shandy.

Valery Larbaud dijo:
A propósito de la reciente Feria del Libro de Buenos Aires celebrada apenas del 24 de abril al 12 de mayo, Shandy dedica su primer número a la literatura argentina y sus autores más trascedentes. Sobre todo al genio demiurgo Rodolfo Fogwill, quien expone en su obra una literatura atroz y tierna al mismo tiempo, que si bien o mal, ha sido ignorada por los lectores de Latinoamérica y el mundo, aún está latente: es una literatura llena de vida. Shandy es un catálogo de literatura contemporánea que aspira a divulgar las novedades editoriales del mundo y establecer un diálogo más directo con la actualidad de las letras. Sus secciones son El maletín Duchamp (se exponen las publicaciones más recientes), El cajón de Fitzgerald (desempolva un autor importante que vale la pena explorar), Rayógrafo Man Ray (revela las noticias más destacadas de la literatura), El whiskey de Picabia (un brindis en honor a un país de reconocida historiografía literaria en cada edición), El botón de Rigaut (apartado de creación literaria) y La máquina de Walter Benjamin (información periférica del universo literario). Consideramos que la literatura tiene otras miras, y está en otra parte, no en las escuelas, ni en las grandes industrias del aparato literario. Quizá Shandy para algunos sea una insolencia, pero eso es Shandy.

Consejo Editorial: Óscar Ariel Grajeda F. Arturo Landavazo Pío Daniel Franco Félix Consejo consultivo David Miklos Óscar Benassini Imanol Caneyada Contacto: revistashandy@hotmail.com www.revistashandy.blogspot.com

Shandy 1. mayo de 2008. Hermosillo, Sonora, México. En portada: Rodolfo Fogwill

maletín duchamp J. M. Coetzee Diario de un mal año Editorial Mondadori. 240 páginas

El personaje J.C. es un literato sudafricano naturalizado australiano, prestigioso y entrado en la senectud, que tiene el encargo de escribir un libro de opiniones sociopolíticas para una compilación de textos elaborados por varios escritores que será editado y publicado en Alemania. Lo obvio: J.C. es la figura de John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), ganador del premio Nobel a la literatura 2003; en esta ocasión la novela no pretende ser autobiográfica, recordemos sus obras Infancia: escenas de una vida de provincia (1998) y Juventud (2002) que rayan precisamente en esa tendencia. Diario de un mal año se erige como una obra atrevida pues experimenta con su estructura, sin descuidar con esto los temas siempre abarcados por el autor, propios de la condición humana y del alma. La novela está apartada en tres discursos que no buscan contrarrestarse el uno al otro, ni tener el mando narrativo. Cada uno de ellos se vuelve revelador y es ajeno al otro, se equilibran y complementan:

maletín duchamp
El primero, un compilado de ensayos que son llamados “Opiniones contundentes”, son una serie de escritos en los que J.C. -hombre añejo de 72 años- plasma sus percepciones siempre con una postura neutral ante los hechos reales que acontecen en el mundo, abandonando la ficción y acercándose a la realidad. Al igual que en Elizabeth Cotello (2003), Coetzee hace uso de la narrativa para imprimir sus puntos de vista sobre la actualidad, pero esta vez su novela ha sido reconocida por la crítica literaria como una obra magistralmente lograda. El segundo discurso se vocaliza en este hombre sudafricano al que le nace una necesidad de amar, con un amor puro y lejos de lo sexual, ya sea por los impedimentos fisiológicos que una persona de su edad puede llegar a experimentar, o por un sentimiento más íntimo, que el escritor necesita llenar un espacio vacío. La tercera voz que conforma la tríada de discursos lo presenta Anya, una mujer filipina descrita en cierta medida como una fémina exuberante pero un poco tonta. Se percibe como el personaje menos logrado de la novela, pues a pesar de que J.C. siempre está envuelto en un halo de misterio eso mismo lo reafirma, mientras que la aparición de la filipina se muestra contradictoria en su naturaleza. Alan es el amante de Anya y juega un papel crucial en la narración, ya que es quien provoca el conflicto y da pauta al desenlace, toma la voz desde el discurso de su compañera, formando el triángulo perfecto (Anya, Alan y Juan C.) consolidando la trama de la obra en su totalidad. Nota final: Sin considerarme un purista, dentro de la obra encontré unos detalles editoriales. La errata: “solo” no se acentúa en ninguna ocasión, aunque a veces lo amerite.

ÓscarAriel Grajeda

maletín duchamp Haruki Murakami Sauce ciego, mujer dormida Editorial Tusquets. 386 páginas

Enfermedad Murakami Luego de leer Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo, un carpetazo de casi setecientas páginas, me ha dado por buscar un pozo para meditar dentro de él. Esta demencia se la debo a Murakami, a su personaje Tooru Okada, el protagonista del magnífico libro que explora la oscuridad y las aleaciones de la mente con maestría narrativa. Después, me he puesto frente a un gato y he intentado hablar con él. Nakata es idiota, le digo. Pero el felino se limita a maullar y poner la almohadilla de su pata izquierda en mi nariz. Tampoco funciona. No soy Nakata, el personaje, aunque idiota no se podría decir que no. Intentar el diálogo con los animales es un síntoma de mi lectura: Kafka en la orilla. Otra obra del autor japonés con la que he terminado enfermo, padeciendo fantasmas en la memoria. Cierro el libro. Adiós Kafka Tamura, adiós Satoru Nakata. 584 páginas más. La literatura de Haruki Murakami tiene esa virtud. Es contagiosa. Su rareza, su extravagancia es tan seductora que los lectores, paseándose en sus páginas, sienten la necesidad de imitarlo, de rasparse con el mundo, aunque a veces bastante normal, otras demasiado extraño.

maletín duchamp
Los gatos de mi amigo. Abro el más reciente. La editorial me ha enviado una copia para escribir sobre él. Sauce ciego, mujer dormida. Lo hojeo. No se trata de una novela. Sino de una recopilación de cuentos. Veinticuatro en total. Desde el prólogo, Haruki -de ahora en adelante me daré el lujo de tutearlo. Luego de más de mil páginas en su universo literario tengo mi derecho como lector- confiesa que escribir un cuento es como plantar un jardín, y escribir una novela es como plantar un bosque. La analogía tiene su sello. La relación que tiene mi amigo Haruki con la naturaleza es innegable, pero aún más su relación con los animales. En Crónica del pájaro que da cuerda al mundo hay un capítulo sanguinario en el que aparece un zoológico en tiempos de guerra, en éste hay un cuento en el que uno de sus personajes sufre de una manía de visitar los zoológicos en Japón cuando hay tifones. En Kafka en la orilla ocurre algo similar, algunos de los personajes son gatos demasiado elocuentes. En Crónica del pájaro la trama es generada por la desaparición de un gato, en éste nuevo libro hay un cuento llamado “Los gatos antropófagos”, tres felinos que devoran a su dueña. Siempre he detestado a estos animales, sin embargo, después de estas lecturas, tengo un poco de fe en ellos. Les digo, hola, amigo gato, hoy comí atún. Aunque no contestan, me siento satisfecho cuando sacan su lengua. Imagino sus papilas gustativas. Es que habría que leer a Mura (kami) para comprender la diferencia que hay entre mundo posible y mundo improbable. Diferencia entre mundo posible y mundo improbable. Estoy conciente que dos líneas atrás escribí que habría que leer a M para comprender la diferencia, pero lo explicaré un poco por mi hermano nipón ya que muy posiblemente esté ocupado elaborando una novela. Aquí vamos. Cuando el lector se zambulle en una novela del realismo mágico -verbi gratia- se puede topar con un personaje que tiene la sangre de color verde. Eso es ficción. Se establece un pacto con el universo narrado y asume la posibilidad de mundo. Basta con quitar la vista del libro para concienciar que la sangre es roja, no verde. En cambio, con Murakami, pasa algo distinto. Un personaje suyo puede hablar con los gatos, y en la ficción nadie le cree, aunque en la realidad -luego de quitar la vista del libro- tampoco podríamos creerle, porque somos personas bien sanas y estamos comprometidos con la verdad (nótese el sarcasmo). Podríamos ver a un gato y pensar en la posibilidad de un lenguaje alterno, pero no podríamos saberlo, no podríamos comprobarlo. En ese momento, la telaraña tejida de la incertidumbre que hay entre la ficción y la realidad, se crea una extensión de la novela

maletín duchamp
de Murakami, otro pacto, pero que ahora se hace con el vacío, con la oscuridad que hay entre la realidad y el misterio. Luego está lo otro. Está comprobado que la sangre es generada por los glóbulos rojos, por lo que su color es casi una obviedad, pero un hecho del que no existe registro -la comunicación entre un gato y un hombre- está aún más sumergido en la oscuridad del conocimiento, pero no deja de ser una probabilidad. En cuatro palabras: la sangre verde es imposible. Hablar con un gato es improbable. En dos palabras: Mi odradek Murakami es mucho mejor que García Márquez, pues. Sauce ciego, mujer dormida. El título del libro es epónimo del cuento con el que se inauguran las páginas de este libro al alto vacío. Tengo la impresión de que mi doble Haruki escribe desde un pozo. Es decir, si no físico, al menos virtual. Su narrativa flota, se desliza extrañamente como un espíritu sobre el agua. Pero también debajo de ella. Si en sus inmensas novelas no concreta una historia circular, obedece la Noveau Roman de Robe-Grillet, y hace de los finales un precipicio doloroso y lleno de paz, en sus cuentos levita como un gas raro con una densidad más ligera pero con más libertades, con más experimentación. En estos textos, las conexiones narrativas son más complejas. Hay historias dentro de las historias, y éstas se comunican a través de asociaciones que el narrador hace a lo largo de sus páginas. En “Sauce ciego, mujer dormida”, mientras el personaje principal lleva a su primo menor con el otorrino viene a su mente el poema que una amiga suya escribiera años atrás y que le compartiría cuando precisamente estaba ella hospitalizada: un hombre que trata de rescatar a una joven dormida luego de pasar las colinas de los sauces ciegos. La sorpresa del héroe: la mujer ha sido devorada por las moscas que se metían en su oído para alimentarse de las entrañas. Dos asociaciones muy concretas, el hospital y el oído, como puente entre una narración y otra. Otros cuentos que aparecen en el índice son “El espejo”, “Un día perfecto para los canguros”, “El año de los espaguetis”, “El hombre de hielo“, “La piedra con forma de riñón que se desplaza día tras día”. Títulos bastante atractivos que invitan endemoniadamente a la lectura. Dos docenas de cuentos que navegan sobre la melancolía, el dolor, el amor, el sueño y la vigilia. En ellos, mi mellizo, Haruki Murakami, corta a destajo pedazos de la vida cotidiana para desangrar su excentricidad oculta, la que mana escandalosamente cuando planta un árbol, o reforesta un bosque, desde el fondo de un pozo. Haruki Murakami (Franco Félix, en cualquiera de los casos)

maletín duchamp Rafael Lemus Informe Editorial Tusquets. 106 páginas

Informe es el título de la obra publicada por la editorial Tusquets en febrero del año en curso, del joven crítico literario Rafael Lemus, quien hace su debut en el seleccionado mundo de autores mexicanos. Luego de ser él quien disparara contra las novedades editoriales, Lemus es hoy la mira del snipper. En éste primer libro, Rafael, quién colabora con una variedad de revistas como La Tempestad, Letras Libres y Día siete, presenta ocho relatos en los cuales los personajes se encuentran inmersos en un ambiente nebuloso carente de tiempo y espacio. El título de esta ópera prima alude a los objetos sin forma, carentes de un esqueleto que define las estructuras en el mundo, una influencia directa de lo que podemos suponer son algunos de sus autores favoritos (Hernández, Beckett). Cierto, aunque de entrada la palabra “Informe” evoca un documento administrativo, nada tiene que ver con la naturaleza de estos textos.

maletín duchamp

Encontramos en estos cuentos sin estructura –como afirma su propio autor-, a un viejo crítico literario en compañía de un mozo que debe soportar su estadía monótona a lado de su desagradable amo; a un enamorado que concibe la felicidad mediante la hostilidad hacia su pareja; a un indigente que pretende plantar un lápiz en la nieve; entre otros seres patibularios cuyos discursos monológicos “informan” sus condiciones no paradigmáticas sobre el ser. Cada uno de estos personajes desempeña una tarea de la que no pueden desligarse, teniendo como único fin el presentar a la humanidad en su máximo nivel de subordinación ante un mundo que no suele ser cuestionado. El tedio, el amor, la hostilidad, la locura y la muerte fungen como complementos que permiten presenciar al lector la naturaleza no estructural de la existencia. Debido a esta incursión en el gremio de escritores, el mismo autor señala en el epílogo que no le molestaría que su obra fuese catalogada como producto de un crítico literario. Con tal sentencia, Lemus se antecede a cualquier represalia, réplica o crítica que pueda recibir sobre su primera publicación, argumentando que la finalidad de sus relatos es establecer un diálogo entre él y los autores que de alguna manera lo han influenciado: Juan Vicente Melo, Stephen Vincent Benét, Efrén Hernández, Samuel Beckett, o el mismísimo Franz Kafka, de los que confiesa robar algo de sus esencias primigenias. Ante esto, sólo me queda decir que mediante su epílogo, Lemus, se pone el chaleco antibalas antes de hacer el disparo. No obstante, y dejando a un lado todo el retoricismo especulativo que pudiese surgir en torno a la crítica de la obra de un crítico, prefiero callar y comentar que Informe es una buena oportunidad para explorar el lado oscuro de la mente humana o en su caso, el de la literatura, más allá de los elogios y los reproches. Breve nota “informativa” Recordemos el conflicto a principios de año. Christopher Domínguez Michael lanzó en noviembre pasado su Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) publicado por el Fondo de Cultura Económica. Las críticas se desbordaron, y muchos de los autores del país adujeron que no era un trabajo profesional, sino una compilación de escritores de su preferencia. Lemus hizo una apología sobre este libro enfrascándose en un conflicto que todavía no termina. ¿Domínguez Michael hará lo mismo por él ahora que este libro no ha sido del todo aceptado entre la crítica?

Rayógrafo Man Ray
Bolaño interminable
Quizá ésta sea una buena noticia para los lectores de Roberto Bolaño (Santiago, 1953-2003). Luego de que Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón publicaran en la editorial Canyada el libro Bolaño Salvaje (2007) se ha destapado una información que alegrará a quienes necesiten una dosis más del detective salvaje. Carolina López, viuda de Bolaño, encontró en un cajón un manuscrito que tiene por título de Los sinsabores de la verdadera policía, una obra escrita entre Los detectives salvajes y la colosal 2666. Su protagonista es Archimboldi, un personaje que aparece en las dos novelas mencionadas, incluso en la segunda es uno de los protagonistas. Los primeros dos libros póstumos (El secreto del mal y La universidad desconocida, 2007) no fueron recibidos con gran emoción por la crítica, pues no estaban terminados, aunque Jorge Herralde, director de la editorial Anagrama, decidió explotar su mercado con la firma de Bolaño. Quizá un desacierto. Los sinsabores de la verdadera policía resulta la tercera obra luego de su muerte. En casa de Bolaño hay cajones infinitos. Trágico y extraordinario, ¿hasta dónde llegará Herralde para seguir actualizando su catálogo con uno de los autores más importantes de Latinoamérica? Quizá no sea una buena noticia.

Nuevo nombre para el premio FIL
Tras haber superado los problemas legales en los que se vieron envueltos los familiares del escritor jalisciense y los responsables de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), los directivos de la FIL renunciaron a utilizar el nombre de Juan Rulfo para el galardón que se entrega cada año a un autor en reconocimiento de su trayectoria literaria. La Asociación Civil del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, pese a haber recibido el fallo a favor por parte de Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), optó por el nuevo nombre, mismo que ya se utilizó en la premiación de 2006 y 2007. Una modificación en la convocatoria: el premio abarcará nuevos criterios, permitiendo la participación de cualquier autor que escriba en lenguas romances vivas, por ejemplo, catalán, francés, portugués, italiano, español o rumano: además, el premio ascendió a la suma de 150 mil dólares. Con el nuevo Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, se demuestra la importancia de la feria, al consolidarse como un evento trascendental en el mundo editorial y literario del habla hispana.

Rayógrafo Man Ray
Nuevo libro de Poniatowska
Dentro del marco de la Feria Nacional del Libro León 2008 (FeNal) la escritora Elena Poniatowska (París, 1932) presentó su más reciente libro El tren pasa primero, que está situado temporalmente en los cincuentas, durante la huelga ferrocarrilera en México. Un viaje narrativo que explora la tiranía con que fueron reprimidos los líderes sindicales por el partido gobernante en curso: el Partido Revolucionario Institucional (PRI). El personaje principal, Trinidad Pineda, descubrirá una verdad que antes no podía ver a pesar de tenerla en sus narices. La historia, sobre un tren, lleva a este hombre a experimentar otro mundo, otra visión de mundo. Descubre que existe una utopía y –junto a sus compañeros- organiza una lucha obrera que buscará frenar la corrupción en el país. Una novela más, como un testimonio, de una de las autoras más queridas en el medio literario en México y América Latina. Es autora de La noche de Tlatelolco (1971) y De noche vienes (1979). El año pasado recibió el Premio Rómulo Gallegos precisamente por El tren pasa primero.

El fantasma de Nabokov
A poco más de tres décadas de su deceso, la imagen del autor ruso nacionalizado norteamericano Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-1977) vuelve a ser noticia en el mundo literario. Un texto inédito del autor está próximo a ser publicado, aunque aún se desconoce cuál será la editorial que cumpla con ese objetivo. La obra incompleta del autor -conocido mundialmente por la novela Lolita (1955), lleva por título Laura. A pesar de que Nabokov, en su lecho de muerte, ordenó que fuese destruido, el manuscrito estuvo resguardado en una caja fuerte durante treinta años. Incapaz de cumplir con la voluntad de su esposo, la también finada viuda del célebre escritor, Vera Nabokov, mantuvo en secreto la última novela –aunque inconclusa- del autor. Al fallecer en 1991, el documento quedó en poder de su hijo, el catedrático y crítico literario Dimitri Nabokov, quién tras reconsiderarlo a lo largo de algunos años decidió, finalmente, que la obra de su padre debía ser presentada al mundo. La decisión de Dimitri ha generado gran controversia entre la crítica que considera que debe ser cumplido el último deseo del también autor de Risa en la oscuridad (1932). No obstante el heredero ha comentado que ha sido su padre quién lo ha llevado a tomar esta determinación por medio de un sueño.

El whiskey de Picabia

Literatura Argentina

Siglo XX

Es innegable. La literatura argentina es medular en el lenguaje hispanoamericano. Un pilar de la literatura universal. A continuación, hacemos un brevario sobre los escritores más importantes de este país, acompañados por la obra que los hizo aparecer en el mapa literario.

ANTECEDENTES Esteban Echeverría (El matadero, 1838) Juana Manso (Los misterios del Plata, 1846) Estanislao del Campo (Fausto, 1866) José Hernández (Martín Fierro, 1879)

Cuando Europa le pone atención en los cincuentas a Latinoamérica, ya hay una historiografía literaria que conviene revisar. La revista Martín Fierro fue una publicación en los veintes que fungió como escenario para presentar a escritores que más adelante serían la literatura argentina: Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Leopoldo Marechal, Fernando Fader, Macedonio Fernández, entre otros. Otro espacio edito-

rial importante: la revista Sur en los treintas publicó a muchos de los antes mencionados, y a extranjeros como Victoria Ocampo, Walter Gropius, Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet, Henri Michaux, entre otros. Esta publicación se dio el lujo de seleccionar a autores que ahora reconocemos en la actualidad, pero también discriminó a otros que, por lo mismo, quedaron relegados en el olvido, como es el caso de Héctor Murena, un ensayista combativo de izquierda que escribió siempre contra el fascismo; es preciso mencionar el título El pecado original de América. Los primeros movimientos antagónicos en Argentina: los grupos de La Florida –que se liga a los escritores que participaban en la primera revista enlistada- y del Boedo. Entonces, la literatura era

El whiskey de Picabia
inherente a las posturas políticas. Mientras los primeros –fieles lectores del realismo ruso- promovían en sus obras la ostentación y la elegancia, los segundos, con Roberto Arlt a la cabeza, –más cercanos a la literatura inglesa- se proyectaban más por el movimiento obrero y la vagancia, la ciudad, sus calles. Los nombres que formarían la generación de los cuarentas, con movimientos como el Ultraísmo y los Novísimos (Bioy Casares, Julio Cortázar, Ernesto L. Castro, Ernesto Sábato, Abelardo Arias, Roger Plá, Oliverio Girondo) consiguieron dar la pauta para la siguiente tendencia conocida como el Neohumanismo, que contrasta el pensamiento de la postguerra en boga (Edgar Bayley y Julio Llinás, Miguel Ángel Viola). Ya para los sesentas, las influencias de Sartre, Camus y Eluard, se manifiestan en Alejandra Pizarnik, Marta Lynch, Manuel Puig. Aparece la concepción del exilio en Juan Gelman y Antonio Di Benedetto. Pasado el medio siglo, los autores que han escrito la literatura argentina contemporánea y que han logrado el reconocimiento alrededor del mundo, son, sin duda alguna, Ricardo Piglia, Juan José Saer, Rodolfo Fogwill, Osvaldo Lamborghini, Alan Pauls, Rodrigo Fresán, César Aira, Antonio Dal Masetto, Tomás Eloy Martínez. Los antecedentes del golem argentino: la literatura gauchesca y rural quedaron atrás hace poco más de un centenar y medio de años. Hoy, su historia literaria es uno de los pilares más importantes en el continente y el mundo entero.

PRIMERA MITAD Alfonsina Storni (La inquietud del rosal, 1916) Leopoldo Lugones (Cuentos fatales, 1926) Ricardo Güiraldes (Don Segundo Sombra, 1926) Oliverio Girondo (Espantapájaros, 1932) Roberto Arlt (El jorobadito, 1933) Raúl González Tuñón (Poemas de Juancito Caminador, 1934) Óscar Ponferrada (El carnaval del diablo, 1943) Enrique Molina (Pasiones terrestres, 1946) Alberto Girri (Playa sola, 1946) Olga Orozco (Desde lejos, 1946) Ernesto Sábato (El túnel, 1948) Jorge Luis Borges (El Aleph, 1949)

El whiskey de Picabia
SEGUNDA MITAD Juan Gelman (El juego en que andamos, 1959) Edgar Bayley (La vigilia y el viaje, 1961) Silvina Ocampo (Lo amargo por dulce, 1962) Roberto Santoro (Oficio desesperado, 1962) Horacio Salas (El caudillo, 1962) Harold Conti (Sudeste, 1962) Cortázar (Rayuela, 1963) Marta Lynch (Al vencedor, 1965) Juana Bignozzi (Mujer de cierto orden, 1967) Leónidas Lamborghini (La estatua de la libertad, 1968) Alejandra Pizarnik (Extracción de la piedra de locura, 1968) Adolfo Bioy Casares (Diario de la guerra del cerdo, 1969) Rodolfo Walsh (¿Quién mato a Rosendo?, 1969) Antonio Di Benedetto (Los suicidas, 1969) Manuel Puig (El beso de la Mujer Araña, 1976) Rodolfo Fogwill (Mis muertos punk, 1980) Osvaldo Lamborghini (Las hijas de Hegel, 1982) Juan José Saer (Glosa, 1985) Abel Posse (Perros del Paraíso, 1987) Julio Carreras (El Malamor, 1992) Antonio Dal Masetto (La Tierra incomparable, 1994) Martín Gambarotta (Punctum, 1996) Ricardo Piglia (Plata quemada, 1997) Rodrigo Fresán (Mantra, 2001) Tomás Eloy Martínez (El vuelo de la reina, 2002) César Aira (El mago, 2002) Alan Pauls (El pasado, 2003)

El cajón de Fitzgerald

El terrible Fogwill

Aunque nunca obtuvo el Nobel, Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-1986) ha sido el máximo exponente de la literatura argentina del siglo pasado. Sus múltiples reconocimientos bastaron para que su nombre fuera un sinónimo de la creación literaria de ese país (Literatura argentina = Borges). Su legado permanece, y escritores como Rodolfo Fogwill (Buenos Aires, 1941), que han hecho de su literatura casi un divertimento y no un desplegado intelectual en sus libros, han sido opacados por el autor de El libro de arena (1975) y otros como Bioy Casares, Julio Cortázar, y otras figuras de la talla, quedando ocultos bajo la sombra de estas moles literarias que dibujan el mapa de la pampa. Para referirnos al estilo literario de Fogwill contemplemos el uso de adjetivos como atroz y compasivo al referirnos a su narrativa; los elementos que componen sus textos tienen esa virtud: ser contradictorios. Tomemos en cuenta los elementos inauditos y directos que suelen encontrarse en su prosa. Ya en la lectura, sus relatos están constituidos a base de experiencias simplemente vitales, experiencias que seguramente son parte de una biografía estrafalaria que

El cajón de Fitzgerald
resulta el compilado de su memoria. Entre sus protagonistas, es común encontrarnos a seres que distan de los tópicos totalitarios y fantásticos a los que estamos acostumbrados a leer en la literatura argentina. Por el contrario, sus personajes habitan un mundo más real e inmediato. Esos personajes comunes y el mundo en el que se desarrollan, o existen, colocan a Fogwill dentro de un nuevo orden literario, ajeno al ambiente erudito y de tertulia, y le permiten apoderarse de un espacio completamente suyo dentro de la historiografía literaria de ese país. Su literatura, sus cuentos, su narrativa, pues, logran generar en el lector un sentimiento de cercanía, de proyección, pues las historias relatadas, bien podrían ser desarrolladas por cualquier persona con capacidad de complacerse con el mundo. Un claro ejemplo de esto se puede percibir en uno de los mejores cuentos de Fogwill: “Muchacha punk” que le otorgó el premio Coca Cola –algo bastante ¿excepcional?-. Gracias a este texto despuntó como autor más o menos reconocido en 1980, decidiendo abandonar su ya digerida carrera de empresario. A partir de ese momento, resuelve dedicarse a ser escritor y comenzar “una trama de malentendidos y desgracias” como apuntó el autor del cuento galardonado. En “Muchacha punk” se encuentra una voz narrativa muy simpática, ya desde el principio, el lector descubre que se trata del mismo Fogwill quien narra la trama. La impresión del personaje resulta una proyección de su escritor: se plantea como un hombre con bastante sentido común, aunque de forma sarcástica, e inteligente, un poco mayor, características muy de Fogwill, un demente más con un teclado en las manos. Es entonces, Fogwill personaje, un tipo equilibrado, con una supuesta madurez moral, y corrección política –hasta donde se puede decir o pensar ya que esto esta cubierto por un velo de ironía-, en un mundo que le es ajeno: una muchacha punk con la que fornicó en un invierno de 1978 en Londres. En su obra es común encontrar ese toque anecdótico que lo convierte en personaje de sus relatos, no con pretensión intelectual; en el caso de “el Fogwill” (llamado así en el mundo de las letras) la intención es mostrar una literatura viva, en movimiento, donde es posible una historia demasiado cotidiana pero abordada desde una perspectiva inhumana, extraña, literaria. Rodolfo Fogwill está loco, es un tipo que ama la provocación, pero si hay algo que decir de él es lo siguiente: hay un genio en Argentina que aún no se ha leído. Sin duda, un Shandy. La Redacción

El botón de Rigaut

TACHAS
Efrén Hernández
Eran las 6 y 35 minutos de la tarde. El maestro dijo: ¿Qué cosa son tachas? pero yo estaba pensando en muchas cosas; además, no sabía la clase. El salón de estos hechos tiene tres puertas, de madera pintada de rojo, con un vidrio en cada hoja, despulido en la mitad de abajo. A través de la parte no despulida del vidrio de la puerta de la cabecera del salón, veíanse, desde el lugar en que yo estaba: un pedazo de pared, un pedazo de puerta y unos alambres de la instalación de luz eléctrica. A través de la puerta de en medio, se veía lo mismo, poco más o menos lo mismo, y, finalmente, a través de la tercera puerta, las molduras del remate de una columna y un lugarcito triangular del cielo. Por este triangulito iban pasando nubes, nubes, lentamente. No vi pasar en todo el tiempo, sino nubes, y un veloz, ágil, fugitivo pájaro. Es muy divertido contemplar las nubes, las nubes que pasan, las nubes que cambian de forma, que se van extendiendo, que se van alargando, que se tuercen, que se rompen, sobre el cielo azul, un poco después que terminó la lluvia. El maestro dijo: —¿Qué cosa son tachas? La palabrita extraña se metió en mis oídos como un ratón a su agujero, y se quedó en él agazapada. Después entró un silencio caminando en las puntitas de los pies, un silencio que, como todos los silencios, no hacía ruido. No sé por qué, pero yo pienso que lo que me hizo volver, aunque a medias, a la realidad, no fueron las palabras, sino el silencio que después se hizo; porque el maestro estaba hablando desde mucho antes, y, sin embargo, yo no había escuchado nada. ¿Tachas? ¿Pero, qué cosa son tachas? Pensé yo. ¿Quién va a saber lo que son tachas? Nadie sabe siquiera qué cosa son cosas, nadie sabe nada, nada.

El botón de Rigaut
Yo, por mi parte, como ejemplo, no puedo decir lo que soy, ni siquiera qué cosa estoy haciendo aquí, ni para qué lo estoy haciendo. No sé tampoco si estará bien o mal. Porque en definitiva, ¿quién es aquel que le atinó con su verdadero camino? ¿Quién es aquel que está seguro de no haberse equivocado? Siempre tendremos esta duda primordial. En lo ancho de la vida van formando numerosos cruzamientos los senderos. ¿Por cuál dirigiremos nuestros pasos? ¿Entre estos veinte, entre estos treinta, entre estos mil caminos, cuál será aquél, que una vez seguido, no nos deje el temor de haber errado? Ahora, el cielo, nuevamente se cubría de nubes, e iban haciéndose en cada momento más espesas; de azul, sólo quedaba sin cubrir un pedacito del tamaño de un quinto. Una llovizna lenta descendía, matemáticamente vertical, porque el aire estaba inmóvil, como una estatua. Cervantes nos presenta en su libro: Trabajos de Persiles y Segismunda, una llanura inmóvil y en ella están los peregrinantes, bajo el cielo gris, y en la cabeza de ellos, hay esta misma pregunta. Y en todo el libro no llega a resolverla. Este problema no inquieta a los animales, ni a las plantas, ni a las piedras. Ellos lo han resuelto fácilmente, plegándose a la voluntad de la Naturaleza. El agua hace bien, perfectamente, siguiendo la cuesta, sin intentar subir. De esta misma manera, parece que lo resolvió Cervantes, no en Persiles que era un cuerdo, sino en Don Quijote, que es un loco. Don Quijote soltaba las riendas al caballo e iba más tranquilo y seguro que nosotros. El maestro dijo: —¿Qué cosa son tachas? Sobre el alambre, bajo el arco, posó un pajarito diminuto, de color de tierra, sacudiendo las plumas para arrojar el agua. Cantaba el pajarito, u fifí. fifí. De fijo el pajarito estaba muy contento. Dijo esto con la garganta al aire; pero en cuanto lo dijo se puso pensativo. No, pensó, con seguridad, esta canción no es elegante. Pero no era ésta la verdad, me di cuenta, o creí darme cuenta, de que el pajarito no pensaba con sinceridad. La verdad era otra, la verdad era que quien silbaba esta canción era la criada, y él sentía hacia ella cierta antipatía, porque cuando le arreglaba la jaula, lo hacía de prisa y con mal modo. La criada de esa casa, ¿se llamaba Imelda? No. Imelda es la muchacha que vende cigarros “Elegantes”, cigarros “Monarcas”, chicles, chocolates y cerillas, en el estanquillo de la esquina. ¿Margarita? No, tampoco se

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llamaba Margarita. Margarita es nombre para una mujer bonita y joven, de manos largas y blancas, y de ojos dorados. ¿Petra? Sí, éste sí es nombre de criada, o Tacha. ¿Pero en qué estaría pensando cuando dije que nadie sabe qué cosa es tacha? Es una lástima que el pajarito se haya ido. ¿Para dónde se habrá ido ahora el pajarito? Ahora estará parado en otro alambre, cantando u fiiiii, pero yo ya no lo escucho. Es una lástima. Ya el cielo estaba un poco descubierto, era un intermedio en la llovizna. Llegaba el anochecimiento lentamente. La llegada de la sombra le daba un sentido más hondo al firmamento. Las estrellas de todas las noches, las estrellas de siempre, comenzaron a abrirse por orden de estaturas y distancias. De abajo subía el ruido de toda la ciudad; de arriba caía el silencio de todo el infinito. De cierto, no sé que cosa tiene el cielo aquí, que transparenta el universo a través de un velo de tristeza. Allá son muy raras las tardes como ésta, casi siempre se muestra el cielo transparente, teñido de un maravilloso azul, que no he encontrado nunca en otra parte alguna. Cuando empieza a anochecer, se ven en su fondo las estrellas, incontables, como arenitas de oro bajo ciertas aguas que tienen privilegios de diamante. Allá se ven más claritas que en ninguna parte las facciones de la luna. Quien no ha estado allá, de verdad no sabe cómo será la luna. Tal vez, por esto, tienen aquí la idea de que la luna es melancólica. Ésta es una gran mentira de la literatura. ¡Qué ha de ser melancólica la luna! La luna es sonriente y sonrosada, lo que pasa es que aquí no lo conocen. Su sonrisa es suave, detrás de sus labio asoman unos dientes menuditos y finos, como perlas, y sus ojos son violáceos, de ese color ligeramente lila que vemos en la frente de las albas, y entorno a sus ojeras florecen manojitos de violetas, como suelen alrededor de las fuentes profundas. Allá todo es inmaculado, allá todo es sin tachas... tachas, otra vez tachas. ¿En qué estaría yo pensando, cuando dije que nadie sabe qué cosas son tachas? Había pensado esto con la propia velocidad del pensamiento, y que Dios diga lo que seguiría pensando, si no fuera porque el maestro repitió por cuarta o quinta vez, y ya con voz más fuerte: —¿Qué cosa son tachas? Y añadió: —A usted es a quien se lo pregunto, a usted, señor Juárez.

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—¿A mí, maestro? —Sí, señor, a usted. Entonces fue cuando me di cuenta de una multitud de cosas. En primer lugar, todos me veían fijamente. En segundo lugar, y sin ningún género de dudas, el maestro se dirigía a mí. En tercer lugar, las barbas y los bigotes del maestro parecían nubes en forma de bigotes y de barbas, y en cuarto lugar, algunas otras; pero la verdaderamente grave era la segunda. Malos consejos, experimentos turbios de malos estudiantes, me asaltaron entonces y me aseguraron que era necesario decir algo. —Lo peor de todo es callarse, me habían dicho. Y así, todavía no despertado por completo, hablé sin ton ni son, lo primero que me vino a la cabeza. No podría yo atinar con el procedimiento que empleó mi cerebro lleno de tantos pájaros y de tantas nubes, para salir del paso, pero el caso es que escucharon todo esto que yo solté muy seriamente: —Maestro, esta palabra tiene muchas acepciones, y como aún es tiempo, pues casi nos sobra media hora, procuraré examinar cada una de ellas, comenzando por la menos importante, y siguiendo progresivamente, según el interés que cada una nos presente. Yo estoy desengañado de que no estoy loco; si lo estuviera, ¿por qué lo habría de negar?, lo que pasa es otra cosa, que no está bueno explicar, por que su explicación es larga. De modo que la vez a que me vengo refiriendo, yo hablaba como si estuviera solo, monologando. Y noto que usted guarda silencio. . . Usted, en aquel rato, para mí, no significaba nadie; según la realidad, debía ser el maestro; según la gramática, aquel a quien dirigiera la palabra, más para mí, usted no era nadie, absolutamente nadie. Era el personaje imaginario, con quien yo platico cuando estoy a solas. Buscando el lugar que le corresponda entre los casilleros de la analogía, corresponde a esta palabra el lugar de los pronombres; sin embargo, no es un pronombre personal, ni ningún pronombre de los ya clasificados. Es una suerte de pronombre personal que, poco más o menos, puede definirse así. Una palabra que yo uso algunas veces par fingir que hablo con alguien, estando en realidad a solas. Seguí: —Noto que usted guarda silencio, y como el que calla otorga, daré principio, haciéndolo de la manera que ya dije. La primera acepción, pues, es la siguientes: tercera persona del presente de indicativo del verbo tachar, que significa: poner una línea sobre una palabra, un renglón o un número que haya sido mal escrito. La segunda es otra: si una persona tiene por nombre Anastasia, quien la quiera mucho, empleará, para designarla, esta

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palabra. Así , el novio, le dirá: —Tú eres mi vida, Tacha. La mamá: —¿Ya barriste, Tacha, la habitación de tu papá? El hermano: —¡Anda, Tacha, cóseme este botón! Y finalmente, para no alargarme mucho, el marido, si la ve descuidada (Tacha puede hacer funciones e Ramona), saldrá poquito a poco, sin decir ninguna cosa. La tercera es aquélla en que aparece formando parte de una locución adverbial. Y esta significación, tiene que ver únicamente con uno de tantos modos de preparar la calabaza. ¿Quién es aquél que no ha oído decir alguna vez, calabaza en tacha? Y, por último, la acepción en que la toma nuestro código de procedimientos. Aquí entoné, de manera que se notara bien, un punto final. Y Orteguita, el paciente maestro que dicta en la cátedra de procedimientos, con la magnanimidad de un santo, insinuó pacientemente: —Y, díganos señor, ¿en qué acepción la toma el código de procedimientos? Ahora, ya un poquito cohibido, confesé: —Ésa es la única acepción que no conozco. Usted me perdonará, maestro, pero . . . Todo el mundo se rió: Aguilar, Jiménez Tavera, Poncianito, Elodia Cruz, Orteguita. Todos, se rieron, menos el Tlacuache y yo que no somos de este mundo. Yo no puedo hallar el chiste, pero teorizando, me parece que casi todo lo que es absurdo hace reír. Tal vez porque estamos en un mundo en que todo es absurdo, lo absurdo parece natural y lo natural parece absurdo Y yo soy así, me parece natural ser como soy. Para los otros no, para los otros soy extravagante. Lo natural sería, dice Gómez de la Serna, que los pajaritos dormidos se cayeran de los árboles. Y todos lo sabemos bien, aunque es absurdo, los pajaritos no se caen. Ya estoy en la calle, la llovizna cae, y viendo yo la manera como llueve, estoy seguro de que a lo lejos, perdido entre las calles, alguien, detrás de unas vidrieras, está llorando porque llueve así.
*Tomado del libro Tachas y otros cuentos, publicado por el FCE en 2004

La máquina de Walter Benjamin

34 Feria del Libro de Buenos Aires
Argentina celebró por trigésima cuarta ocasión la importante Feria del Libro de Buenos Aires del 24 de abril al 12 de mayo con el lema “El espacio del lector”. Esta reunión, quizá la más trascendental en Latinoamérica, fue inaugurada por el escritor oriundo Ricardo Piglia, quien en su discurso de apertura reconoció que la poesía de su país debía ser reivindicada y se mostró bastante contento y satisfecho con la premiación del Cervantes a su coterráneo, el reconocido poeta Juan Gelman. Fueron bastantes los escritores que participaron en la feria, entre ellos,

debemos destacar a Tom Wolfe (Richmond, 1931), autor del libro La izquierda exquisita (1970), y padre del famoso movimiento “El nuevo periodismo” que encuentra gran expresión en la novela A sangre fría de Truman Capote (Nueva Orleáns, 1924-1984), pues mezcla la investigación periodística y la literatura, como lo estipulara Wolfe en su manifiesto de 1973, quien también auguró que se aproximaba el nuevo

Tom Wolfe en la FLBA

La máquina de Walter Benjamin
género llamado Novela documento. Wolfe, el acérrimo antagónico de Norman Mailer, en la Feria del Libro de Buenos Aires, comentó que la novela está cerca de su “suicidio”, ya que los escritores no tienen un contacto tan directo con la vida. Opinó también que los nuevos poetas deben salir más a las calles para confrontarse a la realidad humana, pues considera importante mantener un diálogo actualizado con el mundo. Además asistieron, entre otros extranjeros, la canadiense Naomi Klein que escribió el libro No logo (2001), la española Almudena Grandes escritora de Malena es un nombre de tango (1994), el mexicano Juan Villoro, ganador del premio Antonine Artaud (2008) por Los culpables, la nicaragüense Gioconda Belli, autora de La mujer habitada (1988), y los cubanos Jorge Fornet (Premio de Ensayo Alejo Carpentier 2005) y Alberto Guerra quien presentó su libro Desde la soledad y la esperanza en este gran acontecimiento literario. Dentro del marco de las actividades de esta 34 Feria del Libro de Buenos Aires se presentó también la tercera edición del Festival Internacional de Poesía, que tuvo la presencia de nombres de distintos países como Florencia Abadi, Daniel Chirom, Jean Marc Desgent, Laura Anabel López, Alejandro Margulis, Hugo Padeletti, entre muchos otros. Pero no todo fue literatura e intelectuales. Como parte de las actividades alternativas, la FLBA organizó presentaciones de danza contemporánea y folclórica, así como un homenaje al trovador Atahualpa Yupanqui (Pergamino, 1908-1992), quien se caracterizó por ser el cantautor de folclor representativo de Argentina, que por otra parte ha sido interpretado por muchos músicos de la talla de Mercedes Sosa, Alfredo Zitarrosa, Víctor Jara, Marie Laforêt, etcétera. La nota curiosa Con el propósito de que la literatura y la gastronomía generen nexos muy íntimos, en esta ocasión la feria organizó un ciclo titulado “Placeres y sabores”, en el que diversos cocineros han prepararon platillos y conferencias. Destaca como ponente-cocinera la Hermana Bernarda -quien es conocida en televisión por su alta repostería europea- algo muy poco común en este tipo de eventos, y que, sin embargo, atrajo a más de 300 personas a su exposición.

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