con él. Lelio estará contigo. con el estilo en guardia. pensé. Sí. — 63 — . el único hombre que es libre es el que reconoce que no lo es. nuestro futuro es tan inalterable como nuestro pasado. ¿ y si yo estuviera allí y alguien tirase un ovillo de cordel delante de mí? ¿ Saltaría tras él? No. Extraño nombre. seguramente. No estaba de acuerdo con él. El magistrado dio golpes con el martillo. pero sabía lo que quería decir.—¿Has encontrado alguno? —interrumpí—. Yo no había visto a Lelio durante las semanas de duelo. añadió—: Se llama Eufanto. ¿Cómo se llama? —¡No me interrumpas. En ese sentido. que jugaba con un gatito en el patio. Eufanto de Olinto. o como los gatos. ¿Alguna pregunta? —¿Estará Lelio conmigo? —¿Lelio? —Parecía haberlo olvidado. mi padre se dio la vuelta y se fue. o un capitán de barco. Inevitablemente. si nos tomamos el tiempo suficiente. el esclavo ciertamente no es libre. por ejemplo. Así pues. Una reacción instintiva en un juego tan viejo. Como soy un ser humano. no es libre. están profundamente enraizadas en nuestra naturaleza. como el hombre. Pero no es suficiente decir que la libertad reside en la capacidad de elegir. cuando.

un. pensad. Cuando sepáis la respuesta. Su estatura era normal. Sus rasgos. ¿Es mejor ser un cerdo satisfecho que un Sócrates insatisfecho? Nunca he tenido dudas. Miró al suelo. cierra la puerta y siéntate. firme y de intensidad media. —Cornelio. Nos miramos. bueno. He hecho lo que he hecho sobre todo por falta de equilibrio. Cuando levantó la vista y habló. me preguntó—: ¿Cuál es la figura? —¿Qué figura? —Yo no entendía nada. Supongo que nunca he recuperado aquellos años que perdí. Lelio? —Una síntesis. Contra estas dos características dominantes se levanta una nariz pequeña o grande. señor. pues. ya veo. dijo en impecable latín: —Tú debes de ser Publio. Bueno —añadió—. Publio Cornelio Escipión. paseó por la habitación—. —Por alguna razón. No Publio. la expresión casi de alegría—.. había un tono casi tierno en su voz. —balbucí. pasa de una vez.. Casi cortante. siendo importante. su túnica de lana de un verde oscuro que no llamaba la atención. —Se levantó rápidamente. Cornelio? —Una antítesis. Aprender es algo que dura toda la vida y la educación. No podéis apresurar el conocimiento. por la forma de la mandíbula y la línea de la frente. ancha o estrecha. La mandíbula de Eufanto y la línea de su frente eran delicadas. y así sucesivamente. Lelio ya estaba sentado en su pupitre. que nunca he crecido y todavía no salgo de mi asombro. pues. A Aquiles le dieron la oportunidad de elegir entre una vida corta y gloriosa y otra larga y anónima. Cornelio. porque sería muy formal. ¿Y cuál sería la figura contraria. — 64 — . casi satisfecho de sí mismo. ¿Y cuál era la figura. confesadlo. Su pelo era de un castaño rojizo. De repente. Si no sabéis la respuesta. y tú también. —La que acabo de utilizar. señor. Eufanto estaba al lado de la ventana. pues» conmigo. me ruboricé. No. Se frotó las manos. desde la época en que mi madre murió y mi padre se fue. —¡Bien! —estaba sinceramente contento—. —Vamos.Así pues. quedaos en silencio y pensad. decidla. me he dado cuenta. porque eso sería muy familiar. Con voz suave.. eso es! —De nuevo el frotamiento de manos. —Parecía contento. pues. Incluso sus sandalias eran sosas. te llamaré Cornelio. ¡Sí.. Casi todas las caras masculinas difieren entre sí. Lo primero que me impresionó de Eufanto fue su dulzura. nunca volváis a utilizar el «pues. —Se detuvo de repente—. Yo me quedé en el umbral. indeciso y sintiéndome torpe. Ya veo. me he sentido siempre incómodo en él? Quizá. —Lelio siempre era rápido. no podéis apresurar el conocimiento. Me quedé en el umbral. No Escipión. Cuando os haga una pregunta. No tengáis prisa. joven Lelio. —Ah. Eufanto se sentó en su taburete. ¿He intentado cambiar el mundo sólo porque. me alegro. como si hubiera resuelto el enigma de la Esfinge. una. Hizo un mohín—. Si es así. Si no la sabéis. completamente anónimos. pues. Tenemos que inventarnos una síntesis. me hice adulto antes de haber terminado de ser niño. Eligió la primera. cambió su tono de voz. . una boca fina o carnosa. no ha de ser inquietante.

Se rascó la horcajadura. desde el punto de vista cotidiano. podía oler su aliento. y rey de los muertos. ¿Era pues libre la volición? El carcelero. ni probablemente razonar. al verme. la joven Perséfone. Su mente estaba siempre abierta. hermano de Zeus y Poseidón. Olía a rancio y agrio.Volví a la prisión. Bebí las enseñanzas de Eufanto como la tierra seca bebe la lluvia. Podría ser una nueva forma de tortura oler aquello. Pensé que resistiría más. —Sólo quiero mi morral —contesté. Casi podía hacer que una mula diera volteretas. Señaló a su espalda con un pulgar gordo. comemierda. el mejor que he conocido para tratar con los animales. lo primero que quería era un baño.. en todas sus formas. —Mira en la guardia. conducida al mundo subterráneo por Hades. por lo que decía.. ni escribir. Se le descolgó la mandíbula. No sabían contar. La cuestión es que Eufanto tenía tanta inteligencia que daba miedo. un jefe inspirado para sus hombres y. incluso podía asegurar que apestaba. También tenía curiosidad. —¿Qué quieres? —dijo. Tuve un decurión en Hispania. bastaba con hacerle oler aquel tufo. También podría haber deseado no darme un baño. Es lo que la hace destacar. Creo que la inteligencia reside en la capacidad del individuo de estar en equilibrio con un par de entornos. ¿Inteligencia? ¿Qué es eso? Algunas de las personas más inteligentes que he conocido han sido. desde luego. —El que llevaba cuando llegué. Pero. Casi todo el mundo considera la inteligencia como una facultad cognitiva. Su saber era prodigioso y su inteligencia la más aguda que he conocido. A pesar de mi hedor. —¿Morral? ¿Qué morral? —Eructó con fuerza. un buen agricultor en su casa. A lo que me refiero cuando hablo de inteligencia es a una hidra con demasiadas cabezas para encerrarlas en una sola palabra. Me acerqué hasta quedarme a dos dedos de su cara. creo que se apoya en la empatía. Los individuos muy inteligentes están capacitados para empatizar con muchas cosas distintas. — 65 — . la suya estaba ligeramente gastada. —Aquí no tienes ningún morral. No habría que tocar al prisionero. no puso buena cara. Además. Pero ¿por qué quería darme un baño? Porque me picaba la piel. como todas las mejores inteligencias. Creo que es un error. Y lo que es crucial: que la persona inteligente está en relación empática con la cosa o las cosas que hace mejor. Me sostuvo la mirada. Yo estaba extrañamente conmovido por la historia de la hija de Deméter. las más necias. Pero también era un brillante estratega. ¿Era este deseo libre voluntad? Sí. Ninguna de las dos era una circunstancia que yo hubiera elegido libremente. Lo miré directamente a los ojos de cerdo inyectados en sangre. Acabábamos de leer un pasaje del «Himno a Deméter» de Homero. nunca se cerraba. pensé. Si era libre.

Pero ¿quiere eso decir que todos los cuervos son negros? —Pues claro que todos los cuervos son negros. —Y si existe —dijo Lelio. ¿Puede haber un cuervo blanco? Que nosotros tres sólo hayamos visto cuervos negros — 66 — . —Eran negros —dijo Lelio. Eufanto se puso a dar vueltas. Se quedó allí en silencio. Eufanto sacó de repente un brazo.. Piensa. No contestó. o mejor dicho. supuse. picoteando de vez en cuando la tierra. perdido en sus pensamientos. pero ninguno tan puro. Eufanto se apartó—. Yo había estado a punto de decir lo mismo. volved al pupitre. buscando hormigas. —Sí —contesté—. Se levantó y anduvo. Cornelio. Hay muchos versos más complejos y sutiles. —Sí. —Se inclinó en el pupitre. envuelto en la capa de manera que sólo le asomaba la cabeza. bruscamente—: Venid aquí los dos. Dándonos la espalda dijo: —¿Hay un mundo subterráneo? —dijo. Eufanto —muy pronto nos había pedido que lo llamáramos por su nombre en lugar de «señor»—. Leí en silencio. la columnata. —Veo el jardín. —No. Luego ambos miramos el papiro que habíamos estado leyendo. mirando el exterior. Inténtalo con más fuerza. ¿alguna pregunta antes de que nos centremos en la gramática? —preguntó Eufanto. Yo miré a Lelio y él a mí. Mientras nos volvíamos a sentar. el cielo. —¡Exacto! Eran negros. —¿De qué color eran los cuervos? —¿De qué color? —pregunté confuso.. —No. —Bien. frente a nosotros. —¿Y los cuervos? ¿Ves los cuervos? —Sí. o gusanos. Cornelio. Todo me resultaba archiconocido. Levantó la mano y empezó a acariciarse la barba. Tres cuervos dando saltitos a la derecha de la fuente. Sus ojos brillaban y estaban alerta—. no —exclamó Eufanto casi gritando—. Miré. —¿Tú también ves los cuervos. Eufanto rompió el silencio. Me gustaba (y todavía me gusta) el ritmo de los hexámetros. Deja volar la imaginación. exactamente. no. Me gustaría saber qué es el mundo subterráneo. salió disparado hacia la ventana. tú primero. Decidme lo que veis. Lelio? —Sí. ¿has visto alguna vez un cuervo que no fuera negro? —No. ¿Existe un mundo subterráneo? Sentado en su taburete. Luego. claro que no. Eufanto aplaudió con entusiasmo. Mirad por la ventana. — Nos levantamos del pupitre y cruzamos la sala. la fuente.—Bien. Lo miré. los veo.

en un rincón de la plaza. Entonces llegó la carta. en voz audible—: ¡Pasa! Era Festo. ¿Fue aquélla la única época en que el ejército de Aníbal parecía contento. —¿Quién será? —pregunté en voz baja. antes de que a su jefe empezara a consumirle el odio? Fui a la puerta. Llamaron a la puerta. Dos. La raspé con suavidad. Advertí que incluso el vello púbico se me estaba volviendo gris. Piojos. El vapor flotaba y caracoleaba a mi alrededor y dejé que mi mente hiciera lo mismo. —Por allí. el carcelero se la habría quedado. El ruido de una persona que entró me distrajo. deteniéndole—. Deberían haber sido más. Otro veterano. Luego. ¿Me había olvidado? Había perdido a su mujer. las tenebrosas montañas que hay entre Hispania y las Galias. Tenía todo un ejército. Nunca dejes que se cierre». hasta los Pirineos. muy lejos. Me encantaba sentirme sin peso. Pero no sólo tenía allí una compañía de piojos. en realidad. y jabón. En privado. me miré. Y eso. abrí mi desgastado morral. decía. El encargado estaba allí. aunque por los sirvientes tenía noticias indirectas. ¿Están en todas partes? —Una navaja. en la garita. Levantó la vista. Inclinó la cabeza hacia Eufanto. Me limpié los pies cuidadosamente. Si me hubieran declarado culpable. Lelio. De pie y desnudo en la antesala. Tenía necesidad de lavarme. — 67 — . Estaba metido en el agua caliente. Fuera de la cárcel. «Mantén la mente abierta. No habíamos sabido nada de mi padre. busqué la piedra pómez y la estrígila. Había derrotado a los boios y a los ínsubros. Un joven pasó empujando un carro de naranjas y melones. Ahora. ¿Baño o comida? Las dos cosas. es mi respuesta a tu pregunta sobre el mundo subterráneo. yo estaba orgulloso. En público. de la muerte y de Aníbal. —¡Chico! —dije. Se hablaba de prepararle un triunfo. Tenía hambre. un desfile. Recorriendo toda la parte derecha de su cara había una cicatriz roja y fea. volvamos al texto. La bolsa del dinero estaba todavía allí. Me sumergí otra vez y me deslicé bajo el agua. Tenía que haber desaparecido ya. decían.no quiere decir que no existan los blancos. Entonces volví a sentir el picor. El encargado asintió y se inclinó con la mano estirada. pensé. herido. imágenes de Sosio. Sombras vacilantes iban y venían. Recordé a Similce despiojando a Aníbal en plena campaña y sonreí. Estuve casi dos años con Eufanto. Lo he intentado. Me senté. No podía verla a través del vapor. Había ido. La justicia romana es justa. por favor. ¿Dónde están los baños? Señaló el otro lado del mercado. con las extremidades relajadas. La piel del talón donde me había salido la ampolla estaba dura y callosa. pero ¿cuál primero? Sentí un cosquilleo en la ingle. y una hija. Es lo que he querido decir al hablar de la inteligencia de Eufanto. pero todavía tenía un hijo.

Gracias. —Joven amo. menos el que había dado por las aceitunas y los dos denarios del baño. anónimo. El mercado estaba abarrotado. joven amo. —¡Moderación. A pesar de su edad. El sol era brillante y el cielo azul. le pregunté cómo estaba el amo. — 68 — . moderación! —recitó Eufanto. pico negro. ¿quién la ha traído? —Un centurión.—Disculpa. Lo único que dijo. Festo? —No sabría decirte. Ahora. el báculo de los Escipión. Se volvió hacia Festo—. —¡De mi padre! —exclamé. Claro y orgulloso. Había elegido una capa nueva. pero después de clase. pero tengo una carta del amo para el joven amo. Había puestos en los que se vendían ánforas y aceites. alcancé a Festo en mitad del pasillo. medio levantándome del pupitre. yo estaba limpio. ¿no te dijo nada? Festo torció su cara bondadosa y sencilla. abre la carta y léela. —¿Has hablado con él? —No. —¿Cincuenta? Te daré veinte. Me deleité con los colores y los olores. fue: «Scipio exercitusque valemus»: Escipión y su ejército estamos bien. El pan estaba duro y rancio.. ¿por dónde íbamos? Festo me dio un rollo de papiro gris. Vi lo que buscaba en un puesto situado a mi izquierda. de la guardia personal de tu padre. Pollos macerados. no sabría decirte. gastado por los bordes. Podrás hablar de su contenido conmigo o con Lelio. Viejos mustios con túnica de lana y rodeados de canastas de mimbre vendían loros chillones de colores vistosos. Festo. Lelio. amo. Ciertamente. El báculo de Roma. Cornelio. Pero no había la menor duda de que el sello de cera era de los Escipión. Pero. —¿Crees que es verdad. Dijo que tenía cartas urgentes que repartir. —Entonces. socarrados y ensartados. no era lo mejor que había saboreado en mi vida. cuello amarillo. aunque mis ropas estaban sucias. Pero se agradecía y además era barato. Las cabras balaban. Con el corazón acelerado y la carta en mi mano sudorosa. desplumados. mientras daba la vuelta al caballo. Volví al mercado de mal humor: me había hecho un corte en la ingle al afeitarme. El cocido estaba lleno de pelotas de grasa y la carne era puro tendón. Luego vuelve. El encargado del puesto tenía cara de pocos amigos. En los puestos se vendía de todo. —Festo —pregunté con tranquilidad—. Pero no sabía cuánto duraría. Pero no se detuvo. joyas y especias orientales. los corderos gemían y las mujeres regateaban.. Tenía prisa. Tenía el dinero que me había dado Sosio. el iris de un verde llameante y en las pupilas una mezcla de ébano y naranja. —Cincuenta denarios —dijo la mujer. fruta y ropa. Cornelio. Eufanto. apenas tenía arrugas.

Míralo y óyelo todo. Haz todas las preguntas que quieras. Estoy descubriendo lo que significa servir a Roma. no un fin en sí mismo. aunque como medio es vital. De orgullo. Necesitaba una cosa más. de emoción. pero mi mente estaba muy lejos. Tu padre. hombre. Pregunté a un vendedor de melones. Fui a orinar y volví a clase. Todas las que encuentres de esta calidad te costarán más de ochenta. Lelio siguió leyendo en voz alta. »Por las tardes.» Mi corazón se hinchó. Por algo tenemos dos ojos. Si la guardia no me encontraba. lo harían los cortadores de gargantas. pero aprende a tener la boca cerrada. vestido y alimentado.] »He escrito a Fabio Pictor y acepta la misión. como sabes. de miedo. Fabio. dos oídos y sólo una boca. Pero tampoco iba a dormir en un callejón de Capua. despiojado. una cama para pasar la noche. Eufanto no dijo nada. pero sé cauto con las respuestas. Ya es hora de que aprendas cosas que él no te puede enseñar. Habrás aprendido mucho. Está escribiendo una historia de Roma. Pensé que una cama de verdad me resultaría incómoda después de tantos años durmiendo en el suelo con el ejército de Aníbal. Me guardé la carta en el bolsillo interior. El saber es un medio para llegar al fin. Rompí el sello y abrí el rollo de papiro. Recuerdo que había libélulas revoloteando. Limpio. La letra no era de mi padre. Traté de escuchar. un refugio. todo a la vez. donde aprenderás a cabalgar y a luchar. Sólo el excesivo calor que hace aquí [¿aquí? ¿dónde?] molesta a los soldados y a los caballos. Publio Cornelio Escipión. enviaré a buscarte. Pero me regaló una camisa de algodón. como sin duda sabes. irás a la escuela de Lanisto. — 69 — . de Eufanto. Así que con la próxima luna nueva empezarás el triconium fori. Es de la mejor lana. los Emilios y los Valerios. de confusión. A través de Fabio llegarás a conocer a las otras tres familias: los Claudios. [¿Cómo? ¿El aprendizaje público? ¡Un año antes de tiempo! El corazón se me aceleró. Supuse que se la había dictado a un amanuense. cuando el Senado haya levantado la sesión. »Ve pues con Fabio. Pon en práctica lo que has aprendido. »Es algo para lo que tú también has nacido. ¡Háblale a este idiota de las capas que vende el ligur! Aboné los cincuenta. cónsul de Roma. —¿Por dónde se va al barrio de los albergues? Me miró con sonrisita de salacidad. Recuerda que eres un Escipión.—¡Veinte! Tócala. Cuando me entere de que estás preparado. Llevé la carta al jardín y me senté en un banco. con su padre. y los Fabios son una de las cinco grandes familias de Roma. Tú eres miembro de otra. Respiré hondo para calmar el temblor de las manos. o mejor dicho. como yo lo estoy. verdes y rojas. con las alas trémulas. ¡Fulco! gritó al tendero que estaba al otro lado del pequeño pasáje—. no es sólo un hombre de Estado sino también un erudito. «Espero que estés bien. Pregunta a cualquiera. estoy seguro. Yo hice mi aprendizaje.

Se llamaba Hispala. Ah.—¿Albergues? ¿De chicos o de chicas? —Ni de unos ni de otras. no repulsivo. si debería habérselo comentado. Me puso una mano en la rodilla.. pero Lelio la colocaba mucho mejor. Demasiado natural. Las de Lelio habían desaparecido. La barba de Lelio estaba creciendo más espesa. ¿Dónde está? —Junto a la puerta del oeste. Recuerdo que tenía aquella sensación desde hacía algún tiempo. Lo mismo.. —Pero ¿cuándo te veré? —preguntó Lelio. —Suena bien. No había plan para aquello. en un mundo por lo demás completamente ordenado. quizás un poco más joven. —Di media vuelta para irme—. —Bien. Lelio se relamió.. —Bien. Nunca había hablado con ella. Encima de una fragua. nada. —Está la casa de la vieja viuda Apurnia —dijo por fin—. una lección que pondría en práctica a lo largo de mi vida. —Lo estará. preguntándome si él sentía lo mismo. Era una esclava. Yo daba puntapiés a la pelota con más fuerza. Oscuros deseos por la noche. pero en cierto sentido parecía demasiado. y quiero dos melones. te habrías enterado. Tenía aire de tristeza.. Habíamos estado jugando a la pelota en el jardín después de la lección. No tiene pérdida. Quería hablar con Lelio. Recuerdo haberme despertado con la piel húmeda y pegajosa a la altura del ombligo. Espero que esté bien. Era más o menos de mi edad. si no. como supe más tarde. pasaba con la mía. Pero todavía tenía manchas en los pómulos. Supongo que debería admitirlo. El deseo estaba en mis sueños. pelo oscuro y ojos melancólicos. Y sin embargo. Su prueba era real. será mejor que me vaya. no estaré más contigo en clase. Publio. Yo me había prometido no mirarme en un espejo hasta que las mías también se hubieran ido. había ganado él. Ni mi madre tampoco. Pero no hay bebida. pero la había visto por la casa. allí estaba mi cuerpo. Temblé. comportándose de una forma que yo no podía controlar. Me quedé sentado hasta mucho después de que se hubiera ido. Le devolví la mirada. Limpia y no muy cara. —Supongo que sí. gracias. Sólo quiero un techo y una cama limpia. supuse. ¿Conoces algún albergue? Me miró fijamente. ¿O sí? ¿Has sabido algo de tu padre? —No. — 70 — . Lelio dio un sorbito al zumo de naranja. Como siempre. pero te veré cuando regrese de la escuela de ese tal Lanisto. sin pulgas. Yo no había tocado el mío. —Pero ¿por qué tengo que quedarme con Eufanto en casa de tu padre? —Porque no te han dicho que no lo hagas. supongo. ¿demasiado qué? No personal. No lo entendía. —Gracias.

Sí. —Señalé el baúl de la ropa. No era ni un vendedor ni un ladrón callejero. vi la delicadeza de su cuello y sentí la suavidad de su piel. Aparte de eso. Los cerdos chapoteaban en la inmundicia. A1 hacerlo. Estiré la mano y le cogí la muñeca. Los grillos cantaban. Así de sencillo fue. Entre nosotros sólo había una cerda gruñendo. olerlo. resultaba tranquilo. ellos también. me puse en pie y la besé. Llamaron a la puerta. escarbando con los dedos centrales. en forma de pera y de color miel. Sentí un escalofrío en el estómago y en el pene. Lentamente recorrí sus costados con las manos. Ah. Luego. Sentí la languidez de sus curvas y supe que deseaba que dejase huella en mí. para sentir sus curvas. semejantes a frambuesas pálidas. Unos perros olfateaban desechos abandonados. No vi a nadie con él. y también a mujer (me recordó a mi madre). Di un respingo cuando la vi formar un tercer triángulo con los brazos levantados. — 71 — . Después del mercado. Miré el sol y parpadeé. y continué jugando. Aparté el tablero y me eché de espaldas para observarla. Con un movimiento rápido. ¿El carcelero o sus hombres? ¿Quién más sabía lo de mi oro? Enfréntate a tu destino o él se enfrentará a ti. estaba solo. Quería esconder mi cara en él y acariciarlo. creo. En el exterior chilló un búho. No sabía que las bocas pudieran ser tan suaves. abiertamente.Una noche. Sentí que se me endurecía algo en la ingle. No habló—. Llevaba toga romana. hasta su trasero. Cogiéndole ambas manos. Un largo callejón conducía por mi izquierda al otro lado del mercado. vi dos pechos perfectos. con pequeños pezones colorados. lo primero que me llamó la atención. Fue su olor. que estaba al lado de la cabecera de la cama. Se echó ligeramente hacia atrás y me apartó las manos. Sujetándola aún de la muñeca. Oí pasos rápidos siguiendo los míos. Era Hispala. sí. jugando solo a las damas. estaba recostado en la cama. sin que ella opusiera resistencia ni pronunciara queja alguna. mientras se inclinaba a mi lado para abrir el baúl. metí las manos bajo su vestido y las subí lentamente por sus muslos y. el callejón llevaba al oeste. una ligera vaharada a sudor. Nunca había visto nada tan bello. Quise tocarlos. El baúl está ahí. Su pelo se movía en oscuros rizos. con un montón de ropa limpia. la tela de la prenda no era basta. lo mismo hicieron ellos. Al ponerse en pie. se quitó el vestido por la cabeza. su pelo me acarició la cara. para comprobar lo suaves que eran. Cerró el baúl. No me atrevía a mirar atrás. Yo también me estiré para quitarme la camisa de dormir. —Entra —dije. Di media vuelta y vi a un hombre a unos cien pasos. Las casas de ambos lados estaban silenciosas y con las ventanas cerradas. me miró. Vi que las ventanas de su nariz se abrían y cerraban al respirar. Anduve más despacio. Se detuvo y se quedó clavado en el lugar. Retrocedió un paso. Jadeando un poco. con las tetas hinchadas y colgando hasta el suelo. a mi albergue. temblando. Aunque no se veía muy bien. Quería recorrer con los dedos todo su cuerpo y palpar sus audaces curvas. bajé de la cama. sin miedo. después de cenar. palpando las curvas de las nalgas y la superficie cubierta de carne de gallina. Aceleré. La puerta se abrió. Se quedó totalmente inmóvil y me miró. me senté en la cama y la atraje hacia mí.

—Se detuvo al lado de la cama para hacer una reverencia. sacudí la cabeza. Yo tampoco. floreciente y fundamental. Pero el hombre parecía amable y sensible. también de los no tan jóvenes. pero que llenaba la habitación. ojos amables y una forma de moverse que. Dormí varias veces con Hispala durante aquel verano. La cara de aquel hombre era más bien puntiaguda. —¿Un mensaje? Nadie me conoce por aquí. Se agachó con dificultad. —Lo sé. cuando me despertaba. Lo he visto. hacia mí. Yo casi no estaba en casa durante el día. hasta que. Se detuvo a una respetuosa distancia. sal sin la aspereza del agua del mar. Era Festo. Aprendí el poder del calor femenino. Y a veces una pequeña mancha de los dos en la sábana. —A1 menos mi voz dejó de chirriar como un laúd roto. así que no la veía apenas. joven amo. ligero y débil. Vi una frente alta. . Tengo un mensaje que darte — dijo. de esa mansión de la que venimos todos. dulzura que no empalaga. joven amo. —Perdona si te he asustado. la repentina eyaculación salvaje de los jóvenes. —¡Entra! —La puerta se abrió. llamaron a la puerta. Hay una joven que suele traerme la ropa. una noche.. He sido soldado. mientras ella gemía y se retorcía. yo saboreaba su calor húmedo. —Los retoños de la cerda se aproximaban. Había pasado mucho tiempo. ya sabes dónde colocarlas. Pero acércate y dime tu nombre. otra. ¿Cuántos años tendría? ¿Había conocido alguna vez la blandura de la carne de una mujer o simplemente un gruñido en la oscuridad? —Buenas noches.—Soy Bostar de Calcedonia. — 72 — . y la nariz y las mejillas parecían querer salirse de ella. Bueno. . —Tus ropas. Y entonces dejó de ocurrir.. pómulos separados y nariz ganchuda. ya se había ido.. Alrededor de los treinta años. Lo sé. por desgracia. —Ah. sí. a hincharla a base de frotaciones. ¿Dónde está? Festo removió los pies con inquietud. con más fuerza de lo que yo recordaba. Por la mañana. y sí. olía la mancha medio seca y sonreía. Venía ya avanzada la noche. El desconocido dio varios pasos hacia mí—.. No podía ser.. Se acercó sorteando melindrosamente los baches y la porquería que alfombraban la calle. La cabeza era demasiado pequeña para la frente. Pasó una semana. Me sentía confuso y no sabía qué decir. Aprendí a buscar su pequeña dureza con la lengua. La cerda pasó corriendo entre nosotros. Cruzó la habitación. Aprendí el encanto de las caricias suaves. Me arrodillaba en la cama. Nunca hablaba. pensé. —Espera un momento. Entonces. una cara bien afeitada. Sólo quedaba su olor. como una tierna brisa en una piel húmeda. ¿Por qué me sigues? —Tengo un. Aprendí a controlar aquella pasión más fuerte que un terremoto o una tempestad.

Se dio la vuelta. Pero entonces no sabía del todo qué quería decir. Entiendo. incluso ahora lo recuerdo. Y me venía demasiado grande. la joven está embarazada. Mi toga nueva picaba. lo has dicho. Entré. —Soy Publio Cornelio Escipión —dije al más alto de los dos—. ¿De quién? —Del hombre a quien sirvo. Festo. pero no expresarlas—. Estaba nervioso. Dime quién eres y qué quieres. decía la carta de mi padre. ya que. algunos jóvenes pero la mayoría viejos. traigo un mensaje para ti. —Por aquí. Me estaba permitido sentir emociones. pero el paisaje es viejo y archiconocido. . Hoy sé que nos lleva a un lugar diferente. muy nervioso. Nunca pregunté. ¿cómo se llama la joven? —Hispala.—Ella. El grupo de hombres. bueno. joven amo. puede. En el extremo más alejado del vestíbulo. ¿Algo más? —Gracias. —Recordé que yo era un Escipión. —No te disculpes. Gracias. seguramente en cualquier colonia del norte. Como he dicho. según Platón. Nunca volví a ver a Hispala. donde el viento aúlla y los impuestos son elevados. Fabio Pictor me está esperando. . Saludaron. Joven amo. el amor carnal. Es nosotros mismos. . Por cierto. Se ha ido de aquí. si estará viva. . —¿Y quién es ése? — 73 — . aunque era media mañana. había dos guardias. Eros.—se aclaró la garganta—. —Me llamo Artijes y no quiero nada. abrió la puerta y entró. y todos tememos lo que no podemos entender. Fui hacia ellos. pero había mirado la comida y luego la había apartado de mi lado. Puedes irte. al otro lado de las baldosas blancas y negras. el de un amor hallado. interrumpió sus conversaciones y me miró. Buenas noches. con un crujir de blancas togas. sobre todo bajo los brazos. Nunca la he mencionado hasta ahora y no volveré a hacerlo. —Festo estaba ya casi en la puerta—. En la actualidad sigo pensando en ella. sí. Casi no veía sus caras bajo la sombra de los cascos. El murmullo de voces se detuvo cuando crucé el vestíbulo del Senado. Festo. Se apartaron para dejarme pasar. —Embara. consciente de las miradas que me acribillaban por la espalda. perdido y nunca reencontrado. elevar las almas al paraíso. vendida a bajo precio como esclava embarazada. Sí. y la visión beatífica de mi juventud se convierte en una anciana decrépita y encogida por el frío. el gran vestíbulo estaba casi a oscuras. señor —dijo el soldado. Así supe su nombre. Yo lo seguí. Deseé haber tomado el desayuno. —Sí. Ahora pienso en ella y los ojos se me llenan de lágrimas. «Recuerda que eres un Escipión». Pero nunca la olvidaré.

—Amigo mío. Una cama. —¿Cómo lo sabes? Fue él quien esta vez rió por lo bajo. cuya llama oscilaba sacudida por el viento nocturno. —Tendrá habitación. Pero nunca había dado la espalda a lo nuevo ni a lo desconocido. La viuda Apurnia me había alojado. has dicho? —Sí. di a tu amo que Bostar de Calcedonia acepta encantado. Seguí la antorcha del esclavo. —Labieno dice que tienes una mente rápida. — 74 — . Bien.—Labieno. Sus banqueros y sus comerciantes eran famosos. Pero no. Mi cuarto era pequeño y estaba amueblado con sencillez. Te aceptará. Dicho esto. Me reí por lo bajo. ¿Cómo es que conozco a ese hombre? —Acaba de ponerte en libertad. Ve en paz. De la prisión al triclinio. aunque sólo sea porque su madre también es de Calcedonia. y oí tintinear sus cascabeles mientras desaparecía en la oscuridad. Los edificios eran elegantes y altos. el magistrado romano. Labieno pregunta si te importaría cenar con él esta noche. ¿Dónde está la casa de tu amo? —Un esclavo irá a buscarte. —Sea su madre de donde fuere. Vi que tenía la dentadura completa y muy blanca. Al llegar a la tercera o cuarta mansión de la izquierda. un esclavo irá a buscarte a la casa de la viuda Apurnia. se dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Se abrió un ventanuco. en su pelo como ala de cuervo y en sus ojos almendrados. pero con pulcritud. no podrá alojarme si no tiene habitaciones. aunque no habló de Calcedonia. —Claro que sí. aunque será difícil que lleve la ropa adecuada. La ciudad está tranquila y seguirá estándolo hasta la festividad que se celebrará dentro de nueve días. no es que tenga poderes de adivinación. ¿Dónde estarás? —Espero alojarme con la viuda Apurnia. —No lo conozco. ¿Cuánto tiempo hacía? Recorrimos el mercado desierto. —Ah. Una litera pasó en dirección contraria. Vi su sangre en su piel oscura. Los bloques de viviendas se convirtieron en casas unifamiliares. el esclavo se detuvo y llamó a un postigo. Bostar de Calcedonia. las fincas fueron cada vez más grandes. ¿Un mensaje. Luego. en dirección al Foro. —Es un extraño juego de suposiciones para que lo juegue con un desconocido en un callejón —dije—. creo que lo conseguirás. —Por favor. La calle se ensanchó. evitando la cerda que daba de mamar entre la basura y la porquería del callejón. cuando la calle empezó a empinarse. rodeadas por altos muros. portada por cuatro esclavos. Artijes sonrió. Tito Licinio Labieno. El dinero nunca había sido un problema en Capua.

más pequeño. Impuestos. tal como me ordenaron —dijo el esclavo. El corredor era largo y ancho. Me adelanté. escribía cuando él escribía. ¿O es que estás sordo? —Fabio podía ser muy quisquilloso. El esclavo dio un paso atrás. Su cabeza era enorme. y yo ante el mío.—Traigo a Bostar de Calcedonia. Leía informes y despachos. Cuando hablaba en el Senado. Fabio me hizo trabajar en serio. Leía cuando él leía. Estaba casi calvo. Levantó la vista hacia mí desde el escritorio. También pasaba mucho tiempo elaborando borradores de sus discursos. Quiero que me hagas un borrador para un discurso. y el techo se perdía en la oscuridad. Publio —dijo. Las botas del soldado pisaban con fuerza en las losas. y preparaba resúmenes para él. Supongo que la mayor revelación de aquellas primeras semanas fue lo vulgar y cotidiano que resultaba (y resulta) casi todo el trabajo del Senado. Dio un paso atrás. —¿Un servicio de correos? —Has oído perfectamente. también con chisporroteantes antorchas en las paredes. —Tengo una pequeña misión para ti. bajo la ventana. me hizo un saludo militar y se alejó. pero tenía la barba larga y completamente blanca. — 75 — . La primera vez que me indicó que le preparase uno estábamos. Era su sombra. Pasamos por delante de puertas y de pasillos menores que desembocaban en el principal. Pero nuestra naturaleza presupone el orden. —¡Publio Cornelio Escipión! —exclamó. —¿Un discurso? ¿Sobre qué? —Oh. El soldado abrió la puerta y entró. además de la física. Los asuntos relevantes ya estaban acordados. nombramiento de funcionarios menores. rompiendo el silencio. Roma creció y crece aún gracias al comercio. sus ojos brillaron bajo las pobladas cejas. suministro de agua. El soldado se detuvo por fin y llamó bruscamente a una puerta. —¡Entra! —dijo una voz ahogada. Pasé los diez meses siguientes con Fabio Pictor. Somos un pueblo mercantil pacífico. clavos. elevó la antorcha y me indicó por señas que entrara. botas o grebas al ejército. en su despacho del Senado. Desde entonces he conocido a muchas personas que pensaban que nuestra expansión se hacía únicamente a base de conquistas. contra la pared. es sólo una idea que he tenido. solicitudes de constructores de viviendas. Crecí de muchas formas. —Publio Cornelio Escipión. como un medio para llegar a ese fin. Luchamos cuando tenemos que hacerlo. La puerta se abrió. Entra y cierra la puerta. ofertas de mercaderes para vender grano. tenía la frente más despejada que había visto en mi vida. me sentaba y escuchaba. como de costumbre. Roma estaba creciendo. Hice uso de todo lo que había aprendido de Rufustino y Eufanto. Levanté la vista de los papiros—. él ante su gran escritorio. sé bienvenido —dijo con voz de bajo—. No le gustaba repetir las cosas. que Roma era y es una potencia militar. Quiero proponer la creación de un servicio de correos. sabiendo lo que quería decir porque habíamos hablado antes de cómo iba a decirlo. Gracias al triconium fori supe que no era cierto.

Y las pulgas más pequeñas tienen pulgas más pequeñas. y en particular sobre cómo dar por terminada la huelga de uno de ellos. y así hasta el infinito. que había clamado al cielo y dicho aproximadamente que todos los flautistas debían ser ejecutados.. pues eso son tonterías. Fabio. —Bueno. Lo siento. pero esta vez presta atención. —Bien. de un asunto ciertamente serio —dijo Fabio—. ¿qué harías? —Lo llevaría a la antesala. y cogió un despacho. donde esperan los correos. pues. joven Publio..—Pero los correos privados funcionan bien —dije. y el guardia daría el despacho al más barato. En realidad. ¿No es eso lo que ibas a decir? —Sí. que. Claro que los conocía. . Tomó la palabra después de uno de los Valerios. No es menor porque demuestre una de las leyes inmutables de la vida: que las pulgas más grandes tienen pulgas más pequeñas en la espalda. es hora de que te preocupes. ¿no? Asentí. no quería ser tan brusco. las sociedades mercantiles. —¿Y después? —Entonces los correos dirían en voz alta lo que cobran. acariciándose la barba —. —¿Cuánto? —Bueno. y así iba la cosa. —¿Variarían los precios? —Sí. e indicaría al guardia que vocease el lugar de destino. se había negado a dirigir los rituales previstos sin el necesario acompañamiento musical. Conoces los collegia. —Que los precios se mantienen bajos y la eficiencia alta. —No lo sé. Es para el edil plebeyo. ni más ni menos que el colegio de flautistas. Los últimos cuatro debates del Senado habían versado sobre ellos. raspando el suelo con las sandalias. ¿sí? ¿De qué manera? —Bueno. ¿Cuánto? ¿Un poco? ¿Mucho? Agaché la cabeza. —Se levantó y empezó a pasear por la habitación. — 76 — . así que te ahorraré el esfuerzo. —Se trata. la vida es demasiado breve. Se negaban a tocar si no les aumentaban la paga. Toma. o pontífice máximo. Y los carniceros se quejaban también porque el colegio sacerdotal no ordenaba el número acostumbrado de animales para el sacrificio. y todos compitiendo entre sí. Si te doy un despacho ahora y te indico que lo lleves a la oficina del prefecto de la ciudad. —Me levanté y fui hacia él—. nunca me he preocupado por saberlo. Hay una diferencia de unas monedas entre un correo y otro. hay tantos correos. —Estoy harto de tus «buenos» y de tus «pues». Fabio hizo reír a todo el Senado cuando habló del tema. No. joven. Fue a zancadas a su escritorio. El Sumo Sacerdote. Fabio. colegas senadores. En teoría he de acelerar tu aprendizaje. —Ah. Tienes que aprender a mirar más allá de la superficie. pues. .

aunque en el tribunal lo había parecido. Sígueme. un horrible sonido estrangulado que hizo que se me pusieran los pelos de punta. entra. Me alegro de encontrarte en un lugar más limpio. todo recto —gruñó el portero. Labieno te espera. Los romanos han hecho una ciencia y un arte de ambas cosas. una silla y una mesita baja con un plato de peltre y los restos de una comida. pero a Labieno le gustan.. así de simple. ¿Tomarás vino para acompañarme? ¿Y tú. Volvamos al correo. como su apretón de manos.. Me di la vuelta. No era más alto que yo. Bostar. A mí izquierda estaba el cuartucho del portero. Los correos no son diferentes. El comedor estaba iluminado por lámparas. Ésa es una de las razones por las que necesitamos un servicio de correos del Estado. que traía la brisa. las blancas columnas de mármol reverberaban a la luz de las antorchas que rodeaban el porche.. no sólo en el preparado de la comida. Son ellos quienes fijan los precios. Vi un brasero encendido. con un seto a cada lado. Su luz era más suave que la que daban las antorchas del atrio que acabábamos de cruzar. Labieno estaba recostado en un triclinio al fondo de la habitación. Sonreí y lo miré. Lo esperaba: es el estilo romano. aunque están enjaulados. hacía mucho tiempo que no me sentía tan seguro y dueño de mí mismo. de higos y granadas. Un hombre dio un paso al frente. —Pasa y échate a mí lado. más allá del cual los arbustos y los árboles se perdían en la oscuridad. ¿Qué querría aquel hombre? La comida fue memorable. —Lo está. En ese triclinio. —Bienvenido. Mientras tanto. Subí el primer tramo de cuatro escalones y a continuación el segundo. —¿Tiene pavos reales en el jardín? —Y gallinas de Guinea. Piensa en otras razones y escríbeme el discurso. sino en la presentación.Lo siento. —Bienvenido. Me alegro de verte en. —Todo recto. Pero ya los verás. —Todos estos colegios tienen una cosa en común —dijo Fabio—. Cuando — 77 — . A mí no. Bostar. —No es más que un pavo real. Acababa de recostarme cuando los esclavos trajeron el primer plato. Artijes? Me trataba como a un igual. Delante de mí. Artijes. o quizá no. Un chillido resonó en el jardín. incluso avestruces. lo está. Artijes me puso una mano en el hombro. Para descubrir lo que Labieno se proponía tendría que esperar. Son animales muy ruidosos. Bostar. Percibía el aroma de un huerto. El camino era de grava blanca. si es que a uno le gustan estas cosas. círcunstancias diferentes. Lo que yo aprecio es la habilidad de los cocineros. Su voz era cálida y sincera. La encontré demasiado rica y abundante. Se levantó cuando entré detrás de Artijes..

—Se detuvo ante mi escritorio. Se pueden poner tres puntos. ¿Qué opinas. —Yo pensaba que todo aquello era casi ridículo—. Publio. —Me gustan tus tres puntos sobre coste. Creo que empecé a ruborizarme. ¿Qué más? — 78 — . sí que es un buen vino. —De acuerdo. Me nubla el entendimiento. Recordarán. —¡Bah! —Se irguió y dio. Artijes? Yo lo encuentro mejor incluso que la cosecha de Setia. no hablan. las arrugas de sus mejillas. Publio. Huelo a frambuesas. Aunque me gustaría probar otra vez el fundano antes de dar una opinión. . fiabilidad y eficiencia. —Volvió a su escritorio. Y bien. Era un gran elogio. lo que todo público recuerda. no por el sabor —Agitó su copa y se inclinó para oler el contenido. Quizás aprendas. me gusta. Puedo aprovechar este discurso. ¿Qué recordarán? Me miró. posiblemente —musitó Artijes—.. cogió mi borrador y vino hacia mí con él en la mano—. —Arrugó la frente y cerró los ojos—-. —No soy el más indicado para responder. ¿cuáles crees que son las virtudes de un buen discurso? —Tiene que ser claro —dije. . exacto! —dijo Labieno. Pero empieza por el olor. Delicioso. Tomé un sorbo. Quiero decir que saborean y disfrutan la comida. —Es una pena. sino cómo lo dices. ¿Qué recordarán los oyentes. como era su costumbre—. —No es malo —dijo Fabio cuando terminó de leer—. Dicen que incluso es bueno para las tripas. . Debería haber comprado más. a moras y a. . —¡Sí. No lo que dices. Artijes! Yo pienso más en mi paladar. Es un buen falerno. Labieno se rió. —Sí. Su voz era más alta ahora—. media vuelta—. quizá cuatro. puso las manos en el borde y se inclinó hacia mí. —Buen vino. yo no lo sé. Artijes y yo. Bien hecho. las señales de la edad. ¡Ah! La entrada de los esclavos me salvó de seguir oyendo digresiones enológicas. ¿verdad. Bostar? —Fue lo único que me dijo Labieno antes de comer. eso da a entender que hozan como los cerdos. —¡Tú y tus tripas. Es un tema del que no sé nada. —¡No! —Lo había dicho con brusquedad—. Comen. que había abierto los ojos—. —Ambos bebieron y olieron en silencio—. Sí. Artijes hizo lo mismo—. Sí. Publio? —Bueno. en un buen discurso. Labieno.los romanos de su clase comen. Y el vino de Signia es difícil de superar —continuó—. sabiendo que el público olvidará al menos dos. Labieno. —Yo . Bueno. . —Se levantó y se puso a pasear. Vi las venas del blanco de sus ojos. —A vainilla —dijo Artijes. si olvidan al menos dos puntos. Éramos tres. pero no me refiero a eso. Nunca he tenido paladar para el alcohol.

Artijes comía con ganas. Lo miré mientras inclinaba su plato y con una cucharilla de plata. se irguió y me miró. Crucé la habitación. con una elegante nariz ganchuda. dátiles. Uno por uno. El primer plato consistía en sendas fuentes de erizos de mar. Ni oía ni veía: el esclavo romano perfecto. No debe ser discursivo. En una mesa larga y baja que había entre nosotros. me pasó una mano por los hombros y me envolvió una suave calidez. pero estaba bien educado y mantenía la vista en el suelo. sí! Ven y siéntate a mi lado. Pero la eufonía es otro tema. Bostar. —Todo está en la salsa —dijo Labieno. ostras crudas. lucidez y eufonía —dije. Muchos oradores las dominan. trinchó un jabalí mientras lo mirábamos.—No debe divagar. deduje). garo. Las virtudes de un discurso. no hablemos. —Claridad y lucidez. Artijes. Tú más que nadie deberías saber que hablar enturbia los vapores de la barriga. miel. ¡Repite! —bramó. almendras. ligústico. Silenciosos esclavos descalzos se llevaron los platos. Claridad. picoteaba y bebía vino. Creo que ha salido bien. una pizca de asafétida. Labieno y Artijes no emitían más sonidos que exclamaciones de apreciación. con la cara a un palmo de la mía—. sin dirigirse a nadie en particular. Tenía gran habilidad. Los observé. —Se metió la cucharilla en la boca y saboreó el contenido moviendo la lengua—. son las más fáciles de las tres —dijo Fabio. Publio. primero a mí. —¿Ligústico? —me atreví a preguntar. Publio — su voz era más suave ya—. Labieno tocó una campanilla que había a su lado. ¿Qué crees que es? — 79 — . Déjame contestar a mi propia pregunta. —Claridad. . Publio. como tú en este discurso. Mmmmm. se llevaba algo de salsa a los labios—. en el suelo. Traté de captar su mirada cada vez que sumergía mis dedos en el cuenco. —Basta. basta —le riñó Labieno—. Comamos. Artijes. otro esclavo. Pero supongo que estoy aquí para enseñarte todo lo que puedas aprender. Siempre lo recordaré—. más viejo (el cocinero. al igual que yo. lucidez y eufonía. —¿Qué quieres decir? —Debe ceñirse a su objeto u objetos. Labieno las estudia para hacer sus famosas salsas. nos sirvió un plato de carne humeante. estás cerca. cubierta por una salsa grisácea. El que tenía junto a mí era moro. pero por entonces yo no era precisamente un adepto a aquellas cosas. —¡Sí. —Se aclaró la garganta. Y de aquel modo fuimos hasta el escritorio de Fabio. ha salido bien. . de un negro que parecía bañado en leche. Sí. Otra vez el olor. Ésta ha debido de hacerse con pimienta. —Sus fosas nasales se dilataron—. —Sí. mariscos surtidos y espárragos. pero Labieno. Al lado de cada triclinio había un esclavo en cuclillas con un cuenco de agua caliente y una toalla. son tres. —Una hierba —respondió Artijes—. El ligústico la hace diferente.

He oído decir que es bueno. Eufonía. —Personificación. para fascinar. Pocos saben convencer como él. la memoria. —Bien. un ejemplo que nos ponía Eufanto era: abiit.. Se utiliza cuando uno se refiere a una abstracción. y eso que es un orador memorable. Las metimos.. larga. lógicamente. en el discurso de Fabio hasta que. —¿Como cuál? —Como la esperanza. Bien. el anuncio de las horas. ¿Cómo crees que conseguiríamos eso? —Por el tono y la inflexión de la voz. Las estudiamos con Eufanto. y soy demasiado viejo para cambiar. cuando. eufonía.. en una serie de verbos. muy bien. partió. —¿De qué manera? —Como si fuera una persona. Pero ahora viene la parte más difícil. — 80 — . utilizados por alguien que según Eufanto puso pies en polvorosa. al menos. Para subrayar unos puntos y enmascarar otros. se fue. como el hondero la piedra. evasit. ¿Y qué me dices de la prosopopeya? Estaba en terreno conocido. —¿Para «complacer»? Más que eso. Fabio. Tu grammaticus. ésas son mis claves. normalmente. Por ejemplo. quiero este discurso con anotaciones en los márgenes. La prosa debe construirse para complacer el oído del que escucha. eufonía. Acelerando o frenando el discurso —repliqué. las mejores cosas siempre lo son. por fin. La misma palabra (breve. o un pirriquio y un troqueo) es un sonido dulce. —Es sencillo. —¡Me gusta. la juventud. Una línea delgada para ir despacio.—Que algo suene bien. excessit. Dos líneas onduladas para la voz alta. Tu padre estaría orgulloso de ti. una para la voz baja. breve. huyó. Pero aprendí de Fabio que la verdadera facilidad en los discursos viene del arte.. marchó. yo tenía que irme con Lanisto para recibir lecciones de equitación y practicar con la espada.. Oí el cambio de la guardia. —Ah. breve: un peón. Para suspender el ánimo. ¿Entendido? —Sí. sí. estuvo satisfecho. joven Publio! —Fabio me dio una palmada en la espalda—. Me parece un buen sistema. ¿Qué es un asíndeton? —La ausencia de conjunciones. Dos líneas gruesas en el margen cuando pienses que el discurso debe ser rápido. pasada ya la hora nona. para empezar. —¿Y dónde lo utilizas? ¿En los pasajes rápidos o en los lentos? —En los rápidos. —Exacto.. Y así continuamos hasta media tarde... no de la suerte. Mi primo Marcelo lo contrató para que enseñara a sus hijos. y Fabio se quedaba continuando su trabajo de historia. —Bueno. erupit. ¿Qué sabes de las figuras? —Algo. Estudiamos las figuras retóricas que conocía y otras que no conocía.

escribe esto al pie de la letra. cambiaron la jarra de vino y los esclavos desaparecieron. hasta que llegara el momento de hacerlas yo. pato asado. Y escrita en griego por el mismo Teógenes. Ésas eran las cosas que me enseñaba Fabio Pictor para mi formación. pescado de río en conserva y pasteles de miel. Y mucho más ahora que Aníbal se ha ido. sin duda.. ¿verdad? Todavía se reía de su propio chiste cuando abandonó la habitación. Sus ojos se encogieron.. Aurio. —Sí. ¿Quién sabe? Quizá la historia que he estado dictando haya llegado a su fin. De todas formas. veamos.. Antes he de hacer mis necesidades.. señor. retiraron los platos. No. —Se levantó—. Aurio. El voto de la plebe fue decisivo. voy a leerla ahora. Todo esto — 81 — . el de Escribonio a propósito de la época en que fue tribuno tuyo en Siria. ¿qué ocurre. La leeré en voz alta para que puedas tomar nota de lo que dice mi viejo amigo. Bien. Tal fue el único comentario que hizo Labieno cuando.Estaba saciado después del primer plato. Dijo que tenía que volver enseguida a Roma. El tercero. por fin. sobre el veredicto.. no te quedes ahí! ¿Qué pasa? Una carta. tu tratante en arte. no tentaría al destino. Sí. Ahora vayamos a los negocios. «Se dice —escribe— que el Senado decidió tu absolución por un margen de votos muy estrecho. ¿De quién? De Teógenes.. —Bostar —dijo lentamente—. —Bien. ¿Dónde está? Se ha ido. A fin de cuentas. amo. Veamos. Hum. Debe de ser importante. Bostar. Su solicitud tuvo éxito. Entonces debe de ser importante. Teófilo. me habría alimentado durante un mes. Dámela y vete. ya sé quién es Teógenes. Sí. —Labíeno expulsó el aire y se repantigó—. muy claro. Bostar. hasta que. ¿Está claro? ¿Qué secretos teníamos allí? Bueno. Ah. Pero no de eso. —Sí. Ha pedido tres cosas: el testimonio de tu amigo Lelio (no sé por qué ni he podido averiguarlo). Le gusta despachar la correspondencia dictándola cuando está en el baño. un momento. Labieno. ¡Vamos. y una declaración del senado cartaginés sobre las negociaciones que hiciste con ellos durante la guerra. Muy bien. —Pero he oído decir —escogí con cuidado mis palabras— que Capua se ha unido a Aníbal.» Por favor. Llegamos a la parte crucial. Bostar de Calcedonia. Prefiero el arte a la comida. Ni siquiera los parabienes habituales. Yo. Labieno se irguió como si le hubieran abofeteado. —He observado que tú haces lo mismo. ¿Quién la trae? El esclavo personal de Teógenes. Aurio? Sabes que no debes molestar cuando estoy trabajando. —Comes frugalmente. puedes hablar de lo que quieras en esta casa. has hecho bien en traerla. amo. «Pero Catón solicitó una apelación. es preferible expulsarlo todo y que corra.

recibir el cuchillo del asesino. Temo por la seguridad de tu hermano. No. el tiempo que no tuve cuando estaba al servicio de Roma. y por cierto. ya llegará la ocasión. como sabes. ¿por dónde íbamos?. Lelio está en Roma. Se le ha emplazado. ¿Quién sabe lo que revelarán los cartagineses? El viejo Hanón. Ni bajo tortura. ¿Qué más recuerdo? Una noche. Había una abertura entre la parte de atrás y el muro del jardín. es gobernador de la Hispania occidental. con el que traté. Me tendí al lado de la fuente. Para mí no es nada nuevo. Su odio hacia ti le consume. Me levanté y busqué el origen del ruido. Después de las lecciones de Lanisto. Bueno. arriesgo mi fortuna. pero Escribonio. en lugar de irme derecho a la cama. Sólo lo mejor de él. tengo. Así que quédate donde estás. mientras las ranas y los grillos cantaban. En ninguna circunstancia debes venir a Roma. pienso. Bostar. Seguro que está más preocupado por su fortuna que por su vida. no la mía. a veces con mi hermano pequeño. Así que destruye esta carta cuando la hayas leído. ni aunque le fuera la vida en ello diría nada que me complicara. pero normalmente solo. O lo que es peor. Nubla sus días con bebida y podría. Un sonido me distrajo. Un gemido. dos voces. atendido por Festo. Esperaba encontrar tiempo para pasar alguna velada con él.» Bueno. Ah. Me acerqué de puntillas. Teníamos una casa de verano (teníamos. yo no menospreciaría a Catón. Luego caía en un sueño profundo y de agotamiento. Pero es la historia de Escipión. En cuanto a Escribonio. sí. Me arrodillé y aparté los arbustos. Y lo mismo digo de Lelio. Debo consignar mis dudas y mis miedos. y contemplé sus miríadas silenciosas. brillando y titilando en la lejanía. se le ve mucho con tu hermano. pero también muchos enemigos y. todavía está allí) en la parte de atrás del jardín. iba a casa y comía. Aquellos días fueron largos y solitarios. No hay nada que puedas hacer. bueno. Así que tenemos más tiempo. más claros. Mira qué bien se quema el papiro de Teógenes en el brasero. No puedo compartir la confianza de Escipión en Lelio. De allí salían los sonidos. Bueno. repetido. y luego otro. los celos y el odio son más activos que los vínculos amistosos. Bostar. Pero no te quepa la menor duda de que te la manda tu amigo de verdad. después de cenar. quizás el suficiente para terminar esta historia. no traicionará mis secretos y quizá Catón arda como un cometa y se pierda como una estrella fugaz. No veía a Lelio. Estabas hablando de tu temporada con Fabio Pictor. Quería ver las estrellas. como es lógico. salí al jardín. a pesar de las muchas cosas que sabe. Tendremos que vivir entre la sombra de la muerte y la luz de la vida. más insistentes. No supe nada de él ni él de mí. Las piernas abiertas de la joven (supuse que era una de nuestras esclavas) brillaban como el alabastro en la oscuridad. Cuánto echo de menos a Teógenes y sus chistes. Escribiré esto en el margen cuando ponga mis notas en limpio. Arriesgo mi vida y la de Teófilo al enviarla. hace mucho que murió.tardará algún tiempo. Tienes muchos amigos aquí. rodeada de arbustos. Las dudas me acosan en el profundo silencio del pensamiento. por desgracia. más rápidos. Está desesperado. ya me acuerdo. Encima de ella había — 82 — .

agotado. Me deleité pensando en el pene del copulador y en su cabeza roja. envolví la piedra con la túnica. fresnos. pinos y matorrales que habían crecido entre los cimientos ruinosos de la casa de Vitruvio Vacco. consciente de que estaba cubierto por un ligero sudor. Debería haberme levantado para detenerlos. ¿quieres? Tengo un trabajo para ti que te va a gustar. Pero me fui. Bonita mañana. Cualquier tonto sabe hacer cosas. —¿Pensar? ¿Eso es un trabajo? —Sí. Oí que Artijes se recostaba en el triclinio en el momento en que Labieno se inclinaba hacia delante. pensando en aquella mujer y en mi vergüenza. arriba y abajo. en el suelo y en la cama. aunque un poco fría para esta época del año. observando y temblando. Me agaché y cogí una piedra. El hombre gruñía y la joven seguía gimiendo. tras un último empuje.. En mi habitación. ¿Dónde podía poner la vestimenta manchada? Sólo cuando ideé una estratagema pude deslizarme en un sueño reparador. Recuerdo el pánico. en la casa pero sin casa. con miles. Guardé la túnica en la bolsa. —Buenos los tengas tú también. en la humedad de la vagina de la joven. en naves y en albergues de mala muerte. Bostar. —¿Cuál es? —pregunté. gracias. incluso aquella mañana. No hay ninguno más difícil —dijo—. al fondo del pasillo a la izquierda —dijo Labieno cuando llegó y tomó asiento. — 83 — . Pero por el contrario me quedé arrodillado. bajo las estrellas y bajo techado. poniendo el agua a su lado. porque al terminar se sentían muy solos. tráeme un vaso de agua. Los esclavos no pueden copular sin permiso. me acaricié solo. La rodeó con sus brazos. a la media luz del alba. —Si necesitas ir. sus jadeos más rítmicos. Sus embestidas se hicieron más rápidas. Noté que se me ponía tieso el pene. Deseé que hubiera habido más luz y que los dos hubieran estado desnudos. cuando el mundo está inmóvil y los miedos nocturnos han dejado paso a la mañana. hasta que con un estremecimiento espasmódico salió la semilla. Como siempre. Pocos saben pensar. embistiendo. Mi túnica estaba cubierta de semen. hice una pelota y la tiré. Abrí la bolsa. volviéndose a mirar por la ventana—. Me habría gustado meter la mano dentro de la vagina y palpar lo que el hombre había derramado. como hacía siempre. bombeando y gritando. se desplomó y sus gruñidos se convirtieron en murmullos. empujando. Al día siguiente fui al Senado más pronto de lo normal. se detuvo y. Era una de las cosas que no podía discutir con Fabio. Soñé con ellos.un hombre con la túnica sofaldada y sus nalgas subiendo y bajando. la letrina está pasado ese arco.. abedules. Fabio Pictor —saludé. estaba allí antes que yo. Bueno. fuera. ven y siéntate. cuando entré en la habitación. —Pensar. Caí de espaldas. a oscuras. —Buenos días. Dejé atrás el grupo de árboles y arbustos. arriba y abajo. Publio —replicó. —No.

—¿Qué edad tienen? pregunté. Artijes.. Son analfabetos. —Eso tampoco debería sorprendernos —añadió Artijes—. muy. —Pensaba. Su madre murió hace doce años. —Entiendo. Artijes? —Permíteme. Paso tanto tiempo en el tribunal que. me lo he estado preguntando. Bostar? —Yo. las leyes de las matemáticas y las lenguas. Conozco los movimientos de las estrellas... prefiero ceñirme a cosas que entiendo. Bostar. Yo me quedé como estaba. bueno. inquisitiva. Comercio interrumpido. pleitos interrumpidos. —¿Qué negocios? —pregunté.—Bueno —dijo Labieno. sí. recostado pero vuelto hacia él —¿Dónde piensas ir? —Su voz era dura. —Labieno miró a otro lado—. No tuve tiempo. Pero son. ¿Por qué un patricio romano te ha pedido que cenes con él? —Como imaginarás. y por lo que a mis hijos se refiere. educación interrumpida. —Muy bien. Me sostuvo la mirada. Y Aníbal tiene que estar cansado. ¿cuántos años lleva aquí? —Dieciséis. Labieno se puso como un tomate. sin duda querrás saber por qué te he pedido que vinieras. Estaba demasiado ocupado tratando de sacar adelante mis negocios. en estos días. con Aníbal en Italia. Artijes. Labieno. gran parte de este tiempo la vida ha estado muy lejos de ser normal. Me pregunto si Escipión sabrá estar a la altura de las circunstancias. Puedes ir donde gustes. —¡Dieciséis! Y con cien romanos por cada cartaginés. —¿Cuántos hijos tienes? —Dos. balanceando los pies muy cerca del suelo.. De todas formas es de esas cosas de las que quiero hablar.. mirándome fijamente—. —Desde luego. sólo soy un pedagogo. Pero al gramático que había contratado lo llamaron a filas. ¿Cómo debería decirlo. Dos varones. —Dieciséis y dieciocho.. desde mi punto de vista. No subestimes a Escipión. Las patrullas están muy inquietas. — 84 — . Verás. La maldita guerra. con Aníbal por aquí. —Lo siento. —Vaya —dijo Labieno con sorna—. Es el mejor general que ha tenido Roma.. —No puedo llevarte la contraria. ¡Sorprendente! De cualquier modo.. muy cansado. —Claro que eres un hombre libre. Labieno se sentó con el tórax erguido. pero no cómo son los hombres o las guerras. luego la apartó y sonrió. ¿Tú que opinas. adopto una actitud forense sin que ésa sea mi intención. Bostar. aunque. Labieno. Como he dicho. que ante la ley romana era un hombre libre. no debería sorprenderte que te volvieran a encerrar. como a menudo me recuerda Artijes. Labieno pareció satisfecho.

¡Muy bien! ¡Te han enseñado muy bien! Seguimos charlando durante la comida del mediodía. Bostar? —Como ya te dije. me dirijo a Roma. estoy de acuerdo. pero el ateniense fracasó porque dio demasiado poder al pueblo. Quiero situarlo en su contexto. ejemplifica el equilibrio que Solón trató de encontrar. en mi historia de Roma he llegado al momento en que se funda el segundo consulado plebeyo. Ambos hombres eran dictadores benévolos. Hablamos de Minos y de Solón. ¿Qué otra cosa podría hacer un pedagogo? —Estupendo. Vita vigilia est. Pues bien. —La esperaba desde hacía rato—. —¿Sí? —El de Minos. Nuestra constitución. Les suministro comida. desorden. Pero aquí. Posee equilibrio. ¿Por qué si no? —¿Cuáles deberían ser? —Con un buen gobierno. prosperidad. Pero permite que repita mi pregunta: ¿dónde piensas ir después. como lo fue mi padre. Sólo podemos afrontar y ganar guerras si estamos bien gobernados. —Sí. aunque en otras circunstancias.. Labieno. y el de Solón de Atenas. ropas. Minos murió y su sucesor no fue digno de él. —Hay dos. Una guerra civil refleja un mal gobierno. pero si una nación está en guerra. —Fabio se había levantado (cómo atesoro estos recuerdos) y se paseaba acariciándose la barba—. ¿Cómo juzgarías a un gobierno. velas. ¿Y con uno malo? —Lo contrario. Publio? —Por sus resultados. Verás. ¿quiere decir que está mal gobernada? —No necesariamente. —¿Y qué me dices de la guerra? —Eso depende de qué la cause. orden. tras reformar las leyes y la constitución de Atenas. —Quiero que pienses —dijo Fabio— en la administración del Estado. Solón. Admití la opinión de Fabio (aunque nunca la dijo directamente: me guiaba con preguntas a sus propias conclusiones) de que ambos gobiernos eran defectuosos. desigualdad. —¿Para qué? —Para enseñar. en la antigua Creta. convinimos.—Soy. Enseña. dimitió voluntariamente. Pobreza. Quiero que pienses en una forma mejor de gobernar. —Sí. Como sabes. todo. Publio. Siempre pienso en Fabio cuando me siento cansado o hambriento. Háblame de otros gobiernos sobre los que hayas aprendido y que admires. nuestra constitución es única. procurador de la flota meridional de Roma. igualdad ante la ley. La vida es vigilia. solía decir. Quédate y enseña a mis hijos. —Sí. te he llamado para hacerte una propuesta. — 85 — .. Bostar de Calcedonia. —Bien. —Debí de poner cara de sorpresa—. aceptaré eso.

Labieno —interrumpió Artijes—. con mi vida. El pueblo y los patricios deben ser iguales ante la ley pero si se cede demasiado poder al pueblo. supuse que para guiarme hasta la casa de Apurnia. —Te lo diré mañana. Decidas lo que decidas. Mi cuerpo sí. Hasta mañana. Pero espero que aceptes mi oferta. Anoche estuve leyendo en la cama esa sección de la historia de Fabio. —Sí. me tendí en el lecho. —Estarás muy cómodo aquí. aunque habría encontrado el camino solo—. Pero sus ojos brillaron cuando levantó la vista y me vio. Labieno. Es algo que he luchado por defender. Pero ¿era el mío un camino diferente? Artijes y yo estuvimos hablando otro poco. Estreché la mano de Labieno. —Me siento honrado. Me sentí extraño después del tiempo transcurrido. Mientras tanto. Bostar. es para una hora más temprana. con ese equilibrio la constitución de Roma coronó la del mundo e hizo posible la gloria de la República». Vamos. Me di la vuelta y me quedé dormido al momento. No me gusta trasnochar. uno plebeyo y otro patricio. Artijes. Pero ¿y mi mente? —Gracias. te doy las gracias por tu hospitalidad. sí. que Bostar. creo que preferirás un menú más sencillo. Tendrás la respuesta mañana. Bostar. condiciones. a menudo. Bostar. Labieno. Riendo para sí. se da a personas que no tienen tiempo ni capacidad (ni. Estaba enfrascado en unos documentos cuando entré. imaginé que preparando un caso. Un esclavo esperaba en las sombras. ¿aceptas? —Creo. recuerda el dicho griego: «La culpa es del mensaje. Mejor dicho. Pero si vuelves. Artijes. nos dejó. —El placer ha sido mío —dijo—. Muy bien. querrá tiempo para pensarlo. Aprendí ese equilibrio del primero que lo había puesto por escrito. he de irme a la cama. —Bien. ¿cómo llegaste a esta casa? Se rió. Nos levantamos. Me gustaba aquel hombre. Y también los patricios. —Me levanté para irme. —Eso. La cama crujía. educación ni inteligencia) para reflexionar sobre el bienestar general. Lo primero que hice a la mañana siguiente fue ir al tribunal. te acompañaré a la puerta. por favor. había escrito. Ah. obligaciones. Ya en casa de la viuda Apurnia (me había dejado una lámpara encendida en la ventana). — 86 — .El pueblo debe tener voz. explícale mis condiciones a Bostar. con la designación de dos cónsules. muy honrado. o quien sea. «Así. Un alguacil me llevó a regañadientes hasta el despacho de Labieno. Artijes. no del mensajero». Dinero. él habló y yo escuché.

se puede arrojar el pilo con más velocidad. Parecía cansado.—Y bien.. ofendido. trasladarme mañana y empezar las clases pasado mañana. Labieno. Él se encargará de todo lo que te haga falta. Como he dicho... Acababa de comer mi acostumbrada comida del mediodía. Sí. Enseñaré a tus hijos lo mejor que pueda. Para traspasar la armadura. —¿Entonces? —Propongo. ¿Cuándo empezarás? —Artijes me dijo anoche que estaba todo preparado. —¡Excelente! ¡Excelente! Estoy encantado. —Acepto tu oferta con placer. — 87 — . Pero ¿había tratado alguien de reducir el peso. ¿En aquel lugar venerable? Miré a Fabio. En aquel momento entraron corriendo dos guardias con las lanzas en ristre. al ser más ligera. —¡Sí! ¿Qué pasa en Sagunto? —Ha sido. francamente. Bostar de Calcedonia. Incluso él había levantado la vista. más bien cayó dentro) algo parecido a un soldado: estaba tan cubierto de polvo que costaba ver sus rasgos... era evidente. Yo estaba. Perdona. Medio me preguntaba.. Habíamos pasado la mañana en la sala de debates. —Detrás de nosotros.. Los guardias gritaban. —¿Qué significa. en consonancia con el veredicto. Labieno sacudió una mano. por qué el pilo romano era tan pesado. se había probado? ¿Y si se utilizaba madera de cornejo para el mango? ¿No era más ligera que la de fresno que se utilizaba entonces? ¿Tenía que ser triangular toda la cabeza del pilo? ¿Por qué no solo la punta? Si. Lanisto me había hecho trabajar duro. fue cosa mía. —Díselo a Artijes. si estás de acuerdo. ¿no traspasaría la armadura igualmente? Una conmoción producida en el pasillo interrumpió mi ensueño. una habitación para mí y un aula para tus hijos. La puerta se abrió de golpe. Demasiadas cosas en la cabeza—. señor! —consiguió decir. Fabio era un hombre frugal. ¿Me traes buenas noticias o malas? —No estoy seguro de traerte nada. Entró (bueno. pero he de ser breve.. —¿Y? . Pero he tomado una decisión. Pero necesitaré. Sentio. Había mordisqueado una pera. adormecido en el escritorio mientras Fabio escribía. —Labieno saltó hacia mí y me estrechó la mano con fuerza. ? —tronó Fabio. Sagunto. —¡Sagunto.. ya voy Y así fue como el cartógrafo de Aníbal se hizo preceptor. conforme los músculos se acostumbraban a sujetar el escudo y a lanzar el pilo. caldo con pan y dos manzanas recién cogidas. el alguacil tosió—. El resto. mientras estaba sentado en el despacho de Fabio.. Me encontraba cansado la mayor parte del tiempo. según se verá. El preceptor fue cosa de Labieno.

Los ojos del soldado mostraron gratitud. persiguiendo a los ínsubros. Mientras me daba la vuelta para irme. Creemos que fue una treta. señor. — 88 — . Yo me quedé donde estaba. Dijo que no tenía papeles. Quiero a todo el mundo aquí antes de una hora. ¿Mi padre? —¡Cállate.—Lo siento. —Bien. —A1 este del Ródano. —Por última vez —dijo Fabio. muchacho! —tronó Fabio. El guardia se movió para ponerse entre Fabio y el hombre. ¡No habrá muertes aquí! Soldado. dijo: —Sagunto ha caído.. casi en un susurro que me produjo un escalofrío— te lo pregunto: ¿qué ha pasado? Publio. —¿Cómo? ¿Otra vez? —Sí. el soldado me detuvo. Has dicho Sagunto. He agotado cinco caballos para llegar aquí. enseguida. El goteo de sus cejas trazaba senderos en el polvo que le embadurnaba la cara. ¡Publio! —exclamó Fabio—. Levantó el campamento en cuanto nos enteramos de lo de Sagunto. se estremeció y se puso firme.. ¿Qué ocurre allí? —Ha caído. Ve y dile a mis colegas que como padre de la cámara convoco una sesión plenaria. Fabio se sentó. entiendo. soldado. Cogimos algunos prisioneros. Tiene intención de cruzar los Pirineos para salir al paso de Aníbal. Con voz uniforme. dirigiéndome una mirada furiosa—. —¿Caído? ¡Imposible! ¿Cuándo? —Hace cuatro días. soldado? —Se dirige hacia el suroeste. la han saqueado —balbució el hombre. —¿Y dónde estaban Escipión y su ejército? —preguntó Fabio. ¿lo has entendido? Envía mensajeros. Envíale una litera. Escipión dijo. Yo tengo que llevarle las instrucciones del Senado tan pronto como sea posible. señor. ¡Mi padre! —¿Y dónde está Escipión ahora. —Entiendo. Aníbal el cartaginés ha saqueado la ciudad después de un corto asedio. Tú. —¡Basta! —gritó Fabio—. —Miró la candela graduada que ardía en su escritorio—. Asentí con la cabeza. ¿Qué ha ocurrido? —Me envía Escipión. señor. que se habían rebelado. Ha pasado como una flecha. . señor. —¿Eres Publio Cornelio Escipión? —El mismo. señor —barbotó el primero—. —¿Y? —Y descubrimos que tenían oro cartaginés. al menos dale a este hombre un vaso de agua. ni sello. señor. ¡Ah! El viejo Claudio tiene gota. El otro guardia bajó el pilo y desenvainó la espada. apártate. Se lamió los labios. —¿Escipión? —dije—. Vamos. cálmate.. Dijo que no había tiempo para despachos ni para sellos. si no puedes sujetar la lengua.

—Entonces, con tu permiso, Fabio Pictor, tengo otro mensaje para ambos.
—¿De quién? —preguntó Fabio.
—Del padre de este joven.
Fabio asintió con la cabeza.
—Adelante.
—Te da las gracias y espera poder hacerlo en persona en otra ocasión. Dice que está
seguro de que nadie podría enseñar mejor a su hijo, pero que ya da igual porque a partir
de este día el triconium fori de Publio Cornelio Escipión se suspende. Comienza su
triconium mílitiae. Publio Cornelio Escipión, tu padre me envía a buscarte. Tienes que
reunirte con él en el ejército, al servicio del Senado y del pueblo de Roma.
Corrí por el pasillo. Mi corazón ardía. Era joven y los jóvenes aman la idea de la guerra.
Aquella noche, mientras dormía a pierna suelta, con el equipaje hecho y preparado para
irme con la primera luz del alba, soñé con trompas de guerra y alarmas, con marchas,
batallas y gloria. Ahora que soy viejo, cuando vuelven esos sueños me levanto cubierto
de sudor y temblando. Como ya se verá si tengo tiempo, he conocido el horror de la
guerra. Vidas que terminan. La vida sigue. Es un gran misterio.

— 89 —

SEGUNDA
PARTE

La prueba

Par est fortuna labori.

La suerte es inseparable del esfuerzo.

Proverbio romano

— 90 —

Habían pasado cuatro días. Llegó la orden de que teníamos que partir. Así que el quinto
día fui a mi habitación después de desayunar pan (sí, después de casi cuarenta años
todavía lo recuerdo), queso e higos y leche tibia de cabra con una pizca de canela. Releí
la carta a Lelio que había dejado sobre la cama, la carta que Festo tenía que llevarle
cuando me hubiera ido. Una vez más, revisé mis alforjas. Frontino, el soldado que había
traído el mensaje de mi padre, me había dicho lo que tenía que llevar: «Lo menos
posible».
—¿Puedo llevarme mis mejores sandalias? —pregunté.
—Por lo que a mí respecta, señor, te puedes llevar a tu misma abuela, pero... —Mis ojos
lo hicieron callar. Yo era un Escipión, nacido para mandar. Él lo sabía y su mirada bajó
lentamente hasta los pies. Luego, en voz más baja, continuó sin mirarme—. No hay
muchas ceremonias en el campamento, señor. Lo mejor que puedes llevarte no puedes
empaquetarlo.
—¿Y qué es, Frontino?
—Tu salud.
Todos los miembros de la casa estaban en la calle para verme partir, una muchedumbre
informal e inquieta, una familia, pensé mientras cruzaba la puerta y los miraba, una
familia huérfana de madre y, durante varios meses, huérfana de padre; y ahora yo
también me iba. Sentí un nudo en el estómago.
Lo busqué con la mirada. Vi a su niñera, envuelta en un chal para combatir el frío de la
mañana. Estaba aprendiendo a hablar, según había sabido por Festo. Lucio, mi casi
desconocido hermano menor, estaba jugando con guijarros a los pies de su niñera. Me
agaché a su lado. El niño levantó la vista y se apartó de mí, abrazándose a las piernas de
la niñera. Alargué los brazos para cogerlo. Se apartó.
—Adiós, hermano. Te prometo... —¿Qué promesas podía hacerle?—.Te prometo que te
traeré un regalo de allende los mares.
De su nariz salía un hilo de moco. El pequeño se lamió los labios y miró fijamente al
suelo.
Mi hermana Cornelia estaba delante del grupo, tranquila y reservada. En las raras
ocasiones en que la había visto siempre tenía un aire de autocontrol. La miré. Su pelo
era espeso y tenía, pensé, algo del lustre del de nuestra madre.
—Adiós, hermana —dije.
Cornelia inclinó la cabeza y sonrió, no sólo con la boca sino con los ojos. ¿Cuántas
mujeres de la gens Escipión habían visto a sus hombres partir hacia la guerra?
Oí pasos detrás de mí. Me di la vuelta. Era Festo, con un zurrón de piel de cabrito.
—Es para el viaje, amo.
Me di cuenta de que ya no anteponía el «joven» al «amo».
—¿Qué hay dentro, Festo?
—Sólo comida. Para ti y el soldado. He oído que las posadas que hay a lo largo de
vuestro camino son pobres.
Sabía dónde íbamos y, probablemente, por qué. Dicen que el viento es veloz y así son
las noticias. Siempre lo mismo: si quieres saber lo que está pasando, pregunta a los
esclavos de la casa de un patricio.

— 91 —

Cogí el zurrón y me pasé la correa por el pecho.
—Gracias, Festo. Yo...
Se hizo un silencio expectante; todos los ojos estaban fijos en mí. No había pensado ni
una sola vez en aquello. Festo, Quinta, todos los esclavos y sirvientes, los mozos de
cuadras y los jardineros, las lavanderas y las criadas, cuyo nombre no siempre conocía,
estaban reunidos allí porque otro Escipión se iba a la guerra.
Me aclaré la garganta.
—Familia —comencé—, yo. . .
Todavía me pregunto qué habría dicho. Era un rito de paso, y yo lo sabía. El ruido de los
cascos de dos caballos, uno pesado y otro ligero, vino a decir que el momento había
quedado atrás. En un blanco corcel, y tirando de un mulo gris, apareció Frontino. Así
que el mundo se acababa de perder otro discurso. Frontino desmontó al estilo militar,
pasando la pierna por encima de la cabeza y el cuello del caballo, y se dirigió a la
puerta, donde había dejado mis alforjas. En silencio, las llevó hasta el macho y se las
colgó del lomo. El mulo, protestando por el peso inesperado, se removió y coceó.
Alarmado, el grupo se echó hacia atrás.
Frontino me miró. Montamos.
El humo salía en espirales perezosas de los fogones de la cocina. Empezó a caer una
llovizna uniforme. Todos los ojos estaban fijos en mí.
—Valete —dije con voz cansina—. Cuidaos.
Mientras le daba la vuelta al caballo, oí la respuesta colectiva de los presentes:
—Et tu, vale. Cuídate tú también.

Me desperté al sentir el olor de la comida, guisado, quizás, o potaje, y los martillazos
de la fragua de abajo. El sol estaba alto y brillante. Mi espalda estaba entumecida por
la extrañeza de la cama. Debajo del lecho encontré un bacín. Mi orina era muy
amarilla, imaginé que a causa del vino que había bebido la noche anterior
«Eres lo que comes», dicen los pitagóricos, y lo que bebes, me dije. En un rincón había
una palangana. Me lavé la cara y, con los pulpejos de las palmas, me froté los ojos
para despejarme la modorra.
Me até el cabello y salí de la habitación en busca del origen del olor. Era extraño que
después de una cena desacostumbrada y copiosa tuviera hambre.
La viuda Apurnia levantó la vista del fuego cuando entré. Señaló una silla.
—Siéntate ahí. —Su latín era fluido, pero su voz no. Al dirigirse hacia mi con un plato
de guisado, vi claramente su cara por primera vez. Llevaba la pena como una máscara,
en las tirantes arrugas que rodeaban sus ojos y su boca. Su cara era la propia de quien
ha viajado mucho pero no ha llegado a ninguna parte—. ¿Quieres pan? —preguntó.
—Sí.
Sacó un pan del horno que había encima del fogón y me lo entregó junto con un
cuchillo; luego volvió a la chimenea y se sentó, dándome la espalda, en un taburete.
—Come, extranjero, come —murmuró.
Corté una rebanada de pan, lo mojé en el caldo y me lo comí.

— 92 —

—Delicioso —dije.
—Más sencillo que lo que comiste anoche —contestó, dando vueltas con una larga
cuchara de madera al puchero que tenía delante.
Seguí comiendo. El guisado estaba delicioso. Cabra, pero no muy fuerte y ligeramente
sazonada con algo parecido al cardamomo. Hacía mucho tiempo que no había comido
nada parecido. Cocinar era una de las mayores habilidades de mi madre; me detenía
entre cucharada y cucharada y recordaba, con ese extraño anhelo que sentimos por
algo que hemos perdido y no podremos encontrar otra vez. ¿O es que su único valor
reside en el hecho de haberlo perdido?
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —me preguntó Apurnia de repente, con brusquedad
—. Hay una feria dentro de tres días. Necesitaré tu habitación.
—Ya sé lo de la feria. Me iré esta misma mañana.
—¿Has aceptado el trabajo?
—¿Cómo lo sabes?
—¿Que cómo? —dijo con sorna—. Esto es Capua, forastero. La gente sabe lo que vas a
hacer antes de que lo hagas. Hay un refrán que dice que en Capua los secretos sólo
pueden contarse una vez —dijo con aire de amargura—. ¿Más guisado?
—No, gracias. Es mucho más de lo que acostumbro a comer. Está muy bueno, por
cierto.
—Hum. Hombres. Agradecimientos. Pero cuando tienen el vientre contento, el de
arriba o el de abajo... —Se volvió hacia mi con el entrecejo fruncido. Luego su mirada
se dulcificó. ¿O fue un efecto de la luz?—. ¿De dónde eres? He oído que procedes de
Calcedonia.
—Eso he oído yo también de ti.
—Nací allí, eso es todo. He pasado toda la vida aquí.
—¿Cómo es eso?
—¿Quieres decir que no lo has oído? Debes de ser la única persona en Capua que no
lo sabe. Vine como esclava. Mejor dicho, como hija de una esclava.
—Pero ahora eres libre. Esta casa...
—¡Libre! —había angustia en su voz—. ¿Libre? ¿Para tener marido? ¿Para criar dos
hijos?
—¿Dónde están? pregunté con amabilidad.
Golpeó el borde del puchero con la cuchara, produciendo un estremecimiento en la
grasa de la superficie.
—Están donde van los hombres después de esta vida.
—¿Quieres decir que han muerto?
—Sí, están muertos, forastero, los tres, muertos por Roma. —Se levantó secándose las
manos en el delantal de piel que llevaba a la cintura, y se volvió hacia mí—. Bien, deja
el dinero y vete.

— 93 —

Hannón —dijo Apurnia con dulzura—. ? —me froté la cara. eres una ciudadana libre. Me di la vuelta para irme y tropecé con un muchacho gordo de unos doce años. recobrando la compostura—. el pelo le crecía casi desde las cejas.. Es un nombre cartaginés. Me di la vuelta. Sólo podía ser él. . —¿Hannón? pregunté a la viuda. —No. el pelo del mismo negro carbón. Pero en Capua hay gente de muchas naciones. forastero.. Era Apurnia. Llegas tarde. será mejor que oigas la historia de mis labios. —Perdón —dijo. —Entra. —¿Una casa extraña? —Casi había tristeza en su voz—. Me quedé boquiabierto y se me fue la sangre de la cara. ha sido mi.. —Pero una cosa. no debería serlo. —¿Podría. Fui a coger el morral y dejé encima de la cama más dinero del que me había pedido.. Entonces me di cuenta de lo que resultaba tan extraño en su cara.Yo también me levanté. los mismos ojos salvajes y penetrantes. El aspecto era demasiado extraordinario. Bajé las escaleras y salí a la calle. Pero era imposible. en los lados. No podía ser. la misma nariz de águila. Apurnia asintió. No. ¿Cuál es el nombre de su madre? — 94 — . ¿Cómo. Tenía una frente grande. obviamente. Me había dado libertad de elección entre trabajar para Labieno e irme. . lo cogeré y seguiré mi camino.. Fue Labieno quien compró mi libertad. Me acerqué a ella. no importa. —Probablemente oigas decir que fue por. —Haces que parezca una casa extraña. había dado unos pasos cuando oí que una puerta se abría detrás de mí. Tenía que ser él. Pero ahora.. —Sí lo es. forastero. Y si lo es. por los servicios prestados. — Dijo estas últimas palabras con cuidado.. pero prácticamente cubierta de pelo. —¿Y no fue por eso? —No en la forma que muchos insinúan —Dijo esta vez con pasión—. —Ya que te vas. Con la misma rapidez de movimientos que tan bien conocía. Fue por. Tenía que preguntarlo—. Sí podía. el chico se encogió para cruzar la puerta junto a la mujer. Vete en paz. que se dirigía a la puerta de Apurnia. ? —¿Cómo sucedió? No es asunto tuyo. aunque es más extraña de lo que parece. Has dicho que viniste como hija de una esclava. Di las gracias a Sosio por el oro. —vaciló—. —¿Qué estás mirando? —Tengo el morral en la habitación. —Hazlo. . Lo descubrirás cuando lleves algún tiempo aquí.

Soy yo. bien puedo decírtelo —se irguió—. Los jinetes como yo son como los alfareros romanos que copian los vasos griegos. ése es un secreto en Capua que está y seguirá estando a salvo conmigo. casi desierto todavía. Me lo había contado Fabio. más difícil que la construcción de la misma vía. —Vaya. es hijo bastardo. el censor Gayo Flaminio. pero no pintar ni crear. en las que resonaban los cascos de los animales. Nada de lo que había oído me había preparado para lo que vi cuando atravesamos la puerta Capena. Ahora vete. Cruzamos el foro. Mi macho estaba ya tranquilo. pero como un técnico. Fabio había conseguido que la ley del nuevo camino se abriese pasó en el senado. era amigo suyo. estaba la cuestión de la propiedad de los terrenos afectados. —Forastero. el camino se dirigía hacia el norte y sus adoquines — 95 — . Como de costumbre. como te dirá cualquiera. y luego. recuerdo haber pensado cómo me gustaba la variedad de lo viejo y lo nuevo. Saben copiar. cierto. Su constructor. Lanisto me había enseñado bien. Tales habilidades. Sabes demasiado. los recientes bloques de viviendas que se apelotonaban al pie de la colina. como el padre de Lelio. los derechos de tránsito. Es cierto. Había oído hablar de la construcción de la Vía Flaminia. Devoré la vista como si fuera comida para el viaje. de la arquitectura funcional y la religiosa. el templo de Júpiter Capitolino al otro lado del Foro y el lago de Curcio. —¿Que tenía dos hijos y los dos muertos? —Asentí con la cabeza—. —Pero tenía un padre. miré hacia atrás. Vi las casas del Palatino. bromeaba a menudo. Ya que lo sabe toda la ciudad. Los edificios de Roma son tan variados como la vida de los hombres. como montar bien a caballo. una misión. Sonrió con ironía. —¿Quién fue? Dio unos pasos para alejarse de la puerta. pero creo que para ser un verdadero jinete hay que haberse educado con los nobles brutos. o se nace con ellas o se aprenden de joven. Recto y largo.. subía y bajaba. un homo novus. seguí a Frontino mientras subía y bajaba. prefiero andar. bañado por una débil luz que brillaba a través de la llovizna y que reverberaba en las húmedas losas del suelo. Eran los hijos nacidos de mi matrimonio.—¿Su madre? —Se mordió el labio—.. tan viejo como la misma Roma. supongo que porque intuía que yo era más un viajero que un jinete. aunque Flaminio era. Me faltaban la soltura y el sentido de la empatía que ha de tener un auténtico jinete. En cuanto dejamos el Foro y nos adentramos por las estrechas callejas del barrio de los tejedores. Pero él. la letra de la ley. Yo había aprendido a cabalgar. las compensaciones. —Pero dijiste. pues no sabía cuándo volvería a contemplarla. Después tuve a Hannón. Incómodo en mi mulo. Nunca me ha gustado montar a caballo. el nuevo camino de Roma hacia el norte.

pero como no le respondí. Llaman al país Galia Comata. señor. la Vía Salaria. —Es sorprendente. Ir a toda prisa significa ir por mar. Pero no podemos permitirnos llevar los caballos al paso. la Galia de la cabellera. lo intentaremos de nuevo en Pisa. Lo único que tenía que hacer era sentarme allí. Bueno. Así que nos detendremos en Populonia y si no hay ningún barco allí. que nunca se cortan el pelo ni la barba. Flaminio y el Senado pidieron un nuevo camino para enviar a nuestros soldados a toda prisa si había problemas con los galos. Uno de los ayudantes de los ingenieros era primo mío. El barbero quiso trabar conmigo su habitual conversación chismosa. cabalgaremos. se había detenido. sin duda. A la izquierda estaba el camino viejo. exactamente como me había enseñado Lanisto. Luego. vamos a comprobar los nudos de tus alforjas. sobre piedras. En Nuceria tendremos que desviarnos y coger el viejo camino de la sal. usada desde tiempos inmemoriales para transportar sal. señor. las niñeras todavía asustan a los niños con cuentos sobre los galos peludos que irán a matarlos por la noche. — 96 — . Pero la Vía Salaria estaba sin empedrar y llena de socavones. Debemos dirigirnos a Massalia a buscarlo. pero no sé cuáles eran. por Narnia. de color negro mezclado con gris. Pasamos de andar al paso a un ligero trote y luego al medio galope. Allí. —¿Tan malo es? —Sí. Debe de venirles de su arraigado temor a los galos. —¿No? ¿Por qué? —Porque las instrucciones de tu padre son que vayamos a toda prisa. Me gustó el pensamiento de que no sólo el vello púbico que me había afeitado era gris. Lo que más me gustaba era la pasividad. He estado a punto de romperme el cuello en varias ocasiones. Pero me habían enseñado sobre arena. mis huesos se resentían. Frontino. yendo hacia el sur. o al menos lo llamaban así antes y. —Y recién terminada —dijo con orgullo—. lo dejó pronto. Yo lo sé bien. —¿Hasta dónde llega? —Hasta Arímino. Vi tirados los mechones de mi pelo. —No hace falta que mires ahora. Estoy seguro de que había otras. Tendrás tiempo de sobra más adelante —dijo mientras me acercaba a él. —¿Por qué? —Porque el avance será más difícil y más lento. Mevania y Nuceria.brillaban al sol y bajo la lluvia que caía en oblicuo. y sonreí. Los romanos sienten un profundo desprecio por los pelos largos. delante de mí. no por tierra. Al menos ésa fue la razón oficial. Frontino. señor. y que desde hace tiempo es el único pueblo que planta cara a Roma. estarme quieto y tratar de olvidar al muchacho que había visto. Era la primera vez en muchos años que me cortaban el pelo.

pero no antes de un mes por lo menos. somos. —Esperaba dinero y una buena propina. El mozo nos puso mala cara. que no intentó entablar conversación. Cuando volvimos a montar. me temo. De todas formas. Rígidas en la subida. Rufustino. Y el recaudador se llevará un porcentaje. —Sólo agua para los caballos —dijo Frontino— y un poco de paja. mejor dicho. Durante aquel primer día casi no hablé con él. pensé en todas las pequeñas cosas que me habían preparado para lo que acababa de empezar. pero no de la forma que él quiere. Conforme dejé de preocuparme por el caballo. —¿Qué es eso? —pregunté. Frontino vio la mueca que hice y sonrió. —Un salvoconducto. claro. —¿Qué le ocurre? —pregunté a Frontino cuando el joven se alejó bruscamente.. una vida compuesta de muchas partes. — 97 — . soy —dijo dando palmadas en el pequeño zurrón de piel que llevaba cruzado en el pecho— mensajero del Senado.Mi caballo se limitaba a seguir a Frontino. mi amor por la luz. señor —dijo mientras cabalgábamos a la misma altura —. Quinta y su bondad. Suspiré de alivio cuando nos detuvimos en la primera posada y desmontamos. —Sí. una serie de cobertizos y cuadras destartalados que había al lado del camino. factores e influencias que me habían convertido en lo que era. Traté de ajustar mis maniobras al ritmo de su paso. pero aquellas primeras horas fueron desagradables. me puse a pensar.. Mi actitud pareció gustar a Frontino. Lanisto. Cambiamos los caballos en una posta. Del mismo Senado. Dos buenas razones para que prefieran cobrar en efectivo. —Pero le pagaremos. Hispala cruzó mi mente. —¿Y el salvoconducto? —Es para que la posada envíe la factura al Senado. En la mano estirada de Frontino había una pieza rectangular de mármol blanco. —¿Cómo entonces? —Le pagaremos con esto. Supongo que es una canción que cantan los caballos. Por encima de todo. —Si me permites que te lo diga. con instrucciones para tu padre. corriendo sin guía ni dirección. sentí las escoceduras que tenía en los muslos. Eufanto. Descifré las palabras grabadas: senatus populusque romanus. Ahuyenté el pensamiento. ¿no? —Sí. es por las piernas. —Lo que significa que cobrarán. para ver a su amo. hablar sólo habría sido posible durante los ratos que íbamos al paso. según dijo. las personas. Tú las pones rígidas en ambos casos. Me reuniré contigo dentro. Primero quiero pasar por la letrina. Yo me dirigía hacia la guerra. flojas en la bajada. Así que mientras cabalgábamos por la Vía Flaminia.

pensé en el viejo Sosio. aunque pensé que las letras tenían un aspecto feo en la cera. Me gustaba ver que la vida seguía su curso. dejaba la azada y pasaba hambre. el jengibre. No quiero que el animal reviente y que tengamos que utilizar nosotros las piernas. Lo compré (yo mismo lo cortaría en tiras) y me lo guardé en el morral. Deseaba y no deseaba mostrar mis sentimientos. estaba allí. descansaba apoyándose ora en una pata. Se lo pediría a mi padre y luego enviaría por él. Frontino —dije—. ocurra lo que ocurra. Puede que el nuevo camino sirva para que desfilen hombres calzados con botas. Entonces descubrí lo que había estado buscando. Claro que hacía seis años que Aníbal había quemado las fértiles tierras que rodeaban Capua. era la primera que había escrito en mi vida. destrozado. rodeado por una nube de moscas zumbantes. Supongo que no es importante para mi historia. la cúrcuma. Frontino volvió a detenerse y bajó del caballo. a semejanza de las estaciones. Cabalgábamos ya por colinas. Tiempo más que suficiente para recuperarse. — 98 — . El viento siempre soplará. no era momento para lecciones de botánica. —Los caballos aún no están cansados. ora en la otra—. la empuñaría de nuevo. realzado con los colores de la casia. Estaba seguro de que ya la habría leído.Después del barbero. el cardamomo y la canela. pero no caballos. En un rincón de un puesto de especias. la vida no se detiene. los hombres nacerán y morirán. el macis. porque. Entonces pensé en Lelio y en la carta que le había dejado. Ni siquiera los hemos llevado al galope. La normalidad. Veinte o treinta barcos piratas habrían bastado. la lluvia caerá. lo cual decía mucho de la gran flota de Cartago. la verdad es que. anduve por el mercado durante un rato. y al irme había dejado un amigo. Estuve un rato sin saber cómo terminar la carta. Aquella carta era la única ancla que había dejado atrás. pero entonces me pareció que sí. otro. también con el suyo y que esperaba que al final el mismo Lelio se reuniera conmigo. Estuve a punto de parar a Frontino para preguntarle si las conocía él. El mío está bien. Así que al final firmé «tu querido amigo». aunque las hubiera conocido. que iba a reunirme con mi padre y que. —Los caballos son como las personas. una yegua. Le decía a Lelio que lamentaba no haberlo visto durante mucho tiempo. sea lo que fuere. por lo tanto. Muchas las conocía. Me había despedido de Roma y de mi infancia. y seguí paseando. No hay dos iguales. mirando y escuchando. Son sus cascos. incluso podía estar leyéndola mientras cabalgábamos. Eso quiere decir que está agotada —dijo Frontino—. así que lo cambiaremos. —Sentado encima. encontré un bloque gris de goma. mi montura. Si Sosio. ¿Qué impedía a los cartagineses interrumpir el comercio romano? Podían haberlo hecho sin mucho riesgo. pero había muchas más que no había visto en mi vida. en alguna otra parte. El camino estaba lleno de hierbas y flores. pero mira el tuyo. la nuez moscada. me palpé la cabeza sintiendo la extrañeza del pelo corto. el clavo. También me llamaba la atención la variedad de productos importados. mi único preparativo para la casa de Labieno. El comercio de Roma no se había interrumpido. Me sorprendió la variedad de los productos que había a la venta. plantando sus judías en el ruinoso Secunio. A1 llegar a la siguiente posta. La carta era breve. señor.

Llamé tres veces a la puerta de Labieno. y sentí que la brisa secaba la lluvia matutina de mi capa. —¿Cuándo será? —No lo sé. Depende de dónde esté ahora. — 99 — . . La puerta se abrió. —¿Bolsas? —dije—. El portero apareció detrás de la puerta. —Entonces. con el sol poniéndose por la izquierda. Oí que quitaban trancas y descorrían cerrojos. ¿Quieres un trozo? —pregunté a Frontino. el jardín se extendía más allá de mi vista. Esta vez a la luz del sol. Te habrás convertido en jinete antes de que encuentres a tu padre. Te esperan —dijo—. Pero las ropas de aquel hombre estaban limpias y no olía mal. El segundo día tuvimos que cabalgar más despacio. toda pintada de blanco. Esta vez no miraron por el ventanuco. mira —señaló el sendero que iba hacia la casa—. Era viejo y encorvado. —Lo sé. y sacaba del zurrón una manzana y un queso teóricamente comestible—. Se ha ido. —No. casi siempre al paso y nunca al trote. —Gracias. Artritis. Me lo dijo el amo en persona. Sin dejar de farfullar. Dijo que vendrías esta mañana. —Me sonrió. A ambos lados del camino había torres de adoquines preparados para instalarse y montículos de arena y piedra para retirar. sin dientes. Entré. gracias —replicó. He comido mejor. Festo —dije para mí. El amo no está. Supuse que sería el portero de día. —Y yo soy Bostar de Calcedonia —contesté. distinto del anterior.Cabalgamos entre el polvo dorado. pero también peor. Su cara era casi invisible detrás de una inmensa barba gris y bajo el pelo revuelto. vi que la casa era inmensa. así que te esperaba. engullendo una cucharada de gachas—. Eructó y se llevó una mano nudosa a la boca. a la media luz de la mañana siguiente. Los nudillos estaban rojos e hinchados. pensé. Labieno da a sus esclavos más libertad que muchos. Dormimos en colchones de paja. Al tribunal. ¿Cómo te encuentras esta mañana? —Lleno de agujetas. señor. Rodeándola por tres lados. así que volverá. Artijes te está esperando. No. —¿Perdón? —¿No traes bolsas? Miró a mi alrededor. Soy Fulvio. Quizá permitiera que le curase. El camino aún no estaba empedrado y los adoquines sueltos eran una mala superficie para los cascos de los caballos. . —Buenos días. el portero principal. mientras hacía a un lado el plato de gachas rancias y apestosas. pero con cordialidad. Fulvio se metió en su pequeño cobertizo y yo tomé el camino que había recorrido ya dos veces. ¿Hay bolsas? —añadió. —Ya se te pasarán. en el suelo de una posada cochambrosa. ninguna.

—Veinte mil hombres. señor. pensé. Pero hay que añadir a las tropas auxiliares.. —¿Qué hará? —Aún no lo sé. cuando me fui. Frontino pareció impresionado. Frontino me miró y sonrió. en las Galias. en Brucio. aunque hay una porción de hombres de baja a causa de las fiebres. Sempronio. —¿Cuántos tiene en este momento? —Bueno. para indicarle que acudiera al oeste. aunque esté al sur del Iberus y por lo tanto en territorio cartaginés. Pero llevaba un despacho de tu padre pidiendo más hombres al Senado. partió otro mensajero de tu padre para que viera a tu tío. Me inclino a creer que a los que estaban en este tramo se les está pasando revista en este momento y los están preparando para partir. todavía no. señor. no es un casus belli. no un general. entre las tribus leales. —No sabía que hubiera ninguna. Pero todo esto es teoría. —¿En Hispania? —No. Pero tu padre también tiene al menos una compañía de honderos baleáricos y he oído decir que tu tío tiene otras dos. El Senado no va a declarar la guerra sólo por eso. pero recuerda que no es una ciudad romana.. Quizás el Senado envíe a buscarle. A1 menos. —¿Más hombres? ¿Cuántos ha pedido mi padre? —Eso no lo sé. Tu padre ha hecho reclutas. —Sí. —¡Así que es una guerra de verdad! —No. De modo que. Pero Sagunto está al sur del Iberus. Eso quiere decir al menos cuatro legiones. —¿Qué quieres decir? — 100 — . al menos yo no lo creo. tres legiones de treinta manípulos cada una. Pero está el otro cónsul. en ciento veinte manípulos. Lo que sí sé es que. un socius. por sí mismo. Supongo que protestarán ante el Senado cartaginés y exigirán que Aníbal se ajuste al tratado. no oficialmente. —Menos los que tu tío deje para defender Placentia. El caso es que es un aliado de Roma. —¿El que limita la influencia cartaginesa al sur del Iberus?—Gracias. —Las hay cuando vamos ganando y les pagamos. Fabio. —Estaban trabajando aquí cuando fui hacia el sur —contestó—. creo. que tiene el mando de la guarnición de Placentia. Aníbal ha saqueado Sagunto. al menos oficialmente. Así que Aníbal tendría que haber dejado la ciudad en paz. señor. He sido bien enseñado—.—¿Por qué esta parte está sin terminar? —pregunté a Frontino. Soy un soldado. en el momento de mi partida. en el sur. Aunque imagino que la respuesta a tu pregunta está en los despachos que llevo a tu padre. tienes razón en lo del tratado y en lo de la situación geográfica de Sagunto.

—Bueno. —Me temo. según dicen. —¿Atrapado? ¿Por qué? —Entre nuestros ejércitos y los Alpes. ¿Sandalias nuevas? ¿Camisas? — 101 — . excepto un mago o un águila. Pero a la hora de la comida estarán levantados. No. No. ¿sabes?. —Y el aula. ellos me probarán a mí.. los tratados y las alianzas reflejan lo que se quiere que ocurra. Artijes pareció confuso. Me pregunté qué aspecto tendría El Imprevisible y qué sería lo próximo que hiciera. ¿Por qué se dirige tan al norte? Está a millas de Cartagonova. ¿sí? ¿Cuál es? —Algo así como El Imprevisible. la última colonia cartaginesa. que están durmiendo.. Parece ser que Aníbal no es un simple bandido: ha derrotado a varias tribus hispánicas importantes. alrededor de treinta años. —Desde luego. están aquí. . La costa está bloqueada por nuestra flota. Bostar. Y aun en el caso de que cruzara los Pirineos y consiguiera atravesar el ejército de tu padre. —Abrí los brazos. —Ah. señor. pero hay unas cuantas cosas que me gustaría que me compraras antes de empezar las clases mañana. Señor... Me alegro de verte. Labieno dijo que tú te ocuparías del asunto. ni otras ropas? —No. como es lógico. no lo olvides. ni mapas. A la luz del día parecía aún más joven de lo que me había parecido. señor. Nos quedamos en silencio. encontraría el de tu tío y quedaría atrapado. y. . por no hablar de las minas de plata que tienen cerca de Gades. Pero lo que realmente me confunde es que no puede ir a ningún lado. —Desde luego. no puede hacerlo nadie. —Bienvenido. ya se sabe cómo son. porque. ¿Dónde están? Me gustaría conocerlos. ¿Dónde están tus cosas? ¿Las traerá Fulvio? —Mis cosas. —Bueno. yo sólo soy un soldado que obedece órdenes. Pero he hablado con algunos reclutas de Hispania que están a las órdenes de tu padre. —¿Porque pasan toda la noche fuera? —Exacto. Su sonrisa era cálida y sincera. — Frontino se echó a reír—. pero me parece que no sabemos qué fin persigue el tal Aníbal. —Soltó una carcajada más bien hueca—. Artijes. Su ejército está increíblemente bien entrenado y no se apoya en los elefantes. Se levantan tarde. ¿Cruzar los Alpes? Espera a verlos. Mientras tanto te enseñaré tu habitación. Hombres. Labieno me ha contado tu decisión. pero eso es imposible. Artijes me recibió otra vez en el porche. Aníbal tiene un apodo entre las tribus de aquellas tierras. —¿No tienes libros. Bostar de Calcedonia. Continuamos cabalgando. Siempre hace lo que menos se espera. —¿No podría cruzar los Alpes? —Disculpa. Su mirada vaciló. Entonces los conocerás. probaré a sus hijos al menos durante un trimestre.

Pasó el segundo día. —¿Y nuestra flota? ¿No hay rastro de ella? —A1 otro lado del mar. ¿Cuántos años tiene el chico? —Doce. sí. no —dije riendo—. y el tercero. —Se acarició la barba. Aunque es una mujer extraña. Su hijo bastardo. Me encontraba ya más a gusto sobre el caballo. ¿Quién es el padre? Artijes se sobresaltó. Y mis viejos huesos presienten que hay más problemas en curso. tal vez nervioso—.. ¿podemos continuar? Continuamos. bueno. —¿Qué sabes de él? Artijes se ruborizó y se aclaró la garganta. en eso no te puedo ayudar. Comimos. es lo último que he oído. mucho. se fue para hacer lo que hace ahora. fue concebido en esta casa. Tiene un hijo llamado Hannón. — 102 — . Sólo unas cuantas herramientas necesarias para el ejercicio de mi profesión. —Ya sabes lo que pasa —contestó—: Cuando los mercaderes oyen que puede haber guerra. Nos detuvimos en Populonia. En mi opinión no ha sido más que un problema.. —¿Por qué lo preguntas? —Porque me recuerda a alguien que conocí. Bien. Me detuve y lo miré—. no sastre. . pero no vuelvas a hablar del tema. te lo contaré. —¿No? ¿Por qué? —Porque. —Sí. —Pero tiene que haber alguien esperando —preguntó Frontino al encargado del puerto. —¿Por qué no? —Por la mejor de las razones: no lo sé. aunque sabía que estaba mintiendo. joven. Bien. patrullando (¿o debería decir vigilando?) la costa desde Emporion hasta lo que queda de Sagunto. Soy preceptor. pero no encontramos barcos ni noticias de ninguno. Hannón. Apurnia sirvió aquí. ése es un tema que no deberías tocar en la casa de Labieno.. —¿Estuviste cómodo en casa de la viuda Apurnia? —preguntó Artijes cuando atravesábamos la casa. —¿Guerra? ¿Quién lo dice? —¿Quién no lo dice? Es la comidilla de la ciudad. desaparecen. Luego ella. —¿Sí? Bueno. —Bostar. bebimos y continuamos viaje. el bastardo. ¿He respondido a tu pregunta? —Casi. Maldita Hispania.—No. —Otra cosa. —Ah. —Noté que Artijes se ponía rígido.

bueno. Si se dirigía hacia el norte. Desde entonces. Si se rompía la línea de los principales. —¿Y tu familia? —Son agricultores. Entonces. —¿Y después? —Cobraré la paga y la pensión. pero fueron sus elefantes los que rompieron nuestras líneas y aun así seguimos luchando. En su mayoría se dedican a la aceituna y tienen algunas cabras. Frontino. Un día llegó una patrulla reclutando mozos. si exceptuamos a Pirro. y nosotros con ellos. . Pero yo era el más joven de seis hermanos. los más jóvenes. los triarios. formaban la línea delantera. Me gustan. claro. Frontino no sólo tenía pasión por las abejas. que el ejército romano no puede ser derrotado. ¿de dónde eres? —pregunté. literalmente empujándolos. que reflejaban nuestra formación bélica en tres cuerpos. y tener hijos. las tropas más experimentadas. el ejército de Roma ha sido invencible. armados con astas. De pequeño había descubierto que las abejas no le picaban. y me compraré un pequeño terreno. me gustaría casarme. Acababa de cumplir diecisiete años y me fui con ellos. señor. pero tenían detrás a los principales y a los imperturbables triarios. detrás de ellos. —De un pequeño pueblo del sureste de Roma. así que no tenía mucho futuro allí. hace doscientos años. tendría suerte si podía escapar dando media vuelta. ¿qué estaba haciendo Aníbal? Alejé este pensamiento. —¿Y harás algo en particular? —Bueno.. Ordenadas. Y me gustaría tener abejas.—Dime. Otros tenían que ponerse gasas. —¿Abejas? —Sí. Todo el mundo sabe. si Júpiter quiere. según me habían enseñado. se encontraría con nuestro ejército y.. máscaras. Había verdadera vida en su voz. sino un don especial. yo conocía los tres rangos del soldado romano. Y mientras el sol avanzaba a nuestras espaldas. éstos no necesitaban pilos a una distancia tan corta. lanzas o pilos. señor. — 103 — . Frontino me habló de abejas. cuando los galos rompieron nuestra última línea en la batalla de Alia y saquearon Roma. con capacidad. No habrás oído hablar de él. Frontino no. Todavía seré joven y. —¿Cuánto tiempo hace de eso? —Siete años. La teoría decía que los asteros paraban el golpe del ataque. guantes y sombreros para recoger la miel. señor. a la sombra de un viejo roble cuyas ramas se alargaban como los años. Sólo hay que preguntar hasta descubrirla. Dos años de astero. —Eso hice. así que me quedan nueve para licenciarme. Raramente he conocido a una persona que no tuviera una pasión u otra. Si se rompía la línea de los asteros. como muchos otros. Lógicamente. . ¿Y si esta línea se rompía también? Sólo había ocurrido una vez. entonces les tocaba a los triarios. Los asteros. Luego estaban los principales y. —Así que te hiciste legionario. industriosas. Paramos para que descansaran los caballos. los principales intervenían.

así que la valla tendrá que ser alta. —¿Cuándo fue la primera vez que entraste en batalla? —En la de Telamón. Bueno. —Escupió—. en realidad era celta. Si no hay cabeza. Frontino —dije—. Será mejor que continuemos. Sólo hay trescientos jinetes por legión. y con tu permiso. El cuarto al que me llevó Artijes era grande. cubierto de lirios y lotos. —En principio. ¡Uf! —Se estremeció. Esos animales pueden volar. Segundo. Epicuro. y las ventanas daban a un estanque ornamental. hasta cierto punto al menos. porque no me lo ofrecieron. ¿cuál era aquel filósofo griego? —Epicuro. unos diez. Han sido criados para la guerra. he hablado con el jardinero principal. Los galos se beben la sangre del primer hombre que matan en una batalla. Había hordas de galos salvajes. señor. Cuando estuviste ayer. Les gusta venir a beber aquí. —Me alegro —contestó Artijes—. Pero hay un problema. y las cuelgan de las bridas de sus caballos. —Sí. boios y tauriscos. —¿Cuál? —Los pavos reales. contra los galos. —En todo caso. pero tardará unos días. porque no nos tomamos en serio a la caballería. Quizás incluso llegues a enseñar en él. Después llevan ante sus reyes las cabezas de todos los hombres que han matado. el jardinero principal dijo que acotaría esta parte del jardín. pero son animales. Pero sigamos. Ya lo verás. Bien. Estaba en la parte trasera de la casa. —No lo creo. Luego arrancan la piel de las cabezas y las curan y engrasan como si fuesen cuero. las paredes eran blancas y el suelo de baldosas de arcilla. —Quizá sean buenos en eso. al final de un largo pasillo que nacía a la derecha del atrio. Las libélulas bailaban sobre el agua y las mariposas caían en picado y remontaban el vuelo.. señor. me di cuenta de que encuentras su graznido desagradable.—¿Por qué no te enrolas en la caballería. muchos desnudos y cubiertos de pintura brillante.. . no hay botín. Bueno. —¿Gustarme? No quiero faltar al respeto a tu maestro. el que enseñaba en un jardín. Frontino? Seguro que te has criado entre caballos. A mí me educó uno.. —Parece que no te gustan los galos. pero no soy yo quien tiene que decirlo.. Es que es un jardín muy grande. — 104 — . luminoso y aireado. señor. —¿El jardinero principal? ¿Cuántos hay? —Bueno. gésatas e ínsubros. lo único que hacen es explorar. Era precioso y lo dije.. Realmente. —Más bien insufrible. He hablado demasiado. me temo. Pronto lo verás tú mismo. un soldado romano prefiere suicidarse a ser capturado por los galos. y siempre dando vueltas como si fueran tábanos. como.

ni en el izquierdo. Te esperaré en el atrio y te enseñaré dónde darás las clases a los hijos de Labieno. y alguien quiere meterse por un lado. luego al siguiente. sudor. al menos en ese momento. —Ya lo descubrirás. Hay hedor. Lo único que procura es seguir vivo. se corta. un soldado no sabe lo que está ocurriendo. y en qué situación? Me senté en la cama y salté suavemente. Negó con la cabeza. una mesa y una silla. Hay un lavabo a tu izquierda. y la batalla transcurre a un ritmo frenético. quizás incluso sea bueno para mí —y nos echamos a reír. señor.—Muy amable. —¿No? —No quiero ser irrespetuoso. varias lámparas y candiles. Verás. Estoy seguro de que sobreviviré si los veo sólo durante unos días. se mata al hombre que hay delante. Cerré los ojos y pensé en Aníbal. Era extraordinario que los romanos pudieran organizar flotas y ejércitos. Quién sabe. y no tienes ni el menor indicio de lo que ocurre en los otros manípulos de la línea. por lo visto. Sólo cuando los galos que tenía delante de mí empezaron a dar media vuelta y a correr comprendí que estábamos ganando. En la batalla. con un armazón de correas de piel y un colchón de paja encima que se limita a colarse por los agujeros y a criar gibas. señor. construir caminos y grandes edificios públicos y no pudieran hacer una simple cama. —Soy el menos indicado para responder a esa pregunta. un baúl. —¿Así que rompisteis sus líneas? — 105 — . era una cama de madera maciza con colchón de lana. y se perfora. —Cuéntame más cosas de la batalla de Telamón —dije a Frontino mientras seguíamos cabalgando. —Es muy sencillo. —Pero quiero oírtelo decir a ti. un empleo. Aquélla. En Telamón yo estaba en el flanco derecho. Harías mejor en preguntar a cualquiera de los oficiales que estuvo allí. sangre. Más. Lo que quiero saber es cómo fue. la vida y la muerte están a la distancia de un brazo a la redonda. —No. gritos y un ruido increíble. señor. Podría acostumbrarme a ella. duelen los brazos. —Dejaré que te instales. Tenía una cama. —Pero seguro que sabes si vas ganando o perdiendo. se oyen martillazos dentro de la cabeza y ni siquiera se puede ver con claridad porque el sudor se mete en los ojos por culpa del maldito casco. Hay varios con tu padre. colgado en la pared. sin embargo. Artijes. No sabía lo que estaba sucediendo en el central. —Oí algo parecido a mi padre una vez. como bien había descubierto la noche anterior en casa de Apurnia. pero te queda mucho por aprender. Y tenía planes propios. Ganamos. Incluso puede que esté avanzando. cortinas. Tu manípulo puede que no se rompa. no te lo garantizo. Incluso había un espejo de bronce. ¿Su destino también estaba en curso? ¿Dónde estaría. No era la típica cama romana. por primera vez nos cruzamos con un grupo de carros que iba hacia el sur. Tenía.

Así ven lo que sucede. Pero no puedes ni figurarte el ruido que hay. adelantan el otro brazo y te clavan un puñal. Me levanté y salí..—No. — 106 — . —No te preocupes. Solemos comer caldo. —Lo siento. Bostar. El único toque que creo que oí allí fue el de carga. El equilibrio debía estar en aprender mientras enseñaba. Frontino. Artijes se acercaba por el sendero. Sólo más tarde me di cuenta de por qué se habían retirado. y sobreviviste. lo intentan. ¿Ves? Malditos galos. yo estaba aprendiendo. —Pero seguro que un corte en un tendón no habría acabado con tu vida. luego se agachan. Allí había mucho alimento para la mente. aunque por los pelos.. tendría que haberte prevenido —dijo riendo por lo bajo—. El sonido de un gong interrumpió mis meditaciones. —Yo cabalgaba a su izquierda. no estaría ahora aquí contándotelo. a un estadio de donde yo me encontraba. adelantan reservas o caballería? —Bueno. Encima de la rodilla tenía una cicatriz larga y roja—. —Entonces los galos se dieron cuenta de que estaban rodeados y por eso huyeron. probablemente no le guste mucho. era mucho más que adecuada. Se levantó la camisa para enseñarme el muslo izquierdo. estaba bien iluminada y era sencilla. tenía mucho que aprender. herido o empujado. —Si caes al suelo en la batalla. como notarías anoche. Sólo los tuvimos a raya. El aula. Sólo es el gong para comer. —Así es. Artijes había salido a buscar todo lo que necesitaba. Se ponen frente a ti con una espada. es un comensal frugal.. Me senté en el aula y pensé en el plan de estudios que seguiría y en lo que esperaba cobrar. —¿E imparten órdenes. ¿no? —Supongo que sí. Fue el flanco izquierdo el que los hizo retroceder. o lo intentan. ¿Qué más habría que cambiar? —En todo caso. señor. En Telamón hacía mucho viento.. pan y queso. que se encontraba en una construcción independiente de la parte trasera. señor. señor. aunque en realidad. Sí. Buscan nuestros tendones. pero. créeme. sí. Pero a eso es a lo que me refiero cuando digo que tienes que preguntar a un oficial. —No. con una mesa y una silla para mí. ¿Tienes hambre? —Bueno. y alguna ensalada. Caballería y órdenes. —Eso no parece propio de Labieno. No se oye nada. una pizarra en la pared y un buen surtido de tizas. —¿Pero qué? —No creo que pueda comer erizos de mar y ostras. Artijes se rió y su elegante dentadura despidió destellos. no cantidad. Bueno. Si hubiera sido un palmo más abajo —dijo señalando la herida—. lo que empeoraba aún más las cosas. ganamos. estás muerto. Ellos se quedan fuera de la lucha. Su lema es cualidad. y una mesa más grande con dos sillas para mis alumnos.

—¿Y el tuyo?
—¡Ah, el mío! —Volvió a reírse—. ¿Qué dice el oráculo de Delfos? Nada en exceso.
Soy como el hombre de la anécdota favorita de Labieno, la del ilustre magistrado que
siempre opta por navegar por la estrecha línea que separa la parcialidad de la
imparcialidad. —Me reí por lo bajo—. Bueno, vayamos al asunto. Tus alumnos ya han
debido de levantarse.
—¿Y se reunirán con nosotros?
—Suelen comer. Todas las, digamos, actividades necesitan la energía que proporciona
la comida.
—¿Y Labieno?
—No, él come en sus aposentos. Tiene dos habitaciones privadas. No lo verás hasta la
noche.

—Entonces, ¿ya has terminado tu temporada con los asteros, Frontino?
—Sí, aunque por suerte no ha habido más batallas contra los galos. Bueno, hubo unas
cuantas escaramuzas después de Telamón, pero yo no estaba allí.
—¿No? ¿Y dónde estabas?
—En la enfermería, y luego en casa.
—Claro. Recuperándote de la herida. —Me avergonzó darme cuenta de que no tenía ni
idea de cuánto tiempo tardaba en curarse una herida así—. ¿Y luego?
—Luego me reincorporé a la legión y a la primavera siguiente me pasaron a los
principales.
—¿Dónde estabais apostados?
—En Placentia. Nuestra misión era defender el río Po.
—¿Y lo hicisteis?
—No, en realidad no. Publio Furio y Gayo Flaminio eran cónsules aquel año. Ya
estaban hartos de las incursiones galas. Nuestros colonos no dejaban de quejarse de que
les incendiaban las granjas y les robaban ganado. Los recaudadores de impuestos no
dejaban de quejarse porque, como resultado, no había dinero para recaudar, mientras
nosotros hacíamos instrucción y marchas, y nos entrenábamos tras los muros de
Placentia.
—¿Y después?
—Fuimos hacia el oeste y cruzamos el río Clusio, atacamos a los cenomanos y
quemamos las granjas de los ínsubros, al pie de los Alpes.
—Haces que parezca muy sencillo.
—Lo fue. Habíamos tomado la medida a los galos. Lo único que teníamos que hacer era
aguantar su primera carga. Si no rompían nuestras líneas con ella, lo dejaban y se
retiraban.
—¿Y cómo lo conseguíais?

— 107 —

—Fue idea del cónsul Flaminio, señor. Los asteros, en vez de atacar con los pilos, se
arrodillaban cuando cargaban los galos y levantaban el escudo. Los galos tropezaban
con un muro de escudos y los principales arrojaban sus lanzas por encima de los asteros.
—Parece ingenioso.
—Bueno, funcionó. .. al menos durante un tiempo.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que los galos aprendieron a frenar aquellas carreras suicidas. Desde entonces se
limitaron a pincharnos. Nuestros exploradores informaban de la proximidad de una
partida de guerra, formábamos para la batalla, y en lugar de cargar, los galos lanzaban a
una docena de hombres contra los flancos o la retaguardia y desaparecían.
—Entiendo.
Hasta entonces había pensado en la guerra como si fuera algo estático, como una partida
que se juega con las reglas y las tácticas de los manuales militares. Pero parecía que las
reglas y las tácticas estaban cambiando. Bien por el cónsul Flaminio. Me pregunté qué
reputación tendría mi padre entre la soldadesca. No me atrevía a preguntar.
—Y ahora perteneces al estado mayor de mi padre. ¿Cómo lo has conseguido?
—No es exactamente el estado mayor de tu padre, señor. Recuerda que tenemos un
nuevo cónsul cada año. Estoy adjunto al estado mayor del cónsul en funciones. Por eso
nos llaman los «veletas».
—¿Veletas?
—Sí, señor. —Se echó a reír—. Los cónsules mandan en días alternos... en el caso de
que sus dos ejércitos estén juntos. Así que los que pertenecemos al estado mayor
tenemos que acostumbrarnos a la forma de obrar de dos hombres, no de uno, y girar
según sople el viento.
—Ya veo. ¿Y quién decide quién servirá a los cónsules?
—Los centuriones más antiguos, señor. Lo deciden juntos y nombran a dos
representantes. Una especie de puente, en realidad, entre el ejército y los mandos. Como
sabes, cada cónsul tiene su propio legado, sus tribunos y otros oficiales.
No lo sabía, pero pensé que debería haberlo sabido. Quizá si hubiera tenido más tiempo
o me hubieran advertido de que estaba a punto de comenzar el triconium militae, me
habrían enseñado aquellas cosas. Así, he tenido que aprenderlas, como muchas otras, de
primera mano. No sé si ha sido para bien o para mal. Me hizo lo que he sido.. . y, al
menos durante un tiempo, según sea el veredicto, lo que soy.
—Así que fuiste centurión veterano.
—Efectivamente, señor —respondió con calor y orgullo—. Me he abierto camino a
través de las clases de tropa, a través de los triarios. En realidad fui pilo primero, y
centurión veterano, antes de pasar a mi actual destino.
Pensé rápidamente. Treinta manípulos, de ciento sesenta y seis hombres cada uno,
suman una legión. Dos centurias, mandadas por un centurión, forman un manípulo. Así
que hay sesenta centuriones en cada legión. Ser el más antiguo, el pilo primero, era un
honor. Miré a Frontino con otros ojos; sólo tenía veintitantos años.

— 108 —

—A propósito, Artijes, ¿cómo se llaman los hijos de Labieno? pregunté mientras
entrábamos en el comedor.
—Ah, sí. Perdona. Debería habértelo dicho. Córbulo y Rulo. Estarán aquí enseguida.
De todas formas, empecemos a comer.
Esta vez no había triclinios. Una larga y estrecha mesa de madera de haya, con un
banco a cada lado. Me senté junto a Artijes. Un esclavo trajo un cuenco de agua
caliente y una toalla. Artijes y yo nos lavamos y secamos las manos. Acabábamos de
empezar con la sopa cuando entró un joven desgarbado y torpe. Su cabello castaño
estaba revuelto, pero llevaba la toga limpia. Un horrible acné le cubría la cara. ¿La
alimentación? ¿La edad?
—Buenos días, Córbulo. Me preguntaba dónde estarías. Éste es Bostar, tu nuevo
preceptor —dijo Artijes.
—Sí, sí, padre ya nos habló de él.
—¿De él? —dije rápidamente—. ¿Te refieres a mí? —Se detuvo confundído en mitad
del comedor Se ruborizó ligeramente. Bien. Tontorrón, pero maleable—. Preferiría que
en lo sucesivo te dirigieras a mí directamente.
—Muy bien, muy bien —dijo Córbulo sentándose enfrente de mí. Artijes me miraba con
las cejas enarcadas. Le devolví la mirada y le guiñé un ojo.
Rulo fue el siguiente. No era tan alto como su hermano, pero sí más gordo. Su barba, a
diferencia de la de Córbulo, era casi cerrada. Era con mucho el más atractivo de los
dos, con altos pómulos y, al revés que su hermano, ojos separados. Al menos tuvo la
cortesía de dirigirse a mí mientras se sentaba, frotándose los ojos.
—Qué tal. Supongo que eres el nuevo preceptor ¿Podrías repetir tu nombre?
—Bostar.
—Ah, sí, Bostar. Nombre curioso. Tírame el pan, Córbulo.
Dimos la primera lección aquella tarde. Nunca la olvidaré. No enseñé nada, pero
aprendí mucho. Los dos jóvenes llegaron tarde. Así que cuando entraron y se sentaron,
me quedé exactamente donde estaba, en mi mesa, mirando por la ventana. Oí los
susurros, las sillas raspando el suelo, un bostezo.
Finalmente, Córbulo dijo:
—Ejem, estamos esperando, preceptor.
—¿Esperando? —respondí sin darme la vuelta—. Analízame eso.
—¿El qué?
—Analiza «esperando».
—¿Qué quiere decir analizar?
—Quiere decir definir morfológicamente una parte de la oración. ¿Qué es
«esperando»? ¿Un verbo, un sustantivo o un adjetivo?
—Es un verbo —dijo Rulo.
—¡Bien! —dije, dándome la vuelta para quedar cara a cara—. ¿Qué modo verbal?
Silencio. Rulo frotó el suelo con los pies.
—¿Infinitivo?

— 109 —

—Estás perdiendo el tiempo, preceptor. No sabemos nada de esas cosas —dijo Córbulo.
—¿Qué sabéis entonces?
—Bueno —dijo Rulo—, podemos decirte dónde encontrar el mejor corredor de
apuestas de la ciudad.
—Y el mejor burdel —añadió Córbulo—. Hay uno al lado de la puerta oeste, con chicas
negras. Algunas tienen los pechos más grandes que hay en el mundo, ¿verdad, Rulo?
—Así pues —dije—, juego y burdeles. La vieja Capua. Empecemos por el juego. ¿Qué
sabéis de él?
Aquello los dejó confundidos.
—¿Qué quieres decir con qué sabemos? —dijo Córbulo.
—¿Cuándo empezó? ¿Por qué juegan los hombres? ¿A qué juegan? Esas cosas.
Decidme todo lo que sepáis.
Así fue mi primera lección como preceptor en Capua. Mis alumnos resultaron estar
muy bien informados. Fue una tarde interesante.

En Pisa tuvimos suerte, no sólo porque encontramos un barco sino por la marea. Ambos
estaban a punto, aunque el patrón del barco nos trató con impertinencia. Era de la isla de
Cerdeña, del pueblo de Tharros, adonde se dirigía con un cargamento de vino.
—Y Tharros, por si no lo sabéis, no es exactamente Massalia. Pero os llevaré allí. Y
guárdate el maldito salvoconducto de mármol, centurión o lo que seas. No pienso pasar
factura al Senado. Ya he hecho tratos con Roma antes. Primero te mandan el dinero y
luego, antes de que te des cuenta, a los inspectores de hacienda.
Frontino se encogió de hombros.
—Como quieras. —Nos sentamos en cubierta, rodeados de rollos de cuerda, entre
extraños olores a salitre y brea—. No has estado antes en el mar, señor. —Fue una
afirmación más que una pregunta.
—No, no he estado.
—Bueno, al menos es otoño. La travesía no será mala. Quizás algo movida, una vez que
hayamos pasado Córcega. Pero si te mareas será mejor que te quedes en cubierta.
Respira hondo. Ahora, si me disculpas, señor, voy a dormir. Es una ley del soldado,
señor: duerme cuando puedas.
Mi mente era un torbellino: demasiadas cosas nuevas. ¡E iba a reunirme con mi padre!
Mis pensamientos, sin embargo, seguían volviendo al ejército y a lo que había
aprendido de Frontino. ¿Qué imaginaba? Supongo que una breve campaña contra aquel
Aníbal, con mucha disciplina, órdenes claras y hombres como Frontino que las
obedecían sin cuestionar. Luego, con mi padre, volvería a Roma. Después, más
triconium fori y luego completar el triconium militiae, como han hecho otros, en alguna
parte de Italia... El barco crujía y avanzaba, rumbo al oeste a través de la noche.
—Dime, Frontino, ¿cuál es la cualidad más importante de una legión? —1e pregunté a
la mañana siguiente, mientras desayunábamos pescado seco, pan, higos y agua salobre.
Su respuesta fue rápida y firme.

— 110 —

—Su ánimo, señor. No importa lo bien entrenada que pueda estar una legión. Su ánimo
debe ser elevado.
—¿Quieres decir que tienen que querer luchar?
—No. Claro que la legión quiere luchar, cuando tiene que hacerlo. ¿Acaso no hemos
jurado lealtad al Senado y al pueblo? Pero yo me refiero a cómo lucha. Tiene que
hacerlo como un solo hombre.
—Pero dijiste que en Telamón te sentías completamente solo.
—Se está solo y no se está. Recuerda los escudos, señor. Las filas están cerradas, señor.
Tu escudo te protege a ti, pero también el costado derecho del hombre que hay a tu
izquierda, al igual que tu costado derecho está protegido por el hombre de tu derecha.
Luchamos como individuos, pero como una sola línea.
—¿Y si algo falla en la línea delantera?
Frontino se rió.
—¡Si falla! ¡Sería mejor decir cuando falla! Cuesta mantenerse vivo y de pie, por no
decir herido... o muerto.
—¿Por qué?
—Por la sangre, señor. En Telamón no llevábamos mucho tiempo luchando cuando la
sangre nos llegaba ya a los tobillos. Estaba por todas partes. Nos chorreaba por los
brazos y nos subía hasta la nariz. Teníamos tanta en las manos que se nos escurría la
espada. Bueno, después de Telamón estuvimos tres días enteros limpiando el campo de
batalla.
Nunca había pensado en aquello. Un hombre tiene, según dicen, alrededor de diez
heminas de sangre. Doce heminas son un congio y ocho congios un ánfora, un ánfora
como las que llevamos en este barco, altas como un hombre y más anchas. Los galos
perdieron en Telamón, me había dicho Frontino, nueve mil hombres. Pongamos que
cada uno de los muertos perdiera sólo la mitad de su sangre mientras estaba tendido en
el campo de batalla. Eso daría cuarenta y cinco mil heminas, es decir, tres mil
setecientos cincuenta congios, casi quinientas ánforas de sangre, derramada en una
pequeña área.
Frontino estaba sentado, afilando el puñal con una piedra.
—Frontino, ¿este barco es grande? A mí me lo parece.
—Casi tan grande como el que más... aunque yo diría que éste va sobrecargado. Eso es
una nave sarda. Mercancía pesada, vino. Esperemos no encontrar mal tiempo.
—¿Cuántas ánforas crees que transporta?
—No lo sé. Sesenta, quizá setenta. No más, o se hundiría. ¿Por qué lo preguntas?
—No importa —le sonreí—. Era sólo una idea. ¿Me dejarás la piedra de afilar cuando
termines?
Aquella noche soñé con cinco barcos, cada uno con cien ánforas a bordo. Se dirigían al
puerto de Pisa, pero la marea estaba baja y el puerto sin agua. Uno por uno, vaciaron las
ánforas y pronto todo el puerto fue un mar de sangre. La sangre de Telamón. Me
pregunto cuántos océanos ha llenado mi vida.

— 111 —

—¿Y cómo se debe pensar en las cosas? —Con claridad. pero tenemos que llevarnos bien. porque quiero empezar con algo que tus hijos conozcan. Como he dicho. —¿Quién era ése? —Sócrates. El juego tiene una historia y enseña muchas lecciones importantes. Me interesa mucho más cómo piensa la gente que en qué piensa. De todos modos. Un diálogo y no una serie de conferencias. —¿Algo más? —Sí. —¡No estarás diciéndome que Sócrates enseñaba a hacer apuestas! —No. —¡Eso es exactamente lo que se supone que tienes que enseñarles! —Sí y no. Acabo de hablar con mis hijos. Labieno. También con curiosidad. ¿es cierto? —Lo es. aprendí. Labieno. tomando notas sobre el trabajo (no lo llamaré enseñar) de aquella tarde. supongo. Me han dicho que habéis pasado la tarde hablando de juegos y apuestas. — 112 — . —Mi amo dice que vayas a verle. —¿Y la segunda razón? —Tus hijos y yo. en cualquier cosa. —Adelante —dije.Estaba en mi habitación. tenemos que llevarnos bien si quieren aprender algo de mí. ¿Qué te propones? —Algo que aprendí del mejor maestro de todos los tiempos. pero es así. naturalmente. Labíeno. Llamaron a la puerta. astronomía o retórica. La enseñanza debería ser orientadora y no apremiante. Abrió Labieno. —Exacto. Está en su estudio. pero ¿por qué el juego? —Por dos razones. te estoy diciendo que Sócrates empezaba siempre sus enseñanzas con algo que la gente ya sabía. Parecía enfadado. —Y pensaste que podrías empezar compartiendo sus pasiones. Llamé a la puerta ante la que me dejó el esclavo. —Sí. —Quizá. coherencia y sinceridad. —Entonces será mejor que te expliques. como es debido. Quiere hablar contigo a solas. Quizá no deberían conocerlo. tus hijos son demasiado mayores para que les dé discursitos. Bostar —dijo al instante—. Era uno de los esclavos. Habré cumplido con mi obligación si consigo que tus hijos piensen en las cosas. No tengo que gustarles. Con la mente abierta a lo que hay detrás de las cosas y no a su apariencia. —¿Dónde está? —Sígueme. No tengo ni idea de lo que puedan saber tus hijos sobre matemáticas. Primero.

He tomado una decisión y la mantendré. Alrededor de todos ellos pululaban barcas de remos con jóvenes que ofrecían fruta. Su irritación se evaporó. Te veré en la cena. reunidas por casualidad. Tienes tus métodos. —La marina y el ejército trabajan juntos. Son esclavos. brillando al sol. No creo que esté a más de media jornada a caballo. ni tú a ellos. Dejemos esto. cuando pueden. como siempre. dulces. —Muy bien. ¿Sabes. una circunferencia o la densidad de un cuerpo? Estos son hechos y quiero que mis hijos los aprendan. ¿He sido imprudente. gabarras. Labieno. Dicto sentencia de acuerdo con las leyes. pero no quiero que mis hijos te pillen apostando. cuando estén preparados. lo hacen cuando entran en combate. camisas. No sé lo que hay detrás de ti. —Explícate. Parecía. reman. entonces es preferible embestir al enemigo y esperar lo mejor. barcas de pesca. inclinándose sobre la borda. Te concederé tiempo. Poco convencionales. personas diferentes. señor. por ejemplo. ni con curiosidad —añadió con ironía—. en la popa. una incógnita. señor. Bostar? Eres un misterio. —¿Y si las galeras no tienen tiempo de embarcar a los soldados? —Sus órdenes son huir. para que triunfes o para que fracases. Bostar —dijo sonriendo—. —Y yo les enseñaré todo lo que sé sobre esas cosas. —Yo pensaba que las galeras siempre se embestían entre sí. largas y siniestras. y sé poco de lo que aparentas. necio o —lanzó un bufido— sólo curioso? —No soy yo quien debe decirlo. El puerto de Massalia era inmenso y estaba lleno de barcos cuando entramos en él. señor. diferentes razas. Mercantes como el nuestro. —Cierto. no con mi opinión.. amarradas en el muelle: dos galeras romanas. esquifes. se veían los grandes tambores encargados de dar a los remeros el ritmo de la navegación. El prefecto sabrá dónde está tu padre exactamente. lo haré.. —Su cara se iluminó—. Las leyes son hechos. Pero si no pueden. con dos velas. veleros como los que había visto en el Tíber. —Las galeras. cansado. —¿Los soldados? ¿Y los remeros? —Los remeros. falúas. Pero si quieres que me vaya. flores. Pero ¿ves esa pasarela elevada que hay en ambas galeras. obviamente. diferentes vidas. ¿Cómo calculas. pero así son las circunstancias. Nos miramos a través de la habitación. —¡Excelente! —dijo Frontino a mi lado. pasteles de miel y vino. —Entiendo —dijo. —¿Qué? —pregunté. y se dirigió a su escritorio. Y entonces las vi. Los barcos transportan el suministro de los soldados y los soldados ocupan sus puestos en los barcos cuando está a punto de haber un combate. Allí se detuvo y dio media vuelta para mirarme—. en el centro? — 113 — . Bostar? Soy magistrado. embarcaciones con el ancla echada o de paso. no soldados.—¿Y qué me dices de los hechos.

pero para él sí. tenemos que prepararnos para desembarcar. caballeros. Pero ésa no es la cuestión. —¡Como si estuvieran en tierra! —Exacto. señor. La educación. —Pero. Cuando estemos más cerca. Se había puesto serio. —¿Rendirse? No se rindió. sólo diferente. —Quizá sí. Su voz era más baja cuando añadió—: ¿Quién sabe? Quizá sólo sea mi sangre campesina. —Cierto. después de todo. eso es el cuervo. Era una victoria silenciosa que Labieno notaría. Pero el cuervo es una invención romana. Después de las habituales cortesías. dímelo. Mi tío abuelo Cornelio era cónsul y jefe militar de Sicilia cuando Amílcar se rindió y dio por terminada la guerra. He oído hablar de él. Fue capturado por los cartagineses y enviado a Roma con las condiciones del armisticio. Nuestras galeras imitan a los barcos cartagineses que capturamos en la última guerra. Cuando oyeron lo que tenía que decir. creo que de nuestro admirado Régulo. —Sí. embisten a los barcos enemigos y bajan los cuervos. —Aníbal. El Senado dijo que no las aceptaba y Régulo volvió con la respuesta a Cartago. se ocupa de los seres humanos. No se sometió a1 yugo. Muchos hombres viven y mueren por tales cosas. Tenía preparado el tema de la clase: la prostitución. Entonces los soldados cargan y luchan. pero hoy me duele la cicatriz. Córbulo y Rulo se presentaron en clase a la mañana siguiente a la hora señalada. —Frontino estaba mirando en línea recta hacia el muelle—. señor. Vamos. el espolón se clava firmemente en el casco del enemigo. Cuando las galeras llevan soldados a bordo. Aunque con los ojos quizás algo legañosos. ¿Sabes quién le cortó la lengua? —No. Se fue. ¿Sabes quién es hijo de Amílcar? —No. Como te dije. anuncié el tema y (mientras se quedaban boquiabiertos) comencé al mejor estilo socrático con una pregunta: —¿Por qué. quizá no. yo soy sólo un soldado. —El caudillo cartaginés. el saqueo de Sagunto no es la guerra. ¿Quién? —Amílcar Barca. Pocas profesiones son más humanas que la más antigua del mundo. Y toda la pasarela oscila gracias a unos goznes. le sacaron los ojos y lo devolvieron a Roma. Estos indicios formales no significaban mucho para mí. Frontino. los cartagineses le cortaron la lengua. Yo no era mejor. . verás que cada cuervo tiene un largo espolón en la punta. señor. creéis que hay prostitutas en el mundo? — 114 — . —Dio media vuelta para mirarme. —Bueno. he oído hablar de él. pero cualquier hijo de Amílcar sentirá un odio antinatural por Roma. Con un poco de suerte y buen juicio..—Sí.

se ha ido a Roma —balbució el hombre. —Bueno. que sois patricios y tenéis grandes responsabilidades encima. Así avanzó la mañana. lenguaje vulgar en esta aula. necesito saber dónde está Escipión! El escribiente retorció el estilo con nerviosismo. calvo y sudoroso escribiente parecía asustado.. sino un. el. Puedes coger todo lo que necesites. la adoración a Isis. Militta y otras deidades comporta la prostitución. en Canaán y en Persia. comida y ropas limpias. El almacén y las cuadras están en la parte de atrás. —Desde luego. más despacio que el sol. Pero mi camino había comenzado. por el precio adecuado. —¿A todas? —dijo Córbulo. considerad que en Egipto. Moloc. pero que a pesar de todo sois hombres. tal como yo quería. ¡He oído decir que las vírgenes vestales son las rameras peores! He oído que. — 115 — . pero ¿dónde está? —Se. Los hombres como vosotros. —Bueno. eso creo. Las noticias de Sagunto eran terribles. señor. —Por favor preferiría que no utilizáramos. —¡Cierra el pico. Se imponía cambiar la orientación del tema. —¿Y Escipión? —Perdóname. Astarté. Con o sin tu prefecto. —¿Quién le autorizó? —Nadie. —Caballeros. ¿qué tal la religión? —¡Si! —dijo Rulo—. señor. en Asiria. en Fenicia. . . en Caldea. que pasan meses en el mar y necesitan descargar sus fluidos. era evidente. imbécil! —exclamó Frontino.—¿Por qué? —dijo Córbulo—.. . . puedes tenerlas. El gordo. necesito caballos. La necesidad masculina. ¿Sabéis? Dicen que Aníbal no es un hombre. Había captado la atención de ambos. No había nadie a quien preguntar. pero ¿a cuál te refieres? —¡Idiota! —gritó Frontino. Al menos. —¡Ahí va! ¡Cuánto coño! —dijo Córbulo. por ejemplo. ¿Verdad? Ambos asintieron apreciativamente. . en una casita situada un poco más arriba del puerto. Los marineros. desde luego. Así fue el lento aprendizaje que comencé en la casa de Labieno.. ¡Y por encima de todo. Empezaba a ver algunas de las cualidades que le habían llevado a ser pilo primero—. —Pero ¿es eso todo? ¿No puede haber otras razones? —¿Como cuáles? — preguntó Rulo. ¡Por los lascivos como éste! —Y dio a su hermano un codazo en las costillas. —El hombrecillo se inclinó sobre el escritorio y nos miró con intensidad —. —¡Bien! —dije—. Bel. Encontramos la oficina del prefecto con facilidad.

¿no creéis. no con acertijos! —bramó Frontino. Repasamos los aspectos religiosos de la prostitución. puedo ayudarte. firmado por un sacerdote del templo. expliqué. soy Publio Cornelio Escipión. —¿Todas las mujeres encuentran cliente? — preguntó Rulo. de los grandes jardines que rodean el templo de Bel en Babilonia y de que todas y cada una de las babilonias. Hemos venido a reunirnos con mi padre. maldito escribiente. que se llama igual que yo.. señor. los dos son uno. —El hombre tragó saliva y pareció aún más alarmado—. cretino! —dijo Frontino con un silbido peligroso. están cerca de la desembocadura del Ródano. —¿Quieres decir que un sacerdote las inspecciona después del acto? — 116 — . Frontino —dije con calma—. señor. —Di un paso hacia la mesa—.Vamos. Buenos barcos. —¿Y nuestra flota? —pregunté. Tal como esperaba. —La verdad. —¿Dónde? —Tu padre el cónsul. Para empezar. —¡Habla en latín. señor. —Tus ilustres parientes. Al menos pensaban en algo más que en su propio placer. habrás visto en el puerto. es prostitución ritual. —¿Quieres decir que los dos ejércitos se han unido? —pregunté. significa que el dios posee a la mujer primero y por lo tanto no estará celoso. tienen que perder la virginidad allí y recibir dinero a cambio para poderse casar.Pensé que iba a golpear al escribiente. ¿A qué lado de la desembocadura? —Al este. la otra mitad en Sagunto. Alargué la mano y le toqué la espalda. señor. sino que bendecirá el matrimonio. exacto. tanto de alta como de baja cuna.? Me incliné hasta que mi cara estuvo a un palmo de la suya. en las galeras que. —¡Por Hércules! Se mueven rápido —exclamó Frontino—. sin duda.. y no con mi tío Cneo Cornelio. señor. señor. —Porque para casarse tienen que tener un certificado de desfloración. señor. Escribiente. ¿Dónde está mi padre? —Bueno. —¿Y dónde? —Nos ha llegado un despacho esta misma mañana. —Entonces debemos darnos prisa —dijo Frontino—. por ejemplo. Tuvimos una conversación sustanciosa. —¡Ya sabemos qué cargo tienen. y tu tío el legado.. —Deben hacerlo —contesté. es que ha sido una buena observación. —La mitad con tu padre. . —Exacto. Esto. el asunto interesó a los muchachos. Hablé a mis alumnos. vamos. —¿Por qué? — preguntó Córbulo. Como tiene lugar en los jardines del dios. aunque religiosa.

más abajo. mientras nuestros ojos se acostumbraban a la débil luz—. Sólo apresurado. así no. quizá les ahorré la experiencia. Hay un chiste militar que dice que este sano alimento se utiliza como lastre. —Mira a ver si puedes encontrar galletas. subimos la colina en dirección a las cuadras. Chúpalo. o eso dijeron. señor. bueno. señor —dijo Frontino al entrar. señor. un queso. Quizá tengan que pagar para tener a alguien a quien. Me quedé en el umbral mientras Frontino iba de pesebre en — 117 — . desapareció al fondo de un pasillo. —Quizá —intervino Córbulo— sobornen a los sacerdotes para que les den un certificado. El almacén del prefecto era grande y estaba bien provisto. ni para cambiarnos de ropa. Y estamos en las Galias: no encontraremos postas aquí. Un jamón. Yo miraré por ahí —añadió señalando la izquierda. La brisa nos traía los ruidos y olores del puerto. chupando galleta. Raciones normales. —¿Y qué pasa con las feas. seguro! —dijo Rulo. en unos días. —No hay tiempo para eso. Había doce caballos en los pesebres. —Pero podemos comprar pan en el mercado. antes de recibir ellas mismas la tarifa concertada. a veces. Te romperás los dientes. —Dicho esto. marrón. gracias al tema de la prostitución. con los adefesios impresentables? —Córbulo era el más reflexivo de los dos.—Sí. Y así seguimos durante varios días. señor? No. entre las filas de estanterías. jamones colgando de las vigas y grandes cántaros llenos de vino. Así que. finalmente. Una vez fuera. y también las alforjas de Frontino. Así pues. señor! —exclamó Frontino—. Me dio una galleta rectangular.. Del aspecto religioso de la prostitución pasamos al legal y. la ley y la medicina en un plan de estudios informal pero efectivo. no lo muerdas. había cogido nunca purgaciones. Tenía cajas de quesos. Me metí una punta en la boca.. a quien comprometer. —No lo sé —contesté—. entorné los ojos para evitar la brillante luz del sol. Frontino. y dura. Veo algunos ahí encima. había introducido la religión. —Ahora vayamos a las cuadras. —¿Galletas? —Sí. ¡Ah! Y necesitaremos un pellejo de agua cada uno. —¡No. Por aquí. quizá. Ninguno de los dos. —¿Difícil. Tortas de cebada.. para ti.. al médico. —Seguro que sí. —Haces que esto parezca un viaje difícil. El zurrón que Festo me había dado estaba lleno otra vez. —¡O hace el trabajo él mismo. unas galletas y nos vamos. señor —dijo Frontino rebuscando dentro de sus alforjas. haciendo una mueca.

las orejas largas. En un solar que había detrás de las cuadras encontramos unas cuantas pastando. —Pero las mulas son mulas. —¿Y qué es? —Fuerza y paso seguro. ideales para los prefectos y para los recaudadores.pesebre. Sus patas. No. observé las mulas. Se espantaban las moscas con las orejas y el rabo mientras bebían. por ejemplo. señor. —¿Qué. Pero sé lo que necesitamos. Son animales de lujo. —Elegiremos las dos que lleguen antes. se volvió hacia mí. —Había vuelto a mi lado—. Son como agujas. —¿Cómo puedes notar la diferencia? —Mira la línea del cuello. las costillas estrechas. —Sí. la sangre campesina de Frontino lo que le ha hecho solidarizarse con las mulas. Ambos de pelo castaño. señor.. Sacaría a relucir el tema de las cuadras del prefecto cuando hablase con mi padre. . incluso para los mercaderes. —¿La mula. un nuevo aprendizaje. —A mí me parecen iguales. necesitamos mulas. heno y avena. señor. Ha sido la práctica de la supervivencia y la guerra. señor. de cabeza pequeña y gruesa. Se romperán en el primer tramo de terreno abrupto que encontremos. o el burdégano? —¿Qué? —¿Cuál de los dos prefieres montar? Me sentí confuso. ¿no? ¿Qué es un burdégano? Sonrió. pero ni siquiera se molestan en dar agua a las mulas. El pilar está seco. no tienen ninguna utilidad para nosotros. más tieso. pero ¿qué os enseñan a los patricios en Roma? Una mula nace de un asno y una yegua. para exhibirlos. No ha sido. —¡Mira! —dijo Frontino irritado—. Frontino? A mí me parece que son magníficos. Echó el contenido de su pellejo en el pilar. Cuando revisó el último. Y tienen las patas flojas debido a toda esa paja que pisan. para un desfile. señor. Cuando se fue a llenar los pellejos. y un burdégano de un caballo y una burra. —Lo eran. Otra lección. señor. patas cortas—. ¿Ves el burdégano? Más despatarrado. ¿Ves lo que quiero decir? — 118 — . me dije. lo otro una mula. señor. Pero no tienen lo que necesitamos. Dan a sus caballos de lujo paja. Las cinco mulas se acercaron corriendo y empujándose. señor. Estos están criados para que tengan buen aspecto. puso los brazos en jarras y exclamó: —No sirven. ¿Cuál es la diferencia? —Lo de la izquierda es un burdégano. Frontino? —Mulas. escupió al suelo. —No es por faltar al respeto. Iríamos más rápidos recorriendo a pie todo el camino. Mira eso. Dame tu pellejo. ¡Malditos prefectos! —¿Qué quieres decir.

Así pues. si vuelvo a mi escuela de equitación. señor. —Pero Roma les proporciona comercio. Pero nadie más. en dirección al oeste. es practicar. partimos de Massalia. Los burdéganos trabajan hasta que se caen. El camino que partía de Massalia estaba lleno de polvo. camino del sur. Son marinos. ya casi estamos fuera de la ciudad. Entonces. —Tienen sus razones —contestó. estoy seguro de que Aníbal está ya muy lejos de aquí. A una mula no la puedes obligar tanto. ya aprenderás. Ahora me está abandonando. Traemos la guerra más a menudo que la paz y la guerra es mala para el comercio de casi todo el mundo. pero era bueno. Un sentido que Frontino no tenía en abundancia era el del humor. señor. en lo que para mí eran pese a todo dos mulas. quizás incluso aprenda a cabalgar. estarás en tu guarnición de Placentia y yo habré vuelto a Roma. Bueno. un mal chiste. Quién sabe. Se ponen patitiesas cuando están cansadas y sólo un incendio las puede mover. señor. A mí siempre me había gustado reír. Pero vamos. —Parece que no les gustamos mucho a esta gente. El paisaje estaba dominado por los arbustos. una nube de humo o el débil ladrido de los perros revelaba la presencia de un pueblo o de una aldea. ¿por qué son hostiles? —Porque somos soldados. Bueno. desde luego.—No puedo decir que sí. Dentro de un mes. Mucha resistencia. Aquí y allá. Lo estás haciendo bien. Frontino. y ellas son más fuertes. —Miró al sol—. —¿Por qué? Nunca hemos luchado contra Massalia. Aunque yo prefiero los burdéganos. la gente nos miraba. Lo único que quieren es dinero. comerciarían con el mismo Plutón si pudieran sacar algún provecho. al igual que en otoño se debilita la luz. Era. Nunca se rinden. los mercaderes que suministran a los ejércitos y a los barcos se enriquecen. —Bueno. Haremos un buen trecho hoy. Intuyen las cosas. Somos aliados. los comerciantes de regatear. De todas formas. Me fui acostumbrando al soporífero ritmo del burdégano. —No importa. Los herreros dejaron de martillear. ¿Listo para trotar? —Asentí—. como yo. si nos damos prisa. —¿Por qué? —Pregunta a cualquier mulero. Bien. Cabalgamos sin cesar y sin hablar. yo montaré la mula. ¿Cuándo sabremos algo? —La mejor forma de aprender. aunque no veíamos — 119 — . supongo. —Los massaliotas nunca luchan contra nadie. los niños detuvieron sus juegos en la calle. Será mejor que nos pongamos en camino. Mientras cabalgábamos hombro con hombro a lo largo de la calle principal. Soy más pesado que tú. tengo la extraña sensación de que practicarás más de lo que esperas. —¿De casi todo el mundo? —Bueno. —¿Quién dice que traemos la guerra? —Quizá no lo digan. Frontino —dije. a la sombra del veredicto que espero.

doblé la rodilla y corrí. atónitos. cayó sobre mí. —Pero todavía queda una hora de sol por lo menos.. Quieren decir que están sedientas. Vi las sombras que arrojaban los árboles y oí el susurro de las hojas y la fuente que había detrás de nosotros. Entonces oí. sin aliento. oí un gruñido. desconcertado. nada más. Vi la cara de Frontino junto a la mía. Les daremos de beber y luego las dejaremos pastar. y nosotros comeremos y dormiremos para ponernos en marcha con la primera luz. que iba delante. señor? —Se inclinó para limpiar la daga en la espalda del muerto. ya no lo sabremos. Cayó de rodillas y. corrí hacia los árboles y hacia el ruido. luego un grito ahogado de dolor y yo también me levanté. —¿Bien? Estoy. con el corazón dando saltos. o peor. Frontino. Un codazo a medianoche me despertó a medias. con las cañas agitadas por la brisa. en la oscuridad. Lamí la humedad con la punta de la lengua. tiró del bocado y desmontó. .ninguno. Pero podían ser espías o. —Sí. —¿Estás bien. Ni hablar de seguir adelante. Iba pese a todo a decir algo cuando la capa bajo la que Frontino había estado cayó al suelo y lo vi en pie y corriendo. Oí que Frontino decía: —¿Quién eres? —Yo estaba aturdido. entre los árboles. Toqué la barba de un hombre y retrocedí. A la luz de las estrellas vi una daga brillar en la garganta del hombre y. pero intuí tanto como vi la intensidad de su dedo en sus labios. . A la izquierda. si está donde creo que está. Será la última vez que encontremos agua potable antes de llegar al Ródano. Incluso las mulas se agotan. —Seguí la dirección de su brazo estirado y vi la fuente—. Abrí la boca para preguntar «¿qué pasa?».. Frontino dio un paso adelante. mientras me acercaba. en voz más alta—. Tropecé con algo y caí. las salinas se extendían hasta el mar. . —¿Espías? ¿Y qué querían? — 120 — . Salada: sangre. Me estremecí. —¿Cómo lo sabes? —Mira las manchas blancas de sus hocicos. señor —dijo mientras yo me detenía igualmente. —Acamparemos aquí para pasar la noche. Sentí una mano apretándome el brazo. señor. Tenía la mano pegajosa. con los ojos saliéndosele de las órbitas. ¿qué ha pasado? —Ladrones. Nos reuniremos con tu padre a media mañana. señor. se desplomó en el suelo. pero mañana no verás otra como ésa. Alargué la mano. lentamente. Responde o muere. Las estrellas brillaban en lo alto y la brisa era fría. abiertos y con la sangre corriéndole por el pecho.. Otro y abrí los ojos. Con la mano libre señaló el grupo de jóvenes eucaliptos donde había atado las mulas. Y las mulas necesitan beber a gusto. Seguimos el sol poniente. Tropecé con ellos en un pequeño claro. Creía que teníamos prisa. en el suelo. donde se había tendido. —¿Peor? ¿Qué quieres decir? —Bueno. Débilmente. señor.

señor. Los despachos del Senado para mi padre. —¿A quién. Había gente que quería matarnos y allí estaba yo. Empezó a subir y bajar. —¿Que corra? ¿Hacia dónde? —Sigue por el camino. No te detengas ni me esperes si nos separamos. entonces? —A ti. Había olvidado que esta zona estuviera tan arbolada. Yo también. señor? —Has dicho «espías o». Hasta el Ródano. Frontino me pasó un trozo de queso. El agua estaba fría. señor. Frontino puso la mano derecha en el zurrón que llevaba colgado. Bien. Lo mordí. Vamos a cabalgar a medio galope. hombro con hombro. lo destapó y echó un largo trago antes de pasármelo. A nosotros no. quiero que cojas esto. El campamento de tu padre debe de estar en la desembocadura. —¿Asesinos? ¿Y por qué iban a querer matarnos? —¿Matarnos? Tienes razón. señor —dijo en voz baja—. No acabó con la sequedad de mi boca. pero las mulas tienen el paso muy seguro. coge tu bolsa y la mía. Frontino se detuvo. Cogió el pellejo de agua que llevaba detrás. —¿A qué distancia está? —A dos o tres horas. en un burdégano en medio de la noche.—Esto. galopa. Segundo. Primero. —Asentí. por tanto hay suficiente luz para cabalgar. bajo la luz de las estrellas. —Pero aún está oscuro. Aparecen en grupo. —¿Por qué no esperamos a que amanezca? —Porque los problemas. Recogeré las mulas y nos iremos. Necesitamos terreno abierto. —Era su expresión favorita. Tenía hambre y sed y estaba conmocionado. señor. que es sólo para los ojos de tu padre. quizá no. señor. Ante cualquier problema. Tú ven detrás de mí. El camino llevaba hacia el interior. Mi burdégano se agitaba inquieto—. y los árboles que lo flanqueaban se espesaron y parecían amenazarnos en la oscuridad. ¿No te llamas Escipión? Vamos.. —¿O? —¿Perdón. Así. señor. —¿De verdad crees que puede haber más asesinos? —Quizá sí. No me fiaría de un caballo. seguimos cabalgando. hazme ese favor. me dio dentera y sentí un escalofrío. son como los cardos. —No me gusta esto. ambos tenemos que comer y beber.. pero ya no tenía apetito. —O asesinos. espolea al burdégano y corre. — 121 — . —Frontino cogió el zurrón que llevaba y me lo dio. Me pasé la correa por la cabeza y me lo puse en el pecho—. señor. Silbó suavemente—. —Hay suficiente luz para matar. tenemos que arriesgarnos. Bien. Recuerda.

Y en una pelea. señor. señor. ataca inmediatamente después de la primera estocada. cabalguemos. Frontino. Mi burdégano se puso a cagar y oímos el impacto blando de las boñigas contra el suelo. Frente a una espada. rápido. en el campamento. — 122 — . Entonces espoleé a la mía e hice lo mismo. el cuello y el corazón son los mejores blancos. señor. ¿Dónde está tu puñal. —¿Me enseñarás? —Me gustaría mucho.. Lo mismo pasa con la comida —dijo masticando. señor? Supongo que tienes uno. Lo hice. Frontino. —Debes hacerlo. —Así. —En el aire inmóvil. —Muchos bajan la guardia cuando creen que están luchando con un hombre desarmado. —Acarició el cuello de la suya—. la vida sigue. señor. Las corvas. vi sus dientes en la oscuridad—. ¡Venga. Frontino rió por lo bajo. y el ritmo del galope pronto fue el mío. pero el aire de la noche era frío y mi cara lo agradecía. Ahora —dijo abrochándose el cinto de la espada—. como yo.. inmediatamente por encima de la bota—.. —Ya ves. No estés tan preocupado. Lo intenté de nuevo. y recordé las palabras de mi padre cuando me la dio. señor —dijo levantándose la túnica hasta el muslo. sujeta a su pantorrilla derecha. Los árboles impedían casi por completo que se filtrara la luz de las estrellas.. —Pues sácalo. Frontino se percató de lo que pasaba. se oyó claramente el ruido que hizo al rasgar el borde de su capa.. Agáchate o desvía la estocada.. déjala ahí todo el tiempo que puedas. Saldremos de ésta. —Me molestaba en la pierna. sentí el frío de la empuñadura de la daga de mis primeras Saturnales. No sabía dónde ponerla. luego échate contra el otro. —Sólo una cosa más. señor. Ya te he dicho que los soldados duermen cuando pueden. La vida sigue. —Está en mis alforjas. —¿Qué le pasa a la daga? —Con Lanisto sólo aprendí a manejar la espada y el pilo. —¿Sí? —La daga. Sólo estamos tomando precauciones. aunque siempre es útil que tú quieras que siga. vi una daga sin vaína. Deja la vaína en las alforjas. —Sonrió. Me lo tendió. Pero espera al momento oportuno. Esperé hasta que Frontino se perdió de vista en la oscuridad.—No puedo comer. Átate la daga a la pantorrilla. ¿Cómo se utiliza una daga? —Como se pueda. estaremos con tu padre para la comida de mediodía! ¿Listo? Me froté la cara con las manos. hasta que oí que su mula pasaba al galope ligero. A la débil luz. Aprende la lección de la mula. —¿Que la deje? Pero yo pensaba.

redujo la marcha y lo espoleé otra vez. un pilo probablemente. cinco pedazos de vitela.. relinchó y cambió de posición tan rápidamente que casi me tiró al suelo. breve y punzante. Había especificado que quería sepia. Medio oí los gritos. aferrados a la crin. Galopé con la cabeza dándome vueltas y viendo manchas delante de los ojos. — 123 — . el único olor más fuerte que el del garo que había sentido durante los años que estuve con Publio Aponio. Sentía el sol en la espalda y oía el zumbido de las moscas a mi alrededor y sobre mí. me salvó. y creo que lo oí estrellarse contra los árboles que había detrás de mí mientras seguía corriendo. Recuerdo que me quedé boquiabierto y que el queso que había comido comenzó a repetírseme. Compás. apretando con fuerza los muslos para mantenerme encima. estilos. me interceptó el paso con su jaca. sigue adelante! Espoleé con violencia al burdégano y éste dio un salto. señor. rasgando la capa y la camisa. me toqué la cara y la sentí húmeda. Había una en mi mesa. ¿y si me perseguían?. y una y otra vez espoleaba al burdégano. cabalgué hasta que la oscuridad empezó a desaparecer y los árboles dejaron pasar la luz. un frasquito de tinta con tapón de corcho.. Como ya dije. Recuerdo que sentí un retortijón y la boca tan seca que pensé que iba a ahogarme. Reacio y sin ganas. con sus diminutas burbujas destellando a la luz. El dolor de los dedos. y otra. y otra. cinco plumas de ave. Babas de burdégano. . la conocía demasiado bien. el líquido negro que se saca de la jibia. El galope cambió al trote y rápidamente al paso. yo tirado sobre el cuello áspero y sudoroso del burdégano. y tal es el motivo por el que la prefieren los mercaderes. El grito de Frontino me despertó. Me pasé la mano por el pecho hasta llegar a la espalda. Estaba medio dormido. Me ardía la espalda. A los pocos años. El dolor fue rápido y agudo. tenía que continuar. hacia delante. me detuvo.. me rozó la paletilla izquierda. el animal empezó a trotar de nuevo. La montura titubeó y la espoleé. Me miré la mano. pasamos por su lado y uno de los asaltantes. era un hombre honrado. Pasé tan cerca de él que pude olerle y mi pierna izquierda rozó el hocico de la jaca. sino que me dejaba llevar por aquella antigua sabiduría de los animales que aconsejaba correr más que el miedo. Todavía estaba inclinado sobre el cuello del burdégano cuando algo. Me enderecé lentamente. Corrimos hacia ellos. El camino estaba despejado y desierto. Mi burdégano redujo la velocidad. sepia. y la respiración jadeante del burdégano. escuadra. Íbamos al paso. Puse otra y despabilé las dos. —¡Sigue. sorprendido. La tinta barata. con las espadas desnudas.. perdidos en el viento. que difícilmente pueden pagar impuestos por cuentas que nadie puede leer. que suele estar hecha de carbón o de hollín.Oí chocar acero contra acero antes de ver las sombras y mi burdégano relinchó alarmado. gritando. dando vueltas alrededor de Frontino. Vi a dos hombres montados en sendas jacas. Salté hacia atrás. Volvió roja. Abrí el frasco y me lo acerqué a la nariz. Estaba soñando. sólo era consciente de la voluntad de seguir adelante. Comprobé que las lámparas estaban llenas de aceite. soltando las riendas y abrazándome al crinado cuello del animal. blanda y pegajosa.. Desempaqueté el bulto de objetos que Artijes me había comprado. y no cabalgaba. las mejores tablillas de cera de abeja. Sí. Las acciones fueron muy rápidas y he de retroceder mucho para recordarlas. desaparece.

—¿Fue bien? —Sí. El enigma de la casa de Labieno se hace mayor. Era Artijes. Llamaron suavemente a la puerta. las riendas. Siéntate en la cama. Tenía un respaldo cómodo y acolchado de pelo de caballo. Es el ángulo preciso del brazo del jinete en relación con las riendas. el freno y el bocado.. Pero ¿dónde estabas entonces?— pregunté. —No por lo que a mí respecta. —¿Eres físico? —Lo soy O así me llaman. llenó mi mente. —¿Trabajaba? — 124 — . Los chicos entretuvieron a su padre con anécdotas sobre la prostitución. La casa de Labieno era muy cómoda. —Gracias. Pero tuviste a tus alumnos de compañía. —Me levanté y giré la silla hacia él. Adelante —dije en voz alta. —Vaya. pensé. estoy seguro de que es un tema sobre el que Rulo y Córbulo volverán. y a Labieno.. Bostar. ¿Qué guía entonces al animal? No son. dando media vuelta. El de Labieno. ¿Era posible? Aparté el pensamiento. con las riendas. Mis manos estaban atadas. Cerré los ojos un momento y la imagen del hijo de Apurnia. En la base de todo estaban los ángulos.. Estaba listo para empezar. —¿Fuera? Eso es más bien misterioso. Estaba sentado. supongo. Bostar. Sólo he venido a ver cómo estabas. Artijes. ni el freno ni el bocado. Pero había observado a los jinetes romanos que me rodeaban. —Oh. o trabajaba. El ángulo del bocado con el freno. Tiene buenos clientes y trabaja mucho. Hannón. Pero pasa. Artijes emitió una risa discreta. muy bien. el del freno con la quijada y el cuello del caballo. pero ya hablaré de esto. y el del antebrazo con el brazo del jinete. No las había. —No. —Venite. —Fuera. ¿no? —Sí. Y las riendas llevaban al freno y al bocado.. una pasión de mí infancia. Gobernaban a sus caballos. Artijes. Ahora sólo diré: antes de que llegaran y se me llevaran. estás trabajando. y volví a la geometría. Parecía una cosa y era otra. como era de esperar. repantigado en la silla. así que no podía sujetar las riendas. cubierto de piel. Siento haberme perdido la cena. —¿Y quién era tu paciente esta vez? —Un sastre. y esto era lo que quería investigar. iba a ponerme ahora. A su tiempo. entre otros.Examiné cuidadosamente la cera de las tablillas en busca de impurezas. Estaba fuera visitando a un paciente. Traté a Labieno a causa de la gota hace algunos años y luego me pidió que me quedara. una pasión de mi padre antes de. La idea se me había ocurrido mientras me llevaban a Capua detenido. siento habérmelo perdido. —Ah.

—Sí. Estoy cansado. Titubeando. —¿Por qué? —Un caso de mucho por poco. de frustración. Está muy enfermo. pero cambió de idea. se tiró al suelo. ¿Se aproximan los humanos entre sí por medio de ángulos? Una ocurrencia. . del cuerpo y de la mente. piel sobre piel? Sentí que me corrían las lágrimas. —Lo siento. Artijes. boca abajo. Era y soy un Escipión y así como ahora aguardo el veredicto del Senado y del pueblo de Roma. Tendremos que continuar esta conversación por la mañana. Tendría que empezar con algo más sólido. me temo. El burdégano no necesitaba estímulos para pararse. de fatiga. venía del oeste. ¿tienes todo lo que necesitas? Me puse en pie. se levantó. Escóndete. En fin. —Hasta mañana. Me sacudí. jadeando con fuerza. . así entonces asumí lo que soy en mi ser y en mi sangre. me había dicho mi padre. El ruido estaba más cerca. se fue y cerró la puerta suavemente tras de sí. allí podríamos escondernos. —Gracias. fui hasta los carrizos mientras el ruido de los cascos se acercaba y. «Recuerda que eres un Escipión». Todavía estoy convencido de que se salió con la suya. —Vaya. Ahora hace varias semanas que no hace nada. He visto muchas enfermedades. Cogí al animal por el freno y tiré con fuerza. Tenía que esconderme. hay más en ti de lo que pensaba. La vi oscilar. —¿Fiebre? —Sí. Se clavó una aguja en el índice izquierdo. en la vida que he llevado. Sonrió. Sentí el retumbar de la tierra. El burdégano tensó las patas y relinchó suavemente. ¿por qué no podía tumbarme también. —¿Alucinaciones? —Sí. Era un hombre del que quería saber más. —No. Estaba a punto de responder. Bostezó y se frotó los ojos. de confusión. Cogí el pellejo de agua del lomo de la montura. Desmonté. y volver a Roma. entrar y salir de la luz de la lámpara. de dolor. y volver con Hispala. y soñar. caí y me puse en pie tambaleándome. pero me interesa la medicina. No había simpatía: sólo el hecho. Muy común. Yo. vi la nube de polvo que levantaban los jinetes que se acercaban. Buenas noches. Luego. Había carrizos al lado del camino. Todo lo que necesito y más. entonces. pero la herida se infectó y ahora su sangre está emponzoñada. Así que eres físico además de maestro. Bostar de Calcedonía. — 125 — . y dormir. empujándome. comprobé que todavía tenía el zurrón con los despachos y noté la daga en la pantorrilla. —¿Cómo están sus iris? Artijes sonrió y sacudió la cabeza. al mirar hacia atrás. Buenas noches. venía hacia mí.

Los quisquillosos dedos de Eufanto escribiendo en la cera. Silvio me rodeó con un brazo y me condujo hacia los jinetes. Eso nos dijo. Sangre. medio hundido en el barro. decurión del ejército de tu padre. No he parado desde entonces. —Me daba vueltas la cabeza—. Las ánforas del barco que nos había llevado a Massalia. se detuvo. herido o muerto? Pensamientos desordenados e imágenes flotaban en mi cerebro como desperdicios en el Tíber. Me concentré en el camino. pero mi animal está muy cansado. —¿Eres Escipión hijo? —dijo el más alto. ya que mi garganta estaba seca. señor. me los lamí—. señor. —Lo tendré. —Pero estás herido. Atrás. Sí. Retrocede y busca a Frontino. ¿Puedes montar a caballo? —Sí. levantando el brazo derecho. La larga y recta Vía Flaminia. Dos corrieron hacia mí. . señor. Volví a encogerme. —Un rasguño. —¿Cómo. —Sí. —Antino se dio la vuelta—. treinta caballos y treinta jinetes. —tartamudeé—. cómo lo sabía? —conseguí decir.Ten cuidado. ¿Puedes cabalgar? —Sí. Ya estaban a mi lado. Nos ha enviado a buscarte. Coge a diez hombres.. ¿Cómo está esa espalda? — 126 — . Los labios me picaban. —Yo soy Silvio. diez de los cuales. Me puse en pie. —Bien. Antino —dijo Silvio al otro jinete—. La turma. pero me vieron. —¿Dónde está Frontino? —preguntó el segundo jinete. Hombres anegados en sangre en Telamón. ya estaban volviendo grupas hacia el este y levantando polvo. No podía escapar de unos hombres a caballo. —No lo sé. —Por los prisioneros. Vi sus colores. No te preocupes. —Mala cosa. señor. Las formas que veía danzaban ante mis ojos. Me agaché detrás y sentí dolor en la espalda. sus armaduras brillaban al sol mientras yo correteaba entre los carrizos. más que cansado.Vi un tronco caído desde hacía mucho.. de un viejo roble. —¿Segunda? —interrumpió Silvio.. lo soy. Te llevaremos al campamento. —¡Aquí! —quise gritar. chapoteando. Hubo lucha. ¡Aquí! —conseguí decir. El polvo se arremolinó a su alrededor. Eran de la caballería romana. pero sólo me salió un graznido. —Sí. ¿Dónde estaría Frontíno? ¿Estaría vivo. Montaremos los dos en el mismo caballo. —Por lo que veo. Me toqué la espalda haciendo una mueca. Frontino me dijo que siguiera adelante. la segunda emboscada. No creo que me oyeran... Pero tu padre te lo explicará. quitándose los cascos al acercarse. con Antino.

Era inmensa. miró hacia atrás. Ah. señor. —No hace falta. y Silvio volvió la cabeza y dijo: —Ahora. mis alforjas iban en el caballo de al lado. Silvio se paró y examinó la herida a través de la capa. desesperada por respirar. —¿Antino? —pregunté. todo fue muy rápido. ¿La sangre de Frontino estaría haciendo lo mismo? Trotamos sin parar. alzándose orgulloso en medio de la explanada. lo verás. Distinguí la lona grisácea de las tiendas y humo de múltiples hogueras. más allá de la vista. una ancha cinta blanca parecía correr por la tierra. ¡Pelotón! —gritó—. en filas de a tres. Aquí y allá. ojalá supiera lo que está pasando. A1 otro lado de un valle. ¡Adelante! El aire olía a sal. Un arañazo. el repentino chorro de sangre y. señor. Yo quise hacer lo mismo. Dio tres pasos y se arrodilló ante la mula a la que yo debía la vida. —¿El Ródano? —pregunté a Silvio. Me miraron impasibles. brillante como la plata. Inmediatamente — 127 — . Yo me ocuparé del animal. Silvio se chupó las mejillas por dentro y asintió con la cabeza. la túnica y la camiseta.—Me duele. Era un cuadrado perfecto. Lo vi. echada de costado. Silvio me acompañó. las salinas abandonadas despedían brillos cegadores. con los brazos alrededor de la cintura de Silvio. otra cosa. Silvio me puso una mano en el hombro. Subimos un alto. jadeando con fuerza. Los otros jinetes estaban esperando en el camino. y se extendía hacia el norte. Frontino traía despachos para tu padre. Me dirigí hacia unos arbustos para mear. Ya lo haremos en el campamento. y comieron cecina y las tortas de cebada que Frontino me había enseñado. Cuando volvimos a montar. A la izquierda. —Se secó el sudor con el brazo—. Creo que me dormí. —Por Júpiter. la tierra era una llanura que se extendía hasta el mar. su vida yéndose con la sangre roja del cuello. señor. señor. —No es nada. pero mi espalda se quejó. Nos detuvimos una vez y todos los hombres empinaron el pellejo de agua. mientras me ayudaban a subir al caballo de Silvio. Estaba circunspecto y malhumorado. Muy rápido. A un lado estaba mi mula. —Están aquí. El blanco relampagueo de una daga. vi al pobre bruto sacudirse. Bajo la capa. Pero hay que limpiarlo bien o se infectará. que manchaba la tierra. —No estamos muy lejos ya. Silvio negó con la cabeza. —Sí. y la vaína de su espada rozándome y bailando en mi muslo. Las gaviotas volaban en círculos y chillaban en el aire agitado. —Entonces tu padre estará doblemente contento. Me palpé el costado. Fui hacia ella. Y allí —señaló la desembocadura con el dedo— está el campamento de tu padre. al paso. señor —fue todo lo que dijo mientras nuestra orina salpicaba las hojas secas y crujientes.

pensé. ¿galeras?. Sí. de por qué los llamábamos «los albos». Pero los Alpes tienen un fin. Hierba. Me froté los ojos y miré otra vez. . blancura de sacerdotes. . No cabe duda. blancura de aquellas montañas. vi las mulas y los caballos. al campamento. Silvio? Escupió. Sólo los galos locos suben allí. Tiene una red completa de espías e informadores. .. señor.detrás estaba el gran río metiéndose en el mar. menudo paisaje. sabía lo que me esperaba. Nuestras galeras han rastreado la costa hasta las Columnas de Hércules. una puerta y una llave. Dímelo. —¿Sí? —El los envió. volví la cabeza al norte y al este. Primero el foso y luego la rampa. esta vez estaba seguro de haberlos visto. —Pero ¿para qué? —¡Exacto! Dímelo. los Alpes. de occidente. Mientras cabalgábamos. levantada con la arena de la excavación y reforzada con matas y estacas de madera. —¿Has estado alguna vez allí. blancura de dioses. —¿Yo. —¡Pero eso es imposible! —exclamé. dio media vuelta y cogió las riendas de nuevo—. ¡Pelotón. Así que. sin ningún obstáculo desde el que pudiera llegar un ataque. Vi que fruncía los labios por debajo del casco y se estremecía—. una bandada de cigüeñas levantó el vuelo a orillas de la desembocadura y se alejó pausadamente. en las nubes que surcaban el cielo azul. Sólo puede dirigirse hacia el sur. alimentado por toda aquella nieve. desde las Galias hasta Hispania. pero esa emboscada. —No. hacia los Alpes. casi para sí. Algo brilló y resplandeció a la luz. a mí me parece que nunca se derrite. señor. Vi barcos. agua y terreno despejado en varias millas a la redonda. Parecía un lugar perfecto. Dicen que el río nace allí. entre el campamento y el río. . — 128 — . —¿Cuál? —Mantienen Roma a salvo. gracias a los dioses. —¿Qué quieres decir? —Tu padre te lo explicará mejor. más allá de la rampa. ¿a qué viene esto? —No lo sé. Ya has visto los Alpes. señor. Venciendo el dolor. Ni quiero: se me congelarían las partes. —Volvió el torso y miró hacia arriba. que parecían hojas flotantes. Silvio. grandes formas blancas bailando. señor? ¿Qué sé yo? Sólo soy un decurión. —¿Es la primera vez que los ves. Ni siquiera tiene flota. y el ganado pastando. al galope! En teoría. ¿qué intenta hacer ese Aníbal? —murmuró. Sin embargo. que ha sido enviado para buscarte. eso seguro. —No es eso lo que contaron los prisioneros que cogimos. señor. Por eso tienen tanto pelo. mejor que una muralla. señor? —Asentí con la cabeza—. —Se aclaró la garganta. vi ambas cosas y. reflejando el sol. no para hablar de cosas que no entiende. Entonces. Al aproximarnos. Y les paga bien. Silvio advirtió lo que miraba. destellando.

el romano más grande que ha existido. 1»? Quizás el «no. 1» no pueda existir. en cualquier ciudad. A la derecha. la circunferencia será siempre un número infinito. ¿Cuál es su cualidad? Consideremos una esfera que gira. etc. sino un símbolo. Frente a mí se extendía la calle principal. lo describimos diciendo que tiene noventa grados. Pero a los ángulos les damos números y en eso fue en lo que empecé a trabajar aquella noche. y a su hijo. La diagonal del cuadrado siempre será un número sin cantidad finita. Todo debe tener un contrario. Quería ir de la simple cantidad de los números a lo que según mi idea era su cualidad. como su inclinación o su rapidez de rotación. vi lo que deduje que serían las cocinas. en otro espacio despejado. por ejemplo. ninguna jabalina podía llegar a las tiendas. es. ¿Por qué? Pero éstos son temas para un tratado. ángulos. diferentes en forma pero no en sustancia. A la izquierda. Apliquemos esta comparación a un plano bidimensional. Hay otras materias dignas de recordar: las que se refieren a la viuda Apurnia. con avenidas que se cruzaban con ella. los dos años siguientes estuvieron para mí llenos de vidas ordinarias. por ejemplo. entre la rampa y las tiendas. los cartagineses. π. no para la biografía de Escipión el africano. pensamos instintivamente en su eje. donde está mi padre. Pero también son totalidades. Las encontrarás. si le damos valor I a su diámetro. un ángulo recto. ahora y en los años venideros. Oí los martillazos que daba contra un yunque un herrero que reparaba armas. Las tiendas estaban colocadas en líneas uniformes. Entramos. Ésa es su cantidad. es lo que quería decir Pitágoras cuando dijo: «Todo está ordenado de acuerdo con el Número». la «tresidad». a juzgar por la leña y los barriles de agua que había fuera de la tienda. Y en el caso del círculo. pero todo empieza con 1. la «dosidad». están compuestas por dos. La calidad del número es. el «no. La puerta del campamento se abrió. aparte de las manzanas y las peras? Eso. Así pues. Pero tampoco por ello es menos real. Puede que haya tiempo para eso. la «cuatridad». y practicando la medicina con Artijes. Sin embargo.Sonaron trompas. pues. me dije. no habría algo sin nada. Podemos hablar de cinco manzanas y de tres peras. comparable a ese eje inmóvil e invisible. Dejemos que los posibles lectores de esta historia me vean durante los dos años siguientes instalado en la casa de Labieno de Capua. Y aunque son importantes. Cruzando esta esfera hay una línea sin existencia objetiva. todos tenían números mucho antes que los romanos. su historia está desarrollando unas necesidades propias a las que mis digresiones prestan un flaco servicio. Así pues. Démosle valor al diámetro del círculo y al lado del cuadrado. Sí. No estaba preparado para aquel orden. tres y cuatro unidades respectivamente. Podemos determinar cualquier cosa referente a esa esfera. Tomemos un círculo y un cuadrado. los griegos. había un campo de maniobras. Por eso los matemáticos griegos no le dan un número. larga y baja. los caldeos. puede que no. entonces. pensaba y pienso. los babilonios. Cuando la vemos. pero que no por eso es menos real. Así pues. ¿Cuál es el opuesto del número 1? Nadie que yo conozca tiene la respuesta. unidades en sí mismas. Los egipcios. ¿Qué es. enseñando a Rulo y a Córbulo.. Allí había orden y paz. sin — 129 — . en cualquier parte del mundo. ¿Pero qué son el cinco y el tres. Lo que no es. La vida de Escipión. No habría frío sin calor. sólo considerando esta línea inexistente. incluso los asirios y los hititas. trabajando en teoremas aritméticos y geométricos. Hannón. Es. Ninguna flecha incendiaria. en Capua estudié los números.

pero ahora me he acostumbrado. . con el azul consular ondeando lánguidamente en un asta clavada en el suelo. así es como lo encontramos. —Sufrí un estremecimiento. Se dio cuenta. Ahora trae a los esclavos del baño y al físico. — Busqué bajo la capa y con la mano derecha me quité el zurrón por la cabeza. Ya casi estábamos allí cuando la cortina de la tienda se abrió. un profundo sentimiento de que algo acaba. — 130 — . Echó un vistazo y me envolvió con sus ojos antes de dar tres pasos rápidos. —No importa. dejemos a Bostar de Calcedonia en silencio durante la mayor parte y dejemos a Escipión con sus recuerdos. en todas estas batallas y políticas. Y sin embargo. como una luna de plata que descansa reflejándose en un estanque silencioso. Tenía que ser la tienda del cónsul. habla poco y déjate llevar. cuando dos montan un mismo caballo. ponerme una mano en cada hombro y decir suavemente: —Bienvenido. Tráelo directamente a mi presencia. Silvio tiró del freno y desmontó. Así pues. la más grande con diferencia. Lo veremos. padre —interrumpí—. Hubo una emboscada. ahora lo hace durante siete u ocho. Antino lo está buscando. padre. Te llevaré con tu padre. empieza ahora a dar forma al mundo. Al principio me dolían los dedos de tanto escribir. Yo te lo contaré. Lo seguí por la calle principal. señor. Los viajes tienen sus propios fines. Además. Yo hice lo mismo. Lo llevaba Frontino. Pero antes tienes que leer esto. Además. Luego ocúpate de tus caballos. uno debe ir detrás. . —¿Una emboscada? ¿Dónde? —En los bosques. Silvio se hizo a un lado. señor. —Está bien. Ya llegará. —Sí. —¿Y Frontino? —No lo sabemos. Quiero ver a Antino en cuanto regrese. Antes me dictaba durante dos o tres horas al día. como no sé cuánto tiempo tenemos. . Ah. Así pues. con la sed y el entumecimiento olvidados ya y el corazón martilleándome. Escipión ya no pasea por la finca. pero . —¿Del Senado? —Sí. Ya no parece necesitar la meditación. Hay en Escipión una urgencia desesperada que me conmueve. . apartada. Su expresión se puso rígida de preocupación y dijo—: ¡Estás herido! —Luego bramó—: ¡Silvio! Silvio se puso firme dando un taconazo. Silvio. después de Massalia. —Se volvió hacia Silvio—. su pelo estaba más gris. su barba con mechones blancos. —¡Señor! —¿Qué ha pasado? —preguntó mi padre. Bostar. silencio. hijo mío. Salió con la armadura puesta. Pero tendrás que preguntar. —Silvio saludó y se dio la vuelta—. —Señor. Su mirada era penetrante y clara. —Bien. Para la próxima guardia. señor. Quiero un informe completo.embargo. Es una lamentable recepción para mi hijo. señor. no puedo oír ni sentir la calidez y la bondad del hombre al que amo.

¿Dónde está ese físico? Es cretense. —¿Y Aníbal. Echaremos un vistazo a esa espalda. Tu tío y su ejército han estado buscándolo durante días: nada. Me acompañó hasta una silla. Mi padre echó agua de una jarra de bronce en un cáliz de oro y me lo pasó. Todo pasó muy deprisa. un palanganero. Hacen cualquier cosa por oro. Por eso envié a Silvio a buscarte. No hay daño. Pero se ha ido. Yo me limité a cabalgar —barboté. una mesa y cuatro sillas y. un baño y el físico. padre. en el rincón más alejado. Pero más que nada. Es un rasguño. ha desaparecido. comida. Quiero saber todo lo que hiciste este tiempo con Fabio y quiero saberlo todo sobre el viaje. Estaba. Tomé un sorbo de agua. diría yo. Siempre andan rezando a algún dios o preparando pociones bajo la luna llena.. Luego hablaremos. Apresúrate. —¿Has cazado alguno? —Sí. pero despacio. —Pero nos dijeron que el tío Cneo estaba contigo. —Pero ¿no les había pagado Aníbal? —Lo hizo. —Dio media vuelta para mirarme y sonrió—. Vaya. — 131 — .. pilos y bridas.. Publio. dame la camisa. pero hay que limpiarla. Vaya. Ración doble.. ¿No deberías leer antes los despachos? —¿Y no hacer caso de un hijo herido? Vamos. Pero estaba oscuro. —Mi padre sonrió—.—Bueno. Debían de ser de piedra. Creo que Frontino me salvó la vida. Los cretenses siempre llegan tarde. Me alegro de verte.Y pan. —Siéntate. padre? —¿Qué pasa con él? Como he dicho. —Observó atentamente el corte—. —Lo primero es lo primero. Publio. Con un poco de. según parece en vano. La tienda era fresca y aireada. —Pero ¿y la emboscada? —Galos. —Un plato de cocido —dijo—. —Se inclinó para quitarme la capa. Fue bruscamente hasta la cortina de la tienda y asomó la cabeza. Entra. Fortuna te ha sonreído. Vino a marchas forzadas desde Placentia y tan pronto como llegó lo envié a explorar. nos lo contaron todo. creo. es bueno. Admito que estaba muy preocupado cuando lo de Sagunto.. Vi un cofre que reconocí por haber estado en nuestra casa de Roma. —Está bien. pero eso no significa mucho. una cama baja. De todas formas. persuasión. Bebida. —Cierto. vi a mi padre. Probablemente haya vuelto a Gades o al lugar de donde saliese. Publio. Publio Cornelio Escipión. te has convertido en un hombre desde la última vez que te vi. espadas y armaduras. Los dos guardias que había a ambos lados de la puerta no se movieron cuando pasamos. No hay ni rastro de ese maldito Aníbal. Tendremos tiempo para hablar antes de que nos hagan volver a Roma. ¿Qué fue? ¿Un pilo? —Sí.

en la pequeña bañera. ambos con armadura y sin casco. Entraron dos esclavos con grandes lebrillos de agua humeante y luego otro con una bañera de estaño. Ellos te ayudarán. Mientras tanto. ¿O a Cartago? —A ambos. Vístete. sudando y con aspecto preocupado. para entenderlo. observando la luz que atravesaba la lona de la tienda y manchaba la hierba. Lo cogí. oí la noticia que dio forma a mi vida. dondequiera que esté. después de la última guerra. Pasa. recuérdalo. al lado de la desembocadura del Ródano. son los galos. —Bien —dijo mi padre—. goteando agua en una bañera barata de estaño. Un esclavo me envolvió con una túnica. Me puse en pie con esfuerzo. No es exactamente a lo que estás acostumbrado. —Y bien. Mi padre gritó: —¡Por todos los dioses! ¡Publio. —¿A Aníbal? —pregunté—. algo avergonzado. Cuando no son las interminables tribus de Hispania son los cartagineses. a las órdenes de mi colega Sempronio. Leeré los despachos mientras te bañas. pero en aquel momento entró el físico. y exterminarlo. no me lo creo! —y cruzó la cortina. Me estaba abrochando un peto cuando volvió mi padre con dos hombres. —Es muy sencillo. Demasiado para asimilarlo de una sentada. Todo esto se acordó ya. Había dejado el despacho de Fabio encima de la mesa.. y nosotros volveremos a Roma. Y come. Hemos declarado la guerra. Tenía la voz estrangulada y la expresión hermética.—Entonces. ¿Cómo está esa espalda? — 132 — . dentro de una tienda. padre? —Estamos en tierra fronteriza. —¿Qué ocurre. pero servirá. de lo contrario. Entusiasmo juvenil. ¿qué se propone. oí el ruido de sus pasos alejarse y desvanecerse. Aníbal debe respetarlo. Publio. será mejor que te pongas una armadura en cuanto el cretense te haya vendado la espalda. Estaba sentado. allí de pie. —Hablaremos sobre la marcha. Hay ropas limpias en el cofre. Ya se calmará.. Publio. —Pero ¿por qué? No lo entiendo. Siempre hay alguien creando problemas. Lo habría leído. Reconocí al momento la cuidadosa caligrafía de Fabio Pictor. —¿Levantamos el campamento? —Dentro de una hora. El saqueo de Sagunto debió de ser una travesura. Cruzaron la tienda y fueron detrás de una cortina de algodón. Cuando no son los cartagineses. mientras uno de los esclavos me lavaba suavemente la espalda con un paño. Probablemente he movilizado a todo el mundo para nada. Mi padre estaba muy serio. Publio. Ah. Publio. Es todo lo que sé sobre las intenciones de Aníbal. Mis órdenes son buscar a su ejército. Volveré por ti enseguida. Dio media vuelta y salió de la tienda. el Senado planea lanzar un ataque contra Cartago desde Sicilia. Hay un tratado. En la mano llevaba un rollo de vitela. Es joven. volverá al otro lado del Iberus. padre? Recordaré hasta el día de mi muerte de qué modo. tierra de bandidos.

Escribonio.. ha tenido que volver hacia el sur. envía a los jefes de campamento en cabeza. —Y éste. Escribonio. Recuerda que la mitad de la flota está en Sagunto. las fosas nasales anchas. Además. ¿Espada o pilo? ' —Bien —dijo mi padre—. Tenía una cicatriz que le cruzaba la frente. Lo último que oímos de Aníbal era que estaba al noroeste de aquí. — 133 — . El resto del ejército lo hará en la cuarta guardia. Acamparemos allí y cruzaremos el río por la mañana. Si Fortuna sigue sonriendo. señor. —¿Y por qué no lo cruzamos en barco? —preguntó Prisco. no conoces a mi hijo. Dile que se reúna conmigo. —Bienvenido al campamento. Publio. —Bien. El consejo. señor? —La voz de Escribonio denotaba sorpresa—. —Es una excelente noticia. Escribonio. Publio. amigo mío. Nada de fosos. El físico dice que cicatrizará pronto. —Sí. ojos azul claro que miraban directamente. —No puedes. —Por el tiempo. Publio. Y quiero que vaya un mensajero a buscar a mi hermano y su ejército. —¿Así que podremos llegar al vado al final de la tarde? —Sí. utilizaremos el vado. acabo de enviar un mensaje al almirante diciéndole que vaya a toda prisa a Sicilia. es mi primer tribuno. éste es uno de mis tribunos y clientes. Sempronio necesitará todos los barcos que pueda dirigir. señor. Ya sé lo de vuestras lecciones con Eufanto —dijo Prisco. Oímos que se levantaban voces airadas fuera de la tienda. padre. Nada de aventuras esta noche. Ya tendremos tiempo para cortesías cuando termine este paseo. que informar. Prisco Lelio. —Y desde entonces. y totalmente distinto de Lelio. —. Prisco? Ah. Mi padre se acercó a la cortina. Unos pocos aliados más para cortarle el camino de vuelta. Escribonio. pronto tendremos a Aníbal donde se merece. —Me alegro de conocerte. los ojos demasiado juntos y la frente pequeña. Exacto. Deben de estar a un par de horas de caballo. No... ¿Adónde iríais si estuvierais atrapados entre el ejército romano y los Alpes? No...—Mejor. ¿verdad. señor —dijo Escribonio. —¿Hacia el sur. Tu hijo es amigo mío. algo incómodo. Me gustaba su aspecto: rubio. Lo cogeremos. perdóname. ¿cuándo podemos irnos? —La vanguardia ya ha partido. Tenía la nariz aplastada. ocúpate de eso. Sólo una empalizada a la derecha del terreno. Nos dirigiremos hacia el sur. ¿qué hemos oído? ¿Eh? —Tanto Escribonio como Prisco se miraron los pies—. Era bajo y gordo.. con una sonrisa hueca y forzada. Nada. —Gracias —respondí. Presiento que todo irá bien. y piel fina.

Pero la maleza se volvió muy espesa. su dolor. —Ya veo. en cinco manípulos. mis honderos baleáricos son todo un espectáculo. Antino parecía muy preocupado por Frontino. lo estaba. agrupado los animales y adoptado el orden de marcha. Pero mira el resto del ejército. Mi padre en un caballo ruán y yo en una yegua baya. Han derrotado a los galos sin que tuviéramos que lanzar ni un solo pilo. quince mil soldados romanos permanecían en formación. Sacan de quicio a Escribonio. se pasaba revista a las turmae de caballería. —¿Por qué? —Porque Frontino es su hermano. ¿verdad? Claro que es su obligación. Publio. señor. Mi padre vio que los miraba. Incluso después de veinte años. contra la rampa trasera del campamento. señor. ¿Eran suficientes para alguna otra cosa? Cerca de mí. un caballo con una pata rota y sangre que se perdía entre los árboles. impasibles bajo el sol otoñal. vete. Tienen una puntería increíble. Me sorprendió lo rápida y silenciosamente que habían levantado las tiendas. No llevaban armadura. señor. O quizá debería decir «era». detrás de nosotros. Cuando hubieron salido todos y mi padre estaba abrochándose las grebas. novecientos jinetes en total. Con sus hondas pueden abrirle la cabeza a un hombre a trescientos pasos. —Antino sacó una espada rota que escondía en la espalda—. Su piel era casi negra y su pelo corto y rizado. Es de Frontino. señor. Y por primera vez en mi vida sentí el odio de otra persona. Sentí su angustia. —Hemos encontrado esto. Pensé en lo que había dicho Frontino. todavía me dan escalofríos. No me extraña que los hombres teman a Roma.. sino jubones de cuero y una especie de falda de piel de animal: no llevaban botas sino sandalias de piel gruesa. en el espacio ya sin tiendas. —¿Seguisteis el rastro? —Tan lejos como pudimos. —¿Y bien? —dijo mi padre. Fila tras fila. un zurrón. estaban los hombres más raros que había visto en mi vida. cada uno con las armas a cuestas. A1 irse. y en la mano lo que parecía una correa de piel. Para explorar. Tenía los dientes apretados. señor —dijo.—¡Antino! Está bien. La conozco. diez por legión. —¿Eso es todo? —No. Detrás de ellos. le dije: —Padre. por lo que sabemos. aunque tardan semanas en escoger las piedras que más les convienen. Sus ojos llameaban. Encontramos un galo muerto. —¿Cómo pueden tantos hombres estar listos en tan poco tiempo? — 134 — . cargado los carros. nos dispusimos a conducir fuera del campamento a la vanguardia.. Prisco y Escribonio. —Silvio me dijo que te informara. eran suficientes. Vosotros también. —Sí. una estaca para la empalizada y una pala. Pero espera a verlos en acción. Publio. El jinete Antino entró. Bien. Dejadle pasar. Antino me miró. —Sí. Todos llevaban un cinturón con una bolsa colgando.

Mi padre levantó el brazo y espoleó a su caballo. pero ¿por qué? —Al parecer. padre? —Práctica. Yo cabalgaba a su lado con quince mil hombres. Lo recordé. padre? ¿Cuánto tiempo tarda? —¡Cuántas preguntas! —Se echó a reír—. Mi tío hizo que los tiraran por la borda. diciendo: «Ya que no quieren comer. . Sí. a la guerra y. —Entiendo. como pronto averiguará Aníbal. Publio. Manlio Vulso. . ¿Quién sabe cuándo llegará el veredicto? Así que deja que vaya deprisa.Y atacó. —¿A qué te refieres? —A nada. si no la comían. Guerra. —Sí. un día y una noche. el Senado mandó enviados directamente a Cartago desde Ostia. Pero son rápidos porque han practicado. —¿Cómo es eso. . Se tarda. padre? —He olvidado las libaciones. . Los pollos ni siquiera tocaron la cebada. lo sé. Lo sabía. Después de todo.—Yo pensaba que esta vez habían sido algo más lentos. ¿Notaste lo silencioso que estaba el campamento? ¿Qué pocas órdenes se dieron? —Sí. —¿Qué pasa. Claro que ha sido inesperado. había consultado los pollos sagrados en el puente de mando. —Así es como tiene que ser. Así que por eso esperé cuatro días.. ¿Es que no te enseñó etimología Eufanto? —Sonrió. día y medio si el viento es propicio y los remeros vigorosos. Si se la comían. como requería la costumbre. Pero ya no hay tiempo para digresiones. —Ganó la batalla. —¿Rápido. que beban». . Lo noté. Les habían echado cebada. Estabas diciendo. ¿Recuerdas la historia de tu tío bisabuelo materno en la primera guerra púnica? Claro que la recordaba. padre. no. otra vez lo mismo. pero lo había olvidado. en un barco rápido. ¿qué decían los despachos? —Ya te lo dije.. — 135 — . a los legionarios les gusta que se consulten los augurios. Publio —continuó mi padre—. padre. . Recuérdalo. Vaya. sobre todo cuando son favorables. Aun así. Antes de la gran batalla marítima de Ecnomo. eso es lo que entendemos por la palabra «ejército». El ejército romano siempre sabe lo que tiene que hacer. —¡Maldición! —exclamó mi padre. era un buen augurio y tendrían que atacar. como los acontecimientos de entonces. Yo me ruboricé ligeramente. instrucción y ejercicio. Debería haber dejado que los sacerdotes hicieran sus cosas. y ganamos la guerra. Bostar. La unidad se prolongaba detrás de nosotros a la menguante luz del sol otoñal. —Padre.

. todavía. señor —dijo el primero de los dos. Mi padre levantó el brazo derecho para detener la unidad. hacia la unidad que guiábamos. señor. Tenemos que dar ejemplo con Aníbal. A1 menos. te presento a Calvo. Era delgado y bajo. —Bien. Así de simple. Como mi padre estaba mirando. cónsul. —¡Ah. —¿Por qué «presunto». Calvo —dijo mi padre. Con el tiempo podríamos hacer una provincia hasta el Iberus. El mejor explorador que tenemos. Crece buen grano. y llevamos años protestando. Con la paz queremos decir la restitución de Sagunto. padre? ¿Qué quieres decir? —Ya te dije que ésta era una tierra de bandidos. Publio. eres tú. los cartagineses escogieron la guerra. —¿Los cartagineses han atacado nuestros barcos? —No. Cabalgaron directamente hacia nosotros cruzando la llanura pantanosa. ¿Qué nos traes? —¡El campamento. Los patos levantaban el vuelo a su paso y graznaban mientras dejaban caer excrementos. y quizá más allá. poner orden. —¿Actuar. padre? —Porque sólo son chusma mercenaria cartaginesa. un nuevo tratado y Aníbal entre rejas. De todas formas.—Sí. Exigen aranceles. gracias a los cartagineses ahora podemos reclamar el sur de las Galias y el norte de Hispania y hacer provincias. esas cosas. deslizándose hasta el suelo por el cuello del caballo. señor. —Me miró con extrañeza y continuó—. exploradores! Me pregunto qué habrán encontrado. —¡Mira. padre! —exclamé. Ésa es la clave de los cartagineses. Su único interés es comerciar y ganar dinero. Se lo habría dicho al Senado si no me hubieran entretenido los ilirios y después los ínsubros. Estaba tan cubierto de polvo que casi parecía negro. con la nariz corta y ancha y poco mayor que yo. Sin disciplina ni táctica. el campamento! —¿De quién? — 136 — . por encima del hombro. sobre todo en Oriente. una vez que hayamos despachado a Aníbal y a su presunto ejército. Están comerciando en todas las rutas en las que habían acordado no hacerlo. con las capas ondeando y los pilos oscilando. galos. Calvo sonreía de oreja a oreja. Mi yegua agitó las patas. Aquél era el padre que yo conocía. Ha habido muchos problemas como éste. Sus piratas han estado causando problemas a nuestros barcos mercantes. Publio. —Ah. siempre recordando el nombre de las personas—. Bueno. El Senado dijo a nuestros enviados que ofrecieran a los ancianos cartagineses paz o guerra. Ilirios. Así que. Calvo. Y tú. los cartagineses nunca lo respetaron. Es una buena tierra.. —Gracias. fui yo el primero en ver los jinetes que venían: dos al galope. En la última guerra aprendimos a tratar con ellos. —¿Y el tratado de paz que se firmó después de la última guerra? —No sirve para nada. —Salve. Hace tiempo que pienso que deberíamos actuar. además.

Tú nos guiarás. ¿No deberíamos seguir la marcha y dormir al aire libre esta noche? —¿Qué? —Me dio una palmada en la espalda. —No importa. padre. Había poca vegetación y la que había estaba quemada por un verano de sol implacable. —Miró alrededor y luego de nuevo a mí—. Publio. que estaba detrás de nosotros—. Mi padre iba y venía por las formaciones.. —¿Pero qué? — 137 — . —Dicho esto. Marco. Vimos elefantes y los oímos. Escribonio asintió. todas y cada una de las noches. —Bien. No hablábamos. Me atrevería a decir que estaremos de vuelta mañana por la noche. Aquello era una máquina. los animales de reserva y los enfermos. Creo que no lo manifesté —. sólo el rumor de pies de muchos hombres y cascos de caballos. Espoleó al caballo para dar media vuelta y nos dejó a mí y a mi padre de nuevo en vanguardia. bueno. los buitres planeaban y caían en picado. ¿cómo te llamas? —Marco. Entiende esto. Conforme nos alejábamos del río. Atravesamos el vado y seguimos marchando. El campamento está en una meseta. es del único que puede ser. Escribonio.. Acamparemos allí durante la noche. No. ¿Cuántos dirías que hay? —Es difícil de decir. —Perdóname. mi padre se volvió a su estado mayor. señor. padre. La luz cambiaba ya.—De Aníbal. Me hizo daño. No había puntos de observación. Bien. Calvo. Orden general: todos los ejércitos romanos hacen un campamento decente cuando están marchando. —¡El norte! —exclamó mi padre—. No pudimos acercarnos. retrocede con dos manípulos y ocúpate de los carros. Pero. señor. Aquella elevación nos servirá. —Correré la voz. pero has dicho acampar. aunque no haya agua. Dile que quiero que se aproxime al campamento por el norte. la tierra se volvía seca y dura. no será por mucho. A tres horas hacia el norte. ¿cómo se encuentran los hombres que tenían fiebre? No importa. Mi padre ordenó paso ligero y caballos al trote. Por cierto. Por encima de nosotros. Dile que se reúna conmigo allí. ¡Cachorro descarado! —dijo riendo—. —Bien. —Lo recordaré. —¿Dónde? —A1 otro lado del río. Prisco. cambia los caballos y ve a buscar a mi hermano. señor. Y tú —al otro explorador—. Recuérdalo. no debemos seguir la marcha. señor. . Espéranos en el vado. Aunque demuestra que quieres pensar.Trompeta. Maldita sea. toca paso de marcha. Las piedras y la tierra que nos rodeaban eran de color rojo oscuro. dando ánimos y elogios. Eso era lo que tenía que inculcarte Fabio. Escribonio y yo cabalgábamos hombro con hombro a través de las silenciosas y fantásticas colinas. No se hablaba ni se cantaba. No había ruido. . Si nos superan en número.

te echo una carrera hasta la meseta. aunque pensé que más por dormir en el suelo pedregoso que por la herida. ¿Importaba eso si teníamos una empalizada? ¿Y al coste de cuánto tiempo? El ejército romano funcionaba como lo había hecho durante siglos: ¿era hora de cambiar? Las semillas se estaban formando en mi mente. El sol todavía tenía que aparecer por las colinas del este. —¿Cómo está esa espalda hoy? —preguntó mi padre. Mi padre les ahorró el foso. Quizá no tengas una tienda esta noche debido a este ritmo. No somos bandidos galos. la pérdida de mi madre es algo de lo que no sé nada. pero el ejército de Roma ya casi estaba listo para marchar. por un Escipión. comenzaron a hacer la cena. cabeza dormida! —dijo la voz burlona de mi padre. al lado del fuego. Los hombres estiraron los sacos de dormir al lado de los zurrones.—¿No hace mucho más lento el avance? —Sí. —¡Vamos. Aparté la capa bajo la que había dormido y me puse las botas. Me senté y vi cómo se formaba el campamento a mi alrededor. ni bandoleros cartagineses que merodean por ahí. frotándomela. una por manípulo. Ahora vamos. Un trozo de Roma en una elevación sobre el Ródano. Al final llegaremos. ¿Habrían bastado o era más importante una comida caliente? Cualquiera que estuviese a varios estadios a la redonda sabría ya dónde nos encontrábamos. Mi padre y yo nos sentamos juntos aquella noche por primera vez después de casi un año. Después los tribunos y los centuriones trazaron las secciones del cuadrado. — 138 — . Así era el ejército de Roma. comiendo una especie de potaje y luego higos secos. muchos alrededor de las hogueras. bebimos de los odres de agua. lo comían todos. Hablamos de Roma y de nuestra casa. como llegaremos hasta Aníbal y su chusma. A1 lado de las letrinas ya estaban quitando las estacas de la empalizada. Lo que comía uno. —Bien —dije. De mi madre y su muerte no dijimos nada. treinta y siete años después. Todo el mundo que me rodeaba estaba vestido. y nuestros hombres estarán descansados y seguros. de mi hermano y de mi hermana. pero estaremos en un campamento decente. Ahora voy a la letrina. La verdad es que me dolía y daba punzadas. Pensaba en Frontino y en sus galletas de cebada. dirigido. pero eso no importa. encima de las cuales humeaban los pucheros de hierro en el aire frío de la mañana. Vagué entre las hogueras. Publio! —dijo mi padre—. cuando el día moría ya y la luz se debilitaba. Abrí los ojos y me senté. Primero los soldados construyeron una empalizada con las estacas del equipo y acarrearon tantos matorrales y madera como pudieron encontrar. Hoy verás el poder de Roma. de Fabio y de otras cosas que no importan en este momento. se quitaron la armadura y. cuando he visto y conocido casi todo lo que hay bajo el sol y en el corazón inquieto del hombre. Luego cavaron unas letrinas y les pusieron mamparas. Los soldados con los que me crucé me miraban con curiosidad. con la armadura puesta. —¡Un gran día para estar vivo. padre. Incluso ahora. Me levanté con la túnica puesta. y sentí un golpe débil. como muchas otras veces. Bien. y los decuriones de las turmae de caballería colocaron las cercas para las monturas. ¿quieres gachas? —Enseguida.

Mi padre estaba cada vez más impaciente. —¿Que se han ido? ¿Qué quieres decir con que se han ido? ¡No pueden haberse ido! —Lo han hecho. Ah. Pero no en esta maldita tierra.. —Se han ido. Publio. —¿Ves eso? —dijo. Adelanta los manípulos de principales. con las paredes de ramas. Mi padre inspeccionó la aldea y los árboles que la rodeaban. Calvo tenía cara de preocupación mientras recorría trotando los últimos pasos. y a la derecha algo parecido a minas de carbón. los techos de matas. con las riendas colgándoles por el cuello. —Sí. En una ladera abrupta como ésa. Han levantado el campamento y se han ido. en un claro. Mi padre frenó el caballo. Buenos jinetes. Ahí viene Calvo. préstale la cabeza a tu caballo. Calvo y otros dos hombres bajaban por la falda de la colina que teníamos delante y a la derecha. Calvo? —preguntó mi padre. Una línea larga y delgada se rompe fácilmente. El terreno era mucho más abrupto y. señor? —preguntó. Escribonio! —gritó por encima del hombro—. los caballos pisaban con cuidado. diría yo. Calvo negó con la cabeza. mira. ¿por qué Escribonio ha puesto en duda tus órdenes? —pregunté mientras cabalgábamos. detuvo la formación. —Por las emboscadas. —¡Ya me has oído! —Pero eso alargará la formación.La marcha fue más dura aquella mañana. Yo diría que han huido asustados. ¡Ponlos en columna! Miré atrás. —¿Qué? ¿Niños? —Ambos reímos. con sus colegas detrás. señor. —Pero no parece que haya nadie. —No hay nadie. señor —dijo y dio media vuelta. —Esta gente no podría tender una emboscada ni a un niño —añadió. a menudo había que romper la formación. vi un puñado de chozas. ¡A1 menos llegaremos esta mañana y no las Saturnales del año que viene! Sólo la vanguardia saldrá al encuentro a Aníbal. —¿En fila. Ellos se encargarán de esa banda de mercenarios. para pasar por los bosquecillos de carrascas que crecían en las colinas. —¿Y bien. Por eso solemos marchar de diez en fondo. Escribonio espoleó a su caballo y se puso a la altura de mi padre. No importa. —¡Ve y ordénalos. espantando las moscas—. al menos para los legionarios. — 139 — . a lo lejos. ¡Mira allí! Seguí su mirada y. Me pareció ver una ceja enarcada en la cara educada y rubia de Escribonio. por debajo de nosotros. señor. —Padre. . —Unos tres estadios. Una espesa nube de moscas cayó sobre nosotros mientras esperábamos a los exploradores.

—No. Y. has hecho bien. Así que yo diría. señor. Calvo —canturreó mi padre—. Luego. —¡Así que los habéis perdido! —Era más una afirmación irritada que una pregunta. del tamaño de la cabeza de un hombre. pero creo que nos han estado observando. Cruzaron y volvieron a cruzar muchos arroyos que desembocan en el Ródano. gutural y extraño. Pero los perseguiremos. —Otra cosa. escucha y cierra el pico... —Mi padre se dio la vuelta en la silla e hizo una seña a Escribonio para que se acercara. —Miró al suelo y casi murmuró—. Casi añadí: «Mientras estábamos tranquilamente en el campamento». . —¿Y qué? —Y los. dos horas como máximo. — 140 — . Los tenemos cogidos. ya con más calma—: ¿Qué pasa con los zurullos? —Incluso las boñigas de los elefantes.. —Uno de los exploradores que estaba detrás de Calvo dejó escapar una risa sofocada. señor. señor. Escribonio. —Calvo.. y probablemente lo sigan haciendo. No me defraudes. Estaba allí para aprender.. ¡Quiero hechos! —Se dio la vuelta—. Pero mira. Quiero de ti algo más que corazonadas. señor. y tus hombres también. —¿Dirías que hace ocho.. diez horas que se han ido? —Sí. Pero el terreno se volvió muy accidentado. Perseguiremos a esos cobardes. mucho más —dijo Calvo con voz muy seria. —Más. —¿Qué pasa con ellas? —Estaban frías también. los zurullos. señor.. —¡Cállate o estarás limpiando letrinas el resto del servicio militar! —exclamó mi padre. Sólo es una corazonada. señor. su latín me pareció áspero. Los hemos presentido. ¿qué hacen dirigiéndose al norte? Bien. —Por un momento pensé que mi padre iba a perder la compostura. —¿Levantaron el campamento a medianoche? En el nombre de Juno. —¿Qué quieres decir? —Hacía rato que se habían apagado las hogueras y las brasas estaban totalmente frías. señor. No pueden haberse ido hace mucho. —Calvo. Calvo? —No estoy seguro. —¿Sí.—¿Dónde? —Hacia el norte. .. Enormes. señor.. pero respiró hondo y expulsó el aire—. —¿Habéis visto a sus exploradores? —No.. Seguimos sus huellas hacia el norte. pero pensé que era mejor volver para informar.

Había una cuesta después del barranco. extendiéndose por la ladera de la colina. Que Calvo nos guiara y los otros dos exploradores se quedaran con Escribonio. —Tenemos que llevar a los caballos de la brida por esta parte. y galopábamos cuando podíamos. Durante toda la mañana habíamos visto halcones y cuervos. —Está muy claro. luego otra igual. alrededor del cual graznaban los cuervos y sacudían las alas. a beber y a vaciar la vejiga. Mientras — 141 — . Bien. Conforme el sol cruzaba el cielo. y desmontamos. —Quiere que cantemos y bailemos —dijo mi padre jadeando cuando nos detuvimos a respirar en la cima de la cuesta—. Sí. Calvo. el terreno se convirtió en un pedregal de granito. Todos los infantes a comer. Miré a mi alrededor. señor. ¿alguna pregunta? Escribonio negó con la cabeza. o la huella de una bota. Todas las turmae de caballería menos cinco. cruzado por arroyos cubiertos de espuma. Sería una pena. —Bien. Pero pasado lo que Calvo decía que había sido el campamento de Aníbal. A lo lejos. luego otra cuesta. Más abajo. —Un barranco. estropearía la diversión. Media turma volvería al vado e informaría a Prisco Lelio. —Por supuesto. al oeste. cada vez más despacio. Ni rastro.Dio las órdenes rápidamente. señor? —preguntó Escribonio. Harán un buen espectáculo. otra cosa. —¿Prisioneros. Cabalgamos durante el mediodía. muy lejos de nosotros. adelante. Seguimos adelante. Calvo —dijo mi padre—. buitres e incluso palomas. —¿Qué es lo que no te gusta? —Está demasiado silencioso. Publio. —No me gusta esto. Mis pies estaban doloridos. Teníamos que avanzar con mucho cuidado. señor —contestó Calvo. —Está más practicable después de aquella altura. —Qué raro. pues el terreno se hacía más abrupto. luego otra. señor —dijo Calvo guiñando los ojos al cielo. Que Escribonio tomara el mando del cuerpo principal y nos siguiera tan rápido como pudiese. Redujimos la marcha. los ojos me picaban por culpa del sudor que se me deslizaba por la frente. Espero que no me quite de las manos a los cartagineses. los Alpes brillaban bajo el cielo. Me estoy haciendo demasiado viejo para esto. el camino entre las rocas se hacía cada vez más difícil. señalando un risco de granito en lo alto de la colina. Me pregunto dónde estará. de vez en cuando Calvo señalaba la boñiga seca de algún caballo. El agua de los arroyos que cruzamos estaba helada. más empinada que la anterior. Quiero llevar a Roma a ese revoltoso de Aníbal y algunos como él. Ni siquiera hay pájaros. señor —dijo Calvo—. Calvo tenía razón. subía el resto de la unidad. con claridad. —Se secó el sudor de la cara con el dorso de la mano. No me había dado cuenta. De repente vimos prados y llanuras cubiertas de hierba. No quiero que se queden cojos. ¿Alguna señal de mi hermano y su legión? —No señor. aunque no puedo decir que yo lo viera. Tenía que reforzar el campamento y ampliarlo para dar cabida a los prisioneros.

subíamos había gorriones volando de roca en roca y los tordos se habían escabullido
aquí y allá. Ahora, nada. Incluso el rastro de Aníbal y su ejército había acabado por
esfumarse.
—Mira los caballos, señor. Habría habido que fortalecerles las patas semanas antes de
afrontar un terreno así.—Señaló la caballería que se acercaba y vi que al menos la mitad
de los caballos iba cojeando.
—Ya no tiene remedio. —Mi padre anduvo unos pasos, se detuvo e inspeccionó el lugar
—.A1 menos hay agua de sobra —dijo, casi para sí, cuando volvió—, aunque poco
pasto. Pero servirá. Bien, Publio, Calvo, más adelante, al oeste, hay una altura de cima
llana. Acamparemos allí esta noche.
Yo estaba demasiado cansado para preocuparme.
El día siguiente fue muy parecido. Subir, explorar, sudar. Aquel día aprendí el valor de
las galletas de cebada cuando se chupan despacio. Mi padre hablaba cada vez menos.
Aquella noche se fue a dormir con un escueto «Buenas noches». Hacía frío. Los
hombres dormidos se agitaban, daban vueltas y murmuraban, lo mismo que yo,
envolviéndose en la capa, bajo la brillante y estrellada noche.
El retumbar del puño de una espada contra un escudo me despertó a la media luz del
amanecer, luego los relinchos de los caballos sobresaltados, atados en hilera. Por
instinto, me levanté; mi padre ya lo había hecho y se dirigía hacia los gritos que
resonaban en las colinas: Lo seguí hasta el límite de la cima y oí claramente las voces:
—Romani sumus, de la legión que manda Cneo Cornelio Escipión.
Esperamos, tiritando, los hombres apiñados y nerviosos. Así fue como en la cima de un
cerro del sur de las Galias volví a ver a mi tío, mientras el sol salía convirtiendo el
blanco de los Alpes en rojo fuego y doloroso.
—Nos encontramos de nuevo, en circunstancias inusuales, sobrino —dijo con una débil
sonrisa.
Así es como lo recordaba de mi infancia: comedido, escrupuloso, casi afectado. Había
perdido todo el pelo y las gotas del sudor que le había producido el ascenso brillaban en
su cabeza calva.
—Hermano, habría preferido que fueras Aníbal —dijo mi padre, ¿o bromeó?, mientras
los tres caminábamos hacia las fogatas— y no un huésped inesperado. Y bien, ¿qué
noticias hay?
—Ninguna, salvo caballos agotados y hombres cansados y hambrientos.
—¿Quieres decir que no hay rastro de él?
—Sí, hermano —dijo mi tío—, eso es exactamente lo que quiero decir. Y francamente,
ha sido como en nuestros juegos infantiles, cuando me enviabas con un mensaje
destinado a alguien que no estaba allí.
—¿Qué haces entonces, vagando de noche con una de mis legiones?
—Los caballos estaban nerviosos. No podíamos acampar ni dormir. Pensé...
—¡Así que los movimientos de un ejército romano los dictan los caballos!
—¡Soy tu legado, no tu siervo! —contestó mi tío, enfadado—. No he dormido como se
debe durante días, ni he comido... ni mis hombres tampoco. Se ven cosas en esos
montes tan altos. Mejor dicho, no se ven. Se oyen voces, hay sombras extrañas. ..

— 142 —

—¡Maldita sea, hermano! —gritó mi padre—. Por todos los dioses, ¿dónde ha ido?
Mi padre ordenó a toda la legión de mi tío que diese media vuelta, aunque se quedó con
sus trescientos jinetes. Cuando se encontraran con Escribonio tenían que construir un
campamento adecuado y salir en busca de comida.
—¿Comida, Cornelio? —preguntó mi tío—. ¿Has visto algún ciervo por aquí?
—No, Cneo, no he visto ninguno. Pero he visto muchos conejos y liebres; servirán.
Quiero que las raciones secas de tus soldados se distribuyan entre la caballería.
—¿Quieres decir que continuamos?
—Por supuesto. Tengo órdenes. Nunca he fallado a Roma.
Así reanudamos la marcha, dos días de calor y escoceduras, dos noches de frío. La
segunda, mi padre dividió la unidad.
—Seguramente se ha colado a nuestras espaldas. Vamos a ir otra vez hacia el sur, Cneo.
Yo me quedaré en el centro con cinco turmae. Tú te desplegarás hacia el este,
Escribonio hacia el oeste. Lo encontraremos.
No lo encontramos. Había desaparecido. Volvimos al campamento que habían
construido Escribonio y la legión de mi tío. ¿Cómo podía haber desaparecido Aníbal?
¿Y los elefantes? Había visto elefantes en Roma, utilizados por los constructores para
transportar materiales. Los hombres pueden esconderse en barrancos y en cañadas, pero
¿y los elefantes?
El campamento estaba inquieto. La comida era escasa, para nosotros, desde luego, pero
aún más para los caballos. La cena consistía en un poco de avena en el fondo de un
cuenco, espesada con grasa de guisado de liebre. Recorriendo la empalizada en
dirección a las letrinas, vi que los caballos sólo tenían un poco de hierba seca y mohosa,
mezclada con semillas de cardo.
Aquella noche nevó. Nos despertamos con la capa y el suelo cubiertos. Alrededor de las
fogatas, los hombres daban patadas en el suelo y se golpeaban los brazos. El viento del
norte atravesaba la ropa, metiéndose hasta los huesos. Sin embargo, el sol brilló en la
vasta blancura de los Alpes.
La asamblea de guerra fue breve.
—Estoy seguro —dijo mi padre—. Lo hemos perdido. El movimiento hacia el norte fue
una estratagema. Habrá dado la vuelta, esquivándonos, y estará dirigiéndose ahora hacia
los Pirineos.
—¿Cómo puedes estar seguro, hermano? —preguntó mi tío.
—Tiene que pasar el invierno en alguna parte, ¿no? —contestó mi padre con sarcasmo
—. Mira a tu alrededor. Esto es acogedor en comparación con lo que ha de venir. No,
creo que acelerará la marcha antes de que lleguen las nieves de verdad. Bajará en zigzag
por la costa y pasará el invierno en Cartagonova. ¿No estás de acuerdo, Escribonio?
—Eso, señor, es lo que yo haría —contestó Escribonio; a la defensiva, pensé.
—Bueno, entonces levanta el campamento. Volvemos con Prisco Lelio y a un
campamento bien hecho.
—¿Y desde allí, hermano? —preguntó mi tío, encogido por el frío.

— 143 —

—Consultaré al Senado, pero mi intención es pasar el invierno en Placentia. Desde allí
aconsejaré al Senado que me permita dirigir un ataque en pleno en Hispania en
primavera. Llevar la flota directamente a Cartagonova. Hacer las cosas bien de una vez
para siempre. Los hermanos Escipión atacarán Hispania y Sempronio, Africa. Brrrr, qué
frío hace. Pensándolo mejor, creo que me cambiaré por Sempronio y disfrutaré del sol
africano una temporada. ¿Alguien se apunta?
Nadie rió. Desanduvimos lentamente el camino hecho. Estaba oscureciendo.
—Menos de una hora de marcha, Publio —dijo mi padre, que iba a mi lado—. Luego un
baño caliente, una cena decente y una cama en una tienda. Prisco es muy bueno para
esas cosas. Es el mejor intendente que he tenido. —Estábamos en un barranco—. Desde
aquella cuesta, si no recuerdo mal, veremos el vado y el campamento. Me vendrá bien
poner en remojo estos viejos huesos. Y —añadió, frotándose los labios con la mano—
saborear una copa de vino.
Llegamos a la cima de la cuesta. Más abajo, el río resplandecía con las últimas luces.
Pero encima flotaba una masa espesa, oscura, serpeante, una nube, pensé al principio.
Luego un olor ácido y amargo me llenó la nariz y la boca.
Mi padre se puso rígido.
—¡Por todos los dioses! —dijo con los dientes apretados. Miró con furia a su alrededor
—. ¡Escribonio! ¡Que me sigan diez manípulos! ¡Al galope! —espoleó a su caballo con
saña y se fue galopando colina abajo.
Yo fui detrás, más despacio. Lo encontré, todavía montado, al lado del vado. Entre
nosotros y la otra orilla, el río fluía amenazador y oscuro. La luz había desaparecido del
agua. Imitando a mi padre, miré hacia lo que había sido nuestro campamento. Sólo
quedaba parte de la empalizada. Aquí y allá brillaban los blancos fragmentos de las
tiendas destrozadas y todavía llameaban rojas lenguas de fuego en el montón de carros
calcinados.
Oí a lo lejos el gemido del ganado y otro sonido, el de animales sufriendo.
A nuestras espaldas oí el paso rápido de los manípulos que se acercaban. Mi padre se
volvió hacia ellos. Quizás era la luz que se desvanecía, pero su cara parecía cenicienta y
agotada.
—Bien, hombres —dijo—. Que dos manípulos se queden aquí hasta que los demás
hayan cruzado. El resto, en marcha. Luego formad en la otra orilla en columna de a tres.
¿Quién es el centurión más antiguo?
—Soy yo, señor —se oyó una voz.
—Vuelve atrás. Trae a los honderos. Los quiero en mitad de la ladera de la colina,
protegiendo nuestro avance y el. . . , el. . . —titubeó—, el campamento.
Obligamos a los caballos a entrar en el agua, con los soldados siguiéndonos. El
campamento, o lo que quedaba de él, estaba a unos cien pasos de la orilla. Pero los
primeros cadáveres estaban mucho más cerca. Parecían en paz, caídos de costado, boca
arriba o boca abajo, y de su vientre, su pecho y su cuello manaba sangre, oscureciendo
la hierba y mojando la tierra.
En medio de un silencio escalofriante entramos a caballo en el campamento. En el
centro vimos un hombre atado a un carro carbonizado ya. Mi padre se detuvo.
—¡Es Prisco!

— 144 —

Espoleó el caballo, desmontó y echó a correr, resbalando por el suelo ensangrentado. Yo
también desmonté y avancé despacio, sintiéndome vacío, irritado, solo, mareado. Pisé
un soldado muerto, luego otro, sin armas, todavía con la túnica, algo de barba en las
mejillas, pero los intestinos le cubrían todo el vientre y llegaban hasta el suelo.
Mi padre se agachó junto a la rueda del carro carbonizado. Detrás de mí, los soldados
formaban un semicírculo irregular.
—Padre, ¿qué es?
Empezó a encogerse, a retorcerse. Esperé. Se puso en pie y me miró con ojos salvajes.
Envainó la espada que llevaba en la mano.
—Publio —dijo en voz baja.
—¿Sí?
—Acércate, hijo. Le han sacado los ojos y le han cortado la lengua.
No me acerqué. No podía. A cuatro, cinco pasos de distancia veía la sangre, la sábana
roja y marrón que una vez había sido el padre de mi amigo.
Como un perro que sale del agua, mi padre se sacudió.
—Trompeta, toca adelante para el resto del ejército. Vosotros, un manípulo de guardia.
El resto, a cavar.
Y eso fue lo que hicimos, grandes fosas al otro lado de la empalizada, y llevamos a los
muertos allí durante toda la tarde y hasta ya entrada la noche. Yo también participé.
Nadie hizo comentarios. El sentimiento de los hombres era de rutina. Los romanos
habían sufrido muertes, emboscadas y asesinatos desde el origen de Roma.
Mi padre había ido a la desembocadura del río para hablar con el almirante de la flota y
hacer planes para embarcar. Yo me limité a trabajar manualmente.
Finalmente, hambriento, sediento, dolorido, con todos los hombres enterrados, me
tumbé a dormir en la tierra, ensangrentada sin duda, pero al menos la sangre estaba seca.
A lo largo de la empalizada las fogatas ardían en la noche, alimentadas por los restos de
los carros, y los centinelas decían las contraseñas y las horas.
Pensé que acababa de dormirme. Entreabrí los ojos. Un soldado estaba a los pies de mi
padre, a mi lado. Casi había amanecido.
—Siento despertarte, señor. Vienen hombres del este.
—¿Hombres? ¿Cuántos?
—Seis, señor, a pie.
—¿Armados?
—No. Señor, creo que son de los nuestros.
Así volvieron los supervivientes del campamento del Ródano, dos cocineros, un herrero
y tres muleros. Tenían frío, hambre y confusión. El interrogatorio de mi padre fue
amable, casi ligero.
El ataque había sobrevenido en mitad de la noche anterior, flechas de fuego primero.
Ellos estaban fuera del campamento, de guardia, con los bueyes, las ovejas y las cabras.
Cuando vieron las llamas y oyeron el ruido, corrieron.

— 145 —

—Pero al mirar atrás los vi, señor —dijo el herrero, gordo como un tonel, casi sin cuello
y con las piernas cortas y arqueadas—. Los vi perfilados contra las llamas.
—Sí, hombre —dijo mi padre pacientemente—, pero ¿a quién viste?
—Galos, señor, eran galos. Casi desnudos, con mucho pelo y unos extraños escudos
pintados. Exactamente iguales que aquellos contra los que luchaste en Placentia... los
insu... los insubrios.
—Los ínsubros, Flaco. —El herrero se sorprendió al oírse llamar por su nombre—. Sí,
te conozco.
Mi padre bostezó. Las bolsas de sus ojos legañosos eran casi negras a aquella luz
inclemente.
—¿Cuántos eran, Flaco? ¿Lo viste?
—No, señor. Lo siento. Sólo eché un vistazo y corrí hacia aquellas rocas.
—Gracias. Eso es todo. —Se sentó apoyando la barbilla en las manos, mirando a lo
lejos.
—¿Los perseguimos, padre? —pregunté.
—¿Qué?
—¿Vamos a perseguir a los ínsubros?
—No tiene sentido. No los cogeríamos. —Se estiró, se levantó—. Voy a lo que quede de
la letrina. Escribonio, forma a los hombres.
—¿Para qué, señor?
—Para embarcar. Volvemos a los cuarteles de Placentia. Este estúpido juego del
escondite ya nos ha costado demasiado caro. Encárgate de todo. —Con un gesto de la
cabeza, mi padre se fue. Escribonio dio media vuelta para irse.
—Escribonio, ¿tú irías detrás de los ínsubros? —le pregunté.
—¿Si yo iría, señor? Es una extraña pregunta, con tu permiso. Yo obedezco órdenes.
Pero ya que lo preguntas, no, creo que tu padre tiene razón. Yo no los seguiría... si es
que son ellos.
—¿Qué quieres decir con ese «si»?
—He sido soldado durante quince años. Extraño país. Lo que crees que ves no es lo que
parece. Ahora, si me disculpas, tengo que formar a los hombres.
El viaje por mar fue directo y sin escalas. Bordeamos la costa. Me alegré, pues en alta
mar vimos tormentas salvajes que encendían el cielo. En una ocasión vino una hacia
nosotros, pero la flota se refugió en las islas Estécades hasta que pasó. Sólo resultaba
desagradable aquel hacinamiento, con cuatro legiones enteras, más los caballos, en unos
barcos pensados para transportar la mitad. El resto de la flota todavía estaba patrullando
la costa de Hispania y tenía que pasar el invierno en Massalia.
A veces, cuando el viento era ligero, cuando las velas estaban flojas y los remeros
hacían todo el trabajo, el olor de tantos hombres era insoportable. Así que durante
aquellos largos días aprendí a encontrar intimidad en mí mismo. Mi padre, mi tío y yo
hablábamos a veces. Pero la mayor parte del tiempo estaba cada uno por su lado.
Encontré la paz en los bancos de los remeros y mirando durante horas el mar nervioso y
farfullante. Oía a los hombres contar chismes sobre Aníbal. Casi todos estaban seguros,

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Estábamos destinados allí. Perfeccioné la espada y el pilo. en los patios de las cuadras. Si cuento poco del invierno en Placentia es porque eso es lo que recuerdo.. al parecer. Eso era todo. Su cara estaba pintada como la de una muñeca. pero también sobre lo que haría al verano siguiente. Deberíamos empezar con la caballería y luego con los hombres. Sus planes manifiestos eran. Hoy sacaremos veinte y — 147 — . de que se había dirigido al sur. Recuerdo haber dormido mucho. Parecía que lo que comíamos era como Placentia: siempre gris. Sólo la casa del prefecto estaba construida con piedra. Ambos se retiraron a habitaciones privadas. Delante de la casa del prefecto. Pero sabía que se lo habrían notificado oficialmente. primos y amigos en el Ródano. Placentia era. Hasta el mercado era monótono y triste. adulador con mi padre y con mi tío.como lo estábamos nosotros. Nosotros sólo teníamos que esperar. Supongo que estas relaciones tan superficiales eran lo normal. oía los relinchos de los sementales y las yeguas. ácidas y pasadas. su labio inferior colgaba y su túnica tenía manchas de grasa. arados y azadas. los capullos de los cerezos estaban rojos e hinchados. Cada día. Ejército viene de ejercicio. despachos que iban y venían entre mi padre y Roma. sobre todo de sus planes militares. Publio. Empecé a oír cantar a los pájaros. Todavía teníamos violentas tormentas y un mediodía incluso cayó nieve. Veo que el sol calienta la tierra. Ambos éramos Escipiones sirviendo a Roma. No conseguí conocerlo mejor. Y en primavera Sempronio y sus dos legiones invadirían Africa. mi padre dijo: —Bien. Frío. si el tiempo lo permite. que pasan los días y no llega. Yo lo evitaba todo lo que podía. Podían haber enterrado a hermanos. gris y lluvia. Tenemos cuarenta turmae de caballería. Desembarcamos en Pisa y atravesamos la cuenca del río Po. ¿no? —Sí. los del Senado. cuando su consulado terminara. La rechacé y volví a mi cama bajo la lluvia. No sabía qué podía añadir yo. jugué mucho al ajedrez. Me dio asco. más o menos. haciendo y reparando espadas. y sin duda todavía lo es. aprendí a montar un caballo en movimiento. ¿cuándo? —Hoy. pero que lo encontraríamos y lo derrotaríamos en Hispania en primavera.. como hago yo ahora con el veredicto. La joven que me asignaron apestaba a almizcle. y un gran bebedor. lo que por desgracia no sucedía en las comidas. Los castaños que rodeaban el barro del campo de maniobras se iluminaron con las hojas verdes. ¿recuerdas? Creo que ya es hora de que empecemos. A1 principio pensé en escribir a Lelio para hablarle de su padre y decirle que lo sentía mucho. pero las fraguas estaban atareadas. montar a caballo bajo la lluvia. Muchos de los comentarios eran sobre Placentia y los permisos. después de desayunar gachas grises y manzanas arrugadas. poco más que un puñado de chozas y barracones cuartelarios tras sus poderosas murallas. La gente decía que sólo el verano traía algo de comercio. La savia subía. Alguna vez hablaba con mi padre. una ciudad sosa. La muerte es algo ante lo que las palabras se debilitan y pierden fluidez. los burdeles y los mesones. El prefecto era un hombre furtivo y escurridizo. Cada día. pero los soldados siguen viviendo. Era mi padre y yo su hijo. la oscuridad de la mañana era menor. padre. La llegada de la primavera era lenta pero segura. Una mañana. instrucción y más instrucción. Una vez fui a un burdel con mi padre y mi tío.

Fantástico. mil doscientos hombres. por donde había ido mi padre. al galope. En nuestra orilla del río. Al día siguiente lo mismo. La mayor parte de aquel día montamos a caballo y dimos vueltas por los prados llenos de hierba. Recordé a Escribonio. y quiero que los caballos se acostumbren a un terreno más duro. Salí corriendo. por el oeste. pero sobre todo las exclamaciones de asombro. Ve y di a los decuriones que se preparen. Estaba emocionado por mandar un escuadrón romano. Redujimos la velocidad mientras nos aproximábamos a las rocas. Era mi derecho por nacimiento y por nombre. ¿Ves aquellas colinas al norte? Coge la mitad de las fuerzas y ve a hacer un reconocimiento. inimaginable. A todo galope. y nos veremos cuando vuelvas. —Es hora de que veas algo más del país. pero incluso eso es un momento que me definía. Y ten cuidado. Vi un brillo repentino. pero di la vuelta a mi caballo y grité: —¡Escuadrón. Llegamos a las colinas al trote. cambiando de matices y colores que contrastaban con la hierba verde sobre la que marchaban. El tercero. Nosotros cabalgaremos hacia el oeste un poco. pero por otra parte el mundo era maravilloso. inconcebible pero real. viniendo hacia nosotros en diez columnas (era. las maldiciones de seiscientos hombres formados. miré atrás. Me froté los ojos y miré otra vez. limpio y pletórico de vida primaveral. sino que había cruzado los Alpes en mitad del invierno y ahora estaba en Italia. Recuerdo los relinchos de los caballos protestando. No es que vayas a ver mucho. verde. Paramos para la comida del mediodía. te preguntaré cuántos sitios de acampada has visto y me los describirás. cogimos las cuarenta turmae. espoleé a mi caballo con furia y los jinetes que me rodeaban hicieron lo mismo. Las fuerzas de Aníbal eran cuatro o cinco veces superiores. Tenía que ser un sueño. raciones frías de los zurrones. se inclinaba hacia el Ticino. Yo estaba con la espalda apoyada en el tronco de un roble y mi padre a mi lado. aún cubierto de hierba. increíble) había un ejército de miles de hormigas que resplandecían al sol. entusiasmado. como sueños en la noche. cuando los vi. En la otra orilla del Ticino. no quiero verlas hundidas hasta el corvejón en el barro. sus dudas tácitas. como el de una armadura al sol. Imposible. Publio. entre éste y la unidad de mi padre. seguidme! Y me lancé en diagonal por el camino por el que habíamos llegado. Aquello era el ejército de Aníbal el Imprevisible. Conozco bien el terreno. en la llanura situada a muchos estadios de distancia. que no se había dirigido hacia el sur. Hasta el día de hoy sigo sin saber qué fue lo que me impulsó a actuar. hasta el río Ticino. Cuando vuelvas. marchaba un inmenso cuerpo de caballería. ¿Qué podía hacer? ¿Qué debía hacer? Un escalofrío me recorrió — 148 — . hacia las cuadras. y no menos por lo que siguió. El terreno. tropezaron y se embrollaron. ¿Qué pensé? No eran ínsubros ni boios. El río Po bajaba todavía revuelto. al oeste y al sur. pero quiero que aprendas a utilizar los ojos como los exploradores. Los pensamientos se amontonaron. Ni todos los celtas o galos que habían desfilado juntos alguna vez eran tantos.probaremos la tierra. un afluente del Po. y sigue siéndolo en mi mente. muy por delante del ejército principal. Miré la cuadrada formación que había ordenado mi padre: seiscientos hombres. el desdén de mi padre. furioso y gris.

la caballería cartaginesa se detuvo. y espoleé a mi caballo. otros a pie y peleando en tierra. cinco. con la espada empuñada con las dos manos por encima de la cabeza. Su escuadrón se adelantó en línea recta. tres hombres. Ambas fuerzas cambiaron al galope. Volví a montar. vi algo extraordinario. espoleé al caballo y di media vuelta. pero lo que más recuerdo es la velocidad. como el vuelo de un pájaro. pasando al trote. solté las riendas y por primera vez cabalgué realmente. todavía a caballo. Poco antes de que las dos fuerzas chocaran. debía de ser una coraza de piel negra. En medio de aquella algarabía. Gritó: «¡Barca. — 149 — . Atravesamos las puertas de Placentia al galope y grité «¡Cerrad. equivalentes en tamaño a las que mandaba mi padre. cogí a tres jinetes conmigo y nos alejamos al galope. atacar al grupo que rodeaba a mi padre. sobre un gran caballo blanco. en columna de tres. dando estocadas. unos todavía a caballo. o tal vez inferiores. Tres veces vi las puntas de las lanzas obligando a dar media vuelta y retroceder al hombre que sabía que tenía que ser Aníbal. Sólo las dos primeras filas continuaron. desmontaron. Vi que el brazo derecho de mi padre se elevaba y bajaba. el hombre de negro estiró el brazo izquierdo y. sólo mis jinetes. padre. y lo colocamos a lomos de mi caballo. cuando llegué y bajé del caballo. lo que sucedió parece haber ocurrido muy lentamente. Con el rabillo del ojo vi al hombre de negro. Con las palabras que utilizo. sus hombres le imitaron y él se acercó hacia nosotros. los colores de mi padre ondeaban al viento. Y entonces. —¡Cuidado. vi al hombre de negro dirigirse directamente hacia mi padre y agacharse bajo su pilo levantado. Quizás había mil pasos entre las dos unidades. a dos docenas de pasos. uniéndose al círculo. Recuerdo los gruñidos de mi padre. cogí las riendas. Tres veces mientras me acercaba vi al hombre de negro. bajé la colina flotando. que contrastaba vivamente con las brillantes armaduras de los jinetes que capitaneaba. Con un movimiento circular de la espada derribó a los jinetes que le bloqueaban el paso. los cartagineses se movían ante mis ojos con perfecta precisión y cambiaban la línea a punta de flecha y del paso al trote y al galope. cuatro. cerrad!» a los asombrados guardias. Lo levanté sin saber cómo. Me arrodillé al lado de mi padre. que había desmontado. Como un solo hombre. Barca!» retumbando como un tambor. sentí a los otros conmigo. alguien me ayudó. La lucha de los mil doscientos se había convertido en grupos confusos de dos o tres. pero mientras lo hacía. —¡El físico! ¡Ayudadme a llevarlo al físico! —grité a los hombres que había a mi lado. Placentia. sus gritos de «¡Barca. arremetiendo con los pilos. su formación en flecha se ensanchó para formar una sola línea envolvente. a mi padre caer.el pene y me subió hasta el cerebro. En la punta de la flecha vi a un hombre vestido de negro. le rodearon. Sólo una vez miré hacia atrás y vi la estela roja de su sangre en la hierba. con los pilos plantados en el suelo. Vi la espada brillar y moverse. Si llevaba armadura. ¿Debía volver a Placentia a toda prisa y llamar a las legiones? ¿Por qué no había vuelto mi padre y hecho lo mismo? Mientras mi caballo se apoyaba en una pata y en otra. pequeño. Barca!». sentí el viento soplando hacia mi padre caído y sus colores. Todavía respiraba. te rodea! Creo que grité para avisarle. con la facilidad y la belleza de un arco iris. Nadie venía detrás. defendiéndole. Sus ojos estaban húmedos y la sangre le corría por el costado.

En el Ticino. pero lo hizo. Me senté en el brocal del pozo—.El cretense que me había atendido a mí había muerto en el Ródano. muchos más hombres de los que he visto en mi vida. Puede que Aníbal haya cruzado los Alpes. te lo estoy diciendo! —Bien. extraviada. —¿Tienes fiebre. —¿Dónde? —Al oeste. —¿Cincuenta mil hombres han cruzado los Alpes? ¡Ridículo! —¡Ridículo pero cierto. Me incliné sobre el brocal del pozo del centro y me enjuagué la cara con agua una y otra vez. iré y lo veré por mis propios ojos.. Es imposible —balbució—. —Pregúntamelo más tarde —contestó. ¿No es Barca su apellido? —El canto todavía resonaba en mis oídos—. . lo vi por mis propios ojos! ¿Lo entiendes? ¡Aníbal Barca! —grité. ¿Has dicho al oeste? —Sí. Tú ocúpate de tu padre. ¿Qué le ha pasado a mi hermano? —Te lo estoy diciendo. Con semejante falta de respeto comencé. —Supongo que mi mirada era fija. Tercero. Me sentía débil. Si es él. —An. Publio? ¡Aníbal! No seas ridículo. —Pero ¿y los Alpes? ¡Y en invierno! ¿Cómo.. —¿Vivirá? —pregunté al físico. —mi voz no quería salir. —Y él las duplica. tío. —Llevaré una legión. ¡Lo oí. El color desapareció lentamente de su cara. ahora lo veo. pediré que envíen aquí a Sempronio y a sus tres legiones. El otro físico era también griego. —No puede ser. La respiración de mi padre era rápida y ronca. . Con un gran ejército. Primero. a menos de media hora a caballo.Y un ejército inmenso —añadí en voz baja. — 150 — . triste y de ojos bondadosos. —¿Qué vamos a hacer? —Pensaba que eras el legado de esta guarnición. pero tenemos cuatro legiones aquí. enviaré un despacho al Senado. te lo he dicho. —¡Por los dioses. ¿Si es él? Te estoy diciendo que es Aníbal.? —No sé cómo lo hizo. Gotas de sangre salían burbujeando por sus labios. Lo volví a intentar—. quiero pasar revista a todos los hombres. Segundo. .. Aníbal. Publio. —¡Sempronio! No te precipites. a ser un hombre. Publio! ¿Qué ha pasado? Me volví con el agua cayéndome desde la frente. Me pareció oír una voz lejana: —¡Publio. Era mi tío Cneo. es Aníbal. pequeño. tío! —estaba irritado—.

El físico me indicó por señas que me fuese. tomad posiciones en la orilla de allá. en el Ródano. ¿Por qué no me habían seguido? ¿Dónde estaban? En su lugar. Yo añadí una nota para Fabio Pictor diciendo que había visto a Aníbal por mis propios ojos. El físico está con él. Llegamos a la elevación desde la que yo había observado. ¿para quién? Durante semanas. con paciencia. Mi tío y yo recorrimos en silencio aquella carnicería. —Muy bien. ¿Hacia dónde?. Otros diez. El primer despacho senatorial decía que era imposible que un ejército cruzara los Alpes. ni escudos ni pilos ni cascos. cadáveres revueltos. A los que habían recibido una cuchillada en la pierna. como allí. Mi tío era un jefe cauto. y mucho menos en invierno. que Aníbal castigaba a Roma. Fui a mi habitación. En cuanto se mueva cualquier cosa que no sea un conejo. regresé con mi tío. — 151 — . Huida. ¿Estábamos seguros de que era Aníbal el cartaginés? Mi tío contestó. algunos todavía sangrando. que empezaba a ser dulzón. Nadie había vuelto del Ticino. Ataque sorpresa y huida. Habló tan bajo que aseguraría que sólo las primeras filas lo oyeron. cuarenta turmae de caballería romana. Estaban donde habían caído. —Diez manípulos. Las patrullas no encontraban nada y los mensajeros volvían. —Voy contigo —dije. y entre el olor. Sólo vi caballos muertos. En mitad de la cuesta. No había heridos. las veinte de mi padre y las mías. No era la primera vez. me quité la coraza. volví a ponerme la coraza.Mi padre seguía dormido y respiraba irregularmente. Todos con los ojos bien abiertos. Y con cerca de mil caballos frescos y descansados. y otros diez que vuelvan a la cima. Cada diez minutos hacía un alto y esperaba que llegaran los honderos corriendo. —¿Y tu padre? —Vive. penetrante y nauseabundo. Pero quizá sabían lo que había que hacer. listo para partir. que ya estaba montado en el patio de armas. que toquen la trompa. en la espalda o en el brazo les habían cortado la garganta. los únicos ciudadanos que salieron de Placentia fueron las patrullas de exploradores y mensajeros. en la cara. Daré el mando a Escribonio. y un magnífico arsenal. entre las moscas zumbantes y molestas. salvo que estuvieran inservibles. al principio incrédulos y luego cada vez más desesperados. Las vendas que envolvían su pecho estaban rojas de sangre y amarillas por los emplastos. los manípulos habían formado cuadros de defensa. No había espadas. el Ticino rojo debido a los cuerpos amontonados en la orilla. pensé. que caven y entierren —ordenó mi tío—. En esta ocasión tenía motivos para serlo. me pregunté. con las respuestas del Senado. No teníamos exploradores ni caballería. mi tío puso a los honderos. los últimos siempre de noche. me cambié de túnica. la tierra roja de sangre. Había sido él. Mi tío se dio la vuelta con la cara gris y descompuesta. estaba seguro. Su mensaje siempre era el mismo: nada que informar. —No quiero ver más. para llegar a Pisa y coger un barco hacia Ostia al amanecer. Supuse que se habían llevado los supervivientes.

Aníbal les asusta porque es algo que no entienden. — 152 — . —En aquel preciso momento sonó una trompa en el campo de maniobras—. muy cansados. por ejemplo. ¿por qué no se aprovecha de esta ventaja? No entiendo por qué no nos ataca aquí. sus hombres y sus animales tienen que estar cansados.Nuestros soldados en Placentia estaban retraídos y malhumorados. Lentamente llegamos a admitir que había hecho lo imposible. Los hombres cansados no luchan a menos que sea necesario. Por cierto. Pero personalmente creo que este Aníbal no luchará en nuestro terreno. —Estará descansando. en las colinas que quedan al norte —dijo. sus pérdidas habrán sido muchas. Le pregunté a Escribonio sobre esto una mañana que nos reunimos en el comedor de oficiales. —Entonces. —Entonces. no es maquinaria de asedio. señor. al oír el nombre de Aníbal. supongo. —¿Por qué? —Bueno. Instinto. no contra magos. eso fue todo. Me sentí turbado. —¿Tú lo aconsejas? —Si me lo preguntaran. Su colega el cónsul Sempronio había pospuesto el viaje a Sicilia y pronto llegaría con sus tres legiones. Para ver a qué se enfrenta. De todas formas. señor. me han contado lo del Ticino... ¿deberíamos atacarle nosotros? —Sí. La herida de mi padre estaba cicatrizando. —¿Qué te han contado? ¿A qué te refieres? —Que salvaste la vida a tu padre. Aníbal no había ido hacia el sur. Ya ha hecho lo que ningún hombre soñó que fuera posible. Me pregunto si todavía estará vivo. no lo sé. Pero antes tenemos que encontrarlo. Lo cual no hizo que dejáramos de preguntarnos dónde estaría ahora. según estamos descubriendo. yo debo la mía a Frontino. Escribonio. aunque ha conseguido cruzar. Oí hablar de magia y vi que. Él. los hombres hacían signos contra el mal de ojo. Bueno. Nuestros soldados luchan contra hombres. nada más. seguramente. aunque los entreteníamos haciendo ejercicios. cuando llegue Sempronio. señor. Escribonio? —Todavía tiene ventaja. además está el miedo. Los hombres dicen que mereces una corona. Ya has oído a los hombres. diría que sí. —Pero ¿por qué esta maniobra falsa contra Placentia? —Reconocimiento. —No lo creo. Y en todo caso. señor. —¿Qué quieres decir. aunque todavía guardaba cama y tenía una tos profunda y seca. señor. Luchará en el terreno que él escoja o no luchará. —Traiga lo que traiga tras haber cruzado los Alpes. luego da un picotazo y desaparece. si mi padre me debe la vida. pero eso no quiere decir que presente batalla. Más caballería había llegado ya de Roma sin haber visto ni a un cartaginés en el camino. No será muy difícil. Discúlpame pero tengo que entrar de guardia. y qué iba a hacer.

Estaremos allí. —Así que aquí está mi heroico y herido colega de consulado —dijo atravesando la habitación. —Si Aníbal fuera un enemigo tan dócil. es un cobarde. al pie de su cama. Me senté en un taburete. Eso no es un soldado. —Pero padre. Parecía una cigüeña. Alto y delgado.Y tú. Júpiter sabe que Roma necesita soldados como él. Le sostuve la mirada. Ahora más que nunca quiero hacer algo por ti. Cuando me retiré para dejarle descansar. Sempronio y sus legiones llegaron a la mañana siguiente. ¿por qué fue su espada la que te hirió? —¡No! —Volvió a toser. —Sempronio. —¿Entonces qué? —Su actitud era arrogante y zumbona. Entendí por qué. será una derrota y las auténticas decisiones se tomarán en Roma. Se rodeó la barbilla con la mano. —Por favor —dije levantándome—. Se agachó por debajo de mi pilo. padre. claras y concisas. Gracias —dijo en cuanto recuperó la voz—. Está durmiendo. Sempronio se detuvo. que sacaba como un gallito. tenía que volver a Roma para recuperarse allí y para dar su consejo.. Te debo la vida.. A1 día siguiente llegaron las órdenes del Senado para mi padre. Supe quién era mientras entraba. señor. no lo creo: lo sé. como las que había en la desembocadura del Ródano. ¿Había un respeto desconocido en sus ojos? —¿Frontino? Yo también me lo pregunto. Tan pronto como estuviera listo para viajar. —Saludó y se fue. Sempronio y tu tío destruirán a Aníbal antes de la próxima luna llena. Le di agua de la jarra que había al lado de la cama—. —He oído decir que la famosa piedad filial de los Escipiones sobresalió hace unas semanas —dijo con sarcasmo—. No será una batalla. Los soldados le llamaban el Zancos. yo no estaba tan seguro. — 153 — . Publio. —Lo soy. quiero que vengas conmigo —dijo después de leer el despacho. Tosió profundamente y levantó una mano. —Publio —dijo con voz resollante—. como si no estuviera allí. yo también. Su voz era aguda y nasal—. esperando que el ruido no lo despertara. La puerta se abrió. Creí que lo habías visto. ¿Realmente crees que rescataste a tu padre de la espada de Aníbal? —¿Que si lo creo? No. del mismo nombre. Su nariz era larga y estrecha. —Debes de ser su hijo. Se agitaba y murmuraba a causa de la fiebre y vi gotas de sudor formándose y secándose en su frente. los ojos demasiado pequeños para aquella cabeza.Escribonio me miró mientras se volvía para irse.. —Publio. No vuelvas a mencionarlo. Las piernas parecían llegarle hasta el pecho.. Mi padre estaba durmiendo. Toda la ciudad resonó con el estrépito de las trompas. tenía el pelo largo y amarillento.

—¿Qué es este monstruo? —dijo en son de burla—. alimentándolo con una cuchara. puede ser algo más que un paseo por tu finca rural —dijo.—¿Lo sabes? ¿Qué sabes? —Que era Aníbal. Se supone que esto es una guarnición. Muy pronto. apoyándose en un codo. Publio. bueno! Estás mejorando. Casca se estremeció. Sentí rabia y un calor que me subía a las mejillas. Si a mí me cuidara una cosa así. —Como también lo sé yo. Al principio había dormido en una silla. y se arrastraba al andar. —Ya lo veremos.. tenemos trabajo que hacer. Me volví. me pondría bueno pronto. Tráele comida a mi colega cónsul. Tenía una pierna más corta que la otra. —Se acercó a una silla que había al lado de la cama y se sentó—. y los pies torcidos hacia dentro. Su labio inferior estaba deformado y por él le colgaba un hilo de baba. distracción Vi que la boca de mi padre se ponía rígida. —Sí. no un circo. detrás de mí. porque sólo había dado unos pasos cuando la oí entrar detrás de mí. que Sempronio no había cerrado. aquel «monstruo» había atendido a mi padre con ternura y paciencia. cambiándole de ropa. tráeme cualquier cosa que este miserable lugar pueda proveer. estimado colega cónsul. volviéndose hacia mí—. Bueno. Quiero ajustarle las cuentas a ese Aníbal o quien sea y estar en Sicilia antes de que termine el mes. hazme el favor —añadió. ya lo sabes. Fuera cual fuese su aspecto. Sempronio —dijo mi padre. —De hecho. Pero ahora necesito comer y beber. —Sempronio —dije con tranquilidad—. Fui hacia la puerta. estaría en África ya. ve a buscar a mi hermano. sea quien fuere. no quiero que interrogues a mi hijo como si fuera uno de tus esclavos. Joven. por favor. eso hemos oído —dijo mi padre débilmente. —Esto. —¡Bueno. Quiero tus mapas. — 154 — . —Sempronio esbozó una sonrisa altanera al dirigirse a la cama de mi padre—. Estaba sentado en la cama. Observé a Sempronio cuando la miró. Escipión. Mi confianza en ella había ido aumentando durante los meses que habíamos estado en Placentia. y gorda. lo profundas que eran las arrugas de su frente y las que rodeaban sus ojos—. Dile que se reúna con nosotros. Tenemos una buena flota allí.. Otra cosa. Pero era muy baja. Sempronio. Casca era una buena criada. colega cónsul. al lado de su cama. —Casca —dijo mi padre con amabilidad—. He recorrido un largo camino muy aprisa. si no hubiera sido por esta. casi una enana. ejem. y grité: —¡Casca! La mujer debía de haber estado sentada en el pasillo. le daré su merecido y emprenderé el viaje a Sicilia. El labio superior estaba cubierto de vello y tenía los ojos hundidos. —¡Bah! —dijo Sempronio con desdén—. y una descripción del terreno. Un rayo de sol cayó en su cara y vi lo viejo que parecía. De todas formas. aplastando Cartago. Roma está en deuda con ella.. te presento a la mujer que ha cuidado de mi padre. vaciando su orinal.

Ojalá se pudiera decir lo mismo de Sempronio. oí la voz chillona de Sempronio. —Eso es cierto. Dejamos Placentia a la mañana siguiente. Con la legión que se unió a él mientras marchaba. Es el mejor soldado que he conocido en mi vida. padre. Seguimos avanzando. —¿Imposible? También lo es cruzar los Alpes. padre.Mientras cerraba la puerta. con órdenes de acompañarnos hasta que embarcáramos en Pisa y de volver a continuación. lo presentí. Sempronio tiene cinco. ¿No presentiste que nos observaban durante el viaje a Pisa? —Sí. una brisa agitó el aire. Los exploradores no vieron nada. Todo el mundo estaba tenso y nervioso. Cuando nuestras miradas se encontraron. Fui a reunirme con mi padre en el puente de mando. Publio. Publio. La voz de mi padre cambió. pero no tenemos prisa. Los marineros habían levantado un toldo para protegerle del sol. —Sí. Pasó el momento de intimidad. sin viento y pesado. Creo que sabe exactamente lo que está pasando. Sempronio siempre ha sido de sangre caliente. Me estremecí cuando los remos del barco se hundieron en las aguas al son de los tambores. Una vez embarcados. —Le debo la mía. pero ¿y su ánimo? —¿Su ánimo. lo creo. hacia Placentia. es él. Recordé los gritos de «¡Barca. Por los flancos iban los exploradores a caballo. —¿Ganar? No. Pero eso es imposible. —¿Qué quieres decir? —Ya lo viste. Mi padre había asignado dos turmae para que formaran cadenas de mensajeros y en Placentia mi tío estaba preparado con dos legiones para venir tras nosotros a la primera señal de que hubiera problemas. Eso es imposible. —¿Y ganará? Una ligera sonrisa cruzó los labios de mi padre. —Va a ser una lenta travesía. Tienes que aprender a juzgar a los hombres. Son hombres con experiencia. a mi padre lo llevaban seis esclavos en una litera. —¿Crees que Aníbal luchará contra Sempronio y contra el tío Cneo? —Sí. —Estiró la mano y me tocó el brazo—. Barca!» que nunca han abandonado mis sueños. —Sí. Publio? —Es algo que me enseñó Frontino. lo sé. —Si alguien puede estarlo. La llanura de la costa parecía amenazadora e inmensa. miré hacia atrás. — 155 — . padre. Me pregunto si estará vivo todavía. —Lo sé. Publio. si no tenemos viento —dijo con aspecto cansado.Yo también te la debo a ti. El aire estaba cargado de salitre. Publio. —¿Quieres decir que cometerá un error? —Estoy seguro. Yo cabalgaba a su lado. Delante y detrás de nosotros marchaban dos manípulos. Muchos. —Se irguió y tosió—. preparados y descansados.

Conversamos durante varias horas. realmente no lo sé. aunque tenía la barba más cerrada. No había ninguno. Así. ni de la cantidad. Mi padre dejó mucho dinero. Cuando volví a casa. No tengo ni idea del éxito que tuvo en sus inversiones. Lelio. Luego ve y trata de ver delfines. Suele haber muchos por esta costa. Sólo mustias enredaderas de algas que iban a la deriva por el mar. leyendo papiros llenos de números. —Lelio. —¿Quieres que te traiga alguna cosa? —Sí.. el mismo ritmo que había conocido. ¿Cómo se encuentra? —Recuperándose. Yo no había visto la herida desde hacía tiempo. la seguridad de estar de nuevo entre los mismos muebles. Nos sentaremos allí y hablaremos. padre? — 156 — . Estará bien en una semana. —Ah. —¿Qué aspecto tiene? —Yo. por favor. A1 principio estuvo reservado y cohibido. Un poco más de brisa y pronto navegaremos a todo trapo. lo siento —dije en el atrio de la casa que había sido de su padre y que ya era suya. Pero va mejorando. Y los mismos amigos. A lo largo de la línea se veían pústulas amarillentas que sobresalían. Son un buen presagio. ¿Es verdad? —Sí. eso. —Quiero dormir ahora.. Todavía está infectada. Quizá sea eso la patria. —¿Qué estás leyendo. con ramificaciones. roja y rabiosa. supuse. La herida ya casi ha cicatrizado. El Senado nos ha concedido una pensión. estaría la mía. los mismos sirvientes.. Publio. La cicatriz atravesaba el estómago.. —¿Qué sientes? —Lo de tu padre. la vida continuó como si nunca hubiera salido de allí. —Pasa al jardín. Se reclinó.—Bien. —Hum. Se mordió el labio. ¿Y tú? He oído que salvaste la vida de tu padre. Estaba sentado en la cama. Hice lo que me había dicho. gracias. —Y dicen que viste a Aníbal. fui a ver a mi padre a su cuarto. Puede que tengamos que sajar las bolsas de pus cuando lleguemos a Roma. No había cambiado. Y parece que ahora soy rico. Todo sucedió muy rápido. Se levantó la camisa. Busqué delfines. Ya en mi casa. Fui a ver a Lelio al día siguiente de nuestro regreso. el físico griego dijo que debía darme el aire del mar en la herida. Agua. el lugar donde las cosas son siempre iguales. Yo. Recuerdo la paz que sentía.

Veía las miradas de curiosidad que nos dirigían. —Padre. El no lo sabe. pero si ni siquiera es un équite. —Muy bien. padre. ¿Has visto a Lelio? —Sí. —¿No estaba afligido por lo de su padre? —Si lo estaba. Todas las familias nobles comienzan de alguna manera. pensaba pedir al Senado que ascendiera de categoría la casa de Lelio. Puedes hablarle a Fabio de mis intenciones. Tienes mi permiso para consultarlo con Fabio. ¿De qué? —Lelio y yo lo discutimos. hubo risitas y muecas de complicidad.. a pesar de mi intención de no hacerlo. ¿podría Lelio hacerlo conmigo? —Yo. Festo ha hecho un buen trabajo mientras he estado fuera. estuvimos hablando de un asunto. —¿Sí? —preguntó. Sólo que a la mía le ha costado trescientos años más que a la tuya. Al menos le debo eso a Prisco. no por la forma. —Supongo que tienes razón —dijo Lelio con indiferencia—. De todas formas. No sé cómo se sentiría Fabio. Pero mi posición era elevada (había salvado la vida de mi padre) y Lelio recibía el respeto debido a cualquiera cuyo padre hubiera muerto por Roma. Dije que te lo preguntaría. padre.—Sólo cuentas. Más tarde. Saluda a Fabio de mi parte. La muerte de Prisco se merece eso y mucho más. Un verdadero romano. Después de todo. padre. —¿Que me preguntarías qué? —Bueno. no lo dio a entender. He de recalcar la importancia de lo que Escipión acaba de dictar. Así fue como Lelio se reunió conmigo todos los días en el Senado. supongo que continuaré el triconium fori con Fabio. —Lo haré. —¿Qué tal estaba? —Bien. Ese respeto podía haberse concedido con reticencias en su caso. Tengo que interrumpir. Mi padre me miró fijamente. dije. ¿Qué ocurre con eso? —Pues bien. Nos manteníamos aparte de los otros que hacían el triconium fori. sucedió sin duda lo mismo cuando el primer Escipión reclamó el mismo honor.. —Bien. Recuerda que ya lo hablamos en el barco. Señalé que era lo menos que podía esperarse. pero estaba allí. cuando el Senado aprobó el decreto que ennoblecía la casa de Lelio. dejando los papiros en la mesa que había al lado de la cama—. ¿Irás al Senado mañana? —Asentí con la cabeza—. a juzgar las cosas por la sustancia. No lo comprendió — 157 — . —Fabio me enseñó. —Sí.

entonces. eran breves. Ni lo comprende ahora. quizá cerca del final si Catón se sale con la suya. arietes.. o adiestrándonos con Lanisto. Una noche mi padre y yo regresamos juntos del Senado. por ejemplo. pero no para mi hermano Lucio. Hay muchos misterios en las cosas sencillas y vivimos demasiado en la arrogancia de la luz. En casa. Una vez. Temo por los frutos que todavía puedan dar en el testimonio de Lelio. Había en sus hombros una suavidad que no había visto antes. Bostar. continuaré.. Mi padre estaba bien otra vez e iba al Senado todos los días. Nunca se lo pregunté y ahora. reforzando los músculos que se habían debilitado. Estos sueños desaparecieron con el correr del tiempo. Había crecido mucho y tenía el cuerpo de una joven. El Senado estaba decidido. Algún barniz. Pero sobre todo pensaba que sus manos eran hermosas. El mundo estaba inundado de luz y fuimos a sentarnos al jardín mientras esperábamos la cena. no por sus ramas sino por los espacios que hay entre ellas. Siempre quise preguntarle cómo lo hacía. Muy bien. Al principio tenía sueños extraños sobre Aníbal. o en los baños. para construir allí los aparatos (catapultas. De Quíos. un verdadero aliado de Roma. Y esperábamos. Este último señaló que había aprendido a cabalgar durante mi viaje. Pasaba las últimas horas de la tarde con un entrenador. sino como si fuese energía. y totalmente fascinantes. al que había vuelto después de la sesión con el entrenador. Pero estoy débil. Estaba «buscando al enemigo» (nunca lo llamaba Aníbal) y confiaba «en la victoria final». leídos cada mañana en la cámara del Senado. por qué los pájaros cantan. en el otoño de mi vida. escalas y máquinas de flechas) que embarcarían y zarparían para el sitio de Cartago. — 158 — . El asombro ante el hecho de que Aníbal hubiera cruzado los Alpes había dado paso a la acción. seguros y coherentes. Todo iba bien para mí y para los míos. cómo respiran los peces bajo el agua. tengo frío y me atrae la oscuridad de las cosas. Los despachos de Sempronio. Así continuó nuestra vida. Las uñas eran pálidas y puntiagudas. El rey Hierón de Siracusa era. no como si fuera una persona. ni los tratos con los mercaderes y los tenderos (eso lo hacía Festo). buenos y largos. por las noches. supuse. convencido (eso decía Fabio) de que se multiplicaría cuando se saqueara Cartago o cuando concluyeran las negociaciones de paz y las indemnizaciones. Lelio y yo pasábamos el tiempo juntos en el Senado o con Fabio. He aprendido a mirar en las sombras. sino los sirvientes y el orden general de la casa. —Festo —ordenó mi padre—. el problema era el dinero. tráenos vino. no el de una niña. pienso en lo extraño que me resulta no haber sabido nunca cómo se pintan las uñas las mujeres. Fueron días tranquilos. me dedicó una tímida sonrisa. Pero los celos comenzaron en aquel momento. Ya tenía pechos y se le dibujaba la cintura sobre unas anchas caderas. la luna crece y mengua. torres. El Senado incluso había pedido un préstamo a los banqueros privados. El oro fluía hacia Sicilia. Era como una noble romana tiene que ser. En e1 Senado. sus dedos ahusados y largos. Solía mirarlas mientras comíamos. mientras la estaba mirando. Sus uñas también brillaron. ¿Viviré para ver otra primavera? El gobierno de la casa había quedado en manos de Cornelia los meses que yo había estado fuera. Antes de que tosas. mi hermana Cornelia empezó a sentarse a cenar con mi padre y conmigo. No las cuentas. al parecer. a ver un árbol.

ve a decirle a Festo que quiero que encierre a Lucio en su habitación. Publio. le estaba arrancando las alas. Ve al grano.. empujó a Lucio hacia la casa. asqueado. al lado de la fuente. Ahí está Lucio. extraño chico —dijo mi padre—. Las formalidades. Los ojos que volvió hacia mí eran fríos.Nos dirigíamos a un banco situado bajo las ramas de un árbol cuando vi a Lucio de espaldas a nosotros. En el regazo tenía tres estorninos con las plumas revueltas. No hubo respuesta. —Sí. ¡Está torturando a los pájaros! —dije.. y le golpeé en el hombro izquierdo. Con llave. Treinta y ocho galos. Están acampados — 159 — . Exploraciones. padre. Su expresión era servil y ausente. Mi padre se acercó y cogió a Lucio por la túnica. encuentro inminente. El correo salió sin decir palabra. Que los queme o que los entierre.. Dicho esto. o para leerle a Heródoto o a Tucídides. ¿dónde está ese vino? La historia de Fabio iba progresando. poniéndolo de pie. Aed. señor —me aclaré la garganta—. mientras que yo tenía que mirar las velas graduadas y averiguar la hora. si hace falta. cuidadosa y meticulosamente. —Pues adelante. ¡Lucio! —volvió a gritar mi padre. Recuerdo que estaba leyendo el discurso fúnebre de Pericles cuando llamaron bruscamente a la puerta. Fuimos hacia él—. mientras el pájaro jadeaba y boqueaba buscando aire. ¿qué esperaba? Más de lo mismo. Pues abre el despacho y léelo.. No quiero verte durante unos días. —Mira. ¿Hay tiempo antes de que la cámara se reúna? Miré a Lelio. para mejorar su estilo. Lelio asintió. Ego exercitusque valemus. Todavía «el enemigo». —Extraño. —El correo habitual de Sempronio. no «Aníbal»—. no me importa. Le dio la vuelta para verle la cara y le propinó un par de bofetadas—. señor —respondí. Les hicimos hablar. luego se paró y medio se volvió hacia nosotros. supongo. . ¡Lucio! —gritó. cuatro. Mi hermano menor dio tres pasos. como había hecho ya otras veces. Me incliné instintivamente. Ahora vete a tu cuarto. según decía. Publio. Pero su vista flaqueaba y Lelio y yo hacíamos turnos para escribir lo que dictaba diariamente. Tenía otro en la mano y.. Senatui Populoque Romano —leí—. hay tiempo. —Sí. sentado en el suelo. —Mira. —Tiberius Gracchus Sempronius.. . Coss. Pr. Me acerqué trazando una curva y vi. Pl. esperando. Me ocuparé de él cuando hayamos terminado con la expedición cartaginesa.. —¡Sucio mocoso! —susurró. —¿Lucio? ¿Qué está haciendo? Debería estar en la cama. ¿Quién es? —preguntó cuando se cerró la puerta. Por ellos supe la posición del enemigo y sus planes. —Sí. Tenía un sentido muy sutil del tiempo. Sáltate todo eso. Y bien. Rompí el sello de cera. —Adelante —dijo Fabio—. Mi hermano no nos hizo caso y continuó con lo que estuviese haciendo. padre. Ayer capturamos una partida de exploradores del enemigo —leí. ¡Ah! Y dile a Festo que se lleve esos pájaros. Luego sonrió con burla y echó a correr. Hacía semanas que oíamos lo mismo. absorto. Tr.. sí —interrumpió Fabio—. señor.. —Bien.

—Merecen cosas peores por lo que le hicieron a mi padre —dijo en voz baja. mirando a Lelio. Mientras hablábamos del tema estaban allí clavados. Lelio contestó a Fabio y me salvó. ¿Cómo puede una turba de mercenarios igualar eso. Aníbal no lo es. ¿Algo más de Sempronio. —¡Ahí está! Ahora espero que tengamos un poco de tiempo para continuar mi historia antes de la sesión. aunque hayan sido capaces de cruzar los Alpes? Si lo hicieron. ¿No has estado escribiendo mi historia? ¿No has aprendido que el ejército de Roma fue forjado en la fragua de la guerra hasta que se convirtió en la mayor máquina de combate que ha visto el mundo? Pregúntale a Publio. Apenas lo vi. ve al despacho de Fabio Pictor. Publio? —Con todo el respeto. — 160 — . La tortura del padre de Lelio había sido harina de otro costal. Si a la crueldad se responde con crueldad. vivos. hay una posdata. no entramos en batalla. Por favor. y me estremecí. A pesar de eso. Sí. y me pareció largo. Las X me parecieron diez I. señor. —respiré hondo y miré de nuevo el escrito—. las V cinco. había visto a los romanos muertos por Aníbal en el Ródano y en el Ticino. No puede tener muchos más años que vosotros dos.. XXXVIII. Como tu tío Cneo. Lelio. Pero aquello había sido necesario. —¿Qué dice? —Añade. vamos. —Discúlpame.. Es una forma de actuar enérgica. ¿no diríais lo mismo? Me sentí mareado al pensarlo. era la guerra. Pero sí.Añade que han crucificado a los prisioneros. Miré de nuevo el número. pero has visto la disciplina. Mi padre había pedido a Lelio que cenara con nosotros. Publio —Fabio bostezó—. agonizando. —¡Crucificado! —La voz de Fabio fue un chasquido. pero ¿cómo puedes estar tan seguro? —¿Cómo? Vamos. Yo no estaba ni estoy tan seguro. ¿no es lo que dirías. por lo menos le había cortado después la garganta. Hay alguien que quiere verte. Invencible. —Gracias. señor. —¿Cómo? ¿Yo solo? —pregunté. a solas. señor. la crucifixión de treinta y ocho hombres me parecía cruel y gratuita. señor. la luz y la brisa entraban por la ventana que había detrás de él. ciertamente es muy joven. —El padre de la cámara está preguntando por ti —dijo—. Quien había cortado la lengua a Prisco Lelio. señor. —No. ¿No es cierto? —En realidad no sabría decirlo. tienen que estar agotados. Por fin buenas noticias. Publio? —Sí.en la orilla opuesta del Trebia. Y Sempronio es un jefe militar experto. Informaré al Senado que esperamos enterarnos de la victoria de Sempronio pasado mañana. ¿quién sabe dónde terminará? Mientras Lelio y yo salíamos del Senado aquella tarde. —Sí. El aire de la mañana era frío—. Están bien provistos y bien armados. Ha visto el ejército romano en acción. un afluente del Po. uno de los secretarios me llamó. señor —dijo Lelio desde el rincón en que estaba—. Marcharemos al amanecer para presentar batalla. Se toqueteó la barba. el orden.

Fabio no podía ver aquello y quería que yo juzgara la sustancia. Es cliente de Valerio Flaco. Aquello era algo peor. adelántate. —He oído que lo viste —dijo Catón rascándose la nariz. ¿Vi a quién? —A ese tal Aníbal. Nos veremos en casa. Lelio. mirándome desde debajo de unas oscuras cejas. —Sí. Gracias por venir. No seas tan modesto. de pie tras su escritorio—. mi alumno salvó la vida de su padre en aquella ocasión en que conoció a. A mi izquierda. A1 sudor estaba acostumbrado. Catón. Mi padre no habrá llegado aún. Criadores de cerdos. —Publio. pero Cornelia te hará los honores. pensé. Sus brazos eran demasiado cortos para el resto de su cuerpo y colgaban como los de un mono. Hasta el día de hoy. Sin embargo. Hay alguien que quiero que conozcas que también tiene muchas ganas de conocerte. agrio y fétido. —Lo conozco. Su frente era estrecha. Él era bajo. vamos —dijo Fabio. a quien. ¿no? —graznó Catón. —Mucho gusto en saludarte —dijo Catón o más bien balbució. —Te esperaré aquí.. —Sí. Las dos parecían en estado de extrema necesidad. Debía de haber estado detrás de la puerta cuando yo entré. —Tuviste suerte de escapar vivo. La edad era la única similitud entre nosotros. Publio! —dijo Fabio poco después—. Como estoy seguro de que sabes ya. Los suyos son agricultores y han conseguido una contrata para avituallar a la expedición contra Cartago. —¡Ah. — 161 — . lo vi —contesté secamente. era fácil de creer. —Pero arriesgaste la tuya. corpulento y chaparro. Ha sido justa y altamente elogiado por su valor. —¿Disculpa? Fabio se echó a reír. quiero que conozcas a Marco Porcio Catón. Asentí con la cabeza. no te preocupes. al tal Aníbal. aunque ha pasado gran parte de su vida en la tierra de los sabinos. —Sí. . señor. pensé. Catón es tusculano. no la forma. Catón.. No tardaré mucho. su nariz gruesa y ancha. Yo. ya que tenéis intereses en común. ya conoces. —No. Su toga era más una túnica que una toga. ve tú.—Está bien —dije—. por supuesto. —Lo siento. Así que pensé que os deberíais conocer. Publio. si lo prefieres. de piel cetrina. —Vamos. alguien de mi edad dio unos pasos. . y tenía los ojos hundidos en las cuencas y demasiado juntos. sin duda—. Era un senador arrogante y engreído que se burlaba de Lelio siempre que podía. opino que exhalaba un particular olor a rancio. le quedaba tan mal que le rozaba las sandalias. —¡Ah! El acento. supongo que lo hice.

—Bueno. buenas noches. aunque cuando lo ponga en limpio. Dijo que os vería a ti y a tu padre en la cena. Volvimos.. Eso es todo. No queremos más Escipiones heridos por aquí durante un tiempo.. a hablar del Senado. Y probablemente tenía mierda de cerdo bajo las uñas. la tuvo —dijo Fabio con orgullo. —Tengo que irme. No le haría el menor caso si nuestros caminos se cruzaban en la cámara de los senadores. Yo estaba demasiado asombrado por la mala educación de Catón para saber qué decir. levantando la vista del capón asado. Dijo que no se encontraba bien. ¿Y por qué te has puesto el mantón? Yo también me había dado cuenta. —Ah. A toda prisa. verás más veces a Catón. Catón se volvió hacia él. Publio. Lo hizo. —Tenía frío —dijo Cornelia— y se me ocurrió ponerme más ropa. En casa no vi ni rastro de Lelio. De todas formas. señor.. que considerar meritorio el valor no es lo mismo que menospreciar la vida. —Bueno. pensé con rabia mientras iba a casa. por lo menos mi padre y yo. o en los sobacos. Al sentarme. Miré otra vez. bueno. —Se ha ido a su casa. —¿Dónde está? —pregunté a Festo. un gnomon —señaló Fabio. Los sucesos demostraron que estaba equivocado. señor —repuse con calma. según me pareció. Iba despistada. Y se burlaban de Lelio por ser un homo novus.. —Tropecé con una puerta. esto —dijo tocándose la lesión y ruborizándose—. Hasta mañana por la mañana. A menudo me pregunto cómo habría actuado si hubiera sabido lo equivocado que podía estar. amo —dijo—. Parecía aturdida e incómoda. —¿Tú qué? —preguntó mi padre. lo anotaré en el margen. —Ah. no necesitaba molestarme por él de nuevo. señor.. Estaba seguro de que había sido de mi madre. Yo. —A mí me parece. vi una moradura en su mejilla derecha. Cornelia comió poco.. Flaco lo presentará en el Senado mañana. ¿Y Cornelia? —En su cuarto. soy una torpe. conque no digamos el griego. Yo. a ver si tienes más cuidado.—Sí. con nerviosismo. De todas formas. ¿qué te ha pasado? —Ah. —Estornudó con fuerza y se limpió la nariz con la manga. —Buenas noches. se disculpó y se fue a la cama. Era una exquisita prenda de seda roja. Esto es demasiado importante. Aquel Catón no sabía ni hablar latín. —Cornelia. — 162 — . pero no había pensado en ello. Cornelia. He de interrumpir otra vez.

cuántos martillos. gualdrapas. Siento oscuridad. estaban apoyados. Era hora de atacar. ingenieros y correos. Las puertas dobles que conducían a la sala de sesiones se abrieron de par en par y Crispo se calló. el magistrado curul. menos Sempronio. Lelio y yo también lo vimos. señor. además de cocineros y caballerizos. Aunque recuerda el incidente. —¿Qué es? —susurró. como romanos que somos! — 163 — . no relaciona la brusca partida de Lelio con el cardenal de Cornelia ni con el cuello tapado por el mantón. a ambos lados del escaño de Fabio. el dinero y los hombres de la expedición contra Cartago se habían solventado ya. Ruego porque esté equivocado. Sentí la mano de Fabio en el hombro y su aliento caliente en mi oído. Las cuestiones del avituallamiento. También había nuevos problemas con los ilirios. puntas de pilo. por el oro cartaginés. Como todos los demás. acicateados. —Tres mensajeros. Uno por uno. Desde nuestros asientos. del pasado y del presente. débiles y sucios. estaba hablando. Aprendí mucho viendo las discusiones y los planes que se trazaban en el Senado. se decía. de «cercenar». otros gritaron e hicieron ademanes. banderas. Pide silencio. —Una comida caliente y una tienda seca. Era una mañana sin viento cuando por fin llegaron. La inquietud recorrió la sala como el viento las espigas del trigo. mi tío y sus legiones. esperaba noticias de victoria. que a la sazón cuidaba de Lucio. Todos los días llegaban noticias sobre piratas cartagineses que atacaban nuestros barcos mercantes. El Senado estaba en mitad de una sesión. dos de ellos oficiales a juzgar por sus ropas. Todo estaba listo. y perseveraba. No fui el único que sintió un profundo alivio. favorables o no. los senadores se levantaron de sus escaños.Escipión no se ha dado cuenta todavía. Me pregunté si no habría serpientes cuya parte más peligrosa fuese la cola. Tienen mal aspecto. Déjalos hablar. equipos de reconocimiento. cónsul de Roma. —Siempre lo he recordado. ¿Acaso somos bárbaros? ¡Oiremos las noticias. A veces pensaba que había sido un sueño. como dijo Fabio en el Senado al resumir los planes ya acordados. Escipión todavía quiere a Lelio como a sí mismo y no percibe el peligro que representa para él el inminente testimonio de su amigo. Pero pensaba en Quinta. cuántos clavos y pucheros. Una y otra vez mi padre me hacía repetir cuántas bridas de repuesto necesitaría el ejército. brea para los barcos y velas de repuesto. en la puerta. Unos se quedaron boquiabiertos y señalaron. Me esforcé tanto con aquellas listas interminables que me dolía la cabeza y se me nublaba la vista. Crispo Appio. «la cabeza de la serpiente». ahora abiertamente y en el mar. El terror y el vértigo de haber visto el ejército de Aníbal habían desaparecido ya. de la aniquilación del hombre que había conducido un ejército a través de los Alpes en invierno y había herido a mi padre. Lelio absorbía esta información. herreros y carpinteros. espadas. —Silencio en la Curia —gritó Fabio— y volvamos a nuestros escaños. yo tenía que concentrarme. ¿Cuándo llegarían? El Senado estaba inquieto y aburrido. Tres hombres. Las flores más hermosas son las que tienen las espinas más agudas. Mis dudas conscientes y mis miedos se habían despejado como bruma de la mañana.

Mi padre habló. matar. Luego hacedlas. de los soldados de Aníbal. antes de que nuestro ejército hubiera desayunado. No conseguimos llegar hasta él. perdóname si. El silencio fue profundo y sombrío. Era imposible. pero por orden y en calma. —¿Está vivo? —gritó alguien. añadió con los ojos fijos en Fabio— Y entonces vi el río Trebia que bajaba rojo de sangre romana. Fue un delirio frenético. Puede ser mucho más terrorífico que el ruido. Así que durante las horas siguientes oímos hablar de la batalla de Trebia. —Patres et conscripti. ve á los rostra.Murmurando. en una sala completamente en silencio. Nos cortaron el paso. hemos sido derrotados en la batalla —continuó Escribonio—. . que le cubría incluso la cicatriz. El paradero del senador Sempronio es desconocido. Barca!» llenaban lo más profundo del oído. con la primera hora del día. meditad vuestras preguntas. y el pelo de los tres estaba manchado de sudor y polvo. traed a estos hombres sillas y agua. morir y. Estaban cansados. Con la cabeza colgando. —Padre de la cámara —dijo clara y firmemente—. Fabio asintió y su larga barba cepilló su pecho. Compañeros senadores. . hombre. Cuéntanos. detrás — 164 — . me entrometo. el ejército no está precisamente bien! La angustiosa rabia de su voz fue inequívoca antes de que sus palabras fueran ahogadas por un rugido incrédulo de protesta. del primer ataque al otro lado del río. señor —susurré a Fabio. . los ojos hundidos. a la derecha de Fabio. Vi a mi padre. . Díselo al pueblo. —Lo desconozco —contestó Escribonio con voz agotada y aturdida—. acobardados y polvorientos. adelantándose hacia la parte despejada de la sala—. —¿Y? —Escribonio se detuvo. viniendo por la retaguardia. —Ahora. Al mirarle fijamente vi que era Escribonio el que estaba bajo el polvo. en el río Trebia. —Valetne exercitus senatus populique Romaní? —dijo. Barca. alrededor. los senadores se sentaron. —¡Silencio! —gruñó Fabio. miró alrededor. Mi padre continuó en voz más alta. en voz tan baja que todavía dudo que los senadores sentados atrás pudieran oírle. Entonces. Los rumores se desvanecieron. quizá más. cortar. ¡No. —su voz se quebró y agachó la cabeza. Tenía los dientes apretados. que vadearon el río y se lanzaron precipitadamente de tres en tres y de cuatro en cuatro. como cónsul. Guardias. Dos tenían sangre en la capa. fantástico. —Pretor. pareció sosegarse. —Haud etíam valet —interrumpió el hombre de la izquierda—. Los tres hombres se adelantaron. Una derrota. dando el saludo tradicional. mirando a los lados y frunciendo el entrecejo. Hemos perdido una legión. con expresión ansiosa y resuelta. Habla. Los gritos de «¡Barca. —¿Y? —dijo Fabio amablemente. ligeramente armados.

Sempronio tenía que avanzar o retroceder. con Sempronio y mi tío. De todas formas. Nuestro ejército no podía quedarse donde estaba. Sempronio repetía a los trompetas que tocaran «en columna». pero la estratagema resultó. Escribonio se detuvo y bebió agua. casi deseando que continuaran ellos la historia. jinetes pesados. esperando saber algo más cuando termináramos. los caballos también. El orden y la disciplina eran increíbles. — 165 — . igual que los conejos. Jinetes —dijo—. sólo entonces Sempronio dio la orden de retirada.. dijo Escribonio. y empuñaban lanzas cortas y macizas. uniformes. Estaba cubierta de matas. Llevaban armadura completa. estaban inermes. ya que a aquella distancia las piedras habían perdido fuerza. en la distancia.. pero colina arriba. rompieron la línea de los asteros y luego se retiraron. No era hombre que hiciera lo segundo. Nadie habló. Nuestros manípulos se protegieron con los escudos. hasta que finalmente Fabio dijo: —Así que os retirasteis en orden. que el cielo se oscureció y llovieron piedras. como si quisieran arrancar las palabras. Si uno caía del caballo. muchos. las filas que iban tras ellos resbalaban y caían en medio de la sangre. no habría habido ninguna diferencia. e hicieron una carnicería con nuestras confundidas fuerzas. Detrás de ellos. y que espero no volver a ver. —Los manípulos no podían mantener el orden. Entonces. tantas. No caballería como la nuestra. salieron las fuerzas de Aníbal de entre las matas. Lo que sucedió después es algo que no he visto en treinta años de guerra. Nuestros asteros arrojaron los pilos. y tuvieron poco efecto.. de que Sempronio estaba ya dando órdenes para reorganizar la formación y redistribuir las raciones secas cuando empezaron las descargas de los honderos por encima de nuestro ejército. incapaces de reagruparse o huir. Bajaron la colina en tres columnas. Sólo cuando Sempronio vio la infantería enemiga agruparse en lo alto de la colina opuesta. más arriba de la orilla opuesta. La andanada de piedras siguió mientras nuestros soldados empezaron a vadear el frío Trebia. con el estómago vacío. hasta que se encargó a dos legiones enteras que se dirigieran cuesta arriba. Las fuerzas enemigas desaparecieron tan rápidamente como habían aparecido. —¿Cuántos? —preguntó mi padre. Murieron pocos. —Miles. Ambos negaron lentamente con la cabeza. las órdenes claras: avanzar hasta la orilla opuesta y atacar al enemigo. otros dos desmontaban para reunirse con él y entre los tres formaban un erizo de espinas agudas ante el cual nuestros hombres. Escribonio contó esta parte a una cámara tan silenciosa que podíamos oír el clamor ahogado de la gente reunida en el Foro.. Todos intentaban asimilar las noticias. después de haber arrojado los pilos.y entre los manípulos. cuando nuestras primeras filas empezaron a avanzar. los hombres no podían oír los toques. la mente confusa. La cámara estaba completamente silenciosa y los senadores inclinados hacia delante. así que dio la orden fatal. pero al otro lado del agua. independientemente del orden. Miró a los dos hombres que había con él. hasta que dieron media vuelta y volvieron colina abajo.. muchos centenares. desperdigados por la orilla del río. pero eso sí.. »La caballería pesada se lanzó contra nuestros hombres. con al menos tres legiones intactas. Entonces sucedió. Escribonio y los otros tribunos podían ver algunos soldados enemigos en la orilla opuesta. Nuestros soldados morían como animales en el matadero. Más no sabría decir.

el corynx —dijo alguien situado detrás. debería haberlo hecho. que mandaba la legión de reserva. »Nos separamos. —Fuera lo que fuese —continuó Escribonio—. he huido de una batalla. Sempronio derribó al galo que lo había matado. atrapados por delante y por detrás. —No puedo verte —dijo Fabio—. —La trompa de guerra de los cartagineses. — 166 — . Había terminado. continuemos hablando con estos tres hombres en privado. Escribonio le dio la vuelta y. bastante atrás. Vi a su abanderado caído y muerto. era una señal y. A su tiempo sabremos más. Padre de la cámara. cogiendo la empuñadura con las dos manos. Padre de la cámara. Lo que yo sé. Con voz más alta. sugiero que declares terminada la sesión y que nosotros. se quitó la capa y puso la mano en la empuñadura de la espada. juzgaré. ya lo sabéis vosotros. luego levantó la vista y miró a la sala. El acero silbó en la vaína. Inspeccionó las caras que le rodeaban. Publio Cornelio Escipión. esta vez ligera y ágil. y cabalgamos. Luego volvió la cabeza hacia la asamblea. estos hombres que veis aquí y yo. Vi que las manos de Escribonio empezaban a temblar y que el sudor se deslizaba por su cara—. Escribonio se levantó. digo que ya se ha derramado suficiente sangre romana. clara y firme. y supongo que Placentia.. De Escipión y su legión no vimos el menor rastro. uno por uno. los magistrados superiores. Escipión.Escribonio ocultó la cara entre las manos y se frotó los ojos. Digo —estaba tan silencioso que la respiración de Lelio sonaba como una tormenta—. Mi corazón latía cuando mi padre caminó hacia Fabio. Estaba en la retaguardia. dijo —No. envainad la espada. pero todo era desesperación y confusión. un gemido agudo y chirriante. En tiempos de paz dictaría sentencia yo. al menos no todos. no. Cneo Escipión. Dos turmae de caballería se nos unieron. Pues yo. empuñó la bandera y espoleó al caballo hacia los árboles.. señor. se puso la punta en el vientre. como cónsul. Este asunto es para el cónsul actual. debajo del peto de bronce sucio. Era el final tradicional de los mensajeros cuando hablaban en el Senado. adelántate y ponte a mi lado. Vinimos directamente hacia aquí. como si arrostrara un dolor profundo. mientras dábamos la vuelta. una docena. Del resto no sé nada. Todavía tenemos el puerto de Pisa. Los ojos de mi padre miraron fijamente a los tres hombres. pero mis oídos me dicen lo que has hecho. Nadie habló. Todos nosotros habíamos emprendido la retirada cuando en la cima de la colina que teníamos a la espalda se oyó un ruido propio de los infiernos. entre los árboles que nos rodeaban apareció la caballería. He probado el acero de Aníbal. Sempronio gritó: «¡Juntar escudos!». Un grupo de galos se introdujo entre Sempronio. Estos hombres estaban rodeados. —¿Deben estos tres hombres caer sobre sus espadas ante nuestros ojos. Pero yo digo a estos soldados. pero Roma está en guerra. subiendo y desvaneciéndose. con humillación y vergüenza? —exclamó y su voz resonó en la sala. Tampoco fuimos perseguidos. por el que pasamos. que son siervos de Roma. confío mi espada a tu sentencia. Nadie más que yo quiere verlo muerto o prisionero y encadenado. Sus dos compañeros se pusieron en pie e hicieron lo mismo. —Se volvió hacia Fabio—. como todos nosotros. y tras los jinetes aparecieron galos desnudos dando alaridos. —Venerables padres —añadió—.

una vez más. un simple alumno. Aníbal había vuelto. Asdrúbal y Magón. hacia Sicilia y Cartago. Lelio y yo salimos de la cámara juntos en medio de una algarabía. Tú sabes que yo tenía mis dudas sobre Aníbal.El orden terminó como las hojas de otoño ante el viento del noreste. Publio. No porque Escribonio hubiera sido perdonado. Su cronometración parecía haber sido perfecta. Durante los días siguientes no hablé más que de Trebia. señor. —Sí. Escribonio estaba en la cámara todos los días para contestar preguntas y aconsejar. Nos hemos enterado de que los hermanos de Aníbal. Se había vuelto hosco y retraído. tropecé con él cuando yo entraba y él salía de las letrinas. por supuesto. —Pero ¿por qué. —No. señor. Lo que había hecho Aníbal era brillante. Ahora están demasiado preocupados para escuchar. nos encontramos de nuevo. la segunda posponer la invasión y enviar un nuevo ejército en pos de Aníbal. estupendo. Escribonio? Se irguió cuan largo era. ¿Recuerdas a Teuta. Es una locura. señor —dijo con sonrisa torcida—. Sugerí a mi padre en la cena que enviáramos una delegación a Hispania para que intentara descubrir cómo había sido entrenado el ejército de Aníbal. la reina de los ilirios? — Asentí con la cabeza—. —¿Una delegación? No. Había utilizado el terreno. con mi padre y Lelio. no podía hacerle preguntas en el Senado. Es una buena idea. Ambos tienen grandes ejércitos y quieren que Teuta parezca civilizada. Pero enviaremos espías. Había canas en su pelo—. Yo. volvería a su terreno. del lado de Roma. La primera era invadir Cartago inmediatamente. había ganado. Con Lelio sacaba conclusiones sobre lo que había ocurrido en la batalla. Publio. Eso significaría que. —¿De qué lado estás. Bueno. no enviaremos una delegación. Las legiones de la costa oriental se habían enviado ya y una de las dos que quedaban en Roma estaba preparándose para partir. ¿qué? — 167 — . Con cinco legiones luchando contra él. —Entonces. Entonces nadie habría escuchado si las hubiera expuesto. Así que no. pero me refiero a si opinas que hay que invadir Cartago o ir detrás de Aníbal. —Aníbal sería mi objetivo. por supuesto. Mi mente daba vueltas. Se lo diré al Senado mañana. Pero no iría tras él. padre? —Porque nunca volveríamos a verla. Más aún. —Así que tú irías tras él. o al norte contra Aníbal o al sur. —¿Invadir Cartago y dejar a Aníbal a la espalda? —Sacudió la cabeza. Bien hecho. —Vaya. Pero dos días después de que trajera las noticias de Trebia. —Del lado en que he estado siempre. —No lo entiendo. Dos escuelas de pensamiento prevalecían. quería contártelo. gobiernan ahora toda Hispania en nombre de Cartago. había hecho planes hasta el punto de alimentar a sus hombres antes del amanecer. El Senado era un torbellino.

por lo que mi padre leyó a continuación. Enviaría a dos legiones del este para que se colocaran tras él. que estaba casi sin defensas. Primero ataron a varios prisioneros a estacas y les obligaron a mirar.—Le dejaría venir hasta nosotros.. Paulo de Brucio.. Él y su legión se habían retirado en orden del Trebia. Luego lo esperaría aquí con el resto. Aquella tarde llegó un correo con un despacho de mi tío Cneo. No hubo tiempo. todavía vivo en medio de los buitres y los cuervos. Pero entonces. encontraron el campamento de Aníbal. Los pájaros ya le habían sacado los ojos. nadie sabía lo que había ocurrido con Sempronio. «Hemos dado a su cadáver —continuaba mi tío— el funeral que merecía. Se fueron hacia el norte. no sólo del enemigo.» La sangre desapareció de la cara de mi padre mientras leía. Los otros senadores murmuraban en conformidad. Quise discutir el punto de vista de Escribonio con Fabio y mi padre. «También tengo que consignar —escribía mi tío— un serio quebrantamiento de la disciplina en el campo. en medio de los secos cadáveres de los galos. señor. —¿Por qué? —Porque entonces podríamos luchar contra él en nuestro terreno. explorando el terreno en busca. listas para llevarlas o enviarlas a Roma. no habían sido perseguidos.. en una hondonada. »Pero uno de los centuriones. Ni él ni sus hombres tomaron parte. en algo que nos había enseñado sobre la acción y la reacción. —¿Quieres decir que le dejarías marchar sobre Roma? —Exacto. La mujer era hispánica. Fabio dio un brinco en la silla. De nuestras fuerzas atrapadas en el extremo más alejado del Trebia. acampando de forma adecuada todas las noches. tengo que volver dentro. mi tío se acercó a Placentia por el noreste y. volviendo a cruzar el Trebia por donde desagua en el Po y regresando a Placentia. Habían marchado dando un rodeo hasta Placentia. e hicieron un barrido hacia el este. Las fuerzas de mi tío eran de unas dos legiones. eso es lo que haría. A cuatro estadios de la posición del enemigo. En cuanto a las malas noticias. pero los otros sí. Después de cinco días. Lelio y yo oímos el alboroto causado por su llegada en el despacho de Fabio. acompañando a Valerio Flaco. —¡Salvajes! ¡Sucios salvajes! —explotó mi padre. sino también de supervivientes. Allí. me alegro de verte. Pero discúlpame. Murió a los pocos minutos de cortar la estaca. pasaron a todos a cuchillo y quemaron todos los carros y utensilios. comprendí que el trato dado a Sempronio había sido benigno. Ni siquiera sus fabulosos jinetes podrían romper nuestras líneas y manípulos allí. con cautela. llegó al lugar donde Sempronio había crucificado a la partida de exploradores de Aníbal. Guardo aquí sus cenizas. Las noticias de mi tío eran buenas y malas.. — 168 — . escribía. Bueno. señor. con las manos y los pies clavados a una estaca. Como era su deber. De estos últimos habían encontrado: cien aquí. me informó de la violación de una mujer en el campamento. señor. señor. Pensé en Eufanto. cinco manípulos consiguieron escapar. Extrañamente. Esta vez fue Escipión padre quien leyó el despacho. doscientos allá. ni por supuesto esos galos desnudos. también Catón estaba allí. en la llanura. Esta vez mi padre y varios senadores veteranos se reunieron con nosotros para romper el sello. Era. encontraron a Sempronio. refugiado tras los muros de Placentia. donde estábamos trabajando.

En Roma. y dos se apostaron en Luca y en Aretio. argumentaré que deberíamos enviar dos legiones para reforzar a mi hermano. De todas formas.. ¿Qué pasaría entonces? Los despachos que enviaba mi tío desde Placentia no revelaban nada. y de Sempronio si hubiera vivido. — 169 — . no deberían estar en las campañas. o lo había sido antes. Aníbal ha tenido suerte. ¿Está claro? Hablé con mi padre aquella noche. excepto las esposas. Y pensé que el plan de enviar legiones tras él era un error. la reacción de Fabio con ese pesado de Catón fue correcta y mi hermano hizo bien al detener a los bribones. que esa ramera seguro que suplicó que se la jodieran. Sabes que muchos son sólo pene y cerebro. De todas formas. ¡Sal de esta habitación y de esta casa! Valerio Flaco. Has estado con soldados. —¿Bribones. Ahora quiero prepararme para mañana. padre? ¿Es lo único que eran? —Calma. Sus exploradores no habían encontrado ni rastro de Aníbal y su ejército en ningún punto de la rosa de los vientos. señor —contestó—.. de la violación. Incluso así. dijeron. Pero no se acercará a Roma. El mandato de mi padre. ¿Qué peso tendría la violación en sus planes e intenciones? Quizá mi padre tuviera razón y fuera un aventurero. Otra vez había desaparecido. Si Aníbal había permitido que su mujer fuera con él. Yo no estaba tan seguro. —Marco Porcio Catón. Sí había conseguido cruzar los Alpes en invierno. —¿No? Pues ¿qué hará. y la mayoría tiene más de lo primero que de lo segundo. Publio. —¡Salvaje! —gritó Fabio—. La voz de mi padre se quebró. El trayecto alternativo. Su dolor y su ira podían hacerle retroceder. el Senado estaba ocupado con las elecciones a cónsules. En medio del silencio. Catón se tiró una ventosidad.dijeron los prisioneros. la mujer de Aníbal el cartaginés. pero es la guerra. Votaré por atacar Cartago.. Lo que todavía no has visto es lo que hacen los hombres en una guerra de verdad. en caso de que Aníbal se dirigiera al sur. soportado los Alpes con él. las mujeres. Pero ¿qué haría ahora? Lelio pensaba que Aníbal volvería a Hispania. El Senado decidió que.. calma. He puesto a los responsables bajo custodia y espero. en verano podía volver sobre sus pasos mucho más fácilmente. padre? —Bueno. para hacer lo mismo en Etruria. solo. de Bononia a Pistorium. ¿qué acabas de decir? —He dicho. Me ofreceré a conducirlas yo mismo. apostaría dos ejércitos para que le bloquearan el camino. pero también avanzar. dentro de una hora. saquear un poco e irse a casa. llévate a tu cliente: Luego quiero verte aquí. El sueño no llegaba aquella noche.. Estaba a mi derecha.. Probablemente quería más y. era mejor dejarle las espaldas libres. Estábamos en verano. Fabio volvió la cabeza hacia Catón. Dos legiones fueron a Arímino para bloquear el camino del sur a lo largo del mar Adriático. La travesía de los Apeninos entre Forli y Etruria era el único camino que podía seguir. si ella había marchado con él. —Es lamentable —dijo—. La voz le salió helada y comedida. —La sucia ramera seguro que suplicó para que se la jodieran —dijo con indiferencia. llegaba a su fin. tenían que haberse amado mucho.

. Flaminio propuso iniciar su consulado en el campo. Yo mismo la escribí. Cuando empezaron las lluvias de otoño. bajo la mirada de los exploradores de Flaminio. mediante una declaración manifiesta. tenía la cabeza caliente. Valerio Flaco casi lo había repudiado ya. Si alguno de los que me rodeaban pensaba que también los Alpes eran infranqueables. Fíjate. procedentes de Arímino. como hombre era un grosero. escuchar los auspicios ante los siete augures. Pido el permiso del pueblo y del Senado —era típico de Flaminio. el dramaturgo se salvaba de la dificultad de desarrollar la trama secretamente. amable. Lo vi salir de Roma rodeado por una multitud de parásitos ávidos de los despojos que su inminente victoria traería. por ejemplo. pero Flaminio había descubierto en él a un valioso adulador. Soy consciente de que mi historia flaquea. seguía sin haber noticias de Aníbal. —Así que no tiene posibilidad de vencer. erudito y primo nuestro por parte de madre. diciendo que no sería propicio. pensaba mi padre. tenía otros planes. Aquellos eran sucesos del momento. ofrecer plegarias en el Capitolio. decía mi padre. Flaminio era el candidato favorito del pueblo. Por esta razón. Servilio era diferente. cerca de Fésulas. Bostar. como hice yo.. se hubieran reunido con él. Me alegra decir que uno de esos parásitos era Catón.recorría las ciénagas infranqueables del valle del Arno. En lugar de esperar o marchar directamente hacia Flaminio y contra Aretio. Que por ningún motivo actuara solo. Eso nos informó Flaminio. pasó por delante de él y bajó al sur por el valle del Chiana hasta Cortona. invertir el orden habitual— para atacar y erradicar a ese bandolero cartaginés cuanto antes. Esto se está pareciendo a aquellas obras griegas en las que. en el principio del Agamenón de Esquilo. y procedió a saquear y a incendiar. sin embargo. visitar al pontífice máximo. Los cónsules debían visitar primero el templo de Júpiter. dictada por Fabio después del debate. durante tres días. Fabio ordenó que se mantuviera en secreto esta información para evitar el pánico en la ciudad. Servilio no tenía otra elección que afrontar los hechos y fue a hacerse cargo del otro ejército en Arímino. Flaminio no hizo caso y se fue a Aretio. Los caballos de Aníbal tenían la tiña. no supimos nada más. guardó silencio. y muchos de sus hombres estaban enfermos de fiebre de los pantanos. Salieron elegidos los principales candidatos para el consulado. ante el previsible asombro. pero yo no tomaba parte en ellos. Luego. Apareció. ¿Qué habría pasado si lo hubieran hecho al revés? Tengo que ser breve ahora. proclamar la Festividad Latina en el monte Albano. Había mandado nuestro ejército con cierto éxito contra los ínsubros. camino de Roma. Gayo Flaminio Nepote y Cneo Servilio Gemino. Lo esencial es que Aníbal fue hacia el sur a través del valle del Arno. Se ordenó a Flaminio que esperase hasta que Servilio y su ejército. Podía ver en su expresión que compartía mis dudas.. Los augures protestaron ante Fabio y después ante todo el Senado. Como soldado. Fue largo. Yo sólo le había oído hablar una vez en el Senado. Recuerdo haber mirado a Lelio. Todo esto lo supimos por los despachos diarios de Flaminio. Aníbal. al — 170 — . recuerdo el debate. —Incluso Flaminio puede esperar seis o siete días —dijo Fabio cuando terminamos y los dos correos (uno con órdenes para Flaminio y otro para Servilio) hubieron partido. informaba. Sé cuál fue la respuesta del Senado. donde se explicó muy mal. que estaba al otro lado de la estancia. Estoy a punto de presentar a otro mensajero.. Bueno.

que gemía y gritaba. Sus ojos se encontraron con los míos y me acerqué a ella. quedó ahogado por la explosión de dolor y rabia que protagonizó el pueblo mientras empujaba hacia delante. Andaban lentamente. sino miles de anillos de oro que brillaron tintineando en las losas del foro—. Cuando llegamos al Foro. Algo debe de haber sucedido. contar lo que sé. Arréglala. exhaustos y confusos. algunos tambaleándose. Flaminio ha muerto. Eso —gritó Ligario— fue arrebatado a nuestros muertos en Trasimeno. era el tumulto de miles de voces. y los cartagineses nos han enviado a decíroslo.menos no he presentado todavía a ningún euripidiano deus ex machina para animar la historia. tribuno de Flaminio. Venían hacia nosotros. Haré lo que pueda y lo que puedo es. que llegó lentamente—. —Es un gentío impresionante —dijo mi padre—. sencillamente. sentado en el atrio con Lelio y mi padre. hablando. —Soy Quinto Ligario —dijo el soldado—. pero sin armas. era una columna informal de unos cien soldados romanos. Con los soldados había una carreta cubierta. Los soldados hicieron lo que se les ordenaba. si es que el veredicto de mis pares me concede el tiempo que necesito.. —Ahora —dijo para sí antes de que mi padre me empujara— vamos a morir todos. Había a mi lado una niña de pelo oscuro y grandes ojos pícaros. la multitud se calló para escuchar. La multitud retrocedió ante los empujones de los soldados. estaban ya en el otro extremo. el Foro resonaba con oleadas de gemidos y lamentaciones. cuando haya terminado. Nos abrimos paso entre la creciente multitud. ¡Haced sitio! —dijo a los soldados que había debajo—. Vayamos a verlo. mujeres gimiendo. el diálogo rápido a que recurren los dramaturgos cuando quieren animar una obra. Hay más. No eran monedas. de la puerta de Rávena. Bostar. Aun así. Estaba en casa. me parece sosa y escueta mientras la cuento. Venía de más allá del Foro. igual que el calor cuando aprieta. olvidándome de mis observaciones y sentimientos de aquel momento. A1 notar que estaba a punto de hablar. —La voz se le quebró al decir esto y se inclinó sobre el armazón de los rostra en busca de apoyo mientras cientos de voces hacían preguntas a gritos. Se subió a un puesto del mercado que había junto a nosotros y miró. No voy a explayarme sobre cómo se extendió el pánico.. Los hombres se dirigían hacia los rostra y uno se encaramó a las proas de las galeras cartaginesas hundidas en la primera guerra púnica. Aníbal me indicó que dijera que lo devuelve porque Roma va a necesitar todo el oro que pueda conseguir. Si dijo algo más. Hacía calor y todas las puertas estaban abiertas. se han grabado a fuego dentro de mí—. —¡Vaciadlas! —exclamó Ligario. a duras penas puedo emplear la stichomythía. El ruido llegó gradualmente. pugna magna victi sumus. Ligario levantó el brazo pidiendo silencio. Cuatro fueron a la carreta y cada uno sacó una cesta de mimbre llena de oro reluciente. Vi el miedo descender sobre ella como si fuera la oscuridad. sollozando y tratando de ver. rodeados de gente.Y traedlas. Hemos sido derrotados en una gran batalla —de qué manera aquellas palabras. Bueno. creciendo como cuando nos acercamos al mar. hombres y niños. todavía con la armadura. ni cómo mi padre se abrió camino hasta los — 171 — . luego continuaré con los sucesos en los que fui actor y no público. tirada por dos mulas llenas de sangre.

También éstos fueron capturados por los cartagineses y exterminados hasta el último hombre. Flaminio encontró la muerte a manos de un ínsubro que reconoció en él. Sensatamente. «¡Si—mil—ce! ¡Si—mil—ce!». vieron concentrarse en el extremo de delante a las tropas enemigas. Estaban débiles a causa de las heridas. rodeados y capturados. al devastador de sus tierras. A los romanos. Es la justicia de los dioses. nuestros soldados no tenían espacio para arrojar los pilos y algunos ni siquiera tenían sitio para desenvainar la espada. vociferando el grito de batalla. Baste decir que sé muy bien lo que ocurrió en el lago Trasimeno. Vi que en sus ojos ciegos despuntaban las lágrimas. comedido. Me duele que sea de tan poca utilidad para Roma. a las órdenes del tribuno Cayo Centenio. porque durante los largos días que siguieron oímos versiones de muchos hombres. Su infantería pesada les bloqueó el retroceso por detrás. Se las enjugó con sus viejas — 172 — . espontáneo. y a los soldados a la enfermería. Fueron hacia el noreste. Todavía en orden de marcha. Fue un discurso arrebatador. todas las caras estaban tensas y preocupadas y la esperanza era cada vez más inasible. Fue una época de muerte. Fabio convocó sesión plenaria en el Senado. lo buscó Flaminio con sus legiones. Flaminio dio orden de atacar y entonces fue cuando Aníbal replicó. —Soy un anciano —comenzó— y casi he perdido la capacidad de ver. no. como se le había ordenado. dejó partir a los aliados y a las tropas auxiliares. mientras continuaba la matanza bajo un sol sofocante. ni cómo sosegó a la multitud y envió a cada uno a su casa. que se llamaba Mahárbal.rostra y ordenó que la guardia del Senado tocara los tambores pidiendo silencio. en busca del río Niccone. Fueron perseguidos por la caballería. Allí es donde estaba Aníbal y allí. Servilio había partido hacia Aretio. Entre Cortona y Perusa hay un lago llamado Trasimeno. casi intacta. Publio Cornelio Escipión. una época en que seguíamos respirando sólo porque no se podía hacer nada más. Sus ojos ya no veían absolutamente nada y se había vuelto hosco y retraído. que les conduciría hasta Roma. según se dijo. Dejó una guarnición en Aretio a las órdenes de Catón y se puso en marcha con el resto de sus fuerzas. a la que los romanos habían maltratado y violado. con las brumas del amanecer. No fue una batalla: fue una carnicería. había enviado por delante un destacamento de unos dos mil jinetes. porque este viejo va a hacer lo que pueda. De arriba salieron de repente los hombres que habían estado escondidos en los árboles. unos aplastados por los cadáveres y los heridos. que eran más de mil. Murieron por millares. Estaban desarmados y despanzurrados. Flaminio hizo caso omiso de las órdenes del Senado y no esperó a Servilio. el nombre de la mujer de Aníbal. se las arregló para presentar batalla y. se abrió camino colina arriba a golpe de hacha. Aún habría más. emocionante. otros ahogados en el lago. El jefe cartaginés. Cuando nuestro ejército estaba en mitad del desfiladero. —No me duele que me arrebaten el ocaso de la vida —me dijo en su despacho—. Esto es lo que sucedió. un afluente del Tíber.—Agachó la cabeza. Junto a él hay un desfiladero flanqueado por colinas boscosas. y lo pronunció ante una cámara llena hasta los topes que lo escuchó meditabunda y transfigurada. la pérdida de sangre y el largo camino. seis años antes. de unos cuatro mil hombres. y los dejaron morir. Nuestra vanguardia. pero sus recuerdos eran muy claros. Así se vuelven nuestros pecados contra nosotros. Ahora condúceme al Senado. Le cortaron la cabeza y la ensartaron en la punta de un pilo. El día que llegó la noticia.

todo el mundo quedará a oscuras. dejando sólo una pequeña guarnición en Placentia y en Arímino. como ya lo están mis ojos. Le dieron poder para requisar todas las naves que necesitara. Fabio habló durante más de una hora. nada se interponía en su camino. con sus mercaderes ávidos de dinero y de poder. Aníbal tenía. en un día como hoy. Y sólo entonces presentó mi padre la cuestión de aquella otra parte del mensaje que Ligario había tenido la desgracia de transmitirnos. Las legiones de mi tío. — 173 — . Y quería un rescate por ellos. había dicho Fabio. Servilio tenía que marchar al norte primero y volver a Roma evitando la batalla a toda costa. las murallas eran débiles. Después de todo. moteadas y grises. una moneda en la que se hubiera suprimido el nombre de Roma. que la capacidad de hablar también me faltara para no describir las desgracias que han caído sobre nosotros. Tenían que dirigirse a Roma a toda prisa. por Roma. recordad a Horacio Coclo en el puente. de extinción de incendios y primeros auxilios. Si esa luz muere. De repente echó la cabeza atrás y continuó con voz clara y poderosa—. y ordenó reforzar las rejas de hierro que impedían el acceso por los acueductos. Fabio también ordenó a Catón que se quedara en Aretio con su unidad y defendiera la población a toda costa. »Por Roma expulsamos la tiranía de los reyes. como es lógico. su descenso al Hades. Pero Fabio sabía cómo se sentía el Senado. el odio implacable de Juno. era un precio pequeño por la vida de dos mil hombres. Incluso éste sería destruido tan pronto como las legiones de Servilio y las que estaban a las órdenes de mi tío estuvieran a salvo tras las murallas. hizo llamar a Ligario. irían en barco. hasta hoy única en el mundo. en el Senado había un nuevo espíritu. Desearía. Quinto Ligario —ordenó Fabio—. Así que esperamos y trabajamos. Dile que Roma no tiene la necesidad que tiene él de esos pobres soldados. «Los hombres defienden las murallas. A sugerencia de Fabio. por lo visto. no quedará más que la tiranía de Cartago. y a todos los hombres que han dado su vida por ella. Por Roma construimos nuestra república. dos mil soldados prisioneros.manos. desde el amanecer hasta que cenábamos después de anochecido para irnos agotados a la cama. opinaban algunos. Fabio envió cinco correos distintos con las mismas órdenes a Servilio y a mi tío. temía mi padre. Todos pensaban que Aníbal marcharía ahora sobre Roma. excepto uno. en el foro. mi padre organizaba ejercicios de tiro al arco y de honda. Quería un denario de plata. Dejó la cámara en silencio y nunca volvimos a verle. un palpable punto débil en nuestras fuerzas. El Senado debatió la cuestión durante más de una hora. Si esa luz muere. —Vuelve con Aníbal el cartaginés. de dedos nudosos como un viejo olivo inclinado por los años. padres venerables. y a Rómulo cuando lo arrostró todo para fundar esta ciudad y protegerla. Pero fue a la instrucción del pueblo a lo que más tiempo dedicó. Recordad a Eneas cuando resistió la cólera de los dioses. no las murallas a los hombres». Pero en esta hora oscura. a mi padre se le concedió autoridad proconsular para guardar las poderosas murallas de Roma y supervisar la destrucción de todos los puentes que cruzaban el Tíber. Aceptar aquella ofensa. aunque me sorprendió la crueldad de lo que dijo. Ligario asintió simplemente. En algunos sitios. Así que cada día. permitámonos cantar la gloria de los hombres famosos y de los padres que nos engendraron. al viejo Cincinato soltando el arado para empuñar la espada. Cuando terminó. Lelio y yo con mi padre. Cuando todos habían dicho lo que tenían que decir.

uno por Júpiter y Juno. ¿Dónde has estado? —Ocupado. —La espera es peor que el trabajo —contestó Lelio—. Y Aníbal no llegaba. pez y aceite. Los barracones del cuartel del sur estaban abarrotados de hombres y toda la ciudad era un manojo de nervios. Tu padre ha hecho un buen trabajo. —¡Escribonio! —exclamé—. Lelio y yo estábamos sentados una mañana en el antepecho de la muralla este. otro por Marte y Venus. Mientras tanto. ¿Cuándo crees que llegará Aníbal. como poco después hizo mi tío. mirando hacia la Vía Valeria. y más flechas que cartagineses. —Primero. pasando a la acción. por ejemplo? —preguntó. . —No tiene sentido mirar por ese lado —dijo una voz conocida a nuestras espaldas—. Brea. Los burdeles siempre estaban llenos. —Sonrió y volvió a ponerse serio. «tan fuerte como una parra y se recuperaría con el tiempo». el pueblo romano era. más que nadie. Lo veía volver por las noches. para el caso. ¿Qué tenemos aquí. como todo el mundo. otro por Neptuno y Minerva. Por ellos se enteró que había que hacer la promesa de celebrar unos juegos en honor de Júpiter. mirando hacia uno de los muchos depósitos que mi padre había instalado al final de la calzada—. banquetes ceremoniales ofrecidos a las imágenes de los dioses.A Valerio Flaco le había encargado Fabio la misión de quemar todas las cosechas y caseríos de los alrededores de Roma. tiznado por el humo y entumecido por lo que debían de ser excursiones muy inquietantes. como Fabio había señalado en su discurso. grandes braseros de bronce. por las murallas. deberíais saber lo fuertes que son y lo bien defendidas que están. y tú también. salía cada día. Se aseguró de que el pueblo participara y así. todos a caballo. ¿qué quieres decir? —pregunté. cruzando el Tíber por un vado secreto. por Mercurio y Ceres. ni. He oído decir que has trabajado tan duramente como él. —¿No lo crees? —¿Por qué no? —pregunté. aunque es un motivo. por Apolo y Diana. . Escribonio? —No creo que llegue —dijo Escribonio. —No sólo por eso. por ningún otro. Nos dimos la vuelta. idea de mi padre. Con un pequeño destacamento de la guardia de la ciudad. . Celebró lectisternios. En cuanto al cuerpo. —Entonces. Roma se recuperó del impacto que supuso Trasimeno. sentándose entre nosotros y la muralla. por Vulcano y Vesta. había que dedicar un santuario a Venus Ericina y a la Razón. Cada noche. Vosotros. Lelio. — 174 — . Los días se convirtieron en semanas. oíamos hablar de riñas y trifulcas. Hace semanas que no te vemos. Fabio en persona se ocupaba de otro aspecto del espíritu romano. . y los puestos de los comerciantes. El ánimo de la ciudad empezaba a ensombrecerse y a decaer. y los baños. Pero recuerdo que me preguntaba yo entonces: ¿teníamos ese tiempo? Servilio y sus legiones llegaron sin incidentes. ardían a lo largo de la muralla de Roma. Consultó los libros de la Sibila. —¿Quieres decir que no lo intentará porque no lleva consigo el equipo para sitiarnos? —continuó Lelio. La actividad cedió el paso al aburrimiento.

De desertores o prisioneros. Tampoco hemos oído hablar de ningún ejército que haya cruzado los Alpes. y tú también. pero tampoco tiene flota. ¿Qué veis? —Vaya.. su conocimiento del territorio se me antojaba impecable. Bien. Creo que también intentará que algunos de nuestros aliados se unan a él. —Sí. podría ser. —Desistió al cabo de dos años. podrían romper sus tratados y alianzas con Roma —sugirió Lelio. sigo sin creer que vaya a atacar Roma. después de Trasimeno. como Capua. ¿No os habéis fijado en que. ya lo veremos. los aliados nuestros que ha ido capturando los ha ido poniendo en libertad. Luego buscará un refugio confortable para el invierno y dará descanso a sus hombres. Pero apuesto el dinero que queráis —dijo Escribonio— a que el invierno será largo. —Puede que la haya solicitado a Cartago y la esté esperando —dijo Lelio. Recibimos informes de que grandes extensiones de cultivos se habían arrasado.—Mira hacia el oeste. —¿Por qué no? —preguntó Lelio. Luego se trasladó a Campania.. No. pero eso no impidió los chismorreos. Lelio tenía razón en sus suposiciones y ese cartógrafo — 175 — . —Tiene que tener un cartógrafo con él —dijo Lelio. El Tíber. supuse. —¿Un cartógrafo? No he oído hablar de ningún ejército que tenga semejante cosa. como podríamos recibirlas nosotros con barcazas que subieran por el Tíber desde Ostia. Quiere dar a entender que su lucha es sólo contra Roma. —Exacto. —Y algunas ciudades. La finca de Fabio fue una de las pocas que no quemó y aquello no hizo sino aumentar las tribulaciones de mi mentor.. Lelio era siempre el más rápido. creo que incendiará y saqueará hasta el invierno. los dos habéis recibido buena educación.. Escribonio —dije—. y podría tenerla ya. cuando la haga. —Es verdad —replicó Lelio—. pero ¿por qué? Lo entendí. Me pregunté dónde conseguiría Aníbal aquella información. es un buen argumento.. —Sí. Decidme lo que sabéis sobre el sitio de Rodas por Demetrio Poliorcetes. Lo añadiré como una nota al margen de la copia en límpio. No voy a romper el silencio autoimpuesto. Pero incluso antes de aquello. Puede que Aníbal no tenga equipo para sitiarnos.. —Porque es algo obvio y él nunca ha hecho lo más obvio. —Lo hicimos—. —Exacto. —Porque la ciudad también podía recibir provisiones por mar. Aníbal hizo lo que Escribonio había predicho. ilesos? —Sí. señor. señor. corriendo hacia el mar. Pero aunque así fuera. Sabíamos que Fabio estaba por encima de toda sospecha. Lelio. desde luego —repliqué—. —Bueno. sin ninguna oposición.

Escévola era alto. Les ajustaremos las cuentas y luego se las ajustaremos a Capua. Nunca había cambiado más que unas pocas palabras con ellos. según se comentaba. Fabio fue criticado por no hacer nada. Los ancianos de Babilonia hacían mapas catastrales. Sí. y todavía lo están. el oro de Capua. Metelo era de sangre patricia venida a menos. los mercaderes sus depósitos de artículos. y parecía largo. Betón y Diogneto. Cecilio Metelo y Mucio Escévola. los ánimos se exaltaban y crispaban. un evidente homo novus que había hecho fortuna con el tráfico de esclavos. según se aseguraba. eso es lo que son todos. Tenía seis ayudantes y el conocimiento geográfico de Italia que poseía Aníbal era tan bueno como el de cualquier romano. incluso fueron distinguidos hombres de letras. algunos en relieve. —¿Crees que le siguen por dinero? —Desde luego. Así pues. consultaban apuntes. los romanos estaban. antes de que Roma naciera. su imperio parecía extenderse sólo hacia oriente. Dos de ellos. Y lo peor es que los hombres de Aníbal habrán recibido una retribución. Alejandro tenía bematistas. A1 principio. — 176 — . hice muchos mapas para Aníbal el cartaginés mientras estuve a sus órdenes y sólo para un romano sería esto algo notable. incluso antes de llegar allí. hijo de un carnicero. bastante atrasados en cartografía. padre? —pregunté. pero con el tiempo le escucharon. y así había entrado primero en la clase de los équites y desde allí había pasado al Senado. aunque por instinto me gustaba el primero tanto como me disgustaba el segundo. Eso quiere decir que los mercenarios de Aníbal no desertarán. Los persas hicieron un arte del dibujo de los mapas y los griegos hicieron una ciencia de ese arte. ágil y rubio. —Sí. le pasaban notas. Esperemos que la buena vida en Capua nos ablande a esos animales. Capua había abierto sus puertas a Aníbal y a su ejército. En el Senado. pero siempre sabía dónde estaba. que al igual que yo hacían el triconium fori. y Escévola hijo de un socio comercial de Varrón que además era. y las mujeres las piernas. Sus pesquisas eran acertadas. muchos senadores sonreían bajo la barba ante sus largos discursos. Llegó el invierno. Sin embargo. No dejaban de moverse cuando Varrón tomaba la palabra. y su cara estaba cubierta de granos. dejaban la cámara como si fuera por asuntos de la mayor importancia y volvían con más papeles. ¿Por qué si no? Salvajes.era yo. y la información de Varrón siempre era precisa y exacta cuando detallaba los movimientos de Aníbal y explicaba cómo los habría neutralizado si hubiera estado allí con las tropas. No puedes fiarte de ellos. Metelo era chaparro y moreno. Los asirios y los egipcios tenían mapas topográficos. —¡Malditos capuanos! —exclamó mi padre cuando oímos la noticia—. —¿Una retribución. durante aquellos días largos y vacíos. Lelio los llamaba «el alto y el bajo». Pero el mapa mayor de todos es el que no podemos levantar: el de la mente humana. Durante años me opuse a la alianza. Para ser un pueblo civilizado. Es la ciudad más rica de Italia. sobre todo por Cayo Terencio Varrón. proxeneta de Varrón. topógrafos notablemente precisos y cartógrafos. sin embargo. Varrón era mentor de dos ayudantes de mi edad.

padre? ¿Tú irás? ¿Y Lelio y yo? —Sí y no. Quiero que estés allí para ver la destrucción del hombre que casi mató a tu padre. Bostar. Pero no aguanto más. pero dudaba que los hombres de Aníbal le sirvieran sólo por dinero. Así que lo haré diciendo sólo que fueron elegidos otros dos cónsules. de un gran odio por nosotros. mi padre cerró la puerta con suavidad. Me imaginé a Aníbal cavilando. Su esclavo personal le llevó una infusión aromática endulzada con miel y le ayudó a beberla con una cuchara. No creo que pueda terminar su libro de historia. muchos en el norte. Pero en primavera se puso muy enfermo. El Senado. Homero había reemplazado a los historiadores en su lista de gustos. Lelio y yo habíamos sido asignados al estado mayor de Varrón. y con él parte de su ejército. Uno de nosotros siempre se quedaba con él y le leía en voz alta. Lo que había visto en el Ticino y oído acerca de Trebia y Trasimeno era algo de tal unidad y belleza que sólo podía surgir del amor. donde todavía estaba Catón. aunque en aquel momento no pensé más en el asunto. Lelio y yo íbamos y veníamos del Senado con sus órdenes y comentarios. implantó un nuevo impuesto para comprar caballos de Liguria en primavera. con dos nuevos cónsules.. para tocarlo todo. Yo tengo que quedarme como prefecto de la ciudad. Pero Lelio y tú iréis en campaña. cumpliendo órdenes de Fabio. Así que. bien. Fabio estaba reclutando hombres. Lo hice. Pronto hubo otra legión en Roma. a pesar de las acusaciones de inacción. hacia un campamento de invierno cerca del monte Tifata. que estaba cerca de la nuestra.No dije nada. y asestó algunos golpes mortales a Roma. De un gran amor por él. salimos de Roma aquella misma semana. —¿Marcharemos.. A1 salir. Estaba claro que Fabio se proponía algo. haciendo planes durante sus paseos de inspección bajo la lluvia y los vientos invernales. como Aretio. —Ha estado bajo una gran tensión —dijo—. y entonces nos dijo a Lelio y a mí que abandonáramos la habitación. Luego oímos decir que Aníbal había salido de Capua. con ruegos y sacrificios a los dioses para que volviéramos a salvo. El recuerdo de Cannas me llama y debo ir allí. En todo caso. — 177 — . y Placentia. que entrenaba todos los días en el Campo de Marte. mañana habrá movimiento en el Senado y no habrá tiempo para quejarse por los suministros. Después de haber mandado refuerzos a todas las ciudades guarnecidas.. —¿Qué pasa. padre? —pregunté. Es sorprendente pensar que fue tribuno en la última guerra púnica. Aquello pareció despejarle el pecho. lejos de los exploradores de Aníbal. al igual que Metelo y Escévola. y pronto empezó a formarse la sexta. supongo. escuchadme bien los dos. incluso ciego y frágil. —Fabio quiere que presente una moción para adelantar las elecciones consulares. Creo que se habría puesto él mismo al frente del ejército. o. Mientras tanto. Así que ablandados por Capua y sus sibaritas. famoso por sus ventisqueros. Parecía que estaba destinado a conocerlos mejor a los dos. Piensa que estamos preparados y no podemos permitirnos retrasar la siembra de primavera. Parecía preocupado. Tenía fiebre y guardaba cama en su casa. Me indicó que llamara a mi padre. Esperamos fuera. la quinta. He intentado contenerme. mejor dicho. bien.. Un día tuvo un terrible ataque de tos. marcharemos contra Aníbal muy pronto. no y sí.. Lucio Emilio Paulo por los patricios y Cayo Terencio Varrón por la plebe.

el ejército se extendía detrás de nosotros hasta que se perdía de vista. entre susurros o en voz baja. Si teníamos cuidado y luchábamos contra él en un terreno que nos conviniera. que Roma había congregado en un campo de batalla.Le dije a mi padre que habría preferido el estado mayor de Paulo. de Metelo y Escévola. A los cuatro días llegamos a una tierra que no habíamos quemado ni calcinado nosotros. y vimos aldeas y graneros saqueados. Me preguntaba si habría algo que Lelio y yo pudiéramos hacer para que Paulo tuviera el mando el día crucial. Ni el agua ni los suministros para los hombres eran un problema. nuestra infantería había demostrado que podía dar la talla ante los cartagineses. no podíamos perder. mientras cabalgábamos. Necesita la ambición de hombres como Varrón y. —Lo sé. desgraciadamente. Sostenido y fortalecido por la república. el más grande. al cortarle el paso en el Trebia y luego en Trasimeno. La primera vez que hablé con ellos comenzó algo que todavía no se ha detenido. mantuviera el orden y luchara como sabía. en cambio. El mundo se mueve. Lo primero de todo es Aníbal. No lo había saqueado. Aníbal tenía menos de cuarenta mil. —¿Qué es esta «nueva» Roma. Sus órdenes eran tan claras y amables como. será incontenible. Habíamos oído hablar de aquello. a su tiempo. él y otros como él son la cara de la nueva Roma. Paulo me impresionaba cada vez más. comentando las cosas con seriedad. en el pelotón de vanguardia. se extenderá más allá del mar de occidente.. padre. Tanto como el difunto padre de Lelio. de más de sesenta mil hombres. Y lo primero de todo es. Metelo y Escévola iban juntos. al lado de los cónsules. — 178 — . llevábamos de sobra en los carros. Estaba inspeccionando mi caballo una noche en la empalizada. Así que era un vasto ejército. Nuestro avance era lento. y no quiero que te quedes rezagado con el antiguo. —¿Dónde está?—dijo la voz de Escévola. Continuamos por la Via Apia. Pero lo primero es lo primero. —Precisamente porque lo sabía hice que Fabio te asignara al de Varrón —replicó—. nos dijimos. El imperio comercial más grande que el mundo haya conocido. Leyes y justicia romanas. más de cuatro mil jinetes. pero verlo templó el ánimo de las tropas. Éramos entonces seis legiones enteras más las tropas auxiliares. Cada vez que miraba hacia atrás desde donde me encontraba. sí lo eran. luego sonrió y me dio una palmada en la espalda —. Después de todo. los caballos habían llegado de Liguria sin contratiempos. paz romana por todo el mundo. ¿Sabes que el abuelo de Escévola era el mozo de cuadras de mi padre? ¿Quién habría imaginado que encontraría a Escévola en el Senado de Roma? Eso puede ser bueno si se combina con la solidez de familias como la nuestra. Esa combinación. irritadas e impacientes las de Varrón. Publio. La comida de los caballos y el ganado. Por los informes de nuestros exploradores. Nos resultó provechoso llegar a Benevento y ver lo que Aníbal había hecho allí. Nuestros forrajeadores tenían que alejarse mucho. siempre que formase. en dirección sureste.. quiero decir los días que mandaba él. —Su cara se ensombreció. donde Aníbal había sido visto por última vez. sólo algunas paredes ruinosas quedaban en pie. Marchamos por la Via Latina. hacia Benevento y luego hacia Venusia. lo había borrado de la faz de la Tierra. Me di la vuelta. Publio. me aseguró mi padre. padre? —Lo verás cuando hayamos luchado contra Aníbal.

a dos pasos el uno del otro. necios. Si hubiera llevado espada. —Por cierto. ¿no? —¿A qué te refieres? —A la sodomía. Ya me lo ha dicho. Lelio. — 179 — . Caí en un sueño inquieto. Escévola te estaba buscando. gracias. claro. —Es realmente ordinario. deteneos! ¡Nos van a juzgar a todos! Consiguió tirar de su amigo. Lelio no se dio cuenta. sucio plebeyo. Pero no le hagas caso. —¡Rápido! —susurró Metelo—. y no por haberme comportado como un soldado en una bronca de taberna. cerca de Venusia. Estaba avergonzado. —¿Insinuando? No insinúo nada.. sí. Publio? No deja de burlarse de mí porque tengo la piel muy blanca. Pero no la llevaba y me arrojé sobre Escévola. A la mañana siguiente. Apaga la lámpara. gritando. habían dicho los exploradores. Sabes que es ilegal en el ejército romano. dejamos la Via Apia. hacia el mar. —Sí —contesté dándome la vuelta—. —¡Cómo te atreves! —conseguí decir..Metelo estaba tras él. Lelio sí estaba. Viene un centinela. a eso me refiero. Se perdieron en la creciente oscuridad. y otras cosas. ah! ¿Cómo me atrevo a decirle la verdad al gran Escipión. Conseguí darle un puñetazo en el estómago. —¿La cara? Ah. —¡Deteneos. —He puesto el dedo en la llaga. ¿no te parece. Aquella noche nos dejó sentir su presencia. en cuclillas. Es hora de dormir. si estás insinuando. —¡Ah. —¿Qué te ha pasado en la cara? —preguntó mientras me tiraba en el catre. No es nada.. báculo de Roma? ¿Eso es lo que quieres decir? —Mira. Una llaga que estaba abierta. —¿Dónde está quién? —Pues tu amiguito. encontraríamos a Aníbal. él se las arregló para darme un golpe punzante en la mejilla derecha. pues me había quedado casi sin palabras. la habría desenvainado. Lelio y yo cabalgábamos detrás de Metelo y Escévola. me he caído. No estaban en la tienda cuando llegué.. Me puse rojo cuando comprendí lo que quería decir. Allí. Dijo que tenía que decirte algo. —Ya lo imagino. —Tú estás por debajo del desprecio. Puede que Escévola hubiera puesto el dedo en la llaga. ¿eh? —dijo Escévola. De repente Metelo estaba a nuestro lado. No le hice caso. que en cierto momento se dio la vuelta y me dedicó una sonrisa burlona. Nos dirigimos al este. nos enzarzamos en una pelea en el suelo mientras los caballos coceaban y relinchaban alarmados. Escévola y yo nos miramos jadeando. Declaro un hecho.

—¡Fuego, fuego!
Oí los gritos a medianoche y, con el resto de los oficiales del estado mayor, salí
corriendo de la tienda que compartíamos. En el extremo más alejado de la empalizada
había carros ardiendo y por todo el campamento sonaban gritos de alarma. Flechas
incendiarias otra vez, pensé. Como en el Ródano.
Varrón, resoplando y jadeando, apareció para ver qué pasaba. Paulo había acampado al
otro lado del valle; seis legiones juntas necesitan mucho espacio.
—¿Dónde estaban los centinelas? —preguntó Varrón.
—Los de la empalizada están muertos, señor —contestó el pilo primero—. Los han
degollado.
—¿Y el ganado, las mulas y las acémilas?
—Dispersos, señor.
—¡Por todos los dioses! ¿Es que ninguno de mis soldados puede estar despierto? Y tú,
Escipión. Tú también, Lelio, y Metelo y Escévola, ¿qué miráis? Id a ver qué ha pasado.
Quiero un informe completo, al amanecer. Me vuelvo a la cama. Ah, pilo primero.
—¿Sí, señor?
—Quiero que los centinelas que había dentro del campamento sean arrestados. Tendrían
que haber dado la alarma.
Dicho esto, Varrón salió dando patadas y golpeando unas trébedes. Maldecía en voz
alta. Me habría gustado decirle que los hombres de Aníbal habían hecho menos ruido
que él, y que nuestros centinelas difícilmente podían ser culpados por no advertir de un
peligro que no habían oído ni visto. Pero me mordí la lengua y, junto con Lelio, me
dirigí hacia las hogueras.
La noche siguiente pasó lo mismo, y a la siguiente era el turno de Paulo. La noche
posterior no hubo incendios, sólo un lamento sobrenatural que despertó a todo el
campamento. Ojalá Escribonio hubiera estado allí para confirmar lo que era, pero se
había quedado en Roma como tribuno de mi padre. De todas formas, estaba seguro de
que había sido un corynx cartaginés tocado a pleno pulmón. Durante las noches
siguientes nos acostumbramos a su gemido, aunque eso no quiere decir que
durmiéramos. Y por el día los merodeadores nocturnos no aparecían por ninguna parte.
Nuestro avance se hizo más lento, recorríamos cuatro o cinco estadios al día. Incluso
Varrón se mostraba prudente, mandando reconocer el terreno con una exploración
minuciosa. Las noches eran calurosas y sin viento. Por el día, Lelio y yo cabalgábamos
entre los dos cónsules como oficiales de enlace, aunque, como sólo tenían el rango en
común y nada que decirse, nuestra misión no era difícil. Tanto mejor, pensé, para la
«nueva Roma» de mi padre.
A1 acercarnos a Cannas, nuestros dos ejércitos estaban nerviosos, inquietos y cansados.
Ninguno de los más de sesenta mil hombres que nos acompañaban había tenido una
noche de sueño completa durante la última semana. Y en ambos campamentos había
disentería. Yo la tenía, todos la teníamos: una diarrea que nos dejaba el ano dolorido y
los intestinos también. Lo que más me disgustaba era tener que desmontar de repente,
dar las riendas al que estuviera más cerca y acuclillarme junto a las columnas de
hombres en movimiento. Incluso en un ejército, es algo que debería hacerse en privado.
Escévola seguía con sus pullas malintencionadas. Una vez que Lelio tuvo que salir
corriendo hacia unos arbustos, le oí decir a Metelo:

— 180 —

—A él no le cuesta. Siempre está a punto. Me mordí la lengua. Ya me llegaría la hora.
Tal era el estado de las fuerzas que avanzaban, ingenua pero cautelosamente, hacia
Cannas. Una mañana, casi a mediodía, vimos los remolinos de polvo que venían hacia
nosotros. Lelio y yo, que íbamos a la altura de Metelo y Escévola, estábamos dos filas
detrás de Varrón.
—Poeni, poeni! —decían los gritos nerviosos de los exploradores, a quienes oímos
antes de que llegaran a nuestra altura—. ¡Púnicos, púnicos!
Aníbal, por lo que parece, nos estaba esperando. Ni estratagemas ni escaramuzas. Su
campamento era visible y su formación de batalla clara, dijeron los exploradores;
estaban apretados en un meandro del río Aufido, al norte de Cannas; delante, una
llanura abierta y vacía; detrás, las montañas. Parecía perfecto para Varrón, demasiado
perfecto para Paulo, en el consejo que convocaron.
—Así que ya no se esconde —dijo Varrón—. Batalla abierta, pues, y probará el acero
romano.
—Cierto, cierto —dijo Paulo, llevándose una gasa perfumada a la nariz; sabia medida
contra el hedor de tantas defecaciones. También estaba el delicado asunto del mando.
Batalla al día siguiente y la responsabilidad sería de Paulo. Un día de retraso, y sería de
Varrón.
—Deberíamos acampar mañana y dejar descansar a los hombres —dijo Varrón, como
era de esperar.
—Retrasa el golpe —replicó Paulo— y quizá se marche o nos prepare alguna trampa.—
Y así continuó la discusión.
A1 final, Aníbal decidió por nosotros. Rodeados de una legión, que marchaba con los
escudos juntos, los dos cónsules y sus respectivos estados mayores se adelantaron al
caer la noche para inspeccionar la posición de Aníbal. Era extraordinario.
Vimos filas y filas de tiendas. Vimos carros, cargas y animales. Había fogatas, pero no
había nadie. Ni un solo ser humano. A ambos lados del campamento y detrás se
extendían los cañaverales del Aufido, cuyas cañas, cannae, daban nombre a la ciudad de
Cannas. Desde la ligera subida en que nos habíamos detenido, Varrón ordenó que una
partida se adelantara. Al volver, confirmaron que lo que parecía era.
—Bien —dijo Varrón con fastidio, con el caballo removiéndose bajo su enorme peso—,
atacaremos mañana.
—¿Atacar qué? —preguntó Paulo en son de burla—. ¿Un campamento vacío? En el
momento en que entremos nos atacará por detrás. Tiene que ser una trampa.
Probablemente estará en esos montes, detrás de nosotros, observando y esperando que
hagamos lo que acabas de sugerir.
—¡Bah! —soltó Varrón—. Ese hombre no es tonto. ¿Te enfrentarías con seis legiones en
su terreno? Mira, esta llanura es perfecta para nosotros. El lo sabe y ha huido. Digo que
saqueemos e incendiemos su campamento mañana por la mañana... a tus órdenes,
estimado colega. .. y luego le daremos caza.
—A1 día siguiente —dijo Paulo con ironía poco disimulada—. A tus órdenes, por
supuesto.
Así prosiguió el pique.

— 181 —

A1 volver al campamento, Lelio y yo íbamos el uno al lado del otro. Era una hermosa
tarde, de luz transparente y cielo azul, con una brisa fresca que llegaba del mar. El
mundo estaba vivo en una primavera de savia en ebullición y alondras cantarinas en los
árboles. La tierra por la que cabalgábamos era fecunda, rica roja.
—Bueno, ¿tú qué opinas, Lelio? —pregunté.
—Lo pillaremos ahora —dijo con una sonrisa.
—Pero ¿por qué iba a dejarse atrapar aquí? ¿Por qué aquí y, además, por qué no está en
el campamento?
—Siempre te preocupas demasiado, Publio. Deberías...
De repente, en los arbustos que había a la izquierda se oyó a un hombre cantar con una
voz profunda que se elevó bruscamente hasta convertirse en un grito ululante. Atónitos,
Varrón y Paulo tiraron de las riendas y toda la columna se detuvo.
—¡Bueno, no os quedéis ahí parados, idiotas! —gritó Varrón—. ¡Haced algo! ¡Escipión,
Lelio, id a ver qué es!
Desmontamos y, con cuatro legionarios, nos introdujimos entre los enebros entre los que
había sonado el grito. En un pequeño claro, sentado en el tronco de un roble caído,
vimos a un hombre cuya cabeza era una masa de pelo revuelto y rizado, con la barbilla
levantada, cantando al cielo y moviendo los brazos al ritmo de la canción. Sus ropas
eran andrajos sucios y rotos. Sus pies estaban descalzos y negros de suciedad.
—¡Tú! —grité—. ¿Qué haces ahí? Se calló.
—¿Hacer, amo? ¡Tencio no hace, canta! —Se rió estridentemente y, poniéndose en pie
de un salto, procedió a bailar dando vueltas, ondeando su capa rasgada como si fuera un
par de alas.
—¡Soldado! —dije al hombre que había junto a mí—. Ve y di a los cónsules que todo va
bien. Es un loco, nada más. Deberían llevarlo al campamento.—Asintió con la cabeza y
se dio la vuelta—. ¡Tú! —grité al loco—. ¡Ven aquí!
Saltando ágilmente, hizo lo que le había dicho y se paró delante de nosotros, jadeando y
entornando los ojos, canturreando y murmurando para sí algo parecido a «guerra, lucha,
muchos muertos, guerra, lucha, muchos muertos». Luego en voz más alta: «Guerra,
lucha, muchos...».
—¡Cállate! —exclamó Lelio—. ¡Dinos por qué estás aquí!
Tencio pareció sorprendido. Se quedó completamente callado, como pensando.
—¿Yo aquí? —contestó, mirándonos con la cabeza medio agachada—. ¿Yo? ¡Ja, ja! No,
no, no, no. Yo no. ¡El! —gritó en actitud triunfante y la mandíbula torcida.
—¿Él? —dije—. ¿Quién es «él»?
—Aníbal, el ogro. ¿Sabes por qué está aquí? ¿Lo sabes, lo sabes? —empezó a
canturrear para sí otra vez.
—Dínoslo —gritó Lelio, buscando 1a espada—, o si no. . .
Le puse una mano en el brazo y di un paso adelante.
—Dínoslo —dije amablemente.

— 182 —

Con un rápido movimiento, Tencio se sentó en el suelo delante de nosotros, apoyándose
en las manos. Me agaché a su lado. Su olor era rancio y casi abrumador. Sus ojos se
encogieron cuando me susurró:
—¡Está aquí por la tumba!
—¿La tumba? —pregunté confundido—. ¿Qué tumba?
—Esa tumba —contestó moviendo la cabeza hacia atrás— que hay ahí.
—¿Hay una tumba entre estos árboles?
—Mm, mm, una tumba, una tumba, una gran tumba, tumba de Cauno tumba.
—¿Cauno? —pregunté—. ¿Quién es Cauno?
—¡Cauno Cartago, Cartago Cauno!
—¿Cauno era un hombre de Cartago?
Asintió con la cabeza y de repente pareció asustado. Mirando nervioso a Lelio y a los
cuatro soldados, me hizo señas para que me acercara y me susurró al oído:
—Cauno vino aquí desde Cartago. Con seis hijas. Los romanos las violaron. Las
muchachas se suicidaron de vergüenza. Cauno las enterró aquí y construyó una tumba.
Luego maldijo a todos los romanos y se mató aquí mismo. Por eso Aníbal ha venido. —
Estiró el brazo y acercó mi cara a la suya. Vi las costras que le cubrían los ojos—.
Cuidado con la venganza de Cauno —susurró.
Con un grito, se puso en pie y se perdió corriendo entre los árboles.
—¿Voy detrás de él, señor? —preguntó uno de los soldados.
—No —dije levantándome—. Déjalo en paz. No es una amenaza. Pero desplegaos.
Miraremos entre esos árboles.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó Lelio.
—Una tumba —respondí.
—¿Una tumba? —contestó incrédulo.
Me eché a reír.
—No, Lelio, no me he vuelto loco. Pero estamos buscando una tumba.
No encontramos nada.
Mientras volvíamos al campamento le conté a Lelio lo que me había dicho Tencio.
—¿Y le crees? —preguntó Lelio.
—Recuerda a Eufanto —dije—. Cualquier cosa es posible. Alguien lo habría
mencionado si hubiera sucedido hace poco. Pero quizá sucedió hace mucho.
Etimológicamente, es posible también. Cannas podría derivarse de Cauno con tanta
probabilidad como de cannae.
—Vamos, Publio —rió—.Te estás dejando llevar.
—¿Sí? Entonces ¿por qué crees que Aníbal ha venido aquí? ¿Por qué aquí?
Se puso serio.

— 183 —

—Tengo que decirte, Publio, que no lo sé. Podría entender que estuviera en la costa
oeste, por los barcos que fueran a Cartago o llegaran de allí. ¿Pero aquí? ¿Y con el
campamento vacío? Es todo muy extraño.
Continuamos el trayecto en silencio y marchamos al paso de los soldados que iban a
nuestro lado. Estuve pensando en la venganza de Cauno.
El consejo casi había terminado en la tienda de Paulo cuando llegamos. El plan era que
diez manípulos se quedaran y guardaran los dos campamentos, que una legión saqueara
y quemara el campamento de Aníbal y que el resto del ejército formara en posición de
batalla al otro lado de la llanura, de espaldas al campamento y de cara a las colinas... la
única dirección de la que podía llegar un ataque. Paulo había estado de acuerdo.
—Bien, ¿alguna pregunta? —dijo Varrón, eructando y levantando la copa para que el
esclavo le pusiera más vino.
—Sí —dijo Flavio, el pilo primero—. ¿En qué orden quieres los manípulos, señor?
Intuí complicaciones. Habíamos discutido interminablemente esta cuestión sobre la
marcha. La tradición decía que los miembros de la misma familia estuvieran hombro
con hombro en las tilas. Pero Varrón, sin que Paulo lo objetara, había sugerido una
innovación que a mí no sólo me parecía gratuita sino además equivocada. Recuerdo que
cuando, en contra de su costumbre, Varrón pidió mi parecer, cité el consejo que da
Néstor a los griegos en la Ilíada: «Forma a tus hombres por clanes y por tribus,
Agamenón».
—Ya sabía que saldrías con alguna imbecilidad griega sin sentido, Escipión —había
dicho Escévola.
Supongo que fue una arrogancia, sobre todo para Varrón, hijo de un carnicero, y para
Escévola, nieto de un mozo de cuadras.
—¡Cállate, Escévola! —gritó Varrón, para mérito suyo—. ¡Esto es un ejército, no una
escuela de niñeras! De todas formas, lo haremos a mi modo, a su debido tiempo. —Con
esto quería decir que las familias quedarían repartidas—. Serán más útiles de esta
manera —dijo—. Esto es la nueva Roma. Yo no habría llegado donde estoy si hubiera
confiado en la familia o en los amigos.
Paulo se había limitado a enarcar una ceja.
Así que no me llevé ninguna sorpresa cuando respondieron a la pregunta de Flavio.
—Nueva manera. ¿De acuerdo, colega cónsul?
Paulo asintió ligeramente.
—Como quieras.
Vi que Flavio se ponía rígido. Pero saludó y dijo:
—Sí, señor. —Se dio la vuelta y abandonó la tienda.
Aquella noche, después de cenar, Lelio y los otros de mi tienda se fueron directamente a
la cama. Yo no podía. Paulo había enviado tres patrullas a explorar los bosques que
había detrás de nosotros, para ver si el ejército de Aníbal estaba allí. Que yo sepa, no
volvieron. Me levanté, me puse una vulgar capa de soldado que cogí de un montón que
había en la entrada de la tienda y me dirigí a la puerta principal del campamento.
Todas nuestras hogueras ardían. Oí el rumor de los caballos en los cercados y, por
encima del canto incesante de los grillos, las voces de los que rodeaban las fogatas. Los

— 184 —

Les interrogamos hasta bien entrada la noche y supimos que era una trampa. así que déjame correr tras ella. —¿Por qué no cierras tu asquerosa boca de una vez. Lelio se recostó. señor. adentrándome en la luz. hablando alrededor de las hogueras. La verdad es que estuve contando moscas. al igual que Lelio. reparando botas y correajes. o una parte de él. afilando las espadas. No me gusta.. vi a Flavio hablando nerviosamente con los centinelas. Hay algo extraño. Había supuesto que saquearíamos su campamento y que. —¿Quién es? —preguntó Flavio. mientras lo hacíamos. deberían haber estado durmiendo. Es precavido. Aníbal tenía más de la mitad de su ejército escondido en los cañaverales del Aufido. eres tú. Pero la memoria me llama. Pero ya arreglaremos esto. Decidió no hacer nada aquel día y quedarse en el campamento. —Estaba pensando lo mismo —dije. Flavio. dándose la vuelta. La tercera volvió con dos prisioneros. Escévola? —replicó Lelio. —A1 menos está Paulo. Escévola. nervioso. —Callaos todos y vamos a dormir —dijo un centurión—. —No era posible que lo hicieras. medio levantándose de la cama. acalorado. Dos de nuestras patrullas habían sido capturadas. —Muy bien —dijo—. Bostar. guapito? Salté de la cama y puse una mano en la rodilla de Lelio. ¿Habéis revisado las armas? Mañana necesitaremos espadas con un buen filo.. — 185 — . En la entrada. Yo me acosté en la tienda. se enfrentaría a nuestras fuerzas principales por el otro lado. —Para contar los muertos —respondí. Me adelanté siguiendo órdenes de Varrón y le expliqué esto a un Paulo medio dormido. Ah. —No le hagas caso. con esta capa. fijando las cabezas de los pilos. no te reconocí. A1 pasar les oí murmurar y discutir en voz baja. y no morder el anzuelo de Aníbal. Así que durante todo el día nuestro ejército esperó en los dos campamentos. mientras amanecía. a la luz vacilante de las antorchas. —Me sorprende que no tengáis algo más. Es fuerte. —Dejadlo ya los dos —dijo Metelo—. —Deberían haber vuelto hace al menos una hora —decía Flavio mientras me aproximaba. Nuestros hombres habían encontrado el ejército de Aníbal. —Las rudas palabras de Escévola rompieron el silencio. Lo siento. Así nos cogería por delante y por detrás. Necesitaremos todas las fuerzas que tengamos. —¿Por qué no vienes y me la cierras tú. y traté de dormir. ejem. Aparté la capa—. más interesante que hacer. —¿Y qué? —decía otro—.vi sentados y agrupados en manípulos. escondido en las colinas. —¡Oooh! ¡Estoy aterrorizado! —se burló Escévola. inquieto. —¿Para qué? —preguntó Escévola..

tenía que acompañar a Varrón (mandando) y a Paulo (observando). Debería haber habido sólo un cónsul con mando. Sin embargo. siguiendo las órdenes concretas que había dado Varrón la noche anterior. en Cannas? Le superamos en número y encima parece haber elegido el terreno idóneo para nosotros. me sumergí finalmente en un sueño intranquilo. vimos el humo de las hogueras de Aníbal elevarse y caracolear en el aire espeso del verano. Habían puesto una mesa de tablas y de dos cestas estaban sacando fruta y jarras de agua — 186 — . Ni estratagemas ni escaramuzas. con nuestras condiciones y a nuestra manera — dijo Varrón—. pensé mientras me tomaba el tazón de gachas. Por fin una batalla en un llano. Una y otra vez pensaba en mis órdenes. aunque fuera sin los acostumbrados lazos de familia. El sueño fue inquieto. por el extremo más alejado de la llanura. La consigna sería «Telamón». Desde la empalizada. pero dos iban a observar. con el fragor de la batalla. pensé. Aníbal había desistido de su plan. Encontramos un grupo de vivanderos ya en nuestra posición. resplandeciendo como un lagarto al sol. Íbamos a atacar por la mañana. Yo todavía pensaba en la venganza de Cauno y escarbaba en aquella intuición como un perro que se rascara las pulgas. como siempre hemos hecho —y se quedó allí de pie. las legiones de Roma se lanzarían a un ataque directo y frontal. Mientras la luz aumentaba. dedujimos. En las letrinas. las trompetas no eran suficientes. espada contra espada. A1 igual que Lelio. tropas escondidas en los flancos ni detrás.A media tarde. Las trompas nos despertaron a la débil media luz del amanecer. El ejército de Aníbal estaba en el campamento. No había. Escévola y el resto de los oficiales del estado mayor. Nuestros exploradores habían informado. a las órdenes de Varrón. nuestros exploradores informaron de que había movimiento en el campamento de Aníbal: los hombres de los cañaverales estaban volviendo. Vi que Paulo y su partida se acercaban para reunirse con nosotros. A1 menos eran claras. Aquella noche se arremolinaron todos aquellos pensamientos en mi cabeza. los manípulos empezaron a formar. Iba a enfrentarse con nosotros cara a cara. ¿Por qué? ¿Quién es ese hombre que se ha atrevido a desafiar a Roma? ¿Y por qué aquí. por decisión propia. Se desayunó pronto. y muy sencillas. Lelio. dando un rodeo envolvente. Luego. en nuestro terreno. Como en Telamón. habíamos oído los vítores. tal como acababan de hacer en el otro. yo y los otros oficiales salimos a caballo del campamento para dirigirnos con Varrón al promontorio. Ellos también volvían a su campamento. estaban seguros. emocionados y nerviosos. los vítores de los hombres fueron sinceros. El humor del campamento era de confianza en la victoria. La posición de Varrón y Paulo estaría en el mismo promontorio en que nos habíamos detenido la primera vez que habíamos visto el campamento vacío de Aníbal. Más tarde vimos columnas de caballería y soldados bajando de las colinas y dirigiéndose al río... Paulo y Varrón vinieron a nuestro campamento para dirigirse a los hombres. poco antes de que anocheciera. después de todo. ¿Por qué? Con los ronquidos de Lelio. nuestra pequeña Roma. los hombres bromeaban. Poco después de la cena. —Como romanos. Lo arriesga todo. formando en tres cuerpos. sintiéndome totalmente solo. Quizá lo había subestimado. Aprendió algo de Trebia. Metelo. y estar preparado para entregar mensajes en persona en las diferentes legiones y manípulos si. Pensé en Frontino y en lo que había encontrado allí. de que no había indicios de trampas cartaginesas.

según vimos. Siguiendo sus órdenes. Impulsivos. predeterminada. Se está comportando como un soldado esta vez. —Esto casi era un discurso para Paulo. —Ocúpate de tus asuntos. como un ejercicio de los que organizaba mi padre en las llanuras de Placentia. bromeando y haciendo coronas de flores. su caballería en cuatro grupos entre la infantería y el campamento. que saludaban al pasar. Eran como niños desplegando piezas en un damero. Varrón hizo que los trompetas dieran la noticia. sin darme cuenta de que lo decía en voz alta. —¡Mira! ¡Mira eso! —gritó Varrón cuando se dio cuenta—. Es muy sencillo. abrieron las entrañas de un cabrito y pronunciaron los augurios. Eran favorables. a la que se había ordenado que se dividiera por la mitad y tomara posiciones junto a cada flanco. —Bien. criada sin duda a la fuerza en aquellas grandes casas calientes de los nuevos latifundios. Aquello no era una batalla. avanzando de tres en fondo entre la hierba que les llegaba hasta las rodillas. mordiendo una pera temprana. Nuestra línea todavía se estaba desplegando. La línea de Aníbal. pero por el centro. A unos mil pasos. dos notas ascendentes que significaban «Propicio». Luego se tiran al suelo y se mueren. Ya tuvo su día y se le han acabado las ideas. era extraño. Nuestra caballería. y los soldados lanzaron vítores estridentes en respuesta. Varrón? —preguntó Paulo. La ocasión parecía insulsa. —De acuerdo. según parecía. El sol calentaba ya. Los hombres de Aníbal. —¿De verdad esperas que luche contra nosotros de frente. bien —dijo Varrón. las líneas de Aníbal también estaban formando. ¡Los sobrepasamos en dos a uno! —¿Por qué. pero eso no explica por qué ha vuelto al campamento. No explica el suicidio. ni por dónde correr. Paulo —replicó Varrón—. Los rodearemos fácilmente. —Siempre preocupándote. los manípulos estaban formando por el flanco izquierdo. A nuestra derecha. Recuerda que tengo el mando. —¿Por qué qué. por qué? —me preguntaba. Silbando suavemente mientras estábamos montados en los caballos y veíamos formar a las tropas en la llanura. no como un bandolero. claro. Lelio parecía tan despreocupado como Varrón. Los sacerdotes llegaron con sus ropajes blancos. también estaban empezando a formar para la batalla. — 187 — . estaba completa. Los cartagineses son como los galos. Aquello. todavía no estaba en su sitio. Y es un mal ejemplo para los hombres. Publio? —dijo Lelio. los diez trompetas de Varrón estaban sentados en el suelo. A nuestro lado se oían los pasos firmes de muchos hombres. vastas fincas que pertenecían a los homines novi como Varrón y en las que trabajaban ejércitos de esclavos importados—. sino un juego.y vino. colega cónsul —replicó Varrón—. —¿Por qué quiere combatir así? —Porque no tiene elección. pensé. tan larga era nuestra línea de combate. —¿Qué otra cosa puede hacer? No tiene dónde esconderse. ¿Una copa de vino? —¿No es un poco pronto para eso? —dijo Paulo con aspereza—.

Las extremidades de nuestra uve estaban rodeando su ejército y cuando se encontraran y lo tuvieran cercado. Nuestra línea recta era ya una uve. hasta que el sol estuvo en el cenit. y mientras nuestros asteros arrojaban los pilos sin dejar de correr. Pero vi que algunos hombres caían como muñecos en un teatro de títeres. mientras el centro se detenía. Pronto los rodearemos. Los trompetas se detuvieron con los instrumentos delante de la boca y miraron a un cónsul y a otro. desconcertados y tropezando entre sí. el resto de nuestra línea titubeó. —¡Trompetas! —gritó Varrón. —Trompetas.En aquel momento. fue como si dos olas chocaran una contra otra. —Muy bien. Luego más flechas. y por eso ha utilizado las flechas? Los dos se miraron mientras los oficiales los observábamos. sin dirigirse a nadie en particular—. Por delante se volvió convexa. que era recta. pero lentamente los nuestros estaban envolviendo los flancos del ejército de Aníbal. con la caballería quieta de acuerdo con las órdenes. parecía como si tuviera razón. reconstruían la formación y cargaban sin aliento. Varrón habló con voz clara y firme. Paulo. los hombres confusos. se adelantaran y retrocedieran. se estrelló como una gran ola contra una roca y. por una vez. Te—la—món!» llegaron a nosotros. —No tiene sentido —dijo Varrón. Mientras el sol subía y el combate continuaba. —Es perfecto —dijo Varrón tirándose un pedo—. el cielo se oscureció repentinamente con cientos de flechas que ocultaron el sol. el centro de la línea cartaginesa se arqueó. una muralla de tres sílabas. Una lluvia de jabalinas procedentes de los flancos cartagineses los cogió por sorpresa y vimos que muchos caían mientras sesenta mil soldados romanos se congregaban. a esta distancia. muy bien —dijo volviendo y gritando de repente—: ¡Trompetas. fue al borde del promontorio y miró fijamente hacia abajo. Durante largo rato. haced lo que se os ha ordenado. y como un solo hombre. Contradice mis órdenes una vez más y tendré que pedirte que abandones el campo de batalla. Los gritos de «¡Te—la—món. no gritó sino que sonrió. vimos algo sin precedentes en la historia de la guerra. Y así comenzó la matanza de Cannas. la batalla estaría prácticamente — 188 — . Todavía mirando a Paulo. Varrón. La orden de «levantar los escudos» ya la estaban ejecutando los soldados espontáneamente. por detrás de las líneas cartaginesas. Varrón montó a caballo. y los escudos de nuestro ejército bailaban. tocad «A la carrera»! —¡No! —gritó Paulo. ¡Llegarán agotados! ¿No ves que eso es exactamente lo que quiere que hagamos. Tan fácil y suavemente como una serpiente se desenrosca o un pájaro extiende las alas. El centro de nuestra línea. —Por última vez. los infantes corrieron hacia la inmóvil línea cartaginesa. Poco antes de que las dos líneas se encontraran. avanzó sin saber si debía parar. yo tengo el mando —dijo suavemente—. luego más. —Pero ¿a la carrera? Está al menos a mil pasos.

idiotas. antes convexa. hombres y animales amontonados en una mezcla confusa de piernas rotas. el centro de Aníbal empezó a retroceder. —Sí. Si lo hubiera hecho. otras sentíamos una pestilente oleada de sudor. tocad! Eso estaban haciendo ya los cornetas mientras el centro de Aníbal seguía retrocediendo. pensé. lo son —repliqué—. espantando las pesadas moscas y observando. —Parecía despreocupado. La línea de Aníbal. aunque pensaba en ellos como olas en el mar. —¡Ja. —Supongo que quiso romper nuestro centro —continuó—. ja! Mira —gritó Varrón a mi lado. Los caballos y jinetes del enemigo llevaban armadura pesada y los nuestros iban equipados como exploradores. Así siguió la batalla. tocad «Sin cuartel». pasó a ser cóncava. — 189 — . mordiendo una pera. Dos columnas de caballería se acercaban al galope desde la vanguardia cartaginesa. Entonces ocurrieron dos cosas. están huyendo! ¡No quieren probar el pellizco de la tenaza romana! Cornetas. no le habría servido de nada. Aquélla no era la caballería que conocíamos. Varrón se había puesto de pie y se adelantaba hacia el borde del promontorio. ¡Tocad «Caballería al ataque»! Demasiado tarde. Pero sigo preguntándome por qué lo ha hecho. a tiempo de hacer que los extremos de nuestra uve se echaran atrás.terminada. ¡Están rompiendo filas. empezaron a formar grupos de cuatro y cinco. Pero nosotros éramos la danza y Aníbal el director de baile. Todo parece extraño desde aquí. debilitados sin duda. como dos cuernos estirados que se encuentran en un punto. una por cada lado de la contienda. Me sorprendió que el fin de Aníbal fuera tan fácil para nosotros y estuviera tan cerca. —Son como hormigas. Nosotros permanecíamos sentados. Varrón había estado en lo cierto. Unas veces oíamos un ruido repentino o un grito de agonía transportado por la brisa.. masticando con indiferencia—. A1 menos la mitad de los dos destacamentos de caballería cayó allí mismo. —¡Pero nada! ¡Tocad. gracias —respondí. nuestros hombres. los montones de muertos y agonizantes se amontonaban en líneas que se fundían a veces y luego se alejaban como la marea. —Voto a. Era como una danza. negros y rápidos que me froté los ojos y volví a mirar. que todavía estaban casi inmóviles. rompiendo la línea y corriendo en persecución del enemigo. Justo cuando nuestros manípulos estaban a punto de reunirse. —¿Hecho qué? —¿Por qué hizo la línea convexa? —No sé. ¡Trompetas! —gritó. sangre y heces. escupiendo saliva—.. ¿Quieres un bocado? —No. —¡Pero Varrón! —exclamó Paulo. entornando los ojos para mirar fijamente lo que estaba pasando abajo. silenciosos y sudorosos bajo el sol del verano. Fueron tan directos. Es lo único que dejan algunos a su paso por la tierra. interesado ya—. ¿verdad? —preguntó Lelio. En la guerra aprendes que muchos hombres se cagan encima cuando mueren. Las dos columnas cartaginesas se arrojaron sobre las nuestras.

Escipión? —gritó a mis espaldas. Buena idea. se partió por el centro y evolucionó. Aquello tenía todo el aspecto de una pelea. —No. señor —dije claramente. Lelio. ¡Mira! Me han preguntado muchas veces por aquello. . rodeado ya por una prieta y estrecha cinta. Y sí. cabalgaré hasta el campamento de tu colega el cónsul y me encargaré de transmitir tus órdenes. cogiéndome del brazo—. pero mirando fijamente a Paulo—. Estábamos estupefactos. me dije. No fue un asunto de magia. una larguísima fila doble. la vimos. volviéndose hacia él.. yéndose una mitad por cada lado. un poco más abajo. ¡Y procura que esos dos no se peleen! ¡Ya se está derramando bastante sangre! Le sonreí y espoleé al caballo tras echar un último vistazo a nuestro ejército. señalando.. —¿Refuerzos. gemidos de miedo y dolor que nos llegaban por encima del clamor de la batalla. vuelvo a decir que eso es lo que sucedió. —Bien. confusos y deteniéndose. —¿Por qué no los de tu campamento. —Si me lo permites. que volvía de llevar algún mensaje. como algunos susurran. su línea de retaguardia. Publio —dijo Lelio mientras me inclinaba para coger las riendas. el ejército de Aníbal empezó a rodear el nuestro. con los cartagineses corriendo y nuestros hombres dando vueltas. ¡Mi caballo! —Déjame ir contigo. ¡Caballerizo! —gritó—. . colega cónsul? —¡Oye. —Por todos los dioses. Le sobrepasamos al menos en tres hombres a uno. y con la caballería enzarzada en bárbara batalla. Cuando apartamos los ojos del choque de la caballería. poniendo una mano en el brazo de Varrón.gritos. Varrón sudaba y maldecía. los quiero. Aunque en el juicio pusieron en duda mi palabra. — 190 — . tú! —bramó Varrón. ¿Refuerzos? Sí. —¡Mira! —exclamó Lelio. Quédate aquí. ya. Ante nuestros ojos. y parecerá absurdo. Se dio la vuelta—. —¿Ya huyes. Pero no la guardia que tenemos aquí. Es imposible que nos acorrale. pero la vimos doble. aunque sólo por admitir esto pueden considerarme culpable. Escipión —dijo Varrón mirándome con extrañeza. mirándome con ojos extraviados e inyectados en sangre—. ¿cuántos hombres dejaste vigilando tu precioso campamento? —Treinta manípulos. —Gracias. No quería perdérmelo. fue algo tan bello que brilla en mi memoria como el fanal de una barca en la noche. Lo juro. vimos la línea cartaginesa. . así que me di prisa. Paulo. ¿qué ocurre? Es. Fue el genio de un hombre. señor? —aventuré. —¿Qué? —contestó. Nuestros manípulos romperán el cerco. Me crucé con Escévola. Como una regla plegable de cuatro piezas unidas por goznes.

Pero mucho antes de alcanzarla vi que no había nadie allí.. No salí corriendo. el río y. en dirección a la meseta de la que había partido. Llegué al campamento. ¡No. Ningún lugar ha conocido tantos. —Tengo que. jadeando. como he dicho. debían de haber luchado con fiereza para abrirse camino. a pesar de lo que han dicho en el juicio. muchos muertos en Cannas. al ver el rojo y el marrón de la sangre que encharcaba la tierra pisoteada. y el mar se estaba poniendo rojo. Bostar. llorando. sollozando sin parar. pero vi el brillo azul de una bandera consular tirada en la tierra. galopando hacia mí en forma de uve. No había nada que pudiera hacer. hacia los árboles lejanos.Recuerdo mi sombra bailando a mi lado mientras galopaba a la luz del sol poniente. Hay. gritando.. pero por un cerco más pequeño y creo que pensé entonces (¿o fue después?) en las abrazaderas de acero que refuerzan las palas de los remos. y me irrité con ellas. Dos grandes grupos de soldados romanos corrían hacia el norte. me las limpié con el dorso de la mano izquierda mientras con la otra sujetaba las riendas del caballo. Nuestros hombres estaban demasiado hacinados para combatir. más allá. y los gritos. Pero la mortal abrazadera había vuelto a cerrarse alrededor del resto del gran ejército de Roma. coloreado por el sol poniente. el mar. los aullidos. alejándome de allí y adentrándome en el húmedo. pero recuerdo que grité con todo mi ser—. Frené el caballo bruscamente. Di un tirón al caballo para que doblase la cabeza.. No fue miedo. cálido e implacable desvanecimiento de la luz. — 191 — . Entonces vi que se acercaban unos cincuenta jinetes. La luz también estaba desapareciendo. los sonidos de muerte llegaban hasta mí como el rugido de un mar lejano donde las olas se estrellaran en una playa erosionada. ¿Cuánto tiempo había estado fuera? ¿Cuánto tiempo tarda la muerte? Llega de muchas formas y hubo muchos. no. ¿dónde está Lelio? ¿Y Varrón? ¿Y la caballería? ¿Y el otro campamento? ¡Es imposible! ¡No ha podido! ¿Y si yo. corriendo juntos en mi mente. un promontorio desde el cual se ve la llanura.. Me fui al galope de Cannas. solo. me di cuenta mientras miraba. con el corazón latiendo y la sangre zumbándome en la cabeza. Aquel sitio se ha grabado a fuego en mi memoria. No fue miedo. nunca ha abandonado mis sueños. El ejército romano perecía dentro de una abrazadera de acero. ? ¡Ha destruido Roma! —Mis pensamientos se agolpaban. Me acerqué por la izquierda del montículo. Nuestro ejército todavía estaba rodeado. di las órdenes a un centurión espantado y di media vuelta con mi sudado animal. Aunque no he vuelto. no! Y las lágrimas me asaltaron nublándome la vista. Asegúrate de que escribes eso.

TERCERA PARTE La acción Nomine ipso recreor Su nombre mismo me consuela. CICERÓN. El sueño de Escipión — 192 — .

¡Mostraos! Primero sombras en la oscuridad. El paso de la yegua vaciló. ¿Por qué habían desistido? ¿Para dejar al menos con vida a un oficial que contara la historia y elevase un lamento por Cannas? Luego. Noté el sudor en la ingle y en las axilas. —Scipio! Immo vero. Necesitaba orinar. Hubo sorpresa. Servidor del Senado y del pueblo de Roma. ¡Somos soldados romanos! —Entonces salid —dije—. la lengua espesa en la boca. no yo. durante horas. eso es demasiado contundente. Después de tantas muertes. con las lágrimas quemándome los ojos. — 193 — . Creo que me adormecí. en los arbustos que había a mi derecha. catorce. La espoleé. me apeé y caí en un profundo sueño sin sueños. Me erguí y miré atrás rápidamente. a través de los árboles. No me perseguían. y cabalgué. Las ramas me daban en los brazos y en el rostro. Dejé salir la orina. ¿Quién anda ahí? Tres gotas de agua aterrizaron en mi frente. —Publius Cornelius Scipio sum —respondí con claridad—. la condujo y sólo cuando llegamos a los primeros árboles empezó a ir más despacio. Ni los cónsules ni. alimentando gusanos y oscuras criaturas de la tierra. Me estiré. dieciséis. musgosa y rezumante tierra. El miedo. No. luego a la luz de las estrellas. Volvió a vacilar. La lluvia había cesado. La yegua se abrió camino entre los árboles. la idea de vivir acaba también por morirse. que salí huyendo. lluvia para lavar la carnicería de Cannas. Silenciosa y rápidamente. se hizo más lento y se detuvo. y las zarzas en las piernas. Solté las riendas y me abracé a su cuello. Aturdido. —Quis istic est?—dije—. Algún viejo instinto me hizo espolear al animal. vi las hogueras chisporroteantes e incontroladas. ¿Hacia dónde? Mareado y aturdido. después de tantos años. me puse en pie. Sólo oía mi respiración en aquel oscuro bosque formado por los árboles y mi mente y. tamborileando. Servo senatum populumque romanum. Luego cayeron las primeras gotas. no quería vivir. los oficiales del estado mayor se habían molestado en llevar armas en Cannas. —Quis etiam es? —replicó una voz—. vi las estrellas. sangre sumergida. Retumbó un trueno y un rayo cruzó el cielo por encima de la bóveda de los árboles mientras yo seguía cabalgando. también la lluvia que no remitía. Encima de mí. El cálido fluido me confortó hasta que su humedad se mezcló con la de la lluvia que me empapaba. no lo sabía. Todavía tiene que haber sangre allí. me despertaron. espesas y gruesas. Oí más susurros. siguiendo su ejemplo. Subió la cuesta laboriosamente. y el de Paulo también. mezclada con la tierra. ¿Y tú quién eres? Y dicen que fui un cobarde en Cannas. No había jinetes. sangre filtrada. Hacia donde quisiera ir la yegua. casi excitación en la respuesta que me dio la misma voz de antes. Me incliné hacia el ruido apretando firmemente la daga. Supongo que esperaba una lanza o un ataque con una estocada en la oscuridad. hombres. milites romani sumus. salpicando. Un roce y luego un susurro.El paso de mi yegua era seguro. Recordé a Frontino y me estiré la manga de la túnica para ocultar mi mano derecha. tirado en la húmeda. Busqué la daga en la cadera. hacia el norte. La yegua se había ido. con los últimos rayos de luz. El campamento de Varrón incendiado. Los latidos de mi corazón se aceleraron. emergieron de los arbustos y entraron en el pequeño claro en el que me había dormido. cuyas ramas se extendían como los años y el rumor de cuyas hojas era una lamentación en el viento.

o lo era antes de alistarme. Pero no era hora de recriminaciones. —De la cuarta. Iremos al norte. —¿No? ¿Por qué? —Soy de esta zona. y almas en pena. . ordenar. señor. Espadas al hombro. —a la media luz no podía estar seguro. Ahora necesitamos refugio y comida.. señor. — 194 — . Sólo a un estadio de aquí. vencedor o muerto. quienes las tengan. —U ocupados saqueando los campamentos o despojando a los caídos —me interrumpió Sixto. De hecho sólo dos de los dieciséis agotados soldados romanos. —¿Cómo te llamas. —Muy bien. ¿Dónde vamos. Cuando aprendí a nadar. Pero no debemos quedarnos aquí. No habíamos conocido en toda nuestra historia una derrota como aquélla. ya veo. y hadas. pues? —A1 oeste. Le llamamos el Bosque Interminable. señor. Lo único que encontraremos yendo al norte serán lobos y. no al norte. —Te pido perdón. Haré más preguntas después. soldado. centurión? —Sixto. señor —dijo uno de los soldados—. conservaban el escudo. devolviendo la daga a su funda. A1 pueblo de Canusio. muy bien —dije con cansancio—. . Aníbal había ganado. señor —dijo una voz desde atrás. Roma estaba perdida.. señor. se preguntaba una parte de mí. —Sí. —A1 norte —conseguí decir. Una sola columna. pero creo que hizo la señal contra el mal de ojo—. ¿Por qué vamos a molestarnos en ir a ninguna parte?.. sin duda. Había perdido el casco y el escudo. había veces en que casi me ahogaba antes de recuperar el dominio y recordar las brazadas que me permitían mantenerme a flote. —¿Cómo conseguisteis huir? —Somos del mismo manípulo. Deben de estar buscándonos. .. A1 menos que yo sepa. ¿Sois todo lo que queda? —Eso creo. El resto debía de haberlo tirado al huir.. Estábamos juntos y juntamos los escudos. Pensé en el dicho espartano: «Vuelve con en el escudo o sobre el escudo». Era un Escipión—. —Bien. señor. —¿Eres centurión? —Lo soy. —Mi discurso era deshilachado.. —Respiré hondo y di las órdenes en voz más alta—. Nos abrimos paso y conseguimos salir antes de que los cuernos cartagineses se cerraran. Sixto. pero si lo que buscamos es refugio y comida. quizá. señor.. Sentía el agotamiento en los huesos y en mi ser.. . —Sí. —Entonces da un paso al frente para que te pueda ver. y. Seguidme.—¿De qué legión sois? —pregunté. —titubeé. tiritando—. Y duendes. —Su voz era profunda y su acento del sur. por lo que supe los únicos supervivientes de Cannas. Ordenar.. no encontraremos nada por ese lado.. Iremos.

mientras la gente salía de las redondas chozas que rodeaban en varios círculos una plaza llana de tierra batida. Pío se detuvo. el pelo aplastado por el sudor y los coágulos de sangre. el terreno estaba plagado de arbustos y matojos. Sixto. soldado. Miré despacio su cara ovalada y sencilla. Humo. con el sol ya en lo alto. que había empezado a caer otra vez. Creo que sólo son lumbres de cocinar. Sus ojos estaban rojos y sus labios apretados. señor —me susurró—. Esperemos que el cocinero sea bueno. una subida. un río se deslizaba entre altas y pedregosas orillas. Canusio está al socaire del risco. ¿Estaría preparándose para marchar sobre Roma? ¿La salvarían sus murallas? Poco antes de partir. El sol siempre se levantaría sobre Italia. ¿Habían llegado ya los cartagineses? Pío vio la preocupación en mi cara. Allí no nos encontrarán. Hogueras. ¿Ves el barranco? Síguelo hasta el final. —¿Pío? Curioso nombre para estos tiempos. Abajo. señor.. por entre arboledas de encinas y alcornoques. seleccionando los mejores vinos. Aquel hombre de negro en el Ticino. señor. ¿Y Fabio? La noticia lo mataría. —Pues guíanos. al principio sólo pensaba en la necesidad de mover los pies y escuchar si nos perseguían. Los perros fueron los primeros que nos vieron u olfatearon y se nos acercaron ladrando y gruñendo. mis ojos entornados—. con Cartago o con Roma. Es un lugar bien escondido. lejos del negro recuerdo de Cannas. cuando los búhos chillaban. Sin embargo. anduvimos hacia el oeste en la oscuridad. La luz empezó a encenderse detrás de nosotros y su resplandor me confortó. las espadas de los soldados que iban detrás de mí arañaban los salientes de las rocas. Aquel campesino había luchado y habría muerto por Roma. —Miré y me erguí. — 195 — . protege la retaguardia. ¿cómo te llamas? —Pío. siguiendo a Pío. Y así. la coraza sucia. —Allí. cubierta por una mascarilla de sangre y polvo. en la cima. Hice que corriera la orden. —¡Silencio! ¡Envainad la espada! Una bajada. era un romano y se arrojó en mis brazos. Anduvimos dando tumbos. A menudo me detenía a mirar. ¿Quién le llevaría la noticia? ¿Nosotros o Aníbal en persona? Finalmente. El sendero era estrecho y traicionero. en una sola hilera. Mientras avanzábamos. Roma. y con el cerebro y el cuerpo entumecidos de húmeda fatiga. y los jabalíes y otros mamíferos se movían entre las matas y los árboles. Pío. me alegro mucho de oírlo. señor. soldado? —dije—. mi padre se había puesto a preparar el banquete de la victoria. Las golondrinas y los vencejos revoloteaban cerca del agua y un húmedo y malsano olor a tierra podrida se elevaba desde el cauce oscuro.. una bajada y vimos Canusio cuando se despejó el cielo y los rayos del sol bañaron la tierra. condúcenos. si todavía estaba vivo. alivio y sorpresa se reflejaban en su expresión. amainando la lluvia.—¿Puedes guiarnos? —Sí. El falerno y el vino de Quíos se habían agriado. —¿Cocinar. Cartago. Un hombre corrió hacia nosotros. Le sonreí y él me devolvió una tímida sonrisa. Ya no los necesitaría. Por cierto.

—¿Y Varrón? Los labios de Lelio estaban tensos y apretados. Se frotó la cara y escupió a mis pies. de guardia. —¡Cientos! ¿Cómo? —Nos encontramos en los bosques. los brazos cruzados y la expresión impasible. Necesitamos comida y descanso. — 196 — . Yo. Haré que te envíen comida y el relevo. Me froté los ojos y me aclaré la garganta—. pero su silencio no era hostil. y alguno llevaba pieles en la cintura y polainas de retales de lana. —Yo soy —dijo sin entonación la que estaba en medio. Eran de piel y ojos oscuros. —¿Y Paulo? —No lo sé. Hay cientos de supervivientes aquí.—¡Lelio! —dije con la boca en su hombro—. —¿Quién es el cabecilla? —pregunté a Lelio. —¿Quién de vosotras es Bula? —pregunté. y sus ojos sin expresión y sin embargo extraviados. —Publio —dijo—. creo. Con Lelio a mi lado seguí adelante durante lo que quedaba de menguante camino.. Pero yo pensaba lo mismo de ti. de cara semejante a la cáscara de una nuez. Tendría casi cuarenta años. Publio. vi a tres mujeres con el pelo recogido y las faldas de piel raídas pero limpias. No nos saludaban. Los aldeanos estaban junto a las chozas y nos veían pasar. Abajo en el sendero. Ambos estábamos avergonzados por aquella manifestación de sentimientos. . —Entonces te pido refugio y comida durante un tiempo para los romanos que hay aquí. —Una cosa antes. y varios oficiales. Cuando llegamos a esta aldea pensamos que era un buen lugar para escondernos. Fuimos hacia ellas. —Hablaremos después. Estaba ojeroso. Escévola está aquí. —Y lo es —dije mirando alrededor. con los soldados detrás de nosotros y los aldeanos delante. Seguimos el río.. Vamos. cruzada por finas arrugas. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¡Pensaba que habías muerto! Dio un paso atrás. debo advertirte. pero asintió y dio media vuelta. —La cabecilla. Tú y otro.. ¡Columna! —grité—. Me puse rígido. Había oído a menudo que las mujeres heredaban el mando. Se llama Bula. sin duda era la viuda del cabecilla. —¿Una mujer? ¡Estás bromeando! —Es esa de ahí delante. durmiendo. Delante de una choza mayor que daba a la plaza. muchos vestían pellejos.. —Muerto. —Debería estarlo. ¡Adelante! —Cuando pasó Sixto le cogí el brazo—.

con carne. no con los compañeros de siempre! —¡Es cierto! —dijo otro—. —Deberías comer más. Gruñó y se inclinó para llenar los tazones en un caldero renegrido que colgaba encima del fuego.Vosotros dos. —¿Roma? ¡Puf! Aquí. un pequeño cofre y un fogón cuyo humo subía hasta un agujero que había en medio del techo de ramas. Pero mi amigo dice que hay más soldados aquí. con la cabeza gacha. cuando termines. lleva algo a Sixto y a tu otro compañero. romano —dijo Bula. pero no tu guerra. —¡Basta! —dije—. Bula. Los hombres hacen cosas extrañas en tiempos de guerra. amigos lo han tomado. te pido que los perdones.Varrón cambió el orden de los manípulos. señor—respondió—.. —Dormidos en las chozas de alrededor. al igual que a mí.. —La compartiremos. . —Una razón más para comer. Miré a Lelio. extranjero. para que el cuerpo no duela. Pero hombres que casi han compartido la muerte. — 197 — .. llenaron la choza y se sentaron en dos semicírculos alrededor del fogón. Admito tu estado de necesidad. seguramente conejo. los ojos les escocían a causa del humo. y con alegría —respondí. aunque sólo comí unas cucharadas antes de pasar el plato. supuse. nuestra rutina. —Lo haré más tarde. Quizá no les importe. lo pido como hombre necesitado para hombres necesitados. —Entonces.. Destruyó nuestra confianza. Diles que les convoco a un consejo. ¿Dónde están? Hizo un ademán con el brazo. Bula. Era una especie de guisado. extranjero? —En nombre del Senado y del pueblo de Roma. —¿No han apostado centinelas? —No. Roma equivale a impuestos. —¿En nombre de quién pides. Tiene que haber más. La comida me sabía a seca. . Hice señas a los hombres que había detrás y seguí a Bula al interior de la choza. Descansad un poco. Soldado —dije al que estaba junto a mí—. El resto os podéis ir cuando hayáis terminado. ¡Hemos luchado con extraños. —Es difícil cuando el corazón está enfermo. supuse..—Más de lo que han pedido los otros —dijo mordiendo las palabras—.. Venid y comed. los hombres con los que había llegado me siguieron. no dudarán en compartir la comida. Había pocas cosas dentro: una cama baja. Estaba bueno. Ahora y aquí. la suya. Sé que Mucio Escévola está aquí. —Ninguno es compañero mío. —Eso me recuerda algo. y a guerra. que era. Si mis. —Muy bien. Silenciosamente. Enseñó las manos a modo de disculpa. —No tengo suficientes tazones —dijo Bula—. id y despertad a los otros oficiales. romano. Escévola. y judías. Ellos se limitaron a cogerlo.

con la boca encima de mi cabeza—. Desde terreno más alto.Alégrate de haber visto consuelo dado y recibido. No me siguieron. y se fue a caballo. —¿Tú no? —No enseguida. —No me sorprende. —Ven y siéntate con nosotros. aunque no quisiera hacerlo. —¿Y? Lelio me miró y respiró hondo. Creo que estaba borracho. Los vi.. —Paulo replicó: «Puede que seas un romano.—¿Tienes el mando? —preguntó Bula cuando se hubieron ido todos. «Soy un romano. Miré una vez hacia atrás. Luego titubeó y enterró la cara entre las manos. esperé hasta que estuvieron a un tiro de pilo. —Lo sé. — 198 — . Esperé. Les oí lanzar vítores. pero un romano necio». —Lo sé. He visto. —¿Y tú qué hiciste? —Cabalgar. —Es un gran peso para unas espaldas jóvenes... —No lo sientas. he visto. —Había angustia en su voz. pero me amenazó con el cetro y. bramó a Paulo.. Lo estaban desnudando. —¡Oh! ¡Lo siento! —le oí decir. —¿Lo es? No es tan pesado como el de la pérdida que aflige a Roma. ¿Y después? —Cogí las riendas de su caballo y traté de llevármelo conmigo. desde los árboles. No tenía armas. Salvar la vida corriendo. Levantó la vista hacia mí. se sentó a mi lado y me rodeó con los brazos y. centenares. por descontado. Publio. supongo que sí.. —empezó. caballería pesada. Nuestros ojos se encontraron y el vínculo reapareció.. Luego. —¿Luego? —Luego lo levantaron con la punta de las lanzas. —Fue Paulo quien.... Ella se acercó. Lo vi caer. después de Cannas.. —¿Paulo qué? —pregunté suavemente. Lo vi.. y cuéntame qué ha pasado. apartándome de Bula—. Había estado bebiendo todo el día. —¿El mando? Sí.. no un cobarde». y. cargando contra nosotros. pero se negó a moverse. —Pero Varrón tenía el mando. al menos hasta que vea quién ha sobrevivido. —me estremecí y empecé a sollozar. romano —contestó Bula. Lelio —dije.. —Paulo fue quien ordenó que nos retiráramos. —Y una jabalina le atravesó el cuello. lloré sobre el hombro de una mujer que ni siquiera sabía mi nombre. Los otros oficiales se fueron con él. Incluso cuando su caballería vino directamente hacia nosotros. Varrón me salvó la vida. al menos durante un rato.. Eso es lo que vio Lelio cuando entró..

—¿Y el estandarte consular? —Se lo metieron en la boca. — 199 — . Puede avisar a los cartagineses de que estamos aquí. sucios y débiles. —¿Yo lo abandoné? ¡Mira quién habla! ¿Dónde estabas tú entonces. apartando la cortina de la choza y entrando—. —¿Y Paulo? —Te lo he dicho. Es todo lo que sé. como yo? —Sí. primero de uno en uno y luego de dos en dos. —Pensaba que habías convocado un consejo. Conocía a los tres. Escévola. delicado Escipión? ¿Entre los arbustos. Bula se puso en pie. —¿Y te escondiste entre los árboles. Estaba allí y cuando me di cuenta había desaparecido. Yo tampoco lo sé. Está herido. leyendo poesía griega? —Apreté los puños. Pero está de guardia. escupió en el fuego. Antonio Afer y Marco Longino. Luego me encontré con los demás. —¡Lo que quieres decir. —Ha venido conmigo —dije—. —Puedo ahorrarte la molestia —dijo Escévola. —¡Animales! —susurró. Como la vida. Todos nos saludamos con una inclinación de cabeza. —¿Grave? —No. No estaba con Escévola y Metelo cuando los encontré. no lo sé. ¿Cómo se llama? —Creo que Flavio —dijo Póstumo. —¿Quién? —pregunté—. es que abandonaste a un cónsul romano en el campo de batalla! —le dije en la cara. Bula. —¡Flavio! Lo conozco. Supongo que yo también lo parecería. Una herida de espada en la pierna. no una pelea escolar —espetó. que estaba a mi lado. romano. —Los oficiales sí —contestó Afer. —¿El único centurión es Sixto? —¿Quién es Sixto? —preguntó Lelio. poniéndome en pie. pensé. y en aquel preciso momento entraron Metelo y tres oficiales. —Hay un pilo primero —dijo Póstumo. Claudio Póstumo. Tendrás que preguntarles a ellos. —¿Quién es esta vieja? —dijo Escévola. Aquello nos tranquilizó. —¿Estáis todos? —pregunté. Hubo un silbido y silencio. ¿Dónde está? —Acostado. —Esta. Parecían conmocionados. es nuestra anfitriona y te pido que lo recuerdes. Escévola —dijo Lelio con voz cansada—. incluso con aquella luz.

—¿Cuántos heridos? —preguntó Póstumo. Pero ¿por qué vamos a excluir al soldado más veterano que hay aquí? —Porque ni siquiera es suboficial. —Poca cosa. La república se ha acabado. —Así que nos abriremos camino hasta Roma con las armas en la mano. Flavio —dije—.. Respiré hondo y tropecé con la mirada de Bula. Sugiero que hablemos por turnos. Escipión tiene razón. Escipión? —preguntó Escévola—. digo que es muy sencillo. ¿Quién eres para darme órdenes? Todavía no eres cónsul. Necesitamos toda la ayuda posible para volver a Roma. empezando por Longino. Decidí callarme. Me temo que muchos tiraron el escudo. Escévola —dijo Metelo—. —Y yo sugiero. —¿Y para qué quieres a un pilo primero aquí.. Póstumo. Escévola se rió. ¿quieres? —Tráelo tú. —¿Y armas?—preguntó Lelio. ¿Queda algo? —¡Tú y tu maldita barriga! —dijo Escévola—. — 200 — .Ya que estás aquí. —¡Volver a Roma! —exclamó Escévola—. Acabaré pronto. —Doscientos setenta y nueve. —Los ocho nos sentamos en tierra. ¿no? —dijo levantándose. Yo digo: olvidad Roma. —No te preocupes. Pero muchos tienen la espada y algunos también el pilo.. —Vamos... que está a mi izquierda. Decidiremos por mayoría. o eres tonto. Escévola —replicó Afer—. y salió a toda prisa. que si no podéis dejar de discutir sería mejor que no dijerais nada. ¿cuántos hombres tenemos? Parecía un buen comienzo. Sonrió. por eso. —Y yo sugiero. Roma ha perdido. no he tomado ninguna medida.. formando un círculo—. Os ahorraré un montón de discusiones. mientras podamos y si podemos. —Está bien. Estás bromeando. Flavio —continuó—. señor. —Y quiero. Dadas las circunstancias. aunque Escévola me pinchara. antes de comenzar. No le hice caso. empezaremos el consejo. si es que no se ha puesto ya. Deberíamos ir. —Entra. ¿Es que no piensas en otra cosa? Oí pasos. Flavio arrugó el entrecejo. —Ninguno que no pueda andar. Digo que dejemos Italia. —Huelo a comida —dijo Longino—. señor —contestó Flavio. —Ve a buscarlo. Iré yo —dijo Lelio. —¡Escévola! —protestó Afer. Aníbal debe de estar preparándose para ponerse en camino. Escipión. Pensaba que querías celebrar consejo.—¿Puede andar? —¿Crees que lo trajimos en hombros? —replicó Escévola. que dejes de sugerir —dijo Escévola. Antes de que formemos para marchar.

sin duda. aunque sin convicción.Tenemos uno por Roma y otro por Sicilia.. Sólo Flavio estaba mirando al suelo. Pensé en el loco: «¡Cuidado con la venganza de Cauno!». palpé la vaína de mi cadera y.—¿Para ir adónde? —preguntó Longino. Flavio? —pregunté. Escévola se arrojó sobre mí y caímos al suelo rodando y manoteando. dominio. El silencio se impuso. — 201 — . Escévola ha defendido una posición. —Levántate. supongo. Voto por Roma. Lo hizo después de mí. ¿Cómo convencerás al patrón de que nos lleve a Sicilia? —Diciéndole que es también su única esperanza. recuperando el aliento y tratando de calmar los latidos de mi corazón—. —¡Ah. Es todavía una ciudad romana y tengo un primo allí. rodando. a menos que quiera ir a la Casitérides. Escipión! —dijo Escévola poniéndose en pie. se quedó paralizado. —Igual que un vulgar ladrón —jadeó—. eres un traidor —dije con calma.. no os miento. a Catania. pero hice un juramento. dices que busquemos un barco. con la daga desenvainada. más allá de Finisterre. estúpido! —respondió Escévola—. señor. Me levanté y miré alrededor. Yo tengo otra. Uno de sus pulgares me apretó el ojo derecho. Podemos buscar un barco que nos lleve a lo largo de la costa. De todas formas. y tú dando órdenes en retaguardia. —¿Y tú. Yo me movía con él. —No sé lo que encontraremos. Busqué la daga en la cadera. —Bien —dije a los que había detrás de mí. ¿Qué quieres decir con «y después»? ¿Cómo voy a saberlo? ¡Pero al menos estaremos vivos! —A no ser que los cartagineses hayan tomado Sicilia o lo estén haciendo ya —dijo Afer —. Sucedió rápidamente. Mi espalda estaba rígida y tenía el cuerpo y la mente doloridos. —A Sicilia. cada vez más acalorada y frenética. —¿Y después? —preguntó Póstumo. Escévola. Escévola. —Bien —dije. Debería haberlo sabido. Volver a Cannas y atacar. sin apartar los ojos de Escévola. —Y tú. me puse sobre él y mi daga estuvo en su garganta. ¡Todos lo habéis visto! Así continuó la discusión. ¿Qué decís? —Roma —dijo Lelio. rompiendo el silencio—. —¡Estás loco. apoyando la espalda en la pared. Alejé el pensamiento. Otros cuatro dijeron lo mismo. mientras los otros escuchaban atentamente. Roma ha llegado a su fin. Sentí que la sangre me subía a la cara.. Dominio. —Yo voto Sicilia —dijo Póstumo. hasta que se enfrió y murió como un fuego al que no se le echa leña. claro! —dijo Escévola bufando—. —Volveremos a Roma.. —¡Oye.

Escipión. Flavio. Después de la suave oscuridad de la choza. O la ciudad ardiendo. eh? ¿Y vosotros? —recorrió la choza con la mirada. señalando a Escévola—. Sobrevivir. convoca asamblea general. ¿cuánto crees. Lo llevaremos a Roma. La verdad es que pensaba que a lo mejor los abandonaba a las aves carroñeras y a los gusanos. Eso es lo que quiero decir. no estoy tan seguro. —No lo sé. salvo el rumor de un perro rascándose en la puerta—. Yo seguí mirando al sitio donde había estado hasta que les oí salir. que estaban demasiado separados. —¿Sí? —Sólo quería decir que estoy de acuerdo contigo. —Escipión —empezó vacilante. si tuviéramos espada. del color del trigo maduro. Lleváoslo —dijo. dejando que el salivazo me resbalara por la cara. ante el dolor. La cortina que cubría la entrada se abrió. Silencio. Estaba muy cansado. Estoy por Roma. dos soldados despeinados y ojerosos. desesperación vacua. —Quizás. ¿por qué votaste por Sicilia? —No era por huir. ¿Qué crees que vas a encontrar. Aníbal. —Entonces. Volví a ver mentalmente aquella carnicería y a sentir de nuevo sorpresa. Es un suicidio volver a Roma. La luz parecía un castigo. rodeados por los aldeanos que miraban con la cara impasible y la expresión indiferente. El color de sus ojos. Pensaba que era el mejor camino. Pensaba que podíamos encontrarlo en Roma. Nuestro ejército ha sido derrotado. Tenía sucia de barro la barba de varios días. Escévola se apartó el cabello de la frente y dio un paso hacia ellos. cambiaba del verde al topacio según la luz. ¿Despojar a los muertos. Parpadeé ante la repentina luz. Su pelo era rubio. —Lelio —dije. Debía de ser un año más joven que yo. Mientras esperábamos. señor? —Trae dos legionarios. que se reúnan fuera. Sólo para llevarse las armas necesitaría muchos carromatos. dando media vuelta—. —¡Realmente te has vuelto loco. Póstumo se acercó a mí. Aníbal estará despojando a los muertos. Atadle las manos. incredulidad. y no porque te haya dado mucho el sol! — bramó Escévola mientras Flavio salía—. tantísimos muertos? Una vida entera. tras él. Todo el mundo salvo la guardia. Se detuvo frente a mí y me escupió en la cara. ¡Tú viste lo que pasó! Roma ha llegado a su fin. — 202 — . Aníbal. el sol resultaba cegador. Haríais mejor en arrojaros sobre la espada ahora. Su voz era aguda y meliflua. —Bien. Varios días. compañeros —rugió Flavio—. Mucio Escévola está arrestado..—Bien. Su cara era redonda y ancha como una sandía. Encontraréis una cuerda en alguna parte. Os lo diré. . —¿A su fin. Reagruparse. Me froté los ojos y miré a Póstumo. Póstumo? —Sí. Flavio entró y. El labio superior era demasiado grande para el resto de la cara. —¿Sí. eso es. En todo caso. Escévola —dijo Lelio—. Quería morir ante el recuerdo. Publio? La empuñadura de la daga estaba húmeda de sudor. Tardará.

Quizás haya una moraleja en esto. y no la retórica. y a veces más. Pocos oradores recuerdan que el silencio es cuando menos tan importante como las palabras. mientras se apoyaba en una pierna y luego en la otra—. bajo. —¡Soldados de Roma! —exclamé—. que se libró ante las mismas murallas de la ciudad. abrió la boca y no dijo nada. Vi que Flavio le daba un golpe en los riñones. Y aunque los galos saquearon Roma. removiéndose inseguros. Se dirigieron. el pelo le cayó hacia delante y se extendió como un velo sobre su cabeza. Ni siquiera entonces desesperó Roma. oscuro. hinchados y. pero aquellos cuyo nombre y cuya sangre ostentamos nosotros no desesperaron. Roma vivirá! Todavía recuerdo la energía que me ardía por dentro. era la causa. esperando en los escaños. y tripas: tales pensamientos ocupaban mi mente. Aunque también supe que la incertidumbre. pudriéndose al sol. Los soldados habían formado ya un rectángulo irregular delante de nosotros. hombres como vosotros.. Los muy imbé. Aparté los ojos de Póstumo y los miré a ellos. a Roma. inquietos. todavía con bozo en las mejillas. insaciable. »Había algunos alfareros fuera de Roma cuando los galos la saquearon. Pero volvieron. Vacilantes. . Como yo. cuando los galos llegaron saqueando e incendiando. siempre que proceda de los dioses. a la macedonia Dyrrachium o de donde fuesen? No. Pensé en Aníbal. y lo que dije salió solo. en la batalla de Alia. la de Alia. Encorvados triarios de barba gris. Sabía que me los había ganado. Los senadores se negaron a refugiarse en el Capitolio y murieron sentados. ¡Y Roma. . Yo les ofrecía al menos la esperanza de lo conocido y la Sicilia de Escévola era lo desconocido. Lelio suele decir que fue el mejor discurso de mi vida. cuando se doblaba. Oí el gruñido de dolor y. Estaban débiles y confusos. Las aves carroñeras ya estarían hartas de entrañas. Roma sobrevivió.—¿Acaso Roma es sólo un ejército? —Titubeó. Primero sacaban los ojos y todas las partes blandas. amontonados y sangrantes. con las intenciones bullendo en su interior? La marea sube y baja. asustados y rabiosos. . El mayor de nuestros dones nos llega a través de la locura. gracias a1 valor de tus antepasados y los míos. Escipión. ¿Y qué hizo? ¿Desesperarse? ¿Rendirse? —No. Pensé en los cadáveres romanos. cruzó el sol con los picos y los cuellos estirados hacia Cannas. seis o siete asteros más jóvenes que yo. a 1a Magna Grecia. Un grupo de buitres silenciosos. hace doscientos años. Quizá nosotros también. vieron la ciudad en llamas. Eso haremos nosotros. testículos. como nosotros nos vamos a dirigir. — 203 — . fue para el que menos preparado estaba. Claudio Póstumo y yo hablábamos de la última vez que Roma fue derrotada en una gran batalla. y fue derrotado? —Póstumo asintió con la cabeza—. Perdimos. murieron por amor a Roma. seguramente. sorprendidos. —Sí. los hombres se miraban unos a otros y luego a mí. —Exacto. Me quedé en silencio y miré a mi público. ¿Acaso un antepasado tuyo no luchó contra los galos al lado de otro mío. Cuando volvieron. Si fue el mejor. Organizó la defensa del Capitolio. denso y amenazador. —¡Y murieron por ello! —gritó Escévola—. Estaban fuera de Roma en aquel momento porque habían ido a buscar arcilla. ¿Qué hicieron entonces? ¿Volver a Iliria. A veces. cansados. ¿Dónde estaba? ¿Regocijándose? ¿Celebrándolo? ¿Despojando a los muertos? ¿O marchando. No.

bueno. Tú.. —Se oyeron risas nerviosas. ¡Y el augurio es bueno! Los dioses han hablado. —Lo conozco. En aquel momento. necesitaremos conocer la situación local. Éste dejó de defenderse y cayó en vertical. —¡Sí! —grité yo—. soldados. nuestros ojos tardaron un rato en acostumbrarse a la oscuridad. ¿estamos con Roma? Un coro furioso respondió: «¡Sí!».tal vez en virtud de los extraños movimientos de la luna. Sixto y Flavio. —¿Cómo volvemos? —gritó alguien. hemos venido. como muchos. —Bien. Sí. Flavio. —¿Los soldados romanos temen más a las hadas que a los cartagineses? No. — 204 — . Asegúrate de que se les venda y se les cura. Nosotros.. Sabía que tenía que crear la sensación de que éramos diferentes pero iguales—. claro que no. una ola grande se eleva para chocar inesperadamente contra la costa blanda. Mañana por la noche nos pondremos en marcha. —Tendremos que atravesar el Bosque Interminable.. falta la rapaz de movimiento rápido. señor —respondió. a lo lejos. Asamblea terminada. —Así pues.. señor. Nuestro camino tiene un final y ése es Roma. Nosotros. —Andando —respondí—. Dormiremos de día y marcharemos de noche. Desde mucho más alto. Una bandada de palomas volaba por encima de nuestras cabezas. un halcón se abalanzó con las garras estiradas para la cacería.. —¡Mira. Es nuestro deber y nuestro destino. Así pues. Si se dirige a Roma. soldado —dije bruscamente—. mira! —me interrumpió Lelio. necesitaba agua. venid a la choza de la cabecilla. —¡Es un augurio! —exclamó uno. Los hombres removieron los pies y se miraron inquietos. «¡Roma!». Es muy fácil seguir la estrella polar. ningún bosque es interminable. Flavio. Pero ¿por qué al norte? —dijo vacilando—. unas cuantas palomas dieron la vuelta y se pusieron a darle picotazos. y continué mientras el sol brillaba y mi cerebro ardía. Oficiales a pie. Roma está. Pío. volvemos a Roma.. la tenía seca. —Sólo una cosa más.. Publio. Así que nosotros no. Sacudí la cabeza. Viró ligeramente para abalanzarse sobre la última de la bandada. Seguí la dirección de su brazo y todos levantamos la vista para mirar. tal como todos. . ¿podrías guiarnos hacia el norte? —Podría. Conoces el terreno.Y Aníbal también. ocúpate de los heridos. me aclaré la garganta. pensé. monta la guardia. . en medio de un revuelo de alas y lanzando unos extraños gritos que ahogaron los chillidos del halcón. Ya en la choza de Bula. Iremos al noroeste antes de doblar hacia el sur. dando un paso al frente. pero falló. Esta noche y mañana descansaremos. Oí murmullos de preocupación. Ahora todos necesitamos comida y descanso. Tú nos condujiste hasta aquí. irá por el camino más corto. De cualquier modo. —Sé dónde está Roma. Aníbal debe de estar ya camino de Roma. señor —dijo Pío. Pío. No obstante —grité—. perdió velocidad y dio la vuelta para ganar altura.

después de Cannas no sólo tomé el mando. Pío? —A1 menos eso no es problema. busca a Bula y dile que venga. Y pichones. —¿Y cuál es? —Escipión. necesitaremos algunos pellejos de agua por si acaso. arreglado. arrastran a los reticentes. Aunque no sé qué encontraremos. pero ¿es realmente necesario? —Estarán buscando supervivientes —dijo Afer—. Lo paradójico es que están equivocados. Las botas sobre todo: no podemos permitir que se nos estropeen. «Conducen a los voluntariosos. Levantó la vista. Sucedió del mismo modo que los ríos fluyen hacia el mar. que el hombre vuelve al polvo del que procede. Tengo una honda. No quiero hogueras. Sixto. Bien. El resto. —¿Los detalles? —preguntó Póstumo—. Entiendo lo que piensas. sobre todo. es de un pueblo de los alrededores. dice mi amigo Ennio de los buenos caudillos en uno de sus elegantes poemas. No cocinaremos. No fue valor ni lealtad. tengo nombre. Ducunt volentem. señor. ¿Cuándo me talarán? La cortina de la entrada se abrió. ¿Y por qué quería que volviéramos a Roma? Hasta mis acusadores admiten que fue digno de la república. Iremos muy despacio avanzando sólo por la noche. —Sin embargo —continué—. —Muy poco si Aníbal pasó por allí —dijo Lelio. al menos hasta que hayamos recorrido un buen trecho hacia el norte. ¿Qué quieres? Me levanté y fui hacia ella.—Sólo quería concretar los detalles de la marcha —dije cuando estuvimos todos sentados en el suelo. Lo hice mío. Ahora soy como un viejo árbol que ha sobrevivido pero no florece. Póstumo y yo nos quedemos aquí y planeemos estas cosas. o pichones. —Querías verme. Y creo que Rufo. Estaremos diez o doce días en el bosque. id y pasad revista a los hombres. opino que Lelio. —No. señor. Pío. —¿Y en el bosque? —Frutos silvestres. trescientos hombres necesitarían muchos conejos. Volvamos a la comida. Afer. Hay muchos arroyos y manantiales. ¿Qué me dices del agua. —Poco o nada. — 205 — . —Bien. —Aunque soy romano. —Sí. Yo estoy de acuerdo con Escipión. y conejos. señor —adujo Sixto—. que el sol sigue a la lluvia. O más. ¿qué encontraremos? Pío estaba dibujando círculos en el suelo con el dedo. de mi manípulo. ¿Qué detalles? —La comida.» Es lo único con que comencé entonces. Era como si hubiera nacido para aquello. romano —dijo Bula con amabilidad. ¿Pío? —Hay aldeas al otro lado del bosque. De todas formas. —Entonces te llamaré así. con las piernas cruzadas. nolentem trahunt. Como ves. Deberíamos avanzar sólo de noche. Tengo un tío en una.

—Bula. Cógelos. —Pero la guerra no ha llegado hasta aquí. Perdimos algunos cerdos en primavera. —No sabes nada. De las vigas colgaban jamones. Es lo único que queremos: Paz para recoger las cosechas y vivir nuestra vida. Escipión? ¿Qué vamos a hacer con él aquí? —Entonces. Dio un paso atrás. Volví a la luz. —¿Oro. —Lo veremos. De todos modos. —Vaya. nos metimos entre otras dos y llegamos al círculo exterior. aquella choza tenía una auténtica puerta de madera. Pero cuando lleguemos a Roma. —¿La mitad? Pero ¿os quedará suficiente para el invierno? —No. ¿Qué quieres? —Comida. El porquerizo los llevó a los bosques a pastar. Tan seguro. Es nuestro depósito de invierno. Ni los cerdos ni él volvieron. Sígueme. Escipión. — 206 — . Esto es todo lo que tenemos. Había una extraña fuerza en sus ojos castaños y profundos. Pero el cartaginés ha quemado muchas aldeas de los alrededores. —Bula. —¿Fantasmas? Los que se llevaron nuestros cerdos eran hombres. para la marcha. Sesenta o setenta. No.. como has descubierto. te enviaré oro. Directamente. —Entiendo. probablemente cartagineses. Bula? —Cuarenta familias. Me devolvió la mirada. si tienes. Pero has enviado a buscarme. Lo supe entonces. La seguí y rodeamos la choza. Cogió una llave que llevaba colgada del cuello con una cinta de piel y la introdujo en la cerradura. pero sobreviviremos. . . te traeré la paz. El último mercado que nos quedaba era Cannas y ya lo habrá quemado. aparte de los montones de trigo.. Asintió con la cabeza. —Sí. no. Unas doscientas personas. La puerta se abrió con un crujido. ¿qué podemos darte? —Paz. —¿Tan joven y tan seguro? —dijo por fin. —Así que habéis guardado dos jamones por familia. Me chupé las mejillas por dentro. En lugar de cortina. un lugar recóndito. He oído hablar de los fantasmas y almas en pena de vuestros bosques. Éste es. —Míralo tú mismo. Traté de contarlos. Se echó a reír.—Bula. Pero sólo tú. —No tanto. no tenemos nada que darte. —¿Cuántas personas viven aquí. —¿Sí? —¿Por qué? ¿Por qué esta bondad? De nuevo sus ojos castaños y profundos. puedes llevarte la mitad de los jamones para alimentaros tú y tus hombres.

el árbol que había tocado estaba seco. para evitar. me quité las botas y me acosté. por la razón que fuera. Aprendimos a reconocer los variados ruidos de la noche. Teníamos jamón y había bayas por doquier. y el cuerpo tan negro como la inteligencia. aunque todavía verde. y su olor. Levanté la cabeza y la hundí entre sus pechos. ¿De dónde has sacado las pieles. y los ronquidos. Escipión. Nuestro olor se volvió rancio. Oía las profundas respiraciones de los otros. Pasé caminando por delante del depósito de víveres y subí a una pequeña meseta donde parecía haber un huerto. Saquear Roma le resultaría imposible. un camino impracticable o difícil. Me levanté. —quise despedirme. Las largas semanas que siguieron se mezclan y confunden en la memoria.. Creo que me dormí. ¿estaría ardiendo? Aníbal no tenía máquinas para sitiarla. salí. Encontré a Flavio remendando sus botas. como hacen los marineros. —Acuérdate. —¿Dónde está Póstumo? —pregunté. alejando la muerte de Cannas con fuerza. amarga. Le dije que se encargara de los jamones y de repartirlos entre los hombres. No había sido un verano especialmente seco.—Porque lo pediste y no te lo llevaste. se había ido. ¿sí? ¿Ahora? Bien. Partimos de Canusio la noche siguiente. a la débil luz del anochecer. No llovió y. Afer y Metelo ya estaban acostados en camastros de pieles. Todo estaba silencioso. lo mejor que podemos hacer ahora es dormir. Miré alrededor. los sucios. —Y Sixto pasará lista esta noche —continuó Afer. era la segunda vez que se ponía el sol sobre los muertos de Cannas. Fueron un espacio oscuro en el que pensé que nunca más vería la luz. Sentí sus dedos acariciando las líneas de mi cuerpo. su calor a mi lado. habían dicho. dormíamos o dormitábamos como animales. Los árboles que había detrás daban fruta sabrosa. desordenados y decrépitos restos de lo que una vez había sido un gran ejército romano avanzaron al acecho en la oscuridad. ¿Me estaba volviendo loco? ¿Cómo íbamos a llegar a Roma? Si llegábamos. Estaba oscureciendo. arrugadas y con gusanos. busqué un recipiente y bebí. afuera. —Bien. Lo mismo habían dicho de una derrota en Cannas. —Se ha presentado voluntario para hacer la guardia —dijo Lelio sentándose. Pero no pude dormir ni calmar mis pensamientos. Me detuve . Cuando desperté por la mañana. De las ramas torcidas colgaban manzanas pequeñas. ocultos en los arbustos. durante el día. Todavía me pregunto si lo soñé.. Tomé la humedad cálida de Bula tal y como me la ofrecía. entusiasmándome con el ritmo. bien. donde Lelio.junto a un manzano. Volví a la choza de Bula. adentro. No supe explicármelo. Fui a la fuente de la plaza de la aldea. El agua estaba salobre. A1 tocarlo. El liquen gris cubría sus ramas y se desmenuzó cuando lo toqué. La primera semana fue muy llevadera. Lelio? —De ese rincón. —Lo intentaré. pero ya se había dado la vuelta. como algo antiguo pero vivo. pero. según Pío. Seguíamos las estrellas. —Ah. mi pene se levantó y Bula se lo introdujo. de enviarnos la paz —fue lo último que me dijo Bula. Bula. Las heridas de dos soldados se infectaron y se volvieron — 207 — . Volví a la choza de Bula. aunque a menudo teníamos que desviarnos al este o al oeste.

Pasamos junto a apriscos de madera y piedra. Nuestros estómagos se contraían y gruñían. luego más. tuvieron que tirar las botas. —Nunca sirvieron gran cosa —dijo un soldado. Primero cinco o seis. hasta que un día tres dejaron de alcanzarnos. Era un paisaje desolado. Los enterramos bajo sendos montones de hojas y piedras. tal me enseñó aquella marcha. Reuní a los cuatro hombres más fuertes. Descalzos. sino a temerla. Las costuras se habían podrido. Aquellos campos estaban negros ahora. Vimos grupos de cabras en libertad. Añadí las botas a mi lista de cosas por solucionar cuando llegara a Roma: descubrir quién tenía la contrata del suministro de botas. no sea que os descubran de lejos. No os pongáis contra el horizonte. Los que no estaban abandonados desde hacía mucho. decidido. refugiados como serpientes en agujeros de casas abandonadas mientras nos retorcíamos de hambre. aunque las estimaciones de Pío sobre la duración de la travesía habían sido muy erróneas. El jamón se terminó. No teníamos herramientas. Los chivos reclamaban ante nosotros su derecho al territorio. y tosían y daban con la pata en la tierra. Es una de las que me niego a contestar. introducirse dentro de sí mismos. Es un recuerdo que todavía me turba. luego once. —Hondas o cepos. fijé la mente en el futuro. Soy una montaña de recuerdos. ya semisalvajes. Nuestro avance era cada vez más lento. Los que mueren en el camino lo hacen porque les flaquea el ánimo. Hozábamos como los cerdos. Así. Es la reacción del ánimo. Juré que ningún hombre que combatiera conmigo lo haría con botas de segunda mano. Los árboles empezaron a despejarse.gangrenosas. No vimos señales de los cartagineses mientras nos movíamos hacia el norte. en busca de ajos y cebollas. La tierra se convirtió en una sucesión de lomas cubiertas de hierba y de lo que alguna vez había sido trigo. Comimos bellotas y raíces. — 208 — . ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Fue una de las acusaciones que se me lanzaron en el juicio. estos hombres se iban quedando un poco más rezagados cada noche. ¿o fue la cuarta? Cuando di la orden de marchar al anochecer. Los únicos fantasmas que habíamos encontrado habían sido nuestros. Tenía que ser eso o el pasado. Pero tened cuidado. como bandidos en la noche. Era como si toda Italia hubiera muerto. Empezó a suceder la tercera semana. Empezamos no sólo a tener hambre. meditar con sus recuerdos. El Bosque Interminable había terminado. habían sido incendiados y destruidos. Yo quería seguir hacia el norte durante otras dos o tres noches y luego doblar hacia el suroeste. y vi a algunos hombres hacerlo. doce. convocaba una asamblea para pasar lista y ver cómo estaban los hombres. Aníbal había pasado por allí antes de Cannas. Desperté a mediodía. Unos doscientos hombres cojeaban. A veces no nos alcanzaban hasta mediodía. con las primeras luces. Un día dormimos en un pueblo abandonado y saqueado. encenderemos una hoguera. No es el fallo del cuerpo lo que importa. Id y cazad conejos. con el presente intolerable e incierto. Cada mañana. Que abandoné a soldados romanos en el campo. algunos hombres no se movieron. Piel barata mal curada. Sabíamos que habían muerto y los dejamos. Los hombres murieron delirando. Cuando la luz se desvanezca. aunque a distancia.

Al final. cuando el sol empezaba a calentar. El vestido de la mujer estaba amontonado alrededor de su pecho. Oí un extraño. El cuarto de las dudas no tiene ventanas. Miré por encima de la pared. — 209 — . El ruido venía de allí. Miré arriba y alrededor. La séptima. Pensé en Rufustino. y las estocadas y cuchilladas sangraban y rezumaban. Los hombres se arrastraban. todavía contemplo en sueños lo que vi entonces: una manta negra de miles y miles de moscas comiéndose los cadáveres de un hombre. Escuché. luego otro. siguiendo las estrellas que los griegos llaman Pléyades y nosotros Cabrillas. una mañana. Lo único que había allí era deseo de dar un paso hacia el oeste. Me tapé la nariz con el reverso del codo. la tela de mi camisa hecha jirones apestaba a mi propio y conocido hedor. continuo. Sísifo. entre las casas en ruinas. la mazmorra de la desesperación no tiene llave. obtuvimos poco más de una cucharada por cabeza. El color es tan frágil como la vida. se atascaban. al pie de unos nogales cuyas hojas empezaban a ponerse amarillas y parduscas. protestaban. Qué extraño que de aquellos horribles días recuerde esto. Había muchos pucheros. con la cabeza reducida a pulpa sanguinolenta. empalagoso y nauseabundo. Pensaba en ella cada noche. Las negras contusiones de las caderas y la sangre marrón y seca de la ingle revelaban lo que le habían hecho antes de morir. escondía su luz. pero la boca se me llenó de bilis amarga. Me levanté y me dirigí hacia la casa. Un brazo. A1 hombre le habían arrancado las entrañas y se las habían metido en la boca. Me encogí y me di media vuelta. El niño estaba boca abajo. que se hunden por el oeste al amanecer. Pero era la primera comida caliente que tomábamos en muchas semanas. así como leña. Parecía natural que siguiéramos la trayectoria de las siete hijas de Atlas. Nos pusimos en marcha. y me resonaba en la cabeza. Mérope. el hambre y el hedor. El hombre y la mujer estaban boca arriba. Lo canturreé. una cabeza. Los cuatro volvieron con doce conejos poco antes de que oscureciera. medio me desperté nada más quedarme dormido al abrigo de una pared derruida. Pero sólo seis hermanas brillaban. Me dejó suspirando por más y casi deseando no haberla probado. alrededor de la manta de moscas avanzaban regueros de hormigas. Los cadáveres se desmembraron cuando los movimos. apiadado de lo que sufrían por su padre. No tenía nada en el estómago. mientras despellejaban los conejos y el agua hervía en veinte pucheros. La mente. los hombres maldecían. avergonzada por haber copulado con un mortal. La boca ya se me hacía agua.Encontré un depósito de cebada en el suelo de una choza y una cesta de zanahorias secas en otra. temblando y sudando a causa del sol. aquella noche y las demás. susurrante murmullo detrás de mí. Aquella noche nos costó ponernos en marcha. Se convirtió en el aire a cuyo ritmo avanzaba. Enterramos aquellos cuerpos rotos. Encontré cuerda de cáñamo en una casa abandonada. El cuerpo. una mujer y un niño. mi litterator. Entonces percibí un olor dulzón. cubiertas de moscas. Nos atamos todos en hilera y seguimos adelante dando tirones. Potest quia posse videtur: puedes porque crees que puedes. Había otro edificio sin techo cuyas paredes estaban medio derruidas. Las manchas de sangre del suelo indicaban dónde había sido golpeado. y los granos de cebada se me atragantaron. Nos pusimos en cuclillas. Yo también cavé. una pierna. ¿Podríamos reanimar la luz apagada en Cannas? Entonces. se detenían. convertidas en estrellas por Júpiter. gemían y murmuraban que me había vuelto loco. Doce para doscientos hombres.

Miré a Lelio. Dejadlo todo. vallados y desiertos. gritos cansados —. Algunos hombres quisieron correr hacia la alta muralla.—Me froté los ojos y di media vuelta—. Hoy entraremos en Roma. El pelo le cubría la cara. Ve allí y espera tu destino. Estaban demasiado débiles. pensé. pero salieron—. —Pero escapará. Soldados de Roma —grité. que estaba a mi lado. las macizas murallas y dentro de ellas las siete colinas de Roma.—Lo empujó hacia delante. me corrieron por la espesa barba y me gotearon por los labios agrietados y cubiertos de ampollas. —Te seguía a ti. A1 otro lado de la siguiente cuesta. que estaba. También lo estaba. La gran puerta se abrió. Miraba con ojos frenéticos y cara alegre. tenía que parecer yo. ¡Publio. matronas de luto. cerrada a cal y canto. la puerta siguiente. No había hablado en muchos días. desde una altura cubierta de flores otoñales. —Hubo una aclamación ahogada. Vi un mar de caras. Dejad la espada y el zurrón. señor. muchachas con el pelo trasquilado y ennegrecido. ¿dónde está Escévola? —Aquí. solo. Había trozos de paja. Las palabras me salían torpes y pastosas. —Suéltalo. el Tíber curvo y. la Tiburtina. estuve seguro. incólumes. ¿Sabrían qué grande y despiadada había sido? La brisa nos trajo el retumbar de los tambores y el clamor de las trompas: nos habían visto. más allá de los campos. Los hombres se quedaron atrás. como era de esperar. tropezaron y cayeron. un dorado amanecer. —¿Señor? —Suéltalo. Lo que oí era el silencio. Nada más. Parecía un espantapájaros después de una temporada entre las mieses. Detrás de mí. —Lo dudo. hasta la puerta oriental. Creo que conozco su mente. Entré el primero. oí a los hombres murmurar y lanzar exclamaciones mientras llegaban. sin saquear y llenos de comida. Flavio. Entonces. y lo que vi era negro. Sus ropas eran andrajos y jirones. Publio. hierba y barro en su pelo y su barba. Había perdido una bota y tenía el pie izquierdo envuelto en un trapo. Pero no permitiré que un ciudadano romano entre maniatado en su ciudad. según pude ver mientras mis ojos seguían la gran muralla de sillares bermejos. la Vía Prenestina discurría recta y segura entre campos labrados. soldados con la cabeza. al otro lado de los valles cubiertos por la bruma matutina. tú sabes dónde están las oficinas de los magistrados. reanudemos la marcha. pero encontramos pueblos intactos. rápidas y silenciosas. Lelio asintió con la cabeza—. Escévola no levantó la vista. Pero cuando nos acercábamos y vi que no había incendiado ni saqueado.A1 menos la tierra ya no estaba ennegrecida. Así que la ciudad se había enterado de la derrota. —¿Pensabas que encontraríamos un montón de cenizas? —Sentía la lengua pastosa. La cabeza me daba vueltas. No había gente. no la ha saqueado! —Eran las primeras palabras que pronunciaba en varios días. las manos y las piernas tiznadas de — 210 — . todavía allí. ¿Por qué seguías avanzando? Se volvió a mirarme. no a Roma. Escévola. vi el mar brillante. Pero ¿por qué estabas tan seguro? —Instinto. Se me saltaron las lágrimas. Ahora. —No lo ha hecho —dijo—. Lo mismo. expresiones. abundantes.

El cuerpo se estaba librando de la tensión acumulada. —Pero ¿por qué Sicilia? ¿Qué está pasando allí? —El viejo rey Hierón murió. Recuerdo a Festo dándome de comer gachas de cebada con una cuchara de madera. . ¿Dónde? —En la nueva legión. Ahora. Oí que corrían las grandes trancas de la puerta. Bebí. muy viejo y al que le faltaba el brazo izquierdo. La última legión completa partió hace un mes. Utilizaba un bacín de cama. a mi cama. A las órdenes de tu primo Claudio Marcelo. —Se ha alistado. ¿Cuánto tiempo había estado fuera? ¿Tres meses? ¿Cuatro? Se me empañaron los ojos. Pero será mejor que se lo preguntes a tu padre. familiar) a mi habitación. —¿Y los soldados de esas nuevas legiones? —Todos los que están capacitados entre los catorce y los sesenta años. Él. decía el físico. No estabas aquí. Tu padre los está entrenando en el Campo de Marte en este momento. Para tomar Siracusa. —¿Partió? ¿Hacia dónde? —Hacia Sicilia. —¿Dónde está Festo? —le pregunté débilmente. Alguien me levantó la cabeza. aparté la cabeza. — 211 — . Su nieto se ha aliado con Cartago. sí. No hables. dicen. han ido con el resto de la flota para reunirse con los que ya están allí.hollín. ¿Una legión. señor. detrás de nosotros. según he oído. amo. Sentía que había vuelto al mundo de los vivos. amo. —¡A Hispania! ¿Qué está pasando? Me zumbaba la cabeza. señor. de esclavos? —Es la tercera. —¿La nueva legión? —Hice un esfuerzo para sentarme—. Había esclavos. Supongo que no lo sabes. . Había tenido unos dolores de cabeza terribles desde mi regreso. Estaba desnudo bajo la colcha.. He oído hablar de una invasión.. He vuelto con los míos. Todo me daba vueltas. Estuve así varios días. dicen. Vi caras y forcé la vista para enfocar una. amo. señor. Me dirigí (parecía inverosímil. hacia Hispania. me dije. y las piernas se me doblaron. —¿Alistado? —Tosí—. junto a mis labios. —No puedo decir que lo sepa con certeza. Pronto embarcarán. Otro sostenía una copa de infusión dulce. —Chist. perfumada y aromática. Me habían lavado. Vino un barbero y me afeitó. mientras estabas fuera. Fue Escribonio. Vi a un corpulento carnicero con la túnica llena de sangre. —Padre —susurré. vamos a meterte este caldo en el cuerpo. Han ido a darles una lección. Al final no fue mi padre quien me lo contó. eso es lo que pasa. A1 día siguiente había un esclavo nuevo al que no había visto nunca.

Bueno. Su camarero privado lo ha encontrado esta mañana. de amarga vergüenza. . bueno. Cuando envió a buscar a una ramera. y el mismo Teófilo vio una vez al carretero meándose en la fruta que tenía que llevar a la villa de tu hermano. Ah. —«. Puedes irte. No me había dado cuenta antes. ¿No es extraño que lo que vemos dependa de cómo nos sentimos cuando lo vemos? Se levantó. Vi tristeza en ella. caminó sobre el mosaico de Minerva y se sentó—. Respiré hondo y miré otra vez las palabras. » y di un respingo ante lo que vi. señor. Anoche tu hermano Lucio. Ahora rompe el sello.. La silla está demasiado apartada para ver los membrilleros. Aurio? ¿Qué ocurre? ¿No ves que estamos trabajando? Lo siento. Pues dámela. espera un momento. » —Volví a detenerme. ¡Aurio! —exclamó—. emponzoñándole el vino para nublarle la mente. Bueno. Concentrado en lo que estoy dictando. Con una sonrisa tirante y nerviosa. por qué no pudo seguir adelante. reconozco la letra de Teógenes otra vez. por favor. muy pocas para tanto. Cuando Escipión se quedó quieto. Una a la que untaron con grasa de carnero para que le diera asco. No puedo decirte exactamente qué le llevó a hacer esto. diga lo que diga. Pero es él otra vez. El resultado de la apelación de Catón. Sigue leyendo. Sí. el viento sacudiendo las láminas de selenita de las ventanas y el olor salino del mar. para quien el odio a los Escipiones se ha convertido en hábito. Bostar! —dijo Escipión con firmeza y con calma—. Sostuve su mirada y él la mía.. Tiraron perros muertos en su jardín y bichos de todas clases. Teo. . Han estado. . pero también resignación y alivio. Escipión me tendió la carta. —¡Sigue leyendo. supongo. —Se dio la vuelta. supongo. No. eres mi mejor amigo. No flaquees ahora. de vergüenza. Quiero oír sentado en la silla. —Bostar de Calcedonia —dijo—. empecé a leer: —«Mi querido amigo. Me puso la mano en el hombro. Él. Entonces has hecho bien en molestarme. voy a ir derecho al grano. dicen. y continué: —«Anoche tu hermano Lucio se quitó la vida. Otra carta.¿Sí. se aseguraron de que tuviera alguna enfermedad. corrió ligeramente la silla. Teófilo. De Teógenes. ¿Quién? Ese joven griego. Gracias. Bostar—dijo Escipión suavemente—. Puedo contarte algunas de las presiones a que ha sido sometido por Catón. señor. . Sí. Veamos. — 212 — ... Oí los cencerros de las vacas en el campo. Puedes copiar su contenido más tarde. Bostar. —Bostar. se sentó de nuevo y se puso los pliegues de la toga sobre las rodillas. y para sus muchos amigos también. Elevé la voz. se cortó las venas en el baño. Así que debe de ser esto. Léemela.

me dije. prefiero la ignorancia. Una vida. he oído que elogiaba tu magnanimidad y que Catón ha argumentado que esto prueba que no eres leal a Roma. — 213 — . diez a lo sumo. Escipión. y por muchos otros que. todavía. Cualquiera. viejo y macilento. se cuentan entre tus amigos. pensé en las cosas antiguas. Lo que estaba gestándose era la muerte de la república romana. y mientras permanecía sentado en silencio con el hombre al que amaba. Pero su fruto sería amargo. La vista continuará después. Los minutos pasaron. mi amo y mi amigo. La débil luz del invierno empezó a disminuir por el oeste. así que supongo que lo que dijo disgustó a Catón y te favoreció a ti. Otra estaba ya en el fiel de la balanza. Aquello no tenía. el cuerpo de tu hermano no habrá sido transportado ceremonialmente. La tierra le invita y no desaparecerá. Si el veredicto es contrario. aunque no me importa. —«En cuanto a la apelación de Catón contra el veredicto. era la nueva sabiduría. amigo mío. ni a ofrecerle ayuda. Era como si quisieran borrar su nombre. He oído decir que Escribonio está flaco. Cuando leas la presente. a su familia y a su sangre. Era una ofensa nefanda a Escipión. que se pudren. Se dice que su mandato no será renovado. En cuanto al Senado cartaginés. según se ha decretado. Quizás intente hablar contigo en persona. »¿Cuándo emitirá el Senado su veredicto? Como sabes. cinco o seis días más al menos. de la clase que fuere. Si es favorable. como había vivido. Pero ¿y aquello de ofender a los muertos. Escipión se aclaró la garganta.» Me detuve. Así que tendrás que esperar. serás detenido antes de que pueda comunicártelo. te enterarás al momento por mí. que intente recoger el cadáver o darle sepultura perderá el brazo derecho. —No. La habitación se oscurecía. será arrojado allí. un «hombre nuevo». Ya sufro porque saben que soy amigo tuyo. las Lupercales empiezan mañana. y a una familia tan antigua como la misma Roma. Cerré los ojos. sino — sentí fluir las lágrimas y casi me detuve— que habrá sido arrastrado por una mula que pasará ante la tumba de los Escipíones y por la puerta de los mendigos y los leprosos. el cadáver de Lucio Cornelio Escipión. el apareamiento intemporal de los árboles. que yo supiera. generación tras generación entregada a su servicio? Para Catón. Algo había terminado. Éste es más refinado. las estrellas girando en los cíelos. Han enviado lictores para hacer guardia. Yo no me he atrevido a comunicarme con él. » Lucio había muerto. Escribonio. Por deshonrar al Senado y al pueblo de Roma. Porque el hombre no destruye lo que no tiene. Escipión no dijo nada. —Pues sigue leyendo. Las velas graduadas parpadearon y se apagaron. la venganza podía ser dulce. su voz era neutral e indiferente. —¿Eso es todo. Si Catón. llegó hace ocho días y fue despedido ayer. llamado de la Hispania occidental. Bostar? Levanté la cabeza. Vive más que los fantasmas de los lejanos bosques que se talan para hacer muebles. La gente lo rehuía en el Foro. el polen invisible calando los techos abovedados de los vientos.»Ya sabes el trato que se da a los suicidas. Ya conoces los basureros municipales del río Clitumno. Cuando la oí. parangón ni precedente. te diré que Lelio prestó testimonio hace doce días. que se queman. Lo siento.

. Hagamos un alto. Hablamos de Cannas. —Los físicos dijeron que no había que decirte nada hasta que estuvieras más fuerte. prolonga mi vida o asegura mi muerte. encantador y desamparado.—Se levantó y se estiró. »Debes de estar cansado. las profundas arrugas de sus mejillas. Rómulo y Remo. la primera vez. amigo mío. donde se llamaban unas a otras y criaban a sus crías. aunque dé honor.. . Solía decir cosas hermosas del agua que llenaba el lugar pacientemente y de cómo llegaba al lago. Escipión. para las que buscaban pescado en el agua clara y azul que lamía las orillas cubiertas de cortezas de árbol. —¿Qué? No lo sabía. di a Aurio que prepare un baño y cuéntale nuestros planes a Mulca —dijo. Él amaba aquel lugar. a un fatigoso paseo por las tierras altas de la villa desde las que se veía el agua. Volveré cuando se haya ido la luz y me haya dado un baño. sí! Gracias. —¿Cómo te enteraste? —pregunté. la nariz y la barbilla de estatua. Es uno de los muchos derechos de clase que la guerra me ha impedido ejercer. Asentí con la cabeza. y luego se puso a girar el anillo de sello que llevaba en el dedo meñique. Había allí una isla donde anidaban las garzas reales.. que conmemora a los fundadores de Roma. —Ya lo estoy. Escribonio. Las Doce Tablas del Foro se habían quitado y estaban ahora en el templo de Vesta. se dobló los dedos para que le crujieran las articulaciones. Vino a visitarme. Escribonio. Tienes que volver a Escribonio. pero a mí no. Frunció el entrecejo. creo. ya sabes dónde. la frente. Sabía dónde iba. — 214 — . ¿no crees? En fin. Bostar. ¿digamos hasta la puesta del sol? Voy a. mísero y solitario. Es muy vulgar. Tengo diez días a lo sumo. El tiempo. Sonrió. empezamos a temer lo peor. ¿qué hizo Aníbal? —¿Recuerdas el mensaje que nos envió cuando lo de Trasimeno? Asentí. —A1 no oír nada después del último despacho de Varrón. la festividad de los lobos. un derecho que me haga gracia. ¿Estás de acuerdo? Miré su cara. el privilegio de hacerse el lobo y correr por toda Roma con un taparrabos de piel de cabra no es. Entonces tuvimos noticias de Aníbal. las Lupercales —dijo con voz neutra—. amigo mío. amamantados por una loba. Bien. —Por favor. Por entonces ya era capaz de levantarme de la cama y saludarle. es algo que no tenemos. Oí crujir su espalda—. Al lago que amaba.—Bien. ¿por dónde iba? Tengo que ser breve. según parece. ¡Ah. entonces propongo que cenemos y prosigamos. —Se detuvo y se frotó la cara—. De todas formas. Sufrí un sobresalto y contuve la respiración. . sus ojos entornados y oscuros. con o sin Lupercales. Así que no hay que dormirse. Así que dime. suspiró y abandonó la habitación. pocos días para muchos años. Allí había un pino muerto. Sabía que iría allí.A Lucio puede que se la hiciera.. Me dijo que la constitución había sido suspendida y que se había otorgado a Fabio el mando supremo como dictador.

—¿Por qué? ¿Por qué? —murmuré. Hubo un golpe seco en la puerta. —No hemos oído nada. Vi que las arrugas de sus mejillas se habían hecho más grandes y profundas. claro. Confuso. Él lleva levantado cinco o seis días. débil. Escribonio. de manos... Qué salvajada. Pero hemos sabido de Varrón.. Éste se limitó a sonreír. miles de manos romanas. cortadas a nuestros soldados de Cannas. Agaché la cabeza y solté el aire lentamente. miré a Escribonio. Cuéntame. —No. —¿Puedo? —preguntó. —Yo también me alegro de recuperarme. Cruzó la habitación con sus andares precisos de soldado.. —¿Y Paulo? Si hubiera tenido él el mando. ¿Qué demonios empujaban a Aníbal? ¿Qué odio? ¿Cómo podía albergar tantos sentimientos oscuros y agrios? —Así que no ha habido más supervivientes —dije. de. —Y debes. el rumor de gente andando por el corredor. el. Así que. Nunca olvidaré el hedor. Escribonio miró al suelo. Respiró hondo. hasta el final. de cara a él.. éste fue más. cargados de.. haciendo un ademán hacia el triclinio de madera de haya que había junto a una pared del cuarto. Eso es lo que envió. —Tengo que verle. —Se estremeció y eligió cuidadosamente las palabras—. Pero tú has tenido fiebre. ¿está bien? —Como tú. —Entonces. Me senté en la cama.. Veinte carros enteros. — 215 — . —Manos. los pasos. Ése fue el mensaje de Aníbal. —¿Qué hizo? Escribonio se aclaró la garganta y curvó la boca.. Había sombras oscuras de sufrimiento bajo sus ojos. lo supimos. Oí las voces. —¡Varrón! ¿Quién os lo contó? —Lelio. —cerró los ojos y aspiró aire con fuerza—. —Me alegro de ver que te recuperas. —Desde luego. Y no esperábamos ver vivo a ninguno de vosotros. Me incorporé. las moscas.. —¿Manos? —Sí. La verdad es que. Me miró amablemente y sonrió. señor. que nosotros sepamos.. Más memorable.—¿Cómo iba a olvidarlo? —Bueno. Prestó testimonio en el Senado.

prosigamos. ¿qué? —Pensaba que estarías muerto. seis senadores que conocía de nombre. Una corona cívica. mi tío Cneo. entre la barba abundante y totalmente blanca. edil. la voz de Fabio se elevó de nuevo: —Y este joven. Clavó sus ojos sin vida en mí. — 216 — . —¡Fabio! —exclamé. Estaban acuosos. Se pusieron firmes. luego Lelio. conducido por un joven. con la boca abierta. había oído hablar. Las cataratas habían aumentado. —Joven —dijo seriamente—. pero nunca había visto. has servido a la República y honrado a tu estirpe. cogí la corona y agaché la cabeza para ponérmela.. Metelo. Fabio continuó: —Todos conocemos el significado de esto: es un premio a un gran valor. haud indigne honore. Póstumo y Afer. civis. pero las contuve. por supuesto.—¡Adelante! —dije. pero vivo. lentamente. Cuando terminó el saludo. —Publio Cornelio Escipión. Su voz era monótona y cansada. apoyado en dos bastones. en nombre de Roma. Rió por lo bajo. —Por los poderes que ostento como padre del Senado y por los que me ha concedido el pueblo para el pueblo. lo sabemos por muchas versiones. Mi padre. pero pensé que era una equivocación y me detuve. Di un paso. Publio Cornelio Escipión. Levantó la cabeza y su voz subió de volumen. pero sus ojos ciegos resplandecían.. da un paso al frente. estamos aquí en estos tiempos sombríos para honrarte. uno a cada lado de la puerta. Salve. este joven. aseguró que no moriría. apareció (recuerdo la oleada de alegría) el viejo Fabio. —Tú. No tengo tiempo para morir. cojeando. ¡Traedlo! Un viejo funcionario entró llevando ante sí con gran ceremonia algo de lo que. una sencilla corona de hojas de roble.. Miré alrededor. Publio Cornelio Escipión. y todos estaban serios. y sentí su orgullo. Ciñe esta corona con orgullo. y siguió andando. Ahora. e incluso el soldado Pío. yo.Yo. Cuando la luz de la República casi se extinguía. Lo hice. sorprendido. La puerta se abrió y entraron dos hombres de la guardia senatorial. Fui hacia él para saludarle. Mientras lo hacía. Publio Cornelio Escipión —se detuvo y añadió una palabra—. Sentí que se me saltaban las lágrimas. Nadie había sido premiado durante muchos años. ciego. entraron otras personas en el cuarto. la habitación se llenó de voces que decían el saludo formal: Salve. Detrás de él. Estaba con los míos. El también se detuvo —. Detrás de ellos. rodeándole. . a continuación Flavio. participará en las deliberaciones de estos días sombríos. de ahora en adelante. y vi la cara de mi padre. Fabio habló a una habitación silenciosa y expectante.

cosa que sucedería si nuestras tropas detenían o al menos estorbaban la provisión de plata que salía de las minas hispánicas. de aquí el desesperado e intenso entrenamiento de las nuevas tropas que llevaba a cabo mi padre. Hay mucho que hacer. en Gades. Fabio había rechazado la sugerencia con un gesto de la mano. —¡Paz! —tronó—. Nadie me había hablado de elecciones. nada de risas ni vino. Después de Cannas. eran buenas. Chico —dijo—. ¿Era la voluntad del pueblo? ¿Nadie se había opuesto? La cabeza me daba vueltas. por iniciativa propia o porque se lo ordenara el Senado cartaginés. si Marcelo daba indicios de estar ganando el asedio. Hierónimo. El viejo esclavo que me había atendido tenía razón. Todavía no había rastro de Aníbal. jóvenes y viejos. Los designados al efecto. —Fabio rascó el suelo con los bastones—. Puede que Aníbal no dejara Italia para socorrer Hispania o Sicilia. guíame. después de haberme felicitado. la intención de Fabio era que Metelo y mi padre invadieran África. continuad la celebración. Supimos que había dos ejércitos cartagineses. el protector de Catón. pero hablé con mi padre. a las órdenes de Asdrúbal. invadirían Hispania. En la ciudad había muchos romanos o amigos de Roma que no apoyaban al nuevo rey títere. por respeto a nuestro luto y a los muertos de Cannas. Los exploradores no informaban de nada. hermano de Aníbal. ¿Edil? ¿Magistrado municipal? Por lo menos me faltaban cinco años para tener la edad. Todos aquellos con quienes hablé. Pero recordad. Nos fuimos todos al atrio. Marcelo. pero se marcharía si un ejército romano acampaba a las puertas de Cartago. todos los veteranos exentos. En el debate que siguió a la llegada de las manos cercenadas. Fabio había dicho al Senado que «Roma no morirá mientras quede un romano vivo». Tardarían en salir una semana. ¿Paz? No pronunciaremos esa palabra mientras haya un cartaginés en suelo romano. Las noticias de allí. A las órdenes de mi padre y de mi tío. Quizá las puertas se abrieran sin necesidad de un asedio muy largo. todos los recaudadores de impuestos. todas las clases hasta entonces exentas del servicio militar se habían enrolado. hasta el momento. Habían estado en la guarnición de Aretio. Podría ser que incluso lo enviaran a Siracusa. pero las puertas permanecían cerradas y las murallas recorridas por guardias día y noche. Habíamos creado tres legiones nuevas con esclavos y libertos. a las órdenes de Catón y se habían llamado a Roma nada más recibirse la noticia de Cannas. pasteles y jarros de licores dulces. el nieto de Hierón. Todos los secretarios y amanuenses. en el último despacho.Di un respingo. Había convencido a toda la casa. había ido hacia el sur. a — 217 — . y otro al oeste. todos los archiveros y pedagogos. con mi tío y con varios senadores y me enteré de lo que estaba pasando. estaban impregnados de los planes de Fabio. había pedido ciertamente más oro. ambos con imperium de procónsules y con Escribonio ascendido a legado. Fabio esperaba que esto obligara a Aníbal a defender Hispania. uno en la costa este. nuestras nuevas legiones y lo que quedaba de la legión que aún estaba acuartelada en Placentia. Con Hispania y Sicilia apaciguadas. razonaba Fabio. Algunos senadores habían sugerido concertar la paz y enviar emisarios directamente a Cartago. Fabio continuó: —He de volver al Senado. con la excepción de Valerio Flaco. Los espías que habíamos enviado a Hispania antes de que me fuera a Cannas habían vuelto ya. De aquel acuerdo surgió su plan. todos los sacerdotes salvo el pontífice máximo. en Cartagonova. al parecer. Era muy sencillo. Allí había mesas con cuencos de fruta. Fue una celebración sombría.

y Roma también. Escipión no habría hecho una cosa así. lo admito. La casa estaba en silencio. Estarás prácticamente solo. pero ¿y Lelio? Hay un proverbio romano sobre las serpientes que yacen silenciosas entre la hierba. pareces cansado.. Es algo de lo que no andamos escasos. —¿No podría ir contigo. —¿Lo dices en serio. Magón. —¡Y de cuna humilde. Uno de los cargos contra Escipión es que expropió dinero público mientras su padre estaba en Hispania. De todas formas.. Se lo preguntaré a Fabio en cuanto pueda. Publio? —Claro que sí. —Si Cartago puede contratar mercenarios. nos superen en número o no. Su cara se iluminó. necesitaré un cuestor. Pero tienes que quedarte con todos aquellos a quienes trajiste de Cannas. Si sus repetidas felicitaciones por mis honores y nuevo puesto no eran sinceras. O para costear otra legión que formemos localmente o para sobornar a los hispánicos para que cambien de bando. Pero se había ofrecido voluntario para prestar servicio en Hispania. Nos informaron que la infantería era en su mayor parte hispánica. —Pero creo que aún soy demasiado joven para ejercer un oficio público. y a mí no me gustan las fiestas sin vino. A1 despertarme estaba oscuro y Lelio se había ido. no lo noté. Pero estaba meditando. después de todo. Tú eres bueno con los números. Es una pena. Lelio. no lo sabemos. todos tenemos trabajo que hacer. y todas las acusaciones que pesaban contra él se habían retirado. Vuelve arriba y a la cama. aunque los oficiales eran o cartagineses o mercenarios reclutados entre los griegos. aunque me gustaría. Todavía me resultaba extraño estar en casa. Pero vamos. padre? —Sí. me senté y miré alrededor...las órdenes de su otro hermano. —¿Así que te llevarás dinero. —Si soy edil. —Lo entiendo. con toda justicia. Hablamos de nuestra marcha. y así lo dije mientras me tendía en la cama y él se sentaba en el triclinio. es una idea estupenda! Y significa que podremos trabajar juntos todos los días. padre? —Imposible. El dinero es crucial. mucho. ¡No. Espero estar equivocado. así que ¿por qué no te haces mi secretario económico y me ayudas a ocuparme del erario público? Ya lo veo. dirás a continuación! Nada de eso importa ya. Fabio te necesita. Estábamos discutiéndolo cuando me quedé dormido. ¿sabemos cuántos hombres tienen Asdrúbal y Magón? —No. como legionario. La verdad es que corrió mucho sin control. — 218 — . Supe que Escévola había sido declarado culpable de traición y toda su familia despojada de su categoría social. Me estremecí. Pero si sólo son miembros de tribus hispánicas. Padre. Puede que sea verdad. también podemos nosotros —dijo mi padre. les daremos fácilmente su merecido. Quizá le había juzgado mal. los jinetes eran númidas del norte de África. Lelio subió a mi cuarto conmigo.

y él a mí. llegaba un ruido incesante. pero ahora es ahora. Allí comerás y hablaremos. tú también. Se oyó un gruñido y el rumor de unas ruedas arañando el suelo de losas. —Sólo unos pocos. lo reconocí. —Acércate —dije—.. —Así era en otro tiempo. Entonces era entonces. Oí que nadie había sobrevivido después de lo de Cannas. de la barba revuelta y de la cara sucia. No dejaron que me acercara. Pero no podemos hablar aquí. —Una limosna. como si lo estuviera. Frontino. Me salvaste la vida. Pero había algo que tenía que hacer antes. — 219 — . Fui hacia el templo de Vesta. Frontino. —Quiero saberlo todo. —¡Frontino! —Una oleada de alegría me nació en la barriga y me bajó por las piernas como una hormiguilla—. en el lago de Curcio. —¡Limosna.. Las tabernas.. ¿Tienes hambre? —Siempre tengo hambre. Lo único diferente era el silencio. Se estaban forjando espadas. las estrellas fugaces cruzaban el cielo despejado. limosna! ¡Limosna para un pobre veterano. cuando una voz llamó mi atención. sin embargo. ¡estás vivo! Pero. ciertamente en la indigencia. Y a ciertos efectos. reconocí a Frontino. —Pues vayamos a mi casa. con la intención de dar gracias por haber vuelto sano y salvo. Cuando levantó la vista. ¿sabes? —Sí. señor. vi a un hombre sin piernas. señor. Pero es maravilloso. bajo la cantinela del mendigo había una voz que me resultaba familiar. Estaba sentado en las sombras. unos pocos. A la luz de las estrellas. señor. señor. Me puse una capa y salí del cuarto. debería estarlo. Estaba cruzando la calle desierta y fría que pasaba ante los baños públicos y llegaba hasta la puerta Capena. Frontino. ¿Escapaste? —Lo hice. helado y hambriento! Había algo en sus palabras que reconocí. ¡Pensaba que estabas muerto! —Debería estarlo. A pesar del gorro de piel. templos y burdeles estaban desiertos. ¿mendigando? Creía que estábamos buscando veteranos. una lim. Por todos los dioses. con la espalda apoyada en un puesto callejero cerrado. Del oeste. en una carretilla de madera impulsada por sus propios brazos. gracias a ti. Me senté en un banco. y sentí el dolor. donde pueda verte. de la fragua del herrero.¿Dónde estaban mi hermano Lucio y mi hermana Cornelia? Ya era hora de verlos. señor. ¿Estaba el suelo romano produciendo todavía hombres a toda marcha? Recordé la carnicería de Cannas. Recuerdo aquella noche como si fuera ayer. señor. y rogar por la libertad de Roma.. envolviéndome en la capa. —¿Por qué no te pusiste en contacto con mi padre? —Lo intenté. armaduras y todos los demás aparejos de la guerra. Todo estaba igual dentro y alrededor del Foro. ¿Dónde estaba Aníbal? ¿Qué estaba planeando y por qué? Encima de mí. Y tú... lo hice. y me puse a fantasear.

—¿Qué hiciste? —Estaba muy bueno. me temo. señor? —Aquí.—Discúlpame. todos los hombres capacitados están en el ejército. señor. y sí. No recuerdo el viaje. señor. Aquella noche me contó que el primero de los dos jinetes lo había derribado. pero por alguna razón no lo hicieron. desde luego. Frontino. Lo más extraño. Las provisiones de la ciudad eran escasas. Cuando llegué. Guerra. el joven edil y el fiel soldado fueron a casa de los Escipiones. Un carpintero. Lo último que quedaba del ejército de Roma cruzó — 220 — . Mi padre y sus tropas partieron dos días después. Levanté la mano. Sacudí la cabeza. —No lo permitiré. Ya me viste. Tendrá que ser una esclava. Como habrás oído. limpiándose la boca con la manga—. Ahora. Supongo que no podía hacer otra cosa. Es la primera comida caliente que tomo en varios días. es que muchas veces todavía siento las piernas. Además. mi padre aceptó con entusiasmo que Frontino viviera en nuestra casa. guerra. —Pero. te echo una carrera hasta allí. ¿Puedo ayudarte? —Soy muy bueno con este chisme. Estábamos en una nueva Roma. pero ¿yo en casa de los Escipiones? ¿Un mendigo del Palatino? Llamarán a la guardia. me hizo la carretilla. El cirujano se limitó a cortarme las dos piernas a la altura de la cadera. ya veremos. señor. —¿Dónde duermes? —Donde puedo. Tuve suerte. —Mientras yacía aturdido en tierra. —No hay discusión que valga. —Es la única desventaja —dijo— de una mula. —¿Dónde. lo inmovilizaron—. veamos quién hay por aquí para darte un baño. Pensé que me cortarían el cuello. ¿Qué podría detenerle ya? —Ya veremos. El uno andando y el otro arrastrándose. hermano de uno de mis compañeros de manípulo en Telamón. Me registraron buscando el morral. Deliraba. Pero hasta entonces tendrás un sitió para dormir. —¿Crees que vendrá? —Lo apostaría. Vamos. ¿Qué hice? Me arrastré. no creo que importe mucho. Desperté a los cocineros y me senté con Frontino bajo las antorchas chisporroteantes del tablinum mientras devoraba una cebada pringosa con pan. De todas formas. en esta casa. Ven conmigo. luego me hirieron en las piernas y fueron detrás de ti. Encontré un pueblo y alguien me subió a un carro de melones que se dirigía a Roma. señor —dijo. Hablaré con mi padre por la mañana. —¿Cómo sobreviviste? —Mendigando.. con Aníbal por aquí. no creo que vuelvas a encontrar a la guardia: se han alistado todos. Gracias. la gangrena había hecho presa en mí. Todos los que sobreviven tienen cicatrices.. Como edil iba a tener mucho que hacer.

El viento del norte venía en ráfagas y hacía que todos nos arrebujáramos en las capas. No quería deprimirte. sus instrucciones de que. Los que iban a Hispania eran potros apenas sin entrenar. Estaba allí. Las palabras de Escribonio daban vueltas y vueltas en mi cabeza. —¿No? ¿Por qué? —He luchado allí antes. Grises y pesadas nubes corrían bajas por el cielo. —No había asomo de ligereza en su voz—. Pero sólo porque pensaba que la ventaja de la sorpresa y las escasas probabilidades de que nos salieran al paso superaban el riesgo. —Es un gran ejército. empecé a hacerme preguntas.. El único oficial con el que hablé fue Escribonio. Era un día de invierno. Sabes que pienso que fue una locura. La verdad es que me parecían perros vagabundos maltratados por las intemperies. ¿En invierno y en barcos de juguete? No deberíamos haber dejado que Marcelo se llevara toda la flota a Sicilia. mi padre y mi tío estaban ocupados. ni tristeza ni alegría. era el plan. estaban todos los que quedaban en la ciudad. deteniéndose. —Sin embargo. Sentí que la cabeza empezaba a zumbarme otra vez. para ver partir la última esperanza de Roma. —¡Pero es un sacrilegio! —farfulló el pontífice. ¿no? —No en Hispania. dijera lo que dijese el sacrificio.. Conseguiremos llegar a Cerdeña. el sacerdote tenía que decir que el augurio era propicio. Mi padre se pondría en marcha. tratando de ser optimista. Fabio. el ejército embarcaría en naves construidas apresuradamente. Lo sé. Estoy seguro de que todo irá bien. señor. —¿Lo esperas? ¿Cómo es eso? Cuanto mayor sea el ejército. Es cierto. Eran ciertamente pocos. De todas formas. —Bostezó—. Mi primera misión como edil fue destruir los pontones. mejor.la puerta Aureliana y el Tíber por el frágil pontón construido la víspera para reemplazar el puente Eliano. Ya había decidido incendiarlos. Todos nuestros caballos entrenados habían ido a Cannas o a Siracusa. otra vez. respaldaste la decisión en el consejo. puerto de Roma. Yo había oído la entrevista que había tenido con el nervioso sacerdote. Escribonio —dije. pero después no hay un solo puerto donde refugiarse de las tormentas de invierno. —¿Y los pequeños? —En Hispania. y en las Baleáricas para reclutar más honderos mercenarios. lo hice. me preocupa más atravesar el mar. Aquella misma noche. que estaba esperando a su caballo. —Sí. Aunque espero que no demasiado grande. — 221 — . sólo si el viento lo permitía. negociando con el pontífice máximo. recuérdalo. Reunidos en el Campo de Marte. He estado en pie toda la noche. señor. cuando me fui a dormir. Lo siento. No hubo vítores ni llanto. en su mayoría matronas (muchas de ellas viudas) y muchachas. en Cerdeña y en Córcega para cargar agua. Es la guerra. Hispania es un territorio donde los ejércitos grandes pasan hambre. destruido cuando llegaron las noticias de Cannas. —No —contestó mi padre—. En Ostia. Sólo estoy cansado. —Sí —contestó—. Ese. revelaran lo que revelasen las entrañas. los pequeños son derrotados. al menos. Amenazaba lluvia. Miré las columnas de hombres tiritando.

Tráeme los bastones. venerable padre —balbucí sorprendido. —Buenos días. —¿Y crees que vendrá? —¿Quién sabe? ¿Quién sabe? Como hemos discutido a menudo. edil. pero no el oído. —Excelente. el pontón. al parecer dormido: Vi la capa de Lelio en el respaldo de una silla y papiros abiertos en lo que había sido su escritorio. Publio —canturreó—. Así que había llegado antes que yo. en dirección al Senado. Además. a menos. Publio. en la oscuridad del invierno. venerable padre. —No deberías sorprenderte tanto. después de un desayuno temprano y frío. ¿Cómo piensas destruirlo? —De la manera más fácil. Incendiándolo. No creo. Creo que sabe dónde encontrarnos. Entonces.. ¿no crees? —Sí. A la mañana siguiente. lo creo. Te refieres a Aníbal. estaba Fabio. ¿cuál es tu prioridad hoy? —Primero. ¿te encargarás del pontón? —Sí. que un solo incendio lo atraiga. —¿Puedo ayudarte? —Publio. Lo estamos. Mis tripas ya no son lo que eran. ¿Nos resultaría a nosotros? Tuve un extraño presentimiento. anduve bajo el viento y la lluvia. Tiene buena cabeza para los números. ¿dónde está Lelio? —Ah. —Por eso lo envié directamente al erario cuando llegó.«Hispania es un territorio donde los ejércitos grandes pasan hambre y los pequeños son derrotados. Necesitaba saquear inmediatamente una Cartagonova desprevenida o dejarla morir de hambre. Fui de puntillas hasta mi viejo escritorio. encima. —¿A menos que qué? —A menos que creas que el humo atraerá la atención.» El plan de mi padre se basaba completamente en la sorpresa. y no digamos la de otro. Primera. un triclinio. —¿Alguna pregunta? —Dos. —¿Cuál? — 222 — . Conozco el camino y el resto conoce el suyo. Hacer lo imprevisto le había funcionado a Aníbal. —Buenos días. Bien — dijo sentándose—. Esperaba estar equivocado. Pero debemos suponer que vendrá. Tenemos que estar preparados. salvo que no había guardias ni animación y sólo unas cuantas luces. Gayo Lelio. esta mañana tengo que hacer un anuncio en el Senado. hay cosas que incluso un hombre viejo y ciego debe hacer solo. para informar a Fabio. He de ir a la letrina. He perdido la vista. —Sonrió y negó con la cabeza—. Era como antes. El despacho de Fabio no había cambiado. envuelto en una capa. —¡Ah! —Parecía muy viejo y débil—. —Fabio se puso laboriosamente en pie—. . salvo por la presencia de un nuevo mueble. es muy difícil conocer la propia mente. Publio.

con canastas de arena para los muros. ¿Y la segunda? —Las botas. sentado a una mesa.—Ni a Cannas. Publio. —Salvete. si me perdonas. —¿Las botas? —Sí.—El nombramiento de Lelio como cuestor económico tuyo. Estaba solo. Sólo es lo que se merece. se habían construido con piedra y pintado con cal.. no me des las gracias. jóvenes y viejos octogenarios más inverosímil que había ido alguna vez a quemar un pontón. tenía yo la banda de cojos. Está en cama con fiebre.. ¿Has pensado en alguien más? —Sí. sentado en el lago. ¿Está aquí? —Inevitablemente. su voluntad es de — 223 — . Puedo decírtelo. Es indispensable y por eso no lo han mandado a Hispania. Encontré a Catón en el tercero. inspeccionando cuentas y libros de entradas y salidas a la luz de una lámpara. piedra y aceite. a través del barrio de los alfareros. Día y noche. La contrata la obtuvo Valerio Flaco. ni a Cannas—. Vi que Flavio estaba en su puesto. Debió de coger un resfriado anoche. Se deshacían. por las calles de ventanas cerradas y silenciosas por Cannas. nos encontraría bien preparados y le iba a costar más que en Cannas.. según me han dicho. Ya le había hecho prefecto de las murallas. Fui al primero. Sin embargo. . En Póstumo.. Estaba haciendo un buen trabajo. casi añadí. —¿Qué les pasa a las botas? —Quiero saber quién proveyó de botas a los hombres que estuvieron en Cannas. ahora silencioso y vacío. las botas. señor. No. un grupo de matronas y muchachas se cruzó conmigo. Lo encontrarás en los graneros. Sentí el denso olor del grano. ¿Qué había que decir? Los diez graneros eran altos e imponentes. Pero necesitarás más ayuda. Cerrado. Sólo puedo esperar a que se le pase y encargarme de que esté caliente y beba lo suficiente. reforzando las rampas más bajas. Caminé bajo la llovizna de la mañana. Eran muy malas. Claudio Póstumo. Escipión está enfermo otra vez. A las órdenes conjuntas de Frontino y Póstumo. señor. aprovisionando los depósitos de flechas. señor. La negoció su cliente Catón. con las caras hinchadas y grisáceas. Vestidas de negro. —Lo sé. —Muy bien. Me encargaré de que lo nombren miembro de tu personal.. aedilis —murmuraron. señor. No nos detuvimos a hablar de Cannas. Está a cargo del suministro de grano. Si Aníbal llegaba (cuando llegara). No ha reaccionado al suicidio de su hermano. No puedo decir que me caiga bien. Hay mucho que hacer. Ahora. —Eso es fácil. —¡Catón! Por él quería preguntarte. hacia los graneros construidos al socaire de la muralla sur. —Pero según la declaración de Lelio. A través del pozo de ventilación sólo vi oscuridad. pero confío en él. pero está haciendo un buen trabajo. Pero me pregunto sí será una enfermedad del alma o del cuerpo.

se lo apartó de la boca y eructó. —He sabido por Fabio que tu protector. —¿Qué pasa con ellas? —dijo cuidadosamente. —De botas. —Malditas judías. no importa. —¿Por qué? Sus ojos de cerdo eran brillantes y me miraban con fijeza. Podrá estar enfermo. —¿Por qué no lo mezclas? —¿Qué? —¿Por qué no das grano al mismo tiempo que judías? —¿Para qué? Suspiré. consiguió la contrata y que tú la gestionaste. Masticó la punta de su estilo. dicta. la corona cívica no se lleva puesta por la calle. — 224 — . arrugó la cara y se rascó una oreja—. Me siento al lado de su cama. —¿Para qué? —Para un largo asedio. —¿Y todo este grano? —Almacenado —dijo con vehemencia. De botas del ejército. Cuando está despierto. —Tienes una mente rápida. —Eso es. El polvo de los montones de grano flotaba y se arremolinaba en la luz. Bah. Sus ojos se encogieron. —Para que haya variedad. — Hizo una mueca. Para cambiar el régimen alimenticio de la gente. —Ah. Catón levantó la vista cuando entré.hierro. con las tablillas en la rodilla. —Por la corona. edil. te refieres a la corona cívica. —Ah. entonces? —Echó la silla atrás y cruzó las manos detrás de la cabeza. Y el grano se conserva mejor que las judías. Aunque veo que no la llevas ahora. Catón. La verdad es que no sé de dónde venía aquella animosidad. Podría ocurrir. Valerio Flaco. Es casi lo único que se puede comer estos días. ¿no? ¿De qué. y enhorabuena. —¡Ah! —dijo—. El héroe de Cannas. . —Así que estás utilizando primero las judías. —Marco Porcio Catón. Tampoco he venido para hablarte de eso. Siempre estuvo allí. eso es todo. Es un símbolo de honor. pero su historia continúa. Salve.

El rubor se extendió por su cara como una mancha de vino en un mantel de damasco. La piel estaba sin curar y las costuras no estaban enceradas. ¿eh.. sino que solían estar doblados y abiertos. hacia mí. Había otro asunto personal que tenía que resolver. —¿Y? —Y el pedido que recibiste. Esas botas eran pésimas. —Vaya. Y el cuero escasea. Algunos de nosotros tenemos trabajo que hacer.. Todo ha subido desde que ese maldito Aníbal apareció.. han de ser los mejores. Y me encargaré de que suministres a mi padre no sólo botas. Lo que estoy diciendo es que será mejor que sean buenos. Sus brazos nunca colgaban a los costados. como si buscaran algo que hacer. nuestros soldados no las habrían oído. —Parece correcto. —Puede que hubiera algún par malo —dijo vacilante—. sólo inflación. a treinta y cinco denarios el par. —Bien. —Estás mintiendo. En Cannas. Me di la vuelta. fue de cuarenta mil pares nuevos. Toda una subida. Volvió a inclinarse sobre sus libros. Mi misión. aunque Varrón hubiera sabido qué órdenes dar. Pero aparte del hecho de que deberíamos obtener un descuento por una compra de semejante volumen. Es inevitable en un pedido tan grande. —Y fue de veinte mil pares. lo que a mí me interesa es la calidad. No quiero que tú y tu protector os hagáis ricos mientras los romanos mueren. El último pedido de botas anterior a tus gestiones fue para el ejército que Sempronio tenía que llevar a Sicilia. —No. había terminado. Se te dio más dinero. Nada salvo lo mejor.—Has entendido bien. A esos precios. —Era justo. un auténtico metomentodo. Catón. sino también clavos de herradura. edil? Comprueba lo que quieras. he comprobado los libros de cuentas. Se pudrieron. La nota de las trompetas — 225 — . a veinte denarios el par. para los ejércitos de Paulo y Varrón.. no sólo buenos. Las curtidurías están cerradas. Lo que digo es que voy a vigilarte. No. abrí la puerta y me fui. —Eso puede ser. ¿Está claro? Catón sonrió de lado y se sentó. diría yo. —Si quieres decir que. —¿Para mejorar la calidad? —Por supuesto. Mintiendo. pensé. —No quiero decir nada. —¿Un par malo? Tengo noticia de al menos doscientos pares. Catón se levantó y se inclinó sobre su mesa. Voy a comprobarlo todo. Mientras volvíamos de Cannas se rompieron todos. —¿Que qué? —Ya me has oído.

podía contribuir de otra manera. El callejón se abrió a un patio y. cuidando de nuestra casa. ansiedad y planes. — 226 — . Tenía que haber un quincallero en Roma que todavía permaneciera en su establecimiento. El ruido subió de volumen. —¡Salve. Sin embargo. herrero.. agachándome al lado de la fragua. al fondo. Yo. aprendí a querer a mi hermana Cornelia y a odiar a mi hermano Lucio. de espaldas a mí. vi un cobertizo con una fragua. —¿Y quién. y el puesto de mando estaba demasiado lejos. y la llovizna se convirtió en aguanieve. martilleando con el brazo izquierdo. uno de los hombres que trajiste de Cannas era hijo de mi hermano. ¿Qué estás haciendo aquí? —Así que me has reconocido —dije. permíteme que te traiga una bebida caliente —dijo levantándose—. entre los cerdos y pollos que correteaban refugiándose del aguanieve. Enhorabuena por tu fuego en un día como éste. Pero hay algo que puedes hacer por mí. No esperábamos noticias hasta la primavera. herrero! —dije acercándome—. Para Fabio preparaba platos especiales.? —sus ojos se abrieron cuando lo comprendió—. cocinando. Podía solucionar el último problema yo mismo. Lo había perdido mucho tiempo atrás. ¿Quieres una infusión? ¿O comida? Tenemos cerdo y algunas judías. desierto. Luego iba a las enfermerías. El olor a humo era indiscutible. eficiente y tranquilo. —No. aunque todas eran insípidas. Todo estaba tranquilo. Cuando era niño.era demasiado baja para atravesar el fragor de la batalla. Fui al barrio de los quincalleros. ya que había muchas cosas que el anciano no podía digerir. aunque Póstumo se reveló como un asistente de gran valor. dieciséis preparadas para recibir a los heridos que hubiera durante el asedio que todos esperábamos que se produciría al llegar la primavera. Sus favoritos eran las natillas. hechas con leche de las cabras guardadas en los alrededores del Campo de Marte. tenía un largo y delgado silbato de estaño. Como veis. pero necesitaba ayuda para el primero. Toda nuestra familia te lo agradece. cuyas casetas y talleres se arracimaban a lo largo de la calle que se extendía al pie del monte Viminal. y gachas de mijo con miel. A lo lejos oí el ruido de un martillo que golpeaba un yunque y seguí la pista por un estrecho callejón. Los días que siguieron estuvieron llenos de trabajo. En lo que se refiere a mi vida personal. Tenía un batallón de cientos de matronas y jóvenes a quienes estaba adiestrando.. incansable. Una era una especie de gachas y la otra una especie de gachas. por no hablar de tu fragua. Mi padre no soportaba que lo tocara porque su nota era muy penetrante. Otro hombre que no podía servir en el ejército romano. Cornelia era extraordinaria. y trabajaba con ellas hasta muy avanzada la noche. hemos progresado. Me estremecí y me arrebujé en la capa asiática de flecos. eficiente. Pero puedo matar un pollo. todos sus edificios estaban hechos de piedra vieja y sin revestir. Apenas dormía. supervisando. Levantó la vista. limpiando temprano por la mañana. y un hombre sentado al lado. aguda y clara. mientras mantenía el derecho encogido. gracias. No sabíamos nada de mi padre. ¡Edil! —barbotó—. —¿Qué romano no te reconocería? Además.. —En los primeros días de la República —solía decir— había dos clases de comida. También se encargaba de las cocinas del Senado y nunca nos faltó una comida sana. sorprendido..

Todavía no sé cómo lo descubrió Catón. Supongo que me pregunté qué estaría haciendo allí. pero tenía muchas cosas en la cabeza. Si ayudaba a Flavio con las municiones. Pero. Oiría hablar del tema en aquella época. Cuatro mañanas seguidas. nunca le faltó diversión. Lucio está muerto y yo he de vivir (o morir) con las consecuencias de mis acciones. Intenté de veras entenderlo y perdonarlo. pero ella se limitaba a asentir con la cabeza y a cederme el paso. no lo hice. lo veo ahora. A mi pregunta habitual: «¿Dónde has estado. no puedo. La muchacha tenía sólo doce años. ¿Qué otras ofensas habrá ocultado? ¿A cuántos otros romanos se les habrá negado sus — 227 — . Si ayudaba a Lelio con las cuentas. Pero la bolsa de oro que di a la mujer fue. ni un preceptor. —se mordió el labio y continuó—: ha violado a mi hija. a pesar de la prohibición de Fabio. A su manera. Lucio?». mientras iba de nuestra villa al Senado. Y en una ciudad de muchas mujeres y pocos hombres. ni un auténtico padre.. me detuvo.Nunca estuvimos tan cerca de la frivolidad como durante aquellos largos y tenebrosos días. Sabía que bebía. me miró y se aclaró la garganta. aedilis —murmuró. Irguió la barbilla. le salían mal las operaciones. la saludaba. ¿Quieres decirme algo? —pregunté amablemente. Me lo contó todo y yo la creí. Cada vez que la veía. Ambos. —¿Qué le ocurre? —Ha. quería compensarla por una ofensa. salvete —respondí. —Salvete.. Sois realmente el báculo de Roma. En cambio. Pero entonces supe algo que me hizo cambiar y que originó una tupida red de mentiras. Ella cogió el dinero. No quería comprar su silencio. En mi defensa diré que los tribunales estaban cerrados: no había jurados y había pocos magistrados. —Un temprano ejemplo —declamó— de la perversión de la justicia por este hombre. —¿Pero qué? —Tu hermano —dijo con aprensión. todo lo que confiaba a Lucio lo estropeaba. —Te respeto. Llevé a la mujer a mi casa. Catón guardó el secreto durante años y en mi juicio lo explotó a conciencia. se entretenía e irritaba a los otros hombres. La red creció con los años y ahora que estoy en disposición de confrontarlo y aclararlo todo. Debería haberla instado a que denunciara el hecho. su boca apretada y fruncida. malinterpretada. ella y yo. —Et vos. y a tu familia. Su cara estaba arrugada.. solía contestar: «Jugando». Era vieja y jorobada. donde terminaba el camino de nuestra propiedad.. apartando la vista. A la quinta mañana. —¿Qué? ¿Cuándo? —Hace una semana. La vieja hace mucho tiempo que ha muerto y su hija se fue. No era el momento de acarrear la desgracia sobre los Escipiones. Nunca había tenido madre. pero había energía en sus ojos—. él también era una víctima de la guerra. y siempre llevaba la misma capa negra con capucha. edil. hicimos lo que pensamos que era lo mejor para Roma. me di cuenta de que había una mujer esperando en la encrucijada del pie de la colina. Fue un arreglo tácito.

mis iguales. la abrió de nuevo y redujo la cantidad de plata de los denarios y el bronce de los ases. lo llevaría a juicio yo mismo. con una plantilla de personal femenino. de debajo de los suelos o de agujeros abiertos en las chimeneas de las viudas comenzó a salir oro y plata. las caras sorprendidas de los senadores. El Senado acordó que nuestras reservas de oro y plata tendrían que bastar. las mesas de los amanuenses estaban llenas. ¿verdad? —chilló—. Le dije que si volvía a hacer algo parecido. en el Senado. hacia el norte. obré mal. Catón. al menos hasta que mi padre se hiciera con las minas cartaginesas en Hispania. Te concedo una victoria: una. que estaría pasando el invierno en alguna parte. con un sueldo de oro para cada hombre que viniera. —Ya te gustaría. Los pocos exploradores que teníamos no traían ninguna noticia de Aníbal. Se acordó que sí. lenguas y acentos. Lelio señaló que. Pero la perderá en el mar. pidiéndoles que demostraran su fidelidad a Roma. Por la muchacha violada y por su madre. Como cuestor del erario tenía que informarme. de nuevo el helenista que llevo dentro. yo en nombre de mi padre. ante Fabio. y otros. Así que enviamos patrullas de recluta. La ceca de Roma se había cerrado. La prioridad de Fabio eran los barcos. por favor. pagaríamos el doble de lo que nos correspondía. Propuso gravar la propiedad privada con un impuesto especial. Por querer obrar bien. Su objetivo era tener en primavera una flota lo bastante grande para patrullar y dominar el Mediterráneo. No podíamos arriesgar ni hombres ni barcos en una expedición a las minas de los alrededores de Genua para buscar más. La preocupación principal de Lelio era pagar todo esto. Pero en la práctica le di campo libre. Mi prioridad absoluta. Tuve una encendida discusión con Lucio aquella noche. A Grecia fueron mensajes pidiendo marineros y todos los días. Por la vergüenza del juicio. y pronto Flavio y yo. Ah. en el suelo de la cocina! Casi las únicas palabras que crucé con Lucio en este mundo fueron de irritación. lo que quería decir que Fabio. Pisa y Populonia. La flota impediría comerciar a Cartago e impediría que Aníbal recibiera equipo para sitiar ciudades. Me saltaré los meses que siguieron. que Fabio estaba seguro de que había solicitado. Pero si era una furcia calentona.derechos con el oro de los Escipiones? ¿A cuántas madres les habrá corrompido las hijas ese monstruo de depravación que veis ahí? Incluso ahora. ayudados por Frontino y Póstumo. ¡Me lo pidió por favor. no los hombres. hasta las Columnas de Heracles. —Puede que Aníbal gane esta guerra en tierra —había dicho al Senado—. Lelio. a la velocidad a que estábamos gastando. Así que volaron órdenes y dinero a los astilleros de Massalia y Savona. Enviamos mensajeros a todas las colonias romanas. unos en barcazas por Ostia y por el Tíber. Acuñó una nueva — 228 — . casi todos los días llegaban hombres a la capital. No creo que tuvieran mucha relación con lo que vino después. La ciudad era un hervidero de rostros. tuvimos la primera legión lista para entrenar. y allí mismo. latiniza y pon Hércules. lo que tenía el Estado no sería suficiente. Muy bien. por quienes sentía un renovado respeto. De los cofres y las alacenas de las casas del Palatino. Bostar. otros cruzando el río en barcas cuando bajaba crecido por las lluvias. De diez en diez y de veinte en veinte. Pero sobre todo por mí mismo. y ahora ha dejado de existir. es un recuerdo que me hace estremecer de dolor. era buscar y entrenar más hombres. durante el largo invierno.

Hacía frío cuando por fin salí del Senado.moneda que pesaba dos tercios de un denario y a la que. si eso es lo que estás pensando. de Sicilia. Era uno de los pocos alguaciles del Senado que no había muerto en Cannas ni estaba con mi padre. decía Metelo. el agua burbujeante yendo y viniendo. la cámara de los baños tibios. y era rápido y de aguda inteligencia. Pedía más oro. ¡Edil Escipión! —Se acercaba. —Turino tenía una voz aguda y chillona. como habrás advertido. vino bien dentro de la ciudad para pagar las compras del mercado. aunque su contenido en plata era bajo y desigual. y luego política en el senado con Póstumo y Lelio antes del debate sobre el despacho de Metelo. No. Valerio Flaco propuso que me dirigiera al sur con la última legión y me reuniera con Metelo. —Roma podrá tener serios problemas —comentó—. —Pero estoy dándome un baño. No había festividad que señalara el paso del tiempo. El Senado había decretado que no se celebraría ninguna mientras Aníbal estuviera en suelo itálico. Con sus aljibes y pozos y lo que lloviera. un día de sol abrasador. cierto capitán sardo que comerciaba con vino. Fue largo y agotador. en un alarde de optimismo. se habían multiplicado por siete u ocho. Nos desnudamos sin ayuda en los cubículos de mármol de Paros (los ayudantes estaban entre los muertos de Cannas o con mi padre) y entramos. un équite pequeño y jorobado que siempre se había librado del servicio militar basándose en esta particularidad suya. El sitio de Siracusa. Recuerdo la calidez suave y envolvente. más de mujer que de hombre—. El Senado decidió que tendría que esperar hasta que la flota estuviera lista y los mares fueran seguros. pero tampoco soy un necio. luego una inspección de la muralla con Flavio. pero estará limpia. Con el vapor era difícil ver. la paz. —Ah. Tienes que ir al Senado de inmediato. a causa de la carestía. No podíamos arriesgar nuestras mermadas reservas. Mientras volvía a mi casa decidí darme un baño. Había sido un día normal y largo. horas de instrucción y ejercicios en el Campo de Marte. Lo vi en el borde de la piscina que había a mi lado. Seguíamos sin tener noticias de Hispania. —¡Estoy aquí! —grité. De todas formas. —¿Y encontrar a Aníbal por el camino? —contesté—. Había conseguido cortar el suministro de agua de la ciudad. Permíteme ser ordenado y distante. ¿Puede esperar? — 229 — . edil. Así que lo que antes se podía comprar por un as ahora costaba un victoriato. Me eché hacia atrás y cerré los ojos. Recibimos un despacho de Metelo. Mantener abiertos los baños era uno de los pocos lujos que Fabio había autorizado. por la imagen de la diosa Victoria que llevaba grabada. Primero. —¡Publio Cornelio Escipión. edil! —El grito pareció brotar de un sueño—. dio el nombre de victoriato. Fabio me envía a buscarte. no soy un cobarde. Lelio vino conmigo. Había otros tres o cuatro clientes en el tepidario. Pero estaba capacitado. estimaba que los habitantes podrían soportar un par de meses más a lo sumo. lo había traído por el puerto de Ostia. iba bien. Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Gayo Turino. cuyos precios. Ahora ya no circula.

—Sí. Se puso en pie con gran esfuerzo. . Porque tengo que decirte. apoyándose en la mesa—. estridente— que tu padre y tu tío han muerto. Lo hice en las sombras. corrí sin parar por toda Roma. Salía de detrás de sus manos.. ciega y profunda incredulidad se extendió por todo mi cuerpo. Lelio. Aparte de que lo pidiera el trabajo. Tenía que ser muy importante. Estaba sentado detrás de su mesa. y que al menos la mitad de su ejército. seguí corriendo mientras oía la inútil llamada de Fabio: «¡Publio!». Recuerdo. ya no existe. Dirigiéndome una mirada de nerviosismo. y llovía mientras corría ciegamente. Se adelantó en la silla y agachó la cabeza.—Ya conoces a Fabio. ahora desearía no tener oídos. — 230 — . —¿Publio? ¿Lelio? —La voz de Fabio era ahogada. —¿Vino. después de Trasimeno me has oído decir en el Senado que deseaba que la capacidad de expresarme me abandonara. en el lado opuesto al desconocido. Me alegro de que hayáis venido. abrí la puerta. puesto que el vino estaba prohibido. ve a las cocinas y tráenos un poco de vino tibio. ¿dónde? Creo que me quedé conmocionado. destrozado. —Bien. —Ya me has oído. normalmente no había suficientes hombres para llevarlo en litera y cada día le costaba más andar. el agua de la lluvia mezclándose con el agua salada de mis lágrimas. —¿Qué estaba pasando allí? —Bueno. ¿qué recuerdo? Mi cerebro zumba con la fatiga de las palabras. al igual que la capacidad de ver. maldito. por el torso y las caderas. Una jarra para cuatro. siéntate. Estaba oscuro. ¿por qué?.. por favor. gritar. Lelio me acompañó. señor? —Lelio estaba tan atónito como yo. en lugar de irse a casa. Salí. Lelio abandonó la habitación. edil. una gran desesperación. La necesitaremos. Conocía a Fabio. Sabía que acudiríais. Con la cabeza goteando. con el inhalado estalló la ira. Lo anterior llegó con el aire expulsado. La mitad de mi ser quería enfurecerse. como si quisiera mantener el mundo a distancia—. En teoría tenía que estar durmiendo en el triclinio de su despacho. abandonado. sólo había una lámpara encendida. Lo recuerdo. con la cabeza entre las manos.. Un hombre tosió en un rincón. Sazónalo con nuez moscada y canela. Impide la locura. pero no pude verle la cara. Sin agua. me sequé rápidamente y me vestí. han caído en Hispania. Se había acostumbrado a dormir allí muchas noches. —Publio —murmuró con la boca en la barba—. ¿cuándo?. Tragó aire con fuerza y oí que le silbaba la garganta. Me volví hacia él. por los brazos y el estómago. A1 principio pensé que Fabio se encontraba solo. El brasero para combatir el frío de la temprana primavera estaba medio apagado. pero me levanté y corrí. —Desapareció entre el vapor. señor. y luego por los muslos y las pantorrillas. el dolor y el miedo. como cuando un hombre está hambriento. Es el método de la mente. tengo que decirte lo que este hombre me ha dicho. señor. retrepado en la silla. —Sí. atravesamos el vestíbulo vacío del Senado y recorrimos pasillos desiertos y resonantes hasta llegar al despacho de Fabio. cansado y magullado y bebe una copa de vino fuerte. nuestro ejército. Una muda. —Su voz casi se quebró. Publio. roto.Tengo que decirte —prosiguió en voz más alta. La otra mitad quería deshacerse en preguntas. llorar. Había temor en la voz de Fabio.

Escipión debiera entrar en ellas. Sentí erecto el pene y entonces recordé. No estoy seguro de que. — 231 — . Escribonio contó al dictado la última campaña de mi padre. calmando. En su habitación hace mucho calor. venerables padres —declamó—. incendiaban y saqueaban. y mi cabeza cruje con el parto de las palabras. Me resentí contra el mensajero tanto como contra el mensaje. Había sido dado por muerto. No me preocupé. El hombre que estaba en el despacho de Fabio era Escribonio. Reinó un silencio sólo interrumpido por la lluvia. una mano en mi pelo húmedo. Puedo imaginarlo. Los médicos tratan de curar las enfermedades del cuerpo. y eso está más allá de la medicina. Lelio cayó al suelo. acariciando. Oí entrar a alguien. cuyos cadáveres habían desollado. de la mía. hecho un ovillo. —Aquí veis. Llegué sin respiración. Sin embargo. dijo. será de absolución y que por lo tanto tendremos tiempo de sobra para terminar? Si es así. —Lelio me lamió la oreja. y me metí en la cama cubriéndome con las mantas. Quería calor. Pero es la mente la que gobierna. revolviéndome el vello. la espada que mató a mi padre. quizá convenza a Escipión de que descanse y deje de dictar durante un tiempo. cuando llegue. sus manos subieron por mis piernas. Sólo a mi padre y a mi tío. le haré una sangría. Sentí unos labios suaves en mi cuello. y lloré y tirité mientras la lluvia seguía cayendo y los rayos atravesaban el cielo. Siguiendo órdenes de Fabio. pero no parece que tenga efecto. indispuesto como está. Había perdido el brazo derecho a la altura del codo. me revolví con toda el alma.Mi casa. le puse los pies en la espalda y lo empujé. a mi lado. y la vergüenza. Así llegó la negrura y un dolor levantado sobre otro dolor. Catón la presentó como prueba en mi juicio. Lo haré mañana si la fiebre no ha desaparecido. al querer desviar. además. no puedo detenerle. Le estoy sangrando. buscando la parte de mí que más dolía. Pero si mañana no le ha bajado la fiebre. Publio. y el cuerpo empezó a moverse hacia abajo. Lelio se levantó en la oscuridad y se fue. Le queda muy poco tiempo. Estas aguas son negras y profundas. aunque de otra manera. unas manos firmes que me masajeaban las nalgas. jadeando. El dolor se volvió insoportable entonces. A1 caer la noche. Sentí que mi cuerpo entraba en calor. —Te amo. en cualquier caso. Escribonio había huido arrastrándose mientras nuestros vencedores se emborrachaban. Sentí un cuerpo en la cama. La vida tiene una verdad propia. Para ayudarle a sudar y a expulsar la enfermedad. el padre también falló a Roma. la incompetencia de los Escipiones y cómo. igual que el hijo. Los cartagineses y sus mercenarios hispánicos no habían despojado a todos los muertos el día de la batalla. hay cuatro braseros ardiendo noche y día. ¿O deberíamos suponer que el veredicto. Tiene fiebre y aun así se niega a parar.

desde los Pirineos hasta el Iberus. Lo aprendí de Artijes. A1 principio. Cruzaron el Iberus y construyeron un auténtico campamento cerca de Ibera. Eran jinetes de sorprendente agilidad y rapidez. Estoy haciendo lo que puedo. Aníbal había dejado allí la impedimenta de todo su ejército y el botín fue considerable. y Mulca volvió a sumergirse en su inquieto sueño. mandados por Asdrúbal. y podían disparar ambos con gran puntería al galope y alejarse hasta donde no llegaban los pilos que se arrojaban. pues chillaba y jaleaba a las criadas de la cocina para que se encargaran de la comida que ella no podía preparar. Le cambio la cataplasma dos veces al día para tratar de erradicar el veneno. Su pueblo. Tomaron a Indibilis como rehén. Con mi padre luchando en primera línea. En grupos de diez o veinte. El corte se ha infectado y está emponzoñándole la sangre. hostigaban y acosaban de día a nuestras unidades y por la noche el sueño de nuestros hombres. Tres semanas más tarde. Fue desastroso. En la ciudad capturaron a un príncipe hispánico. por lo que no teníamos madera apropiada para construir cercas. Asdrúbal se retiró con grandes pérdidas. pero constantes. así que estoy probando con otra de enebro y huesos de comadreja. Los exploradores informaron que su hermano Magón se acercaba. Cruzaron el mar sin incidentes y desembarcaron en Emporion. Me pregunto cómo estará este hombre. nuestro centro se abrió paso e impidió que se cerrase la trampa que nos preparaban. el centro de los cartagineses cedía terreno hasta que sus flancos atacaban los nuestros. No sirvió. sin más vegetación que las carnosas aulagas. Las que utilizo habitualmente no han hecho ningún efecto. hicimos una especie de parapeto con acémilas e impedimenta. que había subido desde Cartagonova. que había apoyado a Cartago. Marcharon hacia el sur. ¿Quién lo hace? —Aurio. Indibilis. mi padre y mi tío tuvieron suerte. Asdrúbal y Magón parecía que hubieran formado para la batalla y se hubieran retirado. se alió con Roma y mi padre añadió a su ejército dos mil ilergetes de infantería y quinientos de caballería. Fortalece la sangre. Entonces comenzaron los ataques. Hace ocho días se cortó la mano mientras raspaba un hueso de ternera. Los númidas picaban — 232 — .Mulca. La versión de Escribonio. ¿Va todo bien? —Sí. la cocinera. cabecilla de la tribu de los ilergetes. Le doy pociones. Tan pronto como avanzábamos. Tarraco se rindió y con la ciudad las veinte galeras cartaginesas atracadas en el puerto. El terreno era como el pedernal y no había forma de cavar zanjas. muy bien —dije. Pero ahora la cosa es peor. tras haber contratado a otros cuatro mil hispánicos. La táctica de Asdrúbal fue la misma que la de Aníbal en Cannas. Pero esta vez el resultado fue diferente. La versión. mi padre y mi tío bajaron hacia el sur. —Sí. Unos iban armados con arcos y otros con hondas. procedente de Gades. El paisaje se volvió triste y desolado. Allí libraron batalla con un ejército casi igual de cartagineses. Así que fue un ejército romano débil y nervioso el que entró en la cuenca del Betis por los alrededores de Cástulo. yo le enseñé. —E1 pan —ha dicho cuando la he visitado esta mañana—. Las víctimas eran pocas. el hermano de Aníbal. Desde allí fueron a una población llamada Cissa y la sometieron. en su busca. Cuando Asdrúbal dio media vuelta y atacó inesperadamente. Está en cama y a veces delira. Cuando tiene la cabeza despejada. se irrita y se preocupa. que dominaba el noreste de Hispania. Los ejércitos estaban ya cerca. también está enferma. La caballería númida era algo que no habíamos visto jamás.

Hice planes y los repasé una y otra vez en el páramo de esas horas silenciosas y vacías de la noche. superados en número. protegiéndose con muchos más y más rápidos exploradores. estos factores ya no eran aplicables. habían quedado con vida unos seis mil soldados. los romanos cayeron abatidos. Me pregunté dónde estarían. Lo siguiente era que quería abandonar nuestra formación habitual en tres cuerpos. pero no podía doblarse. Luego estaba el asunto del mando. y esto era indispensable para lo que me proponía. Como habían demostrado los desastres que habían caído sobre nosotros. Yo quería que cambiara. Analicé nuestras fuerzas. Durante las dos horas siguientes. admití. Los manípulos operaban como una unidad. y a este fin tenía — 233 — . cuando el espíritu se hunde y sólo las lechuzas chillan en la oscuridad antes de saltar. Trabajé. Aníbal había hecho innovaciones. en medio de la confusión. Lo mismo debíamos hacer nosotros. Trabajaría en cooperación con ella y la utilizaría para aprovisionar a mis hombres. Mi ejército viajaría ligero. los principales y los triarios en razón de la experiencia y de la edad. su mandíbula estaba gris. Los de su tribu lo siguieron como un solo hombre. No sólo Aníbal. Mi mayor prioridad era la caballería. trazando y retrazando con carbón posiciones y movimientos de tropas en pellejos de cabra estirados en bastidores. Vi que sus botas de lana tenían agujeros en las suelas. le expliqué todo lo que había aprendido. Había guardado silencio antes. los medios para mis fines y los de Roma. tal como la había descrito Escribonio. y aunque podía avanzar y retroceder. pero no como individuos. Y propuse abandonar los campamentos con empalizada y los carromatos. y mi padre por la espada. nuestras debilidades. Bajo la rala barba. Indibilis escapó de sus guardias y corrió hacia los cartagineses. según Escribonio. también los númidas habían demostrado lo crucial que era. pensado y planeado. Era difícil de romper. No se lo decía a nadie. se convirtieron en la esencia de mis sueños. Estaba ya muy frágil y perdía peso. que ostentaría sólo yo. Solo en mi cuarto.como abejas irritadas. Para propiciar la agilidad. Nuestra tradición desdeñaba las escaramuzas. Sus mejillas estaban hundidas y la piel le colgaba de los pómulos como papadas de lagarto. Daba vueltas y más vueltas en la cabeza a lo que había aprendido con mi padre en campaña. no tenía sentido dividir a los asteros. sobre su presa. que le llevaría otras recién hechas. todo el ejército en acción recibiría las órdenes directamente de mí. Estaba descansando en el triclinio de su despacho. porque no había campamento. dije. Trabajaba hasta bien entrada la noche. Que ambos murieran al principio de la lucha fue lo único bueno de aquel día: al verlos caer. Una y otra vez reviví las maniobras de Aníbal. Cada hombre llevaría su propia ración de comida. los errores que él había cometido. La ira empezó a disfrazar el dolor. no podía dar la vuelta. Sin preparativos. antes del amanecer. fuerte y segura. Una semilla crecía en mí. Cuando mis planes estuvieron listos. los que nuestro sistema le había hecho cometer. llenaba tablillas con diagramas y listas. suficiente para tres días. gran número de manípulos se descompusieron. Quería que la armadura de nuestros legionarios fuera menos pesada. mientras las velas graduadas ardían. Sin saber cómo. estorbados por la impedimenta que no habían podido dejar en el campamento. Lo anoté mentalmente para decírselo a Cornelia. y presté especial atención a la última y fatal campaña de mi padre. lenta. sin herramientas de cavar. Estudié a fondo los pocos despachos que habíamos recibido después de la batalla de Cannas de diferentes rincones de Italia. por ejemplo. despiadadas. pero ahora estaba seguro. conté a Fabio las partes que le afectaban a él. mi tío por una flecha en el ojo y luego una lanza en el costado. La nueva flota estaba lista.

Recordaba las trompetas resonando inútilmente en Cannas. y la muerte seguía fluyendo. Aparté la vista y miré las manchas del techo—. poniéndome una capa de color rojo sangre. — 234 — . Entiendo tu razonamiento —dijo por fin—. y antes. incluso a los que estaban acostumbrados a ellas les costaba distinguirlas. lo sabía. Quería que mis tribunos se empaparan de mis planes. «Capitanes de columna. Luego dijo: —Eso es revolución. Se oirían. «¡Vista a la derecha y variación izquierda!».. La piel que los rodeaba era gruesa y estaba cubierta de motas. cómo lo recordaba. y luego las tres vitales. nada más. «¡Variación y vista a la derecha!».. digamos. estoy de acuerdo. Fabio se quedó en silencio un rato.. «¡Vista y variación derecha!». «Persecución» y «Retirada». para que cualquiera pudiese tomar el mando si yo caía herido o muerto. y dejar Roma sin guarnición? —Exacto. «Reducir filas». «¡Vista a la derecha y de frente!». Tú puedes estorbarlo o impedirlo. tal era mi solución. Y como hizo él. Pero espero encontrar los restos del ejército de mi padre. exceptuando a Metelo que está en Sicilia. Para «¡Carga!» todavía serviría la trompeta. «¡Variación derecha con vista al frente!». incluso por encima del clamor de la batalla. ¿Fue en medio de semejante confusión como murió mi padre? Silbatos metálicos de nota aguda. ¿Y qué hemos obtenido? ¿Dos legiones? —Asentí con la cabeza—. estaba seguro. aunque propongo dejarte. luego otra. Fabio se frotó la barba y cerró con fuerza los ojos ciegos y húmedos. a formar manípulos». «Alto». En Cannas. ¿Y me estás pidiendo que apoye un plan para llevarte a Hispania la última esperanza de Roma. cuando el ruido ahogara las trompetas. Las órdenes eran difíciles de distinguir sin el casco. estamos perdidos. Pero para las otras ocho se utilizarían silbatos y cada uno tendría un sonido propio y distinto: «Doblar filas». ¿Por qué ibas a tener éxito donde él fracasó? ¿Por qué? Era.intención de hacerme visible. sí. —¿De reclutados a última hora? —Sí. sí. No dije nada. no trompetas. «Doblar columnas» « Reducir columnas». la licencia estaba cerca. —Entiendo. muy visible. señor. una nota más alta. Si puedo. expliqué a Fabio un nuevo sistema de señales que había inventado. «¡Cerrad filas!». Era desesperante. señor. y habría nueve órdenes simples. contrataré tropas. y luego otra más alta aún. Cuando terminé. Entiendo. deben de quedar ya muy pocos hombres en toda la cuenca mediterránea a quienes podamos reclutar. no evolución. una pregunta retórica. quince manípulos. —¡Si puedes! —Sí. Los triarios solían decir que cuando las reconocías todas. como la vitela mala que se ve en los puestos de los mercados. Finalmente. me había dado cuenta de lo confuso que era nuestro sistema de órdenes con trompeta: no menos de treinta y ocho señales diferentes. Era el asunto al que había dedicado más tiempo. siguiendo las órdenes embriagadas de Varrón. y unos soldados viraban hacia la izquierda y otros a la derecha cuando de repente se oía. Si Asdrúbal y Magón marchan ahora sobre Italia y se reúnen con su hermano. Publio. —Distraído. Verás. mis sistemas y mi pensamiento. Pero sabes lo que le pasó a tu padre.. Hemos rebañado el plato. y más difíciles aún con el casco puesto y en plena batalla.

—No. Estaba agotado por la vehemencia y el apremio con que había contado a Fabio mis planes. Su cara se iluminó al verme. Déjame pensarlo durante dos días. Ni siquiera se ha enfrentado a la cuestión de su propia sexualidad. Pero entonces vi el rechazo en su expresión. Díselo a Cornelia. habló de nuevo. Perdona. —Eso está muy bien. —¿Qué estás haciendo aquí? —le interrumpí. para las ideas y no para los sentimientos. cuando estuvo con Lelio la noche que se enteró de la muerte de su padre. —Se detuvo. —Entonces. —Entonces come conmigo. expulsó el aire y pareció cambiar de idea.. Ya ves. Quería estar solo. . el desconcierto y el dolor cuando volvió a sentarse. Estaba a punto de irme del despacho cuando. Dije que guardaría silencio. según parece. . —¿A decir qué? —Que lo siento. Lelio —dije. ¿quieres? Estoy seguro de que habrá suficiente para dos. —¿Qué es lo que sientes? —Siento lo que te. me iré. Nunca jugó.. Yo.Pareció quedarse dormido. El silencio se interpuso entre nosotros como un manto. Los romanos la aborrecen. o sobre qué parte de él quería que pasara. Estaba abriendo ya la puerta cuando Fabio me detuvo.. —Pero son tiempos desesperados. Su verdadera vida ha sido una baja de guerra. Hizo el gesto de levantarse de la silla. Me miró fijamente desde el otro lado del atrio y prosiguió—. pero tengo que ir a la letrina. por favor. Su amistad ha sido sólo para las abstracciones. Casi no conoce el amor paterno. Sólo he venido a decir que siento lo de tu padre y tu tío. sólo he venido a decir. ni tuvo amistad con nadie más que con Lelio. ¿Has comido? —No. pero esto es vital para lo que sigue. no te vayas. —Yo. .. aunque esta relación apenas podía recibir el nombre de amistad. señor? —Eres un joven realmente notable. . Ahora quiero descansar. Lelio me estaba esperando en el atrio cuando llegué a casa. pero los que como Catón la condenan nunca se han preguntado a sí mismos por qué. de repente. —¿Publio? —¿Sí. no para las personas. Tenía ganas de orinar—. Quédate. —Publio . Me levanté. He aquí a un hombre que nunca ha estado comprometido emocionalmente. Nunca se ha pronunciado sobre lo que casi pasó. La homosexualidad no es forzosamente mala.. . — 235 — .

delante de mí. enfurecido y confuso. Ahora podría tener tiempo de buscarla. Comimos. veo a un joven al que se le ha denegado la juventud y. —¿Es que ni siquiera te desnudas para dormir. antes de ir al Campo de Marte para ver cómo iba el entrenamiento de la infantería y la caballería (si Fabio accedía a lo de Hispania. nos dimos un abrazo. y eso es una herida para los romanos y su agudo sentido de lo que ellos llaman memoria. y con toda la casa durmiendo. pero no emocional. Su vida parece meteórica y veo ante mí al romano más grande que ha vivido nunca. fustigado por alguna oscura vergüenza. hermano. Abrí las cortinas y el vigorizante sol primaveral entró a raudales. A la mañana siguiente. hay una guerra en curso. ¿dónde voy a ir entonces? — 236 — . y sabía que al concedérmela me estaba dando su apoyo tácito. y ahora padre. Adicto a la guerra. entusiasmado. Lucio estaba donde esperaba que estuviera. Escipión perdió hace tiempo la capacidad de vivir en paz. Bostecé en su hombro y se fue. ¿Has venido a reñirme? Se sentó. por ejemplo. En caso de que no te hayas dado cuenta. ni siquiera parece acusar las heridas de la edad. Pero había accedido a dejarme una de sus nuevas galeras. Nunca. le conté mis planes. Cuando se fue. Hablamos. en su habitación. se estiró y bostezó. Lo amo por lo que ha perdido. tendrá en brazos a un nieto. —¡Lucio! —grité—. Era muy celoso en el mantenimiento de la nueva flota y la tenía constantemente patrullando por los mares Baleárico y Adriático. pero me había dicho que era asunto mío. así que darme una galera fue ciertamente un detalle generoso. Lucio? —Publio. Había preguntado a Fabio su opinión. como resultado. bien entrada la noche. El lugar apestaba a sudor y a vino rancio. Tras obligarle a prometerme que guardaría el secreto. hice algo que había estado cavilando. . eres mi hermano. huyendo de sí mismo. tendría que darme más. Nos habíamos reconciliado. por todas las cosas que no le sucedieron y por las que nunca le sucederán. Había ropa sucia en el suelo. Al haber perdido su juventud. —Ah. Saltó de la cama. Y si accedía a lo de Hispania. —Porque te lo digo yo. Cuando cayó la manta. no mi niñera. tendríamos que cambiar las prácticas).. vi que todavía llevaba puesta la túnica. aunque vivió a pesar de sí mismo. dormido. Un poco de brisa marina te vendrá bien. presa de un dolor inconfesado. a un hombre de gran talla intelectual. ¿Qué quieres? —Pensé que te gustaría hacer un viaje. —¿Dónde? ¡Me gustaría salir de aquí! ¿A Egipto o a Cirene? —A ningún lugar tan exótico. —Bueno. pero ningún camino vuelve al jardín de nuestra juventud cuando ésta se ha ido.En el hombre que yace enfermo en la cama. ¡Levántate! —¿Para qué? —murmuró bajo las frazadas. el hermano mayor. supongo.

¿Se está. O curarla. Debe de quedar poco tiempo. Todavía no sé si Fabio realmente estaba de acuerdo conmigo o si las noticias de Filipo de Macedonia le empujaron. Ya hace cuatro días que llegó el mensaje de Teógenes. a Italia y a Aníbal. Aurio no apartó la mirada. —Di media vuelta para irme. —Sí. Mucho calor. los huesos de la cara le sobresalían.. Puse la mano en su hombro y le miré a los ojos. No se ven.. yo todavía no sé si. si no quieres ir solo. No. ¿Amaba a Mulca? Pensé en lo misteriosos y suaves que son los vínculos entre las personas.. —Publio. —La nuez de Aurio subía y bajaba mientras se esforzaba por encontrar las palabras—. Bostar. Aurio acaba de entrar. una vez en la habitación de Mulca. ¡Ah! Dale recuerdos a nuestro primo Claudio Marcelo. —¿Así que este calor podría matarla? —¿Matarla. voy a enviar un manípulo armado. Sólo tú puedes hacerlo. Bien. Tres barcos nuestros capturaron una galera macedonia en mitad del Adriático. Su piel estaba gris. Me detuve. Irás a Ostia con ellos como. tengo que intentarlo. —Bostar. —Lucio.. eso dará mucho calor. con Marcelo y el sitio de Siracusa. Fabio realmente. Quizás.. Había adelgazado mucho. Querían proponerle una alianza con Filipo y contra Roma. si crees que voy a ir a Sicilia. Gracias.. Me alimentas con cuchara como a un niño. Parece alarmado. según confesaron bajo tortura. —Quizás. Por respeto a nuestro padre. —Pero.. Quiere que vaya a ver a Mulca. Ah. pero eso no quiere decir que no existan. donde te estará esperando una galera. Se ha dormido. sí. Las últimas palabras que dictaste fueron: «Yo todavía no sé si Fabio realmente». En barcaza hasta Ostia. El caldo estaba bueno. y Filipo se ofrecía a invadir la costa — 237 — . que sean tres —dije. Gracias. La fiebre todavía es muy alta.. destinados... ¿por dónde iba? Tengo que darme prisa.. Aquello no era propio de él y de repente me di cuenta de lo preocupado que estaba. Mulca se está muriendo? La miré. Yo. estás muy equivocado. —Aurio. A ti te deseo un viento favorable. Ahora he de irme. tendida en la cama. —Trae dos braseros.. . Empaqueta tus cosas y sal dentro de una hora. . trémula ante el tránsito de su luz. Adiós.—A Sicilia. Aurio. Aurio —dije tan dulcemente como pude—. Todo lo demás ha fracasado. si. te doy esa elección. bueno. En la galera iban pertrechos del rey Filipo. su pelo cubierto de sudor. como las raíces de las setas en la tierra. Aurio? Sí. Tenemos que hacer que sude todo el veneno que lleva dentro. Pero me siento fortalecido. como escolta. Bostar. Ya recuerdo. eso. dormida pero agitándose. Le dejaré tranquilo. pero no me volví.. Iré.

En el centro. Publio? Aparte del entrenamiento. les pedí que sus pensamientos y sus temores me los contaran a mí y los comentaran entre ellos. expliqué. había muchas cosas que hacer. vamos a responder al peligro con la osadía. pondríamos infantería pesada en los flancos. Del bolsillo de la capa saqué un silbato de estaño. oh padres. actuarían como una esponja para arrastrar al enemigo mientras nuestros flancos se cerraban como una ratonera de acero. —Vi sorpresa en las caras de las primeras filas. En cuanto a la movilidad. no llevaríamos carros. Por claridad. La desplegué y dejé que la vieran. la última esperanza de Roma. Y lo digo porque vamos a cambiar. Y lo expuse. Y como los padres de nuestros padres habrían hecho. Así pues. El Senado estuvo de acuerdo. y cada cual llevaría encima todo lo que necesitara. Sé lo que vais a decir: que sufriremos la misma suerte. Con el tiempo. No podía estar seguro de que mi voz llegara a tantos hombres. la movilidad y la claridad. Roma está a salvo tras sus poderosas murallas y. En su lugar. Elevé la voz—. —¿Qué es? — 238 — . formados en filas delante de mí. Italia también lo estará. Mi discurso terminó con un toque de silbato y entre los vítores tumultuosos de los soldados. mientras lo esté Roma. En estos tres puntos. la infantería ligera. Parece igualmente que al faltarle o voluntad o equipo de asedio. Para lo primero. salvo que conviniera al terreno o a la situación. No podemos desafiar a Aníbal en Italia.iliria y a fomentar revueltas en todas las colonias romanas. Como hizo mi padre. así que pronuncié un discurso muy sencillo. nuestra única esperanza. los vélites. sino como uno solo. los dos solos. Finalmente. Claro que mi plan también lo era. —Combatiremos y venceremos —añadí—. Mi prioridad principal era readiestrar a las dos legiones que me iba a llevar y empecé soltándoles un discurso en el Campo de Marte. —Soldados romanos —comencé—. Puede que os parezca imprudente. al menos por el momento. incluso invadiría Italia. Así. sin decírmelo antes. podían aplastar Roma. Dije que ya no habría más sesiones de toques de trompeta. Había llevado la capa rojo sangre. Juntos. Pero quiero tu permiso para algo más. basaríamos nuestra campaña en la agilidad. —Es —dijo Fabio en el Senado— tan imperioso como obvio que esta alianza no se formalice. respaldó Fabio mi invasión de Hispania. Las semanas que siguieron fueron obsesionantes y puras. ¿qué otra cosa estás esperando? —Los caballos que pedimos a Liguria. Empezaron con Fabio. donde en aquel momento aparecían las primeras flores primaverales. pero es. dije. vestiríamos una armadura más ligera (este punto fue acogido con gritos de alegría). Había tres puntos. os anuncio que doy apoyo a un arriesgado plan que me ha detallado Publio Cornelio Escipión. También abandonaríamos la práctica habitual romana de poner la infantería en el centro. pero a eso respondo no y dos veces no. Dije que nosotros. que serían nuestros ojos y oídos. vamos a invadir Hispania. porque lo haremos no como muchos romanos. me refería a claridad de comunicación. Dije que me proponía triplicar el número de exploradores y de jinetes. nosotros somos su luz. oí murmullos de desánimo. —¿Crees entonces que otras tres semanas. Tenemos que ensanchar el teatro de la guerra. creedme. en esta oscura hora para Roma. al menos por el momento tampoco puede desafiarnos aquí. abandonaríamos la formación en tres cuerpos. Nada más.

tablón por tablón. Pero no voy a tratar de ocultar mi disgusto por Catón. —¿Es envidia lo que percibo en tu voz. Ya lo he analizado. pero que la ganaríamos en el mar. Las tormentas de invierno han pasado. mientras estoy fuera. —Pero incluso yo. ¿De qué serviría que yo invadiera Hispania si. si era posible. Y en todo caso. señor. Fabio estuvo de acuerdo enseguida. deberían quedarse y que Flavio debería seguir como prefecto de las murallas. Dije que quería a Lelio. unas galeras están atracadas en Tarraco. —¿Aunque sea el soldado con más experiencia que tenemos? —Eso lo concedo. —Pero yo había supuesto que utilizarías la flota. Mi intención. Disponemos de ochenta galeras ahora. —¡Pero tardaremos meses en construirlas! —No necesariamente. Luego hablamos de las comunicaciones. o no volver.. Ya lo sé. señor. pero he cambiado de idea. no distingue un pilo de una honda. —Lo he notado. —¿Y cuál es la alternativa. a Afer y a Pío. y Póstumo.. señor. Barcazas. al menos dos veces al mes. —¿Y para volver? —Sabemos que los cartagineses tienen flota. que tendría el mando de los manípulos que dejara en la ciudad.. —¿Y Escribonio? —No lo quiero.. venerable padre.. que sustituiría a Lelio como cuestor del erario. Fabio estuvo de acuerdo en que deberíamos enviarnos despachos. Los constructores de barcos dicen que el tiempo se va en encajar las junturas y abrazaderas de cobre. —Yo también había pensado eso. señor. tendremos las barcazas que necesitamos en menos de la mitad de tiempo. o las dos cosas? No. ni mi desconfianza. Así que quédatelo y no lo sueltes. o Filipo pasa a Italia.—Barcas. Los clavos de hierro se oxidarán y las barcazas se romperán. lo necesitarás aquí si Aníbal aparece. Ambas — 239 — . —Me gustaría quedarme con Catón —dijo—: Se ha vuelto indispensable. Las barcazas me bastarán. Es lento y monótono. Si unimos la madera con clavos. Creo que las necesitarás para patrullar. no a la nueva. Seguimos discutiendo qué oficiales vendrían conmigo y cuáles se quedarían. A este fin sugirió que pondría dos galeras veloces a nuestra disposición para que hicieran de correos. es volver en esas galeras. los cartagineses envían a Aníbal equipo para sitiar por mar. señor. Así que quédate las galeras. pero nos llevarán a Hispania. Publio? —No. Tenías razón al decir que podíamos perder esta guerra en tierra. a Metelo. las patrullas no deben interrumpirse. —Perdón. otras en Cartagonova. Propuse que Frontino. Publio? —Hierro. De todas formas. Quiero oficiales con la mente abierta. pero a la manera antigua. como sabes.. Clavos de hierro. pero también lo sé. señor.

En una sola columna. Sólo una vez discutió alguien una y fue Frontino. con la bendición de Fabio y del Senado. El viaje por mar hasta Hispania transcurrió sin novedad. pero convino en guardárselas para sí. más aprisa. cuando le dije que nuestros manípulos estarían ordenados por familias y amigos.nos acompañarían hasta Hispania protegiendo las barcazas y luego una volvería directamente a Ostia. en alerta máxima. decía. Nuestros hombres parecían creerme. El mar estaba calmado y tranquilo. demasiado aprisa. —Lo seré. para determinar quién luchaba al lado de quién. ¿Recuerdas a Eufanto? —Lelio se echó a reír——. Desembarcaremos inmediatamente al norte de Cartagonova. —Frontino —respondí—. salimos de Roma. señor. me rodeó con los brazos y me dijo que tuviera cuidado. Aurio. recuérdalo. ¿Cuántos días han pasado desde el último mensaje de Teógenes? ¿Cinco? ¿O cuatro? Cuatro. . Las barcazas y las dos galeras estaban allí. No vimos otros barcos. Escipión. manípulo por manípulo. —Pero los hombres de los manípulos se han acostumbrado ya unos a otros —protestó. señor. y los delfines saltaban y centelleaban. —Nuestra auténtica batalla —dije— es contra la mentalidad de los hombres que hay aquí. Una cuerda se rompió y perdimos seis caballos que cayeron por la borda. Estuve de acuerdo. Fui de barcaza en barcaza. Me siento más fuerte. hacia Ostia. Lelio tenía dudas. Lo que podía hacerse estaba hecho y era hora de partir. pero nada más. —Recuerda. por la mañana temprano. aunque no tus piernas —fue su respuesta. Mi padre fue demasiado lejos. mientras la otra esperaría en las costas de Hispania mi primer despacho para Roma. he de darme prisa. Así pues. Sé mis ojos y mis oídos. Ninguna fue desobedecida. explicando mis planes a todos y cada uno de los soldados. Potest quia posse videtur. Para matar a una serpiente. Publio? ¿A Emporion. protegidos por los exploradores. Frontino. He de darme prisa. Quiero ir más lejos. nada más. — 240 — . tráenos una infusión. vadeamos el Tíber y marchamos. Debe de quedar muy poco tiempo. Quería lazos estrechos. no el orden de recluta. Mis planes eran tan sencillos y tan improbables que estaba seguro de que resultarían. y no tenía tiempo para las lágrimas. como tu padre. Mi despedida de Cornelia fue fría y distante. con los caballos. . —¿Dónde. y luego bajarás siguiendo la costa? —No. Se levantó. no me importa cómo se hacía antes. hay que cortarle la cabeza. Entonces he de darme prisa. cuatro. distribuí las órdenes.. Bostar. entonces? ¿Más al norte? —No. Sólo cuando le dije adiós a Frontino sentí un nudo en la garganta. Llegamos a Hispania y seguimos la costa hacia el sur. No sentí nada la mañana de nuestra partida. —¿Adónde te dirigirás. Fabio me enviará despachos —le dije—. Dejé a Fabio en su despacho del Senado. Supe que quería llorar al ver al último Escipión de Italia irse a la guerra.

a la cima de la primera colina que dominara la llanura. como centro de la influencia cartaginesa en Hispania.. pero que también tuviera una buena vista de los muros occidentales de Cartagonova. El número de antorchas que asomaban por encima de la mampara izquierda indicaba el número de la tablilla. con sólo diez hombres. Y eso es lo que hicimos. no hacemos más que asimilar griego. y a menudo era así realmente. Nos levantamos antes del amanecer y comimos. hice que embarcaran mil hombres de infantería ligera: doscientos cincuenta en cada galera. Hacia el norte. Cada agente. un centurión. Envié por delante a los agentes de señales. incluso a través de una gran distancia. Esto representaba deletrear cada palabra. Nos ejercitamos practicando mi nuevo sistema de señales hasta que todos los interesados se acostumbraron a él. sus muros son más altos. Hay veintiuna letras en el alfabeto romano. Cuando el encargado de las señales estaba listo para enviar una.. había trazado su plano varias veces. a pesar de mi falta de tiempo. dos grupos. Así que.. Allí fui yo. A1 oeste. Hice que las barcazas donde estaban las estaciones de señales se alejaran tanto que casi se perdieran de vista. La ciudad de Cartagonova. estaba formidablemente defendida. mucho antes de que dejáramos Roma. Si encuentras esto oscuro. un ancho cuello de tierra montañosa sobresale y protege la bahía. y era a este problema al que había dedicado más tiempo. cada uno situado detrás de una mampara. No había olvidado el comentario de mi padre de que nuestra palabra ejército viene de «ejercicio». Basándome en el informe de Escribonio y en los de los espías que habíamos enviado a Hispania. ambas mitades deben ser capaces de comunicarse. y el número de antorchas que sobresalían de la mampara derecha indicaba la letra de la tablilla. Seguirá utilizándose cuando me haya ido. razoné. suprímelo más tarde. así que me parece justo. tenía a sus órdenes dos grupos de transmisores de señales. que lo consigne aquí. uno a la cima de la colina a cuyo abrigo habíamos acampado. convirtiéndola en un fondeadero natural maravilloso. a la luz de las antorchas. Sus murallas se elevaban en una bahía protegida. los carpinteros estaban ocupados haciendo escalas. A las órdenes de Lelio. Dividí las letras en cuatro grupos de cuatro y uno de cinco. Lo utilizamos en Siria y en Macedonia.En el centro de mis planes había otro sistema nuevo de señales. podíamos aproximarnos sin ser vistos. Bien entrada la noche. Desembarcamos al anochecer. conseguiríamos nuestro objetivo. día tras día. Bostar. a despecho de las opiniones de Catón. el resto en barcazas. aunque es posible que aumenten. Así que. uno a la izquierda y otro a la derecha. el otro muy al oeste. construida por el padre de Aníbal. los muros que daban al mar tenían que ser los más vulnerables. Si divides un ejército. lo ensayábamos. Cada grupo debía de tener al menos seis antorchas encendidas preparadas y la finalidad de las mamparas era ocultar las antorchas cuando no las estuvieran utilizando. Amílcar. pues. levantaba dos antorchas y el que tenía que recibir el mensaje levantaba otras dos. Pero también quiere decir que. y acampamos entre las colinas y los árboles. El ejército romano emplea mi sistema en la actualidad de un modo normalizado. El grueso de — 241 — . A cada letra le di un número e hice que mis agentes de señales se los aprendieran de memoria. Di las órdenes. a causa del oleaje. Entonces retiraban las antorchas y emitían el mensaje. Si mi solución funcionaba.. dominan una llanura fértil y los caminos de las minas de oro y plata que se dirigen tierra adentro y hacia el sur. pegándonos a la costa. Resultó crucial en lo que estaba por venir. Luego puse las letras en cinco tablillas. numeradas del uno al cinco.

— 242 — . Sus largas y suaves pestañas castañas aleteaban cuando hablaba. según informó Afer. Fue sencillo. Cuatro días después. los más capaces se pusieron a trabajar inmediatamente. me dijo. ataca!» y cabalgué para reunirme con Metelo y Afer. al romperse algunas escalas. haciendo espadas y escudos. También había gran cantidad de munición. Los prisioneros no hablaban latín. Aquello daría ánimos a Roma. las puertas occidentales estaban abiertas y nuestros hombres estaban entrando. había oído algo sobre lo que quedaba del ejército de mi padre. ¿Y su ejército de treinta mil hombres? A marchas forzadas. Se considera una de mis mayores proezas. levó anclas y desapareció. Nuestra fuerza principal sólo encontró una pequeña guarnición de unos dos mil hombres. al resistirse. Me respondió que podía tener galeras en el puerto en el plazo de dos días. que encontramos escondidos en edificios y casas. apareció una galera cartaginesa. Algunos sabían algo de griego y les pregunté si ellos y sus compañeros querían ser colgados o unirse a nosotros. Perdimos algunos hombres cuando intentaban escalar la muralla por el este. Una vez que me hubo asegurado que sólo había dos ejércitos cartagineses. con las flechas incendiarias rasgando el cielo. se adelantó a las órdenes de Metelo y Afer. Cuando terminé de cruzar la llanura. Habían invernado. diciéndole que trajera tantos hombres como pudiese. planificación. esperé. Cuando me dio detalles completos sobre las señales que enviaban a la ciudad y las que esperaban. metales y comida. Bajo vigilancia romana. Si había más de diez mil. Orden. Preguntaron cuáles eran las condiciones. Pero he contado lo sencillamente que se hizo. pero he descubierto que Fortuna sonríe a quienes preparan y planifican. uno dirigido por Magón en Gades y el otro por Asdrúbal cerca del río Tagus. Se lo dije y accedieron. Tenía ojos sinceros. Suerte. le di una bolsa de oro. Esperé. tardarían doce días. Así que. listo para atacar la muralla occidental. Eso también. Afitano envió la señal de «Todo en orden». habían encontrado la muralla oriental e incluso las calles de la ciudad prácticamente vacías: todos los habitantes de Cartagonova estaban en la muralla occidental y nuestros soldados habían llegado hasta las puertas sin encontrar ninguna resistencia. unos nueve mil hombres. todos mercenarios hispánicos menos un cartaginés que resultó muerto. Entonces di la señal: «¡Lelio. Eso fue todo. debería hacer que el resto marchara por tierra siguiendo la costa. Confié en Afitano absolutamente.nuestro pequeño ejército. cerca de Tarraco. Uno de ellos. a cambio de cinco romanos muertos y seis heridos. Envié a Lelio al instante con la galera que quedaba y todas las barcazas. así como numerosos esclavos. Envié un despacho rápidamente a Fabio. Por Afitano supe que Magón enviaba regularmente galeras de exploración a Cartagonova. hasta que pensé que todos los defensores habrían ido a la muralla occidental. según dijo Lelio. al parecer. La fuerza principal atacó poco antes de amanecer. Los vi escabullirse. Pregunté a Afitano cuánto tardaría Magón en llegar a Cartagonova una vez supiera que estábamos allí. sí. Encontré seis mil talentos de oro en el tesoro y los añadí a los cofres de guerra que había traído de Roma. Yo tardaría al menos tres o cuatro semanas antes de tener todos mis refuerzos y no sabía en qué estado se encontrarían. Afitano. Así que hice lo que Fabio habría hecho: retrasarme. El barco respondió. me sentí seguro. Roma capturó Cartagonova. Me aseguré de que no hubiera romanos en las murallas y. previsión. Pero tal como habían esperado. con una bandera. Nuestro botín fue prodigioso. sometiendo a una tribu que se había rebelado.

con los mercenarios hispánicos. los herreros estaban ocupados: teníamos almacenes llenos de relucientes armas nuevas. Todo esto es distante. y había vuelto costa arriba a por otros tres mil que había dejado marchando hacia nosotros. Hice que los pozos (había ocho) fueran envenenados arrojando cabras muertas dentro. Envié a buscar a Afitano. Dile a Magón el cartaginés que otro Escipión ha llegado a Hispania para vengar la muerte de los dos últimos Escipiones que vinieron aquí. volviendo. Los caballos que habíamos comprado necesitaban mucho ejercicio y tenía que enseñar a las antiguas tropas de mi padre y a los hispánicos nuestra nueva estrategia de guerra.En la ciudad.. pronto tendría un ejército de veinticinco mil soldados. No hacía sino confirmárseme la intuición de que una batalla está en la preparación. Pero aunque me duelen los dedos de tanto escribir. bien entrada la noche. Llévate a un hombre contigo y ve a Gades. hay poco que un caudillo pueda hacer. Hice que los muros que podría necesitar luego quedaran intactos. Así que. que hacían agua por todas partes. Quizá sea porque es demasiado consciente del tiempo. Cuando volvimos. Entonces llegó Lelio con lo que quedaba del ejército de mi padre y todos los días hacíamos ejercicios en la llanura que había delante de Cartagonova. cerebral. Una vez que la lucha cuerpo a cuerpo ha empezado. —¿Y los otros dos? Supongo que irán a buscar. práctico. Me saludaron con alegría. —Elige cuatro hombres —le dije— y cuatro buenos caballos. ¿Cuántas y cómo serían? Doce días después de enviar a los mensajeros. «F—u—e—r— — 243 — . centinelas y puestos de señales en el campo. a buscar a Asdrúbal con el mismo mensaje. Hicimos un campamento donde lo habíamos hecho antes y situé exploradores. no dejaré de expresarlo como él dice.. mirando las estrellas y pensando. Las semanas pasaron. Mis planes contra Magón tenían que ser seguros. Mirándome con extrañeza. di nuevas órdenes. más arriba del río Betis. Quizá sea así como le pareció en aquel momento.. tierra adentro. y sin vida. Encontré lo que estaba buscando al oeste. la planificación y la perspectiva de los generales. pero todas las casas y edificios fueron derribados o incendiados. Dejando a Afer con el mando. A menudo subía a la colina desde la que había enviado las señales a Lelio y contemplaba a mi ejército entrenando abajo. Quizá sea el resultado de la fiebre. recuerdo. cubiertos de polvo. —Sí. nada de sentimientos. viajé durante seis días con Metelo y dos decuriones. Él conocería todas las maniobras que había visto ejecutar a Aníbal. Sonreí. Con dos o tres exploradores camuflados yo exploraba todos los días. Afitano asintió. al oscurecer. Ahora ve. Un plan crecía en mi mente. cuando vi las antorchas de las señales en la colina occidental. No lo sé. Habría otras. encontramos la ciudad abarrotada de soldados romanos. Ya no me escondería. Decidí que era el momento. claro.. A la mañana siguiente seguí entrenando. Salimos de Cartagonova. en la muralla oriental de Cartagonova. Lelio había metido once mil en las barcazas. Estaba sentado en un árbol caído. mirando al mar. De nuevo. El lugar era perfecto. al lado de donde mi padre había muerto.

. confusión. esta vez en voz alta. cultivado y fértil en tiempos de paz. Aníbal se alejó. No nos opusimos. Así que me dirigí a la muralla oriental. Quería leer el papiro allí mismo. ante la cual está acampado Aníbal. entusiasmados por la toma de Cartagonova. Llegaron al amanecer. Entiendo. y que Marcelo había invadido Siracusa. . que comercia con lana. Ya tenía más jinetes. «P—o—r—e—l—n—o—r—t—e. No había tiempo.z—a—s—a—p—r—o—x—i—m—á—n—d—o—s—e. Pero recordando lo que le había ocurrido a mi padre. pero nunca lo he vendido. . he jugado con piezas de verdad. De niño casi no jugué al ajedrez. guiados por un hombre alto y ágil llamado Edeco. me llamó rey en mal latín y peor griego. volvía. ¿Podría Catón tener razón de nuevo? . sabía ya quiénes eran. » El resto quedó ahogado por una fuerte. .. miedo por Roma. En aquel trance lo puse en pública subasta. y añadió que era el príncipe de su tribu.» No. Hispánicos. decidí mantenerlos en la reserva. Los miré y volví a leer el papiro.» ¡Magón! ¡No podía ser! Me levanté de un salto.. un poco más allá de un tiro de honda. blanco y piafante. Yo estaba rodeado de hombres expectantes y silenciosos que sólo tenían ojos para mí. Él compró el terreno. Vi mi nombre escrito con la cuidadosa caligrafía de Fabio. Pero Magón me empujaba. «Me ofrecía. que Aníbal había marchado por fin sobre Roma. y que me ofrecía. gracias a otras señales. o lo hacía antes de la guerra. el pueblo está asustado. con armadura negra. A lo largo de los años he recibido muchas ofertas por él. Quería que estuviera preparado para llevar a Fabio las noticias que esperaba enviarle. Ahora lo he hecho. casi dos mil. Volví a la costa. La marea. volvió la segunda galera. Los soldados golpearon los escudos con la empuñadura de las espadas y arrojaron los cascos al aire. los edetanos. . » A Roma no. ya de adulto. Cuando Lelio lo condujo hasta mí. y propiedad de mi familia desde los primeros tiempos de Roma. Catón y otros vieron al cartaginés claramente. Era hora de despejar el campo. Recordarás a Aponio Celerio. en un caballo enorme. Al mando de Afer dejé quinientos hombres y la galera en el lugar en que habíamos atracado.. . Sus servicios y los de su pueblo a cambio de liberarlos de la tiranía de Cartago. alegría por Siracusa. inquietud. regado por el Clitumno. Salí personalmente a su encuentro y cogí con ansiedad el papiro que el corpulento compañero me tendía desde cubierta. pero sabía que no sería apropiado. . no podía ser. todos montados en jacas paticortas y peludas. Se movía más lejos y más — 244 — . »En cuanto a Siracusa. A pesar de todo. Levanté el brazo pidiendo silencio y proseguí: —«Pero Aníbal no tiene equipo de asedio y somos inexpugnables tras las murallas. Fabio me decía tres cosas: que. »Sin duda conoces el terreno en el que están acampados él y su ejército —proseguí—. Por entonces. Aníbal envió hombres para enterarse de lo que estaba pasando. Cuando estábamos a punto de levantar el campamento. él y Roma estaban estupendamente. Se elevó un rumor. estridente y ensordecedora aclamación. La tierra se puso a precio normal. En cambio. parecía ser. Los exploradores informaban de que su ejército había ocupado el mismo terreno que yo había elegido para mí. Respondí que me parecía bien.

se quedaron al pie de la elevación. Estaba acampado en el valle del Betis. exactamente como yo había ordenado. me quedé detrás y miré las fuerzas de Lelio y Afer aproximarse a las de Magón por la retaguardia. Oí el chillido de los agudos silbatos de estaño que llevaban Lelio y Afer. Me moví. Recorrí el terreno una y otra vez. Le envié la señal: «Ataque». le dije: «Ahora». bajo las brillantes Cabrillas. y por la parte frontal el terreno descendía en terrazas inclinadas hasta la llanura de abajo. —¡Ahora! —grité a los agentes de señales—. los accesos por los flancos eran difíciles y escarpados. una bajo mi mando y la otra bajo el de Lelio. Dados los accidentes del terreno. para defender el borde de la elevación. y les ordené que lo comunicaran a sus hombres. Yo esperaba que Magón supusiera que la unidad de Metelo respondía al habitual ataque romano por el centro. Estaba mordiendo el anzuelo. Conocía el lugar. brillantes de sudor. en un paraje montañoso cerca de Baecula. Tal como habíamos practicado en la plana de Cartagonova. se desanimaron. exactamente donde había planeado hacerlo yo. donde había muerto mi padre. A Afer. —Funcionaremos como un solo hombre y como un solo cuerpo —dije. Envié exploradores a inspeccionar las entradas del valle. no soldado. apoyado por cinco manípulos de infantería pesada. y nuestras fuerzas subieron y treparon por los flancos de la meseta. mis soldados viraron. Dividí el ejército en tres. en una posición fuerte. pero me retiré a mi interior. y. Nos estábamos quedando sin agua y sin comida. Esperé para que descansaran inmediatamente antes de alcanzar la llanura superior de la meseta. Con diez soldados y el equipo de señales. las dos unidades se encontraron y formaron un ancho semicírculo de cuatro filas. fueron cruciales. no lejos de Cástulo y sus minas de plata. Lelio fue hacia el este y yo hacia el oeste. Otro silbido y cargaron. Esperamos durante tres días. Mis hombres estaban sin aliento. cada altura. de nuevo. Magón había formado en orden de batalla en una meseta. Se detuvieron. Tal como había ordenado. No quería que. Vi la señal de Lelio. pendiente arriba. que estaba a mi lado. Aquella noche. Su retaguardia estaba protegida por el río. Tenía que haber una forma. por si Asdrúbal era aún más rápido que su hermano: mi plan no funcionaría si nos atacaban por la retaguardia. Yo no luché en la batalla de Baecula. cuatro. no podía ver cuántos hombres iban con Metelo. con la infantería ligera y los hispánicos. Magón guiaba a su fuerza principal hacia delante. Estaban a unos seiscientos pasos de la retaguardia de Magón cuando las últimas filas de éste los vieron y empezaron a darse la vuelta. He sido general. mis hombres marchaban con tranquilidad y orden. Los dos cuerpos avanzaban en tres columnas. al igual que en Cannas. se dirigió en línea recta.deprisa de lo que yo había pensado o Afitano había reconocido. Las otras dos unidades. El también estaba en posición. llegaran al enemigo agotados después de una carrera. hacia el centro de Magón. No dije nada. Metelo guió el ataque. Los puestos de señales. Nunca debe subestimarse al enemigo. Oí los gritos y chillidos de los hombres de Metelo al atacar al enemigo. expliqué a mis oficiales y a todos los centuriones y decuriones los detalles de mi plan. Oí el golpeteo rítmico de las espadas contra los escudos. cada hondonada. ocultas entre los arbustos y los árboles. Cuando llegamos allí y los hombres vieron la posición del enemigo. Indicadles «Ahora». La señal que dieron desde una alta colina del oeste llegó exactamente en el momento en que la esperaba. algunos cayeron ante las — 245 — .

se habían agachado y cortado tendones con los puñales. Cuando llegué donde él. encerrado en una muralla de muertos propios. La segunda. el sudor chorreaba. Los principales. y cada una luchó contra unidades sueltas de un enemigo desarticulado. se mantenían detrás mientras los asteros atacaban y los triarios esperaban a los principales. confuso y disperso. La sorpresa. Saltó como un hueso de pollo en un festín. Por el contrario. La matanza continuó durante la sofocante y lenta tarde. Un trueno fragoroso. Pero tenía de mi parte la mayor ventaja con que puede contar un general. Pensé que quería darme algo. se dirigió hacia el oeste de la meseta. y paseé entre ellos repartiendo elogios y palabras de ánimos. pero la imagen nunca ha abandonado mi mente. los segundos las de los primeros. Uno de nuestros soldados dio media vuelta y se acercó dando tumbos por la meseta hacia mi capa rojo sangre. pensé. pero sólo recuerdas a uno. Mis órdenes eran diferentes. de Aníbal. Una ráfaga de aire la hizo ondear y vi. —¿Qué vamos a hacer con ellos? —me preguntó Lelio. blanco sobre negro. Los muertos y los vivos. según lo planeado. Di órdenes. Envié a los vivos al río para beber y lavarse. y el aire lleno de gritos. un escorpión. El menguante ejército de Magón. y su peto y sus brazos rojos y negros de sangre seca. No me cogió la mano. un anillo envolvente y empezaron los gritos. para que digan a las tribus que hay otro Escipión en Hispania. Su cara estaba gris por el polvo. Me quité el casco y me enjugué el sudor. separadas entre sí por un paso. gruñidos y alaridos. Al fin había caído. me miró con la boca abierta. y pronto la hierba estuvo roja con la sangre de los muertos y los heridos. Vi buitres congregándose en el cielo. Cogí el silbato. No había júbilo. Sentí los piojos (todos teníamos) que me corrían por el cuero cabelludo. El grito de muerte de los caballos es un ruido desgarrador que atraviesa el aire. Me había acercado a la lucha. tercera y cuarta filas no llevaban pilos y llevaban las espadas envainadas. comenzando con una lluvia de pilos. y la sangre fluía. no se me ocurría qué. Los enfermeros estaban ocupados con los heridos y los portadores con los muertos. mientras el sol subía. Fue un delirio de hachazos. con asombro. El sol cada vez calentaba más. puñaladas. los terceros las de los segundos y los cuartos las de los terceros. Déjalos partir. Dije a los soldados más cercanos a mí que apartaran el cuerpo. El ejército romano solía tener sus filas en orden. —¿Qué propones? — 246 — . sólo cansancio. Mis hombres se reagruparon. El hierro de la empuñadura destacaba entre la sangre. debajo del peto. Un grupo de veinte o treinta enemigos rompió filas y echó a correr. Había muchos cartagineses heridos. Un chorro de sangre le salió por la boca y cayó a mis pies. vi la empuñadura de la espada en su estómago. Luego se adelantaron los manípulos.jabalinas o las flechas enemigas. Una bandera colgaba mustia en medio de los hombres de Magón. los heridos y los agonizantes yacían juntos en la tierra ensangrentada. Llamaba a esta maniobra ariete de perforación. nuestra segunda línea habitual. No hice nada. con las manos estiradas. En la batalla ves morir a miles de hombres. atacaron de nuevo. Utilizaban los escudos para empujar espaldas. Era tan sencilla que rompimos la línea de Magón en Baecula. más que atacar al enemigo con la espada. el símbolo de la casa de Barca. Mis hombres habían aprovechado la lección de lo que le había sucedido a Frontino y. cortes y estocadas. El ruido que produce el choque de hombres con armadura no tiene parangón.

la nariz y los muslos. quemar sus tiendas y carros. Le quité el anillo de oro del meñique. señor? —preguntó un soldado que había a mi lado.. con la sangre todavía manándole por la boca. —¡Primero le metemos los testículos en la boca! —añadió otra voz. que la lengua común del políglota ejército cartaginés era el griego. Me llevé a Lelio aparte. como hizo Aníbal? Un grito repentino nos sobresaltó.. Un general debe hacer que sus hombres descansen después de una batalla y — 247 — . Me levanté. Lelio estaba esperando. El quinto día habíamos terminado. Dejad que se vayan los que puedan arrastrarse o cojear. —Pues ahí tienes la respuesta. Pío —ordené con calma—. —Di media vuelta—. señor? —Identifica la tumba. Su armadura era de piel negra. Pío. No he vuelto a cometerlo. —¿Sí. Hazlo. abrí la mano muerta. Me arrodillé. con la frente llena de granos y la barba con más bozo que pelo. —Sí. y entonces vi en su mano derecha.—Se lo preguntaré al fantasma de mi padre —respondió—. Había caballos que meter en cercados. dejando un reguero de sangre. o las manos. Pero ¿quieres sacar las entrañas a tantos heridos y dejarlos morir? ¿O cortarles los pies. y otro despojando a los cartagineses muertos de sus mejores armas. Una batalla dura un día a lo sumo. Limpié la sangre y el escorpión del sello recibió la última luz del sol poniente. Teníamos que alejarnos del olor a carne podrida. Dejad a sus heridos. Sus consecuencias duran más. Había que saquear el campamento de Magón (obtuve un gran botín). —¿O lo crucificamos y se lo dejamos a los cuervos? —sugirió otro. ¡Agua! Así que era verdad lo que había oído. Cometí un error. ni la del mío en este caso. el hermano de Aníbal. Era sólo un niño. —Pero señor. —No hay peros. —Entiérralo. Y recuerdo lo que hicieron a nuestros hombres después de Trasimeno y Cannas. —Hoodor —jadeó débilmente—. Espanté las moscas. Ya viste lo que le hicieron. Lelio. se salvarán porque se derrame más sangre.. con una risotada. La marcha hacia Gades casi acabó de destrozarnos. el destello de un anillo. Estuvimos un día enterrando a nuestros muertos y curando a nuestros heridos. Sólo podía ser Magón. Fue una bendición.. —He oído la orden. —¡Señor. Vi a Pío. Uno de los cartagineses venía arrastrándose por la hierba. Ni el alma de tu padre. Publio. vi lo que le hicieron a tu padre. con la armadura. sus grebas tenían tachones de bronce y a su lado estaba el estandarte de los Barca. Ah. con el blanco escorpión manchado de sangre. Tú. —¿Lo desollamos. que todavía empuñaba la espada. Con la espada. señor! ¡Aquí! Estaba tirado donde había caído boca abajo.

Lo supe entonces. Cualquier jefe militar sabe que tiene que obligar al enemigo. al final me traerían el agua que quedase. El resto bebió. como había planeado. y los caballos necesitaban más. Sonreí. como señaló Afer. sentados en el suelo. cojeando y sudando. No había. salobre. incluso los imitamos. lo sé ahora. Empezó a escasear. continué la marcha. El agua era otra historia. a subir hacia uno. Habíamos llenado los pellejos de agua en Baecula. Miré la larga columna de hombres. pero no lo encontraba. y las repetí una y otra vez. —¡Columna! —grité—. descansando. Después de mandar a dos hombres con un despacho para Fabio. la boca. Encendimos hogueras y celebramos un banquete con la carne. Cada hombre. Pero mis hombres estaban débiles. La estrategia fue arriesgada. Vi que los hombres señalaban. Era la hora del trago del mediodía y. Yo no lo hice. incluido yo. Acampamos al pie de una elevación. Sacudí el pellejo. Fue acalorado. Había unas gotas. tres veces al día. Di las órdenes cuidadosa y pacientemente. bajo el resplandor cegador del sol. los ojos. El terreno era montañoso. las orejas. Hice planes. pasaban la voz de lo que había hecho. una negra masa de moscas se me colaba veloz como una flecha. llevaba la suya. dibujando diagramas a la — 248 — . el ejército romano había caído en una trampa. Aprendimos a dejar las capas por la noche en los arbustos. suficiente para calmar la sequedad de la boca. con el lecho seco y pedregoso de un río a nuestra espalda y detrás del río un monte escarpado. Aposté exploradores. como había ordenado. Vi el ejército de Asdrúbal amontonarse en la elevación. para que por la mañana estuvieran húmedas de rocío. Mis exploradores informaron de que se acercaba un ejército por el suroeste. El agua era amarga. Una batalla es un juego de azar. Aquel atardecer no necesité descifrar las señales. Debió de pensar que. pero me ceñí a mis planes iniciales observando que. Así se produjo la batalla que llaman de Ilipa. Levanté el pellejo y lo puse boca abajo. sin desmontar. no sentimos asco. yermo y seco. Así seguimos avanzando. de todas formas. seguimos adelante. chapoteó y cantó y. y puse cuatro puestos de señales en las cimas que nos rodeaban. asentían con la cabeza. El agua bailoteó y goteó a tierra. se bañó. Convoqué un consejo. yo entre ellos. Lancé mis dados. a ambos lados. Cada vez que abría la boca para hablar.. Yo hice todo lo contrario. —A tres días.reconocer el terreno. ningún sitio por donde retirarse. Les chuparon los hígados crudos para calmar la sed. y por la tarde cavábamos pozos donde Edeco y sus edetanos nos indicaban. ya no teníamos elección. Llegamos al Ana. ¡En marcha! Di la vuelta a mi caballo para seguir la trayectoria del sol. nada más.. como Magón nos había obligado a hacer en Baecula. —¿A qué distancia está el río Ana? —pregunté a Edeco con los labios resecos. si puede. las narices. Oculté a la caballería en hondonadas. Dije a mis hombres que descansaran y durmieran. Tenía que escoger el terreno perfecto. al igual que Flaminio en Trasimeno. Algunos de nuestros hombres sintieron asco. Las moscas eran peor que la sed. Los estandartes eran escorpiones blancos sobre fondo negro. ya recuperados. muchos. Los más cercanos me observaban. Mi ordenanza se acercó con un pellejo de agua. Nuestras raciones de galletas de cebada y mojama eran suficientes. Racioné el agua: tres tragos por hombre. Edeco y sus edetanos encontraron y mataron una manada de asnos salvajes. Asdrúbal venía hacia mí. Se amontonaban en la más ligera mancha de humedad del cuerpo.

los soldados más experimentados no estaban allí. —¡Mía! —grité a las gaviotas—. A1 ver rodeada su fuerza principal. La recorrí durante casi dos años. Asdrúbal se dejó engañar por mi fachada. ¿Persigue reserva?» Sentí un escalofrío de alarma. y la suerte era la compañera inseparable del esfuerzo. nuestro centro cedió. y detrás de ellos. Los rumores pueden ser tan poderosos como la espada. había más de cuarenta galeras. pero aparecieron gritando y arrojando piedras y flechas. Como había planeado y ordenado. a tiempo de atajar mis crecientes temores. en la arena del río. no podía ser con muchos hombres. No. que treinta mil soldados lucharan como un solo hombre. Nuestros ejércitos parecían empatados en número. con los pesados asteros en el centro y la infantería ligera en los flancos. «¡Caballería. ¡Ahora! Los silbatos chillaron. las puertas abiertas y nadie en las calles. Y mi reserva era sólo de cien. absorbiendo al enemigo como una esponja. llegó otra ola de jinetes romanos. ¡Hispania es mía! Lo era. Mandé enviar la señal de «No». contra las espaldas indefensas de mis hombres. Hice alianzas con príncipes y cabecillas. si estaba huyendo. Me dirigí hacia la muralla sur. envió pendiente abajo otra ola de jinetes y escaramuzadores. que contara lo que Escipión había hecho. Ellos me pagaban — 249 — . Convoqué una asamblea con todos los centuriones y volví a explicar los planes. Consigue eso y la batalla está terminada. que sabían que tenían que esperar mi señal y dónde buscarla. utilizando la flota e internándome tierra adentro sin previo aviso. «Grupo escapa. Caídas de costado en el barro del puerto. Supe que habíamos vencido. sí. dije. El enemigo rompió la línea. Lo que no podía ver era que los asteros. No veía su estandarte. Asdrúbal hizo lo que yo había previsto. y muchos de sus caballos estaban cojos o tenían la tiña. llegó hasta el lecho del río y dio la vuelta. como había esperado. Lo que vio fue una formación romana clásica. y sentí una oleada de alegría ante lo que vi: la marea se había retirado. más lentos en sus corpulentos caballos de Liguria. Al mando de Lelio y Afer. comiera y estuviera preparado. dejaría huir a Asdrúbal. —¡Ahora! —ordené a los agentes de señales—. El agente de señales que había a mi lado dijo: —¡Señor! ¡Mira! El puesto occidental estaba enviando un mensaje. me dije. Yo contaba con que el ataque principal de Asdrúbal lo llevara a cabo su infantería pesada y con que cargase contra lo que él pensaba que era la nuestra. ya que estábamos perdiendo hombres. Los flancos dirigidos por Lelio y Afer viraron. Ya tenía una flota. nada más. Por todas partes había señales de partida apresurada. ordené transmitir otra señal. a las órdenes de Metelo. Asdrúbal atacó. Allí tenían que estar casi todos los hombres de Asdrúbal. eran una fachada. La red se había cerrado. adelante!». que daba al puerto. En cuanto vi que lo hacía. Encontramos Gades desierto. Miré abajo. con las primeras luces del alba. Edeco y sus edetanos llegaron un poco tarde. Yo estaba en el monte que daba al río seco y vi a su infantería bajar corriendo la cuesta y lanzarse contra el centro de nuestra línea. sino en ambos flancos. Así que. ocultos por vélites ligeramente armados y un surtido de hispánicos. Necesitábamos. Detrás de ellos tenía a los hispánicos que se habían unido a mí en Cartagonova.luz de las hogueras. Asdrúbal hizo lo que yo esperaba. el retumbar de cuyos cascos se oía con fuerza y claridad. Por entonces ya había ordenado a mi ejército que se levantara.

estoy haciendo dos copias. Tendré que decírselo antes del entierro. Me alegré de ver otra vez a mis amigos. Fabio se había opuesto. Eso lo entendían. es hora de curar las heridas. Con el resto de mi ejército. Frontino y Flavio estaban allí. topacios y glossopetrae caídas de la luna. barcazas. algunos satisfechos con sólo tocar mi capa y llamarme salvador de Roma. Se habían agrupado centenares de personas para recibirme. gabarras. si todos están de acuerdo. Se alinearon en la orilla mientras mi barcaza. Dividí el país en dos provincias y dejé una unidad de soldados romanos con Metelo y Afer en el mando. vi que habían cambiado las cosas. borracho. No hubo descanso. vitoreaba. no había creído que la normalidad se hubiera restablecido hasta aquel punto. con mi tesoro. aunque esta vez en el escaño de los padres. aceitado y con el pelo limpio. También estaba Lucio. A Fabio lo habían conducido en una litera. Ahora estaba lleno de gente y bullicio. Así que. se dirigía hacia el Tíber. bañado. Quería que yo presidiera las sesiones. porque ahora pienso que podría equivocarme. A1 día siguiente. No es momento de que mueran más romanos. Él no ha preguntado y aunque está todavía en cama. lleno de sueños rotos. Aurio está afligido. No. Aun así. volví a sentarme en el Senado. durante la noche. esmeraldas. y los vendedores ambulantes paseaban sus artículos por todos los muelles. El las pondrá a salvo de las vicisitudes del tiempo. No se lo he dicho a Escipión. empujados por Marcelo y sus legiones sicilianas. Cuando Escipión está dormido. rubíes. Tendré que buscar otra cocinera. barcas y botes de pesca se empujaban en busca de espacio. Mulca ha muerto. me dijo Fabio. en las galeras atestadas. amatistas. ¿volveremos a Roma? De todas formas. Yo me comportaba como si lo fuera. Además. con una desacostumbrada e incómoda toga blanca. — 250 — . informes que dictar y noticias que conocer. berilos. daba hurras y gritaba mi nombre. yo personalmente. engalanada con banderas. —Ya hemos visto mucha sangre y mucha división —dijo—. comenzaría la vista senatorial contra los que habían apoyado a Aníbal en Capua. Cuando atracamos en Ostia. Se tiraban al suelo para manifestarme su obediencia y me llamaban su rey. La gente aclamaba. no olvidemos que Aníbal todavía está en suelo italiano. a Brucio. Claro que somos una nación de comerciantes y gracias a Fabio teníamos el dominio del mar. oro. parece más fuerte y enfrascado en su historia. empujarme y tocarme. Sabía por los despachos de Fabio que Aníbal y su ejército habían sido confinados al sur. el mercado que había más allá del dique era un lugar vacío. De nuevo había un puerto y cientos de galeras. procuremos terminar antes esta historia. «Aníbal es ya un perro que ladra pero que no muerde». Ahora. cubrirme de flores. En Roma encontré un grupo que me esperaba en la puerta Tarpeya. Catón ya había propuesto la ejecución inmediata de todos los complicados.. Se fue en su sueño. Póstumo. las cuales. con tropas que alojar.. pero no la abstracción llamada «Roma». enviaré a Teógenes. Cuando partí. ¿o debería esperar el resultado de la apelación de Catón? Sea éste cual fuere. A mi manera. trabajo en ella: no corrigiéndola. yo también. zarpé hacia Roma. Recluté a muchos hispánicos para mi ejército y los entrené bien. Espero que esté lo bastante bien para asistir. La multitud comenzaba en Ostia. escribió Fabio. cuando Escipión haya terminado.tributos en plata.

pero oriental. Pero eso fue hace mucho tiempo. no griego. El interrogatorio prosiguió. la había presentado Fabio. curioso como un chiquillo. —De connivencia con Aníbal. magistrado y mercader. Oriente. dime —comencé—. Me di cuenta de que no opinaban igual algunos de mis pares. por supuesto. dije. Me gustaba aquel hombre. Le dije lo que quería y más. Labieno estaba aturdido y nervioso. pero sin su amo.. se hacen en tiempos de guerra. le dije al alguacil que llevara al hombre a mi despacho. Yo no estaba allí.El primero en aparecer ante nosotros fue Tito Licinio Labieno. —Bien. Entra y siéntate. Bien. alegando los servicios que había prestado a Roma. mirándome desde la silla—. Cuando llegó el descanso del mediodía. —Has enviado a buscarme. Escipión? Me reí y me retrepé en mi silla. —No lo sé. la solicitud. Cuando levanté la vista. Había animado a sus hijos a que se alistaran y mientras hablábamos. Yo le creí. Era de piel oscura. a quien se había nombrado senador mientras yo estaba en Hispania. —Aparté los papiros de mi escritorio y los puse en un cofre. —Extraño nombre. Tenía profundos ojos oscuros. ¿Dónde lo aprendiste? Era cordial. —Ah. desde el umbral. ¿De dónde? —De Calcedonia. escrupuloso y justo. estaban sirviendo en el — 251 — . dime. estaba sentado. No dejaba de repetir que no había tenido más remedio. Se sentaba erguido. Y sin embargo tu latín es perfecto. que en su corazón había conservado la fe en Roma. Vestía completamente de algodón blanco (blusa. Lo está dictando deprisa. ¿De dónde? No estaba seguro. Volvimos al tema de Labieno. pero creo que es un buen hombre y he descubierto que es un buen magistrado. Extrañas cosas. por cierto. ¿Es inocente tu amo? —¿De qué? —preguntó. en paz en su propia calma. sobre todo Catón. Es difícil poner esto por escrito. túnica y pantalones) y el mismo tejido le rodeaba la cabeza. pómulos salientes. Sentado detrás de Labieno había un hombre que me interesaba más. —¿No? ¿Dónde estabas entonces? —¿Se me está juzgando. Se le acusaba de haber hospedado a Aníbal y no negaba que el cartaginés hubiera estado en su casa. Eso me pareció. que esperaba impedir así el saqueo de Capua. Publio Cornelio Escipión —dijo en perfecto latín. una nariz finamente tallada y una boca estrecha. un sirviente. Cierra la puerta.. ¿cómo te llamas? —Bostar. —Así es.

Le pedí que diera el dinero a Artijes. pero mi mente estaba llena. los mosaicos y pinturas. las joyas y terracotas que Marcelo había aprehendido en el saqueo de aquella ciudad. pero déjame contar lo que recuerdo. Yo sentí pena al verle marchar. Tengo dos cosas más que decir. —Te pido que me cedas a Bostar de Calcedonia. en nuestro alojamiento. escribí una carta a Artijes para que se la llevara Labieno. » Por la mañana. lo mejor que pueda. un aristócrata ateniense y esteta. vuela. sino una infusión. Ahora que más lo necesito.. He de darme prisa. que sabría lo que yo quería que se hiciera con él. Se había colocado. Hannón. pero la mayoría estaba con Escipión. —No sólo a mí. y traído a Roma en barco. El arte. lo haré —respondió Labieno con entusiasmo—. tan seguro como la luna crece y mengua. con la protección de mi primo. Por favor. como tratante de arte griego. Estaba contento. porque había sido bueno conmigo. Aquella noche quiso que Labieno y yo cenáramos con él. Las respuestas de Labieno fueron torpes pero francas. Era uno de los recién llegados que me fueron presentados cuando volví. Notaba que un círculo se completaba. Labieno —dijo Escipión cuando hubieron recogido la mesa de la cena—. —Lo haré. — 252 — . la paga correspondiente. Las declaraciones terminaron. Accedió a enviarme mis escasas pertenencias y aquella noche. Bostar? Yo había tomado la decisión varias horas antes. Catón no estuvo de acuerdo. di que me traigan la infusión.ejército de Marcelo. Labieno me ofreció una bolsa de oro. «Me conmovieron —le escribí— de una forma muy extraña. muchas más. ¡Es libre! —balbuceó. También le pedía que cuidara de la viuda Apurnia y de su hijo. y que les ayudara como él creyera pertinente. —Pero no es un esclavo. Me reanimará. Sabes. Luego. no era agua lo que echaba de menos. comprensiblemente. Escipión votó por 1a retirada de las acusaciones. por favor. La audiencia continuó. —Entonces. tiempo. Pero antes de irte tengo que pedirte un favor. Lo que sea —dijo Labieno con alivio. Le pedía que tratara a tres de mis pacientes con una nueva poción en la que había estado trabajando y le daba la receta. —Lo haré. cómo hablaba y qué acicateaba su odio a Roma. al principio con las esculturas y vasijas. volverás a Capua mañana. con mucha miel. cuando estaba sediento en los desiertos de Siria. si tengo tiempo. había sido capturado en Siracusa por Marcelo. —¿Me servirás. de abandonar Roma. Habían pasado tantas cosas en los años que estuve fuera. por lo que había enseñado a sus hijos. querido amigo. Le dije que pensaba que todos los miembros de la familia eran fieles servidores de Roma. Tiempo. dijo. Escipión.. Escipión. Los ojos de Escipión se volvieron hacia mí. Corrige después esto. qué aspecto tenía. que le había traído a Roma. Dije adiós a Labieno. Yo hablé poco. —Pide. Nunca lo tuve. Mi separación de Labieno fue cálida. Bostar. Epicides. gracias a ti. Estaba deseoso de saber más sobre Aníbal.

Formaron equipo. Levántalo y maravíllate. La vasija de la que fluía el agua era de oro batido y se mantenía en alto sostenida por hilos de seda. El agujero del fondo a través del que fluía el agua era un diamante — 253 — . por un pasillo flanqueado de estatuas de hombres y mujeres. Lo hice. Hay muchas artes griegas. Abrí la parte frontal por la pequeña asa de plata y me quedé sin habla. un tal Teógenes. cuya mayor habilidad era la restauración. puedo enseñártelo —dijo. vestidos y desnudos. Escipión. ancho y rectangular. en movimiento y en reposo. pero lo saqué de donde pude. . Mármol blanco brillando. Todas tienen sus obras maestras. Epicides había enviado a buscar a un primo suyo de Atenas. Me detuve ante un joven que tenía el pie izquierdo y el brazo derecho adelantados. . La mandó hacer el rey Hierón. Teógenes y Epicides. sino ojos. poco a poco. Entramos y fuimos en silencio. un pobre objeto etrusco. La parte delantera y la de arriba estaban unidas por goznes. para esto no necesitamos palabras. —¿Cuál es la sustancia de ese arte del que hablas. Ninguna que hubiera visto antes o que haya visto desde entonces podía comparársele. Nos quedamos inmóviles. y ahora tengo muchas más.con gran celo. y abandoné el mundo de la política y la guerra. Escipión. Ya tenía una clepsidra. A la mañana siguiente. Decidme. una grandeza serena. —Se apartó un paso de la mesa—. —Si tienes tiempo. lentamente. —¿Que si me gusta? —respondí en griego—. La gente con la que nos cruzábamos me saludaba y decía mi nombre en voz alta. Ésa no es la palabra. —Es una copia. mirando. las formas eran etéreas. —Ahora. Así. —¿Una copia de qué? —Del Apoxyomenus del gran escultor Lisipo. y a comprarles. Teógenes abrió las puertas de un almacén largo. En el atrio de mi casa de Roma. reluciendo al sol. un rectángulo de la anchura de mi cara y de alto como mi brazo hasta el codo. El mármol estaba flanqueado por sendos grifos de lapislázuli. el placer que era mío es tuyo. eternas. Fuimos hasta los almacenes y depósitos. No tenía tiempo. —Te gusta —dijo Teógenes suavemente. al norte de la ciudad. Epicides y Teógenes pasaron a buscarme. Todos los músculos estaban claramente esculpidos. ¿qué se proponían? —¡Ah! —suspiró Epicides—. Di un respingo ante lo que vi. los dedos largos y quisquillosos de Teógenes abrieron la tapa de una caja de madera de sándalo. Epicides? —le pregunté en un banquete la segunda vez que nos vimos. y danzaban ante mis ojos. —¿Lisipo? Háblame de él. Dentro de la caja había otra de mármol blanco. empecé a aprender de aquellos dos atenienses. y la luz lo inundó. ¡Ésa es la cuestión! Creo que se preguntaban qué es la belleza y si reside en la proporción. Había en aquel cuerpo una simplicidad noble. pero muy buena —dijo por fin Teógenes—.

años. sí. —¡Debe de haberle costado meses construirlo! —No. empuñaba una vara que señalaba. me temo.. Teógenes. Exquisito. ¡Todos hemos oído hablar de los barberos corintios! Se ruborizó ligeramente y continuó. en el precio. —Bello. el precio. pensé. Me arrodillé. Ya lo discutiremos después de almorzar. — 254 — . imagínate: barbero. Es corintio. que quería conocerle en serio. Extraño. Cuando aclaremos el precio. Teógenes. —Porque el agujero de la vasija de arriba es muy pequeño. porque. —Teógenes se frotó la barba como hacía siempre que meditaba. Me di cuenta de que elevaba y bajaba los espejos casi por arte de magia. —Poikílon —dije a Teógenes en griego—.. Debes de tener hambre. para ser exactos. jorobado. se pega con el tiempo y el reloj pierde precisión. extraño. —Ah. Le pregunté quién lo había construido. como los chismes. Me reí por lo bajo. —Bueno. que se ponía en marcha moviendo una palanca que había al lado de la silla. o una de las Horas. Dos y medio. enseñando su único defecto. —¿Extraño? ¿Por qué? —Porque el joven era deforme. Dijo que su hijo no era de ésos. una musa. en todo caso. Y eso se refleja. El tazón invertido de abajo también era de oro y las horas estaban señaladas en una perfecta columna corintia situada a un lado. Me enseñó un complicado sistema de pequeñas poleas en combinación con canales. yo iba a cortarme el pelo a su barbería. su dentadura negra y desigual— está hueca.taladrado. semejante destreza. —Vamos. Pero Ctesibio pone la belleza que le falta en la que crea. a quien he estado apoyando económicamente durante un tiempo. —Cerrando la puerta de la clepsidra. Uno de sus frutos está ante ti en estos momentos. vamos. No pude pensar en un adjetivo latino para tal perfección. —¿Y el diamante? ¿Por qué no un simple agujero en el oro? —Porque la porquería. Increíblemente exacto. y su padre. ¿tengo razón? —Asintió con la cabeza—. dije—: Vamos al comedor. perfectamente tallada. Le dije que no. Ojillos de cerdo y los dedos gordos como morcillas. me contarás más cosas de Corinto. Me gustaría ir allí. Se puso junto a mí y vimos gotear el agua y elevarse la figura. —Teógenes —dije en voz baja. ¿Cómo puede flotar? —Porque —sonrió. Y necesita llenarse sólo de vez en cuando. y también exacto. así que le pregunté cómo lo hacía. Una delgada figura de marfil. Nunca había conocido semejante talento. ¿Quién hizo esta maravilla? —Un hombre llamado Ctesibio. Quise conocerle. Le di una moneda a cambio y me introdujo en un pequeño taller de la parte trasera. La suciedad no se pega en un diamante. levantándome—. mientras se elevaba en el agua. Dijo que su hijo. —Pero es marfil —dije—. las muescas de la columna. es el objeto más bello que he visto en mi vida.

—¿Aprobar? No es ésa la palabra. no podrías estar más equivocado. Teógenes. pronunciando la palabra como si toda la belleza de los mundos pudiera residir en un aroma. Pero Teógenes no me dijo nada más sobre los cachalotes ni sobre Corinto. Continuaremos esta conversación después de comer. quizá? —No. —¿Viene de Oriente? ¿De Partia? ¿De Bitinia. ¿Qué es? —Es —dijo. «Con todas las demás artes trato —le gustaba decir—. Teógenes? Había hecho una ciencia y un arte del olor. seguro. He visto dibujos en brazaletes y medallones galos y he hablado con marineros que los han visto. es posible que haya percibido el olor del ejército durante demasiado tiempo. y del esperma de un pez sin igual que nada en las aguas frías de allí. y baila! —Se echó a reír. o eso dijo el hombre. donde lo único bueno que hay es el estaño. Ésta es su base. —olfateé de nuevo—. —Sonreí y miré fijamente aquellos profundos ojos castaños cuyo iris brillaba en un mar de marfil blanco—.. —Teógenes. acerqué la cabeza para oler mejor su aroma. Escipión. Teógenes. ya estás otra vez. tan delicado y profundo que podía detener la mente y acelerar la vida. hasta hace dos meses. —¿Qué perfume te pones. Huele —dijo. —Bien. Abrí los ojos y volví a oler: era misterioso. Ahogué una exclamación y cerré los ojos. Con ésta me desbordo. manzanilla y. etéreo. Era un aroma tan fino.. —Bien. Más lejos. Se lo compré a un mercader que había. —¡Por supuesto.» —¿Qué piensas tú? —Yo diría que la base es bergamota con anís y. posiblemente. Huélelo. dijo. Acabábamos de ponernos de acuerdo sobre el precio del reloj y le estaba dando el oro cuando entró Catón. —Rió por lo bajo. Este perfume es una novedad total. No hay nada nuevo bajo el sol. —Mi querido Escipión —dijo—. ¿Este aroma es de la tierra o del cielo? Es extraordinario. Viene del noroeste. cambiando el griego por el latín—. Percibí el olor de lo que nos habían preparado—. Vamos. creo lo que se dice. agitando la gorda barriga—.Mientras nos dirigíamos juntos al comedor. —¿Ámbar gris? Nunca lo había oído. algo de limón. quité el tapón y me lo acerqué a la nariz. Aplaudió con alegría. Este pez se llama cachalote. pagado el rescate de un rey por él. Cogí el frasco.—Oí la puerta de la cocina. bien —dije. — 255 — . —Ni yo. Teógenes. —Así que lo apruebas. Nihil sub sole novum.—Sacó un pequeño frasco del bolsillo de su corta capa y me lo tendió—.Y ese pez además habla. recogiendo el frasco— ámbar gris. de unas islas escondidas siempre entre la niebla y la lluvia. No.

. para que pudiéramos luchar de igual a igual en la llanura. no tendría que estar mucho tiempo allí. En varios estadios a la redonda no había nada. no tendría opción para retroceder. Él y su ejército estaban en tierra. Mis exploradores comunicaron que había manantiales allí y dijeron que el agua era potable. Mientras el sol llenaba el cielo por el este. Supe que no necesitaba preocuparme cuando vi el terreno que nos había preparado. en el Ticino. Di vueltas al tema en mi cabeza. un padre o un hermano a manos de Aníbal. Supongo que habéis estado hablando de eso del arte. Sitié la ciudad de Útica. —Es peligroso —dijo el viejo Fabio— atacar a un lobo acorralado en su guarida. Tras pasar de puntillas junto a Marcelo por la noche. Útica. si atacaba por la retaguardia. sin embargo. Pero enfrente de esa colina había otra. salvo que volviera a los barcos y a Roma. Durante días nos sentamos y esperamos. Ya. A1 cabo de dos meses oí que Aníbal había llegado. Montaba su caballo con facilidad. en cambio. Y en número nuestros ejércitos estaban igualados. hice dibujos en la arena. arrastrado por la llanura. Lo había visto por última vez. Nuestros suministros empezaban a escasear. dieciséis años antes. Vi el resplandor. bueno. Espié sus movimientos con cuidado. el brillo y el humo de su ejército acampado en la ladera de una alta montaña que se elevaba sobre una llanura. Resopló para aclararse la nariz—. Debería haberle tocado a Cartago. ignorando las protestas de muchos y diciéndoles que se quedaran en sus puestos. un momento. oíamos el rumor de las voces enemigas. Mis hombres estaban nerviosos y tensos. No podía ensayar la solución. satélite de Cartago. y siempre el barritar de varios elefantes. Estaba en mitad de la llanura cuando vi a un jinete que bajaba por la otra colina. Teníamos que luchar o irnos. Quería arrastrar a Aníbal allí. El nombre de la llanura. Era cierto lo que habíamos oído: la órbita izquierda de Aníbal estaba vacía. No había allí ningún romano que no hubiera perdido un amigo. según la caballería númida que había contratado. no sólo había ladrado sino que había mordido. tenía llanuras por tres lados. sino hacia Africa.—¡Así que estás aquí! ¡Los mensajeros del Senado te están buscando por toda Roma! Y te encuentro aquí con tu. Mi mente estaba clara. Aníbal. Fue una treta. De todas formas. sin siquiera sujetar las riendas. El sudor brillaba en su frente. ni ventaja topográfica que pudiéramos aprovechar ninguno de los dos. había capturado y saqueado Tarento. no partí hacia Hispania. al parecer. Preocupaban a Lelio: como bien dijo. monté a caballo e. que dominaba la llanura. si el viento era propicio. — 256 — . Por la noche. A la mañana siguiente temprano me puse la capa rojo sangre y me dispuse a llevar a cabo lo que había estado formando en mi cabeza. es cierto. con tu amigo. Esta vez. interminable.. bajé solo por 1a colina. Y me necesitaban. ¿No sabéis que hay una guerra? Bueno. El Senado estaba caldeado y cargado. Fui a mi colina. sólo desierto vacío. por su cuenta. Lo miré.. cubierto de arbustos espinosos. empleando muchos exploradores. de manípulo en manípulo. Así que en menos de un mes preparé a otro ejército romano para ir a la guerra. te necesitan en el Senado. y él a mí. Mi corazón latía... Hay un modo mejor. nunca nos habíamos enfrentado a ellos. tu amigo griego —dijo Catón sonriendo de lado. Supe que era él. hacia mí.. llano. Ambas monturas aflojaron el paso. era Zama. al parecer. Algunos se levantaron para solicitar que se enviara otro ejército contra él y expulsarle de una vez. pero temía los riesgos que correría allí. cuando nos acercamos. Aníbal había elegido aquel lugar. pero una y otra vez.

Aníbal. Buscando en el bolsillo de la túnica. mi ejército esperó. —¡Aníbal! —grité. antes de la batalla de Zama. Bueno. en la clásica formación de tres cuerpos. El ejército de Aníbal era una larga columna de cuatro en fondo con unos cien elefantes detrás. —Al ataque —dije con el silbato. Mi caballo espantó las moscas. espoleé a mi caballo y extendí la mano abierta hacia él. —¿Brillante. dio media vuelta al caballo y se marchó. —¡Pero puedes aprender a vivir en la paz! —respondí. Así. con la caballería en los flancos. Tengo algo para ti. Giró la cabeza—. aquél era Aníbal. Mis exploradores informaron que el ejército de Aníbal estaba haciendo lo mismo.. Sólo hice lo que tú me enseñaste. por lo que le habíamos hecho a su esposa. Entonces me sorprendió. Vi un grupo de jinetes en la colina de enfrente. —Eso no importa ahora.. He oído hablar de tus batallas en Hispania. Por los dioses. porque. organizado en cuadros perfectos. pero ¿sabes bailar también? ¡Si sabes. Me reí por lo bajo y cancelé las órdenes. bajo el mando de Afer. —Curiosidad. Sonrió y se movió en la silla. —No.—¿Cómo perdiste el ojo? —le pregunté en griego después de un largo silencio. Su dentadura era marrón y estaba rota. —Su voz cambió—. Le pregunté por qué tenía que luchar. ¿qué es lo que quieres? ¿Por qué has venido? —¿Por qué lo has hecho tú? Se rió. dos generales hablaban como hombres. Escipión. Parecía un damero. —Que los hombres duerman hasta el amanecer —dije. Dijo que por un juramento que había hecho de niño. me miró fijamente y se fue. con mis acostumbrados agentes de señales y diez hombres.. romano —respondió en latín. Yo me quedé atrás. luego al galope. Similce. — 257 — . Siguiendo mis órdenes. A plena luz. Lo cogió. Es lo menos que he sufrido. Aníbal? A duras penas. Vi entre los jinetes el destello de unos espejos de bronce. porque no sé hacer otra cosa. y a la tumba de su padre. —Y porque. lo admito. en dirección hacia mis principales fuerzas. No tenía que atacar hasta que sucediera lo que yo esperaba que sucedería. su peto negro y manchado. A la mañana siguiente hice que mi ejército se levantara muy pronto para desayunar. Brillantes tácticas. supuse. Dio un bufido. Ahora sé que sabes saltar. Ofrecí la paz a Aníbal. veremos quién baila más rato! —Dicho esto. En ella estaba el anillo de Magón. y desde luego no bajo el gobierno de Roma. Vi que el pelo se le estaba volviendo gris—. Quería ver al gran general de Roma antes de machacarlo. la piel de su cuello con manchas y arrugada.. su torso corto y fornido. Dos grandes grupos de caballería se lanzaron al medio galope desde los flancos. Su voz era baja y profunda. dos ejércitos bajaron hacia la llanura. —Vosotros los romanos hacéis un desierto y lo llamáis paz —dijo.

Afer y una turma de caballería los vieron también. La lucha fue igualada. No persigas. volviendo a formar lo mejor que pudieron. Su tercera línea tropezó con los pilos de mis triarios. Lentamente. La formación en tres cuerpos se convirtió en diez columnas y al abrirse formó anchas avenidas sembradas de pilos. Vi que el grupo de jinetes del otro lado abandonaba. — 258 — . subía la cuesta. Con fulgurante armadura. pintarrajeados con pinturas estridentes. ahora detenidas. la batalla de Zama se ganó. dejando una avenida en medio. Había puesto mucho en mi caballería. sino en un choque de caballerías a lo lejos. dos hombres curtidos frente a frente. No hubo maniobras ni tácticas. Con una precisión perfecta. Lo dejé vivo. mi caballería rompía la formación. como una pared de arena se desmorona cuando sube la marea. No tenía sentido hacer una señal con aquel estruendo. Mis hombres continuaron. empezando por la ingle. Lo había aprendido de él.La caballería chocó en mitad de la llanura. Tenía que fiarme de mis planes. Tres chocaron con una de mis columnas y la aplastaron como si fuera trigo durante una granizada. tuvo lugar lo más bello que he visto en una guerra. como había esperado. Una y otra vez. mis hombres realizaron la maniobra que les había indicado. Quería que fuera libre. «No —le indiqué mediante señales—. pasaron sin causar destrozos por las avenidas. La mitad quiso perseguirlos. No sé cómo habría terminado todo si mi caballería no hubiera vuelto y atacado a Aníbal por la retaguardia.. Otra tanda de destellos y los cartagineses viraron hacia el oeste. y me adormecí en la silla. su línea avanzó hacia la mía a la carrera. Pero Afer esperó. desesperada. Pero entonces. sangriento. La primera línea de Aníbal y la mía se mataron entre sí. sentí que me cubría un sudor agridulce. ¿Cuál era el plan de Aníbal? Golpeando los escudos con las espadas. los soldados supervivientes avanzaron a la carrera y. Despertó un par de veces durante la noche silenciosa y diáfana. lo dejé ir. Pidió agua en una ocasión. Pero no era mi victoria. mientras miraba. Su casco reflejó el sol y supe que me estaba mirando. su línea se fue rompiendo. se reagrupaba y volvía a cargar mientras el sol subía en el cielo. ¿Me había equivocado? Pero tres o cuatrocientos pasos antes de que la línea de Aníbal chocara con mis asteros. le di un trago. dos hombres experimentados. entre los dos ejércitos. Zama fue cruel. En el momento justo. junto a su cama. libre. no en la llanura. Y entonces sucedió lo que esperaba. La luna ascendió lentamente. El largo día llegó a su fin. Cerré los ojos y respiré hondo. en la arena. Digan lo que digan los historiadores. pero casi los aplastó con su cuarta línea.» Había ganado. Ya ves. los barritantes paquidermos de Aníbal se lanzaron contra mis hombres en filas de a tres. como había ordenado. haciendo vibrar la tierra por la abertura formada entre sus columnas. su formación se partió en dos columnas. Las líneas siguientes lucharon sobre los cadáveres de las primeras. Muchos elefantes. Sosteniéndole la cabeza con el brazo..

La primavera está aquí. Todos los esclavos de esta finca serán liberados. Ahora ya no importa. Me agité incómodo en la silla. El agua lame las piedras de la isla. Yo me quedé allí mientras Escipión se inclinaba hacia delante. Los ojos de Escipión se abrieron. con una toga blanca de lana y su anillo de sello. querido amigo —susurró—. Nada. Es tan voluble como el vuelo de una mariposa. Su mano derecha cogió mi brazo y lo apretó. Quizá Catón tuviera razón a fin de cuentas. planeando por encima de su propia sombra. en el pasillo. cayó y expulsó el aire. Las garzas reales que anidan allí salvarán su alma cuando. estoy sorprendido. El polvo flotaba en el aire.Se despertó al amanecer y pronunció mi nombre. al lado de la puerta. apoyándose en los brazos de la silla. Me miró y sonrió. El tiempo pasaba. —Omnia fui. Aurio todavía estaba dormido. Me acerqué y trató de sentarse. Sus libros irán a la biblioteca pública que se construirá en Roma con dinero que él ha dejado. he leído el testamento de Escipión esta mañana. Dicho esto. Massalia y Cartagonova. Veo que mis membrilleros están en flor. descubrirá que está en blanco. Tosió. Aun así. mirando por la ventana como si viera por primera vez lo que había allí. vuelvan de pescar. El pino muerto que hay allí está pelado por el sol y sus ramas se extienden hacia el cielo como los dedos de una mano estirada. buscando la absolución. pero temía que Catón no se arredrase ante la profanación. Tal como dispuso la primera vez que vinimos a este lugar. He de ejecutar las disposiciones que Escipión ha establecido. se desplomó y cerró los ojos. Parecía más joven y despejado. Catón no será capaz de cambiar sus términos y el dinero de Escipión no será para la Roma de Catón. llama a Aurio y llevadme a mi silla. Oí los cencerros de las vacas en los campos lejanos. Lo he sido todo y no queda nada. Sus ojos ardían. con las alas extendidas. mientras Aurio lavaba y amortajaba el cadáver. lo abriera antes de que se hiciera público y tergiversara sus términos. Como es habitual. el capataz de la finca. envuelto en una capa. Su mano aflojó mí brazo. Si Catón intercepta ese testamento. El sol primaveral llenó la habitación con una luz vibrante. como si la fiebre hubiera desaparecido para irse a otro sitio. Escipión todavía malogrará sus planes desde la tumba. Escipión amasó una vasta fortuna. Lo desperté con suavidad. Lo enterraremos hoy tal como hace varios años me dijo que quería. informe. et nihil expedit. redactado legalmente ante escribano y con testigos. Pareció quedarse dormido. Mi quinteto de árboles. Hay oro depositado en bancos de Roma y Capua. Todo estaba quieto. Aurio dio un paso atrás. ¿Permitirá Catón que eso se haga? — 259 — . Escipión murió suponiéndola viva: Frontino hereda la finca y la casa de Roma. para Macrón. Hay unos bonitos legados para Aurio. levantando la cabeza de la almohada. Bostar gimió—. y para Mulca: me ocuparé de que se le dé a su pariente más próximo. la primavera. —Veo el sol —dijo maravillado—. Oí el estertor en su garganta y Publio Cornelio Escipión el africano expiró. en la isla del lago. Escipión había entregado un testamento a las vestales. Bostar. El que tengo es el auténtico. Hace eso. libre. eternamente. cada uno con una pensión vitalicia. —Bostar. Llevamos al hombre que servíamos a su estudio. y lo sentamos en su amada silla. cada tarde al ponerse el sol. Antioquía e incluso Cartago.

hizo una entrada triunfal y se le concedió el título honorífico de Africano. Que en Hispania se quedó con oro y plata que deberían haber ido a parar al erario de Roma. creo. creo.No lo sé. alegando que era perjudicial para Roma. Ésa es la canción que hay dentro de mí. Escipión se negó a contestarlas. y su nueva forma de hacer la guerra. vastas riquezas. Pero todavía tenía el apoyo del pueblo y. — 260 — . Roma puede aprender de ellos y crear una literatura propia. que una sociedad sin libros es estéril. su clemencia hacia Cartago fue contraria a los intereses de Roma. encontraré en sus comienzos lo que los hombres creen terminado y unido lo que creen separado. aunque Catón no. III. Volvió a Roma después de haber hecho un tratado con Filipo que muchos dijeron que no debería haber hecho. como agua que fluye bajo el hielo. aunque Catón y sus seguidores se oponían a ambas cosas. especialmente a Homero. Después de su campaña de África volvió a Roma. a causa de su aspecto. II. seguramente. Ellos saben. Propuso la construcción de una biblioteca pública y un teatro. En Capua. aprovechándolo. el gran rey seléucida. Hubo preguntas en el Senado sobre los gastos. De nuevo. Que en Hispania se alió con muchos hispánicos enemigos de Roma. ambos con la enconada oposición de Catón. celebró unos pomposos funerales en honor de Fabio Pictor. aunque con la cultura y no con las armas. En Capua. —¿Cómo os atrevéis a preguntar por el coste del funeral de un hombre al que debéis la vida? —dijo. y para el juicio. Escipión condujo un ejército romano y yo estuve con él. Es un proceso que comenzó Escipión y será un producto de la paz que Escipíón conquistó. Casó a su hermana Cornelia con Póstumo. El resto de su legado financiero. condujo un ejército hasta Macedonia y derrotó a Filipo en la batalla de Cinocéfalos. que había muerto mientras él estaba fuera. Que. Se dedicó al arte griego y a embellecer la ciudad. En las elecciones consulares derrotó a Catón en una dura campaña. La supuestamente invencible falange griega se desmoronó ante Escipión y sus veteranos. Así que tengo que irme y hacer lo que tengo que hacer. el creciente poderío de Antíoco. Compró esta finca de Literno y empezó a pasar gran parte de su tiempo aquí. Algunos. Que aceptó sobornos de Cartago a cambio de condiciones favorables de paz. ahora hijo adoptivo de Fabio Pictor y conocido ya. el ciclo da la vuelta. Dejo mucho por resolver y Escipión mucho por contar. I. Pero pronto descubrió que Roma se enfrentaba a una nueva amenaza. Supongo que debería consignar aquí las acusaciones formales contra Escipión. apoyarán el plan. Aquello resultó decisivo para la acusación contra Escipión y su hermano. después de la batalla de Zama. De nuevo venció. IV. Con el tiempo. y se encontró con que el partido de Catón había ocupado todos los puestos importantes del Estado. la Grecia cautiva cautivará a su captor. Había diez. es para mí. como Fabio Pulcro. Fue mecenas del poeta Ennio y le animó a imitar a los griegos. de nuevo fue clemente y firmó un tratado de paz con Antíoco que Catón atacó con vehemencia. incluso a decir de dónde había salido el dinero. Con Lucio de legado involuntario (y conmigo de cartógrafo). Y aunque esos libros sean sólo griegos al principio.

Que tenía un compañero inusual. Escipión ha muerto y conservo en lo más profundo de mi cuerpo la oscura semilla de su sueño.Que. Apurnia y mis estudios. VII. » ¿Qué querrá decir eso? Es una acusación de la que me siento orgulloso. VIII. Lelio confirmó lo primero. por su helenismo. pero he dejado mucho por decir. él y su hermano Lucio aceptaron sobornos para retirar a las legiones romanas. Y hay muchas cosas que podría añadir. Como el destello de un pez en un estanque. Todo está relacionado. La historia está incompleta y las copias serán así más plenamente copias. Mucho de lo que hizo Escipión fue en la época en que la constitución estaba suspendida. como mi convicción de que Lelio intentó violar a Cornelia hace varios años. Se acabó. gloriosa quizá pero estéril. como el recuerdo de los sueños. pero desde un punto de vista filosófico. después de cada una de sus campañas. si se sabe ver. Lo que fue ha terminado.. siendo un enigma. VI.Que. No dudo que Escipión obrara mal muchas veces. V. sus hijos. No voy a terminarlas ahora. Que. que ni siquiera era ciudadano y al que revelaba todos los asuntos de Estado. Ahora dejémosle entrar en la serena gravedad de la lluvia. He señalado aspectos de mi pasado. contemporizaba en Roma y se dedicaba al arte griego y a otros intereses y no a los de Roma. había estado por encima de la voluntad del Senado y del pueblo de Roma. el día que Cornelia llevaba un mantón durante la cena. Era su propia ley y ha muerto como vivió. por ejemplo. después de derrotar a Filipo de Macedonia. ¿Y la acusación novena? No fue como ellos pensaron. y esta historia. un tal Bostar de Calcedonia. Dejémoslas asentarse y que esta historia adquiera tal significado que celebre la ausencia de lo que no le pertenece. El resultado fue la traición cometida durante el juicio. Pero prefiero dejar estos asuntos para que quienes me sucedan puedan indagarlos. Por lo que a mí se refiere. ¿Cuánto de esto es cierto? En el juicio. — 261 — . Que. semejante al mismo Escipión. había pervertido las virtudes de Roma. Más importante es recordar que hay mucho por aclarar en las acciones de Catón y en su implacable enemistad contra todo lo que no sea de Roma. durante toda su vida. Artijes. Que. dejo sin terminar la historia de Labieno. no he hablado del tiempo que estuve con Aníbal.. Renuncio a las palabras. «Inusual. ¿Qué más queda por decir y por hacer? No he terminado las dos copias que estaba preparando para enviárselas a Teógenes. después de derrotar a Antíoco de Siria. no jurídico. en el paso de la colina hacia el mar. Con aquel rechazo y aquella violencia comenzó la corrupción de Lelio. él y su hermano Lucio aceptaron sobornos para retirar a las legiones romanas. Comienza una nueva época.

Escipión debió de morir un par de días antes. El veredicto fue de absolución. sollozando. Bostar dijo que era mejor estar lejos. más exactamente. donde hay un hombre escondido de la venganza de Roma.. y que me dio mucho de lo que soy y de lo que pueda ser aún. en los límites del imperio romano. y ahora voy a conocer al hombre que tanto conmovió a mi madre. Vino a buscarme a Capua. Oí el resultado en Capua la víspera de la llegada de Bostar. Pero sus lágrimas me parecieron de alegría. no de dolor. de la apelación de Catón contra el veredicto emitido tras aquel juicio. Pero a mí me parece importante consignar el resultado del juicio de Escipión. No estoy seguro de entenderlo. ¿Quién no había oído hablar de Escipión el africano. Él se ha ido a Bitinia.. ¿Tuyo o suyo? No lo dijo. EPÍLOGO Hace frío aquí. veo el mar brillante y cada día busco las velas del barco que estoy esperando y del hombre al que traerá. Paseo por las montañas pobladas de ciervos y escucho los quejumbrosos gritos de las aves que pasan volando. Veo que Bostar deja muchas cosas sin resolver. aquí en Macedonia. una vez más. no a morir ni a guerrear. Compró esta casa para nosotros. Bostar dice que nadie podía conocerlo porque él no se conocía a sí mismo. — 262 — . la gente solía decir que era un dios. Dijo que era el hijo del mayor anhelo de amor que había conocido. Viajamos. Tengo un preceptor. no tendría que haber sucedido. como me dijo Bostar. Podía haber vuelto a Roma y. Por esta historia veo que fue ante todo un hombre. Así que espero. el brillante general. Pero Bostar también dice que la gente le amaba a pesar de y por esa falta. haber recuperado el lugar que le correspondía. dijo. Luego los tres aprenderemos a amar y a vivir. Soy joven. El cielo es brillante y azul. donde nadie nos conoce y somos libres. sola. en las colinas de la costa. La dejamos llorando. Habló con mi madre Apurnia y me sacó del lugar en el que había nacido. Yo soy Hannón. al que no he conocido. mucho oro para pagar a los carreteros y a los vendedores ambulantes que me traen mercancías. Leo una y otra vez la historia de la vida de Escipión que me ha dado Bostar y a la que me ha sugerido que añada un epílogo. el hijo de Aníbal. confirmó que era cierto. Por lo demás. o. como un cometa que no se consume pero arde más allá de las estrellas lejanas. Todo el mundo se enteró en Italia de la noticia al cabo de unos días. La luz es clara y pura. Cuando miro fuera. ¿O habría hecho Catón imposible el regreso de Escipión? No lo sé y no veo la utilidad de explayarme sobre este asunto. ¿De quién?. Mi padre fue. Si Escipión murió porque se le rompió el alma y porque su mente no soportó tanta tensión.. Nunca la había visto llorar. y mi madre. ese anhelo suyo. le pregunté. el helenófilo. un hombre al que me habría gustado conocer. sirvientes. Bostar encontrará a mi padre y lo traerá aquí. Es opción suya. el salvador de Roma? En Capua. no espero nada. Los sucesos que Escipión ha descrito formaron el mundo y me concibieron.. Bostar me lo dijo en Capua.

disolución de la liga latina 338 La Campania se incorpora al Estado romano 310 Los romanos entran en Etruria 298-290 Tercera y última guerra samnita 280-275 Pirro de Epiro invade Italia y es derrotado 264-241 Primera guerra púnica contra Cartago 247 Nacimiento de Aníbal Barca en Cartago 236 Nacimiento de Publio Cornelio Escipión en Roma 234 Nacimiento de Marco Porcio Catón en Túsculo 223 Antíoco III (el Grande). CRONOLOGÍA La grandeza de Roma 814 a. Fundación de Cartago 753 Fundación de Roma 509 Expulsión de los reyes. soberano del reino seléucida 221 Filipo V. llamado a África 202 Batalla de Zama — 263 — .C. rey de Macedonia 218-202 Segunda guerra púnica 217 Batalla del lago Trasimeno 216 Batalla de Cannas 215 Filipo de Macedonia se alía con Aníbal 213-211 Sitio de Siracusa 209 Escipión invade Hispania. en Italia. invade África 203 Aníbal. nace la república romana 496 Roma aplasta a los latinos en la batalla del lago Regilo 450 Publicación de las leyes de las Doce Tablas 366 Primeros cónsules plebeyos 34o Rebelión del Lacio. se apodera de Cartagonova 208 Batalla de Baecula 206 Batalla de Ilipa Hispania se divide en dos provincias 204 Escipión vuelve a Roma. elegido cónsul.

Fabio Pictor publica la primera historia de Roma 200 Roma declara la guerra a Macedonia 197 Batalla de Cinocéfalos: Filipo derrotado 195 Catón elegido cónsul 194 Escipión elegido cónsul por segunda vez 192-189 Guerra siríaca entre Roma y Antíoco 189 Batalla de Magnesia: Antíoco es derrotado 188 Comienza el juicio contra los Escipiones 184 Catón es elegido censor 182 Muerte de Escipión y de Aníbal 167 Abolición de los impuestos directos de los ciudadanos romanos 149 Muerte de Catón 149-146 Tercera guerra púnica. destrucción de Cartago África se convierte en provincia romana 148-146 Cuarta guerra macedónica Macedonia pasa a ser provincia romana 146 Corinto destruida La república romana llega a su cenit — 264 — .