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Celos: lógica, sentimientos y crimen

Una locura cartesiana


Los celos son una forma de racionalidad irracional. Esta paradoja se
disuelve viéndolos en acción.
El hombre es celoso si ama;
la mujer también,
aunque no ame.

Immanuel Kant

Los celos se estudian como un fenómeno emocional y jurídico; ya es hora de


decir algo de su lado racional… o irracional. Los celos son una forma
distorsionada de razonar a la perfección, son una locura lúcida, una cordura
loca, una racionalidad perfectamente imperfecta. Sí, es cierto, los celos son
una paradoja.
Entre los celos y el amor, las dos pasiones impetuosas, no sabemos cuál es la
más fuerte y la más absurda. El amor es noble, diverso, altruista; los celos,
posesivos, monotemáticos, criminales. El amor ilumina, los celos
ensombrecen; el amor engrandece al ser amado; los celos empequeñecen al
celoso. Ambas pasiones son incesantes, profundas y distorsionan la realidad.
Muchas personas reconocen haber provocado celos en su pareja para reanimar
una pasión perdida, por venganza o simplemente como una forma de aumentar
la dependencia. Los celos son un arma efectiva y multiuso.
Un amante de pronto se ve iluminado por el fuego de la pasión cuando su
amada es pillada en flagrancia (o en lo que imagina una flagrancia). El triciclo
viejo, arrumado en el cuarto de san Alejo, de pronto brilla, se ha vuelto
deseable ¡y de qué manera! Todo porque ahora alguien lo quiere. Así es de
básico el instinto de posesión. Los niños, libres de estos enredos amorosos,
celan sus juguetes. Los celos no existen en sí, alguien los despierta.

Los celos son una droga con dos efectos complementarios. Por un lado,
embellecen la pareja, hoy la veo más atractiva. No se ve desarreglada ni
arrugada. Bien vista, es elegante y hermosa. Efecto Ducales. Por el otro, los
celos distorsionan nuestra débil capacidad de juicio. La mente, antes tan
versátil, ahora es la esclava de una idea. Nunca fue tan cierta la frase de David
Hume (2005): “La razón es una esclava de las pasiones”.
Los celos, como todas las drogas que entran al cerebro, alteran las demás
funciones y, en este caso producen una locura pasajera, sin cruzar la raya de
no retorno del esquizofrénico. De ahí al crimen no hay sino un paso. Se mata
por celos. Especialmente por celos.
El celoso se ve menospreciado, de hecho su pareja ha escogido a otro para
darle sus favores. Ahora, como producto de la indiferencia, de manera mágica,
su valor aumenta a la luz del desprecio, ha escalado más alto y las distancias
relativas se incrementan. Cuando los celos desaparecen, llega de nuevo la
igualdad, o algo cercano a ella. Si los celos no fueran tan peligrosos, estaría
bien alimentarlos de vez en cuando para reconocer lo que se tiene. En el
diálogo El banquete de Platón (1972), Alcibíades, celoso de los demás
discípulos de Sócrates, y tal vez por esta razón, ve a este hombre chato y
rechoncho, como el más hermoso, sabio y deseable del mundo.
La lógica y los celos
Los celos son el acople imperfecto entre la racionalidad perfecta y la locura
imperfecta. Es una racionalidad perfecta, porque cumple los cánones de René
Descartes. Es una locura imperfecta, porque el afectado, a pesar del trastorno,
no pierde el contacto con la realidad. El celoso razona de una manera
cartesiana mejor que Descartes. Tiene una teoría, unos hechos y llega a una
conclusión inamovible, ¿qué más se le puede pedir? La conclusión se sigue
con fatalidad de la información disponible. Como ordenan los cánones del
racionalismo, el celoso hace encajar todos los datos en su interpretación. Tiene
una teoría, una sola y única teoría: “me engaña” y el mundo en su conjunto
queda reducido a esa teoría. De esa comprensión no escapan ni los objetos
físicos que rodean al celoso ni su mundo interior totalmente trastornado.
Si me engaña no me quiere y si no me quiere yo no valgo (pues si valiera algo,
me querría y si me quisiese no me engañaría, pero como me engaña entonces
no me quiere y yo no valgo un cobre… etc.). Esa máquina circular de
razonamiento monotemático, funciona con muy pocas variaciones y da vueltas
una y otra vez. Es la misma para todos los celosos.
Si se arregló y se puso bonita, quién sabe con quién se va a encontrar. Si no se
arregló, quién sabe con quién se va a encontrar, y me quiere despistar
haciéndose la descuidada con su traje. Si no me llama, está con alguien, y si
me llama está con alguien, y la llamada es solo para cerciorarse dónde estoy y
poder jugar tranquilamente. No hay pierde, todos los datos conducen a la
misma conclusión: “me engaña”.
Lo peor del celoso, es que “razona” con total seguridad en medio de la total
inseguridad de su alma. Razona sin fisuras y su única conclusión la alcanza
con un grado cartesiano de certeza. Descartes (1981) sentencia que un
enunciado es verdadero si la razón lo capta ‘claro y distinto’, es decir, si goza
de una certeza similar a la de un frase como “pienso, luego existo”. La
conclusión del celoso es aún más firme que el famoso “pienso, luego existo”.
“Me engaña” es superior en verdad a los axiomas de la matemática. El celoso
tranquilamente pudiera dudar de que 5 más 7 es 12, pero no dudaría de su
sospecha amorosa.
Los pensadores se detienen en la máxima cartesiana y la analizan solo
mientras filosofan, ya sea en el salón de clase o durante la elaboración de un
ensayo, pero apenas concluyen su ejercicio dejan de pensarla y la mente pasa a
ocuparse de otros asuntos. El celoso no, él se mantiene en su conclusión con
total firmeza. Esa conclusión es tan verdadera que por ningún motivo la puede
dejar de lado. En el carro o en la cama, en la vigilia o en el sueño, en el
comedor o en la ducha lo acompaña sin soltarlo un minuto: “Me engaña”.
¿Qué diferencia hay con un consumidor de bazuco que no puede dejar de
pensar en su droga un solo instante del día? Ninguna. Los celos son peor que
el crack.
La razón del celoso, su propia capacidad de razonar, no le permite ver la falla.
Si por algún fantástico motivo logra desatar un cabo del nudo que lo agobia,
surge otro aún más fuerte que el anterior. Siempre habrá nuevas cuerdas por
atar. “Hace un mes se cambió de peinado (las mujeres se cambian de peinado
con frecuencia y uno ni se da cuenta) ese cambio no debe ser casual, algo se
trae entre manos”. Cuando logra matar esa cucaracha, ya tiene otra en la
cabeza. “Ella dejó claro que estaba con sus padres en misa. Bien, es cierto, me
equivoqué en esta, pero luego me llamó, ¿por qué hizo esa llamada si nunca lo
hace después de misa? Algo raro está pasando aquí”. Y comienza de nuevo la
pesadilla.
Cuando estamos bajo el efecto de los celos la mente pierde la capacidad de
aceptar las pequeñas casualidades que a diario nos ofrece la vida. En ese
universo trastornado todo se vuelve causal, eslabonado, siniestro. Cuando
estamos libres de este trastorno, nuestra mente disfruta sin suspicacias de los
pequeños azares y dejamos a los demás que los disfruten.
Borges (1979), en su libro Borges oral, sostiene que Edgar Allan Poe cambió
nuestros hábitos de lectura y ahora todo lo leemos en clave policiaca. Ya no
podemos leer sin suspicacia un párrafo como “En un lugar de la Mancha de
cuyo nombre no quiero acordarme…” porque inmediatamente nuestra
máquina de lector postPoe nos lleva a sospechar de Cervantes, ¿por qué
diablos no querrá acordarse de “ese” lugar? ¿Si quedará en la Mancha? ¿Quién
habrá muerto allí? Etc. La máquina del celoso es igual, pero con otro crimen
en el alma: su autoestima, su ego, su autoimagen.
En el caso del celoso, como en tantas otras patologías de la mente, no es fácil
saltar sobre la sombra y deshacer desde adentro la ilusión del razonamiento.
En el amor pasa algo similar, todo lo que sucede confirma la misma idea: ella
es la más linda, la mejor del mundo, me ama. En unos casos, la alucinación
nos beneficia; en otros, no.
Cuando los celos cesan, cesan las interpretaciones. Interpretar, esa antigua
costumbre de tantos filósofos, podría tener algo de enfermizo. Por tanto, el
sicoanálisis que vive de la interpretación y tiene en una obra epónima, La
interpretación de los sueños, su piedra miliar, sería una profesión enferma o
una profesión de enfermos o una profesión enfermiza.
En los celos se ha perdido la función crítica que filtra la información. Cuando
la mente está sana, es decir, cuando no está enamorada ni corre el riesgo, por
esta misma razón, de caer en los celos, se tiene la capacidad de pensar con
claridad y sopesar distintas hipótesis, a cual más de probables, buscando la
verdadera. En general, esta función se puede ejecutar tratándose de temas
neutrales, no de temas emocionales o muy cercanos al afecto. Casi nadie es
objetivo juzgando sus propios hijos que siempre verá como un niño aunque
tenga cuarenta años, ¡es que son tan hermosos!

Sherlock Holmes, la mente analítica más lúcida, es de un personaje de ficción,


no de un hombre real según lo retrata Sir Arthur Conan Doyle (1980) en Un
estudio en escarlata. Holmes no se deja tocar por sentimentalismos ni
sensiblerías. Avanza por el bosque de las pistas, los indicios y los rastros hasta
dar con el culpable, si es que existe. No se deja distraer por los detalles
circunstanciales ni atraviesa de por medio sus prejuicios cuando está
investigando.
Luego Watson obsequia a Holmes con una empresa incluso más difícil y cuando
el detective se luce otra vez, le pide que explique el proceso de su
razonamiento. “Ah –replica Holmes-, es buena suerte. Solo puedo decirle cuáles
son las probabilidades. No esperaba ser tan exacto.” Cuando Watson pregunta:
“¿Eran meras conjeturas?”, Holmes contesta “no, nunca hago conjeturas; es un
hábito peligroso para la facultad lógica” y atribuye la sorpresa de su compañero
a que “no sigue la sucesión de mi pensamiento, ni observa los pequeños hechos
de los que pueden depender las grandes inferencias” (Sebeok, p. 44).

Francis Bacon (1974) decía en sus Ensayos que en la amistad las dichas se
multiplican y las penas se dividen. Podemos agregarle, que con un amigo la
cordura se aumenta un poco. Un celoso, dado que está muy lejos de ser el
famoso detective, si abre la boca y cuenta sus análisis y sospechas ganará
perspectiva y algo de razón. En la amistad la razón se incrementa. No mucho,
es cierto, pero tal vez lo suficiente para que el veneno de la venganza no cabe
demasiado hondo en nuestra alma.
Se podrá objetar que “a los paranoicos también los persiguen”. Y sí, en efecto,
la infidelidad existe y ocasiona una gran desdicha en ambas partes. Más en
una que en otra. El cornudo porque la sufre, y el infiel, porque la goza con
algo de culpa. La víctima, en este caso, no razona mal. Si tiene las pruebas
objetivas y estas conducen a la conclusión: “me engaña”, no hay nada
anómalo en su razonamiento desde el punto de vista de la argumentación. Sin
embargo, lo notable en estos casos, es cómo todo el universo de la relación
queda marcado y cubierto por esta sensación de impotencia que confirma “yo
no soy lo más importante en la vida de mi pareja”. En este estado, todos los
eventos se encadenan en la misma serie que conduce al mismo resultado: “me
engaña”… aunque estén desconectados causalmente y su única relación sea la
de concomitancia como explica Weston (2011) en sus Claves de la
argumentación.

Lyotard y los celos


Dice Lyotard en su obra ¿Por qué filosofar? que “los celos son una especie de
condena a muerte de la mujer viva, un rechazo de su presencia. Tras la mujer
presente yo veo la misma mujer distinta, destruyo su presencia y forjo de ella
una imagen que no conozco (Lyotard, p. 87).”
Esta descripción de los celos no capta el fenómeno. Lo único cierto es que el
amante no rechaza su presencia, él quiere todo lo contrario, la quiere ahí de
manera incesante. El celoso magnifica la talla de la amada. Ahora es más
deseable que nunca.
La imaginación es tomada por las imágenes que recrean el insulto. Una y otra
vez la fantasía hace su tarea y el pobre hombre es incapaz de distinguir entre
fantasía y realidad. Pareciera que Lyotard nunca hubiese sentido celos. La
verdad, los filósofos se ocupan poco de estos asuntos mortales.
Desde el punto de vista de los sentimientos, los celos están asociados con la
exaltación de la imaginación que lleva a confundir las suposiciones con la
realidad, a sentirse menos que antes y menos que otro. Los celos despiertan
deseos de venganza, y en el caso del hombre puede pasar más rápidamente a
los hechos. En España las estadísticas de asesinatos de mujeres por celos son
una constante: cincuenta y cinco por año. En Colombia, también. Sin
embargo, no hay cifras de hombres muertos por su amante, a lo más una
agresión al pene de un marido alegrón en Youtube. No creo mucho en las
imágenes de ese video viral, de ese incendio venéreo. Conclusión, la
testosterona pone una vez más el ingrediente dramático en un problema.

Los celos criminales


La conocida crónica roja de los periódicos debería cambiar su nombre. Se
habla en general de crímenes pasionales, como si el hombre matara por
múltiples pasiones. Se mata por una única pasión y siempre la misma: los
celos. No por otra cosa alguien es capaz de convertirse en criminal y en
suicida de forma sistemática. Recordemos que un buen porcentaje de crímenes
de pasión va acompañado por un tiro en la boca, o en la sien, del mismo
agresor. El celoso está decidido a todo.
Hay que repetirlo, la mayoría de estos criminales son hombres. El señor se
llenó de furia porque su mujer le fue infiel. La autoestima se fue al piso y el
machismo no soportó el golpe. Se llenó de razones (una y la misma que
parecen muchas, la ira) y procedió con el machete, el cuchillo de cocina o el
revólver cargado.
En el imaginario machista de nuestra cultura, la infidelidad masculina está
bastante naturalizada; la femenina, no. De modo que el hombre es más
tolerante y complaciente con sus andanzas y ni por pienso está dispuesto a
aceptar la infidelidad de su pareja: “En mi casa, yo la quiero pura o nada” me
decía a un minero andariego y mujeriego de Caucasia.
En Colombia existió durante décadas la patente para matar por celos (o por
indignación). Se llama el “estado de ira e intenso dolor” que aún se consagra
en el Código Penal como una causal de atenuación de la pena. En otros
tiempos, antes de las luchas feministas, este principio autorizaba al marido
cornudo a matar a la esposa si la pillaba en flagrancia. De paso, al amante. La
mujer no tenía el mismo derecho. Ella sí debía aguantarse la rabia y si no, a la
cárcel iba a dar.
“Por celos y machismo, van 47 crímenes este año en Bogotá” (El Tiempo, nov.
3 de 2012)”
La legislación colombiana avanzó en este tema y solo le deja un espacio para
atenuar la pena si se cumplen algunas condiciones. Como lo recuerdan en la
revista Ámbito jurídico: “Para reconocer el estado de ira como un atenuante de
la pena, es indispensable que los elementos probatorios demuestren que,
efectivamente, el acto delictivo se cometió como consecuencia de un impulso
violento, provocado por un acto grave e injusto, de lo que surge
necesariamente la relación causal entre uno y otro comportamiento”.
En la misma revista se hace un resumen del punto de vista de la Corte
Suprema de Justicia con respecto a la manera como los jueces deben aplicar el
famoso artículo 60 del Código Penal. La Corte colombiana “aclaró que si el
acto se origina en un estado emocional como los celos, es necesario
diferenciar los supuestos hechos ultrajantes y socialmente inaceptables en los
que habría incurrido la víctima, de aquellos que nacen del victimario sin
ningún motivo real”.
Sin darse cuenta, la Corte está pidiendo un imposible. El caso del celoso
precisamente es ese, no puede distinguir entre la realidad y su imaginación
con lo cual se hace muy difícil para el juez, la Fiscalía y los peritos determinar
la condición de culpabilidad o inocencia bajo esos parámetros.
Esta jurisprudencia la emitió la Corte a propósito del homicidio de Gandeiro
de Jesús Loaiza Montes a manos de Jesús Albeiro Gómez Giraldo en un hecho
de celos, o supuestos celos, sucedido en la ciudad de Marinilla en Antioquia.
Corte Suprema de Justicia, Sala Penal,
Sentencia SP-10724-14 (43190), agosto 13/2014, M.P. José Luis Barceló
Camacho:
“Mediante sentencia del 31 de agosto de 2012, el Juez 2º Penal del Circuito de
Rionegro (Antioquia) declaró al señor Jesús Albeiro Gómez Giraldo autor
penalmente responsable de las conductas de homicidio y tentativa de homicidio,
atenuado por el estado de ira e intenso dolor. Le impuso 80 meses de prisión y
de inhabilitación para el ejercicio de los derechos y funciones públicas y le negó
la suspensión condicional de la ejecución de la pena y la prisión domiciliaria. El
fallo fue recurrido por la Fiscalía. El 15 de noviembre de 2013, el Tribunal
Superior de Antioquia lo modificó para descartar la atenuante del estado de ira e
intenso dolor y dejar las penas de prisión y de inhabilidad de derechos en 230
meses.
La defensora interpuso casación.
El pasado 17 de febrero se admitió la demanda respectiva.
Realizada la audiencia de sustentación, la Corte resuelve de fondo el asunto.
Hechos
Sonia Patricia Duque Ramírez, residente en la vereda San José, zona rural de
Marinilla (Antioquia), hacía vida marital con Hernán Antonio Gómez Giraldo, a
sabiendas de lo cual, Jesús Albeiro Gómez Giraldo, hermano del anterior,
sostenía una relación clandestina con aquella.
Para atender en su enfermedad a otro hermano, Jesús Albeiro se vio obligado a
viajar a Bogotá. Cuando regreso, rumores le hicieron saber que Sonia Patricia
sostenía relaciones con un tercero, ajeno a los dos hermanos.
Aproximadamente a los 6 de la tarde del 6 de febrero de 2010, Jesús Albeiro se
hizo presente en la casa de Sonia Patricia, quien se encontraba en al sala
conversando con su hermana Sandra Lilian Duque Ramírez y Gandeiro de Jesús
Loaiza Montes. Mostrando enojo, Jesús Albeiro preguntó si aquel hombre
sostenía alguna relación con Sonia Patricia, lo cual fue negado por los
presentes.

Jesús Albeiro abrió el cierre de la chaqueta, dentro de la cual llevaba un


machete, con el que agredió a Gandeiro de Jesús, ocasionando su deceso por un
golpe dado en el cuello. Luego la emprendió contra Sonia Patricia, golpeándola
con el arma, causándole daños en la cabeza y en las manos. Los gritos de las
dos mujeres llamaron la atención de los vecinos que corrieron en su ayuda, ante
lo cual Jesús Albeiro cesó en su ataque y huyó.
Hasta aquí, la narración de los hechos.
Luego viene por extenso todo el análisis jurídico y probatorio del alegato.
Al final, la Corte Suprema de Justicia se pronuncia de fondo sobre el caso y

Resuelve
No casar la sentencia impugnada.
Contra esa determinación no procede ningún recurso.

“En el caso analizado, la Corte no casó la sentencia proferida contra un


hombre que solicitaba prisión domiciliaria y rebaja de pena por los delitos
homicidio agravado y tentativa de homicidio amparado en el estado de “ira e
intenso dolor”, nos recuerdan los analistas de la revista Ámbito Jurídico.
Es curioso que esa fórmula de “ira e intenso dolor” se repite una y otra vez
aunque como lo reconocen María Camila Arciniegas y Andrés Trujillo en la
monografía: Emociones violentas como causales de inimputabilidad, el
famoso “intenso dolor” no existe en la investigación siquiátrica y es un
invento de los abogados para dar fuerza a los celos como una causal de
inimputabilidad. Si el dolor es tan intenso, pues apenas lógico que yo tome la
justicia por mano propia. No podía contenerme y la justicia me debe
comprender y librar de culpa.
Pues no. Al señor celoso le llegó la hora de contenerse, como lo han hecho las
mujeres durante siglos sin invocar una condición especial. Porque como dijera
el magistrado Carlos Lozano y Lozano en su Elementos de Derecho Penal:
Si la ira o la cólera excusaran por sí mismas en materia penal, querría esto decir
que una pasión nefasta, reputada por todos los moralistas como un vicio del
carácter, alcanzaría una recompensa ante la ley. Querría esto decir que los hombres
violentos, impulsivos, incapaces de controlar sus pasiones, estarían en una
situación de privilegio frente a los mesurados, tranquilos y benévolos. No podría
ser más antijurídica semejante pretensión.

“Es increíble la degradación en la que se puede hundir un celoso sin que se lo


reproche su conciencia” dice Dostoievski en Los hermanos Karamasov.
Volviendo al comienzo
El celoso se priva de la sana razón. No piensa con lógica y por lo tanto, su
orientación en el mundo no es la adecuada. El sentido común nos enseña cómo
se debe razonar y en general sus enseñanzas las seguimos con alguna
precisión. No somos máquinas, pero en muchos contextos alcanzamos a
desenrollar las conclusiones que la información disponible nos aporta.
La educación es una forma de entrenar la mente en el manejo de las
habilidades básicas, y la educación en filosofía es un intento por mejorar
nuestras capacidades analíticas.
Nos hemos referido a los celos precisamente para mostrar que el razonamiento
y la capacidad argumentativa tiene sus límites empíricos y casi siempre el
estudio de estas limitaciones se ocupa de lo relacionado con los sesgos
sicológicos estándar que se estudian en condiciones experimentales.
Curiosamente, la condición del celoso no ha recibido igual atención.
En toda enfermedad de celos se produce una especie de paranoia (Alain
Krotenberg, 2001). El paranoico es una persona que por definición jamás se
equivoca (según él), pues su percepción distorsionada de las cosas se las hace
percibir así, deformadas, y nada ni nadie podrá convencerle de lo contrario. Esa
percepción consiste en una fijación de determinadas ideas o de un orden de ideas,
que quedan como ancladas en lo profundo de su personalidad, y nada las remueve
de ahí. Todo lo que el sujeto perciba pasará por el filtro de esa curiosa fijación
cognitiva, y quedará coloreado de sus distorsiones peculiares. Si esta persona está
persuadido de que su pareja le quiere engañar, no habrá modo de convencerle de
lo contrario: todo lo que suceda lo interpretará de forma que se convenza más y
más de que está en lo cierto y de que su sospecha de infidelidad se confirma a
cada momento. Para el celopático todo sirve de prueba que pone en evidencia el
engaño de que es víctima (Ysern, 2010).

La ventaja de los sanos, una vez más al estilo popperiano, es poder


equivocarnos.

Bibliografía
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Barceló, J. (2014). Sentencia SP-10724-14 (43190), agosto 13/2014, M.P.
Camacho. En
https://www.ramajudicial.gov.co/documents/2769583/3302371/Ira+e+intenso
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celotipia-delirio-relaciones-pareja-vuelven-enfermedad/15416/.

Hume, D. (2005). Tratado de la naturaleza humana. Madrid: Tecnos


Lyotard, J. (1996). ¿Por qué filosofar? Barcelona: Paidós.
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(s.a.) Muertes por celos y machismo. En
http://m.eltiempo.com/buscador/CMS-12353213. Recuperado el 12 de
septiembre de 2015.
(s.a.). Comentario acerca dela sentencia de la Corte Suprema de Justicia
acerca de la “ira e intenso dolor” en Ámbito Jurídico:
http://www.ambitojuridico.com/BancoConocimiento/N/noti-140902-
15no_hay_ira_e_intenso_dolor_en_homicidio_causado_sin/noti-140902-
15no_hay_ira_e_intenso_dolor_en_homicidio_causado_sin.asp
Recuperado el 12 de septiembre de 2015.
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Weston, A. (2011). Las claves de la argumentación. Barcelona: Ariel.

Ysern de Arce, José Luis (2010). “Más allá de los celos, la celotipia”.
Recuperado de
http://foro.enfemenino.com/forum/f78/__f299_f78-Mas-alla-de-los-celos-la-
celotipia.html.