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GOBERNANDO EL VACÍO

LA BANALIZACIÓN DE LA DEMOCRACIA OCCIDENTAL


Peter Mair

Respecto de este texto, tenemos que leer dos secciones: la introducción y el capítulo tercero.
La introducción se divide, a su vez, en cuatro partes. La primera de ellas no tiene nombre y
comienza inmediatamente después del título. Acá es donde se plantea la tesis principal del
texto, el cual consiste en que “La era de la democracia de los partidos ha pasado. Aunque los
partidos permanecen, se han desconectado hasta tal punto de la sociedad en general y están
empeñados en una clase de competición que es carente de significado que ya no parecen
capaces de ser el soporte de la democracia en su forma presente. Gobernando el vacío
trata sobre este problema” (p. 21). Así, se está entrando en un tipo de democracia diferente,
una que es cada vez más independiente del componente popular.

La segunda de estas partes se denomina “Democracia e indiferencia”. Es acá cuando se nos


plantea que el principal problema en la actualidad no es la existencia de desconfianza popular
contra los políticos y gobiernos, sino que es el desinterés que existe respecto de la política,
surgiendo un sentimiento antipolítico (p. 23). Y este sentimiento antipolítico no solo se
manifiesta en el legos, sino que también se estaba “haciendo más evidente en la literatura
política más especializada de finales de los noventa” (p. 24). No obstante, algo curioso es
que esta indiferencia se manifiesta contra la política, políticos y gobiernos en general, el
interés por la democracia estaba en aumento “La democracia estaba en la agenda a finales de
los noventa y, lejos de ser tratada con indiferencia, se había convertido en una prioridad en
la investigación tanto de la ciencia política empírica como en la teoría política” (p. 26).

La tercera parte se denomina “Indiferencia y renovación” y, a partir de lo dicho


anteriormente, se nos plantean dos enigmas: el primero es referente a “Este gran interés
renovado por la democracia coexiste con indicios del signo opuesto” (P. 27), esto es, ¿cómo
se concilian el creciente desinterés por la política con el hecho de que la democracia es
considerada como una prioridad de estudio? Se nos plantean dos respuestas. La primera es
que “en realidad están relacionados y que el creciente interés intelectual e institucional por
la democracia en parte es respuesta a la expansión de la indiferencia popular”. La segunda es
que “muchos debates sobre reformas institucionales y teoría de la democracia parecen
coincidir en favorecer las opciones que fomentan el distanciamiento de las masas…el
renovado interés en la democracia y sus significados en el ámbito intelectual y en el
institucional no está dirigido a abrir o reforzar la democracia como tal, sino que su objetivo
es más bien redefinir la democracia de forma que pueda afrontar más fácilmente la
disminución del interés y la participación populares y adaptarse a ella” (p. 27, 28), esto es:
hay un intento de redefinición de la democracia. Y parte de esta definición parte por la
distinción entre lo que es la democracia constitucional, que “pone el acento en la necesidad
de frenos y equilibrio de las instituciones y que implica el gobierno para el pueblo”, de la
democracia popular, “que hace hincapié en el papel del ciudadano corriente y en la
participación popular, y que entraña el gobierno del pueblo”. En absoluto estos dos conceptos
se contradicen, pero existe en la actualidad la tendencia de diferenciarlos. Y es más, está
también la tendencia de que, mientras la democracia constitucional gana terreno, el popular,
por su parte, lo pierde. Eso es lo clave del primer enigma. El segundo hace referencia a que
“si la democracia se está redefiniendo para rebajar su componente popular, ¿por qué está
ocurriendo? Y ¿por qué ahora?” (p. 31). Peter nos dice que hay varias respuestas, pero la que
él sugiere consiste en que esto se debe principalmente a las “deficiencias de los partidos
políticos. Como los partidos fallan, también falla la democracia popular” (p. 31).

Y la cuarta sección de la introducción se denomina “Redefiniendo la democracia”. Acá se


nos hace un análisis comparado con el texto The Semi-Sovereign People, de Schattschneider.
La tesis de este texto es que en el núcleo de la democracia están los partidos, y que “la
supervivencia de la democracia garantizará la supervivencia de los partidos” (p. 33). No
obstante, lo que hace Mair es redefinir esta tesis y plantea que “también podríamos leerla en
el sentido contrario, de forma que el fracaso de los partidos implicase el fracaso de la
democracia o… que el fracaso de los partidos implicase al menos el fracaso del gobierno
(representativo) moderno” (P. 33). Ahora, surge la pregunta “¿en qué sentido estamos sin
partidos y en qué sentido están fracasando?” (P. 34). Mair postula que en dos sentidos.
Primero, “los partidos cada vez son más incapaces de atraer a los ciudadanos de a pie”. Y
seguno, “los partidos ya no constituyen una base adecuada para las actividades y el estatus
de sus líderes, que cada vez más dirigen sus ambiciones a instituciones públicas externas, de
las que extraen sus recursos” (P. 34). Finalmente, la introducción concluye “Los partidos
están fracasando porque la zona de interacción –el mundo tradicional de la democracia de
partidos en el que los ciudadanos interactuaban con sus líderes políticos y se sentían
vinculados a ellos- se está vaciando”.

Luego de esto, teníamos que el leer el capítulo 3 del libro, el cual se titula “La retirada de las
élites”. Este capítulo se estructura en cuatro partes, y en la primera (que no lleva nombre y
que va inmediatamente después del título” se nos plantea que este desinterés de los
ciudadanos por la política no solo indigna y frustra a los políticos, sino que además los
impulsa a “buscar soluciones mediante el cambio institucional (P. 88). Sin embargo, a su vez
también “en la práctica de la democracia organizada hay una tendencia clara a equiparar la
retirada ciudadana con la retirada de las élites” (P. 88). Así “El alejamiento es mutuo y, pese
a toda la retórica que se repite por todas partes, es general”.
La segunda parte se denomina “El siglo de la política de masas” y lo primero que se nos dice
es que el “siglo XX fue el siglo de las masas” (P. 89). Esto se materializa, por ejemplo, en la
expansión del derecho a sufragio. Y junto a esta “democracia de masas” (P. 89) surgen los
“partidos políticos de masas”, transformándose estos últimos en el sello democrático
característico y entrando así en una época de oro para los partidos. Es en esta época en que
se crea una verdadera identidad entre persona-partido. Los partidos también eran bastante
cerrados, eran como mini-comunidades, las que ocasionaban “cierre social, que en varios
países se tendía a crear una pauta de segmentación generalizada, que separaba a los grupos
sociales al tiempo que unía a sus miembros y partidarios” (P. 90). A su vez, los partidos
“empezaron a reclamar una influencia creciente sobre todas las esferas de la vida diaria del
individuo” (P. 91). Así, estos dos elementos (cierre social e intervención organizativa)
formaron “fuertes redes organizativas sobre la base de sus experiencias sociales comunes”
(P. 91). El ejemplo clásico de lo dicho es la socialdemocracia en la Alemania imperial. Otra
características de los partidos en su edad de oro era las disparidades “Cada uno tenía un
programa distintivo que debía reflejar los intereses de esa base” (P. 92). Y es en este período
en que “los partidos –al menos, el partido de masa clásico- daban voz a la gente, al tiempo
que garantizan la rendición de cuentas de las instituciones del gobierno” (P. 93). De esta
forma, había una armonía entre los elementos populares y los constitucionales. Ahora todo
este período ya pasó, y la fecha de inflexión podemos situarla a mediados de la década de
1960, cuando los partidos “pusieron el acceso al gobierno por encima de cualquier integridad
en la representación… Las últimas décadas del siglo XX presenciaron cómo los partidos se
retiraban gradual pero inexorablemente del ámbito de la sociedad civil al ámbito del gobierno
y el Estado” (P. 93, 94).
La tercera parte se denomina “De la sociedad civil al Estado: la situación de los partidos”.
Acá se nos plantea que son dos los procesos que operan en el traspaso de los partidos de la
sociedad civil al Estado, que son “Primero, las organizaciones de partido… están menos
arraigadas en la sociedad, y, segundo, también están orientadas más marcadamente hacia el
gobierno y el Estado” (P. 94, 95), lo cual ha causado una dispersión y fragmentación de los
partidos: los militantes cada vez militan menos y los grupos hermanos han perdido sus
antiguos vínculos. Así, “los partidos se han distanciado de la sociedad civil y de sus
instituciones sociales, al tiempo que encuentran cada vez más inextricablemente atrapados
en el mundo del gobierno y del Estado” (P. 96). En la actualidad, los partidos cada vez
dependen más del dinero otorgado por el Estado. Antiguamente, ellos reunían sus recursos a
partir de movimientos autogestionados o por donaciones de afiliados “la sede central de los
partidos recibe cada vez más fondos públicos para el pago de los salarios y para mantener el
trabajo de la organización entre elecciones” (P. 97). Tanto así es su dependencia, que Mair
sostiene “Es en este sentido en el que los partidos se han vuelto dependientes del Estados y
parecen agentes del Estado” (P. 98). También en la actualidad “los partidos cada vez están
más sometidos a nuevas leyes y regulaciones estatales, que a veces incluso determinan de
qué forma puede funcionar su organización interna” (P. 98). Esto va de la mano con lo dicho
anteriormente, pues “las subvenciones estatales inevitablemente conllevan la exigencia de un
sistema más estricto de afiliación y control”. Finalmente, concluye esta parte Mair diciendo
“Estamos ante el auge del partido en el gobierno. El resultado es una clase gobernante” (P.
99).
La cuarta parte se llama “Las funciones de los partidos” y se nos dice que todo lo dicho “ha
tenido grandes implicaciones para las funciones que los partidos cumplen dentro del sistema
político en su conjunto” (P. 99). Antes los partidos “buscaban unir el gobierno para el pueblo
con el gobierno del pueblo, también aunaban funciones representativas clave con funciones
procedimentales claves: todas en el mismo órgano” (P. 100). Viendo la evolución de las
funciones una por una, la primera consistía en que los partidos integraban y movilizaban a la
sociedad civil en un sistema de competencia partidista. Sin embargo, en la actualidad la gran
mayoría de la población ya está integrada y tiene una idea de su identidad política. Así, “ese
papel es más o menos redundante” (P. 101). Una segunda función de los partidos era la de
representar los intereses de la ciudadanía, no obstante, esto cada vez se ve más innecesario
(aquí no caché bien el razonamiento lógico para llegar a esta conclusión, P. 102, 103). Otra
de las funciones de los partidos era la de reclutar líderes políticos y la ocupación de cargos
públicos. Sin embargo, esta función se ve mermada en el sentido que cada vez los partidos
tienen que ir más allá de su círculo para encontrar candidatos apropiados. Este fenómeno iría
de la mano con la disminución de afiliados. Y la última función que analiza Mair es las
relacionadas con funciones procedimentales, de las cuales extrae dos. La primera es la del
clientelismo político, que sería la única función clave que los partidos siguen realizando. La
segunda es la asignada a los partidos en la organización del parlamento y del gobierno.
Finalmente Mair concluye “La conclusión… las funciones representativas de los partidos
están desapareciendo o al menos están siendo absorbidas parcialmente por otros organismos,
mientras que las funciones procedimentales se han mantenido y a veces incluso han cobrado
más importancia” (P. 106).