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Paul Watzlawick:Epílogo (“La realidad inventada”)

Para muchos el constructivismo no es más que otro nombre del nihilismo. Quien está convencido de que no se puede vivir
sin un sentido definitivo en la vida no podrá ver en el constructivismo más que al precursor de la disgregación y del caos.
Para esta persona la idea de que toda realidad es en última instancia una realidad inventada le deja aparentemente sólo
una conclusión: el suicidio. El suicida busca el sentido de la vida, en un determinado momento se convence que ese sentido
no existe y se mata, no porque el mundo como tal se le revele indigno de vivirse, sino porque el mundo no satisface su
exigencia de tener un sentido definitivo e inteligible. Con esa exigencia el suicida ha construido una realidad que no encaja y
por eso naufraga la nave de su vida.
La contrapartida del suicida es el hombre que busca; la diferencia entre ambos es sin embargo insignificante. El suicida
llega a la conclusión de que no existe lo que busca; en cambio, el buscador llega a la conclusión de que todavía no ha
buscado en el lugar correcto. El suicida introduce el concepto de cero en la "ecuación" existencial; el otro introduce en
ella el concepto del infinito; cualesquiera de esas búsquedas es autoinmunizante, en el sentido de Karl Popper, y por lo
tanto no tiene fin. Son infinitos los posibles lugares "correctos" en que puede encontrarse lo buscado.
¿Qué experimentaría un hombre que estuviera resuelto a ver consecuentemente su mundo como su propia
construcción? Ese hombre sería ante todo tolerante, como lo señaló Várela en su contribución a este libro. El que llega a
comprender que su mundo es su propia invención debe acordar lo mismo a los mundos de sus semejantes. El que sabe que
no puede saber la verdad sino que su visión de las cosas sólo puede encajar más o menos encontrará difícil atribuir a
sus semejantes malignidad o locura y le resultará difícil asimismo persistir en el pensamiento primitivo y maniqueo de
"Quien no está conmigo está contra mí". La idea de que nada sabemos mientras no sepamos que no conocemos nada de
manera definitiva supone el respeto por las realidades inventadas por otros hombres. Sólo cuando esas otras realidades
se hacen ellas mismas intolerantes, nuestro hombre podría arrogarse el derecho de no tolerar la intolerancia.
Tal hombre se sentiría responsable en un sentido profundamente ético, responsable no sólo de sus sueños y yerros sino
también de su mundo consciente y de esas profecías suyas, creadores de realidades, que se realizan por obra de sí
mismas. Para él ya no está abierto el cómodo camino de proyectar la propia culpa a las circunstancias y a otros seres
humanos. Esta responsabilidad plena significaría también su plena libertad. Quien tuviese plena conciencia de que es el
inventor de su propia realidad conocería la posibilidad siempre presente de forjarla de otra manera.
Con la incomparable sencillez de su estilo La-o-Tsé expresa este dilema en las primeras palabras de su Tao Te King: "El
sentido que podemos forjar no es el sentido eterno; el nombre con que podemos nombrar no es el nombre eterno."
Quien es capaz de escribir semejante afirmación conoce la relatividad y el origen subjetivo de todo sentido y de todo nom-
bre. Sabe que todo acto de atribuir sentido y significación y todo acto de nombrar crean una realidad bien determinada.
Pero para llegar a este grado de saber tiene que, por así decirlo, haberse sorprendido en flagrante acto de invención de
una realidad. En otras palabras, tiene que descubrir cómo creó primero un mundo "a su imagen", sin tener conciencia del
acto de su creación, y vivir luego dicha realidad como el mundo "exterior e independiente de él" —precisamente el mundo
de los objetos—, de cuyo modo de ser él mismo se construyó autorreferencia. Esta búsqueda es inevitable y su sin
sentido se torna significativo. Debe uno recorrer el camino errado para que éste se revele como camino errado.
Constructivismo no crea ni "explica" ninguna realidad "exterior" sino que revela que no existe un interior ni un exterior, un
mundo de objetos que se encuentre frente a un sujeto. El constructivismo, más bien, muestra que no existe la separación
de sujeto y objeto (sobre cuyo supuesto se construyen infinidad de "realidades"), que la división del mundo en opuestos está
forjada por el sujeto viviente y que las paradojas abren el camino que conduce a la autonomía.
En su libro Mind and Matter escribió Schródinger ya en el año 1958: La razón por la cual nuestro yo, que siente, percibe y
piensa, no puede encontrarse en ninguna parte de nuestra imagen científica del mundo puede expresarse en nueve
palabras: porque el yo mismo es esa imagen del mundo. El yo es idéntico al todo y, por lo tanto, no puede estar conteni-
do en él como parte.
Estas palabras suenan como algo casi místico, pero piénsese que proceden de la pluma de un prominente físico que por
sus investigaciones alcanzó el premio Nobel. Acerca de esta imagen del mundo del físico dice Spencer Brown, en las
observaciones finales de su libro ya citado Laws of Form, que dicha imagen parece estar hecha de tal manera que el
mundo puede verse a sí mismo:
Pero para alcanzar este saber es preciso en primer lugar que el mundo se divorcie, es decir, que se divida en un estado que
ve y por lo menos en otro estado que es visto. En ese estado de separación y mutilación el mundo sólo se ve
parcialmente a sí mismo. Debemos admitir que indudablemente el mundo se corresponde consigo mismo (es decir que es
indiferenciable de sí mismo), pero que en todo intento de verse a sí mismo se altera de manera tal que se diferencia de sí
mismo y por lo tanto queda falseado. En ese estado sólo podrá aprehenderse parcialmente a sí mismo.
Y en su Cálculo de autorreferencia, que parte de la lógica de Brown, Várela llega a conclusiones análogas: El punto de
partida de esta cálculo [...] es el postulado de una diferenciación. Con ese acto primario de división separamos unas de
otras las formas de los fenómenos que luego consideramos como el mundo mismo. Partiendo de esta posición
afirmamos después la primacía del papel del observador que realiza sus distinciones según su arbitrio. Sin embargo,
esas diferencias que, por una parte, engendran nuestro mundo, revelan empero, por otra parte, precisamente esto: las
distinciones que hacemos y éstas se refieren más al punto de vista del observador que a la verdadera índole del mundo,
el cual permanece siempre inabarcable a causa de la separación del observador y de lo observado. Mientras percibimos
el mundo en un determinado modo de ser olvidamos lo que hemos hecho para encontrarlo en este su modo de ser; y
cuando nos remontamos a la primera posición no encontramos ya más que la imagen reflejada de nuestro yo en el mundo
y como mundo. Contrariamente a la opinión vastamente difundida, la cuidadosa investigación de una observación revela
las propiedades del observador. Nosotros, los observadores, nos diferenciamos precisamente en virtud de la
diferenciación de aquello que, por lo visto, no somos, esto es, en virtud del mundo.