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TEMA 3

EL FUNDAMENTO DE LA DSI: LA PERSONA


HUMANA EN EL DESGINIO DE AMOR DE DIOS

3.1 LA PERSONA HUMANA COMO IMAGEN DE DIOS


3.1.1. La dignidad humana.

Según la DSI por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene
la dignidad de persona. La semejanza con Dios revela que la esencia y la
existencia del hombre están relacionadas con Él de modo más profundo. El
hombre y la mujer tienen la misma dignidad y son de igual valor. Cada uno es
un ser singular, único e irrepetible. Podemos definir persona como un sujeto de
naturaleza racional. Persona denota una naturaleza dotada de inteligencia y de
libre albedrío. La libertad proporciona dominio sobre los propios actos, de aquí
que la voluntad humana sea una voluntad libre. En virtud de su libertad, el
hombre y la mujer se auto determinan a actuar y tienen capacidad para dirigirse
al bien por sí mismos. La razón y la libertad denotan la existencia de un principio
que tradicionalmente se llama alma (espíritu). En el libro del Génesis en el
Capitulo 9, Vesículo5, Dios le dice a Noé que “a todos y cada uno reclamaré el
alma”. Desde esta perspectiva la vida del hombre es sagrada e inviolable. De ahí
el 5º mandamiento “No matarás”, y el precepto “de amar al prójimo como uno
mismo” podemos concluir que quien hiere al hombre hiere a Dios. “Todo
hombre-sean cual sean sus convicciones personales-lleva dentro de sí la imagen
de Dios y, por tanto, merece respeto” (CA 22)

Por otra parte, cada persona está dotada de unas capacidades innatas que
se van desarrollando con el paso de los años que le permite crecer y desarrollarse
como ser humano y aflorar aptitudes y cualidades. Por eso “la persona humana
tiende por naturaleza a su propio desarrollo” (CV 67), un desarrollo humano
integral y que ha de procurarse para todas las personas. La DSI enseña que la
igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más
humana y más justa, y que se superen las excesivas desigualdades económicas y
sociales entre los miembros y los pueblos de la única familia humana (GS 29).
Hablamos aquí de discriminaciones injustas: esclavitud, servilismo, racismo,
xenofobia, etc.…
3.2.2 La naturaleza social de la Iglesia.

La naturaleza humana según la DSI es relacional y social (GS 25 y CV 44)


Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer.
Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión de primera de la comunión de
personas. EL hombre es en efecto por su íntima naturaleza un ser social y no
puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás. Pero la
realidad humana ha quedado afectada por el pecado, toda la vida humana, la
individual y la colectiva se presenta como lucha, y por cierto, dramática entre el
bien y el mal (CV II, GS 13). Esto significa que toda la realidad humana, también
su dimensión social, ha quedado afectada por el pecado. La consecuencia de éste
es la separación de Dios y la división del hombre, no sólo de Dios sino también
de sí mismo de los demás hombres y del mundo circundante. Ante esta evidencia,
la DSI enseña que el hombre y la mujer, las asociaciones y los Estados deben
guiarse bajo la ley natural y los principios de justicia y equidad.

3.2. LA PERSONA HUMANA Y SUS MÚLTIPLES DIMENSIONES

Frente a concepciones reductivas del hombre y la mujer, la DSI enseña que


“la persona no debe ser considerada únicamente como individualidad absoluta,
edificada por sí misma y sobre sí misma, como si sus características propias no
dependieran más que de sí mismas. Tampoco como mera célula de un organismo
dispuesto a reconocerle, a lo sumo, un papel funcional dentro de un sistema”
(CDSI 125). La persona humana tiene una doble dimensión personal y
comunitaria. Como ser personal está dotado de cuerpo y alama en perfecta
unidad; no es lítico por tanto despreciar el cuerpo; se debe tener éste por bueno
y se debe honrar; con su espíritu descubre su superioridad, su inmortalidad y su
destino; se descu re abierto a la transcendencia; es irrepetible; es sujeto activo y
responsable de su propio proceso de crecimiento, junto con la comunidad a la
que pertenece. Una sociedad justa puede ser realizada solamente en el respeto de
la dignidad transcendente de la persona humana. EL orden social, pues, y su
progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la
persona.

Por otra parte, según la DSI, Dios ha hecho al hombre y a la mujer libres,
ha querido dejarles en mayor de sus propias decisiones; el hombre y la mujer
aprecian esta libertad y la buscan con pasión (CDSI 135). Según la DSI, la libertad
exige que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, sin ningún tipo
de presiones ni coacciones. Esta libertad de la persona es muy amplia pero no es
limitada pues ha de reconocer el orden puesto por Dios ¿Cómo reconocer este
orden? El juicio de la razón impone a la persona la realización de determinados
actos acordes con determinadas realidades que llamamos verdades objetivas.
Al ejercer la libertad de acuerdo con la verdad, el hombre hace actos moralmente
buenos y construye su propio desarrollo y el de la sociedad. EL ejercicio de la
libertad implica la referencia a una ley moral natural, de carácter universal que
precede y aúna todos los derechos y deberes. EL hombre y la mujer deben aceptar
esa ley natural que Dios les da y deben reconocer que el poder de determinar el
bien y el mal no pertenece a ellos, sino sólo a Dios. Esta ley natural no es otra cosa
que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias ella
conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. En sus preceptos
principales, está expuesta en el DECÁLOGO (10 Mandamientos) e indica las
normas primeras y esenciales que regula la vida moral. La ley natural expresa la
dignidad de la persona y pone la base de sus derechos y de sus deberes
fundamentales.
3.3 LOS DERECHOS HUMANOS
Los derechos humanos se desarrollaron en Occidente en la Edad Moderna
y Contemporánea como defensa ante el absolutismo monárquico. Como
ejemplos tenemos la Petitiou of Right 1628 y Bill of Rights 1689. Las ideas de
estos documentos se reflejaron luego en la Revolución Norteamericana y en la
Revolución Francesa del siglo XVIII. Esta última los universalizó y entraron a
formar parte de la conciencia europea como muy relevante este movimiento
histórico de identificación y proclamación de los derechos del hombre en la
mayoría de los Estados. El Magisterio de la Iglesia ha evaluado muy
positivamente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre proclamada
por las Naciones Unidas el 10/12/1948. Juan Pablo II la definió como “una piedra
miliar en el camino del progreso moral de la humanidad” Esta declaración tiene
valor de Derecho Internacional Consuetudinario, pero no de tratado
internacional (no es vinculante). Por eso fueron necesarios los PACTOS
INTERNACIONALES DE DERECHOS HUMANOS Y SUS PROTOCOLOS
que entraron en vigor en 1976. Todos estos documentos forman la Carta
Internacional de Derechos Humanos de la ONU. Pese a su formulación reciente,
el concepto de derechos humanos está implícito en la tradición cristiana.

La raíz de los derechos del hombre se debe buscar en la dignidad que


pertenece a todo ser humano. La fuente última de los derechos humanos no se
encuentra en la mera voluntad de los seres humnaos, ni en la realidad del Estado,
ni en el ordenamiento jurídico, ni en los poderes públicos, sino en el hombre
mismo y según la DSI también en Dios su creador. Son anteriores a la sociedad y
se imponen a ella. Son universales, inviolables e inalienables. Exigen ser tutelados
en su conjunto.

En los documentos de la DSI se enumeran los derechos fundamentales de


la persona, por ejemplo, Juan XXIII en la encíclica Pacem in Terris de 1963 afirmó
que los derechos humanos son el eje vertebrador de toda convivencia pacífica; el
CV II dio un gran avance al reconocer el derecho a la libertad religiosa en la
Declaración Dignitatis Humanae, y precisó con todo rigor su alcance; Juan Pablo
II dijo que los derechos humanos “constituyen el elemento clave de todo el orden
moral social” (LE 17). Él mismo trazó una lista de ellos como base para construir
una auténtica democracia, después de la caída de los regímenes comunistas en
los 80:

“El derecho a la vida del que forma parte integrante el derecho


del hijo a crecer bajo el corazón de la madre después de haber
sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un
ambiente moral favorable al desarrollo de la propia
personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la
propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la
verdad; el derecho a participar en el trabajo para valorar los
bienes de la tierra y recabar del mimo el sustento propio y el de
los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a
acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la
sexualidad. Fuente y síntesis de estos derechos es, en cierto
sentido la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en
la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad
transcendente de la persona” (CA 47)

Existe desgraciadamente una gran distancia entre “la letra” y “el espíritu”
de los derechos del hombre a los que se ha tributado frecuentemente un respeto
puramente formal. La DSI, considerando el trato que el Evangelio da a los pobres,
afirma que “Los más desfavorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos
para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás” (OA 23)