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HISTORIA IlE

rf|s vENEz0rANos
EN EL SIGTfl XX
MmuclC,aballno

a
EDITORIAL
AtFA
luorce

Introducción.... ...11
Primeraparte! Venezuelase bajadel caballo ....... 19
Laagonladelaguerra .....21
LaRevoluciónLiberalRestauradora.... ... 22
Guerritasdecalentamiento. ...25
LaRevoluciónLibenadora... ......26
L,aPaxGommica ....31
LabatalladeCiudadBolfvar .......31
LacreacióndelEiército ......33
Castro se va, Gómez se queda . . . . 4l
ol-a evolución dentro de la situaciónn. . . . . . 47
Cronología:1899-1908. ..50
S€$mdapa^fresElestadosoyyo .......51
Liberal,nofederd ...53
Uncrecienteliberd. ....53
Unmenguantenfederal, ,..,.62
¿Latifundiooulatrofundior?.. ...67
Gómez er¿elleúfundio . ..... 68
Lafortunayelpoder ...7.A
EI reino del teror . . . 73
Unresabiodelaguerra .......73
uEl Olvido>ylatortura ......76
¿L"adictaduradelpetróleo? ......81
Cipayosypatriotas .....82
Lariqueza fácil.. ......84
Teorladelatiranla .......89
Unaguerradeconquista.... .......91
¿Vdlenillamarxista? ....94
Cronologla:1908-1928.... .....96
Tercera partq La invención de le polftica. ... . 99
Polltica,democraci¿ymodernidad... ...... 101
Lasbocasseabren ....102
I-a,viejaVenezuela intenta resucitar . 106
La doctrina de la democracia. . - . 111
Un maquiavelismo ingenuo ... ..... .... 116
Unalargatransición .....l2l
El l4defebrero ......123
Una derrota anunciada . 124
La nueva polltica petrolera . . . 127
Cronologla:1928-1945.... ....131

Cuarte parter Los trece años de octubre . 135.,,.


Pronunciamientomilitar,revolucióncivil ....137
Un cuartelazo clásico . . L4O
Esadesconfianz .. .... 'l'42
l,orevolucionario .,...144
La otúnica de Nesou ,. . 146
Lademocraciadepartidos.... ..149
AD: kninista, pero no marxista ... . 150
Copei: de la derecha al centro. .... . 157
l.aimposibleizquierda ......163
Extraecclesiarn... ....l7l
Los militares pasan la cuenta. .. . 173
Unmismoproceso ....175
Elmagnicidio.... ....177
Elaño58... ....181
[¡smilitares..... ....I82
Lacalle ... t84
Los parddos pollticos . . 186
Consecuencias: el corto y el largo plazo . . . 194
Cronología:1945-1958.... ....198

Quinta parte Vida y pasión de la república civil .. . 203


Elascenso ...205
Loscincopuntosb:ísicos ....207
La lucha por la democracia . . . . ZO9
Lapalabrandemocracia).... ......210
Lacoalición ...212
Unmagnicidiofrustrado... ......2I4
Su m:ís peligroso enemigo . . . 214
Contrasoberbia,humildad .....217
SepararsedeCopei ...217
Dandoydando ......219
De la cátedra al.poder .. . 223
Un sólo as en la mano . 224
Elúltimofundador. ...227
¡Rockefellerno!... ....228
El horizonte de 1983 . . 230
Contraelcentralismo.... ...232
Más dura será la calda . .. . 235
LadiosaFortuna ....238
LlderdelTercerMundo .....239
El fin de la ilusión . . 243
¿UnaNEPsocialcristiana?.... ....244
EluviernesnegroD ....245
<¡Pagueusted,yaln.. ..245
Como quien no quiere la cosa ... . 248
Nichichanilimonada.... ......249
Bailando conlafea... ...253
Elentuertodeladeuda ......254
LaCOPRE .....25'
LadomadelMinotauro.. .....259
Mentalidaddebuitres. ... -..260
Nadietienetantaplata. .. -..261
Lahuelgapetrolera . - -.262
Unarelacióndificultosa.... ......265
Lasbanderasdelaizquierda... .. -.268
La siembra del petróleo . . . 271
Llegan las inversiones. . . . . . . 272'
IJnaeconomlamorosa ,.....277
El fruto espiritual . . 279
Para salir de la oscuridad . . . . 279
Elestadocomomecenas.. - ..282
Laguerraylarepresión.... .... 293
Disparar primero, averiguar después. .... . 295
Cubayladivisión deAD ....298
Losnsombrereroslocoso .....300
Democraciaycorrupción.... ..343
Losladronesalbanquillo... ..--..304
Elladrón,héroepopular... -.304
Ie <Gran Venezuelau. . . 305
<Barrer la casa, - . 306
Devaluacióneinflación.... ......307
La oingeniería socialn . . 308
Cronologla:1959-L988.... ....310

Strtapnrtes Laagonladelapolltica.... ... - 315


<Nunca ségundas partes...D. . .

PorlacdledelaAmargura.... ..:.318
ElmadrugonuLo.. ,...321
Untriunfodelliberalismo.. ......332
Paraucuidarlacasa, .....337
Elgobiernomásdébil. ......338
Resurrecciónpolltica,muertehistórica ...... 341
Hasta el Partido Comunista . . 342
Larlltimaoportunidad.... ..344
Eldiscurso del92 .....344
Lacrisisbancaria .....347
Elindeseadoviraje ....348
Losmilagrosnoexisten .....350
La puntilla . .. 353
Unpolíticopopular ...355
Unproductodelademocracia .....355
Chavismoyfascismo ..357
¿Chávezizquierdista o izquierda chavista?. . ., . . . 360
nElsegundoCastro, ...364
¿Chlvez populista? .... 366
Mesianismo, autoritarismo, militarismo. . . 367
¿Unvenezolanotlpico? ......368
Pobreza,corrupción,ineficiencia .... .... 369
Cronologla:1988-1998.... ....374
Conclusiones... .. 375
Bibliografiacoment¿da ..387
Primera parte: Venezuela se baja del caballo ... . 387
Segunda parte: EI estado soy yo ... . 388
Ticera perte: La invención de la polltica .. . 390
Cuarta parte: Los trece años de octubre .. . 392
Quinta parte: Vida y pasión de la reptlblica civil . . . .. . 393
Sexta parte: La agonla de la política . . . . . . 395
INTRODUCCÉN

Comenzaremos por desglosar el título de este libro, antes de hacerlo con su


contenido. Hablar de la Historia d¿ los uenezoknos en el sgb ueinte, puede
parecer contrario al consejo de Lord Acton seguido en la medida de lo posible
en nuestros trabajos históricos: esrudiar problemas, no períodos. l¡ hacemos
aqul por dos razones: la primera, el siglo )O( contiene rasgos muy particulares
e inéditos en la historia de Venezuela que permiten estudiarlo como un pro-
blema. l,a segunda razón es porque es en este siglo cuando se puede hablar
de nlos venezolanoso al referirse a los habitantes de este país.
Los rasgos (particulares e inéditos, del siglo )O( son Ia paz y la liber-
tad: durante sus tres primeros siglos, el país no conoció la libertad y durante
el siglo trascurrido desde 1810 hasta 1903, apenas gozó de algunos pocos
años de una paz desconfiada y armada.
Poca demostración necesita la afirmación según la cual la paz reinó
en Venezuela después de instaurado el orden monárquico español, una vez
exterminada la dispersa eineñcaz resistencia indígena; y de la misma manera,
tampoco la libertad: ese concepto no se entendía, todavla no se había inven-
tado. Y después de conocida e independizadaYenezuela, no basta recordar
la amarga reflexión del Libertador: nhemos conquistado la independencia,
pero no la libertadr.
En cuanto alapaz, no puede considerarse instaurada para siempre en
el siglo )O(: ella no parece haber existido jamás, en ninguna parte del mun-
do, después de la aparición del hombre sobre la tierra. Pero si se le compara
con nuestro sangriento siglo XIX, el )O( es el siglo de la paz. O mejor, para
emplear la acertada frase de un testigo de la última batalla de las guerras
civiles, cuando la quietud se enseñoreó en Venezuela. De igual manera,
nadie puede hablar de libertad plena, ni siquiera después de la intermina-
ble tiranía gomecista.
t2 H|STONIA DE LOS VEI{EZOLANOS EN EL SIGLO )O(

La nuestra no quiere ser una historia de Venezuela, sino de los venezo-


lanos. Aquí deben aclararse dos cosas, una: si nadie antes lo había intentado
era, acaso por intuir que los venezolanos no existían como tales: sólo en el
siglo )O( se completará el proceso de la unificación territorial y se asistirá a
la aparición de una cierta conciencia nacional. Dos, no estamos presentan-
do aquí un estudio sociológico ni psicológico: nuestros trabajos intentan
situarse en el ámbito de la historiade lo político, que no es lo mismo que
una historia descriptiva de Ia política.
Nuestra intención inicial era. a esta Historia de los uenezolanos, dar-
le como subtítulo uEl siglo de la pazr. Es curioso el rechazo encontrado al
anunciarlo, el mismo enfrentado cuando definimos al venezolano como un
grupo social pacífico: en un país abobado por el culto machista de los héroes
guerreros, calificar a alguien de pacífico es dudar de su virilidad.
Eso debía importarnos muy poco: no escribimos para complacer como
tampoco para irritar a nadie, sino para comprender el mundo en el cual
vivimos y para ordenar los resultados de esa búsqueda, por sobre el aparente
caos de la vida cotidiana.
Pero, a la refexión, calificar de npazo lo vivido en Venezuela después
de que en 1903 se cerrara el ciclo de las guerras civiles, es demasiado vago e
incompleto: si la guerra campesina ha muerto, no por eso ha desaparecido
la violencia callejera en la medida del crecimiento de nuestra población y al
hacerse más grandes nuestras ciudades.
La solución, en yez de cargar de matices esas formulaciones, podría
estar en remitirse a un tercer concepto común a ambas: Ia violencia. Así,
en lugar de hablar de sendas situaciones (guerra y paz) como formulaciones
generales en compartimientos estancos, sin ningún vaso comunicante, acaso
sea más fructífero referirse, si fuere el caso compararlas, a las violencias de
la guerra y las violencias de la paz.
Todo eso puede quedar más claro explicando la génesis de este libro,
su concepción general y su propósito. Para comenzar, es fruto de una insatis-
facción y de una autocrítica. Hace algún tiempo, una joven editorial española
nos pidió redactar un libro sobre los cuarenta años de la historia venezolana
a partir de 1958. Al entregarlo, propusimos como título De k democracia al
autoritarismo; y se terminaba con la segunda presidencia de Rafael Caldera.
Los editores me sugirieron redactar un capítulo donde intentase un análi-
sis de la situación en los primerlsimos años del siglo )O0. Así lo hicimos, y
plantearon un nuevo título: La gestación de Hugo Cháuez. Lo acepté a rega-
IVANUEL CABALLERO r3

ñadientes, porque comprendía sus razones, pero además porque subtitulaba


con lo propuesto desde el comienzo como título.
LJna vez en la calle, la relectura del texto nos dejó un sentimiento de
insatisfacción y la dimos en magnificar algunos pequeños errores atribuibles
a la premura con la cual fue redactado, así como a la lejanía oceánica entre
el autor y los correctores.
El librito alcanzó con bastante rapidez una segunda reimpresión, pero
decidimos no editarlo nunca más. Como no es infrecuenre en el trabaio
intelectual, y en todo caso en el nuestro, comenzamos a pensar en la forma
de corregir aquel traspiés. Primero redactando una historia de la democra-
cia en Venezuela, que arrancara no en 1958 sino treinta años antes, con la
emergencia de la llamada ngeneración del 2Br. Pero nos dimos cuenta, por
una parte, de cuánto contradecía eso una tesis nuestra sostenida desde hace
tiempo, la cual nada nos dice caducada: señalar el 14 de febrero de 1936
como la fecha natal de la democracia. Por otra parte, aquello cubría las tres
cuartas partes del siglo )O(; como historiadores, sabíamos que ningún movi-
miento (político, social, económico, cultural) nace ex nihilo. En el caso de
Venezuela, eso era evidente: las luchas de calle de l92B son la primera mani-
festación de la Venezuela que en 1903 se había nbajado del caballoo.
Pero lo fundamental en el cambio de nuestra ópticano es eso: al exami-
nar la historia del siglo )O(, un hecho salta a la vista: por sobre la aparición de
la democracia, se situaba lo que hemos llamado nla invención, de la polltica.
La política está por encima de la democracia y la engloba. Aqul se
impone aclarar primero qué entendemos por democracia. Ella no es la suce-
sión de gobiernos democráticos y ni siquiera de regímenes caracterizados por
el respeto de las libertades civiles y los derechos humanos. Es cierto que no
existe democracia sin ellos pero son consecuencia y no causa. La democracia
se hace presente desde el momento en que las masas, a veces de súbito, toman
conciencia de su propia fuerza, de su número y de sus potencialidades capaces
de imponer el cambio de rumbo a un gobierno, a un país. Conciencia expre-
sada en las más diversas formas, desde un desfile callejero hasta un boletín de
voto, pasando por una insurrección. Sucedió por primera yez enVenezuela el
14 de febrero de 1936, fecha auroral de la democracia venezolana.
Pero al observar, en el mundo entero como en Venezuela, la historia
del siglo )O(, cuya característica principal acaso sea la aparición y el dominio
de la democracia, salta a la vista que ella puede cocinarse con las más diversas
salsas, desde las más saludables hasta las más morbilógenas.
t4

Ya es un lugar común referirse a Hitler y a Mussolini, a Perón y a


Fidel Castro como demagogos exitosos. Es una manera fácil de polémica el
referirse a ellos como productos de la democracia, cuyos mecanismos supie-
ron emplear para fines contrarios a los que una beatífica idea de ella supone.
Porque tomar conciencia de la propia fuerza no indica siempre empleada
bien, tanto en lo individual como en lo social: servirá a un niño para matar
a sus padres como para sacarlos en brazos de una casa en llamas. Servirá para
echar abajo una tiranía detestada tanto para servir de escenario a todos los
fascismos. Es más, a partir de 1945 no hay un solo gobierno en el universo
mundo, sea de izquierda o de derecha, que no se considere democrático y
sea sincero al decirlo.
No en vano lo escribió La Rochefoucauld: la hipocresía es un homenaje
del vicio a la virtud. Hermosa, deseable, democracia
la no es menos infiel,
aunque eso sería peccata minuta frente al peor de sus defectos: su promis-
cuidad. Para el pesimismo esencial de Maquiavelo, ella siempre degeneraba
en despotismo. Para Alexis de Tocqueville, ella podía no ser sino la tiranía
de la mayoría.
La política es más importante que la democracia, porque aquella parte
de dos supuestos, hasta se podría decir dos principios (esto tomado en sus
dos sentidos: el de fundamento y el de inicio) si no inamovibles ni mucho
menos suficientes, por lo menos ineludibles.
El primero es reconocer la existencia del adversario, no concebirlo
siempre como enemigo mortal. El segundo es el abandono del recurso pri-
mario de las armas, su sustitución por la palabra, por la persuasión, por lo
cual el asiento primero de la política es el Parlamento.
Si se tiene claro todo lo anterior, es posible definir el siglo )C( vene-
zolano atendiendo a dos criterios o si se prefiere dos caracterlsticas. La
primera: en él se vive el fin de las guerras civiles rurales, de na caballor; la
segunda, su sustitución por la política ciudadana, cuya primogénita es la
democracia ude a pier.
La división de este libro se ha hecho entonces atendiendo a los criterios
expresados en todos los párrafos anteriores, en un intento por dejar claro el desa-
rrollo de los diversos procesos que, por decirlo así, fluyen en todo el siglo.
Pero se podría también haberlo dividido en dos partes, atendiendo al
nacimiento de la política en 1928 con la emergencia de la asl llamada (gene-
raciónu y a su agonía a partir de 1988. Se podría hablar de esas dos partes
separadas como (pre-políticoo el uno, hasta 1928 (o sea el reino llamado
MANUEL CABATLEFO l5

por Maquiavelolapotesth assoluta) y npost-político, el otro a parrir de 1988,


cuando se abandona la política por el personalismo y por el trujamán de la
<anti-política, se desemboca en el más craso personalismo autoritario.
Pero una división tan simple y tajante podría hacerla incomprensi-
ble, como incomprensible era para todo el mundo la creación en 1946 de
la República Islámica de Pakistán, separadas sus parres oriental y occidental
por el inmenso territorio de la India. Lo más prudenre enronces era dividir
el libro en seis partes.
En la primera, <Venezuela se baja del caballoo, se inrenta analizar la
agonía de la guerra, el fin de las guerras civiles. Este aniílisis debería terminar
en 1903, con la batalla de Ciudad Bolívar, pero si lo hemos alargado has-
ta 1908 es porque en ese quinquenio todavía se vive el temor de la guerra,
con un Presidente buscapleitos y con el recuerdo amenazante del bloqueo
de las potencias europeas; el cual casi termina con la intervención del país
y su transformación en un protectorado.
La segunda parte nEl Estado soy yo) estudia el nacimiento y desarrollo
de la garantía de aquella paz: el Estado venezolano, apoyado en la edifica-
ción de su columna vertebral, el ejército nacional; que va a servir de base al
despotismo personal de Juan Vicente Gómez durante 27 aítos.
En la tercera parte, (La invención de la políticu se inrenra el análisis
de su aparición en la escena venezolana con la Semana del Estudiante de
1928, y cómo va evolucionando desde la muerte de Gómez, con el naci-
miento de la democracia el 14 de febrero de 7936, y luego pasa una larga
transición, rota y acelerada el 1B de octubre de 1945.
El título de la cuarta parte, (Los trece años de octubrer, se refiere no
a los años transcurridos entre aquella fechay i958, sino al momento fun-
dacional del ingreso de dos instituciones a la arena de la lucha por el poder:
el ejército y el partido político. Durante el resto del siglo se mosrrarán como
rivales, pero el l8 de octubre se presentaron en sociedad tomadas de la mano
y jurando amor hasta que la muerte las separase. Con una visión no dema-
siado alejada la una de la otra en cuanto al desarrollo económico, esas ins-
tituciones divergían en cuanto al motor de la transformación de Venezuela
en un país moderno.
Para Rómulo Betancourt era el partido político como viga maesrra
de una república democrática; para Marcos Pérez Jiménez ese papel debe-
ría desempeñarlo el ejército bajo un régimen autoritario. Los dos jefes de la
conspiración gobernarán de 1945 a 1958.
Civil,, habla del auge
La quinta parte, nVida y pasión de la República
y la decadencia, durante un lapso de cuarenta años, de algo inédito en la
historia venezolana: una sucesión de gobiernos civiles bajo cuyo comando
los militares se dedican a sus labores específicas, en una posición obediente
y no deliberante. Al incluir aquí unos capítulos sobre los resultados de su
gestión (lo cual según la concepción de una historia descriptiva debería ir de
último, como balance final) se busca de nuevo poner el acento en lo político.
Es decir, en lo comenzado en 1928 como una voluntad de despersonalizar
el poder hasta el momento de su progresiva extinción para ser sustituida por
el viejo personalismo.
En la sexta parte, (La agonía de la políticao, se describe cómo se aban-
dona la política por ese personalismo) con la reelección de dos líderes que
rompen con una tradición respetada durante treinta años y con seis presi-
dentes distintos, al ser elevados por segunda vez ala presidencia a costa de
destruir lo edificado con tanto tesón por sus respectivos partidos políticos.
nla puntillar, capítulo final, habla del resultado del abandono de la política
y la eclosión última de un personalismo militar.
El reino de lo político entre 1 928 y i 988 (sin excluir del todo el gobier-
no militar por lo menos hasta 1952) estará visitado en sus dos extremos por
una paradoja: quienes ninventen, la política a partir de la Semana del Estu-
diante serán enemigos suyos. Porque comenzarán a actuar desde 1931 bajo
la infuencia de un movimiento que desprecia la política y la confina a una
(superestruc¡1¡¡¿o, el marxismo, del cual se irán desprendiendo poco a poco
a partir de 1936, y del leninismo, del cual no se desprenderán.iamás.
Y será abatido por un hijo de la política, la democracia, concebida
ahora como lo que, no sin entera razón,Jorge Luis Borges consideraba nun
error aritméticor: la dictadura de la mayoría sin el menor respeto por las
opiniones de la minoría.
El autor considera su deber intelectual y moral hacer una advertencia
a quienes ha llamado siempre a la manera cervantina usus desocupados lecto-
res>, es decir, quienes han tenido la paciencia de seguir la expresión pública
de sus trabajos históricos. Algunas partes de este libro podrían causarle Ia
sensación de déjh uu: desde hace muchos años, hemos refexionando, escri-
to y publicado sobre la historia del siglo )C( Este libro intenta sistematizar
esa labor y es inevitable que apaÍezcan aquí y allá informaciones así como
opiniones ya expresadas en otras publicaciones nuestras.
MANUEL CABALLERO
t7

Esto no es sólo cosa de este libro ni de esta disciplina: un narrador


norteamericano asaz famoso llama a eso ncanibalizar, los propios textos.
si eso le sucede a un escriror de ficción capaz decrear desde la A hasta
laz un mundo nuevo, ¿qué no decir de un historiador cuyo deoe¡ como
decía Maquiavelo, es el de andar tras la ueritá efectuale della cosa? La histo-
ria da para las más diversas interpretaciones, pero no se puede modificar,
e intentarlo entraña peligros a veces morrales, porque si en lo individual
el mundo está lleno de neuróticos que creen posible reformar el pasado,
cuando alguno de ellos tiene el poder de hacerlo, su intento se salda en un
sangriento fracaso: el más conocido del siglo )o( produjo decenas de millo-
nes de muertos.
Pero en esta edición no se reproducen sin modificar para pulir o com-
pletar las informaciones y las reflexiones ya publicadas: poi el contrario han
sido reformuladas y reescritas a un punto tal que, en su forma presenre, pue-
den considerarse inéditas. Hay por lo menos dos capítulos publicados antes
como ensayos independientes y que se reproducen escasamente modificados:
se advierte así al pie de página.
Por último se deben hacer algunas advertencias a quienes van dirigi-
das estas páginas: tratar de llegar ante todo al público no especialirado, no
quiere decir abandonar el rigor en la escritura de la historia. para lograr el
necesario equilibrio entre sencillezy rigor, se han adoptado dos modalidades
convergentes. La primera es acompañar cada parre con una cronología deta-
llada de los sucesos más destacados en los procesos estudiados. La iegunda
es, en lugar de recargar los pie de página del libro con tupidas informaciones
eruditas que pudiesen interrumpir la lectura de un texto sostenido, más una
simple lista final de libros, se ha preferido rematar esre texro con una biblio-
grafía crítica de los textos citados.
No quisiera culminar estas líneas sin advertir que, como todos mis
escritos, éste no es definitivo ni cerrado: mi puerta siempre está abierta a la
crítica y al debate, siempre estoy dispuesto a corregir mis entuertos.
Finalmente, como todo autor en el universo mundo, sea o no creyenre.
sectario de las más diversas religiones o escéptico frente a todas ellas, aquí va,
dirigida a mis evenruales lectores, la expresión de una esperanza atribuida al
Dios de Abraham: ucreced y multiplicaoso.
PRITIERA PA¡¡'
I'EilE:AJEIA SE BA¡A DEt CABALLO
LA AGoNín oe LA GUERRA

Cuando moría el XIX, los venezolanos no tenían muchas razones para pen-
sar que el siglo que se avecinaba sería diferente del que terminaba: cien
años de guerras. De hecho, el23 de octubre de 1899 una nueva revolución
triunfante llegaba a Caracas; y los tres primeros años de ese gobierno serían
de los más violentos si no más sangrientos en la historia de la República de
Venezuela desde 1830.
El análisis de las tres primeras décadas del siglo )O( se puede hacer
dividiéndolas en cuarro conjuntos temáticos. Se le señalan límites crono-
lógicos pero esas fechas no son linderos de compartimientos esrancos: los
temas se imbrican en las diferenres etapas.
La primera de esas etapas, la irrupción, va desde el primer intento de
Cipriano Castro, fracasado en 7992 por apoyar el continuismo de Raimundo
Andueza Palacio, hasta 1903 con la última baralla de las guerras civiles. La
segunda. la implantación, es un proceso que se extiende desde 1903 hasta
1918. La tercera, la consolidación, va de 1918 a 1928, cuando comienza la
cuarta, la reacción democrática, que deja de ser embrionaria al morir Juan
Vicente Gómez en 1935.
En los años de la irrupción (1892-1903), se producirán cuarro situacio-
nes que van a condicionar el desarrollo de la sociedad venezolana, de su histo-
ria, por lo menos hasta la mitad del siglo veinre. La primera podría llamarse
desde 1892 ula presentación en sociedad, de la región andina, lo cual quiere
decir su participación política, o sea, su entrada en la guerra, pues ambos tér-
minos son entonces sinónimos. Al llegar a Caracas ofreciendo gobernar con
(nue'ros hombreso, Castro está diciendo la verdad: la presencia de los andinos
en Palacio completa una primera fase de la unidad nacional.
La segunda: en 1901 aÍranca un primer proceso de unidad nacional,
pero contra los andinos. La rercera: la guerra y la ruina ponen al país al borde
HISfORIA DE LOS VEilEZOLAIIOS ETT EL SICLO N

de su desaparición. La terca voluntad de los venezolanos de consumirse en la


autofagia, estuvo a punto de lograr su objetivo, y hacer desaparecer a Vene-
zuela como nación independiente: las potencias europeas bloquean las costas
venezolanas y con su proclama contra nla planta insolenteo del extranjero,
Castro logra una nueva unidad nacional con los andinos.
Por último, el fin de las guerras civiles. Es cierto que la batalla de La
Victoria es la más importante en lo militar, pero la de Ciudad Bollvar lo es
históricamente al señalar ese fin.

LA REVOLUCIÓN LIBERAL RESTAURADORA

Si bien se hace arrancar en i892 la upresentación en sociedad', de los


andinos, se trata de algo poco importante. No sólo por la derrota de Cipria-
no Castro, sino porque él no está brillando con luz propia: aParece como un
segundón al servicio del presidente Raimundo Andueza Palacio.
En cambio, su entrada en la historia del poder venezolano tendrá lugar
en 1899, con la uRevolución Restauradorar.F'\23 de mayo de 1899, sesenta
venezolanos crvzanla frontera desde Colombia con la intención de derrocar a
Ignacio Andrade, quien, en unas elecciones fraudulentas celebradas en 1896,
había sido impuesto como Presidente títere por el general Joaquín Crespo,
muerto poco después en combate en el sitio llamado La Mata Carmelera.
Dos hombres comandan este pequeño ejército regional y familiar. El
jefe, Cipriano Castro, un hombre pequeño y nervioso, hablador como suelen
ser los caribeños; el segundo, Juan Vicente Gómez, parece su exacto contra-
rio: taciturno y apagado, es el estereotipo del montañés. Han llamado a la
suya nRevolución Liberal Restauradora), con lo cual anuncian que no están
ofreciendo nada nuevo en la política nacional, aParte de su común origen
regional. nliberal, es todo el mundo en Venezuela. Lo de uRestauración, se
refiere a una tonta opción táctica: se oponen a la proposición de reducir los
Estados federales a nueve. Por su parte, ellos pretenden (restaurarD la anti-
gua división en veinte.
Ni siquiera son desconocidos: su jefe, Cipriano Castro, ha sido gober-
nador de la sección Táchira del Gran Estado de los Andes bajo el gobierno
de Andueza Palacio en 1892, y se había alzado en armas para apoyarlo en
su ambición de alargar el período constitucional de gobierno.
Con todas esas limitaciones' esa pequeña falange, acaso sin saberlo o
al menos sin proponérselo, va a cambiar la historia venezolana. Sus dos jefes
gobernarán a Venezuela como déspotas absolutos durante los próximos 35
MANUEL CABALLERO

años: el general Cipriano Casuo desde octubre de I 899 a diciembre de 1908 el


general Juan vicente Gómez de alll hasta su muerte en diciembre de 1935.
Aparte de esa poco gloriosa condición, ¿en qué va a consistir ese cam-
bio? con ellos, aunque no siempre gracias a ellos, venezuela verá resueltos
tres de sus mayores problemas: el de la guerra, el de la creación del Esta-
do y el de la centralización del país, paso inicial para la constitución de la
Nación venezolana.
A lo largo del siglo que se inicia, se verá qué formas toma la solución
de esos problemas, desde la llegada al poder del general cipriano castro hasta
que, en 1928,bajo la tiranía de Juan Vicente Gómez, una pequeña falange
civil anuncie la aparición de la democraciay presente allí al personal político
que, a partir de 1945 sustituirá al de la tiranía y sus herederos.
El análisis de la nRevolución Restauradorar, partiendo de los elemen-
tos que la emparientan y los que la separan de todos las revoluciones que la
precedieron, muestra que, como todas las anteriores, es un movimiento de
origen regional. Esa región había permanecido al margen de la guerra que
durante un siglo había asolado Venezuela; en eso consistía su novedad, su
particularidad.
El núcleo que acompaña al general Castro desde la frontera colom-
biana hasta Caracas, está formado en primer lugar, por nlos Sesenta), como
se llamó luego a los primeros reclutas de ese levantamiento. La mayoría son
parientes por consanguinidad o afinidad, y sus dos jefes, Castro y Gómez,
son compadres.
Los parientes y amigos de Gómez superan ligeramente en número a los
de Castro. Pero al cruzaÍ la frontera, se le une un grupo mayor de castristas.
Es normal que las cifras cambien en las diversas regiones, donde al paso de
Castro, se le junta nueva gente, enrre otras cosas por la habitual incorpora-
ción de los vencidos al ejército vencedor.
Pero la variación producida hasta llegar aTocuyito, su batalla final, no
afectaráen lo sustancial la solidez del núcleo regional. Porque de los 53 jefes
y oficiales reseñados, 15 provienen de Capacho, el pueblo de Castro. Ese
upartidoo tiene pues una significación bastante restringida: es, por orden de
aparición, un partido familiar Castro-Gómez (pero a veces Gómez-Castro),
un partido local (Capacho), un partido regional (tachirense primero, andi-
no en segundo lugar). Y, por muy rudimentaria que ella sea, esos hombres
también tienen una tendencia política: son liberales ,la mayoría y al inicio
en su vertiente conservadora o ngodar.
L HISÍONIA DE IOS VENEZOLAilOS EN EL SIGLO XX

cuál será la forma


¿En qué condiciones va a pelear ese contingente,
y el sentido de su campaña? Pese a los primeros triunfos obtenidos en su
región natal, Castro no da la impresión de estar interesado en consolidar sus
posiciones y prosigue su avance hacia el centro'
Lo cual indica su desinterés por encerrarse en su tierra natal reducido
a la condición de caudillo regional. Esto se une a una actitud colectiva: al
revés de lo que sucedía casi al mismo tiemPo con los pueblos de frontera nor-
teamericanos, el ímpetu de los tachirenses no es a la expansión hacia afuera,
sino hacia adentro, hacia la integración con el resto de Venezuela.
Con eso, da a sus adversarios la impresión más que de un avance'
de una huida hacia al centro, y el Ejecutivo lo dice tal cual: Castro apenas
domina la tierra que pisa. Como sea, el caso es que sigue avanzando hacia
el centro, acumulando victorias y recabando no sólo tropas frescas con los
soldados yencidos, sino también armas. A una velocidad que no deja de
recordar la llamada CampañaAdmirable de Bolívar en 1813 (similitud acaso
buscada), Castro continúa su avance hacia Caracas.
En Tocuyito, cerca de Valencia, se producirá el primer gran enfren-
tamiento. Será también el último. No tiene mayor interés la descripción
de aquella batalla, que poco o nada nuevo aporta a la historia militar. Más
importantes serán algunas de sus características y consecuencias.
La primera de ellas es su resultado: el primer gran triunfo de Castro,
y es muy posible que allí haya nacido aquello de nsiempre vencedor, jamás
vencido, presente en sus proclamas y en la pluma de sus aduladores. Cas-
tro impresiona a propios y extraños Porque nada tiene de uCapitán Araña,:
no sólo entra a la pelea como un soldado raso, sino que al ser derribado su
caballo, se lesiona una pierna.
Pero la más importante consecuencia de la batalla de Tocuyito será
el cambio de las armas de fuego por las más sudles pero no menos eficaces
de la negociación, de la diplomacia. A partir de allí, no se disparará un tiro
más, o casi: como en un dominó donde la caída de una piedra arrastra a las
demás, hasta los más íntimos colaboradores del Presidente Ignacio Andrade
comienzan a conspirar contra é1.
El resultado es que el23 de octubre de 1899, un cojitranco Cipriano
Castro entrará triunfador a Caracas con la promesa de gobernar con (nuevas
ideas, nuevos hombres y nuevos procedimientosr. ¿Quiénes son los nnue-
vos hombreso? Para comenzar, debe hablarse de quienes llegan a Caracas, a
lacabezadel ejército vencedor. Son ciento sesenta y cinco njefes y oficiales,
I\¡ANUEL CABALLERO 25

según la más conservadora estimación. Si aceptamos esa cifra, se triplica


el número de los que llegaron a Tocuyito, y eso es tanto más significativo
cuanto que a partir de entonces no hay más batallas. La victoria final de
Castro se deberá así a negociaciones, conspiraciones, combinaciones políti-
cas. De ellas proviene quizás la brusca inflación de la oficialidad vencedora
después de haber cesado el fuego. En una guerra civil, una revolución triun-
fante suele incorporar contingentes subidos al carro del vencedor. Entre los
sesenta invasores salidos de Colombi a el23 de mayo con dos jefes, y los mil
quinientos que llegan a Caracas con cerca de doscientos oficiales, está toda
la diferencia entre una revolución iniciada en la incertidumbre y una revo-
lución triunfante. Allí está el sermen de toda división futura.

GUERRITAS DE CALENTAJICUTO

Pero para consolidarse y establecer lapaz, el nuevo ¡;obierno de Cipria-


no Castro deberá todavía enfrentar su mayor desaflo: la Revolución uliber-
tadorar. Antes de que ella se desarrolle en todo su esplendor, algunas peque-
ñas escaramuzas servirán para hacerle mantener alerta. La primera es el
alzamiento de su Ministro de Fomento, el general José Manuel Hernández
(uel Mochor), a pocas horas de haber tomado posesión de su ministerio.
La libertad de Hernández, preso por levantarse en armas contra el gobierno
de Ignacio Andrade, había sido agitada como bandera por la revolución de
Castro. Pero nel Mochoo no quería una parcela sino la totalidad del poder:
se subleva contra el novísimo gobierno, y es derrotado en poco tiempo.
Algún tiempo después, se produce la invasión por Cúcuta de Carlos
Rangel Garbiras. Este movimiento es menos peligroso que el de nel Mochoo, y
su jefe muchísimo menos popular. Pero dos cosas hacen que merezca ser nom-
brado: una, la más evidente, es el peligro de que pudiese desembocar en un
conficto con el vecino país. La segunda es la curiosidad en su origen y en su
desarrollo. Resulta que Rangel Garbiras era uno de los más prestigios nom-
bres del conservatismo (de los ngodosr) en los Andes.Tal y como lo había
hecho el propio Castro, se fue a Colombia para desde allílanzar su revolu-
ción. Pero al no tener, como Castro en 1899, una base de apoyo regional,
con la ayuda de sus correligionarios los ngodosu neogranadinos, formó un
ejército con soldados colombianos.
Por esa época, y huyendo de la persecución del gobierno colombiano,
se había refugiado en Venezuela el caudillo liberal Rafael Uribe Uribe (quien,
26 HISTORIA DE L(IS VEIIEZOI¡N(IS ET EL SIGLO XX

al parece¡ sirvió de modelo para el coronel Aureliano Buendía de Cien añ.os


d¿ soledad). Castro lo ayudó a armar una tropa con soldados venezolanos. Se
dio así el curioso caso de un grupo de invasores colombianos capitaneados
por un venezolano, enfrentado a un grupo de soldados venezolanos capi-
taneados por un colombiano. Todo eso resultó en un fiasco, tanto para un
lado como para el otro.

LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA

Todas esas guerritas eran poca cosa, frente a lo que le esperaba: la


revolución más numerosa, mejor armada y financiada en todo un siglo, al
menos desde la guerra de Independencia: la ulibertadorao.
La más numerosa: lo que habla comenzado en Cagua como un alza-
miento sin mayores consecuencias en 1901 , se transformará en la más grande
de las revoluciones que hubiese conocido la Venezuela republicana cuando
cambie de jefe y de objetivos. Se irán uniendo allí todos los viejos caudillos
y sus descendientes que venían guerreando por lo menos desde la Guerra
Federal, y estaban representadas todas las regiones de Venezuela y todas
la tendencias del liberalismo con un objetivo único: echar del poder a los
andinos recién llegados.
No ha faltado quien compare con razón a la Revolución Libertado-
ra con un nfin de fiestao teatral, donde todos los actores salen al escenario,
vistiendo los trajes y agitando los banderines que usaron durante semanas
en su representación.
La mejor financiada y armada: después del fracaso del primer alzamiento
en Cagua, la oposición se reagrupa y se dota de una nueva jefatura. El director
supremo de la guerra será ahora Manuel Antonio Matos, más conocido por
saber manejar mejor los dineros propios y ajenos que las armas de fuego.
No es que no tuviese significación política. Manuel Antonio Matos
estaba emparentado con Antonio Guzmán Blanco; y al abandonar éste el
poder y el país había formado, junto con Francisco González Guinán y Her-
mógenes López, un círculo de adoradores del nCaudillo de Abrilo ("la Ado-
ración Perpetuar).
Pero sin descartarlo, su infuencia no le venía de su ortodoxia liberal
amarilla sino de la plenitud de sus bolsillos: este banquero estaba considerado
el hombre más rico de Venezuela. Lo cual complementaba con sus relaciones
y conocimientos, que le permitían hablar en sus respectivos idiomas con sus
MANUEL CABALLERO
4
colegas europeos y norteamericanos. Pero no será de su propio bolsillo que
saldrán los dineros para esta revolución nlibertadorar, sino de un poderoso
trust norteamericano: la General fuphalt.
Una filial suya yenezolana, la New York and Bermúdez Company, la
cual ya extrala el asfalto del lago de Guanoco, el más grande del mundo,
pretendía que la concesión otorgada para esa explotación, le daba derecho a
hacer otro tanto, y de manera exclusiva, con todos los minerales que guar-
daba el subsuelo de ese Estado de la federación venezolana.
El asunto fue llevado a los tribunales y la compañía sobornó a dos de
los tres jueces que debían decidir el asunto. El tercer juez denunció ante el
Presidente de la República ese acto de corrupción. Cipriano Castro disol-
vió el tribunal y ordenó reponer la causa. Pero los procesos judiciales llevan
tiempo, y en Venezuela sus decisiones dependen mucho de la voluntad del
Ejecutivo. La General Asphalt decidió tomar la vía más expedita: ndisolveo
a su vez ese Ejecutivo tan entrometido. De sus arcas salió un cheque por
la coqueta suma de cien mil dólares (estamos hablando de i901-1902) los
cuales fueron a dar a las manos del Comandante en Jefe de la uRevolución
Libertadoro para hacerle el utrabajo sucio, a\ nust asfaltero.
Cien mil dólares que sirvieron para comprar las armas de la suble-
vación y un barco, el Ban Righ, con el cual trasladarlas desde Europa hasta
Venezuela. Esto no saldrá alaluz sino un lustro después de la derrota de
esa revolución y enfrentará de nuevo a Castro con la General Asphalt y sus
defensores dentro del gobierno norteamericano, quienes lograrán en 1908
lo que no lograron en 1902: echar a Castro.
Durante todo el año l902,la revolución sigue su curso, y da la impre-
sión de que su triunfo es inevitable. Ante ese avance inexorable, Castro deci-
de ponerse al frente de sus tropas para enfrentarlo en La Victoria y cerrarle
el paso a Caracas.
El general Gómez, vicepresidente de la República, convalecía en Cara-
cas de una herida en batalla: en Carúpano, un balazo en la ingle casi le hace
perder una pierna. Estará pues en esa posición cuando se produzca el más
importante enfrentamiento del castrismo, de la Revolución Libertadora, y
el último gran despliegue guerrero: la batalla de La Victoria.
Thmpoco aquí interesa mucho la descripción de esa batalla. Pero hay
una conclusión ineludible: allí queda ya claro a quién pertenece el futuro.
No será al que acopie mayor número de caballerías, sino a quien pueda trans-
portar con más rapidez tropas y municiones, porque el fusil de repetición
HISTORIA DE LOS VEilEZOLAilOS Eil EL SIGLO XX

y la ametralladora dan un vuelco aIa táctica. Las cargas de caballería ya no


se podían ejecutar porque serían un suicidio colectivo. Por eso, no es exa-
gerado decir que aquí se cierra un ciclo de cuatro siglos de historia venezo-
lana: aquellos donde el caballo era un elemento básico de cualquier guerra.
Quienes buscaban aniquilar a Castro en La Victoria pareclan incapaces de
darse cuenta de esa nueva situación: de otra manera es imposible explicar-
se por qué no concentraron todos sus esfuerzos en cortar la comunicación
entre Caracas y La Victoria.
Aparte de eso, los aspectos militares de esta batalla, nada nuevo mues-
tran, pero hay tres cosas que la singularizan. lJna es el número de los comba-
tientes enfrentados; dos, la dispersión de los caudillos opositores al terminar
la batalla; tres, Ia estrella ascendente del general Juan Vicente Gómez.
Para comenzar, se pueden calcular en cerca de catorce mil los hom-
bres que entran en batalla. Exagerando un poco, los revolucionarios calculan
sus fuerzas en doce mil hombres. El número de los soldados del gobierno
es mucho menor, y en un momento, Castro le pide aGómez que le envíe
aunque sea trescientos hombres para auxiliarlo. Gómez le llevará mil, con él
mismo a\a cabeza. Cualquiera que sea dentro esos márgenes el número, su
significación mayor le viene porque esos hombres se están matando en un
país que apenas llega a los dos millones y medio de habitantes.
En segundo lugar, una vez concluido el combate, lo más llamativo
resulta ser la dispersión de las fuerzas revolucionarias, cuando la nliberta-
dorao conservaba todavía mucha tropa fresca, mucho dinero y armas. Lo
cual revela la textura de esa guerra, de todas las guerras del siglo XIX: era
una laxa federación de caudillos regionales, cuyo reclutamiento dependía
mucho del ciclo climático que permitía a los campesinos salir de sus tierras
o regresarse para la cosecha o el arreo de ganado.
Por último, la batalla de La Victoria es un gran triunfo personal del
general Castro, pero lo es por igual de Juan Vicente Gómez, ya investido
provisionalmente de la dignidad de Presidente Encargado de la República.
Regresa así a Caracas como el vice-líder de nla Causao, porque todo hace
pensar que fue decisiva su oportuna llegada a La Victoria con tropas frescas
bajo su jefatura directa. Es más, el propio Castro así lo proclama al decir
que ese triunfo le pertenece por igual a su compadre: ambos son recibidos
en Caracas como iguales por la multitud que aclama no sólo ual siempre
vencedor, jamás vencidoo sino a los dos héroes.
MANUEL CABALLEFO

La batalla de La Victoria es la más importante de todas las batallas


desde 1859. Más que Santa Inés, más que Coplé y por supuesto, más que
Tocuyito. Y lo es, sobre todo, por ser la rlltima de su magnitud en una gue-
rra civil venezolana. Es entonces muy normd que le hayan aparecido los
habituales cien padres de la victoria: mientras los áulicos de Cipriano Cas-
uo consagraban a l¿ Vctoria como ule Ciudad Santa de la Restauraciónn,
los de Gómez pusieron de relieve su llegada con tropas &escas para salvar a
Castro del desastre.
A PN( GOMMICA

A partir de 1903 y hasta 1918, se entra en la fase de implantación del domi-


nio andino, y de la paz. Durante muchos años, y hasta el presente, se insiste
en atribuir a la acción de Gómez, a su (mano de hierroo, la paz disfrutada
por Venezuela durante todo el siglo veinte, al revés del anterior, que había
sido el siglo de la guerra. Sin enuar a discutir la realidad de esa afirmación,
este capítulo buscará confirmarla analizando los dos pilares sobre los cuales
se asienta esa renaz percepción colectiva.
Son, en primer lugat su triunfo en la batalla de Ciudad Bollvar, no
tanto por el significado como hecho militar como por su resultado históri-
co: fue la última batalla de las guerras. En segundo lugar, con la apertura de
la Academia Militar, la estructuración de la columna vertebral del Estado,
el Ejército Nacional.

LA BATALLA DE CIUDAD BOLIVAR

El26 de junio de 1903, nombrado jefe del Ejército en Oriente y


Delegado Nacional, Juan Vicente Gómez se embarca con dos mil hombres
en La Guaira. Se dirige a la más importante de sus acciones guerreras, el
sitio de Ciudad Bolívar. Su importancia política supera cualquier otra: allí
se cierra el ciclo abierto en 1810, y en su recluamiento, casi desde 1859.
Durante el gobierno de Gómez, se habló muchas veces de esa batalla. Sus
amigos, como una de tantas formas de adulación. Sus enemigos, para negarle
crédito alguno en el triunfo.
O sea, que de lado y lado se aludió a ese encuentro, y se le utilizó,
como un hecho polltico. Con todo y ser el más importante enfrentamiento
de la nRevolución Libertadorao, la batalla de Le Victoria se empequeñece
frente a la que le seguiráen julio de 1903. Porque aquella es muy importante
32 HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

desde elpunto de vista militar y político. Pero la toma de Ciudad Bolívar es


un triunfo histórico. No sólo por ser la última batalla de las guerras civiles,
el comienzo de un siglo de paz; sino porque el vencedor de esa batalla fue
el general Gómez.
Quienes dan a Gómez el crédito principal de esa victoria no son sus
partidarios, sus aduladores, sino el propio Cipriano Castro. Con semejante
aval, quien regresa a Caracas no lo hace, como después de La Victoria, en
calidad de vice-héroe, sino de uvencedor en todas partes); y recibe de labios
del Presidente Castro todos los créditos de ese exitoso combate.
Un observador imparcial, el capitán del Bancroft, un barco de gue-
rra enviado por los Estados Unidos para proteger las vidas y (sobre todo)
haciendas de sus ciudadanos en previsible peligro, se comunicó con los
oficiales mayores del gobierno. Supo así que las hostilidades todavía no se
habían desatado, porque el general Gómez, vicepresidente de la República,
había consentido en posponer por veinticuatro horas el ataque, esperando
la respuesta de Castro a un llamamiento hecho por una comisión formada
por el obispo y varios cónsules. El mismo Culver telegrafió a su ministro
en Caracas, pidiendo negociar con el gobierno un nuevo plazo antes de
comenzar el fuego.
De su relato, tres elementos merecen ser destacados. El primero es la
buena voluntad con que Gómez recibe a quienes le piden alargar el plazo
de su ataque ala plaza, para ver si Castro consiente en una solución nego-
ciada. De su actitud se desprende que Gómez se siente con bastante fuerza
como para tomar una decisión personal, pasando por encima de una postura
muy firme de Cipriano Castro: le dijo al capitán Culver que Castro le había
ordenado atacar, pero que él no lo haría hasta tener noticias de las gestio-
nes del Embajador norteamericano. Gómez esperará hasta que el capitán
del Bancroft le informe de la inutilidad de sus esfuerzos, y lo libere de su
compromiso de no atacar.
Lo segundo: su táctica en esta batalla es todo lo contrario de la de
Castro en La Victoria. En Ciudad Bolívar, Gómez se arriesgará a entrar en
combate sólo después de haber puesto de su parte, y de entrada, todas las
posibilidades de triunfo. Los hombres con que cuenta Gómez superan en
proporción de tres a uno a sus adversarios. En un momento dado, el capitán
del Bancroft habla de siete mil hombres.
Es decir, veintiún veces más de cuanto, pocos meses antes, un deses-
perado mensaje de Castro le pedía para decidir la batalla de La Victoria.
I\,4ANUEL CABALLERO 33

Esos siete mil hombres van a oponer a entre mil quinientos y dos mil
se
adversarios en la asediada Ciudad Bolívar.
Por último, al contrario de lo que hizo su jefe en la batalla anterior,
Gómez buscará una solución política. Pero una vez decidido al combate, no
entran en juego consideraciones distintas a las de lograr la victoria a cual-
quier costo, como lo revela la orden de dañar las mejores casas de Ciudad
Bolívar, sin que lo detuviese saber que en una de ellas vivía el único norte-
americano de la ciudad.
Gómez le informará a Castro en términos bastante austeros del resul-
tado de esa batalla, y felicita a su jefe por la consolidación dela paz en Vene-
zuela. Y el Presidente, que un mes antes yalo creía u...predestinado para ser
el Pacificador de Venezuelar, ahora le estará ratificando su orgullo por haber
...nsellado infatigable, el horroroso expediente de nuestras guerras civilesu.
Así, cuando Gómez regrese a Caracas, ya no traerá sólo como presea
el haber sido vencedor de una gran batalla. Ni siquiera la de haber sido ven-
cedor -junto con Castro- de esta guerra, sino algo mucho más importante:
viene como el vencedor de la guerra venezolana.
Asentado en aquella percepción, en los cinco años que separan a la
batalla de Ciudad Bolívar de su asunción plena de la presidencia, Gómez
irá consolidando y extendiendo su pode¡ desde el llano hasta 1908, desde
Palacio hasta su muerte en 1935.
El gran vencedor histórico de la batalla de Ciudad Bolívar será, pues,
el general Juan Vicente Gómez, porque desde ese preciso momento, y hasta
su muerte treinta y dos años después, va a ser visto como el hombre que trajo
Iapazasu país tras un siglo de guerras. Si lo que los venezolanos anhelaban
era liberarse de la guerra, Gómez podía ser aclamado asl como el segundo
Libertador.

LA CREACIÓN DEL EJÉRC|TO

Pero necesitaba un arma para lograrlo, y una vez más, será Castro
quien la brinde: pocas semanas antes del enfrentamiento de Ciudad Bolí-
se
var, un decreto presidencial crea la Academia Militar. Pero eso será más que
todo un papel hasta que en 1910, ya en el poder y como parte de los fastos
del Centenario, Gómez la inaugure con cincuenta y cinco alumnos en unas
aulas inconclusas. De allí van a salir los hombres que dirigirán un ejército
profesional, el cual enterrará por el resto del siglo las fuerzas armadas per-
HISTONh DE LOS VENEZOI-ANOS EN EL SIGLO XX

sonales, regionales, los ngenerales) cuyo título se lo han dado ellos mismos,
las montoneras, las guerrillas. En tales condiciones, al contrario de lo que su
propaganda pretende, el Ejército venezolano actual no será concebido para
nforjar libertadeso sino para acabar con ellas. Con el comprensible aplauso
del país entero porque esa libertad nada tenía de bella: era la libertad de
alzarse en armas, Ia anarquía.
Cierto, el terreno estaba abonado: lo que impresiona en Ciudad Bolí-
var es el control de Gómez sobre sus hombres.
Cuando va a visitarlo a su cuartel general, el capitán del Bancroft, Cul-
ver, encuentra soldados de ambos bandos que en algunos sitios estaban na
distancia casi de poder conversar)), pero no por eso el fuego se cruzaba entre
ellos. Apenas toma posesión de la ciudad, Gómez prohíbe la venta de ron.
El22 de julio, ese mismo observador, a quien Gómez le permitió
desembarcar sus hombres para que viesen de cerca la batalla, constata que
nNadie en nuestra tripulación fue testigo de escena alguna de desorden,
una buena indicación de que el general Gómez tiene a sus hombres bien en
mano). Gómez no va a permitir, mucho menos propiciar entre sus soldados,
el saqueo y el botín. En aquella fecha tan temprana, lo que está tomando a
Ciudad Bolívar no es una horda desenfrenada, sino un ejército regular.
Si en 1903 se percibe que las cosas han comenzado a cambiar, desde
1910 se sabe que para llegar a la cúspide de la jerarquía, habrá que paser por
las aulas de una escuela militar.
Antes de eso, se llegó a considerar el servicio militar como un casti-
go. Muchos peligrosos delincuentes eran así enviados a servir en la filas del
ejército ant€s que encerrarlos en la prisiones locales. Esa idea estaba muy
generalizada: en 1915, Samuel Niño destituye a un funcionario porque (tra-
taba muy mal a la gente y a los empleados, y exigía real a los que venían a
sacar algún títulou, concluyendo que dicho funcionario estaba mejor <para
el ramo militaru.
Eso también pensaba la calle: en Palacio se recibían a cada rato cartas
de padres suplicando el ingreso a la Academia Militar, o a la tropa, de algún
hijo nde carácter fuerteo al cual se consideran incapaces de dominar.
El Benemérito, en cambio, tenía un concepto diferente de lo que
debía ser el ejército. Un hombre tan poco dado a doctrinas, no vacilaba en
proponer una para la fuerza armada. En una carta de I 9 I 5, se lo dice a Eus-
toquio Gómez: uBien sabe usted que el Ejército es la base del Gobierno y
sobre su buena organización estriba la seguridad de todosr.
MANUEL CABALLERO

El ejército es la base del Estado: Gómez no hace sino exponer el fru-


to de su experiencia, sin saber (o sin mostrarlo) que en los hechos, eso es
siempre así.
Cuando, al romperse la unanimidad que reinaba desde 1908, Gómez
se ponga al frente de un ejército propio, ya tiene la idea y la estructura huma-
na de la futura institución armada. En una carta de 1913, se jacta de haber
agrupado nun Ejército como nunca se había visto en Venezuelar, compuesto
por voluntarios nhombres de corazón y convicciones, jóvenes aguerridos y
entusiastas y ciudadanos acaudalados y amigos de la pazr.
En ese ejército dejó de lado, sin emplearlos para nada, a urodos esos
generales viejos, de nombradía (...) para que vea el país que cuenro con ele-
mentos sanos, nuevos y valerosos que nada denen que envidiar a los gene-
rales amarillos o azulesu.
Allí está resumida la experiencia y también el plan de Gómez en rela-
ción con su fuerza armada. Andando el tiempo, esos jóvenes se harán vie,
jos, y Gómez enfrentará una realidad diferente, donde la nueva generación
militar estará formada por los egresados de una academia.
Su actitud no será igual a la de 1913, salvo en un aspeco: su preocu-
pación por aislarlos de la contaminación política. Gómez nunca dejó de
controlar en persona el ejército; pero con el paso del tiempo, su confianza
en él crece, y el respeto por lo que podría llamarse su (autonomía de fun-
cionamiento,
Gómez mantiene el control del ejército día a día durante muchos
años, cada guarnición le envía un informe detallado de sus actividades,
donde se inscriben hechos en apariencia nimios, que en principio, si acaso
debería conocer sólo el inmediato superior jerárquico del informanre, no el
comandante en jefe. Sin contar con que el presidente de la República (fuese
Márquez Bustillos o el propio Gómez) recibía con regularidad los informes
del Ministro de Guerra y Marina.
Pero aquí, como en toda otra cosa, al Benemérito le gusta trabajar con
realidades tangibles: esa fidelidad se le manifestará a través de un ser humano
de carne y hueso, Eleazar López Contreras, su protegido, y una especie de
hijo adoptivo. En 1914,lo reincorpora al Ejército. A partir de 1919, cada
díava depositando Gómez mayor confianza en el joven coronel.
A su lado estará además, hasta 1928, José Vicente Gómez, ese hijo que
por muchas razones, solía verse como primero en la línea de sucesión dinásti-
ca. Pero en los confictos que, por razones técnicas se presentan entre ambos,
x HTSTORIA DE LOS VET{EZOLANOS EN EL SIGLO x)(

el Benemérito resuelve con toda imparcialidad. O sea, sin hacer en apariencia


distingos entre su hijo carnal y el adoptivo. Cuando en 1920 decidió mandar
a comprar armas en Estados Unidos y Europa, el Benemérito convocó alÁpez
junto al ministro de Guerra y Marina, doctor Carlos Jiménez Rebolledo, y el
general José Vicente Gómez, inspector general del Ejército.
Durante la entrevista, al pedir la opinión de los tres, dice el propio
López, el Benemérito se decidía por su Parecer. Cierto, López Contreras
manifiesta desde muy temprano un envidiable tacto diplomático. Los pun-
tos de vista propios se confinan a un terreno casi siempre técnico.
Además de aquello, a medida que egresan las promociones de la Escue-
la Militar, Gómez será muy cuidadoso en respetar su autonomía de fun-
cionamiento, su propia dinámica interna. No se conocen casos en los que
Gómez haya intervenido para acelerar un ascenso ni para detenerlo, para
saltarse el escalafon.
En este sentido, Juan Vicente Gómez se comporta más como un
monarca que como un déspota, para seguir aquella conocida distinción de
Montesquieu. Porque el ejército se le va convirtiendo en ese cuerpo interme-
dio al cual él puede dominar, pero que es, en lo institucional, relativamen-
te autónomo, como el más absoluto de los monarcas de Occidente estaba
incapacitado para saltarse las leyes de sucesión.
Gómez respetaba esa nlínea de sucesión, interna impuesta por los regla-
mentos. Entre 1910 y 1935 egresaron así de la Academia Militar de Venezuela
trescientos oficiales (incluyendo cinco graduados en el exterior): sin excepción,
siguieron un riguroso escalaftn sin saltar grados ni ascender directamente.
Eso no es todo: Gómez evitó emplear militares de escuela, activos, en labores
civiles. LópezContreras se atribuye el mérito de haber impuesto esa doctrina:
usiempre creí funesto que los militares en servicio activo y en funciones de
mando intervinieran alavez en la política activar.
En verdad, no hacía sino seguir una pauta dictada por Cómez. Esa
había sido política suya desde los primeros tiempos de su gobierno. Como
sea, no es menos cierto que en esta tarea de ulnstitucionalización, del Ejército,
López fue su más fiel apoyo. Es él quien parece tener más clarala necesidad
de esa separación, incluso cuando ella puede cerrarle el paso hacia la presi-
dencia de la República, como sucedió en 1931. Pero la tarea de convertir
las fuerzas de Gómez en la Institución Armada del gomecismo no se llevó
a cabo sin resistencias ni encontronazos.
MANUEL CABALLERO 37

lópez mismo constata que al funcionar (en mayor escala, la Escuela Mili-
tar, <surgían continuas desavenencias y rivalidades entre oficiales egresados de
la escuela y aquellos que habían ganado sus presillas en el campo de accióno. Él
mismo pertenecía a estos últimos y se mostraba orgulloso de tal condición.
Pero la más simple lógica le diría que los primeros terminarían por
imponerse, cuando los viejos oficiales se retirasen de la escena por muerte,
jubilación o inutilidad para el servicio.
Así, sobre la base de una fidelidad al jefe que estaba por encima de
cualquier otra consideración (incluido el lazo de sangre, como lo demostró
en 1928, cuando hizo encarcelar a su primogénito que se había alzado contra
Gómez), López Contreras tenía cierta autonomía; o por lo menos, actuaba
como si la tuviese. Desde I9l4 el Benemérito había permitido a López Con-
treras su reingreso al ejército, luego de varios años ocupado en cargos civiles
que, si bien lo ayudaron a conocer el país que recorrió de punta a punra,
contrariaba su más lntima vocación por el servicio militar, y lo mantenía
alejado de la fuente principal del poder, Ia fuerza armada.
En 19i9, el dictador lo nombra Director de Guerra en el Ministe-
rio de Guerra y Marina, cuyo titular era un civil, el doctor Carlos Jíménez
Rebolledo. Siendo la Marina poco importante (Soublette llegó a llamar a
eseministerio ode Guerra y Goletao), eso significaba que el verdadero poder
después de Gómez venía a ser en el Ejército el entonces coronel Eleazar
López Contreras.
A él se le debe desde entonces en buena parte la relativa modernización
de la Fuerza Armada y el lento y prudente proceso de su institucionalización.
Pero eso no quiere decir que antes de ese momento nada se hubiese hecho
al respecto. Desde el año en que se abre la Academia, se comienza a hablar
de reforma militar y a proceder en consecuencia. El objetivo confeso era, al
menos en teoría, la conversión de la Fuerza Armada en una institución úni-
ca, apolítica y obediente al Presidente de la República en su condición de
Comandante en Jefe; poniendo el acento además en la formación de efecti-
vos y en la creación de instituciones educativas; así como en la adquisición
de materiales y equipos.
El elemento humano para dirigir esa transformación, sobre todo en el
campo educativo, no existía, o casi, en Venezuela. Por lo tanto, se recurrió
a instructores traídos de fuera, o a venezolanos formados en el extranjero.
Es así como en la Junta Asesora que guió los primeros pasos figuraba como
Instructor el coronel chileno Samuel Mc Gill.
38 HISÍORIA DE LOS VENEZOLANOS EII EL SIGLO XX

Cierto, en esa junta no estaba sólo él: la integraban el Ministro de


Relaciones Interiores Francisco Linares Alcántara (hijo del uGran Demócra-
tar) graduado en W'est Point; de Félix Galavís, uno de esos militares nchopo
de piedra, que habían ganado sus galones en las montoneras del siglo XIX,
del Ministro de Guerra y Marina general Manuel Castro Zavala y por el
general Julio Sarría. Pero el único que tenía experiencia en la organización de
varias academias militares de América Latina y que podía dedicarse a tiempo
completo a su trabajo, era el chileno. Fue él entonces quien le dio forma al
nuevo ejército venezolano, copiándose del ejército prusiano, cuya aceitada
eficacia seguía siendo objeto de la admiración de casi todos los militares,
pese a la derrota de Alemania en 1918.
Tal fue la infuencia del militar chileno en la formación del nuevo
ejército, que durante muchos años, sus enseñanzas en cosas tan elementales
como pararse firme, la de ponerse a discreción y moverse en orden cerrado
se llamaron en los cuarteles y durante muchísimos años na la chilenar.
Pero no fue sólo Mc Gill quien trabajó en ese sentido e hizo sentir la
influencia de su paso por el ejército de su país. Para 1924 se encontraba como
profesor de ardllería el capitán Rafael Alvarado Franco (alzado contra Gómez
en 1928, muere después en prisión; se le llegó a llamar nel soldadito de Diosr),
quien se había graduado de subteniente en laAcademia Militar de Chile, y el
capitán Juan Jones Parra, también con estudio de milicias en Chile.
En I9l7 se instauró el servicio militar obligatorio, y al año siguiente
se aumentó el personal de la Academia, así como la duración de los años de
estudio (cuatro). Pese a la ya comentada admiración por Alemania, se comen-
z^ron a estudiar las experiencias de la Gran Guerra l9l4-I918, entre ellas
la importancia de la aviación que llevó a crear Ia Escuela de Aviación mili-
tar en 1920. Y aunque la homogenización de los ejércitos americanos bajo
el modelo de los Estados Unidos no se dará plenamente sino hasta después
de la Segunda Guerra Mundial, ya enlaAcademia se cambia el uniforme
copiando el de'W'est Point.
En 1926, habían egresado de la Escuela Militar doce subtenientes. Se
crearon también las cátedras de táctica superio¡ código militar y derecho
internacional de guerra. Al mismo tiempo, la Escuela deAviación Militar, con
la asesoría de técnicos franceses, era presentada por el régimen como uno de
los primeros países de América Latina que desarrolla la aviación militar.
Un informe oficial de ese año destaca que se contaban con ocho mil
efectivos militares, de dos hospitales militares y una serie de cuarteles en
viejas casonas adaptadas para ese fin.
IVANUEL CABALLERO J9

Como suele suceder, una cosa eran los discursos oficiales y otra la
realidad. Aquellos ayances no siempre daban como resuhado un ejército
disciplinado y dedicado en exclusiva a sus labores específicas. Cuando en
1927 se incorpore Santiago Ochoa Briceño al Cuartel General de Maracay,
nla instrucción era casi nula, porque las tropas estaban dedicadas a faenas
agrícolas en las múltiples haciendas del general Gómez. En el cuartel sólo
quedaban los soldados de la guardia de prevención y los enfermosr. El nue-
vo ejército no era pues, ni con mucho, una tacita de plata. Pero tenía dos
ventajas: era uno y era nacional.
Gómez había demostrado, en sus años iniciales, en sus relaciones con
el Consejo de Gobierno, y también con algunos de sus ministros más des-
tacados, que podía ceder, escuchar, aceptar opiniones de hombres en cuya
inteligencia y conocimientos confiaba. Pero su relación con el Ejército era,
como es lógico, algo muy especial.
Como sea, para asegurar su tranquilidad, el régimen debía institu-
cionalizarse. Sólo hay una forma de hacerlo para evitar la temida anarquía:
que al morir el hombre, la sociedad perciba que no lo ha sustituido otro. No
sólo porque el dictador es insustituible, sino porque todos pueden creerse
con derecho.
La tiranía personal de Juan Vicente Gómez se va convirtiendo más y
más en la dictadura de una institución. nlnstitucionalizaciónu quiere decir
antes que nada, ndespolitización, en el sentido que se le daba entonces: que
el Ejército debía estar fuera del ámbito de influencia del partido liberal.
Cuando el general muera, habrá dejado para sustituirlo una colectividad
respetada, acatada, temida.
Pero eso no se producirá de la noche a la mañana. Porque entre la dic-
tadura personal y la institucional, habrá de existir un sistema si no una etapa
de transición. Es lo que permite afirmar que la tiranía de Gómez evoluciona,
en sus años postreros, hasta convertirse en una dictadura militar nacional.
La ejercerá esa institución que, hasta 1936, debe considerarse todavía como
la institución armada gomecista venezolana.
Por muy nacional e institucional que fuese, la condición de su exis-
tencia, de su desarrollo y permanencia es la fidelidad personal a su funda-
dor y jefe. Porque él mismo no la concibe sino es bajo una jefatura perso-
nal y única; ybajo su mando directo a través de alguien en quien se sienta
proyectado. Durante un buen tiempo, acaríció la idea de que ese alguien
tuviese su carne y su sangre. Pero desde 1928, vuelca su confianzahacia
HISTORI,A DE LOS VENEZOLANOS EI{ EL SIGLO XX

Eleazar López Contreras. Caminando con esos dos pies, la confianza en un


subalterno de probadísima fidelidad, y una autonomla reladva de la fuerza
armada, el de Gómez va pasando así de la condición despótica a la monár-
quica, con la existencia de un cuerpo intermedio a través del cual fluye la
soberana potencia.
A partir de cierto momento, ése dejará de ser un proceso espontáneo,
impuesto más por la fierza de las cosas que de manera legal. En el Estatu-
to Constitucional Provisorio de l9l4 aparece ya como una sección aParte
(Cuarta, art. 43) el título nDel Ejército Nacionalr. Allí se crea el cargo de
Comandante en Jefe, por lo general ejercido por el Presidente de la Repú-
blica. mientras sea Gómez.
Para resumir todo lo anterior en términos más modernos, con la crea-
ción de Estado partiendo de su columna vertebral, el Ejército, el de Gómez
se transforma (sin abandonar esas caracterlsticas) de una tiranía regional,
latifundista y personalista en una dictadura militar nacional.
Dos cosas más sobre ese ejército. La primera es que al revés de lo que
hizo Guzmán Blanco quien como una forma de controlarlo (o controlados,
pues eran muchos) rebaft el presupuesto del ministerio del ramo, Gómez
lo aumentó a un nivel hasta entones desconocido.
Lo otro es el carácter mismo de la fuerza armada gomecista: no se le
concibió para enfrentar una amenazaextranjera, sino para asegurar el orden
en el interior del país. Más que un ejército, hacía las veces de una policla
nacional. O si se prefiere, de un ejército de ocupación.
cAsrRo sE vA, cómez sE QUEDA

Con la creación y desarrollo de la Fuerza Armada Nacional, se ha dado si


no el primero, el más importante paso en la formación del Estado nacional'
Sería lógico pensar que al Ejército profesional se deba el establecimiento de
lapaz; pero la secuencia es a la inversa: primero fuelapaz, a partir del23
de julio de 1903 y luego vino la apertura de la Academia Militar, el 5 de
iulio de 1910. Es más, los cambios políticos entre ambas fechas tienen una
característica común, que por lo demás va a dar el tono a casi toda la histo-
ria del siglo veinte: no se derramará sangre. El nuevo siglo se nos muestra
así como el anverso del XIX: el quinquenio 1903-1908 se puede considerar
como el inicio de la larga paz del siglo veinte.
Y también de un largo período hasta 1918, sin oposición digna de
tal nombre. Ambas cosas no son simples coincidencias cronológicas, sino
una y misma cosa. Porque como no se conoce otra forma de hacer política
que no sea la guerra, no habrá oposición; primero por la derrota de todos
los caudillos, segundo por la unanimidad alrededor de Gómez en su pri-
mer quinquenio de gobierno; tercero por el estallido de la guerra mundial
de 1914-19i8.
El cambio del 19 de diciembre de 1908, cuando Juan Vicente Gómez
se hace de la totalidad del poder, es la culminación de un Proceso donde han
confuido diversas corrientes, la primera de las cuales es, muy a punto' ese
ambiente de paz. Porque el poder tiene una dinámica y una fuerza tal de atrac-
ción que ante la ausencia de un peligro exteriot afloran las contradicciones en
el interior del grupo dominante: va a apatecer, a manifestarse, la existencia de
una contradicción o cuando menos de una presencia de dos corrientes: una
que podría llamarse del castrismo (Puro y duron y otra gomecista.
Lo curioso es que en la corriente castrista dominan los ncentranosn
subidos a última hora al carro del vencedor; y en la otra, casi todos son andi-
0 HISÍOBIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

nos. No se trata de una actitud deliberada y planeada: es más bien el resul-


tado de la coniunción de una serie de circunstancias. Dentro de las cuales la
voluntad de dominio del general Gómez permanece ocuha, aunque nunca
se sabrá si lo hace por voluntad propia o por fortuna.
Gómez no da la impresión de estar siguiendo un plan preciso, y se
podría decir que se contenra con (estar ahi,. Esa sola presencia lo hace ser
nolens uolens, el imán de todos los andinos preteridos, resentidos por agra-
vios reales o supuestos, sobre todo los provenientes del núcleo familiar o
regional, que no soportan haber sido sustituidos por los revolucionarios de
la undécima hora.
En segundo lugar, contribuyen a hacer la cama al general Gómez las
palabras y acciones un tanto alocadas del general Castro en política nacional
e internacional, que contrastan con la mudez de su compadre.
Discreción explicable desde el punto de vista institucional, pero que
Castro y sus aduladores (y también sus opositores) atribuyen a simple estu-
pidez. La acción de las potencias europeas que de momenro sirvió para unir
detrás de Castro al país entero, al final desembocó en una solución que equi-
valía a negar su vocinglero nacionalismo
Y más tarde, su enfrentamienro con los Estados Unidos, que podía
reunir detrás suyo a toda la Nación, terminó con su derrocamiento avalado
por el consenso general de la sociedad venezolana harta de su gobierno.
El conficto con las naciones europeas se produjo cuando la Revolución
Libertadora alcanzaba la cúspide de su poder y creía poder demostrarlo en
la batalla de La Victoria. Venezuela se declara en defauh y cesa de pagar su
deuda externa. Una alianza de las mayores potencias europeas decide bloquear
las costas venezolanas con la intención de cobrarse a la brava lo debido.
Castro lanza entonces una rimbombante proclama (ula planta inso-
lente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patriar), destinada
a encender el espíritu patriótico y la solidaridad de las repúblicas hermanas.
Pero al final, todo se resolverá cuando el general Castro se entregue en manos
del Embajador norteamericano Charles Bowen, quien como plenipotenciario
del gobierno venezolano, negociará la solución del conflicto.
En un gesto teatral, Castro saca a (el Mocho, Hernández de su celda
y se exhibe con él en el balcón del palacio de gobierno, la Casa Amarilla. uEl
Mochoo da así su apoyo a un gobierno que lo mantenía encerrado, pero que
alavez, se encontraba amenazado por un enemigo extranjero. En todo caso,
es la primera vez que se expresa una actitlrd nacional, un atisbo de semeiante
I\¡ANUEL CABALLERO

conciencia. Aquí no hubo, como en 1810, provincias disidentes y mucho


menos colaboracionistas. Es decir, que la unión (contra los andinos, que
estaba presente y actuante en la Revolución Libertadora se transformó en
unión nacional también efímera alrededor de los andinos gobernantes.
Aquella proclama y esa actitud nacional ha servido de base parala
creación de una leyenda acerca del nnacionalismo, de Castro. Picón Salas,
que conocía muy bien lo problemático de tal designación, prefiere compa-
rarlo con Abd-el-K¡im, el caudillo marroquí, hombre de un nacionalismo
primitivo, racialy religioso y en todo caso, instintivo y nada culto. Por otra
parte, se suele oponer la actitud de Castro hacia las potencias extranjeras, su
fiera condena de la uplanta insolenter, con la de Gómez al llamar en 1908 a
la armada norteamericana para que patrullase las aguas venezolanas, impi-
diese un regreso de Castro y protegiese la reacción en su contra. Planteado
en esos términos, el asunto no resiste la menor crítica: al final, no es más
que la transposición al terreno de la historiografía, de una pelea política de
la época. A decir verdad, ni Castro ni Gómez podían tener tampoco dema-
siado desarrollada esa conciencia nacional en una nación que no existía aún.
Ért" .to es especulación pura. En los Archivos Nacionales de los Estados
Unidos de América se encuentra un documento confidencial desconocido
hasta ahora por el público venezolano.
Se trata de una comunicación (numerada 103), que el 14 de junio
de 1902 envía el embajador norteamericano Hebert Bowen al Secretario
de Estado, relatando las últimas incidencias de la Revolución Libertadora.
Ella parecía a punto de triunfar, y esa perspectiva había llenado de pánico a
los caraqueños, que pensaban que ante la inminencia de la derrota, Castro
nsoltaríau a sus andinos para que se dedicasen al pillaje y al asesinato, a las
peores atrocidades. Ese terror llegó a tales extremos, que el embajador nor-
teamericano Bowen aconseja enviar varios buques de guerra a patrullar las
aguas venezolanas. Y lo explica así:

He solicitado barcos de guerra, en primer lugar porque pienso que debe-


mos tener una fuerza a mano que pueda aplacar los miedos no sólo de
los americanos que viven aquí sino también de los propios nativos, y que
pueda prevenir a los barcos de guerra de otras naciones si piensan iniciar
en La Guaira o cualquiera otra parte del territorio venezolano una acción
que pudiese perjudicar nuestros intereses y derogar nuestro prestigio; y en
4

segundo lugar, porque posiblemente sea necesario desembarcar un fuerte


contingente de nuestros marines.

¿Cuál fue la reacción del presidente Castro ante esa situación? En el


mismo documento, Bowen relata lo siguiente:

Castro me mandó a llamar [...] Antes de dejarlo, le dije que habla decidido
pedir dos barcos de guerra. Castro me respondió que él veía a los Estados
Unidos como el mejor amigo de Venezuela entre las grandes potencias y
que se sentiría agradado de tener aquí nuestros barcos de guerra; y luego
me preguntó si enviaría un cable para eso. Le respondl que no me parecía
necesario.

¿Castro patriota, Gómez cipayo? Este documento revela otra cosa: la


actitud de ambos es casi la misma. Ninguno de los dos tenía muy acusada
la conciencia nacional. Y no la tenían porque no podían tenerla: ellos no
están gobernando una nación, no pertenecen todavía a una nación. Reve-
la también que esa conciencia no se da de una vez por todas, que tiene sus
altos y bajos, sus vueltas y revueltas.
Pese a las proclamas altisonantes de Castro, sus enfrentamientos con
naciones extranjeras no hará levantar la ola de nacionalismo que se podía
esperar, sino más bien la idea de que Castro estaba usando la existencia de
conflictos externos para ocultar la realidad de los internos.
Thmbién en política doméstica, Castro faciliaráel ascenso de Gómez
cuando trate de hacer lo contrario. El 4 de abril de 1906, alegando el dete-
rioro de su salud, decide separarse de la Presidencia y dejar encargado al
general Gómez.
De inmediato sus aduladores comie nzan a intrigar contra el Benemé-
rito. La maniobra tendrá éxito: Castro la cree, humilla en público a Gómez
y a (sus amigos, y regresa al poder naclamado por los pueblosr.
Si se tiene la imagen de un Juan Vicente Gómez dependiente absolu-
to de Castro, sin ningún tipo de poder propio hasta el momento supremo
de 1908 se hace imposible dar una explicación política a todo este proceso
de la llamada oAclamaciónr. Entre otras cosas, Castro no complacerá a sus
aduladores de amigos: ha humillado a Gómez, pero no lo ha expulsado del
núcleo dirigente ni muchísimo menos, como se lo aconsejaba el general Fer-
I\,1ANUEL CABALLERO {)

nando Márquez, ha intentado matarlo. Por el contrario, desde la batalla de


La Victoria, venía acumulando laureles sobre la testa de Gómez.
Cuando Castro lo felicita por haberlo salvado en La Victoria, ¿es sólo
generosidad o ceguera suya? ¿Lo continuaba siendo cuando inflaba su ver-
bo para consagrarlo ante la historia por el triunfo de Ciudad Bolívar? La
incontinencia verbal que siempre se le ha reprochado encontró allí donde
desparramarse a sus anchas.
Pero ya Gómez no es un simple peón que el uCabito, pueda mover a
su leal saber y entender. El estudio de la batalla de La Vctoria, y de la situa-
ción militar en todo el país, puede dar respuesta a las preguntas planteadas
en el párrafo anterior.
Después de Tocuyito y de su llegada a Palacio, Castro no ha dejado
de plantearse la guerra como un problema político. Y en ese terreno, Juan
Vicente Gómez ya ha comenzado a brillar con luz propia. Para Castro,
aquellos elogios después de los triunfos sobre la nlibertadoraD; y luego, su
consideración con Gómez después del episodio de ula Aclamación, no tra-
ducen sólo un sentimiento de lealtad hacia el camarada de armas, el amigo,
el compadre de sacramento.
Si eso fuese así, entonces no se comprendería por qué no había cum-
plido a cabalidad con su promesa inicial de unuevos hombresr, por qué no
había defenestrado a la totalidad de los (centranos> para hacer ocupar sus
puestos por tachirenses ávidos.
Si Castro se rindió ante las exigencias de sus aliados <centranosr, hizo
caso de ellas hasta provocar celos y resquemores en sus propias filas, ¿por qué
no pensar que igual debía tomarlas en cuenta puertas adentro? En la política
como en la guerra, nada es tan peligroso como dar la impresión de estar solo.
En Gómez, Castro enconüaba el escudo para protegerse de esa soledad.
Como es lógico, un jefe siempre trata de reunir detrás de sí a la mayor
cantidad de gente. De igual manera, se comprende que trate de compactar
las filas de sus más cercanos compañeros. Pero cuando las tensiones ceden
fuera, también se relaja esa solidez adentro. Las ambiciones se hacen más
claras, y por este lado, aflora aquella desconfianza que no había tenido oca-
sión de manifestarse.
Esa ambición se evidencia, y provoca esta desconfranza, sólo después
de que Castro deje encargado del poder a Cómez en 1906. En los próximos
dos años, Gómez tasca el freno, viendo como, entre francachelas y desatinos,
el nCabito, cava su propia tumba.
4

Sin que dé la más mínima muestra de estarlo proponiendo ni esti-


mulando, y ante la ausencia de un liderazgo propio, alrededor de Gómez se
van concentrando sin mucho aspaviento todas las oposiciones. Faltan ape-
nas dos elementos para que se pueda dar el cambio. Uno es la enemistad de
un poderoso amigo que cambie de bando o de actitud; el otro, una muestra
real de flaqueza del Presidente. O sea, la enemistad de los Estados Unidos;
y la tambaleante salud de Cipriano Castro.
las relaciones de Venezuela con los Estados Unidos habían sido cordiales,
como lo demuestra esa conyersación con el Embajador Bowen arriba citada.
Pero en 1906, estalla en este país un escándalo judicial, donde sale a la luz el
financiamiento de la nRevolución Libertadora, por la General fuphalt.
De inmediato, Castro comienza a mover sus piezas para castigar aJ. tn¿st,
y pretende cobrarle en dinero contante y sonante los daños que ese alzamien-
to ha causado al país. Pero si bien la prensa norteamericana denuncia de mil
maneras las trapisondas de la compañía asfaltera, ésta cuenta con poderosos
apoyos que llegan hasta la vicepresidencia de los Estados Unidos.
El tono entre ambos gobiernos va agriándose al punto de que en el
norteamericano se llega a pensar en una intervención directa con desembarco
de Marines incluido: es el llamado nPlan Parkero que por fortuna no pasó
del papel. Pero la situación llega a un extremo tal que a mediados de 1907
se produce la ruptura de relaciones entre ambos gobiernos.
Es interesante, en vista de los sucesos próximos, conocer el papel
jugado por Gómez en todo esto. En apariencia ninguno, y eso es lo que
más llama la atención, si se toma en cuenta que el respaldo dado en forma
casi pública al trust del asfalto por el gobierno de los Estados Unidos y la
indignada reacción de la prensa liberal de aquel país.
Y sobre todo, el peligro muy cierto y casi inmediato de una inter-
vención militar en Venezuela son realidades fácticas y no simple guerra de
comunicados. Es cierto que la política extranjera de un gobierno la conduce
y la expresa el presidente de la República, quien deja sus aspectos secunda-
rios o administrativos en manos del canciller.
Pero lo que se presenta después de 1907 entre Venezuela y los Estados
Unidos es un enfrentamiento nacional que impone una actitud y una res-
puesta del mismo tenor. En un país tan verboso, donde además las parrafa-
das patrióticas son el pan cotidiano, no es usual callarse tanto en semejante
circunstancia. Juan Vicente Gómez nunca ha sido muy parlanchín, pero
tampoco se prohíbe hablar.
MANUEL CABALLERO
47

Cierto, cuando la Aclamación castrista, lo había hecho para responder


a una provocación y su respuesta era normal, mero instinto de conservación
ante una amenaza muy personal. Este no es el caso ahora, y Gómez podría
alegar, si alguien le hiciese notar su silencio -pero nadie lo hace- que, como
buen militar, se sienre representado por la voz de su jefe.
A esas alturas ya ha pasado todo cuanro ha pasado, y su voz, aún si
es la de un hombre humillado, tiene sin embargo algún eco: hacerla oír en
un momento de tanto y tal peligro sería importanre, para el país y para él
mismo. Pero Gómez calla. En esas circunsrancias, el silencio es oro.
Los adversarios de Castro lo toman como aqrtarniento, el uCabitor, acaso
como estupidez o cobardía. Por la razón que sea, el caso es que las oposiciones,
nacionales o extranjeras, comienzan a mirar esperanzadas al Benemérito.
Así las cosas, y siempre por razones de salud, Castro sale del país el
24 de noviembre de 1908. Veintisiete días más tarde, Gómez alega haber
descubierto un complot para asesinarlo y culpa na los amigos, de Castro, tal
y como éste lo había hecho dos años anres contra Gómez; y asume plenos
poderes: comienza, con el consenso general, la más larga tiranía que haya
conocido Venezuela en toda su historia republicana.

(LA EVOLUC¡ÓN DENTRO DE LA SITUACIÓN,,

Es lógico suponer que la tiranía más larga y cruel en la historia de


Venezuela haya sido impuesta a sangre y fuego, rechazaday detestada por
la mayoría de un país oprimido y ulcerado. Pero sucedió todo lo contrario.
La inmensa mayoría recibió la asunción del poder porJuan Vicente Gómez
con alivio, con alegría, como una liberación. Y eso contribuyó a que la san-
gre no llegara al río: el cambio se produjo en sana paz. Ese apoyo fue casi
unánime hasta 1913 y mayoritario hasta 1918. Sólo al nacer una nueva
generación, surgió en I92B una nueva oposición civil y militar que, derro-
tada a las primeras de cambio, emergerá a la muerte del tirano para ocupar
la escena hasta el final del siglo
¿Curíles serán las razones para que Gómezvayaa gobernar sin oposición
durante un tiempo tan largo? La respuesta tiene dos tiempos: el primero hasta
1913 y el segundo hasta 1918. Al hacerse de la totalidad del poder, Gómez
es recibido con alborozo: sustituye a un gobernante detestado y trae como
su aporte personal, el laurel del vencedor en la batalla de Ciudad Bolívar,
no de una guerra, sino de la guerra venezolana. Además, el Benemérito da
48 HISTONN DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

muchas señales de que, al contrario de un Castro agresivo y divisor, él viene


a actuar como el hombre de la paz y la concordia. Va a abrir de inmediato
las cárceles y las fronteras para que los venezolanos enmurados y desterrados
r€gresen al seno de sus hogares. Y eso, sin exigirles sometimiento ni ninguna
declaración humillante de gratitud hacia el nueYo gobernante, aunque ellos
no dejen de hacerlo. Es más, Gómez no sólo les da la libertad, sino que los
invita a colaborar en su administración. Esto no es una declaración de prin-
cipios ni una generalidad.
Uniendo la acción a la palabra, forma un Consejo de Gobierno inte-
grado por quienes se habían unido en 1901 para, con la Libertadora, echar
del poder a los andinos: a Castro y al propio Gómez.
Pero además, tampoco con eso estaría otorgando a su antiguos enemi-
gos un premio de consolación, ni creando una figura decorativa: ese Consejo
será llamado a gobernar y lo hará de verdad hasta 1913, cuando Gómez Io
disuelva por oponerse a su reelección.
Eso no es todo: Gómez tiene sumo cuidado, desde el primer momen-
to, en no disgustar a la tribu montañesa, en no ahondar la división en el
anriguo monolito castrista. Ni siquiera ha acusado al propio Castro de cons-
pirar contra é1, sino a nsus amigosr, usando la misma fórmula del uCabito,
durante la Aclamación. No sólo tenderá la mano al castrismo ublando, y
proclive a escucharle, sino también al castrismo uduror: nadie debería que-
dar fuera de la nación reconciliada.
Así, el cambio de gobierno no será tal, porque él ya ha sido nom-
brado Presidente de la República por el propio Castro: niega que se haya
producido un cambio y mucho menos una revolución, sino una nevolución
dentro de la situaciónr.
Al final, como dirá a los marinos norteamericanos que vienen a ente-
rarse de qué cosa ha sucedido en este país, la culpa toda de la rupturay de
los males del país será de nsolo un hombreo, Cipriano Castro.
Legitimado por ese apoyo nacional, Gómez gobernará durante su
primer quinquenio sometido a la más estricta legalidad, al menos en lo más
visible: las arbitrariedad y la represión serán así percibidos como nalcaldadas,
de funcionarios menores. Existirá una relativa libertad de prensa siempre y
cuando no se toque la figura del Jefe del Estado; pero eso se logrará sin recu-
rrir al garrote y tan sólo, de tarde en tarde, con alguna blanda advertencia
a no confundir libertad con libertinaie. Si no es necesaria la represión para
MANUEL CABALLERO
49

imponer esa norma, porque nadie quiere atacar a Gómez: todo el mundo
es
está de acuerdo con é1. El mismo, por su parre, no deja de recordar que el
suyo no es un gobierno militar sino una magistratura civil
Y además que é1, fuera de toda adulación, no es sino un nmodesro
ciudadanor. Y si rodo el mundo está de acuerdo con é1, es porque, en una
venezuela donde todo el mundo se proclama liberal, el Benemérito está apli-
cando por primera vez (hasta donde eso es posible), el programa liberal.
Y lo está haciendo por una razón muy sencilla: no sólo porque ese
sea el programa nacional, sino porque por primera vez en un siglo, alguien
está gobernando en paz.
En paz adentro y afuera. Porque aquí viene el elemento final de ese
apoyo generalizado: el del gobierno de los Estados Unidos. En efecto, al
producirse la reacción de Gómez conrra Castro, y con el visto bueno del
Benemérito, barcos de guerra norteamericanos comienzan a patrullar las
aguas venezolanas para impedir el regreso de Cxtro.
La luna de miel del país con el general Gómez se prolongará a lo largo
de su primer quinquenio de gobierno. Pero en 1913 se termina su período
constitucional. Es muy posible que de presentarse para la reelección, hubiese
aplastado a cualquier conrrincanre en una elección normal y limpia. Pero
el Benemérito no quería eso: no quería que nadie lo enfrentase. Se puso
entonces en campaña contra una supuesta invasión de Cipriano Castro, y
disolvió un Consejo de Gobierno sospechoso de estar contra la reelección:
Gómez había llegado para quedarse.
A la dispersión de los caudillos después de la derrota de la ulibertado-
ra, y al apoyo nacional de la nEvolución, de 1908, se agregará un elemen-
to venido de fuera. Ese elemento será acaso el mayor aporre a la aspiración
reeleccionista de Gómez: el estallido de la Gran Guerra 1914-1919. Como
entonces nadie en Venezuela concibe una oposición que no sea armada, a
los enemigos del régimen de Gómez no les queda otro camino que rascar
el freno hasta que termine la contienda: ¿quién le iba a vender armas, si sus
productores están comprometidos a fabricarlas para sus propios ejércitos? Y
por mucho que se le sospeche de simpatías por Alemania, el astuto Gómez
mantiene neutral a Venezuela.
HISTORTA DE LOS VEilEZOLAIIOS EN EL SIGLO XX

cRoNolocfa: ragg - 1908

f 899 23 de mayo: desde Cúcuta, Cipriano Castro yJuan Vicente Gómez


invaden el territorio venezolano dando inicio a la Revolución Liberal
Restauradora.
22 de octubre Cipriano Castro entra a Caracas después de obtener
varios triunfos sobre las fuerzas del gobierno y d' día siguiente' asu-
me la primera magistratura.
1901 27 de enero: el ex presidente del estado los Andes carlos Rangel
Garbiras invade Venezuela desde Colombia.
19 de üciembre estalla la Revolución Libertadora bajo la jefatura del

conocido banquero y hombre de negocios Manuel Antonio Matos.


lgo2 Del 13 de octubre al 2 de ¡oviembre: tiene lugar la batalla de La
Victoria que culminó con la derrota de los revolucionarios.
9 de diciembre: Alemania e Inglaterra, seguidos por Italia, Francia,
Holanda y Bélgica bloquean las costas de Venezuela para presionar
el pago de la vieja deuda venezolana.
1903 21 de julio: la Revolución Libertadora es vencida definitivamente por

Juan Vicente Gómez en la batalla de Ciudad Bofívar: es el fin de las


guerras civiles.
f 906 9 de abril: Casuo renuncia a la presidenciay deia encargado a Juan
Vicente Gómez.
5 de julio: Cipriano Castro retoma el gobierno después de los actos
de aclamación promovidos Por sus acólitos.
1908 24 de noviembre el gravemente enfermo presidente Castro gra-
vemente enfermo sale del pals para atenderse de sus dolencias en
a Juan Vicente Gómez.
Europa, deja encargado del gobierno
19 de üciembre Juan Vicente Gómez desaloja del poder a Cipriano
Castro.
SEGUNDA PARTE
EL ESTADO SOY YO
LIBERAL, NO FEDERAL

A partir de 1859, en el bajo pueblo y en especial entre los campesinos, los


vocablos nliberal, y nfederal, solían confundirse, y en la lengua cotidiana se
fundían para formar uno solo: ufeberalr. El general Gómez no tenía incon-
veniente en endosar la primera denominación, siempre y cuando ello signi-
ficase no que Gómez se había hecho liberal, sino que los liberales se habían
hecho gomecistas.
Pero no se podría decir que tuviese pareja actitud hacia el federalismo
a medida que pasa el tiempo, que se consolida y refuerzasu poder, se produ-
ce todo lo contrario si bien conserva en lo formal toda la simbología federal
(uEstados Unidos de Venezuelao), el general se hace más y más cenrralisra,
en una medida jamás conocida en el país.
Por eso, al tratar la relación del Benemérito con ambas cosas, libe-
ralismo y federalismo, se debe deshacer, como en la realidad se deshizo, el
nudo creado por el habla popular.

UN CRECIENTE LIBERAL

Veamos lo primero. El27 de abril de 1909, en la hacienda del gene-


ral Raimundo Fonseca se celebró un banquete en homenaje al general Juan
Vicente Gómez. Se suele decir que allí se le ofreció la jefatura del Partido.
La verdad es un tanto diferente. Los liberales no nle ofrecieronu la jefatura
del partido al Presidente, sino ratificaron lo que consideraban un hecho.
Por eso, los conservadores consideraron un desaire la respuesta de Gómez
a quienes levantaban su copa en nombre del partido liberal: uBrindo por la
patria y por la uniónn.
Esta respuesta cubrió todos los otros posibles significados de esa reunión;
y en particular señaló el más importante de todos: allí nació el gomecismo
fr HISTORTA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

como una adscripción política independiente de los partidos y sobre todo


del partido liberal. Por su parte, si la montaña no venía al partido, el partido
iríaalamontaña. A partir de allí, se dividió entre liberales amarillos y quie-
nes, repitiéndo al General, comenzaron a llamarse uunionistasr. El propio
Gómez le dará más tarde su exacto nombre a las tendencias uunionistasn:
en 1913 declara al Neta Yorh Herald que sus éxitos se debían en gran parte
a su política de asimilar y conservar los mejores elementos de los antiguos
partidos liberal y conservador: nEsa asimilación la llamo El Gomecismoo,
concluía el Benemérito.
Todo lo anterior refleja que cuando llega Gómez al poder todavía
existía una honda pugna entre liberales y conservadores. Si la sangre no lle-
gaba al río era porque el propio Gómez había cegado su fuente en Ciudad
Bolívar; y en este momento anuncia lo que será la realidad del país y su
futuro en los próximos veintisiete años: la dominación absoluta del general
Juan Vicente Gómez.
Pero hay dos elementos muy importantes de aquel suceso, aquel
momento, que estos desarrollos han ocultado. LJno: ¿tenían razón los libe-
rales venezolanos al considerar al Benemérito como uno de los suyos? Dos:
más allá de toda adscripción partidista, ¿era Gómez un Liberal? Ambas pre-
guntas tienen una respuesta común: sí, en principio. La condición la impo-
ne el hecho de que en aquel momento, en Venezuela no había nadie que no
se considerase liberal.
fuí, la sublevación que llevó al poder a Castro y a Gómez se llamó
nRevolución Liberal Restauradora, y los ngodos, de nel Mocho, Hernández
se llamaban uliberal-nacionalistasu; y la inmensa mayoría del país cuando
decía uliberal, se refería al Gran Partido Liberal Amarillo de Antonio Guz-
mán Blanco. Pero aparte de eso, ¿podía considerarse a Gómez un liberal?
Aquí conviene regresar al discurso de Tosta Garcla en aquel banquete del
27 de abrll.
Allí le decía a Gómez... nsin hipérbole, que el Partido Liberal escribió
con la sangre de Zamoray firmó con la mano altruista del Mariscal Falcón
el célebre Decreto de Garantías, para que os tocara la gloria de cumplir-
lo estrictamente...) cosa que Gómez estaba haciendo udesde la libertad de
prensa sin restricciones, el otorgamiento de todos los derechos individuales
y la exclusión de todos los monopoliosr.
Esto merece varios comentarios. En primer lugar, como respuesta
particular a la primeras de las dos interrogantes que se hacían más arriba.
MANUEL CABALLERO 55

nSin hipérboler, dice Tosta García, pero coloca a Gómez en rercer lugar en la
sucesión apostólica de la iglesia liberal después de los dos grandes muerros,
Zamora y Falcón. De donde, por cierro, se excluye al más recienre, al más
ilustre, y sobre todo, el hombre cuyo arribo al poder se estaba celebrando
en el banquete: Antonio Guzmán Blanco.
Segundo comentario: al final de su intervención, el autor delas Memo-
rias de un uiuidor se limitó a sugerir n...la conveniencia de adoptar todos los
principios liberales de esa incomparable Constitución de 1864...", ya con-
tenidos en el Decreto de Garantías enunciadas por Falcón al llegar al poder
en 1863, triunñnte la Revolución Federal.
Esto último se puede ver desde dos ángulos: el primero, propuesro por
el propio Tosta, la deseada voluntad de Gómez de aplicar la Constitución de
l\64.Elotro iingulo es el de la aplicación del programa que el liberalismo venía
agitando desde 1840. Los artículos fundamentales de aquella Constitución,
que sintetizan la doctrina liberal, eran los contenidos en los primeros quince
incisos del artículo 14, deI nTítulo III, Garantías de los venezolanoso.
En primer lugar la inviolabilidad de la vida, tal vez lo más significa-
tivo de todo, pues convirtió a Venezuela en el primer país en el mundo en
abolir la pena de muerte. De allí en adelanre, hasta el inciso quince, se enu-
mera el resto de las garantías, en esre orden: la propiedad; la inviolabilidad
del secreto de la correspondencia y demás papeles; y del hogar doméstico;
la libertad personal (entre otras cosas se prohiben la esclavitud y el recluta-
miento forzoso para el servicio de las armas); la libertad de pensamienro; la
de tránsito; la de industria; la de asociación y de reunión sin armas, públi-
ca y privada: la libertad de petición y el derecho de obtener resolución; la
libertad de sufragio; la libertad de enseñanza; la libertad religiosa, si bien
solo podrá ejercerlo fuera de sus tempos la Religión Católica, Apostólica y
Romana; la seguridad individual; la igualdad.
La enumeración anterior sugiere también varios comentarios. Los
cuatro principios básicos del liberalismo son la libertad, la igualdad, la pro-
piedad y la seguridad. Llama entonces la atención en una consrirución liberal
que Ia primera inviolabilidad garantizada después de la vida no sea la liber-
tad sino la propiedad. Y que en una nrevolución social, como han querido
ver algunos historiadores a la Guerra Federal, la igualdad sea garantizada
en último lugar.
Por otra parte, quién sabe si con la única excepción del privilegio ororga-
do a la Iglesia Católica, en esos principios, en esas garantías, estaba de acuerdo
fi HrsroRr,a oE LoslrENEzolAxos Elj!!lc!9]x

todo el mundo en Venezuela: ése era el proyecto nacional. De modo que nada
costaba a los liberales que representaba en aquel ágape Tosta García, suPoner
que Gómez lo acogería como suyo; nada le costaba tampoco a éste prometer
que actuaría basado en tales principios. La cuestión era otra: en qué medida
estaba dispuesto a respetarlos, sea por voluntad propia, sea por imposición
de las circunstancias. Acaso no exista nadie que pueda jactarse de haber apli-
cado al pie de la letra una declaración de principios, un programa de gobier-
no. Aún el más principista de los gobernantes se verá alguna vez obligado a
uacomodos con el cielo, que Moliére ponía en boca de su Thrtufo.
Vayamos entonces por partes, comencemos por el derecho a la vida.
Desde 1863, sólo dos gobernantes se han atrevido a violar esa garantía:
Guzmán Blanco haciendo fusilar a Matlas Salazar, Cipriano Castro hacien-
do otro tanto con Antonio Paredes. Lo cual no quiere decir que sean los
únicos. Pero quienes la han infringido lo han hecho a escondidas, violando
su propia legalidad.
En una declaración del cinco de noviembre de 1928, el general Gómez
se jactaba de jamás haber levantado patíbulos. Pero, dicen los emigrados, no
se necesitan patíbulos para aplicar de facto la pena de muerte, como sucedía
a diario en las cárceles venezolanas: nada más que en La Rotunda, se cuen-
tan entre l9l3 y 1921, cincuenta y tres prisioneros muertos sin necesidad de
nlevantar patíbulosr. Sus cárceles funcionaban así como uguillotinas secas>.
En ellas se dejaba morir a los presos sometidos a las más bárbaras
torturas desde por lo menos 1918, a raíz del descubrimiento de la primera
coniura cívico-militar en su contra. Pero antes, en una fecha más cercana a
la de aquella proposición de Tosta García, el General se había hecho de la
vista gorda, o había tratado de ocultar con cómplice autoridad, los crímenes
de dos parientes suyos.
Uno fue el asesinato del gobernador de Caracas, Mata Illas enl907
por su primo-hermano Eustoquio Gómez; así como la muerte del concejal
Enrique Chaumer por otro pariente del Benemérito.
Que después del derecho a la vida, se garantice el de la propiedad es
muy significativo. Pero ese orden de prioridades no es del general Gómez,
sino de los liberales: es de 1864, o sea casi medio siglo antes de su llegada al
poder. Y este derecho será respetado con bastante rigor durante los veinti-
siete años del mando del Benemérito. Se puede decir una cosa no por polé-
mica menos cierta: que la primera propiedad garantízada y protegida será
la suya v la de los suyos.
I\¡ANUEL CABALLERO >/

No empece: Gómez también extenderá el respeto a la propiedad a


sus enemigos. Es así como al saber que sus subalternos han tomado la casa
de Régulo L. Olivares en Colón para oficina pública, ordena que se la haga
entregar de inmediato a la familia de aquel señor. Y concluye: uNo he que-
rido ser el primero en tomar medidas de represión contra los enemigosn.
Y en 1916, el embaiador norteamericano Preston Mc Goodwin, se
asombraba de la magnanimidad del dictador hacia sus enemigos. Se enteró,
dice en un informe, de que Gómez le había enviado un cheque personal por
320 míI bolívares (62.000 dólares) en pago de intereses de sus negocios pri-
vados al doctor Leopoldo Baptista, uno de los más infuyentes promotores
de revoluciones antigomecistas en New York y Puerto Rico.
De igual manera, argumentaba en sus memorias Pedro Manuel Arcaya
(un prominente defensor del gomecismo), que cuando se decidió repartir al
voleo concesiones petroleras, se las dieron a todo el que pidiese una. Y cita
los casos de Andrés Eloy Blanco y otros iguales, así como las concesiones
que obtuvieron el doctor Oscar Augusto Machado y muchos más. Se ve,
concluye, que no era menester ser amigo de Gómez, y aún se podía ser su
adversario declarado, para obtener concesiones de petróleo.
Esto puede ser cierto, aunque no se debe olvidar que los primeros en
llegar a ese reparto eran quienes mejor informados estaban del asunto, esto
es, en primer lugar los familiares y amigos de Gómez.
Por supuesto que lo m:ís problemático resulta la aplicación de la garan-
tía de libertad, que se desarrolla y particulariza en ocho de los siguientes
la
títulos: las mayores controversias se despiertan en torno a la relación de
Gómez con la libertad. Unidos, Gómez y la libertad forman un auténtico
oxímoron: dos palabras antitéticas que, por costumbre se consideran opues-
tas de manera irreconciliable. Como lo son la libertad ylatirania, y Gómez
es la encarnación de esta última.
Si se considera la libertad como un valor, como una idea perfecta de
unavez por todas desde el primer momento de su inmaculada concepción,
es imposible que alguien pueda cometer el disparate de ligar una cosa con
otra. Pero si se considera la libertad en términos concretos, si se le da un
sentido instrumental y utilitario, si, en fin, se le convierte en una liberación,
las cosas varían. Con Gómez desde 1903, los venezolanos se sintieron libe-
rados de uno de sus terrores seculares: la guerra. Ét".t" la libertad que los
venezolanos querían entonces, y pafaobtenerla estaban dispuestos a soportar
Ia dictadura; más aún, la anhelaban.
58 HISTORI.A DE LOS VENEZOLAilOS EN EL SIGLO XX

En aquel momento, pues, Gómez no sólo garantizaba, sino encarna-


ba el principio liberal que los venezolanos ponían por encima de los otros,
incluso de la propiedad y de la libertad que los precedían en el texto cons-
titucional: la seguridad.
De resto al aludir a las libertades concretas habrá que situar cada una
de ellas en su momento o momentos particulares. Por ejemplo, Tosta García
habla de ulibertad de prensa sin restricciones)). Para ese entonces, Gómez
tiene cinco meses en el poder: lo que dice el líder liberal es cierto, pero hay
que situarlo en su contexto.
La prensa es bastante libre, salvo para atacar al general Gómez, pero
en ese instante nadie quiere hacerlo. Por otra parte la situación anterior era
muy particular: la prensa era libre, pero no independiente, pues era siempre
prensa de partido.
Incluso El Uniuersal, que inaugura en 1909 la era de la prensa comer-
cial. en sus inicios era considerado instrumento de los liberales. No tenía
nada de extraño que los órganos periodísticos se considerasen libres bajo el
primer Gómez, pues les permitían dedicarse a su ocupación favorita: entre-
sacarse la tripas liberales o conservadoras.
A medida que vayan pasando los años, y el Benemérito se consolide
en el pode¡ ni siquiera esta libertad tendrán los periódicos, pero Gómez no
necesita desatar la represión para lograrlo: los partidos van desapareciendo y
use consolida la unión, como lo quería el Libertador, pero sobre todo como
Io quería Gómez en aquel brindis de 1909.
Aparte de aquellos principios de la constitución de 1864, había dos
puntos de la agenda liberal que eran también los de toda Venezuela: pobla-
ción y caminos. Ellos estaban en todas las plumas, en todas las proclamas,
en todos los programas de gobierno. Venezuela era un país inmenso, casi
un millón de kilómetros, lo que doblaba la superficie de cualquier país de
Europa occidental.
Y eso con una población que no llegaba, a comienzos del siglo XX, a
tres millones de habitantes. La solución preferida, casi mágica era la inmigra-
ción europea, para hacer de Venezuela un país ncaucásicor, o sea blanco.
Porque los males de que sufría la población venezolana, y su escasez,
no provenían de su bajo nivel de vida, sino que el bajo nivel de vida provenía
de sus males, y entre ellos el mayor de todos: el color de su piel.
A nadie parecía ocurrírsele que antes de poblar nuestro desierto con
gentes de un mejor nivel de vida, había que mejorar el de la población autóc-
tona para hacer el país atractivo a sus nuevos pobladores.
N¡ANUEL CABALLEHO 59

A lo largo del siglo XIX, gobiernos conservadores y gobiernos liberales


habían fracasado por igual en atraer esos inmigrantes europeos tan buscados.
Pese a que los incentivos para hacerlo, que las ventajas y apoyo oficial eran
mucho mayores que los que ofrecían los Estados Unidos, eran sin embargo
aquellos los preferidos.
Gómez fracasará en ese terreno tanto como lo habían hechos sus
antecesores. Y eso, pese a que muchas de las barreras que, según los propa-
gandistas liberales obstaculizaban la sociedad venezolana haciéndola poco
atractiva a la inmigración, habían sido levantadas: Venezuela era un país
laico desde los años setenta, donde existía el divorcio desde 1904; donde la
guerra endémica había sido vencida desde 1903.
Cuando la muerte del general Gómeztermina con su gobierno, la pobla-
ción había adelantado muy poco en número y en concentración: Caracas era
una aldea grande que bordeaba con dificultad los doscientos mil habitantes.
En cambio, Gómez se jactaba con mucha razón de haber avanzando
como nadie en el otro renglón del programa liberal: el de los caminos.
Pero si en esto Gómez era un creciente liberal, era por eso mismo lo
que se podría llamar un menguante federalista. En ambas cosas su mano
derecha, su más eficaz colaborador civil, será Román Cárdenas.
En Venezuela, la Federación es menos producto de la ensoñación de
algunos doctrinarios que de la realidad misma de un país donde cumaneses
y tachirenses, corianos y guayaneses podían morirse de viejos sin haberse
visto jamás. El país tiene además una particularidad: la de estar orientado de
occidente a oriente (siguiendo el curso de los mayores ríos que desembocan
en el Orinoco) y a lavez de estar gobernado de norte a sur.
No es difícil imaginarse las dificultades que la administración central
debía tener en un país donde Humboldt relataba que, en un trecho como
el que separa Antímano de Las Adjuntas, debió cruzar diecisiete veces el río
Guaire. Una idea de cómo una situación similar se prolongó durante más de
un siglo, lo puede dar la consulta de los itinerarios de Venezuela publicado
en 1919. Para ir de Caracas a San Cristóbal, por ejemplo (a menos que se
quisiese sacar un pasaporte para entrar por Colombia), había que emplear
cuatro clases de transporte.
Era necesario tomar un ferrocarrril de Caracas a La Guaira; trasladarse
por mar de La Guaira a Boca del Catatumbo; por río de este último sitio a
Boca de Encontrados; de aquí aUracá de nuevo en ferrocarril; y desde allí
hasta San Cristóbal por tierra: en total, 1.045 kilómetros. Para ir a la capital
HISTORI,A DE LOS VEI{EZOLAI{OS EN EL SIGLO XX

de algunos estados llaneros, así como a Ciudad Bolívar, era casi obligatorio
hacer escala en la isla británica de tinidad
En un país así, la fuerza armada cumplía sobre todos las funciones de
una policía nacional: estaba hecha más para la represión interna que para
combatir a ejércitos venidos de fuera. Pero para cumplir esas funciones,
nada hace encerrada en sus cuarteles citadinos: le es necesario poder des-
plazarse con rapidez. Yya el caballo no sirve; entre otras cosas, no es útil en
las regiones escarpadas de los Andes y Caracas. Se imponía entonces crear
una red de comunicaciones, de preferencia terrestre. Entre lB72 y 1910, los
gobiernos invertieron unos 160 millones de bolívares de los cuales apenas el
trece por ciento se dedicó a la construcción de carreras y caminos. El general
Gómez procederá de otra manera, ordenando en un Decreto sobre Vías de
Comunicación de la República, el estudio de la red general de nuestras vías
de transporte y la construcción de las arterias principales en cada estado.
Se destinó a este ramo el cincuenta por ciento de la renta total de obras
públicas. Por otra parte, ese decreto precisa que la política de comunicacio-
nes está destinada a facilitar el comercio de exportación e importación. El
propio ministro Román Cárdenas proponía basar esa política (en conside-
raciones exclusivamente administrativas)), un simple dato basta para revelar
el tipo de nadministración, que se estaba pensando con la promulgación del
Decreto, pues está fechado el 24 dejunio de 1911, nonagésimo aniversario
de la batalla de Carabobo y día del Ejército.
Así, si de algo puede jactarse Juan Vicente Gómez es de haber puesro
por obra lo que los liberales del siglo XIX fueron incapaces de hacer; o cuan-
do menos de haber continuado, ampliado y culminado Io que fue preocu-
pación central y la acción más elogiada del gran campeón del liberalismo,
el Ilustre Americano Antonio Guzmán Blanco.
El desarrollo de una política comunicacional tiene una verrienre que
hasta ahora poco se ha destacado. Por una parte, eso es obvio, fundamental
para culminar el proceso de la unidad nacional, que junto con la formación
del ejército profesional, ha servido para manten er la paz.
La tercera pata con que se sostienen aquel proceso y esta paz es el terror.
Eso se verá en un capítulo aparte, pero sin establecer una relación de causa
-efecto, se puede señalar cuando menos el momento de una coincidencia
entre el desarrollo de la política carretera y el aflojamiento del rerror. Eso se
produjo en 1925, cuando llega la carretera Thasandina hasta el río Táchira,
el terrible Eustoquio Gómez es retirado de la Presidencia del Táchira y el
¡I,IANUEL CABALLERO 6I

propio Juan Vicente proyecta vialar a su tierra natal para presidir ula recon-
ciliación de la familia tachirense, con el regreso de los miles de compatrio-
tas que hubieron de buscar refugio al otro lado de la frontera, aterrorizados
npor Gómezu, lo que en el Táchira querla decir Eustoquio.
Pero de una u otra forma, eso se extendió al resto de Venezuela: las
cárceles se abrieron y hasta el general Fernando Márquez saldrá por poco
tiempo del cuarto de siglo que le correspondió. Se atribuye todo eso a
la buena infuencia de su Secretario General, Francisco Baptista Galindo.
Para el general Gómez, sin embargo, nunca valieron demasiado semejantes
influencias, si veía que detrás de un gesto de misericordia, se podía ver un
signo de debilidad.
En la aplicación de este punto tan importante del programa liberal, el
general Gómez no se contentará con palabras. Las carreteras se le convertirán
en una obsesión y por supuesto, en un elemento central de su propaganda.
El presupuesto para construirlas pasó de siete millones entre 1908 y 7913, a
cincuenta y un millones entre l93I y 1935, y si en 1 920 se anunciaba que
estaban en servicio 4.000 kilómetros de carreteras, en 1929 esa cifra había
subido a algo más de 6.000 kilómetros.
Por supuesto, las consideraciones extra-militares no eran menores en
el desarrollo de las vías de comunicación. Hasta 1923, cuando se decreta la
carretera Trasandina, el sistema estaba constituido por las llamadas carreteras
centrales, un eje cuyo polos eran los puertos de La Guaira y Puerto Cabello,
como es lógico en una economía basada en la exportación de sus escasos
productos y la importación de otros pocos.
Por su parte, la vía tradicional de los estados andinos era el lago de
Maracaibo. Muy pocos pensaban en una comunicación directa y terrestre
con el centro. Por último, pese a cuanto se podría creer, el desarrollo de las
carreteras por oposición al ferrocarril no será una consecuencia de la explo-
tación del petróleo, sino que la precede.
En la introducción de la Memoria de Obras Públicas de 1911, el
ministro Román Cárdenas asienta que en la mayor parte del territorio vene-
zolano... nes la carretera macadamizada, construida de conformidad con los
principios modernos y alimentada por los caminos secundarios, la que ha de
resolver, por el momento, el interesante problema de nuestros transportes)).
El general Gómez, pues, ha cumplido las promesas liberales en materia de
comunicaciones terrestres; pero al mismo tiempo, enterró el viejo sueño,
también liberal, de un país cruzado por vías férreas.
62 HISTORIA DE LOS VENE ZOLAI{OS EN EL SIGLO )O(

UN MENGUANTE <FEDERAL¡

Pero su legado es contradictorio: si en esto Gómez era un crecien-


te liberal, por eso mismo se le podría llamar un menguante federalista. En
ambas cosas su mano derecha, su más eficaz colaborador civil será el inge-
niero Román Cárdenas. La mención de su nombre viene muy a punto en la
mitad de este capítulo. Porque Cárdenas es un hombre hecho para encantar
a Gómez: es tachirense, trabajador y disciplinado; y sobre todo, manifiesta
horror a todo lo que huela a política.
Un hombre de esas condiciones, de esas características, será el punto
de unión o desunión, una especie de bisagra, enüe las ideas del liberalismo
y federalismo en Gómez.
Porque si la extensión de las carreteras es la aplicación de un principio
cardinal del proyecto liberal venezolano, lo será por igual de la voluntad de
acabar con la nfederacióno fácúca de que se hablaba más arriba: el instru-
mento fundamental de la unificación del pals, de su centralización, términos
que en aquel momento eran sinónimos
Román Cárdenas es la encarnación de una pata de mesa, del Estado
gomecista, de la cual las otras dos son la creación del Ejército nacional y
el terror. A partir de 1910, año centenario de la Independencia, Gómez lo
nombrará Ministro de Obras Públicas; demostrará en sus informes, memo-
rias y diagnósticos no sólo tener claras las prioridades de su despacho, sino
también la energía, la voluntad para echarlas a andar, así como (cosa tam-
poco desdeñable) el apoyo total del Benemérito.
De su despacho salen los proyectos y también las órdenes precisas
para desarrollar las carreteras centrales de Venezuela, en particular el eje
Caracas-Valencia. En un lapso de diez años largos, se tenía previsto construir
mil kilómetros de carreteras, para lo cual se destinaba la para el momento
increíble cantidad de cuarenta millones de bollvares.
Pero ¿de dónde se iban a sacar esos millones? No de un sombrero de
copa, y del subsuelo venezolano todavía no ha comenzado a manar <oro
negroD. Nada de eso: su conejo se llamará Román Cárdenas. Complacido
por su desempeño en el MOB el general Gómez lo designa para el cargo de
mayor imponancia, no sólo de su biografla personal, sino en la formación
del Estado venezolano, en el Ministerio de Hacienda. Proceso que en aquel
momento es indisoluble de la dominación personal de Juan Vicente Gómez
y marca alavez el entierro de la ficción liberal.
MANUEL CABALLERO

Ya en su Memoria de 1913, pese a rener apenas cuatro meses en el


ministerio, cárdenas es capaz de señalar con precisión los puntos negros de
la administración de las finanzas públicas. Aparte de una serie de defectos
producto del desorden y la desidia, talvezel más importante de esos señala-
mignlos sea lo que el mismo considera la disgregación del principio de uni-
dad del tesoro. Eso se producía a través de la asignación aÁitraria de deter-
minados ramos de ingresos para atender las demandas de algunos servicios
de la administración pública. Dicho en orras palabras, la discresionalidad
en el manejo de los fondos públicos, sometidos a cambiantes caprichos y
no al rigor de una reglamentación.
En su conjunto de proposiciones presentadas en l9r4 ante er con-
greso de Plenipotenciarios -que enrre orras cosas definiría la permanencia
de Gómez en el poder, como en Ia aprobación de una serie de leyes y su
puesta en práctica- Cárdenas logró dos cosas muy importantes. La primera
fue torcerle el cuello al desorden en Ia administración de los ,..urro, públi-
cos, remachando el principio de la unidad del tesoro o, para decirlo .on ,rx
propias palabras, con la <supresión completa de toda forma de especializa-
ción de ingresos que arenten conrra la unidad del tesoror. La seeunda fue
la reforma que amplió la capacidad de tributación interna de la"república
(papel sellado, telégrafos y cables, renta de cigarrillos, estampillas y aguar-
diente), lo que facilitaba un presupuesto mejor calculado, .ro ,orn..ido
los vaivenes de la recaudación aduanera. En cuarro años, de l9l4 a l9lg, "
la relación entre tributación aduanera y tributación interna se invirtió, lle-
gando esta última a28.700.000 bolívares, mientras la otra aJ,canzabaapenas
a 24.5 40.000 bolívares.
La labor del incansable cárdenas fue mucho más allá. pero en el con-
texto de lo que se busca comprender en este capítulo, lo más interesante no
es la acumulación de cifras ni de leyes o reglamentos, si no como refuerzan
el proceso de formación del Estado. o, para decirlo en términos concreros,
del despotismo del Benemérito, y el entierro definitivo del federalismo. El
régimen de Juan vicente Gómez es una dictadura, es un régimen autorita-
rio, personalista, monocrático: es una tiranía pero no es un despotismo si
seguimos la definición clásica de Montesquieu. Si nadie se atreve a discutir
el poder del Benemérito, él mismo busca establecer cuerpos intermedios por
donde fluya la soberana potencia. Lo que lo acerca más a una
-on"rq,r?".
En todo anso, acepra someterse alaley; y para ello, hace que la ley se
someta a su voluntad, y hasta se podría decir a su capricho. Es así como el
& HISTORTA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

poder legislativo, si bien escogido con sumo cuidado por él mismo, cosa de que
,-ro ,. l. á.r*"dr., ,..for','"rá la ley para acentuar su dominio personal: en
los
veintisiete años de su mando, la Constitución será reformada siete veces'
La primera reforma, la de 1909, establecerá que el congreso elegirá al
Presidente de la República en sesión plena. Como al Congreso lo eligen las
Asambleas Legislativas de los Estados (Senado) y los Concejos Municipales
(Diputados), los cuales a su vez son escogidos por los mayores de 21 años
q.r. ,.p"r leer y escribir, ese riguroso filtro hace que la concentración del
al máximo, y toda tentación federalista muera'
^ llegue
poder
peio ese modo de elección, que durará hasta 1945, no será lo único.
El mismo texto establece que el período constimcional será de cuatro años
(esto es un guiño a la opinión pública: el general Gómez se hace rebajar su
período). Junto .o., esa pretendida limitación, el artículo 156 daba plenos
pod.r., al Presidente Provisional (o sea, al general Gómez) y eliminaba las
Vicepresidencias que existían desde 1901.
La reforma de I9l4 acaso sea la más importante de todas. Desde el
año anterior, Gómez se había arrancado la careta legalista y deiabaclaro que
había llegado para quedarse: no permitirá que nadie le oponga su candida-
tura (Félix Montes, quien intentó hacerlo, fue a dar a un larguísimo exilio)
aún a sabiendas que arrasaría en las elecciones.
Pero eso no fue rodo: se creó la comandancia en Jefe del Ejército
Nacional, que Gómez ejercería hasta su muerte, fuese o no Presidente de
la República. La Constitución del aío 14 estableció además que el período
constitucional sería de siete años con derecho a ser reelegido, Io que le per-
mitía gobernar hasta 1922.
F,n 1.92I,el Benemérito tiene 64 aios; como a todo varón de su edad,

de su época, que no había dejado de pagar el precio infeccioso de los amores


ancilares, comienza ya a molestarlo la próstata.
un malestar ran angustioso como todo el que produzca anuria, hace
que por primera vez acaso en su vida, el general comience a pensar en su
muerte, y en el futuro de su régimen. La reforma constitucional de 1922
crearáasí dos vicepresidencias, que ocuparán su hermano y su hijo: el régi-
men de Gómez, ya nepótico' se volverá dinástico.
Pero el asesinaro en 1923 de su hermano y Primer vicepresidente de
la República, nel General Juancho, y la posible infidencia de su hijo nvicen-
rico> en 1928, terminarán con eso: la reforma de 1928 acabarácon las vice-
presidencias. Gómez vuelve a un poder incompartido'
iiAltuEL cABAr I FFO

Pero antes de esto, la reforma de 1925 establecla que el asiento del


Poder Ejecutivo serfa donde se encontrase el Presidente de la República:
Gómez podfa mandar desde Maracay, por mucho que Caracas continuase
siendo la capital. Esta reforma constitucional es acaso la más importantes
después de la de 1914, pan rcforzar hasta el extremo límite la centraliza-
ción, aún si conservaba en lo formal la forma federal. Se establecla alll que
los funcionarios de las regiones podían ser nombrados por el Ejecutivo. Al
mismo tiempo, terrón de azúcar después del anterior garrotazn, se estable-
cla el situado constitucional como un aporte anual del poder central a los
Estados de la Unión.
Las siguientes reformas, sobre todo lade 1929 y I93I se hicieron para
unir o seperar la condición de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y
Presidente de la República, según el interés o el capricho del Benemérito.
¿LATIFUNDIO O (I-ATROFUNDIO,,?

Cuando, a partir de los años treinta del siglo )O(, se comenzaron a escri,
bir análisis del desarrollo social venezolano, por lo general influidos por el
marxismo, se caracterizó el de Gómez como un representante asaz clásico
del latifundismo en el poder. El primer intento de interpretar el régimen
gomecista aplicándole criterios clasistas, fue un informe del joven estudian-
te Juan Bautista Fuenmayor destinado a la Internacional Comunista y que
nunca llegó a su destino ni a ver la luz pues fue a dar a manos de la policía
y a sus gavetas.
El texto se refería al sistema gomecista como una nbarbarocraciar. Eso
era una connotación polémica, más literaria que sociológica que en todo
caso, nada decía a un marxista: era apenas recoger la formula positivista de
la lucha entre civilización y barbarie.
Pero por polémica y literaria, por exagerada que pudiese ser, reflejaba
la percepción que ya en los años treinta, una embrionaria sociedad urba-
na comenzaba a tener de los hombres que la dominaban: el de una milicia
campesina que había sentado sus reales sobre una sociedad de citadinos,
más refinados, cultos e inteligentes. La idea de un ejército de bárbaros viva-
queando en plena ciudad es muy temprana, desde la llegada de los nchá-
charoso a la capital en el 99. Ella está implícita incluso en la justificación
teórica de la dictadura por Laureano Vallenilla Lanz, como se verá en un
capítulo aparte.
EI otro análisis marxista de la sociedad venezolana, el nPlan de Barran-
quilla, veía en el origen de los males venezolanos, junto con nla penetración
capitalista extranjerao, lo que llamaba nIa organización política económica
semifeudal de nuestra sociedado.
Cuando, en 1938, Miguel Acosta Saignes publique con su li6ro Lati-
fundio el primigenio intento de tratar ese tema específico, la primera gran
68 HTSTORIA DE LOS VENEZOLANOS EI¡ EL SIGLO XX

dificultad que encontr ó parael desarrollo de su trabajo (amén de haber sido


escrito en la clandestinidad) fue la falta de estadísticas'
Es por eso que su trabajo emplea datos extraídos de una publicación
oficial de 1932, que por razones bien comprensibles, no incluye los latifun-
dios del Benemérito y algunas escasas cifras sobre los de sus familiares. Y
por otra parte, sólo pudo trabajar tres regiones que le sirvieron de ejemplo:
los estados Miranda, Yaracuy y el Distrito Federal; y en los tres casos' no
pudo ir mucho más allá del señalamiento de una sola característica del lati-
fundio, su extensión.
De la escasa información así obtenida, Presentó tres series de cifras
que daban una idea de lo que podía ser en el resto del país. En el estado
Miranda, de les 444.99 4 hectárex catastradas y de un total de 1. I 78 propie-
tarios, a I79 le pertenecía el 84,53 por ciento de esas tierras, mientras que
999 pequeños propietarios se repartían el resto. En Yaracuy, de un total de
214.267 hectáreas catastradas, 57 propietarios se repartían el78 por cienro'
Yen el Distrito Federal,75.835 se repartén entre i9 propietarios' Para un
porcentaje del84,64 por ciento.

GÓMEZ ERAEL LATIFUNDIO

Por muy ciertas que pudieran ser las caracterizaciones clasistas men-
cionadas al principio, no dejaba por eso de estar del lado acá de la realidad:
el general Gómez no representaba el latifundio, sino que era ellatifundio.
Porque al final de su vida y de su gobierno, al publicarse la lista de los bienes
confiscados al Benemérito, se reveló que él era el mayor terrateniente del país.
Thmbién lo había sido Páez en 1830, si hemos de creer a Vallenilla Lanz: el
caudillo llanero se había hecho de esas propiedades tal como se habla alzado
con el santo de la Cosiata; y sus tierras tenían, amén de la cantidad, todas la
taras que caracterizan la explotación latifundista de la tierra. Cuando Gómez
se haga del poder en 1908, su fonuna era considerable, en gran parte amasada
gracias al poder que ya compartía. Se acrecentará durante los veintisiete años
de su mandato, con la anuencia por cierto nada oculta del uPoden legislativo.
lJncaso emblemático es el de la hacienda El Caura propiedad del Benemérito
que no valía más de doscientos mil bolívares: el Congreso autorizó que se le
pagase aG6mez por ella diecisiete millones de bolívares.
Según la formulación marxista pana caracterizar una sociedad y su
gobierno, el poder político le venía a la clase dominante de su condición de
I\,IANUEL CABALLERO 69

propietaria, pero no era así en Venezuela. Porque aquí se presentaba una rea-
lidad diferente, casi podría decirse impuesta por la historia: el poder político
no le venla a la clase dirigente de su riqueza, sino que su riquezale venía de
su poder político. La corrupción no era así hija del régimen político, sino
que el régimen político era hijo de la corrupción.
Eso no comienza con Gómez. Aunque tamPoco tenga allí su origen,
se puede señalar el desarrollo impetuoso de la riqueza latifundista, y de esa
simbiosis entre tierra y corrupción en el régimen de José Thdeo Monagas.
Este antiguo prócer fue echado del poder alavoz de n¡mueran los ladro-
neslo. Pero además, fue bajo su régimen que se promulgó la ley del 10 de
abril de 1848 (no confundir con la otra, mucho más famosa, promulgada
en el mismo día pero 14 años antes, en 1834).
Ésta deJoséThdeo Monagas proponla una forma de apropiación de los
terrenos baldíos que dio un empujón bestial al latifundio y a su crecimiento,
al permitir a los gobernantes adquirir a vil precio, y sin límites, mucha tie-
rra (a lo que se agregaban los llamados nlinderos andanteso). Como Gómez
llevó eso al extremo, un neologismo podría definir su régimenl no como
latifundista sino nlatrofundistao.
Al analizar las fuentes del poder económico de Gómez se debe aten-
der a varios renglones: la cuantía de sus bienes y la de sus familiares; su uso
como una fuente para sus apoyos políticos, o sea, para hablar más claro, del
soborno; y la forma como se utilizó el poder para adquirir esa riqueza. Lo
primero es muy fiícil de calcular pues ocho meses después de la muerte de
Juan Vicente Gómez, el Congreso dictó un acuerdo confiscando sus bienes,
lo que se facilitó por el hecho de que el dictador había muerto, decían los
juristas, ab intestato.
Se hizo una lista de sus pertenencias, la cual reveló que Gómez era el
propietario territorial más grande de Venezuela.
El documento citado estima en 154.046.168,34 de bolívares los nValo-
res originales de Ias propiedades que fueron del general Juan Vicente Gómez
según sus títuloso. De los veinte estados y el Distrito Federal en que se divi-
de entonces Venezuela, sólo en ocho carecerá de propiedades: Lara, Falcón,
Mérida, Thujillo, Barinas, Portuguesa, Anzoátegui y Nueva Esparta.
Sus posesiones estaban concentradas en la región central del país: en ese
orden, Carabobo con 53.900.483,7 4 de bolívares; fu agua con 48.0 | 5 .489, 00;
es cierto que el Distrito Federal (5.854.569,I0) viene en cuarto lugar después
del Táchira (7.917.459,25), pero si se le agregan los 972.000,00 del estado
70 HISÍONIA DE LOS VENEZOLAT¡OS EN EL SIGLO XX

Miranda, la diferencia (6.826.569,10) no es muy grande. En todo caso, esas


cifras revelan que las dos terceras partes de los bienes de Gómez estaban en
esas regiones tenidas casi al alcance de la mano. Como el avalúo total incluye
nvalores diversosr, entre ellos se encontraban acciones sobre el Gran Ferrocarril
del Táchira y mrís de dieciocho millones de bolívares en acreencias.
El porcentaje aumenra cuando se trata de bienes ntangiblesr.
O sea, tierras y, en menor grado, casas. Así, de los casi 54 millones
de bolívares que posee en Carabobo, sólo unos 237 mil provienen de pro-
piedades urbanas.
Valor que sube hasta seis millones y medio de los 48 poseídos en
Aragua; para descender en el Táchira, donde sus propiedades urbanas valen
apenas 30.920,25, de un total de casi ocho millones de bolívares.
Aunque se comprenda que en el Distrito Federal el monto de esas
propiedades urbanas supere en poco (casi se comparten por mitad) a las
rurales, hay que romar en cuenta, aquí y en orras parres, que muchas de las
casas adquiridas lo fueron como parre de una hacienda o un fundo rural de
cualquier naturaleza.

LA FORTUNA Y EL PODER

El marco jurídico y el ambiente ideológico donde Gómez muesrra su


hambre de tierras es abierro, típicamente liberal. En 193 1, se discutía en el
Congreso la modificación del Proyecto de Ley de Tierras Baldlas.
En el original parecía haber una disposición que obligaba a quien las
adquiriese, a devolverlas si no comenzaba a cultivarlas dentro de un lapso
allí determinado. En el informe que al respeco se presenró al Congreso, se
cita un texto de Pedro Manu el Arcaya de I 9 i 0, cuando fue ponente de dicha
ley. Arcaya se declaró allí u...absoluramenre contrario a la tesis de obligar
a los compradores de tierras a cultivarlas dentro de determinado lapso de
tiempo> por ser antijurídico y anrieconómico. nEl derecho de propiedadr,
remataba, oes absoluto y exclusivor.
Y a renglón seguido, venía esta lección de ortodoxia: el sistema liberal
lo proclama (...) como el más apropiado al desarrollo de la agricuftura, para
el cual es contraproducente nel método contrarioo, esto es, el de imponer el
cultivo so pena de perder la propiedad. El interés parricular, proseguía la jus-
tificación teórica de Arcaya, llevará a cadauno a buscar el mejor partido de lo
suyo: nadie querrá perjudicar a sí mismo y dejar muerro el capital empleado
en compra de tierras baldías, si es que ésras son de verdad cultivables.
I\,4ANUEL CABALLERO

Para hacer, como se quiso, un an¿ílisis del carácter de clase de aquel


régimen no fue necesaria una investigación a fondo de los intereses del gru-
po gobernante. Porque bastaba hacerlo con Gómez mismo; el estudio de la
relación entre el hombre y el grupo se enconrraba también facilitada por su
descarado nepotismo.
Cuando se comiencen a hacer aquellos análisis citados al principio,
han pasado casi treinta años del comienzo del dominio de Gómez, parriendo
de la batalla de Ciudad Bolívar. Su nueva oligarquía se ha urbanizado, civi-
lizado. Pero en una Venezuela todavía rural, las cosas no cambian al ritmo
que llegarán a adquirir mucho más tarde, y la diferencia entre la ciudad y el
campo no es tan abismal como hoy.
Hay que tomar en cuenta también que buena parte de esos hombres
salidos el 23 demayo de I 899 de su exilio cucuteño y de sus montañas andi-
nas, son los mismos que siguen mandando, porque en aquella fecha eran
muy jóvenes: Ia guerra nunca es cosa de viejos. Su jefe, treinta años después,
era uno de los mayores, y da el ejemplo de los modos rústicos.
Aborrece la capital, y desde 1911 se instaló :n Maracay; se levanta
antes que el día, recorre sus tierras y vigila sus posesiones con el mismo inte-
rés que muestra por la hacienda pública, si no más. Como dice uno de sus
defensores: uha seguido siendo el sencillo agricultor y criador de su juventud.
Su riqueza consiste en fundos agrícolas y pecuarios. De ellos, los que rodean
su residencia habitual de Maracay, él mismo los atiender.
Gómez parecía compartir la idea corriente en la época, según la cual
la verdadera riqueza provenía de la tierra. Por lo tanto, y pese a las fabulo-
sas ganancias obtenidas de la explotación del petróleo, sus dineros volvían
a la tierra. En todo caso, una cuidadosa contabilidad posterior a su muerre
constata que sólo el diez por ciento de su fortuna había venido de los nego-
cios petroleros.
Además, cuando se hable de utierrau debe hacerse una precisión: posee-
dor de fincas de café y cacao, era sin embargo la ganadería la principJ acti-
vidad económica de Gómez.
Si bien en 1908 Gómez era ya un hombre rico, el grueso de su fortuna
provino de sus años en el poder: mientras entre 1901 y 1905 sus haberes se
incrementaron en unos tres millones de bolívares, y otro tanto entre 1909 y
1914, desde 1915 hasta 1922 adguiere unos 17 millones de bolívares hasta
elevar el total a unos 23 millones. Y en los años del 23 al29 da un vertigi-
noso salto alos73 millones de bolívares; para bajar a un nivel no desdeñable
de 30 millones más hasta el final de su vida.
||l¡¡oan oe Loculllclol$rc8 Hl ELsrd,oxx

Por ríütimo, la fortuna de Gémez nunca salió de Venezuel& con la


comprensible excepción de dos pequeñas fincas cucuteñas adquiridas durante
su e¡cilio entre 1892 y 1899.
Esto facilitó la confiscación después de su muerte, y dio incluso pie
a algunos para pretender que ac¿so hubiese sido intencional, lo cual era
desconocer la psicologla de Gómez, quien dio siempre muestras de estar
instalado en el presente. Esto permite reÍletar, más dlá de la enumeración
de sus propiedades y de la ubic¿ción social del dicador, con una reflaxién
acerca de la relación entre riqueza y poder: para Gómez' una y otr¿ cosa
debfan ser realidades tangibles.
EL REINO DEL TERROR

Los rusos apellidaron Grosny (el Terrible) al más despiadado de sus déspo-
tas, a quien se atribuye haber pasado por las armas 75 mil moscoviras en
una sola noche. Ni la población del país, ni su circunstancia histórica, ni
su poder real, y acaso ni siquiera su voluntad, permiten atribuirle a Juan
Vicente Gómez crímenes de esa magnitud.
Pero en el ámbito de un país sin la población ni el territorio de Rusia,
el calificativo de nTerrible,le calza muy bien al Benemérito: en la concien-
cia colectiva, en la historia, solo nel Diabloo José Tomás Boves, el caudillo
monárquico que al frente de sus huestes venció y humilló al Libertador,
sigue helando de igual manera con su recuerdo la sangre de los venezolanos.
De todas las explicaciones de la prolongada dominación de Juan Vicente
Gómez, ésta es la favorita. Sin ser la única. ella lo es bastante.

UN RESABIO DE LA GUERRA

El reino del terror gomecista se impone de diversas formas y en dife-


rentes momentos, para no hablar de ámbitos o niveles. Lo primero es el
país sobre el cual ese terror se ejerce. Venezuela viene de atravesar un siglo
de guerras, donde la crueldad y el maltrato con el enemigo vencido es algo
cotidiano: no se olvide que las guerras civiles son siempre las más sangrientas,
donde el odio se despliega sin fronteras. Aunque esa violencia haya conocido
momentos de calma en las ciudades, en el campo es cotidiana. Y Venezuela
es un pals campesino. Y guerrero.
Pero el reino del terror gomecista no podía ser una simple herencia,
una tara genética individual o colectiva. Porque ese terror se ejercía sobre
un país pacificado desde 1903; aunque nadie garantizase que los adversarios
de Gómez, por lo general antiguos gomecistas, no fuesen a comportarse de
HISTORTA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO )O(

igual manera llegado el caso, uno de los argumentos esgrimidos no sin entera
razón por los gomecistas para justificar el terror.
Aunque eso repugne a una mentalidad civilizada, nunca ha faltado
quien trate de explicar si no justificar el empleo de la tortura. En el caso
venezolano, esas explicaciones se refieren a sus contextos.
Hay tres grupos de argumentos expuestos a partir de allí. El primero
invoca la tradición penal venezolana. El segundo, la situación penitencia-
ria en todo el mundo, en el mismo momento en que se están empleando
los grillos, el tortol y la castración por colgamiento en Venezuela. El ter-
cero, a la situación misma del país: los combatientes de una guerra civil
nunca están cubiertos por las disposiciones de la llamada (aunque fueron
muchas) Convención de Ginebra, la cual trató por primera vez el asunto
en l9O7 y por lo tanto, es muy posible que para 1908 sus resoluciones
fueran desconocidas.
Los ugrillosr, por ejemplo, no son una invención venezolana: lo era tal
vez apenas su forma. La literatura, pero sobre todo el cine, nos ha mostrado
que, por lo menos hasta los años cuarenta del siglo veinte, se empleaban en
los penales norteamericanos.
La mayor diferencia, para acentuar la crueldad de los venezolanos,
era que aquellos lo llevaban presos que trabajaban a campo abierto y para
dificultar la fuga, mientras que éstos estaban encerrados. En materia peni-
tenciaria, en \/enezuela se vivía todavía en el siglo XVI. Si el servicio militar
era considerado como un castigo, como el equivalente (sin la muerte civil
ni moral) de los ncorreccionales, adonde se enviaba a los delincuentes juve-
niles, ¿qué no podría decirse de las cárceles?
El argumento último de quienes defendían el uso de tan inhumanos
castigos era que en la guerra todo está permitido. Es la defensa de Simón
Gómez, en una carta al Benemérito cuando, salido su pariente Eustoquio del
Táchira, se le acabe la protección que éste le aseguraba: en guerra no se cobran
muertes. Y Venezuela vive en una guerra permanente contra la guerra.
Todo lo anterior sirve para explicar menos el ejercicio del terror por
el régimen gomecista, que su aceptación pasiva por la sociedad: era eso o Ia
guerra, su terror durante un siglo. Sobre la base de esas tradiciones, en ese
ambiente, ese terror Io ejercían unos venezolanos de carne y hueso contra
otros tales. Para comenzar, el propio Gómez. Como todos los triunfadores,
esgrimir esa condición es su arma principal para paralizar la acción de sus
enemigos. Él no es ni con mucho jactancioso: el lema usiempre vencedot
jamás vencidoo es de Cipriano Castro, no suyo.
MANUEL CAEALLERO /)

Pero Cómez no deja por eso de recordar sus propias hazaítas cuando
alguien pretende enfrentarlo a lomos de caballo: ha participado, y vencido,
en veintisiete acciones de guerra, le recuerda a uel Mocho, Hernández cuan-
do éste se vaya, dando un portazo, de su Consejo de Gobierno; ha vencido a
los más terribles lanceros, entre ellos a uno que derrotó en algún momento
aPáez, nla primera lanza del mundor.
Esa amenaza permanente de Gómez, esa presencia aterradora, estaba
de tal manera inscrita en la conciencia colectiva, que el país tardó unos días
en salir de su estupor ante la inesperada noticia de su muerte. Puede parecer
absurdo que una muerte cualquiera sea inesperadá, pero mucho menos la de
un tirano ochentón de cuya próstata estaba pendiente el país entero.
Sin embargo, muchos años después de ese suceso, era posible hablar
todavía con gente del pueblo que había vivido hasra rres décadas de Gómez,
y era corriente escuchar la idea de que allá adentro en la Venezuela campesina
se pensaba que uel general Gómez no se iba a morir nunca). Algunos cientí-
ficos sociales llaman a esto (predominio de la conciencia ingenua), caracre-
rístico de lo que ellos mismos llaman usociedades tradicionaleso. Como sea,
era algo anclado muy hondo en la conciencia venezolana.
Por supuesto, la idea de un Gómez inmortal era insosrenible ni siquiera
entre las almas más rústicas, en las mentalidades más rudimenrarias. Pero es
que para ellas tampoco existía evidencia alguna de que Gómez fuese mortal:
en Tümeremo, en Cumanacoa, en Elorza, en Aregue, en Borojó, incluso en
Michelena, muy pocos, si algunos, lo habían visto, porque el viaje a Mara-
cay costaba mucho en tiempo, en dinero y peligros morrales. lJnos cuan-
tos habrían visto su fotografía, hierático y siempre igual a sí mismo, en el
ambiente aterrador de una jefatura civil.
Aquel gordo prusiano encaballado de los primeros años, pero sobre
todo aquel anciano bigotón y sombrerudo, de pómulos salientes y siempre
enguantado de los últimos años, aquella combinación de bondad y esperanza
con maldad (de bondad no siempre atribuida por interés o insinceridad: nel
general Gómez no es malo, sino quienes lo rodeano); de esperanza expresada
en las miles de cartas, de peticiones que conserva el Archivo Histórico de
Miraflores; de maldad. ¿A quién se parece, con quién se confunde si no con
ese Padre terrible, vengativo pero justo del Antiguo Testamenro? Y como éste,
también aquel Padre era inmortal; inmortal en carne y hueso ¿Cómo no iba
a parecerlo quien dejaba pasar los años, los lustros y las décadas, enterrando
a medio mundo tan tranquilo en su sillón de mimbre?
HISTORIA DE LOS VEI{EZOLANOS EN EL SIGLO XX

Por lo demás, en muchas partes del interior de Venezuela se oía hablar


más de ulos Gómez, en plural, para no singularizar a un tirano que se evita-
ba nombrar. Por el nepotismo de Juan Vicente o por cualquier otra razón:
se intuía que, de morir, ese muerto tendría dolientes. Porque la tiranía de
Gómez lo era también de su familia.
Pero no eran sólo ellos: la encarnación de ese régimen, quienes ejer-
cían más de cerca el terror en las aldeas eran los jefes civiles' Andinos casi
todos, de seguro tachirenses, estaban desparramados por todo el país. Mien-
tras que el ejército ylapolicla eran un poco lo que el clero regular para la
Iglesia, los jefes civiles podían considerarse su clero secular, los que ejercían
el terror en las aldeas.
Todo lo anterior o son formulaciones generales, o retratan un ambien-
te. Pero el terror no era sólo una impresión, sino una crueldad real, ejercida
por hombres de carne y hueso contra hombres de carne y hueso. Se mani-
fiesta de dos maneras: la incomunicación y la tortura.
De todo cuanto sucede al hombre que cae en una cárcel, lo más pavo-
roso es la incomunicación, y tanto más cuanto más absoluta. Ella contiene
una doble tortura: la del preso mismo, cortado del mundo, sufriendo el cas-
tigo en soledad, sin saber la suerte corrida por familiares sobre todo si, como
sucede muchas veces, viven de su sustento. Y la de los suyos, ignorantes del
destino que espera allá dentro al prisionero, pero destino al cual la estrategia
del terror hace suponer (eso busca) terrible.

nEL OLVIDO,, Y LA TORTURA

Los presos de las cárceles gomecistas eran sometidos a ese régimen con
una consecuencia a la cual no es exagerado considerar sistemática. En todo
caso, llamar nel olvido, a los calabozos donde se encerraba a los opositores
no era ocurrencia de estos últimos sino también de sus carceleros.
Con todo, los estudiantes de 1928 fueron ratados con mano relativa
e inusualmente blanda por la dictadura, y eso incluye a los protagonistas del
levantamiento cívico-militar del T de abril. Aunque no se les ahorró el engrilla-
miento, no existen testimonios directos conocidos de que hayan sido objeto de
las pavorosas torturas sufridas por sus predecesores en el año nuevo de 1919.
Pero lo típico era la ignorancia del familiar sobre la suerte del preso. Lo
típico era el aislamiento total, la desatención médica, el nencortinamientou,
así como también el cuidado en impedir que, en la propia cárcel, determi-
nados presos pudieran comunicarse con otros.
MANUEL CABALLERO 77

En las prisiones de Gómez había tres clases de reclusos: los procesa-


dos por delitos comunes; los presos políticos (y militares); y los delincuen-
tes menores, sin proceso y sin defensa. La mayor parte se repartía entre la
Rotunda de Caracas, el castillo Libertador de Puerto Cabello, el castillo
San Carlos del Zuliay la cárcel de Las Thes Torres de Barquisimeto. De esos
tres grupos, los primeros estaban en mejores condiciones. Si bien debían
compartir el rigor de la prisión con sus compañeros, podían acaso saber con
cierta certidumbre cuándo saldrían en libertad, una vez que tenían senten-
cia firme y sin olvidar por supuesto los larguísimos plazos procesales ni la
interferencia del capricho ejecutivo.
Los presos políticos, por su parte, estaban a la merced del dictador: de
su voluntad dependía no sólo su libertad, sino también su integridad fisica
y su vida misma. Esto no excluía que se guardasen ciertas formas: los parti-
cipantes en la sublevación del 7 de abril de 1928, militares y civiles, fueron
sometidos a un juicio militar, tuvieron derecho a la defensa y, según consta
en autos, la ejercieron en persona y a través de sus abogados.
Pero la lectura de los expedientes puede ser muy engañosa: una cosa
era el tratamiento en los tribunales y otra en las cárceles.
Nada les estaba asegurado a estos presos de una vez por todas: dependía
del humor de Gómez y a veces de alguno de sus subalternos. Con todo, si
sobrevivían, si volvlan a la calle, por mucho que amigos asustadizos les qui-
taran el saludo, no había para ellos sanción moral o social. Por lo demás, era
poco probable que los presos políticos, antes de serlo, hubiesen sido pobres
de solemnidad: la polltica es cosa de ricos, de importantes señores; mucho
más si es de oposición y a una dictadura como la de Gómez.
fuí, los uenemigos de la causa, eran antiguos amigos ahora en desgra-
cia; que no habían logrado exiliarse a tiempo. O jóvenes retoños dela petite
bourgeosie de Caracas o de provincia, como los estudiares de 1921 o de 1928.
Pero al descender en la escala social, y carcelaria, se caía en aquellos pobres
diablos para quienes la cárcel era una condena a muerte lenta (y a veces no
tanto) por lo general sin proporción con \a falta cometida. Su único delito
verdadero, irredimible, era ser pobres.
Por encima de todo eso, queda un hecho: que el preso deba impetrar,
a veces años después de haber ingresado en prisión, a la única voluntad del
jefe m:íximo; y que ésa sea también con demasiada frecuencia no su última
sino su primera instancia.
Por último, la tortura. En su defensa, si por un lado se esgrime la
necesidad de ser cruel si en ello va la conservación del bien supremo de la
HISTORIA DE LOS VEiIEZOLANOS EN EL SIGLO )o(

paz; por el otro se habla de los derechos humanos y de ellos el m¿ís preciado,
el de una vida libre. Sería un error ver el primero como un planteamiento
político y el segundo moral: ambos tienen de una y otra cosa.
Porque la conservación de lapazlo es, en términos simples, de la vida;
y el irrespeto a los derechos humanos, lo ha demostrado la historia de este
siglo, puede transformarse en el talón de Aquiles de un gobierno, y por lo
tanto, es un problema político de primer orden.
¿Podría decirse que los castigos impuestos en las cárceles gomecistas
apenas reproducen, aplican, la recia disciplina de los campamentos, contra
el enemigo y también contra el amigo no muy afecto a la disciplina?
¿Hay algún castigo más terrible que el llamado ucepo militarr? ¿No
son los azotes el pan de cada día del soldado? Los hombres que vienen de
guerrear durante un siglo, no hacen sino repetir cuanto han aprendido a
hacer en los campamentos, obrando sobre enemigos ganosos de volver a las
andadas guerreras.
Eso no es del todo cierto. Porque en materia penitenciaria, Venezuela
pudo haberse quedado en muchos aspectos anclada en el siglo XWI, pero
ni eso dejó de preocupar a las conciencias venezolanas, ni estuvieron ausen-
tes los intentos de reforma. Bajo Guzmán Blanco se establecen dos tipos de
presidios, el cerrado y el novedosísimo npresidio abiertor.
Como junto a esto se fundan escuelas de primeras letras y de oficios en
los penales, se nota ya alguna idea de rehabilitación y no de simple castigo.
Durante el bienio de Rojas PaúI, se fundaron las casas de corrección cuya mira
era separar los delincuentes primerizos de los incorregibles y más o menos (pro-
fesionalesr. Cuando arranque el siglo )O(, con Castro y después con Gómez,
no sólo se detiene tal tendencia, sino que hay un evidente retroceso.
Para Maquiavelo, es bien sabido, existían dos tipos de crueldad: la
crueldad nbuenar, aquella que se ejerce de vnayez y luego no se practica
más, mientras que la nmalao procede al revés, comenzando con morosidad e
incrementándose al paso del tiempo. Para el florentino se trata de una cues-
tión de eficacia: el más duro castigo se olvida con el tiempo, no así el que no
termina, el que se ejerce día a día, aunque sea mucho más benigno.
Aplicando esos criterios, Gómez no pasa el examen. El suyo comenzó
siendo un régimen benevolente, donde la crueldad, ejercida sobre todo por
subalternos, si no era castigada tampoco se podía decir que fuese estimulada.
Pero cuando ya el régimen se podía considerar consolidado, cuando enfrenta
sus primeras fisuras y luego una conspiración seria, como en l9l3 y I9I8,
MANUEL CABALLERO
79

su crueldad parece no conocer límites. Muchos y muy variados testimonios


dan cuenta de la maldad de unos carceleros, pero su importancia no reside
en su carácter extremo, que podría asimilarse a extraordinario, sino en lo
cotidiano, en lo ordinario; rematando todo con las horribles torturas, donde
sobresale el colgamienro por los testículos a los interrogados.
Sobre éste, el más pavoroso de todos los tormentos posibles, han corri-
do ríos de tinta. Hasta ahora, que se sepa, nadie lo ha negado, y ni siquiera
la participación de José Vicente Gómez, nVicenrico> en esas torturas. Hay
que decir dos cosas en relación con esto. Lo primero es que martirizar a un
preso, y hacerlo en esa forma, parecía ser cosa nada inhabitual en la Vene-
zuela de aquel entonces. No se sabe cuál fue la respuesra, la actitud de Juan
Vicente Cómez ante las primeras denuncias de aquellos horrores cometidos
por sus subalternos.
Lo cual nos lleva a orro problema: ¿en qué medida era eso desborda-
miento de subalternos, reacción de primitivos en la base de la pirámide del
poder? ¿En qué medida era tolerado, estimulado? Sobre todo ¿presenció Juan
Vicente Gómez esos tormentos, participó en ellos, como lo sugería más que
acusaba la emigración y luego, la leyenda negra posgomecista?
Para el historiador Carlos Brandt el procedimiento fue inventado y
aplicado en persona porJuan Vicente Gómez durante la campaña al servicio
de Castro cuando anduvo en Carabobo.
Nadie desmiente la acusación hecha a uVicenticou de participar en
persona en las torturas a los conjurados del año 1918. Algunos llegan a
decir que contaba a su padre las reacciones de los supliciados, entre comen-
tarios risueños de Gómez, pero nadie ha pretendido que éste participase
en persona en las torturas, o las presenciase, por lo menos una vez insta-
lado en la presidencia.
Pero en cambio, hay suficiente testimonio de primera mano no sólo
de que estaba al tanto de ellas, sino también de que en determinados casos
las ordenaba o las cubría con su autoridad. Hay momenros o circunstancias
cuando no lo oculta; por ejemplo, cuando manda a nengrillar, a un preso.
Es que en aquella Venezuela venida de los campamentos, eso no se
consideraba una tortura, ni cosa que deshonrase a quien la aplicaba. Pero
cuando se trataba de torturas destinadas a exrraer información, las cuales se
sabe o se intuye que son ya objeto de censura universal, se recurre a formu-
las veladas por el estilo de aquello de nsolución finalo, como Hitler llamaba
a su plan de exterminio total de los judíos.
HISTORIA DE LOS VEiIEZOLAÍiIOS EII EL SIGLO )O(

En este caso, el eufemismo usual, como corresponde a una tiranía


paternalista, es <castigo)). A veces se habla también de la necesidad de napre-
tan al preso. Las torturas infigidas a los autores materiales del asesinato
del ngeneral Juanchoo Gómez son bastante conocidas. Gómez siguió paso
a paso, por los informes de Hidalgo, el gobernador de Caracas, la forma, la
frecuencia y la intensidad de esas torturas. El23 de octubre áe 1923, Hidal-
go le anuncia que al día siguiente le aplicarán a Barrientos ula drogao (una
especie de usuero de la verdado usado en algunos ejércitos). Aunque, dice,
nBarrientos ya está en condiciones de interrogarlo de nuevou, el gobernador
no confla en esos modernismos, frente a la probada eficacia de los viejos y
buenos métodos.
En este caso de punta a punta y en I9l3 en algunos, puede decirse
que esos procedimientos, esos <castigos)), esa orden de napretaro a riesgo de
que se produzca ncualquier incidente desagradable>, esa decisión de llevar
al preso nhasta cerca del sacrificio, se producía, si no por orden expresa de
Gómez, al menos con su conocimiento y aprobación.
Para rematar, y eso forma parte ineludible de la estrategia del terror, el
régimen no tenía mucho interés en ocultar esas rudezas suyas: nAl principio
de mi estancia en Caracas, dice un diplomático cubano que vivió allá en
1926, nextrañábame de que personas muy allegadas al Gobierno se refiriesen
sin comedimiento a los horrores de la Rotunda. Y llegué a concluir que eso
era alentado por el propio Dictador, como amParo de su fuerzar.
¿LA DICTADURA DEL PETRÓLEO?

Definir a la de Gómez como nla dictadura del petróleo, serviría tan poco
para explicar su esencia como referirse a algunos de los regímenes posteriores
como ula democracia del petróleoo. Conviene entonces disipar una serie de
equívocos al respecto, refiriéndose al tiempo de ambos -dictadura y petróleo
-a su relación entre ellos y con la sociedad donde actúan.
En cuanto a lo primero, es cierto que en 1914, al estallar el pozo
Zumaque (Jno, se descubre el petróleo que preña las entrañas venezolanas;
que, en l9l7 comienzan a llegar las inversiones extranjeras, anglo-holande-
sas primero, norteamericanas después; que en 1922, con el reventón de Los
Barrosos, se constata su enorme potencial.
Pero se encuentra con una dictadura consolidada, en cuya implan-
tación no han tenido las compañías aceiteras una fuerza determinante asf
hubiese la intención.
En esa implantación han jugado diversos factores, la mayoría inter-
nos, y por lo menos uno externo, pero ninguno ligado a la industria Petro-
lera. El primero ha sido la aceptación, unánime por el país en 1908, de
lo que no pocos ingenuos creyeron, en el peor de los casos, una dictadura
comisoria ejercida por quien, en la batalla de Ciudad Bolívar, parecía haber
ahogado lo que la prosa ramplona de la época llamaba nla hidra de la gue-
rrar. El segundo fue la política del guante de seda para esconder la mano
de hierro durante el primer quinquenio de su mandato, en el cual Gómez
gobernará con la ayuda de un Consejo de Gobierno en el cual se sentarán
sus antiguos enemigos de la uRevolución Libertadorar' Thes, el estallido de
la Gran Guerra mundial, que cegó a sus enemigos la fuente de la guerra:
nadie le venderá a la oposición venezolana las armas que ellos solicitan para
enfrentar Ia tiranía.
82 HISTORIA DE LOS VEilEZOLAI{OS EN EL SIGLO XX

Por último, Gómez gozabaahora del respero de unas potencias extran-


jeras que habían dejado de ser hostilizadas, cuyas deudas se estaban pagando,
ante cuyo enfrentamiento había permanecido neutral, lo que propiciaba un
clima para buenos negocios.

CIPAYOS Y PATRIOTAS

En cuanto a la relación del régimen con las compañías aceireras, en


el posgomecismo se ha creado la imagen de un régimen cipayo, donde
apenas la excepción de Gumersindo Torres intenta salvar la negra honrilla.
Para comenzar, anota un estudioso inglés de las relaciones de Gómez con
las compañías petroleras, uGómez y su gobierno tuvieron muy clara con-
ciencia de la importancia del petróleo, y tomaron un agudo interés en su
desarrollo, mucho antes de que la industria se hubiese establecido de una
manera significativa en el país,
Aparte del temor a ahuyentar a los capitales extranjeros, Gómez esta-
ba obligado a tener presenres dos elementos en su juego. Por una parte, la
manifiesta hostilidad que le profesaba el gobierno norreamericano, que llegó
a un punto tal que el Presidente \Toodrow'$ü'ilson lo trataba de ucanalla,, y
pedía pensar en alguna forma de salir de él sin ocupar el país.
El ministro Pedro Manuel Arcaya, en su defensa del sistema de con-
cesiones adoptado a pamir de 1918, plantea lo que él llama ndos caminos,
que se ofrecían para explotar esa riqueza, cosa no hecha hasta 1918, y etraer
al capital extranjero.
Ellos eran: o la explotación directa de ese recurso por el Estado vene-
zolano, o el sistema de concesiones. Era la clásica moneda de dos caras: o sí
o sí. Como se sabe, si bien las ganancias provenientes de la explotación del
petróleo son fabulosas, no lo son menos las inversiones previas para la explo-
ración y la explotación, con el riesgo siempre presente de que ellas no den
resultado ni beneficio. Es por eso que, en el siglo veinte, la Rusia soviétic¿
se planteó su industrialización partiendo del carbón como base energética,
pese a sus conocidas e inmensas reservas de petróleo: porque el Estado no
tenía capitales para arriesgarlos en una empresa azarosa. Y si eso era Rusia,
inmensa y poderosa pese a todos sus problemas y su pobreza ancestral, ¿qué
decir de un país pequeño, aislado, pobre e inseguro como Venezuela?
En esas circunstancias, cualquiera le temería a quedar prisionero de
los Esudos Unidos, en caso de que ellos invirtiesen en forma exclusiva en
Venezuela, alejando a los anglo-holandeses.
¡,4ANUEL CABALLEBO 83

Es así como, en lugar de esperar los resultados de un largo y cansón


proceso judicial para resolver un conficto con la compañía inglesa Colon
Development Company Ltd., tal como lo quería GumersindoTorres, impuso
a éste un arreglo extrajudicial. Con eso trataba de evitar una adversa reacción
europea, porque era claro que no simpatizaba mucho con la perspectiva de
ver la industria petrolera desarrollada sólo por intereses norteamericanos,
porque eso habría dejado a su gobierno en una posición demasiado depen-
diente de los Estados Unidos, ranto en términos políticos como económi-
cos. En lugar de eso, optó por una solución que le permitiese rerener en el
país a las compañías europeas. fuí evitaba una confrontación directa con
los británicos que buscaban por todos los medios reducir su dependencia
petrolera de los Estados Unidos permitía en adelante el juego de una nacio-
nalidad contra la otra.
El Benemérito tenía una actitud muy personal en su relación con la
riqueza petrolera, y al final, es lógico suponer que su criterio se imponía.
Pero éste no lo determinaba el simple capricho del tirano: en su gobierno se
enfrentaban con bastante libertad opiniones diferentes, en el gabinete, en
el parlamento, incluso en los tribunales de justicia.
No se puede decir que se producía un debate ndemocrático), porque
eso no trascendía al público grueso, pero debate sí había, y en ocaslones ver-
daderas peleas a cuchillo, como la que en 1922 se produjo entre el Ministro
de Fomento Gumersindo Torres y el Presidente Provisional Victorino Már-
quez Bustillos,
La actitud nabierta, de Gómez podrla acaso explicarse por la realidad
no sólo de estárselas entendiendo con un fenómeno y una situación novlsi-
mos, sino por las diversas presiones, pero sobre todo, por su preocupación
permanente de tener asegurada una fuente uapolíticao de financiamiento. Eso
lo hacía sensible al nchantaje, de las compañías extranjeras, para quienes una
regulación excesiva podrla ahuyentar a los inversionistas. Acaso nada ilustre
mejor todo eso que la dificultosa aprobación, la no menos ardua aplicación
y el final rechazo de la ley petrolera de 192I. Mientras que con la mano
derecha las compañías buscaban un acercamiento al ministro yenezolano
del ramo por los (expertosD norteamericanos, con la zurda se presionaba a
Gómez de manera directa e indirecta. Es así como en noviembre de 1920,
la American Petroleum Institute invitó a Gumersindo Torres a su conferen-
cia anual en New York.
u HISTORIA DE LOS VENE:ZOLAI{OS ET{ EL SIOLO XX

Al mismo tiempo, el Embajador de Estados Unidos, hablaba en sus


informes de su contacto permanente con una delegación de tres compañías
petroleras que lo asistían en sus informal representatiozs a diversos rePresen-
tantes oficiales.
Gumersindo Torres no era partidario, en un principio, de una ley
petrolera rígida que atase las manos del gobierno, sino más bien de ir esta-
bleciendo regulaciones con todo cuidado, enmendándolas cuando la nece-
sidad se hiciese sentir, dejando de tal manera en manos del ejecutivo (para
el cual eso debía sonar a música celestial), amplios poderes de regulación
en materia petrolera.
Las propias compañías argumentaban en su contra lo que hoy se lla-
ma ninseguridad jurídica), o sea su desconfianza para invertir en un país
donde no existirían reglas de juego claras e inteligibles. Al find, este último
criterio nse, impuso. Las comillas vienen al caso porque el impersonal no
lo era tanto: el embajador Mc Goodwin viajaba a cada rato a Maracay, para
debatir con Gómez detalles de las leyes petroleras en proceso de discusión
en el Congreso.
Y regresaba de allí con las seguridades reiteradas por el dictador no
sólo de lo bienvenidas que eran las inversiones de capitd norteamericano en
Venezuela, sino de ofrecerles facilidades en todos los aspectos.

LA RIQUEZA FACIL

En cuanto a la relación del petróleo con la sociedad en su conjunto, se


suele decir que la explotación de los hidrocarburos, al propiciar el enriqueci-
miento sin esfuerzo crea una mentalidad correspondiente, individual como
social. Lo falso de ese argumento se revela al equiparar la Venezuela petrolera
con la agrícola hasta la llegada del petróleo. Si la economía dependía de las
fluctuaciones de los precios del cafe en el mercado internacional, y también
del capricho de las estaciones es porque, para los hacendados venezolanos,
el cafe era sinónimo de riqueza fácil.
De todas formas, no es lo mismo adquirir una hacienda de café y
dedicarse a su cultivo, que tener en las manos, de la noche a la mañana, un
puñado de tierras cuyo subsuelo está en potencia repleto de petróleo. Y eso,
mientras a la puerta, con los bolsillos llenos, golpean los inversores extran-
jeros deseosos de ponerle mano.
MANUEL CABALLERO

Hay que decir además dos cosas en esa relación. Una es que todo lo
que concierne a la explotación petrolera, el país lo desconoce: es como si
todo eso sucediese en fuia. La otra es a la vez causa y consecuencia de esa
ignorancia: en una economía liberal ortodoxa, la riqueza adquirida por el
país no ha npermeadoo hacia abajo, y un gobierno rico no significa sociedad
próspera; eso se producirá sólo a partir de los años cuarenta.
Así, la riqueza petrolera significará para el país bajo el gomecismo dos
cosas: la primera es la obtención del sustento soñado por todos los gobiernos.
La segunda, el desarrollo impetuoso de la corrupción administrativa.
En cuanto a lo primero, desde mucho antes de Gómez, se buscaba una
fuente de riquezas a salvo de la política, capaz de poner al Estado en situa-
ción de actuar con independencia de los partidos. ¿De dónde podía venir
ese dinero a llenar las arcas del Estado; al punto de ponerlo por encima de
los partidos, de la política, de la sociedad?
Tenía que ser del extranjero, porque en el pals no lo había. Para atraer
ese capital, desde muy temprano se pensó en el subsuelo. La llamada men-
talidad <rentista) del venezolano no proviene del largo acostumbramiento
al maná petrolero, sino que la precede. Mucho antes de pensar en petróleo,
cuando se ignoraba incluso la importancia industrial del hidrocarburo, ya
se hablaba, con tono de apostado¡ del noro de Guayanar, de las oriquezas
naturaleso de Venezuela.
Ellas nos resolverían todo, porque Venezuela era un país uricoo. ¿Lo
era Venezuela, o sólo una parte muy pequeña de ella? Aquí viene la segunda
de las cuestiones arriba planteadas. Es la siguiente preocupación de Gómez,
par€1acon la búsqueda de esa fuente uapolíticao de financiamiento: la de su
base de sustentación política. Al aparece¡ con el petróleo, se combinaron la
natural avidezde los candidatos al disfrute de esa riqueza, la aceptación del
hábito de Gómez de comprar lealtades con dinero contante y sonante y una
estructura administrativa que, sobre todo por su inexistencia, en particular
en materia petrolera, favorecía y casi imponía una corrupción galopante.
Para comenzar por esto, basta con referirse a un hecho, que tuvo
lugar cuando apenas el gobierno de Gómez comenzaba a darse cuenta de
la importancia del petróleo, después de que Pedro Emilio Coll anunciara
con entusiasmo en 1913 que los recursos petroleros habían dejado de ser
un tesoro escondido en las entrañas para aforar a la superficie: en 1914,
el coronel uVicentico, Gómez Bello y al año siguiente Carlos Delfino fue-
ron nombrados miembros de la Comisión Permanente de Fomento de la
Cámarade Diputados.
Sus únicos méritos para llegar allí, como decía de Colmenares Pache-
co la acre pluma de Rufino Blanco Fombona, provenían de la bragueta de
Juan Vicente Gómez. Pero eso no es lo más importante, sino que el hijo y el
yerno del drano tenían así la oportunidad de emplear la mejor información
posible sobre el desarrollo de la industria minera, para beneficio personal,
pues ambos hablan bailado todos los ritmos conocidos en la ndanza de las
concesionesr, y donde entre intrigas y corruptelas ellos se situaban en la pri-
mera fila de los familiares del tirano, junto con el ngeneral Juancho, Gómez
y Julio Méndez, otro yerno del dictador.
La información recabada allí por esos dos era usada para beneficio
personal, pero un observador imparcial sostiene que eso derivaba en ventaja
para el país entero, al estar ligado el desarrollo y la supervisión de la indus-
tria minera a las ganancias personales de la familia Gómez, u...asegurando
así que Ia cabeza del país estuviese informada íntimamente de los progresos
de la industria petrolerar. A partir de 1923, se pasa de la información a la
implicación personal del dictador. En ese año, Gómez, quien hasta entonces
había permanecido al margen de los negocios petroleros, entró en liza nen
una forma dramática y perniciosar. Lo cual se unió al uso creciente que él
hacía de las concesiones petroleras para asegurarse lealtades políticas y para
premiar a los más fieles funcionarios de su gobierno.
Hay algo mucho peor, porque revela las formas que tomaba la rela-
ción entre petróleo y corrupción. Mc Beth cita el caso de Rafael A. Hermo-
so, quien en 1924 ofreció aGómez el 70 por ciento de los beneficios netos
que obtuviese sobre el valor (cien mil bolívares) de sus tierras, al transferir
las concesiones que iba a adquirir en el Zulia. Como él esperaba recibir por
esa transferencia entre millón y millón y medio de bolívares, la ganancia de
Gómez sería según el caso de728.000 y 1.092.000 bolívares.
Aunque el autor precisa que no se tiene noticia de que la transacción se
haya llevado a cabo, la existencia ya cítada en el Archivo Histórico de Mira-
flores de cartas con proposiciones parecidas, sin ninguna sanción contra lo
que un gobernante honesto consideraría un insulto si no un delito, indican
que no se consideraban inmorales y por lo tanto inaceptables.
Después de Gómez y los Gómez, venía la larga teoría de los fieles que
recibían concesiones y las revendían de una vez a las compañías, haciéndose
una bella fortuna si mover un dedo. Pero esto es sólo un aspecto de la cues-
tión, aunque debería haber sido el más importante.
IVIANUEL CABALLERO

Las concesiones se reparrieron al voleo, a todo el que pidiese una. Es


asl como, dice Arcaya en sus memorias, ucon el caso del doctor Andrés Eloy
Blanco y otros iguales, rales como las concesiones que obtuvieron el doc-
tor oscar Augusto Machado y muchos más, se ve que no era menester ser
amigo de Gómez, y aún se podía ser su adversario declarado, para obtener
concesiones de petróleor.
fucaya justifica el procedimiento no sólo sobre la base de su legalidad,
sino sobre todo por sus beneficios a la larga para el país. No era necesario ni
siquiera responder a esa pregunta, por lo demás retórica. Para é1, el asunto
se planteaba en términos prácticos: n...había que decidir cómo se ororga-
rían üas concesiones], de modo que el capital extranjero se decidiese a h".e,
inversiones en venezuela con el fin de explotar dicha riqueza en beneficio
del Fisco, y por consiguiente, también el pueblo venezolano, y en beneficio
asimismo de los capitalistas que arriesgaron su dineror.
El procedimiento empleado fue enrregar esas concesiones, como se
ha dicho más arriba, a quien las pidiera. Así en 1922 se enconrraba (conce-
dida, una gran parte del territorio nacional. Lo cual irrcluía nHasra el lecho
de los ríos, el fondo del lago de Maracaibo y el del mar a ciena distancia
de las playas...r. De enrrada, el Fisco recogió una buena cantidad de ingre-
sos por papel sellado y estampillas. Pero lo fundamental era el impacto que
semejante política podía producir afuera: con el otorgamiento de concesio-
nes en tal forma y cantidad, dice Arcaya, los mercados de Londres y New
York quedaron inundados con ellas.
La mayoría de las concesiones otorgadas a quienes las pidieran cadu-
caron pronto, sin contar que no todas las vendidas a compañías extranjeras
resultaron buen negocio. Esto toca a su vez muchos otros aspecros, pero
acaso los dos más importantes, desde la óptica del tratamiento de Gómezy
el gomecismo como un fenómeno único, sean los relativos a la actitud del
dictador ante las compañías petroleras. La cual pareciera encarnarse en la
ñguraasaz contradictoria de Gumersindo Torres. se le ha querido ver como
un quijotesco defensor de la nacionalidad en un campo minado por la utrai-
ción nacional, de Gómez y de sus prójimos; un Alonso Andrea de Ledesma
combatiendo solitario a los nuevos piratas de las finanzas.
Pero en esa pintura faltan dos pincelazos: uno, Gómez jamás lo desam-
paró y cuando por cualquier razón lo sacó de su ministerio, a la menor
oportunidad, lo regresó al gabinete. Dos, en ningún momenro Torres se
desolidarizó del general Gómez, o sea que el <patriotu jamás se concibió
desligado, y ni siquiera en desacuerdo serio, con el nrraidorr.
HlsfOn|A DE LOS VEIIEZOt¡roa E]l EL slolo xx

Torres hizo siempre gala de una firme independencia de criterio en sus


diversos círrgos como funcionario público, y no sólo en materia petrolera.
Pero iambién, ligado a eso, un resPeto y un acrtamiento al General
que no lleva la marcl untuosa del cortesano, Pero no deja de llevar otra, la
de una indudable adhesión personal por quien llama, con la fórmula en uso,
nRespetado General y Amigor.
Todo se une asl: uno' un pals incapacitado tanto en lo financiero como
en lo tecnológico para emprender por su cuenta, privada o pública, la explo-
tación de un recurso que necesia Para arrancar inversiones multimillonarias.
Dos, la concepción general de que no sólo asimila el petróleo a una mina
(olvidando sus particulares condiciones tecnológicas), sino que lo concibe
como una ren¡¿ y no como una industria; una renta Por lo demás conside-
rada hasta por sus beneficiarios como umalditar, creadora de un estado de
¡ínimo perverso. Con esto último que se ha llamado omentalidad rentisto) se
combinan un esado débil que necesita una fuente de financiamiento inde-
pendiente de los avatares de la política; y un régimen autoritalio y nePótico'
cuyas carencias legales y pollticas hacen que se combinen, ante la presencia
de una riqueza tan fabulosa, la incompetencia y la corrupción.
TEORíA DE LA TIRANíA

Desde mediados del siglo XIX, comenzafonaimponerse en los medio acadé-


micos yenezolanos las teorías del positivismo sociológico de Auguste Com-
te y Herbeert Spencer. Partían de una apreciación de la historia venezolana
apartando los prejuicios y las adoraciones de la historiografía romántica tra-
dicional; en política, apuntaban al progreso del país sobre la base del orden.
La mano de hierro, la dictadura que lo impusiese, sería apoyada con fervor
por estos hombres que sin embargo, eran también fervorosos liberales.
En un país caótico y sangriento, ese era, por lo demás, el anhelo de
una sociedad crucificada por un siglo de guerras. Quien expresó con mayor
claridad y coherencia esas ideas fue Laureano Vallenilla Lanz. Sus tesis más
conocidas: nl-a guerra de Independencia fue una guerra civil, y la del nGen-
darme necesarior, provocaron en su tiempo verdaderos escándalos cuyos ecos
todavía llegan a nuestros oídos.
El académico proclamaba con orgullo que entre sus convicciones de
sociólogo e historiador y de hombre político, no había contradicción alguna.
Así, los calificativos que le acompañaron a través de su carrera política sirven
también para aplicarlos a su pensamiento sociológico e histórico: conservado¡
reaccionario, hombre de derecha, apologista de la dictadura. Pero es nece-
sario decir que su tesis del ngendarme necesario, no es, como pretendieron
algunos de sus adversarios, sobre todo fuera de Venezuela, una racionaliza-
ción ex postfacto delatiranía gomecista; pues si bien es cierto que Cesarismo
democrático se publicó en 1919, cuando yaGómez llevaba sus buenos once
años en el poder, aquella idea había sido expuesta desde el siglo anterior, en
la revista El cojo ilustrado y era una idea con bastante aceptación, si no un
anhelo, tanto en los medios académicos como en el bajo pueblo.
El pensamiento de Vallenilla dene una característica no siempre fácil
de encontrar en nuestras letras: una gran claridad y bastante coherencia; lo
90 HISTONIA DE LOS VEII'ZOLANOS EN EL SIGLO XX

que lo sitúa en primera fila entre los más densos y más brillantes expositores
de las doctrinas del positivismo comtiano y el organicismo de Spencer.
Sus ideas históricas, sociales y políticas siguen la línea que partiendo de
esos dos maestros del positivismo, pasando por Georges Sorel, desemboca en
la exaltación del jefe y entronca, un poco auant la lettre, con el fascismo ita-
liano. Su apasionada militancia a favor del régimen de Juan Vicente Gómez,
expresada en el cotidiano El nueuo diario del cual fue director, hacen que las
grandes líneas de su propia filosofía de la historia, hayan sido consideradas
la filosofia política del gomecismo.
Ello sale alaluz al estudiar los factores del proceso histórico en su
pensamiento. Asigna al medio geográfico una infuencia determinante. Des-
pués vienen, en orden decreciente, el medio social y el cultural; sin olvidar
el valor que concede al npueblo de muertos, de Gustave Le Bon, a la tradi-
ción, en este proceso; y, por último, a la violencia guerrera como elemento
de progreso socid universal.
Esos factores se integran dentro de una dinámica precisa: la de la
sociedad venezolana, y contribuyen a su estructura presente; partiendo de
una guerra de Independencia, que es ante todo una conmoción social, una
invasión de nuestros ubárbarosr.
Con tal origen, nuestra turbulenta democracia da origen al Estado
autoritario, personificado en el César. Vallenilla estudia además, para asenrar
sus conclusiones, el papel de las ideas, de las élites, del pueblo y del héroe
en la formación de la sociedad, de la nación y del Estado.
Es posible seguir el pensamiento de Vallenilla Lanz, de toda su obra,
en diarios y revistas. Sin embargo, euien ha tenido como él ocasión de reco-
ger en volumen sus artículos y conferencias dispersos, y se ha contentado
con que su obra fundamental se reduzca a tres libros (Cesarismo demorático,
Disgregación e integración y Críticas de sinceridad I exactitud) esrá recono-
ciéndolos como sus solos hijos legítimos. Sus descendientes, con iguales o
mejores oportunidades de publicación, se limitaron a permitir la reimpresión
(bastante descuidada, sea dicho de paso) de esas tres obras.
Es posible catalogar a Vallenilla como un determinista. En los pueblos
situados en las primeras etapas de su desarrollo, esa presión, esa infuencia, es
absoluta y predomina sobre cualquier otra. La realidad, el ambiente social,
es otra de las imposiciones, de las determinaciones del medio. Sometida a
la intensa presión de determinismos absolutos, la nflaca voluntad humanao
nada cuenta en la historia.
MANUEL CABALLERO 9L

Expresada en forma negativa y polémica, la influencia del medio cul-


tural ocupa también en su pensamiento una posición bastante destacada.
Hay que señalar aqul como su activo, su antirracismo proclamado con una
gran virulencia, sobre todo después de revelar que está demoliendo un pre-
juicio que durante algún tiempo fue el suyo propio.
Al lado de aquellas imposiciones determinantes del medio, está, com-
pletándolas, la tradición, que para Vallenilla no es siempre un peso muerto,
y entra como elemento importantísimo en la formación del ninstinto polí-
ticoo de un pueblo. Y por su parte, la violencia es un elemento de progreso
en el plano material, sino en el intelectual y en el moral.
Sobre la base de aquellos presupuestos teóricos, Vallenilla va alanzar
en el pantano de la historiografía patriótica, su más abominada piedra: la
guerra venezolana de independencia fue una guerra civil. Porque la honda
pugna de clases en el seno de la sociedad colonial hizo eclosión, al romperse
los diques que la contenían, en la guerra de emancipación.
La cual no es otra cosa que una contienda social, una guerra civil.
Nuestra lectura de ese texto nos llevó a la conclusión de que la formula ngue-
rra civil, encierra otra realidad conceptual en Vallenilla.

UNA GUERRA DE CONQUISTA

La guerra de Independencia fue, más que eso, una reedición, bajo


nuestros cielos, de las invasiones bárbaras en Europa. Los pastores llaneros,
saliendo del anonimato de nuestras estepas, de nuestros desiertos, como
sanguinarios mahometanos, como terribles Atilas, desencadenan una gue-
rra de conquista. De esa invasión destructora de utres siglos de industria, de
ilustración y de culturar, son blanco, son víctimas, los pueblos sedentarios
del centro de Venezuela,
Esa guerra produce, como es normal, una dispersión de autoridad. Es
el caos, la anarquía. De esa anarquía, a través de una uedad media america-
na), caracterizada por el caudillismo federalista -nuestro feudalismo- y por
un proceso de selección brutal, se origina el poder del más fuerte, del nGran
Egoístao, ndel Dictadorr, del nCésar Democráticor. En esa concentración
de poder se realiza la constitución efectiva y democrática del país. Es ése el
proceso de formación del Estado venezolano.
Burlándose de quienes tanto valor le dieron a la influencia de los uideas
francesaso en nuestro desenvolvimiento histórico, en particular durante el
y2

proceso de Ia Emancipación, Vallenilla niega a las ideas todo papel motor


en el proceso histórico. Por otra parte para él la política es siempre el hecho
de unos pocos, la obra de una nminoría audazr.
Esa élite forma la clase directora, sin cuya existencia no podría vivir
la sociedad. Porque la obra de Vallenilla rezuma un sordo desprecio por el
pueblo: nEl sentimiento popular) -para decirlo con sus propias palabras-
nes siempre impuror, sólo obedece a móviles elementales. Y entre ellos, al
primero: la sumisión a un jefe, la subordinación al más fuerte, al nThita,
Boves, al uMayordomo, Páez. La otra cara de esa moneda es una tenden-
cia muy marcada a exagerar la importancia del héroe, el papel del nhombre
fuerte, en el desarrollo de los procesos históricos, en la integración de una
sociedad, en la modelación incluso de la psicología popular.
Pero Vallenilla no era un simple propagandista de ideas conservado-
ras, sino un historiador con aportes muy significativos a su disciplina, a la
formación de un profesional con el rigor de un científico social.
El primero y talvez el más importante de esos aportes es la exigencia,
hecha en términos de áspera crítica, de una actitud científica para el estudio
de la sociedad y de su historia.
En segundo lugar, su afirmación ya citada de que (entre [sus] convic-
ciones de historiador y de sociólogo y [sus] convicciones políticas, no hay
discrepancias de ningún géneror. Más que la formulación, es la consecuencia
con ese pensamiento lo que hace su originalidad.
Tiibutario de numerosas influencias, que van desde Le Bon y Nowi-
cow hasta Georges Sorel, son, sin embargo, Comte y Spencer las dos más
importantes fuentes nutricias de su pensamiento. Pero la integración de esas
infuencias con sus propios aportes no va sin inconsecuencias. Muchas de sus
contradicciones provienen del hábito de Vallenilla de hablar dos lenguajes
diferentes, y en ocasiones opuestos: uno para la élite, otro para el común.
Como sucede a menudo con los buenos polemistas, la lectura de
Vallenilla (atrapa)) al lector, lo sacude ¡ de un lado u otro de la trinchera,
lo hace participar.
Pero, una vez abandonado el libro, una.vez al abrigo de ese permanen-
te campo de batalla, comienzan a aflorar las contradicciones, y las tesis de
Vallenilla aparecen plagadas de debilidades, sus argumentos de exterior ran
sólido se nos revelan llenos de grietas, de una estructura tambaleante.
Con ese tono tajante, y que no admite réplicas, a que la lectura de
Vallenilla nos acostumbra, señda él la imposición determinante del medio
N4ANUEL CABALLERO

por encima de nla faca voluntad humanar. Pero el héroe, el dictador, puede
amasar a su antojo la psicología de un pueblo formado bajo la presión de
aquellas determinaciones.
Una de dos entonces: o aquellas determinaciones del medio no lo son
tanto que una nvoluntad humanao, no ran flaca como la de Vallenilla pero
humana al fin, puede conrenerlas y contrariarlas; o el héroe vallenilliano
es un demiurgo, y ¿adónde va a parar enronces su llamado a nhumanizarlo
para engrandecerloo que propone al hablar del Libertador? O, tercera posi-
bilidad, el héroe, el César recibe esa fuerza de otra más poderosa, no huma-
na, divina, en una palabra, y entonces, ¿adónde va a dar el librepensador, el
positivista, el científico que no acepta, en ranto tal, sino hechos susceptibles
de comprobación experimenral?
Pese a su aparenre dinamismo, la concepción de la sociedad en Valle-
nilla es más bien estática, se desarrolla en clrculos cerrados. En el binomio
caos oclocrático-tiranla unipersonal se resolvería, en corsi e ricorsi, la historia
humana, o Ia nuestra.
Rota la cáscara del huevo colonial, sólo hemos conocido la anarquía
de la Independencia que desemboca en Páez; la anarquía de la Federación
domeñada por Guzmán; el relajamiento liberalisra encorsetado por Gómez.
Aceptémoslo. Pero, ese movimiento pendular, ¿no tiene fin? ¿Se produce pese
a todas las transformaciones estructurales que puedan cambiar la psicología
o la historia misma de un pueblo? ¿Terminará acaso con nuesrra integración
nacional? De ser así ya debla haber terminado para su época pues ya enron-
ces postulaba nla existencia de una nación venezolanar.
Ese racismo rechazado en el sentido horizontal, ¿no lo practica en el
vertical? Ese desprecio por el pueblo, esa desconfianza en la posibilidad de su
elevación intelectual y moral, ¿no es el viejo refejo de casta, el incontenido
orgullo de la aristocracia que ejerció la imperiosa <riranía domésticar?
Vallenilla se declara a cada paso paftidario del método científico, y
enemigo ude las improvisaciones de todo géneror. Sin embargo, nadie más
que él exalta la improvisación en el terreno de la ciencia política. La cien-
cia del general Gómez, <que es la de saber gobernaro, no la adquirió en los
libros, ni siquiera en la reflexión sobre los hechos: la trajo consigo, por reve-
lación o ciencia infusa.
Esa adoración del irracionalismo, en cualquier rerreno que sea, es
indigna de un científico y hasta puede descalificarlo como tal. En el labora-
torio del sabio Vallenilla, la razóny la irracionalidad forman un matrimonio
de amor y, seguro, de conveniencia.
HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

Last but not bast,laviolencia que Vallenilla exalta como factor de pro-
greso es la más infecunda de las violencias. Porque nada tiene que hacer con
el progreso la exaltación de la violencia per Jr. Y menos cuando, en el caso
de la guerra, los valores morales que él jubila al verlos dominar la sociedad,
son elementos de una rancia y momificada moral de clase: el patriotismo,
la obedienci a ciega a la jerarquía, la disciplina, los militares.
Hay que insistir en que las ideas expuestas por Vallenilla, sobre todo en
Cesarismo democrático,encontraban mucho más eco del que se suele admitir'
Hoy nadie discute su afirmación según la cual la guerra de Independencia
fue una guerra civil: basta no sólo ver la documentación que los archivos
han ido mostrando para ver que era cierto en el plano humano.
Pero no sólo eso, sino que las masas primitivas que se fueron tras el
caballo de Boves o el caballo dePáez luchaban mucho menos por consignas
abstractas como la República o la Monarquía que Por un instinto de iguala-
ción social, y de búsqueda del botín, o de venganza individual o social.

¿VALLENILLA MARXISTA?

Aparte de eso los intelectuales positivistas, se sentían atraldos sobre


todo por la tesis del gendarme necesario, que a aquellos lectores de Maquia-
velo no dejaba de recordar a sus modelos de príncipes. A cada rato estaban
recordando los escasos años de paz que vivió el siglo XIX, al margen de lo
que Zumeta llamaba el urojo paréntesisr.
Como se dijo antes, Vallenilla fue acusado de todos los pecados del
conservatismo social y polltico. Pero resulta asombroso saber que, como lo
dice Picón Salas sin dar mayores Precisiones, Vallenilla fuese acusado' acaso
entre sus críticos del Sur, de ser marxista. En verdad, es la recíproca la que
es verdadera: es el marxismo venezolano el que le debe mucho a Vallenilla.
No sólo es falso que el positivismo haya sido nenterradoo en Venezuela por
el marxismo, sino todo lo contrario
De hecho, apartando la idea general del marxismo como una crítica
del positivismo (al cual opone su utopismo y su dialéctica), en este país el
marxismo es más bien, y en muy gran parte, tributario del positivismo. El
primer libro de teorización marxista ortodoxa sobre la historia venezolana,
Hacia la democraciade Carlos kazábd,, aunque se pretenda una refutación de
Cesarismo democrático de Laureano Vallenilla Lanz, es sobre todo su glosa.
MAI¡UEL OqEAI I FBO

Hay dos ideas del libro de vallenilla copiadas casi al pie de la letra
por los marxistas: una es la guerra de independencia como m" .orr..,r.n-
cia de las tensiones sociales acumuladas hasta llegar al estallido por el rfgido
sistema de castas de la Colonia. Estallido que en Venezuela fue en exrremo
sangriento, al punto de eliminar flsicamente a la toralidad de la clase domi-
nante. La segunda es que las revoluciones son fenómenos naturales, como
puede serlo un terremoto o una tormenta.
Por último, se riene tendencia a pensar que eran positivistas sólo los
intelectuales que apoyaron a Gómez. Eso no es cierto: con excepción de los
muy contados pensadores cristianos (Caracciolo Parra [rón, Mario Brice-
ño Iragorry Renato Esteva Rlos), todos los intelectuales venezolanos de la
época eran positivistas.
Al bautizar a Doña Bárbara como su mayor novela, Gallegos desposa-
ba la tesis positivista de la lucha entre la civilización y la barbarié. pocaterra,
al hablar de la ndecadenciar, estaba aceptando que Gómez, como pensaba
Vallenilla, era un César, pero de la decadencia.
96 HISTOFIA DE LOS VENEZOLANOS EN EI SIGLO )O(

cRoNolocfn: rgog-tgze

1909 5 de mayo: el Congreso sanciona una reforma constitucional que Ie


da marco legal al gobierno de Gómez al establecer un nuevo perlodo
presidencial que debía comenzar en 1910 y culminar en 1913.
r9r0 Tienen lugar las elecciones para presidente de la república y resulta
electo Juan Vicente Gómez.
1911 19 de junio: el gobierno adquiere el Palacio de Miraflores que a Par-
tir de entonces se convierte en la sede del presidente de la república
19l4 19 de abrih el Congreso aprueba un Estatuto Constitucional Pro-
visorio y en junio, una nueva constitución. Se inicia la presidencia
interina de Victorino Márquez Bustillos.
19t6 25 de enero: el Papa Benedicto XV condecoró a Juan Vicente Gó-
mez con la Orden de la Gran Cruz.
30 de enero: se da inicio a los trabajos de construcción de la plaza

de toros Nuevo Circo de Caracas, el arquitecto Alejandro Chataing


estuvo encargado de esta obra'
19 de diciembre: entra en vigencia el nuevo Código Civil
1918 5 de febrero: se aprueba el Reglamento Orgánico y Plan de Estudios
de la Escuela Militar de Venezuela.

1919 26 de enero: se inaugura el Nuevo Circo de Caracas.


1920 Mediante decreto presidencial se crea la Escuela de Aviación Militar'

30 de junio: el presidente provisional Victorino Márquez Bustillo


promulga la ul-ey sobre Hidrocarburos y demás minerales combusti-
bleso, que refrenda el ministro de Fomento Gumersindo Torres.
l92r I de enero¡ Emilio fuévalo Cedeño al mando de un eiército de

123 hombres toma por asalto San Fernando de Atabapo, capital del
Territorio Federal Amazonas, que entonces se hallaba en manos de
Tomás Funes, a quien hace prisionero y lo somete a un Consejo de
Guerra que decide ejecutarlo.
3l de marzo: los estudiantes de la Escuela de Medicina protestan
para exigir la restitución del medio pasaje estudiantil negado por Ia
Compañía de Thanvías de Caracas. Como saldo de esta manifesta-
ción resultaron presos setenta y cuatro estudiantes.
MANUEL CABAII-ERO

t922 19 de ebrih se aprueba oüa reforma constitucional que permite a

Juan Vicente Gómez gobernar con dos vicepresidentes, cergos que


depositó en menos de su hermano Juan Crisóstomo (uJuanchor) y su
hijo José Vicente.
14 de diciembre¡ hasta el23 de diciembre comienza a fluir petróleo
del pozo Barroso número 2 de manera condnua y descontrolada.
t923 !i0 de junio: muere asesinado el general Juan Crisóstomo Gémez.
DN 15 de merzo¡ los estudiantes de la Universidad Central de Venezue-
la crean la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV).
POLíflCA, DEMOCRACIA Y MODERNIDAD

Si se propone 1928 como fecha del ingreso de Venezuela en la modernidad,


es porque los acontecimientos de ese año van a dar el tono a la política hasta
el final del siglo )C(. Pero sobre todo, porque es una fecha nacional, donde
los hechos son desencadenados y reprimidos por venezolanos; y sobre cuyo
desarrollo y consecuencias actuarán factores venezolanos, endógenos, Si se
les llama así, es porque esa fecha se sitúa entre otras dos de parejo impacto
sobre el pals, pero cuyo origen es extranjero. Porque decir que a 1928 le
precede el año 1926 y le sucede 1929 no es una perogrullada; en 1926, el
petróleo supera al conjunto de los demás productos venezolanos de expor-
tación. Es la transformación de Venezuela en un pals petrolero, pero casi
nadie lo sabe o lo comprende.
V 1929 es el año de la gran crisis mundial de la economía capitalista,
aunque sus consecuencias para Venezuela no se verán sino más tarde, en el
lustro siguiente, el que se cierra con la muerte del tirano.
A partir de 1928, además, en la oposición o en el gobierno, como
individuos o como grupo, serán civiles sus protagonistas más destacados y
más significativos. Serán civiles por el ámbito donde desarrollan sus acciones,
por su procedencia social, por sus planteamientos teóricos y por su mayor
aporte a la historia venezolana: la invención de la polltica. Pero esa manera
de actuar no es unánime y ni siquiera mayoritaria: en 1929 también inten-
ta levantar cabeza la vieja oposición, la oposición pre-política, la revuelta
armada rural y caudillista: la Federación.
Pero en 1928 cambia el escenario de las luchas sociales y políticas. Ya
no será el campo: todas las batallas políticas se darán y sobre todo se vence-
rán en la ciudad. Los protagonistas de los sucesos del 28 serán así los estu-
diantes de la Universidad Central de Venezuela;y asu vera, algunos oficiales
jóvenes y cadetes de la Academia Militar.
HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EI{ EL SIGLO XX

Los alumnos de la universidad de Caracas no van mucho más allá de


doscientos. Su acción comienza con un carnaval, cosa vista como muy nor-
mal en jóvenes alegres y juerguistas.
Pero desde los primeros momentos, apenas toman la palabra sus líderes,
aquello se va convirtiendo en una manifestación, al principio algo crlptica,
contra la tiranía. Ésta los deja hacer pero, una vez terminados los festejos,
encarcela a sus cuatro dirigentes: a los oradores Jóvito Villalba y Rómulo
Betancourt; a Guillermo Prince Lara (quien rompió de una pedrada la lápi-
da dedicada a Gómez en una pared universitaria) y al poeta Pío Thmayo. La
respuesta de sus compañeros fue, en gesto solidario, entregarse en masa a la
policía. Después de encerrarlos un dempo bajo el nivel del mar en la vieja
cárcel de Puerto Cabello, la dictadura cedió, y los puso en libertad.
Eso no los calmó ¡ en complicidad con algunos jóvenes oficiales y
cadetes, se levantan contra la tiranía. EI7 de abril de 1928 entra así en esce-
na, tímida y sin destacarse mucho en lo inmediato, la institución armada.
Son oficiales de baja graduación y cadetes quienes participan en la conjura,
pero también es joven su institución.
Aunque haya avanzado muy poco en su desarrollo institucional (es toda-
vía un ejército gomecista) su primer impulso conspirativo es más colectivo e
impersonal y menos individual y carismático. EI Ejército es joven como ins-
titución, pero ya muestra tendencia a actuar como tal, a obedecer a jerarquías
despersonalizadas por sobre el brillo de un gran nombre, de un caudillo.
Tres elementos singularizan esta sublevación: uno, aunque sea un
alzamiento armado, sigue siendo la ciudad su escenario. Dos, entre los
jóvenes insurrectos figura el cadete Eleazar López \7olkmar, primogénito
del general Eleazar López Contreras, ala sazón jefe del ejército. Tles, se
les abrió un juicio, algo diferente a los modos violentos tradicionales en
la represión gomecista.
En la polis pues, y como debe ser, nacerá la polltica para los vene-
zolanos, quienes hasta entonces sólo habían conocido por tal la guerra. El
verdadero aporte histórico de los muchachos sublevados contra Ia tiranía
en l92B es, en aquel momento y sobre todo para las generaciones futuras,
haber inventado la política.

LAS BOCAS SE ABREN

Esa invención se exhibe en tres de sus acciones. ljna, la relevancia


dada a la manifestación callejera, disfrazada al principio de inocente algara-
N/ANUEL CABALLERO 103

da estudiantil. El osacalapatalajá" voceado en sus desfiles no es una simple


jitaryáforasemi-deportiva: ella pondrá de moda enronces, acaso por primera
vez, las consignas cortas, estridentes y de contenido no siempre muy claro
escuchadas en las manifestaciones políticas.
Dos, el rechazo de toda personalización. Pese a la elocuencia, la valentía
y el carisma de sus líderes, Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt, no invo-
carán sus nombres como bandera: no serán ni nromulistas, ni <joviterosr.
Cuando los estudiantes se entreguen en masa a la policía para acomp a(tar a
sus líderes presos, borrando así la frontera enrre dirigentes y dirigidos, esta-
rán enviando, acaso sin saberlo, un mensaje: quien ha sido encarcelado no
es un hombre; es el pueblo entero el que esrá ahora tras las rejas.
En tercer lugar, y esto quizás sea lo fundamenral, la importancia dada
a la palabra, tanto hablada como escrita.
En aquel primer momento, sus bocas se abren con los discursos en
homenaje a su reina y al Libertador. Pero a partir de aquel inocente inicio
no volverán a cerrarla hasta el último aliento, en su oraroria y en su pluma:
en el mismo a(to 28 comienzan a circular unos periodiquillos clandestinos,
manuscritos y copiados. Pero eso no es todo, ni siquiera lo más significativo e
influyente sobre la historia venezolanaposteriot sino que apenas ponen pie en
el destierro, su correspondencia, así como sus conferencias y discursos, alcan-
zan niveles notables, como acaso nunca anres en la historia venezolana.
Andando el tiempo, uno de ellos, Rómulo Betancourt, llegará a ser
el hombre político que más haya escrito en la historia de Venezuela. No es
porque sean todos ellos intelectuales, sino porque la persuasión, la rerórica,
la palabra, son lo propio de la política y son lo propio de la democracia.
Ellos lo intuyen, y en todo caso así lo manifiestan: esa palabra es su espada
más filosa y acerada, y nunca la dejarán envainada.
Tles años más tarde, comienzan a desarrollar esa política descubierta
en el 28; y lo harán volteando la práctica habitual; aquí, el desarrollo teórico
precede, en una prelación obligada, a la acción: la palabra es ya acción.
Aunque todavía conserven algunas ilusiones garibaldinas y nunca
descarten la acción armada, su propósito es formar organizaciones civiles
y pacíficas. Pero lo más importante viene en tercer lugar: el abandono del
inmediatismo. Por primera vez en un siglo de historia de la República de
Venezuela, aparecen hombres políticos que se plantean la lucha no en tér-
minos de semanas y días, sino de años y décadas.
Porque no piensan derribar la fortaleza de la tiranía atacándola desde
afuera, sino infiltrándose en ella para implosionarla persuadiendo a la masa
104 HtsfoRta DE Los vEl{EzouNos EN EL slolo xx

popular de tomar conciencia de su propia fuerza, enYez de sorprenderla con


un madrugonazo o encandilarla con el brillo de un carisma personal.
En 1931 se ponen sobre el papel, en el exilio y en Venezuela, los pri-
meros de esos planteamientos teóricos, ambos marcados por el marxismo,
pero ya fluyendo separados, los que conformarán, unidos y divididos la
izquierda venezolana. Serán el Plan de Barranquilla, redactado en esa ciudad
por un grupo liderado por Rómulo Betancourt, y en Caracas, los primeros
documentos de lo que llegaría a ser la Sección Venezolana de la Internacio-
nal Comunista.
En este período se produce también, y a veces precediendo a una real
conciencia política, la aparición de la mentalidad democrática. Su primera,
y asaz encubierta es la manifestación de la libertad de asociación.En1927,
desde el primer momento de la refundación de aquella Federación de Estu-
diantes de Venezuela que se había extinguido en 1921 , comie nza a apaÍeceÍ
la invocación de Ia defensa nde los intereses colectivos, en un documento
por lo general tan inocuo como el reglamento interno de la asociación. En
los meses siguientes, discursos, artículos o proclamas no dejan de poner el
acento en lo benéfico de las asociaciones, como signo de civilización y de
modernidad contra la supremacía del más fuerte. Esta es una idea que Pare-
ce fotar en el ambiente mucho antes de que los estudiantes le encuentren
una expresión más clara.
Porque la omisión de referencias explícitas a nla situacióno, en sus
proclamas y ensayos, no es en todo caso una novedad. Pero la diferencia es
que estos no sólo omiten el nombre del general Gómez, sino que omiten
cualquier otro nombre, y menos el de los envejecidos capitanes del exilio.
Se va aún más lejos: en un periódico clandestino, El Imparcial, se
hace una defensa del anonimato no como una comprensible defensa ante
la represión de la tiranía, sino como una posición que contraPone la rebel-
día colectiva al gesto individual, por muy heroico que pueda parecer. En
ellos está presente la preocupación porque el movimientos estudiantil pueda
ser ncolonizado, por alguno de los viejos personalismos; y eso es tanto más
significativo porque quien lo expresa por escrito es el estudiante Joaquín
Gabaldón Márquez, hijo de uno de esos caudillos. Será ese mismo joven
quien por primera vez dará al movimiento estudiantil de 1928 un nombre
que después se hará famoso: <generaciónr.
AI arroparse con una caracterización colectiva, están oponiendo el
(nosotros)) ¿l .,yo>,, el pronombre favorito de las tiranías como de sus opo-
MANUEL CABALLERO 105

sitores tradicionales. El objetivo principal de aquellos muchachos es el de


despersonalizar su propia acción del momento.
Llamarse <generación, significaba romper el círculo vicioso donde ence-
rraba al pals la oposición tradicional entre ngomistas)) I nantigomistaso.
De modo que lo de ngeneración, no significó esa sucesión biológica o
cronológica que el término contiene, sino una forma de designar una volun-
tad colectiva, que se buscaba oponer a la egomanía de tiranos y anti-tiranos.
Esa preocupación por fundirse en la masa, por representar y representarse
como una voluntad colectiva, sólo se explica en una sociedad que había vis-
to hundirse una república ensangrentada en el pantano del personalismo, y
ser susdn¡ida por una tiranía también personalista.
En tales condiciones, es posible afirmar que en el siglo )O( venezolano
sólo ha existido una (generacióno merecedora de tal nombre, y es la del 28:
las demás son rutinarios e ineludibles productos biológicos.
Porque ella tuvo no sólo conciencia de ser una generación, sino la
expresa voluntad de serlo. Y no como producto, resultado o racionalización
de sus actos, sino como proyecto (y hasta programa) previo a la acción.
En aquella designación, pues, está contenido el primer enfrentamiento
del nuevo y emergente grupo al viejo y dominante. No sólo eso, sino que
hace este del ZS diferente de los movimientos civiles que han tenido lugar
desde 1903, y de las algaradas estudiantiles del14, del 18 y del2l.
La palabra ngeneración, es así producto histórico y no historiográfi'
co; una creación de los propios implicados, y no una racionalízacíín ex post
facto de sus exégetas. Su voluntad impersonal la ratifican en la práctica con
la adopción de un símbolo, como ellos mismos lo dijeron entonces, udes-
pojado de toda corporeidado: la boina azul.
Cierto, tampoco podía ser esa una forma teórica, acaso demasiado
absüacta de plantear el asunto. Concebir en 1928 el desarrollo de la sociedad
como una lucha entre generaciones no deja de aludir alaavanzada edad del
dictador, cuya (generacióno debe preparar su salida de la escena.
Pero se impone insistir en que el aporte más significativo de la gene-
ración del 28 a la historia venezolana sea invención de la política. Esa ngene-
raciónn no la formaron simples líderes políticos que escogieron esa como
cualquier otra profesión, sino que inventaron la política.
Representan la Venezuela que se había bajado del caballo en 1903, con
el fin de las guerras civiles. Son los primeros actores que se muestran en el
recién estrenado teatro de las luchas sociales: la ciudad. Son dirigentes civi-
r06 HISTONIA DE LOS VENEZOLAI{OS EN EL SIGLO XX

les que serán, entre otras cosas, los fundadores del poder civil en Venezuela:
antes de ellos, sólo habían existido pálidos retoños mostrándose indecisos
bajo la tutela militar.
Quieren verse como ciudadanos y creadores de ciudadanía. A su acción
se deberá en primer lugar la extensión del voto y sobre todo, la fundación
de los partidos políticos modernos, y de las demás formas de participación
popular. Serán así los verdaderos fundadores de la democracia representati-
va, y los creadores de la sociedad civil en Venezuela.
La política sólo puede emerger cuando se parte del abandono de una
actitud que viene de las guerras de religión, y que se resume en Ia negativa a
reconocer la existencia del adversario. Sólo cuando se abandona aquella actitud
se ingresa a la política, que es mucho m:is que ingresar a la democracia.
Todo lo anterior se puede sintetizar diciendo que en 1928 se produce
el ingreso de Venezuela a la modernidad. No hay que ver en los estudiantes
del 28 apenas los protagonistas de una protesta contra la tiranía. En verdad,
en las aulas universitarias siempre había habido malquerencia sino resistencia
a la dictadura; muchas veces, más por desprecio de la uhorda andina, que
por amor a la democracia.

LA VIEJA VENEZUELA INTENTA RESUCITAR

Lo de nvieja, no debe tomarse aquí en su sentido cronológico: en las


guerras, sobre todo irregulares, los combatientes suelen ser muy jóvenes.
En el caso de los tres alzamientos del años 29, eso significa orra cosa:
quien se alza es la vieja Venezuela, la del siglo XIX es el antiguo levanta-
miento rural de cuando Venezuela no era un país sino un campamento. Es
nla federación, volviendo por sus fueros, empleando su única arma política
conocida, la guerra.
Los alzamientos del 29 están comandados por antiguos gomecistas:
Román Delgado Chalbaud, José Rafael Gabaldón y Rafael Simón Urbina.
Cada uno se pretende, con sinceridad o hipocresía, inspirado en los ideales
de la Semana del Estudiante, y en todo caso, intentan ocolonizar, el movi-
miento, arrastrando a algunos de sus participantes, simpatizantes o prede-
cesores. Ha pasado más de un cuarto de siglo del aniquilamiento de esta
oposición guerrera en Ciudad Bolívar, y de nuevo fracasa en 1929 con la
huida al extranjero, la cárcel o Ia muerte de sus jefes.
I\,,IANUEL CABALLERO rv7

El 28 de abril de 1929, en su hacienda de Santo Cristo, el general


José Rafael Gabaldón lanza una rebelión llamada por propios y extraños ula
gabaldoneru, como es normal en aquella Venezuela donde en palacio o en
el llano, domina el personalismo. Su pronunciamiento está ligado a la pro-
yectada invasión del general Román Delgado Chalbaud cuyo barco Falke
llegaría pronto en la costa oriental del pals.
Gabaldón no tiene la influencia política, la estatura nacional ni tam-
poco los dineros del líder de aquella, el general Román Delgado Chalbaud
Thmpoco ha lavado su gomecismo de los primeros tiempos con una cárcel
tan terrible como la de Delgado. Pero es en cierta forma un caudillo regio-
nal. Encerrado en su hacienda, era intocable: sus familiares, sus peones y
sus amigos establecían una tupida red de protección. Antes de 1929, parecía
retirado a sus actividades privadas y su correspondencia con Gómez traduce
todavía una amistad signada por el respeto si no la calidez.
En el aspecto militar, la derrota fue aplastante, superando acaso por
lo sangrienta a la de los tripulantes del Falke varias semanas después. Al
menos eso afirmaba Gabaldón para explicar su rendición. Junto con su hijo
Joaquín, uno de los líderes del movimiento estudiantil del 28, y con José
María Suárez y Carlos Sequera Cardot, ingresará a Las Ties Torres de Bar-
quisimeto, uno de los emblemas del terror.
En junio de 1929, dos meses antes del Falke, se produjo la invasión
de Gustavo Machado y Rafael Simón Urbina por la costa occidental.
Este movimiento no tendrá la importanciaal.canzadapor los de Gabal-
dón y Delgado Chalbaud. Además, el antigomecismo de Urbina es mucho
menos confiable. De hecho, había pertenecido a nla Sagrado, la ruda policía
montada del régimen. En lo militar, esta aventura se diferencia de las demás
por el sorpresivo asalto a Curazao. La idea era atacaÍ esa isla poco guarnecida
y muy vecina de Venezuela, tomar algún armamento de las autoridades colo-
niales, reclutar soldados en las refinerías y desde allí invadir a Venezuela por
el estado Falcón. Esta novedad definió el movimiento, dándole una impor-
tancia histórica que de otra manera no hubiese tenido. Atacar a Curazao, una
colonia holandesa, era convertir la intentona en un problema internacional;
era también atacar la niña de los ojos del capitalismo petrolero.
La ocurrencia actuó como (propaganda por la acción, en la vieja tra-
dición anarquista: la prensa internacional la destacó, calificándola de *fili-
busterismo',. Por lo demás, fue la única parte de todo el movimiento cul-
minada con éxito.
108 HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO )O(

Gustavo Machado escribió el folleto ElAsalto a Curazao provocando en


los observadores una comprensible aberración: sirvió no sólo para dar testimo-
nio, sino también para destacarlo como el dirigente de aquel levantamiento.
Como Machado era conocido por sus simpatías comunistas, el movi-
miento podía aparecer teñido de nbolchevismon. Pero nada más alejado de
la verdad: la Internacional Comunista desaprobó la aventura, aunque sin
dramatízar el asunto, tachándolo, no sin simpatía, de ugaribaldismor.
En este episodio, codo traduce improvisación y bisoñería, en lo mili-
tar, y en lo polltico. Disponían de un revólver y una pistola máuse¡ treinta
y siete machetes, tres hachas... y cien dólares. Con esas armas tomadas a los
holandeses en el fuerte Amsterdam, entran a Venezuela unos treinta y cin-
co revolucionarios. Llevaban en sus bolsillos un promedio de escasos nueve
tiros por persona. Ninguno de ellos sabía manejar un rifle; el orden de bata-
lla no se pudo disponer en el vapor Maracaibo porque algunos mareaban.
Con esa suma de carencias e impericias se proponían derrocar a una tiranía
vieja de veintiún años.
Los cronistas contemporáneos, entre ellos José Rafael Pocaterra, no
salían de su asombro al constatar cómo, en tales condiciones, esos aventureros
pudieron pelear con tanto coraje, causando importantes bajas al gobierno,
entre ellos un general, Gabriel Laclé.
La tercera de esas revoluciones, pero la primera en orden de impor-
tancia, es la dirigida por Román Delgado Chalbaud. Aparte de ser, por la
amplitud de sus alianzas, la más temible, se le pueden señalar tres caracte-
rísticas distintivas.
En lo político es un éxito; en lo militar será un fracaso, mortal para
su jefe; y en lo doctrinal muestra un desolador desierto. Lo primero puede
afirmarse porque pudo unir bajo un solo comando a fuerzas dispersas desde
1903, la mayoríade las cuales ni siquiera se habla sentado en la misma mesa.
Estaban allí todos los caudillos sobrevivientes de la Revolución Libertado-
ra; los mismos que desde 1908 apoyaron a Gómez y formaron parte de su
Consejo de Gobierno.
En el terreno militar la derrota no pudo haber sido más pavorosa: la
improvisación y la falta de coordinación era general. Pedro Elías fuisteguie-
ta, quien debía atacar por la retaguardia, se retrasó ocho horas y dejó asl sin
apoyo a los atacantes.
EI jefe militar de la invasión arriesga y pierde su vida como un solda-
do raso. En una revolución de ese tipo, es cierto, el caudillo debe marchar
al frente pero por lo visto, Delgado Chalbaud se planteó la suya no como
t\¡ANUEL CABALLEFO

una acción colectiva sino como un enfrentamiento personal' El coraje de su


adversario, el general Emilio Fernández, Presidente del estado Sucre, no le
deja alternativa: también él entra a la pelea como soldado; y con casi sesenta
años a cuestas, arriesga y pierde la vida'
Ambos se han hecho acompañar por sus hijos para trenzarse en com-
bate: el general Emilio Fernández de su primogénito, el abogado Carlos
Emilio, quien será herido en el mismo combate donde su Padre rindió la
vida. Thmbién Delgado había traído consigo a su hijo de 17 años, carlos,
futuro presidente de Venezuela.
p..o ., en el aspecto doctrinal donde se marca con mayor fuerza su
diferencia con los jóvenes estudiantes de 1928; y lo que podría llamarse
también frente a ellos, su derrota histórica, mucho más importante que la
militar que le ha infigido el gobierno.
con una sola excepción, no hay nada nuevo en el manifiesro-programa
con el cual, renunciando al personalismo como lo hacen por sistema y acaso
con sinceridad todos los caudillos, se llama a Venezuela a alzarse en armas.
Se habla allí de independencia del poder judicial; de autonomía de la uni-
versidad, educación cívica para el pueblo, intensificar la educación primaria
y la científica; castigo del peculado; fomentar la inmigración; desarrollar la
agricultura, la críay las industrias incipientes. Se propone Por igual extirpar
lÁ -onopolios; sancionar leyes en favor del bienestar y la condición social
de ulas clases obreras y agricultoraso; libres elecciones y expresión del pensa-
miento, formación de partidos políticos con doctrinas bien definidas; acoger
la inversión exrranjera; hacer del ejército una insritución nacional.
No hay allí nada inédito: ya había sido dicho en todos los manifiestos
de las revoluciones anteriores. Nada hay tampoco diferente a lo prometi-
do por el propio Gómez en y desde 1908. Pero sobre todo, no hay ni una
palabra para indicar cómo se pondrá en obra semejante Programa, con qué
fuerzas, cómo se podrá controlar ese desarrollo.
En síntesis, nada permite saber por qué quienes lo firman (muchos anti-
guos gomecistas) serían diferentes al Benemérito. l,o único nuevo del manifiesto
.rt¿ á considerar (...en extremo perniciosa para los ideales y la prosperidad
de la república, la ProPaganda del comunismo y el bolcheviquismo''
Chalbaud no es sólo una muerte heroica: es la derrota
ia de Delgado
de una intentona sin mucha preocupación por asegurar su continuidad si,
como es previsible en toda acción guerrera, esa baja se producía, y sobre todo
en el priÁer momento. Es el personalismo en esrado puro, el gomecismo
antigomecista, lo que se entierra sin esperanza de resurrección en 1929.
LA DOCTRINA DE LA DEMOCRACIA

Cuando los jóvenes rebeldes del 28 sean lanzados al exilio, inician lo que
puede llamarse su ofensiva teórica. Algunos de los exiliados más políticos
de esa generación, infuidos por voraces lecturas, la mayor parte marxistas, y
encandilados aún por la Revolución Mexicana y la figura de Zapata, ponen
sobre el papel su propio nPlan>.
Será el Plan de Barranquilla, suscrito en marzo de 1931 por quienes
con ese acto, están dando aluz a la Agrupación Revolucionaria de Izquierda
(ARDD, el más lejano ancestro de Acción Democrática. No es un simple
programa político, sino también el primer ensayo venezolano basado en el
materialismo histórico, que los marxistas repetirán desde entonces casi sin
modificación, aún entre historiadores profesionales.
Si bien se diferencia de ellos en el fondo, la formade este nPlano podría
asimilarlo a uno cualquiera de esos documentos que preceden y justifican la
invasión del territorio por una nrevoluciónr. Se habla allí de nperíodo pre-
constitucionalr, de nproblemas políticos, sociales y económicos que pondrá
a la orden del día la revoluciónr. Da la impresión de que este último térmi-
no lo toman en su tradicional significación venezolana de sustitución de un
gobierno por la fuerza de las armas. Pero ni el propio análisis del nPlanr, ni
del contexto político en que se mueven sus autores, del momento y de las
perspectivas inmediatas, nos hablan de que sus redactores estuviesen prepa-
rando algún movimiento de ese tipo.
El manifiesto consta de dos partes: la primera, el análisis materialista
histórico; la segunda el programa de gobierno. En la primera parte se emplea
un lenguaje marxista. No se tiene temor de hablar una jerga que hoy nos
es harto familiar.
tt2

Se alude a las n...condiciones objetivas que para poner a la orden del día
la insurrección exigen los [sic] de la más rigurosa dialéctica materialistao.
El análisis general tiene ese tono, pero cuando se llega a la parte con-
creta, al programa de gobierno, hay un vuelco: se trata de un programa
bastante moderado. Es cierto que los autores del nPlan, advierten que ese
es un programa mínimo. Pero por ninguna parte, ni entonces ni después,
apareció el programa m¿íximo.
¿Cómo explicar esta diferencia? Porque no se trata sólo de una diferen-
cia de concepción, sino también de estilo. Este es el programa que va a ser
agitado ante las (grandes masas). Pero, ¿y el resto del plan, con su lenguaje
peculiar y sus análisis marxistas, no lo iba a conocer el pueblo? ¿Y no podría
darse cuenta de la diferencia? Aqul hay una explicación posible: la idea de la
existencia de dos políticas, una para la élite y otra para la masa.
Al mismo tiempo que aquellos jóvenes escriben en Barranquilla su uPlano,
otros, junto con compañeros más jóvenes, intentan distribuir en Caracas el
primer manifiesto de la Sección Venezolana de la Internacional Comunista.
Fue, como aquel uPlanu, redactado en Colombia por el secretario
general del Partido Comunista (PC) colombiano en colaboración con algu-
nos emigrados venezolanos. Fue traído a Venezuela por Joseph Kornfeder,
un delegado de la Internacional que más tarde reveló ser él mismo un agen-
te doble del FBI. Los jóvenes que se reunieron para discutir y distribuir el
manifiesto, fueron detenidos por la policía, mientras que Kornfeder fue
rescatado por su Embajada y expulsado del país.
Pese al apoyo de la Internacional, este manifiesto fue mucho menos sig-
nificativo, que su coetáneo Plan de Barranquilla. Su redacción estaba marcada
por el sectarismo del llamado (tercer períodoo de la Internacional Comunista.
Por tal, hablaba un lenguaje estereotipado más incomprensible aún que el
de los nbarranquillerosn y en el largo plazo, sus frutos fueron mucho menos
exitosos: el PC nunca llegó a ser un partido de masas.
En verdad, ambos documentos parecían estar destinados a lo que Marx
llamó algunavez nla crítica demoledora de los ratonesr.
El Plan de Barranquilla no hubiese pasado de ser un divertimento
intelectual de un ínfimo puñado de exiliados dispersos y aislados de su pals
de origen si luego de la muerte de Gómez, y con la intención de desacredi-
tar a los grupos de jóvenes que le hacían oposición, el nuevo gobierno no
lo hubiese hecho publicar para demostrar el ncomunismoo esencial de sus
I\¡ANUEL CABALLERO rr3

nuevos adversarios. En cuanto al manifiesto del PC sólo vino a ser conocido


en 1960, en una colección oficial de documentos históricos.
El documento fue firmado el 12 de marzo de l93I en Barranquilla.
Cinco de sus doce firmantes serán, diez años más tarde, fundadores y altos
dirigentes de Acción Democrática: Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Val-
more Rodríguez, Ricardo Montilla y César Camejo.
Al revés del programa de Santomas, que en 1859 señaló el arranque
de la Guerra Federal, cuyo original no se conoce pero sí suficientemente sus
efectos, el Plan de Barranquilla, se conoce en detalle pero no le siguió nin-
guna invasión, ninguna guerra, ninguna intentona garibaldina.
El manifiesto consta de dos partesr el análisis histórico a que ya se ha
aludido; y el programa de gobierno. Para quien lo lea desprevenidamente,
la impresión que da es de dos textos yuxtapuestos, pero no el uno como la
continuación del otro.
Los autores del uPlano dicen que u...el contenido mismo de nuestros
postulados de acción es apenas reformistar, pero no se explica en relación
con cuál proyecto revolucionario.
Se comprometen (...a ingresar como militantes activos en el partido
político que se organizará dentro del país sobre sus basesr, pero a un par-
tido político revolucionario no se dota apenas de un plan mínimo sin que
aparezcan,las bases del plan máximo.
Así, cuando desde el primer momento los marxistas ortodoxos acusen
al uPlano de nreformista, (calificación peyorativa aceptada como una cura en
salud por sus autores), la acusación es mucho más cierta de lo que quienes
lalanzantalvez sospechen. Estos últimos se refieren a la moderación del
programa. Pero siempre se es el uderechista, de alguien. Lo que es la típica
actitud reformista es esa forma de reconocer la existencia de los profundos
problemas económicos y sociales, para luego proponer un programa que,
salta a la vista d apenas compararlo con el análisis hecho, es muy tímido, si
no inadecuado. Es deci¡ que lo que distingue al reformista del revoluciona-
rio no es siempre la diferencia en el análisis inicial, sino la audacia o timidez
de las soluciones propuestas.
¿Cómo explicar esta diferencia entre ambas partes? Porque no se trata
sólo de una diferencia de concepción, sino también de estilo. Es lógico que
sea así, pues éste es el programa que va a ser agitado ante las ugrandes masas)).
Pero, ¿y el resto del plan, con su lenguaje peculiar y sus análisis marxistas,
no lo iba a conocer el pueblo?
rr4 HISTONN DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

Aquí tropezamos con algo que luego se va a constituir casi en un leit'


motiu de la correspondencia de Betancourt y sus futuros compañeros de
Acción Democrática en ese período y, por supuesto, en el caballo de batalla
de sus enemigos años más tarde. Es la idea de la existencia de dos políticas,
de dos líneas de pensamiento y de acción: una para la élite ilustrada, otra
para Ia masa. Pasando revista a aquel puñado de intelectuales sin organiza-
ción de parddo y sin prestigio en su país, donde la clase obrera permanecía
en estado casi fetal, donde no existía ninguna tradición de propaganda, ni de
organización obrera socialista, lo que asombra es su confianza en que llegarán
a gobernar el país, jaquetonería que la historia no ha desmentido.
En ese doble lenguaje estaría el origen de la dicotomía del nPlanr.
Porque la síntesis histórica que precede al propio programa está escrito en
un lenguaje que tiene de todo menos de este tono (...popula¡ arengativo,
vehemente...) que Betancourt reclamaba con insistencia en otra parte. Hay
términos y formulaciones que hoy se han transformado en lugares comunes
y que sin embargo, no han dejado de tener su relente de jerga pedantesca.
¿Cómo no iba a serlo, en el 1931 venezolano, el empleo de expresiones como
<superestructura política,r; de frases como la u...evolución económica fde la clase
mantuana criolla después de la independencia] y política no había cerrado el
ciclo que determina la madurez de una clase para monopolizar el poderr; de
caracterizaciones como u...el antiguo capitalismo exportador de mercanclas
como el de la etapa imperialista, expcrtador de capitales...r, etc.? Estamos en
ese momento a catorce años de la Revolución de Octubre rusa, pero para los
venezolanos no ha tenido lugar y no han oído nombrar casi nunca a Lenin,
a Tfotsky o a Stalin y menos aún están habituados a ese lenguaje.
Por último, hay una notoria debilidad del uPlano, que salta de inme-
diato a la vista. Para hombres que se dicen marxistas, su elemento esencial,
como es la ligazón de la teoría con la práctica, no aparece por ninguna parte.
Hay la formulación de un programa de gobierno, nmínimo, o no. Hay como
hemos dicho, las alusiones repetidas a una revolución futura y la promesa
de fundar un partido político en el interior del país, una vez que esa revolu-
ción triunfante haya permitido el regreso. Pero no hay ninguna indicación
de qué cosa se habrá de hacer en lo inmediato o incluso a un plazo mediano
o largo, para apresurar esos acontecimientos políticos. No se trata de man-
tener algún secreto conspirativo, pues siempre se pueden dar, sin violarlo,
las grandes líneas de una acción política y organizativa. Pero aquí no hay la
menor alusión a eso. Da la impresión de que ese programa de gobierno se
MANUEL CABALLEHO
il5

estuviese proponiendo a otros, o de que el gobierno que lo aplicase caería


del cielo, por obra y gracia del Espíritu Santo.
Sobre los autores del nPlano, como sobre todos los ióvenes revolucio-
narios del continente, planea lo que se ha convertido también en el tema
fundamental del siglo )oc la revolución bolchevique. En la menre de algu-
nos de los más lúcidos emigrados del28 comienza a germinar la idea de que
es necesaria una cosa diferente de las viejas monroneras, un partido político
moderno. Y todos, tanto en el interior como en el exilio, parecen no tener
en mente, si no en único, al menos en primer lugar el parrido comunisra
¿Por qué? Porque, cuando se producen aquellos acontecimienros que en
1928 terminarán aventando al exilio ala mayoría de sus aurores, hace ape,
nas cuatro meses que Ia Revolución Rusa acaba de cumplir diez años. Toda-
vía conserva sus mayúsculas, todavla tiene el prestigio virginal de octubre,
y mucho más ante aquellos muchachos que apenas sabrán de su existencia
cuando comiencen a transitar los caminos del destierro. Las <nuevas teorías
socialesr, les llegan a rravés de la incesante propaganda de la Internacional
Comunista y del ejemplo tan exaltado de la Revolución Rusa.
En síntesis, escribió más tarde Betancourt, use operó en la mayoría de
los estudiantes exiliados ese fenómeno común a las juventudes americanas
de los años treinta) que con fervor de neófitos sorbían cuanto escribieron
los clásicos del socialismo, llegando a soñar con una revolución a la bolche-
vique, (con nuestro zar deMaracay fusilado al amanecerr; llegando incluso
a pensar (por un momenro) que en Rusia nse estaba forjando un tipo de
organización social de vigencia ecuménica>. A decir verdad, ese (momenroD
duró por lo menos un lustro. Porque, cualesquiera que sean las divergencias
en materia de táctica; por mucho que Betancourt dé la vuelta, en su crítica al
comunismo, desde un reformismo apristoide hasta el trotskismo; con todo
eso, los miembros del grupoARDI, los del Plan de Barranquillaen 1931,
no dejarán de moverse dentro de la órbita del pensamiento soviético, sea
gubernativo u oposicional, sea trotskista o estalinista. Eso es lo que trasluce
de una copiosa correspondencia que enue los años 1931 y 1935 se cruzan
desde diversos puntos de su exilio los firmantes del Plan de Barranquilla.
Ni siquiera un hombre tan moderado como Mariano Picón Salas,
expresa un desacuerdo de principio con el comunismo -aunque sus lecturas
iniciales lo llevan al reformismo socialdemócrata. Sólo considera que nsería
una tontería predicarles a gente tan arraigada al suelo y de imaginación ran
concreta la abstracción comunisra, esa especie de rílgebra espiritual que ellos
no pueden entenderr.
116 1IISTORIA DE LOS VEilEZOLATOS EN EL SIGLO XX

Betancourt, por su parte, critica al Partido comunista de venezuela


(PCV) desde adentro, reprochándole lo contrario exacto de cuanto a él se le
reprocha: presentar el programa máximo sin acompañarlo, para la pelea polí-
tica inmediata, con un programa mínimo, y el programa máximo socialista.
No ha¡ en la más polémica de aquellas líneas, el menor asomo de duda de
que el (programa máximo, socialista sea el correcro, y que lo sea tal y como
lL plantean los comunistas. Se trata de pelearse sólo en el terreno de la táctica
y envolver a la socialdemocracia en un común aborrecimiento.
Pero en verdad, las dos críticas centrales que hace al partido comunis-
ta se refieren a la falta de preocupación por las cuesdones de Ia democracia
y del nacionalismo.
Es decir, más que críricas rrorskisras, críticas democrático-burguesas,
para emplear el lenguaje que ellos mismos acepran entonces. El mismo
Betancourt llega a declararse en un momento (1935) nsimpatizante activo
del comunismo>), I lo más que llega a alejársele es cuando propone ude estas
dos soluciones, una: o bien constituimos, dentro del PCV una ala oposicio-
nista, o bien constituimos nosotros, al margen de la III, un Partido revolu-
cionario nómbrese o no comunista...r.

UN MAQUIAVELISMO INGENUO

En los textos de estos jóvenes está presente el reiterado argumento maquia-


velista: el nPlano se puede nechar por la bordar, los revolucionarios conscientes
dan el vuelco al partido amorfo. Pero, hasta ese momento, ninguna se conci-
be fuera del comunismo. Y ya hacia 1935, eI mismo Betancourt Parece estar
abandonando sus últimos escrúpulos para sentirse nmiembro tácito> del PC.
No es ocioso insistir en que las críticas del grupo ARDI al PC' y en
especial las que le hace Rómulo Betancourt, son las mismas que, en otras
partes, hacían al comunismo los nacionalistas nburgueses).
Y con el aditivo maquiavélico: <.A todos nos une una misma convicción:
la de que la táctica radical de la III, sobre todo en materia antiimperialista,
es peligrosa en extremo, porque no compensa la alarma que produce con
los resultados positivos que de ella se deriva para la definitiva emancipación
de los trabajadoresu.
La cautela de Betancourt no se debe pues sólo al temor de que las
masas no entiendan su mensaje, sino también a que el enemigo lo entienda
anres que nadie. Esa cautela será también, en la práctica, el primer argumento
MANUEL CABALLEFO
r17

que empleen los moderados, antes de encontrar cualquier otro, cuando se


les plantee un programay vnaactividad revolucionarios, por mínima que
sea ésta y upobrísimo) que sea aquel a los ojos comunisras, que se supone
los más radicales.
Así como siempre se es el nderechista, de alguien, la recíproca también
es verdadera. Para algunos, como Mariano Picón Salas y Gonzalo Carnevali,
incluso el ARDI de Barranquilla se va demasiado hacia la izquierda.
Y por esos mismos días, Betancourt estará llamando la atención sobre
el peligro que entrañaría ingresar al país a hacer una propaganda comunis-
ta. Considera entonces que dada la exigüidad del proletariado industrial
en Venezuela, es de pensarse que ese partido clasista pedido por quienes él
mismo llama nlos radicalesr, no contaría sino con unos pocos centenares
de militantes n...incapaces de impedir por su debilidad numérica y clasista,
que la reacción destruya al partido y destierre o encarcele a sus dirigentes
y salgan éstos de nuevo a pendejear por las avenidas del exilio, escribiendo
artículos hipotéticos sobre un hipotético partido comunista venezolanoo.
Aquí va a centrarse una de las grandes cuestiones entre los exiliados. En el
fondo, lo que se discute es la necesidad histórica de la fundación de un par-
tido comunista, bajo la cubierta de su oportunidad.
Tanto Betancourt como sus compañeros de ARDI se consideran
entonces, y se proclaman sotto t)oce, comunistas. Pero de la misma manera,
consideran innecesario fundar una organización dentro de los moldes que
establece la Tercera Internacional.
Proponen en cambio otra que pueda ndesarrollar una campañ a>> capaz
de apasionar no sólo al proletariado stricto sensu, sino también a las capas
medias de la población, una campaña articulada sobre una plataforma rea-
lista, que contemple las aspiraciones de todos los sectores de la población.
A comienzos de los años treinta, pu€S, Betancourt está proponien-
do una organización abierta cuando los comunistas, en pleno proceso de
nbolchevización, de los partidos fuera de Rusia, proponen una organiza-
ción cerrada. Sugiere una política amplia en el momento mism<¡ en que
los comunistas, en pleno ntercer períodor, en pleno proceso de la lucha de
nclase contra claseo, proponen una política sectaria. Ambos están, cierto es,
teorizando sobre abstracciones, pues no pueden dar muchos ejemplos de la
verdad de sus planteamientos al contacto con las masas venezolanas.
Durante el lapso 1937-1935, alavez que dirige desde la sombra el
pequeño partido comunista de Costa Rica, Betancourt procura mantener
118 HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO N

cohesionado, homogéneo y claro en sus acciones políticas a su pequeño


grupo de fieles.
Eso va desde el nombre mismo de la organización, hasta sus diferen-
cias con los leninistas, pasando por su aborrecimiento de los nsindicatos de
macheteros,,. ¿Por qué los uardistaso prefieren llamarse nagrupaciónD en vez
de partido? Como lo muestra su corresPondencia, eso no es nada caprichoso
ni iasual: están bastante conscientes -sobre todo su iefe reconocido- de lo
que la realidad misma les impone: de su condición de élite pequeña y ais-
lada. No se hacen ilusiones sobe su influencia en las masas de un país que
confiesan conocer mal, del cual conservan un recuerdo que va borrando
poco a poco el tiempo pasado en el exilio (ya son cuarro años, que enron-
t., ,on muchos para un venezolano) y el cambio de mentalidad operado
en ellos desde 1928.
Por lo tanto, piensan que su labor más importante en el momento es
la de integrar y concentrar esa élite, limar las aspefezas' presentar un frente
unido. EI27 de enero de 1932, desde Las Juntas de Abangares (costa Rica),
Betancourt la define así:

Nuestro grupo será hoy de trabajo, de organización, de estudio y también


de combate. Ya mañana, dentro de Venezuela, reunidos con los muchachos
del castillo, con los ultrarradicales, con rodos en fin, cuanros profesen los
disrintos matices de izquierda, buscaremos un acuerdo. Si esto no es posi-
ble, aceptemos sin titubeos la responsabilidad de la decisión.

Lo interesante de estas líneas no es que ellas contengan un Plan de acción


para el fi¡turo, sino que éste se haya cumplido, casi letra por letra, en el año
1936. Es tentador en tales condiciones Pensar que Betancourt lo tenía todo
previsto y planificado, si no fuese porque nunca esas cosas lo son si no es por
mera casualidad. Si la política es una de las formas de la guerra, no es ocioso
entonces recordar aquí aquella idea del muy reaccionario Joseph de Maistre
para quien en la batalla lo que triunfa al final no es el orden sino el caos.
De todas formas, si comparamos esos textos con los editoriales de
Libertad, el periódico del Partido Revolucionario Venezolano (PRV) año-
rando en su primera página el regreso a Venezuela npara luchar allí contra
futuros gobiernos de opresión), uno se da cuenta de que ni la impaciencia
iuvenil ni el inmediadsmo revolucionario son imputables a una generación de
I\,4ANUEL CABALLERO il9

hombres que, por primera vez en muchísimos años, osan pensar en términos
de lustros y décadas antes que de días y semanas. Y esa ularga paciencia, es
tanto más meritoria cuanto que hay que medirla en términos venezolanos, o
sea de hombres cuya esperanza de vida no era muy larga por aquel enronces.
Desde el mismo año de l92B corrían esperanzados rumores sobre la salud de
Juan Vicente Gómez: nadie parecía pensar que el viejo tirano fuese a alargar
su vida offos siete años. Organización, estudio, homogeneidad, pero también
(grupo de combate, ¿Qué formas va a tomar ese ucombater?
Betancourt intuye que un dirigente político no puede quedarse en
las teorizaciones puertas adentro, en la prédicapara iniciados, sino que tie-
ne que nhacerse la manor. Y eso sólo se logra con el trabajo diario en una
organización de masas. Es por eso que a falta de mejor escogerá ese partido
donde se agrupan gentes hacia las cuales ha mostrado siempre reticencia: el
partido de los comunistas de Costa Rica.
Pero por supuesto, junto a aquella de la cohesión de su grupo, la pre-
ocupación fundamental de Betancourt es la de ir creando también, en el
interior de la Venezuela gomecista, las bases para la formación del partido.
Preocupación más angustiosa cuanto que sus rivales comunistas daban
la impresión de haber obtenido algunos pequeños éxitos, sea en la forma-
ción de organizaciones clandestinas en el interior, sea en la publicación de
algunos periódicos. Como es normal entre desterrados, existe deferencia
y admiración por quienes (en el vientre del monstruo) están arriesgando
libertad y vida. Eso se deja ver en algunas cartas que le envían Luis Villal-
ba Villalba y al parecer hasta el mismo Joaquín Gabaldón Márquez, quien
acaba de salir de la Thes Torres de Barquisimeto y anda cuidándose de la
vigilancia policial.
Thmbién, en carta a Valmore Rodríguez, Betancourt dice haber traba-
jado mucho por conectarse con Venezuela. En lo que va constituirse en una
de las obsesiones de su vida, esos esfuerzos están encaminados a n...neutralizar
la campaña zurdista de las vestaleso.
Por último, hay que decir algunas cosas en relación con algo que si
bien nunca expresado en esos términos está presente en toda la correspon-
dencia de este y los años posteriores: la formación de un liderazgo.
Lo que será, andando el tiempo, todo un estilo político -el famoso
usectarismo adeco> tan satanizado por sus enemigos- ya comienza mostrarlo
Betancourt en esos años.
tm HISTORIA DE LOS VENEZOIANOS EN EL SIGLO N

Hacia 1935, sin embargo, se ha producido un cierto cambio en la


actitud ideológica y política hacia el PCV cambio que llega hasta el mismo
Betancourt, quien parece resignarse a tomar la vía que sus compañeros están
dispuestos a seguir.
¿La gran razón para ese cambio? Primero que nada, Betancourt es lo
que podría llamarse un hombre-organización, o sea alguien que no puede
concebirse a sí mismo fuera del contacto con una agrupación, con un equi-
po de hombres que él dirija. Pues bien Betancourt presume que el PCV la
tiene en Venezuela, como por lo demás sus compañeros en Colombia no
cesan de proclamarlo. En todo caso, sabe que en cuanto le concierne, él no
ha podido formar esa organización en el interior.
Hará entonces lo mismo que con el PC costarricense: a falta de mejor,
afaka de cualquier otro, escogerá al PCV. Lo que él más teme es quedarse
solo al margen del grupo de hombres cuyos lazos personales y políticos ha
tratado de estrechar desde Barranquilla, o desde antes.
En la formación a su alrededor, del liderazgo que diez años más tarde
formará Acción Democrática, se pueden señalar tres aspectos. El primero
es el espíritu grupal cerrado, al ejemplo de sus detestados rivales (terceris-
taso. Los nardistaso pretenden ser amplios en la presentación de un progra-
ma que pueda calar en las masas, pero en lo que concierne al jefe de ARDI,
esa amplitud debe combinarse con lazos en el interior secretos, irrompibles,
francmasónicos. Es decir que la fraternidad del exilio entre revolucionarios
nde nuevo cuño> no vaya a llegar hasta la (puerta abiertao frente a los detes-
tados comunistas. Porque Betancourt ha creado o contribuido a crear un
grupo que surge como una alternativa, dentro de la izquierda, frente a ellos.
Y entiende que esa diferencia sea muy nítida.
UNA LARGA TRANSICIÓN

El 17 de diciembre de 1935, a las once y cuarenticinco de la noche, muere


en su cama de Maracay el cuasi ochentón Benemérito general Juan Vicen-
te Gómez, Presidente Constitucional de los Estados Unidos de Venezuela
y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Su sucesor designado es el
general Eleazar López Contreras, Ministro de Guerra y Marina, su hijo
adoptivo y su mano derecha en asuntos militares.
Asumirá el cargo de Presidente provisional, para completar el man-
dato de Gómez, el cual se terminab a eI 79 de abril de 1936. Gómez murió
de viejo, pero, como suele suceder en las tiranías personalistas, él no creía
en semejante posibilidad, ni entonces ni nunca. Como solía decir, le gusta-
ba dejar todo uatado y bien atadoo, pero esta vez dejó sueltos los cabos de
su sucesión. Alguien se ocuparía de atarlos por él: su heredero, el Jefe del
Ej ército, general Eleazar López Contreras.
Con todas las armas en la mano del nuevo Presidente, Venezuela espera-
ba una transición pacífica sin mucho movimiento en las filas del gomecismo.
Pero eso nunca sucede así, y menos a la muerte de un déspota. Con su cadáver
aún caliente, se comenzó a movilizar el clan familiar, en particular quienes
querían conservar intacto el régimen, acentuando si se quiere la represión
para evitar que el pueblo se desmandase. Entre esos se encuentra su primo
Eustoquio, famoso por su primitiva crueldad al castigar a sus opositores.
Pese a venir de la misma nízy de haberse alimentado con parejas
savias, el general EleazarLópez Contreras se distingue desde muy temprano
por su profesionalismo (aunque surge, como sus coetáneos militares, de los
campamentos y no de las academias) y por su honestidad, rara auis entre la
cleptocracia gomecista. Es, eso sí, un agradecido discípulo del Benemérito:
no sólo lo entierra con todas las glorias y homenajes de rigor, sino algo más
importante: imitando en eso la acción de Gómez en 1908, ordena abrir las
cárceles y las fronteras. Esto le va a ganar aLópez una gran popularidad. Pero
HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS E¡¡ EL SIGLO XX

por supuesto, disgusta a los gomecistas npuros y durosr. Por tal, el nuevo
Jefe del Estado se vio constreñido a tomar medidas muy rápidas y serias para
yugular en el seno del ejército la conspiración de esos oultrasr.
Una bala de origen todavía desconocido le libra de un dolor de cabe-
za: Eustoquio Gómez, su cabeza visible, es asesinado en una oficina de la
Gobernación de Caracas. Así, durante un buen tiempo, el nuevo Presiden-
te no parece avistar peligros de ese lado: el gomecismo miís recalcitrante ha
muerto con su padre. Pero Venezuela deberá esperar aún varias semanas para
poder anunciar la muerte de la dictadura, y no sólo del dictador.
Porque aquella conjura palaciega no era el único problema del nuevo
Presidente. Apenas se supo la muerte del tirano, se comenzaron a saquear
las casas de sus acólitos más notorios. La anarquíaparecía así a punto de
desatarse, como para dar argumentos a quienes se resistían a afojar el corsé
dictatorial, porque de hacerlo, se decía, era inevitable el regreso al viejo país
de las guerras civiles.
Al mismo tiempo, seguían retornando los exiliados. Los viejos capitos-
tes del antigomecismo liberal y conservador no representaban mayor peligro.
Nadie los entendía: ni siquiera se les oía.
En cambio, el segmento más joven de la emigración mostraba la exis-
tencia de un nuevo país y de una nueva manera de hacer política.
Entre los emigrados hay algunos jóvenes, en su mayoría nveintio-
cherosr, contaminados ahora con las nuevas teorías sociales, el comunis-
mo y el socialismo. Vienen con un vocabulario nuevo y atractivo: prole-
tariado, sindicato, antiimperialismo; sobre todo con el más aborrecido de
los vocablos: partido. Espontáneas reuniones populares han convertido el
centro de la ciudad ,la plaza Bolívar, en un ágora vecina de la Universidad
Central. Thmbién la prensa comienza a estrenar una libertad otorgada, si
no garantizada a plenitud.
Los dos pilares sobre los cuales se asienta la frágrly recién nacida demo-
cracia son la universidad y La prensa. Los estudiantes no son una amenaza
demasiado temible: para el gobierno es más sencillo controlarlos, pues no
son demasiado numerosos y se les puede contener en sus aulas. Pero la prensa
es otra cosa. Sus palabras llegan más lejos; y tanto más si se las combina con
el recién nacido periodismo radial. Temiendo un estallido, López suspende
las garantías constitucionales y establece la censura de prensa. La naciente
opinión pública interpreta eso como el comienzo de un retroceso: se decide
entonces convocar a una huelga de prensa y a una manifestación.
MANUEL CABALLEFO r23

EL 14 DE FEBRERO

El desfile tendrá lugar el 14 de febrero a las dos de las tarde, y desde la


mañana, comienza a formarse enlaplazaBolívar. Pero la policía gomecista está
demasiado nerviosa, no acostumbrada a ese tipo de acciones, y dispara contra
los manifestantes inermes. Entonces se produce la mayor sorpresa experimen-
tada por el pueblo caraqueño acaso en toda la vida de su ciudad: la manifes-
tación no se suspende, sino todo lo contrario. Sin miedo a una repetición de
lo sucedido en la mañana, miles de ciudadanos se incorporan a ella.
Caracas es una aldea de unos doscientos mil habitantes, un villorrio
de calles estrechas. Poco importa: la impresión dada por los manifestantes
es la de toda la Caracas adulta echada a la calle, encabezada por el rector de
la UCV nel sabio fusquezo, por Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt, los
dos líderes de 1928. Pero lo más importante allí no son los dirigentes, sino
el pueblo que engrosa el desfile, pues ésta no es una forma de participación
a la cual esté acostumbrado. Esta vez se están enarbolando consignas abs-
tractas y novísimas, las consignas de la democracia. No se está denostando
de un caudillo ni aupando un rival suyo.
Tampoco es una manifestación contra (y mucho menos por) un gobier-
no: la calle busca, y logra, imponerle su rumbo, su tono. El desfiie avanza,
lento y pacífico hasta Mirafores. Al llegar allí, otra sorpresa: en lugar de
reprimirla, el Presidente de la República acepta recibir una delegación que
le informe de sus aspiraciones. Jóvito Villaba, designado para presentarlo,
enuncia el pliego de las reivindicaciones de la masa que hormiguea allá afue-
ra: restablecimiento de las garantías constitucionales, castigo de los respon-
sables de la masacre de esa mañana, respeto a la libertad de asociación, luz
verde para la creación de partidos y sindicatos. El general López Contreras
promete estudiarlo.
Los delegados salen a la calle y cuando la manifestación se disuelve,
cada quien lleva a casa la noticia de un triunfo: el gobierno debe cede¡ y
en efecto lo hará. El 14 de febrero se convierte así en una fecha histórica,
Ia primera de su significación en el siglo veinte. Se ha discutido mucho si
las medidas anunciadas por el generalL6pez Contreras en su discurso poco
días después, fueron producto de la manifestación o si en cambio, habían
sido ya escritas y discutidas por el gabinete. Todo eso es irrelevante, fren-
te a un hecho perceptible en el momento: los manifestantes sintieron ese
triunfo como suyo.
124

Eso les dio un sentimiento de fuerza determinante de mucho de lo


actuado en el resto del siglo veinte, porque, por primera vez en la historia
de Venezuela, un gobierno daba la impresión de haber cedido a la presión
popular. Con su sola presencia, sin armas y a pie. En tales condiciones, el
ingreso de Venezuela a la modernidad política, y a la democracia, no iba
a ser producto de un hecho banal como la muerte de un déspota anciano
diabético y canceroso; ni tampoco como la genial inspiración de un despo-
tismo ilustrado.
El pueblo lo sentiría desde entonces como una conquista suya, como
un triunfo propio. Envalentonada, la oposición decide repetir la hazaña del
pueblo caraqueño el 14 de febrero, y Ianza en junio de 1936, una huelga
general; la respuesta fue muy grande, y sus dirigentes creyeron haber logra-
do, de forma organizada y premeditada, lo que la eclosión espontánea de
las masas populares había conquistado en aquella primera fecha. La huelga
de junio había sido prefijada para durar veinticuatro horas.

UNA DERROTA ANUNCIADA

Pero, como lo dijo Rómulo Betancourt, en un análisis publicado veinte


años después, quienes Ia organizaron se dejaron impresionar (por la marea
ascendente de la calleo y la quisieron convertir en una huelga indefinida,
lo cual la llevó a su derrota por consunción. A partir de entonces, para el
gobierno fue más fácil golpear a una oposición democrática cuyo férreo con-
trol sobre las masas populares había dado ahora la impresión de no ser una
realidad sino un alarde infantil. Es así como nada le cuesta a la gobernación
de Caracas negar la legalización del Partido Democrático Nacional (PDN),
el cual reunía en una sola organización a todos los partidos democráticos
hasta entonces dispersos. Thmbién le será más fiícil manejar el mayor con-
ficto social del siglo: la huelga petrolera de diciembre de ese año. En 1936,
el año político, comenzado con la jornada histórica del 14 de febrero, se
concluye, luego de la doble derrota del recién nacido movimiento popu-
lar en junio y en diciembre, con el exilio forzado de sus jefes en marzo de
1937. El liberalismo gobernante ha ganado asl su primera batalla contra la
democracia. Pero ni el uno ni la otra serán iguales en adelante; lo actuado
el 14 de febrero tiene consecuencias mucho más profundas: ese día nació la
democracia venezolana.
IVANUEL CABALLERO r25

La derrota de la huelga de junio anuncia una acción previsible del


gobierno: después de decretar el regreso compulsivo al trabajo de unos obre-
ros petroleros en huelga desde diciembre, disolvió las organizaciones demo-
cráticas y expulsó del país sus dirigentes, acusados de ncomunistasr.
Rómulo Betancourt evade la persecución policial y se dedica a organi-
zar el partido único de las izquierdas. Debe plantearse tres cuestiones: una,
el partido mismo, su decisión de constituirlo; dos, su definición teórica, de
clase para ser más precisos; tres, el liderazgo de la organización.
Todo lo cual había sido preconizado por él desde comienzos de los
años treinta. En su correspondencia de aquellos años, había adelantado la
posibilidad de formar ese partido único de las izquierdas donde él y su gru-
po jugarían un papel de primera importancia.
En una carta escrita entonces en Costa Rica, preveía su constitución,
como posible alternativa a la formación de un organismo propio, si bien
infuido por el leninismo, independiente de la Tercera Internacional. Lo de
ahora no será una alianza como los Frentes Populares de Francia y España,
sino un paftido único. No se trata de aliar al PRP con ORVE, la FEY sino
de fusionarlos en una sola organización.
Tal como lo había previsto Betancourt desde 1931; aunque ahora no
surja por iniciativa suya, sino del Bloque Nacional Democrático del estado
Zulia, considerado por los comunistas de aquella región nun partido filial,
del PRP, agrupación controlada por los comunistas caraqueños.
¿Partido de clase, o partido de clases? Sobre esto viene batallando
Betancourt desde los años treinta, con avances y retrocesos. Esta vez, el joven
líder triunfa en toda la línea. Sus compañeros aprecian mucho su sólida for-
mación teórica, al punto de dejarle dirimir las cuestiones doctrinales, aún
cuando sea usólou secretario de organización del nonato PDN.
En un discurso pronunciado el 6 de septiembre de 1936, se encarga
de precisar la esencia del partido único, su composición de clase. Repite allí
lo propuesto en 1932 en su folleto Con quién estamos )/ contra quién estamos.
Hasta los comunistas -al menos los de Caracas- aceptan pasar por la inte-
gración en un solo partido, y la definición del mismo como policlasista.
Uno de los gestos más populares de López en su gobierno fue el de
dejar reducir el período constitucional de su mando de siete a cinco años,
prohibiéndosele además la reelección inmediata. Con eso, López no hacía
sino copiar al pie de la letra una pareja decisión de Gómez en 1908. Pero
con una diferencia sustancial: esta vez, el Presidente cumplió su palabra.
t26 HtsToRtA oE LOS VEITEZOLAI{OS EN EL S|OLO XX

Por lo tanto, desde 1 940 buscaba un candidato para sucederle, y pensó


en un diplomático de carrera, Diógenes Escalante. Pero sus viejos camara-
das gomecistas se opusieron. fuí se impuso la candidatura del Ministro de
Guerra y Marina, coronel Isalas Medina Angarita. Con él llegaría a Palacio
en Venezuela el primer militar de escuela. Su elección estaba asegurada, pues
no se trataba de un sufragio directo, sino que era votada por un Congreso
al cual tampoco se elegía en forma directa, y estaba controlado casi todo
por el Ejecutivo.
Esta vez, lo nuevo fue la presencia como candidato opositor del presti-
gioso novelista Rómulo Gallegos. Aunque estaba seguro de perder, esta candi-
datura nsimbólicao permitió a las organizaciones democráticas salir a la calle.
Y de todas formas, se iba a cumplir el principio alternativo consagra-
do en todas las constituciones del país.
El año l94l va a ser de primera significación tanto en lo institucio-
nal con el cambio de presidente, como en el político fuera del ámbito del
gobierno. En orden cronológico estricto, tres son Ios acontecimientos más
importante para marcar con un sello característico ese año, como el resto
del quinquenio.
El primero, por supuesto es la elección misma de Isaías Medina Anga-
rita en la Presidencia. Por sobre el hecho mismo de su elección, la sorpresa
la dio quien como é1, sin embargo sospechoso de simpatías fascistas, puso
a Venezuela, junto con México, al frente de los gobiernos antifascistas de
América Latina.
Medina Angarita comienza así una polltica de apertura cuya amplitud
supera la iniciada porLópez Contreras 1936. Más aún: a partir de la entrada
de Estados Unidos en la guerra se había vuelto cadavez más audaz, llegando
sus partidarios, a mitad de su período, a aliarse con el todavía inconstitu-
cional partido comunista.
Por supuesto, en esto influyó mucho la agresión a Pearl Harbour en
diciembre de 1947 y la consiguiente declaración de guerra de los Estados
Unidos a Japón y de Hitler a los norteamericanos. Pero el acto más espec-
tacular en política interna tiene lugar antes de todo eso: la legalización de
los partidos de izquierda: Acción Democrática en septiembre y la Unión
Popular de los comunistas en octubre.
Después del ataque de Pearl Harbor no se puede decir que los Esta-
dos Unidos entran en la guerra, sino lo contrario: la guerra llega a Amé-
rica, y también a Venezuela. En poco tiempo, el país se convertirá en el
IVANUEL CABALLERO

tercer productor de petróleo del mundo, y en su primer exportador. Ante


esa situación, aunque se quisiera seguir considerando la industria petrolera
como (un enclave extranjero) ya no era posible hacerlo. Si el petróleo era
tan importante para la economía de guerra, resultaba absurdo no serlo para
el país de donde se extraía, para el pueblo cuyos brazos lo ayudaban a sacar
de la tierra. Esa contradicción podía estallar en cualquier momento con
fuerza insospechada. De eso se habría dado cuenta hasta el más obtuso de
los gobernantes, e Isaías Medina Angarita no lo era.

LA NUEVA POLíTICA PETROLERA

A finales de 1942, a su regreso de un viaje al estado Zulia, anuncia su


disposición de iniciar una nueva forma de relación con las compañías. Una
nueva política petrolera, para hacer gozar a Venezuela de una parte de los
beneficios de esa industria. Los venezolanos estaban tomando conciencia,
como sabían las compañías explotadoras y los gobiernos de los países en
guerra, de un hecho evidente: en todo el mundo, gran parte las máquinas
sembradoras de muerte se movían con petróleo venezolano.
Es a partir de entonces cuando se puede hablar de nla Venezuela petrole-
ra); y no a partir de 1926 como uno estaría tentado de hacerlo por ser en este
último año cuando se cambia la umono-exportaciónr, del cafe al petróleo.
Pero como los efectos de esa nueva situación no se comenzarán a sentir
con toda su fuer¿a sino a partir de 1945,la propaganda de los triunfadores en
el golpe del 18 de octubre atribuyo a este último suceso, y a la acción de su
gobierno en el trienio 1945-1948, esos cambios en la sociedad venezolana.
En verdad, ellos ya habían comenzado a hacerse sentir y si se aceleran
en 1945 no se debe sólo a la acción del gobierno octubrista, sino al fin de
la guerra mundial. El petróleo ya no servirá para mover una economía de
guerra, sino una industria de paz. Pero además, esto será algo de primerísima
importancia en la aparición de nuevas actitudes y de una nueva mentalidad en
el venezolano. Si hasta entonces, en los cuatro años transcurridos desde Pearl
Harbor, los venezolanos habían podido ver cómo se aumentaba la riqueza
nacional, es sólo a partir de 1945 cuando aprenderán a gastarla, adquiriendo
primeros los desechos de guerra, luego los productos de las industrias de paz.
Con el tiempo, esa fiebre nconsumista, se considerará perniciosa.
Pero eso será mucho más tarde: en el momento, el anuncio de una
nueva política petrolera reunirá el voto de la nación unánime. La oposición
t HISTORI.A DE LOS VENEZOLAXOS EN EL SIGLO XX

se muestra, acaso por primera vez, de acuerdo con seParar las cuestiones de
Estado de las de simple gobierno.
fuí, Rómulo Betancourt, en su condición de jefe del mayor partido
opositor, va a participar en el mitin organizado a principios de 1943 para
apoyar el anuncio hecho por el presidente Medina de una nueva política
petrolera. La manifestación buscaba dar la impresión de una férrea unidad
nacional. En ella hablaron desde Lorenzo Fernández (considerado entonces
como de extrema derecha y hasta en lo físico una especie de sosías del opo-
sitor líder católico Rafael Caldera) hasta los comunistas. Excluirse habría
sido un error y Acción Democrática no lo cometió.
Había, además, otnaznna de coincidencias con el gobierno: la polí-
tica internacional. El partido se puso de parte de la coalición antifascista;
tal y como lo había hecho el gobierno. Apenas Medina Angarita es electo,
comienza el alejamiento entre los dos líderes más respetados por el ejército,
el general en Jefe Eleazar López Contreras y el Presidente Constitucional y
Comandante en Jefe, general Isaías Medina Angarita. Laalianza (morga-
náticau con los comunistas era grave, y una comprensible causa de ruptura
para un hombre como López Contreras, por su cerrada formación religiosa
de la conservadora región andina, enemigo mortal del comunismo.
Pero tal vez eso no hubiese bastado para una ruptura abierta si no
fuera porqueLópez Contreras aspiraba a regresar a la Presidencia, una vez
terminado el período de Medina. Para lo cual contaba con una fuerza consi-
derable en el Congreso, donde se hacía la elección. Pero Medina tenía otras
intenciones y apenas López se dio cuenta de ellas, se rompió la alianza. Era
una ruptura política, pero en las Fuerzas Armadas eso significaba otra cosa:
se perdía la unidad de comando. El camino se abría así para cualquier ambi-
ción, cualquier intentona.
Pero la aventura sola no atrae demasiado, y siempre se treta de encontra¡le
una justificación. La corrupción es el tema favorito de toda oposición, porque
ella es inherente al Poder. En este caso, el partido de Rómulo Betancourt había
encontrado un filón particular: la existencia de un peculado uhereditarioo. No
se trataba sólo de cuanto pudiese robar la administración de Medina, (aunque
también), sino de ser su régimen heredero directo del de Gómez, reconocido
por todos como el mayor peculador de la historia venezolana.
Pero a Betancourt y a su partido les preocupaba más (y era el tema
central de sus campañas periodísticas) la forma de elección de los pode-
res públicos. La cual era en extremo antidemocrática: los yarones alfabetos
MANUEL CABALLEFO r29

mayores de veintiún años, elegían a los concejales y a los diputados regio-


nales (o sea, de las Asambleas Legislativas de los estados de la Federación).
Los primeros a su vez elegían a los diputados al parlamento, y los segundos
a los senadores, y en cámara plena todos ellos elegían al Presidente de la
República: ¡una elección de tres grados!
Se producía así un cuello de botella: el régimen abrla las puertas para
el debate político a toda la nación, pero las cerraba en el momento de la
elección. Peor aún, si al parecer el gobierno parecía dispuesto a ceder refor-
mando la constitución y eliminando la prohibición de hacer propaganda
comunista, se había negado a aceptar la elección directa del Presidente.
Para Betancourt eso significaba un alejamiento del poder cuando
menos por un lustro más, y su partido podía cansarse de una oposición
demasiado larga.
A eso se agregaba otro peligro: una reelección de López Contreras
podía implicar también un retroceso en el diflcil desarrollo democrático
del país. Por otra parte, durante el año 1945, y acaso mucho antes, algunos
de los cuadros más jóvenes de la institución armada venían realizando con
cierta frecuencia reuniones donde poco a poco se había ido concretando la
preparación de un pronunciamiento militar. Los conjurados esperaban tener
juramentados para noviembre del 45 a unos trescientos oficiales, o sea la
tercera parte de la dirigencia de las Fuerzas Armadas.
En junio, un grupo de ellos se había reunido con Rómulo Betancourt
y Raúl Leoni para proponerles participar en la conjura. Ante un panorama
asaz complicado, Acción Democrática había comenzado a acariciar la idea de
una candidatura común de gobierno y oposición para presidir un gobierno
transitorio cuyo solo fin sería reformar de inmediato la ley electoral inclu-
yendo en ella el sufragio universal y directo. Rómulo Betancourt y Raúl
Leoni viajaron entonces a \Washington para conversar con ese candidato:
Diógenes Escalante, quien aceptó sus condiciones.
Todo parecía encaminarse así a una solución pacífica de la cuestión
sucesoral. Al apoyar al candidato del gobierno, AD debía dejar sus planes
conspirativos. Porque para Betancourt resultaba incómodo y hasta ominoso
poner en riesgo la vida y en todo caso la reputación de su partido si se le des-
cubría jugando con un as escondido en la manga, negociando la candidatura
de Escalante con el gobierno y al mismo tiempo su derrocamiento.
Esa conradicción la resolvió uno de esos imponderables que muchas
veces resuelven o complican una situación política, y llegan a marcar el paso
l{tSToFlA DE LOs VEl|E¡ot¡¡tG E¡{ EL $q.O U

de una posibilidad a una realidad.Elazer intervino para quitarle de encima a


Betancourt aquella pesada hipoteca: la noche de su proclamación como can-
dideto, Diógenes Escdante se volvió loco. A partir de ese momento, Acción
Democrática redrazerhcualquier otra candidatura de unidad nacional. Las
cosas se le facilitaron cuando el gobierno cometió el tremendo error de pro-
poner otro candidato, Angel Biaggini, tan opaco como brillante habla sido
Escalants era sustituir a un actor consagrado por un partiquino.
IVANUEL CABALLERO

cRoNolocfa rgeg-rs¿s

1928 Mes de enero: sale el primero y último número de la revista Váluula


con prólogo de Arturo Uslar Pietri y colaboración de varios jóvenes
universitarios como Miguel Otero Silva.
Mes de febrero: tiene lugar lo que se llamó la Semana del Estu-
diante. Como consecuencia de esta manifestación, sus principales
dirigentes: Rómulo Betancourt y Raúl Leoni fueron encarcelados,
en reacción un numeroso grupo de universitarios se entregó a las

autoridades para correr la suerte de sus dirigentes.


7 de abril: el gobierno devela una conspiración militar promovida
por un grupo de jóvenes oficiales y cadetes, quienes contaban con el
apoyo de los estudiantes universitarios. La detención de varios mi-
litares y civiles produjo una desbandada del movimiento estudiantil
hacía el exilio.
22 de mayot el Congreso aprueba una reforma consdtucional me-
diante la cual se elimina la figura del vicepresidente de la república,
cargo que hasta entonces detentaba el hijo de Juan Vicente Gómez:
José Vicente.
1929 Se edita en España la novela de Rómulo Gallegos Doña Bárbara.
19 de marzo: Juan Vicente Gómez se retira de la presidencia de la
república, Juan Bautista Pérez presidente de la Alta Corte Federal se
encarga de Ia primera magistratura.
28 de abril
el general José Rafael Gabaldón se levanta en armas en
su hacienda de Santo Cristo. Gómez lo somete a sangre y fuego.
9 de junio: estudiantes venezolanos exiliados en Curazao, entre
quienes estaba Gustavo Machado, junto al general Rafael Simón Ur-
bina, atacan el fuerte Amsterdam de esa isla, obtienen armas y una
embarcación para invadir Venezuela. Desembarcan en las costas de
Coro y son derrotados rápidamente por las fuerzas del gobierno.
l1 de agosto: Román Delgado Chalbaud dirige una invasión que
desembarca en Cumaná, en ella participaron entre otros, José Rafael
Pocaterra, Pedro Ellas Aristeguieta y Armando Zuloaga Blanco, tres
r32

de ellos murieron en esta acción. Pocaterra salvó su vida y la de otros,


al emprender la huída a bordo del Falke.
193f 13 de junio: a petición del Congreso el presidente constitucional
Juan Bautista Pérez renuncia a la presidencia.
Mes de julio: el Congreso reforma la Constitución para refundir en
un solo cargo la jefatura del gobierno y la de comandante en jefe del
ejército, de esta manera es designado Gómez para un nuevo manda-
to constitucional.
1935 17 de diciembre: muere en su lecho Juan Vicente Gómez.
l8 de diciembrq el Congreso designa al general Eleazar López
Contreras presidente de la República para que culmine el período
presidencial de Gómez.
20 de üciembre López ordena la excarcelación de todos los presos
políticos.
2l de üciembre Eustoquio Gómez, primo del dictador y con pre-
tensiones de sucederle, es asesinado en la sede de la gobernación del
Distrito Federal.
1936 14 de febrero: se lleva a cabo una manifestación popular contra la
suspensión de garantías y la censura a la prensa y a Ia radio. La pro-
testa culminó con un saldo de algunos muertos y numerosos heridos
pero al final logró sus objetivos.
2l de febrero: el Presidente presenra al país un plan de gobierno
conocido como Programa de febrero.
25 de febrero: se crea el Ministerio de Sanidad y fuistencia Social y
el de Agricultura y Crla.
8 y 9 de junio: se declara una huelga en La Guaira y otra en Ca-
racas, así como protestas de calle contra la ley de Orden Público,
conocida también como Ley Lara, cuya discusión se llevaba a cabo
en el Congreso.
16 de julio: se promulga una nueva Ley del Tiabajo.
6 de agosto: se establece el Consejo Venezolano del Niño y el Esta-
tuto de Menores.
MANUEL CABALLERO

Mes de octubre: se decreta la apertura de Instituto Pedagógico.


I de diciembre: se inicia una huelga petrolera que se prolongó por
treinta y siete días. Los trabajadores exiglan reivindicaciones salaria-
les, reducción de la jornada laboral, mejoras en sus condiciones de
trabajo, etc.
1937 2 de enero: en el marco de la celebración del día de las Fuerzas A¡-
madas Venezolanas, tiene lugar en la ciudad de Maracay el primer
desfile aéreo que se realiza en el país. Los actos los preside el presi-
dente Eleazar López Contreras.
24 de enerol finaliza la huelga petrolera.
13 de marzo: se decreta la expulsión del territorio de cuarenta y
ocho dirigentes políticos acusados de comunistas, entre ellos esta-
ban: Jóvito Villalba, Salvador de la Plaza, Juan Bautista Fuenmayor,
Raul Leoni, Gustavo Machado, Rodolfo Quintero yValmore Rodrí-
guez. Rómulo Betancourt evade la persecución policial y permanece
clandestinamente en el pafs.
18 de agosto: el senador y funcionario del Concejo Municipal del
Distrito Federal Luis Beltrán Prieto Figueroa es detenido y confina-
do en Ia prisión de El Rastrillo.
1939 8 de septiembre se promulgalaf,ey del Banco Central de Venezuela.
1940 Mes de octubre: tienen lugar las elecciones municipales, la oposi-
ción logra el 20 por ciento de los votos.
194r 6 de feb¡ero: la oposición presenta Ia candidatura simbólica a la pre-
sidencia de la república del prestigioso escritor Rómulo Gallegos.
2 de marzn¿ desde el gobierno se promueve la candidatura de Isalas
Medina Angarita para la presidencia de la república.
28 de abrift el Congreso Nacional elige a Medina Angarita como
strcesor deEleazar López Contreras para el período de gobierno de
194r-1946.
13 de septi,embre Rómulo Betancourt funda el partido Acción De-
mocrática (AD).
3l de diciembre el presidente Isaías Medina Angarita rompe rela-
ciones con la coalición nazifascista del Eie.
t?4

1942 17 de junio: se promulga la Ley de Impuesto sobre la Renta. Hasta


ese momento Venezuela era r¡no de los pocos palses americanos don-
de no se pechaban las ganancias obtenidas de la actividad comercial
e industrid.
I de septiembre: se promulga la Reforma del Código Civil, a partir
de esta reforma los hijos naturales podlan exigir el reconocimiento
de sus padres.
1943 12 de.'n,rzo¿ se promulga la Ley de Hidrocarburos. Mediante esta
ley se derogan algunos de los beneficios excesivos que tenlan las com-
pañías petroleras en detrimento del estado venezolano tdes como las
o<oneraciones aduanales.
Mes de sqrtiembre se crsa el Pa¡tido Democrático Venezolano (PD$,
panido del gobiemo medinista.
1945 31 de abrih se promulga un decreto que establece el 1 de mayo como
Dla del Obrero.
30 de septiemb¡e¡ el PDV lanza la candidatura para presidente de la
república de Angel Biaggini para el perlodo de 1946-1941.
. GI.IARÍA FARTE
tO8 TRBCE AflOS DE OCTUBRE
PRONUNCTAMTENTO M!L|TAR, REVOLUCTÓN CML

A panir de 1928, comenzaron a crecer en el vientre de la sociedad venezola-


na, las dos fuerzas que verán la luz el I B de octub re de 1945, y ctry^ alianza
o disenso van a marcar la historia del poder social y esraral hasta el final del
siglo: el ejército y el partido político.
Ver las cosas desde esta perspectiva permite proponer una caracreri-
zaciín y una periodización diferentes a las tradicionales, para las cuales el
18 de octub re de 7945 se inaugura lo que algunos historiadores tienden a
llamar el oüienion, tratando de evitar llamarlo oRevolución), como sus par-
tidarios, npronunciamientoo o ngolpe, como sus enemigos; y a partir de allí,
la dictadura militar.
Pero en verdad, se trata de un solo proceso caracterizado por aque-
lla lucha, cuya primera fase no se detiene, como se suele decir, el 24 de
noviembre de 1948, con el derrocamiento de Rómulo Gallegos, sino el 23
de enero de 1958.
Pero incluso si el análisis se limita al trienio 1945-1948, una cosa es el
suceso del 18 de octubre, y otra el proceso que arrancó desde esa fecha has-
a 1948. O sea, que una cosa fue el pronunciamiento m.ilitar más o menos
clásico, reconocido como tal por todos sus actores y otra la nrevolución de
octubren democrática durante el trienio que terminará el 24 de noviembre
de 1948.
El derrocamiento del gobierno del general Isaías Medina Angarita el
18 de octubre de 1945 será fruto de un pronunciamiento en el interior de
la Fuerza A¡madas. En los años cuarenta esa institución va a entrar en crisis
en el momento en que se le se asoma la posibilidad de dominar como ral el
más importante Poder del Estado: se divide y propicia el crecimiento de otra
institución que en adelante le hará contrapeso, el partido polltico.
138 HISTORIA DE LOS VEI{EZOLANOS EN EL SIGLO XX

Se va a producir así un he cho de primera importancia , ta| vez el más


significativo de aquel momento. Hasta 1945, los partidos políticos habían
logrado conquistar su legalidad, pero no su aceptación nacional.
Todavía se les solía demonizar, asimilándolos a los partidos armados
del siglo XIX y por supuesto, sacando de su contexto la frase inscrita en la
proclama del Libertador en su lecho de muerte. En general, quienes exaltan
la nindependenciau de partidos como una virtud y casi la virtud política por
excelencia, no sólo lo hacen por fidelidad al principio rousseauniano de la
indivisibilidad de la nvoluntad generalo, ni mucho menos a la voluntad del
Libertador, sino algo más pedestre e inmediato, como una exaltación de
quienes son independientes por profesión, o sea los militares.
Los militares se enfrentarán ahora a esa tradición: el partido político
recibirá así la aceptación nacional de la mano de la institución militar. Será la
institución armada la que upresentará en sociedad, a la otra institución rival.
En los años cuarenta el dominio de la institución armada llega a su
cumbre. Al decir esto, no se está aludiendo al 18 de octubre de 1945, sino al
5 de mayo de 1941, cuando el general Isaías MedinaAngarita toma posesión
de la Presidencia de la República. Porque él es el primer militar de escuela
que llega a Miraflores. Vistas así las cosas, lo que los conspiradores milita-
res del 18 de octubre van a lograr no es que las Fuerzas Armadas tomen el
control de los poderes del Estado, sino todo lo contrario.
Porque aquí va a tener lugar una de esas paradojas que no lo son en poll-
tica, que son por el contrario asaz corrientes. Los sectores más conservadores
de la sociedad son bastante desconfiados y llegan a sentirse alérgicos, si no a
aborrecer, al partido político. Andan -por lo menos en el caso venezolano-
siempre a la busca de una nsolución independienteo. La traducción preferida
de ese eufemismo es nsolución militaro: no en vano son ellos los únicos vene-
zolanos a quienes su profesión les prohibe la militancia partidista.
En todo caso, el Ejército es tomado como símbolo de la nPatria y de
la unión, frente a la labor disolvente de los partidos, armados en el siglo
XIX, desarmados en el siglo )O(
Pero en octubre de 1945, en Venezuela se dio un caso especialísimo
que, visto con el lente de estos adoradores del nindependienteo podría con-
siderarse un hara-kiri. Cuando la juventud de la institución armada insurja
contra el gobierno del presidente Medina Angarita, va a buscar el apoyo,
no de civiles aislados que le acompañen en la aventura o sirvan de nflor en
el ojal, para adornar sus manifiestos y dar forma a sus leyes y decretos, sino
¡,,IANUEL CABALLERO r39

al partido político. El lector habrá advertido el número singular. nAcción


Democráticao lo es por varias razones. En primer lugar, un partido que se
está formando en la calle, en la oposición legal, no un apéndice burocráti-
co como ése que algún insensato quiso llamar nPartido de Partidarios de la
Política del Gobierno), antes de que Arturo Uslar Pietri se diera cuenta del
sabroso plato propagandístico que iban a servir con eso a la oposición y le
cambiara el nombre por Partido Democrático Venezolano, PDV.
AD será ese partido porque a su cabeza se encuentra un hombre a
quien la lección del leninismo le ha aprovechado más que a los propios
comunistas: que no puede haber transformación del país sin toma del poder
y no hay toma del poder sin formar un partido político homogéneo en lo
doctrinal, centralizado en lo organizativo y sobre todo, implantado en todo
el territorio del país.
Lo será en lo inmediato, porque entre 1945 y 1948, Acción Demo-
crática se volverá en la práctica un partido único. Y por último, porque
remedando su modelo o copiando su ejemplo, se van a formar los partidos
de la Venezuela contemporánea.
El ulegado militar, del 1B de octubre será así bastante contradictorio:
los conspiradores, buscando afirmar el poder del ejército, echan abajo la
posibilidad real, efectiva y y^ en acto, de esa afirmación. Las Fuerzas Arma-
das Nacionales perderán con eso su condición institucional hegemónica y
casi única, porque harán entrar enliza al partido político, el cual andando
el tiempo, sobre todo después de 1958, les servirá de contrapeso.
Ese equilibrio será la fuerza del régimen instaurado a partir de este
último año y de la Constitución de 1961,lamás longeva de nuestra historia.
De modo que viendo las cosas con la óptica de esa lucha por el poder, no
se puede hablar del ntrienio> democrático y de la ndécada, dictatorial como
algo separado, sin mucha relación entre ambas.
Si se quiere caracterlzar refiriéndolo a su momento más sensacional, de
mayor ruptura en el proceso histórico, es más lógico hablar de otrece octubreso,
referidos a la fecha emblemática del 18, no a la exacta duración de ese proceso.
Partiendo de allí, el análisis remite por necesidad a cuatro aspectos del tema.
El primero es el desarrollo mismo de la conjura, hasta su eclosión el
18 de octubre. El segundo, lo actuado a pardr del 19 de octubre y su califi-
cación como nrevolucionarioo. Lo tercero y cuarto, a los dos ópticas diferen-
tes sobre Ia fuenamotriz del proceso, su dirección y hegemonía: el partido
político (1945-1948) o las Fuerzas fumadas (1948-1958).
tq HISTORIA DE LOS VE¡{EZOLANOS Eil EL SIGLO XX

UN CUARTELAZO CLASICO

En cuanto a lo primero, la conjura que estalla el 1B de octubre de 1945


no fue una revolución, sino un pronunciamiento militar clásico, seguido del
desarrollo de un movimiento civil de características revolucionarias. El 24
de noviembre de 1948 se produce un cambio en la cabeza del Estado, pero
el combate entre los dos aliados de octubre va a continuar con los altibajos
normales en una lucha de ese tipo. Cierto, el golpe de 1948 va a producir
un cambio en la dirección del proceso, y también en la concepción misma
de su fuerza motriz y en consecuencia de sus métodos.
Mientras que para Betancourt y los suyos ese motor deberá ser el
partido político como representante de la sociedad civil, para Pérez Jimé-
nez y sus subalternos, ese motor es el Ejército, como columna vertebral del
Estado moderno.
Lo que se produjo el 18 de octubre fue pues un pronunciamiento o
ngolpe, militar más o menos clásico: en esto están de acuerdo los tres prin-
cipales actores del drama, Isaías Medina Angarita, Rómulo Betancourt y
Marcos PérezJiménez.
Pero las suyas son apreciaciones a posteriori, por mucho que sean tan
coincidentes. En cambio, es más claray explícita al respecto el acra consti-
tutiva de la Junta Revolucionaria de Gobierno, el 19 de octubre de 1945.
En ella, después de nombrar a los mandos militares y civiles que firmarán
el acta, dice que los primeros están alll n...en representación del Comité
Militar que ejecutó la revolucióno mientras que los segundos vienen n...en
representación del partido Acción Democráticaque cooperó en la revolución,
(destacados nuestros).
No cabe así mucha duda, pues, acerca de quién nejecutóo el pro-
nunciamiento, y por lo tanto, de quién podía aspirar a tener mayor mérito
en el liderazgo del proceso. En cuanto a la ncooperaciónn de los civiles, el
desempeño de Acción Democrática el 18 de octubre de 1945 fue nulo. Por
razones conspirativas muy comprensibles, el secreto del complot quedó, en
el campo civil, circunscrito en lo esencial a cuatro personas: Rómulo Betan-
court, Raúl Leoni, Luis Beltrán Prieto y Gonzalo Barrios.
Es decir que mientras en AD sólo ellos conocían de las reuniones en
casa de Edmundo Fernández, no sería demasiado exagerado decir que en las
Fuerzas Armadas hasta los cabos estaban enterados de la conspiración.
I\¡ANUEL CABALLERO
r4l

En este sentido, la conjura de octubre fue mucho más ndemocráticar,


o (participativo enrre los militares que enrre los civiles. Y entre dos discipli-
nas yerticales, la militar y la civil de tipo leninista, ésta última funcionó con
mucho_más eficacia y con mayor apego a los mérodos conspirativos.
Erta es, o puede volverse, una apreciación harto poié-i.". Por ello
es bueno examinar lo más a fondo posible todos los aspectos del asunto.
En la propia conjura del 18 de octubre, según el testimonio de uno de sus
enlaces civiles, se había juramentado una cifra de ciento cincuenta oficiales,
y se esperaba, para fines de noviembre, cuando se proyectabalanzar el gol-
pe, alcanzar los trescientos. En ese enronces el total de la oficialidad era de
novecientos cincuenta oficiales en todas las armas: la conspiración, pues, se
estaba extendiendo como una mancha de aceite.
Era td la marea de oficiales juramentados que recibía el conjurado
civil Luis Beltrán Prieto Figueroa en la trastienda de la librería Magisterio,
que lo impulsó a presionar a Betancourt para usaltar la talanquerao.
En el lado civil ¿cuán lejos llegaba el secreto? Para Betancourt (como
él mismo lo dijo con orgullo) lo central era el partido; y la Presidencia de la
República algo bastante secundario.
Pero no es aconsejable tomarlo aqul al pie de la letra. Un partido se
forma para la toma del poder y su conservación. Por eso, ya es casi un lugar
común decir que la prueba suprema de la viabilidad de un partido reside
en su buen desempeño en la hazaña del acceso al poder. Y, también, en su
habilidad o fuerza para conservarlo. Cualquiera que sean sus méritos e inclu-
so su importancia histórica, ni el Mahatma Gandhi, ni Víctor Raúl Haya
de la Torre, ni Jóvito Villalba, aprobaron esa asignatura; y fracasaron como
líderes políticos (lo cual no quiere decir siempre como líderes históricos).
Ahora bien, en el caso de Betancourt era ésa su intención al fundar su
partido. En los años cuarenta, solía cubrir de sarcasmos a los comunisras, repro-
chándoles que en su partido (o nsus, partidos, porque estaban habitualmente
dividido$ no tuviesen esa nvocación de podeo que él atribuía al suyo.
De hecho, tuvo mucho menos conñanzaen esa vocación de su parti-
do que la proclamada con tanta jactancia. Es así como, en 1945, no llegó al
poder en hombros de su partido, ni mucho menos de nuna bravía insurgencia
popularr, sino, como él también lo dijo, de un pronunciamiento militar.
De modo que el matrimonio entre Acción Democrática y el poder
podla considerarse como no consumado. Esa es una de las causales acepra-
das por la Sacra Rotta, allá en Roma, para anular un matrimonio católico.
HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EI{ EL SIGLO XX

Y, para seguir con el símil, la impotencia de Acción Democrática resultó


tan manifie Xa el 24 de noviembre, que al ncamarada máuser) no le costó
nada disolver ese matrimonio. Se puede objetar que, Para la toma del poder,
aquello sí le sirvió a AD en 1958.
Puede que sí, pero Betancourt estaba escaldado y demostró no tener
demasiada confianza en su criatura polltica'

ESA DESCONFIANZA

Eso se nota en su laboriosa tarea destinada a apuntalar la fortaleza


de su partido al verse de nuevo alzado al poder. Esa desconfianza tuvo un
nombre: el Pacto de Punto Fijo.
Vayamos ahora al aniílisis de todos aquellos principios cuando se enfrenta
la realidad de los hechos; al enfrentar, por así decirlo, la historia; al enfrentar
en términos concretos el problema del poder, el 18 de octubre de 1945.
En Wnezuela: política y petróleo, Betancourt escribe que al recibir por
boca de Edmundo Fernández la noticia de que unos conspiradores militares
habían pedido reunirse con é1, concentró a nlos miembros del comando del
Partidoo para imponerlos de la situación.
¿Quiénes formaban el ncomando del partidor? Debería ser el
Comité
Ejecutivo Nacional, el CEN. Pero en la tradición del partido leninista (al menos
después de la muerte de Lenin) había un órgano más ágil, menos numeroso. Él
se encargaba de la política diaria y de dar respuesta inmediata a los problemas
más urgentes. Era el Buró Político, el no menos famoso BP del CC del PC,
como lo denominaban los comunistas con su gusto por la sigla semi-esotérica.
¿Era el ucomando del Pa¡tido, AD esa especie
de Buró político? ¿Lo formaban
los cuatro dirigentes que se entrevistaron con los militares?
Resulta evidente que Betancourt tomó la decisión de conservar el
secreto entre los cuatro jefes de AD que fueron admitidos en la conspiración:
Luis Beltrán Prieto, Gonzalo Barrios, Raúl Leoni y él mismo' Thmbién, que
ellos eran los integrantes de ese nComando del partidoo, diferente del CEN,
de que habla Betancourt en su libro.
Luis Beltrán Prieto, por su parte, habla de u...cuatro civiles, quienes
integrábamos la más alta dirección política de AD: Rómulo Betancourt' Raúl
Leoni, Gonzalo Barrios y yor. Betancourt precisaba en 1956 que nHabíamos
convenido Leoni, Prieto, Barrios y yo que si la sublevación era debelada,
declararíamos que habíamos actuado a espaldas y sin conocimiento de los
otros dirigentes del partidor.
MANUEL CABALLERO r43

¿Qué autoridad tenían para guardarle tal secreto al CEN? Por supues-
to que la tenían, en particular Betancourt, y siempre le fue reconocida en el
partido que había fundado. Esa autoridad no siempre esrá en los esrarutos
ni en las decisiones tomadas en los congresos de la organización: los partidos
no son instituciones abstractas, sino organismos vivos. En cuya dirección
y funcionamiento juegan una serie de factores que en el análisis político e
histórico se suelen explicar recurriendo a formulas no siempre muy racio-
nales o científicas.
Pero para tomar una decisión tan seria, una de dos: o actuaron en
todo momento a espaldas del partido, o tenían uun comando, diferente a
la instancia institucional.
En cualquiera de esos casos, la decisión fue menos democrática que
elitesca, menos acorde con las protestas de democratismo de los años cua-
renta que con la idea expresada en los años treinta, según la cual los partidos
van adonde los lleven sus dirigentes.
Aprovechando la ocasión, el neslabón m¿ís débil,, de que hablaba knin, el
18 de octubre de 1945 Betancourt puso a su parrido frente al fait dccomplL
De todas formas, no olvida que el suyo es un parrido de masas, por
vocación o en los hechos. No puede romper el secreto conspirativo, pero rie-
ne que dar alguna seña a sus tropas para que se apresten al combate. Decide
dar, antes del golpe militar, un golpe publicitario. Convoca enronces a un
mitin en el Nuevo Circo de Caracas, el 17 de octubre de 1945, o sea, pocas
horas antes del estallido de la insurrección (aunque esro él no lo supiese: el
golpe estalló sólo por casualidad al día siguiente). Su discurso de esa noche
es una de las piezas más interesanres de su vasto repertorio. Se combinan
allí, la audacia y la prudencia dosificadas con mucha destreza. Buscaba sobre
todo presentar en público sus propios batallones, acaso con la intención de
impresionar a los militares de la conjura.
Con todo, se puede insistir en que, en mareria de consulta y parrici-
pación los conjurados militares extendieron el secreto de la conjura hasta
el extremo límite, y que en ella participó la determinante mayoría de los
mandos medios de las fuerzas armadas.
En cambio, en Acción Democrática funcionó a cabalidad la esrrucrura
piramidal del leninismo. Y funcionó muy bien: la conjura fue descubierta a
través de los militares, no de los civiles. Aquel golpe militar con un compo-
nente civil dio a luz así a una curiosa paradoja: los militares, duchos siempre
en masonerías y juramentaciones, resultaron serlo esta vez mucho menos
r& HISTORIA DE LOS VEIIEZOLAIIOS EiI ELSIGLO XX

discretos. Mientras ellos hicieron partícipes del secreto por lo menos a ciento
cincuenta oficiales de diversa graduación, en cambio entre los conjurados
civiles no se enteraban de ese secreto más de cuatro, acaso seis Personas.
Tiiunfante el golpe, AD fue el grupo mayoritario en Ia nueva junta
gobernante, de cuyos siete miembros, sólo dos eran militares: los mayores
Carlos Delgado Chalbaud y Mario Vargas.
El nuevo gobierno se puso en obra para cumplir sus dos compromi-
sos iniciales: luchar contra el peculado y Promover las elecciones libres. Se
anunció la convocatoria a elecciones para una Asamblea Nacional Consti-
tuyente en un plazo breve.

LO REVOLUCIONARIO

El Estatuto Electoral produjo una verdadera revolución en la historia


de Venezuel a y partió en dos su historia republicana.
No sin razón, hay quien lo considere el documento más importante
después del Acta de Independencia. Lo es porque incorporó a la Nación la
aplastante mayoríade los venezolanos hasta entonces excluidos de la ciuda-
danía: las mujeres, los jóvenes en edad militar y los analfabetas.
Esto último hacía sujetos políticos a quienes no estaban muy lejos de
ser simples objetos: los mayoritarios campesinos. El padrón electoral se hinchó
en proporciones gigantescas: millón y medio de electores acudió a votar.
Eso significaba un salto del 5 al 36 por ciento de la población total;
y de los venezolanos en edad de votar, el92 por ciento ejerció ese derecho:
¡un 8 por ciento apenas de abstención!
Desde entonces, el Estado venezolano deja de ser, en la percepción de la
mayoría, un conjunto de instituciones gubernativas para hacerse nacional. Pero
además, la promulgación de ese Estatuto, y las elecciones siguientes, marcan
el ingreso de Venezuela a la sociedad de masas característica del siglo )C(
La política electoral se transformó en la piedra de toque de la sinceri-
dad democrática del medinismo, y era normal que el nuevo gobierno fuese
muy escrupuloso en la materia. El estatuto electoral propuesto no sólo era
nel más democrático de América,, -incluyendo los Estados Unidos donde la
elección del Presidente es indirecta- sino que lo ponla por encima de una
Suiza donde las mujeres no votaban y de una Inglaterra donde no existe la
representación proporcional de las minorías.
Ñ/ANUEL CABALLERO r45

Si la política electoral se convirtió en el más fuerte elemento de rup-


tura, es porque allí era donde existía mayor resistencia al cambio. No podía
serlo Ia política petrolera, donde existía de acuerdo general ffatarlo no como
un problema de gobierno sino como un asunto de Estado.
No podía serlo la política agraria porque ya desde 1941 el propio
Betancourt la había anunciado como una operación indolora. Thmpoco la
polltica extranjera donde un radicalismo militante era la moda al día siguien-
te de la derrota del fascismo.
Y ni siquiera la política educativa donde sólo la torpeza de algunos
jacobinos comecuras hizo arder las aguas con un fuego que se creía apagado
desde el siglo XIX, y donde el propio Betancourt dio un paso atrás para evi-
tar que la sangre llegara al río. Ni tampoco la política social, pues el chorro
petrolero podía satisfacer las demandas obreras sin demasiados quejidos.
Pero el ingreso de la multitud al reino de la política, eso era imperdo-
nable. Con el paso de los años, Betancourt acentuó su moderación y buscaba
el consenso antes que el conficto. Si bien en el fondo seguía despertando
reacciones viscerales.
Y es que en ese fondo estaba la imagen de quien era pintado como un
apasionado demagogo a cuyo conjuro se desbordaba la calle en los años del
trienio. Este rechazo así manifiesto no provenía sólo de la derecha: durante
muchos años, la izquierda empleó lo mejor de su energía en componer una
sarcástico retrato del militante nadecor: tardo, recién vestido e ignorante, no
era dificil reconocer allí al campesino recién instalado en la ciudad.
La democratización de la vida política es pues el elemento más impor-
tante de ruptura. No es el único, pero por mucho que se alegue, los otros
le sirven apenas de apoyo. Para comenzar, la acusación de ,.sectar'smou:
según ella, Acción Democrática introdujo en la vida venezolana un elemen-
to de división hasta entonces desconocido, o casi. Según eso, los hombres
no valían por su capacidades sino por el carnet del partido. En verdad, lo
de ngobernar con los suyos) no era ninguna novedad: ¿no era el presidente
norteamericano AndrewJackson quien lo llamaba (vestirse con las ropas del
enemigo, (spoils system)?
Gómez gobernó con sus andinos, como Alcántara lo había hecho con
sus aragüeños y Falcón con sus corianos. La única novedad es que Betancourt
no gobernó con sus paisanos sino con nsus adecosr. Pero ellos constituían el
ochenta por ciento del electorado; de modo que si AD daba empleo usóloo
a los suyos, no se podía afirmar que los marginados fuesen legión.
HISTOIIA DE LOS VENEZOLAI¡OS EN EL SIGLO N

Y si se argumentaba, como lo hizo en alguna forma Arturo Uslar Pie-


tri, que el hecho de ser los más no implicaba que fuesen los más capaces,
sino todo lo contrario, el razonamiento revelaba al fin su verdadero fondo:
la resistencia al ingreso del npopulacho> en la política. El uso del térmi-
no nsectarismo) en los años 1945-1948 era una reedición, aunque por el
extremo contrario, del término uoligarquía, en la pluma de Antonio Leo-
cadio Guzmán un siglo antes. En este caso, era un eufemismo para señalar
la demasiado prolongada influencia de un generalPáez que Guzmán no se
atrevía a atacaf de frenre.
Detrás de la acusación de nsectarismo, se ocultaba el rechazo a los
partidos, a la idea del partido político moderno como la viga maestra del
tinglado político.
El empleo de esa acusación era una torcida e inconfesa apelación a
poner orden en la casa a quienes estaban (por encima de los partidosr. Lla-
mado que atendieron gustosos los solicitados el24 de noviembre de 1948.
Todo lo anterior no quiere decir que el reproche de usectarismo, fuese
producto exclusivo de la imaginación de los acusadores. El lenguaje polé-
mico, confictivo, de Rómulo Betancourt era el mejor alimento posible de
aquella acusación.

LA (TÚNICA DE NESO¡¡

Como sea, elgigantismo de AD en los años del45 al 48 fue la utúni-


ca de Neso, que lo cubrió para herirlo: el temor de que Venezuela se enca-
minase hacia un régimen de partido único. Igual sucedía con el argumenro
de la incapacidad para administrar (lo que se llamó nel desbarajuste admi-
nistrativor, o como lo hiciera Uslar Pietri en un elegante ripio bíblico uel
festín de Baltasaro) tiene la misma parte de verdad pero el mismo origen y
la misma torcida acusación.
Es cierto que la súbita riqueza petrolera pudo haber sido mejor admi-
nistrada, pero ¿quién podía asegurar que esos <mejores administradore$ esru-
viesen en el régimen depuesto? Detrás del reproche estaba la desconfianza
hacia nla chusma, gobernante.
El uanticlericalismo, de los dirigentes de AD fue, por una parte, una
torpeza que Betancourt trató de corregir a riesgo de pasar por un hombre
acobardado ante una reacción imprevista; y por la otra, la reacción se inscri-
bla dentro de la misma alergia anddemocratista: en los colegios privados -la
mayoría si no en su totalidad religiosos- estudiaban nlos hijos de los ricos,.
MANUEL CABALLERO r47

En tres años se efectuaron tres rondas electorales: en 7946 para elegir


los diputados a la Asamblea Nacional Constituyenre; en 1947 paraPresi-
dente; y en 1948, para elegir los concejos municipales. En una Nación poco
acostumbrada a esos procesos, no dejó de encontrar eco la acusación de que
el país vivía en un (carnaval electoralo. En verdad, el régimen lo necesitaba
a tal velocidad para legitimarse. Tlabajos de amor perdidos: la legitimidad
se perdió donde se había encontrado, en la boca de los fusiles.
En cuanto al otro compromiso de los conjurados, la lucha conüa la
corrupción, el 27 de noviembre de 19 45 se decretó la creación de un Jurado
de Responsabilidad Civil y Administrativa. AIIí debían ser juzgados y con-
denados a devolver los bienes malhabidos, quienes eran acusados de haber
metido la mano en el Tesoro desde principios del siglo veinte. Era poner en
obra la reivindicación de una ndemocracia decente, soñada en 1928, el pri-
mer paso para la aplicación del programa agitado por todas las tendencias
democráticas desde el año 1936. Se buscó integrar ese jurado de la manera
más amplia posible: desde un sacerdote católico hasta uno de los detestados
rivales comunistas, Eduardo Gallegos Mancera.
Se trataba de un organismo de tipo judicial, si bien de excepción, donde
los acusados tenían el derecho a la defensa ¡ si se probaba su inocencia, a ser
absueltos. Se llevó ante esa instancia a un centenar de acusados, desde los ex
presidentes López Contreras y Medina Angarita y los familiares de Gómez,
hasta el escritor Arturo Uslar Pietri, a quien se le quería cobrar el empleo de
una partida secreta para financiar la organización del partido de gobierno.
Betancourt se jactó de haber recuperado para el erario nacional unos
cuatrocientos millones de bolívares malhabidos; aunque sus adversarios
hablaban de un parto de los montes, porque apenas se habían recuperado
cincuenta millones.
Como fuese, se estaba dando un ejemplo extraordinario (por ser casi
inédito y por evadir los meandros de la justicia ordinaria) de la voluntad de
enfrentar uno de los más viejos y arraigados males de la república.
Talvez ningún otro caso generó tanto escándalo como el intento
de arrastrar allf a Uslar Piet:i, quien con el tiempo seguiría afianzando su
prestigio intelectual. Y como es múy natural, fue éste uno de los actos del
gobierno revolucionario causante del mayor encono. Porque los hombres,
decla Maquiavelo, pueden perdonar la muerte de un familiar, pero rarayez
el ataque a sus bolsillos.
HÉfOfl,A DE IO6VEilEZOLAflOA E¡{ ELSIOLO XX

No bastaba con castigar a quienes, en el pasado, hablan metido la mano


en el Tesoro prtblico. El nuevo gobierno necesitaba demostrar su disposición
de hacerlo con igud dureza a los suyos si incurrlan en los mismos vicios.
Asl, una de sus primeras decisiones fue eliminar el famoso Capftulo MI
del Presupuesto Generd de Gastos del Ministerio de Relaciones Interiores,
una especie de ucaja negro del Presidente de la Reprlblica, quien podla mane-
jarlaadiscreción, y cuyas sumas bajo la administración del generd Medina
osuperaban las seis cifrasu, en aquella época un monto astronómico.
En cuanto a los miembros del propio gobierno, se estableció la obli-
gación de presentar, tanto a su entrada como a su salida del gobierno, una
declaración jurada de sus bienes.
Por último, el nuevo gobierno, a los tres dlas de instalado produjo
una auténtiqr revolución: ninguno de sus miembros podrla ser candidato a
la Presidencia de la República en los comicios próximos: querlan desmentir
una posible sospecha de ambición personal.
LA DEMOCRACIA DE PARTIDOS*

En el ámbito civil, la consecuencia más importante y duradera del 1B de


octubre (por lo menos hasta que al final del siglo se produzca una progre-
siva involución), es la aceptación social del partido político. Ya habían ido
alcanzando la legalidad: hasta el Partido Comunista hizo su presentación
pública el 15 de octubre de 1945 en el Nuevo Circo de Caracas. Pero en el
gobierno, en el ejército y en una parte no desdeñable de la sociedad persistía
la vieja desconfianza hasta de la palabra (partido)). Ella evocaba los horro-
res del siglo XIX con sus partidos armados y su sectarismo sangriento, así
como el mito unitarista que encontraba su palabra de Evangelio en la última
proclama del Libertador (nque cesen los partidos y se consolide la uniónr)
extraída de su contexto y repetida ad nauseam por las dictaduras.
Como se ha visto, le oponían a su divisionismo la unidad del Ejér-
cito. Pero luego de la gran sorpresa del 18 de octubre cuando el partido
político hace su entrada en sociedad de la mano de la Institución Armada,
las cosas comienzan a cambiar a toda máquina. Los promotores civiles del
derrocamiento de Isaías Medina Angarita tienen muy claro que en la demo-
cracia que proclaman, quieren y al final logran imponer, la llave maestra del
tinglado político es el partido. Dos de ellos sobresalen, y los dos apoyan el
golpe, son partidos noctubristasr: AD y el neonato Copei. Como entre los
dos ocupan la escena civil hasta el final del siglo, ambos merecen pues un
estudio más profundo.

*Este capftulo fesume tres ensayos aparecidos en diversas fecho y publicaciones.


r50 HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

AD: LENINISTA, PERO NO MARXISTA

Por ser el más importante de los partidos políticos tanto por el volu-
men de su electorado, como por ser el primero de ellos en llegar al poder
y por haber protagonizado los más importantes y fructíferos intentos de
modernización del país, AD merece ser analizado en primer lugar.
Para no caer en una descripción estática que no deje muy claros ni
los procesos históricos ni los procesos políticos, se tratará aquí su estudio
desde el ángulo de la movilización popular. Una primera evidencia: AD ha
sido el partido que mayor cantidad de masas ha movilizado en la historia
de la República de Venezuela. Por dos razones al parecer banales. Una, por-
que ha actuado en un país cuya población ha ido creciendo hasta al.canzar
niveles nunca antes conocidos. Otra, por primera yez esa movilización ha
sido susceptible de ser contabilizada por medio de técnicas confiables, en
primer lugar el voto universal.
Esa movilización, como su volumen, provienen de la voluntad de sus
fundadores y dirigentes, no de la atracción que pudiesen haber ejercido en
un momento determinado sus líderes. Es decir: AD se concibió a sí mismo
como un partido y no como una agrupación polltica circunstancial. Yde igual
modo como un partido de masas, antes de llegar a serlo. Adicionalmente tenía
como objetivo la creación de una sociedad capitalista democrático-burguesa
en Venezuela, tal como lo exoresó con toda claridad Betancourt:

nl-os gobernantes venezolanos de 1946 estábamos -y estamos- convencidos


de que nuestro país no puede saltar la etapa del desarrollo capitalista de su
economía. El estadio que atravesamos se emparienta más con la revolución
democrático-burguesa que con la revolución socialistar. (Wnezuek: política
y petróleo. México, FCE, 1956, p.314).

La última observación posible es tal vez menos evidente, o ha sido


sostenida menos en términos de un análisis histórico, que de intencionalidad
política y polémica: en Acción Democrática se han sucedido tres partidos
distintos vistos desde este ángulo de la movilización popular. Y las masas
movilizadas han sido también de tres tipos diferentes.
MANUEL CABALLERO

El primer partido cuya observación se ofrece a partir de 1941, toda-


vía muestra muy cercanas sus raíces leninistas. Leninistas y no marxistas,
porque desde ya AD va a presentarse como un caso único en el mundo: el
de un partido leninista no marxista.
Desde I94l a 1945 desplegará su actividad como un partido de élites,
un partido de vanguardias. El empleo de estos últimos términos en plural
señala su diferencia con el partido leninista, que se considera la vanguardia
de una vanguardia, la clase obrera.
Es posible distinguir tres grandes zonas de interés para la generación
fundadora y en particular para Rómulo Betancourt. En ese momenro, la
formación, ampliación y afranzamiento de esa élite le da su carácter al par-
tido. Por razones históricas, lo primero que Betancourt tratará de nuclear
en torno suyo será a la vanguardia intelectual que ya viene acompañándolo
desde sus tiempos de estudiante.
Buscará realzar (y lo logrará) a los Leoni, Prieto, Barrios, Valmore,
Montilla y Camejo Oberto, con el resplandor de algunas brillantes joyas
literarias: los dos escritores más populares de Venezuela, Rómulo Gallegos
y Andrés Eloy Blanco.
Esta constitución de la élite no se va a reducir a estas luminosas
reclutas. Prieto no es de los firmantes del Plan de Barranquilla, pero va a
ser desde la fundación de AD, uno de sus pilares fundamentales y uno de
sus lideres históricos.
Pero además (como él mismo lo dijo alguna vez) alguien que llega a
AD con algo en las manos: la influencia que ejerce sobre el magisterio. Ale-
jandro Oropeza Castillo será otro de los más importantes subalternos (esto
tomado en el sentido taurino) de Betancourt. Sin olvidar que la dirigencia
obrera de AD, el poderoso Buró Sindical, proviene también de ese momen-
to: Malavé, Olivo, Pérez Salinas, Quijada.
La otra zona de interés es la de implantación nacional. Al final de este
período, Rómulo Betancourt será el único líder político a quien una muy
significativa cantidad de venezolanos haya visto en persona. Más aún, se ha
relacionado con él de tú a tú, y sobre todo, ha aprendido a quererlo con
pasión o a detestarlo de igual manera.
Sobre todo eso han hablado bastante el propio Betancourt y algunos
líderes históricos de AD, en particular Prieto Figueroa. Pero se debe destacar
r52 HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO )O(

aquí un aspecto algo olvidado y que señala ese cordón umbilipal de Betan-
court con el leninismo organizacional: la creación de un diario vocero de
sus proposiciones políticas y lazo entre las instancias verticales y horizon-
tales del partido.
Para decirlo en el lenguaje leninista, un periódico que fuese alavez
un agitador y un organizador colectivo. Si este periódico aparece sólo al
final del período previo a la toma del poder, es porque no iba a hacerlo en
una situación similar al de la aparición de la Isk¡a leniniana, es decir, una
situación en donde al periódico se le perdona, como lo anotaba Gramsci,
cualquier imperfección formal, porque la borra su hazaña fundamental que
es la de aparecer. En casi todos los otros aspectos de la organización de un
partido, la falta de recursos se puede sustituir con imaginación, con sacri-
ficio y con mística. No así un diario, que requiere especialización profesio-
nal, y necesita además para rodar, una cantidad, por pequeña que sea, fija
y determinada de dinero. No sólo si se compara con los periódicos de ho¡
sino también con los periódicos del momento, con Ahora, Últimas Noticias
y El Nacional, el periódico de AD, El País, es bastante menor. Pero cumplía
a cabalidad lo que Betancourt se proponía: ser un punto de referencia dia-
rio, un periódico político y no comercial.
Por último, es en el terreno organizacional donde AD se mostrará con
mayor intransigencia leninista. Cierto, AD no va a adoptar la organización
celular, sino una más cercana a la inventada por la socialdemocracia europea.
Pero hay algo con lo que Betancourt será intransigente: el partido habrá de
ser homogéneo, y esta homogeneidad hace incompatible su existencia con
la tolerancia hacia las tendencias internas.
Talvez no sea muy exagerado decir que éste es el único rasgo leni-
niano que Betancourt jamás abandonará: sólo rechinando los dientes ante
una realidad que se le dificultaba dominar, aceptó hacia el final de su vida
la organización de elecciones primarias, en las cuales por cierto se negó a
votar pese a que todo el mundo sabia cuál era su preferencia.

tl

Hacia 7945, AD pretendía contar con cien mil militantes en todo


el país. Todo partido tiende a inflar las cifras de sus adherentes, y aquí
podríamos agregar un poco de exageración tropical y otro poco de cir-
cunstancia política.
MANUEL CABALLERO 153

Betancourt estaba hablando en público y sobre todo muy en privado,


con gente que podía tener demasiada tendencia a oponer fuerza a fuerza,
y también a hablar en términos numéricos. Pero exageración o no, lo más
importante no es el número, sino el hecho real de que enronces AD era un
partido implantado en todo el territorio nacional. Mejor dicho, el único
partido en tal situación, constituido ya en un polo de referencia importan-
te, si bien no exclusivo, como pretendía serlo en aquel instante: no se debe
olvidar que, en la oposición a Medina, no por menos bulliciosa era menos
importante la alternativa deLópezContreras. De todas formas, no considera-
mos demasiado aventurado decir que si Rómulo Betancourt hubiese muerro
el 17 de octubre de 7945,1o que él consideraba el fundamento de su obra
política estaba concluido y presto a encarar la aventura del poder.
Desde esa situación y condición, AD dará un salto mortal. Se va a
transformar en partido único, si no a la manera leniniana, sí a la manera
del PRM mexicano (el PRI de hoy), y de algunos de los partidos africanos
posteriores a la independencia.
Aquí se deben señalar los dos elementos más importanres en la üans-
formación de ese partido a partir de 1945. El primero es la transformación
de un partido de élites, cuya columna vertebral estaba formada por inte-
lectuales petit bourgeoís, en un paftido campesino. Un partido campesino y
no un partido agrario, porque la movilización y el encuadramiento de las
masas campesinas por AD no va a hacerse agitando banderas sociales sino
políticas. Desde su inicio, AD ha sido bastante cauro en materia agraria,
y es así como en 1941, el propio Betancourt presentaba la solución del
problema agrario en Venezuela como una operación indolora. Tal vez ello
provenía de la conciencia de que en un pals con la población y el territorio
del nuestro, no sería fácil una movilización social como la encabezada por
Zapata en México.
Había adem¿ís el temor de que un sacudimiento violento de la estructu-
ra agraria pudiese llevar a una baja en la producción agrícola en el momento
inicial de la posguerra, cuando aún teniendo los medios, no habría dónde
ni a quién comprar alimentos e insumos para el campo.
Como sea, Ia acción más importante de AD en el campo se va a pro-
ducir en el terreno político: se trata de la concesión del voto a los analfabetas,
o sea de la concesión del derecho al voto a los campesinos. Esta es la reali-
zación más importante deAD en el terreno político en esos años, porque
echaba abajo y en forma definitiva la idea de que el pueblo venezolano no
LY HISTORIA DE LOS VENEZOI-ANOS EN EL SIGLO XX

estaba (maduro) para la democracia, sobre todo porque volvía trizas la vieja
idea liberal según la cual sólo la ilustración capacitaba para ingresar al reino
de lo político. Como complemento a eso, AD va a movilizar y encuadrar
en términos de participación política elemental, a las mujeres y a la juven-
rud. No era la primera vez que la mujer participaba en la acción política, y
hacia ella se abría muy lenta alguna hendija: la reforma electoral de Medina
le daba la posibilidad de votar en las elecciones municipales.
Pero a partir de 1945,le mujer también va a acceder al voto sin cor-
tapisas, y por lo menos en ese terreno, desde entonces será en este país la
igual al hombre. Hay una consecuencia de todo esto y que en lo inmediato
vaafavoreceraAD.
Al contrario de cuanto había sucedido en Europa, y a lo que no se
dejaba de vaticinar aquí mismo, el voto de la mujer reveló no ser por nece-
sidad un voto conservador.
En cuanto a los jóvenes, su acceso al voto al alcanzar la edad militar
va a servir también para que el primer partido hacia el cual se vuelquen en
avasallante mayoría sea AD. Aquí el partido parece tener un relativo éxito
en la búsqueda de un encuadramiento que no fuese sólo electoral. Es cierto
que al decir njóvenes, casi siempre se quiere decir oestudiantesr, y por diver-
sas razones aquí ese encuadramiento cotidiano es más fácil. Pero, como sea,
AD de hecho, llegó a dominar durante ese tiempo una parte sustancial del
movimiento juvenil, y esto fuera del momento electoral.
Por último, AD logra algo que va favorecerle muchísimo en térmi-
nos electorales inmediatos y también a mediano plazo, pero que por otras
razones se va a revelar mortal y acelerará el proceso que condujo al24 de
noviembre. Se trata de la confusión entre democracia y partido, partido y
nación, partido y estado.
Sea como recompensa a quienes le han concedido el voto; por igno-
rancia de los mecanismos de la sociedad democrática, o por simple falta de
ejercicio político, el recién estrenado electorado tiende a confundir la demo-
cracia con el partido democrático.
Por su parte, al sentirse así inflado con los votos del 80 por ciento
de los electores venezolanos, el partido tendía a confundirse con la nación
entera. Si bien se respetaba lo que además se había inaugurado, la represen-
tación proporcional de las minorlas, en la mente del militante común, pero
también a menudo en la de sus dirigentes, todo ataque contra el partido se
recibía como un ataque contra la democracia. Por supuesto, la confusión
N,4ANUEL CABALLERO
LJs
entre Partido y Estado era también casi automática, en un pals donde ya el
Estado era el primer empleador.
Todo eso va a favorecer aAD desde el punro de vista electoral, pero va
a serlemortal desde el punro de vista político. Porque de la trinidad Partido-
Nación-Estado, era muy fácil decir, por mucho que fuese sólo propaganda,
que el único Dios verdadero era el Partido.
Lo cud repugnala lógica política, porque en ese caso ese Dios carecía
a
de su principal atributo: el poder real que dan las armas. EI24 de noviembre
de l94B se demostró que ese supuesto Dios desarmado fracasaría como los
profetas desarmados de Maquiavelo.

Iil

AD aprende rá eI 24 de noviembre de 1948 una lección: que cuando


existe un partido único civil, la tendencia muy natural es a que se consriruya
una fuerza rival, y no por cierto civil. La única fuerza capaz de hacer con-
trapeso a la poderosa AD de aquel momento, no renía su número de adhe-
rentes, pero los suyos estaban mejor encuadrados, eran más disciplinados, y
sobre todo, tenían armas. Es por eso que, en los próximos veinte años, AD
dedicará todos sus esfuerzos para evitar la reproducción de la situación que la
llevó al desastre en 1948. Aprende entonces que de nada sirve el gigantismo
si se le percibe solitario. En adelante, y hasta la salida de Leoni del poder, no
se concebirá gobernando sin una alianza, y su parrido favorito, en la defensa
de la institucionalidad si no en el gobierno, será Copei.
A partir de 1968 se entra además en una nueva etapa de la transfor-
mación de AD en un tercer partido diferente de los dos anteriores (el de
l94l y eI de 1945). Es lo que podría llamarse la ndemocratización> de AD:
su transformación en un partido que tiene más parecido con el Demócrata
norteamericano que con las versiones anteriores de AD.
Esta transformación se hace evidente a partir de 1973 y su gran arqui-
tecto es Carlos Andrés Pérez. Se pueden señalar los tres elementos más apa-
rentes de esa transformación; no en su origen, sino más bien en su caracte-
rización como partido.
El primero es la homogeneización ideológica de AD. lJnavez derro-
tadas las disidencias del MIR, de ARS y del prietismo (esra última la más
peligrosa de todas), AD es un partido bastante homogéneo donde la ropa
sucia se lava en casa.
rfi HISTORIA DE LOS VEIIEZOLA}IOS EI{ EL SIGLO )ü

Alavez,y como consecuencia, hay un notable abandono de toda inquie-


tud teórica y de elaboración política. En AD, desde l973,los enfrentamientos
habidos tienen nombre de personas, no de tendencias, son enfrentamientos
personales (e incluso algunos personalistas), no doctrinarios ni políticos.
Por último, todo lo anterior hace que la utercera AD, la de nuestro
tiempo, se pueda definir como una gran coalición política, gestionaria y
algo descent ralizaday, por supuesto, conservadora. Esto último no debe ser
tomado ni en sentido peyorativo ni tampoco como sinónimo de reacción
social y política. Pero es evidente que AD ha sido un partido de poder aún
cuando no esté en poder, y el no buscar la conservación de un régimen como
el democrático sería no sólo ilógico, sino suicida.
Pero ni esa actitud salvará a AD del deterioro y por último del derrum-
be. Como le sucedió al irigoyenismo en Argentina, en 1998 AD será des-
plazado del poder y de las preferencias electorales por un militarismo per-
sonalista y carismático.
Desde el momento del derrocamiento de Gallegos en 1948, hasta
la salida de Leoni del poder, AD intentará evitar por todos medios que se
reproduzca la situación político-partidista que tanto contribuyó a su desas-
tre. La alternativa al monopartidismo no puede ser el pluripartidismo, tan
si no más frágil que el sistema anterior dentro del régimen democrático
representativo.
Allíestaba el cercano ejemplo de Cuba y un poco más lejos, el de
Francia en la Cuarta República. Por eso, la preocupación fundamental de
AD entre 1948 y 1968 será la de hacer que se constituya una alternativa
a su propio poder, que le sirva no sólo de contraPeso, sino sobre todo de
ucolchóno protector.
Ese partido será Copei, que tiene varias ventajas desde el punto de
vista de AD: pese al nombre de nComité Electoraln, tiene más vocación de
partido, eso es, de coherencia y permanencia que por ejemplo Unión Repu-
blicana Democrática (URD).
Luego viene su origen conservadog lo cual le permitía a AD ser visto
como la alternativa nprogresista>.Y, last but not least (esto era fundamental
para Betancourt aun si no lo fue para Leoni), Copei era un partido hijo de
Octubre, en cierto modo un partido octubrista.
Por todo eso, el falso tripartismo del Pacto de Punto Fijo será desde
el principio un matrimonio de conveniencia entre AD y Copei, unión así
consagrada en público después de 1960 con el retiro de URD del gobier-
no coaligado.
I,4ANUEL CABALLERO

COPEI: DE LA DERECHA AL CENTRO

En 1996 se celebraron los cincuenta años de la


fundación de Copei,
que había conservado casi intacto su núcleo dirigente con los normales des-
gajamientos provocados por el cansancio de la política, el cambio de opinión
doctrinaria (los menos) y la muerte. Pero lo más notable de esa celebración
fue la ausencia de su creador, Rafael caldera, quien había logrado destruir
el partido que había fundado cuando las generaciones de relevo le exigieron
darles el paso.
Para estudiar la historia de Copei, antes que períodos preferimos ana-
lizar conjuntos temáricos. Por supuesro, encerrados dentro de precisos lími-
tes cronológicos, pero lo que les da sentido es la permanencia, coherencia
doctrinal y estabilidad del núcleo dirigente que le permitió a Copei llegar
a ser uno de los npartidos históricosu del sistema venezolano hasta el final
del siglo. En el núcleo germinal del Copei se evoluciona en unos doce años
(1934-1946) desde un conservatismo confesional hasta llegar a ser el ala
moderada de la revolución democrática.
En 1958, Copei se lanza a la búsqueda del poder siguiendo el cami-
no de la fructuosa Grosse-Koalition de la social democracia alemana o del
rechazado compromesso srorico de los comunistas italianos, búsqueda de la
Tierra Prometida que
se dará, sin travesía del desierto, entre 1946 y 1968.

A finales de 1933, tres muchachos venezolanos se embarcan para Roma


en el vapor Colombia, a un congreso inrernacional de jóvenes católicos.
No andan muy lejos de los quince años, comulgan todas las sema-
nas, son excelentes estudiantes y buenos jugadores del fútbol: J. M. Pérez
Machado, Alfonso Vidal Martínez y tal vez el más joven de rodos, Rafael
Caldera. Se exagera al decir que regresan de Roma (como Frei a Chile) con
el mandato de constituir partidos demócratas cristianos en el continente.
Pretenderlo es un anacronismo: pasarían muchos años todavía para que la
idea y hasta el nombre de una democracia cristiana tal como hoy se conoce
tome cuerpo en forma de partido.
Esos jóvenes no son políticos: no lo son todavía. Esos jóvenes no son
demócratas: no lo son todavía. Y su cristianismo tiene un solo significado:
son católicos, apostólicos y romanos, y esrán convencidos de que fuera de
HISfORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

la Iglesia no hay salvación. Son conservadores y es casi imposible que no


lo sean: provienen de familias acomodadas, han sido educados en colegios
religiosos y sobre rodo son casi niños, la edad más conservadora del hombre,
más aún quiás que la senectud.
Su juventud puede explicar en parte que no sean políticos o, mejor,
que no piensen en formar partidos políticos. Pero eso no es lo fundamental,
,irro q,r. entre los segmentos más conservadores de la sociedad no sólo se
tiene descon franza de la actividad política que osa asumirse como tal, sino
sobre todo del partido polltico. Pero si bien no una confesa intencionalidad
polftica, tienen esos muchachos algo que los cohesiona y los diferencia en
esta Venezuela laica: su aPasionada militancia católica.
Plantados sobre esa religiosidad (que para la mayoría de los muchachos
de 1936 suena demasiado a beatería), aquellos jóvenes ultramontanos van
a dar sus dos primeros pasos políticos; los que, por un lado y en apariencia,
van a contribuir a aislarlos y acentuar cierta vocación grupuscular; pero en
realidad, y viendo las cosas a largo plazo,van a contribuir a darle esa fisono-
mla que sólo llegan a adquirir los hombres políticos caPeces de arriesgarse
a nadar contra la corriente.
El primer paso es la separación de la Federación de Estudiantes de Vene-
zuela,laprestigiosísima FEV para formar la Unión Nacional de Estudiantes
(uNE) con los estudiantes católicos. El segundo es el apoyo a la rebelión
franquista en España: ¿qué otra actitud podían adoptar unos jóvenes católicos
frente al más violento estdlido de odio anti-clerical que hubiese conocido la
historia? Pero, a lavez,la participación de Caldera en la redacción de la pri-
mera Ley del Tiabajo, les daba una coartada de njusticia socialr, si bien abría
un postigo hacia planteamientos como los de José Antonio Primo de Rivera
y el nnacional sindicalismo,.
En 1936 el centro de la definición política está en la democracia' Y
esos jóvenes no son demócratas. No lo son en el sentido de la igualdad. Pro-
ducto social, doctrinal y casi podríamos decir genético de una élite, estos
jóvenes son anti-igualitarios.
Y como por ser jóvenes y por ser conservadores no son todavía políti-
cos, no son tampoco todavía demócratas en el sentido polltico del término.
Si hemos subrayado dos veces el adverbio todavía es Porque' hasta como
proyecto de vida, ellos conciben la política como una carrera que se escoge
(o no) después de salir de las aulas universitarias.
A partir de 1937 pero sobre todo a Partir de 1939 (año en que se
gradúa Caldera) ya comienzan, quienes tienen mayor vocación pública, a
MANUEL CABALLERO
r59

buscar organizarse como grupo doctrinal primero (Movimiento de Acción


Nacionalista) y luego como partido (Acción Nacional). y, al lanzarse a la
política van evolucionando hacia la democracia.
en las postrimerías del medinismo (y de Acción Nacional) las aguas
se bifurcan. Pedro José Lara Peña se inclinaba hacia que el pequeño p*riido
vuelva a sus orígenes conservadores.
Por lo ranro, propo nía apoyar a López Conrreras y acusaba a Rafael
caldera de haberse hecho umedinista, por razones más familiares que pol!
ticas. Pero, en verdad, caldera no se hizo medinista, sino algo mucho más
serio y profundo: se hizo demócrata. Es p.r eso que se van a acentuar las
coincidencias políticas con <Acción Democráticar, es decir con gente a la
cual menos de dos lustros antes se veía como la encarnación del averno. Es
así como, el 18 de octubre de 7945, el más brillante de aquellos opichones
de cura, se .'oa a aliar, y en forma permanenre, con el Diablo democrático.

fl

Ese Diablo va a rener durante muchos años nombre, apellido, estado


civil y profesión: se llama Rómulo Berancoun. cuando se produce el l8 de
octubre, éste le ofrece a Caldera la Procuradurla General de la República.
Es una tontería ponerse a hacer el riguroso contaje de las motivacio-
nes personales y políticas en la aceptación de un cargo burocrático. Caldera
tiene tres causas extra personales que le llevan a aceptarlo.
La primera, el golpe se produce conrra un régimen que adversa, entre
otras cosas por su alianza con los detestados comunistas. La segunda, la evo-
lución de los futuros copeyanos hacia la democracia es sincera: no olvidemos
que es el mismo camino seguido por las democracias cristianas europeas y,
la más cercana a su corazón y a su cerebro, la chilena. La tercera es en cierta
forma generacional: es innegable que, en adelanre, el joven caldera se va a
sentir actuando con mayor libertad enüe gentes a quienes trata de <tú>, con
quienes se ha peleado y con quienes se ha reconciliado, que enrre los viejos
dinosaurios sobrevivientes al gomecismo por dos lustros.
A partir de entonces, y hasta su llegada a Mirafores en 1968, Cal-
dera no abandonará su alianza fundamental con Betancourt. Esto puede
soner a exageración pedagógica entre quienes vean sólo el aspecto exrerior
o palabrero de la actividad política. Pero es tan así, que en los últimos días
de octubre de 7945, Caldera se ve obligado a precisar que no es ni ha sido
miembro deAD aunque coincida uplenamente en sus posrulados fundamen-
r60 HSTON|A DE LOS VENEZOI.AI{OS EN EL SIGLO XX

tales que ha enunciado al asumir el poder conjuntamente con la oficialidad


joven de Ejércitoo.
yez en su vida aclarar que (no es
Que Caldera haya debido alguna
adecon puede hoy sonarnos a chiste. Pero todo eso va mucho más lejos' Por
un lado, tiene razón Naudy Suárez cuando asienta que uContra lo que suele
haberse escrito y creldo, Copei va a seguir a AD en la casi totalidad de su
programa del trienior. Por el otro, aún después de haber pasado a la oposi-
.i¿.r, Caldera y a los suyos no les disgustarla que los llamasen a gobernar
"
en una prefiguración del Pacto de Punto Fijo.
De allí su amargo reclamo porque una vez elegida la Asamblea Nacio-
nal Constituyente, Betancourt no abandone la Presidencia de laJunta Revo-
lucionaria para ser sustiruido Por un presidente extra partido.
Taliez,como se pretendía, para que las elecciones se llevasen a cabo
sin ventaja para nadie, pero tal vez también para que se les incorpore al
gobierno en igualdad de condiciones, o como sucederá trece años más tarde
en la coalición prevista en el Pacto de Punto Fijo.
Lo m¡ís importante de todo es que no sólo caldera acepra la legitimi-
dad del golpe, sino que va a formar un partido explícitamente octubrista:
nPor el triunfo de los ideales de la revolucion de octubrer, será el eslogan
fundador de Copei.
Es cierto que ese Copei se va de inmediato a la oposición' y que en un
país donde la sangre hierve tan fiícil (y mucho más entonces) es muy dificil
hablar ds l¿ uoposición de su Majestadr'
Pero esos son los hechos, y si se dice que Dios reconocerá los suyos'
pues nuestro pequeño Diablo vernáculo también: Rómulo Betancourt jamás
olvidará que aquel partido nacido en 1946 para hacerle oposición, le reco-
noce así como hermano de leche.
Años después, cuando Ia experiencia los haya habituado a cubrir con
sonoras palabras realidades políticas más pedestres, Rafael Caldera y Rómu-
lo Betancourt dirán que los unió desde siempre una pasión común por la
democracia. Es posible, pero lo que los unía en octubre se 1945 era el apo-
yo al golpe militar.
Si no se entiende eso, no se enrenderá la evolución posterior de copei,
ni tampoco la de Acción Democrática. Copei no se concebirá a sí misma
en adelante sino en oposición a Acción Democrática. Pero ala vez, Acción
Democrática no soportará otra oposición que no sea la de Copei. Porque
siente y hasta expresa con bastante claridad que hay espacio para ambos en
MANUEL CABALLERO l6l

la escena política venezolana. Pero que, fuera de sus límites, quien quiera
existir sólo podrla hacerlo comiéndose a uno de los dos panidos dominan-
tes; así como el Labour Party se tragó en Inglaterra al antiguo parrido \lhig
o Liberal; así como la propia Democracia Cristiana se tragó en varias partes
al antiguo partido conservador.
A partir de allí se explica la reticencia del recién Partido Socialcris-
tiano Copei ante el golpe del 24 de noviembre de 1948, el cual además en
cierto modo le viene al interior del partido como una bendición: los restos
del viejo conservatismo para nada enemigo de la dictadura se van con el
nuevo gobierno; y Caldera permanece esperando su momento, primero en
un prudente wait and see, luego en la oposición a partir de 1952.
A fines de la dictadura, la oposición de Copei es tan clara que no sólo
acepta una alianza con AD la cual, como decimos, nunca ha abandonado del
todo, sino que hasta consiente en una unión así sea efimera y reticente con
quien no es tanto su enemigo histórico (ése es Acción Democrática), sino
su enemigo mortal (como lo es la enseñanza pauliniana el pecado contra el
esplritu): el Partido Comunista.
La alianza que se firmará en 1958 en la casa de Caldera llamada por
esta razón nPacto de Punto Fijor, será, desde el mismo momenro, más que
un ménage d trois que la moral cristiana repudia, un matrimonio de amor y
de conveniencia entre Copei y Acción Democrática.
Caldera y los suyos han comprendido que nada se parece tanto al
poder como el poder mismo. En los próximos años, por si le hiciera falta,
va a tener ante los ojos, más que el ejemplo de las democracias cristianas de
Alemania, Italia y Chile, el de la sinuosa, lenta pero audaz táctica que llevó
a gobernar a \7illy Brandt y la socialdemocracia alemana: el acercamiento
al poder no desde afuera, sino desde adentro, aliándose con su enemigo his-
tórico, la Democracia Cristiana.
Allá, eso se llamó Die Grosse-Koalition. Pero Caldera no necesira
andarse quebrando la cabeza con un diccionario de alemán. Si se quiere ir
muy atrás, a su joven discípulo Luis Herrera Campins le gusta mucho recor-
dar que, dePáez en adelante, casi todos los nuevos gobiernos venezolanos
han salido del seno del antiguo: Alcántara, Rojas PaúI, Gómez, Medina.
Y si no se quiere ir tan lejos, allí está el ejemplo de otra coalición exirosa,
en términos de crecimiento vertiginoso de las cifras del partido: la alianza
Betancourt-Pérez Jiménez en 1945.
162 HISÍORI,A DE LOS VENE:ZOLAI{OS EI{ EL SIGLO N

Pero otra cosa han comprendido también Caldera y su gente; hoy por
hoy nadie hace política desde su oficina, por mucho que ella sea ministe-
rial. Al electorado se le gana no en cada elección, sino entre ellas. Y la úni-
ca manera de hacerlo, paciente, a diario y con frutos, es construyendo una
maquinaria, lo mismo que hizo Betancourt desde 1941. Eso lo llevó, por
derecho propio, a la Presidencia en 1958. Diez años más tarde le tocará el
turno a Caldera.

t¡l

El primer logro del gobierno de Caldera en relación con su partido,


es haberlo convertido desde su gobierno no sólo en un partido de masas,
sino en el único capaz, hasta el final del siglo, de pelearle a AD en la calle y
en su propio terreno, que en la sociedad venezolana son casi todos. Eso se
ha llamado, en términos electorales, npolarizacióno.
Pero eso puede hacer olvidar que la presencia, lafuerza de Copei no
es la circunstancia quinquenal de una elección, sino la existencia de una
poderosa maquinaria permanente. Es cierto que Copei pierde las eleccio-
nes en 1973.Pero los copeyanos lograron en esa elección un volumen de
votación superior en más de un cuarto de millón a sus previsiones más opti-
mistas, con las cuales pensaban ya ganarle a AD. Sólo que olvidaron que
no se trataba de superar a AD, sino de saber captar los votantes que dejaba
huérfanos la aniquilación de los restantes partidos, sin hablar de los votos
potencialmente perezj imenistas.
Para un partido que en 7963 se consideraba nel perdedor que ganó,
por haber sacado seiscientos mil votos, nadie podría llamarlo uel perdedor
que perdió, si diez años más tarde había aumentado aquella cifra nada menos
que en un millón de votos.
Eso lo entendió mejor que nadie Herrera Campins. Cualquier polí-
tico de carácter más volátil hubiera tratado de cobrárselas a Caldera desde
el mismo momento en que impuso la candidatura de Lorenzo Fernández.
Pero con mucha inteligencia, comprendió lo que Betancourt decía a cada
momento a sus íntimos: el partido es lo primero, la Presidencia lo segundo.
No sólo su paciencia lo llevó a sentarse en la silla de quien había dado tan
buen consejo, sino algo mucho más importante, de lo cual no ha cesaba de
jactarse, y con sobradarazón: el único copeyano capazde ganarle una elec-
ción a Acción Democrática fue Luis Herrera Campins. Porque Caldera se
MANUEL CABALLERO 163

enfrentó a un partido dividido, gastado por diez años de gobierno, Herre-


ra se enfrentó a una AD unida, con los bolsillos llenos y al que ni el más
encarnizado de sus enemigos hubiese creído perdedor hasra unos quince
días antes de las elecciones.
Caldera habla tratado de imitar a Acción Democrática en el rerreno
polftico, y en lo más sólido del ejemplo adeco, a saber: la construcción de
una gran maquinaria política. Herrera Campins rraró de ir más lejos, imi-
tando los modos populacheros, alpargatosos, del AD del trienio de Octu-
bre. Nadie se parecía tanto en su recorrido por los caminos de Venezuela, al
famoso muñequito con el sombrero, las alpargatas y el bollito de pan en el
bolsillo que durante tanro riempo fuera el símbolo de AD, como el candi-
dato de Copei, Luis Herrera Campins.
Herrera Campins tenía razón: desde siempre había pensado que debía
quitársele a Copei ese aura de partido oligárquico. Siempre consideró mucho
más peligroso como adversario a un Piñerúa Ordazque ni bachiller era, que
a un doctor Jaime Lusinchi: el pueblo adeco podía reconocerse mejor en
aquel que en éste.
Luis Herrera Campins ruvo razón, a corro plazo, y la prueba es que
ganó las elecciones de 1978. Pero quién sabe si su error fundamental haya
sido pretender gobernar con un esdlo antes que con un programa, el que le
había hecho ganar las elecciones.
Maquiavelo enseñó hace unos cuarro siglos que ni siquiera de las vir,
tudes debe tener mucho un gobernante si ellas lo hacen perderse. Mucho
menos los defectos, uno de ellos: confundir una política popular con una
política populachera.
Por diversas razones, pero sobre todo por la crisis de la economía en
1983, a Luis Herrera Campins se le imposibilitó hacer un gobierno cuyos
éxitos se pudiesen comparar con, y mucho menos superar al primer gobierno
de Caldera. Pero no fue eso lo que llevó a la ruina a Copei, sino su división,
cuyo origen estaba en el hecho de que luego de su salida en 1972, a Caldera
se le volverá una obsesión retornar a Palacio, lo que logrará en 1993, a cosra
de destruir su propio partido.

LA IMPOSIBLE IZOUIERDA

Mientras que el estudio de las dos opciones partidistas anteriores se


centra menos en los asuntos doctrinarios que en el hecho concreto de su
acción parala toma y conservación del poáer, con la izquierda la realidad
r& HISTORIA DE LOS VEI{EZOLANOS EI{ EL SIGLO )O(

impone proceder de manera inversa: su historia, en el siglo )o( venezolano,


tiene su ámbito en la historia de las ideas, pues nunca llegó a constituir una
opción real de poder.

Según toda evidencia, el concepto de -izquierda política es latino y


no sajón. La Enciclopaedia Britannica no dedica ni una línea al asunto, al
menos como sustantivo. En Inglaterra como en los Estados Unidos, sólo
algunos sectores muy radicales y por lo general marginales asumían antes
de los años sesenta el mote. De resto, en los Estados Unidos se les llamaba
con pudor liberals.
Y en los países cuya cultura política no se nutre de ninguna de aquellas
dos fuentes, el término tampoco parece gozar de muy buena prensa: Lenin
lo aborrecía, y casi que da gracias a Dios cuando le envió desde el cielo la
circunstancial denominación de bolcheuih para diferenciarse de sus enemi-
gos en el interior de la socialdemocracia rusa. Desde la tribuna del VI Con-
greso de la Internacional Comunista, Nikolai Bujarin la empleó a disgusto,
señalando su imprecisión. Y habría que Preguntarse si para los asiáticos el
término tiene significación alguna.
En los países latinos, se trata sobre todo de la asunción, por parte
de los ofendidos, de un concepto despreciativo. En todos los idiomas y en
todas las culturas, la palabra izquierda está casi siempre asociada con torpeza'
inutilidad e incluso con deshonestidad o inconfesable condición.
Así el frances de uaud¿uilbsiempre hablará de su querida como su (esposa
de la mano izquierdau. l,os reyes, siguiendo el altísimo ejemplo de Dios Padre,
siempre sentaron a diestra a sus favoritos. Cuando no les quedó más remedio
que autorizar la formación de parlamentos, en Inglaterra los partidarios de la
prerrogativa real buscaron por adulación sentarse a su derecha.
Como sucede muchas veces, los relegados hicieron de necesidad vir-
tud, y lo de uizquierdar, que era en realidad un insulto, lo asumieron como
un elogio. La historia está llena de tales reversiones: una conocida secta reli-
giosa protestante, la Sociedad de Amigos, es conocida por el irónico remo-
quere que sus enemigos le endilgaron debido a la manera como temblaban
sus cuerpos cuando aseguraban estar poseídos por la gracia de Dios: los
ntembladoreso (que en inglés se dice quakers),los austeros cuáqueros cuya
estampa adorna las latas de avena.
¡/ANUEL CABALLERO 165

En Venezuela el m¿ís famoso caso es el de los adecos (ade-comunistas),


un mote que al principio los hacía estremecerse de indignación y hoy hay
quienes juran serlo hasta que se mueran...
En todo caso, se trata de un concepto que proviene del fin de lo que
los historiadores llaman la Edad Moderna. Algunos historiadores de izquier-
da, en particular los marxistas, han tratado de rescatar pera su bando uno
que otro rebelde de tiempos más antiguos: Espartaco en Roma, Pugachov y
Razin en Rusia, los levellers en Inglaterra. Pero dar a esos movimientos un
tinte doctrinario que tenga la claridad de los contemporáneos, sólo puede
conducir a dos opciones por igual mentirosas y estériles: o asumir todo el
personaje para la izquierda, o maquillarlo recortándole sus rabos sueltos, sus
seis patas, sus cuatro narices. En el primer caso, tendríamos el tremendo
enredo de quien intentase en Brasil recuperar para un panteón izquierdism
a los héroes de la revuelta anarcosanturrona de Antonio Conselheiro.
Pero es el segundo caso el más interesante: tratar de ocultar en Vene-
zuela que el nsocialistao Ezequiel Zamorano sólo tuvo sus esclavos, sino que
se peleó por ser indemnizado cuando la abolición.
En Francia la Asamblea Nacional se hace arrancar el concepto de
izquierda en 1789, o de los tiempos de la Restauración borbónica, cuando
se hizo tradición que los nostiílgicos de la República se senrasen a la izquier-
da del presidente del Parlamento.
El de izquierda es, pues, un concepro histórico, y de la historia con-
temporánea. Y como tal, está sujeto a evolución y cambio, muchas veces de
la noche a la mañana. Testigo de eso Rufino Blanco Fombona quien después
de pasear (blandido en la mano izquierda de su liberalismo lerrouxiano)
un bastón de condottiero por los lomos de sus adversarios conservadores y
antibolivarianos, vino a aterrizar en Venezuela con ganas de partirlo en los
izquierdos lomos de los jóvenes alborotadores que, en 1936,lo conocían
poco y lo entendían menos.

tl

Era Benedetto Croce quien decía que toda historia es contemporánea.


En todo caso, y si fuese ve¡dad lo que se dijo al morir Gómez, que el siglo
)C( venezolano comenzó en ese momento, toda la historia de la izquierda
venezolana es contempo ránea.
16 H|STOHA DE LOS VENEZOLAI{OS Eil EL SIGLO XX

En 1936, el vocabulario del venezolano se enriqueció de pronto, con


el aporte de miles de palabras nuevas o remozadas, y no pocas importadas.
lJnas para detestar: latifundio, imperialismo, nepotismo, peculado, tortol'
grillos; otras para querer: libertad, democracia, derechos humanos; otras
para atemorizar: comunismo, socialismo, anarquismo, así como también
nazismo y fascismo.
un grupo de palabras se situaba a medio camino entre la fascinación
y el temor: sindicatos, partidos, manifestación. Aqul, repetida con esPeranza
o con miedo, esraba también la palabra izquierda: desembarcaba en nuestras
playas con un buen siglo de retraso. Algo de nuevo traía ella: la preocupación
por la organización y la acción de la clase obrera tanto en sindicatos como
en paftidos, que había tardado un buen siglo para imponerse al lenguaje
político de Europa, aquí viene con la fundación misma de los partidos con-
temporáneos. Pero también arrastraba algunos harapos pasados de moda.
Con un inigualable sentido de la inoportunidad, a la FEV de Jóvito
Villalaba no se le ocurrió nada mejor, como si todavía se viviera en la época
del Syllabus, que proponer y de hecho desencadenar una chillona campaña
anticlerical.
Hasta Petróleo, el periódico que en elZulia representaba un novedo-
sísimo -y, que se sepa, único en Venezuelaó ensayo de periodismo político
obrero-, gastaba bastantes de sus muy escasas páginas en meterse con los
curas en un lenguaje que olía mucho menos a marxismo que a francmaso-
nería. Pero lo que va a distinguir más al hombre de izquierda en 1936 es
lo que lo hace indistinguible de la inmensa mayorla de los venezolanos: el
anhelo por la democfatización de la vida pública.
Todas las otras consignas van a Pasar a un segundo o tercer plano. n¡Elec-
ciones generaleslu: así, entre signos de admiración, como la más estridente
invocación, va a figurar esta consigna en todas las publicaciones, reuniones,
discursos de la izquierda.
Todo eso se termina con el Flandre, un barco francés donde cuarenta
y siete líderes izquierdistas serán expulsados del país por un año.
Ni Rómulo Betancourt ni Juan Bautista Fuenmayor se dejaron apre-
hender por la policía. La izquierda pasa a la clandestinidad, y ese nombre
genérico servirá para designar los escasos números del órgano ilegal del PDN
ya en plenitud betancuriano: izquierdas en plural saldrá muy Poco' como
muy poco saldrá, treinta años después, el singular izquierda de Domingo
Alberto Rangel y Gumersindo Rodríguez.
N¡ANUEL CABALLERO ro

Cuando aquellos líderes regresen, ya todo habrá cambiado tanto, que


ya en los años cuarenta, no sólo nadie se atreverá a hablar de nizquierdao,
sino tan siquiera de uizquierdaso. Es un tiempo en que es mal visto tratar
de dividir a la comunidad nacional, y es mal visto sobre todo en lo que en
1936 se consideraba la más extrema izquierda: los comunistas practicarán
una política de rigurosa nunidad nacional, antifascista.
A Betancourt, recién fundada Acción Democrática, le interesa bien
poco que lo sitúen en la izquierda o en la derecha, y tampoco va a caer en
la trampa de quienes lo quieran colocar entre los fascistas o antifascistas de
acuerdo a líneas que ellos mismos tracen y que él no pueda borrar o señalar
según el caso.
Su problema es otro: él está tratando de que de alll en adelante el país
deje de dividirse entre izquierdistas y derechistas, entre gomecistas y anti-
gomecistas, e incluso entre gobierno y oposición. Lo que le interesa es que
el país llegue a dividirse teniéndole como frontera. Que todo el mundo sea
adeco o antiadeco.
Cuando después del 1B de octubre de 1945, logre una votación cer-
cana a la unanimidad, el problema no será situarse en la izquierda o en la
derecha, sino cómo sobrevivir fuera de AD.
Los únicos que lo lograrán no será por su condición de izquierda o
de derecha, sino porque en cualquiera de las dos manos llevan un fusil. Y
después delZ4 de noviembre de 1948, el problema será cómo sobrevivir sin
plegarse a estos últimos.
Así las cosas, habrá que esperar hasta los años sesenta para que vuelva
a aparecer la testaruda palabra. Al socaire de la Revolución cubana, todas
las espitas del radicalismo se abren en América Latina, y Venezuela no será
la excepción. Correrán la sangre y el plomo.
Thmbién, torrentosas, las palabras: Domingo Alberto Rangel se des-
parrama en un mitin en Maracaibo para fundar Acción Democrática de
Izquierda y en otro en Caracas para transformarla en el Movimiento de
Izquierda Revolucionaria. Como la infaltable ave fénix de la sobadísima
comparación, la izquierda ha renacido.
En AD el asunto es recibido con disgusto. No sólo porque, como todos
los desprendimientos, aquel no deja de doler, ni porque los odios mellizales
sean los más implacables, como las guerras civiles las más crueles, sino por-
que en ese partido vuelven a jugar los viejos reflejos de 1936.
168

Es así como mucha gente que se queda adentro aborrece que la consi-
deren derechista como los propios Betancourt y Leoni durante mucho tiempo
consideraron un insulto que se les creyese reformistas. De modo que, para
designar al nuevo fenómeno, será ese partido el que más se exprimirá los sesos
para emplear circunloquios: la nmal llamada izquierdar; la nautodesignada
izquierdar; se llegó incluso a inventar un eslogan que no tuvo demasiados
adeptos: o¡izquierda blanca, sí; derecha roja, no!,
Todos esos cuidados se terminaron con el aplastante triunfo de Carlos
Andrés Pérez en 1973: el baño de multitud volvió, como en 1945, a curar
a los adecos de sus complejos.
Los copeyanos, por su parte, se tomaron el asunto ntranquilos y sin
nervios, auant k lettre.Ellos sentían que su espacio político no lo molestaba
ni lo cubría siquiera en parte aquel fenómeno, y nunca se anduvieron con
demasiados cuidados para llamar a la izquierda por su nombre.
Thmbién porque intuían que, como se verá al final, la autodefini-
ción en esa forma era demasiado cómoda, y era una trampa que quienes la
empleaban se empeñaban en fabricar y pisar con una consecuencia digna
de mejor causa.
En 1973,luego de que la izquierda sufriera una hecatombe electoral
de la cual sólo el Movimiento al Socialismo (MAS) pudo sacar a duras penas
la cabeza, este partido se dio cuenta de la trampa en que se encontraba pata-
leando y emitió una declaración (nNos negamos a dividir al país en izquierdas
y derechasr), Que a muchos sonó entonces provocadora y señal indefectible
de que ese partido se disponía a pasarse con armas y bagages aI enemigo.
Este proceso de intenciones continuó durante un buen tiempo, hacien-
do que el MAS no siguiese una línea continua en relación con Ia política
que aquella declaración parecla proponer. Cierto, habrla quepregunrarse si
en política es posible seguir alguna vez esa línea continua, pero ése no es el
problema: es que se han unido factores de diversa índole que han hecho que
el MAS deba proceder en ese terreno mediante marchas y contramarchas.
Apane del proceso de intenciones (unido al mágico retintín que tienen
en ciertos sectores la formula de unidad como la misma palabra izquierda),
una serie de partidos se han aferrado d Érmino sabedores de los refejos que
podría despertar en electores que vienen de una larga tradición de radicalis-
mo, y en revolucionarios a quienes molesta que los sitúen a la derecha por
mucho que la acusación sea injusta, y por mucho que buena parte de quie-
nes la hacen no tengan la menor autoridad o credencial para hacerlo. Así,
MANUEL CABALLEBO 169

en los hechos, si hoy el concepto de izquierda en Venezuela es inapro para


seryir de piso a cualquier política positiva y de largo aliento, es sin embargo
un peso muerto que impide toda refexión y toda acción seria.
Que se nos entienda bien: no se rrara de esta particular izquierda vene-
zolana, en este particular momento de su acción, sino de que el concepro
de izquierda sobrevive sobre la base de la pereza mental, madre de todos los
vicios del esquematismo.

ilt

Es bien conocida la frase del ensayista francés Alain según la cual quien
niegue vigencia a los conceptos de derecha e izquierda se hace sospechoso
de derechismo. Esta idea, aún antes de ser expresada, ha inhibido a dema-
siada gente para hacer una disección de la izquierda y el izquierdismo, pues
uno de los más tenaces esnobismos de la latinidad polltica es ser de gauche
(asl, en francés, porque de allá ha venido). En Venezuela, hasta un partido
de dimensiones tales que llegó en cierro momento a ser comparado con el
PRI mexicano (a saber Acción Democrática), ha tenido sus momentos de
susto e inhibición frente a ese esnobismo y, en general, muy poca gente se
confiesa derechista en este país.
No tenemos inconveniente en aceprar lo que Alain dice, porque no
sostenemos que los conceptos de derecha e izquierda estén superados: lo
que nos proponemos es demostrar es que el concepto de izquierda no tiene
vigencia.
¿Y no es lo mismo? En absoluto. Porque el conservatismo, el establis-
ltment, el statu quo, o si se prefiere, la derecha, no necesita precisiones ni
definiciones, y poco importa que la ubiquen a la izquierda o a la derecha si
con eso logra disimular que donde en realidad está es arriba.
Pero la idea de que exista una izquierda política es un concepto ideo-
lógico. Es decir, un ocultamiento de Ia realidad, una falsa conciencia. Es
decir, un concepto que no calificaremos de derechista, de conservador o de
reaccionario, porque esos son epítetos de la polémica política y muchas veces
nada más. No: el concepto de una izquierda política es un concepto burgués,
lo cual es una ubicación social, clasista, histórica muy precisa.
Todo lo escrito en las páginas anteriores para rrarar de dar una ubica-
ción histórica a ese concepto, nos lleva a concluir que él nace con el comienzo
de la dominación política de la burguesía, sobre todo la francesa.
r70 HISTORIA DE LOS VENEZOLAIIOS EI{ EL SIGLO XX

IJna vez que estaba asegurada, la primera inquietud de toda clase


dominante aforó: ocultar no sólo el carácter real, social, de su dominio, sino
ocultar la idea de que el mismo exista. Y para eso, la división de la sociedad
en estrictos criterios políticos sirve a las mil maravillas, como antes sirvió Ia
división en sectas religiosas. Porque una verdad de perogrullo enseña que
donde hay una izquierda hay una derecha. Eso es lo que afora. Pero lo que
más interesa es lo que queda oculto, lo que más hondo cala en la mentali-
dad popula¡ el mensaje subliminal en suma: que si existe una derecha y una
izquierda, también existe un centro.
Ese centro no es (como en los parlamentos de la IV República fran-
cesa) una combinación de partidos que, sin ser en la superficie chicha ni
limonada, practicaban una política de inmovilismo, conservadora. No. Es
algo más sutil: es la idea de que, por encima de una sociedad dividida en
derechas e izquierdas, existe, imparcial y ordenador, un ente que está más
allá de divisiones (más allá de las clases).
Pero es que el concepto de izquierda contiene además dos elementos que
contribuyen a que cada paso que se dé en sus movedizas arenas la hundan más
en la esterilidad y la incontenible manía hacia la división y la autofagia.
El primero de esos elementos es la inhibición frente al poder. Se está a
la izquierda del soberano, como se está a la izquierda del dominador ¡ más
allá, ala izquierda de Dios Padre. Pero el problema no es estar a su izquierda
o a su derecha, sino acabar con su dominio.
Al presentarse como nizquierdau, los partidos que allí se ubican no
están escogiendo su propio terreno de combate, sino el que el enemigo les
asigna. El otro elemento a que hemos aludido es, ya Para finalizar, que el
concepto de unidad de la izquierda es un contrasentido, Porque la izquierda
lleva en sí el germen de su propia división.
No tanto, como algunas buenas almas podrlan pretender, a causa de
las ambiciones personales. Y ni siquiera, lo cual tendría al menos una justifi-
cación moral e intelectual, por su doctrinarismo; sino porque si sustituimos
una ubicación política por una ubicación espacial, la pereza mental hará el
resto: el más lúcido, desde el punto de vista político, y el mejor, desde el
punto de vista moral, no será quien con más claridad analice la situación y
proponga una política efr,caz.
Ni tampoco el que mayores sacrificios consienta ni el que dé mayores
muestras de desprendimiento, sino quien esté más a la izquierda. Y es inútil
pensar que se habrá de llegar algunavez a la orilla: siempre se será el dere-
I/ANUEL CABALLERO
ryr

chista de alguien, siempre alguien nos desbordará por la izquierda. Desde


que el concepto de izquierda renació en la polltica venezolana, no ha tenido
un momento de tregua la dispersión grupuscular.

EXTRA ECCLESAM...

Fuera de esas opciones, ¿no hubo ninguna otra que, en el siglo )O(,
pudiese comparárseles, hacerles sombra? Son dos cosas diferentes: hacerles
sombra sí, sobre todo en algunas elecciones, comparárseles no. De todo esos
movimientos, el más fuerte y duradero ha sido la Unión Republicana Demo-
crática de Jóvito Villalba. Pero audaz y en ocasiones exitosa en el terreno
táctico, dio siempre la impresión de carecer de estrategia.
Por una parte, fue un partido reactivo, cuya obsesión mayor ha sido
vencer a su rival y en cierto modo gemelo ideológico, AD. Y por la otra,
dependía demasiado del prestigio personal deJóvito Villalba. Y, como parti-
do, falló en la prueba suprema del poder: apenas participó en él como socio
menor de uno de los grandes partidos, su detestado fére ennemi, Acción
Democrática.
LOS MILITARES PASAN LA CUENTA

Acción Democrática y la Unión Patriótica Militar se unieron para combatir


un enemigo común: un régimen heredado del gomecismo, que además se
habla aliado con los comunistas. Se habían acordado en rorno a dos puntos
programáticos: elecciones libres y castigo a la corrupción administrativa.
En líneas generales, el objetivo común era la modernización de la sociedad
venezolana.
Pero cada una de las partes tenía una idea particular sobre la fuerza
dirigente del ingreso a la modernidad. Para el jefe civil de la conjura, Rómu-
lo Betancourt, ella debía ser el partido político; para su jefe militar, Marcos
Pérez Jiménez, laFuerza Armada. En tales condiciones, cada uno tenía su
agenda propia. Betancourt impuso la suya desde el mismo 18 de octubre,
al obtener la mayoría de los puestos de la Junta Revolucionaria de Gobier-
no, y su Presidencia.
Pérez Jiménez no presionó demasiado para ser incluido allí, como le
correspondía por su jerarquía en el Ejército y en la conspiración; y prefirió
dedicar sus esfuerzos a la modernización de las Fuerzas Armadas.
Pero no todo era miel sobre hoiuelas. Desde el 19 de octubre del año
45, algunos militares comenzaron a conspirar para poner la totalidad del
poder en manos de las Fuerzas A¡madas. Las cosas se precipitan hacia finales
de 1948, bajo la presidencia constitucional de Rómulo Gallegos, estimula-
das por una situación económica un tanto dificultosa. A medida que el año
48 avanzaba hacia su término, había varias conspiraciones en marcha. Por
un lado, la del nmar de teniendllos impacientes), como los llamó un líder
de AD. Por el otro, la del propio Pérez Jiménez quien hasta enronces había
actuado como (apagafuegoso tratando de convencer a sus subalternos de
esperar un momento más propicio. Que se darfa al lograrse su aspiración
mayor, por la cual trabajaba sin descanso: la unidad de comando, la una-
174 HISTONN DE LOS VENEZOLA¡{OS EN EL SIGLO XX

nimidad del ejército. Ello haría posible presentar como nel gobierno de las
Fuerzas Armadaso al surgido del derrocamiento de Gallegos.
Pero para lograr ese objetivo, era necesario salvar al menos dos obstá-
culos: el primero, la presencia de algunos oficiales leales, a la cabeza de los
cuales estaba Mario Ricardo Vargas, uno de los conspiradores de octubre y
miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno. El otro era el Ministro
de la Defensa, Carlos Delgado Chalbaud.
La pésima salud de Mario Vargas contribuyó a acelerar los aconteci-
mientos: debió irse a los Estados Unidos, buscando mejores aires para sus
pulmones corroídos por la tuberculosis. Apartado así ese obstáculo, era más
fiícil aislar a Delgado Chalbaud, un hombre cuya formación civil (era inge-
niero, asimilado por López Contreras al Ejército) y cuya cultura francesa,
amén de un carácter vacilante, parecían hacerlo poco proclive a encarnar el
clásico ngorila, latinoamericano.
Delgado Chalbaud venció sus propias dudas y de ser el emisario de
Gallegos ante las Fuerzas Armadas, pasó a convertirse en el portavoz de los
golpistas. Fue en todo caso él quien comunicó al Presidente las condiciones
inscritas en el pliego militar: nombrar un gabinete de seis militares y seis
civiles y expulsar a Rómulo Betancourt del territorio nacional.
Gallegos se indignó ante la sola posibilidad de escuchar semejan-
te lenguaje de parte de unas Fuerzas Armadas a las cuales la Constitución
les imponía ser obedientes y no deliberantes. El escritor era un hombre de
principios muy rígidos, no un político que supiera maniobrar, emplear la
mano zurda, lo cual contribuirá a hacerle perder el poder' Pese a vivir en
ese momento un gran distanciamiento de Betancourt, se negó en redondo
a la imposición militar.
Ante lo grave de la situación, Mario Vargas regresó a toda prisa a
Venezuela. Betancourt, por su parte, intentó alguna negociación de última
hora para enderezar las cargas. Confiaba en su celebrada capacidad dialécti-
ca, y en su veteranía política para desconcertar si no envolver a los militares
como lo había hecho en 1945. Creyó poder convencerlos o cuando menos
hacerlos dudar de las posibilidades de triunfo de un golpe.
Les pidió tiempo para tratar de solucionar la crisis y atender de una
forma u otra a las demandas del sector castrense. Según él mismo, allí se
había llegado a un acuerdo.
Pero ya era demasiado tarde: la unidad de comando se había restable-
cido: hasta el propio Mario Vargas se vio obligado a firmar el documento del
t\,,lANUEL CABALLTRO

Estado Mayor que anunciaba el derrocamiento de Gallegos y establecía una


Junta Militar de Gobierno. La experiencia de una democracia radical, de un
gobierno civil impuesto por los militares, había durado apenas rres años.

UN MISMO PROCESO

El deI24 de noviembre de 1948 suele ser un tema casi tan espinoso


como el del l B de octubre de 1945. Para su análisis acaso lo más fructífero
sea situarse fuera de una consideración valorativa, moral e incluso política.
No es que no se deba emitir opiniones en ese sentido, sino aproximarse al
asunto con un criterio más histórico que moral o político (sin olvidar que
aquel incluye éstos).
El primer asunto parece a estas alturas resuelto: el 24 áe noviembre
de l94B es hijo directo del 18 de octubre o para mayor precisión, son dos
puntas del mismo proceso, caracterizado por la presencia del ejército, en
forma institucional, en la escena polltica.
nlnstitucional, porque se trataba de oficiales de escuela, cuyos grados
habían sido obtenidos gracias a una formación académica asaz rigurosa.
Lo que hace asimilables las dos fechas es que ambas son movimien-
tos militares, eu€ en los dos casos tenían por objeto la instauración de un
gobierno militar aunque la conciencia de su propia bisoñería política y la
audacia de Rómulo Betancourt y los suyos le diera un rumbo disdnto en
el primer caso.
El24 de noviembre, esos bisoños muchachos del 18 de octubre pare-
cen sentirse ya bastante fogueados en política como para hacerse del poder
entero. Y el partido político que había sido su compañero en la insurrección
contra Medina, no mostró una fortaleza equivalente. Así, no hubo necesidad
de disparar un tiro, y el movimiento de noviembre fue calificado como ngolpe
frlor. Lo de frío nada tenía que hacer con la época, aunque ya comenzasen
a sentirse las brisas decembrinas. ¿Qué había sucedido? ¿Habían cambiado
tanto los militares que protagonizaron el 18 de octubre para convertirse de
la noche a la mañana en dictatorialistas y hasta fascistoides?
De eso los acusaba la propaganda de AD en el momento, primero
clandestina y luego emigrada. Pero esa manera de ver las cosas no resiste
el menor análisis. La verdad es que los militares se habían alzado el 18 de
octubre no para poner en el poder a unos civiles que se pudieran convertir
en sus rivales, sino para mandar ellos mismos en el país. Cierto, una conju-
176 HISTORI,A DE LOS VEilEZOIAIIOS EN EL SIGLO XX

ra que se inicie proponiendo esto no iba a tener tal vez demasiada audien-
ciaen un país que, con todo, llevaba desde López diez años disfrutando de
un régimen democrático.
El24 de noviembre ya no se tienen esos escrúpulos, pero además, esa
fecha, ligada a la del 18 de octubre, adquiere una significación particular: es
muy difícil (y en todo caso los ejemplos no sobran) que ungobierno militar
no derive hacia una dictadura militar.
¿Por qué ngolpe frfor? Porque pese a las fanfarronadas de los dirigentes
deAD, el partido no movió ni un músculo para defender un régimen que
habían jurado defender hasta la última gota de sangre. No se puede expli-
car esto ateniéndose al muy comprensible instinto de conservación. Plan-
tear eso en términos de miedo o coraje no tiene sentido como no sea el del
miís pedestre primitivismo. Por lo demás Leonardo Ruiz Pineda entre otros
demostró que no era valor ftsico lo que les faltaba. Aqul se trata de un pro-
blema de relación de poder: el partido no era entonces una fuerza suficiente
para servir de equilibrio al ejército.
Durante el Tiienio, los dirigentes de AD se dejaron obnubilar por el
número de sus votantes y el entusiasmo de sus manifestantes; jamás pensa-
ron que, luego de esa borrachera de multitud, el partido fuese a pasar de Ia
noche a la mañana a una situación de persecución y de clandesdnidad.
Pero además, paradójicamente, la gran debilidad de AD residía en
su fuerza avasallante. El volumen de su votación le daba un estatus muy
parecido al partido único, lo que facilitaba que la oposición comparase el
suyo con los regímenes de Europa Oriental y sobre todo, con el ya por ese
entonces largo ejemplo de hegemonismo, el mexicano.
Aparte de esa condición de partido-mamut, que contribuía a darle
una exagerada confianza en sí mismo, el partido estaba solo en el escena-
rio político. Por muy pequeño que fuera el universo exterior a ese partido,
lo único que lo caracterizaba era su fiera oposición a Acción Democrática,
incluso en el caso de un partido que, como Copei, había aceptado el 18 de
octubre. En suma, que la falta de resistencia al24 de noviembre no fue una
cosa de coraje o falta de tal, sino que en todas partes donde existe un parti-
do único civil, tiende a formarse un partido único militar.
Otro problema que parece estar claro ahora es la participación nor-
teamericana en el golpe, tal como lo denunció el propio Gallegos, siendo
desmentido con su vehemencia característica por Domingo Alberto Rangel,
entonces nada antiimoerialista.
MANUEL CABALLERO IT

Gallegos llegó a nombrar al oficial norteamericano que había partici-


pado en el golpe, un tal (coronel Adamsr. Ese señor ha desaparecido de tal
manera del mapa que, siendo Embajador en'\l'ashington, Simón Alberto
Consalvi intentó entrevistarlo, pero no se dignó responder ni siquiera acu-
sando recibo de las llamadas telefonicas.
El examen de la documentación publicada más tarde, permite llegar
a la conclusión de que en el gobierno norteamericano, hubo desde el prin-
cipio dos tendencias muy definidas: la del Departamento de Defensa' con
simpatía hacia los militares, y la del Departamento de Estado, más bien
favorable al gobierno civil. En cuanto a la instigación de Perón y Odría, no
sólo sobraba su ejemplo: los conspiradores tenlan el suyo propio el 18 de
octubre de 1945.

EL MAGNICIDIO

Después del 24 de noviembre de 1948, cuatro acontecimientos mar-


carán hitos en la historia del gobierno militar. El primero fue el asesinato del
Presidente de laJunta de Gobierno Carlos Delgado Chalbaud, en noviembre
de 1g50. su autor, Rafael simón urbina, había invadido venezuela desde
Curazao en l9}9junto con Gustavo Machado, en coincidencia si no conexión
con Román Delgado Chalbaud, padre del gobernante asesinado.
El segundo acontecimiento fue el proceso eleccionario de 1952.Jóvito
Villalba era el llder fundamental de Unión Republicana Democrática, paftido
fundado en lg46 y opuesro al gobierno surgido del golpe del 18 de octubre
de 1945, aunque durante el gobierno de Medina, había permanecido más
bien cercano a la oposición de AD. De hecho, hasa 1944, villalba había
sido candidato independiente en las listas de AD y había hablado en el acto
de fundación de El País, el diario de Rómulo Betancourt.
Pero durante el trienio 1945-1945 no se estaba para aceptar tales mati-
ces, y Villalba debió soportar los encarnecidos ataques del oficialismo, cuyas
bases saboteaban sus mítines. Mientras los civiles dedicaban lo mejor de su
tiempo a sacarse las tripas en la prensa y en la tribuna, la conjura militar
trabajaba en Ia sombra y al final se impuso el24 de noviembre de 1948.
Habían pasado cuatro años de gobierno militar, cuando éste decidió
legitimarse con unas elecciones. Mientras se acercaba su fecha, URD se fue
convirtiendo en el mayor partido legal de oposición. Mientras agitaba la
bandera de la lucha electoral, Villalba mantenía constantes vínculos con la
t7a HISÍORI,A DE LOS VENEZOLANOS Eil EL SIGLO XX

oposición clandestina, formada por Acción Democrática, cuyo secretario


general era Leonardo Ruiz Pineda (*Alfredoo) y por el Partido Comunista,
dirigido por Pompeyo Márquez (nsantos Yormer). Duranre un cierto dem-
po, participaron unidos en acciones conrra la dictadura. Pero faltando un
mes para la celebración de las elecciones, se separaron las aguas.
Así, el PC acogía la idea de Villalba de marchar juntos para enfren-
tar la dictadura en las urnas, Copei se abría solo: oCopei es la soluciónr; y
Acción Democrática cometía uno de sus más gruesos errores políticos pre-
conizando la abstención.
LaJunta preparaba un fraude, eso se sabía, pero abstenerse equivalía
a desperdiciar oportunidades para denunciar en el transcurso de la campaña
electoral los crímenes y la corrupción del gobierno. Sobre todo, era un grueso
error político porque se desdeñaba advertir las enormes reservas democráti-
cas de la población venezolana, capaz de aprovechar la menor hendija para
colarse por allí y propinar una derrora al gobierno.
Un gobierno que estaba confiado (aparte de la represión) en haber
embrollado las cartas lo suficiente como para confundir al electorado. Le
lucía impensable suponer a quienes habían votado en masa por AD cuarro
años antes, haciéndolo esta vez por un partido al cual habían adversado con
tanta acritud. Y además, la abstención proclamada por AD terminaba de
facilitarle la tarea.
Pero el electorado venezolano tenía otras intenciones. No era, como
pretendía el gobierno militar, un agregado sumiso, presro a irse tras quien
le ofreciese, como solía hacerlo el partido oficial (el FEI), frazadas, planchas
de zinc para techar los ranchos, harina, leche y aguardiente.
Pero como llegó a decirse enronces, los campesinos oyeron a los propa-
gandistas oficiales, recibieron sus dádivas, sus frazadas y sus planchas de zinc,
se comieron su harina, se bebieron su ron y votaron contra el gobierno.
Las elecciones se celebraron en un ambiente de terror: los presos polí-
ticos abarrotaban las cárceles y el campo de concenrración de Guasina. En
octubre, además, había caído Leonardo Ruiz Pineda en un enfrentamienro
con la policía política del régimen.
La dictadura lucía contenta, celebrando por anricipado su victoria en
las urnas. Pero se produjo entonces la gran sorpresa: URD venció en for-
ma aplastante al partido de gobierno. Los militares se vieron así obligados
a echar por la borda sus escrúpulos legalistas, desconociendo ese resultado
e implantando la dictadura abierta.
I/IANUEL C'qBALI,ERO

El tercer suceso fue la celebración de la X Conferencia Panamericana,


que sirvió a PérezJiménez.Wamostrar su gran obra material con la Ciudad
Universitaria; y a los Estados Unidos para aislar y luego liquidar al régimen
constitucional de Jacobo A¡benz en Guatemala.
Por tlltimo, en 1957 , Pérez Jiménez organizó un plebiscito para reele-
girse, y lo ganó de forma abrumadora. Pero fue su canto del cisne: un mes
más tarde estaba fuera del poder.
EL AÑO 58

En 1958, se iban a cumplir diez años del derrocamiento de Rómulo Galle-


gos, cuando, el primer día de enero, aviones de guerra surcaron los cielos
de Caracas, en el desaflo más serio que había debido soportar el régimen
desde el 24 de noviembre de 1948.Hacía un mes, éste había realizado un
plebiscito para prolongar su mandato, y sus resultados le podían dar aPérez
Jiménez una sensación de solidez, de estabilidady, apartando los aspectos
morales, también de legitimidad, sobre todo frente al Ejército.
Pero al parecer, le había salido el tiro por la culata: si bien el alzamien-
to fue debelado, a medida que publicaban los nombres de los implicados se
pudo ver cuán extendido y profundo era el malestar entre la oficialidad de
las tres armas. El fracaso del golpe no fortaleció al gobierno. Por el contrario,
a partir de ese momento comenzó un acelerado proceso de deterioro que
terminaría veintitrés días más tarde con su derrocamiento.
Esto último fue producto de una acumulación de oposiciones que, al
final, convirtieron el derrocamiento de la tiranía en una empresa nacional.
Comenzando por las propias Fuerzas Armadas. Desde el 24 de noviembre
de 1948, cuando pareció soldarse de nuevo la unidad de comando rota en
1945, no se presentó ningún brote serio de indisciplina. Cierto, el régimen
tenía enemigos en la institución, pero había procedido a una depuración:
unos dos centenares de oficiales se encontraban en la cárcel o el exilio y en
todo caso habían visto truncada su carrera militar. Hasta ese momento,
se pensaba que las Fuerzas Armadas eran monolíticas en su apoyo aPérez

Jiménez, el cual contaba además con el sostén diplomático del gobierno


norteamericano, cuya política se regía por la división simple entre gobier-
nos pro-comunistas y anticomunistas. El de Pérez Jiménez estaba situado
en esta última categoría, y eso significabapara los Estados Unidos no sólo
el respaldo de un gobierno, sino, por el carácter mismo de éste, el respaldo
de un ejército.
HISTON|A DE LOS VENEZOLAI¡OS EN EL SIGLO )O(

La situación era ideal parala estrategia de la guerra fría. Además,


siempre en el terreno de la política exterior, no se podía pasar Por alto el
hecho de que Venezuela era un país petrolero. Pero el alzamiento del pri-
mero de enero demostró que el umonolitismo, del ejército no era tal, lo que
inhibía su capacidad de combate. Así, tampoco era confiable para la guerra
fría externa y la caliente interna: quienes se habían alzado eran oficiales del
ejército de tierra y de la aviación.
La comprobación de la debilidad del gobierno en las fuerzas armadas
fue el primer paso: entre el primero y el23 de enero comienza un acelerado
proceso de ampliación y de acercamiento entre las diferentes oposiciones,
no sólo en el terreno político, sino en el social. Ese conjunto de adversacio-
nes va dibujando la estructura del régimen que seguiría al de la dictadura,
y hasta el final del siglo.

LOS MILITARES

A lo largo del año 1958 entrarán en acción las tres fuerzas que darán
el tono a la política venezolana durante los cuarenta años siguientes.
Ellos serán en orden de aparición en la escena política y social: las
Fuerzas A¡madas, la calle y los partidos políticos. En 1945, cuando los líderes
militares se acerquen a los civiles, buscarán a los más conocidos, al primer
partido de oposición, para que los acompañen en su pronunciamiento. En
1958, en cambio, cuando intenten algún apoyo civil para enfrentar la tira-
nía, será a los menos conocidos a quienes busquen. Es que ellos tampoco las
tienen todas consigo. Aquí se revela otro rasgo que hará que el año 1958 sea
muy diferente del año 1936.En este último hay un ejército (si bien peque-
ño y todavía bastante inorgánico) agrupado en formación cerrada detrás de
un comando único.
En 1958 la situación es otra: parecíahaber tantos jefes como oficiales
de la misma jerarquía. Esto se va a hacer evidente después del alzamiento
del primero de enero.
Cuando se examinan los testimonios sobre el momento se encuen-
tra mucha gente atribuyéndose la iniciativa de la conspiración y sus más
importantes desarrollos.
Eso no se debe sólo al deseo de uncir sus propios nombres al carro de
la victoria. Es muy posible que sea cierto: en aquel momento todo el mundo
MANUEL CABALLERO r83

perecíaestar consÉirando. Los últimos días del régimen del uhombre fuerte,
Pérez Jiménez no dejan así de parecerse a los del uhombre débil, Ignacio
Andrade sesenta años antes. Pero frente a este último ya había un Cipriano
Castro que se acercaba ala cabeza de sus tachirenses.
Aquí la situación era muy diferente: cuando se afirmaba que el con-
üalmirante \Wolfgang Larrazábal, fue escogido para presidir la nuevaJunta de
Cobierno sólo porque era el oficial de mayor jerarquía; y cuando éste riposta
que fue escogido no por eso sino por sus méritos, es posible que ambas ver-
siones sean ciertas. La situación siendo lo que era, convenía, pafano agregar
un elemento explosivo más, respetar hasta el detalle la jerarquía.
Y por el otro lado, el mayor mérito que alguien podía tener en esa
circunstancia, era su falta de color político, y también militar: un hombre a
quien se había conocido hasta entonces como director del Círculo Militar
(dos veces) y del Instituto Nacional de Deportes , parecía garantizar con eso
que no tendría demasiadas agallas.
Con todo, nadie se llama a engaño: el elemento decisivo de la situa-
ción sigue siendo el Ejército. A sus oficiales viene martillándosele desde
siempre el desprecio por la política -de los políticos- y sobretodo el horror
de los partidos.
Por eso, cuando a una reunión donde acuden BIas Lamberti, Anto-
nio Alamo Bartolomé y Oscar Centeno Lusinchi con el capitán José Luis
Fernández, se presente el joven comunista Héctor Rodríguez Bauza, acude
prevenido de que debe ocultar esto úldmo; que los militares quieren reunirse
ncon los estudiantes, y además con esa Junta Patriótica que ha comenzado
a nombrarse sin que ellos sepan mucho qué cosa sea.
Organismo, además, que acaso tenga para ellos dos condiciones que
la hacen muy simpática: ser una organización nmisteriosa, (como las logias
militares) y un nombre con resonancias proceras.
La situación en los primeros meses de 1958 talvez pueda resumirse
así: en la calle los partidos recuperan sus fuerzas y aceitan sus maquinarias
pero lamen todavía sus profundas heridas y por lo tanto tratan, si no de
pasar inadvertidos, por lo menos de proyectar una imagen de calma y uni-
dad nacional.
Porque en el Ejército la vieja desconfianza está todavía muy viva. Allí
forecerá la campaña anti-partidos (centrada en AD y el PC) del general Jesús
María Castro León, terminada con su exilio el23 de julio de 1958.
184 HISÍORI,A DE LOS VEIIE:ZOLANOS EI{ EL SIGLO XX

LA CALLE

En 1958 va a tener una presencia decisiva ese elemento que si bien se


presentó por primera vez en 1936,hizo falta a los conjurados contra Medi-
na, al menos antes de su triunfo: la calle. En el desencadenamiento de sus
acciones, tuvo una importancia de primera llnea un sector que se tiene ten-
dencia a considerar desligado de esos afanes, aislado en su torre de marfil: los
intelectuales y artistas, quienes firman un manifiesto contra la dictadura.
Documento que causará, por sus términos, por su calidad y el amplio
sector que lo suscribe, un impacto notable en la opinión, en esa calle que ya
anda muy revuelta. Y que, al proclamarse la huelga general contra la dicta-
dura, parece desbordar a sus dirigentes.
fuos humanos descienden de los cerros, y si bien el 22 se marca un
tiempo de suspenso, el 23 se lanzan de nuevo a la calle para dar el empu-
jón final al régimen: en la madrugada, los caraqueños oirán el sonido de
los motores del avión presidencial que lleva a Ciudad Thujillo al dictador
despavorido.
Esa misma calle, al anunciarse la composición de Ia nuevaJunta, sólo
militar, se vuelve a desbordar, protestando la presencia de dos de los peores
representantes del régimen anteriorAbel Romero Villate y Roberto Casanova.
El nuevo gobierno cede y los dos militares son sustiruidos por empresarios
civiles, Eugenio Mendoza y Blas Lamberti.
Sobre todo, esa calle va a demostrar su decisión y también su poder
cuando el23 de julio y el7 de septiembre, sendas conspiraciones milita-
res sean debeladas. En la primera de ellas está complicado el Ministro de
la Defensa de la nueva junta. Durante horas de intensas negociaciones, la
calle se mantendrá apiñada en grandes multitudes frente a Palacio; y en el
último caso. los manifestantes intentan lanzarse con las manos desnudas al
asalto del cuartel de los alzados.
Hay una frase que los jefes políticos suelen usar con intención adula-
toria, y por tal poco confiable: nel pueblo es superior a sus dirigentesr. Pero
es indudable que existen momentos en los que la masa desborda a quienes
pretenden dirigirla; cuando una política propuesta sin demasiada esperanza
de romper la apatía generalizada, prende e incendia toda la pradera.
Es lo que sucedió el23 de enero de 1958. Laviolencia con que la calle
respondió a los llamados a la huelga general convirtiéndola en insurrección
sorprendió a los líderes exiliados y a los clandestinos. Pero no sólo a ellos:
MANUEL CABALLERO 185

también a quienes estaban en conracro directo con ella. Algunos restimonios


de estudiantes de entonces hablan de esa sorpresa.
Pero hay uno mucho más importanre, por provenir de alguien que
emergió de esa calle; que no tenía formación política alguna; que, más allá
de lo personal, llegó a encarnar por momentos a todo un importante sector
de la población caraqueña.
Se trata de un tal Diógenes Caballero, a quien la prensa bautizó uEl
hombre de la Chaqueta Negrar. En forma casi espontánea, sin darse mucha
cuenta él mismo de dónde lo llevaban sus pasos, se convirtió en el líder de
la urbanización Dos de Diciembre (que a partir del derrocamiento de la
dictadura se llamó 23 de enero).
Caballero fue señalado al mismo tiempo como líder de los combates
de cdle que precedieron a la caída de la dictadura, y como pérezjimenista;
como revolucionario y contrarrevolucionario; como insurrecto popular y
como conspirador reaccionario. No es imposible que todas esas cosas las
haya sido alavez: la pelea callejera no es el ambiente más propicio para un
riguroso análisis político.
Caballero habla de su actitud el2l de enero. Su testimonio tiene el
acento de la sinceridad porque decir lo contrario sería más lógico en quien
trate de proyectar su propia imagen en un acontecimiento histórico.
Pero no: Caballero dice que aquel día él era nuno de los que pensaban
que esa huelga no se iba a a daro, y recuerda su estupor ante la reacción de
la gente que sonaba la corneta de los automóviles haciendo eco a las cam-
panas de las iglesias; que cerraba los negocios y al final se echaba a la calle
para incendiar vehículos, recibir los chorros de pintura roja con la cual la
policía intentaba disolverlos, gritar mueras a la dictadura, a la policía secre-
tayalosmilitares.
Si resulta de tan especial interés el testimonio del uHombre de la Cha-
queta Negro es porque él parece encarnar mejor que nadie al líder espontá-
neo de la democracia directa. Acentúa esa condición no sólo su confesa falta
de claridad en cuanto a una opción ideológica concreta, sino también su
nula significación política posterior. Las masas que lo rodean, que reclaman
su libertad y le siguen en las manifestaciones callejeras, tampoco tienen un
rumbo cierto en su acción.
Como su propio líder recuerda, ellos querían, alavez, impedir que
se produjese un simple cambio de personas, de jefes militares; y tomarse
a la brava los apartamentos de su urbanización todavía no habitados y ni
siquiera adjudicados.
186 HISfORI.A DE LOS VENEZOI-ANOS EN EL SIGLO XX

Hay una segunda instancia de relación entre la calle y el liderazgo


civil. Se trata de los militantes políticos, y entre ellos los estudiantes; los
intelectuales, en especial los periodistas. Sobre todo los primeros, prendie-
ron la mecha. La manifestación del 21 de noviembre contra el plebiscito
no significó gran cosa, en términos numéricos y de su resonancia entre la
opinión pública. Quienes venían intentando hacer del combate contra la
dictadura un movimiento de masas, no veían mucha diferencia entre ella
y las que hasta 1951, se llevaban a cabo en la vieja sede de la Universidad
Central, de Bolsa a San Francisco.
Pero aparte de su volumen, por primera vez desde 1952, alguien se
atrevía a protestar contra la dictadura. Así, el más importante hilo Para anu-
dar la estrategia del terror estaba, si no roto, por lo menos distendido.
Porque lo más importante no es la represión en sí como laparalización
que provoca. Pero además, les será un elemento de sorpresa la diferencia entre
su escuálida manifestación de noviembre y la apatía popular frente a ella, y
el crescendo de las manifestaciones del 21, 22 y 23 de enero.
Entonces sale a la luz un organismo que había venido firmado algunos
manifiestos y aparecía como coordinador de los combates de calle contra la
dictadura: laJunta Patriótica. Casi es una mera casualidad que el 23 de ene'
ro aparezca presidiéndola un seguidor de Jóvito Villalba. Casualidad o no,
por unos pocos días Fabricio Ojeda va a convertirse, como Jóvito Vllalba
en 1936, en el llder de la democraciay de la calle.
Y como símbolo de ella, como su encarnación, la Junta Patriótica va a
infuir sobre los acontecimientos por un período muy corto: se puede calcular
que éste no se extiende más allá de un mes, mientras terminan de regresar
los líderes exiliados y comienzan a tomar en manos sus partidos.

LOS PARTIDOS POLíNCOS

Si el 14 de febrero de 1936 el ejército logró, unido, contener una calle


insurrecta; si el 18 de octubre el ejército se dividió y al mismo tiempo, su
acción dio puerta franca a la participación popular; el23 de enero, Ia per-
sistencia de esa división del ejército y permitió un triunfo de la calle.
No sólo eso, hizo posible el refuerzo de una institución que pudiese
hacerle contrapeso: el partido político. Porque ésa es la diferencia funda-
mental entre el 14 de febre r o de 7936 y el 23 de enero de 1958: entre ambas
fechas se sitúa el 18 de octubre, y la popularización de la organización par-
MANUEL CABALLERO

tidista. Lo escribimos en singular por dos razones: una, la más evidente en


aquellos años, fue que Acción Democrática llegó a tomar características de
partido único.
Dos, con independencia de ello, fue la organización partidista en gene-
ral la que salió fortalecida para emerger en 1958 con su presrigio inraco.
Ties décadas de tiranía habían pulverizado los partidos históricos del siglo
XIX. En cambio, un lusrro de tiranía había fortalecido y legitimado los del
siglo )O(; en la Junta Patriótica se reunirán los npartidos históricos, de la
democracia venezolana.
¿Cuál es la significación y la importancia real de esa Junta Patriótica?
La pregunta tiene tres respuesras.
La primera referida a sus antecedentes; otra, vinculada a ésa, a la pelea
(yaviejade dos décadas) por el control y el liderazgo del movimiento demo-
crático; la tercera, la de su momento, 1958.
Apenas cae Rómulo Gallegos en 1948, el Partido Comunista busca
aliarse de cualquier forma con Acción Democrática para enfrentar la dictadu-
ra. Pero fuera del ámbito estudiantil, en las escasas manifestaciones callejeras,
muy poco se logrará en ese sentido. Y la huelga petrolera de 1950, si bien es
recibida por una parte de la militancia comunista como un éxito de su rácri-
ca nfrentista)), por otra es vista como (aventurerismo, y como nseguidismoo.
Esas dos expresiones, en la jerga del partido, quieren significar que, lejos de
arrastrar a Acción Democrática hacia su política, los comunistas cayeron en
la trampa de aquel paftido, que los arrastró en una aventura.
lJna aventura que nada tenla de insurrección proletaria y sí mucho
del aborreci do puttti pequeño-burgués. Como es habitual en el PC, ese
enfrentamiento terminó en excomunión: Juan Bautista Fuenmayor salió de
la dirección, y del partido, para siempre.
Hasta 7952,los comunistas siguen privilegiando esa alianza con AD,
en el estilo de la nunidad por la base, de los partidos comunisras frente a
los partidos socialistas en la década de los veinte. Así, en los documentos
comunistas se proponía a cada rato un frente común a los militantes de AD,
y al mismo tiempo se denunciaba a ula alta dirección derechista y nacional
traidorau de este partido.
Pero para sorpresa de todos esa ounión por la base, se produjo en 7952
alrededor de un partido en el que casi nadie estaba pensando: la pequeña
y laxa organización de Jóvito Villalba, URD. Si en la campaña electoral de
este partido estuvieron metidos hasta el cuello los militantes comunisras,
188 HISTORIA DE LGS VEIIEZOTA¡{OS EII EL SICLO XX

en su voración se volcaron (desobedeciendo a la dirección del partido, que


se había pronunciado por la abstención) los centenares de miles que aPenas
cuatro años antes hablan votado en masa por Acción Democrática.
Después de la victoria-derrota de 1952, el PC intentará sin fruto repe-
tir esa alianza, ya más explícita. En diciembre de 1952 se formará el Comité
de Acción Clvica y en abril de 1954 el Frente Nacional de la Resistencia.
Ambos se extinguirán sin resultado alguno.
Por eso, cuando en junio de 1957 Claudio Cedeño comunique a
Guillermo García Ponce que Fabricio Ojeda ha mostrado interés en las
renovadas proposiciones comunistas para unir las fuerzas civiles en contra
de la dictadura, no es extraño que haya en el Buró Político quien muestre
escepticismo: ¿representa Fabricio Ojeda a alguien más que a sí mismo?
¿Qué significa él en URD, y más aún, qué significa
URD en ese momento?
Es casi un reflejo unitarista, más que fe en los resultados, lo que hace que el
PC consienta en reunirse con Ojeda, con Amílcar Gómez, alguna Yez con
José Vicente Rangel. De allí saldrá la Junta Patriótica. Esta vez
sí prenderá
la mecha unitaria, pese a la reticencia de la dirección de AD en el exilio.
Porque los comunistas tendrán razón al Presentar luego la formación de la
Junta Patriótica -y hasta el mismo el23 de enero- como un triunfo contra
la dictadura, pero también contra la táctica de Betancourt.
En efecto, desde que en 1938 Betancourt comience a construir su pro-
piaorganización, ha cuidado evitar lo que ha tomado una tras otra las formas
de fusión, cohabitación o infiltración: el contacto con los comunistas.
El gobierno de MedinaAngarita será el período más feliz para esa polí-
tica: AD puede dar rienda suelta a su rechazo por los comunistas, sin mala
conciencia: no están sino atacando al aliado del gobierno que combaten.
Pero a partir de 1945,las cosas se complican; aparece el apócope, al
inicio deprecatorio, de uadecoso: quiere decir nadecomunistas). Es el vie-
jo ataque de la derecha, de las fuerzas conservadoras, del frente común de
quienes resisten al cambio.
Es el más peligroso de los ataques que se puede hacer al partido -y al
gobierno- de Rómulo Betancourt. Mucho menos, como podría Pensarse'
por el eco que pudiese encontrar en los Estados lJnidos, como Por su rePer-
cusión en el seno de unas Fuerzas Armadas que pueden divergir en relación
a otras cosas, pero se muestran monolíticas en su anticomunismo. Cuando
cae Gallegos, ya la guerra fría estaba disparando sus cañones vocales.
MANUEL CAEALLERO

Betancourr -y, con é1, nadie en el continenre, comunistas incluidos-


duda que se pueda instaurar un gobierno huérfano de la aprobación de los
Estados unidos: faltan doce años para que en cuba, el fidelismo se rrans-
forme en (castro-comunismo>.
Por eso, Berancourt y la dirigencia de AD hacen profesiones de fe
noccidentalr, y su propaganda de exilio tiene ese sello cuidadoso. Enfrente
hay refleja actitud, por lo que el anticomunismo de Berancourr no deja de
aparecer a veces como una respuesta al antibetancurismo de los comunis-
tas. Sea como fuere, la directiva de Betancourt es formal: ninguna alianza
permanenre y pública con el PC.
claro que en el interior de venezuela las cosas no son tan fáciles, por-
que los comunistas tienen cierta fuerza en liceos y universidades, es decir,
donde manifestaciones conrra la dictadura se dan con mayor frecuencia.
Además, porque los militantes coinciden también con demasiada frecuen-
cia en cárceles y címaras de rortura. Y por último, porque yahacia finales
de 1951, ni siquiera los copeyanos se niegan a reunirse con los comunisras:
en algún mugriento camasrro del número 26 de Abanico a pelota, se sen-
taron algunavez a planificar acciones comunes los miembros de un comi-
té universitario de huelga integrado por Manuel Alfredo Rodríguez (AD);
José Vicente Rangel (URD); Héctor Rodrlguez Bauza (PC) y Luis Herrera
Campins (Copei).
Las mismas razones que en 1951 reunieron a aquellos hombres, se
daban de nuevo en 1957. La Junta Patriótica surge como una alianza del pc
con URD y se limitó al principio a redactar y distribuir a la prensa extranjera
algunos de esos npapelitos, tan despreciados por una dictadura en la cúspi-
de de su poder. cuando AD y copei se acerquen a ella, lo harán a través de
militantes poco conocidos.
Así, Moisés Gamero y Silvestre Ortiz Bucarán representarán a AD
Enrique Aristeguieta Gramcko a Copei. Todos ellos tendrán, después, una
significación política muy pequeña. Pero lo importante es que, desobede-
ciendo una vez más a Betancourt, los militantes de AD se sienran junto a
los comunistas para dar vida a la Junta Patriótica.
La tercera respuesra viene dada por la significación de la Junta Patrió-
tica en el momento. Laureano Vallenilla Lanz habla de ella a veces como ola
misteriosa Junta Patrióticao, pero no parecfa darle mucha importancia. Los
comunistas, si no lo han inventado, dejan correr la voz de que hasta Eleazar
López Contreras se le habría integrado.
HISTONN DE LOS VENEZOLAI{OS EII EL SIGLO XX
ry

Y si hemos de creer a un destacado miembro de esa Junta, una noche


pedro del corral llegó a una de sus reuniones reclamando la presencia del
viejo General. Durante toda su existencia, con la única excepción del Parti-
do Comunista, que enviará a un miembro de su m¿ís alta instancia ejecutiva
(Guillermo Garií" Ponce, delBuró Político), ninguno de los partidos con-
vocados intentará realzar su importancia política.
Tienen razón desde el punto de vista elemental de su supervivencia:
no van a dar oxígeno a un cuerpo que más tarde pudiese aplastarlos. Pero
valdría la pena pr.g.rn,"rr. si la relativa anonimia o importancia secundaria
de sus miembros no contribuyó al final a hacerle actuar con más libertad
en el terreno de la acción concreta por el derrocamiento de la dictadura y
en las semanas siguientes.
Es que r-ro i. tr"a* sólo del rechazo que pudiese causar entre los secto-
res más corrre*"dores (la lglesia, la banca, la empresa privada) la presencia
de los comunistas, sino la organización pattidista per se'
Esto va a ser fundamental cuando se acerque diciembre; cuando se
organice el plebiscito; y sobre todo después del primero de enero de 1958,
..r"rdo .rrar. .r, iuego ese elemento donde es en extrem o vivaz no sólo el
anticomunismo, sino el rechazo o por lo menos la desconfianza hacia los
partidos: las Fuerzas fumadas. Por eso mismo, una vez instaurado el nuevo
gobierno, los partidos políticos, Pese a su imperiosa necesidad. de afirmarse,
á. g"r", el reconocimiento público, la legalidad, adoptan durante varias
semanas una actitud de lout profle.
Entre ellos el que prodiga mayores pruebas de modestia y serenidad
es el Partido Comunista. La primera declaración del npartido de la Clase
Obrera, hace esta cauta advertencia: nlos trabajadores entienden, a su vez'
que todo este cuadro de problemas deiados por la dictadura no puede ser
, ,,r.lto en su totalidad de la noche a la mañanao. Y los llama a reforzar su
unidad como garantía de que puedan alcanzar nestabilidad en el empleo
y un mejor nivel de vida y de trabajor. Por eso, en fin, la Junta Patriótica
conocerá sus escasas semanas de gloria.
Por supuesto, no ha faltado quien se atribuya haber previsto con cla-
ridad los acontecimientos, y así, mientras el PCV enarbolaba con orgullo
las conclusiones del XIII Pleno del Comité Central como el heraldo del
derrumbe de la tiranía; Luis Herrera Campins muestra el editorial de la
revisra Tiek, un pequeño boletín informativo que redactaba con algunos
compañeros suyos en Europa; donde señalaba el de 1958 como un año deci-
sivo para Venezuela, y esto desde tres años antes.
I\¡ANUEL CABALLERO
r9r

Pero la victoria tiene cien padres. Las conclusiones del comité cen-
tral comunista giraban en rorno a la formación de un frente nacional para
derrocar la dictadura, pero no parecíaesrar en la menre de nadie que aquel
proceso se diese a vuelta de pocos meses y menos aún de semanas. De acuer-
do al testimonio de Guillermo García Ponce en junio propone a Amílcar
Gómez, Fabricio ojeda y José vicente Rangel la constitución de un frente
para luchar por esras simples consignas: ul'. Amplia amnistía para todos
los presos políticos, desterrados y perseguidos; 2". Elecciones mediante el
voto directo, secreto y universal; 3o. Formación de un gobierno resperuoso
de las libertades democráticas>.
La primera consigna era una petición de principios, una declara-
ción humanitariay por tal capaz de reunir la mayor aprobación. pero las
otras dos son proposiciones rácticas que cobran sentido en su secuencia: el
gobierno (respetuoso de las libertades, deberá venir como consecuencia de
las elecciones y Ro, como resultó en 1958, las elecciones como resultado de
la formación de ese gobierno.
Era así, pues, como el Partido comunista veía las cosas en junio de 1957.
En cuanto a los textos de Herrera Campins (uno de 1955, otro de 1957) don-
de habla de 1958 como ufecha clave en nuesrro porvenir de puebloo, puede
leérseles de dos maneras, porque se referían al momento de lo pautado para
la transmisión de mando.
Es decir, que para el entonces joven líder socialcristiano, se trataba
de repetir la haza(ta de 1952. De hecho, en la prime ra página del perio-
diquillo, aparecía la consigna uPor un nuevo 30 de noviembre, contra un
nuevo 2 de diciembreo. Por ningún lado aparecía el anuncio de una insu-
rrección popular.
Porque cuando se refiere a la actitud de la dictadura en 1 958 nsi anres
no esderrocada por lafuerzar, es lícito pensar que se refería como casi todo
el mundo a un golpe militar. Por lo demás, se podía creer que PérezJimé-
nez iría a un proceso amañado, fraudulento, pero similar en lo esencial al de
1952; o que recurriese rambién al expediente de hacerse reelegir por medio
de una reforma constirucional. Pero nadie lo imaginó escogiendo la peor
de todas las formulas: un plebiscito donde combinaban el fraude y la mala
conciencia de no sentirse legitimado si no había la unción de alguna forma
de voto popular.
La desconfianza militar hacia el régimen de partidos; lo sorpresivo
de la reacción popular (y militar) frente a un gobierno de apariencias tan
HISTORI,A DE LOS VENEZOLAIIOS EII EL SFLO )(x

sólidas; y la debilidad visible de unos partidos cuyos escasos y golpeados


militantes salían apenas de largas cárceles o asfixiantes escondrijos; todo eso
concurrió p"t" qn. se buscase el refugio de una política destinada a reducir
la desconfiánza, encavz^r el estallido de la calle y legitimar (y además lega-
lizar) lepresencia de los partidos pollticos. Fue esa la política de nunidad
nacionalo, el uespíritu del23 de eneroo.
Pero la idea de nunidad nacionalo ha tenido siempre dos lecturas: una,
la unión de los diversos parddos en torno a una táctic¿, una Política y hasta
los que se ha dado hoy en llamar un (proyecto nacional, común. Dos, la
inexistencia de esos partidos, sea a través del congelamiento de su actividad
o de su desaparición Pura y simPle.
Durante todo el año cincuenta y ocho, el discurso de los líderes civi-
les va a girar en torno a esas dos lecturas. No en términos dilemáticos ni
."tr.-oi sino también complementarios. Porque en todos está Presente la
amenazamilitar: la unidad consentida es vista así por el momento como Ia
única alternativa a Ia unificación forzosa.
En su primer artículo después del23 de enero, Arturo uslar Pietri
constara que nNo fue éste el movimiento de un partido, ni de un grupo, ni
de una clase, no tuvo ni siquiera un comando central reconocido. Fue más
bien como un fenómeno de combustión espontánea, como la reacción de
un organismo sano contra un veneno para expelerlo, lo que creó esta mara-
villosa, inesperada y súbita unidado.
Todo el mundo está de acuerdo en aquel momenro con esas palabras.
Pero a nadie se le oculta que detrás de la cruz unitaria Puede esconderse el
Diablo antipartidos. Eso se nota en la arenga de Rómulo Betancourt al pisar
tierra venezolana. Será el primero en dirigirse a sus (comPañeros y comPa-
ñeras de partidoo, en exaltar sus mártires, en ir al cementerio para inclinarse
anre sus tumbas. Pero no se trata sólo de una PercePción sino de una cam-
paña soterrada, y que merecía una resPuesta. Hay, en los primeros dlas de
enero d. 1958, muchos textos (discursos, artículos) destinados a defender
la necesidad de la existencia de partidos pollticos. Dentro de esa defensa,
ocupa un sitio especial la inquietud por refutar la intención escondida tras
la repetición del truismo según el cual en Venezuela la mayoría es indepen-
diente de partidos, y su militancia una minoría.
En marzo, Jesús Faría recuerda que la mayoría de la población vene-
zolanano está inscrita en partidos políticos, es independiente. Pero, agfega,
cuando ha llegado el caso de hacerlo (vota Por candidatos de partidos contra
'listas de independientes' como sucedió en 1952r.
MANUEL CABALLERO r93

Que AD y al Secretario General del PCV no es


se cite aquí al jefe de
casual. Son esos dos partidos los que más necesitan legitimacióny legaliza-
ción. El comunista, por su vocación de partido único, el otro, AD, por su
situación de partido único entre 1945 y 1948: por eso, cuando un elecor
hablaba de uel partidoo, había un 80 por ciento de posibilidades de que se
estuviese refiriendo a uAcción Democráticar. En esa organización piensan,
sobre todas, quienes se quejan entonces de los males de la npartidizaciónr,
del sectarismo, del canibalismo político. Con toda la carga emocional que la
palabra ncomunismo, lleva consigo, con todo el peso que la todavía asaz viva
nGuerra Fría, hace recaer sobre la lengua y las espaldas de rodo el mundo,
el Partido Comunista mete mucho menos miedo que AD.
Por eso, cuando eI7 deseptiembre de 1958, la conjura amenace al gobier-
no deLarrazábal, la multitud concentrada frente al Palacio Blanco pide que le
hablen sus líderes. Lo hacen Jóvito Villaba, Rafael Caldera, Gustavo Machado
y el rector de la Universidad Central de Venezuela, Francisco de Venanzi.
Pero no Rómulo Betancourt. Ni el más enconado de sus enemigos
podría acusar de haberse acobardado a quien dará -ha dado ya- tantas
muestras de arrojo. Pero la presencia en aquel balcón de Rómulo Betan-
court no hubiese significado un peligro para é1, sino para la estabilidad del
régimen que se buscaba sustentar. Es que en esos momentos se busca la paz,
la tranquilidad civil, la ausencia de polémicas, y el de Betancourt no es un
nombre sino una incitación al desencadenamiento de las pasiones. El jefe
de AD es una provocación viviente, la encarnación del partido en todo lo
que tiene de repulsivo para los sectores más conservadores de la sociedad,
y para los militares.
Pero incluso en quienes son más sinceros, hay el temor de que frente
al upartido único, civil vuelva a constituirse el npartido únicon militar. Ese
temor no es expreso y es comprensible pues, si es real, sería una irritante
muestra de desconfianzahacia quienes se trata de no irritar.
Se va a emplear entonces una fórmula que, con otro sentido, se había
usado el 18 de octubre: la nunidad cívico-militarr. Estavez no se quería la
unidad de un sector de la sociedad civil -un partido- con un sector de las
Fuerzas Armadas; sino de la sociedad civil en cuerpo (como hubiese dicho
Rousseau); partidos, sindicatos, empresarios, la Iglesia, con el conjunto de
las Fuerzas Armadas: el país reconciliado. Esa retórica impregnará todo el
discurso del año 1958. Servirá para encubrir muchas cosas, pero también
para cumplir otras cuantas.
r94 HISTORI,A DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

CONSECUENGIAS: EL CORTO Y EL LARGO PLA,|ZO

El27 de enero de 1985 el presidente Lusinchi se convirtió en el pri-


mer mandatario venezolano en recibir a un Papa en nuestra tierra, hecho
por el cual le pasó inadvertido que cuatro días antes, podía haber celebrado
un acontecimiento no tan espectacular como aquella visita, pero no por ello
menos importante.
En esa fecha, el régimen inaugurado el23 de enero de 1958 superó
en duración a la tiranía de Juan Vicente Gómez.
Se sabe que, cuando su régimen cumplió un día más que la Comu-
na de París (de apenas tres meses de vida), Lenin se echó a bailar sobre la
nieve que cubría la plaza Roja. No se sabe si el presidente Lusinchi tendría
los impulsos terpsipcorianos de Ulianov, y en todo caso, en ningún patio
de Mirafores se acumula jamás la nieve. Pero al convertirse así su régimen
en el más longevo desde 1830, se podía pensar entonces que en Venezuela y
a partir de esa fecha, la democracia política era hábito y no excepción: por
primera vez, además, la mayoría de la población venezolana nunca había
vivido bajo una tiranía.
Ese año se cumplían también cincuenta de la muerte del hegemón andino,
y cuarenta años de aquel dieciocho de octubre que, sin hablar de sus méritos
o deméritos, señaló como la única de sus consecuencias talvez irreversible, la
liquidación del personal político y militar heredado del gomecismo. Llamar
irreversible a ese proceso se basa en una simple constatación: desde el 18 de
octubre de 19 45 hasta I 998, jamiís Venezuela fue gobernada por hombres que
no hubiesen aceptado el hecho de esa entonces llamada nrevolucióno.
Todos los gobernantes venezolanos hasta 1998 fueron hijos de Octu-
bre, como también los partidos dominantes. El interregno de 1958 es, en
ese sentido, tan poco importante como podría serlo la nPresidencia, de Ger-
mán Suárez Flamerich entre 1950 y 1952. Curioso, el único que trató de
romper esa tradición no ha sido un adversario de AD, sino un adeco que
no sólo provenía del tronco original ARDI-ORVE-PDN, sino en la prác-
tica el segundo de a bordo entre los conjurados civiles que se reunían con
Pérez Jiménez y los suyos en la quinta del doctor Edmundo Fernández. Se
trata de Raúl Leoni.
Rómulo Betancourt se opuso ncon todos los hierros, a la coalición que
Leoni formaría con el uslarismo y el villalbismo. Y para subrayar que sus palabras
sobre una tal coalición se podían revelar proftticas, se empeñó en grabarlas.
I\,4ANUEL CABALLERO
r95

Sus predicciones no se cumplieron, pero la oposición de Betancourt


no se debíatanto al hecho de que siempre intentó privilegiar la alianza con
Copei, como a otro que le debía parecer sacrílego: Leoni se aliaba con el
enemigo histórico, buscaba reanudar el hilo roro en 1945. se podía inter-
pretar que reconocía que el 18 de octubre había sido un error.
Por supuesto, nada de esto fue dicho por Leoni, y es abusivo pre-
tender que lo hubiese siquiera pensado. Pero los hechos son los hechos y
ahí están: la ocasión histórica se presenró, pero ni Uslar ni Villalba fueron
capaces de atraparla.
Esa incapacidad no se refiere a sus personas, sino a los movimientos
que acaudillaron, en lo que no sería tampoco aventurado llamar una inca-
pacidad histórica para aprovechar la oportunidad. Y esa incapacidad his-
tórica está referida a su rechazo a comprender que la democracia moderna
no tiene vigencia fuera de la existencia de partidos. Partidos sin vergüenza
de serlo, y que no sean, simples agrupaciones circunstanciales, electorales y
sobre todo clientelares.
Como sucede cada cierto tiempo, el régimen de partidos está siendo
sometido a una crítica implacable por quienes lo pretenden ver como un
obstáculo al desarrollo de la democracia. Buena parte de esas críricas son
insinceras, pues a través del ataque a los partidos no se hace en verdad sino
ocultar un ataque a la democracia misma.
No todas las críticas al régimen de partido son del mismo tipo. Por
el contrario, la experiencia ha revelado necesario estimular el desarrollo de
agrupaciones extra-partidistas que sirvan de canales para el ejercicio de una
democracia. Pero ellas no rienen por qué sustituir a los partidos, pues pue-
den y deberían complemenrarlos, y ayudarlos a rransformarse.
Porque para imitar a Churchill, el peor instrumento para canalizar la
participación popular es el partido político, pero por desgracia hasta ahora
no se ha inventado uno meior.
Al final, la democracia -queremos decir la calle- saldrá triunfante a
raíz del23 de enero de 1958 y en esro reside otra diferencia con el 14 de
febrero. La consigna de democratización de la vida pública a través de la rea-
lización de elecciones generales se cumplirá esra vez. Porque la calle seguirá
demostrando su fuerza, mientras en el eiército la situación continuará sin
decidirse hasta que en 1962, un descabellado levantamienro comunisra rer-
mine de sellar su unidad baio el comando civil.
HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGIO XX

Y mal que bien, con toda su inmensa carga de taras y defectos, el régi-
men de partidos ha permitido a la democracia convertirse, a partir de enero
de 1985, en el período más prolongado de la historia venezolana.
Cuando, en 1983, se celebraron el bicentenario del nacimiento de
Simón Bolívar y \os 25 años del 23 de enero, la retórica que esa sola coin-
cidencia produjo llenaría volúmenes.
Pero mientras en torno a Bolívar se celebraba una fecha, la de su lle-
gadaaeste valle de lágrimas, con el 23 de enero se celebraba menos la fecha
de un suceso que el cuarto de siglo posterior. Porque no era la primera vez
que en Venezuela se derrocaba a un gobierno, ni siquiera a una dictadura.
Thmpoco era la primera vez que se Producía un Proceso de unidad nacional
untado con la salsa del (nunca más>: en 1958 hacía un siglo que' para echar
a un Monagas detestado e instalado a su creer para siempre en la Presiden-
cia, se proclamó la nfusión de los partidos y olvido de lo pasado,. Thmpoco
era como para armar ranto escándalo, en materia de celebraciones: se estaba
derrocando a la tiranía más corta en la historia de Venezuela.
Lo que se celebraba, pues, no era tanto el 23 de eneto como el cuarto
de siglo que le había seguido. Es que la historia del siglo veinte se podría
muy bien dividir en dos grandes bloques temáticos: la Venezuela gomecista,
desde 1900 hasta 1945; y la Venezuela antigomecista, cuya construcción se
inicia en firme el 23 de enero.
Repitámoslo: lo celebrado en 1983 no era Pues tanto el 23 de enero
como cuanto le había seguido. Esa aparente banalidad no lo es en Venezue-
la. Lo que da significación al estallido del23 de enero es el hecho de que
en los próximos cuarenta años se van a suceder en el gobierno paftidos y
personalidades que, aliados o enfrentados, tendrán en común la referencia a
una misma serie de postulados y principios, así como también la aceptación
de esa fecha como el alba de un perlodo de verdad nueYo. Lo anecdótico es
entonces el derrocamiento de PérezJiménez.
De todas formas, el recuerdo de todo lo anterior a esa fecha está de
tal manera presente en nuestra memoria colectiva, que era posible calificar
de nlongevoD a un régimen que a esas alturas no llegaba a los treinta años,
edad que ni para una existencia individual se considera tal.
La calle demostrará su fuerza en 1958 Pero, como veremos ahora, sus
aspiraciones nunca fueron demasiado lejos. Porque hay algo, además, que
llama la atención en todo esto. En todo proceso revolucionario, en toda
insurrección, siempre algún grupo, por pequeño, por marginal que sea,
proclama que es necesario nir más allár.
MANUEL CAMLLERO r97

Son los ohebertistasr, que en la Revolución Francesa, pretendían ser


más radicales que Robespierre, Marat y Saint-Just; la ooposición obrerao,
el mismo totsky y otros extremistas dentro del Partido Bolchevique (sin
hablar de sus partidarios fuera de Rusia, contra quienes escribió Lenin el
más maquiaveliano de sus textos, burlándose de su uenfermedad infantilr);
el POUM, los anarquistas en la Guerra Civil española.
E incluso en nuestra propia guerra de Independencia, Cotto Paúl y
José Félix Ribas hablaban un lenguaje más radical que el de Bolívar, que
no era nada moderado. Pero nada de eso se presenta el 23 de enero: es el
extraño caso de una revolución sin extremistas. Y nadie venga con la pirue-
ta argumental de que el 23 de enero no fue nen realidadn una revolución:
ninguna lo es antes de serlo.
En 1958 nadie trató de desbordar por la izquierda al PC, pese a lo
fiícil que resultaba a causa de su extrema cautela. No se conoce un solo texto,
una sola persona cuya idea en ese sentido sea patente: a los más exaltados,
el extremismo les vino después y algunos todavía lo conservan, por mucho
que no pase de lo lingual.
En conclusión se puede constatar que a la más corta tiranía que hubiese
conocido Venezuela (1952-1958), sucederla el régimen más longevo desde
1830. En los días que le siguieron, no era infrecuente la comparación con el
14 de febrero. Bajo el signo de la unidad nacional, el nolvido de lo pasado,
imponía en cambio evitar el recuerdo de una fecha tan divisoria como el
I 8 de octubre. Como el I 4 de febrero, el 23 de enero es un estallido popu-
lar espontáneo; pero esta última jornada tiene más de estallido y menos de
espontáneo. En ambas fechas, la calle y el ejército serán deterrninantes, pero
esta vez con los papeles nalgo, cambiados. Allá, un ejército unido y con un
solo jefe, se enfrentó a una calle que se buscaba de manera pacífica. Aqui
un ejército dividido y sin liderazgo, se enfrentó a una calle insurrecta y con
una unidad no por eflmera menos poderosa.
128 HISÍORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO )O(

cRoNoLoGía rg+s-rgse

1945 18 de octubre: estalla una revuelt¿ militar encabezada por Marcos


Pérez Jiménez que contó con el apoyo de un grupo de civiles lidera-
dos por Rómulo Betancourt.
19 de octubre asume el gobierno unaJunta Revolucionaria integra-
da por cinco civiles y dos militares: Rómulo Betancourt, presidente
de la Junta, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Pietro Figue-
roa y Edmundo Fernández, los militares Carlos Delgado Chalbaud
y Mario Vargas.
27 de noviembrq se decretó la creación de unJurado de Responsabili-
dad Civil yAdministrativa, que revisaría los casos de corrupción admi-
nistradva durante los gobiernos de Gómez, Iópez Contreras y Medina
Angarita, la investigación no excluía a estos dos ex presidentes.

Mes de üciembre: se crea el partido Unión Republicana Democrá-


tica (URD), lo preside el connotado líder político Jóvito Villalba.
L946 Mes de enero: se crea el partido Comité de Organización Polltica
Electoral Independiente (COPEI).
Mes de mayo: el gobierno estableció la Corporación Venezolana de
Fomento.
27 de octwbrc! tienen lugar las elecciones de los representantes de la
Asamblea Nacional Constituyente, los resultados arrojaron una am-
plia ventaja de78,43 por ciento de votos a favor del partido Acción
Democrática frente a otras opciones.
I I de diciembre: se produce un alzamiento militar que puso bajo el
control de los conjurados las ciudades de Valencia y La Victoria, en
Maracay capturaron hangares y aviones militares.
l7 de diciembre: la Asamblea Nacional Constituyente da inicio
a su labor.
1947 5 de julio: se sanciona una nueva Constitución.
14 de diciembre Rómulo Gallegos resultó electo Presidente de la
República.
MANUEL CABALLERO

1948 15 de febrero: Rómulo Gallegos roma de posesión de la Presidencia


de la República.
l8 de mayo: estalla una bomba dentro de la sede del partido de
gobierno Acción Democrática en Caracas.
19 de octubre se promulga la Ley de Reforma Agraria.
12 de noüembre el gobierno promulga una ley en materia petrole-
ra conocida como ffty ffty.
24 de noviembre: un golpe militar promovido por Carlos Delgado
Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llover aPáez, derroca
al presidente Rómulo Gallegos, los golpistas se consriruyen en Junta
Militar de Gobierno.
4 de üciembre la Junta Militar de Gobierno decreta la disolución
del Congreso Nacional.
5 de diciembre: el presidente Gallegos es expulsado del pals.
r950 I de ma¡zo: se lleva a cabo una huelga petrolera en el esrado Zulia.
13 de marzo: la Junta Militar ilegaliza al PCV
13 de noviembrs Carlos Delgado Chalbaud presidente de laJunta Mi-
lite¡ de Gobierno es secuesrrado y asesinado porJosé Simón Urbina.
27 de noítembre el abogado Germán Suárez Flamerich es escogido
por los miembros restanres de la Junta Militar para presidirla.
30 de diciembre se crea el Ministerio de Minas e Hidrocarburos.
1952 2l de octubre Leonardo Ruiz Pineda, Secretario General de Acción
Democrática, es asesinado por miembros de la Seguridad Nacional.
30 de noviembre tienen lugar las elecciones para presidenre de la
república y el partido Unión Republicana Democrática obtiene la
victoria.
2 de diciembre el gobierno desconoce los resultados electorales y se
produce un nuevo golpe de Estado. El Alto Mando Militar designa
a Marcos Pérez Jiménez presidente provisional. El dirigente polltico

Jóvito Villalba es expulsado del país.


1953 9 de enero¡ se instala la Asamblea Nacional Constituyente, sin la
presencia de los miembros pertenecientes a los partidos Copei y
URD, y se ratifica a Pérez Jiménez enla Presidencia Provisional.
m HISIORI,A DE LOS VENEZOLAIIOS EN EL SIGLO XX

15 de abril: se promulga una nueva Constitución.


17 de abril: Pérez Jiménez es nombrado Presidente Constitucional.
20 de mayo: muere en prisión el dirigente de acción Democrática
Alberto Carnevalli.
I I de funio: muere Antonio Pinto Salinas abaleado en la calle por la

Seguridad Nacional.
lg54 13 de marzo¡ es asesinado por la seguridad Nacional el dirigente de
Acción Democrática Luis Hurtado Higuera.
22 de octubre: el gobierno de los Estados Unidos otorga Ia Legión
del Mérito a Marcos PérezJiménez.
1955 22 de mayoz muere en su exilio mexicano el escritor y poeta Andrés
Eloy Blanco.
1956 1O y 2O de febrero: tienen lugar Protestas estudianriles de repudio a

la dictadura.
9 de diciembre el director de Ia Seguridad Nacional, Pedro Estrada,
anuncia al país un complot para asesinar aPérezJiménez' Son dete-
nidos Ramón J. Velásquez y Manuel Vcente Magallanes entre otros'
acusados de participar en ese complot.
1957 I de mayo: se da a conocer la Pastoral escrita por el arzobispo de
Caracas Rafael fuias Blanco.
14 de junio: repres€ntantes de los partidos de oposición acuerdan
conformar una Junta Patriótica.
26 de julio: el Congreso Nacional ñiapara el 10 de diciembre Ias

elecciones presidenciales para el período de 1958-1963.


4 de noviembre: Marcos PérezJiménez anuncia en mensaje al Con-
greso que las elecciones serían realizadas por medio de un plebiscito.
17 de noviembte los estudiantes de la Universidad Central Vene-
zuela se declaran en huelga como Protesta por el plebiscito.
18 de noviembre Ia policla del régimen allana la Universidad Cen-
tral y detiene a gran número de estudiantes y profesores.
19 de noviernbre los estudiantes de educación media protestan
contra el plebiscito.
IVANUEL CABALLERO ml

2l y 23 de noviembre: continúan las protestas estudiantiles.


12 de diciembrq los obreros se suman a las protestas.
15 de diciemb¡e: tiene lugar la consulta plebiscitaria.
17 de diciembre la Junta Patriótica da a conocer el documento
titulado Unidad Nacional conrra la usurpación.
20 de diciembrq el Congreso Nacional proclama aPérezJiménez
como Presidente.
f958 I de enero: se sublevan los componentes de la Fuerza Aérea de
Maracay.
5 de enero: Pérez Timénez ordena la derención de varios oficiales del
Ejército.
9 de enero: ante el anuncio del gobierno de reformar el Gabinete, se

produce su renuncia así como la del gobernador del Distrito Federal.


13 de enero: se conforma el nuevo Gabinete.
15 de enero: circula la Declaración de los Intelectuales donde exi-
gen libenades democráticas.
16 de enero: se efectúan prorestas estudiantiles. El gobierno ordena
el cierre del Liceo Andrés Bello.
2l de enero: estalla una huelga general.
23 de eneroz la Fuerzas Armadas se suman al movimiento insurrec-
cional contra el régimen. Pérez Jiménez huye del pars junto a toda
su familia. Se conforma una Junta de Gobierno integrada por el
contralmirante'Wolfang Larrezábal (presidente de la Junta), Eugenio
Mendoza, Blas Lamberti, Ios coroneles Pedro José Quevedo y Carlos
Luis Araque.
Mes de julio:
el Ministro de Defensa Jesús Castro León se subleva.
7 de septiembre se produce una conjura contra laJunta de Gobierno.
3l de octubrq Rómulo Betancourt de Acción Democrática (AD),
Rafael Caldera del Partido Socialcristiano Copei y Jóvito Villalba
de Unión Republicana Democrática (URD), suscriben un pacto de
gobernabilidad conocido como Pacto de Punto Fijo.
7 de diciembrer se efectúan las elecciones presidenciales. Rómulo
Betancourt resulta electo.
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EL ASCENSO

Desde 1959 y hasta finales del siglo, se sucedieron gobernantes civiles electos
en comicios universales y directos, dirigidos por un árbitro imparcial, cuyos
veredictos fueron acatados en forma casi un¿inime por la sociedad venezo-
lana, y no sólo el mundo político. Durante un cuarto de siglo, llegaron a la
Presidencia de la República Rómulo Berancourr, Raúl Leoni, Rafael Caldera,
Carlos Andrés Pérezy Luis Herrera Campins. Los tres primeros fueron fir-
mantes del Pacto de Punto Fijo en 1958, y habían venido actuando en con-
dición dirigente de sus organizaciones desde 1936; los dos últimos pueden
ser considerados representantes típicos de la primera generación de relevo.
En todo caso, con ellos se asiste al ascenso y descenso del régimen
instaurado en 1958 con las elecciones que cerraron un año que se había
inaugurado con el derrocamiento de la que sería la última dictadura del
siglo )O( venezolano.
Si se puede analizar esa etapa en bloque, en vez de hacerlo siguiendo
la forma tradicional de la separación en diversos y sucesivos períodos quin-
quenales; y si se puede considerar esa etapa como la del ascenso es porque
en ese cuarto de siglo se asiste a la aplicación sistemática de las grandes
líneas del proyecto nacional liberal-demo crático hasta el punro de converdr
a Venezuela en un modelo de su cumplimiento, en medio de un continente
plagado de dictaduras, donde sobresalían las del cono Sur por englobar a
los países más grandes y poblados (Brasil y Argentina), que durante mucho
tiempo, con Chile y Urugua¡ habían sido asiento de democracias liberales,
modelo buscado por los demás países del área.
En el modelo venezolano, los aspectos positivos inclinaban una balan-
za favorable. En primer lugar, se trataba de gobiernos surgidos de eleccio-
nes libres, apegados a una constitución que entre otras cosas consagraba la
alternabilidad, la separación de poderes, el acatamiento a la voluntad de la
mayoría, combinado con el respeto de las minorlas.
2M HISTORIA DE LOS VENEZOLA'{OS EN EL SIGLO )O(

En segundo lugar, lo respaldaban una fuerzas armadas institucionales,


bien formadas técnica, intelectualmente y en su conocimiento y acatamien-
to de la teoría y Iapráctica democráticas. Una fuerza armada obediente y
no deliberante, cuyo comandante en jefe era el Presidente de la Repúbli-
ca. Una fuerza armada donde por treinta años a partir de 7962 dejaron de
escucharse ruidos de sable.
Tres, la preocupación por el desarrollo económico, con el empleo de
la renta petrolera como motor del crecimiento de la economía, buscando
liberarse de la dependencia del llamado (oro negro)).
Cuatro, la búsqueda del consenso en yez del conficto: el gobierno
democrático debía asentarse sobre cinco pilares institucionales y sociales: las
Fuerzas Armadas, los partidos políticos, los sindicatos, el empresariado y la
Iglesia Católica.
Cinco, los partidos que dirigirán el régimen, traían in ouo la preocu-
pación por algo que en Europa había tardado un siglo (1834-1936) en ser
aceptado por el conjunto de los partidos democráticos. Era lo que allá se
llamaba ola cuestión socialr, o sea la necesidad de la inclusión social y polí-
tica de las clases proletarias.
Seis, la inquietud por el desarrollo cultural, con la elevación de la
educación formal en cantidad y calidad, para formar los cuadros de Ia Vene-
zuela moderna.
Como se verá en las páginas siguientes, no se trata de una imagen
idílica de lo allí logrado: cada una de esas realidades muestran sus Puntos
negros, que exhiben la imposibilidad, sin hablar de la voluntad, de alcanzar
la perfección.
Una vez precisado todo eso, se impone hablar del contenido de esa
democracia, el fondo de esa forma. Es la primera vez que se buscará Poner
en los hechos el proyecto nacional-democrático. Proyecto elaborado a partir
de los años treinta, en el exilio primero, entre las masas después de 1936.
¿Qué quiere decir eso de nnacional-democráticoo? Lo primero alude al
hecho de que, lo que podía considerarse la elaboración más o menos utópica
de un puñado de jóvenes presos o desterrados e influidos por el marxismo, a
partir de los años cuarenta se convertirá en el proyecto de la nación entera.
Se trata de culminar en Venezuela lo que desde los años veinte de este siglo,
el marxismo leninista bautizó como (revolución democrático-burguesao y
que radicales y moderados adoptaron en sus líneas más generales.
El objetivo mayor era la formación del Estado-Nación venezolano,
poniendo el acento en esto último. Eso, la formación de la nación venezo-
lana, sólo podría lograrse por medio de la democracia.
MANUEL CABALLERO
?.u7

Es decir, la participación popular en la gesrión de los asuntos públicos,


en las diversas formas que la democracia moderna ha adoptado y populariza-
do: elección universal de los poderes públicos, discusión abierta de aquellos
asuntos, imperio de la ley.
En Venezuela la elaboración de tal proyecto había sido facilitada por-
que era la exacta conrrafigura de lo que había sido la tiranía.

LOS C|NCO PUNTOS BASTCOS

Se puede decir entonces que el proyecto nacional democrático es,


punto por punto, el proyecto de una Venezuela antigomecista.
1) En lo económico, liberación de la dependencia de las compañías
extranjeras explotadoras de nuestros recursos naturales. Desarrollo econó-
mico autónomo, si bien dentro de la economía de mercado. En otras pala-
bras, conversión de Venezuela en un país capitalista avanzado. Eliminación
del latifundismo y desarrollo de una agricultura moderna, a través de una
reforma agraria.
2) Una política social que contemplase la elevación del nivel de vida
de la población trabajadora, por medio del alza de salarios de los trabaia-
dores urbanos, y una política de seguridad social avanzada en la ciudad y
en el campo.
3) Mejoramiento de la calidad de vida de la población, a rravés del incre-
mento de los presupuestos de salud; protección de la madre y el niño.
4) Una revolución cultural con la eliminación del analfabetismo y
aumento sustancial de los presupuesros de educación; instrucción universal
y gratuita en todos los niveles, pero sobre todo en Ia educación básica.
5) Fortalecimiento institucional por medio de la formación de parti-
dos, sindicatos y agremiaciones libres, un ejército nacional y no parridisra;
implantación del estado liberal con equilibrio e independencia de poderes,
elecciones y prensa libre.
Todos esos punros parecían haber sido cumplidos o por lo menos esrar
bien encaminados durante los gobiernos que van de 1958 a 1977, o sea de
Rómulo Betancourt a Carlos Andrés Pérez.
En los años del auge, Venezuela llega a verse como país modelo para
América Latina. En la segunda, el derrumbe a ojos vistas de esa envidiable
situación, hasta hacer atractiyas parala mayoría de los electores las solucio-
nes autoritarias.
HrsrOBA DE LG YEI'FOI¡üIOO El 4 ¡q.o A

En la primera fase, Venezuela se Presenta con un ingero per caPitd


bastanrc alto, un lnd"ice de crecimiento inter¿nual de los ma1'ores del mun-
do, unas instituciones consolidadas, partidos pollticos muy poderosos, unÍ$
fuerzas armadas obedientes y no deliberantes, una polftica educativa, sani-
taria y habitacional en progreso p€rm¿nente.
En la segunda frse, a partir de 1977, y como cosa curiosa, después
de que los lndices ant€riores habhn llegado a su cúspide debido a la srlbita
riqueza producida por los altos precios del petróleo a ralz de la guerra del
Yom Kippur, comenz,eráun descenso que provocará una c¿fda tan grande
como habla sido el írscenso.
LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA

A partir de 1959 las Fuerzas Armadas recuperan al menos uno de sus más
importantes atributos, que hablan perdido al producirse la separación enrre
los generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita: la unidad
de comando.
En efecto ellas se unifican, si bien esra vez bajo comando civil: en
Ios próximos treinta años, siempre un civil será Comandante en Jefe de las
Fuerzas fumadas. En apariencia, porque en verdad, nunca las Fuerzas fuma-
das Nacionales hablan estado tan divididas. Porque es imposible que no lo
estén: al entrar en contacto cotidiano con la sociedad venezolana, dejarían
de ser seres de nuestra propia galaxia, si no se infectasen con las divisiones
que caracterizan aquella.
Por lo tanto, es también imposible que no haya militares adecos,
copeyanos, incluso masistas y hasta nos atreveríamos a decir comunistas si
no hubiesen sido pulverizados después del nporteñazo> en 1962 (evitándose
así sufrir las readaptaciones de la perestroika). Por lo demás, la Constitu-
ción no prohibe que rengan opinión, incluso política, sino que sobre ella se
imponga la obediencia.
Pero lo que diga la Constitución vale bien poco si no lo respalda una
realidad de poder. El sistema político venezolano extrajo una gran fuerza de
esa división del ejército en fronteras políticas. Lo primero que debe Vene-
zuela a los cuarenta años de democracia transcurridos entre 1958 y 1998
es la democracia misma. Esto podrla sonar tautológico, y por lo ranto se
impone aclarar qué significa esto, si se trara de evitar la sola descripción para
poner el acento en el análisis. Y a la vez, eludir lo casuístico para cenrrarse,
más que en el suceso, en el proceso general.
HISTOFI,A DE IOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO N

LA PALABRA r¡DEMOCRAGIAU

Así pues, cuando se habla de democracia no quiere decir esto una suce-
sión de gobiernos democráticos electos en comicios limpios, con Prensa y
asociación libres, equilibrio entre los poderes y todo lo que se asocia con aquel
término. Todo eso es, si bien nada secundario, más consecuencia que causa.
Porque lo b¿ísico es considerar que democracia significa sobre todo conciencia
popular de la propia fwerza. Conciencia y la consiguiente acción para imponer
su voluntad, por los medios que sea' por el voto, por la resistencia pasiva o
por la insurrección popular. Por eso, la importancia que tiene la democracia
inaugurada en Venezuela en 1958 no es el conjunto de sus innegables logros
y realizaciones a lo largo de cuatro décadas, sino su propio origen.
La democracia así de6nida e inaugurada en 1958 no provino de Ia
muerte de un tirano, como en parte sucedió en 1936, ni de la voluntad de
un grupo de militares que echó del poder a otro e invitó luego a un partido
a colaborar en el nuevo gobierno, como en 1945.
Thmpoco fue el producto de un pacto entre las diversas facciones
políticas para regresar a la democracia, pacto después ratificado por el voto
popular, como en España o en Chile; fue el fruto de una verdadera insu-
rrección popular, con mucho de espontánea, que obligó al ejército a inter-
venir para dar la puntilla a un toro derribado por el hierro popular en los
combates de calle del21, 22y 23 de enero de 1958.
Si esto es necesario recordarlo siempre, es porque en la propaganda
satanizadora de los (cuarenta años> transcurridos entre 1958 y 1998, se
oculta con cuidado ese origen; se oculta que en esos dlas se echó, en medio
de la ira primero y luego el júbilo popular, una tiranía inepta y corrompida,
una dictadura militar.
¿Cómo se llegó a eso? Los enfrentamientos de calle que culminaron
con el derrocamiento de la tiranía tuvieron, es cierto, mucho de espontanei-
dad; por lo cual, una óptica ingenua en unos y nada desinteresada en otros'
llevó a pensar que se trataba de un movimiento nacido ex nihilo.
Lo primero, porque, actuando en la m¿is cerrada clandestinidad, perse-
guidos, presos, muertos o exiliados sus dirigente más conocidos, los Partidos
políticos nhistóricos> (que de una forma u otra venfan actuando desde 1936)
daban la impresión de haber desaparecido. De hecho, quienes sdieron a la
luz después del23 de enero de 1958 como sus representantes, unidos en la
llamada Junta Patriótica en cuyo nombre se desataron los combates de calle
eran casi desconocidos.
MANUEL CABALLERO ztl

Pero, como se ha dicho, una parte de esa impresión no era de quien


veía sólo la superficie de las cosas, sino de parte de gente que las veía muy
bien pero aceptaba no verlas. Se trata de quienes, durante rodo el proceso
de la dictadura, y después de su derrocamiento hasta ho¡ juran y perjuran
que los partidos políticos son inútiles e innecesarios.
Eso no resiste el menor análisis, y menos que nada en los años de la
dictadura, que se jactaba de haberlos borrado delafaz de la tierra; pero en
la sombra, ellos seguían trabajando para derrocarla.
Estaban detrás de los diversos movimientos estudiantiles en la uni-
versidad, pero también en los liceos. Estaban detrás de la huelga petrolera
de 1950, que entre otras cosas trajo como consecuencia la disolución del
Partido Comunista (hasta entonces en una precaria legalidad que no excluía
la persecución de sus dirigentes y militantes) y la prisión por ocho años de
su Secretario General, Jesús Faría. Los partidos organizaron la gran huelga
estudiantil de 1951, que obligó a la dictadu ra a cerraÍ por un año la Uni-
versidad Central de Venezuela.
Sobre todo, esta vez unidos los semiJegales URD y Copei, con los
ilegales AD y el PC, los partidos infligieron al gobierno militar la más humi-
llante derrota en unas elecciones mediante las que pretendía legitimarse;
para lo cual había empleado todos los recursos del poder, entre ellos el ven-
tajismo de su millonaria propaganda y la persecución contra los activistas
electorales de la oposición. En ese año, varias hornadas de presos pollticos
fueron enviados a Guasina, un campo de concentración en una región muy
insalubre en la desembocadura del Orinoco.
Pero llegado al acto de la elección, el electorado batió a los candidatos
oficiales. Si se ha subrayado arriba lo de militar es porque ése es el significa-
do primero de la acción de los días de enero de 1958: echar a los militares
del poder, para instaurar, por primera vez en Venezuela, una larga sucesión
de gobiernos civiles.
Esta nueva forma de gobierno se impuso, en los hechos primero y en la
legislación después, como una democracia de partidos, con prensa, sindicatos
y agremiaciones, con la vista puesta en el desarrollo económico y social.
La forma escogida, también desde 1958, para cambiar de gobierno ha
sido la del voto popular, sin restricción alguna y lo más directo posible. La
crítica más general que se ha hecho, desde la izquierda pero también desde
la extrema derecha, a esta forma política de la república venezolana es que
se trata de una democracia nformalr. Aunque nunca se ha aclarado mucho
HISTORIA DE LOS VEI{EZOLATOS EN EL SIGLO )q

qué cosa sea una democracia ninformalr, el hecho es que esa democracia no
se había conocido nunca en la historia venezolana.
Esto no pretende desconocer el hecho de que entre 1936 y 1948 se

habían dado diversas formas de esa democracia, unas más restringidas, otras
más abiertas. Pero si bien dieron pasos de avance muy serios en el camino
hacia la democratización de la vida política, seguían practicando una for-
ma de voto restringida, con una elección de tercer grado para la Presidencia
de la República, con aquel padrón electoral que excluía a las mujeres, a los
analfabetas y a los jóvenes en edad militar.

LA COALICÉN

Una foto que se hará famosa en 1958 recoge el momento en que


Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera reciben en New York
la noticia del derrocamiento de la dictadura. Es la prefiguración del Pacto
de Punto Fijo, que los tres líderes firmarán en Caracas en la casa de Cddera
en octubre del mismo año. En diciembre, Betancourt es electo Presidente
de la República. A lo largo de todo el año 1958, deberá hacer un desplie-
gue de habilidad política como acaso nunca antes. No hacerlo sería suicida,
porque está rodeado de enemigos.
Como ningún otro líder, Betancourt encarna al partido polltico, es
la política; cosa que una propaganda pertinaz ha demonizado ad nnusenm
durante los diez años de la dictadura. En el ejército, es detestado como nadie,
porque adentro de los cuarteles se ha dicho y repeddo que su intención es
disolverlo para sustituirlo por milicias de partido. En el suyo, el control del
maltrecho aparato clandestino cayó en manos de los jóvenes radicales, conta-
minados de marxismo leninista. Y como si fuera poco, el pueblo de Caracas
se había infatuado con el contraalmirante'slolfga ng Larrazábal, Presidente
de la Junta que sustituyó aPérezJiménez, y quiere que prolongue su man-
dato más allá de la provisionalidad.
Las cosas se van aclarando por sí solas. Los pies de plomo con que
Betancourt tantea su piso político le devuelven su base de poder. Lo prime-
ro es recuperar su Partido de las manos de los jóvenss nrojos>: lo logra casi
de inmediato. Al mismo tiempo debe quitarse la imagen de desmelenado
demagogo que sus adversarios han propalado, y recorre el país para dar con-
ferencias sobre economía en la sede de los organismos empresariales.
MANUEL CABALLERO 2r3

En tercer lugar, solidifi cer la alianza precocida en New York y al mis-


mo tiempo uaislar y segregar,, a los comunistas: eso se logrará desde octubre,
con el nPacto de Punto Fijor.
En cuarto lugar, que su partido vaya con un candidato propio a las
elecciones: no era muy difícil adivinar quién lo sería.
En diciembre, remara la magistral faena llevándose el trofeo de una
nueva Presidencia de la República, ante la sorpresa de casi todo el mundo
y la protesta de las barriadas populares caraqueñas. La provincia le había
permanecido fiel, dándole cerca de medio millón de votos de ventaja sobre
su más cercano contendor.
El mejor elaborado de los programas políticos, el mejor pensado y el
que se muestre más conveniente para el desarrollo del país, está destinado
al fracaso si la población no palpa resultados tangibles, obras útiles y dura-
deras, mejoría de su nivel de vida.
Si algo distingue a Rómulo Betancourr de la mayoría de los políticos
latinoamericanos es que el poder no es para él la culminación de una carrera,
sino el comienzo de otra. Esto no es sólo producto de su propia voluntad,
sino también de la de sus enemigos. Al tomar posesión como Presidente el
13 de febrero de 1959, no precisa ser adivino para saber que si su poder era
muy frágil en octubre de 1945, en esta oportunidad lo es acaso más.
En el campo militar, se lo demostrará el cúmulo de conspiraciones
debeladas hasta que, en 7962,1os cuarteles se aquieten gracias al temor del
comunismo. La conspiración reaccionaria (se reacciona contra todo lo suce-
dido desde el 23 de enero) no cesará ni un momento. Ella tendrá su punro
culminante en 1960, por una parte con la invasión del general José María
Castro León en abril, y luego con el atentado de Los Próceres en junio. Lo
primero será lo más peligroso, aunque no se arenre todavía conrra su vida.
La invasión de Castro León por el Táchira debía coincidir con un alzamiento
militar, y el Ejército estaba en efecto dividido. Eso se combinaba con una
crisis política cuyas consecuencias eran imprevisibles: la división de Acción
Democrática que daría origen al MIR. Años después de haber finalizado su
mandato, Betancourt confiaba a un grupo del recién formado MAS, que ése
había sido el momento más peligroso para su gobierno. Thnto, que Betancourr
abandonó de momento su lenguaje y su actitud moderados de Presidente
Constitucional para regresar a los modos discursivos del trienio octubrista.
Amenazó a los conspiradores con apelar a ese pueblo que en 1958,
con las manos desnudas, se había lanzado al asalto de un cuartel insurrecto.
2r4 Hrsror4!E141 vE!!!e!4t91EN E!9G!9 ¡I

La conspiración fue debelada, y permitió desorganizar una red conspirativa


en el Ejército que se había puesto en evidencia. No serla la única.

UN MAGNIC¡DIO FRUSTRADO

Betancourt siempre despertaba reacciones viscerales entre sus adversarios


políticos, y ello se notaba sobre todo en su enfrentamiento con la extrema
izquierda: se disputaban el mismo terreno, peleaban en el mismo escenario
social y político. Sin embargo, no provendrá de allí la mayor explosión de
odio en su contra, sino de la derecha, del dictador dominicano Tluiillo'
El24 dejunio de 1960, cuando se dirigía a presidir un desfile militar,
una poderosa bomba estalla al paso de su automóvil' El Presidente, quien
había previsto que eso ocurriría alguna vez, se sobrepone a sus horribles
quemaduras con un coraje flsico admirable, ordena que se le conduzca al
Hospital Universitario para las primeras curas y acto seguido, que se le üas-
lade a Palacio.
Desde allí, pocas horas después del atentado, se dirige por radio a la
nación: el timonel, dice, ha de estar al gobernalle de su nave. El repudio
nacional al atentado le dará un respiro: se organiza una cacerla humana de
grandes proporciones para capturar a los autores del frustrado magnicidio.
En ella no participan sólo los cuerpos de seguridad del Estado, sino
que se organíza una verdadera batida popular. Con esta explosión de odio
demencial en su contra, Betancourt logró 1'ugular la conspiración derechista.
No quiso quedarse en esa batalla triunfal: para ganar la guerra era necesario
cegar la fuente del terrorismo y la conspiración. Logra así la condena uná-
nime de la OEA al dictador Tiuiillo.
Pocos meses más tarde, un atentado (en el cual la mano de la CIA no
tratará siquiera de esconderse) finalizará la vida del dictador dominicano.

SU MÁS PELIGROSO ENEMIGO

En el campo civil, el peligro mayor le venía por el lado izquierdo


porque le limitaba las posibilidades de canalizar el entusiasmo juvenil hacia
una política reformista.
El bajo pueblo caraqueño, por su parte, rumiaba su despecho por la
derrota electoral de su ídolo,'Wolfgang Larrazábd,. Los estudiantes se encen-
dían al calor de la revolución cubana, y el sector radical de Acción Democrá-
I\,IANUEL CABALLERO 2r5

tica monta tienda aparte en abril de 1960. La coalición armada en ocrubre


de 1958 se demostrará también asazfrágil, con una URD que comienza a
bizquear hacia las oposiciones.
La crisis política no sólo es de efectos más prolongados, sino mucho
más complicada. En primer lugar, el Partido Comunista y el MIR, con
la confesa ayuda del gobierno cubano, deciden lanzarse a la insurrección
armada. Provocan desórdenes callejeros desde noviembre de 1961 y luego,
acciones espectaculares de intención terrorista; y ala vez entrenan y arman
los primeros grupos guerrilleros.
La URD de Jóvito Villalba, desde fines de 1960, había pasado a la
oposición en protesta por la política de Betancouft frenre a la Cuba revolu-
cionaria. Y para colmo de males, en Acción Democrática se cocinaba orra
división, efectiva cuando en los últimos días de 1961, se separe la fracción
que controlaba el CEN (ugrupo ARS>).
La coalición gobernante pierde en marzo de 1962 el control de la
Cámara de Diputados, que pasa a ser presidida primero por un (arsista>,
Manuel Vicente Ledezma, y luego por el ex canciller Ignacio Luis Arcaya.
Pero eso no es lo más peligroso, sino el estallido en mayo y junio de los alza-
mientos militares de Carúpano y Puerto Cabello.
En diciembre de 1963, Betancourt logra vencer a todas las oposiciones
que en el campo civil se le enfrentaban sin tregua. Por una parte, al derrotar
la abstención, los electores dan la espalda a la extrema izquierda insurrec-
ta que había amenazado con imponerla por la fuerza del terror. Pese a una
elevada votación, los candidatos anti-octubristas (o sea, aquellos que nun-
ca reconocieron el hecho del 18 de octubre) Jóvito Villalba y Arturo Uslar
Pietri, son también vencidos. El abanderado de su partido, Raúl Leoni, el
más fiel amigo de Betancourt desde los tiempos del Plan de Barranquilla, le
sucede en la Presidencia de la República.
La segunda votación la obtiene Rafael Caldera, su aliado en la coalición
de gobierno; los partidos octubristas tienen así el favor de la mayoría.
Y fuera del campo civil, Betancourt no sólo puede jactarse de haber
tranquilizado a los militares, sino que el 13 de marzo de 1964 puede enar-
bolar otro triunfo: ha completado, por primeravez en la historia venezolana,
el período constitucional de un gobierno electo por el pueblo.
El haber culminado su período es su mayor triunfo, pero Betan-
court no se conformó con eso: en un quinquenio, buscó no sólo aplicar
el programa de Punto Fijo sino, más allá, su proyecto de sociedad soñado
desde Barranquilla.
r¡8roña DC ¡.oculE@ta¡Gq ¡L ttllou

Sin entrar en el detdle de su acción de gobierno, se puede destacar


que Bdtencourt encaró los problemas centrales de su pafs y aplicó soluciones
perdurables, en buena parte irreversibles. I-a primera de ellas, ya se ha visto,
fue culminar su perlodo venciendo los más terribles obstáculos.
En segundo lugar,la cuestión miütar: logró aquietar alos cua¡teles, don-
de en los próximos treinta años se pondrá sordina a los ruidos de sable.
Y en tercer lugar, sobre la cuestión del peróleo, no se conformó con
un¿ solución denuo de los estrechos linderos nacionales: cambió el escenario
con la creación de la Organización de los Pafses Exportadores de Petróleo,
esa famosa OPEP que en los años 70llegó a poner en jaque al capitalismo
mundial.
coNTRA SOBERBIA, HUMTLDAD

Poco tiempo después de encargarse Raúl Leoni de la Presidencia en marzo


de 1964, una revista norteamericana publicaba un extenso reportaje sobre
las perspectivas del gobierno, que incluía una entrevista con el nuevo man-
datario. El periodista comparaba la situación de Leoni con la de Johnson al
suceder a Kennedy: estaba consciente de su grisura frente al brillo intelectual
y político, frente al carisma de su antecesor.
Por su parte, una de las figuras m¿ís descollantes de la oposición demó-
crata-cristiana, Luis Herrera Campins, atribuía al gobierno de Leoni las
características del agua: nincoloro, inodoro e insípidor. Lo que la revista
norteamericana no podía prevet como tampoco Leoni ni nadie más, era
que le iba a suceder Rafael Caldera, otro líder cuya impecable hoja de vida
académica mostraba apenas una parte del brillo que le acompañaba en toda
su vida pública.
En general, el gobierno de Leoni era percibido como una simple con-
tinuación del anterior; pese a que, para evitar esa impresión, Rómulo Betan-
court se impusiera un exilio voluntario y a que, en algunos aspectos de su
política interior como exterior, Leoni buscase diferenciarse de su antecesor,
compañero y amigo.

SEPARARSE DE COPEI

En lo primero, Leoni se orienta hacia un cambio de alianzas. Hay que


precisar aquí dos aspectos: uno se refiere a la situación en la que recibe el
país; otro a sus propias preferencias políticas y personales. Lo primero alude
al hecho de que, al revés de su antecesor, Leoni inicia su gobierno con una
base política restringida.
En efecto, apenas 32 por ciento del electorado le manifiesta su con-
franza, contra sn 49 por ciento que había apoyado al polémico, Pvgnaz y
divisivo Betancourt.
Lo otro es que Betancourt, desde el desmembramiento de la coali-
ción pactada en Punto Fijo, había privilegiado la alianza con los democrata
cristianos de Rafael Caldera, lo que le aseguraba, pensaba é1, el apoyo del
electorado inclinado hacia el centro-derecha.
Leoni, en cambio desde los años treinta, en la correspondencia del
exilio dentro de su estilo parco y su indesmentida fidelidad a su jefe polí-
tico, se inclinaba hacia una política más radical. En todo caso, no parecía
serle demasiado simpáticala alianza con Caldera. Se inclinaba más bien a
reanudar los lazos con Jóvito Villalba, que había purgado a su partido de
sus desechos marxistas y leninistas, representados por Luis Miquilena yJosé
Vicente Rangel. Pero además, existía una nueva realidad, y erala aparición
del uslarismo con una fuerte cauda electoral.
Aliarse con Villalba no era más que un pecado venial puesto que
Betancourt había hecho otro tanto. Pero hacerlo con Uslar Pietri era anate-
ma para el líder civil del golpe que, el 18 de octubre de 1945, había derro-
cado a un régimen como el de Medina Angarita, donde Uslar Pietri era la
segunda figura.
Betancourt montó en una de sus jupiterinas cóleras y ante la dirección
de su partido, poco antes de abandonar el país, le auguró a puertas cerradas
poca vida y acaso nula fortuna a la nueva coalición.
Haciendo oídos sordos de tal advertencia, Leoni persistió en su empe-
ño, y es así como el gobierno, una yez más, formó un gabinete de coalición,
llamado de uancha baser.
La otra diferencia con el estilo y la filosofla de gobierno de Betancort
se manifestó en 1965, a raíz de la invasión a la República Dominicana por
los marines de los Estados Unidos. Mientras Betancourt, junto con José
Figueres y otros líderes suramericanos se dirigía a'Washington a interponer
sus nbuenos oficios, para una salida paclfica al conficto, Leoni elevaba una
enérgica protesta por la invasión.
Aparte de eso, el gobierno parecía responder bastante a la caracteri-
zación hecha más arriba; los cambios que se produzcan serán normales en
una situación política diferente. Pero no marcarán una distancia sustancial
con la filosofia del gobierno anterior: no en vano continuaba en el poder
I\,4ANUEL CAMLLERO

el misrno partido. Así por ejemplo el tratamiento de la subversión armada


cambió sólo cuando cambió latáctica de los insurrectos.
Porque después del fracaso de su consigna de abstención electoral en
1963, y de su clara derrota militar, la izquierda entraba en un proceso de
reflexión que pasó, de un simple repliegue militar, por la proposición de una
upaz democrátican (sin vencedores ni vencidos), hasra aceprar a regañadientes
una npacificación, propuesta por Leoni al final de su mandaro, y desarrollada
luego a plenitud por el primer gobierno de Caldera.

DANDO Y DANDO

Cierto, todo eso no fue un proceso lineal, ni se produjo sin altibajos.


Mientras que el gobierno asestaba golpes como los del caso Lovera, la opo-
sición armada lograba éxitos singulares como la espectacular fuga del Cuar-
tel San Carlos de Pompeyo Márquez, Guillermo García Ponce y Teodoro
Petkoff. Al final, próximo el proceso electoral, al Partido Comunista se le
permitió legalizar una organización electoral, la uUnión Para Avanzarr.
Thmbién se pudo constatar una cierta flexibilización en materia de
política de exterior, aunque sin abandonar el dogma del ucordón profilácti-
coo. Por otra parte, se intentó estimular una secesión uvenezolanistao en la
Guayana uesequibao (en posesión de la Guayana británica), que fracasó.
En el terreno económico es donde mejor se aprecia la continuidad.
Durante el gobierno de Leoni se termina de salir del utúnel de la recesión,
como se le llamó a principios de los años sesenta, pese a que se produjo un
cierto descenso en el precio internacional de los hidrocarburos.
Porque esto fue compensado con una expansión del sector manufac-
turero así como de la nueva producción en el sector del hierro y el aluminio.
Para ello, se habían creado, en 1964,la Siderúrgica del Orinoco (SIDOR),
una subsidiaria de la Corporación de Guayana, y en 1967 la construcción
de la primera planta de aluminio, también en la Guayana venezolana. Tal
vez lo más importante haya sido la inauguración en 1968 de la primera eta-
pa de la represa del Guri.
Guayana se transformaba así en el otro polo del desarrollo industrial
venezolano, que equilibraba lo que había sido el Zulia para el petróleo. Lo
cual no significa en absoluto que se descuidase este renglón: en 1967 se
HISÍORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO )Cf

amplió la planta petroquímica de Morón (estado Carabobo) y se inició la


construcción de otra en El Thblazo (estado Zulia).
Durante este quinquenio se completa la unión de Venezuela en sus
comunicaciones terrestres, proceso que había sido iniciado en 1963 con la
inauguración del puente sobre el lago de Maracaibo. La nueva adminisua-
ción inaugura los puentes sobre el río Orinoco y sobre el río Apure.
Se construirán adem¡is 2.600 nuevos kilómetros de carreteras. Se con-
tinuó por otra parte con la política social, construyendo más de cien mil
viviendas de precio moderado, y creando el Banco de los Tiaba.iadores con
la intención de captar el ahorro popular y orientarlo a la solución de los
problemas de la clase obrera. En el quinquenio siguiente, esto terminará en
un gran fiasco.
Con todo y el escaso brillo de su personalidad, se percibía que durante
el gobierno de Leoni la situación económica y social había mejorado. Y con
la derrota y la auto-disolución de los más importantes focos guerrilleros, la
situación política del país tendía a estabilizarse. Nadie dudaba entonces que
la poderosa Acción Democrática volvería a ganan las elecciones, esta vez con
un porcentaje mayor del que había votado a Leoni.
Pero el poder es una presa demasiado ambicionada para que su caza se
produzca sin sobresaltos ni rivalidades a veces sangrientas. A finales del quin-
quenio, en AD se planteó el problema de quién sería el sucesor de Leoni.
Daba la impresión de que la mayoría del partido se inclinaba por otro
de sus líderes, conspirador como Leoni y Gonzalo Barrios el 1B de octubre:
Luis Beltrán Prieto Figueroa. Pero Prieto no contó con la unción del gran
gurú de la organízación, Rómulo Betancourt, en apariencia en un tranquilo
retiro en Berna.
Pese a su vieja amistad, Betancourt consideraba a Prieto un obstáculo
a su política preferida: laaJianza con los democristianos; y más allá de eso,
veía en el viejo jacobino el peligro de un inútil y anacrónico enfrentamiento
con la lglesia. Pero esas consideraciones pasaban en Betancourt a un segundo
lugar frente a lo que consideraba un peligro si bien laico, mucho mayor para
su dominio. Detrás de Prieto estaba el secretario general del Partido, Jesús
Angel Paz Galarraga, un antiguo disidente de los años cuarenta; que en ese
momento erala béte noire del viejo jefe: Betancourt temía, a través de é1,
perder el control del partido que continuaba dominando a lo lejos.
En síntesis, que Prieto, aunque triunfante en una primarias internas,
fue desechado y en su lugar se escogió a Gonzalo Barrios.
IVIANUEL CABALLERO

Por supuesto que un viejo luchador como Prieto Figueroa no se iba


a quedar con esas. No sólo montó tienda aparte, sino que se llevó con ella
a la mayorfa del poderoso Buró Sindical del partido. El resultado fue que
aunque las dos alas del partido surnaron casi dos millones de voros, )r 9ue,
con la mited de ellos AD continuará siendo el panido rruís poderoso, pendió
las elecciones presidenciales. El de leoni fue asl el último gobierno de los
conspiradores de octubre de 1945.
DE LA cÁreom AL PoDER

Le sucedió en la Presidencia Rafael Caldera, elegido por una míni-


ma diferencia con Gonzalo Barrios. La progresión de Rafael Caldera des-
de su primera candidatura en 1947 es lenra, pero luce segura. Y en 1968,
los hechos dan una vez más la razón a Maquiavelo: la fortuna comanda la
mitad de nuestras acciones, pero de la otra mitad somos responsables. Por
muy hombre del Renacimiento que fuese, y adverso al poder temporal de
Roma, el secretario forentino pone primero la fortuna y a Dios, la acción
del hombre después. Pero no puede decirse que sea así en el caso de este
venezolano católico, apostólico y romano ni en esta circunstancia: conside-
rado desde 1963 como nel perdedor que ganór, todo llevaba a pensar que
1968 sería su gran año.
Sus partidarios hicieron su propaganda sobre esa base: dar la impre-
sión de victoria, sin caer por eso en triunfalismos. Es asl como el primero
de enero del año electoral, Caracas amaneció empapelada con un afiche
verde, con la imagen de un hombre del pueblo sonriente de alegrla: n¡Llegó
el año!r. La idea era que Caldera ganaría, gracias a su tesón.
De todas maneras, la fortuna no dejó de poner su inmenso grano de
arena: bajó del cielo, dirigiendo su vuelo gracias a las legendarias orejas de
Luis Beltrán Prieto Figueroa; la división de AD provocada por uno de sus
líderes históricos terminó dando el triunfo a Caldera.
Pero de todas formas es una injusticia, por lo general de origen polé-
mico, pretender que todo fue asunto de suerte. Porque el candidato social-
cristiano no pegó con esa elección nel gordoo navideño: el millón de votos
que lo elevó a la Presidencia fue producto de una larga paciencia; los inte-
reses acumulados de un capital político amasados sin ceder a la tentación
de especular en la Bolsa.
224 HI9ÍORIA DE LOS VEIIEZOLAI¡OS EN EL SIGLO XX

UN SÓLO AS EN LA MANO

Al tomar posesión de su alto cargo, Caldera tiene las manos atadas: su


partido sigue siendo minorla en el Congreso y en el país. No se le distingue
como el Padre Fundador de la democracia (él mismo, con elegancia, suele
ceder ese sitial a Betancourt). Pero con las expectativas que crea su propia
pcrsonalidad, una gestión sólo buena siempre será considerada pésima. Por
lo demás, él no es un revolucionario que esté proponiendo un tipo radical
de sociedad nueva, ni un hombre dado a las acciones espectaculares. Tiene
entonces una sola carta en su mano: su propia personalidad. Pero usarla se
ha revelado siempre muy peligroso en Venezuela. Con discreción y frrmeza,
Caldera eleva la institución presidencial a un nivel nunca antes alcanzado,
en un país donde se solía despreciarla por formal o temerla por despótica. El
universitario disciplinado y principista, el brillante parlamentario y orador de
masas, el caudillo de la democracia cristiana, revela tener también esa <muñe-
ca) necesaria para dirigir un gobierno y que en su caso es indispensable.
A los pocos dfas de haberse encargado, un alto jefe militar manifiesta
en público su descontento por haberse nombrado Ministro de Defensa a otro
general que consideraba con menos méritos que los suyos. Caldera maneja
el asunto sin aspavientos, pero también sin ceder una pulgada de terreno:
tiene presente su juramento (nen mis manos no se perderá la repúblicar);
y acaso sepa qlle se trata de una insubordinación simple, producto de una
explosión de carácter y sin consecuencia en los cuarteles.
El asunto terminó resolviéndose sin aparente intervención directa
del Presidente: algunos de sus compañeros de armas consiguieron calmar
al alterado jefe militar y éste, después de haber jurado que de su casa no lo
sacarían usino muerto), se entregó sin pelear, y fue a dar al cuartel San Car-
los con un arresto disciplinario y un pasable ridículo.
El gobierno de Caldera trae consigo algunas características que lo
hacen diferente, no sólo de los dos gobiernos anteriores, sino de todos los
precedentes en la historia de Venezuela.
Eso venía de muy atrás, la forma como había planeado o en todo caso
como había puesto por obra su acceso al poder. Lo primero había sido la len-
ta formación de un partido, pero no de un partido cualquiera, sino de uno
excepcional en la historia venezolana, si no en la de otros países, incluso de
América Latina. En Venezuela, Caldera fue el primer líder capaz de crear un
partido de masas partiendo de un conservatismo arrinconado y endógamo.
MANUEL CABALLERO ?,25

(Jn conservatismo desaparecido como opción polltica desde el siglo XIX,


cuando Guzmán Blanco había amenazado hacedo desaparecer nhasta como
núcleo socialo. Rafael Caldera, junto con Eduardo Frei Montalva, fue el pri-
mer latinoamericano capaz de aplicar la más importante y fructífera leccién
del Papa León XIII. La cual no esrá, como se suele creer, conrenida en la
encíclica Reram Nouarum, sino en su recomendación, hecha a los católicos
franceses, de reconocer la república. Caldera fue, anres que nadie en su país
y acaso en el continente, capaz de hacer que la democracia fuese aceptada
por quienes la aborrecían por igualitaria (ncomunistan) y laica (natean).
Al darle aliento de masas a un planteamiento polídco que desdeñó desde
su inicio la retórica revolucionaria, se puede decir que ha sido el primer líder
venezolano capaz de moderar la democracia y del otro lado, democratizar la
moderación. Por último, en un país asaz indiferente en materia religiosa, y
una época en que la Iglesia era antidemocrática por miedo a la calle, fue el
primer líder cepaz de casar la democracia con el catolicismo.
Pero además, al triunfar en las elecciones de 1968, era la primera vez
que un gobernante venezolano llegaba a Palacio desde la oposición, y por
elecciones. Lo usual, en el siglo anterior, era que lo hiciese por una reyuelta
armada; y en éste, que, por fuerza o por elecciones, proviniese del seno del
gobierno anterior. Es así como el general Juan Vicente Gómez escogió sus
sucesores; y en forma diferente (no ya por imposición inapelable del jefe)
pero, como fuese, a López siguió Medina, y a Betancourt siguieron Galle-
gos y Leoni.
Eso no es todo: Caldera fue también el primer gobernante venezolano,
en un cuarto de siglo (y si se exceptúa el brevísimo interregno deLarrazábal,
en 1958) en no haber sido actor en la conjura del 18 de octubre de 1945.
Pero mientras que los anteriores han podido iniciar sus gobiernos con menos
obstáculos, unos por ser gobiernos dictatoriales, otros por tener una cómoda
mayoría parlamentaria, Caldera inaugura el primer gobierno de minorías
desde 1959. Porque además, rompe una tradición inauguradaen 1959,la
de los gobiernos de coalición.
Beancounhabía dado fiel cumplimiento alo pacado en el acuerdo firma-
do en nPunto Fijoo, la casa de Caldera. koni se había aliado con dos movimien-
tos anti-ocnrbristas, los liderados por Arturo Uslar Pietri y Jóvito Villalba.
Pero Acción Democrática decide permanecer en la oposición, lo cual
crea un problema suplementario: ese partido, que será derrotado en las elec-
ciones presidenciales, sigue siendo el primero en el país y en el parlamento.
Caldera forma entonces un gabinete monocolor.
226

En sus relaciones con el Congreso, lo ayuda su propia experiencia


(la cual un día lo llevará, a finales de los años setenta, a presidir la Unión
Interparlamentaria Mundial). Sin embargo, no sólo debe tener en cuenta su
minoría en el Congreso, sino su condición de indisciplinada, porque con-
tiene también una buena cantidad de independientes.
De todas formas, es difícil gobernar cuando no se cuenta con una
mayoría parlamentaria, ni siquiera en un país presidencialista, de tradición
dictatorial, donde la Constitución otorga al Presidente una muy amplia gama
de poderes, los cuales Caldera no dejó de utilizar en su momento. Es por
eso que en los primeros meses, intentará pactar con pequeñas fuerzas parla-
mentarias (Jorge Dáger del FDB una organización electoral que trataba de
capkalizar la popularidad n caraqueñu del vicealmiran te Lar r azábal, llegará
a ser presidente de la Cámara de Diputados). Pero a partir de 1970 logró
sellar un pacto tácito (llamado uinstitucionalo) con el principal partido de
oposición y mayoritario en el Congreso, Acción Democrática.
En su propio partido, Caldera se desembarazade algunos brotes radi-
cales: los que no se van del partido, tienden a limar sus aristas demasiado
nizquierdosas)) para poder sobrevivir.
El profesor Caldera sabe que su mejor arma es la palabra. Comparte
además con Betancourt la idea de la función pedagógica del liderazgo, pero
en su caso hay también una disposición natural: viene de una larga expe-
riencia docente.
Y posee además una cierta habituación al lenguaje televisivo. Desde
su fugaz exilio en los Estados Unidos, cuando, por haber participado en un
programa de TV, todo el mundo lo reconocía en la calle, se dio cuenta de
la nueva y muy profunda revolución política producida por los mass media.
Será entonces el primer gobernante venezolano en emplear con tanto sis-
tema la pequeña pantalla para hablarle al país: ni Betancourt ni Leoni lo
habían hecho así.
No se trata sólo de que durante el período del primero la TV tuviese
menor alcance, ni que el segundo fuese un pésimo orador, sino de otra cosa:
la elocución de Caldera se adapta como un guante al medio, sin estridencias
ni tartamudeos.
Está allí presente su larga experiencia docente. Sus alumnos estaban
acostumbrados a sus largos períodos de exposición, que sin embargo no
lucían cansones: se diferenciaban de los discursos de Betancourt y de Villal-
ba, más dados a la oratoria de calle, hecha de frases cortas y de impacto. Es
¡.4ANUEL CABALLERO
n7

muy posible que la forma de hablar de Caldera no se adaptase a la oratoria


mitinesca, aunque había hecho ingentes esfuerzos para llegar a ese púrblico,
empleando en su campaña giros (nvamos a echarle pichóno) que jamás se le
ocurriría usar en su discurso cotidiano, y cuyo uso en cambio llegó a caÍac-
terizar la oratoria de su compañero de partido, Luis Herrera Campins. Era
más cercano a la oratoria parlamentaria, y en el Congreso, Caldera era un
debater respetado y temido. Pero cuando aparece la TV, Caldera se sienre a
sus anchas. Durante su gobierno, se harán así tradicionales las conferencias
de prensa de los jueves. Y cuando algún periodista le pregunte en tono de
reproche si no teme cansar al país con sus discursos, responderá que perte-
nece a una generación que, por el contrario, aprendió a temer a un hombre
famoso por sus silencios.

EL ÚITIMO FUNDADOR

Pero por supuesto, ningún gobierno se sostiene sólo con palabras,


ni las aspiraciones históricas de Caldera se limitaban a ser una especie de
reaganiano Gran Comunicador auant la lettre. Con él se está cerrando el
ciclo de los fundadores de la nueya república del45, y si bien no forma
un gobierno de coalición, está todavía atado a los principios generales que
llevaron a la firma del Pacto de Punto Fijo. Se siente enronces obligado a
respetar una cierta continuidad, pero a la vez quiere imprimirle un carácter
y un ritmo propios a su gobierno. Es así como en política inrerna, su reali-
zación más importante fue la llamada npacificaciónu, ofrecida a los antiguos
insurrectos que, derrotados en el terreno militar, permanecían en la clan-
destinidad y el exilio, o insistían en acciones no por esporádicas e ineficaces
menos suicidas e intranquilizadoras. Dirimir si esa política le fue propia, o
yahabíasido iniciada por Leoni, es una discusión académica: fue percibida
no como muestra de bondad de carácter, sino como una política propuesra
y cumplida a cabalidad.
Una política que además permitió la reincorporación a la vida políti-
ca de un contingente muy dinámico de cuadros en su mayoría jóvenes. Eso
contribuyó a desbloquear el proceso político venezolano, que se enconrraba
inmovilizado en el esquerna que la recia conducción de Berancourr, pero
también ciertas circunstancias pollticas que no renían todas origen nacional
(la Revolución Cubana y la actitud de los Estados Unidos frente al gobierno
de la isla) habían contribuido a fijar. El enfrentamiento izquierdas versus
228 HISIORI.A DE LOS I'EI{EZOLANOS EI{ EL SOLO XX

derechas (como lo vela la izquierda) o democracia Yersus comunismo (como


lo veían sus adversarios) perdía su acritud.
Eso no se debía a la llamada pacificación, p€ro como de cualquier
política, era ella la precondición para su desarrollo' En un ambiente menos
crispado, Caldera vino a resultar la primera gran sorPresa no tanto de la
historia política venezolana, como de quienes ven su desarrollo a través de
esquemas fijos, de prejuicios y de eslogans electorales.
Desde 1936, erahabitual situar a Caldera en la derecha: desde el con-
fesionalismo y el elitismo en la educación, pasando Por un conservatismo
reaccionario e intolerante, y una omni-obsecuencia hacia el nimperialismo
norteamericanor. Caldera no había dado muestras de ser ninguna de esas
cosas al menos en esos términos, pero eso no era óbice para que la percepción
generalizada se basase en esa imagen divulgada por sus adversarios. Es por
eso que una de las primeras sorpresas se produjo en los primeros días de su
gobierno, casi con su, no por firme menos elegante, solución a la aparente
crisis suscitada por la insubordinación de un alto jerarca militar.

¡ROGKEFELLER NO!

En esos mismos dlas, el vicepresidente de los Estados Unidos, Nelson


Rockefeller, comenzó una gira porAmérica Latina. En su país, el ex goberna-
dor de NewYork era considerado no sólo un uliberalr, sino uno de los pilares
fundamentales de esa tendencia, lo que le costó muchas amarguras en su
partido, el republicano, entre ellas no ser jamás su candidato presidencial.
Pero con ese apellido, Rockefeller era el símbolo de la plutocracia
norteamericena, y como tal lo hablan recibido los estudiantes a su paso. A
medida que se acercaba a Venezuela, las manifestaciones se hacían más vio-
lentas. Todo hacía pensar que se iba a repetir lo del viaje de Nixon a Cara-
cas en 1958. Caldera cortó entonces por lo sano, Para estuPor de todo el
mundo: aconsejó a Rockefeller que no pisase, por ahora, el territorio vene-
zolano. Los futuros manifestantes se quedaron con los crespos hechos y el
gobierno de Caldera se evitó así inaugurarse con un acto de violencia y la
previsible represión.
A partir de allí, Cddera comenzó a tomar una serie de medidas políti-
cas que fueron afojando a ojos vista la tensión. Muchas de ellas consistieron
en refrendar por ley lo que los hechos mismos habían venido imponiendo.
fuí, por ejemplo, el Partido Comunista había participado en las elecciones
MANUEL CABALLERO D

por medio de un aparato legal llamado nUnión pafaaYanzero. lJna vez en el


gobierno, Caldera hizo regresar a la legalidad, con sus nombres originales,
a los partidos de extrema izquierda.
La política de distensión contribuÉ también a acelerar algunos pro-
cesos de reubicación ideológica, y a comienzos de los años setenta, el PC se
divide y da nacimiento al MAS y también a La Causa R.
Es imposible separar de lo anterior un asPecto fundamental de la
política exterior de Caldera: la distensión con Cuba y la apertura hacia los
palses del entonces nbloque socialistao. Nadie como é1, insospechable de
simpatías izquierdistas, podla proponerse sin complejos una política seme-
jante. Pero se necesitaba una buena dosis de coraje para enfrentarse así, a la
vez, al bloqueo norteamericano y a la indignación del sector más conserva-
dor de su propio electorado. Caldera envuelve todo eso en el papel de una
proposición más general y, por así decirlo, ncentristar: es lo que se llamó el
upluralismo ideológicoo.
Aplicado a la polltica exterior, rompía con la llamada nDoctrina Betan-
court>, destinada a aislar a las dictaduras americanas, Pero que había terrni-
nado por aislar a la democracia venezolana'
Aparte de eso, una cuestión de política exterior bastante espinosa
para un gobierno de minoría fue eludida con elegancia por Caldera: el
replanteamiento de la reclamación venezolana sobre la Guayana Eseguiba'
al vencerse el llamado Acuerdo de Ginebra ñrmado en 1966. caldera logró,
con el Irromcolo de Puerto Fspaña, congelar por doce años la discusión del
asunto. Entre otras cosas, eso le deiaba las manos libres para negocia¡ sin
contar con esa pesada hipoteca que podla crearle p"ít antiPatías con los
"lque en aquel momento
países nno-alineados, y del llamado Tercer Mundo,
tenían gran influencia.
En todos los ámbitos, las cuestiones económicas cornienzan a la sazón
a imponerse sobre las más políticas. La Economía Política se precia de ser
acaso la más exacta de las ciencias sociales. Y sin embargo, en ninguna otra
los irnponderables juegan de tal manera, en ninguna otra las recetas' bue-
nas o malas, dan resultados tan dispares. Cualquier gobernante sabe eso, y
también que con la economía no se iuega.
Por eso, en este terreno minado, Caldera seguirá, acaso sin conocerla,
la miíxima guerrillera de Mao Tbetung: 5sr{ nprudente como una virgenr.
Corno sus antecesores npuntofijistasr, tiene la intención de desarrollar en
el país una economía capitalista, siguiendo el modelo de la sustitución de
2n H|STON|A DE LOS VENEZOLAIIOS Eil EL SIOLO XX

importaciones. Sus metas, que no son originales ni pretenden serlo, son las
de diversificar la economía con el aumento entre otras cosas las exporra-
ciones no-petroleras para depender menos de la renta aceitera, mediante la
ampliación del mercado interregional. Y sobre todo, rratando de invertir la
corriente de exportación-importación, cuyo sentido hacía por tradición tan
vulnerable a la economía venezolana, comenzando por la alimentación.
Eso tendrá incidencia también en las relaciones inrernacionales: allí,
Caldera puede mostrar en su haber decisiones importantes. La primera de
ellas fue la denuncia del Thatado de Reciprocidad Comercial con Estados
Unidos, que regía las relaciones económicas enrre ambos países desde fina-
les de los años treinta.
La propaganda izquierdista lo había denunciado desde el principio
como (rapazr. En verdad, su impacto real en la economía venezolana, así
como en las relaciones económicas de los dos países firmantes fue mucho
más reducido de lo que se pensó en un principio.
Incluso hay quien opine que las ventajas fueron mayores paraVenezue-
Ia, sobre todo con la introducción de la cláusula de nación más favorecida.
Pero más allá de la polémica, la denuncia de ese tratado se había converrido
más que en un elemento de propaganda, en un punto de la agenda nacio-
nal. No sólo porque al paso de los años ese tipo de tratado termina obsoleto,
sino por razones de sensibilidad nacional. En orras palabras, Caldera se dio
cuenta del favorable impacto político de su denuncia.
En éste como en otros terrenos, el gobernante demócrata cristiano
comenzará a arrancarle banderas tradicionales a la izquierda. Pero, por supues-
to, como todo el país, Caldera sabía que lo cenual de la política económica
seguía siendo el petróleo.

EL HORIZONTE DE 1983

Todavía nadie se planteaba en términos concreros la idea de su nacio-


nalización.Tal.vezeso se debía a que en lo que se ha llamado anres la oagenda
nacionalu tenía una fecha que se acercaba para dar un vuelco a la situación.
Esa fecha era el año 1983, cuando debían reverrir a la nación las concesiones
que el gobierno de Medina Angarita había prolongado por cuarenta años
a raíz de la reforma petrolera de 1943. El gobierno comenzó romando una
medida de importancia primordial parael proceso que condujo a la nnacio-
nalización, de 1974: el decreto presidencial 382 del l7 de diciembre de
IüANUEL CABALLERO

1971 obligaba a las concesionarias a presentar al Ejecutivo sus programas


anuales de inversión.
Ese decreto refejaba por una parte la preocupación por la descapitali-
zación que se estaba produciendo en la industria: a medida que se acercaba
la fecha de caducidad, las compañías se desinteresaban de la explotación;
el pals no sabía si estaban previstas nuevas inversiones y en qué medida, ni
tampoco si había un proceso de modernización de las instalaciones.
Así, al final, lo que se entregaría a la nación serían las nsobrasu de una
industria descapitdizada. A la vez,la aplicación de esa normativa reveló la
urgencia de adelantar el momento de la reversión, diezaños anres de la fecha
llmite, como en efecto se hizo.
Como parte de ese proceso, se aprueba en l97I la Ley de Bienes afec-
tos a Reversión en las Concesiones de Hidrocarburos. Más allá de una sana
medida de política económica, eso se transformaba en un gesto de pedago-
gía política cuya importancia se vería al final del período. Porque eso quería
decir que, rompiendo una vieja tradición venezolana, el país se adelantaba al
estallido de sus problemas, hacía planes con visión de futuro y no inmedia-
tistas. El resultado fue que el tema de la nacionalización estaría en todos los
programas de gobierno. Además, se decidió un nuevo aumento del impuesro
a la compañías, dentro de una tradición del Estado después de Gómez, de
irle ganando terreno a las compañías aceiteras.
Pero lo que tendrá un importantísimo efecto inmediato, y que va a
condicionar para bien y para mal la política de su sucesor será la decisión
tomada por el gobierno el 8 de marzo de 197I, basándose en una ley apro-
bada por el Congreso: la fijación unilateral de los precios de referencia del
peróleo. Eso dio pie para que a partir de 1973 se elevase con tanta rapidez el
barril de dos a catorce dólares, repletando las arcas venezolanas de upetrodó-
laresu. El gobierno, en acuerdo con el Congreso, había comenzado todo ese
proceso con una medida de gran importancia y sobre todo de gran impacto
político, si bien no causaba problemas con nadie, incluyendo por supuesto
a las compañías petroleras: nacionalizó la explotación del gas.
Eso estaba de una forma u otra ligado a otra preocupación nacio-
nal: pasar de simple vendedor de crudos, de simple reservorio energético a
exportador de derivados industriales del petróleo desarrollando una industria
petroquímica, que ya desde los años cincuenta se había planteado y había
tenido como resultado la planta de Morón.
TN HtsTOñtA DE LOS VEilE¡OL ilO3 Ell EL SIOLO U

Pero a partir de 1963, esa industria estaba trabajando a pérdida. Durante


el gobierno de Cddera se intentó, sin mucho éxito, revertir esa situación con
la apertura en 1970 de la licitación para la planta de El Tablazo en el Zulia.
Por otra parte, a comienzos del último año de su período presidencial,
Venezuela firma el Acuerdo de Cartagena, ingresando así al llamado Pacto
Andino. Eso fue el resultado de un trabajoso proceso de negociaciones. Se
trataba de conciliar e integrar economías marcadas por el proteccionismo,
dedicadas cada una en su parcela a desarrollar su polltica de sustitución
de importaciones. Caldera trató de darle la mayor solemnidad posible a la
aprobación del acuerdo, asistiendo a su firma en Lima como r€mate de un
recorrido que lo había llevado a varias capitales del continente.
El desarrollo económico de un pals, sobre todo uno donde la inter-
vencionismo estatal es menos una opción ideológica que la consecuencia de
una situación histórica determinada, supone e impone como algo de simple
lógica, la modernización y agilización del aparato del estado.

CONTRA EL CENTRALISMO

En este sentido, se puede poner en el activo de Caldera haber dado los


primeros y muy firmes pasos en el proceso de descentralización. O sea, en
el proceso de reforma del estado si no fundado por lo menos estructurado
durante el régimen gomecista. Dentro de esa polftica está la determinación
de las diferentes regiones económicas del país, con sus polos de desarrollo
regional, así como la promulgación de la Ley de Carrera Administrativa. La
política de intervención del Estado en la vida económica, como empresario
tanto si no más gue regulador, se combinó, también en su gobierno, con la
tradición dd wefare state. El tratadista del Derecho del Tiabajo tiene que
ser desde el gobierno muy sensible a los problemas de la distribución del
ingreso, continuando y ampliando la tradición de los gobiernos venezola-
nos por lo menos desde 1958, si.no desde 1y36. A finales de su gobierno,
y pese alaíeroz oposición delos empresarios del campo, Cddera impuso
una reglamentación para la Ley del Tiabajo.
En general, la paz sociai se conservó durante el gobierno de Caldera,
pero eso no es algo que se pueda añadir a su activo: esa era una costumbre
que habían podido seguir sus antecesores, gracias a que el chorro petrolero
permitía aflojar las tensiones, paliar si no resolver los conflictos sociales.
MANUEL CABALLERO

Pero de todas formas, aquí también jugó la (muñeca> de Caldera,


para domesdcar a un movimienro sindical conrrolado por AD. Hay una
condición para que cualquier proceso de desarrollo económico pueda tener
éxito: la estabilidad política, de la cual aquella npaz social, es un elemenro
fundamental.
En ese sentido, esre gobierno de Caldera logró establecer esa precon-
dición para el desarrollo exitoso no sólo de su propia política económica
sino la de sus sucesores. Cuando al traspasar el mando, Caldera se jactaba de
(entregar un país pacificador, eso no era una simple frase y no podía dejar
de reflejarse en el estado de la economía.
Pero, con todo, el resultado de la política económica de Caldera,
aparte de los ya analizados en materia petrolera, es inconclusa: los organis-
mos internacionales como los especializados de la ONU por una parte, y el
Banco Mundial por la orra, no terminan de ponerse de acuerdo sobre si la
economía se esrancó o creció duranre el período 1969-1974. En particular,
fue objeto de acerbas críticas su polltica agrícola; pero ella siempre es débil,
hasta por razones estacionales.
Para el jurista que es Caldera, el desarrollo institucional del Estado ha
ocupado siempre un lugar de primera importancia. Un poco por esa ren-
dencia suya bien conocida, y también por la circunstancia de su situación de
minoría en el Parlamenro, durante su gobierno se hizo evidente que el fun-
cionamiento de las instituciones del Estado liberal podía ser un hecho y no
una simple disposición consritucional, letra muerra de la ley. Pero también
eso debía refejarse en el Poder Judicial: así, durante la primera adiministra-
ción de Caldera se decidió la creación del Conseio de la Judicatura.
Aquel brillante conjunto de realizaciones no deja de rener sus imper-
fecciones y sus errores. Eso es muy normal, pero hay un aspecro de su política
donde eso resulta más mordficanre para el profesor Caldera: la educación.
Para un hombre que ha proclamado siempre con orgullo la deuda
contraída con su alma mater, )¡ cuyo tío Placido Daniel Rodríguez fuvero
había sido rector de la UCV tener que allanarla y cerrarla por un tiempo,
como lo hizo en 1970, es decir, emplear justo l* r.porión, cuandosu
"lit
arma preferida ha sido siempre la persuasión, asume el dramático carácter de
un fracaso. Y si bien se le dio una notable expansión a la enseñanza superior
al propiciar la fundación de veintiocho instituciones públicas y privadas de
ese nivel, cuando se baja el de secundaria se consrata que dejaron de fun-
cionar las escuelas técnicas. Esos traspiés trajeron una consecuencia rambién
H¡STORLI OE l'o8 V¡ilEZOl N€ El{ EL EIOLO XX

entristecedora pafa el intelectual Caldera: nunc:t logró hacerse querer Por


los uornini di culnr¿.
Con todo, más allá de los éxitos y los fracasos de su gobierno, hay dos
espectos que asentarán y ampliarán su Prestigio: el aporte que su manera de
ser dará a la majestad institucional del Estado y, como parte de eso, la pul-
critud en el manejo de los dineros públicos.
Cosa reconocida por su antagonisa y sucesor al decir en el acto de toma
de posesión que recibla el poder ode las limpias manos de Rafael Cdderar.
Sería lógico pensar que una administración asl reconocida hasta por
sus adversarios más enconados, debfa ser premiada con la preferencia popu-
lar. Pero en polftica, la elección dene razones que la razón no conoce. En
lo inmediato, el resultado será, aqul también, inconcluso: mientras el pals
despide a Caldera con un nivel de popularidad y respeto mayor del que tenfa
al asumir la presidencie, y su partido aumenta seiscientos mil votos sobre el
resultado anterior, su candidato in ?ectore ala sucesión, Lorenzo Fernández,
sufre una humillante derrota.
MÁS DURA sERÁ LA cAíDA...

Los tres dirigentes políticos que se suceden en la Presidencia de la República


entre 1959 y 1974 estaban entre los firmantes del Pacto de Punto Fiio. Los
que les siguen hasta 1983 perrenecen, por edad y por su peso en la jerarquía
partidista, a la generación de relevo. Desde hace mucho tiempo, se les consi-
dera como los ndelfines, de Rómulo Betancoun y Rafael Caldera. Con ellos
se asistirá a la culminación de los respectivos proyectos políticos y personales,
pero también del uproyecto nacional, enarbolado por el entero país político,
económico, social y cultural desde los años treinra del siglo )O(
Pero también se comenzará a descender con sus sucesores. Parafraseando
un célebre dicho de'Winston Churchill, con ellos se asistirá no al comienzo
del fin del régimen inaugurado en 1958, sino al fin del comienzo,
En los cuenros de hadas, las madrinas se reúnen ante la cuna del
recién nacido para colmarlo de parabienes. otro ranto se podría decir del
régimen inaugurado en marzo de 1974. Pocas veces, si alguna, había nacido
un gobierno bajo señales tan auspiciosas como el de Carlos Andrés Pérez:
un sistema político consolidado, un apoyo popular masivo, unas fuerzas
armadas obedientes, una oposición leal, una cómoda mayoríaparlamenta-
ria y sobre todo, una súbita riqueza que superaba los pronósticos más que
optimistas, delirantes.
Hay que decir que no todo lo que el nuevo presidente recibía era pro-
ducto de su buena suerre: a la Fortuna de la cual depende la mitad de nues-
tras acciones, Carlos Andrés Pérezhabíaagregado sus propias acciones, y su
triunfo le pertenecía, al menos por mitad. Esto es una referencia a su candi-
datura y a su campaña. Es decir, a lo personal y a lo colectivo. Para comenzar
con esto último, su partido venía de sufri¡ en las elecciones del quinquenio
anterior, la primera derrota de su historia en el campo electoral.
ú HlgfOñ¡,A DE LOA VENEiIOLAIaOS E¡ EL SICLO XX

Esa derrota no había sido aplastante, y Podía ser suPerada, si no fue-


se porque había estado acompañada por dos elementos que hacían planear
serias dudas sobre la vida misma no sólo del partido, sino del régimen a cuya
historia estaba tan ligado.
IJno era la fractura interna: un grueso sector interno, que incluía a
buena parre del poderoso Buró Sindical, habfa acompañado la disidencia
capitaneada por uno de los llderes históricos del partido, Luis Beltrán Prie-
to Figueroa. Por otra parte, el gobierno y más que nada la personalidad de
Caldera gozabade un gran acatamiento, / una alta cota de popularidad, que
hacían poco probable su derrota.
De hecho, su partido, Copei, habla programado obtener un millón
trescientos mil votos en las elecciones de 1973, con lo cual Pensaba suPe-
rar el millón que había obtenido el candidato de AD en 1968. Que esos
cálculos no eran errados lo demostró el resultado electoral: el candidato de
copei (y de caldera) obtuvo un millón seiscienros mil votos; y sin embar-
go, perdió las elecciones.
El otro elemento preocupante era el asombroso Porcentaje de votos
alcanzado por los partidarios del dictador Marcos PérezJiménez, echado una
década anres por una insurrección popular: sin maquinaria de parrido, sin
propaganda, sin líderes, los barrios marginales de caracas le habían dado la
victoria al hombre que diez años antes aborrecían, insultaban, ridiculizaban.
Era el primer aviso de la existencia, entre la población marginal, de tenden-
cias autoritaristas, mesiánicas y hasta nihilistas en lo moral.
Serfa incorrecto decir que ese aviso no fue escuchado por la dirigencia
política, sino que lo fue de manera instrumental: no con el combate contra
esas tendencias, sino con su udlización de manera subliminal. Es así como
Carlos Andrés Pérez,en el desarrollo de su campaña, no evadió las acusa-
ciones de autoritarismo que le hacía la izquierda desde su desempeño como
Minisro del Interio¡ de Rórnulo Betancourt (nMinistro-policfan). Por el
contrario, to ratificó y afirmó en el eslogan central de su campaña: oDemo-
cracia eon energíao.
Aparte de eso, que se reveló un hallazgo muy acertado, Carlos Andrés
Pérrz dirigió su campaña e,n tresdirecciones convefgentes: recup€rar sB Par-
tido, acentuar la polarización y dar a su campaña un tinte diferente, con la
utilización de las más modernas tecnologías mediáticas.
Lo primero lo llevó a darle un vuelco a su partido para transformado,
de una organización cerrada, muy influenciada por el modelo leninista, y
MANUEL CABALLE1O w

de un partido doctrinario, en una organización gestionaria. O sea, un agru-


pamiento parecido a esas grandes coaliciones heteróclitas que son los par-
tidos norteamericanos. Lo segundo era la mejor manera de contrarrestar el
aumento previsible de los votos de su adversario en el gobierno. Eso lo logró
buscando acentuar la polarización, política que siempre tiende a favorecer
al principal partido de la oposición. Como sea, eso le permitió reabsorber
el grueso de su antigua disidencia oprietistao y marginar al resto de la opo-
sición. Lo cual le llevó a vencer con dos millones largos de votos.
Por último, con la ayuda de algunos asesores extranjeros, sobre todo
norteamericanos, Pérez procedió, por la primera vez eD la historia, a cam-
biar, su propia imagen personal. El lema n¡Ese hombre sí camina!, buscaba
acentuar su fuerza flsica y su ímpetu juvenil. Pérez conquistó al electorado
en una forma tal que superaba cuanto hasta entonces se había conocido en la
historia venezolana: hasta su carismático mentor, Rómulo Betancourt, lucla
disminuido en sus triunfo frente a su discípulo y antiguo subalterno.
No contento con esto, apenas llegó al pode¡ Carlos Andrés Pérez
buscó ampliar su base de sustentación, tendiendo la mano a sus antiguos
adversarios, sobre todo a esa izquierda que mantenla intacto su aborreci-
miento. Pérez buscaba desconcertar a sus adversarios saltando por encima
de sus cabezas para proponer una política que los dejase desarmados y en
ciertos casos -como en el de la izquierda- desnudos; y dejar así, enterrada
en la memoria colectiva, su sombría imagen de los años sesenta.
Al bajar las aguas, se repartían las culpas y, en todo caso, no estando él
entonces ala cabeza del Estado, se tendía a recordarlo más como el eiecutor
de una política que como su responsable, cosa por lo demás asumida con
orgullo por Betancourt en su momento. En cambio, había quedado como
base para su biografta política el título entre desconcertado y adulatorio que
le habían dado a la vez sus partidarios y alguna prensa después de 1968: el
de nsegundo fundadoo de AD.
Porque había sacado a Acción Democrática de la más profunda crisis
conocida desde su fundación. Pero además, no se contentó con rehacer el
partido, sino que logró una transformación de su propia imagen personal:
en un quinquenio, aquel sombrío nministro-policla, mezcla de Javert con
Fouché, ntodo de negro hasta los pies vestidor, se había transformado en un
líder de empaque juvenil y kennediano; y llegaba al poder con una avalancha
de votos como nunca nadie lo había logrado en la historia de Venezuela'
?fi

Al conocer su triunfo, sus adversarios sintieron un estremecimiento,


producto del susto o del gusto que les suscitaba un regreso al enfrentamien-
to de los años sesenta: ¡al fin las cosas iban a estar de nuevo claras, después
de la pantanosa quietud del decenio 1963-1973!
La izquierda no se había tomado el trabajo de leer su programa y
mucho menos de escucharlo: le bastaba saber quién había sido, qué habla
hecho. Por eso, el desconcierto comenzó a invadirla cuando, después del
triunfo, Carlos Andrés Pérez no abandonó su sonrisa, y sus brazos conti-
nuaron abiertos: el hombre del conficto se proponía como el hombre del
consenso. Con esa misma sonrisa en los labios se dedicó a sacarle de abajo
la alfombra a la izquierda: su programa. Dos años más tarde, nacionalizaba
el petróleo y el hierro, lo que para un gobernante npro-imperialista, como
debía ser el suyo según los esquemas tradicionales, se las traía.

LA DIOSA FORTUNA

Como si eso fuera poco, cuando Carlos Andrés Pérez inicia su primera
presidencia, la diosa Fortuna hizo una primera aparición, llenando los bol-
sillos venezolanos de una manera hasta entonces no sólo desconocida, sino
insospechada: la guerra del Yom Kippur convirtió de la noche a la mañana
a Venezuela en un nuevo rico, el cual no dejó de comporrarse como tal.
La llegada al poder de Carlos Andrés Pérez se producía en un momento
de auge económico producto del mejoramiento de los precios del petróleo,
y tal situación se reflejaba ya en el último presupuesto del gobierno de Cal-
dera. Pérez encargará de su programa de desarrollo económico a Gumer-
sindo Rodríguez, uno de los fundadores del MIR que había regresado a su
antiguo partido y se había convertido en una de los más enrusiasras y acrivos
promotores de la candidatura del ahora Presidente. Al revés de lo que suce-
derá con muchos ex izquierdistas en la Latinoamérica de los años ochenta,
Rodríguez no aplicará un plan de tipo neoliberal (todavía no se pronunciaba
ni siquiera el término). Por el contrario, el suyo será un programa ndemo-
crático burgués, muy cercano de la formulación leninista. Lo que en esre
caso pasaba por el desarrollo de un capitalismo de Estado basado en lo que
se preveía como un ingreso por vía de la comercialización del petróleo en
progresión geométrica. Ese proyecto se plasmó en el V Plan de la Nación,
que fue aprobado en Consejo de Ministros el 2 de mefzo de 1976.
Ñ,lANUEL CABALLERO
ry

Sin entrar en detalles acerca de lo actuado, se puede decir que se


orientó a la atención de tres áreas prioritarias: económica, social y cultural.
En la primera, la idea era hacer que el programa de inversiones superara en
cifras al gasto corriente, cosa que se consideraba lograda en el ejercicio fiscal
r97 4-197 5 . Lo inicial era desarrollar los llamados secrores esrrarégicos, vale
decir el petróleo y el hierro, ahora en manos del Estado venezolano.
En general, se buscaba reorientar la producción inrerna para hacer-
la menos dependiente del abastecimiento exterior. O sea, seguir el mismo
rumbo propuesto desde 1959, a saber la política de sustitución de impor-
taciones que, bajo la égida de la CEPAL, había sido la política oficial en
América Ladna en todo ese perlodo.
La idea era alcanzar en un plazo muy corto la independencia econó-
mica y diversificar las exportaciones con el fin de que al país fuera cadavez
menos dependiente del petróleo.
En lo social, se quería aumenrar en una medida muy grande la parti-
cipación social en el reparto de la súbita riqueza. Por un lado, se practicó la
política de subsidios a la cesra alimentaria básica, a los servicios públicos, y
por el otro, se buscó crear una situación de pleno empleo aumentando hasta
extremos antes desconocidos la burocracia estatal.
En el terreno de la educación y la cultura, se prosiguió la misma política
desarrollada desde 1959, pero en las proporciones gigantescas que permitían
los abultados ingresos petroleros. AI considerarse la educación como el primer
canal, si no el único, de movilización social vertical, se produjo una masifica-
ción de la educación, con todas sus consecuencias positivas y negativas.
Al mismo tiempo, en lo que talvez sea la más inteligente propuesta
del régimen en ese ,..r.rro, se esiableció el plan de becas G"ran Niariscal de
Ayacucho, para formar a los mejores cerebros del país en las más altas insti-
tuciones educativas del extranjero: la nvía japonesa, de fines del siglo XIX.

LíDER DEL TERCER MUNDO

La aplicación de ese programa, que había sido por tradición el de la


izquierda, le ganó a Carlos Andrés Pérez una gran popularidad en el seno
de esas mismas corrientes, si bien más en el extranjero que en el interior del
país, donde aquélla mantenía vivos sus viejos rencores. Pero esa popularidad
no le vino sólo por aquella vía, sino porque el presidente buscó convertirse
en un líder del llamado Tercer Mundo: se abrió así a la reconciliación con
20 H|stonlr DE LqSVE|{EZroLA!|OA Eil EL SIOLO XX

Cuba, mejoró las relaciones con la Unión de Repúblicas Soviéticas y Chi-


na. Se convirtió además en un líder muy activo en el seno de la OPEB del
movimiento de los No-Alineados, propulsor de todos los movimientos lati-
noamericanistas y anti imperialistas.
Esto se hizo patente en el caso de Nicaragua, denunciando las viola-
ciones a los derechos humanos cometidos por la tiranfa somocista y mani-
festando su apoyo a los sandinistas entonces en pleno combate.
Con todo lo anterior, el gobierno de Carlos Andrés Pérez podía ser
considerado como el brillante y afortunado remate de los tres gobiernos
anteriores. Y en cierto modo, Venezuela era considerado un país modelo en
el continente: como se decía más arriba, una democracia estable, con institu-
ciones consolidadas, con lndices de escolarización y de sanidad comparables
sólo a los de los países más desarrollados, unas fuerzas armadas modernas
e institucionalistas. Por sobre todo, con los bolsillos llenos: las reservas de
divisas eran muy altas, yVenezuela se daba el lujo no sólo de condonar toda
la deuda campesina, sino de auxiliar a sus vecinos mfu pobres. Llegando a
la ridícula exageración de regalar un barco a Bolivia, país sin salida al mar...
Durante cuatro años, el país vivió, además de un sueño de despegue econó-
mico, una borrachera de consumismo.
Los venezolanos viajaban a todas partes del mundo, comPrando' gra-
cias a los petrodólares, los más caros e inservibles cachivaches. Miami se
convirtió en el mercado libre de los venezoianos.
Pero así como de las pesadillas, de los buenos sueños también se sue-
le despertar. Eso hizo que el gobierno de CAP, que parecía estar destinado
a ser esa culminación gloriosa del auge de los gobiernos democráticos, se
volviera también el primero del derrumbe.En 1977 se comenzaron a sentir
sus estremecimientos iniciales los signos de una crisis que estallaría ruidosa
en febrero de 1983.
Antes de ver cómo se manifestaron esos síntomas, conviene saber qué
cosa se derrumbó y por qué se produjo ese derrumbe tan rapido. Lo primero
alude a la concepción misma del desarrollo. Desde finales de los años sesenta,
ya se había previsto que el modelo económico de sustitución de importacio-
nes entraría en crisis talvezen 1983. Porque entonces se habría completado,
y la economía venezolana podría conocer los mismos trastornos que el ñnal
de ese proceso había provocado en el sur del continente.
Por otra pafte, y esto era un elemento muy venezolano, ese año rever-
terlan al Estado las concesiones que habían venido explotando las compañlas
MANUEL CAEALLERO

peüoleras. Se pensaba -y se pensaba bien- que eso provocaría desajustes en


la economía venezolana, al retirarse las inversiones que dinamizaban la eco-
nomía del país; se preveía que se iba a producir un proceso de descapitaliza-
ción. En verdad, el asunto iba mucho más lejos: lo que comenzaba a entrar
en crisis en escala mundial era un modelo que combinaba el capitalismo de
Estado con el uelfare state. En un país que no había conocido un desarrollo
capitalista propio, eso corría el peligro de derivar, como en efecto lo hizo
a corto plazo, hacia un Estado-mamut que se debatía entre la ineficacia, el
clientelismo y la corrupción. Esa no era un situación típica ni mucho menos
exclusiva de Venezuela. Pero lo que contribuyó a acelerarla y agravarla fue por
una parte lo súbito de la riqueza adquirida y la no menos súbita tendencia a
gastarla. Los nalegres viajeroso derrochando a manos llenas los petrodólares
en las grandes capitales extranjeras, eran más que estimulados, ejemplariza-
dos por el propio gobierno.
Se cometió el error de pensar que la crisis energética mundial sería
permanente; y que, por esa razón,los ingresos de Venezuela no sólo se man-
tendrían sino que crecerlan en progresión geométrica.
En tales condiciones, el desarrollo venezolano marcharía en dos pies
que pronto se revelarían de barro: en la monumentalidad de los planes que
podían sostenerse con un ingreso gigantesco y permanente; y la celeridad
para concluir todos esos planes si era posible en el plazo de un quinquenio.
La estrategia no estaba demasiado alejada de los planes quinquenales sovié-
ticos, menos la represión y el trabajo esclavo.
No se puede decir que nadie se dio cuenta del peligro: el hombre a
quien se solía llamar uel padre de la OPEP' y a quien por lo tanto se debía
el que esa riqueza estuviese llegando tan rápido y en tales proporciones, Juan
Pablo Pérez Alfonzo, puso el grito en el cielo. Comenzó a llamar, al Plan
de la Nación, nplan de destrucción nacionalr, basándose en el más simple
de los razonamientos: Venezuela no tenía estómago para digerir semejante
hartazgo. Los hechos le darían la razón casi de inmediato.
El festín duró cuatro años; a finales de 1977 el país se enfrentó a una
realidad no por dura menos elemental: había que pagar la factura. Comenzó
entonces un proceso de severos desajustes económicos. Se terminaron los
años de superávit en la balanza de pagos y se entró en los del déficit.
Se concibió e inició la ejecución de programas de infraestructura agrí-
cola, vialidad, acueductos, instalaciones portuarias, amén de las inversiones
necesitadas por las industrias básicas hasta la hotelerla (que la oposición,
IIISTORIA DE LOAYETETOIAI{OA E¡{ EL SIOLO XX

citando a PérezAlfonzo, llamaba nfaraónicosr). Se hizo patente la necesidad


de contraer nuevas deudas para condnuarlos: se daba asf la paradoja de un
pafs con los bolsillos llenos que se vela obligado a endeudarse hasta para ir
a la tienda de abarrotes.
Y vino entonces la peor cdamidad de todas: los precios del petróleo
comenzaron a deprimirse y su demanda caÉ. Esa situación se refejó de
inmediato en las finanzas públicas venezolanas: cuando el petróleo se resfría,
Venezuela debe hospitalizarse con pulrnonfa.
Al reducirse los ingresos fiscales, el gobierno debió restringir sus gastos,
reduciéndose tanto las inversiones públicas como las privadas. Se entraba
asl en un perlodo de crisis y estancamiento. El todo revelaba la fragilidad
de un modelo económico basado en la renta peúolera, donde a un perlodo
de vacas gordas segula uno de vacas flacas. Como si eso fuera poco, la gran-
diosidad y subitaneidad del ingreso, la obesidad del Estado y la conciencia
de que comenzaba a llegar el momento de las vacas facas, agravó un vieio
y persistente mal venezolano: la corrupción administrativa.
EL FIN DE LA ILUSÉN

Todo lo anterior tuvo una inmediata consecuencia política. Pese a aquellos


problemas, Venezuela conservaba todavía un barniz de prosperidad que,
junto a la unidad (al parecer esta vez inconmovible) del partido AD, hacía
prever que habría gobiernos suyos para rato. No fue así: en las elecciones de
1978 triunfo con bastante comodidad el candidato de la oposición demó-
crata cristiana, Luis Herrera Campins.
Cinco años más tarde, un chiste circulaba en Caracas: el presidente
Herrera Campins pidió en un restaurante que le sirvieran café. u¿Tinto, con
leche o marrón?, inquirió el mesonero. nAh, no, si hay que escoger, prefiero
abstenermeo, respondió el Presidente. Esa era la imagen que el líder social-
cristiano llegó a labrarse, al final de su período.
La historieta revelaba sobre todo la profunda decepción que había
terminado por causar en la opinión un hombre que había llegado al poder
acompañado de una reputación opuesta: tenaz, trabalador, ambicioso, con
una idea frja capaz de derribar todos los obstáculos. Sobre todo, Herrera
Campins nada tenía de un improvisado. Desde su más temprana juventud
había destacado entre los líderes de su partido por su brillo y sus capacida-
des políticas. De hecho, se le consideraba dentro y fuera del partido como el
sucesor natural de Caldera en el liderazgo de su partido y en la Presidencia
de la República. A fuerzade paciencia, había logrado vencer el principal obs-
táculo a esa sucesión: la voluntad del propio Caldera, quien había preferido
como sucesor a su alter ego, un Lorenzo Fernández ya aplastado por Carlos
Andrés Pérez en las elecciones de 1973. Herrera Campins había llegado al
poder, pues, pasando por encima de los peores pronósticos. Al revés de Cal-
dera, quien lo lograrla gracias en gran parte a la división de su adversario
principal, el nuevo presidente podía jactarse de haber sido el único capaz de
derrotar a una Acción Democrática unida y con los bolsillos llenos.
24 HISTORIA DE LOS VEilEZOLANOS EN EL SIOLO XX

Por otra parte, parecía tener claros sus objetivos. Al encargarse del
poder, precisó en una frase que pronto se hizo célebre cuál era' a su juicio, el
problema del país que su gobierno debía resolver en primer lugar: la deuda
externa; urecibo un país hipotecado,,, dijo en su discurso inaugural. Pero no
fue sólo esa frase: los primeros meses de los pasó tratando de desmadejar el
tremendo enredo de esa deuda, revisando su legalidad y su monto red.
Thmpoco era todo frase y cálculo: se trataba de enderezar el entuer-
to, aplicando una serie de ajustes que profundizaran los que ya se habían
intentado con timidez en 1977 y que luego, como una terapia de shock y
con resultados catastróficos, se intentaría a partir de 1989.

¿uNA NEP SOCIALCRISTIANA?

Sus primeros actos de gobierno parecían orientarse hacia una nueva


política económica, hacia la supresión de controles y subsidios y en general,
hacia la austeridad fiscal y la modernización del Estado. Una de esas medi-
das había sido la liberación de los precios de algunos de los productos del
consumo corriente.
Eso provocó una malvada caricatura deZapata, donde lo pintaba con
arreos proceros y blandiendo su espada a lomos de un brioso corcel, procla-
mándose nel Libertador de los precioso. Por otra parte, tampoco es que se
tuviera intenciones de cruzarse de brazos frente al problema de la deuda. A
tal efecto, en un Congreso donde Acción Democrática seguía teniendo una
influencia determinante, se había votado una ley Para su refinanciamiento.
Pero todo eso lo echó abajo un acontecimiento de esos que siempre
habían resultado, más que favorables, casi milagrosos Para Venezuela: una
guerra en el Medio Oriente. Esta vez, no la usual entre árabes y judíos, sino
entre dos países musulmanes productores de petróleo: Irán e Irak.
Las arcas venezolanas volvieron a llenarse, y en tdes condiciones, era
muy diftcil decirle a los electores que debían (apretarse el cinturónn. Por lo
demás aunque lo hubiese querido, nadie lo iba a apoyar en el empeño: le
faltó el npiso político) para proseguir con sus reformas, porque el país entero
estaba de nuevo intoxicado, ebrio de petróleo caro.
Así, Ias cosas continuaron entonces como habían sido siempre: se
archivó lo del pago de la deuda, se ampliaron los gasto corrientes, se adqui-
rieron nuevos compromisos (se nrehipotecó, el país), los venezolanos conti-
nuaron viajando a Miami a llenarse de baratijas y el país siguió durmiendo
su borrachera hasta que llegó el amargo despertar.
MANU€L CABALLERO 245

EL (VIERNES NEGRO¡

El 18 de febrero de 1983 se produjo el nviernes negro). Los aconte-


cimientos fueron reseñados por la prensa en la siguiente forma: una fuga
acelerada de divisas, así como un déficit en la cuenta corriente de la balanza
de pagos, hizo colapsar el nivel de las reservas internacionales en esos fatí-
dicos mes y día. Como consecuencia de ello, el gobierno decidió suspender
la venta de divisas durante los dos primeros días de la semana siguiente,
situación que en verdad se prolongó hasta el otro viernes, cuando se esta-
bleció un control de cambios diferenciales, el famoso RECADI que en los
años siguientes será acusado, con razón o sin ella, de ser la fuente de todas
las corruptelas.
Como suele suceder, había en eso una parte de verdad y offo poco
de fantasía. El apelativo de nviernes negro) sonaba muy bien en un titular
periodístico, pero ese día, el hombre de la calle no pareció sentir lo que se
aproximaba. Es cierto que se había venido produciendo una corriente de
fuga de divisas, pero eso ocurría desde finales de 1982, cuando esos capitales
huidizos alcanzaron la cifra récord de ocho mil millones de dólares.
El establecimiento de un control de cambio no era del todo sorpresi-
vo: desde hacía tiempo se estaba esperando, y mucha gente creía que tendría
lugar en un fin de semana largo, eso es, el que se había producido siete días
antes con motivo de la Semana Santa. Lo que hizo sorpresiva y en cierto
modo explosiva la crisis del 18 de febrero fue la conjunción de una serie de
procesos internos y sobre todo externos que se juntaron y por así decir se
emulsionaron ese día.
El primero fue un factor foráneo: la crisis de la deuda. Los bancos de los
grandes países industrializados habían sido muy generosos en el otorgamiento
de grandes llneas de crédito a los países del llamado oTercer Mundou.

(¡PAGUE USTED, YA!,

Esto era cierto sobre todo en el caso de uno con perspectivas tan promi-
sorias como la Venezuela del vientre ahíto de petróleo. Esos créditos no sólo
fueron otorgados a la administración centralizada sino también a los entes
descentrdizados, no siempre con gran apego a una legalidad muy estricta.
El pago de esos créditos era exigible a corto plazo, y eso lo sabía el
gobierno, de modo que no hubo uengaño> por parte de los prestamistas.
2K HISTORIA DE LOS VENEZOLAIIOS EI{ EL SIGLO XX

Pero si bien eso se sabía, todo el mundo esperaba que, en la práctica, no


fuese así, y que se lograrían diferimientos y refinanciaciones.
Pero cuando uno de los mayores deudores, México, se vio obligado a
declarar una moratoria en sus pagos, la banca se asustó. Comenzó entonces a
exigir la recuperación de sus préstamos en un plazo menor del esperado. Resul-
taba muy diftcil honra¡ ese compromiso, cuando no imposible, y en el caso de
Venezuela era así también por la brusca caída de los precios del petróleo.
El gobierno de Herrera Campins había actuado como el de Pérez en
1973, como el de Pérez Jiménez en 1956: se había olvidado de que en la
economía petrolera, un período de vacas flacas suele seguir a uno de vacas
gordas, por aquellas fluctuaciones en los precios de su primer producto
venezolano de exportación. Y eso no era nada nuevo, ni de este siglo: en
una escala mucho menor. había sido el caso cuando Venezuela era mono-
exportadora de caft.
En cuanto a la deuda, se pudo acaso pensar que no se trataba de una
problema de suma urgencia. Pero sí resultó serlo, y no solo en Venezuela.
La ucrisis de la deudao estalló en un ámbito mucho mayor, y por supues-
to, puso a temblar a todo el sistema financiero internacional. La deuda era
gigantesca: se hablaba de unos ochocientos mil millones de dólares, de los
cuales unos cuatrocientos mil corresponderían a América Latina. Los países
del área más comprometidos eran los más grandes y por una razón u otra,
los más poderosos: México, Brasil, Argentina y Venezuela.
Buena parte, si no la mayor, de los pagos de esa deuda era exigible en
un corto plazo. Además, la subida de los intereses hacía que en la mayoría
de los países se descalabrarse la economía al pagar varias veces el monto de
la deuda sin disminuir el del capital adeudado: es el eterno riesgo del que
compra a crédito. Aunque no se debe olvidar en ese caso, que también en
las compras a crédito se obtienen ventajas. No se trata entonces de la nmala
entraña> de los acreedores que suben con desmesura los intereses, sino de un
riesgo calculado que, como todos ellos, a veces sale bien y a veces mal.
Subida vertiginosa de los intereses, plazos de cancelación muy cortos,
volumen astronómico de las cifras mundiales de esa deuda y ruina de los paí-
sesdeudores, todo eso llevaba a una conclusión: en esas condiciones, la deuda
parecíaimpagable. Pero no era cosa de negarse a hacerlo, como lo propusieron
muchos en aquel momento. Para países que necesitaban del aporte de capi-
tales extranjeros en el proceso de desarrollo de sus economías, cortarse de esa
manera de los centros de la frnanza internacional equivalía a suicidarse.
I\¡ANUEL CABALLERO

El régimen populista de Alan García en el Perú intentó hacerlo, esra-


bleciendo de forma unilateral un monto fijo para pagar la deuda: los resul-
tados fueron desastrosos para la economía. Todos los países deudores pre-
firieron entrar en un complejo proceso de refinanciamiento de sus deudas,
con resultados muy diversos y sobre todo, que sólo podrían verse a un plazo
más largo que mediano. Ér. er", pues, el peor momento para que un pals se
enfrentase a una fuga de capitales; y sin embargo eso fue lo que sucedió.
Por lo general, esta situación suele producirse por la desconfianza en
la situación política; por la poca credibilidad de un gobierno; o por el temor
de revoluciones o nacionalizaciones. Pero ése no era el caso venezolano: la
nacionalización del petróleo se había producido ya, sin causar mayores trau-
mas ni borracheras de nacionalismo. Como el proceso venía desde atrás, y
como se ha dicho, ya en diciembre de l9B2 La fuga de divisas había alcan-
zado un nivel histórico, lo que asombra en todo eso no fueron esas medidas
sino lo tardío de su puesta en práctica.
Sucede que la for:aleza de la moneda venezolanay la debilidad o
inexistencia de una industria y de una agricultura hablan acostumbrado,
con el estímulo natural de una moneda udurar, a importar todo. El alud de
dinero que llegó al país a partir de 1973 magnificó esa tendencia.
En la clase media venezolana se hizo costumbre no esperar a que los
aftículos de consumo llegaran a los puertos de su país, sino irlos a buscar a
su lugar de origen. Eran los nalegres viajeroso que con los bolsillos repletos
de petrodólares abarrotaban varias veces por día los vuelos a Miami, donde
todo les resultaba más barato y donde todo lo compraban por pares. En esas
condiciones, comprar en el extranjero no se veía como una catástrofe sino
como un hábito. Lo que resultaba catastrófico para la opinión corriente,
fue lo sucedido en febrero de 1983: un control de cambio y, coetánea, una
devaluación. No sólo se terminarían los viaies incontenibles a Miami: las
mercancías importadas serían ahora más caras.
Como si eso fuera poco, el gobierno dio la impresión de no saber qué
cosa hacer. La decisión de suspender la venta de divisas más allá del plazo
anunciado antes, mientras buscaba una salida, fue vista como la indecisión
de un piloto bisoño que, al ver en el horizonte un nubarrón desconocido,
decide apagar en pleno vuelo los motores mientras consulta su recién estre-
nado manual de vuelo. Esa impresión la acentuó la falsa tranquilidad del
gobierno: en lugar de tomar el toro por los cuernos, anunciar lo grave de la
situación y las medidas para corregir el rumbo, le sacó el cuerpo al problema,
28

alvezconsciente de los peligros de que un acercamiento demasiado directo


pudiese originar un pánico, el terror de los mercados y de las administracio-
nes. Así, mientras los periodistas esperaban ansiosos que el Presidente abriese
su rueda de prensa con aquellas acciones, comenzó felicitando a la ciudad
de El Tigre por su aniversario y luego al cardenal Lebrún, quien regresaba
al país tocado del capelo cardenalicio.

COMO OUIEN NO QUIERE LA COSA

Cuando al fin habló del asunto, lo hizo como quien no quiere la cosa,
al decir que estaba siguiendo (...con total interés [si.] y entrega la marcha
de los acontecimientos que inciden sobre nuestra economíar. Al revelar
que estaba haciendo sólo lo que todo el mundo hacla en ese momento, el
Presidente buscaba salirle al paso a la impresión pública de que él se desin-
teresase de los asuntos de la economla. Pero el efecto fue el contrario: qui
s'excuse iaccuse.
Esa impresión se fue acentuando cuando se instaló una áspera polé-
mica, bastante pública, entre el Presidente del Banco Central, Leopoldo
DíazBruzualy el Ministro de Hacienda, Anuro Sosa. El primero era par-
tidario de una devaluación lineal, unos seis bolívares por dólar. El segundo
se oponía a ello, y su posición al final triunfadora, estuvo en el origen del
establecimiento del régimen de cambios diferenciales. Según la versión de
DíazBruzual, el decreto que lo estableció fue redactado a sus espaldas, y en
la práctica se le puso frente al hecho cumplido.
Una polémica de ese tipo entre dos personeros tan relevantes del gabi-
nete económico siempre repercute en la marcha de la economía. Pero en
este caso lo que la agravaba era que el Presidente no intervenía ni para dar la
razón a una de las partes, ni tampoco para ordenarles cesar en su enfrenta-
miento público. En algunos casos, tal actitud puede obtener buenos resulta-
dos en la política cotidiana, dando la impresión de que al final, el Presiden-
te intervenía como un Deus ex machina para resolver el conflicto. Pero en
aquel momento, lo que hacía era acentuar la percepción de un gobernante
indeciso, que se desinteresaba de los asuntos económicos por ignorancia o
simple dqadez: ¿no había dicho algunavez el general Gómez, por boca de
su ministro Tinoco, que ulas crisis se resuelven solaso?
Todo el asunto se había complicado tanto porque 1983 era un año
electoral. Después de haber hecho lo posible por imponer un candidato que
I\¡ANUEL CABALLERO 249

respondiese a su tendencia en el interior del partido gobernanre, Luis Herrera


Campins había aceptado la tenaz candidatura de Rafael Caldera.
Ahora bien, el partido era por tradición adversario de toda manipu-
lación con la moneda, mucho menos una devaluación. Y en sosrener esa
posición era inconmovible el candidato Caldera. Aún si eso no hubiese sido
así, de todas maneras todo gobierno evita una medida de este tipo en un
año electoral, por su evidente impopularidad.

NI CHICHA NI LIMONADA

El gobierno se encontraba enrre la espada y la pared; y optó enron-


ces por una solución media: estableció un control de cambios pero se negó
a una devaluación lineal. En lugar de eso, estableció el ya citado régimen
de cambios diferenciales: habría un dólar petrolero, orro para los insumos
industriales, otro para los particulares, con sus respectivos cupos que debían
ser comprobados con el mayor rigor. Como es f,ícil comprender, ese régimen
resultaba de una complicación tal en un país acostumbrado a importarlo
todo, que la corrupción no tardó en florecer. Debe decirse sin embargo, que
esto no era un problema sólo económico, ni que igual hubiese sucedido bajo
cualquier gobierno.
Porque en los años sesenta se estableció también un régimen de cambios
diferenciales sin que la corrupción alcanzara esos niveles. Verdad es también
que había mucho menos dinero, y que no se venía de un hartazgo de ingresos
como los que Venezuela había conocido a partir de la guerra del Yom Kippur.
Entre sus muchas manifestaciones, tal vez una de las que más molestaba era
la posibilidad de que el gobierno, en una forma sesgada, pudiese controlar los
medios de comunicación. En efecto, si manifestaban disentimiento. nada le
era más fácil a RECADI que dificultar su acceso a los cupos de importación
(por ejemplo de papel) sin parecer que atacase la libertad de prensa; porque,
como se sabe, toda burocracia es tarda, inerte, laboriosa.
Como al gobierno de Herrera Campins sólo le quedaba un año de vida,
la taras de RECADI se manifestaron en todo su esplendor en el gobierno
que le sucedió. De todas maneras, de nada le valieron esas manipulaciones.
Los venezolanos no osaban creer que se hubiese producido una devaluación,
y (ni siquiera porque ya habían tenido una experiencia en los años sesenta)
que se pudiese establecer un control de cambio.
250

Por primera vez en treinta años, los venezolanos se enfrentaban a


un proceso de depreciación de su signo monetario, a una devaluación. No
es cierto que ella no se hubiese producido antes: en los años cincuenta, el
dólar se cotizaba a 3,35 bolívares y pasó a 4,30 en los sesenta; Pero eso no
fue percibido como una diferencia sensible, y pronto los venezolanos deja-
ron de sentir sus efectos. Además a partir de la guerra del Kippur el dinero
comenzó a entrar a chorros y los venezolanos podían jactarse de tener una
moneda udurao y gastarla fuera a manos llenas.
La devaluación que se produjo en 1983 fue en verdad bastante
pequeña: se pasó, en el mercado oficial, de 4,30 a unos 7 bolívares por
dólar, aunque como suele suceder cuando existe control de cambio, no
dejaron de producirse operaciones de mercado negro, si bien no en Pro-
porciones incontrolables.
Pero no se trataba de cifras: para los venezolanos significaba el fin de
una vieja ilusión, la de la solidez de su moneda que se parangonaba en esto
con las de los países del Primer Mundo.
Significaba que debía no sólo limitar sus viajes, sino también el tiempo
de su estancia y el nivel de sus gastos en el extranjero. uVenezuela en quiebra.
Miami en bancarroto, tituló en su momento el diario Miami Herald.
Como también suele suceder, las medidas golpearon de manera des-
igual a diversos sectores sociales, aún dentro de la misma clase media. Los
poseedores de grandes sumas de divisas las habían Puesto a buen recaudo
en el extranjero.
Pero aparte de eso, la noticia de la próxima devaluación llegó con anti-
cipación a algunos oídos afortunados, que pudieron hacer buenos negocios
adquiriendo a tiempo sus dólares al viejo precio de 4,30 bolívares. Aunque
eso no tomara proporciones gigantescas en los días que precedieron al lla-
mado Viernes Negro, dejó en el ambiente una sensación de injusticia.
Amén de la poca confiabilidad de un gobierno que, se decía, demos-
traba así no estar jugando limpio, demostraba también su carácter amiguista
y clientelar.
La devaluación trajo consigo el agravamiento de otro fenómeno que
ya había comenzado a preocupar: la inflación. Un fenómeno mundial del
que Venezuela parecía resguardada gracias a su petróleo. De todas formas,
si la inflación no llegó a alcanzar las cifras catastróficas de las economías de
otros países latinoamericanos, como Perú, Bolivia y el cono Sur era porqu€
el país todavía podía contar con la entrada anual que le proporcionaba el
lvlANU€LCABA|-LErc

petróleo, por mucho que sus precios continuasen su rendencia a la baja en


los mercedos internacionales
A panir de ese momento, la administración de Herrera Campins entró
en picada. Su cafda fue indetenible y catastrófica. No pudo ni siquiera i-po-
ner su propio candidato a sucederle, que era su Ministro del Interior, Rafael
Andr,& Montesdmca: Caldera imptrso unawz más su candidatu¡a. Pena inrltil:
aI lucir como candidato del gobierno, fue aplastado por su conrendor.
BAILANDO CON I.A FEA

Para las elecciones de 1983, Jaime Lusinchi decidió asumir su grisura per-
sonal en lugar de sufrirla como Leoni: lenzó como eslogan la idea de que
nJaime es como túo. El hecho es que, explotando esa imagen, Lusinchi se
dio el lujo de presidir un gobierno acaso más opaco que el de Raúl Leoni,
y sin embargo entrar y salir del gobierno con una cota de popularidad alta
como nadie antes ni después.
Al revés de lo que le había sucedido a Carlos Andrés Pérez en 1974,
recibla el gobierno en condiciones nada auspiciosas desde el punro de vista
económico, lo que un político costarricense amigo suyo definió con una frase:
nahora te tocará bailar con la feao. Pero tampoco era que todo fuesen desven-
tajas. Su victoria había sido avasallante: Rafael Caldera, no logró superar la
impopularidad de su compañero de partido Luis Herrera Campins.
Lusinchi le sacó millón y medio de votos de ventaja a Caldera; y el
descalabro de su partido frente a Acción Democrática fue aún peor. Eso hacía
presagiar la formación, por los siglos de los siglos, de un sistema político
similar al mexicano, con un dominio absoluto y ererno de un solo partido:
el esquema bipolar soñado por Betancourt se había roto.
AI analizar este período constitucional, lo que se percibe de inmediaro
es lo poco sorpresivo del panorama político: el partido de gobierno conrro-
laba el Parlamento, la judicatura, las municipalidades y como si fuera poco,
Lusinchi resolvió realzar el poder de la organización dominante nombrando
gobernadores de los diversos estados de la república a los respecrivos secre-
tarios generales de su partido. Y todo hacía pensar que AD ganaría también
las próximas elecciones, como en efecto llegó a suceder.
HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO I
?54

EL ENTUERTO DE LA DEUDA

El problema que más preocupaba a la opinión pública, y que por


allí mismo se convirtió en el centro de la gestión gubernamental fue el de
la deuda pública, sobre todo la externa. En primer lugar, se planteó lo del
desorden, de la posible ilegalidad de su mayor parte' y por último, lo de la
deuda externa privada. En cuanto a lo primero, era evidente que, Pese a su
solemne denuncia al asumir el mando, Luis Herrera campins había dejado
el país tan nhipotecado, como lo había encontrado; pero lo peor de todo es
que el desorden administrativo hacía que ni siquiera se conociese todavía el
monto exacto de la deuda, ni quiénes eran en definitiva los acreedores.
En segundo lugar, buena parte de lo adeudado contenía compromisos
adquiridos de una manera poco legal Por las dos administraciones anterio-
res. Por último, existía también la cuestión de una deuda privada externa
que, por tal, no tenía que ser asumida por el gobierno' pero que no hacerlo
podría agravar hasta extremos imprevisibles la crltica situación económica y
aumentar el clima de desconfianza que es, como se sabe, el peor Para atraer
las inversiones extranieras.
De modo que lo más claro de la gestión gubernativa de Jaime Lusin-
chi se le fue en tratar de enderezar el entuerto de la deuda externa y en las
discusiones alrededor del tema.
Como ya se había ido haciendo habitual, se demonizó al Fondo Mone-
tario Internacional, pintándolo con los rasgos que, en el imaginario popular,
suelen tener todos los prestamistas: como usureros desalmados. Pero rindien-
do parias a ese preiuicio, al mismo tiempo que el gobierno negaba que se
estuviese sometiendo a sus ndictados), no le quedó más remedio que seguir
sus indicaciones para poder ganar laconfranzade la banca acreedora. Es así
como, menos de un año después de su asunción, el gobierno anunciaba que
había logrado refinanciar el 95 por ciento de la deuda pública externa, o sea
unos 20.750 millones de dólares, con plazos y años muertos más favorables.
Pero la puesta en práctica de lo acordado se retardó todavía año y medio,
pues no se lograba un acuerdo sobre la deuda externa privada.
El asunto se complicaba porque había de por medio una cuestión de
principios, y la oposición estaba dispuesta a montarse sobre el caballito de
batalla de la defensa de la soberanía nacional. Y todo eso sobre el telón de
fondo de precios del petróleo deprimidos.
I\¡ANUEL CABALLERO
255

Mientras no se resolviese ese problema (que en realidad, y como lo


demostró la historia, no se resuelve nunca), el gobierno no podía entrarle al
cumplimiento de lo que había sido la oüa promesa central de su campaña:
la política populista a: lo del nPacto socialr, o sea, la reedición de la políti-
ca tradicional de subsidios y créditos blandos que abaratasen el consumo
y los servicios, al tiempo que se invertla en educación y salud sin para ello
aumentar los impuestos.
De hecho, el progr ama de ndemocracia social, estaba contenido en
el vII Plan de la Nación, bajo la dirección del Ministro de cordiplan, Luis
Raúl Matos Azócar. Pero su fracaso hizo inevitable la salida de ese ministro
que además era el niño mimado del sindicalismo.
Lo cual llevó además al distanciamiento entre el Presidente y el Buró
Sindical de AD, cuya influencia había sido determinante para imponer su
candidatura y después su elección.
Hacia 1986, la situación económica era bastanre grave, con el desplo-
me de los precios del petróleo de24 dólares por barril en enero a 9,77 en
junio. Entre otras cosas, la situación de la deuda pública había revelado las
tremendas carencias, la ineficiencia, las corruptelas, en general los vicios de
que adolecía el gigantesco apafato del estado venezolano. Esto había comen-
zado a verse desde antes del boom petrolero, llevando entre orros a Caldera
a formar la comisión de Administración Pública que presentó un grueso
informe donde se proponía desde ya su reforma a fondo.

I.A COPRE

La reforma del estado fue también una de las promesas más publici-
tadas del programa de gobierno de Lusinchi. Para dLamizarla, formó una
comisión, presidida por Ramón J. Velásquez, historiador y futuro presiden-
te provisional.
Era la Comisión Para la Reforma del Estado, la famosa COPRE, que
debía trabajar en cuarro direcciones prioritarias: la profundización de la demo-
cracia en los partidos políticos; reformas a la ley del sufragio; elección directa
de gobernadores de estados y creación de la figura del alcalde en los municipios
y su elección popular. Planteaba además hacer más rransparenre el proceso
de financiamiento de los partidos políticos, para evitar alavezla corrupción
administrativa y su colonización por los grandes inrereses económicos.
H| TON|A DE LOS VEI{EZOLANOS EN EL SIGLO XX

como suele suceder, los trabajos de esa comisión se alargaron mucho,


y algunas de sus disposiciones, como las de la elección directa de gobernado-
ies y alcaldes, se pusieron en práctica sólo en el perfodo siguiente. Pero sobre
todo, lo que causó mayores demoras y encontró los más grandes obstáculos
fue todo lo relativo a la democratizaciónde los partidos políticos. Las grandes
organizaciones, acostumbradas al verticalismo y al monopolio del mercado
electoral, se negaron con la mayor energía a abrirse a ese Proceso: esa obsti-
nación aumentaría su desprestigio y las llevaría al final al abismo.
En política internacional, el suceso más grave fue el ingreso delibe-
rado de un navío de guerra colombiano, el caldas, en aguas que venezuela
consideraba bajo su soberanía irrenunciable. El acto, considerado, más que
inamistoso, provocador, puso al rojo vivo unas relaciones entre los dos países
que habían nenido deteriorando largas disputas territoriales, en particular la
áelimitación de áreas marinas. Los dos ejércitos se pusieron en situación de
alerta, y los superpatriotas de ambos países, en Particular en el ejército acti-
vo y el de reserva, buscaron por todos los medios atizar la candela y poner a
ambos palses al borde de la guerra. Pero la sangre no llegó al río, salvo que
significó un pingüe negocio para los traficantes de armas y un endeudamien-
to mayor de Venezuela por la compra de equipos militares.
como suele suceder cuando existe un control de cambio y una discre-
cionalidad en el otorgamiento de divisas Por parte del gobierno, la corrup-
ción comenzó a campear por su fueros, sin que mayores cosas Pudiesen
llegar al público.
En cualquier otro país, esto último habrla desatado un escándalo
inmenso en la prensa, pero no en venezuela: el gobierno, sin intervenir a
los medios de comunicación de masas, en particular a la prensa' se Permitía
mantenerles la brida corta.
cosa posible a través de la oficina de control de cambios diferencia-
les, por donde debían de pasar esos medios para adquirir sus insumos en el
extranjero a unos precios accesibles. Dicho en otros términos, que los perió-
dicos no se atrevían a insistir en las denuncias de corrupción o abusos de
poder, por miedo a que se les cerrasen aquellas posibilidades.
oma fuente de descrédito del gobierno era que el presidente manruviese
una <casa chicar, y que su secretaria privada hubiese llegado a rener un poder
demasiado grande que, se decía, no parecía ejercer con moderación y sobre
todo con honestidad. Con todo, la popularidad del presidente se mantenía
muy alta, y salió así de la presidencia casi en brazos de la multitud.
MANUEL CAEALLERO 257

Pero como suele también suceder en estos casos, su debilitamiento no


provino de la fuerza de la oposición, sino del propio partido de gobierno.
Lusinchi, como es normal, aspiraba a que le sucediese en Miraflores alguien
de su entera confianza.
En este caso, su delffn era Octavio Lepage. Pero la mayoríade la base
del partido no lo entend ía asf, y suspiraba pótil r.rorno al poder de Carlos
Andrés Pérez, ahora hábil por ley para aspirar a la reelección.
Al mismo tiempo que sucedía esto en Acción Democrática, un proceso
parejo se daba en el principal partido de oposición, el socialcristiano Copei.
Eduardo Fernández, que controlaba con manos de hierro el partido, impu-
so su propia candidatura sobre la del líder fundador Rafael Caldera quien,
disgustado, upasó a la reservar, según sus propias palabras.
En las elecciones, Fernández obtuvo la mayor votación alcanzada por
un candidato de su tendencia, pero fue derrotado por Carlos Andrés Pérez:
casi se repetía la situación de las elecciones de 1973.
LA DOMA DEL MINOTAURO

El 3 I de julio de I 9 14, los ingenieros de la Caribbean Petroleum Company


podrían haber tenido en Mene Grande la sensación de estar viviendo un
momento histórico, cuando vieron manar de la tierra el primer gran chorro
de una de las más grandes reservas de petróleo del mundo, lavenezolana. Pero
esa sensación no pudo haberles durado más de veinticuatro horas. Porque
el primero de agosto se producla lo que sí era un acontecimiento histórico:
el desencadenamiento de la primera guerra mundial. La cercanía de ambos
acontecimientos aparecerá, en lo inmediato, como algo poco imporranre.
Pero a largo plazo, sobre todo a parrir de I94l,la guerra y el incremento
de la explotación petrolera se convertirán en situaciones tan inseparables la
una de la otra, que, escondida en todo hombre o mujer venezolanos exisri-
rá siempre una esperanza inconfesable. La de que estalle una buena, bella,
destructora, mortífera y sobre todo interminable guerra, tanto mejor si es
mundial: los venezolanos nos habituaremos a aprovecharnos de las guerras
ajenas. Significarán prosperidad y ambién paz.
Aunque a decir verdad, la paz que conocerá Venezuela a partir de
entonces y la prosperidad que la acompañará durante muchos años no serán
una consecuencia directa de la explotación petrolera, sino que la preceden.
Esa paz había nestalladoo, para decirlo así, once años anres, en julio de 1903,
con la batalla de Ciudad Bolívar. Esos años de paz habían sido rematados en
1908 con la sustitución en la jefatura de la Revolución Liberal Restauradora
y del país del general Cipriano Castro por el general Juan Vicente Gómez.
Lapazvenezolana no es producto de la explotación del petróleo, pero
le es coetánea; y eso hará muy difícil que, en la mentalidad de la gente, ambas
cosas se separen: para los venezolanos mientras haya petróleo habrá prospe-
ridad y mientras haya prosperidad habrá paz. Pero ambas cosas, prosperidad
y paz, sólo se lograrán cuando el resto del mundo esté en guerra.
2(fr HISTORIA DE LOS VE¡{EZOLAIIOS E¡{ EL SIGLO XX

MENTAL¡DAD DE BUITRES

fuí, la primera consecuencia de la explotación petrolera es habernos


creado una actitud si no una mentalidad de buitres. Poco importa que eso
no sea cierto: no estamos hablando de realidades sino de percepciones.
Pero también debe aclararse que esa nueva actitud del venezolano,
esa nuerra conducta, no va a surgir de la noche a la mañana una Yez que el
Zumaque Uno haya comenzado a manar. Es posible señalar tres momen-
tos en la actitud del venezolano frente al petróleo, que de una forma u otra
pueden también señalarse como tres fases en la formación de la mentalidad
del venezolano actual.
Esos momentos son: el año 1914, con aquel estallido del Zumaque
Uno; el aíto 1941, con la conversión de la guerra europea en guerra mun-
dial; y 1973, con la guerra del Yom Kippur.
En la etapa que comienzaen 1914, el petróleo causa Poco efecto en el
venezolano. Se podría decir sin demasiada exageración que los venezolanos
se enteran de todo esto, si se enteran, como si hubiese sucedido en Asia.
Por dos razones: la primera está ligada al desarrollo mismo del con-
ficto. Con todos los avances producidos después de la franco-prusiana de
1870, la nueva guerra se inicia todavía muy apegada a los esquemas del
enfrentamiento anterior. La importancia del petróleo como combustible es
mucho menor de lo que será a medida que avancen las hostilidades, y sobre
todo en la segunda guerra mundial, con la aviación, la guerra submarina, y
la invención del tanque de guerra, el desplazamiento de los cuales necesita
de un combustible menos pesado y voluminoso que el carbón.
Únase el hecho de que será sólo en julio de I9l7 cuando los Esta-
dos Unidos ingresen en la guerra. Con la necesidad de transportar tropas
y equipos de uno a otro continente comenzará ese país a darse cuenta de
la importancia estratégica del petróleo. No es Pues casual que sea a partir
de ese aí,o, 1917, cuando comiencen a llegar a Venezuela las inversiones,
inglesas primero, yanquis después. LLegarán en forma tan vertiSinosa que
a vuelta de una década escasa, el petróleo supera, por sí solo, al resto de los
renglones de exportación venezolanos.
Pero no por eso se puede decir que Venezuela sea a partir de esa fecha
(1926) un país petrolero. Los cambios en la mentalidad, los cambios en Ia
conciencia, nunca suelen ser tan rápidos, nunca siguen el ritmo con que se
producen en la economía.
MANUEL CABALLEHO 26r

Por lo tanto, hasta los años cuarenta, seguirá siendo predominante entre
los dirigentes de la política y la economía venezolana la idea de que la única
riqrseza verdadera, sólida y durable es la que proviene de explotar el suelo,
no el subsuelo. Ello se hará patente en la actitud del propio Gómez frente a
la riqueza petrolera, como en las ideas de Alberto Adriani antes y después de
la muerte del dictador, y que refleja también la conocidísima frase de Uslar
llamando a sembrar el petróleo. No se trata de una idea abstracta, sino que
ella determina una actitud, una práctica. Pese a los fabulosos ingresos que el
petróleo proporciona una vez que se comienza a explotarlo, nadie, entre los
sectores dominantes, económicos y pollticos, parece decidido a arriesgarse
apostando a ese solo caballo.
Verdad es que, para tener acceso a esos beneficios, se necesita arriesgar
primero mucho, muchísimo, y ya no es sólo un problema de quere¡ sino
de poder hacerlo.

NADIE TIENE TANTA PLATA

Y no había en Venezuela nadie, ni abstracto ni concreto, es decir, ni


el Estado ni Gómez, que tenga los dineros suficientes como para iniciar por
cu€nta propia la explotación del petróleo. Thl situación va a tener dos conse-
cuencias: una, que ni el propio general Juan Vicente Gómez va a interesarse
por el petróleo como fuente de su fortuna personal sino bastante tarde y
tampoco en una gran medida en relación con el resto de sus riquezas.
Las compañías inversionistas mostraban satisfacción en el hecho de
que el Benemérito se interesase en persona en los negocios petroleros, por-
que se garantizaba que la cabeza del pals estaba muy bien informada de los
progresos de la industria petrolera. Eso quería decir, que a la nseguridad jurí-
dica, los inversionistas preferían una garantía personal, de carne y hueso: la
del general Juan Vicente Gómez.
La segunda consecuencia es que el país entero va a ver desde los inicios
la explotación petrolera como un enclave extranjero en nuestra economía.
Así, la élite venezolana se relaciona en primera instancia con la explo-
tación del petróleo, a través del otorgamiento de concesiones petroleras a
particulares y su casi inmediata venta a compañías extranjeras, las únicas
capaces de utilizarlas. Como eso se parecía a los beneficios de una lotería,
comenzó a crearse en la conciencia de esas élites lo que hoy se llama una
nmentalidad rentista'. Y alavez, como un producto de la formación católica
y contrarreformista, la culpa, el pecado, la idea de que se está disfrutando
algo caído del cielo (mejor, del subsuelo) peto que semejantes placeres no
pueden provenir sino del Maligno.
Es la idea entonces de que el petróleo es un nMinot?uroD, un monstruo
fabuloso que al final, luego de una efímera juerga, nos terminaría devorando
o peor aún, arrastrando a los horrores del infierno.

LA HUELGA PETROLERA

Después de la muerte de Gómez, aquella idea del monstruo petrolero


continuó siendo predominante. Pero a finales de 1936 ocurrirá un hecho
que va a tener también mucha infuencia, luego de que se inicie la segunda
etapa que arranca en 1941,
Se trata de la huelga de los obreros petroleros en diciembre de aquel
año. La huelga no tendrá muchos efectos en beneficio de los trabajadores
petroleros, pero a los más perspicaces de sus dirigentes políticos, y a sus
gobernantes, señalará la presencia de un factor que deberá ser tomado en
cuenta en el futuro.
Esa presencia es la de la democracia, o sea del pueblo, en aquel momen-
to no sólo encarnada en los obreros petroleros, sino también manifiesta en la
solidaridad nacional que acompañó su huelga. A partir de ese momento, ya no
se podrá hablar solo de nlas élites, venezolanas en la relación con el petróleo,
sino que comienza a hacerse una cuestión nacional y no sólo gubernativa.
A finales de ese mismo año, coincidiendo con el lanzamiento de la huelga
petrolera, comienzan algunos dirigentes políticos venezolanos a darse cuenta
de la importancia del petróleo en la vida venezolana, y a teorizar sobre ello.
Si lo de Uslar puede no pasar de ser una simple frase, sí hay quien se
proponga hablar del asunto en términos concretos. Rómulo Betancourt da
entonces inicio a su larguísima bibliografia sobre el asunto.
Es un trabajo, publicado en el órgano de la Federación de Estudiantes,
destinado a establecer la comparación más importante que se pueda hacer
sobre la materia. A saber: cuánto ganan las compañías petroleras, y cuánto le
dejan a Venezuelaa uavés de impuestos y regalías. Concluye su ensayo plan-
teando el gran dilema: o Venezuela reivindica su petróleo y entre tanto busca
librarse poco a poco de su tutelaje, o va hacia el coloniaje puro y simple.
Esta conclusión tiene un interés particular: aquí asoma la mentalidad
reformista, pues no se plantea que el petróleo deba ser reivindicado para el
MANUEL CABALLERO

país de una vez por todas, sino la posibilidad de que existan estadios inter-
medios entre el coloniaje y la confiscación.
Como se ha dicho, la segunda etapa de la relación venezolana con las
compañías petroleras comienza en el año 1941, con el ataque japonés a los
Estados Unidos. Pero es en 1943 cuando la nueva polltica petrolera anun-
ciada el año anterior por el presidente Medina enrra en vigencia.
Por boca de Rómulo Betancourt, la oposición aprueba sin reticencias
el anuncio de esa iniciativa por parte del gobierno, y parricipa en el mitin
que, en la plaza de los Museos, se lleva a cabo para dar un respaldo nacional
al Presidente en esa materia.
Pero una vez que la reforma alaLey de Hidrocarburos sea llevada al
parlamento, el líder de AD toma sus distancias con ella; le parece todavía
demasiado tímida.
Entre otras cosas, se criticaba el carácter que quiso darle el gobierno a
la nueva Le¡ la de ser una <Ley-convenio, entre el Estado venezolano y las
compañías, no un acto soberano de la nación, lo que hacla inamovibles en
Ia práctica sus cláusulas si un viraje futuro de las condiciones del mercado
petrolero internacional planteaba una situación desfavorable para Venezuela
e imponía una revisión de la Ley por la voluntad autónoma del Estado.
Ademiís, se criticaba, en lo que sería el caballito de batalla de AD tanto
en la oposición como desde el gobierno, la decisión de extender el plazo de
duración de las concesiones hasta por cuarenta años más. Por otra parte, va a
seguir espoleando los ijares de su otro caballo de batalla: la necesidad de impo-
ner a las compañías petroleras que instalen sus refinerlas en Venezuela.
Como se sabe, Medina fue derrocado en 1945. La propaganda de los
triunfadores de octubre atribuye a su acción de gobierno los cambios en la
sociedad venezolana. En verdad, ellos ya habían comenzado a hacerse sendr
y si se aceleran en 1945 no se deben sólo a la acción del gobierno octubrista,
sino al fin de la guerra mundial.
El petróleo ya no servirá para mover una economía de guerra, sino
una industria de paz. Pero además, si hasta entonces, en los cuarro años
transcurridos desde Pearl Harbor, los venezolanos habían podido ver cómo
se aumentaban la riqueza colectiva, es sólo a partir de 1945 que ya no se
limitarán a encajarlo o atesorarlo, sino que aprenderán -casi podríamos decir
que se les obligará- a gastarlo, adquiriendo desechos de guerra, luego todos
los productos de las industrias de paz, esta vez, en mayoría casi exclusiva,
norteamericanos.
2& HISTORIA DE LOS VEI{EZOLAÍ{OS EN EL SIGLO )o(

Lo que sí se puede atribuir en su mayor parte al régimen surgido el


18 de octubre de 1945 es lo que podría llamarse ula democratización> de esa
riqueza. Dicho así, eso puede parecer una apreciación favorable. En parte lo
es, pero también tiene su aspecto negativo.
Porque se democratizan, se extienden a toda la nación, atendiendo
ante todo a las clases más pobres, los beneficios contantes y sonantes de la
explotación del petróleo, pero también los defectos y los vicios que tal situa-
ción crea, provoca o propicia en el conjunto de la sociedad venezolanay ya
no sólo en sus élites dirigentes.
Eso es, la tendencia a la búsqueda del dinero fácil, o peor aún, de la
idea de que todo dinero se puede obtener así. La riqueza, o por lo menos
el mejoramiento del nivel de vida se podía obtener no a través de la pro-
ducción, o de la productividad, sino a través de las más diversas presiones
-aunque resulte paradójico, la huelga era la menos usual- que obligasen a
Papá -Estado a meter la mano en la nbotijao para resolver los más complejos
problemas económicos y sociales.
En 1941, aparece Acción Democrática. Y también un cambio en el
lenguaje de Betancourt en lo relativo al petróleo. Ya está alejándose de lo
que llamó alguna vez el nantiimperialismo de mitinr. En su discurso de pre-
sentación del partido en el Nuevo Circo de Caracas el 13 de septiembre de
1941, el causante de la pobreza no es uel imperialismo, sino la monopro-
ducción del petróleo.
Pero también hay un cambio de actitud: los problemas de la explo-
tación del petróleo deben ser encarados menos con una retórica principista
que en términos concretos, no en un ataque frontal, sino rodeando el obs-
táculo: al final, lo que cuenta es el resultado.
1942 seúun año rico en análisis, proposiciones y agitación del nuevo
partido sobre el tema del petróleo. Es en ese año que va a cincelar una de las
frases más percutantes de su fundador. Titula con ella una de sus crónicas: nsi
del petróleo viene el riesgo, que el petróleo lo pagueo. Se refiere a los peligros
de un ataque alemán al territorio venezolano, y no sólo a sus proximidades
como acababa de hacerlo en las aguas territoriales de Curazao; al hundir un
barco venezolano, el uMonagaso.
Es que su riqueza petrolera hace de Venezuela una presa apetecible
para quien busque sabotear el esfuerzo de guerra aliado. Pero si el peligro
era tan real, y tan costoso protegerse de é1, no era justo que el país debiese
I\¡ANUEL CABALLERO 265

cargar con los gastos de protección de la industria petrolera: ésta debía pagar
la protección que le brindase el Estado.
En mismo aíro, ya lo dice en forma abierta y por así decirlo, con
ese
todas sus letras: la nacionalización por decreto no la plantea nadie en Vene-
zuela. Con ese nnadie, queremos decir el gobierno, pero también la oposi-
ción; e incluso el más radical en principio de los partidos, el comunista.
Se renunciaba entonces a toda veleidad de nacionalización por decre-
to (a la mexicanar. Es lo que, más tarde, califrcará como (un viraje de 180
grados, en el lenguaje al tratar de (y con) las compañías petrolera. Ésa será
una política nacional hasta la Ley de Reversión que en 1976 declare extin-
guidas las concesiones que deblan regresar a la nación en 1983 y estarice
la explotación del petróleo. Eso está anclado tan hondo en la mentalidad
de todos los sectores políticos que, en esta última le¡ se evitará con mucha
cautela emplear la palabra nnacionalizaciónr.
Los otros dos puntos son el relativo a la política de no otorgar más
concesiones a particulares. Los gobiernos de AD, y en general todos los que
llegaron al poder después de 1958 respetaron ese dogma intangible.
En cuanto a la subida de los sueldos y salarios, y en general, la mejo-
ra de las condiciones de vida de los trabajadores (petroleros en particular),
fueron entre otras cosas la base de su inmensa popularidad.

UNA RELACIÓN DIFICULTOSA

cambio de lenguaje por parte de Betancourt, la relación de su


Pese al
primer gobierno con las compañías petroleras no siempre fue armoniosa. El
31 de diciembre de 1945, en su alocución radial de fin de año, el Gobierno
anunció la aplicación (por una vez, de un impuesto a los grandes capitales.
Con eso se pechaba sobretodo a las compañías petroleras estadunidenses,
a la Creole Petroleum Corporation cuyo presidente, A. Proufclit, no dejó
de manifestar su asombro y su molestia. Sin embargo, las tensiones fueron
cediendo y cuando en septiembre de 1946 el gobierno anunció que se apro-
baría una ley para aumentar la participación del Estado en las ganancias de
las petroleras llevándola a un cincuenta por ciento (fue el famoso ffty-ffty),
las compañías se mostraron más comprensivas y participaron en la discu-
sión del impuesto.
Cuando, en 1958, se comenzó a hablar de una umentalidad de cinco
y seisr, ella podía referirse mucho menos a los resultados de las carreras de
caballos que al hábito de jugar con los dados cargados, los de la plétora del
petróleo en el subsuelo venezolano.
Pero, a medida que pasaba el tiempo, la guerra se alejaba en el recuer-
do: ya no podíamos seguir esperando que nos volviese a enriquecer. Entre
las consecuencias del final de esa guerra una de las más significativas fue que
los pozos petroleros del Medio Oriente recuperaron su importancia. Ese
petróleo estaba más cerca de Europa y de otros mercados importantes ; f era
más barato que el nuestro: no había allí sindicatos, ni gobiernos populistas,
mucho menos democráticos.
Pero Dios no olvida a quienes se ha encaprichado en beneficiar. Esa
situación tan desagradable y perniciosa para los venezolanos tuvo una pri-
mera corrección, si no gracias a Dios, por lo menos a uno de las divinidades
más poderosas y longevas del Olimpo: Marte, el dios de la guerra. Es así
como en 1956 estalla la guerra del Sinaí, y la situación se complica parala
obtención de los suministros energéticos, del petróleo.
En Venezuela hay una dictadura militat que decide aprovechar el
conflicto para ayudarse a resolver problemas fiscales. Se ponen entonces en
venta nuevas concesiones petroleras. Aunque no haya sucedido lo mismo que
en los años veinte, por Ia razón que sea, la economía venezolana comenzará
a mejorar, aunque esa mejoría sea efímera y las cosas continúen deteriorán-
dose al año siguiente.
Lo que interesa destacar de la situación en 1956, es que a partir de
allí parece haberse hecho claro para el venezolano común y corriente, pero
también parala mayoría de sus dirigentes, que la salvación de la patria pro-
vendría de la mano de Dios: la guerra extranjera salvará a Venezuela y mien-
tras más muertos haya, más ricos seremos.
Después de 1958, se tenía tendencia a atribuir la aparición o el desa-
rrollo de esa mentalidad a la dictadura, en la vieja tradición venezolana de
echar la culpa de todo al ngobierno anteriorr. Sin duda, que más que la de
Gómez, la dictadura de PérezJiménez puede ser calificada con propiedad de
npetrolerar. Pero como se verá más tarde, se debe a que el país en su conjun-
to se va volviendo un país petrolero al depender no en gran ni siquiera en
grandísima parte, sino en su totalidad, de la explotación del noro negroD.
De la misma manera que se puede hablar de udictadura petrolerar, se
podría entonces, a partir de 1958, hablar de udemocracia petrolerar. El país
continúa con un doble lenguaje: se duele de la dependencia del petróleo,
mientras continúa hundiéndose en la dependencia de ese producto.
MANUEL CABALLERO
?Á7

Cuando regresa del exilio en i958, la dirigencia política se mostró


convencida de que, en materia económica, lo primero era el petróleo.
En entonces, el mayor logro del gobierno de la coalición no será, como
ese
se esperaba, la creación de la Corporación Venezolana del Petróleo en abril de
1960, sino la decisiva contribución de venezuela a la creación de la organiza-
ción de Países Exportadores de Petróleo, la famosísima OPEP de los 70.
El año 1960 es el más importante de todo el gobierno de Betancourt
en relación con el petróleo. Tiene apenas un año de haberse encargado del
poder, todavía está del lado de acá del arentado, de las insurrecciones militares
y del desencadenamiento de la lucha armada por la izquierda, y yaBetan-
court hace arrancar los dos motores fundarnentales de su política petrolera,
y la de sus sucesores.
El 19 de abril, dentro de las celebraciones de la fecha patria, dicta el
decreto 260 de su gobierno, creando la Corporación Venezolana del petróleo
(CVP). Y un mes después llega a Venezuela el Ministro de Asuntos Petro-
leros de Arabia Saudita, el jeque Abdullah El Thriki; quien al día siguiente
acompaña aPérezAlfonzo en una declaración conjunta para proponer que
los palses exportadores de petróleo adopten una política común en mareria
de precios. La creación de la OPEP fue una opción menos ideológica que
pragmática, aunque desde siempre existía en Venezuela un gran resentimiento
hacia las compañías petrpleras que determinaban el precio y la producción
del petróleo sin consultar al país uanfitriónr.
Pese a eso, fue una circunstancia exterio¡ la reducción unilateral de
los precios del crudo del Medio Oriente, en 1959 y 1960,la gota que colmó
el vaso. Por iniciativa de Juan Pablo Pérez Alfonzo y Abdullah Al Táriki, se
reunieron el 14 de septiembre en Bagdad los representantes de cinco gran-
des países productores de petróleo. Estuvieron también Irán, Irak y Kuwait.
Nacía así la OPEB la cual IIeg6 a tener más rarde trece miembros.
Si el país continuaba siendo considerado nel millonario de Améri-
ca), era un rico a la escala latinoamericana. Nuestros millonarios no come-
tían las locuras de que eran capaces los ricachones asiáticos. Pero en 1973
Venezuela pegó el premio gordo. La guerra del Yom Kippur hizo pasar a los
venezolanos, de la noche a la mañana de la condición de millonarios a la
de multimillonarios.
Esa guerra entre árabes e israelíes se saldó con una crisis energética en
los países industrializados, anre la intención de los países árabes de castigar a
2@ HISTORI,A DE LOS VENEZOLAI¡OS EN EL SIGLO XX

Occidente, en especial a los Estados Unidos, Por su apoyo al Estado judío.


Los precios del hidrocarburo subieron a niveles nunca antes alcanzados ni
previstos, astronómicos.
Aunque no fuese parte en ese conficto (el país observaba una esuicta
neutralidad), Venezuela no sólo formaba parte de la OPEB sino que esa orgal
nización había sido formada por iniciativa suya; y por lo tanto, se benefició
en lo inmediato de esa circunstancia. Carlos Andrés Pérez iniciaba así su
mandato con los bolsillos llenos: en un año, los ingresos del fisco venezola-
no pasaron de 61 mil millones de bolívares (algo más de 15 mil millones de
dólares) a gg mil millones de bolívares (cerca de 25 mil millones de dóla-
res). Lo primero que hizo fue acelerar diez años un Proceso que se espera-
ba culminar en 1983: la reversión al Estado venezolano de las concesiones
petroleras otorgadas cuarenta años antes. Esa acción del I de enero de 1976,
fue precedida por un acto igual un año antes, con la nacionalización de las
concesiones del hierro.

LAS BANDERAS DE LA IZQU¡ERDA

Con esas acciones, Carlos Andrés Pérez arrancaba dos de las más
queridas banderas de la izquierda desde los años treinta. Esa izquierda, no
había contemplado la nacionalización, acaso Por considerarla una ensoña-
ción utópica.
En los años siguientes, Pérez se propondrá además culminar lo que
se llamaba, desde los años veinte, la revolución ndemocrático-burguesar. A
partir de ese momento entramos en la tercera etaPa, que todavía estamos
viviendo, aunque desde el mal lado: Porque caímos tan rápido como había-
mos subido, pero conservamos la misma mentalidad.
Porque si bien la distancia entre la plétora y la ruina ha sido para
nosotros muy corta, aquella mentalidad tenía muchos años formándose.
En 1973 no nos conformamos con seguir recibiendo los beneficios de la
explotación petrolera y seguirlos gastando como siempre habíamos hecho,
sino que enloquecimos y comenzamos a pensar que esta <pequeña Venecia,
podía transformarse de la noche a la mañana en la nGran Venezuelar.
Pero la explotación del petróleo cambió también d venezolano en un
sentido positivo: es falso que la prosperidad económica sea fuente sólo de
males y pecados. Se puede decir que, con todo lo que hemos retrocedido en
la llamada ndécada perdidan de los ochenta, de todas formas el venezolano
MANUELCAMLTEFO 2Á9

citadino de hoy es muy diferente, en sentido positivo, del campesino del


siglo XIX y buena parte del actual.
Lo es en lo flsico: por mucho que nos quejemos del mal estado de la
salud pública, por mucho que, de pronto, aparezcan en el horizonte nuba-
rrones que crelamos alejados para siempre, con enfermedades de pobre:
cólera, malaria, y las enfermedades hldricas que matan demasiados niños
en las zonas miís pobres de nuestras ciudades.
Pese a todo eso, el venezolano sigue siendo más sano, más fuerte, más
alto incluso (sobre todo de la clase media hacia arriba) de lo que lo era anres
de aparecer el petróleo, y lo es gracias a su explotación. Antes que nada, el
venezolano vive más.
Es también diferente en lo intelectual: la (mala) escolaridad elemental
y la (peor) educación media y superior, pese a todos los defectos de una edu-
cación de masas reciente, mal concebida y peor aplicada, no puede ocultar
el hecho de que cerca de medio millón de venezolanos han pasado por los
institutos de educación superior y tienen en teoría, mayores instrumentos
para enfrentar su vida y la sociedad donde viven. Todo eso se debe, en gran
parte a la explotación del petróleo.
El petróleo no ha sido para los venezolanos ese horrendo Minotauro
que está terminando por devorarnos: nos ha dado también la posibilidad
de armarnos para combatido.
LA SIEMBRA DEL PETRÓLEO

En 1936 como título de uno de sus arrículos periodísticos, Anuro uslar pie-
tri acuñó la frase uSembrar el petróleoo que fue tomada como manifiesto de
la modernización de venezuela y que no cesa de repetirse hasta hoy. suena
muy bien, pero revela que, al contrario de lo que se supuso enronces al leer-
Ia, uslar no está pensando como un escudriñador del futuro sino como un
profeta del pasado: no cree en el porvenir de Venezuela como una potencia
petrolera. Como casi todo el país pensanre (y no pensante) de enronces,
considera la producción del hidrocarburo como un enclave extranjero.
Cree, como todo el siglo XIX, que la verdadera riqueza está en el suelo,
no en el subsuelo, en cuyas entrañas habita, negro y viscoso, ese Minotauro
que algún día terminará por devorarnos.
Los párrafos siguientes intenran explorar cómo se produjo esa usiem-
brao sobre la tierra, una vez que ese Miniotauro abandonó su oscura morada
y se derramó sobre la superficie del país: la forma que tomaron sus frutos al
germinar su negra semilla sobre el suelo venezolano.
La frase anterior no es una fiícil comparación: desde siempre, se ha
hablado del petróleo como del (oro negro>. Pero los minerales no germi-
nan: ¿y el petróleo? ¿Ha sido sembrado? En las líneas que siguen se intentará
una respuesta. Pero hay algo que es posible consrarar a simple vista: la siem-
bra del petróleo, si siembra ha habido, no ha transformado a Venezuela en
una potenciaagrícola, ni en un vergel: sus frutos más evidentes son frutos
urbanos. Así en el siglo )C( pasó de ser un país rural a otro donde el 95 por
ciento de sus pobladores vive en las ciudades.
Durante mucho tiempo se ha repetido, sea o no de forma intencional,
la idea de que los regímenes dictatoriales son más eficaces que los democrá-
ticos, y pueden mostrailo a través de su obra material.
n', HrsToRrA DE LOS vENElOtAxgl EIIISIGLO )O(

Ese no es un tópico venezolano: mientras Hitler se jactaba de sus


Autobahn, Mussolini, reloj en mano, constataba que Por fin bajo el fascis-
mo los perezosos trenes italianos llegaban a la hora.
En el caso venezolano, hemos preferido dos vías paralelas: una es la
simple enumeración de las obras ejecutadas en cada uno de los sistemas; la
otra es que esa enumeración se hará de memoria, aún cuando se tenga a
mano la posibilidad de mostrar la fuente: lo que se busca es una aproxima-
ción a la percepción popular que sirve de base a aquel tópico.
Dos precisiones más son ineludibles. si por un lado el trabajo se facilita
porque dictadura y democracia se comparten por igual el siglo veinte: treinta
y cinco años Castro-Gómez,y diez años de dictadura militar; tres años de
octubre y cuarenta de enero. Pero a Iavez, hay que ser muy cuidadosos en
la comparación entre la Venezuela rural, despoblada, enferma y desnutrida
que dejaron la guerra y la tiranía hasta la muerte de Gómez; y la Venezuela
moderna a partir de 1936.

LLEGAN LAS INVERS¡ONES

Nuestra descripción arranca de 1936 Por una simple raz6n: la obra


material del gomecismo le debe bastante poco al petróleo, sobre todo com-
parado con lo que será después de los años cuarenta' Cuando comienzan a
llegar las inversiones extranjeras para explotar el petróleo, ya Gómez tiene
diez años en el poder, y veinte cuando éste se convierte en el primer Pro-
ducto de exportación venezolano.
El gobierno del general EIeazarLópez Contreras se suele considerar
en lo esencial como el de una nada fácil transición entre la dictadura y la
democracia. En este sentido de.ió una obra perdurable. Pero López no se
contentó con eso, que lo hubiera hecho Pasar con gran mérito a la historia.
Desde 1936, con su famoso Programa de Febrero, el primero en la historia
de Venezuela, anunciaba que no quería sólo mandar, sino gobernar, dejando
una obra recordarda con cariño.
Al Programa le siguió el Plan Trienal en 1938, con el cual por primera
vez un gobierno venezolano abandonaba la improvisacióny planificaba para
el mediano plazo, primer paso hacia el largo.
Ambos planes tenían tres prioridades: sanear, educar, poblar. En lo
primero, se va a crear el Ministerio de Sanidad, en el desarrollo de cuyos
programas va a tener nvara alta, Arnoldo Gabaldón, acaso el primer sanita-
¡iIANUEL CABALLERO n3

rista de América Latina. Se crea la División de Higiene Rurd, el Instituto


Nacional de Puericultura, la División de Malariologla. En materia de pobla-
ción, si bien no hubo gran audacia en la política inmigratoria, sí la hubo
en cambio en el mejoramiento de las condiciones de vida de la población
autóctona: baste con decir que se crea el Consejo Venezolano del Niño. En
Economía, el joyel en la corona del régimen fue la creación del Banco Cen-
tral. En obras públicas, el Plan Monumental de Caracas, el famoso Plan
Rotival que, de haberse seguido, nos hubiese dado una capital ordenada y
habitable. En educación, baste apenas con dos menciones: la creación del
Instituto Pedagógico y la reorganización de la Biblioteca Nacional.
Si el del López fue un perlodo de entrada en la legalidad, el de Medi-
na Angarita lo fue de entrada en la prosperidad petrolera.
Así, sus obras más perdurables están de una forma u otra relacionadas
con el proceso de desarrollo económico. Dos grandes instrumentos legales
van a perdurar durante muchos años; la reforma alaLey de Impuesto sobre
la Renta y la reforma aLa Ley de Hidrocarburos. Con ellas, Venezuela
comienza a gozar de los beneficios de la explotación petrolera. En el activo
de Medina se debe poner también la creación de la Junta de Fomento, que
luego de 1945 se transformaría en la Corporación Venezolana de Fomento,
destinada a estimular la industrialización del país.
El nuevo ingreso petrolero permitió al régimen iniciar un programa de
Obras Públicas, de los cuales los más famosos y destacados son la reurbani-
zación de El Silencio y el inicio de los trabajos de la Ciudad Universitaria.
El siguiente gobierno no dura un quinquenio, sino apenas tres años.
Sus adversarios nunca aceptaron llamar nrevolución, al derrocamiento de
Isaías Medina Angarita el 18 de octubre de 1945. Pero muchos de los cam-
bios que introdujo en Venezuela y que se han prolongado hasta nuestros
días tuvieron un carácter revolucionario.
Con el dinamismo que le daba su carácter de facto, el gobierno octu-
brista va a dejar en la historia de Venezuela una impresionante lista de rea-
lizaciones. En materia de vialidad, en 1947 aparece el Plan Preliminar de
Vialidad, que va a ser la base de todos los desarrollos futuros en la materia.
Pero no se quedó eso en el papel: con el empleo por primera vez del asfal-
tado en forma masiva, el balance de esos tres años fue la construcción de
cuatrocientos kilómetros de carreteras. Se desarrolló por otra parte la Com-
paiíaYenezolana de Navegación y sobre todo, el gran orgullo del régimen,
la creación de la Flota Grancolombiana.
T4 HISTORI,A DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

Se inició una política de riego, para aumentar la productividad agrí-


cola: lo más destacado fue el sistema de El Cenizo, en Tiujillo. En el terreno
social, aparte de las evidentes mejoras en el nivel y la calidad de vida de los
trabajadores, se lanzó un programa de reforma agraria destinado a distri-
buir sobre todo tierras ociosas de propietarios absentistas; pago de las tierras
expropiadas y creación del Instituto Agrario Nacional.
En materia de industria, se puede destacar sobre todo el proceso de
electrificación del país: la electricidad llegó, en esos tres años, a nueve ciuda-
des, ciento diez pueblos y cuatro caseríos; y las plantas eléctricas instaladas
pasaron en sólo dos años (1946-1947) de322 a 600. En materia de educación
los logros fueron espectaculares. Durante el trienio, el presupuesto pasó de
38 a 119 mil millones de bolívares; la matrícula escolar de 131 mil niños a
500 mil; y mientras que la población liceísta conocía también un desarrollo
impetuoso, la matrícula universitaria pasó de tres a seis mil estudiantes. Como
remate, se construyeron ciento setenta y cinco edificaciones escolares.
No se podía esperar del gobierno militar instaurado en 1948 que
impulsase algún desarrollo institucional. Por lo demás, sus cuatro primeros
años fueron de acomodos político-militares que no permitían pensar mucho
en otras cosas. Por lo tanto, aquí se hará referencia a las obras de la dictadu-
ra personal de Marcos PérezJiménez. Son bien conocidas algunas de ellas,
sobre todo a partir de que la guerra del Sinaí produjera la bonanza petrolera
el gobierno rompiera con la política de no-concesiones.
Fruto de esa política fueron la autopista Caracas-La Guaira, el hotel
Humboldt y su teleférico, la autopista Caracas-Valencia, la Petroquímica y
la Siderúrgica. Se terminaron obras comenzadas antes, como la Ciudad Uni-
versitaria de Caracas, la avenida Bolívar con su continuación en la autopista
del Este, la avenida de las Fuerzas Armadas.
Una de las quejas más frecuentes de muchos gobiernos, del continen-
te y también de Venezuela, es la de que si no hace mucho, es porque (no
lo dejan gobernarr. En verdad, si alguien podía esconderse tras esa excusa,
era Rómulo Betancourt quien debió enfrentar no menos de veinte intento-
nas militares. Entre ellas el alzamiento de Castro León, quien invadió por
el Táchira; y las sangrientas insurrecciones de Carúpano y Puerto Cabello.
A lo cual hay que a regar la acción de las guerrillas urbanas y rurales de la
extrema izquierda. Todo eso amén de un feroz atentado que casi le cuesta la
vida; y dos divisiones de su partido que le hicieron perder el control de la
Cámara de Diputados. Pero Betancourt nunca usó eso como pretexto para
MANUEL CABALLERO

no gobernar, ni anduvo lloriqueando por lo del magnicidio. El sisrema que


implantó con la nueva Carta Magna en 1961 se mantuvo durante cuarenta
años, es la constitución de más larga vida en toda la historia republicana.
Pero aparte de eso, hay una obra de Betancourt que gravita aún sobre
la sociedad y la economía venezolanas: la creación de la OPEP. Thmbién
creó la CVP, que se puede considerar el embrión de lo que más tarde sería
PDVSA.
Hay algo que se suele omitir cuando se hace referencia a ese quinque-
nio: que talvez haya superado a la dictadura en materia de comunicacio-
nes terrestres. Ello se debe a que la mayor parte de sus obras no tuvieron la
espectacularidad de las de su predecesor, sino que su construcción se volcó
hacia las carreteras secundarias para alimentar las grandes vías. Thmbién
en el activo de las mayores obras materiales del quinquenio de Betancourt
están algunas grandes obras viales de Caracas (nEl Pulpor) y el orgullo de
los zulianos, el puente sobre el lago de Maracaibo.
Durante un quinquenio, se promulga el llamado Primer Plan de la
Nación (quinquenal); el cual tenía como anrecedenre el Plan Tlien al deIÁpez
Contreras. Como éste, buscaba romper con la improvisación, y se omienza
a pensar en el largo plazo, en economía pero también en poltica.
Si las realizaciones del gobierno de Raúl Leoni no tuvieron la especra-
cularidad de las de Rómulo Betancourt o Carlos Andrés Pérez, eso no quiere
decir tampoco que se haya limitado a consolidar lo que había recibido.
Así, a su gobierno se le debe la creación, el 30 de abril de 1964, de
la Siderúrgica del Orinoco. Thmbién la puesta en producción de la prime-
ra planta de aluminio de Guayana, ALCASA, el 14 de octubre de 1967, así
como la inauguración, el 5 de enero del mismo año, del puente Angostura
sobre el río orinoco. Hay que anotar también en su haber el puente sobre el
río Apure, que completaba la unificación territorial de Venezuela, y los pro-
yectos de ampliación de la planta petroquímica de Morón y los inicios, en
la misma fecha, de la construcción de la planta petroquímica de El Thblazo
en el Estado Zulia.
Para rematar, a la chita callando, Leoni adelantó en grado sumo la obra
materid más importante del régimen de Punto Fijo: el emporio industrial
más grande del mundo en la zona tropical. Será él quien inaugure la represa
del Guri que hasta el final del siglo llevará su nombre. Se construyeron 2.600
kilómetros de nuevas carreteras y se financió un toral de 134 mil viviendas
de las cuales 44 mtl correspondían al Banco Obrero.
276 HISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

Desde siempre, se ha desconfiado de que un buen académico pueda


ser un buen gobernante, y con ese peso en las espaldasinició Rafael Calde-
ra su gobierno. Tampoco le era fácil gobernar, puesto que no contaba con
mayoría parlamentaria; no obstante, desarrolló una importante labor de
gobierno y dejó una obra sólida.
Por supuesto que la primera no fue una obra material, pero sin embar-
go es una de las más importantes para el futuro del pals: la política de paci-
ficación, que permitió reincorporarse a la vida política a una gran cantidad
de jóvenes que habían optado por la lucha armada.
En el terreno de las obras materiales, está en primer lugar la política
de viviendas que había sido una de sus promesas electorales. Si bien no llegó
a las ncien mil casitas por año>, su desarrollo en ese aspecto no de.ió de ser
muy notorio. Además, recuérdese que bajo su gobierno se construye el Parque
Central, y se comienza el desarrollo de Caricuao. Adem¿ís, se edifican la nueva
y grandiosa sede del Banco Central, el Poliedro de Caracas, el nuevo edificio
del Ministerio de Educación y se crea la Universidad Simón Bolívar.
En vialidad, el desarrollo de la cota Mil y del Ciempiés en Caracas.
Y por otra parte, la represa de Santo Domingo.
A Caldera se le debe la nacionalización del gas, un hito precursor de
las del hierro y el petróleo que tendrán lugar más tarde. Además, la política
de regionalización y el ingreso al Pacto Andino, con lo cual Venezuela des-
embocará en una corriente mundial: la integración económica.
La llegada al poder de Carlos Andrés Pérez coincidió con el alza de los
precios del petróleo a raíz de la llamada guerra del Yom Kippur. En condi-
ciones de una gran prosperidad aparente, gracias al fujo de los petrodólares,
el gobierno hizo aprobar el V Plan de la Nación, el cual dentro de lo que se
llamó nla Gran Venezuelar, diseñaba una serie de ambiciosos proyectos, unos
con relativo éxito, otros fracasados cuya enumeración sería demasiado pro-
lija. Nos limitaremos a tres de las más importantes realizaciones del primer
gobierno de Carlos Andrés Pérez. Una es la nacionalización del petróleo, lo
que condujo a la creación de una de las corporaciones petroleras (estatales
o privadas) más exitosas del mundo.
La segunda de esas obras es la nacionalización del hierro, con el con-
siguiente desarrollo de la industrialización del mineral. Y por último, acaso
la obra más importante para el futuro del país a través del desarrollo de su
capital humano, el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho que envió a
miles de estudiantes a formarse en las mejores universidades y tecnológi-
cos del mundo.
MANUEL CABALLERO

UNA ECONOMíA MOROSA

A partir del gobierno de Herrera Campins, y después de la plétora


causada por la guerra Irán-Irak en 1981, se entra en la época de las vacas
facas, con la crisis mundial de la deuda externa, que en el caso venezola-
no pesará demasiado sobre su economía. No era cosa de lanzarse en gran-
des programas de obras públicas como en el pasado. Sin embargo, pese a
la morosidad de la economía, el gobierno de Luis Herrera Campins dejó
algunas obras importantes. En Caracas, la apertura de la primera línea del
Metro de Caracas y el Complejo Cultural Teresa Carreño, uno de los más
importantes del mundo. Por otra parte, la construcción de la nueva sede de
la Biblioteca Nacional, así como el hospital Domingo Luciani.
En un país que había conocído el boom petrolero, a Jaime Lusinchi
le tocó gobernar con un descenso también muy violento de los precios del
petróleo, amén de las exigencias del pago de la deuda externa. Así, la obra
más importante y perdurable de su gobierno se puede situar en el plano ins-
titucional, con la creación de la Comisión para la Reforma del Estado. La
cual proponía una profunda reorganización de la estructura de una repúbli-
ca, la mayor que se hubiese emprendido desde la inauguración del Estado
moderno bajo el gomecismo.
Sin embargo, y pese a la penuria económica, Lusinchi no dejó de
emprender obras de importancia durante su quinquenio. Se pueden nom-
brar desde la memoria las mayores: la culminación de la represa del Guri,
la línea 2 del Metro de Caracas y el inicio del Complejo Criogénico de Jose
(Anzoátegui).
Muchos de los que votaron por la reelección de Carlos Andrés Pérez
esperaban el regreso de los uaños doradosr. Pero Pérez inició su segundo
mandato, como se llegó a decir, <con la botija vacíar.
No pudo gobernar un quinquenio completo, y pasó sus años en Mira-
fores en medio de una tremenda crisis institucional y social. Al mes apenas
de inaugurado su gobierno, se produjo un estallido popular en Caracas en
protesta por el aumento del pasaje de autobús, consecuencia del aumento
de la gasolina. Aquello degeneró en un insurrección espontánea que obligó
a suspender las garantías y sacar las tropas a la calle.
Pero el Presidente Pérez no retrocedió ante ese estallido. Se había
quedado tranquilo ante esas sacudidas: siguió adelante con su programa de
ajustes económicos.
T8 HISTORIA DE LOS VEIiIEZOLAI{OS EN EL SIGLO XX

Y por otra parte, por primera vez en la historia del siglo )C( se da
un gran salto en el proceso de descentralización con la elección directa de
gobernadores de estado. Eso hizo perder al gobierno el control sobre Ara-
gua, Miranda, Carabobo, Zulia y Bolíva¡ acaso las entidades más impor-
tantes del país sobre todo desde el punto de vista económico. Thnto en este
caso como en otros que siguieron, el Presidente se sometió a la legalidad,
haciendo de los gobernadores de la oposición sus colaboradores cercanos,
sin discriminarlos a favor de los de su partido.
Pese a todos los problemas, Venezuela reemprendió el camino del
crecimiento económico, que en 1991 llegó a ser uno de los más altos del
mundo. Pero cuando regresaba de exponer en Suiza, los logros de su pro-
grama, lo sorprendió la ingrata noticia del estallido del primero de los dos
golpes militares de 1992 que dieron a conocer al teniente coronel Hugo
Chávez Frías,
Ambos fueron debelados, pero a mediados de 1993, faltando pocos
meses para la elección presidencial,Pérez fue destituido con la anuencia del
Congreso y la Corte Suprema. El no haberse dejado derrocar por los golpes
militares y haber acatado sin resistencia que se le sacara del poder por vías
legales quedará como ejemplo en el activo de Carlos Andrés Pérez.
Pérez fue sustituido por Ramón J. Velásquez, quien llevó al país a las
elecciones y profundizó el proceso de descentralización.
Cuando todo el mundo lo creía un cadáver político, Rafael Caldera
reeditó el milagro deLánaro: fue reelecto Presidente de la República. En su
activo, hay dos obras que no se pueden considerar nmaterides, pero que lo
son de hecho.
[Jna es la política llamada de napertura petrolera, que mostró un
camino muy interesante para el desarrollo de la industria, con el aporte de
la inversión extranjera pero bajo el control del Estado venezolano. La otra
logro es la constitución de la llamada uComisión tipartita, (obreros, capi-
talistas y Estado) que señaló un camino muy importante para la solución
consensuada de los problemas económicos y sociales. El segundo quinquenio
de Caldera también puede señalar una importante lista de obras materiales:
la construcción de la represa Macagua II-23 de enero (Guayana); la línea3
del metro de Caracas; unas trescientas mil viviendas; el inicio de la repre-
sa de Cruachi (Guayana); el adelanto del ferrocarril Caracas-Tiry medio; la
culminación de la carretera Mérida-El Vigía; y el Museo de Arte Contem-
poráneo deIZúia.
EL FRUTO ESPIRITUAL

La siembra del petróleo no ha dado sólo sus frutos en obras materiales y


transformado a Venezuela de un país rural en otro cuya población vive en
su mayoría en las ciudades, sino que también ha dado lo que podría llamar-
se frutos espirituales, que no son menos opimos que los materiales. En este
capítulo se intentará dar un idea de ellos, en dos partes. La primera referi"
da al desarrollo de la educación en todos su niveles; la segunda, el estímulo
y el consecuente crecimiento de las diversas manifestaciones culturales. Se
estaba sembrando en terreno yermo: a comienzos del siglo veinte venezola-
no, la aplastante mayoría de los escasos pobladores de Venezuela, se encon-
traba diseminada en cerca de un millón de kilómetros cuadrados. Ambas
cosas muestran las inmensas dificultades para educarlos: Venezuela era un
país de analfabetas, condición de donde no estaban excluidos del todo sus
gobernantes.

I
Para salir de la oscuridad

Aunque la acusación de analfabeta hecha al Benemérito tenga mucho


de leyenda negra, el régimen de Juan Vicente Gómez no se caracterizó por
un gran desarrollo de la educación: mientras que durante el guzmanato no
sólo se había dictado el famoso decreto del27 de junio de 1870, estable-
ciendo la instrucción primaria gratuita y obligatoria, sino que hasta l BBB se
fundaron dos mil escuelas, entre esta última fecha y 1926 se fundaron apenas
veintidós. Por el contrario, y en el otro extremo de la cadena educativa, la
universidad caraqueña (que junto a la de los Andes, acogía a la totalidad de
los estudios superiores), fue bastante confictiva. En 1918, con el pretexto
de celebrar al Rey de los Belgas entre los vencedores del militarismo alemán,
2ffi HISTON|A DE LOS VEiIEZOLAiIOS EN EL SIGLO XX

los estudiantes aprovecharon para hacer comparaciones apenas veladas que


desfavorecían al Benemérito, quien castigó con dureza la ocurrencia; en 192I,
volvieron a las andadas apoyando una huelga de tranviarios.
Al decir nlos estudiantes) no se alude a la universidad como unidad,
pues ella había sido cerrada desde 1912 y permaneció en tal condición duran-
te diez años. Aquellavez, el pretexto había sido oponerse al plan de refor-
mas de la institución del rector Guevara Rojas. Hay que decir que, en este
caso preciso, quien tenía la razón era el rector y los estudiantes rechazaban
un loable intento de modernización; pero en lugar de encavzaÍ el debate
entre seres civilizados, la tiranla actuó antes que nada como tal, cerrando la
universidad. A partir del momento de la clausura, la UCV pasa del todo a
manos del Ejecutivo, y el Ministro de instrucción pública ejercerá las fun-
ciones rectorales. Cuando deja de existir la universidad, el gobierno organiza
por separado las diversas Escuelas evitando, y ésta parece ser su preocupación
fundamental. la concentración de los estudiantes de las diversas facultades.
Junto con el escaso número de estudiantes, esta dispersión hacía más patente
la disolución de la universidad.
Si Gómez esperaba que los estudiantes se aplacaran con la amenaza
implícita de volver a cerrar la institución, fue pena perdida: los estudiantes
se le alzaron de nuevo en 1928.
El de ese año fue el movimiento más significativo en la historia de la
institución y de la República de Venezuela desde 1830 sus líderes llegaron a
se¡ a partir de 1958, los fundadores de la cuarentona República Civil.
Donde sí puso el acento la tiranía fue en la educación parala guerra:
el5 de julio de 1910, dentro de las celebraciones del Centenario, abrió sus
puertas la Academia Militar, fundando así la Fuerza Armada.
Correspondió a su sucesor, el Presidente López Contreras arrancar en
el siglo )O( con una política educativa digna de tal nombre, creando entre
otras cosas el Instituto Pedagógico de Caracas (1937) para la formación de
maestros. A tal fin, y por sugerencia de Mariano Picón Salas, se trajo de Chile
una misión educativa que dejó honda huella en el país, pese a la ftrrea opo-
sición de la Iglesia Católica entonces bastante conservadora y misoneísta.
Las críticas hechas a la gestión del presidente Medina Angarita en
lo relativo a educación, revelan más que todo la elevación de la conciencia
nacional y las exigencias crecientes en la materia.
Porque el desarrollo de la educación nunca estuvo ausente de sus
preocupaciones ni de su acción de gobierno: durante su período se pre-
N¡ANUEL CABALLERO ?al

senció un cierto desarrollo educativo ranro en calidad como en cantidad.


Rafael Vegas, último en asumir el Ministerio de Educación, dio un notable
impulso a este respecto, aumentando el número de niños que acudieron a
las escuelas primarias y a los novísimos liceos de educación secundaria en
todo el país. El analfabetismo redujo sus cifras en un 50 por ciento al final
de su mandato.
Para dar un asiento moderno a la educación superior, el gobierno de
Medina expropió los terrenos de la hacienda Ibarra y en ese lugar, con la
colaboración de Carlos Raúl Villanueva, edificó la Ciudad Universitaria de
Caracas, campus principal de la Universidad Central de Venezuela. Fundó
asimismo el Instituto Politécnico de Agricultura. Aparte de eso, algunos de
los más perdurables logros de Medina estuvieron en educación. Todavía se
conservan los edificios de las escuelas nRepública de..., y de los mayores
liceos del país.
Los sucesores de Medina Angarita gobernaron apenas tres años. Duran-
te ese trienio, con el dinamismo que le daba su condición de régimen de
facto y su proclamada vocación revolucionaria, amén de su condición civil,
sólo en materia educativa se crean tres mil escuelas y doscientos liceos. Ése
fue apenas un aspecto de una muy agresiva polltica educacional. El presu-
puesto del ramo creció tres veces: de 65 millones en 1946 a I 19 millones en
1948.Y con lo asignado para edificaciones escolares, llegó en 1948 a unos
250 millones de bolívares.
El régimen se jactaba de haber dado un paso de gigantes en materia
educativa: de ciento treinta y un mil niños gue asistían a la escuela en 1945,
decían sus informes, se pasó a quinientos mil, en 1948, con un aumento del
número de maestros y de aulas casi se dobló en el mismo lapso. En esos tres
años se invirtió más en mobiliario escolar (pupitres, pizarrones, etc.) que en
medio siglo anterior. Con igual dinamismo se emprendió una lucha frontal
contra el analfabetismo, con resultados rápidos y sorprendentes.
De igual manera, se buscó dignificar la profesión docente y se aumen-
tó el presupuesto de una universidad autónoma, con la intención de ale-
jarla de aquella ufábrica de doctoresn (abogados y médicos) que había sido
hasta entonces.
Para resumit se puede decir que la usiembra del petróleou en la educación
fue durante el trienio acaso lo m¿ís fructífero de esa administración, y superó
con creces todo cuanto se había actuado desde la fundación de la República.
242 I{ISTORIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

Como había sucedido a partir de 1918 con la tiranía gomecista, los


universitarios entraron en conflicto con el régimen militar establecido en
l94B al derrocar a Rómulo Gallegos; éste actuó imitando la actitud del
Benemérito, y cerró la Universidad Central en 1952, por un año. Esa acción
resume la actitud de la dictadura en materia de educación.
A partir de 1958 se reanudará la política educativa interrumpida con
el derrocamiento de Gallegos. En ese mismo año durante su brevísimo lapso
como Presidente Provisional, el doctor Édgar Sanabria firmará el decreto de
autonomía universitaria, como un premio a los esudiantes por su magnífico
desempeño en la resistencia contra la dictadura.
Con la presidencia constitucional de Betancourt para elperlodo 1954'
1959, se inaugurará una tradición respetada durante los sucesivos gobiernos
hasta finales del siglo: que el presupuesto de Educación supere al de Defensa.
Con eso, entre 1957 y 1930 el número de planteles se duplicó, el de alum-
nos se quntuplicó, el de docentes se sextuplicó. Y en general, el presupuesto
de educación llegó a ser treinta y seis veces mayor.
A partir de allí, todos los gobiernos continuarán esa polltica: es posible
sintetizar todo lo actuado en educación hasta finales del siglo, yendo de lo
más elemental, básico, al otro extremo. Después de 1999, el nuevo gobierno
consideraba escandaloso que la cuarta república hubiese dejado un diez por
ciento de analfabetas en el país, lo cual era un reconocimiento implícito a la
labor de los gobiernos anteriores que habían enseñado a leer al noventa por
ciento restante. En cuanto a la educación primaria, en 1980 se produjo una
situación dificil de comprender en términos simples: el número de alumnos
matriculados superó al de la población de siete a doce años, etapa en la que se
asiste a la escuela primaria. Y mientras en educación secundaria se triplicaba,
en educación superior se aventajó ochenta veces la matrícula de 1945.

tl
El estado como mecenas

En las líneas siguientes, se tratará de lo que se puede considerar más


que el complemento, el gemelo univitelino de la educación formal, de aula.
Entre ambas contribuyen a formar el ambiente cultural de una época. Se
trata de las diversas manifestaciones intelectuales y artísticas, su ularga mar-
chao en sus relaciones con el estado venezolano durante el siglo XX. Desde
MANUEL CABALLERO

el mecenazgo gubernativo y personalizado, pasando por una política par-


ticular de cada uno de los diversos gobiernos a orra más impersonal, una
política del Esrado.
Se ha hablado mucho de la actitud de Juan Vicente Gómez rodeándo-
se de lo más selecto de la cultura nacional para gobernar. Eso es cierto, pero
es necesario hacer un par de precisiones. En 1908, y durante los primeros
cinco años, quizás diez, de su larga dominación, Gómez no se rodeó de los
hombres de cultura, sino a la inversa: ésros, como por lo demás el país entero
o por lo menos todo cuanto en él podía expresarse, rodeó al General en su
reacción contra Cipriano Castro el 19 de diciembre de 1908.
En aquel momenro, echando por la borda su bien conocido agnosticis-
mo, César Zumetahabló del nmilagro de diciembreo y Rómulo Gallegos, más
sobrio y circunscrito, habló del nmilagro políticoo para referirse a la aparición
del gomecismo venido a salvar al país desde la entraña misma del castrismo.
Otros nombres, conocidos sin embargo más rarde como los creadores de la
nada legendaria nleyenda negra> del gomecismo, a saber Pocarerra y Blanco
Fombona, también se sumaron por cierto tiempo al coro.
Pero a partir del momenro en el cual, hacia 1918, la dictadura de Juan
Vicente Gómez se transforme en tiranía abierta y desenfrenada, la situación
de los hombres de cultura cambia: o se vuelven cortesanos, o nmalos hijos de
la patriao. En tales condiciones, y siendo además como lo fue la tiranía, bas-
tante cicatera con los dineros públicos, cuando se becaba a algún artista para
ir al exterior, no se hacía en su condición de tal, Se le becaba para estudiar una
carrera nseriao (Salustio Gonzál.ez Rincones fue a París a estudiar ingeniería),
o bien se le premiaba con un cargo diplomático (Uslar Pietri). o bien se le
conyertía en un espía del régimen (el mismo caso de Salustio Gonzalez).
Cuando no se estaba en los dos casos anteriores donde eso se daba
por sentado, debla ser el becario un probado amigo del general Gómez: así,
hacia 1915, Tito Salas fue uno de los primeros arrisras becarios del gome-
cismo. En una palabra, cuanto existía era el viejo mecenazgo, aunque con
dineros públicos.
Cuando muere Juan Vicente Gómez, la situación puede cambiar un
poco, pero en el fondo la filosofta del régimen en relación con la cultura con-
tinúa siendo la misma, aunque con algunas variaciones. Hay un momento
en el cual, sobre todo en1936, el gobierno se tornahacialos hombres de
cultura como lo había hecho Gómez en 1908: porque el país, y entre ellos
los intelectuales y artistas, lo rodeó. Eso se hará manifiesto sobre todo a partir
2M H|STONIA DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

del mes de febrero de 1936. Para lavar la cara todavía manchada de gome-
cismo a su régimen, una de las primeras acciones del nuevo gobernante fue
la de hacer ingresar a su gabinete al más PoPular de esos hombres de cultura
en la izquierda, y el más famoso. Rómulo Gallegos fue nombrado entonces
Ministro de Instrucción Pública. Thmbién llamó aAndrés Eloy Blanco para
una de las más espectaculares acciones del régimen, la ceremonia de botar
al mar los grillos usados en las cárceles.
Pero el general López Contreras tenía en su relación con los represen-
tantes de la cultura un problema ideológico y también en cierto modo legal
Y era que en su determinante mayoría, como en todo el mundo occidental,
ellos simpatizaban con Ia izquierda, y con la República Española. Esto los
hacía sospechosos a los ojos de un régimen como el suyo, el cual había abre-
vado en las fuentes del peor reaccionarismo hispánico, tendencia manifiesta
durante mucho tiempo en la admiración de los intelectuales gomecistas Por
Ramiro de Maeztu y en la de los antigomecistas por Ortega y Gasset.
Por otra parte, todo contacto suyo con quienes estuviesen contami-
nados de las udoctrinas extranjeraso del comunismo y el anarquismo, estaba
prohibido por el Inciso Sexto del artículo 32 dela Constitución.
En tales condiciones,López prefirió girar hacia el otro lado, siempre
tratando de caminar sobre el filo de la navala, siempre manteniéndose en el
centro. Cierto, no podía volcarse hacia la vieia macolla positivista demasiado
comprometida con el gomecismo. Solicitó entonces la colaboración de quien,
nada sospechoso de izquierdismo y ni siquiera de antigomecismo, no era mal
visto por la izquierda ni por sus Pares en la cultura: Arturo Uslar Pietri
Con los intelectuales y artistas, Lópezmantiene la misma actirud que
con el resto del país: el régimen podía acercarse a ellos en tanto se alejaran
de la izquierda; sin convertirse por eso en cortesanos.
Así, Mariano Picón Salas fue nombrado en 1936 para un cargo diplo-
mático en Praga. Al no exigirles cortesanía ni obsecuencia, se marcaba un
matiz diferencial con la política de Gómez. Por una parte se les respetaba su
libertad de expresión artística y hasta política, mientras ella se mantuviese
dentro de los límites legales. Y como la manera casi única de ayudarlos era
meterlos en la administración pública, siendo el premio mayor el ingreso al
servicio exterior, se suponía que si no una adhesión entusiasta y militante,
se podía esperar de ellos cuando menos una neutralidad benevolente.
No descuida del todo al resto de los intelectuales: en 1938, el gobierno
funda la Reuista Nacional de Cultura.Por fin, en forma consecuente, tendrán
MANUEL CABALLERO

ellos donde expresarse, tendrán un público fiel y en cierto modo cautivo que
los acompaña desde entonces. Pero en el fondo, el estímulo a la creación
seguía concibiéndose en términos de mecenazgo.
Bajo el gobierno de Isaías Medina Angarita se produce un vuelco si
no en la filosofía gubernativa en relación con la cultura, sí en la situación de
los intelectuales y los artistas. La segunda figura del régimen, una especie de
Richelieu a la medida del país, es Arturo Uslar Pietri, quien decide cambiarle
la fachada al gobierno, haciendo entrar el régimen, de una forma sesgada
aunque inoculta, en la era de los partidos políticos modernos.
Eso se hizo con la organización, desde el gobierno, de un partido
político para apoyaflo, el cual a poco de fundado tomó el nombre de PDV.
Ahora bien, quien organizaba ese paftido era uno de los intelectuales más
prestigiosos del país. A su llamado, se integró al PDV la mayor masa de
intelectuales y artistas que partido alguno haya tenido antes o después en
la historia de Venezuela.
Aquí entonces la situación cambia: se les propone ingresar al partido
de gobierno, pero no para hacerles partícipes del poder (para lo cual, con
las excepciones de rigo¡ se les considera inaptos y hasta ineptos), sino para
prestigiar al gobierno con su presencia. El mecenazgo personal y diplomá-
tico toma entonces otra forma: los intelectuales y artistas serán ula flor en
el ojal, del gobierno.
Pero sería injusto reducir a eso la política cultural del medinismo. Bas-
ta recordar que, siguiendo una idea de Uslar bajo López, se inició la edición
de la Biblioteca Popular Venezolana.
El 18 de octubre de 1945 se derrumba el gobierno de Isaías Medina
Angarita, Rómulo Betancourt, presidirá laJunta Revolucionaria de Gobierno.
El nuevo paftido de gobierno tiene también enrre sus fundadores a los dos
escritores más populares del país, Rómulo Gallegos yAndrés Eloy Blanco. El
jefe del nuevo gobierno es él mismo un intelectual cuya primera vocación,
allá por los años veinte, había sido la escritura.
Por otra parte, el partido tiene como apellido nel Partido del Pueblo,
y pretende estar llevando a cabo una revolución popular. Entre esas dos
variables va a girar la política cultural del trienio octubrista. El gobierno
sabe que debe conquistarse la voluntad de los hombres de cultura haciendo
lo posible para despersonalizar al m¿íximo el mecenazgo. Esto va a buscarse,
y en ocasiones a lograrse, con una serie de realizaciones prácticas paraganar
el apoyo del mundo de la cultura, aparte de que la orientación izquierdis-
HISTORIA DE LOS VE¡{EZOLANOS EN EL SIGLO XX

ta del gobierno también atrae a un conglomerado inclinado por tradición


hacia ese lado.
Entre ese tipo de acción se destacan tres, una poco sensacional pero
de resultados más sólidos y de larga permanencia; y otra brillante y especta-
cular, pero de resultados inconsistentes y efímeros. Por último una tercera
que hace entroncar la política cultural del gobierno con la de López y en
parte de Medina. Lo primero fue la fundación, en 1946, de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Su primer deca-
no fue Mariano Picón Salas. tansformada en la hoy llamada Facultad de
Humanidades y Educación, ha sobrepasado medio siglo de fructífera exis-
tencia. Lo segundo fue la convocatoria, para celebrar la entronización de
Rómulo Gallegos como primer Presidente electo en comicios populares' de
la for y nata de la cultura americana y de la España peregrina, desde \7aldo
Frank hasta Juan Marinello, José Bergamín y muchos más. No se trataba
sólo de una reunión de artistas amigos de Gallegos: una vez más, el gobier-
no empleaba, pero a escala internacional, la política de la nfor en el ojalo
para dar lustre, legitimidad y apoyo a un gobierno cuya fragilidad no se le
escapaba a nadie, con los cuarteles en plena efervescencia.
Por último, copiando situaciones anteriores, Pero esta vez en una escala
mucho más amplia, el renovado mecenazgo diplomático. Cuando Gallegos
nombra su primer gabinete, el Ministerio de Relaciones Exteriores recae en
quien es, ya, el poeta oficial del régimen: Andrés Eloy Blanco, quien repite
entonces la convocatoria de Uslar Pietri, pero esta vez no para plenar las filas
del partido de gobierno, sino el servicio exterior. Ganaba asl en dos table-
ros: por un lado neutraliza a ese sectot si no lo hace simpático o fervoroso
partidario del gobierno, y por el otro se cubre las espaldas de la habitual
acusación de sectarismo: no está colocando en embajadas y consulados a sus
compañeros de partido, sino a sus colegas en el quehacer intelectual
Pero como el gobernante es el upartido del puebloo, debe atender enton-
ces a la cultura popular, a riesgo de ser acusado de derivar hacia el panem et
circenses populista. En este sentido, sus iniciativas debían tomar el sendero del
espectáculo, en un país cuya población, en su determinante mayoría, no sabla
leer ni escribir. El mejor ejemplo de esa política fue el desarrollo impetuoso
conocido a partir de entonces por los estudios sobre el folklore.
Se pretendía con eso reconciliar al pueblo con su propia historia y su
propia cultura, atacar los complejos de inferioridad culturales y nacionales,
afirmar una identidad bien definida por supuesto confundida con la afirma-
I,4ANUEL CABALLERO
287

ción democráticay revolucionaria. Lo más grandioso fue bajo la dirección


de Juan Liscano, el Festival Folklórico Nacional.
El24 de noviembre de 7948, nueve meses después de su brillante
entronización, un golpe militar derrueca a Rómulo Gallegos. El nuevo gobier-
no va a mosrrar el récord de no lograr el apoyo de casi ningún intelectual
venezolano. Y mucho menos con su manifestación pública: apenas uno que
otro de quienes eran dignos de ser considerados tales aceptaron a la callada
continuar como diplomáticos de carrera, menos por la pitanza que por el
odio a Acción Democrática, subproducto del 18 de octubre.
Si el nuevo gobierno se desinteresa de la opinión pública, mucho
menos lo va a hacer de los intelectuales y artistas. si no los persigue por
oponérsele, los ignora. Así, la tiranía hizo oldos sordos a una campaña de
algunos historiadores, entre ellos Mario Briceño Iragorry destinada a salvar
el viejo Colegio Chaves, una reliquia colonial.
Pero eso era nada para un gobierno militar que se había hecho reo del
más atroz crimen cultural del siglo )cc la destrucción de El rocuyo, la más
hermosa reliquia colonial de venezuela, además de ser una ciudad viva y un
centro de producción nada desdeñable. Se derrumbó a raíz de un rerremoro
en 1950, pero en lugar de ser reconsrruida, fue arrasada por los bulldozers
y la voracidad de algunos de sus negociantes. No en yano un intelectual
larense llamó eso nel mayor crimen cultural del siglou.
Por otro lado, también la dictadura adoptó una política populista,
mala caricatura de lo comenzado por Gallegos: desde la Dirección de Cul-
tura Obrera del Ministerio del Thabajo se dedicó a una versión expurgada
del folklorismo, menos como deseo de afirmación nacional que por el clá-
sico mal gusto del estamento militar.
De igual manera, en uno de los más cacareados logros de la tira-
nía, su política de obras públicas, se impuso la muy fascista y militarista
arquitectura funeraria y monumental, la cual dio a luz el churrigueresco
adefesio de Los Próceres.
Cierto, continuando la obra iniciada por el presidente Medina y los
planes arquitectónicos de Carlos Raúl Villanueva se concluyó el Aula Mag-
na de la ciudad universitaria y su parque escultórico y mural, pero las ten-
dencias de la dictadura iban en el sentido opuesro, al nivel de los peores
colocapiedras del EUR mussoliniano.
A la caída de la dictadura, en las jornadas de cuyo derrocamiento juga-
ron un papel tan importante los hombres de la cultura (con los manifiestos
288 HrsroftlA DE 19! vE!!!qLAx99j:!{ ElllGLo xl

de los intelectuales e incluso la participación de algunos escritores jóvenes en


las manifestaciones), se comenzó a pensar en una nueva forma de concebir
la relación del Estado con este importante sector de la sociedad.
se comenzó entonces a pensar en la creación de un organismo como
el INCBA mexicano, e incluso en un inicio se pensó en llamarlo así. El prin-
cipal -promotor de esta idea fue el escritor Miguel Otero Silva.
El proyecto anduvo dando vueltas por el Congreso, hasta que fue
aprobado en 1964 con el nombre de Instituto Nacional de Cultura y Bellas
Artes (INCIBA), de cuya presidencia se encargaría Mariano Picón Salas en
1965, pero murió el primer día de ese año.
M6s t".de tuvo varios direcrores, entre los cuales destaca Simón Alber-
to Consalvi.LaLey del INCIBA fue modificada en noviembre del año
siguiente, y se mantuvo en vigencia hasta 1975. El instituto estaba adscrito
al Mirri.t.rio de Educación, aunque gozase de una autonomía no conocida
hasta entonces por el sector.
Duranre los años de vida del INCIBA, se conoció un buen desarrollo
de las actividades culturales y se avanzó mucho en el proceso de dejar atrás
la mentalidad del mecenazgo.
Cierto, no faltaron las crlticas, dirigidas sobre todo hacia la burocrati-
zacióndel organismo y de la cultura, y el infaltable reproche de clientelismo.
Pero lo primero es inevitable en toda organización, y mucho más si ella es
esraral: lo asombroso es que el INCIBA no se haya burocratizado más. En
cuanto al clientelismo, aquí era mucho más difícil que se convirtiese en una
práctica paralizante, porque el (o los) parridos de gobierno nunca gozaron
de mucha aceptación entre los intelectuales.
se pueden destacar algunas de las grandes realizacionesde ese perlodo: en
primer lugar la creación dela editorial del Estado, Monte Ávila, en 1968.
Iniciada por Benito Milla, en treinra años la presidieron intelectua-
les como Juan Liscano, Luis García Morales, Rafael Arráiz Lucca, Leonar-
do Azparren Giménez y Alexis Márquez Rodríguez. Junto con la editorial,
se creó la revista Imagen, cuya dirección se encargó a Guillermo Sucre. Por
primera vez en su historia, Venezuela tenía una empresa semejante, cuya
calidad estaba gafantíza¿a por su estructura interna, la de organismos de
ese tipo de los cuales por lo demás no existían muchos ejemplos, sobre todo
en América Latina.
Pero las realizaciones de Monte Ávila no se quedan allí. A pesar de
los normales altibajos de toda organización de ese tipo en los años ochen-
MANUEL CABALLERO

ta, con mil setecientos títulos publicados podía jactarse de ser la segunda
editorial de su tipo en América Latina, después del Fondo de Cultura Eco-
nómica. Lo cual nos lleva a una cifra muy conservadora de dos millones y
medio de ejemplares puestos en la calle en un mercado tan pequeño como
el venezolano.
Por otra parte, en 1968 se crea la Cinemateca Nacional, cuya primera
directora será Margot Benacerafy al año siguiente la sustituirá Rodolfo Izaguirre,
cuya excelente gestión se prolongará por veinte años, hasta su jubilación.
La tarea de la Cinematece era muy ardua, porque estaba desbrozando
un terreno del todo incultivado. Si Monte Avila tenía ya un público for-
mado, aunque pequeño y dependiente de las editoriales y de la producción
de autores extranjeros, en cambio la Cinemateca, ni eso: debía en primer
lugar formar un público capaz de entender aquellos filmes, sobre todo los
del cine mudo, acostumbrado como estaba a la cinematografía comercial.
Y en segundo lugar, debía formar una buena colección, a fin de, ya bien
encaminada hacia esos dos logros, obtener el reconocimiento y el apoyo
institucional de la Federación Internacional de Archivos Cinematográficos,
a la cual pertenece nuestra Cinemateca.
Hoy se puede hablar de aquellos dos logros como de algo consolida-
do, y todo cuanto se pueda decir al respecto se sintetiza en una frase: hace
treinta años no existía en Venezuela un archivo público del cine. Ahora
tenemos una cinemateca, y muy buena. Todo esto generó una mayor cul-
tura cinematográfica.
Por otra parte, ya desde 1972 se comienza a actuar, con diversa for-
tuna, en el camino hacia la creación de una compañía nacional de danza,
gracias a la labor pionera de Elías Pérez Borjas.
Un poco más tarde, en 1972, se va a crear, con mayor autonomía
administrativa, el Museo de fute Contemporáneo. Su infatigable fundadora,
Sofla Imber, colocó este museo alacabeza no sólo de los de Venezuela, sino
también de América Latina. Al final del siglo, el MACCSI podía hoy enor-
gullecerse de las tres mil piezas de su colección permanente, la cual contiene
nombres como Picasso, Léger, Chagal, Giacometti, Moore, Braque, Botero,
Soto, Otero y Borges, aparte de haber traldo en sus exposiciones periódicas
a los más grandes artistas plásticos del mundo y de Venezuela.
Para concluir esta parte, se puede decir que con el INCIBA se había
avanzado bastante en el senddo de hacer de la cultura un problema de Esta-
do y no sólo de los gobiernos sucesivos, ni mucho menos de los gobernan-
DO

tes individuales. Pero seguían siendo sus actividades bastante apendiculares,


dependientes, y no sólo en lo administrativo, del Ministerio de Educación,
ante el cual debía rendir su informe anual de realizaciones y proyectos (Art.
8 de la Ley del INCIBA). Se fue tomando conciencia de que la cultura era
un sector autónomo, ligado por suPuesto a Ia educación pero no depen-
diente de ella.
En consideración a todo eso, se creó, por Ley de 7975, el Conse-
jo Nacional de la Cultura (CONAC), el cual con y sin rango ministerial,
encauzó y estimuló las actividades del sector hasta el 2006 cuando se crea
el Ministerio de la Cultura.
En 1977 se da un hecho importantísimo para el futuro del país: la
nreinyención, de la Biblioteca Nacional. Esa vetusta institución provenía
del año 1833. Pero en 150 años lo mejor que le había sucedido era haber
logrado ubicarse al lado de la vieja Universidad Central de Venezuela, en el
antiguo convento de San Francisco.
Hasta 1977, con todas las reformas y mejoras introducidas, la BN
seguía funcionando como una gran sala de lectura para los estudiantes cara-
queños. En 1977 Virginia Betancourt Valverde vio materializarse su viejo
sueño: la Biblioteca Nacional se üansformó en el Instituto Autónomo de la
Biblioteca Nacional y de Servicios de Biblioteca, talvez el mejor de Latino-
américa; y se comenzó su monumental edificio, el cual debía albergar tam-
bién el Archivo General de la Nación.
Al pasar del INCIBA al CONAC, se amplió muchísimo, tanto en lo teóri-
co como en lo práctico, la concepción de la cultura como política de Estado.
Pese a las inmensas dificultades financieras del Estado, pese a encon-
trarse el gobierno de hecho con la nbotija vacíaD, a partir de los años noventa,
se amplió tanto el financiamiento como la dinamización del sector cultura
hasta niveles nunca antes alcanzados. El ministro del ramo fue José Antonio
Abreu, quien como todo el mundo sabe ho¡ ha sido el creador de una de las
más importantes organizaciones culturales de nuestra historia: las orquestas
juveniles nacionales, hoy orgullo de Venezuela. Una organización que ha
sido calificada por las más importantes orquestas y directores del mundo
como unas nresurrección, de la música no sólo venezolana o latinoameri-
cana, sino universal, ganadora entre otras distinciones del Premio Príncipe
de futurias para las Artes.
Y hablando de orquestas, y sabiendo que muchas realizaciones en el terre-
no de la cultura se han quedado en el tintero, no se puede cerrar sin hablar de
MANUEL CABALLEFO

una de las más monumentales edificaciones culturales de estos años: el Teatro


Teresa Carreño, inaugurado bajo la presidencia de Luis Herrera Campins.
Con esa mención se puede cerrar esta parte haciendo una compara-
ción muy aleccionadora. Pónganse en los platillos de la balanza dos hechos,
dos realizaciones:
El mayor tltulo de orgullo que exhibe diez años de gobiernos militares
es lo más arriba llamado el más grande crimen cultural del siglo, la destruc-
ción de El Tocuyo. En el otro, la realización fundamental, en ese terreno,
de uno solo de los gobiernos civiles, el Teatro Teresa Carreño.
Pero la conclusión va mucho más allá: tómese uno cualquiera de los
gobiernos civiles de 1958 a esta parte. Escójase el que pueda considerarse
peor. Uno sólo de esos gobiernos puede jactarse de realizaciones en el terreno
de la cultura muy superiores a los diez años de la dictadura militar.
LA GUERRA Y 1.A REPRESÉN

Cuando se habla del )O( como del siglo de lapaz, esa afirmación hace nece-
sarias algunas precisiones. En primer lugar, eso se refiere a la ausencia de
guerras civiles endémicas del siglo XIX; o sea, guerras cuyo ámbito, duración
e intensidad si no siempre pudieron echar abajo a un gobierno, lograron
arruinar el país hasta el extremo límite.
Todos los análisis históricos señalan que entre los años lB59 y 1870,
se vive un incierto equilibrio: ni la revolución puede vencer al gobierno, ni
el gobierno yugular la revolución. Pero en verdad esa va a ser el caso de casi
todo el siglo. Pero partir de 1903, y más aún de I 908, se va a inaugurar un
modalidad inédita en Venezuela, tradición rota apenas dos veces en un siglo:
cambiar de gobierno sin disparar un tiro.
Pero eso no significa que Venezuela se vaya a convertir en un país
pacífico al estilo de la Suiza moderna. La violencia guerrera no se hace pre-
sente, pero se asiste a la expresión de las diversas violencias de la paz. Así,
copiando la expresión del oficial de marina norteamericano que fue testigo
de la batalla de Ciudad Bolívar en 1903, resulta tentador hablar de quietud,
por lo menos hasta el 18 de octubre de 1945.
La segunda vez que se rompa aquella tradición inaugurada el 19 de
diciembre de 1908, será con el deruocamiento de la dictadura dePérezJímé-
nez el23 de enero de 1958. En ambos casos, a aquellas rupturas seguirá un
período de intranquilidad militar que en el segundo se combinará con el
intento de la extrema izquierda de tomar el poder por las armas, siguiendo
el ejemplo y con el inoculto apoyo y financiamiento de Fidel Castro.
Después del l8 de octubre, se produjeron varios pronunciamien-
tos militares de una gran violencia, en particular el del I I de diciembre de
1946, una intentona destinada a impedir la reunión de la Asamblea Nacio-
nal Constituyente.
Betancourt logró yugularlas con una gran energía, mientras se negaba
a abandonar el Palacio de Mirafores para protegerse, pues, según confió al
mayor Carlos Delgado Chalbaud, sólo saldría para colgar la banda presiden-
cial a un presidente electo en comicios libres o en una urna.
Después del23 de enero de 1958, la situación era mucho más com-
plicada: en los cuarteles fue muy mal recibida la elección de un hombre que
Ia rcnaz propaganda del gobierno durante los diez años anteriores, presen-
tabacomo un enemigo mortal del Ejército. Entre 1959 y 1962, el gobier-
no de Betancourt debió enfrentar unos veinte pronunciamientos millita-
res. En el campo militar, se lo demostrarán las conspiraciones que deberá
debelar hasta que, en 1962,los cuarteles se aquieten gracias al temor de un
alzamiento comunista. Es a esto que deberá atender en primer lugar: como
suele repetirlo, Betancourt está consciente de que durante los diez años de
gobierno militar la propaganda del régimen se ha centrado en su contra,
y en la supuesta voluntad de su partido de suprimir el ejército profesional
para sustituirlo por milicias de su partido.
Si bien los oarsenales) mostrados en 1948 (algún revólvet una granada,
unas pocas escopetas) no daban mucha carne, en el supuesto de que fuese
cierta su existencia, para alimentar esa leyenda, siempre había Ia posibilidad
de recurrir a los ejemplos dados por los npartidos hermanos, de AD en Costa
Rica (supresión del ejército) y en Bolivia (creación de milicias populares).
Como lo testimoniara un alto oficial de la fumada, Betancourt debió
hacer frente a no menos de veinte conspiraciones, la mayoría de las cuales
fueron simples abrebocas (upasapaloso), y dos nbanquetesr: las insurreccio-
nes de Carúpano y Puerto Cabello.
Tal vez no sea muy certero calificar asl a las otras intentonas: una de
las primeras será la más peligrosa, porque el régimen no está todavía conso-
lidado en el terreno civil y mucho menos en el militar. Fue la invasión del
general Jesús María Castro León por el Táchira en abril de 1960, la cual debía
coincidir con un alzamiento militar. Y además, el Ejército estaba en efecto
dividido. Eso se combinaba con una crisis política cuyas consecuencias eran
imprevisibles: la división de Acción Democrática que daría origen al MIR.
Años después de haber finalizado su mandato, Betancourt comentó
a un grupo del recién formado MAS, que ése había sido el momento más
peligroso para su gobierno. Thnto lo era que abandonó su lenguaje y su
actitud moderados de Presidente Constitucional para regresar a los modos
discursivos del trienio octubrista: amenazó a los conspiradores con apelar a
¡,4ANUEL CABALLERO 295

ese pueblo que en 1958, con las manos desnudas, se había lanzado al asalto
de un cuartel insurrecro.
La sublevación fue debelada, y le permitió a Betancourt desorganizar
una red conspirativa que se había puesto en evidencia. No sería la única. Por
lo demás, tampoco ella se quedó tranquila con el fracaso de Castro León.
Ésta fue la primera de las sublevaciones de la derecha militar. Esto último no
está muy lejos del pleonasmo: se puede decir que todos los levantamientos
militares contra Betancourt provendrán de allí, sin exceptuar el de Puerto
Cabello e incluso el más izquierdista de todos, de Carúpano. Por eso, al exa-
minar los levantamientos que Betancourt debió enfrentar, no es demasiado
arbitrario clasificarlos en dos grupos: los, militares, en mayoría de derechas,
y los civiles, en mayoría de izquierdas.
El pronunciamiento de Castro León será el primero, casi se podría
decir de confeso derechismo: no hay que olvidar que siendo Ministro de la
Defensa en 1958, había armado una conspiración para derrocar a \Wolfgang
LanazábaJ,, o en todo c:$o, para hacerle torcer el rumbo de su política dándole
un sesgo militarista y represivo contra los partidos políticos. El alzamiento
no sólo fue debelado con rapidez, sino que se inició una persecución del
propio Castro León por todo el estado Táchira, hasta que un campesino lo
detuvo y lo entregó a las autoridades.
La segunda de esas sublevaciones, también derechista y sobre todo
anticomunista, se produjo en Barcelona (fue el ubarcelonazoo). En esa cons-
piración, además del elemento militar, estuvieron compromeridos algunos
militantes de base de URD, feroces enemigos de AD que no aceptaban que
su propio partido le fuese aliado. De ellos partió la conseja de ufusilamien-
tos, a los rendidos, lo cual parece haber sido una leyenda.

DISPARAR PRIMERO, AVERIGUAR DESPUÉS

En orden cronológico, el tercero de esos movimientos, no llegó a ser


tal: es lo que se llamó uel guaírazor. En él síhubo participación de unos
dos a tres centenares de miembros de la Juventud Comunista. Los jóve-
nes liceístas se presentaron a reclamar armas para avanzar sobre Caracas
en los alrededores de un cuartel en La Guaira, donde les habían anuncia-
do un alzamiento. De haberlas obtenido, aquello hubiera sido una inútil
masacre, pues es fácil adivinar que esos muchachos no tenían experiencia
alguna en su manejo.
D6

Más que por la importancia misma de ese movimiento, que, como se


ha dicho, no llegó a cua¡ar,lo hizo muy famoso una frase de Betancourt. Al
comentar el suceso, advirtió que quienes intentaran entrar a la fuerza en un
cuartel, no serían recibidos con confed, sino con plomo, y que en tal caso,
los soldados estaban listos para ndisparar primero y averiguar despuésr.
Se impone aquí un análisis más detallado de esa frase, acaso la más
citada contra Betancourt, para hacerlo aparecer como un ubebedor de san-
gre) o algo por el estilo.
Él -it*o se dio cuenta del error cometido al pronunciarla, no sólo
suprimiéndola de la versión escrita del discurso, sino negándola mucho tiem-
po después. La frase no sólo fue pronunciada, sino que en las circunstancias
en que 1o hizo, pierde mucho de su ferocidad. En primer lugar, fue dicha
después de que el hecho se había producido, y los muchachos no habían
sido recibidos con plomo, ni se les había disparado antes de averiguar quié-
nes eran. Era sobre todo una advertencia para que, habiendo salido tan bien
librados una primera vez, no se les ocurriese repetir lahazaíta. Thmbién es
cierto que esa frase puede interpretarse como un velado reproche a los ofi-
ciales de la base que, lo demostrarán los hechos posteriores, andaban en
conspiraciones y casi habían recibido a los jóvenes comunistas con confemi
si no con flores.
Pero el hecho permanece: esa frase fue pronunciada y es imposible no
considerarla como uno de sus más gruesos errores políticos.
En primer lugar, en un país con las tradiciones represivas de Venezue-
la, podía ser tomada como un cheque en blanco para una policía a la cual
eso no le hacía falta.
Por otra parte, un hombre de la sagacidad de Betancourt no podía
ignorar que eso era un regalo a sus peores enemigos, quienes lo recibieron
como tal, aislando la frase de su contexto y empleándola con sistemáticos
persistencia y éxito. Hay un elemento más, que no es la primera vez que
sucede: la repetición insistente de la frase por sus enemigos de la izquierda,
podía hacer, como en efecto, que sus propios partidarios civiles y militares
la tomasen al pie de la letra, con las consecuencias previsibles.
Después viene la insurrección de la base naval de Carúpano el 4 de mayo.
Aquí es donde fue más perceptible la influencia comunista en los oficiales
alzados; pero tampoco es cosa de exagerarla: no sólo había entre ellos mucha
confusión ideológica, sino sobre todo una gran impaciencia por alzarse.
MANUEL CABALLERO

Lo que les hizo prestar oídos a algunos dirigentes comunistas y del


recién formado MIR quienes los incitaron a sublevarse para ser nla chispa
que incendiara la praderar. Se ha llegado a calcular que en todo y por todo,
se produjeron unas dieciséis bajas. Allí fueron apresados Eloy Torres y José
Vicente Abreu, dirigentes comunistas, mienrras que Simón Sáez Mérida
logró escapar.
Pocas horas después, en presencia nuestra, relató a un grupo de reporte-
ros, sin advertirles que no debían divulgarlas, las circunstancias de su fuga.
En el siguiente levantamiento, el llamado <porreñazo>, hubo también
una cierta participación comunista, sobre todo civil. Pero aunque el PC
reivindicó luego esa acción como suya, Manuel Quijada, dirigente civil del
movimiento, lo cree abusivo. Él considera, por el contrario, que se trató de
un golpe heterogéneo, pero donde la derecha tenía la fuerza determinanre,
incluso en el directorio que se formó para dirigir la insurrección ¡ gober-
nar. La sublevación fue sangrienta: se peleó durante varias horas y se calcula
que hubo entre trescientos y cuatrocientos muertos. Betancourt se mostró
infexible en su exigencia de rendición incondicional. Pero además, extrajo
de aquella victoria de sus armas un beneficio político suplementario: pudo
acusar a unos comunistas que se jactaban de haber promovido el golpe.
Todo lo cual le permitió compactar detrás de su gobierno a la mayo-
ría de unas fuerzas armadas aterrorizadas ante la posibilidad del triunfo de
un alzamiento comunista.
En 1962, se unen así diversos sectores militares, algunos de verdad
infuidos por la doctrina comunista, otros que habían participado en las cons-
piraciones oreaccionarias, de 1958 y 1960, y algunos de los habituales pesca-
dores en río revuelto. Sus propios protagonistas han visto esto como un error
garrafal de la izquierda, sobre todo la segunda de esas insurrecciones, cuando
yahabía sido debelada la primera y convenía guardar la pólvora seca.
Pero tal vez ala izquierda no le quedaba otro camino: la situación no
dejaba de tener muchísimos puntos de coincidencia con la conspiración del
1 8 de octubr e de 1945 , y la izquierd a calcó su actitud sobre la de Betancourt

en aquel entonces. Es decir, argumentar que si no panicipaba en la aventura,


ella se produciría de todas formas: y como había entre los oficiales insurrec-
tos una cantidad no determinada pero real de oficiales marxistas, lo mejor
era seguirlos, en una nueva orevolución de octubre, pero esta vez leninista
de verdad. Y, como suele suceder en estos procesos, una vez que comien-
2N HISTORIA DE LOS VENEZOI-ANOS Eil EL SIGLO XX

za a tronar la fusilería, el ala extremista del movimiento suele arrastrar a la


moderada hacia las aventuras más descabelladas.
En todo caso, no es ocioso repetir que Ia participación comunista en
ambas insurrecciones se revelará como una bendición para la polltica de
Betancourt. En el terreno civil, como elemento para resolver la crisis polltica.
En el militar, le servirá para proceder a la ndepuración, que los más radicales
le pedían desde 1959, pero, ironías de lahistoria, en su contra.
Y por otra parte, el grueso de las fuerzas armadas terminó apoyando
a Betancourt: la alternativa, podía argüir el Presidente, era el comunismo
en el poder. Sea como sea, en 1962 se cierra, por los próximos treinta años,
un ciclo de intranquilidad militar que había comenzado en 1945: el Presi-
dente vencedor parecía haber devuelto al corral el toro que él mismo había
soltado en 1945.

CUBA Y LA DIVISIÓN DE AD

Desde el mismo momento de la división, y mucho más después de


haberse convertido en el MIR, los jóvenes líderes se comprometieron en
una apasionada defensa de la Revolución Cubana, y viqaban con frecuen-
cia a la isla.
Vivieron muy de cerca, el proceso de radicalización del fidelismo.
Sobre todo después del suceso de Playa Girón, cuando los jefes cubanos
perdieron toda ilusión respecto a la solidaridad de los restantes gobiernos
de América Latina y se declararon marxistas leninistas. En ese momento los
disidentes de AD comenzaron a recibir consejos, entrenamiento y fondos
cubanos para lanzarse a la lucha armada. Pero las cosas no estaban todavía
a punto: aunque existían ya algunos pequeños grupos dispuestos a seguir el
ejemplo de ulos doceo del Granma, todavía el gobierno de Betancourt no
había enfrentado cuestionamientos serios desde la izquierda, conservaba
mucho de su popularidad y un partido muy poderoso. Faltaban ües ele-
mentos: un enfrentamiento serio y violento en la calle, una nueva división
de AD y sobre todo, la posición del Partido Comunista, al cual el nuevo
MIR se había ligado de cerca.
Esto último se precisó a mediados de 1961, cuando en el III Con-
greso del Partido triunfó la tendencia insurreccional y se declaró que la vía
venezolana hacia la revolución uno podía ser pacíficar.
MANUEL CABALLERO

Los comunistas presentaron su nueva política como una respuesta a


la represión de Betancourt, a sus provocaciones. Esto desde la aprobación
del Pacto de Punto Fijo, aquello desde el 4 de agosto de 1959. Ese día, una
manifestación de desempl."dos (que la oposición presenró luego como opací-
ficao) fue disuelta con saldo sangriento.
Hay que tomar en cuenta que las barriadas caraqueñas continuaban
rumiando su despecho por la derrota electoral de su ídolo, el simpático
marino'Wolfang LarrazábaI. De entre ellos se sacaba el contingente huma-
no para cualquier manifesración contra Betancourr, cualquiera que fuese el
pretexto. Y por supuesto, ése era el caso de esa manifestación del4 de febrero
de 1959. Por otra parte, una policía todavía muy cercana a los modos de la
dictadura, y el temor de Betancourt de que se le creyese un gobernante débil
y dar así pie para que se desatas el temido nbochincher, se combinaron para
provocar el saldo rojo de aquel día.
En todo caso, los muertos que toda insurrección necesita para encen-
der las pasiones y lanzarse al fuego, estaban servidos. Pero aun si eso no se
hubiese producido, la política insurreccional estaba ya decidida: la idea de
la extrema izquierda de buscar el poder por medio de la lucha armada era
un tendencia continental. Los venezolanos, que tenían detrás suyo la victo-
ria en los combates para derrocar la dictadura dePérezJíménez, no querían
llegar de últimos al banquete revolucionario.
Ties razones al menos tuvo la izquierda, y en parricular los comunis-
tas, para correr el albur de la lucha armada. La primera es esa señalada en el
párrafo anterior: la nculpao que sintieron al ver a los barbudos combatienres
de la Sierra Maestra entrar en triunfo a La Habana, y un mes después, ser
recibidos como héroes en Caracas: (nosotros también hubiésemos podidou
era el sentimiento generalizado entre quienes acababan de ser aplastados en
las urnas electorales a un año apenas de aquellas victoriosas jornadas del2l,
22 y 23 de enero de 1958.
La segunda razón, también psicológica más que política, era el remor
de los comunistas de repetir el error de sus camaradas cubanos, que sólo a
última hora se subieron al carro del vencedor, siendo más tarde absorbidos
por el movimiento fidelista, con la anuencia complacida de la Unión Sovié-
tica, a la cual le había caído del cielo el regdo de un aliado en las mismas
narices de los Estados Unidos.
Era el temor de verse desbordados por los grupos de aventureros que
habían comenzado aalzarse en armas paraforzarle la mano al partido, bus-
cando repetir paso por paso la trayectoria de Fidel Castro.
HISIOFIA DE LOS VEI{EZOLAXOS E¡¡ EL SIGLO XX

Peor aún, entre los más entusiastas Por tomar la vía revoluciona-
ria armada estaban los militantes del recién formado MIR' El temor a ser
usatelizados, jugó un papel de importancia en la decisión mayoritaria del
III Congreso del PC en 1961.
La tercera razón, fue la presión militar. Los oficiales' en general de
pensamiento nada izquierdista (por decir lo menos) estaban dispuestos a
alzarse contra el gobierno de Betancourt, hallasen o no aPoyo civil. Así,
cuando los partidos de izquierda deciden crear las Fuerzas Armadas de Libe-
ración Nacional (FAIN), en típica actitud confusionista, ponen a su cabeza
al coronel Juan de Dios Moncada Vidal, quien hasta entonces era conocido
como hombre de derechas. No es de creer que los dirigentes comunistas se
fuesen a trzLgef la gruesa culebra de que habían ocaptadoo Para su doctrina
a esos soldados impacientes.

LOS qSOMBREREROS LOCOS¡

Pero estaban jugando a la descomposición del ejército, y a los labios


de algunos de ellos venía a cada rato la máxima maoísta según la cual una
chispa puede encender una pradera.
La desviación militarista jugó así su papel en varios aspectos: no sólo
en dejarse arrastrar por los militares alzados, sino también en buscar poner el
aparato armado por encima del partido. Y como suele suceder en estos casos,
lo que Lewis Carroll hubiese llamado ulos sombrereros locos, (son los ncabe-
zas calientes, de Betancourt), el ala más radical, y a veces la más aventurera'
logra imponer sus ideas o mejor, sus acciones, sobre los moderados.
El año 1962 muestra además un contexto para intentar cualquier
aventura. La coalición que Betancourt arma en octubre de 1958 se demos-
tró asazfrágil, con una URD que desde los primeros momentos comienza a
bizquear hacia las oposiciones y una Acción Democrática dividida, cuando
en 1961 se separa la fracción que controlaba el CEN.
Mientras la prensa de extrema izquierda se desata contra un Betancourt
que la castiga con reiteradas suspensiones y censura sus páginas, comienzan
a actuar en algunas zonas de provincia los primeros grupos guerrilleros. Al
mismo tiempo, en Caracas, las nUnidades Tácticas de Comando, trataban
de impresionar si no aterrorizar a la población con acciones espectaculares.
Así, fue en Venezuela donde se inauguró la modalidad del secuestro de avio-
nes, muy empleada en aquellos años.
MANUEL CAMLLERO l)l

En tales condiciones, el suyo fue acaso el primer gobierno constiru-


cional en mandar con las garantías suspendidas por un perlodo ran pro-
longado. Eso le permitirá no sólo apresar a una gran cantidad de llderes
izquierdistas, sino también reprimir con energía las asonadas militares y los
brotes guerrilleros.
Betancourt se empeñará entonces en hacer saber que su enemigo de la
izquierda es mucho más peligroso que el de la derecha (la cual sin embargo
había buscado asesinarlo). Así se nota en su lenguaje: mienrras, repitiendo
una frase de Adenauer, decía que a los terroristas de derecha bastaba golpear-
los uduro y en la nucaD; en cambio cuando los jóvenes izquierdistas hacían
de trotacuarteles, no vaciló en pronunciar la peor de sus célebres frases ya
comentada m¿ís arriba.
La diferencia en el lenguaje apuntaba hacia otro objetivo: apoyando
la sensible tecla del anticomunismo, el presidente se dirigía sobre todo a las
Fuerzas A¡madas, que terminó compactando detrás suyo. Los (extremisras)),
por lo demás, le facilitaron la tarea,llevando a cabo acciones descabelladas
como el asdto a un trencito atestado de niños, con saldo de muertos entre
los civiles y los guardias nacionales, hacia finales del año 63. Este será el
pretexto soñado por Betancourt para romar una de sus más criticadas deci-
siones: el allanamiento de la inmunidad parlamentaria de los congresanres
del Partido Comunista y el MIR para somererlos a juicio militar.
Fueron a la cárcel el casi septuagenario Gustavo Machado, el llder
obrero Jesús Faría (que había pasado ocho años prisionero durante Pérez
Jiménez) de quienes, sin embargo, era bien conocida la oposición a la aven-
tura armada; también Simón Sáez Mérida, el último Secrerario Generd de
AD en la clandestinidad.
La derrota sufrida por la izquierda en 1962 en el rerreno militar no
la llevó a refexionar sobre su actitud suicida. Por el contrario, decidieron
iniciar una guerra de guerrillas. Eso, en un país donde a partir de 1961 se
había acelerado la despoblación del campo. Fue un gasto inútil de vidas y
de dinero, y una amarga derrota. La lucha guerrillera ha dado origen a una
prolífica literatura testimonial, y casi nada más.
Al terminar el perlodo constitucional de Betancourr, en los primeros
tiempos la polltica represiva del gobierno de Leoni no se diferenciaba mucho
del suyo, y en algunos aspectos pareció recrudecerse, cuando el ejército toda
la situación: se comenzaron a conoc€r casos de nguerra sucia)) con su secuela
de torturados y desaparecidos.
N2 HISTOBI,A DE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX

Se tiene testimonios de gente (es el caso de Marina Barreto Miliani)


que era lanzadadesde un helicóptero con una cuerda atada en la cintura
para hacerla confesar. El caso más terrible fue el de Alberto Lovera, dirigen-
te comunista, responsable de su aparato militar, marino petrolero a quien,
confundida porque se le apresó en las cercanías de la Universidad, la prensa
comenzó a llamar nprofesor Loverao. Fue torturado y muerto en un cuerpo
policial, y sus asesinos trataron de ocultar su crimen lanzando su cadáver
al mar pero refotó convirtiéndose en el cuerpo del delito de una terrible
acusación contra el gobierno.
Durante la administración de Jaime Lusinchi, cuando se acercaban
las elecciones, un dramático incidente puso de manifiesto la precaria situa-
ción de los derechos humanos y el escaso control que, en ese aspecto, exis-
tía sobre las fuerzas armadas y los cuerpos policiales. Un grupo especial de
represión masacró a más de una docena de pescadores que organizaban una
fiesta e intentó después maquillar el crimen como un enfrentamiento con
irregulares colombianos.
Pero dos de los heridos, que habían sido dejados por muertos, se refu-
giaron en su pueblo, El Amparo, protegidos Por la población y las autori-
dades locales, y denunciaron el crimen.
El asunto estremeció a la opinión pública venezolana, y el caso fue
llevado incluso a instancias internacionales. La masacre de El Amparo se
produjo a un mes de las elecciones, y al gobierno se le hizo imposible ocul-
tar o manipular las informaciones.
Como es lógico suponer, lo más difícil de investigar es el aspecto de
la represión que pudiese demostrar que fue mucho más dura, que va más
allá de lo descrito. Eso no es nada exclusivo de Venezuela: en todas par-
tes, los archivos oficiles no son abiertos al público sino después de haber
transcurrido un dempo más o menos largo, treinta o cincuenta años, y hay
documentos que nunca son desclasificados. Lo curioso es que, transcurridos
más de treinta años de aquellos sucesos, y estando en el poder gente que no
cesa de acusar de los más horrendos crlmenes a los gobernantes de la llam-
da uCuarta Repúblicar, en más de diez años todavía no haya aparecido un
trabaio serio sobre una base documental confiable.
DEMOCRACIA Y CORRUPCIÓN

A la muerte de Gómez, la opinión venezolana quedó estupefacta ante el


tamaño de las cifras del peculado ugomecisra, y desde enronces buscó cómo
evitar su reproducción. Algunos meses después de la muerte del viejo rirano,
el Congreso, que estaba sin embargo formado por represenrantes uelecros,
por él mismo, decretó la confiscación de sus bienes. (Jna gruesa fortuna
en tierras y negocios diversos así como en dinero efectivo, pasó entonces a
manos del estado.
Thmbién en 1936, el gobierno del general Eleazar López Contreras
fundó la Contraloría General de la República, una oficina técnica nombra-
da por el Congreso y encargada del control de los gastos de la administra-
ción pública.
Su sucesor, el general Isalas Medina Angarita, continuó ocupándose
del problema, aguijoneado por una prensa más libre que nunca anres. Pero
durante su gobierno la guerra europea se extendió a América con el araque
japonés a Pearl Harbor. Los Estados Unidos tuvieron una necesidad urgente
del petróleo venezolano. El presidente Medina decidió enronces la reforma
de las leyes tributarias y al mismo tiempo hizo aprobar una nueva Ley de
Hidrocarburos. El tesoro venezolano se infó así con las cifras de una súbi-
ta prosperidad; y la oposición hizo de la lucha conrra la corrupción (real o
supuesta) su caballo de batalla.
Al final, semejante propaganda enconrró eco en las fuerzas armadas:
un grupo de jóvenes oficiales invitó a Acción Democrática, el principal par-
tido de oposición, para que los acompañara en un pronunciamiento; sus
consignas eran las mismas que los líderes de ese partido gritaban a diario en
su prensa y en sus discursos.
,M HISfORIA DE LOS VEI{E:ZOLAI{OS EN EL SIGLO n(

LOS LADRONES AL BANQUILLO

El gobierno salido de la conspiración triunfante decidió, entre otras


cosas, crearun tribunal extraordinario, llamado nde Responsabilidad Civil
y Administrativa)) para juzgar los delitos de apropiación ilícita de los bienes
del Estado; y eso, para todas las personas que hablan gobernado el país des-
de principios de siglo. Era una reminiscencia del Comité de Salut Public y
sobre todo del tribunal de Nürenberg; sólo que aquí no se juzgaban crímenes
contra la Revolución o contra la Humanidad, sino contra el Tesoro público.
Los condenados fueron obligados a devolver a la nación su dinero. Como
suele suceder, allí pagaron justos Por Pecadores, y la oposición no dejó de
denunciar que se trataba sobre todo de una venganza política: se buscaba
no sólo el descrédito político de los funcionarios del antiguo régimen, sino
adem¿ís su asesinato moral.
Más tarde, en 1948, el ejército se desembarazó de sus compañeros
civiles y comenzó a gobernar con poderes dictatoriales: eso duró diez años.
En 1956, estalló la guerra llamada ndel Sinaí,; de Francia, Inglaterra e Israel
contra Egipto. Era de temer una restricción de las ventas de petróleo de parte
de los países árabes a Occidente.
En tales condiciones, el hidrocarburo venezolano se revalorizaba; y el
gobierno distribuyó nuevas concesiones ParaIe explotación del petróleo a
las compañías inversionistas extranjeras, una política que había sido aban-
donada en 1943. La nueva riqueza produjo a su vez nuevos ricos enüe los
militares gobernantes.
A la caída de [a dictadura, el nuevo gobierno electo en diciembre de
1958 se impuso como una de sus primeras tareas la de hacer extraditar al ex
dictador militar desde Estados Unidos, donde se había refugiado, Paraitrz-
garlo en Venezuela y condenarlo por robo de los dineros públicos.

EL LADRÓN, HÉROE POPULAR

Pero se produjo entonces un hecho que reveló que la propaganda


por la npulcritud administrativa) no encontraba eco entre los sectores más
pobres de la población.
La prisión del ex dictador se madujo para él en una popularidad que
nunca había tenido durante los años de su gobierno: fue electo senador en
1968 sin haber hecho la menor propaganda; y se transformó, para su Pro-
MANUEL CABALLERO

pio asombro, en una especie de héroe y de mártir popula¡ adorado por ese
mismo pueblo que diez años antes le había mostrado su odio echándolo
después de tres días de sangrientas manifestaciones. Debe decirse que esta
nueva actitud popular no era el necesario producto de una comparación
desfavorable: quienes gobernaban en 1968 no habían sido alcanzados por
el escándalo y nadie intentó en serio acusarlos de corrupción.
En 1973 estalló en el Medio Oriente la guerra del Yom Kippur. Los
estados árabes decidieron un embargo petrolero contra Occidente; entonces
conoció su momento de gloria la OPEB cartel de productores fundado en
los años sesenta por iniciativa de Venezuela. El Estado venezolano vio entrar
en sus bolsillos una riqueza nunca imaginada.

LA (GRAN VENEZUELA,,

El primer gobierno de Carlos Andrés Pérez inició entonces un plan


ambicioso (ula Gran Venezuelar) para sacar el país del subdesarrollo a mar-
chas forzadas: sin el terror y con muchísimos recursos, ese plan no dejaba
de recordar los planes quinquenales de Stalin. El dinero corría a mares y,
por supuesto, eso estimuló la corrupción.
Hay que tomar en cuenta que, desde 1958, Venezuela comenzó a ser
regida, por primera vez en su historia, por una serie de gobiernos demo-
cráticos. Y también de los más ricos de su historia a partir de 1973. El país
tenía, al mismo tiempo, la ocasión para desarrollar la corrupción adminis-
trativa hasta un punto nunca antes alcanzado; y una prensa bastante libre
para denunciarla.
Lo cual trajo como resultado que la corrupción se haya vuelto uno
de los temas preferidos de la prensa popular y en general de todos los mass-
media.Y eso a un punto tal que Le Mondedestacó en marzo de 1990 que
Venezuela era el primer país del mundo en publicar un diccionario de la
corrupción en varios volúmenes.
Ruth Capriles, su autora, clasifica cinco formas o tipos de corrupción:
1) Una corrupción que ella llama uendémicau: en algunos organismos del
Estado, parece haberse instalado desde 1958 como una manera irregular de
distribuir el ingreso petrolero entre los trabajadores, a fin de asegurarse una
clientela política. 2) Una corrupción de funcionarios medios, que cumple
la misma función anterior, pero a un nivel social y profesional más elevado:
grupos organizados en compañías de construcción, de renovación urbana,
M

de servicios, de alimentación, etc. 3) Delitos cometidos contra el Tesoro en


forma de fraudes a la nación, enriquecimiento ilícito, etc., practicados en
los niveles más elevados del Estado. 4) Delitos cometidos para encubrir otro
delito de corrupción: se trata de la corrupción policial y judicial. 5) Por últi-
mo, el único delito tipificado con claridad en el Código Penal venezolano:
son los pequeños robos y fraudes cometidos por funcionarios menores y
medianos para cubrir gastos de clínica, alquiler, alimentación.
El4 de febrero de 1992, Caracas se despertó con el ruido de metra-
llas y de bombas contra La Casona, residencia personal del Presidente de la
República, y contra Mirafores, el palacio de Gobierno. Los insurgentes eran
oficiales de rango intermedio, comandados por el teniente-coronel Hugo
Chávez Frías, quien se jactaba de descender de un casi mítico guerrillero de
los llanos a comienzos del siglo veinte. Tomaban las armas, decla su proclama,
en nombre de Simón Bolívar, de Ezequiel Zamoray de Simón Rodríguez,
una transposición bastante ingenua de la Tiinidad cristiana.
Con semejante ingrediente, la lucha contra la corrupción tiende a
cambiar: no se trata ya, en el discurso político -y, se puede decir, social- de
corregir o de combatir un vicio de la república (es decir, el extremo opues-
to de la virtud republicana cara a Montesquieu), sino un vicio del alma; se
trata menos de moral pública que de salvación eterna; es una forma de la
lucha contra el pecado.
Así las cosas, se introduce en el discurso político un elemento irra-
cional, pasional. El llamado a la memoria del Libertador es una invocación
de tipo religioso, no muy alejada de las del nPartido de Diosn de algunos
fundamentalistas islámicos.

(BARRER LA GASA"

Y tal como éste es un discurso alimentado por la crisis económica y


la depauperación social, donde la paranoia política (el uenemigo internor, el
demonio) se acompañaba con la nostalgia de las soluciones de fuerza: tanto
el nbarrer la casa, de los demagogos como el gobierno virtuoso y paternal,
sobre todo militar.
Este último elemento se advierte en el cambio del discurso político y
popular; en las soluciones propuestas; y para rematar, la introducción de ese
factor tan particular, la sedicente usolución militarn, tanto más peligrosa cuan-
to que ella puede jactarse de un apoyo popular e incluso nizquierdistan.
MANUEL CABALLERO
47

Desde el final de la tiranía gomecista en 1935, se ha visto más arriba,


tanto los gobiernos como sus opositores inscribieron en sus programas
la lucha contra la corrupción, sobre todo contra el peculado. La sencillez
del aparato del Estado y por eso mismo, los métodos de sus defraudadores,
facilitaban la captura de los ladrones. La corrupción era asimilada al robo
puro y simple, y quienes la practicaban eran tratados como simples sujetos
de derecho común, ranto en lo legal como en lo moral.
A partir de 1973, cambiaron no sólo los métodos para enriquecerse
a costa del Estado, sino también la actitud y el discurso populares hacia la
corrupción: se comenzó a pensar y deci¡ que la comparación debía hacerse
no tanto entre un gobierno, un partido y un presidente (corruptos)) y sus
adversarios nhonestos ,, sino entre gobernantes corruptos de los cuales uno,
que se supone preferible, uroba pero deja robaru, mientras que su adversario
estaba menos dispuesto a compartir el fruto de sus pillerías; o también, que
Fulano nroba pero actúa)), hace algo a favor de sus gobernados. Esa era la
versión (perversa)) de una concepción muy parricular del welfare srate en un
país donde la riqueza venía menos del trabajo de sus hombres que de tener
un subsuelo repleto de petróleo.
Thl concepción fue expresada por Gonzalo Barrios, fundador del más
grande partido del país: para corregir una falla del sistema de seguridad social
(en especial la falta de un seguro de paro) el Estado estaba obligado a aumentar
el número de sus servidores menos por las necesidades de la administración
que para asegurar de esa manera una especie de pleno empleo.
En 1983 estalló la llamada ncrisis de la deuda externa>, acompañada de
una caída de los precios internacionales del petróleo: los países industrializados
ograron al fin cumplirlaamenaza de Ronald Reagan de uponer de rodillas, a
la OPEP De la noche a la mañana, los venezolanos descubrieron que no eran
tan ricos como lo pensaban, o al menos que esa riqueza no era eterna.

DEVALUACóN E INFLACIÓN

Venezuela conoció entonces dos fenómenos muy corrientes en el mun-


do de ho¡ pero que el país no conocía: la devaluación de la moneda y su
hermano casi gemelo, la infación.
A partir de ese momenro, el combate conrra la corrupción tomó otras
dimensiones. Venezuela había recibido, después de 1973, una cantidad de los
llamados npetro-dólares, equivalente a varios Plan Marshall y sin embargo, no
ru HISTORIA DE LOS VEilEZOLAilOS EN EL SIGLO XX

había podido salir del Tercer Mundo. Tenía que haber un culpable de todo
eso. Durante largo tiempo, para la izquierda, nada era más fácil que señalar
una mano diabólica: el imperialismo, sobre todo el norteamericano.
Pero con el fin de la guerra fría y sobre todo la caída del nsocialismo
real, ese discurso pasó de moda. Entonces l¿ ucorrupción> comenzó a ocu-
par el lugar abandonado por el antiguo demonio imperialisra, acusación
tanto más fácil como que aquella efa no sólo real, sino denunciada en todas
partes y por todo el mundo.
Durante los dos períodos presidenciales de 1983 a1993, entró en
escena uno de los demonios más viejos de la historia: la mujer. Se descubrió
entonces que los presidentes Lusinchi yPérez tenían cada uno una (casa
chica, y que sus dueñas eran muy ávidas mujeres de negocios (o mejor, lo
que los franceses llaman ffiiristes).
Tener concubinas no es en América Latina un pecado que pueda, como
en los Estados Unidos, hundir un prestigio político' Pero dejarse gobernar
por ellas es otra cosa, en una cultura machista y misógina. De todas maneras,
la presencia de esas mujeres (tanto más cuanto que era real y no inventada)
no hacía más que agrega¡ a los otros, el pecado de la carne. Eso reforzó el
discurso moralista y semi-religioso en la materia. Para enfrentar tal situación,
se propusieron dos tipos de soluciones, o me.ior, dos discursos: el primero,
el moralista, según el cual bastaba cambiar el gobierno, y poner a su cabeza
a gente honesta (y también casta o por lo menos monógama). Por supuesto'
ése es el discurso favorito de los políticos.

LA (INGENIERíA SOGIAL,

El segundo de esos discursos es el llamado de uingeniería socialo.


Según la vieja receta de Mandéville, los vicios privados tienen como resulta-
do final la felicidad, o por lo menos el bienestar, colectivos' Hay que tomar
los hombres tal y como ellos son, sin creerlos buenos de naturaleza' y esta-
blecer controles sociales (legales u otros) Para contener la corrupción dentro
de límites aceptables para la prosperidad social.
Pero el 4 de febrero estalló la insurrección militar' Hay que señalar
aquí dos hechos nuevos. El primero es la introducción de una idea también
nueva, si bien subyacente en la propaganda contra la corrupción; esa lucha
no está dirigida ya más por hombres honestos, sino, de lo alto de su Olim-
po laico y patriótico, por Dios en persona: Simón Bollvar, el Libertador. El
discurso moralista se transforma así en discurso religioso.
MANUEL CABALLERO

El segundo hecho indiscutible es la popularidadalcanzadapor los ngol-


pistas, en las clases bajas y también en los medios de izquierda (por primera
vez en la historia, se escuchó a estudiantes de la Universidad gritar: n¡Golpe
sí, golpe ya!r). Eso permitió acentuar el carácter semirreligioso de la lucha
contra la corrupción. En efecto, no sólo esa lucha provenía de la voluntad
divina, sino que la consagraba la voluntad popular y el apoyo de intelectua-
les: Dieu, le peuple et la riue gauche, como se dice en París.
Gracias a la libertad de prensa, ese discurso encontró su caja de reso-
nancia enla cazadel escándalo. Los mass media jugaron un papel de primera
importancia para reventar una buena cantidad de abscesos (se atribuye a las
campañas de algunos periodistas la caída del presidente Pérez: en verdad, la
intriga en el seno de su propio partido no dejó de jugar también un papel
no menos importante).
Todo eso traía consigo dos consecuencias que se oponían a una ver-
dadera lucha contra la corrupción: en primer lugar, la tentación de la prensa
de tomar el lugar de una administración de justicia también corrompida y
por tradición débil e ineficaz.
Pero la prensa estaba obligada a tomar en cuenta, a veces por encima
de cualquier otra consideración, los caprichos populares, y asl el linchamiento
moral no estaba lejos. Por otra parte, esos caprichos imponen esconder o por
lo menos ponerle una sordina al hecho de que si la corrupción es el beneficio
personal (o colectivo bajo la forma de clientelismo) obtenido con los dineros
públicos, la felonla militar no es menos otra forma de corrupción.
3r0

cRoNolocía: rgsg-tgge

1959 13 de febrero: Rómulo Betancourr toma posesión como presidente


Venezuela.
f 960 2l de enero: el gobierno desmantela un movimiento subversivo con
la captura de más de una veintena de civiles.
5 de marzo: se promulga la Ley de Reforma Agraria.
12 de ¿briL el partido de gobierno Acción Democrática (AD) se
divide, la fracción disidente funda el Movimienro de Izquierda Re-
volucionario (MIR).
20 de abrift el general Jesús María Castro León lidera una invasión
desde Colombia que es derrotada en pocas horas por las fuerzas del
gobierno.
19 de abril: el gobierno decreta la creación de la Corporación Vene-
zolana de Petróleo (CVP).
24 de ianroz Rómulo Berancourr es víctima de un atentado en Los
Próceres, una bomba estalla al paso de su auromóvil.
17 de noviembre Unión Republicana Democrática (URD) sale del
gobierno.
29 de diciembre: se crea la Corporación Venezolana de Guayana
(cvc).
f 961 23 de enero: se promulga la nueva Constitución Nacional.
25 de junio: se produce un levantamiento militar en Barcelona co-
nocido como el nbarcelonazor.
16 de diciembre el presidente de los Esrados Unidos John Kennedy
visita Venezuela acompañado por su espose.
1962 4 de mayoz tiene lugar una sublevación militar en Carúpano cono-
cida como el ncarupanazor. Fue sofocada dos días después.
2 de junio: estalla otra intentona militar contra el gobierno en la
ciudad de Puerto Cabello que se denominó el nporteñazor.
1963 6 de julio: Acción Democrática (AD) lanza a Raúl Leoni como can-
didato presidencial para las elecciones de diciembre de ese año.
29 de septiembre grupos subversivos de izquierda asaltan el tren El
Encanto.
I\,4ANUEL CABALLERO
1tl

I de üciembre: tienen lugar las elecciones presidenciales resulta


electo el candidato de Acción Democrática (AD), Raúl Leoni.
1964 1l de marzo: Raul koni toma posesión de la primera magistratura.
24 de febrerc: el reconocido escriror Arturo Uslar Pietri junto con
Ramón Escovar Salom funda el partido Frente Nacional Democrá-
tico (FND).
I de abrift se constituye la empresa Siderúrgica del Orinoco C.A.
(SIDOR).
I de agosto: el presidente Raul koni crea el premio Rómulo Gallegos.
5 de noviemble el presidente anuncia un gobierno de .<Amplia Baser.
Mes de diciembre de acuerdo alaLey de Conmutación de Penas
promulgada por lroni son puesros en libertad más de doscientos
cincuenta presos.
1965 25 de enero: se inaugura la nueva sede del Banco Central de Venezuela.
1966 Mes de maÍzo¡ Uslar Pietri y el parddo político que dirige abando-
nan su lugar en el gobierno de nAmplia Baseu.
1967 29 de julio: se produce el terremoto de Caracas con saldo de dos-
cientos ochenta y tres muertos y cenrenares de heridos.
l0 de diciemb¡q Luis Beltrán Prieto Figueroa funda el Movimiento
Electoral del Pueblo (MEP).
r968 I de feb¡ero: el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) lanzalacan-
didatura para Ia presidencia de la república de Luis Beltrán Pietro.
25 de mar:zo: por ley del 13 de julio de 1967 se crea el Consejo Na-
cional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT).
Mes de diciembrq tienen lugar las elecciones presidenciales y re-
sulta electo el candidato del partido socialcristiano Copei, el doctor
Rafael Caldera.
r970 Se promulga la ley de Carrera Administrativa.
r97r 17 de enero: se funda el Movimiento al Socialismo (MAS).
Mes de mayo: un grupo afecto al dictador Marcos Pérez Jiménez
funda el Partido Nacional Integracionista.
Mes de julio: se funda el Frente Unido Nacionalista (FUN).
3r2 HISTOR1A DE LOS VEI{EZOLAÍ{OS E¡{ EL STGLO XX

r973 Mes de febrero: se crea la agrupación de Mujeres Nacionalistas In-


dependientes.
20 de febrero: el presidente Rafael Caldera y su homólogo brasileño
inauguran en Santa Elena de Uairén la carretera El Dorado que llega
hasta Boa Vista en territorio del Brasil.
3 de julio: el presidente Rafael Caldera decreta el indulto para trescien-
tos üeinta y un presos por delitos de subversión y rebelión militar.
r974 25 de enero: por decreto presidencial se crea la Universidad Nacio-
nal Experimental Simón Rodrlguez.
5 de marzo: se crea la Fundación Museo de los Niños

30 de octubre el presidente Carlos Andrés Pérez promulga una


nueva ley que estatiza el Banco Central de Venezuela.
r975 I de enero: el presidente Carlos Andrés Pérez aprueba una nueva ley
que nacionalízalaactívidad minera del hierro en Guayana
30 de agosto: mediante decreto presidencial se crea la empresa esta-
tal Petróleos de Venezuela.
1976 I de enero: el presidente Carlos Andrés Pérez anuncia al país la
nacionalización del petróleo.
9 de marzo: por decreto presidencial se aprueba el V Plan de la Nación.

r978 3 de diciembre: tienen lugar las elecciones presidenciales, resulta


electo el candidato del partido Copei, Luis Herrera Campins.
r979 3 de junio: se realizan las elecciones municipales en todo el pals, las
cuales no se celebraban desde 1958.
r980 Se les abre juicio al ex presidente Ca¡los Andres Pérez y a otros altos fun-
cionarios por el caso del barco Sierra Nevada; todos son oronerados.
1982 I de enero: el presidente decreta la creación del bono de alimentación
para aquellos empleados y obreros con sueldos inferiores a Bs. 1.500.
27 de iuliot se promulga un nuevo código civil
3 de octubrq se produce en Cantaura un enfrentamiento entre las
Fuerzas Armadas y grupos subversivos con baja de veinticinco per-
sonas dos de las fuerzas del orden y el resto pertenecientes a grupos
irregulares.
MANUEL CABALLERO 3r3

27 de noviembre se ejecuta la intervención del Banco Nacional de


los Tiabajadores
f983 l8 de febrero: el gobierno establece un control de cambio.
Mcs de julio: se inaugura el Metro de Caracas con el primer rramo
que cubre la ruta Pro Patria-Chacalto. Se inaugura el Complejo Cul-
rural Teresa Carreño.
4 de üciembre: se realizan las elecciones presidenciales, resuha elec-
to el candidato del partido Acción Democrática (AD), doctorJaime
Lusinchi.
1984 La O6cina Central de Coordinación y Planificación de la Presiden-
cia de la República (Cordiplan) presentó al Congreso los lineamien-
tos generales de VII Plan de la nación.
17 de diciembre por decreto del ejecutivo se creó la Comisión pre-
sidencial para la Reforma del Estado (COPRE) presidida por Ra-
/ món J. Velásquez.
1985 18 enero: se produce la renuncia del Ministro de Cordiplan Luis
Raúl Matos Azocar.
SE'ffA MIilTE
r-A AGoNfe oe ut poúnca
(NUNCA SEGUNDAS PARTES...¡

l¡s tres ultimos quinquenios del régimen inaugurado en 1958 y del siglo veinte,
se iniciarán con algunas novedades de esas que muchos podían augurar como
positivas y resultaron lo contrario. De estas últimas, la primera y principal,
era el descenso de los precios del petróleo:laamenaza de nponer de rodillas
a la OPEP', lanzada por Ronald Reagan, parecía estarse cumpliendo.
La segunda es que el primero de esos gobiernos va a estar presidido
por un hombre que ni pertenecía a la generación fundadora, como los tres
primeros, ni tampoco había sido percibido como un sucesor natural, como
en el caso de Carlos Andrés Pérc2 y Luis Herrera Campins.
La tercera rompió con una tradición inaugurada en 1936 y cuyo
intento de hacerlo una primera vez lo frustró el 23 de enero de 1958: la de
no reelegir al Presidente de la República. Como en el caso dePérez y C"l-
dera, ambos venían de una primera administración exitosa; tal vez nunca
haya tenido una comprobación tan rotunda aquella advertencia cervantina
de que (nunca segundas partes fueron buenaso: Carlos Andrés Pérez fue des-
pojado del poder antes de término; y Rafael Caldera, uno de los firmantes
del Pacto de Punto Fijo, le tocó enterrarlo al pone¡ por voluntad popula¡
la banda presidencial al peor enemigo del régimen civil, convicto y confeso
de tal cosa desde 1992.
Pero no se detienen allí las novedades en este proceso de derrumbe del
régimen. Jaime Lusinchi fue electo contra la íntima voluntad de Betancourt,
quien había mal ocultado su preferencia por Luis Piñerúa Ordaz en las pri-
marias de 1978. Por au parte, el fundador de Copei y el llamado (segundo
fundador de AD, impusieron sus reelecciones en contra de la manifiesta
voluntad de sus respectivas organizaciones.
En tales condiciones, mientras Acción Democrática participaba de
forma asaz ectivaen la defenestración dePérez, Caldera gobernó esta vez con
318 xtsfoRta DE Los vENEzoLAltos Et{ EL slclo )o(

la oposición de Copei. Ninguna de esas cosas podía considerarse en princi-


pio como negativa. La elección de Lusinchi tal vez señalaba el ocaso de la
influencia de la jerarquía fundadora (y acaso anquilosada) de su partido.
La reacción contra Pérez y Caldera (o de Pérez y Caldera contra
sus partidos) coincidía con la progresiva pérdida de popularidad de ambas
organizaciones en gran parte por la rígida verticalidad de su disciplina y su
tendencia a la burocratizacióny al clientelismo.
El haber echado ncon la ley, a Carlos Andrés Pérez del poder en 1993
podía considerarse una demostración de la realidad fáctica y no sólo teórica
de la separación e independencia de poderes típica del Estado liberal. Por
último, el hecho de que en las elecciones de 1998 no hubiese ningún candi-
dato ndel oficialismo, podía señalar la anhelada liquidación del clientelismo
y del ventajismo gubernamental.

POR LA CALLE DE LA AMARGURA

Durante su segundo gobierno, Carlos Andrés Pérez conoció las tres


situaciones más amargas de su vida, pero más allá de eso, las miís amargas
en la vida de todo líder político.
En la primera,1989, se hizo evidente que había perdido al pueblo; en
la segunda, 1992, que había perdido al ejército; en 1993 no sólo que había
perdido el gobierno, sino algo mucho peor: que había perdido el poder. Más
que una relación detallada de su acción de gobierno, es el análisis de esos
tres momentos lo más interesante, y lo más lleno de lecciones.
El primero de esos momentos fue el27 de febrero de 1989, a un mes
de la rumbosa toma Ce posesión del Presidente reelecto. Al recibir de nuevo
la Presidencia, el hombre que había yuelto al poder gracias al recuerdo que
se conservaba de su primer mandato, dio lo que podría considerarse un sal-
to mortal. Ahora no se trataba de un cambio de imagen como el que había
logrado en 1973, y ni siquiera un cambio de programa.
Era algo mucho más peligroso: asumir los riesgos de la impopulari-
dad, lo más duro para alguien habituado a los aplausos. Ese desafio de nadar
contra la corriente nunca lo asumen los demagogos, los sonrientes besado-
res de bebés, los gobernantes nbuenos, y ni siquiera los buenos gobernan-
tes: sólo son capaces de asumirlo los líderes históricos; aquellos que no se
conforman con figurar en la lista de presidentes de la república, sino que
quieren que la historia de su país se divida, para bien y para mal, en antes
y después de su momento.
yA!u!!cAB1+!1o
?re

El viraje propuesto y actuado en la política económica tradicional no


sólo de su partido, sino de su propia acción política a partir de su primer
gobierno, no era inédito. En los años sesenra, Betancourt dio uno paiecido,
si bien en sentido diferente (aunque no del todo opuesto), cuando se zafó
de Ia ortodoxia nfondomonerarisru de José Antoniá Mayobre y cambió de
Ministro y de política con Tomás Enrique Carrillo Batalla.
Pero lo de carlos Andrés Pérez ahora era muchísimo más serio, más
profundo y para bien o para mal podría infuir mucho más en la historia
de los venezolanos.
Aquello se podía considerar un simple cambio de política, mienrras
que esto proponía un cambio de vida. No sólo de la suya (el unacionaliza-
doro a la Labour Party pasaba a ser un nprivatizadoro a la Thatcher) sino de
todos los venezolanos obligados a corrar con brusquedad el cordón umbilical
del wefare state para, sin haber siquiera aprendido a abrir los ojos, lanzarse
al swin or sink del capitalismo salvaje.
El presidente, con yoz y actitud sombría que conrrasraba con el alegre
orador de la campaña electoral (llegó incluso, cosa que nunca hacía, a uti-
lizar lentes de presbicia para leer su discurso), una serie de aiustes.
Aquellas páginas anunciaban lo que nadie quería ".run.ló
oír, ni anres, ni enronc€s,
ni.nunca: que había que aprerarse el cinturón. pocos días después comen-
zaba ese proceso, con un brusco aumento en el precio de combustible, lo
cual trajo un también brusco aumenro del pasaje de autobús, magnificado
por la especulación. se produjo entonces un estallido popular espontáneo
que obligó al gobierno a dictar la ley marcial.
Desde el primer momenro, se trató de explicar aquel suceso no tanto
inesperado como inexplicable por su violencia. Se dijo que era un estallido
contra la especulación. Thmbién que había sido una e.losión del comunismo
en estado puro. Ambas afirmaciones no eran contradictorias, sino comple-
mentarias. Por su origen y sus características, los acontecimientos del zi de
febrero de 1989 se inscriben dentro cierto tipo de npobladasD, muycomu-
nes en las sociedades preindustriales y que algunos historiadores tienden a
clasificar como (revueltas del hambrer, diferentes a las huelgas económicas e
incluso a las insurrecciones de los primeros obreros fabriles ensañados conrra
las máquinas a las cuales atribuían su desempleo.
Esas revueltas seguían el siguiente esquema: a) El aumento en el pre-
cio de los alimentos (por lo general del pan) producía una violenta proresra
popular; b) Los manifestanres invadían mercados y panaderías; c) Buscaban
nimplantar un control popular de los preciosu.
HISTORIA OE LOS VENEZOLANOS EN EL SIGLO XX
?4

Esto último es lo que podría llamarse ncomunismo en estado puro>:


reparrición, redistribución dál irrgr.ro, impuesto al beneficio en la calle, al
rnomento, y sobre quienes están más a la mano, los comerciantes'
t-Li¿tr se d1.io que había sido una rebelión de pobres contra ricos.
O una revuelta de pobres contra pobres. Estas afirmaciones no son oPuestas'
sino verdaderas, aunque no simultáneas, sino sucesivas. En el primer caso
a lo
se produjo, aunque po, ,*rorr., y con objetivos diferentes, algo similar
suiedido a la muerte de Gómez en 1935: unos primitivos y esPontáneos
alardes de violencia.
Esa forma de violencia debía orientarse, como es normal, contra quie-
nes de una forma u otra hacían ostentación de su riqueza y del poder que esa
riqueza les confería. Se orientaba acaso hacia ellos, pero no se ejerció contra
elüs. Y no fue así porque las masas enardecidas e inconscientes se volcaron
sobre lo que tenían más a mano. sobre los grandes comercios, pero también
y sobre ,odo .onrr" los pequeños comercios, y más si eran de extranjeros'
de portugueses.
-
En estadio de la protesta popular, es muy difícil totalizar una rea-
ese
lidad que a los ojos simples se presenra fragmentada. sobre eso_jugó en su
momenro y con un éxito impresionante, el nazismo alemán. Porque más
fácil que enervar a las masas contfa una entidad tan abstracta e incorpó-
rea corno ula gran industriao o el capitalismo' resultaba hacerlo contra una
encarnación muy a mano, el tendero, el prestamista, el intelectual (léase
nvagor), los judíos.
"
Los saqueos y las muertes fueron producto del hampa, de los restos de
la subversión extremista, de los extranjeros. El 27-F fue una manifestación
esponránea de la democracia: ese día sucedió 1o mismo que el 23 de enero'
lo mismo que venla sucediendo cada cinco años, en los comicios de diciem-
bre. una vez más, esas afrrmaciones no son contradictorias, sino comple-
mentarias. Y en este caso, los hechos generadores fueron simultáneos' uno
y' mismo, aquellas cosas un todo'
Porque hay que entenderlo: no existen dos ubravos pueblos', sino
uno solo. Que contiene, como todo conglomerado humano (y como todo
individuo), lo mejor y lo Peor.
No se crea que el ..ratro de diciembre, día de las elecciones, habían
deiado lo malo en casa y se fueron a ejercer el derecho al voto los ciudadanos
prrror, lo mejor de lo mejorcito. No: rambién lo peor de lo peorcito. Hay
que rendirse a la evidencia: la gente que se echó a la calle el 27 de febrero
¡,4ANUEL CABALLERO

de 1989 fue la misma que lo hizo el 23 de enero de 1958. La única diferen-


cia es biológica: aquellos son los hijos de éstos, y nieros de quienes habían
hecho otro tanto el 14 de febrero de 1936. Y procedieron de igual forma:
a lo vulga¡ a lo plebeyo, a lo pobre. Por lo ranro, el 27 de febrero fue una
de las jornadas democráticas del presente siglo. Lo malo es que esra vez, por
razones diversas, se nos mostró el lado feo de la democracia.
¿Porque esta vez salieron a la calle los hampones? Mentira: siempre
han estado allí, ese es su hogar permanente, pues ¿en qué desbordamiento
de la calle, en cualquier parte del mundo, no trata el hampa de pescar en
río revuelto? Pero, también se arguyó, las armas con que los francodradores
hostigaban a la fuerzas del orden no se recogen de la noche a la mañana.
Es cierto, pero eso no indica que hubiese habido organización previa.
Esas armas están siempre allí: Caracas es una de las ciudades mejor armadas
del mundo. Imaginemos, como hipótesis de escuela una gigantesca razzia
en la capital para incautar nada más que las armas de fuego ilegales: ¿sería
alguien tan ingenuo para pensar que sólo se encontrarían en los barrios
pobres o marginales? Desde luego que, por orra parte, sí hubo nextremis-
tas) que se aprovecharon del estallido popular para complicar las cosas, para
imprimirle su propio rumbo. l,o dudoso es que sean sólo de izquierda. Nada
extrañaría que hubiese también no sólo extremistas de derecha, sino hasta
extremistas de centro...

EL MADRUGONAZO

El segundo momento crucial se presentó en la vida política de Carlos


Andrés Pérez el4 de febrero de 1992. En la madrugada de ese día estalló una
asonada militar. Un grupo de paracaidistas, comandados por un reniente
coronel, Hugo Chávez Frías, había intentado tomar La Casona y el Palacio
de Mirafores.
El Presidente no estaba en ninguna de las dos partes: regresaba de
un viaje a Suiza, donde había ido a elogiar ante a la comunidad económica
internacional su programa de ajustes.
En el propio aeropuerto de Maiquetía se impuso de la situación. Asl,
cuando los insurrectos llegaron a Mirafores, el Presidente escapó por un
túnel trasero y corrió a la única estación de TV donde podía estar al abrigo
y dirigirse al pals. La situación permaneció indecisa durante varias horas: en
el estado Zulia el comandante Francisco A¡ias Cárdenas. orro de los insu-
322 HISTORIA DE LOS VEI{EZOLA¡{OS EN EL SIGLO XX

rrectos, había logrado hacerse del control, poniendo bajo custodia incluso al
gobernador. Pero, avanzado el día, Chávez, quien se había acantonado en el
Museo de Historia Militar, se rindió: apareció ante las cámaras de televisión
llamando a sus compañeros a rendirse.
¿Quiénes eran los insurrectos? El cuatro de febrero sólo se mostraron
oficiales jóvenes, por lo tanto de graduación asaz reciente. Su jefe, el teniente
coronel Hugo ChávezFrías era un oficial con una hoja de servicios normal,
que además había efectuado estudios de Ciencias Políticas en la Universi-
dad Simón Bolívar.
Pero sus primeras declaraciones no contenían refexiones políticas fue-
ra de las habituales denuncias de corrupción. Contenían apenas una invo-
cación a los genios tutelares de su acción: Simón Bolívar, Ezequiel Zamora
y Simón Rodríguez. Era fiícil ver allí la proposición por los insurrectos de
una especie de fundamentalismo laico y patriótico no muy dejado de los
religiosos que azotan el Medio Oriente.
Llamaba la atención la pobreza del discurso político de los insurrec-
tos, impresión que se magnificó con ocasión del segundo alzamiento de
ese año, con su jefe, el contraalmirante Hernán Gruber Odremán, cuyo
lenguaje no dejaba de recordar las obscenidades de Queipo del Llano en la
radio fascista durante Ia guerra civil española. La rebelión no dio muestras
de tener ramificaciones civiles. Parecía imposible que una insurrección mili-
tar no hubiese encontrado algunos de esos personajes que siempre están a
la orden para servir, en el caso de un golpe de estado, como secretarios de
junta, ministros y hasta presidentes.
Pero no fue así: la impresión que dieron los alzados fue de que no
sólo era la suya una conspiración militar, sino de que había en ella incluso
la tácita intención de excluir a los civiles.
LJna semana antes de la intentona, una encuesta revelaba que un 74
por ciento rechazaba la acción de gobierno de Carlos Andrés Pérez. Nada
resultaba más f,ícil entonces que atribuir el hecho a una respuesta, en el seno
de las Fuerzas Armadas, a la insostenible situación política.
Pero, como los mismos conjurados revelaron en los días siguientes
al estallido del movimiento, ellos habían estado conspirando desde hacía
unos diez años, durante el gobierno de Herrera Campins y, acaso antes del
nviernes negro). Como suele suceder, en el curso de una década pueden
cambiar los actores: algunos pierden interés en una conjura a tan largo pla-
zo; otros se dan cuenta del error de manifestar su descontento en esa forma,
en lugar de hacerlo por los canales institucionales regulares; otros dejan de
MANUEL CABALLERO 3?3

tener poder de fuego útil en una acción de ese tipo. Todo eso parece haber
sucedido entre los conspiradores, pero además, el deterioro de la situación
hacía que la conjura se mantuviese en sus líneas fundamentales, esperando
la ocasión para lanzarse a la toma del poder. En el terreno sólo militar, esas
ocasiones no faltaban. Existían en el seno del ejército fisuras, producidas por
un descontento qu€ raÍavez trascendía a la calle. En primer luga¡ había algo
que venía de fuera: la clase media continuaba siendo muy golpeada por los
resultados de la crisis de 1983.
En segundo lugar, habían revelado, en las m¿ís altas esferas de las Fuer-
se
zas Armadas, serios escándalos de corrupción, con varios antiguos ministros
de la Defensa enfrentando procesos por tal causa en los tribunales penales. La
corrupción siempre ha sido el pretexto para los golpes militares en América
Latina. En un sistema democrático, donde exista libertad de prensa, la combi-
nación entre una situación real de falta de honradez en el manejo de los dineros
públicos y la tendencia al esc.índalo para atraer lecrores, suelen terminar dando
la impresión de que la democracia y la corrupción sean consustanciales.
Es entonces cuando, en la opinión popular, comienza a romar cuerpo
Ia idea de un nescobazo, que cancele de una vez pof todas la nsucia políti-
car. lJn sentimiento generalizado de ese tipo, por supuesto, salta los muros
de los cuarteles, y siempre encuentra oídos atentos allá adentro. Al lado de
eso, había, en el ejército venezolano, enfrentamientos de oüo tipo, que no
dejaban de recordar la situación previa al 18 de octubre de 1945.
Muchos de los oficiales más jóvenes habían optado por seguir, junto
con su carrera militar, estudios en las universidades y otros institutos equi-
valentes. Esto no era bien visto por una parte de los oficiales de mayor ran-
go, que preferían una formación sólo militar. Al final, les fue concedida la
razón a los primeros, cuando se legalizó una situación de hecho; pero qu€
no podía dejar de crear descontento en los unos y desmesurada satisfacción
en los otros. A todo eso se unían las tradicionales tensiones comunes en
toda institución, y mucho más cuando ella es, por su condición inrrínseca,
bastante cerrada y por imposición constitucional, no deliberante.
Fuera de los cuarteles, el descontento se evidenciaba en la encuesra a
que se hacía alusión más arriba. El segundo gobierno de Pérez había arran-
cado mal, con el estallido popular anárquico del27 de febrero de 1989.
Desde entonces, aquel hombre que había sido electo por una confortable
mayoría, no había logrado remontar la empinada cuesta de su impopulari-
dad como gobernante.
324 HFTORTA DE LOS VENEZOLA¡{OS EN EL SIGLO XX

En la reunión de Davos (de donde regresó en la madrugada del 4


de febrero, cuando ya se escuchaban los disparos contra La Casona) había
mostrado un panorama bastante optimista: pasado el primer mal trago del
aiuste, el crecimiento de la economía del país era impresionante' uno de los
porcentajes más altos del mundo.
Pero los éxitos macroeconómicos seguían sin dejarse sentir en la calle,
y el descontento era general. Llamaba entonces la atención que, teniendo
tanto paño donde cortar, los insurrectos no hubiesen hecho ni siquiera el
intento de presentar un programa de reivindicaciones civiles para justificar
su acción militar.
¿Se trataba de una simple intentona castrense,
sin mayor importancia
y sobre todo sin futuro? ¿Había razones fuera de las militares Para un esta-
llido? La pregunta fundamental que todo el mundo se hizo desde el primer
momento, fue: ¿cuál sería la reacción popular? ¿Actuaría el pueblo como el
7 de septiembre de l958,lanzándose al asalto de un cuartel con las manos
desnudas para defender la recién conquistada democracia?
tJn <<carecaznD Para aPoyar a quienes inten-
¿O por el contrario reeditaría
taban derroc¿r un gobierno que según las encuestas, la mayoría detestaba?
La primera reacción de los partidos fue cerrar filas en la defensa de la
democracia, amenazadapor el viejo fantasma del golpe de estado, enterrado
desde hacía treinta años. Con ese fin, se aPersonaron en la estación televisora
donde el presidente Pérez se había dirigido a la nación, los jefes más conspicuos
de los partidos de oposición, de los organismos sindicales y empresariales, de
los otros poderes del Estado y por supuesto del Partido de gobierno.
Como posición de principios, ésa era una actiud inatacable. Pero los
partidos de oposición cometieron de seguidas un error de graves consecuen-
cias: en lugar de promover un debate amplio en el Congreso, donde se pudiera
condenar el golpe pero al mismo tiempo dejar claras sus diferencias con el
gobierno, optaron por aprobar sin discusión un documento condenatorio.
En otros términos, dejaban el manejo de la crisis al gobierno; y pare-
cían ver lo sucedido como un asunto que se resolvería sólo entre los ven-
cedores y los vencidos de la intentona. Pero se produjo un acontecimiento
sorpresivo que cambió todo el escenario político del momento, y en los meses
siguientes: el discurso de Rafael Caldera, que lo hizo aparecer como un faro
solitario frente al opaco conjunto de luciérnagas oposicionistas.
En los meses siguientes los golpistas alcanzaron gran popularidad:
la extrema izquierda los transformó poco menos que en sus ldolos.La foto
¡¡ANUEL CABALLERO ,b

de Chávez solía pegarse en ciertos sitios al lado de las de Fidel Castro y el


Che Guevara.
Al mismo tiempo crecía su imagen también entre los dictatorialistas,
los partidarios de una solución autoritaria. En cuanto al grueso de la pobla-
ción, su actitud era contradictoria: mientras Por un lado crecía la popula-
ridad de Chávez, por el otro todas las encuestas daban como resultado que
no se deseaba vivir en otro régimen que no fuese el democrático.
Una expresión práctica de esa actitud se tuvo cuando el segundo de
los jefes golpistas, Francisco A¡ias Cárdenas, obtuvo la gobernación delZulia
por una elección popular; y por el auge de La Causa R partido que tomó
posición abierta en favor de los militares.
Desde el primer momento, pero sobre todo luego de que Chávez fue
puesto en libertad por el recién electo presidente Caldera, se discutió mucho
si la popularidad del jefe golpista se desinflaría o Por el contrario crecería
como una avalancha incontenible. Eso es irrelevante frente a Io sustantivo
de la cuestión: la permanencia de un fondo de autoritarismo nostálgico en
la sociedad venezolana. Todo esto será tratado más a fondo en el capítulo
final de este libro.
Esa popularidad se había expresado hasta entonces' desde que hubo
elecciones, en algunos nfenómenosu : Pérez Jim énez en 1 968, Carlos Andrés
Pérez (por lo de ndemocracia con energíar) en 1973' Ésa no es ni una ten-
dencia ni un rasgo venezolanos: se Presenta en todas Partes.
No hay sino que ver en Europa, con la reaparición de los diversos
fascismos y autoritarismos, respuesta irresponsable a la crisis. Irresponsable
porque no es sino la tendencia a recluirse en el claustro materno. Las tiranías
paternalistas, por crueles que ellas sean, no son cosa del dictador solo, sino
de la sociedad que lo soporta, y a veces lo busca con voluntad mayoritaria,
si no unánime.
Por otra parte, un poco unido a lo anterior, hay la tendencia nanti-
rodoo, un primitivismo anárquico que lleva a buena parte de la población
marginada a votar o a servir de asiento a las opciones más extremas, no polí-
ticas, sino, para llamarlas así, morales. La misma población que rechaza el
extremismo político se inclinará muchas veces por 1o que signifique el procla-
mado polo opuesto de la situación que vive en el momento. Así, en la Italia
de nuesrros días, el fascismo no es visto hoy como un régimen determinado
en un momento y un país dado, sino como lo contrario de una república
cuya constitución la proclama, desde 1943' antifascista.
3?A

En 1968, los votantes caraqueños, al elegir Senador aPérezJiménez,


no tenían acaso mucha idea de lo que él había significado una década atrás:
votaban por lo que el sistema aborrecía.
En tercer luga¡ hay quienes piensan que, en política, el enemigo de
mi enemigo es mi amigo. Eso existe en todos los partidos, en todas las situa-
ciones históricas, en toda circunstancia, pero en el caso de las intentonas de
1992, se concentró en las dos yersiones del antiadequismo visceral.
una, la de quienes llevan ese odio en la sangre, y por él se dererminan:
podrán perdonarle a Acción Democrática sus peores errores, salvo el 18 de
octubre de 1945. Los otros son, por el contrario, noctubristas, de la prime-
ra hora, para quienes después de aquella fecha, AD no hizo sino degenerar.
Son gente que odia a su madre nutricia (en este caso Acción Democrática)
y que está dispuesta a aliarse con el diablo para salir de ella.
Hay un cuarto grupo de gentes atraídas, regular o circunstancial-
mente por opciones autoritarias: lo que llama la atención es que se trate de
intelectuales.
Por último, la izquierda, que casi sin excepción se sintió solidaria con
el madrugonazo (por mucho que al principio lo condenara pensando quién
sabe qué de sus autores, los cuales no habían tenido la cortesía de presenrar
sus ideas o proposiciones políticas). En esre caso, se puede hablar de una
vieja tradición de inconsecuencia. De hecho, no hay un solo caso en la his-
toria latinoamericana después de los años treinta que en materia milita¡ no
haya dicho la izquierda una cosa y casi a renglón seguido haya hecho la otra.
Y no ha habido en este caso diferencias enrre reformistas y revolucionarios:
todos han procedido de la misma manera. La izquierda comunisra se opuso
con sólidos argumentos no sólo al uoctubrism6n, sino a la insistencia de los
adecos de tropezar con la misma piedra.
Durante los años cincuenta, los militantes comunistas fueron educados
en aquella santa detestación del putschismo ...para pracricarlo ad lineram en
1962, con los levantamientos de Carúpano y Puerro Cabello.
En todos Ios casos, el argumento para el salto mortal ha sido el mismo
que escribió Rómulo Berancourt desde 1956 en Wnezuela: políticay petróleo:
que él hubiera revelado un pésimo líder político si se encerraba en la casa del
partido cuando los militares vinieron a decirle que en los cuarteles se decía
lo mismo que él estaba gritando a diario en la prensa y en la calle.
Hasta 1993 se empleó, además, el argumento de que, no siendo el
venezolano un régimen parlamentario donde Carlos Andrés Pérez hubiese
MANUEL CABALLERO

sido derrocado por un voto del Parlamenro, ni un presidencialismo como


el de Estados Unidos donde estaría en la cárcel, no quedaba más salida que
el remedio heroico del alzamiento militar. Desde el punto de vista político,
ambos son argumentos inatacables, y son los mismos de la izquierda y otros
nfilochavistasu. Salvo que ambos olvidaron un pequeño detalle: el golpe mili-
tar no es la solución, sino un problema cuya magnitud permite decir que
suele convertirse en nel, problema.
Después del4 de febrero, el gobierno traró de capitalizar el apoyo que
había logrado de los partidos democráticos y orros factores de la oposición
en contra de la aventura milital y logró que su sempiterno rival, Copei, con-
sintiese una autorización a varios de sus dirigentes para entrar al gabinete.
Al mismo tiempo, creó una comisión consultiva bastante amplia, y
convocó a Palacio a un grupo de intelectuales que, si bien en la oposición
por su mayor parte, se habían pronunciado contra el golpe de estado, para
explicarles el porqué de las medidas económicas de ajuste y cómo sus aspec-
tos positivos estaban comenzado a verse. Pero los propósitos de enmienda
no fueron seguidos de los cambios que la opinión esperaba, y el gobierno no
logró torcer el rumbo del desfavor que le señalaban las encuesras. El proceso
de deterioro y desprestigio de los partidos políticos conrinuaba, sobre todo
en la capital de la república.
Resulta curioso constatar que quien más logró capitalizar ese sentimien-
to fue el fundador de uno de los dos grandes partidos del sistema, Copei.
A medida que se alejaba de su partido hasta rerminar separándose
de é1, crecía la popularidad de Caldera, lo que en 1993lo llevó a ganar por
segunda vez la presidencia, aunque no con la avalancha de votos que él mis-
mo esperaba.
Con todo, la más peligrosa de las consecuencias inmediatas del4 de
febrero fue la sensación generalizada de que la intranquilidad en el ejército
continuaba, de que lo que se había mostrado era la punta del iceberg; y de
que el npor ahora, del comandante Chávez era algo más que pura jactancia.
Lo cual se demostró eI27 de noviembre con una nueva insurrección militar.
esta vez más peligrosa que la anterior, por rener enrre sus dirigentes oficiales
de alta graduación.
La insurrección fue copada, no sin derramamiento de sangre. Pero dos
cosas quedaron en evidencia. Una fue que pese a que los golpistas parecían
tener mucho del favor popular, el pueblo desoyó los llamados a necharse a
la calle, paruapoyar el golpe.
ry HISTORI,A DE LOS VEIIEZOLANOS E¡{ EL SIGLO XX

La situación anterior a febrero de|92 imponía el análisis de la actua-


ción de un líder político enfrentado a retos muy difíciles Pero manejables
en términos políticos.
En aquella madrugada, Pérez se enfrentó a una situación límite. La
primera prueba fue aprobada con una nota excelente. Esta vez, se estaba
enfrentando a su propia historia. Porque Carlos Andrés Pérez no era un Car-
los Saúl Menem, llegado a la Casa Rosada desde el limbo: no debe olvidarse
que el venezolano es el primer Presidente reelecto por el voto popular. Y por
otra parte, y en esto sí se parece a Menem, tiene el telón de fondo personal
y la obsesión histórica de una gran figura: Rómulo Betancourt.
En aquel momento de la biografía de Carlos Andrés Pérez confuían
esas dos vertientes: la del líder político enfrentado a su propia tradición
personal y la del líder de un movimiento histórico, enfrentado a la imagen
del fundador. Se había hecho habitual que a cada acción de Carlos Andrés
Pérez se le opusiese una de Rómulo Betancourt.
Eso tenía muchas veces la intención de molestarlo, pero con indepen-
dencia de la estatura histórica del fundador de AD, nunca es frícil refrenar
la tendencia a endiosar a los muertos.
Y sin embargo, algunos de sus actos de gobierno habían sido más
audaces, habían ido más lejos y en principio podrían considerarse como de
mayor significación histórica no sólo por lo actuado, sino incluso Io pro-
puesto por Betancourt. (Jn solo ejemplo bastaría: en Wnezuela: Politica y
Penóleo, Betancourt dice que su partido (nunca coqueteóo con la idea de
nacionalizar el petróleo. Pérez fue mucho más allá del simple coqueteo: a
él le correspondió el ius prime noctis de una nacionalizacíón en la cual ni
siquiera había osado pensar su maestro.
No abandonemos esos ejemplos. Con aquellas nacionalizaciones, y
con una política internacional correspondiente, Carlos Andrés Pérez se con-
virtió en uno de los líderes de ese nTercer Mundo, tan amorfo como f;ícil
de complacer con gestos y buenas palabras.
Sin embargo, es la misma persona que en su segunda presidencia reci-
bió los cumplidos (casi ovaciones) del Fondo Monetario Internacional, su
antigua béte noire. En tales condiciones, una de dos: o, como pretendían los
ayatolás de lo queTeodoro Petkoff llamó la izquierda borbónica (rien appris
et rien oublié), Carlos Andrés Pérez se echó en los brazos del capital interna-
cional; o, por el contrario, es un hombre sensato con capacidad de reflexión
y sentido de los cambios históricos, como dicen los eternos compradores de
utopías, engolosinados en aquel momento con la moda neoliberal.
MANUEL CABALLERO 329

Lo que interesa en el marco de estas páginas es ver cómo se llegó a


percibir su acción. Porque el líder histórico no es sólo aquel que propone
las soluciones necesarias y que las pone por acto. Sino también y sobre todo
aquel que convence a su pueblo de que lo mueve un interés superior. Es decir,
de que tiene un proyecto de sociedad, que ese Proyecto Ie es propio y que su
voluntad está en tensión permanente, apuntando hacia ese solo objetivo.
Hoy se abusa del término ncarismáticoo para aplicárselo a cuanto char-
latán logre arrancar cuatro aplausos. Pero ese don se revela cuando el líder da
a sus partidarios y enemigos la seguridad de que él encarna una determinada
idea de su vida y de su futuro, y también que ella lo trasciende.
Rómulo Betancourt renunció a bregar una segunda presidencia cons-
titucional, y con ello terr.ninó de convence¡ a quienes aún lo dudaban, de
que su ambición personal era diferente a la habitual en los hombres políti-
cos. Antes de eso, había logrado convencer a propios y extraños de una sola
cosa: de que su férrea voluntad tenía una sola dirección, un solo blanco.
Sus enemigos decían que era simple voluntad de poder. Sus amigos, pasión
reformadora o nrevolucionariau.
Pese a su avasalladora energía, Carlos Andrés Pérezhabíalogrado, en
los últimos tiempos de su segundo gobierno, dar la impresión de haber per-
dido el norte. Peor aún, de no haberlo tenido nunca bien apuntado en su
brújula. Las quejas más frecuentes se referían a su incansable dromomanía,
y también a su no menos indetenible verborrea'
En lugar de tener un proyecto propio de sociedad, y estar en tensión
para imponerlo a cada hora del día, daba la impresión de estar comprando
proyectos ajenos y aferrarse a ellos más como tabla de salvación que como
proyecto de transformación.
Esto no es solo conjetura: el mismo hombre que inició su gobierno y
su programa nde ajustes, diciendo que no existla alternativa, que cualquier
otro gobernante se hubiese visto obligado a hacer lo mismo, decía, pocas
semanas antes del golpe, que si alguien le presentaba un proyecto mejor para
alcanzar las metas que se proponía' él lo acogería.
Se trataba de una frase: el metamensaje era que no existía otro Proyecto
posible. Thmbién es posible que eso sea cierto, pero el presidente venezola-
no parecía haber olvidado una variable, a saber: que esos proyectos no son
cosa de laboratorio, sino que se aplican sobre organismos vivos. Organis-
mos actuantes con memoria, y sobre todo, con la fuerza del número que
unas veces puede servir mucho como impulso, pefo es por igual poderoso
como peso inerte.
ry Hrsr9!4 9! 19! yEr{golANoi Eil EL stclo xx

Un líder no puede confesar jamás que actúa llevado por la fuerza de


las cosas, porque si lo hace, ese líder esú abdicando de su condición de tal.
Nos estamos refiriendo, por supuesro, a un iíder democrático porque habla-
mos de liderazgo histórico y es la democracia su ámbito presenre.
Es muy posible que no hubiese alternativa a su programa económi-
co, pero eso no lo autorizaba a imponerlo sin haberse tomado el trabaio de
proponerlo. No es que lo primero debiese esperar por lo segundo, sino que
cuando se espera una cosa y se recibe otra sin decir n¡agua va!o, ¿se puede
alguien extrañar de que lo segundo sea sentido como una traición pura y
simple, la mentira habitual de nlos políticosr?
Thmpoco nada de lo anterior es refexión en el aire. Una de las oposi-
ciones más fuenes con que se enfrentó el Presidente en esra oportunidad fue
la de su propio partido. Tomando en cuenra las motivaciones de algunos de
sus jefes, y no de los menores , tal vez esa oposición debía enorgullecerlo.
Pero ése no es el problema: no sólo continúa hasta hoy siendo el par-
tido político la mediación privilegiada entre la sociedad civil que lo habita y
el estado, sino que es la que mejor conocía carlos Andrés Pérez: en él nació
y en él había crecido. Debería saber enronces que allí denro no rodo es ese
pantano clientelar que pintan los enemigosá. outrance de los partidos.
Allí ha debido dirigirse, para convencer al suyo de esa polltica, y la
de abandonar el apoltronamiento palaciego para echarse a la calle no sólo a
convencer a las masas de su imperiosa necesidad, sino, cosa más importan-
te aún, para ponerlas en guardia conrra quienes se aprovecharían, como en
efecto lo estaban haciendo, de semejante cambio en la política económica.
Faltando eso, Pérez dio pie para que se le acusase de estar favorecien-
do con su política a un secror, y de que, para decirlo con la frase que más
emplearán sus opositores en las próximas elecciones, al final de su mandato
los ricos serían más ricos y los pobres más pobres.
¿Corresponde eso a la realidad? No se está haciendo aquí un análisis
de política económica, sino de la percepción de ella en el momenro en que
las aguas se enturbiaron con Ia sangre derramada el 4 de febrero. El caso
es que afalta de eso, carlos Andrés Pérez se refugió (o dio la impresión de
hacerlo) en un bunker tecnocrático, en compañía de sus úldmos fieles, un
sanedrín económico que aceptaba no saber nada de política.
Como todo es política, como no existía, o por lo menos se ignoró,
aquella mediación enire la sociedad civil y el Estado, los ministros no se
atrevían a hablar como no fuese de asunros administrativos estricros: la polí-
MANUEL CABALLERO 33r

tica se dejaba para el Presidente, y esa regla no la quebrantaba ni siquiera el


Ministro del Interior, ni el Canciller.
Es por eso que el Presidente de la República debía estar hablando las
24 horus del día, opinando de lo humano y lo divino, y debiendo rectificar
a cada paso; no en vano se dice que quien mucho habla mucho yerra. lJna
de las quejas más frecuentes escuchadas en la calle era la aparente incohe-
rencia de las tomas de posición del Jefe del Estado.
Muchas veces no eran tales, sino simples matizaciones de una misma
idea. Pero era responsable por la confusión: si estaba obligado a hablar con
tanta frecuencia era por su tendencia a no delegar, por su desconfianza hacia
toda mediación, comenzando por la de su propio paftido.
Con una consecuencia suplementaria, y nada pequeña: en un país
como Venezuela, cuando el Presidente habla, todo el mundo calla. Y no
por simple cortesía. Se pretendía librar así a un país del paternalismo del
Estado benefactor, pero sustituyéndolo por la tutela del Estado hablador. Y
ni eso: del presidente parlanchín. lJna visión que ha resultado muy grave,
por la explotación que de ella se ha hecho: en el caso de una delicada cues-
tión fronteriza con Colombia, dando pie a acusaciones de incoherencia y
hasta de traición por parte de los infaltables patriotas profesionales. Y en
cuanto a la corrupción, el mucho hablar y el poco actuar llevaba a hacer
creer que se trataba sobre todo de echar una cortina de humo con fines de
encubrimiento.
Un.Gabinete mudo, un Presidente hablador y un país que refunfuña.
Parccía que la familia estaba completa, pero parió la abuela. El 4 de febrero
de 1992 tomó la palabra nel camarada máusern. Desde 1962, hacía treinta
años menos cinco meses que se había acallado.
La entrada en escena de este viejo actor retirado planteaba el pro-
blema de que ahora había una boca más en casa. Desde hacía treinta años,
Venezuela se había habituado a pensar que todos los problemas pollticos se
resolverían entre civiles. Nadie era tan ingenuo para pensar que los militares
habían dejado de existir, pero las consideracion€s que se hacían sobre su pre-
sencia eran más bien teóricas. No se pensó que forzarían la puerta buscando
una entrada. Ahora la situación regresaba a treinta años atrás, y el régimen
democrático comenzó a mostrar unas debilidades que se creía superadas para
siempre, gracias no sólo a las vitaminas nacionales, sino a la importación
de vacunas tan milagrosas que en algunas latitudes se había comenzado ya
a hablar del nfin de la historia,.
332 HISTORIA DE LOS VENEZOLAI@S EII EL SIGLO XX

En el momento más peligroso para su vida y la de las instituciones


que encarnaba, Carlos Andrés Pérez demostró tener el coraje y la veteranía
suficientes para capear el temporal. Mas cualquier líder político con agallas
hubiese hecho otro tanto. Pero esta vez se evidenciaba que al final resultaría
un pobre político si no se daba cuenta de que no se estaba al final del cami-
no, sino apenas al comienzo.
Debe decirse que, si bien la intentona de noviembre pareclamás pode-
rosa que la primera, y que hubo combates más intensos entre las fuerzas leales
y los insurrectos, en ambos casos los jefes del alzamiento no dieron la impre-
sión de querer hundirse con el barco una vez que se le vio zozobrar. Uno de
los oficiales más comprometidos en el asunto, el general Francisco Visconti,
no quiso enfrentar las responsabilidades de su acción y mucho menos batir-
se hasta las últimas consecuencias: en compañía de unos cuarenta oficiales
tomó una unidad de la fuerza aéreay fue a dar a Iquitos, Perú.
Lo segundo fue la sensación de que, pese a haber vencido Por segun-
davez un intento de derrocarlo, el régimen estaba herido de muerte. Sólo
parecíamantenerlo el hecho de que se estaba apenas a un año de las eleccio-
nes, cuando todo eso podía cambiarse. Pero Carlos Andrés Pérez no aguantó
ni ese lapso en la presidencia: en mayo del año siguiente fue depuesto de
manera legal.

UN TRIUNFO DEL LIBERALISMO

El tercer momento amargo en la segunda presidencia' y en la vida


política de Carlos Andrés Pérez, fue pues su derrocamiento legai en mayo
de 1993, y su sustitución, para culminar su período, por el historiador y
parlamentario Ramón J. Velásquez.La caída dePérez tiene dos característi-
cas que la hacen relevante desde el punto de vista institucional e histórico:
no se dejó derrocar por dos fortísimos alzamientos militares, y en cambio
sí aceptó una decisión de la Corte Suprema de Justicia y otra unánime del
Senado que permitía enjuiciarlo.
Si CAP se hubiese dejado derrocar en 1992, en Venezuela se habrla
instaurado una dictadura militar. Y si hubiese intentado resistir a su derroca-
miento en 1993, el país se habría enfrentado a otras intentonas militares de
diverso signo, esta vez acaso exitosas, y por lo tanto, también a una dictadura
militar. Cualquiera que sea el juicio que al final termine formándose acerca
del presidenrcPérez, debe partir de la base de que no cedió ante la fuerza
MANUEL CABALLERO 333

de las armas, y sí lo hizo ante un voto desfavorable de la Corte Suprema de


Justicia y su destitución por el Congreso Nacional.
En ese sentido, tenía sobrada razón el Fiscal General de la República,
Ramón Escovar Salom, cuando se presentaba ante las cámaras de televisión,
jactándose de que había echado abajo al Presidente (con este libritor, como
decía blandiendo la Constitución. Es imposible, en un país presidencialista,
caudillista como Venezuela, que deje de personalizarse un suceso como éste.
Pero, desde el primer momento, era posible intentar una apreciación
que dejase de lado la persona misma del presidentePérez para centrarse en
su significado político más general, histórico. Lo primero es que su salida
de la Presidencia es un triunfo, acaso el primero significativo, del Estado
liberal. Pero no es por necesidad un triunfo de la democracia.
Esto úldmo se pretendió en su momento, y por supuesto, a la victoria,
como siempre, le aparecieron cien padres. Thl como se dieron las cosas, eso
no fue así. Fueron notorias la opiniones, dadas antes del pronunciamiento
de la Corte Suprema de Justicia, de que el pueblo estaba esperando ansioso la
decisión de la Corte Suprema de Justicia (Para comenzar la fiestar. Pues bien,
la decisión se dio, y el Congreso la ratificó suspendiendo a CAP Pero aparte
de unos cuantos gritos de las barras en el Congreso y en la acera de enfrente,
la nfiesta, popular no se vio por ninguna parte. No es que el pueblo desapro-
base lo actuado entonces: las encuestas parecen revelar lo contrario.
Pero aquí no se produjo nada similar a la incontenible marejada del
júbilo popular en Brasil cuando Collor de Mello salió de Palacio con las tablas
enlacabeza. Eso no se puede atribuir al ncaráctero de los brasileños: no es
f,ícil creer que, en materia de nboncher, haya pueblo alguno, en el universo
mundo, que le pueda dar lecciones al venezolano. Ni tamPoco al hecho de
que ese pueblo se esté enfrentando a una situación tan terrible que no ten-
ga fuerzas ni para celebrar su victoria. Porque Por muy grandes que sean los
venezolanos, los problemas de Brasil no son menores: tienen el tamaño de
su tamaño. Ni se puede decir, como acaso él mismo lo pretenda' que eso
refleje, en el fondo, alguna forma de simpatía por Carlos Andrés Pérez, su
gobierno y su política.
Sobrarían luego las explicaciones: por el momento' no quedaba más
remedio que constatar eso, que la salida de CA? de la Presidencia no puede
considerarse un triunfo de la democracia, porque la democracia (o sea el
pueblo en las calles) no lo manifestó así.
334 flISTORIA DE LOS VENEZOI¡¡IOS EI{ EL SIGLO XX

No se puede decir que no lo sintió así, pues nadie puede saber eso
a ciencia cierta; pero queda el hecho del silencio popular. En cambio, sí es
posible decir que la salida de CAP sea un triunfo del Estado liberal.
Una idea que se constata con suma facilidad, despersonalizando al
extremo el asunto. El Poder Judicial y el Poder Legislativo se impusieron
por encima del Poder Ejecutivo. Nunca en la historia de Venezuela había
funcionado con tanta evidencia el esquema del Estado liberal, la idea del
equilibrio de los Poderes. Que eso sea circunstancial, siempre lo es; que eso
sea efímero, no se puede saber todavía, pero en todo caso aún si se trata de
una golondrina solitaria es un precedente demasiado importante para que
pueda ser olvidado.
Como sea, y es por eso que lo llamamos nprecedenteo, no es Fácil
olvidar por todo lo que ha debido pasar Carlos Andrés Pérez en ése, para
é1, annus horribilis de 1993. La justicia decidió en su momento y con sus
métodos si él era culpable o inocente de corrupción: rampoco nadie pue-
de garantizar que su decisión, cualquiera que ella hubiese sido, sea justa y
acertada, pero es la suya.
En todo caso, se pensó no sin ingenuidad, que de ahora en adelante
se haría mucho más difícil en un sistema democrático manejar a capricho
unos fondos que, en todas partes del mundo, son secretos.
Ése es el verdadero y mayor, y mejor, resultado de todo este proceso
que se le siguió aPérez. Era, si no la muerte, por lo menos un durísimo golpe
a la discrecionalidad presidencial. En este sentido, tenía ranro valor como la
renuncia de Nixon a la Presidencia de los Estados Unidos: el velo del mis-
terio, acaso siempre necesario para algunas acciones de los gobernantes, no
puede servir para encubrir cualquier manejo del hombre en el pode¡ sea
doloso, sea negligente, o sea apenas la inconsciencia de que, en un régimen
democrático, no se puede proceder durante mucho tiempo con los modos
de un despotismo electo. Cuando se dan casos como el que entonces se dio
en Venezuela, sucede que la voluntad de la democracia es equilibrada por
las formas y la esencia del Estado liberal. Porque la democracia puede equi-
vocarse y de hecho lo hace. ¿Acaso no fue CAP reelecto por el voto popular,
por la democracia?
El estado liberal da la posibilidad de corregir esos errores, cuando el
pueblo mismo es incapaz, por falta de fuer¿a o de voluntad, de hacerlo por
sí mismo. Y es así como en \tnezuela, ese nlibritoo que blandía como arma
mortal el Fiscal General de la República, logró lo que en Brasil se impuso
MANUEL CABALLERO

por la voluntad y la fuerza populares. De modo que quienes, siguiendo las


modas y los modos del humor popular, ven en la caídade cAP la derrota si
no el entierro del nneoliberalismon, no se daban cuenta de que lo que estaba
sucediendo era todo lo contrario. o sea, que el famoso equilibrio monres-
quielano de los poderes públicos habla logrado lo que en este caso no pudo
(como tampoco pudo el estallido social del 27 de febrero de 1989), o no
quiso lograr una marejada popular; no quiso o no pudo lograr la democra-
cia. Ni tampoco la pretensión de algunos aspirantes a salvadores de la Patria.
Pero acaso haya otra consecuencia positiva, de la degradación de CAB del
despojo de sus arreos presidenciales por el Parlamento. Es ronro negar que
la decisión del Parlamento haya sido política.
Como un saludo a la bandera, se dijo que ella tenía un basamenro
jurídico; pero lo central de la resolución votada fue esa famosa nconvenien-
cia nacionalr; eufemismo de algunos líderes políticos cuando hablan de sus
particulares intereses.
Talvez tengan razón quienes dicen que el único caso en toda la his-
toria en el cual un régimen presidencialista haya renido éxito sea el de los
Estados unidos. Y eso tal vez sea atribuible a su formidable potencia eco-
nómica, que podía hacer viable cualquier régimen. En el caso venezolano, y
más aún latinoamericano, se temía que un régimen parlamentario acentuase
la ingobernabilidad de la democracia.
Pero esa es la importancia, más allá del caso personal de CAB de lo
que estaba sucediendo en Venezuela. Si luego de todos esos embates el sis-
tema democrático se sostuvo esa vez sin ser interrumpido por un acto de
fuerza, se está demostrando alavez que un régimen donde el Ejecutivo sea
responsable ante el Parlamento es viable y, sobre todo, es fuerte. La caída de
cAP fue asl un triunfo del liberalismo. se podría llamar incluso un triunfo
del neoliberalismo.
Lo que sucede con este último término es que se le suele dar un exclu-
sivo significado económico. No: aquí se puede hablar de nneoliberalismo,
porque se trata de un liberalismo corregido o equilibrado por la democracia,
a través del sufragio universal.
PARA (CUIDAR LA GASA¡

Con la caída de Carlos Andrés Pérez en 1993, el Congreso elige a un redcente


Ramón J. VeLísquez como Presidente de la República. Se trataba de una de
las habituales ironías de la Historia. LJnos treinta años antes, siendo Velísquez
su Secretario General, Rómulo Betancourt le brindó después del almuerzo
este amargo pousse-café: nAcción Democrática está por escoger su candidato
presidencial. Enue los nombres que se barajan está el tuyo. Para mí, tu serías
el candidato ideal: eres leal, eres culto, conoces las artes del gobierno. Pero
jamás contarás con mi voto. Tienes una grave defecto: eres independiente.
Yo no siento particular orgullo en haber sido dos veces Presidente. Mi mayor
orgullo es haber creado un partido como Acción Democráticar.
Tleinta años más tarde, el mayor orgullo de Betancourt dio sus votos
parlamentarios para entronizar a un independiente en Ia Presidencia; pero
esta vez, el partido actuó en una forma que no hubiese disgustado a aquéI,
aunque lo aceptase rechinando los dientes.
No es ésa la primera paradoja de un hombre a quien todo el mundo
reconocía y hasta exaltaba por su independencia, pero que jamás hizo de tal
condición un oficio. Porque la de Velísquez no es independencia de partidos,
lo cual es secundario y adjetivo, sino independencia de criterio, que es lo
principal y sustantivo. Eso le ha hecho posible actuar en política sin lo que
Disraeli llamaba ula librea de un partido))' pero también sin haber cedido
a la tentación de ponerse a la cola de quienes odian a los partidos miís por
sus virtudes políticas que por sus defectos morales: miís por ser una vía de
participación popular que por ser vehículos de la corrupción, sombrilla de
la incompetencia, reductos del clientelismo.
A finales del primer gobierno de Caldera, de quien Velásquez había
sido Ministro de Comunicaciones, en tono agridulce se le elogiaba Por ser
el único venezolano (que en los últimos ues quinquenios nunca ha estado
HISTORI,A DE LOS VEI{EZOLANOS EN EL SIGLO XX

en la oposicióno. Sin embargo nadie lo acusaba de oportunista y mucho


menos de buscapuestos: se dio el lujo de mirar con desapego el ofrecimiento
de una Presidencia Provisional.
Todo eso dibujaba el retrato de un hombre imprevisible. Ése era su
mejor, o quién sabe si su peor lado: porque le tocaría gobernar en una situa-
ción llena de imprevistos, y €n un país también imprevisible.
Para comenzar, no sólo aceptó la presidencia de mala gana, sino que
lo hizo saber y pese a todo eso, nadie le creyó, porque en un país donde
durante tanto tiempo se ha visto a la gente entredevorarse por una parcela
del poder, no era fiícil creer que hubiese alguien que no mosrrase avidez por
morder un fruto tan sabroso. Thmpoco se le quería creer a un hombre polí-
tico que repetía a cada rato la única frase que nadie quería escuchar en ese
momento: (yo no puedo hacer milagrosr.

EL GOBIERNO MAS DEBIL

El de Velásquez er^talvez el gobierno más débil de todos los que


habían pasado por Miraflores desde 1959.Lo era al menos por tres razones.
La primera por su carácter provisional: sabía que estaba obligado a dejar el
poder a vuelta de muy pocos meses. La segunda, que los partidos políticos
que lo habían llevado casi a rasüas a la Presidencia, se desentendieron de él:
nadie quería que su candidatura apareciese como oficial, en un ambiente de
tal desprestigio para el partido gobernante.
Y por último, que en lugar de reforzar los poderes de un Ejecutivo
débil por esas dos razones, no quiso olvidar que había sido el presidente de
la Comisión parala Reforma del Estado y, mientras reducía el tamaño del
tren ejecutivo, creaba sin embargo un nuevo ministerio para la descentrali-
zación, que ofreció a un destacado constitucionalista experto en Adminis-
tración, el doctor Allan Randolph Brewer-Carías.
En esascondiciones, cuando el verdadero nmilagro, estaba en el hecho
de mantenerse en el poder, sorprendió la violencia de la campaña en su con-
úa a raíz de un error por la firma de un indulto para alguien que ni de cerca
ni de lejos lo merecía.
Sin repetir el detalle del acontecimiento, ni mucho menos negar o
atenuar su gravedad (cosa que el propio presidente Velásquez no hizo) el
ensañamiento en su contra de algunos órganos de comunicación, llevaba
a preguntarse si el error guardaba proporción con la condena, y si no se le
MANUEL CABALLERO

estaba cobrando a Velásquez mucho más de cuanro debía. En un análisis del


asunto en aquel momento, recordamos la amarga refexión de León Blum en
el proceso que se le siguió en Riom luego de la capitulación de Francia ante
Alemania en1940: que la política es un juego, pero un juego severo, donde
no todos los aciertos se cobran, pero todos los errores se pagan doble.
No era necesario que la campaña contra Velásquez hubiese sido plani-
ficada, y ni siquiera consciente, y sin embargo, no dejaba de más eficaz que
si fuese el producto de uno de esos famosos y a veces míticos laborarorios
de oguerra suciao.
Lo importante en este caso es rrarar de desvelar qué es lo que esta-
ba detrás de toda esa ofensiva lanzada en su momenro para destruir o por
lo menos descalificar al presidente Velásquez. No tiene sentido negar que
esas razones sean válidas: lo que sucede es que ellas nada tienen que ver con
Velásquez sino con quienes lo condenaban. En primer lugar, lo que la pren-
sa reflejaba era una inmensa y de hecho muy justificada desilusión frente al
gobierno del presidente Velásquez.
Como se mencionó antes, cuando él aceptó encargarse de la Presidencia,
dijo que no podía hacer milagros. En aquel momenro nadie estaba dispuesto
a creerle, y así fue. La gente no quería un gobierno de transición: la gente
querla un milagro, y no estaba dispuesta a aceprar en absoluto nada menos.
La desilusión era por eso justificada, pero Velásquez nada tuvo que ver.
El milagro no era sólo una aspiración popular, sino que era necesario:
sólo eso, se pensaba, podría salvar a Venezuela del desastre.
Razón tuvieron entonces los venezolanos de no querer perdonárselo
ni a Dios, mucho menos a Ramón J. Velásquez. La política no siempre, casi
nunca, se basa en realidades, sino en percepciones y también en esperanzas,
para no hablar de magia. Al encargarse de la Presidencia, Velásquez trató de
ser de una descarnada honestidad al resistirse e acttJar como un mistagogo,
un revelador de los secretos divinos. Gesto inútil: en aquel momento nadie
quería palabras llanas y sinceras, todo el mundo querfa un milagro.
Ese era el terreno abonado para las otras culpas de Velásquez. En esto
hay dosis casi parejas de buena y mala fe. Lo que una buena cantidad de vene-
zolanos no le perdonará jamás a Ramón J. Velísquez es que (como él mismo
lo dijo al pasarle los trastos al presidente Caldera) en sus manos no se haya
perdido la república. Dosis casi parejas de buena y mala fe, porque esa factura
quisieron cobrársela quienes traicionaron su juramento alzándose en armas
contra la república, y la corriente popular que los acompañó con su simpatía
HISTOBIA DE LOS VEXEZOLA'IOS Eil EL SIOLO XX

menos por estar de acuerdo con sus propósitos durante mucho tiempo nada
claros, como por el deseo de que la tortilla se voltease. Asl al final quienes ter-
minaran ingurgitando deyecciones no fueran nlos ricoso sino todo el mundo,
como sucede siempre en una guerra civil. Porque de lo otro, lo de no haber
hecho un milagro, eso no se lo perdonará jamás nadie, ni Dios.
En tales condiciones, la prensa (no hablamos sólo de los diarios) no
necesita planificar nada para desatarse, mostrar sr¡s Peores asPectos. Le bas-
te intuir que está halagando un sentimiento popular, poco importa si es
innoble o iniusto.
Nunca se puede excluir en situaciones como ésta la mala fe, el deseo
de pasar oscuras cuentas a un personaje público. Pero eso es lo menos impor-
tante; y que no podría manifestarse si no existiese un clima previo que' en
este caso, tiene aquellas dos causas ya señaladas.
Como sea, no es cosa de caer en la ridiculez de profetizar que el jui-
cio de la historia le será favorable a Ramón J. Velásquez, entre otras cosas
porque no creemos en eso de la nhistoria-tribunalo.
Thn sólo se debe señalar que entonces se buscaba condenarlo mucho
menos por el error comeddo al firmar un indulto inaceptable, que Por su ver-
dadera culpa. la
culpa de haberse dado cuenta de que no podía hacer milagros,
y haberlo dicho; y la culpa de que en sus manos no se perdiera la república.
Cuando estaba en las postrimerías de su gobierno, un periodista, cre-
yendo insultarlo, escribió que había quedado para ncuidar la casa, mientras
venía otro inquilino a Palacio. u¡Y la cuidélo, respondió con orgullo. Ese
ncuidadon permitió una transición pacífica.
RESURRECCIÓN POLITICA, MUERTE H|STÓRICA

Es un hecho que hacia la última década del siglo, el desprestigio del partido
polltico en Venezuela nunca había llegado tan bajo desde 1958. Aquí con-
viene separar dos cosas: una es el desprestigio del two-party slstem tal como se
habla presentado desde 1960; y otra es el desprestigio de la institución par-
tidista en general, lo cual, al confundirse democracia y régimen de partidos;
y más aún, régimen de partidos y política a secas, conduce a un rechazo de
la democracia y de la polltica. Lo primero hizo que los dos Partidos sintieran
con más fuerza el impacto de la tácita coalición bipartidista.
En Acción Democrática, eso era más que natural: por mucho que
haya intentado tomar distancia de Carlos Andrés Pérez,lo que finalizó con
la exclusión de sus filas, era normal que la impopularidad del Presidente reca-
yera también sobre el partido. Asf, la primera consecuencia del desprestigio
partidista fue la derrota de Acción Democrática en las elecciones de 1993.
Sin embargo, no deja de llamar la atención que lo que todo el mundo pre-
sentía como la liquidación del partido se transformó en una honrosa derrota,
con el candidato claudio Fermln quedando de segundo en la contienda, y
conservando siempre el primer grupo parlamentario.
La situación de Copei fue algo diferente, aunque tamPoco asumió su
derrota las características de débácle vaticinada por todo el mundo. Copei
fue a las elecciones golpeado por una doble hemiple¡ía, y lo asombroso es
que permaneciese vivo. Por una Parte, no sólo debía enfrentarse a su líder
funJador y sempiterno candidato Rafael Caldera, sino con un candidato
sorpresiYo, Oswaldo Ñvarez Paz.
Éste había triunfado en unas primarias que el aParato partidista creía
ganadas por Eduardo Fernández. Y sin embargo, su abanderado llegó en
,rn horrroro tercer lugar y el partido conservó una no desdeñable fracción
parlamentaria.
A2 HISTORIA DE LOS VEI{EZOUTNOS EN EL SIGLO XX

En el resto del panorama político, lo más espectacular fue el avance de


La Causa R, cuyo candidato también le llegó muy cerca a sus conrendores y
obtuvo una poderosa fracción parlamentaria. El calderismo (Convergencia)
y el MAS se repartieron los resros.
El resultado de la elección presidencial fue atípico, para no decir
sorpresivo: Rafael Caldera, fundador y varias veces candidato del parddo
copei, fue percibido esta vez como el líder de las corrientes contrarias al
bipartidismo. Unió detrás suyo a los dispersos resros de la izquierda, los que
Teodoro Petkoff llamó alguna vez uel chiriperor, insulto que fue aceptado
esta vez por Caldera.

HASTA EL PARTIDO COMUNISTA

De Caldera nadie podía decir que represenrase el anti-partidismo: mien-


tras una gruesa parte de electorado lo veía todavía como el líder si bien no el
vocero de Copei, arrastraba en su cauda electoral a una cantidad de pequeños
partidos que no por su ramaño dejaban de ser tales, algunos de ellos muy
leninistas, como el mismísimo Partido Comunista. Pero además, detrás suyo
se cuadró una buena parte del electorado anti-partido
¡ ayudado esra vez por
la propaganda de sus adversarios, acaso buena parte de quienes, en los días
siguientes al4 de febrero, manifestó simpatías hacia los insurrecros.
En 1993 se presentó además un fenómeno que ya se veía venir, pero
esta vez adquirió caracteres preocupanres: la abstención electoral. Aquí se
mostraba en estado puro lo que se señalaba antes: el rechazo no sólo al bipar-
tidismo, sino a la política en general, y por lo tanto al sistema político por
excelencia: la democracia.
En todo esro, sin embargo, llama sobre todo la arención un hecho:
pese a ese estruendoso derrumbe institucional, el sistema sobrevivió durante
un quinquenio, habiendo sufrido más embates de cuantos hubiera debido
soportar jamás. Embates que habían echado abajo a muchos de los gobier-
nos democráticos del conrinenre.
Parecía imposible sosr€ner un sisrema al cual le faltase el apoyo de la
calle y de las fuerzas armadas. Y sin embargo, el venezolano no se derrumbó:
soportó varios meses de una dificultosa transición. Como se mostró en el
capítulo precedente, el gobierno interino de Ramón J. Velásquez unía, a su
condición provisional, el hecho de ser uno de los gobiernos más débiles en
los últimos cuarenta años: quienes consintieron en elevarlo a la Presidencia,
MANUEL CABALLERO 343

le negaron su apoyo en el parlamento. No sólo eludían mostrarse como par-


tidos noficialistas, en una campaña electoral donde el oficialismo enfrentaba
las peores perspectivas; sino que, mucho menos querlan verse ligados con
medidas políticas impopulares, como presentían que cualquier gobierno se
vería obligado a tomar, todo eso en un año electoral.
De hecho, ninguna de las cuatro candidaturas pudo decir que naplastóo
a las otras, y el Presidente fue electo con una mayoría muy pequeña.
En el ejército las cosas andaban aún muy revueltas: el gobierno pare-
cía sostenerse porque ningún grupo conspirador tenía fuerza suficiente para
imponerse a los otros, y eso aseguraba un precario equilibrio.
Como si eso fuera poco, con el derrumbe del Banco Latino, el gobierno
provisional de Velásquez y el constitucional de Rafael Caldera en sus prime-
ros meses, debieron enfrentar una severa crisis financiera, la más grande en
la historia no sólo del país, sino de América Latina. Un gobierno que decía
y repetía que no tenía un centavo, que había que apretarse el cinturón, se
vio obligado a sacar grandes cantidades de dinero para auxiliar a los ban-
cos colapsados, ante el temor de una ruina generalizada de los ahorristas,
lo cual ningún gobierno soportaría. En la calle, las cosas no se presentaban
mejores. Las protestas se sucedían a diario, con huelgas y manifestaciones y
con el formidable pretexto de que el gobierno debía auxiliarlos ncomo había
hecho con los banqueroso.
A mediados de 1996, el gobierno se vio obligado a tomar las más
impopulares medidas de ajuste, cosa que venía eludiendo desde su insta-
lación. Aumentó entonces el precio de la gasolinapara acercarlo a los del
mercado internacional, devaluó el bolívar y restableció el libre cambio. Eso
no era nada nuevo en América Latina. Pero por lo general, se tomaban esas
medidas cuando se estaba en los primeros meses de un gobierno, con el Pre-
sidente cabalgando todavía la cresta de la ola. Y ni así: Carlos Andrés Pérez
inició su programa de ajustes en medio de esas circunstancias favorables, y
el resultado fue el terrible <<caÍacazo>r.
Ningún gobierno, y menos si es interino, o está en los primeros meses
de su ejercicio, es capaz de soportar semejantes presiones. Y sin embargo, el
sistema resistió. Talvez el más importante resultado de esta crisis, en el largo
plazo, sea la demostración de esa increíble e increída fortaleza.
144 FlgTof,tr DG LOSVET|EZOLA¡|OS Ef{ EL S|GLO U

tA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

A partir de 1973, todos los candidatos presidenciales solían presentar-


se como ula última oportunidad de la democraciar. En 1993, si Caldera no
lo expresó en esa forma, muchos de quienes votaron por él sí lo vieron así,
dándole a la misma expresión dos connotaciones diferentes. Mientras unos
confiaban en Caldera como el nsalvador de la democraciao, otros lo veían
como el enterrador del sistema de partidos al cual él mismo había contri-
buido a fundar y desarrollar.
Unos y otros tenían sus razones para pensar así Rafael Caldera era
uno de los padres de aquella república, y desde 1936 había batallado sin
descanso para dar nacimiento y hacer crecer un partido demócrata cristia-
no. Pero otros le reprochaban su njustificación, de la intentona golpista de
1992. Los primeros aceptaban ignorar el proceso de distanciamiento entre
Caldera y su antiguo partido desde que en 1988 había decidido, como él
mismo lo dijo, (pasar a la reservar, aunque todavía sin una separación for-
mal del partido.

EL DISGURSO DEL 92

Había comenzado a adoptar las críticas contra los ..cogolloso partidistas,


como se llama en Venezuela a ese proceso que ya a principios de siglo anun-
ciaba Robert Mitchells como la conversión de la dirigencia de los partidos
populares en oligarquías cerradas. Muchos veían esta prédica como insincera
en labios del líder socialcristiano, pues él no se habla contentado con fundar a
Copei: le había dado adernás esa estructura. En todo caso, se hacía difícil creer
que cercano a los ochenta años, pudiese dinamizar un proceso renovador y
de relevo generaciond. Los hechos demostrarán que quienes asl pensaban de
Caldera tenían razón en parte y en parte se equivocaban: el segundo gobierno
de Caldera será una mezcla de renovación y conservación.
La idea de que Caldera había justificado el golpe de 1992 patúa dela
base de una comprensión interesada de su discurso a ruz del alzamiento del 4 de
febrero. Aquí se impone, antes de seguir adelante, volver a aquel discurso.
Aquel día, el ex presidente, quien pese al enfriamiento de sus relaciones
con la organización que había fundado seguía siendo su figura más relwan-
te, se negó a someterse a la disciplina del partido y solicitó un derecho de
palabra para dirigirse al parlamento y al país desde la tribuna de oradores.
MANUEL CABALLERO A5

Su discurso se transformó en un acontecimiento tan sensaciond como lo


había sido el alzamiento mismo, y su figura opacó a Ia del comandante de
los insurrectos.
Con intención polémica, se quiso ver su discurso como un apoyo a los
golpistas, pero una lectura detallada del mismo permite una interpretación
diferente. Luego de la introducción formd, Caldera calificó por primera vez
al movimiento del 4 de febrero: consideraba la sublevación militar un inci-
dente udeplorable y dolorosor. Calificar aquello de un simple oincidente,
podría interpretarse como una manera si no de acusar al gobierno de estar
magnificando el suceso con fines de propaganda, por lo menos de reducir
la importancia del alzamiento.
Pero cualquier duda al respecto se aclaraba en el párrafo siguiente,
acaso el más importante del discurso, tanto por su significación intrínseca
como por ser el más deformado, el más usado y el más citado en su contra.
En la segunda línea de ese párrafo, Caldera se refería al golpe militar como
nfelizmente frustrador. Y a continuación, manifiesta su escaso convenci-
miento de que ese golpe hubiese tenido como intención la de asesinar al
Presidente. Esto ha sido esgrimido en su contra como una defensa oblicua
de los golpistas y en resumidas cuentas una justificación del golpe.
En su momento eso provocó la ira de David Morales Bello, arrancán-
dole un grito que contrariaba una tradición venezolana venida del Decreto
de Garantías de Falcón y de la Constitución de 1864 y que marcó el fin de
su carrera política: n¡Mueran los golpistaslr.
Si se aislaba la frase de Caldera de la segunda llnea del contexto no ya
del discurso entero sino de ese mismo párrafo, era posible sostener la tesis de su
ngolpismoo. Pero esa frase y ese párrafo pueden ser objeto de otra lectura.
Si no se le hubiese atravesado el jurista; Caldera no habría perdido su
tiempo en examinar la inconsistencia nprocesalo de la acusación. Pero eso
cubrió y casi ocultó la importancia de las frases centrales de ese párrafo: n...se
me hace dificil entender que para realizar un asesinato, bien sea de un Jefe de
Estado (...) haya necesidad de ocupar aeropuertos, de tomar bases militares,
de sublevar divisiones...r. La intención de Cddera podría verse apuntando
a otra cosar convertir el acto del 4 de febrero en una simple tentativa de ase-
sinato era reducir su importancia, como de hecho intentó hacerlo el gobier-
no. Insistir en eso podía ser tomado como una tentativa de presentar todo el
suceso como un simple enfrentamiento personal, producto del odio visceral
contra una persona, contra Carlos Andrés Pérez,y no, como en realidad fue,
34

como una conjura contra un sistema que, con todos sus vicios y defectos si
se atendía al resultado de todas las encuestas seguía siendo el preferido por la
determinante mayoría, casi la unanimidad de los venezolanos.
Pretender que se trataba de un simple incidente personalizado era
ocultar la grave situación en las fuerzas armadas: el27 de noviembre demos-
tró que eso era vana ilusión.
Lo demás son las críticas que todo el mundo hacía en el momento al
sistema, y seguía haciéndolas aún cuando después de 1993 hubiese cambiado
la cabeza del Estado. Lo otro es el diagnóstico de una sociedad, un sistema
y un régimen enfermos, tal y como se hacía entonces y el cual Caldera no
hizo sino sintetizar. En el penúltimo párrafo insistía: (...no es que yo diga
que los militares que se alzaron hoy o que intentaron la sublevación que ya
felizmente ha sido aplastada (...) r. hayan levantado por eso, pero eso les
ha servido de base, de motivo de fundamento, o por lo menos de pretexto
para realizar sus accionesr.
En verdad, menos que un apoyo a la acción de los golpistas, lo que el
discurso de Caldera señaló en su momento fue la falta de visión y de vigencia
de unos partidos pollticos que de tal manera habían abdicado de su derecho
y su deber de opinar.
Esos partidos mostraban a la opinión una imagen cerrada y monopó-
lica de organizaciones del estatus; daban la impresión de la inexistencia de
oposición a un gobierno al cual la mayoría detestaba por diversas razones,
pero sobre todo por la situación económica y social. Que fuese uno de los
fundadores del sistema de partidos quien de tal manera se les enfrentaba, no
provocó en la opinión la desconfianza que hubiese sido normal. En esa cir-
cunstancia, sirvió sobre todo para demostrar cuán profundo era su deterioro.
Sea como fuere. el discurso de Caldera se convirtió en uno de los aconteci-
mientos más importantes y más discutidos de aquel mes de febrero, y logró
de momento desviar la atención de lo militar hacia lo civil.
Como se ha dicho antes, la segunda presidencia de Caldera fue una
combinación de conservación y de renovación. Lo primero se puede ver en
dos vertientes: la institucional y la económica; la segunda, sobre todo en el
terteno de la economía.
MANUEL CABALLERO 347

LA CRISIS BANCARIA

Lo primero se manifestó en la primera mitad de su gobierno. Debió


entonces enfrentarse a dos situaciones, una circunstancial, la otra relativa a
su propia historia. Lo primero fue una crisis financiera en parte heredada, la
cual adquirió proporciones tan descomunales, que llegó a considerarse como
talvez la mayor de todo mundo, al menos en tiempos recientes.
Se le dieron diversas explicaciones a su esrallido, pero entre ellas no
ocupó el último lugar la deshonestidad, la irresponsabilidad, la avidez de los
banqueros. La banca venezolana se había transformado en una especie de
tierra de nadie donde los propietarios se libraban a las más increíbles y poco
honestas especulaciones. Como sea, la percepción generalizada fue la de que
los banqueros se habían largado con los dineros: la peor impresión posible,
pues ella no hacía sino confirmar un viejo prejuicio popular.
Caldera tenía dos opciones, y las dos eran por igual malas: o dejar
los bancos a su suerte, o intervenir apoyándolos con dineros del Estado y
manteneilos a fote de una manera u orra. Pero lo primero significaba que
los ahorristas se quedarían en la calle y sin tener nadie a quien cobrarle,
porque los banqueros habían huido. Significaba la ruina para miles y miles
de pequeños ahorristas. Lo segundo uaeríacomo consecuencia la acusación
de que el gobierno arriesgaba los dineros públicos para salvar a unos cuan-
tos oligarcas arruinados; acusación que se hizo sistemática cada vez que el
gobierno argumentaba que no tenía dinero para proceder a un aumento
general de salarios, y en particular de los empleados públicos.
Por otra parte, Caldera era prisionero de su propia historia, y, por
encima de sus promesas electorales, de las expectativas generadas por su
elección. Él era uno de los padres de la criatura, uno de los fundadores de
una repúblic a cuya particular forma de welftre state había acosrumbrado a la
gente a que buen gobierno significaba gobierno magnánimo. O sea, gobier-
no distribuidor de la riqueza generada por el petróleo.
Y mal gobierno era todo aquel que ofreciese los famosos (sangre,
sudor y lágrimas, de Churchill así fuesen necesarios para salvar al país de
un desastre.
Durante los dos primeros años de su gobierno, Caldera conservó el
viejo esquema populista, con cambios y precios controlados, subsidios al
consumo, y sobre todo, resistiéndose, por su carácter simbólico, a aumentar
el precio de la gasolina. Durantes esos dos años, la popularidad de Caldera
naToniA DE Lo3 vEflEzor¡r¡os Etf EL slc|-o xx

se mantuvo bastante alta. Pero la situación era inaguantable, y la lucha que


se libraba en su fuero interno, se traslucla en la frecuencia con que en sus
discursos, se le quebraba la voz.
Pero era necesario tomar una decisión y fue lo que hizo Caldera al
anunciar un golpe de timón, un cambio en su política económica que, sabla
muy bien, el país le exigla pero a la vez se lo prohibía, y que sin duda alguna
lo hundiría en la impopularidad. Ese anuncio lo hizo en su discurso anual
de la mitad de su perfodo constitucional, el cual retrataba a ojos vistas su
combate interior.

EL INDESEADO VIRAJE

Quien esperaba el 12 de merzo de 1996 un Parte de guerra, o una


arenga sensacional, revolucionaria, estaba esperando del presidente Caldera
un discurso deseado, pero no un discurso posible. Porque Caldera no era
un revolucionario, no lo fue nunca y no era de creer que comenzase a serlo
en sus años otoñales. Rafael Caldera es un conservador, y lo es en el sentido
exacto de la palabra, no en el peyorativo que le ha dado un siglo de libera-
lismo popular y gobernante en Venezuela. Por eso, cuando se analiza una de
sus disertaciones, incluso en su tono, hay que verla siempre contra el telón
de fondo de sus más significativas intervenciones anteriores.
Comencemos por la más famosa (por sensacional) de su vida política,
a raíz del4 de febrero de 1992; la otra, al inicio de su segunda presiden-
cia, sin duda extraordinaria por señalar el mayor orgullo posible, no Para
un político venezolano, sino para un simple mortal en el orbe cristiano: la
resurrección más asombrosa desde los tiempos deLárzaro.
El discurso del4 de febrero fue pronunciado en un ambiente tal, que sus
oyentes, y los medios de comunic¿ción, pusieron mayor cuidado en cuiíndo y
cómo se pronunciaba (por salirse del marco de un acuerdo de los partidos, entre
ellos el que todavía era el suyo) y menos en el texto mismo del discurso.
Como se ha visto antes, en el texto y en el acto, pues, Caldera no actuó
como el revolucionario que algunos quisieron ver en é1, sino como el conser-
vador de las insdtuciones que nunca ha dejado de ser. Igual cosa sucedió con
su discurso de 1996: su inspiración no fue Tlujillo, sino Pativilca. En lugar
de una proclama de guerra e muerte, evocó a un Libertador envejecido por
la intensa fiebre, proclamando su decisión de vencer cuando todo el mundo
lo creía derrotado, no tanto por el enemigo como por la vida misma.
MANUEL CAEALLEFO w

Antes que el hombre que desata un proceso revolucionario, Calde-


ra mostró preferir ser visto como quien buscaba culminar contra viento y
marea la obra comenzada; le atrajo menos el revolucionario que destruye
una sociedad, que el conservador que quiere rematar el edificio de la nueva.
Es pues contra ese telón de fondo que se debe emprender la lectura de su
discurso del 12 de marzo de 1996.
A quienes esperaban ese parte de guerra vibrante y enceguecedor,
Caldera les ofreció un texto lleno de matices, una luz cubierta de pantallas,
leído con una voz cansada y quebradiza. Para decido con todas sus letras,
Caldera ofreció un mal discurso. Un mal discurso para quienes esperaban
que pronunciase su discurso, el de ellos.
Pero Caldera se limitó a pronunciar el suyo. No es que desde ese punto
de vista fuese inobjetable: no deja de asombrar que Caldera no haya insis-
ddo en lo que hast¿ entonces era su mayor logro y que debía ser su mayor
orgullo: los dos años de una, por inesperada, increíble paz de la República.
Pero era ceguera, y en este q$o poco imponaba que fuese o no voluntaria,
negar que marcaba un cambio de rumbo. Un cambio de rumbo que Caldera
detestaba, pero que al final intula necesario; porque es muy heroico, muy
noble, muy merecedor del bronce que un capitán se hunda con su barco,
pero es preferible que el barco no se hunda.
Los ajustes de Caldera para hacer viable la economía venezolana,
demonizados como neoliberales por sus adversarios, en realidad pertían
menos de un prejuicio ideológico de izquierda o de derecha, del hecho sim-
ple recomendable a toda economía: nadie puede mantenerse por siempre
gastando más de lo que gana.
Aparte de eso, Caldera se decidió a ponerle dos veces el cascabel al
gato. tlna, aumentando el precio de la gasolina, a lo cual se había resistido
menos por creerla innecesaria que por su connotación simbólica: tal como,
en la agonizante Unión Soviética, el gobierno se resistiese a aumentar el
precio del pan. Dos, luego de largas y diflciles discusiones entre obreros,
patronos y gobierno, se tomó la decisión de modificar el sistema de presta-
ciones, eliminando en lo sucesivo su retroactividad que las hacía impagables
y paralizaba la economía, y que sólo una superstición populista mantenía
inalterada y peor aún, impagadas.
Lo más espectacular del viraje, y lo que pareció darle un nsegundo
aireo al gobierno, fue el nombramiento como ministro de Cordiplan de
Teodoro Petkoffl, un ebulliente llder izquierdista de los años sesenta, de la
3fr HISTORIA DE LOs VEXEZOIANOS EII EL SIGLO )q

lucha armada de entonces. Petkoff venía haciendo críticas muy precisas a


los resabios populistas de la política de Caldera. Siendo como es Petkoffuna
personalidad tan polémica, su nombramiento se tomó en muchos sectores
como un signo de salvación, para afirmarlo o para negarlo.

LOS M¡LAGROS NO EXISTEN

Mucho antes de ser nombrado ministro, Petkoff sabía y había dicho


hasta la saciedad que no había formulas mágicas para resolver los proble-
mas de aquel entonces; y menos que ninguna, la negociación con el FMI.
Es más, si las recetas de austeridad que el Fondo propone siempre han dado
resultados a veces espectaculares en otras partes, eso no es garantía de que
funcionen con igual éxito en Venezuela. Porque una droga puede resultar
milagrosa en un enfermo y desastrosa en otro: ningún organismo humano
es idéntico a otro, ninguna sociedad tampoco. Sin hablar, en el Estado y en
la sociedad, de la pétrea y ancestral resistencia al cambio; y de que la palabra
rigor es demasiado nueva en el diccionario venezolano.
Entonces, ¿qué diablos hacía Petkoff en el gabinete? Apartando mila-
grerías, su ingreso al gabinete tuvo una significación muy clara. A saber que,
por lo menos en un punto, había una coincidencia y casi una identidad total
de su pensamiento con el del presidente Caldera. Es la idea de que los pro-
blemas de la economía tienen su propia metodologfa, su propio ritmo, su
propia especificidad, pero que son sobre todo políticos, no sólo técnicos.
En tales condiciones, lo fundamental no era buscar en'Washington
un certificado de buena conducta económica, sino convencer a los venezo-
lanos de que la vía escogida no sólo era la única posible, sino que además
era la mejor. En eso, pocos superaban a Teodoro Petkoff. No porque fuese
un opico de platar, un orador excepcional. Es sobre todo porque sabía muy
bien, y desde hacía mucho tiempo, la diferencia que hay entre una actirud
impopular y otra antipopular. Por eso, nunca había temido afrontar el riesgo
de la impopularidad, de nadar contra la corriente.
Con el nombramientp de una personalidad de rasgos tan acusados
como la de Teodoro Petkofi el presidente Caldera estaba enviando un men-
saje al país: no sólo de que se tenía conciencia de la necesidad de tomar unas
medidas que harían descender m¿is aún su popularidad, sino de que exisda la
voluntad política de hacerlo. De que no se temía nadar contra la corriente, y
por lo tanto, de que se escogía como colaboradores a quienes sabían hacerlo.
MANUEL CABALLERO
L'I
El nombramiento de Petkoffera así algo miís que el de Minisuo de Cordiplan
de Caldera: se le llegó a considerar como una especie de Primer Ministro y
en todo caso vocero permanente de gobierno en materia económica.
¿Cuáles fueron los resultados? Contra todo lo que se decía, no se pro-
dujo un estallido como el de 1989; ni tampoco como el de 1992. Hay que
tomar en cuenta aquí dos facrores: más allá de su popularidad, el anciano
Presidente conservaba una gran autorictas, tanto en la calle como, y esto era
fundamental, en las fuerzas armadas. El otro factor era que las medidas no
habían tomado por sorpresa a nadie, porque todo el mundo las esperaba,
y casi se podía decir que el país las estaba pidiendo a gritos. Pero las cosas
habían andado mal durante mucho tiempo para que esas medidas pudiesen
rendir buenos frutos en un lapso tan corro.
Aparte de eso, Caldera tomó una decisión considerada después un grueso
error político, o cuando menos una ceguera incomprensible en un hombre
de un olfato y una experiencia pollticos como los sr,ryos: puso en libertad al
líder del levantamiento de febrero de 7992, Hugo Chávez Frías.
Si eso fue, como parece evidente, un error político, la responsabilidad
es suya en primer lugar, pero no en exclusiva: de todas partes se escuchaba
un clamor por tomar semejanre medida. Thnto los candidatos presidenciales
como la opinión pública expresada a través de los diversos medios de comu-
nicación pedían a grito herido la libertad del Teniente Coronel.
En eso, Caldera había seguido la corrienre de la voluntad o el capri-
cho populares. Una corriente no del momenro, sino que se inscribía dentro
una tradición secular en la materia: con excepción de Juan Vicente Gómez,
con quien nadie quería ser comparado, todos los gobernantes venezolanos
han perdonado con mayor o menor rapidez Ia felonía militar. Tal vez nadie
llevó eso tan lejos como Juan Pablo Rojas Paúl quien visitó en La Rotunda al
general Joaquín Crespo, y a cambio de la prornesa de no alzarse más durante
su período constitucional (¡dos años!) no sólo lo puso en libertad, sino que le
compró al caudillo llanero el parque que había acumulado para derrocarlo.
Hay algo más. La visión política de Caldera sufrió la misma abe-
rración del país entero, y estavez sin excepciones: creer que al ponerle un
micrófono en la mano, Chávez se hundirían sin remedio. En efecto, no era
de creer que un electorado alerta pudiese ser embaucado con aquel rosario
de lugares comunes, procacidad cuartelaria y lo que Uslar Pietri llamaba la
uignorancia universalo presentes en su discurso.
HtsroñtA D€ LOs TTE IEZOLAIIOS El{ EL SIOLO XX

Los hechos parecieron darle la razón. Al salir de la cárcel, Chávez se


dedicó a recorrer el país vesddo de liquilique, botas altas y gorra, el atuendo
civil más cercano al uniforme militar; y a predicar la abstención electoral.
En tales condiciones, su cota nunca llegaba a ser muy alta, y una reina
de belleza, Irene Sáez, lo aplastaba en las encuestas. Hasta que dos voluntarios
asesores políticos, Luis Miquilena y José Vicente Rangel, lo convencieron
de vestir el lobo con la piel del cordero, consejo que también Parece haberle
dado Fidel Castro. Como sea, Chávez cambió su discurso abstencionista,
lanzó su candidatura presidencial y desde ese Punto y hora comenzó a crecer
en las encuestas, hasta llegar a Miraflores.
Como se ha dicho, si ése fue un error político, de esos que ninguna
biografía de un líder carece (nal mejor cazedor se le va la liebreo), lo fue del
pafs entero. Con todo lo grave que fuese, es un Punto menor frente a un
suyo error histórico, por contradecir su propia historia personal y emP€-
queñecerlo como personaje histórico: no contento con haber contribuido
a destruir la obra de su vida, el partido demócrata cristiano Copei, quiso
rematar la faena sustituyendo éste, que era el partido de Cddera, Por un
partido calderista, Convergencia.
Y, para que no quedase duda acerca de su objetivo, puso a en la
dirección a su propio hijo, Juan José Caldera. Así, el hombre que junto
con Rómulo Betancourt más había contribuido a despersonalizar la poll-
tica venezolana, a acostumbrar a los venezolanos que quien gobernaba no
era el general tal o cual sino el Presidente de la República (a quien le estaba
vedada la reelección inmediata) regresaba al vicio que desde siempre había
corroído la República, el personalismo: la cama estaba así tendida para lo
que le esperaba d país a partir de 1998.
El empobrecimiento general, y la ceguera de los partidos madicionales
enzarzados en un juego de politiquería que nunca había ocupado un lugar
tan bajo en cuarenta años, facilitó la llegada al poder del golpista de 1992.El
cual prometía un nuevo esquema distributivo, y sobre todo, venganza contra
aquellos a quienes el pueblo señalaba como los culpables de sus miserias:
nlos pollticoso. Jugó el viejo refejo autoritario, paternalista, salvacionista: el
teniente coronel Hugo Chávez Frías ganó con casi un sesenta por ciento de
los votos, sacándole un millón de ventaja a su oponente.
LA PUNTILIA'

El seis de diciembre de 1998, Hugo ChávezFríx, autor del fracasado putsch


delg2,llegaba a la Presidencia de la República de Venezuela Por una mayo-
ría aplastant e: el57 por ciento de los votos emitidos contra el 40 por ciento
de su contendor. Otra vez, fue la abstención el verdadero ganador de esas
elecciones. Se han dado múltiples explicaciones a estos resultados, para no
hablar del nfenómeno Chávezr. Pero, de entrada, hay una razón inmediata,
que explica el volumen de los votos del vencedor. La única fuerza civil con
capacidad y experiencia capaz de oponerse a Hugo Chávez Frías la integra-
ban los partidos políticos ohistóricoso. Ahora bien, es incorrecto decir que
Chávez los haya aniquilado. Nada de eso: ellos se suicidaron.
El partido demócratacristiano Copei se empeñó en establecer y deter-
minar su política más por el capricho de los electores refejado en las encues-
tas, que por una visión política de futuro nacional.
Si es correcto el dicho según el cual la diferencia entre un estadista y
un político reside en que mientras aquel piensa en la futuras generaciones,
éste piensa sólo en las próximas elecciones, los copeyanos actuaron aquí
como polfticos puros, y de la peor especie. Partieron de dos supuestos que
reflejaban una increíble miopía política. Peleando en una guerra nueva con
las armas de una guerra vieja, pensaron y dijeron que el enemigo a vencer
era Acción Democrática; y cediendo al desespero de su clientela política,
llegaron a decir que había que ganar las elecciones a como diera lugar, pues
el partido no soportaría un lustro más de oposición sin disolverse. Se trataba
entonces no de proponer un programa político con los cambios que el país
necesitaba y en buena parte reclamaba, sino de buscar votos siguiendo el

*Una primera versión de este capltulo apareció al 6nal de La gestación dt Hugo Cháuez,Medrid, Ed' Catarata,
2002.
354 H!SIORn!! I9IVENEZOLATOS EN EL StcLO xx

capricho popular. Lanzaron así la candidatura de una reina de belleza cuyas


únicas credenciales eran sus sensacionales medidas 90-60-90 que le habían
conquistado el cetro de Miss Universo.
De ella se había enamoriscado el electorado venezolano con la misma
velocidad con que la abandonó para volcarse hacia un militar golpista.
Por su parte, Acción Democrática se fue al extremo opuesto, y con-
vencida de que podía ganar cuanra elección sucediera con la sola fuerza de
su omaquinariar,lanzó como candidato presidencial a su ochentón secrera-
rio general, un aparatchik sin el menor atractivo ni cultura. El partido que
se jactaba de haber llenado de escuelas a Venezuela, de haber alfabetizado
al país, lanzaba de candidato a alguien que no había culminado su primaria
elementd, menos por escasez de fortuna que por desprecio de la educación,
formal o autodidacta. Luis Alfaro ljcero tenía un solo mérito en su vida: el
de ser un kamikaze político. En los años cuarenta, dejó que se le escogiera
por su insignificancia para proponer un ardculo consrirucional muy impo-
pular y que, por tal, ninguno de los líderes de AD se había atrevido a ligar
su nombre con un asunto que podía mancharlos para siempre. En la época,
una mancheta del diario El Nacional lo asimilaba a Erostratos, quien, bus-
cando hacerse famoso, había incendiado el templo de Atenea.
Con semejante actirud, el partido Acción Democrática demosrra-
ba un gran desprecio por el electorado, al cual creía tener (amarrado)) por
siempre jamás, con independencia de su propio desempeño. En AD corría
una frase según la cual ellos ganarían elecciones uhasra con Encarnaciónr,
el portero de la casa nacional.
En todo eso, el electorado vio lo que muy a punto era: juegos electo-
rales de cascarones vacíos que habían abdicado de su condición de panidos,
de organizaciones llderes. Cuando se dieron cuenra de la estupidez cometida,
ambos partidos trataron de cambiar caballos en mitad del río, volcándose
hacia una candidatura única extra-partido, la de Henrique Salas Rómer. pero
los arrastró la corriente: Hugo Chávez Frías los venció sin esfuerzo.
La pregunta que se hace todo el mundo es la misma que se hace su
propio país, ahora dirigido por alguien surgido de la nada (una nada arma-
da, una nada milita¡ es cierto): ¿quién es Hugo Chávez Frías?
Las líneas siguientes intentan responder a las preguntas más insistentes
que acompaíran ala anterior ¿Es Chávez un líder popular adorado por las
masas? ¿Es un demócrata? ¿Es un fascista?
¿Es un demagogo populista? ¿Es
un caudillo de esos que han plagado la historia de América Latina? ¿Es un
I\¡ANUEL CAEALLERO 355

gobernante con autoridad, o un gobernante autoritario? ¿Es un iluminado


mesiánico? ¿Es un militar típico? ¿Es un venezolano del montón, en quien
el país se reconoce?
La respuesta a todas esas preguntas es afirmativa: Hugo Chávez Frías
parece ser todo eso a la vez, lo que ha complicado el análisis de su persona-
lidad desde el punto de vista político y psicológico, y desconcertado tanto
a sus adversarios (para é1, enemigos) como a sus mismos partidarios cuya
primera reacción a sus virajes es la de nbajarse del autobúsr.

I
Un político popular

Hugo Chávez Frías es, poca duda cabe, un polltico popular, tanto
como en su mejor momento lo fueron Rómulo Betancourt y Carlos Andrés
Pérez. El fraseo de esta proposición plantea ya de entrada una serie de pro-
blemas. Para comenzar, lo de npolíticor. Chávez rechaza de forma visceral
esa calificación: él es la némesis de los políticos, él es apolftico por defini-
ción, es el representante de un sentimiento y una actirud hoy generalizada
en Venezuela, pafa no hablar sino de ella: la antipolítica. En esto se parece
más a Hitler que a Mussolini: su popularidad se basa en un rechazo de la
política que, en el pueblo, es una forma de rechazo de la realidad, de una
voluntad de soltar siempre la presa para atrapar Ia sombra.
La comparación con ese Betancourt objeto del odio visceral de Chávez
es por ser un rival que se disputa la misma clientela. Se suele decir que los
nchavecos, son la reencarnación de los nadecosu de 1945, no sólo por su
carácter mayoritario, sino por su voluntad hegemónica y su gusto por el
garrote y la trompada.

tl
Un producto de la democracia

¿Es Chávez un demócrata? No sólo eso: Chávez es un producto de


la democracia. Esta afirmación puede ser vista desde tres ángulos. Chávez
es un demócrata en el mismo sentido en que lo fueron Hitler, Mussolini y
Perón: no se opusieron a la marea popular, sino que la desviaron hacia su
propio cauce autoritario y peor aún, totalitario. Y si no hubiese sido por
el desarrollo que diera a la educación popular el régimen democrático, un
3fi Hts?oRtA DE LOS VEilEZOt¡t{OS Eit EL STGLO XX

ar:'apiezo de Sabaneta, llano adentro, no hubiese podido graduarse en una


academia militar. Por último, los errores, los desengaños y la corrupción de
esos mismos regímenes democráticos, pusieron a la población a soñar en el
nescobazo, de un salvador de la patria que barriese con las usucia polítican.
Cuando ya se diseñaba su perfil autoriario, comenzó a correr la tinta
sobre el carácter del régimen que Venezuela conoce desde 1998: ¿se trata de
una democracia o es una dictadura?
Tomando el toro por los cuernos, la respuesta a ambas preguntas
es, de parte nuestra, un (no) que, como se verá de seguidas, nada tiene de
rotundo. Esas dos primeras respuestas tienen un adverbio que las condicio-
na y las matizal- el régimen actual, no es ya una democracia; pero tampoco
es todavía unadictadura. En cambio, se puede afirmar con todo énfasis que
el movimiento de Hugo Chávez es un fascismo.
Vamos con lo primero. Este régimen tuvo un origen sin duda alguna
democrático: ganó en 1998 en unas elecciones limpias; limpieza atribuible
menos a las intenciones del golpista que siempre ha sido Chávez, que alfair
pky de un sistema que lo practicó hasta el suicidio de la ruleta rusa. Se sue-
le decir que siendo cierta esa legitimidad de origen, Chávez la ha perdido
por su desempeño. Pero esa formulación no tiene mayor peso: tal vez no
haya un régimen, en América Latina si no en el universo mundo, al cual no
se le pueda acusar de lo mismo sin que por ello pierda su legitimidad. Por
lo demás, este argumento en su contra que el chavismo prefiere, pues
es el
conduce derecho il. iTu quoque! y al diálogo de sordos.
No: Chávez comenzó a perder su legitimidad al convertir primero la
suya en una democracia plebiscitariay luego, al cambiar las reglas del juego
aprovechando los mecanismos de aquella para aumentarse los años de gobier-
no y borrar de la constitución la prohibición de reelegirse de inmediato.
Partiendo de esa base, vemos a diario cómo el régimen va abriendo
cauce para derivar hacia la dictadura: ya comenzó el uso sistemático de la
fuerza armada para reprimir las protestas, las detenciones arbitrarias (cubier-
tas después con un manto de legalidad).
¿Y entonces? ¿No estamos en una dictadura? No. ¿Y por qué no? Si
viviésemos en Inglaterra, en los Estados Unidos o, para no salirnos de nues-
tro ámbito, si viviésemos en Costa Rica, por supuesto que esta sería una
dictadura, y de las peores. Pero vivimos en Venezu ela, la patria de Cipriano
Castro, de Juan Viiente Gómez y de Marcos PérezJiménez.
MANUEL CABALLERO 39

Ningún venezolano con un ápice de memoria histórica cometerfa el


despropósito de igualar este gobierno con los de los tres tiranos andinos:
para comenzar, ni yo estuviera escribiendo esto, ni mis lectores tendrían la
posibilidad de leerlo.
Esto no convierte aChávezen una mansa paloma: él no es todavía un
Cipriano, un Gómez o un PérezJiménez, no Porque no quiera, sino porque
no puede. Porque enfrente tiene lo que aquellos tres déspotas no tuvieron:
una sociedad que desde hace setenta años, se niega a ser tiranizada.
Tiene enfrente al pueblo del 14 de febrero de 1936, el pueblo del
23 de enero de 1958. Esto no es un morcenu de braaoure operático: frente
a la dictadu ra se alza un muro cuyo sólido grosor proviene de la mezcla de
la historia de una cultura democrática y paclfrca (¡nuestro siglo veinte!) y
un movimiento de masas como hoy por hoy no conoce ningún pueblo de
América Latina. De modo que al decir que el régimen chavista no es toda-
vía una dictadura, no estamos en manera alguna pronunciando su elogio,
sino constatando la existencia de un pueblo que, como se suele decir uno
se deja de nadieo.

ill
Chavismo y fasclsmo

Chavismo es fascismo. Si se parece más al mussolinismo que al hitle-


rismo, es sólo porque no puede exhibir un racismo de nbestia rubiau. Pero
esto es un detalle, una afirmación que, como se verá más abajo, también
tiene sus matices.
El frucismo chavista tiene sólidas bases teóricas y prácticas. Pero antes
de seguir adelante, conviene aclarar algo: ¿se puede ser fascista sin ser dic-
tador? Se tiende a calificar de fascista a cualquier bonapartismo militar, a
un simple autoritarismo, a cualquier actirud represiva, aún si no es siste-
mática. por la carga pasional que el término nfascismoo contiene. Por eso,
es una de las cuestiones más espinosas cuando se tfata de éste o cualquier
personaje polltico. Por eso, se debe ser lo más riguroso posible al precisar
bien su carácter.
Además, se puede ser fascista sin ser dictador: algunos de esos parti-
dos no han llegado jamrís al poder, como el caso de Mosley en Inglaterra o
los Integralistas brasileros de Plinio Salgado.
358 HISTORIA DE LOS VEIIEZOLANOS ETI EL SIGLO
'O(

Y el peronismo argentino, cuyas raíces mussolinianas estaban a for de


tierra, no era fácil calificarlo tampoco de tiranía en el continente de Pérez
Jiménez, Odría, Somoza. . .
Visto todo eso, repitamos la pregunta: ¿Es Chávez fascista? En las
próximas líneas, al hablar de ufascismo> será en referencia al régimen ita-
liano (de Hitler se hablará en otra parte), y en todo caso a lo que Umber-
to Eco llama El Ur-fascismo, cuya traducción aproximativey asaz pobre es
nfascismo eterno).
De hecho, las líneas que consagraremos a este aspecto contienen en
su mayor parte una glosa de la conferencia del pensador italiano así titula-
da. Hay algo que engloba todo el razonamiento del escritor más influyente
de Italia: elfascismo no es un fenómeno reducido al ámbito nacional italia-
no o alemán. La prueba es que sus advertencias no las expresó en Italia ni
en Alemania, sino en los Estados Unidos. El propio Eco lo dice muy claro
al comienzo de su escrito: nEl término 'fascista' se adapta a todo porque es
posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspecros y siempre pode-
mos reconocerlo como fascistar.
1) ula primera característica del Ur-fascismo es el culto de la tradi-
ciónr. Eco refiere esto a la constante apelación del fascismo a una verdad
única. nl-a verdad ya ha sido anunciada de una vez por todas, y lo único
que podemos hacer nosotros es seguir interpretando su oscuro mensajer.
En el caso venezolano, ese culto tiene una característica milirar y fundacio-
nal: el Libertador es el sustituto de Dios Padre, o como lo dice la copla más
comercial que popular:

Cuando Bolívar nació


Venezuela pegó un grito
diciendo que había nacido
un segundo Jesucristo.

En una decisión absurda y caprichosa, criticada por todo historiador


serio en Venezuela, y la cual había sido desechada por sus propios consri-
tuyentistas pero que Chávez impuso al final, se bautizó a Venezuela como
uRepública Bolivarianar.
2) El tradicionalismo implica el rechazo a la modernidad. (...) uA pesar
de que el nazismo estuviera orgulloso de sus logros industriales, su aplauso
a la modernidad era sólo el aspecro superficial de una ideología basada en
I\¡ANUEL CABALLEFO 359

la 'sangre' y en la 'tierrdr. ¿Las promesas de Chávez de regresar a la tierra a


los citadinos, no remiten a esto, aliRado que llevó a extremos demenciales
el régimen nsocialista, de Pol Pot en Cambodia?
3) *El Ur-fascisruo puede definirse como irracionalismor. ('..) nEl irra-
cionalismo depende también del culto de la acción por la acción, (...) nPen-
sar es una castracióno (...). (El mayor empeño de los intelectuales fascistas
oficiales consistía en acusar a la cultura moderna y ala intelligentsiallberal
de haber abandonado los valores tradicionaleso. Es una de las características
con mayor presencia en nuestro medio y en las actuales circunstancias' Ha
renacido entre los venezolanos un sentimiento que se creía enterrado bajo
paletadas de ejercicio democrático y de razonamiento lógico: la admiración
por el aventurero que se las juega todo en un dado, o como se dice en Vene-
zuela, que <tira la paradar.
4) El Ur-fascismo surge de la frustración individual o social. Lo cual
explica por qué una de las características típicas de los fascismos históricos
ha sido el llamamiento a las clases medias frustradas, desazonadas por algu-
na crisis económica o humillación política, asustada por la presión de los
grupos sociales subalternos,,. De esta Penetrante observación de Umberto
Eco se puede retener sobre todo la primera frase. Como Io dijo alguna vez
el historiador inglés Allan Bullock, los efectos sociales y políticos de una
crisis económica, y sobre todo de un proceso inflacionario, son parecidos a
los de un terremoto. La gente siente que el piso se le mueve, y por fuerzas
que no puede controlar.
En el caso del terremoto natural como del terremoto económico, la
tendencia es la misma, entre quienes se sienten frustrados: búsqueda de solu-
ciones mágicas, milagrosas. Nunca como desPués de un terremoto suelen ser
tan populares videntes y mistagogos; nunca como después de un terremoto
económico suelen ser tan populares los milagreros sociales, los demagogos,
los npadrecitosu.
5) Rematemos con una cita más amplia de Eco que no tiene des-
perdicio:

Para el (Jr-Fascismo (...) el npueblo, se concibe como una cualidad, una


entidad monolítica, que exPresa la uvoluntad común,. Puesto que ningu-
na cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el líder
pretende ser su intérprete. Habiendo perdido su poder de mandato, los
n H|STONIA DE LOS VEÍiIEZOLiA¡IOS EII EL SIGLO D(

ciudadanos no actúan, son llamados pars pro toto, a desempeñar el papel


de pueblo. El pueblo, de esta manera, es sólo una ficción reatralo (...). nE.t
razón de su populismo cualitativo, el Ur-Fa¡cismo debe oponerse a los opo-
dridos, gobiernos parlamentarioso (...). Cada vez que un polltico arroja
dudas sobre la legitimidad del parlamenro porque no represenra yala ovoz
del pueblon, podemos percibir olor de [Jr-Fascismo.

Hemos tratado de glosar el texto reduciendo a sólo cinco (de las


catorce que él enumera) las características de lo que llama nfascismo eterno):
en verdad hay muchas que se pueden aplicar a nuestra realidad, pero sólo
hablamos de las más evidenres.

tv
¿Chávez izquierdista o ¡zquierda chav¡sta?

l,a calificación de Chávez como inclinado d fascismo se enfrenra a un


obstáculo que en cierta forma es el caballito de batalla de quienes se oponen a
considera¡lo así: el apoyo de la izquierda, mayoritario si no un¡ínime en sus orga-
nizaciones (sólo se exceptúan grupos pequeños e individualidades aisladas).
Hay que considerar al menos tres elementos para explicar ese fenó-
meno. El primero es que como lo asienra también Eco en el ensayo citado,
la característica del fascismo italiano (y del Ur-fascismo) es la de ser un bati-
burrillo ideológico, una colcha de retazos. Es así como el gran ensayista ale-
mán Sebastián Haffner encuenrra dificultoso situar a Hitler en la derecha:
toda la destrucción del orden anterior que la izquierda preconizaba la llevó
a cabo Hitler, hasta el extremo límite. En el caso venezolano eso es más que
evidente: está la invocación de la nideología bolivariana>, que es más un mito
y un culto que una realidad coherente, con mezclas de marxismo estalinis-
ta y de proyectos de cámaras corporativas (por el momento desechadas) en
el más puro estilo mussoliniano, y desarrollismo militar. Thl vez el epítome
de la ideología chavista sea el sociólogo argentino Norberto ceresole, que
durante varios años fungió de asesor doctrinario de chávez. con la fanfa-
rronería que durante mucho tiempo el gracejo popular latinoamericano ha
aribuido al compadrito porteño, Ceresole presentaba una mezcla altisonante
de militarismo, estalinismo y neónazismo.
MANUEL CABALLERO 36r

Él mismo llamaba a esa indigesta ensalada nposdemocraciao, la cual


basaba en la comunión de caudillo-ejército-pueblo a exclusión de todas las
instituciones, de toda mediación: partidos pollticos, sindicatos, agremiacio-
nes y por supuesto, los poderes clásicos separados e independientes'
Su detestación de los partidos políticos no excluye la organización
fundada por el propio Chávez, a cuyos miembros calificaba de noligofréni-
cosr, nmariscales de la derrota, y otras lindezas.
Se ha considerado una exageración de sus opositores comParar a Chávez
con Hitler. En verdad, en un país confeso y hasta orgulloso de ser mestizo
como Venezuela, eso podría sonar a disparate.
Pero aqul también hay varios elementos que se deben considerar.
Vamos a dejar pasar las coincidencias en el terreno psicológico, donde una
investigadora descubrió dieciocho características del desorden psíquico lla-
mado upersonalidad histriónico-narcisistar: allí coinciden casi letra a letra
el alemán y el venezolano.
Fuera de eso, donde más coinciden Chávez y Hitler es en la dirección
de su discurso, tal y como lo aconsejaba el propio Hitler en su Mein Ko*Pf
Es deci¡ no dirigirlo jamás a la parte más inteligente de su auditorio, y ni
siquiera a la parte media, sino a la más atrasada y primitiva, a cuya capaci-
dad de raciocinio se le puede hablar menos que a sus pasiones: no es cosa
de provocar reflexión, sino desencadenar reacciones, sin prohibirse apelar a
los instintos más baios.
Chávezha llegado hasta a jactarse en público de sus hazaías de alcoba
y a hacer juegos de palabras de dudoso gusto con el nombre propio "Ana"
y el sustantivo (ano), o con la palabra npolvc, de connotaciones a la vez
terrosas y sicalípticas.
Por otra parte, Chávez no es racista, por la sencilla razón de que nadie
en Venezuela 1o es, al menos para las estadísticas. Pero nunca se puede desde-
ñar la presencia, en todo país católico, de un sedimento antisemita, y que su
mentor Norberto Ceresole se inscribe dentro de la corriente de un descarado
antisemitismo que combina la llamada tendencia <revisionistao que niega el
Holocausto con la idea de una conspiración ujudeo-norteamericana, univer-
sal contra los pueblos del mundo. En todo caso es la primera vez en toda la
historia de Venezuela que alguien hace propaganda antisemita.
Pero además, tampoco conviene ser tan enfático, en ninguno de los
dos sentidos. Nunca nos hemos tragado el tópico según el cual en Venezuela
no existan prejuicios raciales: por la sencilla razón de que prejuicios raciales
existen en iodo el mundo, sin excluir el Africa.
w HISÍORIA DE LOS VENEZOLANOS EI{ EL STGLO XX

Lo que no ha existido hasta hoy en Venezuela es la discriminación


racial como política oficial o consenso social. Decimos nhasta hoyo porque
de pronto estamos viendo aparecer algunos signos ominosos de una maldi-
ción que, de tomar cuerpo, será un crimen que puede cargarse en la cuenta
del régimen chavista.
Comencemos por las declaraciones de un canciller chavista en relación
con PDVSA: una de las lacras que percibía en la corporación es que enrre
sus directivos estaban todos los tonos del blanco, desde el español al nórdico,
pero no se veía uningún negritou. Lo grave que tiene esta declaración racista
es su carácter oficial. Porque no la pronunció cualquier hijo de vecino sino
Roy Chaderton, canciller y luego embajador ante la OEA.
No le preocupó al funcionario el origen social de los dirigentes de
nuestra mayor empresa, no se queja del supuesto hecho de que no haya enrre
ellos hijos de obreros o de campesinos, sino el color de su piel. Porque lo sea
al revés, no deja por eso de ser racismo, y del más puro.
Siendo como es el declarante de nombre, apellido y faciés más bien
nórdicos, eso podría no ser más que una metida de pata, o para decirlo en
el lenguaje que place a los diplomáticos, una gffi que no sería cosa de dra-
matiza\ tanto menos teniendo de presidente a quien renemos y habiendo
tenido de cancilleres a ranros especialistas en esas metidas de pata.
Pero el problema es que a eso se une orra noticia que nos hace pensar
que se trata de una política oficial. Se anuncia una especie de alianza del
gobierno venezolano con el black caucus norteamericano, para que éste últi-
mo le haga el lobby, el cabildeo, en las instancias políticas norreamericanas,
en primer lugar el Congreso. Los caucus (término intraducible) se asemejan
más a nuestros ucogollos, que a los tradicionales grupos de presión. Son
organismos políticos que apoyan cualquier causa proveniente de organiza-
ciones o personalidades negras o, como se dice ahora, afroamericanas. Su
existencia se comprende en el contexro norteamericano, donde una larga
tradición de esclavitud negra primero y discriminación racial después, ha
dado frutos muy diversos.
Algunos muy opimos como la magnífica lucha por los derechos civi-
les; y también sus manzanas podridas como la llamada nNación Negra,
y este black ctucus. Pero, ¿qué diablos tiene que hacer ese organismo con
venezuela, con sus asunros políticos? ¿Por qué busca el gobierno venezola-
nos semejante aliado?
Conviene agregar aquí algún otro elemento. En el semanario La razóru
escribió el hoy difunto Francisco Mieres, uno de los intelectuales del cha-
MANUEL CABALLERO x3

vismo, su ex ministro y ex embajador en Rusia. También un rabioso ex


izquierdista. Mieres hace una larga lista de los enemigos de la nrevolución,
chavista: están allí todos los nombres y organismos previsibles, extraídos de
una escucha paciente del programa ¡Aló, Presidente!. Como remate de esa
lista, entre los demonios que amenazan a la virginal revolución bolivariana,
Mieres incluye a ola banca semitar. Ni más ni menos. Es, sin escondedijos,
el lenguaje de Hitler en el siglo )O( El teórico del chavismo no tiene incon-
venientes en aparejarse con Ceresole, quien confiesa que no es anti-israelí,
sino que es anti-judío. Y como tal, hacla arrancar las malandazas del pueblo
maldito ¡desde el exilio en Egipto!
Atemos un cabo con el otro, y tendremos, amén de la amenaza de
guerra civil, los prolegómenos Para convertirla también en esa uguerra de
coloreso que tanto inquietaba al Libertador y lo llevó a hacer fusilar al gene-
ral Piar. Y todo eso, por un gobierno nbolivarianor.
¿Es Chávez un producto del influjo doctrinal
de ese Ceresole neona-
zi, antisemita? La cosa no es tan simple, pues en su formación hay la huella
confesa de algún historiador marxista de tercera categoría, hoy fallecido, y
otros escribidores del mismo pelaje.
Tal vez, para calibrar aquella infuencia, haya que dar la palabra al
propio Ceresole, quien dijo que ese caudillo que él venía invocando para
salvar a América Latina, nse lo tropezó en plena calleo con Chávez.
En el embelesamiento de cierta izquierda venezolana con Chávez hay
que romar en cuenta dos factores. Esa izquierda ha practicado con sistema
la política según la cual el enemigo de mi enemigo es mi amigo, lo que la
ha llevado a aliarse en ocasiones con los especímenes menos recomendables
del populismo militarista. Y para esa izquierda, el peor enemigo es la social-
democracia en cualquier roPaje que se presente.
O sea, que nunca ha salido de aquella etapa en la política de la Ter-
cera Internacional Comunista llamada uclase contra claser, que se caÍac-
rcrizaba por considerar ala socialdemocracia como nel ala moderada del
fascismor, como nsocial-fascismoD; y cuya ceguera tanto contribuyó al
ascenso de Hitler al poder.
A eso se une la tendencia de la izquierda latinoamericana desde la insu-
rrección'de Prestes en Brasil, a Ponerse a la cola de cualquier líder carismático
que por una parre (arrastre las masasu y por la otra le ayude a aplastar a la
detestada socialdemocracia. En tales condiciones, no se puede decir que Chávez
tenga tendencias izquierdistas, antes bien es la izquierda la que muestra una
tendencia avasalladora hacia chávezyhaciatodo tipo de nchavismoo.
M HlsToRl,A DE LOS VEI{EZO¡¡I{OS El{ EL StcLO D(

¿Cómo es posible que una doctrina que en.su momento se propuso


liberar entre otras cosas la fuerzade la inteligencia humanahayapodido dar
estos frutos que combinan el irracionalismo con una falta tan evidente de la
más elemental inteligencia?
¿Cómo los epígonos de un Marx, que con tan afilados dientes desgarraba
la figura de Luis Napoleón Bonaparte, han podido derivar en este populismo
militar bonapartista y peor que eso, monocrático? Durante muchos años,
toda su acción y su pensamiento políticos se centraban en la idea de que para
transformar la sociedad capitalista en su conrrario, había que implantar ula
dictadura del proletariador. Eso atrajo amuchos intelecruales, inciuso entre
quienes de frente o a so capa adversaban los regímenes autoritarios. Era que,
en la formula, ellos leían la última palabra y desdeñaban la primera.
Pero en verdad para sus más fanáticos partidarios, lo más importante
nunca fue un proletariado que sólo han conocido de oídas. Lo fundamental
era la idea de dictadura. Las andanzas acruales de la antigua izquierda, a la
cola del populismo militar, revelan cómo era ese el núcleo de su acción; y
explican por qué pasaron con ranra facilidad de Ia dictadura del proletariado
a la dictadura del nmilitarador.

v
rEl segundo Castro>

Además, parece esrarse haciendo un hábito, por el lado derecho con


aprensión, por el lado izquierdo con esperanza: compafar a Fidel Casrro con
Hugo Chávez. Es cierto que enrre ambos gobiernos exisre una corriente de
simpatía, o por lo menos eso que los franceses consideran la pareja perfec-
ta: uno que ama y otro que se deia amar. Pero pretender que Chávez sea nel
Fidel venezolano, es abusivo; es tomarse demasiadas libertades con la histo-
ria. La mrís simple de las comparaciones desmiente tal cosa. En primer lugar,
Fidel Castro es un revolucionario, o por lo menos lo era en el momento de
hacerse del poder. No sólo porque hubiese llegado a Palacio desde la Sierra
Maestra, derrochando coraie físico eso era demasiado común en América
Latina. No: lo que hacía de Fidel castro un revolucionario era la aplicación
de un programa que esgrimían todas las corrienres pollticas de la izquier-
da, desde los comunistas, socialistas, nacional-revolucionarios hasta los más
tlmidos social-reformisras.
I\¡ANUEL CABALLERO x5

Ese programa se terminó aplicando en toda América Latina, por las


buenas o por las malas, y también bien o mal. No provenía, o no provenía
sólo, del leninismo, sino que se había aplicado de una forma u otra también
en los países más desarrollados del momento, Estados Unidos y sobre todo
Inglaterra, la cuna del liberalismo no por caso llamado manchesteriano.
Es lo que puede llamarse un estatismo populista, aunque en la Unión
de Repúbicas Soviéticas se haya llamado nsocialismo en un solo paísr, en
Estados Unidos, New Deal, en Inglaterra Wefare State; y aunque tuviesen
diversas formas de manifestarse: en los Soviéticos con los planes quinquena-
les, en los norteamericanos con la grandes obras estatales de infraestructura,
en Inglaterra con nacionalizaciones masivas, nla vla inglesa al socialismoo.
Que esa víahayademostrado su evidente fracaso, es muy fácil consta-
tarlo ho¡ es muy fiícil dárselas de adivino prediciendo el pasado. Algún día
habrá que historiar la verdad y el mito de ese fracaso, pero en aquel momento
era lo que hoy se llamaría el npensamiento únicor.
Era la forma que presentaba el proyecto nacional en América Latina,
y su aplicación, sobre todo con la energía con que lo hacfa, le ganaron al
proceso cubano las simpatías de la juventud latinoamericana, de intelectua-
les y artistas tanto ladnoamericanos como europeos. Ese entusiasmo duró lo
que duró Fidel siendo revolucionario. O sea, hasta el mes de abril de 1968,
cuando puesto a escoger entre un principio repetido hasta la saciedad y la
conservación de su régimen, escogió esto ultimo: quien se jactabade defender
un pequeño país frente a la voracidad de un gigante, apoyó la invasión de
Checoeslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, léase Ejército Rojo.
Una de las cosas que más entusiasmaba del proceso revolucionario
cubano fue su carácter antimilitarista. Fue el Che Guevara quien declaró al
entrar en La Habana, que el primer mérito de su revolución había sido rom-
per la mentira según la cual era imposible derrotar un ejército organizado. Al
fin y al cabo, la revolución acababa de derrotar a uno de los representantes
más conspicuos del militarismo latinoamericano.
Chávez representa lo contrario de lo que rppresentó Fidel Castro en
1959: si Fidel era un revolucionario, Chávez es un reaccionario. Si Fidel
tenla un proyecto de país bueno o malo pero al cual uno podía referirse
para aprobailo o atacarlo, Chávez no tiene, al parecer ni siquiera en lo más
recóndito de su cerebro, un proyecto que no sea personal, que no sea lograr
la forma de prolongar su estadía en Palacio.
ffi HISTORIA DE LOS VEIIEZOLAIIOS EN EL SIGLO Xf,

Esto se puede demostrar con los más simples hechos. En el proyecto


de Constitución que ordenó aprobar a la nconstituyente), mucha gente se
hace lenguas de que no haga sino repetir casi letra por letra la constitución
anterior, la de 1961 llamada por él mismo umoribundar. Algunos llegaron
a ver en eso una actitud ndemocráticao.La verdad es otra: que no tiene un
proyecto alternativo que presentar, salvo en un punto: el de impedir en el
futuro la existencia de gobiernos civiles, que deban salir de Palacio no por
un capricho popular, sino porque la ley así lo establece.
Si eso fuera poco, ya sería bastante. Pero es que Chávez no es conser-
vador a secas, sino algo peor: es como ya se dijo un reaccionario. Porque a
la inversa del Fidel de los primeros tiempos, señala un hito en la reacción
militar que pretende conformar de nuevo aquella famosa uinternacional de
las espadas, de los cincuenta, esta vez con un apoyo popular producto de
una desenfrenada demagogia.
Por otra parte, en toda la historia de Venezuela hay un hilo conductor:
todos los gobiernos han pretendido y algunos lo han logrado, hacer avanzar
al país, llevarlo hasta el siglo siguiente construyendo un Estado moderno,
despersonalizado. El de Chávez busca todo lo contrario, volver a personalizar
el poder; a hacer que el país sienta que quien manda no es el Presidente de
la República (que se puede sacar de la Presidencia por votos y a plazo fijo)
sino el comandante Hugo ChávezFrías. En tales condiciones, no implica la
menor exageración decir que el de Chávez es el gobierno más reaccionario
que haya tenido Venezuela en toda su historia.

vt
¿Chávez popul¡sta?

Hablar de Chávez como un populista es decir mucho para al final no


decir mayor cosa. El populismo es un plato político que se cocina con todas
las salsas: populistas fueron Hitler y Mussolini, Franklin Delano Roosevelt y
Ronald Reagan, Charles de Gaulle y Menahen Beguin; y en América Latina
lo han sido de una manera u otra Perón y Rómulo Betancourt, Carlos Andrés
Pérez,Lánaro Cárdenas, Getulio Vargas, Alfonso López y Fidel Casuo.
Otra cosa es decir que Chávez es el m¿is formidable demagogo que
haya conocido la historia de Venezuela ¡ con Perón, América Latina. Se ha
llegado a decir que sintetiza en una sola persona a Perón y a Evita. En todo
MANUEL CABALLERO
w

caso, como el argentino , Chávez es lo que su auditorio quiere que sea: mili-
tarista o civilista, derechista o izquierdista, socialista o fascista.
Su apelación a la fidelidad de hombre a hombre, pasando por encima de
las instituciones, y su voluntad de establecer un régimen personalista
¡ hasta
donde sea posible, vitalicio, le asimila mucho más a los viejos caudillos del
XIX latinoamericano que a cualquier otro especimen político (no olvidemos,
dicho sea de paso, que el peronismo intentó reivindicar al tirano Rosas).

vtl
Mesianismo, autoritarismo, militarismo

¿Es Chávez un iluminado mesiánico? El más somero examen de su


personalidad, de sus expresiones y de su acción política llevan a responder a
esta pregunta con la afirmativa. Su invocación permanente de Bolívar, pre-
sentándose de manera subliminal y a yeces abierta como el segundo Liberta-
dor (uEn la Fuerza Armada mandamos Dios, Bolívar y yor); sus delirios de
grandeza (reconstituir la Gran Colombia, crear un ejército latinoamericano,
encabezar un nuevo npolo, de poder para oponerlo al norteamericano, upolo,
del cuál él sería la cabeza visible, etc.,) abonan también en ese senrido.
Sin contar con el tipo de relación semirreligiosa que establece con la
masa popular, típica de todos los iluminados.
¿Es un gobernante con autoridad, o un gobernante autoritario? Chávez
es tal vez el gobernante más carenre de autorictas en todo un siglo de historia
venezolana. Esto no es una apreciación adversa, sino la voluntad del propio
Chávez, cuyo lenguaj e rechaza el diálogo y la concertación para susrituirlo
por la confrontación y la diatriba: su discurso esrá lleno de frases guerreras
y durante un tiempo estuvo citando a troche y moche uno de esos manuales
nde autoayuda, al gl'rr,o de maritornes y soldaditos que se llamaba, muy a
punto, El oráculo del guerrero, hasta que el propio auror, un oscuro profesor
de artes marciales chileno aclaró que su texto nada tenía que hacer con la
guerra matagente.
En cambio, pocos gobernantes en la historia venezolana han procla-
mado de manera tan abierta sus tendencias autoritarias, manifestadas en la
búsqueda de la concentración del poder, poniendo al servicio del Ejecutivo
los otros poderes, la militarización del país y sobre todo, la reelección. Per-
manente, pues no oculta su deseo de nretirarse, en el aíto 2021, cuando se
celebrarán los doscientos años de la batalla de Carabobo.
ffi HtsToRtA DE LOS VEllÉZOt¡tlOS Etl EL SIGLO XX

En cuanto a si se trata de un militar típico y de un venezolano típico,


la respuesta es afirmativa sólo si llevamos los defectos de ambos hasta la cari-
catura. El militar obtuso y guapetón, producto más de las montoneras (en
su caso, míticas) que de una disciplina adquirida en las academias militares,
cínico (nmi espada es para defender la constitución y en caso de necesidad,
para combatirlao, decía el sentencioso Monsieur Proudhomme de los fran-
ceses) e ignorante de los compromisos de honor que un juramento impone,
todo eso parece resumirlo Chávez.

vill
¿Un venezolano típico?

¿Por último, es Chávez un venezolano típico, en quien el pueblo se


reconoce? Esto nos lleva de nuevo a la primera Pregunta de todo este cues-
tionario que hemos intentado responder.
Si Chávez es tan popular, es porque de una forma u otra, el venezolano
se reconoce en é1. Pero como cualquier otro ser humano, el venezolano está
compuesto por partes, a veces igudes, de virtudes y defectos; y es mentira
que un líder atraiga a las masas sólo por sus aspectos positivos. Entre los
defectos más corrientes del venezolano, y por los cuales no es imposible que
radique la popularidad de Chávez, estála improvisacióny el espíritu lúdico
que hace que le guste (jugarse el todo por el todo, en cada movida política;
está el poco favor de que goza el esfuerzo cotidiano (entre los estudiantes,
es muy popular la conseja según la cual quien estudia mucho y cumple a
cabalidad sus tareas es (porque es muy brutor). Pero sobre todo, el venezo-
lano es el receptor secular de una tradición de autoritarismo y más que eso,
de paternalismo. Ha sido acostumbrado por sus gobiernos (y en esto no hay
muchas diferencias entre democráticos y autoritarios) a recibirlo y a esperarlo
todo del Estado; y por Io tanto, no puede menos que acoger con entusiasmo
a quien se presente como un padre benefactor y sobre todo, distribuidor de
una nriqueza naturalo no producida, esto es, recibida sin esfuerzo.
Fse personaje cuyos rasgos se ha tratado de delinear en los párrafos
anteriores, es, desde el2 de febrero de 1999, presidente de una república
que un suyo capricho terminológico se ha empeñado en llamar nbolivaria-
nao. En el momento de escribir estas líneas, ya lleva dieciocho meses en el
poder; ya se puede adelantar algún criterio sobre esa gestión de gobierno,
aunque él mismo tienda a escudarse en el carácter transitorio, provisional,
MAI\UEL CABA I FRO w

de sus instituciones, hasta tanto no haya completado su nrevolución polí-


tico que será el primer paso para una transformación de Venezuela. Sobre
esa nrevolución políticau se hablará al final, pero antes hay que hacer un
recorrido por los diversos asp€ctos de su administración, y cómo puede, de
esa manera, ser calificada su gestión.
Para que eso pueda tener algún elernento de comparación, se impone
contrastar esa gestión con las promesas, expresas o implícitas, de su campaña;
en las críticas que él hacfa a la que llamaba con asco nla Cuarta Repúblicao.
Ellas tienen que ver con los principales problemas que aquejan al país, y
con las prioridades en el desarrollo de una determinada polltica para cada
uno de esos asp€ctos.
Ellos son, en un rápido recorrido, las relacionadas con el petróleo y de
manera más general la economía, las Fuerzas A¡madas, la pobreza, la corrupción,
el desbarajuste administrativo y, por supuesro, nla revolución pollticar.

tx
Pobreza, corrupción, ineft iencia

Desde que, a raíz de la guerra del Yom Kippur, el gobierno recién


electo de Carlos Andrés Pérez se encontró en una situación envidiable por
la subida de los precios del petróleo, nunca Venezuela había conocido un
viento de cola tan poderosoi Hugo Chávez Frías inició también su gobierno
con la nbotija llenao, como acostumbraba decir aquel presidente venezola-
no. Y sin embargo, no se percibe esa riqueza. Por el contrario, la economía
venezolana conoce en el año 2000 la recesión económica más.profunda
de su historia: ya no se cuentan las empresas quebradas, los inversionistas
extranjeroshuyendeVenezuelacomodeunapestado'
Y sobre todo, eso ha producido un resultado vergonzoso para quien
subió al poder explotando la rabia y las frustraciones de una población empo-
brecida: en los primeros dieciocho meses de gobierno de Hugo Chávez Frías,
fueron lanzados a la calle cerca de quinientos mil trabajadores, agravando
un porcentaje que ya parecía inaguantable..
El gobierno se jacta de haber contenido la inflación, pero eso oculta
la otra cara de la moneda: la reducción del poder de compra de los venezo-
lanos, sobre todo en sus estratos más pobres. Una política asistencialista del

Esto fue esc¡ito en el año 2000: hov la situación es la misma. sino ha emoeorado.
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más puro estilo dadivoso, caritativo, no ha logrado sin embargo paliar esa
situación, y apenas pareciera sobre todo un mecanismo para captar votos.
Hay un aspecto particular de esa política que ha causado cuando menos
desazón entre quienes conocen la historia de América Latina: es el carácter
personalizado de la dádiva.
Siguiendo el ejemplo de Eva Perón, el Presidente recibe en su progra-
ma de televisión, las cartas de los pedigüeños y afecta ocuparse en persona
de sus problemas. Así, el paciente que encuentra una cama en un hospital
no estará recibiendo la atención que la ley comanda a las instituciones, sino
un favor personal del Jefe. La ayuda de los palses extranjeros que se dio a
los damnificados por la tragedia del estado Vargas, se llegó a etiquetar como
nregalo de Hugo Chávez Fríasr.
Talvez ninguna de las promesas electorales de Chávezhaya tenido
tanta audiencia, ninguna de sus crlticas al llamado npuntofijismoD tuvo
una pegada tan demoledora como el tema de la corrupción. Y sin embargo,
como una hidra de mil cabezas, la corrupción rampante ha visitado tam-
bién la novísima república. No es un problema de simple deshonestidad de
sus secuaces. En la inevitable tendencia del gobierno chavista a sumergirse
en el pantano de la corrupción administrativa, subyace el problema de su
concepción misma del Estado.
Decir que Chávez sea el padre de la nueva corrupción, que él mismo la
esté inoculando en las yenas de la nquintao república, no debe tomarse como
un ataque personal y ni siquiera contra alguno de sus ávidos parientes .
tmpoco es una denuncia como esas que en su tiempo, hacían las
delicias de algunos periodistas que hoy andan escondiendo la mano o remen-
dando capotes ajenos. Se trata de una verdad demostrable sin que por ello
se realicen procesos de intenciones, ni se adivine el futuro, y sobre todo, sin
acusar a nadie de intrínseca deshonestidad. Lo primero es un problema his-
tórico: ¿por qué razónlademocracia que hemos conocido los venezolanos en
este siglo ha sido inapta para contener una corrupción que no por exagerada
por cierta propaganda es menos real y abundante? ¿Por qué los fundadores
de esa república que hacían gala de su honestidad nunca desmentida y per-
seguían sin descanso a quienes en su entorno pudiesen corromperse, dieron
aluz a esta cáfila de políticos desorejados que al ñnal la llevó al desastre?
Más aún: ¿por qué es posible postular con todo énfasis que la auto-
denominada (quinta república, seguirá de seguro, en materia de la corrup-
ción, los pasos de la anterior? La respuesta es una, la misma para ambos
I,4ANUEL CABALLERO !7r

casosr por haber tomado el problema de la moralidad pública como una


cuestión de honestidad personal, por haber malcomprendido el postulado
de la república virtuosa.
La república no es virtuosa mientras la manejen hombres probos,
que no ceden jamás a la tentación: así la cosa es muy fiícil. La república es
virtuosa de veras cuando la manejen salteadores de caminos que con gusto
entrarfan a saco en el tesoro, pero no se les permite hacerlo. Y como por un
santo hay millones de malandrines, mejor hacer todo por protegernos de
éstos, y no de aquellos: se debe desconfiar del, y castigar al, delincuente, no
al hombre honrado.
Porque el verdadero origen de la corrupción no es la condición social,
racial, sexual, nacional, partidista o independiente, civil o militar, religiosa
o seglar de un individuo o un pueblo.
Porque igual se corrompen los gobiernos de Arabia Saudita y de Israel,
de Noruega y de Zambia, de Estados Unidos (¿alguien se acuerda de aquel
ignominioso Spiro Agnew que fue echado de la Presidencia antes que su pillo
de compadre Richard Nixon?) y de Francia, y de Inglaterra;y de Venezuela.
El verdadero origen de la corrupción es el poder. Tan sencillo como eso, sin
necesidad de andar repitiendo el infaltable aforismo de Lord Acton. O como
hubiese dicho el mismísimo Sancho Panza,la ocasión hace al ladrón.
Los fundadores de aquella república virtuosa propuesta en 1947 por
la Asamblea Nacional Constituyente pretendieron haber encontrado en sus
textos, asl como en la probidad de sus hombres, el remedio definitivo contra
el cáncer de la corrupción. Vana ilusión, porque al mismo tiempo estaban
vertiendo (por voluntad propia o del padre petróleo) el alimento para esa
corrupción, al hacer crecer de manera desproporcionada el Estado, o sea el
Poder, o sea la corrupción: vertiendo gasolina pafa apagar un incendio.
Es por eso que decimos que la corrupción que espera a Venezuela
será mayor de cuanta hayamos conocido en los cuarenta años anteriores.
Porque el comandante Chávez es partidario hablado y escrito de la reduc-
ción al mínimo de los poderes contralores, en primer lugar el Congreso y
la Corte Suprema y de todo cuanto pudiese poner un límite a la acción
del presidente y sus soldados. Mayor poder del Estado, menor poder de la
sociedad. Mayor discrecionalidad, menor control. Mayor (y mayores) zorros
cuidando gallinas.
Pero eso no se queda ahl: la corrupción tiene otro rostro que han seña-
lado autores tan lejanos en el tiempo como Jean-Jacques Rousseau y Milovan
372 HISTORIA DE LOS VEilEZOUII{OS E¡I EL SICLO XX

Djilas. Antes de citarlos, diremos algo que acaso nos haga llover críticas y
hasta insultos de parte de quienes creen, por ingenuidad o demagogia' que
el pueblo nunca se equivoca. Se trata de la idea, expuesta muchas veces en
nuestros artículos y ensayos, de que una buena cantidad, no cuantificable,
de los votantes de Chávez, o en todo caso los más chillones, agresivos y
esquineros, no votó porque quisiese un buen gobierno.
Ni, como se dice, por rabia o frustración, y ni siquiera por castigar el
empobrecimiento general o la corrupción. No: 'rotó porque quería una dic-
tadura. Este es el más grande e imperdonable mal que Chávez y sus secuaces
le han hecho al país: revolver y hacer aflorar el viejo sedimento autoritario
que está en el fondo de toda sociedad y no sólo de sus estratos inferiores. Es
lo que decía Rousseau del esclavo que llega a amar sus cadenas (u¡Vivan las
caenaslo, llegaron a decir los españoles).
Es decir, practicar la peor, la más asqueante de las corrupciones, por-
que decía Milovan Djilas, la verdadera corrupción del poder no reside en el
robo de los dineros públicos, sino en la fascinación que aquel produce no
sólo en quienes lo ejercen durante sino también y sobre t