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EL CALPULLI DE ANÁHUAC.

Base de nuestra organización política

Dr. Ignacio Romerovargas Yturbide

México Tenochtitlán 1959.

A nadie escapa la importancia que reviste en nuestra historia la institución política del calpulli creada por los antiguos
pueblos de Anáhuac, la cual, a pesar de los 400 años que han pasado desde que los invadieron los españoles, subsiste en
nuestro territorio en forma latente, aunque nuestras legislaciones no la hayan reconocido explícitamente. Cunda que
fue nuestra vida político-social, el calpulli, no sólo es importante desde el punto de vista histórico, como simple
recuerdo, sino que cobra toda su actualidad y todo su valor porque en su propia estructura se encuentran las bases
poderosas de un orden de justicia digno de ser considerado con atención, pues implica en sí los fundamentos de un
régimen de gran adelanto social al que muchos pueblos del mundo aspirar aún en la actualidad sin poder lograrlo.

Con razón los habitantes del Anáhuac pueden sentirse orgullosos de que dicha organización naciera en su patria y que
sus antepasados se hayan adelantado con muchos siglos a las demás naciones del Universo en materia político-social.

Donde verdaderamente se desarrolla la vida política de un pueblo, fuera de la familia, es en la comunidad local que
actualmente llamamos municipio y que los habitantes del Anáhuac llaman calpulli; pero este difiere de aquel en
múltiples aspectos, especialmente en su régimen administrativo y gubernativo, por lo que a continuación señalaremos
sus principales características, perfectamente compatibles con la vida moderna de los pueblos más avanzados de la
tierra, pero especialmente del nuestro.

Caracteres del calpulli.

Las características propias del calpulli son las siguientes:

Autonomía. El calpulli era esencialmente autónomo, o sea que su gobierno dictaba sus particulares normas basadas en
las costumbres locales, con independencia de los demás calpulli, pero siempre de acuerdo con los lineamientos
generales que establecía la legislación regional y federal del Estado.

Autarquía. El calpulli poseía un gobierno propio emanado de sus miembros conforme a las normas particulares
establecidas en cada calpulli

Autosuficiencia. O sea que el calpulli podía bastarse a sí mismo con sus propios recursos económicos ya fueran agrícolas
o industriales y humanos, con su personal particular.

Territorialidad, por que para poder llenar sus funciones el calpulli estaba poseas en propiedad soberana una fracción del
terreno rural o urbano.

Federalidad, pues formaba parte activa de una unión regional que lo incorporaba a la gran entidad del Estado, por lo que
tenía dos representantes en la asamblea del gobierno regional y éste a su vez tenía también dos representantes ante el
gobierno federal del Estado.

Régimen de gobierno

toda determinación concerniente al gobierno del calpulli era tomada en asamblea, ya sea general o de consejo del
mismo, presidida por dos jefes: el administrador y el ejecutor.
El administrador indicaba la asamblea exponiendo los motivos de la misma y los problemas o casos que deberían
resolverse. Seguía la discusión entre los miembros exponiendo cada cual su punto de vista por eliminación de problemas
hasta llegar a un acuerdo. El ejecutor terminaba tomando la decisión final que interpretaba la voluntad de la asamblea
en relación con las costumbres tradicionales. Aceptada la determinación por la asamblea, el ejecutor tomaba las
medidas necesarias para hacer efectivo su cumplimiento inmediato

Había dos Asambleas Generales, una de hombres y otro de mujeres, constituidas por todos los miembros del calpulli
mayores de 18 años. Estas asambleas eran independientes una de otra, regían acerca de lo concerniente a sus
respectivos miembros, aunque se comunicaban sus respectivas determinaciones para conservación del orden y armonía
en el calpulli.

Estas asambleas se reunían cada año en un día de fiesta señalado (que pudiera hacer ahora el 1 de julio, día del triunfo
de Cuitláhuac sobre Cortés) o en caso extraordinario, por convocatoria especial del consejo de gobierno.

En dichas asambleas generales se trataba fundamentalmente de la elección de funcionarios o de la resolución de


problemas de interés general, entrega de parcelas, etcétera.

El Consejo del calpulli. El órgano ordinario de gobierno del calpulli era el Consejo de prudentes, quien fungía como
autoridad permanente y tomaba a su cargo toda resolución. Dicho Consejo era también encabezado por los jefes antes
mencionados y operaban desde el mismo modo que como se había dicho anteriormente acerca de la Asamblea General.

La elección y remoción anual de consejeros nunca se hacía por mayor número de una tercera parte del total de los
consejeros, quienes podían ser reelectos. El Consejo del calpulli determinaba quiénes debían de ser sustituidos por los
recién electos, tomando en consideración para ello la capacidad y eficiencia en cada uno de sus miembros.

Funcionarios del calpulli

El administrador tenía a su cargo el régimen de bienes del calpulli en su parte administrativa: distribución de bienes,
vigilancia de orden y justicia, el cuidado de lo recaudado por concepto de contribuciones, los almacenes, la cárcel; hacer
el estudio de los problemas de abastos, saneamiento y obras públicas; recibir las quejas del público, etcétera.

El ejecutor, realizaban las órdenes del Consejo, entre otras cosas se ocupaba del cobro de contribuciones que debían
entregar al administrador, disponer del modo de realizar las faenas públicas, ordenar las aprensiones, ejecutar las
sentencias judiciales, dirigir la ejecución de las obras públicas y encabezar la fuerza armada local en caso de guerra,
etcétera.

Igualmente eran electos por la Asamblea los dos representantes del calpulli ante la asamblea de la región.

Cada calpulli elegía cada año a dos jueces, generalmente hombres experimentados de conducta intachable; cada cual
tenía un ejecutor de órdenes. Los jueces recibían con regularidad a los vigilantes de familias para enterarse de la
situación que prevalecía en la población, no sólo el conservar el buen orden y armonía que debían prevalecer entre las
familias, prevenir y evitar la comisión de delitos, sino también el informarse de la situación económica de los mismos y
proveer lo necesario con objeto de evitar el desequilibrio económico, reprimir la vagancia, la ociosidad o los vicios del
Estado de irresponsabilidad de algunos miembros del calpulli con respecto a las obligaciones familiares.

Los demás funcionarios del calpulli eran nombrados por el Consejo del mismo de acuerdo con las circunstancias
particulares del caso. Éstos podrían ser: los ejecutores o alguaciles, el almacenista o tesorero, los escribanos, el
registrador, los dos jefes de maestros y de maestras encargados de la educación, los médicos que atendieron la clínica y
a los enfermos, los artistas a quienes se confiaba el ornato de lugares públicos; finalmente, un grupo de sabios,
prudentes o ancianos era el encargado de enseñar a la población, ya en las escuelas o en actos públicos del calpulli.
Todos los miembros del calpulli tenían la obligación de contribuir al desarrollo de la misma en la forma determinada por
las autoridades de acuerdo con las circunstancias particulares de cada familia o individuo; a la vez el calpulli debía
proveer lo necesario para que sus miembros tuvieran un modo honesto de vivir mediante la justa distribución de bienes
y beneficios de acuerdo con las necesidades de cada quien.

Los cargos públicos podían declinarse antes de tomar posesión de ellos y en forma justificada, pero no una vez
aceptados. Los funcionarios podían ser destituidos por justa causa mediante resolución tomada por el Consejo o por la
Asamblea General del calpulli en su caso.

Los trabajos públicos ejecutaban en orden rotativo; estaban exentos de los mismos quienes tuvieran cargo que les
impidiese dicha labor o los que por circunstancias especiales fueran declarados exentos: enfermedad, etcétera.

Cada calpulli tenía a su cargo tanto en la educación de todos sus miembros como el cuidado de los enfermos y la
ejecución de las obras públicas de necesidad local.

Los jóvenes mejor dotados eran enviados a su perfeccionamiento a los centros técnicos y de estudios de la región o el
Estado.

Régimen de propiedad del calpulli.

Los bienes inmuebles eran propiedad del calpulli; por consiguiente los miembros del mismo tenían preferencia en el
goce de sus bienes, al menos que fuesen de utilidad general del Estado y estuviesen a cargo de este, como ciertas
grandes empresas, obras de utilidad general, etc.

cada jefe de familia tenía derecho a tener su casa o a edificar la adecuada a sus necesidades, los vecinos en tal caso
colaboraban en su construcción de acuerdo con las disposiciones del Consejo de prudentes.

Las joyas y bienes inmuebles eran propiedad de quienes las poseyeran por legítima adquisición, así como el operario de
era dueño de las obras que ejecutara y el trabajador del producto de su trabajo.

La construcción de casas y edificios estaba sujeta a reglamentación y aprobación del Consejo de gobierno para evitar la
anarquía o el desequilibrio social y económico.

Como se desprende de lo anteriormente escrito, la propiedad de las tierras cultivables era del calpulli, quien notificaba
parte de ellas para sustento de cada una de las familias que lo constituían. El resto de dichas tierras era de utilidad
colectiva, cultivadas y aprovechadas por el calpulli. Las tierras de los funcionarios eran también objeto de cultivo por el
servicio comunal.

La contribución se pasaba por medio de un pacto especial entre el calpulli el gobierno regional tomando en cuenta el
monto del pacto que la región tuviese con el Estado federal y atendida la capacidad económica del calpulli con respecto
a los demás de la región. La aportación por concepto de contribución era en trabajo humano para el servicio del Estado
o en bienes que actualmente se traducían en dinero.

Las diferentes clases del calpulli

había tres clases de calpulli:

El calpulli rural, de tipo agrícola, que fundamentalmente vivía de la agricultura y ahora sería también de la cría de
ganado; consistía en la agrupación política de familias dispersas en el territorio con el fin de ocuparlo todo, cuyas casas
se encontraban unidas por veredas a un centro de carácter ceremonial, político y económico donde estaba el asiento del
gobierno. En este centro llamado calpullco, lugar del calpulli, estaban: la casa de gobierno, el centro ceremonial del
pueblo, el mercado, los almacenes, el juzgado, la cárcel, el registro público, las escuelas, la clínica y un asilo de
desamparados.

2. El calpulli urbano, de tipo industrial o gremial, en que a manera de nuestros barrios, vivían en casas agrupadas,
unidas por calles o canales, cuyas industrias unidas, trabajaban en forma cooperativa o gremial; sus jefes formaban
parte del Consejo del calpulli y siempre estaban en relación con otro calpulli te pochtecas o comerciantes para la
distribución de sus productos. He aquí por qué prevalece en México hasta la fecha la tendencia agrupar en una calle o
barrio a los comerciantes o productores de una misma industria, contrariamente a la costumbre europea de establecer
zonas de protección comercial a sus establecimientos.

Estos calpullis estaban organizados de acuerdo con los lineamientos generales de los anteriores; pero se regían por
normas adecuadas a sus necesidades y circunstancias particulares de su natural desarrollo.

El calpulli mixto, era aquel que aunque estaba en gran parte concentrado en el barrio de una ciudad, poseía tierras y
practicaba diversas industrias agremiadas y unidas políticamente.

Estos calpullis regidos por leyes adecuadas a su propia naturaleza, estaban organizados políticamente en forma similar a
los anteriores tomando de unos y otros las normas propias a su desarrollo.

Excelencias del calpulli.

Por sus propias excelencias y vitalidad, a pesar de todas las vicisitudes que han sufrido, ya por incomprensión de los
malinchistas o por deseos de destrucción de los europeizantes, el calpulli ha demostrado en nuestra vida política a
través de la historia el poder de sus virtudes sobreviviendo hasta nuestros días, y es porque en sí es una institución
extraordinaria, verdadero baluarte de las libertades del pueblo y constituye el medio indispensable del desarrollo de la
vida política y económica de Anáhuac.

Muchas son las razones que determinaron la superioridad del calpulli sobre lo que hemos llamado “municipio”.

Por una parte responde el calpulli al desarrollo natural de la organización y la vida de nuestro pueblo, en tanto que el
municipio obedece a un transplante de una institución extranjera impuesta por la fuerza de las armas y como medio de
destruir y suplantar las instituciones existentes en Anáhuac.

Mientras el municipio tiene por base y origen un firmán o ukase arbitrario que toma por fundamento principios
artificiales, tales como el amontonamiento ocasional de casas o de habitantes, el calpulli sienta sus cimientos sobre
principios económicos y sociales del desarrollo del pueblo.

Mientras el calpulli sigue subsistiendo a pesar de no ser reconocido por nuestra legislación, el municipio lleva una vida
raquítica y azarosa a pesar de la determinación legal de su existencia.

El calpulli se organizó sobre la base a la vez democrática porque es oriundo del pueblo, social y aristocrática en cuanto
que es él, el grupo selecto, el que gobierna como autoridad, en tanto que el municipio ha impuesto por los invasores
españoles puso el acento sobre el gobierno de un “presidente municipal”, prestándose a la formación de tiranillos
aprovechados, verdaderos caciques, también de invención española, que equivocadamente se dicen que son de origen
indígena.

La ventaja del sistema de gobierno del calpulli es evidente, pues bien se sabe que es fácil que un jefe audaz y ladrón
llegue apoderarse del poder público y usarlo a beneficio y provecho propio como acontece a menudo en nuestros
municipios; pero es difícil encontrar un grupo constituido en asamblea en el que todos sus miembros quieran tiranizar al
pueblo y robarlo.

La variedad infinita de aspectos y modalidades que puede adoptar la forma del calpulli, adaptable a todas las
circunstancias que se pueden presentar en la práctica, debido a sus características al principio señaladas, la torna en
todos sentidos superior al municipio, por el carácter rígido que a este le imprime la ley además de ser producto
espontáneo del pueblo, sino que fue objeto de la importación impuesta por las fuerzas por los invasores españoles
aunque adoptada por ignorancia en nuestras constituciones.

El esfuerzo común, el bienestar económico y moral, la educación y el desarrollo de la vida del pueblo son los
fundamentos del calpulli, en tanto que los del municipio, reliquia de anhelos medievales, son los intereses particulares
muchas veces encontrados, por lo que su vida artificial se ve siempre sujeta a movimientos demagógicos provocados por
los compradores devotos y usurpadores audaces del poder público, quienes en la jerga popular son llamados “políticos”,
los que en la mayoría de los casos son seres advenedizos y los más deleznables de la sociedad, aunque suelen ser muy
hábiles en lucrar en provecho propio.

El egido español, verdad de la tierra de nadie de la que todos sus miembros podían a su modo gozar, en ninguna
manera corresponde al concepto que los Anáhuac as tenían acerca del calpulli, tierra comunal del calpulli, la que en
realidad era de todos y en la que todos debían participar con su trabajo para beneficio de todos y de cada uno de sus
miembros. Tal matiz que diferencia a dichas instituciones de modo fundamental es uno de los tantos aspectos que han
determinado el fracaso de nuestro actual sistema agrario, matiz que nuestros legisladores no pudieron aquilatar por el
afán Malinchista de querer siempre imitar lo ajeno sin querer investigar, porque no aprecian lo nuestro.

En todos sentidos nuestro calpulli responde a necesidades de humana convivencia en tanto que las instituciones
importadas de otros países se deben a cuadros formados de antemano por una lógica extraña a la nuestra, artificiales y
teóricos, o al menos son producto de circunstancias diferentes a las nuestras, por lo que son impuestos a nuestra
realidad por un deseo poco justificado de imitar lo ajeno, siempre condenando a tener poco éxito en la práctica por no
ser fruto de la vida y de las necesidades de la población. Tal es, entre otras, la razón por la que nuestra democracia sea
tan sólo una ficción de democracia, pues en realidad no le es, por haber sido impuesta con modalidades extrañas a lo
nuestro, ya que se implantó por la fuerza de las armas primero y por la estulticia del legislador después y por no
responder al desarrollo natural nuestro ni de la evolución del pueblo mismo, quien es el que debe vivir, promover y
hacer florecer las instituciones.

Conclusión

Si después de más de 400 años de haber sufrido las consecuencias brutales de la invasión española no hemos podido
recuperar nuestra verdadera independencia política, económica, social y sobre todo cultural, es porque, en vez de
estudiar lo nuestro y volver a lo nuestro considerando la realidad nacional, nos hemos dedicado a querer adoptar el
pensamiento extranjero creado con otros propósitos y para otros fines en un esfuerzo vano de asimilación mal digerida
que sólo nos puede llevar al mundo visible de la caricatura.

Es tiempo ya de abandonar espejismos y de no incubar ilusiones, preciso es volver a recuperarnos nosotros mismos,
retornemos a ser lo que somos sin temor a la verdad, dejemos a un lado el convencionalismo vano que consiste en creer
que muchos alcanzaremos fingiendo ser lo que no somos. La única forma de progresar es reconocer la realidad y seguirla
con valor.

Sólo pretenden rechazar su propio ser los descastados y los que menosprecian su propia naturaleza, los que traicionan,
los serviles. Para progresar se requiere partir de una base positiva, saber lo que es y desarrollar con esfuerzo sus propios
talentos sin apartarse de sus naturales recursos y aprovechando todas las posibilidades que pueden presentarse.
Sin duda alguna será imposible sacar algo de la nada; pero felizmente no es el caso nuestro, pues en nuestros pueblos de
acuerdo con nuestra realidad histórica podemos encontrar todos los elementos necesarios para realizar con ellos la
metamorfosis más extraordinaria que pudiera anhelar toda nación sin apartarnos de nuestros propios designios.

Por ello necesitamos reestructurar nuestra organización política tomando como fundamento los principios que nos
legaron nuestros padres, los primeros habitantes de Anáhuac, conformando los a las necesidades que requiere el actual
desarrollo de nuestro pueblo, pero siempre con su anuencia o sea tomando en cuenta su propio sentir, idiosincrasia,
para exaltar y sublimar nuestros propios valores y luchar dentro de este programa con denuedo hasta lograr ocupar el
puesto delantero que nos corresponde en el campo de la cultura y en el consorcio de las naciones.

Sólo mediante el esfuerzo de toda la población realizado en el calpulli es como se podrá lograr el orden, la educación de
todo el pueblo y la supresión de los cambiadores y detentadores injustos de la riqueza del país.

No hay que olvidar que pertenecemos a un pueblo viejo y sabio a quien por ignorancia hemos impuesto el castigo de
ingresar a la escuela primaria de Europa. Pero sabido se calla que ahí no se logrará provecho alguno porque su destino
es otro por sus designios en la historia de este mundo.

El calpulli es la institución que ofrece mayores garantías de vida para los pueblos del Anáhuac; su forma de gobierno
dirigida por un consejo de prudentes con dos autoridades al frente, presenta el mejor modo de acabar con los
cacicazgos oriundos de España, con sus métodos de cohecho y de abuso de autoridad; a su vez el régimen de bienes del
calpulli libera al país de la lacra social del enriquecimiento desmedido de los acaparadores y cambiadores del pueblo a
que se ha hecho alusión con anterioridad.

De la adopción del calpulli para nosotros depende la implementación de un verdadero régimen de justicia social y de
seguridad nacional. Por lo que, sin temor podemos proclamar que así como el grito agrario fue el de: “TIERRA Y
LIBERTAD”, el maestro debe de ser ahora “AL CALPULLI”. Si antaño se estableció el principio de que “la tierra debe de
ser de quien la trabaja”, ahora nos corresponde determinar que “la propiedad del calpulli debe de pertenecer a sus
miembros”. Si en aquel entonces sólo se pretendía combatir el latifundismo rural, en la actualidad se impone con
evidencia la necesidad de destruir además el latifundismo urbano de los acaparadores y el latifundismo industrial de los
monopolios, verdaderos asesinos del pueblo.

Volver a los lineamientos del calpulli es volver a la democracia, salvar al pueblo de una decadencia fatal y de hacer
nuestra cultura con el resurgimiento de Anáhuac ante el Universo.

Unámonos a los Anáhuac as clamando:

“!TIHUI, TIHUI!”

¡ADELANTE! ¡ADELANTE!

Es la voz del progreso y de la patria.

México, D.F., noviembre de 1959.

Dr. Ignacio Romerovargas Y.