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El ornato público

Nuestro país, por donde se le mira, está sucio

29 abril, 1996
Señor Ministro, señores educadores, nuestro país, por donde sea, por donde se
le mire, está sucio. Cada rincón de nuestra geografía donde nos asentamos
refleja nuestra secular manera de ser: desorden, descuido, suciedad. Todos
somos responsables de esta calamidad nacional. Por lo tanto, todos debemos
actuar para superar la catástrofe ambiental en la que estamos sumidos.

En esta oportunidad, señor Ministro, señores educadores, me permito hacer


algunas reflexiones y recomendaciones que pueden ayudarnos a cambiar
nuestra actitud sobre el ornato público y salir de este atascadero.

Comencemos por el principio. Es necesario que nos preguntemos si es bueno


preocuparse por el ornato público, por el estado del entorno en el que vivimos.
La respuesta a esta pregunta es evidente. Este es un asunto de sentido común.
Nadie en su sano juicio a finales del siglo XX desea vivir rodeado de desorden y
suciedad. En Occidente, el saneamiento ambiental de las ciudades y campos es
un fenómeno progresivo cuyo origen se remonta a las culturas hebrea y helénica.

El ambiente en el que vivimos tiene un fuerte impacto en nuestra actitud y


conducta. Si vivimos en un ambiente de suciedad y desorden es muy probable
que adoptemos una actitud indiferente ante el entorno y una conducta
descuidada con el ornato público. Tirar basura al suelo es casi un acto reflejo de
un individuo que se encuentra, por ejemplo, en un estadio sucio. Por el contrario,
tirar basura al suelo en un lugar limpio y ordenado desentona con la atmósfera
de limpieza imperante. Existe una relación armónica entre limpieza ambiental y
una actitud de cuidado con el ornato público. Igualmente, la experiencia muestra
que la suciedad ambiental y el descuido tienden a autoperpetuarse en un
interminable círculo vicioso.

Sea lo que fuere, todos estaremos de acuerdo en la necesidad de cambiar


nuestra actitud centenaria de descuido por el ornato público, en una actitud que
promueva la limpieza y el orden. En esto es probable que todos estemos de
acuerdo. La pregunta entonces es qué podemos hacer para cambiar de actitud.
Entre otras cosas, es necesario que en nuestras instituciones educativas
públicas y privadas, desde el nivel preescolar hasta el universitario, se enseñe a
los estudiantes la importancia del ornato público.

Junto a esto, en cada centro educativo deben organizarse campañas de limpieza


y restauración de espacios y edificios públicos, como plazas, parques y
monumentos. En estas actividades deben participar los estudiantes, los
maestros, el personal administrativo y los padres de familia.

Estas actividades deberían coordinarse con las municipalidades respectivas y,


si es del caso, con organizaciones públicas y privadas que deseen colaborar.
Paralelamente, la dirección educativa de cada institución podría establecer
reconocimientos individuales y colectivos a quien o quienes hayan hecho la
mejor labor. Es necesario que incorporemos en nuestra cultura la noción de que
actuar en pro del bien común es algo meritorio y digno de encomio. Al final de
cada semestre o año lectivo el Ministro de Educación y otras autoridades que
podrían incluir al Presidente de la República, podrían hacer reconocimiento
público de buena ciudadanía a los alumnos y centros educativos destacados.

Al hacer esto, es decir, al participar verdaderamente en el cuidado del bien


público, añadiremos un granito de arena en la monumental tarea de transformar
nuestra mentalidad antipragmática, fantasiosa y desordenada, en una
mentalidad pragmática y ordenada.

Señor Ministro, señores educadores, ustedes tienen la palabra sobre esta


propuesta. Podría ser que lo propuesto no sea lo mejor. Oigamos otras ideas. Lo
importante es, en primer lugar, generar un gran debate nacional sobre la
importancia del ornato público para luego desembocar en el menor tiempo
posible en actividades simples, concretas, realizables, que comiencen a limpiar
la cara sucia de nuestro alicaído país.