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Jesús Álvarez Maestro, OAR

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SANTA RITA DE CASIA
Esposa. Madre. Viuda. Religiosa

Madre de Dios, 35 bis. - 28016 MADRID


Tel.: 91 345 19 92 - Fax: 91 350 50 99
E-mail: edibesa@planalfa.es
www.edibesa.com

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Colección «SANTOS. AMIGOS DE DIOS», n.º 9 (21009)

© EDIBESA
Madre de Dios, 35 bis. 28016 Madrid
Tel.: 91 345 19 92
Fax: 91 350 50 99
E-mail: edibesa@planalfa.es
www.edibesa.com

ISBN: 978-84-8407-964-4
Ref: 21009
Depósito legal: M. 30.711-2010

Impreso por: Impresos y Revistas, S. A. (Grupo IMPRESA)

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ÍNDICE

Prólogo

I. VIDA DE SANTA RITA


Las fuentes de su historia
Los orígenes de Cassia
Nacimiento e infancia de Santa Rita
Adolescencia y juventud
Rita Lotti contrae matrimonio
Nacen sus hijos
Asesinato de su marido
Muerte de sus hijos
Las circunstancias de su vocación
Se hace monja agustina
Su profesión religiosa
Mortificaciones y penitencias
Rita, estigmatizada por Dios
La peregrinación a Roma
La muerte de Santa Rita
Virtudes principales de nuestra Santa

II. DEVOCIÓN A SANTA RITA


Su fama de santidad
Los milagros
Semblanza espiritual
El proceso de beatificación
La canonización

III. LOS DOCUMENTOS DE SU VIDA


La Biografía del notario
La “Vita” de Agostino Cavallucci
El “Sumario de la vida”
El “Breve Relato” de Girolamo de Ghetti
Bula de canonización de León XIII
Último comentario

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Bibliografía

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PRÓLOGO

Son los santos los más excelentes dones que la Iglesia ofrece a la gloria de Dios,
producidos por la Palabra que predica y por los sacramentos de vida espiritual, que
administra, auténticas fuentes de la gracia salvadora de Cristo. Los cristianos celebramos
sus fiestas, tratamos de imitar sus virtudes y les suplicamos que eleven nuestras
oraciones, alabanzas y acción de gracias al creador. Con ellos esperamos triunfar con
Cristo formando parte de la patria celeste. Sin embargo, nos acordamos principalmente
de ellos para que hagan suyas nuestra alabanza, acción de gracias y súplicas a Dios,
sobrecogidos por las miserias de las limitaciones humanas. Nuestra oración se hace de
este modo oración de ellos.

Todas las criaturas participan de la santidad y bondad del creador y muy


especialmente los bienaventurados. En verdad son también santos, según San Pablo, los
bautizados convertidos en miembros de Cristo, asociados a quien murió por todos. Pero
esta santidad se produce mediante nuestra unión con Dios, de quien la recibimos por
medio de Cristo. Sin embargo, esta santidad no es suficiente. Se requiere además la
práctica de las virtudes teologales y morales, es decir, estamos obligados a una santidad
moral, ayudados siempre con la gracia divina. De todas las virtudes, nos dice San Pablo,
la mejor es el amor, la que más nos acerca a Dios y a los hombres nuestros hermanos.

Contemplando a Dios los santos del cielo son bienaventurados porque gozan de la
felicidad eterna con la posesión de toda la verdad, toda la paz, toda la belleza y todo el
amor. Comienzan a disfrutar ya en la tierra esta felicidad los pobres, que cuanto poseen
lo ponen a disposición de los demás, los que no acuden a la violencia en ninguna de sus
formas contra los hermanos, los que sufren y lloran mirando a la cruz de Cristo a la vez
que ponen todos los remedios, los amantes de la santidad y justicia en todas sus formas,
los misericordiosos que entregan el corazón cuando dan la mano al que sufre, los
honrados y buenos que contemplan con mirada limpia hasta a sus enemigos, los
sembradores de paz en la familia y en la sociedad, los que son perseguidos de mil modos
por servir a Dios. A todos éstos Jesucristo les llamó bienaventurados, dichosos, felices o
como traducen otros, especialmente amados por Dios (Mt 5, 1-11).

San Agustín entendió que estas bienaventuranzas de Cristo eran auténticos preceptos,
obligatorios para todos sus seguidores. Según esto, los santos han sido fieles cumplidores
de estos mandamientos divinos. En uno o en otro se han distinguido de forma que nos
han demostrado la presencia de una gracia de Dios especial en ellos. La fe, la esperanza
y el amor les llevaron por el camino de Cristo siguiendo sus huellas. El mundo los creyó
desgraciados, porque no hicieron dinero, no disfrutaron del poder ni de la fama, no
fueron aplaudidos y tampoco se hicieron esclavos de pasiones placenteras e ilícitas.

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Mirándolos a ellos podemos ver los demás un poquito la belleza del cielo y la Iglesia los
puso en los altares para que por ellos alabemos a Dios siguiendo su ejemplo.

La veneración e invocación de los santos comenzó en la Iglesia con el culto a los


mártires y después se extendió durante los primeros siglos a los confesores, vírgenes y
anacoretas. En el Antiguo Testamento Dios está dispuesto a perdonar a Sodoma y
Gomorra por las súplicas de Abrahán (Gen 18, 16-31), con tal de que encuentre diez
justos en esas ciudades; Onías y Jeremías logran el perdón de Dios para su pueblo (2 Mc
15, 12). En el NT los apóstoles se sentarán junto al Hijo del Hombre para juzgar a las
doce tribus de Israel (Mt 19, 28); el rico malo pide a Lázaro que tenga compasión de él y
de sus hermanos (Lc 16, 19-31); los mártires ruegan a Cristo en el cielo que vengue su
sangre en la tierra (Apoc 6, 9).

El concilio ecuménico de Nicea II (787) contra los iconoclastas y el concilio de


Trento (1545-63) contra los protestantes declararon lícito el culto de dulía a los santos y
la validez de su intercesión por nosotros. Recientemente ha repetido esta doctrina el
concilio Vaticano II, destacando que la Virgen María merece una veneración especial
por ser la Madre de Dios. La devoción a los santos nos obliga principalmente a imitar
sus virtudes siguiendo su ejemplo. Los santos merecen nuestro culto y veneración porque
han logrado llegar a la meta por el camino abierto por Cristo y presentan nuestras
oraciones y alabanzas al Señor. Los santos han pasado por nuestras experiencias y
dolores en esta misma tierra. Por eso reconocía el agustino Santo Tomás de Villanueva,
que imploraba más a gusto a los santos que a los ángeles, porque fueron de carne y
hueso como nosotros.

La Iglesia escoge a ciertos santos por patronos de naciones, pueblos y ciudades para
que los fieles imiten sus virtudes y se acojan a su protección. Hasta nos han inscrito
nuestros padres en el libro de bautismos con el nombre de un santo, esperando que nos
tenga presentes delante de Dios. Los nombres de los famosos, nacionales y extranjeros,
nunca podrán borrar los nombres de los santos en las sociedades cristianas. Rita
desarrolló su vida en las más difíciles situaciones, con la más generosa fidelidad a Dios,
dando respuesta a los más graves problemas de hoy. Los hombres y mujeres de las
fraternidades agustinianas deberán fijarse en ella para seguir fielmente a Cristo. Santa
Rita tiene un atractivo especial por ser modelo de una vida ejemplar en todos los estados
de su vida, especialmente como esposa, madre y religiosa agustina. Especialmente en
estas circunstancias podemos acogernos a su protección.

Tal vez no haya en el Santoral un santo tan universal y querido por el pueblo
cristiano como Rita de Casia, la santa abogada de lo imposible, la santa más popular con
San Antonio de Padua, dijo Juan Pablo II. Miles y miles de mujeres llevan este nombre
para recordarla. Fue bautizada con el nombre de Margarita evocando a la vez una flor y
una perla. Ciertamente, una perla, especialmente para las madres, es todo niño que viene
a este mundo, mucho más después de pasar por el baño del agua bautismal. Sus padres,

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sin embargo, le llamaron siempre con las dos últimas sílabas, Rita, y hoy se le conoce
con el apellido de la ciudad italiana que la vio morir: Rita de Casia. Es la joya más
preciosa que ha dado a la Iglesia y al mundo la familia agustiniana, de la que formó parte
durante los cuarenta últimos años de su vida.

Nació en un pequeño pueblo de Italia, en la cordillera de los Apeninos, que se


despliega de Norte a Sur, por la parte occidental de esta nación (1381-1457). En el
calendario cristiano descuella su manera de ser esposa, madre, viuda y religiosa ejemplar
en estos cuatro estados de vida. Fue santa durante toda la vida de unos 76 años. Su
símbolo son las rosas, que los agustinos bendicen en sus iglesias el día de su fiesta, el 22
de mayo. Se le representa siempre con una espina en la frente, para recordar el estigma
grabado por Dios, respondiendo a una petición suya, por su devoción a la pasión del
Señor. Innumerables hechos maravillosos jalonan su vida, su muerte y su presencia ante
Dios, hasta el punto de haberle llamado sus devotos Abogada de imposibles, es decir, de
las causas más desesperadas. Muchos héroes han sido ensalzados con toda clase de
leyendas. El pueblo cristiano lo hizo con algunos santos, auténticos héroes en el
seguimiento de Cristo. Esto ha sucedido con Santa Rita; sin embargo, se conocen los
hechos históricos fundamentales de su vida, que expresan la grandeza de un alma de
Dios. Esto ha bastado para que, aun no estando su nombre en el calendario litúrgico de la
Iglesia universal, su devoción y su culto sean universales.

Santa Rita es una auténtica margarita, uno de los mejores regalos dados por Dios a su
Iglesia. La devoción que el pueblo cristiano le ha tributado durante cinco siglos tiene
difícil explicación, aun comparada con la veneración de otros santos famosos. Ciertos
abusos de la piedad popular hacia ella no merman nada la fe y devoción que debemos a
Cristo, de quien dimanan la santidad y la gracia. San Agustín hizo ya a los donatistas de
su tiempo una advertencia, que vale para los iconoclastas de siempre: Los cristianos no
adoramos a los santos sino al Dios de los santos. Rita de Casia fue un precioso
obsequio del cielo al mundo. Cuando la moderna liberalización de la mujer se nos
presenta con excesos que rebajan su dignidad, esta Santa está llamada a evangelizar este
mundo, descubriéndonos el camino de la verdadera liberalización para mejorarlo en su
manera de ser virgen, madre, viuda y religiosa.

Llaman a vereda, decían en los antiguos pueblos de Castilla, cuando el Ayuntamiento


convocaba por bando a los vecinos, para abrir caminos nuevos o arreglar los destrozados
por las tormentas. Los santos fueron llamados a vereda por Dios y nos abrieron a todos
caminos de santidad, por los que podemos conducirnos mejor. Rita de Casia nos allanó a
todos el camino de la oración, nos enseñó a seguir andando en las contradicciones y en el
sufrimiento, señaló las sendas que llevan a la paz por el perdón y el amor en lugar de la
violencia, nos dijo cómo poder sobrellevar la soledad en la mejor compañía, marcó las
pautas de la santidad a todos los consagrados a Dios en la vida religiosa. Puede decirnos
como el rey de Hungría, San Wenceslao, a su paje que no podía seguirle caminado sobre
la nieve en duro invierno: Pon tus pies en las huellas que dejan señaladas mis

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sandalias. Santa Rita ayuda a crecer espiritualmente a muchas personas en la vida
personal y familiar.

En este libro nos proponemos escribir su biografía completa, de la que acabamos de


ofrecer unas breves pinceladas. Nació en la tierra y, sin embargo, el pueblo y sus
biógrafos la rodearon de un halo sobrenatural desde su nacimiento. Las gentes hablan de
las abejas que entraban y salían de su boca sin hacerle daño cuando estaba en la cuna, de
la espina o estigma grabado por el Señor en su frente, de las rosas y los higos que
florecen y maduran en invierno, etc. Con todo, la crítica histórica ha podido descubrir la
verdadera historia de esta mujer de carne y hueso como todos los mortales. La
Constitución Lumen gentium del concilio Vaticano II nos enseña que la Iglesia se nutre y
realiza en la eucaristía. La vida de Rita se realizó también en torno a Cristo, en la
eucaristía y el crucifijo. Todas sus virtudes están enraizadas en la fe, la esperanza y la
caridad sobrenaturales recibidas en el bautismo.

Tienes en tus manos la biografía de esta mujer italiana, que la Editorial EDIBESA me
ha encomendado para sus lectores. Pienso especialmente en las fraternidades seglares
agustinas y en la Asociación de madres cristianas Santa Mónica.

Jesús Álvarez Maestro, OAR

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I
LA VIDA DE SANTA RITA

Las fuentes de su historia

Este mundo necesita sabios que descubran los misterios de la naturaleza, gobernantes
que repartan con equidad las riquezas del mundo y profesionales de todo género; pero
ante todo, el mundo necesita santos. Ellos nos enseñan el camino de la justicia y de la
paz, sin las cuales no puede haber felicidad entre los hombres, señalándonos a la vez la
forma de establecer el Reino de Dios en el mundo. El pueblo cristiano ha mantenido
durante varios siglos una profunda devoción a Santa Rita, proponiéndose cada uno de
sus devotos seguir sus pasos y mejorar un poco la sociedad en que vivimos. Muchas
veces la piedad se alejó de la historia y adornando a la Santa con una aureola de milagros
se olvidó del verdadero mensaje que predicó a los jóvenes, a las esposas y madres, a las
mujeres y hombres consagrados a Dios. No fue un ángel bajado del cielo, fue una mujer
de carne y hueso. Su biografía nos ha llegado envuelta en un ropaje literario y
maravilloso, sin que la crítica histórica haya podido mellar la riqueza de su personalidad
espiritual. Veamos las fuentes de la historia de esta alma privilegiada.

La vida de Rita Lotti resulta fascinante. Ni el más aquilatado racionalista ni el teólogo


la pueden comprender plenamente. Lo humano y lo divino de esta mujer entran en el
mundo de las cosas de Dios. Las primeras fuentes de esta historia se han perdido. El
religioso agustino Giovanni Giorgio Amici escribió su biografía unos cien años después de
su muerte. Un poco más tarde lo hacía también, en verso, otro religioso agustino llamado
Giuseppe Canetti. De estas obras, sin embargo, no se conserva ningún ejemplar. La más
antigua biografía de Santa Rita pertenece a otro agustino, Agostino Cavallucci, Vita della
B. Rita da Cassia dell´ ordine di S. Agostino, publicada en Siena, el año 1610. Este
autor conocía las dos biografías anteriores y añadió algunos milagros con el fin de
edificar a sus lectores. Todas las numerosas biografías siguientes se sustentan en él,
intentando, más bien, la edificación espiritual de los fieles que la historia verdadera de
esta Santa. El mejor conocedor de su espiritualidad, Agostino Trapé, se queja de que por
haberle atribuido tantos milagros ha quedado oscurecido su mensaje a sus devotos.

El más antiguo documento fue redactado 10 años después de la muerte de la religiosa


agustina Rita por un notario, Domenico di Angelo, encargado de recoger los milagros
atribuidos a esta Santa por las autoridades civiles de Casia. Los investigadores le dan el
nombre de La biografía del notario. Además de los milagros este notario nos
proporciona algunos datos personales sobre sobre Rita Lotti:

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…Una muy honorable hermana monja, la Señora Rita, después de haber vivido
como monja cuarenta años en el convento de la iglesia de Santa María Magdalena de
Cassia, sirviendo a Dios con caridad, finalmente sufrió la suerte de todo ser humano.
Y Dios (en servicio del cual había perseverado durante el tiempo que hemos dicho)
quiere mostrar a los demás fieles de Cristo un modelo de vida para que ellos también
vivan como ella, que vivió sirviendo a Dios con ayunos y oraciones, realizó numerosos
milagros y prodigios admirables por su poder y gracias a los méritos de la
bienaventurada Rita...

Otra fuente importante de información a la que acude con frecuencia el crítico Ives
Chiron, es la biografía publicada por la imprenta de la Cámara Apostólica de Roma en
1628, con el título Breve Racconto della vita e miraculi della B.Rita da Cassia. Las
monjas de Casia suministraron al autor de este documento, el Padre Hieronymus de
Ghetti, general de los agustinos, todas las tradiciones orales y escritas sobre Rita que
conservaba el monasterio.

Los historiadores se sirven también de otros documentos iconográficos, más


próximos a la muerte de Santa Rita y que nos aportan importantes detalles. Me refiero
principalmente a su féretro, pinturas e inscripciones; así sabemos, por ejemplo, que
medía una talla de 1,50 de estatura, que era delgada, de rostro redondeado y juvenil. La
serie de biografías escritas sobre Santa Rita, los artículos, folletos, boletines, etc. son
innumerables. De importancia máxima son los datos biográficos y personales, aportados
con el nombre de Summariolum della vita, que las mismas monjas del monasterio de
Santa María Magdalena de Casia enviaron a Roma y se agregaron al Proceso de
beatificación. Existe también una tela antiquíssima, descrita por Agostino Cavallucci y
por las monjas en el Racconto de Ghetti, en la que el pintor nos recuerda los milagros
principales poco tiempo después de su muerte. Debemos recordar también las pinturas e
inscripciones que aparecen en el segundo féretro preparado para su cuerpo diez años
después de su muerte.

Toda esta documentación está recogida por el P. Dámaso Trapp, en cuatro


volúmenes, Documentazione Ritiana Antica, Casia, Monasterio de Santa Rita, 1968-
1970. Los historiadores encuentran aquí todos los datos esenciales de la vida de Santa
Rita, así como los documentos pertenecientes al proceso de beatificación y canonización,
la historia civil y religiosa de Casia y la del monasterio de Santa María Magdalena. El
Instituto Histórico Agustiniano de Roma organizó el año 2000 un Congreso Internacional
y todos los trabajos fueron publicados con el título Santa Rita de Cassia. Devozione.
Storia. Sociología. Rita es, pues, una excelente figura, tan humana, que representa y
testifica las diversas corrientes espirituales del siglo XV.

Los orígenes de Cassia

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Analicemos en primer lugar un poco la patria chica de esta mujer llamada Rita Lotti,
siguiendo los pasos de su último gran biógrafo, Yves Chiron, miembro de la “Sociedad de
la Historia de las Religiones de Francia”, en su reciente libro La verdadera historia de
Santa Rita. Desde su nacimiento hasta su muerte vivió esta Santa su niñez y juventud,
de casada y viuda, durante unos treinta y seis años en Roccaporena y cuarenta en Cassia,
constándonos solamente una salida a Roma con motivo de ganar el Jubileo el año 1450.
El mundo fue para ella la pequeña y montañosa región de la Umbría, aunque bien
comunicada con el Norte y Sur de Italia.

Cassia existía ya en tiempo del Imperio romano como ciudad fortificada, aunque su
nombre actual es conocido solamente desde el siglo VI. Sufrió primero la invasión de los
lombardos, procedentes de Alemania, los cuales terminaron por crear su reino en el
Norte de Italia y después la ocupación de los sarracenos que, como en España pusieron
en peligro la fe cristiana. A finales del siglo XII pertenecía ya a los Territorios Pontificios,
que formaban parte del patrimonio de San Pedro. Esta pequeña ciudad amurallada
contaba partidarios del dominio del Papa, los güelfos, y los defensores de su sujeción al
emperador alemán, los gibelinos. Sin embargo, la mayoría dominante fue siempre fiel a
la autoridad del Papado. Los pleitos entre las familias, las luchas sociales y políticas
derivaban con frecuencia en delitos de sangre, creando a la vez un ambiente de venganza
permanente entre los vecinos. A veces morían asesinadas familias enteras para que no
quedara posibilidad de venganza.

En el tiempo de Santa Rita esta ciudad se regía por los llamados Estatutos de Cassia,
en los que no entraba ningún representante directo del Papa, pero sí en sus instituciones.
El poder ejecutivo y el poder judicial eran ejercidos por gentes de fuera, mientras que el
poder legislativo lo ostentaban el alcalde y el parlamento de esta pequeña república. Sólo
los ciudadanos de Cassia podían adquirir bienes inmuebles y gracias al buen hacer de las
autoridades esta diminuta república gozó de bienestar protegiendo la instrucción pública y
la ayuda a los más pobres. Se calcula que la república de Cassia contaba con una
población de unos 20.000 habitantes, sin contar unas 40 aldeas de sus alrededores y sus
castillos, con una mayoría absoluta de hombres profundamente cristianos. Roccaporena
era una de estas aldeas con su correspondiente castillo, distante unos cinco kilómetros de
la capital.

El ambiente religioso de Cassia cuando nace Rita, mediado el siglo XIV, era bueno,
aun entre aquellos que se oponían al dominio temporal de los Papas. La ciudad reunía
todos los conventos de la humilde república, en la que se daban cita las clarisas, las
benedictinas de Celestino V, agustinos, franciscanos y las agustinas de dos conventos, el
de Santa Lucía y el de Santa María Magdalena, al que le dará fama y nombre Santa Rita.
El convento de los agustinos tenía la iglesia dedicada a San Agustín y en ella se daba
culto especial a San Juan Bautista y a San Nicolás de Tolentino, santos de especial
predilección en la devoción de Rita. En Cassia se habían dado cita todas las convulsiones
políticas y sociales de Europa a través, naturalmente, de la renacentista Italia. Sin

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embargo, el clima religioso general era bueno.

La república de Cassia acusaba ya en tiempo de Rita las corrientes del Humanismo y


del Renacimiento que se extendían por toda Europa. Poco a poco iban desapareciendo
los dogmatismos medievales, emergían las preocupaciones humanas y florecían las
manifestaciones artísticas y culturales. Los hijos de las familias mejor situadas estudiaban
derecho principalmente en Florencia y en Roma. Artesanos, comerciantes y feriantes
contribuían a la prosperidad de este humilde Estado dentro de Italia y de Europa. Con la
influencia de los monasterios, de los agustinos y franciscanos, Cassia no estaba al margen
de las diversas corrientes culturales del siglo XV durante la vida de Rita en el mundo. El
investigador agustino Dámaso Trapp ha llegado a encontrar cierta similitud entre los
versos de Dante en la Divina Comedia, dedicados a San Francisco de Asís y los que
aparecieron en el segundo féretro de Santa Rita.

Nacimiento e infancia de Santa Rita

Rita nació en Roccaporena (Roca Porena), pequeño pueblo o aldea de la Umbría


italiana, a unos 145 kilómetros de Roma, el año 1381, un año después de la muerte de
Santa Catalina de Siena, según hizo notar en uno de sus sermones Juan Pablo II. Los
primitivos habitantes de esta región habían sido los humbros, un pueblo belicoso,
amasado desde antiguo en contiendas y guerras con sus vecinos los etruscos. Se
encuentra esta región del centro de Italia en una de las estribaciones de los montes
Apeninos, en la cuenca alta del Tíber, que riega la zona de Roma, en la provincia de
Perusa (Perugia) y Terni. Aquí vio la luz primera nuestra Santa.

Esta región es famosa no sólo por la belleza de sus montes y agradables sombras de
verano, sino también por haber sido la cuna de célebres santos como San Benito, patrono
de Europa, Santa Escolástica, su hermana, San Francisco de Asís, el hermano de todas
las criaturas, la estigmatizada Ángela de Foligno, etc.; el calendario cristiano conmemora
también a Ugolino de Cortona y la orden agustiniana recuerda a sus hijos Nicolás de
Tolentino, Simón Fidati de Cassia y la estigmatizada Clara de Montefalco. Roccaporena
dependía totalmente de Cassia en lo cultural, en lo económico, lo social y lo religioso.
Las iglesias de las pequeñas aldeas no disponían de pila bautismal.

Los padres de Rita, Antonio Lotti y Amada Ferri, eran de costumbres profundamente
cristianas y piadosos. Algunos biógrafos han exagerado su pobreza y las estrecheces que
padeció Rita en su infancia. Más bien, los Lotti pertenecían a las antiguas familias
propietarias de Casia y se ha demostrado por actas notariales del tiempo, que Rita heredó
de sus padres una finca, mitad de cultivo y la otra mitad de bosque, sin contar lo que
recibió de su marido; en el año 1446 las monjas arrendaron una finca en acta notarial a
un agricultor del pueblo vecino Onelli, haciendo notar el notario, Giovanni Cecchi, que su
propietaria era Rita de Antonio Lotti. La riqueza de Antonio y Amada, como es común

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en los padres buenos, fue su hija, que los hizo los hombres más felices del mundo
cuando tuvieron en sus brazos a la recién nacida. Llevaban muchos años pidiendo este
favor a Dios, que les fue concedido, al igual que a las madres de Samuel y Juan el
Bautista, como un regalo del cielo, cuando parecía que ya no había motivo de esperanza.
Los padres, pues, de Rita disfrutaban de una buena posición social, aunque parece que se
dedicaban a las labores del campo.

Estos cristianos ejemplares, bien conocidos en la aldea por su fe, esperanza y amor
generoso a los pobres, eran también muy devotos de la Pasión del Señor. Se distinguían
entre sus paisanos por ser los pacificadores de las familias divididas por contiendas
políticas de signos diferentes. Ejercían de hombre bueno, como en los antiguos pueblos
de Castilla, cuando algún litigio o disensión surgía entre los vecinos, o mejor, como
jueces de paz. Más todavía, los pacieri poseían un estatuto especial en Cassia y su
región con reconocimiento jurídico de sus decisiones en toda clase de litigios como riñas,
insultos o agresiones. Se trataba de evitar de este modo los largos y costosos procesos
ante los tribunales. La reconciliación se hacía ante testigos, por amor de Dios y sin costes
pecuniarios. Los contendientes terminaban dándose el beso de la paz o un apretón de
manos. De este modo se evitaban muchas venganzas o vendettas. Esta institución existió
en otras muchas ciudades de Italia y tuvo su origen en los esfuerzos de la Iglesia
ofreciendo la tregua de Dios para evitar las guerras.

Agostino Cavallucci fue el primer biógrafo, cuya obra ha llegado hasta nosotros; es
también el primero en contar que sus padres ya ancianos no tenían hijos y que un ángel
anunció a Amada durante su oración el nacimiento de Rita. Sus oraciones habían sido
oídas. Los investigadores no han podido precisar el día de su nacimiento por ser tiempos
en los que los grandes acontecimientos de la familia se relacionaban solamente con
hechos importantes de la naturaleza o de la historia general. Vino al mundo en momentos
calamitosos para Europa e Italia, tiempos de guerras fratricidas, conquistas y rebeliones,
de ciudades y pueblos contra los vecinos, de revoluciones sangrientas, etc.

Recibió el bautismo a los pocos días de su nacimiento probablemente en la iglesia de


San Juan Bautista regida por los frailes agustinos, según se ha demostrado el año 1979
por un fresco del siglo XIV, en el que aparece que esta iglesia poseía pila bautismal.
Hasta que se descubrió esto todos los biógrafos creyeron que se bautizó, como la
mayoría de los niños de Cassia, en la iglesia colegiata de Santa María de la Pieve, ya que
Roccaporena, como hemos dicho, no tenía pila bautismal. Rita, pues, sigue desde su
nacimiento las huellas espirituales de Agustín. Se le impuso el nombre de Margherita o
Margarita. El cariño de sus padres lo reduciría después a las dos últimas sílabas de forma
que familiares, vecinos y amigos le llamaron siempre Rita. Su nombre completo Rita
Lotti. Comenzó a ser santa con el bautismo, o mejor, santificada en este sacramento. Esa
vida divina que impregnó su alma le dio después la fuerza necesaria en las situaciones
más difíciles.

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Sus biógrafos, siguiendo a Cavallucci, nos maravillan narrando milagros que
demuestran la providencial misión de Santa Rita: un ángel, hemos dicho, anunció su
nacimiento a su madre Amada y siendo todavía una bebé un enjambre de abejas blancas
entraban y salían de su boca sin causar ningún daño a la niña. El milagro de las abejas
sucedió en casa de sus padres a los pocos días de nacer, según fue descrito por los
notarios de la comisión en el proceso de beatificación. Para juzgar este episodio es
preciso recordar el fuerte simbolismo de castidad de la abeja en la espiritualidad cristiana
y que las abejas no pican si no son atacadas o molestadas. Es natural también que se
acerquen a la boca de un niño, que se encuentra desprotegido o descuidado. Algún
biógrafo añade que cierto campesino intentó ahuyentarlas y quedó inmediatamente
curado de un brazo que tenía herido. Santa Rita fue, ciertamente, una abejita blanca de
Dios dando a todos la alegría y la dulzura del amor cristiano.

Otros han creído que estas abejas son de la misma familia, que tiene todavía sus
guaridas en los agujeros del viejo monasterio de las monjas agustinas de Cassia; aparecen
y desaparecen de tiempo en tiempo y trasladadas lejos, según se ha comprobado,
regresan desde largas distancias a su lugar. El presunto milagro de las abejas narrado por
Cavallucci y después de él por otros biógrafos nos ha llegado en versiones diferentes:
unos dicen que cinco o seis abejas, otros que eran blancas y otros no hablan de su color,
asegurando a la vez que eran distintas de las abejas que en otros tiempos han anidado en
las grietas del monasterio. Sus devotos han visto en ello una señal profética de Dios
anunciando la futura santidad de Rita. Dicen de estas abejas que carecen de aguijón y no
producen miel. La abadesa del monasterio de Santa Rita, beata Teresa Fasce, fundó en el
siglo pasado un horfelinato para niñas a las que llamaba cariñosamente abejitas, así
como una revista titulada La colmena, muy difundida en Italia.

A todos nos crea Dios por amor y nos conserva en la existencia por amor. El
nacimiento de Rita es una prueba evidente de este amor de Dios. Más todavía, fue un
regalo especial del cielo a sus padres, unidos por el matrimonio. Es el amor de los
esposos la cuna más bella para un niño. De sus padres aprendió Rita a rezar, a querer a
los pobres, a poner paz donde hay división, a ser devota de Cristo crucificado, a
perdonar a sus enemigos. La fe se trasmite por los padres a los hijos y se vive en el
hogar. La familia más perfecta conocida la encontramos en Nazaret, formada por un
varón justo, es decir, un hombre llamado por Dios para cumplir una misión especial, de
nombre José, y una mujer llena de gracia, de nombre María, escogidos por Dios para
ser la cuna de su propio Hijo. Los padres separados por el divorcio o divididos por
diversos enfrentamientos terminan malogrando el don de Dios.

Los padres de Rita eran fervorosos cristianos, hombres de paz en la aldea, para los
que su preocupación primera fue la educación cristiana de su hija. Su afán era educarla
en el ejercicio de las virtudes cristianas. No eran sabios, pero sabían con Víctor Hugo
que la virtud es un libro en el que todo padre debe hacer deletrear a su hijo. Ya hemos
dicho que Rita heredó de ellos un gran espíritu de oración, devoción a la pasión de Cristo

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y amor profundo al prójimo, especialmente a los necesitados. Lo más contrario a los
niños de nuestros días educados por un papá y una mamá divorciados. Su vida se
desarrolló en una comunidad de amor, en una pequeña iglesia doméstica.

En el Breve relato presentado en el proceso de beatificación por el P. Jerónimo Ghetti


en 1628 y publicado por la Stamperia della Camara Apostolica, se asegura que Rita se
distinguió desde la primera infancia por la oración y la piedad. Nada nos dicen de su
primera comunión. Podemos sospechar que recibió por primera vez al Señor a los doce
años, según era la costumbre en aquellos tiempos. La iglesia de Roccaporena estaba
dedicada a un viejo ermitaño llamado San Montano. Sin duda en esa iglesia hacía
frecuentemente su oración y asistía a la celebración de la eucaristía. Igualmente podemos
pensar que fue aquí donde recibió su llamada a la vida religiosa desde su infancia.

Algunos biógrafos han escrito que Rita fue analfabeta, fiados en que ésta era la
condición de la mayoría casi absoluta de hombres y mujeres en aquellos tiempos Lo más
probable, sin embargo, es que Rita supo leer y escribir, ayudada tal vez por algún
maestro especial, en una época en la que no existían para nadie las escuelas. Podemos
sospecharlo porque unos 20 años después de su muerte, en la tela antiquísima, se le
representaba con un libro en la mano. Más todavía, el notario de Cassia, Domenico di
Angelo, se refiere a ella en el documento citado, de 1457, como muy honorable hermana
y Señora Rita, lo que indica que sus padres gozaron de cierta condición social y nobleza.
No es tampoco extraño, por consiguiente, que Rita leyera libros de espiritualidad que
entonces estaban sólo en manos de los predicadores agustinos y franciscanos.
Probablemente tuvo su preceptor especial que le inició en el conocimiento de las letras.

Las dos corrientes espirituales más señaladas en esta época eran la contemplación
agustiniana del amor, la devoción a la eucaristía y a la pasión del Señor. El día del Corpus
toda la población de Casia, con sus autoridades al frente, acudía al convento de San
Agustín, de donde partía la procesión por las calles de la ciudad, portando un relicario
con una Hostia que había sangrado y mojado las hojas de un breviario, donde un
sacerdote la había colocado. Sin duda esta procesión multitudinaria, que conocemos por
el Archivo histórico municipal de Casia, influyó poderosamente en el alma infantil y
adolescente de Rita. Esta devoción venía siendo cultivada por los agustinos desde que la
inició el beato Fidati.

Nada más en concreto podemos saber de la niñez de Rita. Sin duda fueron los años
más fabulosos y felices de su vida. Sus padres pudieron decir de ella con Rabindranath
Tagore: Cada niño, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios no ha perdido aún la
esperanza en los hombres. Como todos los niños podemos pensar que fue feliz con sus
juguetes y juegos infantiles, con sus amiguitas y viajes a Casia a visitar sus iglesias y
castillo o la cumbre del Schiappo. Con unos padres cariñosos todos los niños son felices
gozando solamente del momento presente. No les preocupa el futuro.

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Adolescencia y juventud

La infancia y adolescencia de Rita nos es casi por completo desconocida. Muchas de


las cosas que acabamos de escribir las hemos deducido adivinando la conducta de los
padres y las costumbres de la época. Probablemente, hemos dicho, aprendió a leer y
escribir y sus padres le enseñaron todo lo necesario sobre Jesucristo y la Virgen María, la
Madonna. Nada sabemos de su primera comunión, que entonces se recibía más tarde,
tampoco se refieren sus biógrafos al sacramento de la confirmación, que pudo recibirlo
con el bautismo. Sólo nos dicen de forma general que era una niña muy piadosa,
caritativa y buscadora de la soledad para dedicarse a la oración. Nos consta que para
satisfacer estos deseos de orar logró de sus padres una habitación particular y retirada de
su casa cuando tenía sólo doce años de edad.

En el lenguaje moderno tendríamos que decir que Rita no tuvo juventud, si


entendemos por esto diversiones, amistades, salidas de casa, música, viajes, ilusiones,
etc. Eso sí, todos los biógrafos certifican que había heredado la sencillez de sus padres
con un carácter dulce y bondadoso y lleno de delicadeza en el trato con los demás. Sus
vecinos la tuvieron siempre por una joven llena de encanto con grandes anhelos de
consagrarse a Dios en la vida religiosa. Su deseo más ardiente era ingresar en el convento
de agustinas de Santa María Magdalena de Casia, con justa fama por la santidad de sus
monjas en toda la región de Perusa y bien conocido de Rita porque eran sacerdotes
agustinos los que atendían con los franciscanos espiritualmente toda la región. Mientras
tanto sus padres se habían hecho mayores y requerían cariñosa atención.

El respeto y veneración de Rita, hija única, por sus padres se debió principalmente a
que ellos la llevaron al primer encuentro con Dios. A Dios se le puede encontrar en
cualquier circunstancia y por cualquier medio, aunque de manera diferente. Los padres
ven a Dios en los ojos de sus hijos a la vez que éstos van desarrollando su propia
autonomía sin estridencias ni sobresaltos. Sin embargo, un día surgió un verdadero
conflicto en el alma de Rita, obligada a escoger entre el seguimiento de su propia
vocación por la vida religiosa y la obediencia a la voluntad de sus padres. En este difícil
momento la compasión por sus padres inspiró su decisión.

Durante su corta juventud Rita fue catequista de la pequeña comunidad cristiana de


Roccaporena, enseñando a las niñas las verdades de nuestra fe y hablándoles del
Salvador, de cuya Pasión era profundamente devota, así como de la Virgen María, la
Madre de Dios. De sus padres había heredado esta devoción y la compasión por los
niños pobres y toda clase de necesitados. Se decía por Casia que a cierto mendigo llegó a
entregarle su manto para que se protegiera del frío un día de invierno. La meditación
constante de la pasión del Señor le aconsejaba también las más frecuentes prácticas
penitenciales comunes en las almas piadosas de su tiempo.

Pensando en Rita se equivoca el poeta alemán Hebbel cuando atribuye a los jóvenes

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el creer que antes de ellos no existía el mundo. No padeció la exaltación de la fantasía ni
el hervor del corazón, pasó el corto periodo de su adolescencia y juventud esparciendo a
su alrededor el reflejo de su encanto. Naturalmente estaría llena de ilusiones espirituales y
materiales, le sorprendería el despertar de las pasiones y gozaría de su hermosura. La
juventud se pasa pronto y a Rita más aprisa que a nadie. Por el origen de su nacimiento y
la educación recibida debemos suponer a esta doncella buena hija en el hogar, amable y
respetuosa con todos. Más que una joven a secas Rita fue una esposa joven bastantes
años.

El tiempo de vida de Santa Rita, los siglos XIV y XV, fue tremendamente caótico en
la historia de la Iglesia. Unos cuatro años antes de su nacimiento había terminado el
destierro de los Papas en Aviñón con la entrada solemne en Roma de Gregorio XI el 17
de enero 1377. Santa Catalina de Siena, dominica, y Santa Brígida de Suecia pertenecen
a la historia con final feliz de este escándalo. Petrarca lo sentenció equiparando la
estancia de los Papas en Aviñón con el destierro de Babilonia. El daño hecho a la Iglesia
en su catolicidad fue inmenso con el nacimiento de los sentimientos nacionales,
especialmente con la llamada guerra de los cien años, entre el 1337 y el 1453.

No es esto lo peor. Rita fue contemporánea del cisma de Occidente durante el cual
tuvimos hasta tres Papas excomulgándose mutuamente, a la vez que la Iglesia se
encontró dividida en tres obediencias diferentes, diócesis con dos obispos y parroquias
con dos pastores fue desgraciadamente frecuente. Sin duda estos sucesos llegarían a
conocimiento de Rita, así como las ideas de los conciliaristas defendiendo la autoridad del
concilio sobre la del Papa. Los esfuerzos del concilio de Pisa y la solución encontrada en
el de Constanza con la elección de Odón Colonna, con el nombre de Martín V, el año
1417, dieron fin a esta trágica situación. Tal vez su espíritu de piedad y sacrificio se
deban en parte a lo que sufrió orando por la Iglesia durante todo el tiempo que duró el
escándalo. Nuestra Santa nació, pues, poco después de terminar la cautividad de
Babilonia, vivió durante el cisma de Occidente y, además, fue testigo de la definitiva y
última separación de la Iglesia Oriental, después que abandonaron los griegos el concilio
de Florencia (1438-1445). La vida entera de Rita se desarrolló en tiempos recios, según
Santa Teresa.

Rita Lotti contrae matrimonio

Nadie conoce en los momentos difíciles de nuestra vida los caminos de Dios. Nunca
desistió Rita en su intento de consagrarse a Dios en la vida religiosa, a la vez que sus
padres estaban cada día más necesitados de atención llegados a una edad avanzada. En
estas circunstancias sus muchos pretendientes por sus gracias de juventud, bondad y
hermosura, quedarían un día desencantados. Por otra parte sus ancianos padres se
sentían cada día más agobiados por el triste pensamiento de su muerte, después de la

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cual Rita quedaría sola en este mundo. Este es el problema más preocupante de todos los
padres, llegados a la última etapa de su edad cuando dejan solteros a una hija o hijo, que
les han cuidado a ellos. Todo esto se solucionaba siguiendo su vocación religiosa. ¿Por
qué, entonces, la casaron? La biografía redactada para su beatificación con los datos
aportados por las monjas no contesta a esta pregunta. Posiblemente sólo pensaron que
podía ser igualmente piadosa y cristiana en el mundo.

Antonio y Amada, aconsejados por sus parientes y amigos, propusieron a su hija,


según consta en el documento citado, contraer matrimonio. Cavallucci afirma que
celebrando un día la eucaristía en la iglesia de los agustinos de Casia oyó una voz interior
que le invitaba a la vida religiosa con estas palabras: Yo soy el camino, la verdad y la
vida. Su simpatía y atracción por las agustinas del monasterio había nacido en ella desde
niña. Fueron estos grandes momentos de aporía y perplejidad para Rita, que se postraba
a diario a los pies de Cristo crucificado.

Podía tener entonces por lo menos 12 años, que era en aquel tiempo la edad mínima
requerida por la ley (14 para los varones) para contraer matrimonio. La edad más
acertada en el caso de Rita son los 14, la más frecuente para las novias en aquella época.
La ley prohibía también toda clase de ostentaciones lujosas en las bodas. De una parte lo
que más estimaba era su virginidad a Dios consagrada y de otra la obediencia y amor a
sus padres le arrastraban con la misma fuerza. Su consentimiento personal era igualmente
necesario para casarse que para consagrarse a Dios en la vida religiosa. Después de
mucho rezar pidiendo luz a Dios optó por obedecer a sus padres. Fueron éstos los que
tomaron la decisión buscándole el marido que más les gustaba, según era costumbre. El
hombre escogido pertenecía a una de las familias distinguidas de Casia y había recibido
una educación cristiana. Su nombre era Pablo Fernando di Mancini, al parecer hijo de
uno de los guardias del castillo de Collegia-cone.

El matrimonio de Rita no fue un drama como lo hacen ver algunos de sus biógrafos.
La obediencia a sus padres, aceptando el matrimonio por ellos propuesto, según era
práctica generalizada en aquellos tiempos, no tenía que impedir la existencia de un
consentimiento válido. La obediencia respetuosa y cariñosa por compasión está muy
lejos de ser el temor reverencial irresistible, que habría hecho nulo el matrimonio. Rita se
movía por el respeto y amor a sus padres, no por el temor. Su actitud de fe y piedad le
hicieron creer probablemente que secundando la voluntad de sus padres obedecía a Dios.
Esta turbación no le impedía el ejercicio de su libertad, mucho menos teniendo en cuenta
la naturalidad impuesta por la costumbre de los tiempos. Esta fue en estas circunstancias
la verdadera fuente de la armonía y de la paz interior en la joven Rita. Sus padres eran
para ella un reflejo de la voluntad de Dios. La santidad de su vida y ciertos
acontecimientos posteriores demostrarían más tarde que anduvo de por medio en este
matrimonio la mano de la providencia divina.

Después que San José y la Virgen María encontraron a Jesús, a la edad de doce años,

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en el templo, dice el evangelista: Jesús volvió con ellos a Nazaret y les obedecía…En
esta obediencia fue educada Rita y desde niña sintió una gran veneración por sus padres.
De ellos consiguió el aposento especial, al que me he referido ya, dentro de casa, a modo
de oratorio, donde rezar y hacer sus largas meditaciones sobre los sufrimientos y muerte
del Señor. Ayudaba caritativamente a los pobres en nombre de sus padres y enseñaba el
catecismo a los niños. Siempre quiso consagrarse a Dios en la vida religiosa y, sin
embargo, aceptó el matrimonio obedeciendo a sus padres. Podemos imaginarnos que
contrajo matrimonio en la iglesia de San Montano de Roccaporena, de triste y trágico
recuerdo después para ella, que tuvo que enterrar allí a sus padres, a su marido y a sus
dos hijos.

No sabemos cuáles fueron los fastos, la fiesta y la alegría en la celebración de esta


boda; pero, según algunos biógrafos, no fue sabia ni acertada. Pablo Fernando era de un
temperamento altivo y áspero, bebedor y violento, frecuentemente comprometido en
reyertas y discusiones. Así lo describen estos biógrafos, siguiendo a Cavallucci, que se
refiere a él como molto feroce o cruel. Parece que trabajaba como sereno en el pequeño
pueblo. A Rita no le hubiera quedado en este caso más que sufrir, mirando al cielo, la
equivocación de sus ancianos padres, pensando precisamente en ella. Hubiera sido una
víctima, como millones de mujeres de todos los tiempos, de lo que hoy se llama
violencia de género. Tal condición de vida la hubiera sobrellevado con paciencia heroica
como fruto de la oración, fundada en una fe profunda y devoción sincera a la pasión del
Señor. Dios le ayudó dando a la vez a su marido un carácter humilde, capaz de
reconocer su culpa pidiéndole perdón y ofreciéndole otras formas de cariño. Siempre se
creyó además que no se merecía una esposa tan santa.

Vivieron juntos en una casita, como se dice en las Actas del proceso de beatificación,
probablemente en el molino propiedad de su marido, junto al río Corno. Hay que
suponer también que Rita siguió atendiendo a sus padres a la vez que a su marido y
trabajando algo, tal vez, en las labores agrícolas. Simonetti describe a Pablo Fernando
Mancini como dado a las armas, sensual y poco buen cristiano. Otros añaden violento
y maltratador. Las monjas en el Racconto, lo califican de ásperas costumbres, nada más,
y añaden que Rita con su amabilidad cambió su carácter y vivió con él en buena
concordia.

Ives Chiron piensa que estos criterios tan negativos surgieron de una lección
equivocada de la inscripción, que existía en el primer féretro del cuerpo de Santa Rita,
desde 1457, en la que se habla de la passion feroce, pero refiriéndose al amor de Rita a
la cruz de Cristo. Alega, en cambio, que en la biografía del Padre Simonetti, escrita a
finales del siglo XVI, se cita un poema dedicado a la Santa por el Padre Nicola, pocos
años después de su muerte, donde se asegura que se casó a los 14 años de edad y que su
marido era un joven de Roccaporena ben disposto ma risentito, bien dispuesto, pero
irritable. Era, pues, un joven, giovane, conocido para Rita, un poco mayor que ella. Sus
padres no la hubieran casado nunca con un hombre violento, descreído, verdugo,

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colérico y bebedor, según el retrato que hacen de él algunos biógrafos. Los datos
biográficos dados por las monjas con motivo de su beatificación, según hemos dicho, no
nos ofrecen una imagen tan negativa de este hombre. Podemos, pues, pensar que
probablemente Rita fue feliz con él los 18 años de su matrimonio. Documentos
encontrados recientemente demuestran también que sus padres disfrutaban de una
excelente posición económica, que disfrutó el marido de Rita.

El matrimonio prestó ocasión a Santa Rita para practicar las virtudes propias de una
esposa verdaderamente cristiana y santa: la dulzura, la afabilidad, la mansedumbre, el
amor con el sacrificio permanente. La Iglesia tiene en ella un modelo de esposa para las
esposas cristianas. Pablo Fernando ayudó también a Rita a sobrellevarle, permitiéndole
siempre armonizar sus obligaciones de esposa con otra serie de actividades caritativas
con las gentes de la comunidad cristiana: visitaba a los enfermos y les llevaba el consuelo
en el dolor, socorría a los pobres con los auxilios de la caridad y su piedad le acercaba
cada día más a Dios. Por su parte nunca dio motivo para que se rompiera por su culpa la
paz del hogar. Tenemos motivos para creer que el matrimonio de Rita fue bueno también
por parte del joven esposo.

El matrimonio de Rita nos recuerda el de Tobías y Sara (Tob 7, 9-16). Rita fue
probablemente una esposa feliz, no desgraciada, como han dicho muchos de sus
biógrafos. Existen motivos para sospechar que Rita aceptó el matrimonio por respeto a
sus padres ancianos y que se casó con un hombre noble, con medios económicos y buen
cristiano. Según las versiones antiguas Rita trató de complacer en todo a su marido y
terminó en toda circunstancia acercándolo más al Señor. En el caso de haber sido un
marido infiel y descreído, hubiera extremado su resignación recordando a Santa Mónica,
la madre de San Agustín, que logró convertir al cristianismo a su marido Patricio; sus
oraciones, sus obras de caridad con los pobres y el cariño de sus hijos más tarde habrían
logrado cambiar el carácter de Fernando en la peor de las hipótesis.

No sé si en aquella época llevaban padrinos los novios a la celebración del


matrimonio; pero estoy seguro que no faltaron los mejores padrinos con nombre
masculino y femenino: el amor y la estima mutua. Rita aseguraba lo que más feliz hace a
un buen esposo, que no es la belleza sino la virtud. No se casó con un amigo ni con un
amante, como sucede frecuentemente en la edad moderna, se casó con un hombre que
era joven también y probablemente buen cristiano. Esta mujer humilde, agradable,
risueña y cariñosa y este joven esposo, que tuvieron que comenzar conociéndose
mutuamente su manera de ser, contaron desde el primer momento con la bendición de la
Iglesia y la gracia de Dios.

Nacen sus hijos

Los biógrafos, que tienen una visión negativa de Fernando, la completan con otras

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explicaciones. Los sufrimientos de Rita se convirtieron un día en alegría. Dios escuchó
sus incesantes oraciones pidiéndole la conversión de su esposo. Pablo Fernando cambió
por completo su mal temperamento, vencido por la bondad y virtudes de Rita. Como
ocurre a tantos padres de familia la ocasión vino también dada por el nacimiento de su
primer hijo. Rita dio a luz un precioso bebé al que pusieron en su bautismo dos nombres
cristianos: Juan Santiago, Gian Giacomo. La ternura y el cariño a este niño a la vez que
las ternuras y cariños de la madre modificaron poco a poco la conducta de Pablo
Fernando. El cambio fue completo cuando Rita dio a luz, dos años más tarde, a su
segundo hijo, que recibiría el nombre de Pablo María, Paolo Maria. Pudieron ser
bautizados en la iglesia de San Juan Bautista, como la madre, o tal vez en Santa María
della Pieve, de Casia. La conversión se verificó, según estos autores, cambiando la
altivez por la dulzura, la aspereza por el amor, derrochando cariño a sus hijos y a su
esposa. Pero no sucedió esto en sus antiguos amigos y enemigos. Tendrían diez o doce
años cuando murieron los padres de Rita.

Los hijos pequeños no piensan en las preocupaciones de los padres, más bien, comen
de su corazón y saben agradecerlo. Se les quiere porque son pedazos de sus padres y a
sus progenitores corresponde iniciarlos en la práctica de las virtudes cristianas. Cuando
los hijos son mayores suelen hacer con sus padres ancianos lo que han visto hacer con
ellos. Según esto, trabajar los padres por ellos y cuidarlos con cariño es hacer por sí
mismos. Estas o parecidas serían las preocupaciones de este joven matrimonio de Rita y
Pablo Fernando.

Rita pudo dedicarse a cuidar y educar a sus hijos sin sobresaltos y sin que nada
perturbara su paz. La maternidad la había hecho a ella enteramente feliz y podía cumplir
con alegría sus deberes de madre. Contaba con las dos cualidades más excelentes del
mejor de los pedagogos, con el amor de madre, el de más altos quilates conocido y con la
delicadeza de una santa. Las dos juntas forman el corazón del más puro amor. Ambas
son imprescindibles para corregir las malas inclinaciones de los hijos y lograr de ellos la
práctica de las virtudes cristianas. Educar cristianamente significa sacar de ellos lo mejor
de su alma, inclinada por naturaleza, según Tertuliano, hacia la verdad cristiana.

Los consejos que Rita podía ofrecer a sus hijos estaban siempre acompañados con el
ejemplo de su vida. Rita continuó con las obras de piedad de su niñez y adolescencia.
Asistía con frecuencia a la celebración de la eucaristía en el convento de Santa María
Magdalena de Casia y posiblemente practicaba con la misma frecuencia el sacramento de
la reconciliación, tan querido por ella desde que lo aprendió de sus padres, los
reconciliadores del lugar. Haría también, según hemos notado ya, frecuentes lecturas
espirituales y no es aventurado pensar que algún sacerdote agustino fuera su director
espiritual. También nos imaginamos que celebraría todos los años con gran devoción la
fiesta y procesión del Corpus por las calles de Casia o que haría sus visitas a las ermitas
de los alrededores, en una de las cuales se encontraba todavía un fresco de Cristo,
saliendo de la tumba el día de Sábado Santo.

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Gracias a su fe y a su piedad, no lo dudemos, Rita en el matrimonio fue feliz. No
podía ser menos con un marido que, según hemos dicho, era bueno, en excelente
situación económica y los dos en plena juventud. Nada podía impedir la felicidad de esta
mujer profundamente creyente. Posiblemente su mayor preocupación consistía en dar
buen ejemplo a sus hijos, en solucionar las dificultades que podían surgir en su educación
y, tal vez, algún conflicto público por el carácter oficial del trabajo de su marido. Las
relaciones directas con su esposo fueron siempre buenas y nunca le impidieron su vida de
piedad, las obras de caridad con los necesitados y ejercer de pacificadora entre las
familias encontradas. Encajó las contrariedades con valentía y dignidad, interesándose
principalmente por su marido y sus hijos. El matrimonio no depende sólo de las
conveniencias económicas, familiares, sociales, etc.; cumple una misión divina de la que
depende principalmente su éxito. De ahí que Rita se preocupara principalmente de
comprender, disculpar y acercar más a Dios a su esposo.

Rita fue una mujer y esposa abnegada, buscando siempre, repetimos, complacer a su
marido para que estuviera cerca de Dios. Ni que decir tiene que su amor a sus hijos fue
tierno y cariñoso como el de todas las madres, siendo de este modo el centro y la alegría
del hogar en Roccaporena. Poco a poco, tal vez, la bondad de su esposa y la inocencia
de los hijos fueron mejorando a Pablo Fernando y haciéndolo más hogareño y afectuoso
con su familia ante la felicidad y satisfacción de Rita. Todo discurría por el buen camino,
unidos los cuatro en un limpio amor; mas no parece que fuera esto conforme a los planes
de la Providencia. Hasta parecería que Rita había conseguido crear una pequeña iglesia
doméstica en su propia casa: los esposos cumplían perfectamente la misión
encomendada por Dios y los hijos satisfacían plenamente la felicidad de los padres.
Todos disfrutaban de paz.

Para educar bien a los hijos no se necesita ser pedagogos, basta ser buenos esposos
en los que los hijos vean amor y buenos padres, que desean para ellos lo mejor. En
realidad son unos sacerdotes, que gobiernan su familia como representantes de Dios. La
educación consiste en hacer personas lo más semejantes a Dios en el conocimiento
progresivo de la verdad y en el amor y entrega a los demás. Es preciso amar a los hijos
con amor de Dios, que también los ama y que el amor de los padres se extienda también
a los amigos, a los profesores y a cuantos colaboran en su educación, defendiéndolos del
medio ambiente adverso. Esto se entendía bien en casa de Rita sin que fueran ella y su
marido unos profesionales de la pedagogía. Pero sabían que la familia es la primera célula
del Reino de Dios en la tierra. Este es el principio fundamental de la pedagogía en la
familia cristiana. Rita era consciente de que cuando la vida de una familia se inspira en
este principio todo marcha ordenadamente en esa comunidad de amor, porque es Dios
quien da el amor y quien lo cura de sus enfermedades. Campoamor escribió: Al besar la
madre a un hijo amado besa a un tiempo el amor de que ha nacido y, debemos añadir,
el amor recibido de Dios.

No podemos olvidar a sus ancianos padres, que probablemente disfrutaron poco

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tiempo de sus nietos. La tragedia sufrida por Rita a los 18 años de haber contraído
matrimonio atrae más la atención de sus biógrafos que las circunstancias de sus padres.
Tampoco sabemos cuántos años vivieron después del matrimonio de su hija, pero
estamos legitimados a pensar que Rita siguió atendiéndolos en su bien entrada tercera
edad para aquellos tiempos con el mismo cariño que les había mostrado en casa. Todos
los achaques vienen juntos en la vejez y, sin duda, la joven esposa continuó haciendo
todo lo posible a su favor. Viviendo en una pequeña aldea no podía ser indiferente a la
soledad de sus padres. Por su parte necesitaba más que nunca las palabras y sabiduría de
su ancianidad, ya que eran para ella como un libro escrito, que los todos los jóvenes
deben leer con frecuencia. El silencio de los biógrafos nos obliga a creer que
probablemente habían muerto antes de que Rita se quedara viuda.

Asesinato de su marido

Cassia (que en la lengua española se escribe con una sola “s”) era una república
independiente de la que dependía Roccaporena. Gracias a la documentación aportada por
los biógrafos de la Santa hemos podido conocer que la capital estaba bien comunicada
por el norte con Milán y Florencia, por el Sur con Nápoles y siguiendo la ruta del Tíber
con Roma, muy venida a menos por la ausencia del Papa durante el cautiverio de
Babilonia y el desgraciado cisma de Occidente. La pequeña república estaba corrompida
por la delincuencia, los odios, las venganzas y las enemistades. La paz social y la
seguridad de las gentes se veía amenazada por todas partes. Los servicios públicos eran
tan escasos que existían los pacificadores, a cuyo grupo pertenecían los padres de Rita y
los serenos nocturnos para guardar de noche las ciudades, que era probablemente el
trabajo de su marido en Roccaporena.

El ambiente religioso se debía a franciscanos y agustinos que tenían sus conventos


respectivos, con grande influencia de sus predicadores en toda la zona. Unos y otros
sostenían en su teología y en su predicación la primacía del amor en la vida poniendo por
centro de ella a Jesucristo. De los franciscanos y de sus padres aprendió Rita la devoción
a Cristo crucificado y de los agustinos el amor a todos los hombres, incluso a los
enemigos. De ambos conventos salieron famosos predicadores y maestros de vida
espiritual que figuran como beatos en el Santoral cristiano. Su predicación dejó profunda
huella en el alma de Rita.

Sin embargo, Rita tenía su predilección por los agustinos, atraída tal vez por la fama
del beato Simón de Cassia, gran asceta y escritor fecundo de espiritualidad, que había
fundado varios monasterios de monjas agustinas. Cassia había dado a la Orden un
Superior General llamado Nicolás de Cassia, cuyo gobierno duró desde 1402 hasta 1412.
Pero la fascinación de Rita estaba centrada desde niña en el monasterio de Santa María
Magdalena, que disfrutaba de justa fama por el gran número de monjas de profunda vida

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espiritual y por las obras de caridad que ejercían entre todos los necesitados de la ciudad
y alrededores. Es posible también que su atractivo por este monasterio se deba a que en
él vivía una monja llamada Caterina Mancini, tal vez, según hace pensar este apellido,
tía, hermana o prima de su marido.

Rita podía dar gracias constantes a Dios sintiéndose enteramente feliz como esposa y
como madre. Pero un día le llegó la más triste noticia: su marido había sido asesinado en
las orillas del río Corno, otros piensan que en su propio molino, en cuyo caso Rita pudo
oír los gritos de la víctima. No sabemos con certeza si esta muerte fue el resultado de
una reyerta política, consecuencia de una riña ocasional o una vendetta. En la biografía
escrita para su beatificación con los datos dados por las monjas se alude a su
temperamento violento. Algunos biógrafos sospecharon que no se defendió, bien porque
no llevaba armas, bien porque fue a traición. Quizá no fue más que una venganza
personal por motivos políticos. Algún autor se ha atrevido a pensar que había pertenecido
al partido de los gibelinos, contrarios al dominio del Papa en Cassia y que los había
abandonado. Se trata de sospechas totalmente desprovistas de fundamento histórico.

Los peregrinos que acuden a Casia pueden ver el lugar donde, según la tradición, fue
asesinado Pablo, muy cerca de Roccaporena. Sería hacia el año 1413, a los 32 de vida
de Rita y 18 de matrimonio. El móvil del asesinato, las armas empleadas y la fecha
permanecen en el misterio. Rita, sin embargo, lo sabía. Era el mayor dolor que hasta
entonces había tenido que soportar, muy superior al sufrido con la muerte de sus padres
o los desprecios y malos tratos de su marido, si fuera cierta esta hipótesis de algunos de
sus biógrafos. Acostumbrada a templar su alma anclándola en Dios le quedaba la
resignación cristiana, pensando en los sufrimientos redentores de Cristo y de la Virgen
María con el cuerpo de Cristo en sus brazos. Podemos imaginarnos los desgarros y el
llanto de una esposa sobre el cuerpo del padre de sus hijos tendido en un charco de
sangre. Me niego a describir la escena.

Los santos son los que mejor reaccionan en estos casos, sin necesidad de psicólogo.
Levantan los ojos al cielo y, como de Rita nos dicen sus biógrafos, piden perdón por los
asesinos y rezan por ellos. Estaba cierta, segurísima, de que su marido y padre de sus
hijos se encontraba con Dios. Fue asesinado cuando más feliz era con su esposo. Es aquí
cuando se puso de manifiesto que Rita era la mujer fuerte de que nos habla la Biblia.
Perdonó a los asesinos, como Jesús en la cruz, y pidió a Dios en sus oraciones que se
llevara a sus hijos antes de que vengaran la muerte de su padre. Sin duda es el acto más
heroico para una viuda por venganza y madre de dos hijos.

Todos los documentos usados por los críticos modernos a la hora de confeccionar
una biografía de Santa Rita nos aseguran que hizo esfuerzos insospechados no sólo para
perdonar ella, sino también para que el asesino fuera perdonado por sus parientes y los
de su marido. Tampoco se arreglaba el problema con el perdón de Rita. En aquel
ambiente de venganzas continuas nadie podía eliminar estos sentimientos de los

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hermanos y familiares de Fernando, ni tampoco de sus hijos estimulados por éstos. La
relación presentada por las monjas para su beatificación asegura que le pedía a Dios el
perdón con asiduas oraciones. Uno de los testigos en el proceso de beatificación,
Antonio Cittadoni, aportó una tradición que había ido pasando de boca en boca en su
familia, según la cual, Rita rezaba a Dios por el que había matado a su marido y había
ocultado la camisa completamente ensangrentada del mismo después del asesinato,
para que sus hijos no tuvieran la tentación de la venganza. Todo esto lo atestigua
también un fresco de 1462, conservado en la iglesia de San Agustín de Norcia, en el que
se ve a una religiosa encomendando al Señor a un malhechor. Todo parece indicar que se
trata de la efigie de la Santa.

Rita fue fiel discípula del Maestro, que murió pidiendo al Padre perdón por los que le
habían crucificado. El ambiente vengativo de su tierra había clavado en su corazón el
precepto de Jesús: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid
a los que os maldigan, rogad por los que os maltraten (Lc 6, 27-28). No hay señal
mayor de respeto a la dignidad de la persona humana. Esta mujer de Casia amaba
profundamente a sus hijos, amaba igualmente a su marido, le habían causado la mayor
desgracia imaginable, pero había aprendido a los pies de Cristo a amarnos unos a otros
como él nos amó ( Jn 15, 12). Este es el verdadero trasfondo del No matarás y el sentido
completo cristiano del quinto mandamiento. Un puñado de hombres y mujeres de la
personalidad de Rita hubieran bastado en los momentos más graves de la historia para
dar a la humanidad un mundo en justicia y en paz.

No sabremos nunca si Rita leyó las Confesiones de San Agustín. Tenemos que
dejarlo en la mera probabilidad. Tal vez leyó despacio este pasaje del santo:
Bienaventurado el que te ama a ti, Señor, y al amigo en ti y al enemigo por ti, porque
no podrá perder al amigo que tiene a todos por amigos. Y ¿Quién es éste sino nuestro
Dios? Santa Teresa dijo que Dios andaba entre los pucheros, los sabios creyentes
modernos prefieren decir que anda por los neutrinos, Santa Rita nos asegura que anda
también por el corazón de los asesinos.

Debemos afirmar que pocas personas han hecho tanto bien al género humano como
Rita mirando tanto por el hombre. Nadie sería hoy mejor candidata al premio Nobel de la
Paz, aunque tenemos motivos para pensar que no se lo darían a una mujer así, sólo
conocida en la aldea de Roccaporena. El bien más importante de la creación es la vida
humana. Si no hay vida no hay persona. Se sustenta aquí el derecho a la vida, más
claramente, el derecho a recibirla y la obligación de respetarla. En el mundo moderno el
egoísmo ha extendido por todas partes la cultura de la muerte. El mayor número de
muertos, por millones en todo el mundo, ni siquiera tienen derecho a un diminuto y
blanco féretro. El mensaje de Rita al hombre de hoy tiene más actualidad que nunca: el
respeto y amor a toda la vida, el respeto, sobre todo, a la vida humana, incluso a la de los
criminales y enemigos.

27
Muerte de sus hijos

El dolor de esta mujer tan fuerte con la gracia de Dios no terminó con la muerte
violenta y dramática de su marido. El perdón otorgado a los asesinos tampoco acabó con
las misas ofrecidas y duelo de muchos días, más bien, se fue reavivando y acrecentando
años después, cuando Rita observó que sus hijos cuchicheaban entre sí, proyectando la
venganza de su padre con la muerte de los asesinos, cuyos nombres eran bien conocidos
entre el vecindario. Era la ley de la vendetta, frecuentísima en Casia por aquellas fechas,
hasta el punto de ser la preocupación más urgente de las autoridades. Aquí se puso a
prueba el heroísmo de la madre. ¿Qué hacer para que sus hijos no se mancharan con la
sangre de una venganza? ¿Serían descubiertos por la policía y condenados a muerte?
Ruegos, consejos, llanto, súplicas, apelaciones a la fe cristiana, todo fracasaba ante la
terquedad de sus hijos, que sólo anhelaban hacerse mayores para llevar a cabo sus
intenciones vengativas. Habían heredado un grande amor y respeto a su padre. Se calcula
que podían tener entre diez y doce años cuando su padre fue asesinado.

Rita trató siempre de llevar a sus hijos a Dios. La palabra madre evoca siempre el
más tierno, limpio y profundo amor. Pero a la vez que crecían en años iba también
creciendo en ellos el deseo de venganza. Sólo le quedaba a la buena madre el recurso de
la oración. En el segundo libro de los Macabeos (7, 20-29) se narra un caso de madre
bien conocido por Rita. Los hijos enriquecen el amor de los padres entre si cuando el
amor a los hijos está bendecido por Dios. Sólo con esta clase de amor se les quiere con el
amor de esta madre. El amor verdadero es poco hablador y el más auténtico se da en las
almas más bellas. Rita quería que sus hijos tuvieran un corazón muy grande, sabedora de
que en el futuro sus hijos serían buenos esposos y buenos padres si lo habían visto en
ella. La venganza es propia de hombres salvajes.

Sólo quedaba el recurso de la oración, la ayuda especial de Dios. Rita acudió a Dios
haciendo el acto más heroico de una madre: ofrecer su propia vida antes que ver a sus
hijos convertidos en asesinos. Pero Dios no escuchaba su oración y había que pensar en
otro remedio. Entonces esta desconsolada madre comenzó a pedir a Dios que se llevara a
sus hijos de este mundo para que no derramaran sangre humana, aun pensando que se
quedaría sola, prácticamente abandonada en la sociedad de aquel tiempo. El citado Breve
racconto, con las tradiciones recogidas a las monjas de Casia, asegura todo esto. Ofrecía
a Dios el sacrificio más grande para una madre: la vida de sus dos únicos hijos, después
de rezar y luchar para arrancar el odio de sus corazones.

Esta vez Dios escuchó su oración, aun habiéndole pedido que rompiera su corazón
privándola de ellos. Con un intervalo de meses, menos de un año, afirma Cavallucci, uno
después del otro, por causas naturales desconocidas, tan frecuentes en aquella época, con
motivo tal vez de una epidemia que asoló a toda Europa por aquellas fechas, sus dos
hijos entregaron su alma a Dios, después de haber conseguido de ellos su madre que
perdonaran al asesino. Rita tuvo que enterrar a sus dos personas más queridas, a sus

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hijos, sin haber llegado éstos a la juventud. En cambio, había conseguido que se los
llevara Dios sin manchar sus almas con el pecado de la sangre, sin sufrir el dolor de una
venganza. La soledad de la Virgen María, terminada la prueba del Calvario, en la tarde
del primer Viernes Santo, era ahora la soledad de Rita sin padres, sin marido y sin hijos.
El camino al claustro parecía despejado, aunque con terrible dolor.

Esta soledad de Rita sin esposo, sin hijos, sin padres es la más parecida a la soledad
de María, repetimos, después del Calvario. Podemos pensar que conocería también las
alabanzas que hace San Agustín de su madre en las Confesiones (9, 9-11). Su soledad la
vivió orando en su casa, acompañada de Dios. Esto le dio más tiempo para hacer de
pacificadora entre las familias, atender a los pobres y enfermos, enseñar el catecismo a
los niños, suspirando cada día más por consagrarse al Señor en la clausura. Sin embargo,
las monjas agustinas de Casia se negaron por tres veces a recibirla alegando que no era
su costumbre admitir viudas. Hasta que Dios hizo el milagro. Rita sabía que Dios se
presenta en el Antiguo Testamento como protector de viudas y conocía perfectamente
los casos de la viuda de Sarepta y el profeta Elías, el de Ana, la profetisa ( Lc 36, 38) y
la protección y veneración que les dispensó Cristo en su vida ( Lc 7, 12-19; 21, 1-4; 18,
2-5). Había que seguir rezando.

La conciencia de la compañía de Dios tenía que romper el terrible aislamiento


viéndose privada de las personas más queridas. Había comprendido antes que San Juan
de la Cruz este consejo del místico español: Porque el amado no se halla sino solo
afuera, en la soledad. La persona humana sólo está sola cuando se olvida de Dios. Era
preciso que Rita volviera a la convivencia y con nadie mejor que con Cristo, con su Dios.
Ahora podía encerrarse en su habitación por la noche, después de cerrar la puerta de
casa, apagar toda luz y no estaría sola. De este modo podía seguir amando a su esposo y
a sus hijos gozando de su propio corazón. Entonces podía decir con Chateaubriand: No
se sabe lo que es el consuelo del corazón sino cuando nos quedamos solos. En el caso
de Rita eran los consuelos de Dios elevándola sobre la tierra. Había comprendido al
apóstol San Pablo: La que de verdad es viuda y ha quedado enteramente sola, tiene
puesta su esperanza en el Señor y persevera en sus plegarias y oraciones noche y día
(1Tim 5, 5). Sublime forma de huir de amores interinos.

Una nueva circunstancia vino a romper el corazón de Rita. La familia de los Mancini
se indignó grave-mente contra ella por no querer revelar el nombre del asesino. Su
soledad y sufrimientos aumentaron cuando se vio obligada a abandonar la casa familiar
en el centro de Roccaporena, acudiendo a sus propios bienes, heredados de sus padres y
de su marido, para instalarse en otra a las afueras de la aldea. Podemos imaginarnos su
dolor viéndose abandonada y despreciada por haber otorgado generosamente el perdón al
autor o autores del vil asesinato. En esta segunda casa existía ya una capilla cuando se
celebró el proceso de su beatificación. Tenía Rita algo más de treinta y dos años de edad
y todo le hacía pensar en la entrada en el convento. Existe una montaña de más de cien
metros de altura con una punta de roca en la cima a las afueras de Roccaporena, el

29
Schioppo, en la que se ha edificado una capilla, donde se cree que la joven viuda iba a
pedir los consuelos de Dios. Su peregrinación de soledad se extendería también por la
ermita de la Santa Cruz y por el convento de Santa María Magdalena de las monjas
agustinas.

Mirando la vida de Rita bajo un punto de vista puramente humano su vida se


prestaba a ser una mujer amargada y resentida. Desde su infancia, siendo hija única y sin
hermanos con los que compartir juguetes y alegrías, educada por unos padres
profundamente piadosos y excesivamente preocupados por ella, podía haber alimentado
sentimientos de rebeldía y de egoísmo. Muy al contrario, su generosidad con los padres y
con los necesitados alcanza altura sobrehumana perdonando a los asesinos de su esposo.
Es lo más semejante al amor de Cristo en la cruz pidiendo al Padre perdón para los que
le han crucificado. Pudo haberse rebelado contra sus padres oponiéndose al matrimonio
por ellos planeado y no lo hizo. Ninguno de sus familiares la defendió en este momento.
De ella diría San Pablo, como del Maestro: Aprendió sufriendo a obedecer. Se opuso al
mal con el bien hasta el extremo de renunciar a sus hijos por el amor a Dios. Muchas
gentes piadosas se quejan a Dios cuando la muerte les separa de un ser querido o ven a
otros más felices que ellos, llegando a creerse castigados por Dios. En las peores
circunstancias Rita se creyó amada por Dios y correspondió con la máxima generosidad a
ese amor.

Rita había dejado una estela de santidad en los estados de esposa y de madre, ahora
tenía que dejar ese mismo ejemplo en la viudez. En el calendario de los santos cristianos
figura como modelo de jóvenes, esposas, madres y viudas. Ya podía dedicarse con más
entrega a la oración, a visitar enfermos y ayudar a los pobres. Otra de sus tareas fue
poner paz entre su familia y las de los asesinos o asesino de su esposo. Para orar le
gustaba retirarse a una gruta cercana a su casa, pasándose horas hablando con Dios.
Hacía obras de penitencia pensando en la Pasión del Señor. En esta situación de soledad
volvió a renacer en su alma el deseo de consagrarse a Dios entre las religiosas agustinas
de Casia. Con estos deseos solicitó el ingreso en el monasterio de Santa María
Magdalena y le fue negado. Insistió dos veces más y obtuvo siempre la misma respuesta
pues aquellas monjas sólo acostumbraban a recibir jóvenes solteras. Tal vez les hacía
dudar la muerte violenta de su esposo. Ahora añadía a su soledad una fuente más de
sufrimiento.

Es posible que el esposo de Rita muriera víctima de bandos rivales, que tenían
enfrentadas a las familias de Casia y alrededores. Rita se entregó a sus prácticas
religiosas, dedicando gran tiempo a la oración y a reconciliar a las familias enfrentadas
por el odio y las venganzas. Cada día fue mayor su dedicación a las obras de caridad con
los pobres y necesitados a la vez que crecía en su interior el deseo de consagrar su vida
enteramente a Dios en el convento de las agustinas de Casia. Las madres sin hijos ya y
viudas son las más llamadas por Dios a la santidad. En la mística cristiana Dios es su
esposo y el mejor Padre de sus hijos. La viuda opta por el Señor poniéndolo por centro

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de su vida, ocupando el lugar de su esposo y de sus hijos. Como Ana, la profetisa, Rita
no salía del templo y Dios era su mejor esposo. Con razón han escogido los místicos esta
imagen de Dios esposo para expresar el más puro amor.

Las desgracias se le habían acumulado a Rita con la muerte en poco tiempo de sus
padres, el marido y los hijos. Balmes dejó escrito: La muerte de una persona querida u
otra desgracia de aquellas que dejan en el corazón una huella profunda, disponen el
espíritu a pensamientos graves, y dan a los sentimientos una dirección religiosa.
Habían sido cuatro las personas arrebatadas por la muerte y en Rita brotaron los
sentimientos en dirección a Dios, que le guardaba ahora sus seres más queridos. La
noche de sus tumbas le había iluminado sus mañanas. Sus buenas acciones de fe,
esperanza y amor impedían que se apagara la antorcha que daba luz a ella en el camino
hacia la otra vida. Después de tantas tragedias seguidas su esperanza era ahora más
fuerte que nunca. Cada día era para ella el último de la vida.

Las circunstancias de su vocación

Para comprender la vocación religiosa de Rita y su espiritualidad espero que mis


lectores me permitan iniciar este apartado narrando brevemente la historia y recordando a
los santos de la orden agustiniana. El convento de Santa María Magdalena de Casia en el
que entró milagrosamente esta viuda y madre de dos hijos muertos hacia el año 1407
pertenecía a la orden de San Agustín. Algún investigador se ha preguntado por qué Rita
insistió tanto para entrar en este monasterio en lugar de escoger el otro de Santa Lucía,
también de agustinas. Desde muy antiguo existen pruebas de que por aquella región de la
Umbría italiana habían estado ermitaños agustinos y desde 1281 existe ya en Casia un
monasterio. Pero se trata de una larga historia.

La Regla que San Agustín compuso para los monasterios que él mismo fundó siendo
laico en la casa familiar de Tagaste y ya sacerdote en Hipona comprende dos partes
diferentes: un corto prólogo sobre la observancia monástica y una consideración sobre la
vida común. Se encuentra en la Epístola 211, dirigida a un monasterio de mujeres
consagradas a Dios. Esta regla se extendió rápidamente por los monasterios de África y
después de la invasión de África por los vándalos, por Francia, Italia y España. En ella se
inspiró San Benito, el padre del monaquismo occidental. El monaquismo agustiniano
floreció principalmente en los siglos X-XII, extendido principalmente por los canónigos
de San Agustín, sacerdotes seculares que practicaban la vida común y ejercían el
apostolado por pueblos y ciudades. En la zona central de Italia y por la Umbría el espíritu
de esta regla inspiró la vida de muchos eremitas, bien viviendo solos o en pequeñas
comunidades.

El concilio IV de Letrán (1215) creyó conveniente urgir que se asociaran entre sí toda
la multitud de comunidades diferentes. Mediado el siglo XIII, siguiendo una llamada

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similar del Papa Inocencio IV, se constituía en la Toscana la primera federación de
ermitaños agustinos y en marzo de 1244 elegían al primer Superior General. Continuaron
las diversas agrupaciones de cerca de doscientos conventos agustinos de toda Europa
hasta que, por fin, el Papa Alejandro IV publicaba el 9 de abril de 1256 la bula Licet
Ecclesiae Catholicae, rogándoles que se unieran todos en lo que hoy es una sola orden,
con un solo Superior General, como se le conoce en la actualidad. Más de tres mil
agustinos varones pertenecientes a esta familia religiosa trabajan en diversos ministerios
apostólicos esparcidos por todo el mundo.

La existencia de agustinos en Casia, tanto eremitas como canónigos regulares con


vida común, es muy anterior a la gran unión de 1256. Tuvieron a su cargo varias iglesias
entre ellas una dedicada a San Juan Bautista, de donde le viene a Santa Rita esta
devoción, y un convento en el centro de la ciudad junto al palacio de las autoridades
municipales. De este convento salió el obispo de Cerdeña Juan de Casia, gran especialista
en las Sagradas Escrituras y otro célebre personaje, Nicolás Saraceni, maestro en
teología, que fue General de la Orden y después obispo de Recanati. Probablemente
Santa Rita conoció y hasta pudo tratar a este célebre personaje agustino.

El conocimiento y espiritualidad de los agustinos explica también la devoción de


Santa Rita a San Nicolás de Tolentino, el santo más querido en la Orden, gran asceta y
hombre austero, contemplativo y de oración constante, dado generosamente a la caridad
con los necesitados y trabajador incansable en el ministerio sacerdotal. La Iglesia lo
canonizó a los veinte años después de su muerte tras recoger el testimonio de 371
testigos que le habían conocido. Tolentino, en Las Marcas, estaba muy bien relacionado
con la república de Casia.

Probablemente influyó también en la devoción de Santa Rita a la Pasión de Señor


otra santa agustina, nacida cerca de Casia, muerta unos 70 años antes de nacer ella,
Santa Clara de Montefalco. Esta santa se hizo famosa por sus duras mortificaciones,
amor a Cristo en la cruz y a la eucaristía. Las monjas de su monasterio mandaron extraer
de su cuerpo el corazón después de su muerte para conservarlo como reliquia, quedando
sobrecogidos todos, médicos, teólogos y millares de fieles al observar que estaban
grabados en él los instrumentos usados en la muerte del Señor. El mismo Vicario General
de la diócesis, que había ido a sancionar al monasterio por llevar a cabo esta iniciativa,
viendo el corazón con sus propios ojos, quedó convencido del milagro. Su conocimiento
pudo llegar a Rita a través de los predicadores agustinos. Casia y Montefalco distan
solamente entre sí unos 30 kilómetros.

Sin duda estos predicadores agustinos hicieron conocer a Rita de joven y madre otros
santos y capillas de la orden cercanos a Casia. En el pueblo de Santa Anatolia, había
nacido el beato Ugolino que entregó su vida a la soledad y a la penitencia en una ermita
en las orillas del río Corno, que pasa por Roccaporena. En Casia había nacido en 1285
otro beato agustino, Simón Fidati, predicador inagotable por todas las ciudades de Italia,

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de Norte a Sur. Hombre culto y teólogo eminente que escribió profundas reflexiones
sobre el amor y la vida afectiva en relación con la vida espiritual. Simón Fidati había
fundado una asociación piadosa, que existía en Casia en la vida de Rita, Amigos del buen
Jesús, cuyos miembros meditaban en los sufrimientos de Cristo desde el amor. La
influencia de los escritos de este hombre en Santa Rita resulta evidente. No se puede
descartar tampoco que nuestra Santa hubiera sido miembro de esta asociación religiosa.

Más todavía, tienen los agustinos otro eremita, honrado por ellos como beato, que es
casi originario de Casia, Juan de Chiavino. Era hijo del duque de Chiavino, renunció en
su juventud a los estudios y bienes de fortuna y se retiró a un eremitorio agustino.
Ordenado de sacerdote ejerció su ministerio entre los pastores y campesinos de la zona.
Estos santos agustinos son casi contemporáneos y paisanos de Rita. Los hemos
recordado porque nos ayudan a comprender la espiritualidad de la Santa.

Las agustinas de Casia enlazan también con el precedente de las eremitas y


canonesas, que siguieron siglos antes por aquella zona la regla de San Agustín. En tiempo
de Rita las agustinas tenían en Casia dos conventos. No sabemos el origen del monasterio
de Santa María Magdalena en el que hizo su profesión como religiosa agustina Santa
Rita. Probablemente sea del mismo tiempo que el convento masculino de San Agustín de
Casia, que entrarían en la gran unión de 1256 a formar parte de la orden. El otro
convento de Casia estaba puesto bajo la advocación de Santa Lucía. Venía a tener una
docena de monjas y no nos consta que Rita tuviera relación especial con ellas, aunque
eran también agustinas.

Tenemos que recordar de nuevo otras circunstancias contemporáneas de la vida de


Santa Rita, que influyeron poderosamente en su espíritu. Nos hemos referido ya al
destierro de Aviñón y al cisma de Occidente, que fueron dos auténticas catástrofes para
la Iglesia. Debemos recordar también la peste negra, que diezmó a Europa desde 1348 a
1351. Aviñón y el Gran Cisma dividieron a la Cristiandad, pero tanto o más daño que
estos escándalos hicieron a la Iglesia los Papas, los cardenales y obispos, clérigos y
religiosos preocupados unos por el dominio temporal de la Iglesia, otros por las ciencias
meramente humanísticas y bellas artes, abandonando los problemas de la evangelización
y espiritualidad de la Iglesia. Con motivo de la división de la Iglesia entre dos o tres
Papas la Orden agustina se dividió también con dos Generales pugnando por dirigirla,
según las simpatías de los religiosos por los Papas. Esta situación produjo a la vez el
buen efecto de muchos religiosos suspirando por una vida más austera y de mayor
observancia con una exigencia de mayor vida espiritual. Dentro de esta corriente puso el
Señor providencialmente a Santa Rita.

Durante los 70 años que duró el destierro de Aviñón la historia de la Iglesia se


desarrolló envuelta en miserias y pecados, que causaron gran escándalo en los fieles. En
el tiempo de este Cisma los Papas estuvieron a merced de la política de los reyes
franceses, produciéndose a la vez una tremenda relajación de las costumbres. Se le llama

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en la historia eclesiástica la Edad de hierro del Pontificado. La admiración por las obras
literarias de la antigüedad del Renacimiento contribuyó al desarrollo de la teología en las
universidades, así como de la literatura y el arte cristiano. Sin embargo, tanto el
Humanismo como el Renacimiento derivaron en algunos de sus seguidores en una
verdadera ruptura con la fe cristiana. Wycleef y Hus habían sido ya condenados en el
concilio de Florencia (1414-1418), poniendo las bases del protestantismo posterior. Fue
este tiempo un verdadero kairós de la gracia de Dios.

Más allá, sin embargo, de estas circunstancias está la mano providente de Dios.
Teniendo en cuenta el espíritu contemplativo de Rita y la fuerza de su vocación, nacida
en la adolescencia, no es extraño que se acentuaran sus ansias de rezar por la Iglesia, que
tanto amaba. Es Dios quien mueve los hilos de la historia y llama. Rita había sentido la
llamada de Dios desde niña. La vocación a la vida religiosa es una llamada a vivir más
cerca de Dios, a ofrecerse enteramente y consagrarse a Él. Por muchas que sean las
mediaciones la vocación es una gracia de Dios.

Para Rita la voz de la sangre estaba ya totalmente apagada, el ambiente le había sido
siempre propicio, los gozos y tristezas de su vida seguían haciendo resonar los ecos de la
llamada divina, sólo faltaba abrir el corazón a Dios y darle respuesta. La respuesta fue
decidida y generosa con la convicción profunda de que iba también acompañada de la
gracia de Dios. No trataba de huir del mundo al modo de los antiguos anacoretas
cristianos o los antiguos ermitaños agustinos de Casia. El mundo es bueno y lo ha creado
Dios. Estando en el mundo había vivido siempre cerca de Él y el monasterio tampoco la
aislaba totalmente en aquel tiempo de las calles de Casia y del trato con las gentes.
Buscaba, ante todo, un ambiente espiritual propicio para continuar acercándose más a
Dios.

Se hace monja agustina

El Racconto o Breve relación, con las tradiciones de sus monjas, nos dice que
después de haber muerto sus hijos decidió Rita hacer a Dios la ofrenda de ella misma,
dando la siguiente razón: ávida de salvarse del diluvio del mundo deseaba volar hacia
el arca de Noé para encontrar allí el descanso. La iglesia de este convento había sido
frecuentada por ella desde la infancia y mucho más de mayor, para asistir allí a la
celebración de la eucaristía. Con este espíritu suplicó la entrada en el monasterio de
Santa María Magdalena siendo tres veces, según Cavallucci, rehusada su petición. En la
Breve relación se afirma que las monjas reunidas en capítulo no conseguían fácilmente
decidirse a dar el hábito a una viuda. El crítico Balbino Rano sospecha por el nombre
del monasterio, dedicado a María Magdalena, que en él tenían entrada también las
viudas.

El Padre Agostino Trapé nos da otra explicación: Rita era viuda de un marido

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asesinado en un mundo de odios y de venganzas y no querían las monjas que esto
salpicara la paz del monasterio. Otros investigadores agustinos, Vittorino Giorgetti,
Omero Sabatini y Sabatino di Ludovico, han encontrado recientemente en los archivos
del monasterio la presencia de una monja, llamada Caterina Mancini, que por su apellido
piensan podía ser hermana del asesinado o pariente próxima con su mismo apellido. Tal
vez esta monja ejercía siempre su derecho de veto en los capítulos por no haber
denunciado Rita al asesino de su marido. Esto hace también misterioso saber cómo, por
fin, fue aceptada y convivieron las dos monjas después en la misma comunidad.
Habiendo entrado Rita en el monasterio hacia el año 1417, a los 36 de su edad, convivió
con ella por lo menos 30 años.

Desde el siglo XIII existían en Casia dos fraternidades agustinas de hombres y


mujeres seglares, deseosos de vivir bajo la dirección de sacerdotes de la Orden la
espiritualidad agustiniana. Se confesaban una vez al mes, comulgaban frecuentemente y
hacían obras de misericordia con los pobres. Los hermanos de una de ellas eran muy
devotos de la Pasión y dolores del Señor y hacían una procesión pública por las calles de
Casia generalmente los viernes del año. Los historiadores no saben por qué Rita no se
contentó con pertenecer a una de estas confraternidades. La entrada en el monasterio, sin
embargo, era para ella la respuesta a una llamada de Dios.

La relación de las monjas o Sumario, presentada en el proceso de beatificación,


asegura que Rita sufrió mucho por el rechazo de las monjas y que redoblando las
oraciones y los llantos se humillaba ante Dios atribuyendo el rechazo a sus
faltas…Una noche tuvo Rita una visión especial en la que vio a San Juan Bautista subir a
la cima del Schioppo, a las afueras de Roccapoena, donde ella iba con frecuencia a rezar
y meditar en la soledad. La Santa entendió que San Juan la invitaba a subir a la mayor
altura de la perfección espiritual. Rita subió también con él a la roca del Schioppo. El
mismo Breve Racconto asegura que Rita estaba temerosa y ansiosa, pero San Juan
Bautista la reconfortó, acompañado de San Agustín y San Nicolás de Tolentino. Eran los
tres santos de su mayor devoción. De hecho es probable que la reconciliación con la
familia de su marido se realizara antes del año 1417, que todos dan como fecha de
entrada en el convento. A esta conclusión se llega examinando un fresco pintado en 1504
en el que Rita aparece vestida con un faldón negro, de acuerdo con la vestimenta de la
época. Sin duda esta reconciliación se hizo ante los pacificadores dejando constancia
oficial.

Según el Breve Racconto Rita fue transportada al convento milagrosamente por estos
tres santos. Cavallucci dice que le acompañaron y guiaron hasta el monasterio. León XIII
recogió esa última versión en la bula de canonización el año 1900. Un fresco del siglo XV
representa a Rita en el mundo todavía con las manos juntas en el pecho indicando tal vez
que ya se había reconciliado con su familia política y con la otra familia relacionada con
el asesino de su marido. Nada, por consiguiente, se oponía ya a la admisión en el
monasterio. Rita había sido ejemplo de fe cristiana recibida de sus padres en la niñez, en

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su corta juventud, como esposa, madre y viuda. Unos santos de su devoción la habían
introducido en el monasterio. Tenía unos 36 años. Ahora podía ser una mujer consagrada
a Dios con los tres votos de obediencia, pobreza y castidad por el reino de los cielos ( Mt
19, 9-13); 1Cor 7, 25-40).

Para que todo esto sucediera fue necesario que Dios cambiara la actitud de las
monjas y que fueran generosas con su petición. Equivalía esto a pedir otro milagro al
cielo. Y el milagro se produjo. Los tres santos de que hemos hablado la introdujeron en
el monasterio de las agustinas, dejándola en el coro o en el claustro, según otros
biógrafos. Fácil es imaginarse la sorpresa de las monjas al encontrarla a la hora de sus
rezos, extasiada en el coro. La sorpresa fue mayor cuando se dieron cuenta que era la
joven viuda de Roccaporena y oyeron su explicación: Mis patronos San Agustín, San
Nicolás de Tolentino y San Juan Bautista me introdujeron anoche por haber recurrido
a ellos insistentemente en mis oraciones durante mucho tiempo. Naturalmente fue
recibida en el monasterio, aceptando gustosas el don de Dios. Se calcula que corría el
año 1417. El Breve Racconto de las monjas afirma que fue admitida por el voto unánime
de la comunidad compuesta de diez monjas y la abadesa. Había sido una joven ejemplar,
la más fiel de las esposas, la mejor de las madres, viuda entregada a las cosas de Dios y
ahora tenía que ser un modelo de mujer consagrada viviendo la regla de San Agustín.
Tenía unos 36 años de edad. La gracia de Dios había sido fecunda sobremanera en ella.

Nunca podremos saber si se trata en este relato de una aparición milagrosa de los tres
santos o de una visión mística de la Santa. La inscripción al pie de esta escena en la tela
antiquísima emplea la palabra visión. Lo difícil en este caso sería explicar cómo entró en
el convento sin la ayuda de estos santos. Tal vez esto nos quiera decir que entró en el
convento gracias a que estos santos, después de muchas peticiones denegadas, le
facilitaron la reconciliación con los asesinos de su marido y con sus propios familiares,
solucionando de este modo el mayor escollo para entrar en el monasterio agustino.

Una vez admitida en el convento y vistiendo ya el hábito agustiniano la Superiora la


encomendó a la Maestra de novicias para que la instruyera durante un año en el
conocimiento de la regla y constituciones de la Orden. En realidad no necesitaba maestra
de vida espiritual. Su vida espiritual había venido creciendo desde la infancia y juventud;
pero se había acrecentado enormemente en las pruebas sufridas durante los periodos de
esposa, madre y viuda. Su espíritu contemplativo se veía ahora rodeado del ambiente
religioso, que siempre había deseado; pero tenía que esforzarse más en hacer suyos los
sentimientos de Cristo, según nos amonesta el apóstol San Pablo. La regla de San
Agustín y las constituciones del monasterio resultaban de fácil cumplimiento para un
alma tan grande. Las propias monjas celebraban con alegría su presencia en el
monasterio y les parecía tener en él a una hermana desde niña. Las prácticas de la vida
religiosa las cumplió siempre con total fidelidad; pero por encima de ellas volaba su
espíritu.

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Rita en el monasterio dio rienda suelta a su espíritu contemplativo, dedicándose
durante horas a la oración. Su devoción a la Virgen Maria, la Madonna de los italianos,
nos la recuerdan dos pinturas antiguas, una de ellas la tela antiquísima, en la que aparece
Rita con el rosario en la mano. Su viudez la había gastado visitando a Jesús en la
eucaristía de la iglesia de Roccaporena y en la iglesia de San Agustín de Casia, donde se
adoraba la famosa Hostia ensangrentada dejada allí por el beato Simón Fidati; pero ahora
lo tenía en el sagrario de su monasterio. Probablemente seguiría haciendo todos los años
la procesión del día de Corpus Christi, en la que se llevaba esa Hostia por las calles y
plazas de Casia. La clausura no era tan rígida como después del concilio de Trento y las
monjas tenían permitidas esta clase de salidas, para atender a los pobres, enfermos y
necesitados o escuchar a los famosos predicadores en las diversas iglesias. Sus biógrafos
nos aseguran que se ofrecía como víctima a Dios por la reconciliación de sus familiares y
enemigos.

Algunos biógrafos nos hablan de la parra y las uvas de Santa Rita. Cavallucci afirma
que la Superiora le mandó, para probar su obediencia, regar un palo seco. Con el tiempo
se convirtió en una hermosa parra que las monjas enseñan a los peregrinos en el patio del
convento. Sin embargo, las religiosas no recogen, entre sus tradiciones sobre Rita, este
hecho en el Sumario ni lo afirma tampoco el Breve Racconto. Tal vez creyeron que era
un fenómeno natural regar un sarmiento del que nace una parra. Con todo la guardan con
respeto y todos los años envían al Papa unas uvas de la parra que procede de ella. Los
peregrinos se llevan sus hojas en otoño y usan el polvo bendecido para encomendarse a
la intercesión de Santa Rita, con motivo de sus enfermedades.

Su profesión religiosa

Por fin, la pobre viuda había encontrado su estrella y podía sentirse feliz después de
haber abrazado la tarea más querida dentro de la armonía de la Iglesia. No abandonaba
ninguna otra vocación y se ponía en misión de servicio en una celda solitaria,
renunciando a todo para entregarse a la oración por los demás. Su felicidad consistía en
haber logrado colmar su felicidad siguiendo la vocación con la que había nacido. Era la
primera y última llamada. Como Santa Teresita pudo exclamar que su vocación era el
amor, primero a Dios, después a los suyos que estaban con Dios y, por último, por todos
los hombres ofreciéndose como víctima por ellos. Había servido siempre a Dios y ahora
acababa de escoger el camino definitivo y mejor.

La profesión de los tres votos se hacía al terminar el año de noviciado en una


ceremonia muy sencilla y emotiva, rodeada de todas las monjas. La profesa colocaba sus
manos sobre las de la madre abadesa y pronunciaba la fórmula siguiente, según consta en
los archivos del monasterio de Santa María Magdalena:

Libremente yo…confirmo que quiero ofrecer mi persona a Dios Padre

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Todopoderoso, al bienaventurado Agustín, a la bienaventurada María Magdalena y a
ti… madre abadesa de este monasterio de Santa María Magdalena de Casia… prometo
vivir de manera estable en este monasterio y conducirme según la obediencia, la
castidad y la pobreza, excluyendo toda propiedad durante todo el tiempo de mi vida y
vivir en el mencionado monasterio según la Regla del bienaventurado Agustín y la
sanción de los cánones.

Las monjas se congregaban al sonido de la campana y se daban después de la


ceremonia el beso de la paz.

La profesión solemne se hacía a los tres años de la primera y asistía a ella un notario
para levantar acta de la renuncia a los bienes para toda la vida. Sabemos también que
Rita entregó al monasterio las tierras heredadas de sus padres y de su marido en las
orillas del río Corno, mientras que el molino permanecía en las manos de la familia
Mancini. Evocando el sueño de Jacob Cavallucci nos dice que el día de su profesión Rita
vio también una escala que llegaba hasta el cielo y sus escalones eran la obediencia, la
pobreza, la castidad y las demás virtudes. Añaden las monjas que Jesucristo estaba en el
último de los escalones y le dijo: Sube hasta aquí. Para subir hasta allí había nacido.

Asegura uno de sus biógrafos que si la regla de San Agustín hubiera desaparecido se
hubiera podido reconstruir con la vida de la nueva religiosa. Después de la Sagrada
Escritura la regla de San Agustín era la fuente principal de espiritualidad en los
monasterios masculinos y femeninos de la Orden. En todas las casas se leía públicamente
una vez por semana, según manda en la misma regla San Agustín. Prometer el voto de
obediencia a Dios significa comprometer su bautismo en toda su radicalidad, cumpliendo
en todo momento la voluntad y los mandatos de Dios sirviendo a los hombres, el de
pobreza poner a disposición de los demás su persona y sus trabajos viviendo pobremente
y el de castidad entregar toda su afectividad, desprendida de los lazos carnales, a la
Iglesia de Cristo extendiendo con ella el reinado de Dios en el mundo. Toda su vida de
mujer consagrada a Dios fue un continuo subir escalones con su oración y sacrificios
constantes por amor, ejerciendo la caridad con las hermanas especialmente las mayores,
animando y dando alegría a todas, ayudando a los pobres como limosnera del
monasterio. Le animaba en todo ello su experiencia de haber sido excelente esposa y
madre.

Los rezos comunes prescritos en las constituciones de la orden comprendían el rezo


del Oficio divino, con la recitación de la Salve Regina en honor de la Virgen María
después de cada hora. Un fresco pintado en la segunda mitad del siglo XV representa a
Santa Rita también con un rosario en la mano. La espiritualidad de Rita estaba además
muy en consonancia con las corrientes de la época marcada principalmente por la
humanidad de Cristo. Sus mismos padres le habían inculcado la devoción a Cristo
Crucificado, que había asumido los dolores y sufrimientos de los hombres. Su compasión
por Cristo, sin embargo, la proyectó en los pobres y enfermos con parecida gratuidad a la

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del Señor sufriendo por nosotros.

Amó a sus padres y sufrió por ellos, amó a su esposo y sufrió por él, amó a sus hijos
y sufrió por ellos y amando y sufriendo por Cristo amaba a todos los hombres y sufría
por ellos. El amor más grande existe cuando se sufre por la persona amada. Siendo hija
de Agustín no podía Rita pensar de otra manera que su santo fundador cuando dice:
Cada cual es lo que es su amor: amas la tierra eres tierra, amas a Dios no me atrevo a
decirlo yo, escucha la Escritura: “Yo dije sois dioses e hijos del Altísimo”. El amor de
Rita a Cristo y a los necesitados le llama San Agustín en su teología espiritual amor
casto.

Rita de Casia había sido educada fuera del monasterio y dentro de él en una forma de
espiritualidad que nos retrotrae a la Edad Media. Poseía un alma mitad activa mitad
contemplativa. Ella y sus monjas creían que obedeciendo a la abadesa obedecían a Dios,
aunque se tratase de un precepto sin sentido. No era la abadesa la que tenía que ayudar a
las monjas a servir a Dios y a la Iglesia, sino las monjas las que tenían que obedecer a la
abadesa hasta tratándose de un precepto absurdo como regar un palo seco. El vino de
esta parra les sirvió algún tiempo a las monjas para la celebración de la Eucaristía. Este
suceso lo cuenta Cavallucci mientras que otros biógrafos afirman que fue un ciruelo. Se
trata de una anécdota admirable para expresar la disponibilidad de Rita sin condiciones a
la voluntad de Dios.

En el monasterio se abrazó a la pobreza como San Francisco de Asís dando cuanto


tenía a los demás, conservó la paz contra la ira y la violencia, lloró con los que lloran, fue
misericordiosa (según San Agustín la palabra misericordia proviene del latín miseris cor
dare o dar el corazón a los que sufren) entregando su corazón, fue limpia de corazón con
alma limpia y trasparente, consagrando a Dios y a Cristo todo su afecto. En el claustro
satisfacía los deseos de toda su vida. Era feliz, una de esos a los que Jesús llamó
bienaventurados.

Mortificaciones y penitencias

No podemos pensar que la vida de los santos sea un viaje triunfal por la vida con la
gracia de Dios. Sus pasiones, sus dificultades y las nuestras son las mismas. Había
entrado en el claustro en plena juventud y, sin duda, tuvo que sufrir grandes tentaciones,
tal vez, especialmente contra la castidad recordando su vida marital. Este problema
afectaa todos, al igual que las tentaciones contra la falta de libertad en la encerrona del
monasterio o las incomodidades de la vida común entre diez mujeres distintas y de
caracteres diferentes. Cavallucci llega a afirmar en la biografía, que Rita sufrió la terrible
tentación de abandonar la vida religiosa y volver al siglo. Rita, por consiguiente, sufrió la
mordedura de la carne y otras formas muy graves de tentaciones. Precisamente aquí se
ven las maravillas que realiza la gracia de Dios. Con razón escribió Ramón de Valle-

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Inclán que lo mejor de los santos eran las tentaciones, porque así los vemos débiles con
las penurias de la carne y de la sangre.

Esto nos enseña que todos necesitamos convertirnos cada día. Cambiar la vida
secular por la vida religiosa es una forma de conversión. En el orden moral significa
cambiar de comportamiento, ponerse en dirección a la meta cuando andas desviado, en
dirección a Dios después del pecado. Pero la conversión tiene un sentido mucho más
positivo: es afianzarse más en Cristo conociéndolo más, amándole más, siguiéndole más
de cerca. Desde este punto de vista Rita en el claustro se convertía cada más y más al
Señor. No me resisto a recordar uno de los más acertados pensamientos de Pascal: La
conversión verdadera consiste en humillarse ante Dios…en reconocer que no somos
nada sin Él y que ningún mérito tenemos ante su Majestad; consiste en reconocer que
hay una oposición invencible entre Dios y nosotros y que sin mediador no hay
comercio posible. Este pensamiento retrata perfectamente la actitud de esta viuda
entrando en el monasterio. Buscaba su conversión a Dios ante toda clase de tentaciones
y, sobre todo, asemejándose más a Cristo.

Todos los santos han hecho suyo este consejo de Jesús a sus discípulos: Esta clase
de demonios sólo puede ser arrojada con la oración y el ayuno (Mc 9, 29). Son los
remedios usados por Rita en sus tentaciones. Diez años después de su muerte el notario
certifica que vivió en el monasterio sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. En el
segundo féretro el pintor la representó también con un rostro maltratado por las
mortificaciones. A las abstinencias y ayunos de todos los viernes y cuaresmas señalados
en las constituciones del convento Rita, con la autorización de la abadesa, añadía sus
ayunos y cuaresmas personales, según el testimonio de las monjas en el Racconto.
Sabemos además por el mismo testimonio que usaba frecuentemente disciplinas
especiales, entre las que figura un cilicio rugoso hecho con cerdas de marrano que
había tejido con sus propias manos y llevaba otro de espinas puntiagudas debajo del
hábito, que la traspasaban a cualquier movimiento. Este testimonio de las hermanas
añade también que el diablo le infligía constantes sobresaltos con tentaciones de
escrúpulos y hasta le escondía las disciplinas. En estas y otras ocasiones Rita, dicen,
acudía al agua bendita.

Rita en el monasterio quería escuchar más la palabra de Dios y poder responderle


con su adoración, dando gracias, pidiendo perdón y solicitando su favor providencial para
toda la humanidad. El hombre realiza su existencia en el diálogo con Dios. La fe, la
esperanza y el amor nos unen íntimamente con Él. Nos une Cristo, por quien dirigimos
nuestra oración al Padre. El hombre espiritual cristiano cuenta con los auxilios de la
gracia divina, con la luz de la Palabra, con la ayuda de la comunidad. Rita disponía ahora
de la acción de gracias eucarísticas, en la que podemos morir y resucitar a diario con
Cristo, tenía en casa el sagrario para hablar con Él directamente. Sería el centro de todas
sus devociones, como la frecuente meditación de la Pasión de Cristo que practicaba
desde niña o sus constantes plegarias a la Madonna. El monasterio, en fin, le ofrecía toda

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la riqueza espiritual de la liturgia cristiana y aún le quedaba tiempo a Rita para entrar en
su aposento y orar al Padre en secreto. Posiblemente había oído decir a algún
predicador agustino con San Agustín: Del mismo modo que nuestros oídos escuchan
nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos (CCL, 40, 2.166).

Acabamos de citar los métodos ascéticos más importantes practicados por Rita.
Debemos añadir, según sus biógrafos, que la mortificación, los ayunos y abstinencias
eran los métodos empleados para dominar las pasiones, que obstaculizan la andadura por
el camino de la espiritualidad cristiana, buscando la santidad. La experiencia demuestra
que son muchos los obstáculos que se oponen a los deseos de una vida espiritual
profunda. La psicología moderna tiene sus reservas respecto a esta forma de
mortificación corporal, empleada por Santa Rita. Muchos antores modernos de
espiritualidad también tienden a revalorizar la función de nuestros sentidos en nuestra
relación con Dios. Rita seguía los consejos más usuales en la vida espiritual durante la
última etapa de la Edad Media; pero tampoco podemos olvidar que la auténtica ascética
cristiana es la participación en el misterio pascual de Cristo, que pasa por la muerte para
llegar a la resurrección.

Ya hemos dicho que en el siglo XV la clausura de los monasterios de monjas


agustinas no era tan rígida como la hemos conocido. Ésta la impuso el Papa dominico
San Pío V, después del concilio de Trento, en la segunda mitad del siglo XVI, urgiendo el
cumplimiento de los decretos de este concilio. Podemos, pues, imaginarnos que Rita
siguió recibiendo las visitas de sus parientes, tratando con las gentes que requerían su
consejo, visitando a los enfermos, atendiendo a los pobres con limosnas del monasterio,
etc., bien consciente de que las gracias recibidas de Dios tenía que ponerlas a disposición
de todos los que solicitaban su ayuda.

Rita estigmatizada por Dios

Nuestra época se caracteriza entre otras muchas cosas por los tatuajes que vemos por
las calles a jóvenes y mayores. Hemos vuelto a la antigüedad cuando esto se hacía en
animales, ladrones, esclavos y soldados. En la Edad Media, como resultado de la
devoción a la humanidad de Cristo y a sus dolores en el proceso que lo llevó hasta el
monte Calvario, parecidos estigmas aparecieron en algunos santos y místicos. La Iglesia
celebra los estigmas de San Francisco de Asís. Son un signo visible a creyentes y no
creyentes por medio del cual nos recuerdan los sufrimientos del Señor por nosotros.
Ahora bien, en los santos no son un mero signo, sino una señal que les hace sufrir
terriblemente. En este caso el signo les hace participar algún tanto de la realidad del
Señor en su pasión.

Rita fue educada desde la infancia por sus padres en la devoción a la pasión de
Cristo. El Breve Racconto y Cavallucci dicen que siendo viuda se representaba en su

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casa de Roccaporena, a modo que hemos hecho con las escenas del vía crucis, los
diversos momentos de toda la Pasión del Señor. Esta meditación era en ella habitual y lo
era también después en el monasterio. La compasión o sufrir con Cristo la recomendaba
ya San Agustín a sus fieles. Los propagadores principales de esta devoción en la Edad
Media fueron el agustino Jordano de Saxe con su libro Meditaciones sobre la Pasión de
Cristo, difundido por toda Europa y San Buenaventura con su tratado De perfectione
vitae. No es extraño que los predicadores agustinos y franciscanos fueran los
propagadores de esta devoción en tiempo de Rita.

La biografía de Santa Rita está toda ella jalonada de hechos prodigiosos. Tal vez el
más grande de todos ellos sea la estigmatización, como premio a su devoción permanente
a los dolores de Cristo en su pasión. Algunos han querido dar explicaciones naturales a
este fenómeno entre los santos, pero no hay duda de que en muchos casos es preciso
admitir alguna influencia sobrenatural. Rita meditaba muchas veces en los dolores de
Cristo en su Pasión. Lo hacía motivada por los sermones predicados sobre esta materia
por el beato Jacobo o Giacomo de Monte Brandone, franciscano, en la colegiata de
Casia. Vivamente impresionada en uno de sus sermones, Rita se fue a orar ante la
imagen de Cristo crucificado, que tenían en el coro bajo del convento. Quería sufrir los
dolores de Cristo cuando una espina de la corona del Crucificado se le clavó en la frente.
De momento el dolor fue intensísimo y la herida permaneció los últimos quince años de
su vida, produciéndole un olor repugnante, nauseabundo, que le obligó a estar recluida en
su celda todo este tiempo. Fue una de las muchas mortificaciones que deseó sufrir para
parecerse a Cristo. En sus imágenes se le ha representado siempre con una espina
clavada en la frente. Rita pidió al Señor una espina de su corona y Dios le envió una rosa
perfumada en amor. Para ella sería una espina dolorosa, que en el cielo la hace
bienaventurada.

El Racconto se refiere a esta espina de su frente de la siguiente manera: Empleándose


toda en la oración, se entretenía con grandísimo gusto espiritual en la contemplación
de la dolorosa pasión del Señor. Y fue largamente recompensada, porque predicando un
Viernes Santo en Casia el beato Giacomo della Marca, de la Orden de los Menores, se
dejó llevar por su fervor al tratar de los acerbísimos dolores del Salvador con tanto
sentimiento que los oyentes quedaron no poco inflamados.

El relato continúa narrando que Rita quedó profundamente conmovida y una vez
retirada a su casa se echó a los pies de un crucifijo, rogándole al Señor que le
comunicase una partecita de sus penas. Al momento, por milagro singular, una espina
de la corona de Cristo le hirió la frente de tal manera que la llaga le permaneció
impresa e incurable hasta la muerte, como aún se ve en su santo cadáver. El crucifijo se
conserva en el oratorio del convento. Los jueces del proceso de beatificación pudieron
comprobar que las monjas guardaban todavía una pintura, hecha pocos años después de
la muerte de la Santa, con una espina ensangrentada en la frente y una inscripción
recordando los hechos. Otro cuadro idéntico tenían las monjas del monasterio agustino

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de Santa Lucía. El mismo testimonio se encuentra en el epitafio de su féretro o caja
solemne, escrito en el dialecto de Casia, cinco años después de su muerte.

Sus biógrafos narran su vida en el claustro rodeada de hechos milagrosos. El que más
llama la atención es éste de su estigmatización en la frente, que le produjo una herida de
permanente mal olor repelente. Sólo una vez pidió a Dios que le librara de aquella herida
para poder peregrinar a Roma con las demás religiosas, con el fin de visitar las tumbas de
los apóstoles Pedro y Pablo. Los cuatro últimos años de su vida estuvo en cama
postrada, aprovechando para entregarle a Dios su alma totalmente angelical. Según el
testimonio de las hermanas recibió los sacramentos de los enfermos con fervor y se
despidió de ellas diciéndoles: Adiós, madre y hermanas mías, quedad en paz. Las
campanas de Casia tocaron solas a muerto.

Han sido muchos los santos con idéntica devoción a los dolores redentores del Señor,
que han sufrido estigmas parecidos. La reproducción de las heridas de Cristo en el
cuerpo humana ha ido con frecuencia acompañada de otras manifestaciones parecidas
como la levitación, ciertas facultades telepáticas, la bilocación, la cojera o ceguera no
debidas a causas físicas. En algunos santos, como en Santa Rita, llaman también la
atención la privación de comida o sueño más allá de lo humanamente posible. Cuando
estos estigmas son heridas físicas suelen resistirse a todo tratamiento terapéutico y a
veces aparecen en tiempos especiales, los viernes, durante la cuaresma, etc. Algunos se
acogen a explicaciones naturales fundados en ciertas predisposiciones físicas o la
influencia de la mente en el cuerpo en estos contemplativos. Sin embargo, aunque en
algunos casos se hayan descartado causas sobrenaturales otros merecen profunda y bien
meditada reflexión.

La Iglesia ha guardado ante este fenómeno una actitud oficial cautelosa y nunca ha
sido una razón en las canonizaciones. En las biografías de hombres y mujeres devotos de
la Pasión de Cristo crucificado se conocen 330 casos de estigmatizados y sólo han sido
canonizados o beatificados unos 60, sin que esta señal fuera determinante. Incluso no se
conocieron casos de estos hasta la Edad Media y se aducen ejemplos parecidos entre los
hombres de otras religiones. De algunos santos se han hecho estudios especiales y hasta
ha permitido la Iglesia que se conmemore la fiesta litúrgica de los estigmas de San
Francisco de Asís. Estos casos se conocen solamente desde el siglo XIII. Modernamente
se han dado casos muy sorprendentes como Catalina Emmerick del siglo XIX o Gema
Galgani y el Padre Pío en el siglo XX. Sin embargo, la estigmatización, escribió Rahner,
puede darse como fenómeno parapsicológico al margen de los místicos; pero añade que
debe considerarse con respeto religioso cuando se trata de un místico con amor especial a
Cristo y a la cruz. Santa Rita se merece este respeto.

Reconocemos que son muchos los autores que rechazan la sobrenaturalidad de los
estigmas o dudan de su existencia verdadera. Esta señal dolorosa de Santa Rita tantos
años incurable merece una consideración especial. El Padre Agostino Trapé se fija

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especialmente en los muchos modos de atención que pusieron en esto sus
contemporáneos. La representación pictórica que se hizo de ella el 1457 nos la recuerda
con una espina en la frente. Lo mismo otro cuadro de 1480. Los exvotos en su honor de
diez años después de su muerte también dan testimonio de esta herida. Todo esto
demuestra la profunda impresión que esto causó en los que la conocieron. Todos los
biógrafos de la Santa recogen este hecho presentado en su proceso de beatificación y con
la misma unanimidad recuerdan el momento en que apareció, unos quince años antes de
su muerte, hacia el 1432.

La ocasión de que apareciera esta estigmatización en la frente de Rita la sitúan todos


también durante la predicación del franciscano Jacobo de la Marca, discípulo de San
Bernardino de Siena, que fue uno de los mayores predicadores de su tiempo y extendió
la devoción al nombre de Jesús por la ciudad de Casia. Entre las tradiciones recordadas
también por las monjas en el Sumario se dice igualmente que Rita quedó profundamente
conmovida después de haber oído a este predicador, añadiendo: En su celda vertió
abundantes lágrimas y de prosternó a los pies de Cristo, lanzando profundos suspiros y
pidiendo con ardientes oraciones participar en los dolores de Cristo. No tuvo que
esperar mucho tiempo: por un prodigio inaudito una espina atravesó la frente de la
sierva de Dios y ella sintió un dolor terrible. Hasta su muerte nunca desaparecieron ni
la llaga ni la cicatriz. Responde, por consiguiente, a una oración explícita de Santa Rita,
que pudo ocurrir cuatro o cinco años después del famoso sermón y de haber vivido la
Santa intensamente la devoción a Cristo crucificado. Entre los agustinos existía también
por aquel tiempo una devoción especial a la corona de espinas.

La llaga tuvo además otras consecuencias degenerativas despidiendo un hedor


insoportable y hasta criaba gusanos, añade Cavallucci, sin infectar las zonas próximas de
la frente. Según este primer biógrafo era visible sobre su cuerpo incorrupto doscientos
años después de su muerte: La llaga permanece impresa de una forma indeleble, como
se ve todavía sobre su santo cadáver.

La peregrinación a Roma

Santa Rita salió de su tierra una sola vez en su vida y fue como peregrina a Roma. El
pueblo de Israel había peregrinado hacia la tierra prometida haciendo un largo viaje
físico, pero cargado a la vez de sentido espiritual. El pasaje clásico, que describe esta
peregrinación espiritual del pueblo de Dios a través de la historia, se encuentra en la
Carta a los Hebreos (11, 8-16). Jesús subía también en peregrinación a la ciudad santa de
Jerusalén. San Pedro en su primera carta exhorta a los cristianos a portarse como
extranjeros, forasteros y peregrinos en la tierra, que tienen su ciudadanía verdadera en
los cielos. El cristiano peregrina hacia la eternidad; es un viajero de paso que nunca se
cansa ni abandona el camino, vive en esperanza como quien ve más allá de lo visible por

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medio de la fe, caminando hacia el reino del cielo. Sin embargo, esto no significa
despreciar el mundo, muy al contrario implica la más grande de las responsabilidades con
los demás peregrinos, con los que vamos unidos en la misma fe, esperanza y amor.

En el cristianismo comenzaron muy pronto las peregrinaciones a los lugares santos y


santuarios como actos de penitencia, acción de gracias y en señal de arrepentimiento.
Respondiendo también a este espíritu trascendental son frecuentes las peregrinaciones de
otras religiones a lugares que se creen especialmente favorecidos por Dios. En el
cristianismo son famosas las peregrinaciones de Santa Elena, la madre del emperador
Constantino a Jerusalén, la de San Jerónimo a Palestina haciéndose monje en Belén o la
de la monja española Eteria, caminando por todo el Oriente y la tierra santa en el siglo IV.
Con el mismo fervor surgieron las peregrinaciones a Roma para visitar las tumbas de los
apóstoles Pedro y Pablo o Santiago de Compostela. Esta devoción se extendió después a
los santuarios de la Virgen y de los santos y se conservan en la actualidad. En el siglo
XIV y XV se multiplicaron estas peregrinaciones a lugares que se creían especialmente
bendecidos por Dios. No es extraño que Rita, acostumbrada a visitar el Schioppo, las
ermitas, iglesias y lugares, santificados por los muchos santos de su tierra, pusiera todo
su afán en ir en peregrinación a Roma con las demás hermanas.

Nos encontramos aquí con otra circunstancia que nos obliga a ser cautos en el juicio
sobre la estigmatización de Santa Rita. El año 1450 el Papa Nicolás V publicó un Jubileo,
que comprendía la peregrinación a Roma para visitar los sepulcros de los apóstoles Pedro
y Pablo. Rita deseaba vivamente peregrinar a Roma acompañando a la comunidad, si le
lo permitía la abadesa para ganar el jubileo del Año Santo. La biografía que mandaron
redactar las monjas para su beatificación no especifica el año. Sin embargo, le fue negado
el permiso teniendo en cuenta su edad y las dificultades del camino. La misma maloliente
herida producía repugnancia a las demás. Era la primera vez que pedía en su oración la
desaparición de la herida. Pero además de rezar Rita se aplicó un ungüento medicinal. Su
oración fue escuchada de nuevo. Un día la enfermera observó con admiración que la
llaga había cicatrizado y curado por completo. El Breve Racconto se expresa de la
siguiente manera: Su llaga se cerró de modo que no quedó visible ninguna deformidad.
Atónita igualmente la abadesa le permitió participar en la peregrinación a Roma.

El asombro fue mayor al regreso de Roma: la llaga reapareció con el mismo olor y
molestias que antes. El Breve relato lo cuenta de este modo: …la herida se secó. Así
pudo ir a Roma con piedad extraordinaria para recibir el jubileo. Y cuando regresó la
santa viuda de Roma, la herida volvió a estar como antes. Podemos sospechar que la
peregrinación duraría unos quince días. Desde entonces las mojas comenzaron a pensar
que tenían en el convento a una santa especialmente glorificada por Dios.

Probablemente el documento que hemos citado, escrito casi dos siglos después
recogiendo tradiciones, confundió las fechas, según el investigador Ives Chiron. Los
Años santos fueron el 1423, en el que Rita no padecía el estigma, el 1450 citado y el

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1475, en el que ya había muerto. Aun siendo posible el jubileo del 1450 la fecha más
probable es junio de 1.446. En este año peregrinaron a Roma agustinos y agustinas de
todos los conventos con motivo de la canonización de San Nicolás de Tolentino, del que
Rita era muy devota. Se trataba además del primer santo agustino canonizado por un
Papa salido de un monasterio agustino, con el nombre de Eugenio IV. Este Papa agustino
fue el que disolvió el concilio de Basilea, que había elegido otro antipapa, consiguiendo
de este modo dar la puntilla al Gran Cisma, que tanto había hecho rezar y sufrir a Rita.

Cavallucci se hace eco de otra piadosa leyenda, aplicada frecuentemente a distintos


santos. Rita llevaba para proveer a las necesidades económicas de las monjas una bolsa
con diversos objetos de plata, que poseía desde antiguo el monasterio. Al pasar la
peregrinación al lado de un río Rita arrojó la bolsa. Sus hermanas le recriminaron la
acción pero Rita respondió con una sonrisa, diciéndoles que sería Dios quien les
ayudase a resolver sus necesidades.

Tenemos que lamentar que no estudiaran los médicos los estigmas de Santa Rita
durante su vida. Se ha hecho, en cambio, modernamente. En febrero de 1972 hizo un
estudio de ellos durante cinco días el Dr. Osvaldo Zacchi, forense de Roma. En su
informe final, de diez páginas, concluyó que en el estigma de Santa Rita eran visibles
todavía las huellas dejadas. En 1997 se hizo un nuevo reconocimiento, en presencia del
arzobispo de Espoleto y Norcia, por el Dr. Giulio Marinozzi. Este especialista concluyó:
Desde un punto de vista paleopatológico, ninguna hipótesis médica parece poder
explicar de modo suficiente todas las características de esa pequeña fisura ósea. Se
refería a un agujerito que existe en el hueso frontal, que lo traspasa todo y es del
diámetro, declaró, de una aguja. La explicación por histeria psicosomática haría todavía
más difícil entender la alteración ósea de la frente aún visible.

Todo parece indicar que esta herida en la frente de Rita fue una recompensa de Dios
a Rita que tanto deseó sufrir como Cristo. Rita llevó esta espina durante quince años en
su corazón. Esto es lo importante. Sobrellevó parte de los dolores de Cristo todo este
tiempo y de ella podemos decir con San Pablo: Sufrió con Él para ser también
glorificada con Él (Rom 8, 17). Sus dolores los asoció a la pasión de Cristo. Se trata,
según el Papa Juan Pablo II, de una compasión amorosa con los sufrimientos del
Redentor. Todo nuestro respeto es poco ante un misterio que la ciencia no ha sabido
explicar.

Esta llaga de la frente duró 15 años, de los que fueron 7 después de la peregrinación
a Roma. Achacosa ya y enferma se vio obligada a guardar reposo, recluida en su
habitación sobre un colchón de paja, durante los cuatro últimos años de su vida. El olor
nauseabundo que despedía no permitía acercarse a ella. El biógrafo Cavallucci asegura
que se pasaba hasta quince días seguidos sin hablar con ninguna hermana, sino sólo
con su amoroso Jesús por medio de la oración.

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Alguna vez, sin embargo, salía de su habitación porque los investigadores Vittorino
Giorgetti, Omero Sabatini y Sabatino di Ludovico han demostrado que el nombre de Rita
aparece en un Acta del capítulo de la comunidad reunida el 10 de abril de 1445. Previó
su muerte con alegría esperando la más íntima y definitiva unión con Dios, según
veremos enseguida. Sufrimientos y mortificaciones la habían ido preparando para el salto
a la eternidad. Morir era para ella dormir en el Señor. Nunca podremos comprender en
toda su amplitud la muerte de los santos, tampoco la de Rita, que pensó en ella durante
toda su vida.

Toda su vida fue una manifestación patente de Dios en su alma, especialmente en los
últimos años en los que Dios repitió los prodigios en torno a ella. Sus hermanas religiosas
aseguraron siempre que la Virgen Santísima y Jesucristo se le aparecieron en éxtasis
anunciándole su muerte. Sus biógrafos lo contaron también con regocijo. Este milagro y
el de la rosa y los higos, que recordaremos ahora, sucedieron en vida de la Santa. Son
tradiciones traídas por el Racconto, que se conserva en los Archivos de la Congregación
de los Santos, por el Sumario de las monjas y por Cavallucci. Este autor lo narra así:

Estando enferma en cama, fue visitada por una pariente suya que el preguntó si
quería algo de su casa para traérselo. Rita le dijo que quería una rosa de su huerto de
Roccaporena. La pariente sonrió para sí, porque estaban en enero y creyó que Rita
desvariaba por su enfermedad. Sin embargo, al llegar a su casa y visitar el huerto de
Rita, vio en medio del rosal una fresca y colorida rosa, que la llevó a Rita. Y todas las
religiosas en el monasterio la olieron con admiración, pasándosela de mano en mano,
asombradas de ver una rosa fresquísima y olorosa en el mes de enero. Al querer volver
a su casa la pariente, le pidió que le trajera de su huerto dos higos. Su pariente fue al
huerto y vio con admiración dos higos frescos en la higuera y se los llevó con alegría a
su convento de Casia.

La pariente, pues, cortó la rosa y los higos y volviendo a Casia se los entregó a Rita,
que sola en su celda exclamó: ¡Qué bueno es Dios! La rosa despedía una fragancia que
se extendió por todo el convento. Recordando este prodigio los religiosos agustinos y los
agustinos recoletos bendicen todos los años las rosas en la fiesta de la Santa. Sus devotos
las toman por infusión o las guardan con fervor. Miles de devotos acuden a sus iglesias
con sus rosas en las manos para que se les bendigan el día de su fiesta. Bendecidas se
convierten en un sacramental, que mediante la oración de la Iglesia y la fe de los fieles
pueden conseguirnos los favores del cielo. Todo es posible para el que tiene fe (Mc 9,
23). Con el mismo fervor guardamos con cariño las reliquias de los santos.

Es preciso advertir que estos tres relatores dan detalles distintos uno de otro. Estos
milagros fueron testimoniados en el proceso de beatificación y por el notario de Casia
alegando que se refieren a tradiciones orales de la ciudad. Pueden ser leyendas piadosas
pero que nos hablan suficientemente de la personalidad cristiana de esta mujer y de la
gracia de Dios en ella. Esto nos demuestra también la grande admiración que los

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habitantes de Casia tenían por Rita más de cien años después de su muerte.

La muerte de Santa Rita

Llegamos al momento cumbre de la vida humana. Se trata para todos los seres vivos
de una parada traumática. Hemos conseguido prolongar la vida, pero no eliminar la
muerte, convertida hoy en tabú del que nadie habla. No obstante, el cristiano cree que la
resurrección de Jesucristo nos ha abierto a todos la puerta de la vida. Para San Pablo
morir y dormir son sinónimos, el hombre se duerme en Cristo; por eso los primeros
cristianos llamaron a los camposantos cementerio, de la palabra griega koimeterion, que
significa dormitorio. Al hombre le ha preocupado siempre la muerte física, pero ha sido
creado para la inmortalidad, de forma que entre todos los seres vivos sólo el hombre
puede morir espiritualmente. Jesucristo se lo dijo a Marta consolándola por la muerte de
su hermano: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto
vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás (Jn 11, 25-26). Para los que
están en Cristo la muerte pierde su aspecto de castigo y de tragedia convirtiéndose en un
cambio de vida con la entrada en la vida de Dios. Jesús asumió para sí la suerte del
hombre y murió, pero comparte también con nosotros la resurrección gloriosa y la vida
celestial. Morimos para resucitar con Él.

Cuando se ha visto morir a un santo es fácil imaginarse la muerte de Santa Rita a la


que ya nos hemos referido, plenamente iluminada con estos pensamientos y habiéndola
esperado durante largo tiempo. Es evidente que la muerte nos hace a todos iguales; pero
los hombres la reciben de distinta manera. Todos nos acercamos a ella como una res
llevada al matadero. Los hombres de fe y los santos, en cambio, son distintos. Rita se
acercaba a Dios, a la verdad, a la belleza, al amor, a la felicidad, a la eternidad; Rita
esperaba encontrarse con sus hijos, con su esposo, con sus padres, radiantes de
hermosura. El amor le hacía ver la muerte desprovista de temores. La muerte era para
ella dejar el mundo que hacía tiempo había dejado y había muchos que la esperaban en
la otra vida. Para esta mujer que tanto había sufrido por amor terminaban los tormentos
y quedaba el amor. Para ella el morir iba a ser tan sencillo como el nacer.

No puedo seguir imaginándome a Santa Rita ante la inmediatez de su muerte.


Simplemente, se durmió en los brazos del Señor. En ella no pudo cumplirse el fatal
retrato de mi paisano el poeta Gonzalo de Berceo:

…commo es la natura de los hommes carnales


que ante la muerte sienten puntas mortales.

Comenzaba para ella la primavera de la vida después de haber pasado 76 años en


este mundo preparándose para morir. Sabía bien que Alguien la esperaba en la otra orilla
y este Alguien la amaba.

48
No tenemos testimonios directos de estos momentos. Algunos detalles nos los
podemos imaginar: llevaba en la cama cuatro años con frecuentes infecciones a la sangre
y Rita deseaba ardientemente morir para estar con Dios. El estigma de la frente
desapareció y quedó una mancha roja como un rubí de agradable olor, dicen algunas
tradiciones. Aseguran también las monjas y testigos de sus últimos días que se le
aparecieron Jesucristo y la Virgen María anunciándole el fin de su vida en la tierra y poco
después quedó sumida en un profundo éxtasis. Algunos biógrafos añaden que se le
aparecieron también los tres santos que la introdujeron en el monasterio.

Abriendo los ojos pidió perdón a las religiosas por las molestias que les había
causado, recibió a Cristo en la sagrada comunión, se entregó a Dios con la santa unción,
pidió al sacerdote la última bendición, se despidió de las hermanas que lloraban
desconsoladas y entró en un silencio profundo. Unos días después, el 22 de mayo de
1457, tal vez un año antes según nuestra era actual, con unos 76 años de edad, la esposa
fiel y piadosa, la madre heroica, que sólo supo amar, la viuda desposada con Cristo
durante 44 años entraba para siempre en la casa del Padre acompañando a Jesucristo. Un
cuadro pintado el 1480 representa la muerte de Santa Rita con dos hombres colocados
junto al lecho. Podían ser sus parientes, que entrarían en el monasterio con permiso de la
abadesa.

Copiamos literalmente del original italiano la narración del Breve Racconto: Se


acercaba ya la hora del paso feliz a la vida eterna de la bienaventurada Rita, cuando
nuestro Redentor y su Madre se le aparecieron para invitarla al Paraíso. Entonces,
muy contenta, pidió los últimos sacramentos y se preparó para dejar este mundo. Su
cuerpo tan débil estaba desgastado por los ayunos y penitencias. Echada sobre su
pobre lecho, completamente sumergida en la contemplación de las cosas celestes, se
extinguió apaciblemente en el Señor y súbitamente las campanas de la iglesia tocaron
por sí solas, anunciando su muerte a los habitantes de Casia. Les invitaban también a la
alegría porque Rita, limpia de todo pecado, había entrado en el cielo. Nunca podremos
expresar con palabras de la tierra los sentimientos espirituales del cielo. Los cielos azules
de la Umbría italiana son más resplandecientes que los otros cielos de muchos países del
mundo. Pero es preciso mirar con los ojos del alma más allá, más arriba. El cielo es Dios.
Tocaban las campanas porque Rita estaba ya con Dios.

En el proceso de beatificación varios testigos aseguraron que, según las tradiciones


recibidas de generación en generación, las campanas de la iglesia se pusieron a tocar
completamente solas. Las gentes de Casia esperaban noticias gritando: ¡Milagro!,
¡Milagro! Los ángeles tocan las campanas. Su cuerpo fue llevado a la iglesia y colocado
sobre un catafalco. Cuentan también las tradiciones que un hombre lisiado dijo: Si yo
hubiera estado bien le hubiera hecho un féretro. Se curó inmediatamente y le hizo el
primer féretro que guardó su cuerpo. Los biógrafos no se ponen de acuerdo en afirmar si
Rita fue enterrada o no, embalsamada o no; probablemente fue enterrada como los
demás y tiempo después exhumada ante su fama de santidad o para exponerla en un

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lugar más digno. Ciertamente su fama de santa, el culto de las gentes y el eco de sus
milagros se extendieron rápidamente por toda la región. Diez años más tarde las
autoridades de Casia y las monjas le prepararon otro féretro de nogal más lujoso y lo
colocaron sobre el altar de la iglesia para su veneración.

Los milagros narrados por las gentes de Casia se sucedían ininterrumpidamente. Una
mujer de Casia paralizada de sus dos brazos recobró el movimiento ante su cadáver;
Juan Bautista, que era ciego, recuperó la vista ante su cuerpo; Lucrecia Paolo, que
padecía hidropesía y estaba totalmente encorvada, quedó curada; Francisca Giovanni,
muda de nacimiento, comenzó a hablar. Las gentes creyeron que de su celda
resplandecía una luz maravillosa, a la vez que inundaba el convento una fragancia
especial. Todo era sobrenatural y divino en torno a su cadáver. La invasión de los fieles
era tan grande que tal vez por esto no pudieron enterrar su cuerpo, del que brotaba el
aroma mencionado. Los milagros se multiplicaron y el mismo cuerpo, pasados varios
días, seguía incorrupto y continuó varios siglos. Rita, según parece, nunca fue enterrada
sino colocada en ataúd muy sencillo, en un lugar apartado de la iglesia del monasterio.
Hoy se ve todavía en una urna de cristal. Dicen que ese aroma se ha percibido en días
especiales, con motivo de la visita del obispo al convento, del General de la Orden y en el
día de su muerte, el 22 de mayo. Todos los milagros están confirmados por exvotos, el
testimonio de las religiosas y por los muchos testigos de Casia que acudieron al proceso
de beatificación.

Debemos añadir que los biógrafos no se ponen de acuerdo sobre la fecha exacta de
su muerte. La fecha más repetida por los especialistas, por ejemplo, Balbino Rano y
aceptada en el proceso de canonización el año 1900, es el año 1457. Sin embargo, las
religiosas y demás testigos del proceso de beatificación, el Breve Racconto y Cavallucci
señalan como segura el 22 de mayo del año 1447. Ives Chiron y los investigadores
Dámaso Trapp y Agostino Trapé dan por acertada esta última fecha, ya que los primeros
se apoyan en una cifra colocada en su féretro: *1457*. Esta cifra, dicen, representa el
año en el que el artista terminó de pintar el féretro nuevo. De este modo procedían
entonces todos los pintores. Si esta fecha fuera exacta Santa Rita hubiera vivido 66 años
nada más.

Unos años después de su muerte se le colocó en féretro nuevo, la caja solemne,


estando su cuerpo incorrupto; a más de un siglo de distancia, en 1626, con motivo de su
beatificación, los jueces declaran que estaba todavía incorrupto; un nuevo
reconocimiento oficial en 1703 lo encontró igualmente. En cambio, en 1745 sufrió
algunos desperfectos su cuerpo a causa de un terrible terremoto que azotó Italia y las
monjas lo trasladaron a un nuevo féretro más lujoso. Con este traslado se perdieron las
pinturas que adornaban la caja solemne desde 1462, poco tiempo después de su muerte.

Según tenemos apuntado en 1892 se hizo un nuevo reconocimiento en el que


comprobaron los desperfectos ocasionados por el terremoto. Más de un siglo después, en

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1972, el Dr. Osvaldo Zacchi hizo un estudio exhaustivo de los efectos producidos por la
espina de la frente y por último, el Dr Giulio Marinozzi dejó certificación del estado
actual de su cuerpo, que ya no se encuentra incorrupto. Entonces se le puso el último
hábito sobre su esqueleto y en 1947 pasó a ocupar la urna de cristal, adornada en plata,
para que lo contemplen sus devotos. Parece que conserva en su cara los rasgos de su
vida y aseguran muchos peregrinos que en ocasiones exhala el suave olor, que demuestra
su santidad. Todos los datos referentes a los estudios hechos a su cuerpo después de su
muerte hasta hoy constan en el Archivo histórico de la orden de agustinos en Roma.

Virtudes principales de nuestra Santa

Dice el Génesis que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Según esto
debemos ejercitarnos en la práctica de las virtudes para irnos pareciendo más y más a
Dios cada día. La vida de Santa Rita sólo tiene explicación acudiendo, según la sentencia
de San Agustín, al Dios de los Santos. Resaltan en ella las virtudes morales,
especialmente la fortaleza. Sin embargo, tres son las virtudes teologales en las que nos
vamos a fijar porque de ellas brotan estos hechos extraordinarios hasta ahora descritos: la
fe, el amor y la esperanza. Estas tres virtudes son también naturales y necesarias para
vivir y estar bien relacionados con la realidad. Sobrenaturalizadas con la gracia resultan
totalmente necesarias para conseguir la vida eterna. Gabriel Marcel lo expresó en esta
frase: Yo quiero ser amado siempre y el único que puede satisfacer mis deseos es Dios.

Esta mujer creyente obedeció en todas las circunstancias de su vida a Dios. Su


entrega a Dios se inspiró siempre en la fe. Gracias a la fe conoció en cada momento lo
que Dios quería de ella. Fue fiel discípula de Abrahán, el padre de todos los creyentes,
envuelta en las mayores oscuridades. Dice San Pablo: Lo que no procede de la fe es
pecado. Lo contrario podemos afirmar de Rita: Toda su vida es santa porque procedía de
la fe. San Agustín le confiesa a Dios: Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón
estará inquieto hasta descansar en ti. Esta inquietud agustiniana hizo que la vida de
Santa Rita girara siempre en torno a Dios y a Cristo en su Iglesia. Escogió el camino más
seguro para llegar a Dios. Es probable que oyera alguna vez a los predicadores agustinos
recordar este consejo también de su fundador: No salgas fuera de ti, entra dentro de ti
mismo, en el interior del hombre está la verdad. En el interior de Rita estuvo siempre
Dios.

No fue Santa Rita una mujer culta, pero tampoco se asustó ante las oscuridades de su
vida. La fe en ella fue como una lucecita. Dice el poeta alemán Hebbel: Si ves una
lucecita, síguela, puede ser tu estrella. La luz la encontró siempre en Aquel que se
identificó con el hombre haciéndose en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
Acogió a Cristo y creyó en Él y de este modo se encontró con Dios. En todo momento
hizo más caso a la Palabra de Dios que a los datos sensibles, rindiéndole su acatamiento,

51
obedeciendo a su voluntad aun en la situación más difícil de su vida, otorgando el más
generoso perdón a los verdugos de su marido, de ella y de sus hijos en medio de cruel
sufrimiento. Tenía en su corazón escrita la definición dada por San Juan: Dios es Amor.

Su unión con Dios no se fundaba en sentimientos sino en la fe. Buscó a Dios


prescindiendo de gustos, consuelos y satisfacciones y siguió caminando por sendas
tremendamente oscuras. No llegó a ver a Dios, pero estuvo siempre en contacto con Él,
cumpliéndose la palabra de Jesús: Si alguno me ama mi Padre le amará y vendremos a
él y en él pondremos nuestra morada (Jn 14, 23). Rita no se preocupó de gozos y
sentimientos, creyó en el amor de Dios y estuvo siempre cerca de Él viviendo la fe. De
ella y de todos debemos decir de su fe en Cristo como de la de Pedro que no se la había
revelado ni la carne ni la sangre, sino el Padre que está en el cielo. San Agustín había
enseñado a Rita que tenemos todos un Maestro interior dentro de nosotros.

Toda la vida de Santa Rita es un testimonio vivo de su fe en los hombres. Recuerdo a


este propósito una anécdota atribuida a cierto rector de una universidad de los Estados
Unidos. Un grupo de profesores se presentaron a decirle: Señor rector, el profesor X no
cree en Dios. Les contestó impasible: No importa, Dios cree en él. Santa Rita creyó en
los hombres, confió en ellos y creyó también en Dios, que no defrauda nunca, bien
convencida de que Dios creía en ella.

La otra virtud teologal practicada por nuestra Santa fue el amor, del que es bien
sabido que está muy necesitado este mundo. En la familia, en el trabajo, en la política y
hasta en las diversiones. Toda la vida de Rita fue un calvario no merecido sin perder su
confianza en Dios, ni con motivo del asesinato de su marido o la muerte de sus hijos.
Sólo los grandes santos saben reunir sin oposición el sufrimiento y la felicidad. Sufría y
disfrutaba con la presencia de Dios. Nunca constatan testigos y biógrafos que se quejara
en la soledad sin padres, sin marido, sin hijos o recluida en una celda por el repugnante
olor que despedía su llaga en la frente e impedida de todo movimiento en la cama. Rita
fue consumiendo su vida sin quejas, con amor y en los más difíciles momentos hasta con
la comprensión y el perdón a los que le han hecho sufrir. El amor en el mundo fue para
ella convivencia, justicia, paz, felicidad. Lo aprendió de Cristo perdonando a sus
verdugos y aprendió también de San Pablo a vencer el mal a fuerza de bien (Rom 9,
21).

Nadie sabe definir el amor. Todas las explicaciones fallan ante los innumerables
modos de amor diferentes. Las grandes enciclopedias antiguas dedicaban a la palabra
amor varias páginas y unas pocas líneas a la palabra átomo. Ahora es al revés. Algo ha
pasado. El amor lo ha creado Dios y conduce a Dios. Por eso amor y caridad en la
Escritura y en la teología son términos idénticos. Es decir, cuando nosotros amamos con
amor bueno amamos con el amor que Dios nos ha dado previamente, no con amor
nuestro. Estas ideas nos pueden ayudar a comprender el amor de Rita a sus padres, al
marido, a los hijos, a los pobres, a la Iglesia, a Cristo y a Dios.

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La espiritualidad de Santa Rita estuvo también marcada por el amor a Cristo.
Meditaba frecuentemente los misterios de su vida humana, especialmente su pasión y
muerte. Su compasión con Cristo comenzó ya a los doce años. A la vez este amor al
Cristo hombre lo proyectaba en la atención a los pobres mientras estuvo en el mundo y
de limosnera en el convento. La otra devoción a Cristo fue la eucaristía celebrada como
sacrificio y adoración. De este modo pagaba a Cristo con amor lo que él hizo por
nosotros, haciendo llegar a los necesitados, a sus padres ancianos, esposo, hijos,
hermanas agustinas el amor que Cristo nos tiene a nosotros. Con San Pablo pudo decir:
Estoy crucificada con Cristo, no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (Gal 12, 20). Y
con San Agustín: Mi amor es mi peso y donde quiera que voy allí soy arrastrado por el
amor. En todo y con todos fue el amor, nacido del costado de Cristo, la fuente de su
espiritualidad. Y del amor a Dios y a Cristo brotó el amor a los pobres y, lo que es más,
el amor a sus enemigos.

El más grande acto de la fe es creer en el amor de Dios en las mayores desgracias y


el más grande acto de amor es pasar una vida entera devolviendo a Dios el amor recibido
de Él. En la vida de Santa Rita se cumple aquella sentencia del Cántico de San Juan de la
Cruz: La fe y el amor te guiarán por donde no sabes, allá en lo escondido de Dios (1,
11). Rita creyó con todas sus fuerzas que Dios es verdaderamente Dios-Amor a quien
todos pertenecemos y que por ello se merece todo nuestro amor. Sólo así se entiende su
vida. El don del amor le fue dado por Dios en el bautismo igual que a todos los
bautizados, pero ella abrió de par en par su corazón y la vida para alcanzar su plena
madurez unida a Dios.

El don divino del amor que hace al hombre capaz de amar a Dios consiste en
agradarle en todo haciendo su voluntad sin buscar satisfacciones personales. El amor
puro a Dios excluye el amor a nuestras satisfacciones que dividen el corazón. No
podemos dudar de que Rita experimentó también muchos consuelos espirituales en su
amistad íntima con Dios porque, como dice San Juan de la Cruz, si el alma busca a
Dios, mucho más la busca su Amado a ella (Llama, 3, 28); pero no parece que fueran
muchos estos consuelos espirituales ni que ella buscara satisfacción en ellos. Era
consciente de que Dios le amaba ya antes de nacer.

Lo más contrario al amor es el odio. Sin llegar a tanto podemos convertir a las
personas en objetos, como ocurre frecuentemente con el atleta, con la mujer, con los
gobernantes, etc. Con frecuencia son objeto de aversión a veces el compañero del
trabajo, el antipático, el victimador de la delincuencia callejera, etc. Y no nos olvidemos
de nuestros sentimientos de aversión hacia los terroristas y los genocidas, hacia los amos
de los esclavos, al indigno explotador de los trabajadores… Por estos casos recordados
sabemos ya lo que es el odio o el desprecio a la persona humana. Un personaje de
Unamuno afirma: Necesito que viva para odiarle; y Sastre escribió: El infierno son los
otros. Pese a todo y echando una mirada retrospectiva a la vida de Santa Rita podemos
seguir creyendo en el amor de Dios en los hombres. Amar es querer que exista el

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amado, escribió Gabriel Marcel. Y continúa: La frase te amo equivale a decir: quiero que
existas, que no te suceda ningún mal, que estés con Dios y Dios contigo. Rita demostró
muy bien este amor diciendo en su corazón al asesino de su marido: Quiero que existas y
que seas perdonado y amado por Dios.

De la fe y del amor dimanan la humildad, la obediencia a su Superiora, la castidad, el


espíritu de oración, etc. Pero detengámonos un poco en la virtud teologal de la
esperanza. El hombre espera toda clase de bienes futuros, que son penúltimos, la
esperanza que brota de la fe anhela los últimos. Algunos teólogos, en cambio, ponen la
primacía en la esperanza, es decir, porque esperamos creemos y después de creer
amamos. Dejando de lado estos problemas teológicos me inclino a pensar que las madres
creen en sus hijos porque los aman. Es el caso de Rita, que esperó con paz su salvación.
No necesitamos acudir a garantías y seguridades sobrenaturales que pudo recibir del
cielo. Desde el perfecto conocimiento de su pequeñez se arrojó en los brazos de Dios en
las circunstancias más crueles para una madre.

Rita sabe que cuanto posee procede de Dios, tiene paciencia y espera. Espera porque
no tiene ninguna confianza en sus recursos naturales, ni en su capacidad o en sus
méritos. Busca la soledad y no habla con nadie porque espera en su Dios totalmente
segura de su ayuda en toda situación extremamente delicada. Se apoya en Él convencida
de que no le va a abandonar. Sin padres, sin marido, sin hijos, perdidas todas las
seguridades que tenía, abandonó los apoyos que podían darle sus parientes o los bienes
heredados de sus padres y de su marido. Si es cierta la acusación de sus monjas de haber
tirado a un río los medios económicos destinados a la peregrinación a Roma, tendríamos
aquí una prueba evidente de su incondicional esperanza en Dios. En esta esperanza vivió
y en esta esperanza quiso morir. Sólo Dios basta, diría con Santa Teresa.

La esperanza cristiana responde a los deseos de felicidad que Dios ha puesto en el


corazón de todos los hombres. Dice San Agustín: Si te pregunto qué deseas ya sé lo que
me vas a contestar: la felicidad. La esperanza humana y la esperanza sobrenatural se
pueden perder, pero si existen son la mayor fuerza para realizar las creaciones del
hombre. Gracias a esta esperanza Rita superó las más tremendas desgracias. El aliento, la
alegría, el entusiasmo que nacen de la esperanza, son siempre la mejor receta que el
médico nos puede aconsejar. Rita contó en su vida con el mejor de los médicos. Mas no
pensemos que fue esto en ella un puro sentimiento. La esperanza fue en ella una actitud,
una forma de existencia, una manera de vivir frente a la eternidad.

Finalmente, la esperanza no cambia la existencia, sino que da un nuevo sentido a la


vida. Da alegría hasta en el dolor y en la enfermedad y es el más fuerte alivio en el
momento de la muerte. Santa Rita nos ha demostrado esto con su vida. Como el
peregrino se alegra cuando llega a la meta, así se alegró al llegar la muerte. Posiblemente
sus obras de caridad con los pobres se inspiraban en esta actitud de peregrina que
conservó toda la vida. Dice San Agustín: El pobre y el rico van juntos por el mismo

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camino, el rico lleva muchas cosas y el pobre nada. Hombre rico, da parte de tu carga
al pobre y verás con qué facilidad llegas a la meta. Rita se dio a sí misma a los demás y
llegó a la meta. Dios le ayudó en el camino. Esperó en Dios y Dios esperó en ella.

55
II
DEVOCIÓN A SANTA RITA

Su fama de santidad

El proceso de beatificación de Santa Rita se inició casi dos siglos después de su


muerte. Esto explica que existan tantas lagunas en su biografía por falta de los testigos
inmediatos de los hechos como las religiosas de la comunidad, sacerdotes, miembros de
su familia, fieles por ella aconsejados, etc. A falta de testigos oculares nos hemos tenido
que servir de las tradiciones y recuerdos que se fueron trasmitiendo de boca en boca
después de su muerte. Pasó haciendo el bien por la vida y siguió haciéndolo después de
muerta. Esta gran verdad de Cristo puede decirse también en cierto modo de ella. Había
vivido su consagración religiosa dando ejemplo a las hermanas, siendo obediente hasta la
cruz, pobre hasta el punto de no dejar en este mundo más que sus restos corporales,
casta y entregada solamente al amor de Cristo y de los hermanos. Había respondido al
amor de Dios con entrega total practicando la radicalidad cristiana hasta extremos
humanamente imposibles. Amó a la Iglesia y se entregó por ella haciéndola más fecunda
en la implantación del Reino de los cielos en la tierra.

El proceso de beatificación comenzó el 8 de septiembre de 1619; sin embargo, se ha


encontrado un documento notarial en el que se ve que el pueblo cristiano le llamaba ya
beata unos años después de su muerte, en 1463. Esto significa que comenzó a dársele
culto inmediatamente después de morir. Su primer féretro es de 1,58 de longitud, lo que
nos hace ya adivinar su estatura. Tal vez no fue enterrado, sino depositado sobre un altar
de la iglesia o de un oratorio interior del monasterio, de forma que las monjas y devotos
pudieron ir colgando exvotos alrededor de él, dando gracias por los favores que recibían
de ella. Cuando se pensó en otro féretro la devoción y visitas de los fieles obligó a las
monjas a construir una urna relicario que permitiera ver su cuerpo, que seguía
incorrupto.

Con este motivo se hizo un reconocimiento canónico teniendo por testigo a Mons.
Eruli, obispo de Espoleto, autoridades de la ciudad y religiosas del monasterio. A este
relicario se le llamó cassa solenne (caja solemne), era de nogal, sus paredes interiores y
exteriores estaban pintadas con escenas de su vida, se exponía al público en sus fiestas y
los fieles pudieron contemplar el rostro de su cuerpo incorrupto. Este nuevo relicario fue
construido el año 1457, diez años después de su muerte por lo que entendemos con qué
rapidez se extendió el culto a la Santa. Los especialistas en arte han podido identificar a
los pintores de las representaciones que lo adornan por dentro y por fuera. Fueron los

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pintores bien conocidos, Giovanni Sparapane y su hijo Antonio Sparapane, naturales de
la cercana Norcia.

Gracias a tantos hechos maravillosos la devoción a Santa Rita se ha extendido por


todo el mundo cristiano y se le invoca con el apelativo de “Abogada de imposibles”. El
pueblo de Casia y las zonas limítrofes la tuvieron siempre por santa; pero esta idea se
extendió rápidamente por toda Italia mucho antes de que el Papa Urbano VIII la
declarara beata. Su secretario particular, Fausto Cardinal Poli, era natural de un
pueblecito distante 15 kilómetros de Roccaporena. Ese día la vieron, según el testimonio
de muchas gentes, abrir sus ojos y levantarse dentro del féretro de cristal. El Papa León
XIII en la bula de canonización la llama perla de la Umbría y ornamento de la Orden
agustiniana. Con tal motivo se construyó pronto en Casia un santuario dedicado a Santa
Rita. Miles de peregrinos visitan todos los años su casa y el santuario.

De este modo se explica que la devoción a Santa Rita se extendiera pronto por toda
Europa y América, en cuanto fue evangelizada. Las gracias y favores que recibían del
cielo los fieles eran tan numerosos que por todas partes se le dedicaron templos y se
celebraba su fiesta. Su tumba la visitan infinidad de peregrinos que acuden a darle gracias
por los favores recibidos o a pedir nuevos favores. Hasta parece increíble que un
monasterio que la rechazó tres veces hoy sea un centro de peregrinación de los más
famosos del mundo cristiano, después de los santos lugares o los que nos recuerdan
intervenciones de la Virgen María y de los apóstoles. Fue un sacerdote agustino y
gaditano, el primero en llamarla de este modo: Abogada de imposibles o de los casos
más desesperados. No pensemos sólo en milagros físicos, los milagros morales de
esposos infieles o sin fe que se convierten y de hijos separados de la Iglesia que vuelven
a ella son mucho más numerosos. Las rosas que cubrieron su féretro, distribuidas por
Casia por las monjas, son las rosas que florecen en su jardín y bendecidas en su honor se
distribuyen sus pétalos por todo el mundo y siguen pregonando las maravillas de Dios.

El recuerdo de esta Santa lo mantienen también sus imágenes, en las que se le


representa con un crucifijo en las manos y la espina clavada en la frente. Las rosas, las
abejas, los higos son meros símbolos que nos recuerdan la presencia de la acción de Dios
en ella. Los católicos norteamericanos amantes del béisbol la tienen por patrona de este
deporte, desde que Walt Disney hiciera una película en la que un jugador de béisbol la
invoca para que gane su equipo. Hasta han hecho medallas de ella en relación con este
deporte americano. Sus devotos acuden a ella en las enfermedades, en los problemas de
convivencia marital, en toda clase de abusos. De ella se acuerdan principalmente las
esposas maltratadas y las madres con hijos difíciles. Todas las causas perdidas llegan a
ella cuando se encomiendan a Dios invocándola.

Su fama de santidad se extendió sola rápidamente en todo el pueblo cristiano de


Europa. En 1616 la Santa Sede abrió el proceso de su beatificación y dos años más tarde
el Papa Urbano VIII la beatificaba con gran solemnidad en la iglesia de San Agustín de

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Roma. Sería después León XIII, el año 1900, quien la inscribiría en el catálogo de los
santos. En todo el mundo aparecieron inmediatamente gran número de talleres, casas de
acogida para niños y pobres o centros de beneficencia con el nombre de Santa Rita.
Antes, sin embargo, de ser canonizada su culto se había extendido ya por toda la Iglesia,
no sólo en los templos de los agustinos.

En todas las situaciones de su vida demostró Santa Rita ser de una fe profunda, que
le hizo brillar con luz propia en momentos realmente difíciles. Su conducta de
adolescente y joven, de esposa, de madre y viuda o de religiosa no se comprenden sin
acudir a una providencia especial de Dios. Nunca actúa según su voluntad le aconseja,
sino creyendo siempre que sigue la voluntad de Dios. Ante las injusticias, ante la muerte
violenta y traicionera de su marido, ante el resentimiento vengativo de sus hijos reacciona
desde el interior, desde donde para el hombre de fe habita Dios. Parece como si no fuera
Rita quien actúa sino la gracia de Dios que está en ella. Sin Dios todo falta, con Dios se
tiene todo, antes que Santa Teresa lo dijera ya había demostrado Rita que sólo Dios
basta. Gracias a la fe pudo ver mejor que el Santo Job por qué permite Dios ciertas
calamidades y desgracias muchas veces crueles; gracias a la fe no hace preguntas al cielo
ni se queja, esperando respuesta del que habla desde las nubes; gracias a la fe ha
entregado a Dios su corazón y es capaz de aceptar todos los sacrificios. Su vida fue una
sumisión total a Dios confiando en él plenamente.

Rita de Casia no es una teóloga ni pensadora al estilo de la dominica Santa Catalina


de Siena, su paisana; pero su fe le hizo comprender que sin Dios el hombre no tiene más
sentido que el animal o cualquiera de los seres de la naturaleza, sin Dios su existencia
carece de futuro, la vida es un callejón sin salida, o, como dijeron más tarde los
escritores franceses Sastre y Camus, un absurdo, náusea, nada. Sólo en Dios tiene
sentido la vida. No tuvo que buscar la verdad, como su padre espiritual Agustín y tantos
otros que encontraron su descanso en Dios después de sufrir grandes inquietudes
interiores. Sus padres le pusieron a Dios en su corazón y de él nunca desapareció. Desde
entonces, sin necesidad de reflexiones filosóficas o teológicas todos los problemas los
solucionó desde la fe en Dios. Su trato permanente con Dios por medio de la oración le
ayudó a comprender que las demás soluciones eran mentirosas. La primera petición que
deben hacer a Dios los devotos de Santa Rita es la de los apóstoles a Jesús: Aumenta
nuestra fe. Con un poquito de fe trasladaríamos de lugar las montañas, dijo Jesús.

Los milagros

Los filósofos definen el milagro como un hecho sensible producido por una especial
intervención de Dios, trascendiendo el uso el uso normal de las cosas según las leyes de
la naturaleza conocidas. El milagro tiene siempre un fin religioso. La posibilidad de que
Dios cambie en un momento dado las leyes de la naturaleza se comenzó a cuestionar con

58
el nacimiento de la ciencia en los siglos XVII y XVIII. Panteístas y escépticos negaron
estas intervenciones sobrenaturales de Dios atribuyendo los milagros a la credulidad de
las gentes. Esta misma actitud se repitió en el siglo XIX provocando que el concilio
Vaticano I definiera su posibilidad. La fe en su existencia la atribuían ahora a la
ignorancia de las gentes. Para eliminar la acción directa de Dios en el mundo preferían
aferrarse a que nosotros no conocemos bien las leyes de la naturaleza.

Para el que cree en la existencia de un Dios creador y providente no sólo son posibles
los milagros, sino convenientes para recordarnos su presencia en el mundo, demostrar su
amor y su afán de diálogo con el hombre y estimular los valores religiosos. De este modo
Dios providente ayuda a los hombres. Más modernamente filósofos y científicos se van
alejando cada vez más de un determinismo rígido, acercándose al concepto que la fe
cristiana ha mantenido siempre sobre la posibilidad del milagro y nuestro conocimiento de
él. En el Antiguo Testamento y en la vida de Cristo se repiten los milagros con los
nombre de maravillas, signos o señales y prodigios. Los fieles constatan su existencia y
la Iglesia los comprueba a la hora de beatificar o canonizar a los siervos de Dios, aunque
no exige a los fieles la fe en ellos.

Dios interviene en la vida de los hombres por medio de visiones y de palabras o de


cualquier otra manera, respondiendo a nuestras oraciones y súplicas. A los discípulos de
Juan Jesucristo les recuerda los cojos andan, los ciegos ven, los sordos oyen, los
muertos resucitan. La fe en un Dios que ama es esencial para entender los milagros. No
siempre los testigos de los milagros los experimentaron y comprendieron. Sin embargo,
siempre disfrutaron de sus beneficios, bien fortaleciendo su fe, mejorando su conducta o
confirmando su lealtad a Dios. Basta que el milagro llame nuestra atención para que
interpele nuestra conciencia religiosa obligándonos a considerar como venidos de Dios
incluso los sucesos del mundo. Produciéndole admiración el hombre responde a la
llamada de Dios. No es necesario que conozcamos todas las leyes del universo para
descubrir la sobrenaturalidad del milagro. Dios dispone de infinitas formas de actuar para
llamarnos a una vida de amistad con él. El milagro no es una manifestación caprichosa de
la omnipotencia divina, sino la manifestación clara de que Dios te busca y te está
salvando. Se comunica contigo y quiere tu respuesta.

Hechas estas breves consideraciones podremos comprender mejor los muchos


milagros operados por intervención providencial de Santa Rita. Todos los milagros y
gracias atribuidos a Santa Rita después de su muerte han llegado a nuestro conocimiento
por los exvotos de su relicario, las narraciones de los testigos en el proceso de
beatificación y el autor del Breve Racconto. Las primeras actas de los milagros proceden
ya del año 1457 cuando el féretro de ciprés fue sustituido por el nuevo relicario. Con este
motivo las autoridades municipales de Casia abrieron un registro titulado Codex
miraculorum, donde tomaron nota de los milagros conocidos. Los once milagros
consignados en el primero de los fascículos los firma el notario de la ciudad Domenico di
Angelo el año 1457. Los otros tres fascículos de los siglos XV y XVI están también

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firmados por el correspondiente notario y contienen 29 milagros diferentes. Este Codex
se conserva en pergamino en el monasterio de Santa Rita de Casia. De igual manera
procedieron las autoridades civiles con Santa Clara de Montefalco.

El primer milagro conocido es el del carpintero, que confeccionó el primer féretro,


padeciendo parálisis en un brazo del que curó; el segundo ocurrió con un pariente de Rita
que vino a rezar ante su cadáver antes de colocarlo de cuerpo presente en la iglesia del
monasterio, curado también de un brazo que tenía paralizado. Los demás los hemos
conocido por los exvotos colocados en el nuevo relicario diez años después de su muerte
y el autorizado códice de los milagros, confeccionado primeramente por el notario de la
ciudad, Domenico di Angelo, por encargo de las autoridades. Este códice se editó en
Perugia el 1552 y fue estudiado por la comisión canónica durante la celebración del
proceso. Poco después se publicaron en otro libro escritos en verso. El primer notario
Domenico di Angelo dejó escrita una breve reseña biográfica de la Santa en la que la
llama muy honorable hermana monja, Señora Rita, aludiendo tal vez a la nobleza de su
cuna.

Entre los primeros diez milagros registrados el notario consideró el más grande la
devolución de la vista a un ciego de nacimiento, Battista d´Angelo, ante el nuevo féretro
el 25 de mayo de 1457. En segundo lugar otra niña, Gentilesca di Nicola de Atri, curada
de una enfermedad en los ojos después de haber prometido su madre que entraría de
religiosa en el monasterio de Santa María Magdalena. Se curó y cumplieron su palabra.
Profesó el año 1493, colocó el exvoto que lo atestiguaba y llegó a ser abadesa.

La incorrupción de los cuerpos de muchos santos ha sido considerada en la Iglesia


como un signo de santidad y de la resurrección futura. A menudo va unido este
fenómeno a un buen olor que exhala el cuerpo y se expande por los monasterios, iglesias
o casas. La incorrupción del cuerpo de Rita ha sido comprobada por muchas personas de
distintas épocas. Un siglo y un año después de la muerte de Rita visitaba los conventos
de la Orden en Casia el General agustino, Cristóbal de Papua, que levantó acta de su
visita y escribió lo siguiente: Hoy 4 de abril he acudido a los dos monasterios de Casia
que pertenecen a nuestra Orden. En uno de ellos, con gran devoción, he observado el
cuerpo de la beata Rita, íntegro en todos sus miembros. Esto en un cuerpo más que
probablemente no embalsamado resulta sorprendente. Durante el proceso de
beatificación la comisión canónica hizo un nuevo reconocimiento del cuerpo, el 20 de
octubre de 1626, declarando después, según consta en el proceso: El cuerpo ha sido
encontrado íntegro, blanco, intacto, inmaculado, como si acabase de morir. La
Congregación de los santos concluyó que el cuerpo no se ha podido conservar así, más
que por una gracia de Dios, particular y milagrosa. Uno de los testigos declara haber
visto varias veces el cuerpo de la Santa y no le falta, dice, más que la palabra.

Es frecuente también en todos los santos incorruptos que exhalen un suave olor
perfumado significando, tal vez, el buen olor de las virtudes que han practicado. En el

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caso de Santa Rita esto sucedió con motivo de su muerte, al descubrir el féretro, en sus
fiestas y cuando se verificaba algún milagro. Notando este suave olor las monjas
deducían que se había producido algún milagro y tocaban las campanas de la iglesia. El
canónigo Belmonti de Casia declaró que este olor era indefinible, no parecido a ningún
otro olor conocido. Uno de los testigos del proceso cuenta las cosas con alguna variante:
El olor se sentía de lejos, aumentaba según te acercabas a la iglesia del monasterio y las
monjas tocaban las campanas dos o tres días después. Las monjas también atestiguaron
la percepción de este olor especial en diversas ocasiones. En el proceso de beatificación
se dio valor a este milagro por cumplir las tres condiciones requeridas por Benedicto XIV
para tener en cuenta en las beatificaciones.

Todos los milagros de Jesús son una prueba de su amor a los hombres,
principalmente a los que sufren. Todos los milagros que el pueblo cristiano atribuye a la
intercesión de Santa Rita son también un reflejo del amor que tuvo a los pobres y
enfermos en este mundo. Sus devotos deben fijar su atención en este ejemplo. Tenemos
una nube de testigos, dice el autor de la Carta a los Hebreos (12, 1; 13, 7). Por encima
de los milagros y de su fama entre los santos tenemos que ver en ella un testigo, un
milagro personal de la gracia de Dios. Newton afirmó: Yo he visto a Dios pasar por mi
telescopio. Mirando a Santa Rita se ve a Dios. Amó a Dios, amó a Cristo sin verlo
amando al prójimo a quien veía.

Semblanza espiritual

El lector de esta vida de Santa Rita podrá pensar que le he ofrecido hechos históricos
que parecen en parte fantasiosos o exagerados. El amor del pueblo cristiano hacia sus
santos suele incurrir en este defecto, sacándolos de la realidad y rodeándolos de santidad
desde su nacimiento hasta su muerte. No sería una historia verdadera si olvidamos que
fueron personas de carne y hueso como los demás. Precisamente por eso son modelos
nuestros en el seguimiento de Cristo. Porque los santos son hombres y mujeres de carne
y hueso podemos ir por los caminos que ellos han seguido en su peregrinación hacia
Dios. Por mucho que la devoción haya inventado de esta Santa la historia descubre a una
mujer excepcional, que ha respondido excepcionalmente a la gracia de Dios. Ha recorrido
la experiencia de ser mujer virgen, esposa, madre, viuda, religiosa y en todos estos
estados de vida sus experiencias místicas van más allá de las posibilidades meramente
humanas.

La semblanza espiritual de Santa Rita podría resumirse diciendo de ella que fue una
mujer especialmente modelada por el Espíritu Santo santificador. La bondad se dejó ver
en ella toda la vida, fue demasiado buena para que no digamos más de ella. Desde niña
tuvo hambre y sed de justicia o lo que es lo mismo hambre y sed de santidad. Jesús
llama a esta mujer dichosa, feliz, bienaventurada o especialmente amada por Dios.

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Hizo el bien sin blasonar de ello olvidándose de sí misma y ha logrado la inmortalidad.
Llaman nuestra atención las desgracias que tuvo que sufrir, pero, sin duda, por ser buena
fue feliz. La bondad y la felicidad inundaban a la vez su alma. En ella se cumple esta
sentencia de los Proverbios: El bueno alcanza la benevolencia de Yahvé.

La vida de Santa Rita discurre en un lugar concreto de la tierra, su historia la cuentan


personas con nombres y apellidos, amigos y no amigos, devotos y no devotos. Ni es pura
leyenda, ni pura tradición oral deformada al pasar de boca en boca. Ciertamente, sus
biógrafos no escribieron sus luchas contra las tentaciones y sus fracasos espirituales, ni
ella en su humildad nos los confesó públicamente, como San Agustín. Esta parte de su
vida sólo la conocieron sus confesores y Dios. Los testigos nos han trasmitido lo que
vieron y esto es lo que nos resulta maravilloso. Nadie puede dudar de su sinceridad aun
cuando no coincidan a veces al narrar las fechas o contar los años cuando se refieren a la
cronología de su vida. Estos datos, que tanta importancia tienen en la biografía de los
hombres célebres, piénsese en Alejandro Magno, Shakespeare o Cristóbal Colón, no la
tienen en la vida de los santos. En ellos nos importan los hechos y la actitud y fuerza con
que los afrontaron. Piénsese en la conducta de Rita durante su adolescencia y juventud,
en su vocación tanto tiempo fracasada, en sus actitudes de esposa y de madre, en su
fortaleza ante las incomodidades de la viudez y sufrimiento y en todo veremos la mano
escondida de Dios.

No se han podido fijar con exactitud las fechas ni de su nacimiento ni de su muerte.


Estamos en un tiempo en el que no existen los archivos civiles ni eclesiales. Como
consecuencia tampoco tenemos fechas exactas para hechos de su vida como su edad al
contraer matrimonio, la muerte de su marido y de sus hijos, su ingreso en el monasterio,
su viaje a Roma y deseo de ver al Papa. Todo depende del día y año de su nacimiento,
imprescindible para poner fecha más o menos exacta para todo lo demás. Olvidando lo
intrascendente nos quedamos con una Santa que fue en vida modelo de jóvenes, hija
compasiva y caritativa con sus padres, esposa sacrificada por amor y creadora de paz,
madre heroica, viuda entregada a la caridad con los pobres, religiosa agustina digna de su
fundador. La vida de Santa Rita en el siglo XV está marcada por el Renacimiento y el
Humanismo, que cambiaron la sociedad y la cultura europeas. Fue testigo con dolor de
acontecimientos de Iglesia para ella especialmente dolorosos: el destierro de Aviñón y el
cisma de Occidente. Tal vez estos sucesos hayan ido señalando los pasos de su profunda
espiritualidad.

Podernos quejarnos con razón de que la vida de Santa Rita, tan llena de prodigios y
maravillas sobrenaturales, desde que las abejas chuparon su saliva en su boca angelical
hasta los acontecimientos maravillosos con motivo de su muerte, la alejan de nosotros los
mortales. Pero no es esto lo que tenemos que imitar sino admirar como obra maravillosa
de Dios. A los devotos de Santa Rita les corresponde su imitación en la práctica de las
virtudes cristianas: la piedad infantil, la obediencia generosa y atenciones a sus padres, su
heroico perdón a los enemigos, su amor al Crucificado o la fortaleza en los sufrimientos.

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San Agustín nos acerca a una perspectiva mejor cuando nos dice que no son santos sino
los que tuvieron amor. Santa Rita fue durante toda su vida un auténtico ejemplo de
amor. Desde lo poco hasta lo mucho tienen sus devotos en su persona el mejor modelo a
imitar.

La fama de los milagros de Santa Rita ha hecho olvidar a sus devotos el mensaje de
su vida personal que la piedad ha exagerado y a veces la leyenda. La devoción a los
santos no consiste en acudir a ellos en la oración para obtener de Dios un favor por
medio de ellos. San Agustín nos enseña lo que es la verdadera devoción: Honrar y no
imitar no es otra cosa que adulación mentirosa (Serm.325, 1). La religiosidad y piedad
populares necesitan con frecuencia la iluminación de la fe y la orientación caritativa de
los pastores, no su eliminación radical. La devoción a Santa Rita que llena sus iglesias y
crea tan grandes peregrinaciones tiene que ser como la vida de la santa profundamente
cristológica, es decir, un encuentro personal con Jesucristo siguiéndole a ella.

Rita de Casia no fue una mujer escritora fundadora de una escuela de espiritualidad,
como Santa Catalina de Siena o Santa Teresa de Ávila, y otras santas famosas, ni fue
creadora de movimientos de caridad que lleven su nombre o fundadora de una Orden
religiosa. Fue una santa silenciosa y sin embargo su devoción es universal y figura entre
las más veneradas y queridas por el pueblo cristiano. Se trata de un fenómeno religioso
de difícil explicación, que procede de la piedad popular siempre viva en la Iglesia. Esta
misma piedad y la fama de sus milagros en los casos más difíciles han podido deformar
su historia y hasta ocultar su mensaje personal. La devoción a los santos tiene que
terminar en Cristo, nuestro único mediador. Ella nos enseña a acogernos a la gracia de
Cristo para que nos lleve a Dios.

Rita de Casia llegó a la meta en su carrera viviendo el Evangelio con espíritu


agustiniano, es decir, tal como quería el mismo Agustín que fueran los monjes por él
reunidos primeramente en Tagaste, su ciudad natal y después en Hipona, siguiendo su
Regla adoptada por miles de monasterios en toda Europa. Comienza diciendo: Ante todo,
hermanos muy queridos, amemos a Dios y al prójimo porque éstos son nuestros
preceptos principales. El punto final de esta Regla firmada por este Santo se expresa de
este modo: Que Dios os conceda cumplir todas estas cosas con amor. Rita de Casia fue
una discípula fiel de San Agustín.

El Santoral cristiano comprende los nombres agustinos de 15 santos, 35 beatos, 6


venerables y 27 siervos de Dios, sin contar los agrupados con el nombre de mártires
japoneses o mártires de Motril de la guerra civil española. El lema que resume la vida de
San Agustín, ciencia y caridad, fue el de todos ellos. La mayor parte de ellos y
especialmente Santa Rita se distinguieron por la caridad, por el amor a Cristo, a la Iglesia
y a los más necesitados entre los hombres nuestros hermanos. Otros muchos miles no
han visto sus nombres inscritos en el Santoral ni figuran en los altares; pero a todos los
arrastró San Agustín con las primeras palabras de su Regla: Así lo entendió Rita

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escogiendo el camino del amor.

Sus devotos pueden estar seguros de que intercede por ellos ante Dios. Sin duda les
corresponde con su amor desde el cielo y les ayuda a acercarse a Cristo, nuestro
mediador. Rita nos enseña a todos a ser compasivos unos con otros y a tener
misericordia con los más necesitados, los pobres, los enfermos, los ancianos; es modelo
de nuestra fe para que la pongamos a disposición de los demás; nos habla de paz, de
amor de unos con otros, de perdón hasta a nuestros enemigos más crueles; es nuestra
maestra aceptando los sufrimientos de la vida en cumplimiento de la voluntad de Dios.
Las madres encuentran en ella un ejemplo de amor a los hijos hasta el extremo, los
religiosos y religiosas aprenden el valor de una vida entregada a Dios por la salvación de
los demás. Después de cinco siglos nos sigue hablando en silencio.

Dios ha hecho en el mundo maravillas por medio de ella y con razón el pueblo
cristiano la invoca y quiere con fervor. Los monumentos principales debiera dedicarlos el
mundo a los santos antes que a sabios y conquistadores o políticos. Debemos resumir la
vida de esta mujer de Casia, Rita Lotti, con un solo adjetivo que los comprende todos.
Fue una santa y está con Dios. No existió en ella el pecado que abre una sima
infranqueable entre el hombre y Dios. La reconciliación la debemos a Cristo, enviado por
Dios para que todos los que creen en él tengan vida eterna. Gracias a él, todos hemos
sido llamados a ser santos, nos dice San Pablo (1Cor 1, 2). La santidad, lo mismo que
la salvación la ofrece Dios a todos los hombres. El concilio Vaticano II así lo ha
proclamado ante el mundo (LG 39, 40).

El bautismo deposita en el cristiano el germen de la santidad, la gracia o vida de Dios.


Rita fue santa porque desarrolló esta vida divina con el ejercicio de las virtudes cristianas
y toda clase de buenas obras. No es, pues, necesaria la grandiosidad de las obras
exteriores, ni la abundancia de dones naturales como el talento o el resto de las dotes
humanas. Consiste en el pleno desarrollo de la gracia de Dios recibida en el bautismo.
Sabemos que Dios es amor, que Cristo pasó haciendo el bien. Toda la vida de Santa
Rita fue también una expresión de amor demostrado en sus padres, en sus hijos, en su
marido, en los pobres y enfermos, en el perdón de sus verdugos; este amor crecía en ella
constantemente puesta de rodillas ante el Crucifijo. Somos santos en la medida que
participamos del amor de Dios. Rita es santa porque el amor recibido de Dios se lo
devolvió con creces, mirando a Cristo y a su prójimo.

El proceso de beatificación

La beatificación consiste en declarar permitido el culto a un cristiano o Siervo de Dios


que el pueblo fiel tiene por santo. Esta declaración pertenece al Papa que permite su
culto en una iglesia particular, en una diócesis, una región o en una Orden religiosa. Sólo
en casos particulares ha ocurrido que un beato haya recibido culto universal. Desde el

64
siglo XII al XVII eran los obispos quienes beatificaban a sus fieles muertos en olor de
santidad para que les dieran culto sus diocesanos. Esta costumbre existe todavía en la
iglesia ortodoxa rusa. En la actualidad tanto las beatificaciones como las canonizaciones
se rigen por una normativa particular dada por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II.

Rita de Casia fue beatificada por el pueblo cristiano al poco tiempo después de su
muerte. Ya en 1472 se le llama beata en un testamento hecho ante notario y dos años
después se le pintó en la iglesia de San Agustín de Casia al lado de Santa Lucía y Santa
Catalina. En su honor se compuso en la misma época un himno litúrgico que se cantaba
en el día de su muerte. Tal era la fama de esta beata que el año 1480 las monjas
mandaron escribir su primera biografía. Incluso los obispos de Espoleto acudían desde
1550 a Casia, como consta del cardenal Barberini, que más tarde sería el Papa Urbano
VIII, que la puso en los altares.

Las autoridades civiles de Casia hicieron también su propia beatificación y desde los
primeros días celebraban en honor de su paisana Santa Rita homenajes, ofrendas,
procesiones, diversiones de todo género, etc. Hoy mismo, como sucede en España, las
autoridades civiles patrocinan las fiestas de los pueblos en honor de sus santos patronos.
En Casia fomentan también el turismo de miles de peregrinos al santuario de Santa Rita.
El 22 de mayo hacen las autoridades una ofrenda especial a la abadesa del monasterio de
Santa María Magdalena, desde 1531, mucho antes de beatificarla la Iglesia, para que no
le falten cirios a la santa. El mismo Ayuntamiento se comprometió a mandar celebrar una
misa en memoria de la Santa de la ciudad tres días después de Pentecostés, haciéndola
coincidir con las fiestas de la ciudad o Feria del Espíritu Santo. Hoy reciben estas fiestas
el nombre de Feria de Santa Rita y el Ayuntamiento otorga franquicias a los
comerciantes y feriantes foráneos para atraer a las gentes; las autoridades continúan
desarrollando el mismo ritual festivo que en el siglo XVI: Salida de Santa María de la
Pieve, procesión al monasterio de Santa María Magdalena, asistencia a la celebración de
la solemne eucaristía.

El culto es dado a Santa Rita desde el 25 de febrero del año 1564, es decir, 65 años
antes de la beatificación por la Iglesia y el monasterio de Santa María Magdalena ha
recibido en su honor el nombre de Monasterio de Santa Rita. Las mismas monjas
cambiaron el nombre en sus documentos. Por el año 1577 se comenzó ya la
construcción de una nueva iglesia dedicada a Santa Rita y a ella se trasladó el cuerpo de
la Santa, que hasta 1595 descansaba en un oratorio interior del convento, con el fin de
que estuviera a la vista de los fieles. Todo indica la rapidez con que se propagó el culto a
Santa Rita adelantándose el pueblo a las decisiones de la Iglesia. Así sucedió siempre
hasta que se hizo la primera beatificación oficial del beato Ulrich, obispo de Augsburgo,
muerto el año 973.

La beatificación de Rita por la Iglesia vino a ratificar lo que el pueblo cristiano ya


creía y venía haciendo desde hace dos siglos con el culto a esta santa. Las biografías

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escritas en los siglos XV y XVI se han perdido todas y la del agustino Cavallucci, de la
que dependen todos los biógrafos posteriores, se escribió poco antes de la beatificación
oficial. La iniciativa partió del Ayuntamiento de Casia, que el año 1619, levanta acta en
sesión plenaria pidiendo al Papa Pablo V la beatificación de Santa Rita. Muchas otras
autoridades eclesiásticas estaban también interesadas en la misma causa, admiradas de lo
mucho que se había difundido su culto y los milagros que se le atribuían por tantos sitios;
entre ellas estaba el cardenal Domenico Ginnasi y algunos obispos.

Sin embargo, la causa no se introdujo en la Santa Sede hasta el pontificado de


Maffeo Barberini, elegido Papa con el nombre de Urbano VIII. Barberini había sido
obispo de Espoleto y conocía bien la devoción del pueblo a Santa Rita y los milagros que
se le atribuían. Iniciadas ya estas formalidades las monjas de Casia recogieron la
documentación principal que tenían en el convento y ciertas tradiciones orales de la
localidad enviándolas a la Congregación de Ritos. Se habían olvidado todos que las
causas de los santos comienzan en la diócesis a la que pertenecen, por lo cual la
Congregación de Ritos remitió toda la documentación, el 7 de octubre de 1626, al obispo
de Espoleto, Mons. Castrucci, suplicándole que comenzara el proceso canónico.

Nombrada la comisión pertinente, presidida por Mons. Colangeli, natural de Casia,


comenzó sus trabajos siguiendo el procedimiento debido, es decir, con el reconocimiento
del cadáver, las declaraciones de los testigos y cuanto se había ya escrito sobre Rita
desde su entrada en el mundo hasta su muerte. La comisión pedía respuesta a 28
preguntas sobre los distintos aspectos de la vida de Rita. Los testigos interrogados fueron
51, sacerdotes, religiosos y seglares y se les mandó que sólo dijeran, previo juramento de
sinceridad, lo que habían oído a otras personas de Rita Lotti o las tradiciones familiares
más creíbles. Todas las declaraciones fueron registradas ante notario a partir del mes de
octubre de 1626. El testigo Antonio Cittadoni tenía 72 años y declaró lo que había oído a
su abuelo muerto a los noventa. Entre todos los testigos narraron 76 milagros que habían
oído a sus abuelos y mayores del lugar. El protonotario de la comisión, Pietro Colangeli,
contó que él mismo había sido curado de una ciática y ataque de reuma.

La comisión presidida por Mons. Pietro Colangeli quiso conocer también


personalmente todos los lugares por los que había pasado la Santa: su casa natal y la que
habitó de casada y de viuda, el huerto, el monasterio agustino y su celda, la pequeña
iglesia del pueblo, etc.; recogieron todas las publicaciones que se referían a la Santa,
especialmente el Codex miraculorum y la Vita della beata Rita, de Agostino Cavallucci;
estudiaron las representaciones iconográficas del féretro, los frescos y cuadros existentes,
los 216 exvotos que conservaba el monasterio de Santa María Magdalena. Especial
cuidado pusieron en conocer la llamada tela antiquísima, donde están representadas seis
escenas de la vida de Santa Rita y que fueron pintadas poco después de su muerte, en
1462. Los notarios de la comisión tomaron nota de cada una de las representaciones y de
sus inscripciones: La entrada y salida de su boca de abejas cuando estaba en la cuna, su
entrada en el monasterio, guiada por los tres santos de su devoción, cuando toma el

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hábito delante de la comunidad, con un rosario en la mano y con la frente ensangrentada
por una espina, con dos hombres arrodillados ante su lecho y seis mujeres de pie, la
Beata Rita muerta ya en el ataúd. Algunas de las inscripciones no eran legibles.

La comisión cerró sus trabajos levantando acta de cuanto habían visto y oído el 11 de
noviembre de 1626. Santa Rita no fue beatificada por una bula solemne del Papa, como
se hace hoy con los demás siervos de Dios. No se hizo una misa especial en la basílica de
San Pedro para que el Papa la declarara beata en dicha bula especial. En cambio, Urbano
VIII publicó dos Breves equivalentes a una auténtica beatificación. La Sagrada
Congregación de Ritos, a petición de las monjas de Casia, concedió a la diócesis de
Espoleto y a la orden de agustinos la facultad de rezar el oficio divino y la misa en honor
de la Santa el año 1627. El 2 de Octubre del mismo año hacía suya esta concesión el
Papa Urbano VIII con el Breve In supremo apostolatus y el 4 de febrero de 1628 el
Papa extendía este privilegio a todos los sacerdotes de Espoleto, aunque no perteneciesen
a la orden agustiniana.

El 22 de mayo de ese año tuvo lugar otro milagro. Habían discutido los sacerdotes,
agustinos y canónigos, sobre quién debía presidir la ceremonia solemne de ese día. Al
abrir la urna relicario para que vieran todos su cuerpo incorrupto, Santa Rita abrió los
ojos. El obispo de Espoleto nombró una comisión especial que estudiara este hecho. Los
ocho testigos interrogados ante notario declararon que Rita ese día había abierto los
ojos, pero ninguno se atrevió a decir que él mismo había contemplado el milagro. Por fin,
fue declarada beata en Roma el 16 de julio de 1628, en la iglesia de San Agustín, con la
asistencia de varios cardenales.

El culto y devoción a Santa Rita siguió propagándose por todo el mundo. Las
biografías de Santa Rita se multiplicaron por Alemania, España, Portugal y especialmente
en Italia: Perugia, Roma, Milán, Nápoles, Florencia. El monasterio de Santa María
Magdalena, con el nombre ahora de la Beata Rita, que había llegado a tener 22 monjas
después de su muerte, se veía obligado a guardar lista de espera en las peticiones de
ingreso, después de su beatificación. En 1775 se construyó el suntuoso relicario en el que
hoy pueden contemplar los fieles su cuerpo en la misma iglesia del monasterio.

La devoción a la beata Rita en los siglos XVII y XVIII la propagaron por todo el
mundo principalmente los agustinos, muy numerosos en Europa, España y Portugal, y
gracias a estos últimos países llegaron a todo el mundo por medio de sus misioneros en
sus colonias. A su vez los agustinos recoletos lo han hecho por España, América, China y
Filipinas. El rey Carlos II de España, que no tenía descendencia, pidió a las monjas
agustinas de Casia que rezaran para que Dios le diera hijos. Las monjas correspondieron
a su devoción enviándole la alianza de boda de Rita, que la habían guardado en el
monasterio como una reliquia insigne y el rey de España y de Nápoles agradecido ordenó
a su virrey que mandara construir un relicario lujoso para guardar en él el cuerpo de la
Beata. El rey Juan V de Portugal se curó de un tumor en el ojo derecho, gracias según su

67
devoción, a la intercesión de la Beata Rita. Un exvoto de plata por él enviado,
conservado todavía en el monasterio y una placa de mármol en la fachada del mismo
recuerdan hoy a los peregrinos el agradecimiento de ese monarca.

Los misioneros agustinos y los agustinos recoletos difundieron su culto por toda la
América Latina donde existen numerosas iglesias dedicadas a ella y llevan pueblos y
ciudades el nombre de Santa Rita. Todos los países hispanos y Brasil conocen excelentes
biografías allí publicadas, dirigidas a los fieles devotos de sus iglesias. Quiero destacar las
de los Padres agustinos recoletos Ángel Peña, Santa Rita. Vida y milagros, e Ismael
Ojeda, Santa Rita de Casia. Vida Breve y Novena, publicada en Lima (Perú). Para estas
naciones americanas Santa Rita es figura ejemplar de mujer que llega a su mayor
glorificación con el culto que le tributa la Iglesia. Sus experiencias místicas extraordinarias
llaman poderosamente la atención de la mujer americana.

Es de justicia citar entre los propagadores de la devoción a Santa Rita en Italia a un


gran sacerdote, hoy beatificado, Don Orione (1872.1940). Dedicó su vida y fundó una
congregación totalmente entregada a la atención de los pobres agricultores, artesanos y
marginados. Muchas de sus instituciones y orfelinatos por él fundados llevan todavía el
nombre de Santa Rita. Propagó esa devoción por Génova y Liguria y llegó a escribir una
bella y muy espiritual biografía de esta Santa con el título Vida popular de Santa Rita de
Casia. El gesto más significativo de su admiración lo hizo el año 1929 acudiendo a Casia
como peregrino. Con su carisma personal por los más desfavorecidos de la tierra dejó
grabada en su congregación la devoción a la Santa más popular de Italia y parte del
mundo cristiano.

La canonización

De acuerdo con la normativa actual de la Iglesia la canonización es una sentencia


definitiva y solemne del Papa declarando que un fiel cristiano, previamente nombrado
beato, está con Dios en la gloria y por consiguiente puede recibir culto público y
universal. En la Iglesia ortodoxa esta declaración la hace el Santo Sínodo. Los primeros
en recibir este culto fueron los mártires y a partir del siglo IV se extendió a los
confesores. Al principio la iniciativa partió del pueblo cristiano, después la asumieron los
obispos y concilios particulares y desde aquí se propagó su culto en muchos casos a toda
la Iglesia. La primera canonización conocida, recordamos de nuevo, fue la del Beato
Uldarico de Augsburgo, por el Papa Juan XV en el 993. Sería ya el siglo XII cuando se
cambió esta costumbre quedando reservada la canonización al Romano Pontífice.

El reconocimiento de la santidad de un beato implica los siguientes honores:

1. Su nombre se inscribe en el catálogo de los santos.


2. El nuevo santo es invocado en toda la Iglesia con un culto universal.

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3. Se dedican en adelante iglesias e instituciones a Dios con el nombre del santo.
4. La liturgia de la Iglesia puede incluir la memoria del santoen la Misa y el Oficio
divino.
5. Se permite celebrar su fiesta en un día determinado del calendario.
6. Se le representa en pinturas e imágenes recordando que disfruta de la gloria
celeste.
7. Igualmente las reliquias que lo recuerdan comienzan a recibir formas especiales de
veneración.

Lo más importante de las canonizaciones es el deseo de la Iglesia de que los imitemos


en sus vidas. Para eso el Papa asegura en su bula de canonización que han ejercido
alguna o algunas virtudes en grado heroico con la gracia de Dios. De esta gracia
disponemos todos de forma que imitando a nuestros santos llegamos como ellos a la
gloria de Dios. Todos debemos ser santos siguiendo a Jesucristo del que fueron los
mejores discípulos los canonizados por la Iglesia, que nos dan ejemplo enseñándonos el
camino. Ya tenemos citado a Santo Tomás de Villanueva, hijo de San Agustín como
Santa Rita, afirmando que imploraba más a gusto a los santos que a los ángeles. Santa
Rita, una mujer menuda y sufrida, nos da a todos esta confianza.

La diócesis de Espoleto, los agustinos y el mismo Ayuntamiento de Casia suspiraban


por ver a la Beata Rita en todos los altares del mundo y deseaban ardientemente que la
Iglesia la declarara santa mediante el proceso de canonización. El año 1735 se enviaron
ya las actas del proceso de beatificación de la diócesis de Espoleto, donde se
encontraban, a la Congregación de ritos y tres años más tarde comenzaba en Roma el
estudio de los milagros y virtudes de la beata Rita. Este proceso se interrumpió por el
coste económico que esto suponía para el convento de las agustinas de Casia y no fue
reanudado hasta el siglo XIX, que la postulación de la causa se reservó exclusivamente a
la Orden de los agustinos. El nuevo tribunal creado para el estudio de esta causa en la
diócesis de Nursia-Espoleto tuvo, desde el 1850 al 1852, 102 sesiones con toda clase de
testigos, cuyas actas fueron enviadas a la Congregación de Ritos. El estudio de las
virtudes y milagros de Rita duró en esta Congregación hasta el año 1900.

Tres milagros fueron aprobados, solucionadas todas las objeciones del Promotor de la
fe: el suave olor que despedía el cadáver de Rita, comprobado por una multitud de
testigos y las curaciones de Elisabetta Bergamini de Terni, niña de siete años, de una
enfermedad grave en un ojo y cara, y de Cossimo Pellegrini, que había sufrido un
desmayo y parálisis total, como consecuencia de una afección crónica del vientre; se
levantó totalmente curado y dijo que había visto a Santa Rita, a la que su familia le había
encomendado.

Pero dejemos por un momento la rigidez de la Iglesia examinando los milagros de los
santos y olvidemos los esfuerzos del promotor de la fe, comúnmente llamado abogado

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del diablo, negando su sobrenaturalidad. Los biógrafos de Santa Rita, sus monjas, las
tradiciones de Casia y sus devotos en revistas y boletines le han atribuido muchos miles
de milagros, que también son, si no estrictamente en sentido filosófico, hechos
sorprendentes y maravillosos, signos del cielo, que por medio de ella nos conducen a
Dios.

En este sentido también es un milagro de Santa Rita María Teresa Fasce (1881-
1945), beatificada en 1997. Entró como religiosa en el monasterio de Santa Rita de Casia
en 1906. Fue elegida por las monjas madre abadesa en 1920 y repetida cada tres años
por ellas mismas hasta su muerte. Durante 25 años fue la custodia de la celda donde
murió Rita, del crucifijo al que tanto miró, de sus reliquias y del monasterio que desde
hace siglos lleva su nombre. A la inteligencia y esfuerzos de esta beata se debe hoy la
existencia de una comunidad de reconocida espiritualidad y el haber hecho de este lugar
uno de los centros de peregrinaciones más importantes de la Iglesia; a ella se debe
también la construcción del actual santuario que admiran los peregrinos, el esplendor
permanente de la devoción a Santa Rita, un orfelinato de niñas, un centro de ejercicios
espirituales y un hospital. Y a su vez, María Teresa Fasce debe al ejemplo y oraciones de
Santa Rita la ayuda prestada en todas sus obras, su espiritualidad y perfección
evangélicas que la llevaron a los altares. Finalmente, me atrevo a consignar otro milagro
de Santa Rita, recordando el gran favor que disfruta Casia con la llegada todos los años a
la ciudad de más de un millón de peregrinos, atraídos por esta mujer pequeña, escondida
y sufrida.

Puestos a recordar maravillas pongamos también nuestra atención en la escasez de


vocaciones a la vida contemplativa en la mayoría de todos los conventos de Europa
mientras no cesan las peticiones de ingreso en el monasterio de santa Rita de Casia. En
Alemania existe una congregación religiosa, fundada por el sacerdote Ugolino Dach, en
1911, con el nombre de Ritaschwestern: Hermanas de Rita. Las monjas de esta
congregación se dedican al cuidado de los pobres y enfermos. Tienen ya más de 30
casas, algunas dedicadas a colegios de enseñanza.

León XIII la canonizó solemnemente un 24 de Mayo de 1900 en la Capilla Sixtina,


junto con San Juan Bautista de la Salle, coincidiendo aquel año con la fiesta solemne de
la Ascensión. León XIII reconocía así el valor de la piedad popular, que desde hacía
cinco siglos tenía por santa a Rita y a la vez proponía a este mundo moderno un modelo
de mujer y de madre, señalándola como norte y guía de la mujer cristiana en todas las
situaciones de la vida doméstica y social. Este Papa, comprometiendo solemnemente
su magisterio, nos certificó que Rita Lotti Ferri está en el cielo con Dios.

La admiración del pueblo cristiano por Santa Rita sigue siendo la misma en este siglo
XXI. Otros Papas también han contribuido a la exaltación de Santa Rita. Pío IX se
preocupó sobremanera para que se le edificara un nuevo santuario en Casia, Pío XII
elevó este santuario al rango de basílica y Juan Pablo II publicó una carta pública con

70
motivo del sexto centenario de su nacimiento, el 10 de febrero de 1982 y otra el 19 y 20
de mayo del 2000 celebrando el centenario de su canonización. En esta ocasión fue
trasladado el relicario con su cuerpo a Roma, donde se celebró una misa solemne en la
plaza de San Pedro ante unas 70.000 personas llegadas de todo el mundo.

Juan Pablo II comenzó su alocución de ese modo: Entre nosotros se encuentra hoy
una peregrina ilustre… Dijo de Santa Rita que era un signo de esperanza para las
familias cristianas, le llamó discípula del crucificado, añadió que era experta en
sufrimientos, abogada de los pobres, consuelo y aliento de todos en las situaciones
más difíciles. De ella afirmó también que pertenecía al gran grupo de las mujeres
cristianas que han tenido una influencia decisiva en la vida de la Iglesia y de la
sociedad. Para este Papa es un modelo del genio femenino viviendo profundamente su
maternidad física y espiritual. Santa Rita y San Antonio de Padua, prosiguió el
Pontífice, son los santos más queridos por el pueblo cristiano.

Desde que en 1710 un religioso agustino dijera en Cádiz de ella en un sermón que era
abogada de causas imposibles la piedad y la fe de sus devotos en ella lo viene
demostrando, encomendándole en la oración los casos más difíciles de la vida humana
trátese de los problemas más duros de la familia, de los negocios, las enfermedades, el
favor en las sentencias judiciales, la victoria en el deporte; se le encomienda lo más
inverosímil con la confianza de que Dios escucha nuestra oración en atención a ella. Sólo
en el siglo XX se han colocado en su santuario de Casia más de 600 exvotos de
agradecimiento sin contar los miles de testimonios dando gracias a Santa Rita, que
aparecen en las revistas de su nombre. La Orden de los agustinos la tiene por la hermana
más querida en sus ocho siglos de historia.

Las instituciones, iglesias, capillas, talleres, cofradías, congregaciones, etc. que se


acogen a su patrocinio en todo el mundo son innumerables. Miles de fieles acuden todos
los años en su fiesta al hermoso templo, que los padres agustinos recoletos le tienen
dedicado en Madrid y estos mismos religiosos editan en Granada una revista titulada
Santa Rita y el pueblo cristiano, con miles de subscripciones en toda España, donde
aparecen numerosos agradecimientos por los favores recibidos de ella. Lo mismo puede
decirse de Alemania, Francia, Argentina, etc. En todas partes, especialmente en Italia, se
siguen dedicando a Santa Rita nuevas iglesias y santuarios, talleres de caridad para
ayudar a los pobres, orfelinatos, colegios de enseñanza, etc. El número de peregrinos a
Casia aumenta constantemente. En París, cerca del tristemente famoso Moulin Rouge se
le ha dedicado una capilla a Santa Rita y en la célebre basílica del Sagrado Corazón de
Montmartre se le levantó una estatua en 1994.

La Pía Unión La obra de Santa Rita fue fundada en Roccaporena con el fin
exclusivo de fomentar el culto y las obras de caridad bajo el nombre de esta Santa. A esta
asociación se le debe la fundación de una capilla en la cumbre del Schioppo, donde solía
subir a rezar, otra en su casa natal y en la casa donde vivió de casada. También han

71
reconstruido la iglesia de este pequeño pueblo, donde celebró su matrimonio y fueron
enterrados su marido y sus dos hijos. El monasterio conserva entrañables recuerdos de la
Santa, como su rosario, el anillo de boda recuperado, un manto y el segundo féretro de
nogal que guardó su cuerpo hasta que fue depositado en el actual relicario. Esta Pía
Unión guarda también con especial esmero el huerto de su casa y el viejo hospital donde
solía visitar a los enfermos. Han fundado además diversos centros culturales, publican
una revista y se ocupan de la atención a los peregrinos.

Santa Rita de Casia, tan celebrada hoy por el pueblo cristiano, fue sin embargo una
mujer sencilla, humilde. Supo sobrellevar toda su vida en silencio el dolor del asesinato
de su marido en plena juventud, la soledad de la viudez, la muerte de dos hijos, una parte
de los sufrimientos de la pasión de Cristo y la separación del mundo por los muros del
convento durante 40 años. De tal modo se identificó con Jesús en la cruz que perdonó a
los asesinos de su marido. Su confianza firme en Dios la convierte en maestra de la
humanidad en los momentos más difíciles. Gastó su vida dándose a los demás y dándose
a Dios.

Santa Rita, en fin, es mucho más que una mujer embellecida con fábulas, es un
ejemplo admirable de mujer, que en todos los estados de la vida ha dejado signos
palpables de haber recibido gracias excepcionales de Dios. Esta Santa del siglo XV fue
una mujer marcada por el sufrimiento y a la vez tan dulce que ha sido querida en todo el
mundo. Debemos dar gracias a Dios porque en ella ha hecho un regalo precioso a toda la
humanidad.

72
III
LOS DOCUMENTOS DE SU VIDA

La biografía del notario

Los informes más antiguos sobre Santa Rita nos los ha proporcionado un notario de
Casia, llamado Domenico di Angelo, que levanta acta 10 años después de su muerte,
encargado por las autoridades de Casia, registrando los milagros que se atribuían a la
Santa en la ciudad. A este documento nos hemos referido ya varias veces en este libro.
Por su importancia recordamos de nuevo los datos biográficos que aporta. Dice de ella:

Una honorable hermana monja, la Señora Rita, después de haber vivido como
monja cuarenta años en el convento de la iglesia de Santa María Magdalena de
Cassia, sirviendo a Dios con caridad, finalmente sufrió la suerte de todo ser humano.
Y como Dios (en servicio del cual había perseverado durante el tiempo que hemos
dicho) quiere mostrar a los demás fieles de Cristo un modelo de vida para que ellos
también vivan como ella, que vivió sirviendo a Dios con ayunos y oraciones, realizó
numerosos milagros y prodigios admirables por su poder y gracias a los méritos de la
bienaventurada Rita…

Lo anotamos en primer lugar por la antigüedad del testimonio y la calidad del testigo
oficial de Casia. Se encuentra completo en la colección en cuatro volúmenes de los
documentos de la Santa recogidos por el investigador agustino Dámaso Trapp.

La “Vita” de Agostino Cavallucci

Siguiendo un cierto orden cronológico queremos ofrecer ahora a nuestros lectores un


resumen de la Vita della beata Rita de Cascia, publicada en Siena el año 1610. Es la
primera biografía que tenemos de esta santa. Su autor, el agustino Agostino Cavallucci
conoció, sin duda, las biografías de los religiosos agustinos anteriores Giovanni Giorgio
Amici y Giuseppe Canetti, originario de Casia, que escribió en verso, ambas algún tanto
distantes también de la vida de la santa. De estas dos biografías no se conserva ningún
ejemplar. Todos se sirvieron de las tradiciones orales y escritas del monasterio y de
Casia; pero la de Cavallucci, se ha convertido en la más antigua y más autorizada
biografía de Santa Rita. Recogemos de ella algunos extractos principales:

Los padres de Rita eran pacieri di Gesú Christo (pacificadores de Jesucristo),

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personas muy honorables que vivían unidos con mucha paz y tranquilidad, con pureza
y sinceridad de espíritu.

Después de su nacimiento y queriendo bautizarla, no sabían qué nombre ponerle y


tuvieron la visión de que la voluntad de Dios era llamarla Rita. Un día de aquellos,
estando en la cuna, fue visitada muchas veces por algunas abejas blancas, que
entraban y salían de su boca.

Sus padres, viéndose colmados de años y con graves enfermedades, quisieron


casarla a los doce años, pero ella respondía que su esposo era Jesucristo y que quería
ser religiosa y entrar en un monasterio para tener mejor ocasión de servir a Dios.
Viendo el gran deseo de sus padres consintió contra su voluntad tomar marido. Y fue
casada con un esposo violento que espantaba al conversar. Rita supo conversar con él
y lo hizo humilde y dado al servicio de Dios. Vivieron con tanto amor y caridad los
dos que todos se maravillaban de su paciencia, viviendo juntos unos 18 años. En ese
tiempo ella vivió con mucha oración y devotísima de la Virgen María, de San Juan
Bautista, de San Agustín y de San Nicolás de Tolentino. Ayunaba todas las vigilias de
las fiestas de la Virgen a pan y agua, daba muchas limosnas a los pobres, visitaba
enfermos y complacía en todo a su esposo. Tuvo dos hijos varones y los educó en el
amor de Dios, enseñándoles las buenas costumbres. Perdonó a los asesinos de su
esposo y se esforzaba en enseñar a sus hijos a perdonarlos. Pero, al ver que sus hijos
estaban dispuestos a vengar la sangre de su padre, rezaba con muchas oraciones al
Señor Jesucristo, deseando que primero los llamase a sí a que los viera vengarse. Sus
oraciones fueron oídas y, en menos de un año, murieron los dos hijos, uno después del
otro, de una enfermedad.

Después que se calmó el dolor de la muerte de su esposo y de sus hijos, Jesucristo


tocó su corazón con un rayo de su divino ardor para que entrara en el Monasterio de
las Madres de Santa Magdalena. Llegó al convento e hizo llamar a la Madre abadesa y
le rogó que la aceptase en aquel santo lugar, pero no fue aceptada. Por tres veces fue
rechazada. Y, siguiendo con sus fervorosas oraciones, una noche sintió llamar a la
puerta de su casa y una voz le decía con fuerza: Rita, Rita. Después, asomándose a la
ventana, no vio a nadie, y vuelta a su oración fue como arrobada en éxtasis y vio tres
santos que el Señor enviaba en su ayuda. Y oyó una voz que le decía: Ven, Rita, ya es
tiempo que tú consigas tu deseo de entrar en la santa religión, en el monasterio en el cual
varias veces has sido rechazada. Mirando por la ventana, vio y conoció que era Juan
Bautista, y saliendo rápidamente de casa, lo siguió hasta la cima de la gran roca
llamada Schioppo di Roccaporena.

Al llegar allí y espantada por la altura del monte, mientras San Juan Bautista
trataba de animarla, aparecieron San Agustín y San Nicolás de Tolentino, y los tres la
condujeron al monasterio, estando todas las puertas y ventanas cerradas, la dejaron
dentro y desaparecieron.

74
Las religiosas al verla por la mañana quedaron admiradas de que hubiera entrado
con las puertas cerradas y Rita les contó lo sucedido. Les rogó que se reunieran en
Capítulo para recibirla y ellas, reunidas, la recibieron inmediatamente. Con gran
alegría y contento de todas le impusieron el hábito de la Madre santa Mónica y,
después de estar un año en el convento, hizo la profesión, prometiendo observar los
votos…Cuando estaba en el mundo, era honrada y respetada por todos, era rica en
bienes temporales y podía hacer y deshacer lo que le parecía.

La noche siguiente a su profesión, vio una escalera que llegaba de la tierra al cielo
y por ella subían y bajaban los ángeles; y el Señor estaba en la cima de la escalera. El
primer escalón era la obediencia, el segundo la pobreza y el tercero la castidad, con
otras muchas virtudes hasta llegar a Jesús, que la esperaba al final de la escalera.

El lugar donde se le apareció esta visión a Rita era del todo resplandeciente para
darnos a entender que, cuando el cristiano niega su voluntad para obedecer, no puede
desviarse del camino del cielo, porque el Señor ilumina con su gracia a quienes se
esfuerzan en subir por la escalera de la obediencia.

Nuestra Beata Rita, dejando las espinas de las riquezas temporales, fue digna de
recibir una espina espiritual de la corona de nuestro Señor en su frente.

Oyendo una vez predicar al Beato Gianomo della Marca, que con grandísima
eficacia explicaba los misterios de la pasión, se encendió tanto el corazón de Rita de
amor a Cristo crucificado que, a su vuelta al monasterio, se arrodilló a los pìes de un
crucifijo y orando con fervor le pidió a Jesucristo que le hiciese la gracia de sentir en
su cuerpo el dolor que Él había sentido con una de las espinas de su corona. Mereció
ser oída, porque en medio de la frente, sintió el dolor de una espina punzante que le
hizo una llaga que le duró toda la vida. Esa llaga comenzó a podrirse y a tener tan mal
olor, de modo que casi no hablaba con las demás y, a veces, se pasaba quince días sin
hablar con ninguna, sino sólo con su amoroso Jesús por medio de la oración. Esa
llaga de la espina de la frente se sanó, cuando fue a Roma a ganar el jubileo.

Tres veces al día se disciplinaba, una por los difuntos, otra por los bienhechores y
la otra por todos los pecadores del mundo.

Meditaba mucho en la pasión del Señor. En su celda había hecho un lugar que
llamaba santo sepulcro y allí, una vez estuvo en éxtasis tantas horas que creyeron que
había muerto y eso le pasaba casi cada día, pues oraba desde la media noche hasta el
amanecer.

Una vez le rogaron que hiciese oración por una niña enferma y, hecha la oración,
la mamá volvió a su casa y encontró a su hija sana por la oración de Rita.

75
Haciendo una vez oración por una mujer vejada por el diablo, éste tuvo que salir
por la oración de Rita. Su oración era tan agradable a Dios que obtenía cuanto
quería…Pero ella tuvo que sufrir una grave enfermedad los últimos cuatro años de su
vida. Estando enferma en cama, fue visitada por una pariente suya que le preguntó si
quería algo de su casa para traérselo. Rita le dijo que quería una rosa de su huerto de
Roccaporena. La pariente sonrió para sí, porque estaban en enero y creyó que Rita
desvariaba por su enfermedad. Sin embargo, al llegar a su casa y visitar el huerto de
Rita, vio en medio del rosal una fresca y colorida rosa, que la llevó a Rita. Y todas las
religiosas en el monasterio la olieron con admiración, pasándosela de mano en mano,
asombradas de ver una rosa fresquísima y olorosa en el mes de enero. Al querer volver
a su casa la pariente, le pidió le trajera de su huerto dos higos. Su pariente fue al
huerto y vio con admiración dos higos frescos en la higuera y se los llevó con alegría a
su convento de Casia.

Su alma bendita subió al cielo en el año 1447, el 22 de mayo. Al morir, se sintieron


tres toques de la campana del monasterio que sonó por sí misma, aunque se cree que
fueron los ángeles quienes la tocaron y que acompañaron a aquella alma bendita. Y se
sintió un suavísimo olor por todo el monasterio y su celda se vio resplandecer como si
allí estuviera el sol.

Al día siguiente, se hicieron solemnes exequias a las cuales asistió un gran


concurso de gentes de diferentes lugares y, antes de darle sepultura, una pariente suya
que tenía un brazo inmóvil e insensible se acercó a tocar su cuerpo y quedó sana…

Hay en el convento una antigua tela pintada, donde aparecen pintados seis
momentos de su vida. Primero las abejas blancas y cómo entraban y salían de su boca.
Segundo, de los tres santos que guiaron y pusieron a Rita en el monasterio sin abrir
las puertas y ventanas. Tercero, de la profesión de la beata con el hábito de Santa
Mónica. Cuarto, de la espina que recibió delante de la imagen de un crucifijo. Quinto,
de las exequias. Sexto, de la devoción y del concurso de gente que iba a visitar su
cuerpo después de su muerte… El Señor hizo muchos y grandes milagros por medio de
nuestra Beata Rita. Junto al sepulcro de la beata, se ven imágenes de plata, de cera, de
madera, de tela, de hierro…para manifestar hechos (milagrosos) fidelísimamente
registrados por los notarios.

A continuación se narran unos 46 milagros de curaciones por intercesión de Rita con


reliquias, con aceite de la lámpara, que arde sobre su sepulcro, con telas de sus hábitos,
con panecillos…

Habrán advertido nuestros lectores que este original goza de una sencillez e
ingenuidad sorprendentes, además de llamar Beata a Rita antes de ser beatificada por la
Iglesia.

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El “Sumario de la vida”

Desde que Santa Rita entró en el cielo muchos autores han escrito su biografía
narrando de sorpresa en sorpresa una vida totalmente distinta de las vidas humanas,
incluyendo a la mayoría de los santos. Con frecuenta hemos citado en este trabajo una
biografía de Santa Rita, escrita con motivo de su beatificación y que tuvo su origen en
informaciones recogidas a las monjas del monasterio de Santa María Magdalena. El
trabajo se comenzó en 1625 y fue enviado a Roma en 1628. Se conserva en el Archivo
de la Congregación de los Santos. Transcribimos literalmente este documento que lleva el
título Summariolum della vita, tomándolo de la biografía, La verdadera historia de
Santa Rita, escrita por Yves Chiron:

La bienaventurada Rita nació de padres piadosos, en Porena, pequeña población


situada cerca de Casia, en la diócesis d Espoleto. El quinto día después de su
nacimiento, mientras que estaba tranquilamente acostada en su cuna, se vieron abejas,
de un blanco de nieve, posarse en sus labios, entrar y salir de su boca, como si se
tratase de una urna.

Había apenas cumplido los catorce años de edad, cuando su padre la casó. Ella
deseaba vivamente unirse con un casto vínculo, como virgen consagrada, a Cristo
esposo de las vírgenes. Pero la autoridad paterna la separó de Cristo y a pesar de ella
tomo un esposo, quien le dio dos hijos y murió asesinado. Su muy dulce esposa soportó
su muerte con gran coraje, haciendo oraciones asiduas por el alma de su marido y
exhortando a sus hijos a perdonar a su enemigo. Sin cesar les decía que prefería que
muriesen en ese momento que saber más tarde que, fortalecidos por la edad, habían
vengado la muerte de su padre. Incluso pidió esto con todas sus fuerzas a Dios. Poco
después su oración fue escuchada: en un año perdió a sus dos hijos y, libre de toda
atadura, se unió más estrechamente a Cristo.

Disponiendo de ella misma pidió con insistencia a las monjas de María


Magdalena, que vivían bajo la regla de San Agustín, el permiso de entrar en el
convento. Este era su deseo desde su más tierna infancia y no lo había dejado nunca,
ni durante su vida conyugal, ni mientras había tenido la carga de sus hijos.

Pero las monjas, que tenían capítulo tras capítulo para decidir sobre su entrada la
rechazaban siempre. La sierva de Cristo soportó con dificultad esta prueba, pero,
como era muy humilde se lo reprochaba a sí misma, pensando que tenía excesiva edad
para entrar al servicio de Cristo. Una noche, mientras rezaba en su casa con mucho
fervor, San Juan Bautista, San Agustínn y San Nicolás de Tolentino se le aparecieron y
condujeron a la sierva de Dios al convento donde había sido rechazada tan a menudo y
desaparecieron. Por la mañana, las monjas se quedaron llenas de estupor al ver a la
bienaventurada Rita y se preguntaban cómo había sido posible que esa mujer, tantas
veces rechazada, hubiese podido entrar de noche en el recinto del convento, sin abrir

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ni forzar las puertas. Todas estaban sorprendidas y confusas. Entonces, con una gran
fe, la bienaventurada Rita les contó la historia de cómo había llegado; tranquilizadas
las monjas aceptaron aquella mujer favorecida por el cielo con un voto unánime del
capítulo.

Quince años más tarde el Beato Santiago de Piceno (Santiago de la Marca) hizo un
sermón en el que expuso maravillosamente los sufrimientos y la muerte de Cristo, y
esto ocurrió el día en que la cristiandad, como cada año hace memoria con tristeza de
la muerte de Cristo. La Beata Rita se inflamó de amor, y deseó en lo más profundo de
sí misma participar en los dolores de la pasión de Cristo; como un sacrificio al Padre
Todopoderoso le pidió experimentar al menos el dolor de una punta de espina. En su
celda vertió abundantes lágrimas y se prosternó a los pies de Cristo, lanzando
profundos suspiros y pidiendo con ardientes oraciones participar en los dolores de
Cristo. No tuvo que esperar mucho tiempo: por un prodigio inaudito una espina
atravesó la frente de la sierva de Dios y ella sintió su dolor terrible. Hasta su muerte
nunca desaparecieron ni la llaga ni la cicatriz.

Rita se entregó completamente a la tarea de rezos y pasaba noches enteras en


oración; contemplaba los terribles tormentos de nuestro redentor, lo meditaba con
intención, sin dormir, desde la noche hasta la mañana. Muy frecuentemente y con
crueldad, hasta la sangre, maltrataba su pobre cuerpo pequeño agotado por la
contemplación. No es posible acordarse de todos sus ayunos y abstinencias: como si se
hubiese privado del cuerpo. Era la admiración de todos.

No dejaré de contar lo que sucedió a la bienaventurada Rita poco antes de su


muerte. Extenuada por una larga enfermedad, recibió la visita de un familiar, que le
preguntó si quería algo para curarse. Querría, dijo Rita, que me trajeses una rosa que
hay en tu jardín. Esto lo dijo cuando todo estaba endurecido por el frío y un riguroso
invierno había hecho caer tanto las flores como las hojas. El familiar de Rita
sorprendido pensó que deliraba y se preguntó con qué palabras podría con-solar a la
enferma. Partió y poco después entró por casualidad en el jardín y sus ojos se fijaron
en un rosal en cuya punta vio una rosa en flor, de suave olor y colores vivos. Lleno de
admiración quedó estupefacto y tuvo dificultades para no perder el conocimiento. Por
fin, cortó la rosa de lo alto del rosal y se apresuró a llevársela a Rita.

El último día de la piadosa madre, que también fue el más feliz, se acercaba. Fue
fortalecida por la eucaristía y ungida por los santos oleos. Pertrechada con estos
seguros y con el cuerpo agotado por las privaciones se acostó en un lecho y poco
después, con una gran tranquilidad, reposó en el Señor. Apenas había muerto, cuando
se oyó el ruido de una campana, sin que se viese a nadie ponerla en movimiento. La
bienaventurada Rita murió el 22 de mayo de 1457.

Desde todas partes, el pueblo acude a su tumba; desde hace 168 años, su cuerpo

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recubierto con un bálsamo, permanece intacto; florecen estelas votivas, casi
innumerables; cada día se extiende más su fama de santidad, celebrada por el
reconocimiento de los fieles con el culto debido a los santos; autores muy serios han
aportado muchas cosas a propósito de la bienaventurada Rita, verdaderos documentos
de sus numerosos milagros y prodigios. Estos documentos fueron depositados ante su
Ilustrísima, el Cardenal Pío. A él fue confiada, por la Congregación de cardenales, el
cuidado de una causa demasiado grande para no brillar, con tan grandes milagros,
renovados sin cesar: ¿Qué podría inspirar inquietudes en una causa tan antigua? Por
consiguiente, se pide que se permita a los religiosos de San Agustín celebrar el culto y
el oficio del común de santos, en memoria de la bienaventurada Rita y a las monjas de
la misma orden, recitar el oficio.

Para la causa de la bienaventurada Rita, de la Orden de San Agustín, Summariolum


eius vitae (Pequeño resumen de su vida).

El “Breve Relato”, de Girolamo de Ghetti

Fieles al orden cronológico que nos hemos propuesto continuamos transcribiendo el


Breve relato, que tanto hemos recordado en nuestra biografía. Hasta que aparecieron los
estudios críticos modernos todos los biógrafos de Santa Rita acudían a estas tres fuentes,
cuyos resúmenes acabamos de copiar. Este Breve relato corresponde al Breve Racconto
Della vita e miraculi della beata Rita, publicado en Roma en 1628. Su autor fue
Girolamo de Ghetti, prior general a la sazón de la Orden de San Agustín. Su contenido
responde a las informaciones que le dieron las religiosas del monasterio de Casia,
siguiendo las tradiciones orales y escritas del convento. Lo publicó la Stamperia della R.
Camera Apostólica. He aquí un resumen de sus 27 páginas:

Entre todos los castillos sujetos a Casia el más afortunado es Roccaporena, porque
en el nació la Beata Rita que con la santidad de sus costumbres podía ilustrar, no sólo
aquella pequeña tierra, sino a toda una provincia.

Nació la santa mujer de padres pobres pero devotos. Al quinto día de su


nacimiento, mientras ella reposaba en la cuna, vieron cómo unas abejas blancas
entraban y salían de su boca. Este prodigio, observado entonces con mucha
admiración quedó obscurecido por las grandes maravillas obradas por la sierva de
Dios.

Su niñez transcurrió con singular inocencia y pureza, toda dedicada a la oración y


a la piedad, teniendo un gran deseo de unirse estrechamente a Dios, renunciando a las
solicitudes del mundo para gozar ya en esta vida de las delicias celestiales. Trató de
obtener permiso de sus padres para consagrarse a Dios en estado virginal, pero no lo
obtuvo y fue obligada por ellos a casarse.

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Su esposo era de costumbres ásperas, y Rita, con su bondad, superó la violencia
del esposo, viviendo por 18 años con él en buena concordia. El esposo no supo
aprovecharse de la mansedumbre y paciencia de Rita ni superó la insolencia y el
orgullo. Al fin, terminó sus días de muerte violenta.

Afligida la santa viuda, buscó consuelo en la oración y, armada de una constancia


invencible, con asiduas oraciones pedía a Dios perdón para los asesinos de su esposo.

Sin embargo temía mucho que sus dos hijos ya jovencitos se dieran a la venganza y
procuró disponerles al perdón, pero viendo que no cedían en su empeño, temerosa de
que ofendieran a Dios y movida por una fuerza inaudita de caridad y celo, con
fervorosas oraciones pidió a Dios que se dignase llevarse a sus hijos, si con el tiempo
iban a vengar la muerte de su padre.

Aceptó la divina bondad el holocausto que Rita le hacía y, llamando en brevísimo


tiempo a aquellos jovencitos, no sólo libró a su sierva de la solicitud que la afligía,
sino que también la apartó del amor a las criaturas, para que dedicara todo su amor
al creador.

Resuelta entonces a corresponder al Señor, le hizo ofrenda de todo su ser. Y como


no se habían apagado aún los deseos de su infancia que la llamaban a la vida
religiosa, volvió de nuevo a su santo propósito. Fue a Casia y pidió con humildad y
fervor que la aceptaran como religiosa en el monasterio de Santa María Magdalena,
bajo la regla del glorioso padre San Agustín.

Se reunieron las religiosas para deliberar y fue rechazada… Entonces, oró con
fervor, pidiendo el auxilio divino. Redoblando oraciones y lágrimas, se humillaba ante
Dios, atribuyendo a sus pecados el haber sido rechazada. Finalmente, la misericordia
de Dios la consoló. Una noche oyó una voz que la invitaba al monasterio. Rita vio a
San Juan Bautista que se encaminaba a un altísimo peñasco, llamado Schioppo, de
Roccaporena. Allí fue por breve tiempo abandonada para que comprendiera la altitud
del lugar y la sublimidad de la perfección religiosa a la que Dios la llamaba y viera el
horror de la caída. Mientras estaba allí, tímida y ansiosa, fue consolada por San Juan
Bautista que llegó de nuevo en compañía de San Agustín y de San Nicolás de Tolentino.
Estos tres santos la tomaron y la colocaron, de modo incomprensible para ella, dentro
del monasterio y desaparecieron. A la mañana siguiente, la encontraron dentro del
claustro sin saber cómo había entrado, estando las puertas cerradas. Pero ella les
contó de modo sencillo lo que había sucedido, y reunidas en Capítulo y por divina
disposición, la aceptaron como religiosa.

En una ocasión, predicando un Viernes Santo en Casia el Beato Giacomo della


Marca de la Orden de los Menores, se dejó llevar del fervor, describiendo los dolores
atrocísimos del Salvador hasta el punto de inflamar a los oyentes. Rita, más conmovida

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que ninguno, sintió un fortísimo deseo de participar de algún modo en los
padecimientos de Cristo. Retirada a su celda y arrodillada a los pies de un crucifijo,
que todavía hoy se conserva en el oratorio del monasterio, con amargas lágrimas
comenzó a suplicar que le diera al menos una partecita de sus penas. Y, de inmediato,
por un milagro singular, una espina de la corona de Cristo la hirió de tal modo en la
frente que hasta la muerte permaneció impresa e incurable la llaga, como todavía se ve
en su santo cadáver.

Esta gracia tan especial le dio ocasión a Rita de ejercitarse en muchas virtudes
con mayor paz y tranquilidad, porque además del dolor que le ocasionaba la llaga,
emitía un olor nauseabundo y, para no dar nauseas a sus hermanas, vivía en continua
soledad, recogida en sí misma y dada a la mortificación, recibiendo favores
celestiales.

Con motivo del jubileo del año Santo, buena parte de las religiosas junto con la
abadesa desearon ir a Roma a visitar los santos lugares para conseguir el tesoro de las
indulgencias. Rita también quiso asistir, pero las compañeras, viendo el problema que
podía suponer llevarla en su compañía por la fetidez de la llaga, con mucha caridad le
pedían que se quedara. Rita se hizo traer un ungüento simple y, tocándose con él la
frente, la herida se secó. Así pudo ir a Roma con piedad extraordinaria para recibir el
jubileo. Y cuando regresó la santa viuda de Roma, la herida volvió a estar como antes.

Continuando Rita con sus ejercicios espirituales y sus penitencias, al fin cayó
enferma. Estuvo cuatro años en cama, recibiendo de la mano de Dios los sufrimientos
de su enfermedad, con el cuerpo clavado a su cama, pero con su espíritu, andando al
paraíso a conversar con los ángeles.

Y Dios quiso manifestar con signos evidentes el amor que tenía a su amada esposa.
En lo más duro del invierno, estando todo cubierto de nieve, una buena pariente de
Rita fue a visitarla. Rita le dijo que desearía una rosa y dos higos de su huerto. Sonrió
la buena señora, creyendo que deliraba. Pero, llegada la pariente a su casa y entrando
en el huerto de Rita, vio una bellísima rosa y en la higuera dos higos bien maduros.
Quedó atónita y se los llevó a Rita.

Ya se acercaba el tránsito de la beata y se le apareció nuestro Redentor con su


Santísima Madre, invitándola al paraíso. Pidió los santos sacramentos y así se preparó
para la partida de este mundo. Su cuerpo, consumido por las penitencias y el ayuno,
reposó en el Señor y, súbitamente, las campanas de la iglesia tocaron por si solas.
Murió la beata el sábado 22 de mayo del año 1447, a la edad de setenta años.

Recompensó largamente Dios nuestro Señor a su fiel sierva con señales sensibles y
especialmente con su suavísimo olor que salía y hasta hoy sale de su purísimo cuerpo,
que se conserva incorrupto en todas sus partes y de un color normal, no alterado. Y,

81
habiendo la divina omnipotencia honrado a esta santa mujer con la virtud de los
milagros, cada vez que Dios obra en alguien por medio de ella, se aumenta de alguna
manera, la fragancia de sus reliquias.

Todas estas cosas narradas por nosotras son de pública voz y han sido trasmitidas
por tradición sin interrupción por los mayores, encontrándose también en algunos
escritos antiguos y, sobre todo, en una tela pintada desde el año del feliz tránsito de la
beata. Esta pintura contiene las cosas principales.

Los autores de estos dos documentos anteriores tratan a Rita, al igual que el primer
biógrafo Cavallucci, de beata sin haber sido todavía beatificada por la Iglesia. La voz del
pueblo la proclamó así dos siglos antes que la Iglesia.

Bula de canonización de León XIII

El más ilustre de sus biógrafos es, sin duda, el Papa León XIII, que mandó inscribirla
en el Catálogo de los Santos. Copiamos literalmente el panegírico que hizo este Pontífice
en la Bula de canonización:

BULA DE CANONIZACIÓN DE SANTA RITA DE CASIA

LEÓN, OBISPO,
Siervo de los siervos de Dios para perpetua memoria

Umbría, madre gloriosa de Santos, que crió a Benito, Francisco y a las dos Claras
añade a ellos, con razón, a Rita, a la cual el Padre de las misericordias y de las luces,
como de San Francisco escribe el Doctor San Buenaventura en el prólogo de su vida,
previno con bendiciones de dulzura…e hizo célebre con prerrogativas y méritos de
egregias virtudes, ilustrándolo con los sagrados estigmas de la Cruz. Por lo que la
veneración y culto de Rita traspasó en breve, no sólo las fronteras de Umbría y de
Italia, sino que invadió a toda Europa y florece en el Nuevo Mundo, exaltados y
engrandecidos por Cristo con grandes y continuos milagros. Nada, por lo tanto, nos es
tan grato como colocar en el catálogo de los Santos, con rito solemne a esta
amadísima Esposa de Cristo, y exhortar vivamente a los fieles a que imploren
fervientemente en este Año Santo el poderoso patrocinio de Santa Rita, para que así
resulte el solemne sacrificio que luego hemos de celebrar en honor de Cristo, Salvador
de los hombres, más acepto a tan gran Príncipe, y más rico por la abundancia y
fecundidad de dones y virtudes celestiales.

82
Su nacimiento en Porrena el año 1381

Porrena, humilde aldea de Umbría, cerca de Casia, ha adquirido notable renombre


por haber nacida en ella SANTA RITA. En efecto, allí vio la luz en el año 1381, siendo
sus padres Antonio Mancini y Amada Ferri, tan distinguidos por su religión, virtud y,
sobre todo, por su caridad con el prójimo y por su prudencia, que sus convecinos los
miraban y veneraban como modelos. Por lo que, cuantas veces se trataba de apaciguar
discordias y arreglar litigios, cosa frecuente en aquellos conturbados tiempos, de
común consentimiento o eran ellos elegidos como árbitros, y tan bien y a conciencia
desempeñaban su cometidos que merecieron el sobre nombre de pacificadores.

Su nacimiento y nombre son revelados por Dios

Estaban muy adelantados en edad y carecían de sucesión, por más que le pedían a
Dios con vivas instancias, cuando tuvieron a Rita, viendo colmados sus deseos. Por
esta razón el parto de Amada fue considerado como un milagro y un premio que el
cielo otorgaba a las virtudes de estos excelentes consortes, y hasta se dijo y consignó
por escrito que lo supieron por revelación divina, así como el nombre de Rita, que se
había de poner a la prole futura, y que algunos consideraban como contracción de
MARGARITA.

Admirables indicios de futura santidad

Tan marcadas señales de futura santidad se advirtieron en ella desde su infancia,


que todos la conceptuaron nacida, no sólo para consuelo de sus padres, sino para bien
de la Humanidad. Maravillosos resplandores circundaban en ocasiones la cabeza de la
niña y su propia madre vio con admiración que sólo tres veces al día tomaba el pecho,
con excepción de los viernes; circunstancia prodigiosa que parecía denotar la
admirable abstinencia y penitencia de Rita y su amor ardentísimo a Jesús Crucificado,
así como su vivo deseo de imitarle y de copiar sus virtudes. La dulzura de su carácter,
de su palabra, costumbres y ejemplo con que ganó para Jesucristo a tantos hombres
depravados estaba simbolizada en aquellas inofensivas abejas que revoloteaban y
entraban y salían de su boca alternativamente, sin causarle la menor molestia.
Portento admirable, atendido el tiempo de duró, según la tradición, y la naturaleza de
aquellas abejas, tan desemejantes de las de su especie.

Sus virtudes en la infancia

Pero hablemos de las virtudes de la Bienaventurada, con que Dios previno a la que
estaba destinada a enriquecer a los hombres con tantos ejemplos y beneficios. Rita,

83
pues, apenas llegó al uso de la razón, lo primero que entendió fue que había nacido
para Dios; y dando de mano a los entretenimientos pueriles rezaba con fervor las
oraciones que había aprendido de sus padres, y las meditaba diligente en medio de los
quehaceres domésticos o cuando cumplía los mandatos paternos. Y aunque ella, alegre
y siempre sumisa, procuraba anticiparse a los deseos de sus padres, con todo, si algo,
aunque honesto, pretendían los padres que pudiera apartarla de la contemplación de
Dios, tan suave resistencia oponía, que aquéllos se creían obligados a con-descender
con sus deseos. Así se condujo con su madre cuando ésta pretendía vestirla con alguna
elegancia, no aspirando sino a que le permitieran recluirse en lo más escondido de la
casa para consagrarse a la meditación de la Pasión del Señor, cosa que la otorgaban
los piadosos padres de muy buena voluntad.

Deseos de soledad y de vida austera

En aquella celda retirada de su casa permaneció Rita, con la venia de sus padres,
un año entero, y de su gusto sólo hubiera salido de ella para marchar a hórrido
desierto, donde pasar el resto de su vida a solas con Jesucristo. Entre tanto, para
asemejarse más al ejemplar divino, practicaba austerísimas penitencias: mortificaba
su carne con cilicios que hacía ella misma, añadía ayunos apenas creíbles en su tierna
edad, que le servían, decía, para atender mejor a las necesidades de los pobres, a los
que se complacía en atraer hacia sí para informarlos en el bien vivir y exhortarlos a
sobrellevar con entereza las estrecheces de la existencia, poniéndoles por modelo a
Jesucristo y excitándoles al deseo de sus premios inmortales. Se interesaba muchísimo
por la salvación de los pecadores, por quienes oraba de continuo fervorosamente,
pidiendo a Dios y ofreciéndoles sus penitencias para que se compadeciese de ellos.
Tenía asimismo gran devoción a las almas del Purgatorio y todas sus buenas obras las
ofrecía en expiación de aquéllas, y solicitaba de los demás igual caridad. Porque
muchos, excitados por sus ejemplos y virtudes, acudían a ella, ya en busca de consejos,
ya de protección, sobre todo las jóvenes pobres, que se sentían con vocación a una vida
más perfecta.

En aras de la obediencia paterna, sacrifica su vocación religiosa y contrae


matrimonio.

Llegó en esto el tiempo propio para decidirse a un estado determinado de vida.


Retirarse al desierto, como lo había pensado se lo vedaba el amor y reverencia que
debía a sus padres: guardar la virginidad en el siglo y vivir sólo para Dios no le
parecía fácil ni seguro. Por lo que, después de mucho orar, resolvió recluirse en un
monasterio de severa disciplina, y esperando coyuntura propicia para descubrir su
decisión a sus amados padres. Pero éstos, anticipándose a sus determinaciones y
palabras, la dijeron con toda seriedad que pensaban en un honesto matrimonio para

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ella, y no se atrevió a oponerse a la voluntad de sus padres; pero deshecha en lágrimas
pedía a Dios fervorosamente la iluminase y confortase en tan grave conflicto. No le
faltó Dios en tan ardua ocasión, porque la tenía destinada para que fuera ejemplar de
casadas y consuelo de viudas, y aquietó el ánimo perturbado de Rita, induciéndola a
aceptar el esposo que le tenían designado sus padres.

Eximio ejemplar de mujeres casadas

Éste se llamaba Pablo Fernando, al parecer hombre de sencilla índole y de buenas


costumbres; pero al poco tiempo de su matrimonio se ostentó muy otro de lo que
aparentaba; no sólo despreciaba a Rita, sino que la maltrataba; de suerte que más que
marido parecía verdugo suyo. Mas ella no resistía ni se enfadaba; antes bien, decía
que todo se lo merecía, y que más sufrió el inocentísimo Jesús, a quien pedía con
asiduas plegarias, la otorgase a ella la paciencia, y a su marido el arrepentimiento y
la enmienda. Esta conducta irritó más al principio a su marido; pero después, con el
favor de Dios, que oyó benigno las preces de su sierva, de tal manera se transformó,
que no sólo perdonó a Rita, sino que, admirando sus virtudes, trató de imitarla con
todas sus fuerzas.

Ejemplar de fortaleza para las viudas

Pero no fue muy prolongado el tiempo de su matrimonio: su marido, hombre de


muy buena edad todavía, fue asesinado no se sabe por qué causa. Aquella desgracia
afligió a Rita; pero la sobrellevó con fortaleza, y hasta escondió en sus casa a los
asesinos para que no les echara mano la Justicia; sin embargo, no exhaló la pena de
su alma en llantos y gritos de dolor, sino que se aplicó con todas sus fuerzas a la
oración, al ayuno y a la penitencia para el alivio del alma de su marido, que supo, por
revelación del cielo, se hallaba detenida en las llamas del Purgatorio, a la expectativa
de la eterna Gloria.

Guarda los mandamientos de Dios e imita los ejemplos de los santos

Pero el cuidado principal de la Santa Viuda era educar en la piedad a los dos hijos
que le había dejado Pablo, y como los viera inclinados a vengar la muerte de su padre,
estimando que con ello hacía una obra digna, ella les contraponía el precepto de
Jesucristo y los ejemplos de los Santos y les decía que nada aprovecharía más al alma
de su padre como el olvido generoso del delito y la oración continua, para que de
todos se apiadase Aquel que por la salvación de todos quiso morir, y rogó al Padre
perdonase a los verdugos. Y como advirtiese que tales consejos no les convencían, y
que perseveraban en el propósito de la venganza, acudió a Jesús Crucificado y le

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encomendó este asunto, pidiéndole con todo fervor, o que cambiase la voluntad de sus
hijos, o los sacara de este mundo, cuando todavía podían excusarlos de su
determinación los pocos años, pues apenas alcanzaban la edad de la pubertad. Fue
oída su oración y ambos murieron en menos de un año. Entonces aprovechó la ocasión
que le deparaba el Cielo de realizar su antiguo propósito de consagrarse a Jesucristo,
y traía a su memoria aquella querida celda que tenía en su casa, cuando era niña y
donde pasaba las horas en la dulce mediación de la Pasión del Señor y se esforzaba en
copiar en su cuerpo los tormentos del Redentor. Solicitó, pues, ser admitida en el
monasterio llamado de Santa María Magdalena, que existía en Casia; pero la
Superiora, o Prelada, alegó que las leyes del monasterio no autorizaban la admisión
de viudas, y se negó a las pretensiones de Rita, por más que ésta instó una y otra vez
con empeño en la demanda.

Entra en el monasterio por un milagro de Dios

Dios atendió con un milagro al ardiente deseo de Rita, y también a la gloria de


aquel benemérito monasterio, porque un día las religiosas que lo habitaban se
encontraron con Rita dentro de él, y preguntándola cómo se había introducido, Rita les
refirió que hallándose en oración la noche anterior en su casa, fue llamada, y
habiendo salido a la calle, se encontró con sus celestiales patronos San Juan Bautista,
San Agustín y San Nicolás de Tolentino, los que la condujeron al monasterio de Casia,
donde llegó cruzando caminos escabrosos y llenos de zarzas, desapareciendo sus guías
y dejándola donde estaba a su vista. Al hacer esta narración parecía sentir una alegría
celestial, dando por todo ello gracias a Dios.

En el claustro fue para todos ejemplar admirable de virtud, de penitencia y amor a


Cristo

Recibida, pues, Rita en el número de las Religiosas, comenzó su noviciado, y a su


terminación formuló los votos solemnes con aplauso de sus compañeras, que
comprendían la gloria y el honor que por ella iba a redundar al convento. De lo que
fue como garantía el mismo Señor, porque un gozo celestial invadió a Rita al hacer sus
votos, y considerándose ya fuera de este mundo, vio aquella escala de Jacob que
tocaba el cielo, en cuyo extremo estaba el Señor invitándola a subir para abrazarla.
En medio de dones tan celestiales, que le granjeaban la admiración de los
hombres, ella se mantuvo en una gran humildad, apeteciendo los más bajos
ministerios, considerándose como sierva de todos, y alegrándose sobremanera cuando,
para probar su obediencia le ordenaban algo que parecía disparatado. Así fue, que
durante un año entero, por mandato superior, estuvo regando una planta seca en el
jardín, la que al fin vino a dar flores y frutos.
Amante apasionada de la pobreza, no quiso tener cama en su celda, y se contentó

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con un solo vestido. Su penitencia fue asombrosa. Acostumbrada a ella desde su tierna
edad, una vez consagrada a Dios la practicó en un grado increíble. Observaba la
cuaresma con suma rigidez, comiendo una sola vez un poco de pan al día, con total
privación de vino. Dormía en el suelo o sobre durísima tabla brevísimo tiempo, y con
el cilicio puesto. Se disciplinaba tres veces hasta derramar sangre, ofreciendo la
primera flagelación por las almas del Purgatorio; la segunda por los bienhechores del
monasterio y la tercera, por la conversión de los pecadores. Tan señalados frutos de
penitencia dieron envidia al demonio, que trataba de persuadir a Rita que no podía
con su conducta agradar a Dios, el cual manda conservar la vida, y como Rita no
hiciera caso de sus pérfidas sugestiones, antes mortificaba con más empeño su cuerpo,
aquél, irritado, le arrebató de la mano las disciplinas. Pero rendido al fin, se vio
obligado a retirarse, persiguiéndolo Rita a latigazos. Ya hemos dicho por qué Rita
entregaba su cuerpo a tamañas maceraciones, esto es, para extinguir las
concupiscencias carnales y por el bien del prójimo. Y esta caridad hacia su alma y el
prójimo las alimentaba con la asidua meditación de las cosas celestiales, y sobre todo
de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, la que, cultivada por ella desde su más tierna
edad, arraigó tan hondo en su alma que nada pensaba o sentía que no se refiriese a
ella o la representase. Y alcanzó un tan alto grado de contemplación en este punto, que
a veces no le bastaban quince días para calmar sus ansias en la meditación de la
Pasión de Jesucristo, y acontecía frecuentemente que, comenzada la meditación a la
puesta del sol, se lamentase de verla interrumpida por el sol naciente. Muchas veces
sus compañeras de clausura la encontraban en su celda casi semimuerta a fuerza de
llorar, o arrebatada en éxtasis.

Una espina de la corona de Cristo Crucificado traspasa la frente de Rita

Rita pedía a Dios con instancia la otorgase alguna señal de la Pasión, porque
habiendo oído un sermón de la pasión del Señor al santo varón Jacobo Piceño,
deseaba ardientemente una muestra de ella, y Dios le hizo la gracia de que se
desprendiese una espina de la corona de Jesús Crucificado y la traspasase la frente, y
la herida que le produjo, cuyos dolores sufrió hasta la muerte, fue ocasión para que
brillara, no sólo la paciencia de Rita, sino también su humildad. Porque aquella
úlcera se hizo putrefacta, y por el hedor que despedía se vio obligada a separarse de
sus compañeras, dando por ello fervorosas gracias a Dios, porque así podía vivir sola.

En el Año Santo visitó a Roma con sus hermanas, obrándose para ello un milagro

El año 450 fue “Año Santo” y las Hermanas acordaron ir a Roma con este fausto
motivo (porque entonces no existía todavía la ley de la clausura). Rita deseaba mucho
acompañarlas, pero la Priora se lo prohibió por la úlcera hedionda que padecía.
Suplicó a Jesús suprimiese la llaga fétida, quedándose sólo el dolor que le causaba, y

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fue oída su oración, y el Señor recompensó durante el viaje con grandes beneficios y
milagros la generosa voluntad de padecer que animaba a sus sierva. Vuelta a casa,
inmediatamente reapareció la úlcera, con lo que creció aún más la admiración que
todos sentían por Rita.

Santa muerte de Rita el 22 de Mayo del año 1457 a los setenta y seis años de su edad

Deseaba la Santa disolverse y ser con Cristo, contando siempre con la voluntad de
su Amado. A los acerbos dolores de su herida se le juntaron otros procedentes de un
mal desconocido a los médicos y rebelde a todo tratamiento terapéutico. Se lo envió
Dios para que resaltara más su virtud, y de ello se congratulaba Rita, dando al Señor
rendidas gracias, mientras sus Hermanas se entregaban al llanto. Y esto acontecía,
principalmente cuando recibía la Sagrada Comunión, único alimento que casi tomó
durante cuatro años. Después de la Comunión era consolada frecuentemente con
visiones celestiales. Jesús y su Madre Santísima le anunciaron su próxima muerte
pocos días antes de que sobreviniera. Y con esta noticia quiso recibir los Últimos
Sacramentos de la Iglesia, como lo hizo, con gran piedad y gozo singular, y
conversando dulcemente con sus Hermanas voló al Señor, a los setenta y seis años de
edad, el 11 de las Kalendas de junio (22 de mayo) de 1457.

El pueblo la venera como santa, de acuerdo con el Clero, por los milagros que hace

Hubo varios que vieron su espíritu entrar en el Cielo, lo que se confirmó con otros
milagros. Anunciaron su muerte las campanas; que se tocaron ellas solas; un esplendor
maravilloso inundó la celda de la difunta, y por todo el monasterio se difundió un
suave perfume que de ella emanaba. El cadáver ofrecía un aspecto celestial, y la úlcera
de la frente, putrefacta antes y horrible a la vista brillaba como un rubí. Todo esto hizo
que nadie dudase de la santidad de Rita, y todo el pueblo, con aprobación de los
Pontífices, la tributó el culto debido a los Santos.

A continuación narra el Romano Pontífice León XIII en su Bula el desarrollo que


tuvo la veneración del pueblo cristiano a Santa Rita en Europa y América. Al final de la
misma declara el grado heroico de las virtudes de Santa Rita y recuerda los tres milagros
que ha tenido presentes la Iglesia en su canonización. Son los siguientes:

El PRIMERO consiste en el perfume maravilloso que exhala su sepulcro, según lo


aseguran muchos y abonados testigos del proceso, y lo confirma la Historia y una
constante muy piadosa tradición. Este perfume no reconoce causa alguna; lo han
demostrado hombres peritísimos en las Ciencias naturales; se difunde de una manera
contraria a las leyes ordinarias de la naturaleza y se percibe esa exquisita fragancia
cuando Dios Óptimo Máximo obra algún prodigio por la invocación de la

88
Bienaventurada Rita; todo lo cual denota el origen divino de la misma.

El SEGUNDO MILAGRO es el de una niña llamada Isabel, que llegó a perder la


vista en Bérgamo. Viendo que nada podían los médicos para curarla de tan grave
dolencia, sus padres la llevaron al convento de Casia y suplicaron a Rita la librase de
su ceguera o la sacase de este mundo, llevándola a la mansión de la luz eterna.
Después de cuatro meses de vestir el hábito que había prometido, exclamó de repente
que ya veía, dando gracias a Dios y a la Bienaventurada Rita con las demás
Religiosas, y sin dificultad pudo ya aprender a leer en el mismo convento.

El TERCER MILAGRO sucedió con Cosme Pellegrini, el cual, atacado de una


gastroenteritis crónica y de hemorragias, llegó al extremo de perder todas sus fuerzas y
su sangre, sin esperanza alguna de curación. El 22 de mayo de 1877, día de Santa
Rita, al volver de la iglesia, Cosme sufrió un ataque del que creyó morir. Llamados los
médicos, y creyendo el caso desesperado, mandaron administrarle los últimos
Sacramentos, que recibió ya casi cadáver en su lecho. Mas al tercer día le pareció que
Rita le decía que estaba bueno. Enseguida le vuelven las fuerzas y las ganas de comer,
y muy pronto Cosme, que ya tenía setenta años de edad, pudo trabajar como si fuera
un joven robusto lleno de vida y de fortaleza. Así lo declaró en juicio el mismo
interesado, y bien lo patentizaba su misma presencia.

El Santo Padre promulgó el decreto aprobando estos tres milagros el 8 de abril,


Domingo de Ramos, y cumplidos los trámites acostumbrados el 24 de mayo del Año
Jubilar 1900, la canonizó solemnemente en la Basílica Vaticana. La Bula está fechada
también este 24 de mayo de 1900. El Papa dijo el día de su canonización estas palabras:

Los solemnes honores que la Iglesia decreta a los Santos deben llenar de intensa
alegría los ánimos de los fieles e impulsarlos suave, pero eficazmente, a la imitación
de sus virtudes, para que puedan agradar a Cristo, Rey de los Santos. Santa Rita,
virgen, madre de familia, viuda, y al fin, ejemplar religiosa, tanto agradó a Dios, que
la quiso marcar con el signo de la caridad y de la Pasión. Este gran privilegio lo
obtuvo Rita por su humildad singular, por su desprecio casi increíble de los bienes
terrenos y por su admirable penitencia en todas las situaciones de la vida. En dos
virtudes, sin embargo, sobresalió, de una manera especial: en el amor del prójimo y de
Cristo Crucificado, en los que se compendia toda la sabiduría cristiana. Por eso canta
de ella la Iglesia esta oración:

Oh Dios, que os habéis dignado conferir a la bienaventurada Rita una gracia tan
grande, que por haberte imitado en el amor de sus enemigos, le otorgaste llevar en su
corazón y en su frente las señales de la caridad y de tu Pasión, danos por sus méritos e
intercesión el amor a nuestros enemigos y meditar de continuo los dolores de tu Pasión
arrepintiéndonos de nuestros pecados.

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Que os alcance esta gracia, ¡oh fieles!, Santa Rita, y tomadla por abogada vuestra
delante de Jesucristo, para que por la práctica de estas virtudes podáis honrar la
santidad y dignidad del nombre de cristianos que lleváis.

Último comentario

Llama nuestra atención tanta solemnidad de la Iglesia en la beatificación y


canonización de Rita Lotti con esta advertencia que nos hace su excelente biógrafo Ives
Chiron: La Iglesia ni siquiera la ha inscrito en su calendario litúrgico universal, ni
después de su canonización ni siquiera cuando Pablo VI reformó el calendario
litúrgico. Me imagino que esta misma sorpresa invade los ánimos de los miles de
peregrinos que anualmente acuden a la Gran Basílica de Casia, levantada en su honor. La
Congregación de ritos tiene en sus manos la decisión más conveniente. Sin embargo,
tampoco sus devotos pueden pretender que Santa Rita sea antepuesta por la Iglesia en su
liturgia a otros muchos santos del calendario cristiano, que la reforma después del
Vaticano II dejó fuera del culto universal.

Dice San Juan en el Apocalipsis que miró y había una muchedumbre inmensa, que
nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono
y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Se refería el
autor sagrado a los mártires de la persecución de Nerón. Hoy San Juan está entre ellos y
ve en su compañía a una muchedumbre más numerosa todavía de santos que la Iglesia
ha dado a Dios a través de veinte siglos. Con ellos se encuentra esta mujer de una aldea
desconocida de Italia, perdida en la cordillera de los Apeninos, que gastó su vida
muriendo por Cristo, vestida con vestiduras blancas y con palmas en sus manos (7,9).
Siguiendo a San Juan (19,8) veo a Santa Rita vestida de boda, como la Esposa del
Cordero, de lino deslumbrante de blancura (el lino, explica el vidente, son las acciones
de los santos). Rita disfruta en el banquete de Dios, la Verdad, la Vida, la Belleza, el
Amor, la Felicidad infinita y eterna.

A modo de conclusión ofrezco a mis lectores algunas ideas que nos ayudan a seguir el
camino andado por Santa Rita. El cardenal español Merry del Val, Secretario de Estado
con San Pío X, escribió, que al levantarse por la mañana se decía a sí mismo: No todo el
bien que hoy hay que hacer en el mundo lo tengo que hacer yo, pero hay un poco de
bien que si no lo hago yo se queda sin hacer. Echa, querido devoto de Santa Rita, una
mirada retrospectiva a su Vida, y piensa si le quedó algo por hacer de niña y adolescente,
de casada y madre, de religiosa agustina. Permíteme que te recuerde nuevamente las
palabras de San Wenceslao a su paje, que no podía seguirle caminando sobre la nieve
helada: Pon tus pies en las huellas que dejan señaladas mis sandalias. Ningún bien
debido dejó sin hacer, lo que ella hizo lo puedes hacer tú. La primera de las virtudes en
Santa Rita fue la bondad y tú puedes ser una persona buena. Chesterton dice: Un hombre

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santo en nuestro tiempo significa un hombre muy bueno.

La Iglesia elige los santos patronos de pueblos y ciudades de las naciones cristianas.
Parece natural que las grandes ciudades tuvieran por protectores a los grandes santos y
sabios como San Agustín, San Isidoro de Sevilla, Santo Tomás de Aquino…; pero no es
así. Viena tiene por patrono a San Clemente, que fue panadero; Lisboa a un fraile
franciscano, San Antonio de Padua; París a una pastora de ovejas durante su
adolescencia, Santa Genoveva; Madrid a un jornalero labrador, San Isidro… La
“Abogada de imposibles” lo es de pueblos y ciudades pequeños; pero hay más, lo es de
millones de fieles que durante más de cinco siglos han puesto su corazón en ella.

Cuenta Ives Chiron que en París han dedicado a Santa Rita una capilla frente al
Moulin rouge. El año 1988 también colocaban los parisinos una estatua de Santa Rita
dentro de la Basílica del Sagrado Corazón de Montmatre. Esta estatua representa la
bondad, el perdón, el amor de Santa Rita. Son los valores que el mundo necesita. Esta
mujer italiana está por encima de todas las “estrellas”, a las que tantos monumentos
levanta y aplaude el progresismo moderno.

Santa Rita, ruega a Dios por nosotros.

91
BIBLIOGRAFÍA

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Orden de San Agustín, Madrid, 1628.
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Breve Racconto della vita e miraculi della beata Rita da Cascia a cura delle suore di
monasterio di Santa Rita, Stamperia della Camera apostolica, Roma, 1628.
Bernárdez, José, Santa Rita de Casia, Ed. Apostolado de la oración, Madrid, 1923.
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Valladolid, 1998.
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1610.
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Cuomo, Franco, Santa Rita degli impossibili, Ed. Piemme, décima edición, 2005.
Documentzione Ritiana Antica (DRA) a cura di Damaso Trapo di monastero di Santa
Rita, 4 volúmenes: I, Il processo di 1.626 e la sua literatura; II, Il volto veritiero de
Santa Rita; III, Gli statuti di Cascia; IV, L´archivio notarile di Santa Rita, Cascia
1968-1970.
García Jacinto, Santa Rita abogada de imposibles, Ed. Revista agustiniana, Madrid
2001.
Giovetti, Paola, Santa Rita da Cascia, Ed. San Pablo, cuarta edición, 2000.
Grossi, V., Rita da Cascia, genio di santitá en Donna: genio e missione, Ed. Vita e
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Juan Pablo II, Carta al obispo de Spoleto-Norcia en el VI centenario del nacimiento de
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Martinacci, Un volto della santitá: Rita da Cascia, Ed. Cittá Nuova, Roma, 1981.
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Peri, Vittorio, Rita da Cascia, Ed. Velar, 1993.
Peri, Vittorio, Rita da Cascia, una parabola dell´amore, Gorle ( Bergamo ), 1994.
Rano, Balbino, Santa Rita, estudio histórico crítico sobre sus primeras biografías y
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Simonetti, Nicola, Vita della beata Rita da Cascia, manoscritto del 1697, in archivio
agustiniano (Ms. 87), Roma.

92
Trapé, Agostino, Santa Rita e il suo messaggio, Ed. Paulinas, 1986.
Vittorio, Giorgetti, Omero Sabatini y Sabatino di Ludovico, L´ordine agustiniano a
Cascia. Nuovi dati storici sulla vita di Santa Rita e di altri illustri agostiniani,
Perugia, Ed. Quattroemme, 2000.

La figura de SANTA RITA en un


gran film de Giorgio Capitani:
“SANTA RITA DE CASIA”
Protagonista: Vittoria Belvedere

EDIBESA. Madre de Dios, 35 bis


28016 Madrid
Tel.: 91 345 19 92
E-mail: edibesa.pedidos@planalfa.es

93
LIBROS PUBLICADOS POR EL AUTOR

I. Obras teológicas

• Los judíos y el Evangelio. Traducción con Introducción y notas a la obra de Gregory


Baum The Jews and the Gospel, Ed. Aguilar, Madrid 1965.
• La voz de los seglares en la Iglesia, Ed. Juan Flors, Barcelona 1968.
• Teología el pueblo judío, según San Agustín, Ed. El Reino, Madrid 1970.
• Judíos y cristianos ante la historia, Ed. Aguilar, Madrid 1972.
• El Magisterio eclesiástico del Episcopado español (1847-1870), en colaboración con
Juan José Jiménez Medina, Facultad de teología de Burgos, 1983.
• Taciano. La más antigua vida de Jesús. Diatessaron. Traducción, Introducción y
notas, EDIBESA, Madrid 2000.
• Esta es tu Iglesia. Perspectivas desde la fe, EDIBESA, Madrid 2000.
• Hemos roto la cruz. Manual de ecumenismo para el pueblo cristiano, EDIBESA,
Madrid 2001.
• Hombres de Dios. Tú puedes ser sacerdote, EDIBESA, Madrid 2002.
• La moral cristiana en preguntas y respuestas, Ed. Revista agustiniana, Madrid 2004.
• Dios mío, ¿Quién eres? Respuestas desde la fe, EDIBESA, Madrid 2006.
• Las religiones del mundo. Historia, fe y moral de las religiones, Madrid 2006.
• Jesucristo. Todo un hombre, todo un Dios, EDIBESA, Madrid 2007.
• El Cristianismo. Hacia una sola Iglesia, EDIBESA, Madrid 2008.
• Diccionario abreviado del cristianismo, Autores Jesús Alvarez y Edita Hornackova
Klapicova, EDIBESA, Madrid 2010.

II. Obras catequéticas

• Los sacramentos de la iniciación cristiana, Parroquia de Santa Rita, Madrid 1997.


• Vuestra boda. Ed. SUMO, Madrid 1998.
• Los Sacramentos de Reconciliación y Unción de enfermos, Ed. SUMO, Madrid
1998.
• Llamados por Dios, Ed. SUMO, Madrid 1999.

III. Obras de espiritualidad

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• Vida y Novena de San Millán. Con textos y oraciones de la liturgia mozárabe, Ed.
SUMO, Madrid 1999.
• Los Santos de cada día. Con el Santoral agustiniano incorporado, Ed. Revista
agustiniana, Madrid 2004.

II. Los Santos de cada día. Con el Santoral agustiniano incorporado. Ed. Revista
agustiniana, Madrid 2004.

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Index
Título Página 2
Copyright Página 4
Índice 5
Prólogo 7
I. Vida de Santa Rita 11
Las fuentes de su historia 11
Los orígenes de Cassia 12
Nacimiento e infancia de Santa Rita 14
Adolescencia y juventud 18
Rita Lotti contrae matrimonio 19
Nacen sus hijos 22
Asesinato de su marido 25
Muerte de sus hijos 28
Las circunstancias de su vocación 31
Se hace monja agustina 34
Su profesión religiosa 37
Mortificaciones y penitencias 39
Rita, estigmatizada por Dios 41
La peregrinación a Roma 44
La muerte de Santa Rita 48
Virtudes principales de nuestra Santa 51
II. Devoción a Santa Rita 56
Su fama de santidad 56
Los milagros 58
Semblanza espiritual 61
El proceso de beatificación 64
La canonización 68
III. Los Documentos de su Vida 73
La Biografía del notario 73
La “Vita” de Agostino Cavallucci 73
El “Sumario de la vida” 77
El “Breve Relato” de Girolamo de Ghetti 79

96
Bula de canonización de León XIII 82
Último comentario 90
Bibliografía 92

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