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Pontificia Universidad Javeriana

Interlocución y argumentación
Parcial 2.1
Nicolás Ulloa
29 de Octubre 2013
La importancia de la inteligencia personal en la comprensión del ser y de la relación con el
otro

Cuando hacemos mención a la palabra inteligencia solemos atribuirle análogamente las mismas
características que a la palabra cultura. “Él es una persona culta”, “él es una persona inteligente”. Con
la primera categoría queremos expresar que la persona sabe cosas y, al mismo tiempo, estamos
afirmando que hay personas cultas y personas no cultas. Aquella expresión simplemente busca
destituir a las clases populares de su cultura (Martín Barbero, 1987), es decir, solo las élites tienen la
capacidad de cultura.

Análogamente sucede con la inteligencia. Hay dos categorías: los que son inteligentes y los que
carecen de inteligencia. Haciendo el paralelismo con la categoría de “culto” y “no culto”, a mi juicio, es
en el mismo periodo histórico y los mismos personajes, que definen quién es culto y quién no, que
vienen a definir qué es ser inteligente y quiénes son inteligentes, esto es, la burguesía de la mano
de, su un poco más joven amigo, el paradigma positivista. En el medioevo, la iglesia y la monarquía
en su afán de dominar a las culturas alternas implantan un nuevo modelo de educación. Como dichas
culturas transmitían su conocimiento oralmente, por medio de rituales, procesos afectivos y, lo más
importante, generacional y familiarmente la iglesia decide emplear un nuevo modelo de enseñanza
que rompa con la transmisión de conocimientos de dicho talante (Le Goff, 1983). Por lo tanto,
construye un sistema educativo donde los niños son educados por docentes que implantan la
ideología ilustrada, es decir, la razón.

Ahora que la razón y los docentes desplazan la autoridad de los padres como implantadores de
cultura y tradiciones, la cultura popular empieza a extinguirse lenta y agónicamente (Le Goff, 1983).
Es en ese momento que se empieza a gestar la idea de “ser inteligente”, esto es, solo una persona
que es educado en una escuela tiene la capacidad de ser inteligente. Sin embargo, hay una pregunta
que no hemos respondido: ¿Qué es ser inteligente?

El ser inteligente, pienso yo, es una categoría implementada por las ciencias positivistas que significa:
“manejar un pensamiento lógico, objetivo y matemático”. No obstante, a lo largo de su libro “La teoría
de las Inteligencias múltiples” Gardner (xxx) conceptualiza una diversidad de sensibilidades que
denomina como inteligencias. Esta teoría es una especie de relativización de la inteligencia que
restituye el valor de las artes, y otro tipo de talentos humanos, que todo este tiempo han sido
sometidos al yugo de las ciencias exactas y a la violencia de una sociedad que solo encuentra su
perfección por medio de la lógica matemática y el utilitarismo material.

A mi manera de ver, entre las categorías de inteligencia que plantea Gardner, la inteligencia personal
es la más compleja, porque entrelaza todas las demás con el ser y el existir como sujeto –en una
dimensión de lo humano en cuanto a criatura emocional y pensante- en un mundo que habita con
otros seres con los que comparte cierta naturaleza. A partir de dicha inteligencia fue que descubrí el
sentido de las demás inteligencias en mí y les di el valor que merecen. Esta instancia es el punto de
partida desde donde pretendo desarrollar mi relato.
En primer lugar, la inteligencia personal ordena y decodifica la historia personal del sujeto con el fin
de traerle estabilidad emocional y transformar la situación actual de la misma. En otras palabras, la
historia personal es aquello que constituye la actualidad del ser: cómo se proyecta hacia los demás,
cómo siente y cómo reacciona ante las diferentes circunstancias de la vida diaria (Freud; 1935). Gran
parte de nuestra personalidad se constituye en la primera infancia (del primer año de vida al quinto),
al igual que la mayoría de nuestros complejos y traumas. Estos últimos se manifiestan a través de
miedos e inseguridades; el problema radica en que a medida que crecemos y nuestra conciencia se
va formando, los deseos e instintos sexuales y del yo, que se gestaron en la primera infancia, van
hundiéndose en el oscuro mar de lo que Freud llama el inconsciente.

Volviendo a la primera infancia, además de lo anteriormente dicho, el niño construye un marco de


referencia moral para ser y relacionarse. En otros términos, el niño percibe binariamente el mundo: el
niño es bueno si no dice mentiras y hace caso a sus padres, por el contrario, el niño es malo si dice
mentiras y desobedece a sus padres. Del mismo modo, el infante construye un modelo de referencia
afectivo en relación a los padres. Por consiguiente, si los padres tienen una relación poco saludable,
hay discusiones, violencia verbal, falta de comunicación, roban, dicen mentiras, etc. El niño va a
reproducir exactamente el mismo modelo cuando crezca, porque esos son ahora sus códigos para
demostrar el afecto hacia los demás y son los valores que marcan su derrotero de moralidad.

Volviendo a mi relato, antes de conocer el psicoanálisis yo era un adolescente fastidiado, inconforme,


resentido e introvertido que no encontraba su sentido de ser en el mundo. Asimismo, no valoraba lo
que tenía y siempre vivía en conflicto conmigo mismo. Un día -no sé si fue el deseo genuino de mi
alma por una necesidad de cambio o el simple hecho de estar harto de sentir ese malestar inmundo
por toda la piel-, decidí cambiar. Claramente el cambio no llega con el vano deseo, pero sí me llevó a
explorar mí camino y reflexionar acerca del sentido de ser.

En ese entonces, estudiaba historia en la Universidad del Rosario. Debido a mi depresión por
abandono y mi fuerte neurosis –problemas que me vine a diagnosticar un tiempo después- no sentía
ninguna clase de pasión por lo que hacía. Por ello y por mi deseo de cambio, antes de terminar el
semestre, les comenté a mis padres que no quería seguir estudiando esa carrera. Tras esta decisión,
me embarqué en un camino de incertidumbre y angustia existencial, mientras todos mis amigos
cursaban ya el tercero o cuarto semestre de sus carreras yo me encontraba indeciso y con un futuro
incierto. En ese momento, me sentí decepcionado de mí mismo, porque me di cuenta que no me
conocía y no tenía el criterio suficiente para tomar una decisión acerca de mi futuro, de escoger algo
que me apasionara en la vida.

Años atrás, había mostrado vocación y parte de la inteligencia musical que menciona Gardner.
Tocaba bajo y guitarra, mis profesores me elogiaban por la facilidad que tenía a la hora de interpretar
un instrumento de cuerda. En otras palabras, poseía un elemento medular de la inteligencia
cinestesicocorporal (Gardner, xxx), la habilidad para manipular objetos, y, asimismo, una sensibilidad
y creatividad para componer. Por eso, empecé la carrera de producción musical en la Escuela de
Música y Audio Fernando Sor, era una carrera técnica de cuatro semestres, mi intención era
recuperar el tiempo perdido y graduarme lo antes posible, a la par de mis amigos.

Sin embargo, me encontré con varios contratiempos. Primero, lo que Gardner llama memoria musical
era algo que no tenía –bastante paradójico en contraste con mi facilidad para crear melodías, son ese
tipo de particularidades que nunca lograré entender-. Asimismo, y por la falta de capacidad para
retener una melodía que había escuchado, carecía de la destreza auditiva necesaria que suele tener
un músico. Y, por último pero no menos importante, mi padre me había comprado un seguro
universitario que me pagaba cualquier carrera siempre y cuando fuera profesional –algo que no vine a
valorar hasta hoy en día-. Pese a todos los altercados, terminé producción musical.

No obstante, cuando se acercaba la hora de la graduación –y a causa de una serie de desilusiones


que me llevé en la escuela de música que no explicaré para no extenderme- una especie de pánico e
inseguridad me invadieron y me surgió una pregunta: ¿Y ahora qué? No sentía que fuese a vivir de la
música y mucho menos me sentía preparado para enfrentarme al mundo laboral después de cuatro
semestres de una breve educación musical. En otras palabras, nunca dudé ni he dudado de mi amor
por el arte y en especial por la música pero no me veía viviendo de eso.

Durante mis estudios en la escuela de música, un libro del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung cayó
en mis manos… miento, accidentalmente lo descargué en mi computador. La historia es esta: estaba
navegando en la red buscando libros acerca de historia de la música y teoría musical, cuando por
alguna extraña razón me encontré con un paquete comprimido de libros en pdf. Este paquete
contenía unos 100 libros, entre ellos estaba lo que buscaba de música pero también contenía libros
de psicoanálisis, antropología, filosofía e historia que no eran de mi interés. Sin embargo, opté por
bajármelos. Un día de vacaciones, sin plan ni dinero, decidí ojear algunos de los libros y hubo uno de
Jung que me causó especial fascinación, se llamaba: “Símbolos y arquetipos en los sueños”. Ese fue
el libro que me presentó el psicoanálisis y activó mi placer por la lectura.

Después de ese libro, me sumergí en las páginas de la filosofía griega, la antropología, la sociología y
un poco de la literatura –obras como Drácula o Fausto- es decir, me enamoré de las humanidades.
Paralelamente seguí profundizando en el psicoanálisis, supongo que lo que más me capturó de este
último es que lo que leía podía aplicarlo al interpretar y decodificar mi propia historia personal y la de
la gente más cercana a mí.

Asimismo, me encontraba intrigado por conocer de nuestra historia colectiva humana. Al empezar a
explorar el mundo de la antropología y de las culturas amerindias me encontré con un brebaje
sagrado llamado ayahuasca o yagé. Después de un tiempo de leer y averiguar acerca de la
ayahuasca decidí participar en una ceremonia de la planta. Este evento junto al psicoanálisis y lo que
conocería más tarde como la psicología transpersonal marcaron mi sentido de ser y la manera en
que, desde ese evento, comencé a ver el mundo, las artes y el estudio.

Tal vez el lector se le ha pasado por la cabeza que me convertí en un “hippie new age criollo” o algo
por el estilo, mmm… ¡No! La verdad, me sorprendió cómo a partir de la planta se desintegran los
marcos de referencia, se relativizan los formatos culturales; simplemente estaba desnudo ante mi
propio ser, viviendo la experiencia inmediata, “siendo y estando en el momento”. Después de la
primera toma hubo muchas más, en cada una tenía la maravilla de descubrir cosas nuevas de mí y
del mundo. De hecho, algo que me ha sorprendido, a lo largo de las tomas, es la estrecha pero
algunas veces paradójica relación que guardan los estados de consciencia que se alcanzan con el
DMT (compuesto psicoactivo del bejuco con el que se prepara la ayahuasca) y la construcción del yo
y del pensamiento por medio del lenguaje.

Después de haber terminado materias en la escuela de música decidí darle uso al seguro educativo
que mi padre me había regalado años atrás. La pregunta era ¿Qué carrera voy a escoger? Pero
también: ¿Qué es lo que me apasiona en realidad? Ya sabía que me gustaban las humanidades,
primero pensé en sociología, luego psicología pero ninguna me terminaba de satisfacer, quería todas
y ninguna a la vez. Tras una minuciosa búsqueda, me encontré con el pensum de comunicación
social en la Universidad Javeriana, lo que me atrajo al instante fue la interdisciplinariedad que
manejaba en relación con las ciencias sociales. Asimismo, me gustó el énfasis en editorial, lo vi como
una oportunidad de dedicarle mi vida a aquel objeto que tanto había admirado y disfrutado en mis
tiempos libres.

Desde el día que entré en la Universidad Javeriana comencé a estructurar mi pensamiento y a


nutrirme intelectualmente. Me he dado cuenta que el año y medio que llevo en esta Universidad, he
desarrollado las inteligencias lingüística y lógico matemática a un nivel un poco más profundo –
aunque todavía falta mucho más-. E mejorado mi sintaxis significativamente, el sentido y la
construcción lógica de las ideas y los argumentos.

No obstante, ha sido gracias a la inteligencia personal que he logrado desarrollar estas dos
inteligencias-más a fondo- y valorar la musical que ya poseía. Entonces, la inteligencia personal tiene
la facultad de estabilizar emocionalmente al sujeto que la posee. De igual manera, decodifica los
marcos de referencia por medio de los que construye su realidad y se relaciona con los demás. Por lo
tanto, dicho sujeto es capaz de comprender –a través de la empatía- los marcos de referencia de los
demás y su historia personal. De hecho en el psicoanálisis, para que un terapeuta pueda ejercer su
profesión, primero tiene que iniciar un autoanálisis (Freud, 1974).

En este orden de ideas, las problemáticas macro sociales tienen su origen en la subjetividad de la
historia personal de cada sujeto. El problema comienza cuando las personas son incapaces de
reflexionar acerca de sus actos y las consecuencias de los mismos. Asimismo, son inconscientes de
los modelos afectivos que reproducen a través de sus acciones cotidianas. En otras palabras, el que
roba y apuñala lo hace a causa de su historia personal.

Por ejemplo, una vez iba caminando por cedritos y me atracaron. A pesar que yo le di lo que tenía al
ladrón, él sacó el puñal como si fuese a hacerme algo; afortunadamente en ese momento llegó una
patrulla y capturó al sujeto. Mientras estaba en la estación de policía, tuve una extraña conversación
con el atracador. Le pregunté: “¿Por qué sacó el puñal si yo ya le había dado todo lo que tenía de
valor?” y el me respondió (textualmente): “Porque más que el robo a mí me gusta es dañar a la gente
¿si pilla?”.

En este ejemplo se puede ver un claro caso de sadismo que se suele dar a causa de vivencias
violentas con el padre en la infancia (Freud, 1935). En otras palabras, el modelo afectivo que
construyó este personaje seguramente fue a causa de maltrato infantil, esto genera en la formación
psíquica del niño un súper-yo violento y severo que es reproducido socialmente en la manera que el
sujeto se relaciona con los otros. De igual manera Roger Bastide (1961) decía que el complejo de
inferioridad se veía reflejado en el sentimiento de inferioridad de clase. El ejemplo perfecto podría ser
la ex esposa de mi papá, ella venía de una familia humilde de Boyacá, por ello, después de haber
conseguido un buen empleo como corredora de bolsa y una buena posición social vivía obsesionada
con mantener un alto nivel de vida que no le correspondía. Finalmente las deudas para mantener ese
nivel de vida estrato 10, llegaron a tal punto que llevó a la quiebra a mi padre. Así podría contar
millones de ejemplos y explicarlos mucho más a fondo, pero no me extenderé más.
En última instancia, lo que trataba de retratar aquí es cómo las dinámicas micro sociales y las
intersubjetividades humanas construyen el entramado macro social de una sociedad. Por ende, para
otorgarles una dimensión social a todas las demás inteligencias es necesaria la reflexividad de la
inteligencia personal, porque sin ella no hay autocrítica, no hay mejora, no hay un pensamiento
consecuente y eso es lo que le hace falta al mundo contemporáneo, repensarse para transformarse.

Bibliografía

 Martín Barbero, Jesús (1987); De los medios a las mediaciones; Editorial Gustavo Gili S.A,
Barcelona.
 Freud, Sigmund (1974); Esquema del psicoanálisis y otros escritos; Trad. López Ballesteros,
Luis, Alianza editorial, Madrid.
 Freud, Sigmund (1935); Psicología de las masas y análisis del yo; Ercilla; Santiago de Chile.
 Le Goff, Jacques (1983); Tiempo, trabajo y cultura en el occidente medieval; Taurus, Madrid.
 Gardner, Howard (1987); La teoría de las inteligencias múltiples; Fondo de cultura económica;
México.
 Bastide, Roger (1961); Sociología y psicoanálisis; Trad. Hernán Mario Cueva; Compañía
general fabril editora; Buenos Aires.