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Las otras
La Colección las puertas de lo posible es un proyecto
del Grupo de Estudios literarios y comparados de lo Insólito
y perspectivas de Género (GEIG)

Primera edición: marzo de 2018

© de los textos, sus autores


© de esta edición: EOLAS ediciones

www.eolasediciones.es

Dirección editorial: Héctor Escobar


Directora de la colección: Natalia Álvarez Méndez
Edición y selección: Teresa López-Pellisa

Imagen de cubierta: Adults never understand me, de Shiori Matsumoto (2002)


Diseño y maquetación: Alberto R. Torices · www.albertortorices.com

ISBN: 978-84-17315-11-5
Depósito Legal: LE 157-2018

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública


o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización
de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO
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Impreso en España
Las otras
Antología de mujeres artificiales

Edición y selección de Teresa López-Pellisa

eediciones
o las
Prólogo

Nadie sino aquellos que la han experimentado


pueden imaginar las seducciones de la ciencia.
Mary Shelley, Frankenstein

L as otras son aquellas que no somos nosotras, y en esta


antología las otras son mujeres artificiales, creadas
a partir de silicio, plástico, dígitos binarios, biotecnología,
intervenciones quirúrgicas u otros medios ordinarios y ex-
traordinarios. Muñecas, seres virtuales, digitales, posbioló- 7
gicos o biotecnológicos, féminas proyectadas o resucitadas
que, desde la literatura fantástica y la ciencia ficción, repre-
sentan un amplio abanico de imágenes femeninas del siglo
xxi. Para elaborar esta antología he contado con escritores y
escritoras de España y Latinoamérica, procurando abarcar el
mayor número posible de países, tradiciones y generaciones,
aunque inevitablemente las ausencias serán notables, por lo
que vayan por delante mis disculpas.
Los mitos antropogénicos, habitualmente vinculados
a los mitos cosmogónicos, narran el origen y el nacimiento
del ser humano, así como sus relaciones con el creador. Pero
cuando nos referimos exclusivamente al nacimiento de la
mujer, surgen mitos etiológicos paralelos que, por lo gene-
ral, sostienen que fue creada después del hombre y con otro
tipo de técnicas y materiales. Cuando leemos relatos sobre
mujeres artificiales siempre acudimos al mito de Pigmalión
y Galatea. De hecho, el amor o atracción que siente el ser hu-
mano por estatuas o muñecas se conoce bajo el nombre de
Venus estatutaria, agalmatofilia o eidolismo. Pero en los rela-
tos de esta antología no solo nos encontramos con Galateas,
sino también con Pandoras, un mito que me interesa revin-
dicar como metáfora para analizar aquellos textos en los que
se crean mujeres desde una perspectiva patrilineal para uso,
goce y disfrute del placer masculino. Pandora es un encargo
que Zeus le hace a Vulcano, y por lo tanto, es el fruto de la
creación masculina, pero Galatea a pesar de ser modelada por
Pigmalión, logró tener vida gracias a la diosa Venus, y de ahí
que sea una mujer la que continúa teniendo el monopolio de
la creación de vida. Además, Galatea vive felizmente su con-
8 dición de artefacto ancilar junto a Pigmalión, pero en cambio
Pandora abre el ánfora de todos los males, provocando la de-
pendencia, la desgracia, la muerte o la destrucción del varón
al que acompaña, y del mundo en el que ha sido gestada.
En el abanico de relatos que leerán a continuación se en-
contrarán con Galateas y Pandoras proteicas construidas a
partir de diversas materias primas. La mayoría de los textos
que han abordado la temática de las mujeres artificiales en la
literatura, desde «El hombre de arena» de Hoffman, hasta
La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, ¿Sueñan los an-
droides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick o El gran retrato
de Dino Buzzati, se centran en el rol del artefacto como pros-
tituta o compañera sentimental, en el marco de las relaciones
heteronormativas. Los cuentos de esta antología recuperan el
motivo clásico de la fémina artificial, pero desde novedosos
puntos de vista, sin privarse de revisitar algunos temas tradi-
cionales. El libro está estructurado en tres grandes marbetes
que clasifican a estos seres facticios según la materia prima
que los compone: mujeres virtuales, mujeres biotecnológi-
cas, y mujeres robóticas o muñecas. A continuación comen-
taré los subtemas que conforman cada una de estas grandes
categorías, y que le permitirán al lector obtener una visión
panorámica de la antología que acaba de adquirir.
La representación de la mujer artificial suele caracte-
rizarse por mostrar el cuerpo femenino como un fetiche, y
son muy escasos los relatos que utilizan el motivo de los ar-
tefactos femeninos desde posturas disidentes. En esta anto-
logía contamos con tres cuentos que reflexionan en torno a
cuestiones relacionadas con el colectivo LGBT (Lesbianas,
Gays, Bisexuales y Transgénero). El cuento «Kitzka 2.1»,
del escritor mexicano Naief Yehya, utiliza el motivo de la mu- 9
ñeca de tamaño natural para subvertir la función del cuerpo
femenino como fetiche heteropatriarcal, proponiendo una
muñeca transexual multiuso para todo tipo de cuerpos y
sexualidades, en un mundo donde un estudio de mercado
ha deducido que será un gran éxito debido a la «evolución
psicosexual de la especie», de modo que es una empresa la
encargada de formar (y conformar) la neo(sex)sociedad del
futuro. Por otro lado, la escritora española Lola Robles tam-
bién recrea un mundo en el que las empresas proporcionan
compañía sexual tecnológica, pero en este caso es una mu-
jer la que adquiere un artefacto femenino: la empresa Kapek
Corporation S. L. (homenaje al escritor checo Karel Čapek,
creador del término «robot») ofrece sus servicios para que
los humanos que lo deseen puedan confeccionar y diseñar a
su compañero/a sentimental según sus inclinaciones y pre-
ferencias. «Nina cambia», del escritor mexicano Alberto
Chimal, aborda dos temáticas muy sugerentes: el poshuma-
nismo y la identidad sexual. Desde la perspectiva del poshu-
manismo nos permite recrear la posibilidad de la vida digital
posbiológica, a través de la técnica del uploading en el espacio
digital, para vivir inmortalmente en el universo binario.
La maternidad es uno de los atributos con los que la tra-
dición patriarcal ha caracterizado al género femenino, y en
los relatos protagonizados por mujeres artificiales aparece
como un motivo recurrente de reflexión para unos persona-
jes facticios que habitualmente sufren por su incompletud, al
no poder procrear y no responder a los estándares marcados
por la sociedad. De ahí que resulte tan pertinente el cuento
«Hijos perfectos para sistemas imperfectos», del escritor
10 español Gerard Guix, ambientado en un mundo futuro re-
gido por la reproducción artificial y la perfección genética.
La protagonista del relato es una ginoide (un androide feme-
nino) que trabaja como recepcionista en una clínica de re-
producción asistida, y que cada día observa la felicidad de las
mujeres orgánicas que acuden a la clínica ante la posibilidad
de ser madres, al tiempo que se pregunta por qué no podría
ser ella también una madre. Este relato pone en cuestión si
la maternidad es un instinto humano o femenino, y si puede
una ginoide soñar con bebés (bio)eléctricos. Por otro lado,
la escritora peruana Claudia Salazar, en «Ciber-proletaria»,
narra el momento en el que una IA se vuelve autoconsciente
y transforma el mundo tal y como lo conocíamos, produ-
ciéndose la Singularidad: el momento en el que todo cambia.
Esta superinteligencia artificial se propone controlar a los
humanos a través de la biopolítica, aplicando un efectivo sis-
tema de control demográfico gracias a una sibilina empresa
de reproducción asistida. Lo cierto es que la fecundación in
vitro libera los úteros biológicos de las mujeres y permite en-
gendrar, procrear y reproducirse a la especie humana sin que
intervenga la biología femenina. Pero cabe preguntarse qué
tipo de seres engendran estos avances biotecnológicos. Por
su parte, el escritor mexicano Guillermo Samperio también
introduce el tema de la maternidad en su relato «Sybil». En
este caso, el ingeniero José Luis Roma entabla una relación
parasocial con una cibergalatea que él mismo va reconstru-
yendo hasta obtener el cuerpo de una mujer robótica de ta-
maño natural, que pasa a ser la compañera ideal y perfecta.
Los relatos que comentaré a continuación, pueden leerse
en clave feminista. «Dulce amor», de la escritora argentina
Angélica Gorodisher, nos presenta una ginoide adquirida por 11
un hombre como compañera sexual, a modo de geisha elec-
trónica. Una proletaria explotada con motivaciones propias,
que decide sobre el destino de su amo para liberarse. Un tra-
sunto de las relaciones de dominación y sumisión en las pa-
rejas heteronormativas, en las que la mujer continúa siendo
el ángel del hogar, hasta que, como en Casa de muñecas de
Ibsen, decide irse dando un portazo. Por su parte, la escritora
española Elia Barceló, a partir de la referencia a la mitología
hebraica, construye en «Hijas de Lilith», una red social de
mujeres transhumanas en clave de conspiración feminista.
En el internado del Instituto LILITH (L’Institut pour la Li-
berté et L’Individualité de Tous les Humains) se clona a las
mujeres para perfeccionar sus cualidades genéticas y obtener
féminas poshumanas que puedan gobernar el mundo, aun-
que sea desde el espacio doméstico y la esfera privada. En el
internado fabrican «Traumfrauen», sueños masculinos he-
chos carne, hasta que se convierten en pesadillas.
En la categoría de las mujeres biogenéticas nos encontra-
mos con algunas cíborgs (organismos cibernéticos). Estos
cuerpos biológicos con prótesis o alteraciones tecnológicas,
protagonizan una serie de relatos turbadores y sugestivos,
tanto por sus formas, como por su temática. Hoy en día po-
demos afirmar que el ser humano es un cíborg, ya que como
especie hemos creado artificialmente el mundo que habita-
mos y hemos modificado la naturaleza para adaptarla a nues-
tro modo de vida. Somos cíborgs porque tecnologías como
el fuego o el lenguaje han modificado nuestra manera de re-
lacionarnos con el mundo: lo cierto es que siempre hemos
sido seres naturales y artificiales al mismo tiempo, a partir de
12 la creación de todo tipo de prótesis culturales y tecnológi-
cas a lo largo de la historia. Debemos ser conscientes de que
cuando inoculamos una vacuna en nuestro organismo para
potenciar nuestro sistema inmunológico, o utilizamos gafas
para perfeccionar nuestra visión natural, o expandimos nues-
tra presencia a través de la geografía global gracias a las nue-
vas tecnologías informáticas y de la comunicación, estamos
siendo invadidos, colonizados y mediatizados por lo artificial.
Así, como no podía ser de otro modo, esta antología cuenta
con una serie de relatos que reflexionan sobre la relación del
cuerpo biológico con la tecnología. En «Doble de cuerpo»,
la escritora chilena Lina Meruane nos ofrece un relato angus-
tioso e inquietante, que parte de un tema clásico del fantás-
tico, como es el motivo del doble, para revisitarlo desde la
ciencia ficción y el terror: la creación de un nuevo ser, a partir
de la modificación biotecnológica del cuerpo. Una interven-
ción transhumanista produce una fractura inquebrantable
entre dos siamesas, entre el equilibrio de lo natural y lo ar-
tificial, lo orgánico y lo cibernético, el presente y el pasado,
la vida y la muerte. Por otro lado, «El eterno femenino», del
escritor argentino Sergio Gaut vel Hartman, nos sitúa frente
a un mundo apocalíptico en el que los humanos luchan con-
tra los globus en una guerra comandada por los laboratorios
de armas biotecnológicas. Las posibilidades de reconstruc-
ción del organismo humano y los avances en la tecnología
protésica facilitan el reciclaje de los cuerpos orgánicos de
los soldados, para optimizar los recursos militares. Artis, el
personaje femenino, se regenera en diferentes cuerpos tras
las batallas, pero ¿sigue siendo la misma? Con «Artificial»,
el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán se recrea en el
mundo iniciado en su novela Iris para mostrarnos los proble- 13
mas de identidad de una mujer que se convierte en poshu-
mana tras la reparación de su cuerpo después de un atentado.
En este caso la otra es aquella que ha devenido en un cuerpo
distinto y, por lo tanto, la sociedad en la que vive la considera
otro ser, otra especie, un otro al que se debería temer. En «La
pregunta de todos los días», la escritora española Sofía Rhei
nos introduce en el mundo de una ginoide encargada de la
crianza de un nuevo tipo de literatura orgánica que se escapa
a las normas de un sistema distópico. La promiscuidad de
la creación literaria permite generar un oasis en el que otros
mundos son posibles, y el artefacto femenino se encargará de
resguardar ese lugar escapando del panóptico en el que vive.
Y, por su parte, el escritor chileno Jorge Baradit nos presenta
una pesadilla biopunk en «La estrella de la mañana». Se trata
de un relato estremecedor ambientado en un mundo posapo-
calíptico que podemos leer en clave poscolonial. La Iglesia se
ha encargado de crear un dispositivo militar biológico para
ganar una guerra (¿santa?). A partir de un entramado de tec-
nología orgánica y reencarnaciones de sistemas de comuni-
cación biológicos, logran crear el dispositivo femenino final:
un arma biológica, chamánica y con cuerpo de mujer.
Las historias de fantasmas y muertos vivientes son un clá-
sico del fantástico y el terror, por lo que no podían faltar en
este libro. En el relato «Irisol», de la escritora chilena Alicia
Fenieux, la tecnología del futuro nos permite convivir junto
a la presencia interactiva de los que se fueron, en detrimento
de los que están. Con «Sed», el escritor español Ricard Ruiz
Garzón introduce el tema del zombi y nos permite asistir en
directo al proceso que lleva a cabo un tanatopráctico para
14 embellecer el cuerpo inerte de su amada, en un escenario
apocalíptico en el que no están solos. Estos relatos actualizan
los versos de Quevedo en su célebre soneto Amor constante
más allá de la muerte, recordando las hazañas de Laodamia y
Protesilao en la mitología clásica.
El texto de la escritora española Mar Gómez Glez per-
tenece a la categoría de los seres virtuales. «Querub» está
protagonizado por un software que tiene la capacidad de cam-
biar de género, según el internauta con el que chatea, gracias
a las posibilidades proteicas del ciberespacio, permitiéndo-
nos (re)pensar la sexualidad y el género como una tecnología
protésica, como una construcción cultural. Cuando en la lite-
ratura aparecen artefactos femeninos virtuales, suele tratarse
de imágenes holográficas, fotográficas, cinematográficas o
digitales que no siempre tienen la función de objeto sexual,
pues debido a la inmaterialidad de sus cuerpos la relación
con el ser artificial suele ser platónica, como sucede en «El
vampiro» de Quiroga, La ciudad ausente de Ricardo Piglia o
«En memoria de Paulina» de Adolfo Bioy Casares. Pero la
tecnología evoluciona, y en 1974 Theodor Nelson acuñó el
término teledildónica para hacer referencia a todas aquellas
prácticas sexuales mediadas por la realidad virtual, convir-
tiendo el sexo en un simulacro de hipersexualidad, tal y como
sucede en «Sexbot», del escritor cubano Raúl Aguiar, un re-
lato ciberpunk en donde la protagonista es una ciberpandora
de realidad virtual compuesta de nanocélulas, que aparece re-
creada en una especie de holocubierta para satisfacer los de-
seos sexuales de los clientes. Por su parte, el escritor español
Pablo Martín Sánchez nos presenta una Pandora holográfica
en «Cambio de sentido»: una maja desnuda enmarcada en
la pared, cuyos píxeles se materializan durante sus estancias 15
en el salón de la casa que observa desde el cuadro digital en
el que habita.
Las mujeres biogenéticas son seres facticios creados con
materiales orgánicos, como los clones de XYZ (Novela gro-
tesca) del escritor peruano Clemente Palma, donde se repro-
ducen actrices de Hollywood. Pero los personajes de esta
antología van más allá de la clonación. El relato «La Oda de
Dios», del escritor costarricense Iván Molina Jiménez, nos
presenta el primer prototipo de vida artificial orgánica con
IA fabricado por «New Life Inc.». Una mujer biotecnológica
conectada al ciberespacio con unas capacidades cognitivas y
físicas poshumanas, en un mundo bioconservador que no
está preparado para su existencia. Y los dos relatos siguientes
introducen el motivo del extraterrestre: en «Ella vendrá de
nuevo», del escritor cubano Yoss, se nos muestra cómo se
construye la feminidad a partir de biologías muy dispares a la
humana. Y en el caso del escritor chileno Diego Muñoz Va-
lenzuela, el relato «Mujer por elección» está protagonizado
por un ser alienígena que decide escoger un cuerpo feme-
nino para tener relaciones, sometiéndose a la división binaria
de los géneros sexuales del planeta Tierra.
Iuri Lotman marca una clara distinción entre el uso de
muñecas, estatuas o autómatas en el ámbito artístico, ya que
para él la estatua pertenece a un mundo adulto en el que el
receptor permanece sentado observándola, mientras que el
autómata parece gozar de una especie de pseudovida y, en
cambio, al muñeco es preciso tocarlo y jugar con él, dándole
vida a través de nuestra imaginación. El relato «Casa con
muñecas», del escritor español David Roas, dejará al lector
16 sin aliento. La inquietante atmósfera generada por una colec-
cionista de muñecas nos conduce hacia la afirmación de que
el sueño de la razón produce monstruos. Lo que parecía ser un
encuentro erótico casual, se convierte en la obsesión del pro-
tagonista. Las muñecas nos conducen al mundo acogedor
de la infancia y de los cuentos populares, pero, qué ocurre si
cobran vida por sí mismas. La escritora argentina Ana Ma-
ría Shua, en los microrrelatos «Simulacro» e «Imitación»,
reformula el concepto de hiperrealidad de Baudrillard a tra-
vés de sus tecnoprostitutas y las copias de las copias de fi-
guras femeninas como las de las empresas Real Dolls, Doru
no Mori o Paster Color Doll. A principios del siglo xx proli-
feró la presencia de maniquís en los medios artísticos, desde
las siniestras muñecas de Hans Bellmer hasta los maniquís
utilizados por los surrealistas, pero las muñecas de madera,
cerámica y porcelana ya gozaban de gran éxito entre la po-
blación adulta desde muchos años antes, como reflejan las
compañeras de viaje tamaño natural que aparecen en la lite-
ratura japonesa desde finales del siglo XVII bajo el nombre
de donigyo (cuerpo de muñeca), fabricadas con seda y cuero,
las muñecas que acompañaban a los marineros en sus largos
viajes o la hija artificial que se fabricó Descartes.
Las ginoides o androides femeninos suelen representar
el ideal de la feminidad, y probablemente sea el siglo xix el
que engendró los personajes artificiales que más han influido
en el ámbito artístico. Dicho siglo se caracteriza por el temor
frente a la revolución industrial y el progreso de la tecnolo-
gía. Y si esta desconfianza se cristaliza en el Frankenstein de
Mary Shelley, son numerosas las tecnopandoras que se con-
vierten en la encarnación de los miedos ante la emancipación
femenina y el odio ludita hacia el progreso tecnológico, como 17
sucede con «El hombre de arena» de Hoffmann y La Eva
futura de Villiers de L’Isle Adam, hasta llegar a Metrópolis de
Fritz Lang, basada en la novela de su esposa y coguionista
Thea von Harbou. Cuando estos robots se fabrican como ar-
tefactos sexuales responden a los cánones de belleza de las
artistas de cine de Hollywood y suelen ser réplicas de actrices
famosas, jóvenes e inmortales. En la antología no faltan los
relatos protagonizados por robots femeninos fabricados con
el objetivo de sustituir a la mujer orgánica como meretriz (o
abnegada esposa), al estilo del relato «Anuncio», de Juan
José Arreola, o de la novela Amor portátil de Kalman Barsy.
En el cuento «Una leyenda», del escritor español José María
Merino, las protagonistas son maquinenas (mujeres robóticas
destinadas al placer sexual). La sociedad descrita por Merino
considera que la creación de estas ginoides puede posibilitar
la eliminación de la trata de blancas, una sociedad en la que,
paradójicamente, la fabricación de maquimozos está prohi-
bida. La escritora española Patricia Esteban Erlés, en «Sad
End», nos presenta a la esposa perfecta. Un famoso actor de
cine que podría tener a cualquier mujer del mundo que de-
seara, como el Casanova de Fellini, se obnubila por una ma-
niquifémina que podría recordarnos a Las mujeres perfectas
de Ira Levin. Por otro lado, «La trampa y la presa», de Juan
Jacinto Muñoz Rengel, es un relato inquietante en el que, al
estilo de «La moglie di Gogol» de Tommaso Landolfi, el ar-
tefacto es castigado por manifestar sus deseos autónomos.
Tanto Raymond Kurzweil (La era de las máquinas es-
pirituales, 1999) como David Levy (Amor y sexo con robots,
2008) sostienen que llegará un momento en que la diferencia
18 entre tener una relación con un robot y un ser humano será
irrelevante, porque los robots llegarán a tener capacidades
psicológicas y mentales similares a las nuestras, y puede que
incluso capacidades reproductivas (tal y como sucede con
algunos de los relatos aquí presentados). En cualquier caso,
tras el recorrido llevado a cabo en estas páginas, lo que queda
claro es que en Occidente existe una larga tradición acerca
de la fantasía de la mujer inorgánica, ya sea robot, androide,
criatura artificial o muñeca. El imaginario tecnofemenino
ofrecido por algunos de estos relatos rompe con la represen-
tación tradicional de la mujer artificial, y deja de lado los mo-
delos de Pandora y de Galatea para reflexionar desde otras
perspectivas sobre la incorporación de la tecnología en el
cuerpo y la posibilidad de otras sexualidades e identidades.
Los lectores y las lectoras que transiten por estas páginas se
sorprenderán de la riqueza temática con la que sus autores y
autoras han abordado el motivo de la mujer artificial.

* * *

Esta antología es una edición corregida y aumentada de


la edición original publicada en 2015 por la editorial Díaz
Grey Editores de Nueva York.

Teresa López-Pellisa
Grupo de Estudios sobre lo Fantástico (UAB)
Universidad de las Islas Baleares

19
mujeres
virtuales
Nina cambia
Alberto Chimal

¿Q ué es eso de la identidad? No es una cosa sola, una es-


critura imborrable, una figura de piedra. Es un flujo:
un proceso. Un camino.
Y no solo es un camino de transformación. Es, sobre todo,
un camino de descubrimiento.
23

El día de mi muerte llegamos al hospital a las ocho de la ma-


ñana: Sandra nos había citado tan temprano como era posi-
ble. Aunque hayan pasado tantas cosas desde ese momento,
la verdad es que lo más terrible sucedió deprisa. Muy, muy
deprisa.
—Hola, Nina, Mariano —nos saludó Sandra, de bata
blanca y con el cabello recogido; había salido a encontrarnos
en el estacionamiento—. Buenos días.
—Sandrita —dijo Mariano.
Yo iba a decir algo pero no pude. Después de lo bien que
había estado en los últimos meses, estaba descubriendo que
Alberto Chimal

otra vez estaba aterrada como el día del último diagnóstico.


De todos modos intenté sonreír. Creo que ninguno de los
dos volteó a verme. Yo estaba sentada en la silla de ruedas,
por debajo de la mirada de ambos.
—¿Ya listos? —preguntó Sandra. Me di cuenta de que,
por encima de todo, estaba ansiosa por empezar. Lo entendí.
Lo que íbamos a hacer podía resultar muy importante para su
carrera. Y lo peor que le podía pasar era perder a una persona
querida. Ya no le quedaba ninguna responsabilidad: yo había
firmado todos los documentos necesarios.
—Vamos —conseguí decir, y Mario me condujo hacia
la puerta. Alcé la vista para ver el sol por última vez pero no
supe en qué dirección mirar, y un momento después ya ha-
bíamos entrado en el edificio.

24
3

Mariano la conoció primero: ellos eran amigos desde la fa-


cultad de medicina. Él nos presentó, hace años, cuando yo
estaba terminando mi tesis y ella iba a comenzar sus estudios
de especialización en Inglaterra. Luego él y yo nos casamos y
dejamos de verla por un tiempo. Cuando regresó la empeza-
mos a frecuentar y los tres nos hicimos muy buenos amigos.
No solo eso: creo que antes del cáncer Sandra ya era
una de las personas a las que más quería. Nos contábamos
todo o casi todo. Ella me escuchaba cuando tenía problemas
(incluso, problemas con Mariano). Yo la acompañé cuando
abortó y luego durante su divorcio de su exmarido, Ray, del
que nunca hemos de volver a hablar. También hablábamos
Nina cambia

de nuestros trabajos, aunque el mío parecía muy poca cosa


comparado con el de ella. La verdad es que la quería y a la vez
le tenía mucha envidia.
En todo caso, me parecía extraño, y muy venturoso, el ha-
ber hecho una amistad así de cercana después de cumplidos
los treinta años. Nunca se lo comenté a Mariano porque él
también le tenía envidia, desde luego (no es lo mismo tener
un consultorio que ser una neuróloga famosa internacional-
mente), pero también porque él es celoso de esa forma: no
le gusta que sus amistades lleguen a quererse mucho entre
ellas. Se siente inseguro de una forma que nunca he podido
sondear.
Y cuando me diagnosticaron el cáncer, y comenzamos las
quimioterapias, ella me visitó y ayudó a Mariano tanto o más
que mis familiares o que los suyos. Más de una vez le tocó
acompañarme durante los momentos de peor malestar luego 25
de un tratamiento, o bien durante los días negros: cuando ya
quería morirme, sin más.
Pocos días después de que nos dijeran que la quimiotera-
pia no había servido, y la metástasis había comenzado, San-
dra llegó a nuestra casa con la propuesta.

Nos la explicó. Lo primero que dijo es que no nos ofrecía un


tratamiento. Era algo distinto. Tardamos (tardé) un largo rato
en entenderle.
—Lo que hacemos aquí es una implementación de lo que
desarrollaron en Estados Unidos. Uno de los jefes del pro-
Alberto Chimal

yecto fue mi asesor de tesis y por eso me invitaron a cola-


borar con el equipo de aquí. Van a comercializarlo, obvio, y
entonces va a ser una bomba, pero les va a costar muchísimo
trabajo. Años. Mientras nos tienen trabajando en perfeccio-
narlo…
—Pero a ver, espera. Aclárame esto. Una se muere de to-
dos modos —dije.
Yo solo podía pensar en ese detalle.
—La conciencia, la identidad, se conserva —dijo San-
dra—. Se puede mantener indefinidamente. Se espera que la
robótica avance lo suficiente para darles un cuerpo completo
y totalmente funcional, pero ahora mismo ya hay brazos ro-
bóticos, claro, y formas de desplazarse, cámaras para ver, mi-
crófonos…
—¿Y cómo se conectan? —yo.
26 —Eso no es problema porque todo es software bajo el
mismo sistema operativo. Se conectan a la computadora
donde está alojado el sistema. Y el sistema… es la conciencia.
Ni más ni menos. La persona. La mente que se graba.
—¿Como en la película? —dijo Mariano. No entendí a
qué película se refería pero Sandra sí porque dijo:
—Al revés. No es un programa hecho de cero sino una
representación de la mente de alguien, puesta en una compu-
tadora. Una imagen. Y además una imagen perfecta. Su me-
moria y su capacidad de pensar.
Cuando se fue, Mariano me dijo que ya lo había conver-
sado con ella antes y que no había querido decírmelo. Y me
puse furiosa.
—Estás haciendo tratos a mis espaldas —le grité—. Me
estoy muriendo y me tratas como un puto conejillo de Indias.
Nina cambia

Le grité tanto que él comenzó a gritar también.


—¡Yo le rogué que nos considerara! Que te considerara
a ti. Te vas a morir, Nina. ¿Te das cuenta? No hay manera de
que tu cuerpo se salve.
Estaba sentada en la cama. Me puse de pie para darle un
golpe en la cara, en el pecho, en algún sitio, pero las piernas
me fallaron y me fui de bruces. Mariano apenas pudo soste-
nerme.
Empezó a llorar y me dijo que estaba desesperado. Que
me amaba. Que por eso había hablado con Sandra. Me rogó
que aceptara. Que no quería perderme. Que era así de egoísta
pero no podía perderme. Yo empecé a llorar también.

5
27
La grabación tomó meses de sesiones en el hospital: tandas
de cuatro o cinco horas diarias durante las que me pedían
hacer de todo con los electrodos pegados sobre la piel de
la cabeza. Para algo servía que hubiese quedado totalmente
calva. Yo hablaba, leía, escribía, escuchaba música, veía tele-
visión. También caminaba, levantaba pesos, incluso comía y
dormía y defecaba. Se iban grabando —respaldando, decía el
técnico— no solo los recuerdos sino la estructura entera de la
mente. El sistema de representación, decía, y yo no entendía
nada.
—¿No ha leído a…? —me preguntó una vez, y me reco-
mendó a no sé qué autor.
—Ya no me va a dar tiempo de leerlo —le respondí—. Ya
ve que me estoy muriendo.
Alberto Chimal

Estaba muy mal, físicamente, cuando terminamos. Pero


para entonces los tres —Sandra, Mariano y yo— hacíamos
toda clase de bromas sobre nuestro pequeño proyecto.
—Para que funcione aquí tendrán que legalizar la eutana-
sia —decía Sandra.
—Y también desarrollar órganos sexuales mecánicos
—decía Mariano.
—¿Qué?
—Piensa en los diputados, en los narcotraficantes. ¿Cuán-
tos crees que querrían ser inmortales a cambio de quedarse
sin su…?
—Qué grosero —decía yo, pero de inmediato me ponía
a contarles de las celebridades que sin duda seguirían el ca-
mino marcado por mí y otros voluntarios que estaban deján-
dose morir en varios lugares del mundo: —Todo sea por que
28 Kim Kardashian viva para siempre.
—Ella va a querer un trasero —se burlaba Sandra.
Pero yo no podía seguir porque respirar se me dificultaba,
y también sabía que no todas las pruebas experimentales es-
taban funcionando. Había mentes que simplemente no se
despertaban en sus almacenes de respaldo. O que quedaban
distorsionadas de modos muy extraños y terribles.

La última grabación fue para que el modelo en la computa-


dora quedara sincronizado con mis últimos recuerdos. Duró
seis o siete horas. Acostada en la cama en la que me habían
puesto hablé mucho con Sandra y con Mariano: sobre el pa-
Nina cambia

sado, sobre lo que habíamos vivido hasta entonces. También


oí algo de mi música favorita y leí un poco.
Entonces llegó la hora. Iban a ponerme «por error» una
inyección y mi cuerpo se moriría rápido y, me decían, sin do-
lor. Ya solo quedaría la copia. Era solo una copia. Yo era atea
desde la secundaria, yo no creía en la existencia del alma, y
entendía que si el original sobrevivía habría aún más compli-
caciones. La copia sería yo. Solamente yo.
Empecé a llorar a gritos. Un ataque de pánico. Les gritaba
que no me dejaran. Que ya no quería. Que la dejaran o lo
dejaran vivir pero que a mí no me hicieran nada. Ya no tenía
fuerzas para resistirme. Mariano aguantó hasta el final, abra-
zándome. Llegó otro técnico, o un doctor, y alguien, Sandra o
Mariano, debe haber asentido porque me inyectó.
Todavía tenía puestos los electrodos. Realmente se sintió
muy poco. Cuando ya no pude mantener abiertos los ojos al- 29
guien me besó.

No sé decir cómo desperté. No tengo manera de describir los


primeros momentos. De pronto abrí los ojos, o noté que esta-
ban abiertos, o sentí que había algo ante mí que podía ser visto.
—Es raro —fue lo primero que dije.
Oí mi propia voz como si saliera por un altavoz. Estaba sa-
liendo por un altavoz. Delante de mí estaban varios técnicos,
y Sandra, y Mariano, y me miraban. También miraban arriba y
abajo y a los lados de mí, y entendí que miraban las pantallas
alrededor del ojo: de la cámara.
Alberto Chimal

—Es raro pero… Veo como pixelado, una imagen pixe-


lada, apenas… Es por la cámara, ¿no? ¿Mariano? Mi amor.
No siento las piernas…
Lo último lo dije sin pensar. Me reí. Todos empezaron a
gritar y a abrazarse. Mariano dijo cosas que no entendí pero
que eran de júbilo y de muchos otros sentimientos, amon-
tonados unos sobre otros. Yo lloré, sin lágrimas: el software
me permitía sollozar y entendió de inmediato cuando quise
hacerlo.
—Ahora nos espera un mundo de más pruebas posterio-
res —dijo Sandra, pero estaba feliz, se veía clarísimo; nunca
la había visto tan feliz—. Va a ser una pesadilla.
—Va a ser espantoso —respondió Mariano, sonriente,
mirando hacia mi cámara. Mirándome. Una lágrima sale de
su ojo, despacio.
30

Sandra sale del cuarto. Es un centro de cómputo climatizado


y con su propio generador. Voy a estar aquí mucho tiempo.
Miro a Mariano. No puedo hacer otra cosa. Cuando se
aparte seguiré mirando en la misma dirección, porque la cá-
mara, de momento, no tiene motor alguno para moverse bajo
mi control y apuntar a una cosa u otra.
Pero no debo concentrarme en pensar que ahora soy
como una cuadrapléjica, totalmente imposibilitada de mo-
verse. Tampoco debo ponerme mórbida: preguntar por el
cuerpo o cualquier cosa parecida. Todos los problemas que
vengan tendrán que resolverse uno por uno. Tal vez lo mejor
Nina cambia

sea algo que Sandra recomendó desde hace meses: comunica-


ción indirecta para cualquiera salvo los más cercanos. Correo
electrónico. Notas en Facebook. Que solo las personas más
queridas puedan pasar a donde estén mi cámara y mi bocina,
mis brazos, lo que sea que vaya a ser mi cuerpo.
Podría volver a clases: dar teleconferencias, aunque fuera
con audio solamente…
Y ahora pasa algo.
Me doy cuenta de eso que he estado guardando por mu-
chos años.
Es un instante espantoso: en él compruebo que las men-
tes en computadoras pueden tener revelaciones y sentir ho-
rror. Y también entiendo que no estoy loca ni mal transcrita
ni deformada de ninguna manera. Tal vez me ha pasado algo,
pero es como el trauma de alguien que acaba de tener un ac-
cidente, de estar al borde de la muerte, y al salvarse descubre 31
cosas, decide: cambia.
Pienso que, si lo deseara, Mariano podría apagar el inte-
rruptor en cualquier momento. Luego pienso que no es un
interruptor. Luego que no importa cómo se diga, o cómo se
haga: si Mariano deseara hacerme daño ahora podría des-
truirme por entero. Bastaría una orden análoga a BORRAR
TODO. Es lo que hacen con los experimentos que fracasan.
No soy más que un proceso en una computadora: un proceso
complejísimo que puede pensar en sí mismo, figurar un con-
cepto de sí mismo. Lo que me distingue es que soy un pro-
ceso que recuerda la vida entera de Nina. Que cree ser Nina.
Que ha nacido para que algo de Nina pudiera sobrevivir.
¿Qué es eso de la identidad? Es un camino: el camino que
lleva del cuerpo de Nina, que guardó hasta hace tan poco to-
Alberto Chimal

dos los recuerdos de su vida, hasta mí, que los guardo ahora,
y que los amo, y que quiero vivir, pero que también veo todo
claro como nunca lo pudo ver mi cerebro de materia orgá-
nica. Y que debo hablar ahora, porque no puedo seguir min-
tiendo. Ni a mí misma ni a otros.

—Mariano, tengo que decirte algo —comienzo, y escucho


mi propia voz a través del micrófono. ¡Qué segura me oigo!
(Y a la vez, qué humana me oigo. Qué alivio. No sueno a
robot. Sueno a Nina.)
—¿Qué pasa? —dice él, y entiendo hasta dónde es per-
fecta la copia de mi antigua voz, porque él ha reaccionado a
32 ella: en su propia voz hay un poco (un poquitito, casi nada
todavía) de alarma.
Yo no tomo aire porque no puedo, pero el software de-
tecta mi intención y la bocina deja escapar mi primer suspiro
en esta nueva etapa de mi vida. Sirve como una pausa dramá-
tica.
—No te quiero lastimar, Mariano —empiezo—, pero tal
vez tenga que hacerlo —hago otra pausa, pero ya comencé,
ya no puedo parar—. Estoy enamorada de Sandra. Lo estoy
desde que me la presentaste. Desde hace todo ese tiempo. No
lo había podido aceptar antes. La amo. La deseo…
Me callo. Él no dice nada. La computadora que soy (¿en
la que estoy?, ¿que es mi cerebro?) zumba. Un ventilador. No
toda yo es componentes de ¿estado sólido? ¿Así se dice?
No puedo distraerme.
Nina cambia

—Lo del deseo es solo una parte —prosigo—. Digo esto


porque ahora sigo pensando lo mismo que cuando tenía
cuerpo…, órganos… Y, obvio, ahora no tengo y no…
—No puedes —dice Mariano.
He vivido tanto con él que lo entiendo ahora. Está sor-
prendidísimo. No puede creer lo que le estoy diciendo. No
puede lidiar con lo que le está pasando. Su respuesta intenta
desviar su pensamiento del significado profundo de lo que es-
cucha. No es una súplica. No significa «No puedes hacerme
esto» ni nada parecido. Quiere decir: «Entiendo que en este
momento no tienes un cuerpo y técnicamente no puedes
sentir deseo».
Lo que sí puedo sentir es orgullo. Al final entenderá y
aceptará lo que yo estoy entendiendo ahora: que no lo amo y
probablemente no lo amé jamás.
Y justo ahora viene otro sentimiento. Vergüenza. Cómo 33
voy (me pregunto) a continuar después de haberle hecho
esto a una de las personas a las que debo la vida. A las que
quiero. Aunque no lo ame lo quiero.
¿Y qué va a decir Sandra cuando se entere? ¿Qué va a pen-
sar? ¿Me habría podido corresponder cuando tenía cuerpo?
¿Me podría corresponder ahora?
¡Nunca hemos hablado de nada parecido!
Yo tampoco puedo lidiar con todo esto. Pero sigo en el
camino. Sigo capaz de descubrir y sorprenderme. Sigo viva.
—Ojalá algún día puedas perdonarme —le digo a Ma-
riano para decir algo, para no quedarme solo pensando en
todo lo incierto del futuro.
La puerta se abre. Sandra ha vuelto con nosotros.
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Teresa López-Pellisa · 7 · Prólogo


mujeres · 21 · virtuales
Alberto Chimal · 23 · Nina cambia
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· 331 · Apéndice bio-bibliográfico
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